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Retrato de gobierno, con monstruo y dictador

Archivo Fotográfico BPP

Número 121 Abril de 2021

Hay tanto, pero tanto, en esta sola foto, que no se sabe ni por dónde empezar. Hay, por ejemplo, tres presidentes. O mejor: dos presidentes y un dictador. Aunque vale aclarar que no todos lo eran el día del retrato: lo serían por turnos. Y tal vez por eso se les ve tan complacidos, con sonrisitas traviesas bien apretadas sobre sus filas de dientes.

Es casi obvio que el presidente en funciones era el señor de adelante: un paisa rozagante, nieto y sobrino de dos expresidentes, empresario, exgerente de la Federación Nacional de Cafeteros y postulado a última hora a las elecciones de 1946 como una medida desesperada de su partido, el Conservador, para competir con alguien “de mostrar”. Se llamaba Mariano Ospina Pérez, y si la historia fuera un juez tal vez lo declararía culpable por haberse cruzado de brazos cuando podría haber desactivado la bomba atómica de la violencia partidista que haría volar el país en pedazos con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

Igual él no se mandaba solo. Al hombre que vemos a su izquierda lo llamaban de muchas maneras, pero para efectos de esta fotografía lo llamaban el Patrón, y era el gran chalán del partido Conservador. Volcánico, telúrico, cáustico, pendenciero, vengativo y sigan ustedes enumerando adjetivos parecidos, que todos le van a cuadrar. Por su verbo embrujador, prestidigitador de un ideal de país gobernado bajo el imperio de la biblia y los fusiles, lo llamaban también el Monstruo. Admirador de Hitler, adulador de Franco. Se llamaba Laureano Gómez, y en el  juicio de la historia tal vez será acusado de haber sido el mayor entre los lanzallamas de palabras que empujaron a la Colombia de su tiempo a convertirse en un gigantesco teatro de horrores, en el que se mataron a bala, machete, piedra, soga o puñal decenas de miles de colombianos por el hecho de pertenecer al partido Liberal o al partido Conservador.

El Monstruo o El hombre tempestad —de aceitosos ojos verdes y lengua achicharrante— sería “elegido” presidente en 1950, cuando fue el único candidato en unas elecciones a las que el partido Liberal no se presentó “por falta de garantías”. O para decirlo de otro modo, porque la policía disolvía con balas las manifestaciones del candidato liberal (Darío Echandía) mientras que por todos los rincones del país alcaldes conservadores y sus policías locales, junto a bandas de “pájaros” y “chulavitas” —los paramilitares de entonces— andaban masacrando a cuanto liberal se les atravesara. ¿Por qué? Porque aunque habían ganado la presidencia habían perdido las elecciones parlamentarias, y sabían que en las siguientes presidenciales probablemente serían derrotados. Por eso querían darle “un sustico” a sus rivales, para bajarles un poco los humos y el afán de gobernar. Pero se les fue la mano.

De la voz azufrada de Laureano brotó la frase con la que colgó una lápida en el cuello del partido Liberal, al que llamaba el “basilisco”: un monstruo que “camina con pies de confusión y de ingenuidad, con piernas de atropello y de violencia, con un inmenso estómago oligárquico, con pecho de ira, con brazos masónicos y con una pequeña, diminuta cabeza comunista, pero que es la cabeza”. El “castrochavismo” de su tiempo, el “socialismo del siglo XX”, dirían los de ahora. Un monstruo al que, no lo dudaban, había que decapitar.

Y eso hicieron, o trataron de hacer con empeño. “Llegaremos hasta la acción intrépida y el atentado personal (…) y haremos invivible la república”, había dicho años antes en una de sus frases más escalofriantes el doctor Tempestad en su palestra del Congreso.

Y bueno, detrás, justo a espaldas del primero, el tercero: ese gran kepis militar sobre una carita de santo bonachón. El pacificador del Valle después del terremoto social del 9 de abril, luego nombrado director general del Ejeŕcito Nacional por el hombre al que escolta en esta foto. El mismo que se autodenominaría “General Supremo”  después de derrocar al presidente designado por el Monstruo cuando la enfermedad lo mandó quién creyera a una cama. Se llamaba Gustavo Rojas Pinilla. Y en el tribunal de la historia tal vez se le reconozca el hecho de haber amortiguado el arrasamiento violento del país, que lideraba Laureano Gómez. Pero también se le sentencie, entre otras cosas, por haber hecho del suyo un gobierno autocrático y reaccionario una dictadura que cerró cuantos periódicos pudo, aplacaba a tiros la protesta estudiantil, apaleaba en público a quienes abuchearan a su familia y le otorgó la Cruz de Boyacá a la Virgencita de Chiquinquirá.

Y atrás y alrededor de todos ellos, su gente: policías, burócratas, lagartos, militares, camanduleros… Todo ese gran equipo que aceitaría a punta de telegramas, cartas, chismes, columnas y órdenes directas la maquinaria del genocidio partidista. Uno de ellos, incluso, se hizo célebre por cacarear, fuerte y claro, otra frase para la historia: “A este país lo pacificamos a sangre y fuego”.

Todo esto lo cuentan, pues, los historiadores. Aunque otros afirman que estos mismos hombres fueron “santos varones”, “héroes”, “prohombres” que consagraron su vida al servicio de la Patria.

Vaya uno a saber. De pronto el equivocado es uno. Y en vez de aprender la lección y corregir, lo propio tal vez sea repetir la historia. Como pasa en Colombia desde que existe.

Soldado y aplomo

Archivo Fotográfico BPP

Número 120 Febrero de 2021

[Retrato de Militar]. Fotografía Rodríguez, circa 1900. Archivo BPP.

El hombre que vemos aquí bien podría ser un militar. O un actor, un cargamaletas o un borracho. O todas las anteriores: al fin y al cabo un poco de todo eso había que tener para echarle el cuerpo a la guerra en la Colombia del siglo antepasado. O en la de cualquier otro siglo.

Pero lo cierto es que esta foto está marcada como “Retrato de Militar”. Así aparece en el buscador digital de la Biblioteca Pública Piloto, junto a un ejército fantasmal de cientos de militares de todos los estilos y tallas: flacos y rozagantes, lampiños y barbados, ceñudos y distraídos, ancianos, infantiles, moribundos, de sombrero, gorra, casco o de vistosos adornos emplumados. Todos ellos muertos, a estas alturas. Y casi ninguno sonriente.

Por eso esta imagen no deja de ser singular.

Para cualquier hombre de guerra (en la Colombia de 1800 las hubo por montones) retratarse de uniforme era matar dos pájaros de un solo tiro. Por una parte, en caso de que un balazo, un sablazo o un cañonazo se los llevara por delante, quedaba testimonio de su heroísmo, de su entrega a la patria o a la causa de turno, y nadie podría decir que aquel hombre “vivió o murió en vano”.

Y por la otra, era también la manera de librar un poco una inversión tan costosa como la de entregarse a la milicia, a cambio de un poco de admiración: “Incluso los reclutas tenían que comprar hasta los uniformes, mientras sus mujeres les lavaban la ropa y les alimentaban, de suerte que el reclutamiento no vinculaba solo al recluta, sino a toda su familia”, escribió un viajero francés —D’Espagnat— que pasó por Colombia hacia finales del siglo XIX.

¿Y para qué?, se preguntaba el militar y político liberal Pascual Bravo por allá en 1860, y él mismo se respondía: “Para satisfacer la ambición de un círculo egoísta, que vive de la esplotación [sic] organizada contra el pueblo”.

¿Cómo lo lograban?, nos preguntamos ahora. ¿Cómo conseguían obrar el hechizo de sacar a tanta gente de sus casas, de sus tierras, para irse a un lejano campo de batalla a arriesgar el pellejo?

Muchas veces el reclutamiento era forzado, por supuesto. Pero “a veces sucede que el pueblo hace esto con placer, porque lo engañan con vanas palabras”, dejó escrito el mismo Pascual. Por eso se lanzaban por todos los medios posibles, incluido el púlpito, encantamientos patrióticos y metafísicos que lograban hacer ver semejantes afugias “como un deber imperioso y absoluto, proporcionando la veneración de compatriotas presentes y futuros y, también se sabe, asegurando una vida futura”, como bien escribe el francés Contamine, erudito de las guerras.

De manera que así, ebrios de patria y sueños de gloria, iban los soldados al matadero —la Guerra de los Supremos, la Guerra de las Escuelas, la Guerra Magna…—, no sin antes pasar por el estudio del fotógrafo a posar para la historia. Como este —que bien podría ser un actor, un cargamaletas o un borracho— retratado en la Fotografía Rodríguez, en Medellín, cuando estallaba el carnaval de plomo y sables que fue la Guerra de los Mil Días.

En medio del océano de imágenes que conserva el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto hay un mar de parejas posando juntas frente a la cámara. Y entre todas ellas, hay solo una que incluye —además de un hombre y una mujer— una lora. Pero, ¿cómo pasó esto que vemos?

Como el óxido, que logra invadirlo todo con paciencia. O al estilo solapado y eficiente de las lloviznas mojabobos, de pronto un día despertamos y la pandemia ya estaba aquí. Y todos estábamos empapados.

El primero y el último

Archivo Fotográfico BPP

Número 103 Diciembre de 2018

El 20 de diciembre de 2018 se realizará la reapertura del edificio central de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina. Luego de un proceso de repotenciación y reforzamiento estructural que duró más de tres años, el edificio construido en los años sesenta —el cual no cumplía con la norma antisísmica para edificaciones públicas— ahora aparece renovado y cool, o como dirían nuestras mamás, un verdadero joven buen mozo.

Pero más allá del edificio, de sus viejas estanterías y corredores, de los entrañables ficheros y sus mesas de estudio, a lo largo de su historia la biblioteca ha albergado miles de libros, algunos ya dados de baja o enviados a otros centros de consulta, otros tantos mutilados o desaparecidos. Todos ellos, en suma, han servido para formar e ilustrar a los medellinenses.

Y como una forma de celebrarlos a todos, presentamos aquí el libro que lleva más tiempo en la Piloto y el más reciente. El primer ejemplar ingresado a la colección, el 3 de mayo de 1954, lleva por título Los amigos de Totó, una suerte de narrativa juvenil con ciertos matices escolásticos propios de la influencia franquista en Hispanoamérica, escrito por la catalana Mercedes Baguer; es una primera edición de la Editorial Librería Religiosa de 1947, impresa en Barcelona.

Este primer libro de la colección general y muchos de los que se pusieron al servicio en los años cincuenta tuvieron una especie de filtro de censura o circulación intencionada hacia la formación de lectores obreros y sus familias. La junta de clasificación bibliográfica de la naciente BPP, además de bibliotecarios experimentados, incluía a sacerdotes como Jaime Serna Gómez, más conocido en columnas de prensa y otras publicaciones de la época con el seudónimo de Humberto Bronx, de tal manera que dicho comité de selección, con la aceptada influencia de la Pastoral Cristiana, revisaba y aprobaba el material bibliográfico que llegaba gracias a los convenios de cooperación internacional y de la Unesco. Para los rechazos la biblioteca habilitó un salón especial donde reposaban las obras de los autores no aceptados, pero de gran valor artístico y literario, al cual no podían entrar los menores de dieciocho años. ¡Qué tiempos aquellos!

Luego de 65 años, y como proyecto colectivo de construcción de una biblioteca más libertaria, el más reciente libro en ingresar a la colección general es una novela gráfica y autobiográfica que expresa las transformaciones sexuales y los cambios e imaginarios generacionales en el naciente siglo XXI, y que al leerse hoja por hoja no escandalizaría a ningún lector de hoy, salvo, obviamente, al padre Bronx: Todo va a estar bien, de Powerpaola. Es una primera edición del año 2015, de Silueta Ediciones y Paola Gaviria, impresa en Bogotá por Escala S.A., su registro de ingreso data del 5 de diciembre de este año. No es coincidencia, más allá de los libros de texto, los de historia, teologías y autoayuda, la Piloto ha privilegiado una colección juvenil permanente y fresca, que ahora se enriquece con la novela gráfica, el cómic y las narrativas creativas y experimentales.