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La bici gramatical

La bici gramatical

por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Samuel Castaño


Exclusivo web Octubre de 2026

Leí que el viaje en bici era una buena escuela de escritura. Como entiendo que cualquier asunto humano o no, sin diferencia de lo anodino, desconocido o interesante que sea o que parezca, puede ser esa buena escuela, no encontré muy excepcional la observación, pero sí muy concerniente. Viajo en bicicleta y tengo el hábito de la escritura entre mis hábitos. La tomé entonces como de “interés personal”. Releí, repensé la frase, repasé mi experiencia de ciclista y la de otros ciclistas. Sabía de qué modo te hace merecedor de la distancia y tanto del cansancio como del descanso. Sabía de qué manera una bicicleta le narra el mundo a su ciclista, se trataba ahora de cómo esa experiencia se convertía en taller de escritura.

Tomar conciencia de la larga línea que van escribiendo las ruedas sobre los pavimentos y procurar que toda idea se deslice sin perderse por su renglón. Lograr que los acentos del pedalazo caigan concentrados en su pedazo de distancia. Que no produzcan ese inmerecido desconcierto que castiga las piernas cuando su ilusionado envión cae en el vacío. No basurear talento en la página ni esfuerzos en la carretera.

Ver que las palancas de frenos, que son cuerpos delgados, apenas un tris de bicicleta, se parecen tanto a una coma, apenas un tris de lenguaje. Ver que sí, que los frenos son unas comas capaces de concluir con acierto cada una de sus apariciones en el relato sólido del suelo. Ocurre porque los frenos comprenden los ínfimos y sorpresivos desafíos del suelo. La ruta solitaria y en inmejorable estado guarda anuncios inciertos. Los frenos estarán sin pausa ajustados y despabilados para garantía del avance.

Cuánta diferencia y provecho en el uso de sus facultades. Los frenos garantizan distintos términos de parada, algo que realza la variedad y la calidad de su servicio en la página o en el pavimento. Hay el frenazo de leve presión, el paso merma, merma sucesivamente hasta agotarse con suavidad como al final de una canción. Hay el frenazo un poco más apurado que detiene la rueda por un instante apenas. El avance prosigue en el instante siguiente y figura un punto y seguido y quizá un punto aparte. Hay esos frenazos de ligera y repetida aplicación que, por breves intervalos, disminuyen el avance a lo mínimo posible. El ciclista suspende el pedalazo, está sentado sobre el sillín, afirmado en su centro de gravedad y caracolea la rueda delantera en procura de equilibrio, no de distancia. Al mismo tiempo recoge y suelta el manubrio con reiteración técnica y nerviosa que revela la calidad de puntos suspensivos de ese momento de la marcha. Hay el freno de detención momentánea. La palanca se aplica a fondo. La bici se detiene sobre la hoja de pavimento, el ciclista pone un pie en tierra y con eso estructura un equilibrio integral suyo y de la bicicleta y necesario para la pasajera detención. Luego continúa la marcha, bien que entre en un párrafo de niebla o en una carretera de deslumbrante claridad.

La detención tiene variadas intenciones y no siempre quiere decir final. De hecho, una jornada por larga o corta que sea solo tiene una última pedalada y entre la primera y esta siempre habrá muchas detenciones por comas elementales, puntos y seguido de suave, débil respiración y solo una vez ese punto drástico de final de oración, párrafo o pedalazo.

Para la claridad en el desplazamiento, los frenos atienden amplia y espontánea lista de urgencias arriba y abajo de la escala temporal y emocional de la marcha. La intervienen y señalan en espacios, en tramos, igual que hacen las comas en un párrafo, en una página, en cien. Cada coma interviene en su página como una puntada de la historia que contiene, así como cada frenazo teje la consistencia del recorrido. Ver que un párrafo abusado por gula gramatical, digamos, un exceso de comas, puede representar holgadamente la molestia de pedalear caminos encharcados o calles empedradas o saturadas de baches.

El párrafo se deja obrar por las ruedas mientras se extiende en la hoja haciendo la distancia.

Existe el punto y aparte. El párrafo se detiene. No está cansado. No le faltan ideas ni fuerza, pero ha encontrado una pausa, un silencio, un puente. Lo asume. Sabe que al otro lado lo que sigue es un trozo más de la misma carretera.

Hay el punto de final de jornada que es un cambio total de plana o de pueblo. Ha terminado la tarde y el biciviajero se detiene para reparar las fatigas. Desmonta. Recuesta la bici, la duerme. La línea se ha detenido, el relato, que siendo de bicicletas lo es de equilibrio, prosigue, porque el movimiento se siente bien entre la quietud y el equilibrio. Sigue una noche profunda. Toda la energía del ciclista se ocupará en reparar la energía perdida, tal vez no venga a su cabeza ningún sueño.

La marcha se reanudará a la mañana siguiente (o quién sabe cuándo. Ha pasado) y siempre bajo la condición de una delicada y llamativa mayúscula encargada de encarar las novedades venideras. Habrá otra carretera, otro pueblo. Tal vez algún párrafo salga inédito de una niebla en una de sus calles. Tal vez un recuerdo para siempre lo espere en el hotel.

Y existe ese freno de final de viaje que en realidad no es nunca el punto final del relato, pues no existe tal cosa. Existe la última página de un libro, pero no el punto final de la novela. Ninguna historia se detiene, ninguna tiene fin. Se detiene el viajero, se detiene la bici. El viaje queda en suspensión. Se cierra la página, pero no el viaje que, aunque detenido, sigue abierto y divagado. 

El ciclista sabe que un escupitajo lanzado con mucha voluntad o una mirada de más a un lado de la pista pueden arrastrarlo a la caída, al choque. Ante la contingencia probable mantiene las manos avisadas sobre las encomiables palancas, capaces, en un leve apretón, de asegurarle integridad. De la misma manera el que se dedica a llenar páginas mediante su escritura, aprende pronto de su mano desbocada, sin frenos en una larga página de curvas. Aprende de su mano reprimida. Cuánto vacío, cuánta deuda con la promesa del lenguaje ansiado por la hoja desnuda.

Con el tiempo, con el entrenamiento permanente, llegará a enterarse de cuál es la velocidad de su escritura en la página del día. Sabrá que no tiene veinticuatro velocidades como cualquier bicicleta de barrio, sino una como cualquier hijo de vecino. Sabrá que tal velocidad deberá resultarle suficiente para mantener su intención y el ofrecimiento de la bicicleta en relación conveniente a las subidas y bajadas de escritura.

Atacado por las ruedas el asfalto mantiene resistencia, la ejerce. Está hecho para eso. El biciviajero avanza sobre ese suelo de materiales rígidos y grises restando inquietudes y temores. Las dudas, que al comienzo del día le mostraban tan superior y le conferían toda ventaja posible a ese suelo inanimado, al final de la jornada, si el ciclista venció la dureza gramatical de la carretera, si estaba hecho para eso, sabrá que la suya, solo es una victoria pasajera, que mañana, otra vez, otro pavimento estará en su sitio intacto y sólido esperando su paso como una página en blanco espera a otra.

Así, el escritor se apura en restar el arduo, el pesado color blanco de la página vacía. Una palabra, dos, tres. Avanza un renglón, otro. Piensa en lo lejos, aún en lo más lejos, pero mira lo cerca, su página que es el suelo donde se desplaza. Respira. Avanza. La página está caliente como un pavimento, convertida en un continuo desgarrón de líneas negras que intentan construir un recorrido y un sentido. Logra siempre el recorrido que está hecho con esfuerzo corporal, enviones y pedales, ruedas y respiraciones adecuadas, pero no siempre el sentido que pertenece a una esencialidad no visible y más compleja que el esfuerzo de piernas y pulmones. Resta el escritor, al final de una jornada, todo el poder blanco del papel o la pantalla. Vence, con reteñido palabrear esa superioridad de página en blanco y solo para encontrarla de nuevo intacta y blanca en la carretera siguiente.

Y no abandonan, biciviajero y escritor, juntos o cada uno en su propia bicicleta, mantienen alerta su convicción de que lo único con honrada y categórica importancia es continuar. Aplicados a esa seguridad avanzan sobre sus destinadas superficies y así es que salvan la promesa de sus esfuerzos.

La bici es un idioma y tiene amplia y solvente normativa, por cierto, harto amigable, podría decirse cómplice. Ella concede, por ejemplo, ser pedaleada por alguien que desconoce todo de su mecánica, como decir de su gramática y que solo sabe conducirla sin perder el equilibrio y hacer las curvas y frenar. Un bisoño al que le hacen falta unas cuantas caídas sin cerrar por eso la posibilidad de otras caídas. La bici lo recibe en compañía. Va con él. Sabe que el camino mejorará las borraduras. Así permite un libro que un escritor lo saque de donde está, un cielo o tierra prometida o algo así.

Desconocer la solución de un pinchazo, que es un incidente corriente de la carretera, será como ignorar el proceso de búsqueda en un diccionario y desconocer los trucos que evitan el pinchazo, será como carecer de diccionario.

La cámara requiere cantidad determinada de aire. Se puede palpar con los dedos o medir exactamente con un manómetro. Si más, puede estallar, si menos avanzará en resentida y pesada marcha porque la falta de aire pesa tanto como el exceso de equipaje.

Pero no existe el manómetro literario aunque cada frase, cada párrafo tiene su medida conveniente de arte, su soplo adecuado de aire. Si el escritor no conoce o no percibe esas medidas de atmósfera y de aire en sus palabras, es fácil que los párrafos queden desinflados, expuestos al brinquito insano en la tela de la lectura, bien que al final, tropezando en el viento de las páginas y gracias a la promesa de la letra en el papel, puedan leerse sus párrafos desacostumbrados y de confuso camino.

El biciviajero empuja solo y en silencio por su renglón de carretera. No puede pedirle a otro que pedalee por él. Va desplegando cuidados desde el fondo de su cabeza hacia el pavimento. Va solo. Va muy atento. Va entregado a su doble empeño de pedalear mirando el suelo riguroso y a un lado y otro el paisaje que va encontrando y al mismo tiempo dejando. Todo fluyendo en un adiós inmediato. La velocidad, como “la experiencia, no se improvisa”, ni la suya de diez o menos kilómetros por hora.

El escritor también avanza solo. Va atareado, concentrado en su página. Su herramienta: lapicero o computador (una máquina de escribir traería mucho ruido a este párrafo) produce en silencio, así como las ruedas apenas zumbando producen la distancia. El texto que está juntando ya estaba provisto con harta señalización gramatical y deudas de lenguaje desde antes de empezarlo. Va muy cuidadoso de ellas que por oficio y propiedad le anuncian los acá, los allá, los más allá de su escritura. La página en blanco es un camino inédito. El escritor la recorre, se adueña de ella igual que el biciviajero de su kilómetro. Este debe respetar orillas, acatar señales y precisar esfuerzos en el renglón de muchos kilómetros que es la carretera. Riesgos no faltan y el ciclista no siempre logra esquivarlos. El escritor busca reconocer todas las llamadas y símbolos de su ejercicio, se prepara para eso, se entrega a la tarea, pero nada le garantiza que aquellas que reconozca las interprete y use con eficacia.

Es justo hablar del esfuerzo físico de ambos. Uno y otro resuelven sus ideales sentados y con no poco compromiso muscular, óseo y mental. El ciclista, de sus nalgas que centran fuerza y equilibrio; de sus piernas, brazos y espalda que impulsan, mantienen y dirigen su esfuerzo al desplazarse. No puede permitirse un metro de descuido. Este metro puede alzarse contra él en bastante menos que un segundo. El escritor asimismo estará comprometido con sus nalgas que lo soportarán sedente, como una fuerza muerta, durante horas y días de largo peregrinaje por la página. Deberá asumirse, reconciliarse con su espalda que soportará la gravedad de esa posición y con sus manos que lo atarán a la superficie blanca y leve de la hoja.

A veces una palabra o expresión quedan sonando en la pausa de un párrafo. Ya no hay contacto visual o acústico con las letras, pero la palabra sigue viva, sigue diciendo, rodando en la curvilínea carretera cerebral igual que al suspender el pedaleo, la bici continua en marcha “regalada”, rodando perfectamente equilibrada por el impulso de una energía en desarrollo y equivalente a la acumulada en el último pedalazo.

Sí, había unos cuantos parecidos entre la escritura y la bicicleta, aunque no necesariamente destinados a escuela de escritura, muchos parecen pertenecer a una categoría diferente, la de aprender a vivir, pero aquí no se trata de tan grave asunto, algo para cuya excelencia no es necesario irse de viaje en bicicleta o dedicarse a la escritura.

Se conocen tan poco esos parecidos porque son pocos los viajes que se cuentan o se escriben, son en verdad muy pocos, nada, vistos los millones de viajes que se hacen en el mundo. Si se contaran más o si la gente viajara más, habría mayor comprensión de ellos. Se les harían menores exigencias sin restarles méritos y lejanía. Los viajeros no tendrían que regresar héroes ni millonarios. Se verían más semejanzas entre montar en bici y escribir, que seguro hay muchas más. Por ahora, volviendo a la lista referida, bastará con agregar una diferencia. No es lo mismo caerse de una página que de una bicicleta. Aunque el peligro de una coma mal puesta pueda ser fatal, muy pocos habrán muerto por la falta, acaso alguno y eso en forma de metáfora, “muerto de vergüenza”, en cambio, serán tantos los que habrán muerto por mala aplicación de los frenos y muchos más por no aplicarlos. La preceptiva de las rutas es tan constante como la gramática en la página, pero menos indulgente. La largueza gramatical en la página es una ventaja para el escritor, pero no para sus personajes. Una coma puesta en lugar indebido empobrecerá a un rico o enfermará a un sano.

“Dadme una coma y moveré el mundo”, dirá alguien, y otro: “Dadme unos frenos y lo impediré”.

Coda: Después de conocer algunas similitudes entre el viaje de bicicleta y la escritura, entre una carretera y una página de papel, conocí dos frases de campeones de ciclismo que por su aporte y precisión para el caso no omitiré.

Un mito del ciclismo mundial, Fausto Coppi (cinco veces campeón del Giro de Italia, dos veces del Tour de Francia, etcétera), recomendó: “Montar en bicicleta. Montar en bicicleta. Montar en bicicleta”, cuando le preguntaron cómo se obtendrían mejores resultados del ciclismo de competición. Puesto que su frase tiene utilidad para toda pretensión humana, no deja de guardarla para el que quiera mejores resultados de su escritura: escribir, escribir, escribir.

Otra leyenda ciclística, Greg LeMond (tres veces campeón del Tour de Francia, dos veces campeón del mundo, etcétera), produjo una semejanza por oposición cuando respondió: “Nunca es más fácil, simplemente te vuelves más rápido”. Con la mayor comprensión de su oficio un escritor no siente que le sea más fácil ni más rápido, sino más preciso, más seguro y quizá, por aumento de cuidados, más lento.



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Bien de vereda

Bien de vereda

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Campesinos de ciudad Noviembre de 2023

Después de una noche fría, los rayos de sol asoman con debilidad blanquecina. Es casi el color de la niebla, que tiene ganas de asentarse un buen rato en las partes bajas de la montaña. El Mono Jaramillo, como le siguen llamando algunos paisanos al astro rey, tendrá una dura batalla: para que el cielo abra deberá disipar la neblina antes de las nueve, hora límite según el ojo campesino antes de que esta se abrace con las nubes. Pero soleado o no, el día en la vereda comienza un poco más temprano que en los barrios de la ciudad. Los gallos cantan antes de las cuatro, el rocío anida en tallos, hojas y frutos y la vida da sus primeros pasos a oscuras, cuando los pájaros están a punto de abandonar sus nidos y los perros se cansan de ladrar, al menos por un par de horas. El rugir de la bestia de cemento no se insinúa todavía, o llega muy tenue, con el motor de los buses y las motos que recorren las confusas márgenes de la ciudad rural y la selva urbana.

El campesino, la campesina, digamos que acompaña su desayuno con una aguapanela humeante que endulza cada rincón de la casa. Debe salir a trabajar con mínimo una hora de anticipación para poder detenerse a saludar a los paisanos que se encuentra en el camino. Algunos se desplazan a pie, en moto la mayoría, hacia el casco urbano o hacia fincas aledañas en la misma vereda. Otros, los más jóvenes, trabajan o estudian en la ciudad. Pero están por supuesto los que permanecen en el mismo paisaje, y son el paisaje mismo: sumergen sus manos, alargadas por las herramientas, en la tierra de las huertas, siembran, abonan, cosechan, empacan flores, renuevan el agua y el cuido de las gallinas ponedoras, ordeñan las vacas y se dedican a sus emprendimientos caseros y quehaceres cotidianos.

“Bueeeenas”, “Buenoooos dííías”, “Cómo le va, doña Margarita”. Hasta los conductores de chiveros, buses y colectivos veredales saludan y despiden a los pasajeros por su nombre. Saludar en la vereda es una costumbre intrínseca, arraigada, un hábito que trasciende la norma de urbanidad. Un deber. Ir por ahí, por la travesía, por el camino que acorta o por la carretera misma y no saludar incluso al desconocido que hace la ruta inversa o al que toma el sol en el corredor de su casa no es opción. No merecería siquiera el calificativo de forastero, más bien sí, el de grosero. A diferencia del barrio citadino, que ha crecido de forma desmesurada y caótica, la mayoría de la gente de la vereda se conoce entre sí y del nuevo siempre hay alguien que puede dar referencias: el jardinero, el que maneja el chivero, el que le vende los huevos.

Las relaciones en las veredas están mediadas por experiencias y sentimientos de solidaridad y unión. Muchos años atrás, cuando aún se veían despobladas y entre casa y casa se extendían “puras mangas”, los convites y las comitivas para trazar una carretera, construir la escuela, un acopio o el acueducto sembraron una vecindad sólida que todavía hoy se beneficia de esos lazos y de esa fuerza en la hermandad. Nada fortalece tanto los vínculos como crecer y superar juntos los obstáculos. Y en esto juega su papel la religiosidad, cada vez más abandonada en la urbe. En la vereda los ritos católicos mantienen aceitada su feligresía e intacto el poder de convocatoria. Muy importantes son las citas para hacer parte de las estaciones del Viacrucis del Viernes Santo y para el tradicional altar de San Isidro, en el que el campesino se enorgullece de participar con un atado de cebolla junca, una canasta de huevos, igual que con un buen ejemplar porcino; así aporta con su trabajo a recoger recursos para la parroquia.

En la ciudad la vecindad tiende a despersonalizarse, no sabemos del todo quién es quién, todo ocurre de una manera más egoísta y la arquitectura tiene mucho que ver: se han levantado edificios altos, anchos, repletos de apartamentos, y puede que conozcamos al que habita el nido del frente o el del lado o el de arriba, pero desconocemos el resto de la colmena. Especialmente en los estratos medio altos y altos. No hay interacción más allá de un incómodo encuentro en un ascensor o un cruce rápido en la portería. En la vereda en cambio se respira, o es más evidente, el afecto comunitario, el interés por el otro, el reconocimiento de que el bienestar de uno redunda en el de todos, me atrevo a decir: la propiedad colectiva. Día a día, en pequeñas ferias, ventas de “garaje” y eventos organizados entre los mismos campesinos, se intercambian saberes y conocimientos, alimentos, plántulas, semillas, ropa. Es habitual que la pala de alguien haya que buscarla en la casa de otro vecino, o el machete, o la carreta, hasta los remedios para las mascotas rotan de mano en mano, de casa en casa, de perro en perro.

Entrada la mañana, cuando niños y niñas ya están en la escuela, cierta calma se toma el ambiente. Y no es una calma que tenga que ver con la ausencia de bullicio o de juegos de calle, sino con el poder de la rutina. En la vereda esta se hace más palpable porque la vida transcurre a baja velocidad, a un ritmo más cercano a la música de carrilera o al tango que al reguetón o al vallenato, sin que esto quiera decir que estas músicas no se escuchen, por el contrario, quizá son las más sonadas. Pero decía que la rutina marcha a otra velocidad en la vereda. No hay semáforos, no hay competencia de buses, no hay bocinas, no estamos ante un epicentro de almacenes y oficinas y peatones afanados. Si uno mira a su alrededor, la geografía parece decir que no está pasando nada más allá que ella, pero en cada finca, en cada casa, en cada corral, en cada potrero, en cada huerta, cada quien ejecuta sus labores, hay un mundo ocurriendo.

A propósito, recuerdo una frase de Germán Arciniegas en alguna de sus crónicas: “El día para nosotros no es sino una colección de acciones aprendidas, que repetimos en un orden invariable”. Pocas cosas alteran la rutina salvo los grandes acontecimientos veredales: el camión visitante que al no conocer las vías se encuneta, la quebrada que se desborda después del aguacero, la muerte de un vecino, el acueducto que deja de funcionar, la vaca que se rueda por una loma y que entre varios hay que rescatar, un deslizamiento de tierra que tapona la carretera o sepulta una casa; la acción colectiva es tantas veces lo único, y lo más rápido, que se tiene a la mano.

Las vías siempre se están transitando, es decir, siempre hay alguien que sube empinados trayectos, alguien que baja por el cascajo suelto de la carretera, un jinete con tanques de leche en la grupa de la yegua, una moto con una pipeta de gas en la parrilla, dos carros encontrados, alguno debe echar reversa, buscar la comba en la estrechez para que cada quien pueda continuar su camino. A diferencia de cualquier sector urbano, trazado por transversales, circulares, calles de la A a la Z, en la vereda es difícil perderse. Por la misma vía que llegas, sales, y todos conocen los referentes: la finca de Carlos Mario, la casa de doña Olga, el ordeñadero de Orlando, la huerta de Gloria, la caseta de Lina, la moto de Mateo, los gallineros de Jeison, la peluquería de doña Alba.

Los sitios de encuentro también son generalizados y sirven a toda la comunidad. A veces, los definen los accidentes geográficos: “Nos vemos en el charco”, “En el alto”, “En la piedra”, “En el morro”. A veces, las construcciones: “Ahí en el puente”, “En la torre”, “En la placa polideportiva”, “En la cancha”. Y esto me lleva a pensar que en la vereda las cosas suplen otras necesidades para las que fueron creadas, es decir, la escuela enseña, pero también es sitio de reunión sin que implique la presencia de niños; el bebedero del ganado es también bañera del afrechero y recolector de aguas lluvias; la carretera además es acera, camino de bestias, pista de baile.

La fiesta en la vereda, sea un cumpleaños, un bautizo o una boda, involucra a todos sus habitantes, la música escala por las trochas y se amplifica, rebota en las colinas, retumba en cada casa, se pasea por las esquinas de tierra y barro y se mete a las cafeterías, tiendas, billares, negocios todos de confianza. Tanta confianza, que al borracho, después de la bebeta o en una pausa, lo llevan hasta la casa para que no ponga problema, o antes de que sea demasiado tarde lo mandan en algún carro que pase. La cuenta se puede saldar al día siguiente con el ardor del guayabo.

En la ciudad los servicios están en manos de grandes empresas; abrir el grifo para obtener agua, sacar la basura, tomar un bus en la calle son acciones que se ejecutan sin pensarse, están arraigadas en la conciencia cotidiana. En la vereda en cambio muchas veces son los habitantes mismos quienes deben hacer que los servicios funcionen, mantener las cunetas y los bordes de la carretera, podar árboles y arbustos, gestionar parte de los residuos, encontrar el mejor punto para la señal del celular, reconectar mangueras, limpiar tanques, empatar cables, enmendar tubos, pegar tablas. El trabajo y el mantenimiento que supone vivir en zona rural, lejos muchas veces de ferreterías y depósitos, hace que cualquier trozo de madera, pedazo de tubo, de cuerda, un tarro, dos varillas sean susceptibles de servir para hacer algún futuro arreglo en la finca, en la casa, en los potreros, en la huerta, en el corral, en los sistemas improvisados para el riego. Dice la maldición, y también el campesino, que si se descarta alguno de esos objetos, pronto habrá de necesitarse para solucionar lo inesperado.

Pero de todos los objetos y artefactos, el más cotizado en el campo es el estacón. La estaca. Se trata de un palo de madera, casi siempre rústico, de corte cuadrangular, raras veces circular, de un metro cincuenta de alto en promedio, diez centímetros de grosor, obtenido de algún árbol caído en tempestad. Quiero ser romántico. También puede ser que talen uno para estos fines o los compren ya cortados por alguna fugaz o improvisada empresa maderera. Los estacones son los encargados de mantener bien delimitados los linderos; porque, por supuesto, no todo es paradisiaca conciencia colectiva, estamos hablando de humanos en un sistema capitalista. Así que: estacas cada dos o tres metros con dos o tres líneas de alambre grueso o de púas para dejar claro cuál es mi terreno. Si hay algo que se cuida con recelo, y para evitar problemas, aunque nunca faltan, son los linderos: nadie quiere ceder un centímetro, pero si la disputa se presenta con seguridad habrá machete, corregidor o uniformado. Cuando nos roban tierra nos roban un poco de nosotros mismos, del trabajo hecho, de la historia propia. Entonces cada tres, cuatro, cinco años, dependiendo de la podredumbre de la madera, hay que reemplazar los estacones y esto significa recorrer los linderos, reafirmarse en la tierra.

Si la ciudad heredó la costumbre campesina de barrer y trapear todos los santos días, a causa del polvorín y el tierrero, más comunes en zonas rurales, en el campo y en la vereda esta actividad de limpieza excesiva se extiende al jardín y su constante embellecimiento. No hay jardines y paisajes más bonitos que los de las periferias y esa es una labor de todos los días y de las buenas manos; podar arbustos y plantas, deshijar, sacar esquejes, conseguir nuevas especies, sembrar, rastrillar hojas secas, cortar el césped. Y aquí es cuando puedo hablar de los efectos sonoros de la vereda y su ruido primordial: el motor de guadaña. En toda vereda que se respete siempre habrá en escena una guadaña funcionando, muy cerca, muy lejos o a una distancia y en algún lugar imposibles de identificar. Igual que los ladridos de los perros, omnipresentes, sorpresivos, de jauría, de can solitario, de can asustado o en celo. Muchos nuevos habitantes de las veredas de Medellín llegan buscando los sonidos del campo, el quiquiriquí del gallo, el canto de sirirís y golondrinas, el agua que corre en el fondo del bosque, pero estas zonas cada vez importan más otro tipo de sonidos, motorizados, metalizados, máquinas de ordeño, camiones, bafles con cobertura vecinal. Es como si el murmullo de la ciudad fuera cada vez más envolvente y voraz, como si quisiera engullirlo todo para que todo suene como ella.

Un campesino del corregimiento de San Cristóbal me dijo hace poco que los nietos de los abuelos que fundaron las veredas y luego se fueron a hacer vida en la ciudad están regresando al campo. Ya no a abrir trocha ni con hachas, por supuesto, sino con autos y cámaras de vigilancia, a buscar lo que ellos llaman una vida más tranquila. Y, según el campesino, hay un choque cultural. La sencillez del que vive y trabaja con la tierra contra la altivez del citadino. Ya no todos se saludan. En las veredas no solo se empiezan a sentir los rugidos sino también los efluvios y vapores de la urbe. “Estamos en vía de extinción”, me dijo nostálgico el hombre al despedirse.

Si cuando se originaron los barrios de Medellín se podía respirar la dinámica rural, porque la inmigración inmediata provenía del campo, con el crecimiento y la superpoblación estas dinámicas se difuminaron un poco: íbamos tras los pasos de una gran metrópoli. Sin embargo, todavía en los barrios populares, en el centro, en las cuadras de la clase media se puede sentir en el habla y en las maneras y costumbres esa herencia campesina. En contraste, la vereda tiende hoy a parecerse al barrio; basta con darle una mirada al paisaje de la vereda El Manzanillo, en el corregimiento de Altavista, para notar ese ímpetu de tirar plancha, convertir la casa de un piso en un edificio de tres, hacer banqueo para construir. Lo que llaman progresar. Por suerte, porfía y resistencia, persisten las veredas aisladas por la geografía donde es más difícil entrar el ladrillo y el cemento, donde la tierra sigue absorbiendo agua y floreciendo, donde tal vez esté a salvo nuestro pasado, nuestro origen.

En la vereda, adonde llega primero el cansancio que la noche, suele aparecer cada tanto un gato que llora, un foráneo que no se sabe de dónde viene. Llora con lamento, en su lenguaje gatuno de vocales fantasmagóricas. Las gatas esterilizadas lo miran con extrañeza, los gatos castrados se erizan con algo de temor. Expele un olor que las mascotas no conocen, una hormona que no tienen cómo descifrar. Las noches se inundan con el llanto del nuevo habitante, un llanto doloroso, un quejido como de bebé diabólico, un ruego para que sea recibido, alimentado, aunque los campesinos con más experiencia dicen que está buscando gata, quiere aparearse, “Tiene mal de vereda”. Entonces los celosos gatos defienden su territorio y las peleas interrumpen el conticinio. A esa hora, e incluso más temprano, desde que empieza a anochecer, las luces brillan luminosas en el firmamento y aún se puede contemplar un cielo estrellado, ese que cada vez escasea más en la ciudad iluminada.

*El libro Campesinos de ciudad fue publicado en 2023 con el apoyo de la Alcaldía de Medellín y la FAO. Puede verlo completo aquí.


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Y fuimos como si el desierto floreciera

Y fuimos como si el desierto floreciera

por EDUARDO ESCOBAR • Fotografías del Archivo fotográfico BPP


El Poder de la Cultura* Diciembre de 2020

Teatro Junín. Fotografía de Jorge Obando, 1926.

Si odiara a Medellín por todo lo que me hizo sufrir con sus insidias y sus acosos, tanto como debiera odiarla por lo que no me dejó hacer con sus flacas bellezas y mis debilidades y mis sueños pertinaces, y si mi vocación fuera la crueldad del humanismo bolchevique o del nacionalista nazi, diría para vengarme, desprestigiándola, que el primer indicio que la muy mezquina pudo ofrecerme de la alta cultura laica, la que florecía más allá de la imaginería del culto, los cantos de iglesia y los himnos de los patios de los colegios, ocurrió una mañana de junio. Entonces me presentó el espectáculo melancólico de unos deprimidos artistas españoles echados del Hotel Europa a la calle, por falta de pago, supongo. Me impresionaron tanto esos fieles del culto de Calíope, Melpómene y Euterpe, que aún tengo fresco el recuerdo como una mancha en mi inocencia. El grupo de desconsolados de ambos sexos, arrojados ahí, como hubiera dicho Jean Paul Sartre, como piedras, como escupitajos, como basuras en plena vía, figuraban la alegoría del abandono. Todos con la misma cara de circunstancia, sentados en el andén sobre baúles que recordaban los sarcófagos, el puño en el mentón, o de pie mirándose las puntas de los zapatos, el rictus de la tragedia en las comisuras, o fumando un cigarrillo como si no pasara nada.

Recuerdo que el silencio circundante se podía cortar con cuchillo. Y recuerdo que una joven, de moña mustia, fuera del eje a esa hora temprana del día, se quedó mirándome mientras le acariciaba la cabeza a un hombre de pelo dorado, corbatín y esclava de plata. El silencio entre los tres parecía un abismo. Otra le daba vueltas a una sortija de boda que debía saber de casas de empeño. Y había dos que me impresionaron sobremanera: una muy vieja para andar en esos litigios con tantas arrugas maquilladas, y la otra, demasiado joven para la desgracia que le estaba tocando vivir. Eran con mucha probabilidad las encargadas de los servicios menudos de la tropa, la pega de botones, las aguas de tilo, el pago de los impuestos en la municipalidad, el envío del correo. Ayudadas por un adolescente enano que tenía todos los aires del consueta, se empeñaban en mantener dentro de un huacal de tablas oscuras y sueltas, enredos de pelucas, campanillas ensartadas en cordones de raso, un zapato rojo muy gastado, los flecos de un mantón mordisqueado por unos ratones que debían haber abandonado el barco porque no parecían por parte alguna, hirsutas peinetas de carey, castañuelas y otro montón de cosas de esas que suelen trastear entre sus corotos los artistas trashumantes en todo el mundo.

Olía a tristeza animal, a resignación, a sudor de escenario, a trapos al sol. El hotel, una edificación incalificable, art déco con reminiscencias rococó, según mi memoria de ahora, estaba situado, simbólicamente, en el mismo lugar donde hoy se yergue todavía victorioso, hasta que Dios quiera o algún talibán despistado lo permita, el emblemático edificio de la aguja de Coltejer, celebración de unos tiempos cuando Medellín aún cosía, no habían soltado el tigre de la China industrializada y los Echavarría todavía eran ricos. En ese lugar, cinco años más tarde, o siete, el pormenor no importa, le dieron un premio a León de Greiff, espantado de la parroquia a Bogotá en tiempos del general Uribe Uribe, para remediarle ese estado del alma que él mismo nombró como la simplatía. Y allí abrió, según mi memoria que sigue siendo buena, pero a veces adorna y desadorna, la Bienal de Coltejer. Muestra del gran arte moderno. Dirigida por un odontólogo narigudo del Opus, llamado Leonel Estrada. Pero estábamos en otro asunto más triste.

En silencio se miraban los unos a los otros con ojos vacíos, como se miran los actores cuando el absurdo les hace perder el rumbo del drama y se les embolata el parlamento y solo esperan que se abra la tierra y se los trague. Una nube de paso se detuvo sobre una ceiba florecida de orquídeas en la avenida. Un par de policías famélicos de uniformes verdes escurridos contemplaban la patética comparsa, azotando sus palos en las palmas de las manos izquierdas. Unas palomas indiferentes al drama hubieran picoteado en el pavimento. Pero no había palomas. Entonces la carrera Junín no era peatonal todavía, no la habían enlosado con los productos de los hornos de los Olarte cuando uno de sus primos fue nombrado gobernador.

Los periódicos del otro día dieron la noticia con pormenores, registraron los nombres de los artistas principales del reparto y contaron la historia del grupo cómico-musical. Así supe que no era la primera compañía de zarzuelas que cerraba una carrera de éxitos en Medellín, después de cosechar aplausos y vítores por las islas del Caribe, las capitales centroamericanas desde México a Panamá y los más exigentes escenarios de la América del sur entre Manaos y Buenos Aires, según el programa de mano que ilustraba la crónica. Por obra y gracia de los desahucios de sus implacables hoteleros, con quienes debería estar agradecida, se enriqueció la radio en Medellín, el radioteatro y los programas de variedades, gracias al aporte de esos genios varados. A veces se quedaban a vivir por pura terquedad o por alguna torcida inclinación sadomasoquista, en esa ciudad que cifraba todo su orgullo en los valores del trabajo práctico, las actividades industriales y financieras y las virtudes superiores del acero comparadas con los pobres, inútiles y rancios intangibles del espíritu, que sirven de alimento a la esperanza.

Fernando González. Fotografía de Gabriel Carvajal, 1949.

Al fin se morían de viejos. Me acuerdo. Cobijados por la discreta admiración de sus habitantes, que tal vez, pensando mal, disfrazaba la lástima que debía inspirar la pátina de pobres perpetuos, sus boinas desmayadas sobre la calvicie y sus corbatines bohemios. Se les veía merodear por La Voz de Antioquia en la calle Maracaibo, cerca de los estudios de RCN en los bordes de la Estación Villa, por los lados de la plazuela donde funcionaba la emisora Nutibara, que a veces pasaba melodramas al mediodía. En busca de un almuerzo de gorra, trastabillando por las cantinas de la bohemia precaria las noches de los viernes, revueltos con los serenateros y las putas de calle, recitando versos de andaluces, parados sobre un charco de vómito, con ínfulas en la pronunciación y muchos ademanes y unas pausas largas, largas, para mantener el suspenso del irrespetable público de los amaneceres municipales. Recuerdo al viejo polaco alcohólico que me hablaba de sus trabajos con Stravinski, de su amistad con Cantinflas, de su pasado glorioso en París. Desprendido de alguna de esas comparsas fracasadas. Irradiaba una gran dignidad de su indigencia. Al fin se regeneró. Y lo encargaron de un grupo de teatro de muchachos descarriados financiado por la alcaldía. Pero antes debió arrastrarse muchos años el pobre hombre por las avenidillas del Parque de Bolívar. Antes de recobrarse y de pasearse ante mí, orgulloso y triunfante, con su chompa de raso y la enhiesta pajarilla recién comprada, en la entrada de la alcaldía. Junto a la cual todavía no hacían guardia los volúmenes mudos de Fernando Botero.

Ahora mientras escribo, tragándome estas lágrimas virtuales, puedo comprender mejor la desesperación de mis padres cuando descubrieron que yo estaba escribiendo poemas. Envejecieron diez años de sopetón. Ellos pensaban que iba a completar la desgracia de elegir un mal oficio, que más parecía un maleficio, con la manía de hacerles odas a los semáforos recién instalados, pintados de amarillo, y a los aviones grises que salían del aeropuerto cercano que reemplazó el que había sido preparado para la incineración de Carlos Gardel. Habiendo mariposas y sinsontes, y tantas flores para rimar, y el cielo de un azul terso y tibio, los nadaístas hablábamos en los poemas de los cigarrillos norteamericanos que nos gustaban. Que poco a poco desplazaban los amargos picadillos de los Pielroja y los Dandy y los Excelsior de cajetilla azul. En sus charlas íntimas sobre la gravedad de mi asunto, cuando trataban mi caso y no estaban tratando de hacerme otro hermanito, mis padres debieron preguntarse a quién se le pasaba por la cabeza publicar esas cosas en los periódicos avergonzando a la familia. Y me pusieron en manos de un siquiatra de una congregación mariana, de piel alabastrina, chivera y una virgen de porcelana en una repisa del consultorio. Este me recetó una temporada en el reformatorio de los terciarios capuchinos en Fontidueño por donde ya habían pasado Dariolemos y Humberto Navarro, por causas parecidas. Allá me ayudarían a ajustar el carácter y me apartarían de los versos hacia la mecánica automotriz o la carpintería, dijo el doctor Robledo, o debió decir el que fue director del hospital mental mucho más tarde, antes de que Dariolemos lo convirtiera en su palacio de invierno bajo la protección del doctor Darío Díez.

Cuando volví a la casa paterna después del encierro, una noche de noviembre, o de mayo, a todos nos da lo mismo el nombre de los meses, encontré a todas las monjas de la parentela revoloteando sobre mis cosas, asperjando mi cama con aguas de San Ignacio, prendiendo medallas y añusdeis en las entretelas de mis chaquetas recién compradas, porque me habían aperado el ropero y conseguido un trabajo de negro en la oficina de un usurero, con la ilusión declarada de que la dicha de la primera quincena indujera en mí el desprecio por lo que llamaron mis veleidades intelectuales. Esa era la lógica en los barrios del mundo. Solo había que cebar el bolsillo del disidente para curarlo de heterodoxias y para que se animara a emplear sus manos y su mente en mejores cosas que los errores demasiado notorios de la retórica convertida en oficio. Ahí estaba el ejemplo de Barba Jacob, para probar los males de esos caminos. Ahí estaba Epifanio Mejía, tan dulce y bueno y confundido. Pero la cosa no funcionó conmigo. La verdad sea dicha.

Por todo eso, siempre que me preguntan por la vida cultural en Medellín mediando el siglo pasado, por eso que llaman las actividades artísticas, en la ya entonces llamada ciudad industrial de Colombia, después de la caída de la dictablanda del general Rojas Pinilla, en los albores del frente nacional que intentó curar las heridas del sombrío período de la violencia liberalconservadora, no sé si acudir a la palabra desierto o a la palabra limbo para describirla. En todo caso, sé que esos años fueron el umbral hacia otras cosas, hacia otros mundos en germen todavía. Y que comenzó la desdemonización de la marihuana que poco a poco dejó de ser la yerba maldita para sacralizarse en panacea. Y entonces aparecieron los nadaístas con sus disfraces, sus pipas envenenadas de media vara, bien cargadas, las greñas de bohemios, las caras de inopes, de miopes, de mal dormidos, gorras ladeadas, libros en el sobaco. Como anuncio impreciso de un relevo de sueños.

Gonzalo Arango. Fotografía de León Ruiz, 1970.

Entonces la única biblioteca pública era la recién fundada Piloto que abría con el patrocinio de la Unesco en una casa vieja de dos patios en la avenida La Playa. La Playa, así llamada no para aludir al mar lejano, al mar no visto del poeta Francisco de Asís Bogislao, sino en recuerdo de la quebrada que corre, o corría, por el subsuelo, empaquetada en tubos de concreto hacia el río densoscuro, donde ya habían dejado de venir los patos canadienses según contaba el Negro Billy, el cantante, bajo profundo, del grupo. El río, dijo un poeta de los contornos de Envigado, partía la ciudad en dos tajos de hierba. En su juventud, me acuerdo yo, el tren aún corría por la orilla del río, gritando.

La biblioteca tenía las cerraduras de color mantequilla. Las ventanas eran altas, celadas. El director Arroyave tenía una motocicleta más poderosa que una enciclopedia, más silenciosa que un libro cerrado, que el vuelo del búho, reluciente como la letra capital de un devocionario de rey húngaro. En el patio trasero estaba la sala de música, espacio cubierto por una marquesina de hierro, donde se podían escuchar discos de música clásica, Beethoven y Dvorak, Bonporti y Vivaldi, sin que molestaran los pájaros de las ceibas de afuera. Una novedad. El villorrio comenzaba a hacerle fieros de urbe al futuro. El villorrio cuyas únicas músicas vivas habían sido hasta entonces las serenatas que les llevaban los novios borrachos a las muchachas con tiplistas contratados en los restaurantes y las cantinas de la avenida Primero de Mayo frente al Teatro Avenida, especializado en las películas de la Metro-Goldwyn-Mayer. En la esquina opuesta a la casa republicana funcionaba, complementando el pequeño milagro, el instituto de bellas artes, un cubo de un rosa demacrado por fuera, corroído por las bacterias del estuco, y por dentro un antro sombrío, de ventanas avaras, donde las niñas bien estudiaban solfeo, para ser pianistas y cantatrices, o aprendían a pintar montañas a la acuarela mientras les llegaba la hora de casarse con un muchacho deformado en el colegio de los jesuitas o en el de los hermanos cristianos, convencido de las dos únicas cosas imprescindibles para vivir en el lugar, en paz y sin contradicciones: que Dios existe y que hay que enriquecerse para honrar a la raza. La raza era una palabra muy traída y llevada en los discursos de los alcaldes a la hora de inaugurar una glorieta, que ya empezaban a proliferar, o en la exhibición anual de vacas de concurso, de ubres beneméritas, y de caballos que caminaban como si bailaran bambucos y que al otro día aparecían en las páginas sociales de los periódicos con su nombre, Casquivana, o Emperador, junto al registro de los nacimientos de los hijos de los comerciantes ricos y de las bodas de dedo parado y la lista de las películas prohibidas para todo católico. En el instituto crecía Teresita Gómez, la pianista. Pero nadie sabía de esa niña milagrosa que asistía a las clases de piano acurrucada detrás de una cortina roja.

Había media docena de librerías: la Editorial Difusión vendía libros mexicanos y argentinos, cosas de Julio Verne y Emilio Salgari y cursos de inglés; la Continental también vendía lápices y borradores y cuadernos y papel mantequilla, mezclados con las biblias de lujo y los textos de mitología; la Nueva la manejaba el hermano astigmático de un clérigo, erudito a la violeta para decirlo a la antigua. En la Científica, en la calle Boyacá, cerca del Parque de Berrío, especializada en libros de medicina, ofrecían a veces entre los manuales de primeros auxilios y los tratados de cirugía y herbolaria y homeopatía, y sobre las virtudes terapéuticas del limón y del ajo, libros de Antonin Artaud, pero no por incongruencia del encargado de los pedidos sino por el intenso contacto que tuvo con los siquiatras el lamentable poeta francés. En la Continental hacían tertulias. Gonzalo Arango intentó integrarse a la tenida de sabios relativos que convocaba Bustamante. Pero le hicieron el cajón. ¿Quiénes? El bueno de Bernardino, el director del coro de la normal de señoritas, y el director de orquesta chileno sin orquesta porque la única orquesta era la banda sinfónica de la Universidad de Antioquia que dirigió hasta que me fui del lindo erial un maestro húngaro pícnico, calvo y rubicundo, de mejillas vibrantes y tersas como culo de recién nacido. Alcohólico de andar tembleque, a veces iba hablando solo bajo la lluvia con el sombrero en la mano. Los chismosos le endilgaban el rasgo de un refinamiento secreto: el gusto por las lolitas, por las muchachas en sazón. Pero la ciudad todavía se parecía mucho a la de León de Greiff: chismes, catolicismo y una total inopia en los cerebros. No había llegado la novela inmortal de Nabokov a las librerías mucho más castas, ni siquiera a la Horizonte del cojo Federico Ospina, liberal de la escuela del Indio Uribe. Porque la Horizonte solo abrirá la semana entrante. O mejor dicho, dos párrafos más abajo.

Gonzalo no tenía la ropa adecuada para la cofradía burguesa de la Continental, ni siquiera tenía una corbata seria, y ya estaba dejando de peinarse. Además fumaba como un demonio loco y el espacio era estrecho y sin ventilación suficiente. Y quedó por fuera de la sociedad de eruditos el hijo del telegrafista conservador llamado Paco. Para ajustar, todo se sabe en la aldea, a veces se le veía coger el rumbo de Guayaquil, el barrio de los perdidos, a gastarse la plata que le regalaba Alberto Aguirre para que se desahogara con una ramerita del baratillo de la carne viva. Otros, cuando se atrevían a darle un respiro a la rigidez moral y a las convenciones del catolicismo, cometían sus pecados carnales en los prostíbulos de postín de Lovaina, los mismos que le sirvieron a Fernando Botero cuando abandonó al arzobispado de quinientos mil habitantes, para las fantasías de su circo de cinco pistas que lo hicieron rico y famoso. Antes de partir, Botero le confesó a Gonzalo Arango que él solo ambicionaba conseguir el dinero suficiente para comprar una tienda en Sonsón, contratar un dependiente honrado y encerrarse a pintar en la trastienda. También se soñaba en la esterilidad del ambiente. Y los sueños a veces se quedan cortos. Botero prometió volver. Y volvió. Y compró una casa cerca del Sonsón del sueño de tendero. Pero se la atracaron y quemaron. Y Botero Angulo retomó las de Villadiego.

Es posible que el autoproclamado profeta de la nueva oscuridad haya tendido el cebo del nadaísmo para tener con quien soñar y conversar sobre todos esos libros que había leído como secretario de la biblioteca de la Universidad de Antioquia, cargo que le concedía el privilegio de las llaves del infierno de los libros prohibidos, confinados en un cuarto reservado, bajo tres cerraduras, para salvarlos de las pesquisas de los agentes del arzobispado. Decían que la curia incursionaba en la Piloto de semestre en semestre para purgarla de los libros impertinentes que podían poner en peligro la pureza de la fe. Pero también es posible que Alberto Aguirre, que lo protegía como a un hermano menor, en su fuero interno, porque de dientes para afuera lo denigraba siempre que podía, comprara la librería Horizonte, frente al teatro Ópera, donde comenzó a heder el nadaísmo en la turbia normalidad, para que Gonzalo tuviera su propia tertulia. Si no me engaño con un falso recuerdo, ahí en el Ópera, Santiago García y Fausto Cabrera montaron la primera obra de teatro de Gonzalo Arango, HK 111. Yo fui al estreno disfrazado con un abrigo de paño inglés que Laureano Gómez le había regalado a mi padre. Era como llevar un sauna puesto.

Festival de Ancón. Fotografía de Horacio Gil, 1971.

Y para qué librerías en esa pobreza de todos los que nos acercamos por afinidad electiva al aullido solitario del profeta. Asomarse a las vitrinas de las librerías era someterse a una variante del clásico suplicio de Tántalo. No tuvimos otro remedio que convertirnos en ladrones cebados. Robábamos los libros a manos llenas sacándolos bajo las camisas, de la librería de Bustamante, de la Marín, o de la misma biblioteca Piloto, por piedad, para poner los mejores a salvo de la purga canónica. Resueltos a perder la virginidad intelectual como fuera, la falsa inocencia, cuyo otro nombre es ignorancia, a la que nos habían acostumbrado los colegios confesionales a los que nos condenaron. Academias regidas por sonetistas profesionales, por autores de tratados de ortografía con cara de quijote, arqueólogos frustrados que a veces publicaban en el suplemento de El Colombiano sus hallazgos cerámicos, sus lamentos de amor. El Colombiano fue siempre el principal diario de la aldea en plan de volverse otra cosa, y entre sus informaciones incluía en ocasiones, junto a la lista de las películas prohibidas para todo católico y las notas sociales donde hasta se contaba de la vida social de los caballos y las vacas, apartes de alguna homilía del director de la Hora Católica, la Horca Católica, la llamó un nadaísta, el espacio radial de más prestigio en el dial, descontando las chambonerías de Montecristo, entre el humor y la tragedia de lo meramente vulgar, y el noticiero meridiano de Martinete, un señor que hacía política barata y clamaba por las loras perdidas y las carteras olvidadas en los taxis. Alguien definió a Medellín como un paraíso sin serpiente. Pero tenía arzobispo. Que ya es algo.

Lo más triste no era la banalidad del bien. Lo peor era que a veces uno creía que era feliz porque el cielo era azul y las muchachas eran bellas y perfumaban las orquídeas y corrían por la calle Junín las motas de los balsos del Parque de Bolívar. Y a veces uno hasta pensaba que estaba viviendo cuando solo agonizábamos entre unas montañas. Fernando González decía que en Medellín los muchachos nacían muertos porque nacían para estudiar, estudiaban para trabajar, trabajaban para casarse y se casaban para morirse. Galerías de arte, ni una sola: a veces un viejo pintor, maestro en el instituto de bellas artes, mostraba sus cuadros en el Club Unión, pero se los hacían descolgar cuando colaba en la selección un desnudo demasiado ambicioso. Conciertos, de cuando en cuando daban alguno en el teatro Lido, a cargo de un maestro norteamericano o un ruso asilado en los Estados Unidos o el grupo de música antigua de Álvaro Villa, mártir del bien y la belleza, y Gustavo Lalinde. Pero la boletería costaba un ojo de la cara. Los del montón como nosotros debíamos contentarnos con la retreta dominical de la banda de la universidad. Las ediciones de poesía estaban limitadas a los cuadernos Horizonte, que publicaba cuando era posible y tenía ganas Federico Ospina. Ospina nos dio a probar contra los hartazgos románticos de Gutiérrez González de las clases del colegio, migajas de la poesía de De Greiff, otro escapado de la ciudad, como al fin y al cabo tuvimos que hacer nosotros para salvarnos de la muerte por aburrimiento.

De año en año venía al teatro Lido la señora Berta Singerman, una declamadora argentina vestida de velos, seguida por un cortejo de suspiros, arrastrando erres por los escenarios, las sombras blancas de la noche bogotana de Silva, alargando las sílabas como si se fuera a desmayar, y arreaba los camellos de Guillermo Valencia por esos desiertos temblorosos de una Nubia ideal con neblinas de Popayán y repetía las canciones marihuanas de Barba. Nunca asistí a los recitales de la Singerman, pero la vi muchas veces en la televisión que comenzó a encender sus grises hogueras en todas partes, como parte del lento proceso democratizador del arte. Qué amargura.

El mundo es como es. Imprevisible. Debajo de la postración aparente, fermentaba lo otro, lo inesperado esperado. La descortesía hacia lo demasiado bien puesto, el descontento de la normalidad, el malestar frente a los engaños metafísicos y la ausencia de estímulos. La ira, de la cual era símbolo Fernando González en el ostracismo de Otraparte, aunque él ya estaba digiriéndose a otra dimensión más allá de la conciencia del grande hombre incomprendido, que retrató en El maestro de escuela, uno de los libros más tristes del mundo. Y que explica estas notas sobre el lugar que representaba el intelectual libre y lo que debía tributar en miserias la conciencia crítica en Medellín mediando el siglo XX.

Por eso cuando el escritor envigadeño supo que existíamos nos invitó a su casa. Él había enfrentado solo la esterilidad medioambiental, la defensa del libre examen; nosotros éramos pandilla. De escándalo en escándalo nos fuimos haciendo entender. Y el establecimiento en consecuencia nos hizo huéspedes de sus cárceles, sus reformatorios y sus manicomios, y nos puso en el velador. Desde aquí contemplo unas imágenes cuyos perfiles no pude discernir entonces como un vaticinio, como un aliciente de un futuro mejor. Debajo de la agonía, la vida empujaba, pugnaba por manifestarse. En lo masivo de la inercia general fulguraban algunas individualidades contra todo. Elaborando lo suyo, en la maraña de lo pragmático, transfiguraban la banalidad del mal en alma y el estupor en aventura. En la aparente escasez, mientras los borrachos repetían los poemas de Jorge Robledo Ortiz a los abuelos, modernismo de repostería, y los poetas de la burocracia oficial coronaban reinas de feria y publicaban epitalamios de frígidos que a veces paraban en pasillos, y los místicos de misa dominical y prostíbulo de viernes celebraban sus contriciones en versos cantarinos, pervirtiendo la mística en espectáculo, se preparaba un tiempo de versos rotos, el de nuestros vicios públicos y los manifiestos podridos y las camisas rojas y los sacrilegios. A veces íbamos al cineclub, Aguirre nos daba entrada franca, sabedor del estado famélico de nuestros bolsillos. Allí ensayamos las primeras películas de Fellini, prohibidas por inconvenientes por el pastor vaticano cuyo palacio blanco dominaba una esquina en la avenida La Playa.

Fernando González, consolado en su soledad por unos contados amigos, era invisible todavía. Era invisible Débora Arango, su vecina, y eran invisibles sus monstruos y miserias amotinadas, educados en escuelas mexicanas; de ellos apenas se hablaba como de un tabú. En la montaña de los caminos que suben a Las Palmas, un pintor bogotano reproducía pacientemente la misteriosa simplicidad del mundo. Se firmaba Mefisto. Era un maestro del secreto. Y había ese hombre largo y rubio que todas las noches iba a sentarse en el Metropol a escribir un libro, ausente, embebido en su tarea hasta el amanecer. Cuando comenzaba a despuntar el sol, recogía las hojas de su fárrago y quién sabe lo que iba pensando mientras sonreía al salir. Me hubiera gustado hablar con Roberto Juarróz, que por ahí andaba enhebrando enigmas gramaticales. Pero era escaso como si no fuera argentino. Ernesto Cardenal a veces bajaba del seminario a visitar a Fernando González y nos dejaba una carta recomendándonos un libro o invitándonos a practicar las virtudes de la poesía exteriorista. Pero era elusivo. En el erial sucedían cosas que la conciencia oficial se negaba a registrar. Sucedían, pero en lo invisible, tácitamente, a la solapa. Y por eso fue que a la larga casi todos los nadaístas tuvimos que irnos, a Nueva York, a San Francisco, a Bogotá que estaba más cerca, los más perezosos. Cansados de las agresiones de los niños bien y del asedio de la policía secreta que una vez confundió los poemas de Jaime Espinel con la correspondencia en clave de una conspiración política. Y en efecto, conspirábamos. Pero sobre todo escapábamos del intolerable vacío de una ciudad que había sido capaz de prohibir como si fueran pecaminosos los libros llenos de inocencia de Fernando González. La voz general de los poetas parroquiales de oficio, cantores del santísimo sacramento, y también los liberales, incluso los corridos en el espectro hacia la izquierda nos apostrofaban de sucios e inanes y decían que no éramos serios, que éramos apenas unos payasos, unos bufones de la burguesía. Los nadaístas nunca nos quejamos por eso. Por una sola razón. Porque tenían la razón. Y porque nosotros jamás nos tomamos en serio. Lo serio era la vida, vivir; lo demás era la literatura o el silencio. Y nos gustó siempre la irreverencia de los bufones. Uno de los contertulios del primer nadaísmo fue Chalupín, el payaso más famoso entonces. Y ya sabíamos que el mundo es verde y sin embargo no hay esperanza, como le gustaba proclamar a Humberto Navarro, una especie de Joyce reviviente a la vuelta del teatro Roma, en el camellón, en una pequeña casa gris de alares decaídos, donde su padre Delio se empleó por cuarenta años en la pintura de un viacrucis al óleo de medio formato, expiando el día lamentable cuando su único hijo varón leyó el primer libro de Kant y se encontró con Gonzalo Arango y se puso a escribir novelas invendibles.

Todo en aquellos tiempos debía suceder en Bogotá. En la Atenas suramericana. Pero el problema no era el centralismo, la culpa del monopolio no fue de Bogotá. Era que en la fenicia Medellín no había tiempo para esas bagatelas espirituales de la cultura y la mímesis estética, ni para preguntarle quién era a Pedro Nel Gómez cuando pasaba como un enigma hacia ninguna parte por la calle Junín como el fantasma del renacimiento. O para detenerse a charlar con Crescencio Salcedo, descalzo, vendiendo flautas de hojalata, echado en un andén y cantando a grito herido sus canciones de pueblo por una moneda, ahí mismo donde vi un día esa comparsa de zarzuelistas españoles echados del Hotel Europa y donde vieron dormir a Dariolemos sus desalientos junto al colmado donde el tenor de moda, que grababa boleros en Sonolux, un muchacho de apellido Restrepo, que trataba de imitar el timbre del médico mexicano Ortiz Tirado, y aspiraba a cantar algún día en Milán, vendía perros calientes y aceitunas de frasco y bizcochuelos que cogía con unas pinzas de aluminio.

Pero entonces… Fernando González, alentado por la aparición de los nadaístas, publicó con la ayuda de Alberto Aguirre el libro de los viajes y las presencias, después de que se lo hubieran rechazado en la editorial Bedout. Allí dijo: voy a orar por estos jóvenes que se están desnudando. Y lo demás se sabe. Débora Arango fue rescatada del olvido. Fernando González se volvió un autor de culto. Y aunque nadie sabe qué fue de los huesos de Gonzalo Arango, extraviados de tanto andar acarreándolos, aún se consiguen sus libros en las librerías de agache y se vuelven a editar en las universidades. Medellín comenzó a florecer de otro modo. Y se fundaron los primeros grupos de teatro y las primeras bandas de rock y vino al teatro Junín Bill Halley con sus cometas patrocinado por Coca-Cola, y se inauguró el festival de poesía de Rendón, desertado de las cafeterías de los nadaístas donde habíamos hecho proyectos de devastaciones y planeamos revistas y se emborrachó por cuenta de nuestros anfitriones esperanzados en una era de oscuridades nuevas, donde el arzobispo no alumbrara tanto. Porque, en fin, nadie había prometido la luz sino el oscuro caos, la confusión aumentada, no la trivialidad de un orden impuesto sino una búsqueda.

Los urbanizadores arrasaron el Centro donde agonizamos tanto y fuimos tan felices con esa felicidad tan rara de la pobreza, y la avenida Oriental fue como una herida en el alma de ese pasado irredimible. Y fundaron el planetario para que los colegiales pudieran asomarse a las estrellas de los proyectores mecánicos porque las del Gran Arquitecto comenzaban a borrarse en la irradiación de la aldea transfigurada en una ciudad con todas sus gracias y sus desgracias. Es extraño. No puedo ver a Medellín sin superponer a la de ahora la que recuerdo de memoria sin menosprecio ni envidia. Bajo el ruido de La Playa de ahora oigo la quebrada subterránea, y los acordes del profesor Lucrecio Vélez leyendo una tragedia griega en el Teatro Pablo Tobón Uribe ante el público boquiabierto. Cerrado por la pandemia ahora. Y las bombas que vinieron más tarde mataron a mamá. Ah, no puedo no ver en el Medellín de ahora, la descomposición de la poesía en la carne del poeta Dariolemos, cordero propiciatorio en el altar de la nada, mártir de un tiempo bisagra de cambio de sueños que nos abrió la existencia a otros espacios. Pero que quizá solo salió de un sueño manido hacia otro sueño que también se gastó porque ningún sueño dura. Porque todos los sueños a la postre se gastan. Aunque es una cosa obvia que muchas cosas han cambiado mucho en Medellín. ¿Sabe alguien sin embargo en qué clase de sueño andamos? ¿Y cuál es el sueño que sigue?

*Este artículo fue publicado en El Poder de la Cultura, un proyecto de Universo Centro con el apoyo de Comfama, el Museo de Arte Moderno de Medellín, el Museo de Antioquia, la Casa Museo Pedro Nel Gómez, el Teatro Pablo Tobón Uribe, el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, Música Corriente, Parque Explora, la Corporación Otraparte, la Orquesta Filarmónica de Medellín, la Corporación Cultural Nuestra Gente y el Museo de Antropología y Arte de Jericó —MAJA—. 


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La bisagra del deseo

La bisagra del deseo

Diez años del Festival de Artes Eróticas


por MARIA ISABEL NARANJO • Fotografías de AEFEST


Exclusivo web Septiembre de 2026

La luz del Planetario de Bogotá se tiñó de rojo una tarde de agosto de 2023. No era un fenómeno astronómico, aunque bajo la cúpula seguían suspendidas las constelaciones. Brigitte Baptiste tomó el micrófono y, en la pantalla, en lugar de estrellas, apareció una flor.

—¿Sí ven esta flor? —preguntó al auditorio—. Es una orquídea muy seductora.

La flor, explicó, produce un olor capaz de hacerle creer a una abeja que allí la espera una pareja. El insecto vuela hacia ella, se posa sobre el pétalo y resbala hasta caer en una especie de pozo lleno de aceite.

—De lubricante —precisó la bióloga.

La abeja intenta salir, pero no puede regresar por donde entró y termina atravesando un túnel estrecho. Al pasar, la orquídea le adhiere el polen a la espalda. Cuando consigue escapar, sale aturdida, casi ebria, y emprende el vuelo hacia otra flor creyendo que ha copulado.

—Esta es una relación, obviamente, inmoral. Estamos hablando de un animal con una planta. Es una cosa que no se les recomienda a los niños. Pero pasa. Pasa de una flor a otra. Es una promiscuidad tremenda.

El auditorio estalló en risas, mientras la bióloga, que habla de tecnotopías, esperó a que bajara el murmullo de los asistentes y añadió:

—La naturaleza no es un ejemplo moral.

La historia de los diez años de AEFEST podría comenzar ahí, con una abeja engañada por una orquídea. Este festival se ha dedicado a juntar cosas que parecían pertenecer a mundos separados. Daniel Tapias, su director, lo dice de una manera menos solemne:

—Lo más interesante es empezar a mezclar cosas.

Este agosto AEFEST cumple diez años, aunque para Daniel la historia empezó bastante antes, cuando recorría lugares movido por una curiosidad casi cartográfica. Entraba a clubes swinger, bares de striptease, sex shops y espacios de distintas comunidades sexuales como quien va descubriendo un mapa. Primero Colombia; después América Latina, Europa y Asia. Check. Check. Check.

En Tokio entró a una sex shop de varios pisos donde cada uno parecía más explícito que elanterior. Le preguntó a una de las mujeres que trabajaban allí cómo veía la sexualidad en Japón. Daniel esperaba encontrarse con una sociedad mucho más abierta que la colombiana. Ella le habló, en cambio, de vergüenza, tabúes y gente conservadora.

—Y yo miraba ese edificio y pensaba: no jodás.

Los viajes le fueron dejando más preguntas que respuestas. De regreso a Medellín comenzó a organizar conversaciones y actividades sobre sexualidad en Sala Sentidos, el teatro que tuvo antes de crear AEFEST. Le interesaba entender por qué otras personas podían vivir el cuerpo y el deseo de maneras tan distintas y, sobre todo, poner esas experiencias a conversar.

Y así empezó la mezcla.

En agosto de 2016 esa curiosidad tomó la forma de un festival: treinta y dos actividades que sacaron la sexualidad del consultorio, el aula y la intimidad para llevarla a museos, teatros, universidades y calles. En 2017 reunió en un mismo escenario a la actriz y activista española Amarna Miller y a Vera Grabe, exintegrante del M-19 y constructora de paz, para hablar del cuerpo, el conflicto y la paz.

Al año siguiente, bajo la premisa de que todos los cuerpos importan, puso en el centro los derechos sexuales de las personas con discapacidad, tantas veces infantilizadas, medicalizadas o imaginadas como ajenas al deseo. Hablar de su sexualidad era también preguntarse quién había decidido que unos cuerpos podían desear mientras otros solo podían ser cuidados.

En 2019, bajo el lema Dejar ser, AEFEST realizó una edición satélite en Valencia, España, y comenzó a tejer relaciones con artistas y organizaciones de otros países. La mezcla empezaba a cruzar fronteras.

La pandemia obligó a cambiar de territorio. Durante el aislamiento de 2020, el placer apareció como una forma de autocuidado y de sostener los vínculos cuando los cuerpos no podían encontrarse. Las pantallas permitieron continuar las conversaciones y explorar otras intimidades, aunque también empezaron a revelar una paradoja que años después sería decisiva: las mismas tecnologías que acercaban a las personas podían vigilar, clasificar y decidir qué imágenes o palabras tenían derecho a circular.

Cuando el país volvió a las calles en medio del estallido social, AEFEST propuso un Homenaje a la inconformidad. En alianza con el Museo Casa de la Memoria acercó las preguntas por el deseo a las preguntas por la protesta, la violencia y el duelo. Una de las experiencias de esa edición fue El burdel literario: poesía y performance dentro de las habitaciones de un motel.

Después vendrían el SexTech, la inteligencia artificial, los juguetes conectados, el metaverso y las nuevas formas de trabajo sexual mediadas por plataformas. El cuerpo ya no terminaba necesariamente en la piel: podía prolongarse en cámaras, sensores, dispositivos, bases de datos y algoritmos.

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Poco a poco, aquel proyecto pequeño y cercano a ciertas escenas contraculturales empezó a atraer públicos cada vez mayores. Para algunos de los que estuvieron al comienzo, esa expansión significó una conquista. Para otros, una pérdida.

Severina estuvo cerca de AEFEST durante sus primeros años y hoy se presenta como una travesti jubilada. Su nombre es Óscar David Tamayo y recuerda aquella etapa como el momento en que el festival todavía le parecía genuinamente contracultural, sin embargo, con el tiempo, empezó a tomar distancia.

—Yo tengo una especie de clasismo cultural del underground. Cuando empezó a crecer tanto, di elegantemente un paso al lado. Ya no me representaba desde el lugar mío, que tiene que ver con la contracultura.

Ese mismo crecimiento, sin embargo, le permitió vivir uno de sus momentos más memorables… Años antes, sentado entre el público del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, había visto a unos presentadores de protocolo y pensó: “Yo presento esa vaina mucho mejor que esta gente”. Se dijo que algún día sería rico pararse allí frente a una sala llena.

El deseo quedó guardado hasta que AEFEST llevó al teatro a Hajime Kinoko, uno de los artistas japoneses más reconocidos del shibari, y le pidió a Severina que lo presentara.

—Me consagré como presentador de pacotilla presentando a Kinoko.

Aquella noche también descubrió cuánto había cambiado el festival. Había camerinos, horarios y un equipo encargado de cada tarea.

—Yo vengo de la contracultura. Uno pone las luces, presenta, cobra la entrada, maneja el sonido, vende en la barra.  Acostumbrado a hacer todos los puestos, eso fue ya demasiado profesional.

Y aunque le permitió cumplir aquel deseo, al mismo tiempo, sintió que era un mundo distinto al suyo.

—Se volvió demasiado grande y multitudinario. Ese público masivo no es un público que me interese ni que me represente. ¿Es importante que exista? Sí, evidentemente. Pero uno está en otro lugar.

Carlos Mario Cano, conocido por su personaje de Charly Boy, ha pasado por el festival como músico, organizador, contratado y asistente, y para explicar su importancia utiliza una imagen:

—Es un espacio bisagra de la ciudad.

De un lado están quienes llevan años en comunidades kinky, BDSM, shibari o bondage, conocen sus códigos y tienen sus propios circuitos. Del otro, quienes sienten curiosidad pero nunca han entrado en ellos.

—Es el umbral que une a los que tenemos prácticas kinky, sadomasoquistas, pervertidas de la sexualidad, y a aquellos que quieren curiosear.

Esa apertura, dice Charly, permitió hablar del erotismo por fuera de los lugares donde suele encerrarse —la pornografía, la prostitución, el consultorio— y puso a conversar prácticas y personas que difícilmente habrían coincidido. Pero sí, también transformó aquello que estaba abriendo.

Charly habla de una especie de gentrificación del erotismo. Prácticas que antes exigían conocer ciertos circuitos empezaron a atraer personas que llegaban por una noche, movidas más por la curiosidad que por una pertenencia.

—Son turistas del erotismo. Para los que jugamos en serio se vuelve un poco cansón. Hay mucho principiaje, mucho curioso. Algunos se quedan y buscan otros espacios; muchos no. Para quienes llevan años dentro, la llegada permanente de principiantes puede resultar agotadora.

Charly no cree que esa sea una razón para cerrar la puerta. Al contrario, ahí encuentra precisamente la utilidad de AEFEST: servir de entrada para quienes nunca habrían llegado solos. La condición es que con la apertura circulen también los códigos de cuidado que se han construido.

—El sexo debe ser libre, seguro y consensuado. Yo le agregaría: divertido.

En una escena puede haber cuerdas, dolor, inmovilización o dominación, pero lo decisivo no siempre se ve: qué quiere cada persona, hasta dónde quiere llegar y cómo puede detener lo que está ocurriendo. Ese aprendizaje también obligó a mirar hacia dentro. Las comunidades que se presentan como sexualmente libres no han estado exentas de abusos, maltratos y violencias, y Charly reconoce que el festival ha permitido hablar de algunos de esos casos y discutir las responsabilidades de quienes comparten esos espacios.

Hay otro cambio que valora especialmente. Durante mucho tiempo, dice, buena parte de los bares swinger, las fiestas sexuales y algunos encuentros poliamorosos de Medellín estuvieron pensados alrededor del placer masculino. En los últimos años ha visto al festival insistir cada vez más en el placer y la seguridad de las mujeres.

—Si vas a abrir un espacio de erotismo, tienes que garantizar que las mujeres se sientan seguras. Que puedan decir qué les gusta y qué no; que un no sea un no; que lo que les gusta pase y que lo que no les gusta no pase.

***

Daniel habla de algo parecido cuando recuerda las fiestas que AEFEST ha organizado en los últimos años. Por momentos, dice, ha visto allí algo cercano a la “utopía” que imaginaba desde el comienzo: personas muy distintas compartiendo un mismo lugar sin la culpa ni el prejuicio habituales, preparando durante días la ropa que van a usar, asistiendo incluso a talleres para aprender cómo comportarse en una primera fiesta erótica y llegando con los nervios de quien no sabe muy bien qué va a encontrar.

Con el tiempo descubrió también otro riesgo: que incluso la transgresión se vuelva paisaje. Una asistente escribió alguna vez, en una de las evaluaciones del evento, que no le había gustado porque no había visto nada nuevo. Había velas, masajes, banquete humano, burlesque, BDSM y otras prácticas, pero nada había conseguido sorprenderla.

—Yo pensaba: parce, ¿qué más querés?

Daniel cree que el deseo no debería consumirse como un scroll infinito de Instagram, saltando de una experiencia a otra porque cada una necesita producir un estímulo mayor que la anterior. Parte del placer, dice, consiste justamente en prolongar la fantasía y conservar la capacidad de sorprenderse.

Cuando le pregunto cuál ha sido el mayor reto de AEFEST durante estos diez años, no habla de financiación, públicos, logística ni programación. Habla de censura. Y no empezó con Instagram. La reconoce en los lugares que dudan antes de alquilar una sala, en las dificultades para promocionar determinados eventos, en las instituciones que retroceden cuando estalla una polémica y en las discusiones que reaparecen cada vez que la educación sexual intenta entrar en colegios o espacios públicos.

—Son pequeñas batallas que al final son las más grandes. Uno avanza tres pasos y retrocede dos.

Aun así, Daniel sigue volviendo a aquella intuición del comienzo. Vivimos, dice, agrupándonos alrededor de lo que ya conocemos: quienes practican BDSM por un lado, quienes se interesan por la sexualidad sagrada por otro. Cada gusto, identidad o comunidad dentro de su propio círculo. Los algoritmos han llevado esa tendencia todavía más lejos: terminan mostrándonos versiones cada vez más parecidas de aquello que ya nos interesa.

—Nos relacionamos a partir de nuestros intereses y lo que no está en esos intereses no existe. Lo bacano es mezclar eso a ver qué sale.

Bajo la cúpula del Planetario, la intervención de Baptiste insistía en que la vida no perdura porque permanezca intacta. Perdura porque establece relaciones, produce diferencias y ensaya combinaciones que antes no existían.

La mezcla que Daniel imaginó al comienzo ha producido algo más difícil de ordenar que una programación sobre erotismo. La promiscuidad creativa que el festival celebra consiste en permitir que saberes, prácticas y experiencias que habían permanecido separadas se contaminen entre sí: la biología con el performance, la tecnología con la filosofía, la memoria del conflicto con el placer, la discapacidad con la autonomía, la poesía con el motel, el museo con la calle y las culturas sexuales clandestinas con personas que apenas se acercan a ellas.

Daniel recuerda que en los primeros años había que remar para reunir treinta o cuarenta personas. Hoy algunos encuentros convocan a cientos, llegan públicos que nunca habían oído hablar de AEFEST y el festival se prepara para cruzar otra frontera y llegar a Ciudad de México. 

—Tuvieron que pasar diez años para estar en el punto en el que estamos —dice—. Apenas ahora la cosa se está poniendo buena.



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Irreverencia en tiempos autoritarios

Irreverencia en tiempos autoritarios

A propósito del aniversario 33 del asesinato de León Zuleta

por FELIPE CARO ROMERO • Instituto de Historia Marika de Bogotá


Exclusivo web Septiembre de 2026

Fotografía de Jairo Osorio. 1979.

En uno de los textos que escribió antes de ser asesinado, León Zuleta se rehusaba a que se usara su nombre para bautizar algún proyecto político específico. Argumentaba que, como anarquista, no le interesaba el reconocimiento personal sino el avance de la lucha contra la opresión del pueblo trabajador. Por encima de su propio ego estaba el proyecto colectivo, un proyecto al que le dedicó toda su vida y finalmente lo llevó a la muerte. 

Esta petición, una conclusión lógica del giro ácrata de Zuleta en su vida adulta, no fue (ni ha sido) tomada en cuenta por la plétora de proyectos políticos y artísticos que han usado su nombre supuestamente como homenaje pero desconociendo realmente su vida y sus posturas políticas. Tristemente ese es el legado más grande de esta figura: el uso y abuso de su nombre. 

Pero si nos asomamos a leerle, a estudiar su obra y sobre todo a seguir sus andares, nos topamos con alguien interesado en la transformación social absoluta y en la eliminación de todas las formas de opresión. Lejos de ser “el padre del activismo LGBTIQ”, Zuleta era un intelectual irreverente que se propuso entender y transformar su realidad, una realidad llena de prejuicios, violencia e ignorancia. 

A 33 años de su asesinato, vale la pena recordar tres elementos de su vida que nos pueden servir para enfrentar el crecimiento del movimiento reaccionario en Colombia y el mundo. 

Por un lado, el antiautoritarismo que le acompañó toda su vida. Se dice que perteneció a la JUCO y que fue expulsado de allí. Aunque se repite que su orientación sexual fue la razón de ello, en sus propios textos Zuleta reconoce que en realidad fue su posición antiautoritaria que el rígido y vertical Partido Comunista Colombiano no condonaba. Esta pulsión que desconocía la jerarquía lo enfrentó luego en los ochenta con el obispado nariñense, que también cansado de su irreverencia, y su orientación sexual, terminó por lograr su expulsión de la Universidad de Nariño. 

Por otro lado, es importante resaltar su vocación colectiva. Zuleta priorizó siempre el trabajo colectivo sobre la alabanza individual. Esto lo vemos tanto en la forma como se desarrolló el Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia – MLHC, como en los objetivos políticos que se planteó. Lejos de buscar protagonismo como “fundador”, a Zuleta le interesaba la construcción de un proyecto político amplio, democrático y de cobertura nacional.

Esto no solo lo vemos en los numerosos documentos de proyección política que escribió al respecto. Sino en cómo incentivaba la alianza entre las personas oprimidas contra las injusticias del mundo. A él no le interesaba únicamente “el movimiento LGBTIQ”, Zuleta priorizaba el trabajo comunitario y la solidaridad, con el movimiento feminista, el movimiento obrero, y el movimiento estudiantil. La primera Marcha del Orgullo de Bogotá de 1983 fue un ejemplo de ello, pues contó con apoyo de sindicatos, de feministas y terminó con un llamado a los jóvenes policías que escoltaron la movilización a sumarse a la lucha contra un sistema que también les oprimía. Hasta sus últimos días, trabajando en la Escuela Nacional Sindical de Medellín, Zuleta abogó por una alianza desde abajo contra los de arriba. 

Y por último, es importante rescatar su desconfianza con la institucionalidad. Zuleta tenía bastante claro que aunque un Gobierno o el Estado se presentara en algún momento como benefactor del cambio social, la verdadera transformación provendría de las personas y no de edictos o las urnas. Se rehusó a participar de la política electoral e insistió que el Estado era una de las fuentes más grandes de violencia contra la disidencia sexual y de género, llegando a  denunciar su complicidad con las terapias de conversión que públicamente denunció desde 1980. Argumentaba que si no desaparecían, la despenalización de la homosexualidad en 1981 no estaría completa. Tristemente, la violencia que vemos hoy en día es una muestra de que estaba en lo correcto. 

Hoy nos encontramos frente a un panorama oscuro. El ascenso de la ultraderecha en el mundo ha significado el uso de la disidencia sexual y de género como chivo expiatorio de los males de las naciones. La ola fascistoide ha empezado a atacar las mínimas concesiones que se habían conquistado en los estados en materia de derechos sexuales y reproductivos, pero también sociales y políticos.

Frente a gobiernos autoritarios que usan el pánico moral como excusa para restringir libertades, más que nunca necesitamos regresar a figuras como la de Zuleta, no para crear un santo más, otro mártir, un símbolo vacío, o un nombre insignificante en la plétora de hiperfraccionamiento político que caracteriza el panorama político progresista, sino como un ejemplo para leer y estudiar la lucha por la liberación.

Leamos a Zuleta, estudiemos su vida, que allí encontraremos sin duda herramientas que nos permitan enfrentar estos tiempos oscuros y quizás, a la larga, construir un mundo mejor. 

Revista El Otro. Director: León Zuleta. 1977.

Sin escatimar esfuerzos y a pesar de las persecuciones, El Otro anunció la liberación del cuerpo y del placer sometidos por los regímenes. Intrínsecamente deslumbrante en sus planteamientos hoy desconocidos o ignorados.


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Relatos de lo innombrable

Relatos de lo innombrable

Medellín, siglo XIX

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Hay un fenómeno incómodo del que no se habla, relegado a los mitos clásicos del toro blanco de Minos y Pasífae, que dio origen al minotauro; a las transfiguraciones de Zeus en cisne y toro para estar con Leda y raptarse a Europa; o incluso al estereotipo que asocia la virilidad en algunas zonas del Caribe colombiano a las relaciones con burras, llevadas a la poesía por Gómez Jattin. En estos relatos, la búsqueda del placer catapultó a dos muchachos de Medellín a saltarse los límites morales, sin importar la censura, el pecado y la vergüenza pública, haciendo santiguar a quienes los vieron y ruborizar a más de un juez.

“No le sorprendió que el padre le preguntara si había hecho cosas malas con mujer, y contestó honradamente que no, pero se desconcertó con la pregunta de si las había hecho con animales”.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

I.
La vaca

José María Urrego buscó la sombra de los cámbulos, los sauces y las guaduas y se metió entre las cañas y la hierba alta que crecían en ese meandro pantanoso del río Aburrá. Allí, aprovechando que ya los jornaleros y mayordomos de la finca de Clemente Jaramillo habían terminado turno, fue por la ternera más mansa, la ató de un tronco y le amarró las patas para que no pateara. Luego, se bajó los pantalones de liencillo barato, se sostuvo de la grupa de esa vaca criolla blanca orejinegra y se dispuso a saciar su deseo de muchacho de 17 años. No se sabe si lo delató un mugido, un gemido o el golpeteo rítmico, pero el viudo Francisco Villa, su compañero de trabajo como albañil y que había salido más tarde de la obra, lo alcanzó a pistear entre la manigua, no sin antes santiguarse y quejarse de la degeneración de la juventud. También el zapatero Uladislao Torres, que bordeaba el río para ir a su casa, lo pudo ver y corrió aterrado.

Fue precisamente Francisco Villa quien, tras escuchar de boca de varios vecinos que ya eran de público y notorio los comportamientos del muchacho José María Urrego, compañero suyo y posible aprendiz, que decidió ir un mes después del incidente a denunciarlo ante Mariano Callejas, alcalde de Medellín. “Habiéndose presentado en esta fecha (trece de febrero de 1857) ante el infrascrito alcalde, Francisco Villa denunció el hecho escandaloso de que José María Urrego ha cometido el delito de onanismo o bestialidad”, se lee al iniciar el expediente 9343 del Archivo Histórico Judicial de Medellín (AHJM).

El Código Penal de la Nueva Granada de 1837, vigente entonces, no contemplaba como un delito específico la bestialidad, es decir, las relaciones sexuales entre un ser humano y un animal, pero sí hablaba sobre los delitos contra la moral pública. Por ejemplo, en su Capítulo 1°, Título 9° del Tercer libro trataba sobre las palabras y acciones obscenas, y en su artículo 435 señalaba: “Los que públicamente ejecutaren acciones deshonestas delante de otro, serán castigados con uno a cuatro meses de prisión”; era este artículo por el que se investigaba a Urrego. 

Para dar solidez a sus declaraciones, Francisco Villa dio los nombres de otros testigos que fueron requeridos por el alcalde Callejas para continuar con las pesquisas. El zapatero Uladislao Torres declaró el 16 de febrero de 1857 que: “Hará poco más o menos un mes que vi patentemente a José María Urrego en la playa del río, y por dos veces, cometiendo actos carnales con una vaca”. El sastre Justiniano Villa agregó el 20 de febrero que “sabe que José María Urrego ha tenido actos carnales con una vaca en la playa del río porque Uladislao Torres se lo dijo”, mientras que el carpintero Ulpiano Zuleta añadió que “no presenció el hecho que se trata de averiguar, pero sí lo supo porque Justiniano Villa se lo contó”. Como puede verse, el caso de Urrego había pasado de boca en boca, reflejando a la sociedad antioqueña de entonces donde, como indica la socióloga Gloria Arango en Religión y vida social en Antioquia en el siglo XIX, el control de la conducta individual se ejercía como una tarea colectiva a través de chismes, comentarios y cotilleos que podían traducirse hasta en denuncias. De este modo, Urrego se había vuelto la comidilla del artesanado medellinense, pues entre el denunciante y los cinco testigos convocados, solo había dos personas que afirmaban haberlo visto, mientras que el resto eran solo testigos de oídas. Así pues, convencido de la veracidad de las acusaciones contra Urrego, el alcalde lo llamó a indagatoria el 20 de febrero de 1857.

Por ser menor de edad, a Urrego se le nombró un curador de menores para que lo representara y firmara su declaración. El alcalde inició con el interrogatorio: “¿Sabe usted o ha oído decir o se presume quién sería un hombre que hará poco más o menos un mes y medio que se hallaba en la manga del doctor Clemente Jaramillo y en la playa del río cometiendo actos carnales deshonestos con el animal llamado ‘vaca’?”. Y de la forma más franca y resignada, José María Urrego contestó: “Sí, señor, yo fui quien lo hice sin saber que era pecado, pero una vez nada más, hará como dos meses”.

José María Urrego tenía 17 años, un hermano menor y era hijo de la madre soltera Genoveva Urrego, de la que había heredado el apellido y con la que vivía en Medellín. Era albañil, muy seguramente aprendiz de Francisco Villa, por lo que era posible que también apoyara recogiendo arena, piedra y boñiga de las riberas del Aburrá como material de construcción para los nacientes barrios que se estaban edificando en esa incipiente capital provincial que tenía unas catorce mil almas por allá en los estertores de la República de la Nueva Granada.

José María era analfabeta y su familia era de bajos ingresos, por lo que no era precisamente un buen partido y se encontraba soltero. Las normas sociales en ese entonces, heredadas de la época colonial, restringían la sexualidad solo a la alcoba matrimonial, exhortando la castidad y censurando las pasiones de la juventud. A esto se sumaba el sumo cuidado de la virtud de las mujeres y el temor a los embarazos y a las deshonras públicas, por lo que muchos jóvenes, como José María, además de acudir a la autosatisfacción, veían a los animales domésticos como opciones para liberar sus deseos. “Los jóvenes trabajaban desde muy pequeños en los espacios rurales. Allí tenían a plena vista los coitos de los animales. Todo esto convertía ese largo periodo desde los catorce hasta entrados los veinte años en una época de provocación de las pasiones, la cual daba origen a formas de iniciación y experimentación sexual. Es en ese aspecto donde la bestialidad empezaba a jugar un papel preponderante como práctica de desahogo sexual, una forma masturbatoria para aliviar los deseos juveniles o mostrar la llegada de la masculinidad, operando como un ritual de madurez”, argumenta la historiadora Leidy Torres en Bestialidad y justicia: Nueva Granada (1615-1809).

No obstante, por siglos, y tomando de referencia versículos del Éxodo, Levítico y preceptos teológicos medievales como los de Tomás de Aquino, la bestialidad había sido entendida como una de las formas más graves del pecado contra natura, en tanto implicaba una ruptura del orden moral, natural y del plan divino cimentado en la reproducción y el matrimonio que debía regir la sexualidad humana. De hecho, en el caso colombiano existe un importante antecedente, que puede rastrearse hasta 1615, cuando Hernando, un indígena pijao que habitaba en Antioquia, fue condenado a ser reducido a polvo y cenizas por haber tenido relaciones sexuales con una ternera, considerándolo un delito de lesa majestad: “Hernando fue ahorcado hasta que naturalmente murió. Luego, el cuerpo del indio, quien tendría veinte años ‘poco más o menos’, junto con el de la ternera con la que había cometido el pecado y crimen de bestialidad, fueron abrasados y consumidos por el fuego hasta que se convirtieron en polvo y cenizas”, explica la historiadora Torres en Polvo y cenizas. Bestialidad y orden social en Antioquia colonial. 

La confesión de Urrego de que efectivamente había estado con la vaca, bastó para suspender la indagatoria y para que el alcalde enviara el sumario directamente al Juzgado 2° del crimen del Circuito de Medellín, para que dictara sentencia. El 25 de febrero, el juez ordenó su sobreseimiento por no considerarse como delito y envió a consulta al Tribunal Superior de la provincia de Antioquia, que confirmó la sentencia el 7 de marzo de 1857: “Pudiera decirse, tal vez, que la acción de Urrego como obscena está codificada en la sección 1, capítulo 1, art. 9, libro 3, del Código Penal, empero no consta que esta haya sido pública y escandalosa. Por esta circunstancia, es mejor condenar este acto de tan pútrida y hedionda inmoralidad con la sanción del silencio más grave y severo, y con la del imprescindible rubor que produce la necesidad de tener que tratar de él. Os pido, pues, que confirméis el auto de sobreseimiento consultado”.

Además de argumentar que la acción de Urrego no fue pública, es posible que el hecho de ser menor de edad, sumado a su pobreza y analfabetismo fueran razones para evitar su condena. Por ejemplo, el mismo muchacho en su declaración afirmó que, si bien era católico, apostólico y romano, actúo así por no saber que lo que había hecho era pecado, lo que lo mostraba ante las autoridades como un ser ignorante y reforzaba que su acción podría tener castigo divino, mas no humano. Adicionalmente, el hecho cometido prefirió ser callado como una especie de castigo simbólico para negarle la oportunidad de hacer parte del discurso público, pues el solo hecho de discutir el tema y ampliar detalles era visto como vergonzoso e inmoral. Esta concepción no es nueva, se cimenta en una tradición jurídica que parte desde la época colonial y hasta la misma Edad Media, en la que el bestialismo era considerado un pecado nefando, es decir, tan abominable y vergonzoso que ni siquiera merecía ser nombrado. En ese sentido, en lugar de analizar lo sucedido o discutir las causas de la conducta de Urrego, se eligió el silenciamiento, convirtiendo el caso en tabú y echándolo bajo el tapete. 

Primera página del expediente 9343, sobre bestialidad con una vaca en 1857. Foto: Felipe Osorio V.

II.
Las gallinas

Una madrugada de marzo de 1893 Susana Rendón sintió golpes en su puerta de madera. Prendió una vela de cebo en el candelero, se calzó las cotizas de fique y preguntó quién era. Al otro lado, escuchó la voz de su vecino, Bruno Arango, de 19 años. En medio del sereno de la madrugada que hacía en ese contorno semirrural de la otra banda del río Aburrá, quitó la tranca, le abrió la puerta con extrañeza y le hizo pasar. Arango, que había llegado con una guitarra después de haber estado de juerga, le pidió que lo dejara pernoctar, y que una vez clareara el día se iría para casa de sus padres, pues temía que no le abrieran la puerta o lo reprendieran. A la mañana siguiente, una vez todos en la casa de Rendón se habían levantado, descubrieron que había una gallina muerta; pero en ese momento nadie sospechó nada.

Bruno Arango era hijo del matrimonio entre Bruno y Marcelina Arango que, como las grandes familias antioqueñas de finales del siglo XIX, se destacaban por su fecundidad, pues además de Bruno habían tenido otros siete hijos. Los Arango Arango vivían en el occidente de Medellín, que por entonces era una zona campestre y agrícola a la que se accedía cruzando los puentes de Guayaquil, Colombia, Acevedo, el Puente colgante de San Juan o incluso a vado por algunos meandros tranquilos. La casa de los Arango tenía solar, donde habían instalado la fragua en la que trabajaban los hombres de la familia y también criaban gallinas. “Tenía Arango (padre) una gallina con pollos, y un día fui yo con el fin de llevarle harina a los pollos y encontré la gallina enferma, y Bruno (padre) me dijo ‘ya para qué, mi señora, si la gallina se está muriendo’, y yo le dije que no tuviera cuidado, que eso le daba siempre a las gallinas. Al otro día volví y ya estaba muerta la gallina y tenía los huesos como despedazados, y yo le dije a Bruno (padre) que esa gallina por qué estaba así, y él me contestó que cuando estaban culecas resultaban de esa manera”, relató Rodolfa Lotero el 17 de abril de 1893. El 4 de mayo, Susana Rendón añadió ante el inspector de la policía del occidente de Medellín, Nacianceno Marín que “en una ocasión me dijo el papá de Bruno que su hijo dizque le había matado una gallina con pollos y que el modo como la había matado no se podía decir porque dizque era vergonzoso”.

A sus 19 años, Bruno se encontraba soltero y viviendo en casa de sus padres, donde había heredado de su papá el oficio de herrero trabajando en la fragua familiar. En esa época, los herreros cumplían un rol fundamental porque forjaban herramientas para minería y labranza, como picos, barretas, palas, azadones, machetes, hachas, arados y herraduras para
caballos y mulas; piezas muy apreciadas en regiones de reciente colonización al sur de Antioquia, donde se ampliaba la frontera agrícola.

El viernes 14 de abril, como a las ocho de la noche, Bruno volvió a visitar a su vecina Susana Rendón, y tras conversar con ella y con algunas de las cocineras de la casa, aprovechó que se ocupaban en asar arepas en la parrilla de carbón que tenían en el corredor y se escabulló hasta la cocina, donde dejaban entrar a las gallinas para que durmieran en la noche. Susana le dijo a Clara Rosa Chalarca, su cocinera, que fuera a mirar en qué andaba Bruno, pues ya tenía sospechas y no quería que le mataran otra gallina como había pasado en marzo. Clara tomó una vela y fue hasta la cocina, pero no vio nada y se imaginó que Arango estaría en el solar. Al cuarto de hora, Arango apareció, tertulió un rato con las mujeres en la sala, merendó y se fue para su casa. “Después, fui yo a la cocina con el fin de ver si había matado alguna gallina y encontré una muerta y se la llevé a Susana, cuya gallina estaba todavía caliente y toda ajada, que demostraba el acto inmoral que Arango había cometido con ella, cosa que no me atrevo a explicar porque me ruborizo”, señaló Clara Rosa Chalarca. Tras el incidente, Susana mandó a una de sus criadas a llamar al policía Benancio Ocampo, que estaba de turno, y este entró y se llevó el cuerpo de la gallina para la Comandancia de la Policía. “Anoche como a las nueve, me dijo Susana Rendón que Bruno Arango (hijo) había cometido un crimen o acto inmoral con una gallina la cual apareció muerta”, relató el policía Ocampo al inspector Nacianceno Marín el sábado 15 de abril de 1893 en la mañana, enterándolo del suceso.

Este hecho llevó a que el inspector abriera una investigación contra Bruno Arango, “Habiéndose informado la policía que Bruno Arango (hijo) cometió un delito inmoral, instrúyase el correspondiente sumario”. Aparte de Rodolfa, Clara Rosa, Susana y el policía Benancio, acerca del caso dieron testimonio otras cuatro personas que habían visto o escuchado sobre la gallina muerta, mas no podían dar fe de que Bruno la hubiera matado ni tampoco podían afirmar si había cometido inmoralidades.

Los tres actos realizados por Arango con las gallinas, donde estas terminaban muertas, revelan algo común en los casos de bestialidad, donde los animales son instrumentalizados hasta el punto de ser considerados meros objetos para obtener placer sexual. Además, el estatus de bienes muebles que tenían en aquel tiempo los hacía ver también como un objeto “desechable”, instrumentalizado a tal punto que se daban casos, sobre todo con aves de corral, en los cuales se mataba al animal durante el acto sexual porque los agresores creían que las contracciones o espasmos de la agonía podrían aumentar el placer.

Aquí entra en juego la distinción entre la bestialidad y la zoofilia, ya que, como indica la sexóloga Hani Miletski en Understanding Bestiality and Zoophilia, el bestialismo hace referencia al comportamiento o acto físico de tener relaciones sexuales con un animal para obtener placer, muchas veces de manera circunstancial ante la falta de parejas humanas o como exploración sexual juvenil; mientras que la zoofilia se refiere a una condición, atracción, fijación o vínculo emocional hacia los animales, pudiendo ser agrupado dentro de los “otros trastornos parafílicos especificados” que hacen parte de la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.

Las autoridades buscaban investigar si Arango había cometido un delito contra la moral pública, como el del artículo 416 del Código Penal de 1890, que rezaba: “Los que ejecutaren acciones deshonestas delante de otros serán castigados con prisión por ocho días a dos meses”. Y también buscaban determinar si, tras la muerte de las dos gallinas de Susana Rendón en marzo y abril, él era responsable de infringir el artículo 883, que decía: “El que matare o inutilizare, maliciosamente, algún ave doméstica, o domesticada, y otro animal de la misma clase perteneciente a otra persona, pagará una multa del duplo de su valor”. Por eso, se citó a indagatoria a Bruno Arango, que compareció el 18 de mayo en la Inspectoría de Occidente, pero por ser menor de edad, pues en el siglo XIX se consideraba como tal hasta los 21 años, debió ser acompañado por un curador de menores. Allí se le interrogó por la gallina que se le había muerto a su padre, por la gallina que recientemente habían encontrado muerta en casa de Susana Rendón y sobre si conocía quién podría ser el que andaba “cometiendo crímenes inmorales con las gallinas”. A todas las preguntas respondió “no sé”, por lo que el inspector dio por cerrado el interrogatorio y remitió el sumario al Circuito en lo Criminal de Medellín para que se dictara sentencia.

La repartición del caso le correspondió al Juzgado 2° en lo criminal, donde el fiscal Clodomiro Ramírez conceptuó el 25 de mayo de 1893 que: “Los actos inmorales de que da cuenta el presente sumario no están erigidos en delito por nuestra legislación penal. En tal virtud, solicito que a las presentes diligencias se les ponga término por medio de un sobreseimiento que no será consultable”. Acto seguido, el 30 de mayo, el juez ordenó que se sobreseyera el caso bajo los mismos argumentos expuestos por el fiscal.

Si Bruno pagó por las gallinas o no ya es una incógnita que queda sin resolver en el expediente 13345 del Archivo Histórico Judicial de Medellín. Es posible que la vergüenza de solo hablar de eso, sumado al sobreseimiento del proceso, llevaran a que Susana dejara el tema quieto y evitara enfrascarse en discusiones o enemistades con los Arango. Lo que sí es casi seguro es que ya la conducta de Bruno haría parte del cotilleo local y quizá sería sancionado socialmente con una mala reputación y escondiéndole las gallinas cuando visitara cualquier casa del sector.

***

A pesar de que no pueden medirse las acciones del pasado con el rasero moral del presente, vale contrastar cómo algunas discusiones que hoy serían el centro del debate están ausentes en estos procesos del XIX. Por ejemplo, el maltrato a la vaca y las gallinas que integraron estas dos crónicas ni siquiera fue considerado, así como tampoco hay mención a la incapacidad de los animales para dar consentimiento o al estrés o lesiones derivadas de los abusos sexuales interespecie que sufrieron, lo que evidencia el cambio de paradigma frente al relacionamiento con los animales que se ha dado en el último siglo, en el que actualmente son reconocidos como seres sintientes protegidos por la legislación colombiana. Por otro lado, las posibles enfermedades zoonóticas originadas por estos actos sexuales, como la rabia, brucelosis, leptospirosis o salmonela también estuvieron fuera del radar debido a la escasa o nula atención médica que se daba entonces, así como por lo bochornoso que hubiera implicado una revisión genital con peritos. En esencia, los dos muchachos involucrados, de 17 y 19 años, muy posiblemente recurrieron a los animales motivados por una exploración sexual juvenil y en un afán por saciar sus pasiones, censuradas por una sociedad ataviada en almidonados corsés morales que prefirió el manto del silencio sobre ese pecado “innombrable”, antes que entender sus causas y sus consecuencias.

*Esta historia es publicada gracias al apoyo de la Academia Antioqueña de Historia, que se suma al proyecto Adopta una Historia a partir de esta edición.


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Gallinas

Gallinas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Ilustración de Señor Ok


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Para Rebeca, el corral de gallinas felices no era tan feliz. Sus compañeras le picoteaban la crisma y la hacían aparte. No la dejaban dormir con ellas en los travesaños ni usar los cómodos nidos para poner. A la hora del maíz la relegaban a comer de última, cuando el grano estaba sucio y revuelto. Todo esto porque no tenía la belleza de las otras. Era menudita y de cuello corto, como si le faltara una vértebra. Su cresta era enana y escurrida, y su plumaje más bien pálido y desparejo. En vez de hacerla destacar, su colorido la emborronaba. Y quizá la odiaban por eso, por no llevar en alto los rasgos de la especie.

Así que Rebeca se vio obligada a idear un mundo a su conveniencia. Su técnica más frecuente era cavar bajo las mallas a primera hora de la mañana y salir a pastar por fuera, de modo que las otras, al verla, la seguían. Y luego, cuando ya estaban todas fuera, Rebeca volaba por encima de la malla y quedaba sola dentro, donde comía hasta hartarse sin ser molestada. Mientras tanto, la multitud de gallinas, encandiladas por el sol de mediodía, enceguecidas por una libertad no buscada, confundían el camino de regreso.

Aunque estaba claro que Rebeca no actuaba por ambición o codicia, sino por necesidad, el desorden que provocaba iba en aumento. Intentaron adiestrarla con sombrerazos y taparon los agujeros con piedras, pero ella lo hacía para sobrevivir, de modo que obedecer no era una opción. Hasta que un día no hubo más paciencia: se la regalaron a Leo, el ayudante, para el almuerzo.

Pero Leo estaba demasiado encariñado con Rebeca como para matarla. Un día que fue a trabajar en la finca me la ofreció, y él mismo sugirió que la dejáramos en una perrera amplia que nunca se usó. Fui a recogerla un viernes en la tarde a su casa, a un kilómetro largo de camino hacia la montaña. La encontré amarrada de una pata, debajo de un pedazo de teja rota. Esa precariedad hizo que la adoptara con más cariño. La puse en un costal y me la eché al hombro. Bambú la olisqueaba y le gruñía a través del saco durante el recorrido, mientras ella se balanceaba y daba tumbos contra mi espalda.

Al llegar a casa, ya en plena noche, la saqué del costal directamente al corral. Le puse agua, un puñado de maíz y me fui a dormir. Le dije a mi pareja que al otro día se la presentaba. Pero no fue necesario. Apenas despuntó el día, lo primero que vimos al abrir los ojos fue a Rebeca paseándose por el prado, como si nada. Fui a ver y la malla estaba intacta, no había ningún rastro de fuga. De todos modos, aseguré la parte baja y la puse de nuevo dentro. Era fácil atraparla, pues aunque había crecido en un corral amplio, era una gallina de cautiverio y seguía siendo mansa.

Pero no habíamos terminado de desayunar cuando la vimos pasar de nuevo, picoteando bichos de tierra sin preocupación alguna. Fui y reforcé otra vez la seguridad del gallinero, pero ella se salía una y otra vez, favorecida por su astucia y por ese cuerpo esquelético. Decidimos entonces dejarla suelta: ¿qué falta hacía encerrarla? La dejamos que viviera sola y tranquila, a voluntad, ahora que el corral había quedado atrás. Le habían dicho que era una gallina, pero era más valiente que cualquiera. Había estado cerca de la muerte y ahora se merecía un paraíso.

Leo vino después y me preguntó por el sabor de los huevos de Rebeca. Me encogí de hombros, pues hasta el momento no sabíamos dónde ponía. Dedicamos un buen rato a buscar el nido y lo encontramos en el borde del bosque. Ponía su huevito diario y ya tenía siete, justo la semana que llevaba en casa. Hacía rato no probábamos huevos así: tenían la clara espesa y la yema, de un amarillo intenso. Ahora sí, Rebeca parecía feliz, y nosotros también.

Unos amigos que nos visitaron dijeron que Rebeca disfrutaría más la vida con un gallo a su lado. Nos quedamos pensando. Había un detalle: ella nunca había aprendido a dormir en el árbol al que le pusimos una escalera, de modo que las noches a la intemperie no solo eran frías sino riesgosas. En cualquier momento podría pasar por allí una zarigüeya y dar cuenta de su magro cuerpo. Más tardé yo en decirle a Leo que me avisara si se enteraba de un gallo para la venta, que él en aparecer con un hermoso pollo blanco, adornado con un collar de plumas rojas.

De inmediato se hicieron amigos, a su manera: ella lo picoteaba, le decía cuándo comer y lo trataba como si fuera su criado. Él esperaba a que ella se acomodara sobre el pasto y vigilaba hasta que oscurecía, antes de acurrucarse a su lado. Por ese papel de segundón, llamamos al pollo Sancho, como el escudero de don Quijote. Un ayudante dudoso, como en la novela, porque parte de su docilidad se debía a que todavía era un pollo.

Su canto se fue templando con los días, mientras crecía en tamaño y en belleza, y la pobre Rebeca parecía cada vez más poca cosa a su lado. Y, pese a haber crecido juntos, llegó el día en que las hormonas lo desbordaron. Cuando el cuerpo se lo ordenó, la correteó hasta pisarla, que es como le dicen al amor entre las aves de corral. Ella lo toleró al principio, pero con el transcurrir de las semanas el vigor del gallito fue creciendo hasta que Rebeca dejó de consentirlo. Hubo refriegas y la pareja se distanció. Ya no se les veía juntos todo el día, aunque siempre durmieran pegados uno al otro.

Un día nos inquietó que Sancho desapareciera a media mañana. Al amanecer cantaba en nuestra ventana hasta que me hacía levantar a ponerle el maíz; más tarde, se acicalaba y desaparecía por el pastizal. Lo seguí sigilosamente y descubrí sus aventuras secretas: pasaba el día con las gallinas de la finca vecina, calmando sus urgencias y desgarrándose la garganta como dueño y señor del redil. Rebeca nos hizo ver que para ella era el equilibrio perfecto: estaba sola y tranquila en el día, pero acompañada en la noche. Nobleza de su parte, Sancho nunca faltaba a la cita nocturna.

Pero pronto, para nuestro pesar, me di cuenta de que comenzaron a encerrar a las gallinas vecinas. Seguramente no querían que un gallo fecundara sus huevos y ellas se ocuparan en empollar en vez de poner. El mensaje era claro: debíamos retener a Sancho de alguna manera. Pero él había crecido en el campo y atraparlo no fue fácil. Me acerqué a cogerlo y, como tenía raza de gallo de pelea, saltó, espueleó y me hizo un corte en la mejilla. Volví a casa con la dignidad herida.

Un atardecer lo esperé cuando venía de su excursión. Pensé que llegaba ya a acostarse, pero comió y salió de nuevo. ¿Acaso creía que estaba en un hotel? Esta vez fui más sagaz. Bambú le montó una encerrona y yo me le fui con decisión hasta reducirlo. Me miraba de reojo mientras intentaba en vano picotearme. Sentí bajo mis manos sus delicados huesos del cuello. Lo amarré de una pata a un árbol mientras ajustaba la malla del viejo gallinero.

Pero ¿cómo dejar a Sancho encerrado y a Rebeca libre? Para ser justos, los encerramos a los dos. Rebeca me miró de lado, no tanto con rabia como con una decepción teñida de sarcasmo. Por mi parte, envalentonado por haber vencido a Sancho en franca lid, reforcé con toda mi inteligencia el enmallado para que la escapista no pudiera salir. Me justificaba pensando que Rebeca se había vuelto orgullosa. Era hora de que entendiera que toda libertad tiene límites. Ella respondió sin una sola palabra, pero de manera contundente: cerró su cloaca con una llave más fuerte que la mía y no volvió a poner.

Por pura soberbia, comencé a comprar huevos. Al llegar con la canasta cada ocho días, Rebeca me miraba tras las rejas que yo tan astutamente había dispuesto, como diciéndome que en casa ya los animales éramos cuatro: ellos dos, el perro y un asno. Los huevos de supermercado eran flácidos, pálidos y simplones. Pero yo no estaba dispuesto a ceder. Admiraba su búsqueda de libertad a toda costa, aunque me parecía que debía darle una lección.

Mi pareja se quejó de que la finca se había vuelto triste, con Sancho y Rebeca confinados. No se armaban los cacareos y los escándalos de antes, cuando Bambú los correteaba con mi soterrada complacencia. El gallinero nos quedaba tan lejos que hasta nos olvidábamos de ellos. El canto de Sancho se confundía con el de otros gallos de la vereda o simplemente no lo oíamos. Aunque nos despertara, nos hacía falta su potente llamado en la madrugada. Llegó el día en que, según acordamos, dejé la puerta abierta después de llevarles el maíz.

Solo esperábamos que Rebeca volviera a poner. Buscábamos a diario el nido escondido, aunque sin éxito. Cuando veía a Sancho solo y cantando, me convencía de que su pareja andaba cerca y me agazapaba frente al bosque para seguirle el rastro. Esperaba eternidades, hasta que oía los cacareos de Rebeca a mis espaldas, sin haber visto de dónde salía. Perdí la esperanza. Quizá ya no volvería a poner nunca más. Pero no era orgullo lo que había en ella, sino una pequeña cobranza. Dos semanas después me dejó ver el nido con once huevos enormes para su cuerpo enclenque. De nuevo nos encontrábamos a la pareja en los lugares menos pensados y nos arrancaban una sonrisa con sus peleas por culebritas que a veces devoraban.

Alguien nos sugirió que trajéramos un par de pollas jóvenes para que Sancho tuviera con quién entretenerse en casa antes de que se volara de nuevo. Le pedí a Leo que las comprara en la plaza del pueblo, y un domingo se apareció con ellas. Al verlas salir de la caja de cartón donde las traía, me sorprendió que fueran tres.

—Me encimaron el pollo negro —se adelantó a explicar.

—¿Y no va a haber problema con Sancho?

—No, porque van a crecer juntos.

Desconfié, pero ya estaban allí.

Llamamos a la polla roja Sonia, a la amarilla Julieta y al pollo Raskólnikov, como el personaje de Crimen y castigo. Mientras se acostumbraban a su nueva casa, tuvimos la mala idea de ponerlos a todos en el mismo corral. Las pollas entraron en pánico. Una de ellas se escapó volando, la otra, solo alcanzó a sacar la cabeza por donde pudo, mientras el gallo la montaba de prisa y sin compasión, picoteándole la nuca. En su arrebato de lujuria, por poco no se lleva por delante al mismo Raskólnikov.

Dejé las pollas adentro y al abusador afuera, y él, con solo verlas allí, pasaba más tiempo en casa. Cuando se hicieron mayorcitas, las dejé salir y Sancho estableció, ahora sí, su propio harén. Rebeca seguía siendo la reina, pero ahora con más independencia. Aun cuando las pollas la sobrepasaron en tamaño, ella siempre comía primero. Seguía durmiendo con Sancho, aunque liberada de sus apetitos mañaneros. Apenas aclaraba, el gallo se iba al pie del árbol donde ellas dormían y, al bajar, las ponía a su servicio.

Volvió la armonía a la finca. Nosotros comíamos huevos de campo, Rebeca estaba libre todo el día en su dichosa soledad y Sancho satisfacía sus necesidades sexuales, que no lo dejaban en paz. Pero ese equilibrio duró poco. Tal como estaba cantado, Raskólnikov creció y se convirtió en competencia de Sancho. Para mantenerlo a raya y recordarle quién era allí el mandamás, el gallo picoteaba y aterrorizaba al joven sin descanso. Un día las cosas cambiaron, para peor. Raskólnikov, desbordado por el instinto, no se contuvo y pisó a una de las pollas. Confió en que Sancho estaba distraído y, quizá, en la rapidez con que ocurre el amor entre gallos y gallinas. Pero Sancho lo vio a lo lejos y se vino a toda carrera, lleno de ira. Cogió al pollo en pleno acto, con los ojos aún brotados de placer, y le dio una tunda inolvidable que partió su vida en dos.

Desde ese día Raskólnikov fue un paria, un desterrado. No solo no podía acercarse al grupo, sino que, para comer, tenía que hacerlo a hurtadillas, asustado y de prisa. Vivía con miedo y pasaba casi todo el tiempo en el bosque, sin la compañía de sus iguales, en una soledad obligada que lo fue entristeciendo. Al final de la novela, Raskólnikov no escapa al castigo: lo espera el exilio en Siberia. Algo parecido le había ocurrido al pollo, excluido de los suyos como la pena mayor. Entonces empezó a rondarme la idea. Recordé la sensación de los débiles huesos del cogote de Sancho entre mis manos, y comencé a sentir que hacerlo era una necesidad.

—¿Acaso no compramos pechugas en el mercado? —le dije a mi pareja, que se había mostrado en contra.

Para entonces ya había aprendido a atrapar las gallinas sin corretearlas. Me les acercaba en la noche y las encandilaba con una linterna. Así hice con Raskólnikov y lo puse dentro de un guacal de madera, con agua y nada más. Abrí la puerta de su prisión en la mañana, lo tomé suavemente y sentí que me guiaba la mano de tantos seres humanos que habían sobrevivido de otros animales antes que yo.

Mi pareja trajo una olla con agua hirviendo. Lo sumergimos ya exánime para quitarle las plumas. Lo cocinamos y lo comimos, agradecidos. Mientras tanto, afuera, una de las pollas pasó con una tropa de pollitos a su alrededor. Sancho cantaba como un padre orgulloso y Rebeca se daba la buena vida entre el pastizal, como una verdadera matriarca de su estirpe.



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Consumidor final

Consumidor final

por FEDERICO ARTEAGA • Ilustración de Mariana Parra


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Es mejor recordado que sabido que la plazoleta de la Nueva Villa de Aburrá fue construida por el desaparecido Banco Central Hipotecario. El BCH era el guardián de la Unidad de Poder Adquisitivo Constante, o Upac, el Univac de las crisis inmobiliarias.

La plazoleta es un anfiteatro sin relieve a la orilla de la avenida 80. Existen dos clases de negocios en su contorno: los establecimientos de siempre y los locales que no prosperan. Hay dos cajeros, dos estanquillos y una administración que determina los horarios sociales del espacio y las actividades que hacen sostenible su mantenimiento.

Tienen suerte porque La Villa es el foro favorito de todas las generaciones en este lado de Belén. Están las y los sexagenarios que traen sillas plegables y se emborrachan con los amigos de toda la vida discutiendo los temas de siempre. Está la adolescencia gótica y emo (¡Alabado sea El Bajísimo!) yendo de los puestos de salchipapas a los parques en Miravalle, donde opera La Villa after dark: licor, sustancias, moda, pretensión y juventud, bendita y hermosa juventud.

De noche, las familias llevan a sus pequeños a montar en bicicleta, esquivan pícnics y sortean perros sueltos persiguiéndose los anos. Este tránsito nunca colapsa. Hay una benigna indiferencia que se convierte en camaradería entre los asistentes de La Villa, y harto de ella podrían aprender los promotores pagados del civismo oficial. Esta plazoleta privada deja de estar abierta al público a las 11:00 p. m.; los viernes a las nueve arman los toldos para el mercado campesino del sábado en la mañana.

Una de las formas que tiene la administración de mejorar la sostenibilidad del sitio es aprovechar su tráfico nocturno programando actividades que estimulen el comercio local. Si el sábado en la mañana el cilantro está fresco, ¿cuánto más no lo estará la noche del viernes? Con esta lógica seductora se lanzaron los Trasnochones Campesinos, la nueva tendencia que causa furor en los escenarios públicos de la ciudad. Desplazaron a las sillas plegables y recibieron a los compradores que entienden la necesidad de ganarle tiempo al tiempo, que invierten la noche en tareas domésticas como hacer los almuerzos de la semana para no interrumpir durante el día la marcha del progreso.

Los Trasnochones Campesinos fueron hechos pensando en ellos. También en quienes no pueden asomarse a la luz del sol, como los vampiros.

A diferencia de su antecesor cárpato, nuestro vampiro mestizo puede comer otras cosas además de sangre, que sigue siendo su principal sustento. El vampiro latinoamericano camina, compra y cocina. Es seguro encontrarse uno entre las frutas y verduras de un supermercado 24 horas, usando gafas oscuras y apretando aguacates como si fueran piernas muy amadas, separando el perejil liso del cilantro por su olor, pidiendo kilos y kilos de hígado sin tajar. No se miden con el gasto, tienen paciencia con las cajas de autoservicio y traen sus propias bolsas de lona negra (parecen hechas con las velas de los barcos que sus ancestros usaron para venir al trópico).

Hace mucho sabemos que están entre nosotros y que tienen hábitos de consumo. He seguido a un par en el Carulla de El Poblado y nunca salen con menos de medio millón de pesos en mercado para la semana. Sabemos que gastan a dos manos en productos para el pelo, skincare y morcilla española. También sabemos que prefieren el consumo ético porque no se pierden los Trasnochones Campesinos.

Como dije, he seguido a un par para llenar reportes de tendencias, estudios de mercadeo, e infografías de coolhunting. En los Trasnochones Campesinos es donde el vampiro latinoamericano se revela como segmento: demuestra emociones, interactúa con productores/vendedores y relaciona la experiencia comercial con su rutina diaria. Es decir, nocturna.

Compran todas las variedades de miel disponibles. Es un producto animal cuyo sabor es antónimo al de la sangre. La sacan de la gaveta al amanecer y se meten cucharadas enteras a la boca mientras contemplan el ascenso del sol, que no es sino la Tierra inclinándose ante la estrella. Juran que este ritual les garantiza dulces sueños. Los vendedores de miel celebran la confidencia del vampiro latinoamericano entre hipnotizados por su vampirismo y encantados por la venta de sus frascos.

La noche de mi último encargo fue el jueves 4 de diciembre de 2025. Luna llena por supuesto. Un intelectual medellinense exiliado en Santa Elena estaba haciendo y empacando su propia mayonesa de ajo negro, y entre la vampirada de los Carullas 24 horas corrió el rumor de que este ajo negro no era el blanco de Rumania, y, siendo ellos vampiros de otra tierra con sangre de otro olor y color, esta mayonesa de ajo negro era la respuesta química a la prohibición que limitaba la eternidad gastronómica del vampiro latinoamericano.

Vinieron vampiros de otras ciudades a hacer su compra. Una delegación peruana estaba realizando un documental sobre la aventura para la comunidad internacional (el director era Werner Herzog, quien habla español y vive de beber sangre humana).

Este sería el primer Trasnochón Campesino del intelectual. De hecho, sería la primera vez que participaba en algo así, y lo tranquilizaba que fuera en La Villa. Allá lo habían llevado sus papás a montar en la bicicleta que le trajo el Niño Dios. Desde los días del BCH hasta la actualidad, tener una bicicleta es una unidad de poder adquisitivo constante entre los amiguitos de la plaza. Una vuelta en bicicleta se canjeaba entonces por manejar el carro a control remoto. Una vuelta en bicicleta se canjea hoy por pilotear el dron y publicar la foto. Poder adquisitivo constante. Seguramente empezar su venta de mayonesa de ajo negro en este laboratorio comercial de la niñez sería de buena suerte.

Lo fue. Usando métodos vampíricos que no puedo revelar por este medio, la concurrencia escogió un delegado local para recibir la media galleta Tosh con mayonesa negra de ajo y probarla en nombre de los siglos malditos y malgastados sin el sabor del ajo en el aliento, en el corazón. Podría salir mal. El rumor podía ser falso, el delegado podía evaporarse al primer mordisco en una nube de dolor y cenizas sulfurosas que alertarían a sexagenarios, adolescentes y parvulario por igual.

No pasó nada. O sí: el mundo cambió. El delegado local fue transportado de La Villa a un país de sabor ahumado con regusto a estragón, donde el aire era crema, y la única palabra pronunciada era el aliento del ajo consolando cualquier congoja del alma, por vieja o inmortal que fuera el alma o la congoja.

Salió bien para el intelectual medellinense y los vampiros latinoamericanos. El uno vendió todas sus existencias y los otros mejoraron su existencia. El perfil de consumidor que levanté esa noche es una maravilla del marketing moderno, y alcancé a enviarlo por WhatsApp minutos antes de que otra delegación local me interceptara.

Sabían que había seguido un par. Sabían que sabía que el Carulla de El Poblado era su versión de La Villa. Sabían de mi encargo, y sabían que acababa de enviar mi reporte. Entonces me quitaron el teléfono y me invitaron a subirme a un coupé blanco de vidrios polarizados.

Estoy en una de las lomas (El Indio o Las Brujas). El apartamento es moderno y limpio. Puedo hacer lo que quiera si permanezco adentro, pero al tocar las ventanas o las puertas, siento fuego en los ojos de mi madre. Ni mi voz ni mi imagen ni mi señal pueden salir del apartamento. Mi Anfitrión, Melitón IV, está usando un viejo sortilegio que me hace imperceptible al mundo.

Está bien así. Él ha honrado mi cuerpo bebiendo su sangre. Me permite escribir, me deja dictar. Dice que tenemos entre manos el primer perfil de lifestyle del vampiro latinoamericano. Junto con halagarme y mostrarme los paisajes prohibidos de la eternidad, Mi Anfitrión se encarga de editar este escrito, aprobar su tono y reenviarlo a los periódicos y semanarios del valle de Aburrá hasta que alguien le preste atención a todo lo que no ha terminado de pasarme.



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