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Oculto canto de las aves

por SANTIAGO RODAS
Ilustración: Adaptación del retrato de Mutis por Cristobal R. con las aves ilustradas de Miles McMullan

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

su vuelo
de recios aletazos
hace sonar el aire
como una carcajada

José Manuel Arango

La primera respuesta sería el exclusivo interés botánico por sus posibles usos medicinales y agrarios. La focalización en el verdor hechicero de las plantas, la explotación de sus milagrosos menjunjes para extirpar las enfermedades humanas. La quina, la canela, el tabaco, por ejemplo, tan apetecidos por la Corona española pueden explicar por qué los europeos del siglo XVIII estaban tan interesados, por encima de lo demás, en las plantas de la Nueva Granada. Una segunda respuesta, igual de rápida, podría ser el poco interés por los animales (entre ellos los humanos) en el Nuevo Mundo, pues se tenía aún la consideración de que las especies en América eran menores; un continente niño, en desarrollo. Lo sostenía Hegel y la trama filosófico-científica de corte imperial de su época. Como lo planteó el conde de Buffon, con su Teoría de la degeneración, consignada en su texto Historia Natural en la que culpaba a los climas de América, sus pantanos y sus tierras de aguas estancadas: aquí todo era más débil y degenerado. La danta era más pequeña que el elefante, el indígena que el europeo, el jaguar inferior en tamaño al león; en términos de escala nuestros animales americanos estaban en condiciones de inferioridad.
Esto demuestra, de algún modo, el desequilibrio del porcentaje de recolecciones zoológicas de la Real Expedición Botánica de la Nueva Granada (1783-1813) que no alcanza las quinientas, o seiscientas especies y unas 7000 muestras. En contraste con las más de 23 000 muestras de plantas de unas 3500 hasta 4000 especies. Los animales eran difíciles de capturar, engorrosos de embalar y bastante complejos de transportar hacia el viejo continente. Y adentro de ese espectro zoológico, las aves, en oposición con el voluminoso interés del presente por sus colores y sus cantos, representan un registro ínfimo. No estaban entre las prioridades de las expediciones pese a su exuberancia, extrañeza, colorido.
¿Por qué si Colombia es el mayor exponente en especies de aves del planeta, en nuestro pasado ocupan un lugar tan accesorio? Esta pregunta me surgió hace unos días al terminar la lectura de los dos tomos de los Estudios Científicos del médico antioqueño Andrés Posada Arango (1839 -1922). Sus páginas constituyen un archivo de observaciones sobre el mundo natural colombiano, heredada de la ciencia europea de su tiempo. El Doctorcito, como le decían de cariño sus amigos y enemigos, despliega un inventario exhaustivo de plantas medicinales, enfermedades tropicales y sus posibles formas de aliviarlas, reptiles venenosos, peces endémicos, se leen apuntes sobre astronomía y consejos de cultivo de algunas plantas benefactoras. Se describen desde la anemia de las tierras cálidas llamada “tuntún”, hasta las plagas de langostas y cómo sortearlas; la clasificación de nuevas especies de bagres, los remedios contra las ponzoñas de serpientes, los males de tierras putrefactas y la rana venenosa del Chocó. Sin embargo, hay una ausencia bastante significativa: las aves. Quizá una de especies más sofisticadas de la biodiversidad colombiana. Resulta llamativo que, en cerca de ochocientas páginas dedicadas a delinear con detalle la naturaleza del país, las aves no ocupen ningún apartado especial sobre ellas. Ningún otro grupo animal posee una presencia tan extendida en los paisajes de la nación. Hay registros en los páramos y las selvas, los valles interandinos y las costas; son una de las expresiones más sofisticadas desde el punto de vista evolutivo de la vida tropical. Sin embargo, durante buena parte del período en que se fundaron las ciencias naturales nacionales parecieron estar cubiertas por un velo de invisibilidad.
Desde el siglo XVIII, la naturaleza del Nuevo Mundo fue concebida como un laboratorio de recursos para el Virreinato. Inspirados por los sistemas de clasificación de Linneo y por el espíritu ilustrado europeo, naturalistas, expedicionarios y regidores coloniales emprendieron la tarea de describir y “ordenar” el territorio exuberante de la Nueva Granada. Mapas topográficos e hidrográficos, taxonomías de plantas y animales, descripciones de cuerpos y paisajes. La naturaleza debía ser inventariada y enviada a Europa para ser “entendida”. De ahí las sucesivas expediciones al Nuevo Mundo bajo el espíritu que oscilaba entre la ilustración y el romanticismo. En este contexto, las plantas ocuparon el centro gravitacional del universo científico.
La Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, dirigida por el gaditano José Celestino Mutis, constituye el síntoma más evidente de la preponderancia de las plantas. Miles de láminas fueron elaboradas por diferentes artistas y copistas en su taller en Mariquita para registrar la flora del reino, sus propiedades y sus posibles aplicaciones en la medicina. La empresa hizo un refajo de arte pictórico y descripciones científicas que cambiaron la concepción de la flora del mundo entero. Por el contrario, las aves ofrecían beneficios mucho menos evidentes. Su observación exigía métodos en un momento en el que no existía la fotografía, por ejemplo, y requería técnicas para su cacería y la conservación de sus cuerpos que excedían en términos prácticos los alcances de la Expedición. No significa que estuvieran ausentes de los registros, aún se conservan en el Real Jardín Botánico de Madrid láminas de varias de las aves del Nuevo Mundo. Pero algo en sus aleteos, en sus cantos, le era esquivo al hombre blanco desde ese primer encuentro.
En sus anotaciones, que empiezan en 1761, Mutis elabora un listado de aves vernáculas de las orillas de río Magdalena y clasifica 81 especies, entre ellas el “gallinazo” (Vultur sp.), el paujil (Crax sp.), el “gallo de ciénagas” o “gallinazo negro” (Coragyps atratus), el “guazale” o tucán (Ramphastus swainsonii) y el “copetón” (Zonotrichia capensis), también aves mochileras (Psarocolius decumanus). Sin embargo, no hace un estudio sistemático y tan solo enlista lo que encuentra.
En una lectura de la correspondencia entre Mutis y su admirado Linneo se puede constatar que, después de envíos de diferentes especies de plantas e insectos y unos pocos animales a Suecia, el maestro, taxativo, le sugiere a Mutis hacer un profundo estudio de las hormigas; señala, enfático, que dicha investigación le ayudará a entrar en los círculos de sabios europeos. Esto seduce a Mutis que se contamina por el veneno del orgullo, piensa en la imagen de su posteridad y se decanta por el estudio mirmecológico y botánico dejando a un lado la zoología. En 1773 Mutis le envió a Linneo otra remesa, con la inclusión de aves disecadas mediante un método de preservación hechizo que consistía en sacar las vísceras y la sangre, rellenar a los animales con algodón embebido en polvos de tabaco y pimienta. Entre las aves enviadas figuraban la “tijereta pequeña de Bogotá” (Tyrannus savana), la “pollita de agua” (Fulica sp.) y el “coclí negro” (Ardea sp.) y unas plumas de cóndor (Vultur gryphus). Linneo, de todos modos, y pese a su gran interés por la clasificación de las especies, estaba mucho más cautivado por las plantas y las hormigas que cualquier otro espécimen que se pudiera hallar en América. Mutis no era un gran zoólogo, en contraste con su obsesión botánica respaldada con investigaciones que trascendieron el territorio nacional. Por ejemplo, con el descubrimiento de la quina roja que causaría un gran impacto en el mundo científico europeo. Su experiencia con los animales se limitaba, de algún modo, a las listas con someras descripciones y a los textos de manual que venían de Europa. Sobre todo, influenciado por el Systema Naturae de Linneo, quien moriría en 1778 y dejaría empezada la revisión de las especies enviadas por Mutis para que las clasificara en su compleja red de taxonomías.
Fray Diego García, un religioso de la orden franciscana oriundo de Mompox, a quien se le designó el ámbito zoológico de la Expedición Botánica en el alto valle del río Magdalena, es en realidad quien ofrece una mirada más enfática sobre los animales de la región. German Amat García y Henry D. Agudelo Zamora, en su ensayo sobre la zoología del Nuevo Reino de Granada, encomian la labor del franciscano: “Durante el período entre 1783 y 1789 Fray Diego García logró obtener la información más completa sobre la historia natural de más de doscientas especies a partir del material recolectado de animales, entre los que se cuentan artrópodos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos. De ellos, el clérigo describió detalladamente dos especies de reptiles, 53 de aves y dos de mamíferos”.
También Benjamín Villegas, en el libro Aves de Colombia, dice que “cronológicamente, la ornitología autóctona comenzó con el trabajo de Fray Diego García, durante la Expedición Botánica. Su contribución más importante la constituyó su estudio de las aves: remitió varios envíos de especímenes al Gabinete Real, junto con descripciones minuciosas de su apariencia, y una recopilación de información sobre sus costumbres, obtenida, en buena parte, personalmente. Este fraile franciscano tuvo que luchar tanto contra las plagas y enfermedades que atacaron sus colecciones, como contra los celos y la incomprensión de sus contemporáneos que incluía al propio Mutis, quien nunca exaltó sus méritos ante el Virrey, y rara vez lo defendió”.
Los archivos de la expedición contienen referencias dispersas a distintas especies de aves y existen indicios de que numerosas ilustraciones ornitológicas se perdieron durante la violencia política que siguió a la Independencia. En medio de los enfrentamientos las colecciones, dibujos y documentos fueron enviados a España en el contexto de la reconquista liderada por Pablo Morillo en 1816. Buena parte de ese patrimonio se encuentra aún en el Real Jardín Botánico de Madrid, y la información allí consignada permaneció cerrada por más de un siglo para los científicos por fuera de España. Pareciera que las aves torpedeaban a los humanos en sus búsquedas y el conocimiento sobre la avifauna se saboteaba con cada intento de avance. Como si la escritora británica Daphne du Maurier hubiese escrito la historia de la naciente ornitología en Colombia. Su relato llamado Los Pájaros lo llevaría al cine Hitchcock, con un éxito inusitado.
Uno de los primeros en reconocer la singularidad de las aves fue el naturalista francés Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon y enemigo acérrimo de Linneo, (tal vez fueron los astros quienes los designaron para la contienda científica. Nacieron el mismo año: 1707). En su mamotreto Historia Natural, publicado durante la segunda mitad del siglo XVIII en tantísimos tomos, Buffon dedicó su estudio a las aves, describiéndolas no solo desde la anatomía sino también desde sus comportamientos, migraciones y relaciones con los ambientes en los que se desenvolvían. Frente al rígido sistema clasificatorio de Linneo, Buffon introdujo una mirada narrativa, si se quiere, disputando la taxonomía rígida de su antagonista sueco, interesada más en las conexiones entre los organismos y el mundo que habitaban. Aunque sus conocimientos sobre América eran limitados e indirectos, su teoría de la degeneración lo cegaba y dependía de las remesas con especies que le enviaban embalsamadas y sin su contexto, contribuyó a otorgar a las aves una relevancia inédita en la ciencia del XVIII.
Durante su viaje por los territorios equinocciales entre 1799 y 1804, Humboldt desarrolló una visión que rompía con la enumeración de especies, y que solo pudo entender en su correría por la Nueva Granada. Como señala Jorge Cañizares, el barón alemán robaba un poco de los científicos locales como Caldas, Mutis y los indígenas, para luego publicar ese conocimiento en Europa y llevarse el crédito científico. Sin embargo, entre los terrenos equinocciales, Humboldt llegó a la conclusión de que la naturaleza constituía una red de relaciones dinámicas entre clima, altura, geografía, vegetación. Aunque sus investigaciones se concentraron principalmente en la geografía física, la botánica y la climatología, sus publicaciones coadyuvaron a comprender que los organismos debían estudiarse dentro de sistemas ecológicos mayores y más complejos.
En el siglo XIX, como señala Una breve historia de la Ornitología Colombiana, de Jorge Enrique Avendaño, el interés en las aves estuvo a cargo del comercio de plumas denominado genéricamente “pieles de Bogotá”. Consistía en la venta de las plumas de diferentes especies que, sin importar el lugar de Colombia donde habían sido cazadas, y sin dato alguno, fueron vendidas en Europa para decorar primordialmente sombreros y prendas de vestir. Entre 1846 y 1912 se exportaron por millones las famosas pieles de Bogotá para uso exclusivamente decorativo. Sin embargo, la consolidación de la ornitología en nuestro país tendría que esperar varias décadas más. Durante gran parte del siglo XIX, el país atravesó guerras civiles intestinas y fragmentaciones territoriales que dificultaron la construcción de programas políticos-científicos, pues la toma del poder era la prioridad. Mientras esto ocurría en nuestra república, Europa y Estados Unidos desarrollaban museos, colecciones especializadas en animales y sociedades científicas dedicadas en concreto al estudio de las aves.
El punto de inflexión, para la ciencia de las aves en Colombia, llegó a finales del siglo XIX y comienzos del XX con las expediciones realizadas por el ornitólogo estadounidense Frank Michler Chapman. Cuyos trabajos estaban vinculados al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Chapman recorrió las regiones de Colombia entre 1910 y 1915. Sus investigaciones produjeron uno de los primeros inventarios de la avifauna nacional y permitieron documentar centenares de especies en distintas regiones biogeográficas. Chapman, con sus estudios situados, demostró que los Andes colombianos eran uno de los mayores centros de diversificación de aves. Sus trabajos ayudaron a establecer relaciones entre la distribución geográfica de las especies y la estriada topografía andina. Las tres cordilleras, los valles interandinos, las selvas húmedas y las tierras bajas aparecieron como escenarios para comprender la evolución biológica del continente después de los estudios de Darwin y Humboldt.
A partir de la primera mitad del siglo XX, la ciencia criolla comenzó lentamente a apropiarse del conocimiento de las aves. Instituciones universitarias e iniciativas personales desarrollaron procesos sistemáticos de clasificación y estudio de la avifauna nacional. En conjunción emprendieron la tarea de completar el inventario iniciado por los naturalistas extranjeros del siglo anterior para comprender las dinámicas ecológicas de las especies. La ciencia superó el inventario de cuerpos y estableció interpretaciones de cómo vivían, cómo migraban, cómo interactuaban con los bosques, sus relaciones simbióticas con otras especies, esto es, una mirada que abarcaba la trama de los complejos ecosistemas andinos y tropicales.
Chapman dirigió entre 1911 y 1915 ocho expediciones en el país. Con un grupo de diecisiete naturalistas recolectó en cuatro años 15 775 especímenes de 1285 especies y subespecies. En su texto, publicado en 1917, The distribution of bird-life in Colombia: a contribution to a biological survey of South America, propone las bases científicas con las que se va a producir, ahora sí, esta nueva ciencia en el país, con descripciones más detalladas de la taxonomía y de los endemismos de algunas de las aves. La obra de Chapman se nutrió también de los estudios del hermano lasallista Apolinar María, fundador del Instituto de La Salle, de Bogotá. Desde allí se recolectaron unos 3150 ejemplares en la primera década del siglo XX. Apolinar María publicó sus trabajos con los nuevos hallazgos en el Boletín de la Sociedad de Ciencias Naturales del Instituto de la Salle. Esta nueva mirada de las aves cobra una preponderancia al ser más exhaustiva la investigación alrededor de sus costumbres. Sin embargo, y como si las aves tuvieran conciencia de los avances del conocimiento que trataba de entenderlas, las consecuencias del Bogotazo también tocaron la nueva ciencia alada y con el incendio del Museo de La Salle el 9 de abril de 1948, en una sola noche, 8000 especímenes de aves ardieron al mismo tiempo. Parecía que las aves no querían ser vistas. Aves de mal agüero. Sostenía un susurro oscuro para seguir ocultándose entre los follajes, incluso después de muertas.
Esta genealogía de la imposibilidad de hacer ornitología en el país siembra una duda de cuáles son las razones de la forma variada y escurridiza que encuentra esta especie para burlarse de la mirada de la ciencia en Colombia. Con cada oportunidad de clasificación pareciera que las aves encontraran una manera de sabotaje para conservar su invisibilidad. El incendio producto del Bogotazo y la posterior muerte de Apolinar María en 1949 impidieron que esos nuevos aires pudieran sentar las bases para el avance de la ornitología.
La Violencia entre liberales y conservadores hizo que fuera bastante difícil acceder a los territorios en los que habitaban las aves y por lo tanto la imposibilidad de recolección y clasificación obstaculizó, de nuevo, las posibilidades de entendimiento de las aves.
A finales del siglo XX y principios del XXI la ornitología definitivamente se instaló en la ciencia colombiana como consecuencia de los estudios ornitológicos mundiales y la masiva presencia de aves en el territorio. Hay estudios especializados de nuevas especies y comportamientos particulares, se describen muchas aves en peligro de extinción y aumentan los estudios de relaciones interespecie. Hoy Colombia es una potencia en sus estudios de avifauna y ornitólogos y aficionados de todo el mundo vienen a hacer avistamientos de las especies endémicas que habitan a lo largo y ancho del mapa.
Los avances de los estudios avifaunísticos se evidencian en todas las disciplinas relacionadas. Por ejemplo, la neurociencia propone un estudio sobre el sueño de las aves. Todo parece indicar que sus cerebros sostienen vocalizaciones aun cuando están dormidas. Es decir que siguen cantando mientras sueñan, pero no cantan, sueñan que cantan y sus estímulos eléctricos adentro de sus cráneos son observados y clasificados para intentar entender su trinar. Esto podría ayudar a entender el tipo de lenguaje que usan en sus vocalizaciones para comunicarse entre sí, y se aventura una posible traducción de esa música al lenguaje humano para saber qué es lo que cantan y si se puede extraer un mensaje de sus sueños. La investigación está en una etapa embrionaria. Sin embargo, no me quiero imaginar lo que las aves en sus mensajes nos quieran comunicar, pues, después de más de dos siglos de ocultamientos y saboteos científicos constantes, asumo que no serán buenas noticias.
En la escena final de la película de Hitchcock, mientras el carro se aleja de la casa en la que se refugiaban los protagonistas, miles de aves graznan, nerviosas y estáticas, mientras parecen esperar algo. Quietas sobre los postes de la luz, los techos, los árboles y el suelo. Sus siluetas se recortan afiladas en el atardecer. Quizá esperan alguna señal.
En las páginas de Estudios Científicos de Posada Arango aparecen descritos peces, serpientes, plantas medicinales y enfermedades tropicales. Pero, entre líneas, también se evidencia el silencio de miles de aves que atravesaban los mismos bosques, los mismos ríos y las mismas montañas. Es probable que el Doctorcito Posada omitiera a las aves de sus investigaciones por una razón importante. Quizá ese camuflaje de su especie venga de allí, de su inteligencia casi maligna: ser tan absolutamente visibles y ruidosas como para no ser vistas de verdad, ser tan evidentes en medio del verdegal, para alcanzar otro tipo de invisibilidad. Y aun cuando fueron cazadas y asesinadas para ser estudiadas por el hombre durante dos siglos, hoy por hoy seguimos descubriendo nuevos indicios y señales inesperadas sobre las aves de nuestro país. Quizá lo mejor sea dejarlas en paz, quizá no. Quizá esperen alguna señal.

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Año de terremotos

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 13 Junio de 2010

El origen

Hay quienes consideran que los días calurosos son presagio de temblores. Acosados por un bochorno impenitente en Medellín, sin nubes a la vista, se les oye decir: “va a temblar”. Algunos se sientan en la sala a esperar la sacudida. Otros, en respuesta a la idea de que todo puede terminar en cualquier momento, ponen un delicado empeño en lo que están haciendo. Pero la mayoría de las veces la vida sigue igual en la ciudad, mostrando que si tal presagio fuera cierto, no solo bastaría un termómetro para predecir los sismos, sino que el idioma de la geología sería lengua muerta.

Sin embargo, no todo es mentira en ese mito, pues el calor es fundamental en el origen de los sismos. Gracias a que el interior de la Tierra es un horno radioactivo, la roca que compone el planeta se funde y se mueve de un lugar a otro como las corrientes de agua en el océano o de aire en la atmósfera. Cuesta creerlo, pues caminamos sobre un piso frío y duro, pero ahí están los volcanes para mostrar la conflagración que gobierna en el interior de la Tierra. El piso, pues, no es sino una corteza, una cascarita que cubre la Tierra, como la escoria que se acumula en la superficie del hierro fundido.

Esta corteza que cubre la Tierra está partida en un puñado de fragmentos llamados placas tectónicas. Y allí donde estas entran en contacto, hay problemas. Por un costado, cada placa se va renovando debido al magma que surge de la profundidad, pero por el otro extremo se enfrenta a otra placa, y a lado y lado se desliza contra sus vecinas. Esa lucha de titanes es la que da lugar a los sismos. Los bordes de las placas son ásperos y su enfrentamiento no se resuelve suavemente. De ahí que se atranquen y acumulen energía, hasta que ya no aguantan más y sobreviene el desplazamiento de una gran masa de tierra. Ese es el sismo, ese jalón. Después, todo queda tranquilo, aunque la energía comienza de nuevo a acumularse para un sismo venidero. Esto está ocurriendo a cada momento, pero solo en ocasiones el desplazamiento de las rocas es tal que se siente en la superficie.

Todo el costado occidental de América, es decir, el lado de la costa Pacífica, así como el mar Caribe, son zonas de enfrentamiento de placas tectónicas. Llueva o haga verano, los sismos acompañarán estas dos regiones por muchos miles de años.

Los de ahora

Haití y Chile fueron escenario de fuertes sismos en los dos primeros meses de este año. Que pase cierto tiempo sin un temblor con graves consecuencias en la región, y de repente sucedan dos casi simultáneos da lugar a sospechas, pero fueron fenómenos independientes. En Haití, el sismo fue generado por dos placas tectónicas que se desplazan hacia rumbos diferentes a través de la falla de Enriquillo. Esta falla es el plano sobre el cual se desplazan las placas, y es como un corte a cuchillo que divide la isla de La Española en dos pedazos a la altura de Puerto Príncipe: el territorio al norte de la falla va como para Cuba y el del sur para las Antillas menores.

Según la escala de Richter, que va de 1 a 10 aproximadamente, los 7.3 grados del sismo de Haití son bastante significativos. Pero no es solo la magnitud del sismo lo que mide sus consecuencias. Su poder destructor depende de la ubicación del epicentro (es decir, el lugar exacto donde ocurrió el desplazamiento súbito de las placas, proyectado en la superficie), así como del suelo sobre el que esté asentada una ciudad y la calidad de sus construcciones. No bien ocurre un terremoto, las ondas superficiales generadas por este salen como perros de presa a la busca de todo lo que yace en su camino. Como las casas y edificios están hechos para soportar cargas en sentido vertical, estas ondas las golpean por el costado de manera implacable. Con un sismo apenas a 13 kilómetros de profundidad y un epicentro a 25 de distancia, las casas de Puerto Príncipe fueron un fácil bocado para esas ondas asesinas. Los muertos, consecuencia de la caída de los muros, sobrepasaron los 200 mil, y los que quedaron sin techo rondan el millón.

Nada de esto es nuevo en la historia de Haití. Hace 250 años ocurrió un terremoto de magnitud similar, mientras que cuatro de magnitud superior a 7 grados han tenido lugar en islas vecinas en los últimos 60 años. En Chile, los antecedentes son aun más dicientes. En 1960, cerca de la ciudad de Valdivia, se presentó en este país un sismo de 9.5 grados de magnitud, el más fuerte del que la humanidad haya tenido noticia. Este sismo fue tan potente que el tsunami que generó atravesó el Atlántico y reclamó un puñado de vidas en Japón, Hawai y Filipinas. Sin embargo, en total, la cifra de muertos no pasó de 2.000. En lo poco que va de este siglo, en Chile se han presentado nueve sismos con una magnitud superior a 6 grados. El de febrero de este año, con 8.8 de magnitud, logró meterse en el quinto lugar del ranking mundial, desplazando al terremoto ocurrido bajo el mar fronterizo entre Ecuador y Colombia, cuyos temblores llegaron a sentirse en Bogotá y el tsunami que causó arrasó con una isla entera frente a Tumaco.

El terremoto de Chile, a pesar de su gran magnitud, fue 20 kilómetros más profundo que el de Haití, y su epicentro, que en este caso fue en el mar, se ubicó a unos cien kilómetros de cualquier ciudad importante. De ahí que los daños no fueran tan devastadores como en Puerto Príncipe y el número de muertos, 708, de manera alguna comparable. Las placas tectónicas causantes de este poderoso remezón fueron la de Nazca, ubicada bajo el océano Pacífico, y la de Suramérica, representada por el continente. Estas placas están enfrentadas a casi todo lo largo de la costa chilena, donde la corteza oceánica se mete por debajo de la continental a una velocidad de 7 centímetros por año. Sin embargo, desde el año 1835 no había ocurrido movimiento en el lugar del sismo, lo cual quiere decir que había mucha energía acumulada, suficiente para que las placas se desplazaran hasta 12 metros una con respecto a otra en el momento del destranque, ocurrido en la madrugada del 27 de febrero de este año. La sacudida, de casi tres minutos de duración, fue tal que la ciudad de Buenos Aires, en Argentina, se movió un par de centímetros hacia el Occidente.

Para quienes se preguntan si en Medellín podemos pasar de los temblores a los terremotos, la respuesta de los expertos es tranquilizadora. Si bien por su ubicación en la zona andina la ciudad está en un contexto de fallas geológicas, no hay registros históricos de grandes sismos. Sistemas de fallas como el de Romeral, que pasa al occidente del Valle de Aburrá, y que fue el culpable del terremoto de Armenia, no ha tenido mayor actividad en la parte norte del país. De modo pues que será poco probable esperar algo más que las leves sacudidas locales, recordatorios apenas de que estas montañas se levantaron gracias a los esfuerzos del interior de la Tierra.

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El regreso del puma a la amazonía ecuatoriana

por FELIPE CARDONA • Imágenes del autor

Exclusivo web Junio de 2026

Cuando el puma llora, la selva entera lo acompaña en su lamento. Basta un mínimo sollozo  del felino para que todo quede inmóvil: los insectos interrumpen su canto, las hojas  suspenden su caída. Las criaturas parecen apagarse para rendir tributo a su desdicha.  

Leodan Vargas, líder de la comunidad indígena Lisan Wasi —cuyo nombre significa “Casa de  la Hoja” en español—, habita en la Amazonía ecuatoriana y es uno de los pocos testigos de  este acontecimiento. El hombre, que ronda la treintena, parece frágil; su contextura  diminuta no hace justicia a la magnitud de su determinación. De sus manos —pequeñas,  casi invisibles— ha germinado un bosque. Árboles que hoy se yerguen como pilares vivos y se extienden hasta donde la vista no alcanza.

Todo en él sugiere mesura, la timidez lo acompaña como una sombra silenciosa. Es  cauteloso al hablar y viste casi siempre con ropa de jornalero, como si su destino estuviera atado al pulso de la tierra y al ritmo de la selva que no cesa. 

Leodan recuerda que, tras escuchar unos alaridos que le helaron la sangre, la selva se sumió en un silencio tan hondo que pudo sentir los latidos de la tierra bajo sus pies. No todos acceden a este privilegio: oír al puma es inusual. Generaciones enteras de la Amazonía vivieron y murieron sin percibir las agudas tribulaciones de la bestia. Por eso, cuando ocurre, los sabios dicen que no es un animal quien llama, sino la selva misma.  

Los abuelos —guardianes de la memoria, guías espirituales y consejeros de las tradiciones en los pueblos indígenas— cuentan que el felino pertenece al Amo de la Amazonía, una  presencia ancestral que habita la montaña donde la vida humana apenas se percibe como un susurro. Dicen que es el vigilante del equilibrio, custodio de las criaturas más preciosas, resguardadas en cavernas ocultas bajo la tierra, lejos de los apetitos desmedidos del hombre.

Durante años, los clamores del puma dejaron de escucharse y su presencia se volvió un mito desdibujado en la memoria de los ancianos. La bestia permaneció confinada mientras la  selva enfrentaba la piel dura de los forasteros, quienes, con papeles de membrete, botas  relucientes y rifles cruzados al pecho, intentaron borrar del mapa todo aquello cuyo nombre  no sabían pronunciar.  

Fueron los años de los terratenientes y ganaderos descendidos de la sierra ecuatoriana, un flujo silencioso que atravesó los últimos compases de los ochenta y se prolongó hasta la primera década de este siglo. Con ellos llegó también la sombra de las empresas petroleras extranjeras —Andes Petroleum, Compañía General de Combustibles y la argentina holandesa Pluspetrol—, esta última quizá la que más profundamente trastocó los dominios ancestrales de la comunidad kichwa. La selva, paciente y antigua, sufrió ultrajes  imborrables; y los pueblos indígenas, seducidos por promesas de abundancia fácil, olvidaron los consejos ancestrales que los ligaban a la tierra. Leodan Vargas confiesa que él y muchos miembros de su comunidad perdieron el rumbo y emigraron a la ciudad de Puyo en busca de un progreso que los alejaba de su verdadera naturaleza.  

Pero en este extravío hubo alguien que recordó la voz  de Pedro, el abuelo, último chamán de Lisan Wasi. Los que lo conocieron cuentan que era  un hombre que destilaba bondad, que sus dones jamás servían al capricho, sino a la sanidad  de los enfermos, el consejo en los momentos de zozobra y la defensa de las tradiciones ante  la amenaza externa. Fue uno de los hombres más poderosos de las comunidades indígenas  que flanquean el río Puyo, y su poder, intangible pero cierto, despertó la envidia de otros  seis chamanes —oscuros y ambiciosos— que, en su codicia, se reunieron para tramar un  hechizo de enfermedad que al final terminó por diezmarlo. A finales de los años noventa, presintiendo la proximidad de la muerte, el sabio realizó un gesto destinado a perpetuar la  sabiduría de los antiguos. Fue Luz Vargas, hermana de Leodan, quien recogió esta semilla y mantuvo vivos los actos y las palabras del anciano.  

En la antesala de la muerte, cuando el aire se le volvía espeso, Pedro reunió nueve variedades de ají y creó un potaje ardiente. Mandó traer a sus nietos y tomó en brazos a  uno de los más pequeños. En la mirada del niño descubrió una humildad antigua, una modestia capaz de soportar potencias invisibles. Entonces lo recostó y vertió el brebaje en  sus ojos abiertos. El llanto del niño fue absorbido por la algarabía de la comunidad: Pedro había elegido al futuro chamán de Lisan Wasi. Luz, que entonces era una niña, fue testigo de cómo su hermano Leodan quedaba vinculado para siempre con la selva y sus ancestros.

El abuelo no se equivocó. La naturaleza traza planes que escapan al capricho humano. Corría el año 2012 cuando la selva, agobiada por su largo cautiverio, lanzó un llamado de liberación y sus hijos fueron llegando, uno por uno, dispuestos a jugarse la piel para recuperar el paraíso arrebatado.  

La primera fue Luz. Llegó al caserío con el paso firme de quien ha transitado entornos  hostiles. Tras años en las aulas entre códigos, expedientes y signos ajenos a la selva aprendió que las armas legales, pueden ser, a veces, más implacables que la fuerza bruta. Emprendió una batalla contra los ganaderos que la llevó al límite de su paciencia y logró que los tribunales restituyeran ochenta hectáreas de tierra. Ese espacio recuperado se convirtió en el cimiento de una nueva generación que dejaba atrás las fracturas de identidad  y restauraba, con dignidad, su condición indígena.  

Como Luz, mujeres de comunidades vecinas también alzaron el puño y se embarcaron en la defensa del territorio: en la región selvática ecuatoriana de Pastaza, al sur de la ciudad de  Puyo, los pueblos Sarayaku y Waorani lograron lo impensable: la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció la potestad sobre sus territorios, marcando un claro límite a  la voracidad de las multinacionales. No sólo fue un triunfo jurídico, sino una gesta de  esperanza en medio del despojo.  

Luego fue el turno de Leodan. No regresó solo: volvió impulsado por la voz de su hermana  Luz, una voz que sembró en su corazón el anhelo de liderar a su pueblo. El retorno no fue  sencillo. Cada paso, cada palabra fueron prendas arrebatadas a la incertidumbre. Había crecido mancillado por la estrechez mental de la ciudad, donde su vida se reducía a trabajar  como obrero de construcción, alimentando sueños ajenos mientras los propios se desvanecían. 

Poco a poco la memoria regresó, el cauce extraviado encontró su río. Sin prisa, pero con una potencia inevitable, Leodan se acopló al ritmo de la selva. Volvieron las madrugadas  consagradas a descifrar los sueños bajo el amparo de la Guayusa, la bebida ceremonial que aclara el pensamiento y otorga vigor para el día naciente. Volvieron también las manos  llenas de tabaco, limpieza y protección; los rostros pintados con achiote, rojo inmortal de la tierra, símbolo de una identidad que se elige, se habita y se defiende.

Su padre lo encaminó también en la medicina ancestral. Le presentó la ayahuasca, liana sagrada que no trepa, sino que desciende a la tierra, raíz que sumerge a los seres en la  vastedad de la conciencia para enfrentar los miedos enquistados en lo profundo. Fueron noches de inmersión total, vigilias que escapaban al tiempo. Leodan se habituó a los seres de otros planos que le susurraban ícaros antiguos cantos de curación capaces de alterar el curso del pensamiento y de la vida. 

Una noche supo que el tiempo de aprendiz había terminado. La revelación llegó mientras guiaba una toma de ayahuasca junto a una mujer que se declaraba escéptica de sus  plegarias. Tras beber la medicina, Leodan sintió un estremecimiento que le encendió la espina dorsal. Una fuerza salió de su cuerpo y tomó forma. En la visión se contempló a sí mismo en el plano espiritual. Era como verse en un espejo; sus facciones eran las mismas, pero su doble llevaba un tocado de plumas digno de la realeza prehispánica; en la mano, un  bastón de madera tallado con esmero; en el cuello, collares cuyo destello competía con el de los astros. No hubo duda ni sobresalto. Fue la confirmación de una sospecha que siempre  lo acompañó.  

Desde entonces, Leodan junto a Luz, su hermano Inti y un puñado de jóvenes animados por  el mismo ardor, rasgó la tierra para plagarla de árboles, abrió cauces de agua cristalina  donde el cielo pudiera contemplarse y levantó un bohío para resguardar los maderos que  hasta el día de hoy avivan una llama inextinguible. Sin miedo a perderse abrieron la selva a  quienes llegaban desde tierras remotas y hablaban lenguas extrañas. La premisa ya no fue  la reverencia sino la hermandad: el intercambio de saberes bajo el manto de las prácticas ancestrales.  

Faltaba una última señal.  

Llegó cuando Luz y otras mujeres preparaban la chicha en una choza internada en la espesura. Mordían el maíz y lo escupían en bateas de madera para macerarlo. Estaban solas:  la tradición lo exige. Ningún hombre puede participar. Entonces ocurrió: Desde las ramas  una figura se deslizó hacia ellas. Un ruido seco, unas pisadas ágiles. Era el puma. Las mujeres  treparon a la parte alta del refugio. Luz se quedó abajo. Apretó el pilón y lo convirtió en una lanza improvisada. Alzó la mirada y sostuvo los ojos de la criatura. No retrocedió. El animal  quedó inmóvil unos instantes y luego se internó en la maleza.  

Los hombres llegaron alertados por los gritos, con carabinas en las manos. Luz los detuvo. A pesar del miedo, la señal era inequívoca: El puma había descendido de la montaña para  anunciar su regreso. El pueblo Lisan Wasi ya no estaba sólo. 

En el plano espiritual Leodan también recibió el aval de la selva. En las tomas de ayahuasca y San Pedro otra medicina sagrada heredada de los incas la presencia del felino se volvió  recurrente. Comprendió entonces que el puma era su animal de poder, su tótem. Desde ese momento el joven chamán se presenta como “el puma” frente a todos aquellos que vienen a conocerlo.  

Nunca sabremos si su mirada es la misma que conmovió al abuelo Pedro. Pero sus ojos  transmiten un sosiego que repara el alma. Basta compartir unos instantes con él para  comprender el vínculo que lo une al felino. Para los kichwa, el puma no gobierna: custodia. Así camina Leodan por la selva. Cada vez que llega a un lugar, lo hace sin alboroto, sin que  nadie lo advierta. Se integra en las conversaciones con discreción y dice solo lo necesario. Su liderazgo no empuja: es una presencia sin apuros. 

Como el puma aprendió a custodiar el mundo desde la calma, con pasos que no alertan, pero con la firmeza inamovible de quien conoce los caminos de la selva.

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Volver a la tierra

por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías por el autor

Número 148 Marzo de 2026

Lo único que le dejaron sus padres a Karleth Izquierdo fue la tierra, más o menos un cuarto de hectárea en Boca de la Ceiba, al borde del río Sinú. Ahí vive en una casa de bloques de concreto con su hijo adolescente. Cuando su papá vivía la casa daba a un pequeño barranco donde crecían unos guamos y donde ahora ella cultiva hojas de biao, que le dan para vivir. A unos metros de sus cultivos, las aguas espesas y marrones del Sinú se estiran acaloradas. Ahí corría un riachuelo que la mayoría de los días no llegaba ni a barro mojado, un minúsculo chorro de agua, el caño Bugre. El bloqueo de su corriente algunos metros aguas abajo por basura y rastrojos cortaron la salida del Bugre al Sinú. Algunos tramos se convirtieron en pantanos. Otros se secaron. En las lluvias de los primeros días de febrero el riachuelo creció y creció. Alarmados, los vecinos construyeron una barrera de costales en su ribera y esperaron lo mejor. Ya antes habían tenido crecidas, pero nunca como esta. En la madrugada, un sonido terrible levantó a Karleth: como si un rayo hubiese caído sobre ella.

La diminuta corriente del caño Bugre se había hecho barrejobo. El río que por años agonizó, ahora era imparable. Karleth y sus vecinos erigieron en la oscuridad una nueva barrera de costales para reemplazar la anterior que había sido arrastrada. Tampoco sirvió. Alguien sacó una canoa de plástico para navegar por donde antes era nada más que tierra firme. El agua devoró todos los cultivos de hojas de biao de Karleth y llegó hasta su casa, a unos cuarenta metros de distancia y por lo menos cuatro de altura. Lo perdieron todo, menos la tierra, todavía. No paraba de llover.

Habían pasado quince días desde las inundaciones y el cultivo de biao de Karleth, ahora podrido, seguía anegado. Ella estaba muy angustiada y había empezado a enfermarse por pasar tanto tiempo metida en el agua, intentando ganar un poco de espacio. Como en el resto de Córdoba, no había ninguna presencia estatal o local apoyando a los inundados. Eran solo ella y sus vecinos contra el río.

Visité Boca de la Ceiba junto a Álvaro Cogollo y su primo José Antonio Cogollo. Este año Álvaro cumple setenta. Es un hombre fuerte, risueño y hablador. Es botánico, uno de los más prolíficos del continente. Tiene unos ojos pequeños e intensos que le han revelado más de doscientas especies nuevas en lugares completamente diferentes de nuestra geografía. Lo que para muchos es la culminación de una carrera, para él es la maravilla usual de ver lo nuevo, una y otra vez. “Cuando estoy en el bosque ya no miro para arriba. Miro para el suelo, a la hojarasca”.

Cuando era muchacho, Cogollo, familia y amigos solían ir con frecuencia a Boca de la Ceiba a recoger agua, a bañarse. Hace años, cuando corría libre, el Bugre era un caño de aguas lentas que bajaba hasta la Ciénaga Grande de Lorica. En Manguelito se dividía en un chorro sin nombre que armó la vida de Álvaro cuando era niño, allá en El Tapón de San Pelayo.

El 24 de diciembre de 1969 Cogollo dormía en la casa de un amigo, no muy lejos de la de sus padres, en la vereda Providencia. Los adultos jugaban dominó cuando alguien se asomó en la noche: “Hay suba”. El afluente del Bugre supuraba bocachicos, tantos que parecían un segundo río. “Vamos a bracearlos”, dijo el amigo de Cogollo, ahora su cuñado. “En par patadas llenamos un costalao de bocachico”. Nunca volvería a ver tantos pescados juntos en su vida.

A veces su abuelo, Fernando Cogollo, hacía un comentario misterioso: “Mañana va a amanecer el caño crecido”. Y en la madrugada la predicción se hacía realidad, las aguas del río se embravecían y el caudal aumentaba. “¿Abuelo, usted por qué sabe?”, le preguntó Álvaro alguna vez. Fernando extendió su dedo hacia el sur, donde las nubes negras se acumulaban: “Está lloviendo en las cabeceras”. La respuesta implicaba más preguntas que se hicieron claras en un libro de geografía de segundo de primaria: en un lugar en Antioquia llamado el nudo del Paramillo nacía el Sinú que en Boca de la Ceiba formaba un ramal, el Bugre, que en Manguelito se dividía en el caño que pasaba frente a su casa. Algún día, se dijo Álvaro, conocería el nacimiento del Sinú. Lo imaginó como una gran laguna, tan bella como la ciénaga.

La Voz de Montería pasaba un jingle que lo maravillaba: “Los valles del Nilo, el Tennessee, el Sinú, las tierras más fértiles del mundo”. Los Cogollo, como era propio de los campesinos acomodados del Sinú, tenían una roza, una parcela para la yuca, el ñame, el plátano, la papaya, el mango y la patilla. Bastaba bajar al río para sacar agua. Siglos de ingeniería hidráulica zenú habían canalizado las aguas del Paramillo a la tierra misma, convirtiéndola en una de las más fértiles del mundo en biomasa. La vida se desbordaba por todas partes y Álvaro aprovechaba, cazando pájaros con la honda y pisingos con la escopeta en la ciénaga El Vichal junto a sus tíos Toño y Rafael.

Ellos eran rianos, los que vivían del río, abacú, gente de chancla tres puntá. Cada día pasaba por el afluente del Bugre una chalupa con motor, el portátil, recogiendo campesinos desde Cotorra hasta Cereté y más allá. El papá de Álvaro, Justiniano, se había enamorado en Chimá, al otro lado de la ciénaga, y para ir a visitar a María del Carmen Pacheco se embarcaba en su portátil con el remo y la palanca. Y si en alguna noche cenagosa sin estrellas llegaba a perderse, torres de las iglesias de Arache, Momil, Cotorra, Sitioviejo y Chimá brillaban como faros, en la oscuridad.

La abuela María Ascención Berrocal era yerbatera y partera. Las plantas que para los demás eran invisibles tenían muchos sentidos para ella y su nieto Álvaro era el alumno más atento que había tenido. Cogollo mantenía una libreta en la que anotaba el nombre de todas las plantas que lo rodeaban, con extensos comentarios sobre “cómo se cortaban de acuerdo con las fases de la luna, cuál era la leña de corazón que daba la suficiente brasa para cocinar el arroz o cuál rama de arbusto lechero era mejor para fabricar una honda”.

Después de la pandemia Cogollo usó la plata de un premio que le habían dado y se compró media hectárea en El Tapón de San Pelayo, a unos metros del río donde aprendió a nadar, justo al lado de la tierra del primo Rafael Antonio Zabaleta Cogollo y cerca de la que fue la tierra de sus abuelos. Las aguas del caño donde aprendió a nadar entre guamos se habían eutrofizado y sedimentado y estaba contaminado con pesticidas y basura, aunque menos que otros de la zona. Apenas tenía corriente ahora, como un pantano.

En San Pelayo muchas cosas han cambiado pero otras se mantienen idénticas. Hay un Cogollo o un Berrocal de todas las edades en cada esquina, el ecosistema agrario y el minifundio persisten, pululan las bandas musicales. Pero los ríos ya no hacen parte de la vida pública, ni de la vida en general. Muchos se han vuelto vertederos. Algunos de los pescados del pasado han desaparecido hasta la memoria de la gente. Como Cogollo me dijo, “Fíjate, ya uno ni siquiera… Si uno pregunta: Oye, ¿conoces la mayupa? La gente ya no la conoce. Tampoco el bocachico rubio, el congo o la alondra. Todo eso se ha perdido”.

Si hace más de mil años los zenú construyeron una civilización junto al agua, algunas décadas del siglo XX habían hecho a los cordobeses ajenos a su pasado anfibio. La moto reemplazó al bote. Tanto los campesinos como los terratenientes fueron ganándole terreno a la ciénaga, con ganado o con barreras de material que secaban las aguas, los jarillones. La productividad del Sinú se dio por hecha y las ciénagas que la generaban aparecieron como impedimento para más y más cultivo. Elías Milani, terrateniente de la zona, llegó a ser tan buen destructor de humedales que la Gobernación de Córdoba lo condecoró.

Los padres de Cogollo estaban montados, como casi todos los campesinos de la zona, en la fiebre del algodón. Impulsada por la política de colonización agraria colombiana y por la Alianza para el Progreso del gobierno de Kennedy, la frase favorita de los políticos y terratenientes era “Habilitar tierras para el cultivo”. Los humedales eran especímenes de un pasado montuno que podía desaparecer, como en el Valle del Cauca, para dar paso a los cultivos del mañana en la forma en que lo hacían los gringos, con pocas manos, muchas máquinas, altas concentraciones de agua y, pronto, el dulce olor de los pesticidas.

“No se me olvida el olor del toxafeno DDT 40-20”, me dijo Cogollo. Primero regado por manos humanas, luego desde un helicóptero y luego del primer avión que Cogollo vio en su vida, dejando una estela de toxafeno detrás de sí. Él cortó una madera de balso y se hizo un avión con una hélice de lata.

A su tío Rafael un sobrino le propuso alquilarle sus tierras. “¿Para sembrar algodón?”, contestó, “No, señor, desde que llegó el algodón todo hay que fumigarlo. Hay que fumigar el maíz, la yuca, el ñame, a todo le cae plagas. Y uno pasa al día siguiente y encuentra el sapo muerto, la rana muerta, lo que se comía las plagas. ¿Tú te comes una mota de algodón? Yo siembro lo que me pueda comer. El maldito va a ser la ruina del Sinú y mientras yo viva no se va a sembrar una mata de algodón en mis tierras”.

En febrero de 1963 Álvaro y su hermana Fausta se fueron a estudiar a Chimá, al otro lado de la ciénaga. Chimá, “tierra bonita”, una de las pocas palabras que nos quedan del zenú, es una zona de transición entre el bosque húmedo del Paramillo y el bosque seco del Bajo Sinú y el golfo de Morrosquillo. Es un pueblo de pescadores y campesinos mecido en el ritmo paciente del calor de las cuatro, donde la vida empieza y termina en la ciénaga. Allí Cogollo escuchó la historia de un pescador que un día le avisó a su familia que iría a “darle la vuelta al mundo”. Salió en la madrugada con su canoa y su familia lo despidió incierta del futuro. Dos días después había vuelto. “Eche, ¿no le ibas a dar la vuelta al mundo?”. “Ya la di, le di la vuelta a la ciénaga”.

Después de unos meses en la escuela de Chimá, Cogollo recorrió varias escuelas de la región antes de hacer parte de la primera promoción del INEM de Montería, otro legado de la Alianza para el Progreso que tenía la enorme novedad de que tenía baños; como nadie tenía ni idea de qué era un lavamanos, los estudiantes orinaban en ellos. En el INEM cultivó una pasión por el vallenato, militó algunos años en la causa de la reforma agraria en las juventudes del MOIR y conoció en un salón de octavo grado a Nohra Guzmán, una de las pocas mujeres del colegio y la compañera de toda su vida.

Por un tiempo pensó que iba a ser ingeniero agrónomo pero decidió ser botánico, como María Ascención. Entró a la Universidad de Antioquia y conoció a Enrique Rentería, el profesor de taxonomía que lo llevó a conocer la selva húmeda por primera vez, en el Magdalena Medio, y lo conectó con Thomas Croat, experto en las aráceas. En su primer viaje al Chocó, acompañando a Croat, Cogollo recolectó un anturio que vio curioso y que Croat identificaría ahí mismo como nuevo para la humanidad. Lo nombró Anthurium cogolloanum.

Volví a Chimá con Cogollo a ver la ciénaga. “Es un árbol críticamente en peligro de extinción”, me dijo de un solitario guayacán azul, el Guaiacum officinale, en la tierra de su hermano Lucho, un campesino. Álvaro fue el único de los hermanos Cogollo Pacheco en irse de Córdoba. El resto hizo su vida en el Medio y Bajo Sinú, como maestros, campesinos o líderes. Con su hermano Óscar, quien nunca se queda quieto, recorrimos un pequeño jarillón que los campesinos habían construido sobre la ciénaga Los Charcos, que en el pasado fue parte de un gran complejo ininterrumpido de humedales que conectaba Lorica con los pueblos del sur. Durante mucho tiempo reducida, las inundaciones la habían hecho crecer hasta confundir el agua con el horizonte.

Los chimalenses aprovecharon el jarillón que le construyeron a la ciénaga para hacer unos pequeños cultivos de algodón y patilla. Con las inundaciones, no habrá esperanza de cosecha este año. Muchas familias del pueblo esperaban esos ingresos para sobrevivir. Sin la patilla, la economía circular de todo el pueblo tambaleaba. Como nos dijo Alexander Jiménez, un activista zenú por el buen vivir con las ciénagas: “El pescador vende al mercado local que le vende al pescadero y el dinero va rotando”.

Isaac, un pescador ya veterano, pasa el calor de la tarde con sus compañeros en una cabaña al borde de la ciénaga. Las inundaciones habían afectado la ecología de los peces y aunque la ciénaga es un refugio de manatíes, las capturas en las atarrayas y trasmallos de los pescadores habían caído significativamente. Otros pescados como el sábalo han desaparecido. Un brillo emanaba del cielo casi despejado. Isaac, con voz pausada, describió con calma la situación: “Ya solo quedaba el hambre”.

La revolución agraria que prometía la Alianza para el Progreso implicaba menos gente para más campo. Ese proceso de desplazamiento masivo se consolidó con la arremetida paramilitar de finales de siglo y la dramática transformación del Sinú por la construcción de la hidroeléctrica de Urrá. Y antes que amilanarse con el cambio climático, la voracidad de los terratenientes continúa sin vergüenza: Erasmo Zuleta, el gobernador de Córdoba, es poseedor de una finca con ciénaga, un gusto mafioso impedido en teoría por la ley colombiana y la Convención Ramsar de los Humedales. Entonces Zuleta construyó jarillones para secarla y que así no le pongan mucho problema por lo que es suyo.

Durante quién sabe cuántos siglos, los habitantes de las ciénagas se movían por ellas con libertad, monteando la liga. Así lo hicieron Alexander, Isaac y Cogollo de muchachos. Buscando asegurar su propiedad, los terratenientes locales han empezado a cerrar la ciénaga con cercas eléctricas. Según Alexander, alrededor de Chimá hay más de doscientas hectáreas electrificadas. Y si los campesinos logran superarlas, vigilancia enfierrada les anuncia que estos humedales son ahora propiedad privada. Ahora vivir al lado de una ciénaga, como de un río, es un encarte.

Las carreteras, como las casas, como las haciendas, se construyeron sobre ellas durante muchos años. Ahora mismo poderes locales planean construir un extenso jarillón de Lorica a Purísima, una traición más a la ciénaga de Lorica, la más grande del bajo Sinú. La Oxy quiere aprovechar que hay pocos interesados y convertir las ciénagas del Medio Sinú en campos de gas conectados con Cartagena.

Entre Ciénaga de Oro y Chimá se abre uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida, un extenso complejo cenagoso rodeado por guayacanes y sangregallinas en plena floración, sus flores empantanando el agua diáfana del espejo. Pero en la mitad de una ciénaga convertida en el antejardín de una hacienda, una valla publicitaria anuncia para el Senado a Milena Flórez, esposa del condenado Musa Besaile.

En 1991 Cogollo intentó por primera vez subir al alto del Paramillo, a donde nace el Sinú. Solo otras dos expediciones habían logrado coronar antes el alto. Cogollo arrancó la subida por Ituango, por el Bajo Inglés y siguió por Santana y luego La Redonda. Alcanzó a llegar a los 3100 metros pero dio la vuelta. Lo volvió a intentar en el 93, con el botánico valluno Hermes Cuadros y con Alwyn Genthry, del jardín botánico de Missouri, una leyenda de la botánica neotropical del siglo XX. En vez de seguir por La Redonda, remontaron a machete el cauce del río Ituango. La selva húmeda dio paso a los bosques de montaña y los bosques de montaña al páramo más inexplorado del país, donde nace el San Jorge, donde nace el Sinú.

Pero no había laguna por ninguna parte. Apenas unos hilos lentos en el silencio del páramo. Ese era el nacimiento del Sinú. Cogollo tomó fotos apresuradamente. No tenían suficiente agua. Tenían que bajar de nuevo. Después de recargar las cantimploras en el río Ituango, se perdieron. Los morrales les pesaban con las muestras de todo lo que habían recolectado. El bosque espeso se cerraba contra ellos y la comida se había agotado. Ahí encontraron una mora silvestre gigantesca que Cogollo jamás volvió a ver y que les calmó el hambre un instante. Sin signos de camino, Cogollo se acostó en su morral a calmar el cansancio. Cuando caía la noche, un grito lo levantó: “¡Mierda de vaca!”. Era Genthry, que había visto la civilización.

De regreso al caserío de Santa Ana, decidieron cruzar el nudo por un filo menos elevado y salir al otro lado, al pueblo de Juan José en la cuenca del San Jorge. Los interceptó una avanzada de las Farc. Los venían siguiendo. Tuvieron que devolverse y en el camino de regreso Álvaro se volvió a fijar en una planta “que en el trayecto nos estuvo mamando gallo”. Luego sabrían que era una Metteniusa, ahora llamada Metteniusa cogolloi. Cuando Álvaro fue a revelar el rollo de las fotos que tomó en el alto del Paramillo, el rollo estaba quemado. No quedó nada de las aguas del Sinú.

El mismo año que Cogollo escaló el Paramillo el Inderena otorgó una licencia ambiental a la que hasta entonces era la hidroeléctrica más grande del país, una fantasía de control de la naturaleza que bajaba desde la Alianza para el Progreso: Urrá. Abeja en eberá. El aguijón de la abeja destruyó 7400 hectáreas del Paramillo y desplazó a más de tres mil personas, la mayoría indígenas emberá de los resguardos de Karagabí e Iwagadó.

El activismo contra la represa se organizó en Tierralta alrededor de Simón Domicó y Kimy Pernía. En Bogotá el cordobés Paul Sánchez Puche fue financiado por el Cinep para impulsar un movimiento clave en la historia de las luchas ecológicas contra el pillaje energético. El lema de Urrá, “Energía para el desarrollo de Córdoba”, resultó ser poco más que una burla. Durante años la clase alta de Córdoba y Antioquia utilizó escuadrones de la muerte para asegurarse el control de la montaña e imponer el proyecto sobre los cadáveres que fueran necesarios.

Aunque el movimiento logró impedir que se construyera una segunda hidroeléctrica junto a la primera, Urrá 2, en el año 2000 la culminación de la construcción y el cierre de las compuertas le dieron lo que parecía ser la última puñalada al Sinú. Urrá contribuyó al declive de las ciénagas de Córdoba al no suplir el mismo caudal de antes al gran complejo de la ciénaga de Lorica. La población de pescados del Sinú colapsó. Y justo lo opuesto de la agricultura zenú que usaba al río para dar gran fertilidad a las planicies, al descender el nivel freático, las tierras de Córdoba se irán salinizando con cada año de operación de Urrá.

La primera selva húmeda que conoció Cogollo fue cerca del río Carare, en Campo Capote. Nunca había visto nada igual. Estaba en primer semestre y había logrado que lo aceptaran en el semillero de botánica de Enrique Rentería. Incluso para él, que venía de las infinitas ciénagas del Sinú. Esa selva no tuvo par, ni aún hoy, porque en algunas décadas había sido completamente arrasada. Ahora el que vuelva a ver ese paraje se va a encontrar solo con tierra yerma para el ganado y el petróleo. “La vida de un ser humano es demasiado corta ante cambios de esa clase”, me dijo Cogollo.

Más de doscientas mil personas sufrieron las inundaciones y 35 000 hectáreas se inundaron en Córdoba, apenas una muestra de lo que vendrá después. Las ciénagas volverán. El futuro para alguien como Karleth es incierto. La tierra firme está desapareciendo debajo de sus pies. La clase política cordobesa ha reaccionado con el apropiado cinismo: “Borrón y cuenta nueva”, es el eslogan de David Barguil, ahora senador del Partido Conservador.

Hace más de treinta años, Cogollo fue a un evento en Montelíbano. Ahí vio a unos árboles curiosos, sembrados en fila. Veintiséis años después se los volvió a encontrar, en Tierralta. “Ahí mismo me acordé”. Luego en la ciénaga de Betancí los volvió a ver. Eran de una especie nueva, la primera que descubre en su departamento, la Cordia nicandroides. Llega a los veinticinco metros de altura, florece en cientos de flores blancas y su pariente más cercano está a miles de kilómetros de distancia, en la caatinga brasileña. Es un descubrimiento con profundas implicaciones para la conectividad vegetal del continente. Pero ahora Cogollo encuentra el árbol en partes insospechadas de Córdoba y la Costa. Siempre estuvo ahí. Lo único que tuvo que hacer fue volver a mirar.

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Álvaro Duque

Medellín hace aguas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 139 Mayo de 2024

Quebrada Santa Elena. Anónimo, 1920. Archivo fotográfico BPP.

A Eduardo Escobar

Medellín, tan terrenal en cuanto a los intereses de sus habitantes, tiene una profunda relación con el agua. La forma del valle no deja escapar ni una sola gota de la lluvia que lo moja. Los arroyos de montaña bajan sin perder de vista su destino más abajo. Se dice que en la infancia, estos riachuelos reciben instrucción por parte de las arboledas. Ellas les muestran las hazañas de las quebradas mayores como ejemplo a seguir, y les trazan los caminos para llegar a tributar al Medellín mientras descienden por las cañadas. Es, pues, toda una didáctica del agua, que incluye advertencias de lo que les espera al paso por la ciudad.

La fundación de Medellín se vio obligada a tener en cuenta esta telaraña de hilos de agua. Los españoles, dados a construir en puntos altos, eligieron una vega entre el río y la quebrada Santa Elena para levantar las primeras casas. Tenían agua inmediata no solo para las necesidades domésticas, sino que “facilitaba el trabajo a los que buscasen oro en los cauces del Aburrá o de las quebradas”, según Tomás Carrasquilla. Las viviendas campesinas que salpicaban las laderas del valle moraban en una especie de arcadia natural, cuyo curso de agua vecino aún perdura en los dibujos infantiles de todos los que crecimos por estos lados.

Ese brotar constante de agua desde las cumbres, que rara vez se detiene, nos hace invisible su abundancia. Con frecuencia se necesita la mirada del extranjero para advertir la exuberancia de los manantiales. El geógrafo italiano Agustín Codazzi se percató de estas humedades y propuso la tesis según la cual el valle de Aburrá había sido un lago miles de años atrás. De acuerdo con su teoría, entre Caldas y más allá de Barbosa todo eran aguas “reposando tranquilas en aquella prolongada y estrecha cuenca”, con una profundidad que calculaba de 150 metros. Los cerros Nutibara y Volador serían simpáticas islas en medio del gran espejo de agua. Mientras tanto, las entradas de las quebradas en el lago conformarían espléndidas bahías en sus márgenes. La utopía geográfica de Codazzi albergaba aún más agua que la existente, en una especie de mítico pasado diluviano.

La tentación de inundar la hondonada donde hoy está la ciudad cosechó adeptos ilustres durante décadas. El eminente geólogo Juan de la Cruz Posada la suscribió aun a principios del siglo XX. Proponía que antiguos glaciares habrían remolcado una barrera de bloques de piedra hasta la altura de lo que hoy es Moravia, suficiente para remansar el río e inundar el valle. Imaginaba hielos perpetuos bajando por estas montañas antes de la inundación, aguas congeladas que adornaban aún más la imagen del posible gran lago del Aburrá. Aunque nada le caería mejor a la Medellín veraniega que un golpe de nevera o un buen remojón, luego se demostró que sus antiguos terrenos nunca estuvieron inundados. Aquellas especulaciones se conservan hoy como patrimonio poético de nuestra relación con el agua.

Ahora sabemos que Medellín no ha sido de aguas remansadas, sino de las turbulentas. Al contario de Bogotá, ubicada en una planicie, esa sí, producto de lagos desecados, Medellín está marcada por sus virulentas quebradas. El término quebrada es una adaptación local única en esta parte de los Andes que no es equivalente al simple arroyo. Indica que el relieve está quebrado y se profundiza, y se refiere tanto al agua que corre como a la honda brecha que le da cauce. Cuando decimos quebrada, decimos al mismo tiempo agua y montaña, piedra y torrente. El agua que corre por allí tanto salta como se empoza, tanto se arroja como se atasca. 

Las quebradas son el rasgo del paisaje que mejor refleja el carácter ambiguo de los naturales de la ciudad. Amables y confiadas en su trato, pueden ser arrebatadas y violentas cuando se lo dictan sus más enquistados principios. En sus partes altas suelen formarse represas de tierra, palos y piedras, que luego pierden pie y se desatan en una avalancha de ira acuática. Ellas solían ser las grandes protagonistas cuando hacían sus dramas en épocas de lluvia. La Iguaná era una de las más temibles. Arrasó varias veces los poblados a sus orillas. En 1880 prácticamente borró del mapa la población de Anápolis, que fue trasladada más arriba para siempre con el nombre de Robledo.

Fernando Vallejo dice que las quebradas de por aquí “son como los niños: berrinchudas”. Como no podría ser otra, el autor describe la que puede ser más representativa de su ciudad: La Loca. Esta quebrada corre paralela a la Santa Elena hacia el norte y, si bien está tapada, su curso lo delata la curvilínea calle Barbacoas. La Loca era “mansa, tersa y cristalina”, como todas, pero “en mayo, en el mes de las lluvias, cambiaba la cosa”, cuentan Los días azules, “saltaba una chispa, brillaba un relámpago, sonaba un trueno y se soltaba un chubasco, el gran chaparrón de gotas grandes, vulgares. […] Y las fuentecitas se volvían arroyos, y los arroyos ríos. […] Rugiendo despeinada, La Loca se lanzaba sobre Medellín amenazante […]. ¡Se soltó La Loca!”.

El clima templado y la profusión de agua fresca y corriente fue un referente de la diversión local en el pasado. Había numerosos baños por toda la ciudad. Los más famosos eran los de Cipriano Álvarez, Amito, en lo que hoy es Aranjuez, más abajo del manicomio, y los de El Edén, en los predios del actual Jardín Botánico. Allí, cuenta Libardo Ospina en sus Baños públicos del viejo Medellín, acudían los caballeros “en grata compañía femenina, para refrescar y comer bocadillos… previa una buena copa de brandy que luego los caballeros repetían, cuando no consumían la botella entera”. Los de El Edén se surtían de las quebradas que bajaban por Campo Valdés, y eran igualmente elegantes. Se reunían allí “casi a diario los principales señores de la Villa, que mientras se bañaban apuraban sus copetines, platicaban de literatura y de arte y concertaban negocios y alianzas matrimoniales”. Además, estaban los de don Coriolano, de Palacio, de Villa, El Jordán y La Mansión, en Villa Hermosa. El de la Bastilla, en el centro, “era tertulia de intelectuales, bohemios, políticos y traficantes”. Por lo visto, el agua, en Medellín, tenía un carácter salutífero que difería en sus maneras de los balnearios de los Alpes suizos.

Estos baños públicos sobrevivieron en su versión más popular, los charcos naturales. Las quebradas bajan por lo general dando saltos entre rocas grandes, y entre los escalones se forman chorros emparejados con su remanso. A este conjunto se le conoce como charco, y es un hito en la cultura local. Quizá el primer charco que está documentado es el de la Peña de los Monjes, que funcionó al menos desde principios del siglo XIX. Byron White y Jorge Ortiz lo ubican en lo que hoy es el cruce de la carrera Palacé con San Juan, en la parte de atrás de la iglesia de San Antonio. Estos autores sostienen que el charco estaba en aguas del río Medellín, con lo cual respetuosamente disiento. Más bien, estaría en aguas de un afluente de la quebrada El Zanjón, que a su vez daba a Los Ejidos y finalmente al río.

El charco natural es la más democrática de nuestras instituciones. El charco no exige, como la piscina o la playa, un traje especial, caro o a la moda. Al contrario, acoge cualquier mocho o vestimenta casual. La piedra grande hace las veces de camerino para el cambio de ropa de los mayores, de asoleadora para otros y de grada para lanzarse en clavado o en plancha para los más jóvenes. Las piedras pequeñas sirven para montar el sancocho y acomodar la grabadora. El agua fría de montaña pone a tiritar y castañear los dientes, lo cual favorece el abrazo, ya sea consigo mismo o con el otro. La ingesta del agua ardiente compensa la temperatura y sazona el encuentro. El baño de charco es quizá el momento de mayor libertad para el habitante de la ciudad. Allí se verifican rituales a nivel individual y de la sociedad en su conjunto. El festival de Ancón, en 1971, mostró que el salto a la modernidad debía ser ungido por una celebración con agua bendita a la manera más tradicional. El rock and roll y la mariguana se recibieron por medio un bautizo al desnudo en el mayor bañadero de la ciudad, el río Medellín.

Si bien todavía quedan charcos, como el emblemático La Cascada, en la quebrada Santa Elena, subiendo al alto, la mayoría han cerrado. Incluso dos, que surtieron los paseos de las comunas noroccidental y nororiental para más de una generación, ya no existen: Charco Verde en San Félix y Chorro Clarín en Santa Elena, que se convirtió en zona de pícnic. En los corregimientos cercanos subsisten algunos, pero ya no son patrimonio urbano como en otro tiempo. En la Medellín turística de hoy son más famosas las piscinas en las terrazas de los hoteles, que vinieron a reclamar esa ventaja acuática semiolvidada de la ciudad. No ocurre allí como en los primeros tiempos en las quebradas, que se bañaban hombres por un lado y mujeres por el otro. Muy al contrario, la sirena, ser fantástico propio del agua, ha entrado a jugar un papel protagónico como ninfa adaptada al cloro y el baldosín.

Otro cambio interesante en la relación con el agua en la ciudad es la construcción de edificios altos en las orillas del Medellín. Por primera vez en su historia, ciertas aguas del río no tienen vista directa a su lugar de nacimiento en las cimas de las montañas. Y, de igual manera, los jóvenes riachuelos que pasan su infancia en la montaña se ven privados de atisbar a sus mayores en el fondo del valle. La fantasía de las ondas de la corriente que replican el perfil del relieve de la cordillera se pierde con cada torre que se levanta. Al cortar esa sociedad de las formas del paisaje, nos alejamos cada vez más de las maneras cíclicas del agua a las que hemos estado enlazados desde siempre. 

Un río flanqueado por edificios de apartamentos podría sin embargo traer alguna ventaja inesperada. Con suerte, las personas en los balcones con vista al agua comenzarían a reclamar una corriente limpia, aunque fuera para mejorar la panorámica y valorizar la propiedad. Los paseos de las mascotas incluirían una estación para beber y jugar en los playones del río. O podría pasar que el mismo turismo exija ríos y quebradas limpios en los que darse un chapuzón. A lo mejor sean los extranjeros, una vez más, los que nos muestren las ventajas del agua corrida en estas lomas. En lo que respecta al cuidado de nuestros ríos y quebradas, en Medellín hacemos agua, paradoja que nos dice que las cosas pueden ir a mejor, después de tocar fondo. 

Quebrada Doña María. Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Las curvas que perdiste

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 137 Diciembre de 2023

Puente de la avenida San Juan sobre el río Medellín. Fotografía Rodríguez, 1920. Archivo BPP.

Sabemos que no viniste al mundo canalizado, naturalmente. En vez de andar derecho y tan envarado como en la actualidad, te contoneabas con ritmo por el fondo del valle. Tenías la lógica ondulante del pensador que se atreve a dudar de sí mismo. Te movías sinuosamente formando playas y recodos en los que tu gente pescaba, lavaba ropa o se echaba a contemplar. Los que te adoramos solemos imaginar esa condición de soberanía que ejercías sobre la llanura. Y quizá por la emoción del momento te atribuimos curvas inmensas, circunvoluciones exageradas que tocaban ambos costados del valle. ¿Pero, cuál era realmente tu cadencia? ¿Qué tan amplias eran las vueltas perdidas de tu antiguo esplendor?

Puesto que no sé leer la simbología en la cerámica y los petroglifos de los aburráes, debo comenzar a rastrear tu carácter en el respeto que ellos te tenían. Si construyeron sus casas y enterraron a sus muertos en los cerros era porque desconfiaban de ti. Seguramente te desbordabas con fuerza en época de lluvias y reclamabas tierras más allá de tus orillas. Inundabas las vegas atropellando y alimentabas los humedales donde abunda el mosquito. Sabían que tu carácter no se reducía a la mera expresión de tu cauce, y dejaban para ti toda la base del valle. Quizá porque eran pocos, o porque entendían algo que nosotros ignoramos, a ellos no les parecía que fuera un desperdicio dejar esa extensión de tierra sujeta a tus caprichos.

La primera mención que te hacen por escrito sale de la pluma de Juan Bautista Sardella, el cronista de Jorge Robledo, el conquistador. Ellos y unos veinte soldados fueron los primeros españoles en avistar estas posesiones, en 1541. En la relación de actividades de su corta estadía, el cronista se refiere a ti como “un río que por medio de aquel valle desta provincia pasaba […]”. Se nos olvida que sin tu presencia lineal es fácil perderse en esta hondonada, pues las montañas que la enmarcan juegan con las perspectivas. Cumbres y cuchillas cierran la mirada por los cuatro puntos cardinales y hacen creer que está uno dentro de un tazón circular. Tú vienes a cruzarlo por el medio y le das un sentido con una entrada y una salida. Estableces una simetría binaria que el sol obedece con puntualidad, plantando la semilla del amanecer y del atardecer sobre cada una de tus orillas. De tus curvas, sin embargo, Sardella no dice nada. Supongo que si hubieras sido un río de amplios meandros, algún adjetivo te habría colgado por escrito.

Te veo retratado por primera vez en 1791, en el plano de la ciudad atribuido al maestro pintor José María Giraldo. Si antiguamente no te dedicaban muchas palabras, tampoco en los viejos mapas te trazaban con detalle. En ese primer esquema de la villa de Medellín apareces pintado de azul. Es probable que fueras transparente en épocas de tiempo seco, y café con leche en temporada de lluvias, pero ese azul imaginario da cuenta de una pureza convencional de la que sin duda te sentías orgulloso. En cuanto a tu forma, el pintor te traza con cierta sinuosidad en tu recorrido, más no con curvas. El trazo de S estirada corresponde más bien al contorno general de tu curso a lo largo del valle: entras a él por el suroccidente, continúas relativamente recto hacia el norte y en Bello tuerces al nororiente. Acaso debamos ir pensando que tus curvas nunca han sido tan pronunciadas, en cuyo caso el pintor no se habría atrevido a rectificarte de esa manera.

Un poco después, un viajero y un poeta de estas tierras te describen usando imágenes de objetos alargados. En 1825, Carl August Gosselman te observa desde las montañas y dice que luces “cual una cinta de plata”. Y, en 1850, Gregorio Gutiérrez González retoma la comparación y te describe como un “cinturón de perlas y de plata”. Lo plateado se refiere probablemente a la manera de reflejar los rayos del sol a mediodía por parte de tus aguas, que en medio del verdor sería una imagen poderosa. Pero allí lo que deseamos resaltar es la “cinta” y el “cinturón”, dos formas en las que prevalece lo dilatado más que lo sinuoso. Si hubieras ondeado en demasía, tal vez estos dos autores habrían elegido símiles diferentes.

Pero tampoco es justo estirarte hasta que parezcas lo que eres hoy, pues está lejos de la verdad. Manuel Uribe Ángel, menos poeta que agudo observador, dice en 1862: “El curso caprichoso del río con sus giros y movimientos de serpiente”. Y agrega: “[Allí] está Medellín, blanca y brillante al lado de las curvas viperinas de su río”. Veinte años después, en su Geografía de Antioquia, se reafirma en esa visión que tiene de ti: “Es difícil imaginar impresión más agradable que la que se experimenta […] cuando se llega en tarde despejada al puente de Colombia, para contemplar, hacia arriba y hacia abajo, las caprichosas curvas del río Medellín y sus engalanadas márgenes”. Pienso que la culebra que tenía en mente el doctor Uribe Ángel no era en exceso tortuosa, como la que retrataría un Misisipi o un Magdalena en La Mojana. Más bien, una serpiente en camino que enroscada.

Un mapa de Medellín, levantado por los estudiantes de la Escuela de Minas en 1889, ofrece una descripción visual quizá más cercana a tu antiguo andar. En él te mueves con libertad por el valle pero sin curvas exuberantes. Girabas con soltura en cierto punto, aunque pronto virabas de nuevo al otro lado. No insistías en la amplia oscilación de los ríos que se deslizan por las tierras muy llanas. Así parecía ser, al menos, en la parte por la que discurrías cercana a la ciudad. Aparece por primera vez algo novedoso en tu retrato en este mapa: tu amplitud es irregular. En unas partes te estrechas un poco y en otras te explayas, en cuyo caso los estudiantes dibujan una pequeña isla en la mitad. Es natural que en los lechos muy dilatados se formen playas en su punto medio, por falta de agua para llenar todo el cauce.

De modo que a tu andar de sinuosidad moderada se le agrega una forma como de ojos sucesivos, verificada por Tomás Carrasquilla en Frutos de mi tierra, en 1896: “El Aburrá, perezoso, ondulante, aquí angosto, desparramado allá, interceptado a trechos por los cañaverales y sembrados, se ve desde la falda, bien así como retorcidos recortes de hojalata”. El mismo Manuel Uribe Ángel respalda de manera indirecta esta descripción: “El río en su parte alta se llama de La Villa, en su parte media Porce y a su terminación Nechí. Aunque caudaloso y largo, no es navegable sino en su parte baja, porque la topografía del terreno lo constituye impedir rápido y correntoso”. Si a tu paso por Medellín entorpecías la navegación, esto quiere decir que eras un río con buena pendiente en el que no prima la vuelta grande y reposada, sino el andar desigual de medias curvas sucesivas.

También el tipo de material que llevabas en tu lecho puede dar pistas sobre tu carácter. Un río con cierta fuerza suele arrastrar arenas y piedra gruesa, diferente al individuo de amplios meandros, más dado al acarreo de sedimentos finos. Los trinchos artesanales con los que se comenzó tu canalización desde principios del siglo XX eran armazones de madera rellenos de piedra de tu mismo cauce. Las fotografías de la época muestran tus playas pedregosas, al igual que la superficie rugosa del agua que corre sobre un lecho de piedras. ¿Cómo eras, pues, querido río, antes de que te “metieran en ringlera”? Lo que hemos visto es que quizá no te comportabas igual que uno de esos afluentes que en las tierras bajas ocupan con sus vueltas grandes extensiones. Al menos en tu paso por la ciudad tenías ese tranco indeciso de los que van buscando a tientas la mejor manera de andar. No era vacilación de tu parte, sino el carácter de tu filosofía.

Una foto tomada por Carlos Rodríguez en 1949 a la altura de la calle 30 muestra uno de los últimos momentos en los que gozaste de tu libertad ancestral al paso por la ciudad. Y, por otra parte, el punto de inflexión hacia tu decadencia. Sobre un costado de la imagen se observan algunas mujeres lavando ropa en una de estas playas de piedra. Más atrás, en el medio del cauce, hay un carro de bestia, seguramente recogiendo material de construcción. Y aguas abajo reposan cuatro camiones de escalera también dentro del propio río, en fase de aseo general.

La estirpe de las lavanderas venía de tiempo atrás, herederas de las primeras bañistas citadinas, retratadas por Saffray en 1860: “Si se continúa por la Quebrada, llégase bien pronto al río, y á un sendero frecuentado durante las mañanas por las bañistas. Desde las nueve á las diez se las ve llegar, sufriendo los rayos del sol, seguidas de sus negras”. Sus descendientes son hoy sabios habitantes de calle, únicos usuarios de tus aguas vergonzantes. Mientras tanto, las chivas motorizadas muestran el futuro de la ciudad. Sus sucesores reclamarían los cañaduzales de tus orillas en número de cientos de miles.

En adelante, las palabras con las que tus gentes se refieren a ti tienen poco de poesía y mucho de sentencia. En 1950 la administración de la ciudad dictamina la conveniencia de tu sometimiento, con el fin de “[…] evitar la erosión y el desgaste proveniente del agua a gran velocidad y ordinariamente cargada de sólidos abrasivos, manteniendo así la corriente de agua dentro de un cauce definitivo y permanente. La función secundaria del revestimiento es resistir los empujes del terreno o del agua en el sentido del deslizamiento o del volcamiento, según el caso […]”.

A partir de entonces tu canalización ya no fue de piedra cargada y palos clavados en la orilla, de los que te mofabas en cada creciente. Pagaste cara tu osadía, pues con el progreso no se juega. Te doblegaron con concreto vaciado y maquinaria pesada. Comprendo que entonces comenzaras a sentirte minúsculo e impotente. Las palabras de Manuel Uribe Ángel en 1881, que decían que tú y la Santa Elena “además de adornos para el sitio, son de vital importancia para la comodidad y salud de los vecinos”, sonaban tontas y anacrónicas. Al negarte el cuerpo, ya no parecías río sino canal, algo que nadie sabe respetar. Y, sin embargo, allí estás, resistiendo. ¿Cuándo tendrás una nueva oportunidad? ¿Acaso llegará para ti una época en la que, como antes, te arrojes con alegría por el amplio espacio del valle que lleva tu nombre?

Quizá ese momento no esté demasiado lejano. Si es cierto que tus curvas no ocupaban todo el fondo del valle de Aburrá, donde ahora están las casas de sus habitantes, devolverte buena parte de tus posesiones no parece tan complicado. Bastaría con entregarte la parte que ocupan las autopistas que te oprimen, y río y ciudad podrían convivir. Se dice que en un futuro todos los automóviles serán autónomos, es decir, conducidos por inteligencia artificial. Puesto que la información algorítmica llegará a ser casi infinita, no es descabellado pensar que los robots, después de poner todo sobre la mesa, saquen la conclusión de que el río es más importante que sus propias costumbres adquiridas. Y entonces la red que gobierna los automóviles tomaría, sin considerar a los gobiernos ni a los lobistas de la construcción, la decisión de no volver a transitar por allí. Y, además, atacar sin misericordia a todo el que se atreva a poner un pie en esas franjas de tierra. Entonces retomarás al menos en parte lo que siempre te perteneció, y volverás a caminar de nuevo con la salud y la libertad del que tiene un mundo por delante. Sonreirás otra vez con la ingenuidad del niño que ve inmensa la senda por la que despliega su bulliciosa carrera.

Meandros en el río Aburrá, 1828. Archivo General de la Nación.

Las fieras del barrio

Número 135 Julio de 2023

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van cuatro historias a pelo y pluma.

La felina albina

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

En los años sesenta, Salvador Dalí se paseaba por las calles de París llevando a un ocelote de la traílla. Decía que se lo había regalado el gobierno de Colombia y no tenía recato en entrar a sitios concurridos con el felino. En Montparnasse, los vecinos de mesa de un restaurante, atemorizados por la presencia del animal, se alejaron, pese a que el genio intentaba calmarlos diciéndoles que se trataba de un gato ordinario con manchas pintadas por él e inspiradas en el arte óptico. En otra ocasión, cuando ese mismo ejemplar, llamado Babou, orinó unos grabados de una galería francesa, el pintor aplacó al dueño prometiéndole que le vendería unos dibujos suyos a buen precio. Corrían tiempos en los que la protección de la fauna silvestre no desvelaba a nadie, menos a Dalí que pintaba lo que soñaba.

Forzados a vivir como mascotas, los ocelotes pueden ser tan dóciles como los gatos caseros. Otra celebridad de Hollywood, Ann Margret, también sucumbió a los encantos del look animal print y aparece retratada con su fierecilla domada en varias poses muy naturales. La especie estaba de moda. En los solares de los pueblos colombianos era frecuente ver a una bestia, menos fiera que el tigre, soportando su cautiverio con dietas blandas, lejos de los platos suculentos de la selva: murciélagos, roedores, pájaros y hasta serpientes. En Antioquia, el bello pelaje era codiciado, pues se decía que el carriel antioqueño debía lucir en su cubierta un retazo de piel de ocelote, al menos si se preciaba de ser original.

Las manchas del ocelote a menudo se confunden con las de otros felinos de Suramérica, como las del tigrillo o margay. Por un ejemplar vivo los traficantes pueden obtener hasta quince millones de pesos. Para saber con precisión de qué felino se trata, luego de algún decomiso de fauna, la policía ambiental de Medellín emplea una prueba genética que permite identificar la prueba del delito. Pero en diciembre de 2021 un gato aún más indescifrable puso en apuros a los zoólogos y cuidadores del Parque de la Conservación.

Era un minino blanco, muy blanco, de pocos días de nacido. La primera inspección arrojó un solo dato: era hembra. Tenía la piel muy suave, y marcaba territorio haciendo pis por los rincones. Entre sus señas particulares había dos más, tenía las garras demasiado grandes para ser un gato casero y, en segundo lugar, sus movimientos, torpes y bruscos, parecían desorientados; de hecho era incapaz de localizar por sí misma su comida.

Desde que la recibieron, en diciembre del 2021, Ana María Sánchez, zoóloga, y el cuidador Carlos Navales, recuerdan que la pequeña lucía indefensa, apaleada por la neumonía y los graves trastornos gástricos. Su cabeza pequeña hizo que la confundieran con un jaguarundi. Unos mineros de Amalfi la encontraron abandonada en el monte. Y acaso porque sabían que tener fauna silvestre es un delito, tuvieron la cautela de entregarla al Municipio. Pocos días más tarde, en un estado deplorable, la autoridad ambiental se la ofreció al parque. No toda la fauna que se decomisa puede albergarse allí, pues el presupuesto mensual para mantener animales en condiciones dignas supera los quinientos millones de pesos. Pero la aceptaron.

Al contrario de lo que quiere creer un mito urbano, a los animales enjaulados no se les lanzan perros vivos ni vacas despeñadas o proteína de desecho. Después del estudio previo, a la cachorra se le dosificó carne de pollo y de res, pesada en básculas de alta precisión, además de vitaminas y baños de sol. “Estábamos ansiosos por identificar de qué animal se trataba”, cuenta Ana María. Y para evitar más trampas de la naturaleza se le hicieron dos exámenes de ADN. Las dos pruebas, una de la policía y otra de la Universidad de Antioquia, determinaron que se trataba de una ocelote, el tercer felino más grande de América, después del jaguar y del puma. ¿Una ocelote? ¿Pero cómo podía existir un ocelote blanco, sin rastro de manchas? Notaron que la cachorra huía de la luz fuerte que le hinchaba los ojos. A punta de un colirio especial, Navales le detuvo la irritación. Y justo ese síntoma, la fotofobia, sirvió para confirmar que era una ocelote albina, la primera en su especie reportada con este signo corporal en el mundo.

Acosados por el deterioro del bosque natural, las manadas ven reducido su territorio y se ven compelidos a aparearse con miembros de su propia familia. Esto, al parecer, es uno de los motivos que trastorna los cromosomas y origina el albinismo animal.

Cada vez más, los cuidados con la ocelote obligaron a los zoólogos a ordenar turnos continuos día y noche. “No nos importó ausentarnos de las fiestas de navidad y fin de año para atender a la criatura”, dice Navales. Y, a pesar de que se habían encariñado tanto con ella, ni siquiera podían bautizarla, como en los tiempos de Agripina, la orangutana de los años setenta, cuando el lugar todavía se conocía como Zoológico Santa Fe. Parte del trato de los silvestres en cautiverio prohíbe nombrarlos como si fueran mascotas. Aun así, los cuidadores usan claves internas y entre ellos empezaron a llamarla “la felina albina”.

Las pocas veces que abrió los ojos, notaron que los tenía de un rojo encendido y con un borde azul en la pupila, un rasgo extraño a sus demás congéneres. Faltaba la pesquisa de un oftalmólogo de felinos quien exploró el fondo de la retina y despejó la última incógnita, la que explicaba su deambular errático: ¡la ocelote, además de albina, era ciega! Parecía una exageración, como la del narrador de un cuento de César Vallejo, cuando dice: “No puede suceder tanto imposible”.

Suena curioso aceptar que algunos animales silvestres no puedan subsistir en su medio y que requieran de humanos que les brinden lo que nunca tendrían en el bosque natural. Ver a Carlos perseguir a una ocelote con un pañito empapado en aceite Johnson para remover un resto de limo parece excesivo, pero así lo hacen estos abnegados servidores del reino animal. Nos dicen que esta felina, por su condición especial, no sobreviviría en la selva por mucho tiempo. A menudo las madres abandonan a las crías débiles o diferentes, como ella, incapaz de camuflarse con su pelo color leche, un blanco perfecto que pondría en peligro a la manada.

Así fue como la cachorra pasó de tener un kilo y medio hasta alcanzar su tamaño imponente, de cien centímetros de largo y dieciocho kilos de peso. Detrás del vidrio se ve como un enorme gato blanco. Tiene un nicho cubierto, un montículo de roca para rastrillar las garras y el área llana donde le abren la compuerta con la comida. Se mueve con soltura por su espacio. Nadie sospecharía que es ciega. Sus hábitos son fruto de un largo y paciente entrenamiento de año y medio al lado de Alejandro López, quien al describir sus rutinas regulares con el animal evoca la nota de Kafka: “Suelo tener la impresión de que el animal quiere amaestrarme”.

Dentro de su cueva se ve a la inquilina en el quinto sueño. De repente, después de que López se acerca al vidrio, la fiera se levanta, sale del refugio, baja el escalón y se acerca justo al frente. Alza las orejas y apunta su olfato hacia él: ¿cómo creer que no finge su invidencia, como los ciegos de oficio? Separada por la barrera de cristal asombra el alcance de su nariz. “Le encantan las fragancias”, dice López cuando alguien muy perfumado se acerca”, ella al instante captura el aroma”. Este atributo también la hace desconfiar cuando le cambian de turno a su cuidador, pues cada humano tiene una huella odorífera. La ocelote, por más hambre que tenga, no sale a comer. Y el reemplazante debe tener paciencia hasta que le venga en gana.

La felina albina no ruge, solo emite suaves ronroneos. Como otras de su especie, juega a cazar presas invisibles, a probar la finura de sus garras. Pero hace algunos meses, López sintió que hacía movimientos menos bruscos que de costumbre. De pronto le pasaba rozando, suave y cariñosa, por entre sus piernas. El ronroneo se tornó maullido. El juego tenía otra intención. Aunque ciega y solitaria, también el celo acosaba a la ocelote.

A pesar de que hay un macho de su especie en una jaula vecina, con el pelaje intacto, cinco felinos silvestres y una leona exótica, esta blanca fascina por su rareza. Sus paisanos de Amalfi la han convertido en un símbolo; la visitan excursiones de escolares y hasta le esculpieron un monumento en el parque del pueblo, junto a la figura del legendario tigre, cazado en 1949. Pero a diferencia de ese jaguar ominoso que era visto como un enemigo de los ganaderos, depredador de corral a falta de selva, la felina albina conmueve. Acaso inspira más a la protección animal que cualquier celebridad de la fauna local.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

El puma de Urabá y el león de Macaco

por SANTIAGO RODAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

1

Era un gatico de pelaje café con algunas manchas oscuras, juguetón, de apenas unos meses de nacido. Lo encontraron entre el monte, dijeron: solito, abandonado. Lo tenían en una finca en un pueblo de Urabá, de mascota. Jugaba con los niños, profería su amor afelpado sin distinción, decoraba con su gracilidad los espacios de la casa. No maullaba porque los gatos del monte no maúllan. Dormía debajo de una de las camas de la familia y se alimentaba de las sobras de los humanos. Sopas, arroz, pollo cocinado. Pero un buen día, luego de unos meses, el gatico creció y creció. Se percataron de sus orejas afiladas, de su pelaje endurecido, ocre, ya sin manchas, su cara cambió y cobró rasgos amenazantes. No era un gato salvaje como inicialmente creyeron, al menos no uno que conocieran. Empezó a atacar a quienes querían jugar con él, se tornó agresivo, inquieto, su instinto lo reclamó y disolvió la docilidad aparente que lo predecía. Era un puma.

Al principio creyeron que amarrándolo a un árbol de mangos podían restituir su jugueteo inicial, que hablándole con buen español entendería que lo querían, que la familia entera era inofensiva, pues eran sus dueños y le deseaban lo mejor; no obstante, pese a sus orejas puntudas y cada vez más grandes, las palabras no parecían surtir el efecto esperado. Cada vez atacaba con más fuerza, bufaba, sus garras se hacían más afiladas y fuertes y el miedo a que se comiera a la familia también creció después de que matara a una de las mascotas. Logró arañar a un par de campesinos y la cuerda cada vez se veía más inútil para atajar su fuerza y agilidad. Ahora ellos podrían ser la presa.

A falta de otra opción la familia consideró ponerse en contacto con Corpourabá para solucionar el problema del puma. Una vez llegaron los profesionales se dieron cuenta, con algunos análisis y preguntas, de que el puma no podría regresar a su hábitat natural. No tenía las capacidades para adaptarse luego de tantos meses con la familia, con su dieta y la costumbre a la presencia humana. El animal no sabría socializar con los demás pumas y sus complejidades territoriales, no sabría cazar ni defenderse. En definitiva, tenía cuerpo de un puma, pero su personalidad era la de un gato agresivo. Si se encontraba a una persona entre el monte, en vez de huir o atacar, el puma podría acercarse, acostumbrado a los humanos, y la persona, quizás asustada, podría defenderse con un arma y matarlo.

Trasladar a un animal de esas dimensiones es bastante complejo desde el punto de vista topográfico. No siempre hay carreteras ni placa huellas, el animal debe ir seguro en el guacal para que no se hiera, hay que pensar en sus heces, en su alimentación. Son también complejas las condiciones del clima político, pues la presencia de grupos armado es una constante en los lugares en los que vive la porción más grande de fauna silvestre del país. Lo llevaron al Parque de la Conservación de Medellín, antes Zoológico Santa Fe.

2

Había una vez un bello y fuerte león que vivía en las selvas de Colombia. Su dueño, de paradójico alias, Macaco, lo consentía, le ponía buenos vallenatos y le daba su alimento, pero no era un alimento cualquiera: lo alimentaba de sindicalistas, de guerrillos, de líderes sociales y de enemigos en general. De pronto, se gestó un dudoso proceso de paz en el que se entregaron alias Macaco y sus amigos. Hubo dejación de las armas y compromisos adquiridos. Entonces el león quedó solito entre la selva, sin saber muy bien cómo alimentarse, sin Macaco. Alguien se apiadó de sus tristes rugidos, hizo una llamada, alguien a su vez se comunicó con el extinto Zoológico Santa Fe, y de allí fueron por el león que estaba encerrado en una jaula de buen tamaño. Durante el traslado el león vio con sus ojos selváticos ríos como el Cauca, las nubes de Bolombolo y las breñas verde oscuras de las cordilleras Central y Occidental, luego percibió una gran hondonada que rugía también, pero por el ruido de motores, de fábricas y de gargantas.

Una vez instalado en el zoológico no quiso comer carne muerta, eran tan solo pedazos jugosos, pero sin gracia, no le apetecía ni miraba las presas de pollo, la costilla de res, la pierna de cerdo. Nada. No le interesaba lo muerto, lo quieto. Su alimento debía estar vivo y sazonado con, al menos, la Primera Internacional, pensaron los operarios del zoológico. Pero no podían satisfacerlo así, no estaría bien visto. Hasta que el león cuya hambre se notaba en los huesos forrados, bien visibles en su pelaje, mal que bien, empezó a comer por la necesidad la carne que los cuidadores le ofrecían. Murió después de unos años en una jaula de Guayabal, con los vallenatos de Barrio Antioquia sonando en el fondo de la selva artificial.

3

La jaula está aparentemente vacía. No lo veo, pero el puma percibe cada uno de mis movimientos. “Si hace frío no sale”, me dice quien está encargado de alimentar a los felinos del parque. “El animal nos huele, nos siente en todo momento”, aclara. El león de Macaco murió en una de estas jaulas hace años, al igual que la mayoría de los animales de Nápoles y la triste Agripina que no estoy seguro si vi fumar los cigarrillos que la gente le arrojaba. Así se percibe la ausencia de un puma joven. Me quedo unos minutos mirando su hábitat, las plantas, el encierro.

El encargado me corrige cada vez que digo la palabra jaula, la palabra zoológico. Ahora es el Parque de la Conservación. Me confiesa su tristeza por los animales bajo el yugo de lo humano, pero sin este lugar que les ofrece las mejores condiciones posibles, lo más probable es que estuvieran muertos. El tráfico de fauna es el tercer negocio ilegal más rentable después de la droga y las armas, me explica.

El puma sale de su encierro, muestra su cuerpo entero, elástico, solvente y se recuesta sobre una piedra artificial. Me mira con sus ojos amarillos y profundos. Imagino un encuentro sin las rejas, en el bosque, ¿qué podría hacer un cuerpo citadino y enclenque como el mío? Seguramente nada, esperar a ser devorado, nada más. La palabra majestuoso no le queda grande a este animal. “Él es juguetón, cuando lo alimento. A veces, se comporta como un gato doméstico”, me dice el encargado.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.