Año de terremotos

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 13 Junio de 2010

El origen

Hay quienes consideran que los días calurosos son presagio de temblores. Acosados por un bochorno impenitente en Medellín, sin nubes a la vista, se les oye decir: “va a temblar”. Algunos se sientan en la sala a esperar la sacudida. Otros, en respuesta a la idea de que todo puede terminar en cualquier momento, ponen un delicado empeño en lo que están haciendo. Pero la mayoría de las veces la vida sigue igual en la ciudad, mostrando que si tal presagio fuera cierto, no solo bastaría un termómetro para predecir los sismos, sino que el idioma de la geología sería lengua muerta.

Sin embargo, no todo es mentira en ese mito, pues el calor es fundamental en el origen de los sismos. Gracias a que el interior de la Tierra es un horno radioactivo, la roca que compone el planeta se funde y se mueve de un lugar a otro como las corrientes de agua en el océano o de aire en la atmósfera. Cuesta creerlo, pues caminamos sobre un piso frío y duro, pero ahí están los volcanes para mostrar la conflagración que gobierna en el interior de la Tierra. El piso, pues, no es sino una corteza, una cascarita que cubre la Tierra, como la escoria que se acumula en la superficie del hierro fundido.

Esta corteza que cubre la Tierra está partida en un puñado de fragmentos llamados placas tectónicas. Y allí donde estas entran en contacto, hay problemas. Por un costado, cada placa se va renovando debido al magma que surge de la profundidad, pero por el otro extremo se enfrenta a otra placa, y a lado y lado se desliza contra sus vecinas. Esa lucha de titanes es la que da lugar a los sismos. Los bordes de las placas son ásperos y su enfrentamiento no se resuelve suavemente. De ahí que se atranquen y acumulen energía, hasta que ya no aguantan más y sobreviene el desplazamiento de una gran masa de tierra. Ese es el sismo, ese jalón. Después, todo queda tranquilo, aunque la energía comienza de nuevo a acumularse para un sismo venidero. Esto está ocurriendo a cada momento, pero solo en ocasiones el desplazamiento de las rocas es tal que se siente en la superficie.

Todo el costado occidental de América, es decir, el lado de la costa Pacífica, así como el mar Caribe, son zonas de enfrentamiento de placas tectónicas. Llueva o haga verano, los sismos acompañarán estas dos regiones por muchos miles de años.

Los de ahora

Haití y Chile fueron escenario de fuertes sismos en los dos primeros meses de este año. Que pase cierto tiempo sin un temblor con graves consecuencias en la región, y de repente sucedan dos casi simultáneos da lugar a sospechas, pero fueron fenómenos independientes. En Haití, el sismo fue generado por dos placas tectónicas que se desplazan hacia rumbos diferentes a través de la falla de Enriquillo. Esta falla es el plano sobre el cual se desplazan las placas, y es como un corte a cuchillo que divide la isla de La Española en dos pedazos a la altura de Puerto Príncipe: el territorio al norte de la falla va como para Cuba y el del sur para las Antillas menores.

Según la escala de Richter, que va de 1 a 10 aproximadamente, los 7.3 grados del sismo de Haití son bastante significativos. Pero no es solo la magnitud del sismo lo que mide sus consecuencias. Su poder destructor depende de la ubicación del epicentro (es decir, el lugar exacto donde ocurrió el desplazamiento súbito de las placas, proyectado en la superficie), así como del suelo sobre el que esté asentada una ciudad y la calidad de sus construcciones. No bien ocurre un terremoto, las ondas superficiales generadas por este salen como perros de presa a la busca de todo lo que yace en su camino. Como las casas y edificios están hechos para soportar cargas en sentido vertical, estas ondas las golpean por el costado de manera implacable. Con un sismo apenas a 13 kilómetros de profundidad y un epicentro a 25 de distancia, las casas de Puerto Príncipe fueron un fácil bocado para esas ondas asesinas. Los muertos, consecuencia de la caída de los muros, sobrepasaron los 200 mil, y los que quedaron sin techo rondan el millón.

Nada de esto es nuevo en la historia de Haití. Hace 250 años ocurrió un terremoto de magnitud similar, mientras que cuatro de magnitud superior a 7 grados han tenido lugar en islas vecinas en los últimos 60 años. En Chile, los antecedentes son aun más dicientes. En 1960, cerca de la ciudad de Valdivia, se presentó en este país un sismo de 9.5 grados de magnitud, el más fuerte del que la humanidad haya tenido noticia. Este sismo fue tan potente que el tsunami que generó atravesó el Atlántico y reclamó un puñado de vidas en Japón, Hawai y Filipinas. Sin embargo, en total, la cifra de muertos no pasó de 2.000. En lo poco que va de este siglo, en Chile se han presentado nueve sismos con una magnitud superior a 6 grados. El de febrero de este año, con 8.8 de magnitud, logró meterse en el quinto lugar del ranking mundial, desplazando al terremoto ocurrido bajo el mar fronterizo entre Ecuador y Colombia, cuyos temblores llegaron a sentirse en Bogotá y el tsunami que causó arrasó con una isla entera frente a Tumaco.

El terremoto de Chile, a pesar de su gran magnitud, fue 20 kilómetros más profundo que el de Haití, y su epicentro, que en este caso fue en el mar, se ubicó a unos cien kilómetros de cualquier ciudad importante. De ahí que los daños no fueran tan devastadores como en Puerto Príncipe y el número de muertos, 708, de manera alguna comparable. Las placas tectónicas causantes de este poderoso remezón fueron la de Nazca, ubicada bajo el océano Pacífico, y la de Suramérica, representada por el continente. Estas placas están enfrentadas a casi todo lo largo de la costa chilena, donde la corteza oceánica se mete por debajo de la continental a una velocidad de 7 centímetros por año. Sin embargo, desde el año 1835 no había ocurrido movimiento en el lugar del sismo, lo cual quiere decir que había mucha energía acumulada, suficiente para que las placas se desplazaran hasta 12 metros una con respecto a otra en el momento del destranque, ocurrido en la madrugada del 27 de febrero de este año. La sacudida, de casi tres minutos de duración, fue tal que la ciudad de Buenos Aires, en Argentina, se movió un par de centímetros hacia el Occidente.

Para quienes se preguntan si en Medellín podemos pasar de los temblores a los terremotos, la respuesta de los expertos es tranquilizadora. Si bien por su ubicación en la zona andina la ciudad está en un contexto de fallas geológicas, no hay registros históricos de grandes sismos. Sistemas de fallas como el de Romeral, que pasa al occidente del Valle de Aburrá, y que fue el culpable del terremoto de Armenia, no ha tenido mayor actividad en la parte norte del país. De modo pues que será poco probable esperar algo más que las leves sacudidas locales, recordatorios apenas de que estas montañas se levantaron gracias a los esfuerzos del interior de la Tierra.

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