El mismo año de la muerte del capo, 1993, se publicaría el Diccionario de las hablas populares de Antioquia, sí, el primero en incluir el insulto de insultos: gonorrea. Para entonces su uso estaba tan extendido que no haría parte de la sección “Léxico jergal”, sino del apartado “Léxico coloquial y popular”. Un año después, en 1994, se publicarían los siete gonorreas más universales hasta la aparición de Narcos, sí, en La virgen de los sicarios. El segundo, entre paréntesis, contextualizaría al primero y a los demás: “Gonorrea es el insulto máximo en las barriadas de las comunas”. El sexto y el séptimo, por su parte, serían los más sonoros: “¡Gonorrea! El infierno entero concentrado en un taco de dinamita”, y “Dios no existe y si existe es la gran gonorrea”. Igualando ese sexto y séptimo gonorrea, y asumiendo como cierta la existencia de Dios, ocho años después Juan Villoro escribiría que La virgen de los sicarios es un evangelio al revés. Lo que comprobaría con una frase de ese libro que se encuentra, precisamente, entre dicho par de gonorreas: “Dios es el Diablo”. Al francés y al alemán esos siete gonorreas serían traducidos de forma literal, esto es, gonorrhée y tripper respectivamente. Al inglés, como si fueran una toponimia de Medellín y de Colombia reflejada en un espejo de doble fondo, la imagen de la anomia de ambas, pues, al fin y al cabo, tanto gonorrea como Medellín y Colombia tienen ocho letras, no serían traducidos, el traductor, un tal Paul Hammond, los dejaría así, intactos: gonorrea. Para el narrador de La virgen de los sicarios, un lingüista que se consideraba a sí mismo el último gramático de Colombia, ese insulto de insultos sería el resultado de una fórmula naturalista: “Al desquiciamiento de una sociedad se sigue el del idioma”. Un año después, en 1995, se publicaría la primera investigación que daría cuenta de ese desquiciamiento, sí, El parlache: una variedad del habla de los jóvenes de las comunas populares de Medellín, de Luz Stella Castañeda y José Ignacio Henao. Allí, entre otras cosas, se considera al parlache como un antilenguaje y, como tal, expresaría la nueva jerarquización social establecida en los barrios populares de Medellín. Jerarquización que sería deducida a partir de un sinnúmero de textos escritos, principalmente, por estudiantes del Pascual Bravo, entre 1991 y 1995: en la punta de la pirámide estarían las palabras “patrón, duro, jefe y fuerte”; después, en un segundo nivel, “traqueto, dedicaliente y caliente”; en el tercero, “chichipato”; en el cuarto, “torcido, fariseo y sapo”; en el quinto, “basura, pichurria, bandera y chirrete”; en el sexto, “fufurufa y pirobo”; y, en el séptimo y último, a ras del más allá, “chulo”. Jerarquización que, ciegamente, no incluiría a gonorrea. Sin embargo, en el texto número siete de los escritos por los estudiantes del Pascual Bravo, se lee lo siguiente: “Llegó una noticia que Julio estaba muerto y con un letrero en el pecho que decía: Vamos a acabar con los gonorreas”. Luego, sabiendo que chulo es sinónimo de muerto, gonorrea, en esa jerarquización, ocuparía el séptimo nivel, desplazando a chulo hasta el octavo. Gonorrea, pues, sería el calificativo de alguien que está a punto de ser besado por el fraseologismo medellinense de la muerte, que está a punto de ser “tirado al piso”. Al respecto, un año después, en 1996, en el libro La génesis de los invisibles: historias de la segunda fundación de Medellín, Alonso Salazar escribiría que dicha jerarquización es la materialización de “un lenguaje al mismo tiempo lúdico y profano, que se tomó la ciudad desde los territorios de la exclusión… Jergas repetidas como identidad o como esnobismo. Pues aún en los colegios de buenas familias para referirse a un paisano no muy estimado se le dice gonorrea. Pero las palabras no son gratuitas. En este slang las que están asociadas con la muerte son las que más sinónimos presentan”. Un año después, en 1997, en el libro Medellín es así, en un artículo titulado “La real academia del parlache”, Ricardo Aricapa, divulgando la referida investigación de Castañeda y Henao, ampliaría la cita de su colega Alonso Salazar a través de un mapa de calor del parlache según sus términos y expresiones: 87 palabras aluden a la cultura de la droga, 46 a la mariguana, 25 al bazuco y a la cocaína, 42 a la violencia, 73 a la muerte, 27 a las armas de fuego, 11 a las armas blancas, 24 a las balas o municiones, 17 a la cárcel, 19 a la policía, 25 al dinero, 14 a las prostitutas, 18 al robo y la misma cantidad a escaparse. Además, se encontrarían cuatro veces más palabras o expresiones para insultar que para elogiar, esto es, 53 frente a 13, siendo gonorrea el insulto más popular. Popularidad que alcanzaría su cimero al año siguiente, en 1998, con los 101 gonorreas pronunciados en La vendedora de rosas, ninguno, curiosamente, por Mónica, la protagonista, que moriría en Nochebuena escuchando el último de esos agravios, lo que demuestra nuevamente que, en el contexto de la nueva jerarquización social establecida en los barrios populares de Medellín, el nivel de la gonorrea es el más propincuo al de la muerte. Ese mismo año saldría a la luz, en la revista Íkala, “Parlache, crisis social y medios de comunicación”, en donde se reseñaría la primera vez que gonorrea circuló en El Espectador, el 9 de octubre de 1994, en un artículo titulado “Diccionario real de la narcolengua”: “No es raro que un niño de un colegio bien le diga a un amigo que es una gonorrea y que si no le gusta cómo lo trata, pues que se abra”. Un año después, en 1999, se publicaría De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, de Alberto Salcedo Ramos, que incluiría una titulada “El gol que costó un muerto”, acerca de William Blandón, un joven de la comuna nororiental de Medellín que sería amenazado de muerte por hacer un gol sin querer, el del triunfo definitivo en un partido de microfútbol que debía quedar empatado: “Me acuerdo como si fuera ayer del insulto que me echó en la cara. Me dijo: Gonorrea hijueputa, nos dañaste la clasificación. Cuidate, que te voy a matar”. Frase que, hasta ese momento, había retenido en su mente durante diez años, como eco, una vez más, de gonorrea trasuntado en aviso de muerte en la jurisdicción de los barrios populares de Medellín. Connotación que se extendería rápidamente a los barrios periféricos de Bogotá, como quedaría evidenciado un año después, el 26 de febrero del 2000, en una noticia de El Tiempo titulada “Los recorridos de la muerte”. Allí, se denunciaría que, en un lapso de cinco meses, habían sido asesinados cinco conductores de las rutas 728 y 729 de Coointracóndor por resistirse a ser atracados. Uno que no se resistió, llamado Emerson Mejía, describiría a su atracador así: “…de unos 18 años, 1,70 de estatura. Bien vestido. Me encañonó y me dijo: Quieto gonorrea. Entrégueme la plata hp”. Ese mismo año, el 2 de julio, y en ese mismo periódico, en una columna titulada “Cine con sociología”, Armando Silva, luego de divulgar un estudio del Ministerio de Cultura que señalaba a La estrategia del caracol y a La vendedora de rosas como las películas colombianas de mayor recordación para el público nacional, diría lo siguiente acerca de la segunda: “La vendedora, que tuvo algunos aciertos al introducir un mundo con actores naturales, sobre algo significativo como la droga y la violencia en la marginalidad citadina, fue un exceso de espontaneísmo, concordante con la repetición gratuita y ofensiva de la palabra gonorrea, emblema gastado de su audacia cinematográfica”. Un año después, en 2001, la publicación de El parlache, a través de un glosario que serviría de colofón del libro, demostraría que, a diferencia de lo escrito por Armando Silva, gonorrea no era ningún emblema gastado, sino, más bien, el vocablo más maleable de dicho glosario representativo y, por lo tanto, de la variedad argótica denominada parlache. Tan maleable que, si avanzan hasta la página 121, verán que, hasta entonces, gonorrea se había fusionado con pichurria, plasta y gorzobia, para transformarse, respectivamente, en gonopichurria, gonoplasta y gonorzobia, y se había deformado en otros insultos como gonopleta, gorronea y gorroné, este último la versión de gonorrea usada en Urabá. Tan maleable y a la vez tan apegada al contexto local y nacional que, como señala una micronoticia de El Tiempo publicada el 6 de mayo de 2001, anunciando la primera muestra de cine colombiano en Moscú, a presentarse entre el 8 y 15 de ese quinto mes en el Museo del Cine, gonorrea traería líos de traducción: “Para los traductores rusos lo más difícil por lo pronto es entender el lenguaje callejero de los protagonistas de La vendedora de rosas. Y es que les toca decir gonorrea en ruso”. Finalmente, sería traducida de manera literal: “гонорея”. Líos de traducción que, un año después, en 2002, también manifestaría Fernando Vallejo en La rambla paralela, su libro más experimental, la novela de su desdoblamiento: “Poca atención le prestó el viejo a las noticias de Colombia, preocupado como andaba por lo propio: por la intraducibilidad al alemán de sus libros dada la escasez de insultos en esa pobre lengua pendeja”. Se refería, por supuesto, a los siete gonorreas de La virgen de los sicarios que, como se dijo arriba, fueron traducidos literalmente a la lengua de Goethe, esto es, “tripper”. Líos de cuasiintraducibilidad que solo han permitido que se haya traducido una vez un vocablo extranjero al español colombiano como gonorrea. Sí, en 2003, en “Mea Culpa”, un panfleto de Céline traducido por Pablo Montoya y que publicaría la Revista Universidad de Antioquia en su número 272. Inédito hasta entonces en español, “Mea Culpa” sería el resultado de un viaje que había hecho Céline en 1936 a la Unión Soviética pagado con los derechos de la traducción al ruso de Viaje al fin de la noche. Viaje decepcionante que desembocaría en la escritura de ese manifiesto anticomunista. Allí, en un párrafo en el que habla de la superioridad práctica de las grandes religiones cristianas, Céline dice que esta reside en que “Toman al hombre en la cuna y enseguida le descubren el pastelito. Y le soplan sin ambages: Tú, pequeña gonorrea informe, nunca serás más que una basura…”. En el original, en francés, esa frase intensificada por los dos puntos que la anteceden fue escrita así: “Toi petit putricule informe, tu seras jamais qu’une ordure…”. Luego, “putricule” correspondería a gonorrea en la traducción de Pablo Montoya. Posteriormente, en un artículo titulado “Manipulación ideológica y formal en la traducción literaria de Pablo Montoya”, publicado por Wilson Orozco en Íkala vol.14 no.21, a propósito de “Mea Culpa”, Pablo Montoya diría: “A la hora de definir hacia quién iba dirigida esa traducción, pensé en los jóvenes lectores de la Universidad de Antioquia. Aunque, por obvias razones, me parecía peligroso publicar en la revista de dicha universidad un texto anticomunista”. Como esa traducción no sería bien recibida por los estudiantes antiintelectuales y anticapitalistas de esa institución, desde entonces, en esos pequeños círculos anti y anti, a Pablo Montoya se le conoce como Putricule Montoya. Un año después, el 17 de noviembre de 2004, como informaría Semana el 12 de diciembre de 2009 y El Espectador el 14 de enero de 2012 y el 16 de marzo de 2013, en “Manual para amenazar”, en “¿Por qué el DAS se ensañó contra mí?” y en “La más perseguida del DAS” respectivamente, el G-3 del DAS crearía un manual para amenazar a Claudia Julieta Duque, la periodista que, en 2002, a través del programa Contravía, había denunciado las “DASviaciones”, las desviaciones que el DAS había hecho en la investigación por el magnicidio de Jaime Garzón. El manual para amenazarla constaba de dos partes: a) Instrucciones para no ser descubiertos: la llamada debía hacerse en cercanías a las instalaciones de inteligencia de la Policía, no debía durar más de 49 segundos, debía hacerse desde un teléfono público, quien la realizara debía estar solo y desplazarse en bus hasta el sitio, debía constatar que no hubiera cámaras de seguridad en el lugar y, muy importante, resaltado, no debía tartamudear. b) La amenaza redactada, en donde gonorrea era el insulto clave: “Ni camionetas blindadas ni carticas chimbas le van a servir ahora, nos tocó meternos con lo que más quiere, eso le pasa por perra y por meterse en lo que no le importa, vieja gonorrea hijueputa”. O, “Cuando escuchamos tu voz y la de tu hija, nos dan ganas de cogerlas y picarlas, gonorrea. Su hija va a sufrir, la vamos a quemar viva, le vamos a esparcir los dedos por la casa”. Un año después, en 2005, Luz Stella Castañeda presentaría su tesis doctoral, Caracterización lexicológica y lexicográfica del parlache para la elaboración de un diccionario, que incluiría una nueva acronimia y una nueva desviación de gonorrea, esto es, chandorrea y gonopercubia, la primera mezcla de chanda y gonorrea, y la segunda “persona viciosa y pervertida”. Par de vocablos que, curiosamente, al año siguiente no harían parte del Diccionario de parlache, que sí incluiría a las ya reseñadas gonopichurria, gonoplasta, gonorzobia, gonopleta, gorronea, gorroné y, por supuesto, nea. En ese 2006, además, se publicaría el único diccionario de colombianismos que, hasta ahora, tiene como entrada a gonorrea, sí, el Diccionario comentado del español actual en Colombia, de Ramiro Montoya. En 2007, sin embargo, en el marco del XII Concurso de Ortografía convocado por El Tiempo, Copista, el blogger del concurso, preguntó: ¿Cuál es la palabra más fea del español? La pregunta estaría abierta un mes, durante el cual 1027 cibernautas propondrían 1801 palabras para, finalmente, elegir a gonorrea, el insulto de insultos, como la más fea del español. Un año después, en 2008, saldría a la luz el único texto que ha reunido en torno a unas pocas líneas a Medellín, gonorrea y nea. Sí, tríada presente en el coro de una canción titulada, precisamente, Medellín, de Bruhoo Mc: “Medellín sos como yo / yo como vos / vos como yo / yo como vos / y a la final lo mismo / meras neas. Medellín sos como yo / yo como vos / vos como yo / yo como vos / y a la final lo mismo / unas gonorreas”. En el video, que se estrenaría en 2009, un ángel alado aterrizaría en Medellín en un día caluroso, bebería agua de un charco sito en una empinada calle del barrio Las Palmas y, como lo expresa el determinismo dentro del naturalismo del coro de la canción, se contagiaría al instante de la anomia de la que fuera la ciudad más peligrosa del mundo, convirtiéndose en la gonorrea más gonorrea del barrio. Ese mismo 2009, el 29 de mayo, en un artículo publicado en El Tiempo bajo el título “Lenguaje”, su autor, Alberto Baquero Nariño, escribiría que “el idioma tiene sus formas y sus espacios: así como en la diplomacia, en las cortes y parlamentos, por ejemplo, reina la hipocresía, en la gaminería la mejor alusión de confianza es ¡Uy, gonorrea hp!”. Dando a entender, posteriormente, que así como la RAE acepta lo primero, debería pasar lo mismo con lo segundo. No sé si ese artículo habrá tenido eco internacional, de seguro no, pero al año siguiente, en 2010, la RAE publicaría la primera edición de su Diccionario de americanismos, diccionario que, sorpresivamente, incluiría en sus páginas tanto a gonorrea como a su acortamiento nea. “Gonorrea: i. Co. Se usa para dirigirse a alguien entre personas del hampa y clases populares. ii. Co. Se usa como insulto, con el significado de persona ruin y despreciable”. “Nea: f. Co. juv. Persona de malos sentimientos”. Y listo, el resto es historia reciente, desde entonces, nea se alejaría cada vez más de su origen de insulto velado, consolidándose, por un lado, como sinónimo de parcero, y, por el otro, de boleta o bandera. En cuanto a gonorrea, a partir de su aparición inesperada en aquel Diccionario de americanismos, estaría presente, por ejemplo, en catorce artículos de El Tiempo y en siete de El Espectador, e incluso haría su debut en El Colombiano, el 1 de septiembre de 2017, en un artículo titulado “Parce, ¿y vos también usás el parlache?”. Todo eso, no sin antes acompañar otro debut, el de Sofía Vergara en Saturday Night Live, el 7 de abril de 2012, cerrando el tradicional monólogo de apertura de ese legendario programa, cierre que, por supuesto, cerrará este artículo: “And finally, you might have notice that I have a little some accent sometimes, I love it, this accent can make anything sound sexy, listen: gonorrea”.
Posdata: A última hora me llegó una información acerca del Diccionario del español de uso de Antioquia, que no es público y está en un fichero en la oficina 424 del bloque 12 de la Universidad de Antioquia. Bibliográficamente, suelen fecharlo en 1987, sin embargo, Adriana Ortiz, que por estos días dirige su digitalización, me envió la ficha de gonorrea y la elaboración de la misma corresponde a septiembre de 1984, elaborada por alguien cuyas iniciales son SMDV, que no se sabe quién es. Si lo que dice el manual de instrucciones de dicho diccionario, que sí es público, es cierto, esto es, que la información para construirlo fue recolectada en 1982, estaríamos ante el primer registro de gonorrea como insulto. Cuestión que, por supuesto, podría confirmar el enigmático SMDV. Por eso, si usted es SMDV, comuníquese, por favor, con Universo Centro.