La bici gramatical

por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Samuel Castaño

Exclusivo web Octubre de 2026

Leí que el viaje en bici era una buena escuela de escritura. Como entiendo que cualquier asunto humano o no, sin diferencia de lo anodino, desconocido o interesante que sea o que parezca, puede ser esa buena escuela, no encontré muy excepcional la observación, pero sí muy concerniente. Viajo en bicicleta y tengo el hábito de la escritura entre mis hábitos. La tomé entonces como de “interés personal”. Releí, repensé la frase, repasé mi experiencia de ciclista y la de otros ciclistas. Sabía de qué modo te hace merecedor de la distancia y tanto del cansancio como del descanso. Sabía de qué manera una bicicleta le narra el mundo a su ciclista, se trataba ahora de cómo esa experiencia se convertía en taller de escritura.

Tomar conciencia de la larga línea que van escribiendo las ruedas sobre los pavimentos y procurar que toda idea se deslice sin perderse por su renglón. Lograr que los acentos del pedalazo caigan concentrados en su pedazo de distancia. Que no produzcan ese inmerecido desconcierto que castiga las piernas cuando su ilusionado envión cae en el vacío. No basurear talento en la página ni esfuerzos en la carretera.

Ver que las palancas de frenos, que son cuerpos delgados, apenas un tris de bicicleta, se parecen tanto a una coma, apenas un tris de lenguaje. Ver que sí, que los frenos son unas comas capaces de concluir con acierto cada una de sus apariciones en el relato sólido del suelo. Ocurre porque los frenos comprenden los ínfimos y sorpresivos desafíos del suelo. La ruta solitaria y en inmejorable estado guarda anuncios inciertos. Los frenos estarán sin pausa ajustados y despabilados para garantía del avance.

Cuánta diferencia y provecho en el uso de sus facultades. Los frenos garantizan distintos términos de parada, algo que realza la variedad y la calidad de su servicio en la página o en el pavimento. Hay el frenazo de leve presión, el paso merma, merma sucesivamente hasta agotarse con suavidad como al final de una canción. Hay el frenazo un poco más apurado que detiene la rueda por un instante apenas. El avance prosigue en el instante siguiente y figura un punto y seguido y quizá un punto aparte. Hay esos frenazos de ligera y repetida aplicación que, por breves intervalos, disminuyen el avance a lo mínimo posible. El ciclista suspende el pedalazo, está sentado sobre el sillín, afirmado en su centro de gravedad y caracolea la rueda delantera en procura de equilibrio, no de distancia. Al mismo tiempo recoge y suelta el manubrio con reiteración técnica y nerviosa que revela la calidad de puntos suspensivos de ese momento de la marcha. Hay el freno de detención momentánea. La palanca se aplica a fondo. La bici se detiene sobre la hoja de pavimento, el ciclista pone un pie en tierra y con eso estructura un equilibrio integral suyo y de la bicicleta y necesario para la pasajera detención. Luego continúa la marcha, bien que entre en un párrafo de niebla o en una carretera de deslumbrante claridad.

La detención tiene variadas intenciones y no siempre quiere decir final. De hecho, una jornada por larga o corta que sea solo tiene una última pedalada y entre la primera y esta siempre habrá muchas detenciones por comas elementales, puntos y seguido de suave, débil respiración y solo una vez ese punto drástico de final de oración, párrafo o pedalazo.

Para la claridad en el desplazamiento, los frenos atienden amplia y espontánea lista de urgencias arriba y abajo de la escala temporal y emocional de la marcha. La intervienen y señalan en espacios, en tramos, igual que hacen las comas en un párrafo, en una página, en cien. Cada coma interviene en su página como una puntada de la historia que contiene, así como cada frenazo teje la consistencia del recorrido. Ver que un párrafo abusado por gula gramatical, digamos, un exceso de comas, puede representar holgadamente la molestia de pedalear caminos encharcados o calles empedradas o saturadas de baches.

El párrafo se deja obrar por las ruedas mientras se extiende en la hoja haciendo la distancia.

Existe el punto y aparte. El párrafo se detiene. No está cansado. No le faltan ideas ni fuerza, pero ha encontrado una pausa, un silencio, un puente. Lo asume. Sabe que al otro lado lo que sigue es un trozo más de la misma carretera.

Hay el punto de final de jornada que es un cambio total de plana o de pueblo. Ha terminado la tarde y el biciviajero se detiene para reparar las fatigas. Desmonta. Recuesta la bici, la duerme. La línea se ha detenido, el relato, que siendo de bicicletas lo es de equilibrio, prosigue, porque el movimiento se siente bien entre la quietud y el equilibrio. Sigue una noche profunda. Toda la energía del ciclista se ocupará en reparar la energía perdida, tal vez no venga a su cabeza ningún sueño.

La marcha se reanudará a la mañana siguiente (o quién sabe cuándo. Ha pasado) y siempre bajo la condición de una delicada y llamativa mayúscula encargada de encarar las novedades venideras. Habrá otra carretera, otro pueblo. Tal vez algún párrafo salga inédito de una niebla en una de sus calles. Tal vez un recuerdo para siempre lo espere en el hotel.

Y existe ese freno de final de viaje que en realidad no es nunca el punto final del relato, pues no existe tal cosa. Existe la última página de un libro, pero no el punto final de la novela. Ninguna historia se detiene, ninguna tiene fin. Se detiene el viajero, se detiene la bici. El viaje queda en suspensión. Se cierra la página, pero no el viaje que, aunque detenido, sigue abierto y divagado. 

El ciclista sabe que un escupitajo lanzado con mucha voluntad o una mirada de más a un lado de la pista pueden arrastrarlo a la caída, al choque. Ante la contingencia probable mantiene las manos avisadas sobre las encomiables palancas, capaces, en un leve apretón, de asegurarle integridad. De la misma manera el que se dedica a llenar páginas mediante su escritura, aprende pronto de su mano desbocada, sin frenos en una larga página de curvas. Aprende de su mano reprimida. Cuánto vacío, cuánta deuda con la promesa del lenguaje ansiado por la hoja desnuda.

Con el tiempo, con el entrenamiento permanente, llegará a enterarse de cuál es la velocidad de su escritura en la página del día. Sabrá que no tiene veinticuatro velocidades como cualquier bicicleta de barrio, sino una como cualquier hijo de vecino. Sabrá que tal velocidad deberá resultarle suficiente para mantener su intención y el ofrecimiento de la bicicleta en relación conveniente a las subidas y bajadas de escritura.

Atacado por las ruedas el asfalto mantiene resistencia, la ejerce. Está hecho para eso. El biciviajero avanza sobre ese suelo de materiales rígidos y grises restando inquietudes y temores. Las dudas, que al comienzo del día le mostraban tan superior y le conferían toda ventaja posible a ese suelo inanimado, al final de la jornada, si el ciclista venció la dureza gramatical de la carretera, si estaba hecho para eso, sabrá que la suya, solo es una victoria pasajera, que mañana, otra vez, otro pavimento estará en su sitio intacto y sólido esperando su paso como una página en blanco espera a otra.

Así, el escritor se apura en restar el arduo, el pesado color blanco de la página vacía. Una palabra, dos, tres. Avanza un renglón, otro. Piensa en lo lejos, aún en lo más lejos, pero mira lo cerca, su página que es el suelo donde se desplaza. Respira. Avanza. La página está caliente como un pavimento, convertida en un continuo desgarrón de líneas negras que intentan construir un recorrido y un sentido. Logra siempre el recorrido que está hecho con esfuerzo corporal, enviones y pedales, ruedas y respiraciones adecuadas, pero no siempre el sentido que pertenece a una esencialidad no visible y más compleja que el esfuerzo de piernas y pulmones. Resta el escritor, al final de una jornada, todo el poder blanco del papel o la pantalla. Vence, con reteñido palabrear esa superioridad de página en blanco y solo para encontrarla de nuevo intacta y blanca en la carretera siguiente.

Y no abandonan, biciviajero y escritor, juntos o cada uno en su propia bicicleta, mantienen alerta su convicción de que lo único con honrada y categórica importancia es continuar. Aplicados a esa seguridad avanzan sobre sus destinadas superficies y así es que salvan la promesa de sus esfuerzos.

La bici es un idioma y tiene amplia y solvente normativa, por cierto, harto amigable, podría decirse cómplice. Ella concede, por ejemplo, ser pedaleada por alguien que desconoce todo de su mecánica, como decir de su gramática y que solo sabe conducirla sin perder el equilibrio y hacer las curvas y frenar. Un bisoño al que le hacen falta unas cuantas caídas sin cerrar por eso la posibilidad de otras caídas. La bici lo recibe en compañía. Va con él. Sabe que el camino mejorará las borraduras. Así permite un libro que un escritor lo saque de donde está, un cielo o tierra prometida o algo así.

Desconocer la solución de un pinchazo, que es un incidente corriente de la carretera, será como ignorar el proceso de búsqueda en un diccionario y desconocer los trucos que evitan el pinchazo, será como carecer de diccionario.

La cámara requiere cantidad determinada de aire. Se puede palpar con los dedos o medir exactamente con un manómetro. Si más, puede estallar, si menos avanzará en resentida y pesada marcha porque la falta de aire pesa tanto como el exceso de equipaje.

Pero no existe el manómetro literario aunque cada frase, cada párrafo tiene su medida conveniente de arte, su soplo adecuado de aire. Si el escritor no conoce o no percibe esas medidas de atmósfera y de aire en sus palabras, es fácil que los párrafos queden desinflados, expuestos al brinquito insano en la tela de la lectura, bien que al final, tropezando en el viento de las páginas y gracias a la promesa de la letra en el papel, puedan leerse sus párrafos desacostumbrados y de confuso camino.

El biciviajero empuja solo y en silencio por su renglón de carretera. No puede pedirle a otro que pedalee por él. Va desplegando cuidados desde el fondo de su cabeza hacia el pavimento. Va solo. Va muy atento. Va entregado a su doble empeño de pedalear mirando el suelo riguroso y a un lado y otro el paisaje que va encontrando y al mismo tiempo dejando. Todo fluyendo en un adiós inmediato. La velocidad, como “la experiencia, no se improvisa”, ni la suya de diez o menos kilómetros por hora.

El escritor también avanza solo. Va atareado, concentrado en su página. Su herramienta: lapicero o computador (una máquina de escribir traería mucho ruido a este párrafo) produce en silencio, así como las ruedas apenas zumbando producen la distancia. El texto que está juntando ya estaba provisto con harta señalización gramatical y deudas de lenguaje desde antes de empezarlo. Va muy cuidadoso de ellas que por oficio y propiedad le anuncian los acá, los allá, los más allá de su escritura. La página en blanco es un camino inédito. El escritor la recorre, se adueña de ella igual que el biciviajero de su kilómetro. Este debe respetar orillas, acatar señales y precisar esfuerzos en el renglón de muchos kilómetros que es la carretera. Riesgos no faltan y el ciclista no siempre logra esquivarlos. El escritor busca reconocer todas las llamadas y símbolos de su ejercicio, se prepara para eso, se entrega a la tarea, pero nada le garantiza que aquellas que reconozca las interprete y use con eficacia.

Es justo hablar del esfuerzo físico de ambos. Uno y otro resuelven sus ideales sentados y con no poco compromiso muscular, óseo y mental. El ciclista, de sus nalgas que centran fuerza y equilibrio; de sus piernas, brazos y espalda que impulsan, mantienen y dirigen su esfuerzo al desplazarse. No puede permitirse un metro de descuido. Este metro puede alzarse contra él en bastante menos que un segundo. El escritor asimismo estará comprometido con sus nalgas que lo soportarán sedente, como una fuerza muerta, durante horas y días de largo peregrinaje por la página. Deberá asumirse, reconciliarse con su espalda que soportará la gravedad de esa posición y con sus manos que lo atarán a la superficie blanca y leve de la hoja.

A veces una palabra o expresión quedan sonando en la pausa de un párrafo. Ya no hay contacto visual o acústico con las letras, pero la palabra sigue viva, sigue diciendo, rodando en la curvilínea carretera cerebral igual que al suspender el pedaleo, la bici continua en marcha “regalada”, rodando perfectamente equilibrada por el impulso de una energía en desarrollo y equivalente a la acumulada en el último pedalazo.

Sí, había unos cuantos parecidos entre la escritura y la bicicleta, aunque no necesariamente destinados a escuela de escritura, muchos parecen pertenecer a una categoría diferente, la de aprender a vivir, pero aquí no se trata de tan grave asunto, algo para cuya excelencia no es necesario irse de viaje en bicicleta o dedicarse a la escritura.

Se conocen tan poco esos parecidos porque son pocos los viajes que se cuentan o se escriben, son en verdad muy pocos, nada, vistos los millones de viajes que se hacen en el mundo. Si se contaran más o si la gente viajara más, habría mayor comprensión de ellos. Se les harían menores exigencias sin restarles méritos y lejanía. Los viajeros no tendrían que regresar héroes ni millonarios. Se verían más semejanzas entre montar en bici y escribir, que seguro hay muchas más. Por ahora, volviendo a la lista referida, bastará con agregar una diferencia. No es lo mismo caerse de una página que de una bicicleta. Aunque el peligro de una coma mal puesta pueda ser fatal, muy pocos habrán muerto por la falta, acaso alguno y eso en forma de metáfora, “muerto de vergüenza”, en cambio, serán tantos los que habrán muerto por mala aplicación de los frenos y muchos más por no aplicarlos. La preceptiva de las rutas es tan constante como la gramática en la página, pero menos indulgente. La largueza gramatical en la página es una ventaja para el escritor, pero no para sus personajes. Una coma puesta en lugar indebido empobrecerá a un rico o enfermará a un sano.

“Dadme una coma y moveré el mundo”, dirá alguien, y otro: “Dadme unos frenos y lo impediré”.

Coda: Después de conocer algunas similitudes entre el viaje de bicicleta y la escritura, entre una carretera y una página de papel, conocí dos frases de campeones de ciclismo que por su aporte y precisión para el caso no omitiré.

Un mito del ciclismo mundial, Fausto Coppi (cinco veces campeón del Giro de Italia, dos veces del Tour de Francia, etcétera), recomendó: “Montar en bicicleta. Montar en bicicleta. Montar en bicicleta”, cuando le preguntaron cómo se obtendrían mejores resultados del ciclismo de competición. Puesto que su frase tiene utilidad para toda pretensión humana, no deja de guardarla para el que quiera mejores resultados de su escritura: escribir, escribir, escribir.

Otra leyenda ciclística, Greg LeMond (tres veces campeón del Tour de Francia, dos veces campeón del mundo, etcétera), produjo una semejanza por oposición cuando respondió: “Nunca es más fácil, simplemente te vuelves más rápido”. Con la mayor comprensión de su oficio un escritor no siente que le sea más fácil ni más rápido, sino más preciso, más seguro y quizá, por aumento de cuidados, más lento.

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En búsqueda del plato perdido

por ESTEFANÍA CARVAJAL • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Campesinos de ciudad Noviembre de 2023

Elvia Rosa Zuluaga de Galeano, conocida como la Mona.

El 3 de diciembre de 2021, en el parque principal de San Antonio de Prado, debajo de una carpa blanca adornada con bombas y serpentinas de colores en la que habría unas sesenta personas, todas con tapabocas, nació el “osobuco pradeño”, el primer plato típico del corregimiento que comunica a Medellín con el suroeste antioqueño.

El “Gran lanzamiento del plato típico de San Antonio de Prado”, como tituló la emisora local, Frecuencia Estéreo, contó con la presencia de distintas personalidades de la industria avícola y pecuaria de la zona, y el discurso principal estuvo a cargo de Efrén Álvarez Bustamante, presidente de la Junta Administradora Local de San Antonio de Prado e “hijo adoptivo del corregimiento”, según contó a los presentes.

Así como Efrén, San Antonio de Prado —o Prado, como le dicen casi todos— tiene muchos, muchísimos hijos adoptivos. Entre 2012 y 2022 se construyeron veinte proyectos de vivienda de trescientos apartamentos cada uno, en promedio, donde caben unas veinticuatro mil personas. Cada día, unos doscientos mil vehículos se movilizan por las dos únicas vías de acceso: un par de carreteras curvadas por las que serpentean filas de luces blancas y rojas atascadas en el caos de las horas pico.

No es extraño, pues, que ninguno de los invitados al lanzamiento del osobuco pradeño se supiera el himno del corregimiento, ni tampoco que, hasta ese momento, no hubiese un plato que identificara a los nuevos habitantes de San Antonio de Prado. En su discurso, que recitó con ese tono característico de los políticos de pueblo, Efrén Álvarez aseguró que llevaba doce años soñando con un plato típico que pusiera al corregimiento en el mapa gastronómico del turismo regional. También agradeció al Fondo Nacional de la Porcicultura, conocido como Porkcolombia, que se encargó de la investigación y diseño del plato, y a los productores locales de cerdo, que es la principal economía de la ruralidad pradeña.

“Después de baches, escollos y de cruzar muchos caminos, por fin lo logramos”, dijo, y le dio la palabra a la mente maestra detrás del osobuco pradeño: el chef ejecutivo de Porkcolombia, Camilo Castaño.

El osobuco es un plato tradicional de la cocina italiana que se prepara con jarrete de ternera: un corte de tres centímetros de grosor, sin deshuesar, que va desde la pantorrilla hasta la corva del animal. En Italia, los milaneses lo preparan estofando la carne lentamente en vino blanco y guiso a base de tomate. Lo acompañan con arroz o risotto y verduras cocidas.

El osobuco que Camilo Castaño y su equipo crearon para San Antonio de Prado se acompaña con puré de papa y una ensalada “primavera” con hortalizas de la región; y no es de res, sino de cerdo, porque lo que hay en San Antonio es marrano: desde 1999, el corregimiento es la casa de Porcicarnes, una de las empresas porcinas más grandes del país, y de otros pequeños productores de cerdo cuyas porquerizas pueden verse aquí y allá desde el empinado parque principal.

Antioquia es el departamento del país que más come cerdo, y lo viene haciendo con preparaciones complejas desde que Carrasquilla escribió La marquesa de Yolombó en 1928: ya entonces existían la lechona, los chorizos, el tamal y la morcilla. Su majestad el cerdo es un animal tan noble y rico en proteína que puede comerse completico, desde la trompa hasta la cola. Los cocineros paisas sirven a sus comensales desde un sudao de oreja y trompa, como nos lo va a preparar la Mona en su estadero, hasta un calentao con buche de cerdo para el desayuno o un sancocho con pezuña o un chicharrón de muchas patas o un cañón en salsa agridulce acompañado con ensalada rusa, para los quinces y matrimonios, o la carne frita del almuerzo, “la de todos los días”, como reza el eslogan pegajoso de Porkcolombia en las emisoras nacionales.

“Lo que estamos buscando es algo que se llama economía circular. Este tipo de proyectos vinculan todas las áreas que componen la economía del corregimiento. Tenemos un plato donde está representada la porcicultura, los tubérculos y algunos vegetales y hortalizas que tenemos disponibles, y lo que hacemos es darle valor agregado, buscando que ustedes como habitantes del corregimiento se identifiquen con estos sabores y estas preparaciones”, dijo el chef ejecutivo del fondo de porcicultores.

El osobuco pradeño no es el primer plato típico que se ha inventado Camilo Castaño para las regiones rurales de Antioquia. El pionero fue “Este bendito chicharrón”, creado para Donmatías, el municipio con más cabezas de cerdo de todo el país. Después, Porkolombia replicó la estrategia en otros pueblos del departamento, y en el proceso incluyeron a productores y cocineros locales: en Gómez Plata nació “Cordial encanto”, un cañón de cerdo en salsa criolla y tajadas de papa, y en Venecia, “Montaña mágica”, un solomito de cerdo encostrado en café, acompañado por puré de plátano maduro envuelto en una hoja de bijao que simula la forma piramidal del cerro Tusa. Según dijo Porkcolombia en un comunicado, ocho restaurantes de Venecia ya estaban listos para ofrecer en sus cartas el nuevo plato típico del municipio, hecho con ingredientes cosechados y cerdos criados en la región, y otros doce estaban en el proceso de aprenderse la receta.

“Ustedes como habitantes del corregimiento tienen la responsabilidad de consumir y promover el osobuco para que pueda perdurar en el tiempo, porque si no, solamente nos queda la fotografía, y no es lo que buscamos”, dijo el chef ejecutivo en el parque de San Antonio. Y es que de nada sirve un lanzamiento pomposo y que la noticia salga en un par de medios locales si la receta no se instala en las cocinas de la gente, si los hijos y los nietos y los hijos de los nietos no lo siguen preparando hasta que olviden que ese plato que todos comen alguna vez no existió.

¿Es posible crear un plato típico?

A diferencia del osobuco pradeño, Este bendito chicharrón o la Montaña mágica, nadie fue invitado al lanzamiento del sancocho, la bandeja paisa o el tamal, porque nunca hubo ninguno, que se tenga certeza.

El tamal ya existía en el territorio que hoy llamamos Colombia cuando Américo Vespucio puso por primera vez un pie europeo en el Cabo de la Vela, en 1499. Durante miles de años, los indígenas que habitaban México se habían encargado de regar el maíz por el resto de Mesoamérica, y por ahí derecho, la majestuosa preparación del tamal: una masa de maíz cocido, con o sin relleno, envuelta en una amplia variedad de hojas que van desde la mazorca hasta el maguey, y con tantas combinaciones posibles que solo en Colombia se han contado quinientas recetas.

El sancocho, en cambio, evolucionó de un plato español llamado “olla podrida” y llegó a casi todos los rincones del continente con la conquista. Al igual que el tamal, su receta fue variando según la cultura alimenticia de cada región y los ingredientes disponibles, pero la preparación es en todas partes la misma: la proteína, los tubérculos, las verduras y los condimentos van juntos al fuego en una olla de agua que hierve hasta que el olor a olla podrida sea inconfundible.

En Antioquia hay sancochos de río, mar y montaña, pero quizás el más popular en Medellín y sus corregimientos es el sancocho paisa: lleva carne de res y costilla de res o cerdo; plátano verde, guineo, plátano maduro, papa, arracacha y mazorca; se condimenta con zanahoria, cebolla junca, hojas de repollo, comino, sal y pimienta; se decora con cilantro y se sirve con aguacate, arroz, ensalada y una rodaja de limón.

El último plato de la santísima trinidad montañera es la bandeja paisa, el único con un origen rastreable y que se encuentra siempre en los restaurantes de comida tradicional, pero escasa vez completa en las cocinas de la gente de la región.

Según la historia que contaba el antropólogo e investigador culinario Julián Estrada, a quien invitamos a hacer parte de este proyecto poco antes de su prematuro fallecimiento, la bandeja paisa nació como una estrategia de mercadeo de Turantioquia, una institución que buscaba promover el turismo en el departamento y que fue liquidada en 1997. A finales de los sesenta, Turantioquia administraba varios hoteles de carretera en los que a alguien se le ocurrió la brillante idea de fusionar en una misma tarifa la amanecida y un almuerzo con fríjoles.

Los fríjoles —o frisoles— son un grano precolombino, y hay evidencias de que los indígenas del Aburrá los comían desde hacía más de cinco siglos. En la tradición campesina de las montañas antioqueñas, los fríjoles se servían en la cena acompañados por arroz, tajadas de plátano, arepa y una proteína: un pedazo de carne de res o cerdo, un chorizo, un chicharrón, carne molida, morcilla o huevo.

En el entonces recién inaugurado bufé de Turantioquia, todos los acompañantes tradicionales de los fríjoles estaban a disposición de los comensales. Y como para el paisa cantidad es calidad, la gente se servía de todo: cada una de las carnes posibles más el arroz, más el maduro, más el aguacate, más la morcilla y al tope una arepa pequeña, redonda y casi insípida de maíz blanco cocido.

La bandeja ovalada fue la solución de Turantioquia para las montañas de comida que ponían los paisas en sus platos, y como gustó tanto la idea, otros hoteles y restaurantes la replicaron, y en cuestión de décadas ya era conocida en el resto del país como el producto insignia de la gastronomía antioqueña, que de muchas maneras refleja algo profundamente arraigado en nuestra idiosincrasia: la exageración.

¿Dónde está el osobuco pradeño?

Ni Julián Estrada, quien investigó la comida colombiana como nadie lo había hecho, ni la nutricionista Luz Marina Arboleda, quien participó en la investigación del Perfil Alimentario y Nutricional de Antioquia 2019, ni ninguno de los lugareños con los que hablamos nos pudieron decir si había un plato típico autóctono de los corregimientos: en las montañas del valle de Aburrá se come exactamente lo mismo que en el resto de cerros que lo circundan. Solo en internet encontramos la noticia del osobuco pradeño, y los caminos del preguntar aquí y allá nos condujeron al Parador de la Mona.

La calle 38 Sur, en San Antonio de Prado, puede ser una de las vías más empinadas del Valle de Aburrá. El pavimento está parchado y lleno de huecos, y en los primeros metros tiene unas hendiduras horizontales, como en los rieles de las veredas, que ayudan a los carros a impulsarse por la pendiente. En la cima, a mano derecha, está el cementerio del corregimiento, y a una casa de distancia, el Parador de la Mona: un restaurante de comida típica y menú ejecutivo donde nos dijeron que tal vez podríamos encontrar el osobuco pradeño.

La Mona es famosa en San Antonio de Prado por la sazón de su comida, pero no muchos saben que su nombre completo es Elvia Rosa Zuluaga de Galeano y no es de San Antonio de Prado, sino de Guatapé. Después de trabajar por muchos años en restaurantes de cocina internacional en Bogotá y aprender casi todo lo que sabe del oficio, de montar sola y acompañada un par de negocios de carretera, la Mona armó maletas y llegó a Prado, donde vivía su hija, con la intención de empezar otra vez de cero, aunque con la ventaja invaluable de la experiencia acumulada.

Su fama de buena cocinera empezó a correr en Prado gracias al voz a voz. La gente preguntaba por la Mona y cualquier transeúnte de la calle 38 podía señalarle la casa en la que vivía con su hija. “Yo les vendía almuerzos a ochenta personas a puerta cerrada. Después, por la noche, sacaba un carro de comidas rápidas a la calle”. Vendía salchipapas, papas con todo, pollo apanado, plátano con queso. “Hasta arroz negro, arroz moro”, dice la Mona. Un plato poco frecuente en los carritos callejeros.

—¿Cuál es su especialidad?

La Mona responde sin dudarlo:

—La especialidad mía es la cocina internacional.

Y su mejor plato, dice, es el conejo argentino.

—Aquí no lo hago porque de pronto no es el sitio.

Pero su repertorio es variado. La Mona sabe hacer:

—Baby beef, filet mignon, steak pimienta, róbalo traviata, pollo president, cazuela, langostinos al ajillo, langostinos apanados, pollo al ajillo, róbalo valeska. Yo le hago el chimichurri natural, la salsa tártara, la barbecue original, que es con maní, yo le hago todas las salsas madre.

La Mona recita sus especialidades de un envión, como si hubiera pensado ese menú, en ese orden, infinidad de veces antes de decirlo.

—El sueño mío es montar un negocio bien bonito donde yo pueda explotar lo que yo sé. Pero aquí el fuerte es el sancocho, el mondongo y la bandeja paisa. El churrasco y la punta de anca. ¡La bandeja paisa de aquí es de locos!

—¿Y el osobuco? —le pregunto.

—Ese es fácil. Se prepara de un día para otro. En Porcicarnes lo conseguimos. Pero es extraño que la gente lo use. Lo usan en las sopas, por ejemplo, pero no como un plato presentado. Acá lo hacemos sudao y lo vendemos con yuca y papa, por ahí una vez a la semana.

—¿Ese es el osobuco pradeño?

La Mona parece no entender. Entonces le explico que vimos una noticia sobre un nuevo plato típico en San Antonio de Prado.

—Yo no sé, no sabía. Ahí sí me corchó.

Días después de ese primer encuentro, la Mona nos vuelve a recibir en su restaurante. La llamamos un día antes para que nos tenga listo el osobuco, el único que conseguimos en todo el corregimiento. Cuando llegamos, un poco antes de la hora del almuerzo, la encontramos revoloteando en la cocina. Desde lejos, nos hace señas para que nos sentemos en una mesa.

El Parador de la Mona es un típico restaurante ejecutivo de mantel de cuadros y sillas Rimax, como los que abundan en el centro y los barrios de la ciudad, pero con una vista extraordinaria a las montañas parchadas de Prado, que son verde pino en las áreas de bosque y verde pasto en los terrenos recién talados por las madereras.

La Mona nos pone tres platos sobre la mesa: sudao de osobuco, sudao de oreja y costillas barbecue. Las tres combinaciones están servidas sobre un par de hojas de plátano que cubren la superficie de las bandejas ovaladas. Como llevan los mismos acompañantes y la misma salsa, hay que mirar dos veces para distinguir la oreja del osobuco. Las costillas sí son distintas en color, olor y textura: la Mona no quiso dejarnos antojados de su barbecue casero, y cuando lo probamos entendemos por qué.

Los sudaos no se quedan atrás, incluso a pesar de que el osobuco perdió la forma de anillo durante la cocción. La piel del marrano se rompió, se retorció y quedó como un tornillo. La Mona se disculpa. Dice que el corte que le dieron en Porcicarnes no era lo suficientemente grueso. Pero a la cocinera no hay nada que perdonarle. La carne es tierna y se desprende del hueso con facilidad. No sabe muy distinto a cualquier otro corte magro del cerdo. Lo acompañan papas, yuca, arroz, una arepa blanca pequeña, aguacate y ensalada de repollo.

—El secreto está en la salsa —dice la Mona.

Menciona dos o tres ingredientes, y calla el resto para proteger su receta. Ni boba que fuera. Cuando terminamos el almuerzo, nos invita al postre. El osobuco de la Mona no será un típico, pero tiene todo el potencial de serlo.

Los Pinos

En Antioquia, cocinar ha sido para muchos una solución al desempleo y a la falta de oportunidades. Vender morcilla, chorizos o tamales requiere destreza y algunos ingredientes, pero sobre todo, voluntad. Como el Parador de la Mona, muchos negocios exitosos han empezado como pequeños emprendimientos familiares, y algunos lo siguen incluso con el pasar de los años.

Al otro lado del río Medellín, más allá del filo de la montaña, en la entrada de la vereda El Plan de Santa Elena, las cocineras de Los Pinos usan maíz importado para hacer una de las mejores arepas que pueden encontrarse en el valle de Aburrá. Probamos de tres tipos, redondas, arepa tela y de chócolo, con un chocolate caliente de burbujitas arcoíris en el que nada un pedazo de queso derretido.

—Cuidado se quema, que aquí nos gusta servir caliente y bastante —nos dice Ninfa, la mesera.

Las arepas redondas de Los Pinos son suaves por dentro, pero bien cocidas, y al mismo tiempo la corteza es crocante, irregular, con las hendiduras de la parrilla bien marcadas y pecas de tizne en distintos tonos; están partidas a la mitad y adentro llevan mantequilla de vaca y quesito fresco, arenoso, perfectamente salado en ese contraste religioso con el sabor neutral del maíz.

Las de chócolo no son dulces como las de paquete de supermercado; el sabor es maduro, natural, pero no hostiga: la mantequilla y el quesito completan la santísima trinidad de un desayuno divino.

La tarea de la arepa es acompañar, servir de vehículo, de mesa, de telonero; la arepa es preciosa porque es austera, silenciosa, porque no quiere llamar la atención; su misión es hacer brillar a los ingredientes que la acompañan. Sin embargo, no por eso puede ser una cualquiera: si la arepa no es buena, se nota, y si se nota, daña el plato.

Con las cocinas cada vez más pequeñas, y la gente cada vez más ocupada, el arte de la arepa pecosa de huellas digitales está cerca de la extinción. ¿Cuántas familias, a estas alturas, tienen un molino de mesón para triturar el maíz del día?

La tercera arepa que probamos en Los Pinos podría llevarse el primer puesto en una competencia internacional. Es delgada, pero no tanto como para que no se pueda distinguir la corteza del relleno, y su cara superior está cubierta por un hogao que es más de tomate que de cebolla y que acaban de bajar de una de las tantas pailas que preparan sobre el fuego los almuerzos que se venderán este sábado. El secreto no está en los ingredientes que compran en su mayoría en el supermercado de la zona, sino en su preparación:

—Aquí la leña es la que cocina —dice María Edilma Cardona, la mujer que creó Los Pinos hace ya 45 años.

María Edilma nació en Abejorral en una familia de catorce hijos y muchas carencias. Creció a punta de mazamorra sin leche y colada de chócolo, una sopa a base de maíz que recuerda maluquísima, y aprendió a cocinar con fríjoles cachos que encontraban silvestres en las riberas de las quebradas. Así como otras familias campesinas de la Medellín rural con las que hablamos en esta exploración, los niños de la casa de María Edilma eran los encargados de meterse al monte a buscar el fríjol cacho o petaco, que en Palmitas nos encontramos con el nombre de “fríjol vida”.

María Edilma Cardona

—Cuando no había, nos pegaban —dice la cocinera. Apenas tuvo edad, María Edilma se fue para Medellín a buscar mejor vida. Llegó con su marido a vivir en una finca, y después trabajó en un restaurante cercano a Los Pinos, que entonces era un rastrojero a orillas de la carretera.

Cuenta María Edilma que un señor les regaló el rastrojo para que hicieran una casita y pudieran vivir ahí. Con siete mil pesos compraron los materiales, limpiaron el terreno y levantaron una pieza. Afuera, vendían empanadas y gaseosas. Entonces, a ella se le apareció un ángel guardián que le dio doce pollitos en consignación para que los engordara y los vendiera. Alimentados con chócolo, los doce pollitos crecieron y fueron a parar a las ollas del sancocho de María Edilma, que se venden completas hasta el sol de hoy.

Casi medio siglo después, en Los Pinos no cabe la gente los fines de semana y por eso María Edilma evita ir los domingos al restaurante. Ella ya no está para esos trotes. Incluso, ha llegado a arrendar el restaurante a otros administradores, pero las cosas funcionan mejor cuando es ella quien dirige, así que se sigue pegando el viaje desde su finca en Rionegro por lo menos dos veces por semana.

Lo que antes era un caspete con piso de tierra, ahora es un restaurante rústico con mesas en teca y un fogón inmenso de leña a plena vista del público. De lunes a viernes trabajan cinco mujeres en la cocina y hacen una olla de sancocho de pollo. Los sábados, siete personas y dos ollas de sancocho. Los domingos, diez personas y tres ollas que se van completicas antes de que caiga la tarde.

Para María Edilma, la magia de Los Pinos es la leña que cocina sus preparaciones, pero lo que más enamora de este pequeño restaurante son las mujeres que lo atienden, incluyendo a la dueña. Sin habérselo propuesto, María Edilma inventó una estrategia de marketing que hace de su parador el más famoso y visitado del corregimiento: las cocineras te requintan el plato de sancocho cuando ven que vas llegando al fondo o te regalan otro bocadillo si aún te queda mazamorra. Almorzar en Los Pinos es comer en la casa de una tía alcahueta, y a ese gesto no hay sazón que le compita.

Experimentar con el origen

Desde hace nueve años que vive en Santa Elena, uno de los primeros olores que Jonathan Lopera siente en la mañana es el de las arepas de Los Pinos. Las mujeres empiezan a asar el maíz a eso de las siete de la mañana, y muchas veces Jonathan no aguanta la tentación de parar a desayunar en el restaurante de María Edilma antes de seguir su camino a Origen, su propio restaurante, a cumplir con las tareas del día.

—El problema es que uno les dice que no le echen más y ellas no hacen caso —Jonathan se ríe mientras se toca el abdomen.

Alrededor de Los Pinos, sobre la carretera principal y también en veredas como El Plan, El Placer o Barro Blanco, ha empezado a aparecer una cantidad de oferta gastronómica que responde a la explosión demográfica que ha vivido Santa Elena en los últimos veinte años.

Entre 1993 y 2020, la población de Santa Elena aumentó 354 por ciento, según datos del Perfil Demográfico 20162020 de la Alcaldía de Medellín. La creciente demanda de lotes valorizó el metro cuadrado y los campesinos empezaron a vender sus herencias y tierras de cultivo. El corregimiento se fue llenando de cabañas de madera y jóvenes profesionales y artistas de la ciudad que en apenas unos años cambiaron la vocación del suelo: según datos de Comfenalco, de los ochenta campesinos que en 2021 se dedicaban a la agricultura en la vereda Piedras Blancas, solo quedaban cuarenta un año después.

Y como la economía es así, a la creciente demanda le fue apareciendo oferta. De vivienda, por supuesto, pero también de alimentación: la gente que vive en El Placer no tiene que salir de la vereda para comerse una pizza, unos buenos tacos al pastor o una lasaña vegetariana, porque hay de todo eso hasta para escoger. El que daba la Vuelta a Oriente y paraba en Santa Elena por un sancocho o un merengón, ahora tiene tantas opciones como en un centro comercial de Medellín.

Uno de esos nuevos restaurantes es el de Jonathan Lopera, aunque a él no le gusta contarse entre el montón. Cada plato de la carta ha sido creado con el cuidado de quien cocina por pasión, y no solo por negocio. La magia está en los pequeños detalles y en el origen de sus ingredientes. La reina de la carta, por ejemplo, son las Costillas Colombia, cuya salsa está hecha a base de guayaba y ají ahumado en la selva del San José del Guaviare, acompañadas con ensalada de espinaca y chips de papa nativa boyacense de vetas moradas. Un plato picante para el gusto colombiano promedio, pero aun así uno de los más vendidos de la carta.

Jonathan Lopera

Jonathan llegó a Santa Elena hace diez años con su esposa Lina. Venían de quebrarse con una cocina escondida en la que vendían almuerzos gourmet a los ejecutivos de Medellín. Se llamaba 3 pimientas. Lejos de desanimarse decidieron montar un nuevo emprendimiento de panes y chorizos ahumados, esta vez desde una de las habitaciones de la casa en la que aún viven en la vereda El Plan. Luego, rentaron lo que antes había sido una pequeña tienda de Santa Elena para convertirla en su primer restaurante.

La remodelación tardó tres meses, y finalmente Origen fue inaugurado el viernes 13 de marzo de 2020: el último fin de semana de libertad antes del inicio de la pandemia en Colombia.

—¡Pero sobrevivimos! —exclama Jonathan desde una de las mesas de su restaurante, que ahora tiene nueva sede porque la antigua tienda les quedó chiquita.

Los esposos lo lograron como a tantos que les tocó adaptarse a las circunstancias del encierro: a punta de domicilios. Y la llegada de los nuevos pobladores de ciudad que ahora podían teletrabajar desde Santa Elena les dio demanda por satisfacer. Según Jonathan, la pandemia exacerbó las diferencias entre los pobladores nuevos y los de toda la vida, y agudizó los problemas que empezaron desde antes del encierro, como el acceso al agua, la inseguridad o el costo de los alimentos y productos cotidianos.

—Mucha gente piensa que porque vivo en Santa Elena, consigo frutas y verduras más baratas. ¡Mentira!

Aunque el Oriente cercano está muy bien conectado con Medellín, dice Jonathan, y por eso en Rionegro se consigue de todo a precios normales, Santa Elena está ensanduchada entre los dos valles, el de Aburrá y el de San Nicolás, en un filo boscoso con vías de acceso en mal estado por donde no es buen negocio para los comerciantes mandar sus productos, por el costo de los fletes. Casi todo en Santa Elena es mucho más caro que en Medellín, y por eso Jonathan procura proveer su restaurante con hortalizas cultivadas por los pocos campesinos que quedan en la zona y con productores especializados de otras partes del país, como las papas que le mandan de Boyacá y el ají ahumado de las selvas amazónicas.

El camino de la independencia económica no es fácil, y menos cuando se atraviesa una pandemia y la mayor inflación en los precios de los alimentos en veinte años, pero ahí van, con una clientela cada vez más consolidada y el rumor de unas costillas que quieren conquistar los paladares de Santa Elena, como pasó hace medio siglo con el sancocho de Los Pinos.

Las últimas despensas del Valle de Aburrá

—Yo crecí comiendo sancocho de gallina criolla, puré de plátano con manteca frita… Pero por aquí hay gente que no tiene para comer carne, entonces crecen comiendo gorditos —dice Johana Bedoya, edil de San Sebastián de Palmitas.

Cuando era niña, a Johana la mandaban a recoger frijol vida en los lechos de las quebradas: el mismo fríjol petaco que doña Edilma Cardona, la dueña de Los Pinos, encontraba en la maleza de Abejorral. También era común que la gente cazara guaguas o pavas de monte. Ahora, la gente de Palmitas compra el revuelto en la única verdulería del pueblo y lo demás en alguna tienda o en el D1 de la nueva vía al mar.

Los campesinos que quedan en Palmitas viven en condiciones precarias, aislados por un túnel perfecto para los que tienen carro o moto —como Johana, que comparte una biwis con su hijo—, pero no tanto para los que dependen de un transporte público escaso y costoso. La solución ha sido aprender a contar unos con otros, y así fue como hace más de diez años surgió el Colectivo Mujeres Arcoíris, que lidera Johana y reúne a trescientas mujeres de las ocho veredas de San Sebastián de Palmitas. Este colectivo, entre otras cosas, sirve como una red de mercado para las mujeres asociadas y los productos tradicionales que preparan en casa, como morcilla de menudo bien cascado, mazamorra pilada a fuerza bruta, embutidos, arepas de callana o tortas de cidra, la fruta de una planta trepadora que solía crecer como rastrojo y que los campesinos de Palmitas y otras zonas de Antioquia usan para darle más volumen a la sopa de fríjol o para endulzarla con panela.

De acuerdo con los datos del Perfil Alimentario y Nutricional de Antioquia 2019, los cambios alimenticios de la población están provocando una nueva epidemia de obesidad en el departamento: el 25 por ciento de los jóvenes y el 58,7 por ciento de los adultos estudiados presentaron exceso de peso y valores inaceptables en el índice de grasa corporal.

La nutricionista Luz Marina Arboleda, profesora de la Universidad de Antioquia, lideró la investigación en prácticas y simbolismos alimentarios de dicho estudio. Según explica, aunque la tendencia en las zonas urbanas de los municipios es la gordura, en los corregimientos de Medellín —salvo en Santa Elena— aún se presentan prácticas alimentarias muy tradicionales basadas en el “consumo de platos preparados en casa”. Monótonos, sí, pero frescos y de producción local.

—Desde que se configuró la alimentación tradicional, en los años 1500, estamos comiendo lo mismo, y la población no era obesa —dice la nutricionista.

Aunque la gente suele pensar que la comida paisa es poco saludable por el exceso de carbohidratos y la poca variedad de ensaladas y verduras, Luz Marina considera que la alimentación montañera es saludable y provee todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Por tradición, explica, la cultura alimentaria paisa tiene siete momentos de comida al día. El campesino empieza la mañana antes de que el cielo aclare y acompaña la madrugada con unos “tragos”, que puede ser un café o una taza de aguapanela. Después, desayuna con arepa, mantequilla, huevos y quesito, se come alguna fruta en la media mañana y almuerza trancado: sopa, seco con carne y sobremesa, que puede ser un jugo de fruta o leche. En la tarde, el paisa se come el “algo” —unas galletas dulces, por ejemplo, o una gelatina—, la cena es parecida al almuerzo, pero en menos cantidad, y algunos, cada vez menos, rematan la noche con una merienda.

Esa es la teoría.

La realidad es que en las zonas rurales de Medellín son pocas las personas que pueden comer siete veces al día. Según el Perfil de Seguridad Alimentaria y Nutricional de Medellín y sus Corregimientos 2015, el 60,6 por ciento de los hogares rurales presentan inseguridad alimentaria de leve a severa, comparado con una prevalencia de 52,3 por ciento de los hogares urbanos de Medellín.

En los casos de inseguridad alimentaria severa, que en Medellín ocurre en un 14,5 por ciento de los hogares, las familias no solo se preocupan por lo poco que les queda en la alacena, sino que, alguna vez, uno o más miembros han aguantado hambre por falta de dinero y otros recursos.

En Palmitas, a borde del Camino del Virrey, vive Ana Julia Muñoz, una mujer campesina famosa en el corregimiento por el sabor de su mazamorra pilada a mano y cocinada en leña. Para llegar a la casa de Ana Julia hay que recorrer el camino que transitaban indios y españoles, o bajar a pie por una trocha que se abre paso entre el monte desde la vieja vía al mar. Cualquiera de las dos opciones implica una caminata larga y culebrera que la mazamorrera, a su edad, ya no está para recorrer a diario. Por eso Ana Julia sube al casco urbano apenas una vez al mes, o cuando es estrictamente necesario. Su hijo es el que se encarga de rebuscarse cualquier trabajito para comprar lo que necesitan en la casa.

Ana Julia Muñoz

El resto del tiempo, Ana Julia espera. Cuida las flores que cuelgan en canastas en el corredor de su casa diminuta, alimenta las gallinas, conversa con su lora “las dos tienen un timbre casi idéntico, como si el animal hubiera logrado imitar a la perfección la voz de su dueña” y está atenta al teléfono que suena para avisarle que vendrán caminantes por el Camino del Virrey a buscar su mazamorra.

Si pudiera, Ana Julia sembraría el maíz que machaca con fuerza y paciencia en su pilón de madera gastada. Todo lo que debe saber un campesino sobre la tierra lo aprendió desde niña, en la finca donde creció. Sabe coger café, cortar caña, desherbar, sembrar cebolla y legumbres. Pero Ana Julia y su hijo son campesinos sin tierra. Viven en una casita arrendada, sin espacio para cultivar más que flores y algunas aromáticas, y por eso, cuando van a pasar caminantes, la mujer debe prepararse con varios días de anticipación.

“Mi hijo me trae el maíz de Palmitas “dice.

Un maíz que llega desde Estados Unidos en contenedores por los puertos del Caribe y del Pacífico. Esos días, cuando le queda algún “pesito” de la mazamorra, Ana Julia y su hijo compran alguito de carne para un sancocho o huesos para cocinar un caldo. Pero cuando no pasan caminantes, su dieta se basa en aguadulce, arepas y arroz.

—A veces le pongo algún quesito a la arepa, algún huevito. El antropólogo Julián Estrada solía decir que la cocina campesina antioqueña “es la cocina de la recuperación, es la cocina del recalentado, de las sobras, de las migajas”. Para muchos campesinos que nacieron y crecieron en los corregimientos, como Ana Julia y su hijo, acompañar la arepa es un lujo limitado a los días de suerte, porque en las quebradas ya ni siquiera queda fríjol vida.

*El libro Campesinos de ciudad fue publicado en 2023 con el apoyo de la Alcaldía de Medellín y la FAO. Puede verlo completo aquí.

Bien de vereda

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Campesinos de ciudad Noviembre de 2023

Después de una noche fría, los rayos de sol asoman con debilidad blanquecina. Es casi el color de la niebla, que tiene ganas de asentarse un buen rato en las partes bajas de la montaña. El Mono Jaramillo, como le siguen llamando algunos paisanos al astro rey, tendrá una dura batalla: para que el cielo abra deberá disipar la neblina antes de las nueve, hora límite según el ojo campesino antes de que esta se abrace con las nubes. Pero soleado o no, el día en la vereda comienza un poco más temprano que en los barrios de la ciudad. Los gallos cantan antes de las cuatro, el rocío anida en tallos, hojas y frutos y la vida da sus primeros pasos a oscuras, cuando los pájaros están a punto de abandonar sus nidos y los perros se cansan de ladrar, al menos por un par de horas. El rugir de la bestia de cemento no se insinúa todavía, o llega muy tenue, con el motor de los buses y las motos que recorren las confusas márgenes de la ciudad rural y la selva urbana.

El campesino, la campesina, digamos que acompaña su desayuno con una aguapanela humeante que endulza cada rincón de la casa. Debe salir a trabajar con mínimo una hora de anticipación para poder detenerse a saludar a los paisanos que se encuentra en el camino. Algunos se desplazan a pie, en moto la mayoría, hacia el casco urbano o hacia fincas aledañas en la misma vereda. Otros, los más jóvenes, trabajan o estudian en la ciudad. Pero están por supuesto los que permanecen en el mismo paisaje, y son el paisaje mismo: sumergen sus manos, alargadas por las herramientas, en la tierra de las huertas, siembran, abonan, cosechan, empacan flores, renuevan el agua y el cuido de las gallinas ponedoras, ordeñan las vacas y se dedican a sus emprendimientos caseros y quehaceres cotidianos.

“Bueeeenas”, “Buenoooos dííías”, “Cómo le va, doña Margarita”. Hasta los conductores de chiveros, buses y colectivos veredales saludan y despiden a los pasajeros por su nombre. Saludar en la vereda es una costumbre intrínseca, arraigada, un hábito que trasciende la norma de urbanidad. Un deber. Ir por ahí, por la travesía, por el camino que acorta o por la carretera misma y no saludar incluso al desconocido que hace la ruta inversa o al que toma el sol en el corredor de su casa no es opción. No merecería siquiera el calificativo de forastero, más bien sí, el de grosero. A diferencia del barrio citadino, que ha crecido de forma desmesurada y caótica, la mayoría de la gente de la vereda se conoce entre sí y del nuevo siempre hay alguien que puede dar referencias: el jardinero, el que maneja el chivero, el que le vende los huevos.

Las relaciones en las veredas están mediadas por experiencias y sentimientos de solidaridad y unión. Muchos años atrás, cuando aún se veían despobladas y entre casa y casa se extendían “puras mangas”, los convites y las comitivas para trazar una carretera, construir la escuela, un acopio o el acueducto sembraron una vecindad sólida que todavía hoy se beneficia de esos lazos y de esa fuerza en la hermandad. Nada fortalece tanto los vínculos como crecer y superar juntos los obstáculos. Y en esto juega su papel la religiosidad, cada vez más abandonada en la urbe. En la vereda los ritos católicos mantienen aceitada su feligresía e intacto el poder de convocatoria. Muy importantes son las citas para hacer parte de las estaciones del Viacrucis del Viernes Santo y para el tradicional altar de San Isidro, en el que el campesino se enorgullece de participar con un atado de cebolla junca, una canasta de huevos, igual que con un buen ejemplar porcino; así aporta con su trabajo a recoger recursos para la parroquia.

En la ciudad la vecindad tiende a despersonalizarse, no sabemos del todo quién es quién, todo ocurre de una manera más egoísta y la arquitectura tiene mucho que ver: se han levantado edificios altos, anchos, repletos de apartamentos, y puede que conozcamos al que habita el nido del frente o el del lado o el de arriba, pero desconocemos el resto de la colmena. Especialmente en los estratos medio altos y altos. No hay interacción más allá de un incómodo encuentro en un ascensor o un cruce rápido en la portería. En la vereda en cambio se respira, o es más evidente, el afecto comunitario, el interés por el otro, el reconocimiento de que el bienestar de uno redunda en el de todos, me atrevo a decir: la propiedad colectiva. Día a día, en pequeñas ferias, ventas de “garaje” y eventos organizados entre los mismos campesinos, se intercambian saberes y conocimientos, alimentos, plántulas, semillas, ropa. Es habitual que la pala de alguien haya que buscarla en la casa de otro vecino, o el machete, o la carreta, hasta los remedios para las mascotas rotan de mano en mano, de casa en casa, de perro en perro.

Entrada la mañana, cuando niños y niñas ya están en la escuela, cierta calma se toma el ambiente. Y no es una calma que tenga que ver con la ausencia de bullicio o de juegos de calle, sino con el poder de la rutina. En la vereda esta se hace más palpable porque la vida transcurre a baja velocidad, a un ritmo más cercano a la música de carrilera o al tango que al reguetón o al vallenato, sin que esto quiera decir que estas músicas no se escuchen, por el contrario, quizá son las más sonadas. Pero decía que la rutina marcha a otra velocidad en la vereda. No hay semáforos, no hay competencia de buses, no hay bocinas, no estamos ante un epicentro de almacenes y oficinas y peatones afanados. Si uno mira a su alrededor, la geografía parece decir que no está pasando nada más allá que ella, pero en cada finca, en cada casa, en cada corral, en cada potrero, en cada huerta, cada quien ejecuta sus labores, hay un mundo ocurriendo.

A propósito, recuerdo una frase de Germán Arciniegas en alguna de sus crónicas: “El día para nosotros no es sino una colección de acciones aprendidas, que repetimos en un orden invariable”. Pocas cosas alteran la rutina salvo los grandes acontecimientos veredales: el camión visitante que al no conocer las vías se encuneta, la quebrada que se desborda después del aguacero, la muerte de un vecino, el acueducto que deja de funcionar, la vaca que se rueda por una loma y que entre varios hay que rescatar, un deslizamiento de tierra que tapona la carretera o sepulta una casa; la acción colectiva es tantas veces lo único, y lo más rápido, que se tiene a la mano.

Las vías siempre se están transitando, es decir, siempre hay alguien que sube empinados trayectos, alguien que baja por el cascajo suelto de la carretera, un jinete con tanques de leche en la grupa de la yegua, una moto con una pipeta de gas en la parrilla, dos carros encontrados, alguno debe echar reversa, buscar la comba en la estrechez para que cada quien pueda continuar su camino. A diferencia de cualquier sector urbano, trazado por transversales, circulares, calles de la A a la Z, en la vereda es difícil perderse. Por la misma vía que llegas, sales, y todos conocen los referentes: la finca de Carlos Mario, la casa de doña Olga, el ordeñadero de Orlando, la huerta de Gloria, la caseta de Lina, la moto de Mateo, los gallineros de Jeison, la peluquería de doña Alba.

Los sitios de encuentro también son generalizados y sirven a toda la comunidad. A veces, los definen los accidentes geográficos: “Nos vemos en el charco”, “En el alto”, “En la piedra”, “En el morro”. A veces, las construcciones: “Ahí en el puente”, “En la torre”, “En la placa polideportiva”, “En la cancha”. Y esto me lleva a pensar que en la vereda las cosas suplen otras necesidades para las que fueron creadas, es decir, la escuela enseña, pero también es sitio de reunión sin que implique la presencia de niños; el bebedero del ganado es también bañera del afrechero y recolector de aguas lluvias; la carretera además es acera, camino de bestias, pista de baile.

La fiesta en la vereda, sea un cumpleaños, un bautizo o una boda, involucra a todos sus habitantes, la música escala por las trochas y se amplifica, rebota en las colinas, retumba en cada casa, se pasea por las esquinas de tierra y barro y se mete a las cafeterías, tiendas, billares, negocios todos de confianza. Tanta confianza, que al borracho, después de la bebeta o en una pausa, lo llevan hasta la casa para que no ponga problema, o antes de que sea demasiado tarde lo mandan en algún carro que pase. La cuenta se puede saldar al día siguiente con el ardor del guayabo.

En la ciudad los servicios están en manos de grandes empresas; abrir el grifo para obtener agua, sacar la basura, tomar un bus en la calle son acciones que se ejecutan sin pensarse, están arraigadas en la conciencia cotidiana. En la vereda en cambio muchas veces son los habitantes mismos quienes deben hacer que los servicios funcionen, mantener las cunetas y los bordes de la carretera, podar árboles y arbustos, gestionar parte de los residuos, encontrar el mejor punto para la señal del celular, reconectar mangueras, limpiar tanques, empatar cables, enmendar tubos, pegar tablas. El trabajo y el mantenimiento que supone vivir en zona rural, lejos muchas veces de ferreterías y depósitos, hace que cualquier trozo de madera, pedazo de tubo, de cuerda, un tarro, dos varillas sean susceptibles de servir para hacer algún futuro arreglo en la finca, en la casa, en los potreros, en la huerta, en el corral, en los sistemas improvisados para el riego. Dice la maldición, y también el campesino, que si se descarta alguno de esos objetos, pronto habrá de necesitarse para solucionar lo inesperado.

Pero de todos los objetos y artefactos, el más cotizado en el campo es el estacón. La estaca. Se trata de un palo de madera, casi siempre rústico, de corte cuadrangular, raras veces circular, de un metro cincuenta de alto en promedio, diez centímetros de grosor, obtenido de algún árbol caído en tempestad. Quiero ser romántico. También puede ser que talen uno para estos fines o los compren ya cortados por alguna fugaz o improvisada empresa maderera. Los estacones son los encargados de mantener bien delimitados los linderos; porque, por supuesto, no todo es paradisiaca conciencia colectiva, estamos hablando de humanos en un sistema capitalista. Así que: estacas cada dos o tres metros con dos o tres líneas de alambre grueso o de púas para dejar claro cuál es mi terreno. Si hay algo que se cuida con recelo, y para evitar problemas, aunque nunca faltan, son los linderos: nadie quiere ceder un centímetro, pero si la disputa se presenta con seguridad habrá machete, corregidor o uniformado. Cuando nos roban tierra nos roban un poco de nosotros mismos, del trabajo hecho, de la historia propia. Entonces cada tres, cuatro, cinco años, dependiendo de la podredumbre de la madera, hay que reemplazar los estacones y esto significa recorrer los linderos, reafirmarse en la tierra.

Si la ciudad heredó la costumbre campesina de barrer y trapear todos los santos días, a causa del polvorín y el tierrero, más comunes en zonas rurales, en el campo y en la vereda esta actividad de limpieza excesiva se extiende al jardín y su constante embellecimiento. No hay jardines y paisajes más bonitos que los de las periferias y esa es una labor de todos los días y de las buenas manos; podar arbustos y plantas, deshijar, sacar esquejes, conseguir nuevas especies, sembrar, rastrillar hojas secas, cortar el césped. Y aquí es cuando puedo hablar de los efectos sonoros de la vereda y su ruido primordial: el motor de guadaña. En toda vereda que se respete siempre habrá en escena una guadaña funcionando, muy cerca, muy lejos o a una distancia y en algún lugar imposibles de identificar. Igual que los ladridos de los perros, omnipresentes, sorpresivos, de jauría, de can solitario, de can asustado o en celo. Muchos nuevos habitantes de las veredas de Medellín llegan buscando los sonidos del campo, el quiquiriquí del gallo, el canto de sirirís y golondrinas, el agua que corre en el fondo del bosque, pero estas zonas cada vez importan más otro tipo de sonidos, motorizados, metalizados, máquinas de ordeño, camiones, bafles con cobertura vecinal. Es como si el murmullo de la ciudad fuera cada vez más envolvente y voraz, como si quisiera engullirlo todo para que todo suene como ella.

Un campesino del corregimiento de San Cristóbal me dijo hace poco que los nietos de los abuelos que fundaron las veredas y luego se fueron a hacer vida en la ciudad están regresando al campo. Ya no a abrir trocha ni con hachas, por supuesto, sino con autos y cámaras de vigilancia, a buscar lo que ellos llaman una vida más tranquila. Y, según el campesino, hay un choque cultural. La sencillez del que vive y trabaja con la tierra contra la altivez del citadino. Ya no todos se saludan. En las veredas no solo se empiezan a sentir los rugidos sino también los efluvios y vapores de la urbe. “Estamos en vía de extinción”, me dijo nostálgico el hombre al despedirse.

Si cuando se originaron los barrios de Medellín se podía respirar la dinámica rural, porque la inmigración inmediata provenía del campo, con el crecimiento y la superpoblación estas dinámicas se difuminaron un poco: íbamos tras los pasos de una gran metrópoli. Sin embargo, todavía en los barrios populares, en el centro, en las cuadras de la clase media se puede sentir en el habla y en las maneras y costumbres esa herencia campesina. En contraste, la vereda tiende hoy a parecerse al barrio; basta con darle una mirada al paisaje de la vereda El Manzanillo, en el corregimiento de Altavista, para notar ese ímpetu de tirar plancha, convertir la casa de un piso en un edificio de tres, hacer banqueo para construir. Lo que llaman progresar. Por suerte, porfía y resistencia, persisten las veredas aisladas por la geografía donde es más difícil entrar el ladrillo y el cemento, donde la tierra sigue absorbiendo agua y floreciendo, donde tal vez esté a salvo nuestro pasado, nuestro origen.

En la vereda, adonde llega primero el cansancio que la noche, suele aparecer cada tanto un gato que llora, un foráneo que no se sabe de dónde viene. Llora con lamento, en su lenguaje gatuno de vocales fantasmagóricas. Las gatas esterilizadas lo miran con extrañeza, los gatos castrados se erizan con algo de temor. Expele un olor que las mascotas no conocen, una hormona que no tienen cómo descifrar. Las noches se inundan con el llanto del nuevo habitante, un llanto doloroso, un quejido como de bebé diabólico, un ruego para que sea recibido, alimentado, aunque los campesinos con más experiencia dicen que está buscando gata, quiere aparearse, “Tiene mal de vereda”. Entonces los celosos gatos defienden su territorio y las peleas interrumpen el conticinio. A esa hora, e incluso más temprano, desde que empieza a anochecer, las luces brillan luminosas en el firmamento y aún se puede contemplar un cielo estrellado, ese que cada vez escasea más en la ciudad iluminada.

*El libro Campesinos de ciudad fue publicado en 2023 con el apoyo de la Alcaldía de Medellín y la FAO. Puede verlo completo aquí.

Y fuimos como si el desierto floreciera

por EDUARDO ESCOBAR • Fotografías del Archivo fotográfico BPP

El Poder de la Cultura* Diciembre de 2020

Teatro Junín. Fotografía de Jorge Obando, 1926.

Si odiara a Medellín por todo lo que me hizo sufrir con sus insidias y sus acosos, tanto como debiera odiarla por lo que no me dejó hacer con sus flacas bellezas y mis debilidades y mis sueños pertinaces, y si mi vocación fuera la crueldad del humanismo bolchevique o del nacionalista nazi, diría para vengarme, desprestigiándola, que el primer indicio que la muy mezquina pudo ofrecerme de la alta cultura laica, la que florecía más allá de la imaginería del culto, los cantos de iglesia y los himnos de los patios de los colegios, ocurrió una mañana de junio. Entonces me presentó el espectáculo melancólico de unos deprimidos artistas españoles echados del Hotel Europa a la calle, por falta de pago, supongo. Me impresionaron tanto esos fieles del culto de Calíope, Melpómene y Euterpe, que aún tengo fresco el recuerdo como una mancha en mi inocencia. El grupo de desconsolados de ambos sexos, arrojados ahí, como hubiera dicho Jean Paul Sartre, como piedras, como escupitajos, como basuras en plena vía, figuraban la alegoría del abandono. Todos con la misma cara de circunstancia, sentados en el andén sobre baúles que recordaban los sarcófagos, el puño en el mentón, o de pie mirándose las puntas de los zapatos, el rictus de la tragedia en las comisuras, o fumando un cigarrillo como si no pasara nada.

Recuerdo que el silencio circundante se podía cortar con cuchillo. Y recuerdo que una joven, de moña mustia, fuera del eje a esa hora temprana del día, se quedó mirándome mientras le acariciaba la cabeza a un hombre de pelo dorado, corbatín y esclava de plata. El silencio entre los tres parecía un abismo. Otra le daba vueltas a una sortija de boda que debía saber de casas de empeño. Y había dos que me impresionaron sobremanera: una muy vieja para andar en esos litigios con tantas arrugas maquilladas, y la otra, demasiado joven para la desgracia que le estaba tocando vivir. Eran con mucha probabilidad las encargadas de los servicios menudos de la tropa, la pega de botones, las aguas de tilo, el pago de los impuestos en la municipalidad, el envío del correo. Ayudadas por un adolescente enano que tenía todos los aires del consueta, se empeñaban en mantener dentro de un huacal de tablas oscuras y sueltas, enredos de pelucas, campanillas ensartadas en cordones de raso, un zapato rojo muy gastado, los flecos de un mantón mordisqueado por unos ratones que debían haber abandonado el barco porque no parecían por parte alguna, hirsutas peinetas de carey, castañuelas y otro montón de cosas de esas que suelen trastear entre sus corotos los artistas trashumantes en todo el mundo.

Olía a tristeza animal, a resignación, a sudor de escenario, a trapos al sol. El hotel, una edificación incalificable, art déco con reminiscencias rococó, según mi memoria de ahora, estaba situado, simbólicamente, en el mismo lugar donde hoy se yergue todavía victorioso, hasta que Dios quiera o algún talibán despistado lo permita, el emblemático edificio de la aguja de Coltejer, celebración de unos tiempos cuando Medellín aún cosía, no habían soltado el tigre de la China industrializada y los Echavarría todavía eran ricos. En ese lugar, cinco años más tarde, o siete, el pormenor no importa, le dieron un premio a León de Greiff, espantado de la parroquia a Bogotá en tiempos del general Uribe Uribe, para remediarle ese estado del alma que él mismo nombró como la simplatía. Y allí abrió, según mi memoria que sigue siendo buena, pero a veces adorna y desadorna, la Bienal de Coltejer. Muestra del gran arte moderno. Dirigida por un odontólogo narigudo del Opus, llamado Leonel Estrada. Pero estábamos en otro asunto más triste.

En silencio se miraban los unos a los otros con ojos vacíos, como se miran los actores cuando el absurdo les hace perder el rumbo del drama y se les embolata el parlamento y solo esperan que se abra la tierra y se los trague. Una nube de paso se detuvo sobre una ceiba florecida de orquídeas en la avenida. Un par de policías famélicos de uniformes verdes escurridos contemplaban la patética comparsa, azotando sus palos en las palmas de las manos izquierdas. Unas palomas indiferentes al drama hubieran picoteado en el pavimento. Pero no había palomas. Entonces la carrera Junín no era peatonal todavía, no la habían enlosado con los productos de los hornos de los Olarte cuando uno de sus primos fue nombrado gobernador.

Los periódicos del otro día dieron la noticia con pormenores, registraron los nombres de los artistas principales del reparto y contaron la historia del grupo cómico-musical. Así supe que no era la primera compañía de zarzuelas que cerraba una carrera de éxitos en Medellín, después de cosechar aplausos y vítores por las islas del Caribe, las capitales centroamericanas desde México a Panamá y los más exigentes escenarios de la América del sur entre Manaos y Buenos Aires, según el programa de mano que ilustraba la crónica. Por obra y gracia de los desahucios de sus implacables hoteleros, con quienes debería estar agradecida, se enriqueció la radio en Medellín, el radioteatro y los programas de variedades, gracias al aporte de esos genios varados. A veces se quedaban a vivir por pura terquedad o por alguna torcida inclinación sadomasoquista, en esa ciudad que cifraba todo su orgullo en los valores del trabajo práctico, las actividades industriales y financieras y las virtudes superiores del acero comparadas con los pobres, inútiles y rancios intangibles del espíritu, que sirven de alimento a la esperanza.

Fernando González. Fotografía de Gabriel Carvajal, 1949.

Al fin se morían de viejos. Me acuerdo. Cobijados por la discreta admiración de sus habitantes, que tal vez, pensando mal, disfrazaba la lástima que debía inspirar la pátina de pobres perpetuos, sus boinas desmayadas sobre la calvicie y sus corbatines bohemios. Se les veía merodear por La Voz de Antioquia en la calle Maracaibo, cerca de los estudios de RCN en los bordes de la Estación Villa, por los lados de la plazuela donde funcionaba la emisora Nutibara, que a veces pasaba melodramas al mediodía. En busca de un almuerzo de gorra, trastabillando por las cantinas de la bohemia precaria las noches de los viernes, revueltos con los serenateros y las putas de calle, recitando versos de andaluces, parados sobre un charco de vómito, con ínfulas en la pronunciación y muchos ademanes y unas pausas largas, largas, para mantener el suspenso del irrespetable público de los amaneceres municipales. Recuerdo al viejo polaco alcohólico que me hablaba de sus trabajos con Stravinski, de su amistad con Cantinflas, de su pasado glorioso en París. Desprendido de alguna de esas comparsas fracasadas. Irradiaba una gran dignidad de su indigencia. Al fin se regeneró. Y lo encargaron de un grupo de teatro de muchachos descarriados financiado por la alcaldía. Pero antes debió arrastrarse muchos años el pobre hombre por las avenidillas del Parque de Bolívar. Antes de recobrarse y de pasearse ante mí, orgulloso y triunfante, con su chompa de raso y la enhiesta pajarilla recién comprada, en la entrada de la alcaldía. Junto a la cual todavía no hacían guardia los volúmenes mudos de Fernando Botero.

Ahora mientras escribo, tragándome estas lágrimas virtuales, puedo comprender mejor la desesperación de mis padres cuando descubrieron que yo estaba escribiendo poemas. Envejecieron diez años de sopetón. Ellos pensaban que iba a completar la desgracia de elegir un mal oficio, que más parecía un maleficio, con la manía de hacerles odas a los semáforos recién instalados, pintados de amarillo, y a los aviones grises que salían del aeropuerto cercano que reemplazó el que había sido preparado para la incineración de Carlos Gardel. Habiendo mariposas y sinsontes, y tantas flores para rimar, y el cielo de un azul terso y tibio, los nadaístas hablábamos en los poemas de los cigarrillos norteamericanos que nos gustaban. Que poco a poco desplazaban los amargos picadillos de los Pielroja y los Dandy y los Excelsior de cajetilla azul. En sus charlas íntimas sobre la gravedad de mi asunto, cuando trataban mi caso y no estaban tratando de hacerme otro hermanito, mis padres debieron preguntarse a quién se le pasaba por la cabeza publicar esas cosas en los periódicos avergonzando a la familia. Y me pusieron en manos de un siquiatra de una congregación mariana, de piel alabastrina, chivera y una virgen de porcelana en una repisa del consultorio. Este me recetó una temporada en el reformatorio de los terciarios capuchinos en Fontidueño por donde ya habían pasado Dariolemos y Humberto Navarro, por causas parecidas. Allá me ayudarían a ajustar el carácter y me apartarían de los versos hacia la mecánica automotriz o la carpintería, dijo el doctor Robledo, o debió decir el que fue director del hospital mental mucho más tarde, antes de que Dariolemos lo convirtiera en su palacio de invierno bajo la protección del doctor Darío Díez.

Cuando volví a la casa paterna después del encierro, una noche de noviembre, o de mayo, a todos nos da lo mismo el nombre de los meses, encontré a todas las monjas de la parentela revoloteando sobre mis cosas, asperjando mi cama con aguas de San Ignacio, prendiendo medallas y añusdeis en las entretelas de mis chaquetas recién compradas, porque me habían aperado el ropero y conseguido un trabajo de negro en la oficina de un usurero, con la ilusión declarada de que la dicha de la primera quincena indujera en mí el desprecio por lo que llamaron mis veleidades intelectuales. Esa era la lógica en los barrios del mundo. Solo había que cebar el bolsillo del disidente para curarlo de heterodoxias y para que se animara a emplear sus manos y su mente en mejores cosas que los errores demasiado notorios de la retórica convertida en oficio. Ahí estaba el ejemplo de Barba Jacob, para probar los males de esos caminos. Ahí estaba Epifanio Mejía, tan dulce y bueno y confundido. Pero la cosa no funcionó conmigo. La verdad sea dicha.

Por todo eso, siempre que me preguntan por la vida cultural en Medellín mediando el siglo pasado, por eso que llaman las actividades artísticas, en la ya entonces llamada ciudad industrial de Colombia, después de la caída de la dictablanda del general Rojas Pinilla, en los albores del frente nacional que intentó curar las heridas del sombrío período de la violencia liberalconservadora, no sé si acudir a la palabra desierto o a la palabra limbo para describirla. En todo caso, sé que esos años fueron el umbral hacia otras cosas, hacia otros mundos en germen todavía. Y que comenzó la desdemonización de la marihuana que poco a poco dejó de ser la yerba maldita para sacralizarse en panacea. Y entonces aparecieron los nadaístas con sus disfraces, sus pipas envenenadas de media vara, bien cargadas, las greñas de bohemios, las caras de inopes, de miopes, de mal dormidos, gorras ladeadas, libros en el sobaco. Como anuncio impreciso de un relevo de sueños.

Gonzalo Arango. Fotografía de León Ruiz, 1970.

Entonces la única biblioteca pública era la recién fundada Piloto que abría con el patrocinio de la Unesco en una casa vieja de dos patios en la avenida La Playa. La Playa, así llamada no para aludir al mar lejano, al mar no visto del poeta Francisco de Asís Bogislao, sino en recuerdo de la quebrada que corre, o corría, por el subsuelo, empaquetada en tubos de concreto hacia el río densoscuro, donde ya habían dejado de venir los patos canadienses según contaba el Negro Billy, el cantante, bajo profundo, del grupo. El río, dijo un poeta de los contornos de Envigado, partía la ciudad en dos tajos de hierba. En su juventud, me acuerdo yo, el tren aún corría por la orilla del río, gritando.

La biblioteca tenía las cerraduras de color mantequilla. Las ventanas eran altas, celadas. El director Arroyave tenía una motocicleta más poderosa que una enciclopedia, más silenciosa que un libro cerrado, que el vuelo del búho, reluciente como la letra capital de un devocionario de rey húngaro. En el patio trasero estaba la sala de música, espacio cubierto por una marquesina de hierro, donde se podían escuchar discos de música clásica, Beethoven y Dvorak, Bonporti y Vivaldi, sin que molestaran los pájaros de las ceibas de afuera. Una novedad. El villorrio comenzaba a hacerle fieros de urbe al futuro. El villorrio cuyas únicas músicas vivas habían sido hasta entonces las serenatas que les llevaban los novios borrachos a las muchachas con tiplistas contratados en los restaurantes y las cantinas de la avenida Primero de Mayo frente al Teatro Avenida, especializado en las películas de la Metro-Goldwyn-Mayer. En la esquina opuesta a la casa republicana funcionaba, complementando el pequeño milagro, el instituto de bellas artes, un cubo de un rosa demacrado por fuera, corroído por las bacterias del estuco, y por dentro un antro sombrío, de ventanas avaras, donde las niñas bien estudiaban solfeo, para ser pianistas y cantatrices, o aprendían a pintar montañas a la acuarela mientras les llegaba la hora de casarse con un muchacho deformado en el colegio de los jesuitas o en el de los hermanos cristianos, convencido de las dos únicas cosas imprescindibles para vivir en el lugar, en paz y sin contradicciones: que Dios existe y que hay que enriquecerse para honrar a la raza. La raza era una palabra muy traída y llevada en los discursos de los alcaldes a la hora de inaugurar una glorieta, que ya empezaban a proliferar, o en la exhibición anual de vacas de concurso, de ubres beneméritas, y de caballos que caminaban como si bailaran bambucos y que al otro día aparecían en las páginas sociales de los periódicos con su nombre, Casquivana, o Emperador, junto al registro de los nacimientos de los hijos de los comerciantes ricos y de las bodas de dedo parado y la lista de las películas prohibidas para todo católico. En el instituto crecía Teresita Gómez, la pianista. Pero nadie sabía de esa niña milagrosa que asistía a las clases de piano acurrucada detrás de una cortina roja.

Había media docena de librerías: la Editorial Difusión vendía libros mexicanos y argentinos, cosas de Julio Verne y Emilio Salgari y cursos de inglés; la Continental también vendía lápices y borradores y cuadernos y papel mantequilla, mezclados con las biblias de lujo y los textos de mitología; la Nueva la manejaba el hermano astigmático de un clérigo, erudito a la violeta para decirlo a la antigua. En la Científica, en la calle Boyacá, cerca del Parque de Berrío, especializada en libros de medicina, ofrecían a veces entre los manuales de primeros auxilios y los tratados de cirugía y herbolaria y homeopatía, y sobre las virtudes terapéuticas del limón y del ajo, libros de Antonin Artaud, pero no por incongruencia del encargado de los pedidos sino por el intenso contacto que tuvo con los siquiatras el lamentable poeta francés. En la Continental hacían tertulias. Gonzalo Arango intentó integrarse a la tenida de sabios relativos que convocaba Bustamante. Pero le hicieron el cajón. ¿Quiénes? El bueno de Bernardino, el director del coro de la normal de señoritas, y el director de orquesta chileno sin orquesta porque la única orquesta era la banda sinfónica de la Universidad de Antioquia que dirigió hasta que me fui del lindo erial un maestro húngaro pícnico, calvo y rubicundo, de mejillas vibrantes y tersas como culo de recién nacido. Alcohólico de andar tembleque, a veces iba hablando solo bajo la lluvia con el sombrero en la mano. Los chismosos le endilgaban el rasgo de un refinamiento secreto: el gusto por las lolitas, por las muchachas en sazón. Pero la ciudad todavía se parecía mucho a la de León de Greiff: chismes, catolicismo y una total inopia en los cerebros. No había llegado la novela inmortal de Nabokov a las librerías mucho más castas, ni siquiera a la Horizonte del cojo Federico Ospina, liberal de la escuela del Indio Uribe. Porque la Horizonte solo abrirá la semana entrante. O mejor dicho, dos párrafos más abajo.

Gonzalo no tenía la ropa adecuada para la cofradía burguesa de la Continental, ni siquiera tenía una corbata seria, y ya estaba dejando de peinarse. Además fumaba como un demonio loco y el espacio era estrecho y sin ventilación suficiente. Y quedó por fuera de la sociedad de eruditos el hijo del telegrafista conservador llamado Paco. Para ajustar, todo se sabe en la aldea, a veces se le veía coger el rumbo de Guayaquil, el barrio de los perdidos, a gastarse la plata que le regalaba Alberto Aguirre para que se desahogara con una ramerita del baratillo de la carne viva. Otros, cuando se atrevían a darle un respiro a la rigidez moral y a las convenciones del catolicismo, cometían sus pecados carnales en los prostíbulos de postín de Lovaina, los mismos que le sirvieron a Fernando Botero cuando abandonó al arzobispado de quinientos mil habitantes, para las fantasías de su circo de cinco pistas que lo hicieron rico y famoso. Antes de partir, Botero le confesó a Gonzalo Arango que él solo ambicionaba conseguir el dinero suficiente para comprar una tienda en Sonsón, contratar un dependiente honrado y encerrarse a pintar en la trastienda. También se soñaba en la esterilidad del ambiente. Y los sueños a veces se quedan cortos. Botero prometió volver. Y volvió. Y compró una casa cerca del Sonsón del sueño de tendero. Pero se la atracaron y quemaron. Y Botero Angulo retomó las de Villadiego.

Es posible que el autoproclamado profeta de la nueva oscuridad haya tendido el cebo del nadaísmo para tener con quien soñar y conversar sobre todos esos libros que había leído como secretario de la biblioteca de la Universidad de Antioquia, cargo que le concedía el privilegio de las llaves del infierno de los libros prohibidos, confinados en un cuarto reservado, bajo tres cerraduras, para salvarlos de las pesquisas de los agentes del arzobispado. Decían que la curia incursionaba en la Piloto de semestre en semestre para purgarla de los libros impertinentes que podían poner en peligro la pureza de la fe. Pero también es posible que Alberto Aguirre, que lo protegía como a un hermano menor, en su fuero interno, porque de dientes para afuera lo denigraba siempre que podía, comprara la librería Horizonte, frente al teatro Ópera, donde comenzó a heder el nadaísmo en la turbia normalidad, para que Gonzalo tuviera su propia tertulia. Si no me engaño con un falso recuerdo, ahí en el Ópera, Santiago García y Fausto Cabrera montaron la primera obra de teatro de Gonzalo Arango, HK 111. Yo fui al estreno disfrazado con un abrigo de paño inglés que Laureano Gómez le había regalado a mi padre. Era como llevar un sauna puesto.

Festival de Ancón. Fotografía de Horacio Gil, 1971.

Y para qué librerías en esa pobreza de todos los que nos acercamos por afinidad electiva al aullido solitario del profeta. Asomarse a las vitrinas de las librerías era someterse a una variante del clásico suplicio de Tántalo. No tuvimos otro remedio que convertirnos en ladrones cebados. Robábamos los libros a manos llenas sacándolos bajo las camisas, de la librería de Bustamante, de la Marín, o de la misma biblioteca Piloto, por piedad, para poner los mejores a salvo de la purga canónica. Resueltos a perder la virginidad intelectual como fuera, la falsa inocencia, cuyo otro nombre es ignorancia, a la que nos habían acostumbrado los colegios confesionales a los que nos condenaron. Academias regidas por sonetistas profesionales, por autores de tratados de ortografía con cara de quijote, arqueólogos frustrados que a veces publicaban en el suplemento de El Colombiano sus hallazgos cerámicos, sus lamentos de amor. El Colombiano fue siempre el principal diario de la aldea en plan de volverse otra cosa, y entre sus informaciones incluía en ocasiones, junto a la lista de las películas prohibidas para todo católico y las notas sociales donde hasta se contaba de la vida social de los caballos y las vacas, apartes de alguna homilía del director de la Hora Católica, la Horca Católica, la llamó un nadaísta, el espacio radial de más prestigio en el dial, descontando las chambonerías de Montecristo, entre el humor y la tragedia de lo meramente vulgar, y el noticiero meridiano de Martinete, un señor que hacía política barata y clamaba por las loras perdidas y las carteras olvidadas en los taxis. Alguien definió a Medellín como un paraíso sin serpiente. Pero tenía arzobispo. Que ya es algo.

Lo más triste no era la banalidad del bien. Lo peor era que a veces uno creía que era feliz porque el cielo era azul y las muchachas eran bellas y perfumaban las orquídeas y corrían por la calle Junín las motas de los balsos del Parque de Bolívar. Y a veces uno hasta pensaba que estaba viviendo cuando solo agonizábamos entre unas montañas. Fernando González decía que en Medellín los muchachos nacían muertos porque nacían para estudiar, estudiaban para trabajar, trabajaban para casarse y se casaban para morirse. Galerías de arte, ni una sola: a veces un viejo pintor, maestro en el instituto de bellas artes, mostraba sus cuadros en el Club Unión, pero se los hacían descolgar cuando colaba en la selección un desnudo demasiado ambicioso. Conciertos, de cuando en cuando daban alguno en el teatro Lido, a cargo de un maestro norteamericano o un ruso asilado en los Estados Unidos o el grupo de música antigua de Álvaro Villa, mártir del bien y la belleza, y Gustavo Lalinde. Pero la boletería costaba un ojo de la cara. Los del montón como nosotros debíamos contentarnos con la retreta dominical de la banda de la universidad. Las ediciones de poesía estaban limitadas a los cuadernos Horizonte, que publicaba cuando era posible y tenía ganas Federico Ospina. Ospina nos dio a probar contra los hartazgos románticos de Gutiérrez González de las clases del colegio, migajas de la poesía de De Greiff, otro escapado de la ciudad, como al fin y al cabo tuvimos que hacer nosotros para salvarnos de la muerte por aburrimiento.

De año en año venía al teatro Lido la señora Berta Singerman, una declamadora argentina vestida de velos, seguida por un cortejo de suspiros, arrastrando erres por los escenarios, las sombras blancas de la noche bogotana de Silva, alargando las sílabas como si se fuera a desmayar, y arreaba los camellos de Guillermo Valencia por esos desiertos temblorosos de una Nubia ideal con neblinas de Popayán y repetía las canciones marihuanas de Barba. Nunca asistí a los recitales de la Singerman, pero la vi muchas veces en la televisión que comenzó a encender sus grises hogueras en todas partes, como parte del lento proceso democratizador del arte. Qué amargura.

El mundo es como es. Imprevisible. Debajo de la postración aparente, fermentaba lo otro, lo inesperado esperado. La descortesía hacia lo demasiado bien puesto, el descontento de la normalidad, el malestar frente a los engaños metafísicos y la ausencia de estímulos. La ira, de la cual era símbolo Fernando González en el ostracismo de Otraparte, aunque él ya estaba digiriéndose a otra dimensión más allá de la conciencia del grande hombre incomprendido, que retrató en El maestro de escuela, uno de los libros más tristes del mundo. Y que explica estas notas sobre el lugar que representaba el intelectual libre y lo que debía tributar en miserias la conciencia crítica en Medellín mediando el siglo XX.

Por eso cuando el escritor envigadeño supo que existíamos nos invitó a su casa. Él había enfrentado solo la esterilidad medioambiental, la defensa del libre examen; nosotros éramos pandilla. De escándalo en escándalo nos fuimos haciendo entender. Y el establecimiento en consecuencia nos hizo huéspedes de sus cárceles, sus reformatorios y sus manicomios, y nos puso en el velador. Desde aquí contemplo unas imágenes cuyos perfiles no pude discernir entonces como un vaticinio, como un aliciente de un futuro mejor. Debajo de la agonía, la vida empujaba, pugnaba por manifestarse. En lo masivo de la inercia general fulguraban algunas individualidades contra todo. Elaborando lo suyo, en la maraña de lo pragmático, transfiguraban la banalidad del mal en alma y el estupor en aventura. En la aparente escasez, mientras los borrachos repetían los poemas de Jorge Robledo Ortiz a los abuelos, modernismo de repostería, y los poetas de la burocracia oficial coronaban reinas de feria y publicaban epitalamios de frígidos que a veces paraban en pasillos, y los místicos de misa dominical y prostíbulo de viernes celebraban sus contriciones en versos cantarinos, pervirtiendo la mística en espectáculo, se preparaba un tiempo de versos rotos, el de nuestros vicios públicos y los manifiestos podridos y las camisas rojas y los sacrilegios. A veces íbamos al cineclub, Aguirre nos daba entrada franca, sabedor del estado famélico de nuestros bolsillos. Allí ensayamos las primeras películas de Fellini, prohibidas por inconvenientes por el pastor vaticano cuyo palacio blanco dominaba una esquina en la avenida La Playa.

Fernando González, consolado en su soledad por unos contados amigos, era invisible todavía. Era invisible Débora Arango, su vecina, y eran invisibles sus monstruos y miserias amotinadas, educados en escuelas mexicanas; de ellos apenas se hablaba como de un tabú. En la montaña de los caminos que suben a Las Palmas, un pintor bogotano reproducía pacientemente la misteriosa simplicidad del mundo. Se firmaba Mefisto. Era un maestro del secreto. Y había ese hombre largo y rubio que todas las noches iba a sentarse en el Metropol a escribir un libro, ausente, embebido en su tarea hasta el amanecer. Cuando comenzaba a despuntar el sol, recogía las hojas de su fárrago y quién sabe lo que iba pensando mientras sonreía al salir. Me hubiera gustado hablar con Roberto Juarróz, que por ahí andaba enhebrando enigmas gramaticales. Pero era escaso como si no fuera argentino. Ernesto Cardenal a veces bajaba del seminario a visitar a Fernando González y nos dejaba una carta recomendándonos un libro o invitándonos a practicar las virtudes de la poesía exteriorista. Pero era elusivo. En el erial sucedían cosas que la conciencia oficial se negaba a registrar. Sucedían, pero en lo invisible, tácitamente, a la solapa. Y por eso fue que a la larga casi todos los nadaístas tuvimos que irnos, a Nueva York, a San Francisco, a Bogotá que estaba más cerca, los más perezosos. Cansados de las agresiones de los niños bien y del asedio de la policía secreta que una vez confundió los poemas de Jaime Espinel con la correspondencia en clave de una conspiración política. Y en efecto, conspirábamos. Pero sobre todo escapábamos del intolerable vacío de una ciudad que había sido capaz de prohibir como si fueran pecaminosos los libros llenos de inocencia de Fernando González. La voz general de los poetas parroquiales de oficio, cantores del santísimo sacramento, y también los liberales, incluso los corridos en el espectro hacia la izquierda nos apostrofaban de sucios e inanes y decían que no éramos serios, que éramos apenas unos payasos, unos bufones de la burguesía. Los nadaístas nunca nos quejamos por eso. Por una sola razón. Porque tenían la razón. Y porque nosotros jamás nos tomamos en serio. Lo serio era la vida, vivir; lo demás era la literatura o el silencio. Y nos gustó siempre la irreverencia de los bufones. Uno de los contertulios del primer nadaísmo fue Chalupín, el payaso más famoso entonces. Y ya sabíamos que el mundo es verde y sin embargo no hay esperanza, como le gustaba proclamar a Humberto Navarro, una especie de Joyce reviviente a la vuelta del teatro Roma, en el camellón, en una pequeña casa gris de alares decaídos, donde su padre Delio se empleó por cuarenta años en la pintura de un viacrucis al óleo de medio formato, expiando el día lamentable cuando su único hijo varón leyó el primer libro de Kant y se encontró con Gonzalo Arango y se puso a escribir novelas invendibles.

Todo en aquellos tiempos debía suceder en Bogotá. En la Atenas suramericana. Pero el problema no era el centralismo, la culpa del monopolio no fue de Bogotá. Era que en la fenicia Medellín no había tiempo para esas bagatelas espirituales de la cultura y la mímesis estética, ni para preguntarle quién era a Pedro Nel Gómez cuando pasaba como un enigma hacia ninguna parte por la calle Junín como el fantasma del renacimiento. O para detenerse a charlar con Crescencio Salcedo, descalzo, vendiendo flautas de hojalata, echado en un andén y cantando a grito herido sus canciones de pueblo por una moneda, ahí mismo donde vi un día esa comparsa de zarzuelistas españoles echados del Hotel Europa y donde vieron dormir a Dariolemos sus desalientos junto al colmado donde el tenor de moda, que grababa boleros en Sonolux, un muchacho de apellido Restrepo, que trataba de imitar el timbre del médico mexicano Ortiz Tirado, y aspiraba a cantar algún día en Milán, vendía perros calientes y aceitunas de frasco y bizcochuelos que cogía con unas pinzas de aluminio.

Pero entonces… Fernando González, alentado por la aparición de los nadaístas, publicó con la ayuda de Alberto Aguirre el libro de los viajes y las presencias, después de que se lo hubieran rechazado en la editorial Bedout. Allí dijo: voy a orar por estos jóvenes que se están desnudando. Y lo demás se sabe. Débora Arango fue rescatada del olvido. Fernando González se volvió un autor de culto. Y aunque nadie sabe qué fue de los huesos de Gonzalo Arango, extraviados de tanto andar acarreándolos, aún se consiguen sus libros en las librerías de agache y se vuelven a editar en las universidades. Medellín comenzó a florecer de otro modo. Y se fundaron los primeros grupos de teatro y las primeras bandas de rock y vino al teatro Junín Bill Halley con sus cometas patrocinado por Coca-Cola, y se inauguró el festival de poesía de Rendón, desertado de las cafeterías de los nadaístas donde habíamos hecho proyectos de devastaciones y planeamos revistas y se emborrachó por cuenta de nuestros anfitriones esperanzados en una era de oscuridades nuevas, donde el arzobispo no alumbrara tanto. Porque, en fin, nadie había prometido la luz sino el oscuro caos, la confusión aumentada, no la trivialidad de un orden impuesto sino una búsqueda.

Los urbanizadores arrasaron el Centro donde agonizamos tanto y fuimos tan felices con esa felicidad tan rara de la pobreza, y la avenida Oriental fue como una herida en el alma de ese pasado irredimible. Y fundaron el planetario para que los colegiales pudieran asomarse a las estrellas de los proyectores mecánicos porque las del Gran Arquitecto comenzaban a borrarse en la irradiación de la aldea transfigurada en una ciudad con todas sus gracias y sus desgracias. Es extraño. No puedo ver a Medellín sin superponer a la de ahora la que recuerdo de memoria sin menosprecio ni envidia. Bajo el ruido de La Playa de ahora oigo la quebrada subterránea, y los acordes del profesor Lucrecio Vélez leyendo una tragedia griega en el Teatro Pablo Tobón Uribe ante el público boquiabierto. Cerrado por la pandemia ahora. Y las bombas que vinieron más tarde mataron a mamá. Ah, no puedo no ver en el Medellín de ahora, la descomposición de la poesía en la carne del poeta Dariolemos, cordero propiciatorio en el altar de la nada, mártir de un tiempo bisagra de cambio de sueños que nos abrió la existencia a otros espacios. Pero que quizá solo salió de un sueño manido hacia otro sueño que también se gastó porque ningún sueño dura. Porque todos los sueños a la postre se gastan. Aunque es una cosa obvia que muchas cosas han cambiado mucho en Medellín. ¿Sabe alguien sin embargo en qué clase de sueño andamos? ¿Y cuál es el sueño que sigue?

*Este artículo fue publicado en El Poder de la Cultura, un proyecto de Universo Centro con el apoyo de Comfama, el Museo de Arte Moderno de Medellín, el Museo de Antioquia, la Casa Museo Pedro Nel Gómez, el Teatro Pablo Tobón Uribe, el Teatro Metropolitano José Gutiérrez Gómez, Música Corriente, Parque Explora, la Corporación Otraparte, la Orquesta Filarmónica de Medellín, la Corporación Cultural Nuestra Gente y el Museo de Antropología y Arte de Jericó —MAJA—. 

La bisagra del deseo

Diez años del Festival de Artes Eróticas


por MARIA ISABEL NARANJO • Fotografías de AEFEST

Exclusivo web Septiembre de 2026

La luz del Planetario de Bogotá se tiñó de rojo una tarde de agosto de 2023. No era un fenómeno astronómico, aunque bajo la cúpula seguían suspendidas las constelaciones. Brigitte Baptiste tomó el micrófono y, en la pantalla, en lugar de estrellas, apareció una flor.

—¿Sí ven esta flor? —preguntó al auditorio—. Es una orquídea muy seductora.

La flor, explicó, produce un olor capaz de hacerle creer a una abeja que allí la espera una pareja. El insecto vuela hacia ella, se posa sobre el pétalo y resbala hasta caer en una especie de pozo lleno de aceite.

—De lubricante —precisó la bióloga.

La abeja intenta salir, pero no puede regresar por donde entró y termina atravesando un túnel estrecho. Al pasar, la orquídea le adhiere el polen a la espalda. Cuando consigue escapar, sale aturdida, casi ebria, y emprende el vuelo hacia otra flor creyendo que ha copulado.

—Esta es una relación, obviamente, inmoral. Estamos hablando de un animal con una planta. Es una cosa que no se les recomienda a los niños. Pero pasa. Pasa de una flor a otra. Es una promiscuidad tremenda.

El auditorio estalló en risas, mientras la bióloga, que habla de tecnotopías, esperó a que bajara el murmullo de los asistentes y añadió:

—La naturaleza no es un ejemplo moral.

La historia de los diez años de AEFEST podría comenzar ahí, con una abeja engañada por una orquídea. Este festival se ha dedicado a juntar cosas que parecían pertenecer a mundos separados. Daniel Tapias, su director, lo dice de una manera menos solemne:

—Lo más interesante es empezar a mezclar cosas.

Este agosto AEFEST cumple diez años, aunque para Daniel la historia empezó bastante antes, cuando recorría lugares movido por una curiosidad casi cartográfica. Entraba a clubes swinger, bares de striptease, sex shops y espacios de distintas comunidades sexuales como quien va descubriendo un mapa. Primero Colombia; después América Latina, Europa y Asia. Check. Check. Check.

En Tokio entró a una sex shop de varios pisos donde cada uno parecía más explícito que elanterior. Le preguntó a una de las mujeres que trabajaban allí cómo veía la sexualidad en Japón. Daniel esperaba encontrarse con una sociedad mucho más abierta que la colombiana. Ella le habló, en cambio, de vergüenza, tabúes y gente conservadora.

—Y yo miraba ese edificio y pensaba: no jodás.

Los viajes le fueron dejando más preguntas que respuestas. De regreso a Medellín comenzó a organizar conversaciones y actividades sobre sexualidad en Sala Sentidos, el teatro que tuvo antes de crear AEFEST. Le interesaba entender por qué otras personas podían vivir el cuerpo y el deseo de maneras tan distintas y, sobre todo, poner esas experiencias a conversar.

Y así empezó la mezcla.

En agosto de 2016 esa curiosidad tomó la forma de un festival: treinta y dos actividades que sacaron la sexualidad del consultorio, el aula y la intimidad para llevarla a museos, teatros, universidades y calles. En 2017 reunió en un mismo escenario a la actriz y activista española Amarna Miller y a Vera Grabe, exintegrante del M-19 y constructora de paz, para hablar del cuerpo, el conflicto y la paz.

Al año siguiente, bajo la premisa de que todos los cuerpos importan, puso en el centro los derechos sexuales de las personas con discapacidad, tantas veces infantilizadas, medicalizadas o imaginadas como ajenas al deseo. Hablar de su sexualidad era también preguntarse quién había decidido que unos cuerpos podían desear mientras otros solo podían ser cuidados.

En 2019, bajo el lema Dejar ser, AEFEST realizó una edición satélite en Valencia, España, y comenzó a tejer relaciones con artistas y organizaciones de otros países. La mezcla empezaba a cruzar fronteras.

La pandemia obligó a cambiar de territorio. Durante el aislamiento de 2020, el placer apareció como una forma de autocuidado y de sostener los vínculos cuando los cuerpos no podían encontrarse. Las pantallas permitieron continuar las conversaciones y explorar otras intimidades, aunque también empezaron a revelar una paradoja que años después sería decisiva: las mismas tecnologías que acercaban a las personas podían vigilar, clasificar y decidir qué imágenes o palabras tenían derecho a circular.

Cuando el país volvió a las calles en medio del estallido social, AEFEST propuso un Homenaje a la inconformidad. En alianza con el Museo Casa de la Memoria acercó las preguntas por el deseo a las preguntas por la protesta, la violencia y el duelo. Una de las experiencias de esa edición fue El burdel literario: poesía y performance dentro de las habitaciones de un motel.

Después vendrían el SexTech, la inteligencia artificial, los juguetes conectados, el metaverso y las nuevas formas de trabajo sexual mediadas por plataformas. El cuerpo ya no terminaba necesariamente en la piel: podía prolongarse en cámaras, sensores, dispositivos, bases de datos y algoritmos.

***

Poco a poco, aquel proyecto pequeño y cercano a ciertas escenas contraculturales empezó a atraer públicos cada vez mayores. Para algunos de los que estuvieron al comienzo, esa expansión significó una conquista. Para otros, una pérdida.

Severina estuvo cerca de AEFEST durante sus primeros años y hoy se presenta como una travesti jubilada. Su nombre es Óscar David Tamayo y recuerda aquella etapa como el momento en que el festival todavía le parecía genuinamente contracultural, sin embargo, con el tiempo, empezó a tomar distancia.

—Yo tengo una especie de clasismo cultural del underground. Cuando empezó a crecer tanto, di elegantemente un paso al lado. Ya no me representaba desde el lugar mío, que tiene que ver con la contracultura.

Ese mismo crecimiento, sin embargo, le permitió vivir uno de sus momentos más memorables… Años antes, sentado entre el público del Teatro Jorge Eliécer Gaitán, había visto a unos presentadores de protocolo y pensó: “Yo presento esa vaina mucho mejor que esta gente”. Se dijo que algún día sería rico pararse allí frente a una sala llena.

El deseo quedó guardado hasta que AEFEST llevó al teatro a Hajime Kinoko, uno de los artistas japoneses más reconocidos del shibari, y le pidió a Severina que lo presentara.

—Me consagré como presentador de pacotilla presentando a Kinoko.

Aquella noche también descubrió cuánto había cambiado el festival. Había camerinos, horarios y un equipo encargado de cada tarea.

—Yo vengo de la contracultura. Uno pone las luces, presenta, cobra la entrada, maneja el sonido, vende en la barra.  Acostumbrado a hacer todos los puestos, eso fue ya demasiado profesional.

Y aunque le permitió cumplir aquel deseo, al mismo tiempo, sintió que era un mundo distinto al suyo.

—Se volvió demasiado grande y multitudinario. Ese público masivo no es un público que me interese ni que me represente. ¿Es importante que exista? Sí, evidentemente. Pero uno está en otro lugar.

Carlos Mario Cano, conocido por su personaje de Charly Boy, ha pasado por el festival como músico, organizador, contratado y asistente, y para explicar su importancia utiliza una imagen:

—Es un espacio bisagra de la ciudad.

De un lado están quienes llevan años en comunidades kinky, BDSM, shibari o bondage, conocen sus códigos y tienen sus propios circuitos. Del otro, quienes sienten curiosidad pero nunca han entrado en ellos.

—Es el umbral que une a los que tenemos prácticas kinky, sadomasoquistas, pervertidas de la sexualidad, y a aquellos que quieren curiosear.

Esa apertura, dice Charly, permitió hablar del erotismo por fuera de los lugares donde suele encerrarse —la pornografía, la prostitución, el consultorio— y puso a conversar prácticas y personas que difícilmente habrían coincidido. Pero sí, también transformó aquello que estaba abriendo.

Charly habla de una especie de gentrificación del erotismo. Prácticas que antes exigían conocer ciertos circuitos empezaron a atraer personas que llegaban por una noche, movidas más por la curiosidad que por una pertenencia.

—Son turistas del erotismo. Para los que jugamos en serio se vuelve un poco cansón. Hay mucho principiaje, mucho curioso. Algunos se quedan y buscan otros espacios; muchos no. Para quienes llevan años dentro, la llegada permanente de principiantes puede resultar agotadora.

Charly no cree que esa sea una razón para cerrar la puerta. Al contrario, ahí encuentra precisamente la utilidad de AEFEST: servir de entrada para quienes nunca habrían llegado solos. La condición es que con la apertura circulen también los códigos de cuidado que se han construido.

—El sexo debe ser libre, seguro y consensuado. Yo le agregaría: divertido.

En una escena puede haber cuerdas, dolor, inmovilización o dominación, pero lo decisivo no siempre se ve: qué quiere cada persona, hasta dónde quiere llegar y cómo puede detener lo que está ocurriendo. Ese aprendizaje también obligó a mirar hacia dentro. Las comunidades que se presentan como sexualmente libres no han estado exentas de abusos, maltratos y violencias, y Charly reconoce que el festival ha permitido hablar de algunos de esos casos y discutir las responsabilidades de quienes comparten esos espacios.

Hay otro cambio que valora especialmente. Durante mucho tiempo, dice, buena parte de los bares swinger, las fiestas sexuales y algunos encuentros poliamorosos de Medellín estuvieron pensados alrededor del placer masculino. En los últimos años ha visto al festival insistir cada vez más en el placer y la seguridad de las mujeres.

—Si vas a abrir un espacio de erotismo, tienes que garantizar que las mujeres se sientan seguras. Que puedan decir qué les gusta y qué no; que un no sea un no; que lo que les gusta pase y que lo que no les gusta no pase.

***

Daniel habla de algo parecido cuando recuerda las fiestas que AEFEST ha organizado en los últimos años. Por momentos, dice, ha visto allí algo cercano a la “utopía” que imaginaba desde el comienzo: personas muy distintas compartiendo un mismo lugar sin la culpa ni el prejuicio habituales, preparando durante días la ropa que van a usar, asistiendo incluso a talleres para aprender cómo comportarse en una primera fiesta erótica y llegando con los nervios de quien no sabe muy bien qué va a encontrar.

Con el tiempo descubrió también otro riesgo: que incluso la transgresión se vuelva paisaje. Una asistente escribió alguna vez, en una de las evaluaciones del evento, que no le había gustado porque no había visto nada nuevo. Había velas, masajes, banquete humano, burlesque, BDSM y otras prácticas, pero nada había conseguido sorprenderla.

—Yo pensaba: parce, ¿qué más querés?

Daniel cree que el deseo no debería consumirse como un scroll infinito de Instagram, saltando de una experiencia a otra porque cada una necesita producir un estímulo mayor que la anterior. Parte del placer, dice, consiste justamente en prolongar la fantasía y conservar la capacidad de sorprenderse.

Cuando le pregunto cuál ha sido el mayor reto de AEFEST durante estos diez años, no habla de financiación, públicos, logística ni programación. Habla de censura. Y no empezó con Instagram. La reconoce en los lugares que dudan antes de alquilar una sala, en las dificultades para promocionar determinados eventos, en las instituciones que retroceden cuando estalla una polémica y en las discusiones que reaparecen cada vez que la educación sexual intenta entrar en colegios o espacios públicos.

—Son pequeñas batallas que al final son las más grandes. Uno avanza tres pasos y retrocede dos.

Aun así, Daniel sigue volviendo a aquella intuición del comienzo. Vivimos, dice, agrupándonos alrededor de lo que ya conocemos: quienes practican BDSM por un lado, quienes se interesan por la sexualidad sagrada por otro. Cada gusto, identidad o comunidad dentro de su propio círculo. Los algoritmos han llevado esa tendencia todavía más lejos: terminan mostrándonos versiones cada vez más parecidas de aquello que ya nos interesa.

—Nos relacionamos a partir de nuestros intereses y lo que no está en esos intereses no existe. Lo bacano es mezclar eso a ver qué sale.

Bajo la cúpula del Planetario, la intervención de Baptiste insistía en que la vida no perdura porque permanezca intacta. Perdura porque establece relaciones, produce diferencias y ensaya combinaciones que antes no existían.

La mezcla que Daniel imaginó al comienzo ha producido algo más difícil de ordenar que una programación sobre erotismo. La promiscuidad creativa que el festival celebra consiste en permitir que saberes, prácticas y experiencias que habían permanecido separadas se contaminen entre sí: la biología con el performance, la tecnología con la filosofía, la memoria del conflicto con el placer, la discapacidad con la autonomía, la poesía con el motel, el museo con la calle y las culturas sexuales clandestinas con personas que apenas se acercan a ellas.

Daniel recuerda que en los primeros años había que remar para reunir treinta o cuarenta personas. Hoy algunos encuentros convocan a cientos, llegan públicos que nunca habían oído hablar de AEFEST y el festival se prepara para cruzar otra frontera y llegar a Ciudad de México. 

—Tuvieron que pasar diez años para estar en el punto en el que estamos —dice—. Apenas ahora la cosa se está poniendo buena.

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Irreverencia en tiempos autoritarios

A propósito del aniversario 33 del asesinato de León Zuleta

por FELIPE CARO ROMERO • Instituto de Historia Marika de Bogotá

Exclusivo web Septiembre de 2026

Fotografía de Jairo Osorio. 1979.

En uno de los textos que escribió antes de ser asesinado, León Zuleta se rehusaba a que se usara su nombre para bautizar algún proyecto político específico. Argumentaba que, como anarquista, no le interesaba el reconocimiento personal sino el avance de la lucha contra la opresión del pueblo trabajador. Por encima de su propio ego estaba el proyecto colectivo, un proyecto al que le dedicó toda su vida y finalmente lo llevó a la muerte. 

Esta petición, una conclusión lógica del giro ácrata de Zuleta en su vida adulta, no fue (ni ha sido) tomada en cuenta por la plétora de proyectos políticos y artísticos que han usado su nombre supuestamente como homenaje pero desconociendo realmente su vida y sus posturas políticas. Tristemente ese es el legado más grande de esta figura: el uso y abuso de su nombre. 

Pero si nos asomamos a leerle, a estudiar su obra y sobre todo a seguir sus andares, nos topamos con alguien interesado en la transformación social absoluta y en la eliminación de todas las formas de opresión. Lejos de ser “el padre del activismo LGBTIQ”, Zuleta era un intelectual irreverente que se propuso entender y transformar su realidad, una realidad llena de prejuicios, violencia e ignorancia. 

A 33 años de su asesinato, vale la pena recordar tres elementos de su vida que nos pueden servir para enfrentar el crecimiento del movimiento reaccionario en Colombia y el mundo. 

Por un lado, el antiautoritarismo que le acompañó toda su vida. Se dice que perteneció a la JUCO y que fue expulsado de allí. Aunque se repite que su orientación sexual fue la razón de ello, en sus propios textos Zuleta reconoce que en realidad fue su posición antiautoritaria que el rígido y vertical Partido Comunista Colombiano no condonaba. Esta pulsión que desconocía la jerarquía lo enfrentó luego en los ochenta con el obispado nariñense, que también cansado de su irreverencia, y su orientación sexual, terminó por lograr su expulsión de la Universidad de Nariño. 

Por otro lado, es importante resaltar su vocación colectiva. Zuleta priorizó siempre el trabajo colectivo sobre la alabanza individual. Esto lo vemos tanto en la forma como se desarrolló el Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia – MLHC, como en los objetivos políticos que se planteó. Lejos de buscar protagonismo como “fundador”, a Zuleta le interesaba la construcción de un proyecto político amplio, democrático y de cobertura nacional.

Esto no solo lo vemos en los numerosos documentos de proyección política que escribió al respecto. Sino en cómo incentivaba la alianza entre las personas oprimidas contra las injusticias del mundo. A él no le interesaba únicamente “el movimiento LGBTIQ”, Zuleta priorizaba el trabajo comunitario y la solidaridad, con el movimiento feminista, el movimiento obrero, y el movimiento estudiantil. La primera Marcha del Orgullo de Bogotá de 1983 fue un ejemplo de ello, pues contó con apoyo de sindicatos, de feministas y terminó con un llamado a los jóvenes policías que escoltaron la movilización a sumarse a la lucha contra un sistema que también les oprimía. Hasta sus últimos días, trabajando en la Escuela Nacional Sindical de Medellín, Zuleta abogó por una alianza desde abajo contra los de arriba. 

Y por último, es importante rescatar su desconfianza con la institucionalidad. Zuleta tenía bastante claro que aunque un Gobierno o el Estado se presentara en algún momento como benefactor del cambio social, la verdadera transformación provendría de las personas y no de edictos o las urnas. Se rehusó a participar de la política electoral e insistió que el Estado era una de las fuentes más grandes de violencia contra la disidencia sexual y de género, llegando a  denunciar su complicidad con las terapias de conversión que públicamente denunció desde 1980. Argumentaba que si no desaparecían, la despenalización de la homosexualidad en 1981 no estaría completa. Tristemente, la violencia que vemos hoy en día es una muestra de que estaba en lo correcto. 

Hoy nos encontramos frente a un panorama oscuro. El ascenso de la ultraderecha en el mundo ha significado el uso de la disidencia sexual y de género como chivo expiatorio de los males de las naciones. La ola fascistoide ha empezado a atacar las mínimas concesiones que se habían conquistado en los estados en materia de derechos sexuales y reproductivos, pero también sociales y políticos.

Frente a gobiernos autoritarios que usan el pánico moral como excusa para restringir libertades, más que nunca necesitamos regresar a figuras como la de Zuleta, no para crear un santo más, otro mártir, un símbolo vacío, o un nombre insignificante en la plétora de hiperfraccionamiento político que caracteriza el panorama político progresista, sino como un ejemplo para leer y estudiar la lucha por la liberación.

Leamos a Zuleta, estudiemos su vida, que allí encontraremos sin duda herramientas que nos permitan enfrentar estos tiempos oscuros y quizás, a la larga, construir un mundo mejor. 

Revista El Otro. Director: León Zuleta. 1977.

Sin escatimar esfuerzos y a pesar de las persecuciones, El Otro anunció la liberación del cuerpo y del placer sometidos por los regímenes. Intrínsecamente deslumbrante en sus planteamientos hoy desconocidos o ignorados.

Los 10 del Watford

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Julio de 2026

De izquierda a derecha, de arriba a abajo: Ken Sema, Ismaila Sarr, Ismael Koné, Edo Kayembe, Yáser Asprilla, Hassane Kamara, Imran Louza, Jeremy Ngakia, Joao Pedro y Leandro Bacuna.

Al final, el destino no se apegó al guion que habían escrito esa tarde sobre el pasto del Vicarage Road los diez amigos, ya vestidos para el entrenamiento del lunes 11 de marzo de 2023. Preparaban el partido del jueves, por la fecha 36 de la Championship de Inglaterra, la segunda división del Reino Unido, campeonato al que había caído el Watford, desde la Premier League, en 2022. De los diez, ocho eran nuevos en la nómina del equipo del condado de Hertfordshire, los amados Hornets, avispones en español.

El equipo había ascendido en 2018 y en 2019 disputó la final de la FA Cup, contra el Manchester City de Guardiola, y tras perderla entró en una crisis deportiva que finalmente se selló con el descenso en 2022. Los hinchas estaban molestos y los dueños, Gino Pozzo y su padre, entendieron que debían contratar talento joven y barato. Llegaron entonces el canadiense Ismael Koné, un volante menudito, veloz, muy técnico, nacido en Abiyán, Costa de Marfil, refugiado en Canadá desde pequeño; Joao Pedro, brasileño surgido en las calles de Riberao Preto, en una familia sofocada por la extrema pobreza y cuyo padre, exfutbolista, había sido encarcelado por robo y homicidio; Jeremy Ngakia, joven lateral nacido en Londres, de origen congoleño, quien había renunciado al West Ham United para jugar al lado de su amigo Edo Kayembe; Yáser Asprilla, delantero chocoano, del Alto Baudó, surgido de las divisiones juveniles del Envigado; Hassane Kamara, lateral izquierdo nacido en Saint-Denis, barrio de París, en Francia, de raíces marfileñas. Kamara había vivido durante trece años en Toulouse para hacerse futbolista; Imran Louza, un volante marroquí que creció en Nantes y que cada mes viajaba con su padre a Marruecos, para vender frutas y verduras; Ismaila Sarr, delantero senegalés que pasó un mes secuestrado por un grupo extremista en Ruanda cuando tenía diez años y quien, tras ser liberado, fue llevado a Francia donde se formó en la academia del Metz; y Leandro Bacuna, volante nacido en Groningen, Países Bajos, pero con raíces en Curazao. Leandro tuvo que convertirse en futbolista a escondidas y gracias a la ayuda de su hermano, quien le mantuvo el secreto hasta los quince años de edad, cuando entró a la academia del Ajax. Los padres de Leandro no querían que fuera deportista, preferían que siguiera la carrera de pastor en una iglesia pentecostés.

Ellos se unieron a Edo Kayembe, congoleño criado en Francia, cuyos padres fueron víctimas de desplazamiento forzado por los asedios de la milicia armada M23, y a Ken Sema, también de origen congoleño, refugiado desde pequeño en Suecia y con problemas para hablar la lengua de su país de acogida

Vicarage Road, la casa del Watford desde 1922. Tomado de clubsfromabove.com.

Los diez se hicieron amigos de inmediato. Todos afrodescendientes, todos con una historia repleta de dificultades, de hambre, de muerte y exilio. Llegaron a finales de 2022, justo antes del mundial de Catar, con la firme ilusión de devolver al Watford a la Premier League.

Pero ese lunes en Vicarage Road, previo a un partido contra el Sunderland, por la fecha 36 de la Cahmpionship, los diez se sentaron a hablar en medio de la cancha, cabizbajos porque las chances de ascender se habían esfumado y el club naufragaba en la mitad de la tabla del campeonato. Habían perdido la meta y solo querían que acabara el torneo para iniciar un nuevo objetivo.

El fin de semana, Gino Pozzo los había llevado de paseo a los estudios de la Warner ahí mismo en Watford, justo donde se habían grabado varias de las películas de Harry Potter. En el parque temático del joven mago conocieron a J.K. Rowling, la autora de la obra, quien le regaló a cada uno una copia autografiada de La piedra filosofal. Conectados con esa historia de brujas, magos y animales fantásticos, los diez amigos hicieron una nueva promesa. Todavía con el recuerdo del mundial de Catar tibio en la memoria, estrecharon las manos y dijeron que en 2026 todos ellos se reencontrarían en el mundial, pasara lo que pasara con el Watford.

Al final de ese 2023, casi todos salieron del equipo. Joao Pedro se fue al Brighton, Sema fichó con el Pafos, Asprilla se fue al Girona, Koné se fue a Italia, con el Sassuolo, y Hassane Kamara viajó al Udinese. Los demás se quedaron, pero tampoco lograron ascender al Watford. Entonces Sarr se fue al Crystal Palace y Bacuna se marchó a la liga árabe.

La cosa empezó a marchar bien para casi todos, al menos de forma individual. Los diez fueron convocados por sus respectivas selecciones y no solo de forma nominal o protocolaria. Nada de eso, en verdad eran importantes para sus países. A excepción de Asprilla y Joao Pedro, los demás eran titulares con sus combinados.

Yáser Asprilla (izquierda) y Joao Pedro (derecha) durante su paso por Watford. Tomado de watfordfc.com.

El Watford, en cambio, seguía sin ascender. A pesar de los talentos que cada año llegaban, el equipo nunca avanzaba más allá del puesto once. En Hertfordshire solo les quedaba el recuerdo de 1984 para enorgullecerse por la camiseta. Ese año, con Elton John como presidente del club, Graham Taylor como entrenador y John Barnes como principal figura, los Avispones habían logrado el subcampeonato de Liga, tras el Liverpool, y el subtítulo de la FA Cup, tras el Arsenal. Pero esa felicidad fue fugaz y el club volvió al ostracismo de la segunda y la tercera división.

Tras la FA Cup del 2019, los ciudadanos de Hertfordshire se ilusionaron con nuevas alegrías, pero el equipo no respondió y se hundió en la Championship.

Al final, solo Kayombe y Ngakia se quedaron en el equipo, que entre 2022 y 2024 vio pasar a cuatro entrenadores y a más de cincuenta jugadores.

Mientras tanto, en la lucha mundialista, las selecciones de los diez amigos seguían adelante con paso firme: Congo, Colombia, Brasil, Senegal, Canadá, Suecia, Marruecos y Curazao, increíblemente, se mantenían en los primeros puestos de sus eliminatorias. Los diez se enviaban mensajes cada fecha para felicitarse, o para darse ánimos. La recta final fue un dolor de muelas para varios de ellos. La Suecia de Sema tuvo que ir al repechaje, al igual que Curazao y Congo. Sin embargo, todos clasificaron.

Yáser disputa el balón en un partido de la FA Cup entre el Watford y el Reading, en 2023. Tomado de watfordfc.com.
Yáser celebra un gol con los Hornets. Tomado de watfordfc.com.

Lo de Congo fue épico. El equipo de Kayombe venció a Nigeria en semifinales y a Camerún en la final de la clasificación, y avanzó al repechaje con Jamaica y Nueva Caledonia. Con Kayombe, Bakambu y Wisa como figuras, los Leopardos se quedaron con el cupo y cayeron al grupo de Colombia. Kayombe, de inmediato, llamó a Asprilla para celebrar la noticia.

Colombia y Brasil no necesitaron de dramas para llegar a la cita mundialista, pero Joao Pedro y Asprilla, debido a lesiones y a bajos rendimientos, empezaron a perder fuerza en sus selecciones. A un mes de la fiesta futbolera, ambos cracks quedaron por fuera de las listas definitivas. El pacto de los Avispones de Vicarage Road no iba a cumplirse. Solo ocho lograron lo prometido, los dos que parecían más seguros, por su inmenso talento, se quedaron sin boletos para el viaje.

El grupo de WhatsApp, pese a todo, no se cerró, y tanto Asprilla como Joao Pedro se resignaron a enviarles buenos deseos a sus excompañeros. “Otra vez será”, dijo Asprilla, ahora en el Galatasaray. Joao Pedro fue más lejos: “En el próximo yo seré el goleador”. El brasileño, ahora en el Chelsea, tiene apenas 21 años y sabe que en 2030 tendrá una nueva oportunidad.

El Watford mandará a tres jugadores al mundial. Además de los congoleños Kayombe y Ngakia, el arquero noruego Egil Selvik también está apuntado. Por el equipo inglés también pasó el Cucho Hernández y el belga Dodi Lukébakio, quienes estarán en la fiesta de la Fifa.

Así es el destino, no siempre los pactos, por mágicos que sean, llegan a cumplirse.

Yáser formó de titular con el número 22 en el amistoso que Colombia ganó 3-0 a Australia, en 2025. Tomado de Federación Colombiana de Fútbol.

La revolución de los claveles y el sueño mundialista

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Soldados portugueses durante la Revolución de los Claveles en 1974. Tomado de www.litci.org.

Para entender la historia de Cabo Verde y su actual milagro futbolístico hay que instalarse en la década del setenta del siglo pasado, cuando Cruyff y Beckenbauer eran los dueños de la pelota y el Ajax y el Bayern Munich se turnaban para ganar la Copa de Campeones. En esos tiempos, concretamente en 1974, Portugal estaba atascado en la terrible dictadura de António de Oliveira Salazar, quien tras un golpe de Estado en 1933, fundó el Estado Novo, se atornilló en el poder y desató todo tipo de censuras y persecuciones.

Salazar fue conocido como “el dictador que murió dos veces”, porque en 1968 sufrió un accidente casero y sus allegados lo declararon muerto para el pueblo portugués, pero lo mantuvieron vivo en secreto hasta 1970 cuando finalmente falleció. Hasta su último aliento, De Oliveira creyó que seguía gobernando Portugal, pero quien mandaba en realidad era Marcelo Caetano. 

En 1974, cansado de los abusos, el pueblo se sublevó, y en su pacífica rebeldía tuvo como aliado al Ejército. Aquella manifestación es conocida como La revolución de los claveles y se inició el 25 de abril de ese año, con dos canciones censuradas que sonaron en la radio en diferentes horarios. Primero, E depois do adeus de Paulo de Carvalho, a las 10:55 de la noche, y luego Grândola, Vila Morena de José Afonso, a la medianoche. 

El derrocamiento de Caetano no tuvo oposición y Portugal recuperó su democracia al día siguiente. Necesario sería leer a Saramago o a Lobo Antunes, quienes cuentan la historia de manera detallada y poética. 

Durante sus años de febril autoritarismo, De Oliveira se negó a la descolonización de los territorios en África. Hasta su muerte, el dictador se negó a otorgarles la independencia a Mozambique, Angola y Cabo Verde. Tras el derrocamiento de Caetano, esos pequeños países africanos vieron surgir la esperanza de libertad y, en 1975, los tres se independizaron pacíficamente, a través de acuerdos diplomáticos.

António de Oliveira Salazar, primer ministro portugués entre 1932 y 1968. Tomado de Wikimedia Commons.

Sin embargo, las raíces de la cultura portuguesa siguieron marcando la vida de las nuevas repúblicas: el cien por ciento de la población de Cabo Verde tenía al portugués como lengua principal y el catolicismo era la principal religión. 

Pedro Leitao Brito, más conocido como Bubista, tenía cinco años cuando Cabo Verde logró su independencia, pero recuerda la euforia que se vivió en las calles de su natal Boa Vista, la tercera isla más grande del archipiélago caboverdiano y la más cercana al continente africano. 

Pedro no tuvo que ir a la escuela durante varios días, los festejos por la independencia se extendieron casi un mes. Además, el empalme entre la vieja administración portuguesa y la nueva caboverdiana, se tardaría poco más de medio año. 

Cabo Verde es un archipiélago surgido de la actividad volcánica. Sus diez islas están divididas en dos bloques: Barlovento y Sotavento. Praia, la capital, y Boa Vista están en Barlovento, donde golpean con fuerza los vientos alisios. Durante años, los mejores talentos caboverdianos defendieron la camiseta de Portugal: en esa lista se incluyen Nani, Océano, Semedo, Nene, Gelson Martins y Gelson Fernandes. Incluso Cristiano Ronaldo tiene raíces en ese pequeño país, pues su abuela, Rosa Isabel de Piedade, nació allí. 

Tras la independencia, esos talentos emergentes siguieron eligiendo a Portugal para jugar al fútbol, pues consideraban que defender a Cabo Verde les limitaba sus posibilidades de crecimiento. Sin embargo, unos pocos pensaban diferente, y entre ellos estaba Pedro Leitao, a quien a partir de los dieciséis años ya apodaban Bubista, por cosas de su padre, un consumado lector del budismo y quien de manera graciosa solía decirle a su hijo: “Tú deberías ser budista”, y como el niño no sabía pronunciar bien la palabra, decía: “Sí, soy bubista”, y así se quedó. 

El fútbol no fue particularmente bueno con Bubista. Fue un jugador cumplidor, sin demasiado talento, y su carrera transcurrió entre equipos de la segunda división portuguesa y los principales clubes de su natal Cabo Verde. La mejor parte de su carrera como defensor fue un fugaz paso por el Bajadoz en España, en 1996, pero solo jugó ochenta minutos en seis meses de contrato. Ese mismo año, casualmente, Luis de la Fuente, actual entrenador de España, se había retirado del fútbol profesional y se iniciaba como técnico en un club vasco llamado Portuguesa.

Mapa de Cabo Verde. Tomado de Wikimedia Commons.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Josimar José Évora Dias ‘Vozinha’, figura de la selección de fútbol de Cabo Verde. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Cabo Verde empató 0-0 con España en su debut mundialista. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

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El regreso del puma a la amazonía ecuatoriana

por FELIPE CARDONA • Imágenes del autor

Exclusivo web Junio de 2026

Cuando el puma llora, la selva entera lo acompaña en su lamento. Basta un mínimo sollozo  del felino para que todo quede inmóvil: los insectos interrumpen su canto, las hojas  suspenden su caída. Las criaturas parecen apagarse para rendir tributo a su desdicha.  

Leodan Vargas, líder de la comunidad indígena Lisan Wasi —cuyo nombre significa “Casa de  la Hoja” en español—, habita en la Amazonía ecuatoriana y es uno de los pocos testigos de  este acontecimiento. El hombre, que ronda la treintena, parece frágil; su contextura  diminuta no hace justicia a la magnitud de su determinación. De sus manos —pequeñas,  casi invisibles— ha germinado un bosque. Árboles que hoy se yerguen como pilares vivos y se extienden hasta donde la vista no alcanza.

Todo en él sugiere mesura, la timidez lo acompaña como una sombra silenciosa. Es  cauteloso al hablar y viste casi siempre con ropa de jornalero, como si su destino estuviera atado al pulso de la tierra y al ritmo de la selva que no cesa. 

Leodan recuerda que, tras escuchar unos alaridos que le helaron la sangre, la selva se sumió en un silencio tan hondo que pudo sentir los latidos de la tierra bajo sus pies. No todos acceden a este privilegio: oír al puma es inusual. Generaciones enteras de la Amazonía vivieron y murieron sin percibir las agudas tribulaciones de la bestia. Por eso, cuando ocurre, los sabios dicen que no es un animal quien llama, sino la selva misma.  

Los abuelos —guardianes de la memoria, guías espirituales y consejeros de las tradiciones en los pueblos indígenas— cuentan que el felino pertenece al Amo de la Amazonía, una  presencia ancestral que habita la montaña donde la vida humana apenas se percibe como un susurro. Dicen que es el vigilante del equilibrio, custodio de las criaturas más preciosas, resguardadas en cavernas ocultas bajo la tierra, lejos de los apetitos desmedidos del hombre.

Durante años, los clamores del puma dejaron de escucharse y su presencia se volvió un mito desdibujado en la memoria de los ancianos. La bestia permaneció confinada mientras la  selva enfrentaba la piel dura de los forasteros, quienes, con papeles de membrete, botas  relucientes y rifles cruzados al pecho, intentaron borrar del mapa todo aquello cuyo nombre  no sabían pronunciar.  

Fueron los años de los terratenientes y ganaderos descendidos de la sierra ecuatoriana, un flujo silencioso que atravesó los últimos compases de los ochenta y se prolongó hasta la primera década de este siglo. Con ellos llegó también la sombra de las empresas petroleras extranjeras —Andes Petroleum, Compañía General de Combustibles y la argentina holandesa Pluspetrol—, esta última quizá la que más profundamente trastocó los dominios ancestrales de la comunidad kichwa. La selva, paciente y antigua, sufrió ultrajes  imborrables; y los pueblos indígenas, seducidos por promesas de abundancia fácil, olvidaron los consejos ancestrales que los ligaban a la tierra. Leodan Vargas confiesa que él y muchos miembros de su comunidad perdieron el rumbo y emigraron a la ciudad de Puyo en busca de un progreso que los alejaba de su verdadera naturaleza.  

Pero en este extravío hubo alguien que recordó la voz  de Pedro, el abuelo, último chamán de Lisan Wasi. Los que lo conocieron cuentan que era  un hombre que destilaba bondad, que sus dones jamás servían al capricho, sino a la sanidad  de los enfermos, el consejo en los momentos de zozobra y la defensa de las tradiciones ante  la amenaza externa. Fue uno de los hombres más poderosos de las comunidades indígenas  que flanquean el río Puyo, y su poder, intangible pero cierto, despertó la envidia de otros  seis chamanes —oscuros y ambiciosos— que, en su codicia, se reunieron para tramar un  hechizo de enfermedad que al final terminó por diezmarlo. A finales de los años noventa, presintiendo la proximidad de la muerte, el sabio realizó un gesto destinado a perpetuar la  sabiduría de los antiguos. Fue Luz Vargas, hermana de Leodan, quien recogió esta semilla y mantuvo vivos los actos y las palabras del anciano.  

En la antesala de la muerte, cuando el aire se le volvía espeso, Pedro reunió nueve variedades de ají y creó un potaje ardiente. Mandó traer a sus nietos y tomó en brazos a  uno de los más pequeños. En la mirada del niño descubrió una humildad antigua, una modestia capaz de soportar potencias invisibles. Entonces lo recostó y vertió el brebaje en  sus ojos abiertos. El llanto del niño fue absorbido por la algarabía de la comunidad: Pedro había elegido al futuro chamán de Lisan Wasi. Luz, que entonces era una niña, fue testigo de cómo su hermano Leodan quedaba vinculado para siempre con la selva y sus ancestros.

El abuelo no se equivocó. La naturaleza traza planes que escapan al capricho humano. Corría el año 2012 cuando la selva, agobiada por su largo cautiverio, lanzó un llamado de liberación y sus hijos fueron llegando, uno por uno, dispuestos a jugarse la piel para recuperar el paraíso arrebatado.  

La primera fue Luz. Llegó al caserío con el paso firme de quien ha transitado entornos  hostiles. Tras años en las aulas entre códigos, expedientes y signos ajenos a la selva aprendió que las armas legales, pueden ser, a veces, más implacables que la fuerza bruta. Emprendió una batalla contra los ganaderos que la llevó al límite de su paciencia y logró que los tribunales restituyeran ochenta hectáreas de tierra. Ese espacio recuperado se convirtió en el cimiento de una nueva generación que dejaba atrás las fracturas de identidad  y restauraba, con dignidad, su condición indígena.  

Como Luz, mujeres de comunidades vecinas también alzaron el puño y se embarcaron en la defensa del territorio: en la región selvática ecuatoriana de Pastaza, al sur de la ciudad de  Puyo, los pueblos Sarayaku y Waorani lograron lo impensable: la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció la potestad sobre sus territorios, marcando un claro límite a  la voracidad de las multinacionales. No sólo fue un triunfo jurídico, sino una gesta de  esperanza en medio del despojo.  

Luego fue el turno de Leodan. No regresó solo: volvió impulsado por la voz de su hermana  Luz, una voz que sembró en su corazón el anhelo de liderar a su pueblo. El retorno no fue  sencillo. Cada paso, cada palabra fueron prendas arrebatadas a la incertidumbre. Había crecido mancillado por la estrechez mental de la ciudad, donde su vida se reducía a trabajar  como obrero de construcción, alimentando sueños ajenos mientras los propios se desvanecían. 

Poco a poco la memoria regresó, el cauce extraviado encontró su río. Sin prisa, pero con una potencia inevitable, Leodan se acopló al ritmo de la selva. Volvieron las madrugadas  consagradas a descifrar los sueños bajo el amparo de la Guayusa, la bebida ceremonial que aclara el pensamiento y otorga vigor para el día naciente. Volvieron también las manos  llenas de tabaco, limpieza y protección; los rostros pintados con achiote, rojo inmortal de la tierra, símbolo de una identidad que se elige, se habita y se defiende.

Su padre lo encaminó también en la medicina ancestral. Le presentó la ayahuasca, liana sagrada que no trepa, sino que desciende a la tierra, raíz que sumerge a los seres en la  vastedad de la conciencia para enfrentar los miedos enquistados en lo profundo. Fueron noches de inmersión total, vigilias que escapaban al tiempo. Leodan se habituó a los seres de otros planos que le susurraban ícaros antiguos —cantos de curación— capaces de alterar el curso del pensamiento y de la vida. 

Una noche supo que el tiempo de aprendiz había terminado. La revelación llegó mientras guiaba una toma de ayahuasca junto a una mujer que se declaraba escéptica de sus  plegarias. Tras beber la medicina, Leodan sintió un estremecimiento que le encendió la espina dorsal. Una fuerza salió de su cuerpo y tomó forma. En la visión se contempló a sí mismo en el plano espiritual. Era como verse en un espejo; sus facciones eran las mismas, pero su doble llevaba un tocado de plumas digno de la realeza prehispánica; en la mano, un  bastón de madera tallado con esmero; en el cuello, collares cuyo destello competía con el de los astros. No hubo duda ni sobresalto. Fue la confirmación de una sospecha que siempre  lo acompañó.  

Desde entonces, Leodan junto a Luz, su hermano Inti y un puñado de jóvenes animados por  el mismo ardor, rasgó la tierra para plagarla de árboles, abrió cauces de agua cristalina  donde el cielo pudiera contemplarse y levantó un bohío para resguardar los maderos que  hasta el día de hoy avivan una llama inextinguible. Sin miedo a perderse abrieron la selva a  quienes llegaban desde tierras remotas y hablaban lenguas extrañas. La premisa ya no fue  la reverencia sino la hermandad: el intercambio de saberes bajo el manto de las prácticas ancestrales.  

Faltaba una última señal.  

Llegó cuando Luz y otras mujeres preparaban la chicha en una choza internada en la espesura. Mordían el maíz y lo escupían en bateas de madera para macerarlo. Estaban solas:  la tradición lo exige. Ningún hombre puede participar. Entonces ocurrió: Desde las ramas  una figura se deslizó hacia ellas. Un ruido seco, unas pisadas ágiles. Era el puma. Las mujeres  treparon a la parte alta del refugio. Luz se quedó abajo. Apretó el pilón y lo convirtió en una lanza improvisada. Alzó la mirada y sostuvo los ojos de la criatura. No retrocedió. El animal  quedó inmóvil unos instantes y luego se internó en la maleza.  

Los hombres llegaron alertados por los gritos, con carabinas en las manos. Luz los detuvo. A pesar del miedo, la señal era inequívoca: El puma había descendido de la montaña para  anunciar su regreso. El pueblo Lisan Wasi ya no estaba sólo. 

En el plano espiritual Leodan también recibió el aval de la selva. En las tomas de ayahuasca y San Pedro —otra medicina sagrada heredada de los incas— la presencia del felino se volvió  recurrente. Comprendió entonces que el puma era su animal de poder, su tótem. Desde ese momento el joven chamán se presenta como “el puma” frente a todos aquellos que vienen a conocerlo.  

Nunca sabremos si su mirada es la misma que conmovió al abuelo Pedro. Pero sus ojos  transmiten un sosiego que repara el alma. Basta compartir unos instantes con él para  comprender el vínculo que lo une al felino. Para los kichwa, el puma no gobierna: custodia. Así camina Leodan por la selva. Cada vez que llega a un lugar, lo hace sin alboroto, sin que  nadie lo advierta. Se integra en las conversaciones con discreción y dice solo lo necesario. Su liderazgo no empuja: es una presencia sin apuros. 

Como el puma aprendió a custodiar el mundo desde la calma, con pasos que no alertan, pero con la firmeza inamovible de quien conoce los caminos de la selva.

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Granaderos al ataque

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Haití gana 4-0 a su homónima de Nueva Zelanda en un amistoso previo al Mundial de fútbol de 2026. Tomado de la Fédération Haïtienne de Football.

La primera vez que escuché de los indios taínos fue en una canción emblemática de la salsa, Anacaona, escrita por el maravilloso Tite Curet y popularizada en la entrañable voz de Cheo Feliciano. Esa melodía fue una bomba en mis tiempos de primera juventud, por allá en los lejanos años noventa del siglo pasado, época de festejos y desdichas para la selección Colombia del negro Pacho Maturana.

Volví a saber de esa tribu en las páginas de Las venas abiertas de América Latina, del maestro Eduardo Galeano, quien también escribió de fútbol, y hago mención porque este artículo, pese a todo, también es de fútbol.

En fin, el hecho es que estando en la Universidad de Antioquia, un día me dio por meterme en los libros de historia de la Biblioteca Carlos Gaviria, y leí sobre ese pueblo y sobre su “isla montañosa”, su amada Ayiti, o Quisqueya. Allí llegaron los saqueadores españoles en 1492, en tres pinches carabelas.

Los ibéricos, borrachos, literalmente, y enfermos por el oro y la fama, rebautizaron la isla como La Española y la convirtieron en centro de operaciones. Desde allí, a fuerza de espadas y crucifijos, sometieron y masacraron a los taínos y a todos los pueblos primigenios de América Latina.

Ya establecida la Conquista, los españoles transaron con los franceses para llenar la isla de esclavos traídos de África. Los pusieron a sembrar caña de azúcar.

Tuvieron que pasar casi tres siglos para que esos esclavos, liderados por el jamaicano Dutty Boukman y el Napoleón Negro, Toussaint Louverture, iniciaran una gigantesca rebelión, en 1793, que terminó, diez años después, en la independencia de la isla, proclamada por Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe.

Así se resume la historia de lo que hoy conocemos como Haití, un pequeño país del Caribe, hermanado con República Dominicana.

Haití, que fue nombrado así en homenaje al viejo pueblo Ayiti, parece haber nacido con una perenne maldición. Los esclavos, más de medio millón, echaron a españoles, franceses e ingleses, y a cambio obtuvieron una tierra fértil para el café y el azúcar, pero también para las desgracias.

Tras espantar a los franceses, que tenían el poder sobre la isla, Haití entró en una grave crisis económica, pues los europeos, para reconocer el nuevo Estado, pidieron a cambio una exorbitante y humillante indemnización para la nación de Voltaire, Zola, Baudelaire y Robespierre. Esa deuda, que duró más de cien años, derivó en violencia callejera, golpes de Estado, guerras civiles, enfermedades incurables, diásporas y suicidios.

Pero la venganza francesa no terminó allí. De 1957 a 1986, en Haití se instaló un gobierno autoritario e ilegítimo, el de la familia Duvalier, que gozó del apoyo de diversos mandatarios galos, desde Coty, Charles de Gaulle y Pompidou, hasta Francois Mitterrand. Sin embargo, el principal patrocinador de la carnicería de los Duvalier fue Estados Unidos y uno de sus perros rabiosos, la CIA. Los gringos ocuparon Haití de 1915 a 1935, pero no se fueron de inmediato, sino que tardaron en desalojar la isla, como en las despedidas de los circos malos.

Los Tonton Macoute de Papa Doc. Tomado de www.nuevarevolucion.es.

Francois Duvalier, más conocido como Papa Doc, fue un médico que llegó al poder en 1957, supuestamente elegido democráticamente, pese a múltiples denuncias de fraude. Duvalier, con un discurso populista, logró captar muchos votos, pero su mayor ventaja la tomó de las amenazas a sus opositores, quienes tuvieron que exiliarse en otros países.

Papa Doc montó grupos paramilitares en todo el país para reprimir cualquier conato de rebelión. Los Tonton Macoute torturaron, desaparecieron y asesinaron a cientos de personas, solo por pensar diferente. Por si fuera poco, mientras los Duvalier cada vez se enriquecían más, los haitianos se morían de hambre, de sida o a causa de huracanes y terremotos.

Como era predecible, Papa Doc se atornilló en el poder y, tras su muerte, su hijo Jean Claude ‘Baby Doc’ Duvalier heredó ocupó el gobierno de 1971 a 1986. Durante esos años sucedió el primer milagro haitiano, la clasificación al mundial de Alemania 1974.

Antoine Tassy fue designado como entrenador del seleccionado dos años antes. En las eliminatorias de la Concacaf, Haití compartió grupo con México, Trinidad y Tobago, Honduras, Guatemala y Antillas Neerlandesas. La presión sobre los jugadores era tremenda. Duvalier quería que su equipo fuera a Alemania para utilizarlo como símbolo del falso progreso haitiano. Hombres encapuchados aparecían en las casas de los jugadores y tiraban panfletos bajo las puertas. Las cosas llegaron tan lejos que incluso, antes del partido con Honduras, el 7 de diciembre de 1973, integrantes del Tonton Macoute golpearon en plena calle al defensor Pierre Bayonne, quien había cometido un error durante el duelo que Haití le había ganado 2-1 a Trinidad y Tobago cuatro días antes.

Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, presidente de Haití entre 1971 y 1986. Tomado de Wikimedia Commons.

En medio de ese ambiente de terror, Haití ganó su grupo con ocho puntos. Ganó cuatro partidos y solo perdió uno, contra México. El viaje fue escoltado por el escuadrón élite del gobierno de Duvalier, Los Leopardos, quienes supervisaban con cara de malos a todos los jugadores, sobre todo cuando iban a las entrevistas. Vigilaban que no criticaran al régimen, o que se escaparan de la concentración para buscar la libertad en otros países.

En el mundial les correspondió el grupo 4, con Argentina, Italia y Polonia, tres equipos con amplia tradición futbolera. Italia tenía a cracks como Gianni Rivera, Fabio Capello, Luigi Riva y Dino Zoff; Argentina tenía a Kempes, Perfumo, a Houseman; y Polonia contaba con estrellas como Lato, Zmuda, Deyna y Szarmach.

Duvalier sabía que su selección no tenía ningún chance, pero aprovechó el viaje para entablar relaciones y dejar en limpio su gobierno ante todo el mundo. En la cancha, los haitianos lucharon con valentía, pero la distancia con las potencias era demasiada. Italia les ganó 3-1, pese a irse en ventaja con gol de Emmanuel Sanon, uno de los dos únicos futbolistas que jugaban en el exterior. Sanon era hijo de migrantes haitianos pero había nacido en Bélgica y jugaba para el Beerschot. El otro era el capitán Wilner Nazaire, quien jugaba para el Valenciennes francés.

Contra Polonia fue un desastre. Lato, Szarmach y compañía los vencieron 7-0. No tuvieron piedad. Por último, Argentina les ganó 4-1. Sanon, otra vez, hizo el de la honra.

El lunar fue el positivo por efedrina de Ernst Jean-Joseph, volante del Violette haitiano. Tras la confirmación de los médicos de la Fifa, el jugador fue expulsado del torneo, pero eso no fue lo peor. Los Leopardos lo sacaron a patadas de la concentración, lo encerraron en un garaje y lo golpearon durante dos noches. Cuando lo iban a mandar de regreso a Haití, quizás para matarlo, el agregado haitiano en Alemania, Kurt Renner, dio aviso a la prensa. Renner le salvó la vida al apodado “mulato del pelo rojo”, pero fue destituido de su cargo inmediatamente.

Selección de Haití en su debut mundialista en Alemania 1974. Tomado de https://www.facebook.com/futbolero.nacional.2025.
Haití vs. Argentina en el Mundial de Alemania 1974. Tomado de ESPN.

Baby Doc Duvalier fue derrocado en febrero de 1986, el año de La mano de Dios. Tras muchos abusos de poder, y en medio de una crisis económica y de salud pública sin precedentes, se produjo un levantamiento popular que hizo que el dictador huyera a Francia, en un avión estadounidense.

Haití siguió participando de las eliminatorias de la Concacaf, pero el éxito era esquivo. Para colmo, el “país maldito” seguía sufriendo por hambre, inundaciones, tormentas, maremotos, huracanes y terremotos. En 2010, por ejemplo, un temblor de 7.0 arrasó con Puerto Príncipe y dejó más de doscientos mil muertos. En 2016, el huracán Matthew dejó a dos millones de damnificados y, en 2021, otro terremoto cobró la vida de cerca de cinco mil personas.

Lo peor de esos años, sin embargo, fue el gobierno corrupto de Jovenel Moise, quien ganó las elecciones de 2017, apoyado por el entonces presidente Michel Martelly, del partido PHTK – Partido Haitiano Tèt Kale. Martelly era un aliado incondicional del chavismo venezolano y Moise, que ganó las elecciones en medio de un contexto turbulento, con violencia en las calles, damnificados por los desastres naturales y graves acusaciones de fraude, siguió los pasos de su padrino Martelly y firmó varios acuerdos con Nicolás Maduro.

En 2019, como era de esperarse, explotó un escándalo llamado Petrocaribe. Moise fue acusado de malversar miles de millones de dólares de esos acuerdos con el gobierno venezolano. Los haitianos salieron a las calles a protestar y Moise, que tenía arreglos con algunas de las pandillas más poderosas del país, hizo represión con violencia. En 2020, el incendiario Moise le echó más leños al fuego y suprimió el Parlamento. Entonces el país explotó. Las pandillas tomaron el poder en el setenta por ciento del país y Moise tuvo que atrincherarse por miedo a un golpe de Estado.

En 2021, veintiocho mercenarios colombianos, exintegrantes del Ejército, fueron contratados para matar a Moise, y no fallaron. En julio de 2021, en una rápida incursión, los mercenarios llegaron a la casa de Moise, en Puerto Príncipe, y lo acribillaron. Los asesinos fueron capturados en el acto y están cumpliendo condenas en Haití y Estados Unidos. Pasados algunos meses, más de cincuenta personas fueron imputadas por conspiración en el magnicidio, incluyendo a la esposa de Moise, Martina, y al exprimer ministro Claude Joseph.

En las declaraciones de los acusados, se mencionó que la muerte de Moise era necesaria porque estaba aliado con las bandas criminales del país, sobre todo con la G9 Fanmi e Alye (Familia y Aliados), cuyo jefe es el expolicía Jimmy Chérizier, alias Barbacoa.

Tras la muerte de Moise, la violencia en Haití se salió de control. Las cinco principales bandas se tomaron el noventa por ciento de la pequeña isla y, claro, la selección de fútbol también se vio afectada. La G9 se adueñó del estadio Sylvio Cator y del complejo de entrenamiento El Rancho. El equipo tuvo que exiliarse en Curazao para jugar allí las eliminatorias hacia el mundial de 2026 y muchos jugadores sufrieron saqueos en sus viviendas de Puerto Príncipe.

Era imposible acercarse a Puerto Príncipe porque no solo era la G9 con su poder militar enfrentando al Ejército y la Policía, sino que también había una guerra declarada entre los cinco grupos armados ilegales. El G-Pep, por ejemplo, de alias Ti Gabriel, estaba enfrentado con el G9; mientras que Baz Pilatos, Nan Ti Bwa y Delmas 6, con apoyo de las maras salvadoreñas, estaban en guerra por el control de las rutas del narcotráfico.

Alix Didier Fils-Aimé, jefe de Estado y de gobierno tras el magnicidio de Moise, no ha sabido qué hacer para controlar a las pandillas y por eso Haití es considerado uno de los tres países más peligrosos del planeta.

Al igual que en el 74, otra vez el fútbol se convirtió en la mejor noticia para un país en crisis humanitaria, para un Estado fallido y maldito. Otra vez la pelota fue la esperanza para esos doce millones de habitantes de Quisqueya.

En los años de la dictadura de Duvalier, fueron cientos los haitianos que emigraron a otros países buscando asilo. Tras la caída de Baby Doc, el país no pudo salir adelante porque la deuda externa era insostenible. La crisis se agravaba con cada desastre natural, y las ayudas humanitarias, casi siempre, eran robadas por políticos corruptos y por los grupos armados. La diáspora haitiana se cuenta por millones. La cifra oficial es de dos millones de ciudadanos, pero las extraoficiales hablan de tres. Los destinos predilectos son Francia, Canadá y Estados Unidos.

Después de la muerte de Moise, el técnico de la selección, Jean Jacques Pierre, fue echado por el mal rendimiento del equipo. Su reemplazo fue el español Calderón Pellegrino, quien tampoco pudo sacar frutos de los talentos emergentes de los Granaderos. Entonces, en marzo de 2024, la Federación de Fútbol decidió ir por el técnico francés Sebastien Migné, un exjugador de la segunda división francesa, con un palmarés como asistente muy pobre y que antes de recibir la llamada estaba dirigiendo en Togo.

Migné fue contratado por teléfono, y por teléfono comenzó a dirigir. Hacía videoconferencias para dar las indicaciones antes de cada partido, y solo se veía con sus jugadores en los partidos eliminatorios. Haiti, cuya selección es cincuenta por ciento haitiana y cincuenta por ciento francesa, tuvo que exiliarse en Curazao para jugar la fase clasificatoria hacia el mundial de 2026, en el estadio Ergilio Hato.

Migné ya había pasado por momentos difíciles, turbulentos, en otros países. Había dirigido en Togo, Congo, Guinea Ecuatorial y Chad. Era conocedor de los estragos de la guerra, de modo que dirigir a Haití era un reto asumible para él. Lo primero que hizo fue buscar a jugadores con raíces haitianas nacidos en otros países. En ese ejercicio encontró a dos figuras de la Premier League: Jean Bellegarde, del Wolverhampton, y Wilson Isidor, del Sunderland.

Pero su mejor jugador, su estrella, es Duckens Nazon, delantero del Esteghlal de Irán. Los padres de Nazon huyeron a Francia en los años ochenta y por eso él nació allí, en las calles de Chatenay Malabry. En Altos del Sena.

Durante su niñez conoció la historia de Haití, de sus ancestros, y juró que jamás representaría a un país diferente. Sus primeros años los pasó en el Vannes, pero luego pasó al Lorient, un equipo de amplia trayectoria. En esos años fue convocado varias veces a las juveniles de Francia, pero rechazó cada oferta que le pusieron sobre la mesa. Su misión, afirmaba en esa época, era llevar a Haití a un mundial.

En Francia lo dejaron en paz y él continuó avanzando en su carrera. Jugó en el Wolverhampton y en el Coventry, en Inglaterra, y en el Sint Truiden de Bélgica. También pasó por Escocia y por Bulgaria, antes de iniciar su declive.

Con Haití ha jugado más de ochenta partidos y ha marcado más de cuarenta goles. Es el capitán, la estrella y el líder espiritual.

“Solo nos tienen a nosotros. Si no hay fútbol, no tienen nada, pero si juega la selección, tienen esperanza. Nosotros podemos hacerlos sonreír”, arenga Nazon antes de cada encuentro.

Nazon fue el héroe de la clasificación haitiana para el mundial 2026. Su hat trick en el duelo contra Costa Rica, en San José, ante el arquero Keylor Navas, en el 3-3, y su gol en el agónico 1-0 en Curazao, en el partido de vuelta, le dieron el tiquete a los Granaderos, lo que desató la euforia no solo en Haití, sino en el resto del mundo.

Sin dictaduras, pero con muchos problemas por resolver, Haití vuelve a un mundial más de cincuenta años después. Esta vez no habrá presiones, ni amenazas. Esta vez solo hay espacio para la esperanza, para la ilusión de tantos exiliados. También es la esperanza para esos doce millones de habitantes que viven presos en su propia isla, como los esclavos en los tiempos de La Española. Ahora los conquistadores son otros, hablan la misma lengua y tienen el mismo color de piel que sus víctimas, pero son tan malos como los saqueadores que bajaron de las tres carabelas. Quizás por eso es que el grito de victoria de la selección de Migné es el mismo que gritaban los esclavos en 1803: “Grenadye, alaso”, que en español es “Granaderos al ataque”.

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