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Antioquia no es tierra de arqueros

Antioquia no es tierra de arqueros

por JAIME BARRIENTOS


De ida y vuelta 2015

El fútbol es un deporte de equipo hasta que el arquero comete un error.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Sin arquero no puede jugarse un partido de fútbol. Puede ser un desafío, un partido de amigos en una cancha sintética, una final del mundo o un partido en Play Station, y en ningún caso pueden jugarse ni siquiera cinco minutos de eso que con gran precisión Luis Omar Tapias llamó “el deporte más hermoso del mundo”. Si no hay un jugador que se diferencie del resto, tanto en uniforme como en posibilidad de agarrar el balón con las manos, no se puede jugar.

El arquero es un jugador aparte. Piensa distinto, se mueve diferente, come más, tiene más grasa, es más grueso, entrena aislado, celebra solo, pierde los partidos, rara vez gana alguno y es el único futbolista con reglas propias. Le dicen guardavallas, arquero, portero, golero, cancerbero, cuidapalos. Miguel Hernández, aquel recordado poeta y dramaturgo español de la brillante Generación del 27, lo inmortalizó en letras con su Elegía al guardameta.

En la década del treinta, cuando el fútbol empezó a popularizarse en Antioquia, especialmente en Medellín, con partidos épicos en Los Libertadores (hoy barrio San Joaquín) y con jugadores que brillaban por su exquisitez técnica, hubo uno que marcó época: Carlos Enrique Álvarez Jaramillo. Un nombre común para el descomunal arquero que fue. Según Carlos E. Serna, estadígrafo e historiador del fútbol antioqueño, ha sido el mejor portero que tuvo este departamento. Los que lo vieron tapar dicen que fue el mayor representante de los voladores de palo a palo. Carlos Castro Saavedra, en su columna Zona Verde del periódico El Correo de 1967, escribió sobre Álvarez: “Frente a la portería era una verdadera muralla, pero viva, elástica, alada, la cual, en el momento menos esperado, saltaba sobre el cielo”.

Este portero paisa, al nivel de los mejores, integró la Selección Antioquia desde 1932 hasta mediados de la década del cuarenta, y trazó el camino para una gran variedad de cancerberos reconocidos más por su técnica que por su estatura.

Cuando se escoge un arquero la técnica y el talento deben estar por encima de unos cuantos centímetros de más, característica que para los entrenadores europeos no importa tanto cuando tienen que decidirse entre un gran portero no tan alto y uno normal pero con más de 190 centímetros de altura. Estigma que sufriría 85 años después el que podría denominarse como el mejor representante de los arqueros paisas, por sus logros obtenidos en clubes y por ser el actual dueño del arco de la Selección Colombia.

Volviendo a los años gloriosos del fútbol por el fútbol, además de Carlos Álvarez, Antioquia tuvo en el arco a verdaderos ídolos como Julio ‘Chonto’ Gaviria, a quien por su notable desempeño en el primer título del fútbol profesional colombiano con Santa Fe, en 1948, también lo llamaron “Chontafé” y fue el jugador mejor pago del torneo ese año con un salario de mil pesos mensuales; y Gabriel Mejía Lopera, del que muchos dirían que heredó las voladas de Álvarez y fue el arquero campeón con Atlético Nacional en el 54. Era una época compleja para los jugadores locales debido a la gran cantidad de futbolistas extranjeros que venían al torneo colombiano.

En los pasillos futboleros del país siempre se ha dicho que Antioquia no es tierra de arqueros, pero al mirar hacia atrás se encuentran goleros que hicieron historia en las décadas anteriores. Juan ‘Rumbo’ Vidal y Gabriel Ochoa Uribe compartieron arco finalizando los cuarenta, el último más reconocido por sus logros como director técnico que como arquero. También Ernesto Lopera, dueño de la portería paisa en los cincuenta. En los sesenta aparecieron Carlos García y Roberto Vasco; lo mismo sucedió en los setenta con Carlos Arboleda, Fabio ‘la Gallina’ Calle y Wilson Londoño. Estos dos últimos reconocidos entrenadores de arqueros en la actualidad.

En este injusto recorrido seguramente muchos se quedaron por fuera y ni siquiera Google les presta su merecida atención. Pero esa es la vida del arquero: ser reconocido en muy pocas ocasiones por su buen rendimiento, y cuando aparece el error ser señalado de primero. Bien lo dijo Moacyr Barbosa —arquero brasilero del fatídico Maracanazo— cuando no le permitieron entrar a la concentración carioca en 1993 por considerarlo una “mufa” (expresión futbolera del sur del continente utilizada para explicar que alguien o algo atrae la mala suerte): “En Brasil, la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí”.

Llegaron los ochenta con las selecciones de Tucho Ortiz, campeonas en casi todo lo que jugaban, y sucedido por Luis Alfonso Marroquín, que quería seguirle los pasos cada vez con un fútbol mejor jugado. Marroquín conformó selecciones Antioquia de muy buen pie con un arquero muy talentoso y de mucha proyección: Raúl Ignacio Torres Franco. Los que lo vieron tapar dicen que tenía grandes condiciones, no en vano su suplente era José René Higuita, ese que merece todo un libro para él solo. René era dos años menor que Torres y ya empezaba a despuntar, sin embargo Raúl, además de defender muy bien su arco, ya jugaba fuera de él como arquero líbero. Así lo afirma Torres, quien en medio de la tranquilidad de los años asegura que él le mostró a René lo que un portero podía realizar si jugaba fuera del área, lo entrenaron con la Selección Antioquia y fue una especie de padrino del que sería más adelante un genio del balompié. De esta manera tuvieron una lucha mano a mano por la titularidad. Pero el fútbol, y sobre todo la portería, puede ser cruel: aquel que no tenga la suficiente fortaleza puede sucumbir ante cualquier adversidad.

Si el fútbol de alto rendimiento es odioso por excluyente, la posición de arquero es malvada por única. Torres era el titular de la Selección Antioquia juvenil que defendía el título de la Copa Coca-Cola en 1983. Al terminar la primera vuelta de la ronda final Antioquia solo había perdido un partido contra Valle y Marroquín decidió que era el momento de que René tapara, a pesar de que Raúl había hecho muy buenos partidos. La segunda vuelta empezó con la visita de Antioquia a Bogotá. René fue una de las figuras y los paisas ganaron 6-0. El puesto ya tenía nuevo dueño y Antioquia saldría campeón nuevamente. Recuperar la titularidad no era fácil. Cuando un arquero no juega, sus posibilidades para volver a tapar se reducen a una lesión, a una expulsión, a un nivel paupérrimo del titular, o a la novedosa y poco utilizada rotación.

Raúl Torres continuó tapando. Sus condiciones eran tantas que Gabriel Ochoa Uribe lo llamó para que hiciera parte del gran América de Cali de los ochenta con Falcioni en el arco, pero el envigadeño se devolvió para Medellín porque “nunca pudieron llegar a un acuerdo la gente del América con los dueños de mi pase”, asegura Raúl. Tan corta fue su estadía en la Sultana que ni siquiera aparece en la robusta base de datos de Fabio León Naranjo, estadígrafo consumado. El fútbol profesional fue esquivo para un arquero atrevido, innovador, de 1.80 metros y muy prometedor. Ahora es entrenador de arqueros en la Secretaría de Deportes de Envigado y René se convirtió en un ícono mundial. Cambió la posición de portero para siempre, eclipsó a una generación de guardavallas, no solo antioqueños sino del país. Aunque el ser tan díscolo le permitió a unos cuantos colegas probar un poco del puesto que desde 1987 tuvo dueño y que cedió algunas veces gracias a sus múltiples quehaceres fuera de la cancha.

A pesar de que Higuita, por obvias razones, es conocido como el Loco, vale la pena aclarar que un arquero no puede ser completamente cuerdo. No hay que hacer un análisis muy profundo para llegar a esta conclusión, simplemente basta con realizar la siguiente ecuación: la esencia del fútbol es el gol y el arquero es aquel ser que, a sabiendas de esto, intenta evitarlo a como dé lugar. Sin importar a quién tenga en frente, en qué estadio juega o cuánta gente haya a su alrededor, siempre querrá apagar gritos de felicidad. Eso de andar evitando por todos los medios que la gente sea feliz debería ser considerado como algún síntoma de enfermedad mental. No es normal que una persona impida conscientemente con su cuerpo la alegría de otro, pero la normalidad no es una característica de un guardameta.

Arqueros antioqueños cortos de estatura, magros, altos, flacos, negros, blancos, rubios, felinos, voladores, guanábanas, pero en su mayoría porteros de gran capacidad técnica. Después de René y Torres seguirían José ‘Chepe’ Castañeda, John Hernández, Andrés Cadavid, de los pocos jugadores antioqueños que están en la galería de campeones prejuvenil, juvenil y sub-23, Osvaldo Durán, titular en el famoso 1-0 contra Bogotá en 1987, cuando el público tumbó las puertas de la tribuna oriental del Atanasio para poder ingresar.

Cerrando el siglo veinte apareció Juan Carlos ‘la Araña’ Henao, el eterno Henao con más de seiscientos partidos como profesional. Pero como Antioquia no es tierra de arqueros, resulta que los dos equipos colombianos campeones de Copa Libertadores tuvieron en sus porterías a dos arqueros paisas determinantes en ambos títulos: René y Henao, artífices de las dos más grandes alegrías que un club puede darle a su hinchada, a su región y a su país.

En los convulsionados noventa también surgieron Hugo Tuberquia, Daniel Vélez, Edigson ‘Prono’ Velásquez —que venía de Pueblorrico— Andrés Saldarriaga, Didier Muñoz —de Andes—, y David González, actual arquero del Medellín, quien afirma que podía sentir la presión de estar en un puesto por el que había acabado de pasar un colega que debutó a muy corta edad en el profesionalismo cuando todavía integraba la Selección Antioquia.

Como era de esperarse en una tierra que no es de arqueros, de Antioquia salió la mejor guardameta del país: Sandra Sepúlveda. Empezó en el fútbol aficionado paisa para después ser la portera por excelencia de las selecciones Antioquia y de ahí pasar a cuidar la portería de la Selección Colombia de mayores en Juegos Olímpicos, mundiales, panamericanos y a nivel de clubes en las seis copas libertadores que se han realizado hasta la fecha.

Sesenta años después de la leyenda voladora de Carlos Álvarez, llegó al arco de las selecciones Antioquia un cancerbero al que supuestamente todavía le faltan unos centímetros para poder ser parte del Olimpo de los arqueros. A principios de este siglo David Ospina fue campeón infantil y prejuvenil con Antioquia, después campeón con Atlético Nacional, pasó al fútbol francés, fue el titular en la mejor campaña en toda la historia de Colombia en un mundial y actualmente comparte portería con Petr Cech en el Arsenal inglés. David es el mejor reconocimiento que se les puede hacer a los arqueros antioqueños. En él se reúnen las mejores cualidades de esos grandes guardametas que tienen más de 85 años de vivir en los recuerdos de los aficionados paisas.

Pero que no se confunda el lector, Antioquia no es tierra de arqueros.

Archivo Fotográfico de la BPP.



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El delito de la vagancia

El delito de la vagancia

Fotografías de Gabriel Carvajal Pérez. Archivo BPP


Número 100 Septiembre de 2018

La información que en el registro original anotó el fotógrafo Gabriel Carvajal acerca de estas fotografías es básica: “Indigentes y mendigos son dejados en libertad después de una batida realizada por la policía”. Las tomas son de 1944. En una de ellas, en la esquina superior, alcanza a leerse “inspección de permanencia”. De ese lugar salen, vigilados seguramente por los mismos agentes que los capturaron, cuatro hombres en harapos. El motivo de la detención no es claro: ¿robo? Tal vez, aunque ninguno parece altamente peligroso como los fleteros de hoy. Estos tipos, a lo sumo, habrán cargado con un pan de una vitrina. Si nos ceñimos a la nota que dejó el autor de las fotos, que dice que se trató de una batida, a estos cuatro hombres los debieron haber capturado por vagancia, que en Colombia estuvo castigada a veces durante el siglo XIX, y luego también durante el XX, aunque sin mucha claridad ni ortodoxia, dependiendo casi siempre de quien aplicara la norma: si al inspector no le gustaban los mendigos, los mandaba a la guandoca, solo para tener que soltarlos horas más tarde cuando alguien recordaba que no hay delito en ser un vago.



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El Chacho: primer hipopótamo de Pablo Escobar

El Chacho: primer hipopótamo de Pablo Escobar

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO


Exclusivo web

“El Chacho”, su primera cría y la hermana de Pablo Escobar.

A propósito de hipopótamos colombianos, de los cuales ochenta van a ser sacrificados, vale la pena recordar la foto que adorna este texto, donde aparece la cabeza del patriarca o macho fundador de todo ese linaje junto a su primera cría, cría que, como se lee en el pie de foto, “murió asfixiada por su madre”.

Ambos, tanto la cabeza del patriarca como el cuerpo disecado de su cría, se exhiben en la sala del tercer protagonista de la foto, esto es, Luz María Escobar, la hermana menor de Pablo Escobar.

Según ella, ese primer hipopótamo, el patriarca, llegó a Colombia cuando el presidente de la República era Belisario Betancur y el alcalde de Medellín era Álvaro Uribe Vélez, o sea en el segundo semestre de 1982. Venía en un avión Hércules de matrícula estadounidense, al que la prensa denominó “narcoarca”, ya que también traía una hipopótama y otras 35 especies exóticas, que incluían elefantes, jirafas, camellos, avestruces, gacelas, canguros, etc.

Inicialmente, el Hércules iba a aterrizar en Pereira, pero se desvió a último momento y aterrizó en Medellín, en el aeropuerto Olaya Herrera, rayando la medianoche. Al ser advertidos de la magnitud del avión, las autoridades montaron un gran operativo, en el que esperaban decomisar armas, químicos o dinamita, y no un cargamento de animales exóticos.

Tras el decomiso, los animales fueron trasladados al Zoológico Santa Fe. ¿Qué hizo Pablo Escobar al respecto? Ese mismo día, según El Tiempo, ideó el siguiente plan tripartito para recuperarlos: 1) Les pidió a sus lugartenientes que reunieran tantos animales autóctonos como los que le habían decomisado. 2) Les ordenó que le pagaran al vigilante del zoológico cinco años de sueldo para que les entregara las llaves y se perdiera. Y 3) con el zoológico a su disposición, los lugartenientes del capo di tutti capi hicieron el cambiazo, reemplazaron a los animales autóctonos por los importados y chao, se largaron impunemente: “Hasta pintaron dos burros de blanco y negro para que parecieran cebras”. 

Dos días después, cuando los animales ya estaban instalados en la hacienda Nápoles, ocurrió la primera tragedia: el patriarca, macho seminal de todo el linaje de hipopótamos colombianos, hizo gala de su territorialidad y reclamó el sitio para él solo: “Le enterró los colmillos a un camello y a un caballo y los mató”. Por eso, por ser el autor de esas dos muertes fundacionales, lo bautizaron así: “El Chacho”. Expresión que, según el Diccionario de Parlache, significa “Persona joven, poderosa y sobresaliente”.           

Se estima que El Chacho pudo ser el padre de veinte crías, y que vivió unos 18 años en Colombia, o sea que estuvo en el mundo siete años más tras la muerte de su dueño, el capo di tutti capi. Su partida fue un caso edípico, uno de sus hijos, el nuevo macho alfa, lo atacó, le propinó heridas graves y los veterinarios no pudieron hacer nada. 

¿Qué debían hacer con el cadáver? Horas más tarde, ya de noche, Leonardo Arteaga, el esposo de Luz María Escobar, arribó a la hacienda Nápoles junto a la respuesta a esa pregunta, el taxidermista Miguel Parra: “Estaba cayendo un monumental aguacero y con solo la luz de una Toyota y unas herramientas insuficientes perforamos la piel de 12 centímetros, la carnosidad y separamos la cabeza del cuerpo”.

El proceso de disecado de la cabeza fue excepcional, tardó dos años, tras los cuales, finalmente, como se aprecia en la foto, El Chacho cerró el círculo vital que no han podido controlar las autoridades del país durante décadas: se reencontró para siempre con su primera cría colombiana.   

Posdata 1: El hijo más famoso de El Chacho se llamaba Pepe, borrado del mapa el 18 de junio de 2009, durante el gobierno necro-político de Álvaro Uribe, cuando el Ministerio de Ambiente, respaldado por Corantioqua, dio el aval para su caza, la cual fue llevada a cabo por dos hermanos alemanes, Federico y Christian Pfeil-Schneider, altos ejecutivos de Porsche en Colombia, quienes iban escoltados por soldados del Batallón Calibío. Ese par de canallas lo mataron, según Semana del 27 de julio de 2009, de cuatro balazos calibre .375, uno en el corazón, otro en el agujero lagrimal derecho, “apagando su mirada”, y los dos restantes a quemarropa, “para rematarlo”. Ellos se quedaron con la cabeza y el cuerpo como trofeos, una pata fue enviada al Ministerio de Ambiente como prueba y las demás desaparecieron. Posteriormente, cuando la noticia se convirtió en un escándalo internacional, una caricatura de Papeto, publicada por El Tiempo, tildó el caso como un nuevo falso positivo. 

Posdata 2: ¿Quiénes fueron los encargados de gestionar la importación de El Chacho y el resto de los animales exóticos? Según Luz María Escobar, fueron Fernando Avendaño y Gustavo Upegui, quien fue testaferro del capo di tutti capi, fundador y líder de la oficina de Envigado y presidente del Envigado Fútbol Club hasta 2006, cuando murió a manos de sicarios. Otras versiones de la historia, por ejemplo, la de Daniel Coronell, señalan a el automovilista Ricardo Cuchilla Londoño como el encargado de importar los animales exóticos, y no en 1982 sino en 1981. Curiosamente, Cuchilla Londoño fue asesinado por sicarios el 18 de julio de 2009, un mes exacto después de la muerte de Pepe.

Posdata 3: En julio de 2009, cuando había 28 hipopótamos heredados por Pablo Escobar, el biólogo Axel H. Antoine Feill le dijo a El Espectador que tenía una base de datos con más de 200 haciendas dispersas por toda Colombia que ofrecían las condiciones ideales para recibir a los hipopótamos. ¿El Ubérrimo era una de ellas? No se sabe, pero sería una buena medida de reparación para el país.



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Nave y hormiguero

Nave y hormiguero

por JUAN CARLOS ORREGO


Exclusivo web

La ciudad estrena su estadio, 1953.

El estadio sembrado en el cruce de la calle Pichincha y la carrera 74, en Medellín, ha acabado por ser la razón de la inmortalidad de Atanasio Girardot. Los maestros de escuela, enemigos personales de la buena memoria, ya no difunden en sus cursos la noticia de que el coronel antioqueño murió envuelto en la bandera tricolor en el cerro venezolano de Bárbula, mientras cuidaba la retaguardia de Simón Bolívar en la Campaña Admirable, el 30 de septiembre de 1813.

Para fortuna de la memoria del prócer, un proyecto de 1937 aprobó la construcción del estadio que habría de llevar su nombre. Los terrenos se adquirieron en 1946 y la inauguración del estadio tuvo lugar el 19 de marzo de 1953, día de San José Obrero. La profanación se perpetró con un empate a dos goles entre Atlético Nacional y Alianza Lima. El escenario que se estrenó era un óvalo bajo de graderías completas, con dos pisos en la parte occidental, el más alto de ellos con techo para burlar el sol y la lluvia. De acuerdo con la prensa de la época, más de treinta mil personas se hicieron presentes, y aunque el sobrecupo debió ser evidente, “no se registraron incidentes de ninguna clase”. Una foto deja ver la mole en la mitad de una manga romboidal surcada por lo que parecen las aristas de un diamante; las obras del colegio San Ignacio en construcción, en el lote que habría de ser la esquina nororiental de la calle Colombia con la carrera 70, parecen tomar distancia, como quien ve posarse una nave interplanetaria.

Varias razones autorizan el símil entre el estadio y la nave. Una es que ambas son armazones extrañas y siniestras: por lo menos así sucede con el estadio la mayor parte del tiempo —cinco o seis días a la semana—, mientras permanece vacío y silencioso, con miles de sillas con agua recogida en sus concavidades, una manga gigante sin rebaño que la recorra y decenas de cabinas desiertas como las vitrinas de un comercio caído en desgracia. Es una ilusión de románticos aquello de que el estadio es como un templo: no hay tal. En el templo vacío se está a gusto, con la comodidad de ser recibido por Dios en una entrevista personal. En el estadio cerrado se siente uno entre fantasmas, de modo que nada resulta tan entrañable como cuando los vivos acuden a la cita: como el 18 de junio de 2003, día superlativo en que se juntaron 53 225 personas para ver jugar al DIM contra Santos en la semifinal de la Copa Libertadores de América.

No es solo la masa de rara avis del Atanasio Girardot lo que sugiere compararlo con una máquina de mundos remotos: también cuenta su desdoblarse, en el tiempo, a manera de módulo espacial. Del redondel original —con su giba solitaria hacia el lado del ocaso— surgió, en 1976, una gigantesca ala de graderías en el oriente, completándose así la forma básica de la nave y acercándose el aforo del estadio a los cuarenta mil espectadores. Después, entre 1989 y 1990, dos paneles de tribunas se levantaron al norte y al sur y completaron la forma de tazón de una antena satelital. Hace cinco años el glamur del Mundial Juvenil de Fútbol encendió luces rutilantes en las tribunas, revistiendo el cemento con silletería policroma. El día menos pensado, el techo del occidente se duplicará como si se tratara de los élitros de un colosal escarabajo mecánico.

Conozco personalmente la mitad de la historia del Atanasio Girardot, esto es, desde 1983. La mole tenía treinta años cuando crucé su umbral por primera vez, y han pasado ya más de treinta años desde aquel día memorable, cuando Medellín le ganó 2-0 al Quindío con goles de Carlos ‘la Fiera’ Gutiérrez y el peruano Jorge Olaechea. Sin embargo, tan fresco como el recuerdo de esos goles —así como de un penalti atajado por Carlos Alfredo Gay, nuestro arquero, en la portería norte—, conservo el de mi primera impresión al saberme en las entrañas del estadio: voy subiendo con mi hermano y un tío materno por las escaleras internas de la tribuna Oriental, por el recodo extra que hay que salvar para asomar por la boca del graderío; esa extraña parte del estadio —exclusiva de Oriental— en que se avanza por entre una cerrazón de muros, sin ventanas ni vanos que regalen una mínima imagen del exterior, bajo un techo de escalones invertidos que, en la edad más tierna y sin la debida tutela de un adulto, cualquiera podría tomar por la pared interna de una gigantesca caja torácica.

En 1989 conocí los intestinos terrosos, en los partidos nocturnos aderezados con los goles de Jorge Daniel Jara y Carlos Castro. Fue cuando se amplió la tribuna Oriental —que hasta entonces, como cualquier puntero enjundioso, llegaba hasta la raya final del campo, sin alcanzar la postrera zona de traslado— y se construyeron los segundos pisos de las tribunas Norte y Sur, rebasándose por fin la capacidad de los cincuenta mil hinchas. Se entraba al estadio por una especie de socavón de mina, a través de una maroma de albañilería en madera y sobre un lodazal; al final del túnel arrancaban las escaleras, y a su término, por la boca de las gradas, se colaba una luz que parecía más rutilante justo porque el paso por el inframundo hacía olvidar que se estaba en un estadio. De ahí que el tránsito de las escaleras a la superficie de la gradería —ese último paso trascendental que nos lleva de un mundo a otro— se hiciera más sobrecogedor de lo que suele ser.

El sueño comenzaba a hacerse realidad.

Las tribunas empezaban a vislumbrarse.

Poco después, durante mi año de forzosa militancia en una barra alborotadora y saltarina de principios de los noventa, supe de los movimientos del monstruo. Aunque ya tenía vagas noticias del temblor que había sacudido el hormigón de las tribunas durante los tumultuosos partidos de Nacional en la Copa Libertadores de 1989, otra cosa fue sentir semejante fiebre arquitectónica bajo mis pies. Era como si un gigante dormido intentara despertar, sin acabar de hacerlo del todo, bajo el ataque más o menos inocente de miles de enanos. Si a la insignificancia humana le fuera dado vencer sus férreos límites y hubiera logrado, aquella vez, irritar de verdad al coloso, el Atanasio Girardot se hubiera levantado de su nido de árboles para andar por Medellín, tumbando edificios y averiando calles pero albergando en su seno, amoroso, la bullaranga de algún partido copero de 1989 o los cincuenta mil devotos que vieron al DIM ganarle por la mínima diferencia a Millonarios, el 12 de agosto de 1990; habría sido como si a la ciudad la pisoteara una de esas máquinas AT-AT de la Guerra de las Galaxias, o el Castillo Ambulante de la película en anime dirigida por Hayao Miyazaki.

Al final, tanta ensoñación con el enorme edificio- ente solo conduce a un hecho tan maravilloso como sencillo: la realidad última de las hormigas que lo colonizan. En el estadio, como en muy pocas partes, se verifica perfectamente aquella verdad trillada —con tufillo de consigna política— de que la unión hace la fuerza. Desde el barrio Belén —donde viví hasta los veintitantos años— escuché decenas de goles, entonados a treinta cuadras de distancia por miles de gargantas anónimas. La primera vez que oí esa explosión fue en 1987, con motivo de un gol de León Fernando Villa en un partido de Nacional contra Santa Fe, en el octogonal de ese año. Yo me distraía en casa, atisbando pájaros desde la terraza, cuando sentí la caída de esa bomba de entusiasmo; las aves, turbadas, se miraron unas a otras. En el año 2001, cuando el azar conyugal me llevó a vivir en el barrio Santa Lucía, a menos de diez cuadras del Atanasio Girardot, los gritos de gol de Nacional se me hicieron tan cotidianos —los miércoles y los domingos— como el silbido de la olla de presión o los chillidos estridentes del despertador. De más está decir que, cada vez que juega el DIM, yo soy una entre las hormigas gritonas.

Una nave aterriza en Otrabanda, 1952.

Damas de Medellín y jugadores del equipo Alianza Lima en el desfile inaugural del estadio Atanasio Girardot.

Así como el símil del estadio como nave varada, tampoco carece de justificación el que lo ve como un hormiguero; concretamente, como un hormiguero que convoca a sus habitantes. Cualquier estadio ejerce esa fascinación para todo aquel parroquiano que haya decidido entregarse a su rutina, pero mucho más el Atanasio Girardot: muellemente tendido en la llanura —el verso es de Gregorio Gutiérrez González—, se lo avista desde todo el redondel montañoso del valle de Aburrá y se siente el deseo imperioso de ir hasta él. Las noches de fútbol, recubierto por un halo de potentes luces blancas, su zumbido de reclamo es especialmente poderoso. Si, por una contingencia maldita, se ha dejado de ir a un partido del equipo amado, ver el estadio alumbrando a la distancia se hace particularmente penoso. El precio de ser hormiga es estar con las demás.

A los pies del estadio, entre los ríos de hinchas, gentes de la radio y la televisión, revendedores de boletas, noveleros extraviados y ventorrillos de cerveza y carne frita a lo largo de todo un torneo, lo grandioso y lo vulgar logran su equilibrio. Con naturalidad, la nave abre las puertas a sus tripulantes; el hormiguero recibe a sus hormigas, Gulliver es pisado por los liliputienses, el arca alberga a sus animales ruidosos. En esos días de pesado tráfico humano por los pasillos internos y las bocas de las tribunas, el nombre del escenario no se antoja extravagante ni viciado por el excesivo romanticismo histórico: al fin y al cabo, los hinchas van hacia la cima de su Bárbula con la bandera en mano.



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Jaime Torres Holguín: la vida de un impostor genial

Jaime Torres Holguín: la vida de un impostor genial

por MARCOS FABIÁN HERRERA • Fotografías Archivo Academia Huilense de Historia


Número 148 Marzo de 2026

A la derecha, Jaime Torres Holguín, en un homenaje a colombianos destacados en New Haven, lejos de sus picardías en el Huila.

“¡Dejemos que estos güevones se rompan las cabezas!”. Esa fue la frase escueta y lapidaria que le lanzó al rostro de Urbano Cabrera el hombre que esa noche acaparaba las miradas en el Batallón Tenerife. Coincidían en el baño del salón en el que se hacía la fiesta y el tono contenía una tácita invitación a la complicidad. Era la noche del 14 de diciembre de 1962. El limitado círculo de la aristocracia neivana lo integraban familias de consabidos apellidos que por tradición asistían a la fiesta de Santa Bárbara, la patrona de los artilleros.

Una hora antes, Urbano había llamado por su nombre y apellido al engolado embajador de la India que desde hacía tres días recibía homenajes y atenciones. Mientras bailaba con una amiga, se acercó al diplomático y le gritó: “¡Jaime Torres!”. El hombre corpulento no vaciló en fijar su mirada en su antiguo compañero del seminario de Garzón. El “embajador” había sido jornalero en sembradíos de arroz y sorgo, había probado suerte como vaquero y lechero en un hato de ganado bovino en su pueblo y eran famosas sus tretas retóricas y galanteos de manual. Al final de la adolescencia veía pasar los días en Yaguará entregado a la molicie. Solo su tío podría liberarlo de la condena de parasitar en un extraviado pueblo en el que importaban más las vacas que los humanos. Cuando recibió la carta de su tío acompañada de un par de billetes, supo que el destino enviaba una señal. En la carta, su tío lo apremiaba a armar la maleta y viajar a Garzón para que iniciara sus estudios en teología en el seminario.

Por aquel entonces Urbano se dedicaba a cultivar arroz en los predios de su familia y no desaprovechaba ocasión para disfrutar de los festejos que sus amigos organizaban con las mujeres más pretendidas de la ciudad. Esa noche presenciaba el desconcierto de su amigo Bernardo, un atildado abogado neivano cuyos ímpetus para el cortejo se desvanecían por la injusta competencia: la mujer que pretendía, la bella Silvia, prefería bailar con el diplomático a hacerlo con un lugareño sin lumbre internacional. Para tranquilizar a su amigo le comentó al oído: “Ese pendejo no es ningún embajador. Fue compañero mío de estudios en Garzón”. Incrédulo por lo que parecía una frase consoladora fruto del entusiasmo etílico, Bernardo se resignó a ver a su pretendida tomada de la mano del extranjero que todos los asistentes a la fiesta aplaudían.

Antes de acudir a la mesa de funcionarios de la gobernación del Huila, Urbano buscó a un miembro del G2 del ejército. El militar dio crédito a la versión de Urbano. También le sugirió que no era el momento indicado para desenmascarar al impostor. Cuando se acercó al punto en el que departía el gabinete departamental, le explicó a Ignacio Solano Manrique, para la fecha secretario de Hacienda del Huila, que él conocía al hombre que ellos creían diplomático. Se trataba de Jaime Torres Holguín, un excompañero de estudios, amante del fútbol y virtuoso en los idiomas que lo aventajaba en dos cursos en el seminario. Escéptico, Ignacio lo invitó a la calma y la serenidad. Su confusión, le explicó a Urbano, podía causar un conflicto diplomático de grandes proporciones.

Urbano, quien en esos años era un juerguista empedernido, siguió disfrutando de la fiesta hasta las cuatro de la mañana. Prefirió pasar por necio a protagonizar un escándalo que malograra la celebración de Santa Bárbara. Con sus tragos en la cabeza, se fue a dormir y pasar el guayabo. Al día siguiente recordaría los sucesos de la noche anterior entre brumas y tratando de precisar la secuencia de lo ocurrido. Aunque todos creyeron que su obstinación era producto de la borrachera, ahí no finalizaría su participación en la historia. Dos días después, luego de asistir a la misa en la catedral de la ciudad, se encontraría con su amigo el juez penal Jesús María López, quien sería el encargado de develar la verdadera identidad del impostor.

 ¿Cómo llega a Neiva?

Desde la década del veinte, Neiva vivía un crecimiento constante gracias a la producción de tabaco, añil, café y ganado. El flujo permanente de pasajeros convirtió la estación del ferrocarril de la capital del Huila en un lugar de confluencia étnica. Todo esto era originado por la mano de obra que demandaba las primeras grandes construcciones civiles, el flujo de materias primas y la necesidad de consolidar la presencia estatal.

Álvaro Díaz Chavarro era un comerciante de la ciudad que desde los años cuarenta proveía los insumos a las obras de la incipiente urbe. Además de ferretero y comerciante, servía de intermediario para la búsqueda y selección de profesionales que se requerían en los proyectos inmobiliarios que por entonces se gestaban. Ese mediodía esperaba a un ingeniero civil proveniente de Bogotá. Aldichar, como se le conocía entre sus amigos, además de su pulcritud en la vestimenta, era de una puntualidad obsesiva. Media hora antes de lo anunciado ya se encontraba en la populosa parada de tren. Cuando atisbó entre los pasajeros que descendían al ingeniero civil, se acercó para recibirlo con la calidez que lo distinguía como un patrón amable y cortés. Luego del saludo, el recién llegado le señaló con discreción a un hombre de rostro cetrino que caminaba con parsimonia y observaba con estudiado asombro a las personas que entre el alborozo circulaban en todas las direcciones.

—Es un extranjero. Parece que es el embajador de la India. Venía leyendo la revista Life.

—No puede ser embajador. Ellos tienen un protocolo especial. Además, anda sin acompañantes.

—Le entendí que había abordado el tren en Espinal luego de abandonar su carro averiado. Quiere pasar desapercibido porque su propósito es hacer un viaje de descanso.

—Podríamos confirmar su identidad si le preguntamos hacia dónde se dirige.

Los nulos conocimientos idiomáticos de don Álvaro y el ingeniero civil les hicieron creer que el incomprensible idioma del viajero era inglés. También asumieron con candidez que el limitado balbuceo de frases en español confirmaba su pertenencia a la esfera diplomática y que necesitaba acompañamiento y protección. Por ello no dudaron en llevarlo al Hotel Plaza. Al ser el más importante y lujoso de Neiva, no podría ser otro el lugar de acogida para el representante de un país milenario. Prometieron no divulgar su ubicación y menos su identidad y el hombre, que actuaba con los protocolos propios de un jerarca hindú y las formas naturales de un curtido diplomático, se despidió de los baquianos con reverencias.

—Ignacio, en el Hotel Plaza se aloja el embajador de la India. Lo acabo de dejar allá. No dude en avisarle al gobernador —fue la primera frase del saludo que Álvaro pronunció en esa conversación telefónica con el hombre de confianza del gobernador del Huila.

Gustavo Salazar Tapiero era un acérrimo militante del partido conservador. Jurista consagrado y litigante experimentado en las áreas del derecho contencioso administrativo, desde sus inicios como abogado sostenía una oficina en la calle 9 con carrera 4 justo al frente del ingreso al parqueadero del Palacio de Mosaico. Cuando Guillermo León Valencia juramentó como presidente de la república el 7 de agosto de 1962, pronto se supo que el jefe de debate en el Huila de la campaña del candidato del Frente Nacional sería el nuevo mandatario de los huilenses.

—¿Un embajador sin seguridad ni acompañantes? La cancillería debió habernos informado de la llegada de un hombre de esas calidades. Si se confirma, no debemos perder tiempo y organizar el protocolo para visitantes ilustres —le repuso el gobernador a Ignacio Solano cuando le relató los detalles de la llegada y el deseo manifiesto del diplomático de no ser identificado por las autoridades civiles de la ciudad.

El gobernador llamó a Jaime París, gerente del Hotel Plaza, para confirmar la presencia de un hombre proveniente de la India. En una conversación que según los testimonios de la época fue breve y emotiva, el señor París corroboró que en el hotel se alojaba alguien que correspondía a la fisonomía de un hombre originario de la India.

De inmediato, el gobernador convocó un consejo de gobierno y se conformó una comitiva liderada por el mandatario para dirigirse al hotel y presentar un saludo en nombre de los huilenses. Cruzaron el Parque Santander cinco personas: tres secretarios de despacho, el gobernador y el comandante de la Novena Brigada, el coronel José ‘Pepe’ Rivas. En el hall del Hotel Plaza, luego de unos minutos de espera, y ante una escasa concurrencia que de a poco fue aumentando, el ilustre visitante era notificado del recibimiento oficial y del orgullo que le reportaba a la ciudad y el departamento la presencia de una figura emérita que oficiaba como vocero oficial de un país con presencia destacada en la geopolítica mundial.

Dispusieron de un carro oficial para desplazar al diplomático y procedieron a izar las banderas en la Plazoleta de Armas. Los directivos del único rotativo con circulación diaria enviaron a un reportero y un fotógrafo. En el acto, el homenajeado pronunció unas deshilvanadas frases con una arrastrada dicción. El esfuerzo por dominar el castellano se truncaba por sus tropiezos en el habla. Aunque no existe una publicación impresa que dé fiel testimonio del discurso pronunciado por el gobernador, todas las versiones coinciden en que el mandatario enfatizó el privilegio y la oportunidad que esa visita significaba para el desarrollo económico del Huila.

Fueron dos actos principales los que se realizaron en torno a la visita del falso embajador. La primera fue una fiesta en el Club Campestre de Neiva a la que asistieron líderes cívicos, empresarios, familias distinguidas de la ciudad y todo el gabinete departamental. La segunda fue la celebración de Santa Bárbara en el casino de oficiales del Batallón Tenerife. Fue en esta última en la que tuvo lugar el encuentro con Urbano Cabrera y empezó el desvelamiento del personaje. En el intervalo, el farsante aceptó una invitación de Ignacio Solano Manrique a su finca en Campoalegre. Fue una jornada de comidas y bebidas y muchas promesas para la comitiva. Se especula que ese día anunció la importación de razas de ganado provenientes de la India para el mejoramiento genético de los semovientes bovinos del Huila. En el agasajo en el Club Campestre departió con don Oliverio Lara, el hacendado más importante del sur de Colombia y el único huilense que había visitado la India. Por las remembranzas de los asistentes a estos actos, se sabe que fue don Oliverio el más escéptico en la autenticidad del visitante. Cuando el tema de conversación se centraba en los linajes y las razas del animal sagrado en la tradición brahmánica, el embajador se mostraba evasivo y titubeante.

¿Cómo se revela y confirma la verdadera identidad del falso embajador?

Urbano tenía por tradición asistir a la misa en la catedral de Neiva los domingos a las siete a. m. Ese día, luego de su habitual asistencia a la eucaristía, invitó a un café a Jesús María López. El popular Chucho López era un destacado juez penal municipal del circuito de Neiva. También había sido compañero suyo en los años de adolescencia en el seminario conciliar de Garzón. En ese periodo conocieron a un Jaime Torres, dueño de un temperamento altivo, con algunos visos de arrogancia, muy seguro de sí mismo, siempre liderando causas y con un aprendizaje avezado en latín, francés, inglés e italiano. Sabían que era oriundo de Yaguará y que su padrino y benefactor era su tío monseñor Félix María Torres, a la postre arzobispo de Barranquilla. Ese era el hombre que durante siete días Neiva había aclamado como el portavoz oficial de la enigmática India. Ahora, mientras vaciaban las humeantes tazas de café y se aprestaban a saborear el almuerzo, desde la distancia observaban a quien simulaba concentrar el equilibrio espiritual liderando una sesión grupal de yoga con agraciadas mujeres de la localidad.

Plenamente seguros de la identidad del autor de la patraña, Chucho López informó a investigadores del DAS, quienes rápidamente apresaron al suplantador y lo llevaron a un interrogatorio a las oficinas principales de la entidad. En un acto de compasión, el juez envió esa noche un pollo asado al calabozo para que el impostor no aguantara hambre. Como un polvorín, el rumor del falso embajador de la India se propagó por toda la ciudad. Las jovencitas que se habían fotografiado con él buscaron afanosamente a los fotógrafos para rogarles que destruyeran los rollos y no quedara ninguna evidencia del entramado de provincianismo, ignorancia e ingenuidad que por una semana asaltó las buenas intenciones de miles de personas. El Sapo Villoria, un periodista radial y autor de fallidos versos, que en un acto de lambonería le entregó un anillo de oro con la heráldica de la familia luego de que el embajador le prometiera una expedición a Bombay y Calcuta, amaneció junto a la puerta del DAS a la espera de verlo para pedirle la devolución de la joya. Jaime Torres fue amparado por un defensor compasivo y altruista. Encontró en Guillermo Plazas Alcid el defensor y espadachín jurídico para librarlo de los líos con la justicia.

Plazas Alcid era un valeroso abogado nacido en Baraya que editaba el semanario El Debate. Fue el primero en editorializar con sorna y desparpajo el suceso que dejó más lecciones y chistes que convenios portuarios y comerciales con la India. La pluma de quien en el futuro llegara a ser senador de la república, alcalde de Neiva y embajador en Moscú, sentenció lo siguiente: “El advenedizo Jaime Torres Holguín evidenció públicamente la falta de visión, la escasez de prudencia, la mentalidad yérmica, la cortesía frívola y la espesa ignorancia que distingue a nuestra empinada élite político-social”.

Berenice Quintero, su esposa, a quien había conocido a sus 26 años en unas fiestas en Carmen de Apicalá, lo acompañaba la tarde de diciembre de 1962 cuando los dos, gracias a una carta de recomendación firmada por su tío, presentaban una entrevista de trabajo en la oficina de correos del barrio Teusaquillo en la ciudad de Bogotá. Llevaban tres meses en la capital dedicados a actividades de supervivencia y tratando de conseguir un empleo estable para organizar una familia. Luego del examen que presentó perfumado y acicalado con esmero, le dijo que iría a pasar unos días con sus padres en Yaguará, en el Huila. Con el dinero ganado en la atención de una cigarrería compró el tiquete de tren que lo llevaría a Neiva, la última estación de la larga carrilera que se extendía desde la Estación de la Sabana, cruzaba la región andina, atravesaba el valle del Magdalena y culminaba en la capital del Huila. Al llegar ahí, protagonizaría la historia central de su vida.

Camilo Francisco Salas, historiador y autor del libro Así es mi Huila, lo conoció tres años después, en 1965. Se desempeñaba como docente de idiomas del colegio público Jorge Isaac en Ibagué. Camilo era visitador de la Secretaría de Educación del Tolima y lo trató en una ocasión en la que practicaba una visita de rutina a la institución educativa en la que laboraba. Siempre locuaz y dotado de un sentido del humor que afloraba en cada frase, recordaba el engaño con desparpajo y sin asomo de rubor.

Histriónico y con una imaginación desaforada, disfrutaba de que sobre su figura circularan todo tipo de rumores y hazañas, muchas de ellas inverosímiles pero todas atribuibles a su ingenio y talento para la actuación y el engaño. Urbano escuchó que vivía en los Llanos Orientales y era el propietario de una flota de avionetas. En los cafetines del centro de Neiva se oyó que, gracias a su formación políglota, Jaime era miembro honorario de la sociedad de Caballeros de Malta, el exclusivo círculo de poder al que pertenecen magnates y expresidentes del mundo entero. Monseñor Libardo Ramírez, ordenado como sacerdote en 1956 en el mismo seminario en el que estudió Jaime, lo conoció como condiscípulo. Cuando supo de su tramoya, no dudó en creerla: “Era tan inteligente como ambicioso. Sabía que tenía un talento excepcional y una mente cultivada que le servía para descrestar a gentes humildes e incautas”.

Jaime Salazar Díaz, arquitecto, urbanista y exalcalde de Neiva, lo encontró cinco años después en San Juan de Puerto Rico en un congreso latinoamericano de arquitectura urbana. Se le presentó como profesor de Filosofía de la Universidad de Puerto Rico y lo invitó a almorzar después de escuchar la ponencia de Jaime en el evento. Entre sorprendido y perplejo, Jaime aceptó la invitación con el propósito de conocer la versión del engaño de boca de su protagonista y auscultar al hombre que con su histrionismo y habilidad demostró el carácter lambón de los huilenses. Jaime disfrutó la gracia cautivadora del yagüareño.

Jorge Villamil Cordovez, le reveló a su biógrafo, Vicente Silva Vargas, que Lizardo Díaz, uno de Los Tolimenses, fue estafado por Jaime Torres Holguín en Bogotá. Se presentaba como importador de licores finos y nunca le entregó la botella de un whisky escocés que vendió al músico. Irma Suz Pastrana, amiga de Villamil, recuerda que, al año siguiente del fraude en Neiva, en 1963, la canción más escuchada de la radio en Colombia fue el sanjuanero El Embajador de la India. Orgulloso por haber inspirado la lírica picaresca de la canción, Jaime Torres le envió una carta agradeciéndole a Villamil el haber compuesto esa canción que lograba perpetuar sus peripecias en la memoria de los colombianos.

Guillermo Plazas Alcid, en calidad de abogado defensor del imputado, probó que no existía mérito alguno para abrir una indagación preliminar o abrir un proceso. El delito de suplantación, tipificado en el Código Penal de esos años, no se configuró. La República de la India no tenía en aquel momento representación diplomática en Colombia. Fue solo en 1968 que dicho país abrió formalmente un consulado en Bogotá. Tampoco se cometió hurto o usurpación. Todo lo recibido fueron obsequios y dádivas generosas y espontáneas de los parroquianos que, anonadados, escuchaban el enrevesado idioma del extraño.

Radicado en New Haven, en el estado de Connecticut, destacó como líder de iniciativas empresariales y filantrópicas en la comunidad de emigrantes latinoamericanos residentes en Estados Unidos. Su aura de leyenda se prolongó en el tiempo y la memorable hazaña que protagonizó en el Huila se convirtió en un símbolo de la pasividad y genuflexión de las opitas. Aunque sus restos –según versiones familiares– fueron repatriados, en el fichero fúnebre del cementerio central de la catedral de Neiva no se encontró una tumba catalogada bajo el nombre de Jaime Torres Holguín. Quizás hasta su sepultura, supo burlarse de quienes hoy lo buscamos para contar su historia.



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Arte Central 148: Todo por un Chiclet

Número 148 Marzo de 2026

Todo por un Chiclet

Ricardo Llera
Fotografía analógica en blanco y negro
147 × 224 cm
1998
Habana Vieja, Cuba

Para Ricardo Llera, Cuba fue durante mucho tiempo un mundo imaginario, un país que solo existía en las historias de su abuela y las advertencias de su madre, en los recuerdos de una isla que él no puedo visitar sino después de casi 40 años viviendo en Estados Unidos, espejo invertido de sus raíces y su cultura. Entre 1996 y 2016 visitó su nación sanguínea 39 veces, fotografiando las vidas de quienes pudieron haber sido sus vecinos, amigos, compañeros de trabajo, hermanos de lucha. Pero en sus fotos, desprovistas de color, se ve que su mirada marca una distancia entre el cubano que es y el americano que resultó siendo, una distancia que, sin embargo, elimina cualquier artificio que pudiese venir de la nostalgia de lo no vivido y ubica a sus protagonistas y entornos en su realidad, sin el odio imperialista ni el orgullo de la revolución. Cubanos viviendo en Cuba, la gente en su isla.



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Rojas, verdes y amarillas

Rojas, verdes y amarillas

por OSCAR IVÁN MONTOYA LOAIZA • Fotografías Archivo LOS NIÑOS FILMS


Número 148 Marzo de 2026

Pepos es una película visionaria por sus procedimientos cinematográficos, precursora en su modelo de producción, única en su insólita mezcla de documental y ficción. Fue estrenada en 1984 en el Festival de Cine de Cartagena, para luego desaparecer durante casi cuarenta años, sin apenas dejar rastro. Es una película legendaria en la medida en que muy poca gente la conoce. Pepos es el retrato en colores estridentes de una generación aturdida y confusa, en perpetua huida de sus familias, de sus colegios, de sus improbables trabajos. Una especie de tribu urbana que tenía entre sus actividades favoritas consumir toda clase de sustancias estimulantes, entre las que privilegiaba las drogas psiquiátricas utilizadas con fines recreativos: mandrax, Nembutal, diazepam, Rubinol, mefedrona, benzodiazepina, metacualona, paroxetina, muchas veces en salvaje mixtura con alcohol, cocaína y marihuana, que derivaban en reacciones impredecibles, entre las que eran muy comunes los viajes sin regreso.

Su director Jorge Aldana, un cineasta en cierto modo anarquista, se inspiró en estos jóvenes empepados para realizar su película: “La hicimos porque ningún cineasta les había puesto atención a los jóvenes roqueros que deambulaban por la ciudad. Y decidimos partir de la historia de una amiga. En esa época hubo mucha gente loca que se quedaba en viajes y en cosas muy fuertes. Mi amiga acabó en una clínica psiquiátrica. Ella nos dio el impulso inicial. Fue la musa de la película”.

Pero más allá de un largo catálogo de pastillas, de malos viajes, o de comportamientos desquiciados, Pepos es importante en la historia de nuestro cine porque es una película reivindicativa de un estilo de vida, por más desastroso que parezca, que rehuyó la estética miserabilista de la época, para inaugurar un camino cinematográfico que en su momento ningún director supo seguir.

Lo único seguro es arriesgarse

A comienzos de los años ochenta, el panorama del cine colombiano era dominado por la comedia costumbrista, las adaptaciones literarias o el cine de denuncia social, y un poco en los márgenes, el cine de género aupado por el Grupo de Cali, y los documentales de Marta Rodríguez y Jorge Silva. Ya desde los años setenta, la juventud al garete, los bajos fondos y la exclusión social eran tópicos en los que había puesto su foco el cine colombiano, pero casi siempre para sacar partido económico a partir de la nefasta ley del sobreprecio, o como medio de denuncia contra el establecimiento político; pero, aparte de Agarrando pueblo (1977), la película de Luis Ospina y Carlos Mayolo, ningún cineasta colombiano había posado su mirada sobre los marginales con tanto humor, con tanta vitalidad, con tanta rebeldía como lo hizo Jorge Aldana, hasta el punto que un crítico describió a Pepos, por su espíritu anticonvencional, como una alcantarilla abierta en la carretera pavimentada del cine colombiano.

Según su productor y director de fotografía, el veterano cineasta Erwin Goggel, Pepos no tuvo presupuesto, prescindió de equipo de arte, sus actores fueron reclutados entre los pepisos que pululaban en las calles del barrio La Perseverancia y algunos amigos del medio artístico, no participó por voluntad propia en las convocatorias del antiguo Focine (Compañía del Fomento Cinematográfico) y entre sus objetivos nunca se propuso llegar a las salas comerciales: “Con el tiempo yo me he acostumbrado a mirar Pepos como una travesura juvenil, como una de esas pilatunas a las que se ve uno arrastrado sin saber muy bien cómo. Cuando conocí a Jorge, yo tenía una productora, Mugre al ojo, que entre su inventario tenía una Canon de Super 8 milímetros, y una Arriflex SR de 16 milímetros, y para el sonido, una grabadora Nagra IS y un micrófono Sennheiser 815. Esa fue la inversión de Mugre al ojo, y la plata que se puso en efectivo fue para el revelado y para inflar el material de Super 8 a 16 milímetros. No había para más”.

Estos dispositivos tecnológicos fueron los que permitieron, en parte, que el rodaje de Pepos llegara a buen fin. De acuerdo con Erwin Goggel, la Arriflex es un viejo armatoste comparada con cualquier artefacto contemporáneo, aunque, en su momento, era lo mejor que tenían a la mano, comenzando porque era liviana, casi una cámara de reportería, lo que permitía mucho movimiento, era poco ruidosa, compacta y posibilitaba las tomas al hombro, tan importantes en la segunda parte de la película, y que marcaron unos de los principales aportes estéticos de Pepos.

Me persigue la policía

Pepos está dividida en dos partes. La primera se desarrolla de día, con un par de escenas nocturnas, carece de diálogos, y a la manera de las películas antiguas, tiene unos intertítulos que van marcando la pauta de las andanzas de Viejo Loco y Guillo, un par de pepos de barrio, que no solo meten pepas, sino que jibarean y fuman marihuana, y entre baretos y pepas desvarían, en unas secuencias oníricas muy bien logradas con Simón Bolívar o con Carlos Marx buscando la traba en los callejones del barrio, o con los dos protagonistas como un par de angelitos en plena fuma, muy en el estilo iconoclasta de Luis Buñuel en La edad de oro y Viridiana. Todo esto acompañado por una poderosa banda sonora, uno de los aspectos más memorables de Pepos, que incluye varios temas de The Rolling Stones, Jethro Tull, Jimi Hendrix, The Police y Bob Dylan. Mención aparte merece The Clash con su legendario Police on my back, que le da el tono beligerante a la película, en un momento histórico en el que para la policía era mucho más fácil reprimir a cualquier consumidor callejero, que realmente perseguir a los grandes negociantes de droga. Las “fuerzas del orden”, falsas o reales, están muy presentes en Pepos, ya sea patrullando en las calles del barrio, repartiendo bolillo en medio de las requisas o reclutando jóvenes como carne de cañón.

La banda sonora se complementa con una versión de Very very well, el pegajoso tema de Carlos Román y La Sonora, y un blues original compuesto por Alexis Restrepo y Jaime Ruedas, el apellido no es una broma, que dice más o menos así: “Meto perico porque me parece rico / Hoy me chuteo, aunque te parezca muy feo / Meto pepas, aunque mi madre me diga que no / Fumo marihuana cuando me da la gana”.

Esta cualidad contestataria la reivindica Felipe Aljure, director de películas como La gente de la Universal (1993) y El colombian dream (2006), su segunda película, que es un alegato desde el arte por el consumo, aspecto que la hermana con Pepos: “Me parece que la mirada satanizante y policiva frente al consumo de drogas en Pepos tiene una mirada claramente más social, más humana. Más en una actitud de comprender que de juzgar. Y siendo este país, como lo hemos sido, productores y consumidores, me parece que es un comentario muy válido, en medio de esa guerra absurda contra las drogas”.

La segunda parte se desarrolla de noche, sobre todo en el centro de Bogotá, introduce otra fauna citadina, tiene sonido directo, aunque no diálogos propiamente dichos, sino una especie de voz en off que va acompañando la deriva de los dos personajes, otro par de adictos a las pepas en pleno viaje al fondo de la noche, que incluye un concierto de rock de la banda Ship y una memorable escena en un comedero popular, que puede ser considerada el momento más logrado y sustancial de la película. En pleno descontrol, después de salir del concierto, los peperos llegan al comedero y se cruzan con un travesti, interpretado por el cineasta Rodrigo Triana, con el que se enzarzan en una pelea, mientras se sigue escuchando la voz en off de uno de los personajes, montada encima de los diálogos casi inaudibles de los comensales, todo esto filmado en plano secuencia, con una cámara al hombro llena de energía, que no teme a los barridos, a los desenfoques, a los desencuadres, que explora con atrevimiento y sutileza el ambiente barriobajero, y que nos transmite la imagen de una Bogotá alucinada y caótica.

Sergio Wolf, cineasta argentino, durante algunos años director artístico del Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), llevó a Pepos al festival en 2008, en una sección llamada Malditos Latinos, y destacaba por encima de la reivindicación del estilo de vida marginal, o el retrato agridulce de una generación, sus evidentes valores cinematográficos: “Me parece una película bastante, no sé si decir profética, pero sí que plantea cuestiones cinematográficas sobre el realismo, sobre la filmación en escenarios naturales, sobre los no actores, incluso sobre el descubrimiento de una dramaturgia entre lo documental y la ficción, que el cine latinoamericano encontró bastante después; yo diría que a partir de las primeras décadas del siglo XXI”.

Por supuesto que Pepos no es una obra maestra, y carece de cualquier tipo de glamur, tiene muchos defectos en su hechura, comenzando por los saltos de continuidad, o la falta de sincronización del sonido, o la iluminación que no existe en algunas secuencias, o que está perversamente utilizada en otras. Le faltó financiación, dirección de arte, luminotécnicos, dinero para costear una buena posproducción, pero le sobró instinto de sobreviviente para no perecer en la larga travesía del desierto que duró cuarenta años.

Fotografía: Archivo Archivo Jorge Aldana.

Su invisibilidad moldeó su mito

El primer inconveniente que tuvo Pepos para llegar a salas comerciales fueron los derechos de autor que pesaban sobre la exquisita banda sonora de la película que, sin ningún tipo de dudas, es uno de sus aspectos más destacables. Pagar los derechos de una sola de estas canciones estaba fuera de los alcances de la película, por lo que su exhibición se redujo a los escasos festivales locales de la época, alguna muestra especial, o un programa cinematográfico organizado por conocedores de la película, siempre con Jorge Aldana con los rollos de Pepos bajo el brazo, y comenzando el nuevo siglo, con una única copia digitalizada en un DVD.

Pepos, por su contenido underground, por su espíritu blasfemo, por su burla al establecimiento, y un poco por la voluntad de sus propios artífices, fue borrada del mapa. Durante muchos años se habló de Pepos como de una película maldita, de la que se afirmó que estaba protagonizada por actores a los que había que esperar cuatro o cinco horas a que se les pasara el viaje, y se decía, además, que su director Jorge Aldana no pudo ir a recoger el Catalina de Oro que ganó en Cartagena, porque para la fecha estaba recluido en una prisión en una ciudad del interior. Nunca nadie lo certificó. Nunca nadie lo desmintió. Fueron capas que se fueron sumando al aura mística de Pepos. No se encontraban copias en las videotecas, ni en los archivos de los coleccionistas, ni en los catálogos de los proveedores piratas.

No obstante, la película revivía de manera intermitente en una proyección velada, en un artículo en alguna revista especializada, en la declaración de algún crítico que la consideraba la “joya oculta del cine colombiano”, “la película con la mejor banda sonora del cine nacional”, o hasta algunos la catalogaban como “la mejor película del cine colombiano”. Entre el mito y la realidad, la película fue saliendo de las catacumbas, recomendada por los escasos espectadores que habían tenido la oportunidad de verla, y que recalcaban, más allá de su rareza o malditismo, una manera novedosa de producir los proyectos, una forma creativa de capturar los bajos fondos, un modo desparpajado de retratar una generación, como lo destacaba el crítico Pedro Adrián Zuluaga: “Este mundo marginal luce soberano, autosuficiente y ajeno a cualquier discurso de culpabilidad moral, explicación sociológica, mediación cinéfila o reclamo de redención”.

Las cicatrices del sobreviviente

Al mismo tiempo que la película cobraba un poco de visibilidad, el ecosistema audiovisual colombiano comenzó a interesarse por el tema de la restauración, un asunto que había estado un poco de lado, sobre todo por la escasez de tecnología, y por unos costos prohibitivos para proyectos de escaso músculo financiero como Pepos. Ante la restauración de trabajos como Rodrigo D (1990), de Víctor Gaviria; Nuestra película (1992), de Luis Ospina; y La gente de la Universal (1993), de Felipe Aljure, y de la importancia cada vez más manifiesta de conservar en buen estado los archivos audiovisuales, algunos fondos cinematográficos comenzaron a destinar recursos para proyectos de restauración, y entre ellos resultó ganador Pepos.

La película fue sometida a un proceso de restauración de imagen, sonido y color, y fue una tarea emprendida por los Niños Films, una productora de jóvenes cineastas que, entre sus servicios, ofrece el de restauración. Lo primero que hicieron fue buscar los negativos, ya que es la materia prima de la que se puede hacer el mejor trabajo de restauración, pero lamentablemente esos negativos se perdieron. Sucedía que muchas películas colombianas se mandaban a revelar a laboratorios en Estados Unidos, y a finales de los ochenta, cuando empezaron a quebrar, todos esos negativos quedaron huérfanos, muchos se vendieron a bibliotecas, pero a muchos otros se les perdió el rastro. Ante la imposibilidad de dar con el negativo, se apoyaron en dos positivos —copia que se utiliza para proyectar— en 16 milímetros con sonido óptico, que guardaba Jorge Aldana en un clóset, y fue a partir de la menos usada que se realizó la nueva copia digital en 2K, entre 2023 y 2024.

Algo para destacar de este proceso fue que se conservaron muchas de las magulladuras y heridas que había dejado el paso del tiempo en el celuloide, muy acorde con su espíritu punkero. Así lo explica César Jaimes, director de películas como Lapü (2019) y Carropasajero (2025), y que ejerció como productor de restauración en Pepos: “Hay incluso casos en los que el director rectifica cosas que quería corregir de la película original, y se limpian todos los rayones, o se quitan todas las manchas, o si hay algún pequeño salto en fotogramas se corrige también, nosotros, por el contrario, tomamos la decisión junto con Jorge de que se sintiera que la película también estaba rayada y sucia, de algún modo conservar las cicatrices del sobreviviente; entonces eso fue como una virtud muy importante de no querer meter al quirófano a esta película y que saliera ‘perfecta’, como si no hubiera pasado nada”.

Nuevos adictos

Producto de esta copia restaurada, la película se ha podido exhibir con más regularidad, llegando a nuevos públicos, en especial a través de los festivales, que han sido la piedra angular para mantener viva la llama de este film de culto. El Festival de Cartagena, el Midbo (Muestra Internacional de Bogotá), el Festival Mamut, y hasta El perro que ladra, el más importante festival de cine colombiano en Francia, tuvieron a Pepos en su programación de 2024.

Nadie escapó ileso de los años ochenta. Ni los más poderosos, ni los más rebeldes, ni los más rayados. Todos salieron maltrechos, zamarreados, o totalmente chamuscados. Los pepos, tal como los conocimos, se extinguieron a finales de la década, desbordados por drogas más corrosivas como el basuco, internados en manicomios, ocupando un lote en el cementerio, o rehabilitados como buenos ciudadanos, reconvertidos en policías. Para nuestra tranquilidad, la película perduró para dar cuenta de una época sangrienta, pero también fabulosa para el que la supo disfrutar a fondo. Parafraseando a uno de los pepos de la película, se podría afirmar que “si puedes recordar los ochenta, es que no los viviste de verdad”.


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Con la cabeza levantada

Con la cabeza levantada

por JUANGUI ROMERO • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 148 Marzo de 2026

1

—Marta, ¿vos creés que naciste en el momento equivocado?

Ya llevábamos más de una hora conversando, habíamos terminado de desenrollar toda su vida futbolera —nada fácil, por cierto—, y se me ocurrió arrinconarla como hacen los periodistas de esos típicos programas de televisión en los que un jugador de otra época termina encarcelado en un primer plano imaginando que mereció más reconocimiento o más billete, como le sucede al delantero de moda.

Pero afortunadamente Marta Lida Arias Arango, una de las pioneras del fútbol femenino en Antioquia, agarró ese balón medio huevo y sin dejarlo caer lo mandó de media bolea bien lejos:

—No, yo no iba a ser ni Cata Usme, ni Yoreli Rincón. Y a mis 64 años de pura calle, ¿de qué me sirve imaginarme como una técnica famosa? A mí lo que me gustaba era dirigir. No, yo valoro todo el camino porque desde muy peladita me gané a pulso el derecho a jugar en las canchas de micro de Bello, así empecé. Así empezamos varias amigas que llegábamos temprano con un balón de básquet y al momentico sacábamos un Golty amarillo, y a jugar mientras nos gritaban de todo. ¿Y yo qué les decía? ¡Más maricas los que gritan y se esconden! Porque yo crecí en un matriarcado que nos enseñó que había que hacerse respetar.

—¿Y qué le viste de extraordinario al fútbol?

—No, como le pasa a cualquier niño, y hoy por fortuna a muchas niñas: me gustaba muchísimo llevar el balón con la cabeza levantada. Porque si usted no levanta la cabeza desde que empieza, la va a tener muy difícil. Yo siempre era atrás, con la cabeza arriba, organizando el equipo, me gustaba ser la técnica dentro de la cancha, mandar balones al espacio vacío. Y yo sé que la gente veía eso…

2

No es más que otra calle, dicen los fríos datos: la 57A entre la carrera Sucre y la Avenida Oriental. Pero Barbacoas es mucho más que eso. “Levantá un poquito la cabeza y pisá el balón”, le dice Juan Fernando Ospina mientras encuadra la foto. De lo quieta parece una estatua humana imitando a un maniquí de almacén deportivo. Son las seis de la tarde de un día de semana. Le pedimos que se vistiera así, y después, que se parara en mitad de la vía, que agarrara el balón con las manos para armar un par de piezas que evoquen los campeonatos de fútbol callejero que se jugaron hace más de treinta años en esta calle curva, con forma de bragueta, como algunos la describen.

Y entonces, ella desempolva en su cabeza una suerte de álbum tipo Panini, o mejor, varios álbumes en los que figuran muchos negocios de la zona y de distintas épocas —porque a ella le gusta proclamar que es una futbolista y ya también una lesbiana vieja guardia—. El Machete, El Paisa (después Noches Alteradas), Controversia, Milan’s Bar (después Planet), El Bar de Moe, Estación 57, El barcito de Luis, la Fonda Luna, Kanahan y Bilitis —el bar donde Marta vio por primera vez una película lésbica, la que justamente le dio el nombre al sitio— son lugares imprescindibles en la línea de tiempo de su vida y de la ciudad, donde muchos hombres y mujeres retiñeron a punta de pequeñas historias de amor las primeras letras de la sigla LGTBIQ+ cuando ya el siglo XXI se nos venía encima.

En esos álbumes, muchos de los nombres de esos bares son los mismos de los equipos, sus patrocinadores. Pero también podrían ocupar el espacio dedicado a las foticos de los estadios, porque en ellos la hinchada se ubicaba para seguir los partidos mientras disfrutaba de unas cervezas, unos aguardientes o unas copitas de cualquier otro licor.

3

¿Y por qué no hacen lo mismo en los barrios donde también están jugando fútbol a esta misma hora?, ¿les da miedo meterse en las calles donde juegan los pillos? Esas eran las arengas que recibía el único equipo que no era bien visto en esos torneos: el de los policías, que aparecían de repente para demostrar que su juego estaba pensado para evitar cualquier escándalo en la vía pública. Porque, para remate, la Catedral Metropolitana está a unos pocos pasos y los partidos se jugaban justo los días en que hay más misas: los domingos. “Pero siempre les quitamos alguna clientelita, porque no faltaron los que iban o salían de misa y se quedaban al ver el buen ambiente, aplaudiéndonos muchas veces junto a sus hijos y a sus hijas… Niñas por fin viendo que las mujeres también podíamos divertirnos y competir en ‘ese juego de varones’. Demás que después de eso, alguna le empezó a pedir balones al Niño Dios”.

Pero muy pronto todos los equipos le agarraron la vuelta al estilo del equipo policial… Todos contra ellos. Y como el fútbol es pura estrategia fue suficiente poner un par de campaneros en cada esquina para que las cosas pudieran volver a la falsa normalidad en cuestión de unos pocos segundos. La calle se abría de nuevo, los arcos, fabricados en PVC, exhibían ahora sus virtudes decorativas en cualquiera de los negocios, ¿y todas esas futbolistas? Sentadas como si nada en las aceras, a las entradas de los locales, bajándole a las pulsaciones, alguna de ellas recostada sobre el balón, ocultándolo, silenciándolo, mientras conversaban con la fanaticada. ¿Y los policías? Perdidos en la cancha.

Aunque vale anotar que también había futbolistas hombres, porque uno de los equipos más recordados se llamaba Mujeres Divinas y estaba integrado por gais y trans, quienes muchas veces jugaron de faldas corticas, pensando en levantar la tribuna, en celebrar de manera muy alegre cada gol: siempre bailando. Ni sus rivales dejaban de mirar cuando aparecían aquellas improvisadas coreografías, esos flashazos que todavía hoy parpadean en esta calle cuando a alguien se le ocurre volver a comentar alguna de esas pintorescas jugadas. ¡Porque recordar es reír!

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Doris Ríos, la popular Fru-fru, que en paz descanse, era la Fifa. Ella lo había concebido todo desde El Paisa, ese negocio del que ya se dijo que pasó a llamarse Noches Alteradas, para buscar justamente con ingenio paisa que la zona no se apagara al finalizar las noches sabatinas, y que, incluso, no muriera tampoco en el amanecer dominical. Su idea era que los domingos también fueran alterados y dieran, además, algo de platica.

Marta ya llevaba un buen tiempo metida en el mundo del fútbol femenino en Antioquia, que por entonces andaba apenas gateando. “Había un torneo corto en el que participaban equipos de Rionegro, Sabaneta, Envigado, estaba la Universidad de Antioquia, y otros dos que se llamaban Nueva Generación y Desarrollo Sostenible, si no estoy mal… Yo jugaba en el de Itagüí, y muchas de esas jugadoras fueron las que llegaron a los torneos de Barbacoas”.

Y lo hicieron porque ella hacía tiempo trabajaba en la zona poniendo la música, atendiendo en la barra o meseriando en algunos de estos negocios, y era en ese momento una trabajadora del bar de Doris. Así las cosas, la jugadora ideal para fungir como la armadora de esos campeonatos, la todoterreno. Ella conseguía los equipos, definía la programación de cada fecha, era la planillera durante los encuentros, pitaba a veces y si estaba embalada se traía a su sobrino Jhony para que también supiera lo que era tener a las hinchadas ahí pegadas, literalmente respirándole en la nuca, unas barras bravas siempre dispuestas a gozárselo todo. “Nada, la gente lo quería mucho, y le pedía y le gritaban cosas como a cualquier árbitro, pero el ambiente era de pura camaradería, una fiesta de la diversidad. Aunque claro, todos los equipos querían ganar. Pero igual sabían que lo importante era parchar, y pa mayor aliciente estaba la marranada de cierre, que nunca faltó”.

Un gana-gana para todas porque así ella también les pudo conseguir “madrinas” a las jugadoras del equipo de Itagüí, al convencer a algunas de las clientas más pudientes de estos bares de aportar también algún dinero que les garantizara al menos los pasajes para llegar a los partidos. Las veían primero en Barbacoas y las acompañaban luego en los partidos de la liga. Puro fútbol parche.

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Marta todavía conserva las tarjetas y el pito que se utilizaron en esos partidos. Quisiera tener un museo de esa época, o al menos más fotos, porque en su día a día siempre hay una imagen de aquellos años que la pone de nuevo a moverse sobre la arenilla o el pasto de todas esas canchas que recorrió, en las que aprendió a jugar con esos guayos que reemplazaron los tacones que utilizaba cuando era asesora de ventas del cementerio Jardines de la Fe.

Su incursión en las canchas grandes, su paso del micro al fútbol, se dio gracias a la combatividad que demostró en varios campeonatos callejeros de barrio, donde todavía las veían como una curiosidad apenas digna de introducir los partidos masculinos, de ser sus teloneros. Y fue después de uno de estos campeonatos relámpagos en el barrio Robledo Kennedy, cuando la invitaron a ser parte del equipo de fútbol de Itagüí. Para entonces Marta ya había tenido a Andrea, su única hija. Se había casado a los dieciséis, fue mamá a los dieciocho y se separó cuando tenía veintiuno, porque su madre fue la primera en remarcarle que nadie tiene por qué vivir en medio del maltrato. Una historia que prefiere llevar al terreno de los chistes al señalar que su matrimonio se vino abajo cuando se dio cuenta de que le gustaban más sus cuñadas que su marido. Con los años, su madre aceptó por fin su orientación sexual al reconocer en medio de su formación tradicionalista, de su catolicismo heredado, que no hacerlo era también maltrato.

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De cierre de la conversa decidimos irnos a comer unas empanaditas a Maracaibo, se le nota cansada. Lleva varios días pintando una casa. Ahora se la rebusca de mil maneras, porque la pandemia la obligó a cerrar Ruta 69, un restaurante que había montado porque le fascina cocinar. Pero nada parece quitarle fuerzas. Gran parte de su tiempo lo invierte ahora en sacar adelante el trabajo de La Colectiva 69, creada para gestionar diversas iniciativas que reivindiquen a la comunidad LGTBIQ+ de la ciudad, y el fútbol es una herramienta muy valiosa en algunas de sus propuestas. Mientras comemos, Marta me recomienda un video de 2018 muy visto en las redes sociales. En este se ve a cinco jugadoras de la liga femenina de Jordania rodeando a una de sus rivales, para permitir que esta vuelva a ponerse el hiyab que se le cayó, en pleno partido, cuando intentaba eludir a dos de ellas. Se trata de un velo sin el que algunas mujeres musulmanas se sienten sumamente vulnerables, porque este da cuenta de la obediencia que han decidido profesar a su dios en todo momento.

Marta lo menciona mientras me comenta muy enojada que no puede creer que todavía se condene el fútbol femenino considerándolo un detonante del lesbianismo y no se hable, por ejemplo, de estas muestras de sororidad, que algo tendrán para decirnos en estos tiempos, me dice. Para ella, el crecimiento del fútbol practicado por mujeres se debe al invaluable aporte de las lesbianas; lo dice plenamente convencida al referir su empuje como minoría, al recordar todo lo que ella misma aguantó: “Había que ver, por ejemplo, a los hombres todos mironcitos cuando llegábamos a esas canchas y nos tocaba armar camerinos humanos, ahí en las tribunas porque no había ni baños. Unas paradas a los lados y otras adelante y atrás, para poder cambiarnos y salir a jugar. Nosotros en lo nuestro y ellos en cambio sintiendo que acosar a unas peladas era de hombres, que eso siempre es normal. Como normal les parecía darnos unos trofeos que traían un muñequito hombre y por ningún lado aludían al físico de las mujeres, como los de hoy”.

La suya fue una época de apodos: Queta, Arepa, Pachequito, Reblujo, Mino-Mino, la Totona. Y el de ella, que bien pudo haber sido la Mariscala o la Muralla, como suele bautizarse a los defensas centro, resultó ser Marta Tamales. La razón: fue a punta de estos envueltos que pagó su bachillerato y pudo también criar a su hija. Muchas veces se los vendía a los hinchas, que solían ser amigos o familiares de las mismas jugadoras; o también a estas, con las que terminaba convirtiendo los pospartidos en una especie de minipaseos al ponerse a jugar cartas y a comer tamales mientras veían y analizaban a sus próximas rivales. “Imaginate ese parche, cómo no voy a decir que esos fueron los días más felices de mi vida. Y pregúntele a cualquier mujer que haya guerriado con nosotras en esas canchas, rival o compañera, lesbiana o hetero, y te va a decir lo mismo, así no le hayamos sacado ni un peso a esto ni seamos, pero ni cinco de famosas. Pasamos bueno y pusimos a soñar a muchas, ¡le parece poquito!”.

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“El deber ser de la mujer colombiana se construyó de acuerdo con un estereotipo de mujer burguesa blanqueada, en el que la práctica de un deporte de confrontación, como el fútbol, no cabía”, esto dice Gabriela Ardila Biela en su libro titulado A las patadas. Un recuento de la historia del fútbol de mujeres en Colombia desde 1949. Su investigación para demostrar que esta ha seguido una línea de discriminación intencionada parte de esa fecha porque según los registros de prensa, ese año en Barranquilla ya se hablaba de un cuadrangular de fútbol femenino en el que figuraban dos equipos llamados Las Sirenas de Caribe y Las Estrellas Gallegas. Y también en Cali se jugó un clásico entre el Deportivo Cali y el Boca Juniors, promovido por dos reinas de belleza: Carmen Arango y Clarita Domínguez al que asistieron catorce mil espectadores. ¡Público siempre han tenido! Y aunque apenas un año antes, en 1948, había comenzado oficialmente el campeonato profesional masculino, el de mujeres se demoró casi setenta años en arrancar. Nuestra liga profesional femenina comenzó apenas en 2017, el primer partido se jugó el 17 de febrero entre las chicas del Deportivo Pasto y las del Cortuluá.


Brazos y bobinas

Brazos y bobinas

por Jorge Iván Agudelo • Archivo Fotográfico BPP


Número 148 Marzo de 2026

A primer golpe de vista, parece que la foto viniera o, en todo caso, para no fascinarnos con los imposibles, recreara un mundo futuro, uno hecho de asepsia y simetría, donde el hombre y la máquina, con sus brazos y sus bobinas, conformaran una sola materialidad, fueran caras limadas, sin fisuras, de una misma moneda; pero en la trasescena, en el mundo de los hechos reales, digamos, está Medellín, el año de 1992, la Industria Colibrí, a veintiún años de su liquidación definitiva, una cámara análoga marca Mamiya, y el pulso y la mirada de Lina Isaza, que, para entonces, abrían camino y fijaban las pautas de las que serían muchas de las imágenes publicitarias de la época.

Ya situados en una ciudad y un tiempo precisos, la foto se vuelve paradójica: enaltece la repetición industrial, la precisión técnica, en fin, el trabajo textil de la última década del siglo pasado, y, al tiempo, nos hace pensar, después del brillo de la manufactura local, en una sentencia presidencial que, aunque rápido mostró sus costuras, fue caballo de batalla coreado por muchos: “Bienvenidos al futuro”, como si se tratara del tiempo esperado, del instante decisivo para cumplir una promesa aplazada, la de subir, con toda la pompa y la gloria, al tren de la modernización y de la apertura económica.

Entonces la foto se vuelve túnel, proyección al infinito de la máquina hacia la oscuridad, símbolo, también, del trabajo inacabable, de la subordinación del hombre a los gestos que se repiten, a la hilatura industrial que lo reclama y, sin embargo, lo va dejando un poco a la deriva entre el primer plano (presente, máquina, trabajo) y el fondo (laberinto, embudo, clausura) que bien funciona como corolario de lo que vendría: máquinas de las fábricas textiles obsoletas y trabajadores empujados a la informalidad y al desempleo, mientras se asomaba, como otra promesa, y basilisco, una nueva cara del mito modernizador: la digitalización de la industria y la “cuarta revolución industrial”.

Así y todo, más allá de las resonancias o de los sombríos augurios que pueden encontrarse en una imagen, está Lina Isaza, 34 años después, hablándonos del día en que compró unos filtros, porque las luces habituales de la Industria Colibrí eran unas luces verdes, de las que ya no existen, para que los hilos blancos, que se pueden ver en filas de a dos sobre la cabeza del operario, no cambiaran de color y la foto fuera la que es, una estampa, se nos ocurre a nosotros, que a primer golpe de vista, parece venir de un mundo futuro.

El trabajo de Lina Isaza se suma, en septiembre de 2024, bajo el acompañamiento de Jackeline García Chaverra, a los 45 fondos que, desde su fundación, a partir de las siete mil placas de vidrio que quedaban del archivo del fotógrafo antioqueño Benjamín de la Calle, alberga el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto. El fondo de esta fotógrafa, conformado por 25 778 imágenes, marca un punto de inflexión, toda vez que se trata del primer archivo personal de una mujer, con toda su diversidad temática (fotografía publicitaria, fotografía social, fotografía de viajes, fotografía documental) y de formatos (35mm, 4x4cm, 6x4cm, fotogramas a color, blanco y negro y transparencias), que puede consultarse en nuestra biblioteca.


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Un ilustre desconocido

Un ilustre desconocido

por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Señor OK


Número 148 Marzo de 2026

Rafael Barrett, español, periodista por casualidad, anarquista por “obra del libre examen” y paraguayo por adopción, fue un accidente literario y espiritual que ocurrió en Paraguay, Uruguay y Argentina entre 1904 y 1910. En tan pocos años, cuatro de ellos apurado por la tuberculosis y algunas veces por la policía, modificó el paisaje y el destino periodístico de esos países. Ocho versiones de sus obras completas, la última en 2011 en Paraguay, cerca de cincuenta antologías de su obra, investigaciones y tesis académicas recientes y de muy diferentes disciplinas ilustran su vigencia y su rizoma.

Aunque en Bogotá se publicó una antología de dos de sus libros, La solidaridad de los esfuerzos (Animal extinto, 2018), en Medellín y en Colombia la pregunta parece improcedente, pues se desconocen su obra y su nombre, tanto como su personalidad que fue otra obra que Barrett le agregó al mundo. En realidad, en Suramérica solo en esos tres países la pregunta traería respuestas suficientes.

En ellos y principalmente en Paraguay, donde es la cara más visible de la literatura nacional, después de Augusto Roa Bastos, Barrett construyó su obra de periodismo y sus cuentos, diálogos y aforismos que celebraron los escritores de mayor reconocimiento en estos países y en el mundo: Jorge Luis Borges en 1919 lo recomendó “de rodillas y con lágrimas en los ojos”, en carta a un amigo. José Enrique Rodó en 1908 en Carta abierta a Rafel Barrett, apuntó: “Yo no sé si tengo derecho a envanecerme de haber contribuido a aumentar el número de sus lectores”. Augusto Roa Bastos en 1978: “Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy”. Otros lo han llamado “héroe”, “santo” y hasta “imprescindible” siguiendo las estimaciones de Bertolt Brecht en su conocido poema, pues habitó en su periodismo, sin pausa, guiando su obra en una militancia esencialmente moral. “Todos tenemos la obligación de vaciarnos antes de desvanecernos”, escribió, cuando ya se había vaciado casi todo.

En su vida de imprescindible abundan episodios que lo instalan en la leyenda y lo alargan hasta el mito que su obra no necesita y que su vida no rechaza ni contradice porque le pertenecen. Que nació en la aristocracia española. Que casó, al menos, cinco duelos de caballero. Que el mismísimo Ramón María del Valle-Inclán apadrinó uno de ellos. Que llegó a Paraguay como corresponsal y más bien se enlistó como soldado de una revolución. Que se inició como periodista a los 27 y dejó de hacerlo a los 34 cuando murió, puede decirse, de periodismo. Que en tan poco tiempo construyó prolífica, profunda obra siempre intransigente con los poderes, incluso antes de declararse anarquista. Que en esos años vivió la cárcel, la difamación, la censura, el destierro, la pobreza sin pausa, algún atentado y también el plagio y la gloria aunque una gloria crepuscular, tres meses antes de morir y entregarnos su huella tan altamente comparable con la de José Martí.

En este punto es probable que la pregunta inicial haya derivado en otra: ¿por qué no conocemos ese periodista? Buenas preguntas en este 2026 que es el año de su sesquicentenario natal.

Como las ponderaciones de una escritura se muestran mejor así mismas que con palabras ajenas, se ofrece aquí una muestra mínima. El resto está en Google.

La gloria

Carta abierta al señor de Phocas, en la revista Germinal, de Paraná, República Argentina:

Distinguido señor:

He visto que se dedica usted a firmar mis Moralidades, empresa poco difícil, y sin embargo superior a las fuerzas de una persona decente; pero ¿tienen razón las personas decentes? ¿No contribuyen también las demás, y tal vez mejor, a hacer justicia? Ya que las Moralidades actuales son tan de su gusto, permítame, elegante señor de Phocas, que le consagre y dirija la que estoy escribiendo en el instante, la más actual de todas, sin disputa.

Mi impresión primera fue de rabia. Si la musculatura física de usted es por el estilo de su musculatura moral, y hubiera usted estado a mano cuando abrí la revista y contemplé mi artículo prisionero, inerme y huérfano, quizás no lo hubiera usted pasado bien. Al cabo de unos minutos me serené y sonreí, consolado de este… ¿cómo diré?… de esta sustracción. Y Dios sabe que tengo al que sustrae el pensamiento y el alma por ladrón absoluto, y al que sustrae oro por ladrón relativo y en ocasiones disculpable y hasta meritorio. Mas usted conoce ya mis opiniones. La moralidad titulada El Robo, y publicada no ha mucho, ha sido de seguro leída por usted y me atrevo a esperar que la habrá usted hallado digna de su firma y de ser estampada en Germinal.

Pues bien, no solo me consolé; le quedo profundamente agradecido. Me ha proporcionado usted la sensación exquisita de la gloria, del naciente rayo de la gloria.

¡No llevo dos años de escritor militante, y ya me plagian! Y no me plagia un cualquiera, sino el señor de Phocas, el refinado personaje de Juan Lorrain, el rival del no menos maravilloso Des Esseintes de Huysmans. Tener la certeza de agradar a alguien encanta; tener la certeza de agradar a un señor de Phocas, y de agradarle hasta el extremo de arrastrarle, a él, tan delicado y pulcro, a la tentación y al delito, es cosa soberbia. Gracias, distinguido señor.

Por otra parte, ¿qué importa la firma? A usted le gustan mis ideas, las reproduce y las propaga; he ahí lo esencial; ¿qué importa la etiqueta Rafael Barrett o señor de Phocas? ¿Será distinto el vino? ¿Dejarán de ser mías las ideas? Son ellas las vivas, y no mi nombre, letrero casual. Son ellas las que constituyen mi personalidad, lo único de mi espíritu, y no las letras de mi apellido. Usted es mi vehículo, el medio de que mis ideas circulen, algo así como mi cabalgadura mental. Usted me es útil. Usted y los que son iguales a usted me son necesarios. El saqueo ha fundado la propiedad moderna. El plagio, ¡oh señor de Phocas!, fundará mi reputación y mi gloria. Porque yo, que no soy tan genio todavía, quiero serlo, quiero la gloria. Un día vendrá, señor de Phocas, en que no podrá usted plagiarme, pues los pedazos de mi sensibilidad, dispersos por obra de usted y compañeros, se habrán integrado en una gran individualidad solitaria, que llamaremos X. Y todo lo que yo haga será inmediatamente reconocido como de X; y si usted se arriesgara a suscribir una moralidad futura, la gente exclamaría por doquier: “¡Oh, el señor de Phocas caloteando a X!”.

Y entonces se cumplirá el segundo período de la gloria de X, o sea de Rafael Barrett. En lugar de imprimir mi prosa con firma ajena, pondrán mi firma a la ajena prosa. Usted, señor de Phocas, caso de que sobreviva a sus crímenes, aprovechará mi nombre para tratar de dar aceptación a sus propias producciones, y quizá de este modo conseguirá usted salir de la mediocridad en que yace.

Se pensará que bosquejo una triste imagen de la gloria. ¿No hemos de contar con el amor honrado de los hombres?

¡No! La vida que no es lucha es olvido y muerte. La admiración que no es envidia es indiferencia. La energía que no remueve el fondo cenagoso y cruel de la humanidad no es energía. La gloria sin plagio no es gloria.

¡Salud, señor de Phocas!

(6 de febrero de 1907) 

La plegaria del burro

La reciente psicología comparada revela que los animales —sobre todo los animales superiores— tienen lo necesario para ser tan infelices como nosotros; deseos, inteligencia, manías morales, remordimientos y la ilusión de la responsabilidad. El perro es hasta religioso; su dios es el hombre. Consultad los estudios de Anatole France sobre Riquet, el can de monsieur Bergeret, y quedaréis convencidos. Maeterlinck, en su artículo Sur la mort d’un petit chien, opina igual, y asegura que el perro es la única especie con que se comunica la nuestra, de alma a alma. El caballo padece un espanto incurable. Está medio loco. Las otras bestias domésticas no piensan sino en tragar. Yo, y perdóneme el gran Maeterlinck, haría una excepción con el burro. Se le ha colocado científicamente junto al caballo, pero eso no prueba nada, como no prueba mucho nuestro parecido exterior con el mono. La naturaleza gusta de disfrazarse, y no es prudente juzgar por la cáscara el fruto. Creo que somos también los dioses del asno, y que su metafísica y su teología son más profundas, más alemanas que las del perro. El asno nos reza. Escuchemos su plegaria. No seamos sordos como las demás divinidades. Escuchemos:

Hombre omnipotente, a ti me entrego en cuerpo y en espíritu. Tómame: ¿qué asno habrá bastante ciego para no ver que eres el creador del cielo y de la tierra? Si creas faroles y focos rechinantes que disipan las sombras nocturnas, vencedoras del sol, ¿no hemos de reconocerte el poder de crear el mismo sol y las exiguas estrellas? Y si creaste el pasto esencial, el grano absoluto, ¡oh señor de las mieses!, ¿no habrás creado plantas y cosas menos útiles? El que puede lo más puede lo menos. Hombre innumerable y sutil, dueño mío, tú fabricas establos sublimes y altas viviendas que duran tanto como cien generaciones de burros. Sin duda me engendraste a mí, que duro tan poco. Si existo, es por tu infinita bondad. ¿De qué te sirvo yo, torpe, lento, ingrato, irreverente, a ti, amo de los carros de fuego que devoran la distancia rodeados del universal terror? Tu mano sagrada sostiene mis horas. Cada minuto de mi existencia es un beneficio tuyo.

Tú me das de comer —¡oh misterio adorable!—, tú permites que te transporte de un punto a otro, que oprima mis lomos tu excelsa persona. ¡Y cuántas veces te he llevado con sacrílega distracción! Pero cuando resplandece tu inagotable misericordia es cuando me castigas, cuando haces caer tu santísimo palo sobre mis huesos.

Si te ocupas de mí, es con un fin trascendental. Me pegas desinteresadamente; me corriges como padre amoroso. Te propones elevarme a la vida perfecta. Tu rigor es benéfico. Mis pecados formidables merecerían torturas sin término. El crimen mayor del burro es su soberbia. Soy impaciente, colérico, cruel. Soy, además, lascivo. La lujuria de la burra, su perfidia disimulada a veces bajo las apariencias del pudor y de la virginidad nos traen vergonzosas catástrofes. ¡Ay! La burra es amarga como la muerte.

Tus palos divinos me indican mi deber; debo ser humilde, casto, resignado. No debo desanimarme en la lucha. La carne del burro es flaca, las tentaciones numerosas, pero Tú me ayudarás. Los cortos días que pasamos en un mundo de penas y de horrores obscuros, y lo inmenso de nuestros sueños, me dicen que el alma del burro es inmortal. Después que me hayan enterrado resucitaré, si fui burro y supe aprovechar las enseñanzas de tu palo santísimo; entonces me uniré a ti, y contemplaré en tu espléndido rostro la sonrisa de la eterna reconciliación.

Entonces obtendré tus caricias, que aquí abajo serían absurdas. Cuenta la leyenda que un Hombre cabalgó sobre un asno sin fustigarle, y entró así en una ciudad donde les recibieron entre palmas. Aquel Hombre era débil, y los Hombres le pusieron en una cruz. Hicieron bien. Mi Hombre es el Hombre fuerte, el Hombre del palo. Sin el palo tu majestad sería inconcebible. Obedecido y reverenciado seas por los siglos de los siglos, y hágase tu voluntad, y no la mía. (Me parece que es lo que más me conviene por ahora).

(27 de mayo de 1909)



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