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El certamen de los muchos oficios

El certamen de los muchos oficios

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Como si hubiera dejado su máquina de coser —no del todo, un momento—, solo para atender la solicitud de un amigo fotógrafo, el hombre que en la década de los ochenta trabajaba en la remontadora de zapatos La Florida, sin la zalamería ni la incomodidad del que posa, cual si se tratara de una nueva, también pacífica y necesaria labor, mira a la cámara de León Ruiz, de la misma manera en que tantos otros, mecánicos, vendedores, mensajeros, en el certamen de los oficios, lo hicieran, lejos de esconder que trabajar cansa y muchas veces muele, pero, así y todo, o por esto mismo, en esos retratos de Barrio Triste, no hay expresión de sumisión sino más bien una latente fuerza muda que contrasta con los versos de Tartarín Moreira —bardo que paseaba por esas calles su malhadada figura— donde la
vida es romántico lamento y entrega desvaída:

 

Barrio Triste

De hastío seca la copa
taciturno, a pasos lentos
sigo adelante mi ronda
por Barrio Triste…

¡Y qué triste!
El nombre mide su
forma real, porque la tristeza
se agazapa entre las sombras,

y en sus días el silencio
como un ofidio se enrosca.

Distantes de las rondas melancólicas del poema, la composición centrada, el plano medio y la iluminación natural de la imagen integran al trabajador con su entorno. Nada allí es producto de improvisada escenografía o de cálculo; todo —la mesa de trabajo, la puerta verde con un postigo aparentemente cerrado y el otro abierto, la pared manchada, el cable que la atraviesa, lo que bien pudieran ser dos viejos recortes de prensa, el hombre mismo—, sin duda, ha sido limado, pacientemente, por la labor y unos días —quién sabe cuántos— que trascienden la estampa individual y, sin perderla en un vago homenaje al trabajador, hablan, a su modo, a contraluz, de una atmósfera industrial y comercial, asociada con talleres metalmecánicos, carpinterías, bodegas, pequeños establecimientos dedicados a diversos oficios, y, al tiempo, las márgenes, los detritos, la droga, que van creando, todo mezclado como en un mortero, el barrio que León Ruiz buscó en los rostros y en los cuerpos y supo retratar en su rotunda e inalterable pertenencia a ese paisaje que los circunda.

*El valioso archivo fotográfico de León Ruiz, adquirido por la empresa Argos y donado a la Biblioteca Pública Piloto, ha sido organizado y preservado. Para facilitar su consulta e investigación, se digitalizaron 3911 de sus imágenes. Este fondo, compuesto por negativos y fotografías, documenta la transformación de Medellín entre las décadas de 1950 y 1990, al registrar su arquitectura, crecimiento urbano, personajes y oficios tradicionales.


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Una grilla buena gente

Una grilla buena gente

por DIANA CARMONA • Ilustraciones de Titania


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Corría el año 1989, yo contaba con escasos dieciséis años y estaba a punto de graduarme como bachiller en el Colegio de María, adonde había logrado ingresar en el último año luego de dar tumbos por varias instituciones de la ciudad. 1989 ha sido catalogado por muchos investigadores del conflicto en Medellín como el peor año de la historia reciente de la ciudad, y no por nada, pues la escalada terrorista declarada desde las filas de la mafia desplegaba sus más terribles e infames acciones: una guerra contra el Estado era la consigna cuya máquina de muerte y dolor se disponía mediante carros bomba, estallidos de aviones en pleno vuelo, consolidación del paramilitarismo, recompensas por muerte a policías y asesinatos selectivos de jueces, magistrados, profesores, líderes estudiantiles, jóvenes… Los muertos se sumaban por miles, y aunque los de un barrio como Aranjuez no aparecían en los noticieros o en el periódico —que eventualmente comprábamos—, solo había que salir de la casa para encontrarlos en alguna esquina, en la panadería, donde los Vélez, frente a la iglesia o en la “curva del diablo” —llamada luego sofísticamente la “curva de la Virgen”—, que fungió como depósito de cadáveres no solo de personas ejecutadas en el barrio sino en otros lados de la comuna y la ciudad.

Ese fue mi último año de adolescencia, pues lo que se vino a finales de ese 1989 me sacaría definitivamente de esa condición y me arrojaría a una adultez precipitada y constreñida por lo real de la sobrevivencia. En ese tránsito imposible de anticipar estaba y como una pelada de dieciséis años intentaba despegarme del pegote de la infancia para tomar un lugar como mujer, entonces, adolescente. Las opciones eran más bien precarias: una, guardar la idea de decencia y sanidad inculcada desde muchos de nuestros hogares (compuestos la gran mayoría por madres solteras con abuelos y abuelas a cargo de la manutención y la educación de dos generaciones en valores familiares aún derivados de la vida campesina), que implicaba quedarse en casa, no relacionarse mal, no pararles bolas a los pillos, no andar con las grillas del barrio, no ir a fiestas ni a bares, no dormir en casas ajenas, y guardar otra serie de recatos para evitar ir de boca en boca y de mano en mano; la otra opción, desoír esa pobre pero a veces efectiva eugenesia social femenina y dejarse arrastrar por la atracción que producían los pillos (muchos de ellos pares, amigos que estaban creciendo al unísono con nosotras), las motos, el estatus que daba ser la novia de tal o cual, el sexo y la libertad incluso de consumir marihuana o licor. Así que la división para las mujeres era clara en el barrio: la puta o la santa, o dicho de otro modo, la grilla o la sana, elección no muy distante de la que a su manera vivían también los pelaos.

Bueno, pues la estrecha posibilidad de maniobra no se concede necesariamente con la decidida elección, y en mí, como en el resto de mis amigas, reinaba la ambigüedad, me debatía entre una y otra cosa. Esa suerte de habitanza del borde, de ese margen entre perspectivas de futuro tan opacas como aciagas me invadía e inquietaba. Tenía un novio de los sanos, el primero que tuve, con quien me conocí yo teniendo catorce y él diecinueve, y estaba en una relación estable en la que, a pesar de todo, me sentía amada y acogida. Sin embargo, y como dicen por ahí, “la suerte de la fea la bonita la desea”, hice también mis incursiones de grilla, al menos en tres ocasiones, la primera en el funesto año en cuestión.

Una mañana de domingo decidimos con algunas amigas irnos a patinar por los lados del Estadio (una de las pocas actividades que aprobaban nuestras familias por considerarla sana) y en medio de la jornada fuimos abordadas por un par de hombres mayores que venían transitando por el sector en un carro “lujoso” (váyase a saber qué tipo de carro era, probablemente cualquier Mazda bien tenido, tampoco sabía yo de carros para tener buenos gustos en aquella época), estaban bien vestidos y presentados, no como los pillos del barrio cuyas estéticas dejaban mucho qué desear. Aquellos desconocidos comenzaron a hablarnos y a admirar nuestra belleza juvenil; yo era una flaca de 1.68 que pesaba 45 kilos para la época y no me sabía especialmente bonita, pues, al contrario, la estética femenina que se incubaba fuertemente en esos tiempos era la de mujeres voluptuosas —tetonas, piernonas y culonas— y en eso yo no daba pie con bola; nos pidieron el número de teléfono —fijo para la época—, o nos dieron el suyo, no lo recuerdo bien, pero seguro fue lo segundo, pues habría sido una situación muy riesgosa con nuestras familias que nos llamaran a nuestras casas.

Lo cierto es que, días después, una amiga y yo quedamos con estos dos hombres en salir a La 70, uno de los lugares de rumba más populares de la ciudad; si mal no recuerdo, fuimos a Oro Sólido, una de las mejores discotecas de salsa para el momento y adonde, pensábamos, nunca nos habría llevado ninguno de los pelaos del barrio, ni tampoco el novio de turno. Fuimos con susto, claro está, cualquier cosa podía pasar: que nos llevaran para otro lado, que nos drogaran, nos violaran…, además, éramos menores de edad, mentimos a nuestras familias sobre a dónde íbamos y solo una que otra amiga sabía lo que estábamos haciendo. Lo inusitado de esta experiencia es que nada de lo que podía pasar pasó y el encuentro, por el contrario, se desenvolvió de un modo respetuoso y cordial; hubo conversa, baile, algunos tragos y ningún tocamiento por parte de estos extraños; luego, no siendo muy tarde, nos regresaron al barrio en su “lujoso” auto y les pedimos que nos dejaran a unas cuadras lejos de la nuestra, para despistar al enemigo que en mi caso, suponía, serían mi abuela o mi madre.

Lo que pasó después es ahora un poco confuso. Recuerdo que veníamos caminando por la parte trasera del Alzate Avendaño (uno de los colegios en que estudié, al menos una parte del quinto de bachillerato, y de donde me fui antes de terminar el año debido a la creciente situación de peligro del colegio, con tan buen tino de matricularme en un colegio en el Centro que llamaban popularmente “Prostituto América”); traíamos la contentura de habernos sentido cortejadas pero también respetadas, los tipos bailaban muy bien y nosotras éramos tremendos trompos, así que habíamos disfrutado la fiesta. De pronto, de la nada, apareció mi novio a unos metros frente a mí (alguien, quizás alguna de las otras amigas, tenía que haberle campaniado dónde estaba yo y en qué momento llegaba al barrio), el gesto de furia y desprecio en su rostro era implacable. Me inquirió acerca de dónde venía y yo balbuceé una y otra mentira, pero él decidió tomar propiedad de su lugar de novio y no dejarse ver como un güevón por sus amigos (quienes, si no sabían ya, se iban a enterar, porque en ese barrio la intimidad era tan escasa como anhelada); así que, sin advertirlo, recibí un puño en la cara que me tiró al borde de la calle. En esos casos nadie se metía, no hablábamos de violencia de género ni cosas similares, las vainas eran entre el hombre y su hembra, y el orgullo de varón debía ser restablecido a cualquier costo. Luego del primer cimbronazo, me levanté del piso bastante mareada y, sobre todo, avergonzada, no por lo que había hecho, sino por lo que estaba pasando, nunca antes Carlos me había golpeado…

De ahí el camino a mi casa fue eterno, las miradas se posaban sobre mí con reproche y Carlos me insultaba e increpaba para que le dijera dónde, con quién y en qué había estado. Llegamos a mi casa y yo traté de ocultar la situación frente a mi abuela y mi madre, pero eso era prácticamente imposible, por lo que Carlos me dijo que fuéramos a su casa, en el barrio El Salvador, a donde nos dirigimos a pie desde Aranjuez como parte del castigo. Lo que pasó allí en ese lugar más privado que era su casa y su habitación no es necesario enunciarlo, solo sumó a una serie de conversaciones incoherentes, insidiosas y actos de agresión que, sin duda, minaron mi amor por él y precipitaron nuestra ruptura al año siguiente, una vez yo había ingresado a la Nacional, gracias a la orientación y acompañamiento de Carlos, a estudiar Geología. Esa excursión de grilla dejó como resultado una ambigüedad: la conciencia de la mujer como posesión de un hombre —que hasta entonces no había experimentado—, así como el desamor y la destitución de este hombre por el que, aún hoy, guardo profundo agradecimiento, pues me enseñó unas formas de estar en el mundo alternas a las que el barrio me ofrecía.

El segundo envión de grilla sucedió probablemente al año siguiente, cuando ya había terminado mi relación de cinco años con Carlos. Entonces había comenzado a salir con un pelao del barrio, llamado Hugo, que estudiaba en la Universidad de Antioquia, pero que, a pesar de su calidad de estudiante, tampoco había podido renunciar definitivamente a la opción opuesta a la sanidad, y si bien no estaba en vueltas de pillaje, sí chicaneaba con las hembras que levantaba y hacía alarde de su moto (de carenaje blanco, siempre impecable, que incluso limpiaba y brillaba afectuosamente durante las visitas que me hacía afuera de la casa, y que me dejó marcada la imperdible e indeleble quemadura de mofle que toda grilla llevaba como sello de su experiencia). Este Hugo era, por las mismas razones geográficas y de azar que mis amigas y yo, vecino de Los Priscos, y también era amigo íntimo de alguno de los hermanos menores de esta familia, a quien, valga decir, tampoco vi nunca en vueltas de pillos; Hugo y su amigo eran, podría decirse con Andy Montañez, “pillos buena gente”… Con este Hugo pasé la tusa de Carlos y él conmigo la de una novia que había tenido con más carnes —tetas, piernas y culo— que yo, lo que no dejaba de informarme cada vez que le era posible. Ahora que lo pienso, creo que era un hombre un poco triste, atribulado quizás por la pérdida de su madre, y bastante influenciado por los estereotipos de las mujeres que “valían la pena” para los pillos. No tardamos mucho en separarnos, dadas múltiples incompatibilidades.

Por esa misma época conocí a otro Hugo, era un hombre mayor que yo, debía rodear los cuarenta años, y aunque no vivía en el barrio, lo habitaba constantemente pues iba a hacer vueltas con algunos de los pillos y sus patrones. Tenía una DT-175, envidia de buena parte de los pelaos y pillos de la cuadra, que acompañaba de un atuendo perfecto y fino compuesto por camisas coloridas de chalís, jeans Levi’s y mocasines Lacoste o zapato tipo Zodiac. También era un pillo buena gente, decente y atento en el trato. No me acuerdo cómo lo conocí (probablemente de la manera en que se conocía a los hombres como él, al pasar por la esquina del barrio a merced del ametralleo de la mirada despresadora de cada uno de aquellos que —apostados en las paredes por interminables horas— disfrutaban de la música salsa, la bareta, y de acosar los cuerpos de las recién hechas mujeres), lo cierto es que Hugo me gustaba y cuando iba al barrio me buscaba para conversar, darme alguna vuelta en la moto o invitarme a comer un helado. Nunca tuvimos intimidad, pero sí algún que otro beso, y, aunque había coqueteo, quizás algún prurito moral le hacía pensar que aún era muy pequeña para él. La última vez que vi a este Hugo fue la tarde en que alguna de mis amigas, después de que escuchamos una balacera a un par de cuadras de la casa, me llamó para decirme que a quien le habían disparado era a él. Fui inmediatamente hasta el lugar (lo más usual cuando había un muerto era ir a mirar cuál amigo, vecino o familiar de uno era), supe que le dispararon mientras iba en la moto, así que cuando lo vi, como siempre perfectamente vestido, pero con un zapato fuera del pie, estaba entre el pavimento y la DT-175; allí me despedí de él, en una lejanía vergonzante y un poco afligida, nunca supe dónde vivía, ni tampoco si tenía una familia. Con esa muerte se cerró el segundo intento de grilla.

El tercer y último envión de grilla advino unos años después, 1993 —mismo en el que asesinaron a Pablo Escobar—, ya estando de lleno en la vida laboral y de sostenimiento de mi madre, luego de que en diciembre de 1989 falleciera mi abuela, mi refugio y sustento en la niñez y precoz adolescencia. Yo trabajaba como mesera en un restaurante mexicano en El Poblado, con lo que pagaba mis estudios ya en la de Antioquia (a donde me había pasado a estudiar Psicología) y mantenía a duras penas la casa, pues solo alcanzaba para pagar algunos meses al año los servicios y llevar algo de comida para mi madre y yo. Ya para esa época tenía experiencia como mesera y bartender y había pasado, desde los diecisiete años, por varios bares, tanto en el Centro como en Envigado y ahora en El Poblado. En la taberna en Envigado donde trabajé un par de años había conocido a un hombre también mayor, del cual me hice amante durante un tiempo; más que amantes éramos amigos y disfrutábamos largas conversaciones sobre literatura, filosofía, psicoanálisis y otras materias en las que este hombre se movía con interés, fluidez e inteligencia, las excursiones sexuales entre ambos eran para mí fuente de exploración y de vivencia de un cuerpo libre y placentero. Luego de que me retiré del bar en Envigado comencé a trabajar en este restaurante mexicano situado en el Parque Lleras, pero mi amigo y yo seguimos en contacto y a veces iba a visitarme o conversábamos por teléfono. Era también un pillo buena gente, pero a otro nivel…, ya no se trataba de la vida pilla del barrio, del calentón, del sicario, sino de un hombre inmiscuido en negocios de narcotráfico internacional.

Una noche que estaba trabajando en el restaurante recibí una llamada suya en la que me hacía una invitación a Cartagena “con todo pago”, necesitaba que le dijera si quería acompañarlo a un viaje y le diera los datos para comprarme el tiquete aéreo; eso significaba pedir permiso en el restaurante y ausentarme el fin de semana, que eran los días de mayores entradas por propinas, él lo sabía y previendo la dificultad me dijo que no me preocupara, que él me daba una platica al regreso para que estuviera tranquila. Yo no había ido nunca a Cartagena, no había viajado en avión, y el mar lo había conocido apenas ese mismo año de la mano mi amada amiga Mila (quien, en una arrebolada tarde en San Bernardo, me había llevado a conocerlo, con los ojos tapados y el corazón rebosante por el rugido de lo que, al abrirlos, me pareció un inmenso jugo de lulo); así que, luego de pedirle permiso a quien administraba el restaurante, le avisé a mi amigo Jorge que lo acompañaría al viaje.

Me indicó qué día y a qué hora debía dirigirme al aeropuerto de Medellín y que allí un amigo suyo, conocido para mí, me entregaría los tiquetes y un dinero para gastos. Llegué y encontré a nuestro conocido en común en compañía de un par de mujeres despampanantes, de mi edad, pero finamente vestidas y peinadas como aquellas muñecas Barbies —aunque morenas— que en mi infancia solo veía en los comerciales, me las presentó y me dijo que viajaríamos juntas. Hicimos buenas migas desde el principio y luego del vuelo fuimos recogidas en el aeropuerto de Cartagena por mi amigo y un amigo suyo —conocido previamente de las muñecas—; nos llevaron al casco histórico con el fin de comprar lo que necesitáramos: ropa, productos de aseo y belleza, zapatos, etc., después de lo cual nos desplazamos al muelle y abordamos un yate. Me río ahora al recordar aquella escena, algo surreal para mí —intuyo que no para mis acompañantes—: una humilde muchacha del barrio Aranjuez abordando un yate de lujo rumbo a lo desconocido… Por unos días, al parecer, fui una “muñeca de la mafia”.

De Cartagena pasamos en el yate a una isla privada con una casa preciosa y una flotilla de otras embarcaciones pequeñas y motos de agua, era un paraíso de comidas exquisitas y licores venidos de diversos confines del mundo. Apenas llegamos, las dos muñecas, mi amigo, su amigo y yo nos encontramos con un hombre mayor, de origen mexicano, cincuentón para ese momento, de muy bello porte y elegancia, que nos recibió sin camisa, exhibiendo aún un espléndido cuerpo, pantalones cortos de lino y mocasines de cuero finos. Era un hombre del que emanaba, además de belleza y sensualidad, una fuerza sobrecogedora, y no tardé en comprender que se trataba del jefe, no sabía de qué exactamente, pero todo lo que veía le pertenecía.

El fin de semana se desarrolló para nosotras las mujeres a la manera de una fiesta permanente, pasábamos todo el día a media caña, bien fuera a punta de vodkas con naranja, tequilas reposados o whiskies, y las noches las amenizábamos con bailes, risas y cocteles que yo preparaba para todos y cuya experiencia fue de las delicias de los asistentes y me dio un lugar especial en aquella peculiar escena. Por su parte, los hombres estaban muy ocupados durante el día en sus negocios: luego de los primeros vodkas para paliar la resaca derivada de la noche anterior, se encerraban largas horas en la casa o en el yate, nosotras no sabíamos de qué hablaban, pero no teníamos que hacer mucho esfuerzo para saber que los negocios que se estaban cociendo allí tenían que ver con muchos kilos de droga. Al parecer, cada uno de estos tres hombres tenía en cada una de nosotras a su pareja de viaje, yo estaba con mi amigo y dormíamos en un pequeño yate juntos, donde también disfrutábamos de otras delicias. Tampoco, como en el caso de aquellos otros enviones de grilla, sentí en algún momento el peligro de que me pidieran u obligaran a hacer algo que no quisiera, ni hubo nada por la fuerza, por el contrario, nos sentimos siempre respetadas y mimadas. El fin de semana se fue en un abrir y cerrar de ojos y a la semana siguiente yo ya estaba nuevamente despachando margaritas, bloody marys, cucarachos y dry martinis a diestra y siniestra, y retomando sin pena ni gloria mi vida de estudiante y trabajadora. Con mi amigo vino luego una distancia, no supe si hubo algún percance en su vida de pillo buena gente, o si simplemente se casó con alguna mujer y dejó las andadas; lo cierto es que no pude volver a tener noticias suyas, desde entonces he pensado que ojalá pueda alguna vez encontrarlo de nuevo y recordar aquellos extraños y felices tiempos. De los demás personajes de la escena tampoco volví a saber nada: las muñecas se fueron como llegaron, los amigos de mi amigo desaparecieron con él, y del jefe, el mexicano, no volví a tener señales, aunque busqué durante un buen tiempo su nombre y fotografía en las noticias nacionales sobre incautaciones de drogas y capturas de personas asociadas al mundo de la mafia.

Muchas veces en la vida me he preguntado cómo, en medio de tantos dolores y mierda en común, unas o unos tomamos unas decisiones y otras u otros tomaron otras; es un enigma que me sobrevive a pesar de varios años de vida y de análisis. Lo cierto es que algo hacía obstáculo a mi factible carrera de grilla. Una cosa fue el encuentro con Carlos, quien fue para mí un flotador durante mi adolescencia en un barrio pobre y violento como fue Aranjuez, y que me permitió ver a la universidad como una vía posible para hacer algo distinto, para soñar un futuro diferente. La otra, la honestidad de mi abuelo Manuel Salvador, un hombre sumamente trabajador, arrendador de caballos que durante toda su vida trabajó para Fabio Ochoa, y quien a la edad de 77 años murió con las riendas en sus manos, que me enseñó con su ser el valor del trabajo y la decencia. “Mija, ¡no se vaya a meter con un cargaleña!”, me decía siempre, y aunque yo no sabía muy bien eso qué significaba en su jerga campesina, se aproximaba a la idea que tenía ya sobre ciertos hombres de poca aspiración, “patos” en nuestra jerga animalaria de la época. Tampoco creo que la abuela Argemira hubiera resistido el embate de una nieta grilla, no solo porque ella había sido criada bajo unos principios religiosos recalcitrantes, sino, sobre todo, porque le importaba mucho el qué dirán. Lo cierto es que el obstáculo se incorporó en mí a la manera de un mal carácter, de una repelencia que ahuyentaba a los pelaos —y especialmente a los patos y pillos—, gesto que aún conservo como una tormenta en la mirada y que hace pensar a la gente que me ve, o apenas conoce, que soy brava; y sí, quizás esa fiereza logró alejarme de los caminos de la grillería en que la mayoría de mis amigas cayeron y en que varias de ellas perdieron la vida en aquellos trágicos años en Medellín.


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El voyerista de la piscina

El voyerista de la piscina

por JOAQUÍN BOTERO BERRÍO • Ilustración de Alejandro Rivera


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

La piscina pública y cubierta que frecuentaba en la confluencia de las avenidas Metropolitan y Bedford en Brooklyn fue cerrada durante la pandemia. Cuando fue reabierta a finales de 2021 regresé y no cobraron la membresía, que es modesta. Al suspenderse el cobro temporalmente, se abrió la puerta a algunos personajes del circo neoyorquino. Yo estaba golpeado porque había fracasado el matrimonio con M y la paternidad con M, porque la pandemia había sido dura y porque la vida en Nueva York es con frecuencia ardua. Entonces estaba más irritable, quisquilloso y neurótico de lo usual. Sin embargo, nadar le hacía mucho bien a mi cuerpo y mi mente.

A la piscina iba con frecuencia un individuo de origen oriental, tal vez chino, marginal, excéntrico, que no tenía ninguna razón para molestarme excepto que era un voyerista descarado en los guardarropas. Nunca puso sus ojos en mí. Simplemente extendía muchísimo su uso de los vestieres con el único fin de ver hombres desnudos o semidesnudos de una manera solapada. No miraba de la manera que los hombres miran a las mujeres en los clubes de desnudistas o en los bares u otros lugares en los que la gente va a buscar pareja. Sus miradas eran oblicuas, parecía a veces con la mirada perdida, pero en realidad distinguía a los hombres acuerpados y guapos para deleitar su vista. Hablaba bien inglés, entonces conversaba repetidamente con la gente que iba conociendo o con nuevas caras y así ganaba tiempo y audiencia para alargar su estadía en el guardarropa.

El voyerista no usaba las pesas del centro recreativo. Solo la piscina en el horario de natación de carriles, cuando era más frecuentada. Se cambiaba dentro de los cubículos de los sanitarios y vestía una pantaloneta negra, un gorro y gafas de natación. Se ubicaba en el carril lento, en la parte no profunda y hacía una serie de estiramientos del torso y los brazos. A veces se zambullía y nadaba por debajo de la superficie lo más que podía como un renacuajo. También usaba una tabla flotante y se impulsaba con los pies. Si ocurría que dejaba la piscina alguien que le llamara la atención lo seguía, no sé si para verlo ducharse o cambiarse, y al rato regresaba. Sabía que la hora de más tráfico era al final del turno y entonces más gente se acumulaba y el panorama podía ser más abigarrado. Yo que analizaba el modus operandi del mirón me di cuenta de que podía quedarse todo el turno de dos o tres horas entre que se cambiaba, entraba a la piscina, regresaba al vestier, volvía a la piscina, esperaba el final del turno y luego tomaba todo el tiempo para terminar su faena.

El mirón procedía con su voyerismo sin dejar de llamar la atención en sí mismo. En vez de una mochila, cargaba una o dos bolsas enormes de compras en las que quién sabe qué llevaba, quizás todas sus pertenencias. Era delgado, pequeño y calvo: usaba una peluca de cabellera negra, larga y lacia que se sacaba antes de entrar al agua. Cuando terminaba sus poco ortodoxas actividades en la piscina, se ubicaba en las bancas de espaldas a los casilleros y entablaba conversación o miraba al frente o de reojo. En sus voluminosas pertenencias no cargaba una toalla. Dejaba que el limitado aire de un ventilador o el calor del mismo espacio lo secaran de a poco. Sacudía la humedad del torso o de los brazos, como el que se libra de las boronas de las galletas en la camisa. Mientras, hablaba con los otros nadadores que lo toleraban o atraían con su cordialidad.

A veces había una congestión de cuerpos desnudos y semidesnudos en el pequeño espacio entre las bancas de madera y los casilleros, entre usuarios que intentaban cambiarse lo más rápido posible y pedían permiso para abrir los candados y sacar sus pertenencias y cambiarse como podían en un espacio muy reducido. Mientras, el voyerista con sus enormes bolsas miraba al frente sin ninguna prisa por salir de aquella concentración de testosterona. Luego, casi al final, se ponía su peluca negra y se ubicaba frente al espejo a peinar o a enlazar unas trenzas como de muñeca de trapo. El espejo le daba una imagen IMAX de los alrededores.

El mirón tenía una edad imprecisa: aparentaba treinta, pero podía tener cincuenta. Vestía prendas femeninas y holgadas. No parecía tener prisa para ir a ningún lado. Me preguntaba cómo viviría y con quién, cómo se ganaría la vida o si alguien más le supliría lo necesario: techo, comida, ropa.

Así pues, como dije, por esos días yo estaba más irritable, neurótico y quisquilloso que lo normal. Una tarde al final del turno decidí encararlo: extendí mi toalla compacta, de las que se enjuagan, escurren y guardan en una cápsula de plástico: “No hay razón para que te demores tanto esperando a secarte. Si quieres usa mi toalla”. Me miró fijamente, algo sorprendido, y nadie alrededor intervino ni miró. Otras conversaciones siguieron cerca. No ocurrió como en una película en la que los espectadores se quedan en silencio. Seguí: “He visto que vienes, nadas poco, pero hablas mucho y te quedas todo el tiempo. Ocupas mucho espacio con tus bolsas. Este lugar no es para pasar el tiempo ni hacer amigos, es para hacer deporte y luego te cambias y vas a casa o a otro lugar público”. Respondió con voz recia: “Ocúpate de tus asuntos”. Ahí quedó la cosa. Di la espalda y dejé el lugar con cierta satisfacción.

Había un grupo de hombres adultos, buenos nadadores, con los que seguí ventilando mi frustración. Los veía que eran cordiales con el mirón y no les molestaba ser su fuente de placer. Uno de ellos era el escritor mexicano Naief Yehya, amigo de Juan Villoro del que le dije que era también amigo, aunque Villoro es realmente un conocido amable y afamado que ha leído textos míos cuando fue jurado en un concurso de no ficción. Envidié las tranquilidades de mis hermanos acuáticos: parecía no afectarles el mirón. Otro dijo: “Hubieras visto cómo eran las piscinas públicas en los años setenta y los ochenta, eran peores, un voyerismo incontrolable”.

El asunto me empezó a obsesionar. Sin falta, cada dos días que yo iba, el voyerista estaba en sus rutinas. Lo abordaba desde mi carril del medio de la piscina: “Nada, nada, no estés bloqueando el espacio para gente que sí viene a ejercitarse”. Me quejé con uno de los salvavidas. Dijo que el reglamento indicaba que si no había contacto físico ni evidencia de miradas directas no había nada que ellos pudieran hacer. Agregó que otros usuarios también se habían quejado, lo cual me hizo sentir menos solo en mi lucha y drama. El salvavidas era desenfadado y se reía cuando veía las tensiones entre el mirón y el policía en contra del voyerismo.

Una tarde vi entrar al fisgón después de mí. Regresó a los dos minutos a los vestidores porque vio a través del vidrio de la recepción que llegaba un sujeto de deseo. Le hablé a voces: “¿A dónde vas si acabas de entrar?, ¿qué olvidaste adentro?… Ven a nadar”.

Me empeciné en una campaña de mala prensa, intrigas y quejas, como si fuera una contienda política. Hablé con el administrador del centro y luego con el asistente. Me dijeron que no había nada que hacer y que otros ya habían también protestado. Me remitieron a la línea telefónica 311. Llamé desde la calle a la salida del centro recreativo. Allí me atendieron varias personas que se tiraban la una a la otra la papa caliente. Hasta un supervisor llegó la queja: si no había contacto físico, comunicación inapropiada o miradas directas no había nada que se le pudiera decir. Escuché la información sentado en las gradas externas, cuando en esas salía el mirón con sus trenzas de muñequita de trapo: sonrió de oreja a oreja.

El tema lo conversé con la psicoterapeuta con la que hablaba en esa época oscura de mi vida. No porque fuera el tema más importante, sino para explicar el tipo de cosas externas que me molestaban, distraían y desenfocaban de los verdaderos retos.

Seguía con el hostigamiento al mirón. Implacable: “Nada o deja de bloquear el espacio de los nadadores”, “Vístete pronto, el día está lindo afuera”, “No hay razón para que permanezcas acá”. Las palabras eran oblicuas como sus miradas: nunca nombré ni describí lo que consideraba era su verdadero propósito para visitar la piscina.

Ahora que escribo, pienso en mi propia condición de marginalidad en la que por largos periodos no he tenido pareja; además no tengo hijos. No puedo costear el alquiler de un apartamento para mí solo, entonces debo compartirlo siempre con alguien, ha sido así desde que llegué en 1999. Aunque en ocasiones salgo con amigos y el amor llega o lo busco lejos, salgo solo, como solo, viajo solo, voy a cine solo, camino solo por mi barrio o monto en bicicleta sin compañía por la ciudad. Ya no pertenezco a grandes grupos como en el pasado. Así que otros me pueden ver como raro y marginal.

Mi obsesión con el mirón de la piscina se curó cuando menos lo esperaba. Meses después se reanudó el cobro de la membresía semestral o anual. Que apenas cuesta setenta dólares por semestre. El voyerista desapareció. Sin embargo, sobrevivieron las constantes perturbaciones de mi vida acuática: la molestia por los nadadores que usan las tablas para ejercitar la patada en el carril rápido y bloquean al que lleva un ritmo más alto, en vez de pasarse a hacer el ejercicio en los carriles más lentos, pues se creen dueños del carril. O me irritan los grupos que nadan juntos, por ejemplo, los domingos en la mañana, y hacen rutinas y pausas y luego se agrupan en la orilla poco profunda a hablar y reír, en lugar de ubicarse a los lados y dejar el centro despejado. Así que a veces no encuentro un punto de llegada para volverme a impulsar o hacer una pausa. También me irritan los que usan paletas de pasta en las manos para fortalecerse, o aletas en los pies para impulsarse. O hay los que nadan con mucha agresividad y rozan o golpean a otros nadadores. Así que, aunque obtengo mucha relajación en la piscina, a veces hay motivos de roces y conflictos como los hay en el metro o en otros lugares públicos de Nueva York. Casi que amo la oportunidad que me dan de decir en voz alta: “Necesito el centro para impulsarme de nuevo. No sé dar la vuelta olímpica ni conozco otra técnica”. Entonces no miran ni se disculpan, pero abren el espacio y me ignoran como el viejo neurótico y gruñón en el que me he convertido. Son otros los que tal vez me miran como un bicho raro.

A principios de 2025 se cerró indefinidamente la piscina de la esquina de Metropolitan y Bedford. El lugar requiere cambios estructurales que tomarán varios años, quizás hasta 2027 o 2028.

A veces, después de varios días de aislamiento y poca interacción, siento la necesidad de salir a ver gente. Un buen punto es la avenida Bedford, muy recorrida por peatones. Un día me asomé a ver el centro recreativo y encontré todo en proceso de reconstrucción, lleno de escombros y materiales. Detrás del mostrador y de un enorme ventanal se veían fragmentos de la piscina, ahora de un color verdoso. Al fondo, en la parte no profunda, fantaseé y casi que extrañé al voyerista haciendo sus estiramientos con la mirada aguda. A continuación, di la espalda y me senté en el andén a mirar fijamente a la gente que pasaba.



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Vivir sin agua

Vivir sin agua

por MATEO LÓPEZ LÓPEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

—Muchacho, ¿se toma algo?

En un viejo escaparate color caoba hay dos botellones de agua en miniatura, parecen de colección. Amparo y yo estamos sentados en el comedor de su casa, la misma que construyó cuando se hacían terraplenes en pineras y eucaliptos deforestados en una montaña sin caminos, entre pasos de pantano y lodo. Al frente hay un balde con agua y, sobre el poyo de la cocina, al lado de donde estamos conversando, un filtro de agua.

—Agua está bien.

Van unos veintiséis años desde que Amparo vive en Granizal, una vereda del municipio de Bello cuya frontera con Medellín es La Negra. Una quebrada. Solo eso. Un cuerpo hídrico que separa dos formas radicalmente distintas de vivir el agua.

Se trata de un sector que desde que empezó a poblarse ha recibido a un gran número de desplazados por el conflicto armado en el país y que, según sus propios habitantes, les dio una oportunidad de vida con promesas de desarrollo. En 1996 llegaron las primeras familias y, desde entonces, lo hicieron desde el norte, el suroeste, el oriente y el Urabá antioqueño; desde el Magdalena Medio, el Chocó, los Montes de María, el norte del Cauca, el sur del Huila, de Córdoba y del Eje Cafetero. En los últimos años, también se convirtió en refugio del éxodo venezolano.

De acuerdo con las investigaciones que han documentado el fenómeno del desplazamiento forzado interno en Colombia, a finales del siglo XX casi 6 500 000 personas abandonaron sus tierras al verse inmersas en los enfrentamientos que se dieron entre guerrillas, paramilitares y el Estado colombiano.

Sin embargo, no les fue tan fácil escapar de la violencia. En la nueva tierra también se encontraron con actores armados que disputaban el control. Durante los primeros años de poblamiento hicieron presencia guerrillas como las entonces Farc-EP y el ELN. A comienzos de los años 2000, la expansión del Bloque Metro de las AUC por la zona nororiental de Medellín y los corredores que conectan con Bello también alcanzó el entorno de Granizal. Tras la derrota de esa estructura en 2003, el control pasó a otras organizaciones sucesoras del paramilitarismo y, con los años, a grupos de delincuencia organizada que continuaron regulando la vida cotidiana de la vereda.

—Esto anteriormente era una olla. Aquí no podía entrar nadie sin acompañante porque lo quebraban —recuerda uno de los vecinos de Granizal.

Este paraestado era absoluto. Se alimentaba del reclutamiento de los mismos habitantes y determinaba con celo quién podía entrar o salir del territorio. Quien robara o consumiera drogas, o cruzara una frontera, corría riesgo de morir.

—Mucha gente llegando a la carretera se bajaba del colectivo y ahí mismo la mataban. A mi hermano lo iban a matar en el llanito de la carnicería de Cumbamba, una que quedaba arriba de mi casa. Cuando le iban a disparar, reconocieron que era un hermano mío y se salvó —recuerda Amparo.

Aunque los muertos hoy son menos, el olvido institucional permanece. Jhon Jairo Yepes, presidente de la Junta de Acción Comunal de El Pinar, resalta que el cambio hacia una vida más pacífica es el resultado de un proceso colectivo.

—Por la comunidad, por las juntas, por todo el mundo. Se ha concientizado a la gente de que la violencia no da nada bueno.

La vereda difícilmente ha conocido la legitimidad del Estado. Es el segundo asentamiento informal más grande de Colombia en el que viven aproximadamente veintiocho mil personas y, en consecuencia, uno de los territorios con más desigualdades.

A Amparo la conocí por recomendación de mi abuela. Ambas, viejas distinguidas de la iglesia y sus mítines políticos del partido MIRA. Su historia está atravesada por la historia de su barrio. Llegó a El Pinar en 1996, un año después de las primeras invasiones. De esa época recuerda a vecinos martillando hasta las doce, una, dos de la mañana, clavando palos, arreglando sus casitas, cuando no había alcantarillado, no había agua. Por esos años hizo “un ranchito” que, ahora, es una casa de material en obra negra de tres pisos adornada con plantas y bien acompañada de un gato, su hijo y unas cuantas gallinas ponedoras. Es una mujer determinada, generosa, paciente y elocuente, rasgos derivados de una vida en el campo.

Precisamente, mientras pasa el agua por el filtro y la sirve, hablamos sobre el origen de su vereda, de sus luchas por conseguir agua y de la vida en su comunidad.

—Nosotros hemos sufrido mucho en esta zona por el agua. Toda la vida, desde que entramos, no había agua.

“Yo sí soy una loca, ome”, me digo. Estamos conversando sobre agua; escasez de agua. Amparo acaba de contarme las peripecias de unas tres décadas buscando, peleando, trayendo, cargando, racionando, curando agua en su territorio, y a mí no se me ocurre otra cosa que pedirle agua. Pero caigo en la cuenta tarde, justo cuando sostengo entre las manos el vaso plástico fucsia que acaba de entregarme.

Fotografía: Mateo López López.

La desigualdad es una vía

Mi cita con Amparo comenzó tarde por culpa de un trancón de media hora que siempre se forma en la estación Santo Domingo Savio del metrocable, cerca de mi casa.

Para acceder a la vereda hay un par de rutas de bus que paran en la estación Prado del metro, en el centro de Medellín. Yo había cogido un mototaxi que va hasta Granizal por unos seis mil pesos, pero en ese punto nadie se escapa del taco. Adelante y atrás hay carros, camiones, motos y hasta peatones en fila. Esperamos a que el carro de la basura cargue el volco para continuar. No nos queda de otra. Esta ruta es el único acceso a la vereda, la vieja vía a Guarne, una carretera que se abrió paso hace un siglo para instalar los rieles del Tranvía de Oriente, que iba desde el barrio Manrique hasta Marinilla. El tranvía dejó de funcionar en 1942 y la vía a Granizal, cien años después, sigue siendo una trocha sin pavimentar.

Delante de mí hay un carrotanque de EPM goteando agua todo el tiempo. Aunque su presencia no ayuda mucho con el trancón, hace parte de los vehículos que proveen la única agua potable que llega a la vereda diariamente, unos 266 mil litros, un promedio de 9,5 litros por persona, que apenas alcanzan para lo mínimo que necesitan los veintiocho mil habitantes de la vereda. En 2010, la ONU determinó que cada ser humano tiene derecho a disponer de cincuenta a cien litros de agua segura, aceptable y asequible por día para uso doméstico y personal.

Cada día, a las siete de la mañana, cinco carrotanques de estos hacen la ruta del agua. La primera parada de su peregrinación empieza en un hidrante amarillo en Santo Domingo. Allí, cada uno de los operarios conecta la manguera, abre el tubo y espera unos veinte minutos a que el tanque se llene. Esto ocurre justo cuando un chorro de agua empieza a salir del camión. Entonces, cierran el hidrante con una llave de expansión y arrancan cuesta arriba. La otra pausa es el trancón. Después, toman la vía y cada vehículo, según la ruta asignada, reparte el agua en los ocho barrios que componen Granizal: Manantiales, El Pinar, Oasis de Paz, El Regalo de Dios, Portal de Oriente, El Siete, y Altos de Oriente I y II.

Los camiones abastecen 112 tanques comunitarios. Diariamente, apenas llega el carro de EPM, se forma una fila de niños, niñas, mujeres, ancianos que esperan su turno con tarros desechables, baldes, poncheras, botellas y ollas. Pocos hombres en la fila. Todos aprovechan para llenar sus recipientes de agua y, con ello, tratar de tasar el suministro que, con suerte, alcanzará hasta el otro día. Esto no es garantía de nada, pues los acaparadores dejarán los tanques secos en muy poco tiempo. Porque la carrera matutina no es solo por ganarse un buen puesto en la cola, sino para salirles al paso a las casas y los negocios que, tan pronto instalaron los tanques, encontraron la manera de abrirles un boquete para tomar el agua directamente por medio de una manguera.

—Conforme llega el carro, ahí mismo el agua se acaba —dice Amparo.

La imagen de la fila no es nueva para mí. Muchas veces me ha tocado hacer esa misma cola a la espera de agua cuando en mi barrio se daña un tubo o cuando hacen mantenimiento a la infraestructura del acueducto. En todo caso, no deja de ser un evento esporádico que se atiende con la tranquilidad de que al día siguiente saldrá agua limpia de la ducha o de la cocina; lo hará de manera ilimitada y la vida volverá a la normalidad. La paradoja es que mientras mi barrio está a escasos dos kilómetros de Granizal, nosotros contamos con el derecho al acceso a agua potable, y ellos, por lo general, podrían caminar hasta medio kilómetro entre ida y vuelta, es decir, unas cinco cuadras entre todo el desplazamiento cada día. Así como una casa puede estar al lado de un tanque, otra familia puede tenerlo a veinte o treinta casas de distancia. El recorrido es relativo, pero en todo caso siempre implica salir a la calle y echarse al hombro varias canecas de unos veinte litros. La dificultad para cada familia depende de la distancia de la vivienda al bidón; toca encontrar la mejor manera de hacer desecho, pasar pantanos, subir escaleras o arrastrar carretas. Dependiendo de los recipientes y la capacidad de cada persona, el viaje puede repetirse una, dos o tres veces.

Se calcula que en el Valle de Aburrá unas 65 mil familias viven en las mismas condiciones, pese a que en esta región se encuentra, al mismo tiempo, la más importante empresa de servicios públicos del país.

De un acueducto hechizo a la Acción Popular

El “privilegio” del agua tratada es relativamente nuevo en este sector. Las filas son parte del paisaje apenas desde 2020. Antes de eso, y durante cerca de veinticuatro años, no había carrotanques intensificando trancones, ni bidones a los cuales acudir en las esquinas, ni filas que hacer diariamente. No había otra opción que tomar agua cruda, agua no potable.

El agua para cocinar salía del acueducto hechizo, la primera fuente de agua con la que contó Granizal. Se trata de un sistema improvisado de redes de PVC y mangueras de neumático, que resaltan en las calles de tierra, y que las comunidades construyeron, poco a poco, conforme fueron poblando el territorio.

El agua que corre por este sistema proviene de la represa Piedras Blancas, ubicada a tres kilómetros de la vereda. Fue la primera fuente hídrica que tuvo Medellín y aún abastece el nororiente de la ciudad, excepto el punto donde se encuentra Granizal. Las plantas de tratamiento que potabilizan el agua de esta represa están en Bello Oriente (Comuna 3) y en Villa Hermosa (Comuna 8), pero en Granizal no hay infraestructura para el proceso de potabilización, por lo que la gente no tiene otra alternativa que conectarse de manera irregular al paso de agua cruda, con todas las implicaciones que esto tiene. Sobre las condiciones del líquido, testeos realizados por el Laboratorio de Ingeniería Sanitaria de la Universidad de Antioquia, en 2015, demostraron que el agua consumida en el sector Manantiales y El Pinar tiene presencia de materia fecal humana y animal, lo que pone en riesgo la salubridad de la población, con posibles infecciones diarreicas, parásitos intestinales, hepatitis, enfermedades en la piel y problemas respiratorios.

Acueductos hechizos construidos por la comunidad.

La distribución del agua que provee EPM en los tanques comunitarios desde hace seis años no se trató de una medida social y benévola del Estado, sino de una respuesta a la organización comunitaria, la cual se consolidó por medio de una Acción Popular que interpusieron en el año 2015 para exigir una solución, debido a que por años la negativa de un acueducto se sustentó en el hecho de que su territorio es informal.

Cuando la vereda comenzó a poblarse, sus habitantes tomaban agua de nacimientos y quebradas. En medio de la expansión urbana, se fue obteniendo de la represa. Esto le dio fuerza a la organización comunitaria. Las juntas de acción comunal pedían una colaboración de quinientos o mil pesos, y con eso se le pagaba a un fontanero que estaba pendiente de las canillas y pasos del agua.

—Con esas colaboraciones se hicieron tanques allá arriba, todos esos caminos que se ven en las escalas se vaciaron con ese dinero. La gente aportaba que un plátano, que una yuca, bolsas de patas y cabezas, cualquier cosa pal convite y el sancocho —recuerda Amparo.

En 2012, la comunidad conformó el Comité Veredal de Granizal, acompañados por los profesores Jaime Gómez y Jaime Agudelo de la Universidad de Antioquia, en el cual participaron varios presidentes de las JAC, entre ellos Jhon Jairo Yepes. Los académicos acompañaron a la comunidad durante mucho tiempo hasta concretar una Acción Popular que logró demostrar la vulneración de varios derechos, con evidencia científica de las condiciones tóxicas del agua.

—Hicimos un plantón en la autopista Medellín-Bogotá, como cinco o seis horas. Pedimos que se pusieran pilas con nosotros, básicamente, que nos vean como seres humanos. Y con eso, llegamos a ciertos acuerdos con relación a acelerar la gestión del POT.

La respuesta a la queja la dio el Consejo de Estado en 2020. El documento reconoció que en la comunidad se han vulnerado derechos colectivos como el acceso a agua potable, a la salubridad pública, al ambiente sano, al acceso eficiente a servicios públicos y a prevención de desastres. Para el Consejo de Estado resolver la falta de agua potable y alcantarillado en Granizal no es tarea de una sola entidad. La mayor responsabilidad recae sobre la Alcaldía de Bello y EPM, que deben trabajar de manera conjunta para garantizar el acceso a estos servicios, primero con soluciones temporales y luego con obras definitivas cuando las condiciones lo permitan. A ese esfuerzo también deben sumarse la Gobernación de Antioquia y el Ministerio de Vivienda, encargados de apoyar la coordinación y la gestión de los recursos necesarios para hacer realidad esas soluciones.

En marzo de este año, pregunté directamente a EPM por qué Granizal no tiene agua. Se me explicó que se debe a que el territorio se construyó de manera informal, sobre un suelo rural que no cumple las condiciones urbanísticas exigidas por ley. Sin embargo, con el antecedente de la sentencia judicial, el Municipio de Bello realizó un cambio excepcional en su POT el año pasado, en el que Granizal pasó a ser suelo de expansión urbana. Esto abre la puerta a generar una solución de fondo que hoy toda la vereda espera. Ahora es el municipio el que debe plantear una propuesta para que se realicen los estudios necesarios para las condiciones del suelo y la construcción de plantas, tanques y redes primarias de acueducto.

La falta de agua tiene nombre de mujer

Quince minutos después de que el camión de basura nos dejara pasar, el carrotanque que venía siguiendo se alista para llenar un tanque. El operario conecta la manguera y, con un silbido, le avisa al conductor para que bombee el agua. Al ver la primera fila decidí pagarle al mototaxi y bajarme a observar. Allí me encontré a Patricia, una amiga de la casa que durante el colegio quería de suegra.

—¿Qué hay de vos?

—Bien, mija. ¿Cómo te ha ido?

—Acá, vea, en lo de siempre.

—¿Está visitando la mamá?

—Nada, me vine a vivir por acá hace como un año. ¿Va a entrar a la casa?

—Pero no me puedo demorar.
Me están esperando por allí —le dije, pensando en Amparo—. Venga le llevo eso —un balde de agua.

Patricia vive sola. Construyó en un terreno que había comprado hace un par de años, cuando trabajaba cuidando niños al lado de mi casa. Ahora es ama de casa y vive de ventas informales. Ella conoce bien la diferencia entre el privilegio del agua ilimitada y las dificultades para tenerla. Es que cambia la vida. Cambian los hábitos. Cambian los quehaceres de la casa. Cambia la tranquilidad de disponer del líquido cuando se quiere.

—Saber que el agua llega y, en el momento que llega, usted aprovecha para llenar las canecas y hacer lo que se vaya a hacer porque, a veces, el agua se va un día, dos días… Por eso, aquí es vital mantener las canecas llenas así haya agua en la llave.

La crisis del agua tiene género. Cuando escasea, alguien debe conseguirla y, por lo general, lo hacen las mujeres. De acuerdo con la Unicef y la OMS, en siete de cada diez hogares del mundo que deben desplazarse por agua, la responsabilidad recae sobre ellas. A eso hay que sumarle el hecho de que aunque trabajen fuera del hogar, dedican casi cuatro horas más a labores domésticas y de cuidado que los hombres.

—A mí la arreglada de la cocina sí se me dificulta mucho. Otra cosa que he notado es que hacer las cosas se me hace más demorado, porque coja la canequita, coja la coca, cargue aquí, vaya para allá. Entonces, no es lo mismo que usted abra una llave y haga lo que necesita, sino que todo es más lento.

En Granizal y en cualquier otro lugar donde falta el agua como en Popular, San Antonio de Prado, San Javier o El Faro, cada quehacer de la casa duplica el esfuerzo físico de la labor: cargar agua para lavar la ropa, para asear los espacios, para la higiene personal; filtrar agua para cocinar y para lavar los alimentos, y racionar agua para garantizar su disponibilidad durante el día.

La ausencia de agua profundiza el desequilibrio que miden las estadísticas del Dane en relación con la carga del cuidado doméstico en la vida de las mujeres. Uno de estos datos señala que, en los estratos socioeconómicos 1 y 2, el 69 por ciento de las jefaturas económicas de los hogares está a cargo de mujeres solteras, un peso que se intensifica cuando se le suma la responsabilidad de salir a la calle a buscar agua.

El tubo madre que traía agua cruda de Piedras Blancas colapsó en Altos de Oriente II a las 3:25 de la mañana del 24 de junio del 2025. Llevaba un día lloviendo sin parar. Un aluvión bajó con cada vez más fuerza de la montaña y siguió el cauce de La Negra donde se convirtió en una avalancha devastadora. Decenas de casas habían sido golpeadas. Pero lo peor estaba por venir: en Altos de Oriente diecisiete hogares fueron devorados por la tierra y por lo menos veintisiete personas murieron. Días antes, representantes de EPM habían intervenido la capacidad de boquerón del tubo de agua cruda.

Desde entonces, ya ni el agua cruda llega a los habitantes de Altos de Oriente. La canilla abierta suena sedienta, como si pidiera agua. Las versiones oficiales sostienen que lo acontecido fue el resultado de las conexiones irregulares que debilitaron la infraestructura: la falta de una solución efectiva es la única culpable de la catástrofe. Los primeros en sacar los cuerpos de la tierra fueron los vecinos, a algunos los enterraron por partes. Unos pocos suertudos consiguieron un mes de subsidios para el arriendo: 750 000 pesos.

La frontera del progreso

Aunque las dos formas de obtener el agua coexisten en el territorio, la de los tanques de agua potable y la cruda del sistema comunitario como el nacimiento de La Negra u otras fuentes, la segunda alternativa tiene un costo económico y político que no solo está viciado por la irregularidad en la captación, sino por la manera en que se controla el suministro a las casas.

Cuando las comunidades comenzaron a poblar la vereda fueron conectándose al agua cruda como mecanismo único de acceso. Estas redes se tejieron de manera comunitaria y las juntas de acción comunal las administraban de tal forma que quien fuera construyendo encontrara un amparo ante una situación que hace un par de décadas era mucho más invisible que ahora. Sin embargo, desde hace unos años una estructura ilegal le quitó la administración a la comunidad y se atribuyó el control logístico de la red y el cobro por su uso.

—Ellos vieron que era muy buena renta el agua. Esa agua no es tratada, pero le sirve mucho a uno para lavar y cocinar, porque uno la filtra —dice Amparo.

Las famosas vacunas, que imponen un impuesto extorsivo a la comercialización de productos de la canasta básica familiar, como huevos y arepas, aplican también para algunos servicios de primera necesidad, como el gas de pipeta, por el que en el territorio cobran cinco mil pesos por encima del precio del mercado formal. En el caso del agua cruda, a la gente de Granizal le toca pagar una cuota semanal de siete mil pesos.

—¿Y si no los pagan?

—Segueta y tapón.

Esto quiere decir que, por agua no tratada, no apta para el consumo humano, cada casa en la vereda está obligada a destinar, cada mes, veintiocho mil pesos, una tarifa que duplica lo que un barrio de estrato 1 paga en Medellín por agua potable. Se supone que en esta zona mandan los de San Pablo, a quienes la comunidad se refiere como “los muchachos”.

—Doña Amparo, para recoger agua entonces toca la que viene de la canilla o salir a la calle, ¿no?

—O agua lluvia.

—Cuénteme.

—Venga le muestro.

Subimos a la terraza. Amparo tiene un inmenso jardín de plantas florales y de frutos. Al fondo, una lata de zinc baja desde la canoa hasta un tanque de casi mil litros para almacenar agua de la lluvia.

—Con esta agua riego el jardín. O la uso abajo cuando es necesario.

Amparo se queda mirando por el balcón.

—¿Todo eso es Medellín?

—Sí, comienza como a un kilómetro de acá.

No se ve muy lejos. Es Medellín. La vista desde la terraza es hermosa. La altura aplana la ciudad. Se pierden las pendientes. Desde arriba, Medellín y Bello parecen una sola: ladrillo y concreto extendiéndose montaña abajo como un enorme hormiguero. El mismo zinc, las mismas casas, la misma montaña, pero esa continuidad es una ilusión. A simple vista no hay frontera. No se ve dónde termina la ciudad formal y dónde empieza la ladera. No se ve dónde termina la promesa del desarrollo y dónde empieza el abandono. Salvo que uno venga y lo viva.

Entre Granizal y Medellín corre La Negra. Una quebrada. Solo eso. De un lado, una ciudad que aprendió a narrarse globalmente como símbolo de innovación, ciencia y desarrollo. Del otro, a solo una quebrada de distancia, un territorio donde abrir la llave no garantiza agua potable y donde el acceso sigue dependiendo de carrotanques, mangueras hechizas, canecas y lluvia, y de la voluntad política del Estado o de los grupos ilegales.

Aquí, desde este balcón, se entiende que la frontera no es geográfica. La quebrada solo hace visible una división más profunda. La frontera real está en decidir para quién fluye el progreso: aparece cuando el agua llega limpia a unas casas y a otras no.

—Yo viví en el campo, donde usted tiene toda el agua que quiera, y uno pasar acá a sufrir por el agua, eso es muy duro.



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Editorial 150: Siento sin cuenta

Siento sin cuenta

EDITORIAL


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Universo Centro ha alcanzado otro número redondo, una vuelta más de las que hemos dado sobre el mismo eje del mismo bar. Son 150 números publicados en casi dieciocho años de destilar tintas, venenos, sedantes y algunos dulces. UC ha ido mudando sus pieles sin muchas pretensiones ni planes. El comienzo fue una hojilla de bar, un pequeño boletín que informaba sobre las conversaciones más serias de la barra, dejaba caer algunas anécdotas de los alrededores, daba voz a los memoriosos y alquilaba dos columnas y un techo a los poetas. De ahí, de ese primer número, surgió una compinchería, complicidad dirían en el comando, alrededor del encanto de verse en el espejo de lo impreso. La promesa de un nuevo número alentó el humor, que fue la primera enseña del periódico, y con la sátira llegaron otro tipo de perversiones poéticas. Tomaban forma algunos ensayos callejeros y unas primeras crónicas de antros.

UC era un adolescente algo licencioso y andariego cuando llegaron los periodistas a colonizar sus páginas, porque ni oficinas ni cubículos. Las periodistas, mujeres casi todas, estaban estrenando sus libretas y pusieron los primeros rigores a una redacción que todavía vivía del desenfado de algunos profesores, de sus insolencias tardías, y de los amagos malditos de escritores en remojo. La novedad en el marco de la plaza, los chismes, el catolicismo, la inopia de la prensa conservadora hicieron que el pasquín recién impreso generara algún revuelo. De modo que mecanógrafos y lectores a conciencia comenzaron a velar la llegada de cada número. El periódico era una disculpa para ir al bar. Teníamos un perfecto círculo vicioso. Y llamaron las plumas de renombre. Querían conocer al pichón, verle las alas como hilachas, el pico inofensivo. Y escribieron notas en sus páginas y soltaron elogios en planas mayores y entrevistas.

Entonces aparecieron los artistas. No todo podía ser letras en el engendro surgido de ese bar variopinto. Los números se hicieron más puntuales y la maquinita funcionaba con las colaboraciones que llegaban al correo, los inventos del comité editorial, los embelecos de los poetas y las heráldicas de algunos autores consagrados. Universo Centro, sin darse cuenta, tenía un ala periodística que movían los más jóvenes del grupo, una redacción literaria con profesores que salían de la erudición en busca de diversión, una camada de ilustradores dispuestos, un fotógrafo de cabecera, unos cuentistas ad honorem y diez mecenas. La onda se iba expandiendo y UC comenzaba a recibir encargos y a liderar proyectos editoriales.

El Antro de Redacción adquirió entonces una reputación que no logró convertirlo en oficina. Universo Centro siguió rodando con la inercia que le entregaban creadores de todos los calibres. Más de quinientos que han pasado por estas páginas conformando una especie de comunidad que se separa y se une, que se dispersa y regresa, que recoge nuevos integrantes y despide a otros. Pocos medios logran llegar al número que corona UC con esta edición. Hablábamos de mudar de piel y es cierto que el periódico es hoy un ejemplar más rugoso, con nudos más gruesos, vicios más acentuados, rasgos más profundos. Somos, para bien y para mal, un periódico curtido, pero todavía con dientes.

Algunos lectores, adolescentes en los primeros números de UC, son hoy corresponsales de planta, gentes del Antro. Aunque suene senil hay que decir que UC ha tenido relevo generacional, y ha visto y contado algunos retazos de Medellín desde 2008, cuando la ciudad apenas despedía a los jefes paras que se fueron de extradición, y los turistas extranjeros eran solo una quimera, y los Úsuga apenas mostraban sus primeros gestos de patrones. UC ha recorrido los fondos del valle, ha subido a las laderas, ha esculcado rincones y archivos de la ciudad, y ha seguido el rastro de la música y el olor de la comida recalentada, siempre lejos de las hazañas periodísticas, de la política partidista, de la pureza corporativa. Siempre con la caja en saldo rojo, siempre en emergencias, siempre en un insistente desequilibrio.

Estos números completos, sonoros, obligan a usar la calculadora. A ojo de buen cubero se puede decir que Universo Centro ha publicado 4800 páginas. Eso es un gran directorio de relatos, fábulas, imágenes, semblanzas, anuncios, mentiras, crónicas, ensayos, poemas, diatribas, memorias. Sin darnos cuenta construimos un gran repositorio literario y periodístico. Cuando hay un suceso regional, nacional o mundial uno puede abrir su navegador y poner en Google el tema más las palabras Universo Centro. Siempre aparecerá al menos una revelación, una referencia, un destello de otro tiempo u otra geografía. Luego del terremoto del pasado 10 de agosto hicimos el ejercicio. Terremoto más Universo Centro: aparecieron las memorias del escritor Cristián Alarcón en el inestable Chile de su infancia. Lo mismo pasa con todo tipo de pestes, apoteosis deportivas, controversias sociales. Empezamos mamando gallo y ya vamos en una desordenada enciclopedia escrita a cientos de manos.

Otra suma nos dice que hemos repartido, de manera gratuita, cerca de un millón y medio de periódicos. Se regala bien este Universo Centro que deja claro que una cosa es repartir papel periódico y otra muy distinta es conseguir papel moneda. No es secreto que hoy el periódico gira un poco más lento, que ya no es posible sacar los once números al año de los tiempos de mayor movimiento. Tal vez pesamos y pensamos un poco más, jugamos un poco menos, tenemos más filtro y menos margen para imprimir, y somos un grupo un poco más pequeño, pero los textos siguen llegando a nuestro correo, los proyectos se buscan, la curiosidad sigue intacta y las historias siempre se renuevan. Las certezas de los primeros días las lava la lluvia. Hay piel todavía…, y hay cuero.


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Relatos de lo innombrable

Relatos de lo innombrable

Medellín, siglo XIX

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Hay un fenómeno incómodo del que no se habla, relegado a los mitos clásicos del toro blanco de Minos y Pasífae, que dio origen al minotauro; a las transfiguraciones de Zeus en cisne y toro para estar con Leda y raptarse a Europa; o incluso al estereotipo que asocia la virilidad en algunas zonas del Caribe colombiano a las relaciones con burras, llevadas a la poesía por Gómez Jattin. En estos relatos, la búsqueda del placer catapultó a dos muchachos de Medellín a saltarse los límites morales, sin importar la censura, el pecado y la vergüenza pública, haciendo santiguar a quienes los vieron y ruborizar a más de un juez.

“No le sorprendió que el padre le preguntara si había hecho cosas malas con mujer, y contestó honradamente que no, pero se desconcertó con la pregunta de si las había hecho con animales”.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

I.
La vaca

José María Urrego buscó la sombra de los cámbulos, los sauces y las guaduas y se metió entre las cañas y la hierba alta que crecían en ese meandro pantanoso del río Aburrá. Allí, aprovechando que ya los jornaleros y mayordomos de la finca de Clemente Jaramillo habían terminado turno, fue por la ternera más mansa, la ató de un tronco y le amarró las patas para que no pateara. Luego, se bajó los pantalones de liencillo barato, se sostuvo de la grupa de esa vaca criolla blanca orejinegra y se dispuso a saciar su deseo de muchacho de 17 años. No se sabe si lo delató un mugido, un gemido o el golpeteo rítmico, pero el viudo Francisco Villa, su compañero de trabajo como albañil y que había salido más tarde de la obra, lo alcanzó a pistear entre la manigua, no sin antes santiguarse y quejarse de la degeneración de la juventud. También el zapatero Uladislao Torres, que bordeaba el río para ir a su casa, lo pudo ver y corrió aterrado.

Fue precisamente Francisco Villa quien, tras escuchar de boca de varios vecinos que ya eran de público y notorio los comportamientos del muchacho José María Urrego, compañero suyo y posible aprendiz, que decidió ir un mes después del incidente a denunciarlo ante Mariano Callejas, alcalde de Medellín. “Habiéndose presentado en esta fecha (trece de febrero de 1857) ante el infrascrito alcalde, Francisco Villa denunció el hecho escandaloso de que José María Urrego ha cometido el delito de onanismo o bestialidad”, se lee al iniciar el expediente 9343 del Archivo Histórico Judicial de Medellín (AHJM).

El Código Penal de la Nueva Granada de 1837, vigente entonces, no contemplaba como un delito específico la bestialidad, es decir, las relaciones sexuales entre un ser humano y un animal, pero sí hablaba sobre los delitos contra la moral pública. Por ejemplo, en su Capítulo 1°, Título 9° del Tercer libro trataba sobre las palabras y acciones obscenas, y en su artículo 435 señalaba: “Los que públicamente ejecutaren acciones deshonestas delante de otro, serán castigados con uno a cuatro meses de prisión”; era este artículo por el que se investigaba a Urrego. 

Para dar solidez a sus declaraciones, Francisco Villa dio los nombres de otros testigos que fueron requeridos por el alcalde Callejas para continuar con las pesquisas. El zapatero Uladislao Torres declaró el 16 de febrero de 1857 que: “Hará poco más o menos un mes que vi patentemente a José María Urrego en la playa del río, y por dos veces, cometiendo actos carnales con una vaca”. El sastre Justiniano Villa agregó el 20 de febrero que “sabe que José María Urrego ha tenido actos carnales con una vaca en la playa del río porque Uladislao Torres se lo dijo”, mientras que el carpintero Ulpiano Zuleta añadió que “no presenció el hecho que se trata de averiguar, pero sí lo supo porque Justiniano Villa se lo contó”. Como puede verse, el caso de Urrego había pasado de boca en boca, reflejando a la sociedad antioqueña de entonces donde, como indica la socióloga Gloria Arango en Religión y vida social en Antioquia en el siglo XIX, el control de la conducta individual se ejercía como una tarea colectiva a través de chismes, comentarios y cotilleos que podían traducirse hasta en denuncias. De este modo, Urrego se había vuelto la comidilla del artesanado medellinense, pues entre el denunciante y los cinco testigos convocados, solo había dos personas que afirmaban haberlo visto, mientras que el resto eran solo testigos de oídas. Así pues, convencido de la veracidad de las acusaciones contra Urrego, el alcalde lo llamó a indagatoria el 20 de febrero de 1857.

Por ser menor de edad, a Urrego se le nombró un curador de menores para que lo representara y firmara su declaración. El alcalde inició con el interrogatorio: “¿Sabe usted o ha oído decir o se presume quién sería un hombre que hará poco más o menos un mes y medio que se hallaba en la manga del doctor Clemente Jaramillo y en la playa del río cometiendo actos carnales deshonestos con el animal llamado ‘vaca’?”. Y de la forma más franca y resignada, José María Urrego contestó: “Sí, señor, yo fui quien lo hice sin saber que era pecado, pero una vez nada más, hará como dos meses”.

José María Urrego tenía 17 años, un hermano menor y era hijo de la madre soltera Genoveva Urrego, de la que había heredado el apellido y con la que vivía en Medellín. Era albañil, muy seguramente aprendiz de Francisco Villa, por lo que era posible que también apoyara recogiendo arena, piedra y boñiga de las riberas del Aburrá como material de construcción para los nacientes barrios que se estaban edificando en esa incipiente capital provincial que tenía unas catorce mil almas por allá en los estertores de la República de la Nueva Granada.

José María era analfabeta y su familia era de bajos ingresos, por lo que no era precisamente un buen partido y se encontraba soltero. Las normas sociales en ese entonces, heredadas de la época colonial, restringían la sexualidad solo a la alcoba matrimonial, exhortando la castidad y censurando las pasiones de la juventud. A esto se sumaba el sumo cuidado de la virtud de las mujeres y el temor a los embarazos y a las deshonras públicas, por lo que muchos jóvenes, como José María, además de acudir a la autosatisfacción, veían a los animales domésticos como opciones para liberar sus deseos. “Los jóvenes trabajaban desde muy pequeños en los espacios rurales. Allí tenían a plena vista los coitos de los animales. Todo esto convertía ese largo periodo desde los catorce hasta entrados los veinte años en una época de provocación de las pasiones, la cual daba origen a formas de iniciación y experimentación sexual. Es en ese aspecto donde la bestialidad empezaba a jugar un papel preponderante como práctica de desahogo sexual, una forma masturbatoria para aliviar los deseos juveniles o mostrar la llegada de la masculinidad, operando como un ritual de madurez”, argumenta la historiadora Leidy Torres en Bestialidad y justicia: Nueva Granada (1615-1809).

No obstante, por siglos, y tomando de referencia versículos del Éxodo, Levítico y preceptos teológicos medievales como los de Tomás de Aquino, la bestialidad había sido entendida como una de las formas más graves del pecado contra natura, en tanto implicaba una ruptura del orden moral, natural y del plan divino cimentado en la reproducción y el matrimonio que debía regir la sexualidad humana. De hecho, en el caso colombiano existe un importante antecedente, que puede rastrearse hasta 1615, cuando Hernando, un indígena pijao que habitaba en Antioquia, fue condenado a ser reducido a polvo y cenizas por haber tenido relaciones sexuales con una ternera, considerándolo un delito de lesa majestad: “Hernando fue ahorcado hasta que naturalmente murió. Luego, el cuerpo del indio, quien tendría veinte años ‘poco más o menos’, junto con el de la ternera con la que había cometido el pecado y crimen de bestialidad, fueron abrasados y consumidos por el fuego hasta que se convirtieron en polvo y cenizas”, explica la historiadora Torres en Polvo y cenizas. Bestialidad y orden social en Antioquia colonial

La confesión de Urrego de que efectivamente había estado con la vaca, bastó para suspender la indagatoria y para que el alcalde enviara el sumario directamente al Juzgado 2° del crimen del Circuito de Medellín, para que dictara sentencia. El 25 de febrero, el juez ordenó su sobreseimiento por no considerarse como delito y envió a consulta al Tribunal Superior de la provincia de Antioquia, que confirmó la sentencia el 7 de marzo de 1857: “Pudiera decirse, tal vez, que la acción de Urrego como obscena está codificada en la sección 1, capítulo 1, art. 9, libro 3, del Código Penal, empero no consta que esta haya sido pública y escandalosa. Por esta circunstancia, es mejor condenar este acto de tan pútrida y hedionda inmoralidad con la sanción del silencio más grave y severo, y con la del imprescindible rubor que produce la necesidad de tener que tratar de él. Os pido, pues, que confirméis el auto de sobreseimiento consultado”.

Además de argumentar que la acción de Urrego no fue pública, es posible que el hecho de ser menor de edad, sumado a su pobreza y analfabetismo fueran razones para evitar su condena. Por ejemplo, el mismo muchacho en su declaración afirmó que, si bien era católico, apostólico y romano, actúo así por no saber que lo que había hecho era pecado, lo que lo mostraba ante las autoridades como un ser ignorante y reforzaba que su acción podría tener castigo divino, mas no humano. Adicionalmente, el hecho cometido prefirió ser callado como una especie de castigo simbólico para negarle la oportunidad de hacer parte del discurso público, pues el solo hecho de discutir el tema y ampliar detalles era visto como vergonzoso e inmoral. Esta concepción no es nueva, se cimenta en una tradición jurídica que parte desde la época colonial y hasta la misma Edad Media, en la que el bestialismo era considerado un pecado nefando, es decir, tan abominable y vergonzoso que ni siquiera merecía ser nombrado. En ese sentido, en lugar de analizar lo sucedido o discutir las causas de la conducta de Urrego, se eligió el silenciamiento, convirtiendo el caso en tabú y echándolo bajo el tapete. 

Primera página del expediente 9343, sobre bestialidad con una vaca en 1857. Foto: Felipe Osorio V.

II.
Las gallinas

Una madrugada de marzo de 1893 Susana Rendón sintió golpes en su puerta de madera. Prendió una vela de cebo en el candelero, se calzó las cotizas de fique y preguntó quién era. Al otro lado, escuchó la voz de su vecino, Bruno Arango, de 19 años. En medio del sereno de la madrugada que hacía en ese contorno semirrural de la otra banda del río Aburrá, quitó la tranca, le abrió la puerta con extrañeza y le hizo pasar. Arango, que había llegado con una guitarra después de haber estado de juerga, le pidió que lo dejara pernoctar, y que una vez clareara el día se iría para casa de sus padres, pues temía que no le abrieran la puerta o lo reprendieran. A la mañana siguiente, una vez todos en la casa de Rendón se habían levantado, descubrieron que había una gallina muerta; pero en ese momento nadie sospechó nada.

Bruno Arango era hijo del matrimonio entre Bruno y Marcelina Arango que, como las grandes familias antioqueñas de finales del siglo XIX, se destacaban por su fecundidad, pues además de Bruno habían tenido otros siete hijos. Los Arango Arango vivían en el occidente de Medellín, que por entonces era una zona campestre y agrícola a la que se accedía cruzando los puentes de Guayaquil, Colombia, Acevedo, el Puente colgante de San Juan o incluso a vado por algunos meandros tranquilos. La casa de los Arango tenía solar, donde habían instalado la fragua en la que trabajaban los hombres de la familia y también criaban gallinas. “Tenía Arango (padre) una gallina con pollos, y un día fui yo con el fin de llevarle harina a los pollos y encontré la gallina enferma, y Bruno (padre) me dijo ‘ya para qué, mi señora, si la gallina se está muriendo’, y yo le dije que no tuviera cuidado, que eso le daba siempre a las gallinas. Al otro día volví y ya estaba muerta la gallina y tenía los huesos como despedazados, y yo le dije a Bruno (padre) que esa gallina por qué estaba así, y él me contestó que cuando estaban culecas resultaban de esa manera”, relató Rodolfa Lotero el 17 de abril de 1893. El 4 de mayo, Susana Rendón añadió ante el inspector de la policía del occidente de Medellín, Nacianceno Marín que “en una ocasión me dijo el papá de Bruno que su hijo dizque le había matado una gallina con pollos y que el modo como la había matado no se podía decir porque dizque era vergonzoso”.

A sus 19 años, Bruno se encontraba soltero y viviendo en casa de sus padres, donde había heredado de su papá el oficio de herrero trabajando en la fragua familiar. En esa época, los herreros cumplían un rol fundamental porque forjaban herramientas para minería y labranza, como picos, barretas, palas, azadones, machetes, hachas, arados y herraduras para
caballos y mulas; piezas muy apreciadas en regiones de reciente colonización al sur de Antioquia, donde se ampliaba la frontera agrícola.

El viernes 14 de abril, como a las ocho de la noche, Bruno volvió a visitar a su vecina Susana Rendón, y tras conversar con ella y con algunas de las cocineras de la casa, aprovechó que se ocupaban en asar arepas en la parrilla de carbón que tenían en el corredor y se escabulló hasta la cocina, donde dejaban entrar a las gallinas para que durmieran en la noche. Susana le dijo a Clara Rosa Chalarca, su cocinera, que fuera a mirar en qué andaba Bruno, pues ya tenía sospechas y no quería que le mataran otra gallina como había pasado en marzo. Clara tomó una vela y fue hasta la cocina, pero no vio nada y se imaginó que Arango estaría en el solar. Al cuarto de hora, Arango apareció, tertulió un rato con las mujeres en la sala, merendó y se fue para su casa. “Después, fui yo a la cocina con el fin de ver si había matado alguna gallina y encontré una muerta y se la llevé a Susana, cuya gallina estaba todavía caliente y toda ajada, que demostraba el acto inmoral que Arango había cometido con ella, cosa que no me atrevo a explicar porque me ruborizo”, señaló Clara Rosa Chalarca. Tras el incidente, Susana mandó a una de sus criadas a llamar al policía Benancio Ocampo, que estaba de turno, y este entró y se llevó el cuerpo de la gallina para la Comandancia de la Policía. “Anoche como a las nueve, me dijo Susana Rendón que Bruno Arango (hijo) había cometido un crimen o acto inmoral con una gallina la cual apareció muerta”, relató el policía Ocampo al inspector Nacianceno Marín el sábado 15 de abril de 1893 en la mañana, enterándolo del suceso.

Este hecho llevó a que el inspector abriera una investigación contra Bruno Arango, “Habiéndose informado la policía que Bruno Arango (hijo) cometió un delito inmoral, instrúyase el correspondiente sumario”. Aparte de Rodolfa, Clara Rosa, Susana y el policía Benancio, acerca del caso dieron testimonio otras cuatro personas que habían visto o escuchado sobre la gallina muerta, mas no podían dar fe de que Bruno la hubiera matado ni tampoco podían afirmar si había cometido inmoralidades.

Los tres actos realizados por Arango con las gallinas, donde estas terminaban muertas, revelan algo común en los casos de bestialidad, donde los animales son instrumentalizados hasta el punto de ser considerados meros objetos para obtener placer sexual. Además, el estatus de bienes muebles que tenían en aquel tiempo los hacía ver también como un objeto “desechable”, instrumentalizado a tal punto que se daban casos, sobre todo con aves de corral, en los cuales se mataba al animal durante el acto sexual porque los agresores creían que las contracciones o espasmos de la agonía podrían aumentar el placer.

Aquí entra en juego la distinción entre la bestialidad y la zoofilia, ya que, como indica la sexóloga Hani Miletski en Understanding Bestiality and Zoophilia, el bestialismo hace referencia al comportamiento o acto físico de tener relaciones sexuales con un animal para obtener placer, muchas veces de manera circunstancial ante la falta de parejas humanas o como exploración sexual juvenil; mientras que la zoofilia se refiere a una condición, atracción, fijación o vínculo emocional hacia los animales, pudiendo ser agrupado dentro de los “otros trastornos parafílicos especificados” que hacen parte de la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales.

Las autoridades buscaban investigar si Arango había cometido un delito contra la moral pública, como el del artículo 416 del Código Penal de 1890, que rezaba: “Los que ejecutaren acciones deshonestas delante de otros serán castigados con prisión por ocho días a dos meses”. Y también buscaban determinar si, tras la muerte de las dos gallinas de Susana Rendón en marzo y abril, él era responsable de infringir el artículo 883, que decía: “El que matare o inutilizare, maliciosamente, algún ave doméstica, o domesticada, y otro animal de la misma clase perteneciente a otra persona, pagará una multa del duplo de su valor”. Por eso, se citó a indagatoria a Bruno Arango, que compareció el 18 de mayo en la Inspectoría de Occidente, pero por ser menor de edad, pues en el siglo XIX se consideraba como tal hasta los 21 años, debió ser acompañado por un curador de menores. Allí se le interrogó por la gallina que se le había muerto a su padre, por la gallina que recientemente habían encontrado muerta en casa de Susana Rendón y sobre si conocía quién podría ser el que andaba “cometiendo crímenes inmorales con las gallinas”. A todas las preguntas respondió “no sé”, por lo que el inspector dio por cerrado el interrogatorio y remitió el sumario al Circuito en lo Criminal de Medellín para que se dictara sentencia.

La repartición del caso le correspondió al Juzgado 2° en lo criminal, donde el fiscal Clodomiro Ramírez conceptuó el 25 de mayo de 1893 que: “Los actos inmorales de que da cuenta el presente sumario no están erigidos en delito por nuestra legislación penal. En tal virtud, solicito que a las presentes diligencias se les ponga término por medio de un sobreseimiento que no será consultable”. Acto seguido, el 30 de mayo, el juez ordenó que se sobreseyera el caso bajo los mismos argumentos expuestos por el fiscal.

Si Bruno pagó por las gallinas o no ya es una incógnita que queda sin resolver en el expediente 13345 del Archivo Histórico Judicial de Medellín. Es posible que la vergüenza de solo hablar de eso, sumado al sobreseimiento del proceso, llevaran a que Susana dejara el tema quieto y evitara enfrascarse en discusiones o enemistades con los Arango. Lo que sí es casi seguro es que ya la conducta de Bruno haría parte del cotilleo local y quizá sería sancionado socialmente con una mala reputación y escondiéndole las gallinas cuando visitara cualquier casa del sector.

***

A pesar de que no pueden medirse las acciones del pasado con el rasero moral del presente, vale contrastar cómo algunas discusiones que hoy serían el centro del debate están ausentes en estos procesos del XIX. Por ejemplo, el maltrato a la vaca y las gallinas que integraron estas dos crónicas ni siquiera fue considerado, así como tampoco hay mención a la incapacidad de los animales para dar consentimiento o al estrés o lesiones derivadas de los abusos sexuales interespecie que sufrieron, lo que evidencia el cambio de paradigma frente al relacionamiento con los animales que se ha dado en el último siglo, en el que actualmente son reconocidos como seres sintientes protegidos por la legislación colombiana. Por otro lado, las posibles enfermedades zoonóticas originadas por estos actos sexuales, como la rabia, brucelosis, leptospirosis o salmonela también estuvieron fuera del radar debido a la escasa o nula atención médica que se daba entonces, así como por lo bochornoso que hubiera implicado una revisión genital con peritos. En esencia, los dos muchachos involucrados, de 17 y 19 años, muy posiblemente recurrieron a los animales motivados por una exploración sexual juvenil y en un afán por saciar sus pasiones, censuradas por una sociedad ataviada en almidonados corsés morales que prefirió el manto del silencio sobre ese pecado “innombrable”, antes que entender sus causas y sus consecuencias.

*Esta historia es publicada gracias al apoyo de la Academia Antioqueña de Historia, que se suma al proyecto Adopta una Historia a partir de esta edición.


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Gallinas

Gallinas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Ilustración de Señor Ok


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Para Rebeca, el corral de gallinas felices no era tan feliz. Sus compañeras le picoteaban la crisma y la hacían aparte. No la dejaban dormir con ellas en los travesaños ni usar los cómodos nidos para poner. A la hora del maíz la relegaban a comer de última, cuando el grano estaba sucio y revuelto. Todo esto porque no tenía la belleza de las otras. Era menudita y de cuello corto, como si le faltara una vértebra. Su cresta era enana y escurrida, y su plumaje más bien pálido y desparejo. En vez de hacerla destacar, su colorido la emborronaba. Y quizá la odiaban por eso, por no llevar en alto los rasgos de la especie.

Así que Rebeca se vio obligada a idear un mundo a su conveniencia. Su técnica más frecuente era cavar bajo las mallas a primera hora de la mañana y salir a pastar por fuera, de modo que las otras, al verla, la seguían. Y luego, cuando ya estaban todas fuera, Rebeca volaba por encima de la malla y quedaba sola dentro, donde comía hasta hartarse sin ser molestada. Mientras tanto, la multitud de gallinas, encandiladas por el sol de mediodía, enceguecidas por una libertad no buscada, confundían el camino de regreso.

Aunque estaba claro que Rebeca no actuaba por ambición o codicia, sino por necesidad, el desorden que provocaba iba en aumento. Intentaron adiestrarla con sombrerazos y taparon los agujeros con piedras, pero ella lo hacía para sobrevivir, de modo que obedecer no era una opción. Hasta que un día no hubo más paciencia: se la regalaron a Leo, el ayudante, para el almuerzo.

Pero Leo estaba demasiado encariñado con Rebeca como para matarla. Un día que fue a trabajar en la finca me la ofreció, y él mismo sugirió que la dejáramos en una perrera amplia que nunca se usó. Fui a recogerla un viernes en la tarde a su casa, a un kilómetro largo de camino hacia la montaña. La encontré amarrada de una pata, debajo de un pedazo de teja rota. Esa precariedad hizo que la adoptara con más cariño. La puse en un costal y me la eché al hombro. Bambú la olisqueaba y le gruñía a través del saco durante el recorrido, mientras ella se balanceaba y daba tumbos contra mi espalda.

Al llegar a casa, ya en plena noche, la saqué del costal directamente al corral. Le puse agua, un puñado de maíz y me fui a dormir. Le dije a mi pareja que al otro día se la presentaba. Pero no fue necesario. Apenas despuntó el día, lo primero que vimos al abrir los ojos fue a Rebeca paseándose por el prado, como si nada. Fui a ver y la malla estaba intacta, no había ningún rastro de fuga. De todos modos, aseguré la parte baja y la puse de nuevo dentro. Era fácil atraparla, pues aunque había crecido en un corral amplio, era una gallina de cautiverio y seguía siendo mansa.

Pero no habíamos terminado de desayunar cuando la vimos pasar de nuevo, picoteando bichos de tierra sin preocupación alguna. Fui y reforcé otra vez la seguridad del gallinero, pero ella se salía una y otra vez, favorecida por su astucia y por ese cuerpo esquelético. Decidimos entonces dejarla suelta: ¿qué falta hacía encerrarla? La dejamos que viviera sola y tranquila, a voluntad, ahora que el corral había quedado atrás. Le habían dicho que era una gallina, pero era más valiente que cualquiera. Había estado cerca de la muerte y ahora se merecía un paraíso.

Leo vino después y me preguntó por el sabor de los huevos de Rebeca. Me encogí de hombros, pues hasta el momento no sabíamos dónde ponía. Dedicamos un buen rato a buscar el nido y lo encontramos en el borde del bosque. Ponía su huevito diario y ya tenía siete, justo la semana que llevaba en casa. Hacía rato no probábamos huevos así: tenían la clara espesa y la yema, de un amarillo intenso. Ahora sí, Rebeca parecía feliz, y nosotros también.

Unos amigos que nos visitaron dijeron que Rebeca disfrutaría más la vida con un gallo a su lado. Nos quedamos pensando. Había un detalle: ella nunca había aprendido a dormir en el árbol al que le pusimos una escalera, de modo que las noches a la intemperie no solo eran frías sino riesgosas. En cualquier momento podría pasar por allí una zarigüeya y dar cuenta de su magro cuerpo. Más tardé yo en decirle a Leo que me avisara si se enteraba de un gallo para la venta, que él en aparecer con un hermoso pollo blanco, adornado con un collar de plumas rojas.

De inmediato se hicieron amigos, a su manera: ella lo picoteaba, le decía cuándo comer y lo trataba como si fuera su criado. Él esperaba a que ella se acomodara sobre el pasto y vigilaba hasta que oscurecía, antes de acurrucarse a su lado. Por ese papel de segundón, llamamos al pollo Sancho, como el escudero de don Quijote. Un ayudante dudoso, como en la novela, porque parte de su docilidad se debía a que todavía era un pollo.

Su canto se fue templando con los días, mientras crecía en tamaño y en belleza, y la pobre Rebeca parecía cada vez más poca cosa a su lado. Y, pese a haber crecido juntos, llegó el día en que las hormonas lo desbordaron. Cuando el cuerpo se lo ordenó, la correteó hasta pisarla, que es como le dicen al amor entre las aves de corral. Ella lo toleró al principio, pero con el transcurrir de las semanas el vigor del gallito fue creciendo hasta que Rebeca dejó de consentirlo. Hubo refriegas y la pareja se distanció. Ya no se les veía juntos todo el día, aunque siempre durmieran pegados uno al otro.

Un día nos inquietó que Sancho desapareciera a media mañana. Al amanecer cantaba en nuestra ventana hasta que me hacía levantar a ponerle el maíz; más tarde, se acicalaba y desaparecía por el pastizal. Lo seguí sigilosamente y descubrí sus aventuras secretas: pasaba el día con las gallinas de la finca vecina, calmando sus urgencias y desgarrándose la garganta como dueño y señor del redil. Rebeca nos hizo ver que para ella era el equilibrio perfecto: estaba sola y tranquila en el día, pero acompañada en la noche. Nobleza de su parte, Sancho nunca faltaba a la cita nocturna.

Pero pronto, para nuestro pesar, me di cuenta de que comenzaron a encerrar a las gallinas vecinas. Seguramente no querían que un gallo fecundara sus huevos y ellas se ocuparan en empollar en vez de poner. El mensaje era claro: debíamos retener a Sancho de alguna manera. Pero él había crecido en el campo y atraparlo no fue fácil. Me acerqué a cogerlo y, como tenía raza de gallo de pelea, saltó, espueleó y me hizo un corte en la mejilla. Volví a casa con la dignidad herida.

Un atardecer lo esperé cuando venía de su excursión. Pensé que llegaba ya a acostarse, pero comió y salió de nuevo. ¿Acaso creía que estaba en un hotel? Esta vez fui más sagaz. Bambú le montó una encerrona y yo me le fui con decisión hasta reducirlo. Me miraba de reojo mientras intentaba en vano picotearme. Sentí bajo mis manos sus delicados huesos del cuello. Lo amarré de una pata a un árbol mientras ajustaba la malla del viejo gallinero.

Pero ¿cómo dejar a Sancho encerrado y a Rebeca libre? Para ser justos, los encerramos a los dos. Rebeca me miró de lado, no tanto con rabia como con una decepción teñida de sarcasmo. Por mi parte, envalentonado por haber vencido a Sancho en franca lid, reforcé con toda mi inteligencia el enmallado para que la escapista no pudiera salir. Me justificaba pensando que Rebeca se había vuelto orgullosa. Era hora de que entendiera que toda libertad tiene límites. Ella respondió sin una sola palabra, pero de manera contundente: cerró su cloaca con una llave más fuerte que la mía y no volvió a poner.

Por pura soberbia, comencé a comprar huevos. Al llegar con la canasta cada ocho días, Rebeca me miraba tras las rejas que yo tan astutamente había dispuesto, como diciéndome que en casa ya los animales éramos cuatro: ellos dos, el perro y un asno. Los huevos de supermercado eran flácidos, pálidos y simplones. Pero yo no estaba dispuesto a ceder. Admiraba su búsqueda de libertad a toda costa, aunque me parecía que debía darle una lección.

Mi pareja se quejó de que la finca se había vuelto triste, con Sancho y Rebeca confinados. No se armaban los cacareos y los escándalos de antes, cuando Bambú los correteaba con mi soterrada complacencia. El gallinero nos quedaba tan lejos que hasta nos olvidábamos de ellos. El canto de Sancho se confundía con el de otros gallos de la vereda o simplemente no lo oíamos. Aunque nos despertara, nos hacía falta su potente llamado en la madrugada. Llegó el día en que, según acordamos, dejé la puerta abierta después de llevarles el maíz.

Solo esperábamos que Rebeca volviera a poner. Buscábamos a diario el nido escondido, aunque sin éxito. Cuando veía a Sancho solo y cantando, me convencía de que su pareja andaba cerca y me agazapaba frente al bosque para seguirle el rastro. Esperaba eternidades, hasta que oía los cacareos de Rebeca a mis espaldas, sin haber visto de dónde salía. Perdí la esperanza. Quizá ya no volvería a poner nunca más. Pero no era orgullo lo que había en ella, sino una pequeña cobranza. Dos semanas después me dejó ver el nido con once huevos enormes para su cuerpo enclenque. De nuevo nos encontrábamos a la pareja en los lugares menos pensados y nos arrancaban una sonrisa con sus peleas por culebritas que a veces devoraban.

Alguien nos sugirió que trajéramos un par de pollas jóvenes para que Sancho tuviera con quién entretenerse en casa antes de que se volara de nuevo. Le pedí a Leo que las comprara en la plaza del pueblo, y un domingo se apareció con ellas. Al verlas salir de la caja de cartón donde las traía, me sorprendió que fueran tres.

—Me encimaron el pollo negro —se adelantó a explicar.

—¿Y no va a haber problema con Sancho?

—No, porque van a crecer juntos.

Desconfié, pero ya estaban allí.

Llamamos a la polla roja Sonia, a la amarilla Julieta y al pollo Raskólnikov, como el personaje de Crimen y castigo. Mientras se acostumbraban a su nueva casa, tuvimos la mala idea de ponerlos a todos en el mismo corral. Las pollas entraron en pánico. Una de ellas se escapó volando, la otra, solo alcanzó a sacar la cabeza por donde pudo, mientras el gallo la montaba de prisa y sin compasión, picoteándole la nuca. En su arrebato de lujuria, por poco no se lleva por delante al mismo Raskólnikov.

Dejé las pollas adentro y al abusador afuera, y él, con solo verlas allí, pasaba más tiempo en casa. Cuando se hicieron mayorcitas, las dejé salir y Sancho estableció, ahora sí, su propio harén. Rebeca seguía siendo la reina, pero ahora con más independencia. Aun cuando las pollas la sobrepasaron en tamaño, ella siempre comía primero. Seguía durmiendo con Sancho, aunque liberada de sus apetitos mañaneros. Apenas aclaraba, el gallo se iba al pie del árbol donde ellas dormían y, al bajar, las ponía a su servicio.

Volvió la armonía a la finca. Nosotros comíamos huevos de campo, Rebeca estaba libre todo el día en su dichosa soledad y Sancho satisfacía sus necesidades sexuales, que no lo dejaban en paz. Pero ese equilibrio duró poco. Tal como estaba cantado, Raskólnikov creció y se convirtió en competencia de Sancho. Para mantenerlo a raya y recordarle quién era allí el mandamás, el gallo picoteaba y aterrorizaba al joven sin descanso. Un día las cosas cambiaron, para peor. Raskólnikov, desbordado por el instinto, no se contuvo y pisó a una de las pollas. Confió en que Sancho estaba distraído y, quizá, en la rapidez con que ocurre el amor entre gallos y gallinas. Pero Sancho lo vio a lo lejos y se vino a toda carrera, lleno de ira. Cogió al pollo en pleno acto, con los ojos aún brotados de placer, y le dio una tunda inolvidable que partió su vida en dos.

Desde ese día Raskólnikov fue un paria, un desterrado. No solo no podía acercarse al grupo, sino que, para comer, tenía que hacerlo a hurtadillas, asustado y de prisa. Vivía con miedo y pasaba casi todo el tiempo en el bosque, sin la compañía de sus iguales, en una soledad obligada que lo fue entristeciendo. Al final de la novela, Raskólnikov no escapa al castigo: lo espera el exilio en Siberia. Algo parecido le había ocurrido al pollo, excluido de los suyos como la pena mayor. Entonces empezó a rondarme la idea. Recordé la sensación de los débiles huesos del cogote de Sancho entre mis manos, y comencé a sentir que hacerlo era una necesidad.

—¿Acaso no compramos pechugas en el mercado? —le dije a mi pareja, que se había mostrado en contra.

Para entonces ya había aprendido a atrapar las gallinas sin corretearlas. Me les acercaba en la noche y las encandilaba con una linterna. Así hice con Raskólnikov y lo puse dentro de un guacal de madera, con agua y nada más. Abrí la puerta de su prisión en la mañana, lo tomé suavemente y sentí que me guiaba la mano de tantos seres humanos que habían sobrevivido de otros animales antes que yo.

Mi pareja trajo una olla con agua hirviendo. Lo sumergimos ya exánime para quitarle las plumas. Lo cocinamos y lo comimos, agradecidos. Mientras tanto, afuera, una de las pollas pasó con una tropa de pollitos a su alrededor. Sancho cantaba como un padre orgulloso y Rebeca se daba la buena vida entre el pastizal, como una verdadera matriarca de su estirpe.



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Consumidor final

Consumidor final

por FEDERICO ARTEAGA • Ilustración de Mariana Parra


Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Es mejor recordado que sabido que la plazoleta de la Nueva Villa de Aburrá fue construida por el desaparecido Banco Central Hipotecario. El BCH era el guardián de la Unidad de Poder Adquisitivo Constante, o Upac, el Univac de las crisis inmobiliarias.

La plazoleta es un anfiteatro sin relieve a la orilla de la avenida 80. Existen dos clases de negocios en su contorno: los establecimientos de siempre y los locales que no prosperan. Hay dos cajeros, dos estanquillos y una administración que determina los horarios sociales del espacio y las actividades que hacen sostenible su mantenimiento.

Tienen suerte porque La Villa es el foro favorito de todas las generaciones en este lado de Belén. Están las y los sexagenarios que traen sillas plegables y se emborrachan con los amigos de toda la vida discutiendo los temas de siempre. Está la adolescencia gótica y emo (¡Alabado sea El Bajísimo!) yendo de los puestos de salchipapas a los parques en Miravalle, donde opera La Villa after dark: licor, sustancias, moda, pretensión y juventud, bendita y hermosa juventud.

De noche, las familias llevan a sus pequeños a montar en bicicleta, esquivan pícnics y sortean perros sueltos persiguiéndose los anos. Este tránsito nunca colapsa. Hay una benigna indiferencia que se convierte en camaradería entre los asistentes de La Villa, y harto de ella podrían aprender los promotores pagados del civismo oficial. Esta plazoleta privada deja de estar abierta al público a las 11:00 p. m.; los viernes a las nueve arman los toldos para el mercado campesino del sábado en la mañana.

Una de las formas que tiene la administración de mejorar la sostenibilidad del sitio es aprovechar su tráfico nocturno programando actividades que estimulen el comercio local. Si el sábado en la mañana el cilantro está fresco, ¿cuánto más no lo estará la noche del viernes? Con esta lógica seductora se lanzaron los Trasnochones Campesinos, la nueva tendencia que causa furor en los escenarios públicos de la ciudad. Desplazaron a las sillas plegables y recibieron a los compradores que entienden la necesidad de ganarle tiempo al tiempo, que invierten la noche en tareas domésticas como hacer los almuerzos de la semana para no interrumpir durante el día la marcha del progreso.

Los Trasnochones Campesinos fueron hechos pensando en ellos. También en quienes no pueden asomarse a la luz del sol, como los vampiros.

A diferencia de su antecesor cárpato, nuestro vampiro mestizo puede comer otras cosas además de sangre, que sigue siendo su principal sustento. El vampiro latinoamericano camina, compra y cocina. Es seguro encontrarse uno entre las frutas y verduras de un supermercado 24 horas, usando gafas oscuras y apretando aguacates como si fueran piernas muy amadas, separando el perejil liso del cilantro por su olor, pidiendo kilos y kilos de hígado sin tajar. No se miden con el gasto, tienen paciencia con las cajas de autoservicio y traen sus propias bolsas de lona negra (parecen hechas con las velas de los barcos que sus ancestros usaron para venir al trópico).

Hace mucho sabemos que están entre nosotros y que tienen hábitos de consumo. He seguido a un par en el Carulla de El Poblado y nunca salen con menos de medio millón de pesos en mercado para la semana. Sabemos que gastan a dos manos en productos para el pelo, skincare y morcilla española. También sabemos que prefieren el consumo ético porque no se pierden los Trasnochones Campesinos.

Como dije, he seguido a un par para llenar reportes de tendencias, estudios de mercadeo, e infografías de coolhunting. En los Trasnochones Campesinos es donde el vampiro latinoamericano se revela como segmento: demuestra emociones, interactúa con productores/vendedores y relaciona la experiencia comercial con su rutina diaria. Es decir, nocturna.

Compran todas las variedades de miel disponibles. Es un producto animal cuyo sabor es antónimo al de la sangre. La sacan de la gaveta al amanecer y se meten cucharadas enteras a la boca mientras contemplan el ascenso del sol, que no es sino la Tierra inclinándose ante la estrella. Juran que este ritual les garantiza dulces sueños. Los vendedores de miel celebran la confidencia del vampiro latinoamericano entre hipnotizados por su vampirismo y encantados por la venta de sus frascos.

La noche de mi último encargo fue el jueves 4 de diciembre de 2025. Luna llena por supuesto. Un intelectual medellinense exiliado en Santa Elena estaba haciendo y empacando su propia mayonesa de ajo negro, y entre la vampirada de los Carullas 24 horas corrió el rumor de que este ajo negro no era el blanco de Rumania, y, siendo ellos vampiros de otra tierra con sangre de otro olor y color, esta mayonesa de ajo negro era la respuesta química a la prohibición que limitaba la eternidad gastronómica del vampiro latinoamericano.

Vinieron vampiros de otras ciudades a hacer su compra. Una delegación peruana estaba realizando un documental sobre la aventura para la comunidad internacional (el director era Werner Herzog, quien habla español y vive de beber sangre humana).

Este sería el primer Trasnochón Campesino del intelectual. De hecho, sería la primera vez que participaba en algo así, y lo tranquilizaba que fuera en La Villa. Allá lo habían llevado sus papás a montar en la bicicleta que le trajo el Niño Dios. Desde los días del BCH hasta la actualidad, tener una bicicleta es una unidad de poder adquisitivo constante entre los amiguitos de la plaza. Una vuelta en bicicleta se canjeaba entonces por manejar el carro a control remoto. Una vuelta en bicicleta se canjea hoy por pilotear el dron y publicar la foto. Poder adquisitivo constante. Seguramente empezar su venta de mayonesa de ajo negro en este laboratorio comercial de la niñez sería de buena suerte.

Lo fue. Usando métodos vampíricos que no puedo revelar por este medio, la concurrencia escogió un delegado local para recibir la media galleta Tosh con mayonesa negra de ajo y probarla en nombre de los siglos malditos y malgastados sin el sabor del ajo en el aliento, en el corazón. Podría salir mal. El rumor podía ser falso, el delegado podía evaporarse al primer mordisco en una nube de dolor y cenizas sulfurosas que alertarían a sexagenarios, adolescentes y parvulario por igual.

No pasó nada. O sí: el mundo cambió. El delegado local fue transportado de La Villa a un país de sabor ahumado con regusto a estragón, donde el aire era crema, y la única palabra pronunciada era el aliento del ajo consolando cualquier congoja del alma, por vieja o inmortal que fuera el alma o la congoja.

Salió bien para el intelectual medellinense y los vampiros latinoamericanos. El uno vendió todas sus existencias y los otros mejoraron su existencia. El perfil de consumidor que levanté esa noche es una maravilla del marketing moderno, y alcancé a enviarlo por WhatsApp minutos antes de que otra delegación local me interceptara.

Sabían que había seguido un par. Sabían que sabía que el Carulla de El Poblado era su versión de La Villa. Sabían de mi encargo, y sabían que acababa de enviar mi reporte. Entonces me quitaron el teléfono y me invitaron a subirme a un coupé blanco de vidrios polarizados.

Estoy en una de las lomas (El Indio o Las Brujas). El apartamento es moderno y limpio. Puedo hacer lo que quiera si permanezco adentro, pero al tocar las ventanas o las puertas, siento fuego en los ojos de mi madre. Ni mi voz ni mi imagen ni mi señal pueden salir del apartamento. Mi Anfitrión, Melitón IV, está usando un viejo sortilegio que me hace imperceptible al mundo.

Está bien así. Él ha honrado mi cuerpo bebiendo su sangre. Me permite escribir, me deja dictar. Dice que tenemos entre manos el primer perfil de lifestyle del vampiro latinoamericano. Junto con halagarme y mostrarme los paisajes prohibidos de la eternidad, Mi Anfitrión se encarga de editar este escrito, aprobar su tono y reenviarlo a los periódicos y semanarios del valle de Aburrá hasta que alguien le preste atención a todo lo que no ha terminado de pasarme.



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