Nada en ellas es blando

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Lejos de cualquier estridencia, como una estampa muchas veces vista o un poema bucólico fuera de tiempo, las montañas, los árboles, las vacas, la luz…, todo en la foto de Carlos Humberto Arango Botero parece ocupar un lugar decidido desde siempre, donde la calma y el paisaje no son una conquista de la voluntad, menos aún se levantan, paisaje y calma, como una promesa lejana en un horizonte señalado, porque, aunque todo lo que se nos muestra, entre verdes y cielo, parece bastarse, bien pudiéramos —se me ocurre— caminar por esas mangas sin sudores ni afán alguno, silbando un bambuco o un pasillo, puesto que haríamos mal en recitar, frente a mundo tan pródigo, los versos de José Manuel Arango cuando dice de sus montañas, que son las nuestras, para incordio de algunos:

Nada en ellas es blando.
No son éstas, por cierto,
las formas de una tierra
llana y amable.

Pero, al mismo tiempo, bien haríamos en recitar los versos de José Manuel Arango, para ayudarnos a ver, fuera del encuadre amplio que permite mostrar las montañas, los árboles y las zonas de pastoreo en diferentes planos —creando la sensación de profundidad y de narcótica laxitud—, lo más evidente y, sin embargo, oculto, como pura prosa, bajo los brillos de la égloga: el trabajo, la violencia, que, para bien o para mal, ordena y transforma, lima y erosiona una tierra donde las greyes ya no van sin cuento / paciendo su verdura, desde el llano / Que tiene por lindero el horizonte, como en las Silvas americanas de Andrés Bello, toda vez que la naturaleza hace mucho también dejó de ser la enemiga que traga, destruye voluntades, rebaja dignidades y conduce al aniquilamiento, como lo recuerda Carlos Fuentes al hablar de la novelística latinoamericana del siglo XIX, y, domeñada, en apariencia vencida, se repliega, en paz, como en la foto, para nuestro propio y extraño solaz.

Carlos Humberto Arango Botero es un fotógrafo nacido en la ciudad de Medellín. Su obra se caracteriza por la exploración del paisaje, el territorio colombiano, los viajes y las comunidades, combinando una mirada artística con un importante componente documental. En 1998 publicó Travesías, paraísos perdidos de Colombia, uno de sus trabajos más representativos. Ha participado en numerosos salones y concursos nacionales e internacionales de fotografía. En 2001 obtuvo la distinción AFIAP (Artista de la Fédération Internationale de l’Art Photographique). De igual manera, sus fotografías han sido incluidas en numerosas publicaciones sobre Colombia, patrimonio, paisaje y cultura. El Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) conserva su fotografía Escalera al cielo, realizada en 1982 y donada por el propio artista en 1983.

En la Biblioteca Pública Piloto se encuentra en calidad de donación todo su archivo fotográfico. Su trayectoria resulta especialmente relevante para estudiar cómo fotógrafos de Medellín construyeron, desde finales del siglo XX, una representación visual del territorio, el paisaje y la diversidad cultural de Colombia.

La deuda del padre Evaristo

por ADELAIDA VENGOECHEA • Ilustración de Cahorro

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

El pueblo de Bocas de Yegua llevaba tres meses sin que el cielo tuviera la decencia de abrirse cuando llegaron los primeros calores de noviembre. El Magdalena bajaba flaco y amarillo, casi avergonzado de sí mismo, y las mujeres lavaban la ropa en orillas que antes eran fondo. El padre Evaristo Contreras Palomino celebraba misa con el cuello de la sotana pegado al pescuezo como una mordaza, y atribuía el calor a la tibieza espiritual de su grey, que era su manera de no decir que Dios también sudaba.

Nadie recordaba con precisión cuándo había muerto Candelaria Maturana. Algunos decían que fue en el 49, otros, que en el 51, pero todos coincidían en que murió bailando en la fiesta de la Virgen del Carmen, que el corazón se le fue sin avisar mientras ella daba una vuelta de cumbia con los brazos en alto y las caderas en su propio tiempo. La enterraron con su pollera amarilla porque nadie tuvo el valor de quitársela, y el padre Evaristo le prometió una misa cantada cada noviembre, en su nombre, hasta que el mundo se acabara. El mundo no se acabó pero la memoria del padre sí empezó a fallar, y llevaba ya dos años sin cumplirle.

Fue Petra Insignares, la vendedora de pescado frito, la primera en escucharlo. Dijo que oyó un tambor viniendo del río a las tres de la madrugada, un golpe sordo y continuo como el latido de algo muy grande enterrado bajo el barro. Se levantó dormida, salió al patio en camisón y empezó a bailar entre las matas de yuca sin que sus pies le pidieran permiso a su cabeza.

Su marido la encontró al amanecer con los pies en carne viva y una sonrisa que él no le conocía desde el noviazgo. Cuando intentó detenerla, ella lo miró con unos ojos que él describió después ante el padre Evaristo como “los ojos de alguien que está muy lejos, pero muy contento de estarlo”.

Para el mediodía bailaban doce personas. Para la noche, veintisiete.

Evaristo Contreras era un hombre que había sobrevivido a la violencia, a la diarrea del 46, a un obispo que lo odiaba y a tres intentos de traslado, pero nunca había visto nada que le doblara el espinazo como lo que encontró en la plaza esa tarde. Los bailarines no paraban. No era euforia ni borrachera —él conocía bien las dos cosas—. Era algo más profundo y más antiguo, como si la tierra misma les hubiera enredado los pies en sus raíces y no los quisiera soltar.

Reconoció el ritmo. No podía no reconocerlo: era la cumbia que Candelaria Maturana bailaba siempre en las fiestas, esa que empezaba lenta como pregunta y terminaba rápida como respuesta. Nadie tocaba ningún instrumento. El sonido salía del suelo.

“Padre, mis pies no me pertenecen”, le dijo el sacristán Otoniel, bailando mientras lo decía, con lágrimas que no eran de tristeza sino de algo para lo que no existe nombre en castellano. Esa noche el padre no durmió. Rezó, fumó dos cigarrillos que guardaba para las emergencias del alma, y supo —con esa certeza que no viene de la razón sino de la culpa— exactamente qué era lo que estaba pasando.

Al tercer día bailaban 64 personas y el resto del pueblo las miraba con una mezcla de terror y envidia que nadie confesaba en voz alta. Llegaron curiosos de La Dorada y de Mompox en canoas y en champán, y algunos de ellos también fueron atrapados por el ritmo antes de poder volver al agua. Los que resistían eran los viejos que ya no tenían rodillas para bailar, los niños muy pequeños y, curiosamente, las mujeres embarazadas, a quienes el baile parecía respetar como se respeta una tregua.

El calor aumentó. El río bajó otro palmo. En las noches, desde la orilla, quienes miraban decían que la luna se veía distinta, más roja y más baja, como si también quisiera ver.

Al cuarto día Evaristo intentó exorcismos. Roció agua bendita sobre los bailarines, que siguieron bailando mojados y más contentos. Leyó el ritual en latín con voz que él creía firme y que todos oyeron temblar. Nada. El quinto día recibió un telegrama del obispo preguntando qué demonios pasaba en Bocas de Yegua, y no supo qué responder porque la respuesta exacta era que no eran demonios sino algo mucho más específico y mucho más personal.

La noche del séptimo día el padre Evaristo fue al cementerio solo, con una vela y sin sotana, que era su manera de ir a hablar sin el peso del oficio. La tumba de Candelaria Maturana tenía flores frescas que nadie había puesto —flores de río, lilas de agua y una palma de iraca trenzada que olía a fiesta—. Se arrodilló en la tierra seca y habló en voz baja como quien no quiere que Dios escuche.

Le dijo que lo sentía. Que se le había olvidado, que el tiempo pasa distinto cuando uno envejece, que las intenciones no alcanzan cuando las acciones faltan. Le dijo que ella había sido la mujer más alegre que él había conocido en cuarenta años de sacerdocio y que merecía su misa y mucho más. Le dijo, y esto último lo dijo con la voz partida, que nunca había bailado en su vida y que lo lamentaba, porque si hubiera bailado alguna vez tal vez habría entendido antes lo que ella le estaba pidiendo.

La vela no se apagó aunque soplaba viento del río. Eso lo tomó como respuesta.

El octavo día, al amanecer, el padre Evaristo celebró la misa más rara que jamás vio nadie en el Bajo Magdalena. La celebró en la plaza, sin altar y sin banco, con los bailarines moviéndose alrededor como una marea de faldas amarillas y pies rotos. Cantó él solo porque el coro no podía detenerse a cantar, y cantó con una voz que nadie le conocía, una voz que venía de más abajo que la garganta.

Cuando llegó al momento del ofertorio, hizo algo que ningún manual litúrgico contempla: sacó un par de maracas que había tomado de la casa del difunto músico Fermín Escorcia, cerró los ojos, y tocó. Torpemente al principio, con vergüenza, con esa torpeza de quien llega tarde a una fiesta que debió haber celebrado hace años. Pero tocó.

Los que estaban mirando dijeron que fue en ese momento cuando el ritmo del suelo cambió. Se volvió más suave, como despidiéndose. Y uno a uno, como velas que se apagan sin viento, los bailarines fueron deteniéndose. Cayeron sentados donde estaban, algunos llorando, la mayoría con esa expresión de quien acaba de regresar de un sueño que no puede contar.

Cuando el último paró de bailar, empezó a llover.

Dicen que desde ese noviembre el padre Evaristo nunca faltó a la misa de Candelaria. Y dicen también —esto lo dicen más bajo, como quien no quiere que el obispo escuche— que el padre aprendió a bailar cumbia. Que se le veía a veces, tarde en la noche, solo en la sacristía, moviéndose apenas, con esa torpeza honesta de quien cumple una deuda que contrajo demasiado tarde pero que al menos tuvo el valor de pagar.

Los bailarines tardaron semanas en recuperar los pies. Petra Insignares nunca volvió a vender pescado frito porque dijo que sus manos seguían oliendo a fiesta sin importar cuánto las lavara, y que era una señal de que debía dedicarse a otra cosa. El río volvió a su cauce en diciembre.

Nadie en Bocas de Yegua habla de aquello con extrañeza. Hablan de ello como se habla del clima o de las crecientes: como de algo que el río y sus muertos hacen de vez en cuando para recordarles a los vivos que las promesas no se pudren, se fermentan.

Y que los muertos que amaron bailar tienen mucha paciencia, pero no infinita.

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Mono Trejos: el hombre de las mil fugas

por SERGIO MESA CÁRDENAS • Archivos de prensa

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Néstor Trejos Marín tras las rejas. Revista Vea N° 4, 10 de noviembre de 1971.

En el segundo semestre de 2022 me propuse averiguar quién había sido el Mono Trejos. Lo primero que hice, como lo haría cualquier persona, fue digitar su alias en Google. Encontré cuatro resultados: una columna de Pascual Gaviria en el periódico El Espectador; una nota de El Colombiano sobre una fuga de 1972 —con el Cura—, una mención en un artículo del editor judicial Jorge Cardona en la revista Vice, y otra mención en un perfil de Ramón Cachaco, escrito por Juan Fernando Ramírez, en el periódico Universo Centro. Nada más. El hombre que durante casi dos décadas fue la figura más temida del hampa colombiana —cofundador de la banda de atracadores de bancos más recordada del país, “el hombre de las mil fugas”— cabía, medio siglo después, en cuatro notas.

Luego encontré su mención como el Mono Riascos en la novela El mundo de afuera, de Jorge Franco; en el libro del holandés Gerard Martin: Medellín, tragedia y resurrección: mafias, ciudad y Estado (1975-2013), donde menciona a Pablo Escobar Gaviria, de 21 años, como presunto cómplice del Mono Trejos y el Pote Zapata en el secuestro de Diego Echavarría Misas, por el hecho de Escobar haber usado años más tarde el alias de doctor Echavarría; y en el libro Guerras recicladas, de María Teresa Ronderos, donde le adjudican un millonario robo y una alianza con un criminal que sería de los fundadores del paramilitarismo. Estaba borrado.

Este libro nació de esa desproporción entre lo que el Mono Trejos fue y lo poco que quedaba de él. Ya lo había escrito Pascual Gaviria, casi como un epitafio: “El Mono Trejos es aire, tinta de expedientes, desmemoria de bandidos, fábula de túneles con cuchara”. Devolverle un cuerpo a ese aire me tomó cuatro años, entre 2022 y 2026, y se pareció más a una operación detectivesca que a un trabajo de escritorio.

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El hallazgo más generoso fue el archivo digital de El Tiempo —completo en Google News hasta 2007—, que me dejó navegar el mar de la crónica roja de los años cincuenta, sesenta y setenta y armar el rompecabezas de La Pesada: sus cabecillas, sus golpes, sus fugas, sus muertos. A él fui sumando otros. El radio-periódico Clarín de Medellín —“que dice lo que otros callan”—, conservado en el Archivo Histórico de Medellín. Los diarios El Colombiano, de Medellín, y El Espectador, cuyo enviado a Cartagena, Luis de Castro, hizo el cubrimiento más completo del “robo del siglo”. Y, en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, las colecciones de las revistas Vea y Cromos, encuadernadas en cuero, entre cuyas páginas de tinta roja y negra apareció un día el reportaje de tres páginas que fijaría para siempre la imagen del personaje: la entrevista que le hicieron en 1971. Hasta una radionovela lo había dramatizado —La ley contra el hampa, de Todelar—, cuyo episodio “La Pesada contra la mafia” pude escuchar gracias al archivo de Señal Memoria.

El Tiempo, jueves 1° de marzo de 1973, pág. 3-A.

Dos documentos que encontré fueron decisivos. Uno, la autobiografía de Darío Vásquez Alzate, el Alacrán —“El escape de Araracuara”—, que me dio el año fundacional de la banda: 1952. El otro, el expediente penal de su última captura, que conseguí a través de un periodista experto en archivos judiciales y que, con su ficha decadactilar, cerró la única duda que de verdad me importaba resolver: que aquel anciano detenido en El Dorado en 2014 era, sin ninguna duda, el mismo hombre. El último dato lo obtuve en enero de 2026, en la Registraduría de Copacabana: la fecha de su muerte, en Fusagasugá, en noviembre de 2021.

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“Señor Trejos Marín, queda usted detenido”, imagino yo que le dijo el agente de la Policía Aeroportuaria al hombre que durante más de medio siglo fue conocido en el mundo del hampa como el Mono Trejos.

Eran las 18:50 del domingo 30 de marzo de 2014. En el muelle internacional del aeropuerto El Dorado, en Bogotá, un adulto mayor a punto de cumplir 82 años hacía la fila de Migración Colombia con la naturalidad de un abuelo que viaja solo a Europa. El tiquete decía Tel Aviv, Israel, con escala en Fráncfort, Alemania. La maleta —de lona negra, marca Mario Hernández— iba a nombre de Néstor Trejos Marín, su verdadero nombre, el mismo que durante décadas había quedado sepultado bajo los pasaportes y las identidades falsas: Guillermo Uribe Gómez, Saúl Pollak Fontanes, Ernesto Trejos Marín, Guillermo Trejos.

Nadie en aquella fila podía sospechar quién era. El patrullero Ramírez —nombre protegido—, acompañado de su perro antinarcóticos, perfiló el equipaje: dos pares de zapatos con cuatro plantillas, un bolso negro marca Ahmik y tres portafolios marca Sense presentaban “un peso excesivo”. Lo requirió para una placa abdominal de rayos X, que el anciano autorizó sin alarmarse ni mostrarse inseguro, porque sabía que saldría negativa. No llevaba nada en el cuerpo.

La droga estaba en la maleta. A las 20:55, en la inspección, apareció el doble fondo: una sustancia pulverulenta de color y olor característicos, repartida entre los zapatos, las plantillas, el bolso y los tres portafolios, con un peso bruto de aproximadamente 14 655 gramos. Casi cinco kilos de cocaína. A las 21:00 quedó formalizada la detención de Néstor Trejos Marín, cédula 1201908, por fabricación, tráfico o porte de estupefacientes. Cuando le preguntaron a quién avisar, dio el nombre de su hermana, Beatriz, y un número de celular —al que llamé once años después, en diciembre de 2025, y estaba desactivado—.

Al día siguiente, ante el Juzgado 39 Penal Municipal con Funciones de Control de Garantías-URI Engativá, un juez le hizo la pregunta de rigor. Ante la evidencia hallada en flagrancia, la respuesta esperada era otra. El imputado se declaró inocente. “No se le escucha”, dijo el juez. Y Trejos Marín repitió: “¡Inocente, su señoría!”.

La escena del aeropuerto era el final. Esta investigación cuenta cómo llegó hasta allí: cómo un niño de una vereda de Caldas se convirtió en el ladrón de bancos más famoso de Colombia, cómo su fama sirvió de escudo a toda una generación de hampones y cómo, al cabo de 77 años de vida delictiva, terminó siendo un anciano anónimo que hacía fila por un plato de comida. Para entenderlo hay que volver al principio: 1932.

Ficha decadactilar del Mono Trejos. Archivo Fiscalía General de la Nación.

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Néstor Trejos Marín nació el 15 de mayo de 1932 en la vereda La Floresta, del municipio de Chinchiná, en el departamento de Caldas. Fue hijo de Carlos Trejos y Carmen Marín. Aunque nació en Chinchiná, fue registrado en Manizales, un detalle menor que con los años alimentaría uno de los muchos equívocos sobre su origen.

Porque con el Mono Trejos casi todo terminó envuelto en mito. Hay quienes lo hacen nacer en Medellín, lo que no es cierto. El dato verdadero —La Floresta, Chinchiná— aparece, casi al descuido, en una nota de la revista Vea sobre una de sus fugas, la del 7 de diciembre de 1972. Reconstruir su vida ha exigido separar, una y otra vez, lo apócrifo de lo comprobable: cruzar los archivos de El Colombiano, El Tiempo, las revistas Vea y Cromos y el radio-periódico Clarín de Medellín con los expedientes judiciales y con la memoria de quienes lo conocieron.

Empezó temprano. A los doce años, en 1944, delinquió por primera vez: se robó un carro y entró a la casa de menores de Manizales. Lo contaría él mismo, muchos años después, en la entrevista que le concedió a la revista Vea en 1971. Aquel gusto por los automóviles no fue un capricho de infancia. El oficio de chofer, aprendido de muchacho, sería más tarde su especialidad dentro del hampa: el hombre al volante que garantizaba la huida.

De su adolescencia queda poco en el papel. La prensa de la época atinó a llamarlo “el hombre de las mil fugas”, y en torno a ese apodo se formó una vida plagada de episodios peliculescos, difíciles de creer. Sus escapes de la cárcel La Ladera, en Medellín, quedaron descritos en los periódicos de los años sesenta y setenta; pero medio siglo después nadie los recuerda, y en internet apenas sobrevive una nota de El Colombiano de 1972, la de la fuga con el Cura. El resto —los golpes, las bandas, los alias— tuvo que ser desenterrado hoja por hoja.

Lo que sí está probado es el punto de partida. En 1952, a los veinte años, Néstor Trejos Marín dejó Manizales y bajó a Medellín. No iba solo ni a la deriva: llevaba ya un método, una reputación y, sobre todo, una invitación.

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Quien lo convidó fue Darío Vásquez Alzate, un caleño áspero al que llamaban el Alacrán —aunque él prefería ser llamado el Caleño, para despistar a los investigadores que lo buscaban en su ciudad—. Medio siglo después, en la autobiografía que publicó la revista universitaria Folios en diciembre de 2002 con el título “El escape de Araracuara”, el Alacrán recordaría que el joven manizaleño llegaba con credenciales: “Tenía una banda bien organizada en Manizales y hacía trabajitos en Bogotá: robos finos, bien planeados, sin disparos y sin muertos, donde no dejaba ni el polvero”.

En Medellín se juntaron los que serían el núcleo de la banda. El propio Alacrán hizo la lista: “Un mes después nos encontramos en Medellín Arturo Zapata, alias El Pote Zapata; Carlos Guarín, alias El Mono Guarín; El Mono Trejos; Gerardo Álvarez, alias El Sueco, y yo, que tenía el remoquete de El Alacrán”.

Alrededor de ese grupo fueron sumándose otros: Bernardo Restrepo Rico, Pistocho, un expolicía; Conrado López Ceballos, Mi General, de Campamento, Antioquia; José Belisario Escudero, el Completo; el Mono Caldas; Kennedy; José Luis Arango Escobar, el Teniente, y —por poco tiempo y de manera circunstancial— Ramón Antonio Aristizábal, Ramón Cachaco. El Pote Zapata, que ya arrastraba “tantos y tan malos antecedentes”, sería el socio más constante del Mono Trejos: juntos robarían durante más de dos décadas.

El salto de ser carteristas a asaltantes de bancos fue una decisión deliberada, casi un programa. El Alacrán lo resumió sin rodeos: “Todos estábamos aburridos de jalar carteras. Queríamos algo grande, formar una banda pa asaltar bancos y hacer negocios grandes que nos sacaran de pobres. Yo les dije que si teníamos güevas conseguíamos plata, y así fue”.

Desde ese momento empezaron a llamarse La Pesada. Y desde ese momento, también, quedó fundada en Medellín la escuela de hampa más influyente que tendría el país.

El Colombiano, miércoles 17 de noviembre de 1971, pág. 4.

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El primer golpe fue a una sucursal del Banco Popular, en el centro de Medellín, en 1952. “Dirigí la banda en el primer asalto al Banco Popular”, contó el Alacrán. “Nos llevamos cien mil pesos en 1952. Eso era mucha plata, pues uno compraba cinco riales de velita y cinco riales de coco por un centavo, y teníamos cien mil para cuatro”.

A ese primer golpe le siguieron otros más cuantiosos. El relato del Alacrán deja ver, de paso, el lugar que el Mono Trejos ocupaba en la banda:

“Después fue el Banco de Occidente y así fuimos coronando casi todos los bancos, joyerías, bodegas y negocios de Medellín, hasta que empezamos a trabajar en otras ciudades […]. Llegamos a ser la banda más buscada del país, y cada golpe era tan bien planeado que confundíamos a la policía. […] Lo que más les chocaba a los tombos era que nos llevábamos la plata sin hacer un solo disparo, y después, si había persecución, no nos alcanzaba un brujo mientras el Mono Trejos manejara, pues era un piloto muy hábil. Cada rato lo llamaban de Bogotá para que se encargara de la retirada en algún asalto”.

Ahí estaba definido su papel y su firma. El Mono Trejos era el volante: el hombre que hacía posible que un asalto terminara en fuga y no en tiroteo. Porque La Pesada, a diferencia de otras cuadrillas, manejó lo que el periodista y escritor Reinaldo Spitaletta llamó un “código de honor” que prohibía matar guardias y policías. El dinero, no la sangre, era el objetivo; y la limpieza del trabajo era su orgullo.

El método prosperó al ritmo de la ciudad. En los años siguientes, recordaría El Colombiano, en Medellín se llegaban a cometer hasta tres atracos por semana, sobre todo contra entidades que movían gruesas sumas; los hampones se movían en automóviles veloces y modernos, con metralletas, carabinas recortadas y pistolas con silenciador. La Pesada fue coronando, una tras otra, las plazas de la ciudad, y con el tiempo extendería su registro a blancos mayores: el Banco de Bogotá de Itagüí, en marzo de 1963; el Banco Comercial Antioqueño, en diciembre de 1964; la Suramericana de Seguros, en abril de 1969.

Pero para entonces la banda ya había desbordado a Medellín. Los contactos con asaltantes de Bogotá, Cali y Manizales, y las llamadas para que el Mono se encargara de la retirada en golpes lejanos, apuntaban todos hacia el mismo sitio. En 1958, La Pesada dio el salto a la capital. Y lo dio con estruendo en un famoso asalto al pagador de la aerolínea Avianca.

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El miércoles 16 de abril de 1958, La Pesada debutó en la capital. A media mañana, seis pistoleros enmascarados interceptaron en pleno centro la camioneta que llevaba los pagos quincenales de Avianca a los talleres del aeropuerto de Techo. El golpe funcionó porque conocían la rutina por dentro: los envíos salían siempre el día 15, por la carrera Séptima, con el pagador Carlos Arias Ceballos armado de revólver. Esa quincena, sin embargo, un daño en una máquina de contabilidad —que solo conocían unas pocas personas de Avianca— había retrasado el envío dos días y cambiado la ruta. Los asaltantes lo sabían.

El periódico El Tiempo cubrió el caso durante meses con alarma casi literaria. “Bogotá se está convirtiendo, vertiginosamente, en una pequeña Chicago de otros tiempos, con sus pistoleros y dramas diarios”, escribió el diario, que veía en aquel atraco el anuncio de una era: la de los asaltos a los bancos. Según la prensa de la época, los ladrones se llevaron una caja con setenta mil pesos y, para no perder tiempo, abandonaron otra con 49 mil. Trece años después, en la entrevista con Vea, el propio Mono recordaría la cifra a su manera —“nos llevamos ciento setenta mil y se quedó una maleta con otros ciento setenta mil”—, en una de esas discordancias entre la memoria del bandido y el registro de la prensa que acompañan toda su historia.

El de Avianca fue el primero de una racha. En pocas semanas, la misma banda asaltó al cajero de Comapan y al pagador de la Pasteurizadora San Luis, y regresó a Medellín para dar, el sábado 24 de mayo, un golpe sonado al club nocturno La Florida. Por ese asalto —consta en la Gaceta Judicial 2272 de la Corte Suprema del segundo semestre de 1964— el Mono Trejos fue capturado y condenado a seis años de presidio, y recluido en la cárcel La Ladera. En enero de 1959 volvió a caer en Bogotá, junto a Óscar Luque Peláez, el Mono Luque, señalados como responsables de una cadena de atracos en la capital.

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La Ladera, más que un castigo, fue una escuela y una agenda de contactos. Allí el Mono Trejos conoció a tres hombres que marcarían el resto de su vida delictiva: Jorge Martínez Yepes, el Cejón, de Angostura; Conrado López Ceballos, Mi General; y Raúl Antonio Loaiza, el Cura. Con ellos protagonizaría, en los años siguientes, secuestros, asaltos y fugas. La prisión no lo detuvo: por esos mismos años empezó su leyenda de evasor.

Para entonces, el Mono Trejos era un delincuente demasiado fichado en Colombia. Como muchos de su oficio, empezó a mirar hacia afuera. México, Venezuela y Costa Rica serían sus nuevos rumbos. Dejaría de ser nacional para volverse internacional.

Revista Vea N° 61, 13-19 de diciembre de 1972, pág. 13.

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El apodo venía del cine. Los hermanos Víctor y Alpiniano González Santamaría habían visto la película Rififí —la historia de un asaltante francés— más de cincuenta veces, hasta compenetrarse de tal modo con sus métodos que los trasladaron a sus propios robos. De ahí el remoquete que compartieron con el Mono Trejos en México: Los Rififí. El sistema era tan sistemático, escribió El Tiempo, que “las autoridades identificaron a sus actores plenamente con solo saber los sistemas utilizados”. Su gran innovación fue dejar de asaltar los locales bancarios para interceptar los vehículos blindados que transportaban los valores; cuando los custodios se negaban a abrir, volaban los blindados con dinamita.

Refugiado en México a finales de la década, el Mono Trejos puso al servicio de Los Rififí los métodos aprendidos en Colombia. La sociedad terminó mal. Cuando los hermanos González Santamaría repartieron el botín de un asalto, tumbaron al Mono, quien, en venganza, delató el paradero de la banda y regresó al país.

Antes de ese desenlace, el Mono Trejos había paseado su oficio por Centroamérica. En Costa Rica dejó rastro en dos asaltos: el del Banco de Costa Rica, en el Paseo de los Estudiantes, el 4 de enero de 1968, y el del Banco Crédito Agrícola de Cartago, en junio de 1970. El periódico La Nación de San José siguió el caso con inquietud —“Autoridades creen que la pandilla de asaltantes está en Costa Rica”— y describió, sin saberlo del todo, un retrato exacto del hombre que buscaban: “Este hombre es un colombiano especialista en atracos a bancos cuyo nombre, al parecer falso como una serie de apelativos que usa, es Ernesto Trejos Marín”.

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Cuando le faltaban pocos días para cumplir 36 años, el Mono Trejos volvió a refugiarse en Manizales, camuflado como chofer de bus urbano. Hasta allá lo siguieron los detectives de la “brigada de sangre” del DAS y lo capturaron la noche del jueves 9 de mayo de 1968. “El DAS capturó en Manizales a famoso hampón internacional”, tituló El Tiempo, que ya le atribuía un radio de acción enorme: “extendió sus actividades a Méjico, Costa Rica, Panamá, Venezuela, Ecuador, Perú y otros países”. Fue remitido a Bogotá, donde lo reclamaban más de quince despachos judiciales. No alcanzó a pasar cuatro días detenido: eludió a los guardias antes de abordar el vehículo que debía llevarlo a la capital y desapareció. Reapareció convertido en jefe de una banda nueva, Los Invisibles, y con ella dio un giro que definiría esta etapa de su vida: del asalto pasó al secuestro.

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El secuestro que lo marcó para siempre fue el de Diego Echavarría Misas. El 8 de agosto de 1971, cuando se dirigía a su castillo de El Poblado, fue plagiado el empresario y filántropo. El Mono Trejos había reorganizado a La Pesada —con el Pote Zapata y el Mono Guarín— para ese golpe. La familia se negó a pagar el rescate, que empezó en diez millones de pesos y bajó a seis, y Echavarría fue asesinado en cautiverio, en una casa abandonada de las laderas de Santa Elena. Fue un crimen que Colombia no perdonó: la víctima era un benefactor conocido, y su muerte convirtió al Mono en el hampón más odiado del país. El Mono Trejos, juzgado en ausencia y condenado en un Consejo Verbal de Guerra, terminaría absuelto en segunda instancia por el Tribunal Superior de Medellín. El secuestro de Echavarría sería después llevado a la ficción por el escritor Jorge Franco en su novela El mundo de afuera, donde el Mono aparece con el alias del Mono Riascos.

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Ni las rejas ni las fronteras lo retenían mucho tiempo. El 30 de marzo de 1971 fue recapturado en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, cuando descendía de un avión procedente de Ciudad de México. Para burlar a las autoridades llevaba una cédula falsa a nombre de Guillermo Uribe Gómez, número 1.201.908. Esa cédula le costó un nuevo proceso y una condena de seis años. Pero, sobre todo, dejó una huella que el tiempo volvería reveladora: ese mismo número sería el que, 43 años después, en 2014, coincidiría con las huellas dactilares tomadas en El Dorado y con la ficha de la Registraduría Nacional. Es la prueba de que el viejo detenido en el aeropuerto y el hampón internacional de 1971 eran, sin ninguna duda, el mismo hombre: Néstor Trejos Marín, Mono Trejos.

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La otra caída del Mono, en noviembre de 1971, fue casi doméstica. Toda su vida se mantuvo soltero —“es un absurdo tener una mujer siempre huyendo de la justicia”, diría—, pero no fue indiferente a las mujeres, y una aventura le costó la libertad. En noviembre de ese año, el F2 lo sorprendió desnudo y dormido en una casa del barrio Las Nieves, en Barranquilla, junto a su compañera. Era la madrugada del día en que pensaba volar a Nueva York: su maleta ya estaba en el aeropuerto, lista para embarcar. Camino de regreso a la cárcel La Ladera, fiel a su instinto, trató de sobornar a un agente de la Policía Militar. No lo logró. Y esa recaptura tuvo una consecuencia inesperada: puso al hampón más famoso de Colombia, por unas horas, frente a una grabadora.

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La revista Vea lo anunció como un trofeo. “Mono Trejos: entrevista exclusiva con el peligroso delincuente”, decía el aviso que El Tiempo publicó el 10 de noviembre de 1971. Ese día circuló la edición número 4 de la revista, con el último adiós al expresidente Guillermo León Valencia en la portada y, adentro, el reportaje que fijaría para siempre la imagen del Mono. Tenía 39 años y llevaba, según su propia cuenta, veintisiete delinquiendo. Lo habían recapturado en Barranquilla después de cinco meses de fuga, y un reportero de Vea consiguió acompañarlo, esposado, en el trayecto al aeropuerto de El Dorado para volar a Medellín.

El personaje que encontró desmentía la estampa del criminal. “Quien viera a Trejos en los campos del Jockey Club, con su cachucha y sus pantalones deportivos, no puede dudar en ningún momento que se trata de un influyente miembro de su junta directiva”, escribió el cronista: cabellos castaños, ojos azules, tez rozagante, atributos “capaces de acreditarlo también como una estrella del cine”. Hablaba pausado, sin negar nada, con una mezcla de timidez y desfachatez. En un momento del trayecto le apostó a uno de los detectives que en pocos meses estaría libre.

De su boca salió, esa tarde, el autorretrato que él quería dejar: el de un profesional del atraco que presumía de no haber matado nunca.

“—En el curso de los atracos en los que ha tomado parte, ¿ha matado a alguien?

—Nunca le he quitado la vida a un ser humano. La única finalidad de las armas, en mi estilo, es amedrentar”.

El de un ladrón con causa, casi un Robin Hood:

“—¿Cómo se definiría a sí mismo?

—Yo he sido siempre un hombre calmado. El único delito que me compete es el de gustarme la plata. […] Uno siempre tiene muchos gastos que hacer, mucha gente pobre a quien ayudar”.

Y el de un especialista que hablaba de su oficio con la frialdad de un relojero. Explicó que un banco no debía tomar más de cinco minutos, con la gente distribuida adentro y afuera; que los carros eran siempre robados y se cambiaban en un punto del recorrido; que el reparto se hacía por partes iguales, y que tumbar a un socio “se paga con la vida”. No trabajaba en pequeño:

“—Un ‘negocito’ por ahí de cien mil pesos, ¿vale la pena?

—Yo en esos negocios chiquitos no me meto. Hay que trabajar en grande. Negocio que no me pase del millón ya no me sirve”.

Recordó su debut —“eso fue en el año 58, cuando asaltamos al pagador de Avianca”—, negó los secuestros que le achacaban —“la mayoría es cuestión totalmente falsa”—, y se quejó de la prensa que, dijo, lo complicaba en todos los delitos: mientras él estuvo cuatro meses y medio encerrado en una casa de Medellín, los diarios lo situaban dando golpes en Cali y Bogotá. Sobre su vida de prófugo no se hacía ilusiones: “Es una vida horrible, hombre. Uno, en estas condiciones, a toda hora está esperando la muerte”. Y remató con una frase que resume su fatalismo de bandido: “Más cigarrillos en la cárcel que flores en el cementerio. Y si a mí me cogen, que me cojan vivo, pues de la única parte que no puedo escapar es del cementerio”.

El reportaje cerraba con una intuición que el tiempo confirmaría: “Con lo que cuenta el Mono Trejos de sus aventuras contra la ley, se podría escribir un libro, un gran best seller”. Aquella entrevista fue el punto más alto de su fama —el momento en que el hampón se volvió leyenda pública— y también, medio siglo después, una de las fuentes que permitirían reconstruir su vida. Antes de que el año terminara, el Mono ya había vuelto a demostrar que tenía razón en su apuesta con el detective.

*Este texto hace parte del libro El hombre de las mil fugas. Vida y leyenda del Mono Trejos: el ladrón de bancos que Colombia olvidó, que será publicado el primer semestre de 2027.

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Las enseñanzas del aprendiz enmascarado

por ESTEFANÍA CARVAJAL • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Pasa que hay cosas que nunca han estado, pero que, una vez empiezan a existir en tu mente, aparecen por doquier: su revelación las multiplica y las desvela, iluminadas por la atención de la que antes carecían, novedosas a los ojos y a los sentidos. Ejemplo: aprendes que los yarumos se llaman yarumos y que sus hojas aterciopeladas no son plateadas, sino verdes, y entonces los yarumos brotan por cantidades de entre el follaje andino, distintos ellos de sus vecinos arbóreos, evidentes; donde siempre han estado silenciosos, invisibles al ojo acostumbrado, ahora existen con nombre propio y esa característica física que los hace únicos: que los pelitos de sus hojas reflejan la luz del sol y por eso de lejos pierden el verdor.

Lo mismo me ha pasado con algunos pájaros, con las flores de las musaendras, con las mujeres embarazadas y los bebés de brazos (ya puedo decir si un bebé tiene uno o tres o seis meses con solo mirarle el pelo), y hace rato me pasa, y me sigue pasando (es casi una presencia ubicua) con un grafiti que recorre el valle de Aburrá de sur a norte, desde Itagüí hasta Copacabana, siguiendo el trazado de las dos vías principales: la Regional y la Autopista Norte. Está en deprimidos y puentes peatonales, en columnas de concreto y separadores de plástico, está en piedras, en vallas, está en lugares difíciles, por la ubicación o por el contexto, y también en los obvios, rodeados de otros murales de similar naturaleza.

Así que es cuestión de verlo solo una vez para no dejar de verlo nunca más: “Ciencia del Energismo” es una plaga de diecinueve letras que se fue tomando Medellín sin dar mayores explicaciones: simplemente está ahí, tres palabras a secas, a la espera de ser vistas por los ojos correctos en el momento correcto. Ignoro si el grafiti es una plantilla o es pintado a mano alzada (a veces la N aparece al revés, sobre todo en los puentes), pero sea como sea, hay tenacidad y constancia de sobra en esa manera de llegar a la gente.

Aunque no soy precisamente su público objetivo, yo también llegué a los Maestros de la Logia Blanca atraída como una abeja por esas tres palabras que parecen el nombre de un conjuro. El clásico símbolo masónico de la escuadra y el compás adorna la entrada del templo virtual: cienciadelenergismo.org. Gracias a la IA, que todo lo puede, la portada del sitio web es una especie de panteón griego con dos columnas principales: una está marcada por la letra B y coronada por un globo terráqueo que gira sobre su propio eje, y la otra tiene una J y una esfera azul que brilla como una bola de disco. En todo el centro, tallado en piedras de bits, hay un triángulo dorado, y en el triángulo, un ojo animado que abre y cierra los párpados lentamente.

Antetítulo: Fundación Ciencia del Energismo. H1: Bienvenido a la Ciencia Gnóstica. H2: Universidad espiritual gnóstica. En fuente de párrafo: Un conocimiento milenario revelado por los Maestros de la Logia Blanca. Botón dorado: ENTRAR AL TEMPLO. Su misión, dice la web, es “promover el despertar de la conciencia y la transformación integral del ser humano mediante la difusión de enseñanzas espirituales, psicológicas, energéticas, científicas y ancestrales”, y su visión es “ser una fundación reconocida internacionalmente por inspirar una nueva conciencia humana basada en el conocimiento”.

Ese conocimiento, dicen, está todo contenido ahí: en el canal de YouTube con doscientos mil suscriptores, en la comunidad de Facebook con más de trescientos mil hermanos energistas, pero sobre todo, en la biblioteca y audioteca dedicadas a los dos venerables maestros: Samael Aun Weor, el pionero, y Rabolú, su primer discípulo.

Hagamos un alto en el camino, porque esta historia tiene en realidad varios comienzos.

El más antiguo se remonta al cristianismo primitivo, en los tres siglos posteriores al nacimiento y muerte de Jesús. Hubo entonces primeros cristianos que siguieron las doctrinas de Pedro, pero hubo otros, los desviados, los raritos, que creían que para salvarse no bastaba con tener fe en el sacrificio del Cristo, sino que cada quien era libre de elegir (o no) salvarse a sí mismo, mediante la búsqueda directa del conocimiento de la divinidad. Esto es: la gnosis.

A mediados del siglo II, los padres de la iglesia dejaron de verlos con buenos ojos y emprendieron la cacería. Todos los textos de los gnósticos antiguos fueron destruidos y sus creyentes, tildados de herejes. Hasta 1945 solo se sabía de ellos por los escritos de quienes habían sido sus principales adversarios: Ireneo, obispo de Lyon hasta el 202, e Hipólito, el primer antipapa y obispo de Roma desde el 217. Pero en diciembre de 1945, unos campesinos egipcios encontraron en la tierra una jarra de cerámica sellada que resultó ser el refugio de los pocos textos gnósticos que sobrevivieron al exterminio: entre esos, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de la Verdad y el Evangelio Apócrifo de Juan.

Los gnósticos actuales, aún más raritos, heterodoxos y sincréticos que los originales, dicen ser descendientes doctrinarios de esos primeros cristianos que se apartaron de las normas.

He aquí el segundo comienzo de esta historia: un hombre nacido en Bogotá en 1917 bajo el nombre de Víctor Manuel Gómez Rodríguez, de juventud esotérica, teosofista y rosacruzana, afirma tener la capacidad del desdoblamiento astral, y por lo tanto, un conocimiento profundo y directo de lo divino y lo terreno.

En 1946, Gómez Rodríguez conoció a quien convertiría en su esposa dos años más tarde, una paisa nacida como Arnolda Garro, y juntos se fueron en el 48 para la Sierra Nevada de Santa Marta a aprender la medicina tradicional de los indígenas arhuacos. No mucho después, los esposos bajaron al municipio de Ciénaga a curar enfermos. Él asumido en el nombre de Samael Aun Weor, y ella, en el de Litelantes, sin cobrar nada, entregados al sacrificio por la humanidad; y los médicos del pueblo (los titulados, los que sí cobraban) enfurecieron. También enfureció la Iglesia Católica cuando Aun Weor publicó el que sería el libro fundacional de su filosofía, El matrimonio perfecto, en el que asegura haber descubierto la forma última de la redención divina, que no es rezar, que no es meditar, que no es la caridad, sino el sexo: en el sexo, dice, “está la raíz de la gran batalla entre los poderes de la luz y de las tinieblas”; la luz del conocimiento es más diáfana cuando el hombre y la mujer se encuentran sin llegar al orgasmo.

Como un árbol de Navidad lleno de colgandejas recicladas de los diciembres pasados, el gnosticismo weoriano bebe de aquí y allá sin miedo a que los dogmas y prácticas no combinen entre sí: tres granitos de astrología, una cucharada de cábala, media taza de meditación trascendental, viajes astrales, Cristo, Buda, sexo tántrico, karma, alquimia, reencarnación, sueños premonitorios, ayuno, antropología, anatomía, mantras, conjuraciones e invocaciones, medicina naturista, runas, kundalini, pranayamas, masonería, magia crística azteca, evangelios apócrifos y, por supuesto, la Biblia: todo lo que ayude, todo lo que sirva, todo lo que acerque a la divinidad con algún tinte esotérico cabe en el gnosticismo de Samael Aun Weor y de sus descendientes espirituales: centenares de iglesias en ciudades y pueblitos de Europa y América Latina.

Podría hablarse de un tercer comienzo de esta historia localizado geográficamente en Duitama, Boyacá, el 24 de julio de 2025, día en que fue constituida legalmente la Fundación Ciencia del Energismo ante la Cámara de Comercio de dicho municipio bajo la actividad económica número 9499 (Actividades de otras asociaciones no clasificadas previamente), pero entonces estaríamos ignorando los ocho años previos de trabajo digital que le tomó al enmascarado formar una comunidad virtual que al día de hoy se extiende por todo el continente, dejando vestigios materiales de su existencia en los murales, afiches, plegables, libros, volantes y tabloides que los seguidores de la Logia Blanca descargan del sitio web y reparten por iniciativa propia en sus pueblos y ciudades.

El maestro enmascarado, cuyo rostro e identidad nunca ha revelado (ni pistas ha dejado de las que se pudiera jalar), hace transmisiones en vivo cuatro días a la semana, a las siete de la noche: los lunes y sábados imparte la Cátedra del Energismo, los martes son para la Práctica Esotérica y los miércoles, para el tarot y la kábalah. El set es visualmente excesivo, aunque de composición simple: el hombre se sienta frente a su escritorio con un micrófono y un computador, y la magia de la edición convierte el fondo en una escena onírica generada con inteligencia artificial, que cambia en cada video y mezcla elementos visuales como mandalas, jeroglíficos y pirámides, constelaciones, columnas griegas y personajes élficos en estado de meditación, iluminados por aros de luz. Él mismo aparece en muchos de los videos vestido con una túnica griega, atada a un solo hombro, el cabello castaño suelto hasta los hombros y su rostro escondido detrás de una máscara blanca de formas simples, que no deja ver siquiera el color de sus ojos.

Los sermones del enmascarado oscilan entre la ficción mística y una clase de ética y moral cotidiana, en un lenguaje sencillo y corriente que usa sentencias familiares, filosofía de sobremesa, el conocimiento popular y obvio de la vida misma que suele ser transmitido de madres a hijos, de tíos a sobrinos, de taxista a pasajeros. El Aprendiz, como lo llaman los seguidores que comentan durante los directos, esconde su rostro porque lo importante no es él, sino el mensaje. El hombre enmascarado da consejos sobre cómo elegir amigos o pareja, cómo superar la pobreza “con energía creadora”, cómo activar la libertad financiera y el éxito en los negocios, cómo eliminar la ansiedad, pero también habla del verdadero “demiurgo creador”, las revelaciones de Jesús y “los secretos de la magia que nadie te ha contado”.

En el sitio web aseguran que la Ciencia del Energismo no es una religión o una secta, pues “no pide afiliación, no exige creencias, no cobra cuotas, no impone dogmas”. Sin embargo, al finalizar cada video, el Aprendiz invita a unirse a la comunidad paga de YouTube en la que existen dos tipos de suscripciones: el “Aporte simbólico”, de dieciocho mil pesos al mes, que incluye insignias de fidelización, chats en directo solo para miembros, acceso anticipado a videos nuevos y shorts exclusivos, o la suscripción “Música del energismo”, que por cincuenta mil pesos mensuales les da a los miembros “acceso exclusivo a una selección sonora pensada para magos blancos, diseñada para acelerar la activación de tus centros superiores de conciencia”. Quienes hacen parte de la comunidad paga, asegura el Aprendiz, forman parte de “un círculo de apoyo que hace posible compartir enseñanzas, curaciones y elevación para millones que hoy sufren”.

No es posible saber cuántos suscriptores pagos tiene el canal de YouTube Ciencia del Energismo, pero, por cálculos a ojo, podrían ser cientos, si no miles: cada uno de los directos del hombre enmascarado son vistos durante más de dos horas por más de mil personas: si el Aprendiz fuese un cura católico, sus misas llenarían dos iglesias del tamaño de La Candelaria (y eso sin contar las miles de reproducciones que los directos ganan después).

Hay otras formas de ayudar a la Fundación: reciben donaciones a través de PayPal, Nequi, Davivienda y criptomonedas. Donar a la Ciencia del Energismo, dicen, es “ser parte del sacrificio por la humanidad”. Pero no todo es dinero, porque el sacrificio también puede ocurrir con la divulgación del mensaje: tienen varias carpetas en la nube con diseños de volantes, plantillas, plegables, afiches, pósters, tabloides, en fin: cientos de vestigios materiales que los hermanos energistas, así como el devoto de los grafitis de Medellín, van regando por el mundo.

“El raro culto que promete ‘vida eterna’ y caza adeptos en el centro de Mendoza”, tituló el diario Mendoza Post de Argentina en enero de 2026. La noticia alertaba sobre la secta que estaría buscando seguidores con un cartel que pegaron por toda la ciudad, sin los permisos pertinentes. “¿Quieres saber la causa de tus sufrimientos?”, dice el póster, y luego cita un pasaje bíblico: “Estrecho y difícil es el camino que conduce a la luz, muy pocos son los que lo hallan”. El cartel tiene tres códigos QR: uno va al canal de YouTube, otro a Telegram y el último, “al sitio web de origen colombiano que utiliza como eslogan una serie de promesas extraordinarias”.

En el artículo “Las instituciones gnósticas de Medellín”, de Carolina Tamayo y Johann F. W. Hasler, los investigadores del grupo Religión, Cultura y Sociedad de la Universidad de Antioquia relatan la historia de Samael Aun Weor y los tres discípulos que tomaron las riendas del gnosticismo en Colombia tras la muerte del maestro, el 24 de diciembre de 1977: V. M. Rabolú, V. M. Gargha Kuichines y el V. M. Lakshmi. Es la organización de este último discípulo, la Iglesia Gnóstica Cristiana Universal de Colombia, la que más fuerza tiene en el Valle de Aburrá, con sedes en Medellín y Bello, y por eso fue la elegida por los investigadores para hacer la etnografía del artículo.

Según cuentan los académicos, esta iglesia obedece a un gobierno interno de alcance nacional e internacional, “en donde sus miembros encuentran una posibilidad de servir y llevar a buen término la aplicación de los factores de la revolución de la conciencia como el “sacrificio consciente por la humanidad” o la “muerte mística”. Los miembros que llevan un buen tiempo en la iglesia gnóstica, dicen los investigadores, aseguran sentirse fuertemente acompañados “por toda una estructura humana”: si bien la gente llega al gnosticismo atraída por lo oculto, la magia y el misterio, “es la cohesión social y el nivel de compromiso consigo mismos y la institución lo que los mantiene en la organización”.

Voy en el taco matutino de norte a sur y cuento uno, dos, tres, cinco Ciencias del Energismo entre Copacabana y el Tránsito de Bello, que son poco menos de siete kilómetros: hay un grafiti anunciando el gnosticismo weoriano cada 1200 metros. Sin necesidad de muros de roca física y sillas Rimax, sin verse los rostros siquiera, sin pretender llamarse iglesia y sin gastar prácticamente nada en mercadeo, el enmascarado construyó una comunidad virtual que, si estuviera toda junta, llenaría cuatro, cinco, seis veces el Atanasio Girardot. Serían trescientas mil personas juntas escondidas detrás de una máscara blanca, trescientos mil anónimos puestos uno detrás del otro como en una fila de dominó: una fila de 120 kilómetros que va de aquí a Amagá, serpenteando por los carriles de motos que se forman en los trancones, y vuelve hasta encontrarse con su propia cabeza en Copacabana. Y entre todos esos anónimos, la presencia oculta de un devoto enmascarado que escribe “Ciencia del Energismo” por todas partes como acto de sacrificio por la humanidad.

Para despedirse, el energista diría “paz inverencial”.

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El museo por cárcel

EDITORIAL

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

La historia del Museo Nacional de Colombia está emparentada por los dos grandes rivales políticos del siglo XX. Jorge Eliécer Gaitán y Laureano Gómez. Enemigos partidistas casi siempre y aliados por conveniencia algunas veces. Gómez fue quien acogió la idea de trasladar el museo al edificio del panóptico que había cerrado, o mejor, abierto sus puertas en 1946. Gómez era el presidente de la Comisión Preparatoria de Trabajos que organizaba la IX Conferencia Internacional Americana en Bogotá y en la práctica, el canciller en la sombra del presidente Mariano Ospina Pérez. La idea caló y se trabajó durante dos años en la adecuación del edificio construido a finales del siglo XIX como penitenciaría de Cundinamarca.

La inauguración estaba prevista, con presidente a bordo, para el 9 de abril de 1948 pero Roa Sierra tenía otros planes. Las hordas del Bogotazo llegaron hasta las puertas del museo y la directora Teresa Cuervo los repelió con el argumento de que los presos ya se habían ido. Gaitán murió, el museo se salvó y Gómez huyó del país el 10 de abril.

En las celdas iluminadas del museo de hoy conviven con desconfianza las historias y los retratos de Gaitán y Gómez.

***

Hasta mediados de los setenta el Museo Nacional era todavía más un anticuario que otra cosa. La pregunta sobre la identidad nacional era una pugna que llevaba décadas. Minerales, recuentos botánicos, próceres y banderas, artículos curiosos y arte histórico y religioso, ese era el inventario. También había una sala con los trebejos personales de Laureano Gómez y otra con las reliquias pictóricas preferidas de Eduardo Santos. En esa época se dieron las primeras discusiones sobre qué cosas debería exhibir, enseñar, resaltar y sugerir el museo. Los grandes historiadores del país, las curadoras y artistas de vanguardia, la prensa, los museógrafos internacionales que asesoraban Colcultura guiaban el debate. La nueva directora, Emma Araujo de Vallejo, decidió ordenar al gabinete y contar una historia más que atiborrar tres pisos de curiosidades: “Dos cuadros buenos dicen más que veinte malos”, fue una de sus frases ante las críticas. A muchos les parecía que el museo estaba muy vacío, otros extrañaban las armas que se guardaron para exhibir símbolos civiles. Las luchas entre el americanismo que seguía a los muralistas mexicanos y la vanguardia que pensaba en instalaciones y en hierros retorcidos. Las exposiciones temporales, una rareza hasta ese momento, se convirtieron en una forma de hablar de la realidad que cambiaba y las discusiones que aparecían en el camino. En medio de la política extrema la directora Cuervo duró veintiocho años (1946–1974) en su escritorio y su reemplazo, la señora Araujo, estuvo ocho años a cargo (1974-1982). El museo se disputaba en las ideas de la educación, la identidad, la historia y las artes. Era momento de incomodar a los retratos de la independencia y a la galería del Palacio.

***

Hace casi cincuenta años, Gloria Zea describía en el número 10 de la revista Gaceta los propósitos de una “nueva cultura colombiana”. Las palabras de la entonces directora de Colcultura bien podrían servir para la polémica actual sobre el Museo Nacional al que el gobierno pretende convertir en sala decorativa para la acción política del presidente: “Toda persona tiene derecho a la cultura; a toda la cultura. De ahí la importancia de la cultura colombiana en este momento: no se trata de una cultura formal, desvinculada de las realidades nacionales; ni de una cultura extranjerizante, mirando siempre hacia otra parte; ni de una cultura dependiente de la holgura económica, o el ocio creador. Ni de una cultura elitista y literaria. Todo lo contrario: se trata de una cultura viva, polémica, actuante, que se ha diversificado al máximo, y para la cual todas las formas de expresión resultan válidas: el cine y los títeres, la antropología y la historia, el folklore y la danza, la ópera y la pintura, el teatro y el periodismo; la investigación de nuestro pasado y la proyección de nuestro futuro”.

Pero el gobierno está tres salas atrás de las discusiones de los años setenta. La cultura es solo una forma de distraer y hablar de sus prejuicios y su fanatismo. Para Abelardo y su clan la cultura es el lugar para purgar y señalar, no para crear, recordar, sugerir. La vergonzosa orden de sacar del museo los objetos que le parecían dignos de desaparecer —usó esa muy elocuente palabra— muestra el orgullo con el que el gobierno exhibe su fanatismo.

Es claro que la intención era señalar al gobierno de Gustavo Petro declarándoles la guerra a los muros de una sala del Museo Nacional. Pero lo cierto es que los guiones y la curaduría de esas nuevas salas no se hicieron durante el gobierno anterior. Desde 2011 se comenzó el proyecto de renovación del Museo Nacional en el que participaron cientos de personas. Tres gobiernos, ocho ministros de cultura y seis directores acompañaron la apertura de trece nuevas salas, todos con miradas y énfasis diferentes, pero capaces de compartir y discutir un reto que apenas hace unas décadas han asumido nuestros museos: contar la historia más reciente, mirar al pasado que todavía se discute en la política y en los medios. Ninguno de los objetos desaparecidos fue llevado al museo por el gobierno anterior. Se trata de una batalla contra el adoctrinamiento, dice el gobierno, mientras habla todos los días con bendiciones y saludo militar.

***

Pero el daño a la cultura en el gobierno del decorador Abelardo de la Espriella va más allá de la purificación del museo. Todo comenzó con la suspensión del Programa de Estímulos y el Programa Nacional de Concertación. Un golpe a los creadores individuales y a los eventos con mayor trayectoria en el país. La decisión desató el señalamiento de parasitario a todo el sector cultural: “¿Por qué el Estado debe apoyar a artistas fracasados?”. “Si solo pueden ser artistas con la plata del Estado entonces que cojan otro oficio”. “Hay prioridades y no es hora de estar sosteniendo artistadas”.

No se trata solo de curar el museo de objetos indeseables, se busca sobre todo desprestigiar a un sector que les parece ajeno, subversivo, degenerado. La versión que dictó el director del Instituto Caro y Cuervo sobre Gonzalo Arango y Andrés Caicedo va en la misma dirección. Corregir la biografía de dos desviados, marcar el rumbo del pasado y menospreciar a los creadores del presente.

Una cultura solo para aplaudir al final de cada acto: “Aplaudan, por qué no aplauden”.

La bici gramatical

por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Samuel Castaño

Exclusivo web Octubre de 2026

Leí que el viaje en bici era una buena escuela de escritura. Como entiendo que cualquier asunto humano o no, sin diferencia de lo anodino, desconocido o interesante que sea o que parezca, puede ser esa buena escuela, no encontré muy excepcional la observación, pero sí muy concerniente. Viajo en bicicleta y tengo el hábito de la escritura entre mis hábitos. La tomé entonces como de “interés personal”. Releí, repensé la frase, repasé mi experiencia de ciclista y la de otros ciclistas. Sabía de qué modo te hace merecedor de la distancia y tanto del cansancio como del descanso. Sabía de qué manera una bicicleta le narra el mundo a su ciclista, se trataba ahora de cómo esa experiencia se convertía en taller de escritura.

Tomar conciencia de la larga línea que van escribiendo las ruedas sobre los pavimentos y procurar que toda idea se deslice sin perderse por su renglón. Lograr que los acentos del pedalazo caigan concentrados en su pedazo de distancia. Que no produzcan ese inmerecido desconcierto que castiga las piernas cuando su ilusionado envión cae en el vacío. No basurear talento en la página ni esfuerzos en la carretera.

Ver que las palancas de frenos, que son cuerpos delgados, apenas un tris de bicicleta, se parecen tanto a una coma, apenas un tris de lenguaje. Ver que sí, que los frenos son unas comas capaces de concluir con acierto cada una de sus apariciones en el relato sólido del suelo. Ocurre porque los frenos comprenden los ínfimos y sorpresivos desafíos del suelo. La ruta solitaria y en inmejorable estado guarda anuncios inciertos. Los frenos estarán sin pausa ajustados y despabilados para garantía del avance.

Cuánta diferencia y provecho en el uso de sus facultades. Los frenos garantizan distintos términos de parada, algo que realza la variedad y la calidad de su servicio en la página o en el pavimento. Hay el frenazo de leve presión, el paso merma, merma sucesivamente hasta agotarse con suavidad como al final de una canción. Hay el frenazo un poco más apurado que detiene la rueda por un instante apenas. El avance prosigue en el instante siguiente y figura un punto y seguido y quizá un punto aparte. Hay esos frenazos de ligera y repetida aplicación que, por breves intervalos, disminuyen el avance a lo mínimo posible. El ciclista suspende el pedalazo, está sentado sobre el sillín, afirmado en su centro de gravedad y caracolea la rueda delantera en procura de equilibrio, no de distancia. Al mismo tiempo recoge y suelta el manubrio con reiteración técnica y nerviosa que revela la calidad de puntos suspensivos de ese momento de la marcha. Hay el freno de detención momentánea. La palanca se aplica a fondo. La bici se detiene sobre la hoja de pavimento, el ciclista pone un pie en tierra y con eso estructura un equilibrio integral suyo y de la bicicleta y necesario para la pasajera detención. Luego continúa la marcha, bien que entre en un párrafo de niebla o en una carretera de deslumbrante claridad.

La detención tiene variadas intenciones y no siempre quiere decir final. De hecho, una jornada por larga o corta que sea solo tiene una última pedalada y entre la primera y esta siempre habrá muchas detenciones por comas elementales, puntos y seguido de suave, débil respiración y solo una vez ese punto drástico de final de oración, párrafo o pedalazo.

Para la claridad en el desplazamiento, los frenos atienden amplia y espontánea lista de urgencias arriba y abajo de la escala temporal y emocional de la marcha. La intervienen y señalan en espacios, en tramos, igual que hacen las comas en un párrafo, en una página, en cien. Cada coma interviene en su página como una puntada de la historia que contiene, así como cada frenazo teje la consistencia del recorrido. Ver que un párrafo abusado por gula gramatical, digamos, un exceso de comas, puede representar holgadamente la molestia de pedalear caminos encharcados o calles empedradas o saturadas de baches.

El párrafo se deja obrar por las ruedas mientras se extiende en la hoja haciendo la distancia.

Existe el punto y aparte. El párrafo se detiene. No está cansado. No le faltan ideas ni fuerza, pero ha encontrado una pausa, un silencio, un puente. Lo asume. Sabe que al otro lado lo que sigue es un trozo más de la misma carretera.

Hay el punto de final de jornada que es un cambio total de plana o de pueblo. Ha terminado la tarde y el biciviajero se detiene para reparar las fatigas. Desmonta. Recuesta la bici, la duerme. La línea se ha detenido, el relato, que siendo de bicicletas lo es de equilibrio, prosigue, porque el movimiento se siente bien entre la quietud y el equilibrio. Sigue una noche profunda. Toda la energía del ciclista se ocupará en reparar la energía perdida, tal vez no venga a su cabeza ningún sueño.

La marcha se reanudará a la mañana siguiente (o quién sabe cuándo. Ha pasado) y siempre bajo la condición de una delicada y llamativa mayúscula encargada de encarar las novedades venideras. Habrá otra carretera, otro pueblo. Tal vez algún párrafo salga inédito de una niebla en una de sus calles. Tal vez un recuerdo para siempre lo espere en el hotel.

Y existe ese freno de final de viaje que en realidad no es nunca el punto final del relato, pues no existe tal cosa. Existe la última página de un libro, pero no el punto final de la novela. Ninguna historia se detiene, ninguna tiene fin. Se detiene el viajero, se detiene la bici. El viaje queda en suspensión. Se cierra la página, pero no el viaje que, aunque detenido, sigue abierto y divagado. 

El ciclista sabe que un escupitajo lanzado con mucha voluntad o una mirada de más a un lado de la pista pueden arrastrarlo a la caída, al choque. Ante la contingencia probable mantiene las manos avisadas sobre las encomiables palancas, capaces, en un leve apretón, de asegurarle integridad. De la misma manera el que se dedica a llenar páginas mediante su escritura, aprende pronto de su mano desbocada, sin frenos en una larga página de curvas. Aprende de su mano reprimida. Cuánto vacío, cuánta deuda con la promesa del lenguaje ansiado por la hoja desnuda.

Con el tiempo, con el entrenamiento permanente, llegará a enterarse de cuál es la velocidad de su escritura en la página del día. Sabrá que no tiene veinticuatro velocidades como cualquier bicicleta de barrio, sino una como cualquier hijo de vecino. Sabrá que tal velocidad deberá resultarle suficiente para mantener su intención y el ofrecimiento de la bicicleta en relación conveniente a las subidas y bajadas de escritura.

Atacado por las ruedas el asfalto mantiene resistencia, la ejerce. Está hecho para eso. El biciviajero avanza sobre ese suelo de materiales rígidos y grises restando inquietudes y temores. Las dudas, que al comienzo del día le mostraban tan superior y le conferían toda ventaja posible a ese suelo inanimado, al final de la jornada, si el ciclista venció la dureza gramatical de la carretera, si estaba hecho para eso, sabrá que la suya, solo es una victoria pasajera, que mañana, otra vez, otro pavimento estará en su sitio intacto y sólido esperando su paso como una página en blanco espera a otra.

Así, el escritor se apura en restar el arduo, el pesado color blanco de la página vacía. Una palabra, dos, tres. Avanza un renglón, otro. Piensa en lo lejos, aún en lo más lejos, pero mira lo cerca, su página que es el suelo donde se desplaza. Respira. Avanza. La página está caliente como un pavimento, convertida en un continuo desgarrón de líneas negras que intentan construir un recorrido y un sentido. Logra siempre el recorrido que está hecho con esfuerzo corporal, enviones y pedales, ruedas y respiraciones adecuadas, pero no siempre el sentido que pertenece a una esencialidad no visible y más compleja que el esfuerzo de piernas y pulmones. Resta el escritor, al final de una jornada, todo el poder blanco del papel o la pantalla. Vence, con reteñido palabrear esa superioridad de página en blanco y solo para encontrarla de nuevo intacta y blanca en la carretera siguiente.

Y no abandonan, biciviajero y escritor, juntos o cada uno en su propia bicicleta, mantienen alerta su convicción de que lo único con honrada y categórica importancia es continuar. Aplicados a esa seguridad avanzan sobre sus destinadas superficies y así es que salvan la promesa de sus esfuerzos.

La bici es un idioma y tiene amplia y solvente normativa, por cierto, harto amigable, podría decirse cómplice. Ella concede, por ejemplo, ser pedaleada por alguien que desconoce todo de su mecánica, como decir de su gramática y que solo sabe conducirla sin perder el equilibrio y hacer las curvas y frenar. Un bisoño al que le hacen falta unas cuantas caídas sin cerrar por eso la posibilidad de otras caídas. La bici lo recibe en compañía. Va con él. Sabe que el camino mejorará las borraduras. Así permite un libro que un escritor lo saque de donde está, un cielo o tierra prometida o algo así.

Desconocer la solución de un pinchazo, que es un incidente corriente de la carretera, será como ignorar el proceso de búsqueda en un diccionario y desconocer los trucos que evitan el pinchazo, será como carecer de diccionario.

La cámara requiere cantidad determinada de aire. Se puede palpar con los dedos o medir exactamente con un manómetro. Si más, puede estallar, si menos avanzará en resentida y pesada marcha porque la falta de aire pesa tanto como el exceso de equipaje.

Pero no existe el manómetro literario aunque cada frase, cada párrafo tiene su medida conveniente de arte, su soplo adecuado de aire. Si el escritor no conoce o no percibe esas medidas de atmósfera y de aire en sus palabras, es fácil que los párrafos queden desinflados, expuestos al brinquito insano en la tela de la lectura, bien que al final, tropezando en el viento de las páginas y gracias a la promesa de la letra en el papel, puedan leerse sus párrafos desacostumbrados y de confuso camino.

El biciviajero empuja solo y en silencio por su renglón de carretera. No puede pedirle a otro que pedalee por él. Va desplegando cuidados desde el fondo de su cabeza hacia el pavimento. Va solo. Va muy atento. Va entregado a su doble empeño de pedalear mirando el suelo riguroso y a un lado y otro el paisaje que va encontrando y al mismo tiempo dejando. Todo fluyendo en un adiós inmediato. La velocidad, como “la experiencia, no se improvisa”, ni la suya de diez o menos kilómetros por hora.

El escritor también avanza solo. Va atareado, concentrado en su página. Su herramienta: lapicero o computador (una máquina de escribir traería mucho ruido a este párrafo) produce en silencio, así como las ruedas apenas zumbando producen la distancia. El texto que está juntando ya estaba provisto con harta señalización gramatical y deudas de lenguaje desde antes de empezarlo. Va muy cuidadoso de ellas que por oficio y propiedad le anuncian los acá, los allá, los más allá de su escritura. La página en blanco es un camino inédito. El escritor la recorre, se adueña de ella igual que el biciviajero de su kilómetro. Este debe respetar orillas, acatar señales y precisar esfuerzos en el renglón de muchos kilómetros que es la carretera. Riesgos no faltan y el ciclista no siempre logra esquivarlos. El escritor busca reconocer todas las llamadas y símbolos de su ejercicio, se prepara para eso, se entrega a la tarea, pero nada le garantiza que aquellas que reconozca las interprete y use con eficacia.

Es justo hablar del esfuerzo físico de ambos. Uno y otro resuelven sus ideales sentados y con no poco compromiso muscular, óseo y mental. El ciclista, de sus nalgas que centran fuerza y equilibrio; de sus piernas, brazos y espalda que impulsan, mantienen y dirigen su esfuerzo al desplazarse. No puede permitirse un metro de descuido. Este metro puede alzarse contra él en bastante menos que un segundo. El escritor asimismo estará comprometido con sus nalgas que lo soportarán sedente, como una fuerza muerta, durante horas y días de largo peregrinaje por la página. Deberá asumirse, reconciliarse con su espalda que soportará la gravedad de esa posición y con sus manos que lo atarán a la superficie blanca y leve de la hoja.

A veces una palabra o expresión quedan sonando en la pausa de un párrafo. Ya no hay contacto visual o acústico con las letras, pero la palabra sigue viva, sigue diciendo, rodando en la curvilínea carretera cerebral igual que al suspender el pedaleo, la bici continua en marcha “regalada”, rodando perfectamente equilibrada por el impulso de una energía en desarrollo y equivalente a la acumulada en el último pedalazo.

Sí, había unos cuantos parecidos entre la escritura y la bicicleta, aunque no necesariamente destinados a escuela de escritura, muchos parecen pertenecer a una categoría diferente, la de aprender a vivir, pero aquí no se trata de tan grave asunto, algo para cuya excelencia no es necesario irse de viaje en bicicleta o dedicarse a la escritura.

Se conocen tan poco esos parecidos porque son pocos los viajes que se cuentan o se escriben, son en verdad muy pocos, nada, vistos los millones de viajes que se hacen en el mundo. Si se contaran más o si la gente viajara más, habría mayor comprensión de ellos. Se les harían menores exigencias sin restarles méritos y lejanía. Los viajeros no tendrían que regresar héroes ni millonarios. Se verían más semejanzas entre montar en bici y escribir, que seguro hay muchas más. Por ahora, volviendo a la lista referida, bastará con agregar una diferencia. No es lo mismo caerse de una página que de una bicicleta. Aunque el peligro de una coma mal puesta pueda ser fatal, muy pocos habrán muerto por la falta, acaso alguno y eso en forma de metáfora, “muerto de vergüenza”, en cambio, serán tantos los que habrán muerto por mala aplicación de los frenos y muchos más por no aplicarlos. La preceptiva de las rutas es tan constante como la gramática en la página, pero menos indulgente. La largueza gramatical en la página es una ventaja para el escritor, pero no para sus personajes. Una coma puesta en lugar indebido empobrecerá a un rico o enfermará a un sano.

“Dadme una coma y moveré el mundo”, dirá alguien, y otro: “Dadme unos frenos y lo impediré”.

Coda: Después de conocer algunas similitudes entre el viaje de bicicleta y la escritura, entre una carretera y una página de papel, conocí dos frases de campeones de ciclismo que por su aporte y precisión para el caso no omitiré.

Un mito del ciclismo mundial, Fausto Coppi (cinco veces campeón del Giro de Italia, dos veces del Tour de Francia, etcétera), recomendó: “Montar en bicicleta. Montar en bicicleta. Montar en bicicleta”, cuando le preguntaron cómo se obtendrían mejores resultados del ciclismo de competición. Puesto que su frase tiene utilidad para toda pretensión humana, no deja de guardarla para el que quiera mejores resultados de su escritura: escribir, escribir, escribir.

Otra leyenda ciclística, Greg LeMond (tres veces campeón del Tour de Francia, dos veces campeón del mundo, etcétera), produjo una semejanza por oposición cuando respondió: “Nunca es más fácil, simplemente te vuelves más rápido”. Con la mayor comprensión de su oficio un escritor no siente que le sea más fácil ni más rápido, sino más preciso, más seguro y quizá, por aumento de cuidados, más lento.

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En búsqueda del plato perdido

por ESTEFANÍA CARVAJAL • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Campesinos de ciudad Noviembre de 2023

Elvia Rosa Zuluaga de Galeano, conocida como la Mona.

El 3 de diciembre de 2021, en el parque principal de San Antonio de Prado, debajo de una carpa blanca adornada con bombas y serpentinas de colores en la que habría unas sesenta personas, todas con tapabocas, nació el “osobuco pradeño”, el primer plato típico del corregimiento que comunica a Medellín con el suroeste antioqueño.

El “Gran lanzamiento del plato típico de San Antonio de Prado”, como tituló la emisora local, Frecuencia Estéreo, contó con la presencia de distintas personalidades de la industria avícola y pecuaria de la zona, y el discurso principal estuvo a cargo de Efrén Álvarez Bustamante, presidente de la Junta Administradora Local de San Antonio de Prado e “hijo adoptivo del corregimiento”, según contó a los presentes.

Así como Efrén, San Antonio de Prado —o Prado, como le dicen casi todos— tiene muchos, muchísimos hijos adoptivos. Entre 2012 y 2022 se construyeron veinte proyectos de vivienda de trescientos apartamentos cada uno, en promedio, donde caben unas veinticuatro mil personas. Cada día, unos doscientos mil vehículos se movilizan por las dos únicas vías de acceso: un par de carreteras curvadas por las que serpentean filas de luces blancas y rojas atascadas en el caos de las horas pico.

No es extraño, pues, que ninguno de los invitados al lanzamiento del osobuco pradeño se supiera el himno del corregimiento, ni tampoco que, hasta ese momento, no hubiese un plato que identificara a los nuevos habitantes de San Antonio de Prado. En su discurso, que recitó con ese tono característico de los políticos de pueblo, Efrén Álvarez aseguró que llevaba doce años soñando con un plato típico que pusiera al corregimiento en el mapa gastronómico del turismo regional. También agradeció al Fondo Nacional de la Porcicultura, conocido como Porkcolombia, que se encargó de la investigación y diseño del plato, y a los productores locales de cerdo, que es la principal economía de la ruralidad pradeña.

“Después de baches, escollos y de cruzar muchos caminos, por fin lo logramos”, dijo, y le dio la palabra a la mente maestra detrás del osobuco pradeño: el chef ejecutivo de Porkcolombia, Camilo Castaño.

El osobuco es un plato tradicional de la cocina italiana que se prepara con jarrete de ternera: un corte de tres centímetros de grosor, sin deshuesar, que va desde la pantorrilla hasta la corva del animal. En Italia, los milaneses lo preparan estofando la carne lentamente en vino blanco y guiso a base de tomate. Lo acompañan con arroz o risotto y verduras cocidas.

El osobuco que Camilo Castaño y su equipo crearon para San Antonio de Prado se acompaña con puré de papa y una ensalada “primavera” con hortalizas de la región; y no es de res, sino de cerdo, porque lo que hay en San Antonio es marrano: desde 1999, el corregimiento es la casa de Porcicarnes, una de las empresas porcinas más grandes del país, y de otros pequeños productores de cerdo cuyas porquerizas pueden verse aquí y allá desde el empinado parque principal.

Antioquia es el departamento del país que más come cerdo, y lo viene haciendo con preparaciones complejas desde que Carrasquilla escribió La marquesa de Yolombó en 1928: ya entonces existían la lechona, los chorizos, el tamal y la morcilla. Su majestad el cerdo es un animal tan noble y rico en proteína que puede comerse completico, desde la trompa hasta la cola. Los cocineros paisas sirven a sus comensales desde un sudao de oreja y trompa, como nos lo va a preparar la Mona en su estadero, hasta un calentao con buche de cerdo para el desayuno o un sancocho con pezuña o un chicharrón de muchas patas o un cañón en salsa agridulce acompañado con ensalada rusa, para los quinces y matrimonios, o la carne frita del almuerzo, “la de todos los días”, como reza el eslogan pegajoso de Porkcolombia en las emisoras nacionales.

“Lo que estamos buscando es algo que se llama economía circular. Este tipo de proyectos vinculan todas las áreas que componen la economía del corregimiento. Tenemos un plato donde está representada la porcicultura, los tubérculos y algunos vegetales y hortalizas que tenemos disponibles, y lo que hacemos es darle valor agregado, buscando que ustedes como habitantes del corregimiento se identifiquen con estos sabores y estas preparaciones”, dijo el chef ejecutivo del fondo de porcicultores.

El osobuco pradeño no es el primer plato típico que se ha inventado Camilo Castaño para las regiones rurales de Antioquia. El pionero fue “Este bendito chicharrón”, creado para Donmatías, el municipio con más cabezas de cerdo de todo el país. Después, Porkolombia replicó la estrategia en otros pueblos del departamento, y en el proceso incluyeron a productores y cocineros locales: en Gómez Plata nació “Cordial encanto”, un cañón de cerdo en salsa criolla y tajadas de papa, y en Venecia, “Montaña mágica”, un solomito de cerdo encostrado en café, acompañado por puré de plátano maduro envuelto en una hoja de bijao que simula la forma piramidal del cerro Tusa. Según dijo Porkcolombia en un comunicado, ocho restaurantes de Venecia ya estaban listos para ofrecer en sus cartas el nuevo plato típico del municipio, hecho con ingredientes cosechados y cerdos criados en la región, y otros doce estaban en el proceso de aprenderse la receta.

“Ustedes como habitantes del corregimiento tienen la responsabilidad de consumir y promover el osobuco para que pueda perdurar en el tiempo, porque si no, solamente nos queda la fotografía, y no es lo que buscamos”, dijo el chef ejecutivo en el parque de San Antonio. Y es que de nada sirve un lanzamiento pomposo y que la noticia salga en un par de medios locales si la receta no se instala en las cocinas de la gente, si los hijos y los nietos y los hijos de los nietos no lo siguen preparando hasta que olviden que ese plato que todos comen alguna vez no existió.

¿Es posible crear un plato típico?

A diferencia del osobuco pradeño, Este bendito chicharrón o la Montaña mágica, nadie fue invitado al lanzamiento del sancocho, la bandeja paisa o el tamal, porque nunca hubo ninguno, que se tenga certeza.

El tamal ya existía en el territorio que hoy llamamos Colombia cuando Américo Vespucio puso por primera vez un pie europeo en el Cabo de la Vela, en 1499. Durante miles de años, los indígenas que habitaban México se habían encargado de regar el maíz por el resto de Mesoamérica, y por ahí derecho, la majestuosa preparación del tamal: una masa de maíz cocido, con o sin relleno, envuelta en una amplia variedad de hojas que van desde la mazorca hasta el maguey, y con tantas combinaciones posibles que solo en Colombia se han contado quinientas recetas.

El sancocho, en cambio, evolucionó de un plato español llamado “olla podrida” y llegó a casi todos los rincones del continente con la conquista. Al igual que el tamal, su receta fue variando según la cultura alimenticia de cada región y los ingredientes disponibles, pero la preparación es en todas partes la misma: la proteína, los tubérculos, las verduras y los condimentos van juntos al fuego en una olla de agua que hierve hasta que el olor a olla podrida sea inconfundible.

En Antioquia hay sancochos de río, mar y montaña, pero quizás el más popular en Medellín y sus corregimientos es el sancocho paisa: lleva carne de res y costilla de res o cerdo; plátano verde, guineo, plátano maduro, papa, arracacha y mazorca; se condimenta con zanahoria, cebolla junca, hojas de repollo, comino, sal y pimienta; se decora con cilantro y se sirve con aguacate, arroz, ensalada y una rodaja de limón.

El último plato de la santísima trinidad montañera es la bandeja paisa, el único con un origen rastreable y que se encuentra siempre en los restaurantes de comida tradicional, pero escasa vez completa en las cocinas de la gente de la región.

Según la historia que contaba el antropólogo e investigador culinario Julián Estrada, a quien invitamos a hacer parte de este proyecto poco antes de su prematuro fallecimiento, la bandeja paisa nació como una estrategia de mercadeo de Turantioquia, una institución que buscaba promover el turismo en el departamento y que fue liquidada en 1997. A finales de los sesenta, Turantioquia administraba varios hoteles de carretera en los que a alguien se le ocurrió la brillante idea de fusionar en una misma tarifa la amanecida y un almuerzo con fríjoles.

Los fríjoles —o frisoles— son un grano precolombino, y hay evidencias de que los indígenas del Aburrá los comían desde hacía más de cinco siglos. En la tradición campesina de las montañas antioqueñas, los fríjoles se servían en la cena acompañados por arroz, tajadas de plátano, arepa y una proteína: un pedazo de carne de res o cerdo, un chorizo, un chicharrón, carne molida, morcilla o huevo.

En el entonces recién inaugurado bufé de Turantioquia, todos los acompañantes tradicionales de los fríjoles estaban a disposición de los comensales. Y como para el paisa cantidad es calidad, la gente se servía de todo: cada una de las carnes posibles más el arroz, más el maduro, más el aguacate, más la morcilla y al tope una arepa pequeña, redonda y casi insípida de maíz blanco cocido.

La bandeja ovalada fue la solución de Turantioquia para las montañas de comida que ponían los paisas en sus platos, y como gustó tanto la idea, otros hoteles y restaurantes la replicaron, y en cuestión de décadas ya era conocida en el resto del país como el producto insignia de la gastronomía antioqueña, que de muchas maneras refleja algo profundamente arraigado en nuestra idiosincrasia: la exageración.

¿Dónde está el osobuco pradeño?

Ni Julián Estrada, quien investigó la comida colombiana como nadie lo había hecho, ni la nutricionista Luz Marina Arboleda, quien participó en la investigación del Perfil Alimentario y Nutricional de Antioquia 2019, ni ninguno de los lugareños con los que hablamos nos pudieron decir si había un plato típico autóctono de los corregimientos: en las montañas del valle de Aburrá se come exactamente lo mismo que en el resto de cerros que lo circundan. Solo en internet encontramos la noticia del osobuco pradeño, y los caminos del preguntar aquí y allá nos condujeron al Parador de la Mona.

La calle 38 Sur, en San Antonio de Prado, puede ser una de las vías más empinadas del Valle de Aburrá. El pavimento está parchado y lleno de huecos, y en los primeros metros tiene unas hendiduras horizontales, como en los rieles de las veredas, que ayudan a los carros a impulsarse por la pendiente. En la cima, a mano derecha, está el cementerio del corregimiento, y a una casa de distancia, el Parador de la Mona: un restaurante de comida típica y menú ejecutivo donde nos dijeron que tal vez podríamos encontrar el osobuco pradeño.

La Mona es famosa en San Antonio de Prado por la sazón de su comida, pero no muchos saben que su nombre completo es Elvia Rosa Zuluaga de Galeano y no es de San Antonio de Prado, sino de Guatapé. Después de trabajar por muchos años en restaurantes de cocina internacional en Bogotá y aprender casi todo lo que sabe del oficio, de montar sola y acompañada un par de negocios de carretera, la Mona armó maletas y llegó a Prado, donde vivía su hija, con la intención de empezar otra vez de cero, aunque con la ventaja invaluable de la experiencia acumulada.

Su fama de buena cocinera empezó a correr en Prado gracias al voz a voz. La gente preguntaba por la Mona y cualquier transeúnte de la calle 38 podía señalarle la casa en la que vivía con su hija. “Yo les vendía almuerzos a ochenta personas a puerta cerrada. Después, por la noche, sacaba un carro de comidas rápidas a la calle”. Vendía salchipapas, papas con todo, pollo apanado, plátano con queso. “Hasta arroz negro, arroz moro”, dice la Mona. Un plato poco frecuente en los carritos callejeros.

—¿Cuál es su especialidad?

La Mona responde sin dudarlo:

—La especialidad mía es la cocina internacional.

Y su mejor plato, dice, es el conejo argentino.

—Aquí no lo hago porque de pronto no es el sitio.

Pero su repertorio es variado. La Mona sabe hacer:

—Baby beef, filet mignon, steak pimienta, róbalo traviata, pollo president, cazuela, langostinos al ajillo, langostinos apanados, pollo al ajillo, róbalo valeska. Yo le hago el chimichurri natural, la salsa tártara, la barbecue original, que es con maní, yo le hago todas las salsas madre.

La Mona recita sus especialidades de un envión, como si hubiera pensado ese menú, en ese orden, infinidad de veces antes de decirlo.

—El sueño mío es montar un negocio bien bonito donde yo pueda explotar lo que yo sé. Pero aquí el fuerte es el sancocho, el mondongo y la bandeja paisa. El churrasco y la punta de anca. ¡La bandeja paisa de aquí es de locos!

—¿Y el osobuco? —le pregunto.

—Ese es fácil. Se prepara de un día para otro. En Porcicarnes lo conseguimos. Pero es extraño que la gente lo use. Lo usan en las sopas, por ejemplo, pero no como un plato presentado. Acá lo hacemos sudao y lo vendemos con yuca y papa, por ahí una vez a la semana.

—¿Ese es el osobuco pradeño?

La Mona parece no entender. Entonces le explico que vimos una noticia sobre un nuevo plato típico en San Antonio de Prado.

—Yo no sé, no sabía. Ahí sí me corchó.

Días después de ese primer encuentro, la Mona nos vuelve a recibir en su restaurante. La llamamos un día antes para que nos tenga listo el osobuco, el único que conseguimos en todo el corregimiento. Cuando llegamos, un poco antes de la hora del almuerzo, la encontramos revoloteando en la cocina. Desde lejos, nos hace señas para que nos sentemos en una mesa.

El Parador de la Mona es un típico restaurante ejecutivo de mantel de cuadros y sillas Rimax, como los que abundan en el centro y los barrios de la ciudad, pero con una vista extraordinaria a las montañas parchadas de Prado, que son verde pino en las áreas de bosque y verde pasto en los terrenos recién talados por las madereras.

La Mona nos pone tres platos sobre la mesa: sudao de osobuco, sudao de oreja y costillas barbecue. Las tres combinaciones están servidas sobre un par de hojas de plátano que cubren la superficie de las bandejas ovaladas. Como llevan los mismos acompañantes y la misma salsa, hay que mirar dos veces para distinguir la oreja del osobuco. Las costillas sí son distintas en color, olor y textura: la Mona no quiso dejarnos antojados de su barbecue casero, y cuando lo probamos entendemos por qué.

Los sudaos no se quedan atrás, incluso a pesar de que el osobuco perdió la forma de anillo durante la cocción. La piel del marrano se rompió, se retorció y quedó como un tornillo. La Mona se disculpa. Dice que el corte que le dieron en Porcicarnes no era lo suficientemente grueso. Pero a la cocinera no hay nada que perdonarle. La carne es tierna y se desprende del hueso con facilidad. No sabe muy distinto a cualquier otro corte magro del cerdo. Lo acompañan papas, yuca, arroz, una arepa blanca pequeña, aguacate y ensalada de repollo.

—El secreto está en la salsa —dice la Mona.

Menciona dos o tres ingredientes, y calla el resto para proteger su receta. Ni boba que fuera. Cuando terminamos el almuerzo, nos invita al postre. El osobuco de la Mona no será un típico, pero tiene todo el potencial de serlo.

Los Pinos

En Antioquia, cocinar ha sido para muchos una solución al desempleo y a la falta de oportunidades. Vender morcilla, chorizos o tamales requiere destreza y algunos ingredientes, pero sobre todo, voluntad. Como el Parador de la Mona, muchos negocios exitosos han empezado como pequeños emprendimientos familiares, y algunos lo siguen incluso con el pasar de los años.

Al otro lado del río Medellín, más allá del filo de la montaña, en la entrada de la vereda El Plan de Santa Elena, las cocineras de Los Pinos usan maíz importado para hacer una de las mejores arepas que pueden encontrarse en el valle de Aburrá. Probamos de tres tipos, redondas, arepa tela y de chócolo, con un chocolate caliente de burbujitas arcoíris en el que nada un pedazo de queso derretido.

—Cuidado se quema, que aquí nos gusta servir caliente y bastante —nos dice Ninfa, la mesera.

Las arepas redondas de Los Pinos son suaves por dentro, pero bien cocidas, y al mismo tiempo la corteza es crocante, irregular, con las hendiduras de la parrilla bien marcadas y pecas de tizne en distintos tonos; están partidas a la mitad y adentro llevan mantequilla de vaca y quesito fresco, arenoso, perfectamente salado en ese contraste religioso con el sabor neutral del maíz.

Las de chócolo no son dulces como las de paquete de supermercado; el sabor es maduro, natural, pero no hostiga: la mantequilla y el quesito completan la santísima trinidad de un desayuno divino.

La tarea de la arepa es acompañar, servir de vehículo, de mesa, de telonero; la arepa es preciosa porque es austera, silenciosa, porque no quiere llamar la atención; su misión es hacer brillar a los ingredientes que la acompañan. Sin embargo, no por eso puede ser una cualquiera: si la arepa no es buena, se nota, y si se nota, daña el plato.

Con las cocinas cada vez más pequeñas, y la gente cada vez más ocupada, el arte de la arepa pecosa de huellas digitales está cerca de la extinción. ¿Cuántas familias, a estas alturas, tienen un molino de mesón para triturar el maíz del día?

La tercera arepa que probamos en Los Pinos podría llevarse el primer puesto en una competencia internacional. Es delgada, pero no tanto como para que no se pueda distinguir la corteza del relleno, y su cara superior está cubierta por un hogao que es más de tomate que de cebolla y que acaban de bajar de una de las tantas pailas que preparan sobre el fuego los almuerzos que se venderán este sábado. El secreto no está en los ingredientes que compran en su mayoría en el supermercado de la zona, sino en su preparación:

—Aquí la leña es la que cocina —dice María Edilma Cardona, la mujer que creó Los Pinos hace ya 45 años.

María Edilma nació en Abejorral en una familia de catorce hijos y muchas carencias. Creció a punta de mazamorra sin leche y colada de chócolo, una sopa a base de maíz que recuerda maluquísima, y aprendió a cocinar con fríjoles cachos que encontraban silvestres en las riberas de las quebradas. Así como otras familias campesinas de la Medellín rural con las que hablamos en esta exploración, los niños de la casa de María Edilma eran los encargados de meterse al monte a buscar el fríjol cacho o petaco, que en Palmitas nos encontramos con el nombre de “fríjol vida”.

María Edilma Cardona

—Cuando no había, nos pegaban —dice la cocinera. Apenas tuvo edad, María Edilma se fue para Medellín a buscar mejor vida. Llegó con su marido a vivir en una finca, y después trabajó en un restaurante cercano a Los Pinos, que entonces era un rastrojero a orillas de la carretera.

Cuenta María Edilma que un señor les regaló el rastrojo para que hicieran una casita y pudieran vivir ahí. Con siete mil pesos compraron los materiales, limpiaron el terreno y levantaron una pieza. Afuera, vendían empanadas y gaseosas. Entonces, a ella se le apareció un ángel guardián que le dio doce pollitos en consignación para que los engordara y los vendiera. Alimentados con chócolo, los doce pollitos crecieron y fueron a parar a las ollas del sancocho de María Edilma, que se venden completas hasta el sol de hoy.

Casi medio siglo después, en Los Pinos no cabe la gente los fines de semana y por eso María Edilma evita ir los domingos al restaurante. Ella ya no está para esos trotes. Incluso, ha llegado a arrendar el restaurante a otros administradores, pero las cosas funcionan mejor cuando es ella quien dirige, así que se sigue pegando el viaje desde su finca en Rionegro por lo menos dos veces por semana.

Lo que antes era un caspete con piso de tierra, ahora es un restaurante rústico con mesas en teca y un fogón inmenso de leña a plena vista del público. De lunes a viernes trabajan cinco mujeres en la cocina y hacen una olla de sancocho de pollo. Los sábados, siete personas y dos ollas de sancocho. Los domingos, diez personas y tres ollas que se van completicas antes de que caiga la tarde.

Para María Edilma, la magia de Los Pinos es la leña que cocina sus preparaciones, pero lo que más enamora de este pequeño restaurante son las mujeres que lo atienden, incluyendo a la dueña. Sin habérselo propuesto, María Edilma inventó una estrategia de marketing que hace de su parador el más famoso y visitado del corregimiento: las cocineras te requintan el plato de sancocho cuando ven que vas llegando al fondo o te regalan otro bocadillo si aún te queda mazamorra. Almorzar en Los Pinos es comer en la casa de una tía alcahueta, y a ese gesto no hay sazón que le compita.

Experimentar con el origen

Desde hace nueve años que vive en Santa Elena, uno de los primeros olores que Jonathan Lopera siente en la mañana es el de las arepas de Los Pinos. Las mujeres empiezan a asar el maíz a eso de las siete de la mañana, y muchas veces Jonathan no aguanta la tentación de parar a desayunar en el restaurante de María Edilma antes de seguir su camino a Origen, su propio restaurante, a cumplir con las tareas del día.

—El problema es que uno les dice que no le echen más y ellas no hacen caso —Jonathan se ríe mientras se toca el abdomen.

Alrededor de Los Pinos, sobre la carretera principal y también en veredas como El Plan, El Placer o Barro Blanco, ha empezado a aparecer una cantidad de oferta gastronómica que responde a la explosión demográfica que ha vivido Santa Elena en los últimos veinte años.

Entre 1993 y 2020, la población de Santa Elena aumentó 354 por ciento, según datos del Perfil Demográfico 20162020 de la Alcaldía de Medellín. La creciente demanda de lotes valorizó el metro cuadrado y los campesinos empezaron a vender sus herencias y tierras de cultivo. El corregimiento se fue llenando de cabañas de madera y jóvenes profesionales y artistas de la ciudad que en apenas unos años cambiaron la vocación del suelo: según datos de Comfenalco, de los ochenta campesinos que en 2021 se dedicaban a la agricultura en la vereda Piedras Blancas, solo quedaban cuarenta un año después.

Y como la economía es así, a la creciente demanda le fue apareciendo oferta. De vivienda, por supuesto, pero también de alimentación: la gente que vive en El Placer no tiene que salir de la vereda para comerse una pizza, unos buenos tacos al pastor o una lasaña vegetariana, porque hay de todo eso hasta para escoger. El que daba la Vuelta a Oriente y paraba en Santa Elena por un sancocho o un merengón, ahora tiene tantas opciones como en un centro comercial de Medellín.

Uno de esos nuevos restaurantes es el de Jonathan Lopera, aunque a él no le gusta contarse entre el montón. Cada plato de la carta ha sido creado con el cuidado de quien cocina por pasión, y no solo por negocio. La magia está en los pequeños detalles y en el origen de sus ingredientes. La reina de la carta, por ejemplo, son las Costillas Colombia, cuya salsa está hecha a base de guayaba y ají ahumado en la selva del San José del Guaviare, acompañadas con ensalada de espinaca y chips de papa nativa boyacense de vetas moradas. Un plato picante para el gusto colombiano promedio, pero aun así uno de los más vendidos de la carta.

Jonathan Lopera

Jonathan llegó a Santa Elena hace diez años con su esposa Lina. Venían de quebrarse con una cocina escondida en la que vendían almuerzos gourmet a los ejecutivos de Medellín. Se llamaba 3 pimientas. Lejos de desanimarse decidieron montar un nuevo emprendimiento de panes y chorizos ahumados, esta vez desde una de las habitaciones de la casa en la que aún viven en la vereda El Plan. Luego, rentaron lo que antes había sido una pequeña tienda de Santa Elena para convertirla en su primer restaurante.

La remodelación tardó tres meses, y finalmente Origen fue inaugurado el viernes 13 de marzo de 2020: el último fin de semana de libertad antes del inicio de la pandemia en Colombia.

—¡Pero sobrevivimos! —exclama Jonathan desde una de las mesas de su restaurante, que ahora tiene nueva sede porque la antigua tienda les quedó chiquita.

Los esposos lo lograron como a tantos que les tocó adaptarse a las circunstancias del encierro: a punta de domicilios. Y la llegada de los nuevos pobladores de ciudad que ahora podían teletrabajar desde Santa Elena les dio demanda por satisfacer. Según Jonathan, la pandemia exacerbó las diferencias entre los pobladores nuevos y los de toda la vida, y agudizó los problemas que empezaron desde antes del encierro, como el acceso al agua, la inseguridad o el costo de los alimentos y productos cotidianos.

—Mucha gente piensa que porque vivo en Santa Elena, consigo frutas y verduras más baratas. ¡Mentira!

Aunque el Oriente cercano está muy bien conectado con Medellín, dice Jonathan, y por eso en Rionegro se consigue de todo a precios normales, Santa Elena está ensanduchada entre los dos valles, el de Aburrá y el de San Nicolás, en un filo boscoso con vías de acceso en mal estado por donde no es buen negocio para los comerciantes mandar sus productos, por el costo de los fletes. Casi todo en Santa Elena es mucho más caro que en Medellín, y por eso Jonathan procura proveer su restaurante con hortalizas cultivadas por los pocos campesinos que quedan en la zona y con productores especializados de otras partes del país, como las papas que le mandan de Boyacá y el ají ahumado de las selvas amazónicas.

El camino de la independencia económica no es fácil, y menos cuando se atraviesa una pandemia y la mayor inflación en los precios de los alimentos en veinte años, pero ahí van, con una clientela cada vez más consolidada y el rumor de unas costillas que quieren conquistar los paladares de Santa Elena, como pasó hace medio siglo con el sancocho de Los Pinos.

Las últimas despensas del Valle de Aburrá

—Yo crecí comiendo sancocho de gallina criolla, puré de plátano con manteca frita… Pero por aquí hay gente que no tiene para comer carne, entonces crecen comiendo gorditos —dice Johana Bedoya, edil de San Sebastián de Palmitas.

Cuando era niña, a Johana la mandaban a recoger frijol vida en los lechos de las quebradas: el mismo fríjol petaco que doña Edilma Cardona, la dueña de Los Pinos, encontraba en la maleza de Abejorral. También era común que la gente cazara guaguas o pavas de monte. Ahora, la gente de Palmitas compra el revuelto en la única verdulería del pueblo y lo demás en alguna tienda o en el D1 de la nueva vía al mar.

Los campesinos que quedan en Palmitas viven en condiciones precarias, aislados por un túnel perfecto para los que tienen carro o moto —como Johana, que comparte una biwis con su hijo—, pero no tanto para los que dependen de un transporte público escaso y costoso. La solución ha sido aprender a contar unos con otros, y así fue como hace más de diez años surgió el Colectivo Mujeres Arcoíris, que lidera Johana y reúne a trescientas mujeres de las ocho veredas de San Sebastián de Palmitas. Este colectivo, entre otras cosas, sirve como una red de mercado para las mujeres asociadas y los productos tradicionales que preparan en casa, como morcilla de menudo bien cascado, mazamorra pilada a fuerza bruta, embutidos, arepas de callana o tortas de cidra, la fruta de una planta trepadora que solía crecer como rastrojo y que los campesinos de Palmitas y otras zonas de Antioquia usan para darle más volumen a la sopa de fríjol o para endulzarla con panela.

De acuerdo con los datos del Perfil Alimentario y Nutricional de Antioquia 2019, los cambios alimenticios de la población están provocando una nueva epidemia de obesidad en el departamento: el 25 por ciento de los jóvenes y el 58,7 por ciento de los adultos estudiados presentaron exceso de peso y valores inaceptables en el índice de grasa corporal.

La nutricionista Luz Marina Arboleda, profesora de la Universidad de Antioquia, lideró la investigación en prácticas y simbolismos alimentarios de dicho estudio. Según explica, aunque la tendencia en las zonas urbanas de los municipios es la gordura, en los corregimientos de Medellín —salvo en Santa Elena— aún se presentan prácticas alimentarias muy tradicionales basadas en el “consumo de platos preparados en casa”. Monótonos, sí, pero frescos y de producción local.

—Desde que se configuró la alimentación tradicional, en los años 1500, estamos comiendo lo mismo, y la población no era obesa —dice la nutricionista.

Aunque la gente suele pensar que la comida paisa es poco saludable por el exceso de carbohidratos y la poca variedad de ensaladas y verduras, Luz Marina considera que la alimentación montañera es saludable y provee todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Por tradición, explica, la cultura alimentaria paisa tiene siete momentos de comida al día. El campesino empieza la mañana antes de que el cielo aclare y acompaña la madrugada con unos “tragos”, que puede ser un café o una taza de aguapanela. Después, desayuna con arepa, mantequilla, huevos y quesito, se come alguna fruta en la media mañana y almuerza trancado: sopa, seco con carne y sobremesa, que puede ser un jugo de fruta o leche. En la tarde, el paisa se come el “algo” —unas galletas dulces, por ejemplo, o una gelatina—, la cena es parecida al almuerzo, pero en menos cantidad, y algunos, cada vez menos, rematan la noche con una merienda.

Esa es la teoría.

La realidad es que en las zonas rurales de Medellín son pocas las personas que pueden comer siete veces al día. Según el Perfil de Seguridad Alimentaria y Nutricional de Medellín y sus Corregimientos 2015, el 60,6 por ciento de los hogares rurales presentan inseguridad alimentaria de leve a severa, comparado con una prevalencia de 52,3 por ciento de los hogares urbanos de Medellín.

En los casos de inseguridad alimentaria severa, que en Medellín ocurre en un 14,5 por ciento de los hogares, las familias no solo se preocupan por lo poco que les queda en la alacena, sino que, alguna vez, uno o más miembros han aguantado hambre por falta de dinero y otros recursos.

En Palmitas, a borde del Camino del Virrey, vive Ana Julia Muñoz, una mujer campesina famosa en el corregimiento por el sabor de su mazamorra pilada a mano y cocinada en leña. Para llegar a la casa de Ana Julia hay que recorrer el camino que transitaban indios y españoles, o bajar a pie por una trocha que se abre paso entre el monte desde la vieja vía al mar. Cualquiera de las dos opciones implica una caminata larga y culebrera que la mazamorrera, a su edad, ya no está para recorrer a diario. Por eso Ana Julia sube al casco urbano apenas una vez al mes, o cuando es estrictamente necesario. Su hijo es el que se encarga de rebuscarse cualquier trabajito para comprar lo que necesitan en la casa.

Ana Julia Muñoz

El resto del tiempo, Ana Julia espera. Cuida las flores que cuelgan en canastas en el corredor de su casa diminuta, alimenta las gallinas, conversa con su lora “las dos tienen un timbre casi idéntico, como si el animal hubiera logrado imitar a la perfección la voz de su dueña” y está atenta al teléfono que suena para avisarle que vendrán caminantes por el Camino del Virrey a buscar su mazamorra.

Si pudiera, Ana Julia sembraría el maíz que machaca con fuerza y paciencia en su pilón de madera gastada. Todo lo que debe saber un campesino sobre la tierra lo aprendió desde niña, en la finca donde creció. Sabe coger café, cortar caña, desherbar, sembrar cebolla y legumbres. Pero Ana Julia y su hijo son campesinos sin tierra. Viven en una casita arrendada, sin espacio para cultivar más que flores y algunas aromáticas, y por eso, cuando van a pasar caminantes, la mujer debe prepararse con varios días de anticipación.

“Mi hijo me trae el maíz de Palmitas “dice.

Un maíz que llega desde Estados Unidos en contenedores por los puertos del Caribe y del Pacífico. Esos días, cuando le queda algún “pesito” de la mazamorra, Ana Julia y su hijo compran alguito de carne para un sancocho o huesos para cocinar un caldo. Pero cuando no pasan caminantes, su dieta se basa en aguadulce, arepas y arroz.

—A veces le pongo algún quesito a la arepa, algún huevito. El antropólogo Julián Estrada solía decir que la cocina campesina antioqueña “es la cocina de la recuperación, es la cocina del recalentado, de las sobras, de las migajas”. Para muchos campesinos que nacieron y crecieron en los corregimientos, como Ana Julia y su hijo, acompañar la arepa es un lujo limitado a los días de suerte, porque en las quebradas ya ni siquiera queda fríjol vida.

*El libro Campesinos de ciudad fue publicado en 2023 con el apoyo de la Alcaldía de Medellín y la FAO. Puede verlo completo aquí.

Bien de vereda

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Campesinos de ciudad Noviembre de 2023

Después de una noche fría, los rayos de sol asoman con debilidad blanquecina. Es casi el color de la niebla, que tiene ganas de asentarse un buen rato en las partes bajas de la montaña. El Mono Jaramillo, como le siguen llamando algunos paisanos al astro rey, tendrá una dura batalla: para que el cielo abra deberá disipar la neblina antes de las nueve, hora límite según el ojo campesino antes de que esta se abrace con las nubes. Pero soleado o no, el día en la vereda comienza un poco más temprano que en los barrios de la ciudad. Los gallos cantan antes de las cuatro, el rocío anida en tallos, hojas y frutos y la vida da sus primeros pasos a oscuras, cuando los pájaros están a punto de abandonar sus nidos y los perros se cansan de ladrar, al menos por un par de horas. El rugir de la bestia de cemento no se insinúa todavía, o llega muy tenue, con el motor de los buses y las motos que recorren las confusas márgenes de la ciudad rural y la selva urbana.

El campesino, la campesina, digamos que acompaña su desayuno con una aguapanela humeante que endulza cada rincón de la casa. Debe salir a trabajar con mínimo una hora de anticipación para poder detenerse a saludar a los paisanos que se encuentra en el camino. Algunos se desplazan a pie, en moto la mayoría, hacia el casco urbano o hacia fincas aledañas en la misma vereda. Otros, los más jóvenes, trabajan o estudian en la ciudad. Pero están por supuesto los que permanecen en el mismo paisaje, y son el paisaje mismo: sumergen sus manos, alargadas por las herramientas, en la tierra de las huertas, siembran, abonan, cosechan, empacan flores, renuevan el agua y el cuido de las gallinas ponedoras, ordeñan las vacas y se dedican a sus emprendimientos caseros y quehaceres cotidianos.

“Bueeeenas”, “Buenoooos dííías”, “Cómo le va, doña Margarita”. Hasta los conductores de chiveros, buses y colectivos veredales saludan y despiden a los pasajeros por su nombre. Saludar en la vereda es una costumbre intrínseca, arraigada, un hábito que trasciende la norma de urbanidad. Un deber. Ir por ahí, por la travesía, por el camino que acorta o por la carretera misma y no saludar incluso al desconocido que hace la ruta inversa o al que toma el sol en el corredor de su casa no es opción. No merecería siquiera el calificativo de forastero, más bien sí, el de grosero. A diferencia del barrio citadino, que ha crecido de forma desmesurada y caótica, la mayoría de la gente de la vereda se conoce entre sí y del nuevo siempre hay alguien que puede dar referencias: el jardinero, el que maneja el chivero, el que le vende los huevos.

Las relaciones en las veredas están mediadas por experiencias y sentimientos de solidaridad y unión. Muchos años atrás, cuando aún se veían despobladas y entre casa y casa se extendían “puras mangas”, los convites y las comitivas para trazar una carretera, construir la escuela, un acopio o el acueducto sembraron una vecindad sólida que todavía hoy se beneficia de esos lazos y de esa fuerza en la hermandad. Nada fortalece tanto los vínculos como crecer y superar juntos los obstáculos. Y en esto juega su papel la religiosidad, cada vez más abandonada en la urbe. En la vereda los ritos católicos mantienen aceitada su feligresía e intacto el poder de convocatoria. Muy importantes son las citas para hacer parte de las estaciones del Viacrucis del Viernes Santo y para el tradicional altar de San Isidro, en el que el campesino se enorgullece de participar con un atado de cebolla junca, una canasta de huevos, igual que con un buen ejemplar porcino; así aporta con su trabajo a recoger recursos para la parroquia.

En la ciudad la vecindad tiende a despersonalizarse, no sabemos del todo quién es quién, todo ocurre de una manera más egoísta y la arquitectura tiene mucho que ver: se han levantado edificios altos, anchos, repletos de apartamentos, y puede que conozcamos al que habita el nido del frente o el del lado o el de arriba, pero desconocemos el resto de la colmena. Especialmente en los estratos medio altos y altos. No hay interacción más allá de un incómodo encuentro en un ascensor o un cruce rápido en la portería. En la vereda en cambio se respira, o es más evidente, el afecto comunitario, el interés por el otro, el reconocimiento de que el bienestar de uno redunda en el de todos, me atrevo a decir: la propiedad colectiva. Día a día, en pequeñas ferias, ventas de “garaje” y eventos organizados entre los mismos campesinos, se intercambian saberes y conocimientos, alimentos, plántulas, semillas, ropa. Es habitual que la pala de alguien haya que buscarla en la casa de otro vecino, o el machete, o la carreta, hasta los remedios para las mascotas rotan de mano en mano, de casa en casa, de perro en perro.

Entrada la mañana, cuando niños y niñas ya están en la escuela, cierta calma se toma el ambiente. Y no es una calma que tenga que ver con la ausencia de bullicio o de juegos de calle, sino con el poder de la rutina. En la vereda esta se hace más palpable porque la vida transcurre a baja velocidad, a un ritmo más cercano a la música de carrilera o al tango que al reguetón o al vallenato, sin que esto quiera decir que estas músicas no se escuchen, por el contrario, quizá son las más sonadas. Pero decía que la rutina marcha a otra velocidad en la vereda. No hay semáforos, no hay competencia de buses, no hay bocinas, no estamos ante un epicentro de almacenes y oficinas y peatones afanados. Si uno mira a su alrededor, la geografía parece decir que no está pasando nada más allá que ella, pero en cada finca, en cada casa, en cada corral, en cada potrero, en cada huerta, cada quien ejecuta sus labores, hay un mundo ocurriendo.

A propósito, recuerdo una frase de Germán Arciniegas en alguna de sus crónicas: “El día para nosotros no es sino una colección de acciones aprendidas, que repetimos en un orden invariable”. Pocas cosas alteran la rutina salvo los grandes acontecimientos veredales: el camión visitante que al no conocer las vías se encuneta, la quebrada que se desborda después del aguacero, la muerte de un vecino, el acueducto que deja de funcionar, la vaca que se rueda por una loma y que entre varios hay que rescatar, un deslizamiento de tierra que tapona la carretera o sepulta una casa; la acción colectiva es tantas veces lo único, y lo más rápido, que se tiene a la mano.

Las vías siempre se están transitando, es decir, siempre hay alguien que sube empinados trayectos, alguien que baja por el cascajo suelto de la carretera, un jinete con tanques de leche en la grupa de la yegua, una moto con una pipeta de gas en la parrilla, dos carros encontrados, alguno debe echar reversa, buscar la comba en la estrechez para que cada quien pueda continuar su camino. A diferencia de cualquier sector urbano, trazado por transversales, circulares, calles de la A a la Z, en la vereda es difícil perderse. Por la misma vía que llegas, sales, y todos conocen los referentes: la finca de Carlos Mario, la casa de doña Olga, el ordeñadero de Orlando, la huerta de Gloria, la caseta de Lina, la moto de Mateo, los gallineros de Jeison, la peluquería de doña Alba.

Los sitios de encuentro también son generalizados y sirven a toda la comunidad. A veces, los definen los accidentes geográficos: “Nos vemos en el charco”, “En el alto”, “En la piedra”, “En el morro”. A veces, las construcciones: “Ahí en el puente”, “En la torre”, “En la placa polideportiva”, “En la cancha”. Y esto me lleva a pensar que en la vereda las cosas suplen otras necesidades para las que fueron creadas, es decir, la escuela enseña, pero también es sitio de reunión sin que implique la presencia de niños; el bebedero del ganado es también bañera del afrechero y recolector de aguas lluvias; la carretera además es acera, camino de bestias, pista de baile.

La fiesta en la vereda, sea un cumpleaños, un bautizo o una boda, involucra a todos sus habitantes, la música escala por las trochas y se amplifica, rebota en las colinas, retumba en cada casa, se pasea por las esquinas de tierra y barro y se mete a las cafeterías, tiendas, billares, negocios todos de confianza. Tanta confianza, que al borracho, después de la bebeta o en una pausa, lo llevan hasta la casa para que no ponga problema, o antes de que sea demasiado tarde lo mandan en algún carro que pase. La cuenta se puede saldar al día siguiente con el ardor del guayabo.

En la ciudad los servicios están en manos de grandes empresas; abrir el grifo para obtener agua, sacar la basura, tomar un bus en la calle son acciones que se ejecutan sin pensarse, están arraigadas en la conciencia cotidiana. En la vereda en cambio muchas veces son los habitantes mismos quienes deben hacer que los servicios funcionen, mantener las cunetas y los bordes de la carretera, podar árboles y arbustos, gestionar parte de los residuos, encontrar el mejor punto para la señal del celular, reconectar mangueras, limpiar tanques, empatar cables, enmendar tubos, pegar tablas. El trabajo y el mantenimiento que supone vivir en zona rural, lejos muchas veces de ferreterías y depósitos, hace que cualquier trozo de madera, pedazo de tubo, de cuerda, un tarro, dos varillas sean susceptibles de servir para hacer algún futuro arreglo en la finca, en la casa, en los potreros, en la huerta, en el corral, en los sistemas improvisados para el riego. Dice la maldición, y también el campesino, que si se descarta alguno de esos objetos, pronto habrá de necesitarse para solucionar lo inesperado.

Pero de todos los objetos y artefactos, el más cotizado en el campo es el estacón. La estaca. Se trata de un palo de madera, casi siempre rústico, de corte cuadrangular, raras veces circular, de un metro cincuenta de alto en promedio, diez centímetros de grosor, obtenido de algún árbol caído en tempestad. Quiero ser romántico. También puede ser que talen uno para estos fines o los compren ya cortados por alguna fugaz o improvisada empresa maderera. Los estacones son los encargados de mantener bien delimitados los linderos; porque, por supuesto, no todo es paradisiaca conciencia colectiva, estamos hablando de humanos en un sistema capitalista. Así que: estacas cada dos o tres metros con dos o tres líneas de alambre grueso o de púas para dejar claro cuál es mi terreno. Si hay algo que se cuida con recelo, y para evitar problemas, aunque nunca faltan, son los linderos: nadie quiere ceder un centímetro, pero si la disputa se presenta con seguridad habrá machete, corregidor o uniformado. Cuando nos roban tierra nos roban un poco de nosotros mismos, del trabajo hecho, de la historia propia. Entonces cada tres, cuatro, cinco años, dependiendo de la podredumbre de la madera, hay que reemplazar los estacones y esto significa recorrer los linderos, reafirmarse en la tierra.

Si la ciudad heredó la costumbre campesina de barrer y trapear todos los santos días, a causa del polvorín y el tierrero, más comunes en zonas rurales, en el campo y en la vereda esta actividad de limpieza excesiva se extiende al jardín y su constante embellecimiento. No hay jardines y paisajes más bonitos que los de las periferias y esa es una labor de todos los días y de las buenas manos; podar arbustos y plantas, deshijar, sacar esquejes, conseguir nuevas especies, sembrar, rastrillar hojas secas, cortar el césped. Y aquí es cuando puedo hablar de los efectos sonoros de la vereda y su ruido primordial: el motor de guadaña. En toda vereda que se respete siempre habrá en escena una guadaña funcionando, muy cerca, muy lejos o a una distancia y en algún lugar imposibles de identificar. Igual que los ladridos de los perros, omnipresentes, sorpresivos, de jauría, de can solitario, de can asustado o en celo. Muchos nuevos habitantes de las veredas de Medellín llegan buscando los sonidos del campo, el quiquiriquí del gallo, el canto de sirirís y golondrinas, el agua que corre en el fondo del bosque, pero estas zonas cada vez importan más otro tipo de sonidos, motorizados, metalizados, máquinas de ordeño, camiones, bafles con cobertura vecinal. Es como si el murmullo de la ciudad fuera cada vez más envolvente y voraz, como si quisiera engullirlo todo para que todo suene como ella.

Un campesino del corregimiento de San Cristóbal me dijo hace poco que los nietos de los abuelos que fundaron las veredas y luego se fueron a hacer vida en la ciudad están regresando al campo. Ya no a abrir trocha ni con hachas, por supuesto, sino con autos y cámaras de vigilancia, a buscar lo que ellos llaman una vida más tranquila. Y, según el campesino, hay un choque cultural. La sencillez del que vive y trabaja con la tierra contra la altivez del citadino. Ya no todos se saludan. En las veredas no solo se empiezan a sentir los rugidos sino también los efluvios y vapores de la urbe. “Estamos en vía de extinción”, me dijo nostálgico el hombre al despedirse.

Si cuando se originaron los barrios de Medellín se podía respirar la dinámica rural, porque la inmigración inmediata provenía del campo, con el crecimiento y la superpoblación estas dinámicas se difuminaron un poco: íbamos tras los pasos de una gran metrópoli. Sin embargo, todavía en los barrios populares, en el centro, en las cuadras de la clase media se puede sentir en el habla y en las maneras y costumbres esa herencia campesina. En contraste, la vereda tiende hoy a parecerse al barrio; basta con darle una mirada al paisaje de la vereda El Manzanillo, en el corregimiento de Altavista, para notar ese ímpetu de tirar plancha, convertir la casa de un piso en un edificio de tres, hacer banqueo para construir. Lo que llaman progresar. Por suerte, porfía y resistencia, persisten las veredas aisladas por la geografía donde es más difícil entrar el ladrillo y el cemento, donde la tierra sigue absorbiendo agua y floreciendo, donde tal vez esté a salvo nuestro pasado, nuestro origen.

En la vereda, adonde llega primero el cansancio que la noche, suele aparecer cada tanto un gato que llora, un foráneo que no se sabe de dónde viene. Llora con lamento, en su lenguaje gatuno de vocales fantasmagóricas. Las gatas esterilizadas lo miran con extrañeza, los gatos castrados se erizan con algo de temor. Expele un olor que las mascotas no conocen, una hormona que no tienen cómo descifrar. Las noches se inundan con el llanto del nuevo habitante, un llanto doloroso, un quejido como de bebé diabólico, un ruego para que sea recibido, alimentado, aunque los campesinos con más experiencia dicen que está buscando gata, quiere aparearse, “Tiene mal de vereda”. Entonces los celosos gatos defienden su territorio y las peleas interrumpen el conticinio. A esa hora, e incluso más temprano, desde que empieza a anochecer, las luces brillan luminosas en el firmamento y aún se puede contemplar un cielo estrellado, ese que cada vez escasea más en la ciudad iluminada.

*El libro Campesinos de ciudad fue publicado en 2023 con el apoyo de la Alcaldía de Medellín y la FAO. Puede verlo completo aquí.

Y fuimos como si el desierto floreciera

por EDUARDO ESCOBAR • Fotografías del Archivo fotográfico BPP

El Poder de la Cultura* Diciembre de 2020

Teatro Junín. Fotografía de Jorge Obando, 1926.

Si odiara a Medellín por todo lo que me hizo sufrir con sus insidias y sus acosos, tanto como debiera odiarla por lo que no me dejó hacer con sus flacas bellezas y mis debilidades y mis sueños pertinaces, y si mi vocación fuera la crueldad del humanismo bolchevique o del nacionalista nazi, diría para vengarme, desprestigiándola, que el primer indicio que la muy mezquina pudo ofrecerme de la alta cultura laica, la que florecía más allá de la imaginería del culto, los cantos de iglesia y los himnos de los patios de los colegios, ocurrió una mañana de junio. Entonces me presentó el espectáculo melancólico de unos deprimidos artistas españoles echados del Hotel Europa a la calle, por falta de pago, supongo. Me impresionaron tanto esos fieles del culto de Calíope, Melpómene y Euterpe, que aún tengo fresco el recuerdo como una mancha en mi inocencia. El grupo de desconsolados de ambos sexos, arrojados ahí, como hubiera dicho Jean Paul Sartre, como piedras, como escupitajos, como basuras en plena vía, figuraban la alegoría del abandono. Todos con la misma cara de circunstancia, sentados en el andén sobre baúles que recordaban los sarcófagos, el puño en el mentón, o de pie mirándose las puntas de los zapatos, el rictus de la tragedia en las comisuras, o fumando un cigarrillo como si no pasara nada.

Recuerdo que el silencio circundante se podía cortar con cuchillo. Y recuerdo que una joven, de moña mustia, fuera del eje a esa hora temprana del día, se quedó mirándome mientras le acariciaba la cabeza a un hombre de pelo dorado, corbatín y esclava de plata. El silencio entre los tres parecía un abismo. Otra le daba vueltas a una sortija de boda que debía saber de casas de empeño. Y había dos que me impresionaron sobremanera: una muy vieja para andar en esos litigios con tantas arrugas maquilladas, y la otra, demasiado joven para la desgracia que le estaba tocando vivir. Eran con mucha probabilidad las encargadas de los servicios menudos de la tropa, la pega de botones, las aguas de tilo, el pago de los impuestos en la municipalidad, el envío del correo. Ayudadas por un adolescente enano que tenía todos los aires del consueta, se empeñaban en mantener dentro de un huacal de tablas oscuras y sueltas, enredos de pelucas, campanillas ensartadas en cordones de raso, un zapato rojo muy gastado, los flecos de un mantón mordisqueado por unos ratones que debían haber abandonado el barco porque no parecían por parte alguna, hirsutas peinetas de carey, castañuelas y otro montón de cosas de esas que suelen trastear entre sus corotos los artistas trashumantes en todo el mundo.

Olía a tristeza animal, a resignación, a sudor de escenario, a trapos al sol. El hotel, una edificación incalificable, art déco con reminiscencias rococó, según mi memoria de ahora, estaba situado, simbólicamente, en el mismo lugar donde hoy se yergue todavía victorioso, hasta que Dios quiera o algún talibán despistado lo permita, el emblemático edificio de la aguja de Coltejer, celebración de unos tiempos cuando Medellín aún cosía, no habían soltado el tigre de la China industrializada y los Echavarría todavía eran ricos. En ese lugar, cinco años más tarde, o siete, el pormenor no importa, le dieron un premio a León de Greiff, espantado de la parroquia a Bogotá en tiempos del general Uribe Uribe, para remediarle ese estado del alma que él mismo nombró como la simplatía. Y allí abrió, según mi memoria que sigue siendo buena, pero a veces adorna y desadorna, la Bienal de Coltejer. Muestra del gran arte moderno. Dirigida por un odontólogo narigudo del Opus, llamado Leonel Estrada. Pero estábamos en otro asunto más triste.

En silencio se miraban los unos a los otros con ojos vacíos, como se miran los actores cuando el absurdo les hace perder el rumbo del drama y se les embolata el parlamento y solo esperan que se abra la tierra y se los trague. Una nube de paso se detuvo sobre una ceiba florecida de orquídeas en la avenida. Un par de policías famélicos de uniformes verdes escurridos contemplaban la patética comparsa, azotando sus palos en las palmas de las manos izquierdas. Unas palomas indiferentes al drama hubieran picoteado en el pavimento. Pero no había palomas. Entonces la carrera Junín no era peatonal todavía, no la habían enlosado con los productos de los hornos de los Olarte cuando uno de sus primos fue nombrado gobernador.

Los periódicos del otro día dieron la noticia con pormenores, registraron los nombres de los artistas principales del reparto y contaron la historia del grupo cómico-musical. Así supe que no era la primera compañía de zarzuelas que cerraba una carrera de éxitos en Medellín, después de cosechar aplausos y vítores por las islas del Caribe, las capitales centroamericanas desde México a Panamá y los más exigentes escenarios de la América del sur entre Manaos y Buenos Aires, según el programa de mano que ilustraba la crónica. Por obra y gracia de los desahucios de sus implacables hoteleros, con quienes debería estar agradecida, se enriqueció la radio en Medellín, el radioteatro y los programas de variedades, gracias al aporte de esos genios varados. A veces se quedaban a vivir por pura terquedad o por alguna torcida inclinación sadomasoquista, en esa ciudad que cifraba todo su orgullo en los valores del trabajo práctico, las actividades industriales y financieras y las virtudes superiores del acero comparadas con los pobres, inútiles y rancios intangibles del espíritu, que sirven de alimento a la esperanza.

Fernando González. Fotografía de Gabriel Carvajal, 1949.

Al fin se morían de viejos. Me acuerdo. Cobijados por la discreta admiración de sus habitantes, que tal vez, pensando mal, disfrazaba la lástima que debía inspirar la pátina de pobres perpetuos, sus boinas desmayadas sobre la calvicie y sus corbatines bohemios. Se les veía merodear por La Voz de Antioquia en la calle Maracaibo, cerca de los estudios de RCN en los bordes de la Estación Villa, por los lados de la plazuela donde funcionaba la emisora Nutibara, que a veces pasaba melodramas al mediodía. En busca de un almuerzo de gorra, trastabillando por las cantinas de la bohemia precaria las noches de los viernes, revueltos con los serenateros y las putas de calle, recitando versos de andaluces, parados sobre un charco de vómito, con ínfulas en la pronunciación y muchos ademanes y unas pausas largas, largas, para mantener el suspenso del irrespetable público de los amaneceres municipales. Recuerdo al viejo polaco alcohólico que me hablaba de sus trabajos con Stravinski, de su amistad con Cantinflas, de su pasado glorioso en París. Desprendido de alguna de esas comparsas fracasadas. Irradiaba una gran dignidad de su indigencia. Al fin se regeneró. Y lo encargaron de un grupo de teatro de muchachos descarriados financiado por la alcaldía. Pero antes debió arrastrarse muchos años el pobre hombre por las avenidillas del Parque de Bolívar. Antes de recobrarse y de pasearse ante mí, orgulloso y triunfante, con su chompa de raso y la enhiesta pajarilla recién comprada, en la entrada de la alcaldía. Junto a la cual todavía no hacían guardia los volúmenes mudos de Fernando Botero.

Ahora mientras escribo, tragándome estas lágrimas virtuales, puedo comprender mejor la desesperación de mis padres cuando descubrieron que yo estaba escribiendo poemas. Envejecieron diez años de sopetón. Ellos pensaban que iba a completar la desgracia de elegir un mal oficio, que más parecía un maleficio, con la manía de hacerles odas a los semáforos recién instalados, pintados de amarillo, y a los aviones grises que salían del aeropuerto cercano que reemplazó el que había sido preparado para la incineración de Carlos Gardel. Habiendo mariposas y sinsontes, y tantas flores para rimar, y el cielo de un azul terso y tibio, los nadaístas hablábamos en los poemas de los cigarrillos norteamericanos que nos gustaban. Que poco a poco desplazaban los amargos picadillos de los Pielroja y los Dandy y los Excelsior de cajetilla azul. En sus charlas íntimas sobre la gravedad de mi asunto, cuando trataban mi caso y no estaban tratando de hacerme otro hermanito, mis padres debieron preguntarse a quién se le pasaba por la cabeza publicar esas cosas en los periódicos avergonzando a la familia. Y me pusieron en manos de un siquiatra de una congregación mariana, de piel alabastrina, chivera y una virgen de porcelana en una repisa del consultorio. Este me recetó una temporada en el reformatorio de los terciarios capuchinos en Fontidueño por donde ya habían pasado Dariolemos y Humberto Navarro, por causas parecidas. Allá me ayudarían a ajustar el carácter y me apartarían de los versos hacia la mecánica automotriz o la carpintería, dijo el doctor Robledo, o debió decir el que fue director del hospital mental mucho más tarde, antes de que Dariolemos lo convirtiera en su palacio de invierno bajo la protección del doctor Darío Díez.

Cuando volví a la casa paterna después del encierro, una noche de noviembre, o de mayo, a todos nos da lo mismo el nombre de los meses, encontré a todas las monjas de la parentela revoloteando sobre mis cosas, asperjando mi cama con aguas de San Ignacio, prendiendo medallas y añusdeis en las entretelas de mis chaquetas recién compradas, porque me habían aperado el ropero y conseguido un trabajo de negro en la oficina de un usurero, con la ilusión declarada de que la dicha de la primera quincena indujera en mí el desprecio por lo que llamaron mis veleidades intelectuales. Esa era la lógica en los barrios del mundo. Solo había que cebar el bolsillo del disidente para curarlo de heterodoxias y para que se animara a emplear sus manos y su mente en mejores cosas que los errores demasiado notorios de la retórica convertida en oficio. Ahí estaba el ejemplo de Barba Jacob, para probar los males de esos caminos. Ahí estaba Epifanio Mejía, tan dulce y bueno y confundido. Pero la cosa no funcionó conmigo. La verdad sea dicha.

Por todo eso, siempre que me preguntan por la vida cultural en Medellín mediando el siglo pasado, por eso que llaman las actividades artísticas, en la ya entonces llamada ciudad industrial de Colombia, después de la caída de la dictablanda del general Rojas Pinilla, en los albores del frente nacional que intentó curar las heridas del sombrío período de la violencia liberalconservadora, no sé si acudir a la palabra desierto o a la palabra limbo para describirla. En todo caso, sé que esos años fueron el umbral hacia otras cosas, hacia otros mundos en germen todavía. Y que comenzó la desdemonización de la marihuana que poco a poco dejó de ser la yerba maldita para sacralizarse en panacea. Y entonces aparecieron los nadaístas con sus disfraces, sus pipas envenenadas de media vara, bien cargadas, las greñas de bohemios, las caras de inopes, de miopes, de mal dormidos, gorras ladeadas, libros en el sobaco. Como anuncio impreciso de un relevo de sueños.

Gonzalo Arango. Fotografía de León Ruiz, 1970.

Entonces la única biblioteca pública era la recién fundada Piloto que abría con el patrocinio de la Unesco en una casa vieja de dos patios en la avenida La Playa. La Playa, así llamada no para aludir al mar lejano, al mar no visto del poeta Francisco de Asís Bogislao, sino en recuerdo de la quebrada que corre, o corría, por el subsuelo, empaquetada en tubos de concreto hacia el río densoscuro, donde ya habían dejado de venir los patos canadienses según contaba el Negro Billy, el cantante, bajo profundo, del grupo. El río, dijo un poeta de los contornos de Envigado, partía la ciudad en dos tajos de hierba. En su juventud, me acuerdo yo, el tren aún corría por la orilla del río, gritando.

La biblioteca tenía las cerraduras de color mantequilla. Las ventanas eran altas, celadas. El director Arroyave tenía una motocicleta más poderosa que una enciclopedia, más silenciosa que un libro cerrado, que el vuelo del búho, reluciente como la letra capital de un devocionario de rey húngaro. En el patio trasero estaba la sala de música, espacio cubierto por una marquesina de hierro, donde se podían escuchar discos de música clásica, Beethoven y Dvorak, Bonporti y Vivaldi, sin que molestaran los pájaros de las ceibas de afuera. Una novedad. El villorrio comenzaba a hacerle fieros de urbe al futuro. El villorrio cuyas únicas músicas vivas habían sido hasta entonces las serenatas que les llevaban los novios borrachos a las muchachas con tiplistas contratados en los restaurantes y las cantinas de la avenida Primero de Mayo frente al Teatro Avenida, especializado en las películas de la Metro-Goldwyn-Mayer. En la esquina opuesta a la casa republicana funcionaba, complementando el pequeño milagro, el instituto de bellas artes, un cubo de un rosa demacrado por fuera, corroído por las bacterias del estuco, y por dentro un antro sombrío, de ventanas avaras, donde las niñas bien estudiaban solfeo, para ser pianistas y cantatrices, o aprendían a pintar montañas a la acuarela mientras les llegaba la hora de casarse con un muchacho deformado en el colegio de los jesuitas o en el de los hermanos cristianos, convencido de las dos únicas cosas imprescindibles para vivir en el lugar, en paz y sin contradicciones: que Dios existe y que hay que enriquecerse para honrar a la raza. La raza era una palabra muy traída y llevada en los discursos de los alcaldes a la hora de inaugurar una glorieta, que ya empezaban a proliferar, o en la exhibición anual de vacas de concurso, de ubres beneméritas, y de caballos que caminaban como si bailaran bambucos y que al otro día aparecían en las páginas sociales de los periódicos con su nombre, Casquivana, o Emperador, junto al registro de los nacimientos de los hijos de los comerciantes ricos y de las bodas de dedo parado y la lista de las películas prohibidas para todo católico. En el instituto crecía Teresita Gómez, la pianista. Pero nadie sabía de esa niña milagrosa que asistía a las clases de piano acurrucada detrás de una cortina roja.

Había media docena de librerías: la Editorial Difusión vendía libros mexicanos y argentinos, cosas de Julio Verne y Emilio Salgari y cursos de inglés; la Continental también vendía lápices y borradores y cuadernos y papel mantequilla, mezclados con las biblias de lujo y los textos de mitología; la Nueva la manejaba el hermano astigmático de un clérigo, erudito a la violeta para decirlo a la antigua. En la Científica, en la calle Boyacá, cerca del Parque de Berrío, especializada en libros de medicina, ofrecían a veces entre los manuales de primeros auxilios y los tratados de cirugía y herbolaria y homeopatía, y sobre las virtudes terapéuticas del limón y del ajo, libros de Antonin Artaud, pero no por incongruencia del encargado de los pedidos sino por el intenso contacto que tuvo con los siquiatras el lamentable poeta francés. En la Continental hacían tertulias. Gonzalo Arango intentó integrarse a la tenida de sabios relativos que convocaba Bustamante. Pero le hicieron el cajón. ¿Quiénes? El bueno de Bernardino, el director del coro de la normal de señoritas, y el director de orquesta chileno sin orquesta porque la única orquesta era la banda sinfónica de la Universidad de Antioquia que dirigió hasta que me fui del lindo erial un maestro húngaro pícnico, calvo y rubicundo, de mejillas vibrantes y tersas como culo de recién nacido. Alcohólico de andar tembleque, a veces iba hablando solo bajo la lluvia con el sombrero en la mano. Los chismosos le endilgaban el rasgo de un refinamiento secreto: el gusto por las lolitas, por las muchachas en sazón. Pero la ciudad todavía se parecía mucho a la de León de Greiff: chismes, catolicismo y una total inopia en los cerebros. No había llegado la novela inmortal de Nabokov a las librerías mucho más castas, ni siquiera a la Horizonte del cojo Federico Ospina, liberal de la escuela del Indio Uribe. Porque la Horizonte solo abrirá la semana entrante. O mejor dicho, dos párrafos más abajo.

Gonzalo no tenía la ropa adecuada para la cofradía burguesa de la Continental, ni siquiera tenía una corbata seria, y ya estaba dejando de peinarse. Además fumaba como un demonio loco y el espacio era estrecho y sin ventilación suficiente. Y quedó por fuera de la sociedad de eruditos el hijo del telegrafista conservador llamado Paco. Para ajustar, todo se sabe en la aldea, a veces se le veía coger el rumbo de Guayaquil, el barrio de los perdidos, a gastarse la plata que le regalaba Alberto Aguirre para que se desahogara con una ramerita del baratillo de la carne viva. Otros, cuando se atrevían a darle un respiro a la rigidez moral y a las convenciones del catolicismo, cometían sus pecados carnales en los prostíbulos de postín de Lovaina, los mismos que le sirvieron a Fernando Botero cuando abandonó al arzobispado de quinientos mil habitantes, para las fantasías de su circo de cinco pistas que lo hicieron rico y famoso. Antes de partir, Botero le confesó a Gonzalo Arango que él solo ambicionaba conseguir el dinero suficiente para comprar una tienda en Sonsón, contratar un dependiente honrado y encerrarse a pintar en la trastienda. También se soñaba en la esterilidad del ambiente. Y los sueños a veces se quedan cortos. Botero prometió volver. Y volvió. Y compró una casa cerca del Sonsón del sueño de tendero. Pero se la atracaron y quemaron. Y Botero Angulo retomó las de Villadiego.

Es posible que el autoproclamado profeta de la nueva oscuridad haya tendido el cebo del nadaísmo para tener con quien soñar y conversar sobre todos esos libros que había leído como secretario de la biblioteca de la Universidad de Antioquia, cargo que le concedía el privilegio de las llaves del infierno de los libros prohibidos, confinados en un cuarto reservado, bajo tres cerraduras, para salvarlos de las pesquisas de los agentes del arzobispado. Decían que la curia incursionaba en la Piloto de semestre en semestre para purgarla de los libros impertinentes que podían poner en peligro la pureza de la fe. Pero también es posible que Alberto Aguirre, que lo protegía como a un hermano menor, en su fuero interno, porque de dientes para afuera lo denigraba siempre que podía, comprara la librería Horizonte, frente al teatro Ópera, donde comenzó a heder el nadaísmo en la turbia normalidad, para que Gonzalo tuviera su propia tertulia. Si no me engaño con un falso recuerdo, ahí en el Ópera, Santiago García y Fausto Cabrera montaron la primera obra de teatro de Gonzalo Arango, HK 111. Yo fui al estreno disfrazado con un abrigo de paño inglés que Laureano Gómez le había regalado a mi padre. Era como llevar un sauna puesto.

Festival de Ancón. Fotografía de Horacio Gil, 1971.

Y para qué librerías en esa pobreza de todos los que nos acercamos por afinidad electiva al aullido solitario del profeta. Asomarse a las vitrinas de las librerías era someterse a una variante del clásico suplicio de Tántalo. No tuvimos otro remedio que convertirnos en ladrones cebados. Robábamos los libros a manos llenas sacándolos bajo las camisas, de la librería de Bustamante, de la Marín, o de la misma biblioteca Piloto, por piedad, para poner los mejores a salvo de la purga canónica. Resueltos a perder la virginidad intelectual como fuera, la falsa inocencia, cuyo otro nombre es ignorancia, a la que nos habían acostumbrado los colegios confesionales a los que nos condenaron. Academias regidas por sonetistas profesionales, por autores de tratados de ortografía con cara de quijote, arqueólogos frustrados que a veces publicaban en el suplemento de El Colombiano sus hallazgos cerámicos, sus lamentos de amor. El Colombiano fue siempre el principal diario de la aldea en plan de volverse otra cosa, y entre sus informaciones incluía en ocasiones, junto a la lista de las películas prohibidas para todo católico y las notas sociales donde hasta se contaba de la vida social de los caballos y las vacas, apartes de alguna homilía del director de la Hora Católica, la Horca Católica, la llamó un nadaísta, el espacio radial de más prestigio en el dial, descontando las chambonerías de Montecristo, entre el humor y la tragedia de lo meramente vulgar, y el noticiero meridiano de Martinete, un señor que hacía política barata y clamaba por las loras perdidas y las carteras olvidadas en los taxis. Alguien definió a Medellín como un paraíso sin serpiente. Pero tenía arzobispo. Que ya es algo.

Lo más triste no era la banalidad del bien. Lo peor era que a veces uno creía que era feliz porque el cielo era azul y las muchachas eran bellas y perfumaban las orquídeas y corrían por la calle Junín las motas de los balsos del Parque de Bolívar. Y a veces uno hasta pensaba que estaba viviendo cuando solo agonizábamos entre unas montañas. Fernando González decía que en Medellín los muchachos nacían muertos porque nacían para estudiar, estudiaban para trabajar, trabajaban para casarse y se casaban para morirse. Galerías de arte, ni una sola: a veces un viejo pintor, maestro en el instituto de bellas artes, mostraba sus cuadros en el Club Unión, pero se los hacían descolgar cuando colaba en la selección un desnudo demasiado ambicioso. Conciertos, de cuando en cuando daban alguno en el teatro Lido, a cargo de un maestro norteamericano o un ruso asilado en los Estados Unidos o el grupo de música antigua de Álvaro Villa, mártir del bien y la belleza, y Gustavo Lalinde. Pero la boletería costaba un ojo de la cara. Los del montón como nosotros debíamos contentarnos con la retreta dominical de la banda de la universidad. Las ediciones de poesía estaban limitadas a los cuadernos Horizonte, que publicaba cuando era posible y tenía ganas Federico Ospina. Ospina nos dio a probar contra los hartazgos románticos de Gutiérrez González de las clases del colegio, migajas de la poesía de De Greiff, otro escapado de la ciudad, como al fin y al cabo tuvimos que hacer nosotros para salvarnos de la muerte por aburrimiento.

De año en año venía al teatro Lido la señora Berta Singerman, una declamadora argentina vestida de velos, seguida por un cortejo de suspiros, arrastrando erres por los escenarios, las sombras blancas de la noche bogotana de Silva, alargando las sílabas como si se fuera a desmayar, y arreaba los camellos de Guillermo Valencia por esos desiertos temblorosos de una Nubia ideal con neblinas de Popayán y repetía las canciones marihuanas de Barba. Nunca asistí a los recitales de la Singerman, pero la vi muchas veces en la televisión que comenzó a encender sus grises hogueras en todas partes, como parte del lento proceso democratizador del arte. Qué amargura.

El mundo es como es. Imprevisible. Debajo de la postración aparente, fermentaba lo otro, lo inesperado esperado. La descortesía hacia lo demasiado bien puesto, el descontento de la normalidad, el malestar frente a los engaños metafísicos y la ausencia de estímulos. La ira, de la cual era símbolo Fernando González en el ostracismo de Otraparte, aunque él ya estaba digiriéndose a otra dimensión más allá de la conciencia del grande hombre incomprendido, que retrató en El maestro de escuela, uno de los libros más tristes del mundo. Y que explica estas notas sobre el lugar que representaba el intelectual libre y lo que debía tributar en miserias la conciencia crítica en Medellín mediando el siglo XX.

Por eso cuando el escritor envigadeño supo que existíamos nos invitó a su casa. Él había enfrentado solo la esterilidad medioambiental, la defensa del libre examen; nosotros éramos pandilla. De escándalo en escándalo nos fuimos haciendo entender. Y el establecimiento en consecuencia nos hizo huéspedes de sus cárceles, sus reformatorios y sus manicomios, y nos puso en el velador. Desde aquí contemplo unas imágenes cuyos perfiles no pude discernir entonces como un vaticinio, como un aliciente de un futuro mejor. Debajo de la agonía, la vida empujaba, pugnaba por manifestarse. En lo masivo de la inercia general fulguraban algunas individualidades contra todo. Elaborando lo suyo, en la maraña de lo pragmático, transfiguraban la banalidad del mal en alma y el estupor en aventura. En la aparente escasez, mientras los borrachos repetían los poemas de Jorge Robledo Ortiz a los abuelos, modernismo de repostería, y los poetas de la burocracia oficial coronaban reinas de feria y publicaban epitalamios de frígidos que a veces paraban en pasillos, y los místicos de misa dominical y prostíbulo de viernes celebraban sus contriciones en versos cantarinos, pervirtiendo la mística en espectáculo, se preparaba un tiempo de versos rotos, el de nuestros vicios públicos y los manifiestos podridos y las camisas rojas y los sacrilegios. A veces íbamos al cineclub, Aguirre nos daba entrada franca, sabedor del estado famélico de nuestros bolsillos. Allí ensayamos las primeras películas de Fellini, prohibidas por inconvenientes por el pastor vaticano cuyo palacio blanco dominaba una esquina en la avenida La Playa.

Fernando González, consolado en su soledad por unos contados amigos, era invisible todavía. Era invisible Débora Arango, su vecina, y eran invisibles sus monstruos y miserias amotinadas, educados en escuelas mexicanas; de ellos apenas se hablaba como de un tabú. En la montaña de los caminos que suben a Las Palmas, un pintor bogotano reproducía pacientemente la misteriosa simplicidad del mundo. Se firmaba Mefisto. Era un maestro del secreto. Y había ese hombre largo y rubio que todas las noches iba a sentarse en el Metropol a escribir un libro, ausente, embebido en su tarea hasta el amanecer. Cuando comenzaba a despuntar el sol, recogía las hojas de su fárrago y quién sabe lo que iba pensando mientras sonreía al salir. Me hubiera gustado hablar con Roberto Juarróz, que por ahí andaba enhebrando enigmas gramaticales. Pero era escaso como si no fuera argentino. Ernesto Cardenal a veces bajaba del seminario a visitar a Fernando González y nos dejaba una carta recomendándonos un libro o invitándonos a practicar las virtudes de la poesía exteriorista. Pero era elusivo. En el erial sucedían cosas que la conciencia oficial se negaba a registrar. Sucedían, pero en lo invisible, tácitamente, a la solapa. Y por eso fue que a la larga casi todos los nadaístas tuvimos que irnos, a Nueva York, a San Francisco, a Bogotá que estaba más cerca, los más perezosos. Cansados de las agresiones de los niños bien y del asedio de la policía secreta que una vez confundió los poemas de Jaime Espinel con la correspondencia en clave de una conspiración política. Y en efecto, conspirábamos. Pero sobre todo escapábamos del intolerable vacío de una ciudad que había sido capaz de prohibir como si fueran pecaminosos los libros llenos de inocencia de Fernando González. La voz general de los poetas parroquiales de oficio, cantores del santísimo sacramento, y también los liberales, incluso los corridos en el espectro hacia la izquierda nos apostrofaban de sucios e inanes y decían que no éramos serios, que éramos apenas unos payasos, unos bufones de la burguesía. Los nadaístas nunca nos quejamos por eso. Por una sola razón. Porque tenían la razón. Y porque nosotros jamás nos tomamos en serio. Lo serio era la vida, vivir; lo demás era la literatura o el silencio. Y nos gustó siempre la irreverencia de los bufones. Uno de los contertulios del primer nadaísmo fue Chalupín, el payaso más famoso entonces. Y ya sabíamos que el mundo es verde y sin embargo no hay esperanza, como le gustaba proclamar a Humberto Navarro, una especie de Joyce reviviente a la vuelta del teatro Roma, en el camellón, en una pequeña casa gris de alares decaídos, donde su padre Delio se empleó por cuarenta años en la pintura de un viacrucis al óleo de medio formato, expiando el día lamentable cuando su único hijo varón leyó el primer libro de Kant y se encontró con Gonzalo Arango y se puso a escribir novelas invendibles.

Todo en aquellos tiempos debía suceder en Bogotá. En la Atenas suramericana. Pero el problema no era el centralismo, la culpa del monopolio no fue de Bogotá. Era que en la fenicia Medellín no había tiempo para esas bagatelas espirituales de la cultura y la mímesis estética, ni para preguntarle quién era a Pedro Nel Gómez cuando pasaba como un enigma hacia ninguna parte por la calle Junín como el fantasma del renacimiento. O para detenerse a charlar con Crescencio Salcedo, descalzo, vendiendo flautas de hojalata, echado en un andén y cantando a grito herido sus canciones de pueblo por una moneda, ahí mismo donde vi un día esa comparsa de zarzuelistas españoles echados del Hotel Europa y donde vieron dormir a Dariolemos sus desalientos junto al colmado donde el tenor de moda, que grababa boleros en Sonolux, un muchacho de apellido Restrepo, que trataba de imitar el timbre del médico mexicano Ortiz Tirado, y aspiraba a cantar algún día en Milán, vendía perros calientes y aceitunas de frasco y bizcochuelos que cogía con unas pinzas de aluminio.

Pero entonces… Fernando González, alentado por la aparición de los nadaístas, publicó con la ayuda de Alberto Aguirre el libro de los viajes y las presencias, después de que se lo hubieran rechazado en la editorial Bedout. Allí dijo: voy a orar por estos jóvenes que se están desnudando. Y lo demás se sabe. Débora Arango fue rescatada del olvido. Fernando González se volvió un autor de culto. Y aunque nadie sabe qué fue de los huesos de Gonzalo Arango, extraviados de tanto andar acarreándolos, aún se consiguen sus libros en las librerías de agache y se vuelven a editar en las universidades. Medellín comenzó a florecer de otro modo. Y se fundaron los primeros grupos de teatro y las primeras bandas de rock y vino al teatro Junín Bill Halley con sus cometas patrocinado por Coca-Cola, y se inauguró el festival de poesía de Rendón, desertado de las cafeterías de los nadaístas donde habíamos hecho proyectos de devastaciones y planeamos revistas y se emborrachó por cuenta de nuestros anfitriones esperanzados en una era de oscuridades nuevas, donde el arzobispo no alumbrara tanto. Porque, en fin, nadie había prometido la luz sino el oscuro caos, la confusión aumentada, no la trivialidad de un orden impuesto sino una búsqueda.

Los urbanizadores arrasaron el Centro donde agonizamos tanto y fuimos tan felices con esa felicidad tan rara de la pobreza, y la avenida Oriental fue como una herida en el alma de ese pasado irredimible. Y fundaron el planetario para que los colegiales pudieran asomarse a las estrellas de los proyectores mecánicos porque las del Gran Arquitecto comenzaban a borrarse en la irradiación de la aldea transfigurada en una ciudad con todas sus gracias y sus desgracias. Es extraño. No puedo ver a Medellín sin superponer a la de ahora la que recuerdo de memoria sin menosprecio ni envidia. Bajo el ruido de La Playa de ahora oigo la quebrada subterránea, y los acordes del profesor Lucrecio Vélez leyendo una tragedia griega en el Teatro Pablo Tobón Uribe ante el público boquiabierto. Cerrado por la pandemia ahora. Y las bombas que vinieron más tarde mataron a mamá. Ah, no puedo no ver en el Medellín de ahora, la descomposición de la poesía en la carne del poeta Dariolemos, cordero propiciatorio en el altar de la nada, mártir de un tiempo bisagra de cambio de sueños que nos abrió la existencia a otros espacios. Pero que quizá solo salió de un sueño manido hacia otro sueño que también se gastó porque ningún sueño dura. Porque todos los sueños a la postre se gastan. Aunque es una cosa obvia que muchas cosas han cambiado mucho en Medellín. ¿Sabe alguien sin embargo en qué clase de sueño andamos? ¿Y cuál es el sueño que sigue?

*Este artículo fue publicado en El Poder de la Cultura, un proyecto de Universo Centro con el apoyo de Comfama, el Museo de Arte Moderno de Medellín, el Museo de Antioquia, la Casa Museo Pedro Nel Gómez, el Teatro Pablo Tobón Uribe, el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, Música Corriente, Parque Explora, la Corporación Otraparte, la Orquesta Filarmónica de Medellín, la Corporación Cultural Nuestra Gente y el Museo de Antropología y Arte de Jericó —MAJA—. 

Irreverencia en tiempos autoritarios

A propósito del aniversario 33 del asesinato de León Zuleta

por FELIPE CARO ROMERO • Instituto de Historia Marika de Bogotá

Exclusivo web Septiembre de 2026

Fotografía de Jairo Osorio. 1979.

En uno de los textos que escribió antes de ser asesinado, León Zuleta se rehusaba a que se usara su nombre para bautizar algún proyecto político específico. Argumentaba que, como anarquista, no le interesaba el reconocimiento personal sino el avance de la lucha contra la opresión del pueblo trabajador. Por encima de su propio ego estaba el proyecto colectivo, un proyecto al que le dedicó toda su vida y finalmente lo llevó a la muerte. 

Esta petición, una conclusión lógica del giro ácrata de Zuleta en su vida adulta, no fue (ni ha sido) tomada en cuenta por la plétora de proyectos políticos y artísticos que han usado su nombre supuestamente como homenaje pero desconociendo realmente su vida y sus posturas políticas. Tristemente ese es el legado más grande de esta figura: el uso y abuso de su nombre. 

Pero si nos asomamos a leerle, a estudiar su obra y sobre todo a seguir sus andares, nos topamos con alguien interesado en la transformación social absoluta y en la eliminación de todas las formas de opresión. Lejos de ser “el padre del activismo LGBTIQ”, Zuleta era un intelectual irreverente que se propuso entender y transformar su realidad, una realidad llena de prejuicios, violencia e ignorancia. 

A 33 años de su asesinato, vale la pena recordar tres elementos de su vida que nos pueden servir para enfrentar el crecimiento del movimiento reaccionario en Colombia y el mundo. 

Por un lado, el antiautoritarismo que le acompañó toda su vida. Se dice que perteneció a la JUCO y que fue expulsado de allí. Aunque se repite que su orientación sexual fue la razón de ello, en sus propios textos Zuleta reconoce que en realidad fue su posición antiautoritaria que el rígido y vertical Partido Comunista Colombiano no condonaba. Esta pulsión que desconocía la jerarquía lo enfrentó luego en los ochenta con el obispado nariñense, que también cansado de su irreverencia, y su orientación sexual, terminó por lograr su expulsión de la Universidad de Nariño. 

Por otro lado, es importante resaltar su vocación colectiva. Zuleta priorizó siempre el trabajo colectivo sobre la alabanza individual. Esto lo vemos tanto en la forma como se desarrolló el Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia – MLHC, como en los objetivos políticos que se planteó. Lejos de buscar protagonismo como “fundador”, a Zuleta le interesaba la construcción de un proyecto político amplio, democrático y de cobertura nacional.

Esto no solo lo vemos en los numerosos documentos de proyección política que escribió al respecto. Sino en cómo incentivaba la alianza entre las personas oprimidas contra las injusticias del mundo. A él no le interesaba únicamente “el movimiento LGBTIQ”, Zuleta priorizaba el trabajo comunitario y la solidaridad, con el movimiento feminista, el movimiento obrero, y el movimiento estudiantil. La primera Marcha del Orgullo de Bogotá de 1983 fue un ejemplo de ello, pues contó con apoyo de sindicatos, de feministas y terminó con un llamado a los jóvenes policías que escoltaron la movilización a sumarse a la lucha contra un sistema que también les oprimía. Hasta sus últimos días, trabajando en la Escuela Nacional Sindical de Medellín, Zuleta abogó por una alianza desde abajo contra los de arriba. 

Y por último, es importante rescatar su desconfianza con la institucionalidad. Zuleta tenía bastante claro que aunque un Gobierno o el Estado se presentara en algún momento como benefactor del cambio social, la verdadera transformación provendría de las personas y no de edictos o las urnas. Se rehusó a participar de la política electoral e insistió que el Estado era una de las fuentes más grandes de violencia contra la disidencia sexual y de género, llegando a  denunciar su complicidad con las terapias de conversión que públicamente denunció desde 1980. Argumentaba que si no desaparecían, la despenalización de la homosexualidad en 1981 no estaría completa. Tristemente, la violencia que vemos hoy en día es una muestra de que estaba en lo correcto. 

Hoy nos encontramos frente a un panorama oscuro. El ascenso de la ultraderecha en el mundo ha significado el uso de la disidencia sexual y de género como chivo expiatorio de los males de las naciones. La ola fascistoide ha empezado a atacar las mínimas concesiones que se habían conquistado en los estados en materia de derechos sexuales y reproductivos, pero también sociales y políticos.

Frente a gobiernos autoritarios que usan el pánico moral como excusa para restringir libertades, más que nunca necesitamos regresar a figuras como la de Zuleta, no para crear un santo más, otro mártir, un símbolo vacío, o un nombre insignificante en la plétora de hiperfraccionamiento político que caracteriza el panorama político progresista, sino como un ejemplo para leer y estudiar la lucha por la liberación.

Leamos a Zuleta, estudiemos su vida, que allí encontraremos sin duda herramientas que nos permitan enfrentar estos tiempos oscuros y quizás, a la larga, construir un mundo mejor. 

Revista El Otro. Director: León Zuleta. 1977.

Sin escatimar esfuerzos y a pesar de las persecuciones, El Otro anunció la liberación del cuerpo y del placer sometidos por los regímenes. Intrínsecamente deslumbrante en sus planteamientos hoy desconocidos o ignorados.