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La misma vuelta

EDITORIAL

Número 149 Mayo de 2026

Las elecciones presidenciales de 2026 resultaron ser un simulacro caricaturesco de la primera vuelta del 2022. El candidato de la izquierda emociona por interpuesta persona, calla lo que su jefe clama. El presidente Petro agita y Cepeda dormita. El candidato del Pacto ha leído 154 discursos en plazas públicas del país, alentados por 1.540 trinos del presidente. Es paradójico que el candidato del sopor despierte tanto fervor. El progresismo, después de anunciar el cambio y sostener gran parte de las mañas de la política tradicional, confirma que la palabra no pierde vigencia. Se sustenta en esa misma esperanza y en la queja del bloqueo institucional. En la campaña de 1998, Andrés Pastrana cantaba “el cambio es ahora”, la palabreja es bien manida, al Petro de hoy solo le queda decir “el cambio es después” y entregarle a Cepeda la espada envainada y, posiblemente, el país embargado.

Pero no todo es un calco borroso del 2022. El Pacto tiene sus líneas bien reteñidas. Sigue siendo la principal fuerza política del país y creció en las votaciones al Congreso en toda la geografía nacional. Desde Salgar, la cuna de Uribe, donde pasó de 66 a 150 votos, hasta las costas del Pacífico donde parecía imposible romper el techo de su hegemonía y sumó 334.000 votos más respecto a 2022. En Antioquia el Pacto logró 180.000 votos más y así pasó por Bogotá, la Costa Atlántica y el sur del país. La izquierda descubrió las mieles del juego electoral desde el poder. La burocracia empuja y la mermelada embruja.

Por los lados de Abelardo de la Espriella la caricatura es una estrategia. El abogado encontró oficio como animador y la sacó del coliseo. Hace cuatro años Rodolfo inventó la memepolítica y casi se convierte en presidente. El encanto de las malas maneras fue su estrategia: un viejo gritón y delirante, un señor de cadena de oro y trueno en cinto, un potentado en un yate disfrazado de Bad Daddy. Abelardo le cogió la caña y jugó a ser un Rodolfo con menos canas y más ganas. Además, le sumó algo de bel canto, le puso un toque de pastor cristiano a su personaje de alias el Tigre y sus extravagancias. Rodolfo destilaba las agrieras de un setentón y Abelardo destila su ron Defensor. Pasamos del ingeniero a los ingenios del abogado. Rodolfo copiaba a Helenita Vargas mientras Abelardo imita a Shakira.

Por los lados del Centro Democrático la trillada viñeta ya se está borrando. Siempre un candidato con una sola sombra larga a la espalda. Uribe remolcando a Óscar Iván, Uribe inflando a Iván, Uribe agazapado detrás de Fico, Uribe limpiando lo que queda de su imagen a costa de Paloma. Hace cuatro años el de Uribe estaba en la fosa de su popularidad e hizo el esfuerzo de desaparecerse en campaña. Ninguneó a Óscar Iván y le entregó la responsabilidad a un Fico bendecido por buena parte del notablato. Pero Fico resultó muy pando y muy nea para ser el representante del establecimiento. La estabilidad que ofrecía no era del todo creíble y no tenía nada nuevo que entregar, se quedó en el punto medio entre el statu quo y el outsider, el punto ciego electoral. A Paloma le ha pasado algo similar: la derecha quiere menos Uribe y más entretenimiento, no busca saldar los pleitos viejos sino casar pendencias nuevas. Uribe no resistió la tentación de ser protagonista, ocho años por fuera de la tarima era demasiado y terminó borrando el mural de Paloma. Juan Daniel Oviedo se montó a la balanza del CD para intentar equilibrio, pero a la nueva derecha le pareció muy zurdo, nadie quiere matices, todo tiene que reteñirse con un solo color como en las tareas escolares. Paloma y Oviedo se gastaron su semana estelar en discusiones públicas y confundieron a sus votantes mientras Uribe se tomaba su campaña. 

De Sergio Fajardo solo vale decir que es una animación muy predecible. Un matemático que no ha podido comprender la curva electoral. Siempre gana las elecciones dos años antes de la fecha de la votación. Alguien lo definió perfectamente en X: “Fajardo puede ser buen profesor, pero como alumno es muy malo. Cuatro campañas presidenciales y no aprendió nada”. Esta vez no hubo guerra en coalición, Fajardo prefirió ir solo a su salón y los alumnos tampoco llegaron. Ahora no hubo a nadie a quién culpar… Ah, bueno, siempre queda una culpa para un país que nunca entendió sus genialidades.

Las elecciones se repiten con un poco más de rabia, un tanto menos de esperanza, una nueva amenaza en forma de constituyente, el ocaso de un mostro, el surgimiento de una farsa de papel y la izquierda mostrando su fuerza y sus vicios. 

Curso para aspirantes a Jefe Supremo

Consejos para Bibi N, Muad’dib o su caudillo fanático favorito

por NICOLÁS LOAIZA DÍAZ • Ilustración de Mario Vasconcellos

Número 149 Mayo de 2026

Lo primero que debes comprender, Bibi, es que un dictador teocrático no gobierna: interpreta. Esa es la diferencia esencial entre el tirano vulgar y el autócrata de pretensiones sagradas. El primero administra ministerios, presupuestos, pujas de coalición, índices de inflación, el fastidio mecánico de la vida pública. El segundo se presenta como lector exclusivo de un libreto sideral. Donde los demás ven hechos, él ve señales. Donde los demás ven límites, él ve pruebas. Donde los demás ven catástrofes producidas por decisiones humanas, él ve la severa pedagogía del destino. Tu primer deber, Bibi, no es mandar sino hacer creer que solo tú sabes lo que significan las cosas.

Nunca digas: “He tomado esta decisión por cálculo político”. Esa frase es terrestre, impropia de un hombre que busca aparecer ante su pueblo como patriarca, centinela y nota al pie del Antiguo Testamento. Debes decir, en cambio, algo que sugiera carga histórica, gravedad civilizacional, continuidad de una herida antigua. El secreto del poder teocrático consiste en cubrir cada improvisación con una tela milenaria. Bibi, un movimiento táctico deja de serlo si logras envolverlo en lenguaje de supervivencia, memoria y elección trascendente. La política, bien perfumada con eternidad, huele a épica.

Jamás permitas que la amenaza desaparezca del todo. Un líder ordinario resuelve crisis; un dictador teocrático las conserva en salmuera. La amenaza debe ser suficientemente real para producir miedo, suficientemente amplia para justificarlo todo y suficientemente elástica para sobrevivir a cualquier dato inconveniente. Si el peligro se reduce demasiado, la población empieza a pedir cosas indignas del momento histórico: servicios, vivienda, justicia ordinaria, moderación, turnos de hospital, normalidad. Y la normalidad, Bibi, es la enemiga natural de todo proyecto mesiánico. Un pueblo en calma empieza a sospechar que quizá no necesita un hombre providencial sino simplemente funcionarios competentes. No permitas semejante humillación.

Debes hablar en dos registros a la vez. Hacia el exterior, un idioma tecnocrático: seguridad, estabilidad, defensa, operación, disuasión, necesidad estratégica. Hacia el interior, un idioma mesiánico: asedio, resistencia, herencia, pacto, memoria sacralizada. A los aliados extranjeros ofréceles tecnocracia con rostro cansado. A los tuyos, Bibi, no les des tecnocracia, nadie sale a defender una hoja de cálculo. Dales una historia cósmica con mapas, tumbas, agravios, antepasados y verbos en tiempo bíblico. Un hombre verdaderamente peligroso debe ser capaz de sonar como portavoz de defensa ante las cámaras internacionales y como custodio del fuego ancestral ante sus votantes. Esa duplicidad no es hipocresía: es profesionalismo.

No uses la religión como martillo. Ese es un error propio de fanáticos sin formación estética. La religión no debe caer sobre el discurso; debe olerse dentro de él. No se trata de aparecer cada media hora agitando escrituras como quien blande un recibo emitido por Dios. Eso es tosco. Mucho mejor que lo sagrado funcione como atmósfera. Una alusión aquí, una memoria invocada allá, una frase sobre el derecho histórico, otra sobre la obligación moral, otra sobre la gravedad singular de este pueblo entre las naciones. Lo sagrado debe estar tan presente que nadie pueda arrancarlo, pero no tan expuesto que se vuelva discutible. La mejor teocracia contemporánea no entra por la puerta principal con trompetas, se filtra por los ductos del lenguaje.

Recuerda, Bibi, que en todo proyecto de dominación religiosa el verdadero objetivo no es derrotar adversarios sino rebajar el estatuto moral de la discrepancia. El crítico no es un contradictor, es alguien culpable de frivolidad espiritual. El moderado no es prudente, es un tibio ante la magnitud del momento. El jurista que pide límites es un oficinista miope. El humanista que habla de proporción es un sentimental incapaz de entender lo trágico. La genialidad del autócrata teocrático consiste en convertir la objeción en una forma de inmadurez. No necesitas refutar a todos. Basta con hacer que sus reparos parezcan pequeños al lado del abismo histórico que puede llegar.

Nunca debes aparecer como hombre ávido de poder. Ese sería un retrato demasiado reconocible, y por tanto demasiado humano. Tú debes presentarte como alguien fatigado por la carga del deber, casi como un mártir administrativo condenado a hacer lo necesario porque otros no soportarían el peso. La avidez personal debe disolverse en gravedad histórica. Si deseas conservar el mando, Bibi, que no parezca que lo deseas, sino que el mando te ha sido impuesto por una secuencia de circunstancias tan sombrías que sería irresponsable dejárselo a alguien con escrúpulos normales. El público perdona mucho más al hombre que se declara obligado por la historia que al que admite simplemente que no quiere soltar la silla.

En cuanto a tus “aliados” más radicales, trátalos con la delicadeza con que se trata un incendio útil. No intentes extinguirlos del todo, pero tampoco los dejes sin correa; porque el fanático puro tiene muy mal sentido del timing y ninguna comprensión del daño reputacional. Tus extremos deben cumplir una función escénica: decir en voz alta lo que tú no puedes decir todavía, ampliar el perímetro de lo decible, intoxicar el ambiente, acostumbrar al público a una temperatura moral cada vez más alta. Después apareces tú, sobrio y administrativo, a decir que lamentablemente las circunstancias exigen firmeza. El truco no está en compartir del todo la fiebre, sino en ser su gerente general.

Otra recomendación indispensable: no discutas nunca en el terreno de tus críticos si puedes trasladar la conversación a un plano metafísico. Si te hablan de muertos, responde con siglos. Si te hablan de derecho, responde con supervivencia. Si te hablan de excesos, responde con necesidad. Si te hablan de humanidad concreta, responde con la historia de una humanidad más vasta, más solemne, más abstracta y por eso mismo más manipulable. Toda dictadura teocrática depende de esa operación: sacrificar lo visible en nombre de lo invisible; relativizar el dolor inmediato mediante la invocación de una continuidad milenaria; pedirles a los vivos que acepten lo intolerable porque el relato del pueblo, la nación o la fe lo requiere. Es una alquimia sucia, pero muy antigua.

Debes aprender también a usar la guerra como editor moral. La guerra, bien aprovechada, simplifica. Poda matices, comprime dudas, fusiona capítulos dispersos en una sola narración de supervivencia. En tiempos ordinarios, ciertas frases sonarían brutales, delirantes o cínicas. En tiempos de guerra, suenan a responsabilidad. La guerra convierte a oportunistas en estadistas, a exaltados en patriotas, a comentaristas mediocres en guardianes de la civilización. Sobre todo, vuelve sospechoso cualquier intento de pensar despacio. Y pensar despacio, Bibi, es el enemigo mortal de todo delirio providencial. No olvides jamás que un pueblo asustado acepta de buen grado una gramática que en tiempos de paz encontraría obscena.

Cuidado, Bibi, no exageres hasta el punto de parecer loco. La locura abierta sirve para los márgenes, no para la gestión prolongada del poder. El mejor dictador teocrático no se presenta como visionario en trance, sino como administrador lúgubre de una necesidad suprema. Debe haber en ti algo de contable, algo de enterrador, algo de padre decepcionado y algo de predicador con corbata gorda. Tu figura ideal no es la del iluminado sino la del hombre que parece haber revisado todas las alternativas y concluido, con inmenso pesar, que arrasar al otro era la única forma de responsabilidad. Cuanto más lamentes en público las consecuencias de tus propias decisiones, más estadista parecerás.

No subestimes el valor de la fatiga moral. Un proyecto autoritario necesita cansar a la sociedad. No se trata solo de convencerla, sino de agotarla hasta que la resistencia parezca psicológicamente costosa, socialmente inútil y teológicamente indecente. Repite lo suficiente una combinación de amenaza, memoria y excepcionalidad y lograrás que mucha gente deje de preguntarse si algo es correcto para pasar a preguntarse simplemente si es inevitable. Ese tránsito es decisivo. Cuando una población cambia el vocabulario de la ética por el de la inevitabilidad, la mitad del trabajo ya está hecha.

Asegúrate, Bibi, de no presentarte nunca como fundador de una nueva religión política. Eso sería de mal gusto. Tu tarea es más refinada: hacer creer que no innovas nada, que solo restauras un orden profundo, lesionado por la debilidad de tus predecesores y por la frivolidad de quienes confunden moderación con virtud. Todo déspota exitoso se presenta como restaurador que devuelve a la nación su forma auténtica, nunca como inventor. No coloniza el Estado con lo sagrado: corrige la insolencia de quienes pretendían separar cosas que, según tú, siempre debieron marchar juntas. El autoritarismo retrospectivo tiene mejor prensa que el experimental.

En materia de lenguaje, conviene que elimines de tu habla cualquier rastro de apetito personal. No digas “quiero”, di “debo”. No digas “planeo”, di “las circunstancias exigen”. No digas “conviene”, di “la historia reclama”. Tu vanidad debe circular disfrazada de obligación. El yo, cuando aspira a durar, necesita una máscara coral. Haz de cuenta que no hablas por ti, sino por una cadena de muertos, por una herida colectiva, por un futuro amenazado, por un cielo en estado de litigio permanente. La primera persona del singular debe sonar como una oficina de representación de la eternidad.

Una observación final, quizá la más importante de todas. El peligro de este tipo de poder no está solo en lo que hace, sino en lo que termina creyendo de sí mismo. Al principio quizá uses la religión, la memoria y el trauma como instrumentos. Muy pronto, si el método funciona, empezarás a sentir que no estás instrumentalizando nada, que en efecto eres el custodio indispensable de un drama cósmico. Ese es el momento verdaderamente corruptor. Cuando el gobernante deja de mentir conscientemente y empieza a confundir su conveniencia con la estructura moral del universo, ya no necesita censura total ni delirio uniforme: le basta con su propia convicción inflamable. Se vuelve, por decirlo así, una teología con escoltas.

Y ahí, Bibi, se consuma la vocación del dictador teocrático. Ya no es simplemente un hombre aferrado al poder. Es un hombre que ha conseguido la forma más elegante de la impunidad: llamar sagrado a aquello que le resulta útil, llamar deber a aquello que desea, llamar destino a aquello que decide y llamar traición a todo intento de recordarle que, pese a sus discursos, sigue siendo un político, no una revelación.

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El Frente Frío

EDITORIAL

Número 148 Marzo de 2026

Desde las endebles oficinas de Universo Centro ha salido al fin una idea, una iniciativa con principios anémicos y alcance exiguo. Hemos decidido fundar un movimiento para la inacción política. Queremos presentarles a nuestros lectores, nunca electores, el nacimiento del Frente Frío. Fieles a nuestros propósitos no tendremos participación alguna en las próximas elecciones, no se trata de imparcialidad, nos guía el desgano. La abstención indignada no es nuestro faro, preferimos el aburrimiento, la desidia, la indiferencia. Esto, por supuesto, no es un llamado, queremos ser solo un correo no deseado.

Nuestra locha es contra la polarización. No llamamos a la conversación entre distintos ni al diálogo social ni al acuerdo sobre lo fundamental. Nos gusta el diálogo de sordos. Creemos en el mundial de fútbol como una alternativa al debate político. El Frente Frío propone al álbum de Panini como el tarjetón ideal para el 2026. Desde esta tribuna estamos seguros de que ni siquiera las cuatro horas de permiso laboral por el voto valen la pena para buscar incidencia en los próximos cuatro años de poder.

El llamado al cubículo nos parece un abuso propagandístico del Estado y estamos convencidos de que las arengas y la convocatoria a la calle, por parte de partidos y movimientos, es una extravagancia inaceptable. El Frente Frío quiere silencio, no quiere ni palomas en las plazas, ni rugidos en las calles, ni mimos en los parques. Somos ambidiestros y sabemos que el centro es un conjunto vacío. Sobra decir que por simple pereza no somos anarquistas y que solo aceptamos los ultras de las barras bravas del balón.

Respecto a los candidatos en contienda queremos dejar algunas precisiones. No se trata de descalificar, solo de llamar a la indiferencia. La apatía es la salida. Comencemos con Sergio Fajardo y su fundamentalismo. La reincidencia es una forma de violencia. Si la tercera no fue la vencida nos parece un exceso un nuevo intento. No llamamos a la moderación sino al descanso, al reposo para el candidato y los ciudadanos. Y al realismo para sus copartidarios. La alcaldía de Nuquí podría ser ideal para el retiro.

Vamos con Abelardo de la Espriella que desde su nombre nos parece desmesurado. No lo llamaremos Tigre por respeto a Radamel Falcao García. Pero desde ahí sabemos que es un impostor. No se puede ser al mismo tiempo un hombre del Sinú y del Arno. Imitar a Silvestre Dangond y a Andrea Bocelli es doble militancia. Sabemos de su gusto por las pirámides y por eso le hacemos un llamado a la serenidad. Su firma de abogados demostró que la falsificación de firmas es una industria en crecimiento. Le recomendamos una notaría. Hemos probado su ron Defensor, es bueno, pero para su hielo nos gusta más el ron Dictador. Abelardo, con moderación se goza más.

Vamos con el Pacto Histórico y su candidato Iván Cepeda. Un hombre en sordina impulsado por un megáfono. Desde el Frente Frío le proponemos El Frente Frío ser el traductor en lenguaje de señas de Gustavo Petro. Por la concordia nacional proponemos a Álvaro Uribe, su gran impulsor, como fórmula vicepresidencial. Aún hay tiempo para cambios en el tarjetón. Cuba y Nicaragua son naciones hermanas y el Frente Frío, un movimiento naciente contra los estragos del calentamiento global, espera su auxilio para sus costas inundadas. Un poco de gasolina para huir y un periodicazo de Voz Proletaria para Ortega y Díaz-Canel. En política local, le recomendamos al candidato, desde esta orilla lánguida, defender los derechos laborales de Roy, Benedetti, Euclides Torres, Julián Bedoya y otros obreros de la maquinaria, nos gusta el ocio pero queremos la reindustrialización… La gente que trabaja en silencio cobra en silencio. Frente a Venezuela, un abrazo de nuestra parte a Delcy, y que se cuide mucho. Hacemos votos para que a Aida le vaya mejor que a Francia en ese frío y provocativo palacio. Una recomendación: un corrector de estilo para su jefe que quiere dedicarse a escribir libros. El Frente Frío enviará desinteresadas hojas de vida. Y lo último, que los bastones de mando sean mansos.

Ahora vamos a hablar de Paloma y su ala moderada. Sabemos que su centro de gravedad ha cambiado. Queremos dejar una felicitación por su gran triunfo en la pequeña consulta. Comparte con Cepeda que Uribe fue su gran impulsor. Desde el Frente Frío admiramos su tesón para vencer a Cárdenas, Dávila, Luna, Gaviria, Galán, Peñalosa, Pinzón y Oviedo. Fue un trabajo fácil y eso nos gusta. Siempre queremos que las promesas se cumplan y el rayo homosexualizador era una deuda de los tiempos del plebiscito. Nos encanta que haya adoptado a Juan Daniel Oviedo. Sentimos mucho que Juan Daniel haya perdido el cien por ciento de su escucha en el oído derecho. Es interesante que la madrina política del Rayito sea María del Rosario Guerra. Lindos apellidos. No nos gusta la Paloma veintejuliera, le sale un poco forzado el discurso, pero sabemos que tiene habilidades para la escritura creativa, la estudió en Nueva York, nuestras páginas están abiertas. Nuestras urnas, cerradas.

Para terminar, dejamos claro que el Frente Frío no cree en las encuestas, lo nuestro son las apuestas. Nos gusta la política como una rama de Bet Play. Pondremos fichas para sacar partido. Pero lo nuestro es la polla del mundial.

P. d.: el Frente Frío no recibe donaciones ni adhesiones.

Simón Murillo Melo

Adiós a Nicaragua

Andrea Aldana

Jeanneth Valdivieso, José Guarnizo y Luis Bonza, para La Liga Contra El Silencio y Vorágine

La Liga Contra el Silencio