Oculto canto de las aves

por SANTIAGO RODAS
Ilustración: Adaptación del retrato de Mutis por Cristobal R. con las aves ilustradas de Miles McMullan

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

su vuelo
de recios aletazos
hace sonar el aire
como una carcajada

José Manuel Arango

La primera respuesta sería el exclusivo interés botánico por sus posibles usos medicinales y agrarios. La focalización en el verdor hechicero de las plantas, la explotación de sus milagrosos menjunjes para extirpar las enfermedades humanas. La quina, la canela, el tabaco, por ejemplo, tan apetecidos por la Corona española pueden explicar por qué los europeos del siglo XVIII estaban tan interesados, por encima de lo demás, en las plantas de la Nueva Granada. Una segunda respuesta, igual de rápida, podría ser el poco interés por los animales (entre ellos los humanos) en el Nuevo Mundo, pues se tenía aún la consideración de que las especies en América eran menores; un continente niño, en desarrollo. Lo sostenía Hegel y la trama filosófico-científica de corte imperial de su época. Como lo planteó el conde de Buffon, con su Teoría de la degeneración, consignada en su texto Historia Natural en la que culpaba a los climas de América, sus pantanos y sus tierras de aguas estancadas: aquí todo era más débil y degenerado. La danta era más pequeña que el elefante, el indígena que el europeo, el jaguar inferior en tamaño al león; en términos de escala nuestros animales americanos estaban en condiciones de inferioridad.
Esto demuestra, de algún modo, el desequilibrio del porcentaje de recolecciones zoológicas de la Real Expedición Botánica de la Nueva Granada (1783-1813) que no alcanza las quinientas, o seiscientas especies y unas 7000 muestras. En contraste con las más de 23 000 muestras de plantas de unas 3500 hasta 4000 especies. Los animales eran difíciles de capturar, engorrosos de embalar y bastante complejos de transportar hacia el viejo continente. Y adentro de ese espectro zoológico, las aves, en oposición con el voluminoso interés del presente por sus colores y sus cantos, representan un registro ínfimo. No estaban entre las prioridades de las expediciones pese a su exuberancia, extrañeza, colorido.
¿Por qué si Colombia es el mayor exponente en especies de aves del planeta, en nuestro pasado ocupan un lugar tan accesorio? Esta pregunta me surgió hace unos días al terminar la lectura de los dos tomos de los Estudios Científicos del médico antioqueño Andrés Posada Arango (1839 -1922). Sus páginas constituyen un archivo de observaciones sobre el mundo natural colombiano, heredada de la ciencia europea de su tiempo. El Doctorcito, como le decían de cariño sus amigos y enemigos, despliega un inventario exhaustivo de plantas medicinales, enfermedades tropicales y sus posibles formas de aliviarlas, reptiles venenosos, peces endémicos, se leen apuntes sobre astronomía y consejos de cultivo de algunas plantas benefactoras. Se describen desde la anemia de las tierras cálidas llamada “tuntún”, hasta las plagas de langostas y cómo sortearlas; la clasificación de nuevas especies de bagres, los remedios contra las ponzoñas de serpientes, los males de tierras putrefactas y la rana venenosa del Chocó. Sin embargo, hay una ausencia bastante significativa: las aves. Quizá una de especies más sofisticadas de la biodiversidad colombiana. Resulta llamativo que, en cerca de ochocientas páginas dedicadas a delinear con detalle la naturaleza del país, las aves no ocupen ningún apartado especial sobre ellas. Ningún otro grupo animal posee una presencia tan extendida en los paisajes de la nación. Hay registros en los páramos y las selvas, los valles interandinos y las costas; son una de las expresiones más sofisticadas desde el punto de vista evolutivo de la vida tropical. Sin embargo, durante buena parte del período en que se fundaron las ciencias naturales nacionales parecieron estar cubiertas por un velo de invisibilidad.
Desde el siglo XVIII, la naturaleza del Nuevo Mundo fue concebida como un laboratorio de recursos para el Virreinato. Inspirados por los sistemas de clasificación de Linneo y por el espíritu ilustrado europeo, naturalistas, expedicionarios y regidores coloniales emprendieron la tarea de describir y “ordenar” el territorio exuberante de la Nueva Granada. Mapas topográficos e hidrográficos, taxonomías de plantas y animales, descripciones de cuerpos y paisajes. La naturaleza debía ser inventariada y enviada a Europa para ser “entendida”. De ahí las sucesivas expediciones al Nuevo Mundo bajo el espíritu que oscilaba entre la ilustración y el romanticismo. En este contexto, las plantas ocuparon el centro gravitacional del universo científico.
La Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, dirigida por el gaditano José Celestino Mutis, constituye el síntoma más evidente de la preponderancia de las plantas. Miles de láminas fueron elaboradas por diferentes artistas y copistas en su taller en Mariquita para registrar la flora del reino, sus propiedades y sus posibles aplicaciones en la medicina. La empresa hizo un refajo de arte pictórico y descripciones científicas que cambiaron la concepción de la flora del mundo entero. Por el contrario, las aves ofrecían beneficios mucho menos evidentes. Su observación exigía métodos en un momento en el que no existía la fotografía, por ejemplo, y requería técnicas para su cacería y la conservación de sus cuerpos que excedían en términos prácticos los alcances de la Expedición. No significa que estuvieran ausentes de los registros, aún se conservan en el Real Jardín Botánico de Madrid láminas de varias de las aves del Nuevo Mundo. Pero algo en sus aleteos, en sus cantos, le era esquivo al hombre blanco desde ese primer encuentro.
En sus anotaciones, que empiezan en 1761, Mutis elabora un listado de aves vernáculas de las orillas de río Magdalena y clasifica 81 especies, entre ellas el “gallinazo” (Vultur sp.), el paujil (Crax sp.), el “gallo de ciénagas” o “gallinazo negro” (Coragyps atratus), el “guazale” o tucán (Ramphastus swainsonii) y el “copetón” (Zonotrichia capensis), también aves mochileras (Psarocolius decumanus). Sin embargo, no hace un estudio sistemático y tan solo enlista lo que encuentra.
En una lectura de la correspondencia entre Mutis y su admirado Linneo se puede constatar que, después de envíos de diferentes especies de plantas e insectos y unos pocos animales a Suecia, el maestro, taxativo, le sugiere a Mutis hacer un profundo estudio de las hormigas; señala, enfático, que dicha investigación le ayudará a entrar en los círculos de sabios europeos. Esto seduce a Mutis que se contamina por el veneno del orgullo, piensa en la imagen de su posteridad y se decanta por el estudio mirmecológico y botánico dejando a un lado la zoología. En 1773 Mutis le envió a Linneo otra remesa, con la inclusión de aves disecadas mediante un método de preservación hechizo que consistía en sacar las vísceras y la sangre, rellenar a los animales con algodón embebido en polvos de tabaco y pimienta. Entre las aves enviadas figuraban la “tijereta pequeña de Bogotá” (Tyrannus savana), la “pollita de agua” (Fulica sp.) y el “coclí negro” (Ardea sp.) y unas plumas de cóndor (Vultur gryphus). Linneo, de todos modos, y pese a su gran interés por la clasificación de las especies, estaba mucho más cautivado por las plantas y las hormigas que cualquier otro espécimen que se pudiera hallar en América. Mutis no era un gran zoólogo, en contraste con su obsesión botánica respaldada con investigaciones que trascendieron el territorio nacional. Por ejemplo, con el descubrimiento de la quina roja que causaría un gran impacto en el mundo científico europeo. Su experiencia con los animales se limitaba, de algún modo, a las listas con someras descripciones y a los textos de manual que venían de Europa. Sobre todo, influenciado por el Systema Naturae de Linneo, quien moriría en 1778 y dejaría empezada la revisión de las especies enviadas por Mutis para que las clasificara en su compleja red de taxonomías.
Fray Diego García, un religioso de la orden franciscana oriundo de Mompox, a quien se le designó el ámbito zoológico de la Expedición Botánica en el alto valle del río Magdalena, es en realidad quien ofrece una mirada más enfática sobre los animales de la región. German Amat García y Henry D. Agudelo Zamora, en su ensayo sobre la zoología del Nuevo Reino de Granada, encomian la labor del franciscano: “Durante el período entre 1783 y 1789 Fray Diego García logró obtener la información más completa sobre la historia natural de más de doscientas especies a partir del material recolectado de animales, entre los que se cuentan artrópodos, peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos. De ellos, el clérigo describió detalladamente dos especies de reptiles, 53 de aves y dos de mamíferos”.
También Benjamín Villegas, en el libro Aves de Colombia, dice que “cronológicamente, la ornitología autóctona comenzó con el trabajo de Fray Diego García, durante la Expedición Botánica. Su contribución más importante la constituyó su estudio de las aves: remitió varios envíos de especímenes al Gabinete Real, junto con descripciones minuciosas de su apariencia, y una recopilación de información sobre sus costumbres, obtenida, en buena parte, personalmente. Este fraile franciscano tuvo que luchar tanto contra las plagas y enfermedades que atacaron sus colecciones, como contra los celos y la incomprensión de sus contemporáneos que incluía al propio Mutis, quien nunca exaltó sus méritos ante el Virrey, y rara vez lo defendió”.
Los archivos de la expedición contienen referencias dispersas a distintas especies de aves y existen indicios de que numerosas ilustraciones ornitológicas se perdieron durante la violencia política que siguió a la Independencia. En medio de los enfrentamientos las colecciones, dibujos y documentos fueron enviados a España en el contexto de la reconquista liderada por Pablo Morillo en 1816. Buena parte de ese patrimonio se encuentra aún en el Real Jardín Botánico de Madrid, y la información allí consignada permaneció cerrada por más de un siglo para los científicos por fuera de España. Pareciera que las aves torpedeaban a los humanos en sus búsquedas y el conocimiento sobre la avifauna se saboteaba con cada intento de avance. Como si la escritora británica Daphne du Maurier hubiese escrito la historia de la naciente ornitología en Colombia. Su relato llamado Los Pájaros lo llevaría al cine Hitchcock, con un éxito inusitado.
Uno de los primeros en reconocer la singularidad de las aves fue el naturalista francés Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon y enemigo acérrimo de Linneo, (tal vez fueron los astros quienes los designaron para la contienda científica. Nacieron el mismo año: 1707). En su mamotreto Historia Natural, publicado durante la segunda mitad del siglo XVIII en tantísimos tomos, Buffon dedicó su estudio a las aves, describiéndolas no solo desde la anatomía sino también desde sus comportamientos, migraciones y relaciones con los ambientes en los que se desenvolvían. Frente al rígido sistema clasificatorio de Linneo, Buffon introdujo una mirada narrativa, si se quiere, disputando la taxonomía rígida de su antagonista sueco, interesada más en las conexiones entre los organismos y el mundo que habitaban. Aunque sus conocimientos sobre América eran limitados e indirectos, su teoría de la degeneración lo cegaba y dependía de las remesas con especies que le enviaban embalsamadas y sin su contexto, contribuyó a otorgar a las aves una relevancia inédita en la ciencia del XVIII.
Durante su viaje por los territorios equinocciales entre 1799 y 1804, Humboldt desarrolló una visión que rompía con la enumeración de especies, y que solo pudo entender en su correría por la Nueva Granada. Como señala Jorge Cañizares, el barón alemán robaba un poco de los científicos locales como Caldas, Mutis y los indígenas, para luego publicar ese conocimiento en Europa y llevarse el crédito científico. Sin embargo, entre los terrenos equinocciales, Humboldt llegó a la conclusión de que la naturaleza constituía una red de relaciones dinámicas entre clima, altura, geografía, vegetación. Aunque sus investigaciones se concentraron principalmente en la geografía física, la botánica y la climatología, sus publicaciones coadyuvaron a comprender que los organismos debían estudiarse dentro de sistemas ecológicos mayores y más complejos.
En el siglo XIX, como señala Una breve historia de la Ornitología Colombiana, de Jorge Enrique Avendaño, el interés en las aves estuvo a cargo del comercio de plumas denominado genéricamente “pieles de Bogotá”. Consistía en la venta de las plumas de diferentes especies que, sin importar el lugar de Colombia donde habían sido cazadas, y sin dato alguno, fueron vendidas en Europa para decorar primordialmente sombreros y prendas de vestir. Entre 1846 y 1912 se exportaron por millones las famosas pieles de Bogotá para uso exclusivamente decorativo. Sin embargo, la consolidación de la ornitología en nuestro país tendría que esperar varias décadas más. Durante gran parte del siglo XIX, el país atravesó guerras civiles intestinas y fragmentaciones territoriales que dificultaron la construcción de programas políticos-científicos, pues la toma del poder era la prioridad. Mientras esto ocurría en nuestra república, Europa y Estados Unidos desarrollaban museos, colecciones especializadas en animales y sociedades científicas dedicadas en concreto al estudio de las aves.
El punto de inflexión, para la ciencia de las aves en Colombia, llegó a finales del siglo XIX y comienzos del XX con las expediciones realizadas por el ornitólogo estadounidense Frank Michler Chapman. Cuyos trabajos estaban vinculados al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. Chapman recorrió las regiones de Colombia entre 1910 y 1915. Sus investigaciones produjeron uno de los primeros inventarios de la avifauna nacional y permitieron documentar centenares de especies en distintas regiones biogeográficas. Chapman, con sus estudios situados, demostró que los Andes colombianos eran uno de los mayores centros de diversificación de aves. Sus trabajos ayudaron a establecer relaciones entre la distribución geográfica de las especies y la estriada topografía andina. Las tres cordilleras, los valles interandinos, las selvas húmedas y las tierras bajas aparecieron como escenarios para comprender la evolución biológica del continente después de los estudios de Darwin y Humboldt.
A partir de la primera mitad del siglo XX, la ciencia criolla comenzó lentamente a apropiarse del conocimiento de las aves. Instituciones universitarias e iniciativas personales desarrollaron procesos sistemáticos de clasificación y estudio de la avifauna nacional. En conjunción emprendieron la tarea de completar el inventario iniciado por los naturalistas extranjeros del siglo anterior para comprender las dinámicas ecológicas de las especies. La ciencia superó el inventario de cuerpos y estableció interpretaciones de cómo vivían, cómo migraban, cómo interactuaban con los bosques, sus relaciones simbióticas con otras especies, esto es, una mirada que abarcaba la trama de los complejos ecosistemas andinos y tropicales.
Chapman dirigió entre 1911 y 1915 ocho expediciones en el país. Con un grupo de diecisiete naturalistas recolectó en cuatro años 15 775 especímenes de 1285 especies y subespecies. En su texto, publicado en 1917, The distribution of bird-life in Colombia: a contribution to a biological survey of South America, propone las bases científicas con las que se va a producir, ahora sí, esta nueva ciencia en el país, con descripciones más detalladas de la taxonomía y de los endemismos de algunas de las aves. La obra de Chapman se nutrió también de los estudios del hermano lasallista Apolinar María, fundador del Instituto de La Salle, de Bogotá. Desde allí se recolectaron unos 3150 ejemplares en la primera década del siglo XX. Apolinar María publicó sus trabajos con los nuevos hallazgos en el Boletín de la Sociedad de Ciencias Naturales del Instituto de la Salle. Esta nueva mirada de las aves cobra una preponderancia al ser más exhaustiva la investigación alrededor de sus costumbres. Sin embargo, y como si las aves tuvieran conciencia de los avances del conocimiento que trataba de entenderlas, las consecuencias del Bogotazo también tocaron la nueva ciencia alada y con el incendio del Museo de La Salle el 9 de abril de 1948, en una sola noche, 8000 especímenes de aves ardieron al mismo tiempo. Parecía que las aves no querían ser vistas. Aves de mal agüero. Sostenía un susurro oscuro para seguir ocultándose entre los follajes, incluso después de muertas.
Esta genealogía de la imposibilidad de hacer ornitología en el país siembra una duda de cuáles son las razones de la forma variada y escurridiza que encuentra esta especie para burlarse de la mirada de la ciencia en Colombia. Con cada oportunidad de clasificación pareciera que las aves encontraran una manera de sabotaje para conservar su invisibilidad. El incendio producto del Bogotazo y la posterior muerte de Apolinar María en 1949 impidieron que esos nuevos aires pudieran sentar las bases para el avance de la ornitología.
La Violencia entre liberales y conservadores hizo que fuera bastante difícil acceder a los territorios en los que habitaban las aves y por lo tanto la imposibilidad de recolección y clasificación obstaculizó, de nuevo, las posibilidades de entendimiento de las aves.
A finales del siglo XX y principios del XXI la ornitología definitivamente se instaló en la ciencia colombiana como consecuencia de los estudios ornitológicos mundiales y la masiva presencia de aves en el territorio. Hay estudios especializados de nuevas especies y comportamientos particulares, se describen muchas aves en peligro de extinción y aumentan los estudios de relaciones interespecie. Hoy Colombia es una potencia en sus estudios de avifauna y ornitólogos y aficionados de todo el mundo vienen a hacer avistamientos de las especies endémicas que habitan a lo largo y ancho del mapa.
Los avances de los estudios avifaunísticos se evidencian en todas las disciplinas relacionadas. Por ejemplo, la neurociencia propone un estudio sobre el sueño de las aves. Todo parece indicar que sus cerebros sostienen vocalizaciones aun cuando están dormidas. Es decir que siguen cantando mientras sueñan, pero no cantan, sueñan que cantan y sus estímulos eléctricos adentro de sus cráneos son observados y clasificados para intentar entender su trinar. Esto podría ayudar a entender el tipo de lenguaje que usan en sus vocalizaciones para comunicarse entre sí, y se aventura una posible traducción de esa música al lenguaje humano para saber qué es lo que cantan y si se puede extraer un mensaje de sus sueños. La investigación está en una etapa embrionaria. Sin embargo, no me quiero imaginar lo que las aves en sus mensajes nos quieran comunicar, pues, después de más de dos siglos de ocultamientos y saboteos científicos constantes, asumo que no serán buenas noticias.
En la escena final de la película de Hitchcock, mientras el carro se aleja de la casa en la que se refugiaban los protagonistas, miles de aves graznan, nerviosas y estáticas, mientras parecen esperar algo. Quietas sobre los postes de la luz, los techos, los árboles y el suelo. Sus siluetas se recortan afiladas en el atardecer. Quizá esperan alguna señal.
En las páginas de Estudios Científicos de Posada Arango aparecen descritos peces, serpientes, plantas medicinales y enfermedades tropicales. Pero, entre líneas, también se evidencia el silencio de miles de aves que atravesaban los mismos bosques, los mismos ríos y las mismas montañas. Es probable que el Doctorcito Posada omitiera a las aves de sus investigaciones por una razón importante. Quizá ese camuflaje de su especie venga de allí, de su inteligencia casi maligna: ser tan absolutamente visibles y ruidosas como para no ser vistas de verdad, ser tan evidentes en medio del verdegal, para alcanzar otro tipo de invisibilidad. Y aun cuando fueron cazadas y asesinadas para ser estudiadas por el hombre durante dos siglos, hoy por hoy seguimos descubriendo nuevos indicios y señales inesperadas sobre las aves de nuestro país. Quizá lo mejor sea dejarlas en paz, quizá no. Quizá esperen alguna señal.

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