Por más de tres décadas, tarde a tarde, Jorge Uribe ha visto los esplendores y declives del parque. Su balcón es una platea privilegiada para contemplar las guacamayas que se posan en los tulipanes africanos y ver las escenas callejeras del otro lado de la calle Venezuela.

En el colegio se han fraguado las amistades más prometedoras y más peligrosas. Los salones de clase enseñan a medias crueldades e inocencias. Ser el fotógrafo personal de Pablo Escobar es una revelación que dura toda la vida. El Chino se encontró esa tarea cuando su antiguo compañero ya era dueño de un zoológico. Lo persiguió por plazas y piezas. Va un esbozo de la historia que un gracioso llamó las páginas antisociales.

Daniel Pacheco