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Rokil

por JULIO CÉSAR DUQUE CARDONA • Ilustración de Gabriel Duque

Número 132 Diciembre de 2022

Les tenía mucho miedo. Hace muchos años, cuando en la familia paterna éramos celadores del viejo Columbus School, al frente del Hospital Pablo Tobón, en la comunidad de Robledo, papá pateó una que fue a caer sobre mi humanidad desnuda cuando, inocente de la persecución, salía de la ducha. La fiera adolorida chilló, me subió por la pierna izquierda, se afincó en mi toalla y en un instante llegó a mis hombros, para saltar desde allí hasta reencontrar una mejor vía de escape. Todavía recuerdo el grito de mi mamá, “bruto”, las patas frías, esas uñas hirientes pegadas de mi pecho y la cola larga y calva cerca de mi cara. Desde entonces nunca he estado a su favor, por miedo, a pesar de que organizaciones de animales griten por las calles contra todo maltrato. No, cualquier método contra ellas a mí me sirve, así sea enfrentarlas a balazos.

La primera víctima de mi miedo se instaló debajo de un horno empotrado que teníamos en mi casa en Envigado. De allí salía ella hacia la despensa de plátanos maduros que protegíamos debajo del lavadero de ropa. Las huellas sobre la cáscara del plátano eran inobjetables: una rata, con unos dientes tan grandes como los rastrillos de un tenedor casero.

Uno siempre cree que tiene en su casa a una sola rata; mentiras, pueden ser varias. Uno cree que es una cucarachita; mentiras, es un nido entero. No te fíes si ves un solo zancudo, alrededor tuyo deben volar por decenas. Azuzados por el terror e inspeccionando su ruta de alimentación, concluimos que el nido estaba tras el horno. Metí la mano enguantada y temblorosa por debajo del electrodoméstico y encontré la puerta de entrada y salida de su nido. Se había instalado allí en los veinte días de nuestras vacaciones. Nadie la iba a molestar en esos días. Tampoco tenemos, ni siquiera, un gato. El horno por debajo tenía una brecha grande que hubiera sido posible controlar con una pestaña de cualquier material que impidiera el paso de un intruso pequeño, pero como no se veía, el constructor solo se interesó en cubrir las defensas visibles de la casa.

Fui donde el especialista que por unos pocos pesos me dio la solución inmediata. “Déjele los plátanos en el mismo sitio. Y a la salida de la cueva, le pone este papel pegante. No lo toque, que se le quedan pegados los dedos. Simplemente levante esta banda protectora y deje el cartón sobre el piso. Caerá de inmediato. No lo dude ni se asuste”.

Cometí el error de dejar la trampa al acostarme, después de las once de la noche.

A la una de la mañana nos despertó un chillido agudo y terrible, como si alguien estuviera siendo torturado; era peor que el llanto de un bebé hambriento. Me levanté pensando que era un mal sueño, esperé, fui hasta la cocina de donde provenían los chillidos y encontré allí, adherida al cartón, a una rata del tamaño de mi brazo. Abría la trompa para chillar de tal manera que toda la urbanización debió haberse dado cuenta del suceso. Yo veía la fila de sus incisivos y a continuación, sus muelas; pero esta vez esa dentadura no me desafiaba, era un lamento. Mi familia se encerró en una de las piezas, bajo la protección de mi esposa. Con una escoba saqué hacia la puerta el cartón pegajoso, con la rata como trofeo de caza, adherida a él por las cuatro patas y la cola, y de allí lo lancé a la calle de algo más que un escobazo. Pensé que con el estrujón el animal se zafaría del cartón, pero no pasó nada. La rata chilló más.

Traté de dormir, pero a los minutos me llamaron de la portería que algunos vecinos se habían despertado con los chillidos y uno de ellos amenazó con ir a quejarse ante la secretaría ambiental del municipio, porque esa no era la manera de abandonar una rata recién caída en una trampa. Le pedí al celador que me ayudara, pero me dijo que a él le daba mucho pesar maltratar a un animal así, pero que, al menos por ahora, dejara de interrumpir el sueño de mis vecinos, y que, si yo mismo no la podía matar, al menos la pusiera lejos de ahí.

Así que a esa hora de la mañana tuve que conseguir una caja y con la ayuda de un rastrillo, hacer malabarismos para meter la hoja de cartón con la rata a la caja, y transportarla a pie, por cien metros, hasta la portería, donde encontré la conducción para tirarla: una alcantarilla de aguas lluvias, y así, dejar de molestar a mis vecinos. Levanté la rejilla metálica y puse la boca de la caja contra el piso. Sin embargo, con los cien metros de caminada, la hoja de pegamento se había volteado un poco contra el cartón y no quería despegarse de la caja, ni siquiera a golpes; qué buen pegamento les vendieron a estos empresarios antirratas. Tuve que golpear con fuerza la pared de la caja donde el pegamento se había adherido, mientras el celador se carcajeaba por los problemas en los que me estaba metiendo a las dos de la mañana. Cuando la rata con pegamento y todo cayó a la conducción, cerré la rejilla. El agua de lluvia haría el resto.

Por las siguientes horas, los chillidos del animal me resonaron como si tuviera una enfermedad grave en los oídos y esa noche literalmente no dormí, aunque ninguno de mis vecinos me dio las gracias al otro día por la aventura de quitarles una rata de su sueño.

Ahí aprendí. El método del pegamento era demasiado cruel e inoperante. Había hecho bien mi papá en sacar a patadas las ratas del Columbus School, así se le atravesara en el camino el hijo más débil, recién bañado y con la toalla en la cintura. Nunca volvería a utilizar ese papel pegante. Ni riesgos.

Al otro día le pagué al trabajador de servicios varios para que sellara esa brecha bajo del horno. Una tablilla sin pulir, de algo más de medio metro de largo por quince centímetros de ancho fue suficiente para cerrar de una vez por todas la posibilidad de que algún roedor volviera a asentar su nido.

Pero el asunto no terminó ahí.

En el nido sellado quedaron ratas atrapadas, seguramente crías sin terminar de amamantar. Por eso era que la rata chillaba de una manera tan lamentosa y nada agresiva: sus crías, caramba, se quedarían solas. La trampa de pegamento había dejado a unos hijos alejados de su madre, sin leche, sin quién los cuidara. No puedo decir que fuera yo el criminal que aceptó la estrategia terrible del especialista, pero todos somos culpables de una medida tan inhumana, desde el inventor del pegamento hasta el comercializador y, obvio, el ejecutor implicado: yo. Entonces las raticas, sin poder encontrar la salida y teniendo hambre, en las siguientes dos semanas destrozaron los cauchos de protección de los cables que traían la electricidad al horno y produjeron un pequeño corto circuito que hizo operar la protección de interruptores, pero que impidió que mi esposa volviera a poner el horno a funcionar.

Tuve que llevar un técnico que se demoró ocho días en cumplir su cita, pues la fábrica de hornos daba garantía al electrodoméstico, solo si los técnicos contratados por ellos eran los que hacían la revisión. Este hombre sacó el horno de su cueva y descubrió, además de los cables pelados por los dientecillos de las ratas hambrientas, tres esqueletos de ratas pequeñas y uno de una rata grande. Así que no pude saber si la rata que cayó en la trampa del pegamento era hembra o macho, pero lo que es seguro es que hacía parte de una familia compuesta por hijos, madre y padre. Y entonces los recuerdos de sus chillidos en mis oídos se hicieron más delirantes.

Pasaron varios años para que a mi casa de Envigado volviera a entrar un roedor. Sucedió en otras vacaciones, cuando me fui con toda la familia a un paseo jubilatorio. Me demoré los noventa días de la visa, exactamente ochenta y nueve. Fue el tiempo preciso para que debajo de mis muebles de cuero se volviera a instalar una familia, esta vez de ratones, que son pequeños y ágiles, pero no tan tontos.

“Me parece que estoy oyendo chillidos y creo que son de ratones…”, me dijo mi esposa. Son sonidos agudos pero sutiles y en la noche en que no hay grillos, se pueden escuchar. Hay pocos grillos en el campo cuando hay luna llena. Mejor dicho, los grillos no salen a la hierba en campo abierto durante las noches de luna llena, porque son fácilmente cazados por los sapos y las ranas, las que logran camuflarse del mismo color del brillo de la luna. Es la mejor oportunidad para detectar ruidos de animales en la casa. En la mía, por ejemplo, yo tengo unas salamandras que hacen unos ruidos inolvidables y románticos, como si alguien tirara besos cuando se acerca la madrugada. Y cuando hay salamandras en una casa, desaparecen los zancudos.

Pues estos ratoncillos se me convirtieron en una verdadera obsesión. Hasta que los vi pasar. Hicieron hueco en la tela que se pone por debajo del mueble de cuero. Tuvieron noventa días para abrir el hueco; robar algunos hilos de algodón los cojines interiores del mueble; hacer nido, enfiestarse de tal modo hasta tener descendencia. Una tía que quedó encargada de remojar las matas una vez por semana no se dio cuenta del desastre que estaba comenzando a vivir nuestra casa.

Entonces volví donde el especialista. Quedé impresionado porque era el mismo, un poco más canoso. Me alegré de la estabilidad laboral que yo pensaba que se había acabado luego de veinte años de poder omnímodo de las clases empresariales en el gobierno. Lo primero que le dije, con rabia, es que ni se le ocurriera aconsejarme el pegamento que me había vendido hacía una década. Ni se acordaba de eso. “No, hombre, eso ya pasó de moda”, me dijo, “ahora tenemos el Rokil, para todo tipo de roedores, con la ventaja de que los animales no morirán en las cuevas, dejándole malos olores. El roedor tendrá que salir del nido”.

—¿Y eso cómo funciona? —le pregunté.

—Es un anticoagulante con eficacia del ciento por ciento. Necesitarán salir a buscar el aire. Por eso morirán fuera del nido.

—¿Me matará unas salamandras y unos sapos que tengo en el patio?

—No. No afecta las mascotas, a menos que ingieran directamente el veneno.

—Bueno, yo no tengo mascotas estrictamente hablando, excepto algunas salamandras y dos sapos que tengo en el patio, que me cayeron de alguna parte y no pudieron volver a salir. Pero el efecto es que no tengo zancudos. Es un antídoto muy eficaz.

—Lleve el Rokil, no se arrepentirá; roedor comido, roedor muerto… —mientras el hombre miraba con orgullo el frasco de polvo blanco.

—¿Y cómo se suministra?

—Simplemente se pone en un recipiente pequeño en el sitio donde el animal come. Puede ser hasta una tapa de gaseosa.

Entonces me dejé convencer. No era un maltrato lo que compré, es algo mucho más discreto que el pegamento. ¿Hasta dónde podrá llegar la inteligencia humana? “La rata tendrá que salir del nido”, como me repitió el hombre. ¿Cómo lo hacen? El asunto no parece ser de forma. ¿No nos están quitando las semillas de maíz para volverse ellos los únicos proveedores? ¿No vienen al trópico para encontrar nuevas especies y patentar sus descubrimientos como si nuestra selva fuera de ellos? Se inventarán el robot que mate a una rata. Son unos genios.

Puse el Rokil polvo en dos tapas de gaseosa, cerca de los plátanos que pongo debajo del lavadero, porque si de algo estoy seguro es que a estos animalejos les gusta todo lo que tenga caloría o azúcar. También puse una tapa cerca del nido, con un poco de agua, como decía en las instrucciones, junto a uno de los muebles, a modo de bebedero y debajo del lavadero para que acompañara el consumo del plátano. Me burlé de mi enemigo. Me iba a vengar de un todo y por todo de aquella rata que me subió por el estómago. Pero ocurrió lo contrario.

Los ratones son más peculiares que las ratas, no sobra anotar que son de diferente especie. No comen todos en el primer encuentro de una nueva variante de comida. Un miembro del nido, que generalmente es el macho, está destinado a probar la comida antes de que la pruebe toda la comunidad. Y ese probador amaneció muerto en medio de nuestra sala, bocarriba, con los ojos vidriosos y la boca completamente abierta y seca, los dientes suplicantes, tratando de aspirar la mínima cantidad de aire que pudiera encontrar en el ambiente. Debió tener una muerte lenta, sin aire. ¿Pero cómo lo lograban?

Yo necesitaba saber más detalles de lo qué había pasado con ese ratón, visitante de mi casa, comensal dueño del mismo derecho de existencia que tengo yo, mis hijos o ahora, mi nieto. No puede ser que otra vez yo cayera en la crueldad y el desapego a lo natural, a la corriente obvia del proceso de nacer, crecer, reproducirse y morir.

Entonces me puse unos guantes amarillos de caucho, de los que se pegan a la piel, los mismos que usan los médicos de consulta para mirarnos el color de la lengua; tomé un bisturí del taller de pintura de mi esposa, y le puse una cuchilla de afeitar, de las viejas, de las que usan en barbería; me armé de un alicate largo de aluminio y de una pinza para depilar, desechada; llamé a mi hija la científica, que me dio instrucciones.

“Primero que todo creo que es una de tus locuras querer saber lo que no vas a poder comprobar, si no tienes pruebas químicas de laboratorio sobre el efecto de los venenos. Pero como te conozco, sé que lo vas a hacer con laboratorio o sin él, conmigo o sin mí. Entonces, para que sigas teniendo en tus manos la estructura ósea del ratón, rompe de abajo hacia arriba y no al contrario. Eso te garantizará que el occiso no se te desintegre”.

Abrí entonces la panza del ratón, apenas rompiendo la tela suave y blanca que les cubre el cuerpo debajo de la piel. Era un héroe machito que había cumplido su función con valor. Honor a su entrega, ninguno más murió.

La sorpresa fue tremenda: como si hubiera explotado una pequeña bomba de plástico, los intestinos regurgitaron disparados por una presión acuífera incomprensible que por poco me llega hasta los ojos. Las tripas estaban inflamadas, aprisionadas unas contra otras, como en una lata de sardinas. Los riñones y el hígado habían sido diluidos por el anticoagulante, que debió ser el primer efecto del veneno. La verdad es que no los encontré a pesar de las instrucciones de mi hija para que los buscara de las tripas hacia arriba. “No puede ser, papá, si es un mamífero debe tener un hígado y dos riñones, los necesita para procesar las grasas de la leche materna. Sin esos dos órganos no habría sobrevivido ni la especie humana…”, decía mi hija por el celular. Pero esos órganos habían desaparecido. Se lo expliqué removiendo sus tripas, aunque ella no lo podía creer. “¿Qué pasó?”, gritaba, “¡qué cosa tan rara!”.

Llegué hasta el costillar y partí el cartílago que une los hemisferios izquierdo y derecho, repasando el filo de la cuchilla. El corazón era una hilacha. Liberada el aguasangre de su cuerpo, los pulmones parecían recuperar su estado de inhalación, pero encontré que el corazoncito había explotado seguramente por la presión de la masa de agua en que se había convertido su sangre, ante la falta de hígado y riñones, que se confundieron en la disolución de todo lo que fuera coágulo. La presión de los líquidos sanguinolentos de los órganos inferiores impidió el funcionamiento normal de las conducciones respiratorias, las inundó hasta ahogar al animal, que tuvo que salir de su cueva a buscar la zona más rica del oxígeno, abrir manos y patas pidiendo clemencia al cielo; poner contra el piso su columna vertebral, hasta morir con los dientes pelados y secos, cuando sus pulmones aplastados no pudieron pasar algo de aire.

Quedé devastado, sin ganas de volver a hablar, pese a los consejos de mi hija que desde el país en que vive trató de darme ánimos durante varios días. “La ciencia es así, pa, hace descubrimientos dolorosos y alegrías hirientes. Te dije que sería doloroso…”. Yo ya no la oía.

Lo peor de todo es que muchas preguntas me han surgido desde entonces y no sé cómo contestármelas. ¿Quién sigue? No sé si las odio, no sé si les tengo miedo o respeto o lástima, o si correré con la próxima que encuentre en mi camino.

Gallinazo domesticado

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA • Fotografía de Ricardo Cruz

Número 126 Diciembre de 2021

Estaba sentado en el patio de recibo de la carnicería, con las piernas cruzadas y las manos extendidas en paralelo a sus hombros, tan sosegado como cualquier adulto mayor en un parque solitario, a las tres de la tarde y después de haber ingerido sus dos raciones de Zeebo y las obligatorias cucharadas de Milanta.

Estaba sentado al lado de su amigo Aldemar Osorno, un viejo cuyo rostro parece siempre afectado por alguna alergia, y que suele recordar los hechos y lugares con una peculiar irracionalidad.

“El Zacatín era un bar maravilloso, pero todos los borrachos se caían en la quebrada. La quebrada olía a aguardiente todo el tiempo”, dice a veces, sobre todo cuando está contento y rodeado de buenos amigos. “Yo quiero mucho a Rogelio, le debo todo, le debo la vida, aunque yo soy más viejo que él”, eructa desde sus procaces borracheras.

Rogelio es el hombre que está sentado junto a él, en el patio de la carnicería Santa Mónica, “la de reyeyé”, “donde todo es reyeyé”.

Aldemar tiene unos 75 años y Rogelio, de apellido Pérez, cerca de sesenta. Se aviejó rápido, pero todavía se advierte en él cierta lozanía. Rogelio heredó la carnicería hace 28 años, de manos de Bernardo Restrepo, o Barrabás, su primer y único jefe.

“Nunca nadie tuvo mejor jefe que yo, y nunca nadie lo tendrá. Era un jefe tremendo, de esos que lo hacen sentir a uno orgulloso, de esos a los que no da pereza obedecer. Me enseñó todo, y hasta me ayudó a conseguir casa propia”, cuenta Rogelio con voz emocionada.

“Y por qué eso de reyeyé, don Rogelio”, le digo con la intención de atajarle las lágrimas, y él me responde: “Porque todo lo bueno de la vida es reyeyé. Es una frase de optimismo que lo abarca todo, y también se la debo a mi antiguo patrón”, y vuelve a emocionarse.

“Me metí por donde no era”, me recrimino internamente.

Rogelio y Aldemar no son los únicos viejos de la vieja carnicería Santa Mónica, que ya pasa de los 45 años. Allí también trabaja Guillermo Ramírez, Memo, otro ilustre habitante de la Comuna 12 de Medellín, nacido y criado en el barrio La América.

Sus dos compañeros son de La Floresta y, como él, conocieron los antiguos lugares de esa zona centro occidental de la ciudad, los rincones insignes de los bohemios. Por eso, cuando Aldemar habla de El Zacatín, sitio fundamental para la Fábrica de Licores de Antioquia, sus dos compinches se apresuran a corregirlo.

“No digás bobadas, Aldemar, cómo que los borrachos se caían en la Ana Díaz. Además, El Zacatín no era el bar, el bar se llamaba Bar 21, y era una delicia”, consagra Memo. “¡Qué música la que se escuchaba allí! ¡Qué música!”, añade Rogelio sonrojado por los recuerdos.

Fue Aldemar quien me contó de Mocho, el gallinazo. Pasé por una libra de chicharrón, ya que vivo cerca de Santa Mónica y me gusta caminar largo, hasta para hacer las compras, y entonces llegué hasta la carnicería. Mientras me cortaban la carne me puse a conversar con Jose, un muchacho de veinte años que vende huevos campesinos, “puestos por gallinas libres”, asegura él.

“¿Qué, un gallinazo amaestrado?, ¿cómo así?”.

“Que sííí, que acá tenemos gallinazo propio. Lo adoptó Rogelio, lo amaestró. Se llama Mocho porque le falta una uña”, me contó aquella vez con esos ojos que él tiene, grandes y saltones como dos canicas gordas a punto de salir disparadas por los aires.

Entonces volví, para corroborar la historia con Rogelio, y él, con un opíparo derroche de grandilocuencia, me lo contó todo.

Empezó por el principio, como debe ser, aunque ese principio poco me importaba y me obligaba a sentarme como él, bajo los últimos rayos de luz de la decadente tarde.

“Le voy a contar, amigo mío, lo que ya les he contado a otros amigos, muchos de ellos periodistas, como usted, otros simplemente curiosos o vecinos preocupados por la salubridad. El animalito llegó aquí, hace más o menos un año, tal vez menos. No sé qué edad tenga, o cuánto más vaya a vivir, pero creo que es joven. Cuando llegó por primera vez, se posó en el poste de luz y luego cruzó la calle hasta el techo de una casa vecina. Luego comenzó a mirar hacia la carnicería, como pidiendo algo de comer, y entonces no sé qué pasó por mi cabeza, pero me enternecí y le tiré pedazos de carne. El animalito se bajó del techo y comió los pedazos, con rapidez, con cautela, y luego volvió a subirse al techo, se quedó allí un rato y luego alzó vuelo. Pensé que no lo volvería a ver, pero desde entonces viene casi todos los días, diría yo que cuatro o cinco de los siete días que tiene la semana, y siempre hace lo mismo. Se para en el poste y, cuando uno lo llama, baja a comer”.

El relato de don Rogelio me pareció maravilloso, pero todavía tenía que ver todo aquello con mis propios ojos. Generalmente, los seres humanos, les tiramos piedras y palos a los chulos, nunca comida. Nos dan asco, nos generan miedo, somos supersticiosos ante ellos.

Rogelio, en cambio, lo trató con afecto, le dio un nombre, una identidad, y terminó amaestrándolo.

Durante tres días estuve yendo a la carnicería, esperando ver el extraordinario espectáculo del gallinazo domesticado, hasta que por fin fui testigo de su llegada. Era sábado, cuatro y media de la tarde, y el chulo, con sus plumas negras y cabeza grisácea, o de un blanco opaco, como un estropajo ajado, maltratado por el uso, se posó sobre el poste de luz y, como el cóndor del escudo de Colombia, abrió sus alas a guisa de personaje importante, y se estuvo allí por varios segundos, acicalándose y calentándose, hasta que Rogelio salió a la calle y lo llamó.

“Mochito, Mochito, venga pues mi rey. Venga pues negrito que acá le tengo su ración. Venga pues mi Mocho”.

Y el animal comenzó a menear su cuello de un lado a otro, como un ciego tratándose de orientar con un ruido lejano, con un aroma. Otros, que sabían su nombre y su historia, también lo llamaron, pero él no atendió. Solo comenzó a oscilar su pico de izquierda a derecha cuando escuchó el tono grave pero diáfano de su amigo, de Rogelio, y entonces bajó.

El dueño de la carnicería avanzó hasta el otro lado de la calle y tiró cuatro pedazos de carne sobre la acera, y tras él, como un perro que sabe quién es su dueño, caminó el gallinazo, Mocho, con la cabeza ligeramente inclinada hacia el pavimento, como si estuviera avergonzado o temeroso, pues por primera vez eran muchos los ojos que lo observaban, y quería saciarse lo más pronto posible antes de que algún insensato lo golpeara con una piedra.

Mocho comió con hambre y luego voló hasta un techo vecino. Luego se fue, volando muy alto, y se perdió entre las nubes que ya empezaban a endurecerse como plomo.

“Un día, una muchacha que a veces nos ayuda con los asuntos administrativos de la carnicería comenzó a darle comida y llamarlo por su nombre, y el gallinazo empezó a reconocerla. Apenas lo alimentó tres días, y él le tomó cariño. Pues fíjese lo raro del asunto, señor periodista. El gallinazo comenzó a acompañarla hasta la casa. La primera vez, salió detrás de ella, caminando, no volando, porque no le había dado comida. A la muchacha se le olvidó y Mocho la siguió, siempre a discreta distancia, hasta la casa. Ella tuvo que devolverse a darle comida. Desde ese día, el animalito, si la ve, la acompaña. Ya no es solo una cosa mía, ya es cosa de todos los de la carnicería. Él nos reconoce, por las voces, y también por el lugar y los uniformes. Si usted lo llama, o cualquier otro fulano, él no baja”, narra Rogelio con un gesto de satisfacción.

Rogelio vive en La Floresta y los domingos los dedica al reposo. Le gusta ir a los bares antiguos, donde le ponen boleros, tangos y música romántica. Toma poco, como buen carnicero, para no perder el fino equilibrio de sus manos. También le gusta tener perros y gatos en su casa, como cualquier ser humano al que le gusta el ruido hogareño para sentir que está vivo.

Ahora también tiene un gallinazo, y eso le parece muy reyeyé, aunque poco sabe de esa desprestigiada especie, “oveja negra” de la familia de los buitres y que, según los expertos, puede vivir hasta quince años en condición silvestre, y veinte con la protección humana.

“Yo lo único que sé es que son animales muy buenos, porque limpian y nos protegen de las epidemias y las enfermedades. Se comen todo lo que se ve feo, todo lo que huele mal. Prestan un servicio a la sociedad. Para mí, no se merecen piedras, se merecen aplausos”, asegura el viejo, canoso como los sabios de los cuentos.

Animales luctuosos, les dicen; que a donde llegan es porque huele a muerto, comentan. Pero los gallinazos, a decir verdad, son más sinónimos de vida que de muerte. Andan por ahí comiendo la basura y desgarrando cadáveres putrefactos, para que la vida resurja en la maleza, para espantar el hedor de los bordes de las quebradas, las riberas de los ríos o las escombreras.

Los gallinazos, esos buitres de hasta 67 centímetros de alto y 1900 gramos de peso; de rostro rugoso, plumas de petróleo y huesos pétreos, sirven hasta para curar el cáncer, pero van por ahí, como almas penitentes, corriéndoles a las piedras y a las miradas de una humanidad que escoge su comida con aristocracia, como si ambas cosas abundaran sobre esta tierra.

Cuando me fui, el tercer día de mis visitas, Rogelio ya no estaba sentado en la entrada de su negocio. Después de darle de comer a Mocho corrió a lavarse las manos y luego se puso a cortar carne para sus clientes de todos los días.

Jose, el joven de los huevos, ya se había ido, mientras que Aldemar deambulaba por la calle sin escoger destino, como esperando una tertulia que le permitiera contar las nuevas cuitas del gallinazo, o las viejas de sus tiempos juveniles, cuando existían zacatines, quebradas con olor a aguardiente y cientos de gallinazos volando en círculos alrededor de una ciudad donde siempre han abundado los corazones dadivosos y el alpiste para los chulos.

Eduardo Escobar

El peluche asesino

Por ANDRÉS BURGOS
Ilustración de Elizabeth Builes

Dos meses y diecisiete días después de que Valeria lo dejara, Carlitos decidió adoptar una perra. Sufrir un abandono sin mayores avisos ni posibilidades de reparación, con años de relación armoniosa y una vida juntos borrados de un plumazo, no le había dejado mucho que perder. Cuando el anuncio del refugio de animales se le coló en Instagram entre las caras felices del resto del mundo, no indagó más: sería la que aparecía en pantalla.

Olivia era más pequeña de lo que aparentaba en la fotografía. Y menos joven. Pese a su cara de cachorra, le calculaban unos cuatro años. El lomo no sobrepasaba la parte baja de las rodillas de Carlitos y habría resultado imposible asignarle cualquier asomo de una raza reconocible. Daba la impresión de que en ella convergían en caos todas las vertientes sin que esto le restara un ápice de su belleza objetiva. Habría alcanzado sin esfuerzo el codiciado puesto de modelo en alguna de sus fotografías comerciales.

Le dijeron que esa bola de pelos rubios medianamente ondulados ostentaba un carácter tranquilo pero firme. Así lo confirmó la carencia de drama con la que se dejó llevar fuera del refugio. Al llegar al apartamento, entró con confianza de propietaria. Para ella el mobiliario fue paisaje vano. Paseó su hocico como trámite por los muebles a los que Valeria había dedicado su mejor cuidado y rápidamente se olvidó de ellos. Era evidente que no los iba dañar. Una lástima. Que su ex no se hubiera preocupado por llevárselos duplicaba la ofensa. La noche antes de la adopción, él alcanzó a fantasear con una esquina deshilachada de la mesa de centro, tan pretenciosa en su madera lisa y exótica. La perra se limitó a elegir un rincón del sofá y a echarse allí con la imperturbabilidad de quien ha pasado por todo en esta vida.

Carlitos se consoló con la idea de que a Valeria le habría dado un infarto al ver cómo estampaba un croquis de pelos en el gris sofisticado de los cojines. Era cuestión de paciencia. La iba a dejar hacer lo que le diera la gana. Si quería vivir trepada en los muebles, comerse los helechos, acabar con sus zapatos y orinarse en cada rincón, que lo hiciera. Sería un avance cualquier cosa que le arrancara una sonrisa, un suspiro enternecido, la necesidad inmediata de tomarle una foto y hasta un gesto ofuscado. Un terreno ganado a la vacuidad que había ido llenando su vida. Confiaba en Olivia para disminuir ese pellizco en el plexo solar, las ganas perennes de llorar.

Pero ella no se comprometió con la causa. Lo decepcionó con su comportamiento de inquilino ejemplar. Esperó siempre a la hora de la salida para hacer sus necesidades, no perturbó la paz burguesa con sus ladridos y ni siquiera impregnó el aire con almizcle o mudó demasiado pelo. Sin acudir a la grosería, recibía sus mimos con la cola inmóvil y la mirada al vacío de una amante resignada pero desdeñosa. Después, se marchaba al rincón más distante. Lo ustedeaba con el cuerpo.

Aunque acudió a cuanta artimaña se le ocurrió para tentarla, Olivia se negó a compartir su cama. Tampoco expresó entusiasmos evidentes hacia la comida y los pasabocas, pese a que el empaque y el precio hablaban de experiencias sublimes. Cuando se propuso romper su flema con retazos de jamón serrano, ella los recibió con la misma impavidez que se zampó un pedazo de arepa seco abandonado en un rincón.

Carlitos no aflojó en su empeño y procedió a la compra de pelotas. Así, en plural, porque aunque alguna vez había fotografiado cientos para un catálogo, no estaba seguro de cuál sería la adecuada. Le llevó un par de las pequeñas, una blanda y una dura, además de una mediana que rebotaba y otra que prefería permanecer a ras de suelo; agregó al paquete una grande que implicaba un reto y, porque sí, un pollo de caucho que emitía un gemido angustioso cuando se le presionaba. La perra, al primer quejido irritante, liberó al ave y no volvió a prestarle atención. Igual suerte corrieron las pelotas. Esto no lo sorprendió ni lo desanimó. Le habían dicho que los perros callejeros, y al parecer ella lo había sido un par años antes llegar al refugio, no eran muy proclives al juego. Lo suyo se limitaba a la supervivencia.

Para tantear una nueva aproximación, programó una visita a un parque famoso por su zona de juegos. El cartel identificaba como “Área canina” a un terreno amplio, enmarcado por una barda lo suficientemente alta y cerrada para que decenas de animales corrieran libres de las correas. Olivia mantuvo una distancia protocolaria con los perros que vinieron a saludarla y con un par de muchachas, quienes enternecidas con sus orejas motosas soltaron un chillido conjunto. Cuando se hartó, que fue pronto, buscó el claro más alejado de las carreras, los amagos de bronca y los amos que intercambiaban consejos. Carlitos la siguió y se paró junto a ella a observar a los demás. Ya no se dejaba engañar por la dulzura de sus ojos. Sabía que más allá de ese brillo hipnótico de animación japonesa había un análisis minucioso del entorno. Algo no la terminaba de convencer y sopesaba cómo encajar. La persecución terminó de aclararles a ambos su rol.

Un macho de pastor que la doblaba en tamaño tuvo la audacia de acercarse con alegría amistosa y el rabo hecho un metrónomo. En el momento en que una pata del intruso sobrepasó el perímetro de soberanía, que abarcaba unos seis metros, la perra corrió disparada hacia él. No ladró, no gruñó, simplemente enfiló con la cabeza en ristre como si pretendiera embestirlo. El pánico en la reacción del pastor, su giro angustiado y la carrera para huir despavorido demostraron que las intenciones eran serias y extremas. Nada de advertencias diplomáticas. Hasta que ella desistió de alcanzarlo, la vida del otro animal estuvo en riesgo.

Nadie más lo notó. Carlitos, en cambio, revivió el aflojamiento de piernas de aquella vez que en una calle del centro cruzaron corriendo frente a él un par de masas en harapos. Un drogadicto corría tras otro, puñal en alto, a lo que le daban las piernas. La actitud decidida del perseguidor era la misma de Olivia en ese instante; una convicción que se desvaneció, para una nueva sorpresa, en el camino de regreso. Ella se sentó de nuevo a su vera y recuperó el aura angelical que había enamorado a las muchachas. A él le tomó unos segundos adicionales salir del desconcierto. La perra siguió oteando tranquilamente a la distancia. Un peluche asesino. El sentido del ridículo le trepó a Carlitos por el esófago y desembocó en risa. Casi carcajada. Una sensación olvidada que a esas alturas, sin embargo, no duró. La melancolía tiznó su desahogo. Ese habría sido el típico chiste para compartir con Valeria, un guiño íntimo muerto antes de nacer.

El retroceso en el duelo lo hundió en una flagelación introspectiva. Se lamentó de que la vida fuera siempre tan enrevesada para él. ¿Por qué incluso esto tenía que salirle cuesta arriba? Se hubiera conformado con una perrita normal. No tenía que comportarse a la altura de Tomate, la estrella del área de juegos. No esperaba que desbordara carisma como ese salchicha minusválido al que se le aprendió el nombre de inmediato y ya jamás iba a olvidar. Iba de un lado a otro saludando como un político en campaña. La gente sonreía conmovida cuando lo veía correr, desbordante de alegría, las patas delanteras halando la retaguardia yerta y las extremidades posteriores como apéndice, inútiles para algo diferente a ser la base de su silla de ruedas. Un ejemplo admirable de superación y ganas de vivir. Cada uno de sus ademanes pedía una fotografía perfecta, un mensaje de inspiración. Conmovedor, sencillamente conmovedor. No aspiraba a que su perra fuera la protagonista de una fábula así. Habría bastado que se bajara un escalón de su pedestal para hacerlo menos infeliz.

Su ruego fue escuchado y el deseo concedido. Al regresar de sus cavilaciones, le enfrió el pecho la ausencia de Olivia a su costado. Se tranquilizó cuando la localizó en una esquina, entretenida con un objeto que le ocupaba la totalidad de la boca. Una pelota, descubrió al acercarse unos pasos. Se detuvo, no fuera ser que la espantara o activara algún mecanismo que trajera de vuelta la compostura orgullosa. Repantigada en un gesto infantil, dejaba caer la esfera y la hacía pivotear entre los cojines de sus patas antes de volverla a atrapar. Carlitos quiso dilucidar qué podría haberle visto que no tuvieran los juguetes que él le había propuesto. El tamaño y la textura parecían ser los mismos de una de las bolas que había rechazado. El arrobamiento hablaba de una magia que escapaba a su comprensión inmediata. Tal vez el olor o la superficie desgastada le traían noticias de colmillos que la horadaron en el pasado y eso le gustaba. ¿De dónde la había sacado? ¿Tendría dueño?

El tremor de las rueditas sobre el cascajo no fue suficiente para alertarlos del embate repentino. Aprovechando un flanco ciego, Tomate llegó desde atrás y se apoderó de la pelota con precisión de carterista. Quiso emprender la huida como continuación del mismo impulso, pero la reacción de la perra bordeó una velocidad sobrenatural. Un par de zancadas la pusieron junto al ladrón. Tumbó su propio costillar, después de aferrarse con los colmillos a la piel del cuello, para hacerlo perder el equilibrio, describir una parábola y convertirlo en una nube de polvo. Carlitos captó la interceptación en cámara lenta. La llave silenciosa fue tan perfecta, tan plástica, que la admiración opacó al pánico. Este solo llegó cuando un par de gritos escandalizados brotaron entre el público permanente de Tomate, que ululó como si lo hubiera atropellado un camión. Las rueditas se desprendieron del cuerpo y quedaron mirando al cielo, aún en movimiento, como las carretas atacadas por los indios en las películas de vaqueros. Carlitos impidió con un alarido que Olivia le saltara al cuello a Tomate, ahora desgonzado: un globo sin aire. Ella recuperó el talante, recogió la pelota y se retiró a su esquina.

En el silencio consiguiente, una vez que se comprobó que Tomate no había sufrido ningún daño, le llovieron miradas acusatorias. El grupo de admiradores del salchicha armó un corrillo mientras lo volvían a enganchar a la prótesis y lo arropaban de mimos. Las disculpas que Carlitos quiso tartamudear no fueron necesarias porque la dueña de la víctima se adelantó a excusarlo. Era joven y guapa, guapísima, una morena alta de atuendos casuales que habrían encajado por igual en una cena informal o una clase de yoga. Tenía todo el potencial para ser la imagen de algún suplemento dietético. Con tono comprensivo y una sonrisa encantadora, ella le dijo que así eran las cosas entre los perros y le restó importancia al incidente. Su nobleza despertó la admiración de los testigos mientras se ampliaba la brecha que sepultaba a Carlitos en la ignominia. Entretanto, Olivia mordisqueaba la pelota desentendida del mundo.

La mamá de Tomate, como se había identificado, extendió el diálogo. El coqueteo sutil, la posibilidad de que su historia diera un vuelco mayor que el del salchicha, pasmó a Carlitos con el ladino encandilamiento de la esperanza. Ella habló de una confusión. Tomate tenía una pelota igual, su favorita, y la había perdido hacía poco allí mismo. Por más que la buscó, no pudo encontrarla. El perro la extrañaba como a su mejor amiga y ninguna otra había conseguido reemplazarla. Ni siquiera lograba animarlo una igual que había comprado en una página canadiense de internet. Carlitos no pudo resguardarse mucho tiempo en un presunto silencio solidario porque tanto ella, como quienes seguían atentamente la conversación, se quedaron esperando a que dijera algo. Olivia dejó su juego y se enfocó también en él. Cualquiera habría dicho que sabía lo que estaba en pugna. Él pasó de los labios carnosos y prometedores de la mujer a la mirada de reproche anticipado de la perra. Y se habría quedado a vivir en ese péndulo si no hubiera acudido la providencia en su auxilio. Él mismo se asombró al responder que entendía perfectamente la situación. Olivia también se había enamorado de esa pelota… desde que era una cachorra. La mudez le correspondió ahora a la mamá de Tomate. El intercambio murió en un limbo incrédulo que Carlitos aprovechó para despedirse. No podría soportar un mayor escrutinio. Atravesó un corredor de sospechas y se marchó con la cabeza gacha para nunca más volver. Olivia lo siguió meneando la brocha de su cola y el tesoro apretado en la pinza del hocico. Esa noche durmió en la cama con él.

Golpe de espuelas

Por JULIO CÉSAR DUQUE CARDONA
Ilustración de Hugo Díaz Montoya

A Jairo Aníbal Niño, por siempre.

En el año 1967 estuve bajo la dirección de Jairo Aníbal Niño, poeta, pintor, dramaturgo, en el grupo de teatro de la Universidad Nacional donde estudiaba. Antes, este grupo había estado funcionando con la dirección de Óscar Collazos, pero fue Jairo Aníbal quien le dio firmeza y consistencia con su actitud rebelde. Ese mismo año montamos dos obras que compitieron en el festival nacional estudiantil. La primera de esas obras era de Fernando Arrabal, autor español. La obra se llama Guernica, escrita en nombre de un pueblo vasco bombardeado en la guerra civil española, objeto de la famosa pintura de Picasso. Según las reglas del festival, organizado por la Asociación Colombiana de Universidades, se podía presentar una obra teatral de cualquier país, siempre que estuviera acompañada de una creación nacional. Jairo tenía entre sus obras una llamada Golpe de espuelas. Ninguna de las obras de Jairo Aníbal era inocente, todas tenían un sentido social y sobre todo político.

Golpe de espuelas es una farsa sobre el poder en la que las fuerzas vivas de la nación están representadas por comerciantes, militares, el cardenal, un negociante y un industrial. El presidente es acorralado por su propia “junta directiva” y en un momento de desespero acepta jugarse el poder con los militares en una riña de gallos, que las fuerzas vivas garantizaron que sería tan limpia como el aire del campo. Estábamos en plena época de dictaduras en América: Pérez Jiménez en Venezuela; Trujillo en República Dominicana recién había sido asesinado; incluso habíamos tenido a Rojas Pinilla en Colombia.

El jurado del festival nacional era maravilloso: Enrique Buenaventura, Óscar Collazos y un señor español muy querido, Alberto Castilla. Los tres se pusieron de acuerdo para declarar ganador del festival al grupo de la Universidad Nacional, seccional de Medellín, compartiendo el premio con el grupo de la Universidad Santiago de Cali. El premio era un patrocinio para ir al festival mundial de teatro estudiantil en Nancy. Recordemos que estamos en 1967. En el año 68 el festival fue suspendido con motivo de las inolvidables jornadas de mayo en París. Entonces se nos aplazó el viaje para el 69. Nos convino, porque pudimos montar bien las obras. Con una de ellas fuimos a inaugurar el festival de teatro de Manizales, mientras seguía en remojo, por supuesto, la promesa del viaje.

Cuando el viaje se hizo realidad Jairo Aníbal nos dijo:

—Compañeritos, hay que resolver la presencia de los gallos para la presentación de Golpe de espuelas en Europa. Creo que hay que llevar verdaderos gallos de pelea para que la obra tenga un cierre espectacular. Pero allá no deben conseguirse fácil.

Dicho y hecho, Jairo consiguió unos gallos de pelea jubilados, en una gallera muy famosa que existe todavía en Medellín, llamada Cantaclaro. Nos enviarían tres gallos en maletas de madera especiales, equipaditas para el viaje. Tres, por si uno de ellos se enfermaba o moría en el camino… Era un viaje larguísimo: Medellín-Miami, Miami-Nassau, Nassau-Luxemburgo y dos horas en tren de Luxemburgo a Nancy.

¿Y cómo transportamos esos gallos desde Colombia? Debíamos pasar por los Estados Unidos. En ese tiempo el consulado gringo en Medellín era en Junín con La Playa, en un octavo piso. En esa calle era donde los estudiantes hacíamos las manifestaciones contra el imperialismo yanqui; quemábamos la bandera de barras y estrellas, tirábamos piedras y, yo no sé por qué, pedíamos ser “otro Vietnam”. Ahora había que pedir permisos para transportar animales por el mismo territorio del imperio que odiábamos. Jairo Aníbal me pidió el favor. Yo era como el segundo a bordo. Él siempre hablaba así:

—Compañerito, compañerito, vaya usted al consulado, que yo… usted entiende, que eso no salga a nombre mío, porque Jairo Aníbal… Además podría tener problemas por ser profesor de la Nacho, eso es… problemas… usted me entiende…

Le sacó el cuerpo. Y yo no fui capaz de negarme, pues las ganas de pasear eran muchas. Fui al consulado, visajosito más bien, con gafas negras, afeitado, medio azarado. Yo, un tipo de izquierda y tal, universitario y actor de un grupo de teatro rebelde, alumno de Jairo Aníbal Niño, antiimperialista como nadie, El verano seco, la joda, a pedir un “permiso para transportar mascotas”. Así decía el formato. Pues lo pedí, y soy tan de malas que me lo dieron… A nombre mío. Tenía que viajar con esos hijueputas gallos. Y tenía que enfrentar personalmente la legalidad de esos gallos en Estados Unidos, las Bahamas y Luxemburgo, y luego ser su chaperón durante la estadía en Francia.

En el consulado, un funcionario altísimo, negro y barrigón, resguardado detrás de una ventanilla oscurecida de varios centímetros de espesor, me dijo: “Listo, firme aquí”. Yo leí muy claro y no vi por ahí la palabra “gallos”. Es que los norteamericanos no vieron los gallos, ni mucho menos que eran de pelea; nosotros pedimos el permiso para gallos pero ellos pensaron en mascotas: perros o gatos. El gordo ese buscó la correspondencia de “gallos” en una lista de traducción y puso B, I, R, D, S, birds, sin especificar si eran de corral o árbol, de jaula o de gallera. En fin, los birds quedaron consignados en el documento con una traducción directa, gallo igual a bird. Yo cargaba ese documento con la misma importancia del pasaporte. El permiso decía: Grupo de teatro de la Universidad Nacional representado por Eduardo Cárdenas: “El portador del siguiente documento es el responsable de, rayita, tres ‘BIRDS’ que van a ser necesarios para la representación de unas obras de teatro que van a participar en el festival de teatro mundial de Nancy. Harán escala, según el itinerario de viaje, de dos días en Miami, en el Hotel Americano. Se otorga el permiso”.

Bueno, iba por los gallos que el día anterior habían llevado a la casa del director y al llegar me dice el mismo Jairo Aníbal:

—Compañerito, compañerito, qué pena no haberle dicho antes, tenga en cuenta que vamos en un viaje de tres días de hoteles y más de catorce horas entre Medellín y Nancy. Entonces recuerde llevar en la maleta unos dos o tres kilos de maíz pira, que es lo que me dijeron en la gallera que comen esos gallos. Me dijeron también que les iría muy bien para el peso y estado físico, un complemento de lombrices vivas.

—Ay maestro, cómo así. ¿Lombrices vivas? ¿No será mejor si se alimentan solo de maíz?

—Compañerito: imagínese que usted sale tres días al extranjero. Lo van a poner a trabajar afuera y solo le llevan arroz. ¿No sería como maluca esa dieta?

—Sí, maestro, pero, ¿y dónde consigo yo lombrices a esta hora?

—Ah, eso es muy fácil, compañerito, no nos compliquemos. En la calle Pichincha con Carabobo se paran de madrugada los campesinos que les venden lombrices a los pescadores. Va y compra un paquete o dos, los lleva en bolsa de plástico bien sellado para que no se le vayan a salir esas lombrices de la maleta, y así les da comida balanceada para que estén agradecidos y felices. Gracias compañerito.

Y por segunda vez no fui capaz de decirle NO a nuestro director. Los tales pescadores también vendían cucarachas, ciempiés, mojojoyes y otros insectos. Tuve la tentación de darles ese premio gordo a los gallos. Pero yo no compré sino lombrices con un pedazo de tierra húmeda.

En eso me complementa Jairo:

—Compañerito, compañerito, antes de que se me olvide, tenga en cuenta que los gallos tienen protectores en las espuelas. Hay que verificar, cuando los saque de la caja, que tengan puesto el protector, porque si no, los gallos se pueden matar entre ellos. Con el protector solo se dan picotazos y patadas, en cambio con la espuela viva se hieren.

Otra vez, listo, maestro. Cada vez se iba complicando más la cosa.

Empaqué en la maleta los dos kilos de maíz y las tres bolsas de lombrices que compré para darle de a una a los gallitos y que no fueran a pelearse por comida. Al fin y al cabo, como cualquier trabajador, necesitaban proteína para su dieta. Recogí los gallos, y le resté a mi equipaje para que no me pusieran problemas de peso en el aeropuerto.

Fuimos citados al Olaya Herrera. Llevaron las maletas a las bodegas de los aviones. Cosa particular, viajamos en la aerolínea Aerocóndor, un nombre divertido. Digamos que los gallos iban en familia. El primer tramo fue Medellín-Bogotá. Mi mareo fue premonitorio de la tensión por responsabilizarme de los benditos gallos y las alimenticias de las lombrices. Ese avión empezó a chapalear en el camino. Fue una cosa terrible, yo pensaba en los gallos que estaban amarrados, pero nunca me imaginé que esos pobres animales iban a tener semejante tratamiento. Seguimos Bogotá-Barranquilla y llegamos a las dos de la tarde. Entonces cambiamos de avión, “tienen la fortuna de inaugurar los nuevos aviones tipo Electra para viajar de Colombia a Miami, son combinados turbo hélice”. Jairo Aníbal comentó que si en el experimento los aviones se caían, por lo menos los únicos que podrían volar serían los gallos. Todos muertos de la risa, éramos veintiuno. Estamos hablando de las tres de la tarde, o sea, esos pobres gallos no habían comido nada de la dieta recomendada ni habían salido de sus cajas.

Cuando llegamos a Miami ya había oscurecido. Era marzo y no había empezado la primavera. En Miami llegamos al sitio de equipaje y venían las tres cajitas ahí por la banda, zarandeándose, cuando uno de los guardias del aeropuerto preguntó: “¿Y esto qué es?”, pues se extrañó de la forma de las cajas. El tipo las sacó de la banda y yo dije: “Birds”, mostré el certificado. El tipo abrió la caja y, sin mirar el papel, se tomó la cabeza. “Esto hay que eliminarlo ya”, me tradujo uno de los compañeros. Había que desaparecer a los birds. ¡Ningún animal salvaje ni muerto ni vivo, ningún vegetal puede ingresar a los Estados Unidos sin permiso de las autoridades sanitarias! Era una medida absoluta. O sea, era una imprevisión de la embajada, de Jairo, de nosotros y la aerolínea. ¿Por qué Aerocóndor permitía transportar los hijueputas gallos? Tuve que contarle que yo no solo llevaba los gallos, sino tres paquetes de lombrices vivas y maíz pira para su alimentación, el hombre se cogió la cabeza. “¿Cómo así? ¿Dónde están las lombrices?”. Cuando vio mi maleta, el hombre comenzó a gritar, llamó por radio, vino más policía y llegaron dos bomberos con un horno en la mano. Teníamos en el viaje un compañero que hace rato no lo veo, un judío de Armenia llamado Morris Móberman, mono como un gringo y nació hablando inglés.

—Morris, qué está gritando ese señor.

—Pues está diciendo que ustedes están locos, que cómo van a traer maíz y lombrices, que toca que sacrificar esos gallos inmediatamente en los hornos. ¿Por qué no me contaste?

—¡Yo qué iba a saber! Hombre, ¿será quemar el maíz? ¿O las lombrices? ¿Pero los gallos? Pregúntales.

—Los gallos, hay que quemar esos gallos con sus lombrices y el maíz. Estados Unidos es el mayor productor mundial de maíz y no se pueden traer enfermedades a sus cultivos…

—Ahhhh.

Entonces le dije a Morris:

—Diles que piensen cómo hacemos para salvar del sacrificio a los gallos. Los necesitamos. Las lombrices vaya y venga… ¿Pero los gallos?

Y él conversó con ellos un rato, con los bomberos y a la media hora más o menos me tradujo:

—Oye, Eduardo, dale gracias a Dios que ahí estaba un cubano de los que ustedes llaman gusanos, escapados de Cuba, que está alegando con ellos. Dice que la solución para los animales y para ti, como encargado de los animales, es que desocupen el territorio norteamericano de inmediato. Las lombrices y el maíz van a ser quemados aquí, el cubano dice que la policía, por ley, no puede quemar los gallos directamente, la solución es que abandones los Estados Unidos ya.

—¿Cómo así, me tengo que ir de inmediato? ¿Devolverme?

—Sí, te tienes que ir ya, para donde sea.

La única forma era que yo tomara un avión Miami-Luxemburgo. Todos opinaban, los bomberos no se iban, la policía al lado para que yo no me volara con los gallos. La gente esperando a ver qué pasaba; unas cámaras aparecieron yo no sé de dónde, hasta que el guardia cubano que estaba con ellos vio nuestros tiquetes y dijo con pleno acento:

—Yo no voy a dejal matal loj gallo, que son palte de nuestra nacionalidá, vayan a la conexión y plegunten por un vuelo que salga Miami-Nassau y allá ejpelan sus compañelos, pero yo loj gallo no loj dejo matal… ¿Loj pelsigue el légimen de Castlo y ahora también los vamos a matal nosotlos? No, la clueldá pue…

Entonces ahí se me acerca Jairo Aníbal y me dice:

—Para que vea, compañerito, cómo es la vida, fue un gusano el que salvó la vida de los gallos. ¿Ah? ¿Quién iba a creerlo? Haga lo que él dice. Mejor para todos. ¡Además, para que no le quede consignado en su expediente como traficante de animales!

Qué iba a hacer yo, carajo. Jairo Aníbal me hizo una mueca de que no podía hacer nada ante el poderoso imperio yanqui. No quería abrir la boca. Entonces fuimos a una taquilla a comprar el tiquete:

—Pero yo no me voy solo, maestro, tengo que ir con alguien que sepa explicarse en inglés, mire lo que nos pasó.

Morris y yo fuimos a buscar el vuelo para Nassau. El primero salía a las diez de la noche. Los gallos llevaban doce horas sin comer, además del frío que habían aguantado en las bodegas. Volamos con los gallos. No teníamos mucha información de que Nassau era un protectorado inglés donde la mayoría de habitantes eran negros, que estaba lleno de casinos y hoteles, y que había reemplazado a La Habana como paseadero de los gringos después de la revolución.

Entre vueltas y revueltas nos dieron las doce de la noche en el aeropuerto de Nassau y los gallos seguían encajados. Cuando fuimos a recoger los equipajes vimos las cajitas temblando y los vigilantes negros en traje de paño, chaqueta azul oscura y pantalón blanco, parecían de una banda de guerra de los colegios de Medellín. Queridos, sonrientes, con un inglés como medio patuá. A uno le causó curiosidad la forma de las cajitas, se arrimó y preguntó: “¿Qué es esto?”, “Birds”, le dijimos. “¿Birds?”.

Yo no le había mostrado el certificado cuando el tipo levantó la tapa, abrió la boca y dijo: “No birds, fightings cocks!”, gritó. Algarabía en la fila, risas, todos los negros, vigilantes, barrenderos, azafatas, turistas se vinieron a verlos. Los querían tocar, destaparon las otras dos cajas y vieron que eran tres gallos hermosos. Entonces el primero que había preguntado me ofreció comprarlos. La contradicción, mientras el imperio gringo los iba a quemar, el imperio británico quería comprarlos. Yo todavía recuerdo el asombro, les tuve que explicar a través de Morris que no podíamos venderlos, iban para el quinto festival mundial de teatro de Nancy, eran protagonistas del final de una obra. Con esa historia, el policía nos dejó pasar. Tomamos un taxi para ir del aeropuerto a la zona de los hoteles.

Nos bajamos en el primer hotel que vimos. Resulta que empezamos a llenar las tarjetas de registro y claro, en la barra donde estábamos, el dependiente del hotel se empinó, miró por encima de la barrera y nos preguntó por lo que llevábamos en las cajas. Nosotros: “Birds”. Hubo una pausa silenciosa de aceptación, el tipo siguió escribiendo tranquilo y de pronto, los gallos, sintiendo el calorcito de la isla, comenzaron a cantar y a aletear; ¡kikirikí!, ¡kikirikí! Al tipo se le desorbitaron los ojos y volvió otra vez sobre la barra: “No birds. ¡Fightings cocks!, ¡out!, ¡out!”. Está prohibido en esta isla por la ley de Inglaterra tener mascotas agresivas en el hotel, out. Nos sacaron del hotel. Ni en este ni en ningún hotel de la isla se los recibirán, nos dijo en ese patuá.

Quedamos con dos opciones: dejar los gallos en la calle, o irnos con ellos a dormir a la playa. Morris era un judío maravilloso. Se rio y me dijo:

—Vamos para la playa, hombre Eduardo.

Con las maletas hicimos cambuche y almohadas y las cajitas a los lados, y nos preguntamos: ¿entonces duerme uno y el otro vigila? Pero Morris era el traductor, muy importante para mí, entonces yo le dije, no hermano duerma usted que yo vigilo. Y se echó a roncar. Yo me quedé viendo el faro, las estrellas, las luces de los hoteles, ahí, pensando en cómo uno se enreda la vida de fácil, por no saber decir no. Cuando me di cuenta de que habían pasado varias horas y casi de madrugada, llamé a Morris:

—Yo voy a dormir siquiera dos horas para salir a buscar alimento para estos gallos ahora que abran las tiendas.

Él se sentó a vigilar. Yo me eché sobre las maletas, pero mi sueño fue perturbado por una fiesta de turistas jóvenes que terminó entre jadeos y contorsiones.

Cuando los gallos vieron la luz decidieron aletear y cantar, seguramente capturaron algunos insectos. Esperamos un poquito para hacer una cosa que no habíamos podido hacer en los aeropuertos, alimentar en forma y darles agua a esos pobres gallos que ya iban a completar veinticuatro horas con nosotros. En un vaso desechable conseguimos agua dulce y pensando en ir a comprar maíz pira atisbamos a un taxista con buena pinta para que nos llevara a un almacén, y luego hacerle una propuesta indecente: recibirnos los gallos mientras esperábamos la compañía, que llegaba en dos días más para salir a Luxemburgo.

El primer taxista que paró nos preguntó:

—¿Y esas cajas?

Y le contamos que no nos los recibían en un hotel. Le explicamos y no lo podía creer.

—¡Qué maravilla!, ¿gallos de pelea? Están prohibidas las peleas de gallos en esta isla anglicana, pero la gente las sigue y la autoridad las deja pasar porque ahora viven aquí muchos cubanos emigrados. Esos gallos aquí valen un dineral, son un espectáculo prohibido. Se pueden criar pero no se pueden poner a pelear. Llevémoslos para mi casa, yo tengo un patio, les damos comida y tal vez puedan encontrar insectos.

Bueno, el taxista mismo entró al supermercado, compró el maíz, y nos dijo:

—Nos vamos para mi casa, para que los gallitos descansen.

La felicidad de todos esos negritos con gallos multicolores en la casa, el taxista tenía como cinco hijos, la señora en embarazo feliz con el espectáculo. Todo el mundo, qué belleza, cuánto valen, aquí en la isla los llaman game cocks. Luego el hombre nos llevó a un hotel. Nosotros le pedimos que fuera cinco estrellas, nos dimos la gran vida, comimos bien, tomamos whiskicito, pero comenzamos a pensar que el taxista podía enamorarse de los gallos y no volver a aparecer. No sabíamos cómo llegar a su casa.

Morris me dijo:

—Qué va hombre, esto no es Colombia, aquí es diferente, la gente es honrada, cumple la ley y son evangélicos.

Esa noche dormí regular pensando en si iba a volver a ver los gallos. Qué diría el director si se perdieran. Al día siguiente llegaron nuestros compañeros, nos buscaron en el hotel, les habíamos comunicado por fax dónde estábamos. Se burlaban de mí, el padrino de gallos y lombrices, me decían. Fuimos por nuestros tres compañeros de viaje y los negros nos dijeron:

—Ay, ¿se los van a llevar? Pensábamos que no volverían por ellos.

—Los necesitamos para nuestro trabajo, les faltan doce horas de viaje, de regreso se los podríamos dejar. Muchas gracias.

En Luxemburgo no nos pusieron ningún problema, los gallos pasaron derecho, sabían del festival, de los 75 países invitados. Llegamos a Nancy y de nuevo el problema, en los hoteles no se podía entrar con los gallos. Entonces le pedimos ayuda a la chaperona del grupo. La función sería en cuatro días. Ella ofreció su casa, tenía un sótano, les daría alimento una o dos veces al día. Lo que no tuvo en cuenta es que los gallos cantan a cualquier hora, si se asustan o hay un ruido, un rayo, una luz. Los gallos estaban amarraditos, porque hay que amarrarlos, si no se pelean entre ellos y se matan. Ella se los llevó y como andaba con nosotros para arriba y para abajo, llegó por la noche y el papá estaba exasperado:

—No, no, me tiene que sacar esos gallos de aquí. Me van a enloquecer…

Concluimos que lo mejor era meterlos a las cajas con la comida, no podían estar afuera, iban a estar aleteando y saltando. Llegó el día de la función, una cosa maravillosa porque los gallos entraron a nuestros camerinos, hermosos, teatro clásico como el Colón, en la plaza Stanislas. En los camerinos había ese juego de espejos, uno se mete dentro del espacio que dan los tres espejos para poderse mirar el vestuario, el peinado, para uno verse por detrás. Yo saqué un gallo mientras nos maquillábamos. Entonces el gallo vio reflejado a su enemigo en el espejo y arrancó a pelear con él, pras, contra el vidrio, se cayó y arremetió ahí mismo, se iba a matar con sus propios golpes. Lo tuve que volver a meter en la caja. Ya tenía ganas de pelea, y los otros quedaron cebados luego de escuchar al gallo enfrentado con su reflejo.

Primero se presentó la obra de Arrabal. Se hizo una reproducción del Guernica, de Picasso, de doce metros de largo, por ocho y medio de alto, que cubría el escenario. Esa pintura la hizo uno que fue Juan Valdez por mucho tiempo, Carlos Sánchez, muy famoso, que fue actor nuestro. Era el escenógrafo del grupo. El público se componía de asilados de la guerra civil española emigrados a Francia o expulsados por la dictadura de Franco, muchos de ellos obreros comunistas.

Se llenó la sala y lo interesante es que cuando el telón se abrió, empezó el murmullo desde la oscuridad a la penumbra, y se fue percibiendo el Guernica con esas proporciones y comenzó un aplauso cerrado del público como en honor al maestro Picasso o a quien le había copiado tan bien. Luego hubo un intermedio para quitar el telón de fondo y poner las cinco sillas donde debían sentarse los personajes de las fuerzas vivas de la nación en nuestra obra, y un perchero donde el cardenal colgaba la capa morada y donde el general ponía el quepis. Llegó el momento. El presidente lo hacía Jairo Aníbal mismo con un vestido sacoleva. Era un presidente de gafas y bigote. Y cuando van a definir el poder a puñaladas, entonces el negociante propone: “No, no se maten, traigan gallos para que definamos quién queda en el poder”. Dos compañeros entran con sendos gallos y los ponen uno frente al otro, los torean, les mueven el cuerpecito en un vaivén y gritan: “¡Ya!”. Los sueltan y en un momento vuelan plumas por todo el escenario. Y cada uno gritaba, apostaban entre los personajes, pelearon veinte minutos, yo creo que era un récord mundial de pelea de gallos. Uno de ellos, el que iba a ganar tenía un espolón artificial con una cuchilla: el gallo del general. En tanto que el gallo del presidente tenía el cubrimiento de la espuela que me había dicho el maestro. Eso lo vine a saber minutos antes de entrar a la escena: Jairo Aníbal no nos había contado que uno de los gallos tendría que morir en la escena final.

Creo que el gallo del presidente fue valiente para pelear veinte minutos contra un cuchillo.

Me puse triste, ya quería a los benditos gallos. Los obreros españoles se pararon, aplaudían, gritaban, eso era un frenesí, hasta que el gallo con el cubrimiento de la espuela cae, era el del presidente porque así estaba planeado. Entonces el general que da el golpe coge su gallo sin heridas y les dice a sus compañeros de junta:

—Váyanse, váyanse ya o los meto a la cárcel por apátridas.

Se llevan preso al presidente y se para sobre el escritorio con el gallo en el brazo y hace varios disparos al aire, se golpea el pecho como un simio y luego se sienta en la silla presidencial con los zapatos sobre el escritorio y el gallo en la mano: suelta la carcajada, bajan las luces y el aplauso espectacular. Era la misma farsa que habían vivido los emigrados españoles, nada más y nada menos, su país tomado por criminales de guerra. Atronadores aplausos.

Los dos gallos que quedaban, a las cajas. Nos desmaquillamos, nos fuimos a descansar después de esa muy bonita presentación, y entonces: bueno, ¿ahora qué hacemos con los dos gallos?

Nicole, la chaperona, dijo que los llevaba a su sótano, pero solo por esa noche.

Teníamos un día para salir de los gallos. Tomamos una decisión maravillosa, yo no recuerdo muy bien si fue Jairo o Nicole quien sugirió donarlos al zoológico de Nancy. Buena idea. Devolverlos para Medellín era imposible, pues nosotros teníamos proyectada una gira por Inglaterra, Holanda y Bélgica.

Nicole llevó los gallos, los entregó sin saber qué podía pasar. Y no informó que podía haber riesgos. Los birds fueron incluidos en la misma jaula de los faisanes y cuando entraron los gallos, a los faisanes les quedaron tres minutos de vida. Eso quedó consignado en el diario de Nancy como nota curiosa: “Uno de los grupos que participó en el festival trajo desde Colombia unos gallos de pelea, que donaron al zoológico, pero por no tener espacios previstos fueron incluidos en la jaula de los faisanes y los gallos de pelea sacrificaron en minutos a los faisanes”.

Nunca más se le ocurrió a Jairo Aníbal montar esa obra. Cuando terminamos de leer la noticia me dice Jairo Aníbal:

—Oíste, compañerito, ¿y antes de regalar los gallos al zoológico le habrán quitado al gallo del general el espolón de acero?

—No sé, maestro, no creo que Nicole supiera mucho de eso.

—Ah, con razón se murieron los pobres faisanes. ¿No recuerdas que la obra contemplaba que el gallo del general tuviera el espolón para que ganara la pelea y quedarse con el poder? ¡El gallo del dictador usaba cuchillo y el del presidente tenía protector de la espuela! El gallo del dictador es ahora tres veces asesino. Así son las trampas de los dictadores. Vea, hasta resultó ser cierta mi obra, maldita sea…

Silvia Córdoba

Pascual Gaviria

Fernando Mora Meléndez