Entradas

Curso para aspirantes a Jefe Supremo

Consejos para Bibi N, Muad’dib o su caudillo fanático favorito

por NICOLÁS LOAIZA DÍAZ • Ilustración de Mario Vasconcellos

Número 149 Mayo de 2026

Lo primero que debes comprender, Bibi, es que un dictador teocrático no gobierna: interpreta. Esa es la diferencia esencial entre el tirano vulgar y el autócrata de pretensiones sagradas. El primero administra ministerios, presupuestos, pujas de coalición, índices de inflación, el fastidio mecánico de la vida pública. El segundo se presenta como lector exclusivo de un libreto sideral. Donde los demás ven hechos, él ve señales. Donde los demás ven límites, él ve pruebas. Donde los demás ven catástrofes producidas por decisiones humanas, él ve la severa pedagogía del destino. Tu primer deber, Bibi, no es mandar sino hacer creer que solo tú sabes lo que significan las cosas.

Nunca digas: “He tomado esta decisión por cálculo político”. Esa frase es terrestre, impropia de un hombre que busca aparecer ante su pueblo como patriarca, centinela y nota al pie del Antiguo Testamento. Debes decir, en cambio, algo que sugiera carga histórica, gravedad civilizacional, continuidad de una herida antigua. El secreto del poder teocrático consiste en cubrir cada improvisación con una tela milenaria. Bibi, un movimiento táctico deja de serlo si logras envolverlo en lenguaje de supervivencia, memoria y elección trascendente. La política, bien perfumada con eternidad, huele a épica.

Jamás permitas que la amenaza desaparezca del todo. Un líder ordinario resuelve crisis; un dictador teocrático las conserva en salmuera. La amenaza debe ser suficientemente real para producir miedo, suficientemente amplia para justificarlo todo y suficientemente elástica para sobrevivir a cualquier dato inconveniente. Si el peligro se reduce demasiado, la población empieza a pedir cosas indignas del momento histórico: servicios, vivienda, justicia ordinaria, moderación, turnos de hospital, normalidad. Y la normalidad, Bibi, es la enemiga natural de todo proyecto mesiánico. Un pueblo en calma empieza a sospechar que quizá no necesita un hombre providencial sino simplemente funcionarios competentes. No permitas semejante humillación.

Debes hablar en dos registros a la vez. Hacia el exterior, un idioma tecnocrático: seguridad, estabilidad, defensa, operación, disuasión, necesidad estratégica. Hacia el interior, un idioma mesiánico: asedio, resistencia, herencia, pacto, memoria sacralizada. A los aliados extranjeros ofréceles tecnocracia con rostro cansado. A los tuyos, Bibi, no les des tecnocracia, nadie sale a defender una hoja de cálculo. Dales una historia cósmica con mapas, tumbas, agravios, antepasados y verbos en tiempo bíblico. Un hombre verdaderamente peligroso debe ser capaz de sonar como portavoz de defensa ante las cámaras internacionales y como custodio del fuego ancestral ante sus votantes. Esa duplicidad no es hipocresía: es profesionalismo.

No uses la religión como martillo. Ese es un error propio de fanáticos sin formación estética. La religión no debe caer sobre el discurso; debe olerse dentro de él. No se trata de aparecer cada media hora agitando escrituras como quien blande un recibo emitido por Dios. Eso es tosco. Mucho mejor que lo sagrado funcione como atmósfera. Una alusión aquí, una memoria invocada allá, una frase sobre el derecho histórico, otra sobre la obligación moral, otra sobre la gravedad singular de este pueblo entre las naciones. Lo sagrado debe estar tan presente que nadie pueda arrancarlo, pero no tan expuesto que se vuelva discutible. La mejor teocracia contemporánea no entra por la puerta principal con trompetas, se filtra por los ductos del lenguaje.

Recuerda, Bibi, que en todo proyecto de dominación religiosa el verdadero objetivo no es derrotar adversarios sino rebajar el estatuto moral de la discrepancia. El crítico no es un contradictor, es alguien culpable de frivolidad espiritual. El moderado no es prudente, es un tibio ante la magnitud del momento. El jurista que pide límites es un oficinista miope. El humanista que habla de proporción es un sentimental incapaz de entender lo trágico. La genialidad del autócrata teocrático consiste en convertir la objeción en una forma de inmadurez. No necesitas refutar a todos. Basta con hacer que sus reparos parezcan pequeños al lado del abismo histórico que puede llegar.

Nunca debes aparecer como hombre ávido de poder. Ese sería un retrato demasiado reconocible, y por tanto demasiado humano. Tú debes presentarte como alguien fatigado por la carga del deber, casi como un mártir administrativo condenado a hacer lo necesario porque otros no soportarían el peso. La avidez personal debe disolverse en gravedad histórica. Si deseas conservar el mando, Bibi, que no parezca que lo deseas, sino que el mando te ha sido impuesto por una secuencia de circunstancias tan sombrías que sería irresponsable dejárselo a alguien con escrúpulos normales. El público perdona mucho más al hombre que se declara obligado por la historia que al que admite simplemente que no quiere soltar la silla.

En cuanto a tus “aliados” más radicales, trátalos con la delicadeza con que se trata un incendio útil. No intentes extinguirlos del todo, pero tampoco los dejes sin correa; porque el fanático puro tiene muy mal sentido del timing y ninguna comprensión del daño reputacional. Tus extremos deben cumplir una función escénica: decir en voz alta lo que tú no puedes decir todavía, ampliar el perímetro de lo decible, intoxicar el ambiente, acostumbrar al público a una temperatura moral cada vez más alta. Después apareces tú, sobrio y administrativo, a decir que lamentablemente las circunstancias exigen firmeza. El truco no está en compartir del todo la fiebre, sino en ser su gerente general.

Otra recomendación indispensable: no discutas nunca en el terreno de tus críticos si puedes trasladar la conversación a un plano metafísico. Si te hablan de muertos, responde con siglos. Si te hablan de derecho, responde con supervivencia. Si te hablan de excesos, responde con necesidad. Si te hablan de humanidad concreta, responde con la historia de una humanidad más vasta, más solemne, más abstracta y por eso mismo más manipulable. Toda dictadura teocrática depende de esa operación: sacrificar lo visible en nombre de lo invisible; relativizar el dolor inmediato mediante la invocación de una continuidad milenaria; pedirles a los vivos que acepten lo intolerable porque el relato del pueblo, la nación o la fe lo requiere. Es una alquimia sucia, pero muy antigua.

Debes aprender también a usar la guerra como editor moral. La guerra, bien aprovechada, simplifica. Poda matices, comprime dudas, fusiona capítulos dispersos en una sola narración de supervivencia. En tiempos ordinarios, ciertas frases sonarían brutales, delirantes o cínicas. En tiempos de guerra, suenan a responsabilidad. La guerra convierte a oportunistas en estadistas, a exaltados en patriotas, a comentaristas mediocres en guardianes de la civilización. Sobre todo, vuelve sospechoso cualquier intento de pensar despacio. Y pensar despacio, Bibi, es el enemigo mortal de todo delirio providencial. No olvides jamás que un pueblo asustado acepta de buen grado una gramática que en tiempos de paz encontraría obscena.

Cuidado, Bibi, no exageres hasta el punto de parecer loco. La locura abierta sirve para los márgenes, no para la gestión prolongada del poder. El mejor dictador teocrático no se presenta como visionario en trance, sino como administrador lúgubre de una necesidad suprema. Debe haber en ti algo de contable, algo de enterrador, algo de padre decepcionado y algo de predicador con corbata gorda. Tu figura ideal no es la del iluminado sino la del hombre que parece haber revisado todas las alternativas y concluido, con inmenso pesar, que arrasar al otro era la única forma de responsabilidad. Cuanto más lamentes en público las consecuencias de tus propias decisiones, más estadista parecerás.

No subestimes el valor de la fatiga moral. Un proyecto autoritario necesita cansar a la sociedad. No se trata solo de convencerla, sino de agotarla hasta que la resistencia parezca psicológicamente costosa, socialmente inútil y teológicamente indecente. Repite lo suficiente una combinación de amenaza, memoria y excepcionalidad y lograrás que mucha gente deje de preguntarse si algo es correcto para pasar a preguntarse simplemente si es inevitable. Ese tránsito es decisivo. Cuando una población cambia el vocabulario de la ética por el de la inevitabilidad, la mitad del trabajo ya está hecha.

Asegúrate, Bibi, de no presentarte nunca como fundador de una nueva religión política. Eso sería de mal gusto. Tu tarea es más refinada: hacer creer que no innovas nada, que solo restauras un orden profundo, lesionado por la debilidad de tus predecesores y por la frivolidad de quienes confunden moderación con virtud. Todo déspota exitoso se presenta como restaurador que devuelve a la nación su forma auténtica, nunca como inventor. No coloniza el Estado con lo sagrado: corrige la insolencia de quienes pretendían separar cosas que, según tú, siempre debieron marchar juntas. El autoritarismo retrospectivo tiene mejor prensa que el experimental.

En materia de lenguaje, conviene que elimines de tu habla cualquier rastro de apetito personal. No digas “quiero”, di “debo”. No digas “planeo”, di “las circunstancias exigen”. No digas “conviene”, di “la historia reclama”. Tu vanidad debe circular disfrazada de obligación. El yo, cuando aspira a durar, necesita una máscara coral. Haz de cuenta que no hablas por ti, sino por una cadena de muertos, por una herida colectiva, por un futuro amenazado, por un cielo en estado de litigio permanente. La primera persona del singular debe sonar como una oficina de representación de la eternidad.

Una observación final, quizá la más importante de todas. El peligro de este tipo de poder no está solo en lo que hace, sino en lo que termina creyendo de sí mismo. Al principio quizá uses la religión, la memoria y el trauma como instrumentos. Muy pronto, si el método funciona, empezarás a sentir que no estás instrumentalizando nada, que en efecto eres el custodio indispensable de un drama cósmico. Ese es el momento verdaderamente corruptor. Cuando el gobernante deja de mentir conscientemente y empieza a confundir su conveniencia con la estructura moral del universo, ya no necesita censura total ni delirio uniforme: le basta con su propia convicción inflamable. Se vuelve, por decirlo así, una teología con escoltas.

Y ahí, Bibi, se consuma la vocación del dictador teocrático. Ya no es simplemente un hombre aferrado al poder. Es un hombre que ha conseguido la forma más elegante de la impunidad: llamar sagrado a aquello que le resulta útil, llamar deber a aquello que desea, llamar destino a aquello que decide y llamar traición a todo intento de recordarle que, pese a sus discursos, sigue siendo un político, no una revelación.

¡Comparte esta historia!