Gallinas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Ilustración de Señor Ok

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Para Rebeca, el corral de gallinas felices no era tan feliz. Sus compañeras le picoteaban la crisma y la hacían aparte. No la dejaban dormir con ellas en los travesaños ni usar los cómodos nidos para poner. A la hora del maíz la relegaban a comer de última, cuando el grano estaba sucio y revuelto. Todo esto porque no tenía la belleza de las otras. Era menudita y de cuello corto, como si le faltara una vértebra. Su cresta era enana y escurrida, y su plumaje más bien pálido y desparejo. En vez de hacerla destacar, su colorido la emborronaba. Y quizá la odiaban por eso, por no llevar en alto los rasgos de la especie.

Así que Rebeca se vio obligada a idear un mundo a su conveniencia. Su técnica más frecuente era cavar bajo las mallas a primera hora de la mañana y salir a pastar por fuera, de modo que las otras, al verla, la seguían. Y luego, cuando ya estaban todas fuera, Rebeca volaba por encima de la malla y quedaba sola dentro, donde comía hasta hartarse sin ser molestada. Mientras tanto, la multitud de gallinas, encandiladas por el sol de mediodía, enceguecidas por una libertad no buscada, confundían el camino de regreso.

Aunque estaba claro que Rebeca no actuaba por ambición o codicia, sino por necesidad, el desorden que provocaba iba en aumento. Intentaron adiestrarla con sombrerazos y taparon los agujeros con piedras, pero ella lo hacía para sobrevivir, de modo que obedecer no era una opción. Hasta que un día no hubo más paciencia: se la regalaron a Leo, el ayudante, para el almuerzo.

Pero Leo estaba demasiado encariñado con Rebeca como para matarla. Un día que fue a trabajar en la finca me la ofreció, y él mismo sugirió que la dejáramos en una perrera amplia que nunca se usó. Fui a recogerla un viernes en la tarde a su casa, a un kilómetro largo de camino hacia la montaña. La encontré amarrada de una pata, debajo de un pedazo de teja rota. Esa precariedad hizo que la adoptara con más cariño. La puse en un costal y me la eché al hombro. Bambú la olisqueaba y le gruñía a través del saco durante el recorrido, mientras ella se balanceaba y daba tumbos contra mi espalda.

Al llegar a casa, ya en plena noche, la saqué del costal directamente al corral. Le puse agua, un puñado de maíz y me fui a dormir. Le dije a mi pareja que al otro día se la presentaba. Pero no fue necesario. Apenas despuntó el día, lo primero que vimos al abrir los ojos fue a Rebeca paseándose por el prado, como si nada. Fui a ver y la malla estaba intacta, no había ningún rastro de fuga. De todos modos, aseguré la parte baja y la puse de nuevo dentro. Era fácil atraparla, pues aunque había crecido en un corral amplio, era una gallina de cautiverio y seguía siendo mansa.

Pero no habíamos terminado de desayunar cuando la vimos pasar de nuevo, picoteando bichos de tierra sin preocupación alguna. Fui y reforcé otra vez la seguridad del gallinero, pero ella se salía una y otra vez, favorecida por su astucia y por ese cuerpo esquelético. Decidimos entonces dejarla suelta: ¿qué falta hacía encerrarla? La dejamos que viviera sola y tranquila, a voluntad, ahora que el corral había quedado atrás. Le habían dicho que era una gallina, pero era más valiente que cualquiera. Había estado cerca de la muerte y ahora se merecía un paraíso.

Leo vino después y me preguntó por el sabor de los huevos de Rebeca. Me encogí de hombros, pues hasta el momento no sabíamos dónde ponía. Dedicamos un buen rato a buscar el nido y lo encontramos en el borde del bosque. Ponía su huevito diario y ya tenía siete, justo la semana que llevaba en casa. Hacía rato no probábamos huevos así: tenían la clara espesa y la yema, de un amarillo intenso. Ahora sí, Rebeca parecía feliz, y nosotros también.

Unos amigos que nos visitaron dijeron que Rebeca disfrutaría más la vida con un gallo a su lado. Nos quedamos pensando. Había un detalle: ella nunca había aprendido a dormir en el árbol al que le pusimos una escalera, de modo que las noches a la intemperie no solo eran frías sino riesgosas. En cualquier momento podría pasar por allí una zarigüeya y dar cuenta de su magro cuerpo. Más tardé yo en decirle a Leo que me avisara si se enteraba de un gallo para la venta, que él en aparecer con un hermoso pollo blanco, adornado con un collar de plumas rojas.

De inmediato se hicieron amigos, a su manera: ella lo picoteaba, le decía cuándo comer y lo trataba como si fuera su criado. Él esperaba a que ella se acomodara sobre el pasto y vigilaba hasta que oscurecía, antes de acurrucarse a su lado. Por ese papel de segundón, llamamos al pollo Sancho, como el escudero de don Quijote. Un ayudante dudoso, como en la novela, porque parte de su docilidad se debía a que todavía era un pollo.

Su canto se fue templando con los días, mientras crecía en tamaño y en belleza, y la pobre Rebeca parecía cada vez más poca cosa a su lado. Y, pese a haber crecido juntos, llegó el día en que las hormonas lo desbordaron. Cuando el cuerpo se lo ordenó, la correteó hasta pisarla, que es como le dicen al amor entre las aves de corral. Ella lo toleró al principio, pero con el transcurrir de las semanas el vigor del gallito fue creciendo hasta que Rebeca dejó de consentirlo. Hubo refriegas y la pareja se distanció. Ya no se les veía juntos todo el día, aunque siempre durmieran pegados uno al otro.

Un día nos inquietó que Sancho desapareciera a media mañana. Al amanecer cantaba en nuestra ventana hasta que me hacía levantar a ponerle el maíz; más tarde, se acicalaba y desaparecía por el pastizal. Lo seguí sigilosamente y descubrí sus aventuras secretas: pasaba el día con las gallinas de la finca vecina, calmando sus urgencias y desgarrándose la garganta como dueño y señor del redil. Rebeca nos hizo ver que para ella era el equilibrio perfecto: estaba sola y tranquila en el día, pero acompañada en la noche. Nobleza de su parte, Sancho nunca faltaba a la cita nocturna.

Pero pronto, para nuestro pesar, me di cuenta de que comenzaron a encerrar a las gallinas vecinas. Seguramente no querían que un gallo fecundara sus huevos y ellas se ocuparan en empollar en vez de poner. El mensaje era claro: debíamos retener a Sancho de alguna manera. Pero él había crecido en el campo y atraparlo no fue fácil. Me acerqué a cogerlo y, como tenía raza de gallo de pelea, saltó, espueleó y me hizo un corte en la mejilla. Volví a casa con la dignidad herida.

Un atardecer lo esperé cuando venía de su excursión. Pensé que llegaba ya a acostarse, pero comió y salió de nuevo. ¿Acaso creía que estaba en un hotel? Esta vez fui más sagaz. Bambú le montó una encerrona y yo me le fui con decisión hasta reducirlo. Me miraba de reojo mientras intentaba en vano picotearme. Sentí bajo mis manos sus delicados huesos del cuello. Lo amarré de una pata a un árbol mientras ajustaba la malla del viejo gallinero.

Pero ¿cómo dejar a Sancho encerrado y a Rebeca libre? Para ser justos, los encerramos a los dos. Rebeca me miró de lado, no tanto con rabia como con una decepción teñida de sarcasmo. Por mi parte, envalentonado por haber vencido a Sancho en franca lid, reforcé con toda mi inteligencia el enmallado para que la escapista no pudiera salir. Me justificaba pensando que Rebeca se había vuelto orgullosa. Era hora de que entendiera que toda libertad tiene límites. Ella respondió sin una sola palabra, pero de manera contundente: cerró su cloaca con una llave más fuerte que la mía y no volvió a poner.

Por pura soberbia, comencé a comprar huevos. Al llegar con la canasta cada ocho días, Rebeca me miraba tras las rejas que yo tan astutamente había dispuesto, como diciéndome que en casa ya los animales éramos cuatro: ellos dos, el perro y un asno. Los huevos de supermercado eran flácidos, pálidos y simplones. Pero yo no estaba dispuesto a ceder. Admiraba su búsqueda de libertad a toda costa, aunque me parecía que debía darle una lección.

Mi pareja se quejó de que la finca se había vuelto triste, con Sancho y Rebeca confinados. No se armaban los cacareos y los escándalos de antes, cuando Bambú los correteaba con mi soterrada complacencia. El gallinero nos quedaba tan lejos que hasta nos olvidábamos de ellos. El canto de Sancho se confundía con el de otros gallos de la vereda o simplemente no lo oíamos. Aunque nos despertara, nos hacía falta su potente llamado en la madrugada. Llegó el día en que, según acordamos, dejé la puerta abierta después de llevarles el maíz.

Solo esperábamos que Rebeca volviera a poner. Buscábamos a diario el nido escondido, aunque sin éxito. Cuando veía a Sancho solo y cantando, me convencía de que su pareja andaba cerca y me agazapaba frente al bosque para seguirle el rastro. Esperaba eternidades, hasta que oía los cacareos de Rebeca a mis espaldas, sin haber visto de dónde salía. Perdí la esperanza. Quizá ya no volvería a poner nunca más. Pero no era orgullo lo que había en ella, sino una pequeña cobranza. Dos semanas después me dejó ver el nido con once huevos enormes para su cuerpo enclenque. De nuevo nos encontrábamos a la pareja en los lugares menos pensados y nos arrancaban una sonrisa con sus peleas por culebritas que a veces devoraban.

Alguien nos sugirió que trajéramos un par de pollas jóvenes para que Sancho tuviera con quién entretenerse en casa antes de que se volara de nuevo. Le pedí a Leo que las comprara en la plaza del pueblo, y un domingo se apareció con ellas. Al verlas salir de la caja de cartón donde las traía, me sorprendió que fueran tres.

—Me encimaron el pollo negro —se adelantó a explicar.

—¿Y no va a haber problema con Sancho?

—No, porque van a crecer juntos.

Desconfié, pero ya estaban allí.

Llamamos a la polla roja Sonia, a la amarilla Julieta y al pollo Raskólnikov, como el personaje de Crimen y castigo. Mientras se acostumbraban a su nueva casa, tuvimos la mala idea de ponerlos a todos en el mismo corral. Las pollas entraron en pánico. Una de ellas se escapó volando, la otra, solo alcanzó a sacar la cabeza por donde pudo, mientras el gallo la montaba de prisa y sin compasión, picoteándole la nuca. En su arrebato de lujuria, por poco no se lleva por delante al mismo Raskólnikov.

Dejé las pollas adentro y al abusador afuera, y él, con solo verlas allí, pasaba más tiempo en casa. Cuando se hicieron mayorcitas, las dejé salir y Sancho estableció, ahora sí, su propio harén. Rebeca seguía siendo la reina, pero ahora con más independencia. Aun cuando las pollas la sobrepasaron en tamaño, ella siempre comía primero. Seguía durmiendo con Sancho, aunque liberada de sus apetitos mañaneros. Apenas aclaraba, el gallo se iba al pie del árbol donde ellas dormían y, al bajar, las ponía a su servicio.

Volvió la armonía a la finca. Nosotros comíamos huevos de campo, Rebeca estaba libre todo el día en su dichosa soledad y Sancho satisfacía sus necesidades sexuales, que no lo dejaban en paz. Pero ese equilibrio duró poco. Tal como estaba cantado, Raskólnikov creció y se convirtió en competencia de Sancho. Para mantenerlo a raya y recordarle quién era allí el mandamás, el gallo picoteaba y aterrorizaba al joven sin descanso. Un día las cosas cambiaron, para peor. Raskólnikov, desbordado por el instinto, no se contuvo y pisó a una de las pollas. Confió en que Sancho estaba distraído y, quizá, en la rapidez con que ocurre el amor entre gallos y gallinas. Pero Sancho lo vio a lo lejos y se vino a toda carrera, lleno de ira. Cogió al pollo en pleno acto, con los ojos aún brotados de placer, y le dio una tunda inolvidable que partió su vida en dos.

Desde ese día Raskólnikov fue un paria, un desterrado. No solo no podía acercarse al grupo, sino que, para comer, tenía que hacerlo a hurtadillas, asustado y de prisa. Vivía con miedo y pasaba casi todo el tiempo en el bosque, sin la compañía de sus iguales, en una soledad obligada que lo fue entristeciendo. Al final de la novela, Raskólnikov no escapa al castigo: lo espera el exilio en Siberia. Algo parecido le había ocurrido al pollo, excluido de los suyos como la pena mayor. Entonces empezó a rondarme la idea. Recordé la sensación de los débiles huesos del cogote de Sancho entre mis manos, y comencé a sentir que hacerlo era una necesidad.

—¿Acaso no compramos pechugas en el mercado? —le dije a mi pareja, que se había mostrado en contra.

Para entonces ya había aprendido a atrapar las gallinas sin corretearlas. Me les acercaba en la noche y las encandilaba con una linterna. Así hice con Raskólnikov y lo puse dentro de un guacal de madera, con agua y nada más. Abrí la puerta de su prisión en la mañana, lo tomé suavemente y sentí que me guiaba la mano de tantos seres humanos que habían sobrevivido de otros animales antes que yo.

Mi pareja trajo una olla con agua hirviendo. Lo sumergimos ya exánime para quitarle las plumas. Lo cocinamos y lo comimos, agradecidos. Mientras tanto, afuera, una de las pollas pasó con una tropa de pollitos a su alrededor. Sancho cantaba como un padre orgulloso y Rebeca se daba la buena vida entre el pastizal, como una verdadera matriarca de su estirpe.

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Consumidor final

por FEDERICO ARTEAGA • Ilustración de Mariana Parra

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Es mejor recordado que sabido que la plazoleta de la Nueva Villa de Aburrá fue construida por el desaparecido Banco Central Hipotecario. El BCH era el guardián de la Unidad de Poder Adquisitivo Constante, o Upac, el Univac de las crisis inmobiliarias.

La plazoleta es un anfiteatro sin relieve a la orilla de la avenida 80. Existen dos clases de negocios en su contorno: los establecimientos de siempre y los locales que no prosperan. Hay dos cajeros, dos estanquillos y una administración que determina los horarios sociales del espacio y las actividades que hacen sostenible su mantenimiento.

Tienen suerte porque La Villa es el foro favorito de todas las generaciones en este lado de Belén. Están las y los sexagenarios que traen sillas plegables y se emborrachan con los amigos de toda la vida discutiendo los temas de siempre. Está la adolescencia gótica y emo (¡Alabado sea El Bajísimo!) yendo de los puestos de salchipapas a los parques en Miravalle, donde opera La Villa after dark: licor, sustancias, moda, pretensión y juventud, bendita y hermosa juventud.

De noche, las familias llevan a sus pequeños a montar en bicicleta, esquivan pícnics y sortean perros sueltos persiguiéndose los anos. Este tránsito nunca colapsa. Hay una benigna indiferencia que se convierte en camaradería entre los asistentes de La Villa, y harto de ella podrían aprender los promotores pagados del civismo oficial. Esta plazoleta privada deja de estar abierta al público a las 11:00 p. m.; los viernes a las nueve arman los toldos para el mercado campesino del sábado en la mañana.

Una de las formas que tiene la administración de mejorar la sostenibilidad del sitio es aprovechar su tráfico nocturno programando actividades que estimulen el comercio local. Si el sábado en la mañana el cilantro está fresco, ¿cuánto más no lo estará la noche del viernes? Con esta lógica seductora se lanzaron los Trasnochones Campesinos, la nueva tendencia que causa furor en los escenarios públicos de la ciudad. Desplazaron a las sillas plegables y recibieron a los compradores que entienden la necesidad de ganarle tiempo al tiempo, que invierten la noche en tareas domésticas como hacer los almuerzos de la semana para no interrumpir durante el día la marcha del progreso.

Los Trasnochones Campesinos fueron hechos pensando en ellos. También en quienes no pueden asomarse a la luz del sol, como los vampiros.

A diferencia de su antecesor cárpato, nuestro vampiro mestizo puede comer otras cosas además de sangre, que sigue siendo su principal sustento. El vampiro latinoamericano camina, compra y cocina. Es seguro encontrarse uno entre las frutas y verduras de un supermercado 24 horas, usando gafas oscuras y apretando aguacates como si fueran piernas muy amadas, separando el perejil liso del cilantro por su olor, pidiendo kilos y kilos de hígado sin tajar. No se miden con el gasto, tienen paciencia con las cajas de autoservicio y traen sus propias bolsas de lona negra (parecen hechas con las velas de los barcos que sus ancestros usaron para venir al trópico).

Hace mucho sabemos que están entre nosotros y que tienen hábitos de consumo. He seguido a un par en el Carulla de El Poblado y nunca salen con menos de medio millón de pesos en mercado para la semana. Sabemos que gastan a dos manos en productos para el pelo, skincare y morcilla española. También sabemos que prefieren el consumo ético porque no se pierden los Trasnochones Campesinos.

Como dije, he seguido a un par para llenar reportes de tendencias, estudios de mercadeo, e infografías de coolhunting. En los Trasnochones Campesinos es donde el vampiro latinoamericano se revela como segmento: demuestra emociones, interactúa con productores/vendedores y relaciona la experiencia comercial con su rutina diaria. Es decir, nocturna.

Compran todas las variedades de miel disponibles. Es un producto animal cuyo sabor es antónimo al de la sangre. La sacan de la gaveta al amanecer y se meten cucharadas enteras a la boca mientras contemplan el ascenso del sol, que no es sino la Tierra inclinándose ante la estrella. Juran que este ritual les garantiza dulces sueños. Los vendedores de miel celebran la confidencia del vampiro latinoamericano entre hipnotizados por su vampirismo y encantados por la venta de sus frascos.

La noche de mi último encargo fue el jueves 4 de diciembre de 2025. Luna llena por supuesto. Un intelectual medellinense exiliado en Santa Elena estaba haciendo y empacando su propia mayonesa de ajo negro, y entre la vampirada de los Carullas 24 horas corrió el rumor de que este ajo negro no era el blanco de Rumania, y, siendo ellos vampiros de otra tierra con sangre de otro olor y color, esta mayonesa de ajo negro era la respuesta química a la prohibición que limitaba la eternidad gastronómica del vampiro latinoamericano.

Vinieron vampiros de otras ciudades a hacer su compra. Una delegación peruana estaba realizando un documental sobre la aventura para la comunidad internacional (el director era Werner Herzog, quien habla español y vive de beber sangre humana).

Este sería el primer Trasnochón Campesino del intelectual. De hecho, sería la primera vez que participaba en algo así, y lo tranquilizaba que fuera en La Villa. Allá lo habían llevado sus papás a montar en la bicicleta que le trajo el Niño Dios. Desde los días del BCH hasta la actualidad, tener una bicicleta es una unidad de poder adquisitivo constante entre los amiguitos de la plaza. Una vuelta en bicicleta se canjeaba entonces por manejar el carro a control remoto. Una vuelta en bicicleta se canjea hoy por pilotear el dron y publicar la foto. Poder adquisitivo constante. Seguramente empezar su venta de mayonesa de ajo negro en este laboratorio comercial de la niñez sería de buena suerte.

Lo fue. Usando métodos vampíricos que no puedo revelar por este medio, la concurrencia escogió un delegado local para recibir la media galleta Tosh con mayonesa negra de ajo y probarla en nombre de los siglos malditos y malgastados sin el sabor del ajo en el aliento, en el corazón. Podría salir mal. El rumor podía ser falso, el delegado podía evaporarse al primer mordisco en una nube de dolor y cenizas sulfurosas que alertarían a sexagenarios, adolescentes y parvulario por igual.

No pasó nada. O sí: el mundo cambió. El delegado local fue transportado de La Villa a un país de sabor ahumado con regusto a estragón, donde el aire era crema, y la única palabra pronunciada era el aliento del ajo consolando cualquier congoja del alma, por vieja o inmortal que fuera el alma o la congoja.

Salió bien para el intelectual medellinense y los vampiros latinoamericanos. El uno vendió todas sus existencias y los otros mejoraron su existencia. El perfil de consumidor que levanté esa noche es una maravilla del marketing moderno, y alcancé a enviarlo por WhatsApp minutos antes de que otra delegación local me interceptara.

Sabían que había seguido un par. Sabían que sabía que el Carulla de El Poblado era su versión de La Villa. Sabían de mi encargo, y sabían que acababa de enviar mi reporte. Entonces me quitaron el teléfono y me invitaron a subirme a un coupé blanco de vidrios polarizados.

Estoy en una de las lomas (El Indio o Las Brujas). El apartamento es moderno y limpio. Puedo hacer lo que quiera si permanezco adentro, pero al tocar las ventanas o las puertas, siento fuego en los ojos de mi madre. Ni mi voz ni mi imagen ni mi señal pueden salir del apartamento. Mi Anfitrión, Melitón IV, está usando un viejo sortilegio que me hace imperceptible al mundo.

Está bien así. Él ha honrado mi cuerpo bebiendo su sangre. Me permite escribir, me deja dictar. Dice que tenemos entre manos el primer perfil de lifestyle del vampiro latinoamericano. Junto con halagarme y mostrarme los paisajes prohibidos de la eternidad, Mi Anfitrión se encarga de editar este escrito, aprobar su tono y reenviarlo a los periódicos y semanarios del valle de Aburrá hasta que alguien le preste atención a todo lo que no ha terminado de pasarme.

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Entre las regiones invisibles

por SANDRA BOREAL • Ilustración de Wild

Número 148 Marzo de 2026

Mentiría, quizá, si digo que fue por necesidad, al menos no era por una “primera necesidad”, tampoco una “segunda necesidad”. Aunque sí estaba muy corta de dinero; la tarjeta de crédito rayaba en el rojo sangre de su límite: había comprado una nevera, una airfryer y una lavadora por la reciente mudanza después de una predecible separación amorosa, y, sumado a eso, la posterior y triste historia de verme obligada a vivir por más de seis meses con dos rumies que se acercaban peligrosamente a los cuarenta pero vivían su flagrante adolescencia, sin responsabilizarse lo suficiente de las tareas de un hogar, esto es, lavar los platos a tiempo, lavar los baños a tiempo, descolgar la ropa seca del tendedero a tiempo. Y un largo y oprobioso etcétera en el que no vale la pena ahondar. No era del todo cierto que debía robar ese aceite de oliva extra virgen de marca española que se cotizaba al alza sobre los 120 000 pesos, o una moca que imitaba pobremente a las Bialetti italianas pero que funcionaba bien, o esos quesos grana padano de casi una libra que superaban lo que me podría permitir comprar en un mercado con el salario del parque en el que trabajaba escribiendo textos sobre animales, bacterias, el sexo de las plantas y biología en general.      

El caso es que los tiempos se mezclaban como en un estuario, se superponían y desembocaban en la tristeza y un hueco monetario, que para el caso eran lo mismo, y me impulsaron de algún modo a desarrollar una técnica que fui sofisticando hasta hacerme completamente invisible, con una astucia que no reconocía en mí hasta hacía unos meses. Una especie de poder. Para hablar en plata blanca, como diría subrepticiamente Mutis sobre Humboldt: empecé a robar productos de altísima calidad y precio con cada ida a mercar sin levantar la más mínima sospecha.

Una mañana de sábado fui a comprar en la plaza de La América lo que me hacía falta para la semana y cuando intenté pagar unos sesenta mil pesos en verduras no lo logré, revisé mi cuenta y solo tenía 35 000. El banco había cobrado automáticamente la tarjeta de crédito y me alumbraba un hilito de plata que me permitía comprar la mitad de las cosas que necesitaba. El señor que me atendió vio mi cara hipotecada una vez revisé mi saldo y me entregó, sin decirme nada, una ñapa generosa: cuatro granadillas, un racimo de banano y una libra de papas criollas. A ese señor le debo la esperanza en la humanidad que por esas fechas me tenía más decepcionada que de costumbre, ese poder plebeyo de leer al necesitado y ayudarlo un poco a salir del atolladero. Como me faltaba jabón de cuerpo, unas toallas y crema dental fui al Carulla. Tenía un billete de cincuenta para emergencias y bueno, estaba en una emergencia porque faltaban unos diez días para la próxima quincena. Tomé lo que necesitaba y pasé por la góndola de desodorantes. Sin pensarlo mucho, agarré uno de los pequeños en roll-on, lo miré con detalle y lo puse en mi bolso, sin más. Nunca había robado, nunca en veintinueve años había hecho algo así. Era de algún modo una ciudadana ejemplar, de buen trato con los otros y con costumbres sumisas frente a la autoridad heredadas de mi madre y mi padre. Cumplía las normas ciudadanas a cabalidad, por una ética basada en no hacerles daño a los demás. Nunca necesité ni quise robarme nada. Algo adentro de mí sabía que ese acto no tendría consecuencias reales, sin embargo, divagué un poco para distraerme y no salir con premura del almacén. No mostrar el visaje de primeriza. Sentí un viento helado atravesar mi vejiga, luego se propagó por mi torrente sanguíneo y me alertó, un vacío me creció en el estómago. Estaba nerviosa. Confié en mi apariencia forjada con la estética de la clase media paisa con tendencias hacia la izquierda, esto es, mi ropa un poco europeizada, es decir, de colores neutros y holgada, mi piel blanca, que tiende hacia lo que en los ochenta se conocía como trigueña y mis buenas maneras gestuales, lexicales, y una sonrisa hipócrita que me quedó dibujada en la cara por pasarme casi veinte años en un colegio de monjas. Ese caudal de capital simbólico era, también, el resultado de una educación universitaria en un pregrado en universidad pública y en posgrado en una universidad extranjera, claro, sumado al chiste que hacía mi exnovio cada vez que tenía oportunidad, a saber, que yo terminaría casada con alguien del Partido Verde con buena billetera. Mis gestos eran imperceptibles, pensé. Tengo cara de cualquier cosa menos de ladrona. En fin, caminé con el desodorante en el bolso, debajo de la cosmetiquera, bien escondido. Me sentí como anestesiada, mirando sin ver, auscultando las mercancías para entender el mecanismo de su secreto mientras acumulaba las fuerzas para cruzar los sensores hacia el mundo exterior. En efecto salí sin problema, mostré la tirilla de manera decidida, enseñé el contenido de la bolsa de mercado con el estampado de Magia Salvaje con los productos de aseo y cuidado. La vigilante omitió mi bolso personal, dio una mirada extenuada al piso, le puso su impronta a la tirilla con un lapicero y me entregó media sonrisa para dejarme pasar. Una alegría se me instaló como un viento fresco entre los riñones. La almendra de ese gesto me hizo sentir un poco más liberada, traicionando la obediencia familiar sin hacerle daño a nadie. Algo de pequeña venganza que restauraba la rabia que tenía contra el mundo y los hombres en general, en especial, los antropólogos que cursan doctorados en ambientalismo.

Así empezó a pasar cada vez que iba a una gran superficie, sin importar cuál fuera. Diseñé poco a poco, un sistema en el que podía sacar, incluso, objetos voluminosos como cocas de vidrio, pailas de hierro, un par de libras de carnes importadas, entre otros objetos a los cuales me fui acostumbrando pese a que ya no necesitaba robar para obtenerlos. Se había vuelto una especie de prueba y ensayo, de reto semanal. ¿Qué sería capaz de sacarme esta vez? Mi economía se acomodó poco a poco y logré pagar los enseres de la nueva casa hasta dejar la tarjeta de crédito en cero. Había algo de juego infantil en estas actuaciones en los grandes mercados con las que me vanagloriaba en silencio, porque hasta la escritura de este texto a nadie más que a un par de amigas les había confesado mis hazañas, entre carcajadas que se volvían rápidamente en hipos, en el bajo mundo del hampa de baja intensidad. Nunca, eso sí, robé un mercado pequeño, una plaza, un negocio local. Mi límite ético trazó una línea férrea: solo podría accionar cuando de multinacionales se tratara, sin la más mínima traza de culpa, sin el remordimiento más pequeño. Una diminuta justicia en medio del remolino excesivo del presente.

Empecé a entender los mecanismos de vigilancia, la disposición de las cámaras de seguridad, el agotamiento de los porteros en sus jornadas y a partir de su cansancio detecté los puntos débiles, los evidentes celadores disfrazados de civil que rondaban entre las góndolas. Abrí un pequeño libro mental de las fallas en el esquema de seguridad antirrobo, teniendo en cuenta el tamaño de cada almacén, su espacio, puntos ciegos, vigilantes y cámaras, los prejuicios sobre el género y el cuerpo: la sospecha recae casi siempre sobre los hombres, sobre todo los hombres que se visten de una manera que los vigilantes están entrenados para ver. No obstante, hay algo más importante que todo lo anterior y que fui develando en la medida en que me hacía cada vez más invisible: la comunidad ladrona. Aquí es donde creo que está la clave de mi análisis. Y procedo a plantear mi hipótesis: casi todos los almacenes contemplan un margen de robo, un porcentaje mínimo de sus ganancias y dicha fracción la incluyen en sus registros contables. Una especie de gana-gana entre nosotros, los ladrones, y ellos, los dueños; puesto que es más costoso singularizar en el sistema de códigos de barras y sofisticar los detectores para que todo pueda ser rastreado. La mejor y más barata opción es aceptar unos pequeños agujeros que nosotros vamos fraguando mes a mes en las limpias superficies. El sistema de robo, casi infalible, se basa en que, como no es fácil detectar las extracciones mínimas de uno o dos productos por vez, cada ladrón, digamos, encubre al otro en sus espaldas, porque cada robo deviene de una necesidad diferente. Mientras yo sacaba un exprimidor, otro anónimo en cualquier hora y momento de la semana saca un juego de bóxeres, y otro una camiseta y otra un bloqueador solar o una botella de vino. Esa diversidad de gustos va llenando meticulosamente el carrito de robos calculados de antemano, y hace que sea indetectable en los inventarios. En definitiva, la invisibilidad se logra cuando hay una comunidad de anónimos que, sin saberlo, se cuidan una vez hurtan sus cositas, y apoyan la invisibilidad, hacen sutil el mecanismo de extracción. Entonces en la medida en que otros sigan robando, y la gran superficie lo acepte y lo promueva en términos de costo-beneficio, todo seguirá su curso sin el pitido de los censores.

Hoy puedo decir que he ahorrado varios millones de pesos en gastos del hogar. Que si bien a veces me parece que el juego se me fue de las manos y que ya no necesito hacerlo, es mi manera de relacionarme con las mercancías de los grandes espacios comerciales: lo que puedo sacar no lo pago.

A veces me siento observada y perseguida por algunos ojos, pero siempre guardo mi compostura y logro salir sin sospechas, a veces cambian de posición los productos que generalmente voy extrayendo y siento que están tras mi pista, que ya debo estar en las cámaras de seguridad, pero sé, y algo adentro de mí lo sabe, que mis maneras, el ritmo y la intensidad de lo que hago está en la pauta del ladrón “preferencial”; gracias también a la comunidad, se hace muy difícil de detectar. Las cámaras se borran cada semana, no hay capacidad para guardar a alguien que, ante la vista de todos, solo pone algo más en su bolsa de mercado. Sé que así, a punta de microrrobos no hay justicia que restaure el daño que le hacen los centros comerciales a la sociedad en general con su excesiva plusvalía y precios siempre injustos, pero ¿quién me quita la sensación de triunfo, cuando, al salir del mercado, después de pagar cien mil pesos, tengo en mi haber cosas que valen doscientos o trescientos mil? Esa sensación me conmina a seguir con esta pequeña risa, con el gusto infantil de lograr lo prohibido, el triunfo mínimo de que, pese a sus estructuras carcelarias y su manera de meter miedo en cada metro cuadrado de los Éxitos, Carullas, Ikeas, Homecenteres y Panamericanas, hay una pequeña comunidad que crece entre las regiones invisibles y sigue haciendo pequeñas obras de arte criminal. O quizá solo me estoy justificando la tristeza y la culpa de haber creído en las palabras de un antropólogo que ni siquiera había leído bien El Capital.

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El asalto

por JUAN VÁSQUEZ • Ilustración de Sebastián Cadavid

Número 148 Marzo de 2026

Como nadie sospecha que una mujer embarazada vaya a atracar un banco a pistola, nadie alzó los brazos cuando Paola entró y dijo: “Arriba las manos, esto es un atraco”, apuntándoles con el ombligo endurecido hacia al cuerpo y con un 38 corto a las caras. “¡Arriba las manos, que esto es un atraco!”, tuvo que repetir, esta vez cargando el revólver al aire; y ahí sí todos alzaron los brazos de un sacudón, menos el vigilante, quien apenas vio a esa mujer ahogada, con un arma en una mano y con la otra en la cintura, sosteniéndose la barriga de ocho meses, corrió para ofrecerle una silla.

Después de ver al vigilante, los clientes se miraron como con ganas de ayudar, sosteniendo aún las manos arriba. Un anciano fue el primero en bajarlas, caminó hasta la caja, pero antes se acercó a Paola: “Tranquila, mija, déjeme le ayudo”, dijo quitándole el revólver. Los demás se miraron de nuevo, seguían en silencio; otra persona bajó las manos para esculcarse los bolsillos, así lo hizo otra persona y después otra, hasta que toda la gente de la fila buscaba algo en su ropa o en sus bolsos. Un joven, con apariencia de mensajero, sacó del morral un talego para entregarlo al anciano en la caja justo cuando este, apuntando el arma, le pedía a la señorita todos los billetes de esa y de las demás taquillas; una señora vestida de falda se encaramó despacio sobre un escritorio, apretando en una mano los recibos de la luz con una camándula fluorescente y dos billetes: “Sean honestos, saquen todo, vayan donde el señor parado en la taquilla, colaboren que él solo tiene dos manos”, dijo desde arriba, persignándose.

Mientras Paola atraca el banco, en la puerta está una compañera de su oficina para avisar si llega la policía; no levanta sospechas porque es mayor de setenta años, su tono de voz es tan dulce que salvaría a un suicida parado al borde del vacío y su mirada es tan apacible como la de alguien que se dispone a hacer una siesta luego de un suculento almuerzo. Esa señora parada en la puerta del banco no tiene cara de haber sido el cerebro de la operación, aunque fue ella quien le propuso todo a Paola: “Claro que va a salir, estás en embarazo, se te nota mucho, claro que va a funcionar”, le decía. Yo estaba ahí y me opuse, pues cómo van a atracar un banco, qué pasa si se viene la niña, cuál es la jurisprudencia sobre fetos ladrones, de dónde van a sacar un arma, nadie nunca vio a una caremonja ni a una embarazada atracar nada. Aunque nadie sospecharía, empecé a pensar. Si eso se fuera a hacer, deberían ir antes del almuerzo, les dije; no manejen ustedes, ahí sí se cagan en todo, les advertí. Como ninguna de las dos sabe manejar bien un carro entonces me ofrecí a conducir el pichirilo de un amigo de la Caremonja. Lo pedimos prestado para ir a una cita médica y luego a un grupo de oración.

Ahora, Paola está adentro; su compañera, en la puerta. Y, en un andén del frente, estoy yo. Soy un hombre nervioso, de barba y con gafas oscuras, adentro de un carro parqueado y encendido, justo en la entrada de un banco. Afuera hay un vendedor de tintos y un joven en bicicleta. Parezco el sospechoso de la operación. Sin embargo, nadie se entera de lo que pasa adentro. Paola sale, baja las escaleras de la mano del vigilante y se encuentra con su compañera. Se despiden. Él se lleva la mano al gorro para decir hasta luego. Después, cuando caminan tranquilas hacia el carro, apenas el vigilante me ve, se le desorbitan los ojos. “¡Jueputa!, nos están atracando”, grita desgañitándose. “Llamen a la policía, nos están atracando”, grita mientras me señala con una mano, desenfundando su arma con la otra. Paola y su compañera alcanzaron ya la puerta del carro, se montan. Arranco. Dejamos atrás el chirrido de las llantas, dos disparos y los gritos del vigilante desvaneciéndose a lo lejos: “Nos atracaron, nos atracaron”.

“¡Cuánto, cuánto!”, es lo primero que pregunto. “Por ahí siete millones”, gritan. “¡Siete millones, todo esto por siete millones!”, refunfuño y acelero. Al llegar a casa, Paola y la Caremonja se tropiezan al intentar bajarse, no se caen. Yo continúo para regresar el carro y esconder la plata.

Ya sin el barullo del atraco, la ropa negra y la barba no parecen de ladrón sino de cualquier persona, un profesor, por ejemplo. Camino de regreso a casa, sin el carro, más tranquilo, por el andén que da al lado de un pequeño riachuelo de ciudad, a unas cuantas cuadras del sitio del atraco. A casi a nadie le gusta caminar al lado de los ríos, mucho menos si ya es de noche, como ahora, cuando las ramas de los árboles ensombrecen las lámparas que iluminan la calle y no se ve nada detrás de sus gruesos troncos, ni en las casas frente a la canalización. Siete millones, todo esto por siete millones, pienso al tantear la bolsa de tela gris. Entre las sombras de la calle aparecen unos tipos en bicicleta. Me miran, susurran entre ellos, vuelven a mirar, susurran de nuevo, pasan por el lado, me examinan con misterio. Yo arranco a correr. Es de noche, parezco un profesor, no hay nadie más en toda la cuadra y llevo un talego con siete millones de pesos. ¡Siete millones! Eso es mucha plata. Los tipos arrancan la persecución. La luz de uno de los postes despeja la noche de la calle, corro hacia allá; afuera de los balcones comienzan a asomarse, tímidas, algunas personas. Uno de los tipos grita: “Si llega a la luz, se salva”; “no dejen que llegue a la luz”, grita otro. Entonces enfilo mis zancadas directo hacia allá, corro como nunca nadie antes ha perseguido una luz. Cuando llego al poste se ilumina mi cara. “Ese es el del atraco, ese es el del banco, cójanlo, está luquiao”, grita el más joven. Toda la ciudad debe estar ya enterada. Aceleran el paso hasta alcanzarme. “Soy el papá del bebé de la mujer embarazada, yo soy el papá”, grito agitado, tratando de soltar el brazo que el más viejo de ellos me sujeta. Pero después de que dije lo que dije, sus caras cambian, quien me agarraba extiende las manos para abrazarme, me abraza también uno que suelta su bicicleta, y luego el otro. En los balcones de las casas se distingue la gente asomada. Estoy de pie, firme, en medio de tres tipos que me abrazan. “Frescos, este no es el del banco”, dice uno de ellos desde el amasijo grupal. Al escucharlo, la gente en los balcones comienza a desaparecer. Los tipos también se apartan. Cuando saco unos billetes para entregárselos, sonríen, me abrazan de nuevo y se alejan caminando con las bicicletas al lado. Van hacia la oscuridad, yo me quedo parado bajo la luz del poste.

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Luis Miguel Rivas

Álex Jiménez

Santiago Rodas

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