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La revolución de los claveles y el sueño mundialista

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Soldados portugueses durante la Revolución de los Claveles en 1974. Tomado de www.litci.org.

Para entender la historia de Cabo Verde y su actual milagro futbolístico hay que instalarse en la década del setenta del siglo pasado, cuando Cruyff y Beckenbauer eran los dueños de la pelota y el Ajax y el Bayern Munich se turnaban para ganar la Copa de Campeones. En esos tiempos, concretamente en 1974, Portugal estaba atascado en la terrible dictadura de António de Oliveira Salazar, quien tras un golpe de Estado en 1933, fundó el Estado Novo, se atornilló en el poder y desató todo tipo de censuras y persecuciones.

Salazar fue conocido como “el dictador que murió dos veces”, porque en 1968 sufrió un accidente casero y sus allegados lo declararon muerto para el pueblo portugués, pero lo mantuvieron vivo en secreto hasta 1970 cuando finalmente falleció. Hasta su último aliento, De Oliveira creyó que seguía gobernando Portugal, pero quien mandaba en realidad era Marcelo Caetano. 

En 1974, cansado de los abusos, el pueblo se sublevó, y en su pacífica rebeldía tuvo como aliado al Ejército. Aquella manifestación es conocida como La revolución de los claveles y se inició el 25 de abril de ese año, con dos canciones censuradas que sonaron en la radio en diferentes horarios. Primero, E depois do adeus de Paulo de Carvalho, a las 10:55 de la noche, y luego Grândola, Vila Morena de José Afonso, a la medianoche. 

El derrocamiento de Caetano no tuvo oposición y Portugal recuperó su democracia al día siguiente. Necesario sería leer a Saramago o a Lobo Antunes, quienes cuentan la historia de manera detallada y poética. 

Durante sus años de febril autoritarismo, De Oliveira se negó a la descolonización de los territorios en África. Hasta su muerte, el dictador se negó a otorgarles la independencia a Mozambique, Angola y Cabo Verde. Tras el derrocamiento de Caetano, esos pequeños países africanos vieron surgir la esperanza de libertad y, en 1975, los tres se independizaron pacíficamente, a través de acuerdos diplomáticos.

António de Oliveira Salazar, primer ministro portugués entre 1932 y 1968. Tomado de Wikimedia Commons.

Sin embargo, las raíces de la cultura portuguesa siguieron marcando la vida de las nuevas repúblicas: el cien por ciento de la población de Cabo Verde tenía al portugués como lengua principal y el catolicismo era la principal religión. 

Pedro Leitao Brito, más conocido como Bubista, tenía cinco años cuando Cabo Verde logró su independencia, pero recuerda la euforia que se vivió en las calles de su natal Boa Vista, la tercera isla más grande del archipiélago caboverdiano y la más cercana al continente africano. 

Pedro no tuvo que ir a la escuela durante varios días, los festejos por la independencia se extendieron casi un mes. Además, el empalme entre la vieja administración portuguesa y la nueva caboverdiana, se tardaría poco más de medio año. 

Cabo Verde es un archipiélago surgido de la actividad volcánica. Sus diez islas están divididas en dos bloques: Barlovento y Sotavento. Praia, la capital, y Boa Vista están en Barlovento, donde golpean con fuerza los vientos alisios. Durante años, los mejores talentos caboverdianos defendieron la camiseta de Portugal: en esa lista se incluyen Nani, Océano, Semedo, Nene, Gelson Martins y Gelson Fernandes. Incluso Cristiano Ronaldo tiene raíces en ese pequeño país, pues su abuela, Rosa Isabel de Piedade, nació allí. 

Tras la independencia, esos talentos emergentes siguieron eligiendo a Portugal para jugar al fútbol, pues consideraban que defender a Cabo Verde les limitaba sus posibilidades de crecimiento. Sin embargo, unos pocos pensaban diferente, y entre ellos estaba Pedro Leitao, a quien a partir de los dieciséis años ya apodaban Bubista, por cosas de su padre, un consumado lector del budismo y quien de manera graciosa solía decirle a su hijo: “Tú deberías ser budista”, y como el niño no sabía pronunciar bien la palabra, decía: “Sí, soy bubista”, y así se quedó. 

El fútbol no fue particularmente bueno con Bubista. Fue un jugador cumplidor, sin demasiado talento, y su carrera transcurrió entre equipos de la segunda división portuguesa y los principales clubes de su natal Cabo Verde. La mejor parte de su carrera como defensor fue un fugaz paso por el Bajadoz en España, en 1996, pero solo jugó ochenta minutos en seis meses de contrato. Ese mismo año, casualmente, Luis de la Fuente, actual entrenador de España, se había retirado del fútbol profesional y se iniciaba como técnico en un club vasco llamado Portuguesa.

Mapa de Cabo Verde. Tomado de Wikimedia Commons.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Josimar José Évora Dias ‘Vozinha’, figura de la selección de fútbol de Cabo Verde. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

Bubista continuó su carrera como futbolista en Cabo Verde hasta 2005. Defendió siempre a su país con la camiseta de los Tiburones Azules, pero jamás logró clasificar, ni siquiera, a una Copa de África. Tras retirarse inició su historia en los banquillos, y entonces el éxito, por fin, tocó a su puerta. 

Empezó dirigiendo clubes en su país y luego fue sumado como adjunto en la selección nacional. En 2013, con él como ayudante, Cabo Verde clasificó a la Copa de África y llegó hasta cuartos de final. 

Tras algunos tropiezos, muchos de ellos debido a la falta de recursos y a la pésima estructura del campeonato local, Bubista asumió la dirección técnica del seleccionado a comienzos de 2020. Estaba obsesionado con clasificar al mundial de Catar, pero el covid-19 estropeó todos sus planes, pues los jugadores no podían entrenar, no se podían hacer amistosos y, en resumen, el mundo estaba casi bloqueado. 

Cuando todo volvió a la normalidad, Cabo Verde no fue capaz de competir en igualdad de condiciones y quedó eliminado de Catar. Pese al fracaso, Bubista fue mantenido en el cargo y Mario Mendes, presidente de la Federación de Fútbol, se convirtió en su aliado en el nuevo proceso. Se pusieron manos a la obra con una estrategia austera, pero innovadora. La pandemia había dejado enseñanzas y una de ellas, la comunicación a través de redes sociales, iba a ser clave para formar el nuevo combinado. 

Por medio de LinkedIn y Facebook comenzaron a contactar jugadores con raíces caboverdianas en todo el mundo que hubieran sido descartados por otras selecciones. Se apoyaban en la estadística de la diáspora, pues aunque en Cabo Verde solo hay quinientos mil habitantes, en el resto del mundo hay al menos otro millón. De esa forma encontraron a Steven Moreira, del Columbus Crew de Estados Unidos, quien había pasado por Le Havre y Lille de Francia, y a Pico Lopes, nacido en Dublín, pero de padres caboverdianos.

Cabo Verde empató 0-0 con España en su debut mundialista. Tomado de www.vozinhaofficial.com.

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Granaderos al ataque

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Haití gana 4-0 a su homónima de Nueva Zelanda en un amistoso previo al Mundial de fútbol de 2026. Tomado de la Fédération Haïtienne de Football.

La primera vez que escuché de los indios taínos fue en una canción emblemática de la salsa, Anacaona, escrita por el maravilloso Tite Curet y popularizada en la entrañable voz de Cheo Feliciano. Esa melodía fue una bomba en mis tiempos de primera juventud, por allá en los lejanos años noventa del siglo pasado, época de festejos y desdichas para la selección Colombia del negro Pacho Maturana.

Volví a saber de esa tribu en las páginas de Las venas abiertas de América Latina, del maestro Eduardo Galeano, quien también escribió de fútbol, y hago mención porque este artículo, pese a todo, también es de fútbol.

En fin, el hecho es que estando en la Universidad de Antioquia, un día me dio por meterme en los libros de historia de la Biblioteca Carlos Gaviria, y leí sobre ese pueblo y sobre su “isla montañosa”, su amada Ayiti, o Quisqueya. Allí llegaron los saqueadores españoles en 1492, en tres pinches carabelas.

Los ibéricos, borrachos, literalmente, y enfermos por el oro y la fama, rebautizaron la isla como La Española y la convirtieron en centro de operaciones. Desde allí, a fuerza de espadas y crucifijos, sometieron y masacraron a los taínos y a todos los pueblos primigenios de América Latina.

Ya establecida la Conquista, los españoles transaron con los franceses para llenar la isla de esclavos traídos de África. Los pusieron a sembrar caña de azúcar.

Tuvieron que pasar casi tres siglos para que esos esclavos, liderados por el jamaicano Dutty Boukman y el Napoleón Negro, Toussaint Louverture, iniciaran una gigantesca rebelión, en 1793, que terminó, diez años después, en la independencia de la isla, proclamada por Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe.

Así se resume la historia de lo que hoy conocemos como Haití, un pequeño país del Caribe, hermanado con República Dominicana.

Haití, que fue nombrado así en homenaje al viejo pueblo Ayiti, parece haber nacido con una perenne maldición. Los esclavos, más de medio millón, echaron a españoles, franceses e ingleses, y a cambio obtuvieron una tierra fértil para el café y el azúcar, pero también para las desgracias.

Tras espantar a los franceses, que tenían el poder sobre la isla, Haití entró en una grave crisis económica, pues los europeos, para reconocer el nuevo Estado, pidieron a cambio una exorbitante y humillante indemnización para la nación de Voltaire, Zola, Baudelaire y Robespierre. Esa deuda, que duró más de cien años, derivó en violencia callejera, golpes de Estado, guerras civiles, enfermedades incurables, diásporas y suicidios.

Pero la venganza francesa no terminó allí. De 1957 a 1986, en Haití se instaló un gobierno autoritario e ilegítimo, el de la familia Duvalier, que gozó del apoyo de diversos mandatarios galos, desde Coty, Charles de Gaulle y Pompidou, hasta Francois Mitterrand. Sin embargo, el principal patrocinador de la carnicería de los Duvalier fue Estados Unidos y uno de sus perros rabiosos, la CIA. Los gringos ocuparon Haití de 1915 a 1935, pero no se fueron de inmediato, sino que tardaron en desalojar la isla, como en las despedidas de los circos malos.

Los Tonton Macoute de Papa Doc. Tomado de www.nuevarevolucion.es.

Francois Duvalier, más conocido como Papa Doc, fue un médico que llegó al poder en 1957, supuestamente elegido democráticamente, pese a múltiples denuncias de fraude. Duvalier, con un discurso populista, logró captar muchos votos, pero su mayor ventaja la tomó de las amenazas a sus opositores, quienes tuvieron que exiliarse en otros países.

Papa Doc montó grupos paramilitares en todo el país para reprimir cualquier conato de rebelión. Los Tonton Macoute torturaron, desaparecieron y asesinaron a cientos de personas, solo por pensar diferente. Por si fuera poco, mientras los Duvalier cada vez se enriquecían más, los haitianos se morían de hambre, de sida o a causa de huracanes y terremotos.

Como era predecible, Papa Doc se atornilló en el poder y, tras su muerte, su hijo Jean Claude ‘Baby Doc’ Duvalier heredó ocupó el gobierno de 1971 a 1986. Durante esos años sucedió el primer milagro haitiano, la clasificación al mundial de Alemania 1974.

Antoine Tassy fue designado como entrenador del seleccionado dos años antes. En las eliminatorias de la Concacaf, Haití compartió grupo con México, Trinidad y Tobago, Honduras, Guatemala y Antillas Neerlandesas. La presión sobre los jugadores era tremenda. Duvalier quería que su equipo fuera a Alemania para utilizarlo como símbolo del falso progreso haitiano. Hombres encapuchados aparecían en las casas de los jugadores y tiraban panfletos bajo las puertas. Las cosas llegaron tan lejos que incluso, antes del partido con Honduras, el 7 de diciembre de 1973, integrantes del Tonton Macoute golpearon en plena calle al defensor Pierre Bayonne, quien había cometido un error durante el duelo que Haití le había ganado 2-1 a Trinidad y Tobago cuatro días antes.

Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, presidente de Haití entre 1971 y 1986. Tomado de Wikimedia Commons.

En medio de ese ambiente de terror, Haití ganó su grupo con ocho puntos. Ganó cuatro partidos y solo perdió uno, contra México. El viaje fue escoltado por el escuadrón élite del gobierno de Duvalier, Los Leopardos, quienes supervisaban con cara de malos a todos los jugadores, sobre todo cuando iban a las entrevistas. Vigilaban que no criticaran al régimen, o que se escaparan de la concentración para buscar la libertad en otros países.

En el mundial les correspondió el grupo 4, con Argentina, Italia y Polonia, tres equipos con amplia tradición futbolera. Italia tenía a cracks como Gianni Rivera, Fabio Capello, Luigi Riva y Dino Zoff; Argentina tenía a Kempes, Perfumo, a Houseman; y Polonia contaba con estrellas como Lato, Zmuda, Deyna y Szarmach.

Duvalier sabía que su selección no tenía ningún chance, pero aprovechó el viaje para entablar relaciones y dejar en limpio su gobierno ante todo el mundo. En la cancha, los haitianos lucharon con valentía, pero la distancia con las potencias era demasiada. Italia les ganó 3-1, pese a irse en ventaja con gol de Emmanuel Sanon, uno de los dos únicos futbolistas que jugaban en el exterior. Sanon era hijo de migrantes haitianos pero había nacido en Bélgica y jugaba para el Beerschot. El otro era el capitán Wilner Nazaire, quien jugaba para el Valenciennes francés.

Contra Polonia fue un desastre. Lato, Szarmach y compañía los vencieron 7-0. No tuvieron piedad. Por último, Argentina les ganó 4-1. Sanon, otra vez, hizo el de la honra.

El lunar fue el positivo por efedrina de Ernst Jean-Joseph, volante del Violette haitiano. Tras la confirmación de los médicos de la Fifa, el jugador fue expulsado del torneo, pero eso no fue lo peor. Los Leopardos lo sacaron a patadas de la concentración, lo encerraron en un garaje y lo golpearon durante dos noches. Cuando lo iban a mandar de regreso a Haití, quizás para matarlo, el agregado haitiano en Alemania, Kurt Renner, dio aviso a la prensa. Renner le salvó la vida al apodado “mulato del pelo rojo”, pero fue destituido de su cargo inmediatamente.

Selección de Haití en su debut mundialista en Alemania 1974. Tomado de https://www.facebook.com/futbolero.nacional.2025.
Haití vs. Argentina en el Mundial de Alemania 1974. Tomado de ESPN.

Baby Doc Duvalier fue derrocado en febrero de 1986, el año de La mano de Dios. Tras muchos abusos de poder, y en medio de una crisis económica y de salud pública sin precedentes, se produjo un levantamiento popular que hizo que el dictador huyera a Francia, en un avión estadounidense.

Haití siguió participando de las eliminatorias de la Concacaf, pero el éxito era esquivo. Para colmo, el “país maldito” seguía sufriendo por hambre, inundaciones, tormentas, maremotos, huracanes y terremotos. En 2010, por ejemplo, un temblor de 7.0 arrasó con Puerto Príncipe y dejó más de doscientos mil muertos. En 2016, el huracán Matthew dejó a dos millones de damnificados y, en 2021, otro terremoto cobró la vida de cerca de cinco mil personas.

Lo peor de esos años, sin embargo, fue el gobierno corrupto de Jovenel Moise, quien ganó las elecciones de 2017, apoyado por el entonces presidente Michel Martelly, del partido PHTK – Partido Haitiano Tèt Kale. Martelly era un aliado incondicional del chavismo venezolano y Moise, que ganó las elecciones en medio de un contexto turbulento, con violencia en las calles, damnificados por los desastres naturales y graves acusaciones de fraude, siguió los pasos de su padrino Martelly y firmó varios acuerdos con Nicolás Maduro.

En 2019, como era de esperarse, explotó un escándalo llamado Petrocaribe. Moise fue acusado de malversar miles de millones de dólares de esos acuerdos con el gobierno venezolano. Los haitianos salieron a las calles a protestar y Moise, que tenía arreglos con algunas de las pandillas más poderosas del país, hizo represión con violencia. En 2020, el incendiario Moise le echó más leños al fuego y suprimió el Parlamento. Entonces el país explotó. Las pandillas tomaron el poder en el setenta por ciento del país y Moise tuvo que atrincherarse por miedo a un golpe de Estado.

En 2021, veintiocho mercenarios colombianos, exintegrantes del Ejército, fueron contratados para matar a Moise, y no fallaron. En julio de 2021, en una rápida incursión, los mercenarios llegaron a la casa de Moise, en Puerto Príncipe, y lo acribillaron. Los asesinos fueron capturados en el acto y están cumpliendo condenas en Haití y Estados Unidos. Pasados algunos meses, más de cincuenta personas fueron imputadas por conspiración en el magnicidio, incluyendo a la esposa de Moise, Martina, y al exprimer ministro Claude Joseph.

En las declaraciones de los acusados, se mencionó que la muerte de Moise era necesaria porque estaba aliado con las bandas criminales del país, sobre todo con la G9 Fanmi e Alye (Familia y Aliados), cuyo jefe es el expolicía Jimmy Chérizier, alias Barbacoa.

Tras la muerte de Moise, la violencia en Haití se salió de control. Las cinco principales bandas se tomaron el noventa por ciento de la pequeña isla y, claro, la selección de fútbol también se vio afectada. La G9 se adueñó del estadio Sylvio Cator y del complejo de entrenamiento El Rancho. El equipo tuvo que exiliarse en Curazao para jugar allí las eliminatorias hacia el mundial de 2026 y muchos jugadores sufrieron saqueos en sus viviendas de Puerto Príncipe.

Era imposible acercarse a Puerto Príncipe porque no solo era la G9 con su poder militar enfrentando al Ejército y la Policía, sino que también había una guerra declarada entre los cinco grupos armados ilegales. El G-Pep, por ejemplo, de alias Ti Gabriel, estaba enfrentado con el G9; mientras que Baz Pilatos, Nan Ti Bwa y Delmas 6, con apoyo de las maras salvadoreñas, estaban en guerra por el control de las rutas del narcotráfico.

Alix Didier Fils-Aimé, jefe de Estado y de gobierno tras el magnicidio de Moise, no ha sabido qué hacer para controlar a las pandillas y por eso Haití es considerado uno de los tres países más peligrosos del planeta.

Al igual que en el 74, otra vez el fútbol se convirtió en la mejor noticia para un país en crisis humanitaria, para un Estado fallido y maldito. Otra vez la pelota fue la esperanza para esos doce millones de habitantes de Quisqueya.

En los años de la dictadura de Duvalier, fueron cientos los haitianos que emigraron a otros países buscando asilo. Tras la caída de Baby Doc, el país no pudo salir adelante porque la deuda externa era insostenible. La crisis se agravaba con cada desastre natural, y las ayudas humanitarias, casi siempre, eran robadas por políticos corruptos y por los grupos armados. La diáspora haitiana se cuenta por millones. La cifra oficial es de dos millones de ciudadanos, pero las extraoficiales hablan de tres. Los destinos predilectos son Francia, Canadá y Estados Unidos.

Después de la muerte de Moise, el técnico de la selección, Jean Jacques Pierre, fue echado por el mal rendimiento del equipo. Su reemplazo fue el español Calderón Pellegrino, quien tampoco pudo sacar frutos de los talentos emergentes de los Granaderos. Entonces, en marzo de 2024, la Federación de Fútbol decidió ir por el técnico francés Sebastien Migné, un exjugador de la segunda división francesa, con un palmarés como asistente muy pobre y que antes de recibir la llamada estaba dirigiendo en Togo.

Migné fue contratado por teléfono, y por teléfono comenzó a dirigir. Hacía videoconferencias para dar las indicaciones antes de cada partido, y solo se veía con sus jugadores en los partidos eliminatorios. Haiti, cuya selección es cincuenta por ciento haitiana y cincuenta por ciento francesa, tuvo que exiliarse en Curazao para jugar la fase clasificatoria hacia el mundial de 2026, en el estadio Ergilio Hato.

Migné ya había pasado por momentos difíciles, turbulentos, en otros países. Había dirigido en Togo, Congo, Guinea Ecuatorial y Chad. Era conocedor de los estragos de la guerra, de modo que dirigir a Haití era un reto asumible para él. Lo primero que hizo fue buscar a jugadores con raíces haitianas nacidos en otros países. En ese ejercicio encontró a dos figuras de la Premier League: Jean Bellegarde, del Wolverhampton, y Wilson Isidor, del Sunderland.

Pero su mejor jugador, su estrella, es Duckens Nazon, delantero del Esteghlal de Irán. Los padres de Nazon huyeron a Francia en los años ochenta y por eso él nació allí, en las calles de Chatenay Malabry. En Altos del Sena.

Durante su niñez conoció la historia de Haití, de sus ancestros, y juró que jamás representaría a un país diferente. Sus primeros años los pasó en el Vannes, pero luego pasó al Lorient, un equipo de amplia trayectoria. En esos años fue convocado varias veces a las juveniles de Francia, pero rechazó cada oferta que le pusieron sobre la mesa. Su misión, afirmaba en esa época, era llevar a Haití a un mundial.

En Francia lo dejaron en paz y él continuó avanzando en su carrera. Jugó en el Wolverhampton y en el Coventry, en Inglaterra, y en el Sint Truiden de Bélgica. También pasó por Escocia y por Bulgaria, antes de iniciar su declive.

Con Haití ha jugado más de ochenta partidos y ha marcado más de cuarenta goles. Es el capitán, la estrella y el líder espiritual.

“Solo nos tienen a nosotros. Si no hay fútbol, no tienen nada, pero si juega la selección, tienen esperanza. Nosotros podemos hacerlos sonreír”, arenga Nazon antes de cada encuentro.

Nazon fue el héroe de la clasificación haitiana para el mundial 2026. Su hat trick en el duelo contra Costa Rica, en San José, ante el arquero Keylor Navas, en el 3-3, y su gol en el agónico 1-0 en Curazao, en el partido de vuelta, le dieron el tiquete a los Granaderos, lo que desató la euforia no solo en Haití, sino en el resto del mundo.

Sin dictaduras, pero con muchos problemas por resolver, Haití vuelve a un mundial más de cincuenta años después. Esta vez no habrá presiones, ni amenazas. Esta vez solo hay espacio para la esperanza, para la ilusión de tantos exiliados. También es la esperanza para esos doce millones de habitantes que viven presos en su propia isla, como los esclavos en los tiempos de La Española. Ahora los conquistadores son otros, hablan la misma lengua y tienen el mismo color de piel que sus víctimas, pero son tan malos como los saqueadores que bajaron de las tres carabelas. Quizás por eso es que el grito de victoria de la selección de Migné es el mismo que gritaban los esclavos en 1803: “Grenadye, alaso”, que en español es “Granaderos al ataque”.

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El milagro de los “francotiradores” de Zenica

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Bosnia y Herzegovina celebrando la clasificación al mundial de fútbol 2026. Tomada de Sofascore News.

Lesionado del tobillo derecho, el veterano arquero del Leicester City de Inglaterra, Asmir Begovic, viajó hasta Zenica, Bosnia, para ver a su selección contra Italia, en el emocionante repechaje europeo hacia la Copa del Mundo 2026. Begovic, quien sigue recuperándose, se ubicó en la tribuna popular, junto a miles de hinchas bosnios en el Bilino Polje, mítico estadio de la selección y del Celik. A unos tres pasos de distancia de Begovic estaba Nole, Novak Djokovic, parado casi todo el partido porque el público estaba enardecido y no permitía ver sentado el espectáculo. Nole, serbio de nacimiento, no tuvo problema en ir a apoyar a sus vecinos, sitiados y masacrados por su país entre 1992 y 1995, cuando murieron alrededor de cien mil personas y fueron desplazadas más de un millón. Se ha comprobado este año que durante ese inhumano asedio los comandantes del ejército serbio Stanislav Galic, Ratko Mladic y Dragomir Milosevic recibieron dinero de algunos millonarios italianos, de perversas excentricidades, para poder divertirse matando civiles disparando desde los cerros aledaños a Sarajevo, o desde edificios altos custodiados por las tropas serbias que comandaban, desde Belgrado, Radoslav Karadzic y Slobodan Milosevic.

Los valientes periodistas del diario Oslobodjenje, quienes cubrían la tragedia de la guerra y defendían a los suyos con lo que tuvieran a mano, divulgaron el primer informe de los “safaris humanos” en abril de 1995. Contaban cómo los ricos italianos pagaban grandes sumas a los oficiales serbios para matar ancianos, mujeres, soldados enfermos y, sobre todo, niños.

Unos pocos periódicos italianos replicaron aquel informe, pero nada pasó hasta 2022, cuando la alcaldesa de Sarajevo, Benjamina Karic, vio un documental sobre los hechos y quedó conmovida. Karic ordenó a la fiscalía de Sarajevo abrir una investigación profunda e hizo una denuncia pública ante las autoridades italianas, a través de la embajada de su país. Todo eso ocurrió mientras el covid se cargaba cientos de vidas en ambas orillas del Adriático.

Miran Zupanic, director del documental, acompañó a Karic en las denuncias, que fueron reiterativas hasta agosto de 2022, cuando el juez Guido Salvini apoyó las acusaciones y abrió un expediente con la ayuda del periodista Ezio Gavazzeni.

Hoy se sabe que un banquero, un abogado, el exdirector de una clínica de Turín, un dueño de camiones de Milán y otros multimillonarios de Trento, Turín y Milán tomaron parte de los “safaris”.

La portada del 1 de abril de 1995 del diario serbio Oslobodjenje llevaba el título: “Safari de francotiradores en Sarajevo”. Archivo Museo Alija Izetbegovic.

Varios futbolistas bosnios jugaban en Italia mientras su país estaba ocupado por los serbios. Muchos leyeron el informe del Oslobodjenje. Dos de ellos, Haris Skoro (Torino) y Mustafa Arslanovic (Ascoli), se marcharon de Italia para jugar en otros países, pues no podían con la vergüenza.

Bosnia hizo parte de la poderosa Yugoslavia de Tito hasta 1992, y desde su independencia, muchos bosnios se fueron a Italia a jugar fútbol, balonmano y waterpolo. Otros se unieron a las mafias del sur y la gran mayoría se hicieron obreros en la industria automotriz, recolectores en los viñedos, operarios del sistema ferroviario.

Había cerca de ciento cuarenta mil bosnios en Italia en los tiempos de la guerra, pero cuando se publicaron los primeros informes de los “safaris humanos”, no hubo marchas ni protestas, todos lloraron en silencio, menos los deportistas, quienes emigraron a otros países.

Grandes estrellas bosnias han dejado huella en el fútbol italiano en el siglo XXI. Edin Dzeko, Miralem Pjanic, Senad Lulic, Rade Krunic y Sead Kolasinac. Ya no hay rencores ni sed de venganza, pero alguna espinita quedó tras la guerra, luego de conocerse la verdad de los “safaris”.

Estadio Bilino Polje. Tomada de Flickr.

Por eso, cuando las dos selecciones se encontraron en la cancha de Zenica, algo muy poderoso surgió en los corazones de los jugadores bosnios, algo dormido, aplazado, algo muy parecido a la dignidad.

Sin embargo, al minuto catorce, Italia se adelantó con un gol de Moise Kean, un hijo de inmigrantes marfileños que llegaron a Italia en 1990, huyendo de otra guerra. Irónicamente, Italia, junto a otros países europeos, era culpable de esos conflictos en Costa de Marfil, en su afán por conseguir recursos minerales, joyas y productos agrícolas baratos.

Pero la alegría por el gol de Kean se diluyó promediando el partido, cuando el árbitro Turpin, de Francia, expulsó al zaguero del Inter, Bastoni, por una entrada sobre Dedic. Bosnia estaba a un gol de distancia.

El suspenso por el empate se extendió hasta poco antes del minuto ochenta, cuando un tiro libre desde la derecha llegó al área, justo a los pies de Dzeko, quien disparó a quemarropa. El tiro fue bloqueado por Donnarumma, pero el rebote le quedó a Tabakovic, quien disparó con el arco vacío y puso el empate, el maravilloso y milagroso empate.

Edin Dzeko, capitán de la selección. Tomada de Footballfancast.

Italia entró en pánico. Los fantasmas de otras eliminaciones surgieron en el área de Donnarumma y los bosnios cargaron con todo. Los centros llovían, los cabezazos hacían sufrir a los defensas, pero el tiempo en el reloj se acabó y el partido se fue al alargue.

A los italianos se les notaba el cansancio y el miedo, pero Bosnia no lograba marcar el gol de la victoria. En las tribunas, Begovic se comía las uñas y Nole temblaba de la impotencia. Se fueron a penales. Sí, fatídicos disparos, como aquellos de los francotiradores en los “safaris humanos”. Bosnia comenzó pateando: gol. Italia, en cambio, falló su turno. Otra vez Bosnia, gol. Italia marcó, puf. Pero Bosnia siguió sin fallar y el tercer disparo de Italia, a cargo de Cristante, pegó en el palo. A Bosnia solo le bastaba marcar para ir al mundial, y Muharemovic, estrella del Sassuolo, no falló. Bosnia 4, Italia 1, en penales, una masacre. Bosnia tomó su boleto para el mundial mientras los italianos se derrumbaron en el campo ante una nueva deshonra para la Azzurra.

El equipo de Barbarez y de Dzeko le devolvía un poco de dignidad a un pueblo masacrado, y Nole, que sabe cosas, dijo: “Algo de justicia hay en el fútbol”. Begovic bajó a la cancha y se abrazó con sus compañeros. Estarán en el mundial, en el grupo B, junto a Canadá, Catar y Suiza. Un grupo para seguir soñando con milagros, para seguir recuperando el orgullo de una nación aplastada.

Este es Bajraktevic, que marcó el penal decisivo. Bajraktarević es un delantero de 21 años que actualmente juega para el PSV Eindhoven. Nacido en Wisconsin de padres refugiados bosnios. Tomada de Sofascore News.

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El sueño cumplido de Isakov

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Plantel clasificado al Mundial de México/Estados Unidos/Canadá 2026.

Uzbekistán, “la tierra de los verdaderos líderes”, es un país de Asia Central, de origen mongol, que se independizó de la Unión Soviética en agosto de 1991. Hasta ese año, la URSS había participado en siete citas mundialistas, incluida aquella de Chile 62, cuando empató 4-4 con Colombia. En esas siete apariciones soviéticas en los mundiales, hasta Italia 90, jamás un jugador uzbeko fue convocado para vestirse con la camiseta de la hoz y el martillo, aunque en 1978, Vladymir Fedorov, un delantero del FC Pakhtakor de Tashkent, había sido llamado para un partido eliminatorio y tenía grandes chances de asistir al mundial de Argentina 78, pero la Unión Soviética no clasificó.

Fedorov es una leyenda del fútbol uzbeko, y claro, del Tashkent, el club de la capital, el más laureado de la historia de ese país. Fedorov, cuenta la leyenda, iba a declinar el llamado para el mundial de Argentina como respuesta a la agresiva rusificación de Uzbekistán, y a la constante discriminación por parte de Moscú. Los uzbekos siempre fueron despreciados por su origen y por su idioma. Los obligaban a ser campesinos y les negaban el acceso a los estudios superiores. La madre de Fedorov, de origen musulmán, había sido obligada a despojarse de su burka y su hiyab durante una visita gubernamental a Tashkent, en 1970.

Pero la venganza simbólica del delantero, algún gol definitivo, alguna celebración en clave de mongol, fue truncada por una desgracia. El 11 agosto de 1979, un choque de dos aviones en cielo ucraniano terminó en desastre. Murieron 178 personas, entre ellas, diecisiete jugadores del Pakhtakor de Tashkent, quienes se dirigían a Bielorrusia para un partido de la liga soviética contra el Dinamo Minsk. La noticia tardó en confirmarse porque era necesario descartar un ataque extranjero, pues en el momento del accidente, un avión oficial, con Leonid Brézhnev como pasajero, se dirigía hacia Moscú. La Guerra Fría estaba en su apogeo y Brezhnev, líder del Partido Comunista y presidente de la Unión Soviética, era el mayor blanco posible.

Equipo de Pakhtakor de Tashkent, víctima del accidente de avión de 1979. Tomado del Diario deportivo OLÉ.

Algunos investigadores llegaron a pensar que el accidente del Tashkent había sido un error de los enemigos más allá del Atlántico, pero con el tiempo se concluyó que todo fue un desafortunado error de los controladores aéreos, quienes fueron condenados a quince años de prisión por homicidio involuntario.

Tulyagan Isakov, goleador y capitán del Pakhtakor, fue el único sobreviviente del equipo, pues se encontraba lesionado y no tomó parte del grupo de viajeros. Antes de su fallecimiento en noviembre del año pasado, a los 76 años, el exdelantero contó que su equipo era un grupo de amigos, todos uzbekos, y que soñaban con ganar, al menos, la Copa Soviética, pues la liga era prácticamente imposible.

“Nos solíamos reunir en la taberna del pueblo a planear nuestros encuentros. Sabíamos que los equipos de Moscú y de Ucrania eran casi invencibles, pero creíamos que si salíamos a atacar desde el comienzo, al menos nuestros vecinos se iban a sentir orgullosos”, narró Isakov en una entrevista de 2019, durante un acto de conmemoración del accidente.

Soñaban también con meter uno o más jugadores en el seleccionado soviético, como respuesta a la discriminación. Los llamaban “los rusos de cabezas negras”. Fedorov había sido el primero el lograrlo, pero no alcanzó la meta mundialista. También tenían a Mikhail An, un uzbeko de 19 años, de origen coreano, que era capitán de la selección soviética sub-20. Esos jugadores habían logrado notoriedad nacional después de un partido que el Pakhtakor de Tashkent le había ganado 5-0 al poderoso Dinamo Kiev, que venía de vencer al Bayer Münich en la Supercopa de Europa.

“Logramos ser un equipo de media tabla en los años setenta. Éramos famosos en toda la Unión Soviética por nuestro estilo alegre y un poco descuidado. Pero no había estadio que no se llenara para vernos jugar. El 5-0 al Dinamo Kiev, el equipo de Oleg Blokhin, ganador de un Balón de Oro, fue nuestro gran logro”, dice Isakov.

Después de la tragedia, el Pakhtakor de Tashkent se convirtió en un símbolo de resistencia para los uzbekos. La liga soviética le donó dinero para que contratara nuevos jugadores y les dio cinco años de gracia en el campeonato, es decir, no podían descender, aunque quedaran en el último puesto.

Isakov lideró el equipo un par de años, pero la tristeza no le permitió seguir. Se retiró y se fue a vivir a las montañas, lejos de los focos de la prensa.

El Estadio Pakhtakor Markaziy en donde juega la selección uzbeka y el Pakhtakor de Tashkent.

Tras la desintegración de la Unión Soviética, en 1991, el equipo se convirtió en el más poderoso de Uzbekistán, la nueva república. Hasta hoy ha conquistado 33 títulos, de los cuales dieciséis son de liga. Su academia sigue siendo productora de grandes talentos y ha llevado al fútbol uzbeko a lo más alto de Asia. Han clasificado a cinco mundiales sub-20 y han conquistado la Copa de Asia Central Sub-20. Sin embargo, lo más importante ha sido el impulso al fútbol de mayores. El Tashkent es la fuente principal de talentos para la selección nacional y, en junio de 2025, lograron lo impensado: clasificar al mundial de 2026. Jamás un jugador uzbeko había tenido el honor de ir a la Copa del Mundo y ahora, gracias al Pakhtakor de Tashkent, irán 26.

Una de las grandes estrellas de la selección uzbeka, que compartirá grupo con Colombia, Portugal y RD Congo, es Abdukodir Khusanov, nacido el 29 de febrero de 2004 en Tashkent. Kushanov, defensa del Manchester City de Inglaterra desde el 2022, es producto de la academia del Tashkent e hijo de uno de sus ilustres jugadores, Khikmatdjon Khoshimov.

Kushanov fue convocado por primera vez en 2023, y lo primero que hizo fue visitar, con su padre, el monumento a los caídos de 1979. Ese día prometió que, de llegar al mundial, llevaría una cintilla conmemorativa del Tashkent, como una forma de cumplir el sueño de Fedorov, Isakov y An.

En junio de 2025, tras un vibrante partido, Uzbekistán empató sin goles con Emiratos Árabes Unidos, rival de Colombia en Italia 90, y se clasificó para el mundial. Esa fue la venganza deportiva para los uzbekos ya que Rusia no puede participar de los eventos Fifa desde que invadió a Ucrania en 2022.

Tras ese partido, Isakov bajó de su montaña y habló con la prensa. “Estoy orgulloso de estos jóvenes, porque ellos llevarán al mundial el espíritu de la generación del 79”. Luego se fue a su casa y falleció cinco meses después, por fin satisfecho.

La Federación de Fútbol de Uzbekistán celebra la clasificación de su selección al primer mundial de su historia. Tomado de XXXXX

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Número 149 Mayo de 2026

El beso

Señor ok
Vinilo sobre pared. 5,4 x 3 m.
2026.
Fotografía de Juan Fernando Ospina.

El 14 de julio de 1996, Boca le ganó a River por 4-1 en La Bombonera. Caniggia le dio un beso en la boca a Maradona por la celebración del primer gol al minuto 43 de la etapa inicial. El beso se inmortalizó en la memoria del fútbol: Maradona abajo, Caniggia encima. 

Los besos en el fútbol son bastante comunes, otra forma de la celebración. Este mural, El beso, que pintamos junto al equipo de UC en el marco de la exposición Campo en Juego levantó sospechas de apología y tuvo que ser borrado.

Es 2026 y la censura sigue a la orden del día. Imágenes cargadas de vida, de amor y de alegría son peligrosas para miradas conservadoras y pacatas que, en vez de discutir a la altura, elijen que no existan. No obstante, el fútbol y los besos son mucho más grandes y complejos.

Un beso, pues, a todes.

Señor ok.

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Antioquia no es tierra de arqueros

por JAIME BARRIENTOS

De ida y vuelta 2015

El fútbol es un deporte de equipo hasta que el arquero comete un error.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Sin arquero no puede jugarse un partido de fútbol. Puede ser un desafío, un partido de amigos en una cancha sintética, una final del mundo o un partido en Play Station, y en ningún caso pueden jugarse ni siquiera cinco minutos de eso que con gran precisión Luis Omar Tapias llamó “el deporte más hermoso del mundo”. Si no hay un jugador que se diferencie del resto, tanto en uniforme como en posibilidad de agarrar el balón con las manos, no se puede jugar.

El arquero es un jugador aparte. Piensa distinto, se mueve diferente, come más, tiene más grasa, es más grueso, entrena aislado, celebra solo, pierde los partidos, rara vez gana alguno y es el único futbolista con reglas propias. Le dicen guardavallas, arquero, portero, golero, cancerbero, cuidapalos. Miguel Hernández, aquel recordado poeta y dramaturgo español de la brillante Generación del 27, lo inmortalizó en letras con su Elegía al guardameta.

En la década del treinta, cuando el fútbol empezó a popularizarse en Antioquia, especialmente en Medellín, con partidos épicos en Los Libertadores (hoy barrio San Joaquín) y con jugadores que brillaban por su exquisitez técnica, hubo uno que marcó época: Carlos Enrique Álvarez Jaramillo. Un nombre común para el descomunal arquero que fue. Según Carlos E. Serna, estadígrafo e historiador del fútbol antioqueño, ha sido el mejor portero que tuvo este departamento. Los que lo vieron tapar dicen que fue el mayor representante de los voladores de palo a palo. Carlos Castro Saavedra, en su columna Zona Verde del periódico El Correo de 1967, escribió sobre Álvarez: “Frente a la portería era una verdadera muralla, pero viva, elástica, alada, la cual, en el momento menos esperado, saltaba sobre el cielo”.

Este portero paisa, al nivel de los mejores, integró la Selección Antioquia desde 1932 hasta mediados de la década del cuarenta, y trazó el camino para una gran variedad de cancerberos reconocidos más por su técnica que por su estatura.

Cuando se escoge un arquero la técnica y el talento deben estar por encima de unos cuantos centímetros de más, característica que para los entrenadores europeos no importa tanto cuando tienen que decidirse entre un gran portero no tan alto y uno normal pero con más de 190 centímetros de altura. Estigma que sufriría 85 años después el que podría denominarse como el mejor representante de los arqueros paisas, por sus logros obtenidos en clubes y por ser el actual dueño del arco de la Selección Colombia.

Volviendo a los años gloriosos del fútbol por el fútbol, además de Carlos Álvarez, Antioquia tuvo en el arco a verdaderos ídolos como Julio ‘Chonto’ Gaviria, a quien por su notable desempeño en el primer título del fútbol profesional colombiano con Santa Fe, en 1948, también lo llamaron “Chontafé” y fue el jugador mejor pago del torneo ese año con un salario de mil pesos mensuales; y Gabriel Mejía Lopera, del que muchos dirían que heredó las voladas de Álvarez y fue el arquero campeón con Atlético Nacional en el 54. Era una época compleja para los jugadores locales debido a la gran cantidad de futbolistas extranjeros que venían al torneo colombiano.

En los pasillos futboleros del país siempre se ha dicho que Antioquia no es tierra de arqueros, pero al mirar hacia atrás se encuentran goleros que hicieron historia en las décadas anteriores. Juan ‘Rumbo’ Vidal y Gabriel Ochoa Uribe compartieron arco finalizando los cuarenta, el último más reconocido por sus logros como director técnico que como arquero. También Ernesto Lopera, dueño de la portería paisa en los cincuenta. En los sesenta aparecieron Carlos García y Roberto Vasco; lo mismo sucedió en los setenta con Carlos Arboleda, Fabio ‘la Gallina’ Calle y Wilson Londoño. Estos dos últimos reconocidos entrenadores de arqueros en la actualidad.

En este injusto recorrido seguramente muchos se quedaron por fuera y ni siquiera Google les presta su merecida atención. Pero esa es la vida del arquero: ser reconocido en muy pocas ocasiones por su buen rendimiento, y cuando aparece el error ser señalado de primero. Bien lo dijo Moacyr Barbosa —arquero brasilero del fatídico Maracanazo— cuando no le permitieron entrar a la concentración carioca en 1993 por considerarlo una “mufa” (expresión futbolera del sur del continente utilizada para explicar que alguien o algo atrae la mala suerte): “En Brasil, la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí”.

Llegaron los ochenta con las selecciones de Tucho Ortiz, campeonas en casi todo lo que jugaban, y sucedido por Luis Alfonso Marroquín, que quería seguirle los pasos cada vez con un fútbol mejor jugado. Marroquín conformó selecciones Antioquia de muy buen pie con un arquero muy talentoso y de mucha proyección: Raúl Ignacio Torres Franco. Los que lo vieron tapar dicen que tenía grandes condiciones, no en vano su suplente era José René Higuita, ese que merece todo un libro para él solo. René era dos años menor que Torres y ya empezaba a despuntar, sin embargo Raúl, además de defender muy bien su arco, ya jugaba fuera de él como arquero líbero. Así lo afirma Torres, quien en medio de la tranquilidad de los años asegura que él le mostró a René lo que un portero podía realizar si jugaba fuera del área, lo entrenaron con la Selección Antioquia y fue una especie de padrino del que sería más adelante un genio del balompié. De esta manera tuvieron una lucha mano a mano por la titularidad. Pero el fútbol, y sobre todo la portería, puede ser cruel: aquel que no tenga la suficiente fortaleza puede sucumbir ante cualquier adversidad.

Si el fútbol de alto rendimiento es odioso por excluyente, la posición de arquero es malvada por única. Torres era el titular de la Selección Antioquia juvenil que defendía el título de la Copa Coca-Cola en 1983. Al terminar la primera vuelta de la ronda final Antioquia solo había perdido un partido contra Valle y Marroquín decidió que era el momento de que René tapara, a pesar de que Raúl había hecho muy buenos partidos. La segunda vuelta empezó con la visita de Antioquia a Bogotá. René fue una de las figuras y los paisas ganaron 6-0. El puesto ya tenía nuevo dueño y Antioquia saldría campeón nuevamente. Recuperar la titularidad no era fácil. Cuando un arquero no juega, sus posibilidades para volver a tapar se reducen a una lesión, a una expulsión, a un nivel paupérrimo del titular, o a la novedosa y poco utilizada rotación.

Raúl Torres continuó tapando. Sus condiciones eran tantas que Gabriel Ochoa Uribe lo llamó para que hiciera parte del gran América de Cali de los ochenta con Falcioni en el arco, pero el envigadeño se devolvió para Medellín porque “nunca pudieron llegar a un acuerdo la gente del América con los dueños de mi pase”, asegura Raúl. Tan corta fue su estadía en la Sultana que ni siquiera aparece en la robusta base de datos de Fabio León Naranjo, estadígrafo consumado. El fútbol profesional fue esquivo para un arquero atrevido, innovador, de 1.80 metros y muy prometedor. Ahora es entrenador de arqueros en la Secretaría de Deportes de Envigado y René se convirtió en un ícono mundial. Cambió la posición de portero para siempre, eclipsó a una generación de guardavallas, no solo antioqueños sino del país. Aunque el ser tan díscolo le permitió a unos cuantos colegas probar un poco del puesto que desde 1987 tuvo dueño y que cedió algunas veces gracias a sus múltiples quehaceres fuera de la cancha.

A pesar de que Higuita, por obvias razones, es conocido como el Loco, vale la pena aclarar que un arquero no puede ser completamente cuerdo. No hay que hacer un análisis muy profundo para llegar a esta conclusión, simplemente basta con realizar la siguiente ecuación: la esencia del fútbol es el gol y el arquero es aquel ser que, a sabiendas de esto, intenta evitarlo a como dé lugar. Sin importar a quién tenga en frente, en qué estadio juega o cuánta gente haya a su alrededor, siempre querrá apagar gritos de felicidad. Eso de andar evitando por todos los medios que la gente sea feliz debería ser considerado como algún síntoma de enfermedad mental. No es normal que una persona impida conscientemente con su cuerpo la alegría de otro, pero la normalidad no es una característica de un guardameta.

Arqueros antioqueños cortos de estatura, magros, altos, flacos, negros, blancos, rubios, felinos, voladores, guanábanas, pero en su mayoría porteros de gran capacidad técnica. Después de René y Torres seguirían José ‘Chepe’ Castañeda, John Hernández, Andrés Cadavid, de los pocos jugadores antioqueños que están en la galería de campeones prejuvenil, juvenil y sub-23, Osvaldo Durán, titular en el famoso 1-0 contra Bogotá en 1987, cuando el público tumbó las puertas de la tribuna oriental del Atanasio para poder ingresar.

Cerrando el siglo veinte apareció Juan Carlos ‘la Araña’ Henao, el eterno Henao con más de seiscientos partidos como profesional. Pero como Antioquia no es tierra de arqueros, resulta que los dos equipos colombianos campeones de Copa Libertadores tuvieron en sus porterías a dos arqueros paisas determinantes en ambos títulos: René y Henao, artífices de las dos más grandes alegrías que un club puede darle a su hinchada, a su región y a su país.

En los convulsionados noventa también surgieron Hugo Tuberquia, Daniel Vélez, Edigson ‘Prono’ Velásquez —que venía de Pueblorrico— Andrés Saldarriaga, Didier Muñoz —de Andes—, y David González, actual arquero del Medellín, quien afirma que podía sentir la presión de estar en un puesto por el que había acabado de pasar un colega que debutó a muy corta edad en el profesionalismo cuando todavía integraba la Selección Antioquia.

Como era de esperarse en una tierra que no es de arqueros, de Antioquia salió la mejor guardameta del país: Sandra Sepúlveda. Empezó en el fútbol aficionado paisa para después ser la portera por excelencia de las selecciones Antioquia y de ahí pasar a cuidar la portería de la Selección Colombia de mayores en Juegos Olímpicos, mundiales, panamericanos y a nivel de clubes en las seis copas libertadores que se han realizado hasta la fecha.

Sesenta años después de la leyenda voladora de Carlos Álvarez, llegó al arco de las selecciones Antioquia un cancerbero al que supuestamente todavía le faltan unos centímetros para poder ser parte del Olimpo de los arqueros. A principios de este siglo David Ospina fue campeón infantil y prejuvenil con Antioquia, después campeón con Atlético Nacional, pasó al fútbol francés, fue el titular en la mejor campaña en toda la historia de Colombia en un mundial y actualmente comparte portería con Petr Cech en el Arsenal inglés. David es el mejor reconocimiento que se les puede hacer a los arqueros antioqueños. En él se reúnen las mejores cualidades de esos grandes guardametas que tienen más de 85 años de vivir en los recuerdos de los aficionados paisas.

Pero que no se confunda el lector, Antioquia no es tierra de arqueros.

Archivo Fotográfico de la BPP.

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Poemas para leer en el estadio

Número 149 Mayo de 2026

La teoría del poema de Juan Román Riquelme

Mario Montalbetti (1953)

“el cuatro está solo” dice Juan Román Riquelme

y esa frase es la primera parte de su teoría del poema.

No se trata de un elogio de la soledad del cuatro

sino de un elogio de la soledad del espacio
que se abre
alrededor del cuatro.

Es en la soledad que se juega el poema,
pero no en la soledad de las palabras
sino en la soledad de los espacios
por donde se van a mover las palabras.

Cuando Juan Román Riquelme dice “el cuatro está solo”

el cuatro no está solo para orar en una ermita
ni para meditar sobre la futilidad del juego.

“el cuatro está solo” es que el espacio
delante del cuatro
se puede abrir.
¿A qué? al movimiento, dice Juan Román Riquelme.

El movimiento exige la soledad de espacio.

Esa es la primera parte.
La segunda parte de la teoría del poema de Juan Román Riquelme
es un símil:

si vas por la autopista y hay un atolladero
entonces doblás, dice Juan Román Riquelme

y vas por donde no hay congestión.

El símil es con el poema: si estás escribiendo
un poema
y ves que hay muchas palabras delante de ti,
te desviás y vas por donde hay pocas.

Hay quienes (a veces locos, a veces genios)
ven un atolladero
y se meten por ahí, Messi, Góngora,

gente rara que aborrece la soledad
del espacio.

La dificultad del poema
es que hay muchas palabras juntas
y entonces
nada se mueve

y todo apunta al 0-0,

al aburrimiento radical de 47 pases horizontales
para que nada realmente ocurra.

Esa es la teoría del poema de Juan Román Riquelme.

Zinedine Zidane (debo buscar la referencia)
había dicho algo similar:

“si te dan dos metros
cualquiera escribe bien”.

Desde la ventanilla del bus

Claudio Bertoni

Veo unas vacas
en una cancha de fútbol

dos pasan
rozando un palo

la tercera
es gol.

Cancha rayada

Fabián Casas

Caminamos, con mi viejo, por la playa de estacionamiento.
Es un día de calor sofocante
y en el asfalto recalentado
vemos la sombra de un pájaro negro
que vuela en círculos,
como satélite de nuestra desgracia.
Una multitud victoriosa, a nuestras espaldas,
ruge todavía en la cancha.
Acabamos de perder el campeonato.
La cabina del auto es un horno a leña;
los asientos queman y el sol que pega
en el vidrio, enceguece.
Pero no importa, como dos bonzos
dispuestos a inmolarse,
nos sentamos y enciendo el motor:
Fabián Casas y su padre van en coche al muere.

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Un teatro llamado San Siro

por MARIO CÁRDENAS • Ilustración de Jenny Giraldo García

Número 149 Mayo de 2026

Cuando me inventé la idea de que quería hacer un via|je a Milán para visitar un estadio y escribir algo, la invención y su efecto sorpresa tomó un impulso en la charla de sábado que se apagaba. Pero no, no iba a viajar. Hay cosas que uno dice para llamar la atención.

Lo cierto es con o sin viaje iba a escribirle una carta al estadio, pero la carta no me salió, me salió otra cosa: un texto cocido con varias piezas y recuerdos modificados sobre un estadio que tiene la forma de uno de los últimos eslabones del fútbol de antes.

Hay un hálito romántico, quizás más atractivo, en escribir una carta al edificio que será demolido y nunca verás en pie. Algo de utopía. Escribir a unas imágenes y a un deseo creado con distancia.

Al edificio lo he visto de lejos; a cierta distancia parece un coliseo con forma de nave espacial varada en un pedazo de tierra de un barrio que tiene su nombre más popular. Lo he visto en fotografías y en los encuadres de la señal de televisión, en videos que muestran partes de su interior y su exterior.

Últimamente lo he visto más, en nuevos videos que dan otros panoramas, tomas aéreas desde un dron, en fotografías que se enfocan en sus detalles, desde adentro, desde afuera, desde un costado. Tengo las piezas de un rompecabezas, no las tengo todas, pero con eso me basta. Veinte años atrás visitarlo era un sueño, pero me repele tanto la idea del turista que se precia de viajar para conocer algo, tomarse la foto rápidamente y ajustar la colección, que abandoné la idea.

En San Siro, el 19 de junio de 1990, la selección Colombia de fútbol marcó el primer gol que tengo en mi memoria, el gol que tiene gran significado para muchos de mi generación. Me acuerdo de ese día, era un martes, tenía el uniforme del colegio puesto, estaba llegando o saliendo directo por esa carrera 23 de Calarcá que unía mi casa con el colegio, en esa mañana lo que captaba mi atención era el televisor Shimasu a color de doce botones con la imagen nítida rodando. La jugada de gol tiene la forma de una llave que abre un muro: un esquema perfecto que calza y destraba, el balón pasando entre las piernas de un arquero, el gol, y la celebración de un grupo de muchachos con chaquetas y camisetas rojas con líneas amarillas y azules que se amontonan sobre el anotador. Todo es perfecto, lo repito de nuevo: el balón que circula por la cancha transformado en una bola de billar sobre un paño verde. Es un momento infinito.

Me acuerdo también que en la celebración desbordada empezaron a titilar unas letras que brotaban de la pantalla, en ese momento creí que éramos campeones de algo, mientras mi papá y mi mamá celebraban saltando, yo me quedé fijo viendo la pantalla de catorce pulgadas del televisor. En medio del griterío imaginé que habíamos ganado el mundial, que habíamos ganado algo grande. Las letras, supe después, decían: Viva Colombia. Todavía las busco intentando que en la repetición diga: Campeones del mundo. Lo cierto es que ganamos algo, enorme, empatar en un San Siro repleto de banderas alemanas, con un gol perfecto al último segundo en contra de Alemania Federal, un empate en contra de la selección que ganó el mundial de Italia 90.

Los uniformes de las dos selecciones son camisetas y chaquetas que están en el altar de los uniformes de fútbol: Alemania recién unificada, pero con la herida abierta. Colombia, en uno de los primeros capítulos de la guerra por las drogas, tratando de sobrellevar el trauma de uno de sus años más violentos. Para muchos de los jugadores de la selección: René Higuita, el Chonto Herrera, Leonel, el Bendito Fajardo, el Pibe Valderrama, Andrés Escobar, Freddy Rincón, la Gambeta Estrada, jugar en el mundial en San Siro era como estar en otro planeta. Contrario a lo que pasaba con algunos de los alemanes: Andreas Brehme, Lothar Matthäus, Jürgen Klinsmann, San Siro era su cancha habitual.

El mundial y el partido fueron un sueño dentro de un sueño. Los jugadores colombianos hacían del balón un péndulo que se movía en muchas direcciones, apenas comenzaban a sonar en el concierto mundial. Jugaron y empataron con el gol que Freddy Eusebio Rincón Valencia celebra con el número 19 en la espalda y soltando el grito con los puños apretados que no lograron contener tanta euforia. 

En los primeros años de la década del dos mil, uno de mis primos mayores tenía una pequeña colección de revistas de fútbol que se perdió entre trasteo y trasteo. Hay una que aún sigo buscando, la revista traía impresa a doble página una foto tomada detrás del arco sur de San Siro justo cuando el balón está ingresando entre las piernas del joven Bodo Illgner. Recuerdo, y veo la imagen: al costado izquierdo estaba el arquero desparramado mirando hacia atrás, el balón entrando, la malla del arco cubría las dos páginas y entre los orificios se veía el estadio, sus pisos elevados y graderías de colores verde, azul y rojo, la sombra blanca de los hinchas alemanes, los techos transparentes, las torres y estructuras rojas. El estadio desde ese punto se ve como una catedral de muchos pisos. No sé si fue ahí, o de tanto ver fútbol italiano que me despertó una pasión por ese estadio. Una obsesión por un espacio lejano y sagrado.

San Siro, o Giuseppe Meazza como le dicen los hinchas del Inter de Milán, es uno de esos últimos estadios, antes de que todos se volvieran latas de sardinas o inodoros diseñados para la gente que va los estadios a tomarse fotos y posar las camisetas de equipos que no les interesan. Lo sé, es una idea básica y romántica. El alegato típico contra el fútbol moderno. Dicen que no ver la virtud de lo nuevo es aferrarse demasiado a la nostalgia, pero San Siro, como el demolido Highbury, el Estadio Olímpico de Múnich, el Monumental en Buenos Aires, el Arena de Ámsterdam o el Signal Iduna Park son estadios de hinchas de fútbol, de gente que va a las canchas porque les gusta ese juego popular.

En San Siro también hizo un gol Faustino Hernán Asprilla Hinestroza. Es otro de esos momentos infinitos. Fue en una de esas mañanas de domingo en los primeros años noventa cuando nos levantábamos a ver Calcio italiano. También fue el costado sur, de tiro libre, al AC Milan de Fabio Capello el domingo 21 de marzo de 1993. Fue el gol de la temporada. El arquero Sebastiano Rossi apenas se mueve para ver el balón que se mete en la escuadra. El invicto de 58 fechas del Milan de Baresi, Maldini, Savicevic, Massaro, de los Gli invincibili, se vino al piso. El testigo de una nueva hazaña de un colombiano: San Siro, con sus graderías de colores, la arquitectura del techo, los cuernos rojos y las once torres.

Este año San Siro cumplirá cien años y será demolido, es lo que se ha anunciado. Un coliseo del que no quedarán ni las ruinas. Pero San Siro no siempre fue así como lo hemos visto desde hace cuatro décadas. El estadio Giuseppe Meazza del barrio San Siro fue inaugurado el 19 de septiembre de 1926 tras comenzar su construcción en 1925 por iniciativa de Piero Pirelli, presidente del AC Milan, con diseño de los arquitectos Alberto Cugini y Ulisse Stacchini, en esa primera versión los arquitectos mezclaron elementos del estilo Liberty que estaba en tendencia con elementos neoclásicos tardíos, en un concepto de estadio similar al de los equipos ingleses: cuatro tribunas independientes, perpendiculares al terreno de juego y construidas de hormigón armado, una de las cuales estaba parcialmente techada, sin pista atlética, con las graderías encima de los arcos, solo para fútbol. Diez años después el ayuntamiento de Milán tomó la administración del estadio y se hizo la primera reforma bajo la supervisión de ingeniero Bertera y el arquitecto Perlasca, se agregaron cerramientos a las gradas y su capacidad se amplió a sesenta mil espectadores. Gigante para su época. Luego, en 1956, sería rediseñado por Armando Ronca y Ferruccio Calzolari. Los arquitectos proyectaron la construcción de un segundo anillo de gradas accesible a través de una serie de rampas que recorren todas las paredes del edificio. La imagen de nuevo cambió, se abrió paso a unas temporadas de éxito para el Inter y el AC Milan con una docena es scudettos y varias ligas de campeones de Europa. A partir de esa renovación al San Siro se le empezó a llamar Scala del Calcio, una variación del nombre del teatro más famoso de Milán. Un teatro para el fútbol y el primer estadio con iluminación nocturna de Italia. En los años ochenta se dio el último cambio drástico y se completó la imagen que tengo en la memoria: los arquitectos Giancarlo Ragazzi y Enrico Hoffer y el ingeniero Leo Finzi completaron lo que hoy son las señas de identidad del estadio, las once torres cilíndricas con rampa helicoidal que permiten el acceso al tercer anillo de graderías, sobre el que descansa una cubierta de acero pintada de rojo.

La última fase hizo del nuevo San Siro unas de las sedes principales del mundial de Italia 90, con la ceremonia de apertura y el partido entre el vigente campeón Argentina y la debutante selección de Camerún. En la ceremonia de inauguración, con la luz de esos días, Gianna Nannini y Edoardo Bennato interpretaron el tema musical oficial Un’estate italiana, versión en italiano del proyecto creado por Giorgio Moroder y el letrista Tom Whitlock, que en su versión en inglés, y olvidada para muchos, fue titulada como: To be number one. Gianna y Edoardo, dos jóvenes de Nápoles y Siena, cantan en San Siro esa balada que también parece el himno de un mundo que se está acabando, suena a despedida, a un tiempo que se va alejando. Desde entonces, los mundiales han ido cambiando, y aunque para muchos el de Italia no fue un gran mundial, su promedio de goles fue bajo, las asistencias no fueron las mejores, es de esos mundiales que están más cercanos al fútbol de antes y no a los espectáculos costosos y saturados de marketing que se fueron implantando desde USA 94 como una serie de bromas infinitas.

Mientras escribo esto no sé si por la alocución del algoritmo que trata de afectar la redacción llegan nuevas imágenes de San Siro. El teatro que se va a demoler es testigo de otro evento: las primeras imágenes que veo son las del estadio en preparación para una ceremonia, la iluminación interior resalta los colores de sus graderías, la imagen es fúnebre, al interior unas piezas blancas en vitrinas esperan el momento. Más tarde nuevas imágenes y sonidos llegan en una serie: aparece Andrea Bocelli vestido de negro con una nítida interpretación de Nessun Dorma de la ópera Turandot de Puccini en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán. Sí, Bocelli, el mismo que cantó veinte años atrás en la ceremonia de apertura de Juegos Olímpicos de Turín. “Belleza y poder”, leo en uno de los comentarios que aparecen debajo del video. En la ceremonia las luces amarillas no distorsionan la uniformidad de lo que se antoja es un velorio. Hay más; luego, otra imagen sella de nuevo esa idea de belleza y poder: Laura Pausini, con un vestido negro y brillantes, interpreta el himno nacional de Italia, a lado y lado las modelos que han desfilado en el homenaje a Giorgio Armani con los trajes de colores de la bandera de Italia la acompañan. Elegancia contenida. Belleza limpia y blanca. Pausini canta, ejecuta, como lo hizo Bocelli, en sus casos no habrá un juicio técnico sino racional admiración por la sobriedad y la regla del protocolo. Las letras del himno que salen de su boca se lo tragan todo como una luz blanca salida de un reflector, en un momento una de las cámaras enfoca a la primera ministra de Italia Giorgia Meloni quien sonríe a gusto. El gesto es contenido. Parece satisfecha por el resultado de la ceremonia: ejecución, canto, belleza blanca y poder. He visto esas imágenes antes; en los desfiles y las puestas en escena de Nayib Bukele, en los sueños y las copias de las actuaciones de Abelardo de la Espriella, antes de que por campaña tuviera que fingir gusto popular.

Las últimas imágenes son de una batalla; afuera, en las calles de Milán, las protestas contra los juegos son un enfrentamiento que olvida la limpieza del espectáculo, no hay control, nada de belleza y poder, también hay luces en muchas direcciones, hay fuegos artificiales, bengalas que rompen el marco y la limpieza que se controla al interior. A la limpieza de la ceremonia dentro de la Scala del Calcio se contrapone lo que sucede afuera. Es un tipo de ceremonia que manda un mensaje: en un mundo abiertamente fascista esta es la ceremonia ideal que se contrapone a otros símbolos de consuelo y alegría.

San Siro es la casa del derby della Madonnina, entre el FC Internazionale y AC Milan, nombrado así en honor a la estatua de la Virgen de los Dolores, conocida popularmente como Madonnina, que se encuentra en la cima del Duomo de Milán. La virgen es para muchos la protección de la ciudad, una estatua que como el estadio son parte de su alma. “San Siro no es un símbolo de la ciudad, es parte de la historia de la ciudad”, dice un hincha en un documental de la Deutsche Welle.

El estadio caerá, la ceremonia que celebró Meloni a puerta cerrada es apenas un preámbulo de lo que se derrumba y se instala, de algo que está emergiendo de a poco, aunque ya se ve su forma. Mientras la poca atención pasa por el show de Bad Bunny en el Super Bowl, el espectáculo de supermercado no nos deja ver los otros lados. No sería extraño que San Siro sea testigo de esto, el punto de una nueva bienvenida. Como pasó en Milán en 1919 cuando Benito Mussolini fundó el Fasci Italiani di Combattimento. Milán es la recreación de un nuevo punto de partida, de lo que espera el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, cuando dictó la Conferencia de Seguridad de Múnich unos días después: “Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y su patrimonio, que comprendan que somos herederos de la misma civilización grande y noble, y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla”. Belleza blanca y poder.

Volví a ver el partido entre Colombia y Alemania Federal. Lo vi completo, sin narración y con la captura de los sonidos que permiten escuchar las voces en la cancha, en el archivo hay tramos en los que se puede escuchar lo que se dice de cerca entre un jugador y otro. Las palabras van y vienen en diminutivos, gritos, arengas, alientos que se alternan coon las palabras que dicen los alemanes. Las voces de jóvenes de la selección tienen un eco perceptible, el sonido de las palabras y los gestos es igual a lo que escuchamos en un partido del barrio. Un monumento al fútbol colombiano y nuestra memoria popular. Unas imágenes y sonidos que siguen circulando entre esos más de noventa minutos de partido.

Reviso de nuevo lo que escribo, afuera de la casa hay un equipo de producción que organiza detalles para grabar unas escenas. No sé si es parte de una película, un comercial o una serie. En la calle se vive un ambiente inusual. De repente escucho unos gritos, me asomo de nuevo a la ventana a husmear, sale un grupo de mujeres, hombres y niños vestidos con las camisetas de la selección Colombia, son copias y versiones de las camisetas de Italia 90. Al final queda uno de los hombres con una camiseta roja, desde lejos parece Freddy Rincón caminando.

Aunque se han hecho esfuerzos por declarar a San Siro como patrimonio cultural el edificio parece ir derecho al matadero. Al margen de esto, el archivo, volver a las imágenes, me permite crear una interrupción y una alternativa a esa idea global y homogénea de la belleza que se ha instalado como monocultivo. Como pasó con el viejo Wembley, otro de esos estadios donde un jugador colombiano dejó su sello, San Siro caerá. Pero eso no borrará nada.

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Tres historias de agrande

por JUANGUI ROMERO • Ilustración de Maria Alejandra Pérez

Número 149 Mayo de 2026

Cambio de ritmo

¿Qué habría pasado si yo tuviera hijos? En eso me quedé pensando al ver a ese niño subirse a esa moto con cara de quien quiere llegar cuanto antes a la casa después de un mal partido, y bañarse, y estregarse con rabia cada dedo del pie derecho, los culpables de tantas malas jugadas que solo merecen perderse por el desagüe. Su padre —o a lo mejor era el tío futbolero— no lo dejó ponerse el casco, no se lo pasó a pesar de que el chico lo pedía. Quería que siguiera ahí parado, pensando en ese partido hasta cuando él lo decidiera, hasta que le diera la gana de encender la moto —hasta que se despidieran en el aeropuerto, cuando el hombre volvería a marcharse una vez más, rumbo a Estados Unidos—. “Santi, si haces eso no va a importar tu estatura…, les vas a ganar a todos esos grandotes”. El hombre trabajaba en Miami —y según mis ataques de grandeza, todo era producto de la torpeza típica de un padre ausente—. “Mira, Santi, yo trabajo cerquita al estadio donde juega Messi y lo veo hacer eso cada semana… Y mira lo viejo que está”. El tipo lucía una camisa de fútbol americano que le quedaba juagada —la moto le quedaba igual—, en una mano tenía un vapeador que se llevaba cada rato a la boca y los dos cascos seguían colgados de los espejos. Siempre estuvo sentado de medio lado sobre el sillín de la moto, desesperado por tirarle la lengua al niño, pero este nunca le respondió. “Cuando vayas te voy a llevar a unas montañas rusas que tienen las curvas flat, ¿sabes qué quiere decir flat?… Planas, curvas planas. ¡Pura velocidad!”. El chico seguía escuchándolo en silencio, más bien desatento, escasamente levantaba la cabeza cuando aparecían esas palabras en inglés, como si en esos momentos lo picara un zancudo. “Esas montañas rusas se llaman wild mouse, ¡ratón salvaje!, ¿escuchaste bien, Santi?, eso es lo que tienes que ser tú en la cancha”. Y fue en ese instante cuando por fin le pasó el casco al niño, y también se puso el suyo, como si ahora necesitara acelerarlo todo. La moto estaba en una bahía, junto a la mía, delante de una seguidilla de canchas sintéticas, y entonces el freno retador de un bus que había parado justo al frente, anunció con su bufido lo que este hombre —también cincuentón, como yo—, consideraba el clímax de su charla técnica: “Santi, mira este bus. Los dos vamos a arrancar al mismo tiempo. Nosotros somos un delantero y él un defensa tan grande y pesado como Yerry Mina. ¿Cómo le ganas?, si decides chocarlo, mueres; si le cambias de ritmo, lo dejamos mirándonos la placa”. Eso fue lo último que escuché, mientras seguía esperando a mi esposa. Cuando tengo que recogerla me las ingenio para citarla junto a cualquier cancha de fútbol, así veo desde la moto lo que sucede en esos partiditos. Incluso, si ya estamos rodando y pasamos cuando van a cobrar un tiro de esquina o un tiro libre, desacelero a ver cómo termina la jugada. Por fortuna, ella hace rato entendió que esto es una enfermedad.

Un abrazo torcido

No recuerdo la fecha exacta, pero fue en 1993. Ese día jugábamos la final del torneo de micro más famoso de la Universidad de Antioquia: el de los bajos de la biblioteca central. Para mí, el campeonato que llevó a Gianni Infantino, el presidente de la Fifa, a armar este mundial con 48 selecciones. Está claro que a este man no le gusta que ningún récord duerma lejos de su casa, y seguro alguien le mostró en cualquier reunión los registros con este mismo número de equipos que dejó para la historia don Miguel Valencia (q. e. p. d.); ese señor con aires de cacique bonachón, que además de vender periódicos en la principal portería de esta universidad, se la pasaba colgando allí, en la malla contigua, unos tableros de lata o de cartón en los que difundía todo tipo de noticias. Un periodista empírico incansable, que por esos días publicaba los resultados e incluso algunos comentarios que dejaba cada nueva fecha de este campeonato del que ya solo quedábamos dos equipos de los 48 que habían arrancado —cómo no remarcarlo—, lo hacía en unas letras grandísimas, hechas con marcador, que solían atravesar el reverso de varios cartones de Marlboro. Todavía recuerdo que ese día llegué de mañanita a la U, y eso que no tenía clases. Estaba muy ansioso ante semejante partido, proyectado para el mediodía. Y lo primero que hice fue quedarme un rato en los bajos de la biblioteca, mirando la cancha, contemplándola todavía dormida, esperando que aparecieran mis compañeros de equipo —en esa época los celulares eran cosa de ciencia ficción—. Pero, ¡oh sorpresa!, el primero que me saludó, el primero en hablarme del partido ese día fue justamente don Miguel: “¿A usted le molestaría dedicarme un gol hoy?… Si hace gol, ¿me lo dedica, por favor…? Yo voy a estar ahí en las primeras escalas…”. Aunque él saludaba a todo el mundo, yo no era su amigo, si acaso le había comprado uno que otro periódico para cualquier tarea. Lo cierto es que dicho eso, se fue. Cada frase suya le había salido más cortada que la anterior, como si de verdad me viera como una estrella y le avergonzara hacerme tal solicitud. Yo, en cambio, le contesté con la alegría de un trovador: “¡Claaaro don Miguel!, ¡claro que sí!, ¡hágale don Miguel!”. Yo estaba pleno, y entonces, por cábala; o, mejor dicho, por ganas de ser ídolo, campeón, figura, estrella, leyenda, decidí no contarles nada a ninguno de mis compañeros… A nadie. Siempre se ha dicho que si uno habla de este tipo de cosas antes de que sucedan, se vinagran, y todo pintaba como un delicioso banquete para el ego: nosotros ya le habíamos ganado 4-1 a ese equipo en la ronda de grupos; en el último partido habíamos eliminado a Salseros, campeón invicto del torneo anterior; yo estaba entre los goleadores del campeonato; a la gente le gustaba nuestro juego. ¿Qué podía fallar? A partir de ese momento, no hice otra cosa que imaginar lo que don Miguel pondría sobre mi gol y sobre nuestro abrazo en su gran periódico mural. Al fin y al cabo, él era uno de los personajes más queridos de la U, y tal vez el periodista más leído en la U de A. Pero a la gloria le gusta jugar con los sentimientos de las personas, es la más casquillera de todas las casquilleras, porque cuando apenas el partido llevaba unos minutos, decidió clavarme un par de inyecciones en los ojos. La jeringa uno contenía un golazo del equipo rival. Y la segunda me entró todavía peor, sin que yo hubiera logrado parpadear, porque ahí estaba, apenas a unos pasos míos, la imagen sonriente de don Miguel esperando en la tribuna con los brazos abiertos al anotador de ese gol, saltando como nunca lo vi hacerlo, como si fuera el barrista más apasionado de la historia del fútbol. Yo no lo podía creer. “¡Vamos, vamos!”, gritaban desesperados varios de mis compañeros, tratando de meternos de nuevo en el partido. Y aunque al final no tuvimos nada que reprocharnos porque corrimos como locos, perdimos 3-2, y sobra decir que no hice gol. Cuando ya íbamos de salida para la casa, mis compañeros y yo decidimos abordar a don Miguel, al verlo ahí, parapetado como siempre en su puesto de periódicos, para decirle de mil maneras que era un torcido, un vil mercader de los abrazos, pero él no hizo más que reírse, acusándome entre bromas de ser el mayor perdedor de todos esos perdedores. Unos días después le pedí que me regalara ese pedazo de cartón en el que escribió que el favoritismo nos había maniatado, que habíamos perdido por creernos superiores —y lo guardé durante mucho tiempo—. Ese fue el primer recuerdo que desempolvé en mi mente cuando el capitán de este inolvidable equipo me puso el 12 de octubre del año pasado un mensaje de Whatsapp que anunciaba la muerte de don Miguel Valencia, el final del juego para Miguel carteles.

Larga vida al Toque

Todos le decíamos Toque, aunque hubo un tiempo en el que su apodo fue el Black. Era un metalero del barrio al que le dio por jugar fútbol después de los treinta. Y aunque él y sus amigos me llevaban quince años o más, yo jugaba con ellos todos los domingos en una cancha de arenilla larguísima en la que se estiraban tremendos cotejos. Al comienzo, su principal “virtud” consistía en ensuciar los partidos. Le fascinaba meter el balón entre los bordes internos de los pies, atenazarlo con los tobillos, para deambular por la cancha a punta de pequeños saltitos, buscando que se armara la trifulca. Era como si su objetivo no fuera convertir goles o ayudar a hacerlos sino crear pequeños pogos. Otras veces, se ponía a aplanchar la pelota en el punto del tiro de esquina, de espaldas a la cancha, para robarnos los minutos más preciados de aquellos calurosos domingos, amontonando a su alrededor a varios jugadores, incluidos algunos de su equipo, hasta que lograba salir de allí a la fuerza, taqueando, forcejeando contra todos. En ocasiones, lo hacía a los puños, con cualquiera que caía en su juego, porque, además, cada vez estaba más cuajo a punta de hacer barras y pesas. Bueno, no tanto como su rottweiler, ese perro negro que un día cayó fulminado en medio de la rutina militar que ambos seguían todos los domingos: subir y bajar el cerro de las Tres Cruces no sé cuántas veces, antes de caer a jugar el picadito semanal. El perro también jugaba su partido porque él lo amarraba en una de las mallas que estaba a la entrada de la cancha, y a este cada tanto le daba por perseguir el balón hasta donde su cadena se lo permitiera, el mejor estímulo para aprender a frenarnos sobre la marcha, al reconocer que esas mandíbulas marcaban el punto exacto para devolver el balón de taco, esa jugada que se volvió el sello de todos en el barrio gracias al perro del Toque. Esa palabra mágica que se convirtió en su alias porque empezó a salir de su boca como una muletilla a medida que fue adquiriendo más dominio de balón. Esa que todos los amigos repetimos en su entierro como una especie de letanía. En muy poco tiempo el Toque aprendió a moverse sin parar, esperando que le devolvieran el balón y devolviéndolo de una, siempre estaba desmarcado. Entendía tan bien el juego que todos terminamos aceptando que se comportara como esos profesores de aeróbicos que marcan el ritmo y la intensidad de los movimientos de todos sus seguidores. “Toque, eso, toque, toque, muévase”. Eso se la pasaba diciendo todo el partido. De pronto, todos queríamos jugar en su equipo, sobre todo los más chicos, pero también así de repente nos llegó la noticia de su muerte. Sus hermanos simplemente dijeron que se había metido con la gente equivocada y ya. Pero a mí no se me olvida que en esa sala de velación todos sus amigos futboleros estuvimos ahí, recordando cómo su disciplina y su talento lo habían convertido en uno de los mejores jugadores del barrio, conversando y conversando de su carrera futbolística, como si esta existiera de verdad, porque realmente no sabíamos nada más de su vida. Seguramente por eso primero lo llamaban el Black.

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Nave y hormiguero

por JUAN CARLOS ORREGO

Exclusivo web

La ciudad estrena su estadio, 1953.

El estadio sembrado en el cruce de la calle Pichincha y la carrera 74, en Medellín, ha acabado por ser la razón de la inmortalidad de Atanasio Girardot. Los maestros de escuela, enemigos personales de la buena memoria, ya no difunden en sus cursos la noticia de que el coronel antioqueño murió envuelto en la bandera tricolor en el cerro venezolano de Bárbula, mientras cuidaba la retaguardia de Simón Bolívar en la Campaña Admirable, el 30 de septiembre de 1813.

Para fortuna de la memoria del prócer, un proyecto de 1937 aprobó la construcción del estadio que habría de llevar su nombre. Los terrenos se adquirieron en 1946 y la inauguración del estadio tuvo lugar el 19 de marzo de 1953, día de San José Obrero. La profanación se perpetró con un empate a dos goles entre Atlético Nacional y Alianza Lima. El escenario que se estrenó era un óvalo bajo de graderías completas, con dos pisos en la parte occidental, el más alto de ellos con techo para burlar el sol y la lluvia. De acuerdo con la prensa de la época, más de treinta mil personas se hicieron presentes, y aunque el sobrecupo debió ser evidente, “no se registraron incidentes de ninguna clase”. Una foto deja ver la mole en la mitad de una manga romboidal surcada por lo que parecen las aristas de un diamante; las obras del colegio San Ignacio en construcción, en el lote que habría de ser la esquina nororiental de la calle Colombia con la carrera 70, parecen tomar distancia, como quien ve posarse una nave interplanetaria.

Varias razones autorizan el símil entre el estadio y la nave. Una es que ambas son armazones extrañas y siniestras: por lo menos así sucede con el estadio la mayor parte del tiempo —cinco o seis días a la semana—, mientras permanece vacío y silencioso, con miles de sillas con agua recogida en sus concavidades, una manga gigante sin rebaño que la recorra y decenas de cabinas desiertas como las vitrinas de un comercio caído en desgracia. Es una ilusión de románticos aquello de que el estadio es como un templo: no hay tal. En el templo vacío se está a gusto, con la comodidad de ser recibido por Dios en una entrevista personal. En el estadio cerrado se siente uno entre fantasmas, de modo que nada resulta tan entrañable como cuando los vivos acuden a la cita: como el 18 de junio de 2003, día superlativo en que se juntaron 53 225 personas para ver jugar al DIM contra Santos en la semifinal de la Copa Libertadores de América.

No es solo la masa de rara avis del Atanasio Girardot lo que sugiere compararlo con una máquina de mundos remotos: también cuenta su desdoblarse, en el tiempo, a manera de módulo espacial. Del redondel original —con su giba solitaria hacia el lado del ocaso— surgió, en 1976, una gigantesca ala de graderías en el oriente, completándose así la forma básica de la nave y acercándose el aforo del estadio a los cuarenta mil espectadores. Después, entre 1989 y 1990, dos paneles de tribunas se levantaron al norte y al sur y completaron la forma de tazón de una antena satelital. Hace cinco años el glamur del Mundial Juvenil de Fútbol encendió luces rutilantes en las tribunas, revistiendo el cemento con silletería policroma. El día menos pensado, el techo del occidente se duplicará como si se tratara de los élitros de un colosal escarabajo mecánico.

Conozco personalmente la mitad de la historia del Atanasio Girardot, esto es, desde 1983. La mole tenía treinta años cuando crucé su umbral por primera vez, y han pasado ya más de treinta años desde aquel día memorable, cuando Medellín le ganó 2-0 al Quindío con goles de Carlos ‘la Fiera’ Gutiérrez y el peruano Jorge Olaechea. Sin embargo, tan fresco como el recuerdo de esos goles —así como de un penalti atajado por Carlos Alfredo Gay, nuestro arquero, en la portería norte—, conservo el de mi primera impresión al saberme en las entrañas del estadio: voy subiendo con mi hermano y un tío materno por las escaleras internas de la tribuna Oriental, por el recodo extra que hay que salvar para asomar por la boca del graderío; esa extraña parte del estadio —exclusiva de Oriental— en que se avanza por entre una cerrazón de muros, sin ventanas ni vanos que regalen una mínima imagen del exterior, bajo un techo de escalones invertidos que, en la edad más tierna y sin la debida tutela de un adulto, cualquiera podría tomar por la pared interna de una gigantesca caja torácica.

En 1989 conocí los intestinos terrosos, en los partidos nocturnos aderezados con los goles de Jorge Daniel Jara y Carlos Castro. Fue cuando se amplió la tribuna Oriental —que hasta entonces, como cualquier puntero enjundioso, llegaba hasta la raya final del campo, sin alcanzar la postrera zona de traslado— y se construyeron los segundos pisos de las tribunas Norte y Sur, rebasándose por fin la capacidad de los cincuenta mil hinchas. Se entraba al estadio por una especie de socavón de mina, a través de una maroma de albañilería en madera y sobre un lodazal; al final del túnel arrancaban las escaleras, y a su término, por la boca de las gradas, se colaba una luz que parecía más rutilante justo porque el paso por el inframundo hacía olvidar que se estaba en un estadio. De ahí que el tránsito de las escaleras a la superficie de la gradería —ese último paso trascendental que nos lleva de un mundo a otro— se hiciera más sobrecogedor de lo que suele ser.

El sueño comenzaba a hacerse realidad.
Las tribunas empezaban a vislumbrarse.

Poco después, durante mi año de forzosa militancia en una barra alborotadora y saltarina de principios de los noventa, supe de los movimientos del monstruo. Aunque ya tenía vagas noticias del temblor que había sacudido el hormigón de las tribunas durante los tumultuosos partidos de Nacional en la Copa Libertadores de 1989, otra cosa fue sentir semejante fiebre arquitectónica bajo mis pies. Era como si un gigante dormido intentara despertar, sin acabar de hacerlo del todo, bajo el ataque más o menos inocente de miles de enanos. Si a la insignificancia humana le fuera dado vencer sus férreos límites y hubiera logrado, aquella vez, irritar de verdad al coloso, el Atanasio Girardot se hubiera levantado de su nido de árboles para andar por Medellín, tumbando edificios y averiando calles pero albergando en su seno, amoroso, la bullaranga de algún partido copero de 1989 o los cincuenta mil devotos que vieron al DIM ganarle por la mínima diferencia a Millonarios, el 12 de agosto de 1990; habría sido como si a la ciudad la pisoteara una de esas máquinas AT-AT de la Guerra de las Galaxias, o el Castillo Ambulante de la película en anime dirigida por Hayao Miyazaki.

Al final, tanta ensoñación con el enorme edificio- ente solo conduce a un hecho tan maravilloso como sencillo: la realidad última de las hormigas que lo colonizan. En el estadio, como en muy pocas partes, se verifica perfectamente aquella verdad trillada —con tufillo de consigna política— de que la unión hace la fuerza. Desde el barrio Belén —donde viví hasta los veintitantos años— escuché decenas de goles, entonados a treinta cuadras de distancia por miles de gargantas anónimas. La primera vez que oí esa explosión fue en 1987, con motivo de un gol de León Fernando Villa en un partido de Nacional contra Santa Fe, en el octogonal de ese año. Yo me distraía en casa, atisbando pájaros desde la terraza, cuando sentí la caída de esa bomba de entusiasmo; las aves, turbadas, se miraron unas a otras. En el año 2001, cuando el azar conyugal me llevó a vivir en el barrio Santa Lucía, a menos de diez cuadras del Atanasio Girardot, los gritos de gol de Nacional se me hicieron tan cotidianos —los miércoles y los domingos— como el silbido de la olla de presión o los chillidos estridentes del despertador. De más está decir que, cada vez que juega el DIM, yo soy una entre las hormigas gritonas.

Una nave aterriza en Otrabanda, 1952.
Damas de Medellín y jugadores del equipo Alianza Lima en el desfile inaugural del estadio Atanasio Girardot.

Así como el símil del estadio como nave varada, tampoco carece de justificación el que lo ve como un hormiguero; concretamente, como un hormiguero que convoca a sus habitantes. Cualquier estadio ejerce esa fascinación para todo aquel parroquiano que haya decidido entregarse a su rutina, pero mucho más el Atanasio Girardot: muellemente tendido en la llanura —el verso es de Gregorio Gutiérrez González—, se lo avista desde todo el redondel montañoso del valle de Aburrá y se siente el deseo imperioso de ir hasta él. Las noches de fútbol, recubierto por un halo de potentes luces blancas, su zumbido de reclamo es especialmente poderoso. Si, por una contingencia maldita, se ha dejado de ir a un partido del equipo amado, ver el estadio alumbrando a la distancia se hace particularmente penoso. El precio de ser hormiga es estar con las demás.

A los pies del estadio, entre los ríos de hinchas, gentes de la radio y la televisión, revendedores de boletas, noveleros extraviados y ventorrillos de cerveza y carne frita a lo largo de todo un torneo, lo grandioso y lo vulgar logran su equilibrio. Con naturalidad, la nave abre las puertas a sus tripulantes; el hormiguero recibe a sus hormigas, Gulliver es pisado por los liliputienses, el arca alberga a sus animales ruidosos. En esos días de pesado tráfico humano por los pasillos internos y las bocas de las tribunas, el nombre del escenario no se antoja extravagante ni viciado por el excesivo romanticismo histórico: al fin y al cabo, los hinchas van hacia la cima de su Bárbula con la bandera en mano.

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