Las ínsulas extrañas
por FERNANDO MORA MELÉNDEZ
Número 150 Agosto-Septiembre de 2026
Mientras Ricardo y yo distraemos la espera de la comida, se arrima un amigo suyo, Saúl, un cincuentón, calvo y locuaz, en cuya parla tintinea su oficio. Intento ponerme a tono con él y acudo a la libre asociación.
—¿Lacaniano? —le pregunto.
—Claro —dice enfático—, hoy no se puede ser de otra manera.
Me sabía algunas anécdotas de sicólogos, pero Saúl no le dio importancia a ninguno de mis apuntes, lo cual, presumo, es frecuente entre gente que adopta ese papel distante junto al diván. A propósito, reveló que en sus terapias les ponía más cuidado a las expresiones no verbales. Habló del caso de una paciente de Freud. Cuando el vienés le preguntó qué tal andaba su vida conyugal. “Bien, muy bien”, contestó la dama, mientras el doctor veía que ella se quitaba y se ponía varias veces la argolla matrimonial. “Pero veo que usted se está descasando”, le señaló Sigmund.
Y Saúl habló más sobre el silencio.
—Uno contempla la mirada de un esquizo y es tan enigmática y tan terrible como la de ese Ángel de lo Extraño que se le aparece a un ciudadano incrédulo y racional, mientras lee su periódico, en un cuento de Edgar Allan Poe.
La referencia dio pie para que Saúl hablara de su afición por los incidentes inexplicables.
Había visto una escena grabada con el celular por el inquilino de un conjunto residencial. Los habitantes de esa unidad insistían en la rareza de un columpio que se movía solo y con harto impulso. En el video apareció, meciéndose, en imagen borrosa, la pelaíta que había muerto un año antes en ese lugar.
Después, Saúl también dijo haber visto un video de un cadáver tomado por la policía durante un levantamiento. En él se observaba una especie de espiral ondulante que exhalaba el cuerpo del recién fallecido.
—Son entidades —apostilló, con mucha propiedad.
Me pareció gracioso que un sicoanalista hablara de esas escenas en términos tan peregrinos, y bien serio. Tenía repertorio. Y contó la historia de un ruso al que encierran en un hospital mental porque asegura que antes él andaba en Siberia, cuando los alienígenas lo abdujeron, y no recuerda cuándo lo descargaron en Moscú. El tipo dice que es fotógrafo y muestra unos negativos que ha tomado de una nave con forma de campana. Nadie le creyó el cuento, pero más tarde tampoco pudieron explicar cómo hizo para desaparecer del encierro en el manicomio.
Ricardo también sonrió escéptico, pero por la demora del pedido. Hacía rato que habíamos ordenado un pollo a la naranja y un sánduche de rosbif.
—¿Querés comer algo? —le preguntó al amigo sicólogo.
—¿Qué me recomiendas?
—Hay unas julianas de pollo muy buenas, si es que las traen…
—¿Qué son julianas?
—¡No me digás que no sabés!
Ricardo le explicó con gestos cómo eran esas cintas de carne aviar doradas en el wok.
—Está bien, me apunto a unas julianas. Ah, y otra botella de vino.
—¿De cuál vino? —pregunté.
—No es nada del otro mundo —comentó Ricardo—, debe ser de la chaza.
—No importa —concluyó el analista—, aquí nadie es enólogo.
Luego se despachó contra algunos de sus colegas de oficio. Describió pugnas de índole teórica, y otras que degeneraban en riñas afines a cualquier gremio, intrigas de envidia y celos profesionales.
Mientras tanto, Saúl libaba largos tragos, cómo se veía que quería darle gusto a su libido esa noche.
—En mi época de prestigio, cuando tenía un nombre en esta ciudad, atendía hasta treinta pacientes al día. Parece que la terapia daba sus frutos, de lado y lado, y como mi fama se regaba, les desaté una envidia tal que me hicieron la guerra, me tildaron de farsante. Hasta tuve un colega que iba con el pretexto de saludarme, pero con la intención disimulada de saber cuántos pacientes tenían cita y sumar lo que él no podría ganar jamás.
Harto de esta inquina, Saúl volvió de terapeuta al manicomio de Sibaté. Le tenía cariño a ese lugar donde había hecho sus prácticas profesionales. Y recordó entonces que encaró a un paranoico que, en medio de un ataque de terror compulsivo, le arrancó de un zarpazo la oreja a otro paciente.
—Tuvimos que llevar al mutilado al pueblo, con su oreja en hielo, para que se la pegaran.
En ese momento llegó la mesera con el pedido. Saúl, analista o alienista, según se lo mire, iba a atacar sus julianas de pollo. Se las merecía. Y era posible que al comer, por fin callara.
Falsa alarma. Saúl tenía otra carga lista.
Nos dijo que en el edificio donde queda su consultorio se sentían malas energías.
—¿No serían las envidias de tus colegas?
—No, eran otras, más raras. Se oían ruidos, gritos, voces. Hubo que contratar a una síquica y ella constató la presencia de un inquilino invisible. La mujer me pidió que guiara a esa buena alma hasta la salida. Le susurré una oración sufí, luego le rogué que por favor nos dejara en paz, ya que éramos gentecita del montón, pero buena, aunque atormentada por nuestras neurosis. Aléjate de aquí, busca la luz. Y a aquella cosa, lo que fuera, no le quedaron ganas de volver.
Saúl pidió otra botella del vino tinto, y entonces aproveché para meter baza.
—¿Sabía usted que Ricardo tiene el don de la profecía?
—No lo sabía.
—Sí. Lee las suertes virgilianas.
Y era cierto que practicaba hacía rato ese oráculo medieval que según Borges se hacía con la Eneida, pero que ahora él ejercita con cualquier libro.
—Lástima que no tengamos un libro a mano —se lamentó Saúl.
—Yo tengo uno —dije, y saqué de la mochila a Naomi, una novela de Junichiro Tanizaki que me tenía encantado.
—Haga una pregunta cualquiera —le pidió Ricardo.
—¿Tengo que decirla?
—No es necesario.
—Está bien, ya la tengo.
—Piénsela ahora.
Ricardo agarró el libro con ambas manos y ademán de taumaturgo: ya no es el libro de un romance japonés que yo guardaba para leer en tiempos de espera sino un oráculo. Ceremonioso, cariacontecido, como si estuviera de verdad en conexión con las sibilas para que el azar obre con seriedad, repasó las hojas del volumen como una baraja hasta detenerse con gesto terminante en algún lugar de la novela.
El texto que señaló el oráculo habla de un amante que le chupa los dedos de los pies a la protagonista de la novela, la bella y pálida Naomi.
—¿Coincide con algo la respuesta? —le preguntó Ricardo a su amigo.
—No exactamente, aunque habla de algo.
Saúl vacilaba, temeroso o quizás pudoroso. Acaso la penumbra de esa terraza del café evitó delatar el rubor de su rostro. De pronto soltó su confesión.
—Es que yo también le chupaba los dedos de los pies a una mujer.
—¿Es la mujer de la pregunta?
—Sí —confesó Saúl al fin.
—¿Entonces por qué dijo antes que no tiene nada que ver? —replicó el agorero—, si el oráculo no miente.
Ricardo parecía contrariado por la suficiencia del doctor de almas que no quería reconocer el acierto de la respuesta. Y me da risa lo serio que se toma este juego de adivinos. Los dejé un momento para ir al baño y de regreso Ricardo me confirmó que el resto de la página de Tanizaki responde por completo la pregunta que le hizo el psicólogo.
—Quería saber si volvería a ver a esa mujer.
—La va a ver de nuevo —le confirmó Ricardo.
—¿Para chuparle los dedos otra vez? —insistía.
—Sí, claro. Eso fue lo que usted le preguntó, ¿o no?
Ricardo podría abrir su consultorio y dejar fuera de la competencia a síquicos, freudianos o lacanianos, pero lo hace para divertirse. Después de que le confirman sus presagios, días o meses más tarde, él les responde risueño que solo fue un médium, que él no cree en eso, ni cobra, y que además es ateo.
—¿Pedimos la cuenta? —pregunté.
—Está bien —dijo Saúl, antes analista y ahora consultante, como Edipo, del oráculo, y aclaró algo al final—: ¡Cuentas separadas, por favor!
La suerte está echada
Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.


