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Nave y hormiguero

por JUAN CARLOS ORREGO

Exclusivo web

La ciudad estrena su estadio, 1953.

El estadio sembrado en el cruce de la calle Pichincha y la carrera 74, en Medellín, ha acabado por ser la razón de la inmortalidad de Atanasio Girardot. Los maestros de escuela, enemigos personales de la buena memoria, ya no difunden en sus cursos la noticia de que el coronel antioqueño murió envuelto en la bandera tricolor en el cerro venezolano de Bárbula, mientras cuidaba la retaguardia de Simón Bolívar en la Campaña Admirable, el 30 de septiembre de 1813.

Para fortuna de la memoria del prócer, un proyecto de 1937 aprobó la construcción del estadio que habría de llevar su nombre. Los terrenos se adquirieron en 1946 y la inauguración del estadio tuvo lugar el 19 de marzo de 1953, día de San José Obrero. La profanación se perpetró con un empate a dos goles entre Atlético Nacional y Alianza Lima. El escenario que se estrenó era un óvalo bajo de graderías completas, con dos pisos en la parte occidental, el más alto de ellos con techo para burlar el sol y la lluvia. De acuerdo con la prensa de la época, más de treinta mil personas se hicieron presentes, y aunque el sobrecupo debió ser evidente, “no se registraron incidentes de ninguna clase”. Una foto deja ver la mole en la mitad de una manga romboidal surcada por lo que parecen las aristas de un diamante; las obras del colegio San Ignacio en construcción, en el lote que habría de ser la esquina nororiental de la calle Colombia con la carrera 70, parecen tomar distancia, como quien ve posarse una nave interplanetaria.

Varias razones autorizan el símil entre el estadio y la nave. Una es que ambas son armazones extrañas y siniestras: por lo menos así sucede con el estadio la mayor parte del tiempo —cinco o seis días a la semana—, mientras permanece vacío y silencioso, con miles de sillas con agua recogida en sus concavidades, una manga gigante sin rebaño que la recorra y decenas de cabinas desiertas como las vitrinas de un comercio caído en desgracia. Es una ilusión de románticos aquello de que el estadio es como un templo: no hay tal. En el templo vacío se está a gusto, con la comodidad de ser recibido por Dios en una entrevista personal. En el estadio cerrado se siente uno entre fantasmas, de modo que nada resulta tan entrañable como cuando los vivos acuden a la cita: como el 18 de junio de 2003, día superlativo en que se juntaron 53 225 personas para ver jugar al DIM contra Santos en la semifinal de la Copa Libertadores de América.

No es solo la masa de rara avis del Atanasio Girardot lo que sugiere compararlo con una máquina de mundos remotos: también cuenta su desdoblarse, en el tiempo, a manera de módulo espacial. Del redondel original —con su giba solitaria hacia el lado del ocaso— surgió, en 1976, una gigantesca ala de graderías en el oriente, completándose así la forma básica de la nave y acercándose el aforo del estadio a los cuarenta mil espectadores. Después, entre 1989 y 1990, dos paneles de tribunas se levantaron al norte y al sur y completaron la forma de tazón de una antena satelital. Hace cinco años el glamur del Mundial Juvenil de Fútbol encendió luces rutilantes en las tribunas, revistiendo el cemento con silletería policroma. El día menos pensado, el techo del occidente se duplicará como si se tratara de los élitros de un colosal escarabajo mecánico.

Conozco personalmente la mitad de la historia del Atanasio Girardot, esto es, desde 1983. La mole tenía treinta años cuando crucé su umbral por primera vez, y han pasado ya más de treinta años desde aquel día memorable, cuando Medellín le ganó 2-0 al Quindío con goles de Carlos ‘la Fiera’ Gutiérrez y el peruano Jorge Olaechea. Sin embargo, tan fresco como el recuerdo de esos goles —así como de un penalti atajado por Carlos Alfredo Gay, nuestro arquero, en la portería norte—, conservo el de mi primera impresión al saberme en las entrañas del estadio: voy subiendo con mi hermano y un tío materno por las escaleras internas de la tribuna Oriental, por el recodo extra que hay que salvar para asomar por la boca del graderío; esa extraña parte del estadio —exclusiva de Oriental— en que se avanza por entre una cerrazón de muros, sin ventanas ni vanos que regalen una mínima imagen del exterior, bajo un techo de escalones invertidos que, en la edad más tierna y sin la debida tutela de un adulto, cualquiera podría tomar por la pared interna de una gigantesca caja torácica.

En 1989 conocí los intestinos terrosos, en los partidos nocturnos aderezados con los goles de Jorge Daniel Jara y Carlos Castro. Fue cuando se amplió la tribuna Oriental —que hasta entonces, como cualquier puntero enjundioso, llegaba hasta la raya final del campo, sin alcanzar la postrera zona de traslado— y se construyeron los segundos pisos de las tribunas Norte y Sur, rebasándose por fin la capacidad de los cincuenta mil hinchas. Se entraba al estadio por una especie de socavón de mina, a través de una maroma de albañilería en madera y sobre un lodazal; al final del túnel arrancaban las escaleras, y a su término, por la boca de las gradas, se colaba una luz que parecía más rutilante justo porque el paso por el inframundo hacía olvidar que se estaba en un estadio. De ahí que el tránsito de las escaleras a la superficie de la gradería —ese último paso trascendental que nos lleva de un mundo a otro— se hiciera más sobrecogedor de lo que suele ser.

El sueño comenzaba a hacerse realidad.
Las tribunas empezaban a vislumbrarse.

Poco después, durante mi año de forzosa militancia en una barra alborotadora y saltarina de principios de los noventa, supe de los movimientos del monstruo. Aunque ya tenía vagas noticias del temblor que había sacudido el hormigón de las tribunas durante los tumultuosos partidos de Nacional en la Copa Libertadores de 1989, otra cosa fue sentir semejante fiebre arquitectónica bajo mis pies. Era como si un gigante dormido intentara despertar, sin acabar de hacerlo del todo, bajo el ataque más o menos inocente de miles de enanos. Si a la insignificancia humana le fuera dado vencer sus férreos límites y hubiera logrado, aquella vez, irritar de verdad al coloso, el Atanasio Girardot se hubiera levantado de su nido de árboles para andar por Medellín, tumbando edificios y averiando calles pero albergando en su seno, amoroso, la bullaranga de algún partido copero de 1989 o los cincuenta mil devotos que vieron al DIM ganarle por la mínima diferencia a Millonarios, el 12 de agosto de 1990; habría sido como si a la ciudad la pisoteara una de esas máquinas AT-AT de la Guerra de las Galaxias, o el Castillo Ambulante de la película en anime dirigida por Hayao Miyazaki.

Al final, tanta ensoñación con el enorme edificio- ente solo conduce a un hecho tan maravilloso como sencillo: la realidad última de las hormigas que lo colonizan. En el estadio, como en muy pocas partes, se verifica perfectamente aquella verdad trillada —con tufillo de consigna política— de que la unión hace la fuerza. Desde el barrio Belén —donde viví hasta los veintitantos años— escuché decenas de goles, entonados a treinta cuadras de distancia por miles de gargantas anónimas. La primera vez que oí esa explosión fue en 1987, con motivo de un gol de León Fernando Villa en un partido de Nacional contra Santa Fe, en el octogonal de ese año. Yo me distraía en casa, atisbando pájaros desde la terraza, cuando sentí la caída de esa bomba de entusiasmo; las aves, turbadas, se miraron unas a otras. En el año 2001, cuando el azar conyugal me llevó a vivir en el barrio Santa Lucía, a menos de diez cuadras del Atanasio Girardot, los gritos de gol de Nacional se me hicieron tan cotidianos —los miércoles y los domingos— como el silbido de la olla de presión o los chillidos estridentes del despertador. De más está decir que, cada vez que juega el DIM, yo soy una entre las hormigas gritonas.

Una nave aterriza en Otrabanda, 1952.
Damas de Medellín y jugadores del equipo Alianza Lima en el desfile inaugural del estadio Atanasio Girardot.

Así como el símil del estadio como nave varada, tampoco carece de justificación el que lo ve como un hormiguero; concretamente, como un hormiguero que convoca a sus habitantes. Cualquier estadio ejerce esa fascinación para todo aquel parroquiano que haya decidido entregarse a su rutina, pero mucho más el Atanasio Girardot: muellemente tendido en la llanura —el verso es de Gregorio Gutiérrez González—, se lo avista desde todo el redondel montañoso del valle de Aburrá y se siente el deseo imperioso de ir hasta él. Las noches de fútbol, recubierto por un halo de potentes luces blancas, su zumbido de reclamo es especialmente poderoso. Si, por una contingencia maldita, se ha dejado de ir a un partido del equipo amado, ver el estadio alumbrando a la distancia se hace particularmente penoso. El precio de ser hormiga es estar con las demás.

A los pies del estadio, entre los ríos de hinchas, gentes de la radio y la televisión, revendedores de boletas, noveleros extraviados y ventorrillos de cerveza y carne frita a lo largo de todo un torneo, lo grandioso y lo vulgar logran su equilibrio. Con naturalidad, la nave abre las puertas a sus tripulantes; el hormiguero recibe a sus hormigas, Gulliver es pisado por los liliputienses, el arca alberga a sus animales ruidosos. En esos días de pesado tráfico humano por los pasillos internos y las bocas de las tribunas, el nombre del escenario no se antoja extravagante ni viciado por el excesivo romanticismo histórico: al fin y al cabo, los hinchas van hacia la cima de su Bárbula con la bandera en mano.

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Brazos y bobinas

por Jorge Iván Agudelo • Archivo Fotográfico BPP

Número 148 Marzo de 2026

A primer golpe de vista, parece que la foto viniera o, en todo caso, para no fascinarnos con los imposibles, recreara un mundo futuro, uno hecho de asepsia y simetría, donde el hombre y la máquina, con sus brazos y sus bobinas, conformaran una sola materialidad, fueran caras limadas, sin fisuras, de una misma moneda; pero en la trasescena, en el mundo de los hechos reales, digamos, está Medellín, el año de 1992, la Industria Colibrí, a veintiún años de su liquidación definitiva, una cámara análoga marca Mamiya, y el pulso y la mirada de Lina Isaza, que, para entonces, abrían camino y fijaban las pautas de las que serían muchas de las imágenes publicitarias de la época.

Ya situados en una ciudad y un tiempo precisos, la foto se vuelve paradójica: enaltece la repetición industrial, la precisión técnica, en fin, el trabajo textil de la última década del siglo pasado, y, al tiempo, nos hace pensar, después del brillo de la manufactura local, en una sentencia presidencial que, aunque rápido mostró sus costuras, fue caballo de batalla coreado por muchos: “Bienvenidos al futuro”, como si se tratara del tiempo esperado, del instante decisivo para cumplir una promesa aplazada, la de subir, con toda la pompa y la gloria, al tren de la modernización y de la apertura económica.

Entonces la foto se vuelve túnel, proyección al infinito de la máquina hacia la oscuridad, símbolo, también, del trabajo inacabable, de la subordinación del hombre a los gestos que se repiten, a la hilatura industrial que lo reclama y, sin embargo, lo va dejando un poco a la deriva entre el primer plano (presente, máquina, trabajo) y el fondo (laberinto, embudo, clausura) que bien funciona como corolario de lo que vendría: máquinas de las fábricas textiles obsoletas y trabajadores empujados a la informalidad y al desempleo, mientras se asomaba, como otra promesa, y basilisco, una nueva cara del mito modernizador: la digitalización de la industria y la “cuarta revolución industrial”.

Así y todo, más allá de las resonancias o de los sombríos augurios que pueden encontrarse en una imagen, está Lina Isaza, 34 años después, hablándonos del día en que compró unos filtros, porque las luces habituales de la Industria Colibrí eran unas luces verdes, de las que ya no existen, para que los hilos blancos, que se pueden ver en filas de a dos sobre la cabeza del operario, no cambiaran de color y la foto fuera la que es, una estampa, se nos ocurre a nosotros, que a primer golpe de vista, parece venir de un mundo futuro.

El trabajo de Lina Isaza se suma, en septiembre de 2024, bajo el acompañamiento de Jackeline García Chaverra, a los 45 fondos que, desde su fundación, a partir de las siete mil placas de vidrio que quedaban del archivo del fotógrafo antioqueño Benjamín de la Calle, alberga el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto. El fondo de esta fotógrafa, conformado por 25 778 imágenes, marca un punto de inflexión, toda vez que se trata del primer archivo personal de una mujer, con toda su diversidad temática (fotografía publicitaria, fotografía social, fotografía de viajes, fotografía documental) y de formatos (35mm, 4x4cm, 6x4cm, fotogramas a color, blanco y negro y transparencias), que puede consultarse en nuestra biblioteca.

Juangui Romero

Medellín hace aguas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 139 Mayo de 2024

Quebrada Santa Elena. Anónimo, 1920. Archivo fotográfico BPP.

A Eduardo Escobar

Medellín, tan terrenal en cuanto a los intereses de sus habitantes, tiene una profunda relación con el agua. La forma del valle no deja escapar ni una sola gota de la lluvia que lo moja. Los arroyos de montaña bajan sin perder de vista su destino más abajo. Se dice que en la infancia, estos riachuelos reciben instrucción por parte de las arboledas. Ellas les muestran las hazañas de las quebradas mayores como ejemplo a seguir, y les trazan los caminos para llegar a tributar al Medellín mientras descienden por las cañadas. Es, pues, toda una didáctica del agua, que incluye advertencias de lo que les espera al paso por la ciudad.

La fundación de Medellín se vio obligada a tener en cuenta esta telaraña de hilos de agua. Los españoles, dados a construir en puntos altos, eligieron una vega entre el río y la quebrada Santa Elena para levantar las primeras casas. Tenían agua inmediata no solo para las necesidades domésticas, sino que “facilitaba el trabajo a los que buscasen oro en los cauces del Aburrá o de las quebradas”, según Tomás Carrasquilla. Las viviendas campesinas que salpicaban las laderas del valle moraban en una especie de arcadia natural, cuyo curso de agua vecino aún perdura en los dibujos infantiles de todos los que crecimos por estos lados.

Ese brotar constante de agua desde las cumbres, que rara vez se detiene, nos hace invisible su abundancia. Con frecuencia se necesita la mirada del extranjero para advertir la exuberancia de los manantiales. El geógrafo italiano Agustín Codazzi se percató de estas humedades y propuso la tesis según la cual el valle de Aburrá había sido un lago miles de años atrás. De acuerdo con su teoría, entre Caldas y más allá de Barbosa todo eran aguas “reposando tranquilas en aquella prolongada y estrecha cuenca”, con una profundidad que calculaba de 150 metros. Los cerros Nutibara y Volador serían simpáticas islas en medio del gran espejo de agua. Mientras tanto, las entradas de las quebradas en el lago conformarían espléndidas bahías en sus márgenes. La utopía geográfica de Codazzi albergaba aún más agua que la existente, en una especie de mítico pasado diluviano.

La tentación de inundar la hondonada donde hoy está la ciudad cosechó adeptos ilustres durante décadas. El eminente geólogo Juan de la Cruz Posada la suscribió aun a principios del siglo XX. Proponía que antiguos glaciares habrían remolcado una barrera de bloques de piedra hasta la altura de lo que hoy es Moravia, suficiente para remansar el río e inundar el valle. Imaginaba hielos perpetuos bajando por estas montañas antes de la inundación, aguas congeladas que adornaban aún más la imagen del posible gran lago del Aburrá. Aunque nada le caería mejor a la Medellín veraniega que un golpe de nevera o un buen remojón, luego se demostró que sus antiguos terrenos nunca estuvieron inundados. Aquellas especulaciones se conservan hoy como patrimonio poético de nuestra relación con el agua.

Ahora sabemos que Medellín no ha sido de aguas remansadas, sino de las turbulentas. Al contario de Bogotá, ubicada en una planicie, esa sí, producto de lagos desecados, Medellín está marcada por sus virulentas quebradas. El término quebrada es una adaptación local única en esta parte de los Andes que no es equivalente al simple arroyo. Indica que el relieve está quebrado y se profundiza, y se refiere tanto al agua que corre como a la honda brecha que le da cauce. Cuando decimos quebrada, decimos al mismo tiempo agua y montaña, piedra y torrente. El agua que corre por allí tanto salta como se empoza, tanto se arroja como se atasca. 

Las quebradas son el rasgo del paisaje que mejor refleja el carácter ambiguo de los naturales de la ciudad. Amables y confiadas en su trato, pueden ser arrebatadas y violentas cuando se lo dictan sus más enquistados principios. En sus partes altas suelen formarse represas de tierra, palos y piedras, que luego pierden pie y se desatan en una avalancha de ira acuática. Ellas solían ser las grandes protagonistas cuando hacían sus dramas en épocas de lluvia. La Iguaná era una de las más temibles. Arrasó varias veces los poblados a sus orillas. En 1880 prácticamente borró del mapa la población de Anápolis, que fue trasladada más arriba para siempre con el nombre de Robledo.

Fernando Vallejo dice que las quebradas de por aquí “son como los niños: berrinchudas”. Como no podría ser otra, el autor describe la que puede ser más representativa de su ciudad: La Loca. Esta quebrada corre paralela a la Santa Elena hacia el norte y, si bien está tapada, su curso lo delata la curvilínea calle Barbacoas. La Loca era “mansa, tersa y cristalina”, como todas, pero “en mayo, en el mes de las lluvias, cambiaba la cosa”, cuentan Los días azules, “saltaba una chispa, brillaba un relámpago, sonaba un trueno y se soltaba un chubasco, el gran chaparrón de gotas grandes, vulgares. […] Y las fuentecitas se volvían arroyos, y los arroyos ríos. […] Rugiendo despeinada, La Loca se lanzaba sobre Medellín amenazante […]. ¡Se soltó La Loca!”.

El clima templado y la profusión de agua fresca y corriente fue un referente de la diversión local en el pasado. Había numerosos baños por toda la ciudad. Los más famosos eran los de Cipriano Álvarez, Amito, en lo que hoy es Aranjuez, más abajo del manicomio, y los de El Edén, en los predios del actual Jardín Botánico. Allí, cuenta Libardo Ospina en sus Baños públicos del viejo Medellín, acudían los caballeros “en grata compañía femenina, para refrescar y comer bocadillos… previa una buena copa de brandy que luego los caballeros repetían, cuando no consumían la botella entera”. Los de El Edén se surtían de las quebradas que bajaban por Campo Valdés, y eran igualmente elegantes. Se reunían allí “casi a diario los principales señores de la Villa, que mientras se bañaban apuraban sus copetines, platicaban de literatura y de arte y concertaban negocios y alianzas matrimoniales”. Además, estaban los de don Coriolano, de Palacio, de Villa, El Jordán y La Mansión, en Villa Hermosa. El de la Bastilla, en el centro, “era tertulia de intelectuales, bohemios, políticos y traficantes”. Por lo visto, el agua, en Medellín, tenía un carácter salutífero que difería en sus maneras de los balnearios de los Alpes suizos.

Estos baños públicos sobrevivieron en su versión más popular, los charcos naturales. Las quebradas bajan por lo general dando saltos entre rocas grandes, y entre los escalones se forman chorros emparejados con su remanso. A este conjunto se le conoce como charco, y es un hito en la cultura local. Quizá el primer charco que está documentado es el de la Peña de los Monjes, que funcionó al menos desde principios del siglo XIX. Byron White y Jorge Ortiz lo ubican en lo que hoy es el cruce de la carrera Palacé con San Juan, en la parte de atrás de la iglesia de San Antonio. Estos autores sostienen que el charco estaba en aguas del río Medellín, con lo cual respetuosamente disiento. Más bien, estaría en aguas de un afluente de la quebrada El Zanjón, que a su vez daba a Los Ejidos y finalmente al río.

El charco natural es la más democrática de nuestras instituciones. El charco no exige, como la piscina o la playa, un traje especial, caro o a la moda. Al contrario, acoge cualquier mocho o vestimenta casual. La piedra grande hace las veces de camerino para el cambio de ropa de los mayores, de asoleadora para otros y de grada para lanzarse en clavado o en plancha para los más jóvenes. Las piedras pequeñas sirven para montar el sancocho y acomodar la grabadora. El agua fría de montaña pone a tiritar y castañear los dientes, lo cual favorece el abrazo, ya sea consigo mismo o con el otro. La ingesta del agua ardiente compensa la temperatura y sazona el encuentro. El baño de charco es quizá el momento de mayor libertad para el habitante de la ciudad. Allí se verifican rituales a nivel individual y de la sociedad en su conjunto. El festival de Ancón, en 1971, mostró que el salto a la modernidad debía ser ungido por una celebración con agua bendita a la manera más tradicional. El rock and roll y la mariguana se recibieron por medio un bautizo al desnudo en el mayor bañadero de la ciudad, el río Medellín.

Si bien todavía quedan charcos, como el emblemático La Cascada, en la quebrada Santa Elena, subiendo al alto, la mayoría han cerrado. Incluso dos, que surtieron los paseos de las comunas noroccidental y nororiental para más de una generación, ya no existen: Charco Verde en San Félix y Chorro Clarín en Santa Elena, que se convirtió en zona de pícnic. En los corregimientos cercanos subsisten algunos, pero ya no son patrimonio urbano como en otro tiempo. En la Medellín turística de hoy son más famosas las piscinas en las terrazas de los hoteles, que vinieron a reclamar esa ventaja acuática semiolvidada de la ciudad. No ocurre allí como en los primeros tiempos en las quebradas, que se bañaban hombres por un lado y mujeres por el otro. Muy al contrario, la sirena, ser fantástico propio del agua, ha entrado a jugar un papel protagónico como ninfa adaptada al cloro y el baldosín.

Otro cambio interesante en la relación con el agua en la ciudad es la construcción de edificios altos en las orillas del Medellín. Por primera vez en su historia, ciertas aguas del río no tienen vista directa a su lugar de nacimiento en las cimas de las montañas. Y, de igual manera, los jóvenes riachuelos que pasan su infancia en la montaña se ven privados de atisbar a sus mayores en el fondo del valle. La fantasía de las ondas de la corriente que replican el perfil del relieve de la cordillera se pierde con cada torre que se levanta. Al cortar esa sociedad de las formas del paisaje, nos alejamos cada vez más de las maneras cíclicas del agua a las que hemos estado enlazados desde siempre. 

Un río flanqueado por edificios de apartamentos podría sin embargo traer alguna ventaja inesperada. Con suerte, las personas en los balcones con vista al agua comenzarían a reclamar una corriente limpia, aunque fuera para mejorar la panorámica y valorizar la propiedad. Los paseos de las mascotas incluirían una estación para beber y jugar en los playones del río. O podría pasar que el mismo turismo exija ríos y quebradas limpios en los que darse un chapuzón. A lo mejor sean los extranjeros, una vez más, los que nos muestren las ventajas del agua corrida en estas lomas. En lo que respecta al cuidado de nuestros ríos y quebradas, en Medellín hacemos agua, paradoja que nos dice que las cosas pueden ir a mejor, después de tocar fondo. 

Quebrada Doña María. Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Las curvas que perdiste

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 137 Diciembre de 2023

Puente de la avenida San Juan sobre el río Medellín. Fotografía Rodríguez, 1920. Archivo BPP.

Sabemos que no viniste al mundo canalizado, naturalmente. En vez de andar derecho y tan envarado como en la actualidad, te contoneabas con ritmo por el fondo del valle. Tenías la lógica ondulante del pensador que se atreve a dudar de sí mismo. Te movías sinuosamente formando playas y recodos en los que tu gente pescaba, lavaba ropa o se echaba a contemplar. Los que te adoramos solemos imaginar esa condición de soberanía que ejercías sobre la llanura. Y quizá por la emoción del momento te atribuimos curvas inmensas, circunvoluciones exageradas que tocaban ambos costados del valle. ¿Pero, cuál era realmente tu cadencia? ¿Qué tan amplias eran las vueltas perdidas de tu antiguo esplendor?

Puesto que no sé leer la simbología en la cerámica y los petroglifos de los aburráes, debo comenzar a rastrear tu carácter en el respeto que ellos te tenían. Si construyeron sus casas y enterraron a sus muertos en los cerros era porque desconfiaban de ti. Seguramente te desbordabas con fuerza en época de lluvias y reclamabas tierras más allá de tus orillas. Inundabas las vegas atropellando y alimentabas los humedales donde abunda el mosquito. Sabían que tu carácter no se reducía a la mera expresión de tu cauce, y dejaban para ti toda la base del valle. Quizá porque eran pocos, o porque entendían algo que nosotros ignoramos, a ellos no les parecía que fuera un desperdicio dejar esa extensión de tierra sujeta a tus caprichos.

La primera mención que te hacen por escrito sale de la pluma de Juan Bautista Sardella, el cronista de Jorge Robledo, el conquistador. Ellos y unos veinte soldados fueron los primeros españoles en avistar estas posesiones, en 1541. En la relación de actividades de su corta estadía, el cronista se refiere a ti como “un río que por medio de aquel valle desta provincia pasaba […]”. Se nos olvida que sin tu presencia lineal es fácil perderse en esta hondonada, pues las montañas que la enmarcan juegan con las perspectivas. Cumbres y cuchillas cierran la mirada por los cuatro puntos cardinales y hacen creer que está uno dentro de un tazón circular. Tú vienes a cruzarlo por el medio y le das un sentido con una entrada y una salida. Estableces una simetría binaria que el sol obedece con puntualidad, plantando la semilla del amanecer y del atardecer sobre cada una de tus orillas. De tus curvas, sin embargo, Sardella no dice nada. Supongo que si hubieras sido un río de amplios meandros, algún adjetivo te habría colgado por escrito.

Te veo retratado por primera vez en 1791, en el plano de la ciudad atribuido al maestro pintor José María Giraldo. Si antiguamente no te dedicaban muchas palabras, tampoco en los viejos mapas te trazaban con detalle. En ese primer esquema de la villa de Medellín apareces pintado de azul. Es probable que fueras transparente en épocas de tiempo seco, y café con leche en temporada de lluvias, pero ese azul imaginario da cuenta de una pureza convencional de la que sin duda te sentías orgulloso. En cuanto a tu forma, el pintor te traza con cierta sinuosidad en tu recorrido, más no con curvas. El trazo de S estirada corresponde más bien al contorno general de tu curso a lo largo del valle: entras a él por el suroccidente, continúas relativamente recto hacia el norte y en Bello tuerces al nororiente. Acaso debamos ir pensando que tus curvas nunca han sido tan pronunciadas, en cuyo caso el pintor no se habría atrevido a rectificarte de esa manera.

Un poco después, un viajero y un poeta de estas tierras te describen usando imágenes de objetos alargados. En 1825, Carl August Gosselman te observa desde las montañas y dice que luces “cual una cinta de plata”. Y, en 1850, Gregorio Gutiérrez González retoma la comparación y te describe como un “cinturón de perlas y de plata”. Lo plateado se refiere probablemente a la manera de reflejar los rayos del sol a mediodía por parte de tus aguas, que en medio del verdor sería una imagen poderosa. Pero allí lo que deseamos resaltar es la “cinta” y el “cinturón”, dos formas en las que prevalece lo dilatado más que lo sinuoso. Si hubieras ondeado en demasía, tal vez estos dos autores habrían elegido símiles diferentes.

Pero tampoco es justo estirarte hasta que parezcas lo que eres hoy, pues está lejos de la verdad. Manuel Uribe Ángel, menos poeta que agudo observador, dice en 1862: “El curso caprichoso del río con sus giros y movimientos de serpiente”. Y agrega: “[Allí] está Medellín, blanca y brillante al lado de las curvas viperinas de su río”. Veinte años después, en su Geografía de Antioquia, se reafirma en esa visión que tiene de ti: “Es difícil imaginar impresión más agradable que la que se experimenta […] cuando se llega en tarde despejada al puente de Colombia, para contemplar, hacia arriba y hacia abajo, las caprichosas curvas del río Medellín y sus engalanadas márgenes”. Pienso que la culebra que tenía en mente el doctor Uribe Ángel no era en exceso tortuosa, como la que retrataría un Misisipi o un Magdalena en La Mojana. Más bien, una serpiente en camino que enroscada.

Un mapa de Medellín, levantado por los estudiantes de la Escuela de Minas en 1889, ofrece una descripción visual quizá más cercana a tu antiguo andar. En él te mueves con libertad por el valle pero sin curvas exuberantes. Girabas con soltura en cierto punto, aunque pronto virabas de nuevo al otro lado. No insistías en la amplia oscilación de los ríos que se deslizan por las tierras muy llanas. Así parecía ser, al menos, en la parte por la que discurrías cercana a la ciudad. Aparece por primera vez algo novedoso en tu retrato en este mapa: tu amplitud es irregular. En unas partes te estrechas un poco y en otras te explayas, en cuyo caso los estudiantes dibujan una pequeña isla en la mitad. Es natural que en los lechos muy dilatados se formen playas en su punto medio, por falta de agua para llenar todo el cauce.

De modo que a tu andar de sinuosidad moderada se le agrega una forma como de ojos sucesivos, verificada por Tomás Carrasquilla en Frutos de mi tierra, en 1896: “El Aburrá, perezoso, ondulante, aquí angosto, desparramado allá, interceptado a trechos por los cañaverales y sembrados, se ve desde la falda, bien así como retorcidos recortes de hojalata”. El mismo Manuel Uribe Ángel respalda de manera indirecta esta descripción: “El río en su parte alta se llama de La Villa, en su parte media Porce y a su terminación Nechí. Aunque caudaloso y largo, no es navegable sino en su parte baja, porque la topografía del terreno lo constituye impedir rápido y correntoso”. Si a tu paso por Medellín entorpecías la navegación, esto quiere decir que eras un río con buena pendiente en el que no prima la vuelta grande y reposada, sino el andar desigual de medias curvas sucesivas.

También el tipo de material que llevabas en tu lecho puede dar pistas sobre tu carácter. Un río con cierta fuerza suele arrastrar arenas y piedra gruesa, diferente al individuo de amplios meandros, más dado al acarreo de sedimentos finos. Los trinchos artesanales con los que se comenzó tu canalización desde principios del siglo XX eran armazones de madera rellenos de piedra de tu mismo cauce. Las fotografías de la época muestran tus playas pedregosas, al igual que la superficie rugosa del agua que corre sobre un lecho de piedras. ¿Cómo eras, pues, querido río, antes de que te “metieran en ringlera”? Lo que hemos visto es que quizá no te comportabas igual que uno de esos afluentes que en las tierras bajas ocupan con sus vueltas grandes extensiones. Al menos en tu paso por la ciudad tenías ese tranco indeciso de los que van buscando a tientas la mejor manera de andar. No era vacilación de tu parte, sino el carácter de tu filosofía.

Una foto tomada por Carlos Rodríguez en 1949 a la altura de la calle 30 muestra uno de los últimos momentos en los que gozaste de tu libertad ancestral al paso por la ciudad. Y, por otra parte, el punto de inflexión hacia tu decadencia. Sobre un costado de la imagen se observan algunas mujeres lavando ropa en una de estas playas de piedra. Más atrás, en el medio del cauce, hay un carro de bestia, seguramente recogiendo material de construcción. Y aguas abajo reposan cuatro camiones de escalera también dentro del propio río, en fase de aseo general.

La estirpe de las lavanderas venía de tiempo atrás, herederas de las primeras bañistas citadinas, retratadas por Saffray en 1860: “Si se continúa por la Quebrada, llégase bien pronto al río, y á un sendero frecuentado durante las mañanas por las bañistas. Desde las nueve á las diez se las ve llegar, sufriendo los rayos del sol, seguidas de sus negras”. Sus descendientes son hoy sabios habitantes de calle, únicos usuarios de tus aguas vergonzantes. Mientras tanto, las chivas motorizadas muestran el futuro de la ciudad. Sus sucesores reclamarían los cañaduzales de tus orillas en número de cientos de miles.

En adelante, las palabras con las que tus gentes se refieren a ti tienen poco de poesía y mucho de sentencia. En 1950 la administración de la ciudad dictamina la conveniencia de tu sometimiento, con el fin de “[…] evitar la erosión y el desgaste proveniente del agua a gran velocidad y ordinariamente cargada de sólidos abrasivos, manteniendo así la corriente de agua dentro de un cauce definitivo y permanente. La función secundaria del revestimiento es resistir los empujes del terreno o del agua en el sentido del deslizamiento o del volcamiento, según el caso […]”.

A partir de entonces tu canalización ya no fue de piedra cargada y palos clavados en la orilla, de los que te mofabas en cada creciente. Pagaste cara tu osadía, pues con el progreso no se juega. Te doblegaron con concreto vaciado y maquinaria pesada. Comprendo que entonces comenzaras a sentirte minúsculo e impotente. Las palabras de Manuel Uribe Ángel en 1881, que decían que tú y la Santa Elena “además de adornos para el sitio, son de vital importancia para la comodidad y salud de los vecinos”, sonaban tontas y anacrónicas. Al negarte el cuerpo, ya no parecías río sino canal, algo que nadie sabe respetar. Y, sin embargo, allí estás, resistiendo. ¿Cuándo tendrás una nueva oportunidad? ¿Acaso llegará para ti una época en la que, como antes, te arrojes con alegría por el amplio espacio del valle que lleva tu nombre?

Quizá ese momento no esté demasiado lejano. Si es cierto que tus curvas no ocupaban todo el fondo del valle de Aburrá, donde ahora están las casas de sus habitantes, devolverte buena parte de tus posesiones no parece tan complicado. Bastaría con entregarte la parte que ocupan las autopistas que te oprimen, y río y ciudad podrían convivir. Se dice que en un futuro todos los automóviles serán autónomos, es decir, conducidos por inteligencia artificial. Puesto que la información algorítmica llegará a ser casi infinita, no es descabellado pensar que los robots, después de poner todo sobre la mesa, saquen la conclusión de que el río es más importante que sus propias costumbres adquiridas. Y entonces la red que gobierna los automóviles tomaría, sin considerar a los gobiernos ni a los lobistas de la construcción, la decisión de no volver a transitar por allí. Y, además, atacar sin misericordia a todo el que se atreva a poner un pie en esas franjas de tierra. Entonces retomarás al menos en parte lo que siempre te perteneció, y volverás a caminar de nuevo con la salud y la libertad del que tiene un mundo por delante. Sonreirás otra vez con la ingenuidad del niño que ve inmensa la senda por la que despliega su bulliciosa carrera.

Meandros en el río Aburrá, 1828. Archivo General de la Nación.

por JUAN DIEGO PARRA // Nombres de bandas, rutas y tránsitos de Medellín constituyen una cartografía emocional donde residen, en capas variables del tiempo, los recuerdos de una generación que vio de frente al terror y logró almacenarlo en registros sonoros.

por SIMÓN MURILLO MELO // Medellín se construyó no sobre lo que hoy llamamos el río Medellín, sino sobre la quebrada Santa Elena. El río durante buena parte de nuestra historia corrió libre alimentado por más afluentes que los que hay en todo Portugal. No sabemos casi nada de ese valle: mucho se perdió.

por RICARDO ARICAPA // Entonces a su itinerario le agregó recorridos por los bares de Guayaquil y La Bayadera, y los burdeles que quedaban al norte de la ciudad, a donde iba por las tardes, cuando el tranvía no presentaba tanta congestión y las mujeres estaban en tiempo muerto, podían atenderlo.

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // Desde octubre de 2022, un rumor de canibalismo en Medellín ha campeado por las calles y las redes sociales. Ese rumor, hasta ahora, no ha sido confirmado, y las autoridades tampoco han recibido denuncias al respecto. Lo cual no significa que Medellín haya estado exenta de canibalismo: este artículo, por ejemplo, es la reconstrucción del caso más legendario y mejor documentado.

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // En el imaginario colectivo, el Palacio estaba marcado por la tragedia desde que, en 1951, un ciudadano alemán se lanzó al vacío desde una de sus torres, “ejemplo que muchos fueron siguiendo con el tiempo”, convirtiendo al quinto piso del Palacio en el epicentro de los suicidios de Medellín, con más de sesenta casos registrados hasta 1990.