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Los cuadernos de Mario

Los cuadernos de Mario

por MARIO ESCOBAR VELÁSQUEZ • Ilustraciones de Buziraco
Selección y notas: Fernando Mora Meléndez


Número 149 Mayo de 2026

Escrito en el tránsito espiritual entre las selvas de Urabá y las calles de Medellín, el diario de Mario Escobar concilia el testimonio de un hombre de acción con el de un tipo de letras. Reúne la confesión íntima con estampas de la ciudad, los diálogos de amigos y los de la ficción. Con el encanto de la nota espontánea y la agudeza de estilo, es a la vez una lección de ironía sobre la vida y la escritura.

La primera tarea de su taller era comprar un cuaderno de notas. Lo pedía de tapas duras para que soportara el trajín de la calle, suponiendo que sus discípulos fatigarían el mundo como él lo hacía. Había que escribir lo que a juicio del principiante fuera digno de mojar tinta. Solo agregó, “con realce literario”, aquellas pequeñeces que el arte exagera. Y, como los músicos que pasan largo rato tocando escalas (otros las trepan), se trataba de rayar mucho papel, andar atento a las percepciones para copiarlas, como ese ser que va por un camino con un espejo, según Stendhal, o esa persona con antenas, que dijo Henry Miller. El cuaderno, lleno quizás de la calderilla de los días vacíos, en algún momento de inopia literaria, escupiría alguna perla para salir de aprietos.

Llevar un diario, aunque fuera en blanco, como el de Bartleby, no era ninguna novedad de la cocina literaria. El maestro nos lo dijo, y hasta invitó a hurgar en diarios de plumas consagradas. No era obligatorio, tanto como leer Servidumbre Humana o Sinuhé, el egipcio, las dos novelas de las que recordaba episodios, leía pasajes o ponía ejemplos. Aun así, cada cierto tiempo volvía a preguntar por el diario, como si en algún momento de delirio profesoral fuera a revisarlo. A veces sacaba el suyo del maletín, lo enseñaba, pero no leía nada de allí. Y uno pensaba en los diarios íntimos, como los de las santas, Teresa de Ávila. O los de artistas, de vidas non sanctas, como el Diario del ladrón, de Jean Genet.

Muchos de aquellos papeles solo vieron la luz después de que sus autores fallecieron. Y, al correr del tiempo, pasó igual con el suyo. Con ademán curioso, hurgamos en esas páginas, publicadas por la Universidad de Antioquia, para leer por fin los apuntes que Mario Escobar Velásquez copiaba al natural en sus cuadernos.

Nos dimos cuenta de que hacía lo que predicaba. Sus fragmentos, como los de diaristas de oficio: Camus, Virginia Woolf o Ribeyro, son piezas que dibujan el periplo real e imaginario de su autor. Combinan la confesión íntima, con la prosa del día, los apuntes ensayísticos, el aforismo, los esbozos de personajes, sus reacciones al mundillo literario o a las noticias, con las preocupaciones de un novelista que debió sobrevivir con quehaceres alejados de las letras. Vivió en la selva de Urabá, a orillas del río León, como constructor, granjero, y como fundidor de piezas de metal en Medellín; al tiempo que urdió obras tan celebradas, como Un hombre llamado Todero, Muy caribe está o Toda esa gente, su novela preferida.

Cuando contaba sus faenas en clase, su inventario incluía marcar reses, caparlas, construir una cabaña, reparar bombas aspirantes e impelentes, motores fuera de borda, medir bosques tumbados, revisar la podada de las malezas y pagar nóminas. Tales recuentos despertaban la suspicacia de algún postulante que no confiaba en que de la rusticidad de un hombre de acción, con una parla poco engolada, brotaran novelas ejemplares. Hemingway parecía un señorito al lado suyo. Y el efecto de esas lides físicas corre con auténtica emoción por sus escritos, aquellos que prefería esbozar antes con tinta estilográfica.

Se pensaría que, por ir aparejados con los azares de los días, que traen su propio afán, los diarios tendrían frases borroneadas, desmañadas quizás, con líneas ilegibles. Por el contrario, se nota en ellos la intención contraria, la de dar forma al caos de la vida. Nada parece tan nimio que no amerite una agudeza, como las que describe sobre un gato o los peces de un acuario, en las ceremonias de interior que recrearon su soledad.

En cuanto al registro de sus lecturas, en una suerte de diario de lector, sorprende con sus humoradas que, en contravía de los estereotipos, hace guiños a lo que se ha considerado sagrado en la república de las letras. De paso, registra sus conversas con amigos escritores. A despecho de la crítica reinante, no tiene empacho en vincular la biografía de los autores con los destellos de esta en los textos.

Desde la mirada de transeúnte, registra con minucia la botánica de acera o las criaturas que se cruzan en sus rutas citadinas, con el esplendor de su asombro. Las salpimienta con una ironía que linda con la herejía de buen salvaje, que no dejó de anhelar su cabaña de madera en el golfo.

A su manera, cuenta sus desencuentros con los personajes de sus ficciones, su brega con las palabras que, en busca de la precisión, prefería inventarlas. Y luego del punto final, también describe la depresión puerperal del novelista.

Lejos de parecer la bitácora de un autor desde su torre de marfil, este dietario no evade la gravitación de las noticias. Así, entre líneas, puede leerse el contraste entre el mundo interior de quien escribe, preocupado por el aumento de peso, y los aconteceres más allá de su ventana, como en la isla de Granada, invadida por Ronald Reagan.

Mario Escobar tampoco dejó por fuera las fantasías oníricas, aquellas que pueblan diarios, como los de Kafka o Adorno, y se entrecruzan entre sus visiones diurnas. Aquí algunas páginas subrayadas y rasgadas de esos cuadernos: intentos, recuerdos y notas a pie.

Ceremonias de interior

Bazuko, mi gato, que ya ha alcanzado una gran talla, mató, en un descuido nuestro, a uno de los pajarillos que venían a comer de las harinas puestas para ellos, y empezó a comerlo. Se lo quité, adolorido. Es un “crimen” de la vida que organizó la cadena, no suyo. Como todo se paga, al minuto vino un perro que no es Lucky, su amigo, y casi agarra al gato en una gran perseguida. Bazuko trepó a un pino, y en él lo ató el miedo. No quiso atender a mis llamadas. A poco llovía esta lluvia torpemente fría de estas lomas, y el gato se agarrotaba hasta que se empapó más que un tabaco en un río.

Lo dejé ahí, en la lluvia, más de una hora deliberada. Gato y todo, es bueno que sepa de otros eslabones de la cadena. Después me agencié una escalera, lo bajé y lo sequé, y ahora duerme, igual que siempre, en el tapete suyo, al calor de mis pies. Pero antes de que se durmiera le vi los ojos, y ya no son inocentes.

Libros

Por donde voy de la casa, los libros. Ordenados en anaqueles, y apilados por el suelo. Los amo intensamente, como no amé, ni amo, ni amaré a otra cosa ninguna. Si tuviera el dinero que he invertido en ellos tendría una suma de mucha consideración. Pero no amaría a esa suma, ni ella me hubiera reportado lo que los libros.

Cuando voy de librerías me rasco el bolsillo hasta la inopia. Luego voy sin pesos por la calle, con paquetes bajo el brazo, deseoso de llegar a meter los ojos por ellos.

Como en otras veces, hoy compré más de lo que puedo permitirme: no aprendo de mesuras en las librerías. Después, las horas me son pocas.

***

Morirme, tarde o pronto, me será muy triste porque tengo que dejar a mis libros. He pasado con ellos la vida. Por donde fui estuvieron. Mientras que aliente estarán. Nadie como ellos fue mi amigo, ni a nadie he querido por tan largo tiempo, sin desmayos. Siempre, siempre, antes de dormir estuve con uno por mucho rato, leyéndolo. El amor que les tengo es físico y espiritual, y si hay más vidas me serán menos duras si por allá hay libros.

***

Bazuko se perdió, hace días ya. Tropezó quizá con algún tósigo, porque robaba en casas vecinas. De pronto uno notó que no estaba, dolido, esperoso. Se quedó en mi novela.

***

Supongo que para muchos sería perder el tiempo, pero estuve más de media mañana mirando parir a una de las hembras gupis en la pecera grande frente a mi escritorio. En cada vez suelta a dos cosas esféricas, mínimas, que al decímetro de bajar al agua estallan en pececitos, que nacen sabiendo que hay jetas esperando para comérselos. Cada uno se dispara y se adosa a una rama, disfrazándose, o se oculta debajo de una pedrezuela, ceñido a rama o piedra como si fuera parte.

Es, claro, la memoria heredada, o el conocimiento heredado. Los terneros, igual: entre otras cosas que saben está el que las tetas de la madre quedan arriba de la altura de su cabeza, y las buscan. A veces de un toro grandote y de una vaca chica nace un ternero alto al cual las tetas de la madre le quedan debajo de la testa, y entonces se arma un lío. […]

Me pregunto qué cosas enormes olvidamos los hombres al nacer. Yolanda, mi hija, al cuarto de hora de nacida, miraba a las cosas sabiéndolas o reconociéndolas, viejos ojos sabidos en su cara estrecha. A mí, viéndola reconocer, me dio mucho miedo.

De lecturas y tipos de letras

A mí Flaubert no me incendia. Sé que Madame Bovary fue un suceso enorme en su época. Con esa novela creó técnicas y modos a los cuales y a las cuales debemos infinitamente. Pero sé igual que todo eso se ha superado, y que ante lo inmediato, lo suyo, remoto, palidece. Emma Bovary fue una heroína extraordinaria, pero en su época. Después las hubo a centenas, usuales, y no conmueven. Pero Flaubert escritor es un guía al cual me atengo: su respeto por el quehacer literario, su disciplina inaudita, sus investigaciones minuciosas para adueñarse del tema, su sentir hondamente a sus personajes, me motivan. ¿Cómo no admirar sus vómitos cuando escribía del envenenamiento con arsénico de su protagonista? Él estaba siendo ella, y sufriendo igual. No hay otra manera de hacer las cosas literarias bien hechas.

***

Cuando de El día señalado, una novela que obtuvo el prestigioso Premio Nadal, de España, Manuel Mejía Vallejo extrajo un cuento perfecto llamado “La venganza”, y que a mí me parece como cuento mejor que la novela como novela, y el cuento estuvo adecuado, “lloré”, me dijo.

Un llanto que yo entiendo. La belleza llora a veces o nos hace llorar sin tristezas.

***

Algunos escritores hablan del “lector” en el cual piensan cuando escriben, para agradarlo. Salvo las cartas, que suelen ser privadas y tienen un destinatario único, “el lector” no tiene entidad, sencillamente porque no hay dos iguales, con la misma cultura, los mismos gustos, etc. El escritor no puede plegarse a todos. En su variedad son los lectores los que deben adaptarse al escritor.

Cuando escribo no pienso sino en lo que escribo, batallando con las palabras para que digan lo que yo quiero, como yo quiero que lo digan. Es toda una lucha: las palabras son esquivas, quieren desbandarse y uno las quiere unidas. Me recuerdan al ganado de Urabá cuando había que meterlo en corraleja para vacunarlo. Yo solía decir que era mío solamente cuando ya lo tenía encerrado donde yo quería. Lo mismo son las palabras.

***

Bajo el volcán, la obra más caracterizada de Malcolm Lowry fue escrita en cuatro veces. Al primer original lo perdió en una de sus borracheras seriadas, luengas. Al segundo en un incendio, que tal vez él mismo provocó en otra de sus curdas, sin quererlo. El tercero naufragó con un barco, y se ilustraron los peces y los corales. Y para el cuarto casi que no encuentra editor, porque estaba entonces en boga una novelucha de dipsómanos.

Era todo un apego a una idea, tan poderosa como su necesidad de beber. Uno sabe que las tres ocasiones fallidas no le hicieron daño a la obra, sino provecho: un libro que no se haya escrito en esas veces por lo menos tiene de feto. Es un libro inmaduro. Uno casi que recomendaría borracheras de botar libros, incendios de quemarlos y naufragios en provecho de peces, a más de uno de nuestros escritores.

El paso y el repaso de lo escrito hacen buena prosa, amarra los hilos sueltos, cohesiona el conjunto. Si por un acaso se hallara el original primero y se comparara con lo publicado, se hallaría la diferencia misma que hay entre una naranja verde y otra en sazón.

***

En Crucifixión rosada, el libro que me gusta más, Henry Miller habla de una con la cual convivió durante siete años. Cuando ella leyó dijo que “todo está distorsionado. Esa no soy yo. Yo esperé de ti algo bonito sobre mí”.

Es que no sabemos cómo nos ven. El que nos mira nos interpreta. Al pasar a su través nos distorsiona de necesidad.

Henry escribió sobre la que odiaba. Pero en ella tendría que haber una lovable: esa que se sacrificó por él y que, así fuera puteando, se conseguía los billetes de a cien para que Henry Miller pudiera escribir y escribir. Tal vez el odio le nació de ahí, de esa dependencia. A esas bondades que dan tanto y por tan largo tiempo llega a odiárselas.

***

En la única librería de viejo que conozco en esta ciudad hallé dos tomos de los diarios de Camus, que copan desde el año 35 al 51, que son los de su madurez. He pasado momentos tediosos, que se alargaban, borrando anotaciones y subrayados de su dueño anterior, que me incomodaban tanto como lavarme los dientes con un cepillo ajeno. Afortunadamente estaban con lápiz. Solamente cuando acabé de borrar pude ponerme a leer, y a rayar como yo rayo.

Un libro es un objeto tan personal como una camisa.

Camus temía del sexo. Lo comparaba con el opio, como adormecedor de cosas en el hombre. Anhelaba la castidad en la cual, presumiblemente, trabajaba mejor.

Algo muy parecido le dijo alguna vez Ernest Hemingway a su amigo Hotchner. Creía que se derrocha en el sexo, cuando debería ahorrarse para la literatura.

Pero a mí el sexo me tonifica. Sin él no puedo escribir, envenenado de esos jugos espesos si se me acumulan. Creo que me parto abajo, y también en el cerebro. Cuando mejor escribo es cuando le hago un uso pleno.

Lo que importa es ser consecuente con lo que se es, cada uno. Si la castidad es tu estado, sé casto, caray: lo que importa es tu obra.

***

“Besacalles” es un gran cuento de Andrés Caicedo. Una maestría en el desarrollo, y en los amarres, y en el entorno. ¡Cuán placentero es leer algo bueno! Cuánto escasea lo mejor, y cómo cuesta encontrarlo.

Caicedo, un poco nuestro Truman Capote, tenía ya un estilo a sus veinte años. Como el gringo, empezó desde muy temprano, y harto que produjo. Al contrario del gringo, no rompía nada. Lo conservaba todo, bien organizada versión tras versión de un mismo asunto. Sería muy interesante mirar los desarrollos que tuvo para cada uno. Después de la creación iniciaba un lento, un múltiple, un repetido trabajo de artesanía.

Y después, en un baúl de esos antiguos que eran los escaparates de otras épocas, apilaba las versiones. Como si pensara que algún día irían a estudiarlo. Y eso se hiciera, si esas versiones se publicaran.

Apuntes de ciudad

Uno sabe que la gente de ciudad, esa nacida acá y acá vivida, sedentaria, es otra cosa distinta a lo que uno es. Que su mundo apenas si roza el de uno. A veces se llegan a donde tengo mi escritorio con la pecera espléndida a un lado, mi mar reducido, y se quedan alelados viendo al molusco. Preguntan:

—¿Qué es eso? ¿Esos?

—Son caracoles.

—¡Qué maravilla! Nunca había visto a uno vivo.

Y yo entiendo entonces sus almas con calles de cemento, con árboles domésticos y esmirriados, con un horizonte de patio o de calle o carrera. Y sé que por eso aparecemos ellas, las gentes y yo, extrañas. Tienen un solo mundo, y yo a muchos más de dos.

***

Bajé del carro para abrir el garaje, y vi a la niñita: estaba al sol de las 12 m., muy modosica sentada en el muro de enfrente, solitaria, vestida de blanco, dos guedejas rubias sobre los hombros. Debe ser una de las innúmeras, parientes de la gente de ahí, con muchos vínculos con el campo. Conversaba, sola al parecer. Gesticulaba con manos y brazos. Nada sucedía para ella sino su conversación. A mí no me percibió. El viejo perro de esa casa, sentado en la cola, la oía. Pero no era con él la conversación. Era con alguien que para ella existía, así yo no lo viera, y de quien no dudo.

Así somos los escritores. A veces, solo al parecer, en el carro, converso con mis personajes, y el diálogo es siempre interesante. Creerán que hablo solo, o con fantasmas, pero a mí qué. En ese aspecto los escritores seguimos siendo niños: no es un defecto. Es que los demás se anquilosaron.

***

Rodrigo Arenas Betancur es pequeñito de cuerpo, y no faltó alguno que dijo o escribió que por eso sus figuras son monumentales. En la cara, hondos y pequeños, le bullen los ojos inquietos de cualquier campesino antioqueño. Ojos de esos he visto muchos: son calculadores, calibradores, “machuchos”. Pero en los de él está algo que es de maravilla: la inteligencia del artista. Él quiere aparecer culto, y tal vez lo sea. Es deslenguado al hablar de otros. Me dijo, por ejemplo, que pese a haber escrito Aire de tango, que presuntamente ocurre en el barrio Guayaquil de antes, Manuel Mejía Vallejo es un “señorito que si pasó por allá lo ‘hizo en taxi’”. Es decir que no lo conoció, y el suyo es un entorno inventado. Eso se nota en la obra. Dice que Guayaquil fue un puerto magnífico, como El Pireo, así terrestre, y como otro cualquiera repleto de marineros. Que él sí vivió a Guayaquil. Añadió que “Manuel se identifica con el Jairo de la novela, pero que se soslaya y que debió asumirse más”.

***

Vende frutas a la entrada de la U, y en el brazo, que una camisa completamente en sisa deja visible, tiene escrita, y mal, la palabra “vengansa”, en tinta de un azul desvaído. Un tatuaje barato.

Mi amiga le preguntó la razón de esa marca indeleble. Contestó como lo primero:

—Cosas de uno.

Pero como mi inquisidora no continuó las preguntas, él hilvanó otra respuesta:

—Es para acordarme en todos los días que debo vengarme de una hijueputa.

Yo, callado, sin mover el labio, me reí de él. Quien de veras desea vengarse no requiere de recordatorios. Ese debió quedar lleno con el letrero y las punciones. Su venganza es de esas baratas de exportación, de mostrar, de engreírse. Ese, al odio, no lo ha conocido. ¡Seguro!

***

Todos los de antes se colapsaron, o colapsan. En cada vez estoy más solo de la gente de antes. Ahora es él quien agoniza. Juntos enseñamos en el Liceo de Udem, hace como 30 años. Por entonces él creía ser poeta, y tuvo sonetos casi. Pero no llegaban.

Me dice su hija que las radiografías muestran a un corazón casi tan grande como un pulmón. Con la hipertrofia, empeñoso, pretende suplir sus menguas. Pero él agoniza, con una asfixia cruel y lenta, y sabe pedir a quienes le rodean que lo maten. En otra asfixia como esa que Franz Kafka le dijo al médico, con la más kafkiana de sus razones:

—Si no me mata, es usted un asesino.

Cada uno de los antes que se muere me mata en un tris. Cuando esos trises sean volumen moriré yo. Uno se muere a pedazos de otros.

***

En Cartagena, afuera del Castillo de San Felipe, y no adentro, está la estatua de don Blas de Lezo. Se la ve un poco como a un espantajo, una pata delgada de zancudo, de palo. Una manga vacía para el brazo faltante, la espada en la otra, y, desde luego, tuerto, vaciado de puntazo uno de los ojos, no sé si el derecho.

Los españoles lo pintan en la historia que nos legaron como invicto e indomable, no vencido de Vernón: es puro arte de hacer héroes, tan necesarios en la guerra. Porque el invicto e indomable es ese castillo, todavía. Pero más para los medios de la época de Vernón. Esa mole formidable dice de lo buenos ingenieros que eran los españoles.

Con un gorro de esos de tres picos sobre la testa tozuda, el empecinado de don Blas, que ciertamente no fue ileso, parece un insecto trancando en la explanada del castillo. Y no me inspiró cosas épicas, sino sonrisitas de chiste.

No sé qué quiso augurarle el autor de la estatua. A mí me pareció bailoteando y burlándose de los ingleses, cuando idos sin poder, todo payasudo ese incompleto.

***

San Pedro Claver fue pequeñito: se le ve en la calavera. Quizá no alzó ni los 1.60 metros.

Ni en la iglesia que se llama suya, ni en el convento adjunto, ni en sus aposentos, se le siente. Y la calavera no impresiona, marfilina, sin la quijada. San Pedro Claver es ahora otro buen negocio de los jesuitas.

Misterios del oficio

Cada autor puede hacer de su novela lo que a bien tenga, siempre que sepa qué hace. Una novela no es únicamente una acumulación de palabras demasiadas, o de hechos, o de caracteres de personajes, o de estos, sino una unión armónica de todo eso con un fin determinado. Este fin lo subordina todo. Es decir que la novela es proclive, debe obedecer a un plan. En una buena novela no hay una sola palabra sin objeto. Ningún hecho, ningún carácter. Nada sobra, y desde luego no falta nada. No hay que dejar a los personajes a que hablen por su autor, expresen sus opiniones, etc. Los personajes deben ser ellos mismos, no calco de quien los creó.

***

La sensación de vacío al acabar de escribir una novela genera una displicencia terrible. Uno no sabe qué hacer, pero no quiere nada. Uno es unas cenizas de un fuego que se apagó: es decir nada. Es su frío, al acabarse. Acabar una novela se parece a morir. Es un fin. ¡Y cómo cuesta renacerse!

***

Acabé, creo, “Caínes”, un cuento al que le trabajé mucho. Su concepción es obvia: el guerrero no tiene sentires propios, sino los de su bando. Todo en él es colectivo. No razona porque ya razonaron por él.

Esa es una crueldad para con el individuo, porque lo niega.

Cualquier guerrero. Básicamente no hay entre ellos sino diferencias ideológicas, las de su bando, contrarias a las del otro bando. Unos bandos miran a la derecha, y otros a la izquierda. Pero actúan lo mismo, sin piedad. La desgracia es que quienes los sufren son los que están entre ellos, los neutrales, los pacifistas, los intelectuales, los campesinos: los ajenos a los bandos.

***

Casi entero el día metido en la melancolía, como en una piscina. Una melancolía viscosa. Es que en la mañana me encontré con quienes me compraron la finca de Urabá, sobre el río León, abajo del caño Tumaradó, y la recordé. Se habló poco de ella, porque cuando querían decírmela, yo variaba. Y después estuve reorganizando el capítulo primero de Canto rodado, que publiqué en alguna parte como cuento bajo el título “¿Qué es un siglo, patrón?”, que ocurre allá en esa finca.

Recordé el pasto, seco en el verano, y amarillo, pero a que a la menor llovizna enverdecía como la esperanza. Y al río perezoso y como dormido, pero con tanta potencia en sus aguas, que no mostraba. Y a la selva innúmera, que entonces dominaba en la región. Y al sol bravo.

Recordé a Fela (por Felícita) que es el personaje femenino de ese capítulo, y que yo traspolé a india fantasma. Y recordé a todos los amorosos escarceos que nunca culminaron, y a los cuales siento todavía como un vacío muy parecido a la sed.

Todo lo recordé, incluido el que allá fui feliz, y que no olvido. Fui feliz, sin saberlo, así como se es joven sin entenderlo. Juventud y felicidad solo se saben en la inmensidad de su valor al perderlas. Como los paraísos. Como el dinero. Como las mujeres. Pero no sabía por qué me ponían así agrio el día, hasta que recordé lo que la saudade es: tristeza de lo que ya no está.

¿Qué importa? La vida me ha cambiado en otra de sus muchas veces. Allá escribí Un hombre llamado Todero, y terminé mi primera novela. Allá tuve lo menos de cosas materiales que era posible: un jergón, un mosquitero, una mesa para escribir, cuatro trastos de cocina baratones, ni energía eléctrica, ni agua corriente, pero sí libros a montones. Tampoco mujer, salvo en los escarceos con Fela. En cada vez que salí de allá, para volver, paré al otro lado del río para mirar la casa que yo mismo me hice casi entera, y el pedazo de paisaje que me cabía en los ojos. Siempre salí triste, y volví alegre. Pero cuando salí para no volver no torné la cara. Le temía a convertirme en estatua de sal, como la mujer de Lot, por no aceptar los avatares.

Pero estaba recordando el final de la novela Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes: “Me fui como quien se desangra”.



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El monologuista involuntario

El monologuista involuntario

por ÁLEX JIMÉNEZ • Ilustración de Buziraco


Número 149 Mayo de 2026

Es lógico que casi todo lo mío
sea una indiferencia hacia todo lo de afuera,
porque todo me va es por dentro.

Mario Escobar Velásquez, Diario de un escritor

Un hombre que vive con la convicción de que escribe libros grandiosos los ha visto rechazados, uno tras otro, por el ecosistema literario. Inventa una editorial para publicarlos de su propio bolsillo. Oficia de autor, editor, publicista, distribuidor. Escribe solapas elogiosas y premonitorias donde anuncia los éxitos publicados y los que ha de publicar. En algún prólogo da las gracias a “todos en la editorial”. Aprovecha los talleres de escritura que dirige para vender esos libros entre sus aprendices, a veces con cómodas cuotas de pago. Explica en qué consiste la maestría usando ejemplos de su propia obra. No se le ocurre que no pueda tener razón, ni concibe discrepancias dignas de ser oídas. Existe incluso el rumor de que se ha ido a los puños con pupilos abjurados. Sus novelas y cuentos a menudo contradicen lo que él preconiza sobre la buena literatura.

Sé que algunas personas hubieran querido hacer esta caricatura para cuestionar su grandeza. No es eso lo que busco en este ejercicio. Las objeciones que intentaré aquí no le harán un solo rasguño: si cuento con suerte, podrían ayudarnos a leerlo mejor. Ese hombre, Mario Escobar Velásquez, mi héroe de juventud, fue uno de los padres literarios a los que tuve que matar, como conviene en toda vida que persiga un mínimo de hábitos saludables. Una sola vez tomé el valor necesario para acercarme y hablarle. Sobre ese desastre hablaré más adelante.

Don Mario (así le decíamos en clave reverencial mis amigos y yo) pensaba que nadie escribía como quería. “Cada quien escribe como es. Escribir es retratarse”. No sé si lo dijo con resignación o con orgullo. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, me parece acertada. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, creo que no la llevó hasta las últimas consecuencias. De lo contrario, habría tomado decisiones que no entraran en conflicto con su carácter indomable, como hizo Fernando Vallejo al construir su obra en torno a su alter ego Fernando Vallejo. Mario Escobar no percibió que su personalidad iba en contravía de los preceptos que, se supone, hacen la buena literatura. Creía que los cuentos debían carecer de ripios: casi todos los suyos los tienen. Pensaba que las intenciones de una obra debían permanecer ocultas: a menudo las deja ver. Creía que los personajes no debían ser un calco del autor, pero casi todos los suyos lo son: no pareció notar que pensaban como él, sabían lo que él, abusaban de sus símiles, repetían sus aforismos, compartían su sintaxis enrevesada. Pese a todo, son creíbles porque su autor logra sentir como ellos. Es lo opuesto a Shakespeare, quien tenía la capacidad de ser muchas personas, pero se distanciaba de ellas a veces hasta la indiferencia. Aunque Mario Escobar no logra ser sus personajes, es capaz de sentir lo que sienten. Quizá por eso tenemos la impresión de que las historias en las que los animales son protagonistas constituyen su mejor trabajo: se limita a sentirlos, sin intentar hacerles el psicoanálisis que aplicó a sus humanos con el ingenuo entusiasmo de Stendhal en Rojo y Negro.

Sin embargo, ninguna de las objeciones que tengamos logra arruinarnos sus historias: es capaz de meternos en ellas, de ponerlas frente a nuestros ojos, de dárnoslas a probar, a palpar, a respirar. Creo que su gran enseñanza es la de no olvidar ninguno de los sentidos para obtener atmósferas muy vivas. Siempre consigue meternos dentro de un escenario para presenciar, oler, tocar los acontecimientos. Por esa razón decidí nunca volver a leer Con sabor a fierro, uno de sus mejores cuentos.

Si escribir es retratarse, entenderemos por qué su prosa no parece una declaración de individualidad, como cualquier estilo, sino una imposición enfática. Su ritmo es, por momentos, despectivo. No percibo una invitación musical para atravesar párrafos, sino el careo de un guapito: “Léame, si es tan verraco”. Baste como ejemplo esta frase tortuosa de Historias del Bosque Hondo: “Era una piedra de moler maíz, traída quién sabe de dónde, y cuándo, ahuecada por otras piedras a modo de cincel, y pulida por la ‘mano’, o sea la piedra, otra, que se adaptaba a esa concavidad y molía el maíz cocido”. Ninguna percepción estética es definitiva: entiendo que hay quienes disfrutan de estas zancadillas.

Antes de leer sus poemas, creí que don Mario tenía un oído duro. Después de leerlos, entendí que su sentido de musicalidad funcionaba bien. Sospecho entonces que pasa algo diferente. Una prosa fluida es tal vez la declaración de que creemos en la existencia del otro, o al menos de que no nos tiene sin cuidado. En su Diario, Mario Escobar lo dice con todas las letras: al escribir, no pensaba en un hipotético, casi imposible lector. Escribía lo que quería, como quería, y consideraba que los lectores debían amoldarse a él y a cada autor. Esa idea, atendible en dosis razonables, en su voz parece la elaboración compleja de un simple “de malas”. Hay obras que saben conversar: la de Marvel Moreno y Margaret Atwood son buenos ejemplos. Algunos poemas de Emily Dickinson me producen el sabor de un soliloquio, como si la desdichada escritora hubiera tenido el hábito de hablarse a sí misma en voz alta. A veces tengo la impresión de que Gabo, con el embrujo de su prosa encantadora, quiere venderme algo. La prosa de Mario Escobar, en cambio, es el monólogo pedregoso de un rumiante. Sin embargo, cuando un lector nuevo pasa el filtro del estilo autoritario y acepta el pacto impuesto, logra creer en lo que lee. Y la mayoría de las veces, lo agradece.

Aparte de músicos populares y una cita de Felix Mendelssohn, el único compositor que recuerdo mencionado por Mario Escobar Velásquez es Beethoven. No eligió al sublime y equilibrado Bach, al delicado Chopin, al sofisticado Debussy o a compositores disruptivos del siglo XX. Un hombre sensible, de trato difícil, de carácter fuerte, eligió a un romántico sensible, de trato difícil, de carácter fuerte. En su Diario dice esto: “La Quinta sinfonía de Beethoven me dice, y yo le entiendo, de un tránsito de una vida a otra”. También compara el final de un cuento suyo con el final que quiso darle de “sinfonía de Beethoven”. Y en uno de los poemas de Juan Sin Tierra habla de “la música enorme de Beethoven”. Creo que puedo relacionarlos de varias maneras. El adjetivo que usa para describir esa música, “enorme”, describe el amor de Mario Escobar por lo desmedido, lo expansivo: símiles en los que abundan dolores más fuertes que el aguijón de “diez mil abejorros”, soledades que muerden más duro que “mil lobos”; un lenguaje profuso que por momentos se antepone a la historia; el hábito de escribir novelas, una tras otra; el orgullo que le produce que no sean “esmirriadas de páginas”. Pero hay algo más. En una entrevista, Leonard Bernstein habla de Beethoven, de su armonía demasiado básica, de su ritmo predecible, de sus melodías monótonas. Esa pobreza de cada elemento individual funciona como un don divino cuando las partes se funden en su conjunto. Creo que con Mario Escobar ocurre algo así: las objeciones que he hecho de sus elementos sueltos son irrelevantes para el conjunto. Hay otro rasgo: Beethoven se puso en la mitad de su obra, como si quisiera decir “este soy yo: Beethoven”. Mario Escobar también lo hizo, no solo con su “trasunto” Alaín Calvo, sino también cuando creyó ser otros. Su obra podría leerse como un largo monólogo involuntario que tiende a la poesía. Lo que un autor hace a sus propias espaldas suele provocar burlas. Eso, sin embargo, no es suficiente para invalidar lo que logra. A nuestras espaldas ocurre la mitad de lo que somos.

Desde que escapó de su casa a los dieciséis años, Mario Escobar se dedicó a la ardua tarea de ser él mismo. Eso lo hace también en la mayoría de sus textos. Pero en los trabajos en los que no se cuidaba de reforzar el estilo que ya tenía, que ya era él, es más legible. Ejemplos de ese estilo menos enfático pueden estar en Marimonda, en su Diario, en los poemas de Juan Sin Tierra. Cuando comencé a escribir esta idea, pensé en comparar esa manía de mi maestro con la de alguien empeñado en pulir su respiración, algo absurdo en la cotidianidad, útil para unas pocas actividades específicas, como el yoga. Y entonces encontré este fragmento de su Diario: “Cuando me dormí no sospeché que mi cansado diafragma dejaría de funcionar con su dispositivo automático, y que yo tendría que practicar la respiración voluntaria. Me pasa, a veces”. No puedo dejar de pensar que lo uno tiene que ver con lo otro.

La característica en la que nunca flaquea Mario Escobar es en su extraordinario trabajo plástico: es un pintor incomparable. En este párrafo de su Diario, por ejemplo, logra de manera espontánea lo que muchos no lograremos jamás con la mejor voluntad: “La luz que en esta mañana entraba por la ventana la untaba muy singularmente. Su piel desnuda tenía alternados visos hermosos: de oro, de miel, de fuego, de níquel, de plata, de luna, de cobre rojizo ardiendo suave. La luz la inventaba en cada vez con un color distinto, y no sé cuál era más bello. En algo así como un cuarto de hora fue muchas y varias. Lo que hubiera dado por conservarlas a todas”.

En algunas páginas del Diario, Mario Escobar hace una lista de gratitud por las enseñanzas de sus maestros. No menciona a una sola mujer. Sin embargo, más adelante habla de las obras de mujeres que lo conmovieron hasta los huesos: Carmelina Soto, Meira del Mar, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik. Sus desplantes hacia lo femenino son de otro tipo: ideas de posesión, justificación de los celos, dominación. Sin embargo, si queremos ser justos, es importante matizar este punto. La fecha de nacimiento de Mario Escobar está más cerca del siglo XIX que del XXI. Los valores que heredó fueron los que hemos heredado de cientos de años de opresión femenina, pero más intensos. Vivió el siglo XX en un campo atrasado, empobrecido, durante sus primeros años de formación. Pese a todo, logró cuestionar las ideas que rodearon su crianza y la nuestra: la de la violencia como condición de masculinidad, la de la mujer como apéndice del hombre, la del homosexualismo como enfermedad. Si no llegó más lejos en esa ruta, fue porque la vida no le dio para más.

El tiempo depura nuestro trabajo. No sé cuáles de sus obras sobrevivirán a los años. Yo quisiera que el olvido perdonara a Gato, cuento inspirado en su amigo-gato Bazuco, hermoso a pesar de su injustificable frase final; los poemas de Juan Sin Tierra, que me permitieron ver a su autor de una manera diferente; Muy caribe está, donde vivimos la resistencia indígena en la selva contra los conquistadores; Diario de un escritor, que podría leerse como una obra experimental cuya fragmentación nos ofrece el sabor de un ser humano completo. Y la que más me ha conmovido, Marimonda, en la que nos hacemos amigos de un mono, sentimos que sus trabajos se ven justificados en su vida y acompañamos el llanto de belleza del hombre que contempla todo esto con ternura y asombro.

En una mañana del año 2004, un muchacho triste y tímido decidió acercarse a su ídolo. Lo había observado largamente en los pasillos universitarios, lo había visto caminar con parsimonia y acariciar las plantas que encontraba a su paso. Varias veces se había sentado cerca de él en un corredor y había interpretado los únicos compases que conocía de Asturias, de Isaac Albéniz, convencido de que su ídolo lo estaba escuchando. Esa mañana, el muchacho se acercó con un libro bajo el brazo y un fajo de papeles ocultos en el bolsillo de atrás. El libro se llamaba Muy caribe está. Pese a las advertencias de lo que podía pasar según las lecturas del Diario de un escritor, el muchacho, temblando y con las manos sudorosas, tomó el valor de pedirle a su maestro que le firmara ese ejemplar. La leyenda encarnada accedió. Mientras garabateaba una dedicatoria, Mario Escobar Velásquez me preguntó qué era lo que más me había gustado de la obra. Pensé en hablarle de la capacidad de meterme en cada situación, de sentir el coletazo del caimán enorme, el calor de la selva, la furia de los combates. Pero yo era inseguro y todo eso me pareció superfluo: me creí indigno. Decidí repetir el comentario que había hecho un amigo sobre lo interesante que le había parecido el personaje de Francisco Pizarro. Cuando lo dije, don Mario enfureció. Se despachó contra los conquistadores: los puteó profusamente de arriba abajo, de derecha a izquierda, al derecho y al revés. Me devolvió el libro contra el pecho. Rápidamente saqué los papeles que llevaba ocultos en el bolsillo de atrás y se los entregué. Eran la narración de un sueño que había tenido. Di las gracias y escapé. Desde ese momento, traté de que no me viera de nuevo. Por esa época tuve sueños a los que les di permiso para torcerme el destino. Este es el que narré en el texto:

Sentado en una patineta, bajé una pendiente a mucha velocidad. En dirección opuesta subía un mar de ratas que me saltaba a la cara. De alguna manera, logré escapar. De pronto me vi frente a un hombre enorme de barbuchas negras. Era Julio Cortázar. Me acerqué, emocionado, y lo besé. Cuando acabó el beso, volví a mirar. Ya no estaba Cortázar, sino el hombre de la espantosa portada que hizo Plaza y Janés de Un hombre llamado Todero, la segunda novela de Mario Escobar. Retomé el beso emocionado. Ese es, depurado por veinte años de olvido, el sueño que relaté de manera extensa en esas hojas cuyo destino espero seguir ignorando.

La grandeza le pertenece a la especie. El individuo acepta encarnarla o no, vivir o no las vicisitudes de ese destino. Mario Escobar Velásquez, tan repleto de defectos como cualquiera de nosotros, la aceptó. En la primera entrada de su Diario reflexiona al respecto, a partir de la parábola bíblica que concluye que muchos son los llamados y pocos los elegidos. Gracias a eso nos dejó páginas de belleza muy suyas. “La Belleza no me traicionó nunca”, dejó escrito. Más allá del lugar que tengamos o no en el podio inútil de la gloria, la literatura nos ayuda a ejercer nuestra humanidad, le da algún sentido a nuestras horas. Eso nos pone en la misma situación de Shakespeare, de Borges, de Yourcenar. Entonces su vida, nuestra vida, no es en vano.



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Tres historias de agrande

Tres historias de agrande

por JUANGUI ROMERO • Ilustración de Maria Alejandra Pérez


Número 149 Mayo de 2026

Cambio de ritmo

¿Qué habría pasado si yo tuviera hijos? En eso me quedé pensando al ver a ese niño subirse a esa moto con cara de quien quiere llegar cuanto antes a la casa después de un mal partido, y bañarse, y estregarse con rabia cada dedo del pie derecho, los culpables de tantas malas jugadas que solo merecen perderse por el desagüe. Su padre —o a lo mejor era el tío futbolero— no lo dejó ponerse el casco, no se lo pasó a pesar de que el chico lo pedía. Quería que siguiera ahí parado, pensando en ese partido hasta cuando él lo decidiera, hasta que le diera la gana de encender la moto —hasta que se despidieran en el aeropuerto, cuando el hombre volvería a marcharse una vez más, rumbo a Estados Unidos—. “Santi, si haces eso no va a importar tu estatura…, les vas a ganar a todos esos grandotes”. El hombre trabajaba en Miami —y según mis ataques de grandeza, todo era producto de la torpeza típica de un padre ausente—. “Mira, Santi, yo trabajo cerquita al estadio donde juega Messi y lo veo hacer eso cada semana… Y mira lo viejo que está”. El tipo lucía una camisa de fútbol americano que le quedaba juagada —la moto le quedaba igual—, en una mano tenía un vapeador que se llevaba cada rato a la boca y los dos cascos seguían colgados de los espejos. Siempre estuvo sentado de medio lado sobre el sillín de la moto, desesperado por tirarle la lengua al niño, pero este nunca le respondió. “Cuando vayas te voy a llevar a unas montañas rusas que tienen las curvas flat, ¿sabes qué quiere decir flat?… Planas, curvas planas. ¡Pura velocidad!”. El chico seguía escuchándolo en silencio, más bien desatento, escasamente levantaba la cabeza cuando aparecían esas palabras en inglés, como si en esos momentos lo picara un zancudo. “Esas montañas rusas se llaman wild mouse, ¡ratón salvaje!, ¿escuchaste bien, Santi?, eso es lo que tienes que ser tú en la cancha”. Y fue en ese instante cuando por fin le pasó el casco al niño, y también se puso el suyo, como si ahora necesitara acelerarlo todo. La moto estaba en una bahía, junto a la mía, delante de una seguidilla de canchas sintéticas, y entonces el freno retador de un bus que había parado justo al frente, anunció con su bufido lo que este hombre —también cincuentón, como yo—, consideraba el clímax de su charla técnica: “Santi, mira este bus. Los dos vamos a arrancar al mismo tiempo. Nosotros somos un delantero y él un defensa tan grande y pesado como Yerry Mina. ¿Cómo le ganas?, si decides chocarlo, mueres; si le cambias de ritmo, lo dejamos mirándonos la placa”. Eso fue lo último que escuché, mientras seguía esperando a mi esposa. Cuando tengo que recogerla me las ingenio para citarla junto a cualquier cancha de fútbol, así veo desde la moto lo que sucede en esos partiditos. Incluso, si ya estamos rodando y pasamos cuando van a cobrar un tiro de esquina o un tiro libre, desacelero a ver cómo termina la jugada. Por fortuna, ella hace rato entendió que esto es una enfermedad.

Un abrazo torcido

No recuerdo la fecha exacta, pero fue en 1993. Ese día jugábamos la final del torneo de micro más famoso de la Universidad de Antioquia: el de los bajos de la biblioteca central. Para mí, el campeonato que llevó a Gianni Infantino, el presidente de la Fifa, a armar este mundial con 48 selecciones. Está claro que a este man no le gusta que ningún récord duerma lejos de su casa, y seguro alguien le mostró en cualquier reunión los registros con este mismo número de equipos que dejó para la historia don Miguel Valencia (q. e. p. d.); ese señor con aires de cacique bonachón, que además de vender periódicos en la principal portería de esta universidad, se la pasaba colgando allí, en la malla contigua, unos tableros de lata o de cartón en los que difundía todo tipo de noticias. Un periodista empírico incansable, que por esos días publicaba los resultados e incluso algunos comentarios que dejaba cada nueva fecha de este campeonato del que ya solo quedábamos dos equipos de los 48 que habían arrancado —cómo no remarcarlo—, lo hacía en unas letras grandísimas, hechas con marcador, que solían atravesar el reverso de varios cartones de Marlboro. Todavía recuerdo que ese día llegué de mañanita a la U, y eso que no tenía clases. Estaba muy ansioso ante semejante partido, proyectado para el mediodía. Y lo primero que hice fue quedarme un rato en los bajos de la biblioteca, mirando la cancha, contemplándola todavía dormida, esperando que aparecieran mis compañeros de equipo —en esa época los celulares eran cosa de ciencia ficción—. Pero, ¡oh sorpresa!, el primero que me saludó, el primero en hablarme del partido ese día fue justamente don Miguel: “¿A usted le molestaría dedicarme un gol hoy?… Si hace gol, ¿me lo dedica, por favor…? Yo voy a estar ahí en las primeras escalas…”. Aunque él saludaba a todo el mundo, yo no era su amigo, si acaso le había comprado uno que otro periódico para cualquier tarea. Lo cierto es que dicho eso, se fue. Cada frase suya le había salido más cortada que la anterior, como si de verdad me viera como una estrella y le avergonzara hacerme tal solicitud. Yo, en cambio, le contesté con la alegría de un trovador: “¡Claaaro don Miguel!, ¡claro que sí!, ¡hágale don Miguel!”. Yo estaba pleno, y entonces, por cábala; o, mejor dicho, por ganas de ser ídolo, campeón, figura, estrella, leyenda, decidí no contarles nada a ninguno de mis compañeros… A nadie. Siempre se ha dicho que si uno habla de este tipo de cosas antes de que sucedan, se vinagran, y todo pintaba como un delicioso banquete para el ego: nosotros ya le habíamos ganado 4-1 a ese equipo en la ronda de grupos; en el último partido habíamos eliminado a Salseros, campeón invicto del torneo anterior; yo estaba entre los goleadores del campeonato; a la gente le gustaba nuestro juego. ¿Qué podía fallar? A partir de ese momento, no hice otra cosa que imaginar lo que don Miguel pondría sobre mi gol y sobre nuestro abrazo en su gran periódico mural. Al fin y al cabo, él era uno de los personajes más queridos de la U, y tal vez el periodista más leído en la U de A. Pero a la gloria le gusta jugar con los sentimientos de las personas, es la más casquillera de todas las casquilleras, porque cuando apenas el partido llevaba unos minutos, decidió clavarme un par de inyecciones en los ojos. La jeringa uno contenía un golazo del equipo rival. Y la segunda me entró todavía peor, sin que yo hubiera logrado parpadear, porque ahí estaba, apenas a unos pasos míos, la imagen sonriente de don Miguel esperando en la tribuna con los brazos abiertos al anotador de ese gol, saltando como nunca lo vi hacerlo, como si fuera el barrista más apasionado de la historia del fútbol. Yo no lo podía creer. “¡Vamos, vamos!”, gritaban desesperados varios de mis compañeros, tratando de meternos de nuevo en el partido. Y aunque al final no tuvimos nada que reprocharnos porque corrimos como locos, perdimos 3-2, y sobra decir que no hice gol. Cuando ya íbamos de salida para la casa, mis compañeros y yo decidimos abordar a don Miguel, al verlo ahí, parapetado como siempre en su puesto de periódicos, para decirle de mil maneras que era un torcido, un vil mercader de los abrazos, pero él no hizo más que reírse, acusándome entre bromas de ser el mayor perdedor de todos esos perdedores. Unos días después le pedí que me regalara ese pedazo de cartón en el que escribió que el favoritismo nos había maniatado, que habíamos perdido por creernos superiores —y lo guardé durante mucho tiempo—. Ese fue el primer recuerdo que desempolvé en mi mente cuando el capitán de este inolvidable equipo me puso el 12 de octubre del año pasado un mensaje de Whatsapp que anunciaba la muerte de don Miguel Valencia, el final del juego para Miguel carteles.

Larga vida al Toque

Todos le decíamos Toque, aunque hubo un tiempo en el que su apodo fue el Black. Era un metalero del barrio al que le dio por jugar fútbol después de los treinta. Y aunque él y sus amigos me llevaban quince años o más, yo jugaba con ellos todos los domingos en una cancha de arenilla larguísima en la que se estiraban tremendos cotejos. Al comienzo, su principal “virtud” consistía en ensuciar los partidos. Le fascinaba meter el balón entre los bordes internos de los pies, atenazarlo con los tobillos, para deambular por la cancha a punta de pequeños saltitos, buscando que se armara la trifulca. Era como si su objetivo no fuera convertir goles o ayudar a hacerlos sino crear pequeños pogos. Otras veces, se ponía a aplanchar la pelota en el punto del tiro de esquina, de espaldas a la cancha, para robarnos los minutos más preciados de aquellos calurosos domingos, amontonando a su alrededor a varios jugadores, incluidos algunos de su equipo, hasta que lograba salir de allí a la fuerza, taqueando, forcejeando contra todos. En ocasiones, lo hacía a los puños, con cualquiera que caía en su juego, porque, además, cada vez estaba más cuajo a punta de hacer barras y pesas. Bueno, no tanto como su rottweiler, ese perro negro que un día cayó fulminado en medio de la rutina militar que ambos seguían todos los domingos: subir y bajar el cerro de las Tres Cruces no sé cuántas veces, antes de caer a jugar el picadito semanal. El perro también jugaba su partido porque él lo amarraba en una de las mallas que estaba a la entrada de la cancha, y a este cada tanto le daba por perseguir el balón hasta donde su cadena se lo permitiera, el mejor estímulo para aprender a frenarnos sobre la marcha, al reconocer que esas mandíbulas marcaban el punto exacto para devolver el balón de taco, esa jugada que se volvió el sello de todos en el barrio gracias al perro del Toque. Esa palabra mágica que se convirtió en su alias porque empezó a salir de su boca como una muletilla a medida que fue adquiriendo más dominio de balón. Esa que todos los amigos repetimos en su entierro como una especie de letanía. En muy poco tiempo el Toque aprendió a moverse sin parar, esperando que le devolvieran el balón y devolviéndolo de una, siempre estaba desmarcado. Entendía tan bien el juego que todos terminamos aceptando que se comportara como esos profesores de aeróbicos que marcan el ritmo y la intensidad de los movimientos de todos sus seguidores. “Toque, eso, toque, toque, muévase”. Eso se la pasaba diciendo todo el partido. De pronto, todos queríamos jugar en su equipo, sobre todo los más chicos, pero también así de repente nos llegó la noticia de su muerte. Sus hermanos simplemente dijeron que se había metido con la gente equivocada y ya. Pero a mí no se me olvida que en esa sala de velación todos sus amigos futboleros estuvimos ahí, recordando cómo su disciplina y su talento lo habían convertido en uno de los mejores jugadores del barrio, conversando y conversando de su carrera futbolística, como si esta existiera de verdad, porque realmente no sabíamos nada más de su vida. Seguramente por eso primero lo llamaban el Black.



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Sacrilegio a la milagrosísima morenita

Sacrilegio a la milagrosísima morenita

Sopetrán, 1738

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda


Número 149 Mayo de 2026

La imagen más sagrada de Antioquia había sido profanada. Las ansias por oro y perlas habían hecho que alguien superara el temor al desprecio colectivo, a la excomunión y a los fuegos infernales en una sociedad dominada por la monarquía y la Iglesia. El relato de un hurto perdido entre folios coloniales.

Al darse cuenta de tantos sacrilegios, entra en un solo temblor y un sudor frío le pasa y otro le sobreviene. El espanto no lo deja levantarse y la lengua se le traba, como en una pesadilla. Así se queda, contra un escaño, medio de hinojos, medio desmayado. Cuando la iglesia queda sola, logra levantarse; va a la sacristía y los frailes han desaparecido. Ornamentos, vasos y misal están tirados por ahí, y abierta la puerta que da a una manga. ¡Virgen Santísima!

Tomás Carrasquilla en La Marquesa de Yolombó.

La gente se agolpaba en medio del calor y se empujaban los unos a los otros a las puertas de la iglesia de Sopetrán. Los murmullos contrastaban con los lamentos de mujeres vestidas de luto y mantilla que, incrédulas como Santo Tomás, esperaban confirmar si podía ser cierto ese chisme que de público y notorio había corrido y que había roto esa monotonía colonial. Una vez los cofrades sacaron el retablo de la virgen, la multitud atestiguó a la Milagrosísima Imagen de Nuestra Señora de Sopetrán despojada de sus sortijas y alhajas de oro y perlas. La virgen a la que tantos testamentarios habían legado ríos de oro para que se le ofrecieran misas y salmodias, y por la que un nutrido número de peregrinos antioqueños dedicaba días de camino para visitarla y pedirle favores, había sido despojada. ¿Quién se había atrevido a hurtar, no a un innoble mortal, sino a la mismísima Madre de Cristo, intercesora de los cristianos y patrona del pueblo?

El párroco y su séquito habían sacado a la virgen en procesión por Sopetrán, no solo por ser día de su fiesta, sino para hacer una rogativa por la devolución de sus joyas, pero era más el temor de la feligresía que, entre la bruma del incienso, se persignaba y rezaba el Salve Regina, el Avemaría o el Rosario, cuchicheando que, si aun la virgen era profanada dentro del templo en el día de su fiesta patronal, ¿qué podría esperarle al resto de pecadores que poblaban la tierra? Las gentes, ruanetas o nobles, blancos, esclavizados o libres de todos los colores, temían que ese hurto atrajera castigos divinos, mientras que el clero, encabezado por el párroco Gerónimo de Castañeda, aprovechaba para decir que no solo habían roto el séptimo mandamiento, sino que era un sacrilegio, encarnación de la descomposición social y pérdida moral de la que tanto profetizaban en el púlpito.

No se sabe si fue fruto de la rogativa, de la culpa, temor a la paila ardiente o solo como una artimaña para desviar la atención de ese asentamiento católico perdido en las montañas salineras del occidente de Antioquia, pero al día siguiente, en la tarde del 15 de agosto de 1737, una vez terminada la misa mayor, el doctrinero Miguel Guillén encontró cuatro sortijas de oro de la virgen en la sacristía del templo. 

La identidad del ladrón se había convertido en prioridad pública, tanto para las autoridades civiles como eclesiásticas. El único indicio existente provenía de Teresa Lezcano, mujer rezandera de ochenta años que frecuentaba la iglesia y que, la mañana antes del robo, después de misa, había visto merodeando un hombre. “Francisca de Lezcano le había dicho que había visto a un hombre blanco quitándole las joyas a la virgen”, declaró María Gertrudis de la Higuera el 12 de enero de 1738. Aunque el robo había sucedido en agosto de 1737, para enero del año siguiente el caso seguía activo y había dado dos sospechosos por su cercanía a la iglesia y por cotilleos locales: Juan Calixto Urquijo y Miguel Guillén.

La defensa del buen nombre

Juan Calixto Urquijo, español, era el mayordomo de la cofradía de Nuestra Señora de Sopetrán y era muy respetado en el pueblo. Viajaba con frecuencia a la Villa de la Candelaria de Medellín, donde también tenía residencia. Sin embargo, a propósito del robo de las joyas de la virgen, fue uno de los acusados porque contaba con llaves de la sacristía y la cercanía a la iglesia. “Ha llegado a mí, noticia de que Francisco García, de color pardo, residente en el sitio de El Salado, anda con ningún miramiento […] y sin temor de Dios, difamando mi buen obrar y procedimientos […] y su mujer llamada Teresa se ha dejado decir con Francisco Leal, el moro, y doña Gertrudis de la Higuera y otras personas, palabras injuriosas y ofensivas que me escandalizan e inquietan el pronunciarlas […] pues andan diciendo y relacionándome del usurpo y robo de las joyas de mi madre y señora de Sopetrán”, se quejaba Urquijo el 11 de enero de 1738 ante Diego de Cepeda, alcalde ordinario de Santa Fe de Antioquia.

Además, Urquijo los denunció por injuria y pedía que fueran castigados por dañar su buen nombre y reputación. “A vuestra merced pido y suplico se sirva de prestar atención a pedimiento tan justo y quede mi crédito y buen obrar en limpio […] y que estas personas sean compulsas, apremiadas […] y castigadas”. Asimismo, pedía que se indagara sobre el robo con el indígena Miguel Guillén y que este declarara las sortijas que había encontrado en la sacristía.

Entre el 11 y 12 de enero, el alcalde de Santa Fe de Antioquia visitó las casas de Francisco García, Teresa Caballero, Francisco Leal y Gertrudis de la Higuera para interrogarlos si sabían sobre el robo y el motivo por el cual estaban acusando al español Urquijo. Todos se retractaron y negaron las acusaciones que habían hecho, argumentando que solo habían repetido la información que les había dicho Francisca Lezcano, de ochenta años. Cuando el alcalde acudió donde esta última, ella argumentó: “Estando la que declara sola en la santa iglesia después de misa mayor, vio entrar al mayordomo, Calixto Urquijo, una mañana apartando un cuadro y que estaba viendo la virgen y que no le vio otro movimiento”, declaró Lezcano. 

El 13 de enero el alcalde citó a Lezcano para que, ante el cura y otros testigos, recreara la acción que había visto hacer al español Urquijo cerca de la pintura de la virgen. “Y habiéndonos ella mostrado un cuadro de San Ignacio, paramos a reconocerlo y le hallamos imposible de poder quitar ni rebullir […] en cuyo estado hicimos varias industrias y no le pudimos mover ni hallar resquicio de poder robar las joyas de la virgen, sino que debió ser por la puerta del camarín, abriéndola con su llave o con otra falsa”, concluyó el alcalde Cepeda. En ese sentido, se ordenó que Teresa Lezcano fuera castigada porque sus rumores habían atentado contra la reputación del español Urquijo, siendo obligada a no poder salir de Santa Fe de Antioquia y estando bajo el depósito de Francisco Ruiz, quien debía vigilar que cumpliera su condena, pues por su avanzada edad se había librado de la cárcel.

Así, el mayordomo Juan Calixto Urquijo fue absuelto, por lo que solo quedaba un sospechoso: Miguel Guillén.  

La morenita protectora de los indígenas

Sopetrán fue uno de los pueblos de indígenas que se crearon durante la visita del oidor Francisco Herrera Campuzano al occidente antioqueño. Allí reunieron a diferentes comunidades indígenas —como guamas, ebéjicos y peques— que habían sobrevivido a las enfermedades y al abuso de los encomenderos para facilitar su evangelización y tributación, pero también para protegerlos, al menos en el papel, del usurpo de sus tierras. “Los pueblos de indios están encomendados a los españoles, con calidad de que los doctrinen y defiendan”, se lee en el Libro VI, Título tercero de la Recopilación de Leyes de Indias. Y se añadía que, “aunque los indios sean pocos, se ha de hacer iglesia donde se pueda decir misa con decencia y tenga puerta con llave […] y que cerca de donde hubiere minas, se procuren fundar pueblos de indios”. De este modo, la fundación de Sopetrán fue promovida porque en su territorio había presencia de comunidades indígenas, estaba cerca del centro minero de Buriticá y también por ser una zona productora de sal.

Herrera Campuzano, oriundo de Hita, en Castilla-La Mancha, era creyente de la virgen de Sopetrán, cuya advocación tenía adeptos en el interior de España desde la Edad Media por el relato de su aparición milagrosa a un príncipe musulmán que se había convertido al cristianismo y liberado a los cristianos que tenía cautivos. El oidor Herrera encargó en Santa Fe de Antioquia un retablo de la virgen de Sopetrán a partir de una estampa que él había traído desde España para ponerlo en la pequeña capillita de paja, palma y tierra que se había fundado en Sopetrán. Una vez terminada la pintura, esta fue llevada hasta el pueblo, donde llegó el 14 de agosto de 1616 en medio de una procesión y gran alboroto.

Desde ese entonces, se dice que el retablo pintado comenzó a hacer milagros. “Nuestra Señora de Sopetrán, a devoción de la que tiene el oidor don Francisco de Herrera Campuzano […] salió tan admirable que aquella tierra ha experimentado continuos favores, y el primer milagro fue que su lámpara ardió tres días sucesivos sin tener materia en qué cebar su luz, y se han seguido otros”, relató en 1672 en sus Genealogías del Nuevo Reino de Granada el escribano y custodio de los archivos de la Real Audiencia de Santa Fe, Juan Flórez de Ocáriz.

A este primer milagro de la lámpara que ardió sin combustible, se sumó el más famoso, cuando a mediados del siglo XVII el entonces gobernador de Antioquia don Diego Radillo y Arce, caballero de la Orden de Calatrava, estaba de paso por Sopetrán y se le enfermó de gravedad una hija suya todavía niña. “El padre, afligido al ver la gravedad de su hija, invocó la protección de la Virgen de Sopetrán y prometió que si le daba la salud a su hija haría traer de España la imagen y la colocaría en aquel pueblo. La Virgen Santísima no desoyó la súplica de su devoto, la niña recuperó la salud y el padre cumplió la promesa”, narró en 1919 el académico Julio César García en María a través de nuestra historia.

Estos milagros habían hecho de Sopetrán el corazón de romerías de cientos de fieles antioqueños que atravesaban la provincia para ver la imagen, pedirle favores o entregar exvotos. Pero el retablo tuvo también la finalidad de favorecer el proceso de conversión de los indígenas del pueblo y de contornos cercanos como Buriticá, Sabanalarga y San Jerónimo, pues las imágenes, en tanto representaciones de la fe, eran instrumentos para imponer la religión católica desde el discurso visual a una población analfabeta y que, en muchos casos, estaba a medio camino entre el español y su lengua propia; la iconografía virreinal era la Biblia de los analfabetos. Así, los supuestos milagros de la virgen, ocurridos en una zona con presencia indígena, reforzaban la creencia de que ella era madre y protectora de los pueblos originarios, facilitando su evangelización y dando lugar a procesos sincréticos donde los santos y figuras religiosas tomaban elementos americanos como la tez mestiza, la flora nativa o los paisajes locales para generar identidad, mientras que algunos indígenas, como ejercicio de resistencia cultural, resignificaron estas imágenes asociándolas a sus propias deidades y cosmovisión. “Estos milagros de Sopetrán tienen también un sentido político, y es que la virgen está presente al lado de los indios, lo que se refuerza con el hecho de que ella fue pintada como morena para que los indígenas la vieran como alguien próximo”, propone el historiador y presidente del Centro de Historia de Sopetrán, Carlos Mario Guevara. De hecho, este caso de una virgen cobriza se corresponde con otras advocaciones marianas en Colombia, como la de Chiquinquirá o Las Lajas, donde su presencia contribuyó a la cristianización de áreas habitadas por comunidades indígenas.

Un indígena doctrinero

Miguel Guillén era indígena y había nacido hacia 1696 en el pueblo de indios de Nuestra Señora de Sopetrán, que pertenecía a la jurisdicción de Santa Fe de Antioquia. Estaba casado con Petronila Sisquiarco, también indígena, con la que había tenido numerosa descendencia. Guillén era doctrinero de la parroquia de Sopetrán, y entre sus funciones estaba enseñar la doctrina cristiana a los indígenas y asistir a todo lo que se ofreciera en la iglesia, aunque por no saber leer ni escribir, dictaba la catequesis de memoria. Además, finalizando 1737 había sido designado como fiscal de la iglesia por sus buenas labores. Por su cercanía eclesiástica, Guillén tenía en su poder una copia de las llaves de la sacristía y del nicho donde se colgaba la imagen de la virgen, hecho que sumado a su descubrimiento de las cuatro sortijas y a los señalamientos del mayordomo Urquijo, lo convirtieron en el principal sospechoso del hurto.

El 13 de enero de 1738 el alcalde Diego de Cepeda lo interrogó sobre el caso, a lo que Guillén respondió: “No ha oído culpar a ninguna persona, que lo más que oyó decir inmediatamente de la sustracción de dichas alhajas fue que quizá sería el negro del cura”, respondió Guillén. Una vez fue preguntado sobre las sortijas que él había encontrado, respondió: “El declarante las encontró en la sacristía en día de función, había muchas personas de varias partes y las guardó pensando que serían de alguna de ellas. Después que todos se fueron sin solicitar dichas sortijas, entró en malicia el declarante de que podrían ser de la Madre de Dios y pasó con ellas a mostrárselas a doña Juana Díez de la Torre, con la deshecha de que sobre dichas sortijas le prestase dos pesos, y que la señora las reconoció y dijo que eran de la virgen, y que el declarante […] se las dejó a la dicha Juana”.

Para el alcalde, la versión de Guillén no tenía sentido, ya que su labor como doctrinero y fiscal de la parroquia lo hacía permanecer en contacto con la dotación de la iglesia y conocer casi que de memoria cada uno de los elementos utilizados para las funciones religiosas, por lo que lo cuestionó: “Cómo diciendo que ha sido mucho tiempo fiscal y que como tal asistía a todas las funciones de iglesia y adornar a la virgen, y abrir y cerrar el camarín y que a su vista se ponían todas las alhajas, ¿cómo no reconoció dichas sortijas, más cuando dice que estaban juntas, atadas en un cordón de hilo?”. A esto, Guillén respondió con un escueto: “No acató a tal cosa porque tiene mala memoria”.

Para corroborar la versión de Guillén, el alcalde visitó la casa de doña Juana Díez de la Torre para recoger su testimonio. Ella confirmó que Guillén le había llevado las joyas, pero que era mentira que él le hubiera pedido dinero prestado a cambio de tenerlas como prenda. Esta contradicción en el relato de Guillén bastó para que el alcalde ordenara su encarcelamiento en Santa Fe de Antioquia mientras se definía su sentencia. “Habiendo conducido a Miguel Guillén, indio natural del pueblo de Sopetrán y fiscal en su santa iglesia y por las incidencias que constan de su declaración, mando se asegure en la cárcel pública de esta ciudad, con las prisiones que en esta hubiere, y en consideración a no haber otras que cepo y grillos, hice que se le pusieran”, ordenó el alcalde Cepeda el 14 de enero de 1738. Allí, aparte del cepo y las cadenas, Guillén tendría que dormir en el suelo y su familia debía sustentarlo, pues en la Colonia, la alimentación corría por cuenta de la familia del reo.

El hurto de las joyas de la virgen era un delito grave que no solo involucraba una pena legal, sino que también podría acarrear castigos de índole religioso: “Hurtar cosa sagrada, se llama sacrilegio. Maldad que, aunque abominable y enorme, está tan cundida, que los bienes que piadosa y sabiamente estaban como destinados como necesarios para el culto divino, ministros de la iglesia o socorro de los pobres, se ven convertidos en conveniencias privadas y perniciosas liviandades”, señala el Catecismo Romano del Concilio de Trento de 1566. Adicionalmente, Las Siete Partidas, cuerpo jurídico castellano de origen medieval pero empleado también en América para impartir justicia, coincidía en que el robo de objetos sagrados era sacrilegio, a la vez que afirmaba que quienes lo hacían, merecían la pena de excomunión. 

Sentencia del corregidor Bernardo Villa, dada en Santa Fe de Antioquia el 22 de febrero de 1738.

Una persona de naturaleza “sincera e ignorante”

La legislación colonial habitualmente tomaba a los indígenas, llamados también “naturales”, como menores de edad y “miserables”, que requerían de protección debido a que consideraban que eran vulnerables, iletrados y que no comprendían de manera plena los delitos; de ahí que fuese necesario la intervención de un representante o protector para poder defenderse en los procesos que se adelantaban contra ellos. “Como consecuencia de categorizar a los indios como miserables y menores de edad, estos debían ser representados en sus actuaciones legales. Para tal fin se creó la Institución de los Protectores y Defensores de Naturales”, apunta el historiador Nicolás Ceballos en Indios y defensores ante la justicia criminal por delitos de hurto (1750-1810). Como Miguel Guillén no había nombrado un defensor para la causa que contra él se seguía, el 29 de enero de 1738, el alcalde Diego de Cepeda envió copia de su expediente a Bernardo de Villa, corregidor de los pueblos de indios de Sopetrán, Buriticá y Sabalanarga para su conocimiento y búsqueda de un protector de indios de oficio. Villa, quien continuó la investigación del caso, nombró a Pedro Zapata como defensor, quien fue aceptado por Guillén. Zapata esgrimió varias razones para desestimar la acusación contra su defendido:

“El dicho Miguel Guillén no se halla cooperado en el robo de las joyas de Nuestra Señora de Sopetrán, pues aunque el mismo Guillén se contradice en un punto de su confesión, hallará vuestra merced que:

El dicho ignora la religión del juramento como persona que es de naturaleza sincera.

En el dicho tiempo que sucedió el robo, no era fiscal de la santa iglesia de Sopetrán.

Si hubiera sido el ladrón, no hubiera manifestado las sortijas, ni menos hubiera pasado en el pueblo con ellas […] pues este no las hubiera robado para tenerlas guardadas, pues el que se expone a tal, lo hará movido por su mucha necesidad o de mala inclinación, lo cual no le asiste al dicho, pues si tal le asistiera, ya hubiera ejecutado el robo en tanto tiempo que hace que ejerce el oficio de fiscal, y si lo hubiera hecho por necesidad, hubiera machucado, fundido o trocado a oro en polvo”.

Para darle fuerza a sus argumentos, el defensor Zapata pidió que se citara a diferentes vecinos de Sopetrán en aras de que dieran fe de la intachable reputación de Guillén y se averiguara con mercaderes y comerciantes para descartar que este les hubiera vendido oro o las joyas robadas. Y pedía al corregidor: “Se ha de servir vuestra merced de absolver al dicho Guillén del delito que se le ha querido atribuir, teniendo presente para usar de conmiseración con el dicho la grande ignorancia que le asiste y que solo en esta ocasión ha habido querella contra el dicho, conmutándole la pena en que puede haber incurrido, en la larga prisión que padece”.

Atendiendo la petición, el corregidor Bernardo Villa citó a cuatro testigos (dos hombres y dos mujeres) para conocer sobre la reputación de Guillén y la posible venta de oro. “Conoce a Miguel Guillén desde que nació y que hasta lo presente no ha oído decir ni ha visto que el dicho haya tenido malas operaciones ni dado motivo a quejas, y que ha sido muchas veces fiscal en esta santa iglesia y que nunca en su tiempo faltó cosa ninguna”, declaró el alférez de 68 años, Juan de Cepeda. Por otro lado, la comerciante de 36 años, Petronila de Legarda, expresaba que “no ha visto al dicho Guillén comprar ni trocar con oro labrado”, mientras que Bárbara Pereañez, de sesenta años, complementó que “no ha visto ni oído decir que Guillén haya comprado con oro fundido ni machucado ni con joya”.

Tras conocer las declaraciones de los testigos, el defensor de Miguel Guillén solicitó nuevamente al corregidor que lo absolviera, pues los testimonios habían demostrado sus buenas costumbres y buen obrar como fiscal y doctrinero. Asimismo, reiteraba la ignorancia y sinceridad de su espíritu y apelaba a la piedad, señalando las muchas semanas que llevaba encarcelado y a que su esposa e hijos se habían visto privados de sustento y abrigo por la cárcel de este.

Una investigación abierta

El 22 de febrero de 1738, Bernardo Villa, corregidor de Sopetrán, sentenció: “Declaro al expresado Guillén por libre, mediante a no resultar contra él otro indicio ni malicia que le culpe, sin el de la implicación que consta de su confesión y el haber en su poder las cuatro sortijas que conoció doña Juana Díez de la Torre ser de las joyas perdidas, lo que queda por la mucha sencillez que en el susodicho se reconoció en la dicha confesión, y con lo dicho y alegado por el referido su defensor […] y teniendo a la vista como tengo las declaraciones hechas en el pueblo de Sopetrán a pedimento del dicho Pedro, las que resultaron a favor del expresado Guillén, mando sea suelto de la prisión en que se halla, conmutándole en lo que ha padecido toda la pena que por los no averiguados indicios le correspondía usando de dicha piedad en nombre de nuestro rey y señor por la mucha que su majestad acostumbra con los indios”. Y remataba escribiendo que la causa seguiría abierta y se le tomaría testimonio al esclavizado del párroco de Sopetrán y al indio Pío Quinto, quien había hecho las veces de fiscal durante el robo de las joyas en 1737, antes del nombramiento de Guillén.

A pesar de las inconsistencias en su confesión, la cercanía a la iglesia y la tenencia de las sortijas de la virgen, Guillén fue absuelto gracias a los argumentos del defensor de naturales, anclados en que no tenía necesidad de ejecutar el robo, no era el fiscal en ese momento, ya llevaba tiempo en prisión y, sobre todo, por la supuesta ignorancia e inconsciencia sobre el concepto de delito que se creía que tenían los indígenas.

Solo la historia sabrá si realmente Guillén fue culpable; o si quizá Urquijo planeó todo, aprovechando su estatus y quejándose de que estaba siendo injuriado como cortina de humo para desviar la atención e incriminar al indígena, dejando las cuatro sortijas como señuelo y llevándose el resto del botín en sus constantes viajes a Medellín; o quién sabe si sería el esclavizado del cura, el antiguo fiscal Pío Quinto, el mismísimo párroco o cualquier otro. Lo cierto es que en documentos eclesiásticos se registró que Miguel Guillén siguió viviendo con su esposa en Sopetrán hasta su muerte en 1765, aunque es probable que fuera condenado por murmullos persistentes de una comunidad dolida por el expolio. Por otro lado, el documento 18, carpeta 2, caja 34 del fondo de Miscelánea Criminal del Archivo Histórico de Antioquia termina allí y ni en ese ni en otros expedientes del fondo se encontró si continuaron las investigaciones, si se recuperaron las joyas o si se encontró al ladrón. Sin embargo, lo más probable es que este sacrilegio quedara en la impunidad, privando a la virgen de sus joyas, pero, especialmente, dejando a los sopetraneros de entonces con la certeza de que ni aun lo más sagrado, estaba libre de la codicia humana.


El delito de la vagancia

El delito de la vagancia

Fotografías de Gabriel Carvajal Pérez. Archivo BPP


Número 100 Septiembre de 2018

La información que en el registro original anotó el fotógrafo Gabriel Carvajal acerca de estas fotografías es básica: “Indigentes y mendigos son dejados en libertad después de una batida realizada por la policía”. Las tomas son de 1944. En una de ellas, en la esquina superior, alcanza a leerse “inspección de permanencia”. De ese lugar salen, vigilados seguramente por los mismos agentes que los capturaron, cuatro hombres en harapos. El motivo de la detención no es claro: ¿robo? Tal vez, aunque ninguno parece altamente peligroso como los fleteros de hoy. Estos tipos, a lo sumo, habrán cargado con un pan de una vitrina. Si nos ceñimos a la nota que dejó el autor de las fotos, que dice que se trató de una batida, a estos cuatro hombres los debieron haber capturado por vagancia, que en Colombia estuvo castigada a veces durante el siglo XIX, y luego también durante el XX, aunque sin mucha claridad ni ortodoxia, dependiendo casi siempre de quien aplicara la norma: si al inspector no le gustaban los mendigos, los mandaba a la guandoca, solo para tener que soltarlos horas más tarde cuando alguien recordaba que no hay delito en ser un vago.



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El Chacho: primer hipopótamo de Pablo Escobar

El Chacho: primer hipopótamo de Pablo Escobar

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO


Exclusivo web

“El Chacho”, su primera cría y la hermana de Pablo Escobar.

A propósito de hipopótamos colombianos, de los cuales ochenta van a ser sacrificados, vale la pena recordar la foto que adorna este texto, donde aparece la cabeza del patriarca o macho fundador de todo ese linaje junto a su primera cría, cría que, como se lee en el pie de foto, “murió asfixiada por su madre”.

Ambos, tanto la cabeza del patriarca como el cuerpo disecado de su cría, se exhiben en la sala del tercer protagonista de la foto, esto es, Luz María Escobar, la hermana menor de Pablo Escobar.

Según ella, ese primer hipopótamo, el patriarca, llegó a Colombia cuando el presidente de la República era Belisario Betancur y el alcalde de Medellín era Álvaro Uribe Vélez, o sea en el segundo semestre de 1982. Venía en un avión Hércules de matrícula estadounidense, al que la prensa denominó “narcoarca”, ya que también traía una hipopótama y otras 35 especies exóticas, que incluían elefantes, jirafas, camellos, avestruces, gacelas, canguros, etc.

Inicialmente, el Hércules iba a aterrizar en Pereira, pero se desvió a último momento y aterrizó en Medellín, en el aeropuerto Olaya Herrera, rayando la medianoche. Al ser advertidos de la magnitud del avión, las autoridades montaron un gran operativo, en el que esperaban decomisar armas, químicos o dinamita, y no un cargamento de animales exóticos.

Tras el decomiso, los animales fueron trasladados al Zoológico Santa Fe. ¿Qué hizo Pablo Escobar al respecto? Ese mismo día, según El Tiempo, ideó el siguiente plan tripartito para recuperarlos: 1) Les pidió a sus lugartenientes que reunieran tantos animales autóctonos como los que le habían decomisado. 2) Les ordenó que le pagaran al vigilante del zoológico cinco años de sueldo para que les entregara las llaves y se perdiera. Y 3) con el zoológico a su disposición, los lugartenientes del capo di tutti capi hicieron el cambiazo, reemplazaron a los animales autóctonos por los importados y chao, se largaron impunemente: “Hasta pintaron dos burros de blanco y negro para que parecieran cebras”. 

Dos días después, cuando los animales ya estaban instalados en la hacienda Nápoles, ocurrió la primera tragedia: el patriarca, macho seminal de todo el linaje de hipopótamos colombianos, hizo gala de su territorialidad y reclamó el sitio para él solo: “Le enterró los colmillos a un camello y a un caballo y los mató”. Por eso, por ser el autor de esas dos muertes fundacionales, lo bautizaron así: “El Chacho”. Expresión que, según el Diccionario de Parlache, significa “Persona joven, poderosa y sobresaliente”.           

Se estima que El Chacho pudo ser el padre de veinte crías, y que vivió unos 18 años en Colombia, o sea que estuvo en el mundo siete años más tras la muerte de su dueño, el capo di tutti capi. Su partida fue un caso edípico, uno de sus hijos, el nuevo macho alfa, lo atacó, le propinó heridas graves y los veterinarios no pudieron hacer nada. 

¿Qué debían hacer con el cadáver? Horas más tarde, ya de noche, Leonardo Arteaga, el esposo de Luz María Escobar, arribó a la hacienda Nápoles junto a la respuesta a esa pregunta, el taxidermista Miguel Parra: “Estaba cayendo un monumental aguacero y con solo la luz de una Toyota y unas herramientas insuficientes perforamos la piel de 12 centímetros, la carnosidad y separamos la cabeza del cuerpo”.

El proceso de disecado de la cabeza fue excepcional, tardó dos años, tras los cuales, finalmente, como se aprecia en la foto, El Chacho cerró el círculo vital que no han podido controlar las autoridades del país durante décadas: se reencontró para siempre con su primera cría colombiana.   

Posdata 1: El hijo más famoso de El Chacho se llamaba Pepe, borrado del mapa el 18 de junio de 2009, durante el gobierno necro-político de Álvaro Uribe, cuando el Ministerio de Ambiente, respaldado por Corantioqua, dio el aval para su caza, la cual fue llevada a cabo por dos hermanos alemanes, Federico y Christian Pfeil-Schneider, altos ejecutivos de Porsche en Colombia, quienes iban escoltados por soldados del Batallón Calibío. Ese par de canallas lo mataron, según Semana del 27 de julio de 2009, de cuatro balazos calibre .375, uno en el corazón, otro en el agujero lagrimal derecho, “apagando su mirada”, y los dos restantes a quemarropa, “para rematarlo”. Ellos se quedaron con la cabeza y el cuerpo como trofeos, una pata fue enviada al Ministerio de Ambiente como prueba y las demás desaparecieron. Posteriormente, cuando la noticia se convirtió en un escándalo internacional, una caricatura de Papeto, publicada por El Tiempo, tildó el caso como un nuevo falso positivo. 

Posdata 2: ¿Quiénes fueron los encargados de gestionar la importación de El Chacho y el resto de los animales exóticos? Según Luz María Escobar, fueron Fernando Avendaño y Gustavo Upegui, quien fue testaferro del capo di tutti capi, fundador y líder de la oficina de Envigado y presidente del Envigado Fútbol Club hasta 2006, cuando murió a manos de sicarios. Otras versiones de la historia, por ejemplo, la de Daniel Coronell, señalan a el automovilista Ricardo Cuchilla Londoño como el encargado de importar los animales exóticos, y no en 1982 sino en 1981. Curiosamente, Cuchilla Londoño fue asesinado por sicarios el 18 de julio de 2009, un mes exacto después de la muerte de Pepe.

Posdata 3: En julio de 2009, cuando había 28 hipopótamos heredados por Pablo Escobar, el biólogo Axel H. Antoine Feill le dijo a El Espectador que tenía una base de datos con más de 200 haciendas dispersas por toda Colombia que ofrecían las condiciones ideales para recibir a los hipopótamos. ¿El Ubérrimo era una de ellas? No se sabe, pero sería una buena medida de reparación para el país.



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Nave y hormiguero

Nave y hormiguero

por JUAN CARLOS ORREGO


Exclusivo web

La ciudad estrena su estadio, 1953.

El estadio sembrado en el cruce de la calle Pichincha y la carrera 74, en Medellín, ha acabado por ser la razón de la inmortalidad de Atanasio Girardot. Los maestros de escuela, enemigos personales de la buena memoria, ya no difunden en sus cursos la noticia de que el coronel antioqueño murió envuelto en la bandera tricolor en el cerro venezolano de Bárbula, mientras cuidaba la retaguardia de Simón Bolívar en la Campaña Admirable, el 30 de septiembre de 1813.

Para fortuna de la memoria del prócer, un proyecto de 1937 aprobó la construcción del estadio que habría de llevar su nombre. Los terrenos se adquirieron en 1946 y la inauguración del estadio tuvo lugar el 19 de marzo de 1953, día de San José Obrero. La profanación se perpetró con un empate a dos goles entre Atlético Nacional y Alianza Lima. El escenario que se estrenó era un óvalo bajo de graderías completas, con dos pisos en la parte occidental, el más alto de ellos con techo para burlar el sol y la lluvia. De acuerdo con la prensa de la época, más de treinta mil personas se hicieron presentes, y aunque el sobrecupo debió ser evidente, “no se registraron incidentes de ninguna clase”. Una foto deja ver la mole en la mitad de una manga romboidal surcada por lo que parecen las aristas de un diamante; las obras del colegio San Ignacio en construcción, en el lote que habría de ser la esquina nororiental de la calle Colombia con la carrera 70, parecen tomar distancia, como quien ve posarse una nave interplanetaria.

Varias razones autorizan el símil entre el estadio y la nave. Una es que ambas son armazones extrañas y siniestras: por lo menos así sucede con el estadio la mayor parte del tiempo —cinco o seis días a la semana—, mientras permanece vacío y silencioso, con miles de sillas con agua recogida en sus concavidades, una manga gigante sin rebaño que la recorra y decenas de cabinas desiertas como las vitrinas de un comercio caído en desgracia. Es una ilusión de románticos aquello de que el estadio es como un templo: no hay tal. En el templo vacío se está a gusto, con la comodidad de ser recibido por Dios en una entrevista personal. En el estadio cerrado se siente uno entre fantasmas, de modo que nada resulta tan entrañable como cuando los vivos acuden a la cita: como el 18 de junio de 2003, día superlativo en que se juntaron 53 225 personas para ver jugar al DIM contra Santos en la semifinal de la Copa Libertadores de América.

No es solo la masa de rara avis del Atanasio Girardot lo que sugiere compararlo con una máquina de mundos remotos: también cuenta su desdoblarse, en el tiempo, a manera de módulo espacial. Del redondel original —con su giba solitaria hacia el lado del ocaso— surgió, en 1976, una gigantesca ala de graderías en el oriente, completándose así la forma básica de la nave y acercándose el aforo del estadio a los cuarenta mil espectadores. Después, entre 1989 y 1990, dos paneles de tribunas se levantaron al norte y al sur y completaron la forma de tazón de una antena satelital. Hace cinco años el glamur del Mundial Juvenil de Fútbol encendió luces rutilantes en las tribunas, revistiendo el cemento con silletería policroma. El día menos pensado, el techo del occidente se duplicará como si se tratara de los élitros de un colosal escarabajo mecánico.

Conozco personalmente la mitad de la historia del Atanasio Girardot, esto es, desde 1983. La mole tenía treinta años cuando crucé su umbral por primera vez, y han pasado ya más de treinta años desde aquel día memorable, cuando Medellín le ganó 2-0 al Quindío con goles de Carlos ‘la Fiera’ Gutiérrez y el peruano Jorge Olaechea. Sin embargo, tan fresco como el recuerdo de esos goles —así como de un penalti atajado por Carlos Alfredo Gay, nuestro arquero, en la portería norte—, conservo el de mi primera impresión al saberme en las entrañas del estadio: voy subiendo con mi hermano y un tío materno por las escaleras internas de la tribuna Oriental, por el recodo extra que hay que salvar para asomar por la boca del graderío; esa extraña parte del estadio —exclusiva de Oriental— en que se avanza por entre una cerrazón de muros, sin ventanas ni vanos que regalen una mínima imagen del exterior, bajo un techo de escalones invertidos que, en la edad más tierna y sin la debida tutela de un adulto, cualquiera podría tomar por la pared interna de una gigantesca caja torácica.

En 1989 conocí los intestinos terrosos, en los partidos nocturnos aderezados con los goles de Jorge Daniel Jara y Carlos Castro. Fue cuando se amplió la tribuna Oriental —que hasta entonces, como cualquier puntero enjundioso, llegaba hasta la raya final del campo, sin alcanzar la postrera zona de traslado— y se construyeron los segundos pisos de las tribunas Norte y Sur, rebasándose por fin la capacidad de los cincuenta mil hinchas. Se entraba al estadio por una especie de socavón de mina, a través de una maroma de albañilería en madera y sobre un lodazal; al final del túnel arrancaban las escaleras, y a su término, por la boca de las gradas, se colaba una luz que parecía más rutilante justo porque el paso por el inframundo hacía olvidar que se estaba en un estadio. De ahí que el tránsito de las escaleras a la superficie de la gradería —ese último paso trascendental que nos lleva de un mundo a otro— se hiciera más sobrecogedor de lo que suele ser.

El sueño comenzaba a hacerse realidad.

Las tribunas empezaban a vislumbrarse.

Poco después, durante mi año de forzosa militancia en una barra alborotadora y saltarina de principios de los noventa, supe de los movimientos del monstruo. Aunque ya tenía vagas noticias del temblor que había sacudido el hormigón de las tribunas durante los tumultuosos partidos de Nacional en la Copa Libertadores de 1989, otra cosa fue sentir semejante fiebre arquitectónica bajo mis pies. Era como si un gigante dormido intentara despertar, sin acabar de hacerlo del todo, bajo el ataque más o menos inocente de miles de enanos. Si a la insignificancia humana le fuera dado vencer sus férreos límites y hubiera logrado, aquella vez, irritar de verdad al coloso, el Atanasio Girardot se hubiera levantado de su nido de árboles para andar por Medellín, tumbando edificios y averiando calles pero albergando en su seno, amoroso, la bullaranga de algún partido copero de 1989 o los cincuenta mil devotos que vieron al DIM ganarle por la mínima diferencia a Millonarios, el 12 de agosto de 1990; habría sido como si a la ciudad la pisoteara una de esas máquinas AT-AT de la Guerra de las Galaxias, o el Castillo Ambulante de la película en anime dirigida por Hayao Miyazaki.

Al final, tanta ensoñación con el enorme edificio- ente solo conduce a un hecho tan maravilloso como sencillo: la realidad última de las hormigas que lo colonizan. En el estadio, como en muy pocas partes, se verifica perfectamente aquella verdad trillada —con tufillo de consigna política— de que la unión hace la fuerza. Desde el barrio Belén —donde viví hasta los veintitantos años— escuché decenas de goles, entonados a treinta cuadras de distancia por miles de gargantas anónimas. La primera vez que oí esa explosión fue en 1987, con motivo de un gol de León Fernando Villa en un partido de Nacional contra Santa Fe, en el octogonal de ese año. Yo me distraía en casa, atisbando pájaros desde la terraza, cuando sentí la caída de esa bomba de entusiasmo; las aves, turbadas, se miraron unas a otras. En el año 2001, cuando el azar conyugal me llevó a vivir en el barrio Santa Lucía, a menos de diez cuadras del Atanasio Girardot, los gritos de gol de Nacional se me hicieron tan cotidianos —los miércoles y los domingos— como el silbido de la olla de presión o los chillidos estridentes del despertador. De más está decir que, cada vez que juega el DIM, yo soy una entre las hormigas gritonas.

Una nave aterriza en Otrabanda, 1952.

Damas de Medellín y jugadores del equipo Alianza Lima en el desfile inaugural del estadio Atanasio Girardot.

Así como el símil del estadio como nave varada, tampoco carece de justificación el que lo ve como un hormiguero; concretamente, como un hormiguero que convoca a sus habitantes. Cualquier estadio ejerce esa fascinación para todo aquel parroquiano que haya decidido entregarse a su rutina, pero mucho más el Atanasio Girardot: muellemente tendido en la llanura —el verso es de Gregorio Gutiérrez González—, se lo avista desde todo el redondel montañoso del valle de Aburrá y se siente el deseo imperioso de ir hasta él. Las noches de fútbol, recubierto por un halo de potentes luces blancas, su zumbido de reclamo es especialmente poderoso. Si, por una contingencia maldita, se ha dejado de ir a un partido del equipo amado, ver el estadio alumbrando a la distancia se hace particularmente penoso. El precio de ser hormiga es estar con las demás.

A los pies del estadio, entre los ríos de hinchas, gentes de la radio y la televisión, revendedores de boletas, noveleros extraviados y ventorrillos de cerveza y carne frita a lo largo de todo un torneo, lo grandioso y lo vulgar logran su equilibrio. Con naturalidad, la nave abre las puertas a sus tripulantes; el hormiguero recibe a sus hormigas, Gulliver es pisado por los liliputienses, el arca alberga a sus animales ruidosos. En esos días de pesado tráfico humano por los pasillos internos y las bocas de las tribunas, el nombre del escenario no se antoja extravagante ni viciado por el excesivo romanticismo histórico: al fin y al cabo, los hinchas van hacia la cima de su Bárbula con la bandera en mano.



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Jaime Torres Holguín: la vida de un impostor genial

Jaime Torres Holguín: la vida de un impostor genial

por MARCOS FABIÁN HERRERA • Fotografías Archivo Academia Huilense de Historia


Número 148 Marzo de 2026

A la derecha, Jaime Torres Holguín, en un homenaje a colombianos destacados en New Haven, lejos de sus picardías en el Huila.

“¡Dejemos que estos güevones se rompan las cabezas!”. Esa fue la frase escueta y lapidaria que le lanzó al rostro de Urbano Cabrera el hombre que esa noche acaparaba las miradas en el Batallón Tenerife. Coincidían en el baño del salón en el que se hacía la fiesta y el tono contenía una tácita invitación a la complicidad. Era la noche del 14 de diciembre de 1962. El limitado círculo de la aristocracia neivana lo integraban familias de consabidos apellidos que por tradición asistían a la fiesta de Santa Bárbara, la patrona de los artilleros.

Una hora antes, Urbano había llamado por su nombre y apellido al engolado embajador de la India que desde hacía tres días recibía homenajes y atenciones. Mientras bailaba con una amiga, se acercó al diplomático y le gritó: “¡Jaime Torres!”. El hombre corpulento no vaciló en fijar su mirada en su antiguo compañero del seminario de Garzón. El “embajador” había sido jornalero en sembradíos de arroz y sorgo, había probado suerte como vaquero y lechero en un hato de ganado bovino en su pueblo y eran famosas sus tretas retóricas y galanteos de manual. Al final de la adolescencia veía pasar los días en Yaguará entregado a la molicie. Solo su tío podría liberarlo de la condena de parasitar en un extraviado pueblo en el que importaban más las vacas que los humanos. Cuando recibió la carta de su tío acompañada de un par de billetes, supo que el destino enviaba una señal. En la carta, su tío lo apremiaba a armar la maleta y viajar a Garzón para que iniciara sus estudios en teología en el seminario.

Por aquel entonces Urbano se dedicaba a cultivar arroz en los predios de su familia y no desaprovechaba ocasión para disfrutar de los festejos que sus amigos organizaban con las mujeres más pretendidas de la ciudad. Esa noche presenciaba el desconcierto de su amigo Bernardo, un atildado abogado neivano cuyos ímpetus para el cortejo se desvanecían por la injusta competencia: la mujer que pretendía, la bella Silvia, prefería bailar con el diplomático a hacerlo con un lugareño sin lumbre internacional. Para tranquilizar a su amigo le comentó al oído: “Ese pendejo no es ningún embajador. Fue compañero mío de estudios en Garzón”. Incrédulo por lo que parecía una frase consoladora fruto del entusiasmo etílico, Bernardo se resignó a ver a su pretendida tomada de la mano del extranjero que todos los asistentes a la fiesta aplaudían.

Antes de acudir a la mesa de funcionarios de la gobernación del Huila, Urbano buscó a un miembro del G2 del ejército. El militar dio crédito a la versión de Urbano. También le sugirió que no era el momento indicado para desenmascarar al impostor. Cuando se acercó al punto en el que departía el gabinete departamental, le explicó a Ignacio Solano Manrique, para la fecha secretario de Hacienda del Huila, que él conocía al hombre que ellos creían diplomático. Se trataba de Jaime Torres Holguín, un excompañero de estudios, amante del fútbol y virtuoso en los idiomas que lo aventajaba en dos cursos en el seminario. Escéptico, Ignacio lo invitó a la calma y la serenidad. Su confusión, le explicó a Urbano, podía causar un conflicto diplomático de grandes proporciones.

Urbano, quien en esos años era un juerguista empedernido, siguió disfrutando de la fiesta hasta las cuatro de la mañana. Prefirió pasar por necio a protagonizar un escándalo que malograra la celebración de Santa Bárbara. Con sus tragos en la cabeza, se fue a dormir y pasar el guayabo. Al día siguiente recordaría los sucesos de la noche anterior entre brumas y tratando de precisar la secuencia de lo ocurrido. Aunque todos creyeron que su obstinación era producto de la borrachera, ahí no finalizaría su participación en la historia. Dos días después, luego de asistir a la misa en la catedral de la ciudad, se encontraría con su amigo el juez penal Jesús María López, quien sería el encargado de develar la verdadera identidad del impostor.

 ¿Cómo llega a Neiva?

Desde la década del veinte, Neiva vivía un crecimiento constante gracias a la producción de tabaco, añil, café y ganado. El flujo permanente de pasajeros convirtió la estación del ferrocarril de la capital del Huila en un lugar de confluencia étnica. Todo esto era originado por la mano de obra que demandaba las primeras grandes construcciones civiles, el flujo de materias primas y la necesidad de consolidar la presencia estatal.

Álvaro Díaz Chavarro era un comerciante de la ciudad que desde los años cuarenta proveía los insumos a las obras de la incipiente urbe. Además de ferretero y comerciante, servía de intermediario para la búsqueda y selección de profesionales que se requerían en los proyectos inmobiliarios que por entonces se gestaban. Ese mediodía esperaba a un ingeniero civil proveniente de Bogotá. Aldichar, como se le conocía entre sus amigos, además de su pulcritud en la vestimenta, era de una puntualidad obsesiva. Media hora antes de lo anunciado ya se encontraba en la populosa parada de tren. Cuando atisbó entre los pasajeros que descendían al ingeniero civil, se acercó para recibirlo con la calidez que lo distinguía como un patrón amable y cortés. Luego del saludo, el recién llegado le señaló con discreción a un hombre de rostro cetrino que caminaba con parsimonia y observaba con estudiado asombro a las personas que entre el alborozo circulaban en todas las direcciones.

—Es un extranjero. Parece que es el embajador de la India. Venía leyendo la revista Life.

—No puede ser embajador. Ellos tienen un protocolo especial. Además, anda sin acompañantes.

—Le entendí que había abordado el tren en Espinal luego de abandonar su carro averiado. Quiere pasar desapercibido porque su propósito es hacer un viaje de descanso.

—Podríamos confirmar su identidad si le preguntamos hacia dónde se dirige.

Los nulos conocimientos idiomáticos de don Álvaro y el ingeniero civil les hicieron creer que el incomprensible idioma del viajero era inglés. También asumieron con candidez que el limitado balbuceo de frases en español confirmaba su pertenencia a la esfera diplomática y que necesitaba acompañamiento y protección. Por ello no dudaron en llevarlo al Hotel Plaza. Al ser el más importante y lujoso de Neiva, no podría ser otro el lugar de acogida para el representante de un país milenario. Prometieron no divulgar su ubicación y menos su identidad y el hombre, que actuaba con los protocolos propios de un jerarca hindú y las formas naturales de un curtido diplomático, se despidió de los baquianos con reverencias.

—Ignacio, en el Hotel Plaza se aloja el embajador de la India. Lo acabo de dejar allá. No dude en avisarle al gobernador —fue la primera frase del saludo que Álvaro pronunció en esa conversación telefónica con el hombre de confianza del gobernador del Huila.

Gustavo Salazar Tapiero era un acérrimo militante del partido conservador. Jurista consagrado y litigante experimentado en las áreas del derecho contencioso administrativo, desde sus inicios como abogado sostenía una oficina en la calle 9 con carrera 4 justo al frente del ingreso al parqueadero del Palacio de Mosaico. Cuando Guillermo León Valencia juramentó como presidente de la república el 7 de agosto de 1962, pronto se supo que el jefe de debate en el Huila de la campaña del candidato del Frente Nacional sería el nuevo mandatario de los huilenses.

—¿Un embajador sin seguridad ni acompañantes? La cancillería debió habernos informado de la llegada de un hombre de esas calidades. Si se confirma, no debemos perder tiempo y organizar el protocolo para visitantes ilustres —le repuso el gobernador a Ignacio Solano cuando le relató los detalles de la llegada y el deseo manifiesto del diplomático de no ser identificado por las autoridades civiles de la ciudad.

El gobernador llamó a Jaime París, gerente del Hotel Plaza, para confirmar la presencia de un hombre proveniente de la India. En una conversación que según los testimonios de la época fue breve y emotiva, el señor París corroboró que en el hotel se alojaba alguien que correspondía a la fisonomía de un hombre originario de la India.

De inmediato, el gobernador convocó un consejo de gobierno y se conformó una comitiva liderada por el mandatario para dirigirse al hotel y presentar un saludo en nombre de los huilenses. Cruzaron el Parque Santander cinco personas: tres secretarios de despacho, el gobernador y el comandante de la Novena Brigada, el coronel José ‘Pepe’ Rivas. En el hall del Hotel Plaza, luego de unos minutos de espera, y ante una escasa concurrencia que de a poco fue aumentando, el ilustre visitante era notificado del recibimiento oficial y del orgullo que le reportaba a la ciudad y el departamento la presencia de una figura emérita que oficiaba como vocero oficial de un país con presencia destacada en la geopolítica mundial.

Dispusieron de un carro oficial para desplazar al diplomático y procedieron a izar las banderas en la Plazoleta de Armas. Los directivos del único rotativo con circulación diaria enviaron a un reportero y un fotógrafo. En el acto, el homenajeado pronunció unas deshilvanadas frases con una arrastrada dicción. El esfuerzo por dominar el castellano se truncaba por sus tropiezos en el habla. Aunque no existe una publicación impresa que dé fiel testimonio del discurso pronunciado por el gobernador, todas las versiones coinciden en que el mandatario enfatizó el privilegio y la oportunidad que esa visita significaba para el desarrollo económico del Huila.

Fueron dos actos principales los que se realizaron en torno a la visita del falso embajador. La primera fue una fiesta en el Club Campestre de Neiva a la que asistieron líderes cívicos, empresarios, familias distinguidas de la ciudad y todo el gabinete departamental. La segunda fue la celebración de Santa Bárbara en el casino de oficiales del Batallón Tenerife. Fue en esta última en la que tuvo lugar el encuentro con Urbano Cabrera y empezó el desvelamiento del personaje. En el intervalo, el farsante aceptó una invitación de Ignacio Solano Manrique a su finca en Campoalegre. Fue una jornada de comidas y bebidas y muchas promesas para la comitiva. Se especula que ese día anunció la importación de razas de ganado provenientes de la India para el mejoramiento genético de los semovientes bovinos del Huila. En el agasajo en el Club Campestre departió con don Oliverio Lara, el hacendado más importante del sur de Colombia y el único huilense que había visitado la India. Por las remembranzas de los asistentes a estos actos, se sabe que fue don Oliverio el más escéptico en la autenticidad del visitante. Cuando el tema de conversación se centraba en los linajes y las razas del animal sagrado en la tradición brahmánica, el embajador se mostraba evasivo y titubeante.

¿Cómo se revela y confirma la verdadera identidad del falso embajador?

Urbano tenía por tradición asistir a la misa en la catedral de Neiva los domingos a las siete a. m. Ese día, luego de su habitual asistencia a la eucaristía, invitó a un café a Jesús María López. El popular Chucho López era un destacado juez penal municipal del circuito de Neiva. También había sido compañero suyo en los años de adolescencia en el seminario conciliar de Garzón. En ese periodo conocieron a un Jaime Torres, dueño de un temperamento altivo, con algunos visos de arrogancia, muy seguro de sí mismo, siempre liderando causas y con un aprendizaje avezado en latín, francés, inglés e italiano. Sabían que era oriundo de Yaguará y que su padrino y benefactor era su tío monseñor Félix María Torres, a la postre arzobispo de Barranquilla. Ese era el hombre que durante siete días Neiva había aclamado como el portavoz oficial de la enigmática India. Ahora, mientras vaciaban las humeantes tazas de café y se aprestaban a saborear el almuerzo, desde la distancia observaban a quien simulaba concentrar el equilibrio espiritual liderando una sesión grupal de yoga con agraciadas mujeres de la localidad.

Plenamente seguros de la identidad del autor de la patraña, Chucho López informó a investigadores del DAS, quienes rápidamente apresaron al suplantador y lo llevaron a un interrogatorio a las oficinas principales de la entidad. En un acto de compasión, el juez envió esa noche un pollo asado al calabozo para que el impostor no aguantara hambre. Como un polvorín, el rumor del falso embajador de la India se propagó por toda la ciudad. Las jovencitas que se habían fotografiado con él buscaron afanosamente a los fotógrafos para rogarles que destruyeran los rollos y no quedara ninguna evidencia del entramado de provincianismo, ignorancia e ingenuidad que por una semana asaltó las buenas intenciones de miles de personas. El Sapo Villoria, un periodista radial y autor de fallidos versos, que en un acto de lambonería le entregó un anillo de oro con la heráldica de la familia luego de que el embajador le prometiera una expedición a Bombay y Calcuta, amaneció junto a la puerta del DAS a la espera de verlo para pedirle la devolución de la joya. Jaime Torres fue amparado por un defensor compasivo y altruista. Encontró en Guillermo Plazas Alcid el defensor y espadachín jurídico para librarlo de los líos con la justicia.

Plazas Alcid era un valeroso abogado nacido en Baraya que editaba el semanario El Debate. Fue el primero en editorializar con sorna y desparpajo el suceso que dejó más lecciones y chistes que convenios portuarios y comerciales con la India. La pluma de quien en el futuro llegara a ser senador de la república, alcalde de Neiva y embajador en Moscú, sentenció lo siguiente: “El advenedizo Jaime Torres Holguín evidenció públicamente la falta de visión, la escasez de prudencia, la mentalidad yérmica, la cortesía frívola y la espesa ignorancia que distingue a nuestra empinada élite político-social”.

Berenice Quintero, su esposa, a quien había conocido a sus 26 años en unas fiestas en Carmen de Apicalá, lo acompañaba la tarde de diciembre de 1962 cuando los dos, gracias a una carta de recomendación firmada por su tío, presentaban una entrevista de trabajo en la oficina de correos del barrio Teusaquillo en la ciudad de Bogotá. Llevaban tres meses en la capital dedicados a actividades de supervivencia y tratando de conseguir un empleo estable para organizar una familia. Luego del examen que presentó perfumado y acicalado con esmero, le dijo que iría a pasar unos días con sus padres en Yaguará, en el Huila. Con el dinero ganado en la atención de una cigarrería compró el tiquete de tren que lo llevaría a Neiva, la última estación de la larga carrilera que se extendía desde la Estación de la Sabana, cruzaba la región andina, atravesaba el valle del Magdalena y culminaba en la capital del Huila. Al llegar ahí, protagonizaría la historia central de su vida.

Camilo Francisco Salas, historiador y autor del libro Así es mi Huila, lo conoció tres años después, en 1965. Se desempeñaba como docente de idiomas del colegio público Jorge Isaac en Ibagué. Camilo era visitador de la Secretaría de Educación del Tolima y lo trató en una ocasión en la que practicaba una visita de rutina a la institución educativa en la que laboraba. Siempre locuaz y dotado de un sentido del humor que afloraba en cada frase, recordaba el engaño con desparpajo y sin asomo de rubor.

Histriónico y con una imaginación desaforada, disfrutaba de que sobre su figura circularan todo tipo de rumores y hazañas, muchas de ellas inverosímiles pero todas atribuibles a su ingenio y talento para la actuación y el engaño. Urbano escuchó que vivía en los Llanos Orientales y era el propietario de una flota de avionetas. En los cafetines del centro de Neiva se oyó que, gracias a su formación políglota, Jaime era miembro honorario de la sociedad de Caballeros de Malta, el exclusivo círculo de poder al que pertenecen magnates y expresidentes del mundo entero. Monseñor Libardo Ramírez, ordenado como sacerdote en 1956 en el mismo seminario en el que estudió Jaime, lo conoció como condiscípulo. Cuando supo de su tramoya, no dudó en creerla: “Era tan inteligente como ambicioso. Sabía que tenía un talento excepcional y una mente cultivada que le servía para descrestar a gentes humildes e incautas”.

Jaime Salazar Díaz, arquitecto, urbanista y exalcalde de Neiva, lo encontró cinco años después en San Juan de Puerto Rico en un congreso latinoamericano de arquitectura urbana. Se le presentó como profesor de Filosofía de la Universidad de Puerto Rico y lo invitó a almorzar después de escuchar la ponencia de Jaime en el evento. Entre sorprendido y perplejo, Jaime aceptó la invitación con el propósito de conocer la versión del engaño de boca de su protagonista y auscultar al hombre que con su histrionismo y habilidad demostró el carácter lambón de los huilenses. Jaime disfrutó la gracia cautivadora del yagüareño.

Jorge Villamil Cordovez, le reveló a su biógrafo, Vicente Silva Vargas, que Lizardo Díaz, uno de Los Tolimenses, fue estafado por Jaime Torres Holguín en Bogotá. Se presentaba como importador de licores finos y nunca le entregó la botella de un whisky escocés que vendió al músico. Irma Suz Pastrana, amiga de Villamil, recuerda que, al año siguiente del fraude en Neiva, en 1963, la canción más escuchada de la radio en Colombia fue el sanjuanero El Embajador de la India. Orgulloso por haber inspirado la lírica picaresca de la canción, Jaime Torres le envió una carta agradeciéndole a Villamil el haber compuesto esa canción que lograba perpetuar sus peripecias en la memoria de los colombianos.

Guillermo Plazas Alcid, en calidad de abogado defensor del imputado, probó que no existía mérito alguno para abrir una indagación preliminar o abrir un proceso. El delito de suplantación, tipificado en el Código Penal de esos años, no se configuró. La República de la India no tenía en aquel momento representación diplomática en Colombia. Fue solo en 1968 que dicho país abrió formalmente un consulado en Bogotá. Tampoco se cometió hurto o usurpación. Todo lo recibido fueron obsequios y dádivas generosas y espontáneas de los parroquianos que, anonadados, escuchaban el enrevesado idioma del extraño.

Radicado en New Haven, en el estado de Connecticut, destacó como líder de iniciativas empresariales y filantrópicas en la comunidad de emigrantes latinoamericanos residentes en Estados Unidos. Su aura de leyenda se prolongó en el tiempo y la memorable hazaña que protagonizó en el Huila se convirtió en un símbolo de la pasividad y genuflexión de las opitas. Aunque sus restos –según versiones familiares– fueron repatriados, en el fichero fúnebre del cementerio central de la catedral de Neiva no se encontró una tumba catalogada bajo el nombre de Jaime Torres Holguín. Quizás hasta su sepultura, supo burlarse de quienes hoy lo buscamos para contar su historia.



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Arte Central 148: Todo por un Chiclet

Número 148 Marzo de 2026

Todo por un Chiclet

Ricardo Llera
Fotografía analógica en blanco y negro
147 × 224 cm
1998
Habana Vieja, Cuba

Para Ricardo Llera, Cuba fue durante mucho tiempo un mundo imaginario, un país que solo existía en las historias de su abuela y las advertencias de su madre, en los recuerdos de una isla que él no puedo visitar sino después de casi 40 años viviendo en Estados Unidos, espejo invertido de sus raíces y su cultura. Entre 1996 y 2016 visitó su nación sanguínea 39 veces, fotografiando las vidas de quienes pudieron haber sido sus vecinos, amigos, compañeros de trabajo, hermanos de lucha. Pero en sus fotos, desprovistas de color, se ve que su mirada marca una distancia entre el cubano que es y el americano que resultó siendo, una distancia que, sin embargo, elimina cualquier artificio que pudiese venir de la nostalgia de lo no vivido y ubica a sus protagonistas y entornos en su realidad, sin el odio imperialista ni el orgullo de la revolución. Cubanos viviendo en Cuba, la gente en su isla.



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Rojas, verdes y amarillas

Rojas, verdes y amarillas

por OSCAR IVÁN MONTOYA LOAIZA • Fotografías Archivo LOS NIÑOS FILMS


Número 148 Marzo de 2026

Pepos es una película visionaria por sus procedimientos cinematográficos, precursora en su modelo de producción, única en su insólita mezcla de documental y ficción. Fue estrenada en 1984 en el Festival de Cine de Cartagena, para luego desaparecer durante casi cuarenta años, sin apenas dejar rastro. Es una película legendaria en la medida en que muy poca gente la conoce. Pepos es el retrato en colores estridentes de una generación aturdida y confusa, en perpetua huida de sus familias, de sus colegios, de sus improbables trabajos. Una especie de tribu urbana que tenía entre sus actividades favoritas consumir toda clase de sustancias estimulantes, entre las que privilegiaba las drogas psiquiátricas utilizadas con fines recreativos: mandrax, Nembutal, diazepam, Rubinol, mefedrona, benzodiazepina, metacualona, paroxetina, muchas veces en salvaje mixtura con alcohol, cocaína y marihuana, que derivaban en reacciones impredecibles, entre las que eran muy comunes los viajes sin regreso.

Su director Jorge Aldana, un cineasta en cierto modo anarquista, se inspiró en estos jóvenes empepados para realizar su película: “La hicimos porque ningún cineasta les había puesto atención a los jóvenes roqueros que deambulaban por la ciudad. Y decidimos partir de la historia de una amiga. En esa época hubo mucha gente loca que se quedaba en viajes y en cosas muy fuertes. Mi amiga acabó en una clínica psiquiátrica. Ella nos dio el impulso inicial. Fue la musa de la película”.

Pero más allá de un largo catálogo de pastillas, de malos viajes, o de comportamientos desquiciados, Pepos es importante en la historia de nuestro cine porque es una película reivindicativa de un estilo de vida, por más desastroso que parezca, que rehuyó la estética miserabilista de la época, para inaugurar un camino cinematográfico que en su momento ningún director supo seguir.

Lo único seguro es arriesgarse

A comienzos de los años ochenta, el panorama del cine colombiano era dominado por la comedia costumbrista, las adaptaciones literarias o el cine de denuncia social, y un poco en los márgenes, el cine de género aupado por el Grupo de Cali, y los documentales de Marta Rodríguez y Jorge Silva. Ya desde los años setenta, la juventud al garete, los bajos fondos y la exclusión social eran tópicos en los que había puesto su foco el cine colombiano, pero casi siempre para sacar partido económico a partir de la nefasta ley del sobreprecio, o como medio de denuncia contra el establecimiento político; pero, aparte de Agarrando pueblo (1977), la película de Luis Ospina y Carlos Mayolo, ningún cineasta colombiano había posado su mirada sobre los marginales con tanto humor, con tanta vitalidad, con tanta rebeldía como lo hizo Jorge Aldana, hasta el punto que un crítico describió a Pepos, por su espíritu anticonvencional, como una alcantarilla abierta en la carretera pavimentada del cine colombiano.

Según su productor y director de fotografía, el veterano cineasta Erwin Goggel, Pepos no tuvo presupuesto, prescindió de equipo de arte, sus actores fueron reclutados entre los pepisos que pululaban en las calles del barrio La Perseverancia y algunos amigos del medio artístico, no participó por voluntad propia en las convocatorias del antiguo Focine (Compañía del Fomento Cinematográfico) y entre sus objetivos nunca se propuso llegar a las salas comerciales: “Con el tiempo yo me he acostumbrado a mirar Pepos como una travesura juvenil, como una de esas pilatunas a las que se ve uno arrastrado sin saber muy bien cómo. Cuando conocí a Jorge, yo tenía una productora, Mugre al ojo, que entre su inventario tenía una Canon de Super 8 milímetros, y una Arriflex SR de 16 milímetros, y para el sonido, una grabadora Nagra IS y un micrófono Sennheiser 815. Esa fue la inversión de Mugre al ojo, y la plata que se puso en efectivo fue para el revelado y para inflar el material de Super 8 a 16 milímetros. No había para más”.

Estos dispositivos tecnológicos fueron los que permitieron, en parte, que el rodaje de Pepos llegara a buen fin. De acuerdo con Erwin Goggel, la Arriflex es un viejo armatoste comparada con cualquier artefacto contemporáneo, aunque, en su momento, era lo mejor que tenían a la mano, comenzando porque era liviana, casi una cámara de reportería, lo que permitía mucho movimiento, era poco ruidosa, compacta y posibilitaba las tomas al hombro, tan importantes en la segunda parte de la película, y que marcaron unos de los principales aportes estéticos de Pepos.

Me persigue la policía

Pepos está dividida en dos partes. La primera se desarrolla de día, con un par de escenas nocturnas, carece de diálogos, y a la manera de las películas antiguas, tiene unos intertítulos que van marcando la pauta de las andanzas de Viejo Loco y Guillo, un par de pepos de barrio, que no solo meten pepas, sino que jibarean y fuman marihuana, y entre baretos y pepas desvarían, en unas secuencias oníricas muy bien logradas con Simón Bolívar o con Carlos Marx buscando la traba en los callejones del barrio, o con los dos protagonistas como un par de angelitos en plena fuma, muy en el estilo iconoclasta de Luis Buñuel en La edad de oro y Viridiana. Todo esto acompañado por una poderosa banda sonora, uno de los aspectos más memorables de Pepos, que incluye varios temas de The Rolling Stones, Jethro Tull, Jimi Hendrix, The Police y Bob Dylan. Mención aparte merece The Clash con su legendario Police on my back, que le da el tono beligerante a la película, en un momento histórico en el que para la policía era mucho más fácil reprimir a cualquier consumidor callejero, que realmente perseguir a los grandes negociantes de droga. Las “fuerzas del orden”, falsas o reales, están muy presentes en Pepos, ya sea patrullando en las calles del barrio, repartiendo bolillo en medio de las requisas o reclutando jóvenes como carne de cañón.

La banda sonora se complementa con una versión de Very very well, el pegajoso tema de Carlos Román y La Sonora, y un blues original compuesto por Alexis Restrepo y Jaime Ruedas, el apellido no es una broma, que dice más o menos así: “Meto perico porque me parece rico / Hoy me chuteo, aunque te parezca muy feo / Meto pepas, aunque mi madre me diga que no / Fumo marihuana cuando me da la gana”.

Esta cualidad contestataria la reivindica Felipe Aljure, director de películas como La gente de la Universal (1993) y El colombian dream (2006), su segunda película, que es un alegato desde el arte por el consumo, aspecto que la hermana con Pepos: “Me parece que la mirada satanizante y policiva frente al consumo de drogas en Pepos tiene una mirada claramente más social, más humana. Más en una actitud de comprender que de juzgar. Y siendo este país, como lo hemos sido, productores y consumidores, me parece que es un comentario muy válido, en medio de esa guerra absurda contra las drogas”.

La segunda parte se desarrolla de noche, sobre todo en el centro de Bogotá, introduce otra fauna citadina, tiene sonido directo, aunque no diálogos propiamente dichos, sino una especie de voz en off que va acompañando la deriva de los dos personajes, otro par de adictos a las pepas en pleno viaje al fondo de la noche, que incluye un concierto de rock de la banda Ship y una memorable escena en un comedero popular, que puede ser considerada el momento más logrado y sustancial de la película. En pleno descontrol, después de salir del concierto, los peperos llegan al comedero y se cruzan con un travesti, interpretado por el cineasta Rodrigo Triana, con el que se enzarzan en una pelea, mientras se sigue escuchando la voz en off de uno de los personajes, montada encima de los diálogos casi inaudibles de los comensales, todo esto filmado en plano secuencia, con una cámara al hombro llena de energía, que no teme a los barridos, a los desenfoques, a los desencuadres, que explora con atrevimiento y sutileza el ambiente barriobajero, y que nos transmite la imagen de una Bogotá alucinada y caótica.

Sergio Wolf, cineasta argentino, durante algunos años director artístico del Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), llevó a Pepos al festival en 2008, en una sección llamada Malditos Latinos, y destacaba por encima de la reivindicación del estilo de vida marginal, o el retrato agridulce de una generación, sus evidentes valores cinematográficos: “Me parece una película bastante, no sé si decir profética, pero sí que plantea cuestiones cinematográficas sobre el realismo, sobre la filmación en escenarios naturales, sobre los no actores, incluso sobre el descubrimiento de una dramaturgia entre lo documental y la ficción, que el cine latinoamericano encontró bastante después; yo diría que a partir de las primeras décadas del siglo XXI”.

Por supuesto que Pepos no es una obra maestra, y carece de cualquier tipo de glamur, tiene muchos defectos en su hechura, comenzando por los saltos de continuidad, o la falta de sincronización del sonido, o la iluminación que no existe en algunas secuencias, o que está perversamente utilizada en otras. Le faltó financiación, dirección de arte, luminotécnicos, dinero para costear una buena posproducción, pero le sobró instinto de sobreviviente para no perecer en la larga travesía del desierto que duró cuarenta años.

Fotografía: Archivo Archivo Jorge Aldana.

Su invisibilidad moldeó su mito

El primer inconveniente que tuvo Pepos para llegar a salas comerciales fueron los derechos de autor que pesaban sobre la exquisita banda sonora de la película que, sin ningún tipo de dudas, es uno de sus aspectos más destacables. Pagar los derechos de una sola de estas canciones estaba fuera de los alcances de la película, por lo que su exhibición se redujo a los escasos festivales locales de la época, alguna muestra especial, o un programa cinematográfico organizado por conocedores de la película, siempre con Jorge Aldana con los rollos de Pepos bajo el brazo, y comenzando el nuevo siglo, con una única copia digitalizada en un DVD.

Pepos, por su contenido underground, por su espíritu blasfemo, por su burla al establecimiento, y un poco por la voluntad de sus propios artífices, fue borrada del mapa. Durante muchos años se habló de Pepos como de una película maldita, de la que se afirmó que estaba protagonizada por actores a los que había que esperar cuatro o cinco horas a que se les pasara el viaje, y se decía, además, que su director Jorge Aldana no pudo ir a recoger el Catalina de Oro que ganó en Cartagena, porque para la fecha estaba recluido en una prisión en una ciudad del interior. Nunca nadie lo certificó. Nunca nadie lo desmintió. Fueron capas que se fueron sumando al aura mística de Pepos. No se encontraban copias en las videotecas, ni en los archivos de los coleccionistas, ni en los catálogos de los proveedores piratas.

No obstante, la película revivía de manera intermitente en una proyección velada, en un artículo en alguna revista especializada, en la declaración de algún crítico que la consideraba la “joya oculta del cine colombiano”, “la película con la mejor banda sonora del cine nacional”, o hasta algunos la catalogaban como “la mejor película del cine colombiano”. Entre el mito y la realidad, la película fue saliendo de las catacumbas, recomendada por los escasos espectadores que habían tenido la oportunidad de verla, y que recalcaban, más allá de su rareza o malditismo, una manera novedosa de producir los proyectos, una forma creativa de capturar los bajos fondos, un modo desparpajado de retratar una generación, como lo destacaba el crítico Pedro Adrián Zuluaga: “Este mundo marginal luce soberano, autosuficiente y ajeno a cualquier discurso de culpabilidad moral, explicación sociológica, mediación cinéfila o reclamo de redención”.

Las cicatrices del sobreviviente

Al mismo tiempo que la película cobraba un poco de visibilidad, el ecosistema audiovisual colombiano comenzó a interesarse por el tema de la restauración, un asunto que había estado un poco de lado, sobre todo por la escasez de tecnología, y por unos costos prohibitivos para proyectos de escaso músculo financiero como Pepos. Ante la restauración de trabajos como Rodrigo D (1990), de Víctor Gaviria; Nuestra película (1992), de Luis Ospina; y La gente de la Universal (1993), de Felipe Aljure, y de la importancia cada vez más manifiesta de conservar en buen estado los archivos audiovisuales, algunos fondos cinematográficos comenzaron a destinar recursos para proyectos de restauración, y entre ellos resultó ganador Pepos.

La película fue sometida a un proceso de restauración de imagen, sonido y color, y fue una tarea emprendida por los Niños Films, una productora de jóvenes cineastas que, entre sus servicios, ofrece el de restauración. Lo primero que hicieron fue buscar los negativos, ya que es la materia prima de la que se puede hacer el mejor trabajo de restauración, pero lamentablemente esos negativos se perdieron. Sucedía que muchas películas colombianas se mandaban a revelar a laboratorios en Estados Unidos, y a finales de los ochenta, cuando empezaron a quebrar, todos esos negativos quedaron huérfanos, muchos se vendieron a bibliotecas, pero a muchos otros se les perdió el rastro. Ante la imposibilidad de dar con el negativo, se apoyaron en dos positivos —copia que se utiliza para proyectar— en 16 milímetros con sonido óptico, que guardaba Jorge Aldana en un clóset, y fue a partir de la menos usada que se realizó la nueva copia digital en 2K, entre 2023 y 2024.

Algo para destacar de este proceso fue que se conservaron muchas de las magulladuras y heridas que había dejado el paso del tiempo en el celuloide, muy acorde con su espíritu punkero. Así lo explica César Jaimes, director de películas como Lapü (2019) y Carropasajero (2025), y que ejerció como productor de restauración en Pepos: “Hay incluso casos en los que el director rectifica cosas que quería corregir de la película original, y se limpian todos los rayones, o se quitan todas las manchas, o si hay algún pequeño salto en fotogramas se corrige también, nosotros, por el contrario, tomamos la decisión junto con Jorge de que se sintiera que la película también estaba rayada y sucia, de algún modo conservar las cicatrices del sobreviviente; entonces eso fue como una virtud muy importante de no querer meter al quirófano a esta película y que saliera ‘perfecta’, como si no hubiera pasado nada”.

Nuevos adictos

Producto de esta copia restaurada, la película se ha podido exhibir con más regularidad, llegando a nuevos públicos, en especial a través de los festivales, que han sido la piedra angular para mantener viva la llama de este film de culto. El Festival de Cartagena, el Midbo (Muestra Internacional de Bogotá), el Festival Mamut, y hasta El perro que ladra, el más importante festival de cine colombiano en Francia, tuvieron a Pepos en su programación de 2024.

Nadie escapó ileso de los años ochenta. Ni los más poderosos, ni los más rebeldes, ni los más rayados. Todos salieron maltrechos, zamarreados, o totalmente chamuscados. Los pepos, tal como los conocimos, se extinguieron a finales de la década, desbordados por drogas más corrosivas como el basuco, internados en manicomios, ocupando un lote en el cementerio, o rehabilitados como buenos ciudadanos, reconvertidos en policías. Para nuestra tranquilidad, la película perduró para dar cuenta de una época sangrienta, pero también fabulosa para el que la supo disfrutar a fondo. Parafraseando a uno de los pepos de la película, se podría afirmar que “si puedes recordar los ochenta, es que no los viviste de verdad”.