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La reina de los mares

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías por el autor

Número 52 Febrero de 2014

Nuestro corresponsal en Brasil viajó seis meses antes para acostumbrarse al Brazuca. Y a la cachaza. Se reparte entre limpiar la piscina y podar el jardín de su rancho ardiente. La primera de nuestras ceremonias mundialistas está dedicada, con toda reverencia, al sincretismo entre dioses cristianos y africanos. Todo sea por una mala racha para Costa de Marfil.

Cientos de barquitos azules flotaron en el mar de Cidreira durante la noche del sábado primero de febrero y la madrugada del domingo. En su interior viajaban tarros de perfume, peinillas, espejos, labiales y dosis de champú. Iemanjá es vanidosa y golosa. Cocadas, merengues, trozos de sandía y empanadas de alga también hacían parte de las improvisadas tripulaciones. La noche era fresca y las pocas gotas de lluvia que caían sobre la playa parecían evaporarse con los juegos pirotécnicos.

Si los negros africanos hubieran llegado a Brasil por cuenta propia y no para trabajar como esclavos, Iemanjá sería aún más voluptuosa, de caderas amplias y tetas grandes, de piel morena y labios gruesos. Pero esta diosa tiene aspecto de virgen. Una virgen sin aureola, sin niño, sin tanto atuendo protector de la moral y las buenas costumbres. Solo lleva un largo vestido azul, prolongación del mar, con un escote sin complejos tan ceñido al cuerpo que resalta sus piernas y su cintura estrecha.

Iemanjá es resultado del sincretismo de Brasil. Si bien los esclavos africanos ponían en sus altares las divinidades de sus amos católicos y hacían la mímica de rezarles, en sus almas, el lugar al que los negreros no podían acceder, seguían adorando a sus propios dioses: Oxalá, Changó, Olorúm, Jemanjá. Tuvieron que pasar muchos años para que la esclavitud terminara. Luego, con la libertad a cuestas, surgieron religiones que fusionaron las creencias africanas con el catolicismo, como Umbanda o Candomblé, satanizadas y perseguidas por el Estado hasta mediados del siglo XX.

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Llevaba pocos días viviendo en Brasil cuando me enteré de que el dos de febrero era la fiesta de Nossa Senhora dos Navegantes, la celebración religiosa más importante y tradicional de Porto Alegre. Esta ciudad queda a una hora de Viamão, mi nuevo hogar desde que salí de Colombia a finales de diciembre. Sin dudarlo agendé para ese día un viaje a la capital de Río Grande del Sur. Era un buen motivo para conocer un poco la cultura y el agite del país que me acoge.

Mientras se acercaba la fecha, leí sobre el tema: los fundadores de Porto Alegre en 1742, portugueses provenientes de las islas Azores, consideraban a la madre de Jesús como la santa protectora de los mares. La imagen de Nuestra Señora de los Navegantes llegó a Porto Alegre en 1871. Era obra del escultor João Alfonso Lapa, quien tuvo que volver a hacerla en 1910 después de que un incendio la destruyera junto a la capilla de su mismo nombre; la reconstrucción de la iglesia estuvo a cargo de los devotos y la reinauguración se celebró tres años después.

La celebración consiste en una procesión de miles de personas que llevan a Nossa Senhora de una iglesia a otra, seguida de un desfile fluvial sobre las aguas del lago Guaíba. El obispo, el alcalde, el ejército a caballo, los feligreses, la fe, el bullicio. Imaginé cómo sería el calor y el sofoco ese dos de febrero, con temperaturas de cuarenta grados, mientras buscaba imágenes de la virgen de los navegantes. Una virgen católica, común y corriente, parada sobre una canoa inundada de flores, con un niño en sus brazos y tres ángeles a sus pies; de la mano del niño, que mira impávido una tempestad mortífera que solo él puede ver, cuelgan un cordel y un ancla.

Como si la pantalla del computador fuera el mismo mar, mientras veía esas imágenes de la virgen emergió la atractiva diosa Iemanjá. Apareció imponente con sus palmas abiertas dejando caer perlas al agua. No fue difícil reconocer el sincretismo entre estas dos santas. Tampoco cambiar la celebración católica por la africana. Ahora el paseo era a Cidreira, en el litoral, la ciudad más umbandista de Brasil. Los dos primeros días de febrero Cidreira se convierte en el epicentro de la adoración a Iemanjá, con procesión nocturna y rituales en la playa al son del fuego y los tambores. Las numerosas casas de religión de Umbanda prometían más diversión. Además, el mar siempre inclinará la balanza a favor.

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La primera estatua de Iemanjá que vimos en Cidreira era tan grande como nosotros. Parada en la acera, y un poco bisoja, invitaba a entrar a un local que vendía pequeños barcos azules con los cosméticos y la vitualla para ofrendarla. Cada embarcación costaba sesenta reales, unos 51 mil pesos. También vendían velas y pareos con la imagen de la diosa.

Llevábamos una hora buscando hospedaje, pero todo estaba ocupado. Habíamos llegado a las 10:30 de la mañana, después de esperar una hora en la autopista el bus que nos llevó de Viamão al litoral norte de Río Grande del Sur. El viaje fue lento, en medio de una larga cola en la que iban autos con gente vestida de blanco.

Rayando el mediodía por fin encontramos hospedaje a dos cuadras de la costa. El casal, es decir el casao, la pareja, valía 150 reales. En la recepción se destacaba una virgen negra acomodada sobre un escaparate. Luego de refrescarnos en la habitación, salimos a comer churrasco. A pesar de ser un pueblo costero, el hecho de estar en una región gaucha hace que se consuma más carne que pez. La cerveza en litro, que conserva su temperatura helada gracias al grueso termo con que la recubren, era el único medio para combatir el calor y acentuar nuestras expectativas: se calcula que en Brasil existen cinco millones de umbandistas, y su celebración más popular y difundida es la de Iemanjá.

A las 8:30 de la noche el cielo aún pertenecía al día. A esa hora arrancó la procesión, organizada por la Fauers (Federação Afro Umbandista Espiritualista do Estado do Rio Grande do Sul). Minutos antes habíamos llegado al punto de partida, una concha acústica en el centro de Cidreira. Una efigie de Iemanjá estaba montada en la plataforma de un moderno camión, y los feligreses, la mayoría mujeres, hacían su aparición con camisetas blancas, collares y ramos de flores. Algunas señoras mayores parecían disfrazadas de la diosa pero con turbantes. Por megáfono, uno de los organizadores explicó que la caminata iría hasta la Terminal Turística y ahí giraría hacia la playa.

Tres canciones pop dedicadas a Iemanjá sonaron a lo largo de los dos kilómetros de procesión. En lugar de tambores y cantos africanos, los feligreses aplaudían cuando el hombre del megáfono agradecía a la divinidad o la presencia de todos a pesar de la lluvia, una lluvia etérea que ni siquiera tenía posibilidad de apagar las velas que cada persona llevaba a la altura del pecho. Al principio eran unas cien, pero luego, cuando la gente agolpada a los lados de la avenida Mostardeiro se fue uniendo, la procesión alcanzó unas 300 personas. El ambiente parecía más católico que cualquier cosa y era imposible no sentirnos decepcionados.

A las 9:30 se veía ya la noche en el cielo estrellado. Un altar a la reina de los mares con veladoras y flores nos dio la bienvenida. Por una callejuela que desembocaba en la playa la procesión se empezó a confundir con el resto de gente. A lado y lado, las ventas de chuzos, longanizas, hamburguesas, helados, camisetas, estatuillas y artículos religiosos sugerían una atmósfera de carnaval. Atropellando el humo de las presas al carbón, el camión entró a la playa y parqueó en la zona que la Fauers tenía reservada para divulgar sus avisos parroquiales. Allí, un abanico de santos, entre ellos Jesús, San Miguel Arcángel, Oxóssi y la recién descendida Iemanjá, escoltaba a los líderes de la Federação. Un concejal, el alcalde y otros funcionarios esperaban su turno al megáfono. A juzgar por el protocolo y el tono de los discursos, el sincretismo también es político.

Ahuyentados por ese aire oficial decidimos ir a otro lugar. Cerca de la playa humedecida por el vaivén de las olas, tres personas arrodilladas cavaban un hueco en la arena para que la brisa no apagara las velas que iluminaban la ofrenda a Iemanjá. Estatuillas de Changó, Jesús y la misma diosa del mar ya estaban dentro de la goleta. Elaine da Silva Martins, umbandista hace doce años, nos contó que llevaron un barco con santos y otro para arrojar al mar con perfume, peines, aretes y labial. “Ella es muy vanidosa… Todos los años venimos aquí a Cidreira para esta celebración”.

Aunque el rugido del mar y el viento opacaban la conversación, ya de por sí difícil porque no dominamos el portugués, seguimos hablando con Elaine. “No le estoy pidiendo nada a Iemanjá, ni agradeciendo nada. Es nuestra ofrenda, es para cumplir nuestra obligación con ella”. Era bajita y morena y la brisa le alborotaba el pelo negro ensortijado. Nos contó sonriente que la Umbanda tiene origen nigeriano, “de los esclavos, es una religión de mucho sincretismo, nació aquí en Brasil y se extendió por otros países. ¿En Colombia no existe Umbanda?”.

Rosni Lemos, vestido de blanco de pies a cabeza como su esposa Elaine, vino hacia nosotros. La pareja es de Gravataí y no hace parte de ninguna casa de religión sino que practica libremente sus ritos. El hombre no fue tan sonriente pero se preocupó más porque entendiéramos; nos dijo que cada santo católico tiene su equivalente en la iglesia umbandista: “ellos tienen a San Jorge, nosotros tenemos a Ogum; ellos tienen a San Jerónimo, nosotros tenemos a Xangó; ellos a la virgen, nosotros a Iemanjá; Jesucristo, Oxalá”. Mientras hablábamos, su suegro moldeaba una muralla que rodeaba el hueco en la arena. “Los esclavos africanos adoraban a sus dioses pero aquí se encontraron con las creencias cristianas, entonces para poder adorar a sus orixas los transformaron o los fundieron con dioses que ya existían y que eran aprobados por sus amos”. Así fue que Iemanjá terminó “branquinha”.

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Un sonido de tambores acompañado de cantos africanos viajó hasta la orilla del mar. El ritual de la Casa de Umbanda Ogum Beira Mar había empezado. En un costado del terreiro escogido y cercado con palos, tres muchachos hacían la música. Cantaban en yoruba, una lengua nigeriana. El rectángulo era un poco más grande que un ring de boxeo, con una salida en dirección al mar. El ritual era liderado por el Pai, o babalorixa, el gran jefe de la casa de religión; con una capa verde, fumando un tabaco de olor amargo, se paseaba por el terreno bendiciendo a los suyos. Los devotos bailaban en su puesto y bebían algo que parecía ron. Los médiums, que son devotos en proceso de convertirse en babalorixas, algunos con capas o cascos con penachos, seguían los pasos del Pai.

Los tambores eran cada vez más potentes y los cantos indescifrables no paraban. Con el paso de los minutos los participantes entraron en una especie de trance. Los bailes ahora tenían más movimiento. Entre todos se abrazaban, se olían las manos, se chocaban los antebrazos y se besaban las mejillas. El Pai se acercaba a cada devoto y parecía darle la orden de ir al mar; alguno de los médiums acompañaba al elegido a las aguas saladas para su encuentro con Iemanjá. Todos parecían poseídos por los dioses. Cuando regresaban del mar se tiraban durísimo contra la arena y el golpe producía un ruido sordo; luego se revolcaban frente al altar, adornado con ofrendas e imágenes sagradas.

Cada vez llegaba más gente. Las diferentes casas de religión, en grupos de entre diez y cincuenta personas, elegían su terreno y lo preparaban para sus ritos. A medianoche la playa era un hervidero. Según la prensa, diez mil personas entre umbandistas independientes, integrantes de casas de religión y público en general se hicieron presentes en este sector del litoral durante la celebración. Veleritos azules, comida, botellas de sidra, velas encendidas y artículos de belleza invadieron el mar y la playa. Ángela Gianpaolli, integrante de la casa de religión de Zé Pilintra, nos contó que la diferencia entre Umbanda y Candomblé es que esta última se celebra sobre todo en el nordeste del país, por ser una región con más influencia africana. Sobre la celebración a Iemanjá, dijo que cada templo hace lo suyo, y soltó su prédica: “yo no estoy de acuerdo con el tema de las ofrendas porque contaminan la playa. ¿Qué sentido tiene arrojar toda esa basura al mar y luego ir a bañarse allí?”.

A lo largo de la costa las casas de religión también ofrecieron sanación al público, y vimos filas de decenas de personas que esperaban ser atendidas, buscando claridad. Las ialorixas, o las Mai, y los guías o médiums, se paraban frente al paciente y en tres minutos de toqueteo y humo de tabaco limpiaban su mente y equilibraban sus emociones. Por la callejuela seguían llegando centenares de feligreses, con atuendos tan pintorescos que en un momento nos sentimos en una fiesta de disfraces elegantes donde sobresalían faldas esponjadas y coloridas. La venta de comidas, ropa y souvenirs fue creciendo, y el ambiente ardía en una mística que se apoderaba de todo.

Cuando fuimos a tomarnos una cerveza a la feria vimos un extraño animal sumergido en un plato; era como un pepino rugoso y poseído que no paraba de moverse. Su nariz puntiaguda salía a flote y hacía circular un juguete con forma de ojo. Los suyos eran negros, finos y redondos. Luego supimos que era una especie de camarón negro, un espécimen nativo que parecía traído del mar de los infiernos.

En la madrugada, antes de que saliera el sol, una mujer que se habría confundido con la noche si no hubiera llevado un vestido blanco cantaba sola mientras caminaba hacia el mar con los brazos abiertos. Detrás, cuatro devotas llevaban sobre sus cabezas un barco del tamaño de un ataúd infantil. Entraron despacio al mar y con el agua en la cintura impulsaron suavemente la embarcación llena de ofrendas, para que Iemanjá emergiera otra vez de las profundidades del océano, no para alertar con sus cantos a los navegantes incautos sino para ser complacida.

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Cientos de barquitos despedazados, trozos pisoteados de sandía, flores maltrechas, restos de comida y montones de basura plástica no impedían disfrutar de la playa de Cidreira durante la mañana del domingo dos de febrero. Mujeres y hombres se doraban bajo el fuerte sol. Mientras en la orilla del mar dos niños jugaban con un pedazo de madera azul, en algunos lugares de la playa aún se vivía la celebración. Unos participaban de la sanación, y una que otra casa de religión terminaba su ritual. La feria en la callejuela seguía en su furor pero ya no había rastros del camarón negro. En ese mismo punto había una venta de camisetas que la brisa sacudía; la hermosa reina del mar parecía viva, parecía llamarme con su serpenteo. Decidí entonces que en adelante Iemanjá iba a ser mi diosa. Ahora la llevaba estampada en el pecho.

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Raponazos en el gallinero

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías por el autor

Número 54 Abril de 2014

En cualquier momento vienen a pedirnos plata. Pero estamos preparados y tenemos un puñado de monedas en cada bolsillo. Ya hemos reconocido a varios pelaos que también estuvieron en Porto Alegre. El que más nos llama la atención es el gordito que salió en el noticiero uruguayo diciendo que la policía los había retenido y golpeado en la frontera con Brasil. Es de piel morena, ojos achinados y acento rolo; parece un Edgardo Román de veinte años. En el Arena de Gremio nos abordó dos veces sin darse cuenta, con el mismo discurso: “Parces, miren, nosotros llevamos meses viajando, acompañando al equipo, les queremos pedir solo una ayuda”. Hablaba enredado y con un convencimiento puro que su embriaguez no desvirtuaba. Esa noche, con un pedazo de plástico azul en la mano, negoció con uno de los tipos que cuidaba la tribuna. Le rogaba para que no les cobraran el asiento que habían quebrado. Eran patovicas macanudos vestidos de negro los que cuidaban el Arena, un estadio que bien podría recibir partidos del Mundial. El Ejército aguardaba en los bajos. Esta doble vigilancia y las normas de seguridad de un estadio moderno no impidieron que las barras hicieran daños y fueran contra las reglas. Pero la ley, esta vez privada, nunca los había tratado tan bien. Los vigilantes, pacientes, abordaron a los hinchas más alterados y dialogaron con ellos. Ante las advertencias y la posibilidad de que les cobraran, Edgardo prometió que no se pararían más en la silletería y pidió a los hinchas que se bajaran. Hicieron caso. La pelea que no pudieron ganar los patovicas fue la de la marihuana, pues a pesar de los constantes llamados para que no se fumara, siempre hubo algún sigiloso rascando moño y exhumando pipas.

Antes del pitazo inicial, cuando todo parecía bajo control, uno de los macancanes le preguntó en tono amistoso a dos hinchas: “¿Cual é a figura do Atlético?“. “¡El diez! Cardona”, “¡Medina!”, respondieron en simultánea.

Gremio–Nacional empezó y perdimos de vista a Edgardo. En ese momento no teníamos ni idea de que lo íbamos a ver días después en el noticiero mostrando los moretones que le dejó la policía fronteriza. Esa noche, con el tres-cero que sufrió el equipo, los ánimos se aplacaron y la hinchada, que tuvo que esperar triste media hora a que salieran los locales, caminó cabizbaja las interminables rampas y escaleras del estadio. Días atrás, cuando fueron a comprar las entradas, habían dejado ya sus huellas y escudos: “Policarpa D.C”, “La corte sur Bogotá-Nacional Jerson”.

***

Donde no vimos grafitis fue aquí en el Gran Parque Central, en Montevideo. En este barrio sencillo los muros ya están ocupados con leyendas del Nacional de Uruguay, más conocido como “El Bolso”, el rival de esta noche.

Siempre me imaginé el viento de Montevideo así de frío. Los descamisados tienen la piel de gallina, pero prefieren lucir sus tatuajes verdolagas en pecho y espalda antes que abrigarse con las chompas. Se pasean por la tribuna, se reconocen, se saludan, se ponen al día en sus hazañas, se toman fotos con el Gran Parque Central de fondo. Falta una hora para el partido y aún no vienen a ofrecernos pulseritas, ni camisetas, ni a pedirnos colaboración. Esto está cada vez más oscuro. La torre de iluminación está delante de nosotros y toda la luz se derrama exclusivamente sobre la cancha. Estamos en el típico gallinero detrás del arco. La misma boleta advierte en letra menuda: “En las gradas más bajas de esta localidad las condiciones de visibilidad no son óptimas”. Pero eso es lo de menos. Unos cien hinchas estamos a la espera de las emociones de un partido decisivo.

Hoy Edgardo no está embriagado pero sí exaltado; es el foco de atención de casi todos los grupos de hinchas, comenta del canazo y de la paliza en Chuy, pueblo uruguayo en la frontera con Brasil. Propenso a las carcajadas, de gafas oscuras y voz rasgada, definitivamente es uno de los líderes. Si la tribuna del Arena le quedaba grande y se vio obligado a negociar con los patovicas, en este pedazo de cemento se mueve como pez en el agua. Este estadio parece universitario y aunque muestra su mística, no es majestuoso ni genera esa sensación de que uno tiene cien cámaras encima. Apenas hay unos cuantos “robocops” sentados y separados por unas vallas, aburridos, sin mucho que cuidar; las posibilidades de pelea con hinchas de El Bolso son pocas y el humo agridulce en este país es legal. “¡Grande Pepe Mujica!”, grita alguien con el porro levantado y humeante. Este tipo de antesala se presta mucho para la recocha. Compatriotas reunidos en tierra ajena, al aire libre y unidos por una misma causa: alentar al equipo hasta que gane y aunque pierda. Una fiesta.

De pronto llegan a la tribuna dos señores bien vestidos y recién peinados, con camisetas originales del Nacional. Edgardo lo nota y va a saludarlos, a soltarles el discurso. Otros pelados se acercan a chocar esos cinco verdolagas. Ser hinchas del mismo equipo y estar a miles de kilómetros del país les da autoridad para saludar a quien sea y pedir la colaboración de rigor. Uno de los sujetos se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón, saca un billete de un dólar y se lo entrega a uno de los hinchas. Felicidad. No lo puede creer, lo levanta y lo mira contra la luz. ¡Un dólar! Al parecer los señores también vinieron preparados porque el otro repite el movimiento: mete la mano al bolsillo y saca otro billete para ligar a Edgardo.

Minutos más tarde es nuestro turno. Por un lado aparece Santiago con un tubo de cartón que simula una mano rodeada de pulseras rastas y de otros estilos. El pelo brota generoso de su cachucha y cae lacio en sus hombros. Es de Bogotá y tiene cara de niño. Nos cuenta que salió de Colombia en agosto del año pasado con dos amigos y aún no tienen planes de regresar. Han acompañado al Nacional en Copa Suramericana y Libertadores, y quieren estar en el Mundial. Viajan en camión y a veces pagan pasaje en bus. Viven de vender manillas, dulces, “lo que sea”. Pueden pasar semanas e incluso meses entre partido y partido. Están sometidos a un calendario que los puede poner a viajar de Lima a Sao Paulo en ocho días. Y casi siempre duermen donde los barristas de otros países, con quienes tienen contacto por Facebook.

“Los de Gremio nos prestaron dos casas para que durmiéramos todos. Los de Colo Colo y los de Alianza Lima en Perú nos han recibido. Con los de Banfield o Nueva Chicago en Buenos Aires siempre tenemos donde llegar; pero, por ejemplo, en Bogotá no nos la llevamos bien con la gente de Racing, y Los del Sur de Medellín sí la van bien con ellos, ahí es diferente”. Sobre los demás hinchas verdes, dice que son varios grupos los que viajan y unos llevan más tiempo que otros. En sus banderas está escrito el lugar de donde vienen: Ipiales, Bogotá, Armenia, Ibagué, Manizales. Hay algunas mujeres pero la mayoría son hombres. Mi ojímetro dice que ninguno pasa de los veinticinco años.

Pero no todos los hinchas están viajando en gallada. Muy cerca de nosotros hay una parejita que vino desde Buenos Aires, según escuchamos son estudiantes universitarios y viven allá. La chica está sentada con un taco de galletas de soda en su regazo. El novio habla con un amigo. La chica tiene frío, puedo ver erizados los pelillos rubios de su brazo. Abre las galletas y se come una. Le ofrece al novio y al otro tipo. Atraídos por la envoltura y el crujido, aparecen como gallinazos cuatro hinchas y piden con decencia su galleta. Llega otro, otro y otro hasta que se viene un combo. El taco de galletas se cae al suelo. El novio lo recoge y mira a la chica.

—No, pues dales —dice ella resignada.

Atacan el taco como si fueran pirañas y las últimas galletas se vuelven polvo por los manotazos de los últimos hambrientos. La espera es cada vez más amena. Al rato, un corrillo de último minuto nos hace mirar para arriba de la tribuna. Varios hinchas se reúnen en torno a Edgardo, que mira hacia abajo.

—¿Qué pasa, qué hay? —le gritan.
—Confites —responde Edgardo con malicia.

Algunos pelaos suben apresurados al corrillo. Los “armados” y las “ruedas” se despachan en cinco minutos. De esa manera algunos embolatan el hambre, el frío y la vida. La tribuna es una porción de Colombia en tierra lejana.

***

Marcelo nació en Montevideo, es un baterista de pelo largo y pañoleta. Tiene unos cuarenta años y hace veinte se cansó de todo; agarró sus cosas, sus seis perros y se metió en un Volskwagen escarabajo. “En un fusquinha“. Se vino para Chuy y vive aquí desde entonces. Trabajó como mesero e hizo mil cosas, pero ahora tiene un puesto de comidas rápidas al borde de la carretera. Empezó con un carro de hamburguesas, pero se le creció el negocio y tuvo que meter el carro en un local con mesas y ayudante. Mientras nos prepara una empanada de humita, Marcelo, que no pierde oportunidad para reírse de su propio humor, trae a colación el chiste de los mandatarios reunidos en México que se van a tomar un tequila y el presidente de Colombia esnifa la sal. Ríe hasta el fondo dejando la boca abierta, buscando complicidad con la mirada. No puede parar de hablar, debe estar acostumbrado a conversar con forasteros. Cuenta que gozó como nunca con el cinco-cero a Argentina. Luego, antes de su próxima estocada, se asegura de que no seamos hinchas del América.

“No te imaginás lo que disfruté el gol de Aguirre, no porque tenga nada contra el América de Cali sino por Falcioni. Ese día que Peñarol le ganó la final de la copa, después del gol, Aguirre le decía a Falcioni en el suelo: ‘baboso, sos un baboso’. Los argentinos son unos babosos, che”, dice Marcelo. Después de una pausa, en la que la humita entra a la fritadora, vuelve al ataque. “Hace poco pasaron por aquí otros colombianos, hinchas del Atlético Nacional… Divinos”.

En el par de días que estuvieron en Chuy los hinchas verdolagas se esforzaron para que no los olvidaran. Entraron de manera ilegal, sin documentación, y los que la tenían ni siquiera hicieron sellar sus pasaportes. Cuenta Marcelo que robaron un supermercado y algunos locales de la Avenida Brasil, una doble calzada que funciona como frontera y zona comercial libre de impuestos. Eran entre diez y doce pelaos. Ya entendemos por qué una vendedora de ropa nos miró con miedo y desconfianza cuando le preguntamos dónde quedaba la Terminal. En este pueblo pequeño y caliente, donde todo existe en función del movimiento fronterizo, el paso de la tropa colombiana fue como el de unos piratas de otro mundo.

Un vendedor de panchos nacido en Chuy, con aspecto de beatle, sesentón, pelo sobre las orejas y capul, también se alertó cuando nos escuchó el acento. Era de noche y hacía unos minutos había sacado su carrito de perros a la calle. Cuando le dijimos que éramos colombianos alguna cosa le tuvo que haber apretado el pecho. Su trato era cercano pero cortante, como midiendo el aceite. “¿Qué le echás al pancho?”. “Mostaza, salsa de tomate y papitas”. “Ahora está de moda la papita, la papita, todos quieren con papita”. Mientras preparaba los panchos, y después de cerciorarse de que éramos un par de viejos casi como él, dejó salir su indignación y sus quejas.

“Está muy mal lo que hicieron sus compañeros, yo sé que ustedes no tienen que ver, pero estos colombianos son una plaga, se metieron con la gente, robaron el supermercado, se drogaron en el parque, todo mal”. Estaba tan descompuesto “el beatle” que logró hacernos sentir culpables. En cambio para los hinchas nómadas pasar una noche en el calabozo con golpiza incluida fue una anécdota más de sus aventuras por el continente. Las imágenes del noticiero charrúa mostraban piernas moradas, contusiones en los brazos, pieles enrojecidas. Lo que se sabe es que doce policías uruguayos los retuvieron sin orden judicial y los adentraron cien kilómetros hasta el peaje Garzón. En algún momento se produjo el maltrato y los hinchas denunciaron con Edgardo como vocero. Varios policías fueron procesados, al igual que dos colombianos sindicados de robarse un chaleco y un aparato de comunicaciones de la comisaría.

Marcelo tiene razón: divinos, unas bellezas todos. Antes de que salgamos de su local, con la humita empacada, hace el último chiste: “¿Y no me trajiste nada de Colombia?”, y suelta una carcajada, otra vez la boca abierta un rato, buscando complicidad con la mirada, y remata el número con la mano cerca de su nariz, simulando que se da un pase. “Chao querido”.

***

No sé de dónde diablos sacó un hincha verde un cubito de hielo pero lo extrajo de su boca y lo lanzó con fuerza a la tribuna vecina, donde está la gente del Nacional uruguayo, a unos quince metros. Separadas por una franja de vallas y robocops, las hinchadas se alcanzan a gritar cosas y se retan con gestos entre pendencieros y burleteros. Edgardo recoge sus brazos y aletea como un ave. “¡Gallinas hijueputas!”, les grita ante la impavidez de los policías. “¡Sicarios colombianos!”, responden desde la otra orilla. La barra brava rival está al frente, lejos, con la cancha de por medio, y aun así opaca los cantos verdolagas con sus coros y tambores. Pero aquí no se para de cantar en medio de la fumata y la alharaca. La espera y la noche traen hambre y sed pero no hay opciones ni de pegarse de una canilla. La fiesta está prendida, han llegado más hinchas y calculo que en total somos ciento cincuenta. Hoy hay que ganar como sea y la hinchada lo refleja.

Tres flacos blancos e imberbes suben a lo alto de las gradas para tomarse una foto, tienen una bandera que dice “Poto”.

—¿Quién es Poto, un parcero?
—Es el barrio de nosotros, queda en una colina en lo más al sur de Bogotá.
—Parce, ¿y qué, se siguen para Rosario?
—Volvemos a Brasil y ahí viajamos a Rosario, acá nos va mal: de diez personas a las que le pedimos una nos da; allá en Porto Alegre nueve de diez nos dan. Nos podemos hacer cien reales en un día”. Y sentencia: “Póngale cuidado que la Copa Libertadores nos va a dejar en Brasil, listos para el Mundial.

Los rolos vuelven a la parte baja. En ese momento, un señor de delantal entra a escena con una canasta cubierta con una tela delgada. Adentro lleva unos pasteles humeantes de carne y de queso, unificados en bolsas listos para ser consumidos. Son como una hojuela redonda y rellena del tamaño de una arepa clásica. A Edgardo casi se le salen los ojos cuando los ve. Bastan unas miradas para que sus amigos rodeen el vendedor y pregunten por precios, receta y sabores. El señor responde con la canasta en la mano mientras Edgardo, agazapado atrás, intenta robar un pastel. Operan con una seguridad y una pericia innatas. Después de varios enviones, en los que los dedos de Edgardo apenas rozaban las bolsas, logran el raponazo. En menos de un segundo el pastel ya está en manos de otro compinche. El vendedor lo sabrá más tarde, cuando cuadre caja. Se da media vuelta y sale, nadie le compra, unos por no tener plata y otros por no atraer a las hienas. Miro hacia atrás y Edgardo tiene la boca llena, cagado de risa no puede masticar bien el bocado que le sacó al pastel. Los otros también disfrutan del botín y se chupan la grasa que les queda en los dedos. Tribu que una noche caza junta pero a la siguiente no se sabe.

Cuando salen los equipos al gramado, buena parte de los hinchas, sobre todo los viajeros, bajan y forman un núcleo de aliento. Los veo saltar y cantar. Hay uno en silla de ruedas que bajan y suben en hombros. Al minuto 65 celebrarán a rabiar un gol de Cardona a pase de Medina. Cuando se acabe el partido, mientras espera media hora a que salga la gente de El Bolso, Edgardo bailará en su puesto, feliz por el triunfo de visitantes. Otros hinchas les gritarán cosas a los rivales que salen con la mirada en el piso. No habrá ningún tipo de incidentes afuera del estadio. Caminando me daré cuenta de que me sobró un puñado de monedas. Caminando pensaré que no las necesitan. Son unos sobrevivientes entusiastas, de espíritu aventurero y suicida, dispuestos a hacer lo que tengan que hacer para seguir acompañando al equipo que llevan en sus trapos y en su cuero duro.

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Enfermo por Nacional

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías  por el autor

Número 77 Julio de 2016

La cosa no estaba fácil para mis papás, un filósofo recién graduado y una joven bachiller con alergia a las oficinas y a los jefes. Yo todavía no había cumplido el año de nacido cuando decidieron viajar a Venezuela —donde vivía mi familia paterna— para probar suerte con algún trabajo. La primera oportunidad se presentó rápido: vender una inmensa carga de pinzas para el pelo y otros objetos metálicos que llevaban cinco años en bodega. Era el último chance para que no chatarrizaran esa mercancía. Luego de aceptar el desafío, mis padres salieron temprano para el centro de Valencia, a la zona de quincallerías, se repartieron las calles y se quedaron de encontrar para almorzar y compartir la experiencia. Al mediodía regresó mi papá cabizbajo, apretado por el fracaso de las pinzas, pero cuando vio la sonrisa de mi mamá supo que traía buenas noticias: le había vendido todo a un par de comerciantes chinos. Ante semejante milagro, el dueño del cargamento, Alex Gorayeb, mayor accionista del Deportivo Cali en esa época y timonel de la empresa General Metálica, dijo que quería conocer a la persona que había logrado tal hazaña. “Quiero conocer a esa muchacha, me la traen ya”, dijo Gorayeb. Así regresamos de la boyante Venezuela a Medellín y mi mamá empezó a trabajar con Gorayeb, viajando a Cali con frecuencia. En Medellín mi papá había conseguido empleo en un colegio y como mi entrada a la guardería aún estaba lejos, empecé a acompañar a mi mamá en todos sus viajes a la Sultana del Valle. Mientras ella cumplía sus citas y descollaba en el mundo de las ventas, yo me la pasaba en los entrenamientos del Cali. Allí conocí el olor del linimento, y jugadores como el Tigre Benítez y la Mosca Caicedo me cargaron en sus brazos. Al calor de estas circunstancias, todo pintaba para que fuera un paisa hincha del Cali; en mis primeros años regresaba a Medellín con banderines del equipo azucarero y en la familia se volvió famosa la anécdota del día que conocí al gran Willington Ortiz. Cuentan que al ver al negro, al descubrir su pequeña humanidad, dije decepcionado “¿y este es el viejo Willy?”, ocasionando carcajadas entre los demás jugadores y en el mismo Gorayeb, a quien recuerdo por sus elegantes pipas, siempre oliendo a tabaco de ciruela. Lo que no recuerdo es el viaje de mi mamá a Argentina, a La Bombonera, para la final de la Libertadores del 78; Alex la llevó para que cuidara a Karim, su hijo, que me llevaba unos siete años. Era tan grande la amistad con el poderoso libanés que el carro que utilizó Salvador Bilardo cuando dirigía al Cali terminó en manos de mi padre, un Simca azul clarito con caja de velocidad de Porsche que después de unos meses quedó en pérdida total tras volcarnos en plena autopista regional. Todos salimos ilesos.

El plato estaba servido pues para que fuera un azucarero más. Yo mismo lo decía aunque todavía no sabía en realidad qué era ser hincha, ni sabía de pasiones, solo iba pegado de las faldas de mi mamá. Ella sí se volvió azucarera y se enfrentaba a mi primo Jaime y en especial al tío Memo, hinchas furibundos del Atlético Nacional; que como se le ocurría volverme hincha del Cali, que tenía que ser verde, pero de la montaña, decían ellos. Y yo inocente, la seguía acompañando a la sede del equipo. En medio de ese tira y afloje entre mi mamá y Memo y Jaime, llegó la época en que empecé a cobrar conciencia. Ya ellos me habían llevado al Atanasio un par de veces, pero no habían podido volverme nacionalista, aún estaba muy niño y quizás no me interesaba tomar decisiones más allá de preferir un juguete a otro. Si bien seguía más cerca del Cali por influencia materna, en diciembre de 1981 tuve un primer encuentro a solas con Nacional. Recuerdo ver la portada de El Colombiano entrando por debajo de la puerta de la casa; en primera plana estaba la foto del equipo formado y el titular decía “Nacional Campeón”. Nacional, el equipo del primo y del tío. Pero a mis cinco años seguía ajeno a esas pasiones aunque, sin saberlo, la semilla verdolaga ya estaba sembrada.

Un año más tarde, en 1982, en otro de los viajes a Cali, Memo nos acompañó porque al domingo jugaban Cali-Nacional en el Pascual Guerrero. Ese año, a pesar de que Nacional defendía el título, el Cali tenía una estrella más y mejores pergaminos, venía de ser el primer club colombiano en disputar la final de la Libertadores. El partido era todo del Cali, Memo sufría y mi mamá cantó a rabiar el primer gol caleño cuando empezaba el segundo tiempo. Fue un riendazo de Nadal, de zurda, inatajable para Carrabs. El partido pintaba para victoria del Cali. Faltando pocos minutos para el final, hubo un tiro libre a favor de Nacional, al cobro César Cueto. Nunca olvidaré el grito de gol del tío Memo cuando la pelota iba apenas por el aire y la felicidad mía cuando infló la red. Después entendí que Memo lo había cantado desde antes porque el balón pegó en la barrera, exactamente en Carpene, volante del Cali, y dejó al arquero Zape lejos de atajarlo. Lo celebramos juntos, me levantó en sus brazos, gritamos. Recuerdo que mi mamá le dijo que estuvo a punto de pegarle una palmada en la cara por cantar el gol sin que entrara el balón y creo que no le faltaron ganas de darme una pela por traición. Así se supo toda la verdad, las puntadas del destino me habían hecho verde, verde de la montaña contra todos los pronósticos.

A partir de entonces empecé a vibrar como hincha del Atlético Nacional. Ir al Atanasio de la mano de Memo o Jaime se convirtió en plan semanal y los banderines y otros suvenires del Cali fueron desapareciendo de la casa. Una de las primeras veces que fui al estadio de noche, un miércoles de 1984, jugaron Nacional-Santa Fe. Al salir del estadio fuimos a comer chuzo y a tomar fresco. Todo transcurría dentro de lo normal, recogimos el carro en las afueras del estadio después de una media hora y emprendimos el camino de vuelta a casa. No muy lejos vimos un negro en sudadera caminando por la calle Colombia con una tulita colgando de la espalda. “¿Ese es Sapuca?”, preguntó Memo sorprendido. Nos acercamos y mi tío, que era inspector de policía, se ofreció a llevarlo a su destino. Sin pensarlo, el negro Aparecido Donisette de Oliveira se subió al puesto del copiloto y yo me pasé para la banca de atrás por encima de la palanca de cambios; no lo podía creer, quedé mudo del susto y la emoción. Habló poco Sapuca, que expulsaba un tufillo a cerveza, y aunque no fue mucho lo que estuve en el carro porque me dejaron en el barrio Carlos E. Restrepo, ahí cerca al Atanasio, fue una escena que me marcó. Negro y de barba, con ese porte, lo vi como a Baltasar, el rey mago.

Entre los años 85 y 88, o sea de los nueve a los doce años, mi amor por Nacional creció más que mi conciencia. Y conocí lo que es el sufrimiento por el equipo amado, las derrotas a manos de rivales de peso, el odio hacia ellos y el amor hacia los jugadores que defienden la camiseta. En el último partido del 87, aquel domingo fatídico que Nacional, en los pies de Beto Sierra y el Andino de Oro, botó dos penales ante el América y perdió la opción de ir a Libertadores, derramé lágrimas por primera vez. Desde ese año empecé a sufrir de seborrea capilar a causa de la angustia y los nervios, según el médico; era una caspa que se costrificaba en el cuero cabelludo y me picaba mucho. También la padecí en el octogonal del 88 cuando al final perdimos el título con Millonarios, después de empatar a uno contra Santa Fe en Bogotá. El gol santafereño de Checho Angulo fue como una cuchillada y otra vez el llanto, la frustración, la caspa. Recuerdo que me mandaron una loción llamada Seborín que para la Copa Libertadores del 89 ya me tenía aliviado. Para ese momento mis padres estaban divorciados y los fines de semana los pasaba con mi papá. Sumergido en sus libros no comprendía por qué si Nacional jugaba a las 3:30 de la tarde, yo giraba alrededor del partido desde por la mañana hasta por la noche que daban el noticiero y los goles de la fecha. “¡Enfermo por el Nacional!”, era su frase, su regaño preferido.

Para la Libertadores del 89 me desteté de Memo y Jaime y empecé a ir al estadio con gente del colegio, en especial con Daniel, compañero desde kínder, y con Ángela, la profesora de Estética. Por algún inconveniente con las torres de iluminación, los cuartos de final y la semifinal fueron por la tarde. La fiesta se armaba entonces desde el primer descanso y ya nadie ponía atención en clase. En los pliegos de cartulina que nos servían para hacer carteleras sobre el sistema solar o las partes de la célula hacíamos letreros para llevar a los partidos. El día que jugamos contra Millonarios, Daniel hizo una mano empuñada con el dedo corazón levantado y debajo una frase que no podía faltar en los cotejos contra el azul: “Pimentel HP”. Fue avalado por Ángela pero nos lo decomisaron a la entrada del estadio, no por el mensaje para Eduardo sino porque presumían que la cartulina era un material con el que se podían armar baretos. Después de eliminar a Millos y desquitarnos de los dolores que nos habían ocasionado en el 88, y en la primera ronda de esa Copa, el partido contra Danubio prometía una bacanal y así fue: se vino una lluvia de goles, un exceso de celebraciones en una tarde inolvidable. Era la primera vez que cantaba media docena de goles en un solo partido; el quinto y sexto no los cantamos a rabiar, afónicos ya de gritar, sino que nos detallamos la celebración de los jugadores. “Mirá como saltó el Palomo, ¡qué brinco metió!”.

También era la primera vez que acariciábamos la posibilidad de ganar un título, uno continental, era un sueño increíble. Pero como un baldado de agua fría cayó la noticia de que la final no se podía jugar en Medellín porque el Atanasio no tenía al aforo suficiente. Cuando ya estaba resignado a verlo por televisión, porque no nos dejaron ir en bus a Bogotá, recibí la llamada de una tía que era novia de Fausto, el cantante. Que pidiera permiso para faltar al colegio miércoles, jueves y viernes porque nos íbamos para Bogotá a ver la final, que Fausto había conseguido boletas y que ella me iba a regalar el pasaje en avión. Fui el elegido entre decenas de primos de todas las edades porque en la familia sabían lo enfermito que era por el verde.

Recuerdo la pinta con la que llegué a Bogotá y presencié el título de Copa: una camiseta OP verde de manga larga, de las chiviadas que vendían en El Diamante, y un overol índigo. Ese 31 de mayo del 89 sufrí como nunca en el primer tiempo al ver que no hacíamos gol y luego me desboqué de alegría con la remontada, aunque hubo sustos tremendos porque Olimpia estuvo a poco de descontar. En la tanda de penales, mi tía, hincha a muerte del DIM, me cuidaba de reojo. Estuve relativamente tranquilo hasta que Pipe Pérez botó su disparo y comencé a llorar como si hubiéramos perdido, el recuerdo de los penales del 87 se me vino a la mente con la sensación de derrota. Un señor desconocido que estaba a mi lado me puso la mano en la cabeza y me dijo, “tranquilo pollito que esto lo vamos a ganar”. Todavía agradezco esas palabras que me devolvieron la confianza. Qué momento feliz en medio de la fría noche bogotana ver al equipo dar una vuelta olímpica de esa magnitud. Tanto sufrimiento se veía recompensado.

A principios de los noventa me conseguí con Fausto un pase para quince personas, para la tribuna sur alta, y fundé, con catorce amigos de la unidad residencial donde vivía, la barra “El rebaño verde”. El trapo no era muy grande, creo que de ninguna tribuna se alcanzaba a leer el nombre de la barra, pintado con un verde claro y letra gordita típica de pelada de colegio de esa época. En el 91, después de eliminar al América en cuartos de Libertadores con goles del Torito Cañas y Diego Osorio, nos fuimos a celebrar a la 70; en medio del festejo unos hinchas verdes se bajaron de un R4 embadurnados de harina y me pegaron para robarse mi bandera. En ese mismo año, en diciembre, hicimos una fila de todo un día para comprar las boletas del partido que definía el título. Con un sombrerito hermoso del Bendito Fajardo quedamos campeones y por fin dimos una vuelta olímpica en el torneo local. Fue un delicioso desquite luego de las lágrimas que nos había hecho derramar La Mecha en los pies de Gareca, Battaglia y el Pipa de Ávila. Tres años más tarde, en el 94, con el rebaño extinguido y la amargura de la reciente muerte de Andrés, dimos otra vuelta olímpica en el Atanasio frente al Medallo, y al año siguiente nos volvimos a ilusionar con un gol de tiro libre de René y la Libertadores. Terminamos con la mirada clavada al piso, soportando los cánticos victoriosos de la hinchada de Gremio. En ese 95 ya estaba en la universidad y un día cualquiera me fui para la sala de periódicos de la U. de A. con el recuerdo borroso de aquella vieja portada de El Colombiano que había visto a mis cinco años. Quería corroborar si esa imagen era real y pedí todos los ejemplares de diciembre del 81; los miré uno a uno hasta que me encontré la portada, tal cual la tenía en mi mente. Ahí me di cuenta de que esa lejana epifanía infantil fue la que terminó por hacerme hincha de Nacional.

La universidad, las mujeres, la fiesta, los amigos, algunas temporadas en el extranjero, toda esa mezcla y otros intereses me alejaron del estadio desde el 96. La tristeza, más no el llanto ni la seborrea, regresó con las humillaciones del 2004 ante Medellín y Junior, quizás el año más duro para la hinchada de Nacional. Las vueltas olímpicas que siguieron a ese fatídico 2004 las viví con fervor en las calles, sobre todo los títulos ganados al Santa Fe en 2005 y 2013. En la final del primer semestre de 2007 tuve la oportunidad de ir al estadio y bajar a la pista atlética para dar la vuelta olímpica con los jugadores gracias a que uno de mis primos contemporáneos trabajaba en las inferiores del equipo. Ya Nacional era otro, un verdadero poderoso, muy diferente al que conocí a comienzos de los años ochenta, de media tabla y permanentes fracasos a pesar de sus grandes jugadores, mis primeros ídolos: Herrera, Santín, Carrabs, Cueto, La Rosa, Sapuca.

En 2014 estuve en Brasil y después de acompañar al verde en Porto Alegre ante Gremio y en Montevideo ante el Nacional de Uruguay por la primera ronda de la Libertadores, me agarró una nostalgia hasta rara y unas ganas insaciables de volver al Atanasio. Una vez regresé a Medellín, motivado además por la presencia y títulos de Libretica Osorio, me aboné para ir al estadio durante todo el 2015. Ya no en preferencia, sin pases oficiales, sino a la popular Norte. Con un par de amigos barbados, que parecen más filósofos que hinchas como yo, colonizamos lo más alto de la baranda, justo abajo del tablero electrónico. Otra vez víctima de la enfermedad —de la que quiero morir y no me quiero curar— ir al fútbol se convirtió de nuevo en plan semanal, volvieron las celebraciones a rabiar, las lágrimas de alegría, la fiebre verdolaga.

En la Libertadores de este año 2016, de la mano del profe Rueda y de cracks como MacNelly, Armani, Sebas Pérez, Guerra, Alex Mejía, volvimos a acariciar la gloria continental. En el partido en casa contra Rosario Central el corazón me empezó a latir más rápido, a esta edad ya el miedo no es la seborrea sino un infarto. En los últimos minutos tuve que respirar profundo y sentarme. El gol de Berrío no lo pude gritar sino que levanté los brazos al cielo mientras la hinchada se revolvía y abrazaba convirtiéndose en una sola amalgama desenfrenada. Me sentí como un dios viendo semejante escena. Luego, contra Sao Paulo, en la antesala del partido, la gente empezó a cantar el coro que dice “Yooo te vi salir campeóoon del continennnte, vamos mi verdolaga, quiero volver a verteee” y para mí fue imposible contener el llanto, volví a llorar de la emoción esta vez junto a muecos sin camisa, viejos asfixiados y mis compañeros de tribuna, con quienes suelo calentar motores y rematar partidos en el caspete de la Mona, allá donde también celebran los fundadores de la barra Aquel 54. Al son de guaro y cerveza se cocinó una nueva alegría, una nueva alegría continental.

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Crónica verde

Los envíos de la Polla

por DAVID E. GUZMÁN • Ilustraciones de Verónica Velásquez

Número 71 Noviembre de 2015

Las mentes ingeniosas no solo están al servicio de las grandes empresas o de las fuerzas del mal y los carteles de la mafia, también trabajan sin descanso por triunfos irrisorios con sabor inolvidable para unos pocos. Mentes obstinadas, creativas, arriesgadas, que agotan todos los recursos y todas las neuronas para producir en los suyos una risa, una comilona, una mirada diferente en tierras lejanas y extrañas. Tierras donde, por equis o ye circunstancia, escasea el moño.

Aquella vez llevaba dos meses viviendo en París. Había terminado materias en la universidad y aunque debía la tesis de grado, engatusé a mis tías amantes de los collares de perlas para que me mandaran a estudiar francés. Un lujo a toda costa inmerecido y hasta contraproducente, con el diploma todavía embolatado, decía con razón mi papá. Pero allá estaba, soportando el invierno parisino de comienzos de este siglo, sobrellevando como bien o mal podía mi primera temporada fuera de Colombia.

Los primeros días los había pasado en los extramuros de París, en casa de Patricia, una vieja pintora amiga de la familia que me amenizó el jet lag con unos buenos bouquets de hachís y picadura de tabaco. La expectativa por lo nuevo y el asombro de estar al otro lado del mundo hicieron que no valorara esos poderosos porros que a Patri le quedaban como unas saetas y a mí me quemaban la garganta.

A la semana, cuando ya sabía cruzar la calle con la baguete bajo el brazo, me instalé en la capital francesa para iniciar clases. Ahí empezó el viaje en serio, mi cotidianidad, hospedado en una chambre en la rue de la Santé, treizième arrondissement, en el apartamento de Stéphane Marquet, experto en computadores y bufón aficionado que nunca pudo superar los números de su desaparecido padre, Perniky, un payaso de verdad con historial en circos. Mis días, grises y muchas veces nostálgicos precisamente como el espíritu de los payasos, transcurrían entre las aulas, el apartamento y los parques cuando el frío lo permitía. Patricia entró en sus locuras de artista y le perdí el rastro. Por mi cabeza no pasaba aún la fiesta, no tenía amigos, ni conocidos, ni mucho menos la más mínima posibilidad de conseguir, diga usted, un poco de yerba para recrearme. En realidad era suficiente con lo que estaba viviendo y si bien soy de los que suele mirar el reloj a las 4:20, el tema me tenía despreocupado; todas mis energías estaban puestas en aprender la lengua y en ir descubriendo, totalmente solo, la Ciudad Luz. Sin embargo, un afortunado suceso prendería las alarmas de las mentes ingeniosas en Medellín.

Cierto día llegué a casa muy abrigado y en la chambre comencé a quitarme capas de ropa, como una cebolla, porque no tenía una chaqueta de invierno sino mucho trapo interno, buzos y chompas. De pronto sentí unos bollitos dentro del bolsillo de la camisa, una leñadora de cuadros verdes y negros, y de inmediato los extraje: se trataba de diminutos moños de marihuana recubiertos de pelusas. Emocionado, luego de retirar las motas, procedí a echar los ripios en una pipa clásica que había heredado de mi abuelo. Salieron pocas bocanadas pero suficientes para alcanzar un estado fabuloso; ahí mismo salí a flotar por las calles con la mirada achinada, la sonrisa tenue y esa sensación calientica y placentera que producen unas caladas criollas lejos del hogar. Esa misma noche llamé a la Polla y le conté lo sucedido con tanta alegría que me dijo que iba a pensar la manera de mandarme un poquito desde Medellín. Sonaba absurdo, pero no era nada raro en ella, una mujer temeraria, alcahueta, que además había comulgado en el festival jipi de Ancón.

Lo común era que mi gente me llamara los lunes que había una promoción de larga distancia, pero un sábado temprano llamó la Polla para decirme que estuviera pendiente, que me había enviado por correo “unos acetatos y un material de trabajo para las clases”. Se despidió sin dar más detalles y a partir de ese momento entré en un estado de ansiedad temerosa y alegre. No tardé mucho en llamarla para que me resolviera dudas de cómo proceder en caso de que las cosas no salieran como estaban previstas, entonces, en ese tiempo en el que apenas si había internet, la Polla ordenó que se me pusiera un mail con las instrucciones: en caso de que descubrieran los “acetatos” debía decir que desconocía el destinatario, que probablemente me querían perjudicar desde mi patria. Pasaron los días y poco a poco me olvidé del asunto. Ya resignado, en una tarde lluviosa, me puse a palpar en todos los bolsillos de la ropa y rescaté unos ripios que esta vez prendí con todo y pelusas.

A las dos semanas, cuando había perdido toda esperanza y pensaba que era obvio que el paquete iba ser detectado en alguno de los aeropuertos, encontré una boleta de La Poste al llegar a casa: habían ido a llevarme la encomienda pero como nadie atendió el citófono debía presentarme en la sucursal del barrio para reclamarla. Oh merde, hubiera querido pensar, pero no, me dije: ay jueputa, ¿y ahora qué?… De los nervios me comí un pan entero con queso y sopa de tomate, la idea era llegar bien lleno a La Poste por si me detenían. En ningún momento se me ocurrió la posibilidad de abandonar la operación que hasta bien lejos había avanzado la Polla. Fui caminando al correo y los pies me temblaban, entré a la oficina con cara de buen ciudadano, sonriendo sin mirar a nadie a los ojos, e hice la fila. El pensamiento triunfal de que la yerba de Barrio Antioquia había cruzado el Atlántico entre unos acetatos empresariales se mezclaba con la sensación de que en cualquier momento iban a sonar las alarmas y me iban a tirar al piso. Por fin llegué a la taquilla y en cuestión de segundos, sin que me tocara mediar palabra, una rubia me entregó el paquete. Corrí a casa, me encerré en la chambre y despejé el escritorio; desnudé con cuidado la envoltura, quitando las cintas con delicadeza y separando las hojas de acetato que la Polla había incluido para hacer bulto. Muy pronto encontré los acetatos madre, unidos por una cinta delgada; entre esos dos acetatos, que tenían información textual y gráfica sobre mejoramiento continuo y que la Polla proyectó más de una vez en sus capacitaciones, estaba la yerba, desmenuzada parejita como si fuera avena; en alguna parte de Medellín debió sonar pólvora mientras la vertía sobre una hoja blanca. La ración, que más o menos daba para armar cuatro barillos decentes, fue administrada en la pipa y me duró un par de semanas.

Y así como me imaginó mi padre alguna vez, vago, sentado en un toldo en las afueras del estadio, de mocasines y cerveza en mano, leyendo la sección deportiva del periódico, lo único que le calaba a mi mente de pollo, así más o menos me encontraba ahora, pero en las afueras de la torre Eiffel, de boina, dándomelas de poeta con libreta en mano y de borracho con un vino barato para remojar las bocanadas. La idea de la Polla había sido un éxito y con astucia alistó un segundo envío, pero ese jamás llegó y los días de escasez regresaron. Para entonces ya tenía dos amigos en el curso, un mejicano y un alemán, Nils Peter, con quien compartía el gusto por el THC y sus variaciones. Mi única ilusión en ese momento era que el hombre concretara una cita con unos escurridizos dealers marroquíes que vendían barritas de hachís. La Polla, ante la caída del segundo paquete, tomó medidas preventivas y suspendió indefinidamente los envíos. Eso sí, su mente creativa seguiría fraguando una nueva forma de abastecer a su amado jumento en suelos galos. Y la oportunidad se daría gracias a las vacaciones de Semana Santa.

A comienzos de abril, días antes de salir para Roma a encontrarme con unos primos y otros familiares que venían de Medellín, recibí una llamada de la Polla. Casi ni me saluda para decirme que ya se había craneado un nuevo envío. Quedé helado cuando me contó de qué se trataba. Si el primer modus operandi me causó temor y ansiedad, el nuevo procedimiento me enfermó. Casi le rogué para que no me pusiera en esa situación pero me dijo que tranquilo, que después le iba a agradecer y que ella corría más riesgos. El envío consistía en un bluyín nuevo, pero con su toque mágico: tres barillos incrustados dentro de la marquilla de la prenda, la cual tuvieron que descoser y coser de nuevo. Lo peor de todo era la persona que en Roma me entregaría el bluyín que supuestamente me estaba haciendo falta: mi inocente abuela.

El tren de París a Roma fue un lechero de catorce horas. Ni siquiera cuando un pasajero chino sacó un cangrejo hervido y ensolvó el vagón me pude sacar la imagen de mi abuela, la madre del mismísimo embajador, detenida en el aeropuerto por intentar llevar tres olorosas sorpresitas ocultas en un bluyín. Durante el viaje también pensaba por qué la Polla se arriesgaba tanto en hacerme esos pequeños y deliciosos envíos. Recordando los días de mi infancia concluí que lo hacía por un amor compinche y quizás también porque era su forma de retribuir cierta alcahuetería; por ejemplo, debió ser feliz el día que le presté con gusto la biblia del colegio para que arrancara un par de hojillas que reemplazaran sus cueros. O la noche que, en medio de una fiesta en la casa, le facilité para el mismo efecto las primeras y últimas hojas de las obras completas de Aguilar de Rudyard Kipling, un sacrilegio que a mis diez años no dimensionaba. También vino a mis recuerdos la vez que, después de atar cabos y juntar pruebas, dedujo con orgullo que era yo quien saqueaba las chicharras carnudas que guardaba en un tarro. Un poco tarde supo que su muchacho había entrado a ese selecto grupo de la ganja como aprendiz de maestros ajenos a la familia. Ahora éramos de los que desaparecíamos juntos de las fiestas y volvíamos a aparecer risueños y con buen apetito.

Llegué a la casona del embajador con una cara de sumisión terrible, dispuesto a ponerle el pecho a la situación y a confesar que en efecto las sospechas que recaían en nuestro subgrupo familiar eran ciertas. Los antecedentes de la Polla eran suficiente carta de presentación y ahora con la abuela detenida se confirmaba que éramos las ovejas negras y mariguaneras de la familia, un mal ejemplo probado. Pero la Polla supo cómo hacer las cosas. La abuelita, con esa ternura, me entregó el bluyín y yo la abracé fuerte, más que contento por el envío, feliz de verla sana… y salva. El bluyín era un Carrel azul oscuro que ni siquiera desdoblé; tal cual me lo entregaron lo metí en el fondo del morral y como mis primos son personas de bien, mojigatos como ellos solos, decidí que aguantaría hasta mi regreso a París para espulgar y gozar la prenda.

Después de pasar la Semana Santa en el Vaticano y de haber estado en una misa presidida por Wojtyła, en la que en algún momento se me vinieron a la mente los barillos apachurrados dentro de la marquilla del Carrel, volví en tren a París y a mi chambre en la rue de la Santé. Desempaqué y puse la gran prenda como un trofeo sobre la cama. Meticuloso, descosí cada puntada y recuperé los barillos. Estaban intactos pero blandos, así que los desarmé y con lo que reuní armé un porro robusto y dejé el resto para la pipa. Al día siguiente regresamos a clases y al salir de la jornada, como era costumbre, me fui con Nils Peter y el mejicano para un parque, esta vez el Jardin des Plantes. De un momento a otro saqué mi bouquet montañero. A Nils Peter, guitarrista de un grupo de rock que ya había probado lo habido y por haber, se le abrieron los ojos, recibió en sus manos el cono y lo olfateó con ganas. Cuando les conté la historia no me creían, y pensaba en la Polla, lejana, hubiera querido que estuviera presente para que viera cómo el alemán disfrutaba de sus historias y sus manjares. Él, acostumbrado a fumar hachís con tabaco negro en una pipa de agua fabricada con un galoncito plástico agujereado, una coraza de lapicero y un pequeño embudo forrado en papel aluminio, quedó asombrado con el sabor y efecto de la pangola paisa, según él, mucho más consistente y duradero; al parecer la mezcla que fumaba lo volteaba fuerte pero por lapsos cortos. Esa noche se alargó y quisimos rematar en un club nocturno en el sector de la Bastille pero nos negaron la entrada por tener los ojos rojos. Nos indignamos, Nils alegó e insultó a los patovicas, pero fue infructuoso. Como tenía los míos cuales hígados sangrantes, me echaron la culpa y desde ese día mi apodo fue L’homme aux yeux rouges.

Petetre, el mejicano, quien recibió ese apodo luego de pronunciar con total falta de elegancia la expresión peut être en plena clase, se había mantenido toda la vida alejado de la mota y sus humos almendrados. Sin embargo, las risas y el buen rato de aquella vez con Nils lo tenían picado, curioso. Si ya había dejado el nido era cuestión de tiempo que se atreviera a probar algo nuevo. Y se llegó el día, esta vez en el Jardin du Luxembourg, con el último poquito que me quedaba de la ración que vino con el Carrel. Nils no vino con nosotros y se perdió del número más gracioso de Petetre en París con el patrocinio de la Polla. Al cabo de unos minutos lo cogió un ataque de risa sin motivo, lo cual lo asustó mucho, y me preguntaba, ¿qué me está pasando, Garza? Petetre me decía Garza porque un día un viejo cascarrabias parisino me acosó para pasar un semáforo, “allé garçon!”. ¿Garza, qué me pasa?, preguntaba Petetre con los ojos en la trastienda.

A la vez lo cogió una paranoia con cinco vigilantes del parque que justo se reunieron para distribuirse las zonas y el pobre Pete creía que lo señalaban a él. Sin poder contener las carcajadas me suplicaba que botara la pipa y todo lo que tuviera. ¡Tírala, Garza, tírala! Finalmente nos tocó irnos, para cruzar el Boulevard Saint Michel me cogió de gancho como si fuera un viejito, subimos a su apartamento y, a las tres de la tarde, se metió a la cama y se cobijó sin poder parar de carcajearse y preguntar qué le estaba pasando. Ahí lo dejé, acostado, sonriendo, con una culebra que le recorría todo el cuerpo por dentro, decía él fascinado. Hasta para evangelizar sirvieron los envíos de la Polla.

Terminó de pasar el invierno y en plena primavera por fin Nils le cogió la vena a los dealers. Los encuentros eran a la media mañana en los pasadizos subterráneos que comunican las estaciones del metro. Un día lo acompañé para que me presentara a Karim, un tipo con pinta de rapero marsellés. Quedé con su teléfono por si alguna cosa. Nils regresaría a Alemania mientras que Petetre se iría a recorrer España. Por esos días probé la pipa casera del alemán y fui testigo de cómo se le blanqueaban los ojos. En verano despedí a mis amigos. A mí me quedaban las dos últimas semanas en París antes de volver a Medellín. La mente de la Polla había hecho lo suyo oportunamente y ahora era mi turno retribuir aquel tesoro con algún caramelo marroquí. Llamé a Karim y después de un diálogo de sordos, porque hablaba rapidísimo y con unas palabrejas que no estaban en el diccionario, pudimos cuadrar una cita. Le pagué ochenta francos por un barrilete, de ahí saqué para los estertores de mi aventura y guardé una pequeña porción para el homenaje a la Polla.

La víspera del viaje fui a un refugio de gente pobre y regalé el fino Carrel, estaba nuevecito y no sería raro que hoy todavía esté en la guerra, en algún balde en París destiñendo ese azul penetrante. Empaqué y dejé todo listo para el vuelo. La piedrecilla de hachís la llevaría en el pantalón que me iba poner, dentro de la marquilla interna de uno de los bolsillos traseros, la cual descosí y cosí con la maestría de una abuela. Con ella allí dentro, envuelta en papel aluminio, me presenté a las requisas en el aeropuerto Charles de Gaulle. Cuando iba a pasar a las salas de abordaje, el detector de metales pitó al pasar por el bolsillo del pantalón. “Qu’est-ce que ça?”, me preguntó con curiosidad el uniformado y yo quedé mudo, como si no hubiera aprendido una sola palabra en francés. “Qu’est-ce que ça?”, insistía el tipo y detrás mío se hizo una fila, era claro que algo estaba ocurriendo. Reaccioné y con la voz temblorosa dije, “c’est rien, c’est un petit peu”, y saqué la funda del bolsillo y le mostré al tipo que ese bultico, al que no podíamos acceder porque estaba dentro de la etiqueta, era lo que sonaba. Aún no eran tiempos de paranoia en los aeropuertos y no sé si por lástima o porque los pasajeros se empezaron a acumular, el tipo me dejó pasar sin poder despejar la duda de lo que traía. Me senté a esperar el abordaje todavía nervioso: después de los trabajos impecables de la Polla mi error pendejo casi echa todo por la borda. Solo a un cerebro de pollo se le ocurriría usar papel aluminio para tal menester. En fin, apenas pude me deshice del papel y solo al llegar a Medellín respiré tranquilo. Mientras esperaba la maleta, vi a la Polla a través del vidrio. Nos saludamos con gritos felices y sordos, después me llevé la mano al bolsillo de atrás y apreté la piedrecilla, el premio que le esperaba. 

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