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Oculto canto de las aves

por SANTIAGO RODAS
Ilustración: Adaptación del retrato de Mutis por Cristobal R. con las aves ilustradas de Miles McMullan

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

su vuelo
de recios aletazos
hace sonar el aire
como una carcajada

José Manuel Arango

La primera respuesta sería el exclusivo interés botánico por sus posibles usos medicinales y agrarios. La focalización en el verdor hechicero de las plantas, la explotación de sus milagrosos menjunjes para extirpar las enfermedades humanas. La quina, la canela, el tabaco, por ejemplo, tan apetecidos por la Corona española pueden explicar por qué los europeos del siglo XVIII estaban tan interesados, por encima de lo demás, en las plantas de la Nueva Granada. Una segunda respuesta, igual de rápida, podría ser el poco interés por los animales (entre ellos los humanos) en el Nuevo Mundo, pues se tenía aún la consideración de que las especies en América eran menores; un continente niño, en desarrollo. Lo sostenía Hegel y la trama filosófico-científica de corte imperial de su época. Como lo planteó el conde de Buffon, con su Teoría de la degeneración, consignada en su texto Historia Natural en la que culpaba a los climas de América, sus pantanos y sus tierras de aguas estancadas: aquí todo era más débil y degenerado. La danta era más pequeña que el elefante, el indígena que el europeo, el jaguar inferior en tamaño al león; en términos de escala nuestros animales americanos estaban en condiciones de inferioridad.
Esto demuestra, de algún modo, el desequilibrio del porcentaje de recolecciones zoológicas de la Real Expedición Botánica de la Nueva Granada (1783-1813) que no alcanza las quinientas, o seiscientas especies y unas 7000 muestras. En contraste con las más de 23 000 muestras de plantas de unas 3500 hasta 4000 especies. Los animales eran difíciles de capturar, engorrosos de embalar y bastante complejos de transportar hacia el viejo continente. Y adentro de ese espectro zoológico, las aves, en oposición con el voluminoso interés del presente por sus colores y sus cantos, representan un registro ínfimo. No estaban entre las prioridades de las expediciones pese a su exuberancia, extrañeza, colorido.
¿Por qué si Colombia es el mayor exponente en especies de aves del planeta, en nuestro pasado ocupan un lugar tan accesorio? Esta pregunta me surgió hace unos días al terminar la lectura de los dos tomos de los Estudios Científicos del médico antioqueño Andrés Posada Arango (1839 -1922). Sus páginas constituyen un archivo de observaciones sobre el mundo natural colombiano, heredada de la ciencia europea de su tiempo. El Doctorcito, como le decían de cariño sus amigos y enemigos, despliega un inventario exhaustivo de plantas medicinales, enfermedades tropicales y sus posibles formas de aliviarlas, reptiles venenosos, peces endémicos, se leen apuntes sobre astronomía y consejos de cultivo de algunas plantas benefactoras. Se describen desde la anemia de las tierras cálidas llamada “tuntún”, hasta las plagas de langostas y cómo sortearlas; la clasificación de nuevas especies de bagres, los remedios contra las ponzoñas de serpientes, los males de tierras putrefactas y la rana venenosa del Chocó. Sin embargo, hay una ausencia bastante significativa: las aves. Quizá una de especies más sofisticadas de la biodiversidad colombiana. Resulta llamativo que, en cerca de ochocientas páginas dedicadas a delinear con detalle la naturaleza del país, las aves no ocupen ningún apartado especial sobre ellas. Ningún otro grupo animal posee una presencia tan extendida en los paisajes de la nación. Hay registros en los páramos y las selvas, los valles interandinos y las costas; son una de las expresiones más sofisticadas desde el punto de vista evolutivo de la vida tropical. Sin embargo, durante buena parte del período en que se fundaron las ciencias naturales nacionales parecieron estar cubiertas por un velo de invisibilidad.
Desde el siglo XVIII, la naturaleza del Nuevo Mundo fue concebida como un laboratorio de recursos para el Virreinato. Inspirados por los sistemas de clasificación de Linneo y por el espíritu ilustrado europeo, naturalistas, expedicionarios y regidores coloniales emprendieron la tarea de describir y “ordenar” el territorio exuberante de la Nueva Granada. Mapas topográficos e hidrográficos, taxonomías de plantas y animales, descripciones de cuerpos y paisajes. La naturaleza debía ser inventariada y enviada a Europa para ser “entendida”. De ahí las sucesivas expediciones al Nuevo Mundo bajo el espíritu que oscilaba entre la ilustración y el romanticismo. En este contexto, las plantas ocuparon el centro gravitacional del universo científico.
La Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, dirigida por el gaditano José Celestino Mutis, constituye el síntoma más evidente de la preponderancia de las plantas. Miles de láminas fueron elaboradas por diferentes artistas y copistas en su taller en Mariquita para registrar la flora del reino, sus propiedades y sus posibles aplicaciones en la medicina. La empresa hizo un refajo de arte pictórico y descripciones científicas que cambiaron la concepción de la flora del mundo entero. Por el contrario, las aves ofrecían beneficios mucho menos evidentes. Su observación exigía métodos en un momento en el que no existía la fotografía, por ejemplo, y requería técnicas para su cacería y la conservación de sus cuerpos que excedían en términos prácticos los alcances de la Expedición. No significa que estuvieran ausentes de los registros, aún se conservan en el Real Jardín Botánico de Madrid láminas de varias de las aves del Nuevo Mundo. Pero algo en sus aleteos, en sus cantos, le era esquivo al hombre blanco desde ese primer encuentro.
En sus anotaciones, que empiezan en 1761, Mutis elabora un listado de aves vernáculas de las orillas de río Magdalena y clasifica 81 especies, entre ellas el “gallinazo” (Vultur sp.), el paujil (Crax sp.), el “gallo de ciénagas” o “gallinazo negro” (Coragyps atratus), el “guazale” o tucán (Ramphastus swainsonii) y el “copetón” (Zonotrichia capensis), también aves mochileras (Psarocolius decumanus). Sin embargo, no hace un estudio sistemático y tan solo enlista lo que encuentra.
En una lectura de la correspondencia entre Mutis y su admirado Linneo se puede constatar que, después de envíos de diferentes especies de plantas e insectos y unos pocos animales a Suecia, el maestro, taxativo, le sugiere a Mutis hacer un profundo estudio de las hormigas; señala, enfático, que dicha investigación le ayudará a entrar en los círculos de sabios europeos. Esto seduce a Mutis que se contamina por el veneno del orgullo, piensa en la imagen de su posteridad y se decanta por el estudio mirmecológico y botánico dejando a un lado la zoología. En 1773 Mutis le envió a Linneo otra remesa, con la inclusión de aves disecadas mediante un método de preservación hechizo que consistía en sacar las vísceras y la sangre, rellenar a los animales con algodón embebido en polvos de tabaco y pimienta. Entre las aves enviadas figuraban la “tijereta pequeña de Bogotá” (Tyrannus savana), la “pollita de agua” (Fulica sp.) y el “coclí negro” (Ardea sp.) y unas plumas de cóndor (Vultur gryphus). Linneo, de todos modos, y pese a su gran interés por la clasificación de las especies, estaba mucho más cautivado por las plantas y las hormigas que cualquier otro espécimen que se pudiera hallar en América. Mutis no era un gran zoólogo, en contraste con su obsesión botánica respaldada con investigaciones que trascendieron el territorio nacional. Por ejemplo, con el descubrimiento de la quina roja que causaría un gran impacto en el mundo científico europeo. Su experiencia con los animales se limitaba, de algún modo, a las listas con someras descripciones y a los textos de manual que venían de Europa. Sobre todo, influenciado por el Systema Naturae de Linneo, quien moriría en 1778 y dejaría empezada la revisión de las especies enviadas por Mutis para que las clasificara en su compleja red de taxonomías.
Fray Diego García, un religioso de la orden franciscana oriundo de Mompox, a quien se le designó el ámbito zoológico de la Expedición Botánica en el alto valle del río Magdalena, es en realidad quien ofrece una mirada más enfática sobre los animales de la región. German Amat García y Henry D. Agudelo Zamora, en su ensayo sobre la zoología del Nuevo Reino de Granada, encomian la labor del franciscano: “Durante el período entre 1783 y 1789 Fray Diego García logró obtener la información más completa sobre la historia natural de más de doscientas especies a partir del material recolectado de animales, entre los que se cuentan artrópodos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos. De ellos, el clérigo describió detalladamente dos especies de reptiles, 53 de aves y dos de mamíferos”.
También Benjamín Villegas, en el libro Aves de Colombia, dice que “cronológicamente, la ornitología autóctona comenzó con el trabajo de Fray Diego García, durante la Expedición Botánica. Su contribución más importante la constituyó su estudio de las aves: remitió varios envíos de especímenes al Gabinete Real, junto con descripciones minuciosas de su apariencia, y una recopilación de información sobre sus costumbres, obtenida, en buena parte, personalmente. Este fraile franciscano tuvo que luchar tanto contra las plagas y enfermedades que atacaron sus colecciones, como contra los celos y la incomprensión de sus contemporáneos que incluía al propio Mutis, quien nunca exaltó sus méritos ante el Virrey, y rara vez lo defendió”.
Los archivos de la expedición contienen referencias dispersas a distintas especies de aves y existen indicios de que numerosas ilustraciones ornitológicas se perdieron durante la violencia política que siguió a la Independencia. En medio de los enfrentamientos las colecciones, dibujos y documentos fueron enviados a España en el contexto de la reconquista liderada por Pablo Morillo en 1816. Buena parte de ese patrimonio se encuentra aún en el Real Jardín Botánico de Madrid, y la información allí consignada permaneció cerrada por más de un siglo para los científicos por fuera de España. Pareciera que las aves torpedeaban a los humanos en sus búsquedas y el conocimiento sobre la avifauna se saboteaba con cada intento de avance. Como si la escritora británica Daphne du Maurier hubiese escrito la historia de la naciente ornitología en Colombia. Su relato llamado Los Pájaros lo llevaría al cine Hitchcock, con un éxito inusitado.
Uno de los primeros en reconocer la singularidad de las aves fue el naturalista francés Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon y enemigo acérrimo de Linneo, (tal vez fueron los astros quienes los designaron para la contienda científica. Nacieron el mismo año: 1707). En su mamotreto Historia Natural, publicado durante la segunda mitad del siglo XVIII en tantísimos tomos, Buffon dedicó su estudio a las aves, describiéndolas no solo desde la anatomía sino también desde sus comportamientos, migraciones y relaciones con los ambientes en los que se desenvolvían. Frente al rígido sistema clasificatorio de Linneo, Buffon introdujo una mirada narrativa, si se quiere, disputando la taxonomía rígida de su antagonista sueco, interesada más en las conexiones entre los organismos y el mundo que habitaban. Aunque sus conocimientos sobre América eran limitados e indirectos, su teoría de la degeneración lo cegaba y dependía de las remesas con especies que le enviaban embalsamadas y sin su contexto, contribuyó a otorgar a las aves una relevancia inédita en la ciencia del XVIII.
Durante su viaje por los territorios equinocciales entre 1799 y 1804, Humboldt desarrolló una visión que rompía con la enumeración de especies, y que solo pudo entender en su correría por la Nueva Granada. Como señala Jorge Cañizares, el barón alemán robaba un poco de los científicos locales como Caldas, Mutis y los indígenas, para luego publicar ese conocimiento en Europa y llevarse el crédito científico. Sin embargo, entre los terrenos equinocciales, Humboldt llegó a la conclusión de que la naturaleza constituía una red de relaciones dinámicas entre clima, altura, geografía, vegetación. Aunque sus investigaciones se concentraron principalmente en la geografía física, la botánica y la climatología, sus publicaciones coadyuvaron a comprender que los organismos debían estudiarse dentro de sistemas ecológicos mayores y más complejos.
En el siglo XIX, como señala Una breve historia de la Ornitología Colombiana, de Jorge Enrique Avendaño, el interés en las aves estuvo a cargo del comercio de plumas denominado genéricamente “pieles de Bogotá”. Consistía en la venta de las plumas de diferentes especies que, sin importar el lugar de Colombia donde habían sido cazadas, y sin dato alguno, fueron vendidas en Europa para decorar primordialmente sombreros y prendas de vestir. Entre 1846 y 1912 se exportaron por millones las famosas pieles de Bogotá para uso exclusivamente decorativo. Sin embargo, la consolidación de la ornitología en nuestro país tendría que esperar varias décadas más. Durante gran parte del siglo XIX, el país atravesó guerras civiles intestinas y fragmentaciones territoriales que dificultaron la construcción de programas políticos-científicos, pues la toma del poder era la prioridad. Mientras esto ocurría en nuestra república, Europa y Estados Unidos desarrollaban museos, colecciones especializadas en animales y sociedades científicas dedicadas en concreto al estudio de las aves.
El punto de inflexión, para la ciencia de las aves en Colombia, llegó a finales del siglo XIX y comienzos del XX con las expediciones realizadas por el ornitólogo estadounidense Frank Michler Chapman. Cuyos trabajos estaban vinculados al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Chapman recorrió las regiones de Colombia entre 1910 y 1915. Sus investigaciones produjeron uno de los primeros inventarios de la avifauna nacional y permitieron documentar centenares de especies en distintas regiones biogeográficas. Chapman, con sus estudios situados, demostró que los Andes colombianos eran uno de los mayores centros de diversificación de aves. Sus trabajos ayudaron a establecer relaciones entre la distribución geográfica de las especies y la estriada topografía andina. Las tres cordilleras, los valles interandinos, las selvas húmedas y las tierras bajas aparecieron como escenarios para comprender la evolución biológica del continente después de los estudios de Darwin y Humboldt.
A partir de la primera mitad del siglo XX, la ciencia criolla comenzó lentamente a apropiarse del conocimiento de las aves. Instituciones universitarias e iniciativas personales desarrollaron procesos sistemáticos de clasificación y estudio de la avifauna nacional. En conjunción emprendieron la tarea de completar el inventario iniciado por los naturalistas extranjeros del siglo anterior para comprender las dinámicas ecológicas de las especies. La ciencia superó el inventario de cuerpos y estableció interpretaciones de cómo vivían, cómo migraban, cómo interactuaban con los bosques, sus relaciones simbióticas con otras especies, esto es, una mirada que abarcaba la trama de los complejos ecosistemas andinos y tropicales.
Chapman dirigió entre 1911 y 1915 ocho expediciones en el país. Con un grupo de diecisiete naturalistas recolectó en cuatro años 15 775 especímenes de 1285 especies y subespecies. En su texto, publicado en 1917, The distribution of bird-life in Colombia: a contribution to a biological survey of South America, propone las bases científicas con las que se va a producir, ahora sí, esta nueva ciencia en el país, con descripciones más detalladas de la taxonomía y de los endemismos de algunas de las aves. La obra de Chapman se nutrió también de los estudios del hermano lasallista Apolinar María, fundador del Instituto de La Salle, de Bogotá. Desde allí se recolectaron unos 3150 ejemplares en la primera década del siglo XX. Apolinar María publicó sus trabajos con los nuevos hallazgos en el Boletín de la Sociedad de Ciencias Naturales del Instituto de la Salle. Esta nueva mirada de las aves cobra una preponderancia al ser más exhaustiva la investigación alrededor de sus costumbres. Sin embargo, y como si las aves tuvieran conciencia de los avances del conocimiento que trataba de entenderlas, las consecuencias del Bogotazo también tocaron la nueva ciencia alada y con el incendio del Museo de La Salle el 9 de abril de 1948, en una sola noche, 8000 especímenes de aves ardieron al mismo tiempo. Parecía que las aves no querían ser vistas. Aves de mal agüero. Sostenía un susurro oscuro para seguir ocultándose entre los follajes, incluso después de muertas.
Esta genealogía de la imposibilidad de hacer ornitología en el país siembra una duda de cuáles son las razones de la forma variada y escurridiza que encuentra esta especie para burlarse de la mirada de la ciencia en Colombia. Con cada oportunidad de clasificación pareciera que las aves encontraran una manera de sabotaje para conservar su invisibilidad. El incendio producto del Bogotazo y la posterior muerte de Apolinar María en 1949 impidieron que esos nuevos aires pudieran sentar las bases para el avance de la ornitología.
La Violencia entre liberales y conservadores hizo que fuera bastante difícil acceder a los territorios en los que habitaban las aves y por lo tanto la imposibilidad de recolección y clasificación obstaculizó, de nuevo, las posibilidades de entendimiento de las aves.
A finales del siglo XX y principios del XXI la ornitología definitivamente se instaló en la ciencia colombiana como consecuencia de los estudios ornitológicos mundiales y la masiva presencia de aves en el territorio. Hay estudios especializados de nuevas especies y comportamientos particulares, se describen muchas aves en peligro de extinción y aumentan los estudios de relaciones interespecie. Hoy Colombia es una potencia en sus estudios de avifauna y ornitólogos y aficionados de todo el mundo vienen a hacer avistamientos de las especies endémicas que habitan a lo largo y ancho del mapa.
Los avances de los estudios avifaunísticos se evidencian en todas las disciplinas relacionadas. Por ejemplo, la neurociencia propone un estudio sobre el sueño de las aves. Todo parece indicar que sus cerebros sostienen vocalizaciones aun cuando están dormidas. Es decir que siguen cantando mientras sueñan, pero no cantan, sueñan que cantan y sus estímulos eléctricos adentro de sus cráneos son observados y clasificados para intentar entender su trinar. Esto podría ayudar a entender el tipo de lenguaje que usan en sus vocalizaciones para comunicarse entre sí, y se aventura una posible traducción de esa música al lenguaje humano para saber qué es lo que cantan y si se puede extraer un mensaje de sus sueños. La investigación está en una etapa embrionaria. Sin embargo, no me quiero imaginar lo que las aves en sus mensajes nos quieran comunicar, pues, después de más de dos siglos de ocultamientos y saboteos científicos constantes, asumo que no serán buenas noticias.
En la escena final de la película de Hitchcock, mientras el carro se aleja de la casa en la que se refugiaban los protagonistas, miles de aves graznan, nerviosas y estáticas, mientras parecen esperar algo. Quietas sobre los postes de la luz, los techos, los árboles y el suelo. Sus siluetas se recortan afiladas en el atardecer. Quizá esperan alguna señal.
En las páginas de Estudios Científicos de Posada Arango aparecen descritos peces, serpientes, plantas medicinales y enfermedades tropicales. Pero, entre líneas, también se evidencia el silencio de miles de aves que atravesaban los mismos bosques, los mismos ríos y las mismas montañas. Es probable que el Doctorcito Posada omitiera a las aves de sus investigaciones por una razón importante. Quizá ese camuflaje de su especie venga de allí, de su inteligencia casi maligna: ser tan absolutamente visibles y ruidosas como para no ser vistas de verdad, ser tan evidentes en medio del verdegal, para alcanzar otro tipo de invisibilidad. Y aun cuando fueron cazadas y asesinadas para ser estudiadas por el hombre durante dos siglos, hoy por hoy seguimos descubriendo nuevos indicios y señales inesperadas sobre las aves de nuestro país. Quizá lo mejor sea dejarlas en paz, quizá no. Quizá esperen alguna señal.

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El regreso del puma a la amazonía ecuatoriana

por FELIPE CARDONA • Imágenes del autor

Exclusivo web Junio de 2026

Cuando el puma llora, la selva entera lo acompaña en su lamento. Basta un mínimo sollozo  del felino para que todo quede inmóvil: los insectos interrumpen su canto, las hojas  suspenden su caída. Las criaturas parecen apagarse para rendir tributo a su desdicha.  

Leodan Vargas, líder de la comunidad indígena Lisan Wasi —cuyo nombre significa “Casa de  la Hoja” en español—, habita en la Amazonía ecuatoriana y es uno de los pocos testigos de  este acontecimiento. El hombre, que ronda la treintena, parece frágil; su contextura  diminuta no hace justicia a la magnitud de su determinación. De sus manos —pequeñas,  casi invisibles— ha germinado un bosque. Árboles que hoy se yerguen como pilares vivos y se extienden hasta donde la vista no alcanza.

Todo en él sugiere mesura, la timidez lo acompaña como una sombra silenciosa. Es  cauteloso al hablar y viste casi siempre con ropa de jornalero, como si su destino estuviera atado al pulso de la tierra y al ritmo de la selva que no cesa. 

Leodan recuerda que, tras escuchar unos alaridos que le helaron la sangre, la selva se sumió en un silencio tan hondo que pudo sentir los latidos de la tierra bajo sus pies. No todos acceden a este privilegio: oír al puma es inusual. Generaciones enteras de la Amazonía vivieron y murieron sin percibir las agudas tribulaciones de la bestia. Por eso, cuando ocurre, los sabios dicen que no es un animal quien llama, sino la selva misma.  

Los abuelos —guardianes de la memoria, guías espirituales y consejeros de las tradiciones en los pueblos indígenas— cuentan que el felino pertenece al Amo de la Amazonía, una  presencia ancestral que habita la montaña donde la vida humana apenas se percibe como un susurro. Dicen que es el vigilante del equilibrio, custodio de las criaturas más preciosas, resguardadas en cavernas ocultas bajo la tierra, lejos de los apetitos desmedidos del hombre.

Durante años, los clamores del puma dejaron de escucharse y su presencia se volvió un mito desdibujado en la memoria de los ancianos. La bestia permaneció confinada mientras la  selva enfrentaba la piel dura de los forasteros, quienes, con papeles de membrete, botas  relucientes y rifles cruzados al pecho, intentaron borrar del mapa todo aquello cuyo nombre  no sabían pronunciar.  

Fueron los años de los terratenientes y ganaderos descendidos de la sierra ecuatoriana, un flujo silencioso que atravesó los últimos compases de los ochenta y se prolongó hasta la primera década de este siglo. Con ellos llegó también la sombra de las empresas petroleras extranjeras —Andes Petroleum, Compañía General de Combustibles y la argentina holandesa Pluspetrol—, esta última quizá la que más profundamente trastocó los dominios ancestrales de la comunidad kichwa. La selva, paciente y antigua, sufrió ultrajes  imborrables; y los pueblos indígenas, seducidos por promesas de abundancia fácil, olvidaron los consejos ancestrales que los ligaban a la tierra. Leodan Vargas confiesa que él y muchos miembros de su comunidad perdieron el rumbo y emigraron a la ciudad de Puyo en busca de un progreso que los alejaba de su verdadera naturaleza.  

Pero en este extravío hubo alguien que recordó la voz  de Pedro, el abuelo, último chamán de Lisan Wasi. Los que lo conocieron cuentan que era  un hombre que destilaba bondad, que sus dones jamás servían al capricho, sino a la sanidad  de los enfermos, el consejo en los momentos de zozobra y la defensa de las tradiciones ante  la amenaza externa. Fue uno de los hombres más poderosos de las comunidades indígenas  que flanquean el río Puyo, y su poder, intangible pero cierto, despertó la envidia de otros  seis chamanes —oscuros y ambiciosos— que, en su codicia, se reunieron para tramar un  hechizo de enfermedad que al final terminó por diezmarlo. A finales de los años noventa, presintiendo la proximidad de la muerte, el sabio realizó un gesto destinado a perpetuar la  sabiduría de los antiguos. Fue Luz Vargas, hermana de Leodan, quien recogió esta semilla y mantuvo vivos los actos y las palabras del anciano.  

En la antesala de la muerte, cuando el aire se le volvía espeso, Pedro reunió nueve variedades de ají y creó un potaje ardiente. Mandó traer a sus nietos y tomó en brazos a  uno de los más pequeños. En la mirada del niño descubrió una humildad antigua, una modestia capaz de soportar potencias invisibles. Entonces lo recostó y vertió el brebaje en  sus ojos abiertos. El llanto del niño fue absorbido por la algarabía de la comunidad: Pedro había elegido al futuro chamán de Lisan Wasi. Luz, que entonces era una niña, fue testigo de cómo su hermano Leodan quedaba vinculado para siempre con la selva y sus ancestros.

El abuelo no se equivocó. La naturaleza traza planes que escapan al capricho humano. Corría el año 2012 cuando la selva, agobiada por su largo cautiverio, lanzó un llamado de liberación y sus hijos fueron llegando, uno por uno, dispuestos a jugarse la piel para recuperar el paraíso arrebatado.  

La primera fue Luz. Llegó al caserío con el paso firme de quien ha transitado entornos  hostiles. Tras años en las aulas entre códigos, expedientes y signos ajenos a la selva aprendió que las armas legales, pueden ser, a veces, más implacables que la fuerza bruta. Emprendió una batalla contra los ganaderos que la llevó al límite de su paciencia y logró que los tribunales restituyeran ochenta hectáreas de tierra. Ese espacio recuperado se convirtió en el cimiento de una nueva generación que dejaba atrás las fracturas de identidad  y restauraba, con dignidad, su condición indígena.  

Como Luz, mujeres de comunidades vecinas también alzaron el puño y se embarcaron en la defensa del territorio: en la región selvática ecuatoriana de Pastaza, al sur de la ciudad de  Puyo, los pueblos Sarayaku y Waorani lograron lo impensable: la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció la potestad sobre sus territorios, marcando un claro límite a  la voracidad de las multinacionales. No sólo fue un triunfo jurídico, sino una gesta de  esperanza en medio del despojo.  

Luego fue el turno de Leodan. No regresó solo: volvió impulsado por la voz de su hermana  Luz, una voz que sembró en su corazón el anhelo de liderar a su pueblo. El retorno no fue  sencillo. Cada paso, cada palabra fueron prendas arrebatadas a la incertidumbre. Había crecido mancillado por la estrechez mental de la ciudad, donde su vida se reducía a trabajar  como obrero de construcción, alimentando sueños ajenos mientras los propios se desvanecían. 

Poco a poco la memoria regresó, el cauce extraviado encontró su río. Sin prisa, pero con una potencia inevitable, Leodan se acopló al ritmo de la selva. Volvieron las madrugadas  consagradas a descifrar los sueños bajo el amparo de la Guayusa, la bebida ceremonial que aclara el pensamiento y otorga vigor para el día naciente. Volvieron también las manos  llenas de tabaco, limpieza y protección; los rostros pintados con achiote, rojo inmortal de la tierra, símbolo de una identidad que se elige, se habita y se defiende.

Su padre lo encaminó también en la medicina ancestral. Le presentó la ayahuasca, liana sagrada que no trepa, sino que desciende a la tierra, raíz que sumerge a los seres en la  vastedad de la conciencia para enfrentar los miedos enquistados en lo profundo. Fueron noches de inmersión total, vigilias que escapaban al tiempo. Leodan se habituó a los seres de otros planos que le susurraban ícaros antiguos cantos de curación capaces de alterar el curso del pensamiento y de la vida. 

Una noche supo que el tiempo de aprendiz había terminado. La revelación llegó mientras guiaba una toma de ayahuasca junto a una mujer que se declaraba escéptica de sus  plegarias. Tras beber la medicina, Leodan sintió un estremecimiento que le encendió la espina dorsal. Una fuerza salió de su cuerpo y tomó forma. En la visión se contempló a sí mismo en el plano espiritual. Era como verse en un espejo; sus facciones eran las mismas, pero su doble llevaba un tocado de plumas digno de la realeza prehispánica; en la mano, un  bastón de madera tallado con esmero; en el cuello, collares cuyo destello competía con el de los astros. No hubo duda ni sobresalto. Fue la confirmación de una sospecha que siempre  lo acompañó.  

Desde entonces, Leodan junto a Luz, su hermano Inti y un puñado de jóvenes animados por  el mismo ardor, rasgó la tierra para plagarla de árboles, abrió cauces de agua cristalina  donde el cielo pudiera contemplarse y levantó un bohío para resguardar los maderos que  hasta el día de hoy avivan una llama inextinguible. Sin miedo a perderse abrieron la selva a  quienes llegaban desde tierras remotas y hablaban lenguas extrañas. La premisa ya no fue  la reverencia sino la hermandad: el intercambio de saberes bajo el manto de las prácticas ancestrales.  

Faltaba una última señal.  

Llegó cuando Luz y otras mujeres preparaban la chicha en una choza internada en la espesura. Mordían el maíz y lo escupían en bateas de madera para macerarlo. Estaban solas:  la tradición lo exige. Ningún hombre puede participar. Entonces ocurrió: Desde las ramas  una figura se deslizó hacia ellas. Un ruido seco, unas pisadas ágiles. Era el puma. Las mujeres  treparon a la parte alta del refugio. Luz se quedó abajo. Apretó el pilón y lo convirtió en una lanza improvisada. Alzó la mirada y sostuvo los ojos de la criatura. No retrocedió. El animal  quedó inmóvil unos instantes y luego se internó en la maleza.  

Los hombres llegaron alertados por los gritos, con carabinas en las manos. Luz los detuvo. A pesar del miedo, la señal era inequívoca: El puma había descendido de la montaña para  anunciar su regreso. El pueblo Lisan Wasi ya no estaba sólo. 

En el plano espiritual Leodan también recibió el aval de la selva. En las tomas de ayahuasca y San Pedro otra medicina sagrada heredada de los incas la presencia del felino se volvió  recurrente. Comprendió entonces que el puma era su animal de poder, su tótem. Desde ese momento el joven chamán se presenta como “el puma” frente a todos aquellos que vienen a conocerlo.  

Nunca sabremos si su mirada es la misma que conmovió al abuelo Pedro. Pero sus ojos  transmiten un sosiego que repara el alma. Basta compartir unos instantes con él para  comprender el vínculo que lo une al felino. Para los kichwa, el puma no gobierna: custodia. Así camina Leodan por la selva. Cada vez que llega a un lugar, lo hace sin alboroto, sin que  nadie lo advierta. Se integra en las conversaciones con discreción y dice solo lo necesario. Su liderazgo no empuja: es una presencia sin apuros. 

Como el puma aprendió a custodiar el mundo desde la calma, con pasos que no alertan, pero con la firmeza inamovible de quien conoce los caminos de la selva.

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El Chacho: primer hipopótamo de Pablo Escobar

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO

Exclusivo web

“El Chacho”, su primera cría y la hermana de Pablo Escobar.

A propósito de hipopótamos colombianos, de los cuales ochenta van a ser sacrificados, vale la pena recordar la foto que adorna este texto, donde aparece la cabeza del patriarca o macho fundador de todo ese linaje junto a su primera cría, cría que, como se lee en el pie de foto, “murió asfixiada por su madre”.

Ambos, tanto la cabeza del patriarca como el cuerpo disecado de su cría, se exhiben en la sala del tercer protagonista de la foto, esto es, Luz María Escobar, la hermana menor de Pablo Escobar.

Según ella, ese primer hipopótamo, el patriarca, llegó a Colombia cuando el presidente de la República era Belisario Betancur y el alcalde de Medellín era Álvaro Uribe Vélez, o sea en el segundo semestre de 1982. Venía en un avión Hércules de matrícula estadounidense, al que la prensa denominó “narcoarca”, ya que también traía una hipopótama y otras 35 especies exóticas, que incluían elefantes, jirafas, camellos, avestruces, gacelas, canguros, etc.

Inicialmente, el Hércules iba a aterrizar en Pereira, pero se desvió a último momento y aterrizó en Medellín, en el aeropuerto Olaya Herrera, rayando la medianoche. Al ser advertidos de la magnitud del avión, las autoridades montaron un gran operativo, en el que esperaban decomisar armas, químicos o dinamita, y no un cargamento de animales exóticos.

Tras el decomiso, los animales fueron trasladados al Zoológico Santa Fe. ¿Qué hizo Pablo Escobar al respecto? Ese mismo día, según El Tiempo, ideó el siguiente plan tripartito para recuperarlos: 1) Les pidió a sus lugartenientes que reunieran tantos animales autóctonos como los que le habían decomisado. 2) Les ordenó que le pagaran al vigilante del zoológico cinco años de sueldo para que les entregara las llaves y se perdiera. Y 3) con el zoológico a su disposición, los lugartenientes del capo di tutti capi hicieron el cambiazo, reemplazaron a los animales autóctonos por los importados y chao, se largaron impunemente: “Hasta pintaron dos burros de blanco y negro para que parecieran cebras”. 

Dos días después, cuando los animales ya estaban instalados en la hacienda Nápoles, ocurrió la primera tragedia: el patriarca, macho seminal de todo el linaje de hipopótamos colombianos, hizo gala de su territorialidad y reclamó el sitio para él solo: “Le enterró los colmillos a un camello y a un caballo y los mató”. Por eso, por ser el autor de esas dos muertes fundacionales, lo bautizaron así: “El Chacho”. Expresión que, según el Diccionario de Parlache, significa “Persona joven, poderosa y sobresaliente”.           

Se estima que El Chacho pudo ser el padre de veinte crías, y que vivió unos 18 años en Colombia, o sea que estuvo en el mundo siete años más tras la muerte de su dueño, el capo di tutti capi. Su partida fue un caso edípico, uno de sus hijos, el nuevo macho alfa, lo atacó, le propinó heridas graves y los veterinarios no pudieron hacer nada. 

¿Qué debían hacer con el cadáver? Horas más tarde, ya de noche, Leonardo Arteaga, el esposo de Luz María Escobar, arribó a la hacienda Nápoles junto a la respuesta a esa pregunta, el taxidermista Miguel Parra: “Estaba cayendo un monumental aguacero y con solo la luz de una Toyota y unas herramientas insuficientes perforamos la piel de 12 centímetros, la carnosidad y separamos la cabeza del cuerpo”.

El proceso de disecado de la cabeza fue excepcional, tardó dos años, tras los cuales, finalmente, como se aprecia en la foto, El Chacho cerró el círculo vital que no han podido controlar las autoridades del país durante décadas: se reencontró para siempre con su primera cría colombiana.   

Posdata 1: El hijo más famoso de El Chacho se llamaba Pepe, borrado del mapa el 18 de junio de 2009, durante el gobierno necro-político de Álvaro Uribe, cuando el Ministerio de Ambiente, respaldado por Corantioqua, dio el aval para su caza, la cual fue llevada a cabo por dos hermanos alemanes, Federico y Christian Pfeil-Schneider, altos ejecutivos de Porsche en Colombia, quienes iban escoltados por soldados del Batallón Calibío. Ese par de canallas lo mataron, según Semana del 27 de julio de 2009, de cuatro balazos calibre .375, uno en el corazón, otro en el agujero lagrimal derecho, “apagando su mirada”, y los dos restantes a quemarropa, “para rematarlo”. Ellos se quedaron con la cabeza y el cuerpo como trofeos, una pata fue enviada al Ministerio de Ambiente como prueba y las demás desaparecieron. Posteriormente, cuando la noticia se convirtió en un escándalo internacional, una caricatura de Papeto, publicada por El Tiempo, tildó el caso como un nuevo falso positivo. 

Posdata 2: ¿Quiénes fueron los encargados de gestionar la importación de El Chacho y el resto de los animales exóticos? Según Luz María Escobar, fueron Fernando Avendaño y Gustavo Upegui, quien fue testaferro del capo di tutti capi, fundador y líder de la oficina de Envigado y presidente del Envigado Fútbol Club hasta 2006, cuando murió a manos de sicarios. Otras versiones de la historia, por ejemplo, la de Daniel Coronell, señalan a el automovilista Ricardo Cuchilla Londoño como el encargado de importar los animales exóticos, y no en 1982 sino en 1981. Curiosamente, Cuchilla Londoño fue asesinado por sicarios el 18 de julio de 2009, un mes exacto después de la muerte de Pepe.

Posdata 3: En julio de 2009, cuando había 28 hipopótamos heredados por Pablo Escobar, el biólogo Axel H. Antoine Feill le dijo a El Espectador que tenía una base de datos con más de 200 haciendas dispersas por toda Colombia que ofrecían las condiciones ideales para recibir a los hipopótamos. ¿El Ubérrimo era una de ellas? No se sabe, pero sería una buena medida de reparación para el país.

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El gallo de Senovia

Estefanía Carvajal

Mauricio López Rueda

Las fieras del barrio

Número 135 Julio de 2023

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van cuatro historias a pelo y pluma.

Casa por jaula

por LAURA ALMANZA • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

Apenas llegamos salió a nuestro encuentro, frentero. Se movía inquieto, mostrándonos sus dientes a través de la reja, mordiéndola, colgándose de la cola para que viéramos sus güevas de frente. Ahí les está mostrando que tiene con qué defenderse, nos dijo Jorge, que no parecía impresionado por su actitud agresiva. Su reacción no era para menos, un poco más atrás la mona aulladora estaba en una tabla con su cría, pendiente, cautelosa.

Para agarrar una cría de mono aullador hay que matar a su madre y a todas las hembras de la manada que comparten su cuidado. Ese monito tan lindo que le ofrecen a los niños en carretera básicamente viene de una masacre. Y por más pañales, gafas oscuras o correas de perro que le ponga, tener fauna silvestre en casa es un delito.

Jorge Aguirre lleva 28 años trabajando como promotor de bienestar animal. Le pregunto qué se necesita para trabajar cuidando animales en el zoológico y me dice que lo primero es dejar de decirle así, que ahora se llama Parque de la Conservación. Lo otro, entender que los animales silvestres no pueden ser cuidados como mascotas, aunque eso implique dejar a un lado la ternura inevitable que provocan sus miradas curiosas, sus pieles de colores llamativos, sus gestos malinterpretados como cariñosos.

Mientras hablamos, al ver que no somos una amenaza, la actitud del mono aullador pasa a ser indiferente. Se aleja balanceándose por una cuerda y sigue con su vida. Este aullador llegó al Parque en 2012 siendo ya un mono adulto, después de ser decomisado por la autoridad ambiental. Cuando lo encontraron estaba amarrado como un perro, tenía marcas de una soga por todo su cuerpo y desnutrición severa. Las personas que lo tenían pensaron que dándole banano era suficiente.

El problema es que su alimentación es mucho más compleja. Los aulladores son folívoros, o sea que comen principalmente hojas. Rara vez tocan el suelo…, se la pasan de rama en rama por la selva tropical buscando brotes de ojoche, caucho sabanero o yarumo. En el Parque les preparan ensaladas con pepino, papaya, habichuelas, hojas de apio, espinaca, caucho y pomarrosa. A veces también compotas de mango. Cada individuo tiene una dieta especial diseñada por un nutricionista veterinario. En el centro de alimentación animal pican, trocean o trituran cada ingrediente para después pesarlo y servirlo en un horario específico. Después de observarlo, la idea de que un mono solo come banano me parece ridícula.

En El origen del hombre, Charles Darwin describe el sonido de los aulladores como un concierto horrísono que dura a menudo muchas horas. Como no tuve oportunidad de escucharlo, lo busqué en YouTube pensando que me encontraría con un coro de bramidos de perro herido; pero en realidad es un rugido, un sonido gutural que cualquier vocalista de death metal ansiaría tener.

Hace un tiempo este mono aullador rojo perteneció a uno de los grupos que rehabilitaron para regresar a la selva del Magdalena Medio. De algún modo el Parque de la Conservación es también un centro de rehabilitación, un campo de entrenamiento para regresar a la vida al natural. Le presentaron su nueva familia, le trataron los parásitos que le pegaban las palomas y las ratas de la ciudad, le enseñaron a recolectar su propia comida, a no depender ni confiar en los humanos. Tres años y medio le costó a su manada estar lista. Los llevaron por carretera, a cuestas, y hasta en lancha por el río Cauca. Por fin en el sitio, los biólogos pusieron el guacal en el piso y abrieron la puerta con cuidado, expectantes. El macho alfa salió a explorar primero y con un aullido le avisó al resto que sí, que era segura esa nueva casa sin mallas metálicas. Poco a poco la manada fue saliendo a treparse en los árboles, arrancar hojas frescas y balancearse patas arriba. Todos, excepto uno. Los biólogos intentaron darle unos días, quizá se animaba a salir tras los otros. Pero cuando volvieron a monitorear el sitio, seguía ahí, parado en la puerta del guacal esperando una cara conocida que lo montara en lancha para cruzar el Cauca de regreso a Medellín. El tiempo que pasó con los humanos había dejado una huella imborrable.

No hubo más remedio que volver a traerlo al Parque y descartar de una vez que participara en otros grupos de rehabilitación, era un hecho que el resto de su vida sería en cautiverio. Pero su historia no terminó ahí. Ya en su casa de ciudad, por pura casualidad, una de las aulladoras que estaba al lado de su espacio de aislamiento comenzó a hacerle ojitos. Se cortejaban y en las tardes se les veía cogiéndose las manos a través de la reja. Los cuidadores decidieron juntarlos a ver qué pasaba. Parece que en las noches en vez de aparearse se dedicaron a hacer planes de escape, porque la aulladora aprendió a abrir los pasadores de las puertas y huía saltando. Aunque el mono salía detrás, no se trepaba a los árboles. Quizá eso impidió que ambos terminaran en Nutresa robando galletas.

Unas semanas más tarde, ya abandonado el ímpetu de fuga, la barriga de la aulladora empezó a sobresalir. Seis meses después nació la cría, pero a pesar de darle todos los cuidados posibles, no sobrevivió. La que veo hoy es su segunda cría, un monito aullador con nueve meses cumplidos que pronto dejará de estar colgado a la espalda de su madre.

Le pregunto a Jorge cuáles son las probabilidades de que un mono nacido en cautiverio sea liberado en la selva. Desvía la mirada. Me dice que no tiene un número, que tal vez sea posible porque ya han liberado a un par de monos nacidos en el Parque, pero que es difícil. Probablemente la única selva que conozca sea un islote rodeado de tortugas y un par de cisnes, escuchando los carros que pasan por la Avenida Guayabal.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

La felina albina

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

En los años sesenta, Salvador Dalí se paseaba por las calles de París llevando a un ocelote de la traílla. Decía que se lo había regalado el gobierno de Colombia y no tenía recato en entrar a sitios concurridos con el felino. En Montparnasse, los vecinos de mesa de un restaurante, atemorizados por la presencia del animal, se alejaron, pese a que el genio intentaba calmarlos diciéndoles que se trataba de un gato ordinario con manchas pintadas por él e inspiradas en el arte óptico. En otra ocasión, cuando ese mismo ejemplar, llamado Babou, orinó unos grabados de una galería francesa, el pintor aplacó al dueño prometiéndole que le vendería unos dibujos suyos a buen precio. Corrían tiempos en los que la protección de la fauna silvestre no desvelaba a nadie, menos a Dalí que pintaba lo que soñaba.

Forzados a vivir como mascotas, los ocelotes pueden ser tan dóciles como los gatos caseros. Otra celebridad de Hollywood, Ann Margret, también sucumbió a los encantos del look animal print y aparece retratada con su fierecilla domada en varias poses muy naturales. La especie estaba de moda. En los solares de los pueblos colombianos era frecuente ver a una bestia, menos fiera que el tigre, soportando su cautiverio con dietas blandas, lejos de los platos suculentos de la selva: murciélagos, roedores, pájaros y hasta serpientes. En Antioquia, el bello pelaje era codiciado, pues se decía que el carriel antioqueño debía lucir en su cubierta un retazo de piel de ocelote, al menos si se preciaba de ser original.

Las manchas del ocelote a menudo se confunden con las de otros felinos de Suramérica, como las del tigrillo o margay. Por un ejemplar vivo los traficantes pueden obtener hasta quince millones de pesos. Para saber con precisión de qué felino se trata, luego de algún decomiso de fauna, la policía ambiental de Medellín emplea una prueba genética que permite identificar la prueba del delito. Pero en diciembre de 2021 un gato aún más indescifrable puso en apuros a los zoólogos y cuidadores del Parque de la Conservación.

Era un minino blanco, muy blanco, de pocos días de nacido. La primera inspección arrojó un solo dato: era hembra. Tenía la piel muy suave, y marcaba territorio haciendo pis por los rincones. Entre sus señas particulares había dos más, tenía las garras demasiado grandes para ser un gato casero y, en segundo lugar, sus movimientos, torpes y bruscos, parecían desorientados; de hecho era incapaz de localizar por sí misma su comida.

Desde que la recibieron, en diciembre del 2021, Ana María Sánchez, zoóloga, y el cuidador Carlos Navales, recuerdan que la pequeña lucía indefensa, apaleada por la neumonía y los graves trastornos gástricos. Su cabeza pequeña hizo que la confundieran con un jaguarundi. Unos mineros de Amalfi la encontraron abandonada en el monte. Y acaso porque sabían que tener fauna silvestre es un delito, tuvieron la cautela de entregarla al Municipio. Pocos días más tarde, en un estado deplorable, la autoridad ambiental se la ofreció al parque. No toda la fauna que se decomisa puede albergarse allí, pues el presupuesto mensual para mantener animales en condiciones dignas supera los quinientos millones de pesos. Pero la aceptaron.

Al contrario de lo que quiere creer un mito urbano, a los animales enjaulados no se les lanzan perros vivos ni vacas despeñadas o proteína de desecho. Después del estudio previo, a la cachorra se le dosificó carne de pollo y de res, pesada en básculas de alta precisión, además de vitaminas y baños de sol. “Estábamos ansiosos por identificar de qué animal se trataba”, cuenta Ana María. Y para evitar más trampas de la naturaleza se le hicieron dos exámenes de ADN. Las dos pruebas, una de la policía y otra de la Universidad de Antioquia, determinaron que se trataba de una ocelote, el tercer felino más grande de América, después del jaguar y del puma. ¿Una ocelote? ¿Pero cómo podía existir un ocelote blanco, sin rastro de manchas? Notaron que la cachorra huía de la luz fuerte que le hinchaba los ojos. A punta de un colirio especial, Navales le detuvo la irritación. Y justo ese síntoma, la fotofobia, sirvió para confirmar que era una ocelote albina, la primera en su especie reportada con este signo corporal en el mundo.

Acosados por el deterioro del bosque natural, las manadas ven reducido su territorio y se ven compelidos a aparearse con miembros de su propia familia. Esto, al parecer, es uno de los motivos que trastorna los cromosomas y origina el albinismo animal.

Cada vez más, los cuidados con la ocelote obligaron a los zoólogos a ordenar turnos continuos día y noche. “No nos importó ausentarnos de las fiestas de navidad y fin de año para atender a la criatura”, dice Navales. Y, a pesar de que se habían encariñado tanto con ella, ni siquiera podían bautizarla, como en los tiempos de Agripina, la orangutana de los años setenta, cuando el lugar todavía se conocía como Zoológico Santa Fe. Parte del trato de los silvestres en cautiverio prohíbe nombrarlos como si fueran mascotas. Aun así, los cuidadores usan claves internas y entre ellos empezaron a llamarla “la felina albina”.

Las pocas veces que abrió los ojos, notaron que los tenía de un rojo encendido y con un borde azul en la pupila, un rasgo extraño a sus demás congéneres. Faltaba la pesquisa de un oftalmólogo de felinos quien exploró el fondo de la retina y despejó la última incógnita, la que explicaba su deambular errático: ¡la ocelote, además de albina, era ciega! Parecía una exageración, como la del narrador de un cuento de César Vallejo, cuando dice: “No puede suceder tanto imposible”.

Suena curioso aceptar que algunos animales silvestres no puedan subsistir en su medio y que requieran de humanos que les brinden lo que nunca tendrían en el bosque natural. Ver a Carlos perseguir a una ocelote con un pañito empapado en aceite Johnson para remover un resto de limo parece excesivo, pero así lo hacen estos abnegados servidores del reino animal. Nos dicen que esta felina, por su condición especial, no sobreviviría en la selva por mucho tiempo. A menudo las madres abandonan a las crías débiles o diferentes, como ella, incapaz de camuflarse con su pelo color leche, un blanco perfecto que pondría en peligro a la manada.

Así fue como la cachorra pasó de tener un kilo y medio hasta alcanzar su tamaño imponente, de cien centímetros de largo y dieciocho kilos de peso. Detrás del vidrio se ve como un enorme gato blanco. Tiene un nicho cubierto, un montículo de roca para rastrillar las garras y el área llana donde le abren la compuerta con la comida. Se mueve con soltura por su espacio. Nadie sospecharía que es ciega. Sus hábitos son fruto de un largo y paciente entrenamiento de año y medio al lado de Alejandro López, quien al describir sus rutinas regulares con el animal evoca la nota de Kafka: “Suelo tener la impresión de que el animal quiere amaestrarme”.

Dentro de su cueva se ve a la inquilina en el quinto sueño. De repente, después de que López se acerca al vidrio, la fiera se levanta, sale del refugio, baja el escalón y se acerca justo al frente. Alza las orejas y apunta su olfato hacia él: ¿cómo creer que no finge su invidencia, como los ciegos de oficio? Separada por la barrera de cristal asombra el alcance de su nariz. “Le encantan las fragancias”, dice López cuando alguien muy perfumado se acerca”, ella al instante captura el aroma”. Este atributo también la hace desconfiar cuando le cambian de turno a su cuidador, pues cada humano tiene una huella odorífera. La ocelote, por más hambre que tenga, no sale a comer. Y el reemplazante debe tener paciencia hasta que le venga en gana.

La felina albina no ruge, solo emite suaves ronroneos. Como otras de su especie, juega a cazar presas invisibles, a probar la finura de sus garras. Pero hace algunos meses, López sintió que hacía movimientos menos bruscos que de costumbre. De pronto le pasaba rozando, suave y cariñosa, por entre sus piernas. El ronroneo se tornó maullido. El juego tenía otra intención. Aunque ciega y solitaria, también el celo acosaba a la ocelote.

A pesar de que hay un macho de su especie en una jaula vecina, con el pelaje intacto, cinco felinos silvestres y una leona exótica, esta blanca fascina por su rareza. Sus paisanos de Amalfi la han convertido en un símbolo; la visitan excursiones de escolares y hasta le esculpieron un monumento en el parque del pueblo, junto a la figura del legendario tigre, cazado en 1949. Pero a diferencia de ese jaguar ominoso que era visto como un enemigo de los ganaderos, depredador de corral a falta de selva, la felina albina conmueve. Acaso inspira más a la protección animal que cualquier celebridad de la fauna local.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

El puma de Urabá y el león de Macaco

por SANTIAGO RODAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

1

Era un gatico de pelaje café con algunas manchas oscuras, juguetón, de apenas unos meses de nacido. Lo encontraron entre el monte, dijeron: solito, abandonado. Lo tenían en una finca en un pueblo de Urabá, de mascota. Jugaba con los niños, profería su amor afelpado sin distinción, decoraba con su gracilidad los espacios de la casa. No maullaba porque los gatos del monte no maúllan. Dormía debajo de una de las camas de la familia y se alimentaba de las sobras de los humanos. Sopas, arroz, pollo cocinado. Pero un buen día, luego de unos meses, el gatico creció y creció. Se percataron de sus orejas afiladas, de su pelaje endurecido, ocre, ya sin manchas, su cara cambió y cobró rasgos amenazantes. No era un gato salvaje como inicialmente creyeron, al menos no uno que conocieran. Empezó a atacar a quienes querían jugar con él, se tornó agresivo, inquieto, su instinto lo reclamó y disolvió la docilidad aparente que lo predecía. Era un puma.

Al principio creyeron que amarrándolo a un árbol de mangos podían restituir su jugueteo inicial, que hablándole con buen español entendería que lo querían, que la familia entera era inofensiva, pues eran sus dueños y le deseaban lo mejor; no obstante, pese a sus orejas puntudas y cada vez más grandes, las palabras no parecían surtir el efecto esperado. Cada vez atacaba con más fuerza, bufaba, sus garras se hacían más afiladas y fuertes y el miedo a que se comiera a la familia también creció después de que matara a una de las mascotas. Logró arañar a un par de campesinos y la cuerda cada vez se veía más inútil para atajar su fuerza y agilidad. Ahora ellos podrían ser la presa.

A falta de otra opción la familia consideró ponerse en contacto con Corpourabá para solucionar el problema del puma. Una vez llegaron los profesionales se dieron cuenta, con algunos análisis y preguntas, de que el puma no podría regresar a su hábitat natural. No tenía las capacidades para adaptarse luego de tantos meses con la familia, con su dieta y la costumbre a la presencia humana. El animal no sabría socializar con los demás pumas y sus complejidades territoriales, no sabría cazar ni defenderse. En definitiva, tenía cuerpo de un puma, pero su personalidad era la de un gato agresivo. Si se encontraba a una persona entre el monte, en vez de huir o atacar, el puma podría acercarse, acostumbrado a los humanos, y la persona, quizás asustada, podría defenderse con un arma y matarlo.

Trasladar a un animal de esas dimensiones es bastante complejo desde el punto de vista topográfico. No siempre hay carreteras ni placa huellas, el animal debe ir seguro en el guacal para que no se hiera, hay que pensar en sus heces, en su alimentación. Son también complejas las condiciones del clima político, pues la presencia de grupos armado es una constante en los lugares en los que vive la porción más grande de fauna silvestre del país. Lo llevaron al Parque de la Conservación de Medellín, antes Zoológico Santa Fe.

2

Había una vez un bello y fuerte león que vivía en las selvas de Colombia. Su dueño, de paradójico alias, Macaco, lo consentía, le ponía buenos vallenatos y le daba su alimento, pero no era un alimento cualquiera: lo alimentaba de sindicalistas, de guerrillos, de líderes sociales y de enemigos en general. De pronto, se gestó un dudoso proceso de paz en el que se entregaron alias Macaco y sus amigos. Hubo dejación de las armas y compromisos adquiridos. Entonces el león quedó solito entre la selva, sin saber muy bien cómo alimentarse, sin Macaco. Alguien se apiadó de sus tristes rugidos, hizo una llamada, alguien a su vez se comunicó con el extinto Zoológico Santa Fe, y de allí fueron por el león que estaba encerrado en una jaula de buen tamaño. Durante el traslado el león vio con sus ojos selváticos ríos como el Cauca, las nubes de Bolombolo y las breñas verde oscuras de las cordilleras Central y Occidental, luego percibió una gran hondonada que rugía también, pero por el ruido de motores, de fábricas y de gargantas.

Una vez instalado en el zoológico no quiso comer carne muerta, eran tan solo pedazos jugosos, pero sin gracia, no le apetecía ni miraba las presas de pollo, la costilla de res, la pierna de cerdo. Nada. No le interesaba lo muerto, lo quieto. Su alimento debía estar vivo y sazonado con, al menos, la Primera Internacional, pensaron los operarios del zoológico. Pero no podían satisfacerlo así, no estaría bien visto. Hasta que el león cuya hambre se notaba en los huesos forrados, bien visibles en su pelaje, mal que bien, empezó a comer por la necesidad la carne que los cuidadores le ofrecían. Murió después de unos años en una jaula de Guayabal, con los vallenatos de Barrio Antioquia sonando en el fondo de la selva artificial.

3

La jaula está aparentemente vacía. No lo veo, pero el puma percibe cada uno de mis movimientos. “Si hace frío no sale”, me dice quien está encargado de alimentar a los felinos del parque. “El animal nos huele, nos siente en todo momento”, aclara. El león de Macaco murió en una de estas jaulas hace años, al igual que la mayoría de los animales de Nápoles y la triste Agripina que no estoy seguro si vi fumar los cigarrillos que la gente le arrojaba. Así se percibe la ausencia de un puma joven. Me quedo unos minutos mirando su hábitat, las plantas, el encierro.

El encargado me corrige cada vez que digo la palabra jaula, la palabra zoológico. Ahora es el Parque de la Conservación. Me confiesa su tristeza por los animales bajo el yugo de lo humano, pero sin este lugar que les ofrece las mejores condiciones posibles, lo más probable es que estuvieran muertos. El tráfico de fauna es el tercer negocio ilegal más rentable después de la droga y las armas, me explica.

El puma sale de su encierro, muestra su cuerpo entero, elástico, solvente y se recuesta sobre una piedra artificial. Me mira con sus ojos amarillos y profundos. Imagino un encuentro sin las rejas, en el bosque, ¿qué podría hacer un cuerpo citadino y enclenque como el mío? Seguramente nada, esperar a ser devorado, nada más. La palabra majestuoso no le queda grande a este animal. “Él es juguetón, cuando lo alimento. A veces, se comporta como un gato doméstico”, me dice el encargado.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.