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Y fuimos como si el desierto floreciera

por EDUARDO ESCOBAR • Fotografías del Archivo fotográfico BPP

El Poder de la Cultura* Diciembre de 2020

Teatro Junín. Fotografía de Jorge Obando, 1926.

Si odiara a Medellín por todo lo que me hizo sufrir con sus insidias y sus acosos, tanto como debiera odiarla por lo que no me dejó hacer con sus flacas bellezas y mis debilidades y mis sueños pertinaces, y si mi vocación fuera la crueldad del humanismo bolchevique o del nacionalista nazi, diría para vengarme, desprestigiándola, que el primer indicio que la muy mezquina pudo ofrecerme de la alta cultura laica, la que florecía más allá de la imaginería del culto, los cantos de iglesia y los himnos de los patios de los colegios, ocurrió una mañana de junio. Entonces me presentó el espectáculo melancólico de unos deprimidos artistas españoles echados del Hotel Europa a la calle, por falta de pago, supongo. Me impresionaron tanto esos fieles del culto de Calíope, Melpómene y Euterpe, que aún tengo fresco el recuerdo como una mancha en mi inocencia. El grupo de desconsolados de ambos sexos, arrojados ahí, como hubiera dicho Jean Paul Sartre, como piedras, como escupitajos, como basuras en plena vía, figuraban la alegoría del abandono. Todos con la misma cara de circunstancia, sentados en el andén sobre baúles que recordaban los sarcófagos, el puño en el mentón, o de pie mirándose las puntas de los zapatos, el rictus de la tragedia en las comisuras, o fumando un cigarrillo como si no pasara nada.

Recuerdo que el silencio circundante se podía cortar con cuchillo. Y recuerdo que una joven, de moña mustia, fuera del eje a esa hora temprana del día, se quedó mirándome mientras le acariciaba la cabeza a un hombre de pelo dorado, corbatín y esclava de plata. El silencio entre los tres parecía un abismo. Otra le daba vueltas a una sortija de boda que debía saber de casas de empeño. Y había dos que me impresionaron sobremanera: una muy vieja para andar en esos litigios con tantas arrugas maquilladas, y la otra, demasiado joven para la desgracia que le estaba tocando vivir. Eran con mucha probabilidad las encargadas de los servicios menudos de la tropa, la pega de botones, las aguas de tilo, el pago de los impuestos en la municipalidad, el envío del correo. Ayudadas por un adolescente enano que tenía todos los aires del consueta, se empeñaban en mantener dentro de un huacal de tablas oscuras y sueltas, enredos de pelucas, campanillas ensartadas en cordones de raso, un zapato rojo muy gastado, los flecos de un mantón mordisqueado por unos ratones que debían haber abandonado el barco porque no parecían por parte alguna, hirsutas peinetas de carey, castañuelas y otro montón de cosas de esas que suelen trastear entre sus corotos los artistas trashumantes en todo el mundo.

Olía a tristeza animal, a resignación, a sudor de escenario, a trapos al sol. El hotel, una edificación incalificable, art déco con reminiscencias rococó, según mi memoria de ahora, estaba situado, simbólicamente, en el mismo lugar donde hoy se yergue todavía victorioso, hasta que Dios quiera o algún talibán despistado lo permita, el emblemático edificio de la aguja de Coltejer, celebración de unos tiempos cuando Medellín aún cosía, no habían soltado el tigre de la China industrializada y los Echavarría todavía eran ricos. En ese lugar, cinco años más tarde, o siete, el pormenor no importa, le dieron un premio a León de Greiff, espantado de la parroquia a Bogotá en tiempos del general Uribe Uribe, para remediarle ese estado del alma que él mismo nombró como la simplatía. Y allí abrió, según mi memoria que sigue siendo buena, pero a veces adorna y desadorna, la Bienal de Coltejer. Muestra del gran arte moderno. Dirigida por un odontólogo narigudo del Opus, llamado Leonel Estrada. Pero estábamos en otro asunto más triste.

En silencio se miraban los unos a los otros con ojos vacíos, como se miran los actores cuando el absurdo les hace perder el rumbo del drama y se les embolata el parlamento y solo esperan que se abra la tierra y se los trague. Una nube de paso se detuvo sobre una ceiba florecida de orquídeas en la avenida. Un par de policías famélicos de uniformes verdes escurridos contemplaban la patética comparsa, azotando sus palos en las palmas de las manos izquierdas. Unas palomas indiferentes al drama hubieran picoteado en el pavimento. Pero no había palomas. Entonces la carrera Junín no era peatonal todavía, no la habían enlosado con los productos de los hornos de los Olarte cuando uno de sus primos fue nombrado gobernador.

Los periódicos del otro día dieron la noticia con pormenores, registraron los nombres de los artistas principales del reparto y contaron la historia del grupo cómico-musical. Así supe que no era la primera compañía de zarzuelas que cerraba una carrera de éxitos en Medellín, después de cosechar aplausos y vítores por las islas del Caribe, las capitales centroamericanas desde México a Panamá y los más exigentes escenarios de la América del sur entre Manaos y Buenos Aires, según el programa de mano que ilustraba la crónica. Por obra y gracia de los desahucios de sus implacables hoteleros, con quienes debería estar agradecida, se enriqueció la radio en Medellín, el radioteatro y los programas de variedades, gracias al aporte de esos genios varados. A veces se quedaban a vivir por pura terquedad o por alguna torcida inclinación sadomasoquista, en esa ciudad que cifraba todo su orgullo en los valores del trabajo práctico, las actividades industriales y financieras y las virtudes superiores del acero comparadas con los pobres, inútiles y rancios intangibles del espíritu, que sirven de alimento a la esperanza.

Fernando González. Fotografía de Gabriel Carvajal, 1949.

Al fin se morían de viejos. Me acuerdo. Cobijados por la discreta admiración de sus habitantes, que tal vez, pensando mal, disfrazaba la lástima que debía inspirar la pátina de pobres perpetuos, sus boinas desmayadas sobre la calvicie y sus corbatines bohemios. Se les veía merodear por La Voz de Antioquia en la calle Maracaibo, cerca de los estudios de RCN en los bordes de la Estación Villa, por los lados de la plazuela donde funcionaba la emisora Nutibara, que a veces pasaba melodramas al mediodía. En busca de un almuerzo de gorra, trastabillando por las cantinas de la bohemia precaria las noches de los viernes, revueltos con los serenateros y las putas de calle, recitando versos de andaluces, parados sobre un charco de vómito, con ínfulas en la pronunciación y muchos ademanes y unas pausas largas, largas, para mantener el suspenso del irrespetable público de los amaneceres municipales. Recuerdo al viejo polaco alcohólico que me hablaba de sus trabajos con Stravinski, de su amistad con Cantinflas, de su pasado glorioso en París. Desprendido de alguna de esas comparsas fracasadas. Irradiaba una gran dignidad de su indigencia. Al fin se regeneró. Y lo encargaron de un grupo de teatro de muchachos descarriados financiado por la alcaldía. Pero antes debió arrastrarse muchos años el pobre hombre por las avenidillas del Parque de Bolívar. Antes de recobrarse y de pasearse ante mí, orgulloso y triunfante, con su chompa de raso y la enhiesta pajarilla recién comprada, en la entrada de la alcaldía. Junto a la cual todavía no hacían guardia los volúmenes mudos de Fernando Botero.

Ahora mientras escribo, tragándome estas lágrimas virtuales, puedo comprender mejor la desesperación de mis padres cuando descubrieron que yo estaba escribiendo poemas. Envejecieron diez años de sopetón. Ellos pensaban que iba a completar la desgracia de elegir un mal oficio, que más parecía un maleficio, con la manía de hacerles odas a los semáforos recién instalados, pintados de amarillo, y a los aviones grises que salían del aeropuerto cercano que reemplazó el que había sido preparado para la incineración de Carlos Gardel. Habiendo mariposas y sinsontes, y tantas flores para rimar, y el cielo de un azul terso y tibio, los nadaístas hablábamos en los poemas de los cigarrillos norteamericanos que nos gustaban. Que poco a poco desplazaban los amargos picadillos de los Pielroja y los Dandy y los Excelsior de cajetilla azul. En sus charlas íntimas sobre la gravedad de mi asunto, cuando trataban mi caso y no estaban tratando de hacerme otro hermanito, mis padres debieron preguntarse a quién se le pasaba por la cabeza publicar esas cosas en los periódicos avergonzando a la familia. Y me pusieron en manos de un siquiatra de una congregación mariana, de piel alabastrina, chivera y una virgen de porcelana en una repisa del consultorio. Este me recetó una temporada en el reformatorio de los terciarios capuchinos en Fontidueño por donde ya habían pasado Dariolemos y Humberto Navarro, por causas parecidas. Allá me ayudarían a ajustar el carácter y me apartarían de los versos hacia la mecánica automotriz o la carpintería, dijo el doctor Robledo, o debió decir el que fue director del hospital mental mucho más tarde, antes de que Dariolemos lo convirtiera en su palacio de invierno bajo la protección del doctor Darío Díez.

Cuando volví a la casa paterna después del encierro, una noche de noviembre, o de mayo, a todos nos da lo mismo el nombre de los meses, encontré a todas las monjas de la parentela revoloteando sobre mis cosas, asperjando mi cama con aguas de San Ignacio, prendiendo medallas y añusdeis en las entretelas de mis chaquetas recién compradas, porque me habían aperado el ropero y conseguido un trabajo de negro en la oficina de un usurero, con la ilusión declarada de que la dicha de la primera quincena indujera en mí el desprecio por lo que llamaron mis veleidades intelectuales. Esa era la lógica en los barrios del mundo. Solo había que cebar el bolsillo del disidente para curarlo de heterodoxias y para que se animara a emplear sus manos y su mente en mejores cosas que los errores demasiado notorios de la retórica convertida en oficio. Ahí estaba el ejemplo de Barba Jacob, para probar los males de esos caminos. Ahí estaba Epifanio Mejía, tan dulce y bueno y confundido. Pero la cosa no funcionó conmigo. La verdad sea dicha.

Por todo eso, siempre que me preguntan por la vida cultural en Medellín mediando el siglo pasado, por eso que llaman las actividades artísticas, en la ya entonces llamada ciudad industrial de Colombia, después de la caída de la dictablanda del general Rojas Pinilla, en los albores del frente nacional que intentó curar las heridas del sombrío período de la violencia liberalconservadora, no sé si acudir a la palabra desierto o a la palabra limbo para describirla. En todo caso, sé que esos años fueron el umbral hacia otras cosas, hacia otros mundos en germen todavía. Y que comenzó la desdemonización de la marihuana que poco a poco dejó de ser la yerba maldita para sacralizarse en panacea. Y entonces aparecieron los nadaístas con sus disfraces, sus pipas envenenadas de media vara, bien cargadas, las greñas de bohemios, las caras de inopes, de miopes, de mal dormidos, gorras ladeadas, libros en el sobaco. Como anuncio impreciso de un relevo de sueños.

Gonzalo Arango. Fotografía de León Ruiz, 1970.

Entonces la única biblioteca pública era la recién fundada Piloto que abría con el patrocinio de la Unesco en una casa vieja de dos patios en la avenida La Playa. La Playa, así llamada no para aludir al mar lejano, al mar no visto del poeta Francisco de Asís Bogislao, sino en recuerdo de la quebrada que corre, o corría, por el subsuelo, empaquetada en tubos de concreto hacia el río densoscuro, donde ya habían dejado de venir los patos canadienses según contaba el Negro Billy, el cantante, bajo profundo, del grupo. El río, dijo un poeta de los contornos de Envigado, partía la ciudad en dos tajos de hierba. En su juventud, me acuerdo yo, el tren aún corría por la orilla del río, gritando.

La biblioteca tenía las cerraduras de color mantequilla. Las ventanas eran altas, celadas. El director Arroyave tenía una motocicleta más poderosa que una enciclopedia, más silenciosa que un libro cerrado, que el vuelo del búho, reluciente como la letra capital de un devocionario de rey húngaro. En el patio trasero estaba la sala de música, espacio cubierto por una marquesina de hierro, donde se podían escuchar discos de música clásica, Beethoven y Dvorak, Bonporti y Vivaldi, sin que molestaran los pájaros de las ceibas de afuera. Una novedad. El villorrio comenzaba a hacerle fieros de urbe al futuro. El villorrio cuyas únicas músicas vivas habían sido hasta entonces las serenatas que les llevaban los novios borrachos a las muchachas con tiplistas contratados en los restaurantes y las cantinas de la avenida Primero de Mayo frente al Teatro Avenida, especializado en las películas de la Metro-Goldwyn-Mayer. En la esquina opuesta a la casa republicana funcionaba, complementando el pequeño milagro, el instituto de bellas artes, un cubo de un rosa demacrado por fuera, corroído por las bacterias del estuco, y por dentro un antro sombrío, de ventanas avaras, donde las niñas bien estudiaban solfeo, para ser pianistas y cantatrices, o aprendían a pintar montañas a la acuarela mientras les llegaba la hora de casarse con un muchacho deformado en el colegio de los jesuitas o en el de los hermanos cristianos, convencido de las dos únicas cosas imprescindibles para vivir en el lugar, en paz y sin contradicciones: que Dios existe y que hay que enriquecerse para honrar a la raza. La raza era una palabra muy traída y llevada en los discursos de los alcaldes a la hora de inaugurar una glorieta, que ya empezaban a proliferar, o en la exhibición anual de vacas de concurso, de ubres beneméritas, y de caballos que caminaban como si bailaran bambucos y que al otro día aparecían en las páginas sociales de los periódicos con su nombre, Casquivana, o Emperador, junto al registro de los nacimientos de los hijos de los comerciantes ricos y de las bodas de dedo parado y la lista de las películas prohibidas para todo católico. En el instituto crecía Teresita Gómez, la pianista. Pero nadie sabía de esa niña milagrosa que asistía a las clases de piano acurrucada detrás de una cortina roja.

Había media docena de librerías: la Editorial Difusión vendía libros mexicanos y argentinos, cosas de Julio Verne y Emilio Salgari y cursos de inglés; la Continental también vendía lápices y borradores y cuadernos y papel mantequilla, mezclados con las biblias de lujo y los textos de mitología; la Nueva la manejaba el hermano astigmático de un clérigo, erudito a la violeta para decirlo a la antigua. En la Científica, en la calle Boyacá, cerca del Parque de Berrío, especializada en libros de medicina, ofrecían a veces entre los manuales de primeros auxilios y los tratados de cirugía y herbolaria y homeopatía, y sobre las virtudes terapéuticas del limón y del ajo, libros de Antonin Artaud, pero no por incongruencia del encargado de los pedidos sino por el intenso contacto que tuvo con los siquiatras el lamentable poeta francés. En la Continental hacían tertulias. Gonzalo Arango intentó integrarse a la tenida de sabios relativos que convocaba Bustamante. Pero le hicieron el cajón. ¿Quiénes? El bueno de Bernardino, el director del coro de la normal de señoritas, y el director de orquesta chileno sin orquesta porque la única orquesta era la banda sinfónica de la Universidad de Antioquia que dirigió hasta que me fui del lindo erial un maestro húngaro pícnico, calvo y rubicundo, de mejillas vibrantes y tersas como culo de recién nacido. Alcohólico de andar tembleque, a veces iba hablando solo bajo la lluvia con el sombrero en la mano. Los chismosos le endilgaban el rasgo de un refinamiento secreto: el gusto por las lolitas, por las muchachas en sazón. Pero la ciudad todavía se parecía mucho a la de León de Greiff: chismes, catolicismo y una total inopia en los cerebros. No había llegado la novela inmortal de Nabokov a las librerías mucho más castas, ni siquiera a la Horizonte del cojo Federico Ospina, liberal de la escuela del Indio Uribe. Porque la Horizonte solo abrirá la semana entrante. O mejor dicho, dos párrafos más abajo.

Gonzalo no tenía la ropa adecuada para la cofradía burguesa de la Continental, ni siquiera tenía una corbata seria, y ya estaba dejando de peinarse. Además fumaba como un demonio loco y el espacio era estrecho y sin ventilación suficiente. Y quedó por fuera de la sociedad de eruditos el hijo del telegrafista conservador llamado Paco. Para ajustar, todo se sabe en la aldea, a veces se le veía coger el rumbo de Guayaquil, el barrio de los perdidos, a gastarse la plata que le regalaba Alberto Aguirre para que se desahogara con una ramerita del baratillo de la carne viva. Otros, cuando se atrevían a darle un respiro a la rigidez moral y a las convenciones del catolicismo, cometían sus pecados carnales en los prostíbulos de postín de Lovaina, los mismos que le sirvieron a Fernando Botero cuando abandonó al arzobispado de quinientos mil habitantes, para las fantasías de su circo de cinco pistas que lo hicieron rico y famoso. Antes de partir, Botero le confesó a Gonzalo Arango que él solo ambicionaba conseguir el dinero suficiente para comprar una tienda en Sonsón, contratar un dependiente honrado y encerrarse a pintar en la trastienda. También se soñaba en la esterilidad del ambiente. Y los sueños a veces se quedan cortos. Botero prometió volver. Y volvió. Y compró una casa cerca del Sonsón del sueño de tendero. Pero se la atracaron y quemaron. Y Botero Angulo retomó las de Villadiego.

Es posible que el autoproclamado profeta de la nueva oscuridad haya tendido el cebo del nadaísmo para tener con quien soñar y conversar sobre todos esos libros que había leído como secretario de la biblioteca de la Universidad de Antioquia, cargo que le concedía el privilegio de las llaves del infierno de los libros prohibidos, confinados en un cuarto reservado, bajo tres cerraduras, para salvarlos de las pesquisas de los agentes del arzobispado. Decían que la curia incursionaba en la Piloto de semestre en semestre para purgarla de los libros impertinentes que podían poner en peligro la pureza de la fe. Pero también es posible que Alberto Aguirre, que lo protegía como a un hermano menor, en su fuero interno, porque de dientes para afuera lo denigraba siempre que podía, comprara la librería Horizonte, frente al teatro Ópera, donde comenzó a heder el nadaísmo en la turbia normalidad, para que Gonzalo tuviera su propia tertulia. Si no me engaño con un falso recuerdo, ahí en el Ópera, Santiago García y Fausto Cabrera montaron la primera obra de teatro de Gonzalo Arango, HK 111. Yo fui al estreno disfrazado con un abrigo de paño inglés que Laureano Gómez le había regalado a mi padre. Era como llevar un sauna puesto.

Festival de Ancón. Fotografía de Horacio Gil, 1971.

Y para qué librerías en esa pobreza de todos los que nos acercamos por afinidad electiva al aullido solitario del profeta. Asomarse a las vitrinas de las librerías era someterse a una variante del clásico suplicio de Tántalo. No tuvimos otro remedio que convertirnos en ladrones cebados. Robábamos los libros a manos llenas sacándolos bajo las camisas, de la librería de Bustamante, de la Marín, o de la misma biblioteca Piloto, por piedad, para poner los mejores a salvo de la purga canónica. Resueltos a perder la virginidad intelectual como fuera, la falsa inocencia, cuyo otro nombre es ignorancia, a la que nos habían acostumbrado los colegios confesionales a los que nos condenaron. Academias regidas por sonetistas profesionales, por autores de tratados de ortografía con cara de quijote, arqueólogos frustrados que a veces publicaban en el suplemento de El Colombiano sus hallazgos cerámicos, sus lamentos de amor. El Colombiano fue siempre el principal diario de la aldea en plan de volverse otra cosa, y entre sus informaciones incluía en ocasiones, junto a la lista de las películas prohibidas para todo católico y las notas sociales donde hasta se contaba de la vida social de los caballos y las vacas, apartes de alguna homilía del director de la Hora Católica, la Horca Católica, la llamó un nadaísta, el espacio radial de más prestigio en el dial, descontando las chambonerías de Montecristo, entre el humor y la tragedia de lo meramente vulgar, y el noticiero meridiano de Martinete, un señor que hacía política barata y clamaba por las loras perdidas y las carteras olvidadas en los taxis. Alguien definió a Medellín como un paraíso sin serpiente. Pero tenía arzobispo. Que ya es algo.

Lo más triste no era la banalidad del bien. Lo peor era que a veces uno creía que era feliz porque el cielo era azul y las muchachas eran bellas y perfumaban las orquídeas y corrían por la calle Junín las motas de los balsos del Parque de Bolívar. Y a veces uno hasta pensaba que estaba viviendo cuando solo agonizábamos entre unas montañas. Fernando González decía que en Medellín los muchachos nacían muertos porque nacían para estudiar, estudiaban para trabajar, trabajaban para casarse y se casaban para morirse. Galerías de arte, ni una sola: a veces un viejo pintor, maestro en el instituto de bellas artes, mostraba sus cuadros en el Club Unión, pero se los hacían descolgar cuando colaba en la selección un desnudo demasiado ambicioso. Conciertos, de cuando en cuando daban alguno en el teatro Lido, a cargo de un maestro norteamericano o un ruso asilado en los Estados Unidos o el grupo de música antigua de Álvaro Villa, mártir del bien y la belleza, y Gustavo Lalinde. Pero la boletería costaba un ojo de la cara. Los del montón como nosotros debíamos contentarnos con la retreta dominical de la banda de la universidad. Las ediciones de poesía estaban limitadas a los cuadernos Horizonte, que publicaba cuando era posible y tenía ganas Federico Ospina. Ospina nos dio a probar contra los hartazgos románticos de Gutiérrez González de las clases del colegio, migajas de la poesía de De Greiff, otro escapado de la ciudad, como al fin y al cabo tuvimos que hacer nosotros para salvarnos de la muerte por aburrimiento.

De año en año venía al teatro Lido la señora Berta Singerman, una declamadora argentina vestida de velos, seguida por un cortejo de suspiros, arrastrando erres por los escenarios, las sombras blancas de la noche bogotana de Silva, alargando las sílabas como si se fuera a desmayar, y arreaba los camellos de Guillermo Valencia por esos desiertos temblorosos de una Nubia ideal con neblinas de Popayán y repetía las canciones marihuanas de Barba. Nunca asistí a los recitales de la Singerman, pero la vi muchas veces en la televisión que comenzó a encender sus grises hogueras en todas partes, como parte del lento proceso democratizador del arte. Qué amargura.

El mundo es como es. Imprevisible. Debajo de la postración aparente, fermentaba lo otro, lo inesperado esperado. La descortesía hacia lo demasiado bien puesto, el descontento de la normalidad, el malestar frente a los engaños metafísicos y la ausencia de estímulos. La ira, de la cual era símbolo Fernando González en el ostracismo de Otraparte, aunque él ya estaba digiriéndose a otra dimensión más allá de la conciencia del grande hombre incomprendido, que retrató en El maestro de escuela, uno de los libros más tristes del mundo. Y que explica estas notas sobre el lugar que representaba el intelectual libre y lo que debía tributar en miserias la conciencia crítica en Medellín mediando el siglo XX.

Por eso cuando el escritor envigadeño supo que existíamos nos invitó a su casa. Él había enfrentado solo la esterilidad medioambiental, la defensa del libre examen; nosotros éramos pandilla. De escándalo en escándalo nos fuimos haciendo entender. Y el establecimiento en consecuencia nos hizo huéspedes de sus cárceles, sus reformatorios y sus manicomios, y nos puso en el velador. Desde aquí contemplo unas imágenes cuyos perfiles no pude discernir entonces como un vaticinio, como un aliciente de un futuro mejor. Debajo de la agonía, la vida empujaba, pugnaba por manifestarse. En lo masivo de la inercia general fulguraban algunas individualidades contra todo. Elaborando lo suyo, en la maraña de lo pragmático, transfiguraban la banalidad del mal en alma y el estupor en aventura. En la aparente escasez, mientras los borrachos repetían los poemas de Jorge Robledo Ortiz a los abuelos, modernismo de repostería, y los poetas de la burocracia oficial coronaban reinas de feria y publicaban epitalamios de frígidos que a veces paraban en pasillos, y los místicos de misa dominical y prostíbulo de viernes celebraban sus contriciones en versos cantarinos, pervirtiendo la mística en espectáculo, se preparaba un tiempo de versos rotos, el de nuestros vicios públicos y los manifiestos podridos y las camisas rojas y los sacrilegios. A veces íbamos al cineclub, Aguirre nos daba entrada franca, sabedor del estado famélico de nuestros bolsillos. Allí ensayamos las primeras películas de Fellini, prohibidas por inconvenientes por el pastor vaticano cuyo palacio blanco dominaba una esquina en la avenida La Playa.

Fernando González, consolado en su soledad por unos contados amigos, era invisible todavía. Era invisible Débora Arango, su vecina, y eran invisibles sus monstruos y miserias amotinadas, educados en escuelas mexicanas; de ellos apenas se hablaba como de un tabú. En la montaña de los caminos que suben a Las Palmas, un pintor bogotano reproducía pacientemente la misteriosa simplicidad del mundo. Se firmaba Mefisto. Era un maestro del secreto. Y había ese hombre largo y rubio que todas las noches iba a sentarse en el Metropol a escribir un libro, ausente, embebido en su tarea hasta el amanecer. Cuando comenzaba a despuntar el sol, recogía las hojas de su fárrago y quién sabe lo que iba pensando mientras sonreía al salir. Me hubiera gustado hablar con Roberto Juarróz, que por ahí andaba enhebrando enigmas gramaticales. Pero era escaso como si no fuera argentino. Ernesto Cardenal a veces bajaba del seminario a visitar a Fernando González y nos dejaba una carta recomendándonos un libro o invitándonos a practicar las virtudes de la poesía exteriorista. Pero era elusivo. En el erial sucedían cosas que la conciencia oficial se negaba a registrar. Sucedían, pero en lo invisible, tácitamente, a la solapa. Y por eso fue que a la larga casi todos los nadaístas tuvimos que irnos, a Nueva York, a San Francisco, a Bogotá que estaba más cerca, los más perezosos. Cansados de las agresiones de los niños bien y del asedio de la policía secreta que una vez confundió los poemas de Jaime Espinel con la correspondencia en clave de una conspiración política. Y en efecto, conspirábamos. Pero sobre todo escapábamos del intolerable vacío de una ciudad que había sido capaz de prohibir como si fueran pecaminosos los libros llenos de inocencia de Fernando González. La voz general de los poetas parroquiales de oficio, cantores del santísimo sacramento, y también los liberales, incluso los corridos en el espectro hacia la izquierda nos apostrofaban de sucios e inanes y decían que no éramos serios, que éramos apenas unos payasos, unos bufones de la burguesía. Los nadaístas nunca nos quejamos por eso. Por una sola razón. Porque tenían la razón. Y porque nosotros jamás nos tomamos en serio. Lo serio era la vida, vivir; lo demás era la literatura o el silencio. Y nos gustó siempre la irreverencia de los bufones. Uno de los contertulios del primer nadaísmo fue Chalupín, el payaso más famoso entonces. Y ya sabíamos que el mundo es verde y sin embargo no hay esperanza, como le gustaba proclamar a Humberto Navarro, una especie de Joyce reviviente a la vuelta del teatro Roma, en el camellón, en una pequeña casa gris de alares decaídos, donde su padre Delio se empleó por cuarenta años en la pintura de un viacrucis al óleo de medio formato, expiando el día lamentable cuando su único hijo varón leyó el primer libro de Kant y se encontró con Gonzalo Arango y se puso a escribir novelas invendibles.

Todo en aquellos tiempos debía suceder en Bogotá. En la Atenas suramericana. Pero el problema no era el centralismo, la culpa del monopolio no fue de Bogotá. Era que en la fenicia Medellín no había tiempo para esas bagatelas espirituales de la cultura y la mímesis estética, ni para preguntarle quién era a Pedro Nel Gómez cuando pasaba como un enigma hacia ninguna parte por la calle Junín como el fantasma del renacimiento. O para detenerse a charlar con Crescencio Salcedo, descalzo, vendiendo flautas de hojalata, echado en un andén y cantando a grito herido sus canciones de pueblo por una moneda, ahí mismo donde vi un día esa comparsa de zarzuelistas españoles echados del Hotel Europa y donde vieron dormir a Dariolemos sus desalientos junto al colmado donde el tenor de moda, que grababa boleros en Sonolux, un muchacho de apellido Restrepo, que trataba de imitar el timbre del médico mexicano Ortiz Tirado, y aspiraba a cantar algún día en Milán, vendía perros calientes y aceitunas de frasco y bizcochuelos que cogía con unas pinzas de aluminio.

Pero entonces… Fernando González, alentado por la aparición de los nadaístas, publicó con la ayuda de Alberto Aguirre el libro de los viajes y las presencias, después de que se lo hubieran rechazado en la editorial Bedout. Allí dijo: voy a orar por estos jóvenes que se están desnudando. Y lo demás se sabe. Débora Arango fue rescatada del olvido. Fernando González se volvió un autor de culto. Y aunque nadie sabe qué fue de los huesos de Gonzalo Arango, extraviados de tanto andar acarreándolos, aún se consiguen sus libros en las librerías de agache y se vuelven a editar en las universidades. Medellín comenzó a florecer de otro modo. Y se fundaron los primeros grupos de teatro y las primeras bandas de rock y vino al teatro Junín Bill Halley con sus cometas patrocinado por Coca-Cola, y se inauguró el festival de poesía de Rendón, desertado de las cafeterías de los nadaístas donde habíamos hecho proyectos de devastaciones y planeamos revistas y se emborrachó por cuenta de nuestros anfitriones esperanzados en una era de oscuridades nuevas, donde el arzobispo no alumbrara tanto. Porque, en fin, nadie había prometido la luz sino el oscuro caos, la confusión aumentada, no la trivialidad de un orden impuesto sino una búsqueda.

Los urbanizadores arrasaron el Centro donde agonizamos tanto y fuimos tan felices con esa felicidad tan rara de la pobreza, y la avenida Oriental fue como una herida en el alma de ese pasado irredimible. Y fundaron el planetario para que los colegiales pudieran asomarse a las estrellas de los proyectores mecánicos porque las del Gran Arquitecto comenzaban a borrarse en la irradiación de la aldea transfigurada en una ciudad con todas sus gracias y sus desgracias. Es extraño. No puedo ver a Medellín sin superponer a la de ahora la que recuerdo de memoria sin menosprecio ni envidia. Bajo el ruido de La Playa de ahora oigo la quebrada subterránea, y los acordes del profesor Lucrecio Vélez leyendo una tragedia griega en el Teatro Pablo Tobón Uribe ante el público boquiabierto. Cerrado por la pandemia ahora. Y las bombas que vinieron más tarde mataron a mamá. Ah, no puedo no ver en el Medellín de ahora, la descomposición de la poesía en la carne del poeta Dariolemos, cordero propiciatorio en el altar de la nada, mártir de un tiempo bisagra de cambio de sueños que nos abrió la existencia a otros espacios. Pero que quizá solo salió de un sueño manido hacia otro sueño que también se gastó porque ningún sueño dura. Porque todos los sueños a la postre se gastan. Aunque es una cosa obvia que muchas cosas han cambiado mucho en Medellín. ¿Sabe alguien sin embargo en qué clase de sueño andamos? ¿Y cuál es el sueño que sigue?

*Este artículo fue publicado en El Poder de la Cultura, un proyecto de Universo Centro con el apoyo de Comfama, el Museo de Arte Moderno de Medellín, el Museo de Antioquia, la Casa Museo Pedro Nel Gómez, el Teatro Pablo Tobón Uribe, el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, Música Corriente, Parque Explora, la Corporación Otraparte, la Orquesta Filarmónica de Medellín, la Corporación Cultural Nuestra Gente y el Museo de Antropología y Arte de Jericó —MAJA—. 

Nave y hormiguero

por JUAN CARLOS ORREGO

Exclusivo web

La ciudad estrena su estadio, 1953.

El estadio sembrado en el cruce de la calle Pichincha y la carrera 74, en Medellín, ha acabado por ser la razón de la inmortalidad de Atanasio Girardot. Los maestros de escuela, enemigos personales de la buena memoria, ya no difunden en sus cursos la noticia de que el coronel antioqueño murió envuelto en la bandera tricolor en el cerro venezolano de Bárbula, mientras cuidaba la retaguardia de Simón Bolívar en la Campaña Admirable, el 30 de septiembre de 1813.

Para fortuna de la memoria del prócer, un proyecto de 1937 aprobó la construcción del estadio que habría de llevar su nombre. Los terrenos se adquirieron en 1946 y la inauguración del estadio tuvo lugar el 19 de marzo de 1953, día de San José Obrero. La profanación se perpetró con un empate a dos goles entre Atlético Nacional y Alianza Lima. El escenario que se estrenó era un óvalo bajo de graderías completas, con dos pisos en la parte occidental, el más alto de ellos con techo para burlar el sol y la lluvia. De acuerdo con la prensa de la época, más de treinta mil personas se hicieron presentes, y aunque el sobrecupo debió ser evidente, “no se registraron incidentes de ninguna clase”. Una foto deja ver la mole en la mitad de una manga romboidal surcada por lo que parecen las aristas de un diamante; las obras del colegio San Ignacio en construcción, en el lote que habría de ser la esquina nororiental de la calle Colombia con la carrera 70, parecen tomar distancia, como quien ve posarse una nave interplanetaria.

Varias razones autorizan el símil entre el estadio y la nave. Una es que ambas son armazones extrañas y siniestras: por lo menos así sucede con el estadio la mayor parte del tiempo —cinco o seis días a la semana—, mientras permanece vacío y silencioso, con miles de sillas con agua recogida en sus concavidades, una manga gigante sin rebaño que la recorra y decenas de cabinas desiertas como las vitrinas de un comercio caído en desgracia. Es una ilusión de románticos aquello de que el estadio es como un templo: no hay tal. En el templo vacío se está a gusto, con la comodidad de ser recibido por Dios en una entrevista personal. En el estadio cerrado se siente uno entre fantasmas, de modo que nada resulta tan entrañable como cuando los vivos acuden a la cita: como el 18 de junio de 2003, día superlativo en que se juntaron 53 225 personas para ver jugar al DIM contra Santos en la semifinal de la Copa Libertadores de América.

No es solo la masa de rara avis del Atanasio Girardot lo que sugiere compararlo con una máquina de mundos remotos: también cuenta su desdoblarse, en el tiempo, a manera de módulo espacial. Del redondel original —con su giba solitaria hacia el lado del ocaso— surgió, en 1976, una gigantesca ala de graderías en el oriente, completándose así la forma básica de la nave y acercándose el aforo del estadio a los cuarenta mil espectadores. Después, entre 1989 y 1990, dos paneles de tribunas se levantaron al norte y al sur y completaron la forma de tazón de una antena satelital. Hace cinco años el glamur del Mundial Juvenil de Fútbol encendió luces rutilantes en las tribunas, revistiendo el cemento con silletería policroma. El día menos pensado, el techo del occidente se duplicará como si se tratara de los élitros de un colosal escarabajo mecánico.

Conozco personalmente la mitad de la historia del Atanasio Girardot, esto es, desde 1983. La mole tenía treinta años cuando crucé su umbral por primera vez, y han pasado ya más de treinta años desde aquel día memorable, cuando Medellín le ganó 2-0 al Quindío con goles de Carlos ‘la Fiera’ Gutiérrez y el peruano Jorge Olaechea. Sin embargo, tan fresco como el recuerdo de esos goles —así como de un penalti atajado por Carlos Alfredo Gay, nuestro arquero, en la portería norte—, conservo el de mi primera impresión al saberme en las entrañas del estadio: voy subiendo con mi hermano y un tío materno por las escaleras internas de la tribuna Oriental, por el recodo extra que hay que salvar para asomar por la boca del graderío; esa extraña parte del estadio —exclusiva de Oriental— en que se avanza por entre una cerrazón de muros, sin ventanas ni vanos que regalen una mínima imagen del exterior, bajo un techo de escalones invertidos que, en la edad más tierna y sin la debida tutela de un adulto, cualquiera podría tomar por la pared interna de una gigantesca caja torácica.

En 1989 conocí los intestinos terrosos, en los partidos nocturnos aderezados con los goles de Jorge Daniel Jara y Carlos Castro. Fue cuando se amplió la tribuna Oriental —que hasta entonces, como cualquier puntero enjundioso, llegaba hasta la raya final del campo, sin alcanzar la postrera zona de traslado— y se construyeron los segundos pisos de las tribunas Norte y Sur, rebasándose por fin la capacidad de los cincuenta mil hinchas. Se entraba al estadio por una especie de socavón de mina, a través de una maroma de albañilería en madera y sobre un lodazal; al final del túnel arrancaban las escaleras, y a su término, por la boca de las gradas, se colaba una luz que parecía más rutilante justo porque el paso por el inframundo hacía olvidar que se estaba en un estadio. De ahí que el tránsito de las escaleras a la superficie de la gradería —ese último paso trascendental que nos lleva de un mundo a otro— se hiciera más sobrecogedor de lo que suele ser.

El sueño comenzaba a hacerse realidad.
Las tribunas empezaban a vislumbrarse.

Poco después, durante mi año de forzosa militancia en una barra alborotadora y saltarina de principios de los noventa, supe de los movimientos del monstruo. Aunque ya tenía vagas noticias del temblor que había sacudido el hormigón de las tribunas durante los tumultuosos partidos de Nacional en la Copa Libertadores de 1989, otra cosa fue sentir semejante fiebre arquitectónica bajo mis pies. Era como si un gigante dormido intentara despertar, sin acabar de hacerlo del todo, bajo el ataque más o menos inocente de miles de enanos. Si a la insignificancia humana le fuera dado vencer sus férreos límites y hubiera logrado, aquella vez, irritar de verdad al coloso, el Atanasio Girardot se hubiera levantado de su nido de árboles para andar por Medellín, tumbando edificios y averiando calles pero albergando en su seno, amoroso, la bullaranga de algún partido copero de 1989 o los cincuenta mil devotos que vieron al DIM ganarle por la mínima diferencia a Millonarios, el 12 de agosto de 1990; habría sido como si a la ciudad la pisoteara una de esas máquinas AT-AT de la Guerra de las Galaxias, o el Castillo Ambulante de la película en anime dirigida por Hayao Miyazaki.

Al final, tanta ensoñación con el enorme edificio- ente solo conduce a un hecho tan maravilloso como sencillo: la realidad última de las hormigas que lo colonizan. En el estadio, como en muy pocas partes, se verifica perfectamente aquella verdad trillada —con tufillo de consigna política— de que la unión hace la fuerza. Desde el barrio Belén —donde viví hasta los veintitantos años— escuché decenas de goles, entonados a treinta cuadras de distancia por miles de gargantas anónimas. La primera vez que oí esa explosión fue en 1987, con motivo de un gol de León Fernando Villa en un partido de Nacional contra Santa Fe, en el octogonal de ese año. Yo me distraía en casa, atisbando pájaros desde la terraza, cuando sentí la caída de esa bomba de entusiasmo; las aves, turbadas, se miraron unas a otras. En el año 2001, cuando el azar conyugal me llevó a vivir en el barrio Santa Lucía, a menos de diez cuadras del Atanasio Girardot, los gritos de gol de Nacional se me hicieron tan cotidianos —los miércoles y los domingos— como el silbido de la olla de presión o los chillidos estridentes del despertador. De más está decir que, cada vez que juega el DIM, yo soy una entre las hormigas gritonas.

Una nave aterriza en Otrabanda, 1952.
Damas de Medellín y jugadores del equipo Alianza Lima en el desfile inaugural del estadio Atanasio Girardot.

Así como el símil del estadio como nave varada, tampoco carece de justificación el que lo ve como un hormiguero; concretamente, como un hormiguero que convoca a sus habitantes. Cualquier estadio ejerce esa fascinación para todo aquel parroquiano que haya decidido entregarse a su rutina, pero mucho más el Atanasio Girardot: muellemente tendido en la llanura —el verso es de Gregorio Gutiérrez González—, se lo avista desde todo el redondel montañoso del valle de Aburrá y se siente el deseo imperioso de ir hasta él. Las noches de fútbol, recubierto por un halo de potentes luces blancas, su zumbido de reclamo es especialmente poderoso. Si, por una contingencia maldita, se ha dejado de ir a un partido del equipo amado, ver el estadio alumbrando a la distancia se hace particularmente penoso. El precio de ser hormiga es estar con las demás.

A los pies del estadio, entre los ríos de hinchas, gentes de la radio y la televisión, revendedores de boletas, noveleros extraviados y ventorrillos de cerveza y carne frita a lo largo de todo un torneo, lo grandioso y lo vulgar logran su equilibrio. Con naturalidad, la nave abre las puertas a sus tripulantes; el hormiguero recibe a sus hormigas, Gulliver es pisado por los liliputienses, el arca alberga a sus animales ruidosos. En esos días de pesado tráfico humano por los pasillos internos y las bocas de las tribunas, el nombre del escenario no se antoja extravagante ni viciado por el excesivo romanticismo histórico: al fin y al cabo, los hinchas van hacia la cima de su Bárbula con la bandera en mano.

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Brazos y bobinas

por Jorge Iván Agudelo • Archivo Fotográfico BPP

Número 148 Marzo de 2026

A primer golpe de vista, parece que la foto viniera o, en todo caso, para no fascinarnos con los imposibles, recreara un mundo futuro, uno hecho de asepsia y simetría, donde el hombre y la máquina, con sus brazos y sus bobinas, conformaran una sola materialidad, fueran caras limadas, sin fisuras, de una misma moneda; pero en la trasescena, en el mundo de los hechos reales, digamos, está Medellín, el año de 1992, la Industria Colibrí, a veintiún años de su liquidación definitiva, una cámara análoga marca Mamiya, y el pulso y la mirada de Lina Isaza, que, para entonces, abrían camino y fijaban las pautas de las que serían muchas de las imágenes publicitarias de la época.

Ya situados en una ciudad y un tiempo precisos, la foto se vuelve paradójica: enaltece la repetición industrial, la precisión técnica, en fin, el trabajo textil de la última década del siglo pasado, y, al tiempo, nos hace pensar, después del brillo de la manufactura local, en una sentencia presidencial que, aunque rápido mostró sus costuras, fue caballo de batalla coreado por muchos: “Bienvenidos al futuro”, como si se tratara del tiempo esperado, del instante decisivo para cumplir una promesa aplazada, la de subir, con toda la pompa y la gloria, al tren de la modernización y de la apertura económica.

Entonces la foto se vuelve túnel, proyección al infinito de la máquina hacia la oscuridad, símbolo, también, del trabajo inacabable, de la subordinación del hombre a los gestos que se repiten, a la hilatura industrial que lo reclama y, sin embargo, lo va dejando un poco a la deriva entre el primer plano (presente, máquina, trabajo) y el fondo (laberinto, embudo, clausura) que bien funciona como corolario de lo que vendría: máquinas de las fábricas textiles obsoletas y trabajadores empujados a la informalidad y al desempleo, mientras se asomaba, como otra promesa, y basilisco, una nueva cara del mito modernizador: la digitalización de la industria y la “cuarta revolución industrial”.

Así y todo, más allá de las resonancias o de los sombríos augurios que pueden encontrarse en una imagen, está Lina Isaza, 34 años después, hablándonos del día en que compró unos filtros, porque las luces habituales de la Industria Colibrí eran unas luces verdes, de las que ya no existen, para que los hilos blancos, que se pueden ver en filas de a dos sobre la cabeza del operario, no cambiaran de color y la foto fuera la que es, una estampa, se nos ocurre a nosotros, que a primer golpe de vista, parece venir de un mundo futuro.

El trabajo de Lina Isaza se suma, en septiembre de 2024, bajo el acompañamiento de Jackeline García Chaverra, a los 45 fondos que, desde su fundación, a partir de las siete mil placas de vidrio que quedaban del archivo del fotógrafo antioqueño Benjamín de la Calle, alberga el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto. El fondo de esta fotógrafa, conformado por 25 778 imágenes, marca un punto de inflexión, toda vez que se trata del primer archivo personal de una mujer, con toda su diversidad temática (fotografía publicitaria, fotografía social, fotografía de viajes, fotografía documental) y de formatos (35mm, 4x4cm, 6x4cm, fotogramas a color, blanco y negro y transparencias), que puede consultarse en nuestra biblioteca.

Juangui Romero

Medellín hace aguas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 139 Mayo de 2024

Quebrada Santa Elena. Anónimo, 1920. Archivo fotográfico BPP.

A Eduardo Escobar

Medellín, tan terrenal en cuanto a los intereses de sus habitantes, tiene una profunda relación con el agua. La forma del valle no deja escapar ni una sola gota de la lluvia que lo moja. Los arroyos de montaña bajan sin perder de vista su destino más abajo. Se dice que en la infancia, estos riachuelos reciben instrucción por parte de las arboledas. Ellas les muestran las hazañas de las quebradas mayores como ejemplo a seguir, y les trazan los caminos para llegar a tributar al Medellín mientras descienden por las cañadas. Es, pues, toda una didáctica del agua, que incluye advertencias de lo que les espera al paso por la ciudad.

La fundación de Medellín se vio obligada a tener en cuenta esta telaraña de hilos de agua. Los españoles, dados a construir en puntos altos, eligieron una vega entre el río y la quebrada Santa Elena para levantar las primeras casas. Tenían agua inmediata no solo para las necesidades domésticas, sino que “facilitaba el trabajo a los que buscasen oro en los cauces del Aburrá o de las quebradas”, según Tomás Carrasquilla. Las viviendas campesinas que salpicaban las laderas del valle moraban en una especie de arcadia natural, cuyo curso de agua vecino aún perdura en los dibujos infantiles de todos los que crecimos por estos lados.

Ese brotar constante de agua desde las cumbres, que rara vez se detiene, nos hace invisible su abundancia. Con frecuencia se necesita la mirada del extranjero para advertir la exuberancia de los manantiales. El geógrafo italiano Agustín Codazzi se percató de estas humedades y propuso la tesis según la cual el valle de Aburrá había sido un lago miles de años atrás. De acuerdo con su teoría, entre Caldas y más allá de Barbosa todo eran aguas “reposando tranquilas en aquella prolongada y estrecha cuenca”, con una profundidad que calculaba de 150 metros. Los cerros Nutibara y Volador serían simpáticas islas en medio del gran espejo de agua. Mientras tanto, las entradas de las quebradas en el lago conformarían espléndidas bahías en sus márgenes. La utopía geográfica de Codazzi albergaba aún más agua que la existente, en una especie de mítico pasado diluviano.

La tentación de inundar la hondonada donde hoy está la ciudad cosechó adeptos ilustres durante décadas. El eminente geólogo Juan de la Cruz Posada la suscribió aun a principios del siglo XX. Proponía que antiguos glaciares habrían remolcado una barrera de bloques de piedra hasta la altura de lo que hoy es Moravia, suficiente para remansar el río e inundar el valle. Imaginaba hielos perpetuos bajando por estas montañas antes de la inundación, aguas congeladas que adornaban aún más la imagen del posible gran lago del Aburrá. Aunque nada le caería mejor a la Medellín veraniega que un golpe de nevera o un buen remojón, luego se demostró que sus antiguos terrenos nunca estuvieron inundados. Aquellas especulaciones se conservan hoy como patrimonio poético de nuestra relación con el agua.

Ahora sabemos que Medellín no ha sido de aguas remansadas, sino de las turbulentas. Al contario de Bogotá, ubicada en una planicie, esa sí, producto de lagos desecados, Medellín está marcada por sus virulentas quebradas. El término quebrada es una adaptación local única en esta parte de los Andes que no es equivalente al simple arroyo. Indica que el relieve está quebrado y se profundiza, y se refiere tanto al agua que corre como a la honda brecha que le da cauce. Cuando decimos quebrada, decimos al mismo tiempo agua y montaña, piedra y torrente. El agua que corre por allí tanto salta como se empoza, tanto se arroja como se atasca. 

Las quebradas son el rasgo del paisaje que mejor refleja el carácter ambiguo de los naturales de la ciudad. Amables y confiadas en su trato, pueden ser arrebatadas y violentas cuando se lo dictan sus más enquistados principios. En sus partes altas suelen formarse represas de tierra, palos y piedras, que luego pierden pie y se desatan en una avalancha de ira acuática. Ellas solían ser las grandes protagonistas cuando hacían sus dramas en épocas de lluvia. La Iguaná era una de las más temibles. Arrasó varias veces los poblados a sus orillas. En 1880 prácticamente borró del mapa la población de Anápolis, que fue trasladada más arriba para siempre con el nombre de Robledo.

Fernando Vallejo dice que las quebradas de por aquí “son como los niños: berrinchudas”. Como no podría ser otra, el autor describe la que puede ser más representativa de su ciudad: La Loca. Esta quebrada corre paralela a la Santa Elena hacia el norte y, si bien está tapada, su curso lo delata la curvilínea calle Barbacoas. La Loca era “mansa, tersa y cristalina”, como todas, pero “en mayo, en el mes de las lluvias, cambiaba la cosa”, cuentan Los días azules, “saltaba una chispa, brillaba un relámpago, sonaba un trueno y se soltaba un chubasco, el gran chaparrón de gotas grandes, vulgares. […] Y las fuentecitas se volvían arroyos, y los arroyos ríos. […] Rugiendo despeinada, La Loca se lanzaba sobre Medellín amenazante […]. ¡Se soltó La Loca!”.

El clima templado y la profusión de agua fresca y corriente fue un referente de la diversión local en el pasado. Había numerosos baños por toda la ciudad. Los más famosos eran los de Cipriano Álvarez, Amito, en lo que hoy es Aranjuez, más abajo del manicomio, y los de El Edén, en los predios del actual Jardín Botánico. Allí, cuenta Libardo Ospina en sus Baños públicos del viejo Medellín, acudían los caballeros “en grata compañía femenina, para refrescar y comer bocadillos… previa una buena copa de brandy que luego los caballeros repetían, cuando no consumían la botella entera”. Los de El Edén se surtían de las quebradas que bajaban por Campo Valdés, y eran igualmente elegantes. Se reunían allí “casi a diario los principales señores de la Villa, que mientras se bañaban apuraban sus copetines, platicaban de literatura y de arte y concertaban negocios y alianzas matrimoniales”. Además, estaban los de don Coriolano, de Palacio, de Villa, El Jordán y La Mansión, en Villa Hermosa. El de la Bastilla, en el centro, “era tertulia de intelectuales, bohemios, políticos y traficantes”. Por lo visto, el agua, en Medellín, tenía un carácter salutífero que difería en sus maneras de los balnearios de los Alpes suizos.

Estos baños públicos sobrevivieron en su versión más popular, los charcos naturales. Las quebradas bajan por lo general dando saltos entre rocas grandes, y entre los escalones se forman chorros emparejados con su remanso. A este conjunto se le conoce como charco, y es un hito en la cultura local. Quizá el primer charco que está documentado es el de la Peña de los Monjes, que funcionó al menos desde principios del siglo XIX. Byron White y Jorge Ortiz lo ubican en lo que hoy es el cruce de la carrera Palacé con San Juan, en la parte de atrás de la iglesia de San Antonio. Estos autores sostienen que el charco estaba en aguas del río Medellín, con lo cual respetuosamente disiento. Más bien, estaría en aguas de un afluente de la quebrada El Zanjón, que a su vez daba a Los Ejidos y finalmente al río.

El charco natural es la más democrática de nuestras instituciones. El charco no exige, como la piscina o la playa, un traje especial, caro o a la moda. Al contrario, acoge cualquier mocho o vestimenta casual. La piedra grande hace las veces de camerino para el cambio de ropa de los mayores, de asoleadora para otros y de grada para lanzarse en clavado o en plancha para los más jóvenes. Las piedras pequeñas sirven para montar el sancocho y acomodar la grabadora. El agua fría de montaña pone a tiritar y castañear los dientes, lo cual favorece el abrazo, ya sea consigo mismo o con el otro. La ingesta del agua ardiente compensa la temperatura y sazona el encuentro. El baño de charco es quizá el momento de mayor libertad para el habitante de la ciudad. Allí se verifican rituales a nivel individual y de la sociedad en su conjunto. El festival de Ancón, en 1971, mostró que el salto a la modernidad debía ser ungido por una celebración con agua bendita a la manera más tradicional. El rock and roll y la mariguana se recibieron por medio un bautizo al desnudo en el mayor bañadero de la ciudad, el río Medellín.

Si bien todavía quedan charcos, como el emblemático La Cascada, en la quebrada Santa Elena, subiendo al alto, la mayoría han cerrado. Incluso dos, que surtieron los paseos de las comunas noroccidental y nororiental para más de una generación, ya no existen: Charco Verde en San Félix y Chorro Clarín en Santa Elena, que se convirtió en zona de pícnic. En los corregimientos cercanos subsisten algunos, pero ya no son patrimonio urbano como en otro tiempo. En la Medellín turística de hoy son más famosas las piscinas en las terrazas de los hoteles, que vinieron a reclamar esa ventaja acuática semiolvidada de la ciudad. No ocurre allí como en los primeros tiempos en las quebradas, que se bañaban hombres por un lado y mujeres por el otro. Muy al contrario, la sirena, ser fantástico propio del agua, ha entrado a jugar un papel protagónico como ninfa adaptada al cloro y el baldosín.

Otro cambio interesante en la relación con el agua en la ciudad es la construcción de edificios altos en las orillas del Medellín. Por primera vez en su historia, ciertas aguas del río no tienen vista directa a su lugar de nacimiento en las cimas de las montañas. Y, de igual manera, los jóvenes riachuelos que pasan su infancia en la montaña se ven privados de atisbar a sus mayores en el fondo del valle. La fantasía de las ondas de la corriente que replican el perfil del relieve de la cordillera se pierde con cada torre que se levanta. Al cortar esa sociedad de las formas del paisaje, nos alejamos cada vez más de las maneras cíclicas del agua a las que hemos estado enlazados desde siempre. 

Un río flanqueado por edificios de apartamentos podría sin embargo traer alguna ventaja inesperada. Con suerte, las personas en los balcones con vista al agua comenzarían a reclamar una corriente limpia, aunque fuera para mejorar la panorámica y valorizar la propiedad. Los paseos de las mascotas incluirían una estación para beber y jugar en los playones del río. O podría pasar que el mismo turismo exija ríos y quebradas limpios en los que darse un chapuzón. A lo mejor sean los extranjeros, una vez más, los que nos muestren las ventajas del agua corrida en estas lomas. En lo que respecta al cuidado de nuestros ríos y quebradas, en Medellín hacemos agua, paradoja que nos dice que las cosas pueden ir a mejor, después de tocar fondo. 

Quebrada Doña María. Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Las curvas que perdiste

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 137 Diciembre de 2023

Puente de la avenida San Juan sobre el río Medellín. Fotografía Rodríguez, 1920. Archivo BPP.

Sabemos que no viniste al mundo canalizado, naturalmente. En vez de andar derecho y tan envarado como en la actualidad, te contoneabas con ritmo por el fondo del valle. Tenías la lógica ondulante del pensador que se atreve a dudar de sí mismo. Te movías sinuosamente formando playas y recodos en los que tu gente pescaba, lavaba ropa o se echaba a contemplar. Los que te adoramos solemos imaginar esa condición de soberanía que ejercías sobre la llanura. Y quizá por la emoción del momento te atribuimos curvas inmensas, circunvoluciones exageradas que tocaban ambos costados del valle. ¿Pero, cuál era realmente tu cadencia? ¿Qué tan amplias eran las vueltas perdidas de tu antiguo esplendor?

Puesto que no sé leer la simbología en la cerámica y los petroglifos de los aburráes, debo comenzar a rastrear tu carácter en el respeto que ellos te tenían. Si construyeron sus casas y enterraron a sus muertos en los cerros era porque desconfiaban de ti. Seguramente te desbordabas con fuerza en época de lluvias y reclamabas tierras más allá de tus orillas. Inundabas las vegas atropellando y alimentabas los humedales donde abunda el mosquito. Sabían que tu carácter no se reducía a la mera expresión de tu cauce, y dejaban para ti toda la base del valle. Quizá porque eran pocos, o porque entendían algo que nosotros ignoramos, a ellos no les parecía que fuera un desperdicio dejar esa extensión de tierra sujeta a tus caprichos.

La primera mención que te hacen por escrito sale de la pluma de Juan Bautista Sardella, el cronista de Jorge Robledo, el conquistador. Ellos y unos veinte soldados fueron los primeros españoles en avistar estas posesiones, en 1541. En la relación de actividades de su corta estadía, el cronista se refiere a ti como “un río que por medio de aquel valle desta provincia pasaba […]”. Se nos olvida que sin tu presencia lineal es fácil perderse en esta hondonada, pues las montañas que la enmarcan juegan con las perspectivas. Cumbres y cuchillas cierran la mirada por los cuatro puntos cardinales y hacen creer que está uno dentro de un tazón circular. Tú vienes a cruzarlo por el medio y le das un sentido con una entrada y una salida. Estableces una simetría binaria que el sol obedece con puntualidad, plantando la semilla del amanecer y del atardecer sobre cada una de tus orillas. De tus curvas, sin embargo, Sardella no dice nada. Supongo que si hubieras sido un río de amplios meandros, algún adjetivo te habría colgado por escrito.

Te veo retratado por primera vez en 1791, en el plano de la ciudad atribuido al maestro pintor José María Giraldo. Si antiguamente no te dedicaban muchas palabras, tampoco en los viejos mapas te trazaban con detalle. En ese primer esquema de la villa de Medellín apareces pintado de azul. Es probable que fueras transparente en épocas de tiempo seco, y café con leche en temporada de lluvias, pero ese azul imaginario da cuenta de una pureza convencional de la que sin duda te sentías orgulloso. En cuanto a tu forma, el pintor te traza con cierta sinuosidad en tu recorrido, más no con curvas. El trazo de S estirada corresponde más bien al contorno general de tu curso a lo largo del valle: entras a él por el suroccidente, continúas relativamente recto hacia el norte y en Bello tuerces al nororiente. Acaso debamos ir pensando que tus curvas nunca han sido tan pronunciadas, en cuyo caso el pintor no se habría atrevido a rectificarte de esa manera.

Un poco después, un viajero y un poeta de estas tierras te describen usando imágenes de objetos alargados. En 1825, Carl August Gosselman te observa desde las montañas y dice que luces “cual una cinta de plata”. Y, en 1850, Gregorio Gutiérrez González retoma la comparación y te describe como un “cinturón de perlas y de plata”. Lo plateado se refiere probablemente a la manera de reflejar los rayos del sol a mediodía por parte de tus aguas, que en medio del verdor sería una imagen poderosa. Pero allí lo que deseamos resaltar es la “cinta” y el “cinturón”, dos formas en las que prevalece lo dilatado más que lo sinuoso. Si hubieras ondeado en demasía, tal vez estos dos autores habrían elegido símiles diferentes.

Pero tampoco es justo estirarte hasta que parezcas lo que eres hoy, pues está lejos de la verdad. Manuel Uribe Ángel, menos poeta que agudo observador, dice en 1862: “El curso caprichoso del río con sus giros y movimientos de serpiente”. Y agrega: “[Allí] está Medellín, blanca y brillante al lado de las curvas viperinas de su río”. Veinte años después, en su Geografía de Antioquia, se reafirma en esa visión que tiene de ti: “Es difícil imaginar impresión más agradable que la que se experimenta […] cuando se llega en tarde despejada al puente de Colombia, para contemplar, hacia arriba y hacia abajo, las caprichosas curvas del río Medellín y sus engalanadas márgenes”. Pienso que la culebra que tenía en mente el doctor Uribe Ángel no era en exceso tortuosa, como la que retrataría un Misisipi o un Magdalena en La Mojana. Más bien, una serpiente en camino que enroscada.

Un mapa de Medellín, levantado por los estudiantes de la Escuela de Minas en 1889, ofrece una descripción visual quizá más cercana a tu antiguo andar. En él te mueves con libertad por el valle pero sin curvas exuberantes. Girabas con soltura en cierto punto, aunque pronto virabas de nuevo al otro lado. No insistías en la amplia oscilación de los ríos que se deslizan por las tierras muy llanas. Así parecía ser, al menos, en la parte por la que discurrías cercana a la ciudad. Aparece por primera vez algo novedoso en tu retrato en este mapa: tu amplitud es irregular. En unas partes te estrechas un poco y en otras te explayas, en cuyo caso los estudiantes dibujan una pequeña isla en la mitad. Es natural que en los lechos muy dilatados se formen playas en su punto medio, por falta de agua para llenar todo el cauce.

De modo que a tu andar de sinuosidad moderada se le agrega una forma como de ojos sucesivos, verificada por Tomás Carrasquilla en Frutos de mi tierra, en 1896: “El Aburrá, perezoso, ondulante, aquí angosto, desparramado allá, interceptado a trechos por los cañaverales y sembrados, se ve desde la falda, bien así como retorcidos recortes de hojalata”. El mismo Manuel Uribe Ángel respalda de manera indirecta esta descripción: “El río en su parte alta se llama de La Villa, en su parte media Porce y a su terminación Nechí. Aunque caudaloso y largo, no es navegable sino en su parte baja, porque la topografía del terreno lo constituye impedir rápido y correntoso”. Si a tu paso por Medellín entorpecías la navegación, esto quiere decir que eras un río con buena pendiente en el que no prima la vuelta grande y reposada, sino el andar desigual de medias curvas sucesivas.

También el tipo de material que llevabas en tu lecho puede dar pistas sobre tu carácter. Un río con cierta fuerza suele arrastrar arenas y piedra gruesa, diferente al individuo de amplios meandros, más dado al acarreo de sedimentos finos. Los trinchos artesanales con los que se comenzó tu canalización desde principios del siglo XX eran armazones de madera rellenos de piedra de tu mismo cauce. Las fotografías de la época muestran tus playas pedregosas, al igual que la superficie rugosa del agua que corre sobre un lecho de piedras. ¿Cómo eras, pues, querido río, antes de que te “metieran en ringlera”? Lo que hemos visto es que quizá no te comportabas igual que uno de esos afluentes que en las tierras bajas ocupan con sus vueltas grandes extensiones. Al menos en tu paso por la ciudad tenías ese tranco indeciso de los que van buscando a tientas la mejor manera de andar. No era vacilación de tu parte, sino el carácter de tu filosofía.

Una foto tomada por Carlos Rodríguez en 1949 a la altura de la calle 30 muestra uno de los últimos momentos en los que gozaste de tu libertad ancestral al paso por la ciudad. Y, por otra parte, el punto de inflexión hacia tu decadencia. Sobre un costado de la imagen se observan algunas mujeres lavando ropa en una de estas playas de piedra. Más atrás, en el medio del cauce, hay un carro de bestia, seguramente recogiendo material de construcción. Y aguas abajo reposan cuatro camiones de escalera también dentro del propio río, en fase de aseo general.

La estirpe de las lavanderas venía de tiempo atrás, herederas de las primeras bañistas citadinas, retratadas por Saffray en 1860: “Si se continúa por la Quebrada, llégase bien pronto al río, y á un sendero frecuentado durante las mañanas por las bañistas. Desde las nueve á las diez se las ve llegar, sufriendo los rayos del sol, seguidas de sus negras”. Sus descendientes son hoy sabios habitantes de calle, únicos usuarios de tus aguas vergonzantes. Mientras tanto, las chivas motorizadas muestran el futuro de la ciudad. Sus sucesores reclamarían los cañaduzales de tus orillas en número de cientos de miles.

En adelante, las palabras con las que tus gentes se refieren a ti tienen poco de poesía y mucho de sentencia. En 1950 la administración de la ciudad dictamina la conveniencia de tu sometimiento, con el fin de “[…] evitar la erosión y el desgaste proveniente del agua a gran velocidad y ordinariamente cargada de sólidos abrasivos, manteniendo así la corriente de agua dentro de un cauce definitivo y permanente. La función secundaria del revestimiento es resistir los empujes del terreno o del agua en el sentido del deslizamiento o del volcamiento, según el caso […]”.

A partir de entonces tu canalización ya no fue de piedra cargada y palos clavados en la orilla, de los que te mofabas en cada creciente. Pagaste cara tu osadía, pues con el progreso no se juega. Te doblegaron con concreto vaciado y maquinaria pesada. Comprendo que entonces comenzaras a sentirte minúsculo e impotente. Las palabras de Manuel Uribe Ángel en 1881, que decían que tú y la Santa Elena “además de adornos para el sitio, son de vital importancia para la comodidad y salud de los vecinos”, sonaban tontas y anacrónicas. Al negarte el cuerpo, ya no parecías río sino canal, algo que nadie sabe respetar. Y, sin embargo, allí estás, resistiendo. ¿Cuándo tendrás una nueva oportunidad? ¿Acaso llegará para ti una época en la que, como antes, te arrojes con alegría por el amplio espacio del valle que lleva tu nombre?

Quizá ese momento no esté demasiado lejano. Si es cierto que tus curvas no ocupaban todo el fondo del valle de Aburrá, donde ahora están las casas de sus habitantes, devolverte buena parte de tus posesiones no parece tan complicado. Bastaría con entregarte la parte que ocupan las autopistas que te oprimen, y río y ciudad podrían convivir. Se dice que en un futuro todos los automóviles serán autónomos, es decir, conducidos por inteligencia artificial. Puesto que la información algorítmica llegará a ser casi infinita, no es descabellado pensar que los robots, después de poner todo sobre la mesa, saquen la conclusión de que el río es más importante que sus propias costumbres adquiridas. Y entonces la red que gobierna los automóviles tomaría, sin considerar a los gobiernos ni a los lobistas de la construcción, la decisión de no volver a transitar por allí. Y, además, atacar sin misericordia a todo el que se atreva a poner un pie en esas franjas de tierra. Entonces retomarás al menos en parte lo que siempre te perteneció, y volverás a caminar de nuevo con la salud y la libertad del que tiene un mundo por delante. Sonreirás otra vez con la ingenuidad del niño que ve inmensa la senda por la que despliega su bulliciosa carrera.

Meandros en el río Aburrá, 1828. Archivo General de la Nación.

por JUAN DIEGO PARRA // Nombres de bandas, rutas y tránsitos de Medellín constituyen una cartografía emocional donde residen, en capas variables del tiempo, los recuerdos de una generación que vio de frente al terror y logró almacenarlo en registros sonoros.

por SIMÓN MURILLO MELO // Medellín se construyó no sobre lo que hoy llamamos el río Medellín, sino sobre la quebrada Santa Elena. El río durante buena parte de nuestra historia corrió libre alimentado por más afluentes que los que hay en todo Portugal. No sabemos casi nada de ese valle: mucho se perdió.

por RICARDO ARICAPA // Entonces a su itinerario le agregó recorridos por los bares de Guayaquil y La Bayadera, y los burdeles que quedaban al norte de la ciudad, a donde iba por las tardes, cuando el tranvía no presentaba tanta congestión y las mujeres estaban en tiempo muerto, podían atenderlo.

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // Desde octubre de 2022, un rumor de canibalismo en Medellín ha campeado por las calles y las redes sociales. Ese rumor, hasta ahora, no ha sido confirmado, y las autoridades tampoco han recibido denuncias al respecto. Lo cual no significa que Medellín haya estado exenta de canibalismo: este artículo, por ejemplo, es la reconstrucción del caso más legendario y mejor documentado.