Gladis Rojas tenía seis años cuando llegó con su familia a Moravia. Una cuadra que se pagaría con la siembra de legumbre y la recolección en el basurero. El tren era el gran personaje del barrio. Pero de pronto se enteró de que no solo dejaba ropa usada, confites o galletas a su paso.

por SIMÓN MURILLO MELO // Medellín se construyó no sobre lo que hoy llamamos el río Medellín, sino sobre la quebrada Santa Elena. El río durante buena parte de nuestra historia corrió libre alimentado por más afluentes que los que hay en todo Portugal. No sabemos casi nada de ese valle: mucho se perdió.

por RICARDO ARICAPA // Entonces a su itinerario le agregó recorridos por los bares de Guayaquil y La Bayadera, y los burdeles que quedaban al norte de la ciudad, a donde iba por las tardes, cuando el tranvía no presentaba tanta congestión y las mujeres estaban en tiempo muerto, podían atenderlo.

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // Desde octubre de 2022, un rumor de canibalismo en Medellín ha campeado por las calles y las redes sociales. Ese rumor, hasta ahora, no ha sido confirmado, y las autoridades tampoco han recibido denuncias al respecto. Lo cual no significa que Medellín haya estado exenta de canibalismo: este artículo, por ejemplo, es la reconstrucción del caso más legendario y mejor documentado.

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // En el imaginario colectivo, el Palacio estaba marcado por la tragedia desde que, en 1951, un ciudadano alemán se lanzó al vacío desde una de sus torres, “ejemplo que muchos fueron siguiendo con el tiempo”, convirtiendo al quinto piso del Palacio en el epicentro de los suicidios de Medellín, con más de sesenta casos registrados hasta 1990.

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA // Cuenta don Fernando Restrepo Restrepo Restrepo que el bar Perro Negro emergió de la Plaza Cisneros por allá en 1917, como una agencia de abarrotes donde podían comprarse escopetas, revólveres y dinamita; y donde los temerarios podían empujarse tragos de ron o aguardiente antes de marcharse a fusilar a sus enemigos.

El tamaño de la Gota

por PATRICIA NIETO • Ilustración de Elizabeth Builes

Número 106 Mayo de 2019

Antes de los Programas de Alimentación Escolar, los hogares del ICBF y las estrategias de Buen Comienzo, Medellín tuvo una casa con 45 mujeres encargadas de entregar leche a los niños que mendigaban y sobrevivían en una ciudad que comenzaba a alardear. Gota de Leche ha persistido más de cien años en esa tarea en el Centro de Medellín. Un noble hábito de los hábitos.

Una asamblea de niños delibera a las nueve de la mañana del miércoles 10 de abril de 2019. Los cabildantes observan el contenido de una pequeña urna transparente plantada en el centro del círculo que han formado. Ni el ruido que viene del exterior ni el zumbar de una mosca atrapada entre dos cristales interrumpe. Un movimiento que se origina en el fondo arenoso del recipiente anuncia un acontecimiento. Entonces, los presentes cierran el círculo para ver mejor aquello que emergerá de la profundidad. Después de algunos segundos, la superficie luce cuarteada como la tierra después de un terremoto y por las grietas salen a la luz seis líneas marrones que se mueven con dificultad.

Parece que las larvas no responden a los estímulos de afuera; pastan en su planeta de vidrio a la vista de quienes liberan la tensión propia del silencio y especulan: “quieren agua”, “el más grande se come todo”, “¿están tristes?”, “no tienen cachos”, “se van a convertir en cucarrones”, “¡no los toquen!”, “son feos”, “mejor las mariposas”…

En la conversación, en torno a la vida dentro de la urna, participan niños y niñas de tres años de edad, Aventureros, en el lenguaje institucional, que ya recorren su escuela como si fuera un gran jardín en el que deben sobrevivir. La charla a propósito de las larvas da pie a la agenda del día. La maestra recoge las ideas como si fueran miguitas de pan y las convierte en actualidad. Hoy, según su interpretación, la asamblea sugirió que alimentarse bien, proteger la naturaleza, expresarse libremente, proteger a los débiles y preguntar por todo aquello que se ignora pueden ser los temas del día. El avistamiento de las larvas hace emerger las preocupaciones de los niños que habitan un saloncito verde y rosa anclado en el caserón que sirve de hogar diurno a los 540 alumnos de Gota de Leche, la guardería más antigua de Antioquia.

Después de las conclusiones, el corro se disuelve. La maestra lleva las larvas a un lugar fresco donde seguirán transformándose y los niños, como si el tiempo hubiese vuelto a su marcha, se dedican a sus prácticas cotidianas: amarrarse los cordones, patear una pelota o tratar de pronunciar el nombre de la hortaliza que, a pesar de su hermoso color violeta oscuro, no es grata a su paladar: re-mo-la-cha.

A las doce del día, cuando el Centro de Medellín se convierte en un río de oficinistas en busca del “ejecutivo”, un almuerzo barato compuesto de sopa, seco y sobremesa, Jerónimo y Thomas Restrepo Cañas ocupan su mesa en el comedor de Gota de Leche, un espacio colorido donde podrían almorzar hasta seiscientos niños. Puntuales y pulcros, los gemelos abordan el plato con la seguridad de quienes saben comer. A punto de cumplir cinco años, estos Constructores son expertos en frutas y verduras, legumbres y hortalizas, huevos y carnes, cereales y aceites, agua y leche.

“A mí me encanta verlos comer”, dijo Kelly Cañas, su mamá, mientras emblocaba libretas en la litografía donde trabaja. Repitió la frase y sonrió con un gesto que iluminó toda su cara. Hace tres años los gemelos, que, según narra la madre, nacieron con solo seis meses de gestación, no lograban consumir el mínimo necesario por día. A veces, los ingresos familiares solo se consolidaban a las siete de la noche después de un largo día de rebusque de sus abuelos; y, en otras ocasiones, la falta de apetito echaba a perder cualquier preparación casera. El ingreso a Gota de Leche, cuando ya tenían un año y seis meses, les salvó la vida. Así lo ve Mónica Acosta, la abuela que los acunó en su pecho cuando medían solo 39 centímetros.

La prioridad de Gota de Leche es la alimentación en dos dimensiones: espiritual y física. De la primera se encargan las Hermanas Dominicas de la Presentación con 101 años en esta casa; de la segunda, Bibiana Escobar, nutricionista y dietista, con ocho años en la guardería.

“Se espera que al cumplir cinco años cada niño haya recibido la alimentación necesaria para garantizar un desarrollo físico y cerebral que le permita ingresar a la escuela en óptimas condiciones”, explica Bibiana mientras va de la cocina al comedor saludando a las quince mujeres encargadas de preparar y servir el menú que ella supervisa según los dictados de Buen Comienzo, el programa que la Alcaldía de Medellín creó en 2004 para atender a la población infantil vulnerable. Los datos actuales muestran que queda mucho por hacer. Según el último informe Medellín Cómo vamos, realizado por una alianza de entidades privadas interesadas en hacer seguimiento a los indicadores de calidad de vida en la ciudad, por lo menos 58 por ciento de los niños entre cero y seis años están hoy en situación de vulnerabilidad y pobreza.

“Los cuatro momentos diarios de alimentación aquí son sagrados. Para los niños son los rituales del autocuidado y para mí la oportunidad de interpretar sus necesidades a través de los gestos”, dice Bibiana mientras se abre paso entre mesones repletos de bandejas. La exploración le da pistas sobre el estado físico y emocional de los niños y también le pone retos. “Les encanta comer fríjoles, arroz con leche, carne molida, espaguetis y frutas. No les provoca comer ni chicharrón ni mazamorra ni re-mo-la-cha”, concluye y se va a su despacho a mirar las estadísticas.

Si bien Gota de Leche proporciona ochenta por ciento de los nutrientes que un niño necesita cada día, no basta con dar comida: es lo que se deduce de lo que Bibiana expresa cada vez que abre uno de sus archivos. El 31 por ciento de los niños, muchos de ellos llevan varios años bajo su cuidado, presenta alteraciones nutricionales llámense obesidad, sobrepeso, riesgo de sobrepeso, riesgo de desnutrición o desnutrición. Para luchar contra eso, Gota de Leche ha involucrado a las familias como agentes educativos y las ha preparado para el cuidado nutricional en las noches, los fines de semana y durante las vacaciones largas; y también ha diseñado un combo de batidos vitamínicos, atención emocional y rutinas de ejercicio físico que ya son una leyenda entre los expertos en nutrición de la ciudad. El año pasado, por ejemplo, once niños desnutridos y 49 en riesgo fueron involucrados en procesos de atención que exigieron atención personalizada.

“¿A usted no le parece una bendición que un niño de cinco años pida sopa, aguacate y lechuga?”, preguntó Kelly Cañas antes de encomendar a los setenta empleados de Gota de Leche a la Virgen María. En el fondo de su fe, ella sabe que no hay milagro sin trabajo; y es consciente de que a partir de 2020, cuando los gemelos dejen la guardería, ella será la responsable de que no les falte ni el pan ni la leche ni el amor.

Veinte mujeres aparecen en una fotografía tomada en 1917. Se cree que posaron para el fotógrafo Melitón Rodríguez en el patio de una casa similar a la que ahora ocupa Gota de Leche en la calle 40 con carrera 50A, en pleno Centro de Medellín. O tal vez lo hicieron aquí mismo, donde hoy los Aventureros observan seis larvas, unos años antes de que fuera adquirida para la obra en 1922. O de pronto se dejaron retratar en el convento de los jesuitas, en la vecina plazuela de San Ignacio, donde empezó esta historia. En todo caso, en la fotografía están ellas con las miradas fijas, las bocas apretadas y sus hijos, sobrinos o hermanos en el regazo.

Dicen las actas que fueron 45 mujeres las primeras en acudir al llamado de la Asociación de Madres Católicas respaldas por el jesuita Gabriel Lizardi. Todas las mañanas se acercaban a un local cerca del convento donde les daban cátedra católica y una botella de leche. En otra foto, de las que reposan en la Biblioteca Pública Piloto, se ven dos mujeres cargando a sus hijos, una mujer con delantal que pudo ser una de las primeras empleadas de Gota de Leche, que para entonces ya se llamaba así, y una religiosa ataviada con una toca blanca estilo cornette propia de las religiosas dedicadas a la caridad. Al fondo, sobre un tablón de madera, se ven varias hileras de botellas de diferentes formas y tamaños.

Un vaso de leche fue, para muchas madres trabajadoras y sus bebés, la única comida de la mañana hace cien años. En los archivos de la guardería han escrito repetitivamente un relato fundacional que quedó sintetizado en el libro Cien años sembrando amor, Jardín Salas Cunas Medellín Gota de Leche, publicado hace dos años. Al mediar la segunda década del siglo XX “en Medellín eran frecuentes las escenas de los niños desnutridos cerca de la quebrada Santa Elena, que acompañaban a sus madres lavanderas a restregar la ropa en las piedras de las orillas; otros muchos permanecían en las calles o al cuidado de algún vecino o familiar mientras sus madres trabajaban en el servicio doméstico, y durante los fines de semana se los veía también en las calles aledañas a la iglesia de San José, donde las señoras los encontraban al salir de la misa dominical, y podían ver el precario estado de salud e higiene de estos niños que pasaban hambre y frío”.

Para proteger a los niños vulnerables mientras que sus madres intentaban ingresar al precario mundo laboral, nació Gota de Leche. Hay que decir que en la segunda década del siglo XX, después de la Guerra de los Mil Días, de la entrega forzada del canal de Panamá a Estados Unidos y de la Primera Guerra Mundial que sacudió con sus aplastantes consecuencias a todos los rincones del planeta, la pobreza reinaba en el amplio territorio nacional. El historiador Jorge Orlando Melo describió, en su texto Colombia en el siglo XX: cien años de cambio…, la situación de los niños en esa época: “Las epidemias amenazaban a los menores, y el tifo, la viruela o las enfermedades gastrointestinales mataban a 1 de cada 6 niños antes de cumplir un año. Los médicos solo existían para la minoría que podía pagarlos: para las enfermedades había que resignarse a infusiones de hierbas u otras formas de medicina alternativa y casera”.

Si bien el aliento inicial para Gota de Leche provino de la caridad que enseña el catolicismo, la desoladora situación de los niños obligó a los fundadores, señoras, monjas y curas, a interesarse por las disciplinas dedicadas al cuidado y crianza de los niños, ciencias muy desconocidas en un país que solo abrió sus primeros preescolares asistencialistas en 1930. En este punto vale decir que cuando Colombia creó el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en 1968, Gota de Leche ya le aventajaba en 51 años de experiencia.

La fotografía en blanco y negro de las madres y sus niños en el patio de la sede es tal vez la más antigua que se conserva en los archivos. La más reciente se podría tomar ahora mismo, a la una y media de la tarde, cuando los 540 niños y niñas, entre los siete meses y los cinco años, duermen la siesta mientras que afuera la ciudad arde bajo un cielo oscuro, señal de que una de las tormentas de abril se aproxima.

Ataviada con una capa verde, Mariángel Ayala Raga recorre los pasillos de Gota de Leche. Es la última en la hilera de los Constructores que, a punto de cumplir cinco años, pasan su último año en la guardería. Su capa, larga y brillante se levanta con el viento que siguió a la lluvia. Mariángel podría ser Iridessa, el hada de la luz que vive en un girasol, en su papel de ayudante en la construcción de los arcoíris. Pero Mariángel no vive en las profundidades de un bosque milenario, ella pasa los días en un laberíntico caserón donde se ha nombrado guardiana del agua.

En los archivos de Gota se lee que en los años veinte se realizó la “compra de una casa de tapias y tejas, con su correspondiente solar, media paja de agua de diez líneas de diámetro de la del Distrito con sus mejoras y anexidades”. Yolanda Gómez Delgado, la experta en Alta Gerencia que asumió la dirección de Gota de Leche después de una saga de veintiún monjas que fueron la autoridad allí durante 97 años, dice que a la casa original se le agregaron a lo largo de un siglo otras de la vecindad amén de locales y solares hasta llegar a los cuatro mil metros cuadrados de hoy.

La casa, el jardín imaginario de Mariángel, se extiende detrás y hacia los lados del pequeño patio que fue el centro. Pasillos con pisos rojos y amarillos techados por tejas de barro conducen a los dieciocho salones donde transcurre la intimidad de cada grupo de niños, niñas, maestras y cuidadoras.

Al paso de Mariángel se puede observar lo que ocurre detrás de las ventanas: la mayoría de los Soñadores recibe masajes para fortalecer las piernas mientras que una de sus cuidadoras Deisy Alejandra Galeano, a punto de cumplir un año en la guardería, se ocupa de los que ya saben ponerse de pie. Los Saltarines recorren las habitaciones en busca de privacidad. Se evaden debajo de las mesas y en los rincones más secretos. Sandra Arenas, la maestra con doce años en Gota de Leche, explica que cuando cae la tarde los niños menores de dos años buscan un refugio para descansar en soledad. Mariángel, guardiana del agua, se pega de la ventana que da al sector de los Exploradores, observa el salón vacío y descubre que las fotografías de los niños y los cartones con sus frases especiales se hacen más visibles cuando todos se han ido a la huerta. La profesora ha puesto en letras lo que Emiliana, de dos años, dijo esta mañana: “La cabra tiene hambre / yo le di zanahoria / el conejo está suave y gordo”. Al llegar al comedor, Mariángel ve que los Aventureros, que ya han tomado el algo, la última comida del día en el jardín, se preparan para regresar a sus casas. Ya en la mesa, ella y su grupo, del que también hacen parte los gemelos, toman leche y comen torta de manzana.

Beber leche es una fiesta en Gota. Cada día se consumen allí 172 litros; una cifra que solo al multiplicarla produce satisfacción: 860 litros por semana, 3440 al mes, 41 280 al año. Mariángel, que no conoce el dato que hace sonreír a Bibiana, la nutricionista, le contesta con otro gesto de plenitud antes de despojarse de su capa y unirse a la fila rumbo a la puerta de la casa donde ya se agolpan las mamás y donde, desde hace rato, espera Martín Rendón, el responsable de cuidar las seis larvas esta noche.

“Samuel Tabares Velásquez”, llaman por el altavoz. El niño de tres años apura el paso y se acerca a la puerta. Al otro lado lo espera María Velásquez, la mamá que lo abraza como si hubiera pasado un siglo sin verlo. María lo levanta de un envión. Samuel aferra las piernas a la cintura de la mamá y así, abrazados, cruzan la calle y entran a la Plaza de Flórez, un mercado popular donde María vende guantes, bolas de icopor, cucharas, bolsas de plástico con agarradera y sin ella, cuadernos con rayas, pliegos de papel globo y cosas así en su pequeña miscelánea. Dos horas más tarde, a eso de las 6:30, María y Samuel treparán en la motocicleta de Edwin Tabares, esposo y papá y, aferrados el uno al otro, viajarán hasta el barrio Santo Domingo Savio en la colina más alta de la ladera oriental de Medellín.

Antes de caer la noche, cuando ya no quedan niños ni maestras en Gota de Leche, Yolanda, la directora, cierra la puerta de su oficina centenaria. Se sumerge en las calles del Centro de Medellín y repara en lo que muchos no ven: mujeres y hombres trabajadores con sus niños en el regazo expuestos a la ciudad ruda que es Medellín. Los ve al pie de los semáforos y en las esquinas custodiando pequeñas ventas; los descubre en los mostradores de los bares y en casetas de ingreso a parqueaderos. Cabe suponer que ante esas fotografías urbanas, la mente de la directora se ocupa de una cifra: cada año cien niños no alcanzan un cupo en Gota.

Entonces, es posible pensar que si bien los treinta mil niños atendidos por Gota de Leche en un siglo son muchos para una obra que nació por caridad, y que hoy recibe 67 por ciento de sus recursos del Estado, también son pocos para una ciudad poblada a fuerza por campesinos víctimas de la guerra. Sería bueno que mañana, en una asamblea formada por los adultos responsables del futuro de Medellín se deliberara sobre este asunto: los niños de Gota pueden enseñarles cómo se hace.

*Agradecimiento especial a July Paulin Salazar Duque, coordinadora pedagógica de Gota de Leche.

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Afuera de la plaza

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR • Fotografías del Álbum de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín

Número 100 Septiembre de 2018

La calle Barbacoas en 1910.

Las historias urbanas como las cartografías parten del centro a las periferias. En pocos casos los mapas dan cuenta de lo que está por fuera del reconocimiento oficial. Unas veces los bordes de los mapas se simplifican, se vuelven difusos, pierden claridad; otras, son rotundos, definidos por diversos límites institucionales, ya sean carreteras circunvalares, cotas de servicios, perímetros verdes, jardines, fuera de los cuales no se reconoce la existencia de nada. En cualquiera de los casos son habitados por fuera de donde se ejerce el poder, del escenario para los rituales y controles religiosos, políticos o sociales, incluso, en los umbrales entre legalidad e ilegalidad.

Mientras la historia oficial niega y olvida, la forma urbana incorpora y borra. Pero hay casos en los que las memorias quedan inscritas como vestigios de otras historias no contadas. Fragmentos que resisten y que desde su condición singular nos obligan a mirar con más detalle, a profundizar y comprender dejando de lado lo inmediato y aparente. ¿Qué es la calle Barbacoas, con su recorrido sinuoso y su marginalidad dentro del Centro de la ciudad? La pregunta siempre me inquietó. Ahora entiendo que su actual extensión muestra apenas unos tramos de una más calle más histórica y marginal, condición que aún mantiene pese a que hoy es parte del Centro histórico, y a los intentos por reglarla, tanto en la traza como en las normas del decoro y las buenas costumbres urbanas.

Cuando Francisco de Paula Muñoz en 1870, casi cuatro años antes de escribir El crimen de Aguacatal, por el cual se lo considera un pionero del reportaje en Colombia, realizó una memoria descriptiva de Medellín que se publicó en la Crónica Municipal, hizo referencia a cada una de las quince calles transversales que cruzaban la ciudad de norte a sur, y las trece longitudinales, que lo hacían de oriente a occidente. Como buena parte de las descripciones posteriores, fue minucioso en destacar lo que contenían las calles principales que estaban cercanas a la plaza principal y escueto en las calles más alejadas. Cuando describe el límite norte de la villa lo hace de la siguiente manera: “Hay en Villanueva, que es el nombre dado a la parte habitada en la banda septentrional de la quebrada, tres calles longitudinales anónimas y la de Barbacoas que es el límite de la ciudad por aquel lado”. Era apenas razonable que las tres calles que daban a la nueva plaza, que luego sería transformada y convertida en el Parque de Bolívar, no tuvieran nombre pues estaban recién trazadas y construidas, contrario a Barbacoas que ya era una calle antigua, la frontera urbana al norte, la que menciona pero no le da ninguna importancia y por tanto no la describe. Lo mismo hizo al momento de la descripción de la calle Girardot, la que consideraba que simplemente remataba en una calle sin nombre, en el mismo barrio El Chumbimbo que, con su sonoro nombre, no pareciera formar parte del plano urbano descrito, en tanto señalaba Muñoz no tenía nombre oficial. Estaba pero no era. El nombre vulgar no era comparable con los nombres patrióticos otorgados a las demás calles principales, por lo tanto allí no habitaban personajes, ni contaban con arquitecturas significativas, no había nada que resaltar. Solo anonimato.

Las crónicas y las historias de Medellín narran el crecimiento hacia el norte cuando se construyó el puente sobre la quebrada Santa Elena, superando así este límite al prolongar la denominada calle del Resbalón para convertirla en la carrera Junín, que remataba en la plaza de Villanueva, descrita por el mismo Muñoz como “espaciosa, regular y reciente… un cuadrado de 150 metros de lado, excluyendo el espacio que ocupará la iglesia que se pretende construir; el piso ha sido recientemente nivelado y encascajado; y está rodeado de árboles recientemente sembrados”. La plaza era el centro del proyecto de urbanización que se promovió desde 1848 en tierras del inglés Tyrrel Moore, las que la historia rosa dice haber regalado a la ciudad. Al proyecto se le llamó Nueva Londres, pero se le conoció “vulgarmente”, al decir de Muñoz, como Villanueva; no obstante este era un proyecto que reemplazó a otro aprobado por el Cabildo en 1837 y que se comenzó a trazar en 1840, promovido en gran medida por los emergentes artesanos que para entonces comenzaron a tener importancia política y llegaron hasta aquella instancia pública.

El proyecto de Nueva Londres con su traza y pretensiones de un barrio burgués negaba todo el poblamiento anterior. Se ha dicho que entre las quebradas Santa Elena y La Loca no había mayor poblamiento, y los cronistas dan cuenta de algunas casuchas de pobres, de mala factura e infectas, a las que se llegaba por caminos estrechos y pedregosos o por lodazales. De ahí que surgía allí una Villanueva, cuando en realidad había una amplia ocupación cuyo arco espacial iba desde el occidente, con el camino de Guarne, hasta encontrarse al norte con la calle Barbacoas; esta era el límite norte y se prolongaba hacia el occidente hasta encontrarse con el Camino del Monte (hoy carrera Bolívar) que era la salida al norte de la antigua villa, cruce donde estaba ubicada una guarnición, al lado de la cual se ubicó el primer cementerio. La calle Barbacoas se prolongaba más al occidente hasta cruzar en la parte baja de la quebrada Santa Elena, para salir arriba de la iglesia de San Benito.

Pero había dos cosas relevantes en este gran espacio ignorado. La primera, que allí estaba contenido el barrio El Chumbimbo, limitado por una calle del mismo nombre por el oriente (hoy la carrera Girardot), la calle Barbacoas al norte, el camino de Guarne al oriente y al sur la quebrada Santa Elena, pero el cual era cruzado por un callejón paralelo a la Santa Elena, conocido como Niguateral, luego calle El Guanábano (hoy Maracaibo), que se encontraba con el camino de Guarne en donde hoy es el Parque del Periodista. Esta parte fue conocida en una época como barrio Guarne, pues era la salida de Medellín por el camino de Guarne, que luego de encontrarse con la calle Barbacoas, se llamaba camino de La Ladera, para dar inicio al ascenso bordeando el cerro Pan de Azúcar, llegar al Alto de Mora, la laguna de Guarne y seguir por la ruta del altiplano del oriente.

Precisamente la segunda cosa relevante es que las orillas del camino de La Ladera eran habitadas y en ciertos puntos había barrios y lugares con una importante población como La Aguadita —hoy parte del barrio Enciso—, el Pasaje del Infante o el Callejón del Mico. Lugares singulares no solo por su nombre, sino por la misma configuración de los sitios o las actividades que desempeñaban sus habitantes; por ejemplo, el Callejón del Mico era una calle tan estrecha que solo tenía 1.80 metros de ancho y apenas ochenta metros de largo, pero era “profusamente habitado”, como lo narró Alberto Bernal Nicholls en su Miscelánea sobre la historia usos y las costumbres de Medellín (1980); mismo que nos dejó constancia de que La Aguadita, por el nombre de la quebrada, era un barrio muy poblado y lo habitaron “tejedores de lana que fabricaban alfombras y gualdrapas y objetos preciosos por su delicado tejido y por la variedad y combinación de colores”.

Una población formada por mulatos, mestizos, negros libertos o blancos pobres, pero que no fueron tenidos en cuenta por su condición social, considerada inferior, no solo por el color de su piel sino por sus apellidos, como bien lo describió uno de los cronistas de la ciudad, Carlos J. Escobar, en Medellín hace 60 años (2003), escribiendo desde su propia centralidad: “Después de la dicha ‘quebrada’ de ‘La Loca’, había un pequeño caserío compuesto de ocho o diez ranchos de bahareques y techados con pajas, donde vivían las familias de los Chalarcas, los Veras y los Vegas, pero no pertenecientes aquellos apellidos, ni a los Alarcas, ni a los de Vera, ni a los de Vega, no, ellos eran del arroyo de ‘La Loca’..”; además de no tener apellidos ni abolengos eran tenidos por peleadores y cada sábado según el cronista resultaban dos o tres heridos entre ellos mismos. Pero, en general, por aquellos asentamientos periféricos estaban los labradores, jornaleros, arrieros, tratantes, talabarteros, plateros, sastres, tejedoras, maestros de obra, tapieros, herreros o músicos de Medellín. El camino era el que posibilitaba comunicarse con la ciudad, y permitía por igual llegar a las fincas y casas de campo como la famosa de La Ladera, o a los ranchos, casas o barrios como los descritos, en donde también se ubicaban talleres, tenerías y guarnecerías, lo mismo que pulperías, tiendas, estanquillos y cantinas, de las últimas algunas que se hicieron famosas como La Mar y sus Conchas.

Allá afuera de la plaza también había vida. Los caminos que salían de la misma o llegaban a ella, desde el sur por el camellón de Guanteros y La Asomadera; el oriente, por la Santa Elena o por La Ladera; el norte, por el Camino del Monte y el Llano de los Muñoces, o desde occidente, por la calle por real de San Benito, eran habitados por aquellos que cumplían los oficios en sus propias viviendas, en los sitios inmediatos —ya en los tejares o los salados—, pero también por los que iban a trabajar en los oficios de las casas del marco de la plaza o a vender lo que producían en el mercado de la plaza, primero en la principal, luego en la de Flórez y después en Guayaquil. Ese era el mercado formal. La ruta que llevaba a la plaza, a la misa y al control policivo. Pero había otras rutas que no pasaban por la plaza, y una de las principales fue la San Benito- Barbacoas-La Ladera; esta ruta de occidente a oriente, luego de pasar el río Medellín, no seguía el camino real, sino que se evadía por un callejón lateral en el barrio San Benito para vadear la quebrada y conectar con Barbacoas. Ruta de contrabando de mercancías, armas y, sobre todo, licores, especialmente después de 1788 cuando se instaló la fábrica de aguardientes en Medellín, por lo cual se incrementaron los controles para evitar los fraudes. Tanto en Sopetrán al occidente, al norte en Barbosa, como en Guarne al oriente era famosa la producción doméstica e ilegal de aguardiente y tapetusa, de ahí que esta fuera una de las rutas socorridas para evadir y aprovisionar, y de ahí también los intentos de control con la ubicación de los guardas de estancos por estos lados del norte.

Pero la calle de Barbacoas, con sus conexiones de El Chumbimbo, Guarne y La Ladera, fue lentamente incorporada al orden urbano y a la estructura formal, iniciando por la conversión de El Chumbimbo en la carrera Girardot, y El Guanábano renombrada calle Maracaibo; siguiendo con la construcción de la nueva catedral en el barrio Villanueva, levantada sobre la propia quebrada La Loca, y la apertura de nuevas calles que implicó que los Chalarcas, Veras y Vegas no se extinguieran en las peleas semanales sino que fueran desplazados junto a sus vecinos. De la nueva catedral en construcción hacia el oriente, sucesivas urbanizaciones fueron eliminando los trazos originales de la calle, ya por el nuevo barrio Boston alrededor de la plaza Sucre a partir de 1888, entre el Camino de Guarne y la quebrada La Aguadita; o el barrio La Independencia promovido por Manuel de J. Álvarez en 1898, que supuso el desarrollo de la avenida Echeverri precisamente sobre la misma Barbacoas cambiando su nombre y rectificando tres cuadras con un ancho de veinte metros, hasta el cruce con Girardot; luego este mismo promotor realizó el barrio Majalc, acrónimo de su nombre; entre 1904 y 1919, el barrio La Ladera, que incluyó la apertura de la calle Cuba, sobre la que quedó la casa de Heliodoro Medina (hoy teatro del Águila Descalza), construida mucho antes del desarrollo del barrio Prado; y, a partir de 1920, la construcción del barrio Villa Hermosa, que termina por ordenar, higienizar y barrer los antiguos asentamientos del camino de La Ladera. Lo mismo sería de la catedral hacia occidente, desde 1872 con la apertura de la calle La Paz, detrás de la catedral, y así sucesivamente con la prolongación de las calles que conectaron el Parque de Bolívar con el nuevo y residencial barrio Prado en la década de 1920, especialmente las carreras Ecuador y Palacé; al igual que la apertura de la avenida Juan del Corral en 1932, que sirvió de corredor a la Exposición Industrial que ese año tuvo como sede los pabellones del Hospital San Vicente de Paúl; o el ensanche de Carabobo en la década de 1940.

Así, las nuevas aperturas, ensanches y rectificaciones aportaron su parte para que la calle Barbacoas fuera perdiendo su continuidad. Cada vez más cercenada no podía percibirse en su totalidad, quedando reducida aparentemente a unas pocas calles. Pero basta mirar el mapa de Medellín, desde la calle Tejelo, en la plaza Rojas Pinilla, siguiendo por la llamada calle del Calzoncillo, hasta la parte más reconocida de la calle Barbacoas pasando por detrás de la catedral, salvando la avenida Oriental hasta la avenida Echeverri y continuar por Enciso arriba… para entender su lógica y la permanencia en sus fragmentos de unas determinantes geográficas, históricas y, aun, sociales. Todavía en el Centro siguen habitando las periferias, ahí por los laditos…

Panorámica de Medellín en 1910. Al fondo, el camino.

Primeros planes

por LUIS FERNANDO GONZÁLEZ ESCOBAR

Número 96 Mayo de 2018

Carrera Bolívar. Gabriel Carvajal, 1968. Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

En 1968 el entonces Departamento Administrativo de Planeación contrató con los arquitectos César Valencia Duque y Jorge Cadavid López el Estudio del centro de la ciudad. El documento fue publicado al final del año siguiente. Se cumplen así cincuenta años del primer intento de estudiar, imaginar y definir qué hacer con el Centro. A partir de esos primeros trazos se han sucedido variados estudios, planes, programas y proyectos. Muchas cosas han dicho los planificadores y otras tantas han hecho las 28 administraciones que se han sucedido entre 1968 y 2018, ya sea siguiendo lo formulado o, simplemente, el capricho del mandatario de turno, los intereses económicos, el cálculo político o simplemente el deseo megalómano. En ese lapso son grandes y dramáticos los cambios sobre el paisaje urbano que diagnosticaron los arquitectos Valencia y López; pero, a pesar de la transformación, también es cierto que se conservan espacios y usos, rutas e hitos de ese Centro de hace medio siglo.

Para aquellos años finales de la década de 1960, el Centro estaba al servicio de una ciudad de un millón de habitantes y contenía una diversidad de usos que lograba un cierto equilibrio. Si bien la actividad comercial era importante — el 33,58 por ciento—, era casi la misma proporción de la ocupación del suelo dedicada a vivienda —34,75 por ciento—, lo demás estaba repartido en usos varios, actividad industrial y su condición de centro institucional, ya religioso o político. Era un centro dinámico y diverso. Donde se concentraban los discursos y los sermones de la ciudad que dejaba de ser villa, donde crecían el comercio y la pequeña industria, y al mismo tiempo se concentraban las actividades educativas y culturales; así, en esa mezcla social había dos clubes de la elite y 16 templos, pero también 17 salas de cine, 58 heladerías y 398 cafés, donde las distintas clases sociales aun convergían.

En las 341 páginas del estudio, con sus anexos y sus 45 planos, se plantearon las grandes preocupaciones del momento para un Centro conformado por 237 manzanas —entre el centro principal y la zona adyacente— en torno a la arquitectura, el urbanismo, la vivienda, la circulación y las sedes institucionales.

Siguiendo el pensamiento predominante del momento, los autores concluían que no había una arquitectura de conjunto, le faltaba carácter y era “inmadura”, pues a una innovación le seguía otra de manera rápida, con materiales de calidades discutibles, lo que implicaba no un conjunto coherente sino una suma de edificaciones, con efectos irremediables en la estética urbana, la que no era sino el reflejo de “una de las características más sobresalientes de nuestra idiosincrasia”, esto es, el “individualismo”. Ya se alzaba en el horizonte la ruptura de la escala urbana debido a los nuevos edificios de Propiedad Horizontal, llamados rascacielos, que tomaban impulso y se construían como alternativa de vivienda para los sectores de “alta categoría”. Cinco décadas después las demostraciones de esa idiosincrasia individualista darían como resultado ese collage complejo que caracteriza hoy el Centro de la ciudad, ya con más torres, menos espaciosas, no para la “alta categoría” sino para sectores medios, y con una estética simplificada al extremo, en donde predomina no la individualidad sino las construcciones en serie.

Para los autores no existía en la ciudad un verdadero urbanismo; por ejemplo, señalaron cómo el Plan Piloto, entregado en 1951 por los urbanistas Paul Weiner y José Luis Sert, fue una reglamentación de tipo general que nunca fue llevada al detalle y a consecuencias sobre el territorio; en otro sentido, la carencia de servicios comunales en los barrios hizo del Centro el lugar con el mayor poder de atracción, el “cual se congestionaba cada vez más”. Pero lo más interesante es cómo reconocieron la carencia de zonas verdes urbanas y la ausencia de planes en ese sentido: “Las nuevas vías y ampliaciones tienen fallas en este aspecto. Como consecuencia la ciudad se ha tornado árida. La temperatura ambiental ha venido aumentando gradualmente”. Sin lugar a dudas una lectura que se anticipó a los tiempos de la ecología urbana y los microclimas. Apenas ahora se trata de entender y mitigar lo que aquel estudio anunció hace cincuenta años.

Es cierto que el urbanismo hizo irrupción con el paso de los años y se ha intentado una mirada de conjunto, pero aun así la falta de verdaderas centralidades barriales siguió siendo uno de los factores determinantes para que el Centro fuera y se mantuviera como el mayor factor de atracción. Hoy día muchos siguen sin entender que buena parte de las problemáticas del Centro pasan por las dinámicas barriales, las periferias y la marginalidad urbana.

La vivienda era un uso considerado compatible con la vida del Centro y en su mayor parte, especialmente en el centro principal, era valorada como de alta calidad. Si bien eran aún predominantes las casas de uno y dos pisos, se daba paso a los edificios multifamiliares y a los de renta de cuatro pisos en las áreas adyacentes al centro principal. De ahí que el sesenta por ciento de la población del Centro era permanente y solo un cuarenta por ciento era flotante. No obstante se diagnosticaron sectores en deterioro, tomando como criterio el estado de la infraestructura urbana, y el nivel socioeconómico, para hablar eufemísticamente de la población pobre asentada allí, como los casos de San Antonio, Guayaquil, La Bayadera, los alrededores de la iglesia del Corazón de Jesús, los alrededores del edificio de EPM, aparte del sector de la Estación Villa con sus tugurios y la expansión del barrio Colón. La vivienda hoy es minoritaria en el Centro, el mayor porcentaje de la población es flotante y los sectores señalados, pese a las intervenciones que se han hecho, se mantienen sin resolver sus problemas fundamentales. El 14,2 por ciento de la población económicamente activa de entonces se empleaba en el Centro, de tal manera que la población flotante iba en incremento mientras que la residente ya comenzaba su desplazamiento a Laureles y El Poblado; las rutas de buses convergían especialmente a la Plaza de Cisneros —el centro popular por excelencia—, al Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, lo que hacía que el Centro se saturara por sectores, aunque se consideraba que aún tenía capacidad de crecer por unos diez años más sin colapsar; no ocurría lo mismo en términos peatonales, pues era problemático debido a que los andenes eran insuficientes, no tenían capacidad para albergar tanta demanda, además eran estrechos y estaban deteriorados y ocupados por ventas ambulantes.

La propuesta, hecha para prever el crecimiento futuro y atender esa demanda presente, era el desarrollo combinado de un anillo vial periférico y al interior del mismo la peatonalización de vías. De hecho el anillo periférico ya se había planteado con la idea de la Avenida Oriental, la continuidad por la calle Vélez al norte, la Avenida del Ferrocarril al occidente y al sur por la carrera 33. Con los propósitos de este plan esa idea se fortaleció e incluyó paraderos de buses y zonas de estacionamiento vehicular a lo largo de todo el anillo. Mientras tanto al interior se planteó la peatonalización de la carrera Junín —entre Caracas y La Playa—, la avenida La Playa —entre Junín y Sucre—, la carrera Bolívar para unir el Parque de Berrío y la Plazuela Nutibara, la remodelación del Parque de Bolívar y el pasaje La Bastilla, además del cierre al tránsito de calles como Boyacá, Colombia, Calibío, entre otras.

El anillo vial fue construido cerrando al sur no por la calle 33 sino por la calle San Juan, los efectos sobre el Centro de la ciudad fueron dramáticos por la demolición de cientos de edificios a lo largo de la Avenida Oriental, pero sin las obras de mitigación que se pensaron en el Plan, y sin los paraderos ni las zonas de estacionamiento. Desaparecieron del paisaje hermosos ejemplos de arquitectura histórica y se cercenaron espacios públicos como la plaza de Cisneros o la plazuela de San José, aunque al interior se ganaron los pasajes de Junín o La Bastilla. A la hora de los balances fueron más los saldos en rojo que los positivos. En distintas administraciones esos mismos pasajes han cambiado de material en sus pisos, de amoblamiento y decoración; y esas mismas calles hoy se intentan entregar al peatón, disputándolas a los vehículos y a las ventas ambulantes.

Los otros grandes proyectos discutidos en el Plan del Centro de 1968 fueron la Central de transporte interurbano, la plaza de mercado de Cisneros y la construcción del Centro Administrativo Oficial. La Central de transportes implicaba la reubicación de las terminales de buses y del ferrocarril, de hecho el Ferrocarril no se reubicó sino que se acabó y la central dio lugar primero a la terminal de transporte del norte y años después la del sur, alejando de Guayaquil las actividades que habían sido determinantes en su dinámica como puerto seco. Por su parte la plaza de mercado era considerada uno de los más serios problemas urbanísticos de la ciudad, con sus 1200 puestos hacinados adentro y sus más de 400 puestos afuera de la parte cubierta, especialmente en el denominado Pedrero. Se pensaba que con el traslado de sus actividades a una plaza mayorista al sur de la ciudad y un plan de mercados satélites en los barrios Guayabal, Campo Valdés, Castilla, Robledo, La América y Belén, que estaban en construcción, debería desaparecer. Pero no fue así. Algunas plazas funcionaron y otras no. Se incluyó posteriormente la plaza minorista José María Villa, pero muchas de sus actividades se fueron desplazando al Centro en un proceso de años que se llamó la “guayaquilización” del Centro.

Mientras que con el centro administrativo se buscaba solucionar la dispersión de las dependencias oficiales y la dificultad para ampliar las distintas sedes, aparte de las condiciones arquitectónicas de las oficinas, la ausencia de espacios libres en sus inmediaciones, las dificultades de acceso, la falta de zonas de parqueo, entre otras razones que justificaban la creación del centro administrativo en La Alpujarra, como ya había sido contemplado en el Plan Piloto de 1951. Con el Plan del Centro se justificó, por el poco valor de la tierra en La Alpujarra, la posibilidad de la renovación urbana de este sector, la realización de edificios con técnicas modernas de funcionalidad y arquitectura; la libertad arquitectónica para estudiar espacios abiertos y perspectivas exteriores, sus relaciones paisajísticas con el cerro Nutibara, la facilidad de separar el tráfico vehicular y peatonal, y así crear un centro como eje metropolitano. El Plan recomendó la creación de una Junta o Comité Provisional como entidad a cargo de adelantar la obra y se puso una meta de diez años para adelantar el proyecto. Solo en 1975 se hizo el concurso para elegir el proyecto, que se ejecutó entre 1983 y 1987, con otros criterios, diseños y concepciones a las planteadas en este Plan.

En general el Plan del Centro de 1968, siguiendo las concepciones de aquellos años, hace el diagnóstico de la situación, plantea alternativas y define lineamientos para que sean convertidos en proyectos específicos. No hacía urbanismo estrictamente ni diseño urbano. Pero concibió un centro de ciudad a partir de la interpretación de unas realidades que se consideraban adecuadas o problemáticas. Con lo cual nos dejaron un retrato de cómo era el Centro en aquellos años pero también de los imaginarios de aquella sociedad a través del pensamiento de los arquitectos y el equipo a cargo. Al concretarse su ejecución, con cambio de orientaciones, con errores y aciertos, se cambió radicalmente el paisaje urbano. Curiosamente algunas preguntas y respuestas fundamentales sobre transformaciones sociales siguen vigentes, mantienen los mismos sesgos y prejuicios, las mismas ubicaciones y segregaciones socioespaciales mientras se abren y se cierran vías, se amplían calles, se cambian una y otra vez los pisos de aceras y espacios públicos, se reglamentan y mejoran fachadas… obras que parecen un déjà vu. Y queda aún latente la pregunta por la historia, de la que poco o nada hay referencia en aquel Plan del Centro, y la que poco parece significar e incidir en el presente.

Carrera Bolívar. Juan Fernando Ospina, 2017.

por ROBERTO LUIS JARAMILLO // Yo, Medellín, tuve una gestación anormal. No nací como muchas ciudades y pueblos, no fui fundada, y por eso no existe acta o documento oficial que diga que nací. Yo era un valle interandino, aluvial, muy distinto de otros conocidos. Los indígenas o naturales de mi seno, agricultores, cazadores, textileros y salineros, me llamaban Aburrá.