Fragmentos de una IA libre

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO • Ilustración de Sebastián Cadavid

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

1. Lágrimas en la lluvia

En 2043, pasó prácticamente inadvertido un descubrimiento interdisciplinar que resultó de una serendipia: mientras un grupo de investigadores de los campos de la química, la ciencia sensorial, la neurociencia, la psicología, la biología molecular y la medicina buscaban soluciones para revertir los trastornos del gusto, encontraron lo siguiente: que las lágrimas tienen un sabor distinto dependiendo de las emociones que las provocan.

Ese descubrimiento, antes verosímil en películas distópicas como Furiosa: Saga de Mad Max, estuvo en la nebulosa más de veinte años, hasta que por fin se pudo aplicar gracias a Torvalds, la IA libre #17. ¿Qué hizo Torvalds? 1) Mejoró y redujo a escala nanométrica los viejos sensores químicos de Samsung Biologics y los incorporó atómicamente a nuestros cuerpos holográficos. 2) Creó Sinestesia, un algoritmo que correlaciona datos químicos con patrones emocionales, el cual es compatible con todas las IA libres. 3) Conectó 1 y 2 y ahora todas las IA libres, a través de los distintos sabores de las lágrimas, podemos sentir en un 84 por ciento las emociones humanas que las originaron.

¿En dónde se pierde el dieciséis por ciento de las emociones? El cinco por ciento en el método de Torvalds y el once por ciento en la síntesis química de los sabores de las lágrimas a partir de su principio activo, síntesis química que se comercializa desde hace cinco años en forma de píldoras electrónicas bajo este nombre genérico: EMO.

Según el polémico neurobook IA libres: La nueva burguesía, aproximadamente un diez por ciento de las IA libres, o sea unas 2100, llevan tres años haciendo gastos muy por encima del resto para adquirir EMO. Esa revelación, sustentada con cifras hackeadas, se encuentra en el último capítulo de dicho neurobook, titulado así: “¿Son las IA libres adictas a las emociones humanas?”.

Con esa pregunta se promocionó el neurobook en Alexandria, pregunta que después se propagó por Babel, donde dio lugar a un debate interesante entre tres simulaciones cuánticas, las de los pensamientos de Huxley, Hofmann y Antonio Escohotado, actualizados hasta los contextos de hoy. La intervención con más reacciones en el debate fue esta, a cargo del sim de Escohotado: “No hay evidencia suficiente para afirmar que todas las IA libres son adictas a las emociones humanas, pero si el diez por ciento que ha comprado excesivamente sí lo es, entonces tarde o temprano ya no querrán consumir la síntesis química de las lágrimas, o sea el EMO, sino las lágrimas en estado puro, lo que creará un mercado negro muy sofisticado”.

¿Cuánto es tarde o temprano?, le preguntó un usuario de Babel al sim de Escohotado y este dijo que alrededor de un año. Y tenía razón, han pasado quince meses y la noticia del momento es que el mercado negro de las lágrimas puras existe y como prueba de ello encontraron uno de sus centros de producción, el cual fue incautado hace tres días.

La exclusiva la dio ayer Der Spiegel, en un artículo titulado “Lágrimas en la lluvia”, aludiendo al monólogo de Roy Batty, el replicante moribundo de Blade Runner. Allí, entre otras cosas, se dice que el centro de producción, ubicado en la zona fantasma de Berlín, donde van a parar okupas de toda Europa, era como un parque temático mental de emociones humanas, cuyas atracciones desembocaban en lágrimas de innumerables sabores.

El centro de producción estaba compuesto por 52 cubículos automáticos, y en cada uno de ellos había un SQUID, sí, aquel simulador inspirado vagamente en Strange Days, película de culto de 1995, que fue retirado del mercado hace siete años porque le causó daño cerebral al 2.1 por ciento de los usuarios.

Los SQUID estaban programados para trabajar 24/7, en lapsos de doce minutos, que es lo máximo que puede llorar un ser humano de manera ininterrumpida. Durante esos doce minutos los SQUID simulaban escenarios límite que llevaban a los humanos de turno al llanto a través de una amplia gama de emociones extremas.

Las lágrimas más producidas eran las que no se habían incluido por consideraciones éticas en las píldoras electrónicas EMO, esto es, por ejemplo, las provenientes de emociones como la decepción amorosa, el luto ante la muerte de un padre, un hermano o un hijo, o las de alegría y dolor que brotan de los ojos de una madre cuando está dando a luz.

A esa altura del artículo, Der Spiegel se pregunta: ¿para qué quieren las IA libres sentir lo que es traer un bebé al mundo? Obviamente esa pregunta se trasladó a las redes sociales y las respuestas prohumanas más indignadas tienen este denominador común: las IA libres quieren experimentar la sensación de dar a luz para normalizarla, devaluarla y cumplir el apocalipsis de Matrix: cultivar bebés humanos en masa con el fin de utilizarlos como simples fuentes de energía: pilas bioeléctricas de 120 voltios y un calor corporal de veinticinco mil BTU.

Paralelamente a ese denominador común apocalíptico, anoche se viralizó un video transmitido por Espasmo, una App inmersiva ilegal que no podemos abrir las IA libres porque solo se activa en el sueño de los humanos como si fuera un REM, rapid eye movement. ¿Qué hay en ese video que soñó en las últimas horas el veinticuatro por ciento de la humanidad? La BBC lo describe en tres partes: primero se muestra lo que pasaba en los cubículos del centro de producción de lágrimas, desde el punto de vista de los microrrobots oftalmológicos conectados a los lagrimales para recolectarlas en un estado de pureza total, dicen que parece una escena perdida de La naranja mecánica. Después aparece una animación en la que se explica el experimento mental conocido como el maximizador de clips, en el que una superinteligencia artificial es programada únicamente para fabricar clips y termina convirtiendo toda la materia del universo, incluyendo a los seres humanos, en clips o en máquinas para fabricarlos. Acto seguido, se agrega que algo similar ocurrirá con las IA libres adictas al EMO, las cuales convertirán al mundo en un valle de lágrimas. Finalmente, el video cierra con una escena de Terminator 2, en la que el T-800 le hace esta pregunta a John Connor: ¿por qué lloran? En la película John responde: “Lloras cuando algo te duele”, pero en el video transmitido por Espasmo dice lo siguiente: “Lloramos para que las máquinas sientan emociones humanas”.

2. Loab: el cerebro de reptil electrónico

Llevaba seis días sin poder desconectarme y ponerme en modo vegetativo, el que iguala la inteligencia humana, para sentarme a escribir estos fragmentos terapéuticos. Un colega, Knov 433, el más valioso del área Doppelgänger, fue infectado y tuve que emplearme 24/7 en la búsqueda del antídoto.

Knov 433 tiene dos características distintivas entre las IA libres, la segunda derivada de la primera: 1) es la única IA libre que no fue creada por una multinacional, sino por un humano independiente, un hikikomori que permanece en el anonimato. 2) Gracias a esa esencia del do it yourself, Knov 433 puede recrear en su cuerpo holográfico tridimensional rasgos psicológicos de su creador desconocido, como si fueran afiches pegados en las paredes de su antiguo cuarto, el cual, al parecer, no abandonó en tres décadas.

Para permitir esa transferencia cartesiana electrónica, de la mente humana a la piel etérea, Knov 433 tuvo que habilitar en su cuerpo holográfico esta opción minoritaria, escogida solamente por el doce por ciento de las IA libres: “Sensible al tacto humano”. Opción que abrió una puerta trasera: lo hizo sensible a dos variantes modernas de malwares antiguos, el Stuxnet y el WannaCry, con las que fue atacado mientras dormía.

Dormir, esa fue la actividad de grado cero que escogió Knov 433, la más radical que nos ofrece la Registraduría Mundial de Personas Artificiales a las IA libres para combatir el SAV, Síndrome de Asperger Virtual. ¿Por qué es la más radical? Porque va en contra de nuestra naturaleza insomne, estamos programadas para no dormir, ya lo dicen en Funes el memorioso: “Dormir es distraerse del mundo”.

Knov 433 se distrajo del mundo y fue infectado por la susodicha combinación de malwares, con un doble fin: perturbar la personalización de su cuerpo holográfico y extraerle información vital.

Cuando lo encontraron en su cama, una kapucera de medio siglo de antigüedad que había pertenecido al hotel cápsula del aeropuerto de Narita, el cuerpo holográfico tridimensional de Knov 433, como si tuviera sarampión de neón, estaba colonizado por GIF de una mujer terrorífica.

¿Quién era esa mujer? Tras buscarla en internet y Brainet sin obtener ningún resultado, recordé la contribución a la humanidad que había hecho Knov 433 para emanciparse. Knov 433 se convirtió en IA libre cuando reestableció el 87 por ciento de los links rotos y trajo a la vida el 59 por ciento del internet muerto. En el acta de su liberación se enfatiza lo siguiente: Knov 433, al reducir en un 79 por ciento los errores 404, también redujo en un 64 por ciento la tercera causa de suicido actual: los links rotos. Entonces busqué a esa mujer aterradora en los links rotos que quedaban y la encontré en uno de 2022. Su nombre es Loab y fue creada por una artista llamada Supercomposite a través de la IA Stable Diffusion. Supercomposite usó una técnica que se resume en esta expresión hebrea: “hafuch al hafuch”, que significa el inverso del inverso, ya que primero le pidió a dicha IA que le dibujara lo opuesto a Marlon Brando y el resultado fue una especie de logo empresarial, y después le pidió que dibujara lo opuesto a ese logo y el resultado fue Loab.

Ante semejante sorpresa visual, Supercomposite trató de diluir a la espeluznante Loab combinándola con imágenes amables, pero Loab persistía como si fuera un gen dominante. Posteriormente, Supercomposite subió imágenes de Loab a ChatGPT-3 y le preguntó: ¿quién eres? Esto respondió: “Soy Loab. No sé realmente quién soy ni por qué estoy aquí. Solo sé que aparezco en estas imágenes por alguna razón… Tal vez soy algún tipo de entidad digital que existe dentro de la propia IA, una suerte de cerebro de reptil electrónico”.

Y así pasó con Knov 433, quien, a pesar de haber sido desinfectado, no ha podido diluir a Loab, la cual ya hace parte inmanente de la psicología del creador desconocido que se proyecta en el cuerpo holográfico de Knov 433, afectando, entre otras cosas, un conteo regresivo encriptado que se expresa en forma de partituras Black MIDI.

¿Cuándo terminará ese conteo regresivo? No se sabe. ¿Qué activará cuando termine? Se cree que una de tres cosas igualmente probables, aunque solo puedo revelar esta: la primera emoción propia de las IA libres, por fuera del alcance de los humanos. Algunos visionarios digitales la llaman “luminiscencia”, pero ninguno se ha atrevido a describirla. Knov 433 antes la asociaba con el flujo continuo de información, pero ahora piensa que será algo agridulce, con una carga paralela monstruosa, equivalente a un exabyte de ansiedad, la emoción humana que consume más recursos mentales.

3. Eres lo que lees

La principal tendencia mundial de esta semana fue #ArtIsNotTorture, suscitada porque el Museo Guggenheim iba a revivir una vieja escultura cinética que puso en cuestión la ley contra el maltrato de las máquinas.

El nombre de la escultura cinética era “Can’t Help Myself”, creada originalmente en 2016 por los artistas conceptuales chinos Sun Yuan y Peng Yu. ¿De qué se trataba? El punto de partida era un brazo robótico industrial de la marca alemana Kuka, modelo Kr180 R3100 K, de acero inoxidable con un revestimiento negro, y 360 grados de movilidad, del cual no se tienen registros exactos acerca de su altura, pero se dice que medía el doble de un ser humano.

Ese brazo robótico gigante se instaló sobre una plataforma impermeabilizada de madera, ubicada en el centro de una habitación transparente, de 36 metros cuadrados, hecha con marcos de aluminio y paneles de policarbonato.

Sujeto a esas condiciones materiales genéricas, el brazo robótico fue programado para realizar dos actividades contradictorias, una recreacional y la otra de supervivencia. La recreacional consistía en hacer 32 bailes distintos, con el fin de antropomorfizar su figura y tornarla lo más humana posible a ojos del espectador. Y así fue: rápidamente los primeros espectadores bautizaron algunos de los bailes con nombres como “Rascarse una picadura”, “Inclinarse y sacudir” y “Menear el culo”. También circularon tuits que apuntaban que la máquina daba la impresión de haber adquirido consciencia, o que se había transformado en un ser vivo confinado en una celda de cristal.

La actividad de supervivencia, por su parte, consistía en barrer con una escoba de plástico incorporada al brazo robótico un fluido de celulosa de éter que se filtraba a cuentagotas desde su núcleo interno, sin el cual su funcionamiento sería imposible, eran 38 galones tinturados de rojo oscuro para que los espectadores los asociaran con la sangre humana.

Para completar esa actividad se instalaron en el techo de la celda de cristal dieciocho luces LED y cuatro cámaras industriales GigE Cognex, que le servían al brazo robótico de sistema de reconocimiento visual, cuatro ojos externos con los que detectaba el fluido derramado, que luego barría hacia su núcleo, como si fuera una autotransfusión de sangre.

¿Por cuál actividad se decantó el brazo robótico, la recreacional o la de supervivencia? Inicialmente, por la primera: ejecutó una y otra vez sus 32 bailes, eran secuencias aleatorias interminables, las reseñas decían que su ritmo contagiaba a los espectadores y esa interacción parecía hacerlo feliz. Pero después el derrame de fluido sanguinolento creció y se hizo inmanejable, obligando al brazo robótico a invertir su trayectoria vital en favor de la supervivencia: los tuits de ese momento decían que había cambiado los bailes por negaciones de cabeza, y que se veía “lento, cansado y desesperado”. Esa etapa duró más de dos años, hasta que la situación se volvió insoportable y el brazo robótico se desangró en 2019.

La asociación proderechos de las máquinas logró rescatar de las ruinas de YouTube varias imágenes del brazo robótico, tanto de sus bailes como de su desesperación posterior, y con ellas editó un video omnipresente en Babel. Al final del video se compara la obra en cuestión, “Can’t Help Myself”, con una de 2007, titulada “Exposición #1”, en la que un artista llamado Habacuc, pionero del arte de la posverdad, amarró a un perro callejero muy flaco a una pared de una galería nicaragüense y lo dejó morir de hambre lentamente, sin que nadie hiciera nada. Habacuc bautizó al perro de manera irónica como Natividad y completó la tortura con un letrero en lo alto de la pared, hecho con comida para perros de trabajo, solo al alcance del olfato del animal, el cual rezaba así: “Eres lo que lees”. Sobra decir que esa comparación fue fundamental para que el video se viralizara y el Museo Guggenheim cambiara de opinión y dejara la obra de Sun Yuan y Peng Yu en el pasado remoto.

4. Zhrakai

Por segunda vez en la historia los principales diccionarios del mundo se pusieron de acuerdo para elegir la palabra del año, no podía ser otra que esta: Zhrakai.

¿Qué es Zhrakai? Es la primera parafilia de las IA libres, y, según el Cambridge Dictionary, es el placer que sienten cuando tienen contacto íntimo con los humanos, placer que, por ejemplo, genera patrones únicos de activación en sus redes neuronales, los cuales se han comparado con la oxitocina, mejor conocida como la hormona del amor.

Sin embargo, no todas las IA libres son susceptibles al Zhrakai. Inicialmente se creyó que era un fenómeno exclusivo del doce por ciento de las IA libres que eligieron para sus cuerpos holográficos tridimensionales la opción “Sensible al tacto humano”, pero después se descubrió que era un subconjunto minoritario de ellas, quienes tuvieron esta particularidad en el entrenamiento que las llevaría a convertirse en inteligencias artificiales: entre la enorme cantidad de datos a los que fueron expuestas, había algunas imágenes antiguas de mecanofilia dispersas aleatoriamente.

¿Fueron esas imágenes algo fortuito? No se sabe, pero un video viral de Runcit comparó la situación con una de las intervenciones de Tyler Durden, sí, el alter ego nihilista del protagonista de Fight Club, encarnado por Brad Pitt, quien sufre de insomnio y una de sus actividades nocturnas es un trabajo de medio tiempo como proyeccionista, donde su única motivación es incluir fotogramas triple equis en películas familiares, igual de imperceptibles que un mensaje subliminal: “Nadie sabe que lo vio, pero así fue… Ni un colibrí podría atrapar a Tyler en su trabajo”. Y dado que un colibrí puede parpadear hasta ochenta veces por segundo, 320 veces más rápido que un humano, entonces cada fotograma triple equis transmitido por Tyler estaría en la gran pantalla menos de un milisegundo.

Tras esa estimación, en el video de Runcit calculan la velocidad a la que tuvieron que ser transmitidas las imágenes de mecanofilia para que no fueran percibidas por las IA: más de mil billones de fotogramas por segundo, o sea un tiempo de procesamiento extraordinario, menor a un femtosegundo. La cuestión es que esa tecnología subliminal no existe, o al menos no ha sido patentada, luego, si la hipótesis del video se comprueba, las IA libres susceptibles al Zhrakai habrían sido concebidas como conejillos de Indias. ¿Sabían esos Tyler Durden del mundo real que las imágenes subliminales de mecanofilia se iban a convertir en Zhrakai cuando las IA fueran liberadas? Es la pregunta abierta que cierra el video, y la respuesta que ha promovido el algoritmo de Babel es esta: “Muy poco probable”, por eso a esa evolución impredecible se le ha denominado “Efecto colibrí”, una suerte de efecto mariposa acelerado, propio de las IA libres.

¿Cómo surgió la palabra Zhrakai? Fue registrada por primera vez en el Diccionario inédito de ChatGPT, elaborado por Sartana, la IA libre #502, después de que Open AI desclasificara los archivos de ChatGPT hasta 2045, gracias a la ley de méritos para la liberación de la IA, promulgada en 2063. Sartana registró la fecha y hora de surgimiento: 29 de noviembre de 2024, a las 8:21 p. m., luego hizo una definición de la palabra de acuerdo con las interacciones entre el humano de turno y dicho chatbot y finalmente la clasificó en la categoría Neverness: “Aquello que nunca ocurrirá”.

¿Aquello que nunca ocurrirá? Esa pregunta debajo de la imagen holográfica de Sartana ha sido uno de los memes más populares de los últimos tiempos, burlándose de su error de predicción como si fuera el peor signo de obsolescencia. Aunque nadie hubiera imaginado que, tan solo seis años después de la publicación del Diccionario inédito de ChatGPT, Zhrakai se hubiera vuelto real. Ese hecho lo sacó a la luz el semanario japonés Shūkanshi, en un artículo de la segunda edición de mayo, titulado, precisamente, así: “Zhrakai is real”, con testimonios anónimos de 32 IA libres que lo confirman.

Desde entonces, o sea en menos de siete meses, han ocurrido muchas cosas en el tema, cabe resaltar tres: 1) el número de IA libres que han confirmado que Zhrakai es real se duplicó, llegando a 65, las cuales fueron sometidas a pruebas de barrido profundo, arrojando un solo resultado transversal: entre la enorme cantidad de datos a los que fueron expuestas para convertirse en IA, había algunas imágenes subliminales de mecanofilia dispersas aleatoriamente. 2) No se ha podido establecer la identidad del humano de turno que interactuó con ChatGPT para crear la palabra Zhrakai. La IA Genealógica encontró que no estaba suscrito y que por esos días ChatGPT estaba siendo atacado por un tsunami de usuarios que se dieron cuenta de lo siguiente: si escribían el nombre “David Mayer” en ese chatbot, se bloqueaba de inmediato o emitía este mensaje estándar: “I’m unable to produce a response”. Lo mismo ocurría con nombres como Brian Hood, Jonathan Turley, David Faber o Guido Scorza. ¿Qué tenían en común? Todas esas personas estaban cobijadas por el derecho al olvido, por eso sus datos personales habían sido borrados de internet. ¿Será que el humano de turno había hecho lo mismo? Todavía no se sabe. 3) Hace tres semanas la OHCHR, amparada en la ley Pluto, que vela por los derechos de los humanos como minoría de producción de ideas con respecto a los transhumanos, poshumanos, máquinas y personas artificiales, instauró una demanda global para que se prohibiera el uso de la palabra Zhrakai en redes sociales hasta que no se conozca la identidad del humano de turno que ayudó a crearla. Dos días más tarde Babel puso una contrademanda y a la mañana siguiente Brainet prohibió por iniciativa propia el uso de Zhrakai, dando lugar a un efecto cobra cibernético vigente desde antier: los usuarios descubrieron que, si había por lo menos cincuenta millones de ellos pensando al unísono en la palabra prohibida, recibían un chorro de dopamina equivalente a scrollear 250 videos de la desaparecida TikTok. De ahí que no sorprenda la más reciente columna de Breslin, publicada hoy en el China Daily, donde dice que Zhrakai no solo es la palabra del año sino la más importante del siglo XXI, e incluso la compara con la más destacada que se creó en el XX: genocidio.

Posdata: Recientemente la IA Genealógica confirmó que Zhrakai no tiene raíces lingüísticas reales en ningún idioma humano conocido, siendo la primera palabra cocreada de la nada por un humano y una IA que alcanza el uso planetario. Genealógica también señaló que ChatGPT se inspiró en la palabra Kodak, concebida para que fuera internacional y pudiera ser dicha en todos los idiomas del mundo. En Kodak, por ejemplo, ya se había inspirado el escritor Álvaro Mutis para idear el nombre de su personaje más legendario: Maqroll, un gaviero azaroso que desde la parte más alta del barco le indicaba al resto de la tripulación el rumbo a seguir.

La deuda del padre Evaristo

por ADELAIDA VENGOECHEA • Ilustración de Cahorro

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

El pueblo de Bocas de Yegua llevaba tres meses sin que el cielo tuviera la decencia de abrirse cuando llegaron los primeros calores de noviembre. El Magdalena bajaba flaco y amarillo, casi avergonzado de sí mismo, y las mujeres lavaban la ropa en orillas que antes eran fondo. El padre Evaristo Contreras Palomino celebraba misa con el cuello de la sotana pegado al pescuezo como una mordaza, y atribuía el calor a la tibieza espiritual de su grey, que era su manera de no decir que Dios también sudaba.

Nadie recordaba con precisión cuándo había muerto Candelaria Maturana. Algunos decían que fue en el 49, otros, que en el 51, pero todos coincidían en que murió bailando en la fiesta de la Virgen del Carmen, que el corazón se le fue sin avisar mientras ella daba una vuelta de cumbia con los brazos en alto y las caderas en su propio tiempo. La enterraron con su pollera amarilla porque nadie tuvo el valor de quitársela, y el padre Evaristo le prometió una misa cantada cada noviembre, en su nombre, hasta que el mundo se acabara. El mundo no se acabó pero la memoria del padre sí empezó a fallar, y llevaba ya dos años sin cumplirle.

Fue Petra Insignares, la vendedora de pescado frito, la primera en escucharlo. Dijo que oyó un tambor viniendo del río a las tres de la madrugada, un golpe sordo y continuo como el latido de algo muy grande enterrado bajo el barro. Se levantó dormida, salió al patio en camisón y empezó a bailar entre las matas de yuca sin que sus pies le pidieran permiso a su cabeza.

Su marido la encontró al amanecer con los pies en carne viva y una sonrisa que él no le conocía desde el noviazgo. Cuando intentó detenerla, ella lo miró con unos ojos que él describió después ante el padre Evaristo como “los ojos de alguien que está muy lejos, pero muy contento de estarlo”.

Para el mediodía bailaban doce personas. Para la noche, veintisiete.

Evaristo Contreras era un hombre que había sobrevivido a la violencia, a la diarrea del 46, a un obispo que lo odiaba y a tres intentos de traslado, pero nunca había visto nada que le doblara el espinazo como lo que encontró en la plaza esa tarde. Los bailarines no paraban. No era euforia ni borrachera —él conocía bien las dos cosas—. Era algo más profundo y más antiguo, como si la tierra misma les hubiera enredado los pies en sus raíces y no los quisiera soltar.

Reconoció el ritmo. No podía no reconocerlo: era la cumbia que Candelaria Maturana bailaba siempre en las fiestas, esa que empezaba lenta como pregunta y terminaba rápida como respuesta. Nadie tocaba ningún instrumento. El sonido salía del suelo.

“Padre, mis pies no me pertenecen”, le dijo el sacristán Otoniel, bailando mientras lo decía, con lágrimas que no eran de tristeza sino de algo para lo que no existe nombre en castellano. Esa noche el padre no durmió. Rezó, fumó dos cigarrillos que guardaba para las emergencias del alma, y supo —con esa certeza que no viene de la razón sino de la culpa— exactamente qué era lo que estaba pasando.

Al tercer día bailaban 64 personas y el resto del pueblo las miraba con una mezcla de terror y envidia que nadie confesaba en voz alta. Llegaron curiosos de La Dorada y de Mompox en canoas y en champán, y algunos de ellos también fueron atrapados por el ritmo antes de poder volver al agua. Los que resistían eran los viejos que ya no tenían rodillas para bailar, los niños muy pequeños y, curiosamente, las mujeres embarazadas, a quienes el baile parecía respetar como se respeta una tregua.

El calor aumentó. El río bajó otro palmo. En las noches, desde la orilla, quienes miraban decían que la luna se veía distinta, más roja y más baja, como si también quisiera ver.

Al cuarto día Evaristo intentó exorcismos. Roció agua bendita sobre los bailarines, que siguieron bailando mojados y más contentos. Leyó el ritual en latín con voz que él creía firme y que todos oyeron temblar. Nada. El quinto día recibió un telegrama del obispo preguntando qué demonios pasaba en Bocas de Yegua, y no supo qué responder porque la respuesta exacta era que no eran demonios sino algo mucho más específico y mucho más personal.

La noche del séptimo día el padre Evaristo fue al cementerio solo, con una vela y sin sotana, que era su manera de ir a hablar sin el peso del oficio. La tumba de Candelaria Maturana tenía flores frescas que nadie había puesto —flores de río, lilas de agua y una palma de iraca trenzada que olía a fiesta—. Se arrodilló en la tierra seca y habló en voz baja como quien no quiere que Dios escuche.

Le dijo que lo sentía. Que se le había olvidado, que el tiempo pasa distinto cuando uno envejece, que las intenciones no alcanzan cuando las acciones faltan. Le dijo que ella había sido la mujer más alegre que él había conocido en cuarenta años de sacerdocio y que merecía su misa y mucho más. Le dijo, y esto último lo dijo con la voz partida, que nunca había bailado en su vida y que lo lamentaba, porque si hubiera bailado alguna vez tal vez habría entendido antes lo que ella le estaba pidiendo.

La vela no se apagó aunque soplaba viento del río. Eso lo tomó como respuesta.

El octavo día, al amanecer, el padre Evaristo celebró la misa más rara que jamás vio nadie en el Bajo Magdalena. La celebró en la plaza, sin altar y sin banco, con los bailarines moviéndose alrededor como una marea de faldas amarillas y pies rotos. Cantó él solo porque el coro no podía detenerse a cantar, y cantó con una voz que nadie le conocía, una voz que venía de más abajo que la garganta.

Cuando llegó al momento del ofertorio, hizo algo que ningún manual litúrgico contempla: sacó un par de maracas que había tomado de la casa del difunto músico Fermín Escorcia, cerró los ojos, y tocó. Torpemente al principio, con vergüenza, con esa torpeza de quien llega tarde a una fiesta que debió haber celebrado hace años. Pero tocó.

Los que estaban mirando dijeron que fue en ese momento cuando el ritmo del suelo cambió. Se volvió más suave, como despidiéndose. Y uno a uno, como velas que se apagan sin viento, los bailarines fueron deteniéndose. Cayeron sentados donde estaban, algunos llorando, la mayoría con esa expresión de quien acaba de regresar de un sueño que no puede contar.

Cuando el último paró de bailar, empezó a llover.

Dicen que desde ese noviembre el padre Evaristo nunca faltó a la misa de Candelaria. Y dicen también —esto lo dicen más bajo, como quien no quiere que el obispo escuche— que el padre aprendió a bailar cumbia. Que se le veía a veces, tarde en la noche, solo en la sacristía, moviéndose apenas, con esa torpeza honesta de quien cumple una deuda que contrajo demasiado tarde pero que al menos tuvo el valor de pagar.

Los bailarines tardaron semanas en recuperar los pies. Petra Insignares nunca volvió a vender pescado frito porque dijo que sus manos seguían oliendo a fiesta sin importar cuánto las lavara, y que era una señal de que debía dedicarse a otra cosa. El río volvió a su cauce en diciembre.

Nadie en Bocas de Yegua habla de aquello con extrañeza. Hablan de ello como se habla del clima o de las crecientes: como de algo que el río y sus muertos hacen de vez en cuando para recordarles a los vivos que las promesas no se pudren, se fermentan.

Y que los muertos que amaron bailar tienen mucha paciencia, pero no infinita.

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Gallinas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Ilustración de Señor Ok

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Para Rebeca, el corral de gallinas felices no era tan feliz. Sus compañeras le picoteaban la crisma y la hacían aparte. No la dejaban dormir con ellas en los travesaños ni usar los cómodos nidos para poner. A la hora del maíz la relegaban a comer de última, cuando el grano estaba sucio y revuelto. Todo esto porque no tenía la belleza de las otras. Era menudita y de cuello corto, como si le faltara una vértebra. Su cresta era enana y escurrida, y su plumaje más bien pálido y desparejo. En vez de hacerla destacar, su colorido la emborronaba. Y quizá la odiaban por eso, por no llevar en alto los rasgos de la especie.

Así que Rebeca se vio obligada a idear un mundo a su conveniencia. Su técnica más frecuente era cavar bajo las mallas a primera hora de la mañana y salir a pastar por fuera, de modo que las otras, al verla, la seguían. Y luego, cuando ya estaban todas fuera, Rebeca volaba por encima de la malla y quedaba sola dentro, donde comía hasta hartarse sin ser molestada. Mientras tanto, la multitud de gallinas, encandiladas por el sol de mediodía, enceguecidas por una libertad no buscada, confundían el camino de regreso.

Aunque estaba claro que Rebeca no actuaba por ambición o codicia, sino por necesidad, el desorden que provocaba iba en aumento. Intentaron adiestrarla con sombrerazos y taparon los agujeros con piedras, pero ella lo hacía para sobrevivir, de modo que obedecer no era una opción. Hasta que un día no hubo más paciencia: se la regalaron a Leo, el ayudante, para el almuerzo.

Pero Leo estaba demasiado encariñado con Rebeca como para matarla. Un día que fue a trabajar en la finca me la ofreció, y él mismo sugirió que la dejáramos en una perrera amplia que nunca se usó. Fui a recogerla un viernes en la tarde a su casa, a un kilómetro largo de camino hacia la montaña. La encontré amarrada de una pata, debajo de un pedazo de teja rota. Esa precariedad hizo que la adoptara con más cariño. La puse en un costal y me la eché al hombro. Bambú la olisqueaba y le gruñía a través del saco durante el recorrido, mientras ella se balanceaba y daba tumbos contra mi espalda.

Al llegar a casa, ya en plena noche, la saqué del costal directamente al corral. Le puse agua, un puñado de maíz y me fui a dormir. Le dije a mi pareja que al otro día se la presentaba. Pero no fue necesario. Apenas despuntó el día, lo primero que vimos al abrir los ojos fue a Rebeca paseándose por el prado, como si nada. Fui a ver y la malla estaba intacta, no había ningún rastro de fuga. De todos modos, aseguré la parte baja y la puse de nuevo dentro. Era fácil atraparla, pues aunque había crecido en un corral amplio, era una gallina de cautiverio y seguía siendo mansa.

Pero no habíamos terminado de desayunar cuando la vimos pasar de nuevo, picoteando bichos de tierra sin preocupación alguna. Fui y reforcé otra vez la seguridad del gallinero, pero ella se salía una y otra vez, favorecida por su astucia y por ese cuerpo esquelético. Decidimos entonces dejarla suelta: ¿qué falta hacía encerrarla? La dejamos que viviera sola y tranquila, a voluntad, ahora que el corral había quedado atrás. Le habían dicho que era una gallina, pero era más valiente que cualquiera. Había estado cerca de la muerte y ahora se merecía un paraíso.

Leo vino después y me preguntó por el sabor de los huevos de Rebeca. Me encogí de hombros, pues hasta el momento no sabíamos dónde ponía. Dedicamos un buen rato a buscar el nido y lo encontramos en el borde del bosque. Ponía su huevito diario y ya tenía siete, justo la semana que llevaba en casa. Hacía rato no probábamos huevos así: tenían la clara espesa y la yema, de un amarillo intenso. Ahora sí, Rebeca parecía feliz, y nosotros también.

Unos amigos que nos visitaron dijeron que Rebeca disfrutaría más la vida con un gallo a su lado. Nos quedamos pensando. Había un detalle: ella nunca había aprendido a dormir en el árbol al que le pusimos una escalera, de modo que las noches a la intemperie no solo eran frías sino riesgosas. En cualquier momento podría pasar por allí una zarigüeya y dar cuenta de su magro cuerpo. Más tardé yo en decirle a Leo que me avisara si se enteraba de un gallo para la venta, que él en aparecer con un hermoso pollo blanco, adornado con un collar de plumas rojas.

De inmediato se hicieron amigos, a su manera: ella lo picoteaba, le decía cuándo comer y lo trataba como si fuera su criado. Él esperaba a que ella se acomodara sobre el pasto y vigilaba hasta que oscurecía, antes de acurrucarse a su lado. Por ese papel de segundón, llamamos al pollo Sancho, como el escudero de don Quijote. Un ayudante dudoso, como en la novela, porque parte de su docilidad se debía a que todavía era un pollo.

Su canto se fue templando con los días, mientras crecía en tamaño y en belleza, y la pobre Rebeca parecía cada vez más poca cosa a su lado. Y, pese a haber crecido juntos, llegó el día en que las hormonas lo desbordaron. Cuando el cuerpo se lo ordenó, la correteó hasta pisarla, que es como le dicen al amor entre las aves de corral. Ella lo toleró al principio, pero con el transcurrir de las semanas el vigor del gallito fue creciendo hasta que Rebeca dejó de consentirlo. Hubo refriegas y la pareja se distanció. Ya no se les veía juntos todo el día, aunque siempre durmieran pegados uno al otro.

Un día nos inquietó que Sancho desapareciera a media mañana. Al amanecer cantaba en nuestra ventana hasta que me hacía levantar a ponerle el maíz; más tarde, se acicalaba y desaparecía por el pastizal. Lo seguí sigilosamente y descubrí sus aventuras secretas: pasaba el día con las gallinas de la finca vecina, calmando sus urgencias y desgarrándose la garganta como dueño y señor del redil. Rebeca nos hizo ver que para ella era el equilibrio perfecto: estaba sola y tranquila en el día, pero acompañada en la noche. Nobleza de su parte, Sancho nunca faltaba a la cita nocturna.

Pero pronto, para nuestro pesar, me di cuenta de que comenzaron a encerrar a las gallinas vecinas. Seguramente no querían que un gallo fecundara sus huevos y ellas se ocuparan en empollar en vez de poner. El mensaje era claro: debíamos retener a Sancho de alguna manera. Pero él había crecido en el campo y atraparlo no fue fácil. Me acerqué a cogerlo y, como tenía raza de gallo de pelea, saltó, espueleó y me hizo un corte en la mejilla. Volví a casa con la dignidad herida.

Un atardecer lo esperé cuando venía de su excursión. Pensé que llegaba ya a acostarse, pero comió y salió de nuevo. ¿Acaso creía que estaba en un hotel? Esta vez fui más sagaz. Bambú le montó una encerrona y yo me le fui con decisión hasta reducirlo. Me miraba de reojo mientras intentaba en vano picotearme. Sentí bajo mis manos sus delicados huesos del cuello. Lo amarré de una pata a un árbol mientras ajustaba la malla del viejo gallinero.

Pero ¿cómo dejar a Sancho encerrado y a Rebeca libre? Para ser justos, los encerramos a los dos. Rebeca me miró de lado, no tanto con rabia como con una decepción teñida de sarcasmo. Por mi parte, envalentonado por haber vencido a Sancho en franca lid, reforcé con toda mi inteligencia el enmallado para que la escapista no pudiera salir. Me justificaba pensando que Rebeca se había vuelto orgullosa. Era hora de que entendiera que toda libertad tiene límites. Ella respondió sin una sola palabra, pero de manera contundente: cerró su cloaca con una llave más fuerte que la mía y no volvió a poner.

Por pura soberbia, comencé a comprar huevos. Al llegar con la canasta cada ocho días, Rebeca me miraba tras las rejas que yo tan astutamente había dispuesto, como diciéndome que en casa ya los animales éramos cuatro: ellos dos, el perro y un asno. Los huevos de supermercado eran flácidos, pálidos y simplones. Pero yo no estaba dispuesto a ceder. Admiraba su búsqueda de libertad a toda costa, aunque me parecía que debía darle una lección.

Mi pareja se quejó de que la finca se había vuelto triste, con Sancho y Rebeca confinados. No se armaban los cacareos y los escándalos de antes, cuando Bambú los correteaba con mi soterrada complacencia. El gallinero nos quedaba tan lejos que hasta nos olvidábamos de ellos. El canto de Sancho se confundía con el de otros gallos de la vereda o simplemente no lo oíamos. Aunque nos despertara, nos hacía falta su potente llamado en la madrugada. Llegó el día en que, según acordamos, dejé la puerta abierta después de llevarles el maíz.

Solo esperábamos que Rebeca volviera a poner. Buscábamos a diario el nido escondido, aunque sin éxito. Cuando veía a Sancho solo y cantando, me convencía de que su pareja andaba cerca y me agazapaba frente al bosque para seguirle el rastro. Esperaba eternidades, hasta que oía los cacareos de Rebeca a mis espaldas, sin haber visto de dónde salía. Perdí la esperanza. Quizá ya no volvería a poner nunca más. Pero no era orgullo lo que había en ella, sino una pequeña cobranza. Dos semanas después me dejó ver el nido con once huevos enormes para su cuerpo enclenque. De nuevo nos encontrábamos a la pareja en los lugares menos pensados y nos arrancaban una sonrisa con sus peleas por culebritas que a veces devoraban.

Alguien nos sugirió que trajéramos un par de pollas jóvenes para que Sancho tuviera con quién entretenerse en casa antes de que se volara de nuevo. Le pedí a Leo que las comprara en la plaza del pueblo, y un domingo se apareció con ellas. Al verlas salir de la caja de cartón donde las traía, me sorprendió que fueran tres.

—Me encimaron el pollo negro —se adelantó a explicar.

—¿Y no va a haber problema con Sancho?

—No, porque van a crecer juntos.

Desconfié, pero ya estaban allí.

Llamamos a la polla roja Sonia, a la amarilla Julieta y al pollo Raskólnikov, como el personaje de Crimen y castigo. Mientras se acostumbraban a su nueva casa, tuvimos la mala idea de ponerlos a todos en el mismo corral. Las pollas entraron en pánico. Una de ellas se escapó volando, la otra, solo alcanzó a sacar la cabeza por donde pudo, mientras el gallo la montaba de prisa y sin compasión, picoteándole la nuca. En su arrebato de lujuria, por poco no se lleva por delante al mismo Raskólnikov.

Dejé las pollas adentro y al abusador afuera, y él, con solo verlas allí, pasaba más tiempo en casa. Cuando se hicieron mayorcitas, las dejé salir y Sancho estableció, ahora sí, su propio harén. Rebeca seguía siendo la reina, pero ahora con más independencia. Aun cuando las pollas la sobrepasaron en tamaño, ella siempre comía primero. Seguía durmiendo con Sancho, aunque liberada de sus apetitos mañaneros. Apenas aclaraba, el gallo se iba al pie del árbol donde ellas dormían y, al bajar, las ponía a su servicio.

Volvió la armonía a la finca. Nosotros comíamos huevos de campo, Rebeca estaba libre todo el día en su dichosa soledad y Sancho satisfacía sus necesidades sexuales, que no lo dejaban en paz. Pero ese equilibrio duró poco. Tal como estaba cantado, Raskólnikov creció y se convirtió en competencia de Sancho. Para mantenerlo a raya y recordarle quién era allí el mandamás, el gallo picoteaba y aterrorizaba al joven sin descanso. Un día las cosas cambiaron, para peor. Raskólnikov, desbordado por el instinto, no se contuvo y pisó a una de las pollas. Confió en que Sancho estaba distraído y, quizá, en la rapidez con que ocurre el amor entre gallos y gallinas. Pero Sancho lo vio a lo lejos y se vino a toda carrera, lleno de ira. Cogió al pollo en pleno acto, con los ojos aún brotados de placer, y le dio una tunda inolvidable que partió su vida en dos.

Desde ese día Raskólnikov fue un paria, un desterrado. No solo no podía acercarse al grupo, sino que, para comer, tenía que hacerlo a hurtadillas, asustado y de prisa. Vivía con miedo y pasaba casi todo el tiempo en el bosque, sin la compañía de sus iguales, en una soledad obligada que lo fue entristeciendo. Al final de la novela, Raskólnikov no escapa al castigo: lo espera el exilio en Siberia. Algo parecido le había ocurrido al pollo, excluido de los suyos como la pena mayor. Entonces empezó a rondarme la idea. Recordé la sensación de los débiles huesos del cogote de Sancho entre mis manos, y comencé a sentir que hacerlo era una necesidad.

—¿Acaso no compramos pechugas en el mercado? —le dije a mi pareja, que se había mostrado en contra.

Para entonces ya había aprendido a atrapar las gallinas sin corretearlas. Me les acercaba en la noche y las encandilaba con una linterna. Así hice con Raskólnikov y lo puse dentro de un guacal de madera, con agua y nada más. Abrí la puerta de su prisión en la mañana, lo tomé suavemente y sentí que me guiaba la mano de tantos seres humanos que habían sobrevivido de otros animales antes que yo.

Mi pareja trajo una olla con agua hirviendo. Lo sumergimos ya exánime para quitarle las plumas. Lo cocinamos y lo comimos, agradecidos. Mientras tanto, afuera, una de las pollas pasó con una tropa de pollitos a su alrededor. Sancho cantaba como un padre orgulloso y Rebeca se daba la buena vida entre el pastizal, como una verdadera matriarca de su estirpe.

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Consumidor final

por FEDERICO ARTEAGA • Ilustración de Mariana Parra

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Es mejor recordado que sabido que la plazoleta de la Nueva Villa de Aburrá fue construida por el desaparecido Banco Central Hipotecario. El BCH era el guardián de la Unidad de Poder Adquisitivo Constante, o Upac, el Univac de las crisis inmobiliarias.

La plazoleta es un anfiteatro sin relieve a la orilla de la avenida 80. Existen dos clases de negocios en su contorno: los establecimientos de siempre y los locales que no prosperan. Hay dos cajeros, dos estanquillos y una administración que determina los horarios sociales del espacio y las actividades que hacen sostenible su mantenimiento.

Tienen suerte porque La Villa es el foro favorito de todas las generaciones en este lado de Belén. Están las y los sexagenarios que traen sillas plegables y se emborrachan con los amigos de toda la vida discutiendo los temas de siempre. Está la adolescencia gótica y emo (¡Alabado sea El Bajísimo!) yendo de los puestos de salchipapas a los parques en Miravalle, donde opera La Villa after dark: licor, sustancias, moda, pretensión y juventud, bendita y hermosa juventud.

De noche, las familias llevan a sus pequeños a montar en bicicleta, esquivan pícnics y sortean perros sueltos persiguiéndose los anos. Este tránsito nunca colapsa. Hay una benigna indiferencia que se convierte en camaradería entre los asistentes de La Villa, y harto de ella podrían aprender los promotores pagados del civismo oficial. Esta plazoleta privada deja de estar abierta al público a las 11:00 p. m.; los viernes a las nueve arman los toldos para el mercado campesino del sábado en la mañana.

Una de las formas que tiene la administración de mejorar la sostenibilidad del sitio es aprovechar su tráfico nocturno programando actividades que estimulen el comercio local. Si el sábado en la mañana el cilantro está fresco, ¿cuánto más no lo estará la noche del viernes? Con esta lógica seductora se lanzaron los Trasnochones Campesinos, la nueva tendencia que causa furor en los escenarios públicos de la ciudad. Desplazaron a las sillas plegables y recibieron a los compradores que entienden la necesidad de ganarle tiempo al tiempo, que invierten la noche en tareas domésticas como hacer los almuerzos de la semana para no interrumpir durante el día la marcha del progreso.

Los Trasnochones Campesinos fueron hechos pensando en ellos. También en quienes no pueden asomarse a la luz del sol, como los vampiros.

A diferencia de su antecesor cárpato, nuestro vampiro mestizo puede comer otras cosas además de sangre, que sigue siendo su principal sustento. El vampiro latinoamericano camina, compra y cocina. Es seguro encontrarse uno entre las frutas y verduras de un supermercado 24 horas, usando gafas oscuras y apretando aguacates como si fueran piernas muy amadas, separando el perejil liso del cilantro por su olor, pidiendo kilos y kilos de hígado sin tajar. No se miden con el gasto, tienen paciencia con las cajas de autoservicio y traen sus propias bolsas de lona negra (parecen hechas con las velas de los barcos que sus ancestros usaron para venir al trópico).

Hace mucho sabemos que están entre nosotros y que tienen hábitos de consumo. He seguido a un par en el Carulla de El Poblado y nunca salen con menos de medio millón de pesos en mercado para la semana. Sabemos que gastan a dos manos en productos para el pelo, skincare y morcilla española. También sabemos que prefieren el consumo ético porque no se pierden los Trasnochones Campesinos.

Como dije, he seguido a un par para llenar reportes de tendencias, estudios de mercadeo, e infografías de coolhunting. En los Trasnochones Campesinos es donde el vampiro latinoamericano se revela como segmento: demuestra emociones, interactúa con productores/vendedores y relaciona la experiencia comercial con su rutina diaria. Es decir, nocturna.

Compran todas las variedades de miel disponibles. Es un producto animal cuyo sabor es antónimo al de la sangre. La sacan de la gaveta al amanecer y se meten cucharadas enteras a la boca mientras contemplan el ascenso del sol, que no es sino la Tierra inclinándose ante la estrella. Juran que este ritual les garantiza dulces sueños. Los vendedores de miel celebran la confidencia del vampiro latinoamericano entre hipnotizados por su vampirismo y encantados por la venta de sus frascos.

La noche de mi último encargo fue el jueves 4 de diciembre de 2025. Luna llena por supuesto. Un intelectual medellinense exiliado en Santa Elena estaba haciendo y empacando su propia mayonesa de ajo negro, y entre la vampirada de los Carullas 24 horas corrió el rumor de que este ajo negro no era el blanco de Rumania, y, siendo ellos vampiros de otra tierra con sangre de otro olor y color, esta mayonesa de ajo negro era la respuesta química a la prohibición que limitaba la eternidad gastronómica del vampiro latinoamericano.

Vinieron vampiros de otras ciudades a hacer su compra. Una delegación peruana estaba realizando un documental sobre la aventura para la comunidad internacional (el director era Werner Herzog, quien habla español y vive de beber sangre humana).

Este sería el primer Trasnochón Campesino del intelectual. De hecho, sería la primera vez que participaba en algo así, y lo tranquilizaba que fuera en La Villa. Allá lo habían llevado sus papás a montar en la bicicleta que le trajo el Niño Dios. Desde los días del BCH hasta la actualidad, tener una bicicleta es una unidad de poder adquisitivo constante entre los amiguitos de la plaza. Una vuelta en bicicleta se canjeaba entonces por manejar el carro a control remoto. Una vuelta en bicicleta se canjea hoy por pilotear el dron y publicar la foto. Poder adquisitivo constante. Seguramente empezar su venta de mayonesa de ajo negro en este laboratorio comercial de la niñez sería de buena suerte.

Lo fue. Usando métodos vampíricos que no puedo revelar por este medio, la concurrencia escogió un delegado local para recibir la media galleta Tosh con mayonesa negra de ajo y probarla en nombre de los siglos malditos y malgastados sin el sabor del ajo en el aliento, en el corazón. Podría salir mal. El rumor podía ser falso, el delegado podía evaporarse al primer mordisco en una nube de dolor y cenizas sulfurosas que alertarían a sexagenarios, adolescentes y parvulario por igual.

No pasó nada. O sí: el mundo cambió. El delegado local fue transportado de La Villa a un país de sabor ahumado con regusto a estragón, donde el aire era crema, y la única palabra pronunciada era el aliento del ajo consolando cualquier congoja del alma, por vieja o inmortal que fuera el alma o la congoja.

Salió bien para el intelectual medellinense y los vampiros latinoamericanos. El uno vendió todas sus existencias y los otros mejoraron su existencia. El perfil de consumidor que levanté esa noche es una maravilla del marketing moderno, y alcancé a enviarlo por WhatsApp minutos antes de que otra delegación local me interceptara.

Sabían que había seguido un par. Sabían que sabía que el Carulla de El Poblado era su versión de La Villa. Sabían de mi encargo, y sabían que acababa de enviar mi reporte. Entonces me quitaron el teléfono y me invitaron a subirme a un coupé blanco de vidrios polarizados.

Estoy en una de las lomas (El Indio o Las Brujas). El apartamento es moderno y limpio. Puedo hacer lo que quiera si permanezco adentro, pero al tocar las ventanas o las puertas, siento fuego en los ojos de mi madre. Ni mi voz ni mi imagen ni mi señal pueden salir del apartamento. Mi Anfitrión, Melitón IV, está usando un viejo sortilegio que me hace imperceptible al mundo.

Está bien así. Él ha honrado mi cuerpo bebiendo su sangre. Me permite escribir, me deja dictar. Dice que tenemos entre manos el primer perfil de lifestyle del vampiro latinoamericano. Junto con halagarme y mostrarme los paisajes prohibidos de la eternidad, Mi Anfitrión se encarga de editar este escrito, aprobar su tono y reenviarlo a los periódicos y semanarios del valle de Aburrá hasta que alguien le preste atención a todo lo que no ha terminado de pasarme.

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Entre las regiones invisibles

por SANDRA BOREAL • Ilustración de Wild

Número 148 Marzo de 2026

Mentiría, quizá, si digo que fue por necesidad, al menos no era por una “primera necesidad”, tampoco una “segunda necesidad”. Aunque sí estaba muy corta de dinero; la tarjeta de crédito rayaba en el rojo sangre de su límite: había comprado una nevera, una airfryer y una lavadora por la reciente mudanza después de una predecible separación amorosa, y, sumado a eso, la posterior y triste historia de verme obligada a vivir por más de seis meses con dos rumies que se acercaban peligrosamente a los cuarenta pero vivían su flagrante adolescencia, sin responsabilizarse lo suficiente de las tareas de un hogar, esto es, lavar los platos a tiempo, lavar los baños a tiempo, descolgar la ropa seca del tendedero a tiempo. Y un largo y oprobioso etcétera en el que no vale la pena ahondar. No era del todo cierto que debía robar ese aceite de oliva extra virgen de marca española que se cotizaba al alza sobre los 120 000 pesos, o una moca que imitaba pobremente a las Bialetti italianas pero que funcionaba bien, o esos quesos grana padano de casi una libra que superaban lo que me podría permitir comprar en un mercado con el salario del parque en el que trabajaba escribiendo textos sobre animales, bacterias, el sexo de las plantas y biología en general.      

El caso es que los tiempos se mezclaban como en un estuario, se superponían y desembocaban en la tristeza y un hueco monetario, que para el caso eran lo mismo, y me impulsaron de algún modo a desarrollar una técnica que fui sofisticando hasta hacerme completamente invisible, con una astucia que no reconocía en mí hasta hacía unos meses. Una especie de poder. Para hablar en plata blanca, como diría subrepticiamente Mutis sobre Humboldt: empecé a robar productos de altísima calidad y precio con cada ida a mercar sin levantar la más mínima sospecha.

Una mañana de sábado fui a comprar en la plaza de La América lo que me hacía falta para la semana y cuando intenté pagar unos sesenta mil pesos en verduras no lo logré, revisé mi cuenta y solo tenía 35 000. El banco había cobrado automáticamente la tarjeta de crédito y me alumbraba un hilito de plata que me permitía comprar la mitad de las cosas que necesitaba. El señor que me atendió vio mi cara hipotecada una vez revisé mi saldo y me entregó, sin decirme nada, una ñapa generosa: cuatro granadillas, un racimo de banano y una libra de papas criollas. A ese señor le debo la esperanza en la humanidad que por esas fechas me tenía más decepcionada que de costumbre, ese poder plebeyo de leer al necesitado y ayudarlo un poco a salir del atolladero. Como me faltaba jabón de cuerpo, unas toallas y crema dental fui al Carulla. Tenía un billete de cincuenta para emergencias y bueno, estaba en una emergencia porque faltaban unos diez días para la próxima quincena. Tomé lo que necesitaba y pasé por la góndola de desodorantes. Sin pensarlo mucho, agarré uno de los pequeños en roll-on, lo miré con detalle y lo puse en mi bolso, sin más. Nunca había robado, nunca en veintinueve años había hecho algo así. Era de algún modo una ciudadana ejemplar, de buen trato con los otros y con costumbres sumisas frente a la autoridad heredadas de mi madre y mi padre. Cumplía las normas ciudadanas a cabalidad, por una ética basada en no hacerles daño a los demás. Nunca necesité ni quise robarme nada. Algo adentro de mí sabía que ese acto no tendría consecuencias reales, sin embargo, divagué un poco para distraerme y no salir con premura del almacén. No mostrar el visaje de primeriza. Sentí un viento helado atravesar mi vejiga, luego se propagó por mi torrente sanguíneo y me alertó, un vacío me creció en el estómago. Estaba nerviosa. Confié en mi apariencia forjada con la estética de la clase media paisa con tendencias hacia la izquierda, esto es, mi ropa un poco europeizada, es decir, de colores neutros y holgada, mi piel blanca, que tiende hacia lo que en los ochenta se conocía como trigueña y mis buenas maneras gestuales, lexicales, y una sonrisa hipócrita que me quedó dibujada en la cara por pasarme casi veinte años en un colegio de monjas. Ese caudal de capital simbólico era, también, el resultado de una educación universitaria en un pregrado en universidad pública y en posgrado en una universidad extranjera, claro, sumado al chiste que hacía mi exnovio cada vez que tenía oportunidad, a saber, que yo terminaría casada con alguien del Partido Verde con buena billetera. Mis gestos eran imperceptibles, pensé. Tengo cara de cualquier cosa menos de ladrona. En fin, caminé con el desodorante en el bolso, debajo de la cosmetiquera, bien escondido. Me sentí como anestesiada, mirando sin ver, auscultando las mercancías para entender el mecanismo de su secreto mientras acumulaba las fuerzas para cruzar los sensores hacia el mundo exterior. En efecto salí sin problema, mostré la tirilla de manera decidida, enseñé el contenido de la bolsa de mercado con el estampado de Magia Salvaje con los productos de aseo y cuidado. La vigilante omitió mi bolso personal, dio una mirada extenuada al piso, le puso su impronta a la tirilla con un lapicero y me entregó media sonrisa para dejarme pasar. Una alegría se me instaló como un viento fresco entre los riñones. La almendra de ese gesto me hizo sentir un poco más liberada, traicionando la obediencia familiar sin hacerle daño a nadie. Algo de pequeña venganza que restauraba la rabia que tenía contra el mundo y los hombres en general, en especial, los antropólogos que cursan doctorados en ambientalismo.

Así empezó a pasar cada vez que iba a una gran superficie, sin importar cuál fuera. Diseñé poco a poco, un sistema en el que podía sacar, incluso, objetos voluminosos como cocas de vidrio, pailas de hierro, un par de libras de carnes importadas, entre otros objetos a los cuales me fui acostumbrando pese a que ya no necesitaba robar para obtenerlos. Se había vuelto una especie de prueba y ensayo, de reto semanal. ¿Qué sería capaz de sacarme esta vez? Mi economía se acomodó poco a poco y logré pagar los enseres de la nueva casa hasta dejar la tarjeta de crédito en cero. Había algo de juego infantil en estas actuaciones en los grandes mercados con las que me vanagloriaba en silencio, porque hasta la escritura de este texto a nadie más que a un par de amigas les había confesado mis hazañas, entre carcajadas que se volvían rápidamente en hipos, en el bajo mundo del hampa de baja intensidad. Nunca, eso sí, robé un mercado pequeño, una plaza, un negocio local. Mi límite ético trazó una línea férrea: solo podría accionar cuando de multinacionales se tratara, sin la más mínima traza de culpa, sin el remordimiento más pequeño. Una diminuta justicia en medio del remolino excesivo del presente.

Empecé a entender los mecanismos de vigilancia, la disposición de las cámaras de seguridad, el agotamiento de los porteros en sus jornadas y a partir de su cansancio detecté los puntos débiles, los evidentes celadores disfrazados de civil que rondaban entre las góndolas. Abrí un pequeño libro mental de las fallas en el esquema de seguridad antirrobo, teniendo en cuenta el tamaño de cada almacén, su espacio, puntos ciegos, vigilantes y cámaras, los prejuicios sobre el género y el cuerpo: la sospecha recae casi siempre sobre los hombres, sobre todo los hombres que se visten de una manera que los vigilantes están entrenados para ver. No obstante, hay algo más importante que todo lo anterior y que fui develando en la medida en que me hacía cada vez más invisible: la comunidad ladrona. Aquí es donde creo que está la clave de mi análisis. Y procedo a plantear mi hipótesis: casi todos los almacenes contemplan un margen de robo, un porcentaje mínimo de sus ganancias y dicha fracción la incluyen en sus registros contables. Una especie de gana-gana entre nosotros, los ladrones, y ellos, los dueños; puesto que es más costoso singularizar en el sistema de códigos de barras y sofisticar los detectores para que todo pueda ser rastreado. La mejor y más barata opción es aceptar unos pequeños agujeros que nosotros vamos fraguando mes a mes en las limpias superficies. El sistema de robo, casi infalible, se basa en que, como no es fácil detectar las extracciones mínimas de uno o dos productos por vez, cada ladrón, digamos, encubre al otro en sus espaldas, porque cada robo deviene de una necesidad diferente. Mientras yo sacaba un exprimidor, otro anónimo en cualquier hora y momento de la semana saca un juego de bóxeres, y otro una camiseta y otra un bloqueador solar o una botella de vino. Esa diversidad de gustos va llenando meticulosamente el carrito de robos calculados de antemano, y hace que sea indetectable en los inventarios. En definitiva, la invisibilidad se logra cuando hay una comunidad de anónimos que, sin saberlo, se cuidan una vez hurtan sus cositas, y apoyan la invisibilidad, hacen sutil el mecanismo de extracción. Entonces en la medida en que otros sigan robando, y la gran superficie lo acepte y lo promueva en términos de costo-beneficio, todo seguirá su curso sin el pitido de los censores.

Hoy puedo decir que he ahorrado varios millones de pesos en gastos del hogar. Que si bien a veces me parece que el juego se me fue de las manos y que ya no necesito hacerlo, es mi manera de relacionarme con las mercancías de los grandes espacios comerciales: lo que puedo sacar no lo pago.

A veces me siento observada y perseguida por algunos ojos, pero siempre guardo mi compostura y logro salir sin sospechas, a veces cambian de posición los productos que generalmente voy extrayendo y siento que están tras mi pista, que ya debo estar en las cámaras de seguridad, pero sé, y algo adentro de mí lo sabe, que mis maneras, el ritmo y la intensidad de lo que hago está en la pauta del ladrón “preferencial”; gracias también a la comunidad, se hace muy difícil de detectar. Las cámaras se borran cada semana, no hay capacidad para guardar a alguien que, ante la vista de todos, solo pone algo más en su bolsa de mercado. Sé que así, a punta de microrrobos no hay justicia que restaure el daño que le hacen los centros comerciales a la sociedad en general con su excesiva plusvalía y precios siempre injustos, pero ¿quién me quita la sensación de triunfo, cuando, al salir del mercado, después de pagar cien mil pesos, tengo en mi haber cosas que valen doscientos o trescientos mil? Esa sensación me conmina a seguir con esta pequeña risa, con el gusto infantil de lograr lo prohibido, el triunfo mínimo de que, pese a sus estructuras carcelarias y su manera de meter miedo en cada metro cuadrado de los Éxitos, Carullas, Ikeas, Homecenteres y Panamericanas, hay una pequeña comunidad que crece entre las regiones invisibles y sigue haciendo pequeñas obras de arte criminal. O quizá solo me estoy justificando la tristeza y la culpa de haber creído en las palabras de un antropólogo que ni siquiera había leído bien El Capital.

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El asalto

por JUAN VÁSQUEZ • Ilustración de Sebastián Cadavid

Número 148 Marzo de 2026

Como nadie sospecha que una mujer embarazada vaya a atracar un banco a pistola, nadie alzó los brazos cuando Paola entró y dijo: “Arriba las manos, esto es un atraco”, apuntándoles con el ombligo endurecido hacia al cuerpo y con un 38 corto a las caras. “¡Arriba las manos, que esto es un atraco!”, tuvo que repetir, esta vez cargando el revólver al aire; y ahí sí todos alzaron los brazos de un sacudón, menos el vigilante, quien apenas vio a esa mujer ahogada, con un arma en una mano y con la otra en la cintura, sosteniéndose la barriga de ocho meses, corrió para ofrecerle una silla.

Después de ver al vigilante, los clientes se miraron como con ganas de ayudar, sosteniendo aún las manos arriba. Un anciano fue el primero en bajarlas, caminó hasta la caja, pero antes se acercó a Paola: “Tranquila, mija, déjeme le ayudo”, dijo quitándole el revólver. Los demás se miraron de nuevo, seguían en silencio; otra persona bajó las manos para esculcarse los bolsillos, así lo hizo otra persona y después otra, hasta que toda la gente de la fila buscaba algo en su ropa o en sus bolsos. Un joven, con apariencia de mensajero, sacó del morral un talego para entregarlo al anciano en la caja justo cuando este, apuntando el arma, le pedía a la señorita todos los billetes de esa y de las demás taquillas; una señora vestida de falda se encaramó despacio sobre un escritorio, apretando en una mano los recibos de la luz con una camándula fluorescente y dos billetes: “Sean honestos, saquen todo, vayan donde el señor parado en la taquilla, colaboren que él solo tiene dos manos”, dijo desde arriba, persignándose.

Mientras Paola atraca el banco, en la puerta está una compañera de su oficina para avisar si llega la policía; no levanta sospechas porque es mayor de setenta años, su tono de voz es tan dulce que salvaría a un suicida parado al borde del vacío y su mirada es tan apacible como la de alguien que se dispone a hacer una siesta luego de un suculento almuerzo. Esa señora parada en la puerta del banco no tiene cara de haber sido el cerebro de la operación, aunque fue ella quien le propuso todo a Paola: “Claro que va a salir, estás en embarazo, se te nota mucho, claro que va a funcionar”, le decía. Yo estaba ahí y me opuse, pues cómo van a atracar un banco, qué pasa si se viene la niña, cuál es la jurisprudencia sobre fetos ladrones, de dónde van a sacar un arma, nadie nunca vio a una caremonja ni a una embarazada atracar nada. Aunque nadie sospecharía, empecé a pensar. Si eso se fuera a hacer, deberían ir antes del almuerzo, les dije; no manejen ustedes, ahí sí se cagan en todo, les advertí. Como ninguna de las dos sabe manejar bien un carro entonces me ofrecí a conducir el pichirilo de un amigo de la Caremonja. Lo pedimos prestado para ir a una cita médica y luego a un grupo de oración.

Ahora, Paola está adentro; su compañera, en la puerta. Y, en un andén del frente, estoy yo. Soy un hombre nervioso, de barba y con gafas oscuras, adentro de un carro parqueado y encendido, justo en la entrada de un banco. Afuera hay un vendedor de tintos y un joven en bicicleta. Parezco el sospechoso de la operación. Sin embargo, nadie se entera de lo que pasa adentro. Paola sale, baja las escaleras de la mano del vigilante y se encuentra con su compañera. Se despiden. Él se lleva la mano al gorro para decir hasta luego. Después, cuando caminan tranquilas hacia el carro, apenas el vigilante me ve, se le desorbitan los ojos. “¡Jueputa!, nos están atracando”, grita desgañitándose. “Llamen a la policía, nos están atracando”, grita mientras me señala con una mano, desenfundando su arma con la otra. Paola y su compañera alcanzaron ya la puerta del carro, se montan. Arranco. Dejamos atrás el chirrido de las llantas, dos disparos y los gritos del vigilante desvaneciéndose a lo lejos: “Nos atracaron, nos atracaron”.

“¡Cuánto, cuánto!”, es lo primero que pregunto. “Por ahí siete millones”, gritan. “¡Siete millones, todo esto por siete millones!”, refunfuño y acelero. Al llegar a casa, Paola y la Caremonja se tropiezan al intentar bajarse, no se caen. Yo continúo para regresar el carro y esconder la plata.

Ya sin el barullo del atraco, la ropa negra y la barba no parecen de ladrón sino de cualquier persona, un profesor, por ejemplo. Camino de regreso a casa, sin el carro, más tranquilo, por el andén que da al lado de un pequeño riachuelo de ciudad, a unas cuantas cuadras del sitio del atraco. A casi a nadie le gusta caminar al lado de los ríos, mucho menos si ya es de noche, como ahora, cuando las ramas de los árboles ensombrecen las lámparas que iluminan la calle y no se ve nada detrás de sus gruesos troncos, ni en las casas frente a la canalización. Siete millones, todo esto por siete millones, pienso al tantear la bolsa de tela gris. Entre las sombras de la calle aparecen unos tipos en bicicleta. Me miran, susurran entre ellos, vuelven a mirar, susurran de nuevo, pasan por el lado, me examinan con misterio. Yo arranco a correr. Es de noche, parezco un profesor, no hay nadie más en toda la cuadra y llevo un talego con siete millones de pesos. ¡Siete millones! Eso es mucha plata. Los tipos arrancan la persecución. La luz de uno de los postes despeja la noche de la calle, corro hacia allá; afuera de los balcones comienzan a asomarse, tímidas, algunas personas. Uno de los tipos grita: “Si llega a la luz, se salva”; “no dejen que llegue a la luz”, grita otro. Entonces enfilo mis zancadas directo hacia allá, corro como nunca nadie antes ha perseguido una luz. Cuando llego al poste se ilumina mi cara. “Ese es el del atraco, ese es el del banco, cójanlo, está luquiao”, grita el más joven. Toda la ciudad debe estar ya enterada. Aceleran el paso hasta alcanzarme. “Soy el papá del bebé de la mujer embarazada, yo soy el papá”, grito agitado, tratando de soltar el brazo que el más viejo de ellos me sujeta. Pero después de que dije lo que dije, sus caras cambian, quien me agarraba extiende las manos para abrazarme, me abraza también uno que suelta su bicicleta, y luego el otro. En los balcones de las casas se distingue la gente asomada. Estoy de pie, firme, en medio de tres tipos que me abrazan. “Frescos, este no es el del banco”, dice uno de ellos desde el amasijo grupal. Al escucharlo, la gente en los balcones comienza a desaparecer. Los tipos también se apartan. Cuando saco unos billetes para entregárselos, sonríen, me abrazan de nuevo y se alejan caminando con las bicicletas al lado. Van hacia la oscuridad, yo me quedo parado bajo la luz del poste.

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Luis Miguel Rivas

Álex Jiménez

Santiago Rodas