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Rueda la bola

1910-1947

por JUAN MANUEL URIBE

Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna

Enero de 2017

La cancha de Miraflores, testigo del crecimiento del fútbol en Medellín, 1927. ¿Qué tal la pinta del árbitro?. Archivo Carlos Serna.

Cien años después de la Independencia llegó a Me­dellín un nuevo invasor: el fútbol. Vino en forma de pelota, una vejiga envuelta en una piel de cuero, tan pesada cuando se mojaba que ni el más temible caño­nero de aquellos tiempos era capaz de levantarla con un golpe del empeine. La trajo Guillermo Moreno, un antioqueño de familia pudiente, comerciante, viajero, aventurero como todo buen arriero. Los primeros pica­dos se llevaron a cabo en el Bosque de la Independen­cia y luego en la Manga de los Belgas. Armaban arcos con palos y piedras, y jugaban entre amigos. Los testi­gos eran simples parroquianos que, como atortolados, se quedaban con la boca abierta por ver a aquellos jó­venes de “buena pinta” corriendo detrás de una extraña esfera cosida como un zapato.

Así comenzó la historia del fútbol en la capital antioqueña. Y así dio inició el recorrido del balón por nuestras mangas, calles y canchas primerizas. La pe­lota cruzó el mar para ser amansada por jóvenes ex­tranjeros que vivían en esta comarca, y luego pasó a los pies de antioqueños y migrantes internos, quienes le dieron un sello propio a ese novel deporte que ya se había convertido en epidemia en toda Europa.

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Oficialmente el fútbol tuvo su origen en 1863, en Ingla­terra, cuando se fundó la asociación de fútbol de ese país. Sin embargo, hay registros de juegos con pelota en diferentes partes del mundo, al menos cuatro siglos antes de que los ingleses lo formalizaran. En Suraméri­ca llegó primero a Argentina, Brasil y Uruguay.

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En la primera década del siglo XX en Medellín se ju­gaba en el Bosque de la Independencia, construido en homenaje al centenario del 20 de julio de 1810; la construcción la autorizó el Concejo Municipal en 1913 y la Sociedad de Mejoras Pú­blicas lo inauguró en 1915.

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El primer equipo creado en Medellín, por iniciativa de los comerciantes suizos Juan Heiniger y Jorge Herzig, fue el Sporting en 1912 (el Barranquilla F.B.C., el primer conjunto de fútbol de Colombia, data del 4 de diciembre de 1909).

Todo listo para el saque inicial en la Manga de los Belgas, 192?. Archivo Carlos Serna.

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La creación del Medellín se registró el miércoles 21 de enero de 1914. Ese mismo año se pasó a jugar en la llamada Manga de los Belgas, situada donde estaba comenzando la construcción del Hospital San Vicente de Paul, y el nombre se debía a que ahí pastaban las mulas que arrastraban el tranvía de sangre de la empresa colombo-belga.

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Hay documentos que registran un partido entre el Medellín y el Sporting, con triunfo de este último, el sábado 9 de mayo de 1914. También quedó registrada la revancha ante los místeres, calificada de inolvidable. Siete días después se hizo un partido de festejo por la visita del presidente de la república Carlos E. Restrepo.

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En la Manga de los Belgas se jugó el domingo 29 de noviembre de 1914, a las cuatro de la tarde, el primer partido interdepartamental que se hizo en la ciudad. Se enfrentaron Bartolinos, equipo del colegio jesuita de San Bartolomé de Bogotá, y el Sporting criollo. Los bogotanos llegaron por tren, con transbordo de la estación El Limón a la de Santiago, pues todavía no existía el túnel de La Quiebra. El partido, olvidable según parece, se dirimió con un empate sin goles.

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En junio de 1915 los jesuitas compraron al empresario Coriolano Amador la finca Miraflores, en el barrio Buenos Aires. El 28 de mayo de 1916 estrenaron allí una cancha con un partido entre el Sporting y el Club Antioquia, primer equipo del colegio jesuita fundado en 1914.

Archivo de Carlos Serna.
Partido en la cancha de Miraflores, 1926. Archivo Carlos Serna.

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Con la construcción del Hospital San Vicente de Paul la Manga de los Belgas cerró sus arcos y se pasó a jugar al frente, en el campo llamado El Carretero, de propiedad del Sporting (allí se edificaría la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia). Antonio Zapata, presidente del club Albión (1916), recibió una carta fechada en Montevideo el 10 de mayo de 1919 y firmada por el presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, Héctor Rivadavia Gómez, que lo invitaba a afiliar al fútbol colombiano a la Conmebol que ya contaba con Argentina, Uruguay, Brasil y Chile.

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En septiembre de 1923 comenzó a jugarse la Copa Jiménez Jaramillo, organizada por la Gobernación de Antioquia, y por tanto bautizada con los apellidos del gobernador de entonces. Se jugó en la cancha El Carretero. Fueron seis los oncenos enfrentados: Peralonso, Colombia, El Trece, Star, ABC y Medellín. El ganador fue Medellín, cuyo uniforme era de franjas verticales carmelitas y blancas.

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El primer intento de estadio fue una tribuna en la carrera Carabobo, llamada Estadium Municipal e inaugurada el 31 de agosto de 1924. Allí el Boyacá le ganó 1-0 al Nariño. La vida de ese sitio fue efímera. En 1924 se volvió a jugar la Copa Jiménez Jaramillo, sin la resonancia de la anterior y sin que la prensa reseñara los marcadores.

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En 1925 el rector de la Universidad Nacional, Carlos Gutiérrez, donó una copa y con ella se disputó el torneo Gutiérrez. Jugaron Junín, Universidad de Antioquia, Ayacucho y San Ignacio. El jueves 25 de marzo de 1925 se jugó en Miraflores un partido que el Medellín le ganó al Star por 3-2

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El 24 de julio de 1925 un combinado de antioqueños, reunido a manera de selección local, derrotó 9-0 al visitante Colegio Ramírez de Bogotá. En 1927 vino una representación de Santa Marta y ese mismo año fue una de Medellín a Bogotá. Es evidente que había copas, partidos e intercambios, pero la prensa bajó la guardia a la información certera del fútbol en Medellín. Había pasado la novedad de los viajes y los enfrentamientos entre las escuadras.

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En diciembre de 1928 y enero de 1929 se disputaron los Primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali y el fútbol se jugó en el estadio Versalles. A la ciudad de Medellín la representó el Medellín F.B.C. Jorge Herzig fue el entrenador y llevó a jugadores como Carlos Congote, Arturo Echavarría, Cipriano Torres, Fabio Jiménez, Jesús Arriola, Alberto Molina, Diego Restrepo, Ignacio Arriola, Samuel Uribe Escobar (capitán), Pedro Justo Berrío y Jorge ‘Imanao’ Londoño. La final la ganó Santa Marta a Barranquilla 2-0.

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Aquel Medellín F.B.C., conocido como de “los ricos”, pues casi todos eran profesionales como el médico Samuel Uribe Escobar, se acabó en 1930, coincidiendo con la popularización del balompié, pues ya lo jugaban los llamados “artesanos”, los ciudadanos que ejercían los oficios aprendidos con el trabajo diario: tenderos, zapateros, albañiles, carpinteros. Esto hizo al fútbol el deporte más jugado y más visto en todas partes.

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El 26 de octubre de 1929 se instaló la junta de Fedefútbol, hoy Liga Antioqueña de Fútbol. Desde su creación, comenzó a jugar sus torneos en el hipódromo Los Libertadores, donde hoy está el barrio San Joaquín.

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El primer partido en Los Libertadores se jugó el 24 de febrero de 1929, a las tres de la tarde, entre el Ciclista Lima Association y el ABC local. Ganaron los peruanos 9-0. Desde ahí empezó la fama de los peruanos en Medellín y en Colombia. Entraron por Barranquilla, navegaron por el Magdalena, de Puerto Berrío a Medellín, a Bogotá, a Cali y salieron por Buenaventura. En octubre de 1929 vino otro equipo peruano, el Chancay, le ganó al Junín 12-1 y al Medellín por 4-1. En julio de 1930 volvió el Ciclista Lima y le ganó al Deportivo por 4-0. Los equipos peruanos no volverían hasta 1941 cuando ya se habían curado las heridas el conflicto entre Colombia y Perú, que empezó cuando los peruanos invadieron Leticia el 1 de septiembre de 1932.

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En 1926 Jesús María ‘el Cura’ Burgos creó en Niquitao un equipo con muchachos del sector, lo denominó Romano y le puso camiseta roja. Lo renombró Real Madrid y lo entró a la liga en 1930. En el 32 se ganó la segunda categoría y al ascender a primera división en 1933 Burgos denominó a su equipo Medellín F.B.C., tomando el nombre que había quedado sin uso. En 1935 hay fotos del equipo con las franjas horizontales rojas y blancas, pero volvió al rojo completo que terminó por imponerse. Ese es el Medellín que llegaría a ser fundador de la Dimayor en Barranquilla el 26 de junio de 1948.

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El primer campeón de la Liga Antioqueña fue el Colombia, en 1930, seguido del Unión. En el 31 fue campeón el Deportivo y segundo el Colombia Junior. En el 32 ganó el Colombia y segundo el Colombia Junior. En el 33 ganó el Deportivo y subcampeón fue el Colombia Junior. En los tres años siguientes la Liga no realizó el torneo de primera.

Es por eso que en 1936 el Cura Burgos armó una larga gira nacional. Fue el último año de Burgos en el Medellín. Lo remplazó Leo Hirsfeld, el entrenador alemán que dominó el torneo de la liga de 1937 a 1945, ganó ocho de los nueve campeonatos, solo perdió el de 1941 con Huracán y fue en el escritorio: Medellín no se presentó a la final como protesta por considerar injusta una sanción a su capitán, Alfonso Serna. Los últimos dos campeonatos antes del profesionalismo los ganó el Deportivo (el mismo que venía de 1930) y el Victoria, uno de los nuevos equipos del Cura Burgos.

Equipo Colombia, primer campeón de la primera categoría de la Liga Antioqueña de Fútbol, 1930. Fotografía de Melitón Rodríguez.

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La lista de jugadores de esa época es interesante y hubo cracks reconocidos como el portero Carlos Álvarez, José ‘Mico’ Zapata, Luis Patiño, cuyo apodo era famoso: el Bailarín Pirata; Gabriel Mejía, Julio ‘Chonto’ Gaviria, Alberto ‘el General’ Villa, los hermanos Echeverri (los Irras) y Jaime ‘Manco’ Gutiérrez. También era técnico de la liga Fernando Paternóster, quien había sido traído por la Asociación Colombiana de Fútbol, Adefútbol, para dirigir la selección de los I Juegos Bolivarianos de julio y agosto de 1938 en Bogotá.

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El primer campeonato nacional de fútbol (fuera de los Juegos Nacionales), dirigido por la Adefútbol, se jugó en 1938 en Medellín, del 19 de noviembre al 4 de diciembre. Lo ganó Antioquia, con la base del Medellín F.B.C., ambos dirigidos por el entrenador alemán Leo Hirsfeld. La final se la ganó Antioquia a Atlántico con marcador 2-0.

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El 9 de julio de 1944 hubo un incidente que dejó dos muertos y numerosos heridos en el hipódromo Los Libertadores. Se iba a jugar el partido entre Medellín y Huracán, el clásico de entonces. El silbato Gilberto Piedrahíta llamó a los jugadores al campo. El Medellín salió completo pero Huracán solo salió con siete jugadores. El árbitro permitió que Manuel Marín anotara el gol para ganar por W.O. Luego Huracán, reforzado y completo, propuso jugar un partido amistoso, pero se creyó que sería oficial. Medellín se negó a jugar el partido. Hubo protestas, se exaltaron los ánimos, dañaron las tribunas de sol, los altoparlantes rodaron por el suelo y la policía comenzó a disparar. Fue el caos y se responsabilizó y detuvo al oficial encargado. El estadio se reabrió el 18 de septiembre con el partido que el Medellín le ganó 3-1 al Unión Indulana.

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El hipódromo San Fernando fue inaugurado el 22 de febrero de 1942. Y Los Libertadores quedó solo para el fútbol hasta 1948 cuando fue vendido para la construcción del barrio San Joaquín. En 1944 se jugó un partido de fútbol en San Fernando entre antioqueños y samarios, pero no se volvió a hacer hasta el profesionalismo, por lo “lejos” que quedaba del Centro de Medellín. Cuentan personas del fútbol como Humberto ‘Tucho’ Ortiz y Rodrigo Fonnegra que se llegaba caminando y la entrada era por debajo de cuerda para ver los partidos.

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El equipo Unión, casaca roja y pantaloneta blanca, apareció en la liga en 1941. Al año siguiente ganó la segunda categoría y al ascender a primera se fusionó con el Indulana, equipo que le aportó el color negro. El nuevo nombre fue Unión Indulana, que jugó en primera los tres torneos de 1943 a 1945 y cuya casaca al principio fue verde al lado derecho y rojo al izquierdo. En 1946 se acabó la alianza entre los dos equipos y el Unión jugó con su viejo nombre, pero ya usaba la casaca verde y la pantaloneta granate.

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El 30 de abril de 1941 se fundó la sociedad del Atlético Municipal por la escritura pública número 2 100. La sociedad presidida por el ingeniero Alberto Villegas Lotero hizo una jugada maestra: para tener cupo de una vez en la primera división de la liga, les dijo a los jugadores del Unión que entraran a jugar para el Municipal con el pago de sueldos, es decir, profesionalmente. Y se incorporó al Municipal el uniforme verde y granate.

Campeones nacionales por primera vez. En aquella época se jugaba con cinco delanteros. Fotografía de Jorge Obando. Archivo Tucho Ortiz.

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín.

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Antioquia no es tierra de arqueros

por JAIME BARRIENTOS

De ida y vuelta 2015

El fútbol es un deporte de equipo hasta que el arquero comete un error.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.

Sin arquero no puede jugarse un partido de fútbol. Puede ser un desafío, un partido de amigos en una cancha sintética, una final del mundo o un partido en Play Station, y en ningún caso pueden jugarse ni siquiera cinco minutos de eso que con gran precisión Luis Omar Tapias llamó “el deporte más hermoso del mundo”. Si no hay un jugador que se diferencie del resto, tanto en uniforme como en posibilidad de agarrar el balón con las manos, no se puede jugar.

El arquero es un jugador aparte. Piensa distinto, se mueve diferente, come más, tiene más grasa, es más grueso, entrena aislado, celebra solo, pierde los partidos, rara vez gana alguno y es el único futbolista con reglas propias. Le dicen guardavallas, arquero, portero, golero, cancerbero, cuidapalos. Miguel Hernández, aquel recordado poeta y dramaturgo español de la brillante Generación del 27, lo inmortalizó en letras con su Elegía al guardameta.

En la década del treinta, cuando el fútbol empezó a popularizarse en Antioquia, especialmente en Medellín, con partidos épicos en Los Libertadores (hoy barrio San Joaquín) y con jugadores que brillaban por su exquisitez técnica, hubo uno que marcó época: Carlos Enrique Álvarez Jaramillo. Un nombre común para el descomunal arquero que fue. Según Carlos E. Serna, estadígrafo e historiador del fútbol antioqueño, ha sido el mejor portero que tuvo este departamento. Los que lo vieron tapar dicen que fue el mayor representante de los voladores de palo a palo. Carlos Castro Saavedra, en su columna Zona Verde del periódico El Correo de 1967, escribió sobre Álvarez: “Frente a la portería era una verdadera muralla, pero viva, elástica, alada, la cual, en el momento menos esperado, saltaba sobre el cielo”.

Este portero paisa, al nivel de los mejores, integró la Selección Antioquia desde 1932 hasta mediados de la década del cuarenta, y trazó el camino para una gran variedad de cancerberos reconocidos más por su técnica que por su estatura.

Cuando se escoge un arquero la técnica y el talento deben estar por encima de unos cuantos centímetros de más, característica que para los entrenadores europeos no importa tanto cuando tienen que decidirse entre un gran portero no tan alto y uno normal pero con más de 190 centímetros de altura. Estigma que sufriría 85 años después el que podría denominarse como el mejor representante de los arqueros paisas, por sus logros obtenidos en clubes y por ser el actual dueño del arco de la Selección Colombia.

Volviendo a los años gloriosos del fútbol por el fútbol, además de Carlos Álvarez, Antioquia tuvo en el arco a verdaderos ídolos como Julio ‘Chonto’ Gaviria, a quien por su notable desempeño en el primer título del fútbol profesional colombiano con Santa Fe, en 1948, también lo llamaron “Chontafé” y fue el jugador mejor pago del torneo ese año con un salario de mil pesos mensuales; y Gabriel Mejía Lopera, del que muchos dirían que heredó las voladas de Álvarez y fue el arquero campeón con Atlético Nacional en el 54. Era una época compleja para los jugadores locales debido a la gran cantidad de futbolistas extranjeros que venían al torneo colombiano.

En los pasillos futboleros del país siempre se ha dicho que Antioquia no es tierra de arqueros, pero al mirar hacia atrás se encuentran goleros que hicieron historia en las décadas anteriores. Juan ‘Rumbo’ Vidal y Gabriel Ochoa Uribe compartieron arco finalizando los cuarenta, el último más reconocido por sus logros como director técnico que como arquero. También Ernesto Lopera, dueño de la portería paisa en los cincuenta. En los sesenta aparecieron Carlos García y Roberto Vasco; lo mismo sucedió en los setenta con Carlos Arboleda, Fabio ‘la Gallina’ Calle y Wilson Londoño. Estos dos últimos reconocidos entrenadores de arqueros en la actualidad.

En este injusto recorrido seguramente muchos se quedaron por fuera y ni siquiera Google les presta su merecida atención. Pero esa es la vida del arquero: ser reconocido en muy pocas ocasiones por su buen rendimiento, y cuando aparece el error ser señalado de primero. Bien lo dijo Moacyr Barbosa —arquero brasilero del fatídico Maracanazo— cuando no le permitieron entrar a la concentración carioca en 1993 por considerarlo una “mufa” (expresión futbolera del sur del continente utilizada para explicar que alguien o algo atrae la mala suerte): “En Brasil, la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí”.

Llegaron los ochenta con las selecciones de Tucho Ortiz, campeonas en casi todo lo que jugaban, y sucedido por Luis Alfonso Marroquín, que quería seguirle los pasos cada vez con un fútbol mejor jugado. Marroquín conformó selecciones Antioquia de muy buen pie con un arquero muy talentoso y de mucha proyección: Raúl Ignacio Torres Franco. Los que lo vieron tapar dicen que tenía grandes condiciones, no en vano su suplente era José René Higuita, ese que merece todo un libro para él solo. René era dos años menor que Torres y ya empezaba a despuntar, sin embargo Raúl, además de defender muy bien su arco, ya jugaba fuera de él como arquero líbero. Así lo afirma Torres, quien en medio de la tranquilidad de los años asegura que él le mostró a René lo que un portero podía realizar si jugaba fuera del área, lo entrenaron con la Selección Antioquia y fue una especie de padrino del que sería más adelante un genio del balompié. De esta manera tuvieron una lucha mano a mano por la titularidad. Pero el fútbol, y sobre todo la portería, puede ser cruel: aquel que no tenga la suficiente fortaleza puede sucumbir ante cualquier adversidad.

Si el fútbol de alto rendimiento es odioso por excluyente, la posición de arquero es malvada por única. Torres era el titular de la Selección Antioquia juvenil que defendía el título de la Copa Coca-Cola en 1983. Al terminar la primera vuelta de la ronda final Antioquia solo había perdido un partido contra Valle y Marroquín decidió que era el momento de que René tapara, a pesar de que Raúl había hecho muy buenos partidos. La segunda vuelta empezó con la visita de Antioquia a Bogotá. René fue una de las figuras y los paisas ganaron 6-0. El puesto ya tenía nuevo dueño y Antioquia saldría campeón nuevamente. Recuperar la titularidad no era fácil. Cuando un arquero no juega, sus posibilidades para volver a tapar se reducen a una lesión, a una expulsión, a un nivel paupérrimo del titular, o a la novedosa y poco utilizada rotación.

Raúl Torres continuó tapando. Sus condiciones eran tantas que Gabriel Ochoa Uribe lo llamó para que hiciera parte del gran América de Cali de los ochenta con Falcioni en el arco, pero el envigadeño se devolvió para Medellín porque “nunca pudieron llegar a un acuerdo la gente del América con los dueños de mi pase”, asegura Raúl. Tan corta fue su estadía en la Sultana que ni siquiera aparece en la robusta base de datos de Fabio León Naranjo, estadígrafo consumado. El fútbol profesional fue esquivo para un arquero atrevido, innovador, de 1.80 metros y muy prometedor. Ahora es entrenador de arqueros en la Secretaría de Deportes de Envigado y René se convirtió en un ícono mundial. Cambió la posición de portero para siempre, eclipsó a una generación de guardavallas, no solo antioqueños sino del país. Aunque el ser tan díscolo le permitió a unos cuantos colegas probar un poco del puesto que desde 1987 tuvo dueño y que cedió algunas veces gracias a sus múltiples quehaceres fuera de la cancha.

A pesar de que Higuita, por obvias razones, es conocido como el Loco, vale la pena aclarar que un arquero no puede ser completamente cuerdo. No hay que hacer un análisis muy profundo para llegar a esta conclusión, simplemente basta con realizar la siguiente ecuación: la esencia del fútbol es el gol y el arquero es aquel ser que, a sabiendas de esto, intenta evitarlo a como dé lugar. Sin importar a quién tenga en frente, en qué estadio juega o cuánta gente haya a su alrededor, siempre querrá apagar gritos de felicidad. Eso de andar evitando por todos los medios que la gente sea feliz debería ser considerado como algún síntoma de enfermedad mental. No es normal que una persona impida conscientemente con su cuerpo la alegría de otro, pero la normalidad no es una característica de un guardameta.

Arqueros antioqueños cortos de estatura, magros, altos, flacos, negros, blancos, rubios, felinos, voladores, guanábanas, pero en su mayoría porteros de gran capacidad técnica. Después de René y Torres seguirían José ‘Chepe’ Castañeda, John Hernández, Andrés Cadavid, de los pocos jugadores antioqueños que están en la galería de campeones prejuvenil, juvenil y sub-23, Osvaldo Durán, titular en el famoso 1-0 contra Bogotá en 1987, cuando el público tumbó las puertas de la tribuna oriental del Atanasio para poder ingresar.

Cerrando el siglo veinte apareció Juan Carlos ‘la Araña’ Henao, el eterno Henao con más de seiscientos partidos como profesional. Pero como Antioquia no es tierra de arqueros, resulta que los dos equipos colombianos campeones de Copa Libertadores tuvieron en sus porterías a dos arqueros paisas determinantes en ambos títulos: René y Henao, artífices de las dos más grandes alegrías que un club puede darle a su hinchada, a su región y a su país.

En los convulsionados noventa también surgieron Hugo Tuberquia, Daniel Vélez, Edigson ‘Prono’ Velásquez —que venía de Pueblorrico— Andrés Saldarriaga, Didier Muñoz —de Andes—, y David González, actual arquero del Medellín, quien afirma que podía sentir la presión de estar en un puesto por el que había acabado de pasar un colega que debutó a muy corta edad en el profesionalismo cuando todavía integraba la Selección Antioquia.

Como era de esperarse en una tierra que no es de arqueros, de Antioquia salió la mejor guardameta del país: Sandra Sepúlveda. Empezó en el fútbol aficionado paisa para después ser la portera por excelencia de las selecciones Antioquia y de ahí pasar a cuidar la portería de la Selección Colombia de mayores en Juegos Olímpicos, mundiales, panamericanos y a nivel de clubes en las seis copas libertadores que se han realizado hasta la fecha.

Sesenta años después de la leyenda voladora de Carlos Álvarez, llegó al arco de las selecciones Antioquia un cancerbero al que supuestamente todavía le faltan unos centímetros para poder ser parte del Olimpo de los arqueros. A principios de este siglo David Ospina fue campeón infantil y prejuvenil con Antioquia, después campeón con Atlético Nacional, pasó al fútbol francés, fue el titular en la mejor campaña en toda la historia de Colombia en un mundial y actualmente comparte portería con Petr Cech en el Arsenal inglés. David es el mejor reconocimiento que se les puede hacer a los arqueros antioqueños. En él se reúnen las mejores cualidades de esos grandes guardametas que tienen más de 85 años de vivir en los recuerdos de los aficionados paisas.

Pero que no se confunda el lector, Antioquia no es tierra de arqueros.

Archivo Fotográfico de la BPP.

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Las mujeres del fútbol

por JUAN CAMILO GALLEGO CASTRO

Número 32 Marzo de 2012

Foto de José Luis Chavarriaga


A José Saule le brillan los ojos azules a través de unos lentes gruesos que parecen la base de una botella. Viste una sudadera azul oscura y una camiseta celeste, como la de su natal Uruguay. Con su mano derecha agarra un bastón en el que se apoya y con la izquierda señala cada uno de los trofeos, fotografías y poemas que adornan su cuarto.

Sobre su cama pequeña se alza un crucifijo, y las fotos de su familia en sepia y blanco y negro. Está en sus noventa años y ya no tiene el cuerpo atlético que ostentó cuando fue jugador del Montevideo Wanderers y abandonó el fútbol porque no le pagaban.

En 1948 recibió un correo de Bogotá, en el que le ofrecían un salario como futbolista. De inmediato aceptó la oferta sin saber que se enamoraría en Medellín y se casaría con una antioqueña, solo para regresar a Uruguay en 1982. Primero fue jugador de Millonarios, pero luego de un año tuvo que abandonar el fútbol por una lesión de ligamentos y meniscos que traía de tiempo atrás.

Un viejo conocido del deporte en Antioquia, a quien le decían el “Cabo Torres”, le ofreció a Saule ser entrenador del club Huracán. Y así fue como llegó a la ciudad, en donde fue también entrenador del Nacional y selecciones Antioquia.

No olvida su esposa fallecida, su gran amor, pero no pasa por alto que fue un gran bohemio en el mundo social medellinense, un galán de cabello rubio y ojos claros, apuesto y con un acento que encantaba a las mujeres y les hacía pensar en los grandes puertos del sur.

Eran los famosos años de El Dorado, cuando a Colombia llegaron algunos de los mejores futbolistas del continente a jugar en el naciente fútbol profesional. De manera especial Millonarios y Santa Fe impusieron la moda de contratar extranjeros, en su mayoría argentinos y uruguayos.

En Medellín, esos tipos fueron el imán que atrajo a un caudal más amplio de damas al vetusto Hipódromo de San Fernando, en Itagüí, donde jugaban Medellín F.B.C., Atlético Nacional y el desaparecido Huracán.

De la hípica al fútbol

Al hipódromo las mujeres iban siempre acompañadas de sus esposos. Era una especie de rito social en el que las familias prestantes disfrutaban de uno de los pocos sitios de diversión que tenía la ciudad. Los memoriosos todavía recuerdan los nombres de algunos caballos clásicos: Kamasutra, Mosaico, Rabino…

“Las carreras eran de fábula. Mi esposa iba a San Fernando siendo señorita. Una tarde yo bajé al centro y vi que tomaba una camioneta que iba para el hipódromo con unos tipos. Me metí en esa camioneta y conversé con ella y la esperé porque trabajaba en una joyería famosa que había en Junín. Ahí comenzaron nuestros amores. Eso sí, las carreras eran muy buenas, porque eso era un hipódromo, no una cancha de fútbol. Claro que había arcos y lo que vos quisieras, pero eso no tenía mantenimiento, no tenía nada”, recuerda Saule.

Pero la hípica venía perdiendo aficionados frente al fútbol. Cada vez era menor la rentabilidad de las carreras y los futbolistas iban tapando la celebridad de los binomios coloridos que alegraban los domingos. Pocos años después la hípica debió subordinarse ante el espectáculo de 22 extraños detrás de un balón.

Las reinas del deporte

Las primeras mujeres que se acercaron al deporte fueron las esposas de tipos de prestancia o aquellas señoritas que se sentían identificadas con un reinado.

Ese espectáculo de las Reinas del Deporte en Medellín se remonta a la década de 1930, cuando cada barrio tenía su representante. Fue una costumbre que acaparó la atención de las mujeres por un lado, y el interés de los hombres por otro. Las damas se sentían identificadas y reconocidas en un espectáculo hasta ese momento masculino, mientras los varones veían en ellas una forma de popularizar el deporte y embellecer el paisaje. Además todo servía para cumplir funciones benéficas, porque gracias a su convocatoria se recogían donaciones para diversas obras sociales.

José Saule cuenta que en un principio las señoritas que asistían a los espectáculos deportivos solo iban a la hípica: “no tenían idea de qué era el fútbol”. Igual recuerdo tiene el entrenador antioqueño Gabriel Ochoa Uribe: “las mujeres no entendían. Les pasaba como a nosotros con el fútbol americano, que es difícil de entender porque tiene muchas reglas”.

Las Reinas, que se harían famosas en el profesionalismo, impulsaron en Medellín, durante dos décadas, diferentes actividades sociales y animaron desde las tribunas los partidos. Al ganar protagonismo bajaron a las canchas para hacer el saque de honor y entregar ramos de flores a los equipos visitantes. Gabriel Ochoa Uribe, con su ojo clínico, recuerda a Carmen Elisa Arango, “La muñeca”, quien fue una de las titulares en su momento:

“Las Reinas del Deporte fueron distinguiéndose. La que yo conocí fue La Muñeca Arango, de aquella época del 49 cuando estábamos en pleno campeonato. Yo apenas tenía 19 años y estábamos jugándonos la final con Cali. Apareció La Muñeca Arango y ella fue la que hizo el saque inicial del juego. Una mujer muy hermosa que lógicamente se hizo famosa por ese saque”.

Para José Saule, cruzarse con las reinas en los aviones era todo un espectáculo que alborotaba pasajeros y pilotos.

Incluso, cuando lo normal era que periódicos como El Colombiano y El Correo reservaran la portada a las disputas partidistas en el país, algunas reinas de carnes atractivas y mirada provocadora como Blanca Ramírez llegaban a reemplazar a Jorge Eliécer Gaitán o a Laureano Gómez en las páginas principales.

Pero nada se compara a la llegada de los extranjeros. Según Saule, como había cientos de foráneos en el balompié, las mujeres empezaron a mirar con interés ese acertijo para hombres y a asistir a los estadios. Ya no era necesario ir acompañada del esposo o buscar el pretexto de una compañera que estaría entre las reinas para disfrutar del football: posiblemente el futuro marido estaba sudando en esa cancha llena de huecos.

Las mujeres enamoradas

Como les sucedía a casi todos los deportistas llegados desde las orillas del río de La Plata, José Saule disfrutó aquella agradable experiencia de sentirse bañado por algo especial, mirado con devoción y curiosidad por las mujeres de la tierra de acogida. Las mujeres sentían por aquellos sureños un encanto particular. Era más sonoro un marido con apellido Saule que Jaramillo.

De acuerdo con el periodista antioqueño Gonzalo Medina Pérez, llegó un momento en el que casi el 70% de las personas que iban a los espectáculos deportivos eran mujeres: “la llegada de los jugadores argentinos a finales de la década de los cuarenta se convirtió en un suceso social para Colombia, entonces ellos se convirtieron en los grandes caballeros que asistían a las fiestas sociales y que bailaban con las señoritas prestantes de Medellín”.

La ciudad vivía una especie de liberación femenina. Ellas constituían la mayoría de mano de obra en la industria antioqueña y tal vez ese asomo de libertad hiciera que se fijaran más en esos tipos blancos y guapos de quienes se escuchaba su nombre en cada esquina de la ciudad, que de los recelosos hombres de la Villa. Preferían esos “europeos” a los simples obreros que maltrataban su cuerpo en semana y jugaban el domingo detrás del balón. Los futbolistas de la tierra eran trabajadores solo reconocidos el último de los siete días de la semana, que recibían un salario irrisorio o que incluso jugaban por placer más que por plata.

El encanto solo lo generaban los sureños. ¿Cómo no iban a cobrar si eran los que mejor conocimiento tenían del deporte? A su vez que eran los más lindos para las señoritas, eran los más talentosos y reconocidos de la ciudad. Pero había una importante excepción entre los extranjeros, un grupo que no obtenía suspiros sino rezongos: los peruanos. Recuerda Saule que los peruanos vivían en lo alto de Buenos Aires porque allá podían fumar marihuana libremente. No les gustaba bajar de allá arriba porque preferían una vida más discreta en la periferia. Pero si ellos aguardaban en sus casas, otros preferían una vida social y sexual más activa.

Los placeres de Lovaina

El Norte de Medellín siempre fue el desfogue del centro. En todo el límite de la ciudad estaban los más famosos burdeles, las prostitutas más deseadas y uno que otro travesti.

José Saule se sonríe y no utiliza la palabra “travesti”, más sacada de tiempos recientes que de aquellos años cincuenta. “Es que eso apenas fue ayer”, explica el viejo con movimientos lentos y una voz achacosa con palabras que lo llevan a recordar. Al parecer vuelve a vivir.

De Prado salían los ricos de Medellín hacia Lovaina a disfrutar los placeres que no había en casa. Allá también resultaban uno que otro domingo los famosos extranjeros para darle rienda suelta a las últimas energías que faltaban por consumir después de los partidos en Itagüí. Ni que decir de los argentinos que jugaban en Millonarios y Santa Fe. Llenaban el hipódromo con más de diez mil personas cada venían a la ciudad, y al finalizar el partido iban acompañados por el apuesto Saule hacia el Norte de Medellín. Nada más ni nada menos que para Lovaina, la famosa Lovaina. Y así fue muchas veces. A los extranjeros les encantaban las mujeres de los burdeles. Mientras en el estadio las señoritas suspiraban por ellos, en Lovaina bebían y pagaban por un par de piernas criollas.

Saule recuerda una historia que se repetía en muchas visitas. Había un tipo muy hermoso, un travesti con rasgos de mujer que siempre esperaba al uruguayo. Cuando arribaba del estadio se le acercaba y se le insinuaba. El viejo Saule siempre se le negó, aunque el tipo le dijera que no le cobraba porque le gustaba mucho este sureño.

José Saule, con su sonrisa pícara, aún mantiene vivos sus años de bohemia. Se mantiene de pie todo el tiempo, así gesticula mejor y mueve sus brazos con holgura, para recordar que si las mujeres se enamoraron de extranjeros como él y se agolparon cada fin de semana en el estadio, uno que otro hombre también se inspiró en esos rubios de ojos claros para afirmar su gusto por el gol. Sí, el gol del que también querían ser merecedores.