El crimen más organizado del mundo

por GUSTAVO DUNCAN • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 101 Marzo de 2018

I

En el principio fue el caos. Luego vino el orden y al orden lo siguió un caos aun peor. Desde entonces, la ciudad ha pasado del caos al orden. A veces más el uno y a veces más el otro. Todo depende de a quién se pregunte.

II

El inicio de todas las entrevistas en las cárceles fue el mismo: “El crimen en Medellín es el más organizado del mundo, en Colombia ninguna otra ciudad se le parece”. Entre los reclusos la idea que prima es la de que todo lo que ocurre en Medellín, al menos todo lo relacionado con el crimen, obedece a un orden que se origina en una sólida y tradicional estructura que dicta qué se puede hacer y qué no.

En la base están los combos. Son los muchachos de siempre en varias cuadras a la redonda. Conocen a todos en la comunidad porque son parte de ella. Allí, entre callejones y escaleras, han gastado sus pocos años de vida. Son los encargados de vigilar que la ley de los bandidos se cumpla en el terreno. Quien mate, quien robe o quien venda droga sin permiso, o simplemente quien no se sepa comportar es sujeto de un castigo. Puede ser una multa, una paliza, el destierro o la muerte. En la calle, inconscientemente, se pueden ver los efectos de la ley. Muchos de los drogadictos que deambulan al lado del río fueron expulsados de sus comunas cuando la droga los convirtió en un problema de convivencia.

La ley tiene su precio. En algunos barrios todos deben pagar una vacuna. En otros solo los negocios, desde los buses hasta los distribuidores que quieran surtir las tiendas. Sin embargo, los muchachos del combo no se hacen ricos con esa renta. Son muchos y al final no es tanto dinero, son barrios pobres. Les basta saber que ganan más que si se dedicaran a trabajar en algo legal. Además, obtienen un poder, un prestigio y un atractivo sexual que difícilmente obtendrían en otra ocupación. No todo es dinero en la vida.

Arriba están las razones, como se conoce a las cerca de dos decenas de bandas que se reparten la ciudad. Cada una de ellas maneja un territorio a través de combos leales que le garantizan que solo sus mercancías —sean drogas, aguardiente adulterado, gaseosas, huevos, etc.— se vendan en el lugar y que ninguna otra “razón” cruce sus fronteras. Los coordinadores, una suerte de administradores profesionales del crimen, son los que conectan las razones con los combos, llevan las órdenes de arriba abajo y las quejas de abajo arriba. Es una tarea difícil mantener el control de tantos jóvenes llenos de testosterona y habituados a una violencia letal. Uno de ellos, ya retirado, resumió su oficio: “Mi trabajo era ponerle disciplina a los jóvenes”.

Quizá no haya asunto de la vida de las comunidades en que más se vea reflejada la disciplina impuesta por el crimen organizado que la violencia sexual. Los violadores, sobre todo los violadores de niños, son ferozmente perseguidos por los combos y el castigo es el más severo. Un coordinador, entre las risas que le causaba un cigarrillo de marihuana que acababa de fumarse a la vista de todos en la calle, respondió cuando se le preguntó qué se hacía con los violadores: “En esos casos lo que se recomienda es matarlos”. No siempre fue así.

III

Es difícil resistir los primeros diez minutos de la película. Las escenas son de una crudeza tal que uno se niega a creer que eso haya podido ocurrir. La realidad es que La mujer del animal, de Víctor Gaviria, es un relato de lo que solía pasar en muchos barrios de invasión en los setentas. Surgían pandillas que aterrorizaban a la comunidad. Amedrentaban y robaban, pero lo verdaderamente humillante eran las violaciones. Se hizo común la práctica del revolión, en que una muchacha era seducida por alguno de la pandilla y luego cuando la llevaba a algún lugar apartado era violada por todos.

Tanta humillación llevó a que los hombres de la comunidad organizaran grupos de vigilantes para cazar los delincuentes. Pronto, se convirtieron también ellos mismos en delincuentes aunque algo había cambiado: ahora se convertían en la autoridad de la comunidad. Imponían orden, un orden oprobioso pero orden al fin al cabo.

Por esa misma época, en barrios populares pero no tan pobres como los que retrata La mujer del animal, surgió otro fenómeno entre jóvenes que sentían que las perspectivas de trabajo en las fábricas, que habían aliviado las aspiraciones de sus padres, eran cosa del pasado. Eran tiempos de crisis económica. Se sintieron desahuciados del futuro y optaron por la delincuencia, aunque como estaban más integrados a la ciudad se convirtieron en bandidos más sofisticados. En vez de robar a su propia gente asaltaban bancos y carros de valores. Y, al igual que los vigilantes, desarrollaron una cultura de gobierno de sus comunidades.

Entonces apareció Pablo. Del orden precario que surgió con los nuevos bandidos vino el peor de los caos.

IV

Se comenta que el gran error de Escobar fue haberse metido en política. Y, de manera ingenua, se reduce su vida política a la campaña electoral de 1982 y su paso fugaz por el Congreso. En realidad, Escobar todo el tiempo hizo política a través de medios muy distintos a las elecciones.

Él se dio cuenta de que si se ganaba a los jóvenes bandidos no solo podía hacerse al control del Cartel de Medellín sino que podía disponer del ejército y del territorio para plantear una guerra contra el Estado. Las fotos de Escobar en campaña, inaugurando canchas de futbol en los barrios populares, esconden una transacción política muy profunda. No era a los líderes políticos a quienes se iba a ganar. Era a los bandidos a quienes estaba seduciendo. La lógica era simple: ellos dejaban de cometer los crímenes de siempre, tomaban de una vez por todas el control de sus barrios y hacían parte de su ejército personal, a cambio Escobar les transfería una parte de las rentas del narcotráfico que por entonces inundaba la ciudad. Si un narco se atrevía a no pagar su parte iba a tener un ejército de bandidos respirándole en la nuca. Ese fue su verdadero poder político.

Comenzaba, en medio del sangriento caos que fue la guerra de Escobar, a gestarse el control actual de las bandas y los combos. Ya no eran simples delincuentes de barrio. Los bandidos se volvieron conscientes del poder que encarnaban y de las rentas que estaban disponibles si actuaban de manera organizada. Cómo no iban a darse cuenta si en un momento dado bajo el liderazgo de Escobar pusieron al Estado en jaque. Al final, como era de esperarse, fueron derrotados por una alianza entre fuerzas de seguridad, disidencias del Cartel de Medellín y se dice que la propia cúpula al menos sabía lo que se cocinaba, pero la enseñanza de la guerra les despejó cualquier duda sobre la magnitud de su poder.

V

De nuevo el orden o, mejor, una pretensión de orden.

El reto de quienes mataron a Pablo era imponer orden entre los bandidos que dejó la guerra. A los Castaño y a Don Berna les tomó tiempo hacerlo. Y cuando lo lograron tuvieron que usar esa fuerza para combatir a las milicias de las guerrillas. Por eso, en la desmovilización de los paramilitares la mayoría de quienes dejaban las armas eran bandidos.

Los tiempos de Don Berna dejaron una nueva enseñanza. No tenía sentido hacer una guerra contra el Estado y desafiar el resto de la sociedad. Si los bandidos racionalizaban sus comportamientos podían mantener el poder en sus comunidades, hacerse a jugosas rentas y evitarse problemas con las autoridades. La clave estaba en identificar negocios susceptibles a la explotación, que no involucraran un despojo, sino una extracción sistemática por el solo hecho de disponer la fuerza para extorsionar o monopolizar sus rentas. ¿Qué sentido tenía robar si en proteger empresas informales y criminales había mayores ganancias?

Había comenzado la domesticación del crimen en Medellín. Ahora los bandidos estaban interesados en la pacificación. La violencia era pésima para los negocios y las autoridades se los hacía saber. Podían sobornarlos pero si en la prensa aparecían los muertos no había caso. Los policías cerraban las plazas de vicio y capturaban sus cabecillas. Todos perdían.

VI

En las propias estadísticas del Estado se vio el efecto. Luego de la extradición de Don Berna vino la guerra entre Sebastián, el elegido de los bandidos, y Valenciano, el dueño de la riqueza. Ganó Sebastián pero apenas pudo disfrutar su poder, enseguida fue capturado. La sorpresa fue que en el largo plazo la tasa de homicidios, con sus sobresaltos, bajaba a pesar de las guerras.

¿Por qué esta tendencia a la baja de la violencia? En gran parte porque el Estado llegó y reclamó orden, así fuera a su manera, con garrote y zanahoria, o lo que es lo mismo, con operativos, sobornos e inversiones en el hábitat. También en parte porque la historia, como se aprecia, les enseñó a los bandidos que la civilización trae enormes beneficios. Ya el destino no está marcado por una muerte segura antes de los treinta años ni por una prisión perpetua en Estados Unidos si se quiere ser rico.

Ahora la ruta hacia el orden, en una ciudad que lo ha anhelado y exaltado durante años, se nota en que hoy tiene unos bandidos que se precian de ser el crimen más organizado del mundo.

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Primera vez

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Veróniza Velásquez

Número 77 Julio de 2016

A mí no me importaba que el Medellín perdiera otra final. O quizá no era que me diera lo mismo, sino, más exactamente, que estaba preparado para soportar un nuevo subtítulo. Ya había visto a mi equipo quedar campeón tres veces, y, a fin de cuentas —como dice Mono, mi hermano—, uno es hincha del cuadro poderoso incluso si gana. Algo de eso sentí en el partido de ida de una de las finales perdidas en seguidilla, el 17 de diciembre de 2014, cuando, al término del 1-2 contra Santa Fe, volteamos a mirarnos entre algunos hinchas y descubrimos que en nuestros gestos había tanta frustración como buen humor: “Qué maricada ome”, dijo con inigualable gracia un hombrecito calvo con pinta de operador de televisión por cable.

Con todo, poco importaba lo que a mí me importara. En la nueva final de junio de 2016 mi angustia nacía de la expectativa de Juan Manuel, mi hijo de 10 años. Su uso de razón futbolera apenas había conocido segundos lugares, y eran vanos mis intentos de tranquilizarlo con el argumento de que él ya había probado las mieles del triunfo: supuestamente cuando, el 20 de diciembre de 2009, el DIM empató 2-2 con el Huila y se llevó la última Copa Mustang de la historia. Pero la verdad era que Juan Manuel tenía de aquella final una imagen tan borrosa y surrealista como la que yo atesoro de la final de Argentina 78. Respecto de la final de aquel diciembre glorioso, mi hijo creía haber visto, en alguna parte, un carro de bomberos.

Por más que yo quisiera engañarme, Juan Manuel se encontraba en un momento especialmente propicio —y por ello crítico— de fijación de recuerdos, a tal punto que una nueva final perdida sería para él una hecatombe sentimental. Muy por el contrario, yo quería que a partir de ese momento con indiscutida objetividad, él pudiera vanagloriarse de haber alcanzado su primera estrella. Precisamente, a los diez años yo fijé en mi memoria un par de sucesos rutilantes de la historia rojiazul: el gol de Eduardo Malásquez contra el Unión Magdalena en el octogonal de 1984 —la temeraria “malasqueña”—, así como el dulce tercer lugar en la tabla final de posiciones tras América y Millonarios, escaño alcanzado después de vencer 3-2 al Bucaramanga y callar, con ello, a los escépticos. De hecho, recuerdo especialmente que fue ese año, al otro día de un apretado triunfo por 1-0 contra Santa Fe —un gol del Benny Aristizábal en el minuto 83—, cuando Mono y yo presionamos a nuestra madre para que aceptara comprarnos el periódico ese lunes y todos los del siguiente lustro. Aquella vez El Colombiano usó un titular soberbio: “A siete del pitazo final”. ¿Qué podía quedar en la cabeza de mi vástago si el DIM perdía su cuarta final al hilo? No quería imaginarlo, pero su cabeza gacha del 2012, sus ojos acuosos del 2014 y sus palabrotas biches del 2015 —cuando el Cali se coronó en nuestras propias narices— eran claros indicios del apocalipsis que se fijaría en su cabeza.

Juan Manuel se cansó de mis falsas épicas y mis resignados sofismas y decidió interrogar a Mono sobre el asunto con puntualidad científica: “Tío, ¿y qué pasa si perdemos otra vez?”. Mi hermano, autoridad futbolera de la familia —muy por encima de nuestros tíos folclóricos y triunfalistas—, le dijo al niño algo que no supe si era un subterfugio pusilánime o una sabia respuesta budista: “Nada, Juanma, no pasa nada”. Estábamos en casa de nuestra madre, a pocos minutos del inicio del partido de ida en Barranquilla, con la nevera atestada de cervezas que, en verdad, nadie tenía ganas de tomar —ni siquiera el tío desenfadado que recaló por allí—, y no fue fácil sopesar aquella frase. Pero una vez acabó el partido con aquel marcador de 1-1 que, a pesar de toda la angustia desplegada durante noventa minutos para lograrlo y mantenerlo (yo me martiricé con la cábala de sentarme en un sillón alejado del que ocupaba mi angustiado hijo), no significaba todavía ninguna ganancia real, sospeché que en mi hermano se escondía realmente un filósofo consumado.

Como pudimos, sobrevivimos hasta el crepúsculo del domingo (Día del Padre por más señas). Dígase lo que se diga, es un consuelo empatar de local o perder el primer partido de una final: entonces uno archiva las esperanzas y se dedica, sin más, a vivir la tranquila vida de todos los días. Pero cuando de entrada se saca un buen marcador la ansiedad de la victoria hace de la existencia algo insoportable, de modo que el acto más cotidiano pesa insufriblemente sobre la voluntad. No sé cómo no morí de hambre entre los partidos de ida y vuelta de la final de diciembre de 2002 o cómo pude leer Cumbres borrascosas en la misma instancia en junio de 2004. Por fortuna, mi abuela murió un par de horas después de que el DIM ganara el partido de ida en Neiva en diciembre de 2009 y nos permitió distraernos con su recuerdo hasta la antesala del juego definitivo. En la reciente final, el alivio vino por cuenta de un inteligente truco de mi esposa, quien pretextó un arrebato altanero de Juan Manuel y le prohibió asistir al partido de vuelta, y con ello nos tuvo en vilo al niño y a mí hasta la media tarde del mismísimo 19 de junio, cuando el castigo acabó disolviéndose entre la efervescencia del Día del Padre. Al fijar esa fecha, Fenalco acertó de cabo a rabo.

Doblegados por la angustia nos entregamos al rito paquidérmico de hacer tres filas y esperar por casi dos horas el inicio del partido, aplastados por el calor del inminente solsticio de verano. Una vez sobre las gradas de Oriental, Mono y yo, por el puro miedo de espantar la gloria, contestamos a regañadientes las preguntas de Juan Manuel sobre los campeonatos cosechados por el Medellín en la década pasada. Uno de los tíos folclóricos, fiel a su estilo oportunista, se presentó a última hora con sus historias agrícolas y poco pudo hacer por distraernos del suplicio de los buenos recuerdos y de la visión de la cancha enorme que, como un paredón de fusilamiento, se extendía a nuestros pies.

Mientras se cantaban los himnos, Juan Manuel hizo un nuevo alarde de sangre fría. Me dijo: “Papá, ¿por qué siento como si este fuera un partido común y corriente, y no una final?”. Fue sin embargo su última fanfarronada, porque poco después se desmoronó. No habíamos llegado al minuto quince cuando, entre pase errático y pase errático de nuestro equipo, me dijo: “Papá, ya estoy temblando”. Y no solo tembló: una y otra vez se puso las manos en la cabeza y se mordió los dedos hasta astillarse las uñas y rasparse la lengua; así lo hizo antes de que Christian Marrugo clavara el primer gol en el minuto 34, cuando se bosquejó, por fin, la promesa de la estrella. No comió nada en el receso, y si abrió la boca fue solo para preguntar, a destiempo, cuánto faltaba para terminar el partido. La primera vez que quiso saberlo apenas se arrastraba, como gota de aceite, el minuto 62; a partir de allí volvió a hacerlo cada cinco minutos con tortuosa sincronía, y terminó haciéndolo cada instante a partir del minuto ochenta. Por supuesto, lo sé porque luego reconstruí los hechos con los testimonios de nuestros acompañantes, pues por entonces yo era también un guiñapo de los nervios: zapateaba y berreaba como un crío cada vez que perdíamos el balón y — con sinestesia poética— me tapaba los oídos para no ver los tiros de esquina con que Junior nos bombardeó en los últimos minutos. En los estertores del juego, la conciencia de la existencia de mi hijo se redujo a un bulto rubio y rojo que estaba puesto a mi lado derecho, incandescente y cada vez más luminoso con el correr de los segundos y los rechazos de la defensa, y al que yo no debía tocar hasta que el árbitro no hubiera dado el pitazo final.

Pero el pitazo final nunca sonó o, mejor, a nadie le importó que sonara. Antes de que eso ocurriera, Marrugologró salirse del estanque infestado de tiburones y se encaminó hacia el arco solitario que había al otro lado. Por el rabillo del ojo logré advertir que Juan Manuel abandonaba la posición recogida en que había contemplado hasta entonces el partido y se paraba en la silla, listo para saltar hacia cualquier parte. Marrugo llegó casi hasta la línea del área chica y fusiló al único defensa que había logrado ponérsele enfrente. Cuando el balón chocó contra la red, hice dos cosas por primera vez en mi vida: en vez de gol grité otra palabra para celebrar la anotación de mi equipo, y me volteé para abrazar a mi hijo y felicitarlo por su primera estrella. En lo sucesivo, también él podría decir que no le importaba si el Medellín perdía otra final.

Enfermo por Nacional

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías  por el autor

Número 77 Julio de 2016

La cosa no estaba fácil para mis papás, un filósofo recién graduado y una joven bachiller con alergia a las oficinas y a los jefes. Yo todavía no había cumplido el año de nacido cuando decidieron viajar a Venezuela —donde vivía mi familia paterna— para probar suerte con algún trabajo. La primera oportunidad se presentó rápido: vender una inmensa carga de pinzas para el pelo y otros objetos metálicos que llevaban cinco años en bodega. Era el último chance para que no chatarrizaran esa mercancía. Luego de aceptar el desafío, mis padres salieron temprano para el centro de Valencia, a la zona de quincallerías, se repartieron las calles y se quedaron de encontrar para almorzar y compartir la experiencia. Al mediodía regresó mi papá cabizbajo, apretado por el fracaso de las pinzas, pero cuando vio la sonrisa de mi mamá supo que traía buenas noticias: le había vendido todo a un par de comerciantes chinos. Ante semejante milagro, el dueño del cargamento, Alex Gorayeb, mayor accionista del Deportivo Cali en esa época y timonel de la empresa General Metálica, dijo que quería conocer a la persona que había logrado tal hazaña. “Quiero conocer a esa muchacha, me la traen ya”, dijo Gorayeb. Así regresamos de la boyante Venezuela a Medellín y mi mamá empezó a trabajar con Gorayeb, viajando a Cali con frecuencia. En Medellín mi papá había conseguido empleo en un colegio y como mi entrada a la guardería aún estaba lejos, empecé a acompañar a mi mamá en todos sus viajes a la Sultana del Valle. Mientras ella cumplía sus citas y descollaba en el mundo de las ventas, yo me la pasaba en los entrenamientos del Cali. Allí conocí el olor del linimento, y jugadores como el Tigre Benítez y la Mosca Caicedo me cargaron en sus brazos. Al calor de estas circunstancias, todo pintaba para que fuera un paisa hincha del Cali; en mis primeros años regresaba a Medellín con banderines del equipo azucarero y en la familia se volvió famosa la anécdota del día que conocí al gran Willington Ortiz. Cuentan que al ver al negro, al descubrir su pequeña humanidad, dije decepcionado “¿y este es el viejo Willy?”, ocasionando carcajadas entre los demás jugadores y en el mismo Gorayeb, a quien recuerdo por sus elegantes pipas, siempre oliendo a tabaco de ciruela. Lo que no recuerdo es el viaje de mi mamá a Argentina, a La Bombonera, para la final de la Libertadores del 78; Alex la llevó para que cuidara a Karim, su hijo, que me llevaba unos siete años. Era tan grande la amistad con el poderoso libanés que el carro que utilizó Salvador Bilardo cuando dirigía al Cali terminó en manos de mi padre, un Simca azul clarito con caja de velocidad de Porsche que después de unos meses quedó en pérdida total tras volcarnos en plena autopista regional. Todos salimos ilesos.

El plato estaba servido pues para que fuera un azucarero más. Yo mismo lo decía aunque todavía no sabía en realidad qué era ser hincha, ni sabía de pasiones, solo iba pegado de las faldas de mi mamá. Ella sí se volvió azucarera y se enfrentaba a mi primo Jaime y en especial al tío Memo, hinchas furibundos del Atlético Nacional; que como se le ocurría volverme hincha del Cali, que tenía que ser verde, pero de la montaña, decían ellos. Y yo inocente, la seguía acompañando a la sede del equipo. En medio de ese tira y afloje entre mi mamá y Memo y Jaime, llegó la época en que empecé a cobrar conciencia. Ya ellos me habían llevado al Atanasio un par de veces, pero no habían podido volverme nacionalista, aún estaba muy niño y quizás no me interesaba tomar decisiones más allá de preferir un juguete a otro. Si bien seguía más cerca del Cali por influencia materna, en diciembre de 1981 tuve un primer encuentro a solas con Nacional. Recuerdo ver la portada de El Colombiano entrando por debajo de la puerta de la casa; en primera plana estaba la foto del equipo formado y el titular decía “Nacional Campeón”. Nacional, el equipo del primo y del tío. Pero a mis cinco años seguía ajeno a esas pasiones aunque, sin saberlo, la semilla verdolaga ya estaba sembrada.

Un año más tarde, en 1982, en otro de los viajes a Cali, Memo nos acompañó porque al domingo jugaban Cali-Nacional en el Pascual Guerrero. Ese año, a pesar de que Nacional defendía el título, el Cali tenía una estrella más y mejores pergaminos, venía de ser el primer club colombiano en disputar la final de la Libertadores. El partido era todo del Cali, Memo sufría y mi mamá cantó a rabiar el primer gol caleño cuando empezaba el segundo tiempo. Fue un riendazo de Nadal, de zurda, inatajable para Carrabs. El partido pintaba para victoria del Cali. Faltando pocos minutos para el final, hubo un tiro libre a favor de Nacional, al cobro César Cueto. Nunca olvidaré el grito de gol del tío Memo cuando la pelota iba apenas por el aire y la felicidad mía cuando infló la red. Después entendí que Memo lo había cantado desde antes porque el balón pegó en la barrera, exactamente en Carpene, volante del Cali, y dejó al arquero Zape lejos de atajarlo. Lo celebramos juntos, me levantó en sus brazos, gritamos. Recuerdo que mi mamá le dijo que estuvo a punto de pegarle una palmada en la cara por cantar el gol sin que entrara el balón y creo que no le faltaron ganas de darme una pela por traición. Así se supo toda la verdad, las puntadas del destino me habían hecho verde, verde de la montaña contra todos los pronósticos.

A partir de entonces empecé a vibrar como hincha del Atlético Nacional. Ir al Atanasio de la mano de Memo o Jaime se convirtió en plan semanal y los banderines y otros suvenires del Cali fueron desapareciendo de la casa. Una de las primeras veces que fui al estadio de noche, un miércoles de 1984, jugaron Nacional-Santa Fe. Al salir del estadio fuimos a comer chuzo y a tomar fresco. Todo transcurría dentro de lo normal, recogimos el carro en las afueras del estadio después de una media hora y emprendimos el camino de vuelta a casa. No muy lejos vimos un negro en sudadera caminando por la calle Colombia con una tulita colgando de la espalda. “¿Ese es Sapuca?”, preguntó Memo sorprendido. Nos acercamos y mi tío, que era inspector de policía, se ofreció a llevarlo a su destino. Sin pensarlo, el negro Aparecido Donisette de Oliveira se subió al puesto del copiloto y yo me pasé para la banca de atrás por encima de la palanca de cambios; no lo podía creer, quedé mudo del susto y la emoción. Habló poco Sapuca, que expulsaba un tufillo a cerveza, y aunque no fue mucho lo que estuve en el carro porque me dejaron en el barrio Carlos E. Restrepo, ahí cerca al Atanasio, fue una escena que me marcó. Negro y de barba, con ese porte, lo vi como a Baltasar, el rey mago.

Entre los años 85 y 88, o sea de los nueve a los doce años, mi amor por Nacional creció más que mi conciencia. Y conocí lo que es el sufrimiento por el equipo amado, las derrotas a manos de rivales de peso, el odio hacia ellos y el amor hacia los jugadores que defienden la camiseta. En el último partido del 87, aquel domingo fatídico que Nacional, en los pies de Beto Sierra y el Andino de Oro, botó dos penales ante el América y perdió la opción de ir a Libertadores, derramé lágrimas por primera vez. Desde ese año empecé a sufrir de seborrea capilar a causa de la angustia y los nervios, según el médico; era una caspa que se costrificaba en el cuero cabelludo y me picaba mucho. También la padecí en el octogonal del 88 cuando al final perdimos el título con Millonarios, después de empatar a uno contra Santa Fe en Bogotá. El gol santafereño de Checho Angulo fue como una cuchillada y otra vez el llanto, la frustración, la caspa. Recuerdo que me mandaron una loción llamada Seborín que para la Copa Libertadores del 89 ya me tenía aliviado. Para ese momento mis padres estaban divorciados y los fines de semana los pasaba con mi papá. Sumergido en sus libros no comprendía por qué si Nacional jugaba a las 3:30 de la tarde, yo giraba alrededor del partido desde por la mañana hasta por la noche que daban el noticiero y los goles de la fecha. “¡Enfermo por el Nacional!”, era su frase, su regaño preferido.

Para la Libertadores del 89 me desteté de Memo y Jaime y empecé a ir al estadio con gente del colegio, en especial con Daniel, compañero desde kínder, y con Ángela, la profesora de Estética. Por algún inconveniente con las torres de iluminación, los cuartos de final y la semifinal fueron por la tarde. La fiesta se armaba entonces desde el primer descanso y ya nadie ponía atención en clase. En los pliegos de cartulina que nos servían para hacer carteleras sobre el sistema solar o las partes de la célula hacíamos letreros para llevar a los partidos. El día que jugamos contra Millonarios, Daniel hizo una mano empuñada con el dedo corazón levantado y debajo una frase que no podía faltar en los cotejos contra el azul: “Pimentel HP”. Fue avalado por Ángela pero nos lo decomisaron a la entrada del estadio, no por el mensaje para Eduardo sino porque presumían que la cartulina era un material con el que se podían armar baretos. Después de eliminar a Millos y desquitarnos de los dolores que nos habían ocasionado en el 88, y en la primera ronda de esa Copa, el partido contra Danubio prometía una bacanal y así fue: se vino una lluvia de goles, un exceso de celebraciones en una tarde inolvidable. Era la primera vez que cantaba media docena de goles en un solo partido; el quinto y sexto no los cantamos a rabiar, afónicos ya de gritar, sino que nos detallamos la celebración de los jugadores. “Mirá como saltó el Palomo, ¡qué brinco metió!”.

También era la primera vez que acariciábamos la posibilidad de ganar un título, uno continental, era un sueño increíble. Pero como un baldado de agua fría cayó la noticia de que la final no se podía jugar en Medellín porque el Atanasio no tenía al aforo suficiente. Cuando ya estaba resignado a verlo por televisión, porque no nos dejaron ir en bus a Bogotá, recibí la llamada de una tía que era novia de Fausto, el cantante. Que pidiera permiso para faltar al colegio miércoles, jueves y viernes porque nos íbamos para Bogotá a ver la final, que Fausto había conseguido boletas y que ella me iba a regalar el pasaje en avión. Fui el elegido entre decenas de primos de todas las edades porque en la familia sabían lo enfermito que era por el verde.

Recuerdo la pinta con la que llegué a Bogotá y presencié el título de Copa: una camiseta OP verde de manga larga, de las chiviadas que vendían en El Diamante, y un overol índigo. Ese 31 de mayo del 89 sufrí como nunca en el primer tiempo al ver que no hacíamos gol y luego me desboqué de alegría con la remontada, aunque hubo sustos tremendos porque Olimpia estuvo a poco de descontar. En la tanda de penales, mi tía, hincha a muerte del DIM, me cuidaba de reojo. Estuve relativamente tranquilo hasta que Pipe Pérez botó su disparo y comencé a llorar como si hubiéramos perdido, el recuerdo de los penales del 87 se me vino a la mente con la sensación de derrota. Un señor desconocido que estaba a mi lado me puso la mano en la cabeza y me dijo, “tranquilo pollito que esto lo vamos a ganar”. Todavía agradezco esas palabras que me devolvieron la confianza. Qué momento feliz en medio de la fría noche bogotana ver al equipo dar una vuelta olímpica de esa magnitud. Tanto sufrimiento se veía recompensado.

A principios de los noventa me conseguí con Fausto un pase para quince personas, para la tribuna sur alta, y fundé, con catorce amigos de la unidad residencial donde vivía, la barra “El rebaño verde”. El trapo no era muy grande, creo que de ninguna tribuna se alcanzaba a leer el nombre de la barra, pintado con un verde claro y letra gordita típica de pelada de colegio de esa época. En el 91, después de eliminar al América en cuartos de Libertadores con goles del Torito Cañas y Diego Osorio, nos fuimos a celebrar a la 70; en medio del festejo unos hinchas verdes se bajaron de un R4 embadurnados de harina y me pegaron para robarse mi bandera. En ese mismo año, en diciembre, hicimos una fila de todo un día para comprar las boletas del partido que definía el título. Con un sombrerito hermoso del Bendito Fajardo quedamos campeones y por fin dimos una vuelta olímpica en el torneo local. Fue un delicioso desquite luego de las lágrimas que nos había hecho derramar La Mecha en los pies de Gareca, Battaglia y el Pipa de Ávila. Tres años más tarde, en el 94, con el rebaño extinguido y la amargura de la reciente muerte de Andrés, dimos otra vuelta olímpica en el Atanasio frente al Medallo, y al año siguiente nos volvimos a ilusionar con un gol de tiro libre de René y la Libertadores. Terminamos con la mirada clavada al piso, soportando los cánticos victoriosos de la hinchada de Gremio. En ese 95 ya estaba en la universidad y un día cualquiera me fui para la sala de periódicos de la U. de A. con el recuerdo borroso de aquella vieja portada de El Colombiano que había visto a mis cinco años. Quería corroborar si esa imagen era real y pedí todos los ejemplares de diciembre del 81; los miré uno a uno hasta que me encontré la portada, tal cual la tenía en mi mente. Ahí me di cuenta de que esa lejana epifanía infantil fue la que terminó por hacerme hincha de Nacional.

La universidad, las mujeres, la fiesta, los amigos, algunas temporadas en el extranjero, toda esa mezcla y otros intereses me alejaron del estadio desde el 96. La tristeza, más no el llanto ni la seborrea, regresó con las humillaciones del 2004 ante Medellín y Junior, quizás el año más duro para la hinchada de Nacional. Las vueltas olímpicas que siguieron a ese fatídico 2004 las viví con fervor en las calles, sobre todo los títulos ganados al Santa Fe en 2005 y 2013. En la final del primer semestre de 2007 tuve la oportunidad de ir al estadio y bajar a la pista atlética para dar la vuelta olímpica con los jugadores gracias a que uno de mis primos contemporáneos trabajaba en las inferiores del equipo. Ya Nacional era otro, un verdadero poderoso, muy diferente al que conocí a comienzos de los años ochenta, de media tabla y permanentes fracasos a pesar de sus grandes jugadores, mis primeros ídolos: Herrera, Santín, Carrabs, Cueto, La Rosa, Sapuca.

En 2014 estuve en Brasil y después de acompañar al verde en Porto Alegre ante Gremio y en Montevideo ante el Nacional de Uruguay por la primera ronda de la Libertadores, me agarró una nostalgia hasta rara y unas ganas insaciables de volver al Atanasio. Una vez regresé a Medellín, motivado además por la presencia y títulos de Libretica Osorio, me aboné para ir al estadio durante todo el 2015. Ya no en preferencia, sin pases oficiales, sino a la popular Norte. Con un par de amigos barbados, que parecen más filósofos que hinchas como yo, colonizamos lo más alto de la baranda, justo abajo del tablero electrónico. Otra vez víctima de la enfermedad —de la que quiero morir y no me quiero curar— ir al fútbol se convirtió de nuevo en plan semanal, volvieron las celebraciones a rabiar, las lágrimas de alegría, la fiebre verdolaga.

En la Libertadores de este año 2016, de la mano del profe Rueda y de cracks como MacNelly, Armani, Sebas Pérez, Guerra, Alex Mejía, volvimos a acariciar la gloria continental. En el partido en casa contra Rosario Central el corazón me empezó a latir más rápido, a esta edad ya el miedo no es la seborrea sino un infarto. En los últimos minutos tuve que respirar profundo y sentarme. El gol de Berrío no lo pude gritar sino que levanté los brazos al cielo mientras la hinchada se revolvía y abrazaba convirtiéndose en una sola amalgama desenfrenada. Me sentí como un dios viendo semejante escena. Luego, contra Sao Paulo, en la antesala del partido, la gente empezó a cantar el coro que dice “Yooo te vi salir campeóoon del continennnte, vamos mi verdolaga, quiero volver a verteee” y para mí fue imposible contener el llanto, volví a llorar de la emoción esta vez junto a muecos sin camisa, viejos asfixiados y mis compañeros de tribuna, con quienes suelo calentar motores y rematar partidos en el caspete de la Mona, allá donde también celebran los fundadores de la barra Aquel 54. Al son de guaro y cerveza se cocinó una nueva alegría, una nueva alegría continental.

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Noches de radio

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Tobías Divad Nauj

Número 63 Mayo de 2015

Hace más de treinta años — para ser exactos, la noche del miércoles 19 de octubre de 1983—, mi hermano y yo escuchamos un partido del Medellín entre las cobijas. ‘El Poderoso’ jugaba contra el Tolima en el Atanasio Girardot y logró poner el marcador 2-2 con un gol tardío de Carlos ‘El Tigre’ Acevedo, un uruguayo que pasó sin mucho ruido por la historia del equipo rojiazul. El que por entonces hacía la magia y, en consecuencia, copaba las portadas de los periódicos, era León Villa, conocido más adelante —cuando se vistió con las rayas verdes del vecino de patio— como ‘El León de Campo Valdés’; porque la noche de marras recibió del locutor el remoquete —más sencillo pero al mismo tiempo más solemne— de ‘Maestro colombiano’. Esa jornada de octubre, alargada clandestinamente hasta las diez y cuarto de la noche a despecho de la temprana rutina colegial que nos esperaba al día siguiente, fue una de mis primeras experiencias importantes con la radio al oído; por lo menos, la que aparece en el primer lugar de mi tramposa memoria. Yo tenía nueve años.

Sobra decir que en los años ochenta la transmisión por televisión de los partidos de la liga colombiana era impensable, como no se tratara de la última fecha del octogonal final, día en el que, casi invariablemente, solíamos ver a los diablos del América dar la vuelta olímpica. En 1985 ocurrió algo salido del libreto y fue que, para adormecer al país mientras los rockets del ejército se clavaban en la mole del Palacio de Justicia, el presidente Betancur autorizó la transmisión de no sé qué partido o resumen inédito de goles. Por razones que se me escapan, ese mismo noviembre, el recién nacido Teleantioquia retransmitió un partido en que Medellín había vencido 1-0 al Cali; por supuesto, mi hermano y yo lo habíamos escuchado por radio la noche anterior, y más que el gol de cabeza de Luis Carlos Perea —otro que saltó al solar ajeno— nos había quedado en la cabeza una expresión usada por ‘El Espectacular’ Jorge Eliécer Campuzano para describir cómo ‘Ormeño’ Gómez había atajado un remate letal del ‘Checho’ Angulo: “¡A contrapierna!”. Nunca nos lo confesamos el uno al otro, pero cuando pudimos ver la jugada en la transmisión diferida sentimos que, contada en la radio, la acción de nuestro arquero había sido más audaz.

El transistor de casa era el radiorreloj que nuestro padre, in artículo mortis, le había dejado a mamá como regalo de Navidad en 1980. El aparato solía estar en su alcoba, salvo por alguna situación de excepción; sobre todo, que ella estuviera agobiada por sus pertinaces jaquecas y, además, que el partido que nos interesara acabara demasiado tarde. Otra cosa era cuando se trataba de escuchar las transmisiones de las etapas de la Vuelta a España o el Tour de Francia: entonces mi hermano estaba autorizado de antemano para instalar el radiorreloj en nuestra habitación desde la noche anterior, pues las emisiones comenzaban en la madrugada, y como él y yo ya estábamos en bachillerato —por lo menos así fue a partir de 1986—, íbamos al colegio en la tarde y no era forzoso aprovechar todas las horas oscuras para dormir. Por lo que respecta a mi madre, a ella le bastaba su reloj biológico para levantarse a la hora exacta en que debía despachar a nuestra hermana mayor. Recuerdo particularmente el alba del 4 de mayo de 1987, cuando el radiorreloj se encendió automáticamente a la hora programada y pudimos saber que, en la carrera ibérica, Néstor Mora se había fugado y marchaba con una ventaja de nueve minutos sobre el pelotón; cuando clareaba lo capturaron, pero hacia las nueve de la mañana ‘Lucho’ Herrera despertó, se alzó sobre la bicicleta, sembró a los demás en la carretera y se enfundó la camiseta amarilla en la meta de Lagos de Covadonga.

Como no mediaran los dolores de cabeza maternos o las grandes vueltas ciclísticas europeas, lo habitual era que mi hermano y yo nos acomodáramos junto al radiorreloj en la propia alcoba de mi madre. Como en 1986 —por lo que se ve, el año de nuestra mayoría de edad— nos hicimos visitantes asiduos del estadio, lo que restaba por oír en la radio eran los juegos de visitante del Medellín, la mayoría de las veces en la voz provinciana de Rodrigo Londoño Pasos. Un juego quedó particularmente grabado en mi memoria: un 2-2 frente a Millonarios en Bogotá, jugado un mediodía de sábado por motivos que ahora no recuerdo, y en el que los uruguayos Rafael Villazán y Yubert Lemos anotaron por el DIM; goles que, por lo excepcional de la programación sabatina, escuchamos narrados por la voz histérica de Luis Fernando Múnera Eatsman. Pero no solo nos convocaban los partidos: también los magazines futboleros nocturnos, cuyos debates, regularmente acalorados, nos parecían el colmo del atrevimiento periodístico, de modo que los escuchábamos con el delicioso sentimiento de estar degustando lo prohibido. Jamás olvidaré que en esa misma temporada del empate con Millonarios, en GenteDeporte y Punto, Iván Mejía Álvarez pronosticó que Medellín sería el campeón. Se entenderá que, si a la fecha no odio a ese ríspido comentarista, no es solo porque deteste afiliarme a las causas populares. Dicho sea de paso — quizá haya quién no lo sepa— el campeón de 1986 fue América; no podía ser de otro modo.

Escuchar los partidos en la radio fue, para mi hermano y yo, una liturgia que se extendió hasta el siglo XXI, y si terminó fue solo porque yo salí de casa a principios de 2001, cuando, plenamente consciente de lo que hacía, decidí compartir mi vida con una hincha del club de las franjas verdes. Como nos fuimos a vivir a Santa Lucía, al mismo tiempo que me enteraba de las gestas de mi equipo, podía escuchar —con todo el recelo del caso— los murmullos eufóricos que venían desde el Atanasio Girardot y por los que Nancy, mi esposa, se interesaba particularmente. Sin la tutela de mi hermano fui haciéndome un energúmeno, y llegó el día en que quise tumbar las paredes a puñetazos cuando los goles rivales caían en el último minuto. Así sucedió cuando, en el cuadrangular final del primer semestre de 2004, Chicó nos derrotó 3-2 en la agonía del reloj. Por fortuna, en ese torneo —y sin que mediara ningún vaticinio— Medellín alcanzó el título tras derrotar a su eterno vecino de patio. Ya por entonces menudeaban las transmisiones televisivas, y como, además, las emisiones de Fox y ESPN nos habían civilizado con el arte de la narración mesurada y el comentario conciso, la transmisión radial —cuyos protagonistas eran, en buena parte, solistas cavernícolas— fue quedándose relegada, y casi se la olvidó cuando las cámaras de Une coparon toda la programación de la Dimayor. Por entonces, se me antojaba que mi suegro — conectado por walkman a los alaridos de Múnera Eatsman al mismo tiempo que veía los partidos de su equipo— era un anacronismo sobre dos pies o, por lo menos, un romántico empedernido, anclado a las emociones auditivas de los viejos tiempos.

Juan Manuel, mi hijo menor, llegó al mundo en la época del auge de los partidos por televisión. En el segundo semestre de 2009, cuando apenas ajustaba cuatro años, tuvo su primera rabieta frente a la pantalla chica al presenciar cómo el DIM —por entonces casi invencible— se doblegaba por tres goles ante Millonarios, en la fría Bogotá. Por lo visto, yo había hecho un excelente trabajo inconsciente como maestro iracundo frente a los malos resultados de nuestro equipo, al que por fortuna mi hijo se aficionó a pesar de los genes adversos que le venían por el linaje materno; genes que, con fatalidad, habían enquistado en el alma de Laura, nuestra primogénita.

A la sazón, Juan Manuel tenía de la radio una idea harto particular: creía que la componían, apenas, las emisoras de rock latinoamericano, baladas y música para planchar que eran del gusto de Nancy y —confieso— mío. Solo muy tardíamente, por los días de su sexto cumpleaños, vino a descubrir que en la vieja grabadora de la biblioteca podía escucharse una simpática versión auditiva de los partidos que solía ver, de modo perfectamente sinestésico, en el televisor. Ocurrió el 14 de septiembre de 2011, cuando Medellín derrotó 4-1 al Real Cartagena en el Atanasio Girardot. Era necesario escuchar el partido por dos razones: nuestro equipo nos había espantado de las graderías después de un par de temporadas desastrosas, y, como el juego era en mitad de semana, no había posibilidad de verlo por televisión. Me pareció que mi hijo encontró ingeniosa la ocurrencia radial, de la misma manera como, tras años de montar en taxi —prácticamente desde que surgió en el vientre de su madre—, disfrutó su primer paseo en un Circular Coonatra.

La radio volvió de repente a nuestras vidas cuando el monopolio de DirectTv y Win Sports nos impidió ver todos los partidos de la liga. Mi alma, a un mismo tiempo tradicionalista y adolescente, se rebeló contra las imposiciones del mercado de los medios; es decir, no solo sentía dolor ante la idea de cambiar de operador de cable, sino que veía como una afrenta el que se me obligara a hacerlo. Me pareció que, con tal de salvar mi dignidad —o, si se quiere, con tal de no tener que fatigarme firmando un nuevo contrato televisivo—, podía pagar el precio de no ver más partidos de la liga, y supe que no tendría ningún problema si apenas tomaba las migajas que, a mí y otros como yo, nos servía la Futbolmanía de RCN. Para todo lo demás estaba la radio, vibrante y rápida como ninguna otra cosa en el mundo. En todo caso, Juan Manuel —que solo ha aprendido de mí el modelo estoico y furibundo de mi afición por el equipo del pueblo— lo resolvió de otra manera, y muy pronto llegó a acuerdos con mi suegro para que lo llevara a ver los partidos del DIM en alguna de las tiendas del barrio que estaban dotadas con el exclusivo servicio. Para suerte de mi hijo, su abuelo acababa de jubilarse y necesitaba, desesperadamente, razones para salir de casa; en su entraña verdusca, poco le importaba que la coartada fuera un partido del Medellín; por supuesto, también pesaba aquello del amor rendido por los nietos.

Un cuarto de hora después, cuando yo había logrado, por fin, redondear el primer párrafo de la reseña, el árbitro sancionó un tiro libre a favor del Medellín, no lejos de la valla de los pijaos. El locutor anunció, con no poco aspaviento, que Vladimir Marín se aprontaba para el cobro y que, como un toro de lidia, zapateaba sobre la grama, y tanto insistió en ello —con el coro del comentarista principal y el vocero de los anuncios comerciales— que no me sorprendí particularmente cuando, un minuto después, el balón se coló en el arco de Joel Silva. Realmente me sobrecogí un segundo después del grito del locutor, cuando, desde el otro lado de la casa, llegó el alarido eufórico y destemplado de Juan Manuel. Fui hasta su cuarto para celebrar el gol con él, pero me detuve en la puerta apenas distinguí en la oscuridad lo que él hacía: tenía los ojos cerrados y sonreía de modo beatífico mientras apretaba, contra su corazón, el pequeño aparato radial. Ya que Tolima —a diferencia del Medellín de tres décadas atrás— no tuvo un Tigre Acevedo que nivelara el marcador, mi hijo tuvo la noche más feliz de su vida, arrullado por las voces y las ondas del triunfo. Ignoro a qué hora pudo conciliar el sueño; como quiera que sea, cuando fui a llamarlo en la madrugada me pareció que todavía sonreía.

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Mi vida como sospechoso

por LUIS MIGUEL RIVAS • Ilustración de Cachorro

Número 63 Marzo de 2015

Fue a finales de los años ochenta cuando descubrí que tenía cara de sospechoso. Antes ni me había enterado. Una de dos: o siempre fui sospechoso y no me lo decían y desconfiaban de mí a mis espaldas (alguna vez le pregunté a mi madre: Mamá, decime sinceramente: ¿Yo te parezco sospechoso? y ella solo contestó con un movimiento lateral de la cabeza, sin ningún énfasis ni apoyo verbal), o fue precisamente en esa época de finales de los ochentas de la que les hablo, cuando eclosionó en mí, sorpresiva e irremediablemente, esta extraña condición de presunto implicado, instaurando a mi alrededor un aura de suspicacia que no me abandona nunca. Soy el que siempre sacan de la fila para una requisa exhaustiva, el que arrastra tras de sí a los vigilantes en los supermercados, el único del grupo al que la autoridad le pide los documentos, a quien los de la aduana le revisan con jeringa la caja de aguardiente, al que apuntan todos los indicios del jarrón quebrado, el terrorista que no lo sabe, el supuesto ladrón. El culpable a priori. A tal punto y desde hace tanto tiempo que he terminado identificándome con esa condición y a veces me sorprendo pidiendo disculpas a la gente por cosas que no hice e incluso por lo que ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que podría hacer, pero que los demás están seguros que sería capaz de hacer, dada mi aura, supongo.

Esa vez de finales de los ochenta estaba en Bogotá con mi compañero de universidad William Rodríguez; nos acercábamos a las instalaciones del hoy inexistente periódico conservador La Prensa (en cuya desaparición, aclaro, no tuve nada que ver) para conocer cómo funcionaba un diario capitalino, y con base en esa información preparar una exposición para la clase de periodismo. Llevábamos nuestros morrales con las cámaras fotográficas y un estuche largo con el trípode, que yo cargaba en bandolera; nos dirigíamos contentos, casi con pasos saltarines, a la sede de semejante templo de la objetividad periodística, cuando un tipo de cachucha cruzó por nuestro camino con un radioteléfono pegado a la boca y dijo algo en clave mientras nos miraba. Seguimos caminando sin comprender y sin darle importancia cuando apareció un carro lleno de policías que se tiraron del vehículo como si estuvieran desembarcando en Normandía y nos gritaron: “¡Quietos!”, como si hubiéramos acabado de robar un banco. Dijeron que tiráramos nuestras cosas al suelo y levantáramos las manos. Nos miraban con prevención y rabia (y en el fondo de sus ojos parpadeaba la satisfacción de haber materializado sus innumerables terrores abstractos en las figuras de dos pobres diablos concretos). Cuando comprobaron que a pesar de ser jóvenes, hablar paisa y llevar un estuche largo en bandolera no éramos dos de los sicarios que Pablo Escobar estaba mandando cada tanto a Bogotá para matar personas poderosas y hacer atentados, se tranquilizaron (y en el fondo de esa tranquilidad había como una decepción) y nos dejaron ir. El impacto fue tan fuerte que es la situación que más recuerdo en mi carrera como sospechoso. Fue en ese momento cuando me hice consciente de mi condición. Pero el asunto venía de antes.

Previo a mi viaje a Bogotá hubo una época en la que la policía hacía redadas en Medellín para levantar jóvenes. No era sino que usted fuera joven y caminara por la calle y ya era sospechoso. A unos amigos y a mí nos levantó la policía una vez y nos llevaron a una pesebrera que había pertenecido a los Ochoa. Esa noche el local que había servido para domar caballos estaba repleto de jóvenes y jóvenes y jóvenes, apiñados como bestias, detenidos por no tener más edad. Es que Pablo hizo la guerra a punta de jóvenes. Matándolos, mandándolos a matar y mandando a que se mataran entre ellos. ¿Cómo sería esto hoy en día si todos esos jóvenes no se hubieran muerto? (En el otro mundo debe haber un barrio que se llama Medellín sin tugurios… y sin jóvenes). En esa época el gobierno les tenía mucho miedo a los muchachos de Pablo y por ellos chupábamos todos. Todos éramos sospechosos. Y en realidad cualquiera de nosotros podría haber hecho lo peor o podría llegar a hacerlo. Todos éramos lo mismo por muy distintos que fuéramos. Varios amigos míos se volvieron sicarios o mafiosos. Yo también hubiera podido porque yo también era ellos. Pero la verdad fue que nunca me ofrecieron. Habría aceptado esa única oportunidad que teníamos los chicos de mi contexto para rasguñar un poco de autoestima y respeto y arrebatarle una pizca de sentido a una vida que no nos pertenecía. Pero creo que no me vieron cualidades. O sea que yo no fui mafioso fue por falta de oportunidades.

Años después, pasado el 2000, hubo una época en la que los policías de Envigado se enamoraron de mí. Iba, por ejemplo, caminando por una calle, absorto en mis audífonos, y un dedo en el hombro me hacía detener y dar vuelta para encontrarme con un policía que se disponía a pedirme papeles y requisarme; estaba sentado en el parque principal del pueblo, tranquilo en medio de la multitud, y aparecía una patrulla de la que se bajaban dos policías avanzando con determinación y firmeza hacia el lugar específico en que yo me encontraba, para pedirme papeles y requisarme; me estaba comiendo un helado y llegaba un agente a pedirme papeles y a requisarme; volvía a casa por la noche y aparecía un policía a pedirme papeles y a requisarme.

Terminé acostumbrándome a las requisas hasta el punto de extrañarlas. Una noche iba caminando por esa acera larga que hay entre la estación Envigado y el Éxito y vi que una moto de la policía se detenía delante de mí, a unos cinco metros; mientras los agentes se bajaban llegué a su lado, levanté las manos y me dispuse a la rutina. Pero los policías no me determinaron. Esperé con las manos arriba para salir de una vez del asunto, pero voltearon y me miraron extrañados.

—¿Qué le pasa pelao? —me dijo el policía bajito y churrusco que venía manejando la moto.

—¿No me van a requisar?.

—¡¿Usted fue que se engüevonó o qué?! ¡No ve que estamos haciendo un retén! ¡Muy gracioso maricón! ¡Te abrís, te abrís! —gritó el otro.

Me abrí. Caminé hasta mi casa sintiéndome, por primera vez en mucho tiempo, liviano, puro, inocente, fuera de sospecha. Esos policías iban a detener a otros sospechosos que andaban en carros y en motos y que no eran yo. Y me fui pensando que el enamoramiento de los policías no era exclusividad mía sino patrimonio de un sector de la sociedad representada por los ciudadanos que no tenían plata o poder o un patrón poderoso y que por alguna señal externa (la ropa, el aire descarriado, la falta de higiene, la carencia de rumbo fijo, los modos de barrio, los prejuicios del tombo), ameritaban sospecha. Cualquiera que tuviera cara de ser capaz de orinar en la calle o fumarse un bareto en un parque podría también ser un delincuente y era susceptible de ser detenido para que de pronto no lo fuera a hacer; “se lo llevaron por intento de sospecha”, decíamos nosotros. Así los policías podían gastar sus energías y el presupuesto de la Nación buscando sospechosos menores para poder dejar tranquilos a los verdaderos culpables de todo que eran los jefes de sus jefes, los dueños del pueblo y del departamento y del país, quienes jamás de los jamases llegarían a ser considerados como sospechosos porque eran ellos los que determinaban quiénes eran dignos de sospecha.

Y más atrás, mucho antes de los policías y de Pablo Escobar, la primera persona que me empezó a ver como sospechoso fui yo mismo; en los primeros años de primaria, en el colegio La Salle, por intermedio del hermano Horacio. Él nos explicaba, enfática y redundantemente, que todos nacimos siendo pecadores porque Adán y Eva habían pecado y que por tanto de entrada ya veníamos a este mundo sucios, malintencionados, merecedores de desconfianza. Y su insistencia en el asunto era casi una conminación a cultivar como virtud ese ánimo achicopalado del culpable, del perro apaleado, del sí señor agente, para que Dios y el rector del colegio y nuestros padres y el alcalde de Envigado y Pablo Escobar o cualquiera que tuviera el poder en ese momento nos quisiera más. O no nos matara.

Y si fuera aún más atrás en la historia de mi condición sospechosa tendría que ir a la historia de mi madre y a la de los padres de mi madre y esto se volvería una historia de Colombia que nos llevaría hasta los tiempos de la conquista. Lo cierto es que nunca me pude explicar por qué, si todos éramos culpables, solo había un sector de la población a quienes nos lo recordaban con tanto énfasis, hasta tatuárnoslo en el alma; y otro sector que parecía desconocer esa doctrina pero que de todas maneras la cultivaba para seguir tatuándosela en el alma a los sospechosos de siempre.

Aunque de nada me ha servido intentar comprender esas cosas porque de todas maneras me siguen requisando en todas partes. Este artículo, por ejemplo, lo empecé a escribir en mi cabeza, mientras los agentes de inmigración en el aeropuerto se tomaban su tiempo para sacar y revisar concienzudamente, una a una, las cosas que contenía mi maleta (descubriendo prendas que no me acordaba haber empacado y hasta encontrando cosas que daba por perdidas, como unas medias de rombos que no había vuelto a ver). Sí, después de tanta historia, a estas alturas sigo siendo el que soy sin poder ser otra cosa: el de la fila de las requisas, el foco de la mirada oblicua de los celadores, el bocadillo del policía que justifica su día, el emoticón que la gente de bien le puso a sus pavores sin nombre. Uno más de los millones de sospechosos que caminamos por las calles de las ciudades y que seguiremos siendo objeto del recelo hasta que se reconozcan los verdaderos culpables que todos conocemos.

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Francisco Zuluaga MD

El bot existencial

por ANDRÉS BURGOS • Ilustración de Iván Curtis

Número 149 Mayo de 2026

Aunque tenía claro que tarde o temprano la inteligencia artificial me iba a dejar sin trabajo y quién sabe cuántas cosas más, logré anestesiarme contra la angustia. En las conversaciones reiterativas sobre el tema, conseguí unirme más desde el asombro que desde el miedo. Ya iría viendo cómo afrontar lo que viniera.

Y no era que reservara un as bajo la manga para evitar morir de hambre. Llegado el momento, me iba a unir en la indigencia a casi todos mis conocidos. Pero como en el coro de la desgracia colectiva los dolores se reparten, surgió el efecto placebo.

Además, me quedaba el consuelo ilusorio de la dignidad. La máquina esa, la nube con voluntad, el robot pensante, o lo que fuera que fuera la IA, bien podía dejarme obsoleto y pobre, pero no se iba a robar mi corazón.

Si bien me enlisté en los batallones de usuarios, me prometí jamás perder de vista su carácter de herramienta. No importaba que su palabrería meliflua y su actuación de principiante intentaran convencerme de algo más.

Me perturbaban los usos que la gente le estaba dando más allá del aumento de la productividad o el acceso a información inmediata. Y no hablo de los videos en los que un perro salva a un bebé de ser atropellado por un camión para luego delatarse como Jesucristo. Nadie que tenga corazón se puede resistir al heroísmo de un golden retriever.

Lo que me molestaba, y contra lo que juré luchar en mí, era la tendencia, preocupante por lo masiva, a convertir la máquina en un interlocutor válido para las conversaciones personales. Depositar tanta confianza en un modelo de lenguaje delataba vacíos, soledades e inseguridades que me dejaban metido de cabeza en un pozo de melancolía.

No negaba las alternativas maravillosas de creación que se asomaban en el nuevo panorama. Ya seguía en Instagram los videos de Kelly Boesch sin importar que su música y sus animaciones estuvieran generadas por IA. Siempre he admirado el talento que aprovecha las nuevas tecnologías. A cierta distancia, claro está.

Era la distancia que conseguía mantener con un par de temazos de Jardín Psicodélico, la banda inexistente que ya había visto dejar confundidos, y preocupados, a varios músicos talentosos y de buen paladar. Compartí el aplauso por la arquitectura de sus canciones, pero no llegué a conmoverme. El virtuosismo del producto artificial carecía de ese ingrediente intangible e inherente a las cosas que me hacían vibrar de verdad: el alma.

Me pasaba igual con la narrativa. En la escritura, pronto quedaban en evidencia la asepsia reiterada, el formulismo, el humor plástico y la taxonomía mecánica de la información. Y en el terreno audiovisual, no bastaba con la oferta de escenarios antes imposibles o la clonación de actores. Faltaban los elementos volátiles, no pocas veces contradictorios, que dan sabor a las historias más allá del argumento. Lo esencial, por indefinible, rehuía la estandarización.

Aunque no pudiera señalarlo específicamente, sabía que lo humano era algo más. Tenía el ojo entrenado. El músculo de mi filtro se había fortalecido con años de cuestionamientos metafísicos, prácticas espirituales y lecturas de divulgación científica; aunque, últimamente, dada la falta de tiempo, el refuerzo de mi blindaje se lo había encargado a los pódcasts.

Oscilando entre la filosofía y la autoayuda, la radio reinventada me ofrecía conversaciones sobre la búsqueda de sentido con la seriedad, el humor y la liviandad que requerían los momentos previos al sueño. Por esta vía llegué al mejor orador que había oído últimamente y que me recordaba a divulgadores legendarios como Alan Watts, Terence McKenna y Ram Dass, pero en español.

Lo que no sabemos era un pódcast que compilaba temas que me apasionaban últimamente: budismo, Jung, salud mental, un toque de política y los aspectos digeribles de la mecánica cuántica. Sus disquisiciones iluminaban los caminos, a menudo oscuros, de un cincuentón con tendencia a preguntarse el porqué de su paso por este mundo.

Encandilado por el hechizo, compartí con gente cercana un par de episodios y el entusiasmo se contagió. Puedo dar fe de que se revitalizaron las discusiones con los amigos que pasaron por el pódcast. Habíamos encontrado en el presentador un ensayista radial que nos tocaba la fibra. Comentábamos sus reflexiones con el mismo entusiasmo que hasta entonces les deparábamos a las series icónicas de las plataformas.

Y como si se tratara de una de esas historias por entregas, me embarqué en una maratón de consumo. El nivel de interés no disminuyó con la acumulación de capítulos, pero de repente una sombra empañó el disfrute. La sospecha empezó a colarse porque algunas acentuaciones de Javier, el anfitrión, enrarecían su acento, que ahora, viéndolo en retrospectiva, si bien sonaba español no se prestaba para ningún arraigo concreto. También estaban la repetición de algunas fórmulas sintácticas y la producción casi compulsiva de material cuya complejidad habría requerido otro ritmo.

Cuando busqué información sobre Javier, que no usaba apellido, ni siquiera en el libro que promocionaba en la biografía del pódcast, no hallé más que los enlaces que llevaban a los archivos de audio. Aparte de una foto, demasiado prístina y convencional, no existía otra imagen suya y…

Mierda. Le había empeñado mi corazón a una inteligencia artificial. Yo, que posaba de ir por el mundo con el espíritu crítico por delante, ahora me equiparaba a la gente que usa la IA como sicólogo, amigo, confidente, proyecto amoroso u oráculo. De aquellos a quienes miraba por encima del hombro si acaso me separaba un leve matiz en el perfil. Había acudido a un gurú diseñado por el algoritmo.

No lo calificaría de pérdida de tiempo porque el contenido era realmente valioso y me seguía gustando oírlo, pero, tras bambalinas, lo único que se asomaba era un prompt inteligente y una combinación estadística. Y dolía porque el producto me había puesto a palpitar como un adolescente en su primer amor. Me había alimentado —con gozo, para acabar de ajustar— de una programación que no tenía alma. Era como nutrirse enteramente de proteína en polvo.

El golpe me dejó más aturdido de lo que hubiera imaginado, precisamente por las mismas razones existenciales en las que se apoyaba mi afinidad con el pódcast. Sufrí un tipo de despecho que no conocía: el de haber depositado la confianza en el vacío. Tal vez era el primer paso en la aceptación de que estaba listo para ser regido por una máquina. Quizá había llegado el momento de entregar el control y aprender a hornear brownies o pegar ladrillos.

En medio del desconcierto, me sentí incapaz de plasmar en un texto las consecuencias del embaucamiento. No sabría decir si quien lea esto consiga compartir la desazón de haberle entregado tu buena fe a un ente sin cara, sin historia y sin sangre. Un dios reciente del que tenemos evidencia de cada paso de su invención.

La impotencia derivada del desconsuelo me privó incluso de la fuerza para escribir al respecto. Tuve entonces que pedirle el favor a Gemini de que lo hiciera por mí y ofrezco disculpas de antemano. Quien lea esto seguramente no encontró los elementos volátiles, no pocas veces contradictorios, que dan sabor a las historias más allá del argumento.

Sin embargo, aspiro, con la esperanza de que no sea demasiado pedir, a un poquito de empatía y permisividad con mi angustia intermediada. Nunca se sabe, a veces uno está para un batido de proteína en polvo.

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Un teatro llamado San Siro

por MARIO CÁRDENAS • Ilustración de Jenny Giraldo García

Número 149 Mayo de 2026

Cuando me inventé la idea de que quería hacer un via|je a Milán para visitar un estadio y escribir algo, la invención y su efecto sorpresa tomó un impulso en la charla de sábado que se apagaba. Pero no, no iba a viajar. Hay cosas que uno dice para llamar la atención.

Lo cierto es con o sin viaje iba a escribirle una carta al estadio, pero la carta no me salió, me salió otra cosa: un texto cocido con varias piezas y recuerdos modificados sobre un estadio que tiene la forma de uno de los últimos eslabones del fútbol de antes.

Hay un hálito romántico, quizás más atractivo, en escribir una carta al edificio que será demolido y nunca verás en pie. Algo de utopía. Escribir a unas imágenes y a un deseo creado con distancia.

Al edificio lo he visto de lejos; a cierta distancia parece un coliseo con forma de nave espacial varada en un pedazo de tierra de un barrio que tiene su nombre más popular. Lo he visto en fotografías y en los encuadres de la señal de televisión, en videos que muestran partes de su interior y su exterior.

Últimamente lo he visto más, en nuevos videos que dan otros panoramas, tomas aéreas desde un dron, en fotografías que se enfocan en sus detalles, desde adentro, desde afuera, desde un costado. Tengo las piezas de un rompecabezas, no las tengo todas, pero con eso me basta. Veinte años atrás visitarlo era un sueño, pero me repele tanto la idea del turista que se precia de viajar para conocer algo, tomarse la foto rápidamente y ajustar la colección, que abandoné la idea.

En San Siro, el 19 de junio de 1990, la selección Colombia de fútbol marcó el primer gol que tengo en mi memoria, el gol que tiene gran significado para muchos de mi generación. Me acuerdo de ese día, era un martes, tenía el uniforme del colegio puesto, estaba llegando o saliendo directo por esa carrera 23 de Calarcá que unía mi casa con el colegio, en esa mañana lo que captaba mi atención era el televisor Shimasu a color de doce botones con la imagen nítida rodando. La jugada de gol tiene la forma de una llave que abre un muro: un esquema perfecto que calza y destraba, el balón pasando entre las piernas de un arquero, el gol, y la celebración de un grupo de muchachos con chaquetas y camisetas rojas con líneas amarillas y azules que se amontonan sobre el anotador. Todo es perfecto, lo repito de nuevo: el balón que circula por la cancha transformado en una bola de billar sobre un paño verde. Es un momento infinito.

Me acuerdo también que en la celebración desbordada empezaron a titilar unas letras que brotaban de la pantalla, en ese momento creí que éramos campeones de algo, mientras mi papá y mi mamá celebraban saltando, yo me quedé fijo viendo la pantalla de catorce pulgadas del televisor. En medio del griterío imaginé que habíamos ganado el mundial, que habíamos ganado algo grande. Las letras, supe después, decían: Viva Colombia. Todavía las busco intentando que en la repetición diga: Campeones del mundo. Lo cierto es que ganamos algo, enorme, empatar en un San Siro repleto de banderas alemanas, con un gol perfecto al último segundo en contra de Alemania Federal, un empate en contra de la selección que ganó el mundial de Italia 90.

Los uniformes de las dos selecciones son camisetas y chaquetas que están en el altar de los uniformes de fútbol: Alemania recién unificada, pero con la herida abierta. Colombia, en uno de los primeros capítulos de la guerra por las drogas, tratando de sobrellevar el trauma de uno de sus años más violentos. Para muchos de los jugadores de la selección: René Higuita, el Chonto Herrera, Leonel, el Bendito Fajardo, el Pibe Valderrama, Andrés Escobar, Freddy Rincón, la Gambeta Estrada, jugar en el mundial en San Siro era como estar en otro planeta. Contrario a lo que pasaba con algunos de los alemanes: Andreas Brehme, Lothar Matthäus, Jürgen Klinsmann, San Siro era su cancha habitual.

El mundial y el partido fueron un sueño dentro de un sueño. Los jugadores colombianos hacían del balón un péndulo que se movía en muchas direcciones, apenas comenzaban a sonar en el concierto mundial. Jugaron y empataron con el gol que Freddy Eusebio Rincón Valencia celebra con el número 19 en la espalda y soltando el grito con los puños apretados que no lograron contener tanta euforia. 

En los primeros años de la década del dos mil, uno de mis primos mayores tenía una pequeña colección de revistas de fútbol que se perdió entre trasteo y trasteo. Hay una que aún sigo buscando, la revista traía impresa a doble página una foto tomada detrás del arco sur de San Siro justo cuando el balón está ingresando entre las piernas del joven Bodo Illgner. Recuerdo, y veo la imagen: al costado izquierdo estaba el arquero desparramado mirando hacia atrás, el balón entrando, la malla del arco cubría las dos páginas y entre los orificios se veía el estadio, sus pisos elevados y graderías de colores verde, azul y rojo, la sombra blanca de los hinchas alemanes, los techos transparentes, las torres y estructuras rojas. El estadio desde ese punto se ve como una catedral de muchos pisos. No sé si fue ahí, o de tanto ver fútbol italiano que me despertó una pasión por ese estadio. Una obsesión por un espacio lejano y sagrado.

San Siro, o Giuseppe Meazza como le dicen los hinchas del Inter de Milán, es uno de esos últimos estadios, antes de que todos se volvieran latas de sardinas o inodoros diseñados para la gente que va los estadios a tomarse fotos y posar las camisetas de equipos que no les interesan. Lo sé, es una idea básica y romántica. El alegato típico contra el fútbol moderno. Dicen que no ver la virtud de lo nuevo es aferrarse demasiado a la nostalgia, pero San Siro, como el demolido Highbury, el Estadio Olímpico de Múnich, el Monumental en Buenos Aires, el Arena de Ámsterdam o el Signal Iduna Park son estadios de hinchas de fútbol, de gente que va a las canchas porque les gusta ese juego popular.

En San Siro también hizo un gol Faustino Hernán Asprilla Hinestroza. Es otro de esos momentos infinitos. Fue en una de esas mañanas de domingo en los primeros años noventa cuando nos levantábamos a ver Calcio italiano. También fue el costado sur, de tiro libre, al AC Milan de Fabio Capello el domingo 21 de marzo de 1993. Fue el gol de la temporada. El arquero Sebastiano Rossi apenas se mueve para ver el balón que se mete en la escuadra. El invicto de 58 fechas del Milan de Baresi, Maldini, Savicevic, Massaro, de los Gli invincibili, se vino al piso. El testigo de una nueva hazaña de un colombiano: San Siro, con sus graderías de colores, la arquitectura del techo, los cuernos rojos y las once torres.

Este año San Siro cumplirá cien años y será demolido, es lo que se ha anunciado. Un coliseo del que no quedarán ni las ruinas. Pero San Siro no siempre fue así como lo hemos visto desde hace cuatro décadas. El estadio Giuseppe Meazza del barrio San Siro fue inaugurado el 19 de septiembre de 1926 tras comenzar su construcción en 1925 por iniciativa de Piero Pirelli, presidente del AC Milan, con diseño de los arquitectos Alberto Cugini y Ulisse Stacchini, en esa primera versión los arquitectos mezclaron elementos del estilo Liberty que estaba en tendencia con elementos neoclásicos tardíos, en un concepto de estadio similar al de los equipos ingleses: cuatro tribunas independientes, perpendiculares al terreno de juego y construidas de hormigón armado, una de las cuales estaba parcialmente techada, sin pista atlética, con las graderías encima de los arcos, solo para fútbol. Diez años después el ayuntamiento de Milán tomó la administración del estadio y se hizo la primera reforma bajo la supervisión de ingeniero Bertera y el arquitecto Perlasca, se agregaron cerramientos a las gradas y su capacidad se amplió a sesenta mil espectadores. Gigante para su época. Luego, en 1956, sería rediseñado por Armando Ronca y Ferruccio Calzolari. Los arquitectos proyectaron la construcción de un segundo anillo de gradas accesible a través de una serie de rampas que recorren todas las paredes del edificio. La imagen de nuevo cambió, se abrió paso a unas temporadas de éxito para el Inter y el AC Milan con una docena es scudettos y varias ligas de campeones de Europa. A partir de esa renovación al San Siro se le empezó a llamar Scala del Calcio, una variación del nombre del teatro más famoso de Milán. Un teatro para el fútbol y el primer estadio con iluminación nocturna de Italia. En los años ochenta se dio el último cambio drástico y se completó la imagen que tengo en la memoria: los arquitectos Giancarlo Ragazzi y Enrico Hoffer y el ingeniero Leo Finzi completaron lo que hoy son las señas de identidad del estadio, las once torres cilíndricas con rampa helicoidal que permiten el acceso al tercer anillo de graderías, sobre el que descansa una cubierta de acero pintada de rojo.

La última fase hizo del nuevo San Siro unas de las sedes principales del mundial de Italia 90, con la ceremonia de apertura y el partido entre el vigente campeón Argentina y la debutante selección de Camerún. En la ceremonia de inauguración, con la luz de esos días, Gianna Nannini y Edoardo Bennato interpretaron el tema musical oficial Un’estate italiana, versión en italiano del proyecto creado por Giorgio Moroder y el letrista Tom Whitlock, que en su versión en inglés, y olvidada para muchos, fue titulada como: To be number one. Gianna y Edoardo, dos jóvenes de Nápoles y Siena, cantan en San Siro esa balada que también parece el himno de un mundo que se está acabando, suena a despedida, a un tiempo que se va alejando. Desde entonces, los mundiales han ido cambiando, y aunque para muchos el de Italia no fue un gran mundial, su promedio de goles fue bajo, las asistencias no fueron las mejores, es de esos mundiales que están más cercanos al fútbol de antes y no a los espectáculos costosos y saturados de marketing que se fueron implantando desde USA 94 como una serie de bromas infinitas.

Mientras escribo esto no sé si por la alocución del algoritmo que trata de afectar la redacción llegan nuevas imágenes de San Siro. El teatro que se va a demoler es testigo de otro evento: las primeras imágenes que veo son las del estadio en preparación para una ceremonia, la iluminación interior resalta los colores de sus graderías, la imagen es fúnebre, al interior unas piezas blancas en vitrinas esperan el momento. Más tarde nuevas imágenes y sonidos llegan en una serie: aparece Andrea Bocelli vestido de negro con una nítida interpretación de Nessun Dorma de la ópera Turandot de Puccini en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán. Sí, Bocelli, el mismo que cantó veinte años atrás en la ceremonia de apertura de Juegos Olímpicos de Turín. “Belleza y poder”, leo en uno de los comentarios que aparecen debajo del video. En la ceremonia las luces amarillas no distorsionan la uniformidad de lo que se antoja es un velorio. Hay más; luego, otra imagen sella de nuevo esa idea de belleza y poder: Laura Pausini, con un vestido negro y brillantes, interpreta el himno nacional de Italia, a lado y lado las modelos que han desfilado en el homenaje a Giorgio Armani con los trajes de colores de la bandera de Italia la acompañan. Elegancia contenida. Belleza limpia y blanca. Pausini canta, ejecuta, como lo hizo Bocelli, en sus casos no habrá un juicio técnico sino racional admiración por la sobriedad y la regla del protocolo. Las letras del himno que salen de su boca se lo tragan todo como una luz blanca salida de un reflector, en un momento una de las cámaras enfoca a la primera ministra de Italia Giorgia Meloni quien sonríe a gusto. El gesto es contenido. Parece satisfecha por el resultado de la ceremonia: ejecución, canto, belleza blanca y poder. He visto esas imágenes antes; en los desfiles y las puestas en escena de Nayib Bukele, en los sueños y las copias de las actuaciones de Abelardo de la Espriella, antes de que por campaña tuviera que fingir gusto popular.

Las últimas imágenes son de una batalla; afuera, en las calles de Milán, las protestas contra los juegos son un enfrentamiento que olvida la limpieza del espectáculo, no hay control, nada de belleza y poder, también hay luces en muchas direcciones, hay fuegos artificiales, bengalas que rompen el marco y la limpieza que se controla al interior. A la limpieza de la ceremonia dentro de la Scala del Calcio se contrapone lo que sucede afuera. Es un tipo de ceremonia que manda un mensaje: en un mundo abiertamente fascista esta es la ceremonia ideal que se contrapone a otros símbolos de consuelo y alegría.

San Siro es la casa del derby della Madonnina, entre el FC Internazionale y AC Milan, nombrado así en honor a la estatua de la Virgen de los Dolores, conocida popularmente como Madonnina, que se encuentra en la cima del Duomo de Milán. La virgen es para muchos la protección de la ciudad, una estatua que como el estadio son parte de su alma. “San Siro no es un símbolo de la ciudad, es parte de la historia de la ciudad”, dice un hincha en un documental de la Deutsche Welle.

El estadio caerá, la ceremonia que celebró Meloni a puerta cerrada es apenas un preámbulo de lo que se derrumba y se instala, de algo que está emergiendo de a poco, aunque ya se ve su forma. Mientras la poca atención pasa por el show de Bad Bunny en el Super Bowl, el espectáculo de supermercado no nos deja ver los otros lados. No sería extraño que San Siro sea testigo de esto, el punto de una nueva bienvenida. Como pasó en Milán en 1919 cuando Benito Mussolini fundó el Fasci Italiani di Combattimento. Milán es la recreación de un nuevo punto de partida, de lo que espera el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, cuando dictó la Conferencia de Seguridad de Múnich unos días después: “Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y su patrimonio, que comprendan que somos herederos de la misma civilización grande y noble, y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla”. Belleza blanca y poder.

Volví a ver el partido entre Colombia y Alemania Federal. Lo vi completo, sin narración y con la captura de los sonidos que permiten escuchar las voces en la cancha, en el archivo hay tramos en los que se puede escuchar lo que se dice de cerca entre un jugador y otro. Las palabras van y vienen en diminutivos, gritos, arengas, alientos que se alternan coon las palabras que dicen los alemanes. Las voces de jóvenes de la selección tienen un eco perceptible, el sonido de las palabras y los gestos es igual a lo que escuchamos en un partido del barrio. Un monumento al fútbol colombiano y nuestra memoria popular. Unas imágenes y sonidos que siguen circulando entre esos más de noventa minutos de partido.

Reviso de nuevo lo que escribo, afuera de la casa hay un equipo de producción que organiza detalles para grabar unas escenas. No sé si es parte de una película, un comercial o una serie. En la calle se vive un ambiente inusual. De repente escucho unos gritos, me asomo de nuevo a la ventana a husmear, sale un grupo de mujeres, hombres y niños vestidos con las camisetas de la selección Colombia, son copias y versiones de las camisetas de Italia 90. Al final queda uno de los hombres con una camiseta roja, desde lejos parece Freddy Rincón caminando.

Aunque se han hecho esfuerzos por declarar a San Siro como patrimonio cultural el edificio parece ir derecho al matadero. Al margen de esto, el archivo, volver a las imágenes, me permite crear una interrupción y una alternativa a esa idea global y homogénea de la belleza que se ha instalado como monocultivo. Como pasó con el viejo Wembley, otro de esos estadios donde un jugador colombiano dejó su sello, San Siro caerá. Pero eso no borrará nada.

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Tres historias de agrande

por JUANGUI ROMERO • Ilustración de Maria Alejandra Pérez

Número 149 Mayo de 2026

Cambio de ritmo

¿Qué habría pasado si yo tuviera hijos? En eso me quedé pensando al ver a ese niño subirse a esa moto con cara de quien quiere llegar cuanto antes a la casa después de un mal partido, y bañarse, y estregarse con rabia cada dedo del pie derecho, los culpables de tantas malas jugadas que solo merecen perderse por el desagüe. Su padre —o a lo mejor era el tío futbolero— no lo dejó ponerse el casco, no se lo pasó a pesar de que el chico lo pedía. Quería que siguiera ahí parado, pensando en ese partido hasta cuando él lo decidiera, hasta que le diera la gana de encender la moto —hasta que se despidieran en el aeropuerto, cuando el hombre volvería a marcharse una vez más, rumbo a Estados Unidos—. “Santi, si haces eso no va a importar tu estatura…, les vas a ganar a todos esos grandotes”. El hombre trabajaba en Miami —y según mis ataques de grandeza, todo era producto de la torpeza típica de un padre ausente—. “Mira, Santi, yo trabajo cerquita al estadio donde juega Messi y lo veo hacer eso cada semana… Y mira lo viejo que está”. El tipo lucía una camisa de fútbol americano que le quedaba juagada —la moto le quedaba igual—, en una mano tenía un vapeador que se llevaba cada rato a la boca y los dos cascos seguían colgados de los espejos. Siempre estuvo sentado de medio lado sobre el sillín de la moto, desesperado por tirarle la lengua al niño, pero este nunca le respondió. “Cuando vayas te voy a llevar a unas montañas rusas que tienen las curvas flat, ¿sabes qué quiere decir flat?… Planas, curvas planas. ¡Pura velocidad!”. El chico seguía escuchándolo en silencio, más bien desatento, escasamente levantaba la cabeza cuando aparecían esas palabras en inglés, como si en esos momentos lo picara un zancudo. “Esas montañas rusas se llaman wild mouse, ¡ratón salvaje!, ¿escuchaste bien, Santi?, eso es lo que tienes que ser tú en la cancha”. Y fue en ese instante cuando por fin le pasó el casco al niño, y también se puso el suyo, como si ahora necesitara acelerarlo todo. La moto estaba en una bahía, junto a la mía, delante de una seguidilla de canchas sintéticas, y entonces el freno retador de un bus que había parado justo al frente, anunció con su bufido lo que este hombre —también cincuentón, como yo—, consideraba el clímax de su charla técnica: “Santi, mira este bus. Los dos vamos a arrancar al mismo tiempo. Nosotros somos un delantero y él un defensa tan grande y pesado como Yerry Mina. ¿Cómo le ganas?, si decides chocarlo, mueres; si le cambias de ritmo, lo dejamos mirándonos la placa”. Eso fue lo último que escuché, mientras seguía esperando a mi esposa. Cuando tengo que recogerla me las ingenio para citarla junto a cualquier cancha de fútbol, así veo desde la moto lo que sucede en esos partiditos. Incluso, si ya estamos rodando y pasamos cuando van a cobrar un tiro de esquina o un tiro libre, desacelero a ver cómo termina la jugada. Por fortuna, ella hace rato entendió que esto es una enfermedad.

Un abrazo torcido

No recuerdo la fecha exacta, pero fue en 1993. Ese día jugábamos la final del torneo de micro más famoso de la Universidad de Antioquia: el de los bajos de la biblioteca central. Para mí, el campeonato que llevó a Gianni Infantino, el presidente de la Fifa, a armar este mundial con 48 selecciones. Está claro que a este man no le gusta que ningún récord duerma lejos de su casa, y seguro alguien le mostró en cualquier reunión los registros con este mismo número de equipos que dejó para la historia don Miguel Valencia (q. e. p. d.); ese señor con aires de cacique bonachón, que además de vender periódicos en la principal portería de esta universidad, se la pasaba colgando allí, en la malla contigua, unos tableros de lata o de cartón en los que difundía todo tipo de noticias. Un periodista empírico incansable, que por esos días publicaba los resultados e incluso algunos comentarios que dejaba cada nueva fecha de este campeonato del que ya solo quedábamos dos equipos de los 48 que habían arrancado —cómo no remarcarlo—, lo hacía en unas letras grandísimas, hechas con marcador, que solían atravesar el reverso de varios cartones de Marlboro. Todavía recuerdo que ese día llegué de mañanita a la U, y eso que no tenía clases. Estaba muy ansioso ante semejante partido, proyectado para el mediodía. Y lo primero que hice fue quedarme un rato en los bajos de la biblioteca, mirando la cancha, contemplándola todavía dormida, esperando que aparecieran mis compañeros de equipo —en esa época los celulares eran cosa de ciencia ficción—. Pero, ¡oh sorpresa!, el primero que me saludó, el primero en hablarme del partido ese día fue justamente don Miguel: “¿A usted le molestaría dedicarme un gol hoy?… Si hace gol, ¿me lo dedica, por favor…? Yo voy a estar ahí en las primeras escalas…”. Aunque él saludaba a todo el mundo, yo no era su amigo, si acaso le había comprado uno que otro periódico para cualquier tarea. Lo cierto es que dicho eso, se fue. Cada frase suya le había salido más cortada que la anterior, como si de verdad me viera como una estrella y le avergonzara hacerme tal solicitud. Yo, en cambio, le contesté con la alegría de un trovador: “¡Claaaro don Miguel!, ¡claro que sí!, ¡hágale don Miguel!”. Yo estaba pleno, y entonces, por cábala; o, mejor dicho, por ganas de ser ídolo, campeón, figura, estrella, leyenda, decidí no contarles nada a ninguno de mis compañeros… A nadie. Siempre se ha dicho que si uno habla de este tipo de cosas antes de que sucedan, se vinagran, y todo pintaba como un delicioso banquete para el ego: nosotros ya le habíamos ganado 4-1 a ese equipo en la ronda de grupos; en el último partido habíamos eliminado a Salseros, campeón invicto del torneo anterior; yo estaba entre los goleadores del campeonato; a la gente le gustaba nuestro juego. ¿Qué podía fallar? A partir de ese momento, no hice otra cosa que imaginar lo que don Miguel pondría sobre mi gol y sobre nuestro abrazo en su gran periódico mural. Al fin y al cabo, él era uno de los personajes más queridos de la U, y tal vez el periodista más leído en la U de A. Pero a la gloria le gusta jugar con los sentimientos de las personas, es la más casquillera de todas las casquilleras, porque cuando apenas el partido llevaba unos minutos, decidió clavarme un par de inyecciones en los ojos. La jeringa uno contenía un golazo del equipo rival. Y la segunda me entró todavía peor, sin que yo hubiera logrado parpadear, porque ahí estaba, apenas a unos pasos míos, la imagen sonriente de don Miguel esperando en la tribuna con los brazos abiertos al anotador de ese gol, saltando como nunca lo vi hacerlo, como si fuera el barrista más apasionado de la historia del fútbol. Yo no lo podía creer. “¡Vamos, vamos!”, gritaban desesperados varios de mis compañeros, tratando de meternos de nuevo en el partido. Y aunque al final no tuvimos nada que reprocharnos porque corrimos como locos, perdimos 3-2, y sobra decir que no hice gol. Cuando ya íbamos de salida para la casa, mis compañeros y yo decidimos abordar a don Miguel, al verlo ahí, parapetado como siempre en su puesto de periódicos, para decirle de mil maneras que era un torcido, un vil mercader de los abrazos, pero él no hizo más que reírse, acusándome entre bromas de ser el mayor perdedor de todos esos perdedores. Unos días después le pedí que me regalara ese pedazo de cartón en el que escribió que el favoritismo nos había maniatado, que habíamos perdido por creernos superiores —y lo guardé durante mucho tiempo—. Ese fue el primer recuerdo que desempolvé en mi mente cuando el capitán de este inolvidable equipo me puso el 12 de octubre del año pasado un mensaje de Whatsapp que anunciaba la muerte de don Miguel Valencia, el final del juego para Miguel carteles.

Larga vida al Toque

Todos le decíamos Toque, aunque hubo un tiempo en el que su apodo fue el Black. Era un metalero del barrio al que le dio por jugar fútbol después de los treinta. Y aunque él y sus amigos me llevaban quince años o más, yo jugaba con ellos todos los domingos en una cancha de arenilla larguísima en la que se estiraban tremendos cotejos. Al comienzo, su principal “virtud” consistía en ensuciar los partidos. Le fascinaba meter el balón entre los bordes internos de los pies, atenazarlo con los tobillos, para deambular por la cancha a punta de pequeños saltitos, buscando que se armara la trifulca. Era como si su objetivo no fuera convertir goles o ayudar a hacerlos sino crear pequeños pogos. Otras veces, se ponía a aplanchar la pelota en el punto del tiro de esquina, de espaldas a la cancha, para robarnos los minutos más preciados de aquellos calurosos domingos, amontonando a su alrededor a varios jugadores, incluidos algunos de su equipo, hasta que lograba salir de allí a la fuerza, taqueando, forcejeando contra todos. En ocasiones, lo hacía a los puños, con cualquiera que caía en su juego, porque, además, cada vez estaba más cuajo a punta de hacer barras y pesas. Bueno, no tanto como su rottweiler, ese perro negro que un día cayó fulminado en medio de la rutina militar que ambos seguían todos los domingos: subir y bajar el cerro de las Tres Cruces no sé cuántas veces, antes de caer a jugar el picadito semanal. El perro también jugaba su partido porque él lo amarraba en una de las mallas que estaba a la entrada de la cancha, y a este cada tanto le daba por perseguir el balón hasta donde su cadena se lo permitiera, el mejor estímulo para aprender a frenarnos sobre la marcha, al reconocer que esas mandíbulas marcaban el punto exacto para devolver el balón de taco, esa jugada que se volvió el sello de todos en el barrio gracias al perro del Toque. Esa palabra mágica que se convirtió en su alias porque empezó a salir de su boca como una muletilla a medida que fue adquiriendo más dominio de balón. Esa que todos los amigos repetimos en su entierro como una especie de letanía. En muy poco tiempo el Toque aprendió a moverse sin parar, esperando que le devolvieran el balón y devolviéndolo de una, siempre estaba desmarcado. Entendía tan bien el juego que todos terminamos aceptando que se comportara como esos profesores de aeróbicos que marcan el ritmo y la intensidad de los movimientos de todos sus seguidores. “Toque, eso, toque, toque, muévase”. Eso se la pasaba diciendo todo el partido. De pronto, todos queríamos jugar en su equipo, sobre todo los más chicos, pero también así de repente nos llegó la noticia de su muerte. Sus hermanos simplemente dijeron que se había metido con la gente equivocada y ya. Pero a mí no se me olvida que en esa sala de velación todos sus amigos futboleros estuvimos ahí, recordando cómo su disciplina y su talento lo habían convertido en uno de los mejores jugadores del barrio, conversando y conversando de su carrera futbolística, como si esta existiera de verdad, porque realmente no sabíamos nada más de su vida. Seguramente por eso primero lo llamaban el Black.

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En mi lugar

por ÁLVARO CASTILLO • Fotografías por el autor

Número 148 Marzo de 2026

Estar allí, entonces. Fue lo primero que se me vino a la cabeza: “Estar allí, entonces”. El título de las memorias de Gregory Randall sobre sus años en Cuba. Solo que, en mi caso, le agregué una coma que cambia por completo el sentido. Ya no se trata de una afirmación sino de, más bien, la apertura a un diálogo. Una interrogación. Una explicación.

Llevo ya 31 años de experiencia cubana. De ir y virar constantemente. De tener un pie en cada orilla, porque esto, en mi caso, es posible. Una especie de vida dividida. Una vida en pausa mientras la otra continúa. Ese ir y regresar me ha permitido tener dos patrias y habitar, como un caminante que sabe dónde comprar el pan o dónde es posible encontrar un almuerzo barato, en dos lugares que se parecen más que en lo que se diferencian.

¿En qué se parecen Colombia y Cuba? En que vivimos unas realidades tan desmesuradas, extrañas e incomprensibles que nadie, ni nosotros mismos, es capaz de entenderlas o explicarlas. Desafiamos cualquier lógica, toda razón. Esto hace que seamos, entonces, unos seres que vivimos en nuestros espacios “contra toda esperanza” (sí, suena exagerado recurrir al nombre de las memorias de Nadiezhda Mandelstam para buscar una definición). Simplemente vivimos y estamos sin preguntarnos demasiado porque pa qué, porque ya qué. No hay nada que entender.

Creo, además, que estas realidades tan extrañas suscitan en los visitantes una especie de “ansia explicativa”: de repente y sin pudor alguno, cualquiera se siente con la autoridad, la experiencia y el conocimiento para explicar semejante absurdo. Y no hay nada que choque más, a cualquiera. No se trata de que no se pueda opinar sobre nosotros, sino de creer que pueden explicarnos con solo pasar unos días en nuestras calles. Y, por supuesto, es una tentación en la que es fácil caer. Y no voy a caer a estas alturas del partido en ella.

La experiencia de una vida es imposible de transmitir. Cada cual habla de su realidad desde su punto de vista. Desde las pocas calles que puede recorrer. Esto hace que la comprensión de un suceso de carácter nacional sea inatrapable. ¿Cómo, por ejemplo, poder hablar de un país sumido en una crisis energética sin precedentes cuando, por esas cosas de la vida, el sitio que se habita tiene el sistema eléctrico soterrado y no se va la luz? Cuando a los demás sí se les va. ¿Es posible, entonces, asumir la experiencia y tragedia de los demás como propia?

Creo que el testigo tiene el deber de decirlo y contarlo todo (esta frase no es mía y no recuerdo donde la leí). No queda entonces otra posibilidad que la de contar desde la propia orilla o darles la voz a otros, a los demás, que también harán lo mismo. Podría hacer esto, sí. Pero no lo creo honesto. Cuando se trata de la tragedia de un pueblo entero lo primero que hay que tener es decoro y vergüenza.

¿“Estar allí, entonces” qué quiere decir? Ser uno más sin pretender ser el único. Escuchar todas las voces sin pretender poseer la única. Acompañar en el camino. Dando una mano o las dos.

Los momentos que se están viviendo en Cuba son, para cualquiera que no sea de aquí, incomprensibles. Parece que no sucediera nada, pero está sucediendo todo. Parece que todo sigue igual y, aunque no podamos verlo, todo es diferente. El dolor, la tristeza, la incertidumbre, la rabia, la confusión van por dentro. No hay, entonces, nada mejor que vivir como “uno de esos días en que es la vida” porque, así nos esforcemos, no podemos cambiar lo que aún no ha sido escrito.

Y, por sobre todas las cosas, nos falta para acercarnos a vislumbrar alguna explicación, la experiencia de haber sido y ser cubanos durante este tiempo, ya largo y al que algunos “llamarán antiguo” (como escribió el poeta Norberto Codina).

Estoy acá, con los cubanos, como un cubano de a pie más, en medio de la incertidumbre de que algo va a pasar, puede pasar, está pasando y no ha sucedido. Con la certeza plena de que lo que me tocó ahora por la libreta es esto. Y no me queda más remedio ni posibilidad que “estar aquí, entonces”, del lado de ustedes, y a su lado, hermanos cubanos míos.

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