El cartel de Medellín
por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografía de Luigi Baquero
Número 17 Octubre de 2010
Los golpes para acabar con el cartel todavía no llegan hasta la carrera 54 con Avenida de Greiff. Allí, en un minúsculo taller en claroscuro, que parece un grabado de Rembrandt, encontramos a todos los tipos reunidos. Son de madera fina y están dispuestos por familias de la A a la Z. El jefe de todos ellos es un artífice a la sombra, que los ordena para sacar a la luz pública toda suerte de anuncios. Ramiro Gómez, también conocido como El Horchero, mueve él solo toda la maquinaria desde hace más de cuarenta años.
Mientras los carteles de Cali y de Bogotá son más vistosos, dice Ramiro, el de Medellín es más barato y efectivo. Se pueden hacer cien por setenta y cinco mil pesos; se entregan en ocho horas y en poco tiempo están pegados por toda la ciudad.
La historia de este cartel empieza en 1926, cuando Mariano Casas, oriundo de Horche, España, viajó a Medellín en busca de fortuna, porque le hablaron de esta ciudad como La Tacita de Plata. Entonces trajo consigo una máquina que ni siquiera los gitanos conocían. El artefacto venía a su vez de Wurzburg, Alemania, de la casa Koenig and Bauer. De la misma estirpe que la imprenta de Johannes Gutenberg, en la que se imprimió la famosa biblia de 45 letras, ésta prometía ser lo último en guaracha. A diferencia de Johannes, un inventor que terminó arruinado por los prestamistas, Casas salió adelante y su cartel produjo la mejor impresión desde entonces.
En los setenta, los movimientos sociales y políticos le dieron mucho trabajo al taller. Ramiro, por esos tiempos recién contratado, recuerda que el cartel era el medio favorito para convocar a las asambleas estudiantiles y de sindicatos. “Era tanto el trabajo que nos apareció la competencia de Carteles Impacto y de la Editorial ABC”.
Diestro en prensa y chibaletes, Ramiro es capaz de armar palabras y componer la diagramación, sin regletas, a puro ojo, en el componedor. Da la impresión de que con los ojos vendados podría encontrar rápidamente una jota o una tilde. Aún así, no faltan los errores ortográficos: “El más berriondo fue una vez que escribimos Manizales con zeta las dos. Ya habíamos impreso 1.500 carteles”. Y como la ortografía corre por cuenta del tipógrafo, desde ese momento se armó de un Pequeño Larousse editado en el cincuenta. “Ahora, en cambio, se ha vuelto moda escribir con errores para llamar la atención”.
En contra del proverbio que señala que una imagen vale más que mil palabras, el cartel Horche parece decir sólo que la letra con tinta entra. Con la mera tipografía ha difundido mil eventos: desde corridas de toros hasta bazares de parroquia. O desde asambleas sindicales hasta encuentros pentecostales. Algunas empresas, ya vacas sagradas, como El Águila Descalza, en su época de vacas flacas tuvieron que acudir a la ayuda del cartel (Horche) para anunciar sus espectáculos.
Ramiro recuerda aquellos días en los que imprimía anuncios de los partidos del Medellín y del Nacional. Ambos le pedían que fuera a cobrar sus letreros en el intermedio de los cotejos, y le pagaban según como les hubiera ido en la taquilla. El entuerto empezaba antes, a la hora de pegar el aviso en la calle, cuando un hincha se lanzaba contra el cartelero y le decía, en tono poco amistoso: “¡Hey, llave, no tapés el de mi equipo!”.
Adrian Carvajal, cartelero de oficio, ha vivido desde chiquito la guerra de carteles. “Aquí gana el que más pegue, dice, y cada vez es más difícil. Quitaron los sitios donde podíamos pegar y enseguida nos regañan”.
A veces cuando un cartelero se encuentra con otro, en la pugna por un pedazo de muro, se escucha una frase como: “No me rompa el mío, más bien péguemelo encima”. En ocasiones Adrián ha visto los carteles que acaba de pegar con tachones e injurias. “Una vez en la plazuela de San Ignacio puse un cartel del senador Robledo, del Polo Democrático, y luego lo encontré todo rayado con una frase: Farsante de las Farc”.
El cartel artesanal, como se sabe, fue el soporte de los libelos políticos y de las proclamas de independencia en el Nuevo Reino de Granada. Dos siglos después, por estos lares, en épocas reeleccionistas, don Ramiro se sorprendió de ver entrar a un tropel de periodistas de televisión que venían a interrogarlo por un aviso Horche que decía: “No más Uribe Vélez, no a la reelección”. ¿Quién había sido el osado que pretendía ir en contra del rebaño? Los reporteros querían saberlo de inmediato, nombres y teléfonos. Pero don Ramiro, hombre de letras, se quedó más mudo que una hache.
El Horchero, por fortuna, no ha recibido mayores agravios. Extraña sí, aquellas décadas en las que todavía le daban propina por el cumplimiento y podía tirarse alguna canita al aire. “Al cartel le han dado muy duro, comenta. Antes había muchos bailes en los barrios que hacían propaganda con él. Había bingos también; pero todo eso se ha ido acabando. La gente tiene miedo y si dejan bailar reguetón, es sólo de seis a nueve. ¿A quién se le ocurre?”.
Por eso, el taller se ha vuelto un sitio más silencioso, donde se va a jugar ajedrez, a conversar y a recordar las viejas épocas del propietario español, don Mariano Casas, que se pavoneaba por su empresa comiendo pan negro con cerveza.
Mientras se le reducen espacios al cartel, hay otros que ya lo declaran anacrónico, dicen que éste, al lado de internet, ya huele a gladiolo. Ver a alguien en una esquina, con un montón de avisos por pegar, un tarrito de engrudo y la moto prendida por si acaso llega Espacio Público, puede que sea ya una estampa pastoril, digna de Melitón Rodriguez. Y aún así, el cartel de Medellín es tal vez, como los discos de acetato y el dequeismo, un bien preciado que no quiere morir.
Etiquetas: Carteles Horche , Centro de Medellín , Fernando Mora Meléndez , imprenta , Luigi Baquero
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Chicherías, baños públicos, putas y bastardos
por LÍDERMAN VÁSQUEZ
Número 17 Octubre de 2010
A finales del siglo XIX, por los alrededores del Parque Berrío, había muchas chicherías. A ellas acudían los pobres a emborracharse y a liarse con alguna puta vieja, trajinada, devaluada. Eran sitios donde imperaba el desaseo. Desde los periódicos locales las plumas de bien instaban a los ricos de la ciudad a apropiarse de esos sitios y construir modernos edificios acordes con los nuevos tiempos. Por un cuartillo de chicha, y a veces sólo por la compañía, las putas se iban con los hombres a copular en las mangas cercanas al parque, o a callejones oscuros, en medio del ladrido de los perros.
Llegaban a la ciudad, todavía niñas, huyendo del rejo paterno, y entraban a servir en una casa de ricos. Los años, el maltrato, y uno que otro aborto, las iban devaluando, como a Guayaquil, y terminaban sus días en las chicherías. Estos lugares, vestigios de una época colonial que seguía viva en la cabeza de todos, eran el sitio de diversión de los pobres.
Los ricos tenían otros gustos.
En las familias de alcurnia las mujeres, educadas en los principios cristianos de castidad y sometimiento total al varón, constituían el cimiento del edificio familiar. Las relaciones sexuales dentro del matrimonio no tenían como fin el placer sino la concepción, ningún hombre debía despertar pasiones deletéreas en seres tan angelicales. Privativo de ellos, el placer había que buscarlo por fuera del matrimonio. Cuando lo procuraba la sirvienta era seguro, libre de enfermedades venéreas y de piojos: la esposa miraba para otro lado, se hacía la de la vista gorda, eso no era con ella. Si había embarazo la muchacha era expulsada y se convertía en puta. Muchas veces parían en los cañaduzales que bordeaban el río Medellín y cometían infanticidio. Nadie vio, nadie oyó.
Pero lo normal era acudir donde las putas. A procurarse lo que no les daban en casa, a disfrutar de una buena felación que las esposas, formadas a imagen y semejanza de María, madre de Dios, ni se imaginaban que se pudiera hacer, acudían los hombres a los prostíbulos de los que se fue llenando Guayaquil, el barrio residencial de las élites. Allí tuvo su casa Pedro Nel Ospina, presidente de Colombia entre 1922 y 1926. Los domingos, en la misa, putas y castas acudían al misterio de la eucaristía y estas últimas miraban con el rabillo del ojo y un mohín de desprecio a las mujeres perdidas que ofendían con su presencia la casa de Dios. Los esposos fingían indiferencia y con los ojos cerrados se entregaban al recuerdo, delicioso, de los goces comprados. Afuera, en el atrio de la iglesia, perros de todos los colores, con el pelaje del cuello erizado, mostrando los dientes y olisqueándose, medían sus fuerzas alrededor de una perra en calor. Tenían cara de malevos, de hombres lujuriosos, viciosos y pendencieros.
A medida que Guayaquil entraba en decadencia, los hombres de bien refinaban sus gustos. La gente se bañaba una vez a la semana, y, para hacerlo, acudían a baños públicos porque en las casas no había. Esta costumbre de no bañarse nunca, aparece en Europa en el siglo XII cuando la Iglesia, argumentando que durante el baño tocamos nuestros genitales, proscribe el uso del agua para estos menesteres: La cristiandad, hedionda de alma, paso a ser también hedionda de cuerpo.
En el Centro había varios. Ofrecían agua caliente, brandy y empanadas frescas. Eran sitios de encuentro con mujeres que vendían caros sus servicios, algunas de ellas alemanas, francesas, polacas, inglesas y españolas. Aunque parezca extraño, América Latina, desde México hasta Argentina, era el sitio preferido por las mujeres europeas para ejercer la prostitución. Entraban por Barranquilla y subían por el río Magdalena ofreciendo sus servicios a medida que se adentraban al interior del país. En Robledo había un baño muy bueno, frecuentado por don Coriolano Amador, el hombre más rico de Medellín, que se citaba allí con sus amantes. Entre brandy y brandy, saboreando las empanadas recién hechas se entraba en calor.
Menos frecuente que la visita al prostíbulo o a los baños públicos eran las aventuras con actrices. A Medellín llegaban compañías de teatro y de zarzuela y los hombres, vestidos a la manera europea, las seducían. Hubo frecuentes orgías en las quintas de los alrededores. Una muy famosa, pues en ella participó un verdadero contingente de actrices, se prolongó por quince días en la quinta de una de las familias más prestantes de la ciudad. Estas mujeres, igual que las putas, eran duchas en las artes amorosas y poseían la sabiduría que hizo famosas a las mujeres de Lesbo.
La industrialización atrajo a muchas mujeres del campo. La mayoría aspiraba a un empleo en las recientes fábricas textiles, pero la verdad es que muchas de ellas iban a parar a Guayaquil, o terminaban sus días en una chichería ofreciéndose por un cuartillo de chicha. Los dandis de la ciudad, elegantemente vestidos, solían frecuentar la salida de las fábricas y susurrarles palabras calientes al oído y una que otra promesa. Las muchachas, que trabajaban hasta dieciséis horas diarias y ganaban menos de la mitad de lo que ganaba un hombre, accedían a cambio de dinero. En los sitios de trabajo tenían que soportar el acoso de los capataces que bajo amenaza terminaban saliéndose con la suya. Estas historias, de las que no estaba excluido el sentimiento amoroso, terminaban con la muchacha en una residencia de Guayaquil, vendiendo su cuerpo para poder alimentar al hijo bastardo. Como en un poema de Mario Rivero en donde un cliente le dice a la muchacha: “Ven conmigo y te regalaré un vestido y un pañuelo”, y al final ella termina llorando.
Así, la nación colombiana fue nación de bastardos, de hijos naturales. De ellos descienden los policías, los soldados, los guerrilleros, los paramilitares, los maestros, los narcotraficantes, los albañiles, los empleados de grandes almacenes, etc.
Hay putas a pocos pasos de la Plaza Botero, travestis por los alrededores de la Iglesia Metropolitana, prepagos en colegios y universidades, y hasta en El Poblado, según publicación reciente del periódico ADN, adolescentes, hijas de la abundancia, se venden a traquetos y jubilados norteamericanos y españoles por diez billetes de cincuenta. Vengan que estamos en feria, es el bicentenario.
Etiquetas: bares , Centro de Medellín , historia de Medellín , Líderman Vásquez
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