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El certamen de los muchos oficios

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Como si hubiera dejado su máquina de coser —no del todo, un momento—, solo para atender la solicitud de un amigo fotógrafo, el hombre que en la década de los ochenta trabajaba en la remontadora de zapatos La Florida, sin la zalamería ni la incomodidad del que posa, cual si se tratara de una nueva, también pacífica y necesaria labor, mira a la cámara de León Ruiz, de la misma manera en que tantos otros, mecánicos, vendedores, mensajeros, en el certamen de los oficios, lo hicieran, lejos de esconder que trabajar cansa y muchas veces muele, pero, así y todo, o por esto mismo, en esos retratos de Barrio Triste, no hay expresión de sumisión sino más bien una latente fuerza muda que contrasta con los versos de Tartarín Moreira —bardo que paseaba por esas calles su malhadada figura— donde la
vida es romántico lamento y entrega desvaída:

 

Barrio Triste

De hastío seca la copa
taciturno, a pasos lentos
sigo adelante mi ronda
por Barrio Triste…

¡Y qué triste!
El nombre mide su
forma real, porque la tristeza
se agazapa entre las sombras,

y en sus días el silencio
como un ofidio se enrosca.

Distantes de las rondas melancólicas del poema, la composición centrada, el plano medio y la iluminación natural de la imagen integran al trabajador con su entorno. Nada allí es producto de improvisada escenografía o de cálculo; todo —la mesa de trabajo, la puerta verde con un postigo aparentemente cerrado y el otro abierto, la pared manchada, el cable que la atraviesa, lo que bien pudieran ser dos viejos recortes de prensa, el hombre mismo—, sin duda, ha sido limado, pacientemente, por la labor y unos días —quién sabe cuántos— que trascienden la estampa individual y, sin perderla en un vago homenaje al trabajador, hablan, a su modo, a contraluz, de una atmósfera industrial y comercial, asociada con talleres metalmecánicos, carpinterías, bodegas, pequeños establecimientos dedicados a diversos oficios, y, al tiempo, las márgenes, los detritos, la droga, que van creando, todo mezclado como en un mortero, el barrio que León Ruiz buscó en los rostros y en los cuerpos y supo retratar en su rotunda e inalterable pertenencia a ese paisaje que los circunda.

*El valioso archivo fotográfico de León Ruiz, adquirido por la empresa Argos y donado a la Biblioteca Pública Piloto, ha sido organizado y preservado. Para facilitar su consulta e investigación, se digitalizaron 3911 de sus imágenes. Este fondo, compuesto por negativos y fotografías, documenta la transformación de Medellín entre las décadas de 1950 y 1990, al registrar su arquitectura, crecimiento urbano, personajes y oficios tradicionales.

Como un brillo escaso y parpadeante

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP

Número 149 Mayo de 2026

El Fondo de la familia Duperly, donado el 9 de diciembre de 2019 a la Biblioteca Pública Piloto, constituye un importante conjunto documental y fotográfico que evidencia la evolución de los procesos de reproducción de imágenes y el ejercicio de la fotografía a través de cinco generaciones.

A través de viajes y exploraciones, especialmente vinculados al Caribe y otros territorios, los integrantes de esta familia construyeron un amplio registro visual de personas, paisajes, sucesos, actividades comerciales e industriales y escenas de la vida cotidiana.

“—¡Arre, mulitas maganzonas qui hay que llegar hoy a Playalarga! ¡Ah, táparo jediondo: solíviale, Toño, la carg’a a l’ Algarroba! ¡Y vos, niguater’ uel diablo —al sangrero— apurá que nos cogió la noche!”, dice, mejor sería decir, grita, Perucho, en “El último arriero”, relato de Tulio González publicado a finales de 1930, dos décadas después, poco más poco menos, de haber sido tomada la foto Arrieros por Óscar Duperly, en un momento en que, como también sucede con Horizontes, la pintura de Francisco Antonio Cano, la rudeza del paisaje, de los caminos, de la colonización, ha dado paso, en el mundo de las carreteras y de la industria, a la fascinación nostálgica y al mito del hombre venciendo, mediante la voluntad y el trabajo tesonero, la autonomía, la feracidad y el desorden de la naturaleza.

Sin embargo, aunque nos hablen de lo mismo, entre otras cosas, de que, como diría James J. Parsons en su famoso libro La colonización antioqueña en el occidente de Colombia: “Aun los rancheros antioqueños más ricos, prefieren las mulas de silla a los caballos, porque la firmeza de sus remos y su vigor, les dan ventaja decisiva para los fangosos caminos de herradura de las montañas”, relato y foto, más allá de su particular medio expresivo, develan distintos matices de una misma faena.

En el primero, la jerga propia de la arriería, con las palabras como suenan, sin caer, eso sí, en un folclorismo a ultranza, pinta, entre la jovialidad y el deber, la relación del hombre con los animales, la voz de mando que, en la historia y en la vida, terminará por quebrarse o, para ser más justos, por desplazarse, porque el mundo y las carreteras y la velocidad y el tráfico lo exigen, al certamen de otros oficios, en el caso de Perucho, que corrió con suerte y supo acomodarse a los nuevos tiempos, al de chofer de camión, no de cualquier camión, de uno “con bocina sonora, pintado de verde con un letrero rojo que decía: El rayo”, que pudo comprar, es sabido, con la venta de sus mulas.

En la segunda, la imagen construida con una composición diagonal y profunda que guía la mirada desde el primer plano hasta el fondo, permite dimensionar la extensión de una caravana viboreando por un paisaje que, por su relieve montañoso, su vegetación dispersa y el camino quebrado, refuerza la idea del paso lento y difícil, de la repetición y de la sincronía, al tiempo que genera, si seguimos la disposición de los animales, un ritmo visual de escala.

Aunque la imagen, lejos de ser una captura casual, sugiera la intención del fotógrafo de registrar una actividad económica representativa de la época, vinculada al transporte de mercancías, de productos como el café, la panela, la sal, y, en este sentido, funcione como un documento para evidenciar la circulación de bienes, registrar prácticas tradicionales y dar testimonio de infraestructuras precarias, caminos de herradura, también destaca la magnitud del territorio por encima del individuo, valiéndose para esto de un punto de vista elevado, que permite abarcar la longitud de la recua, y de una profundidad de campo amplia, que mantiene visible todo el recorrido, creando así, muy seguramente sin buscarlo, una atmósfera de fantasmas.

La espectralidad marca la caravana y hace enmudecer los ocurrentes y precipitados gritos de Perucho, porque aquí, como en una procesión fúnebre o en una silvestre corte de los milagros, arriero y animales se presentan avasallados por la lógica del trabajo y del paisaje, pero al tiempo, no podría ser de otra forma, intuimos, con las palabras del filósofo Georges Didi-Huberman, que nos habla de otros mundos que también son este mundo, la vida, como un brillo escaso y parpadeante, entre despeñaderos, pantanos y medidos pasos: “De súbito la vida de las luciérnagas parece extraña e inquietante, como si estuviera hecha de la materia superviviente —luminiscente pero pálida y débil, a menudo verdosa de los fantasmas—. Fuegos debilitados o almas errantes”

Archivo Fotográfico BPP

Biblioteca Pública Piloto

Letras y Encajes: revista para muchachas de buena sociedad

por MARÍA ALEJANDRA BUILES // En los años veinte un grupo de mujeres “revoltosas” empezaron a sonar con fuerza en la literatura antioqueña. En aquel entonces eran contadas las mujeres que se atrevían a hablar más allá de temas de etiqueta, belleza y las aclamadas “artes culinarias”.

Biblioteca Pública Piloto

por MARIA ALEJANDRA BUILES // El Cementerio Universal empezó a conocerse como el de los N. N., en latín nomen nescio, es decir, “sin nombre”. Los anónimos del Universal configuraron un universo de signos y símbolos que develan la tragedia de una ciudad en guerra, cuerpos jóvenes, huesos trajinados entre el ir y venir de una fosa a otra, para terminar calcinados, desaparecidos, lejos de sus seres, ausentes. Cadáveres de nadie.

por MARÍA ALEJANDRA BUILES // En las primeras décadas del siglo XX oleadas de mujeres de la clase baja caminaron a pie limpio, con costales a cuestas hasta llegar a la ciudad en busca de empleo. La joven fémina destacada por su fuerza y vigorosidad fue el prototipo femenino preferido para los empresarios emergentes con anhelo de progreso industrial.