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La prueba reina

por GISELA POSADA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 92 Noviembre de 2017

El pequeño buda está sobre la mesa, la luz de la mañana aún es tenue en la ventana que da al occidente de Medellín. Ella se levantó desde muy temprano para atender la primera cita del día. Pacientemente pasa el algodón húmedo con alcohol por cada una de las cartas del tarot egipcio y se cerciora de que las imágenes de los veintidós arcanos mayores y 56 menores queden limpias. Todo está dispuesto: la cama matrimonial al lado de un escritorio donde hay fotos familiares y frases de Desiderata, San Marco de León y San Antonio —el que hace volver los novios—; estampas religiosas y coloridas bajo la superficie de vidrio. El buda permanece inmóvil sobre un cenicero de plata con monedas y billetes en su base; la virgen con un niño en brazos está iluminada con velones encendidos. En el dintel de la puerta la penca con cintas rojas y verdes, amarrada a una herradura. Los diplomas de parasicología, los inciensos, las velas, así como las campanas traídas de Indonesia, dan crédito de un oficio que ha ejercido durante toda su vida. Siendo niña, Reina soñó con adivinar el futuro; cumplidos los 18 años y con dos hijos a bordo y en embarazo del tercero, que sería mujer, aprendió a leer la baraja española, el cigarrillo y las líneas de la mano con una gitana en Dabeiba, Antioquia.

El teléfono gris de disco redondo no para de sonar. Desde muy temprano comienzan a solicitar turnos, preferiblemente separan la cita para los martes y los viernes, días en los que según advierte la pitonisa, se leen mejor las cartas y sale más de lo que necesita saber. A las siete de la mañana inician las jornadas que terminan a la media noche. Un dolor de cuello queda después de tanto usar los “poderes de la mente”, dice, que solo se calma con cristales calientes de penca en la espalda y las papas recién cortadas en rodajas sujetadas por un pañuelo blanco a la cabeza. Un cansancio después de dedicar horas y horas a escuchar penas, secretos ajenos, desventuras, sueños imposibles. Una especie de radióloga de la debilidad humana.

Las lecturas del tarot las refuerza con los baños para la suerte. Los martes y viernes las botellas con las siete ramas están listas para completar las recetas sugeridas por la adivina. Ruda, albahaca, yerbabuena, limoncillo, botón de oro, romero y eucalipto, cocinadas todas juntas, son llevadas al toque final de la pócima con miel de abeja y citronela. Se debe echar por nueve días en el cuerpo y hay que repetir con los ojos cerrados la frase “Jesús de Nazaret así como entraste a Jerusalén a sacar el mal y entrar el bien, te pido que entres a mi cuerpo, saques el mal y entres el bien”.

***

—¿Cómo estás, Reina? —le dijo el exalcalde de Medellín.

La mañana inicia tras un tinto y algunas palabras. La visita fue creciendo en curiosidad, el cargo del consultante pendía de un hilo por orden del procurador de turno, el temido señor Ordóñez. Sin escoltas, el exalcalde de Medellín se sentó frente a doña Reina, separados por un escritorio y el fajo de cartas coloridas en el centro. Con sus manos blancas y las uñas pintadas de rojo, el tarot egipcio fue revelando una a una las imágenes, como si de una pintura se tratara. “Por su suerte, su porvenir, quién lo piensa y con quién triunfa… a su derecha…”. Allí estaban la Torre encendida en llamas, la Parca en primer plano y una noche estrellada con perros aullando, la carta de los enemigos ocultos, fueron señaladas con el dedo índice de la adivina que abrió sus ojos y luego entre suspiros, gestos contrariados y énfasis en el tono, le dijo:
—¡Usted tiene muchos enemigos, pero muchos! Una persona muy poderosa, mire aquí la carta del Emperador, lo quiere es aniquilar, pero no se preocupe, todo saldrá adelante. Lo que se viene para usted es mejor que lo que está sucediendo ahora y las cosas estarán bien, mire aquí el sol venciendo el peligro y usted saliendo adelante de todos los obstáculos. A usted no le va a pasar nada, esté tranquilo.

A los tres días del encuentro inhabilitaron por quince años al exalcalde. En una llamada por teléfono llegó el reclamo.
—Oye, Reina, ¿no dijiste pues que a él no le iba a pasar nada?, le dieron inhabilidad.
—¿Y qué es inhabilidad? Yo no sé qué es eso y además en el tarot eso no sale. Yo estoy segura de que todo saldrá bien y que no tiene de qué preocuparse.

Al cabo de dos años, en el 2014, una decisión del Consejo de Estado retrocedió aquello que parecía irreversible, el exalcalde de Medellín restauró su dignidad y quedó exonerado de toda culpa.

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En el parto, a su madre le pusieron los santos óleos, ya que peligraba su vida y la de la niña. La madrugada del 7 de diciembre de 1938, con la luz de una vela, la partera recibió a Reina Mejía, la primogénita de Sofía Mejía. Y aunque a su padre nunca lo conoció, lo trae a escena cuando recuerda que este emprendió un viaje de tres días por trocha y a caballo para verla. En ese tramo al parecer se comió una lata de sardinas con fecha vencida y murió. “Soy hija natural”, dice, y hace énfasis en que Luis Eduardo Salazar, su padre, un hombre de buena familia, alto, blanco y de ojos claros, le dejó unas casas como herencia que le fueron arrebatadas por sus tías, quienes luego vieron cómo se esfumaron de sus manos tras una inundación en Guadalupe, Antioquia. “Fue como una maldición, como no fueron para mí, no fueron para nadie”, sentencia.

A los 16 años se enamoró de un muchacho de barrio y los hijos vendrían como un milagro multiplicado, nueve en total. “Hubiera tenido veinte, treinta hijos, si hubiera podido. Estar embarazada era para mí la felicidad más grande del mundo”.

Su voz es dulce y no ha perdido el brillo con el desgaste de los años. “Yo era maestra. Estudié pedagogía en la Escuela La Modelo, que quedaba por Bolívar —cerca al Hospital San Vicente—, antes se llamaba Pedro Pablo Betancur. Tenía doce años y me encantaba estudiar, lo que más me gustaba era Historia Patria y era muy mala para el dibujo. Recién casada y con mi esposo enfermo y hospitalizado, improvisé un kínder en la sala de la casa y todos los días recibía a los niños, les cantaba canciones y así les enseñaba las vocales y refranes, algunas veces los castigaba con dos piedritas en la mano hasta que se cansaran, pero ellos me querían…”.

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La mayoría de los días la casa está llena de clientas, solo algunos hombres se atreven a que les adivinen el futuro. Para ellas la lectura del tarot se ha convertido en necesidad biológica, el mundo no se mueve sin los consejos de la adivina.

A las primeras citas asistían mujeres que peligraban por ser amantes de los nuevos ricos del narcotráfico, y también otras que se disputaban un lugar entre los hombres de la mafia. Amanda Caro, por ejemplo, cabello corto y voz fuerte, manejaba directamente gran parte de los tratos, decidía y discutía de tú a tú con los grandes del negocio, como uno más. Una vez Reina la llamó para contarle que había soñado con ella, que su cabeza se había convertido en una cáscara de huevo que chocaba contra una pared y se volvía polvo. En medio de amenazas y huidas a media noche, Amanda tuvo que cambiar de residencia por ir más allá de los límites, donde hasta la propia sombra engaña; se encerró en un apartamento prestado y se dedicó a fumar y a leer revistas, con la esperanza de que la marea se calmara; una tarde que decidió sacar la cabeza para tomar un poco de aire en el pasillo del edificio, la esperaba un hombre que le apuntó en la boca y le vació completa la carga de balas que tenía.

Otra avezada y con cuero duro fue María Claudia Puerta, dueña de varias estaciones de gasolina. Se sintió con bríos para sobresalir en ese azaroso camino e intentó adueñarse de las rutas y de gran parte del personal de trabajo. Al quedarse con una mercancía y querer imponer sus propias reglas fue sometida a una muerte atroz: uno a uno le fueron arrancado los pelos de la cabeza, la piel del cuerpo y las uñas de pies y manos. El escarnio quedó claro para aquellas que buscaran compararse con los machos curtidos en el oficio.

Esas clientas patronas, las que asumían negocios por su cuenta, las que daban órdenes y eran truculentas, como los hombres curtidos en la trampa y el dinero fácil, fueron cayendo una a una. Ese efecto dominó fue afectando los ingresos de la pitonisa que logró equilibrar con la llegada de otras mujeres, “las de cuna”, que la buscaban por la fama de la cual gozaba en Medellín. Por eso la casa de doña Reina siempre se caracterizó por tener un carro lujoso enfrente.

Una de estas mujeres fue Alicia Mejía, alta, de piel color canela, ojos grandes y expresivos. No usaba ropa interior y lo hacía evidente con sus largas batas transparentes. Fue la primera en abrir un centro de belleza en El Poblado; una casa finca con árboles frutales, totumos, mangos y nísperos. Muchas mujeres de clase alta probaron allá las bondades del sauna, el turco y los masajes con mascarillas para la piel; complementados con alimentos como pan integral, miel de abeja, ajonjolí y jugo de naranja. Desnudas comenzaban a parlotear mientras se embadurnaban con barro y arcilla. Alicia era la expresión de un nuevo marketing en ascenso, con su cuerpo saludable y la viva prueba de todos los beneficios que decía ofrecer. Casi siempre llevaba su cabellera suelta y desordenada, una llamarada roja. Una vez Reina la esperaba para su infaltable cita de los martes en la tarde y ese día no paró de llover. Apareció en la puerta, con una sonrisa plena y el exquisito perfume que la distinguía, llegó con la cabeza rapada diciendo que era la última tendencia, que ello permitía crear un canal entre el universo y uno mismo y que el cuerpo era el vehículo para purificar todas las energías. Algunos años después, Alicia tuvo una crisis económica que la obligó a buscar horizontes fuera de Colombia. Le pidió a Reina que cuidara por tres meses a sus dos hijos adolescentes, mientras ella regresaba, ya que sus parientes le habían dado la espalda. Un domingo llegaron a la casa de Reina los dos muchachos, con maletas gigantes. Durante ese tiempo trastornaron la cotidianidad del barrio y les enseñaron a los pelaos de la cuadra a montar en bicicleta y a bailar Brillantina. Les regalaron camisetas, pantalones de marca y tenis que jamás habían visto. Se fueron mezclando con esa vida de barrio tan distante de la suya, y tres meses después se despidieron con lágrimas.

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La casa de Reina siempre fue un centro de atracción en el barrio Manrique, no solo por el oficio que ejercía y la fama adquirida, sino por su alegría y carisma.

Por azares de la vida esa mujer que le pronosticó una suerte tardía a un exalcalde de Medellín, era la misma que treinta años antes le vaticinara el destino a Pablo Escobar. Llegó a la casa de ese hombre que en los inicios se ganaba la vida vendiendo chance y le dijo: “Usted va a tener muchísima plata, hasta para tirar para arriba, pero ese dinero será su muerte, su perdición”. La carta de la Fortuna, que significa riqueza, salió al lado de la Torre, una de las cartas más temidas. En esos momentos Pablo Escobar no le creyó. La tía, como la bautizó para despistar a los curiosos, terminó frecuentando muchas veces al capo. Se encontraban en hoteles, en casas de amigos, en restaurantes, en fincas. La consultaba y le hacía caso para moverse y actuar. Un día, estando en la hacienda Nápoles —esa pequeña África hecha al capricho—, Pablo Escobar le preguntó por teléfono por su seguridad y ella le dijo que debía salir, que los limosneros —como les decían en clave a los policías— lo iban a coger. Inmediatamente atendió la advertencia, huyó por el río y se resguardó en Medellín.

“Un día envió una persona que me sacó a empujones de un velorio, diciéndome que él me había mandado a llamar, que debíamos salir”, cuenta Reina, “a la hora hubo una balacera tremenda y mataron a mucha gente, sin respetar siquiera al muerto en mitad de la sala”. También recuerda una novia joven y muy bonita que Pablo tenía: “Estuvo en mi casa y me dijo: ‘estoy saliendo con un guardaespaldas de Pablo, me tiene loca y estoy muy enamorada’. Yo le dije: ‘No te pongas en esas, recuerda que Pablo es muy celoso, tanto de sus rutas como de sus mujeres… aquí sale que te va a pillar’”. Meses después la encontraron a ella y a su amante en la maleta de un carro.

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La mirada de Reina es juguetona, sus gestos conservan la vitalidad de una infancia añeja. A sus 79 años y con dolencias en una rodilla, después de una prótesis mal hecha, no se deja bajar de pinta: se maquilla, se arregla el pelo y por lo general se tintura de rubio; usa ropa fina, lleva siempre las uñas arregladas y sandalias brillantes. Pero ni ella ha podido escapar de sus sentencias. Descubrió la propia fatalidad el día que se leyó las cartas junto a un amigo y vio cómo iban apareciendo imágenes como la Torre y la Reina de Espadas que en el tarot, cuando aparecen juntas, significan un peligro inminente. Con estupor le dijo al hombre de estatura media, piel blanca y ojos maliciosos y pequeños: “Qué extraño Germán, veo que me van a secuestrar y la persona que está detrás de todo esto sos vos; no puede ser, vas a ayudar para que me amarren, saldré enredada en algo que no sé qué es, qué susto”. Efectivamente, dos días después fue sacada de su casa con la disculpa de un trabajo a domicilio y de unos riegos que debería echarle a un negocio que estaba salado en la avenida Las Palmas. Estuvo cinco días perdida. Al regreso, con los estragos del pánico en su cuerpo, fue hospitalizada y obligada a reposar tres meses largos. Paulatinamente se adaptó de nuevo a la cotidianidad, espantando miedos y retomando la confianza en ella y en los demás.

Ahora Reina se mueve con dificultad, basta encontrarla tomando café con leche en la sala de su casa, vestida con una manta guajira, para ver esa especie de matrona que sostiene el bastón y se prepara para atender alguna clienta o algún curioso con ganas de saber qué le depara el destino. Tiene la capacidad de reírse de todo y de todos y hasta de sacarle chistes a la tragedia. Cuando recuerda los tiempos idos, las historias vuelven, reales y vivas, como cuando sentenció, sin miedo, los cambios en la vida de actores, políticos, cantantes, negociantes, profesores, sacerdotes, prostitutas y todos aquellos que pasaron la puerta. Singular destino ese de leerle el destino a la gente, saber qué les deparan sus deseos más íntimos; ese destino lo leyó a millares, cuando el dinero fácil se movía sin pudor por calles y bolsillos.

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Con la cabeza levantada

por JUANGUI ROMERO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

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—Marta, ¿vos creés que naciste en el momento equivocado?

Ya llevábamos más de una hora conversando, habíamos terminado de desenrollar toda su vida futbolera —nada fácil, por cierto—, y se me ocurrió arrinconarla como hacen los periodistas de esos típicos programas de televisión en los que un jugador de otra época termina encarcelado en un primer plano imaginando que mereció más reconocimiento o más billete, como le sucede al delantero de moda.

Pero afortunadamente Marta Lida Arias Arango, una de las pioneras del fútbol femenino en Antioquia, agarró ese balón medio huevo y sin dejarlo caer lo mandó de media bolea bien lejos:

—No, yo no iba a ser ni Cata Usme, ni Yoreli Rincón. Y a mis 64 años de pura calle, ¿de qué me sirve imaginarme como una técnica famosa? A mí lo que me gustaba era dirigir. No, yo valoro todo el camino porque desde muy peladita me gané a pulso el derecho a jugar en las canchas de micro de Bello, así empecé. Así empezamos varias amigas que llegábamos temprano con un balón de básquet y al momentico sacábamos un Golty amarillo, y a jugar mientras nos gritaban de todo. ¿Y yo qué les decía? ¡Más maricas los que gritan y se esconden! Porque yo crecí en un matriarcado que nos enseñó que había que hacerse respetar.

—¿Y qué le viste de extraordinario al fútbol?

—No, como le pasa a cualquier niño, y hoy por fortuna a muchas niñas: me gustaba muchísimo llevar el balón con la cabeza levantada. Porque si usted no levanta la cabeza desde que empieza, la va a tener muy difícil. Yo siempre era atrás, con la cabeza arriba, organizando el equipo, me gustaba ser la técnica dentro de la cancha, mandar balones al espacio vacío. Y yo sé que la gente veía eso…

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No es más que otra calle, dicen los fríos datos: la 57A entre la carrera Sucre y la Avenida Oriental. Pero Barbacoas es mucho más que eso. “Levantá un poquito la cabeza y pisá el balón”, le dice Juan Fernando Ospina mientras encuadra la foto. De lo quieta parece una estatua humana imitando a un maniquí de almacén deportivo. Son las seis de la tarde de un día de semana. Le pedimos que se vistiera así, y después, que se parara en mitad de la vía, que agarrara el balón con las manos para armar un par de piezas que evoquen los campeonatos de fútbol callejero que se jugaron hace más de treinta años en esta calle curva, con forma de bragueta, como algunos la describen.

Y entonces, ella desempolva en su cabeza una suerte de álbum tipo Panini, o mejor, varios álbumes en los que figuran muchos negocios de la zona y de distintas épocas —porque a ella le gusta proclamar que es una futbolista y ya también una lesbiana vieja guardia—. El Machete, El Paisa (después Noches Alteradas), Controversia, Milan’s Bar (después Planet), El Bar de Moe, Estación 57, El barcito de Luis, la Fonda Luna, Kanahan y Bilitis —el bar donde Marta vio por primera vez una película lésbica, la que justamente le dio el nombre al sitio— son lugares imprescindibles en la línea de tiempo de su vida y de la ciudad, donde muchos hombres y mujeres retiñeron a punta de pequeñas historias de amor las primeras letras de la sigla LGTBIQ+ cuando ya el siglo XXI se nos venía encima.

En esos álbumes, muchos de los nombres de esos bares son los mismos de los equipos, sus patrocinadores. Pero también podrían ocupar el espacio dedicado a las foticos de los estadios, porque en ellos la hinchada se ubicaba para seguir los partidos mientras disfrutaba de unas cervezas, unos aguardientes o unas copitas de cualquier otro licor.

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¿Y por qué no hacen lo mismo en los barrios donde también están jugando fútbol a esta misma hora?, ¿les da miedo meterse en las calles donde juegan los pillos? Esas eran las arengas que recibía el único equipo que no era bien visto en esos torneos: el de los policías, que aparecían de repente para demostrar que su juego estaba pensado para evitar cualquier escándalo en la vía pública. Porque, para remate, la Catedral Metropolitana está a unos pocos pasos y los partidos se jugaban justo los días en que hay más misas: los domingos. “Pero siempre les quitamos alguna clientelita, porque no faltaron los que iban o salían de misa y se quedaban al ver el buen ambiente, aplaudiéndonos muchas veces junto a sus hijos y a sus hijas… Niñas por fin viendo que las mujeres también podíamos divertirnos y competir en ‘ese juego de varones’. Demás que después de eso, alguna le empezó a pedir balones al Niño Dios”.

Pero muy pronto todos los equipos le agarraron la vuelta al estilo del equipo policial… Todos contra ellos. Y como el fútbol es pura estrategia fue suficiente poner un par de campaneros en cada esquina para que las cosas pudieran volver a la falsa normalidad en cuestión de unos pocos segundos. La calle se abría de nuevo, los arcos, fabricados en PVC, exhibían ahora sus virtudes decorativas en cualquiera de los negocios, ¿y todas esas futbolistas? Sentadas como si nada en las aceras, a las entradas de los locales, bajándole a las pulsaciones, alguna de ellas recostada sobre el balón, ocultándolo, silenciándolo, mientras conversaban con la fanaticada. ¿Y los policías? Perdidos en la cancha.

Aunque vale anotar que también había futbolistas hombres, porque uno de los equipos más recordados se llamaba Mujeres Divinas y estaba integrado por gais y trans, quienes muchas veces jugaron de faldas corticas, pensando en levantar la tribuna, en celebrar de manera muy alegre cada gol: siempre bailando. Ni sus rivales dejaban de mirar cuando aparecían aquellas improvisadas coreografías, esos flashazos que todavía hoy parpadean en esta calle cuando a alguien se le ocurre volver a comentar alguna de esas pintorescas jugadas. ¡Porque recordar es reír!

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Doris Ríos, la popular Fru-fru, que en paz descanse, era la Fifa. Ella lo había concebido todo desde El Paisa, ese negocio del que ya se dijo que pasó a llamarse Noches Alteradas, para buscar justamente con ingenio paisa que la zona no se apagara al finalizar las noches sabatinas, y que, incluso, no muriera tampoco en el amanecer dominical. Su idea era que los domingos también fueran alterados y dieran, además, algo de platica.

Marta ya llevaba un buen tiempo metida en el mundo del fútbol femenino en Antioquia, que por entonces andaba apenas gateando. “Había un torneo corto en el que participaban equipos de Rionegro, Sabaneta, Envigado, estaba la Universidad de Antioquia, y otros dos que se llamaban Nueva Generación y Desarrollo Sostenible, si no estoy mal… Yo jugaba en el de Itagüí, y muchas de esas jugadoras fueron las que llegaron a los torneos de Barbacoas”.

Y lo hicieron porque ella hacía tiempo trabajaba en la zona poniendo la música, atendiendo en la barra o meseriando en algunos de estos negocios, y era en ese momento una trabajadora del bar de Doris. Así las cosas, la jugadora ideal para fungir como la armadora de esos campeonatos, la todoterreno. Ella conseguía los equipos, definía la programación de cada fecha, era la planillera durante los encuentros, pitaba a veces y si estaba embalada se traía a su sobrino Jhony para que también supiera lo que era tener a las hinchadas ahí pegadas, literalmente respirándole en la nuca, unas barras bravas siempre dispuestas a gozárselo todo. “Nada, la gente lo quería mucho, y le pedía y le gritaban cosas como a cualquier árbitro, pero el ambiente era de pura camaradería, una fiesta de la diversidad. Aunque claro, todos los equipos querían ganar. Pero igual sabían que lo importante era parchar, y pa mayor aliciente estaba la marranada de cierre, que nunca faltó”.

Un gana-gana para todas porque así ella también les pudo conseguir “madrinas” a las jugadoras del equipo de Itagüí, al convencer a algunas de las clientas más pudientes de estos bares de aportar también algún dinero que les garantizara al menos los pasajes para llegar a los partidos. Las veían primero en Barbacoas y las acompañaban luego en los partidos de la liga. Puro fútbol parche.

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Marta todavía conserva las tarjetas y el pito que se utilizaron en esos partidos. Quisiera tener un museo de esa época, o al menos más fotos, porque en su día a día siempre hay una imagen de aquellos años que la pone de nuevo a moverse sobre la arenilla o el pasto de todas esas canchas que recorrió, en las que aprendió a jugar con esos guayos que reemplazaron los tacones que utilizaba cuando era asesora de ventas del cementerio Jardines de la Fe.

Su incursión en las canchas grandes, su paso del micro al fútbol, se dio gracias a la combatividad que demostró en varios campeonatos callejeros de barrio, donde todavía las veían como una curiosidad apenas digna de introducir los partidos masculinos, de ser sus teloneros. Y fue después de uno de estos campeonatos relámpagos en el barrio Robledo Kennedy, cuando la invitaron a ser parte del equipo de fútbol de Itagüí. Para entonces Marta ya había tenido a Andrea, su única hija. Se había casado a los dieciséis, fue mamá a los dieciocho y se separó cuando tenía veintiuno, porque su madre fue la primera en remarcarle que nadie tiene por qué vivir en medio del maltrato. Una historia que prefiere llevar al terreno de los chistes al señalar que su matrimonio se vino abajo cuando se dio cuenta de que le gustaban más sus cuñadas que su marido. Con los años, su madre aceptó por fin su orientación sexual al reconocer en medio de su formación tradicionalista, de su catolicismo heredado, que no hacerlo era también maltrato.

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De cierre de la conversa decidimos irnos a comer unas empanaditas a Maracaibo, se le nota cansada. Lleva varios días pintando una casa. Ahora se la rebusca de mil maneras, porque la pandemia la obligó a cerrar Ruta 69, un restaurante que había montado porque le fascina cocinar. Pero nada parece quitarle fuerzas. Gran parte de su tiempo lo invierte ahora en sacar adelante el trabajo de La Colectiva 69, creada para gestionar diversas iniciativas que reivindiquen a la comunidad LGTBIQ+ de la ciudad, y el fútbol es una herramienta muy valiosa en algunas de sus propuestas. Mientras comemos, Marta me recomienda un video de 2018 muy visto en las redes sociales. En este se ve a cinco jugadoras de la liga femenina de Jordania rodeando a una de sus rivales, para permitir que esta vuelva a ponerse el hiyab que se le cayó, en pleno partido, cuando intentaba eludir a dos de ellas. Se trata de un velo sin el que algunas mujeres musulmanas se sienten sumamente vulnerables, porque este da cuenta de la obediencia que han decidido profesar a su dios en todo momento.

Marta lo menciona mientras me comenta muy enojada que no puede creer que todavía se condene el fútbol femenino considerándolo un detonante del lesbianismo y no se hable, por ejemplo, de estas muestras de sororidad, que algo tendrán para decirnos en estos tiempos, me dice. Para ella, el crecimiento del fútbol practicado por mujeres se debe al invaluable aporte de las lesbianas; lo dice plenamente convencida al referir su empuje como minoría, al recordar todo lo que ella misma aguantó: “Había que ver, por ejemplo, a los hombres todos mironcitos cuando llegábamos a esas canchas y nos tocaba armar camerinos humanos, ahí en las tribunas porque no había ni baños. Unas paradas a los lados y otras adelante y atrás, para poder cambiarnos y salir a jugar. Nosotros en lo nuestro y ellos en cambio sintiendo que acosar a unas peladas era de hombres, que eso siempre es normal. Como normal les parecía darnos unos trofeos que traían un muñequito hombre y por ningún lado aludían al físico de las mujeres, como los de hoy”.

La suya fue una época de apodos: Queta, Arepa, Pachequito, Reblujo, Mino-Mino, la Totona. Y el de ella, que bien pudo haber sido la Mariscala o la Muralla, como suele bautizarse a los defensas centro, resultó ser Marta Tamales. La razón: fue a punta de estos envueltos que pagó su bachillerato y pudo también criar a su hija. Muchas veces se los vendía a los hinchas, que solían ser amigos o familiares de las mismas jugadoras; o también a estas, con las que terminaba convirtiendo los pospartidos en una especie de minipaseos al ponerse a jugar cartas y a comer tamales mientras veían y analizaban a sus próximas rivales. “Imaginate ese parche, cómo no voy a decir que esos fueron los días más felices de mi vida. Y pregúntele a cualquier mujer que haya guerriado con nosotras en esas canchas, rival o compañera, lesbiana o hetero, y te va a decir lo mismo, así no le hayamos sacado ni un peso a esto ni seamos, pero ni cinco de famosas. Pasamos bueno y pusimos a soñar a muchas, ¡le parece poquito!”.

7

“El deber ser de la mujer colombiana se construyó de acuerdo con un estereotipo de mujer burguesa blanqueada, en el que la práctica de un deporte de confrontación, como el fútbol, no cabía”, esto dice Gabriela Ardila Biela en su libro titulado A las patadas. Un recuento de la historia del fútbol de mujeres en Colombia desde 1949. Su investigación para demostrar que esta ha seguido una línea de discriminación intencionada parte de esa fecha porque según los registros de prensa, ese año en Barranquilla ya se hablaba de un cuadrangular de fútbol femenino en el que figuraban dos equipos llamados Las Sirenas de Caribe y Las Estrellas Gallegas. Y también en Cali se jugó un clásico entre el Deportivo Cali y el Boca Juniors, promovido por dos reinas de belleza: Carmen Arango y Clarita Domínguez al que asistieron catorce mil espectadores. ¡Público siempre han tenido! Y aunque apenas un año antes, en 1948, había comenzado oficialmente el campeonato profesional masculino, el de mujeres se demoró casi setenta años en arrancar. Nuestra liga profesional femenina comenzó apenas en 2017, el primer partido se jugó el 17 de febrero entre las chicas del Deportivo Pasto y las del Cortuluá.

Con los tacos arriba

por FEDERICO MONTOYA URIBE • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

Celina es dueña de su balón y lo lleva a todas partes en taconazos de punta. Se acostumbró desde chiquita, como también se acostumbró a jugar futbol en soledad, chutando contra una pared porque era la única que le devolvía la pelota. En el colegio nadie la escogía para los partidos: adelante no la ponían, porque le pegaba como niña, y no la dejaban ir al arco, porque era maniquebrada.

Desde entonces juega sola, es delantera, arquera, a veces lateral y, cuando toca, volante de marca, para dar codazos y patadas a quienes la intentan sacar de la cancha por ser “maricón”, “cacorro” o “cagón”. Ya no sueña con jugar un mundial ni con escuchar a miles corear su nombre tras un gol, sino con entrar a una tribuna con la amarilla puesta, los cachetes azules y los labios rojos, unirse a la masa que por noventa minutos se olvida de sus miedos.

Pero para ella parece imposible, porque sus miedos están ahí, sentados en un banquito de plástico sucio y chupando paleta. Todos cantan el himno con una mano en el corazón, se abrazan cuando celebran con sus hermanos de camiseta, pero en su caso el escudo no basta para hacer parte de la barra. Ella siempre es tratada como visitante.

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Laura Almanza

Daniel Tobón Arango

Juan Fernando Ospina

Estefanía Carvajal

Estefanía Carvajal

Juan Fernando Ospina y Santiago Rodas