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Volver a la tierra

por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías por el autor

Número 148 Marzo de 2026

Lo único que le dejaron sus padres a Karleth Izquierdo fue la tierra, más o menos un cuarto de hectárea en Boca de la Ceiba, al borde del río Sinú. Ahí vive en una casa de bloques de concreto con su hijo adolescente. Cuando su papá vivía la casa daba a un pequeño barranco donde crecían unos guamos y donde ahora ella cultiva hojas de biao, que le dan para vivir. A unos metros de sus cultivos, las aguas espesas y marrones del Sinú se estiran acaloradas. Ahí corría un riachuelo que la mayoría de los días no llegaba ni a barro mojado, un minúsculo chorro de agua, el caño Bugre. El bloqueo de su corriente algunos metros aguas abajo por basura y rastrojos cortaron la salida del Bugre al Sinú. Algunos tramos se convirtieron en pantanos. Otros se secaron. En las lluvias de los primeros días de febrero el riachuelo creció y creció. Alarmados, los vecinos construyeron una barrera de costales en su ribera y esperaron lo mejor. Ya antes habían tenido crecidas, pero nunca como esta. En la madrugada, un sonido terrible levantó a Karleth: como si un rayo hubiese caído sobre ella.

La diminuta corriente del caño Bugre se había hecho barrejobo. El río que por años agonizó, ahora era imparable. Karleth y sus vecinos erigieron en la oscuridad una nueva barrera de costales para reemplazar la anterior que había sido arrastrada. Tampoco sirvió. Alguien sacó una canoa de plástico para navegar por donde antes era nada más que tierra firme. El agua devoró todos los cultivos de hojas de biao de Karleth y llegó hasta su casa, a unos cuarenta metros de distancia y por lo menos cuatro de altura. Lo perdieron todo, menos la tierra, todavía. No paraba de llover.

Habían pasado quince días desde las inundaciones y el cultivo de biao de Karleth, ahora podrido, seguía anegado. Ella estaba muy angustiada y había empezado a enfermarse por pasar tanto tiempo metida en el agua, intentando ganar un poco de espacio. Como en el resto de Córdoba, no había ninguna presencia estatal o local apoyando a los inundados. Eran solo ella y sus vecinos contra el río.

Visité Boca de la Ceiba junto a Álvaro Cogollo y su primo José Antonio Cogollo. Este año Álvaro cumple setenta. Es un hombre fuerte, risueño y hablador. Es botánico, uno de los más prolíficos del continente. Tiene unos ojos pequeños e intensos que le han revelado más de doscientas especies nuevas en lugares completamente diferentes de nuestra geografía. Lo que para muchos es la culminación de una carrera, para él es la maravilla usual de ver lo nuevo, una y otra vez. “Cuando estoy en el bosque ya no miro para arriba. Miro para el suelo, a la hojarasca”.

Cuando era muchacho, Cogollo, familia y amigos solían ir con frecuencia a Boca de la Ceiba a recoger agua, a bañarse. Hace años, cuando corría libre, el Bugre era un caño de aguas lentas que bajaba hasta la Ciénaga Grande de Lorica. En Manguelito se dividía en un chorro sin nombre que armó la vida de Álvaro cuando era niño, allá en El Tapón de San Pelayo.

El 24 de diciembre de 1969 Cogollo dormía en la casa de un amigo, no muy lejos de la de sus padres, en la vereda Providencia. Los adultos jugaban dominó cuando alguien se asomó en la noche: “Hay suba”. El afluente del Bugre supuraba bocachicos, tantos que parecían un segundo río. “Vamos a bracearlos”, dijo el amigo de Cogollo, ahora su cuñado. “En par patadas llenamos un costalao de bocachico”. Nunca volvería a ver tantos pescados juntos en su vida.

A veces su abuelo, Fernando Cogollo, hacía un comentario misterioso: “Mañana va a amanecer el caño crecido”. Y en la madrugada la predicción se hacía realidad, las aguas del río se embravecían y el caudal aumentaba. “¿Abuelo, usted por qué sabe?”, le preguntó Álvaro alguna vez. Fernando extendió su dedo hacia el sur, donde las nubes negras se acumulaban: “Está lloviendo en las cabeceras”. La respuesta implicaba más preguntas que se hicieron claras en un libro de geografía de segundo de primaria: en un lugar en Antioquia llamado el nudo del Paramillo nacía el Sinú que en Boca de la Ceiba formaba un ramal, el Bugre, que en Manguelito se dividía en el caño que pasaba frente a su casa. Algún día, se dijo Álvaro, conocería el nacimiento del Sinú. Lo imaginó como una gran laguna, tan bella como la ciénaga.

La Voz de Montería pasaba un jingle que lo maravillaba: “Los valles del Nilo, el Tennessee, el Sinú, las tierras más fértiles del mundo”. Los Cogollo, como era propio de los campesinos acomodados del Sinú, tenían una roza, una parcela para la yuca, el ñame, el plátano, la papaya, el mango y la patilla. Bastaba bajar al río para sacar agua. Siglos de ingeniería hidráulica zenú habían canalizado las aguas del Paramillo a la tierra misma, convirtiéndola en una de las más fértiles del mundo en biomasa. La vida se desbordaba por todas partes y Álvaro aprovechaba, cazando pájaros con la honda y pisingos con la escopeta en la ciénaga El Vichal junto a sus tíos Toño y Rafael.

Ellos eran rianos, los que vivían del río, abacú, gente de chancla tres puntá. Cada día pasaba por el afluente del Bugre una chalupa con motor, el portátil, recogiendo campesinos desde Cotorra hasta Cereté y más allá. El papá de Álvaro, Justiniano, se había enamorado en Chimá, al otro lado de la ciénaga, y para ir a visitar a María del Carmen Pacheco se embarcaba en su portátil con el remo y la palanca. Y si en alguna noche cenagosa sin estrellas llegaba a perderse, torres de las iglesias de Arache, Momil, Cotorra, Sitioviejo y Chimá brillaban como faros, en la oscuridad.

La abuela María Ascención Berrocal era yerbatera y partera. Las plantas que para los demás eran invisibles tenían muchos sentidos para ella y su nieto Álvaro era el alumno más atento que había tenido. Cogollo mantenía una libreta en la que anotaba el nombre de todas las plantas que lo rodeaban, con extensos comentarios sobre “cómo se cortaban de acuerdo con las fases de la luna, cuál era la leña de corazón que daba la suficiente brasa para cocinar el arroz o cuál rama de arbusto lechero era mejor para fabricar una honda”.

Después de la pandemia Cogollo usó la plata de un premio que le habían dado y se compró media hectárea en El Tapón de San Pelayo, a unos metros del río donde aprendió a nadar, justo al lado de la tierra del primo Rafael Antonio Zabaleta Cogollo y cerca de la que fue la tierra de sus abuelos. Las aguas del caño donde aprendió a nadar entre guamos se habían eutrofizado y sedimentado y estaba contaminado con pesticidas y basura, aunque menos que otros de la zona. Apenas tenía corriente ahora, como un pantano.

En San Pelayo muchas cosas han cambiado pero otras se mantienen idénticas. Hay un Cogollo o un Berrocal de todas las edades en cada esquina, el ecosistema agrario y el minifundio persisten, pululan las bandas musicales. Pero los ríos ya no hacen parte de la vida pública, ni de la vida en general. Muchos se han vuelto vertederos. Algunos de los pescados del pasado han desaparecido hasta la memoria de la gente. Como Cogollo me dijo, “Fíjate, ya uno ni siquiera… Si uno pregunta: Oye, ¿conoces la mayupa? La gente ya no la conoce. Tampoco el bocachico rubio, el congo o la alondra. Todo eso se ha perdido”.

Si hace más de mil años los zenú construyeron una civilización junto al agua, algunas décadas del siglo XX habían hecho a los cordobeses ajenos a su pasado anfibio. La moto reemplazó al bote. Tanto los campesinos como los terratenientes fueron ganándole terreno a la ciénaga, con ganado o con barreras de material que secaban las aguas, los jarillones. La productividad del Sinú se dio por hecha y las ciénagas que la generaban aparecieron como impedimento para más y más cultivo. Elías Milani, terrateniente de la zona, llegó a ser tan buen destructor de humedales que la Gobernación de Córdoba lo condecoró.

Los padres de Cogollo estaban montados, como casi todos los campesinos de la zona, en la fiebre del algodón. Impulsada por la política de colonización agraria colombiana y por la Alianza para el Progreso del gobierno de Kennedy, la frase favorita de los políticos y terratenientes era “Habilitar tierras para el cultivo”. Los humedales eran especímenes de un pasado montuno que podía desaparecer, como en el Valle del Cauca, para dar paso a los cultivos del mañana en la forma en que lo hacían los gringos, con pocas manos, muchas máquinas, altas concentraciones de agua y, pronto, el dulce olor de los pesticidas.

“No se me olvida el olor del toxafeno DDT 40-20”, me dijo Cogollo. Primero regado por manos humanas, luego desde un helicóptero y luego del primer avión que Cogollo vio en su vida, dejando una estela de toxafeno detrás de sí. Él cortó una madera de balso y se hizo un avión con una hélice de lata.

A su tío Rafael un sobrino le propuso alquilarle sus tierras. “¿Para sembrar algodón?”, contestó, “No, señor, desde que llegó el algodón todo hay que fumigarlo. Hay que fumigar el maíz, la yuca, el ñame, a todo le cae plagas. Y uno pasa al día siguiente y encuentra el sapo muerto, la rana muerta, lo que se comía las plagas. ¿Tú te comes una mota de algodón? Yo siembro lo que me pueda comer. El maldito va a ser la ruina del Sinú y mientras yo viva no se va a sembrar una mata de algodón en mis tierras”.

En febrero de 1963 Álvaro y su hermana Fausta se fueron a estudiar a Chimá, al otro lado de la ciénaga. Chimá, “tierra bonita”, una de las pocas palabras que nos quedan del zenú, es una zona de transición entre el bosque húmedo del Paramillo y el bosque seco del Bajo Sinú y el golfo de Morrosquillo. Es un pueblo de pescadores y campesinos mecido en el ritmo paciente del calor de las cuatro, donde la vida empieza y termina en la ciénaga. Allí Cogollo escuchó la historia de un pescador que un día le avisó a su familia que iría a “darle la vuelta al mundo”. Salió en la madrugada con su canoa y su familia lo despidió incierta del futuro. Dos días después había vuelto. “Eche, ¿no le ibas a dar la vuelta al mundo?”. “Ya la di, le di la vuelta a la ciénaga”.

Después de unos meses en la escuela de Chimá, Cogollo recorrió varias escuelas de la región antes de hacer parte de la primera promoción del INEM de Montería, otro legado de la Alianza para el Progreso que tenía la enorme novedad de que tenía baños; como nadie tenía ni idea de qué era un lavamanos, los estudiantes orinaban en ellos. En el INEM cultivó una pasión por el vallenato, militó algunos años en la causa de la reforma agraria en las juventudes del MOIR y conoció en un salón de octavo grado a Nohra Guzmán, una de las pocas mujeres del colegio y la compañera de toda su vida.

Por un tiempo pensó que iba a ser ingeniero agrónomo pero decidió ser botánico, como María Ascención. Entró a la Universidad de Antioquia y conoció a Enrique Rentería, el profesor de taxonomía que lo llevó a conocer la selva húmeda por primera vez, en el Magdalena Medio, y lo conectó con Thomas Croat, experto en las aráceas. En su primer viaje al Chocó, acompañando a Croat, Cogollo recolectó un anturio que vio curioso y que Croat identificaría ahí mismo como nuevo para la humanidad. Lo nombró Anthurium cogolloanum.

Volví a Chimá con Cogollo a ver la ciénaga. “Es un árbol críticamente en peligro de extinción”, me dijo de un solitario guayacán azul, el Guaiacum officinale, en la tierra de su hermano Lucho, un campesino. Álvaro fue el único de los hermanos Cogollo Pacheco en irse de Córdoba. El resto hizo su vida en el Medio y Bajo Sinú, como maestros, campesinos o líderes. Con su hermano Óscar, quien nunca se queda quieto, recorrimos un pequeño jarillón que los campesinos habían construido sobre la ciénaga Los Charcos, que en el pasado fue parte de un gran complejo ininterrumpido de humedales que conectaba Lorica con los pueblos del sur. Durante mucho tiempo reducida, las inundaciones la habían hecho crecer hasta confundir el agua con el horizonte.

Los chimalenses aprovecharon el jarillón que le construyeron a la ciénaga para hacer unos pequeños cultivos de algodón y patilla. Con las inundaciones, no habrá esperanza de cosecha este año. Muchas familias del pueblo esperaban esos ingresos para sobrevivir. Sin la patilla, la economía circular de todo el pueblo tambaleaba. Como nos dijo Alexander Jiménez, un activista zenú por el buen vivir con las ciénagas: “El pescador vende al mercado local que le vende al pescadero y el dinero va rotando”.

Isaac, un pescador ya veterano, pasa el calor de la tarde con sus compañeros en una cabaña al borde de la ciénaga. Las inundaciones habían afectado la ecología de los peces y aunque la ciénaga es un refugio de manatíes, las capturas en las atarrayas y trasmallos de los pescadores habían caído significativamente. Otros pescados como el sábalo han desaparecido. Un brillo emanaba del cielo casi despejado. Isaac, con voz pausada, describió con calma la situación: “Ya solo quedaba el hambre”.

La revolución agraria que prometía la Alianza para el Progreso implicaba menos gente para más campo. Ese proceso de desplazamiento masivo se consolidó con la arremetida paramilitar de finales de siglo y la dramática transformación del Sinú por la construcción de la hidroeléctrica de Urrá. Y antes que amilanarse con el cambio climático, la voracidad de los terratenientes continúa sin vergüenza: Erasmo Zuleta, el gobernador de Córdoba, es poseedor de una finca con ciénaga, un gusto mafioso impedido en teoría por la ley colombiana y la Convención Ramsar de los Humedales. Entonces Zuleta construyó jarillones para secarla y que así no le pongan mucho problema por lo que es suyo.

Durante quién sabe cuántos siglos, los habitantes de las ciénagas se movían por ellas con libertad, monteando la liga. Así lo hicieron Alexander, Isaac y Cogollo de muchachos. Buscando asegurar su propiedad, los terratenientes locales han empezado a cerrar la ciénaga con cercas eléctricas. Según Alexander, alrededor de Chimá hay más de doscientas hectáreas electrificadas. Y si los campesinos logran superarlas, vigilancia enfierrada les anuncia que estos humedales son ahora propiedad privada. Ahora vivir al lado de una ciénaga, como de un río, es un encarte.

Las carreteras, como las casas, como las haciendas, se construyeron sobre ellas durante muchos años. Ahora mismo poderes locales planean construir un extenso jarillón de Lorica a Purísima, una traición más a la ciénaga de Lorica, la más grande del bajo Sinú. La Oxy quiere aprovechar que hay pocos interesados y convertir las ciénagas del Medio Sinú en campos de gas conectados con Cartagena.

Entre Ciénaga de Oro y Chimá se abre uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida, un extenso complejo cenagoso rodeado por guayacanes y sangregallinas en plena floración, sus flores empantanando el agua diáfana del espejo. Pero en la mitad de una ciénaga convertida en el antejardín de una hacienda, una valla publicitaria anuncia para el Senado a Milena Flórez, esposa del condenado Musa Besaile.

En 1991 Cogollo intentó por primera vez subir al alto del Paramillo, a donde nace el Sinú. Solo otras dos expediciones habían logrado coronar antes el alto. Cogollo arrancó la subida por Ituango, por el Bajo Inglés y siguió por Santana y luego La Redonda. Alcanzó a llegar a los 3100 metros pero dio la vuelta. Lo volvió a intentar en el 93, con el botánico valluno Hermes Cuadros y con Alwyn Genthry, del jardín botánico de Missouri, una leyenda de la botánica neotropical del siglo XX. En vez de seguir por La Redonda, remontaron a machete el cauce del río Ituango. La selva húmeda dio paso a los bosques de montaña y los bosques de montaña al páramo más inexplorado del país, donde nace el San Jorge, donde nace el Sinú.

Pero no había laguna por ninguna parte. Apenas unos hilos lentos en el silencio del páramo. Ese era el nacimiento del Sinú. Cogollo tomó fotos apresuradamente. No tenían suficiente agua. Tenían que bajar de nuevo. Después de recargar las cantimploras en el río Ituango, se perdieron. Los morrales les pesaban con las muestras de todo lo que habían recolectado. El bosque espeso se cerraba contra ellos y la comida se había agotado. Ahí encontraron una mora silvestre gigantesca que Cogollo jamás volvió a ver y que les calmó el hambre un instante. Sin signos de camino, Cogollo se acostó en su morral a calmar el cansancio. Cuando caía la noche, un grito lo levantó: “¡Mierda de vaca!”. Era Genthry, que había visto la civilización.

De regreso al caserío de Santa Ana, decidieron cruzar el nudo por un filo menos elevado y salir al otro lado, al pueblo de Juan José en la cuenca del San Jorge. Los interceptó una avanzada de las Farc. Los venían siguiendo. Tuvieron que devolverse y en el camino de regreso Álvaro se volvió a fijar en una planta “que en el trayecto nos estuvo mamando gallo”. Luego sabrían que era una Metteniusa, ahora llamada Metteniusa cogolloi. Cuando Álvaro fue a revelar el rollo de las fotos que tomó en el alto del Paramillo, el rollo estaba quemado. No quedó nada de las aguas del Sinú.

El mismo año que Cogollo escaló el Paramillo el Inderena otorgó una licencia ambiental a la que hasta entonces era la hidroeléctrica más grande del país, una fantasía de control de la naturaleza que bajaba desde la Alianza para el Progreso: Urrá. Abeja en eberá. El aguijón de la abeja destruyó 7400 hectáreas del Paramillo y desplazó a más de tres mil personas, la mayoría indígenas emberá de los resguardos de Karagabí e Iwagadó.

El activismo contra la represa se organizó en Tierralta alrededor de Simón Domicó y Kimy Pernía. En Bogotá el cordobés Paul Sánchez Puche fue financiado por el Cinep para impulsar un movimiento clave en la historia de las luchas ecológicas contra el pillaje energético. El lema de Urrá, “Energía para el desarrollo de Córdoba”, resultó ser poco más que una burla. Durante años la clase alta de Córdoba y Antioquia utilizó escuadrones de la muerte para asegurarse el control de la montaña e imponer el proyecto sobre los cadáveres que fueran necesarios.

Aunque el movimiento logró impedir que se construyera una segunda hidroeléctrica junto a la primera, Urrá 2, en el año 2000 la culminación de la construcción y el cierre de las compuertas le dieron lo que parecía ser la última puñalada al Sinú. Urrá contribuyó al declive de las ciénagas de Córdoba al no suplir el mismo caudal de antes al gran complejo de la ciénaga de Lorica. La población de pescados del Sinú colapsó. Y justo lo opuesto de la agricultura zenú que usaba al río para dar gran fertilidad a las planicies, al descender el nivel freático, las tierras de Córdoba se irán salinizando con cada año de operación de Urrá.

La primera selva húmeda que conoció Cogollo fue cerca del río Carare, en Campo Capote. Nunca había visto nada igual. Estaba en primer semestre y había logrado que lo aceptaran en el semillero de botánica de Enrique Rentería. Incluso para él, que venía de las infinitas ciénagas del Sinú. Esa selva no tuvo par, ni aún hoy, porque en algunas décadas había sido completamente arrasada. Ahora el que vuelva a ver ese paraje se va a encontrar solo con tierra yerma para el ganado y el petróleo. “La vida de un ser humano es demasiado corta ante cambios de esa clase”, me dijo Cogollo.

Más de doscientas mil personas sufrieron las inundaciones y 35 000 hectáreas se inundaron en Córdoba, apenas una muestra de lo que vendrá después. Las ciénagas volverán. El futuro para alguien como Karleth es incierto. La tierra firme está desapareciendo debajo de sus pies. La clase política cordobesa ha reaccionado con el apropiado cinismo: “Borrón y cuenta nueva”, es el eslogan de David Barguil, ahora senador del Partido Conservador.

Hace más de treinta años, Cogollo fue a un evento en Montelíbano. Ahí vio a unos árboles curiosos, sembrados en fila. Veintiséis años después se los volvió a encontrar, en Tierralta. “Ahí mismo me acordé”. Luego en la ciénaga de Betancí los volvió a ver. Eran de una especie nueva, la primera que descubre en su departamento, la Cordia nicandroides. Llega a los veinticinco metros de altura, florece en cientos de flores blancas y su pariente más cercano está a miles de kilómetros de distancia, en la caatinga brasileña. Es un descubrimiento con profundas implicaciones para la conectividad vegetal del continente. Pero ahora Cogollo encuentra el árbol en partes insospechadas de Córdoba y la Costa. Siempre estuvo ahí. Lo único que tuvo que hacer fue volver a mirar.

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Álvaro Duque

Medellín hace aguas

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 139 Mayo de 2024

Quebrada Santa Elena. Anónimo, 1920. Archivo fotográfico BPP.

A Eduardo Escobar

Medellín, tan terrenal en cuanto a los intereses de sus habitantes, tiene una profunda relación con el agua. La forma del valle no deja escapar ni una sola gota de la lluvia que lo moja. Los arroyos de montaña bajan sin perder de vista su destino más abajo. Se dice que en la infancia, estos riachuelos reciben instrucción por parte de las arboledas. Ellas les muestran las hazañas de las quebradas mayores como ejemplo a seguir, y les trazan los caminos para llegar a tributar al Medellín mientras descienden por las cañadas. Es, pues, toda una didáctica del agua, que incluye advertencias de lo que les espera al paso por la ciudad.

La fundación de Medellín se vio obligada a tener en cuenta esta telaraña de hilos de agua. Los españoles, dados a construir en puntos altos, eligieron una vega entre el río y la quebrada Santa Elena para levantar las primeras casas. Tenían agua inmediata no solo para las necesidades domésticas, sino que “facilitaba el trabajo a los que buscasen oro en los cauces del Aburrá o de las quebradas”, según Tomás Carrasquilla. Las viviendas campesinas que salpicaban las laderas del valle moraban en una especie de arcadia natural, cuyo curso de agua vecino aún perdura en los dibujos infantiles de todos los que crecimos por estos lados.

Ese brotar constante de agua desde las cumbres, que rara vez se detiene, nos hace invisible su abundancia. Con frecuencia se necesita la mirada del extranjero para advertir la exuberancia de los manantiales. El geógrafo italiano Agustín Codazzi se percató de estas humedades y propuso la tesis según la cual el valle de Aburrá había sido un lago miles de años atrás. De acuerdo con su teoría, entre Caldas y más allá de Barbosa todo eran aguas “reposando tranquilas en aquella prolongada y estrecha cuenca”, con una profundidad que calculaba de 150 metros. Los cerros Nutibara y Volador serían simpáticas islas en medio del gran espejo de agua. Mientras tanto, las entradas de las quebradas en el lago conformarían espléndidas bahías en sus márgenes. La utopía geográfica de Codazzi albergaba aún más agua que la existente, en una especie de mítico pasado diluviano.

La tentación de inundar la hondonada donde hoy está la ciudad cosechó adeptos ilustres durante décadas. El eminente geólogo Juan de la Cruz Posada la suscribió aun a principios del siglo XX. Proponía que antiguos glaciares habrían remolcado una barrera de bloques de piedra hasta la altura de lo que hoy es Moravia, suficiente para remansar el río e inundar el valle. Imaginaba hielos perpetuos bajando por estas montañas antes de la inundación, aguas congeladas que adornaban aún más la imagen del posible gran lago del Aburrá. Aunque nada le caería mejor a la Medellín veraniega que un golpe de nevera o un buen remojón, luego se demostró que sus antiguos terrenos nunca estuvieron inundados. Aquellas especulaciones se conservan hoy como patrimonio poético de nuestra relación con el agua.

Ahora sabemos que Medellín no ha sido de aguas remansadas, sino de las turbulentas. Al contario de Bogotá, ubicada en una planicie, esa sí, producto de lagos desecados, Medellín está marcada por sus virulentas quebradas. El término quebrada es una adaptación local única en esta parte de los Andes que no es equivalente al simple arroyo. Indica que el relieve está quebrado y se profundiza, y se refiere tanto al agua que corre como a la honda brecha que le da cauce. Cuando decimos quebrada, decimos al mismo tiempo agua y montaña, piedra y torrente. El agua que corre por allí tanto salta como se empoza, tanto se arroja como se atasca. 

Las quebradas son el rasgo del paisaje que mejor refleja el carácter ambiguo de los naturales de la ciudad. Amables y confiadas en su trato, pueden ser arrebatadas y violentas cuando se lo dictan sus más enquistados principios. En sus partes altas suelen formarse represas de tierra, palos y piedras, que luego pierden pie y se desatan en una avalancha de ira acuática. Ellas solían ser las grandes protagonistas cuando hacían sus dramas en épocas de lluvia. La Iguaná era una de las más temibles. Arrasó varias veces los poblados a sus orillas. En 1880 prácticamente borró del mapa la población de Anápolis, que fue trasladada más arriba para siempre con el nombre de Robledo.

Fernando Vallejo dice que las quebradas de por aquí “son como los niños: berrinchudas”. Como no podría ser otra, el autor describe la que puede ser más representativa de su ciudad: La Loca. Esta quebrada corre paralela a la Santa Elena hacia el norte y, si bien está tapada, su curso lo delata la curvilínea calle Barbacoas. La Loca era “mansa, tersa y cristalina”, como todas, pero “en mayo, en el mes de las lluvias, cambiaba la cosa”, cuentan Los días azules, “saltaba una chispa, brillaba un relámpago, sonaba un trueno y se soltaba un chubasco, el gran chaparrón de gotas grandes, vulgares. […] Y las fuentecitas se volvían arroyos, y los arroyos ríos. […] Rugiendo despeinada, La Loca se lanzaba sobre Medellín amenazante […]. ¡Se soltó La Loca!”.

El clima templado y la profusión de agua fresca y corriente fue un referente de la diversión local en el pasado. Había numerosos baños por toda la ciudad. Los más famosos eran los de Cipriano Álvarez, Amito, en lo que hoy es Aranjuez, más abajo del manicomio, y los de El Edén, en los predios del actual Jardín Botánico. Allí, cuenta Libardo Ospina en sus Baños públicos del viejo Medellín, acudían los caballeros “en grata compañía femenina, para refrescar y comer bocadillos… previa una buena copa de brandy que luego los caballeros repetían, cuando no consumían la botella entera”. Los de El Edén se surtían de las quebradas que bajaban por Campo Valdés, y eran igualmente elegantes. Se reunían allí “casi a diario los principales señores de la Villa, que mientras se bañaban apuraban sus copetines, platicaban de literatura y de arte y concertaban negocios y alianzas matrimoniales”. Además, estaban los de don Coriolano, de Palacio, de Villa, El Jordán y La Mansión, en Villa Hermosa. El de la Bastilla, en el centro, “era tertulia de intelectuales, bohemios, políticos y traficantes”. Por lo visto, el agua, en Medellín, tenía un carácter salutífero que difería en sus maneras de los balnearios de los Alpes suizos.

Estos baños públicos sobrevivieron en su versión más popular, los charcos naturales. Las quebradas bajan por lo general dando saltos entre rocas grandes, y entre los escalones se forman chorros emparejados con su remanso. A este conjunto se le conoce como charco, y es un hito en la cultura local. Quizá el primer charco que está documentado es el de la Peña de los Monjes, que funcionó al menos desde principios del siglo XIX. Byron White y Jorge Ortiz lo ubican en lo que hoy es el cruce de la carrera Palacé con San Juan, en la parte de atrás de la iglesia de San Antonio. Estos autores sostienen que el charco estaba en aguas del río Medellín, con lo cual respetuosamente disiento. Más bien, estaría en aguas de un afluente de la quebrada El Zanjón, que a su vez daba a Los Ejidos y finalmente al río.

El charco natural es la más democrática de nuestras instituciones. El charco no exige, como la piscina o la playa, un traje especial, caro o a la moda. Al contrario, acoge cualquier mocho o vestimenta casual. La piedra grande hace las veces de camerino para el cambio de ropa de los mayores, de asoleadora para otros y de grada para lanzarse en clavado o en plancha para los más jóvenes. Las piedras pequeñas sirven para montar el sancocho y acomodar la grabadora. El agua fría de montaña pone a tiritar y castañear los dientes, lo cual favorece el abrazo, ya sea consigo mismo o con el otro. La ingesta del agua ardiente compensa la temperatura y sazona el encuentro. El baño de charco es quizá el momento de mayor libertad para el habitante de la ciudad. Allí se verifican rituales a nivel individual y de la sociedad en su conjunto. El festival de Ancón, en 1971, mostró que el salto a la modernidad debía ser ungido por una celebración con agua bendita a la manera más tradicional. El rock and roll y la mariguana se recibieron por medio un bautizo al desnudo en el mayor bañadero de la ciudad, el río Medellín.

Si bien todavía quedan charcos, como el emblemático La Cascada, en la quebrada Santa Elena, subiendo al alto, la mayoría han cerrado. Incluso dos, que surtieron los paseos de las comunas noroccidental y nororiental para más de una generación, ya no existen: Charco Verde en San Félix y Chorro Clarín en Santa Elena, que se convirtió en zona de pícnic. En los corregimientos cercanos subsisten algunos, pero ya no son patrimonio urbano como en otro tiempo. En la Medellín turística de hoy son más famosas las piscinas en las terrazas de los hoteles, que vinieron a reclamar esa ventaja acuática semiolvidada de la ciudad. No ocurre allí como en los primeros tiempos en las quebradas, que se bañaban hombres por un lado y mujeres por el otro. Muy al contrario, la sirena, ser fantástico propio del agua, ha entrado a jugar un papel protagónico como ninfa adaptada al cloro y el baldosín.

Otro cambio interesante en la relación con el agua en la ciudad es la construcción de edificios altos en las orillas del Medellín. Por primera vez en su historia, ciertas aguas del río no tienen vista directa a su lugar de nacimiento en las cimas de las montañas. Y, de igual manera, los jóvenes riachuelos que pasan su infancia en la montaña se ven privados de atisbar a sus mayores en el fondo del valle. La fantasía de las ondas de la corriente que replican el perfil del relieve de la cordillera se pierde con cada torre que se levanta. Al cortar esa sociedad de las formas del paisaje, nos alejamos cada vez más de las maneras cíclicas del agua a las que hemos estado enlazados desde siempre. 

Un río flanqueado por edificios de apartamentos podría sin embargo traer alguna ventaja inesperada. Con suerte, las personas en los balcones con vista al agua comenzarían a reclamar una corriente limpia, aunque fuera para mejorar la panorámica y valorizar la propiedad. Los paseos de las mascotas incluirían una estación para beber y jugar en los playones del río. O podría pasar que el mismo turismo exija ríos y quebradas limpios en los que darse un chapuzón. A lo mejor sean los extranjeros, una vez más, los que nos muestren las ventajas del agua corrida en estas lomas. En lo que respecta al cuidado de nuestros ríos y quebradas, en Medellín hacemos agua, paradoja que nos dice que las cosas pueden ir a mejor, después de tocar fondo. 

Quebrada Doña María. Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Las curvas que perdiste

por IGNACIO PIEDRAHÍTA

Número 137 Diciembre de 2023

Puente de la avenida San Juan sobre el río Medellín. Fotografía Rodríguez, 1920. Archivo BPP.

Sabemos que no viniste al mundo canalizado, naturalmente. En vez de andar derecho y tan envarado como en la actualidad, te contoneabas con ritmo por el fondo del valle. Tenías la lógica ondulante del pensador que se atreve a dudar de sí mismo. Te movías sinuosamente formando playas y recodos en los que tu gente pescaba, lavaba ropa o se echaba a contemplar. Los que te adoramos solemos imaginar esa condición de soberanía que ejercías sobre la llanura. Y quizá por la emoción del momento te atribuimos curvas inmensas, circunvoluciones exageradas que tocaban ambos costados del valle. ¿Pero, cuál era realmente tu cadencia? ¿Qué tan amplias eran las vueltas perdidas de tu antiguo esplendor?

Puesto que no sé leer la simbología en la cerámica y los petroglifos de los aburráes, debo comenzar a rastrear tu carácter en el respeto que ellos te tenían. Si construyeron sus casas y enterraron a sus muertos en los cerros era porque desconfiaban de ti. Seguramente te desbordabas con fuerza en época de lluvias y reclamabas tierras más allá de tus orillas. Inundabas las vegas atropellando y alimentabas los humedales donde abunda el mosquito. Sabían que tu carácter no se reducía a la mera expresión de tu cauce, y dejaban para ti toda la base del valle. Quizá porque eran pocos, o porque entendían algo que nosotros ignoramos, a ellos no les parecía que fuera un desperdicio dejar esa extensión de tierra sujeta a tus caprichos.

La primera mención que te hacen por escrito sale de la pluma de Juan Bautista Sardella, el cronista de Jorge Robledo, el conquistador. Ellos y unos veinte soldados fueron los primeros españoles en avistar estas posesiones, en 1541. En la relación de actividades de su corta estadía, el cronista se refiere a ti como “un río que por medio de aquel valle desta provincia pasaba […]”. Se nos olvida que sin tu presencia lineal es fácil perderse en esta hondonada, pues las montañas que la enmarcan juegan con las perspectivas. Cumbres y cuchillas cierran la mirada por los cuatro puntos cardinales y hacen creer que está uno dentro de un tazón circular. Tú vienes a cruzarlo por el medio y le das un sentido con una entrada y una salida. Estableces una simetría binaria que el sol obedece con puntualidad, plantando la semilla del amanecer y del atardecer sobre cada una de tus orillas. De tus curvas, sin embargo, Sardella no dice nada. Supongo que si hubieras sido un río de amplios meandros, algún adjetivo te habría colgado por escrito.

Te veo retratado por primera vez en 1791, en el plano de la ciudad atribuido al maestro pintor José María Giraldo. Si antiguamente no te dedicaban muchas palabras, tampoco en los viejos mapas te trazaban con detalle. En ese primer esquema de la villa de Medellín apareces pintado de azul. Es probable que fueras transparente en épocas de tiempo seco, y café con leche en temporada de lluvias, pero ese azul imaginario da cuenta de una pureza convencional de la que sin duda te sentías orgulloso. En cuanto a tu forma, el pintor te traza con cierta sinuosidad en tu recorrido, más no con curvas. El trazo de S estirada corresponde más bien al contorno general de tu curso a lo largo del valle: entras a él por el suroccidente, continúas relativamente recto hacia el norte y en Bello tuerces al nororiente. Acaso debamos ir pensando que tus curvas nunca han sido tan pronunciadas, en cuyo caso el pintor no se habría atrevido a rectificarte de esa manera.

Un poco después, un viajero y un poeta de estas tierras te describen usando imágenes de objetos alargados. En 1825, Carl August Gosselman te observa desde las montañas y dice que luces “cual una cinta de plata”. Y, en 1850, Gregorio Gutiérrez González retoma la comparación y te describe como un “cinturón de perlas y de plata”. Lo plateado se refiere probablemente a la manera de reflejar los rayos del sol a mediodía por parte de tus aguas, que en medio del verdor sería una imagen poderosa. Pero allí lo que deseamos resaltar es la “cinta” y el “cinturón”, dos formas en las que prevalece lo dilatado más que lo sinuoso. Si hubieras ondeado en demasía, tal vez estos dos autores habrían elegido símiles diferentes.

Pero tampoco es justo estirarte hasta que parezcas lo que eres hoy, pues está lejos de la verdad. Manuel Uribe Ángel, menos poeta que agudo observador, dice en 1862: “El curso caprichoso del río con sus giros y movimientos de serpiente”. Y agrega: “[Allí] está Medellín, blanca y brillante al lado de las curvas viperinas de su río”. Veinte años después, en su Geografía de Antioquia, se reafirma en esa visión que tiene de ti: “Es difícil imaginar impresión más agradable que la que se experimenta […] cuando se llega en tarde despejada al puente de Colombia, para contemplar, hacia arriba y hacia abajo, las caprichosas curvas del río Medellín y sus engalanadas márgenes”. Pienso que la culebra que tenía en mente el doctor Uribe Ángel no era en exceso tortuosa, como la que retrataría un Misisipi o un Magdalena en La Mojana. Más bien, una serpiente en camino que enroscada.

Un mapa de Medellín, levantado por los estudiantes de la Escuela de Minas en 1889, ofrece una descripción visual quizá más cercana a tu antiguo andar. En él te mueves con libertad por el valle pero sin curvas exuberantes. Girabas con soltura en cierto punto, aunque pronto virabas de nuevo al otro lado. No insistías en la amplia oscilación de los ríos que se deslizan por las tierras muy llanas. Así parecía ser, al menos, en la parte por la que discurrías cercana a la ciudad. Aparece por primera vez algo novedoso en tu retrato en este mapa: tu amplitud es irregular. En unas partes te estrechas un poco y en otras te explayas, en cuyo caso los estudiantes dibujan una pequeña isla en la mitad. Es natural que en los lechos muy dilatados se formen playas en su punto medio, por falta de agua para llenar todo el cauce.

De modo que a tu andar de sinuosidad moderada se le agrega una forma como de ojos sucesivos, verificada por Tomás Carrasquilla en Frutos de mi tierra, en 1896: “El Aburrá, perezoso, ondulante, aquí angosto, desparramado allá, interceptado a trechos por los cañaverales y sembrados, se ve desde la falda, bien así como retorcidos recortes de hojalata”. El mismo Manuel Uribe Ángel respalda de manera indirecta esta descripción: “El río en su parte alta se llama de La Villa, en su parte media Porce y a su terminación Nechí. Aunque caudaloso y largo, no es navegable sino en su parte baja, porque la topografía del terreno lo constituye impedir rápido y correntoso”. Si a tu paso por Medellín entorpecías la navegación, esto quiere decir que eras un río con buena pendiente en el que no prima la vuelta grande y reposada, sino el andar desigual de medias curvas sucesivas.

También el tipo de material que llevabas en tu lecho puede dar pistas sobre tu carácter. Un río con cierta fuerza suele arrastrar arenas y piedra gruesa, diferente al individuo de amplios meandros, más dado al acarreo de sedimentos finos. Los trinchos artesanales con los que se comenzó tu canalización desde principios del siglo XX eran armazones de madera rellenos de piedra de tu mismo cauce. Las fotografías de la época muestran tus playas pedregosas, al igual que la superficie rugosa del agua que corre sobre un lecho de piedras. ¿Cómo eras, pues, querido río, antes de que te “metieran en ringlera”? Lo que hemos visto es que quizá no te comportabas igual que uno de esos afluentes que en las tierras bajas ocupan con sus vueltas grandes extensiones. Al menos en tu paso por la ciudad tenías ese tranco indeciso de los que van buscando a tientas la mejor manera de andar. No era vacilación de tu parte, sino el carácter de tu filosofía.

Una foto tomada por Carlos Rodríguez en 1949 a la altura de la calle 30 muestra uno de los últimos momentos en los que gozaste de tu libertad ancestral al paso por la ciudad. Y, por otra parte, el punto de inflexión hacia tu decadencia. Sobre un costado de la imagen se observan algunas mujeres lavando ropa en una de estas playas de piedra. Más atrás, en el medio del cauce, hay un carro de bestia, seguramente recogiendo material de construcción. Y aguas abajo reposan cuatro camiones de escalera también dentro del propio río, en fase de aseo general.

La estirpe de las lavanderas venía de tiempo atrás, herederas de las primeras bañistas citadinas, retratadas por Saffray en 1860: “Si se continúa por la Quebrada, llégase bien pronto al río, y á un sendero frecuentado durante las mañanas por las bañistas. Desde las nueve á las diez se las ve llegar, sufriendo los rayos del sol, seguidas de sus negras”. Sus descendientes son hoy sabios habitantes de calle, únicos usuarios de tus aguas vergonzantes. Mientras tanto, las chivas motorizadas muestran el futuro de la ciudad. Sus sucesores reclamarían los cañaduzales de tus orillas en número de cientos de miles.

En adelante, las palabras con las que tus gentes se refieren a ti tienen poco de poesía y mucho de sentencia. En 1950 la administración de la ciudad dictamina la conveniencia de tu sometimiento, con el fin de “[…] evitar la erosión y el desgaste proveniente del agua a gran velocidad y ordinariamente cargada de sólidos abrasivos, manteniendo así la corriente de agua dentro de un cauce definitivo y permanente. La función secundaria del revestimiento es resistir los empujes del terreno o del agua en el sentido del deslizamiento o del volcamiento, según el caso […]”.

A partir de entonces tu canalización ya no fue de piedra cargada y palos clavados en la orilla, de los que te mofabas en cada creciente. Pagaste cara tu osadía, pues con el progreso no se juega. Te doblegaron con concreto vaciado y maquinaria pesada. Comprendo que entonces comenzaras a sentirte minúsculo e impotente. Las palabras de Manuel Uribe Ángel en 1881, que decían que tú y la Santa Elena “además de adornos para el sitio, son de vital importancia para la comodidad y salud de los vecinos”, sonaban tontas y anacrónicas. Al negarte el cuerpo, ya no parecías río sino canal, algo que nadie sabe respetar. Y, sin embargo, allí estás, resistiendo. ¿Cuándo tendrás una nueva oportunidad? ¿Acaso llegará para ti una época en la que, como antes, te arrojes con alegría por el amplio espacio del valle que lleva tu nombre?

Quizá ese momento no esté demasiado lejano. Si es cierto que tus curvas no ocupaban todo el fondo del valle de Aburrá, donde ahora están las casas de sus habitantes, devolverte buena parte de tus posesiones no parece tan complicado. Bastaría con entregarte la parte que ocupan las autopistas que te oprimen, y río y ciudad podrían convivir. Se dice que en un futuro todos los automóviles serán autónomos, es decir, conducidos por inteligencia artificial. Puesto que la información algorítmica llegará a ser casi infinita, no es descabellado pensar que los robots, después de poner todo sobre la mesa, saquen la conclusión de que el río es más importante que sus propias costumbres adquiridas. Y entonces la red que gobierna los automóviles tomaría, sin considerar a los gobiernos ni a los lobistas de la construcción, la decisión de no volver a transitar por allí. Y, además, atacar sin misericordia a todo el que se atreva a poner un pie en esas franjas de tierra. Entonces retomarás al menos en parte lo que siempre te perteneció, y volverás a caminar de nuevo con la salud y la libertad del que tiene un mundo por delante. Sonreirás otra vez con la ingenuidad del niño que ve inmensa la senda por la que despliega su bulliciosa carrera.

Meandros en el río Aburrá, 1828. Archivo General de la Nación.

Las fieras del barrio

Número 135 Julio de 2023

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van cuatro historias a pelo y pluma.

La felina albina

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

En los años sesenta, Salvador Dalí se paseaba por las calles de París llevando a un ocelote de la traílla. Decía que se lo había regalado el gobierno de Colombia y no tenía recato en entrar a sitios concurridos con el felino. En Montparnasse, los vecinos de mesa de un restaurante, atemorizados por la presencia del animal, se alejaron, pese a que el genio intentaba calmarlos diciéndoles que se trataba de un gato ordinario con manchas pintadas por él e inspiradas en el arte óptico. En otra ocasión, cuando ese mismo ejemplar, llamado Babou, orinó unos grabados de una galería francesa, el pintor aplacó al dueño prometiéndole que le vendería unos dibujos suyos a buen precio. Corrían tiempos en los que la protección de la fauna silvestre no desvelaba a nadie, menos a Dalí que pintaba lo que soñaba.

Forzados a vivir como mascotas, los ocelotes pueden ser tan dóciles como los gatos caseros. Otra celebridad de Hollywood, Ann Margret, también sucumbió a los encantos del look animal print y aparece retratada con su fierecilla domada en varias poses muy naturales. La especie estaba de moda. En los solares de los pueblos colombianos era frecuente ver a una bestia, menos fiera que el tigre, soportando su cautiverio con dietas blandas, lejos de los platos suculentos de la selva: murciélagos, roedores, pájaros y hasta serpientes. En Antioquia, el bello pelaje era codiciado, pues se decía que el carriel antioqueño debía lucir en su cubierta un retazo de piel de ocelote, al menos si se preciaba de ser original.

Las manchas del ocelote a menudo se confunden con las de otros felinos de Suramérica, como las del tigrillo o margay. Por un ejemplar vivo los traficantes pueden obtener hasta quince millones de pesos. Para saber con precisión de qué felino se trata, luego de algún decomiso de fauna, la policía ambiental de Medellín emplea una prueba genética que permite identificar la prueba del delito. Pero en diciembre de 2021 un gato aún más indescifrable puso en apuros a los zoólogos y cuidadores del Parque de la Conservación.

Era un minino blanco, muy blanco, de pocos días de nacido. La primera inspección arrojó un solo dato: era hembra. Tenía la piel muy suave, y marcaba territorio haciendo pis por los rincones. Entre sus señas particulares había dos más, tenía las garras demasiado grandes para ser un gato casero y, en segundo lugar, sus movimientos, torpes y bruscos, parecían desorientados; de hecho era incapaz de localizar por sí misma su comida.

Desde que la recibieron, en diciembre del 2021, Ana María Sánchez, zoóloga, y el cuidador Carlos Navales, recuerdan que la pequeña lucía indefensa, apaleada por la neumonía y los graves trastornos gástricos. Su cabeza pequeña hizo que la confundieran con un jaguarundi. Unos mineros de Amalfi la encontraron abandonada en el monte. Y acaso porque sabían que tener fauna silvestre es un delito, tuvieron la cautela de entregarla al Municipio. Pocos días más tarde, en un estado deplorable, la autoridad ambiental se la ofreció al parque. No toda la fauna que se decomisa puede albergarse allí, pues el presupuesto mensual para mantener animales en condiciones dignas supera los quinientos millones de pesos. Pero la aceptaron.

Al contrario de lo que quiere creer un mito urbano, a los animales enjaulados no se les lanzan perros vivos ni vacas despeñadas o proteína de desecho. Después del estudio previo, a la cachorra se le dosificó carne de pollo y de res, pesada en básculas de alta precisión, además de vitaminas y baños de sol. “Estábamos ansiosos por identificar de qué animal se trataba”, cuenta Ana María. Y para evitar más trampas de la naturaleza se le hicieron dos exámenes de ADN. Las dos pruebas, una de la policía y otra de la Universidad de Antioquia, determinaron que se trataba de una ocelote, el tercer felino más grande de América, después del jaguar y del puma. ¿Una ocelote? ¿Pero cómo podía existir un ocelote blanco, sin rastro de manchas? Notaron que la cachorra huía de la luz fuerte que le hinchaba los ojos. A punta de un colirio especial, Navales le detuvo la irritación. Y justo ese síntoma, la fotofobia, sirvió para confirmar que era una ocelote albina, la primera en su especie reportada con este signo corporal en el mundo.

Acosados por el deterioro del bosque natural, las manadas ven reducido su territorio y se ven compelidos a aparearse con miembros de su propia familia. Esto, al parecer, es uno de los motivos que trastorna los cromosomas y origina el albinismo animal.

Cada vez más, los cuidados con la ocelote obligaron a los zoólogos a ordenar turnos continuos día y noche. “No nos importó ausentarnos de las fiestas de navidad y fin de año para atender a la criatura”, dice Navales. Y, a pesar de que se habían encariñado tanto con ella, ni siquiera podían bautizarla, como en los tiempos de Agripina, la orangutana de los años setenta, cuando el lugar todavía se conocía como Zoológico Santa Fe. Parte del trato de los silvestres en cautiverio prohíbe nombrarlos como si fueran mascotas. Aun así, los cuidadores usan claves internas y entre ellos empezaron a llamarla “la felina albina”.

Las pocas veces que abrió los ojos, notaron que los tenía de un rojo encendido y con un borde azul en la pupila, un rasgo extraño a sus demás congéneres. Faltaba la pesquisa de un oftalmólogo de felinos quien exploró el fondo de la retina y despejó la última incógnita, la que explicaba su deambular errático: ¡la ocelote, además de albina, era ciega! Parecía una exageración, como la del narrador de un cuento de César Vallejo, cuando dice: “No puede suceder tanto imposible”.

Suena curioso aceptar que algunos animales silvestres no puedan subsistir en su medio y que requieran de humanos que les brinden lo que nunca tendrían en el bosque natural. Ver a Carlos perseguir a una ocelote con un pañito empapado en aceite Johnson para remover un resto de limo parece excesivo, pero así lo hacen estos abnegados servidores del reino animal. Nos dicen que esta felina, por su condición especial, no sobreviviría en la selva por mucho tiempo. A menudo las madres abandonan a las crías débiles o diferentes, como ella, incapaz de camuflarse con su pelo color leche, un blanco perfecto que pondría en peligro a la manada.

Así fue como la cachorra pasó de tener un kilo y medio hasta alcanzar su tamaño imponente, de cien centímetros de largo y dieciocho kilos de peso. Detrás del vidrio se ve como un enorme gato blanco. Tiene un nicho cubierto, un montículo de roca para rastrillar las garras y el área llana donde le abren la compuerta con la comida. Se mueve con soltura por su espacio. Nadie sospecharía que es ciega. Sus hábitos son fruto de un largo y paciente entrenamiento de año y medio al lado de Alejandro López, quien al describir sus rutinas regulares con el animal evoca la nota de Kafka: “Suelo tener la impresión de que el animal quiere amaestrarme”.

Dentro de su cueva se ve a la inquilina en el quinto sueño. De repente, después de que López se acerca al vidrio, la fiera se levanta, sale del refugio, baja el escalón y se acerca justo al frente. Alza las orejas y apunta su olfato hacia él: ¿cómo creer que no finge su invidencia, como los ciegos de oficio? Separada por la barrera de cristal asombra el alcance de su nariz. “Le encantan las fragancias”, dice López cuando alguien muy perfumado se acerca”, ella al instante captura el aroma”. Este atributo también la hace desconfiar cuando le cambian de turno a su cuidador, pues cada humano tiene una huella odorífera. La ocelote, por más hambre que tenga, no sale a comer. Y el reemplazante debe tener paciencia hasta que le venga en gana.

La felina albina no ruge, solo emite suaves ronroneos. Como otras de su especie, juega a cazar presas invisibles, a probar la finura de sus garras. Pero hace algunos meses, López sintió que hacía movimientos menos bruscos que de costumbre. De pronto le pasaba rozando, suave y cariñosa, por entre sus piernas. El ronroneo se tornó maullido. El juego tenía otra intención. Aunque ciega y solitaria, también el celo acosaba a la ocelote.

A pesar de que hay un macho de su especie en una jaula vecina, con el pelaje intacto, cinco felinos silvestres y una leona exótica, esta blanca fascina por su rareza. Sus paisanos de Amalfi la han convertido en un símbolo; la visitan excursiones de escolares y hasta le esculpieron un monumento en el parque del pueblo, junto a la figura del legendario tigre, cazado en 1949. Pero a diferencia de ese jaguar ominoso que era visto como un enemigo de los ganaderos, depredador de corral a falta de selva, la felina albina conmueve. Acaso inspira más a la protección animal que cualquier celebridad de la fauna local.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

El puma de Urabá y el león de Macaco

por SANTIAGO RODAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

1

Era un gatico de pelaje café con algunas manchas oscuras, juguetón, de apenas unos meses de nacido. Lo encontraron entre el monte, dijeron: solito, abandonado. Lo tenían en una finca en un pueblo de Urabá, de mascota. Jugaba con los niños, profería su amor afelpado sin distinción, decoraba con su gracilidad los espacios de la casa. No maullaba porque los gatos del monte no maúllan. Dormía debajo de una de las camas de la familia y se alimentaba de las sobras de los humanos. Sopas, arroz, pollo cocinado. Pero un buen día, luego de unos meses, el gatico creció y creció. Se percataron de sus orejas afiladas, de su pelaje endurecido, ocre, ya sin manchas, su cara cambió y cobró rasgos amenazantes. No era un gato salvaje como inicialmente creyeron, al menos no uno que conocieran. Empezó a atacar a quienes querían jugar con él, se tornó agresivo, inquieto, su instinto lo reclamó y disolvió la docilidad aparente que lo predecía. Era un puma.

Al principio creyeron que amarrándolo a un árbol de mangos podían restituir su jugueteo inicial, que hablándole con buen español entendería que lo querían, que la familia entera era inofensiva, pues eran sus dueños y le deseaban lo mejor; no obstante, pese a sus orejas puntudas y cada vez más grandes, las palabras no parecían surtir el efecto esperado. Cada vez atacaba con más fuerza, bufaba, sus garras se hacían más afiladas y fuertes y el miedo a que se comiera a la familia también creció después de que matara a una de las mascotas. Logró arañar a un par de campesinos y la cuerda cada vez se veía más inútil para atajar su fuerza y agilidad. Ahora ellos podrían ser la presa.

A falta de otra opción la familia consideró ponerse en contacto con Corpourabá para solucionar el problema del puma. Una vez llegaron los profesionales se dieron cuenta, con algunos análisis y preguntas, de que el puma no podría regresar a su hábitat natural. No tenía las capacidades para adaptarse luego de tantos meses con la familia, con su dieta y la costumbre a la presencia humana. El animal no sabría socializar con los demás pumas y sus complejidades territoriales, no sabría cazar ni defenderse. En definitiva, tenía cuerpo de un puma, pero su personalidad era la de un gato agresivo. Si se encontraba a una persona entre el monte, en vez de huir o atacar, el puma podría acercarse, acostumbrado a los humanos, y la persona, quizás asustada, podría defenderse con un arma y matarlo.

Trasladar a un animal de esas dimensiones es bastante complejo desde el punto de vista topográfico. No siempre hay carreteras ni placa huellas, el animal debe ir seguro en el guacal para que no se hiera, hay que pensar en sus heces, en su alimentación. Son también complejas las condiciones del clima político, pues la presencia de grupos armado es una constante en los lugares en los que vive la porción más grande de fauna silvestre del país. Lo llevaron al Parque de la Conservación de Medellín, antes Zoológico Santa Fe.

2

Había una vez un bello y fuerte león que vivía en las selvas de Colombia. Su dueño, de paradójico alias, Macaco, lo consentía, le ponía buenos vallenatos y le daba su alimento, pero no era un alimento cualquiera: lo alimentaba de sindicalistas, de guerrillos, de líderes sociales y de enemigos en general. De pronto, se gestó un dudoso proceso de paz en el que se entregaron alias Macaco y sus amigos. Hubo dejación de las armas y compromisos adquiridos. Entonces el león quedó solito entre la selva, sin saber muy bien cómo alimentarse, sin Macaco. Alguien se apiadó de sus tristes rugidos, hizo una llamada, alguien a su vez se comunicó con el extinto Zoológico Santa Fe, y de allí fueron por el león que estaba encerrado en una jaula de buen tamaño. Durante el traslado el león vio con sus ojos selváticos ríos como el Cauca, las nubes de Bolombolo y las breñas verde oscuras de las cordilleras Central y Occidental, luego percibió una gran hondonada que rugía también, pero por el ruido de motores, de fábricas y de gargantas.

Una vez instalado en el zoológico no quiso comer carne muerta, eran tan solo pedazos jugosos, pero sin gracia, no le apetecía ni miraba las presas de pollo, la costilla de res, la pierna de cerdo. Nada. No le interesaba lo muerto, lo quieto. Su alimento debía estar vivo y sazonado con, al menos, la Primera Internacional, pensaron los operarios del zoológico. Pero no podían satisfacerlo así, no estaría bien visto. Hasta que el león cuya hambre se notaba en los huesos forrados, bien visibles en su pelaje, mal que bien, empezó a comer por la necesidad la carne que los cuidadores le ofrecían. Murió después de unos años en una jaula de Guayabal, con los vallenatos de Barrio Antioquia sonando en el fondo de la selva artificial.

3

La jaula está aparentemente vacía. No lo veo, pero el puma percibe cada uno de mis movimientos. “Si hace frío no sale”, me dice quien está encargado de alimentar a los felinos del parque. “El animal nos huele, nos siente en todo momento”, aclara. El león de Macaco murió en una de estas jaulas hace años, al igual que la mayoría de los animales de Nápoles y la triste Agripina que no estoy seguro si vi fumar los cigarrillos que la gente le arrojaba. Así se percibe la ausencia de un puma joven. Me quedo unos minutos mirando su hábitat, las plantas, el encierro.

El encargado me corrige cada vez que digo la palabra jaula, la palabra zoológico. Ahora es el Parque de la Conservación. Me confiesa su tristeza por los animales bajo el yugo de lo humano, pero sin este lugar que les ofrece las mejores condiciones posibles, lo más probable es que estuvieran muertos. El tráfico de fauna es el tercer negocio ilegal más rentable después de la droga y las armas, me explica.

El puma sale de su encierro, muestra su cuerpo entero, elástico, solvente y se recuesta sobre una piedra artificial. Me mira con sus ojos amarillos y profundos. Imagino un encuentro sin las rejas, en el bosque, ¿qué podría hacer un cuerpo citadino y enclenque como el mío? Seguramente nada, esperar a ser devorado, nada más. La palabra majestuoso no le queda grande a este animal. “Él es juguetón, cuando lo alimento. A veces, se comporta como un gato doméstico”, me dice el encargado.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

Cóndor solo hay uno

por PASCUAL GAVIRIA • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

No conoce de majestades, no sabe que sus alas extendidas está en decenas de billetes y escudos, ni que las líneas de Nazca trazan su pico filudo, ni que las momias de Machu Picchu ofrecían sus restos para que los llevaran al cielo, no al cielo azul y terreno, sino al Hanan Pacha, al reino de todos los dioses. Nada sabe de mitos. Solo da la espalda a los visitantes y bosteza con desgano parado en su percha. La modorra de las cuatro de la tarde no da para más. Ya se ha comido sus dos kilos y medio de carne del día. Digiere los ratones, los conejos, la carne del costillar de un caballo recién despresado. Carne fresca eso sí, porque no le gustan las sobras, solo la carroña recién servida. No sabe de dignidades pero tiene claro que merece comida sangrante. Su cabeza pelada se sumerge en la carroña hasta manchar un poco su collar nevado. Tiene una gran ventaja frente a algunos de los animales que viven en el Parque: no extraña la caza, no ha olvidado las habilidades del acecho, no vive lejos de su instinto para la emboscada. Lo suyo han sido siempre los cadáveres, así muchos piensen que pueden robar animales vivos con sus garras. En realidad son patas para caminar y percharse, más planas que prensiles. No sabe de mitos ni de raptos.

Es imposible no verlo triste, tan quieto, tan antipático con los visitantes, con ese traje de sala de velación: negro, blanco, negro, con dos coletas de frac a media espalda. La procesión de visitantes no ayuda a mejorar el ambiente. Niños excitados, dándole cuerda a un mono que golpea un tambor con frenesí; abuelas cansinas, tal vez identificadas con la gerontología animal; padres y madres que señalan y retratan. Un cartel informativo describe una pareja de cóndores en ese hábitat protegido que nadie quiere llamar jaula ni pecera de aves ni celda. Los visitantes buscan a la pareja del cóndor, la explicación del cartel deja claro que el espécimen a la vista es el macho y comienzan las preguntas: ¿dónde está la hembra? ¿Y la esposa está dormida? ¿La señora qué se hizo? ¿Se les escondió la dama? Y el cóndor se ve todavía más solo. Tiene el espacio más amplio del Parque, el ave más grande del mundo —solo el albatros real le planta apuesta— puede caminar a sus anchas y abrir sus alas para un baño de sol y desconocer a los tres reyes de los gallinazos que lo vigilan desde la cabina de enfrente. No puede volar, solo saltar de la percha a la gruta y de la gruta al pequeño foso de agua. Saltar es una palabra triste para un cóndor.

Esa soledad exhibida tiene una novela romántica de trasfondo. Una dama lánguida, enferma para responder al amor. La historia de un cortejo fallido, los intentos de los celestinos y la señora muerte que no perdona. La dama que lo acompañó durante al menos cinco años murió en 2020. Pero no debo humanizar esta historia, ni ponerles nombre a los animales del Parque como si fueran mascotas, ni bien vestir las tragedias naturales. Es hora de ser serios. Solo sesenta cóndores libres vuelan sobre Colombia y solo nueve viven bajo los cuidados del cautiverio. El habitante del Parque de la Conservación llegó desde Chile con su posible compañera, su prometida, digamos, hace cerca de ocho años. Hacían parte de un grupo de tres parejas que llegaron al Parque Jaime Duque de Bogotá en un convenio para buscar su reproducción. Una tarea que no es fácil y que se parece más a las complicaciones nupciales que a los afanes del celo. También en estas elecciones son exigentes los cóndores, escogen con cuidado su pareja, es una decisión de toda una vida, no tienen que prometerse nada, su naturaleza les deja clara la monogamia. Y no es poco tiempo, en cautiverio pueden vivir hasta 75 años, y libres vuelan fácilmente hasta los cincuenta.

Pero en el Parque no hubo vida en común para los recién llegados. No fue posible el acople, me dice el etólogo. Hubo intentos, sí, las alas abiertas, el pecho inflado del macho, la cercanía en la gruta. Pero la hembra nunca atendió el llamado. Había química, pero una química mortal. La hembra tenía doce perdigones de plomo en su cuerpo y ese veneno en su sangre la hizo apática, no dejó que su cabeza se pusiera amarillenta como les sucede a los de su especie en momentos aptos para la reproducción. De modo que el macho renunció a sus íntimos deseos. Esa leyenda que los hace animales cazadores, culpables de arrebatar terneros u otros pequeños mamíferos a sus madres, los vuelve blanco de las escopetas campesinas. La radiografía de la hembra deja ver los perdigones como un reguero bajo sus alas. Parece la foto de una autopsia luego de un cruento changonazo. No había forma de evitar que el plomo envenenara la sangre de la hembra con cada latido. También él tiene sus señales de disparos pero son menores, no hay rastro significativo de plomo. La hembra solo vive en el aviso informativo y en las preguntas de los visitantes, es un fantasma que abre las alas en la noche. Ya volvió la fantasía romántica.

No se puede decir que este macho, posado sobre la rama que sostiene sus doce kilos, sea viudo. Es apenas un joven que no ha probado hembra. Quien murió fue su compañera de vuelo en avión y cautiverio. Así que no se pierden las esperanzas de que pueda encontrar una hembra en alguna de sus aventuras en compañía de biólogos y cámaras, hay tres candidatas esperando en Bogotá. Si de verdad fuera viudo, si hubiera tenido una vida en común con su compañera de cabina y ella hubiera muerto después, sería muy difícil que se decidiera a buscar una nueva pareja. El recuerdo puede hacer retroceder a los cóndores que han perdido su dupla. Lo de la monogamia va en serio. Se espera entonces que pueda viajar al Parque Jaime Duque para intentar la hazaña. Porque la reproducción de los cóndores tiene algo de gesta, todo muy planeado, todo muy despacio, todo muy cauto. Solo ponen un huevo cada dos y el ciclo de cortejo, apareamiento, incubación y crecida del polluelo dura cerca de tres años. Cóndores no engendran todos los días. Son parcos en los menesteres de la reproducción, lo suyo son gozos del vuelo, menos agitados y menos pedestres.

Los cuidadores del cóndor hablan de su docilidad y sus comportamientos naturales. No hay nada en su conducta que denote estrés por su condición de cautiverio y su vida lejos de los riscos bajo tres carboneros y algunos platanillos. Si viera una amenaza en los humanos que lo alimentan o tuviera molestia en quienes lo espían detrás del vidrio utilizaría su arma oculta: regurgitar un poco de sus jugos gástricos contra los posibles atacantes. Los carroñeros saben usar sus poderes, cualquiera preferiría un picotazo a un pequeño baño con sus caldos. Según los etólogos que estudian sus comportamientos, el cóndor no está aburrido en su jaula, esos bostezos son normales y esa quietud también. No da muestras de irritación como algunos primates ni merodea sin mucho sentido como algunos felinos del Parque. Intuir su tristeza puede ser también una forma de humanizarlo, de contemplar sus alas plegadas con algo de conmiseración.

Pero no todo es silencio y soledad. El cóndor tiene visitas desde el exterior. Como si viviera en una película de Disney donde los animales de distintas especies se hermanan y se ayudan, donde hablan con los mismos graznidos. En las tardes es normal que arrimen a su jaula piguas y guacamayas, visitantes con curiosidad por ese gigante que tiene un pico similar y que extiende sus alas en una ceremonia diaria. Por las rejas tocan sus picos para socializar. ¿Qué significa ese contacto? ¿Hay algo de fraternidad? ¿Es un simple choque de dos garfios que intentan medirse, oír el ruido que producen al chocar? Es difícil saberlo, pero la imagen de una guacamaya y un cóndor mirándose con interés y cuidado deja algo de la alegría que puede entregar eso que llamamos reino animal.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

Vuelta por el universo

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 130 Agosto de 2022

Panorámica de San Antonio de Prado desde la piedra Galana. Foto de Ignacio Piedrahíta.

Medellín está dentro de un valle amplio, con la forma de una batea. Desde cualquier punto alto se ve la ciudad de color ladrillo en el fondo de este cuenco natural. Cuando es de noche se ve chispear en dorados sobre negro. La vista es tan cautivadora que las laderas se llenaron de miradores. A menudo la idea de observarse a sí mismo resulta mejor que cualquier programa.

La geografía de Medellín dirige de esta manera parte de nuestras búsquedas y placeres. Los alrededores de la ciudad se han hecho atractivos para coger un poco de aire. Sentirse por fuera del fondo del valle nos da la idea de salirnos temporalmente de nosotros. Esto es posible gracias a las montañas que nos rodean: alejarse de la parte urbana de la ciudad es alzarse sobre la propia cotidianidad.

Un poeta describió la línea de montañas que rodea a Medellín como el “borde de una copa quebrada”, refiriéndose a los contornos abruptos de las cimas que nos confinan. Los alrededores de la ciudad son el límite inicial de su belleza, el esbozo lineal de nuestra naturaleza. No sería lo mismo si esta línea estuviera cubierta de casas y edificios. Debe ser verde de día y negra en la noche.

Este paisaje de nuestras proximidades tiene nombres propios. Al oriente, Santa Elena. Al occidente, San Antonio de Prado, Altavista y San Cristóbal. Y, cruzando hacia Santa Fe de Antioquia, San Sebastián de Palmitas. A estos lugares se les conoce como corregimientos, y son los que custodian nuestros confines en redondo.

Cada corregimiento tiene su parque principal o centralidad, lo que normalmente conocemos de ellos. Pero lo que es más potente en estas fracciones administrativas es su vasto territorio. A ellos pertenecen los bosques y el verdor que le queda a la ciudad. Es desde sus laderas salvajes que la observamos, y es a donde escapamos para soltarnos del ahogo urbanístico. La centralidad de algunos corregimientos está separada de la parte urbana de Medellín, caso de Santa Elena y Palmitas. Otros son prolongación de barrios o de municipios vecinos: las calles de Itagüí pasan a ser territorio de San Antonio de Prado, la comuna de Belén se trueca en Altavista y la parte alta de San Javier muta en la vereda La Loma de San Cristóbal.

Más allá de la centralidad de los corregimientos, cuyo fondo suele ser un territorio rural, de campos, fincas y bosques, comienza la espesura de su follaje, su verdadera mística, su poesía de quebradas y arboledas, promontorios y ramales de montañas, divisorias de aguas y altiplanicies, serranías y collados.

Los caminos

Los corregimientos fueron en algún momento pueblos cercanos a Medellín, por donde entraban y salían mercancías desde y hacia la ciudad en crecimiento. Eran estaciones de arrieros o lugares de descanso para el viajero. Por eso estos lugares están marcados por los caminos antiguos, que cosían por medio de canalones o vallados de piedra las montañas circundantes.

En Santa Elena está el famoso camino de La Cuesta, que pasa por el costado del cerro Pan de azúcar y llega al parque Arví. Por ahí salía todo el mundo a pie o a caballo antes de que hubiera carros en Medellín. Este era nuestro camino de llegada internacional desde el río Magdalena. Casi una semana se echaban los viajeros en mula para llegar desde el río hasta el borde de la ciudad. Pero una vez miraban el valle desde allí, se les quitaban los cansancios.

Por el otro lado está el camino de Guaca, que iba desde Medellín hasta la población del mismo nombre, hoy Heliconia. Este camino pasaba por Belén, subía por Altavista y cruzaba por San Antonio de Prado. Pasaba el alto de Romeral en el filo de la cordillera y caía a Guaca del otro lado. Este camino era importante no solo porque comunicaba con las poblaciones del occidente, sino también porque de Guaca se traía la sal que se consumía en la ciudad.

Esta sal nos lleva al tercer camino que cruzaba por lo que hoy son nuestros corregimientos, el del noroccidente. Este salía de Medellín a pasar por Robledo y San Cristóbal rumbo al Boquerón. Allí se cruzaba la cordillera y ya estaba el viajero en Palmitas, donde descansaba y seguía para Santa Fe de Antioquia. Por allí transitaba la carne en tasajo, es decir la carne salada que se cultivaba en el valle de Aburrá e iba a alimentar a los pueblos mineros a orillas del río Cauca.

Los tres caminos aún se pueden visitar y recorrer al menos en parte. El de Santa Elena sigue mostrando su magnífico trazado, el mismo que asustara por lo elegante a los conquistadores hace quinientos años. Está restaurado y muestra a su vera ruinas de su antiguo ajetreo. El de Guaca arranca en la vereda Buga Patio Bonito, en Altavista, y se interna en ascenso a cruzar por el cerro el Barcino en San Antonio de Prado. El del Boquerón —esa despampanante boca natural que invita a cruzar la cordillera— se coge allí mismo, y entre vallados o muros de piedra va llevando al caminante a un viaje en el tiempo.

Panorámica de Altavista.

El agua

Si algo no tenían que llevar los viajeros de aquellos tiempos salvajes era agua. En todos los corregimientos abundan las quebradas cristalinas, recién nacidas de sus bosques. Cada uno de estos territorios tiene su quebrada principal, hito central en las vidas de sus habitantes. La mayoría tiene en estas aguas sus mejores recuerdos de infancia y sus lugares de esparcimiento en la actualidad.

Las quebradas son en los corregimientos un lugar equivalente al centro comercial en la ciudad, pero gratis y más variadas. Están los charcos de música aguardientera y están los remansos para los más contemplativos. En Santa Elena está el famoso Chorro Clarín, que pasó de ser de sancocho de grabadora y leña recogida, a elegantes casetas para asar o irse de pícnic. En cualquier caso, los dientes castañean igual en esas aguas vívidas y frías del altiplano.

San Antonio de Prado y San Cristóbal están dominados por una sola quebrada mayor cada uno, pero ambas de temer por su fuerza y caudal. En Prado está la fragosa Doña María, que lo recorre de norte a sur por su brusco cañón. Allí hay desde estaderos de parlante afuera hasta trucheras menores de mesas rústicas y acentos bucólicos. A esa quebrada mayor le caen muchas otras, que en días de invierno y crecidas la tiñen de marrón.

San Cristóbal por su parte está dominado por la Iguaná. La forma del territorio de San Cristóbal asemeja un teatro griego, cuyas graderías recorre esta Antígona transfigurada en arroyo hasta pasar por la escena de su centralidad. Cuando esta quebrada siente que debe actuar bajo las leyes naturales y no las que le impone la sociedad, se sabe pronunciar. Hoy tanto la Doña María y la Iguaná están domesticadas en su parte baja, con canaletas de cemento a lado y lado.

Igual destino corren todas las quebradas que nacen en los corregimientos. Nacen en los bosques de las cimas de las montañas y bajan salvajes y vivaces por las gargantas estrechas rumbo a la ciudad. Esa alegría sin embargo no les dura mayor cosa. Al tocar la ciudad les ponemos camisa de fuerza y las anulamos, les vaciamos cemento a sus orillas cuando no es que las ocultamos entre tuberías. La primera de ellas fue la Santa Elena, de la que ya ni nos acordamos de que existe, y de ahí siguió el resto. Sometidas y avergonzadas entran estas quebradas en el río tumba que es el Medellín, salvo las de Palmitas, que van a dar al río Cauca.

Montañas salvajes

El valle de Aburrá se formó por un desgarrón en la cordillera. Las montañas se abrieron en la brecha gigantesca que hoy ocupamos, varios millones de años después. Luego comenzó a correr el río por la mitad y se formaron dos ambientes: el de las laderas en los costados del valle y el del río que serpenteaba suavemente en su parte de abajo. Era un valle hermoso, con un clima inigualable, con caza y pesca suficiente para sus primeros pobladores.

Pero ese valle no fue fácil de habitar para la ciudad. En los dominios del río abundaban humedales y pantaneros en los que era un problema construir. Además, sus meandros naturales se iban moviendo con el tiempo como una culebra que reptaba libremente y no armonizaban con la rigidez propia de lo urbano. Como si eso fuera poco, las quebradas se crecían y se desbordaban, y en las partes altas la montaña se desgarraba por su propio peso.

De ahí que hubiéramos decidido encauzar el río. Así quedaba resuelto —a costa de la vida del mismo río— el problema de los humedales. La ciudad creció entonces más tranquila en el fondo del valle y fue cubriendo todo aquello que era plano, encauzando quebradas y dominando la naturaleza. Las laderas más bajas y suaves se mostraron generosas y pronto se llenaron de casas también.

Pero esa tierra buena se fue acabando y la ciudad se encontró con sus laderas más pendientes. A las cuestas más salvajes no se les somete tan fácilmente, pues en su genética está el desgarrarse, el derrumbarse. Torrentes de lodo, movimientos de la tierra, caídas de piedras gigantescas. Esta forma de alzar la voz es propia de las montañas, y se levanta aún más con la urbanización. La tragedia está a la vuelta de cada invierno, especialmente en estos lugares de los contornos.

Muchas de estas catástrofes ocurren en los corregimientos, pues son ellos los que ocupan las laderas de Medellín. Media Luna en Santa Elena es ya un desastre clásico, en los años cincuenta, así como el de Villatina, que a pesar de ser en Medellín es parte del mismo fenómeno. La ciudad asegura más de estos problemas en el futuro conforme avanza sobre estas partes altas de las montañas, rebeldes de suyo.

Laguna de Guarne en Santa Elena.

Bosques y campos

El valle de Aburrá estaba originalmente cubierto de bosques. Salvo quizá ciertas orillas arenosas del río y algunos pedreros traídos por las quebradas, el resto eran arboledas. Para construir la ciudad hubo que ir talando los árboles, lógicamente. Pero también para sacar madera de construcción y carbón para cocinar. Mucha de esa madera vino de lo que hoy son los corregimientos.

Poblaciones que antes fueron mineras por excelencia, como Santa Elena, al acabarse el oro siguieron con los bosques. Se cortaba el bosque nativo y se vendía la madera, y las generaciones siguientes usaban el terreno ya sin árboles para la agricultura. En algunas partes se establecieron fincas de ganado o cultivos de alimentos. Incluso en otras se sembraron pinos o cipreses, que crecían más rápido y podían aprovecharse.

De los bosques nativos quedan algunas reservas en las partes altas de los corregimientos. En Santa Elena está Arví, en San Antonio de Prado El Astillero, en Altavista la Ana Díaz, en San Cristóbal El Moral y en Palmitas toda la parte baja de Las Baldías, entre otras. Desde hace décadas la ciudad ha ido comprando y protegiendo estas zonas altas de las cimas que la rodean. Caminar por allí es un viaje por ese momento anterior a la urbanización de la ciudad. Aves y árboles de incontables especies se expresan en torno al concepto de diversidad, algo tan difícil para el ser humano.

De estos bosques viejos o en recuperación hacia abajo en la ladera vienen las fincas ganaderas y los terrenos de cultivo. Esta es quizá la franja más amplia de verdor de los corregimientos, antes de llegar a sus centralidades. Esa es la zona que hoy está en disputa por las fuerzas urbanísticas de la ciudad y el mercado de tierras. La ciudad no ve la hora de devorarse ese manjar aún sin construir.

El acaparamiento de estas tierras se realiza tanto a manera de urbanizaciones de edificios como de parcelaciones. En Altavista, por ser el corregimiento que está en mayor simbiosis con la ciudad, es más evidente. Los barrios de la comuna de Belén trepan por las pendientes comiéndose a zarpazos las veredas bajas de Altavista. Esta tendencia seguramente continuará en los otros corregimientos cercanos a la ciudad: San Antonio de Prado y San Cristóbal.

En cuanto a Santa Elena y Palmitas, así como las partes más altas de los otros corregimientos, las parcelaciones están de moda. Los precios de la tierra suben y los propietarios de fincas ven la oportunidad de vender. Esto crea un paisaje nuevo en el que conviven la vivienda de estrato alto con la casa campesina de antaño. En una prima el césped cortado a ras y los setos de eugenios que no atraen ni siquiera un ave, las otras parecen una despensa de frutales y arbustos florales más acordes con la diversidad propia de la tierra.

La agricultura aún sobrevive. Algunos de sus cultivadores producen sin agroquímicos, unidos en cooperativas y fomentando la asociación. Gracias a la cercanía con la ciudad encuentran compradores que pueden pagar un poco más por sus productos limpios. Esos predios donde todavía se cultiva, y donde además se hace de manera orgánica, alimentan la montaña, la enriquecen: dan verdor al barrio, conservan una práctica esencial, un oficio memorable, el del agricultor. Tal vez, así como se hace con los bosques, también estas personas deberían ser reserva protegida, porque allí está la memoria y quizás algo del futuro.

Picos y cerros

Además de las quebradas, los hitos más significativos de los corregimientos son sus peñascos y macizos. Estos testigos naturales e imperecederos han sido la señal de ubicación espacial de la humanidad desde siempre, y aún están presentes en nuestros alrededores. Y, más, en una geografía como la nuestra, donde a las montañas y sus diferentes formas les gusta hacer alarde.

El cerro Pan de azúcar en Santa Elena es un hombro que sobresale de la montaña justo por encima de los últimos barrios de Medellín hacia el oriente. Está hecho de una roca llamada dunita, propensa a las oquedades y pequeñas cuevas hechas por el agua. Justo detrás de la imagen religiosa que hay en la cima del cerro hay una de estas cavernas menores. Considero a esta abertura natural mi oráculo personal, y es ella quien recibe mis rezos cada vez que la visito.

En San Antonio de Prado está la piedra Galana, en lo alto de la reserva El Astillero. Se trata de una saliente rocosa que despunta sobre un claro del relieve, del tamaño de la sala de una casa, con muebles duros y puntudos pero que aseguran un mejor trato que cualquier visita. La roca está partida a lo largo de fracturas paralelas que le dan la forma de un mazo de cartas separado a tramos gruesos. Desde allí la vista de Medellín es bastante particular. En el campo visual se expresan en primer plano una serie de collados montañosos que se alargan hacia un punto de fuga que no es otro que el Centro de Medellín. Desde allí la ciudad aparece como un borrón naranjado entre la bruma contaminada.

En Altavista está el popular cerro de las Tres Cruces. Miles de personas —acaso sin saber que pertenece a Altavista—, lo visitan los fines de semana. Su cima es una meta accesible —sin ser regalada tampoco—, que tiene como premio una preciosa mirada baja sobre el valle de Medellín. Los más epicúreos se sientan a descansar y a contemplar la vista, mientras aquellos de estoica figura pasan a una sesión extra de aparatos. En la parte plana de la cima han sido instalados una serie de bancos y barras para el ejercicio muscular. Allí los relieves de sus practicantes pasan a constituir una discreta parte del paisaje, digna de observación.

En San Cristóbal está el cerro El Picacho, que sobresale de la montaña como el elefante de El Principito que una culebra se ha comido. Aquí lo tenemos en versión montañosa, pues la culebra no va por plano sino bajando la lisa cuesta. Allí también hay una imagen religiosa, que corona el camino que lo asciende entre grandes bloques de piedra. Estas rocas son diferentes a las del Pan de azúcar, y si bien por fuera lucen oscuras, por dentro son rayadas de una belleza que se expresa generosamente a los amantes de las rocas.

Desde cualquiera de estos peñascos en las montañas puede verse la ciudad, mirarse, mirarnos a nosotros mismos como en un cuento de Cortázar. Esencial en este doble juego es el objeto que observamos, pero igualmente el lugar desde donde lo hacemos. Estos contornos que hoy son los corregimientos, balcones naturales, fuentes de agua, alimentos y vida, donde aún asoman los caminos de tierra, los collados rocosos, los charcos y los bosques, son lugares a los que siempre desearemos retornar por mucho que adoremos la comodidad del asfalto. La Medellín endurecida por la historia tiene una oportunidad única de recobrar su suavidad ocupándose de estos territorios como fuentes de un poder proveniente de la tierra misma.

* Este fragmento escrito para Universo Centro hace parte del proyecto para la recuperación de la memoria histórica y la identidad campesina de los corregimientos de Medellín, en convenio con la FAO.

Vista de Medellín desde el alto de Boquerón en Palmitas.

El fin tendrá nombre

por SANTIAGO RODAS • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 129 Junio de 2022

Esos ojitos negros, que me miraban.
Esa mirada extraña, que me turbaba
El Gran Combo de Puerto Rico

El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.
Antonio Machado

Algún día no muy lejano el valle del Aburrá estará cubierto por un manto compacto y vegetal, verdoso en sus tallos y de fluorescencia anaranjada, fulgurosa, con núcleos negruzcos y chiclosos en el interior de cada flor madura. No habrá edificio que no esté forrado por el velo ni árbol ni calle ni iglesia ni tienda ni placa deportiva. Será inevitable su propagación natural sobre las ruinas y los escombros. Y será hermoso el resplandor naranja que rebotará por todas partes con sus chispas a manera de pétalos y también será siniestro pues no habrá nadie para contemplar su triunfo sobre todas las cosas, su reino monocultivado y hambriento. Un silencio terrible amasará esta ciudad y solo se escuchará la lenta propagación de las esporas de la planta mientras rasgan el aire límpido, arañando cualquier espacio nuevo para su arado. Los ojos negros de su cuerpo desproporcionado mirarán con suficiencia atávica lo que queda, pues será poco lo que le falte por colonizar.

El fin tendrá nombre: Ojo de poeta. Y podremos afirmar, también, que estaremos ante el último estertor de la historia; no habrá futuro ni presente ni pasado pues cuando esto suceda las demás plantas, la mayoría de animales y humanos no existirán más, quizá solo algunos insectos que se alimentarán de la savia dentro de sus flores puedan mantenerse con vida, dependiendo enteramente del lecho de la Thunbergia alata. El viejo Dios habrá muerto otra vez y lo remplazará una planta verde anaranjada que deshilachará el tiempo. Tan solo quedará su cuerpo soberano anegando cada metro cuadrado de lo que alguna vez fue la vida humana en estas calles vanidosas. La imagen de la fronda es hermosa y terrorífica: un ejército de ojos floridos que vigilan el vacío entre las ruinas. El fin de los tiempos tendrá su esplendor: este valle vestido de dos colores. Y después de tantos trasiegos por fin reinará la paz, el silencio vegetal y la belleza.

Ahora mismo, en el 2022, la planta espera pacientemente entre los pliegues de las montañas y se reproduce por los bosques nativos de todas las laderas con sus diferentes estrategias, los va ahogando, carcomiendo, los devora palmo a palmo con su podredumbre grácil, con su encanto, hasta remplazarlos con sus tintes chispeantes e hipnóticos. Un matute inevitable. Su conciencia es darwiniana: el más fuerte sobrevive. Cada uno de sus brazos musculados se extiende sobre los postes de la luz, las paredes de las casas, árboles y plantas sin distinción, los seres vivos son su alimento, toda la materia es soporte para su dispersión.

La Thunbergia alata llegó desde el este de África a las Indias Occidentales a mediados del siglo XIX, sus primeros registros están consignados en colecciones de herbarios en Martinica en 1870 y un año después está registrada en República Dominicana, para 1874 ya estaba depositada en el Herbario Nacional de Trinidad. Hacia 1876 se le consideraba una planta con fines ornamentales asentada en el territorio. Con tan solo seis años de estancia la plaga de Susanita de ojos negros se volvió parte del paisaje caribeño. Posteriormente, con la premisa probada de su resistencia al clima de América, su fácil adaptación a los diferentes pisos térmicos por arriba de los mil metros sobre el nivel del mar y su belleza exuberante que atrajo fácilmente la mirada para decorar toda clase de construcciones, comenzó su onda expansiva a lo largo del continente. Se calcula que promediando el año 1900 la planta trepadora dejó de necesitar al humano y empezó su reproducción de manera espontánea, independizó su marcha ocular y se reguló bajo sus propias leyes para aumentar el caudal de sus flores; se sabe que no tiene depredadores naturales en la región y por lo tanto, tampoco límites. Un dios oscuro, radiante y famélico es el Ojo de poeta, sin necesidad de las oraciones de devotos y feligreses.

No se sabe con certeza cuándo la planta descendió hacia el sur, desde el Caribe hasta la Cordillera de los Andes, y se aferró con su fuerza trepadora a los suelos colombianos. No obstante, el médico Manuel Uribe Ángel da pistas para pensar que el Ojo de poeta llegó a las breñas antioqueñas, como queda consignado en el compendio de Geografía general del Estado de Antioquia en Colombia, en 1885, con el nombre “La colombiana”, y desde ese momento está incluida en las descripciones sobre la flora del departamento de Antioquia.

Como se escribe en el libro Historia, vida y poderes de una especie invasora, editado por Mario Alberto Quijano Abril, “acorde a los registros del Herbario Nacional Colombiano, el primer individuo de T. alata para nuestro país, corresponde a un ejemplar herborizado en 1939 por Enrique Pérez Arbeláez y José Cuatrecasas en alrededores de La Vega, Cundinamarca (Baptiste et al., 2010), y para el caso de Antioquia se tenía un registro en 1940 por parte de Lorenzo Uribe Uribe”. Con ochenta años del primer registro de la especie ahora mismo es bastante difícil salir a una ladera y no toparse con las flores desparramadas por rejas, árboles, construcciones abandonadas, sus ojos están ahí, veedores de su propia persistencia, oteando cualquier movimiento, desplazándose a pasos lentos y seguros e inevitables.

Su fuerza reside en que tiene una capacidad de reproducción temible y que una vez la planta está asida en determinado lugar es casi imposible erradicarla. Se ha demostrado que sobrevive a los incendios, a los venenos, a la erradicación manual, a otras especies monocultivadas. Su persistencia y reproductibilidad demuestran que es una de las plantas más fuertes del ecosistema y crece sin control, sin que ni el humano pueda detenerla con facilidad. En un metro cuadrado puede arrojar más de mil semillas, que germinan en uno o dos días, y cuando sus vainas explotan como catapultas pueden diseminarse hasta una distancia de once metros. Con esta profusión excesiva, barroca, se garantiza el mantenimiento de su vida en constante expansión.

Otra de sus estrategias de éxito consiste en que nunca detiene su floración y, por lo tanto, no se detiene su fecundidad. Los insectos que se alimentan de ella la diseminan en diferentes lugares de la montaña. Su belleza es la condena y el precio que se paga por la cercanía con lo sublime, con algo que se salió de nuestras manos y que posiblemente nos sobreviva. El ornamento que deseamos para decorar los jardines en Antioquia terminará por abrazar lo que se interponga a su paso, hasta matarlo. El Ojo de poeta se asemeja bastante a un pacto con el diablo: nos entrega el tesoro deslumbrante de su belleza en jardines y cercos vegetales y sin darnos cuenta, de manera silenciosa, como le gustan las cosas Al-que-no-tiene-nombre, pagamos con la vida.

En mis viajes en bicicleta siempre encuentro especímenes de la Thunbergia alata en cualquier parte, al borde de la carretera o bien metida en el corazón de algún bosque, no importa si es en el oriente, en el occidente, en el sur o en el norte del valle. Se encuentra en El Escobero, en El Chuscal, en Santa Elena, en Las Palmas. No hay manera de eludirla. Todas las montañas de este valle están anegadas de su presencia.

Para escribir este texto me quedé contemplando por largos ratos las formas de sus tallos, la estructura dentada de sus hojas, el color intenso de sus flores y su misterioso núcleo oscuro. Pensé bastante en las razones para que se decidiera nombrarla Ojo de poeta, quizá haya una correlación en la pulsión de muerte que habita la poesía, pues, de algún modo, esta planta, igual que la poesía, conduce, después del deslumbramiento de la belleza, irremediablemente hacia la muerte. Quizá estoy exagerando por el influjo del resplandor naranja de sus ojos negros. O quizá, como quienes la trajeron a América, estoy bajo el designio de sus encantos monstruosos, igual que los personajes del cuento La llamada de Cthulhu de Lovecraft, a un paso de la conquista silenciosa de una extraña locura producida por la T. alata. Tal vez los susurros del Ojo de poeta son lo que, con su lenguaje secreto, nos tenga embrujados hasta que perdamos, definitivamente, la cabeza y le dejemos, por fin, el espacio para su estancia definitiva.

Agarré un esqueje de la planta que tenía unas cuantas hojas y una flor abierta, sentí su dureza, sus tricomas casi transparentes y ásperos, la metí en mi bolsillo y me la llevé a casa. Pensé que la podría sembrar para observar su crecimiento y su reproducción en una escala controlada, pero llegó aporreada y se secó rápidamente. La flor se arrugó hasta casi desaparecer y sus hojas se encogieron. Murió bastante rápido y me impactó su fragilidad después de estudiar sus temibles poderes por semanas. La enterré al día siguiente en una de las macetas del balcón. Unos días después vi un pequeño brote, su muerte era pura apariencia, un capullo verde crecía justo donde la enterré, ahí estaba confirmada su reproductibilidad. Su existencia zombi me estremeció, su fuerza probada por la ciencia ahora crecía indefectiblemente en mi casa. Y tuve miedo, no sabía si arrancarla de una buena vez y deshacerme de ella o esperar unos días para ver si se consumía la planta de la misma matera, después las matas vecinas sembradas en el balcón y después las de la casa entera. No hice nada y ahora espero para ver si logra brotar su primera flor.

A casi un siglo de su llegada, el Ojo de poeta, con una conciencia de sí, va ahogando lentamente la vegetación que se interpone en su camino, construye una arquitectura que le impide el alimento a cualquier otra especie vegetal siempre inferior, siempre más débil, tapona sus fuentes de luz solar para luego devoralas. Cuando la especie humana llegue a su fin, la Thunbergia alata será su remplazo y cubrirá con su veta perenne lo que alguna vez hicimos como especie. Un remplazo equivalente, chan con chan, un naranja espeluznante colmado de núcleos negros será el síntoma de nuestra liquidación en esta tierra. Solo falta tiempo en las laderas, en las calles, en la matera de mi balcón para que su atractiva hipnosis dé el paso definitivo.