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La batalla de las bandas

La batalla de las bandas

por FELIPE HINCAPIÉ • Fotografías del Archivo Periódico El Mundo


Número 83 Febrero de 2017

El éxito que tenía Súper Conciertos JIV Limitada había llegado al punto de manejar dos emisoras, una columna en uno de los diarios más reconocidos del país y tener a todos los grupos locales a su favor. Después del histórico concierto de Argus, Raúl Velásquez tuvo la idea que marcaría la historia tanto para ellos como para el rock paisa en general. Raúl, Jairo Álvarez, Carlos Alberto Acosta y Vicky Trujillo comenzaron a idearse el concierto La Batalla de las Bandas.

La idea inicial era tratar de abarcar todos los grupos locales y géneros posibles para promocionarlos y posicionarlos, pues se miraba mucho hacia el ámbito internacional pero no se tomaban en serio los grupos locales. Un gran concierto que uniera a los rockeros en la Plaza de Toros La Macarena, lugar que ya tenían como referente.

“Empezamos el proceso, comenzamos a hablar de eso en el programa de radio y aparecieron muchas bandas interesadas en participar”, recuerda Jairo Álvarez. “Nos dimos a la tarea de ir a visitar todas las zonas donde ensayaban, todos los barrios donde estaban las bandas para seleccionar las que iban a participar”.

Jairo y Vicky eran los encargados de las audiciones y de calificarlos. Un día, cuando ya estaban seleccionadas la mayoría de las bandas, apareció un grupo de punkeros que se sentían relegados. Raúl Velásquez, como representante del evento, luego de hablar con ellos les dio la razón, por lo que abrió dos espacios más de los que tenía planeados.

Jairo Álvarez, quien fue el primer vocalista y mánager de Kraken, así lo recuerda: “Kraken era como el gran referente en ese momento y la mitad de los rockeros los adoraban y la mitad los odiaban, entonces se creó un ambiente muy curioso alrededor de La Batalla porque más allá de una manifestación cultural era una manifestación social. Había muchas bandas de punk, de metal, de hardcore, y que al final fueron seleccionadas, luego de más o menos seis meses de preparación y selección, les escogimos salas de ensayos donde les dimos instrumentos un poco más adecuados para que pudieran practicar y tener una mejor calidad a la hora de la presentación”.

Era la primera vez que se vinculaba un medio de comunicación como copatrocinador de un evento de rock. El periódico El Mundo fue, además de algunas empresas privadas, el que impulsó la realización del concierto. Era una apuesta segura, por lo que dineros privados y algunos personajes políticos se mostraron interesados en colaborar en algo realizado para los jóvenes. Así lo recuerda Carlos Alberto Acosta: “Esos personajes políticos salieron muy aburridos porque casi los linchan apenas se montaron al escenario y comenzaron a hablar. La verdad es que los odios entre los distintos géneros musicales, sobre todo los más radicales como los metaleros y los punkeros, hacia otros géneros como el rock heavy, el rock estándar y el pop, eran muy fuertes, entonces ahí no hubo ninguna convivencia. Fue una real batalla entre los seguidores de unos géneros tratando de matar a los otros”.

Como organizadores, el hecho de haberle puesto La Batalla de las Bandas a un evento que pretendía fomentar la convivencia sí les llamó la atención, al punto de querer cambiarlo días antes del evento por Encuentro de Bandas. Era demasiado tarde, la mayoría de la publicidad ya estaba impresa.

El mito decía que el concierto se iba a acabar cuando tocara Spol o cuando tocara Kraken, que eran los grupos “caspa”, los que la mayoría de la gente de los barrios populares no quería escuchar.

El cartel

Fueron ocho agrupaciones en total, y la dinámica del concierto era generar una votación para que las bandas más populares entre dos categorías, expertos y novatos, ganaran un disco. Además, se esperaba sacar un videoclip de los grupos ganadores y un registro completo del concierto para ser transmitido en televisión nacional.

El orden pretendido para esa tarde era Spol, Glostergladiattor, Danger, Mierda, Excalibur, Parabellum, Lasser y Kraken.

A diferencia de Ancón, los pormenores técnicos ya estaban listos: una tarima de dieciséis por ocho metros, cincuenta personas de logística controladas por Javier Betancourt, quien había trabajado anteriormente con Alice Cooper. La boleta se podía comprar en el almacén de JIV Limitada y en otros seis puntos de la ciudad. Todo estaba listo para aquel sábado 23 de marzo de 1985, el día de La Batalla de las Bandas.

Primeras horas

Como si de un presagio se tratara, la temperatura en Medellín aquel sábado estaba en uno de sus puntos más altos. Treinta grados acompañaban a la ciudad en aquellos tiempos sin fenómeno de El Niño. Mientras las personas del común buscaban la sombra y se abanicaban con lo que tuvieran a la mano, los jóvenes rockeros aguantaban el sol mientras hacían la fila afuera de la Plaza de Toros La Macarena.

Algunos, como en Argus, llegaban ebrios a la requisa antes de entrar, pues si el policía les detectaba la bota o el litro de cualquier licor lo vaciaba en un considerado río de vicios. El capitán Acevedo se aseguró de que toda persona que pasara al recinto fuera requisada hasta en las partes más íntimas con el fin de buscar productos non sanctos, tal como lo relató el periódico El Mundo que reseñó el concierto días después en el artículo “Una expresión de libertad… ¡vigilada!”: “En aprietos se vieron los uniformados para revisar todos los bolsillos y los bolsillitos, todas las billeteras y todas las mochilas de todos los rockeros asistentes. En un rincón de cada entrada empezó a crecer el cúmulo de periódicos, cadenas, navajas, botellas, chapas, al lado de una que otra bola de marihuana. La muchachada solo esperaba cumplir con la humillante requisa para correr desenfrenada hacia las graderías, y regresar más rápido a buscar la arena de la plaza, porque era allí que se vivía la vida. Los más ‘serios’ se quedaron en los tendidos, disfrutando el espectáculo con el vino que llevaron en una bolsa plástica, o en una bota que no les decomisaron porque le repitieron cincuenta veces al agente, en la puerta, ‘somos una parejita sana’. En el ruedo, centenares de jóvenes se jugaban la vida, como toreros. Le hacían el quite a la rutina, agarraban a estocadas los convencionalismos y entraban a matar todo lo que estorbara su libertad. Otras veces parecían gladiadores venidos de otros circos y otras Romas, semivestidos, pletóricos de taches y de hebillas y de colores. (…) Y al final de cada intervención, miles de manos alzándose hacia el cielo, coronadas con una ve y ambientadas con gritos como descargas de infernales artillerías. Por no hablar de las bandas. Alguien imitaba a alguien en el fervor y en la mística del rito-rockero-musical-vital”.

Con el ambiente pesado y los nervios del primer gran concierto, Spol se apoderó de sus instrumentos y se encargó de abrir el concierto. Los altoparlantes, hasta ese momento utilizados para dar indicaciones, se llenaron de un rock suave que levantó nuevamente las silbatinas. Era un público difícil, y al notar que la primera canción del grupo no sería la estridencia que fueron a escuchar, comenzaron a volar las primeras piedras y cúmulos de arena.

Más que una presentación musical lo de Spol fue un acto circense, pues la gran atracción fue ver a su cantante tratar de cantar mientras se defendía de los objetos voladores. El acto duró una canción, precisamente hasta que una pedrada en el ojo le avisó al vocalista que debía bajarse de allí, en medio del abucheo y el grito generalizado: “¡Caspa, caspa, caspa!”.

El segundo en escena fue Glostergladiattor, que usó las palabras mágicas para que el público comenzara a bailar: “Sigue el metal”. No importó el ritmo sincopado, la arritmia musical ni la estridencia, el público por fin estaba feliz. El vocalista no paraba de alentar con frases como “el heavy es la solución” y “que seamos polvo”. Algo de poder tuvieron sus frases, pues el polvo tomó vida propia y la arena de la Plaza se volvió una nube que tapó a todo el público de abajo.

“Hubo muchísimo calor, y cuando la gente empezó a brincar se levantó un arenero de tal magnitud que la gente no veía el escenario, y nosotros desde la tarima no veíamos la arena, del polvero que había”, recuerda Jairo Álvarez. “Tocó llamar a los soldados para que mojaran la arena, y la gente aprovechó para mojarse, se volvió una gran fiesta, pero mientras se armó todo ese desorden siguió el concierto y el caos no se hizo esperar”.

Danger se encargó de volver a caldear la plaza. Aunque el sonido era malo, y la voz del grupo se escuchaba gangosa, un cover de Judas Priest hizo delirar al público, al punto de que uno de los aficionados se subió a darle un abrazo al cantante. “Gracias Medellín por ponerle sangre”, gritó el líder de la banda, despidiéndose, sin imaginar lo que se vendría unos cuantos minutos después.

El error clave estuvo en el momento en que se le permitió subir al escenario a un grupo llamado Mierda, cuyo propósito, según ellos mismos, no era ni el amor, ni la armonía, ni la belleza. Representante del ultra metal, el vocalista subió maquillado con sangre e incitando a la gente a insultar, a ser irreverentes y a no dejar nada en pie. “Crucificadme” y “Satanás está entre nosotros” fueron algunas de las frases que desde el micrófono tentaron a la suerte.

El ambiente se volvió tan tenso que tras la presentación de Mierda hubo un receso no programado. Mientras algunos se abrazaban, otros trataban de limpiarse la polvareda, buscar a los amigos e hidratarse, pues la temperatura seguía por las nubes.

Excalibur, aunque era metal, pecaba por no ser del grupo ultra metal. Tal y como le pasó a Spol, fueron apedreados una vez se subieron al escenario, por lo que decidieron bajar sin dar todo su potencial. Una parte del escenario ya había sido reventado, lo que auguró que la presentación de Kraken, el verdadero “florero de Llorente”, sería una catástrofe. Sin embargo, antes del grupo de Elkin Ramírez se debía presentar Lasser, y antes de estos dos el turno era para el grupo más esperado por el público. No había terminado Excalibur y ya se oía el grito generalizado de “Parabellum, Parabellum”.

La visión de Parabellum

Aunque Ramón Restrepo, vocalista de Parabellum, sabía que ellos representaban el género musical del ultra metal, hoy día cree que en la presentación de ese día hicieron lo que tenían que hacer.

Estaban tras bastidores, y ya había llegado el rumor al camerino de que el ambiente afuera estaba pesado. Tal situación no les era indiferente ni extraña, pues el público que asistió a La Batalla de las Bandas ese día era su público habitual.

Sus letras eran fuertes, pero no creyeron nunca que fueran un detonante incitador para acabar con el concierto. Querían hablar sobre la lucha contra el comercio musical, contra la música caspa, vendida al mejor postor, contra aquellos que para ellos no hacían nada significativo con las canciones que creaban, pero eran las letras de sus canciones, era la forma con la que interactuaban con su público, era su filosofía de vida.

“Parabellum, en esas épocas, confrontando lo que era la religión, la política, la misma existencia, la guerra y el comercio musical, hizo que la gente entendiera y se saciara hasta un punto máximo. Quedaron a gusto, al punto que no querían escuchar más. Después de que la banda tocó la gente no quería más concierto, ya no necesitaban más sonidos en sus oídos, se generó un caos. Además, luego venían unas bandas que en ese momento, por el pensamiento radical de la gente, no eran aceptables, porque los consideraban muy comerciales. Bandas locales, bandas nuestras, que en esa época eran consideradas caspas y que ahora son respetadas y se reconocen como parte de la historia de nuestra música, pero en ese momento no lo eran. Se supone que nosotros ganamos La Batalla de la Bandas y merecíamos el disco. Igual el sentido no era ese, el propósito no era ganarnos esa grabación, al fin y al cabo el ultra metal o el metal de esa época era muy underground; preferíamos hacer las cosas por nuestros propios medios encima de que nos la regalaran, aunque si nos la daban tampoco la íbamos a rechazar”, cuenta Restrepo recordando ese día de tarima.

Parabellum se montó al escenario gritando que había llegado el metal, que se prepararan todos para la presentación más impactante de la tarde. Hasta los policías dejaron de bostezar para ponerse alerta tanto con el grupo como con aquellos que desde la arena comenzaban a tirar guijarros a los de las graderías que, se suponía, eran los que no querían estar en el alboroto.

El público enardecía, y las paredes maltratadas a lo largo del día ya se habían astillado. La pared del escenario era negra, de cuatro metros de alto y con los cantantes de Parabellum en su cúspide, lo que no fue obstáculo para uno de los asistentes que, ayudado por otro, escaló con el único fin de abrazar a Ramón.

Ricardo Aricapa, en su crónica “Rock y Anarquía”, así lo reseñó: “Subterráneo, como herido de muerte, surge de las esquinas de los barrios populares de Medellín ese grito hondo y desgarrado del cantante del grupo Parabellum; un alarido como el de un degollado que se riega airoso y contagioso por la plaza estremeciendo cuerpos y levantando polvareda, a pesar de los bomberos, que con sus mangueras no pudieron sofocar del todo ese incendio juvenil”.

Faltaban por tocar Lasser y Kraken, pero como Parabellum era el último grupo representante del ultra metal, para algunos, el concierto había terminado.

“Y llegó Lasser. Ahora los ánimos tenían el mismo volumen de los altoparlantes. En los tendidos seguía el entusiasmo, pero dosificado, la gente en general tiraba juicio. Buena parte de los de la arena ya andaban volando. Y volando bajo”, escribió Aricapa ese 1985.

Lasser tuvo la misma suerte que Excalibur y Spol, pues lo poco que estuvo en tarima fue para luchar por su vida. Las piedritas comenzaron a volar por todo lado con mayor frecuencia, y la tarima, con los golpes en la pared que la sostenía, ya no era un lugar seguro.

Juan Fernando Trujillo había decidido desde el principio del concierto ir al balcón, pues no era allegado al metal ni al ultra metal. Necesitaba un espacio sin congestión y donde pudiera ver el fenómeno tranquilamente: gente en la arena bailando, corriendo, pogueando y gritando cualquier cantidad de cosas a los que estaban cerca de él.

Ya se habían tirado diferentes tipos de objetos desde abajo hacia las gradas, pero quizás el primer gran motivo de la guerra que se formaría fue un baile de una persona en las graderías. La gente lo recuerda de muchas maneras: que fue un tipo que empezó a bailar de forma homosexual, que los de las gradas comenzaron a gritarle cosas a los que estaban tirando cosas, que nadie bailó nada, que todo empezó con Spol, que todo empezó con Lasser. En todo caso, Juan Fernando Trujillo asegura haber estado diagonal a la mujer de pañoleta roja que empezó a bailar con pasos de Jhon Travolta. En las tribunas, desentendidos del concierto, comenzaron a animar a la mujer, hasta que el alboroto fue tal que los que estaban en la arena se dieron cuenta, y le lanzaron a aquella mujer de pañoleta todo lo que tuvieron al alcance: chitos, papitas, guijarros, arena y bolsas llenas de quien sabe qué cosas.

Como es natural, las personas de arriba comenzaron a responder, y el evento perdió el poco sentido que le quedaba. Cada uno de los involucrados en la guerra comenzó a despicar piedras de las estructuras con las botas y las comenzaron a tirar. Los dos hombres que manejaban el sonido se tuvieron que refugiar en los tornamesas mientras se cubrían con los bafles y las telas negras del escenario.

Ricardo Aricapa terminó su reseña así: “Era una verbena robada a esta ciudad voraz donde ya no quedan resquicios para los sueños, la que sin embargo no se aprovechó plenamente porque lo que se había anunciado como un grito de libertad de las bandas y de los súbditos del rock de Medellín; lo que se esperaba que fuera una batalla fraternal entre metaleros, terminó en una batalla de guijarros entre el público. Y fue así como el altar del rock fue profanado por esa minoría sin dirección que parece empeñada en masacrar todos los valores; por esa franja marginal de la cultura urbana que el sábado asistió masivamente a La Macarena. Confieso que sentí temor por mi vida cuando el ruedo y las tribunas se desocuparon en estampida; cuando ya había varios heridos. Fueron diez minutos mudos en los que cualquier cosa pudo haber pasado en La Macarena. La gente pedía música y paz, pero los vándalos hacían la guerra. Todos queríamos que el concierto siguiera, pero no había por dónde porque se había desatado una situación absurda que ya no tenía reversa. En esas estábamos cuando llegó la policía, que bolillo en mano desocupó la plaza en cinco minutos. En el tráfago de la salida precipitada, pude ver otra vez al joven de la foto. Iba más trabado y ausente, sin darse cuenta de que en el fondo del callejón sin salida en el que se encuentra él y esa juventud que no quiere ver perjudicada está la policía esperando”.

El capitán Acevedo y sus 48 hombres se adentraron a la gradería donde estaba Juan Fernando Trujillo y la chica de la pañoleta. Mientras unos iban de manera pacífica a calmar el alboroto, otros, con bolillo en mano, aumentaron la tensión.

La mayoría de esos catorce mil asistentes habían salido de la Plaza de Toros en los diez minutos posteriores al suceso. Los cuerpos descompuestos, empolvados, con ropas desgarradas y botas raídas, en su mayoría, buscaban una forma de regresar a su hogar, mientras otros se dedicaban a seguir la pelea y esparcirla por todo el barrio El Naranjal. Tanto fue así que la mujer de la pañoleta roja tuvo que salir corriendo del lugar y montarse al primer bus que pasó por el lugar. Todos vieron partir a aquella mujer en un Floresta San Juan, mientras dejaba atrás todo el caos que, en parte, había provocado.

Muchos, como Juan Fernando, se quedaron en los alrededores de la Plaza por el resto de la tarde. Desprogramados, silenciosos, aletargados, pensativos con lo que había sucedido allí adentro, una parte de ellos quería terminar el concierto, aunque esa opción ya era más que imposible.

¿Y Kraken?

En el camerino aún permanecían Vicky Trujillo, Raúl Velásquez, Carlos Alberto Acosta y Jairo Álvarez, quienes despacharon a los músicos y les ofrecieron disculpas anticipadas a los miembros de Kraken.

Hugo Restrepo, de Kraken, todavía recuerda ese tiempo en el camerino: “No logramos tocar en La Batalla de las Bandas porque todo se terminó antes con el tipo de desorden público que hubo, entonces Kraken no se pudo presentar. No nos vimos en peligro, porque estábamos atrás en el camerino. No fue porque estaban en peligro nuestras vidas, sino que la gente, el público, se estaba agrediendo entre ellos. No siento que hubiera una resistencia a Kraken, lo que se detectó es que fueron riñas personales: la gente que estaba en las tribunas empezó a agredir o a hacer cosas que disgustaron a los de abajo, pero no había una rencilla con ningún grupo. Rencilla después, en un concierto en el teatro al aire libre Carlos Vieco, ahí sí fue una rencilla. Esa del Carlos Vieco fue una experiencia muy negativa, mucha gente salió muy malherida, el concierto no se pudo terminar, fue un fracaso para la banda tener que terminar así, escoltados y todo”.

La Batalla de las Bandas se convirtió en una expresión violenta, pues ya había un problema social más grande. Lastimosamente, toda esa música pesada se filtró ahí en el mundo del sicariato, lo que volvió a la época en sí misma un periodo muy oscuro.

Luis Grisales, quien también asistió al evento, aún no es capaz de hacerse una idea de la lógica que tuvo la gente para ocasionar tal grado de destrucción. “En ese instante me di cuenta de algo muy triste, que en realidad la ciudad estaba pasando por un momento muy crítico, un momento de violencia, que uno no lo tiene en la cabeza. ¿Hasta dónde una masa es capaz de agredir a otra? Era un despertar, era ver que las masas eran, y son, idiotas. Si a mí no me gustaba una banda me iba para otro lado o la escuchaba a ver si ahora sí me gustaba, pero yo no tenía esa dimensión, el querer agredir a alguien por música. Con el tiempo es que uno aprende que hay unos problemas de fondo, como se viven ahora esos problemas con las barras futboleras que es algo que no tiene que ver con el fenómeno del fútbol. Si el parqués fuera deporte nacional también nos daríamos bofetadas por el color de las fichas”.

Los reclamos por parte de los contradictores del rock no se hicieron esperar, y, como lo dice Carlos Alberto Acosta, al día siguiente de La Batalla de las Bandas se sabía que se tenía que empezar de ceros. “A partir de eso todo se fue para atrás: ya la Plaza de Toros no la querían prestar, los medios no querían saber nada de rock y los enemigos del género se aprovecharon de eso para difundir más eso de que el rock era satánico, que el rock era promotor del vicio, y lo escribían desde las secciones editoriales. Todos se vinieron encima de La Batalla de las Bandas, y el golpe fue duro”.

El golpe se podía notar desde las mismas reseñas al concierto. Una vez más el texto Rock y Anarquía, de Aricapa, mostró lo que se le vendría encima al género musical más adelante: “Cuando el reportero gráfico de El Mundo se acercó a fotografiar la escena de un muchacho desmayado por exceso de rock y estupefacientes en pleno ruedo de la plaza de toros La Macarena, en el paroxismo de la efervescencia que vivió el sábado la juventud rockera de Medellín, uno de los dos jóvenes que, tan trabados como su compañero caído trataban inútilmente de ayudarlo, enfrentó sin alientos al reportero y con una voz droga y cansada le pidió el favor de que no tomara la foto porque con ella iba a perjudicar la juventud. En su ensueño artificial el jovencito por lo menos logró captar que semejante foto iba a ser el más triste testimonio de una generación extraviada a la cual está atado por manoplas de cuero negro y correas anchas tachonadas con estoperoles; una juventud que se resquebraja en un nihilismo sin brújula; al ritmo metálico del rock y en plácida traba de metacualona, la cocaína de los pobres, porque el rock en Medellín se bajó de clase social y anda regado como una epidemia por los barrios populares de la ciudad. Por eso, los que tuvimos el privilegio de asistir el sábado a La Macarena para ver lo que hace la juventud más atravesada de Medellín cuando tiene un espacio físico para su ritual de rock y droga, vimos en esas miradas hundidas y en esos atuendos insólitos la avidez de la pobreza. Y bajo esos maquillajes estrafalarios vimos también las muchachas más lindas de Medellín danzando sin uno en pleno ruedo”.

El problema del radicalismo se agravaría posteriormente, pues el odio que había hacia Kraken por una parte del público sabotearía un par de eventos más en los años posteriores. El radicalismo llegaría a su punto máximo y su caída en los años noventa, cuando la apertura económica y la llegada de mayor oferta musical volverían absurdo el hecho de pelear por gustos musicales.

Como ocurrió con Ancón, luego de La Batalla de las Bandas se vino una época oscura donde tímidamente los grupos volverían a sus zonas de confort: parches pequeños, notas con amigos, cada uno dedicado a lo suyo y los conciertos de garaje que serían pieza clave para el resurgir del género en los noventa. 

En el ruedo La Batalla comenzó literalmente y no hubo tiempo de liberar el Kraken. El Titán y sus músicos se quedaron en el camerino. Su ausencia quedó como una marca. Su momento no había llegado.


Dos avenidas y un parque con éxito

Dos avenidas y un parque con éxito

por GUILLERMO CARDONA


El libro de los parques Noviembre de 2013

Torso masculino, obra de Fernando Botero.

El centro histórico de Medellín y el barrio San Antonio se conservaron más o menos intactos y con cierta coherencia urbana, paisajística y social hasta los años cincuenta, cuando Paul Lester Wiener y José Luis Sert presentaron su Plan Piloto para la ciudad en 1954.

La tradición de esta villa había sido mirar los modelos de ciudades europeas, con centros históricos protegidos y desarrollos industriales en los suburbios para defender la habitabilidad de los espacios de memoria. El nuevo Plan Piloto, sin embargo, parecía más inspirado en el modelo norteamericano. Su apuesta apuntaba a la concentración de usos del suelo y a la expansión territorial, a partir de la construcción de avenidas de tránsito rápido para el transporte público y el creciente transporte privado, entre los sitios de habitación en los barrios periféricos y los lugares de trabajo, comercio, servicios bancarios y oficinas estatales del Centro.

Todavía hoy muchos se preguntan por qué se desechó la idea del tranvía eléctrico siendo este tipo de energía un recurso propio y barato, por qué prácticamente prohibieron el uso residencial del centro histórico, y sobre todo por qué nadie, además del arquitecto Nel Rodríguez en su cátedra de la Universidad Pontificia Bolivariana, alertó sobre el peligro de tener un centro sin habitantes, abandonado en manos del comercio que cierra a las seis de la tarde, bajo el supuesto medieval de que nadie tiene nada qué estar haciendo en sus calles después de las nueve de la noche.

Habría muchas otras objeciones frente el accionar urbanizador de los últimos cincuenta años en el centro histórico; por ejemplo, la escasez de espacio público, zonas verdes y andenes. La lista es larga, pero concedamos que resulta muy fácil criticar lo que se hizo a mitad del siglo XX basados en los conocimientos que tenemos en el XXI.

No queda casi nada

No faltan quienes aseguran (y no hay forma de contradecirlos) que si en Medellín no queda memoria arquitectónica de la Colonia es básicamente porque en esa época, además de unas pocas iglesias, no se construyó en esta villa ninguna edificación que valiera la pena conservar. Y algo similar se dijo de otros hitos arquitectónicos e históricos que se fueron con el Plan Piloto. Algunos los tumbaron del todo, como pasó con el Teatro Junín y el Hotel Europa; otros a medias, como sucedió con el Seminario Mayor, demolido en parte para construir la Oriental cuando de carrera se convierte en calle a la altura de la avenida Echeverri; lo que sobrevivió pasó a ser centro comercial y su capilla terminó en restaurante. Lo poco que quedó en pie se fue haciendo más pequeño, como las aceras, la Catedral Metropolitana, el Paraninfo, la iglesia del Sagrado Corazón, y otros hitos de la vieja Medellín terminaron simplemente arrinconados, como la iglesia de San José, La Veracruz y la misma iglesia de San Antonio, que es el caso más extremo.

Si en ese afán modernizador no había lugar para el respeto a los símbolos de la fe católica, ni se diga para lo demás. ¡Cuál nostalgia! La consigna era acabar con lo viejo y empezar de cero. Todo era práctico, con fines económicos, industriales y comerciales.

Eran tiempos de posguerra y la producción industrial mundial crecía a pasos agigantados, así que el futuro les debió parecer diáfano a los empresarios de Medellín. La prosperidad y la riqueza iluminaban el horizonte, y nuestra ciudad estaba en la obligación de prepararse para un crecimiento sostenido. No era tiempo de pararse en consideraciones socioculturales y urbanísticas.

Barranca

La primera referencia del sector de San Antonio aparece en 1770, en el primer plano que se conoce de la ciudad, y las únicas calles que existían eran San Félix (hoy parte de la Avenida Orienta), Abejorral (hoy desaparecida) y San Roque (hoy Palacé).

Una vez sellada la independencia de la Provincia de Antioquia, las calles fueron rebautizadas con los nombres de las grandes batallas de la gesta libertadora. Para 1820 ya existía Maturín, y desde entonces comenzaron a vivir en sus costados familias de una incipiente clase media: artesanos, oficinistas y empleados del comercio. Al tiempo aparecieron las primeras posadas en el sector, que pasó a llamarse Barranca, para atender a los agentes viajeros y a los arrieros que llegaban de Envigado, y aun más lejos, llevando y trayendo mercancías y ganados.

Templo de San Antonio. 1932.

La iglesia

La construcción de la iglesia de San Antonio de Padua arrancó en 1874 por iniciativa de fray Benjamín Masciantonio, quien concibió también el convento de franciscanos de Tierra Santa al lado de lo que sería la capilla.

A partir de entonces la iglesia, todavía en construcción, se convirtió en el centro de un sector que seguía creciendo hacia el oriente y el norte, bajo el nombre y protección del edificio que en 1889 era una simple capilla. Solo en 1920 el arquitecto Arturo Longas construyó la que sería su fachada definitiva sobre Abejorral, y sus reformas, agregados y refacciones posteriores culminarían en 1938.

Eran tiempos de tranquila felicidad para un barrio de casas en su mayoría de una planta, muchas de ellas construidas en tapia desde el siglo XVIII, con grandes solares y calles estrechas, en el que prosperaban las tiendas y los graneros, algunos cafés, peluquerías, panaderías, zapaterías y montepíos. Esta estructura se conservaría hasta bien entrados los años sesenta.

Viejo barrio

Muchos de los niños y jóvenes que correteaban por San Antonio cuando todavía era un barrio viven aún, y cuando visitan el parque tratan de ubicar sus casas sobre lo que fue la carrera Abejorral, que subía desde San Juan hacia Amador y pasaba frente a la iglesia, ubicada varios metros por encima del nivel de la calzada.

Descontando los eventuales enfrentamientos entre la policía y los estudiantes de la sede de estudios generales de la Universidad de Antioquia –que funcionaba en los terrenos donde hoy se levantan las Torres de Bomboná–, para finales de la década del cincuenta la vida estaba prevista y organizada según los rituales de la iglesia: peregrinaje dominical, contrición y recogimiento en Semana Santa, y alegría, regocijo y villancicos en Navidad.

Los viejos habitantes también recuerdan los juegos en la calle (golosa, chucha, escondidijo, pelota quemada, vuelta a Colombia con tapitas de refresco), como recuerdan la barbería de Juan N., la fábrica de turrones y la panadería La Marquesa. Y se rascan la cabeza evocando una constante y persistente epidemia de piojos que asolaba las escuelas. Una vida tranquila e inocente.

Había tan pocos carros que hasta la leche la repartían en un coche tirado por caballos que anunciaba su paso con campanas, y pasaban las negras con sus pregones y grandes cestos en la cabeza, cubiertos con manteles a cuadros rojos o azules, con la parva todavía humeante para el desayuno o el algo.

A comienzos de los sesenta los residentes y habitantes de San Antonio ya sabían que el barrio sería atravesado por una gran avenida, y que buena parte de las manzanas comprendidas entre Abejorral, San Félix y El Palo, desde San Juan hasta Bomboná, serían abatidas por las cuadrillas de demolición. También se sabía que en el centro histórico de Medellín estaba casi prohibido fijar residencia, y que con avenida o sin ella el barrio mismo estaba condenado a desaparecer.

Para finales de los setenta muchas familias ya habían encontrado otras alternativas de vivienda. Solo quedaban unas cuantas que se resistían a abandonar el barrio de toda la vida, mientras el comercio se apoderaba de los caserones para convertirlos en bodegas y almacenes, talleres de mecánica y colchonerías.

Cuando todavía no se iban los últimos vecinos, que estorbaban con su presencia en el día y con su manía de dormir en la noche, hicieron su arribo los bares, los prostíbulos, los primeros expendios de marihuana y las famosas “zonas libres” donde jamás entraba la policía, de manera que la seguridad quedó en manos de nadie porque en las noches el viejo barrio de San Antonio ya no tenía dolientes.

Iglesia de San Antonio. 1983.

San Antonio. S. f.

La construcción de la Oriental, concebida desde el Plan Piloto e iniciada en 1973, le dio el golpe de gracia al sector. A todo lo largo y ancho de la avenida se dieron transformaciones que dejaron prosperidad para algunos y escombros para otros.

Ese rompimiento de la estructura urbana y los tejidos sociales tuvo gran repercusión en la seguridad y habitabilidad del Centro, proceso que se repetiría años después con la desaparición de la Plaza de Cisneros debido a las sucesivas ampliaciones de la calle San Juan y a las proyecciones del plan de 1954.

La intención de los planificadores con la Avenida Oriental era promover el desarrollo urbanístico de los sectores de San Antonio y Estación Villa, “que han permanecido hasta ahora en un lamentable estado de atraso, y valorizará comercialmente todas las propiedades ubicadas dentro de su zona de influencia, en mayor o menor proporción según su proximidad al lugar de ejecución del plan”, como lo señala un folleto publicado en 1974 que daba cuenta de la importancia de la obra.

También se mencionaba en los folletos la intención de remodelar la iglesia San Antonio, y se anunciaba que el Fondo Rotatorio de Remodelación Urbana de Valorización estaba comprando predios entre la Oriental, Junín, San Juan y Pichincha, para un total de 4,2 hectáreas.

Se presentaban dos alternativas. La primera consistía en hacer un reloteo más organizado, “que agilice el mercadeo y permita que la iniciativa individual desarrolle de nuevo la zona”. Pero como con esta alternativa “se limitan las posibilidades de densificación; no hay aportes al diseño integral al desarrollo de la ciudad; se restringen las zonificaciones óptimas y las adecuadas interrelaciones de espacios”, entonces se decidió darle mayor despliegue a la alternativa dos: “…una remodelación y renovación total de la zona, en su trama, volumetría, usos y densidades. Esto significará un cambio en la estructura social, física y económica de este sector, con una consecuente influencia benéfica sobre la ciudad y su futuro”.

Según algunos cálculos, en el espacio ocupado hoy por el parque y el Éxito habría sido posible construir mil 250 viviendas en altura para una población de seis mil 500 personas; treinta mil metros cuadrados de comercio; cuarenta mil de oficinas; dieciocho mil de parqueadero cubierto; y quince mil de áreas complementarias para diversión, asistencia, seguridad, guarderías infantiles, entre otros.

Según antiguos funcionarios de la Empresa de Desarrollo Urbano del Valle de Aburrá, Eduva, estos eran bocetos para los cuales sencillamente no había plata; así que de semejante catálogo de sueños solo quedó un cementerio de carros y parqueadero al aire libre al costado de la Oriental, que durante muchos años ocultó lo que quedaba de San Antonio y la carrera Abejorral tras las chatarras que se pudrían en los solares del tránsito.

Terrenos que ocupa hoy el Parque San Antonio. S. f.

Durante más de dos décadas concejales y funcionarios de planeación desempolvaron los viejos proyectos de intervención para el sector, pero no volvieron a ser prioritarios y a nadie pareció importarle la degradación de la zona en los años setenta, cuando hizo su aparición el narcotráfico y se disparó el consumo de bazuco, y las calles de San Antonio se convirtieron en territorio zombi.

En el Acuerdo número 5 de 1989 volvió a hablarse de renovación, pero esta vez le asignaron el uso de parque, y entre acuerdos, autorizaciones y compras pasaron varios años. En 1992 el municipio terminó de comprar los terrenos y se inició el tire y afloje para definir qué figura jurídica se debía utilizar para sacar los pliegos a licitación, pues tampoco había plata. Se resolvió entonces abrir una licitación donde se entregaban los terrenos y se pagaba cierta cantidad de dinero. Según declaró Gabriel Arango, el diseñador de la obra, en una entrevista concedida en 1996, las únicas exigencias eran “diseñar un parque, utilizar el subsuelo con unos parqueaderos, algunos locales comerciales, que se conservara Amador como vía vehicular y que se conservara la iglesia y el convento. A partir de ahí, todo era libre”. De hecho, el diseño que ganó fue el que ofreció la mayor posibilidad comercial y la menor complicación en el mantenimiento, lo que incluía no hacer otro Parque Bolívar y mucho menos una especie de Central Park, porque en estos andurriales las zonas verdes y los árboles son sinónimos de inseguridad y guarida de malhechores.

De esta manera, lo que iba a ser parque se convirtió en un proyecto comercial a causa de una coyuntura política, dada la presión que sufría el municipio para cumplir con el compromiso de ejecutar una obra sin presupuesto.

Cuando la licitación se abrió, Almacenes Éxito ya había comenzado la construcción de su sede de San Antonio, y los diseñadores de la propuesta ganadora afirmaron sin titubeos: “nosotros queríamos que lo que se hiciera en el Parque de San Antonio empezara a integrar más las construcciones existentes en el lugar y formara una continuidad del tejido y del lenguaje que se estaba presentando, esa era la circunstancia, no nos interesaba diferenciarnos del Éxito, nos interesaba matizarnos con el Éxito”.

A decir de muchos, el Éxito ha contribuido a la “nueva cara” del sector, y además fomenta una actividad que por décadas ha sido sinónimo de diversión en Medellín: juniniar, loliar, o como quiera que se le diga ahora a esa costumbre de mirar vitrinas.

Fotografía aérea de la construcción del Parque San Antonio. S. f.

La tierra éramos nosotros

Una vez entregado el Parque San Antonio volvieron a circular los folletos que exaltaban la contribución de la obra a la seguridad, la integración urbana, el fomento del comercio, la recuperación del sector para el turismo y los encuentros en familia, y la subsecuente valorización de las propiedades.

Desde su apertura en 1994 los visitantes usan indistintamente las acepciones de parque y plaza, si bien algunos llaman Parque San Antonio a la plazoleta ubicada a las puertas del convento y de la iglesia, con su fuente, sus bancas, sus árboles y su aire pueblerino. La calle Amador separa ese pequeño parque de la plaza propiamente dicha, una explanada donde se exhiben las cuatro esculturas de Fernando Botero, entre ellas las dos versiones de Pájaro, uno ileso y otro con las marcas de la metralla del bombazo que el 10 de junio de 1995 segó la vida de veintitres personas, dejó heridas a 200 y le torció el destino a muchas más.

Parque o plaza, por un lado no hay zonas verdes y por el otro la explanada no se utiliza ni como foro ni como ágora, y la plaza del parque hace mucho no se llena. Sin embargo, se trata de un lugar agradable, cargado de historia a pesar de las múltiples intervenciones, con árboles y jardines y bancas que invitan al recogimiento y al descanso en medio de ese caos que es el Centro de Medellín. Pero en las noches, hoy como entonces, se queda sin un alma, por la sencilla razón de que, además de los vigilantes y los habitantes de calle, ya no vive nadie en ese inmenso cuadrante encerrado y aislado por vías rápidas como las avenidas San Juan, Oriental, Ferrocarril y Regional.

Vuelve y juega

La acelerada industrialización nunca se dio, y aún hoy, pese a los esfuerzos de las últimas administraciones y los nuevos planificadores urbanos por equilibrar las cargas, el centro histórico de Medellín sigue siendo un lugar casi exclusivamente diurno, dedicado al trabajo y el comercio, los trámites legales y, fundamentalmente, el tránsito. Como parte integral de ese centro, San Antonio obviamente conecta territorios y posee una fuerte carga simbólica, pero es, sobre todo, una ruta, un itinerario, un entramado de recorridos definidos por la movilidad.

De ese afán demoledor personificado en el Plan Piloto bajo la promesa de realizar obras monumentales, quedan ejemplos de lo que no se debería hacer, como la canalización de caños y quebradas, así como la del río Medellín para hacer de él un eje técnico, sin ningún arraigo ciudadano, sin ningún espacio para el peatón, imposible para los niños. Quedan la Avenida Oriental y la ampliación de San Juan, y la construcción de un complejo administrativo donde no vive nadie, cercado por vías que en lugar de comunicar impiden el ingreso y en las noches convierten el sector en espacio público en manos del vigilante de turno; y cuando no hay vigilante o policía, se vuelve reino del habitante de calle o lugar de trabajo de los infaltables maleantes, que nunca duermen.

Ojalá algún día el Parque San Antonio deje de ser lugar de paso y vuelva a ser posible vivir en sus alrededores. Ojalá que en el futuro no todo sea comercio, y nuestros jóvenes emprendedores trasciendan la simple compra venta para explorar la infinidad de posibilidades que ofrecen los servicios culturales, informativos, recreativos, deportivos, turísticos, gastronómicos, hoteleros y de rumba, para que este rincón de Medellín sea por fin un espacio libre para el disfrute. Ojalá sus sucesivas y bruscas transformaciones se queden en el pasado, y al fin superemos esa imagen que bien podría resumir la destrozada escultura de Botero, donde se refleja la historia del centro histórico de Medellín como en un espejo roto.

Fotografía de Juan Fernando Ospina