Quibdó cosmopolita

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ

Número 88 Julio de 2017

Parque de Los Libertadores en 1910, reproducción tomada del Censo General de la República de Colombia, 1912.

Cuesta creer que la ciudad de Quibdó, que asociamos con la desidia estatal, los incendios, el deterioro, la corrupción o la miseria, haya sido, a comienzos del siglo XX, un puerto con vapores de lujo, aserríos, fábricas de bujías, industria de licores, de bebidas gaseosas, cinco hoteles, alumbrado público, escuelas, colegios, bibliotecas, calles asfaltadas, alamedas, cuerpo de bomberos, imprentas, talleres de fotograbado, cines y bares de lujo.

Parece traído de los cabellos decir que, en los tiempos de la primera guerra mundial, tenía un periódico, el ABC, que circulaba en dos ediciones, matutina y vespertina; aunque también algunos diarios de Europa y Estados Unidos llegaban en los aviones Junker, de Scadta, que acuatizaban en el río Atrato. En los barcos, procedentes de Cartagena, se traía un sinfín de mercancías para los comercios florecientes; en estos se vendían toda clase de finuras importadas, vinos, telas o sombreros canotier. Los archivos de la época muestran que nada del mundo exterior les era ajeno a sus pobladores, ni los objetos materiales ni las ideas, literarias o políticas: el socialismo, las vanguardias artísticas o la arquitectura modernista que alborotaba por los años veinte a las metrópolis europeas.

Varias razones ayudan a explicar el curioso esplendor de un lugar orillero, entre la selva chocoana y las aguas torrentosas de un río. Mientras en el siglo XIX la tagua y el caucho atrajeron a los comerciantes foráneos, a comienzos del XX fueron el oro y el platino. Sobre todo este último, pues luego de la revolución bolchevique, en Rusia, las minas de este metal dejaron de explotarse en los montes Urales. Entonces se supo que había en villorrio perdido en las selvas de Suramérica, donde había platino como agua. Ansiosos por explorar estas vetas, llegaron colonos ingleses, alemanes, putas y aventureros, pero también un número apreciable de ciudadanos  siriolibaneses que se afincaron por esos contornos para fundar industrias, comprar metales, vender enseres y abalorios, o montar flotas de navegación entre Quibdó y Cartagena, por el norte; o hacia Condoto, Istmina o Andagoya, el enclave minero, por el sur.

A pesar de que en las primeras décadas del veinte, desde el gobierno de Rafael Reyes, Chocó era considerado solo una intendencia, con el carácter marginal que este título le imponía, en la práctica estaba más conectado con el mundo que Medellín. Desde el siglo XIX ya había imprenta en Quibdó, y se publicaban periódicos como Ecos del Atrato o la revista Chocó.

Mientras la red de carreteras y la del ferrocarril apenas comenzaban en el país, los viajes fluviales eran obligatorios para ingresar desde el Caribe al interior, por el Atrato; o para salir, desde los Llanos Orientales hacia el Atlántico, por el río Orinoco.

Para ilustrar estos contrastes, basta pensar que traer un piano hasta Antioquia implicaba transportarlo por el Magdalena hasta Puerto Berrío, luego en tren hasta el Nare, hacer transbordo en mulas hasta el Nus, y luego retomar los rieles hasta la Villa de la Candelaria. Así, una capital como Medellín era una periferia al lado de Quibdó que tenía el acceso expedito, y albergaba cada vez más gente de toda laya y condición.

Al tiempo que se excavaba la tierra para extraer mineral precioso, la familia Abuchar fundó un ingenio azucarero, el de Sausatá, en el norte de la intendencia, en terrenos que hoy conforman el Parque Nacional de Los Katíos. En la explotación de la caña, se requirió, al comienzo, mano de obra haitiana, luego cubana, además de otros expertos en la zafra.

También desembarcaron carpinteros jamaiquinos llamados chombos, los mismos que habían construido el barrio aledaño a la zona del Canal de Panamá. Sus ciudades de palafitos, con calados que moderaban el calor del trópico, o las normas sanitarias del médico William Gorgas influenciaron tanto la arquitectura chocoana como las medidas para prevenir las enfermedades tropicales, que ya había probado ese salubrista gringo en la región del istmo.

Con la avanzada de progreso fue inevitable el encuentro de los nativos con la música antillana, con las palabras y los relatos afrocaribes, ingleses y siriolibaneses. Eso explica que la música de un sexteto de Urabá nos evoque de repente los sones cubanos, o que en el propio Quibdó se celebraran juegos florales, o circulara plata vieja, libras esterlinas, dólares, y hasta la moneda de aluminio que acuñó la familia Abuchar, dueña del ingenio, para mantener el control de sus ganancias en la población de influencia. A este paso, se amasaron grandes fortunas, se crearon entables de segregación como la zona minera de Condoto e Istmina, pero también, proyectos de una ciudad moderna, como los trazados por el arquitecto catalán Luis Llach.

Paseo en carro por la Alameda Reyes hacia la quebrada El Caraño. Cerca de 1926. Archivo de la familia Martínez Ferrer, Medellín.

Llach vino de Europa, se enamoró de Eloísa, una mulata de Quibdó, con ella se casó, sentó sus reales por un tiempo en la ciudad, e inició un proyecto urbanístico que incluyó la construcción de una iglesia gótica en madera, palacios privados, edificios públicos y el diseño en planos de una urbe con todas las trazas ideales de una metrópoli del gran mundo.

En una foto tomada desde un hidroavión, en 1924, se advierte la Ciudad Jardín, que alcanzó a levantar Llach, para la nueva élite, fruto del mestizaje entre los inmigrantes del Medio Oriente, Europa y los nacidos en el Chocó o Cartagena. Por otro lado, aparecen los suburbios de otros recién llegados como obreros, empleados del gobierno y los nativos del Atrato.

A esta nueva élite, distinta a la esclavista del siglo XIX, el profesor Luis Fernando González la denomina mulatocracia, un nombre que intenta designar no solo la mezcla de etnias sino la irrupción de una modernidad que permitió el encuentro de las hablas locales con el pensamiento universal, el auge de algunas industrias, pero también las mejoras en la educación, un ideario de progreso y hasta el reconocimiento de las identidades. En efecto, fue esa clase ilustrada la que recogió los sones negros, rescató la poesía vernácula y validó las expresiones del Atrato.

González no niega que los primeros intendentes eran foráneos, pero varios de ellos traían ideas progresistas. El primer administrador del Chocó fue Enrique Palacios, el papá de Eustaquio Palacios, autor de la novela El alférez real; el secretario era Benjamín Tejada, padre del célebre cronista Luis Tejada. Ellos dos, en compañía de un impresor manizalita, Carlos Orrego, crearon un cenáculo para promover sus ideales literarios. Organizaron en 1908 los juegos florales, unos torneos para premiar a los mejores rapsodas. Con sus versos, publicaron luego una antología cuyos detractores no dudaron en tildar de afrancesada.

Una hija del arquitecto Luis Llach, Eloísa, fue coronada en una ocasión como la reina de los estudiantes. En sus últimos años vivía en San José de Costa Rica. Y cuando el profesor González la visitó, ella todavía anhelaba al Quibdó futurista, en medio de la selva, ese que su padre había ayudado a levantar.

La mujer aún conservaba el álbum con los poemas que le habían dedicado las plumas más calificadas del Chocó. Había fotos suyas, en el furor de su belleza, trepada en una carroza que desfilaba en esa ciudad idílica, cuyos planos utópicos nunca se concretaron. Su madre, Eloísa Castro Torrijos, era de la misma familia de mulatos que luego llegó al poder en Panamá. Entre lágrimas y ensoñaciones describió la ciudad donde había pasado su infancia y parte de su adolescencia. “Era la ciudad más linda del mundo”, le dijo al profesor, “y eso que yo he conocido ciudades hermosas, pero ninguna como Quibdó. Tenía casas como palacios, con jardines de orquídeas y otras flores, con alamedas y templetes”. Uno de aquellos templetes era, por cierto, el que su padre construyó en honor a Cesar Conto, héroe radical y poeta, que la historia en ese tiempo exaltaba. En los años treinta, don Luis Llach, de talante andariego, abandonó la ciudad con su familia para regresar a San José, donde está enterrado. De su obra, en el Barrio Norte, perduran escasos vestigios.

Muchos edificios públicos, como el Colegio Carrasquilla, la Escuela Modelo, la Prefectura, la Alameda Istmina, fueron obras diseñadas por Luis Llach, pero promovidas por la mulatocracia, de la que hacían parte las familias siriolibanesas, como los Meluk, los Uecher, los Rumié o los Abuchar. Estos inmigrantes llegaron hacia 1880 y ganaron espacio en la sociedad, no solo apoyando las obras sino despertando el interés por las culturas del Atrato y manteniendo las mejores relaciones con el poder político y religioso. Su afán de convertir la ciudad en una urbe moderna se evidencia en los anuncios del periódico ABC. En él se pregonan desde automóviles con “choferes cultos y complacencia con los clientes” hasta viajes por el vapor Sautatá, “seguro y rápido, que ha sido dotado recientemente de amplios camarotes y de todo género de comodidades, y cuya capacidad transportadora es de 150 toneladas”. Aun así, desde su llegada, los siriolibaneses sintieron el estigma de la prensa y de la gente del común que los llamaba turcos.

Como parte de esa élite se considera al grupo de familias cartageneras que migraron al Chocó para buscar fortuna en distintos oficios. Uno de los más recordados descendientes fue el escritor Reinaldo Valencia Rey. Su nombre aparece en el cabezote de ABC como propietario del diario, aunque es además, un animador cultural. A juzgar por los textos que publicaba: noticias, crónicas, poemas, se entiende el interés por poner a Quibdó en la onda de la actualidad mundial, tanto de lo que llegaba por el río o el telégrafo, como de las corrientes literarias que estaban en boga. Un lector desprevenido esperaría que en las páginas de la revista Choconía solo se encontrara poesía costumbrista, nunca textos surrealistas al lado de artículos socialistas de María Cano, Víctor Raúl Haya de la Torre, o ensayos etnográficos de Rogelio Velázquez, pionero de la antropología en Colombia, así como de pensadores antioqueños radicados en el Chocó. También la voz de los jóvenes intelectuales negros, como la de Diego Luis Córdoba tiene un lugar allí. Sorprende el barniz contemporáneo de las publicaciones, además de su tolerancia con autores de miradas opuestas sobre los mismos asuntos. Hasta el nombre de la revista, Choconía, ya parece reflejar la rica mezcla étnica y cultural de la región.

Alrededor de estas publicaciones se crearon tertulias famosas como el Ciempiés, liderada por el intelectual siriochocoano Alfonso Meluk, quien también hizo parte del grupo Los Trabajadores. En aquellas cofradías se discutían las novedades literarias y se leían manuscritos. Cuando el sopor de la selva se replegaba, al final de la tarde, concurrían a sitios públicos, al aire libre, a la manera de cualquier dandi parisino. En las estampas aparecen junto a la reja de un jardín urbano, vestidos de lino blanco, o con paños ingleses, algo insólito en el trópico; o caminando descalzos por la Alameda Reyes donde se sembraría un bosque ordenado, sin el caos hostil de la naturaleza.

Casa comercial A & Meluk, reproducción tomada de la revista Chocó, 1928.

Al decir de Alfonso Melo, la selva representaba, en ese momento, lo incivilizado, lo incomprendido, mientras que una alameda es una creación tan ordenada y racional como los jardines de Versalles. Desde ese pensamiento modernista se entiende lo de organizar, por ejemplo, la Marcha del Árbol, en 1919, en pleno corazón de la selva.

En sus relatos, los miembros de esta élite mulata relatan sus periplos desde Nueva York a Cartagena, o desde Barranquilla hasta Quibdó. Demasiadas cosas revisten la novedad en su travesía, pero, también cuentan los pormenores de la llegada, el asombro de los ribereños ante la descarga de los productos traídos desde lejanos confines. El cemento, por ejemplo, venía de Bélgica, el arroz de Nueva York. Este último, después de que empezó a cultivarse en los pantanos ribereños, se convertiría, con el tiempo, en la base dietaria del lugar, con una denominación de origen: el arroz clavado.

En la misma tónica futurista del arquitecto Llach aparece la novela Quibdó, de Pedro Sonderéguer, hijo de un ingeniero suizo que había venido con su socio y amigo Ferdinand de Lesseps en el primer viaje exploratorio para la construcción del Canal de Panamá. Aunque Sonderéguer nació en Villanueva, Bolívar, y corre el rumor de que nunca pisó Quibdó, logró concebir una novela urbana, que narra el retorno de un joven, por el Atrato, en un vapor de lujo.

Las descripciones del paisaje, la atmósfera y hasta los diálogos de los personajes, en sus hablas locales, las recreó a partir de las descripciones que le hiciera su amigo Reinaldo Valencia, que antes se mencionó como el hombre de letras y propietario del diario ABC. Cierta o no la noticia de que Sonderéguer nunca estuvo en la capital de la intendencia, se le abona la intrépida aventura de fabular el mundo de la élite inmigrante, un barrio bucólico, el Jardín del Norte, donde hay palacios y casas solariegas, autos de motor y ferrocarril. El relato, escrito y publicado en Buenos Aires, en 1927, es en el fondo una novela de anticipación, aunque realista, que narra ese sueño de transformación que proyectaba la mulatocracia en clave de ensoñación futurista. Así que, más allá de enjuiciar los aciertos literarios de Sonderéguer, su novela, Quibdó, se convierte en una metáfora del anhelo de fundar una urbe cosmopolita a la orilla del Atrato. La idea, como hemos visto, no se aleja para nada de las obras arquitectónicas de Luis Llach en la ciudad, de sus planes urbanísticos o de otra serie de invenciones técnicas e industriales que se instauraron en el Chocó antes que en cualquier otra provincia. No hay que olvidar que su autor era ingeniero como el padre, y detrás de este aparente delirio modernista ya existían de verdad algunos inventos asombrosos como los canales interoceánicos, la telegrafía y otros artilugios, difíciles de pensar en un enclave minero y mercantil como Quibdó.

A propósito, también se evoca en las crónicas el proyecto de Robert White, ingeniero de origen inglés, nacido en Frontino, quien diseñó un sistema de cables aéreos, por encima de la selva, para cruzar de lado a lado el mapa de la intendencia, de un modo similar a como lo hicieran los caldenses de la zona cafetera para acarrear el grano. El trazado y ejecución harían posible en pocos años transportar por el aire el oro y el platino hasta la cuenca del Sinifaná, en Antioquia, y, de vuelta, llevar carbón hacia el Chocó. Proyectos como ese rondaban por las mentes de la época en que Sonderéguer escribió su relato.

Los lectores de la novela Quibdó encontrarán que hay solo algunos negros en su trama, pero los pocos que rondan por esas páginas son gente industriosa que remonta su origen y consigue un lugar en la sociedad, a punta de esfuerzos, educación y algún golpe de suerte. Estos personajes se inspiran en seres reales. Se trata de los primeros negros, hijos de comerciantes, venidos de pueblos como Neguá o Tadó, que logran ser aceptados en esa sociedad. Irrumpen con apellidos como Asprilla, Lozano, Córdoba o Caicedo. Varios de ellos se hicieron célebres, como Camilo Mayo Caicedo, al que un padre acomodado mandó a estudiar a Bogotá, y se convirtió en el primer arquitecto negro de la región.

Otros hijos cultos de chocoanos ricos comenzaron a ascender al poder. Tenían dinero, educación y un ideario político basado en los conceptos raciales de la afrodescendencia. Uno de los más memorables, Diego Luis Córdoba, para obtener votos en la región, apeló a la defensa de un credo negro en defensa de sus paisanos. Durante más de una década representó al Chocó en la Cámara de Representantes. En 1947 consiguió que la antigua intendencia se transformara en departamento. Este hecho, que una mayoría leyó como conquista racial, los hijos de inmigrantes y otras etnias de la mulatocracia lo padecieron hasta el exilio.

Ante la insidia y el acoso, Reinaldo Valencia y otros líderes abandonaron la ciudad. Muchos de los siriolibaneses huyeron a Cartagena. A los nuevos gobernantes les tocó educar mal y a la carrera a un grupo sin demasiados proyectos que buscó deshacer de lapo la memoria de la élite mulata, o su ansia de construir una urbe moderna, acaso diversa, pero que, desde el discurso racialista de Córdoba, simplemente era la ciudad de los blancos.

En 1968, muchos años después de que los mulatos se largaran, cuando ya no había vapores en el río, ni un dandi vestido de lino ni fiestas florales ni alamedas: un incendio redujo a escombros las joyas que aún quedaban del Quibdó cosmopolita, ese que hoy en las fotos no podemos creer, como si se tratara de otra ficción de Pedro Sonderéguer.

En una carta a su amigo Benjamín Arango, que persistía en Quibdó, en labores de tribunal, Gonzalo Arango recordó los consejos que aquel le dio para seducir a los chocoanos con otra clase de incendios, los de la palabra.

“—Oye, bandido, cómo es la cosa en el Chocó, para que te luzcas: primero tienes que hablar bonito del Atrato… de la selva…, de los negros… Diles que son muy inteligentes, qué diablos, eso no te cuesta nada… Luego, le echas un elogio al difunto Diego Luis, que es el ídolo de la negramenta liberal… Ellos le sacaron el corazón antes de enterrarlo y lo metieron en un frasco, o sea, en una urna de cristal… No olvides eso y verás cómo te aplauden… Y para terminar, dedícale una florecita al doctor Mosquera Garcés, para que los godos no se enojen y no digan mañana que eres un ateo y un comunista… Después de los elogios sí puedes decir todas esas carajadas nadaístas que nadie entiende. Pero eso sí, bandido, nada de blasfemar contra Nuestro Señor y los sacerdotes…, ¿me oyes?”.

Día del Árbol. Cerca de 1919. Informe del Prefecto Apostólico del Chocó, Bogotá, Imprenta Nacional, 1924.

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Año de terremotos

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 13 Junio de 2010

El origen

Hay quienes consideran que los días calurosos son presagio de temblores. Acosados por un bochorno impenitente en Medellín, sin nubes a la vista, se les oye decir: “va a temblar”. Algunos se sientan en la sala a esperar la sacudida. Otros, en respuesta a la idea de que todo puede terminar en cualquier momento, ponen un delicado empeño en lo que están haciendo. Pero la mayoría de las veces la vida sigue igual en la ciudad, mostrando que si tal presagio fuera cierto, no solo bastaría un termómetro para predecir los sismos, sino que el idioma de la geología sería lengua muerta.

Sin embargo, no todo es mentira en ese mito, pues el calor es fundamental en el origen de los sismos. Gracias a que el interior de la Tierra es un horno radioactivo, la roca que compone el planeta se funde y se mueve de un lugar a otro como las corrientes de agua en el océano o de aire en la atmósfera. Cuesta creerlo, pues caminamos sobre un piso frío y duro, pero ahí están los volcanes para mostrar la conflagración que gobierna en el interior de la Tierra. El piso, pues, no es sino una corteza, una cascarita que cubre la Tierra, como la escoria que se acumula en la superficie del hierro fundido.

Esta corteza que cubre la Tierra está partida en un puñado de fragmentos llamados placas tectónicas. Y allí donde estas entran en contacto, hay problemas. Por un costado, cada placa se va renovando debido al magma que surge de la profundidad, pero por el otro extremo se enfrenta a otra placa, y a lado y lado se desliza contra sus vecinas. Esa lucha de titanes es la que da lugar a los sismos. Los bordes de las placas son ásperos y su enfrentamiento no se resuelve suavemente. De ahí que se atranquen y acumulen energía, hasta que ya no aguantan más y sobreviene el desplazamiento de una gran masa de tierra. Ese es el sismo, ese jalón. Después, todo queda tranquilo, aunque la energía comienza de nuevo a acumularse para un sismo venidero. Esto está ocurriendo a cada momento, pero solo en ocasiones el desplazamiento de las rocas es tal que se siente en la superficie.

Todo el costado occidental de América, es decir, el lado de la costa Pacífica, así como el mar Caribe, son zonas de enfrentamiento de placas tectónicas. Llueva o haga verano, los sismos acompañarán estas dos regiones por muchos miles de años.

Los de ahora

Haití y Chile fueron escenario de fuertes sismos en los dos primeros meses de este año. Que pase cierto tiempo sin un temblor con graves consecuencias en la región, y de repente sucedan dos casi simultáneos da lugar a sospechas, pero fueron fenómenos independientes. En Haití, el sismo fue generado por dos placas tectónicas que se desplazan hacia rumbos diferentes a través de la falla de Enriquillo. Esta falla es el plano sobre el cual se desplazan las placas, y es como un corte a cuchillo que divide la isla de La Española en dos pedazos a la altura de Puerto Príncipe: el territorio al norte de la falla va como para Cuba y el del sur para las Antillas menores.

Según la escala de Richter, que va de 1 a 10 aproximadamente, los 7.3 grados del sismo de Haití son bastante significativos. Pero no es solo la magnitud del sismo lo que mide sus consecuencias. Su poder destructor depende de la ubicación del epicentro (es decir, el lugar exacto donde ocurrió el desplazamiento súbito de las placas, proyectado en la superficie), así como del suelo sobre el que esté asentada una ciudad y la calidad de sus construcciones. No bien ocurre un terremoto, las ondas superficiales generadas por este salen como perros de presa a la busca de todo lo que yace en su camino. Como las casas y edificios están hechos para soportar cargas en sentido vertical, estas ondas las golpean por el costado de manera implacable. Con un sismo apenas a 13 kilómetros de profundidad y un epicentro a 25 de distancia, las casas de Puerto Príncipe fueron un fácil bocado para esas ondas asesinas. Los muertos, consecuencia de la caída de los muros, sobrepasaron los 200 mil, y los que quedaron sin techo rondan el millón.

Nada de esto es nuevo en la historia de Haití. Hace 250 años ocurrió un terremoto de magnitud similar, mientras que cuatro de magnitud superior a 7 grados han tenido lugar en islas vecinas en los últimos 60 años. En Chile, los antecedentes son aun más dicientes. En 1960, cerca de la ciudad de Valdivia, se presentó en este país un sismo de 9.5 grados de magnitud, el más fuerte del que la humanidad haya tenido noticia. Este sismo fue tan potente que el tsunami que generó atravesó el Atlántico y reclamó un puñado de vidas en Japón, Hawai y Filipinas. Sin embargo, en total, la cifra de muertos no pasó de 2.000. En lo poco que va de este siglo, en Chile se han presentado nueve sismos con una magnitud superior a 6 grados. El de febrero de este año, con 8.8 de magnitud, logró meterse en el quinto lugar del ranking mundial, desplazando al terremoto ocurrido bajo el mar fronterizo entre Ecuador y Colombia, cuyos temblores llegaron a sentirse en Bogotá y el tsunami que causó arrasó con una isla entera frente a Tumaco.

El terremoto de Chile, a pesar de su gran magnitud, fue 20 kilómetros más profundo que el de Haití, y su epicentro, que en este caso fue en el mar, se ubicó a unos cien kilómetros de cualquier ciudad importante. De ahí que los daños no fueran tan devastadores como en Puerto Príncipe y el número de muertos, 708, de manera alguna comparable. Las placas tectónicas causantes de este poderoso remezón fueron la de Nazca, ubicada bajo el océano Pacífico, y la de Suramérica, representada por el continente. Estas placas están enfrentadas a casi todo lo largo de la costa chilena, donde la corteza oceánica se mete por debajo de la continental a una velocidad de 7 centímetros por año. Sin embargo, desde el año 1835 no había ocurrido movimiento en el lugar del sismo, lo cual quiere decir que había mucha energía acumulada, suficiente para que las placas se desplazaran hasta 12 metros una con respecto a otra en el momento del destranque, ocurrido en la madrugada del 27 de febrero de este año. La sacudida, de casi tres minutos de duración, fue tal que la ciudad de Buenos Aires, en Argentina, se movió un par de centímetros hacia el Occidente.

Para quienes se preguntan si en Medellín podemos pasar de los temblores a los terremotos, la respuesta de los expertos es tranquilizadora. Si bien por su ubicación en la zona andina la ciudad está en un contexto de fallas geológicas, no hay registros históricos de grandes sismos. Sistemas de fallas como el de Romeral, que pasa al occidente del Valle de Aburrá, y que fue el culpable del terremoto de Armenia, no ha tenido mayor actividad en la parte norte del país. De modo pues que será poco probable esperar algo más que las leves sacudidas locales, recordatorios apenas de que estas montañas se levantaron gracias a los esfuerzos del interior de la Tierra.

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¡Gonorrea!

Historia del insulto de insultos

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO • Ilustraciones de Tobías Arboleda

Número 100 Septiembre de 2018

#RigoNea

El día nueve del mes siete de 2017, Rigoberto Urán ganaría la novena etapa del Tour de Francia. Sí, la esperada etapa reina, su majestad en puertos de montaña, en puertos de categoría especial y, a la postre, también en abandonos, siete, tres y once respectivamente. 181 kilómetros entre Nantua y Chambéry que se definirían por un pelo: inicialmente, el ojo humano declararía ganador al local Warren Barguil, pero, 2 minutos y 40 segundos después, la foto finish se decantaría por Rigoberto Urán. Al reverso de esa foto panorámica del último pedalazo, del llamado golpe de riñón, el potenciómetro de Rigo firmaría su pico más alto de la jornada: 1189 vatios, o sea la potencia necesaria para encender unos diez televisores de 21 pulgadas. Si bien, encendería millones más a control remoto, pues esa novena etapa alcanzaría 5.9 puntos de rating, o, lo que es lo mismo, 15 de cada 100 colombianos verían el reñidísimo triunfo de Rigoberto Urán a través de la caja tonta. Durante las siguientes tres horas, antes de ser superado sobre las dos de la tarde por #PeriodismoDeshonestoRCN, Rigo sería tendencia número uno en Twitter para Colombia. Allí, en ese lapso del almuerzo, se haría viral una entrevista que le concedería al periodista de turno del canal Caracol mientras se dirigía a la prueba antidoping, 4 minutos y 41 segundos después de bajar del pódium: cuando Rigo lanzaba una lluvia de calificativos cuya nube de significación sería el sustantivo epopeya, pues había terminado la etapa con los cambios de la bicicleta rotos, trabados en la relación 53-11 desde el kilómetro 158, el periodista de turno del susodicho canal lo interrumpiría para preguntarle una tontería contraria a todas las mitologías capilares:
—Rigo, la gente en Colombia se pregunta: ¿sirvió el corte de cabello?
—De momento parece ser que sí, vamos a ver más adelante.
—¿Por qué se lo cortó?
—Ya lo tenía muy largo, estaba cansado. Aunque a mi mujer no le gusta así, cabecipelado, dizque porque quedo muy nea, me dice que me veo muy nea… ¿Usted sí sabe qué es nea?

Ya que el periodista de turno del susodicho canal no lo sabía, Rigo le traduciría ese vocablo propio del sociolecto de los jóvenes de Medellín, del denominado parlache, al colombianismo “gamín”. Así como para el periodista de turno fue una novedad, seguramente era la primera vez que esa palabra, la segunda más corta del parlache tras la fórmula de saludo “oe”, se escuchaba en la televisión nacional. No por nada, su significado sería tema de debate en las redes sociales ese domingo nueve del mes siete y el lunes diez, primer día de descanso en el Tour: ¿Qué es nea? Para zanjar el debate solo habría que pasar de Rigo y de las redes sociales al rigor del Diccionario de parlache. Al abrirlo en la página 143, se lee: “Nea: Acortamiento de gonorrea”. Y al retroceder 37 páginas, hasta la 106, se comprueba que “gonorrea”, la entrada número 56 de la ge, es el insulto de insultos: “Persona despreciable, ruin”. Según Luz Stella Castañeda, reconocida sociolingüista y coautora del Diccionario de parlache, el acortamiento “nea” habría surgido en los colegios femeninos de estratos altos de Medellín con el fin de encriptar el insulto, para poder usarlo sin perder prestigio, sin que las alumnas fueran tildadas de vulgares por sus profesores. Posteriormente, se propagaría por los demás colegios de estratos privilegiados, mutando a través del uso tanto su tipo como su significado, pasando de adjetivo a sustantivo, y de insulto cifrado a forma de tratamiento, convirtiéndose en sinónimo de compañero, amigo, parcero, parce, etc. A continuación, se extendería por los colegios del resto de la pirámide socioeconómica medellinense, donde sumaría una nueva acepción a su significado, a caballo entre sus dos predecesoras, y que sería el espejo de “boleta” o de “bandera”, esto es, “alguien o algo desagradable, estrambótico”, o sea lo que quería darle a entender la mujer de Rigo al Rigo cabecipelado, y el Rigo cabecipelado al periodista de turno del susodicho canal.

Posdata 1: Un año antes de la primera edición del Diccionario de parlache, publicada en 2006, Luz Stella Castañeda presentaría su tesis doctoral, titulada Caracterización lexicológica y lexicográfica del parlache para la elaboración de un diccionario, y cinco años antes sería coautora de El parlache. Ambos, tanto la tesis como el libro, incluirían un glosario que sería la base de dicho diccionario, sin embargo, en ninguno de los dos estaría el acortamiento de gonorrea, luego, el surgimiento de nea es relativamente reciente, posterior a 2001, año en el que, por ejemplo, la palabra parlache se institucionalizaría, ingresaría en la vigésima segunda edición del DRAE, en la página 1683: “Jerga surgida y desarrollada en los sectores populares y marginados de Medellín, que se ha extendido en otros estratos sociales de Colombia”.

Posdata 2: “Tres letras son suficientes hoy en día para mentarle la madre a cualquiera en los barrios de Medellín. Nea, dicha en un tono fuerte, tiene una carga insultante similar a la que desde hace mucho residía en hp o en tiempos más recientes en gonorrea”. Esa es la entradilla sensacionalista de un artículo publicado en El Tiempo el 27 de marzo de 2005, titulado “Palabras de la entraña del barrio”. Allí, Luz Stella Castañeda recordaría que la primera vez que se percató de la existencia de “nea” fue en octubre de 2003, cuando, en el marco de Expouniversidad, varios estudiantes le divulgaron ese vocablo. Además, agregaría que este surgió en los sectores populares, tal vez como una metátesis de gonorrea, esto es, gorronea, que posteriormente se reduciría a “nea”, aunque un año después se rectificaría en el Diccionario de parlache, en donde se lee que dicho acortamiento “empezó usándose en los colegios de clase alta”.

La más peligrosa

¿Qué pasó con gonorrea antes de convertirse en nea, entre su origen y su acortamiento postY2K? Para establecer su año de nacimiento primero habría que echarle una ojeada al Diccionario de los mariguaneros, que saldría a la luz en Medellín abriendo 1980, gracias a los poetas Germán Suescún y Hugo Cuervo, y que sería el repertorio de una jerga que había bebido de las mismas fuentes léxicas de las que posteriormente surgiría el parlache, por lo que podría considerarse una suerte de protoparlache. Al abrirlo en la ge, y avanzar hasta la página 68, se pasa directamente del verbo transitivo “golpiar” al sustantivo “gorgonazo”, es decir, el Diccionario de los mariguaneros no incluye el adjetivo “gonorrea”. Si bien, sí incluye, por ejemplo, el insulto más usado del parlache tras gonorrea, sí, “pirobo”. Prueba necesaria y contraprueba suficiente para afirmar que la gonorrea lanzada como injuria no es anterior a 1980. Un año después, en 1981, la editorial Letras publicaría Bacano Llave, de Alberto Piedra. Desconocido ejemplar de la oralitura colombiana que, a la manera de un libro almanaque, relataría las desventuras de Bacano Llave Restrepo: un nomen nescio de la comuna noroccidental de Medellín, del barrio Robledo, el tercero de cinco hijos de Jesús Llave, un expartidario de la Anapo muerto en una balacera mientras ejercía su oficio de celador, y de Rosalba Restrepo, ama de casa impedida laboralmente por la variz. No bien cumplida la mayoría de edad, empezarían las penurias de Bacano: tras pasar sesenta días en Bellavista por mariguanero y vago reconocido, viajaría a Cali con la esperanza de refundarse. Allí, sin embargo, se haría adicto a mirar “hembritas” en el parque La María bajo los efectos del daprisal: “¡¡¡Qué culos!!! Cuando a uno le explotan los dapris se siente el putas. Pero no es como el guaro que uno se pone a peliar sino que le da es por votar caspa, fumar leña y rodarla”. Ese pasatiempo caicediano lo financiaría al venderle a unos gringos dos metros de perico falso, o sea un mix pulverizado de tres pastillas de silocaina y dos de mejoral, a precio de cuatro y medio del verdadero. Todo iría bien hasta que Bacano abandona su radio de acción, el perímetro del parque La María y sus alrededores: al adentrarse en San Fernando se toparía con un tropel entre la policía y unos estudiantes del Santa Librada, del popular Santa Pedrada. El efecto acelerador del daprisal lo obligaría a acercarse a ese ojo del huracán: lo miraría fijamente más de la cuenta y se ganaría una golpiza de los tombos. Con la golpiza vendría una elipsis narrativa del tamaño de una casa. Tan grande que, una vez superada, Bacano estaría de regreso en Medellín, recluido en un manicomio para curarse de sus adicciones, en una pieza de tres metros cuadrados con un afiche del poderoso de la montaña personalizando una de sus cuatro paredes. La elipsis es tan grande que, como en todo libro almanaque, sería minimizada al pasar la página por un elemento que contextualiza la narración: una caricatura, una foto o, en este caso, una noticia que reproducía la primera aparición de Medellín en Newsweek, al ser declarada por ese semanario la ciudad más peligrosa del mundo, lo que, por ejemplo, llevaría a clausurar el consulado gringo en Medellín promediando 1981. Ese año la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 56. Finalmente, aunque Bacano Llave incluiría elementos lingüísticos que iban más allá de los contenidos en el Diccionario de los mariguaneros, tales como la locución adverbial y la negación enfática más usadas del parlache, esto es, “a la final” y “la chimba”, no incluiría a gonorrea, luego, es altamente improbable que esa palabra usada como insulto sea anterior a 1981. Un año después, en 1982, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 57. Y en 1983, 58. Cerrando ese año, como si hubiera sido determinada por la curiosa progresión aritmética de esa tasa, 56, 57, 58, aparecería el primer registro público de gonorrea en calidad de insulto. Sí, en Los habitantes de la noche. Aquel mediometraje de Víctor Gaviria cuyo argumento podría considerarse la continuación clase media de Bacano Llave: al filo de la medianoche, a seis muchachos desparchados en una esquina cualquiera del centro occidente de Medellín, se les ocurre rescatar a un compinche internado en el manicomio por su adicción a la mariguana. Al compinche lo apodaban el Topo por la cuarta acepción del DRAE, acepción que lo igualaría con Bacano Llave Restrepo: “Persona de cortos alcances que en todo yerra o se equivoca”. Para trasladarse hasta el manicomio, sito en el Bloque 4 del San Vicente de Paúl, les robarán cuatro bicicletas a cuatro celadores de Florida Nueva, barrio en el que había crecido Víctor Gaviria. Mientras el tercero de los celadores telefonea al radioprograma nocturno que le da nombre al mediometraje para denunciar el robo, le hurtan la bicicleta al cuarto: ocurre en el puente que atraviesa la quebrada Ana Díaz a la altura de la carrera 77A con la 79B. Al ser atracado, el cuarto celador exclama: “Gonorreas, respeten, malparidos”. Según el locutor, es la 1:28 a. m. del 4 de octubre de 1983, día de San Francisco de Asís. Sí, el locutor era Alonso Arcila, hermano menor de Rubén Darío Arcila, el narrador de ciclismo que, aquel 9 de julio de 2017, le daría paso al periodista de turno del canal Caracol que desconocía el significado de “nea”. Un año después, el distópico 1984, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 71. Y en 1985, 101. Ese año, del 10 al 15 de febrero, se publicaría en El Mundo la legendaria pentalogía de crónicas de Ricardo Aricapa titulada “S.O.S desde Bellavista”, en donde por primera vez se divulgaría el parlache a través de un medio masivo, en donde por primera vez se leería masivamente, por ejemplo, la forma de tratamiento para referirse a un amigo muy allegado, esto es, “parcero”, en uno de los pies de foto de la última entrega: “Carlos Robeiro Valencia Gómez, alias el Parcerito, uno de los duros del patio cuarto. Tiene más entradas a Bellavista que años de edad”. Tenía 17 años y 22 entradas, todas por robo, era de Manrique, el mayor de ocho hermanos, y, como Bacano Llave Restrepo, huérfano de padre. “S.O.S desde Bellavista” incluiría insultos como pirobo, pero no el capital, gonorrea. Un año después, en 1986, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 123. Como si ese 123 fuera una llamada de emergencia, pues desde ahí el homicidio sería la primera causa de mortalidad general en Medellín, cerrando ese año se filmaría Rodrigo D. No futuro. Sí, la película protagonizada por actores naturales de Manrique Guadalupe, pero rodada en Robledo El Diamante, es decir, la película que igualaría los destinos de las comunas noroccidental y nororiental de Medellín, representadas, respectivamente, por Bacano Llave Restrepo y por alias el Parcerito. Allí, gonorrea se pronunciaría once veces: tres, el Burrito; cinco, el Alacrán; dos, las hermanas Castro; y una, Ramón. Ese mismo año saldría a la luz El cartel punk de Medellín, un compilado de 37 canciones distribuidas en 20 agrupaciones, sí, aquel que tendría en la portada a Pablo Escobar con cresta, botas platineras y una botella de Chamberlain en la mano diestra. Aquel cuya octava canción, “Ramera de barrio”, de Mutantex, sería la primera en incluir el insulto de insultos, gonorrea, en el intro, parodiando Las mañanitas: “Estas son las chimbaitas / que más me emputan a mí / que las gonorreas más putas / jamás me lo dan a mí”. Esa octava canción, un par de años más tarde, sería la número cinco del lado A de la banda sonora de Rodrigo D. No futuro. Precisamente Ramiro Meneses, protagonista de la película y baterista y vocalista de Mutantex, escupiría el primer registro público de una acronimia formada con gonorrea, sí, en uno de los dos detrás de cámaras de Rodrigo D., titulado Cuando llega la muerte: Rodrigo, encarnado por Ramiro, está improvisando con el que será su hermanito en la película. De repente, un zócalo anuncia en letras rojas: “Buscando a los personajes, mayo de 1986”. A continuación, Rodrigo le dice a su hermanito que lo único que le gustó del colegio fue una clase de ciencias en la que le mostraron un feto de un marrano conservado en un frasco de vidrio. Y luego zanja la situación así, resumiendo: “Eso era lo único que me gustaba a mí, pero de resto, qué profesores tan petorreas los que había allá”. Petorrea: acronimia o cruce entre petardo y gonorrea, petardo en el sentido de la segunda acepción del Diccionario de parlache, a saber: “Persona poco competente”. Un año después, en 1987, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 142. Y en 1988, 198. Ese año se registraría la primera aparición de la gonorrea del parlache en la literatura, sí, en Los caminos a Roma, de Fernando Vallejo, como si todos los caminos condujeran a la gonorrea: un Vallejo viejo, el narrador, recordará a un Vallejo joven, el que había viajado a Roma para estudiar en el Centro Experimental de Cine. Una tarde, a la residencia en que se hospedaba el Vallejo joven, llegará un grupo de músicos judíos, entre ellos, una niña, la única que hablaba español. Pero no será cualquier español: “Me hablaba de vos, pero no era el vos de Antioquia que es vos y tú, ni era el vos mayestático. Era un vos que nunca antes había oído. Suyo, solo suyo. El vos que usó Castilla cuando su lengua no conocía el usted”. Ese español arcaico, constatará el Vallejo joven con el tiempo, o sea el Vallejo viejo, era el de los sefardíes expulsados de España, de Toledo, por los Reyes Católicos, el fatídico 1492. Sí, el aprendido por Colón, el de Fernando de Rojas. Con ese español celestino la niña pronunciará el lugar de origen del Vallejo joven: “¿Antioquia dixistes?”. Aunque se hablaban desde un español arcaico a uno lleno de arcaísmos, el llamado antioqueñol, el Vallejo joven le dirá a ella: “¿Que mi idioma se ha hecho nuevo y el tuyo viejo? ¡Qué importa! Una sola cosa te quiero decir, mocita, pero no te la digo ahora, te la diré mañana”. La mocita, sin embargo, dejaría Roma en la madrugada, luego, el Vallejo joven nunca le dirá lo que le tenía que decir. Al recordar esa lejana decepción, el Vallejo viejo rematará ese aparte del libro, el tercero de su pentalogía autobiográfica, así: “Palabrería. Marihuanadas. El amor es una gonorrea del alma. Con perdón”. Un año después, en 1989, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 237. Y en 1990, 312. En agosto de ese año se publicaría No nacimos pa’ semilla, de Alonso Salazar, una suerte de polifonía del círculo vicioso de los combos de Medellín. Polifonía que, siguiendo el denominador común de Bacano Llave Restrepo o de alias el Parcerito, giraría en torno a Toño, un sicario de la nororiental, de 20 años, el mayor de muchos hermanos huérfanos de padre. Toño, tras sufrir un atentado de Los Capuchos, un grupo de autodefensa, morirá lentamente en el pabellón San Rafael del San Vicente de Paul: “Con voz tranquila empieza a contarme su vida, mirándose hacia adentro, como haciendo para él mismo un inventario”. El inventario iniciaría con la mala estrella de los 13 muertos que llevaba encima. Pero No nacimos pa’ semilla también incluiría otro inventario, sí, sería el primer libro en anexar un glosario del parlache: “Este es un listado de palabras de uso común entre los integrantes de las bandas. Muchas de estas expresiones han permeado otros círculos sociales de Medellín, donde actualmente es corriente su utilización”. Glosario que, por supuesto, tendría en cuenta a gonorrea: “Persona despreciable”. Lo haría para poder explicar el metainfierno, “el túnel”, la peor celda de la Guayana, que era el sector donde iban a parar los parias, los desterrados de los patios de Bellavista: “El túnel es la cárcel de la Guayana, como quien dice el infierno del infierno. Es una celda húmeda por donde pasa la mierda. Al túnel caen las peores porquerías de Bellavista, las gonorreas”. Un año después, en 1991, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo llegaría a su máximo histórico, a la insuperable cifra de 375.

Posdata: Curiosamente, en ese apocalíptico 1991, se publicaría el libro con más gonorreas, sí, El pelaito que no duró nada: 52 en 106 páginas. Entre ellas, se registraría por primera vez el fraseologismo exclamativo para expresar emociones negativas o de rechazo, sí, “¡qué gonorrea!”, en dos ocasiones.

Narcos

Para alimentar mi complejo de inferioridad, desde hace 17 años rastreo películas y series extranjeras que mencionan a Medellín, mi ciudad natal. Por esa vía, por ejemplo, llegué a Narcos, la serie extranjera que más la ha mencionado: 44 veces en la temporada de estreno y 57 en la segunda. La primera, a los 12 minutos y 47 segundos: “En ese entonces, Pablo era dueño de media policía de Medellín”… Narcos, según Netflix, es una de sus series más adictivas, necesitando apenas tres capítulos para enganchar al 70 por ciento de sus suscriptores. Y sería precisamente en ese tercer capítulo, entre el Medellín 18 y 19, donde una palabra me desviaría de mi conteo: se la escupe la Quica a Poison, ambos sicarios de Pablo Escobar, mientras discutían por un muerto de la noche anterior. Según Poison, era su número 65, pero la Quica decía que no, que era de él.
La Quica: Si yo fui el que se tronó al mancito.
Poison: Usted nomás le dio el plomazo cuando ya estaba todo tirado, muerto.
La Quica siguió insistiendo y Poison negando. Varios kilómetros así: el uno insistía y el otro negaba. Hasta que Poison se cansó de negar, dio un volantazo a la izquierda y atropelló a un campesino que iba caminando al borde de una carretera fantasmal.
La Quica: ¿Qué estás haciendo, gonorrea?
Poison: ¡Vea, 65, papá!

Sí, el primer gonorrea de Narcos, y el más ecuménico hasta ahora, transmitido a más de 190 países, prácticamente a todo el mundo a excepción de China, Crimea, Corea del Norte y Siria. Pronunciado 14 minutos después de que saliera en pantalla el primer reportaje sobre Pablo Escobar publicado en Colombia, sí, “Un Robin Hood paisa”, en la edición 50 de Semana, el 19 de abril de 1983, cuando el capo era suplente a la Cámara de Representantes y no tenía ningún proceso judicial en su contra, ya sea en Colombia o en el exterior. Pronunciado 17 minutos antes de la recreación de aquella famosísima plenaria de la Cámara de Representantes en donde se debatiría el tema de los llamados dineros calientes, dineros del narcotráfico financiando campañas políticas. Plenaria en la que se verían por primera y única vez las caras Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia, y Pablo Escobar. Sí, el mismo día que una fuente anónima le advertiría al editor judicial de El Espectador que, años atrás, ese periódico había publicado una noticia vinculando a Pablo Escobar con el tráfico de drogas. Sí, el mismo día que Guillermo Cano, siguiendo a la fuente de su editor judicial, encontraría dicha noticia en los archivos del periódico: publicada el viernes 11 de junio de 1976, documentaba que seis narcotraficantes, entre ellos Pablo Escobar y su primo Gustavo Gaviria, habían sido capturados en Itagüí con 39 libras de cocaína. Al día siguiente de la plenaria, 25 de agosto de 1983, El Espectador reproduciría la noticia bajo un nuevo titular: “En 1976 Escobar estuvo preso”. Sí, nuevo titular que Pablo taparía con un dedo, al menos en Medellín, al comprar todos los ejemplares de El Espectador que se distribuirían en esa ciudad ese cuarto jueves de agosto. Dos meses después, a escasos días del primer gonorrea registrado, aquel de Los habitantes de la noche, se dictaría la primera orden de captura contra Pablo Escobar, por la desaparición de los dos agentes encubiertos del DAS que lo habían pescado aquel 11 de junio de 1976. Una semana más tarde, el 26 de octubre de 1983, la Cámara de Representantes le levantaría la inmunidad parlamentaria. Comenzaría, pues, la guerra total… Ese primer gonorrea de Narcos sería traducido de distintas formas. Literalmente, por ejemplo, al inglés, italiano, húngaro, indonesio y finlandés, esto es: What are you doing, gonorrhea?; Che fai, gonorrhea?; Mit mûvelsz, tripper?; Apa yang kau lakukan, gonorrhea?; y Mitä teet, tippuri? respectivamente. Al holandés, casi literalmente: Wat doe jij nou, zieke lul?, en donde zieke lul significa pene enfermo. Distintamente, en rumano: Ce faci, nebunule?, en donde nebunule significa loco. Y también en polaco: Co ty robisz, cholero?, en donde cholero significa mierda, pero un mierda muy particular, derivado del griego choléra, que significa bilis, secreción amarillenta. A otros idiomas como sueco o checo, se traduciría de forma implícita, transformando la pregunta de la Quica, el ¿qué estás haciendo, gonorrea?, así: Vad fan gör du?, que significa ¿qué diablos estás haciendo?; y Zešílel jsi?, que significa ¿estás enojado? Finalmente, en idiomas como francés, alemán, portugués, danés, serbio, croata, turco, noruego, ruso o estonio, gonorrea no sería traducido, dejando la pregunta en un estándar ¿qué estás haciendo? Dos capítulos después, en el quinto de la primera temporada, titulado paradójicamente “There will be a future”, “Habrá futuro”, porque esa fue la última frase que le dijo Galán a Gaviria, se registraría el segundo gonorrea de Narcos y el primero pronunciado por Pablo Escobar en la serie: se lo escupe al coronel Carrillo, 38 minutos después de la recreación del magnicidio de Galán, de aquella noche suachuna del 18 de agosto de 1989, un día antes de que decretaran la extradición por vía administrativa, por fuera del alcance de la Corte Suprema de Justicia.

Carrillo: ¿Te crees el muy berraco, no? Pues deberías cambiar tu teléfono satelital.
Pablo: ¿Quién habla?
Carrillo: Tu madre está en Rionegro, con ese barrilito de grasa que llamas hijo. Y tu esposa estaba ayer en la carrera 11 comprándose una ropita.
Pablo: Malparido, marica, ¿usted qué cree, que porque es policía le tengo miedo?
Carrillo: Tú sabes dónde está mi familia, marica. Pues yo también sé dónde está la tuya, que no se te olvide.
Pablo: ¡Gonorrea, malparido!

En Narcos, el coronel Carrillo es el trasunto de Hugo Martínez, sí, el coronel que comandaría el Bloque de Búsqueda, el grupo élite de la policía reactivado para cazar a Pablo Escobar tras fugarse de la cárcel de La Catedral el 21 de julio de 1992. Tres días después, el 24 de julio, Gaviria le propondría a otro Hugo, a uno de menor rango, que se reincorporara al Bloque de Búsqueda como jefe de inteligencia. Sí, a Hugo Aguilar, el mayor que, según la historia oficial, es el autor del tiro que penetraría la espalda de Pablo Escobar, coquetearía con su corazón y se le alojaría en el maxilar inferior izquierdo, sí, el tiro inmediatamente anterior al mitificado tercero que le entraría por una oreja y le saldría por la otra, la derecha. Hugo Aguilar, actualmente encarcelado por parapolítica, también es el autor de Así maté a Pablo Escobar. Publicado en 2015, es uno de los pocos libros que da cuenta del capo pronunciando el insulto de insultos, gonorrea, sí, en el capítulo inicial, “Hablando con Pablo”:
—¿Aló?
—¿Quién habla?
—¿A quién necesita?
—Vea, hiena gonorrea, si usted es el mayor Aguilar, le voy a meter un poco de dinamita por ese culo.
—Y yo le voy a meter un roquetazo, sicópata infeliz.
—Vea, usted es el mayor Aguilar, con ese habladito boyacense. Gonorrea, cuando lo secuestre le voy a quitar uña por uña y los dedos uno a uno.

Días después, el capo llamaría a la sala técnica de interceptación de llamadas:
—¿Aló?
—¿Quién habla?
—Pablo Emilio Escobar Gaviria y en pocos segundos va a explotar un carrobomba con dos mil kilos de dinamita en esa sede de torturas, gonorrea hijueputa.

Se refería a la sede del Bloque de Búsqueda, la Escuela de Policía Carlos Holguín, que, naturalmente, sería evacuada. Tres meses después de esa falsa alarma, tras 499 días de persecución, al día siguiente de cumplir 44 años, o sea el 2 de diciembre de 1993, a las 3:15 de la tarde, sería abatido Pablo Escobar. En el techo de una casa del barrio Los Olivos, en la carrera 79B # 45D-94, sí, exactamente cuatro cuadras arriba del puente que atraviesa la quebrada Ana Díaz, a la altura de la carrera 77A con la 79B, sí, aquel puente de Los habitantes de la noche donde se pronunció el primer gonorrea del que todos podemos ser testigos. Luego, es como si el insulto de insultos, gonorrea, hubiera esperado diez años para dibujar su referente. No por nada, el margen de error de los equipos Thompson y Telefunken que triangularon las últimas llamadas de Pablo y lo ubicaron, era, precisamente, de un radio de cinco cuadras.

Posdata: Un mes después de la muerte del capo la revista Semana lo despediría con este obituario: “No dejó gobernar a tres presidentes. Transformó el lenguaje, la cultura, la fisonomía y la economía de Medellín y del país. Antes de Pablo Escobar Medellín era considerada un paraíso. Antes de Pablo Escobar el mundo conocía a Colombia como la Tierra del Café. Antes de Pablo Escobar los colombianos desconocían la palabra sicario…”. A lo que habría que agregar: antes de Pablo Escobar gonorrea era un sustantivo, una enfermedad venérea, con Pablo Escobar, un adjetivo, el mayor insulto de Medellín, y después de Pablo Escobar, el mayor insulto de los colombianos, y el más flexible.

La más fea

El mismo año de la muerte del capo, 1993, se publicaría el Diccionario de las hablas populares de Antioquia, sí, el primero en incluir el insulto de insultos: gonorrea. Para entonces su uso estaba tan extendido que no haría parte de la sección “Léxico jergal”, sino del apartado “Léxico coloquial y popular”. Un año después, en 1994, se publicarían los siete gonorreas más universales hasta la aparición de Narcos, sí, en La virgen de los sicarios. El segundo, entre paréntesis, contextualizaría al primero y a los demás: “Gonorrea es el insulto máximo en las barriadas de las comunas”. El sexto y el séptimo, por su parte, serían los más sonoros: “¡Gonorrea! El infierno entero concentrado en un taco de dinamita”, y “Dios no existe y si existe es la gran gonorrea”. Igualando ese sexto y séptimo gonorrea, y asumiendo como cierta la existencia de Dios, ocho años después Juan Villoro escribiría que La virgen de los sicarios es un evangelio al revés. Lo que comprobaría con una frase de ese libro que se encuentra, precisamente, entre dicho par de gonorreas: “Dios es el Diablo”. Al francés y al alemán esos siete gonorreas serían traducidos de forma literal, esto es, gonorrhée y tripper respectivamente. Al inglés, como si fueran una toponimia de Medellín y de Colombia reflejada en un espejo de doble fondo, la imagen de la anomia de ambas, pues, al fin y al cabo, tanto gonorrea como Medellín y Colombia tienen ocho letras, no serían traducidos, el traductor, un tal Paul Hammond, los dejaría así, intactos: gonorrea. Para el narrador de La virgen de los sicarios, un lingüista que se consideraba a sí mismo el último gramático de Colombia, ese insulto de insultos sería el resultado de una fórmula naturalista: “Al desquiciamiento de una sociedad se sigue el del idioma”. Un año después, en 1995, se publicaría la primera investigación que daría cuenta de ese desquiciamiento, sí, El parlache: una variedad del habla de los jóvenes de las comunas populares de Medellín, de Luz Stella Castañeda y José Ignacio Henao. Allí, entre otras cosas, se considera al parlache como un antilenguaje y, como tal, expresaría la nueva jerarquización social establecida en los barrios populares de Medellín. Jerarquización que sería deducida a partir de un sinnúmero de textos escritos, principalmente, por estudiantes del Pascual Bravo, entre 1991 y 1995: en la punta de la pirámide estarían las palabras “patrón, duro, jefe y fuerte”; después, en un segundo nivel, “traqueto, dedicaliente y caliente”; en el tercero, “chichipato”; en el cuarto, “torcido, fariseo y sapo”; en el quinto, “basura, pichurria, bandera y chirrete”; en el sexto, “fufurufa y pirobo”; y, en el séptimo y último, a ras del más allá, “chulo”. Jerarquización que, ciegamente, no incluiría a gonorrea. Sin embargo, en el texto número siete de los escritos por los estudiantes del Pascual Bravo, se lee lo siguiente: “Llegó una noticia que Julio estaba muerto y con un letrero en el pecho que decía: Vamos a acabar con los gonorreas”. Luego, sabiendo que chulo es sinónimo de muerto, gonorrea, en esa jerarquización, ocuparía el séptimo nivel, desplazando a chulo hasta el octavo. Gonorrea, pues, sería el calificativo de alguien que está a punto de ser besado por el fraseologismo medellinense de la muerte, que está a punto de ser “tirado al piso”. Al respecto, un año después, en 1996, en el libro La génesis de los invisibles: historias de la segunda fundación de Medellín, Alonso Salazar escribiría que dicha jerarquización es la materialización de “un lenguaje al mismo tiempo lúdico y profano, que se tomó la ciudad desde los territorios de la exclusión… Jergas repetidas como identidad o como esnobismo. Pues aún en los colegios de buenas familias para referirse a un paisano no muy estimado se le dice gonorrea. Pero las palabras no son gratuitas. En este slang las que están asociadas con la muerte son las que más sinónimos presentan”. Un año después, en 1997, en el libro Medellín es así, en un artículo titulado “La real academia del parlache”, Ricardo Aricapa, divulgando la referida investigación de Castañeda y Henao, ampliaría la cita de su colega Alonso Salazar a través de un mapa de calor del parlache según sus términos y expresiones: 87 palabras aluden a la cultura de la droga, 46 a la mariguana, 25 al bazuco y a la cocaína, 42 a la violencia, 73 a la muerte, 27 a las armas de fuego, 11 a las armas blancas, 24 a las balas o municiones, 17 a la cárcel, 19 a la policía, 25 al dinero, 14 a las prostitutas, 18 al robo y la misma cantidad a escaparse. Además, se encontrarían cuatro veces más palabras o expresiones para insultar que para elogiar, esto es, 53 frente a 13, siendo gonorrea el insulto más popular. Popularidad que alcanzaría su cimero al año siguiente, en 1998, con los 101 gonorreas pronunciados en La vendedora de rosas, ninguno, curiosamente, por Mónica, la protagonista, que moriría en Nochebuena escuchando el último de esos agravios, lo que demuestra nuevamente que, en el contexto de la nueva jerarquización social establecida en los barrios populares de Medellín, el nivel de la gonorrea es el más propincuo al de la muerte. Ese mismo año saldría a la luz, en la revista Íkala, “Parlache, crisis social y medios de comunicación”, en donde se reseñaría la primera vez que gonorrea circuló en El Espectador, el 9 de octubre de 1994, en un artículo titulado “Diccionario real de la narcolengua”: “No es raro que un niño de un colegio bien le diga a un amigo que es una gonorrea y que si no le gusta cómo lo trata, pues que se abra”. Un año después, en 1999, se publicaría De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, de Alberto Salcedo Ramos, que incluiría una titulada “El gol que costó un muerto”, acerca de William Blandón, un joven de la comuna nororiental de Medellín que sería amenazado de muerte por hacer un gol sin querer, el del triunfo definitivo en un partido de microfútbol que debía quedar empatado: “Me acuerdo como si fuera ayer del insulto que me echó en la cara. Me dijo: Gonorrea hijueputa, nos dañaste la clasificación. Cuidate, que te voy a matar”. Frase que, hasta ese momento, había retenido en su mente durante diez años, como eco, una vez más, de gonorrea trasuntado en aviso de muerte en la jurisdicción de los barrios populares de Medellín. Connotación que se extendería rápidamente a los barrios periféricos de Bogotá, como quedaría evidenciado un año después, el 26 de febrero del 2000, en una noticia de El Tiempo titulada “Los recorridos de la muerte”. Allí, se denunciaría que, en un lapso de cinco meses, habían sido asesinados cinco conductores de las rutas 728 y 729 de Coointracóndor por resistirse a ser atracados. Uno que no se resistió, llamado Emerson Mejía, describiría a su atracador así: “…de unos 18 años, 1,70 de estatura. Bien vestido. Me encañonó y me dijo: Quieto gonorrea. Entrégueme la plata hp”. Ese mismo año, el 2 de julio, y en ese mismo periódico, en una columna titulada “Cine con sociología”, Armando Silva, luego de divulgar un estudio del Ministerio de Cultura que señalaba a La estrategia del caracol y a La vendedora de rosas como las películas colombianas de mayor recordación para el público nacional, diría lo siguiente acerca de la segunda: “La vendedora, que tuvo algunos aciertos al introducir un mundo con actores naturales, sobre algo significativo como la droga y la violencia en la marginalidad citadina, fue un exceso de espontaneísmo, concordante con la repetición gratuita y ofensiva de la palabra gonorrea, emblema gastado de su audacia cinematográfica”. Un año después, en 2001, la publicación de El parlache, a través de un glosario que serviría de colofón del libro, demostraría que, a diferencia de lo escrito por Armando Silva, gonorrea no era ningún emblema gastado, sino, más bien, el vocablo más maleable de dicho glosario representativo y, por lo tanto, de la variedad argótica denominada parlache. Tan maleable que, si avanzan hasta la página 121, verán que, hasta entonces, gonorrea se había fusionado con pichurria, plasta y gorzobia, para transformarse, respectivamente, en gonopichurria, gonoplasta y gonorzobia, y se había deformado en otros insultos como gonopleta, gorronea y gorroné, este último la versión de gonorrea usada en Urabá. Tan maleable y a la vez tan apegada al contexto local y nacional que, como señala una micronoticia de El Tiempo publicada el 6 de mayo de 2001, anunciando la primera muestra de cine colombiano en Moscú, a presentarse entre el 8 y 15 de ese quinto mes en el Museo del Cine, gonorrea traería líos de traducción: “Para los traductores rusos lo más difícil por lo pronto es entender el lenguaje callejero de los protagonistas de La vendedora de rosas. Y es que les toca decir gonorrea en ruso”. Finalmente, sería traducida de manera literal: “гонорея”. Líos de traducción que, un año después, en 2002, también manifestaría Fernando Vallejo en La rambla paralela, su libro más experimental, la novela de su desdoblamiento: “Poca atención le prestó el viejo a las noticias de Colombia, preocupado como andaba por lo propio: por la intraducibilidad al alemán de sus libros dada la escasez de insultos en esa pobre lengua pendeja”. Se refería, por supuesto, a los siete gonorreas de La virgen de los sicarios que, como se dijo arriba, fueron traducidos literalmente a la lengua de Goethe, esto es, “tripper”. Líos de cuasiintraducibilidad que solo han permitido que se haya traducido una vez un vocablo extranjero al español colombiano como gonorrea. Sí, en 2003, en “Mea Culpa”, un panfleto de Céline traducido por Pablo Montoya y que publicaría la Revista Universidad de Antioquia en su número 272. Inédito hasta entonces en español, “Mea Culpa” sería el resultado de un viaje que había hecho Céline en 1936 a la Unión Soviética pagado con los derechos de la traducción al ruso de Viaje al fin de la noche. Viaje decepcionante que desembocaría en la escritura de ese manifiesto anticomunista. Allí, en un párrafo en el que habla de la superioridad práctica de las grandes religiones cristianas, Céline dice que esta reside en que “Toman al hombre en la cuna y enseguida le descubren el pastelito. Y le soplan sin ambages: Tú, pequeña gonorrea informe, nunca serás más que una basura…”. En el original, en francés, esa frase intensificada por los dos puntos que la anteceden fue escrita así: “Toi petit putricule informe, tu seras jamais qu’une ordure…”. Luego, “putricule” correspondería a gonorrea en la traducción de Pablo Montoya. Posteriormente, en un artículo titulado “Manipulación ideológica y formal en la traducción literaria de Pablo Montoya”, publicado por Wilson Orozco en Íkala vol.14 no.21, a propósito de “Mea Culpa”, Pablo Montoya diría: “A la hora de definir hacia quién iba dirigida esa traducción, pensé en los jóvenes lectores de la Universidad de Antioquia. Aunque, por obvias razones, me parecía peligroso publicar en la revista de dicha universidad un texto anticomunista”. Como esa traducción no sería bien recibida por los estudiantes antiintelectuales y anticapitalistas de esa institución, desde entonces, en esos pequeños círculos anti y anti, a Pablo Montoya se le conoce como Putricule Montoya. Un año después, el 17 de noviembre de 2004, como informaría Semana el 12 de diciembre de 2009 y El Espectador el 14 de enero de 2012 y el 16 de marzo de 2013, en “Manual para amenazar”, en “¿Por qué el DAS se ensañó contra mí?” y en “La más perseguida del DAS” respectivamente, el G-3 del DAS crearía un manual para amenazar a Claudia Julieta Duque, la periodista que, en 2002, a través del programa Contravía, había denunciado las “DASviaciones”, las desviaciones que el DAS había hecho en la investigación por el magnicidio de Jaime Garzón. El manual para amenazarla constaba de dos partes: a) Instrucciones para no ser descubiertos: la llamada debía hacerse en cercanías a las instalaciones de inteligencia de la Policía, no debía durar más de 49 segundos, debía hacerse desde un teléfono público, quien la realizara debía estar solo y desplazarse en bus hasta el sitio, debía constatar que no hubiera cámaras de seguridad en el lugar y, muy importante, resaltado, no debía tartamudear. b) La amenaza redactada, en donde gonorrea era el insulto clave: “Ni camionetas blindadas ni carticas chimbas le van a servir ahora, nos tocó meternos con lo que más quiere, eso le pasa por perra y por meterse en lo que no le importa, vieja gonorrea hijueputa”. O, “Cuando escuchamos tu voz y la de tu hija, nos dan ganas de cogerlas y picarlas, gonorrea. Su hija va a sufrir, la vamos a quemar viva, le vamos a esparcir los dedos por la casa”. Un año después, en 2005, Luz Stella Castañeda presentaría su tesis doctoral, Caracterización lexicológica y lexicográfica del parlache para la elaboración de un diccionario, que incluiría una nueva acronimia y una nueva desviación de gonorrea, esto es, chandorrea y gonopercubia, la primera mezcla de chanda y gonorrea, y la segunda “persona viciosa y pervertida”. Par de vocablos que, curiosamente, al año siguiente no harían parte del Diccionario de parlache, que sí incluiría a las ya reseñadas gonopichurria, gonoplasta, gonorzobia, gonopleta, gorronea, gorroné y, por supuesto, nea. En ese 2006, además, se publicaría el único diccionario de colombianismos que, hasta ahora, tiene como entrada a gonorrea, sí, el Diccionario comentado del español actual en Colombia, de Ramiro Montoya. En 2007, sin embargo, en el marco del XII Concurso de Ortografía convocado por El Tiempo, Copista, el blogger del concurso, preguntó: ¿Cuál es la palabra más fea del español? La pregunta estaría abierta un mes, durante el cual 1027 cibernautas propondrían 1801 palabras para, finalmente, elegir a gonorrea, el insulto de insultos, como la más fea del español. Un año después, en 2008, saldría a la luz el único texto que ha reunido en torno a unas pocas líneas a Medellín, gonorrea y nea. Sí, tríada presente en el coro de una canción titulada, precisamente, Medellín, de Bruhoo Mc: “Medellín sos como yo / yo como vos / vos como yo / yo como vos / y a la final lo mismo / meras neas. Medellín sos como yo / yo como vos / vos como yo / yo como vos / y a la final lo mismo / unas gonorreas”. En el video, que se estrenaría en 2009, un ángel alado aterrizaría en Medellín en un día caluroso, bebería agua de un charco sito en una empinada calle del barrio Las Palmas y, como lo expresa el determinismo dentro del naturalismo del coro de la canción, se contagiaría al instante de la anomia de la que fuera la ciudad más peligrosa del mundo, convirtiéndose en la gonorrea más gonorrea del barrio. Ese mismo 2009, el 29 de mayo, en un artículo publicado en El Tiempo bajo el título “Lenguaje”, su autor, Alberto Baquero Nariño, escribiría que “el idioma tiene sus formas y sus espacios: así como en la diplomacia, en las cortes y parlamentos, por ejemplo, reina la hipocresía, en la gaminería la mejor alusión de confianza es ¡Uy, gonorrea hp!”. Dando a entender, posteriormente, que así como la RAE acepta lo primero, debería pasar lo mismo con lo segundo. No sé si ese artículo habrá tenido eco internacional, de seguro no, pero al año siguiente, en 2010, la RAE publicaría la primera edición de su Diccionario de americanismos, diccionario que, sorpresivamente, incluiría en sus páginas tanto a gonorrea como a su acortamiento nea. “Gonorrea: i. Co. Se usa para dirigirse a alguien entre personas del hampa y clases populares. ii. Co. Se usa como insulto, con el significado de persona ruin y despreciable”. “Nea: f. Co. juv. Persona de malos sentimientos”. Y listo, el resto es historia reciente, desde entonces, nea se alejaría cada vez más de su origen de insulto velado, consolidándose, por un lado, como sinónimo de parcero, y, por el otro, de boleta o bandera. En cuanto a gonorrea, a partir de su aparición inesperada en aquel Diccionario de americanismos, estaría presente, por ejemplo, en catorce artículos de El Tiempo y en siete de El Espectador, e incluso haría su debut en El Colombiano, el 1 de septiembre de 2017, en un artículo titulado “Parce, ¿y vos también usás el parlache?”. Todo eso, no sin antes acompañar otro debut, el de Sofía Vergara en Saturday Night Live, el 7 de abril de 2012, cerrando el tradicional monólogo de apertura de ese legendario programa, cierre que, por supuesto, cerrará este artículo: “And finally, you might have notice that I have a little some accent sometimes, I love it, this accent can make anything sound sexy, listen: gonorrea”.

Posdata: A última hora me llegó una información acerca del Diccionario del español de uso de Antioquia, que no es público y está en un fichero en la oficina 424 del bloque 12 de la Universidad de Antioquia. Bibliográficamente, suelen fecharlo en 1987, sin embargo, Adriana Ortiz, que por estos días dirige su digitalización, me envió la ficha de gonorrea y la elaboración de la misma corresponde a septiembre de 1984, elaborada por alguien cuyas iniciales son SMDV, que no se sabe quién es. Si lo que dice el manual de instrucciones de dicho diccionario, que sí es público, es cierto, esto es, que la información para construirlo fue recolectada en 1982, estaríamos ante el primer registro de gonorrea como insulto. Cuestión que, por supuesto, podría confirmar el enigmático SMDV. Por eso, si usted es SMDV, comuníquese, por favor, con Universo Centro

De capos y capitanes

por PASCUAL GAVIRIA

Número 149 Mayo de 2026

La pelota no se mancha, pero se empaña, se vende, se ubica en el ángulo conveniente, se chuza, se utiliza para ganar más allá de las páginas deportivas. Dictadores, mafiosos, presidentes, directivos y jugadores han sacado la pelota del rectángulo para convertirla en discurso y telón, saben muy bien que el fútbol es el pan de cada día y la política es el circo de temporada. Dejamos unas cuantas historias cargadas de goles y dolores.

1934, versión de Mussolini del afiche del mundial de Italia 34.

1928. El de la honrilla

El fútbol samario tiene una gran historia con la camisa de Colombia. La antorcha del Pibe ilumina la lista a la que se suman Falcao García, el Pitufo de Ávila, Eduardo Emilio Vilarete, Didí Valderrama, Aldo Leao, Jorgito Bolaño y los pioneros Carlos Arango, quien marcó para Colombia el primer gol en eliminatorias mundialistas, y Rafael Gabino, que vistió la tricolor con solo 16 años. Pero la Historia con mayúscula de los jugadores samarios tiene que ver con un triunfo por partida doble. En 1928 un grupo de futbolistas reclutados en colegios de Santa Marta viajó a los primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali. La región afrontaba la huelga de cerca de veinte mil trabajadores de la United Fruit Company que controlaba desde hacía una década la exportación de banano en Colombia. Se pedían condiciones de higiene en los campamentos, el fin del pago con vales para comprar en los comisariatos y la contratación directa por parte de la empresa. Las demandas de los trabajadores terminaron en la Masacre de las Bananeras: el 6 de diciembre los soldados dispararon contra los obreros y provocaron la muerte de cientos de ellos. La cifra nunca fue clara, El Espectador habló de cien muertos, mientras en los debates políticos de la época se habló de una tragedia aún mayor.

Mientras tanto el equipo de los samarios triunfaba en Cali contra todo pronóstico. Los jugadores volvieron invictos con el título luego de vencer 2-0 a Barranquilla en el partido final. Fueron recibidos como héroes en Santa Marta, los pelaos del viento y la arenilla había vencido a la gente de la grama. Al llegar, ya en febrero del 29, vinieron los bailes y desfiles en honor a los sorpresivos campeones. El general Carlos Cortés Vargas ofreció una gracia para los jóvenes, quienes no dudaron en pedir la libertad para algunos de los huelguistas que estaban detenidos en Ciénaga.

El cierre de la gesta samaria queda para la oratoria de Jorge Eliécer Gaitán: “En Bogotá se encuentra el equipo de futbolistas samarios y ellos no me dejarán mentir. Cuando estos bravos muchachos llegaron, después de haber vencido en Cali, el señor Cortés hizo festonar la ciudad (…) Este señor les dijo entonces a los futbolistas ‘pedid una gracia’. Los generosos muchachos comprendieron que podían salvar algunas de las víctimas y demandaron la libertad de los prisioneros, la cual les fue concedida”.

Italia 34. Los de negro

Días antes del comienzo del torneo, Mussolini se reunió con el entrenador italiano, Vittorio Pozzo, para advertirle: “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”. Il Duce, cual DT en el vestuario, también apretó a los jugadores. Mussolini pensaba en el mundial como una demostración obligatoria del poderío fascista. Pero ni el grito de ¡Forza Azzurri! de los Camisas Negras ni la amenaza de Mussolini fueron suficientes. Un árbitro belga y uno suizo hicieron la tarea para que Italia eliminara a España en cuartos de final: el primer juego terminó 1-1 y fueron a prórroga para confirmar el empate, no existía la definición por penaltis y el partido de desempate se programó para el día siguiente. Italia 1-0 con Mussolini vigilando en la tribuna. Siete españoles molidos a patadas no pudieron jugar el segundo partido luego de la llamada Batalla de Florencia. En los dos juegos le anularon tres goles a España, su arquero, el Divino Zamora, terminó con las costillas quebradas, se vio a los jueces de línea presionando al juez para validar un gol azzurro. Los italianos celebraron el triunfo con el saludo fascista en la mitad del campo y los españoles hicieron lo mismo señalando al juez suizo, a quien su federación le quitó el silbato de por vida. La política había debutado en la cancha de la manera más brutal. Italia ganó el título luego de vencer 2-1 a Checoslovaquia ante cincuenta mil hombres y Mussolini en el estadio del Partido Nacional. El árbitro sueco hizo obediente el saludo fascista antes de iniciar el juego. Todo estaba dicho. Cuatro argentinos y un brasilero nacionalizados celebraron el título. Aunque parezca increíble a Italia la reforzaron San Lorenzo, Gimnasia, Estudiantes e Independiente. Mussolini le había dictado cátedra a Hitler para los Olímpicos de 1936.

Francia 38. Perder es vivir un poco

Argentina fue el único país que presentó la candidatura por América. Los gauchos confiaban en su elección como sede porque el anterior mundial había sido en Europa y se había acordado la alternancia entre estos dos continentes. Sin embargo, el ambiente político del momento y un homenaje al francés Jules Rimet, presidente de la Fifa, derivaría en la sede para Francia y la ausencia de todos los países americanos en solidaridad con los argentinos. Por este lado del mundo solo asistió Brasil, no muy solidario con su eterno rival, y Cuba… Sí, Cuba que solo encontró quince jugadores de los veinte reglamentarios, al final fue saludo y despedida para los isleños. No había un lindo clima deportivo: Austria, que había clasificado, fue anexionada por Alemania y perdió su cupo por W. Italia jugó con uniforme completamente negro su partido de cuartos contra el anfitrión, los Camisas Negras metían miedo. Un detalle deja ver que no todo era muy ortodoxo: Suecia fue cuarta con un partido ganado (8-0 frente a Cuba) y dos perdidos. Una Italia silbada en todos los estadios, Mussolini no era popular en Francia, fue campeona tras ganar todos los juegos. “Vencer o morir”, decía el telegrama de Mussolini al técnico italiano antes de la final con Hungría. Fue triunfo 4-2 para Italia y el arquero húngaro fue elocuente al llegar a Budapest: “Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos”. En casa esperaban ocho mil liras para cada jugador italiano. Mussolini acababa de inaugurar el “plata o plomo”.

1938, selección de Alemania haciendo el saludo nazi en el mundial de Francia.

1948. Del Bogotazo al pitazo inicial

La intriga entre ligas y clubes, la duda metódica entre aficionados y profesionales, el ser o no ser entre diversión y obligación había terminado, llega el momento del carné y el cheque a fin de mes.

Cuatro meses después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán comenzaba el rentado profesional colombiano que pasó muy rápido de la camisa descuellada al frac de los más grandes del mundo.

Medellín fue la ciudad que más equipos propuso para la fundación de la División Mayor del Fútbol Colombiano: el Medellín F.B.C., el Atlético Municipal, el Huracán y el Victoria harían parte de los trece clubes que se presentaron el 26 de junio de 1948 en la ciudad de Barranquilla.

El primer partido profesional se jugó el 15 de agosto de 1948 a las 9:15 de la mañana, en la cancha del hipódromo San Fernando de Itagüí. Se enfrentaron el Atlético Municipal (hoy Atlético Nacional) y Universidad de Bogotá. Pocos aficionados madrugaron para el primíparo encuentro. El fútbol era apenas el preliminar de las carreras de caballos.

Independiente Santa Fe se coronó primer campeón por encima de Millonarios que era el gran favorito. Municipal ocupó el quinto puesto y Medellín fue el séptimo entre los diez participantes. Tocaron la cancha 222 jugadores y treinta se quedaron calentando. De los futbolistas que se inscribieron 182 eran colombianos, trece argentinos, ocho peruanos, ocho costarricenses, cinco uruguayos, dos chilenos, dos ecuatorianos, uno dominicano y uno español.

El primer gol lo marcó el antioqueño Rafael Serna del Atlético Municipal de tiro penalti, a los quince minutos del primer tiempo. No sabemos si cobró como un 10 o como un 2. Las camisetas solo tenían el número de la talla.

1978. Goles de camerino

Desde comienzos de los setenta los kepis militares mandaban en varios países de América Latina: Argentina, Chile, Paraguay y Perú tenían los uniformes más brutales. Estados Unidos alentaba el plomo y las torturas por medio de la Operación Cóndor, una de sus estrategias anticomunistas.

Jorge Rafael Videla llegó al poder en Argentina en 1976 cuando la sede del mundial ya era un hecho desde hacía al menos una década. Amnistía Internacional denunciaba la desaparición de 365 personas desde el inicio del golpe militar hasta enero de 1977. Videla tenía claro que la fiebre albiceleste podría cubrir los crímenes de la dictadura. Fillol, Passarella, Ardiles, Kempes y los demás de la legión albiceleste harían con la camisa el trabajo para que el uniforme no se manchara. En el 78 la dictadura tenía cierto apoyo en la opinión pública y la fascinación futbolera ayudó a que el fascismo tuviera soporte y conservara el poder hasta 1983. El titular de la revista Extra, luego del título argentino, mostraba la idea de que el país había demostrado su valía frente a los señalamientos internacionales: “REALIDAD ARGENTINA: 6 – LA CALUMNIA: 0”.

Pero el verdadero 6-0 fue el resultado que selló el partido Argentina vs. Perú en Rosario, en el Gigante de Arroyito, el 21 de junio de 1978. Argentina tenía que ganar por una diferencia de al menos cuatro goles para pasar en el grupo B por encima de Brasil. El dictador Videla visitó a Perú en el camerino antes del partido para desearle suerte y leer un mensaje del dictador peruano, el general Morales Bermúdez, sobre la hermandad entre los dos países. “Videla entró al vestuario con el secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, supuestamente a desearnos suerte. ¿Qué tenían que hacer ahí?”, dijo el jugador peruano José Velásquez quien un año después jugó en Medellín.

Juan Carlos Oblitas, una de las figuras de los peruanos, dijo que el partido “no fue normal” y varios jugadores dijeron años después que al menos seis compañeros se habían dejado untar. También hubo donaciones de trigo del gobierno argentino al Perú luego del mundial. Para la época era bien favorable la tasa de cambio trigo/goles. La figura del partido fue Ramón ‘el Chupete’ Quiroga, el arquero peruano nacido en Argentina. Quiroga dice que no se vendió y señala al árbitro por dos goles en supuesto fuera de lugar. También ha señalado a dos compañeros que fueron más atacantes argentinos que defensas peruanos. Lindo ambiente laboral. Desde ese día Quiroga, al que también llamaban el Loco, pasó a llamarse Ramón ‘se hizo el loco’ Quiroga.

Argentina fue campeona en la final frente a Holanda y la dictadura llamó a la unidad nacional. El Flaco Menotti, técnico argentino, celebró con el pucho de la vida apretado entre los labios luego de dejar a Maradona, de 17 años, por fuera de la convocatoria.

Se ha dicho que Johan Cruyff no fue a Argentina por rechazo a la dictadura, sin embargo fueron motivos personales los que lo llevaron a renunciar a la selección. Paul Breitner, legendario 5 alemán, fue quien de verdad se negó a acompañar el mundial de Videla. Se recuerda además el gesto del arquero sueco Ronnie Hellström, quien se fue a acompañar a las Madres de la Plaza de Mayo el día de la inauguración.

1978, afiche en contra de la dictadura argentina, boicot a la copa del mundo.

1982. La gambeta de Belisario

Luego de catorce años de la elección de Colombia como sede del mundial y de la leyenda en el tablero electrónico de la final de Madrid en 1982, “nos vemos en Colombia 1986”, el presidente Belisario Betancur anunciaba la renuncia de Colombia a ser anfitrión mundialista: “Anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol de 1986 no se hará en Colombia, previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales: no se cumplió la regla de oro, consistente en que el Mundial debería servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay siquiera tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y de sus socios. Y García Márquez nos compensa totalmente lo que perdamos de vitrina con el Mundial”.

Colombia era el nuevo Nobel del balón.

1982, declinación de Colombia para ser sede del mundial del 86. El Tiempo.

1983. La mejor defensa es el ataque

Rodrigo Lara Bonilla: “El narcotráfico está infiltrado en la política y el fútbol”. Era 1983, cuando mencionó sin titubear a Atlético Nacional, Millonarios, Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín, América de Cali y Deportivo Pereira. Luego, cuestionó la curul del representante a la Cámara suplente Pablo Escobar, a quien acusaba de haber recibido dineros de la mafia. A los pocos meses, en abril de 1983, con tan solo 39 años, Lara Bonilla fue asesinado por un sicario adolescente con la complicidad de agentes del Estado. El fútbol estuvo presente en el primer magnicidio del narcotráfico en Colombia. Al año siguiente Escobar y otros capos pidieron a los hermanos Rodríguez Orejuela armar una huelga futbolera como presión al gobierno. Los caleños, dueños de América, rechazaron la propuesta de punta y pa arriba: “Olvídelo, Pablo, recuerde la plata que deja el fútbol y los compromisos que tenemos con patrocinadores y medios”. El América tenía una banda digna de los Rodríguez: los paraguayos Roberto Cabañas, Juan Manuel Battaglia y González Aquino, los argentinos Ricardo Gareca, Julio César Falcioni y al gran Willington Ortiz. Sin contar que le habían sacado a Herrera y Sarmiento a Nacional. Billete era lo que había. El oscuro Segundo Dorado había llegado. Gonzalo Rodríguez Gacha era el “director operativo” de Millonarios. Octavio Piedrahíta era el duro del Pereira. Los narcos pagaban muchas nóminas. El chiste de la época era diciente: “Vos de qué mafioso sos hincha”.

1983, Pablo Escobar en el estadio Atanasio Girardot. Fotografía de Iván Restrepo, Archivo BPP.

1985. Colombianos al exterior

Había comenzado la guerra de los narcos contra el Estado y el primer extraditado fue Hernán Botero Moreno, máximo accionista de Nacional entre 1962 y 1983. Se le acusó de lavado de dinero cuando el delito no existía en Colombia. Fue más una medida simbólica que un golpe a la mafia. Octavio Piedrahíta, uno de los nuevos dueños de Nacional, moriría asesinado tres años después en Medellín. La plata de los narcos seguía acompañando las nóminas, fue el tiempo del “otro Dorado”. Nóminas nacionales con grandes figuras de Suramérica, hombres de camisa de selecciones nacionales se pusieron de nuevo las casacas criollas.

1986. Justicia con la divina mano

El árbitro Ali Bennaceur venía de pitar la final de la Copa África entre Egipto y Camerún en marzo de 1986. Ese día, en El Cairo, el tunecino tomó una difícil decisión: “Fiel a mis principios, anulé un gol a los anfitriones por una falta sobre el portero camerunés N’Kono. El estadio estaba hirviendo de fervor. Me sentí como atrapado en una jaula y por primera vez tuve miedo por mi vida”. Al final los locales ganaron por penales. Pero Bennaceur no sabía la prueba que tendría el 22 de junio en el estadio Azteca. Sabemos que tomó la decisión correcta. El fútbol necesita un poco de mito.

Las Malvinas eran protagonistas antes del juego, preguntas de los periodistas, recuerdos, venganzas. Maradona cerró el tema bélico con una mentira: “No, no, no, es solo fútbol y punto”.

Los dos capitanes, Peter Shilton y Maradona, se dieron la mano en el círculo central antes del inicio del juego por cuartos de final. A los 61 minutos los puños definirían el juego y la historia. El puño izquierdo agazapado de Maradona, el puño derecho tardío de Shilton. Un metro sesenta y cinco venció a un metro ochenta y tres. “Shilton ya la tenía en las manos y yo dije ‘esta es mía papá’”, recordó Maradona años después. Jorge Valdano, el goleador de aquella selección, dijo que Maradona lo había hecho en algunos entrenamientos. ¿Qué había pasado? “Pude sentir alguna duda en la celebración de su gol, y lo insinuó cuando nos abrazamos. Dijo: ‘Para el saque inicial, rápido’”, dijo Valdano. Shilton tampoco supo que lo habían birlado con delicadeza. “Nació La mano de Dios, Maradó, Maradó…”.

Bennaceur, por supuesto, culpa a Bogdan Gotchev, el línea búlgaro, que estaba frente a la jugada. El hombre duerme el sueño de los justos desde 2017. El asistente por su parte dijo que no podía contradecir al árbitro. Los cuatro jueces recibieron una camisa firmada por el Diego después del partido. Merecían algo más.

Cuatro minutos después, Maradona saldó la deuda con su corrida desde medio campo, doce toques, diez segundos y cinco rivales regados. Esta vez con la zurda. El descuento de Gary Lineker llegó a los 81 minutos y Argentina se defendió hasta con el Narigón Bilardo. Al terminar, en el túnel, el volante inglés Steve Hodge le pidió a Diego cambiar las camisetas, el argentino aceptó con desapego y Hodge se llevó la derrota y un tesoro.

En la zona mixta rodeado de micrófonos vino la tercera genialidad: “Un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de dios”. También los eludió a todos.

1986, La mano de Dios en el mundial de México. Archivo particular.

1989. Final, final, final, no va más

El 15 de noviembre de 1989 fue asesinado a sus 32 años en Medellín el árbitro cartagenero Álvaro Ortega. Ese domingo había sido juez de línea número 1 del partido Medellín-América, que con los dos equipos ya eliminados terminó con empate sin goles. Tres semanas atrás Ortega dirigió el mismo duelo en Cali y fue criticado por supuestamente beneficiar al cuadro escarlata que terminó ganando 3-2. El año anterior había sido secuestrado el árbitro Armando Pérez y liberado después de veinte horas con un mensaje para los árbitros: “Al árbitro que pite mal, lo borramos”. Ortega recibió amenazas telefónicas esa misma tarde y les dijo a sus compañeros que después del partido les contaría de la llamada. Fue asesinado a las once de la noche en el Centro de Medellín cuando caminaba al hotel acompañado de Jesús ‘Chucho’ Díaz, el mejor árbitro colombiano del momento: “Apártese, Chucho”, gritó el sicario antes disparar la ametralladora. Esa misma noche Díaz se retiró del fútbol con una frase contundente: “No han matado un árbitro, sino a dos”. El torneo se canceló y el título de declaró desierto. Las versiones hablaron de apostadores ligados a la mafia e incluso de Pablo Escobar como culpable del crimen. Así terminaba el terrorífico 1989 que había dejado la masacre de La Rochela, el asesinato de Galán, la bomba contra El Espectador, el asesinato del comandante de la policía en Antioquia y 88 bombas en todo el país. Veinte años después de la muerte de Ortega, el fiscal 176 de Medellín archivó la investigación. La mayoría de los clubes colombianos estaban pasando de los mafiosos de primera plana a sus testaferros y socios ocultos.

1994. Tragedia tricolor

Colombia era la sorpresa mundial. Jugaba un fútbol en desaparición, tenía jugadores que ya cobraban en Europa, venía de golear a Argentina y había perdido un juego de sus últimos 39. “Colombia es mi favorita para ser campeona del mundo”, dijo Pelé meses antes del mundial y nos sentenció. Todos nos creímos el cuento, Colombia era trasteada como un circo ambulante, jugó veintiún partidos amistosos antes del mundial y la concentración en Barranquilla se parecía al reinado en Cartagena.

Pero todo terminó en tragedia. Solo Colombia podría tirar un manto tan negro sobre la eliminación de un mundial.

Corría el minuto 34 del primer tiempo del partido que enfrentaba a las selecciones de Estados Unidos y Colombia en la primera fase del mundial de Estados Unidos 1994. Aquel 26 de junio de 1994, más de noventa mil espectadores presentes en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California, vieron cómo el ‘Caballero del fútbol’, como se le conoció al defensa Andrés Escobar, anotó un gol en su propia portería, defendida por el arquero Óscar Córdoba. El partido terminó 2-1 a favor de los norteamericanos, después de que consiguieran ampliar la diferencia en el minuto 52 por medio de Stewart. El descuento del equipo colombiano llegó en el minuto 90, gracias a Adolfo ‘Tren’ Valencia. Previamente, en su primer partido en el certamen, Colombia había caído con Rumania 3-1. En el tercer y último choque, ante Suiza, Colombia se impuso 2-0. Días después de la llegada de la selección al país, en la madrugada del 2 de julio de 1994, el zaguero Andrés Escobar Saldarriaga, quien en ese momento tenía 27 años, recibió doce impactos de bala en el parqueadero del estadero El Indio, de la ciudad de Medellín, ubicado en la vía Las Palmas. La investigación de las autoridades dio como resultado la captura del autor material del asesinato, Humberto Muñoz Castro, quien fue condenado por homicidio agravado y falsa denuncia a 43 años, dos meses y quince días de prisión el 4 de octubre de 1995. Seis años más tarde, en 2001, la pena fue modificada, según la ley, a veintiséis años, cinco meses y quince días. En octubre de 2005 un juez de Medellín le concedió la libertad condicional después de once años tras las rejas, había purgado tres quintas partes de la pena.

Detrás del asesinato estaban los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao, narcotraficantes que sonaron durante tres décadas en el país. Fueron condenados a quince meses por encubrir el homicidio cometido por su conductor. Santiago Gallón fue asesinado en México en febrero del 2026.

El 29 de junio, cuatro días antes de su asesinato, Andrés Escobar había escrito una columna para el diario El Tiempo que terminaba así: “Pero, por favor, que el respeto se mantenga… Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto porque la vida no termina aquí”.

1994, titular de El Colombiano, funeral de Andrés Escobar, Archivo Sala Antioquia – BPP.

2015. En el área penal

El 27 de mayo de 2015 siete altos directivos de la Fifa fueron detenidos en el hotel Baur au Lac en Zúrich. Todo estaba listo para el congreso número 65 de la federación donde se reelegiría a Joseph Blatter como presidente. Una investigación del FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos los acusaba de recibir cerca de 150 millones de dólares en sobornos para entrega de derechos de televisión, patrocinios y sedes de eventos. Blatter fue reelegido.

La historia era larga, desde los tiempos del brasilero Joao Havelange como presidente de la Fifa se hablaba de sobornos en la Conmebol y la Concacaf. Eran al menos veinticuatro años de juego sucio. En 2010 la BBC transmitió un reportaje sobre posibles sobornos por más de cien millones de dólares. Tres días después se otorgaron las sedes de los mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Nunca se habían otorgado dos sedes en una misma fecha. Fue una promoción dos por uno. La presión sobre la BBC para aplazar la publicación del informe llegó hasta del primer ministro David Cameron.

Pero en 2015 ya los rumores y las pruebas periodísticas eran acusaciones legales. Siete presidentes de las federaciones de la Concacaf terminaron condenados, al igual que los presidentes de las federaciones de Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia, Uruguay, Brasil y Perú. También dos expresidentes de Conmebol terminaron en la cárcel, entre ellos el dinosaurio paraguayo Nicolás Leoz.

El 2 de junio Joseph Blatter renunció a la presidencia de la Fifa. Terminaban más de cuarenta años de trabajo en la federación con catorce altos funcionarios acusados de fraude, pago de sobornos y lavado de activos. La chequera sí se mancha.

*Estos hechos históricos son una selección de la Cronología del balón, que también hace parte de Campo en Juego: Fútbol, vida, barrio, una exposición organizada por la Universidad EAFIT con la investigación y curaduría de Universo Centro.

2015, renuncia de Joseph Blatter después del escándalo de la Fifa.
Foto tomada de cnnespanol.cnn.com.

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Curso para aspirantes a Jefe Supremo

Consejos para Bibi N, Muad’dib o su caudillo fanático favorito

por NICOLÁS LOAIZA DÍAZ • Ilustración de Mario Vasconcellos

Número 149 Mayo de 2026

Lo primero que debes comprender, Bibi, es que un dictador teocrático no gobierna: interpreta. Esa es la diferencia esencial entre el tirano vulgar y el autócrata de pretensiones sagradas. El primero administra ministerios, presupuestos, pujas de coalición, índices de inflación, el fastidio mecánico de la vida pública. El segundo se presenta como lector exclusivo de un libreto sideral. Donde los demás ven hechos, él ve señales. Donde los demás ven límites, él ve pruebas. Donde los demás ven catástrofes producidas por decisiones humanas, él ve la severa pedagogía del destino. Tu primer deber, Bibi, no es mandar sino hacer creer que solo tú sabes lo que significan las cosas.

Nunca digas: “He tomado esta decisión por cálculo político”. Esa frase es terrestre, impropia de un hombre que busca aparecer ante su pueblo como patriarca, centinela y nota al pie del Antiguo Testamento. Debes decir, en cambio, algo que sugiera carga histórica, gravedad civilizacional, continuidad de una herida antigua. El secreto del poder teocrático consiste en cubrir cada improvisación con una tela milenaria. Bibi, un movimiento táctico deja de serlo si logras envolverlo en lenguaje de supervivencia, memoria y elección trascendente. La política, bien perfumada con eternidad, huele a épica.

Jamás permitas que la amenaza desaparezca del todo. Un líder ordinario resuelve crisis; un dictador teocrático las conserva en salmuera. La amenaza debe ser suficientemente real para producir miedo, suficientemente amplia para justificarlo todo y suficientemente elástica para sobrevivir a cualquier dato inconveniente. Si el peligro se reduce demasiado, la población empieza a pedir cosas indignas del momento histórico: servicios, vivienda, justicia ordinaria, moderación, turnos de hospital, normalidad. Y la normalidad, Bibi, es la enemiga natural de todo proyecto mesiánico. Un pueblo en calma empieza a sospechar que quizá no necesita un hombre providencial sino simplemente funcionarios competentes. No permitas semejante humillación.

Debes hablar en dos registros a la vez. Hacia el exterior, un idioma tecnocrático: seguridad, estabilidad, defensa, operación, disuasión, necesidad estratégica. Hacia el interior, un idioma mesiánico: asedio, resistencia, herencia, pacto, memoria sacralizada. A los aliados extranjeros ofréceles tecnocracia con rostro cansado. A los tuyos, Bibi, no les des tecnocracia, nadie sale a defender una hoja de cálculo. Dales una historia cósmica con mapas, tumbas, agravios, antepasados y verbos en tiempo bíblico. Un hombre verdaderamente peligroso debe ser capaz de sonar como portavoz de defensa ante las cámaras internacionales y como custodio del fuego ancestral ante sus votantes. Esa duplicidad no es hipocresía: es profesionalismo.

No uses la religión como martillo. Ese es un error propio de fanáticos sin formación estética. La religión no debe caer sobre el discurso; debe olerse dentro de él. No se trata de aparecer cada media hora agitando escrituras como quien blande un recibo emitido por Dios. Eso es tosco. Mucho mejor que lo sagrado funcione como atmósfera. Una alusión aquí, una memoria invocada allá, una frase sobre el derecho histórico, otra sobre la obligación moral, otra sobre la gravedad singular de este pueblo entre las naciones. Lo sagrado debe estar tan presente que nadie pueda arrancarlo, pero no tan expuesto que se vuelva discutible. La mejor teocracia contemporánea no entra por la puerta principal con trompetas, se filtra por los ductos del lenguaje.

Recuerda, Bibi, que en todo proyecto de dominación religiosa el verdadero objetivo no es derrotar adversarios sino rebajar el estatuto moral de la discrepancia. El crítico no es un contradictor, es alguien culpable de frivolidad espiritual. El moderado no es prudente, es un tibio ante la magnitud del momento. El jurista que pide límites es un oficinista miope. El humanista que habla de proporción es un sentimental incapaz de entender lo trágico. La genialidad del autócrata teocrático consiste en convertir la objeción en una forma de inmadurez. No necesitas refutar a todos. Basta con hacer que sus reparos parezcan pequeños al lado del abismo histórico que puede llegar.

Nunca debes aparecer como hombre ávido de poder. Ese sería un retrato demasiado reconocible, y por tanto demasiado humano. Tú debes presentarte como alguien fatigado por la carga del deber, casi como un mártir administrativo condenado a hacer lo necesario porque otros no soportarían el peso. La avidez personal debe disolverse en gravedad histórica. Si deseas conservar el mando, Bibi, que no parezca que lo deseas, sino que el mando te ha sido impuesto por una secuencia de circunstancias tan sombrías que sería irresponsable dejárselo a alguien con escrúpulos normales. El público perdona mucho más al hombre que se declara obligado por la historia que al que admite simplemente que no quiere soltar la silla.

En cuanto a tus “aliados” más radicales, trátalos con la delicadeza con que se trata un incendio útil. No intentes extinguirlos del todo, pero tampoco los dejes sin correa; porque el fanático puro tiene muy mal sentido del timing y ninguna comprensión del daño reputacional. Tus extremos deben cumplir una función escénica: decir en voz alta lo que tú no puedes decir todavía, ampliar el perímetro de lo decible, intoxicar el ambiente, acostumbrar al público a una temperatura moral cada vez más alta. Después apareces tú, sobrio y administrativo, a decir que lamentablemente las circunstancias exigen firmeza. El truco no está en compartir del todo la fiebre, sino en ser su gerente general.

Otra recomendación indispensable: no discutas nunca en el terreno de tus críticos si puedes trasladar la conversación a un plano metafísico. Si te hablan de muertos, responde con siglos. Si te hablan de derecho, responde con supervivencia. Si te hablan de excesos, responde con necesidad. Si te hablan de humanidad concreta, responde con la historia de una humanidad más vasta, más solemne, más abstracta y por eso mismo más manipulable. Toda dictadura teocrática depende de esa operación: sacrificar lo visible en nombre de lo invisible; relativizar el dolor inmediato mediante la invocación de una continuidad milenaria; pedirles a los vivos que acepten lo intolerable porque el relato del pueblo, la nación o la fe lo requiere. Es una alquimia sucia, pero muy antigua.

Debes aprender también a usar la guerra como editor moral. La guerra, bien aprovechada, simplifica. Poda matices, comprime dudas, fusiona capítulos dispersos en una sola narración de supervivencia. En tiempos ordinarios, ciertas frases sonarían brutales, delirantes o cínicas. En tiempos de guerra, suenan a responsabilidad. La guerra convierte a oportunistas en estadistas, a exaltados en patriotas, a comentaristas mediocres en guardianes de la civilización. Sobre todo, vuelve sospechoso cualquier intento de pensar despacio. Y pensar despacio, Bibi, es el enemigo mortal de todo delirio providencial. No olvides jamás que un pueblo asustado acepta de buen grado una gramática que en tiempos de paz encontraría obscena.

Cuidado, Bibi, no exageres hasta el punto de parecer loco. La locura abierta sirve para los márgenes, no para la gestión prolongada del poder. El mejor dictador teocrático no se presenta como visionario en trance, sino como administrador lúgubre de una necesidad suprema. Debe haber en ti algo de contable, algo de enterrador, algo de padre decepcionado y algo de predicador con corbata gorda. Tu figura ideal no es la del iluminado sino la del hombre que parece haber revisado todas las alternativas y concluido, con inmenso pesar, que arrasar al otro era la única forma de responsabilidad. Cuanto más lamentes en público las consecuencias de tus propias decisiones, más estadista parecerás.

No subestimes el valor de la fatiga moral. Un proyecto autoritario necesita cansar a la sociedad. No se trata solo de convencerla, sino de agotarla hasta que la resistencia parezca psicológicamente costosa, socialmente inútil y teológicamente indecente. Repite lo suficiente una combinación de amenaza, memoria y excepcionalidad y lograrás que mucha gente deje de preguntarse si algo es correcto para pasar a preguntarse simplemente si es inevitable. Ese tránsito es decisivo. Cuando una población cambia el vocabulario de la ética por el de la inevitabilidad, la mitad del trabajo ya está hecha.

Asegúrate, Bibi, de no presentarte nunca como fundador de una nueva religión política. Eso sería de mal gusto. Tu tarea es más refinada: hacer creer que no innovas nada, que solo restauras un orden profundo, lesionado por la debilidad de tus predecesores y por la frivolidad de quienes confunden moderación con virtud. Todo déspota exitoso se presenta como restaurador que devuelve a la nación su forma auténtica, nunca como inventor. No coloniza el Estado con lo sagrado: corrige la insolencia de quienes pretendían separar cosas que, según tú, siempre debieron marchar juntas. El autoritarismo retrospectivo tiene mejor prensa que el experimental.

En materia de lenguaje, conviene que elimines de tu habla cualquier rastro de apetito personal. No digas “quiero”, di “debo”. No digas “planeo”, di “las circunstancias exigen”. No digas “conviene”, di “la historia reclama”. Tu vanidad debe circular disfrazada de obligación. El yo, cuando aspira a durar, necesita una máscara coral. Haz de cuenta que no hablas por ti, sino por una cadena de muertos, por una herida colectiva, por un futuro amenazado, por un cielo en estado de litigio permanente. La primera persona del singular debe sonar como una oficina de representación de la eternidad.

Una observación final, quizá la más importante de todas. El peligro de este tipo de poder no está solo en lo que hace, sino en lo que termina creyendo de sí mismo. Al principio quizá uses la religión, la memoria y el trauma como instrumentos. Muy pronto, si el método funciona, empezarás a sentir que no estás instrumentalizando nada, que en efecto eres el custodio indispensable de un drama cósmico. Ese es el momento verdaderamente corruptor. Cuando el gobernante deja de mentir conscientemente y empieza a confundir su conveniencia con la estructura moral del universo, ya no necesita censura total ni delirio uniforme: le basta con su propia convicción inflamable. Se vuelve, por decirlo así, una teología con escoltas.

Y ahí, Bibi, se consuma la vocación del dictador teocrático. Ya no es simplemente un hombre aferrado al poder. Es un hombre que ha conseguido la forma más elegante de la impunidad: llamar sagrado a aquello que le resulta útil, llamar deber a aquello que desea, llamar destino a aquello que decide y llamar traición a todo intento de recordarle que, pese a sus discursos, sigue siendo un político, no una revelación.

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Como un brillo escaso y parpadeante

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP

Número 149 Mayo de 2026

El Fondo de la familia Duperly, donado el 9 de diciembre de 2019 a la Biblioteca Pública Piloto, constituye un importante conjunto documental y fotográfico que evidencia la evolución de los procesos de reproducción de imágenes y el ejercicio de la fotografía a través de cinco generaciones.

A través de viajes y exploraciones, especialmente vinculados al Caribe y otros territorios, los integrantes de esta familia construyeron un amplio registro visual de personas, paisajes, sucesos, actividades comerciales e industriales y escenas de la vida cotidiana.

“—¡Arre, mulitas maganzonas qui hay que llegar hoy a Playalarga! ¡Ah, táparo jediondo: solíviale, Toño, la carg’a a l’ Algarroba! ¡Y vos, niguater’ uel diablo —al sangrero— apurá que nos cogió la noche!”, dice, mejor sería decir, grita, Perucho, en “El último arriero”, relato de Tulio González publicado a finales de 1930, dos décadas después, poco más poco menos, de haber sido tomada la foto Arrieros por Óscar Duperly, en un momento en que, como también sucede con Horizontes, la pintura de Francisco Antonio Cano, la rudeza del paisaje, de los caminos, de la colonización, ha dado paso, en el mundo de las carreteras y de la industria, a la fascinación nostálgica y al mito del hombre venciendo, mediante la voluntad y el trabajo tesonero, la autonomía, la feracidad y el desorden de la naturaleza.

Sin embargo, aunque nos hablen de lo mismo, entre otras cosas, de que, como diría James J. Parsons en su famoso libro La colonización antioqueña en el occidente de Colombia: “Aun los rancheros antioqueños más ricos, prefieren las mulas de silla a los caballos, porque la firmeza de sus remos y su vigor, les dan ventaja decisiva para los fangosos caminos de herradura de las montañas”, relato y foto, más allá de su particular medio expresivo, develan distintos matices de una misma faena.

En el primero, la jerga propia de la arriería, con las palabras como suenan, sin caer, eso sí, en un folclorismo a ultranza, pinta, entre la jovialidad y el deber, la relación del hombre con los animales, la voz de mando que, en la historia y en la vida, terminará por quebrarse o, para ser más justos, por desplazarse, porque el mundo y las carreteras y la velocidad y el tráfico lo exigen, al certamen de otros oficios, en el caso de Perucho, que corrió con suerte y supo acomodarse a los nuevos tiempos, al de chofer de camión, no de cualquier camión, de uno “con bocina sonora, pintado de verde con un letrero rojo que decía: El rayo”, que pudo comprar, es sabido, con la venta de sus mulas.

En la segunda, la imagen construida con una composición diagonal y profunda que guía la mirada desde el primer plano hasta el fondo, permite dimensionar la extensión de una caravana viboreando por un paisaje que, por su relieve montañoso, su vegetación dispersa y el camino quebrado, refuerza la idea del paso lento y difícil, de la repetición y de la sincronía, al tiempo que genera, si seguimos la disposición de los animales, un ritmo visual de escala.

Aunque la imagen, lejos de ser una captura casual, sugiera la intención del fotógrafo de registrar una actividad económica representativa de la época, vinculada al transporte de mercancías, de productos como el café, la panela, la sal, y, en este sentido, funcione como un documento para evidenciar la circulación de bienes, registrar prácticas tradicionales y dar testimonio de infraestructuras precarias, caminos de herradura, también destaca la magnitud del territorio por encima del individuo, valiéndose para esto de un punto de vista elevado, que permite abarcar la longitud de la recua, y de una profundidad de campo amplia, que mantiene visible todo el recorrido, creando así, muy seguramente sin buscarlo, una atmósfera de fantasmas.

La espectralidad marca la caravana y hace enmudecer los ocurrentes y precipitados gritos de Perucho, porque aquí, como en una procesión fúnebre o en una silvestre corte de los milagros, arriero y animales se presentan avasallados por la lógica del trabajo y del paisaje, pero al tiempo, no podría ser de otra forma, intuimos, con las palabras del filósofo Georges Didi-Huberman, que nos habla de otros mundos que también son este mundo, la vida, como un brillo escaso y parpadeante, entre despeñaderos, pantanos y medidos pasos: “De súbito la vida de las luciérnagas parece extraña e inquietante, como si estuviera hecha de la materia superviviente —luminiscente pero pálida y débil, a menudo verdosa de los fantasmas—. Fuegos debilitados o almas errantes”

Jorge Iván Agudelo

Luis Fernando González

Oswaldo Osorio

Juan Carlos Orrego