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Sin hinchada pero con hinchas

Sin hinchada pero con hinchas

por SANTIAGO HERNÁNDEZ HENAO • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 81 noviembre de 2016

Arturo, Iván y Alfonso son los primeros en entrar, los últimos en irse, de los pocos en no faltar. “Este es nuestro plan de todos los fines de semana, nuestro lugar para reunirnos, ver fútbol, estar en familia”. Un par de escalas más abajo, Diego, Juan Camilo y Javier tienen un ritual diferente: llegan sobre la hora, despliegan una bandera, aplauden, gritan mucho y se ríen a carcajadas. “Es nuestra forma de vivir el partido: ir, ver fútbol, ver a figuras, pero divertirnos. No sufrimos, o no tanto como otros hinchas”. Esa es la tribuna de Envigado.

En el Parque Estadio Sur no hay barrabrava. No hay hinchas locales exaltados pidiendo otra vuelta olímpica, tampoco rabiosos que creen que la hinchada suda más la camiseta. Nada, ni siquiera visitantes rabiosos porque no pueden ir con sus colores. A lo sumo hay unas mil personas, gente de edades extremas, y algo que se ha perdido en las tribunas: familias.

Iván Guarín tiene 76 años y varios problemas en el corazón. Pero ninguno por el equipo. Es el mayor de los tres veteranos que se hacen en la parte alta de la tribuna, donde no pasan vendedores por el frente, y donde el muro de las cabinas sirve para descansar la ajetreada espalda. “Vengo hace veinticinco años y ya hace parte de mi rutina. Antes iba al Atanasio Girardot a ver a Nacional, pero cuando subió el equipo a primera división, empecé a venir al Polideportivo”. Con un saco que lleva para no enfermarse y que tapa el naranja fluorescente, Iván busca la compañía de un hijo o un nieto. Con sus lentos pasos siempre es uno de los primeros en llegar a un estadio que casi nunca tiene filas. Allí se encuentra con dos amigos de fútbol, Arturo Escobar y Alfonso Pineda, un par de cuñados que comparten su plan de fin de semana.

Arturo recuerda los días del ascenso a la primera, así como el descenso en 2005 y el nuevo título de 2006. También las decenas de noches con apenas un centenar de personas en las tribunas, muchas de ellas acompañadas por derrotas o juegos muy pobres. “Pero nunca ha sido nuestra idea venir a ver campeones. Es algo que hicimos parte de nuestra vida, venir a ver fútbol con tranquilidad, sin peleas. Las tanquetas de la policía las traen de adorno”.

Arturo fue quien llevó a Alfonso, el más nuevo de la barra (barra como grupo, no como hinchada). Ellos comparten la edad, 75 años, y la familia. Alfonso Pineda lleva un lustro viendo al Envigado. Comenzó tras su regreso al país, luego de vivir 48 años en Estados Unidos. Pero su esposa murió, y cuando nada lo ataba al frío de Boston, volvió a la tierra, a la casa de su cuñado Arturo, y de ahí al Poli. “Allá no veía mucho fútbol, y si pasaban algo en un restaurante, era de Nacional o Medellín. Esto de Envigado es un gusto adquirido”. El trío refleja la tranquilidad de una tribuna en la que no se corretea a un rival como si fuera una avanzada de guerra. “Es un plan de fútbol”.

Una pasión traidora

“¿De Envigado? ¿Es en serio?”. La doble pregunta es una constante en las vidas de Diego Sandoval, Javier Parra y Juan Camilo Paniagua, integrantes de lo más cercano a una barra: Pasión Naranja.

Ellos son la cara visible de la hinchada. Son aquellos que se hacen en el centro de la tribuna, + unas seis filas má abajo de Iván, Arturo y Alfonso. Ante cualquier fallo del árbitro o el rival, se levantan a insultar, gritan como desaforados. “Todo comenzó en 2000, pero solo hasta 2005, antes del descenso, vinimos a organizarnos. Llegamos a ser sesenta, con carné y entrada de cuenta del club, pero la gente fue creciendo, se fueron casando o yendo del país. Hoy somos quince, y no todos vamos”, sostiene Juan Camilo, uno de los pelaos de camiseta vieja y garganta rota, que ha llegado a corretear a un árbitro para tacharlo de pícaro y a ser apercollado por un jugador después de un insulto desde la tribuna. Una rareza en el Poli.

Ellos viven una pasión traidora. En la casa Sandoval, el verde no fue tan fuerte como la naranja del vecino. “Aunque en mi familia la mayoría era hincha de Nacional, nunca sentí esa fiebre. Y en 1995 vivía junto a Antonio Roa, defensa del Envigado de esa época, y él me invitó por primera vez al estadio.Me entraron por un ladito, sin boleta, y aunque me demoré en volver, me quedó el cariño. Comencé a ir sin falta un par de años después, cuando la ciudad empezó a dividirse entre las barras rojas y verdes”. Al estadio fue, sin pausa, hasta que su trabajo como periodista lo alejó por sus horarios. “Antes iba hasta los entrenamientos, pero ahora es más complicado”.

Paniagua llegó a tener un uniforme del DIM, equipo del papá y del abuelo, gracias a una Navidad de 1991. Pero ni así lo alejaron del Parque Estadio. “Lo mío fue más una rebeldía que se convirtió en amor. A finales de los noventa todos los pelaos de mi edad empezaron a dividirse entre rojos y verdes, pero cuando me fui a vivir a Envigado, empecé a ir al estadio, y me hice hincha”.

El caso de Javier es más complejo, pues traicionó al béisbol. Nació en Venezuela y llegó a Envigado para estudiar en la universidad. Fanático de los Tigres de Aragua en béisbol, y jugador de selecciones de baloncesto, terminó en el Polideportivo Sur por casualidad. “Como jugaba en el equipo de básquet de Envigado, nos invitaban a ver fútbol. No me gustaba, pero con el tiempo le fui tomando cariño, a tal punto de no perderme un solo partido”. Hoy va a la tribuna con su gorra de los Tigres, pero sabe que la pecosa le ganó a la pelota caliente, y que Envigado es su casa: “Jamás pensé en ser hincha de otro que no fuera el naranja”.

Mientras muchos se jactan de sus viajes por Sudamérica o de excursiones eternas a Japón, la Pasión Naranja saca pecho con su viaje al ascenso de 2007 frente al ya desaparecido Academia. Fueron tres buses a Bogotá, uno con la barra, otro con familiares y otro con gente que no se sabe de dónde salió. Para Sandoval, “fue uno de los momentos más lindos del Envigado”.

Caras conocidas

El Oso no habla, solo sonríe. Con sus ojos medio apagados trata de no perderse un segundo del partido. Sus amigos cuentan que se llama Fabio Alberto Escobar, que es vendedor ambulante de esos que sale con un pingüino gigante a la calle, pero que el club le regala la entrada hace muchos años. Poco sale de su boca, solo uno que otro esporádico grito de gol. Todo lo contrario al Gustavo Monsalve, el Embalador, vendedor de “torticas de queso y bocadillo, contra la droga y el cigarrillo”. Gustavo lleva diecisiete años en las tribunas del Poli, vendiendo sus ollas de embaladoras a los que van a su estadio. “Con Envigado vendo poco, porque si quiero hacer negocio tiene que ser con Nacional y Medellín, ahí sí se mueve esto”.

El Oso y el Embalador hacen parte de esa amorfa tribuna naranja. No hay trapos, menos bombos y trompetas. Se mezclan entre los niños de la escuela de fútbol, los jugadores juveniles del club, los profesionales que no fueron convocados al partido de turno. A su costado se ven los pintorescos “gringos”, un grupo de ingleses, sudafricanos y estadounidenses, que llegan con sus pelos rubios y barbas largas. “Es ambiente diferente, muy familiar, tranquilo”, dice Simon Edwards, uno de los integrantes del AFC Envigado, quien junto a Ollie Lythe, un inglés que tiene tatuado al Chelsea en su cuello, llevaron su pasión al punto de crear un equipo amateur solo de extranjeros, con el que juegan partidos de barriada en Medellín defendiendo el color naranja.

A la pequeña tribuna de once mil espectadores ha llegado una docena de barras que duran menos de un semestre. Cada nuevo patrocinador (cuando había) llevaba a sus empleados, los dotaba con camisetas, les daba una pancarta. Al primer partido iban doscientos, luego cien, y a la mitad de semestre solo quedaba la pancarta. También chicos que entran tratando de simular la barra brava de los equipos grandes, pero que pierden el impulso ante el primer fracaso. Los datos de taquilla no se dan a conocer, la asistencia llega como parte de cortesías entregadas por el club y la alcaldía. De taquillas no viven, y nunca lo podrán hacer. Se vive del fútbol y sus transferencias.

Para encontrar las tribunas llenas hay que irse a los periódicos de noviembre de 1991, cuando Envigado logró el primer ascenso en la historia del fútbol colombiano. Un partido ante Alianza Llanos, un 1-0 (gol de Luis Alfonso Hoyos), y unas tribunas repletas. “No somosun equipo de hinchada, ni en ese ascenso ni ahora, pero sí tenemos hinchas. Tenemos familias, gente del municipio, aficionados de otros equipos. Aprendimos a vivir así”, explica Hugo Tuberquia, quien defendió el arco naranja ese 30 de noviembre y hoy prepara los arqueros del club. Más de una década dándolela cara a la tribuna, “y no ha pasado nada, esto es muy tranquilo para el jugador”.

El encantamiento del hincha ha sido un imposible. Hablar de la cantera de héroes, de los comienzos de James Rodríguez, de la magia del ídolo Néider Morantes, no ha sido suficiente para atrapar. Los logros de Envigado se limitan a anécdotas de cafetería, lejos de las 26 copas de Nacional o las cuatro finales de Libertadores de América. Ni siquiera un título de goleador, o una final perdida generan empatía colectiva.

No obstante, el equipo sobrevive gracias a su cantera, a su estilo repleto de juveniles, y a que en esa proliferación de equipos de papel, Envigado llega a ser casi un “tradicional”. Su capitán de los últimos años, Andrés Orozco, quien ya supo estar de verde y de rojo, y vivió los gritos de la Guardia Imperial de Racing, y la Guardia Popular del Inter de Porto Alegre, hoy vive los años tranquilos de la tribuna naranja. “Envigado es un estadio para familias. Para reencontrarse con esa alegría de ir a una tribuna. Como debe ser todo el fútbol, con amor por el juego. Acá tenemos hinchas, no hinchada”.

*Este texto hace parte del convenio entre la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín y la Fundación Taller de Letras en cooperación con Universo Centro para la construcción de la memoria
del fútbol en la ciudad.

 


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Primera vez

Primera vez

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Veróniza Velásquez


Número 77 Julio de 2016

A mí no me importaba que el Medellín perdiera otra final. O quizá no era que me diera lo mismo, sino, más exactamente, que estaba preparado para soportar un nuevo subtítulo. Ya había visto a mi equipo quedar campeón tres veces, y, a fin de cuentas —como dice Mono, mi hermano—, uno es hincha del cuadro poderoso incluso si gana. Algo de eso sentí en el partido de ida de una de las finales perdidas en seguidilla, el 17 de diciembre de 2014, cuando, al término del 1-2 contra Santa Fe, volteamos a mirarnos entre algunos hinchas y descubrimos que en nuestros gestos había tanta frustración como buen humor: “Qué maricada ome”, dijo con inigualable gracia un hombrecito calvo con pinta de operador de televisión por cable.

Con todo, poco importaba lo que a mí me importara. En la nueva final de junio de 2016 mi angustia nacía de la expectativa de Juan Manuel, mi hijo de 10 años. Su uso de razón futbolera apenas había conocido segundos lugares, y eran vanos mis intentos de tranquilizarlo con el argumento de que él ya había probado las mieles del triunfo: supuestamente cuando, el 20 de diciembre de 2009, el DIM empató 2-2 con el Huila y se llevó la última Copa Mustang de la historia. Pero la verdad era que Juan Manuel tenía de aquella final una imagen tan borrosa y surrealista como la que yo atesoro de la final de Argentina 78. Respecto de la final de aquel diciembre glorioso, mi hijo creía haber visto, en alguna parte, un carro de bomberos.

Por más que yo quisiera engañarme, Juan Manuel se encontraba en un momento especialmente propicio —y por ello crítico— de fijación de recuerdos, a tal punto que una nueva final perdida sería para él una hecatombe sentimental. Muy por el contrario, yo quería que a partir de ese momento con indiscutida objetividad, él pudiera vanagloriarse de haber alcanzado su primera estrella. Precisamente, a los diez años yo fijé en mi memoria un par de sucesos rutilantes de la historia rojiazul: el gol de Eduardo Malásquez contra el Unión Magdalena en el octogonal de 1984 —la temeraria “malasqueña”—, así como el dulce tercer lugar en la tabla final de posiciones tras América y Millonarios, escaño alcanzado después de vencer 3-2 al Bucaramanga y callar, con ello, a los escépticos. De hecho, recuerdo especialmente que fue ese año, al otro día de un apretado triunfo por 1-0 contra Santa Fe —un gol del Benny Aristizábal en el minuto 83—, cuando Mono y yo presionamos a nuestra madre para que aceptara comprarnos el periódico ese lunes y todos los del siguiente lustro. Aquella vez El Colombiano usó un titular soberbio: “A siete del pitazo final”. ¿Qué podía quedar en la cabeza de mi vástago si el DIM perdía su cuarta final al hilo? No quería imaginarlo, pero su cabeza gacha del 2012, sus ojos acuosos del 2014 y sus palabrotas biches del 2015 —cuando el Cali se coronó en nuestras propias narices— eran claros indicios del apocalipsis que se fijaría en su cabeza.

Juan Manuel se cansó de mis falsas épicas y mis resignados sofismas y decidió interrogar a Mono sobre el asunto con puntualidad científica: “Tío, ¿y qué pasa si perdemos otra vez?”. Mi hermano, autoridad futbolera de la familia —muy por encima de nuestros tíos folclóricos y triunfalistas—, le dijo al niño algo que no supe si era un subterfugio pusilánime o una sabia respuesta budista: “Nada, Juanma, no pasa nada”. Estábamos en casa de nuestra madre, a pocos minutos del inicio del partido de ida en Barranquilla, con la nevera atestada de cervezas que, en verdad, nadie tenía ganas de tomar —ni siquiera el tío desenfadado que recaló por allí—, y no fue fácil sopesar aquella frase. Pero una vez acabó el partido con aquel marcador de 1-1 que, a pesar de toda la angustia desplegada durante noventa minutos para lograrlo y mantenerlo (yo me martiricé con la cábala de sentarme en un sillón alejado del que ocupaba mi angustiado hijo), no significaba todavía ninguna ganancia real, sospeché que en mi hermano se escondía realmente un filósofo consumado.

Como pudimos, sobrevivimos hasta el crepúsculo del domingo (Día del Padre por más señas). Dígase lo que se diga, es un consuelo empatar de local o perder el primer partido de una final: entonces uno archiva las esperanzas y se dedica, sin más, a vivir la tranquila vida de todos los días. Pero cuando de entrada se saca un buen marcador la ansiedad de la victoria hace de la existencia algo insoportable, de modo que el acto más cotidiano pesa insufriblemente sobre la voluntad. No sé cómo no morí de hambre entre los partidos de ida y vuelta de la final de diciembre de 2002 o cómo pude leer Cumbres borrascosas en la misma instancia en junio de 2004. Por fortuna, mi abuela murió un par de horas después de que el DIM ganara el partido de ida en Neiva en diciembre de 2009 y nos permitió distraernos con su recuerdo hasta la antesala del juego definitivo. En la reciente final, el alivio vino por cuenta de un inteligente truco de mi esposa, quien pretextó un arrebato altanero de Juan Manuel y le prohibió asistir al partido de vuelta, y con ello nos tuvo en vilo al niño y a mí hasta la media tarde del mismísimo 19 de junio, cuando el castigo acabó disolviéndose entre la efervescencia del Día del Padre. Al fijar esa fecha, Fenalco acertó de cabo a rabo.

Doblegados por la angustia nos entregamos al rito paquidérmico de hacer tres filas y esperar por casi dos horas el inicio del partido, aplastados por el calor del inminente solsticio de verano. Una vez sobre las gradas de Oriental, Mono y yo, por el puro miedo de espantar la gloria, contestamos a regañadientes las preguntas de Juan Manuel sobre los campeonatos cosechados por el Medellín en la década pasada. Uno de los tíos folclóricos, fiel a su estilo oportunista, se presentó a última hora con sus historias agrícolas y poco pudo hacer por distraernos del suplicio de los buenos recuerdos y de la visión de la cancha enorme que, como un paredón de fusilamiento, se extendía a nuestros pies.

Mientras se cantaban los himnos, Juan Manuel hizo un nuevo alarde de sangre fría. Me dijo: “Papá, ¿por qué siento como si este fuera un partido común y corriente, y no una final?”. Fue sin embargo su última fanfarronada, porque poco después se desmoronó. No habíamos llegado al minuto quince cuando, entre pase errático y pase errático de nuestro equipo, me dijo: “Papá, ya estoy temblando”. Y no solo tembló: una y otra vez se puso las manos en la cabeza y se mordió los dedos hasta astillarse las uñas y rasparse la lengua; así lo hizo antes de que Christian Marrugo clavara el primer gol en el minuto 34, cuando se bosquejó, por fin, la promesa de la estrella. No comió nada en el receso, y si abrió la boca fue solo para preguntar, a destiempo, cuánto faltaba para terminar el partido. La primera vez que quiso saberlo apenas se arrastraba, como gota de aceite, el minuto 62; a partir de allí volvió a hacerlo cada cinco minutos con tortuosa sincronía, y terminó haciéndolo cada instante a partir del minuto ochenta. Por supuesto, lo sé porque luego reconstruí los hechos con los testimonios de nuestros acompañantes, pues por entonces yo era también un guiñapo de los nervios: zapateaba y berreaba como un crío cada vez que perdíamos el balón y — con sinestesia poética— me tapaba los oídos para no ver los tiros de esquina con que Junior nos bombardeó en los últimos minutos. En los estertores del juego, la conciencia de la existencia de mi hijo se redujo a un bulto rubio y rojo que estaba puesto a mi lado derecho, incandescente y cada vez más luminoso con el correr de los segundos y los rechazos de la defensa, y al que yo no debía tocar hasta que el árbitro no hubiera dado el pitazo final.

Pero el pitazo final nunca sonó o, mejor, a nadie le importó que sonara. Antes de que eso ocurriera, Marrugologró salirse del estanque infestado de tiburones y se encaminó hacia el arco solitario que había al otro lado. Por el rabillo del ojo logré advertir que Juan Manuel abandonaba la posición recogida en que había contemplado hasta entonces el partido y se paraba en la silla, listo para saltar hacia cualquier parte. Marrugo llegó casi hasta la línea del área chica y fusiló al único defensa que había logrado ponérsele enfrente. Cuando el balón chocó contra la red, hice dos cosas por primera vez en mi vida: en vez de gol grité otra palabra para celebrar la anotación de mi equipo, y me volteé para abrazar a mi hijo y felicitarlo por su primera estrella. En lo sucesivo, también él podría decir que no le importaba si el Medellín perdía otra final.


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Enfermo por Nacional

Enfermo por Nacional

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías  por el autor


Número 77 Julio de 2016

La cosa no estaba fácil para mis papás, un filósofo recién graduado y una joven bachiller con alergia a las oficinas y a los jefes. Yo todavía no había cumplido el año de nacido cuando decidieron viajar a Venezuela —donde vivía mi familia paterna— para probar suerte con algún trabajo. La primera oportunidad se presentó rápido: vender una inmensa carga de pinzas para el pelo y otros objetos metálicos que llevaban cinco años en bodega. Era el último chance para que no chatarrizaran esa mercancía. Luego de aceptar el desafío, mis padres salieron temprano para el centro de Valencia, a la zona de quincallerías, se repartieron las calles y se quedaron de encontrar para almorzar y compartir la experiencia. Al mediodía regresó mi papá cabizbajo, apretado por el fracaso de las pinzas, pero cuando vio la sonrisa de mi mamá supo que traía buenas noticias: le había vendido todo a un par de comerciantes chinos. Ante semejante milagro, el dueño del cargamento, Alex Gorayeb, mayor accionista del Deportivo Cali en esa época y timonel de la empresa General Metálica, dijo que quería conocer a la persona que había logrado tal hazaña. “Quiero conocer a esa muchacha, me la traen ya”, dijo Gorayeb. Así regresamos de la boyante Venezuela a Medellín y mi mamá empezó a trabajar con Gorayeb, viajando a Cali con frecuencia. En Medellín mi papá había conseguido empleo en un colegio y como mi entrada a la guardería aún estaba lejos, empecé a acompañar a mi mamá en todos sus viajes a la Sultana del Valle. Mientras ella cumplía sus citas y descollaba en el mundo de las ventas, yo me la pasaba en los entrenamientos del Cali. Allí conocí el olor del linimento, y jugadores como el Tigre Benítez y la Mosca Caicedo me cargaron en sus brazos. Al calor de estas circunstancias, todo pintaba para que fuera un paisa hincha del Cali; en mis primeros años regresaba a Medellín con banderines del equipo azucarero y en la familia se volvió famosa la anécdota del día que conocí al gran Willington Ortiz. Cuentan que al ver al negro, al descubrir su pequeña humanidad, dije decepcionado “¿y este es el viejo Willy?”, ocasionando carcajadas entre los demás jugadores y en el mismo Gorayeb, a quien recuerdo por sus elegantes pipas, siempre oliendo a tabaco de ciruela. Lo que no recuerdo es el viaje de mi mamá a Argentina, a La Bombonera, para la final de la Libertadores del 78; Alex la llevó para que cuidara a Karim, su hijo, que me llevaba unos siete años. Era tan grande la amistad con el poderoso libanés que el carro que utilizó Salvador Bilardo cuando dirigía al Cali terminó en manos de mi padre, un Simca azul clarito con caja de velocidad de Porsche que después de unos meses quedó en pérdida total tras volcarnos en plena autopista regional. Todos salimos ilesos.

El plato estaba servido pues para que fuera un azucarero más. Yo mismo lo decía aunque todavía no sabía en realidad qué era ser hincha, ni sabía de pasiones, solo iba pegado de las faldas de mi mamá. Ella sí se volvió azucarera y se enfrentaba a mi primo Jaime y en especial al tío Memo, hinchas furibundos del Atlético Nacional; que como se le ocurría volverme hincha del Cali, que tenía que ser verde, pero de la montaña, decían ellos. Y yo inocente, la seguía acompañando a la sede del equipo. En medio de ese tira y afloje entre mi mamá y Memo y Jaime, llegó la época en que empecé a cobrar conciencia. Ya ellos me habían llevado al Atanasio un par de veces, pero no habían podido volverme nacionalista, aún estaba muy niño y quizás no me interesaba tomar decisiones más allá de preferir un juguete a otro. Si bien seguía más cerca del Cali por influencia materna, en diciembre de 1981 tuve un primer encuentro a solas con Nacional. Recuerdo ver la portada de El Colombiano entrando por debajo de la puerta de la casa; en primera plana estaba la foto del equipo formado y el titular decía “Nacional Campeón”. Nacional, el equipo del primo y del tío. Pero a mis cinco años seguía ajeno a esas pasiones aunque, sin saberlo, la semilla verdolaga ya estaba sembrada.

Un año más tarde, en 1982, en otro de los viajes a Cali, Memo nos acompañó porque al domingo jugaban Cali-Nacional en el Pascual Guerrero. Ese año, a pesar de que Nacional defendía el título, el Cali tenía una estrella más y mejores pergaminos, venía de ser el primer club colombiano en disputar la final de la Libertadores. El partido era todo del Cali, Memo sufría y mi mamá cantó a rabiar el primer gol caleño cuando empezaba el segundo tiempo. Fue un riendazo de Nadal, de zurda, inatajable para Carrabs. El partido pintaba para victoria del Cali. Faltando pocos minutos para el final, hubo un tiro libre a favor de Nacional, al cobro César Cueto. Nunca olvidaré el grito de gol del tío Memo cuando la pelota iba apenas por el aire y la felicidad mía cuando infló la red. Después entendí que Memo lo había cantado desde antes porque el balón pegó en la barrera, exactamente en Carpene, volante del Cali, y dejó al arquero Zape lejos de atajarlo. Lo celebramos juntos, me levantó en sus brazos, gritamos. Recuerdo que mi mamá le dijo que estuvo a punto de pegarle una palmada en la cara por cantar el gol sin que entrara el balón y creo que no le faltaron ganas de darme una pela por traición. Así se supo toda la verdad, las puntadas del destino me habían hecho verde, verde de la montaña contra todos los pronósticos.

A partir de entonces empecé a vibrar como hincha del Atlético Nacional. Ir al Atanasio de la mano de Memo o Jaime se convirtió en plan semanal y los banderines y otros suvenires del Cali fueron desapareciendo de la casa. Una de las primeras veces que fui al estadio de noche, un miércoles de 1984, jugaron Nacional-Santa Fe. Al salir del estadio fuimos a comer chuzo y a tomar fresco. Todo transcurría dentro de lo normal, recogimos el carro en las afueras del estadio después de una media hora y emprendimos el camino de vuelta a casa. No muy lejos vimos un negro en sudadera caminando por la calle Colombia con una tulita colgando de la espalda. “¿Ese es Sapuca?”, preguntó Memo sorprendido. Nos acercamos y mi tío, que era inspector de policía, se ofreció a llevarlo a su destino. Sin pensarlo, el negro Aparecido Donisette de Oliveira se subió al puesto del copiloto y yo me pasé para la banca de atrás por encima de la palanca de cambios; no lo podía creer, quedé mudo del susto y la emoción. Habló poco Sapuca, que expulsaba un tufillo a cerveza, y aunque no fue mucho lo que estuve en el carro porque me dejaron en el barrio Carlos E. Restrepo, ahí cerca al Atanasio, fue una escena que me marcó. Negro y de barba, con ese porte, lo vi como a Baltasar, el rey mago.

Entre los años 85 y 88, o sea de los nueve a los doce años, mi amor por Nacional creció más que mi conciencia. Y conocí lo que es el sufrimiento por el equipo amado, las derrotas a manos de rivales de peso, el odio hacia ellos y el amor hacia los jugadores que defienden la camiseta. En el último partido del 87, aquel domingo fatídico que Nacional, en los pies de Beto Sierra y el Andino de Oro, botó dos penales ante el América y perdió la opción de ir a Libertadores, derramé lágrimas por primera vez. Desde ese año empecé a sufrir de seborrea capilar a causa de la angustia y los nervios, según el médico; era una caspa que se costrificaba en el cuero cabelludo y me picaba mucho. También la padecí en el octogonal del 88 cuando al final perdimos el título con Millonarios, después de empatar a uno contra Santa Fe en Bogotá. El gol santafereño de Checho Angulo fue como una cuchillada y otra vez el llanto, la frustración, la caspa. Recuerdo que me mandaron una loción llamada Seborín que para la Copa Libertadores del 89 ya me tenía aliviado. Para ese momento mis padres estaban divorciados y los fines de semana los pasaba con mi papá. Sumergido en sus libros no comprendía por qué si Nacional jugaba a las 3:30 de la tarde, yo giraba alrededor del partido desde por la mañana hasta por la noche que daban el noticiero y los goles de la fecha. “¡Enfermo por el Nacional!”, era su frase, su regaño preferido.

Para la Libertadores del 89 me desteté de Memo y Jaime y empecé a ir al estadio con gente del colegio, en especial con Daniel, compañero desde kínder, y con Ángela, la profesora de Estética. Por algún inconveniente con las torres de iluminación, los cuartos de final y la semifinal fueron por la tarde. La fiesta se armaba entonces desde el primer descanso y ya nadie ponía atención en clase. En los pliegos de cartulina que nos servían para hacer carteleras sobre el sistema solar o las partes de la célula hacíamos letreros para llevar a los partidos. El día que jugamos contra Millonarios, Daniel hizo una mano empuñada con el dedo corazón levantado y debajo una frase que no podía faltar en los cotejos contra el azul: “Pimentel HP”. Fue avalado por Ángela pero nos lo decomisaron a la entrada del estadio, no por el mensaje para Eduardo sino porque presumían que la cartulina era un material con el que se podían armar baretos. Después de eliminar a Millos y desquitarnos de los dolores que nos habían ocasionado en el 88, y en la primera ronda de esa Copa, el partido contra Danubio prometía una bacanal y así fue: se vino una lluvia de goles, un exceso de celebraciones en una tarde inolvidable. Era la primera vez que cantaba media docena de goles en un solo partido; el quinto y sexto no los cantamos a rabiar, afónicos ya de gritar, sino que nos detallamos la celebración de los jugadores. “Mirá como saltó el Palomo, ¡qué brinco metió!”.

También era la primera vez que acariciábamos la posibilidad de ganar un título, uno continental, era un sueño increíble. Pero como un baldado de agua fría cayó la noticia de que la final no se podía jugar en Medellín porque el Atanasio no tenía al aforo suficiente. Cuando ya estaba resignado a verlo por televisión, porque no nos dejaron ir en bus a Bogotá, recibí la llamada de una tía que era novia de Fausto, el cantante. Que pidiera permiso para faltar al colegio miércoles, jueves y viernes porque nos íbamos para Bogotá a ver la final, que Fausto había conseguido boletas y que ella me iba a regalar el pasaje en avión. Fui el elegido entre decenas de primos de todas las edades porque en la familia sabían lo enfermito que era por el verde.

Recuerdo la pinta con la que llegué a Bogotá y presencié el título de Copa: una camiseta OP verde de manga larga, de las chiviadas que vendían en El Diamante, y un overol índigo. Ese 31 de mayo del 89 sufrí como nunca en el primer tiempo al ver que no hacíamos gol y luego me desboqué de alegría con la remontada, aunque hubo sustos tremendos porque Olimpia estuvo a poco de descontar. En la tanda de penales, mi tía, hincha a muerte del DIM, me cuidaba de reojo. Estuve relativamente tranquilo hasta que Pipe Pérez botó su disparo y comencé a llorar como si hubiéramos perdido, el recuerdo de los penales del 87 se me vino a la mente con la sensación de derrota. Un señor desconocido que estaba a mi lado me puso la mano en la cabeza y me dijo, “tranquilo pollito que esto lo vamos a ganar”. Todavía agradezco esas palabras que me devolvieron la confianza. Qué momento feliz en medio de la fría noche bogotana ver al equipo dar una vuelta olímpica de esa magnitud. Tanto sufrimiento se veía recompensado.

A principios de los noventa me conseguí con Fausto un pase para quince personas, para la tribuna sur alta, y fundé, con catorce amigos de la unidad residencial donde vivía, la barra “El rebaño verde”. El trapo no era muy grande, creo que de ninguna tribuna se alcanzaba a leer el nombre de la barra, pintado con un verde claro y letra gordita típica de pelada de colegio de esa época. En el 91, después de eliminar al América en cuartos de Libertadores con goles del Torito Cañas y Diego Osorio, nos fuimos a celebrar a la 70; en medio del festejo unos hinchas verdes se bajaron de un R4 embadurnados de harina y me pegaron para robarse mi bandera. En ese mismo año, en diciembre, hicimos una fila de todo un día para comprar las boletas del partido que definía el título. Con un sombrerito hermoso del Bendito Fajardo quedamos campeones y por fin dimos una vuelta olímpica en el torneo local. Fue un delicioso desquite luego de las lágrimas que nos había hecho derramar La Mecha en los pies de Gareca, Battaglia y el Pipa de Ávila. Tres años más tarde, en el 94, con el rebaño extinguido y la amargura de la reciente muerte de Andrés, dimos otra vuelta olímpica en el Atanasio frente al Medallo, y al año siguiente nos volvimos a ilusionar con un gol de tiro libre de René y la Libertadores. Terminamos con la mirada clavada al piso, soportando los cánticos victoriosos de la hinchada de Gremio. En ese 95 ya estaba en la universidad y un día cualquiera me fui para la sala de periódicos de la U. de A. con el recuerdo borroso de aquella vieja portada de El Colombiano que había visto a mis cinco años. Quería corroborar si esa imagen era real y pedí todos los ejemplares de diciembre del 81; los miré uno a uno hasta que me encontré la portada, tal cual la tenía en mi mente. Ahí me di cuenta de que esa lejana epifanía infantil fue la que terminó por hacerme hincha de Nacional.

La universidad, las mujeres, la fiesta, los amigos, algunas temporadas en el extranjero, toda esa mezcla y otros intereses me alejaron del estadio desde el 96. La tristeza, más no el llanto ni la seborrea, regresó con las humillaciones del 2004 ante Medellín y Junior, quizás el año más duro para la hinchada de Nacional. Las vueltas olímpicas que siguieron a ese fatídico 2004 las viví con fervor en las calles, sobre todo los títulos ganados al Santa Fe en 2005 y 2013. En la final del primer semestre de 2007 tuve la oportunidad de ir al estadio y bajar a la pista atlética para dar la vuelta olímpica con los jugadores gracias a que uno de mis primos contemporáneos trabajaba en las inferiores del equipo. Ya Nacional era otro, un verdadero poderoso, muy diferente al que conocí a comienzos de los años ochenta, de media tabla y permanentes fracasos a pesar de sus grandes jugadores, mis primeros ídolos: Herrera, Santín, Carrabs, Cueto, La Rosa, Sapuca.

En 2014 estuve en Brasil y después de acompañar al verde en Porto Alegre ante Gremio y en Montevideo ante el Nacional de Uruguay por la primera ronda de la Libertadores, me agarró una nostalgia hasta rara y unas ganas insaciables de volver al Atanasio. Una vez regresé a Medellín, motivado además por la presencia y títulos de Libretica Osorio, me aboné para ir al estadio durante todo el 2015. Ya no en preferencia, sin pases oficiales, sino a la popular Norte. Con un par de amigos barbados, que parecen más filósofos que hinchas como yo, colonizamos lo más alto de la baranda, justo abajo del tablero electrónico. Otra vez víctima de la enfermedad —de la que quiero morir y no me quiero curar— ir al fútbol se convirtió de nuevo en plan semanal, volvieron las celebraciones a rabiar, las lágrimas de alegría, la fiebre verdolaga.

En la Libertadores de este año 2016, de la mano del profe Rueda y de cracks como MacNelly, Armani, Sebas Pérez, Guerra, Alex Mejía, volvimos a acariciar la gloria continental. En el partido en casa contra Rosario Central el corazón me empezó a latir más rápido, a esta edad ya el miedo no es la seborrea sino un infarto. En los últimos minutos tuve que respirar profundo y sentarme. El gol de Berrío no lo pude gritar sino que levanté los brazos al cielo mientras la hinchada se revolvía y abrazaba convirtiéndose en una sola amalgama desenfrenada. Me sentí como un dios viendo semejante escena. Luego, contra Sao Paulo, en la antesala del partido, la gente empezó a cantar el coro que dice “Yooo te vi salir campeóoon del continennnte, vamos mi verdolaga, quiero volver a verteee” y para mí fue imposible contener el llanto, volví a llorar de la emoción esta vez junto a muecos sin camisa, viejos asfixiados y mis compañeros de tribuna, con quienes suelo calentar motores y rematar partidos en el caspete de la Mona, allá donde también celebran los fundadores de la barra Aquel 54. Al son de guaro y cerveza se cocinó una nueva alegría, una nueva alegría continental.



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Noches de radio

Noches de radio

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Tobías Divad Nauj


Número 63 Mayo de 2015

Hace más de treinta años — para ser exactos, la noche del miércoles 19 de octubre de 1983—, mi hermano y yo escuchamos un partido del Medellín entre las cobijas. ‘El Poderoso’ jugaba contra el Tolima en el Atanasio Girardot y logró poner el marcador 2-2 con un gol tardío de Carlos ‘El Tigre’ Acevedo, un uruguayo que pasó sin mucho ruido por la historia del equipo rojiazul. El que por entonces hacía la magia y, en consecuencia, copaba las portadas de los periódicos, era León Villa, conocido más adelante —cuando se vistió con las rayas verdes del vecino de patio— como ‘El León de Campo Valdés’; porque la noche de marras recibió del locutor el remoquete —más sencillo pero al mismo tiempo más solemne— de ‘Maestro colombiano’. Esa jornada de octubre, alargada clandestinamente hasta las diez y cuarto de la noche a despecho de la temprana rutina colegial que nos esperaba al día siguiente, fue una de mis primeras experiencias importantes con la radio al oído; por lo menos, la que aparece en el primer lugar de mi tramposa memoria. Yo tenía nueve años.

Sobra decir que en los años ochenta la transmisión por televisión de los partidos de la liga colombiana era impensable, como no se tratara de la última fecha del octogonal final, día en el que, casi invariablemente, solíamos ver a los diablos del América dar la vuelta olímpica. En 1985 ocurrió algo salido del libreto y fue que, para adormecer al país mientras los rockets del ejército se clavaban en la mole del Palacio de Justicia, el presidente Betancur autorizó la transmisión de no sé qué partido o resumen inédito de goles. Por razones que se me escapan, ese mismo noviembre, el recién nacido Teleantioquia retransmitió un partido en que Medellín había vencido 1-0 al Cali; por supuesto, mi hermano y yo lo habíamos escuchado por radio la noche anterior, y más que el gol de cabeza de Luis Carlos Perea —otro que saltó al solar ajeno— nos había quedado en la cabeza una expresión usada por ‘El Espectacular’ Jorge Eliécer Campuzano para describir cómo ‘Ormeño’ Gómez había atajado un remate letal del ‘Checho’ Angulo: “¡A contrapierna!”. Nunca nos lo confesamos el uno al otro, pero cuando pudimos ver la jugada en la transmisión diferida sentimos que, contada en la radio, la acción de nuestro arquero había sido más audaz.

El transistor de casa era el radiorreloj que nuestro padre, in artículo mortis, le había dejado a mamá como regalo de Navidad en 1980. El aparato solía estar en su alcoba, salvo por alguna situación de excepción; sobre todo, que ella estuviera agobiada por sus pertinaces jaquecas y, además, que el partido que nos interesara acabara demasiado tarde. Otra cosa era cuando se trataba de escuchar las transmisiones de las etapas de la Vuelta a España o el Tour de Francia: entonces mi hermano estaba autorizado de antemano para instalar el radiorreloj en nuestra habitación desde la noche anterior, pues las emisiones comenzaban en la madrugada, y como él y yo ya estábamos en bachillerato —por lo menos así fue a partir de 1986—, íbamos al colegio en la tarde y no era forzoso aprovechar todas las horas oscuras para dormir. Por lo que respecta a mi madre, a ella le bastaba su reloj biológico para levantarse a la hora exacta en que debía despachar a nuestra hermana mayor. Recuerdo particularmente el alba del 4 de mayo de 1987, cuando el radiorreloj se encendió automáticamente a la hora programada y pudimos saber que, en la carrera ibérica, Néstor Mora se había fugado y marchaba con una ventaja de nueve minutos sobre el pelotón; cuando clareaba lo capturaron, pero hacia las nueve de la mañana ‘Lucho’ Herrera despertó, se alzó sobre la bicicleta, sembró a los demás en la carretera y se enfundó la camiseta amarilla en la meta de Lagos de Covadonga.

Como no mediaran los dolores de cabeza maternos o las grandes vueltas ciclísticas europeas, lo habitual era que mi hermano y yo nos acomodáramos junto al radiorreloj en la propia alcoba de mi madre. Como en 1986 —por lo que se ve, el año de nuestra mayoría de edad— nos hicimos visitantes asiduos del estadio, lo que restaba por oír en la radio eran los juegos de visitante del Medellín, la mayoría de las veces en la voz provinciana de Rodrigo Londoño Pasos. Un juego quedó particularmente grabado en mi memoria: un 2-2 frente a Millonarios en Bogotá, jugado un mediodía de sábado por motivos que ahora no recuerdo, y en el que los uruguayos Rafael Villazán y Yubert Lemos anotaron por el DIM; goles que, por lo excepcional de la programación sabatina, escuchamos narrados por la voz histérica de Luis Fernando Múnera Eatsman. Pero no solo nos convocaban los partidos: también los magazines futboleros nocturnos, cuyos debates, regularmente acalorados, nos parecían el colmo del atrevimiento periodístico, de modo que los escuchábamos con el delicioso sentimiento de estar degustando lo prohibido. Jamás olvidaré que en esa misma temporada del empate con Millonarios, en Gente, Deporte y Punto, Iván Mejía Álvarez pronosticó que Medellín sería el campeón. Se entenderá que, si a la fecha no odio a ese ríspido comentarista, no es solo porque deteste afiliarme a las causas populares. Dicho sea de paso — quizá haya quién no lo sepa— el campeón de 1986 fue América; no podía ser de otro modo.

Escuchar los partidos en la radio fue, para mi hermano y yo, una liturgia que se extendió hasta el siglo XXI, y si terminó fue solo porque yo salí de casa a principios de 2001, cuando, plenamente consciente de lo que hacía, decidí compartir mi vida con una hincha del club de las franjas verdes. Como nos fuimos a vivir a Santa Lucía, al mismo tiempo que me enteraba de las gestas de mi equipo, podía escuchar —con todo el recelo del caso— los murmullos eufóricos que venían desde el Atanasio Girardot y por los que Nancy, mi esposa, se interesaba particularmente. Sin la tutela de mi hermano fui haciéndome un energúmeno, y llegó el día en que quise tumbar las paredes a puñetazos cuando los goles rivales caían en el último minuto. Así sucedió cuando, en el cuadrangular final del primer semestre de 2004, Chicó nos derrotó 3-2 en la agonía del reloj. Por fortuna, en ese torneo —y sin que mediara ningún vaticinio— Medellín alcanzó el título tras derrotar a su eterno vecino de patio. Ya por entonces menudeaban las transmisiones televisivas, y como, además, las emisiones de Fox y ESPN nos habían civilizado con el arte de la narración mesurada y el comentario conciso, la transmisión radial —cuyos protagonistas eran, en buena parte, solistas cavernícolas— fue quedándose relegada, y casi se la olvidó cuando las cámaras de Une coparon toda la programación de la Dimayor. Por entonces, se me antojaba que mi suegro — conectado por walkman a los alaridos de Múnera Eatsman al mismo tiempo que veía los partidos de su equipo— era un anacronismo sobre dos pies o, por lo menos, un romántico empedernido, anclado a las emociones auditivas de los viejos tiempos.

Juan Manuel, mi hijo menor, llegó al mundo en la época del auge de los partidos por televisión. En el segundo semestre de 2009, cuando apenas ajustaba cuatro años, tuvo su primera rabieta frente a la pantalla chica al presenciar cómo el DIM —por entonces casi invencible— se doblegaba por tres goles ante Millonarios, en la fría Bogotá. Por lo visto, yo había hecho un excelente trabajo inconsciente como maestro iracundo frente a los malos resultados de nuestro equipo, al que por fortuna mi hijo se aficionó a pesar de los genes adversos que le venían por el linaje materno; genes que, con fatalidad, habían enquistado en el alma de Laura, nuestra primogénita.

A la sazón, Juan Manuel tenía de la radio una idea harto particular: creía que la componían, apenas, las emisoras de rock latinoamericano, baladas y música para planchar que eran del gusto de Nancy y —confieso— mío. Solo muy tardíamente, por los días de su sexto cumpleaños, vino a descubrir que en la vieja grabadora de la biblioteca podía escucharse una simpática versión auditiva de los partidos que solía ver, de modo perfectamente sinestésico, en el televisor. Ocurrió el 14 de septiembre de 2011, cuando Medellín derrotó 4-1 al Real Cartagena en el Atanasio Girardot. Era necesario escuchar el partido por dos razones: nuestro equipo nos había espantado de las graderías después de un par de temporadas desastrosas, y, como el juego era en mitad de semana, no había posibilidad de verlo por televisión. Me pareció que mi hijo encontró ingeniosa la ocurrencia radial, de la misma manera como, tras años de montar en taxi —prácticamente desde que surgió en el vientre de su madre—, disfrutó su primer paseo en un Circular Coonatra.

La radio volvió de repente a nuestras vidas cuando el monopolio de DirectTv y Win Sports nos impidió ver todos los partidos de la liga. Mi alma, a un mismo tiempo tradicionalista y adolescente, se rebeló contra las imposiciones del mercado de los medios; es decir, no solo sentía dolor ante la idea de cambiar de operador de cable, sino que veía como una afrenta el que se me obligara a hacerlo. Me pareció que, con tal de salvar mi dignidad —o, si se quiere, con tal de no tener que fatigarme firmando un nuevo contrato televisivo—, podía pagar el precio de no ver más partidos de la liga, y supe que no tendría ningún problema si apenas tomaba las migajas que, a mí y otros como yo, nos servía la Futbolmanía de RCN. Para todo lo demás estaba la radio, vibrante y rápida como ninguna otra cosa en el mundo. En todo caso, Juan Manuel —que solo ha aprendido de mí el modelo estoico y furibundo de mi afición por el equipo del pueblo— lo resolvió de otra manera, y muy pronto llegó a acuerdos con mi suegro para que lo llevara a ver los partidos del DIM en alguna de las tiendas del barrio que estaban dotadas con el exclusivo servicio. Para suerte de mi hijo, su abuelo acababa de jubilarse y necesitaba, desesperadamente, razones para salir de casa; en su entraña verdusca, poco le importaba que la coartada fuera un partido del Medellín; por supuesto, también pesaba aquello del amor rendido por los nietos.

Un cuarto de hora después, cuando yo había logrado, por fin, redondear el primer párrafo de la reseña, el árbitro sancionó un tiro libre a favor del Medellín, no lejos de la valla de los pijaos. El locutor anunció, con no poco aspaviento, que Vladimir Marín se aprontaba para el cobro y que, como un toro de lidia, zapateaba sobre la grama, y tanto insistió en ello —con el coro del comentarista principal y el vocero de los anuncios comerciales— que no me sorprendí particularmente cuando, un minuto después, el balón se coló en el arco de Joel Silva. Realmente me sobrecogí un segundo después del grito del locutor, cuando, desde el otro lado de la casa, llegó el alarido eufórico y destemplado de Juan Manuel. Fui hasta su cuarto para celebrar el gol con él, pero me detuve en la puerta apenas distinguí en la oscuridad lo que él hacía: tenía los ojos cerrados y sonreía de modo beatífico mientras apretaba, contra su corazón, el pequeño aparato radial. Ya que Tolima —a diferencia del Medellín de tres décadas atrás— no tuvo un Tigre Acevedo que nivelara el marcador, mi hijo tuvo la noche más feliz de su vida, arrullado por las voces y las ondas del triunfo. Ignoro a qué hora pudo conciliar el sueño; como quiera que sea, cuando fui a llamarlo en la madrugada me pareció que todavía sonreía.



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Manuel Mejía Vallejo y los nadaístas

Manuel Mejía Vallejo y los nadaístas

por EDUARDO ESCOBAR • Ilustraciones de Tobías Aboleda


Número 112 Diciembre de 2019

Desde el comienzo de nuestra irrupción en Medellín, los nadaístas mantuvimos con Manuel Mejía Vallejo una amistad llena de reticencias. A veces lindaba con la camaradería, y a veces con el atentado personal y la vileza. Ahora cuando me dispongo a hablar sobre su persona y su obra hallo en mí un montón de sentimientos encontrados. Cavilo si centrarme en lo que nos unía o enfatizar en lo que nos apartaba. Fue un buen amigo de quien nos alejaron muchas cosas. Su entendimiento de lo que debe ser la literatura no compaginaba con lo que nosotros pensábamos. Sus ídolos literarios eran Tomás Carrasquilla, entre los colombianos, y Eduardo Mallea entre los latinoamericanos. Nuestros maestros eran Rimbaud, Lautremont y Henry Miller y en la literatura nacional apreciábamos a León de Greiff y a Fernando González y a los integrantes del grupo de Mito, incluido el aún desconocido García Márquez. Para ajustar, valga la infidencia, Manuel Mejía y yo nos vimos envueltos en una historia de amor que me hizo sufrir como un condenado, cuando sedujo a mi novia de los quince años, que me abandonó obnubilada por su prestigio, su labia de culebrero y su corbata de galán. La comprendo. Yo tenía dos camisas. Una puesta y otra en un platón con detergente esperándome en algún hotelito proletario. Y había empeñado mi única corbata, la de la primera comunión, por una cerveza. A mí mis padres no me soportaban. Los suyos estaban muy orgullosos de su muchacho con razón: acababa de ganar un concurso de cuento en El Salvador. Un buen comienzo. Porque después ganó premios en todas partes: en Cali y Manizales e intermedias, para acceder más tarde al Nadal y al Rómulo Gallegos.

A Manuel lo atraían las muchachas bonitas, y sobre todo tiernas cuando ya no se cocinaba en dos aguas, más que las mujeres hechas y derechas aunque fueran bellas. Tal vez la afición a las nínfulas revelara una secreta inseguridad. Un miedo al amor adulto.

Manuel Mejía era un hombre querible, tenía eso que los antiguos llamaron bonhomía. Nosotros lo admirábamos por su vida privada que algunos divulgaron, llena de singularidades en una ciudad pragmática que trataba de cogerle el ritmo al siglo con retraso. Decían que pintaba al carboncillo con talento, que practicaba el moldeado en barro, que inventaba juguetes artesanales, lo cual hablaba de su candor pero al mismo tiempo de unas cualidades humanas que nos seducían, las de la sensibilidad para las actividades inútiles, porque los hacía por gusto, sin las intenciones torticeras del comerciante, y ni siquiera para jugar con sus invenciones porque siempre estaba ocupado escribiendo, o bebiendo. O seduciendo las novias de los amigos. Más tarde supe que se preocupaba por las técnicas de la impresión de libros. Y que escribió una carta a la casa Heidelberg con una propuesta para mejorar sus prensas famosas en el mundo.

Aunque estábamos lejos de sus ideales estéticos y su estilo obediente a preceptivas que nosotros habíamos venido a desprestigiar, Mejía Vallejo fue un habitual de nuestras tertulias primerizas, uno de esos contertulios que sin pertenecer de corazón al movimiento, ni adherir a sus propuestas renovadoras, lo veían con curiosidad y simpatía. Había otros, pero nos parecían intratables, como Jorge Robledo Ortiz, poeta de la raza, y como Jorge Montoya Toro, un filisteo que escribía sonetos a Jesucristo y a las impúdicas rosas. Mejía estaba más próximo a nosotros aunque su escritura no concordara con las crisis de un mundo que asistía a las circunvoluciones de los primeros satélites artificiales, con una perra dentro, un mono, o una señora rusa. Y al asco de una nueva guerra, la de Vietnam, que algunos contaban como el primer estallido de una tercera conflagración mundial hecha de conflictos focalizados.

Su escritura olía a boñiga y a saúcos en un mundo que se urbanizaba y al que comenzaban a atosigar los vahos de la gasolina. Pero de cualquier modo no era rimbombante como casi todos los poetas del entorno pobrísimo. Era la primera persona de la santísima trinidad literaria de la antioqueñidad. Las otras fueron Carlos Castro Saavedra, un poeta de corte nerudiano dado a las depresiones que cantaba a los carpinteros, y Oscar Hernández, otro magro discípulo de Neruda aunque mezclara a esa influenza la ternura de César Vallejo, y la tristeza que puso de moda el peruano envenenado en París con la solanina de las papas del mercado de los pobres. Los tres se acercaron a nuestra capilla desabrida, surgida en plan de escandalizar la aldea donde el arzobispo importaba más que el alcalde porque había arrendado al diablo. Castro pronto dejó de tratarnos enemistado con Gonzalo Arango por la nimiedad de un epíteto cariñoso. Hernández debía trabajar para sostener una familia. Y jamás entendió que mantuviéramos una discreta distancia, saludable además como después se vio, con la izquierda colombiana, más hecha de sentimientos beatos que de ideas, y de pasión que de marxismo.

La prosa de Mejía Vallejo era clara, tranquila. Más próxima a la verdad de la vida para nuestro criterio, así nos resultara sospechosa por ordenada y racional, y aunque sus relatos estuvieron plagados de diálogos sentenciosos y descripciones convencionales fuera de tono para quienes pretendíamos ser absolutamente modernos según el mandato de Rimbaud. Nosotros amábamos lo descabellado. Nos parecía que la misma sintaxis y hasta la ortografía eran cárceles que justificaban el orden establecido. Y los temas agrestes de sus primeras prosas, La tierra éramos nosotros y Tiempo de sequía, nos sonaban anacrónicos a pesar de la sobriedad. Él se aferraba a la nostalgia del pasado. Nosotros estábamos pendientes de un futuro que temíamos y aferrados al presente existencialista, a la inmediatez de la experiencia. El pensaba que un relato, así nos dijo una vez puesto en el plan magistral que en ocasiones adoptó al hablarnos con el aire de superioridad del escritor laureado, debía comenzar por una panorámica del ambiente, y seguir con la presentación de los personajes, antes de ponerlos en acción. Esas ingenuidades de una preceptiva retrógrada no nos impidieron quererlo. Para nosotros las novelas y los cuentos podían principiar por donde a uno le diera la gana, y carecer de pies y cabeza, y ni siquiera eran necesarias, sino indeseables, las supercherías aristotélicas del conflicto, la trama, la peripecia y la anagnórisis. Pero lo aceptamos distinto como era, vestido de paño, camisa de cuello y corbata, y con la costumbre de visitar al peluquero cada sábado para que le puliera las patillas. Nosotros nos dejábamos crecer el pelo como los piratas que nos sentíamos, vestíamos bluyines, camisas de colores, mocasines, medias de rombos. A él le gustaba hacer el elogio de Asturias, y Rómulo Gallegos, y estaba decidido a continuar la tradición de Tomás Carrasquilla. Nosotros preferíamos a Joyce, a Becket, a Buttor y a los objetalistas franceses, en cuyas obras no pasaba a veces nada distinto del viento de las hojas al volverlas. Y desconfiábamos de los apologistas de lo autóctono. De los nostálgicos de los padres indios y los abuelos criollos empobrecidos por las guerras civiles. De los dolores del campesino que hablaba con los pájaros de sus amores y llevaba una barbera en el carriel por si se veía obligado a cobrar una ofensa de borrachos. El color local nos espantaba, nos declaramos los servidores de una nueva barbarie dispuesta a arrasar los falsos valores de Occidente. Amílcar empezaba a circular entre nosotros los libros de Nietzsche. A Manuel Mejía la filosofía le era indiferente, no tenía problemas metafísicos más allá de los cafés con leche con buñuelo frío que comía con mi exnovia en la Heladería Donald. Y jamás lo vi interesado en nuestras discusiones, las propias de unos muchachos educados en el catolicismo que acababan de descubrir a Bertrand Russell y el existencialismo y a Nicola Abbagnano en los breviarios del Fondo de Cultura Económica.

A veces lo veíamos salir de matiné después de ver alguna película norteamericana de vaqueros que quizás le ayudaba a redondear sus fábulas de duelos de matones. Una obra suya se llamó El día señalado como una película norteamericana famosa. Lo cual puede no ser casualidad. Y escribió un cuento que tituló, La venganza, como bien hubiera podido nombrarse un western espagueti de Clint Eastwood. A nosotros nos intrigaban más las películas de tesis, el cine de una lentitud infernal de Bergman, el neorrealismo italiano, los dramas patafísicos de la nueva ola francesa con sus romances entre seres atrabiliarios y despistados, y sus parlamentos en el lenguaje del retorcido humanismo sartreano, perfectos para calificar el tedio de vivir, el sentimiento del absurdo y la irrefutable inutilidad de todo. Para Manuel Mejía todo eso no pasaba de ser un capricho de niños burgueses, una impostura que no valía la pena tomar en serio.

No encajábamos por completo a pesar de los esfuerzos por querernos. Manuel Mejía nació en 1923, el día del idioma español: el mayor de los nadaístas había nacido en 1931 bajo el signo de Capricornio que lo hizo sombrío y proclive a inventarse fracasos. Mejía Vallejo disfrutaba los bambucos olorosos a toronjil, los despechos de carrilera y los tangos matreros a la hora de sus tragos. Los nadaístas para nuestros festines de mala fama recurríamos al jazz estridente de New Orleans, a Duke Ellington, a las canciones canallescas de la Piaff y Juliette Grecco. Nos gustaban los tangos, pues eran el folclor urbano de la ciudad industrial de Colombia, pero los escuchábamos de distinto modo.

Los padres de los nadaístas eran todos pequeños funcionarios o comerciantes al menudeo. Con la excepción de Gonzalo Arango, llegado de Andes, y de Amílcar Osorio, que llegó desde Jericó, los demás crecimos junto a las fábricas, en medio de los buses urbanos que reemplazaron los trolleys y los tranvías. Tal vez en esta circunstancia radicaron las desavenencias con el autor de La casa de las dos palmas. Nosotros habíamos conocido de oídas la Violencia. Manuel Mejía sabía mejor de las brutalidades de las guerras entre liberales y conservadores. Pero el peor desacuerdo entre nosotros fue causado por la devoción que él guardaba por Tomás Carrasquilla, un escritor que considerábamos injustamente un autor fallido, un costumbrista, el maestro de un estilo marchito.

Algunos entre nosotros empezábamos a interesarnos en las ciencias de los pulsares y las estrellas enanas que se derriten sobre sí mismas, en el comportamiento secreto de los átomos, imbuidos en la siniestra amenaza del peligro nuclear que fue la espada de Damocles sobre nuestras cabezas despeinadas. Manuel Mejía contra las metafísicas que estas preocupaciones suscitaban en nosotros albergaba una sola certeza mística: que existía una ley de la compensación, semejante al karma, que los nadaístas comenzamos a debatir a partir de la lectura de los textos del budismo, a los que llegamos empujados por los poetas beat, fanáticos del dharma. O camino. No había demasiadas contradicciones interiores en Manuel Mejía. Era un hombre simple como unas tijeras. Y formaba parte del orden parroquial como un adorno. Nosotros éramos la imagen del desconcierto y la desconfianza. Ahora que lo pienso, si seguimos siendo amigos a pesar de todo fue por el sentido del humor que compartíamos. Por la capacidad para reírnos. Aunque él solo les aplicara el cauterio de la risa a los demás. Mientras los nadaístas podíamos reírnos de nosotros mismos con perfecta impudicia. Él se tomaba en serio su vida y su trabajo de escritor. Nosotros éramos más irresponsables y estábamos más confundidos. Él era un escritor del establecimiento. Nosotros estábamos situados al margen. Recuerdo que al principio me impresionó un rasgo de personalidad muy escaso entre los círculos de los escritores: jamás hablaba mal de los ausentes, aunque después aprendió. Pero en general nunca lo vi comprometerse, ni hablar de la política del día, por ejemplo, que es algo que les gusta tanto a los escritores modernos. Era cauto.

Manuel Mejía fue un detractor injusto del nadaísmo cuando estaba de malas pulgas. Sobre todo le gustaba vapulear al pobre gonzaloarango por lo que decía y lo que dejaba de decir. En ocasiones Mejía se pasaba de crítico acerbo con nosotros. Una vez, él había envejecido, y yo me había casado y separado, y vuelto a casar por aquellas cosas del eterno retorno y el miedo de la soledad, leyó un poema que buscaba, a través de unas cucarachas, celebrar la música humana y la técnica moderna. Y me dijo sonriendo con ironía campechana. “Escribirle poemas a las cucarachas es una bobada, hombre”. Y me miró como quien piensa sin razón que las cucarachas solo necesitan insecticidas y no poemas con reminiscencias de Vivaldi y Schönberg y con pormenores sobre la fabricación de los transistores. No quise decirle que las cucarachas tenían tanto derecho a ser poéticas como los alelíes. Y que había descubierto en un viaje de LSD que son ángeles camuflados. Y un portento biológico. No hubiera comprendido.

Pero al mismo tiempo Manuel Mejía fue muy generoso con los poetas del nadaísmo que comenzaron a transitar por la carrera Junín en los años sesentas y que lo veían salir de las películas de la vespertina con sus eternos cartapacios bajo el brazo en busca de un café tranquilo donde corregir sus obras. No solo participaba en nuestras tertulias con su ingenio cándido, sus recuerdos de la madre Laura con la que guardaba un parecido físico, sus memorias de aventurero por Centroamérica y su colección de refranes y décimas y coplas aprendidos con los peones de las fincas donde creció. A veces fue magnánimo con nosotros de un modo que ahora me permite sospechar de su insinceridad cuando nos quiso y cuando nos desdeñó. Eso no importa. Es preciso honrar la justicia. Cuando lo nombraron director de la imprenta municipal de Medellín publicó allí el primer libro de Gonzalo Arango, HK 111 y Nada bajo el cielorraso, dos obras de teatro que le permitieron al capitán del nadaísmo el sentimiento inenarrable de saborear la gloria de sostener en sus manos su primer libro publicado.

HK 111 alcanzó el honor de las tablas bajo la dirección de Fausto Cabrera, un activista español que después fue guerrillero maoísta y acabó en la China, un ecléctico que recitaba un día Claveles rojos o La casada infiel y cosas de mayor enjundia de García Lorca y al otro montaba una broma de Ionesco. Ignoro si llegó a entenderse con Poeta en Nueva York, el único Lorca soportable para los nadaístas. La obra contó con la actuación de Santiago García y Mónica Silva su mujer entonces. Los tres habían fundado el Teatro Experimental El Búho para la divulgación de las obras de la vanguardia, con la pretensión de fundar un grupo estable que ayudara a la creación de un teatro nacional moderno que superara las comedias políticofolclóricas de Campitos, y las obras del rancio teatro español de Jacinto Benavente y Alejandro Casona, autores predilectos de los grupos de aficionados de Colombia antes de que se pudiera hablar de profesionales de las tablas.

HK 111 fue puesta en escena en el teatro Ópera de Medellín después de una temporada en Bogotá y causó estupor en la parroquia. Una escenografía escueta con seis varillas simulaba la cabina de un avión, el protagonista amenazaba en el clímax de la obra con orinarse en el escenario. Escatología pueril pero inusual para el lugar y los tiempos. Gonzalo Arango les tenía pánico a los aviones. Y pensaba que eran el más terrorífico de los inventos humanos junto con la jeringa hipodérmica.

Yo hice el ridículo al llevar a la gala en aquel calor estival un abrigo inglés de paño que pesaba como el Big Ben y hacía los efectos de un sauna, propiedad de mi padre que lo había recibido de Laureano Gómez por interpuesta persona, un primo suyo postizo, un hombre notable durante la presidencia del Monstruo, y que siguió siéndolo durante la dictablanda de Rojas Pinilla.

Cuando dediqué a mi padre “El anticuario”, un poema que pretende reunir (como nadie lo ha notado lo anoto) las ideas afines a las noción de decadencia, Manuel Mejía me hizo un elogio matizado de sorna: si tu poema de las cucarachas me parece una nadaistada, el que le dedicaste a tu padre debería formar parte de la antología de la poesía colombiana siempre. Se dosificaba. Entre el vituperio y la alabanza. Esa noche celebramos mi poema en la casa de una de mis hermanas. Fue la única vez que lo vi borracho. Siempre fue de un aguante olímpico. Ya se encaminaba a la bancarrota. Y acabó cuan largo era, bocarriba, en la mesa de centro bañado en ron Caldas.

Yo lo quise desde que lo conocí. Y él también me quería y hasta admiraba al osado adolescente que yo era cuando comenzamos a tratarnos como vecinos en el barrio Los Ángeles. Yo era un adolescente con una mala fama merecidísima. Y con la suerte bendecida por una enorme capacidad para la indiferencia, resignado a vegetar sin rencor ni esperanza, sin propósitos, vacío por dentro, sin tuétanos. La falta de pudor me permite reconocer que también me adornaba un cierto éxito entre las muchachas más bellas de la ciudad de mercaderes con vocación industrial, a pesar de mis camisas de pobre, mis zapatos rotos y la melena salvaje que extrañaba el champú. Creo que las muchachas se me acercaban seducidas por mi fama de poeta precoz más que por mi cara de ángel despeñado. Llevadas por algún impulso tanático. Porque fui magnífico como amante a la hora de hacerlas sufrir.

Manuel Mejía me hizo muy desgraciado cuando se quedó con el amorcito de mis primeras experiencias reales de amor, y al fin me arrebató a la sujeta de mis primeros afectos, valido de su aire de Pedro Armendáriz y de su propensión a ganar concursos de literatura. Más tarde, para compensarme, se convirtió en mi primer editor. Pues cuando lo echaron de la imprenta oficial por imprimir las obras de teatro del inventor del nadaísmo fundó con Oscar Hernández una editorial que llamaron Papel Sobrante, pues la alimentaban con los desechos de las prensas de los periódicos municipales donde Oscar Hernández hacía de todero. Uno de los primeros libros de la empresa fue mi libro Invención de la uva. Los otros fueron los cuentos primerizos de Darío Ruiz Gómez y de Oscar Collazos.

Medellín aquellos años vivía el sopor saludable del Frente Nacional después las atrocidades de la violencia que prolongó las guerras religiosas del siglo XIX. Hernández, Mejía Vallejo y Castro Saavedra eran los autores prominentes en la aldea de un millón escaso de habitantes. No había dicho que Oscar Hernández escribía poemas al pan, al trigo y a las amadas, y que fue un montón de cosas, boxeador, futbolista, vendedor ambulante y empresario de una fábrica de refrescos; que Manuel Mejía había viajado por Centroamérica siguiendo los pasos de Porfirio Barba Jacob, y que Carlos Castro pavoneaba los elogios que le hizo Pablo Neruda a su poesía cuando estuvo en Chile. Neruda comenzaba a descollar con su obra desigual y profusa, y por el brillo de su glotonería verbal, llevado de la mano de los comunistas. Y un espaldarazo suyo era consagratorio. En la casa de poesía Silva de Bogotá hay una fotografía conmovedora de un Castro Saavedra, la cara triste y menuda, y con un sombrero hiperbólico que le queda como una casa, junto a León de Greiff que a su lado parece un ogro vikingo con su belfo, la boina y el traje de paño desgalichado de siempre. Sus amigos solían preguntarle dónde mandaba a arrugar los vestidos.

Manuel Mejía Vallejo fue el narrador más reputado de Colombia hasta la aparición de Cien años de soledad. Yo creo que resintió su publicación como un desorden inesperado en su honra. Los escritores suelen tener egos frondosos. Cien años de soledad confundió la literatura colombiana con sus excesos. De modo que muchos novelistas colombianos apelaron a los recursos del realismo mágico en una mimesis cómica y servil, y otros, para corregir el rumbo, apelaron al grotesco, a la recuperación de sus recuerdos familiares o a la novela histórica ideologizada. En el desconcierto probó la novela urbana. Y como había abandonado las temáticas campesinas, inventó a Balandú, que se insinuó en sus escritos tímidamente hasta alcanzar la apoteosis en La casa de las dos palmas, que intenta contar una saga familiar como el piedracielista de Aracataca.

Mejía hizo alguna mención literaria de mi deslustrada persona. Quizás para acallar la mala conciencia del depredador sexual. En La sombra de tu paso, donde la novia que me ganó se llama Claudia, expresa sus celos. Y le pregunta. ¿Lo amaste? Y ella. A quién. Y él le dice: a Eduardo. Y dice que yo entonces me parecía a Jesucristo… cuando lo aporreaban. No sé qué quería decir con eso de mi barba y mis greñas de cobre. Y sin mi novia en aquella Junín donde los nadaístas gastamos la adolescencia en el descubrimiento del amor y la poesía a contramano, cometiendo pequeños delitos viles, fumando marihuana, emborrachándonos y tragando a puñadas barbitúricos de la casa Lilly. Desde niño soñé ser escritor. Pero nunca se me pasó por la cabeza que podía ser un personaje de novela.

Los que no vivieron aquellos días en esa aldea en las faldas de los Andes nunca alcanzarán a imaginar cómo era entonces la ciudad que fundó don Miguel de Aguinaga. Soy un sentimental. No me importa. Medellín es para mí la de antes de la Avenida Oriental que cometió el sacrilegio de comerse la casa de Dora Echavarría, la suegra de Manuel Mejía, la abuela de sus hijos, que lo adoraba. Y sentí mucho el día cuando tumbaron el Hotel Europa que era como un Kremlin en chiquito. Al Medellín de mis recuerdos le lucía ese edificio con cúpulas negras, como le sigue luciendo un palacio egipcio en la calle Miranda o una portada con leones de bronce en la casa de un magnate en el barrio Laureles. En el lugar que dejó el Hotel Europa levantaron la Torre Coltejer, que no sabe a nada, empinando el hocico hacia el cielo empobrecido, aguja ciega, para hacer una metáfora de sastre. Otros la consideran la marca del comienzo de la decadencia de la familia Echavarría, como Babel confundió las lenguas de los israelitas para castigar su arrogancia.

La tragedia del empresariado antioqueño burgués fue su aniquilación por el proletariado chino en la guerra comercial del mundo. En la bendita globalización galopante los discípulos de Mao condujeron a la bancarrota a la ilustre familia paisa, admirada y vilipendiada, que llevó a Medellín a trancazos de tren hasta Puerto Berrío y de allí a lomo de mula los primeros telares mecánicos. Fernando González dijo que Medellín era bueno cuando los Echavarrías estaban chiquitos. Desconfiaba de los retumbos del progreso. Como todos los metafísicos que saben que es imposible conectarse por teléfono con lo esencial.

La calle Junín era un hervidero de chismes. La sombra de tu paso, Y el mundo sigue andando están hechos de eso. De murmuraciones. Cuando Manuel Mejía intentó liberarse de los helechos de La tierra éramos nosotros, los muchachos de entonces estrenábamos el desaliño de los existencialistas franceses que superara el dandismo de gomina de la generación de los cocacolos y sus propias corbatas ya pasando de moda, en una ciudad donde todo el mundo aún saludaba a los policías secretos por sus nombres. Y por sus apodos a los borrachos del Parque de Bolívar, de alcohol antiséptico y pasante de grillo. Mejía Vallejo y sus amigos, Hernández y Castro Saavedra, adecentaron el uso del parque. Se reunían por las noches con sus libros bajo los balsos del de Bolívar frente a la heladería San Francisco. Los hombres de bien solo lo usaban cuando iban a embolarse los zapatos. Y los domingos de la retreta.

Manuel Mejía estaba recién llegado de Centroamérica y gozaba de un tibio prestigio por sus cuentos agrestes de gallera, haciendas, venganzas de hermanos y parricidas incapaces del sacrilegio. De cuentos de campesinos que más tarde cambió por cuchilleros de barriada en Aire de Tango. En Y el mundo sigue andando se estrena de Joyce andino pero no le lucen los experimentos y los retruécanos se le atoran. Aunque no lo quisiera era sin remedio un representante del machismo latinoamericano en la vertiente andina de la literatura colombiana.

Todo era cándido, liviano y feliz en la calle Junín que transitaba Manuel Mejía Vallejo, tanto que lo único posible era que a alguien se le ocurriera inventar el nadaísmo con su sentido trágico y sus amarguras impostadas que después se tornaron en amarguras y podredumbres auténticas. Mejía acabó por apartarse de nosotros del todo cuando apareció la marihuana en las fiestas. Y comenzó a crear su propio entorno de amigos con Darío Ruiz, Oscar Jaramillo, Elkin Restrepo, Oscar Collazos y Fernando González hijo. Y recuerdo que después del primer manifiesto publicamos un volante supuestamente patrocinado por una inexistente fábrica de papitas Juan XXIII. Y recuerdo, pero puede ser un falso recuerdo, que a Mejía Vallejo, que se había regocijado por nuestra irrupción podrida en el paraíso de popelina, no le gustó el fingido patrocinio. Era un anticlerical respetuoso. No estoy seguro de que no creyera en el diablo. Recorrió los caminos de Barba Jacob por Centroamérica y escribió un libro sin mucha gracia dedicado al vate de Santa Rosa. Pero la marihuana remota de Barba no era un peligro como la nuestra para él.

A mí, digo, para comenzar a terminar, más que su ecuanimidad y sus virtudes evidentes me impresionaron en él sobre todo los rones triples de la madurez que se echaba en ayunas en su casa de la calle Perú, cuando comenzó a deteriorarse y a dudar de su grandeza, después de la aparición apoteósica de Cien años de soledad. Como casi todos los escritores colombianos experimentó un cimbronazo con ese libro monstruoso que devolvió la novela moderna a sus orígenes. Las pretensiones de Manuel Mejía de convertirse en el continuador de la línea narrativa de Tomás Carrasquilla con un toque de José Eustasio Rivera se volvieron obsoletas.

Del nadaísmo se han dicho muchas cosas. Pero bien pudo ser solo una reacción necesaria del alma del mundo en nosotros, en una isla feliz llena de muchachas en flor donde comenzaban a oírse los primeros rocanroles, a ponerse de moda el cubalibre, en un país convulsionado, corrompido y violento, que se había dado una tregua relativa con el Frente Nacional. Algunos le achacan al Frente Nacional nuestras desgracias actuales. No fue tan malo. El país creció en la realidad y en las estadísticas. Recuerdo que en mis tiempos el acceso a la universidad era un privilegio. El Frente Nacional comenzó a democratizar la educación. Y la salud. El país mejoró. Y el nadaísmo fue un síntoma positivo de los tiempos que comenzaban y de sus crisis. La gente comenzó a decir otras cosas en las tertulias de los nadaístas en las cafeterías de nombres ingenuos como Bambi y Donald. A pensar otras cosas. A nosotros nos tocó empatar los últimos totes del diablo parroquial con el estruendo de los cohetes interestelares. Recuerdo el repeluzno que experimenté cuando los periódicos trajeron la noticia de que los rusos habían puesto a dar vueltas a una perra en los espacios exteriores a la biosfera. Yo era un exseminarista que no terminaba de solucionar sus problemas con Dios. Y sentí que se me encrespaba el pelo de la cabeza y los remanentes de la cresta vertebral del anfibio.

Gonzalo Arango que tenía su toque maligno a pesar de su fama de santo, y tenía una vieja deuda por cobrar, en una carta me escribió, después de una noche de tragos que Manuel Mejía gastó en llenar de reproches al pobre profeta de la nueva oscuridad: “…de los hombres espero lo peor; sobre todo de los intelectuales, de los literatos. Son de otra raza. Soy una raza opuesta: y tú, Ed, eres mi mejor alma, mi espejo más transparente. En ti reflejo lo poco que puede ser salvado en mí, no como escritor, sino como ser vivo… La agresión del Premio Nadal… contra el nadaísmo en general… es un fruto tardío de su recóndita amargura. Recuerda la noche en el homenaje a Evtuschenko. Somos tan ajenos a sus dioses y a lo que escribe. No me extraña: él fracasó en sus aspiraciones a Maestro de la juventud. Nuestra generación no lo soportó, era la flor y nata de la Bondad. Como me dijo una vez Fernando González, ‘nunca podrá ser un artista, goza de excelente salud’. Podrá escribir cien novelas, ganar el Premio Nobel, ser laureado o fuera de concurso en los juegos florales de Manizales, pero nunca osará una locura respetable. Tendrá siempre miedo de invertir la lógica, de afirmar que DOS MÁS DOS SON EL PRINCIPIO DE LA MUERTE (no recuerdo si esta frase es de Dostoievski o la acabo de inventar, pero vale)… Eso es él, un linotipo que trabaja, que piensa; una caña pensante pero sin la angustia de Pascal. A Manuel Mejía le tengo afecto precisamente porque está fuera del ring, es campirano, gallero, nostálgico de burdelito de Jericó donde perdió su virginidad por un soneto, amigo íntimo del bobo del pueblo, etc. Porque labora sus novelitas como un herrero, y de tanto hacer y rehacer de pronto salta una chispita en su desierto mental, pero no por culpa de su genio, sino de tanto soplar en la forja. Realmente es un buen hombre, aunque literatoso como escritor. Él defiende su parcela de la plaga nadaísta y es su derecho. Él sabe que su herencia no tiene porvenir en nuestra generación, que será olvidado antes de ser. No puede perdonar que su posteridad esté integrada por una pandilla de bastardos como nosotros, desalmados para esas cosas que él fabrica, pura cacharrería estética para consumo de amas de casa, para entretener una digestión, un desvelo, un idilio parroquial de ventana. Él nos regaña paternalmente y quiere convertirnos a su ‘seriedad’, reformados en su provecho, en provecho de la literatura bonita, lógica, moral y graciosamente filistea en la que trabajó como un minero… Hay que reconocer que lo hace honestamente, que no da más, que no tiene de dónde sacar más. A los 45 años no se puede tomar chocolate en familia impunemente, ni rezar el rosario, ni tocar tiple en reuniones de sociedad intelectual… Eso tara, da un carácter. Su literatura resulta inexorablemente chocolatera, conservadora, de meada en la cama después que la mamá reparte bendiciones. Novelas con susurro de tiple y olor de yerbabuena. Qué esperanza… Tu y yo lo comprendemos, por eso lo admiramos. Porque es un pobre sufridor de sentimientos; porque se apostó todo a la literatura y no dejó nada para reírse de sí mismo. Por eso está jodido, y yo lo estimo suficiente para no tenerle piedad… Olvidemos pues sus ofensas; en ellas se consuela, le dan una vaga razón de ser… Permitámosle que tenga razón, que nos injurie y nos abomine si eso lo desahoga. A los nadaístas no nos disminuye su parroquial grandeza. Apliquémosle los santos óleos y que sea inmortal. Él vive para la gloria literaria”.

La carta resume bien nuestra relación, pero Gonzalo extrae un corolario, y nos invita a estar vigilantes, a no dormirnos sobre nuestros pobres laureles de adormidera, a estar conscientes de nuestros límites, y sobre todo, a la lucidez de no consentir la literatura como el fin de la vida. Y pido perdón por la extensión de la cita y por la crueldad que emana, unida a una inmensa ternura por el amigo lejano, pero amigo a pesar de todo.

Manuel Mejía fue sobre todo un poeta apreciable, un gran poeta, puesto que fue capaz de escribir esta décima:
Llovían cielos nublados
por las selvas del Chocó;
llovía tanto, que yo
tuve los ojos mojados.
En esos tiempos llorados
nunca de llanto se hablaba
aunque la pena sobraba
con tan húmedo rigor,
que no sabía el amor
si llovía o si lloraba.

Eso me basta para querer a Manuel a pesar de lo que encontramos en él reprensible desde nuestra orilla del mundo, y nuestra orilla del tiempo.

 



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Liz

Liz

por ANAMARÍA BEDOYA • Fotografías de Juanita Escobar


Número 106 Mayo de 2026

Retrato

Llamamos por su nombre: ¡Liz! Una sílaba sucinta y seseante. Escuchamos pasos al otro lado de una lona verde que demarcaba la entrada de su casa. Era una noche ventosa. Juanita Escobar la había conocido tres años antes, en el Cerro de Bandera, Puerto Carreño.

“Ella estaba ahí, al filo del día, brillando con su voz y sus ojos como luciérnagas, imponiéndose en el paisaje, atrás de ella, el Orinoco extendido. Fue el primer retrato que hice en este río, desde hacía ocho años soñaba con conocer las aguas del Orinoco, las que dan el nombre al inmenso llano que yo ya habitaba, pero desde muy lejos, en el Casanare. En las fotos que tengo de ella a la orilla de río, su mirada va hacia Venezuela, nosotras estamos paradas en el departamento del Vichada, en Colombia, y en el escudo de la bandera amarillo con verde está escrito: ‘Tierra de hombres para hombres sin tierra’. Ahí estábamos nosotras, izándonos, proclamando nuestra manera de pertenecer, nuestra voz”.

Liz no había nacido cuando sus padres abandonaran el Chocó. Vivían en un pueblito aislado de la selva pluvial, pobre y acosado por la violencia. No había trabajo ni sosiego, no había cómo. Huyeron lo más lejos posible. Peregrinaron hacia el suroriente del país por paisajes desconocidos, cruzaron los Andes, anduvieron por lo llano, navegaron en el impetuoso Orinoco y llegaron a Puerto Ayacucho, en el estado de Amazonas, en Venezuela. Allí nació ella.

Huir fue una forma de libertad para el tropel de colombianos que se marcharon a finales del siglo pasado, era la posibilidad de reiniciar la vida, de encontrarle sentido a esa palabra. La búsqueda de un bienestar significaba darle la espalda a la casa, abandonar el burro, el perro, el platanal y la atarraya; decir adiós a los tíos, a los primos, a los abuelos.

De Colombia quedaba un papel con una lista de apellidos, algunas fotos y documentos de identificación personal. Los exiliados que migraron a Venezuela fueron miles, pero ningún registro oficial alcanzó a contarlos. Desplazados por la indiferencia del Estado, empujados por el desempleo, acosados por la muerte, desarraigados de la exuberante tierra que se peleaban bandos enemigos, escupidos por el hambre encarnada en la figura del país que los echó al olvido.

Puentes, trochas, ríos se convirtieron en la obstinada promesa del reinicio. El hogar se llevaba en la vehemencia de la marcha, en la barriga que crecía. La guía en el camino fue el deseo de encontrar un pedazo de tierra dónde levantar un rancho. Venezuela se convirtió en el remanso donde fue posible quedarse. Empezar de cero. Ser un desconocido. Ampararse bajo otras leyes. Comer pescados de otros ríos. Aprender nuevos mitos y leyendas. Moverse al compás de otros acentos.

Liz dice chama, cónchale, pana y, sin embargo, aunque a sus 32 años no ha ido ni una sola vez al Chocó, en su hablar hay un residuo del implosivo y vibrante dialecto del Pacífico. Está adherida a ese lugar a más de mil kilómetros de distancia. Quiere ir con sus dos niños.

Desea saber lo que se siente decir primo, tío, abuelo. Le gustaría vivir un aguacero en el lugar del mundo donde más llueve y bailar feroz y desenvuelta. Ha escuchado de esas parrandas que se arman en el mismísimo Chocó, donde, dicen, los bafles son más grandes que los niños. Imagina sus caderas moviéndose al ritmo de una chirimía, un currulao, un bullarengue. Le gusta reír duro, alzando los pómulos suaves y oscilando el cuerpo en regocijo; pero en sus ojos angulosos se vislumbra, rodeando el iris ébano, una indudable tristeza.

Hace tres años llegó a Puerto Carreño y empezó a recorrer las calles rojizas vendiendo productos para el pelo con la intención de convertir los pesos en fajos de bolívares para comprar comida y alimentar a sus hijos. Pero fue en el puerto donde finalmente encontró su ancla: un militar que parecía compartir sus gustos.

Lo suyo, sin embargo, no ha sido un retorno, ha sido el desexilio. El desexilio de los que empezaron a regresar porque en la nación hermana las cosas ya no eran como antes. Lo que consiguieron durante años se hizo pedazos que quedaron en el camino. El vestigio de otra huida. Huir del Estado venezolano, de la crisis fronteriza, de la depresión económica, de la represión política.

Liz vino con lo que tenía puesto, en cada mano un hijo.

Aquella noche sin estrellas, Juanita, que había aplazado durante meses ese momento, se presentaba ante ella sin cámara. Ese día no habría fotos.

“Era el día de escuchar lo que ella quisiera contar, de comprender los gestos y las miradas, de darle tono a las tardes del río, de darle hondura al por qué de sus lágrimas. La historia de Liz está llena de raíces que flotan, viajan buscando dónde agarrarse, encontrarse y seguir perteneciendo.

Un año después de nuestro primer encuentro fuimos a las playas del río Bita, hicimos muchas fotos, entre esas las raíces de su pelo y las del árbol… ambos momentos complementaron su retrato, trayéndome más imágenes para comprenderla a ella, y a través de ella el territorio: el cuerpo del agua que se funde con el cuerpo de la mujer.

Liz nunca dejó de acompañarme. A lo largo de esta búsqueda, han ido apareciendo otros personajes, Lourdes, Gledys, Ariani, Samay, María, Lilibeth, todas ellas hilos de pensamientos e historias que me han ido envolviendo. Marcando el ritmo del tiempo necesario para estar, descubrir y contar sus memorias, han surgido muchas preguntas, las he lanzado al río esperando que los viajes y los encuentros traigan más y más respuestas; más y más preguntas, para no irme nunca, para seguir habitando el vasto territorio del llano del Orinoco”.

La silueta delgada de Liz apareció por encima de la lona verde. Vimos su sonrisa blanquísima, las piernas tersas, sus duros hombros redondos y brillantes, como dos barnizados pomos precisos para sostener sus brazos atléticos de mujer enseñada a trastear con lo que es suyo. La cascada lustrosa de trencitas caía a ambos lados, por encima del pecho. El abdomen duro, surcado de arrugas el ombligo, huella de dos partos. Los ojos lacrimosos.

Puso en el patio tres sillas plásticas, sin soltar el smartphone. Se sentó apoyando los codos en los muslos, como la líder que es cuando anima a sus compañeras de fútbol en la cancha. Miraba de soslayo, a través de la puerta abierta, a sus hijos, y al hijo de su marido, que veían televisión. Bajó el tono, recelosa. Las frases empezaron a fluctuar como olas espumosas que despertaran los recuerdos en su nido.

La madre que levantó a los hijos vendiendo empanadas en el Amazonas venezolano, el padre muerto antes de tiempo, los diplomas inútiles y desvaídos, los amores siempre idos, los máwaris (encantos del río) que quisieron llevarse a sus hijos, las promesas perdidas en el vocerío del puerto, las ofertas laborales como espejismos y la casa temporal para guarecerse de la incertidumbre, para cobijar un collage de familia y procurar que no se desbarate, para servir la comida sazonada con esmero; para orar en soledad y espantar los miedos al desarraigo, al abandono, al aborrecimiento…

En su relato estaba todo eso, y también risitas afelpadas, lagrimones retenidos bajo los párpados, una rodilla hinchada de patear balones, varios secretos en fila y la presencia de la manta rosa refulgente donde se acuesta a ensoñar con el día que vaya, sin volver a cruzar el Orinoco, al Chocó.

Manta que una tarde encapotada de nubarrones grises, se convirtió en un vaporoso velo. Envuelta en él, sobre las rocas ancladas al tiempo del río, recordó a los vuelos que vienen recorriendo la llanura, y a la espesura de la selva cuya voz viaja impregnando caminos circulares y pueblos escondidos.

Ante el temido río, que la ha llevado, traído y sobrecogido hasta el cuello con sus aguas frías, se infló de viento aquel fúlgido velo. Contempló la otra orilla, y en ese mirar largamente, se elevó, ingrávida y sutilmente, sobre los encantos del río.

Voz

Yo con el Orinoco no quiero nada
Mi mamá no tuvo la oportunidad de sacarnos mucho a conocer, porque únicamente conocía allá Venezuela e Isla Margarita, no Caracas, ella nunca nos sacó por esas partes. Vea, esa señora se adaptó tanto que yo le he dicho que se venga para irnos para el Chocó y no, ella dice que no, que cónchale, que ella reconoce que es colombiana, pero que la vida en Colombia es muy dura porque aquí toca pagar arriendo, agua, luz, y que vea la situación de nosotros en Puerto Carreño que no se consigue trabajo. Ella me dice, a qué, hija, a qué nos vamos nosotros por allá, a pasar trabajos, si es que nosotros en Venezuela a veces no se consiguen las cosas, pero Dios proveerá. Como ella es cristiana, eso es lo que dice ella.

Yo tenía seis añitos cuando mi papá se enfermó, lo tenían hospitalizado aquí, nosotros duramos cuatro años viviendo en Carreño. En ese tiempo no querían atender a los colombianos. Entonces mi mamá se tuvo que venir con él para hospitalizarlo acá. Los colombianos se tenían que esconder, la policía los atacaba. Incluso, tenía yo como nueve años, cuando se querían llevar a mi papá y a un tío preso porque no tenían papeles.

Y menos mal que nosotros éramos bastantes, ocho hermanos y estábamos pequeños todos, y fue que le lloramos a los policías y no se los llevaron. Después, gracias a Dios, primeramente, y al presidente Chávez fue que les dieron su nacionalidad venezolana… Cuando a mi papá le dieron de alta, nos devolvimos para Puerto Ayacucho.

Yo no tuve novio, a los diecisiete me conseguí mi pareja, y me metí con ese muchacho. Mi mamá nunca me llegó a aceptar un novio oficial. Entonces yo agarré y me fui con ese muchacho, quedé embarazada de mi hijo. Cuando mi hijo Marco, el mayor, ya tenía dos meses, nos separamos.

Al tiempo, cuando mi hijo ya tenía como cuatro años, fue que conocí a mi segunda pareja. De ese señor sí no puedo hablar, me fue de maravilla, me quiso a ese chino como nunca nadie lo ha querido, eso le brindó un amor… Nos separamos porque se volvió muy mujeriego, ya todo era para la calle, ya no daba para la casa. Yo decía: para vivir con una persona así, me quedo sola.

Ya yo estaba pasando muchos trabajos, a veces acostaba a mis chinos sin comer nada, a veces no tenía ni siquiera un kilo de harina para hacer una arepa, yo me la pasaba llorando, no hallaba qué hacer, no tenía trabajo, el papá del segundo niño no me ayudaba, entonces me salió la oportunidad de venirme para Carreño.

Yo vendía productos de Tupperware y así fue que me empecé a venir y así fue que conocí a mi pareja de hoy en día. Un día estaba en el puerto cuando conocí a Frank. Pero antes de eso, Dios me mandó un mensaje a través de una señora. Me tocó la puerta y me dijo que me tenía un mensaje de parte de Dios, que si yo estaba dispuesta a escucharlo.

Entonces la señora me dijo: Dios te mandó a decir que te ha visto llorando, que no llores más, que él te ha visto sufriendo, que a veces no tienes qué comer, pero que no llores más, que él te tiene un hombre preparado en tu camino. Es un señor blanco, que no es de aquí, que cuando ustedes se vean eso va a ser amor a primera vista.

Eso fue así, porque en el momento en que yo llegué a Puerto Carreño y nos vimos, eso fue una química muy brava. Nos intercambiamos números, los mismos gustos que tenía él los tenía yo, yo tengo hijos varones, él tiene hijos varones y tienen casi la misma edad. Ahí nos fuimos conociendo, nos hicimos novios, yo iba y venía, hasta que un día, en el 2016, él me dijo que ya era hora que nos metiéramos a vivir. Y ahí viene Santa Teresita, ahí empezamos desde cero, a dormir en el suelo, prácticamente.

Cuando yo lo conocí, él tenía esto (la casa), pero esto no era casa, esto era horrible, él lo quería vender porque esto era muy feo, entonces yo vine, busqué al maestro de obra, para que no tuviera que pagar ayudante yo me ofrecí, el caso es que un día llegó a la casa y yo ya tenía todo empacado: nos vamos, le dije. Que para dónde, decía él. Para la casa. Que no, que eso no está terminado. Y yo: no importa. Y vea, poco a poco le hemos ido metiendo y ya mire cómo llevamos esto, pero el hombre se puso muy egoísta y mandó a poner todo esto a nombre de la hermana.

Yo sé que mis hijos no son de él, pero cuando yo lo conocí yo nunca se los negué, él me habló de sus hijos, y a mí me da tristeza porque él no comparte con los míos. Yo sé que no son sus hijos, pero él ya los tiene que ver como si fueran suyos porque ya nosotros estamos conviviendo. Y si él me quiere a mí tiene que querer a mis hijos, porque si no los quiere entonces no me quiere a mí.

He estado hablando con mi hijo mayor, y le dije: ¿A ti te gustaría que yo te mandara para Venezuela? ¿Qué sentirías? ¿Tú te pondrías bravo conmigo? Y me dijo: Mamá, no. Y después me dijo: Mamá, sí, porque quiere decir que tú vas a preferir más a un hombre que a mí que soy tu hijo. Y eso es lo otro que no me gusta de ti: cómo tú te dejas humillar de él. Y yo: Hijo, yo hago eso, yo aguanto maltrato, humillación, por ustedes, porque aquí aguantamos maltrato, pero tenemos un techo, un plato de comida, ¿qué hacemos nosotros si salimos de aquí? ¿Para dónde nos vamos a ir?

Hoy entré a messenger y le escribí a Duque (el presidente), le estoy pidiendo ayuda, trabajo o una casa. Le estoy pidiendo mucho a Dios, si me sale esa casa sería la mujer más feliz… Yo hace rato ya me hubiera abierto de aquí. Es que yo no me salgo de aquí porque no tengo a dónde ir, como voy a llevar mis hijos para Venezuela si los saqué de allá para que tuvieran una mejor educación, un mejor futuro. ¿Qué hay en Venezuela? Desgracias, muertes, niños muriéndose de hambre, inseguridad.

Yo le mandé este mensaje: Buenas noches, mi querido presidente. Lo saludo desde Puerto Carreño, Vichada, espero verlo pronto por acá. Mi Dios lo bendiga a usted y a su familia. Me respondió: “Muchas gracias por escribirnos, Liz, es un gusto saludarte, valoramos mucho cada una de tus palabras. Nos alegra saber que contamos con tu apoyo. Mensajes como el tuyo nos motivan a seguir dando lo mejor de nosotros para construir el país que todos soñamos. Amamos a Colombia y por eso trabajaremos incansablemente para hacer realidad cada compromiso que hemos hecho con los colombianos. Un fuerte abrazo”. Entonces yo le escribí otras cosas esta mañana, vamos a ver si me responde más tarde.

Me gradué de Licenciada en Educación Inicial, pero como todo lo estudiamos en Ayacucho… aquí quería meter mis papeles para trabajar, pero me dijeron que no me los valían por ser de Venezuela. Que tenía que mandarlos a notariar, no sé qué poco de requisitos, y eso es plata, entonces lo dejé ahí.

Aquí está muy duro el trabajo, la gente se está yendo para Villada, para Bogotá, para Medellín, para otras partes… Mire yo he metido hojas de vida por donde quiera. Eso está muy duro, esa gente a veces no consigue efectivo, no consiguen el arroz ni la harina ni el aceite.

Mi sueño es ir al Chocó, y siempre le he dicho a mi esposo: cónchale, que yo quiero tener esa dicha de pisar el Chocó. De poder decir esa palabra de tío o primo, porque nosotros únicamente conocemos papás y hermanos. Mi segundo sueño, si Venezuela se compone, ni lo pensaría dos veces para regresar. Pero si sigue como está, yo por allá no regreso. Y mi sueño aquí es conseguir algo: una casa, un trabajo, que yo pueda tener para darle a mis hijos, para sus estudios, para su futuro, para que el día de mañana no estén pasando ninguna necesidad. Que mis hijos no le estén mendigando un pan a nadie, sino que yo se los dé.

Mi sueño, era conocer a mi abuela, ese era mi mayor sueño, pero ya mi abuela murió, ni en fotos conocimos a mi abuela. Eso debe ser una alegría muy grande ir al Chocó, imagínese la música, la alegría. Yo bailo de todo, menos joropo. El joropo no me gusta, eso no es música que me trasnoche. Eso es como que uno estuviera matando hormigas, no me gusta.

Yo a ese Orinoco le tengo mucho miedo, desde la última vez que mi hijo casi se me ahoga ahí quedé curada. Casi pierdo a mi hijito en el Orinoco. Dicen que en ese río hay muchos encantos, y hay gente que no cree en eso y es verdad: hay encantos.

Él tenía cinco años, y una hermana mía le preguntaba que qué había pasado. Y él le decía: No, tía, una mujer en el agua me decía: ven, ven, ven. Y ese niño pasó toda la noche llorando, le dio fiebre, se paraba asustado. Y lo llevé con una señora, y ella me dijo que sí, que era un encanto que se lo estaba llevando.

Yo quería ir al Inírida, pero me dicen que hay que pasar un tal Chorro de la muerte, y noooo. No, prefiero ir para el Chocó. En Quibdó. Imagínate esas fiestas, esos bailes, ay, no, yo tengo que ir allá. Yo creo que por allá me quedo [risas]. Si me gusta me quedo. Yo tengo que ir al Chocó. Tengo que llevar a mis hijos para que ellos conozcan, porque ellos me dicen: Mamá, ¿cuándo vamos a montar en un avión?

¿Qué tal que me guste y me quedé por allá? Me consigo un chocoano [risas]. Pero que no sea negro. Negro con negro no pega. Imagínate, se va la luz y ninguno de los dos nos vemos [risas]. Negro no, no me gustan los negros, para vivir no. Para eso Dios hizo a los blancos, los morenos… No, yo negra con otro negro, no. Dios mío, no me vayas a castigar. Yo quiero un blanco. 

Orinoco, frontera de agua
Juanita Escobar y Cachi Ortegón
Editorial KWY
2018



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Mi vida como sospechoso

Mi vida como sospechoso

por LUIS MIGUEL RIVAS • Ilustración de Cachorro


Número 63 Marzo de 2015

Fue a finales de los años ochenta cuando descubrí que tenía cara de sospechoso. Antes ni me había enterado. Una de dos: o siempre fui sospechoso y no me lo decían y desconfiaban de mí a mis espaldas (alguna vez le pregunté a mi madre: Mamá, decime sinceramente: ¿Yo te parezco sospechoso? y ella solo contestó con un movimiento lateral de la cabeza, sin ningún énfasis ni apoyo verbal), o fue precisamente en esa época de finales de los ochentas de la que les hablo, cuando eclosionó en mí, sorpresiva e irremediablemente, esta extraña condición de presunto implicado, instaurando a mi alrededor un aura de suspicacia que no me abandona nunca. Soy el que siempre sacan de la fila para una requisa exhaustiva, el que arrastra tras de sí a los vigilantes en los supermercados, el único del grupo al que la autoridad le pide los documentos, a quien los de la aduana le revisan con jeringa la caja de aguardiente, al que apuntan todos los indicios del jarrón quebrado, el terrorista que no lo sabe, el supuesto ladrón. El culpable a priori. A tal punto y desde hace tanto tiempo que he terminado identificándome con esa condición y a veces me sorprendo pidiendo disculpas a la gente por cosas que no hice e incluso por lo que ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que podría hacer, pero que los demás están seguros que sería capaz de hacer, dada mi aura, supongo.

Esa vez de finales de los ochenta estaba en Bogotá con mi compañero de universidad William Rodríguez; nos acercábamos a las instalaciones del hoy inexistente periódico conservador La Prensa (en cuya desaparición, aclaro, no tuve nada que ver) para conocer cómo funcionaba un diario capitalino, y con base en esa información preparar una exposición para la clase de periodismo. Llevábamos nuestros morrales con las cámaras fotográficas y un estuche largo con el trípode, que yo cargaba en bandolera; nos dirigíamos contentos, casi con pasos saltarines, a la sede de semejante templo de la objetividad periodística, cuando un tipo de cachucha cruzó por nuestro camino con un radioteléfono pegado a la boca y dijo algo en clave mientras nos miraba. Seguimos caminando sin comprender y sin darle importancia cuando apareció un carro lleno de policías que se tiraron del vehículo como si estuvieran desembarcando en Normandía y nos gritaron: “¡Quietos!”, como si hubiéramos acabado de robar un banco. Dijeron que tiráramos nuestras cosas al suelo y levantáramos las manos. Nos miraban con prevención y rabia (y en el fondo de sus ojos parpadeaba la satisfacción de haber materializado sus innumerables terrores abstractos en las figuras de dos pobres diablos concretos). Cuando comprobaron que a pesar de ser jóvenes, hablar paisa y llevar un estuche largo en bandolera no éramos dos de los sicarios que Pablo Escobar estaba mandando cada tanto a Bogotá para matar personas poderosas y hacer atentados, se tranquilizaron (y en el fondo de esa tranquilidad había como una decepción) y nos dejaron ir. El impacto fue tan fuerte que es la situación que más recuerdo en mi carrera como sospechoso. Fue en ese momento cuando me hice consciente de mi condición. Pero el asunto venía de antes.

Previo a mi viaje a Bogotá hubo una época en la que la policía hacía redadas en Medellín para levantar jóvenes. No era sino que usted fuera joven y caminara por la calle y ya era sospechoso. A unos amigos y a mí nos levantó la policía una vez y nos llevaron a una pesebrera que había pertenecido a los Ochoa. Esa noche el local que había servido para domar caballos estaba repleto de jóvenes y jóvenes y jóvenes, apiñados como bestias, detenidos por no tener más edad. Es que Pablo hizo la guerra a punta de jóvenes. Matándolos, mandándolos a matar y mandando a que se mataran entre ellos. ¿Cómo sería esto hoy en día si todos esos jóvenes no se hubieran muerto? (En el otro mundo debe haber un barrio que se llama Medellín sin tugurios… y sin jóvenes). En esa época el gobierno les tenía mucho miedo a los muchachos de Pablo y por ellos chupábamos todos. Todos éramos sospechosos. Y en realidad cualquiera de nosotros podría haber hecho lo peor o podría llegar a hacerlo. Todos éramos lo mismo por muy distintos que fuéramos. Varios amigos míos se volvieron sicarios o mafiosos. Yo también hubiera podido porque yo también era ellos. Pero la verdad fue que nunca me ofrecieron. Habría aceptado esa única oportunidad que teníamos los chicos de mi contexto para rasguñar un poco de autoestima y respeto y arrebatarle una pizca de sentido a una vida que no nos pertenecía. Pero creo que no me vieron cualidades. O sea que yo no fui mafioso fue por falta de oportunidades.

Años después, pasado el 2000, hubo una época en la que los policías de Envigado se enamoraron de mí. Iba, por ejemplo, caminando por una calle, absorto en mis audífonos, y un dedo en el hombro me hacía detener y dar vuelta para encontrarme con un policía que se disponía a pedirme papeles y requisarme; estaba sentado en el parque principal del pueblo, tranquilo en medio de la multitud, y aparecía una patrulla de la que se bajaban dos policías avanzando con determinación y firmeza hacia el lugar específico en que yo me encontraba, para pedirme papeles y requisarme; me estaba comiendo un helado y llegaba un agente a pedirme papeles y a requisarme; volvía a casa por la noche y aparecía un policía a pedirme papeles y a requisarme.

Terminé acostumbrándome a las requisas hasta el punto de extrañarlas. Una noche iba caminando por esa acera larga que hay entre la estación Envigado y el Éxito y vi que una moto de la policía se detenía delante de mí, a unos cinco metros; mientras los agentes se bajaban llegué a su lado, levanté las manos y me dispuse a la rutina. Pero los policías no me determinaron. Esperé con las manos arriba para salir de una vez del asunto, pero voltearon y me miraron extrañados.

—¿Qué le pasa pelao? —me dijo el policía bajito y churrusco que venía manejando la moto.

—¿No me van a requisar?.

—¡¿Usted fue que se engüevonó o qué?! ¡No ve que estamos haciendo un retén! ¡Muy gracioso maricón! ¡Te abrís, te abrís! —gritó el otro.

Me abrí. Caminé hasta mi casa sintiéndome, por primera vez en mucho tiempo, liviano, puro, inocente, fuera de sospecha. Esos policías iban a detener a otros sospechosos que andaban en carros y en motos y que no eran yo. Y me fui pensando que el enamoramiento de los policías no era exclusividad mía sino patrimonio de un sector de la sociedad representada por los ciudadanos que no tenían plata o poder o un patrón poderoso y que por alguna señal externa (la ropa, el aire descarriado, la falta de higiene, la carencia de rumbo fijo, los modos de barrio, los prejuicios del tombo), ameritaban sospecha. Cualquiera que tuviera cara de ser capaz de orinar en la calle o fumarse un bareto en un parque podría también ser un delincuente y era susceptible de ser detenido para que de pronto no lo fuera a hacer; “se lo llevaron por intento de sospecha”, decíamos nosotros. Así los policías podían gastar sus energías y el presupuesto de la Nación buscando sospechosos menores para poder dejar tranquilos a los verdaderos culpables de todo que eran los jefes de sus jefes, los dueños del pueblo y del departamento y del país, quienes jamás de los jamases llegarían a ser considerados como sospechosos porque eran ellos los que determinaban quiénes eran dignos de sospecha.

Y más atrás, mucho antes de los policías y de Pablo Escobar, la primera persona que me empezó a ver como sospechoso fui yo mismo; en los primeros años de primaria, en el colegio La Salle, por intermedio del hermano Horacio. Él nos explicaba, enfática y redundantemente, que todos nacimos siendo pecadores porque Adán y Eva habían pecado y que por tanto de entrada ya veníamos a este mundo sucios, malintencionados, merecedores de desconfianza. Y su insistencia en el asunto era casi una conminación a cultivar como virtud ese ánimo achicopalado del culpable, del perro apaleado, del sí señor agente, para que Dios y el rector del colegio y nuestros padres y el alcalde de Envigado y Pablo Escobar o cualquiera que tuviera el poder en ese momento nos quisiera más. O no nos matara.

Y si fuera aún más atrás en la historia de mi condición sospechosa tendría que ir a la historia de mi madre y a la de los padres de mi madre y esto se volvería una historia de Colombia que nos llevaría hasta los tiempos de la conquista. Lo cierto es que nunca me pude explicar por qué, si todos éramos culpables, solo había un sector de la población a quienes nos lo recordaban con tanto énfasis, hasta tatuárnoslo en el alma; y otro sector que parecía desconocer esa doctrina pero que de todas maneras la cultivaba para seguir tatuándosela en el alma a los sospechosos de siempre.

Aunque de nada me ha servido intentar comprender esas cosas porque de todas maneras me siguen requisando en todas partes. Este artículo, por ejemplo, lo empecé a escribir en mi cabeza, mientras los agentes de inmigración en el aeropuerto se tomaban su tiempo para sacar y revisar concienzudamente, una a una, las cosas que contenía mi maleta (descubriendo prendas que no me acordaba haber empacado y hasta encontrando cosas que daba por perdidas, como unas medias de rombos que no había vuelto a ver). Sí, después de tanta historia, a estas alturas sigo siendo el que soy sin poder ser otra cosa: el de la fila de las requisas, el foco de la mirada oblicua de los celadores, el bocadillo del policía que justifica su día, el emoticón que la gente de bien le puso a sus pavores sin nombre. Uno más de los millones de sospechosos que caminamos por las calles de las ciudades y que seguiremos siendo objeto del recelo hasta que se reconozcan los verdaderos culpables que todos conocemos.



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Los 10 de Watford

Los 10 del Watford

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Julio de 2026

De izquierda a derecha, de arriba a abajo: Ken Sema, Ismaila Sarr, Ismael Koné, Edo Kayembe, Yáser Asprilla, Hassane Kamara, Imran Louza, Jeremy Ngakia, Joao Pedro y Leandro Bacuna.

Al final, el destino no se apegó al guion que habían escrito esa tarde sobre el pasto del Vicarage Road los diez amigos, ya vestidos para el entrenamiento del lunes 11 de marzo de 2023. Preparaban el partido del jueves, por la fecha 36 de la Championship de Inglaterra, la segunda división del Reino Unido, campeonato al que había caído el Watford, desde la Premier League, en 2022. De los diez, ocho eran nuevos en la nómina del equipo del condado de Hertfordshire, los amados Hornets, avispones en español.

El equipo había ascendido en 2018 y en 2019 disputó la final de la FA Cup, contra el Manchester City de Guardiola, y tras perderla entró en una crisis deportiva que finalmente se selló con el descenso en 2022. Los hinchas estaban molestos y los dueños, Gino Pozzo y su padre, entendieron que debían contratar talento joven y barato. Llegaron entonces el canadiense Ismael Koné, un volante menudito, veloz, muy técnico, nacido en Abiyán, Costa de Marfil, refugiado en Canadá desde pequeño; Joao Pedro, brasileño surgido en las calles de Riberao Preto, en una familia sofocada por la extrema pobreza y cuyo padre, exfutbolista, había sido encarcelado por robo y homicidio; Jeremy Ngakia, joven lateral nacido en Londres, de origen congoleño, quien había renunciado al West Ham United para jugar al lado de su amigo Edo Kayembe; Yáser Asprilla, delantero chocoano, del Alto Baudó, surgido de las divisiones juveniles del Envigado; Hassane Kamara, lateral izquierdo nacido en Saint-Denis, barrio de París, en Francia, de raíces marfileñas. Kamara había vivido durante trece años en Toulouse para hacerse futbolista; Imran Louza, un volante marroquí que creció en Nantes y que cada mes viajaba con su padre a Marruecos, para vender frutas y verduras; Ismaila Sarr, delantero senegalés que pasó un mes secuestrado por un grupo extremista en Ruanda cuando tenía diez años y quien, tras ser liberado, fue llevado a Francia donde se formó en la academia del Metz; y Leandro Bacuna, volante nacido en Groningen, Países Bajos, pero con raíces en Curazao. Leandro tuvo que convertirse en futbolista a escondidas y gracias a la ayuda de su hermano, quien le mantuvo el secreto hasta los quince años de edad, cuando entró a la academia del Ajax. Los padres de Leandro no querían que fuera deportista, preferían que siguiera la carrera de pastor en una iglesia pentecostés.

Ellos se unieron a Edo Kayembe, congoleño criado en Francia, cuyos padres fueron víctimas de desplazamiento forzado por los asedios de la milicia armada M23, y a Ken Sema, también de origen congoleño, refugiado desde pequeño en Suecia y con problemas para hablar la lengua de su país de acogida

Vicarage Road, la casa del Watford desde 1922. Tomado de clubsfromabove.com.

Los diez se hicieron amigos de inmediato. Todos afrodescendientes, todos con una historia repleta de dificultades, de hambre, de muerte y exilio. Llegaron a finales de 2022, justo antes del mundial de Catar, con la firme ilusión de devolver al Watford a la Premier League.

Pero ese lunes en Vicarage Road, previo a un partido contra el Sunderland, por la fecha 36 de la Cahmpionship, los diez se sentaron a hablar en medio de la cancha, cabizbajos porque las chances de ascender se habían esfumado y el club naufragaba en la mitad de la tabla del campeonato. Habían perdido la meta y solo querían que acabara el torneo para iniciar un nuevo objetivo.

El fin de semana, Gino Pozzo los había llevado de paseo a los estudios de la Warner ahí mismo en Watford, justo donde se habían grabado varias de las películas de Harry Potter. En el parque temático del joven mago conocieron a J.K. Rowling, la autora de la obra, quien le regaló a cada uno una copia autografiada de La piedra filosofal. Conectados con esa historia de brujas, magos y animales fantásticos, los diez amigos hicieron una nueva promesa. Todavía con el recuerdo del mundial de Catar tibio en la memoria, estrecharon las manos y dijeron que en 2026 todos ellos se reencontrarían en el mundial, pasara lo que pasara con el Watford.

Al final de ese 2023, casi todos salieron del equipo. Joao Pedro se fue al Brighton, Sema fichó con el Pafos, Asprilla se fue al Girona, Koné se fue a Italia, con el Sassuolo, y Hassane Kamara viajó al Udinese. Los demás se quedaron, pero tampoco lograron ascender al Watford. Entonces Sarr se fue al Crystal Palace y Bacuna se marchó a la liga árabe.

La cosa empezó a marchar bien para casi todos, al menos de forma individual. Los diez fueron convocados por sus respectivas selecciones y no solo de forma nominal o protocolaria. Nada de eso, en verdad eran importantes para sus países. A excepción de Asprilla y Joao Pedro, los demás eran titulares con sus combinados.

Yáser Asprilla (izquierda) y Joao Pedro (derecha) durante su paso por Watford. Tomado de watfordfc.com.

El Watford, en cambio, seguía sin ascender. A pesar de los talentos que cada año llegaban, el equipo nunca avanzaba más allá del puesto once. En Hertfordshire solo les quedaba el recuerdo de 1984 para enorgullecerse por la camiseta. Ese año, con Elton John como presidente del club, Graham Taylor como entrenador y John Barnes como principal figura, los Avispones habían logrado el subcampeonato de Liga, tras el Liverpool, y el subtítulo de la FA Cup, tras el Arsenal. Pero esa felicidad fue fugaz y el club volvió al ostracismo de la segunda y la tercera división.

Tras la FA Cup del 2019, los ciudadanos de Hertfordshire se ilusionaron con nuevas alegrías, pero el equipo no respondió y se hundió en la Championship.

Al final, solo Kayombe y Ngakia se quedaron en el equipo, que entre 2022 y 2024 vio pasar a cuatro entrenadores y a más de cincuenta jugadores.

Mientras tanto, en la lucha mundialista, las selecciones de los diez amigos seguían adelante con paso firme: Congo, Colombia, Brasil, Senegal, Canadá, Suecia, Marruecos y Curazao, increíblemente, se mantenían en los primeros puestos de sus eliminatorias. Los diez se enviaban mensajes cada fecha para felicitarse, o para darse ánimos. La recta final fue un dolor de muelas para varios de ellos. La Suecia de Sema tuvo que ir al repechaje, al igual que Curazao y Congo. Sin embargo, todos clasificaron.

Yáser disputa el balón en un partido de la FA Cup entre el Watford y el Reading, en 2023. Tomado de watfordfc.com.

Yáser celebra un gol con los Hornets. Tomado de watfordfc.com.

Lo de Congo fue épico. El equipo de Kayombe venció a Nigeria en semifinales y a Camerún en la final de la clasificación, y avanzó al repechaje con Jamaica y Nueva Caledonia. Con Kayombe, Bakambu y Wisa como figuras, los Leopardos se quedaron con el cupo y cayeron al grupo de Colombia. Kayombe, de inmediato, llamó a Asprilla para celebrar la noticia.

Colombia y Brasil no necesitaron de dramas para llegar a la cita mundialista, pero Joao Pedro y Asprilla, debido a lesiones y a bajos rendimientos, empezaron a perder fuerza en sus selecciones. A un mes de la fiesta futbolera, ambos cracks quedaron por fuera de las listas definitivas. El pacto de los Avispones de Vicarage Road no iba a cumplirse. Solo ocho lograron lo prometido, los dos que parecían más seguros, por su inmenso talento, se quedaron sin boletos para el viaje.

El grupo de WhatsApp, pese a todo, no se cerró, y tanto Asprilla como Joao Pedro se resignaron a enviarles buenos deseos a sus excompañeros. “Otra vez será”, dijo Asprilla, ahora en el Galatasaray. Joao Pedro fue más lejos: “En el próximo yo seré el goleador”. El brasileño, ahora en el Chelsea, tiene apenas 21 años y sabe que en 2030 tendrá una nueva oportunidad.

El Watford mandará a tres jugadores al mundial. Además de los congoleños Kayombe y Ngakia, el arquero noruego Egil Selvik también está apuntado. Por el equipo inglés también pasó el Cucho Hernández y el belga Dodi Lukébakio, quienes estarán en la fiesta de la Fifa.

Así es el destino, no siempre los pactos, por mágicos que sean, llegan a cumplirse.

Yáser formó de titular con el número 22 en el amistoso que Colombia ganó 3-0 a Australia, en 2025. Tomado de Federación Colombiana de Fútbol.

La revolución de los claveles y el sueño mundialista

La revolución de los claveles y el sueño mundialista

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA


Exclusivo web Junio de 2026

Soldados portugueses durante la Revolución de los Claveles en 1974. Tomado de www.litci.org.

Para entender la historia de Cabo Verde y su actual milagro futbolístico hay que instalarse en la década del setenta del siglo pasado, cuando Cruyff y Beckenbauer eran los dueños de la pelota y el Ajax y el Bayern Munich se turnaban para ganar la Copa de Campeones. En esos tiempos, concretamente en 1974, Portugal estaba atascado en la terrible dictadura de António de Oliveira Salazar, quien tras un golpe de Estado en 1933, fundó el Estado Novo, se atornilló en el poder y desató todo tipo de censuras y persecuciones.

Salazar fue conocido como “el dictador que murió dos veces”, porque en 1968 sufrió un accidente casero y sus allegados lo declararon muerto para el pueblo portugués, pero lo mantuvieron vivo en secreto hasta 1970 cuando finalmente falleció. Hasta su último aliento, De Oliveira creyó que seguía gobernando Portugal, pero quien mandaba en realidad era Marcelo Caetano. 

En 1974, cansado de los abusos, el pueblo se sublevó, y en su pacífica rebeldía tuvo como aliado al Ejército. Aquella manifestación es conocida como La revolución de los claveles y se inició el 25 de abril de ese año, con dos canciones censuradas que sonaron en la radio en diferentes horarios. Primero, E depois do adeus de Paulo de Carvalho, a las 10:55 de la noche, y luego Grândola, Vila Morena de José Afonso, a la medianoche. 

El derrocamiento de Caetano no tuvo oposición y Portugal recuperó su democracia al día siguiente. Necesario sería leer a Saramago o a Lobo Antunes, quienes cuentan la historia de manera detallada y poética. 

Durante sus años de febril autoritarismo, De Oliveira se negó a la descolonización de los territorios en África. Hasta su muerte, el dictador se negó a otorgarles la independencia a Mozambique, Angola y Cabo Verde. Tras el derrocamiento de Caetano, esos pequeños países africanos vieron surgir la esperanza de libertad y, en 1975, los tres se independizaron pacíficamente, a través de acuerdos diplomáticos.

António de Oliveira Salazar, primer ministro portugués entre 1932 y 1968. Tomado de Wikimedia Commons.

Sin embargo, las raíces de la cultura portuguesa siguieron marcando la vida de las nuevas repúblicas: el cien por ciento de la población de Cabo Verde tenía al portugués como lengua principal y el catolicismo era la principal religión. 

Pedro Leitao Brito, más conocido como Bubista, tenía cinco años cuando Cabo Verde logró su independencia, pero recuerda la euforia que se vivió en las calles de su natal Boa Vista, la tercera isla más grande del archipiélago caboverdiano y la más cercana al continente africano. 

Pedro no tuvo que ir a la escuela durante varios días, los festejos por la independencia se extendieron casi un mes. Además, el empalme entre la vieja administración portuguesa y la nueva caboverdiana, se tardaría poco más de medio año. 

Cabo Verde es un archipiélago surgido de la actividad volcánica. Sus diez islas están divididas en dos bloques: Barlovento y Sotavento. Praia, la capital, y Boa Vista están en Barlovento, donde golpean con fuerza los vientos alisios. Durante años, los mejores talentos caboverdianos defendieron la camiseta de Portugal: en esa lista se incluyen Nani, Océano, Semedo, Nene, Gelson Martins y Gelson Fernandes. Incluso Cristiano Ronaldo tiene raíces en ese pequeño país, pues su abuela, Rosa Isabel de Piedade, nació allí. 

Tras la independencia, esos talentos emergentes siguieron eligiendo a Portugal para jugar al fútbol, pues consideraban que defender a Cabo Verde les limitaba sus posibilidades de crecimiento. Sin embargo, unos pocos pensaban diferente, y entre ellos estaba Pedro Leitao, a quien a partir de los dieciséis años ya apodaban Bubista, por cosas de su padre, un consumado lector del budismo y quien de manera graciosa solía decirle a su hijo: “Tú deberías ser budista”, y como el niño no sabía pronunciar bien la palabra, decía: “Sí, soy bubista”, y así se quedó. 

El fútbol no fue particularmente bueno con Bubista. Fue un jugador cumplidor, sin demasiado talento, y su carrera transcurrió entre equipos de la segunda división portuguesa y los principales clubes de su natal Cabo Verde. La mejor parte de su carrera como defensor fue un fugaz paso por el Bajadoz en España, en 1996, pero solo jugó ochenta minutos en seis meses de contrato. Ese mismo año, casualmente, Luis de la Fuente, actual entrenador de España, se había retirado del fútbol profesional y se iniciaba como técnico en un club vasco llamado Portuguesa.

Mapa de Cabo Verde. Tomado de Wikimedia Commons.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Josimar José Évora Dias ‘Vozinha’, figura de la selección de fútbol de Cabo Verde. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Cabo Verde empató 0-0 con España en su debut mundialista. Tomado de www.vozinhaofficial.com.


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El regreso del puma a la amazonía ecuatoriana

El regreso del puma a la amazonía ecuatoriana

por FELIPE CARDONA • Imágenes del autor


Exclusivo web Junio de 2026

Cuando el puma llora, la selva entera lo acompaña en su lamento. Basta un mínimo sollozo  del felino para que todo quede inmóvil: los insectos interrumpen su canto, las hojas  suspenden su caída. Las criaturas parecen apagarse para rendir tributo a su desdicha.  

Leodan Vargas, líder de la comunidad indígena Lisan Wasi —cuyo nombre significa “Casa de  la Hoja” en español—, habita en la Amazonía ecuatoriana y es uno de los pocos testigos de  este acontecimiento. El hombre, que ronda la treintena, parece frágil; su contextura  diminuta no hace justicia a la magnitud de su determinación. De sus manos —pequeñas,  casi invisibles— ha germinado un bosque. Árboles que hoy se yerguen como pilares vivos y se extienden hasta donde la vista no alcanza.

Todo en él sugiere mesura, la timidez lo acompaña como una sombra silenciosa. Es  cauteloso al hablar y viste casi siempre con ropa de jornalero, como si su destino estuviera atado al pulso de la tierra y al ritmo de la selva que no cesa. 

Leodan recuerda que, tras escuchar unos alaridos que le helaron la sangre, la selva se sumió en un silencio tan hondo que pudo sentir los latidos de la tierra bajo sus pies. No todos acceden a este privilegio: oír al puma es inusual. Generaciones enteras de la Amazonía vivieron y murieron sin percibir las agudas tribulaciones de la bestia. Por eso, cuando ocurre, los sabios dicen que no es un animal quien llama, sino la selva misma.  

Los abuelos —guardianes de la memoria, guías espirituales y consejeros de las tradiciones en los pueblos indígenas— cuentan que el felino pertenece al Amo de la Amazonía, una  presencia ancestral que habita la montaña donde la vida humana apenas se percibe como un susurro. Dicen que es el vigilante del equilibrio, custodio de las criaturas más preciosas, resguardadas en cavernas ocultas bajo la tierra, lejos de los apetitos desmedidos del hombre.

Durante años, los clamores del puma dejaron de escucharse y su presencia se volvió un mito desdibujado en la memoria de los ancianos. La bestia permaneció confinada mientras la  selva enfrentaba la piel dura de los forasteros, quienes, con papeles de membrete, botas  relucientes y rifles cruzados al pecho, intentaron borrar del mapa todo aquello cuyo nombre  no sabían pronunciar.  

Fueron los años de los terratenientes y ganaderos descendidos de la sierra ecuatoriana, un flujo silencioso que atravesó los últimos compases de los ochenta y se prolongó hasta la primera década de este siglo. Con ellos llegó también la sombra de las empresas petroleras extranjeras —Andes Petroleum, Compañía General de Combustibles y la argentina holandesa Pluspetrol—, esta última quizá la que más profundamente trastocó los dominios ancestrales de la comunidad kichwa. La selva, paciente y antigua, sufrió ultrajes  imborrables; y los pueblos indígenas, seducidos por promesas de abundancia fácil, olvidaron los consejos ancestrales que los ligaban a la tierra. Leodan Vargas confiesa que él y muchos miembros de su comunidad perdieron el rumbo y emigraron a la ciudad de Puyo en busca de un progreso que los alejaba de su verdadera naturaleza.  

Pero en este extravío hubo alguien que recordó la voz  de Pedro, el abuelo, último chamán de Lisan Wasi. Los que lo conocieron cuentan que era  un hombre que destilaba bondad, que sus dones jamás servían al capricho, sino a la sanidad  de los enfermos, el consejo en los momentos de zozobra y la defensa de las tradiciones ante  la amenaza externa. Fue uno de los hombres más poderosos de las comunidades indígenas  que flanquean el río Puyo, y su poder, intangible pero cierto, despertó la envidia de otros  seis chamanes —oscuros y ambiciosos— que, en su codicia, se reunieron para tramar un  hechizo de enfermedad que al final terminó por diezmarlo. A finales de los años noventa, presintiendo la proximidad de la muerte, el sabio realizó un gesto destinado a perpetuar la  sabiduría de los antiguos. Fue Luz Vargas, hermana de Leodan, quien recogió esta semilla y mantuvo vivos los actos y las palabras del anciano.  

En la antesala de la muerte, cuando el aire se le volvía espeso, Pedro reunió nueve variedades de ají y creó un potaje ardiente. Mandó traer a sus nietos y tomó en brazos a  uno de los más pequeños. En la mirada del niño descubrió una humildad antigua, una modestia capaz de soportar potencias invisibles. Entonces lo recostó y vertió el brebaje en  sus ojos abiertos. El llanto del niño fue absorbido por la algarabía de la comunidad: Pedro había elegido al futuro chamán de Lisan Wasi. Luz, que entonces era una niña, fue testigo de cómo su hermano Leodan quedaba vinculado para siempre con la selva y sus ancestros.

El abuelo no se equivocó. La naturaleza traza planes que escapan al capricho humano. Corría el año 2012 cuando la selva, agobiada por su largo cautiverio, lanzó un llamado de liberación y sus hijos fueron llegando, uno por uno, dispuestos a jugarse la piel para recuperar el paraíso arrebatado.  

La primera fue Luz. Llegó al caserío con el paso firme de quien ha transitado entornos  hostiles. Tras años en las aulas entre códigos, expedientes y signos ajenos a la selva aprendió que las armas legales, pueden ser, a veces, más implacables que la fuerza bruta. Emprendió una batalla contra los ganaderos que la llevó al límite de su paciencia y logró que los tribunales restituyeran ochenta hectáreas de tierra. Ese espacio recuperado se convirtió en el cimiento de una nueva generación que dejaba atrás las fracturas de identidad  y restauraba, con dignidad, su condición indígena.  

Como Luz, mujeres de comunidades vecinas también alzaron el puño y se embarcaron en la defensa del territorio: en la región selvática ecuatoriana de Pastaza, al sur de la ciudad de  Puyo, los pueblos Sarayaku y Waorani lograron lo impensable: la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció la potestad sobre sus territorios, marcando un claro límite a  la voracidad de las multinacionales. No sólo fue un triunfo jurídico, sino una gesta de  esperanza en medio del despojo.  

Luego fue el turno de Leodan. No regresó solo: volvió impulsado por la voz de su hermana  Luz, una voz que sembró en su corazón el anhelo de liderar a su pueblo. El retorno no fue  sencillo. Cada paso, cada palabra fueron prendas arrebatadas a la incertidumbre. Había crecido mancillado por la estrechez mental de la ciudad, donde su vida se reducía a trabajar  como obrero de construcción, alimentando sueños ajenos mientras los propios se desvanecían. 

Poco a poco la memoria regresó, el cauce extraviado encontró su río. Sin prisa, pero con una potencia inevitable, Leodan se acopló al ritmo de la selva. Volvieron las madrugadas  consagradas a descifrar los sueños bajo el amparo de la Guayusa, la bebida ceremonial que aclara el pensamiento y otorga vigor para el día naciente. Volvieron también las manos  llenas de tabaco, limpieza y protección; los rostros pintados con achiote, rojo inmortal de la tierra, símbolo de una identidad que se elige, se habita y se defiende.

Su padre lo encaminó también en la medicina ancestral. Le presentó la ayahuasca, liana sagrada que no trepa, sino que desciende a la tierra, raíz que sumerge a los seres en la  vastedad de la conciencia para enfrentar los miedos enquistados en lo profundo. Fueron noches de inmersión total, vigilias que escapaban al tiempo. Leodan se habituó a los seres de otros planos que le susurraban ícaros antiguos —cantos de curación— capaces de alterar el curso del pensamiento y de la vida. 

Una noche supo que el tiempo de aprendiz había terminado. La revelación llegó mientras guiaba una toma de ayahuasca junto a una mujer que se declaraba escéptica de sus  plegarias. Tras beber la medicina, Leodan sintió un estremecimiento que le encendió la espina dorsal. Una fuerza salió de su cuerpo y tomó forma. En la visión se contempló a sí mismo en el plano espiritual. Era como verse en un espejo; sus facciones eran las mismas, pero su doble llevaba un tocado de plumas digno de la realeza prehispánica; en la mano, un  bastón de madera tallado con esmero; en el cuello, collares cuyo destello competía con el de los astros. No hubo duda ni sobresalto. Fue la confirmación de una sospecha que siempre  lo acompañó.  

Desde entonces, Leodan junto a Luz, su hermano Inti y un puñado de jóvenes animados por  el mismo ardor, rasgó la tierra para plagarla de árboles, abrió cauces de agua cristalina  donde el cielo pudiera contemplarse y levantó un bohío para resguardar los maderos que  hasta el día de hoy avivan una llama inextinguible. Sin miedo a perderse abrieron la selva a  quienes llegaban desde tierras remotas y hablaban lenguas extrañas. La premisa ya no fue  la reverencia sino la hermandad: el intercambio de saberes bajo el manto de las prácticas ancestrales.  

Faltaba una última señal.  

Llegó cuando Luz y otras mujeres preparaban la chicha en una choza internada en la espesura. Mordían el maíz y lo escupían en bateas de madera para macerarlo. Estaban solas:  la tradición lo exige. Ningún hombre puede participar. Entonces ocurrió: Desde las ramas  una figura se deslizó hacia ellas. Un ruido seco, unas pisadas ágiles. Era el puma. Las mujeres  treparon a la parte alta del refugio. Luz se quedó abajo. Apretó el pilón y lo convirtió en una lanza improvisada. Alzó la mirada y sostuvo los ojos de la criatura. No retrocedió. El animal  quedó inmóvil unos instantes y luego se internó en la maleza.  

Los hombres llegaron alertados por los gritos, con carabinas en las manos. Luz los detuvo. A pesar del miedo, la señal era inequívoca: El puma había descendido de la montaña para  anunciar su regreso. El pueblo Lisan Wasi ya no estaba sólo. 

En el plano espiritual Leodan también recibió el aval de la selva. En las tomas de ayahuasca y San Pedro —otra medicina sagrada heredada de los incas— la presencia del felino se volvió  recurrente. Comprendió entonces que el puma era su animal de poder, su tótem. Desde ese momento el joven chamán se presenta como “el puma” frente a todos aquellos que vienen a conocerlo.  

Nunca sabremos si su mirada es la misma que conmovió al abuelo Pedro. Pero sus ojos  transmiten un sosiego que repara el alma. Basta compartir unos instantes con él para  comprender el vínculo que lo une al felino. Para los kichwa, el puma no gobierna: custodia. Así camina Leodan por la selva. Cada vez que llega a un lugar, lo hace sin alboroto, sin que  nadie lo advierta. Se integra en las conversaciones con discreción y dice solo lo necesario. Su liderazgo no empuja: es una presencia sin apuros. 

Como el puma aprendió a custodiar el mundo desde la calma, con pasos que no alertan, pero con la firmeza inamovible de quien conoce los caminos de la selva.



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