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Con todos los juguetes

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 53 Marzo de 2014

Los juguetes viejos han sido usados para todas las historias. Tinta, hojas, imaginación. Los juguetes de la bodega, museo y taller de Rafael Castaño son de carne y hueso. Todos fueron jugados en estas calles, en estas tierras, en estos aires. Van y vienen los juguetes de la memoria.

Mientras en la ciudad hay fieles que se afanan por regalarle un juguete a un niño, Rafael Castaño ayuda a que muchos adultos encuentren su juguete favorito, el que perdieron u olvidaron en su niñez envejecida. Cuando alguien descubre en una vitrina ese tren de cuerda, el mismo que corría entre cordilleras de cobijas, vuelve a ver la película de su infancia. A Marcel Proust le pasó con una tacita de té, tomando el algo, mientras remojaba una colación: lo llamó memoria involuntaria. Y algo parecido es lo que sucede todas las semanas en la bodega de La Bayadera, donde se refugian Rafael y sus juguetes.

Desde hace quince años, él y su hermano Alejandro llegaron a Barrio Colombia a construir naves y animales utópicos inspirados en aviones antiguos, monstruos mitológicos y algunas máquinas de Leonardo Da Vinci. Al tiempo, el lugar se fue llenando de otros inquilinos, los muñecos abandonados que adoptaba Rafael en las quincallas del Centro y en el Bazar de Los Puentes. De niño coleccionaba monedas y estampillas por contagio de su tía Corina, filatélica y numismática. Pero fue ya grande cuando algún dios de los juguetes le hizo el llamado. No se cayó del caballo, como Pablo de Tarso, pero casi.

“Fue en el Centro, por Bolívar, antes de que tumbaran esa calle para hacer el Metro. Iba al lado de la ventanilla, en un bus de Belén Terminal. Cuando lo vi se me apareció toda la infancia: era un carro viejo de pedal. Me bajé a mirarlo. Valía como dos mil pesos. Lo compré y me lo llevé para la casa. Desde ese día, a mí no me pueden decir que hay un juguete en la cola del mundo porque allá voy.

“Una vez me contaron que en la repisa de una cantina había un carro de bomberos y hasta allá fui. Era hermoso. ‘Muéstremelo’, le dije al dueño. ‘No… no… y no’, me respondió. Era muy parecido al que yo tenía cuando niño. Volví varias veces hasta que el hombre lo bajó y me lo vendió”.

Antes de abrir su taller de creación, Rafael estudió Derecho con el único fin de proteger a su familia luego de la muerte del padre. Siendo adolescente leyó una novela donde un tal Pietro Crespi trataba de conquistar a una mujer a fuerza de regalarle jugueticos de cuerda que ella ponía de adorno en las paredes de la sala, hasta que un coronel loco los desbarató para ver si tenían alma. Castaño nunca litigó. Se enamoró de María Cecilia y, cuando a ella la trasladaron a Cartagena por su trabajo, él se fue detrás. A la postre hizo dos cosas: se casó con su novia y se graduó como artista en la Escuela de Bellas Artes.

Como tantas de sus criaturas que hacen maromas increíbles con un pequeño impulso, también Rafael, con monedera de artista, ha logrado reunir auténticas joyas de colección: un mono articulado marca Schuco, de los años veinte; autómatas japoneses de la postguerra; el Cadillac dorado de Elvis Presley, que se prende con llave como el de verdad; una motocicleta Arnold Mac, cuyo piloto se baja, la prende, sube el pie y arranca: todo un prodigio accionado por un diminuto motor de cuerda. En la promiscuidad de las vitrinas conversa Topo Gigio con un grupo de muñecas, el Mago Fox desaparece a un conejo, o lo desaparecía porque ya no prende. La mayoría de los juguetes están descompuestos, las pilas de hoy no les funcionan o les falta algún resorte, una rueda del engranaje… Así, los juguetes lucen adormecidos en su limbo, como los de Toy Story. Tal vez, de noche, cuando el dueño se va, salen todos a pasear, cojeando por La Bayadera, o se cuelan en la alucinación de algún habitante de la calle.

Cuando algún reciclador del barrio encuentra un robot entre una caneca, corre a llevárselo a Rafael. No lo mueve solo la paga: “Aquí regresan todos los que me han vendido algo para que se los muestre. Entran y contemplan otra vez el juguete que trajeron hace tres años. Se emocionan porque sienten que hacen parte de algo grandioso como esta colección y que su trabajo no es basura.

“Hace algún tiempo vino uno al que llaman ‘El Bogotano’. Apenas vio el famoso Batimóvil de hojalata, inspirado en la serie de los sesenta, dijo que cuando tenía ocho o nueve años iba de la escuela a trabajar en una fábrica que ensamblaba estos carritos. Las piezas las mandaban de la casa Ford, en Estados Unidos. Era la época en que las empresas matrices de automóviles sacaban al mismo tiempo que sus carros una línea de réplicas de juguete. No me atreví a preguntarle al hombre si él mismo había llegado a tener su Batimóvil. Es muy posible que no”.

De pronto, asoma un astronauta que ha salido a dar una vuelta alrededor de la nave, atado a su cordón umbilical. “Todo esto es de Los Puentes”, dice Castaño, quien con ese semblante de plácido mostacho y rodeado de sus figuras, se parece cada vez más a Gepetto. “Son juguetes de mi época. A mí me tocó el viaje a la Luna, los aviones de propulsión; monté en los de hélice y en el Super Constellation. La característica de los juguetes de esos años son sus decorados con litografía”.

Un día pasó un hombre vendiendo escobillones. Castaño, atraído por la UC forma de ese cepillo de alambre trenzado para limpiar botellas, le compró uno. El vendedor también sintió curiosidad por el refugio del artista.

“Siga, adentro tengo juguetes”, le dijo.

El otro caminó a lo largo de las vitrinas hasta que se fijó en una mariposa y un avión rústico de lata. Los ojos se le encharcaron, eran los juguetes que le hacía su papá, y allí estuvo un buen rato recordando, entre lágrimas, cada detalle. Antes de la irrupción del plástico casi todo era de hojalata: baldes, regaderas, bañeras para bebé. En Medellín era habitual que los hojalateros hicieran juguetes con los retales de ese material. Los soldaban con estaño y los pintaban con esmalte. La mariposa tiene ruedas y cuando el niño la empujaba con un palo agitaba las alas. Rafa hace la demostración mientras lanza una declaración de terapeuta: “Estos juguetes le permitieron a ese señor encontrarse con su padre”.

Una señora llamó al local para preguntar si allí tenían una muñeca de pasta que lleva unas flores en la mano. Y como aquellos niños a los que les inculcan que no sean egoístas con sus juguetes, Rafael se la prestó para que la cargara, pero solo dentro del museo. Ella vino y contó que esas muñecas eran muy populares en los cincuenta, que entre sus amiguitas les celebraban fiestas de cumpleaños y de primera comunión, y hasta les hacían tarjetas de invitación.

Entre tanto hay una secretaria, con cola de caballo, que ha dejado de teclear para mirarnos a través de la vitrina. Rafa anota que hubo una época en que estos juguetes pretendían enseñar roles u oficios en la sociedad. Ahora no sucede así, antes bien podría considerarse como una discriminación de género o un insulto: “Yo le tuve que pedir permiso a una hermana para regalarle unas ollitas a una sobrina porque le había escuchado decir que quería jugar mamacita con vajilla”.

Una búsqueda memorable del juguete favorito empezó cuando una visitante agachó la cabeza y confesó que nunca había tenido juguetes. “Haga memoria”, le dijo Rafa con el tono neutro del analista, “haga memoria que usted sí tuvo. Es que los juguetes se hacen”, le insistió. Y luego de un silencio revelador la mujer recordó: “Mentiras, yo sí tuve una muñeca. La hicimos entre mi mamá y yo con una mazorca, le pusimos ojos y el cabello de lo mismo… Hasta me duró un buen tiempo”.

También vinieron unas antropólogas para confirmarle a Castaño su teoría. En sus estudios sobre la vida cotidiana de los indígenas emberá en Risaralda, escucharon de buena fuente que a los niños les prohibían jugar. Pero una informante les contó luego que su hermanita y ella hacían amasijos de hojas que amarraban con tiras de tela, a manera de muñecas. Cuando los adultos se acercaban, las pequeñas solo tenían que soltar los nudos: las hojas saltaban por el aire y las muñecas desaparecían.

No siempre los chechereros son los que proveen a Rafael de sus piezas. De pronto, en una visita familiar vio a una niña boleando una abeja de madera, una maravilla de colección hecha por la Fisher Price en el año 37, caramelo escaso. Rafa empezó a temblar.

“Preste pa’ acá”, le dijo, “que eso no es pa’ jugar”.

A él le gusta decir que no compra juguetes sino que se los encuentra. También se siente depositario de un secreto cuando alguien le entrega el juguete que más quería cuando era niño. Sabe que en cualquier momento esa persona va a volver. Se erige como delegatario de la memoria que encarnan esas figuras. Y por eso son las que cuida con mayor celo.

Cuando Castaño expuso en Comfenalco una serie de ciento cincuenta piezas, bajo el título Arqueología del Juguete, un señor muy serio se acercó y le dijo: “Ese avión es el mío”. Él le replicó que ese era un juguete japonés de los cincuenta, del cual podría haber miles de ejemplares en el mundo. Son aviones grandes de tres motores que hacen aparecer la azafata en la puerta y muestran a los pasajeros levantándose de las sillas.

“¿Por qué dice usted que es el suyo?”. Entonces el otro sacó algo del bolsillo: “Mire, estas son las ruedas que le faltan”. Se las puso y calzaron a la perfección. Daba la impresión de que era un tipo muy aporreado por la vida, de una edad menor a la que aparentaba.

“Se llamaba igual que yo, Rafael. Nos volvimos amigos y caía a deshoras al taller, se notaba que necesitaba hablar. Me contó que había salido de la casa y que cuando volvió, la mujer con la que vivía le había botado todos sus juguetes, los que guardaba desde niño. Parece que nunca se recuperó de esa separación. Saber que tuvo momentos felices en su infancia lo alentaba a seguir”.

Rafael sabe cada detalle de su Robocop de los ochenta, de un tren Lionel o de un Bambi hecho en Medellín, en el taller de José Bartolini, cuando la fiebre del plástico logró que muchos niños pudieran tener uno. Un buen número de personajes no gozan del privilegio de estar exhibidos en las vitrinas y se mantienen confinados en enormes cajas de cartón en el segundo piso. De pronto nos muestra unos carros de hojalata con inscripciones diminutas: “Japón ocupado”, “Alemania ocupada”. Eran los juguetes que se hacían poco después de la Segunda Guerra, muchos de ellos con material reciclado de latas de galletas y con proclamas políticas. Era habitual en los barrios de las ciudades arrasadas reunirse para hacer juguetes con lo que se hallaba a mano.

También aquí pasaba que los papás ocupaban tardes enteras en hacer juguetes para sus críos. Don René Botero, el personaje que recoge en un Volkswagen al niño que perdió el bus de la escuela, en El olvido que seremos, era uno de esos.

“Don René tenía apariencia de hosco, pero le encantaba fabricar trompos y patinetas para sus hijos. Los viejos de esa época se hacían los bravos porque creían que era la única manera de lograr que no nos desviáramos en la vida, aunque de todas maneras nos desviamos”.

A Rafael le parece un tanto disparatada la idea de que las armas de juguete vuelvan violentos a los niños. “Yo mismo jugué con armas, rifles de copas, disparé pistolas y tiré con caucheras”. Entonces recuerda la idea de Virgilio en la Eneida cuando dice que en un momento de ira cualquier instrumento de trabajo se convierte en un arma.

“Una vez vino un personaje a decirme que necesitaba que yo le vendiera todo: mis juguetes, los móviles, las vitrinas, la bodega, yo incluido con las historias. Fui insistente al decirle que nada de esto andaba en venta, pero el hombre volvía desafiante: ‘¿Cuánto vale? Dígame una cifra’. No había ninguna. ¿Qué iba a hacer yo con la plata? ¿Qué pensaba hacer el tipo con mis cosas? No lo sé, tal vez las quería para decorar o… ¡para nada! Hay gente que no sabe qué hacer con la plata y quiere comprar los sueños de los otros”.

Si los juguetes han sobrevivido a las bataholas de la niñez debe ser porque hay niños cuidadosos o madres como aquella que no dejaba sacar a la Barbie de su caja, de modo que la niña la tenía que arrullar así empacada. Gracias a esa orden, las lánguidas se conservan intactas como momias en su sarcófago. Aunque Rafael Castaño prefiere las reliquias mugrientas que encuentra bajo el Metro: un oso lustrabotas, un bombero de moto, un payaso en harapos con los que el niño desconocido maquinó más de una jugarreta.

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Los cuadernos de Mario

por MARIO ESCOBAR VELÁSQUEZ • Ilustraciones de Buziraco
Selección y notas: Fernando Mora Meléndez

Número 149 Mayo de 2026

Escrito en el tránsito espiritual entre las selvas de Urabá y las calles de Medellín, el diario de Mario Escobar concilia el testimonio de un hombre de acción con el de un tipo de letras. Reúne la confesión íntima con estampas de la ciudad, los diálogos de amigos y los de la ficción. Con el encanto de la nota espontánea y la agudeza de estilo, es a la vez una lección de ironía sobre la vida y la escritura.

La primera tarea de su taller era comprar un cuaderno de notas. Lo pedía de tapas duras para que soportara el trajín de la calle, suponiendo que sus discípulos fatigarían el mundo como él lo hacía. Había que escribir lo que a juicio del principiante fuera digno de mojar tinta. Solo agregó, “con realce literario”, aquellas pequeñeces que el arte exagera. Y, como los músicos que pasan largo rato tocando escalas (otros las trepan), se trataba de rayar mucho papel, andar atento a las percepciones para copiarlas, como ese ser que va por un camino con un espejo, según Stendhal, o esa persona con antenas, que dijo Henry Miller. El cuaderno, lleno quizás de la calderilla de los días vacíos, en algún momento de inopia literaria, escupiría alguna perla para salir de aprietos.

Llevar un diario, aunque fuera en blanco, como el de Bartleby, no era ninguna novedad de la cocina literaria. El maestro nos lo dijo, y hasta invitó a hurgar en diarios de plumas consagradas. No era obligatorio, tanto como leer Servidumbre Humana o Sinuhé, el egipcio, las dos novelas de las que recordaba episodios, leía pasajes o ponía ejemplos. Aun así, cada cierto tiempo volvía a preguntar por el diario, como si en algún momento de delirio profesoral fuera a revisarlo. A veces sacaba el suyo del maletín, lo enseñaba, pero no leía nada de allí. Y uno pensaba en los diarios íntimos, como los de las santas, Teresa de Ávila. O los de artistas, de vidas non sanctas, como el Diario del ladrón, de Jean Genet.

Muchos de aquellos papeles solo vieron la luz después de que sus autores fallecieron. Y, al correr del tiempo, pasó igual con el suyo. Con ademán curioso, hurgamos en esas páginas, publicadas por la Universidad de Antioquia, para leer por fin los apuntes que Mario Escobar Velásquez copiaba al natural en sus cuadernos.

Nos dimos cuenta de que hacía lo que predicaba. Sus fragmentos, como los de diaristas de oficio: Camus, Virginia Woolf o Ribeyro, son piezas que dibujan el periplo real e imaginario de su autor. Combinan la confesión íntima, con la prosa del día, los apuntes ensayísticos, el aforismo, los esbozos de personajes, sus reacciones al mundillo literario o a las noticias, con las preocupaciones de un novelista que debió sobrevivir con quehaceres alejados de las letras. Vivió en la selva de Urabá, a orillas del río León, como constructor, granjero, y como fundidor de piezas de metal en Medellín; al tiempo que urdió obras tan celebradas, como Un hombre llamado Todero, Muy caribe está o Toda esa gente, su novela preferida.

Cuando contaba sus faenas en clase, su inventario incluía marcar reses, caparlas, construir una cabaña, reparar bombas aspirantes e impelentes, motores fuera de borda, medir bosques tumbados, revisar la podada de las malezas y pagar nóminas. Tales recuentos despertaban la suspicacia de algún postulante que no confiaba en que de la rusticidad de un hombre de acción, con una parla poco engolada, brotaran novelas ejemplares. Hemingway parecía un señorito al lado suyo. Y el efecto de esas lides físicas corre con auténtica emoción por sus escritos, aquellos que prefería esbozar antes con tinta estilográfica.

Se pensaría que, por ir aparejados con los azares de los días, que traen su propio afán, los diarios tendrían frases borroneadas, desmañadas quizás, con líneas ilegibles. Por el contrario, se nota en ellos la intención contraria, la de dar forma al caos de la vida. Nada parece tan nimio que no amerite una agudeza, como las que describe sobre un gato o los peces de un acuario, en las ceremonias de interior que recrearon su soledad.

En cuanto al registro de sus lecturas, en una suerte de diario de lector, sorprende con sus humoradas que, en contravía de los estereotipos, hace guiños a lo que se ha considerado sagrado en la república de las letras. De paso, registra sus conversas con amigos escritores. A despecho de la crítica reinante, no tiene empacho en vincular la biografía de los autores con los destellos de esta en los textos.

Desde la mirada de transeúnte, registra con minucia la botánica de acera o las criaturas que se cruzan en sus rutas citadinas, con el esplendor de su asombro. Las salpimienta con una ironía que linda con la herejía de buen salvaje, que no dejó de anhelar su cabaña de madera en el golfo.

A su manera, cuenta sus desencuentros con los personajes de sus ficciones, su brega con las palabras que, en busca de la precisión, prefería inventarlas. Y luego del punto final, también describe la depresión puerperal del novelista.

Lejos de parecer la bitácora de un autor desde su torre de marfil, este dietario no evade la gravitación de las noticias. Así, entre líneas, puede leerse el contraste entre el mundo interior de quien escribe, preocupado por el aumento de peso, y los aconteceres más allá de su ventana, como en la isla de Granada, invadida por Ronald Reagan.

Mario Escobar tampoco dejó por fuera las fantasías oníricas, aquellas que pueblan diarios, como los de Kafka o Adorno, y se entrecruzan entre sus visiones diurnas. Aquí algunas páginas subrayadas y rasgadas de esos cuadernos: intentos, recuerdos y notas a pie.

Ceremonias de interior

Bazuko, mi gato, que ya ha alcanzado una gran talla, mató, en un descuido nuestro, a uno de los pajarillos que venían a comer de las harinas puestas para ellos, y empezó a comerlo. Se lo quité, adolorido. Es un “crimen” de la vida que organizó la cadena, no suyo. Como todo se paga, al minuto vino un perro que no es Lucky, su amigo, y casi agarra al gato en una gran perseguida. Bazuko trepó a un pino, y en él lo ató el miedo. No quiso atender a mis llamadas. A poco llovía esta lluvia torpemente fría de estas lomas, y el gato se agarrotaba hasta que se empapó más que un tabaco en un río.

Lo dejé ahí, en la lluvia, más de una hora deliberada. Gato y todo, es bueno que sepa de otros eslabones de la cadena. Después me agencié una escalera, lo bajé y lo sequé, y ahora duerme, igual que siempre, en el tapete suyo, al calor de mis pies. Pero antes de que se durmiera le vi los ojos, y ya no son inocentes.

Libros

Por donde voy de la casa, los libros. Ordenados en anaqueles, y apilados por el suelo. Los amo intensamente, como no amé, ni amo, ni amaré a otra cosa ninguna. Si tuviera el dinero que he invertido en ellos tendría una suma de mucha consideración. Pero no amaría a esa suma, ni ella me hubiera reportado lo que los libros.

Cuando voy de librerías me rasco el bolsillo hasta la inopia. Luego voy sin pesos por la calle, con paquetes bajo el brazo, deseoso de llegar a meter los ojos por ellos.

Como en otras veces, hoy compré más de lo que puedo permitirme: no aprendo de mesuras en las librerías. Después, las horas me son pocas.

***

Morirme, tarde o pronto, me será muy triste porque tengo que dejar a mis libros. He pasado con ellos la vida. Por donde fui estuvieron. Mientras que aliente estarán. Nadie como ellos fue mi amigo, ni a nadie he querido por tan largo tiempo, sin desmayos. Siempre, siempre, antes de dormir estuve con uno por mucho rato, leyéndolo. El amor que les tengo es físico y espiritual, y si hay más vidas me serán menos duras si por allá hay libros.

***

Bazuko se perdió, hace días ya. Tropezó quizá con algún tósigo, porque robaba en casas vecinas. De pronto uno notó que no estaba, dolido, esperoso. Se quedó en mi novela.

***

Supongo que para muchos sería perder el tiempo, pero estuve más de media mañana mirando parir a una de las hembras gupis en la pecera grande frente a mi escritorio. En cada vez suelta a dos cosas esféricas, mínimas, que al decímetro de bajar al agua estallan en pececitos, que nacen sabiendo que hay jetas esperando para comérselos. Cada uno se dispara y se adosa a una rama, disfrazándose, o se oculta debajo de una pedrezuela, ceñido a rama o piedra como si fuera parte.

Es, claro, la memoria heredada, o el conocimiento heredado. Los terneros, igual: entre otras cosas que saben está el que las tetas de la madre quedan arriba de la altura de su cabeza, y las buscan. A veces de un toro grandote y de una vaca chica nace un ternero alto al cual las tetas de la madre le quedan debajo de la testa, y entonces se arma un lío. […]

Me pregunto qué cosas enormes olvidamos los hombres al nacer. Yolanda, mi hija, al cuarto de hora de nacida, miraba a las cosas sabiéndolas o reconociéndolas, viejos ojos sabidos en su cara estrecha. A mí, viéndola reconocer, me dio mucho miedo.

De lecturas y tipos de letras

A mí Flaubert no me incendia. Sé que Madame Bovary fue un suceso enorme en su época. Con esa novela creó técnicas y modos a los cuales y a las cuales debemos infinitamente. Pero sé igual que todo eso se ha superado, y que ante lo inmediato, lo suyo, remoto, palidece. Emma Bovary fue una heroína extraordinaria, pero en su época. Después las hubo a centenas, usuales, y no conmueven. Pero Flaubert escritor es un guía al cual me atengo: su respeto por el quehacer literario, su disciplina inaudita, sus investigaciones minuciosas para adueñarse del tema, su sentir hondamente a sus personajes, me motivan. ¿Cómo no admirar sus vómitos cuando escribía del envenenamiento con arsénico de su protagonista? Él estaba siendo ella, y sufriendo igual. No hay otra manera de hacer las cosas literarias bien hechas.

***

Cuando de El día señalado, una novela que obtuvo el prestigioso Premio Nadal, de España, Manuel Mejía Vallejo extrajo un cuento perfecto llamado “La venganza”, y que a mí me parece como cuento mejor que la novela como novela, y el cuento estuvo adecuado, “lloré”, me dijo.

Un llanto que yo entiendo. La belleza llora a veces o nos hace llorar sin tristezas.

***

Algunos escritores hablan del “lector” en el cual piensan cuando escriben, para agradarlo. Salvo las cartas, que suelen ser privadas y tienen un destinatario único, “el lector” no tiene entidad, sencillamente porque no hay dos iguales, con la misma cultura, los mismos gustos, etc. El escritor no puede plegarse a todos. En su variedad son los lectores los que deben adaptarse al escritor.

Cuando escribo no pienso sino en lo que escribo, batallando con las palabras para que digan lo que yo quiero, como yo quiero que lo digan. Es toda una lucha: las palabras son esquivas, quieren desbandarse y uno las quiere unidas. Me recuerdan al ganado de Urabá cuando había que meterlo en corraleja para vacunarlo. Yo solía decir que era mío solamente cuando ya lo tenía encerrado donde yo quería. Lo mismo son las palabras.

***

Bajo el volcán, la obra más caracterizada de Malcolm Lowry fue escrita en cuatro veces. Al primer original lo perdió en una de sus borracheras seriadas, luengas. Al segundo en un incendio, que tal vez él mismo provocó en otra de sus curdas, sin quererlo. El tercero naufragó con un barco, y se ilustraron los peces y los corales. Y para el cuarto casi que no encuentra editor, porque estaba entonces en boga una novelucha de dipsómanos.

Era todo un apego a una idea, tan poderosa como su necesidad de beber. Uno sabe que las tres ocasiones fallidas no le hicieron daño a la obra, sino provecho: un libro que no se haya escrito en esas veces por lo menos tiene de feto. Es un libro inmaduro. Uno casi que recomendaría borracheras de botar libros, incendios de quemarlos y naufragios en provecho de peces, a más de uno de nuestros escritores.

El paso y el repaso de lo escrito hacen buena prosa, amarra los hilos sueltos, cohesiona el conjunto. Si por un acaso se hallara el original primero y se comparara con lo publicado, se hallaría la diferencia misma que hay entre una naranja verde y otra en sazón.

***

En Crucifixión rosada, el libro que me gusta más, Henry Miller habla de una con la cual convivió durante siete años. Cuando ella leyó dijo que “todo está distorsionado. Esa no soy yo. Yo esperé de ti algo bonito sobre mí”.

Es que no sabemos cómo nos ven. El que nos mira nos interpreta. Al pasar a su través nos distorsiona de necesidad.

Henry escribió sobre la que odiaba. Pero en ella tendría que haber una lovable: esa que se sacrificó por él y que, así fuera puteando, se conseguía los billetes de a cien para que Henry Miller pudiera escribir y escribir. Tal vez el odio le nació de ahí, de esa dependencia. A esas bondades que dan tanto y por tan largo tiempo llega a odiárselas.

***

En la única librería de viejo que conozco en esta ciudad hallé dos tomos de los diarios de Camus, que copan desde el año 35 al 51, que son los de su madurez. He pasado momentos tediosos, que se alargaban, borrando anotaciones y subrayados de su dueño anterior, que me incomodaban tanto como lavarme los dientes con un cepillo ajeno. Afortunadamente estaban con lápiz. Solamente cuando acabé de borrar pude ponerme a leer, y a rayar como yo rayo.

Un libro es un objeto tan personal como una camisa.

Camus temía del sexo. Lo comparaba con el opio, como adormecedor de cosas en el hombre. Anhelaba la castidad en la cual, presumiblemente, trabajaba mejor.

Algo muy parecido le dijo alguna vez Ernest Hemingway a su amigo Hotchner. Creía que se derrocha en el sexo, cuando debería ahorrarse para la literatura.

Pero a mí el sexo me tonifica. Sin él no puedo escribir, envenenado de esos jugos espesos si se me acumulan. Creo que me parto abajo, y también en el cerebro. Cuando mejor escribo es cuando le hago un uso pleno.

Lo que importa es ser consecuente con lo que se es, cada uno. Si la castidad es tu estado, sé casto, caray: lo que importa es tu obra.

***

“Besacalles” es un gran cuento de Andrés Caicedo. Una maestría en el desarrollo, y en los amarres, y en el entorno. ¡Cuán placentero es leer algo bueno! Cuánto escasea lo mejor, y cómo cuesta encontrarlo.

Caicedo, un poco nuestro Truman Capote, tenía ya un estilo a sus veinte años. Como el gringo, empezó desde muy temprano, y harto que produjo. Al contrario del gringo, no rompía nada. Lo conservaba todo, bien organizada versión tras versión de un mismo asunto. Sería muy interesante mirar los desarrollos que tuvo para cada uno. Después de la creación iniciaba un lento, un múltiple, un repetido trabajo de artesanía.

Y después, en un baúl de esos antiguos que eran los escaparates de otras épocas, apilaba las versiones. Como si pensara que algún día irían a estudiarlo. Y eso se hiciera, si esas versiones se publicaran.

Apuntes de ciudad

Uno sabe que la gente de ciudad, esa nacida acá y acá vivida, sedentaria, es otra cosa distinta a lo que uno es. Que su mundo apenas si roza el de uno. A veces se llegan a donde tengo mi escritorio con la pecera espléndida a un lado, mi mar reducido, y se quedan alelados viendo al molusco. Preguntan:

—¿Qué es eso? ¿Esos?

—Son caracoles.

—¡Qué maravilla! Nunca había visto a uno vivo.

Y yo entiendo entonces sus almas con calles de cemento, con árboles domésticos y esmirriados, con un horizonte de patio o de calle o carrera. Y sé que por eso aparecemos ellas, las gentes y yo, extrañas. Tienen un solo mundo, y yo a muchos más de dos.

***

Bajé del carro para abrir el garaje, y vi a la niñita: estaba al sol de las 12 m., muy modosica sentada en el muro de enfrente, solitaria, vestida de blanco, dos guedejas rubias sobre los hombros. Debe ser una de las innúmeras, parientes de la gente de ahí, con muchos vínculos con el campo. Conversaba, sola al parecer. Gesticulaba con manos y brazos. Nada sucedía para ella sino su conversación. A mí no me percibió. El viejo perro de esa casa, sentado en la cola, la oía. Pero no era con él la conversación. Era con alguien que para ella existía, así yo no lo viera, y de quien no dudo.

Así somos los escritores. A veces, solo al parecer, en el carro, converso con mis personajes, y el diálogo es siempre interesante. Creerán que hablo solo, o con fantasmas, pero a mí qué. En ese aspecto los escritores seguimos siendo niños: no es un defecto. Es que los demás se anquilosaron.

***

Rodrigo Arenas Betancur es pequeñito de cuerpo, y no faltó alguno que dijo o escribió que por eso sus figuras son monumentales. En la cara, hondos y pequeños, le bullen los ojos inquietos de cualquier campesino antioqueño. Ojos de esos he visto muchos: son calculadores, calibradores, “machuchos”. Pero en los de él está algo que es de maravilla: la inteligencia del artista. Él quiere aparecer culto, y tal vez lo sea. Es deslenguado al hablar de otros. Me dijo, por ejemplo, que pese a haber escrito Aire de tango, que presuntamente ocurre en el barrio Guayaquil de antes, Manuel Mejía Vallejo es un “señorito que si pasó por allá lo ‘hizo en taxi’”. Es decir que no lo conoció, y el suyo es un entorno inventado. Eso se nota en la obra. Dice que Guayaquil fue un puerto magnífico, como El Pireo, así terrestre, y como otro cualquiera repleto de marineros. Que él sí vivió a Guayaquil. Añadió que “Manuel se identifica con el Jairo de la novela, pero que se soslaya y que debió asumirse más”.

***

Vende frutas a la entrada de la U, y en el brazo, que una camisa completamente en sisa deja visible, tiene escrita, y mal, la palabra “vengansa”, en tinta de un azul desvaído. Un tatuaje barato.

Mi amiga le preguntó la razón de esa marca indeleble. Contestó como lo primero:

—Cosas de uno.

Pero como mi inquisidora no continuó las preguntas, él hilvanó otra respuesta:

—Es para acordarme en todos los días que debo vengarme de una hijueputa.

Yo, callado, sin mover el labio, me reí de él. Quien de veras desea vengarse no requiere de recordatorios. Ese debió quedar lleno con el letrero y las punciones. Su venganza es de esas baratas de exportación, de mostrar, de engreírse. Ese, al odio, no lo ha conocido. ¡Seguro!

***

Todos los de antes se colapsaron, o colapsan. En cada vez estoy más solo de la gente de antes. Ahora es él quien agoniza. Juntos enseñamos en el Liceo de Udem, hace como 30 años. Por entonces él creía ser poeta, y tuvo sonetos casi. Pero no llegaban.

Me dice su hija que las radiografías muestran a un corazón casi tan grande como un pulmón. Con la hipertrofia, empeñoso, pretende suplir sus menguas. Pero él agoniza, con una asfixia cruel y lenta, y sabe pedir a quienes le rodean que lo maten. En otra asfixia como esa que Franz Kafka le dijo al médico, con la más kafkiana de sus razones:

—Si no me mata, es usted un asesino.

Cada uno de los antes que se muere me mata en un tris. Cuando esos trises sean volumen moriré yo. Uno se muere a pedazos de otros.

***

En Cartagena, afuera del Castillo de San Felipe, y no adentro, está la estatua de don Blas de Lezo. Se la ve un poco como a un espantajo, una pata delgada de zancudo, de palo. Una manga vacía para el brazo faltante, la espada en la otra, y, desde luego, tuerto, vaciado de puntazo uno de los ojos, no sé si el derecho.

Los españoles lo pintan en la historia que nos legaron como invicto e indomable, no vencido de Vernón: es puro arte de hacer héroes, tan necesarios en la guerra. Porque el invicto e indomable es ese castillo, todavía. Pero más para los medios de la época de Vernón. Esa mole formidable dice de lo buenos ingenieros que eran los españoles.

Con un gorro de esos de tres picos sobre la testa tozuda, el empecinado de don Blas, que ciertamente no fue ileso, parece un insecto trancando en la explanada del castillo. Y no me inspiró cosas épicas, sino sonrisitas de chiste.

No sé qué quiso augurarle el autor de la estatua. A mí me pareció bailoteando y burlándose de los ingleses, cuando idos sin poder, todo payasudo ese incompleto.

***

San Pedro Claver fue pequeñito: se le ve en la calavera. Quizá no alzó ni los 1.60 metros.

Ni en la iglesia que se llama suya, ni en el convento adjunto, ni en sus aposentos, se le siente. Y la calavera no impresiona, marfilina, sin la quijada. San Pedro Claver es ahora otro buen negocio de los jesuitas.

Misterios del oficio

Cada autor puede hacer de su novela lo que a bien tenga, siempre que sepa qué hace. Una novela no es únicamente una acumulación de palabras demasiadas, o de hechos, o de caracteres de personajes, o de estos, sino una unión armónica de todo eso con un fin determinado. Este fin lo subordina todo. Es decir que la novela es proclive, debe obedecer a un plan. En una buena novela no hay una sola palabra sin objeto. Ningún hecho, ningún carácter. Nada sobra, y desde luego no falta nada. No hay que dejar a los personajes a que hablen por su autor, expresen sus opiniones, etc. Los personajes deben ser ellos mismos, no calco de quien los creó.

***

La sensación de vacío al acabar de escribir una novela genera una displicencia terrible. Uno no sabe qué hacer, pero no quiere nada. Uno es unas cenizas de un fuego que se apagó: es decir nada. Es su frío, al acabarse. Acabar una novela se parece a morir. Es un fin. ¡Y cómo cuesta renacerse!

***

Acabé, creo, “Caínes”, un cuento al que le trabajé mucho. Su concepción es obvia: el guerrero no tiene sentires propios, sino los de su bando. Todo en él es colectivo. No razona porque ya razonaron por él.

Esa es una crueldad para con el individuo, porque lo niega.

Cualquier guerrero. Básicamente no hay entre ellos sino diferencias ideológicas, las de su bando, contrarias a las del otro bando. Unos bandos miran a la derecha, y otros a la izquierda. Pero actúan lo mismo, sin piedad. La desgracia es que quienes los sufren son los que están entre ellos, los neutrales, los pacifistas, los intelectuales, los campesinos: los ajenos a los bandos.

***

Casi entero el día metido en la melancolía, como en una piscina. Una melancolía viscosa. Es que en la mañana me encontré con quienes me compraron la finca de Urabá, sobre el río León, abajo del caño Tumaradó, y la recordé. Se habló poco de ella, porque cuando querían decírmela, yo variaba. Y después estuve reorganizando el capítulo primero de Canto rodado, que publiqué en alguna parte como cuento bajo el título “¿Qué es un siglo, patrón?”, que ocurre allá en esa finca.

Recordé el pasto, seco en el verano, y amarillo, pero a que a la menor llovizna enverdecía como la esperanza. Y al río perezoso y como dormido, pero con tanta potencia en sus aguas, que no mostraba. Y a la selva innúmera, que entonces dominaba en la región. Y al sol bravo.

Recordé a Fela (por Felícita) que es el personaje femenino de ese capítulo, y que yo traspolé a india fantasma. Y recordé a todos los amorosos escarceos que nunca culminaron, y a los cuales siento todavía como un vacío muy parecido a la sed.

Todo lo recordé, incluido el que allá fui feliz, y que no olvido. Fui feliz, sin saberlo, así como se es joven sin entenderlo. Juventud y felicidad solo se saben en la inmensidad de su valor al perderlas. Como los paraísos. Como el dinero. Como las mujeres. Pero no sabía por qué me ponían así agrio el día, hasta que recordé lo que la saudade es: tristeza de lo que ya no está.

¿Qué importa? La vida me ha cambiado en otra de sus muchas veces. Allá escribí Un hombre llamado Todero, y terminé mi primera novela. Allá tuve lo menos de cosas materiales que era posible: un jergón, un mosquitero, una mesa para escribir, cuatro trastos de cocina baratones, ni energía eléctrica, ni agua corriente, pero sí libros a montones. Tampoco mujer, salvo en los escarceos con Fela. En cada vez que salí de allá, para volver, paré al otro lado del río para mirar la casa que yo mismo me hice casi entera, y el pedazo de paisaje que me cabía en los ojos. Siempre salí triste, y volví alegre. Pero cuando salí para no volver no torné la cara. Le temía a convertirme en estatua de sal, como la mujer de Lot, por no aceptar los avatares.

Pero estaba recordando el final de la novela Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes: “Me fui como quien se desangra”.

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Fernando Mora Meléndez

Semana de pasión

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ

Número 22 Abril de 2011

No hay nada que alarme tanto a un amante como la frase: ¡Estoy aburrida! Se trata de una señal de peligro imposible de ignorar, sobre todo si el otro está interesado en preservar la compañía.

Pero antes de que me hubiera ingeniado algo entretenido que evitara su deserción, ella ya lo había pensado por mí.

—Nos vamos esta Semana Santa para Remedios, llegó diciendo.
De nada valió el pretexto de que la carretera era en extremo larga y tortuosa.
—Para eso hay avión, me replicó.
—¿Avión para Remedios?
—¡Sí mijito, y muy bueno!
—A mí me han dicho que por allá hay mucha culebra…
—¡Pues las matás vos!, para eso voy con un hombre, ¿o no?

Y habiendo tantos destinos nacionales, ella insistió en Remedios, una población enclavada en el nordeste antioqueño. Todo porque había leído hacía poco en La Marquesa de Yolombó que aquel pueblo era mágico y que en él se hallaban las brujas más poderosas de todo el departamento. ¿Qué harán ellas en Semana Santa?, comentó fascinada.

Me pareció exagerado invertir en un pasaje aéreo para ir a un pueblo de brujas, así fuera Salem. Pero el viernes llegó con los tiquetes y me pidió que comprara sólo los rollos de película. La idea era hacer un safari fotográfico.

El vuelo en la avioneta fue más movido que si lo hubiéramos hecho en escoba. Cogimos un jeep hasta el hotel, cerca de la plaza principal. La habitación, en un tercer piso, me pareció muy digna y hasta aseada. Tenía una ventana grande y, dentro de la misma, otra diminuta por la que podríamos espiar el vecindario en los días santos.

Después de la religiosa siesta, cargamos los rollos en las cámaras y salimos a dar una vuelta por el parque. Pero no bien hicimos el primer clic, llegó un tipo de poncho, tuso para más señas, a preguntarnos de dónde veníamos y a informarnos que en este pueblo estaba prohibido tomar fotos.

Entre temerosos e indignados fuimos a un quiosco y pedimos dos cervezas. Se trataba de pasar un trago amargo con otro, un viejo método homeopático. Desde allí vimos a los parroquianos carilargos que hablaban en voz baja y con la cabeza gacha debajo de los sombreros. Por la calle principal había un corrillo más grande de campesinos; la tendera nos dijo que estaban esperando la volqueta de los muertos. Nos bogamos esa cebada rápido y de mala gana, aunque compramos otras bebidas y provisiones para el hotel.

El programa consistía en volver al cuarto, comer sardinas con pan y esperar la noche. Como distracción nos pusimos a leer en voz alta un cuento de misterio llamado El Horla, de Guy de Maupassant. Con cautela nos asomamos por la ventana para ver las calles vacías y aún más tétricas por el sólo hecho de saber que era Semana Santa. A lo lejos se escuchaba el sórdido estribillo de una canción de carrilera.

A medianoche nos despertó un murmullo en la ventana. “Son ellas”, dijo mi compañera sentimental con un hilo de voz. Luego las voces se fueron acercando y entonces pudimos entender algo parecido a unas letanías. El efecto se sintió en nuestra piel y estremecidos nos abrazamos como una pareja de erizos. No sé cómo ella sacó el coraje para abrir un poco la ventana más pequeña y así poder ver lo que había afuera. No, no eran brujas, ni ánimas del purgatorio. Eran hombres solos que caminaban con velas encendidas mientras repetían sus plegarias. Y eran una sola cola larga.

El efecto de esa visión nos desveló. Tampoco había ánimos para hacer de las otras cositas, tal vez por el temor inconfesable a quedarnos pegados. Por la mañana, la casera nos informó que la procesión que habíamos visto es la que llaman Del Prendimiento porque en ella se recuerdan las horas en las que buscan a Jesús por cielo y tierra para encanarlo.

Esa tarde fuimos al atrio de la iglesia para ver la Semana Santa en vivo. Debajo de las túnicas romanas había actores naturales, campesinos de las montañas cercanas. Ese Jesús, por supuesto, era apuesto y rubicundo, como Enrique Rambal en El Mártir del Calvario. Hubiera apostado a que era oriundo de El Santuario, donde hay tanta gente mona y ojizarca.

Por los altoparlantes se escuchaba el recitativo algo gangoso de los pasajes del juicio: ¡Que suelten a Barrabás! ¿Eres tú el rey de los judíos? Y antes de que cantara el gallo vimos a Pilatos, un gordito, lavándose las manos en un platón. A Jesús se lo llevaron tras bambalinas. Muchos de los parroquianos se quedaron mirando hacia la tarima, como si esperaran la crucifixión. Pero, gracias a Dios, esta escena había sido retirada del programa.

Después de poner música solemne, los actores bajaron contentos al parque y saludaron a todo el mundo. Los vimos, unas horas más tarde, todavía con las túnicas de colores, en una mesa junto al quiosco, bastante más que eufóricos. Pilatos, al lado de Judas, Caifás y Barrabas, incluso Jesús, el mono. Todos empinaban el codo una y otra vez. Se abrazaban en una fraternidad que en la Biblia jamás se dio; una bella foto que sólo ha podido quedar en el cuarto oscuro de nuestra memoria.

Por la mañana fuimos a confirmar el vuelo y nos dijeron que había problemas con la aerolínea. Me pareció curioso que no se pudiera volar justo el Sábado de Resurrección.

Fuimos a buscar algo para almorzar y nos dijeron que la cocinera se demoraba porque andaba en lo del sepelio colectivo. Si gustan pueden volver más tarde. Y de paso también nos ofrecieron un jeep directo hasta Medellín, en sólo seis horas, por si la avioneta no venía.

En una esquina había un letrero que decía: “Compra y venta de oro”. Nos acercamos para ver trabajar al joyero y nos dimos cuenta de que era Poncio Pilatos, el gordito, con ojos de enguayabado. Estaba con un soplete, haciendo una filigrana en metal precioso.

Nos contó que el oro de Remedios gozaba de mucho prestigio.

—¿Tanto como las brujas?, pregunté con ese candor imprudente.
—¿Quién les dijo a ustedes que este era el pueblo de las brujas? La pregunta parecía una dura réplica.
—Un pajarito, dijo ella, para disimular.
—El pueblo de las brujas es Segovia, aclaró Poncio, con la sequedad de su guayabo.

Pero después de esto nos mostró anillos de compromiso, cristos y cadenas, para que nos antojáramos, mientras invitaba a una cervecita.

Al final pudimos despegar en la tarde y, como el día estaba bonito, ella se puso a tomar fotos de nubes. Nunca vi disparar tanto al mismo blanco. Había doce rollos disponibles.

—¡Mirá esa!, dijo, señalando una masa gaseosa en el aire, ¡igualita a una bruja! ¿Cierto?
—Sí, igualita…, dije, mientras dejaba escapar un lánguido bostezo.

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Fernando Mora Meléndez

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