Entradas de]

,

Manuel Mejía Vallejo y los nadaístas

Manuel Mejía Vallejo y los nadaístas

por EDUARDO ESCOBAR • Ilustraciones de Tobías Aboleda


Número 112 Diciembre de 2019

Desde el comienzo de nuestra irrupción en Medellín, los nadaístas mantuvimos con Manuel Mejía Vallejo una amistad llena de reticencias. A veces lindaba con la camaradería, y a veces con el atentado personal y la vileza. Ahora cuando me dispongo a hablar sobre su persona y su obra hallo en mí un montón de sentimientos encontrados. Cavilo si centrarme en lo que nos unía o enfatizar en lo que nos apartaba. Fue un buen amigo de quien nos alejaron muchas cosas. Su entendimiento de lo que debe ser la literatura no compaginaba con lo que nosotros pensábamos. Sus ídolos literarios eran Tomás Carrasquilla, entre los colombianos, y Eduardo Mallea entre los latinoamericanos. Nuestros maestros eran Rimbaud, Lautremont y Henry Miller y en la literatura nacional apreciábamos a León de Greiff y a Fernando González y a los integrantes del grupo de Mito, incluido el aún desconocido García Márquez. Para ajustar, valga la infidencia, Manuel Mejía y yo nos vimos envueltos en una historia de amor que me hizo sufrir como un condenado, cuando sedujo a mi novia de los quince años, que me abandonó obnubilada por su prestigio, su labia de culebrero y su corbata de galán. La comprendo. Yo tenía dos camisas. Una puesta y otra en un platón con detergente esperándome en algún hotelito proletario. Y había empeñado mi única corbata, la de la primera comunión, por una cerveza. A mí mis padres no me soportaban. Los suyos estaban muy orgullosos de su muchacho con razón: acababa de ganar un concurso de cuento en El Salvador. Un buen comienzo. Porque después ganó premios en todas partes: en Cali y Manizales e intermedias, para acceder más tarde al Nadal y al Rómulo Gallegos.

A Manuel lo atraían las muchachas bonitas, y sobre todo tiernas cuando ya no se cocinaba en dos aguas, más que las mujeres hechas y derechas aunque fueran bellas. Tal vez la afición a las nínfulas revelara una secreta inseguridad. Un miedo al amor adulto.

Manuel Mejía era un hombre querible, tenía eso que los antiguos llamaron bonhomía. Nosotros lo admirábamos por su vida privada que algunos divulgaron, llena de singularidades en una ciudad pragmática que trataba de cogerle el ritmo al siglo con retraso. Decían que pintaba al carboncillo con talento, que practicaba el moldeado en barro, que inventaba juguetes artesanales, lo cual hablaba de su candor pero al mismo tiempo de unas cualidades humanas que nos seducían, las de la sensibilidad para las actividades inútiles, porque los hacía por gusto, sin las intenciones torticeras del comerciante, y ni siquiera para jugar con sus invenciones porque siempre estaba ocupado escribiendo, o bebiendo. O seduciendo las novias de los amigos. Más tarde supe que se preocupaba por las técnicas de la impresión de libros. Y que escribió una carta a la casa Heidelberg con una propuesta para mejorar sus prensas famosas en el mundo.

Aunque estábamos lejos de sus ideales estéticos y su estilo obediente a preceptivas que nosotros habíamos venido a desprestigiar, Mejía Vallejo fue un habitual de nuestras tertulias primerizas, uno de esos contertulios que sin pertenecer de corazón al movimiento, ni adherir a sus propuestas renovadoras, lo veían con curiosidad y simpatía. Había otros, pero nos parecían intratables, como Jorge Robledo Ortiz, poeta de la raza, y como Jorge Montoya Toro, un filisteo que escribía sonetos a Jesucristo y a las impúdicas rosas. Mejía estaba más próximo a nosotros aunque su escritura no concordara con las crisis de un mundo que asistía a las circunvoluciones de los primeros satélites artificiales, con una perra dentro, un mono, o una señora rusa. Y al asco de una nueva guerra, la de Vietnam, que algunos contaban como el primer estallido de una tercera conflagración mundial hecha de conflictos focalizados.

Su escritura olía a boñiga y a saúcos en un mundo que se urbanizaba y al que comenzaban a atosigar los vahos de la gasolina. Pero de cualquier modo no era rimbombante como casi todos los poetas del entorno pobrísimo. Era la primera persona de la santísima trinidad literaria de la antioqueñidad. Las otras fueron Carlos Castro Saavedra, un poeta de corte nerudiano dado a las depresiones que cantaba a los carpinteros, y Oscar Hernández, otro magro discípulo de Neruda aunque mezclara a esa influenza la ternura de César Vallejo, y la tristeza que puso de moda el peruano envenenado en París con la solanina de las papas del mercado de los pobres. Los tres se acercaron a nuestra capilla desabrida, surgida en plan de escandalizar la aldea donde el arzobispo importaba más que el alcalde porque había arrendado al diablo. Castro pronto dejó de tratarnos enemistado con Gonzalo Arango por la nimiedad de un epíteto cariñoso. Hernández debía trabajar para sostener una familia. Y jamás entendió que mantuviéramos una discreta distancia, saludable además como después se vio, con la izquierda colombiana, más hecha de sentimientos beatos que de ideas, y de pasión que de marxismo.

La prosa de Mejía Vallejo era clara, tranquila. Más próxima a la verdad de la vida para nuestro criterio, así nos resultara sospechosa por ordenada y racional, y aunque sus relatos estuvieron plagados de diálogos sentenciosos y descripciones convencionales fuera de tono para quienes pretendíamos ser absolutamente modernos según el mandato de Rimbaud. Nosotros amábamos lo descabellado. Nos parecía que la misma sintaxis y hasta la ortografía eran cárceles que justificaban el orden establecido. Y los temas agrestes de sus primeras prosas, La tierra éramos nosotros y Tiempo de sequía, nos sonaban anacrónicos a pesar de la sobriedad. Él se aferraba a la nostalgia del pasado. Nosotros estábamos pendientes de un futuro que temíamos y aferrados al presente existencialista, a la inmediatez de la experiencia. El pensaba que un relato, así nos dijo una vez puesto en el plan magistral que en ocasiones adoptó al hablarnos con el aire de superioridad del escritor laureado, debía comenzar por una panorámica del ambiente, y seguir con la presentación de los personajes, antes de ponerlos en acción. Esas ingenuidades de una preceptiva retrógrada no nos impidieron quererlo. Para nosotros las novelas y los cuentos podían principiar por donde a uno le diera la gana, y carecer de pies y cabeza, y ni siquiera eran necesarias, sino indeseables, las supercherías aristotélicas del conflicto, la trama, la peripecia y la anagnórisis. Pero lo aceptamos distinto como era, vestido de paño, camisa de cuello y corbata, y con la costumbre de visitar al peluquero cada sábado para que le puliera las patillas. Nosotros nos dejábamos crecer el pelo como los piratas que nos sentíamos, vestíamos bluyines, camisas de colores, mocasines, medias de rombos. A él le gustaba hacer el elogio de Asturias, y Rómulo Gallegos, y estaba decidido a continuar la tradición de Tomás Carrasquilla. Nosotros preferíamos a Joyce, a Becket, a Buttor y a los objetalistas franceses, en cuyas obras no pasaba a veces nada distinto del viento de las hojas al volverlas. Y desconfiábamos de los apologistas de lo autóctono. De los nostálgicos de los padres indios y los abuelos criollos empobrecidos por las guerras civiles. De los dolores del campesino que hablaba con los pájaros de sus amores y llevaba una barbera en el carriel por si se veía obligado a cobrar una ofensa de borrachos. El color local nos espantaba, nos declaramos los servidores de una nueva barbarie dispuesta a arrasar los falsos valores de Occidente. Amílcar empezaba a circular entre nosotros los libros de Nietzsche. A Manuel Mejía la filosofía le era indiferente, no tenía problemas metafísicos más allá de los cafés con leche con buñuelo frío que comía con mi exnovia en la Heladería Donald. Y jamás lo vi interesado en nuestras discusiones, las propias de unos muchachos educados en el catolicismo que acababan de descubrir a Bertrand Russell y el existencialismo y a Nicola Abbagnano en los breviarios del Fondo de Cultura Económica.

A veces lo veíamos salir de matiné después de ver alguna película norteamericana de vaqueros que quizás le ayudaba a redondear sus fábulas de duelos de matones. Una obra suya se llamó El día señalado como una película norteamericana famosa. Lo cual puede no ser casualidad. Y escribió un cuento que tituló, La venganza, como bien hubiera podido nombrarse un western espagueti de Clint Eastwood. A nosotros nos intrigaban más las películas de tesis, el cine de una lentitud infernal de Bergman, el neorrealismo italiano, los dramas patafísicos de la nueva ola francesa con sus romances entre seres atrabiliarios y despistados, y sus parlamentos en el lenguaje del retorcido humanismo sartreano, perfectos para calificar el tedio de vivir, el sentimiento del absurdo y la irrefutable inutilidad de todo. Para Manuel Mejía todo eso no pasaba de ser un capricho de niños burgueses, una impostura que no valía la pena tomar en serio.

No encajábamos por completo a pesar de los esfuerzos por querernos. Manuel Mejía nació en 1923, el día del idioma español: el mayor de los nadaístas había nacido en 1931 bajo el signo de Capricornio que lo hizo sombrío y proclive a inventarse fracasos. Mejía Vallejo disfrutaba los bambucos olorosos a toronjil, los despechos de carrilera y los tangos matreros a la hora de sus tragos. Los nadaístas para nuestros festines de mala fama recurríamos al jazz estridente de New Orleans, a Duke Ellington, a las canciones canallescas de la Piaff y Juliette Grecco. Nos gustaban los tangos, pues eran el folclor urbano de la ciudad industrial de Colombia, pero los escuchábamos de distinto modo.

Los padres de los nadaístas eran todos pequeños funcionarios o comerciantes al menudeo. Con la excepción de Gonzalo Arango, llegado de Andes, y de Amílcar Osorio, que llegó desde Jericó, los demás crecimos junto a las fábricas, en medio de los buses urbanos que reemplazaron los trolleys y los tranvías. Tal vez en esta circunstancia radicaron las desavenencias con el autor de La casa de las dos palmas. Nosotros habíamos conocido de oídas la Violencia. Manuel Mejía sabía mejor de las brutalidades de las guerras entre liberales y conservadores. Pero el peor desacuerdo entre nosotros fue causado por la devoción que él guardaba por Tomás Carrasquilla, un escritor que considerábamos injustamente un autor fallido, un costumbrista, el maestro de un estilo marchito.

Algunos entre nosotros empezábamos a interesarnos en las ciencias de los pulsares y las estrellas enanas que se derriten sobre sí mismas, en el comportamiento secreto de los átomos, imbuidos en la siniestra amenaza del peligro nuclear que fue la espada de Damocles sobre nuestras cabezas despeinadas. Manuel Mejía contra las metafísicas que estas preocupaciones suscitaban en nosotros albergaba una sola certeza mística: que existía una ley de la compensación, semejante al karma, que los nadaístas comenzamos a debatir a partir de la lectura de los textos del budismo, a los que llegamos empujados por los poetas beat, fanáticos del dharma. O camino. No había demasiadas contradicciones interiores en Manuel Mejía. Era un hombre simple como unas tijeras. Y formaba parte del orden parroquial como un adorno. Nosotros éramos la imagen del desconcierto y la desconfianza. Ahora que lo pienso, si seguimos siendo amigos a pesar de todo fue por el sentido del humor que compartíamos. Por la capacidad para reírnos. Aunque él solo les aplicara el cauterio de la risa a los demás. Mientras los nadaístas podíamos reírnos de nosotros mismos con perfecta impudicia. Él se tomaba en serio su vida y su trabajo de escritor. Nosotros éramos más irresponsables y estábamos más confundidos. Él era un escritor del establecimiento. Nosotros estábamos situados al margen. Recuerdo que al principio me impresionó un rasgo de personalidad muy escaso entre los círculos de los escritores: jamás hablaba mal de los ausentes, aunque después aprendió. Pero en general nunca lo vi comprometerse, ni hablar de la política del día, por ejemplo, que es algo que les gusta tanto a los escritores modernos. Era cauto.

Manuel Mejía fue un detractor injusto del nadaísmo cuando estaba de malas pulgas. Sobre todo le gustaba vapulear al pobre gonzaloarango por lo que decía y lo que dejaba de decir. En ocasiones Mejía se pasaba de crítico acerbo con nosotros. Una vez, él había envejecido, y yo me había casado y separado, y vuelto a casar por aquellas cosas del eterno retorno y el miedo de la soledad, leyó un poema que buscaba, a través de unas cucarachas, celebrar la música humana y la técnica moderna. Y me dijo sonriendo con ironía campechana. “Escribirle poemas a las cucarachas es una bobada, hombre”. Y me miró como quien piensa sin razón que las cucarachas solo necesitan insecticidas y no poemas con reminiscencias de Vivaldi y Schönberg y con pormenores sobre la fabricación de los transistores. No quise decirle que las cucarachas tenían tanto derecho a ser poéticas como los alelíes. Y que había descubierto en un viaje de LSD que son ángeles camuflados. Y un portento biológico. No hubiera comprendido.

Pero al mismo tiempo Manuel Mejía fue muy generoso con los poetas del nadaísmo que comenzaron a transitar por la carrera Junín en los años sesentas y que lo veían salir de las películas de la vespertina con sus eternos cartapacios bajo el brazo en busca de un café tranquilo donde corregir sus obras. No solo participaba en nuestras tertulias con su ingenio cándido, sus recuerdos de la madre Laura con la que guardaba un parecido físico, sus memorias de aventurero por Centroamérica y su colección de refranes y décimas y coplas aprendidos con los peones de las fincas donde creció. A veces fue magnánimo con nosotros de un modo que ahora me permite sospechar de su insinceridad cuando nos quiso y cuando nos desdeñó. Eso no importa. Es preciso honrar la justicia. Cuando lo nombraron director de la imprenta municipal de Medellín publicó allí el primer libro de Gonzalo Arango, HK 111 y Nada bajo el cielorraso, dos obras de teatro que le permitieron al capitán del nadaísmo el sentimiento inenarrable de saborear la gloria de sostener en sus manos su primer libro publicado.

HK 111 alcanzó el honor de las tablas bajo la dirección de Fausto Cabrera, un activista español que después fue guerrillero maoísta y acabó en la China, un ecléctico que recitaba un día Claveles rojos o La casada infiel y cosas de mayor enjundia de García Lorca y al otro montaba una broma de Ionesco. Ignoro si llegó a entenderse con Poeta en Nueva York, el único Lorca soportable para los nadaístas. La obra contó con la actuación de Santiago García y Mónica Silva su mujer entonces. Los tres habían fundado el Teatro Experimental El Búho para la divulgación de las obras de la vanguardia, con la pretensión de fundar un grupo estable que ayudara a la creación de un teatro nacional moderno que superara las comedias políticofolclóricas de Campitos, y las obras del rancio teatro español de Jacinto Benavente y Alejandro Casona, autores predilectos de los grupos de aficionados de Colombia antes de que se pudiera hablar de profesionales de las tablas.

HK 111 fue puesta en escena en el teatro Ópera de Medellín después de una temporada en Bogotá y causó estupor en la parroquia. Una escenografía escueta con seis varillas simulaba la cabina de un avión, el protagonista amenazaba en el clímax de la obra con orinarse en el escenario. Escatología pueril pero inusual para el lugar y los tiempos. Gonzalo Arango les tenía pánico a los aviones. Y pensaba que eran el más terrorífico de los inventos humanos junto con la jeringa hipodérmica.

Yo hice el ridículo al llevar a la gala en aquel calor estival un abrigo inglés de paño que pesaba como el Big Ben y hacía los efectos de un sauna, propiedad de mi padre que lo había recibido de Laureano Gómez por interpuesta persona, un primo suyo postizo, un hombre notable durante la presidencia del Monstruo, y que siguió siéndolo durante la dictablanda de Rojas Pinilla.

Cuando dediqué a mi padre “El anticuario”, un poema que pretende reunir (como nadie lo ha notado lo anoto) las ideas afines a las noción de decadencia, Manuel Mejía me hizo un elogio matizado de sorna: si tu poema de las cucarachas me parece una nadaistada, el que le dedicaste a tu padre debería formar parte de la antología de la poesía colombiana siempre. Se dosificaba. Entre el vituperio y la alabanza. Esa noche celebramos mi poema en la casa de una de mis hermanas. Fue la única vez que lo vi borracho. Siempre fue de un aguante olímpico. Ya se encaminaba a la bancarrota. Y acabó cuan largo era, bocarriba, en la mesa de centro bañado en ron Caldas.

Yo lo quise desde que lo conocí. Y él también me quería y hasta admiraba al osado adolescente que yo era cuando comenzamos a tratarnos como vecinos en el barrio Los Ángeles. Yo era un adolescente con una mala fama merecidísima. Y con la suerte bendecida por una enorme capacidad para la indiferencia, resignado a vegetar sin rencor ni esperanza, sin propósitos, vacío por dentro, sin tuétanos. La falta de pudor me permite reconocer que también me adornaba un cierto éxito entre las muchachas más bellas de la ciudad de mercaderes con vocación industrial, a pesar de mis camisas de pobre, mis zapatos rotos y la melena salvaje que extrañaba el champú. Creo que las muchachas se me acercaban seducidas por mi fama de poeta precoz más que por mi cara de ángel despeñado. Llevadas por algún impulso tanático. Porque fui magnífico como amante a la hora de hacerlas sufrir.

Manuel Mejía me hizo muy desgraciado cuando se quedó con el amorcito de mis primeras experiencias reales de amor, y al fin me arrebató a la sujeta de mis primeros afectos, valido de su aire de Pedro Armendáriz y de su propensión a ganar concursos de literatura. Más tarde, para compensarme, se convirtió en mi primer editor. Pues cuando lo echaron de la imprenta oficial por imprimir las obras de teatro del inventor del nadaísmo fundó con Oscar Hernández una editorial que llamaron Papel Sobrante, pues la alimentaban con los desechos de las prensas de los periódicos municipales donde Oscar Hernández hacía de todero. Uno de los primeros libros de la empresa fue mi libro Invención de la uva. Los otros fueron los cuentos primerizos de Darío Ruiz Gómez y de Oscar Collazos.

Medellín aquellos años vivía el sopor saludable del Frente Nacional después las atrocidades de la violencia que prolongó las guerras religiosas del siglo XIX. Hernández, Mejía Vallejo y Castro Saavedra eran los autores prominentes en la aldea de un millón escaso de habitantes. No había dicho que Oscar Hernández escribía poemas al pan, al trigo y a las amadas, y que fue un montón de cosas, boxeador, futbolista, vendedor ambulante y empresario de una fábrica de refrescos; que Manuel Mejía había viajado por Centroamérica siguiendo los pasos de Porfirio Barba Jacob, y que Carlos Castro pavoneaba los elogios que le hizo Pablo Neruda a su poesía cuando estuvo en Chile. Neruda comenzaba a descollar con su obra desigual y profusa, y por el brillo de su glotonería verbal, llevado de la mano de los comunistas. Y un espaldarazo suyo era consagratorio. En la casa de poesía Silva de Bogotá hay una fotografía conmovedora de un Castro Saavedra, la cara triste y menuda, y con un sombrero hiperbólico que le queda como una casa, junto a León de Greiff que a su lado parece un ogro vikingo con su belfo, la boina y el traje de paño desgalichado de siempre. Sus amigos solían preguntarle dónde mandaba a arrugar los vestidos.

Manuel Mejía Vallejo fue el narrador más reputado de Colombia hasta la aparición de Cien años de soledad. Yo creo que resintió su publicación como un desorden inesperado en su honra. Los escritores suelen tener egos frondosos. Cien años de soledad confundió la literatura colombiana con sus excesos. De modo que muchos novelistas colombianos apelaron a los recursos del realismo mágico en una mimesis cómica y servil, y otros, para corregir el rumbo, apelaron al grotesco, a la recuperación de sus recuerdos familiares o a la novela histórica ideologizada. En el desconcierto probó la novela urbana. Y como había abandonado las temáticas campesinas, inventó a Balandú, que se insinuó en sus escritos tímidamente hasta alcanzar la apoteosis en La casa de las dos palmas, que intenta contar una saga familiar como el piedracielista de Aracataca.

Mejía hizo alguna mención literaria de mi deslustrada persona. Quizás para acallar la mala conciencia del depredador sexual. En La sombra de tu paso, donde la novia que me ganó se llama Claudia, expresa sus celos. Y le pregunta. ¿Lo amaste? Y ella. A quién. Y él le dice: a Eduardo. Y dice que yo entonces me parecía a Jesucristo… cuando lo aporreaban. No sé qué quería decir con eso de mi barba y mis greñas de cobre. Y sin mi novia en aquella Junín donde los nadaístas gastamos la adolescencia en el descubrimiento del amor y la poesía a contramano, cometiendo pequeños delitos viles, fumando marihuana, emborrachándonos y tragando a puñadas barbitúricos de la casa Lilly. Desde niño soñé ser escritor. Pero nunca se me pasó por la cabeza que podía ser un personaje de novela.

Los que no vivieron aquellos días en esa aldea en las faldas de los Andes nunca alcanzarán a imaginar cómo era entonces la ciudad que fundó don Miguel de Aguinaga. Soy un sentimental. No me importa. Medellín es para mí la de antes de la Avenida Oriental que cometió el sacrilegio de comerse la casa de Dora Echavarría, la suegra de Manuel Mejía, la abuela de sus hijos, que lo adoraba. Y sentí mucho el día cuando tumbaron el Hotel Europa que era como un Kremlin en chiquito. Al Medellín de mis recuerdos le lucía ese edificio con cúpulas negras, como le sigue luciendo un palacio egipcio en la calle Miranda o una portada con leones de bronce en la casa de un magnate en el barrio Laureles. En el lugar que dejó el Hotel Europa levantaron la Torre Coltejer, que no sabe a nada, empinando el hocico hacia el cielo empobrecido, aguja ciega, para hacer una metáfora de sastre. Otros la consideran la marca del comienzo de la decadencia de la familia Echavarría, como Babel confundió las lenguas de los israelitas para castigar su arrogancia.

La tragedia del empresariado antioqueño burgués fue su aniquilación por el proletariado chino en la guerra comercial del mundo. En la bendita globalización galopante los discípulos de Mao condujeron a la bancarrota a la ilustre familia paisa, admirada y vilipendiada, que llevó a Medellín a trancazos de tren hasta Puerto Berrío y de allí a lomo de mula los primeros telares mecánicos. Fernando González dijo que Medellín era bueno cuando los Echavarrías estaban chiquitos. Desconfiaba de los retumbos del progreso. Como todos los metafísicos que saben que es imposible conectarse por teléfono con lo esencial.

La calle Junín era un hervidero de chismes. La sombra de tu pasoY el mundo sigue andando están hechos de eso. De murmuraciones. Cuando Manuel Mejía intentó liberarse de los helechos de La tierra éramos nosotros, los muchachos de entonces estrenábamos el desaliño de los existencialistas franceses que superara el dandismo de gomina de la generación de los cocacolos y sus propias corbatas ya pasando de moda, en una ciudad donde todo el mundo aún saludaba a los policías secretos por sus nombres. Y por sus apodos a los borrachos del Parque de Bolívar, de alcohol antiséptico y pasante de grillo. Mejía Vallejo y sus amigos, Hernández y Castro Saavedra, adecentaron el uso del parque. Se reunían por las noches con sus libros bajo los balsos del de Bolívar frente a la heladería San Francisco. Los hombres de bien solo lo usaban cuando iban a embolarse los zapatos. Y los domingos de la retreta.

Manuel Mejía estaba recién llegado de Centroamérica y gozaba de un tibio prestigio por sus cuentos agrestes de gallera, haciendas, venganzas de hermanos y parricidas incapaces del sacrilegio. De cuentos de campesinos que más tarde cambió por cuchilleros de barriada en Aire de Tango. En Y el mundo sigue andando se estrena de Joyce andino pero no le lucen los experimentos y los retruécanos se le atoran. Aunque no lo quisiera era sin remedio un representante del machismo latinoamericano en la vertiente andina de la literatura colombiana.

Todo era cándido, liviano y feliz en la calle Junín que transitaba Manuel Mejía Vallejo, tanto que lo único posible era que a alguien se le ocurriera inventar el nadaísmo con su sentido trágico y sus amarguras impostadas que después se tornaron en amarguras y podredumbres auténticas. Mejía acabó por apartarse de nosotros del todo cuando apareció la marihuana en las fiestas. Y comenzó a crear su propio entorno de amigos con Darío Ruiz, Oscar Jaramillo, Elkin Restrepo, Oscar Collazos y Fernando González hijo. Y recuerdo que después del primer manifiesto publicamos un volante supuestamente patrocinado por una inexistente fábrica de papitas Juan XXIII. Y recuerdo, pero puede ser un falso recuerdo, que a Mejía Vallejo, que se había regocijado por nuestra irrupción podrida en el paraíso de popelina, no le gustó el fingido patrocinio. Era un anticlerical respetuoso. No estoy seguro de que no creyera en el diablo. Recorrió los caminos de Barba Jacob por Centroamérica y escribió un libro sin mucha gracia dedicado al vate de Santa Rosa. Pero la marihuana remota de Barba no era un peligro como la nuestra para él.

A mí, digo, para comenzar a terminar, más que su ecuanimidad y sus virtudes evidentes me impresionaron en él sobre todo los rones triples de la madurez que se echaba en ayunas en su casa de la calle Perú, cuando comenzó a deteriorarse y a dudar de su grandeza, después de la aparición apoteósica de Cien años de soledad. Como casi todos los escritores colombianos experimentó un cimbronazo con ese libro monstruoso que devolvió la novela moderna a sus orígenes. Las pretensiones de Manuel Mejía de convertirse en el continuador de la línea narrativa de Tomás Carrasquilla con un toque de José Eustasio Rivera se volvieron obsoletas.

Del nadaísmo se han dicho muchas cosas. Pero bien pudo ser solo una reacción necesaria del alma del mundo en nosotros, en una isla feliz llena de muchachas en flor donde comenzaban a oírse los primeros rocanroles, a ponerse de moda el cubalibre, en un país convulsionado, corrompido y violento, que se había dado una tregua relativa con el Frente Nacional. Algunos le achacan al Frente Nacional nuestras desgracias actuales. No fue tan malo. El país creció en la realidad y en las estadísticas. Recuerdo que en mis tiempos el acceso a la universidad era un privilegio. El Frente Nacional comenzó a democratizar la educación. Y la salud. El país mejoró. Y el nadaísmo fue un síntoma positivo de los tiempos que comenzaban y de sus crisis. La gente comenzó a decir otras cosas en las tertulias de los nadaístas en las cafeterías de nombres ingenuos como Bambi y Donald. A pensar otras cosas. A nosotros nos tocó empatar los últimos totes del diablo parroquial con el estruendo de los cohetes interestelares. Recuerdo el repeluzno que experimenté cuando los periódicos trajeron la noticia de que los rusos habían puesto a dar vueltas a una perra en los espacios exteriores a la biosfera. Yo era un exseminarista que no terminaba de solucionar sus problemas con Dios. Y sentí que se me encrespaba el pelo de la cabeza y los remanentes de la cresta vertebral del anfibio.

Gonzalo Arango que tenía su toque maligno a pesar de su fama de santo, y tenía una vieja deuda por cobrar, en una carta me escribió, después de una noche de tragos que Manuel Mejía gastó en llenar de reproches al pobre profeta de la nueva oscuridad: “…de los hombres espero lo peor; sobre todo de los intelectuales, de los literatos. Son de otra raza. Soy una raza opuesta: y tú, Ed, eres mi mejor alma, mi espejo más transparente. En ti reflejo lo poco que puede ser salvado en mí, no como escritor, sino como ser vivo… La agresión del Premio Nadal… contra el nadaísmo en general… es un fruto tardío de su recóndita amargura. Recuerda la noche en el homenaje a Evtuschenko. Somos tan ajenos a sus dioses y a lo que escribe. No me extraña: él fracasó en sus aspiraciones a Maestro de la juventud. Nuestra generación no lo soportó, era la flor y nata de la Bondad. Como me dijo una vez Fernando González, ‘nunca podrá ser un artista, goza de excelente salud’. Podrá escribir cien novelas, ganar el Premio Nobel, ser laureado o fuera de concurso en los juegos florales de Manizales, pero nunca osará una locura respetable. Tendrá siempre miedo de invertir la lógica, de afirmar que DOS MÁS DOS SON EL PRINCIPIO DE LA MUERTE (no recuerdo si esta frase es de Dostoievski o la acabo de inventar, pero vale)… Eso es él, un linotipo que trabaja, que piensa; una caña pensante pero sin la angustia de Pascal. A Manuel Mejía le tengo afecto precisamente porque está fuera del ring, es campirano, gallero, nostálgico de burdelito de Jericó donde perdió su virginidad por un soneto, amigo íntimo del bobo del pueblo, etc. Porque labora sus novelitas como un herrero, y de tanto hacer y rehacer de pronto salta una chispita en su desierto mental, pero no por culpa de su genio, sino de tanto soplar en la forja. Realmente es un buen hombre, aunque literatoso como escritor. Él defiende su parcela de la plaga nadaísta y es su derecho. Él sabe que su herencia no tiene porvenir en nuestra generación, que será olvidado antes de ser. No puede perdonar que su posteridad esté integrada por una pandilla de bastardos como nosotros, desalmados para esas cosas que él fabrica, pura cacharrería estética para consumo de amas de casa, para entretener una digestión, un desvelo, un idilio parroquial de ventana. Él nos regaña paternalmente y quiere convertirnos a su ‘seriedad’, reformados en su provecho, en provecho de la literatura bonita, lógica, moral y graciosamente filistea en la que trabajó como un minero… Hay que reconocer que lo hace honestamente, que no da más, que no tiene de dónde sacar más. A los 45 años no se puede tomar chocolate en familia impunemente, ni rezar el rosario, ni tocar tiple en reuniones de sociedad intelectual… Eso tara, da un carácter. Su literatura resulta inexorablemente chocolatera, conservadora, de meada en la cama después que la mamá reparte bendiciones. Novelas con susurro de tiple y olor de yerbabuena. Qué esperanza… Tu y yo lo comprendemos, por eso lo admiramos. Porque es un pobre sufridor de sentimientos; porque se apostó todo a la literatura y no dejó nada para reírse de sí mismo. Por eso está jodido, y yo lo estimo suficiente para no tenerle piedad… Olvidemos pues sus ofensas; en ellas se consuela, le dan una vaga razón de ser… Permitámosle que tenga razón, que nos injurie y nos abomine si eso lo desahoga. A los nadaístas no nos disminuye su parroquial grandeza. Apliquémosle los santos óleos y que sea inmortal. Él vive para la gloria literaria”.

La carta resume bien nuestra relación, pero Gonzalo extrae un corolario, y nos invita a estar vigilantes, a no dormirnos sobre nuestros pobres laureles de adormidera, a estar conscientes de nuestros límites, y sobre todo, a la lucidez de no consentir la literatura como el fin de la vida. Y pido perdón por la extensión de la cita y por la crueldad que emana, unida a una inmensa ternura por el amigo lejano, pero amigo a pesar de todo.

Manuel Mejía fue sobre todo un poeta apreciable, un gran poeta, puesto que fue capaz de escribir esta décima:
Llovían cielos nublados
por las selvas del Chocó;
llovía tanto, que yo
tuve los ojos mojados.
En esos tiempos llorados
nunca de llanto se hablaba
aunque la pena sobraba
con tan húmedo rigor,
que no sabía el amor
si llovía o si lloraba.

Eso me basta para querer a Manuel a pesar de lo que encontramos en él reprensible desde nuestra orilla del mundo, y nuestra orilla del tiempo.

 



¡Comparte esta historia!





Liz

Liz

por ANAMARÍA BEDOYA • Fotografías de Juanita Escobar


Número 106 Mayo de 2026

Retrato

Llamamos por su nombre: ¡Liz! Una sílaba sucinta y seseante. Escuchamos pasos al otro lado de una lona verde que demarcaba la entrada de su casa. Era una noche ventosa. Juanita Escobar la había conocido tres años antes, en el Cerro de Bandera, Puerto Carreño.

“Ella estaba ahí, al filo del día, brillando con su voz y sus ojos como luciérnagas, imponiéndose en el paisaje, atrás de ella, el Orinoco extendido. Fue el primer retrato que hice en este río, desde hacía ocho años soñaba con conocer las aguas del Orinoco, las que dan el nombre al inmenso llano que yo ya habitaba, pero desde muy lejos, en el Casanare. En las fotos que tengo de ella a la orilla de río, su mirada va hacia Venezuela, nosotras estamos paradas en el departamento del Vichada, en Colombia, y en el escudo de la bandera amarillo con verde está escrito: ‘Tierra de hombres para hombres sin tierra’. Ahí estábamos nosotras, izándonos, proclamando nuestra manera de pertenecer, nuestra voz”.

Liz no había nacido cuando sus padres abandonaran el Chocó. Vivían en un pueblito aislado de la selva pluvial, pobre y acosado por la violencia. No había trabajo ni sosiego, no había cómo. Huyeron lo más lejos posible. Peregrinaron hacia el suroriente del país por paisajes desconocidos, cruzaron los Andes, anduvieron por lo llano, navegaron en el impetuoso Orinoco y llegaron a Puerto Ayacucho, en el estado de Amazonas, en Venezuela. Allí nació ella.

Huir fue una forma de libertad para el tropel de colombianos que se marcharon a finales del siglo pasado, era la posibilidad de reiniciar la vida, de encontrarle sentido a esa palabra. La búsqueda de un bienestar significaba darle la espalda a la casa, abandonar el burro, el perro, el platanal y la atarraya; decir adiós a los tíos, a los primos, a los abuelos.

De Colombia quedaba un papel con una lista de apellidos, algunas fotos y documentos de identificación personal. Los exiliados que migraron a Venezuela fueron miles, pero ningún registro oficial alcanzó a contarlos. Desplazados por la indiferencia del Estado, empujados por el desempleo, acosados por la muerte, desarraigados de la exuberante tierra que se peleaban bandos enemigos, escupidos por el hambre encarnada en la figura del país que los echó al olvido.

Puentes, trochas, ríos se convirtieron en la obstinada promesa del reinicio. El hogar se llevaba en la vehemencia de la marcha, en la barriga que crecía. La guía en el camino fue el deseo de encontrar un pedazo de tierra dónde levantar un rancho. Venezuela se convirtió en el remanso donde fue posible quedarse. Empezar de cero. Ser un desconocido. Ampararse bajo otras leyes. Comer pescados de otros ríos. Aprender nuevos mitos y leyendas. Moverse al compás de otros acentos.

Liz dice chama, cónchale, pana y, sin embargo, aunque a sus 32 años no ha ido ni una sola vez al Chocó, en su hablar hay un residuo del implosivo y vibrante dialecto del Pacífico. Está adherida a ese lugar a más de mil kilómetros de distancia. Quiere ir con sus dos niños.

Desea saber lo que se siente decir primo, tío, abuelo. Le gustaría vivir un aguacero en el lugar del mundo donde más llueve y bailar feroz y desenvuelta. Ha escuchado de esas parrandas que se arman en el mismísimo Chocó, donde, dicen, los bafles son más grandes que los niños. Imagina sus caderas moviéndose al ritmo de una chirimía, un currulao, un bullarengue. Le gusta reír duro, alzando los pómulos suaves y oscilando el cuerpo en regocijo; pero en sus ojos angulosos se vislumbra, rodeando el iris ébano, una indudable tristeza.

Hace tres años llegó a Puerto Carreño y empezó a recorrer las calles rojizas vendiendo productos para el pelo con la intención de convertir los pesos en fajos de bolívares para comprar comida y alimentar a sus hijos. Pero fue en el puerto donde finalmente encontró su ancla: un militar que parecía compartir sus gustos.

Lo suyo, sin embargo, no ha sido un retorno, ha sido el desexilio. El desexilio de los que empezaron a regresar porque en la nación hermana las cosas ya no eran como antes. Lo que consiguieron durante años se hizo pedazos que quedaron en el camino. El vestigio de otra huida. Huir del Estado venezolano, de la crisis fronteriza, de la depresión económica, de la represión política.

Liz vino con lo que tenía puesto, en cada mano un hijo.

Aquella noche sin estrellas, Juanita, que había aplazado durante meses ese momento, se presentaba ante ella sin cámara. Ese día no habría fotos.

“Era el día de escuchar lo que ella quisiera contar, de comprender los gestos y las miradas, de darle tono a las tardes del río, de darle hondura al por qué de sus lágrimas. La historia de Liz está llena de raíces que flotan, viajan buscando dónde agarrarse, encontrarse y seguir perteneciendo.

Un año después de nuestro primer encuentro fuimos a las playas del río Bita, hicimos muchas fotos, entre esas las raíces de su pelo y las del árbol… ambos momentos complementaron su retrato, trayéndome más imágenes para comprenderla a ella, y a través de ella el territorio: el cuerpo del agua que se funde con el cuerpo de la mujer.

Liz nunca dejó de acompañarme. A lo largo de esta búsqueda, han ido apareciendo otros personajes, Lourdes, Gledys, Ariani, Samay, María, Lilibeth, todas ellas hilos de pensamientos e historias que me han ido envolviendo. Marcando el ritmo del tiempo necesario para estar, descubrir y contar sus memorias, han surgido muchas preguntas, las he lanzado al río esperando que los viajes y los encuentros traigan más y más respuestas; más y más preguntas, para no irme nunca, para seguir habitando el vasto territorio del llano del Orinoco”.

La silueta delgada de Liz apareció por encima de la lona verde. Vimos su sonrisa blanquísima, las piernas tersas, sus duros hombros redondos y brillantes, como dos barnizados pomos precisos para sostener sus brazos atléticos de mujer enseñada a trastear con lo que es suyo. La cascada lustrosa de trencitas caía a ambos lados, por encima del pecho. El abdomen duro, surcado de arrugas el ombligo, huella de dos partos. Los ojos lacrimosos.

Puso en el patio tres sillas plásticas, sin soltar el smartphone. Se sentó apoyando los codos en los muslos, como la líder que es cuando anima a sus compañeras de fútbol en la cancha. Miraba de soslayo, a través de la puerta abierta, a sus hijos, y al hijo de su marido, que veían televisión. Bajó el tono, recelosa. Las frases empezaron a fluctuar como olas espumosas que despertaran los recuerdos en su nido.

La madre que levantó a los hijos vendiendo empanadas en el Amazonas venezolano, el padre muerto antes de tiempo, los diplomas inútiles y desvaídos, los amores siempre idos, los máwaris (encantos del río) que quisieron llevarse a sus hijos, las promesas perdidas en el vocerío del puerto, las ofertas laborales como espejismos y la casa temporal para guarecerse de la incertidumbre, para cobijar un collage de familia y procurar que no se desbarate, para servir la comida sazonada con esmero; para orar en soledad y espantar los miedos al desarraigo, al abandono, al aborrecimiento…

En su relato estaba todo eso, y también risitas afelpadas, lagrimones retenidos bajo los párpados, una rodilla hinchada de patear balones, varios secretos en fila y la presencia de la manta rosa refulgente donde se acuesta a ensoñar con el día que vaya, sin volver a cruzar el Orinoco, al Chocó.

Manta que una tarde encapotada de nubarrones grises, se convirtió en un vaporoso velo. Envuelta en él, sobre las rocas ancladas al tiempo del río, recordó a los vuelos que vienen recorriendo la llanura, y a la espesura de la selva cuya voz viaja impregnando caminos circulares y pueblos escondidos.

Ante el temido río, que la ha llevado, traído y sobrecogido hasta el cuello con sus aguas frías, se infló de viento aquel fúlgido velo. Contempló la otra orilla, y en ese mirar largamente, se elevó, ingrávida y sutilmente, sobre los encantos del río.

Voz

Yo con el Orinoco no quiero nada
Mi mamá no tuvo la oportunidad de sacarnos mucho a conocer, porque únicamente conocía allá Venezuela e Isla Margarita, no Caracas, ella nunca nos sacó por esas partes. Vea, esa señora se adaptó tanto que yo le he dicho que se venga para irnos para el Chocó y no, ella dice que no, que cónchale, que ella reconoce que es colombiana, pero que la vida en Colombia es muy dura porque aquí toca pagar arriendo, agua, luz, y que vea la situación de nosotros en Puerto Carreño que no se consigue trabajo. Ella me dice, a qué, hija, a qué nos vamos nosotros por allá, a pasar trabajos, si es que nosotros en Venezuela a veces no se consiguen las cosas, pero Dios proveerá. Como ella es cristiana, eso es lo que dice ella.

Yo tenía seis añitos cuando mi papá se enfermó, lo tenían hospitalizado aquí, nosotros duramos cuatro años viviendo en Carreño. En ese tiempo no querían atender a los colombianos. Entonces mi mamá se tuvo que venir con él para hospitalizarlo acá. Los colombianos se tenían que esconder, la policía los atacaba. Incluso, tenía yo como nueve años, cuando se querían llevar a mi papá y a un tío preso porque no tenían papeles.

Y menos mal que nosotros éramos bastantes, ocho hermanos y estábamos pequeños todos, y fue que le lloramos a los policías y no se los llevaron. Después, gracias a Dios, primeramente, y al presidente Chávez fue que les dieron su nacionalidad venezolana… Cuando a mi papá le dieron de alta, nos devolvimos para Puerto Ayacucho.

Yo no tuve novio, a los diecisiete me conseguí mi pareja, y me metí con ese muchacho. Mi mamá nunca me llegó a aceptar un novio oficial. Entonces yo agarré y me fui con ese muchacho, quedé embarazada de mi hijo. Cuando mi hijo Marco, el mayor, ya tenía dos meses, nos separamos.

Al tiempo, cuando mi hijo ya tenía como cuatro años, fue que conocí a mi segunda pareja. De ese señor sí no puedo hablar, me fue de maravilla, me quiso a ese chino como nunca nadie lo ha querido, eso le brindó un amor… Nos separamos porque se volvió muy mujeriego, ya todo era para la calle, ya no daba para la casa. Yo decía: para vivir con una persona así, me quedo sola.

Ya yo estaba pasando muchos trabajos, a veces acostaba a mis chinos sin comer nada, a veces no tenía ni siquiera un kilo de harina para hacer una arepa, yo me la pasaba llorando, no hallaba qué hacer, no tenía trabajo, el papá del segundo niño no me ayudaba, entonces me salió la oportunidad de venirme para Carreño.

Yo vendía productos de Tupperware y así fue que me empecé a venir y así fue que conocí a mi pareja de hoy en día. Un día estaba en el puerto cuando conocí a Frank. Pero antes de eso, Dios me mandó un mensaje a través de una señora. Me tocó la puerta y me dijo que me tenía un mensaje de parte de Dios, que si yo estaba dispuesta a escucharlo.

Entonces la señora me dijo: Dios te mandó a decir que te ha visto llorando, que no llores más, que él te ha visto sufriendo, que a veces no tienes qué comer, pero que no llores más, que él te tiene un hombre preparado en tu camino. Es un señor blanco, que no es de aquí, que cuando ustedes se vean eso va a ser amor a primera vista.

Eso fue así, porque en el momento en que yo llegué a Puerto Carreño y nos vimos, eso fue una química muy brava. Nos intercambiamos números, los mismos gustos que tenía él los tenía yo, yo tengo hijos varones, él tiene hijos varones y tienen casi la misma edad. Ahí nos fuimos conociendo, nos hicimos novios, yo iba y venía, hasta que un día, en el 2016, él me dijo que ya era hora que nos metiéramos a vivir. Y ahí viene Santa Teresita, ahí empezamos desde cero, a dormir en el suelo, prácticamente.

Cuando yo lo conocí, él tenía esto (la casa), pero esto no era casa, esto era horrible, él lo quería vender porque esto era muy feo, entonces yo vine, busqué al maestro de obra, para que no tuviera que pagar ayudante yo me ofrecí, el caso es que un día llegó a la casa y yo ya tenía todo empacado: nos vamos, le dije. Que para dónde, decía él. Para la casa. Que no, que eso no está terminado. Y yo: no importa. Y vea, poco a poco le hemos ido metiendo y ya mire cómo llevamos esto, pero el hombre se puso muy egoísta y mandó a poner todo esto a nombre de la hermana.

Yo sé que mis hijos no son de él, pero cuando yo lo conocí yo nunca se los negué, él me habló de sus hijos, y a mí me da tristeza porque él no comparte con los míos. Yo sé que no son sus hijos, pero él ya los tiene que ver como si fueran suyos porque ya nosotros estamos conviviendo. Y si él me quiere a mí tiene que querer a mis hijos, porque si no los quiere entonces no me quiere a mí.

He estado hablando con mi hijo mayor, y le dije: ¿A ti te gustaría que yo te mandara para Venezuela? ¿Qué sentirías? ¿Tú te pondrías bravo conmigo? Y me dijo: Mamá, no. Y después me dijo: Mamá, sí, porque quiere decir que tú vas a preferir más a un hombre que a mí que soy tu hijo. Y eso es lo otro que no me gusta de ti: cómo tú te dejas humillar de él. Y yo: Hijo, yo hago eso, yo aguanto maltrato, humillación, por ustedes, porque aquí aguantamos maltrato, pero tenemos un techo, un plato de comida, ¿qué hacemos nosotros si salimos de aquí? ¿Para dónde nos vamos a ir?

Hoy entré a messenger y le escribí a Duque (el presidente), le estoy pidiendo ayuda, trabajo o una casa. Le estoy pidiendo mucho a Dios, si me sale esa casa sería la mujer más feliz… Yo hace rato ya me hubiera abierto de aquí. Es que yo no me salgo de aquí porque no tengo a dónde ir, como voy a llevar mis hijos para Venezuela si los saqué de allá para que tuvieran una mejor educación, un mejor futuro. ¿Qué hay en Venezuela? Desgracias, muertes, niños muriéndose de hambre, inseguridad.

Yo le mandé este mensaje: Buenas noches, mi querido presidente. Lo saludo desde Puerto Carreño, Vichada, espero verlo pronto por acá. Mi Dios lo bendiga a usted y a su familia. Me respondió: “Muchas gracias por escribirnos, Liz, es un gusto saludarte, valoramos mucho cada una de tus palabras. Nos alegra saber que contamos con tu apoyo. Mensajes como el tuyo nos motivan a seguir dando lo mejor de nosotros para construir el país que todos soñamos. Amamos a Colombia y por eso trabajaremos incansablemente para hacer realidad cada compromiso que hemos hecho con los colombianos. Un fuerte abrazo”. Entonces yo le escribí otras cosas esta mañana, vamos a ver si me responde más tarde.

Me gradué de Licenciada en Educación Inicial, pero como todo lo estudiamos en Ayacucho… aquí quería meter mis papeles para trabajar, pero me dijeron que no me los valían por ser de Venezuela. Que tenía que mandarlos a notariar, no sé qué poco de requisitos, y eso es plata, entonces lo dejé ahí.

Aquí está muy duro el trabajo, la gente se está yendo para Villada, para Bogotá, para Medellín, para otras partes… Mire yo he metido hojas de vida por donde quiera. Eso está muy duro, esa gente a veces no consigue efectivo, no consiguen el arroz ni la harina ni el aceite.

Mi sueño es ir al Chocó, y siempre le he dicho a mi esposo: cónchale, que yo quiero tener esa dicha de pisar el Chocó. De poder decir esa palabra de tío o primo, porque nosotros únicamente conocemos papás y hermanos. Mi segundo sueño, si Venezuela se compone, ni lo pensaría dos veces para regresar. Pero si sigue como está, yo por allá no regreso. Y mi sueño aquí es conseguir algo: una casa, un trabajo, que yo pueda tener para darle a mis hijos, para sus estudios, para su futuro, para que el día de mañana no estén pasando ninguna necesidad. Que mis hijos no le estén mendigando un pan a nadie, sino que yo se los dé.

Mi sueño, era conocer a mi abuela, ese era mi mayor sueño, pero ya mi abuela murió, ni en fotos conocimos a mi abuela. Eso debe ser una alegría muy grande ir al Chocó, imagínese la música, la alegría. Yo bailo de todo, menos joropo. El joropo no me gusta, eso no es música que me trasnoche. Eso es como que uno estuviera matando hormigas, no me gusta.

Yo a ese Orinoco le tengo mucho miedo, desde la última vez que mi hijo casi se me ahoga ahí quedé curada. Casi pierdo a mi hijito en el Orinoco. Dicen que en ese río hay muchos encantos, y hay gente que no cree en eso y es verdad: hay encantos.

Él tenía cinco años, y una hermana mía le preguntaba que qué había pasado. Y él le decía: No, tía, una mujer en el agua me decía: ven, ven, ven. Y ese niño pasó toda la noche llorando, le dio fiebre, se paraba asustado. Y lo llevé con una señora, y ella me dijo que sí, que era un encanto que se lo estaba llevando.

Yo quería ir al Inírida, pero me dicen que hay que pasar un tal Chorro de la muerte, y noooo. No, prefiero ir para el Chocó. En Quibdó. Imagínate esas fiestas, esos bailes, ay, no, yo tengo que ir allá. Yo creo que por allá me quedo [risas]. Si me gusta me quedo. Yo tengo que ir al Chocó. Tengo que llevar a mis hijos para que ellos conozcan, porque ellos me dicen: Mamá, ¿cuándo vamos a montar en un avión?

¿Qué tal que me guste y me quedé por allá? Me consigo un chocoano [risas]. Pero que no sea negro. Negro con negro no pega. Imagínate, se va la luz y ninguno de los dos nos vemos [risas]. Negro no, no me gustan los negros, para vivir no. Para eso Dios hizo a los blancos, los morenos… No, yo negra con otro negro, no. Dios mío, no me vayas a castigar. Yo quiero un blanco. 

Orinoco, frontera de agua
Juanita Escobar y Cachi Ortegón
Editorial KWY
2018



¡Comparte esta historia!





,

Mi vida como sospechoso

Mi vida como sospechoso

por LUIS MIGUEL RIVAS • Ilustración de Cachorro


Número 63 Marzo de 2015

Fue a finales de los años ochenta cuando descubrí que tenía cara de sospechoso. Antes ni me había enterado. Una de dos: o siempre fui sospechoso y no me lo decían y desconfiaban de mí a mis espaldas (alguna vez le pregunté a mi madre: Mamá, decime sinceramente: ¿Yo te parezco sospechoso? y ella solo contestó con un movimiento lateral de la cabeza, sin ningún énfasis ni apoyo verbal), o fue precisamente en esa época de finales de los ochentas de la que les hablo, cuando eclosionó en mí, sorpresiva e irremediablemente, esta extraña condición de presunto implicado, instaurando a mi alrededor un aura de suspicacia que no me abandona nunca. Soy el que siempre sacan de la fila para una requisa exhaustiva, el que arrastra tras de sí a los vigilantes en los supermercados, el único del grupo al que la autoridad le pide los documentos, a quien los de la aduana le revisan con jeringa la caja de aguardiente, al que apuntan todos los indicios del jarrón quebrado, el terrorista que no lo sabe, el supuesto ladrón. El culpable a priori. A tal punto y desde hace tanto tiempo que he terminado identificándome con esa condición y a veces me sorprendo pidiendo disculpas a la gente por cosas que no hice e incluso por lo que ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que podría hacer, pero que los demás están seguros que sería capaz de hacer, dada mi aura, supongo.

Esa vez de finales de los ochenta estaba en Bogotá con mi compañero de universidad William Rodríguez; nos acercábamos a las instalaciones del hoy inexistente periódico conservador La Prensa (en cuya desaparición, aclaro, no tuve nada que ver) para conocer cómo funcionaba un diario capitalino, y con base en esa información preparar una exposición para la clase de periodismo. Llevábamos nuestros morrales con las cámaras fotográficas y un estuche largo con el trípode, que yo cargaba en bandolera; nos dirigíamos contentos, casi con pasos saltarines, a la sede de semejante templo de la objetividad periodística, cuando un tipo de cachucha cruzó por nuestro camino con un radioteléfono pegado a la boca y dijo algo en clave mientras nos miraba. Seguimos caminando sin comprender y sin darle importancia cuando apareció un carro lleno de policías que se tiraron del vehículo como si estuvieran desembarcando en Normandía y nos gritaron: “¡Quietos!”, como si hubiéramos acabado de robar un banco. Dijeron que tiráramos nuestras cosas al suelo y levantáramos las manos. Nos miraban con prevención y rabia (y en el fondo de sus ojos parpadeaba la satisfacción de haber materializado sus innumerables terrores abstractos en las figuras de dos pobres diablos concretos). Cuando comprobaron que a pesar de ser jóvenes, hablar paisa y llevar un estuche largo en bandolera no éramos dos de los sicarios que Pablo Escobar estaba mandando cada tanto a Bogotá para matar personas poderosas y hacer atentados, se tranquilizaron (y en el fondo de esa tranquilidad había como una decepción) y nos dejaron ir. El impacto fue tan fuerte que es la situación que más recuerdo en mi carrera como sospechoso. Fue en ese momento cuando me hice consciente de mi condición. Pero el asunto venía de antes.

Previo a mi viaje a Bogotá hubo una época en la que la policía hacía redadas en Medellín para levantar jóvenes. No era sino que usted fuera joven y caminara por la calle y ya era sospechoso. A unos amigos y a mí nos levantó la policía una vez y nos llevaron a una pesebrera que había pertenecido a los Ochoa. Esa noche el local que había servido para domar caballos estaba repleto de jóvenes y jóvenes y jóvenes, apiñados como bestias, detenidos por no tener más edad. Es que Pablo hizo la guerra a punta de jóvenes. Matándolos, mandándolos a matar y mandando a que se mataran entre ellos. ¿Cómo sería esto hoy en día si todos esos jóvenes no se hubieran muerto? (En el otro mundo debe haber un barrio que se llama Medellín sin tugurios… y sin jóvenes). En esa época el gobierno les tenía mucho miedo a los muchachos de Pablo y por ellos chupábamos todos. Todos éramos sospechosos. Y en realidad cualquiera de nosotros podría haber hecho lo peor o podría llegar a hacerlo. Todos éramos lo mismo por muy distintos que fuéramos. Varios amigos míos se volvieron sicarios o mafiosos. Yo también hubiera podido porque yo también era ellos. Pero la verdad fue que nunca me ofrecieron. Habría aceptado esa única oportunidad que teníamos los chicos de mi contexto para rasguñar un poco de autoestima y respeto y arrebatarle una pizca de sentido a una vida que no nos pertenecía. Pero creo que no me vieron cualidades. O sea que yo no fui mafioso fue por falta de oportunidades.

Años después, pasado el 2000, hubo una época en la que los policías de Envigado se enamoraron de mí. Iba, por ejemplo, caminando por una calle, absorto en mis audífonos, y un dedo en el hombro me hacía detener y dar vuelta para encontrarme con un policía que se disponía a pedirme papeles y requisarme; estaba sentado en el parque principal del pueblo, tranquilo en medio de la multitud, y aparecía una patrulla de la que se bajaban dos policías avanzando con determinación y firmeza hacia el lugar específico en que yo me encontraba, para pedirme papeles y requisarme; me estaba comiendo un helado y llegaba un agente a pedirme papeles y a requisarme; volvía a casa por la noche y aparecía un policía a pedirme papeles y a requisarme.

Terminé acostumbrándome a las requisas hasta el punto de extrañarlas. Una noche iba caminando por esa acera larga que hay entre la estación Envigado y el Éxito y vi que una moto de la policía se detenía delante de mí, a unos cinco metros; mientras los agentes se bajaban llegué a su lado, levanté las manos y me dispuse a la rutina. Pero los policías no me determinaron. Esperé con las manos arriba para salir de una vez del asunto, pero voltearon y me miraron extrañados.

—¿Qué le pasa pelao? —me dijo el policía bajito y churrusco que venía manejando la moto.

—¿No me van a requisar?.

—¡¿Usted fue que se engüevonó o qué?! ¡No ve que estamos haciendo un retén! ¡Muy gracioso maricón! ¡Te abrís, te abrís! —gritó el otro.

Me abrí. Caminé hasta mi casa sintiéndome, por primera vez en mucho tiempo, liviano, puro, inocente, fuera de sospecha. Esos policías iban a detener a otros sospechosos que andaban en carros y en motos y que no eran yo. Y me fui pensando que el enamoramiento de los policías no era exclusividad mía sino patrimonio de un sector de la sociedad representada por los ciudadanos que no tenían plata o poder o un patrón poderoso y que por alguna señal externa (la ropa, el aire descarriado, la falta de higiene, la carencia de rumbo fijo, los modos de barrio, los prejuicios del tombo), ameritaban sospecha. Cualquiera que tuviera cara de ser capaz de orinar en la calle o fumarse un bareto en un parque podría también ser un delincuente y era susceptible de ser detenido para que de pronto no lo fuera a hacer; “se lo llevaron por intento de sospecha”, decíamos nosotros. Así los policías podían gastar sus energías y el presupuesto de la Nación buscando sospechosos menores para poder dejar tranquilos a los verdaderos culpables de todo que eran los jefes de sus jefes, los dueños del pueblo y del departamento y del país, quienes jamás de los jamases llegarían a ser considerados como sospechosos porque eran ellos los que determinaban quiénes eran dignos de sospecha.

Y más atrás, mucho antes de los policías y de Pablo Escobar, la primera persona que me empezó a ver como sospechoso fui yo mismo; en los primeros años de primaria, en el colegio La Salle, por intermedio del hermano Horacio. Él nos explicaba, enfática y redundantemente, que todos nacimos siendo pecadores porque Adán y Eva habían pecado y que por tanto de entrada ya veníamos a este mundo sucios, malintencionados, merecedores de desconfianza. Y su insistencia en el asunto era casi una conminación a cultivar como virtud ese ánimo achicopalado del culpable, del perro apaleado, del sí señor agente, para que Dios y el rector del colegio y nuestros padres y el alcalde de Envigado y Pablo Escobar o cualquiera que tuviera el poder en ese momento nos quisiera más. O no nos matara.

Y si fuera aún más atrás en la historia de mi condición sospechosa tendría que ir a la historia de mi madre y a la de los padres de mi madre y esto se volvería una historia de Colombia que nos llevaría hasta los tiempos de la conquista. Lo cierto es que nunca me pude explicar por qué, si todos éramos culpables, solo había un sector de la población a quienes nos lo recordaban con tanto énfasis, hasta tatuárnoslo en el alma; y otro sector que parecía desconocer esa doctrina pero que de todas maneras la cultivaba para seguir tatuándosela en el alma a los sospechosos de siempre.

Aunque de nada me ha servido intentar comprender esas cosas porque de todas maneras me siguen requisando en todas partes. Este artículo, por ejemplo, lo empecé a escribir en mi cabeza, mientras los agentes de inmigración en el aeropuerto se tomaban su tiempo para sacar y revisar concienzudamente, una a una, las cosas que contenía mi maleta (descubriendo prendas que no me acordaba haber empacado y hasta encontrando cosas que daba por perdidas, como unas medias de rombos que no había vuelto a ver). Sí, después de tanta historia, a estas alturas sigo siendo el que soy sin poder ser otra cosa: el de la fila de las requisas, el foco de la mirada oblicua de los celadores, el bocadillo del policía que justifica su día, el emoticón que la gente de bien le puso a sus pavores sin nombre. Uno más de los millones de sospechosos que caminamos por las calles de las ciudades y que seguiremos siendo objeto del recelo hasta que se reconozcan los verdaderos culpables que todos conocemos.



¡Comparte esta historia!





Los 10 de Watford

Los 10 del Watford

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Julio de 2026

De izquierda a derecha, de arriba a abajo: Ken Sema, Ismaila Sarr, Ismael Koné, Edo Kayembe, Yáser Asprilla, Hassane Kamara, Imran Louza, Jeremy Ngakia, Joao Pedro y Leandro Bacuna.

Al final, el destino no se apegó al guion que habían escrito esa tarde sobre el pasto del Vicarage Road los diez amigos, ya vestidos para el entrenamiento del lunes 11 de marzo de 2023. Preparaban el partido del jueves, por la fecha 36 de la Championship de Inglaterra, la segunda división del Reino Unido, campeonato al que había caído el Watford, desde la Premier League, en 2022. De los diez, ocho eran nuevos en la nómina del equipo del condado de Hertfordshire, los amados Hornets, avispones en español.

El equipo había ascendido en 2018 y en 2019 disputó la final de la FA Cup, contra el Manchester City de Guardiola, y tras perderla entró en una crisis deportiva que finalmente se selló con el descenso en 2022. Los hinchas estaban molestos y los dueños, Gino Pozzo y su padre, entendieron que debían contratar talento joven y barato. Llegaron entonces el canadiense Ismael Koné, un volante menudito, veloz, muy técnico, nacido en Abiyán, Costa de Marfil, refugiado en Canadá desde pequeño; Joao Pedro, brasileño surgido en las calles de Riberao Preto, en una familia sofocada por la extrema pobreza y cuyo padre, exfutbolista, había sido encarcelado por robo y homicidio; Jeremy Ngakia, joven lateral nacido en Londres, de origen congoleño, quien había renunciado al West Ham United para jugar al lado de su amigo Edo Kayembe; Yáser Asprilla, delantero chocoano, del Alto Baudó, surgido de las divisiones juveniles del Envigado; Hassane Kamara, lateral izquierdo nacido en Saint-Denis, barrio de París, en Francia, de raíces marfileñas. Kamara había vivido durante trece años en Toulouse para hacerse futbolista; Imran Louza, un volante marroquí que creció en Nantes y que cada mes viajaba con su padre a Marruecos, para vender frutas y verduras; Ismaila Sarr, delantero senegalés que pasó un mes secuestrado por un grupo extremista en Ruanda cuando tenía diez años y quien, tras ser liberado, fue llevado a Francia donde se formó en la academia del Metz; y Leandro Bacuna, volante nacido en Groningen, Países Bajos, pero con raíces en Curazao. Leandro tuvo que convertirse en futbolista a escondidas y gracias a la ayuda de su hermano, quien le mantuvo el secreto hasta los quince años de edad, cuando entró a la academia del Ajax. Los padres de Leandro no querían que fuera deportista, preferían que siguiera la carrera de pastor en una iglesia pentecostés.

Ellos se unieron a Edo Kayembe, congoleño criado en Francia, cuyos padres fueron víctimas de desplazamiento forzado por los asedios de la milicia armada M23, y a Ken Sema, también de origen congoleño, refugiado desde pequeño en Suecia y con problemas para hablar la lengua de su país de acogida

Vicarage Road, la casa del Watford desde 1922. Tomado de clubsfromabove.com.

Los diez se hicieron amigos de inmediato. Todos afrodescendientes, todos con una historia repleta de dificultades, de hambre, de muerte y exilio. Llegaron a finales de 2022, justo antes del mundial de Catar, con la firme ilusión de devolver al Watford a la Premier League.

Pero ese lunes en Vicarage Road, previo a un partido contra el Sunderland, por la fecha 36 de la Cahmpionship, los diez se sentaron a hablar en medio de la cancha, cabizbajos porque las chances de ascender se habían esfumado y el club naufragaba en la mitad de la tabla del campeonato. Habían perdido la meta y solo querían que acabara el torneo para iniciar un nuevo objetivo.

El fin de semana, Gino Pozzo los había llevado de paseo a los estudios de la Warner ahí mismo en Watford, justo donde se habían grabado varias de las películas de Harry Potter. En el parque temático del joven mago conocieron a J.K. Rowling, la autora de la obra, quien le regaló a cada uno una copia autografiada de La piedra filosofal. Conectados con esa historia de brujas, magos y animales fantásticos, los diez amigos hicieron una nueva promesa. Todavía con el recuerdo del mundial de Catar tibio en la memoria, estrecharon las manos y dijeron que en 2026 todos ellos se reencontrarían en el mundial, pasara lo que pasara con el Watford.

Al final de ese 2023, casi todos salieron del equipo. Joao Pedro se fue al Brighton, Sema fichó con el Pafos, Asprilla se fue al Girona, Koné se fue a Italia, con el Sassuolo, y Hassane Kamara viajó al Udinese. Los demás se quedaron, pero tampoco lograron ascender al Watford. Entonces Sarr se fue al Crystal Palace y Bacuna se marchó a la liga árabe.

La cosa empezó a marchar bien para casi todos, al menos de forma individual. Los diez fueron convocados por sus respectivas selecciones y no solo de forma nominal o protocolaria. Nada de eso, en verdad eran importantes para sus países. A excepción de Asprilla y Joao Pedro, los demás eran titulares con sus combinados.

Yáser Asprilla (izquierda) y Joao Pedro (derecha) durante su paso por Watford. Tomado de watfordfc.com.

El Watford, en cambio, seguía sin ascender. A pesar de los talentos que cada año llegaban, el equipo nunca avanzaba más allá del puesto once. En Hertfordshire solo les quedaba el recuerdo de 1984 para enorgullecerse por la camiseta. Ese año, con Elton John como presidente del club, Graham Taylor como entrenador y John Barnes como principal figura, los Avispones habían logrado el subcampeonato de Liga, tras el Liverpool, y el subtítulo de la FA Cup, tras el Arsenal. Pero esa felicidad fue fugaz y el club volvió al ostracismo de la segunda y la tercera división.

Tras la FA Cup del 2019, los ciudadanos de Hertfordshire se ilusionaron con nuevas alegrías, pero el equipo no respondió y se hundió en la Championship.

Al final, solo Kayombe y Ngakia se quedaron en el equipo, que entre 2022 y 2024 vio pasar a cuatro entrenadores y a más de cincuenta jugadores.

Mientras tanto, en la lucha mundialista, las selecciones de los diez amigos seguían adelante con paso firme: Congo, Colombia, Brasil, Senegal, Canadá, Suecia, Marruecos y Curazao, increíblemente, se mantenían en los primeros puestos de sus eliminatorias. Los diez se enviaban mensajes cada fecha para felicitarse, o para darse ánimos. La recta final fue un dolor de muelas para varios de ellos. La Suecia de Sema tuvo que ir al repechaje, al igual que Curazao y Congo. Sin embargo, todos clasificaron.

Yáser disputa el balón en un partido de la FA Cup entre el Watford y el Reading, en 2023. Tomado de watfordfc.com.

Yáser celebra un gol con los Hornets. Tomado de watfordfc.com.

Lo de Congo fue épico. El equipo de Kayombe venció a Nigeria en semifinales y a Camerún en la final de la clasificación, y avanzó al repechaje con Jamaica y Nueva Caledonia. Con Kayombe, Bakambu y Wisa como figuras, los Leopardos se quedaron con el cupo y cayeron al grupo de Colombia. Kayombe, de inmediato, llamó a Asprilla para celebrar la noticia.

Colombia y Brasil no necesitaron de dramas para llegar a la cita mundialista, pero Joao Pedro y Asprilla, debido a lesiones y a bajos rendimientos, empezaron a perder fuerza en sus selecciones. A un mes de la fiesta futbolera, ambos cracks quedaron por fuera de las listas definitivas. El pacto de los Avispones de Vicarage Road no iba a cumplirse. Solo ocho lograron lo prometido, los dos que parecían más seguros, por su inmenso talento, se quedaron sin boletos para el viaje.

El grupo de WhatsApp, pese a todo, no se cerró, y tanto Asprilla como Joao Pedro se resignaron a enviarles buenos deseos a sus excompañeros. “Otra vez será”, dijo Asprilla, ahora en el Galatasaray. Joao Pedro fue más lejos: “En el próximo yo seré el goleador”. El brasileño, ahora en el Chelsea, tiene apenas 21 años y sabe que en 2030 tendrá una nueva oportunidad.

El Watford mandará a tres jugadores al mundial. Además de los congoleños Kayombe y Ngakia, el arquero noruego Egil Selvik también está apuntado. Por el equipo inglés también pasó el Cucho Hernández y el belga Dodi Lukébakio, quienes estarán en la fiesta de la Fifa.

Así es el destino, no siempre los pactos, por mágicos que sean, llegan a cumplirse.

Yáser formó de titular con el número 22 en el amistoso que Colombia ganó 3-0 a Australia, en 2025. Tomado de Federación Colombiana de Fútbol.

La revolución de los claveles y el sueño mundialista

La revolución de los claveles y el sueño mundialista

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Junio de 2026

Soldados portugueses durante la Revolución de los Claveles en 1974. Tomado de www.litci.org.

Para entender la historia de Cabo Verde y su actual milagro futbolístico hay que instalarse en la década del setenta del siglo pasado, cuando Cruyff y Beckenbauer eran los dueños de la pelota y el Ajax y el Bayern Munich se turnaban para ganar la Copa de Campeones. En esos tiempos, concretamente en 1974, Portugal estaba atascado en la terrible dictadura de António de Oliveira Salazar, quien tras un golpe de Estado en 1933, fundó el Estado Novo, se atornilló en el poder y desató todo tipo de censuras y persecuciones.

Salazar fue conocido como “el dictador que murió dos veces”, porque en 1968 sufrió un accidente casero y sus allegados lo declararon muerto para el pueblo portugués, pero lo mantuvieron vivo en secreto hasta 1970 cuando finalmente falleció. Hasta su último aliento, De Oliveira creyó que seguía gobernando Portugal, pero quien mandaba en realidad era Marcelo Caetano. 

En 1974, cansado de los abusos, el pueblo se sublevó, y en su pacífica rebeldía tuvo como aliado al Ejército. Aquella manifestación es conocida como La revolución de los claveles y se inició el 25 de abril de ese año, con dos canciones censuradas que sonaron en la radio en diferentes horarios. Primero, E depois do adeus de Paulo de Carvalho, a las 10:55 de la noche, y luego Grândola, Vila Morena de José Afonso, a la medianoche. 

El derrocamiento de Caetano no tuvo oposición y Portugal recuperó su democracia al día siguiente. Necesario sería leer a Saramago o a Lobo Antunes, quienes cuentan la historia de manera detallada y poética. 

Durante sus años de febril autoritarismo, De Oliveira se negó a la descolonización de los territorios en África. Hasta su muerte, el dictador se negó a otorgarles la independencia a Mozambique, Angola y Cabo Verde. Tras el derrocamiento de Caetano, esos pequeños países africanos vieron surgir la esperanza de libertad y, en 1975, los tres se independizaron pacíficamente, a través de acuerdos diplomáticos.

António de Oliveira Salazar, primer ministro portugués entre 1932 y 1968. Tomado de Wikimedia Commons.

Sin embargo, las raíces de la cultura portuguesa siguieron marcando la vida de las nuevas repúblicas: el cien por ciento de la población de Cabo Verde tenía al portugués como lengua principal y el catolicismo era la principal religión. 

Pedro Leitao Brito, más conocido como Bubista, tenía cinco años cuando Cabo Verde logró su independencia, pero recuerda la euforia que se vivió en las calles de su natal Boa Vista, la tercera isla más grande del archipiélago caboverdiano y la más cercana al continente africano. 

Pedro no tuvo que ir a la escuela durante varios días, los festejos por la independencia se extendieron casi un mes. Además, el empalme entre la vieja administración portuguesa y la nueva caboverdiana, se tardaría poco más de medio año. 

Cabo Verde es un archipiélago surgido de la actividad volcánica. Sus diez islas están divididas en dos bloques: Barlovento y Sotavento. Praia, la capital, y Boa Vista están en Barlovento, donde golpean con fuerza los vientos alisios. Durante años, los mejores talentos caboverdianos defendieron la camiseta de Portugal: en esa lista se incluyen Nani, Océano, Semedo, Nene, Gelson Martins y Gelson Fernandes. Incluso Cristiano Ronaldo tiene raíces en ese pequeño país, pues su abuela, Rosa Isabel de Piedade, nació allí. 

Tras la independencia, esos talentos emergentes siguieron eligiendo a Portugal para jugar al fútbol, pues consideraban que defender a Cabo Verde les limitaba sus posibilidades de crecimiento. Sin embargo, unos pocos pensaban diferente, y entre ellos estaba Pedro Leitao, a quien a partir de los dieciséis años ya apodaban Bubista, por cosas de su padre, un consumado lector del budismo y quien de manera graciosa solía decirle a su hijo: “Tú deberías ser budista”, y como el niño no sabía pronunciar bien la palabra, decía: “Sí, soy bubista”, y así se quedó. 

El fútbol no fue particularmente bueno con Bubista. Fue un jugador cumplidor, sin demasiado talento, y su carrera transcurrió entre equipos de la segunda división portuguesa y los principales clubes de su natal Cabo Verde. La mejor parte de su carrera como defensor fue un fugaz paso por el Bajadoz en España, en 1996, pero solo jugó ochenta minutos en seis meses de contrato. Ese mismo año, casualmente, Luis de la Fuente, actual entrenador de España, se había retirado del fútbol profesional y se iniciaba como técnico en un club vasco llamado Portuguesa.

Mapa de Cabo Verde. Tomado de Wikimedia Commons.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Josimar José Évora Dias ‘Vozinha’, figura de la selección de fútbol de Cabo Verde. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Cabo Verde empató 0-0 con España en su debut mundialista. Tomado de www.vozinhaofficial.com.


¡Comparte esta historia!





El regreso del puma a la amazonía ecuatoriana

El regreso del puma a la amazonía ecuatoriana

por FELIPE CARDONA • Imágenes del autor


Exclusivo web Junio de 2026

Cuando el puma llora, la selva entera lo acompaña en su lamento. Basta un mínimo sollozo  del felino para que todo quede inmóvil: los insectos interrumpen su canto, las hojas  suspenden su caída. Las criaturas parecen apagarse para rendir tributo a su desdicha.  

Leodan Vargas, líder de la comunidad indígena Lisan Wasi —cuyo nombre significa “Casa de  la Hoja” en español—, habita en la Amazonía ecuatoriana y es uno de los pocos testigos de  este acontecimiento. El hombre, que ronda la treintena, parece frágil; su contextura  diminuta no hace justicia a la magnitud de su determinación. De sus manos —pequeñas,  casi invisibles— ha germinado un bosque. Árboles que hoy se yerguen como pilares vivos y se extienden hasta donde la vista no alcanza.

Todo en él sugiere mesura, la timidez lo acompaña como una sombra silenciosa. Es  cauteloso al hablar y viste casi siempre con ropa de jornalero, como si su destino estuviera atado al pulso de la tierra y al ritmo de la selva que no cesa. 

Leodan recuerda que, tras escuchar unos alaridos que le helaron la sangre, la selva se sumió en un silencio tan hondo que pudo sentir los latidos de la tierra bajo sus pies. No todos acceden a este privilegio: oír al puma es inusual. Generaciones enteras de la Amazonía vivieron y murieron sin percibir las agudas tribulaciones de la bestia. Por eso, cuando ocurre, los sabios dicen que no es un animal quien llama, sino la selva misma.  

Los abuelos —guardianes de la memoria, guías espirituales y consejeros de las tradiciones en los pueblos indígenas— cuentan que el felino pertenece al Amo de la Amazonía, una  presencia ancestral que habita la montaña donde la vida humana apenas se percibe como un susurro. Dicen que es el vigilante del equilibrio, custodio de las criaturas más preciosas, resguardadas en cavernas ocultas bajo la tierra, lejos de los apetitos desmedidos del hombre.

Durante años, los clamores del puma dejaron de escucharse y su presencia se volvió un mito desdibujado en la memoria de los ancianos. La bestia permaneció confinada mientras la  selva enfrentaba la piel dura de los forasteros, quienes, con papeles de membrete, botas  relucientes y rifles cruzados al pecho, intentaron borrar del mapa todo aquello cuyo nombre  no sabían pronunciar.  

Fueron los años de los terratenientes y ganaderos descendidos de la sierra ecuatoriana, un flujo silencioso que atravesó los últimos compases de los ochenta y se prolongó hasta la primera década de este siglo. Con ellos llegó también la sombra de las empresas petroleras extranjeras —Andes Petroleum, Compañía General de Combustibles y la argentina holandesa Pluspetrol—, esta última quizá la que más profundamente trastocó los dominios ancestrales de la comunidad kichwa. La selva, paciente y antigua, sufrió ultrajes  imborrables; y los pueblos indígenas, seducidos por promesas de abundancia fácil, olvidaron los consejos ancestrales que los ligaban a la tierra. Leodan Vargas confiesa que él y muchos miembros de su comunidad perdieron el rumbo y emigraron a la ciudad de Puyo en busca de un progreso que los alejaba de su verdadera naturaleza.  

Pero en este extravío hubo alguien que recordó la voz  de Pedro, el abuelo, último chamán de Lisan Wasi. Los que lo conocieron cuentan que era  un hombre que destilaba bondad, que sus dones jamás servían al capricho, sino a la sanidad  de los enfermos, el consejo en los momentos de zozobra y la defensa de las tradiciones ante  la amenaza externa. Fue uno de los hombres más poderosos de las comunidades indígenas  que flanquean el río Puyo, y su poder, intangible pero cierto, despertó la envidia de otros  seis chamanes —oscuros y ambiciosos— que, en su codicia, se reunieron para tramar un  hechizo de enfermedad que al final terminó por diezmarlo. A finales de los años noventa, presintiendo la proximidad de la muerte, el sabio realizó un gesto destinado a perpetuar la  sabiduría de los antiguos. Fue Luz Vargas, hermana de Leodan, quien recogió esta semilla y mantuvo vivos los actos y las palabras del anciano.  

En la antesala de la muerte, cuando el aire se le volvía espeso, Pedro reunió nueve variedades de ají y creó un potaje ardiente. Mandó traer a sus nietos y tomó en brazos a  uno de los más pequeños. En la mirada del niño descubrió una humildad antigua, una modestia capaz de soportar potencias invisibles. Entonces lo recostó y vertió el brebaje en  sus ojos abiertos. El llanto del niño fue absorbido por la algarabía de la comunidad: Pedro había elegido al futuro chamán de Lisan Wasi. Luz, que entonces era una niña, fue testigo de cómo su hermano Leodan quedaba vinculado para siempre con la selva y sus ancestros.

El abuelo no se equivocó. La naturaleza traza planes que escapan al capricho humano. Corría el año 2012 cuando la selva, agobiada por su largo cautiverio, lanzó un llamado de liberación y sus hijos fueron llegando, uno por uno, dispuestos a jugarse la piel para recuperar el paraíso arrebatado.  

La primera fue Luz. Llegó al caserío con el paso firme de quien ha transitado entornos  hostiles. Tras años en las aulas entre códigos, expedientes y signos ajenos a la selva aprendió que las armas legales, pueden ser, a veces, más implacables que la fuerza bruta. Emprendió una batalla contra los ganaderos que la llevó al límite de su paciencia y logró que los tribunales restituyeran ochenta hectáreas de tierra. Ese espacio recuperado se convirtió en el cimiento de una nueva generación que dejaba atrás las fracturas de identidad  y restauraba, con dignidad, su condición indígena.  

Como Luz, mujeres de comunidades vecinas también alzaron el puño y se embarcaron en la defensa del territorio: en la región selvática ecuatoriana de Pastaza, al sur de la ciudad de  Puyo, los pueblos Sarayaku y Waorani lograron lo impensable: la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció la potestad sobre sus territorios, marcando un claro límite a  la voracidad de las multinacionales. No sólo fue un triunfo jurídico, sino una gesta de  esperanza en medio del despojo.  

Luego fue el turno de Leodan. No regresó solo: volvió impulsado por la voz de su hermana  Luz, una voz que sembró en su corazón el anhelo de liderar a su pueblo. El retorno no fue  sencillo. Cada paso, cada palabra fueron prendas arrebatadas a la incertidumbre. Había crecido mancillado por la estrechez mental de la ciudad, donde su vida se reducía a trabajar  como obrero de construcción, alimentando sueños ajenos mientras los propios se desvanecían. 

Poco a poco la memoria regresó, el cauce extraviado encontró su río. Sin prisa, pero con una potencia inevitable, Leodan se acopló al ritmo de la selva. Volvieron las madrugadas  consagradas a descifrar los sueños bajo el amparo de la Guayusa, la bebida ceremonial que aclara el pensamiento y otorga vigor para el día naciente. Volvieron también las manos  llenas de tabaco, limpieza y protección; los rostros pintados con achiote, rojo inmortal de la tierra, símbolo de una identidad que se elige, se habita y se defiende.

Su padre lo encaminó también en la medicina ancestral. Le presentó la ayahuasca, liana sagrada que no trepa, sino que desciende a la tierra, raíz que sumerge a los seres en la  vastedad de la conciencia para enfrentar los miedos enquistados en lo profundo. Fueron noches de inmersión total, vigilias que escapaban al tiempo. Leodan se habituó a los seres de otros planos que le susurraban ícaros antiguos cantos de curación capaces de alterar el curso del pensamiento y de la vida. 

Una noche supo que el tiempo de aprendiz había terminado. La revelación llegó mientras guiaba una toma de ayahuasca junto a una mujer que se declaraba escéptica de sus  plegarias. Tras beber la medicina, Leodan sintió un estremecimiento que le encendió la espina dorsal. Una fuerza salió de su cuerpo y tomó forma. En la visión se contempló a sí mismo en el plano espiritual. Era como verse en un espejo; sus facciones eran las mismas, pero su doble llevaba un tocado de plumas digno de la realeza prehispánica; en la mano, un  bastón de madera tallado con esmero; en el cuello, collares cuyo destello competía con el de los astros. No hubo duda ni sobresalto. Fue la confirmación de una sospecha que siempre  lo acompañó.  

Desde entonces, Leodan junto a Luz, su hermano Inti y un puñado de jóvenes animados por  el mismo ardor, rasgó la tierra para plagarla de árboles, abrió cauces de agua cristalina  donde el cielo pudiera contemplarse y levantó un bohío para resguardar los maderos que  hasta el día de hoy avivan una llama inextinguible. Sin miedo a perderse abrieron la selva a  quienes llegaban desde tierras remotas y hablaban lenguas extrañas. La premisa ya no fue  la reverencia sino la hermandad: el intercambio de saberes bajo el manto de las prácticas ancestrales.  

Faltaba una última señal.  

Llegó cuando Luz y otras mujeres preparaban la chicha en una choza internada en la espesura. Mordían el maíz y lo escupían en bateas de madera para macerarlo. Estaban solas:  la tradición lo exige. Ningún hombre puede participar. Entonces ocurrió: Desde las ramas  una figura se deslizó hacia ellas. Un ruido seco, unas pisadas ágiles. Era el puma. Las mujeres  treparon a la parte alta del refugio. Luz se quedó abajo. Apretó el pilón y lo convirtió en una lanza improvisada. Alzó la mirada y sostuvo los ojos de la criatura. No retrocedió. El animal  quedó inmóvil unos instantes y luego se internó en la maleza.  

Los hombres llegaron alertados por los gritos, con carabinas en las manos. Luz los detuvo. A pesar del miedo, la señal era inequívoca: El puma había descendido de la montaña para  anunciar su regreso. El pueblo Lisan Wasi ya no estaba sólo. 

En el plano espiritual Leodan también recibió el aval de la selva. En las tomas de ayahuasca y San Pedro otra medicina sagrada heredada de los incas la presencia del felino se volvió  recurrente. Comprendió entonces que el puma era su animal de poder, su tótem. Desde ese momento el joven chamán se presenta como “el puma” frente a todos aquellos que vienen a conocerlo.  

Nunca sabremos si su mirada es la misma que conmovió al abuelo Pedro. Pero sus ojos  transmiten un sosiego que repara el alma. Basta compartir unos instantes con él para  comprender el vínculo que lo une al felino. Para los kichwa, el puma no gobierna: custodia. Así camina Leodan por la selva. Cada vez que llega a un lugar, lo hace sin alboroto, sin que  nadie lo advierta. Se integra en las conversaciones con discreción y dice solo lo necesario. Su liderazgo no empuja: es una presencia sin apuros. 

Como el puma aprendió a custodiar el mundo desde la calma, con pasos que no alertan, pero con la firmeza inamovible de quien conoce los caminos de la selva.



¡Comparte esta historia!





Granaderos al ataque

Granaderos al ataque

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Haití gana 4-0 a su homónima de Nueva Zelanda en un amistoso previo al Mundial de fútbol de 2026. Tomado de la Fédération Haïtienne de Football.

La primera vez que escuché de los indios taínos fue en una canción emblemática de la salsa, Anacaona, escrita por el maravilloso Tite Curet y popularizada en la entrañable voz de Cheo Feliciano. Esa melodía fue una bomba en mis tiempos de primera juventud, por allá en los lejanos años noventa del siglo pasado, época de festejos y desdichas para la selección Colombia del negro Pacho Maturana.

Volví a saber de esa tribu en las páginas de Las venas abiertas de América Latina, del maestro Eduardo Galeano, quien también escribió de fútbol, y hago mención porque este artículo, pese a todo, también es de fútbol.

En fin, el hecho es que estando en la Universidad de Antioquia, un día me dio por meterme en los libros de historia de la Biblioteca Carlos Gaviria, y leí sobre ese pueblo y sobre su “isla montañosa”, su amada Ayiti, o Quisqueya. Allí llegaron los saqueadores españoles en 1492, en tres pinches carabelas.

Los ibéricos, borrachos, literalmente, y enfermos por el oro y la fama, rebautizaron la isla como La Española y la convirtieron en centro de operaciones. Desde allí, a fuerza de espadas y crucifijos, sometieron y masacraron a los taínos y a todos los pueblos primigenios de América Latina.

Ya establecida la Conquista, los españoles transaron con los franceses para llenar la isla de esclavos traídos de África. Los pusieron a sembrar caña de azúcar.

Tuvieron que pasar casi tres siglos para que esos esclavos, liderados por el jamaicano Dutty Boukman y el Napoleón Negro, Toussaint Louverture, iniciaran una gigantesca rebelión, en 1793, que terminó, diez años después, en la independencia de la isla, proclamada por Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe.

Así se resume la historia de lo que hoy conocemos como Haití, un pequeño país del Caribe, hermanado con República Dominicana.

Haití, que fue nombrado así en homenaje al viejo pueblo Ayiti, parece haber nacido con una perenne maldición. Los esclavos, más de medio millón, echaron a españoles, franceses e ingleses, y a cambio obtuvieron una tierra fértil para el café y el azúcar, pero también para las desgracias.

Tras espantar a los franceses, que tenían el poder sobre la isla, Haití entró en una grave crisis económica, pues los europeos, para reconocer el nuevo Estado, pidieron a cambio una exorbitante y humillante indemnización para la nación de Voltaire, Zola, Baudelaire y Robespierre. Esa deuda, que duró más de cien años, derivó en violencia callejera, golpes de Estado, guerras civiles, enfermedades incurables, diásporas y suicidios.

Pero la venganza francesa no terminó allí. De 1957 a 1986, en Haití se instaló un gobierno autoritario e ilegítimo, el de la familia Duvalier, que gozó del apoyo de diversos mandatarios galos, desde Coty, Charles de Gaulle y Pompidou, hasta Francois Mitterrand. Sin embargo, el principal patrocinador de la carnicería de los Duvalier fue Estados Unidos y uno de sus perros rabiosos, la CIA. Los gringos ocuparon Haití de 1915 a 1935, pero no se fueron de inmediato, sino que tardaron en desalojar la isla, como en las despedidas de los circos malos.

Los Tonton Macoute de Papa Doc. Tomado de www.nuevarevolucion.es.

Francois Duvalier, más conocido como Papa Doc, fue un médico que llegó al poder en 1957, supuestamente elegido democráticamente, pese a múltiples denuncias de fraude. Duvalier, con un discurso populista, logró captar muchos votos, pero su mayor ventaja la tomó de las amenazas a sus opositores, quienes tuvieron que exiliarse en otros países.

Papa Doc montó grupos paramilitares en todo el país para reprimir cualquier conato de rebelión. Los Tonton Macoute torturaron, desaparecieron y asesinaron a cientos de personas, solo por pensar diferente. Por si fuera poco, mientras los Duvalier cada vez se enriquecían más, los haitianos se morían de hambre, de sida o a causa de huracanes y terremotos.

Como era predecible, Papa Doc se atornilló en el poder y, tras su muerte, su hijo Jean Claude ‘Baby Doc’ Duvalier heredó ocupó el gobierno de 1971 a 1986. Durante esos años sucedió el primer milagro haitiano, la clasificación al mundial de Alemania 1974.

Antoine Tassy fue designado como entrenador del seleccionado dos años antes. En las eliminatorias de la Concacaf, Haití compartió grupo con México, Trinidad y Tobago, Honduras, Guatemala y Antillas Neerlandesas. La presión sobre los jugadores era tremenda. Duvalier quería que su equipo fuera a Alemania para utilizarlo como símbolo del falso progreso haitiano. Hombres encapuchados aparecían en las casas de los jugadores y tiraban panfletos bajo las puertas. Las cosas llegaron tan lejos que incluso, antes del partido con Honduras, el 7 de diciembre de 1973, integrantes del Tonton Macoute golpearon en plena calle al defensor Pierre Bayonne, quien había cometido un error durante el duelo que Haití le había ganado 2-1 a Trinidad y Tobago cuatro días antes.

Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, presidente de Haití entre 1971 y 1986. Tomado de Wikimedia Commons.

En medio de ese ambiente de terror, Haití ganó su grupo con ocho puntos. Ganó cuatro partidos y solo perdió uno, contra México. El viaje fue escoltado por el escuadrón élite del gobierno de Duvalier, Los Leopardos, quienes supervisaban con cara de malos a todos los jugadores, sobre todo cuando iban a las entrevistas. Vigilaban que no criticaran al régimen, o que se escaparan de la concentración para buscar la libertad en otros países.

En el mundial les correspondió el grupo 4, con Argentina, Italia y Polonia, tres equipos con amplia tradición futbolera. Italia tenía a cracks como Gianni Rivera, Fabio Capello, Luigi Riva y Dino Zoff; Argentina tenía a Kempes, Perfumo, a Houseman; y Polonia contaba con estrellas como Lato, Zmuda, Deyna y Szarmach.

Duvalier sabía que su selección no tenía ningún chance, pero aprovechó el viaje para entablar relaciones y dejar en limpio su gobierno ante todo el mundo. En la cancha, los haitianos lucharon con valentía, pero la distancia con las potencias era demasiada. Italia les ganó 3-1, pese a irse en ventaja con gol de Emmanuel Sanon, uno de los dos únicos futbolistas que jugaban en el exterior. Sanon era hijo de migrantes haitianos pero había nacido en Bélgica y jugaba para el Beerschot. El otro era el capitán Wilner Nazaire, quien jugaba para el Valenciennes francés.

Contra Polonia fue un desastre. Lato, Szarmach y compañía los vencieron 7-0. No tuvieron piedad. Por último, Argentina les ganó 4-1. Sanon, otra vez, hizo el de la honra.

El lunar fue el positivo por efedrina de Ernst Jean-Joseph, volante del Violette haitiano. Tras la confirmación de los médicos de la Fifa, el jugador fue expulsado del torneo, pero eso no fue lo peor. Los Leopardos lo sacaron a patadas de la concentración, lo encerraron en un garaje y lo golpearon durante dos noches. Cuando lo iban a mandar de regreso a Haití, quizás para matarlo, el agregado haitiano en Alemania, Kurt Renner, dio aviso a la prensa. Renner le salvó la vida al apodado “mulato del pelo rojo”, pero fue destituido de su cargo inmediatamente.

Selección de Haití en su debut mundialista en Alemania 1974. Tomado de https://www.facebook.com/futbolero.nacional.2025.

Haití vs. Argentina en el Mundial de Alemania 1974. Tomado de ESPN.

Baby Doc Duvalier fue derrocado en febrero de 1986, el año de La mano de Dios. Tras muchos abusos de poder, y en medio de una crisis económica y de salud pública sin precedentes, se produjo un levantamiento popular que hizo que el dictador huyera a Francia, en un avión estadounidense.

Haití siguió participando de las eliminatorias de la Concacaf, pero el éxito era esquivo. Para colmo, el “país maldito” seguía sufriendo por hambre, inundaciones, tormentas, maremotos, huracanes y terremotos. En 2010, por ejemplo, un temblor de 7.0 arrasó con Puerto Príncipe y dejó más de doscientos mil muertos. En 2016, el huracán Matthew dejó a dos millones de damnificados y, en 2021, otro terremoto cobró la vida de cerca de cinco mil personas.

Lo peor de esos años, sin embargo, fue el gobierno corrupto de Jovenel Moise, quien ganó las elecciones de 2017, apoyado por el entonces presidente Michel Martelly, del partido PHTK – Partido Haitiano Tèt Kale. Martelly era un aliado incondicional del chavismo venezolano y Moise, que ganó las elecciones en medio de un contexto turbulento, con violencia en las calles, damnificados por los desastres naturales y graves acusaciones de fraude, siguió los pasos de su padrino Martelly y firmó varios acuerdos con Nicolás Maduro.

En 2019, como era de esperarse, explotó un escándalo llamado Petrocaribe. Moise fue acusado de malversar miles de millones de dólares de esos acuerdos con el gobierno venezolano. Los haitianos salieron a las calles a protestar y Moise, que tenía arreglos con algunas de las pandillas más poderosas del país, hizo represión con violencia. En 2020, el incendiario Moise le echó más leños al fuego y suprimió el Parlamento. Entonces el país explotó. Las pandillas tomaron el poder en el setenta por ciento del país y Moise tuvo que atrincherarse por miedo a un golpe de Estado.

En 2021, veintiocho mercenarios colombianos, exintegrantes del Ejército, fueron contratados para matar a Moise, y no fallaron. En julio de 2021, en una rápida incursión, los mercenarios llegaron a la casa de Moise, en Puerto Príncipe, y lo acribillaron. Los asesinos fueron capturados en el acto y están cumpliendo condenas en Haití y Estados Unidos. Pasados algunos meses, más de cincuenta personas fueron imputadas por conspiración en el magnicidio, incluyendo a la esposa de Moise, Martina, y al exprimer ministro Claude Joseph.

En las declaraciones de los acusados, se mencionó que la muerte de Moise era necesaria porque estaba aliado con las bandas criminales del país, sobre todo con la G9 Fanmi e Alye (Familia y Aliados), cuyo jefe es el expolicía Jimmy Chérizier, alias Barbacoa.

Tras la muerte de Moise, la violencia en Haití se salió de control. Las cinco principales bandas se tomaron el noventa por ciento de la pequeña isla y, claro, la selección de fútbol también se vio afectada. La G9 se adueñó del estadio Sylvio Cator y del complejo de entrenamiento El Rancho. El equipo tuvo que exiliarse en Curazao para jugar allí las eliminatorias hacia el mundial de 2026 y muchos jugadores sufrieron saqueos en sus viviendas de Puerto Príncipe.

Era imposible acercarse a Puerto Príncipe porque no solo era la G9 con su poder militar enfrentando al Ejército y la Policía, sino que también había una guerra declarada entre los cinco grupos armados ilegales. El G-Pep, por ejemplo, de alias Ti Gabriel, estaba enfrentado con el G9; mientras que Baz Pilatos, Nan Ti Bwa y Delmas 6, con apoyo de las maras salvadoreñas, estaban en guerra por el control de las rutas del narcotráfico.

Alix Didier Fils-Aimé, jefe de Estado y de gobierno tras el magnicidio de Moise, no ha sabido qué hacer para controlar a las pandillas y por eso Haití es considerado uno de los tres países más peligrosos del planeta.

Al igual que en el 74, otra vez el fútbol se convirtió en la mejor noticia para un país en crisis humanitaria, para un Estado fallido y maldito. Otra vez la pelota fue la esperanza para esos doce millones de habitantes de Quisqueya.

En los años de la dictadura de Duvalier, fueron cientos los haitianos que emigraron a otros países buscando asilo. Tras la caída de Baby Doc, el país no pudo salir adelante porque la deuda externa era insostenible. La crisis se agravaba con cada desastre natural, y las ayudas humanitarias, casi siempre, eran robadas por políticos corruptos y por los grupos armados. La diáspora haitiana se cuenta por millones. La cifra oficial es de dos millones de ciudadanos, pero las extraoficiales hablan de tres. Los destinos predilectos son Francia, Canadá y Estados Unidos.

Después de la muerte de Moise, el técnico de la selección, Jean Jacques Pierre, fue echado por el mal rendimiento del equipo. Su reemplazo fue el español Calderón Pellegrino, quien tampoco pudo sacar frutos de los talentos emergentes de los Granaderos. Entonces, en marzo de 2024, la Federación de Fútbol decidió ir por el técnico francés Sebastien Migné, un exjugador de la segunda división francesa, con un palmarés como asistente muy pobre y que antes de recibir la llamada estaba dirigiendo en Togo.

Migné fue contratado por teléfono, y por teléfono comenzó a dirigir. Hacía videoconferencias para dar las indicaciones antes de cada partido, y solo se veía con sus jugadores en los partidos eliminatorios. Haiti, cuya selección es cincuenta por ciento haitiana y cincuenta por ciento francesa, tuvo que exiliarse en Curazao para jugar la fase clasificatoria hacia el mundial de 2026, en el estadio Ergilio Hato.

Migné ya había pasado por momentos difíciles, turbulentos, en otros países. Había dirigido en Togo, Congo, Guinea Ecuatorial y Chad. Era conocedor de los estragos de la guerra, de modo que dirigir a Haití era un reto asumible para él. Lo primero que hizo fue buscar a jugadores con raíces haitianas nacidos en otros países. En ese ejercicio encontró a dos figuras de la Premier League: Jean Bellegarde, del Wolverhampton, y Wilson Isidor, del Sunderland.

Pero su mejor jugador, su estrella, es Duckens Nazon, delantero del Esteghlal de Irán. Los padres de Nazon huyeron a Francia en los años ochenta y por eso él nació allí, en las calles de Chatenay Malabry. En Altos del Sena.

Durante su niñez conoció la historia de Haití, de sus ancestros, y juró que jamás representaría a un país diferente. Sus primeros años los pasó en el Vannes, pero luego pasó al Lorient, un equipo de amplia trayectoria. En esos años fue convocado varias veces a las juveniles de Francia, pero rechazó cada oferta que le pusieron sobre la mesa. Su misión, afirmaba en esa época, era llevar a Haití a un mundial.

En Francia lo dejaron en paz y él continuó avanzando en su carrera. Jugó en el Wolverhampton y en el Coventry, en Inglaterra, y en el Sint Truiden de Bélgica. También pasó por Escocia y por Bulgaria, antes de iniciar su declive.

Con Haití ha jugado más de ochenta partidos y ha marcado más de cuarenta goles. Es el capitán, la estrella y el líder espiritual.

“Solo nos tienen a nosotros. Si no hay fútbol, no tienen nada, pero si juega la selección, tienen esperanza. Nosotros podemos hacerlos sonreír”, arenga Nazon antes de cada encuentro.

Nazon fue el héroe de la clasificación haitiana para el mundial 2026. Su hat trick en el duelo contra Costa Rica, en San José, ante el arquero Keylor Navas, en el 3-3, y su gol en el agónico 1-0 en Curazao, en el partido de vuelta, le dieron el tiquete a los Granaderos, lo que desató la euforia no solo en Haití, sino en el resto del mundo.

Sin dictaduras, pero con muchos problemas por resolver, Haití vuelve a un mundial más de cincuenta años después. Esta vez no habrá presiones, ni amenazas. Esta vez solo hay espacio para la esperanza, para la ilusión de tantos exiliados. También es la esperanza para esos doce millones de habitantes que viven presos en su propia isla, como los esclavos en los tiempos de La Española. Ahora los conquistadores son otros, hablan la misma lengua y tienen el mismo color de piel que sus víctimas, pero son tan malos como los saqueadores que bajaron de las tres carabelas. Quizás por eso es que el grito de victoria de la selección de Migné es el mismo que gritaban los esclavos en 1803: “Grenadye, alaso”, que en español es “Granaderos al ataque”.



¡Comparte esta historia!





El milagro de los “francotiradores” de Zenica

El milagro de los “francotiradores” de Zenica

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Bosnia y Herzegovina celebrando la clasificación al mundial de fútbol 2026. Tomada de Sofascore News.

Lesionado del tobillo derecho, el veterano arquero del Leicester City de Inglaterra, Asmir Begovic, viajó hasta Zenica, Bosnia, para ver a su selección contra Italia, en el emocionante repechaje europeo hacia la Copa del Mundo 2026. Begovic, quien sigue recuperándose, se ubicó en la tribuna popular, junto a miles de hinchas bosnios en el Bilino Polje, mítico estadio de la selección y del Celik. A unos tres pasos de distancia de Begovic estaba Nole, Novak Djokovic, parado casi todo el partido porque el público estaba enardecido y no permitía ver sentado el espectáculo. Nole, serbio de nacimiento, no tuvo problema en ir a apoyar a sus vecinos, sitiados y masacrados por su país entre 1992 y 1995, cuando murieron alrededor de cien mil personas y fueron desplazadas más de un millón. Se ha comprobado este año que durante ese inhumano asedio los comandantes del ejército serbio Stanislav Galic, Ratko Mladic y Dragomir Milosevic recibieron dinero de algunos millonarios italianos, de perversas excentricidades, para poder divertirse matando civiles disparando desde los cerros aledaños a Sarajevo, o desde edificios altos custodiados por las tropas serbias que comandaban, desde Belgrado, Radoslav Karadzic y Slobodan Milosevic.

Los valientes periodistas del diario Oslobodjenje, quienes cubrían la tragedia de la guerra y defendían a los suyos con lo que tuvieran a mano, divulgaron el primer informe de los “safaris humanos” en abril de 1995. Contaban cómo los ricos italianos pagaban grandes sumas a los oficiales serbios para matar ancianos, mujeres, soldados enfermos y, sobre todo, niños.

Unos pocos periódicos italianos replicaron aquel informe, pero nada pasó hasta 2022, cuando la alcaldesa de Sarajevo, Benjamina Karic, vio un documental sobre los hechos y quedó conmovida. Karic ordenó a la fiscalía de Sarajevo abrir una investigación profunda e hizo una denuncia pública ante las autoridades italianas, a través de la embajada de su país. Todo eso ocurrió mientras el covid se cargaba cientos de vidas en ambas orillas del Adriático.

Miran Zupanic, director del documental, acompañó a Karic en las denuncias, que fueron reiterativas hasta agosto de 2022, cuando el juez Guido Salvini apoyó las acusaciones y abrió un expediente con la ayuda del periodista Ezio Gavazzeni.

Hoy se sabe que un banquero, un abogado, el exdirector de una clínica de Turín, un dueño de camiones de Milán y otros multimillonarios de Trento, Turín y Milán tomaron parte de los “safaris”.

La portada del 1 de abril de 1995 del diario serbio Oslobodjenje llevaba el título: “Safari de francotiradores en Sarajevo”. Archivo Museo Alija Izetbegovic.

Varios futbolistas bosnios jugaban en Italia mientras su país estaba ocupado por los serbios. Muchos leyeron el informe del Oslobodjenje. Dos de ellos, Haris Skoro (Torino) y Mustafa Arslanovic (Ascoli), se marcharon de Italia para jugar en otros países, pues no podían con la vergüenza.

Bosnia hizo parte de la poderosa Yugoslavia de Tito hasta 1992, y desde su independencia, muchos bosnios se fueron a Italia a jugar fútbol, balonmano y waterpolo. Otros se unieron a las mafias del sur y la gran mayoría se hicieron obreros en la industria automotriz, recolectores en los viñedos, operarios del sistema ferroviario.

Había cerca de ciento cuarenta mil bosnios en Italia en los tiempos de la guerra, pero cuando se publicaron los primeros informes de los “safaris humanos”, no hubo marchas ni protestas, todos lloraron en silencio, menos los deportistas, quienes emigraron a otros países.

Grandes estrellas bosnias han dejado huella en el fútbol italiano en el siglo XXI. Edin Dzeko, Miralem Pjanic, Senad Lulic, Rade Krunic y Sead Kolasinac. Ya no hay rencores ni sed de venganza, pero alguna espinita quedó tras la guerra, luego de conocerse la verdad de los “safaris”.

Estadio Bilino Polje. Tomada de Flickr.

Por eso, cuando las dos selecciones se encontraron en la cancha de Zenica, algo muy poderoso surgió en los corazones de los jugadores bosnios, algo dormido, aplazado, algo muy parecido a la dignidad.

Sin embargo, al minuto catorce, Italia se adelantó con un gol de Moise Kean, un hijo de inmigrantes marfileños que llegaron a Italia en 1990, huyendo de otra guerra. Irónicamente, Italia, junto a otros países europeos, era culpable de esos conflictos en Costa de Marfil, en su afán por conseguir recursos minerales, joyas y productos agrícolas baratos.

Pero la alegría por el gol de Kean se diluyó promediando el partido, cuando el árbitro Turpin, de Francia, expulsó al zaguero del Inter, Bastoni, por una entrada sobre Dedic. Bosnia estaba a un gol de distancia.

El suspenso por el empate se extendió hasta poco antes del minuto ochenta, cuando un tiro libre desde la derecha llegó al área, justo a los pies de Dzeko, quien disparó a quemarropa. El tiro fue bloqueado por Donnarumma, pero el rebote le quedó a Tabakovic, quien disparó con el arco vacío y puso el empate, el maravilloso y milagroso empate.

Edin Dzeko, capitán de la selección. Tomada de Footballfancast.

Italia entró en pánico. Los fantasmas de otras eliminaciones surgieron en el área de Donnarumma y los bosnios cargaron con todo. Los centros llovían, los cabezazos hacían sufrir a los defensas, pero el tiempo en el reloj se acabó y el partido se fue al alargue.

A los italianos se les notaba el cansancio y el miedo, pero Bosnia no lograba marcar el gol de la victoria. En las tribunas, Begovic se comía las uñas y Nole temblaba de la impotencia. Se fueron a penales. Sí, fatídicos disparos, como aquellos de los francotiradores en los “safaris humanos”. Bosnia comenzó pateando: gol. Italia, en cambio, falló su turno. Otra vez Bosnia, gol. Italia marcó, puf. Pero Bosnia siguió sin fallar y el tercer disparo de Italia, a cargo de Cristante, pegó en el palo. A Bosnia solo le bastaba marcar para ir al mundial, y Muharemovic, estrella del Sassuolo, no falló. Bosnia 4, Italia 1, en penales, una masacre. Bosnia tomó su boleto para el mundial mientras los italianos se derrumbaron en el campo ante una nueva deshonra para la Azzurra.

El equipo de Barbarez y de Dzeko le devolvía un poco de dignidad a un pueblo masacrado, y Nole, que sabe cosas, dijo: “Algo de justicia hay en el fútbol”. Begovic bajó a la cancha y se abrazó con sus compañeros. Estarán en el mundial, en el grupo B, junto a Canadá, Catar y Suiza. Un grupo para seguir soñando con milagros, para seguir recuperando el orgullo de una nación aplastada.

Este es Bajraktevic, que marcó el penal decisivo. Bajraktarević es un delantero de 21 años que actualmente juega para el PSV Eindhoven. Nacido en Wisconsin de padres refugiados bosnios. Tomada de Sofascore News.



¡Comparte esta historia!





El sueño cumplido de Isakov

El sueño cumplido de Isakov

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Junio de 2026

Plantel clasificado al Mundial de México/Estados Unidos/Canadá 2026.

Uzbekistán, “la tierra de los verdaderos líderes”, es un país de Asia Central, de origen mongol, que se independizó de la Unión Soviética en agosto de 1991. Hasta ese año, la URSS había participado en siete citas mundialistas, incluida aquella de Chile 62, cuando empató 4-4 con Colombia. En esas siete apariciones soviéticas en los mundiales, hasta Italia 90, jamás un jugador uzbeko fue convocado para vestirse con la camiseta de la hoz y el martillo, aunque en 1978, Vladymir Fedorov, un delantero del FC Pakhtakor de Tashkent, había sido llamado para un partido eliminatorio y tenía grandes chances de asistir al mundial de Argentina 78, pero la Unión Soviética no clasificó.

Fedorov es una leyenda del fútbol uzbeko, y claro, del Tashkent, el club de la capital, el más laureado de la historia de ese país. Fedorov, cuenta la leyenda, iba a declinar el llamado para el mundial de Argentina como respuesta a la agresiva rusificación de Uzbekistán, y a la constante discriminación por parte de Moscú. Los uzbekos siempre fueron despreciados por su origen y por su idioma. Los obligaban a ser campesinos y les negaban el acceso a los estudios superiores. La madre de Fedorov, de origen musulmán, había sido obligada a despojarse de su burka y su hiyab durante una visita gubernamental a Tashkent, en 1970.

Pero la venganza simbólica del delantero, algún gol definitivo, alguna celebración en clave de mongol, fue truncada por una desgracia. El 11 agosto de 1979, un choque de dos aviones en cielo ucraniano terminó en desastre. Murieron 178 personas, entre ellas, diecisiete jugadores del Pakhtakor de Tashkent, quienes se dirigían a Bielorrusia para un partido de la liga soviética contra el Dinamo Minsk. La noticia tardó en confirmarse porque era necesario descartar un ataque extranjero, pues en el momento del accidente, un avión oficial, con Leonid Brézhnev como pasajero, se dirigía hacia Moscú. La Guerra Fría estaba en su apogeo y Brezhnev, líder del Partido Comunista y presidente de la Unión Soviética, era el mayor blanco posible.

Equipo de Pakhtakor de Tashkent, víctima del accidente de avión de 1979. Tomado del Diario deportivo OLÉ.

Algunos investigadores llegaron a pensar que el accidente del Tashkent había sido un error de los enemigos más allá del Atlántico, pero con el tiempo se concluyó que todo fue un desafortunado error de los controladores aéreos, quienes fueron condenados a quince años de prisión por homicidio involuntario.

Tulyagan Isakov, goleador y capitán del Pakhtakor, fue el único sobreviviente del equipo, pues se encontraba lesionado y no tomó parte del grupo de viajeros. Antes de su fallecimiento en noviembre del año pasado, a los 76 años, el exdelantero contó que su equipo era un grupo de amigos, todos uzbekos, y que soñaban con ganar, al menos, la Copa Soviética, pues la liga era prácticamente imposible.

“Nos solíamos reunir en la taberna del pueblo a planear nuestros encuentros. Sabíamos que los equipos de Moscú y de Ucrania eran casi invencibles, pero creíamos que si salíamos a atacar desde el comienzo, al menos nuestros vecinos se iban a sentir orgullosos”, narró Isakov en una entrevista de 2019, durante un acto de conmemoración del accidente.

Soñaban también con meter uno o más jugadores en el seleccionado soviético, como respuesta a la discriminación. Los llamaban “los rusos de cabezas negras”. Fedorov había sido el primero el lograrlo, pero no alcanzó la meta mundialista. También tenían a Mikhail An, un uzbeko de 19 años, de origen coreano, que era capitán de la selección soviética sub-20. Esos jugadores habían logrado notoriedad nacional después de un partido que el Pakhtakor de Tashkent le había ganado 5-0 al poderoso Dinamo Kiev, que venía de vencer al Bayer Münich en la Supercopa de Europa.

“Logramos ser un equipo de media tabla en los años setenta. Éramos famosos en toda la Unión Soviética por nuestro estilo alegre y un poco descuidado. Pero no había estadio que no se llenara para vernos jugar. El 5-0 al Dinamo Kiev, el equipo de Oleg Blokhin, ganador de un Balón de Oro, fue nuestro gran logro”, dice Isakov.

Después de la tragedia, el Pakhtakor de Tashkent se convirtió en un símbolo de resistencia para los uzbekos. La liga soviética le donó dinero para que contratara nuevos jugadores y les dio cinco años de gracia en el campeonato, es decir, no podían descender, aunque quedaran en el último puesto.

Isakov lideró el equipo un par de años, pero la tristeza no le permitió seguir. Se retiró y se fue a vivir a las montañas, lejos de los focos de la prensa.

El Estadio Pakhtakor Markaziy en donde juega la selección uzbeka y el Pakhtakor de Tashkent.

Tras la desintegración de la Unión Soviética, en 1991, el equipo se convirtió en el más poderoso de Uzbekistán, la nueva república. Hasta hoy ha conquistado 33 títulos, de los cuales dieciséis son de liga. Su academia sigue siendo productora de grandes talentos y ha llevado al fútbol uzbeko a lo más alto de Asia. Han clasificado a cinco mundiales sub-20 y han conquistado la Copa de Asia Central Sub-20. Sin embargo, lo más importante ha sido el impulso al fútbol de mayores. El Tashkent es la fuente principal de talentos para la selección nacional y, en junio de 2025, lograron lo impensado: clasificar al mundial de 2026. Jamás un jugador uzbeko había tenido el honor de ir a la Copa del Mundo y ahora, gracias al Pakhtakor de Tashkent, irán 26.

Una de las grandes estrellas de la selección uzbeka, que compartirá grupo con Colombia, Portugal y RD Congo, es Abdukodir Khusanov, nacido el 29 de febrero de 2004 en Tashkent. Kushanov, defensa del Manchester City de Inglaterra desde el 2022, es producto de la academia del Tashkent e hijo de uno de sus ilustres jugadores, Khikmatdjon Khoshimov.

Kushanov fue convocado por primera vez en 2023, y lo primero que hizo fue visitar, con su padre, el monumento a los caídos de 1979. Ese día prometió que, de llegar al mundial, llevaría una cintilla conmemorativa del Tashkent, como una forma de cumplir el sueño de Fedorov, Isakov y An.

En junio de 2025, tras un vibrante partido, Uzbekistán empató sin goles con Emiratos Árabes Unidos, rival de Colombia en Italia 90, y se clasificó para el mundial. Esa fue la venganza deportiva para los uzbekos ya que Rusia no puede participar de los eventos Fifa desde que invadió a Ucrania en 2022.

Tras ese partido, Isakov bajó de su montaña y habló con la prensa. “Estoy orgulloso de estos jóvenes, porque ellos llevarán al mundial el espíritu de la generación del 79”. Luego se fue a su casa y falleció cinco meses después, por fin satisfecho.

La Federación de Fútbol de Uzbekistán celebra la clasificación de su selección al primer mundial de su historia. Tomado de XXXXX



¡Comparte esta historia!