Entradas

Las enseñanzas del aprendiz enmascarado

por ESTEFANÍA CARVAJAL • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Pasa que hay cosas que nunca han estado, pero que, una vez empiezan a existir en tu mente, aparecen por doquier: su revelación las multiplica y las desvela, iluminadas por la atención de la que antes carecían, novedosas a los ojos y a los sentidos. Ejemplo: aprendes que los yarumos se llaman yarumos y que sus hojas aterciopeladas no son plateadas, sino verdes, y entonces los yarumos brotan por cantidades de entre el follaje andino, distintos ellos de sus vecinos arbóreos, evidentes; donde siempre han estado silenciosos, invisibles al ojo acostumbrado, ahora existen con nombre propio y esa característica física que los hace únicos: que los pelitos de sus hojas reflejan la luz del sol y por eso de lejos pierden el verdor.

Lo mismo me ha pasado con algunos pájaros, con las flores de las musaendras, con las mujeres embarazadas y los bebés de brazos (ya puedo decir si un bebé tiene uno o tres o seis meses con solo mirarle el pelo), y hace rato me pasa, y me sigue pasando (es casi una presencia ubicua) con un grafiti que recorre el valle de Aburrá de sur a norte, desde Itagüí hasta Copacabana, siguiendo el trazado de las dos vías principales: la Regional y la Autopista Norte. Está en deprimidos y puentes peatonales, en columnas de concreto y separadores de plástico, está en piedras, en vallas, está en lugares difíciles, por la ubicación o por el contexto, y también en los obvios, rodeados de otros murales de similar naturaleza.

Así que es cuestión de verlo solo una vez para no dejar de verlo nunca más: “Ciencia del Energismo” es una plaga de diecinueve letras que se fue tomando Medellín sin dar mayores explicaciones: simplemente está ahí, tres palabras a secas, a la espera de ser vistas por los ojos correctos en el momento correcto. Ignoro si el grafiti es una plantilla o es pintado a mano alzada (a veces la N aparece al revés, sobre todo en los puentes), pero sea como sea, hay tenacidad y constancia de sobra en esa manera de llegar a la gente.

Aunque no soy precisamente su público objetivo, yo también llegué a los Maestros de la Logia Blanca atraída como una abeja por esas tres palabras que parecen el nombre de un conjuro. El clásico símbolo masónico de la escuadra y el compás adorna la entrada del templo virtual: cienciadelenergismo.org. Gracias a la IA, que todo lo puede, la portada del sitio web es una especie de panteón griego con dos columnas principales: una está marcada por la letra B y coronada por un globo terráqueo que gira sobre su propio eje, y la otra tiene una J y una esfera azul que brilla como una bola de disco. En todo el centro, tallado en piedras de bits, hay un triángulo dorado, y en el triángulo, un ojo animado que abre y cierra los párpados lentamente.

Antetítulo: Fundación Ciencia del Energismo. H1: Bienvenido a la Ciencia Gnóstica. H2: Universidad espiritual gnóstica. En fuente de párrafo: Un conocimiento milenario revelado por los Maestros de la Logia Blanca. Botón dorado: ENTRAR AL TEMPLO. Su misión, dice la web, es “promover el despertar de la conciencia y la transformación integral del ser humano mediante la difusión de enseñanzas espirituales, psicológicas, energéticas, científicas y ancestrales”, y su visión es “ser una fundación reconocida internacionalmente por inspirar una nueva conciencia humana basada en el conocimiento”.

Ese conocimiento, dicen, está todo contenido ahí: en el canal de YouTube con doscientos mil suscriptores, en la comunidad de Facebook con más de trescientos mil hermanos energistas, pero sobre todo, en la biblioteca y audioteca dedicadas a los dos venerables maestros: Samael Aun Weor, el pionero, y Rabolú, su primer discípulo.

Hagamos un alto en el camino, porque esta historia tiene en realidad varios comienzos.

El más antiguo se remonta al cristianismo primitivo, en los tres siglos posteriores al nacimiento y muerte de Jesús. Hubo entonces primeros cristianos que siguieron las doctrinas de Pedro, pero hubo otros, los desviados, los raritos, que creían que para salvarse no bastaba con tener fe en el sacrificio del Cristo, sino que cada quien era libre de elegir (o no) salvarse a sí mismo, mediante la búsqueda directa del conocimiento de la divinidad. Esto es: la gnosis.

A mediados del siglo II, los padres de la iglesia dejaron de verlos con buenos ojos y emprendieron la cacería. Todos los textos de los gnósticos antiguos fueron destruidos y sus creyentes, tildados de herejes. Hasta 1945 solo se sabía de ellos por los escritos de quienes habían sido sus principales adversarios: Ireneo, obispo de Lyon hasta el 202, e Hipólito, el primer antipapa y obispo de Roma desde el 217. Pero en diciembre de 1945, unos campesinos egipcios encontraron en la tierra una jarra de cerámica sellada que resultó ser el refugio de los pocos textos gnósticos que sobrevivieron al exterminio: entre esos, el Evangelio de Tomás, el Evangelio de la Verdad y el Evangelio Apócrifo de Juan.

Los gnósticos actuales, aún más raritos, heterodoxos y sincréticos que los originales, dicen ser descendientes doctrinarios de esos primeros cristianos que se apartaron de las normas.

He aquí el segundo comienzo de esta historia: un hombre nacido en Bogotá en 1917 bajo el nombre de Víctor Manuel Gómez Rodríguez, de juventud esotérica, teosofista y rosacruzana, afirma tener la capacidad del desdoblamiento astral, y por lo tanto, un conocimiento profundo y directo de lo divino y lo terreno.

En 1946, Gómez Rodríguez conoció a quien convertiría en su esposa dos años más tarde, una paisa nacida como Arnolda Garro, y juntos se fueron en el 48 para la Sierra Nevada de Santa Marta a aprender la medicina tradicional de los indígenas arhuacos. No mucho después, los esposos bajaron al municipio de Ciénaga a curar enfermos. Él asumido en el nombre de Samael Aun Weor, y ella, en el de Litelantes, sin cobrar nada, entregados al sacrificio por la humanidad; y los médicos del pueblo (los titulados, los que sí cobraban) enfurecieron. También enfureció la Iglesia Católica cuando Aun Weor publicó el que sería el libro fundacional de su filosofía, El matrimonio perfecto, en el que asegura haber descubierto la forma última de la redención divina, que no es rezar, que no es meditar, que no es la caridad, sino el sexo: en el sexo, dice, “está la raíz de la gran batalla entre los poderes de la luz y de las tinieblas”; la luz del conocimiento es más diáfana cuando el hombre y la mujer se encuentran sin llegar al orgasmo.

Como un árbol de Navidad lleno de colgandejas recicladas de los diciembres pasados, el gnosticismo weoriano bebe de aquí y allá sin miedo a que los dogmas y prácticas no combinen entre sí: tres granitos de astrología, una cucharada de cábala, media taza de meditación trascendental, viajes astrales, Cristo, Buda, sexo tántrico, karma, alquimia, reencarnación, sueños premonitorios, ayuno, antropología, anatomía, mantras, conjuraciones e invocaciones, medicina naturista, runas, kundalini, pranayamas, masonería, magia crística azteca, evangelios apócrifos y, por supuesto, la Biblia: todo lo que ayude, todo lo que sirva, todo lo que acerque a la divinidad con algún tinte esotérico cabe en el gnosticismo de Samael Aun Weor y de sus descendientes espirituales: centenares de iglesias en ciudades y pueblitos de Europa y América Latina.

Podría hablarse de un tercer comienzo de esta historia localizado geográficamente en Duitama, Boyacá, el 24 de julio de 2025, día en que fue constituida legalmente la Fundación Ciencia del Energismo ante la Cámara de Comercio de dicho municipio bajo la actividad económica número 9499 (Actividades de otras asociaciones no clasificadas previamente), pero entonces estaríamos ignorando los ocho años previos de trabajo digital que le tomó al enmascarado formar una comunidad virtual que al día de hoy se extiende por todo el continente, dejando vestigios materiales de su existencia en los murales, afiches, plegables, libros, volantes y tabloides que los seguidores de la Logia Blanca descargan del sitio web y reparten por iniciativa propia en sus pueblos y ciudades.

El maestro enmascarado, cuyo rostro e identidad nunca ha revelado (ni pistas ha dejado de las que se pudiera jalar), hace transmisiones en vivo cuatro días a la semana, a las siete de la noche: los lunes y sábados imparte la Cátedra del Energismo, los martes son para la Práctica Esotérica y los miércoles, para el tarot y la kábalah. El set es visualmente excesivo, aunque de composición simple: el hombre se sienta frente a su escritorio con un micrófono y un computador, y la magia de la edición convierte el fondo en una escena onírica generada con inteligencia artificial, que cambia en cada video y mezcla elementos visuales como mandalas, jeroglíficos y pirámides, constelaciones, columnas griegas y personajes élficos en estado de meditación, iluminados por aros de luz. Él mismo aparece en muchos de los videos vestido con una túnica griega, atada a un solo hombro, el cabello castaño suelto hasta los hombros y su rostro escondido detrás de una máscara blanca de formas simples, que no deja ver siquiera el color de sus ojos.

Los sermones del enmascarado oscilan entre la ficción mística y una clase de ética y moral cotidiana, en un lenguaje sencillo y corriente que usa sentencias familiares, filosofía de sobremesa, el conocimiento popular y obvio de la vida misma que suele ser transmitido de madres a hijos, de tíos a sobrinos, de taxista a pasajeros. El Aprendiz, como lo llaman los seguidores que comentan durante los directos, esconde su rostro porque lo importante no es él, sino el mensaje. El hombre enmascarado da consejos sobre cómo elegir amigos o pareja, cómo superar la pobreza “con energía creadora”, cómo activar la libertad financiera y el éxito en los negocios, cómo eliminar la ansiedad, pero también habla del verdadero “demiurgo creador”, las revelaciones de Jesús y “los secretos de la magia que nadie te ha contado”.

En el sitio web aseguran que la Ciencia del Energismo no es una religión o una secta, pues “no pide afiliación, no exige creencias, no cobra cuotas, no impone dogmas”. Sin embargo, al finalizar cada video, el Aprendiz invita a unirse a la comunidad paga de YouTube en la que existen dos tipos de suscripciones: el “Aporte simbólico”, de dieciocho mil pesos al mes, que incluye insignias de fidelización, chats en directo solo para miembros, acceso anticipado a videos nuevos y shorts exclusivos, o la suscripción “Música del energismo”, que por cincuenta mil pesos mensuales les da a los miembros “acceso exclusivo a una selección sonora pensada para magos blancos, diseñada para acelerar la activación de tus centros superiores de conciencia”. Quienes hacen parte de la comunidad paga, asegura el Aprendiz, forman parte de “un círculo de apoyo que hace posible compartir enseñanzas, curaciones y elevación para millones que hoy sufren”.

No es posible saber cuántos suscriptores pagos tiene el canal de YouTube Ciencia del Energismo, pero, por cálculos a ojo, podrían ser cientos, si no miles: cada uno de los directos del hombre enmascarado son vistos durante más de dos horas por más de mil personas: si el Aprendiz fuese un cura católico, sus misas llenarían dos iglesias del tamaño de La Candelaria (y eso sin contar las miles de reproducciones que los directos ganan después).

Hay otras formas de ayudar a la Fundación: reciben donaciones a través de PayPal, Nequi, Davivienda y criptomonedas. Donar a la Ciencia del Energismo, dicen, es “ser parte del sacrificio por la humanidad”. Pero no todo es dinero, porque el sacrificio también puede ocurrir con la divulgación del mensaje: tienen varias carpetas en la nube con diseños de volantes, plantillas, plegables, afiches, pósters, tabloides, en fin: cientos de vestigios materiales que los hermanos energistas, así como el devoto de los grafitis de Medellín, van regando por el mundo.

“El raro culto que promete ‘vida eterna’ y caza adeptos en el centro de Mendoza”, tituló el diario Mendoza Post de Argentina en enero de 2026. La noticia alertaba sobre la secta que estaría buscando seguidores con un cartel que pegaron por toda la ciudad, sin los permisos pertinentes. “¿Quieres saber la causa de tus sufrimientos?”, dice el póster, y luego cita un pasaje bíblico: “Estrecho y difícil es el camino que conduce a la luz, muy pocos son los que lo hallan”. El cartel tiene tres códigos QR: uno va al canal de YouTube, otro a Telegram y el último, “al sitio web de origen colombiano que utiliza como eslogan una serie de promesas extraordinarias”.

En el artículo “Las instituciones gnósticas de Medellín”, de Carolina Tamayo y Johann F. W. Hasler, los investigadores del grupo Religión, Cultura y Sociedad de la Universidad de Antioquia relatan la historia de Samael Aun Weor y los tres discípulos que tomaron las riendas del gnosticismo en Colombia tras la muerte del maestro, el 24 de diciembre de 1977: V. M. Rabolú, V. M. Gargha Kuichines y el V. M. Lakshmi. Es la organización de este último discípulo, la Iglesia Gnóstica Cristiana Universal de Colombia, la que más fuerza tiene en el Valle de Aburrá, con sedes en Medellín y Bello, y por eso fue la elegida por los investigadores para hacer la etnografía del artículo.

Según cuentan los académicos, esta iglesia obedece a un gobierno interno de alcance nacional e internacional, “en donde sus miembros encuentran una posibilidad de servir y llevar a buen término la aplicación de los factores de la revolución de la conciencia como el “sacrificio consciente por la humanidad” o la “muerte mística”. Los miembros que llevan un buen tiempo en la iglesia gnóstica, dicen los investigadores, aseguran sentirse fuertemente acompañados “por toda una estructura humana”: si bien la gente llega al gnosticismo atraída por lo oculto, la magia y el misterio, “es la cohesión social y el nivel de compromiso consigo mismos y la institución lo que los mantiene en la organización”.

Voy en el taco matutino de norte a sur y cuento uno, dos, tres, cinco Ciencias del Energismo entre Copacabana y el Tránsito de Bello, que son poco menos de siete kilómetros: hay un grafiti anunciando el gnosticismo weoriano cada 1200 metros. Sin necesidad de muros de roca física y sillas Rimax, sin verse los rostros siquiera, sin pretender llamarse iglesia y sin gastar prácticamente nada en mercadeo, el enmascarado construyó una comunidad virtual que, si estuviera toda junta, llenaría cuatro, cinco, seis veces el Atanasio Girardot. Serían trescientas mil personas juntas escondidas detrás de una máscara blanca, trescientos mil anónimos puestos uno detrás del otro como en una fila de dominó: una fila de 120 kilómetros que va de aquí a Amagá, serpenteando por los carriles de motos que se forman en los trancones, y vuelve hasta encontrarse con su propia cabeza en Copacabana. Y entre todos esos anónimos, la presencia oculta de un devoto enmascarado que escribe “Ciencia del Energismo” por todas partes como acto de sacrificio por la humanidad.

Para despedirse, el energista diría “paz inverencial”.

¡Comparte esta historia!

Número 43 Marzo de 2013

Stairway to heaven

Eugenio Merino
Silicona, pelo humano, fibra de vidrio, poliéster, poliuretano, ropa.
La foto es de Carlos Albalá y Victor M. Fernández.
2009.

¡Comparte esta historia!

Médico José Gregorio, cuídanos

por TOMÁS SHKLOVSKI

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Fotografía de la serie Visitas y apariciones (1994), del artista Alfonso Suárez.

Es el 29 de junio de 1919 en Caracas. El sol del verano ilumina las avenidas con esa luz filosa de las dos de la tarde, la gente debe poner la mano a modo de visera para ver a la distancia. Por el Ávila se descuelga un lejano aroma del mar de La Guaira que flota entre los árboles. Hace un calor seco. En la esquina Amador, cerca de la parroquia La Pastora, suenan las llantas chirriantes de un carro que maneja Fernando Bustamante, de 28 años. Se escucha un grito primero, luego un golpe húmedo. Unos segundos de silencio espeso y apretado. El mundo se paraliza por un instante, igual que las nubes, las aves, los animales, también los espíritus. El carro frena en seco, pero no alcanza a detenerse a tiempo. Un cuerpo tendido en la calle a varios metros sin el sombrero que siempre lleva puesto. Un día antes, el 28 de junio, se firma el tratado de Versalles que pone fin a la Gran Guerra entre el Imperio Alemán y los países aliados. Dicen, sus más fervientes devotos, que el hombre que yace acostado con una fractura mortal en el cráneo pidió al cielo por el fin de la guerra y que días antes había alzado oraciones a Dios para que ayudara en ese propósito.

El cuerpo pertenece a José Gregorio Hernández, el médico de los pobres. Famoso por su trabajo científico, su fiereza en la fe católica y su capacidad de curación, casi mágica, con los enfermos, sobre todo los más desposeídos. El periódico El Universal, de Caracas, titula: “Duelo de la Patria y de la Ciencia”. Desde ese momento empieza a desarrollarse la idea de su beatificación. Es un santo, vivió como uno, entonces debe santificarse. Su muerte causa un revuelo inusitado. La multitud se aglomera en la Universidad Central de Venezuela al lado del templo de San Francisco, ahí velan su cuerpo. Oran, piden, rezan. Dicen: no puede ser, ¿cómo se va a morir un médico tan bueno? Los médicos también se mueren, responden. Se rumora, con lujo de detalles, en las elegías y las notas necrológicas, que fue quien introdujo el microscopio en Venezuela, también lo designaron padre de la fisiología experimental y la bacteriología, y se le atribuye la construcción de una de las primeras cátedras de histología en la universidad. Lo entierran en el Cementerio General del Sur.

Pasan veinte años raudos del siglo XX. En 1949 intentan hacer un primer traslado de los restos cuando inicia el proceso formal de beatificación por sus milagros. En 1975, luego de un incendio en el cementerio por la aglomeración de velas, el cuerpo es exhumado para trasladarlo a Nuestra Señora de la Candelaria, donde permanece actualmente. El 26 de octubre de 2020 hacen una exhumación reglamentaria, ordenada por la Arquidiócesis de Caracas y el Vaticano, como Dios manda para su beatificación definitiva. El 25 de febrero de 2025 el Vaticano da a conocer la decisión de la canonización de José Gregorio Hernández por el milagro de la niña Yaxury Solórzano Ortega, que sobrevivió a un impacto de bala en su cabeza y el médico desde ultratumba intervino en su inesperada recuperación. Es el primer laico declarado santo de su país, 106 años después de su muerte.

Su presencia en Colombia es definitiva y se expande como las fake news y el universo. Muchos se confunden y piensan que el médico José Gregorio es colombiano, aunque también lo sea de algún modo. Su imagen se consigna en altares, en camisas, en estampitas, en tatuajes y tiene devotos que se cuentan por cientos de miles. En la obra Visitas y Apariciones (1994), del artista momposino Alfonso Suárez, el médico se encarna en el cuerpo del artista y se confunden ambos para producir un performance fantasmal, que oscila entre lo religioso y lo artístico. Resultó ganador del Salón Nacional de Artistas.

Desde hace unos años en Medellín, Bogotá y Cali, entre otras ciudades, se ven cada vez más, desperdigados entre los barrios, letreros que ofrecen las consultas espirituales, por la módica suma de ocho mil pesos, del médico José Gregorio Hernández. El formato se repite una y otra vez en los postes de la luz. La consulta sirve para sanar alguna enfermedad, pero también curar un mal económico o un lío de amores.

En una de mis recurrentes crisis espirituales, después de meditarlo y no encontrar la respuesta ni en la poesía ni en el viche, fui a una cita. Pagué los ocho mil pesos reglamentarios. Una angeóloga, que sirve de médium, hizo una lectura de mi espíritu. Me señaló, después de observarme por unos minutos y mover sus manos de arriba a abajo con los ojos cerrados, que el médico, cuyas manos se habían encarnado en las suyas, me recomendaba una operación espiritual. Debía pagar ochenta mil para que me revisaran el estómago, pues ahí se evidenciaba el problema. Está cargando con un peso muy grande, dijo. Accedí. Pagué y me hizo pasar atrás, a una camilla. Después de unas oraciones y movimientos con las manos, ponerse guantes y tocarme el abdomen con fuerza sacó un trapo teñido de negro, de unos treinta centímetros. Yo sentí un alivio inmediato y le agradecí a la angeóloga. Me indicó que debía consultar cada cierto tiempo para que no hubiera complicaciones futuras. Y salí más dueño de mí que unas horas antes.

Esa noche, me afeité la barba, me dejé el bigote. Compré un sombrero de fieltro negro y desempolvé el cachaco que no usaba desde el último matrimonio y salí a caminar por el Centro sin rumbo aparente. Ni un carro ni un disparo pudieron detener mis pasos.

La suerte está echada

Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.

¡Comparte esta historia!

La reina de los mares

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías por el autor

Número 52 Febrero de 2014

Nuestro corresponsal en Brasil viajó seis meses antes para acostumbrarse al Brazuca. Y a la cachaza. Se reparte entre limpiar la piscina y podar el jardín de su rancho ardiente. La primera de nuestras ceremonias mundialistas está dedicada, con toda reverencia, al sincretismo entre dioses cristianos y africanos. Todo sea por una mala racha para Costa de Marfil.

Cientos de barquitos azules flotaron en el mar de Cidreira durante la noche del sábado primero de febrero y la madrugada del domingo. En su interior viajaban tarros de perfume, peinillas, espejos, labiales y dosis de champú. Iemanjá es vanidosa y golosa. Cocadas, merengues, trozos de sandía y empanadas de alga también hacían parte de las improvisadas tripulaciones. La noche era fresca y las pocas gotas de lluvia que caían sobre la playa parecían evaporarse con los juegos pirotécnicos.

Si los negros africanos hubieran llegado a Brasil por cuenta propia y no para trabajar como esclavos, Iemanjá sería aún más voluptuosa, de caderas amplias y tetas grandes, de piel morena y labios gruesos. Pero esta diosa tiene aspecto de virgen. Una virgen sin aureola, sin niño, sin tanto atuendo protector de la moral y las buenas costumbres. Solo lleva un largo vestido azul, prolongación del mar, con un escote sin complejos tan ceñido al cuerpo que resalta sus piernas y su cintura estrecha.

Iemanjá es resultado del sincretismo de Brasil. Si bien los esclavos africanos ponían en sus altares las divinidades de sus amos católicos y hacían la mímica de rezarles, en sus almas, el lugar al que los negreros no podían acceder, seguían adorando a sus propios dioses: Oxalá, Changó, Olorúm, Jemanjá. Tuvieron que pasar muchos años para que la esclavitud terminara. Luego, con la libertad a cuestas, surgieron religiones que fusionaron las creencias africanas con el catolicismo, como Umbanda o Candomblé, satanizadas y perseguidas por el Estado hasta mediados del siglo XX.

***

Llevaba pocos días viviendo en Brasil cuando me enteré de que el dos de febrero era la fiesta de Nossa Senhora dos Navegantes, la celebración religiosa más importante y tradicional de Porto Alegre. Esta ciudad queda a una hora de Viamão, mi nuevo hogar desde que salí de Colombia a finales de diciembre. Sin dudarlo agendé para ese día un viaje a la capital de Río Grande del Sur. Era un buen motivo para conocer un poco la cultura y el agite del país que me acoge.

Mientras se acercaba la fecha, leí sobre el tema: los fundadores de Porto Alegre en 1742, portugueses provenientes de las islas Azores, consideraban a la madre de Jesús como la santa protectora de los mares. La imagen de Nuestra Señora de los Navegantes llegó a Porto Alegre en 1871. Era obra del escultor João Alfonso Lapa, quien tuvo que volver a hacerla en 1910 después de que un incendio la destruyera junto a la capilla de su mismo nombre; la reconstrucción de la iglesia estuvo a cargo de los devotos y la reinauguración se celebró tres años después.

La celebración consiste en una procesión de miles de personas que llevan a Nossa Senhora de una iglesia a otra, seguida de un desfile fluvial sobre las aguas del lago Guaíba. El obispo, el alcalde, el ejército a caballo, los feligreses, la fe, el bullicio. Imaginé cómo sería el calor y el sofoco ese dos de febrero, con temperaturas de cuarenta grados, mientras buscaba imágenes de la virgen de los navegantes. Una virgen católica, común y corriente, parada sobre una canoa inundada de flores, con un niño en sus brazos y tres ángeles a sus pies; de la mano del niño, que mira impávido una tempestad mortífera que solo él puede ver, cuelgan un cordel y un ancla.

Como si la pantalla del computador fuera el mismo mar, mientras veía esas imágenes de la virgen emergió la atractiva diosa Iemanjá. Apareció imponente con sus palmas abiertas dejando caer perlas al agua. No fue difícil reconocer el sincretismo entre estas dos santas. Tampoco cambiar la celebración católica por la africana. Ahora el paseo era a Cidreira, en el litoral, la ciudad más umbandista de Brasil. Los dos primeros días de febrero Cidreira se convierte en el epicentro de la adoración a Iemanjá, con procesión nocturna y rituales en la playa al son del fuego y los tambores. Las numerosas casas de religión de Umbanda prometían más diversión. Además, el mar siempre inclinará la balanza a favor.

***

La primera estatua de Iemanjá que vimos en Cidreira era tan grande como nosotros. Parada en la acera, y un poco bisoja, invitaba a entrar a un local que vendía pequeños barcos azules con los cosméticos y la vitualla para ofrendarla. Cada embarcación costaba sesenta reales, unos 51 mil pesos. También vendían velas y pareos con la imagen de la diosa.

Llevábamos una hora buscando hospedaje, pero todo estaba ocupado. Habíamos llegado a las 10:30 de la mañana, después de esperar una hora en la autopista el bus que nos llevó de Viamão al litoral norte de Río Grande del Sur. El viaje fue lento, en medio de una larga cola en la que iban autos con gente vestida de blanco.

Rayando el mediodía por fin encontramos hospedaje a dos cuadras de la costa. El casal, es decir el casao, la pareja, valía 150 reales. En la recepción se destacaba una virgen negra acomodada sobre un escaparate. Luego de refrescarnos en la habitación, salimos a comer churrasco. A pesar de ser un pueblo costero, el hecho de estar en una región gaucha hace que se consuma más carne que pez. La cerveza en litro, que conserva su temperatura helada gracias al grueso termo con que la recubren, era el único medio para combatir el calor y acentuar nuestras expectativas: se calcula que en Brasil existen cinco millones de umbandistas, y su celebración más popular y difundida es la de Iemanjá.

A las 8:30 de la noche el cielo aún pertenecía al día. A esa hora arrancó la procesión, organizada por la Fauers (Federação Afro Umbandista Espiritualista do Estado do Rio Grande do Sul). Minutos antes habíamos llegado al punto de partida, una concha acústica en el centro de Cidreira. Una efigie de Iemanjá estaba montada en la plataforma de un moderno camión, y los feligreses, la mayoría mujeres, hacían su aparición con camisetas blancas, collares y ramos de flores. Algunas señoras mayores parecían disfrazadas de la diosa pero con turbantes. Por megáfono, uno de los organizadores explicó que la caminata iría hasta la Terminal Turística y ahí giraría hacia la playa.

Tres canciones pop dedicadas a Iemanjá sonaron a lo largo de los dos kilómetros de procesión. En lugar de tambores y cantos africanos, los feligreses aplaudían cuando el hombre del megáfono agradecía a la divinidad o la presencia de todos a pesar de la lluvia, una lluvia etérea que ni siquiera tenía posibilidad de apagar las velas que cada persona llevaba a la altura del pecho. Al principio eran unas cien, pero luego, cuando la gente agolpada a los lados de la avenida Mostardeiro se fue uniendo, la procesión alcanzó unas 300 personas. El ambiente parecía más católico que cualquier cosa y era imposible no sentirnos decepcionados.

A las 9:30 se veía ya la noche en el cielo estrellado. Un altar a la reina de los mares con veladoras y flores nos dio la bienvenida. Por una callejuela que desembocaba en la playa la procesión se empezó a confundir con el resto de gente. A lado y lado, las ventas de chuzos, longanizas, hamburguesas, helados, camisetas, estatuillas y artículos religiosos sugerían una atmósfera de carnaval. Atropellando el humo de las presas al carbón, el camión entró a la playa y parqueó en la zona que la Fauers tenía reservada para divulgar sus avisos parroquiales. Allí, un abanico de santos, entre ellos Jesús, San Miguel Arcángel, Oxóssi y la recién descendida Iemanjá, escoltaba a los líderes de la Federação. Un concejal, el alcalde y otros funcionarios esperaban su turno al megáfono. A juzgar por el protocolo y el tono de los discursos, el sincretismo también es político.

Ahuyentados por ese aire oficial decidimos ir a otro lugar. Cerca de la playa humedecida por el vaivén de las olas, tres personas arrodilladas cavaban un hueco en la arena para que la brisa no apagara las velas que iluminaban la ofrenda a Iemanjá. Estatuillas de Changó, Jesús y la misma diosa del mar ya estaban dentro de la goleta. Elaine da Silva Martins, umbandista hace doce años, nos contó que llevaron un barco con santos y otro para arrojar al mar con perfume, peines, aretes y labial. “Ella es muy vanidosa… Todos los años venimos aquí a Cidreira para esta celebración”.

Aunque el rugido del mar y el viento opacaban la conversación, ya de por sí difícil porque no dominamos el portugués, seguimos hablando con Elaine. “No le estoy pidiendo nada a Iemanjá, ni agradeciendo nada. Es nuestra ofrenda, es para cumplir nuestra obligación con ella”. Era bajita y morena y la brisa le alborotaba el pelo negro ensortijado. Nos contó sonriente que la Umbanda tiene origen nigeriano, “de los esclavos, es una religión de mucho sincretismo, nació aquí en Brasil y se extendió por otros países. ¿En Colombia no existe Umbanda?”.

Rosni Lemos, vestido de blanco de pies a cabeza como su esposa Elaine, vino hacia nosotros. La pareja es de Gravataí y no hace parte de ninguna casa de religión sino que practica libremente sus ritos. El hombre no fue tan sonriente pero se preocupó más porque entendiéramos; nos dijo que cada santo católico tiene su equivalente en la iglesia umbandista: “ellos tienen a San Jorge, nosotros tenemos a Ogum; ellos tienen a San Jerónimo, nosotros tenemos a Xangó; ellos a la virgen, nosotros a Iemanjá; Jesucristo, Oxalá”. Mientras hablábamos, su suegro moldeaba una muralla que rodeaba el hueco en la arena. “Los esclavos africanos adoraban a sus dioses pero aquí se encontraron con las creencias cristianas, entonces para poder adorar a sus orixas los transformaron o los fundieron con dioses que ya existían y que eran aprobados por sus amos”. Así fue que Iemanjá terminó “branquinha”.

***

Un sonido de tambores acompañado de cantos africanos viajó hasta la orilla del mar. El ritual de la Casa de Umbanda Ogum Beira Mar había empezado. En un costado del terreiro escogido y cercado con palos, tres muchachos hacían la música. Cantaban en yoruba, una lengua nigeriana. El rectángulo era un poco más grande que un ring de boxeo, con una salida en dirección al mar. El ritual era liderado por el Pai, o babalorixa, el gran jefe de la casa de religión; con una capa verde, fumando un tabaco de olor amargo, se paseaba por el terreno bendiciendo a los suyos. Los devotos bailaban en su puesto y bebían algo que parecía ron. Los médiums, que son devotos en proceso de convertirse en babalorixas, algunos con capas o cascos con penachos, seguían los pasos del Pai.

Los tambores eran cada vez más potentes y los cantos indescifrables no paraban. Con el paso de los minutos los participantes entraron en una especie de trance. Los bailes ahora tenían más movimiento. Entre todos se abrazaban, se olían las manos, se chocaban los antebrazos y se besaban las mejillas. El Pai se acercaba a cada devoto y parecía darle la orden de ir al mar; alguno de los médiums acompañaba al elegido a las aguas saladas para su encuentro con Iemanjá. Todos parecían poseídos por los dioses. Cuando regresaban del mar se tiraban durísimo contra la arena y el golpe producía un ruido sordo; luego se revolcaban frente al altar, adornado con ofrendas e imágenes sagradas.

Cada vez llegaba más gente. Las diferentes casas de religión, en grupos de entre diez y cincuenta personas, elegían su terreno y lo preparaban para sus ritos. A medianoche la playa era un hervidero. Según la prensa, diez mil personas entre umbandistas independientes, integrantes de casas de religión y público en general se hicieron presentes en este sector del litoral durante la celebración. Veleritos azules, comida, botellas de sidra, velas encendidas y artículos de belleza invadieron el mar y la playa. Ángela Gianpaolli, integrante de la casa de religión de Zé Pilintra, nos contó que la diferencia entre Umbanda y Candomblé es que esta última se celebra sobre todo en el nordeste del país, por ser una región con más influencia africana. Sobre la celebración a Iemanjá, dijo que cada templo hace lo suyo, y soltó su prédica: “yo no estoy de acuerdo con el tema de las ofrendas porque contaminan la playa. ¿Qué sentido tiene arrojar toda esa basura al mar y luego ir a bañarse allí?”.

A lo largo de la costa las casas de religión también ofrecieron sanación al público, y vimos filas de decenas de personas que esperaban ser atendidas, buscando claridad. Las ialorixas, o las Mai, y los guías o médiums, se paraban frente al paciente y en tres minutos de toqueteo y humo de tabaco limpiaban su mente y equilibraban sus emociones. Por la callejuela seguían llegando centenares de feligreses, con atuendos tan pintorescos que en un momento nos sentimos en una fiesta de disfraces elegantes donde sobresalían faldas esponjadas y coloridas. La venta de comidas, ropa y souvenirs fue creciendo, y el ambiente ardía en una mística que se apoderaba de todo.

Cuando fuimos a tomarnos una cerveza a la feria vimos un extraño animal sumergido en un plato; era como un pepino rugoso y poseído que no paraba de moverse. Su nariz puntiaguda salía a flote y hacía circular un juguete con forma de ojo. Los suyos eran negros, finos y redondos. Luego supimos que era una especie de camarón negro, un espécimen nativo que parecía traído del mar de los infiernos.

En la madrugada, antes de que saliera el sol, una mujer que se habría confundido con la noche si no hubiera llevado un vestido blanco cantaba sola mientras caminaba hacia el mar con los brazos abiertos. Detrás, cuatro devotas llevaban sobre sus cabezas un barco del tamaño de un ataúd infantil. Entraron despacio al mar y con el agua en la cintura impulsaron suavemente la embarcación llena de ofrendas, para que Iemanjá emergiera otra vez de las profundidades del océano, no para alertar con sus cantos a los navegantes incautos sino para ser complacida.

***

Cientos de barquitos despedazados, trozos pisoteados de sandía, flores maltrechas, restos de comida y montones de basura plástica no impedían disfrutar de la playa de Cidreira durante la mañana del domingo dos de febrero. Mujeres y hombres se doraban bajo el fuerte sol. Mientras en la orilla del mar dos niños jugaban con un pedazo de madera azul, en algunos lugares de la playa aún se vivía la celebración. Unos participaban de la sanación, y una que otra casa de religión terminaba su ritual. La feria en la callejuela seguía en su furor pero ya no había rastros del camarón negro. En ese mismo punto había una venta de camisetas que la brisa sacudía; la hermosa reina del mar parecía viva, parecía llamarme con su serpenteo. Decidí entonces que en adelante Iemanjá iba a ser mi diosa. Ahora la llevaba estampada en el pecho.

¡Comparte esta historia!

Laura Almanza

Estefanía Carvajal

Eduardo Escobar

Semana de pasión

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ

Número 22 Abril de 2011

No hay nada que alarme tanto a un amante como la frase: ¡Estoy aburrida! Se trata de una señal de peligro imposible de ignorar, sobre todo si el otro está interesado en preservar la compañía.

Pero antes de que me hubiera ingeniado algo entretenido que evitara su deserción, ella ya lo había pensado por mí.

—Nos vamos esta Semana Santa para Remedios, llegó diciendo.
De nada valió el pretexto de que la carretera era en extremo larga y tortuosa.
—Para eso hay avión, me replicó.
—¿Avión para Remedios?
—¡Sí mijito, y muy bueno!
—A mí me han dicho que por allá hay mucha culebra…
—¡Pues las matás vos!, para eso voy con un hombre, ¿o no?

Y habiendo tantos destinos nacionales, ella insistió en Remedios, una población enclavada en el nordeste antioqueño. Todo porque había leído hacía poco en La Marquesa de Yolombó que aquel pueblo era mágico y que en él se hallaban las brujas más poderosas de todo el departamento. ¿Qué harán ellas en Semana Santa?, comentó fascinada.

Me pareció exagerado invertir en un pasaje aéreo para ir a un pueblo de brujas, así fuera Salem. Pero el viernes llegó con los tiquetes y me pidió que comprara sólo los rollos de película. La idea era hacer un safari fotográfico.

El vuelo en la avioneta fue más movido que si lo hubiéramos hecho en escoba. Cogimos un jeep hasta el hotel, cerca de la plaza principal. La habitación, en un tercer piso, me pareció muy digna y hasta aseada. Tenía una ventana grande y, dentro de la misma, otra diminuta por la que podríamos espiar el vecindario en los días santos.

Después de la religiosa siesta, cargamos los rollos en las cámaras y salimos a dar una vuelta por el parque. Pero no bien hicimos el primer clic, llegó un tipo de poncho, tuso para más señas, a preguntarnos de dónde veníamos y a informarnos que en este pueblo estaba prohibido tomar fotos.

Entre temerosos e indignados fuimos a un quiosco y pedimos dos cervezas. Se trataba de pasar un trago amargo con otro, un viejo método homeopático. Desde allí vimos a los parroquianos carilargos que hablaban en voz baja y con la cabeza gacha debajo de los sombreros. Por la calle principal había un corrillo más grande de campesinos; la tendera nos dijo que estaban esperando la volqueta de los muertos. Nos bogamos esa cebada rápido y de mala gana, aunque compramos otras bebidas y provisiones para el hotel.

El programa consistía en volver al cuarto, comer sardinas con pan y esperar la noche. Como distracción nos pusimos a leer en voz alta un cuento de misterio llamado El Horla, de Guy de Maupassant. Con cautela nos asomamos por la ventana para ver las calles vacías y aún más tétricas por el sólo hecho de saber que era Semana Santa. A lo lejos se escuchaba el sórdido estribillo de una canción de carrilera.

A medianoche nos despertó un murmullo en la ventana. “Son ellas”, dijo mi compañera sentimental con un hilo de voz. Luego las voces se fueron acercando y entonces pudimos entender algo parecido a unas letanías. El efecto se sintió en nuestra piel y estremecidos nos abrazamos como una pareja de erizos. No sé cómo ella sacó el coraje para abrir un poco la ventana más pequeña y así poder ver lo que había afuera. No, no eran brujas, ni ánimas del purgatorio. Eran hombres solos que caminaban con velas encendidas mientras repetían sus plegarias. Y eran una sola cola larga.

El efecto de esa visión nos desveló. Tampoco había ánimos para hacer de las otras cositas, tal vez por el temor inconfesable a quedarnos pegados. Por la mañana, la casera nos informó que la procesión que habíamos visto es la que llaman Del Prendimiento porque en ella se recuerdan las horas en las que buscan a Jesús por cielo y tierra para encanarlo.

Esa tarde fuimos al atrio de la iglesia para ver la Semana Santa en vivo. Debajo de las túnicas romanas había actores naturales, campesinos de las montañas cercanas. Ese Jesús, por supuesto, era apuesto y rubicundo, como Enrique Rambal en El Mártir del Calvario. Hubiera apostado a que era oriundo de El Santuario, donde hay tanta gente mona y ojizarca.

Por los altoparlantes se escuchaba el recitativo algo gangoso de los pasajes del juicio: ¡Que suelten a Barrabás! ¿Eres tú el rey de los judíos? Y antes de que cantara el gallo vimos a Pilatos, un gordito, lavándose las manos en un platón. A Jesús se lo llevaron tras bambalinas. Muchos de los parroquianos se quedaron mirando hacia la tarima, como si esperaran la crucifixión. Pero, gracias a Dios, esta escena había sido retirada del programa.

Después de poner música solemne, los actores bajaron contentos al parque y saludaron a todo el mundo. Los vimos, unas horas más tarde, todavía con las túnicas de colores, en una mesa junto al quiosco, bastante más que eufóricos. Pilatos, al lado de Judas, Caifás y Barrabas, incluso Jesús, el mono. Todos empinaban el codo una y otra vez. Se abrazaban en una fraternidad que en la Biblia jamás se dio; una bella foto que sólo ha podido quedar en el cuarto oscuro de nuestra memoria.

Por la mañana fuimos a confirmar el vuelo y nos dijeron que había problemas con la aerolínea. Me pareció curioso que no se pudiera volar justo el Sábado de Resurrección.

Fuimos a buscar algo para almorzar y nos dijeron que la cocinera se demoraba porque andaba en lo del sepelio colectivo. Si gustan pueden volver más tarde. Y de paso también nos ofrecieron un jeep directo hasta Medellín, en sólo seis horas, por si la avioneta no venía.

En una esquina había un letrero que decía: “Compra y venta de oro”. Nos acercamos para ver trabajar al joyero y nos dimos cuenta de que era Poncio Pilatos, el gordito, con ojos de enguayabado. Estaba con un soplete, haciendo una filigrana en metal precioso.

Nos contó que el oro de Remedios gozaba de mucho prestigio.

—¿Tanto como las brujas?, pregunté con ese candor imprudente.
—¿Quién les dijo a ustedes que este era el pueblo de las brujas? La pregunta parecía una dura réplica.
—Un pajarito, dijo ella, para disimular.
—El pueblo de las brujas es Segovia, aclaró Poncio, con la sequedad de su guayabo.

Pero después de esto nos mostró anillos de compromiso, cristos y cadenas, para que nos antojáramos, mientras invitaba a una cervecita.

Al final pudimos despegar en la tarde y, como el día estaba bonito, ella se puso a tomar fotos de nubes. Nunca vi disparar tanto al mismo blanco. Había doce rollos disponibles.

—¡Mirá esa!, dijo, señalando una masa gaseosa en el aire, ¡igualita a una bruja! ¿Cierto?
—Sí, igualita…, dije, mientras dejaba escapar un lánguido bostezo.

¡Comparte esta historia!