Medellín hace aguas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 139 Mayo de 2024

Quebrada Santa Elena. Anónimo, 1920. Archivo fotográfico BPP.

A Eduardo Escobar

Medellín, tan terrenal en cuanto a los intereses de sus habitantes, tiene una profunda relación con el agua. La forma del valle no deja escapar ni una sola gota de la lluvia que lo moja. Los arroyos de montaña bajan sin perder de vista su destino más abajo. Se dice que en la infancia, estos riachuelos reciben instrucción por parte de las arboledas. Ellas les muestran las hazañas de las quebradas mayores como ejemplo a seguir, y les trazan los caminos para llegar a tributar al Medellín mientras descienden por las cañadas. Es, pues, toda una didáctica del agua, que incluye advertencias de lo que les espera al paso por la ciudad.

La fundación de Medellín se vio obligada a tener en cuenta esta telaraña de hilos de agua. Los españoles, dados a construir en puntos altos, eligieron una vega entre el río y la quebrada Santa Elena para levantar las primeras casas. Tenían agua inmediata no solo para las necesidades domésticas, sino que “facilitaba el trabajo a los que buscasen oro en los cauces del Aburrá o de las quebradas”, según Tomás Carrasquilla. Las viviendas campesinas que salpicaban las laderas del valle moraban en una especie de arcadia natural, cuyo curso de agua vecino aún perdura en los dibujos infantiles de todos los que crecimos por estos lados.

Ese brotar constante de agua desde las cumbres, que rara vez se detiene, nos hace invisible su abundancia. Con frecuencia se necesita la mirada del extranjero para advertir la exuberancia de los manantiales. El geógrafo italiano Agustín Codazzi se percató de estas humedades y propuso la tesis según la cual el valle de Aburrá había sido un lago miles de años atrás. De acuerdo con su teoría, entre Caldas y más allá de Barbosa todo eran aguas “reposando tranquilas en aquella prolongada y estrecha cuenca”, con una profundidad que calculaba de 150 metros. Los cerros Nutibara y Volador serían simpáticas islas en medio del gran espejo de agua. Mientras tanto, las entradas de las quebradas en el lago conformarían espléndidas bahías en sus márgenes. La utopía geográfica de Codazzi albergaba aún más agua que la existente, en una especie de mítico pasado diluviano.

La tentación de inundar la hondonada donde hoy está la ciudad cosechó adeptos ilustres durante décadas. El eminente geólogo Juan de la Cruz Posada la suscribió aun a principios del siglo XX. Proponía que antiguos glaciares habrían remolcado una barrera de bloques de piedra hasta la altura de lo que hoy es Moravia, suficiente para remansar el río e inundar el valle. Imaginaba hielos perpetuos bajando por estas montañas antes de la inundación, aguas congeladas que adornaban aún más la imagen del posible gran lago del Aburrá. Aunque nada le caería mejor a la Medellín veraniega que un golpe de nevera o un buen remojón, luego se demostró que sus antiguos terrenos nunca estuvieron inundados. Aquellas especulaciones se conservan hoy como patrimonio poético de nuestra relación con el agua.

Ahora sabemos que Medellín no ha sido de aguas remansadas, sino de las turbulentas. Al contario de Bogotá, ubicada en una planicie, esa sí, producto de lagos desecados, Medellín está marcada por sus virulentas quebradas. El término quebrada es una adaptación local única en esta parte de los Andes que no es equivalente al simple arroyo. Indica que el relieve está quebrado y se profundiza, y se refiere tanto al agua que corre como a la honda brecha que le da cauce. Cuando decimos quebrada, decimos al mismo tiempo agua y montaña, piedra y torrente. El agua que corre por allí tanto salta como se empoza, tanto se arroja como se atasca. 

Las quebradas son el rasgo del paisaje que mejor refleja el carácter ambiguo de los naturales de la ciudad. Amables y confiadas en su trato, pueden ser arrebatadas y violentas cuando se lo dictan sus más enquistados principios. En sus partes altas suelen formarse represas de tierra, palos y piedras, que luego pierden pie y se desatan en una avalancha de ira acuática. Ellas solían ser las grandes protagonistas cuando hacían sus dramas en épocas de lluvia. La Iguaná era una de las más temibles. Arrasó varias veces los poblados a sus orillas. En 1880 prácticamente borró del mapa la población de Anápolis, que fue trasladada más arriba para siempre con el nombre de Robledo.

Fernando Vallejo dice que las quebradas de por aquí “son como los niños: berrinchudas”. Como no podría ser otra, el autor describe la que puede ser más representativa de su ciudad: La Loca. Esta quebrada corre paralela a la Santa Elena hacia el norte y, si bien está tapada, su curso lo delata la curvilínea calle Barbacoas. La Loca era “mansa, tersa y cristalina”, como todas, pero “en mayo, en el mes de las lluvias, cambiaba la cosa”, cuentan Los días azules, “saltaba una chispa, brillaba un relámpago, sonaba un trueno y se soltaba un chubasco, el gran chaparrón de gotas grandes, vulgares. […] Y las fuentecitas se volvían arroyos, y los arroyos ríos. […] Rugiendo despeinada, La Loca se lanzaba sobre Medellín amenazante […]. ¡Se soltó La Loca!”.

El clima templado y la profusión de agua fresca y corriente fue un referente de la diversión local en el pasado. Había numerosos baños por toda la ciudad. Los más famosos eran los de Cipriano Álvarez, Amito, en lo que hoy es Aranjuez, más abajo del manicomio, y los de El Edén, en los predios del actual Jardín Botánico. Allí, cuenta Libardo Ospina en sus Baños públicos del viejo Medellín, acudían los caballeros “en grata compañía femenina, para refrescar y comer bocadillos… previa una buena copa de brandy que luego los caballeros repetían, cuando no consumían la botella entera”. Los de El Edén se surtían de las quebradas que bajaban por Campo Valdés, y eran igualmente elegantes. Se reunían allí “casi a diario los principales señores de la Villa, que mientras se bañaban apuraban sus copetines, platicaban de literatura y de arte y concertaban negocios y alianzas matrimoniales”. Además, estaban los de don Coriolano, de Palacio, de Villa, El Jordán y La Mansión, en Villa Hermosa. El de la Bastilla, en el centro, “era tertulia de intelectuales, bohemios, políticos y traficantes”. Por lo visto, el agua, en Medellín, tenía un carácter salutífero que difería en sus maneras de los balnearios de los Alpes suizos.

Estos baños públicos sobrevivieron en su versión más popular, los charcos naturales. Las quebradas bajan por lo general dando saltos entre rocas grandes, y entre los escalones se forman chorros emparejados con su remanso. A este conjunto se le conoce como charco, y es un hito en la cultura local. Quizá el primer charco que está documentado es el de la Peña de los Monjes, que funcionó al menos desde principios del siglo XIX. Byron White y Jorge Ortiz lo ubican en lo que hoy es el cruce de la carrera Palacé con San Juan, en la parte de atrás de la iglesia de San Antonio. Estos autores sostienen que el charco estaba en aguas del río Medellín, con lo cual respetuosamente disiento. Más bien, estaría en aguas de un afluente de la quebrada El Zanjón, que a su vez daba a Los Ejidos y finalmente al río.

El charco natural es la más democrática de nuestras instituciones. El charco no exige, como la piscina o la playa, un traje especial, caro o a la moda. Al contrario, acoge cualquier mocho o vestimenta casual. La piedra grande hace las veces de camerino para el cambio de ropa de los mayores, de asoleadora para otros y de grada para lanzarse en clavado o en plancha para los más jóvenes. Las piedras pequeñas sirven para montar el sancocho y acomodar la grabadora. El agua fría de montaña pone a tiritar y castañear los dientes, lo cual favorece el abrazo, ya sea consigo mismo o con el otro. La ingesta del agua ardiente compensa la temperatura y sazona el encuentro. El baño de charco es quizá el momento de mayor libertad para el habitante de la ciudad. Allí se verifican rituales a nivel individual y de la sociedad en su conjunto. El festival de Ancón, en 1971, mostró que el salto a la modernidad debía ser ungido por una celebración con agua bendita a la manera más tradicional. El rock and roll y la mariguana se recibieron por medio un bautizo al desnudo en el mayor bañadero de la ciudad, el río Medellín.

Si bien todavía quedan charcos, como el emblemático La Cascada, en la quebrada Santa Elena, subiendo al alto, la mayoría han cerrado. Incluso dos, que surtieron los paseos de las comunas noroccidental y nororiental para más de una generación, ya no existen: Charco Verde en San Félix y Chorro Clarín en Santa Elena, que se convirtió en zona de pícnic. En los corregimientos cercanos subsisten algunos, pero ya no son patrimonio urbano como en otro tiempo. En la Medellín turística de hoy son más famosas las piscinas en las terrazas de los hoteles, que vinieron a reclamar esa ventaja acuática semiolvidada de la ciudad. No ocurre allí como en los primeros tiempos en las quebradas, que se bañaban hombres por un lado y mujeres por el otro. Muy al contrario, la sirena, ser fantástico propio del agua, ha entrado a jugar un papel protagónico como ninfa adaptada al cloro y el baldosín.

Otro cambio interesante en la relación con el agua en la ciudad es la construcción de edificios altos en las orillas del Medellín. Por primera vez en su historia, ciertas aguas del río no tienen vista directa a su lugar de nacimiento en las cimas de las montañas. Y, de igual manera, los jóvenes riachuelos que pasan su infancia en la montaña se ven privados de atisbar a sus mayores en el fondo del valle. La fantasía de las ondas de la corriente que replican el perfil del relieve de la cordillera se pierde con cada torre que se levanta. Al cortar esa sociedad de las formas del paisaje, nos alejamos cada vez más de las maneras cíclicas del agua a las que hemos estado enlazados desde siempre. 

Un río flanqueado por edificios de apartamentos podría sin embargo traer alguna ventaja inesperada. Con suerte, las personas en los balcones con vista al agua comenzarían a reclamar una corriente limpia, aunque fuera para mejorar la panorámica y valorizar la propiedad. Los paseos de las mascotas incluirían una estación para beber y jugar en los playones del río. O podría pasar que el mismo turismo exija ríos y quebradas limpios en los que darse un chapuzón. A lo mejor sean los extranjeros, una vez más, los que nos muestren las ventajas del agua corrida en estas lomas. En lo que respecta al cuidado de nuestros ríos y quebradas, en Medellín hacemos agua, paradoja que nos dice que las cosas pueden ir a mejor, después de tocar fondo. 

Quebrada Doña María. Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Las curvas que perdiste

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 137 Diciembre de 2023

Puente de la avenida San Juan sobre el río Medellín. Fotografía Rodríguez, 1920. Archivo BPP.

Sabemos que no viniste al mundo canalizado, naturalmente. En vez de andar derecho y tan envarado como en la actualidad, te contoneabas con ritmo por el fondo del valle. Tenías la lógica ondulante del pensador que se atreve a dudar de sí mismo. Te movías sinuosamente formando playas y recodos en los que tu gente pescaba, lavaba ropa o se echaba a contemplar. Los que te adoramos solemos imaginar esa condición de soberanía que ejercías sobre la llanura. Y quizá por la emoción del momento te atribuimos curvas inmensas, circunvoluciones exageradas que tocaban ambos costados del valle. ¿Pero, cuál era realmente tu cadencia? ¿Qué tan amplias eran las vueltas perdidas de tu antiguo esplendor?

Puesto que no sé leer la simbología en la cerámica y los petroglifos de los aburráes, debo comenzar a rastrear tu carácter en el respeto que ellos te tenían. Si construyeron sus casas y enterraron a sus muertos en los cerros era porque desconfiaban de ti. Seguramente te desbordabas con fuerza en época de lluvias y reclamabas tierras más allá de tus orillas. Inundabas las vegas atropellando y alimentabas los humedales donde abunda el mosquito. Sabían que tu carácter no se reducía a la mera expresión de tu cauce, y dejaban para ti toda la base del valle. Quizá porque eran pocos, o porque entendían algo que nosotros ignoramos, a ellos no les parecía que fuera un desperdicio dejar esa extensión de tierra sujeta a tus caprichos.

La primera mención que te hacen por escrito sale de la pluma de Juan Bautista Sardella, el cronista de Jorge Robledo, el conquistador. Ellos y unos veinte soldados fueron los primeros españoles en avistar estas posesiones, en 1541. En la relación de actividades de su corta estadía, el cronista se refiere a ti como “un río que por medio de aquel valle desta provincia pasaba […]”. Se nos olvida que sin tu presencia lineal es fácil perderse en esta hondonada, pues las montañas que la enmarcan juegan con las perspectivas. Cumbres y cuchillas cierran la mirada por los cuatro puntos cardinales y hacen creer que está uno dentro de un tazón circular. Tú vienes a cruzarlo por el medio y le das un sentido con una entrada y una salida. Estableces una simetría binaria que el sol obedece con puntualidad, plantando la semilla del amanecer y del atardecer sobre cada una de tus orillas. De tus curvas, sin embargo, Sardella no dice nada. Supongo que si hubieras sido un río de amplios meandros, algún adjetivo te habría colgado por escrito.

Te veo retratado por primera vez en 1791, en el plano de la ciudad atribuido al maestro pintor José María Giraldo. Si antiguamente no te dedicaban muchas palabras, tampoco en los viejos mapas te trazaban con detalle. En ese primer esquema de la villa de Medellín apareces pintado de azul. Es probable que fueras transparente en épocas de tiempo seco, y café con leche en temporada de lluvias, pero ese azul imaginario da cuenta de una pureza convencional de la que sin duda te sentías orgulloso. En cuanto a tu forma, el pintor te traza con cierta sinuosidad en tu recorrido, más no con curvas. El trazo de S estirada corresponde más bien al contorno general de tu curso a lo largo del valle: entras a él por el suroccidente, continúas relativamente recto hacia el norte y en Bello tuerces al nororiente. Acaso debamos ir pensando que tus curvas nunca han sido tan pronunciadas, en cuyo caso el pintor no se habría atrevido a rectificarte de esa manera.

Un poco después, un viajero y un poeta de estas tierras te describen usando imágenes de objetos alargados. En 1825, Carl August Gosselman te observa desde las montañas y dice que luces “cual una cinta de plata”. Y, en 1850, Gregorio Gutiérrez González retoma la comparación y te describe como un “cinturón de perlas y de plata”. Lo plateado se refiere probablemente a la manera de reflejar los rayos del sol a mediodía por parte de tus aguas, que en medio del verdor sería una imagen poderosa. Pero allí lo que deseamos resaltar es la “cinta” y el “cinturón”, dos formas en las que prevalece lo dilatado más que lo sinuoso. Si hubieras ondeado en demasía, tal vez estos dos autores habrían elegido símiles diferentes.

Pero tampoco es justo estirarte hasta que parezcas lo que eres hoy, pues está lejos de la verdad. Manuel Uribe Ángel, menos poeta que agudo observador, dice en 1862: “El curso caprichoso del río con sus giros y movimientos de serpiente”. Y agrega: “[Allí] está Medellín, blanca y brillante al lado de las curvas viperinas de su río”. Veinte años después, en su Geografía de Antioquia, se reafirma en esa visión que tiene de ti: “Es difícil imaginar impresión más agradable que la que se experimenta […] cuando se llega en tarde despejada al puente de Colombia, para contemplar, hacia arriba y hacia abajo, las caprichosas curvas del río Medellín y sus engalanadas márgenes”. Pienso que la culebra que tenía en mente el doctor Uribe Ángel no era en exceso tortuosa, como la que retrataría un Misisipi o un Magdalena en La Mojana. Más bien, una serpiente en camino que enroscada.

Un mapa de Medellín, levantado por los estudiantes de la Escuela de Minas en 1889, ofrece una descripción visual quizá más cercana a tu antiguo andar. En él te mueves con libertad por el valle pero sin curvas exuberantes. Girabas con soltura en cierto punto, aunque pronto virabas de nuevo al otro lado. No insistías en la amplia oscilación de los ríos que se deslizan por las tierras muy llanas. Así parecía ser, al menos, en la parte por la que discurrías cercana a la ciudad. Aparece por primera vez algo novedoso en tu retrato en este mapa: tu amplitud es irregular. En unas partes te estrechas un poco y en otras te explayas, en cuyo caso los estudiantes dibujan una pequeña isla en la mitad. Es natural que en los lechos muy dilatados se formen playas en su punto medio, por falta de agua para llenar todo el cauce.

De modo que a tu andar de sinuosidad moderada se le agrega una forma como de ojos sucesivos, verificada por Tomás Carrasquilla en Frutos de mi tierra, en 1896: “El Aburrá, perezoso, ondulante, aquí angosto, desparramado allá, interceptado a trechos por los cañaverales y sembrados, se ve desde la falda, bien así como retorcidos recortes de hojalata”. El mismo Manuel Uribe Ángel respalda de manera indirecta esta descripción: “El río en su parte alta se llama de La Villa, en su parte media Porce y a su terminación Nechí. Aunque caudaloso y largo, no es navegable sino en su parte baja, porque la topografía del terreno lo constituye impedir rápido y correntoso”. Si a tu paso por Medellín entorpecías la navegación, esto quiere decir que eras un río con buena pendiente en el que no prima la vuelta grande y reposada, sino el andar desigual de medias curvas sucesivas.

También el tipo de material que llevabas en tu lecho puede dar pistas sobre tu carácter. Un río con cierta fuerza suele arrastrar arenas y piedra gruesa, diferente al individuo de amplios meandros, más dado al acarreo de sedimentos finos. Los trinchos artesanales con los que se comenzó tu canalización desde principios del siglo XX eran armazones de madera rellenos de piedra de tu mismo cauce. Las fotografías de la época muestran tus playas pedregosas, al igual que la superficie rugosa del agua que corre sobre un lecho de piedras. ¿Cómo eras, pues, querido río, antes de que te “metieran en ringlera”? Lo que hemos visto es que quizá no te comportabas igual que uno de esos afluentes que en las tierras bajas ocupan con sus vueltas grandes extensiones. Al menos en tu paso por la ciudad tenías ese tranco indeciso de los que van buscando a tientas la mejor manera de andar. No era vacilación de tu parte, sino el carácter de tu filosofía.

Una foto tomada por Carlos Rodríguez en 1949 a la altura de la calle 30 muestra uno de los últimos momentos en los que gozaste de tu libertad ancestral al paso por la ciudad. Y, por otra parte, el punto de inflexión hacia tu decadencia. Sobre un costado de la imagen se observan algunas mujeres lavando ropa en una de estas playas de piedra. Más atrás, en el medio del cauce, hay un carro de bestia, seguramente recogiendo material de construcción. Y aguas abajo reposan cuatro camiones de escalera también dentro del propio río, en fase de aseo general.

La estirpe de las lavanderas venía de tiempo atrás, herederas de las primeras bañistas citadinas, retratadas por Saffray en 1860: “Si se continúa por la Quebrada, llégase bien pronto al río, y á un sendero frecuentado durante las mañanas por las bañistas. Desde las nueve á las diez se las ve llegar, sufriendo los rayos del sol, seguidas de sus negras”. Sus descendientes son hoy sabios habitantes de calle, únicos usuarios de tus aguas vergonzantes. Mientras tanto, las chivas motorizadas muestran el futuro de la ciudad. Sus sucesores reclamarían los cañaduzales de tus orillas en número de cientos de miles.

En adelante, las palabras con las que tus gentes se refieren a ti tienen poco de poesía y mucho de sentencia. En 1950 la administración de la ciudad dictamina la conveniencia de tu sometimiento, con el fin de “[…] evitar la erosión y el desgaste proveniente del agua a gran velocidad y ordinariamente cargada de sólidos abrasivos, manteniendo así la corriente de agua dentro de un cauce definitivo y permanente. La función secundaria del revestimiento es resistir los empujes del terreno o del agua en el sentido del deslizamiento o del volcamiento, según el caso […]”.

A partir de entonces tu canalización ya no fue de piedra cargada y palos clavados en la orilla, de los que te mofabas en cada creciente. Pagaste cara tu osadía, pues con el progreso no se juega. Te doblegaron con concreto vaciado y maquinaria pesada. Comprendo que entonces comenzaras a sentirte minúsculo e impotente. Las palabras de Manuel Uribe Ángel en 1881, que decían que tú y la Santa Elena “además de adornos para el sitio, son de vital importancia para la comodidad y salud de los vecinos”, sonaban tontas y anacrónicas. Al negarte el cuerpo, ya no parecías río sino canal, algo que nadie sabe respetar. Y, sin embargo, allí estás, resistiendo. ¿Cuándo tendrás una nueva oportunidad? ¿Acaso llegará para ti una época en la que, como antes, te arrojes con alegría por el amplio espacio del valle que lleva tu nombre?

Quizá ese momento no esté demasiado lejano. Si es cierto que tus curvas no ocupaban todo el fondo del valle de Aburrá, donde ahora están las casas de sus habitantes, devolverte buena parte de tus posesiones no parece tan complicado. Bastaría con entregarte la parte que ocupan las autopistas que te oprimen, y río y ciudad podrían convivir. Se dice que en un futuro todos los automóviles serán autónomos, es decir, conducidos por inteligencia artificial. Puesto que la información algorítmica llegará a ser casi infinita, no es descabellado pensar que los robots, después de poner todo sobre la mesa, saquen la conclusión de que el río es más importante que sus propias costumbres adquiridas. Y entonces la red que gobierna los automóviles tomaría, sin considerar a los gobiernos ni a los lobistas de la construcción, la decisión de no volver a transitar por allí. Y, además, atacar sin misericordia a todo el que se atreva a poner un pie en esas franjas de tierra. Entonces retomarás al menos en parte lo que siempre te perteneció, y volverás a caminar de nuevo con la salud y la libertad del que tiene un mundo por delante. Sonreirás otra vez con la ingenuidad del niño que ve inmensa la senda por la que despliega su bulliciosa carrera.

Meandros en el río Aburrá, 1828. Archivo General de la Nación.

Las fieras del barrio

Número 135 Julio de 2023

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van cuatro historias a pelo y pluma.

Rokil

por JULIO CÉSAR DUQUE CARDONA • Ilustración de Gabriel Duque

Número 132 Diciembre de 2022

Les tenía mucho miedo. Hace muchos años, cuando en la familia paterna éramos celadores del viejo Columbus School, al frente del Hospital Pablo Tobón, en la comunidad de Robledo, papá pateó una que fue a caer sobre mi humanidad desnuda cuando, inocente de la persecución, salía de la ducha. La fiera adolorida chilló, me subió por la pierna izquierda, se afincó en mi toalla y en un instante llegó a mis hombros, para saltar desde allí hasta reencontrar una mejor vía de escape. Todavía recuerdo el grito de mi mamá, “bruto”, las patas frías, esas uñas hirientes pegadas de mi pecho y la cola larga y calva cerca de mi cara. Desde entonces nunca he estado a su favor, por miedo, a pesar de que organizaciones de animales griten por las calles contra todo maltrato. No, cualquier método contra ellas a mí me sirve, así sea enfrentarlas a balazos.

La primera víctima de mi miedo se instaló debajo de un horno empotrado que teníamos en mi casa en Envigado. De allí salía ella hacia la despensa de plátanos maduros que protegíamos debajo del lavadero de ropa. Las huellas sobre la cáscara del plátano eran inobjetables: una rata, con unos dientes tan grandes como los rastrillos de un tenedor casero.

Uno siempre cree que tiene en su casa a una sola rata; mentiras, pueden ser varias. Uno cree que es una cucarachita; mentiras, es un nido entero. No te fíes si ves un solo zancudo, alrededor tuyo deben volar por decenas. Azuzados por el terror e inspeccionando su ruta de alimentación, concluimos que el nido estaba tras el horno. Metí la mano enguantada y temblorosa por debajo del electrodoméstico y encontré la puerta de entrada y salida de su nido. Se había instalado allí en los veinte días de nuestras vacaciones. Nadie la iba a molestar en esos días. Tampoco tenemos, ni siquiera, un gato. El horno por debajo tenía una brecha grande que hubiera sido posible controlar con una pestaña de cualquier material que impidiera el paso de un intruso pequeño, pero como no se veía, el constructor solo se interesó en cubrir las defensas visibles de la casa.

Fui donde el especialista que por unos pocos pesos me dio la solución inmediata. “Déjele los plátanos en el mismo sitio. Y a la salida de la cueva, le pone este papel pegante. No lo toque, que se le quedan pegados los dedos. Simplemente levante esta banda protectora y deje el cartón sobre el piso. Caerá de inmediato. No lo dude ni se asuste”.

Cometí el error de dejar la trampa al acostarme, después de las once de la noche.

A la una de la mañana nos despertó un chillido agudo y terrible, como si alguien estuviera siendo torturado; era peor que el llanto de un bebé hambriento. Me levanté pensando que era un mal sueño, esperé, fui hasta la cocina de donde provenían los chillidos y encontré allí, adherida al cartón, a una rata del tamaño de mi brazo. Abría la trompa para chillar de tal manera que toda la urbanización debió haberse dado cuenta del suceso. Yo veía la fila de sus incisivos y a continuación, sus muelas; pero esta vez esa dentadura no me desafiaba, era un lamento. Mi familia se encerró en una de las piezas, bajo la protección de mi esposa. Con una escoba saqué hacia la puerta el cartón pegajoso, con la rata como trofeo de caza, adherida a él por las cuatro patas y la cola, y de allí lo lancé a la calle de algo más que un escobazo. Pensé que con el estrujón el animal se zafaría del cartón, pero no pasó nada. La rata chilló más.

Traté de dormir, pero a los minutos me llamaron de la portería que algunos vecinos se habían despertado con los chillidos y uno de ellos amenazó con ir a quejarse ante la secretaría ambiental del municipio, porque esa no era la manera de abandonar una rata recién caída en una trampa. Le pedí al celador que me ayudara, pero me dijo que a él le daba mucho pesar maltratar a un animal así, pero que, al menos por ahora, dejara de interrumpir el sueño de mis vecinos, y que, si yo mismo no la podía matar, al menos la pusiera lejos de ahí.

Así que a esa hora de la mañana tuve que conseguir una caja y con la ayuda de un rastrillo, hacer malabarismos para meter la hoja de cartón con la rata a la caja, y transportarla a pie, por cien metros, hasta la portería, donde encontré la conducción para tirarla: una alcantarilla de aguas lluvias, y así, dejar de molestar a mis vecinos. Levanté la rejilla metálica y puse la boca de la caja contra el piso. Sin embargo, con los cien metros de caminada, la hoja de pegamento se había volteado un poco contra el cartón y no quería despegarse de la caja, ni siquiera a golpes; qué buen pegamento les vendieron a estos empresarios antirratas. Tuve que golpear con fuerza la pared de la caja donde el pegamento se había adherido, mientras el celador se carcajeaba por los problemas en los que me estaba metiendo a las dos de la mañana. Cuando la rata con pegamento y todo cayó a la conducción, cerré la rejilla. El agua de lluvia haría el resto.

Por las siguientes horas, los chillidos del animal me resonaron como si tuviera una enfermedad grave en los oídos y esa noche literalmente no dormí, aunque ninguno de mis vecinos me dio las gracias al otro día por la aventura de quitarles una rata de su sueño.

Ahí aprendí. El método del pegamento era demasiado cruel e inoperante. Había hecho bien mi papá en sacar a patadas las ratas del Columbus School, así se le atravesara en el camino el hijo más débil, recién bañado y con la toalla en la cintura. Nunca volvería a utilizar ese papel pegante. Ni riesgos.

Al otro día le pagué al trabajador de servicios varios para que sellara esa brecha bajo del horno. Una tablilla sin pulir, de algo más de medio metro de largo por quince centímetros de ancho fue suficiente para cerrar de una vez por todas la posibilidad de que algún roedor volviera a asentar su nido.

Pero el asunto no terminó ahí.

En el nido sellado quedaron ratas atrapadas, seguramente crías sin terminar de amamantar. Por eso era que la rata chillaba de una manera tan lamentosa y nada agresiva: sus crías, caramba, se quedarían solas. La trampa de pegamento había dejado a unos hijos alejados de su madre, sin leche, sin quién los cuidara. No puedo decir que fuera yo el criminal que aceptó la estrategia terrible del especialista, pero todos somos culpables de una medida tan inhumana, desde el inventor del pegamento hasta el comercializador y, obvio, el ejecutor implicado: yo. Entonces las raticas, sin poder encontrar la salida y teniendo hambre, en las siguientes dos semanas destrozaron los cauchos de protección de los cables que traían la electricidad al horno y produjeron un pequeño corto circuito que hizo operar la protección de interruptores, pero que impidió que mi esposa volviera a poner el horno a funcionar.

Tuve que llevar un técnico que se demoró ocho días en cumplir su cita, pues la fábrica de hornos daba garantía al electrodoméstico, solo si los técnicos contratados por ellos eran los que hacían la revisión. Este hombre sacó el horno de su cueva y descubrió, además de los cables pelados por los dientecillos de las ratas hambrientas, tres esqueletos de ratas pequeñas y uno de una rata grande. Así que no pude saber si la rata que cayó en la trampa del pegamento era hembra o macho, pero lo que es seguro es que hacía parte de una familia compuesta por hijos, madre y padre. Y entonces los recuerdos de sus chillidos en mis oídos se hicieron más delirantes.

Pasaron varios años para que a mi casa de Envigado volviera a entrar un roedor. Sucedió en otras vacaciones, cuando me fui con toda la familia a un paseo jubilatorio. Me demoré los noventa días de la visa, exactamente ochenta y nueve. Fue el tiempo preciso para que debajo de mis muebles de cuero se volviera a instalar una familia, esta vez de ratones, que son pequeños y ágiles, pero no tan tontos.

“Me parece que estoy oyendo chillidos y creo que son de ratones…”, me dijo mi esposa. Son sonidos agudos pero sutiles y en la noche en que no hay grillos, se pueden escuchar. Hay pocos grillos en el campo cuando hay luna llena. Mejor dicho, los grillos no salen a la hierba en campo abierto durante las noches de luna llena, porque son fácilmente cazados por los sapos y las ranas, las que logran camuflarse del mismo color del brillo de la luna. Es la mejor oportunidad para detectar ruidos de animales en la casa. En la mía, por ejemplo, yo tengo unas salamandras que hacen unos ruidos inolvidables y románticos, como si alguien tirara besos cuando se acerca la madrugada. Y cuando hay salamandras en una casa, desaparecen los zancudos.

Pues estos ratoncillos se me convirtieron en una verdadera obsesión. Hasta que los vi pasar. Hicieron hueco en la tela que se pone por debajo del mueble de cuero. Tuvieron noventa días para abrir el hueco; robar algunos hilos de algodón los cojines interiores del mueble; hacer nido, enfiestarse de tal modo hasta tener descendencia. Una tía que quedó encargada de remojar las matas una vez por semana no se dio cuenta del desastre que estaba comenzando a vivir nuestra casa.

Entonces volví donde el especialista. Quedé impresionado porque era el mismo, un poco más canoso. Me alegré de la estabilidad laboral que yo pensaba que se había acabado luego de veinte años de poder omnímodo de las clases empresariales en el gobierno. Lo primero que le dije, con rabia, es que ni se le ocurriera aconsejarme el pegamento que me había vendido hacía una década. Ni se acordaba de eso. “No, hombre, eso ya pasó de moda”, me dijo, “ahora tenemos el Rokil, para todo tipo de roedores, con la ventaja de que los animales no morirán en las cuevas, dejándole malos olores. El roedor tendrá que salir del nido”.

—¿Y eso cómo funciona? —le pregunté.

—Es un anticoagulante con eficacia del ciento por ciento. Necesitarán salir a buscar el aire. Por eso morirán fuera del nido.

—¿Me matará unas salamandras y unos sapos que tengo en el patio?

—No. No afecta las mascotas, a menos que ingieran directamente el veneno.

—Bueno, yo no tengo mascotas estrictamente hablando, excepto algunas salamandras y dos sapos que tengo en el patio, que me cayeron de alguna parte y no pudieron volver a salir. Pero el efecto es que no tengo zancudos. Es un antídoto muy eficaz.

—Lleve el Rokil, no se arrepentirá; roedor comido, roedor muerto… —mientras el hombre miraba con orgullo el frasco de polvo blanco.

—¿Y cómo se suministra?

—Simplemente se pone en un recipiente pequeño en el sitio donde el animal come. Puede ser hasta una tapa de gaseosa.

Entonces me dejé convencer. No era un maltrato lo que compré, es algo mucho más discreto que el pegamento. ¿Hasta dónde podrá llegar la inteligencia humana? “La rata tendrá que salir del nido”, como me repitió el hombre. ¿Cómo lo hacen? El asunto no parece ser de forma. ¿No nos están quitando las semillas de maíz para volverse ellos los únicos proveedores? ¿No vienen al trópico para encontrar nuevas especies y patentar sus descubrimientos como si nuestra selva fuera de ellos? Se inventarán el robot que mate a una rata. Son unos genios.

Puse el Rokil polvo en dos tapas de gaseosa, cerca de los plátanos que pongo debajo del lavadero, porque si de algo estoy seguro es que a estos animalejos les gusta todo lo que tenga caloría o azúcar. También puse una tapa cerca del nido, con un poco de agua, como decía en las instrucciones, junto a uno de los muebles, a modo de bebedero y debajo del lavadero para que acompañara el consumo del plátano. Me burlé de mi enemigo. Me iba a vengar de un todo y por todo de aquella rata que me subió por el estómago. Pero ocurrió lo contrario.

Los ratones son más peculiares que las ratas, no sobra anotar que son de diferente especie. No comen todos en el primer encuentro de una nueva variante de comida. Un miembro del nido, que generalmente es el macho, está destinado a probar la comida antes de que la pruebe toda la comunidad. Y ese probador amaneció muerto en medio de nuestra sala, bocarriba, con los ojos vidriosos y la boca completamente abierta y seca, los dientes suplicantes, tratando de aspirar la mínima cantidad de aire que pudiera encontrar en el ambiente. Debió tener una muerte lenta, sin aire. ¿Pero cómo lo lograban?

Yo necesitaba saber más detalles de lo qué había pasado con ese ratón, visitante de mi casa, comensal dueño del mismo derecho de existencia que tengo yo, mis hijos o ahora, mi nieto. No puede ser que otra vez yo cayera en la crueldad y el desapego a lo natural, a la corriente obvia del proceso de nacer, crecer, reproducirse y morir.

Entonces me puse unos guantes amarillos de caucho, de los que se pegan a la piel, los mismos que usan los médicos de consulta para mirarnos el color de la lengua; tomé un bisturí del taller de pintura de mi esposa, y le puse una cuchilla de afeitar, de las viejas, de las que usan en barbería; me armé de un alicate largo de aluminio y de una pinza para depilar, desechada; llamé a mi hija la científica, que me dio instrucciones.

“Primero que todo creo que es una de tus locuras querer saber lo que no vas a poder comprobar, si no tienes pruebas químicas de laboratorio sobre el efecto de los venenos. Pero como te conozco, sé que lo vas a hacer con laboratorio o sin él, conmigo o sin mí. Entonces, para que sigas teniendo en tus manos la estructura ósea del ratón, rompe de abajo hacia arriba y no al contrario. Eso te garantizará que el occiso no se te desintegre”.

Abrí entonces la panza del ratón, apenas rompiendo la tela suave y blanca que les cubre el cuerpo debajo de la piel. Era un héroe machito que había cumplido su función con valor. Honor a su entrega, ninguno más murió.

La sorpresa fue tremenda: como si hubiera explotado una pequeña bomba de plástico, los intestinos regurgitaron disparados por una presión acuífera incomprensible que por poco me llega hasta los ojos. Las tripas estaban inflamadas, aprisionadas unas contra otras, como en una lata de sardinas. Los riñones y el hígado habían sido diluidos por el anticoagulante, que debió ser el primer efecto del veneno. La verdad es que no los encontré a pesar de las instrucciones de mi hija para que los buscara de las tripas hacia arriba. “No puede ser, papá, si es un mamífero debe tener un hígado y dos riñones, los necesita para procesar las grasas de la leche materna. Sin esos dos órganos no habría sobrevivido ni la especie humana…”, decía mi hija por el celular. Pero esos órganos habían desaparecido. Se lo expliqué removiendo sus tripas, aunque ella no lo podía creer. “¿Qué pasó?”, gritaba, “¡qué cosa tan rara!”.

Llegué hasta el costillar y partí el cartílago que une los hemisferios izquierdo y derecho, repasando el filo de la cuchilla. El corazón era una hilacha. Liberada el aguasangre de su cuerpo, los pulmones parecían recuperar su estado de inhalación, pero encontré que el corazoncito había explotado seguramente por la presión de la masa de agua en que se había convertido su sangre, ante la falta de hígado y riñones, que se confundieron en la disolución de todo lo que fuera coágulo. La presión de los líquidos sanguinolentos de los órganos inferiores impidió el funcionamiento normal de las conducciones respiratorias, las inundó hasta ahogar al animal, que tuvo que salir de su cueva a buscar la zona más rica del oxígeno, abrir manos y patas pidiendo clemencia al cielo; poner contra el piso su columna vertebral, hasta morir con los dientes pelados y secos, cuando sus pulmones aplastados no pudieron pasar algo de aire.

Quedé devastado, sin ganas de volver a hablar, pese a los consejos de mi hija que desde el país en que vive trató de darme ánimos durante varios días. “La ciencia es así, pa, hace descubrimientos dolorosos y alegrías hirientes. Te dije que sería doloroso…”. Yo ya no la oía.

Lo peor de todo es que muchas preguntas me han surgido desde entonces y no sé cómo contestármelas. ¿Quién sigue? No sé si las odio, no sé si les tengo miedo o respeto o lástima, o si correré con la próxima que encuentre en mi camino.

Vuelta por el universo

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 130 Agosto de 2022

Panorámica de San Antonio de Prado desde la piedra Galana. Foto de Ignacio Piedrahíta.

Medellín está dentro de un valle amplio, con la forma de una batea. Desde cualquier punto alto se ve la ciudad de color ladrillo en el fondo de este cuenco natural. Cuando es de noche se ve chispear en dorados sobre negro. La vista es tan cautivadora que las laderas se llenaron de miradores. A menudo la idea de observarse a sí mismo resulta mejor que cualquier programa.

La geografía de Medellín dirige de esta manera parte de nuestras búsquedas y placeres. Los alrededores de la ciudad se han hecho atractivos para coger un poco de aire. Sentirse por fuera del fondo del valle nos da la idea de salirnos temporalmente de nosotros. Esto es posible gracias a las montañas que nos rodean: alejarse de la parte urbana de la ciudad es alzarse sobre la propia cotidianidad.

Un poeta describió la línea de montañas que rodea a Medellín como el “borde de una copa quebrada”, refiriéndose a los contornos abruptos de las cimas que nos confinan. Los alrededores de la ciudad son el límite inicial de su belleza, el esbozo lineal de nuestra naturaleza. No sería lo mismo si esta línea estuviera cubierta de casas y edificios. Debe ser verde de día y negra en la noche.

Este paisaje de nuestras proximidades tiene nombres propios. Al oriente, Santa Elena. Al occidente, San Antonio de Prado, Altavista y San Cristóbal. Y, cruzando hacia Santa Fe de Antioquia, San Sebastián de Palmitas. A estos lugares se les conoce como corregimientos, y son los que custodian nuestros confines en redondo.

Cada corregimiento tiene su parque principal o centralidad, lo que normalmente conocemos de ellos. Pero lo que es más potente en estas fracciones administrativas es su vasto territorio. A ellos pertenecen los bosques y el verdor que le queda a la ciudad. Es desde sus laderas salvajes que la observamos, y es a donde escapamos para soltarnos del ahogo urbanístico. La centralidad de algunos corregimientos está separada de la parte urbana de Medellín, caso de Santa Elena y Palmitas. Otros son prolongación de barrios o de municipios vecinos: las calles de Itagüí pasan a ser territorio de San Antonio de Prado, la comuna de Belén se trueca en Altavista y la parte alta de San Javier muta en la vereda La Loma de San Cristóbal.

Más allá de la centralidad de los corregimientos, cuyo fondo suele ser un territorio rural, de campos, fincas y bosques, comienza la espesura de su follaje, su verdadera mística, su poesía de quebradas y arboledas, promontorios y ramales de montañas, divisorias de aguas y altiplanicies, serranías y collados.

Los caminos

Los corregimientos fueron en algún momento pueblos cercanos a Medellín, por donde entraban y salían mercancías desde y hacia la ciudad en crecimiento. Eran estaciones de arrieros o lugares de descanso para el viajero. Por eso estos lugares están marcados por los caminos antiguos, que cosían por medio de canalones o vallados de piedra las montañas circundantes.

En Santa Elena está el famoso camino de La Cuesta, que pasa por el costado del cerro Pan de azúcar y llega al parque Arví. Por ahí salía todo el mundo a pie o a caballo antes de que hubiera carros en Medellín. Este era nuestro camino de llegada internacional desde el río Magdalena. Casi una semana se echaban los viajeros en mula para llegar desde el río hasta el borde de la ciudad. Pero una vez miraban el valle desde allí, se les quitaban los cansancios.

Por el otro lado está el camino de Guaca, que iba desde Medellín hasta la población del mismo nombre, hoy Heliconia. Este camino pasaba por Belén, subía por Altavista y cruzaba por San Antonio de Prado. Pasaba el alto de Romeral en el filo de la cordillera y caía a Guaca del otro lado. Este camino era importante no solo porque comunicaba con las poblaciones del occidente, sino también porque de Guaca se traía la sal que se consumía en la ciudad.

Esta sal nos lleva al tercer camino que cruzaba por lo que hoy son nuestros corregimientos, el del noroccidente. Este salía de Medellín a pasar por Robledo y San Cristóbal rumbo al Boquerón. Allí se cruzaba la cordillera y ya estaba el viajero en Palmitas, donde descansaba y seguía para Santa Fe de Antioquia. Por allí transitaba la carne en tasajo, es decir la carne salada que se cultivaba en el valle de Aburrá e iba a alimentar a los pueblos mineros a orillas del río Cauca.

Los tres caminos aún se pueden visitar y recorrer al menos en parte. El de Santa Elena sigue mostrando su magnífico trazado, el mismo que asustara por lo elegante a los conquistadores hace quinientos años. Está restaurado y muestra a su vera ruinas de su antiguo ajetreo. El de Guaca arranca en la vereda Buga Patio Bonito, en Altavista, y se interna en ascenso a cruzar por el cerro el Barcino en San Antonio de Prado. El del Boquerón —esa despampanante boca natural que invita a cruzar la cordillera— se coge allí mismo, y entre vallados o muros de piedra va llevando al caminante a un viaje en el tiempo.

Panorámica de Altavista.

El agua

Si algo no tenían que llevar los viajeros de aquellos tiempos salvajes era agua. En todos los corregimientos abundan las quebradas cristalinas, recién nacidas de sus bosques. Cada uno de estos territorios tiene su quebrada principal, hito central en las vidas de sus habitantes. La mayoría tiene en estas aguas sus mejores recuerdos de infancia y sus lugares de esparcimiento en la actualidad.

Las quebradas son en los corregimientos un lugar equivalente al centro comercial en la ciudad, pero gratis y más variadas. Están los charcos de música aguardientera y están los remansos para los más contemplativos. En Santa Elena está el famoso Chorro Clarín, que pasó de ser de sancocho de grabadora y leña recogida, a elegantes casetas para asar o irse de pícnic. En cualquier caso, los dientes castañean igual en esas aguas vívidas y frías del altiplano.

San Antonio de Prado y San Cristóbal están dominados por una sola quebrada mayor cada uno, pero ambas de temer por su fuerza y caudal. En Prado está la fragosa Doña María, que lo recorre de norte a sur por su brusco cañón. Allí hay desde estaderos de parlante afuera hasta trucheras menores de mesas rústicas y acentos bucólicos. A esa quebrada mayor le caen muchas otras, que en días de invierno y crecidas la tiñen de marrón.

San Cristóbal por su parte está dominado por la Iguaná. La forma del territorio de San Cristóbal asemeja un teatro griego, cuyas graderías recorre esta Antígona transfigurada en arroyo hasta pasar por la escena de su centralidad. Cuando esta quebrada siente que debe actuar bajo las leyes naturales y no las que le impone la sociedad, se sabe pronunciar. Hoy tanto la Doña María y la Iguaná están domesticadas en su parte baja, con canaletas de cemento a lado y lado.

Igual destino corren todas las quebradas que nacen en los corregimientos. Nacen en los bosques de las cimas de las montañas y bajan salvajes y vivaces por las gargantas estrechas rumbo a la ciudad. Esa alegría sin embargo no les dura mayor cosa. Al tocar la ciudad les ponemos camisa de fuerza y las anulamos, les vaciamos cemento a sus orillas cuando no es que las ocultamos entre tuberías. La primera de ellas fue la Santa Elena, de la que ya ni nos acordamos de que existe, y de ahí siguió el resto. Sometidas y avergonzadas entran estas quebradas en el río tumba que es el Medellín, salvo las de Palmitas, que van a dar al río Cauca.

Montañas salvajes

El valle de Aburrá se formó por un desgarrón en la cordillera. Las montañas se abrieron en la brecha gigantesca que hoy ocupamos, varios millones de años después. Luego comenzó a correr el río por la mitad y se formaron dos ambientes: el de las laderas en los costados del valle y el del río que serpenteaba suavemente en su parte de abajo. Era un valle hermoso, con un clima inigualable, con caza y pesca suficiente para sus primeros pobladores.

Pero ese valle no fue fácil de habitar para la ciudad. En los dominios del río abundaban humedales y pantaneros en los que era un problema construir. Además, sus meandros naturales se iban moviendo con el tiempo como una culebra que reptaba libremente y no armonizaban con la rigidez propia de lo urbano. Como si eso fuera poco, las quebradas se crecían y se desbordaban, y en las partes altas la montaña se desgarraba por su propio peso.

De ahí que hubiéramos decidido encauzar el río. Así quedaba resuelto —a costa de la vida del mismo río— el problema de los humedales. La ciudad creció entonces más tranquila en el fondo del valle y fue cubriendo todo aquello que era plano, encauzando quebradas y dominando la naturaleza. Las laderas más bajas y suaves se mostraron generosas y pronto se llenaron de casas también.

Pero esa tierra buena se fue acabando y la ciudad se encontró con sus laderas más pendientes. A las cuestas más salvajes no se les somete tan fácilmente, pues en su genética está el desgarrarse, el derrumbarse. Torrentes de lodo, movimientos de la tierra, caídas de piedras gigantescas. Esta forma de alzar la voz es propia de las montañas, y se levanta aún más con la urbanización. La tragedia está a la vuelta de cada invierno, especialmente en estos lugares de los contornos.

Muchas de estas catástrofes ocurren en los corregimientos, pues son ellos los que ocupan las laderas de Medellín. Media Luna en Santa Elena es ya un desastre clásico, en los años cincuenta, así como el de Villatina, que a pesar de ser en Medellín es parte del mismo fenómeno. La ciudad asegura más de estos problemas en el futuro conforme avanza sobre estas partes altas de las montañas, rebeldes de suyo.

Laguna de Guarne en Santa Elena.

Bosques y campos

El valle de Aburrá estaba originalmente cubierto de bosques. Salvo quizá ciertas orillas arenosas del río y algunos pedreros traídos por las quebradas, el resto eran arboledas. Para construir la ciudad hubo que ir talando los árboles, lógicamente. Pero también para sacar madera de construcción y carbón para cocinar. Mucha de esa madera vino de lo que hoy son los corregimientos.

Poblaciones que antes fueron mineras por excelencia, como Santa Elena, al acabarse el oro siguieron con los bosques. Se cortaba el bosque nativo y se vendía la madera, y las generaciones siguientes usaban el terreno ya sin árboles para la agricultura. En algunas partes se establecieron fincas de ganado o cultivos de alimentos. Incluso en otras se sembraron pinos o cipreses, que crecían más rápido y podían aprovecharse.

De los bosques nativos quedan algunas reservas en las partes altas de los corregimientos. En Santa Elena está Arví, en San Antonio de Prado El Astillero, en Altavista la Ana Díaz, en San Cristóbal El Moral y en Palmitas toda la parte baja de Las Baldías, entre otras. Desde hace décadas la ciudad ha ido comprando y protegiendo estas zonas altas de las cimas que la rodean. Caminar por allí es un viaje por ese momento anterior a la urbanización de la ciudad. Aves y árboles de incontables especies se expresan en torno al concepto de diversidad, algo tan difícil para el ser humano.

De estos bosques viejos o en recuperación hacia abajo en la ladera vienen las fincas ganaderas y los terrenos de cultivo. Esta es quizá la franja más amplia de verdor de los corregimientos, antes de llegar a sus centralidades. Esa es la zona que hoy está en disputa por las fuerzas urbanísticas de la ciudad y el mercado de tierras. La ciudad no ve la hora de devorarse ese manjar aún sin construir.

El acaparamiento de estas tierras se realiza tanto a manera de urbanizaciones de edificios como de parcelaciones. En Altavista, por ser el corregimiento que está en mayor simbiosis con la ciudad, es más evidente. Los barrios de la comuna de Belén trepan por las pendientes comiéndose a zarpazos las veredas bajas de Altavista. Esta tendencia seguramente continuará en los otros corregimientos cercanos a la ciudad: San Antonio de Prado y San Cristóbal.

En cuanto a Santa Elena y Palmitas, así como las partes más altas de los otros corregimientos, las parcelaciones están de moda. Los precios de la tierra suben y los propietarios de fincas ven la oportunidad de vender. Esto crea un paisaje nuevo en el que conviven la vivienda de estrato alto con la casa campesina de antaño. En una prima el césped cortado a ras y los setos de eugenios que no atraen ni siquiera un ave, las otras parecen una despensa de frutales y arbustos florales más acordes con la diversidad propia de la tierra.

La agricultura aún sobrevive. Algunos de sus cultivadores producen sin agroquímicos, unidos en cooperativas y fomentando la asociación. Gracias a la cercanía con la ciudad encuentran compradores que pueden pagar un poco más por sus productos limpios. Esos predios donde todavía se cultiva, y donde además se hace de manera orgánica, alimentan la montaña, la enriquecen: dan verdor al barrio, conservan una práctica esencial, un oficio memorable, el del agricultor. Tal vez, así como se hace con los bosques, también estas personas deberían ser reserva protegida, porque allí está la memoria y quizás algo del futuro.

Picos y cerros

Además de las quebradas, los hitos más significativos de los corregimientos son sus peñascos y macizos. Estos testigos naturales e imperecederos han sido la señal de ubicación espacial de la humanidad desde siempre, y aún están presentes en nuestros alrededores. Y, más, en una geografía como la nuestra, donde a las montañas y sus diferentes formas les gusta hacer alarde.

El cerro Pan de azúcar en Santa Elena es un hombro que sobresale de la montaña justo por encima de los últimos barrios de Medellín hacia el oriente. Está hecho de una roca llamada dunita, propensa a las oquedades y pequeñas cuevas hechas por el agua. Justo detrás de la imagen religiosa que hay en la cima del cerro hay una de estas cavernas menores. Considero a esta abertura natural mi oráculo personal, y es ella quien recibe mis rezos cada vez que la visito.

En San Antonio de Prado está la piedra Galana, en lo alto de la reserva El Astillero. Se trata de una saliente rocosa que despunta sobre un claro del relieve, del tamaño de la sala de una casa, con muebles duros y puntudos pero que aseguran un mejor trato que cualquier visita. La roca está partida a lo largo de fracturas paralelas que le dan la forma de un mazo de cartas separado a tramos gruesos. Desde allí la vista de Medellín es bastante particular. En el campo visual se expresan en primer plano una serie de collados montañosos que se alargan hacia un punto de fuga que no es otro que el Centro de Medellín. Desde allí la ciudad aparece como un borrón naranjado entre la bruma contaminada.

En Altavista está el popular cerro de las Tres Cruces. Miles de personas —acaso sin saber que pertenece a Altavista—, lo visitan los fines de semana. Su cima es una meta accesible —sin ser regalada tampoco—, que tiene como premio una preciosa mirada baja sobre el valle de Medellín. Los más epicúreos se sientan a descansar y a contemplar la vista, mientras aquellos de estoica figura pasan a una sesión extra de aparatos. En la parte plana de la cima han sido instalados una serie de bancos y barras para el ejercicio muscular. Allí los relieves de sus practicantes pasan a constituir una discreta parte del paisaje, digna de observación.

En San Cristóbal está el cerro El Picacho, que sobresale de la montaña como el elefante de El Principito que una culebra se ha comido. Aquí lo tenemos en versión montañosa, pues la culebra no va por plano sino bajando la lisa cuesta. Allí también hay una imagen religiosa, que corona el camino que lo asciende entre grandes bloques de piedra. Estas rocas son diferentes a las del Pan de azúcar, y si bien por fuera lucen oscuras, por dentro son rayadas de una belleza que se expresa generosamente a los amantes de las rocas.

Desde cualquiera de estos peñascos en las montañas puede verse la ciudad, mirarse, mirarnos a nosotros mismos como en un cuento de Cortázar. Esencial en este doble juego es el objeto que observamos, pero igualmente el lugar desde donde lo hacemos. Estos contornos que hoy son los corregimientos, balcones naturales, fuentes de agua, alimentos y vida, donde aún asoman los caminos de tierra, los collados rocosos, los charcos y los bosques, son lugares a los que siempre desearemos retornar por mucho que adoremos la comodidad del asfalto. La Medellín endurecida por la historia tiene una oportunidad única de recobrar su suavidad ocupándose de estos territorios como fuentes de un poder proveniente de la tierra misma.

* Este fragmento escrito para Universo Centro hace parte del proyecto para la recuperación de la memoria histórica y la identidad campesina de los corregimientos de Medellín, en convenio con la FAO.

Vista de Medellín desde el alto de Boquerón en Palmitas.

El fin tendrá nombre

por SANTIAGO RODAS • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 129 Junio de 2022

Esos ojitos negros, que me miraban.
Esa mirada extraña, que me turbaba
El Gran Combo de Puerto Rico

El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.
Antonio Machado

Algún día no muy lejano el valle del Aburrá estará cubierto por un manto compacto y vegetal, verdoso en sus tallos y de fluorescencia anaranjada, fulgurosa, con núcleos negruzcos y chiclosos en el interior de cada flor madura. No habrá edificio que no esté forrado por el velo ni árbol ni calle ni iglesia ni tienda ni placa deportiva. Será inevitable su propagación natural sobre las ruinas y los escombros. Y será hermoso el resplandor naranja que rebotará por todas partes con sus chispas a manera de pétalos y también será siniestro pues no habrá nadie para contemplar su triunfo sobre todas las cosas, su reino monocultivado y hambriento. Un silencio terrible amasará esta ciudad y solo se escuchará la lenta propagación de las esporas de la planta mientras rasgan el aire límpido, arañando cualquier espacio nuevo para su arado. Los ojos negros de su cuerpo desproporcionado mirarán con suficiencia atávica lo que queda, pues será poco lo que le falte por colonizar.

El fin tendrá nombre: Ojo de poeta. Y podremos afirmar, también, que estaremos ante el último estertor de la historia; no habrá futuro ni presente ni pasado pues cuando esto suceda las demás plantas, la mayoría de animales y humanos no existirán más, quizá solo algunos insectos que se alimentarán de la savia dentro de sus flores puedan mantenerse con vida, dependiendo enteramente del lecho de la Thunbergia alata. El viejo Dios habrá muerto otra vez y lo remplazará una planta verde anaranjada que deshilachará el tiempo. Tan solo quedará su cuerpo soberano anegando cada metro cuadrado de lo que alguna vez fue la vida humana en estas calles vanidosas. La imagen de la fronda es hermosa y terrorífica: un ejército de ojos floridos que vigilan el vacío entre las ruinas. El fin de los tiempos tendrá su esplendor: este valle vestido de dos colores. Y después de tantos trasiegos por fin reinará la paz, el silencio vegetal y la belleza.

Ahora mismo, en el 2022, la planta espera pacientemente entre los pliegues de las montañas y se reproduce por los bosques nativos de todas las laderas con sus diferentes estrategias, los va ahogando, carcomiendo, los devora palmo a palmo con su podredumbre grácil, con su encanto, hasta remplazarlos con sus tintes chispeantes e hipnóticos. Un matute inevitable. Su conciencia es darwiniana: el más fuerte sobrevive. Cada uno de sus brazos musculados se extiende sobre los postes de la luz, las paredes de las casas, árboles y plantas sin distinción, los seres vivos son su alimento, toda la materia es soporte para su dispersión.

La Thunbergia alata llegó desde el este de África a las Indias Occidentales a mediados del siglo XIX, sus primeros registros están consignados en colecciones de herbarios en Martinica en 1870 y un año después está registrada en República Dominicana, para 1874 ya estaba depositada en el Herbario Nacional de Trinidad. Hacia 1876 se le consideraba una planta con fines ornamentales asentada en el territorio. Con tan solo seis años de estancia la plaga de Susanita de ojos negros se volvió parte del paisaje caribeño. Posteriormente, con la premisa probada de su resistencia al clima de América, su fácil adaptación a los diferentes pisos térmicos por arriba de los mil metros sobre el nivel del mar y su belleza exuberante que atrajo fácilmente la mirada para decorar toda clase de construcciones, comenzó su onda expansiva a lo largo del continente. Se calcula que promediando el año 1900 la planta trepadora dejó de necesitar al humano y empezó su reproducción de manera espontánea, independizó su marcha ocular y se reguló bajo sus propias leyes para aumentar el caudal de sus flores; se sabe que no tiene depredadores naturales en la región y por lo tanto, tampoco límites. Un dios oscuro, radiante y famélico es el Ojo de poeta, sin necesidad de las oraciones de devotos y feligreses.

No se sabe con certeza cuándo la planta descendió hacia el sur, desde el Caribe hasta la Cordillera de los Andes, y se aferró con su fuerza trepadora a los suelos colombianos. No obstante, el médico Manuel Uribe Ángel da pistas para pensar que el Ojo de poeta llegó a las breñas antioqueñas, como queda consignado en el compendio de Geografía general del Estado de Antioquia en Colombia, en 1885, con el nombre “La colombiana”, y desde ese momento está incluida en las descripciones sobre la flora del departamento de Antioquia.

Como se escribe en el libro Historia, vida y poderes de una especie invasora, editado por Mario Alberto Quijano Abril, “acorde a los registros del Herbario Nacional Colombiano, el primer individuo de T. alata para nuestro país, corresponde a un ejemplar herborizado en 1939 por Enrique Pérez Arbeláez y José Cuatrecasas en alrededores de La Vega, Cundinamarca (Baptiste et al., 2010), y para el caso de Antioquia se tenía un registro en 1940 por parte de Lorenzo Uribe Uribe”. Con ochenta años del primer registro de la especie ahora mismo es bastante difícil salir a una ladera y no toparse con las flores desparramadas por rejas, árboles, construcciones abandonadas, sus ojos están ahí, veedores de su propia persistencia, oteando cualquier movimiento, desplazándose a pasos lentos y seguros e inevitables.

Su fuerza reside en que tiene una capacidad de reproducción temible y que una vez la planta está asida en determinado lugar es casi imposible erradicarla. Se ha demostrado que sobrevive a los incendios, a los venenos, a la erradicación manual, a otras especies monocultivadas. Su persistencia y reproductibilidad demuestran que es una de las plantas más fuertes del ecosistema y crece sin control, sin que ni el humano pueda detenerla con facilidad. En un metro cuadrado puede arrojar más de mil semillas, que germinan en uno o dos días, y cuando sus vainas explotan como catapultas pueden diseminarse hasta una distancia de once metros. Con esta profusión excesiva, barroca, se garantiza el mantenimiento de su vida en constante expansión.

Otra de sus estrategias de éxito consiste en que nunca detiene su floración y, por lo tanto, no se detiene su fecundidad. Los insectos que se alimentan de ella la diseminan en diferentes lugares de la montaña. Su belleza es la condena y el precio que se paga por la cercanía con lo sublime, con algo que se salió de nuestras manos y que posiblemente nos sobreviva. El ornamento que deseamos para decorar los jardines en Antioquia terminará por abrazar lo que se interponga a su paso, hasta matarlo. El Ojo de poeta se asemeja bastante a un pacto con el diablo: nos entrega el tesoro deslumbrante de su belleza en jardines y cercos vegetales y sin darnos cuenta, de manera silenciosa, como le gustan las cosas Al-que-no-tiene-nombre, pagamos con la vida.

En mis viajes en bicicleta siempre encuentro especímenes de la Thunbergia alata en cualquier parte, al borde de la carretera o bien metida en el corazón de algún bosque, no importa si es en el oriente, en el occidente, en el sur o en el norte del valle. Se encuentra en El Escobero, en El Chuscal, en Santa Elena, en Las Palmas. No hay manera de eludirla. Todas las montañas de este valle están anegadas de su presencia.

Para escribir este texto me quedé contemplando por largos ratos las formas de sus tallos, la estructura dentada de sus hojas, el color intenso de sus flores y su misterioso núcleo oscuro. Pensé bastante en las razones para que se decidiera nombrarla Ojo de poeta, quizá haya una correlación en la pulsión de muerte que habita la poesía, pues, de algún modo, esta planta, igual que la poesía, conduce, después del deslumbramiento de la belleza, irremediablemente hacia la muerte. Quizá estoy exagerando por el influjo del resplandor naranja de sus ojos negros. O quizá, como quienes la trajeron a América, estoy bajo el designio de sus encantos monstruosos, igual que los personajes del cuento La llamada de Cthulhu de Lovecraft, a un paso de la conquista silenciosa de una extraña locura producida por la T. alata. Tal vez los susurros del Ojo de poeta son lo que, con su lenguaje secreto, nos tenga embrujados hasta que perdamos, definitivamente, la cabeza y le dejemos, por fin, el espacio para su estancia definitiva.

Agarré un esqueje de la planta que tenía unas cuantas hojas y una flor abierta, sentí su dureza, sus tricomas casi transparentes y ásperos, la metí en mi bolsillo y me la llevé a casa. Pensé que la podría sembrar para observar su crecimiento y su reproducción en una escala controlada, pero llegó aporreada y se secó rápidamente. La flor se arrugó hasta casi desaparecer y sus hojas se encogieron. Murió bastante rápido y me impactó su fragilidad después de estudiar sus temibles poderes por semanas. La enterré al día siguiente en una de las macetas del balcón. Unos días después vi un pequeño brote, su muerte era pura apariencia, un capullo verde crecía justo donde la enterré, ahí estaba confirmada su reproductibilidad. Su existencia zombi me estremeció, su fuerza probada por la ciencia ahora crecía indefectiblemente en mi casa. Y tuve miedo, no sabía si arrancarla de una buena vez y deshacerme de ella o esperar unos días para ver si se consumía la planta de la misma matera, después las matas vecinas sembradas en el balcón y después las de la casa entera. No hice nada y ahora espero para ver si logra brotar su primera flor.

A casi un siglo de su llegada, el Ojo de poeta, con una conciencia de sí, va ahogando lentamente la vegetación que se interpone en su camino, construye una arquitectura que le impide el alimento a cualquier otra especie vegetal siempre inferior, siempre más débil, tapona sus fuentes de luz solar para luego devoralas. Cuando la especie humana llegue a su fin, la Thunbergia alata será su remplazo y cubrirá con su veta perenne lo que alguna vez hicimos como especie. Un remplazo equivalente, chan con chan, un naranja espeluznante colmado de núcleos negros será el síntoma de nuestra liquidación en esta tierra. Solo falta tiempo en las laderas, en las calles, en la matera de mi balcón para que su atractiva hipnosis dé el paso definitivo.

Gallinazo domesticado

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA • Fotografía de Ricardo Cruz

Número 126 Diciembre de 2021

Estaba sentado en el patio de recibo de la carnicería, con las piernas cruzadas y las manos extendidas en paralelo a sus hombros, tan sosegado como cualquier adulto mayor en un parque solitario, a las tres de la tarde y después de haber ingerido sus dos raciones de Zeebo y las obligatorias cucharadas de Milanta.

Estaba sentado al lado de su amigo Aldemar Osorno, un viejo cuyo rostro parece siempre afectado por alguna alergia, y que suele recordar los hechos y lugares con una peculiar irracionalidad.

“El Zacatín era un bar maravilloso, pero todos los borrachos se caían en la quebrada. La quebrada olía a aguardiente todo el tiempo”, dice a veces, sobre todo cuando está contento y rodeado de buenos amigos. “Yo quiero mucho a Rogelio, le debo todo, le debo la vida, aunque yo soy más viejo que él”, eructa desde sus procaces borracheras.

Rogelio es el hombre que está sentado junto a él, en el patio de la carnicería Santa Mónica, “la de reyeyé”, “donde todo es reyeyé”.

Aldemar tiene unos 75 años y Rogelio, de apellido Pérez, cerca de sesenta. Se aviejó rápido, pero todavía se advierte en él cierta lozanía. Rogelio heredó la carnicería hace 28 años, de manos de Bernardo Restrepo, o Barrabás, su primer y único jefe.

“Nunca nadie tuvo mejor jefe que yo, y nunca nadie lo tendrá. Era un jefe tremendo, de esos que lo hacen sentir a uno orgulloso, de esos a los que no da pereza obedecer. Me enseñó todo, y hasta me ayudó a conseguir casa propia”, cuenta Rogelio con voz emocionada.

“Y por qué eso de reyeyé, don Rogelio”, le digo con la intención de atajarle las lágrimas, y él me responde: “Porque todo lo bueno de la vida es reyeyé. Es una frase de optimismo que lo abarca todo, y también se la debo a mi antiguo patrón”, y vuelve a emocionarse.

“Me metí por donde no era”, me recrimino internamente.

Rogelio y Aldemar no son los únicos viejos de la vieja carnicería Santa Mónica, que ya pasa de los 45 años. Allí también trabaja Guillermo Ramírez, Memo, otro ilustre habitante de la Comuna 12 de Medellín, nacido y criado en el barrio La América.

Sus dos compañeros son de La Floresta y, como él, conocieron los antiguos lugares de esa zona centro occidental de la ciudad, los rincones insignes de los bohemios. Por eso, cuando Aldemar habla de El Zacatín, sitio fundamental para la Fábrica de Licores de Antioquia, sus dos compinches se apresuran a corregirlo.

“No digás bobadas, Aldemar, cómo que los borrachos se caían en la Ana Díaz. Además, El Zacatín no era el bar, el bar se llamaba Bar 21, y era una delicia”, consagra Memo. “¡Qué música la que se escuchaba allí! ¡Qué música!”, añade Rogelio sonrojado por los recuerdos.

Fue Aldemar quien me contó de Mocho, el gallinazo. Pasé por una libra de chicharrón, ya que vivo cerca de Santa Mónica y me gusta caminar largo, hasta para hacer las compras, y entonces llegué hasta la carnicería. Mientras me cortaban la carne me puse a conversar con Jose, un muchacho de veinte años que vende huevos campesinos, “puestos por gallinas libres”, asegura él.

“¿Qué, un gallinazo amaestrado?, ¿cómo así?”.

“Que sííí, que acá tenemos gallinazo propio. Lo adoptó Rogelio, lo amaestró. Se llama Mocho porque le falta una uña”, me contó aquella vez con esos ojos que él tiene, grandes y saltones como dos canicas gordas a punto de salir disparadas por los aires.

Entonces volví, para corroborar la historia con Rogelio, y él, con un opíparo derroche de grandilocuencia, me lo contó todo.

Empezó por el principio, como debe ser, aunque ese principio poco me importaba y me obligaba a sentarme como él, bajo los últimos rayos de luz de la decadente tarde.

“Le voy a contar, amigo mío, lo que ya les he contado a otros amigos, muchos de ellos periodistas, como usted, otros simplemente curiosos o vecinos preocupados por la salubridad. El animalito llegó aquí, hace más o menos un año, tal vez menos. No sé qué edad tenga, o cuánto más vaya a vivir, pero creo que es joven. Cuando llegó por primera vez, se posó en el poste de luz y luego cruzó la calle hasta el techo de una casa vecina. Luego comenzó a mirar hacia la carnicería, como pidiendo algo de comer, y entonces no sé qué pasó por mi cabeza, pero me enternecí y le tiré pedazos de carne. El animalito se bajó del techo y comió los pedazos, con rapidez, con cautela, y luego volvió a subirse al techo, se quedó allí un rato y luego alzó vuelo. Pensé que no lo volvería a ver, pero desde entonces viene casi todos los días, diría yo que cuatro o cinco de los siete días que tiene la semana, y siempre hace lo mismo. Se para en el poste y, cuando uno lo llama, baja a comer”.

El relato de don Rogelio me pareció maravilloso, pero todavía tenía que ver todo aquello con mis propios ojos. Generalmente, los seres humanos, les tiramos piedras y palos a los chulos, nunca comida. Nos dan asco, nos generan miedo, somos supersticiosos ante ellos.

Rogelio, en cambio, lo trató con afecto, le dio un nombre, una identidad, y terminó amaestrándolo.

Durante tres días estuve yendo a la carnicería, esperando ver el extraordinario espectáculo del gallinazo domesticado, hasta que por fin fui testigo de su llegada. Era sábado, cuatro y media de la tarde, y el chulo, con sus plumas negras y cabeza grisácea, o de un blanco opaco, como un estropajo ajado, maltratado por el uso, se posó sobre el poste de luz y, como el cóndor del escudo de Colombia, abrió sus alas a guisa de personaje importante, y se estuvo allí por varios segundos, acicalándose y calentándose, hasta que Rogelio salió a la calle y lo llamó.

“Mochito, Mochito, venga pues mi rey. Venga pues negrito que acá le tengo su ración. Venga pues mi Mocho”.

Y el animal comenzó a menear su cuello de un lado a otro, como un ciego tratándose de orientar con un ruido lejano, con un aroma. Otros, que sabían su nombre y su historia, también lo llamaron, pero él no atendió. Solo comenzó a oscilar su pico de izquierda a derecha cuando escuchó el tono grave pero diáfano de su amigo, de Rogelio, y entonces bajó.

El dueño de la carnicería avanzó hasta el otro lado de la calle y tiró cuatro pedazos de carne sobre la acera, y tras él, como un perro que sabe quién es su dueño, caminó el gallinazo, Mocho, con la cabeza ligeramente inclinada hacia el pavimento, como si estuviera avergonzado o temeroso, pues por primera vez eran muchos los ojos que lo observaban, y quería saciarse lo más pronto posible antes de que algún insensato lo golpeara con una piedra.

Mocho comió con hambre y luego voló hasta un techo vecino. Luego se fue, volando muy alto, y se perdió entre las nubes que ya empezaban a endurecerse como plomo.

“Un día, una muchacha que a veces nos ayuda con los asuntos administrativos de la carnicería comenzó a darle comida y llamarlo por su nombre, y el gallinazo empezó a reconocerla. Apenas lo alimentó tres días, y él le tomó cariño. Pues fíjese lo raro del asunto, señor periodista. El gallinazo comenzó a acompañarla hasta la casa. La primera vez, salió detrás de ella, caminando, no volando, porque no le había dado comida. A la muchacha se le olvidó y Mocho la siguió, siempre a discreta distancia, hasta la casa. Ella tuvo que devolverse a darle comida. Desde ese día, el animalito, si la ve, la acompaña. Ya no es solo una cosa mía, ya es cosa de todos los de la carnicería. Él nos reconoce, por las voces, y también por el lugar y los uniformes. Si usted lo llama, o cualquier otro fulano, él no baja”, narra Rogelio con un gesto de satisfacción.

Rogelio vive en La Floresta y los domingos los dedica al reposo. Le gusta ir a los bares antiguos, donde le ponen boleros, tangos y música romántica. Toma poco, como buen carnicero, para no perder el fino equilibrio de sus manos. También le gusta tener perros y gatos en su casa, como cualquier ser humano al que le gusta el ruido hogareño para sentir que está vivo.

Ahora también tiene un gallinazo, y eso le parece muy reyeyé, aunque poco sabe de esa desprestigiada especie, “oveja negra” de la familia de los buitres y que, según los expertos, puede vivir hasta quince años en condición silvestre, y veinte con la protección humana.

“Yo lo único que sé es que son animales muy buenos, porque limpian y nos protegen de las epidemias y las enfermedades. Se comen todo lo que se ve feo, todo lo que huele mal. Prestan un servicio a la sociedad. Para mí, no se merecen piedras, se merecen aplausos”, asegura el viejo, canoso como los sabios de los cuentos.

Animales luctuosos, les dicen; que a donde llegan es porque huele a muerto, comentan. Pero los gallinazos, a decir verdad, son más sinónimos de vida que de muerte. Andan por ahí comiendo la basura y desgarrando cadáveres putrefactos, para que la vida resurja en la maleza, para espantar el hedor de los bordes de las quebradas, las riberas de los ríos o las escombreras.

Los gallinazos, esos buitres de hasta 67 centímetros de alto y 1900 gramos de peso; de rostro rugoso, plumas de petróleo y huesos pétreos, sirven hasta para curar el cáncer, pero van por ahí, como almas penitentes, corriéndoles a las piedras y a las miradas de una humanidad que escoge su comida con aristocracia, como si ambas cosas abundaran sobre esta tierra.

Cuando me fui, el tercer día de mis visitas, Rogelio ya no estaba sentado en la entrada de su negocio. Después de darle de comer a Mocho corrió a lavarse las manos y luego se puso a cortar carne para sus clientes de todos los días.

Jose, el joven de los huevos, ya se había ido, mientras que Aldemar deambulaba por la calle sin escoger destino, como esperando una tertulia que le permitiera contar las nuevas cuitas del gallinazo, o las viejas de sus tiempos juveniles, cuando existían zacatines, quebradas con olor a aguardiente y cientos de gallinazos volando en círculos alrededor de una ciudad donde siempre han abundado los corazones dadivosos y el alpiste para los chulos.

Cosecha de museo

por MARÍA ISABEL NARANJO • Fotografías de Sergio González

Número 125 Noviembre de 2021

Las plantas son las maestras de la colaboración [y el apoyo mutuo],
gracias a sus alianzas, han sabido construir sociedades mutualistas
en todos los hábitats de la Tierra.
Stefano Mancuso 

Por estos lados de la ciudad, entre la carrera Cundinamarca y la calle Calibío, donde se registra el segundo índice más alto de contaminación del aire del país luego de Kennedy, en Bogotá, se rumora que seis mujeres que se hacen llamar a sí mismas guerreras hablan cada ocho días con las plantas que siembran en el parqueadero del Museo de Antioquia.

Un día, antes de la pandemia, o sea antes de que las ratas se comieran todo lo que habían sembrado, a una de ellas la vieron hablando con unos limoncillos. Se trataba de Adela. Sesenta y seis años. De Sevilla. Dos hijos. 

Esa mañana Adela salió bravísima de su casa, en Castilla, alegando con su nieta por culpa de Alana, la pitbull recién adoptada a la que le encantaba meter el hocico en la caneca de la basura y hacerse popó justo al lado de su pieza.

Imagínense la escena: los buses y los carros aullando con pitidos por la carrera Cundinamarca, cerca del Museo. La luz del semáforo está cambiando a amarillo. Adela cruza la calle con los ojos rojos, refunfuñando las últimas palabrotas que se le quedaron en la boca después de llorar todo el camino. Su cuerpo, rabioso, atraviesa el umbral del parqueadero, no saluda a nadie, y por fin, cuando tiene unos limoncillos al frente se desahoga diciendo:

—¡A veeer!, ¿cómo están las maticas?

Detrás de los limoncillos de la huerta sigue estando el altar de la Sagrada Familia: sin padre, sin flores y mocha. No se sabe cuándo ni cómo las tres figuras santas, la virgen María, el niño Jesús y el arcángel Rafael —protector del noviazgo— terminaron sin manos en ese hueco sagrado en la pared, del que Adela sacó ese día una botella de plástico para llenarlo de agua de la canilla. Solo entonces, las palabras fueron cayendo como gotas sobre las ramas:

—Ay, qué rabia en la casa. Miren que ese chandoso no hace sino hacerlo rabiar a uno —caen en una ramita—. Y esta otra que no le pone juicio, que no lo educa bien educado. ¡Ay, no! Usted está muy linda —acarician una flor—. Porque ella se comprometió. “Ay, no, déjenme el perrito. Yo lo cuido, yo lo educo”. Se comprometió a eso y por eso se le dejó tener el chandosito y vea.

Dicen que después de la terapia vegetal, Adela salió más tranquila a vender confites, chicles y cigarrillos por los lados del Parque de Berrío y, ahí, escuchando a los músicos de cuerda que tanto le recuerdan a su pueblo, terminó de quitarse todo lo pesado que traía en el cuerpo. Lo de su debut como bailarina pasó al poco tiempo, cuando hicieron el lanzamiento de Nadie sabe quién soy yo (2017), una performance de la artista Nadia Granados en la que Adela representó a una bailarina de salsa en medio de una balacera.

Ese papel la hizo imaginar que ella también podía ser una “bailarina de parque, independiente”, y aumentar sus ingresos de la chaza. Se inventó un show de baile al frente de Versalles, sobre la calle Junín, que presenta los jueves y los viernes, y en el Parque de Berrío también, cuando sale con ánimo de la huerta junto a las otras guerreras.

—Me va bien, pero el bafle se me dañó y ya llevo cuarenta mil pesos en arreglos. Plata que me hago, plata que le meto. Entonces ya voy a parar la bailada por ahora —me dijo la última vez. 

Cuando Adela está en la huerta uno la ve cargando herramientas, palas, escobas, limpiando. Ordenando. Los martes a la hora de la salida se escucha la voz de ella pidiendo “Señoras, por favor recojan lo que usaron no me dejen eso regado”. Por eso en una de las cuatro visitas que hice le pregunté:

—¿Cuánto puede medir la huerta? 

A ojo empezamos a calcular uno, dos, tres…

—Yo calculo que aquí puede haber unos veinticuatro metros cuadrados —y extendió sus brazos agrimensores—. Pero ve, me diste la idea. En estos días me traigo un metro y la mido. 

Alejandro Acevedo, un muchacho de La América que hace siete años vive de cultivar lombrices en la terraza de su casa, les estaba explicando ese día cómo hacer un lombricultivo con la promesa de que si aprendían, con Lombriciando —así se llama su negocio—, se las ayudaría a vender.

Las guerreras ponían cara de ilusión haciendo cuentas con los dedos, imaginando cómo esos cincuenta kilos de caca de lombrices que iban a tener en cinco meses los iban a poder vender —a cinco mil pesos el kilo—, pero antes de eso. Antes de eso debían entender cómo trabajaban las lombrices.

Anotan:

—Las lombrices descomponen por capas el tendido de frutas, cáscaras y otros residuos vegetales que ustedes deben encargarse de traer cada tres días.

Veo el primer problema: ellas vienen cada ocho.

***

Un nuevo cajón de madera en el centro de la huerta, lleno hasta el tope de hojarasca, cortezas y hierbas mezcladas con algunos pedazos de bolsas de plástico, se ha tragado el lombricultivo veinte días después. Adela, expurgando el amasijo vegetal con las manos, murmura que ojalá las lombrices sobrevivan en el fondo y sin comida, aunque pude notar el segundo problema: se les olvidó que existían.

Cuando termina la limpieza manual dice que ha traído un cuaderno donde anotó algunos detalles importantes sobre cómo empezó la huerta. Entonces nos sentamos al borde de la fosa lombricienta donde comienzo a grabar:

—¿Me está grabando? Ejem… —se aclara la carraspera de la voz—. Mi nombre es María Adela Villa y esto que tengo en la mano es el inicio de nuestra huerta acá en el Museo.

—¿Tú lo escribiste?

—Sí, yo lo escribí.

—Vamos a leerlo así tal cual lo escribiste.

—Acá, por ejemplo, dice: “Lunes seis de septiembre del veinte diecisiete. Residencias Cundinamarca. Museo de Antioquia. Relación de la huerta en mi cuaderno. Tema: De nuestra huerta y cómo inició este programa”.

El cuaderno que lleva Adela es una especie de bitácora en la que cada guerrera anota lo que le parece importante. Lo que aprenden en las capacitaciones que les trae el Museo, como la del lombricultivo; los remedios caseros que se dan entre ellas cuando se cuentan sus dolencias, como el día que llegó Gladys Restrepo. Cincuenta y seis años. Dos hijos. Un infarto al corazón.

—Anote pues lo que se va a tomar —le dijo Carmen Bedoya, la mujer curandera que más sabe de remedios en la huerta, cuando la vio llegar debilitada después de un mes y medio de convalecencia—: además de tomar cidrón y toronjil para que se relaje, en un tarro de aluminio seco va a poner un palomo adentro. Lo tapa bien tapao y lo pone al baño María, para que sude. Luego se toma una cucharadita de esa sustancia tres veces al día. Y de a poquitos, porque es muy fuerte.

Hace cuatro años esta huerta que no sabemos todavía cuánto mide era una jardinera de achiras, un desierto ornamental de malamadre en la parte trasera de un parqueadero en el centro contaminado de la ciudad. Ahora es un solar comunitario que ha dado cosechas de prontoalivio, albahaca, yerbabuena, limoncillo, lechugas de cuatro clases: la lisa o india, la crespa, la moradita, la col bogotana casi blanca, ancha. Han sembrado acelgas, flor de jamaica, yuca, plátano, papaya, piña, tomate de árbol. También cebolla de huevo, cebolla de rama, de la bogotana y de la de aquí. Una vez tuvieron zanahoritas, un naranjo con naranjitas, “muy ricas”. Una cilantrada “hermosa”. Hasta que…

—Llegó esta pandemia tan brava y la ratonamenta se apoderó de todo porque solo podíamos venir cada ocho días. —Gritó de lejos Carmen, la curandera. Setenta y tres años. De San Vicente. Ocho hijos. Se vino caminando del otro lado de la huerta, mirándonos atentamente con los ojos negros y brillantes, como embrujados, cuando nos escuchó hablando de las artistas.

Era la época de bonanza, cuando “todo era para todas”.

—Ah, que no hay sino esto, entonces lléveselo usted. O que solo hay esta cosita, entonces llévese usted. Y así no peleábamos —se le alcanza a entender porque trae puesta la mascarilla que dice: Dios cuida de mí.

—¿Qué significa para ustedes ser guerreras? —les pregunto a las dos cuando Carmen se sienta al lado de Adela.

—A ver, yo soy guerrera porque yo me tiré a conocer el mundo sola desde los quince años —responde Adela—. Me fui de mi casa porque me pegaban mucho y me lancé a guerriar la vida de día y de noche. En la vida nocturna estamos en ese peligro, pero uno lo enfrenta. Los hombres, que nos llaman amigas y luego nos llevan a un hotel y nos matan. Ir por ahí con una canasta de cigarrillos de bar en bar de cuatro de la tarde a las cuatro de la mañana. Por eso soy una guerrera.

—Nosotras decimos “somos guerreras” porque “guerreamos” la vida —responde Carmen—, porque en todo momento estamos luchando para conseguirnos un sustento sanamente, sin robarle a nadie, sin matar a nadie.

Carmen está hablando al lado del árbol de tomate que sembró cuando llegó a la huerta, para recordar que su tía no se los dejaba comer.

—Yo fui la causante de que mi madre y mi hermana melliza fallecieran cuando nací.

Así empieza su historia. Primer párrafo. Vamos a cerrar los ojos y a pensar en una nube de palabras que designan seres y acciones para armar su vida: Mamá. Muerta. Hermana. Muerta. Papá solo. Bebé en caneca de basura. Abandono. Padrastro. Intento de violación. Tía. Abandono. La calle. Dormir en parques. Marido. Pobreza. Abandono. Desde que su marido se fue de la casa y la abandonó a su suerte con ocho hijos, los vecinos siempre vieron a Carmen trabajando en bares. De mesera. De despachadora. De salonera. Cuando acababa su turno a veces se quedaba con amigos secretos. Pero nunca en las esquinas. A ella la palabra prostituta no le gusta. Le aterra. Cree que supone siempre una “mala intención” de parte de la mujer. Prefiere decir… mujer fácil.

—¿Por qué?

—Porque un hombre le habla, le propone un trato y ella verá si acepta o no. ¿Ya me entendió? Salen a conseguir su vida sanamente, sin hacerle daño a nadie.

***

Además de la ropa de trabajo de la huerta, las guerreras llevan en sus morrales la muda del “nunca se sabe”, más formal. Carmen ya se ha cambiado la camisa de algodón por una blusa de chifón color helado de mandarina, y los tenis por unas sandalias negras.

—¿Qué representa para ti esta huerta ahora? —le pregunto mientras termina de alistarse.

—La huerta y las plantas se llevan toda mi depresión y mis angustias —dice—. Yo me vengo a cultivar, a enseñarles a las otras a sembrar y es una cosa que me saca una carga de encima, ¿me entiende?

—¿Y las plantas la entienden?

—A las plantas se les tiene que hablar, se les tiene que acariciar. Se reprenden si ellas no quieren dar nada. ¿Pero qué pasa? Que no pueden hablar, pero ellas oyen.

—¿Y te entendés mejor con las plantas o con los hombres?

—Ay, con las plantas. Con los hombres es muy difícil, hay mucho problema. Yo ahora vivo sola, libremente y paso muy rico.

—Está muy bacana esa camiseta —la saluda Carmen y termina de pintarse la boca de morado, con un espejito en la mano.

La que llega tiene una blusa rosada estampada. Se lee A night one book save my life. Le pregunto si sabe lo que dice y ella me niega con la cabeza.

—Una noche, un libro me salvó la vida —le leo en voz alta.

—Ahhh —dice ella entrecerrando los ojos—, como la noche en que las guerreras salvaron mi vida.

Esa noche fue en realidad una tarde, hace tres años. Rosalba González. Setenta y tres años. De Sopetrán. Seis hijos. Por esos días ya tenía la costumbre de ir al Parque de Berrío a sentarse debajo de la palma fénix a escuchar a los músicos de cuerda y a ver a Carmen y Adela bailando. Para ese entonces los rostros de todas ya resultaban familiares y un día Carmen la vio tan aburrida que se le acercó:

—“Mami, ¿a usted qué la pasa?” —le preguntó—. Y ella, “no, es que tengo mucho problema, me dan ganas de quitarme la vida”.

—Por esa época ya se había muerto Walter, mi ojibonito —dice Rosalba acunando un recuerdo en su mirada que la enternece—, y yo me moría por ese hombre. 

—Yo le dije: venga la meto a un programa del museo que allá se va a sentir mejor, y véala como está ahora.

Dejamos a Carmen a un lado, acicalándose en el espejo, y nos acercamos con Rosalba al lado de la matera grande con un árbol de cacao que ella estaba regañando el día que la conocí:

—¿Por qué está tan feo? ¿Por qué no me querés prender? —repetía agachada debajo del árbol—. Ah, ah, ah. ¡Te quiero conocer tu palo… de cacao!

Lo decía riéndose porque sabía que yo la estaba escuchando. Ese árbol lo sembró porque le recuerda a su niñez, en Sopetrán, cuando se comía a escondidas las mazorcas de cacao. “Eso te hace daño, eso te da fiebre”, la regañaba su mamá, pero Rosalba se comía hasta dos mazorcas al día. Y nunca le dio fiebre.

Su mamá le pegó con un palo cuando supo de los amoríos que había tenido a escondidas con Walter durante dos años. Lo único que no le quedó morado en el cuerpo esa vez fue la cara. Pero la pela no sirvió de nada. Igual se fue detrás de él y tuvieron seis hijos.

No tenía ni dos meses de embarazo del primero cuando vivían en una pensión por los lados de Díaz Granados, en el Centro, y una amiga suya le dijo:  “Vení para que veás lo que está haciendo tu marido”. Se la llevó para un bar en El Raudal y ahí fue cuando lo vio. Tenía a una “salonera” sentada en las piernas a la que le pegaba palmadas en la nalga por “comportarse mal”. Los siguió toda la noche hasta que subieron juntos las escalas de un motel.

La niña embarazada se devolvió a la pensión llorando, y así se quedó el tiempo que  Walter dejó pago: quince días. Quince días lloró y tomó únicamente agua de la canilla. Hasta que se la llevaron a vivir otra vez a la casa de su familia, en Aranjuez, donde su mamá la contempló con concha de gurre raspada para quitarle los vómitos que le daba el embarazo.

—Hasta que un día mi mamá me mandó donde los Betancures a comprar un jabón Rey para seguir lavando ropa de la Lavandería Real. Y allá estaba escondido el berraco detrás de la puerta. “¡No me perjudiques!”, le decía ella, pero él insistía con miraditas, besos y caricias hasta derretir su voluntad.

Durante veinte años parió los hijos de Walter aunque él jugara a ser un fantasma: aparecía y desaparecía cuando la daba la gana. Fue después del tercero, en Santa Cruz, cuando le tocó salir a ella a guerrear en la calle porque el ojibonito se le había perdido otra vez.

Trabajó en El Córdoba, un bar cerca de El Ferrocarril. En El Atlántico. En Los Arrieros. En Los Recuerdos. Y ahí fue donde se entregó completamente al oficio de “salonera”.

—Un día mío era tomar —dice—. En esos días estaba enamorada de la Tierra y me decían, Aaalba, ¿uno? Pase. Otro, pase. Como era pa aquí y pa allá no me emborrachaba. Y además en ese tiempo era aguardiente bueno, sabía a puro anís.

—¿Y eso qué significa?

—¿Qué significa qué? —dice Rosalba

—Estar enamorada de la Tierra.

—Significa que como tenía que rebuscarme la comida de mis hijos, aceptaba todo lo que me dieran. ¿Vamos por allí?, vamos. Atendía contenta en los salones a los borrachos, me daban trago y luego nos íbamos a bailar.

Hasta que se llenó de hijos y dejaron de darle trabajo porque pedía muchos permisos. Además esos hijos estaban creciendo y ella comenzó a sentir pena de que la vieran así. Terminó viviendo con una tía que la humilló y la humilló, hasta que se cansó y unos conocidos de su familia le ayudaron a hacerse un rancho en un terreno baldío en Robledo.

Madrugaba. Empacaba aguapanela con limón, una coca con arroz y salía caminando del rancho con sus seis hijos hasta una ladrillera de Guayabal. Del occidente al sur. De ida y de regreso. Mientras iban apilando los 150 adobes regalados con los que hizo las tres paredes del frente de su casa.

—Han pasado 41 años desde que les dije a los de Control de Obras que me tumbaron tres veces mi rancho: “¡De aquí no me sacan!”. Y ahí estoy en mi casa, porque me la guerrié. ¡De ahí no me sacan sino para el cementerio!

—Hola, hola —llega saludando Adela—. ¿Está hablando con sudado de lengua?

Así le dicen cariñosamente a Rosalba cuando le dan cuerda para hablar.

Es mediodía, la hora de salida, y Adela llegó con Luz Mery. Sesenta y tres años. De Pensilvania. Cuatro hijos. Mide medio metro, como casi todas. Su pelo está teñido de morado, lleva puestas unas gafas de marco gatuno que la hacen ver más joven y una camiseta con el mapa de África. En su casa en Santa Elena ha hecho amistad con lulos, cebollas, un palo de naranjas. Y un vecino con el que pasea. Por eso la muda del nunca se sabe que trajo hoy es un vestido de baño.   

—Bueno señoras, vengan que vamos a hacer cuentas —dice Luz Mery mientras anota en su cuaderno lo que le da a cada una. 

Primero le hace señas a Carmen para que se acerque, y le da un dinero extra por los pasteles de pollo que trajo para el refrigerio de todas.

—¿Y qué llevas en el morral? —le pregunto a Rosalba antes de que Luz Mery la llame y se vaya.

—Voy pa San Roque.

—¡Donde el amor! —grita Carmen otra vez de lejos, como si siempre nos estuviera oyendo.

—Tengo un amor de 78 años. Dejo esta ropa allá, y así cuando quiera me voy y no tengo que llevar más.

—Y por eso tenés los ojos brillantes —le digo.

—Es que me brillan de la felicidad.

***

Cuando salgamos de la huerta Luz Mery dirá que la mata de café donde estuvo sentada repartiendo la plata, ella la sembró. Es una mata que la devuelve cincuenta años en el tiempo, a la finca cafetera donde vivía con catorce hermanos y todo el mundo tenía trabajo para hacer.

Moler. Hacer arepas. Sembrar. Descerezar el café. Ella sabía hacer todo eso y también se inventaba formas de hacer dinero. Como esa vez que hizo una rifa de alcantarilla.

—¡Vamos a rifar un tarro de leche! —les propuso a sus amigas de Pensilvania.

—¿Y de dónde el tarro de leche? —preguntaron ellas.

—Pues de la plata que recojamos.

Y así empezaron. Era como a veinte pesos la alcantarilla y varias personas que compraron decían:

—¡Apunten a la alcantarillera! ¡Apunten a la alcantarillera! —que era Luz Mery.

Y se la ganó.

Luz Mery y sus amigas no solo regalaron un tarro de leche a una familia que lo necesitaba, sino un mercado completo.

Eso mismo intenta hacer ahora en la huerta. Está pendiente de convocatorias que les sirvan y las alienta para que hagan sus proyectos.

—Cuando entreviste a Gladys, la enferma de corazón, pregúntele qué significa Úsese solo una vez —me dirá Luz Mery—. Ella fue la que se inventó eso de los calzones.

—¿De los calzones?

—Son calzones desechables que dicen eso.

Resulta que un día Gladys dijo: “Uno en este oficio debería tener calzones que usa una vez y chao”. La frase fue tan poderosa que la estamparon en unos calzones que vendían en nombre de la mujer fácil —como le gusta decir a Carmen—, que termina cosificada de la misma manera.

—¿Por qué crees que es poderosa esta huerta? —le preguntaré a Luz Mery cuando estemos en el Parque de Berrío.

—Porque nos ha devuelto una sensación muy grata: estar empleadas. Los lunes por la noche preparamos las gafas, los guantes, las semillas y el pasaje para salir muy tempranito los martes, que es el único día de la semana que sí vale la pena levantarse.

***

Todo en orden. Morrales en la espalda, bocas pintadas, algunas de tenis y otras de tacones. Así salimos de la huerta, en fila hacia el bar La Luz, en la esquina del Museo, donde Carmen trabajó de salonera. Queríamos tomarnos una cerveza y hablar de recuerdos de esa época, pero el volumen de la música nos hizo cambiar de idea. Nos decidimos mejor por cinco tintos del carrito de los venezolanos, muy cerca del mosaico de la Virgen de la Candelaria que hay escondido en los bajos del metro. A lo lejos se lee una inscripción: “Si quieres que tu dolor se convierta en alegría, no pasarás pecador sin invocar a María”. Invocamos a María del Carmen, que fue la que nos pagó los tintos, y luego caminamos hacia el Parque de Berrío hasta la palma fénix, donde casi siempre están sentados los músicos de cuerda. Cuando nos vieron llegar cambiaron la melodía sosa por una carrilera animada, solo por el placer de ver a las guerreras bailar. Cantamos en coro. Hicimos un trencito. Al mediodía. Como si no hubiera tiempo. Ni preocupaciones. Pero el tiempo fue pasando y ellas se fueron yendo: Rosalba con el amor. Luz Mery con el vecino. Carmen con Adela. Adela con el azar. Como jubiladas, sin jubilación.

Yo, que seguía trabajando, regresé al museo a preguntar cuánto mide la huerta.

—Cuarenta y cinco metros cuadrados —dijo Juli Zapata, responsable del Museo después de consultarlo.

Cuarenta y cinco metros cuadrados. Es poca la tierra que necesitan las guerreras para inventarse otro mundo, uno donde las plantas nos oyen.

Cuando a Medellín le salieron árboles

por DIEGO MOLINA • Fotografías del Archivo Fotográfico BPP

Número 89 Agosto de 2017

Parque Bolívar. Francisco Mejía, 1922.

Los primeros árboles que se sembraron en Medellín, según fuentes escritas, fueron unas ceibas (Ceiba pentandra) que Gabriel Echeverri (colonizador antioqueño y fundador de Caramanta) hizo traer hacia 1857 desde las riberas del río Cauca, y que, posteriormente, mandó plantar en la avenida derecha de la quebrada Santa Elena. Poco tiempo después, Pastor Restrepo plantó otras cuatro ceibas en el costado sur del Parque de Bolívar, dos de las cuales aún se encuentran en pie. Por la misma época, en 1878, Pedro Restrepo Uribe inició la arborización de la carretera del norte, sembrando árboles en buena parte de su extensión.

Y claro, no es que Medellín no hubiera tenido árboles antes de las iniciativas de los señores y los dones de la Villa. Solo que antes del siglo XIX los árboles crecían digamos de forma orgánica. Unos eran sembrados como fuente de alimento en los solares y patios, mientras otros brotaban espontáneamente tras alguna semilla de mango o mamoncillo lanzada por ahí a su suerte. De esos árboles de otros tiempos aún quedan señales. Hoy en día hay lugares cuya toponimia recuerda, como en el caso del chagualo (Clusia sp.), algún árbol que por largo tiempo sirvió a los habitantes como mojón espacial. Sin embargo, la ciudad antigua, la ciudad colonial, no tenía a los árboles como una de sus prioridades. No es sino caminar por las calles estrechas de Santa Fe de Antioquia para darse cuenta de que en lo que hoy conocemos como espacio público son notorios, por su ausencia, los árboles. Cabe entonces preguntarse, ¿por qué la ciudad se pobló de árboles?

Con ideas poco claras sobre las enfermedades contagiosas y los microorganismos, la gente enfermaba física y moralmente por unos elementos invisibles que flotaban y se transmitían en el aire. Según la concepción médica de la época eran “efluvios telúricos, aires mefíticos y miasmas” que llevaban al marchitamiento y la muerte. Estas ideas de los aires oprobiosos tuvieron, por supuesto, gran aceptación en las regiones malsanas del trópico. En nuestro ambiente particular, con unos soles incandescentes y una considerable humedad, la ciudad era el caldo de cultivo donde pululaban esos elementos perniciosos que eran considerados una de las principales causas de la debilidad de nuestro carácter físico y moral. Y es que nosotros, pobres descendientes de razas inferiores, viviendo en un cochambroso ambiente natural, no teníamos cómo expresar los rasgos de grandeza de otros pueblos. Esta condición quedó bien expresada por el eminente médico y geógrafo envigadeño Manuel Uribe Ángel: “En las elevadas montañas […] los efectos de los agentes físicos multiplican su acción hasta el infinito, pero casi siempre en el sentido de dar robustez y fuerza al hombre que las habita. Lo contrario acontece en las dilatadas planicies de la zona tórrida, cuyos moradores en general son más débiles y la pobreza fisiológica más notable […] Aseguramos haber notado que no debe ser uno mismo el tratamiento médico aplicado a los habitantes de las zonas tórridas, que el que debe ser empleado con nuestros compatriotas suecos y noruegos, daneses y alemanes, rusos y austriacos, ingleses y franceses están (sic) en general dotados de órganos más resistentes que los nuestros”. Sumado a esto, se retomaron los hallazgos que a finales del siglo XVIII hicieron los holandeses Van Helmont Priestley y Jan Ingenhousz, sobre el poder de las plantas para producir oxígeno, es decir, para “purificar” el aire. El descubrimiento de lo que hoy conocemos como fotosíntesis transformó la manera de entender las ciudades. Poco a poco los árboles se establecieron en las urbes como medios poderosos para purificar el ambiente y crear espacios saludables.

Barrio Manrique. Benjamín de la Calle, 1920.

El árbol-filtro apareció en escena para salvar a los habitantes de la ciudad de su infausto ambiente y destino. Se entronizó dentro de las élites el poder del árbol. La burguesía local se sorprendía con los bulevares —todos sembrados de plátanos (del árbol, no de la mata de plátano)— construidos en el París del Barón Haussmann, se maravillaban con el Hyde Park de Londres o con la Villa Borghese de Roma. Así se dio la importación de ideas sobre la naturaleza que transformaría a la Medellín que a pesar de su marcada realidad rural se soñaba moderna.

Nosotros no teníamos realezas a la cuales expropiarles sus jardines para hacerlos parques públicos. Lo que teníamos eran ejidos, en otras palabras, potreros, los cuales no eran adecuados para la representación de una naturaleza moderna. La solución entonces fue convertir las plazas coloniales en parques modernos, o simplemente cercar, ordenar y civilizar los potreros. Así fue como surgió el Parque Bolívar —en un principio sin su famosa Calliandra medellinensis—, en un terreno donde antes pastaban las vacas y se fusilaba a los indeseables, y que se transformaría en un espacio respetado al que se fueron a vivir los más prestantes mercaderes de la ciudad. Lo mismo ocurrió con la plaza de Berrío. Igualmente se hicieron tímidos intentos para convertir algunas avenidas en algo similar a los bulevares europeos. Para los años veinte del siglo pasado se arborizó con palmas reales la calle Bolivia y se sembraron chingales (Jacaranda mimosifolia) en Ayacucho, convirtiendo una simple calle en el popular Paseo de Buenos Aires; lo mismo ocurrió para 1929 con la avenida Libertadores (hoy Regional) que se transformó en el Paseo Los Libertadores.

Pero la cosa no era abrir un hueco y sembrar un árbol. Los árboles, en aquella imagen de la ciudad moderna, tuvieron que enfrentarse a la tradición. Lo primero fue la lucha contra las vacas. Estos rumiantes que de cuando en cuando cobraban una que otra vida en la Villa, aburridos ya de la misma pobre hierba del valle, encontraron en los árboles recién plantados una alternativa gourmet a su monótona dieta. Ya para 1915 la Sociedad de Mejoras Públicas se quejó ante el Concejo de la ciudad “manifestándole que las bestias que han estado pastando en el Bosque de la Independencia están impidiendo la marcha de los trabajos que allí se adelantan, y que ya han destruido muchos de los árboles que se han plantado cuidadosamente para su ornato”. Igualmente, el empresario Ricardo Olano, conocido en toda Colombia como “el apóstol del árbol”, se lamentaba en 1947 de cómo “el gran parque del Cerro Nutibara, donde la Sociedad de Mejoras Públicas sembró más de cinco mil árboles, fracasó porque el cerro está dividido por cercos de alambre por los potreros que lo rodean y el distrito no los sostuvo y el ganado destruyó los árboles”. En conclusión, las vacas fueron los enemigos de los árboles por muchos años.

La cuestión de las vacas deja ver una realidad que los entendidos no entendían y era el hecho de que la Medellín urbana, la Medellín de la industria y el comercio, era aún una ciudad montañera, habitada por hombres y mujeres que recién habían bajado de la montaña. Y así, para el ordeñador y arriero convertido en operario, un árbol sembrado en la calle, al son de los cocos, resultaba menos que absurdo, y es que los árboles eran para algún tipo de usufructo: para madera, leña o carbón vegetal; de ese modo un árbol-filtro purificador de los cuerpos era un chiste. Este hecho lo recoge el agudo Tomas Carrasquilla cuando afirmaba que “esto de la siembra sin cogienda es signo palmario del adelanto urbano: arborizar no es verbo para el campesino utilitarista e intonso. Supone, hasta en los mismos que lo conjugan, algún arbitrio culto de gentes que no viven en el monte”.

La Playa. Óscar Duperly, s.f.

Como respuesta a esta barbarie, las élites cívicas y progresistas de la ciudad, agrupadas en la Sociedad de Mejoras Públicas, se lanzaron en una campaña civilizatoria. Había que mostrar al pueblo los beneficios probados del árbol. La revista Progreso se convirtió entonces en el medio perfecto de propaganda para declararle la guerra al “hombre estorbo”, ese ciudadano que no hace ni deja hacer y que entre otros muchos rasgos negativos no entiende el poder del árbol. Se crea una nueva empresa en la que se componen himnos, poemas y oraciones para convencer a los medellinenses sobre el papel de este nuevo verde moderno. Igualmente, y solo como medida alternativa ante “la falta de educación de nuestro pueblo”, los árboles y plantas urbanas se hacen sujetos de ley. Decretos y acuerdos son expedidos desde el Concejo y la administración municipal prohibiendo el corte y uso de los árboles colocados en la vía pública, árboles que, a pesar de todo, “grupos de salvajes” se empeñaban en usar como postes eléctricos, soporte de avisos, leña para cocinar o, como ocurre hasta nuestros días, letrina pública.

En 1913 se inauguró el Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, coincidiendo su apertura con otra forma de entender los árboles de Medellín. Al nacer el siglo XX las ceibas, pisquines (Albizia carbonaria) o guayacanes (Tabebuia chrysantha) seguían prestando algún servicio a la ciudad, pero ahora eran útiles en cuanto brindaban un espacio para el sano esparcimiento de los obreros que, alejados de la cantina, disfrutaban con un domingo en familia. Así, paradójicamente, cuando el aire del valle comenzaba a enrarecerse de verdad, ya los árboles no eran filtros, ahora no eran más que ornamentación, parte de la utilería en el escenario cotidiano; y así, degradados ante el ciudadano ordinario al nivel de adorno, poco a poco, los árboles de Medellín empezaron a perder terreno ante el nuevo rey de la modernidad: el automóvil.

Desde la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del actual, las ideas sobre el árbol urbano han sufrido cambios y continuidades. Por una parte se afianzaron las formas técnicas, cada vez más necesarias, de manejar y tratar la naturaleza de la ciudad, la silvicultura urbana se consolidó como una práctica indispensable en la regulación de las relaciones, muchas veces conflictivas, entre los árboles y la ciudad con sus cables, techos y tuberías. De otra parte, algunas ideas se han transformado radicalmente. Mientras las antiguas capas de verdes con las que se había pintado la villa y la ciudad estaban hechas indiscriminadamente con plantas y árboles traídos de cualquier rincón del mundo, en un tiempo de éxodos e incontables trasatlánticos atravesando los océanos, ahora son las especies nativas las que se elogian como modelo de verde ideal para la ciudad, así que eucaliptos y pinos despiden un aroma inmigrante que, aunque aromático, es un tanto molesto. Liberados parcialmente de su lastre simbólico como depuradores de los aires y como mera escenografía urbana, los árboles de hoy responden a conceptos como el de biodiversidad, diversidad que paradójicamente es buena solo cuando es la autóctona, la que cabe en las fronteras imaginadas de los países.

Calle Bolivia. Francisco Mejía, 1928.

La historia de los árboles de Medellín demuestra cómo la concepción de la naturaleza no surge espontáneamente como un producto de la cultura y es más bien un constante proceso de resignificación. Así, las ideas sobre la naturaleza y las plantas en particular no son estáticas. En el futuro tal vez se narrarán los tremendos esfuerzos adelantados por el Jardín Botánico en las siembras de cientos de árboles nativos en Medellín. En unas cuantas décadas quizás, o tal vez dentro de un siglo, los árboles con los que compartimos las calles de la cada vez más poluta Medellín ya no existirán. Y es que ya se escuchan voces como la del profesor Prashant Kumar, de la universidad de Surrey en el Reino Unido, quien afirma que en las ciudades encañonadas (como Medellín) los árboles grandes pueden atrapar perjudicialmente la contaminación a nivel de la calle, por lo que sería preferible plantar cercas vivas y arbustos en su lugar. Quizás nos acercamos al tiempo del arbusto, quién sabe. Lo que sí es seguro es que las plantas de la Medellín de hoy no serán (como no serán los edificios, los vestidos ni la tradiciones) las plantas del Medellín del mañana.

Parque Bolívar. Fotografía Rodríguez, 1916.

Los días de la Calliandra

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 52 Febrero de 2014

El anciano más venerable del Parque Bolívar no se sienta en las bancas ni en los sardineles. Se la pasa de pie todo el tiempo, cerca de la calle Ecuador, apoyado en dos estacas. Llegó al parque en los años veinte, pero solo en los cuarenta se supo que tenía parentesco con una familia conocida. Y aunque sus otras ramas permanecen en el misterio, los que saben dicen que es de aquí, de una cepa oriunda de la Villa. Cualquier peatón pasa cerca de él sin notarlo. No aparenta los años que tiene, es bajo de estatura y suelta unas pelusitas rojas a manera de publicidad que algunos recogen. Dicen que ha sido estéril. Se le ve muy encorvado, pero no es por la edad. Aquellos que lo conocen saben que es así desde chiquito. Al verlo uno recuerda la canción: “No se puede corregir a la naturaleza / Árbol que nace doblao jamás su tronco endereza”.

Si un fulano se acerca a mirarlo mucho o a tocarlo, tal vez escuche el grito de unos pelados del parque: “¡Ey, home!, ¿qué le vas a hacer al árbol?”. Lo han adoptado como un símbolo de sus vidas, que tampoco se enderezan fácil. La pequeña cofradía impide que nadie atente contra el viejo. “Si vemos que alguno se va a orinar en él, lo sacamos es volando”, aclara uno de la hermandad.

Con todo y esto, los días del árbol están contados. Nadie entiende cómo hace para transportar savia hasta cada una de sus hojas si la mayor parte del tronco está carcomido. “Anda en las venas”, dice un habitante de calle. Por décadas recibió el vapuleo de los que se colgaban de sus ramas, los que hacían fogatas encima de sus raíces, los que lo usaban de retrete. Está en pie de milagro, tal vez porque tiene, como buena leguminosa, la fe del carbonero.

Desaliñado, nudoso y sin una gran fronda, nuestro personaje se parece al de la novela de Chamisso, que vendió su sombra; no se reconoce por sus frutos, ni inspiró jamás un bambuco como El Limonar. Tiene algunos amigos que lo quieren porque es torcido. Pero más allá de eso, hace parte de un curioso y duro hallazgo científico: solo quedan en la Tierra, vivos aunque achacosos, media docena de estos árboles: los cinco del Parque Bolívar y el de Mon y Velarde. Un augurio que confirmó Ramiro Fonnegra, biólogo experto en flora antioqueña.

La historia echó sus primeras hojas en los cuarenta, cuando un botánico local, Rafael Toro, estaba mostrándole a una pareja de gringos las arboledas del Club Campestre. El anfitrión y los viajeros, Britton y Killip, colectaban en sus portafolios las plantas curiosas, a la caza de alguna nueva para reportar a la ciencia. De pronto, desde la copa de un árbol una flor desconocida atrajo la mirada; tenía la forma de un cono o de una brocha roja. Era un carbonero, pero no como los otros que habían visto. Tenía hojas más pequeñas, varias flores pegadas en un mismo gajo o inflorescencia, y era un poco más alto que sus otros parientes. Estaban ante una especie desconocida. La clasificaron como Calliandra medellinensis, pues jamás fue vista fuera de la ciudad. Luego, otros estudiosos intentaron reproducirla con las únicas semillas que se encontraron en las vainas del árbol doblado del parque. Nunca lo han logrado, ni se ha sabido cuál es el agente natural, abeja o colibrí, que lo poliniza. Los cambios ambientales lo alejaron de estas flores.

Digamos, sin temor de irnos por las ramas, que de la especie bautizada como Calliandra medellinensis nacieron pocos y se criaron menos. Además, todos pegaron en el mismo sitio. Un raro endemismo, lo llaman los que saben. Y más raro aun: las semillas que lanza nuestra venerable planta no germinan ni con la buena mano de los científicos. Los árboles hablan poco, ha dicho el poeta Eugenio Montejo, pero estos parecen recordar esa consigna fatal de la ciudad hace unas décadas: “No nacimos pa semilla”.

En 2007 un congreso de botánica adoptó a la Calliandra como el árbol oficial del evento. Varios expertos fueron a contemplar los cinco sobrevivientes del parque, incluido el que nació torcido y da semillas hueras. Se asombraron del abandono en que andaban estos ancianos. Además de soportar el acoso de una banda de plantas parásitas, del combo de las epifitas, que les robaban el aire, la especie medellinensis padecía de un mal común en la ciudad: estaba amenazada. Se habló entonces de la reproducción mediante tejidos, en laboratorio, pero la investigación quedó aplazada por los altos costos.

Salvar la flor de Medellín, como se llamó por esos días a esa especie de pelusa roja que da vueltas por el parque, podría ser labor de otra cofradía. En la ciudad hay varios grupos de amigos que los domingos por la mañana no se levantan a lavar el carro sino a darle ronda a los árboles que han sembrado y a otros que quieren revivir. Juan Carlos Velázquez, por ejemplo, es un piloto comercial que aterriza de un vuelo de seis horas para ir con su amigo León Morales, profesor jubilado, a mirar el piñón de oreja de Robledo, el algarrobo del zoológico o la ceiba rosada de Palacé. De pronto suena el teléfono. Es León que llama a Juan Carlos para darle un pésame. “Ya sé qué me vas a decir”, dice el otro. “Sí, era eso. ¿Cómo supiste? ¡Se nos murió el guayacán de Bulerías!”.

Si la Calliandra medellinensis desaparece tal vez alguien lo registre en un cuaderno, como la vez que un borracho de Islas Canarias mató al último dodo que quedaba sobre la Tierra. La frase será lapidaria: murió de pie como todos los árboles.

Y a todas estas, ¿qué pensará la Calliandra? Si los árboles no hablan, Montejo lo hace por ellos:

“Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo”.