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Número 149 Mayo de 2026

El beso

Señor ok
Vinilo sobre pared. 5,4 x 3 m.
2026.
Fotografía de Juan Fernando Ospina.

El 14 de julio de 1996, Boca le ganó a River por 4-1 en La Bombonera. Caniggia le dio un beso en la boca a Maradona por la celebración del primer gol al minuto 43 de la etapa inicial. El beso se inmortalizó en la memoria del fútbol: Maradona abajo, Caniggia encima. 

Los besos en el fútbol son bastante comunes, otra forma de la celebración. Este mural, El beso, que pintamos junto al equipo de UC en el marco de la exposición Campo en Juego levantó sospechas de apología y tuvo que ser borrado.

Es 2026 y la censura sigue a la orden del día. Imágenes cargadas de vida, de amor y de alegría son peligrosas para miradas conservadoras y pacatas que, en vez de discutir a la altura, elijen que no existan. No obstante, el fútbol y los besos son mucho más grandes y complejos.

Un beso, pues, a todes.

Señor ok.

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Poemas para leer en el estadio

Número 149 Mayo de 2026

La teoría del poema de Juan Román Riquelme

Mario Montalbetti (1953)

“el cuatro está solo” dice Juan Román Riquelme

y esa frase es la primera parte de su teoría del poema.

No se trata de un elogio de la soledad del cuatro

sino de un elogio de la soledad del espacio
que se abre
alrededor del cuatro.

Es en la soledad que se juega el poema,
pero no en la soledad de las palabras
sino en la soledad de los espacios
por donde se van a mover las palabras.

Cuando Juan Román Riquelme dice “el cuatro está solo”

el cuatro no está solo para orar en una ermita
ni para meditar sobre la futilidad del juego.

“el cuatro está solo” es que el espacio
delante del cuatro
se puede abrir.
¿A qué? al movimiento, dice Juan Román Riquelme.

El movimiento exige la soledad de espacio.

Esa es la primera parte.
La segunda parte de la teoría del poema de Juan Román Riquelme
es un símil:

si vas por la autopista y hay un atolladero
entonces doblás, dice Juan Román Riquelme

y vas por donde no hay congestión.

El símil es con el poema: si estás escribiendo
un poema
y ves que hay muchas palabras delante de ti,
te desviás y vas por donde hay pocas.

Hay quienes (a veces locos, a veces genios)
ven un atolladero
y se meten por ahí, Messi, Góngora,

gente rara que aborrece la soledad
del espacio.

La dificultad del poema
es que hay muchas palabras juntas
y entonces
nada se mueve

y todo apunta al 0-0,

al aburrimiento radical de 47 pases horizontales
para que nada realmente ocurra.

Esa es la teoría del poema de Juan Román Riquelme.

Zinedine Zidane (debo buscar la referencia)
había dicho algo similar:

“si te dan dos metros
cualquiera escribe bien”.

Desde la ventanilla del bus

Claudio Bertoni

Veo unas vacas
en una cancha de fútbol

dos pasan
rozando un palo

la tercera
es gol.

Cancha rayada

Fabián Casas

Caminamos, con mi viejo, por la playa de estacionamiento.
Es un día de calor sofocante
y en el asfalto recalentado
vemos la sombra de un pájaro negro
que vuela en círculos,
como satélite de nuestra desgracia.
Una multitud victoriosa, a nuestras espaldas,
ruge todavía en la cancha.
Acabamos de perder el campeonato.
La cabina del auto es un horno a leña;
los asientos queman y el sol que pega
en el vidrio, enceguece.
Pero no importa, como dos bonzos
dispuestos a inmolarse,
nos sentamos y enciendo el motor:
Fabián Casas y su padre van en coche al muere.

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Un teatro llamado San Siro

por MARIO CÁRDENAS • Ilustración de Jenny Giraldo García

Número 149 Mayo de 2026

Cuando me inventé la idea de que quería hacer un via|je a Milán para visitar un estadio y escribir algo, la invención y su efecto sorpresa tomó un impulso en la charla de sábado que se apagaba. Pero no, no iba a viajar. Hay cosas que uno dice para llamar la atención.

Lo cierto es con o sin viaje iba a escribirle una carta al estadio, pero la carta no me salió, me salió otra cosa: un texto cocido con varias piezas y recuerdos modificados sobre un estadio que tiene la forma de uno de los últimos eslabones del fútbol de antes.

Hay un hálito romántico, quizás más atractivo, en escribir una carta al edificio que será demolido y nunca verás en pie. Algo de utopía. Escribir a unas imágenes y a un deseo creado con distancia.

Al edificio lo he visto de lejos; a cierta distancia parece un coliseo con forma de nave espacial varada en un pedazo de tierra de un barrio que tiene su nombre más popular. Lo he visto en fotografías y en los encuadres de la señal de televisión, en videos que muestran partes de su interior y su exterior.

Últimamente lo he visto más, en nuevos videos que dan otros panoramas, tomas aéreas desde un dron, en fotografías que se enfocan en sus detalles, desde adentro, desde afuera, desde un costado. Tengo las piezas de un rompecabezas, no las tengo todas, pero con eso me basta. Veinte años atrás visitarlo era un sueño, pero me repele tanto la idea del turista que se precia de viajar para conocer algo, tomarse la foto rápidamente y ajustar la colección, que abandoné la idea.

En San Siro, el 19 de junio de 1990, la selección Colombia de fútbol marcó el primer gol que tengo en mi memoria, el gol que tiene gran significado para muchos de mi generación. Me acuerdo de ese día, era un martes, tenía el uniforme del colegio puesto, estaba llegando o saliendo directo por esa carrera 23 de Calarcá que unía mi casa con el colegio, en esa mañana lo que captaba mi atención era el televisor Shimasu a color de doce botones con la imagen nítida rodando. La jugada de gol tiene la forma de una llave que abre un muro: un esquema perfecto que calza y destraba, el balón pasando entre las piernas de un arquero, el gol, y la celebración de un grupo de muchachos con chaquetas y camisetas rojas con líneas amarillas y azules que se amontonan sobre el anotador. Todo es perfecto, lo repito de nuevo: el balón que circula por la cancha transformado en una bola de billar sobre un paño verde. Es un momento infinito.

Me acuerdo también que en la celebración desbordada empezaron a titilar unas letras que brotaban de la pantalla, en ese momento creí que éramos campeones de algo, mientras mi papá y mi mamá celebraban saltando, yo me quedé fijo viendo la pantalla de catorce pulgadas del televisor. En medio del griterío imaginé que habíamos ganado el mundial, que habíamos ganado algo grande. Las letras, supe después, decían: Viva Colombia. Todavía las busco intentando que en la repetición diga: Campeones del mundo. Lo cierto es que ganamos algo, enorme, empatar en un San Siro repleto de banderas alemanas, con un gol perfecto al último segundo en contra de Alemania Federal, un empate en contra de la selección que ganó el mundial de Italia 90.

Los uniformes de las dos selecciones son camisetas y chaquetas que están en el altar de los uniformes de fútbol: Alemania recién unificada, pero con la herida abierta. Colombia, en uno de los primeros capítulos de la guerra por las drogas, tratando de sobrellevar el trauma de uno de sus años más violentos. Para muchos de los jugadores de la selección: René Higuita, el Chonto Herrera, Leonel, el Bendito Fajardo, el Pibe Valderrama, Andrés Escobar, Freddy Rincón, la Gambeta Estrada, jugar en el mundial en San Siro era como estar en otro planeta. Contrario a lo que pasaba con algunos de los alemanes: Andreas Brehme, Lothar Matthäus, Jürgen Klinsmann, San Siro era su cancha habitual.

El mundial y el partido fueron un sueño dentro de un sueño. Los jugadores colombianos hacían del balón un péndulo que se movía en muchas direcciones, apenas comenzaban a sonar en el concierto mundial. Jugaron y empataron con el gol que Freddy Eusebio Rincón Valencia celebra con el número 19 en la espalda y soltando el grito con los puños apretados que no lograron contener tanta euforia. 

En los primeros años de la década del dos mil, uno de mis primos mayores tenía una pequeña colección de revistas de fútbol que se perdió entre trasteo y trasteo. Hay una que aún sigo buscando, la revista traía impresa a doble página una foto tomada detrás del arco sur de San Siro justo cuando el balón está ingresando entre las piernas del joven Bodo Illgner. Recuerdo, y veo la imagen: al costado izquierdo estaba el arquero desparramado mirando hacia atrás, el balón entrando, la malla del arco cubría las dos páginas y entre los orificios se veía el estadio, sus pisos elevados y graderías de colores verde, azul y rojo, la sombra blanca de los hinchas alemanes, los techos transparentes, las torres y estructuras rojas. El estadio desde ese punto se ve como una catedral de muchos pisos. No sé si fue ahí, o de tanto ver fútbol italiano que me despertó una pasión por ese estadio. Una obsesión por un espacio lejano y sagrado.

San Siro, o Giuseppe Meazza como le dicen los hinchas del Inter de Milán, es uno de esos últimos estadios, antes de que todos se volvieran latas de sardinas o inodoros diseñados para la gente que va los estadios a tomarse fotos y posar las camisetas de equipos que no les interesan. Lo sé, es una idea básica y romántica. El alegato típico contra el fútbol moderno. Dicen que no ver la virtud de lo nuevo es aferrarse demasiado a la nostalgia, pero San Siro, como el demolido Highbury, el Estadio Olímpico de Múnich, el Monumental en Buenos Aires, el Arena de Ámsterdam o el Signal Iduna Park son estadios de hinchas de fútbol, de gente que va a las canchas porque les gusta ese juego popular.

En San Siro también hizo un gol Faustino Hernán Asprilla Hinestroza. Es otro de esos momentos infinitos. Fue en una de esas mañanas de domingo en los primeros años noventa cuando nos levantábamos a ver Calcio italiano. También fue el costado sur, de tiro libre, al AC Milan de Fabio Capello el domingo 21 de marzo de 1993. Fue el gol de la temporada. El arquero Sebastiano Rossi apenas se mueve para ver el balón que se mete en la escuadra. El invicto de 58 fechas del Milan de Baresi, Maldini, Savicevic, Massaro, de los Gli invincibili, se vino al piso. El testigo de una nueva hazaña de un colombiano: San Siro, con sus graderías de colores, la arquitectura del techo, los cuernos rojos y las once torres.

Este año San Siro cumplirá cien años y será demolido, es lo que se ha anunciado. Un coliseo del que no quedarán ni las ruinas. Pero San Siro no siempre fue así como lo hemos visto desde hace cuatro décadas. El estadio Giuseppe Meazza del barrio San Siro fue inaugurado el 19 de septiembre de 1926 tras comenzar su construcción en 1925 por iniciativa de Piero Pirelli, presidente del AC Milan, con diseño de los arquitectos Alberto Cugini y Ulisse Stacchini, en esa primera versión los arquitectos mezclaron elementos del estilo Liberty que estaba en tendencia con elementos neoclásicos tardíos, en un concepto de estadio similar al de los equipos ingleses: cuatro tribunas independientes, perpendiculares al terreno de juego y construidas de hormigón armado, una de las cuales estaba parcialmente techada, sin pista atlética, con las graderías encima de los arcos, solo para fútbol. Diez años después el ayuntamiento de Milán tomó la administración del estadio y se hizo la primera reforma bajo la supervisión de ingeniero Bertera y el arquitecto Perlasca, se agregaron cerramientos a las gradas y su capacidad se amplió a sesenta mil espectadores. Gigante para su época. Luego, en 1956, sería rediseñado por Armando Ronca y Ferruccio Calzolari. Los arquitectos proyectaron la construcción de un segundo anillo de gradas accesible a través de una serie de rampas que recorren todas las paredes del edificio. La imagen de nuevo cambió, se abrió paso a unas temporadas de éxito para el Inter y el AC Milan con una docena es scudettos y varias ligas de campeones de Europa. A partir de esa renovación al San Siro se le empezó a llamar Scala del Calcio, una variación del nombre del teatro más famoso de Milán. Un teatro para el fútbol y el primer estadio con iluminación nocturna de Italia. En los años ochenta se dio el último cambio drástico y se completó la imagen que tengo en la memoria: los arquitectos Giancarlo Ragazzi y Enrico Hoffer y el ingeniero Leo Finzi completaron lo que hoy son las señas de identidad del estadio, las once torres cilíndricas con rampa helicoidal que permiten el acceso al tercer anillo de graderías, sobre el que descansa una cubierta de acero pintada de rojo.

La última fase hizo del nuevo San Siro unas de las sedes principales del mundial de Italia 90, con la ceremonia de apertura y el partido entre el vigente campeón Argentina y la debutante selección de Camerún. En la ceremonia de inauguración, con la luz de esos días, Gianna Nannini y Edoardo Bennato interpretaron el tema musical oficial Un’estate italiana, versión en italiano del proyecto creado por Giorgio Moroder y el letrista Tom Whitlock, que en su versión en inglés, y olvidada para muchos, fue titulada como: To be number one. Gianna y Edoardo, dos jóvenes de Nápoles y Siena, cantan en San Siro esa balada que también parece el himno de un mundo que se está acabando, suena a despedida, a un tiempo que se va alejando. Desde entonces, los mundiales han ido cambiando, y aunque para muchos el de Italia no fue un gran mundial, su promedio de goles fue bajo, las asistencias no fueron las mejores, es de esos mundiales que están más cercanos al fútbol de antes y no a los espectáculos costosos y saturados de marketing que se fueron implantando desde USA 94 como una serie de bromas infinitas.

Mientras escribo esto no sé si por la alocución del algoritmo que trata de afectar la redacción llegan nuevas imágenes de San Siro. El teatro que se va a demoler es testigo de otro evento: las primeras imágenes que veo son las del estadio en preparación para una ceremonia, la iluminación interior resalta los colores de sus graderías, la imagen es fúnebre, al interior unas piezas blancas en vitrinas esperan el momento. Más tarde nuevas imágenes y sonidos llegan en una serie: aparece Andrea Bocelli vestido de negro con una nítida interpretación de Nessun Dorma de la ópera Turandot de Puccini en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán. Sí, Bocelli, el mismo que cantó veinte años atrás en la ceremonia de apertura de Juegos Olímpicos de Turín. “Belleza y poder”, leo en uno de los comentarios que aparecen debajo del video. En la ceremonia las luces amarillas no distorsionan la uniformidad de lo que se antoja es un velorio. Hay más; luego, otra imagen sella de nuevo esa idea de belleza y poder: Laura Pausini, con un vestido negro y brillantes, interpreta el himno nacional de Italia, a lado y lado las modelos que han desfilado en el homenaje a Giorgio Armani con los trajes de colores de la bandera de Italia la acompañan. Elegancia contenida. Belleza limpia y blanca. Pausini canta, ejecuta, como lo hizo Bocelli, en sus casos no habrá un juicio técnico sino racional admiración por la sobriedad y la regla del protocolo. Las letras del himno que salen de su boca se lo tragan todo como una luz blanca salida de un reflector, en un momento una de las cámaras enfoca a la primera ministra de Italia Giorgia Meloni quien sonríe a gusto. El gesto es contenido. Parece satisfecha por el resultado de la ceremonia: ejecución, canto, belleza blanca y poder. He visto esas imágenes antes; en los desfiles y las puestas en escena de Nayib Bukele, en los sueños y las copias de las actuaciones de Abelardo de la Espriella, antes de que por campaña tuviera que fingir gusto popular.

Las últimas imágenes son de una batalla; afuera, en las calles de Milán, las protestas contra los juegos son un enfrentamiento que olvida la limpieza del espectáculo, no hay control, nada de belleza y poder, también hay luces en muchas direcciones, hay fuegos artificiales, bengalas que rompen el marco y la limpieza que se controla al interior. A la limpieza de la ceremonia dentro de la Scala del Calcio se contrapone lo que sucede afuera. Es un tipo de ceremonia que manda un mensaje: en un mundo abiertamente fascista esta es la ceremonia ideal que se contrapone a otros símbolos de consuelo y alegría.

San Siro es la casa del derby della Madonnina, entre el FC Internazionale y AC Milan, nombrado así en honor a la estatua de la Virgen de los Dolores, conocida popularmente como Madonnina, que se encuentra en la cima del Duomo de Milán. La virgen es para muchos la protección de la ciudad, una estatua que como el estadio son parte de su alma. “San Siro no es un símbolo de la ciudad, es parte de la historia de la ciudad”, dice un hincha en un documental de la Deutsche Welle.

El estadio caerá, la ceremonia que celebró Meloni a puerta cerrada es apenas un preámbulo de lo que se derrumba y se instala, de algo que está emergiendo de a poco, aunque ya se ve su forma. Mientras la poca atención pasa por el show de Bad Bunny en el Super Bowl, el espectáculo de supermercado no nos deja ver los otros lados. No sería extraño que San Siro sea testigo de esto, el punto de una nueva bienvenida. Como pasó en Milán en 1919 cuando Benito Mussolini fundó el Fasci Italiani di Combattimento. Milán es la recreación de un nuevo punto de partida, de lo que espera el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, cuando dictó la Conferencia de Seguridad de Múnich unos días después: “Queremos aliados que estén orgullosos de su cultura y su patrimonio, que comprendan que somos herederos de la misma civilización grande y noble, y que, junto con nosotros, estén dispuestos y sean capaces de defenderla”. Belleza blanca y poder.

Volví a ver el partido entre Colombia y Alemania Federal. Lo vi completo, sin narración y con la captura de los sonidos que permiten escuchar las voces en la cancha, en el archivo hay tramos en los que se puede escuchar lo que se dice de cerca entre un jugador y otro. Las palabras van y vienen en diminutivos, gritos, arengas, alientos que se alternan coon las palabras que dicen los alemanes. Las voces de jóvenes de la selección tienen un eco perceptible, el sonido de las palabras y los gestos es igual a lo que escuchamos en un partido del barrio. Un monumento al fútbol colombiano y nuestra memoria popular. Unas imágenes y sonidos que siguen circulando entre esos más de noventa minutos de partido.

Reviso de nuevo lo que escribo, afuera de la casa hay un equipo de producción que organiza detalles para grabar unas escenas. No sé si es parte de una película, un comercial o una serie. En la calle se vive un ambiente inusual. De repente escucho unos gritos, me asomo de nuevo a la ventana a husmear, sale un grupo de mujeres, hombres y niños vestidos con las camisetas de la selección Colombia, son copias y versiones de las camisetas de Italia 90. Al final queda uno de los hombres con una camiseta roja, desde lejos parece Freddy Rincón caminando.

Aunque se han hecho esfuerzos por declarar a San Siro como patrimonio cultural el edificio parece ir derecho al matadero. Al margen de esto, el archivo, volver a las imágenes, me permite crear una interrupción y una alternativa a esa idea global y homogénea de la belleza que se ha instalado como monocultivo. Como pasó con el viejo Wembley, otro de esos estadios donde un jugador colombiano dejó su sello, San Siro caerá. Pero eso no borrará nada.

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Tres historias de agrande

por JUANGUI ROMERO • Ilustración de Maria Alejandra Pérez

Número 149 Mayo de 2026

Cambio de ritmo

¿Qué habría pasado si yo tuviera hijos? En eso me quedé pensando al ver a ese niño subirse a esa moto con cara de quien quiere llegar cuanto antes a la casa después de un mal partido, y bañarse, y estregarse con rabia cada dedo del pie derecho, los culpables de tantas malas jugadas que solo merecen perderse por el desagüe. Su padre —o a lo mejor era el tío futbolero— no lo dejó ponerse el casco, no se lo pasó a pesar de que el chico lo pedía. Quería que siguiera ahí parado, pensando en ese partido hasta cuando él lo decidiera, hasta que le diera la gana de encender la moto —hasta que se despidieran en el aeropuerto, cuando el hombre volvería a marcharse una vez más, rumbo a Estados Unidos—. “Santi, si haces eso no va a importar tu estatura…, les vas a ganar a todos esos grandotes”. El hombre trabajaba en Miami —y según mis ataques de grandeza, todo era producto de la torpeza típica de un padre ausente—. “Mira, Santi, yo trabajo cerquita al estadio donde juega Messi y lo veo hacer eso cada semana… Y mira lo viejo que está”. El tipo lucía una camisa de fútbol americano que le quedaba juagada —la moto le quedaba igual—, en una mano tenía un vapeador que se llevaba cada rato a la boca y los dos cascos seguían colgados de los espejos. Siempre estuvo sentado de medio lado sobre el sillín de la moto, desesperado por tirarle la lengua al niño, pero este nunca le respondió. “Cuando vayas te voy a llevar a unas montañas rusas que tienen las curvas flat, ¿sabes qué quiere decir flat?… Planas, curvas planas. ¡Pura velocidad!”. El chico seguía escuchándolo en silencio, más bien desatento, escasamente levantaba la cabeza cuando aparecían esas palabras en inglés, como si en esos momentos lo picara un zancudo. “Esas montañas rusas se llaman wild mouse, ¡ratón salvaje!, ¿escuchaste bien, Santi?, eso es lo que tienes que ser tú en la cancha”. Y fue en ese instante cuando por fin le pasó el casco al niño, y también se puso el suyo, como si ahora necesitara acelerarlo todo. La moto estaba en una bahía, junto a la mía, delante de una seguidilla de canchas sintéticas, y entonces el freno retador de un bus que había parado justo al frente, anunció con su bufido lo que este hombre —también cincuentón, como yo—, consideraba el clímax de su charla técnica: “Santi, mira este bus. Los dos vamos a arrancar al mismo tiempo. Nosotros somos un delantero y él un defensa tan grande y pesado como Yerry Mina. ¿Cómo le ganas?, si decides chocarlo, mueres; si le cambias de ritmo, lo dejamos mirándonos la placa”. Eso fue lo último que escuché, mientras seguía esperando a mi esposa. Cuando tengo que recogerla me las ingenio para citarla junto a cualquier cancha de fútbol, así veo desde la moto lo que sucede en esos partiditos. Incluso, si ya estamos rodando y pasamos cuando van a cobrar un tiro de esquina o un tiro libre, desacelero a ver cómo termina la jugada. Por fortuna, ella hace rato entendió que esto es una enfermedad.

Un abrazo torcido

No recuerdo la fecha exacta, pero fue en 1993. Ese día jugábamos la final del torneo de micro más famoso de la Universidad de Antioquia: el de los bajos de la biblioteca central. Para mí, el campeonato que llevó a Gianni Infantino, el presidente de la Fifa, a armar este mundial con 48 selecciones. Está claro que a este man no le gusta que ningún récord duerma lejos de su casa, y seguro alguien le mostró en cualquier reunión los registros con este mismo número de equipos que dejó para la historia don Miguel Valencia (q. e. p. d.); ese señor con aires de cacique bonachón, que además de vender periódicos en la principal portería de esta universidad, se la pasaba colgando allí, en la malla contigua, unos tableros de lata o de cartón en los que difundía todo tipo de noticias. Un periodista empírico incansable, que por esos días publicaba los resultados e incluso algunos comentarios que dejaba cada nueva fecha de este campeonato del que ya solo quedábamos dos equipos de los 48 que habían arrancado —cómo no remarcarlo—, lo hacía en unas letras grandísimas, hechas con marcador, que solían atravesar el reverso de varios cartones de Marlboro. Todavía recuerdo que ese día llegué de mañanita a la U, y eso que no tenía clases. Estaba muy ansioso ante semejante partido, proyectado para el mediodía. Y lo primero que hice fue quedarme un rato en los bajos de la biblioteca, mirando la cancha, contemplándola todavía dormida, esperando que aparecieran mis compañeros de equipo —en esa época los celulares eran cosa de ciencia ficción—. Pero, ¡oh sorpresa!, el primero que me saludó, el primero en hablarme del partido ese día fue justamente don Miguel: “¿A usted le molestaría dedicarme un gol hoy?… Si hace gol, ¿me lo dedica, por favor…? Yo voy a estar ahí en las primeras escalas…”. Aunque él saludaba a todo el mundo, yo no era su amigo, si acaso le había comprado uno que otro periódico para cualquier tarea. Lo cierto es que dicho eso, se fue. Cada frase suya le había salido más cortada que la anterior, como si de verdad me viera como una estrella y le avergonzara hacerme tal solicitud. Yo, en cambio, le contesté con la alegría de un trovador: “¡Claaaro don Miguel!, ¡claro que sí!, ¡hágale don Miguel!”. Yo estaba pleno, y entonces, por cábala; o, mejor dicho, por ganas de ser ídolo, campeón, figura, estrella, leyenda, decidí no contarles nada a ninguno de mis compañeros… A nadie. Siempre se ha dicho que si uno habla de este tipo de cosas antes de que sucedan, se vinagran, y todo pintaba como un delicioso banquete para el ego: nosotros ya le habíamos ganado 4-1 a ese equipo en la ronda de grupos; en el último partido habíamos eliminado a Salseros, campeón invicto del torneo anterior; yo estaba entre los goleadores del campeonato; a la gente le gustaba nuestro juego. ¿Qué podía fallar? A partir de ese momento, no hice otra cosa que imaginar lo que don Miguel pondría sobre mi gol y sobre nuestro abrazo en su gran periódico mural. Al fin y al cabo, él era uno de los personajes más queridos de la U, y tal vez el periodista más leído en la U de A. Pero a la gloria le gusta jugar con los sentimientos de las personas, es la más casquillera de todas las casquilleras, porque cuando apenas el partido llevaba unos minutos, decidió clavarme un par de inyecciones en los ojos. La jeringa uno contenía un golazo del equipo rival. Y la segunda me entró todavía peor, sin que yo hubiera logrado parpadear, porque ahí estaba, apenas a unos pasos míos, la imagen sonriente de don Miguel esperando en la tribuna con los brazos abiertos al anotador de ese gol, saltando como nunca lo vi hacerlo, como si fuera el barrista más apasionado de la historia del fútbol. Yo no lo podía creer. “¡Vamos, vamos!”, gritaban desesperados varios de mis compañeros, tratando de meternos de nuevo en el partido. Y aunque al final no tuvimos nada que reprocharnos porque corrimos como locos, perdimos 3-2, y sobra decir que no hice gol. Cuando ya íbamos de salida para la casa, mis compañeros y yo decidimos abordar a don Miguel, al verlo ahí, parapetado como siempre en su puesto de periódicos, para decirle de mil maneras que era un torcido, un vil mercader de los abrazos, pero él no hizo más que reírse, acusándome entre bromas de ser el mayor perdedor de todos esos perdedores. Unos días después le pedí que me regalara ese pedazo de cartón en el que escribió que el favoritismo nos había maniatado, que habíamos perdido por creernos superiores —y lo guardé durante mucho tiempo—. Ese fue el primer recuerdo que desempolvé en mi mente cuando el capitán de este inolvidable equipo me puso el 12 de octubre del año pasado un mensaje de Whatsapp que anunciaba la muerte de don Miguel Valencia, el final del juego para Miguel carteles.

Larga vida al Toque

Todos le decíamos Toque, aunque hubo un tiempo en el que su apodo fue el Black. Era un metalero del barrio al que le dio por jugar fútbol después de los treinta. Y aunque él y sus amigos me llevaban quince años o más, yo jugaba con ellos todos los domingos en una cancha de arenilla larguísima en la que se estiraban tremendos cotejos. Al comienzo, su principal “virtud” consistía en ensuciar los partidos. Le fascinaba meter el balón entre los bordes internos de los pies, atenazarlo con los tobillos, para deambular por la cancha a punta de pequeños saltitos, buscando que se armara la trifulca. Era como si su objetivo no fuera convertir goles o ayudar a hacerlos sino crear pequeños pogos. Otras veces, se ponía a aplanchar la pelota en el punto del tiro de esquina, de espaldas a la cancha, para robarnos los minutos más preciados de aquellos calurosos domingos, amontonando a su alrededor a varios jugadores, incluidos algunos de su equipo, hasta que lograba salir de allí a la fuerza, taqueando, forcejeando contra todos. En ocasiones, lo hacía a los puños, con cualquiera que caía en su juego, porque, además, cada vez estaba más cuajo a punta de hacer barras y pesas. Bueno, no tanto como su rottweiler, ese perro negro que un día cayó fulminado en medio de la rutina militar que ambos seguían todos los domingos: subir y bajar el cerro de las Tres Cruces no sé cuántas veces, antes de caer a jugar el picadito semanal. El perro también jugaba su partido porque él lo amarraba en una de las mallas que estaba a la entrada de la cancha, y a este cada tanto le daba por perseguir el balón hasta donde su cadena se lo permitiera, el mejor estímulo para aprender a frenarnos sobre la marcha, al reconocer que esas mandíbulas marcaban el punto exacto para devolver el balón de taco, esa jugada que se volvió el sello de todos en el barrio gracias al perro del Toque. Esa palabra mágica que se convirtió en su alias porque empezó a salir de su boca como una muletilla a medida que fue adquiriendo más dominio de balón. Esa que todos los amigos repetimos en su entierro como una especie de letanía. En muy poco tiempo el Toque aprendió a moverse sin parar, esperando que le devolvieran el balón y devolviéndolo de una, siempre estaba desmarcado. Entendía tan bien el juego que todos terminamos aceptando que se comportara como esos profesores de aeróbicos que marcan el ritmo y la intensidad de los movimientos de todos sus seguidores. “Toque, eso, toque, toque, muévase”. Eso se la pasaba diciendo todo el partido. De pronto, todos queríamos jugar en su equipo, sobre todo los más chicos, pero también así de repente nos llegó la noticia de su muerte. Sus hermanos simplemente dijeron que se había metido con la gente equivocada y ya. Pero a mí no se me olvida que en esa sala de velación todos sus amigos futboleros estuvimos ahí, recordando cómo su disciplina y su talento lo habían convertido en uno de los mejores jugadores del barrio, conversando y conversando de su carrera futbolística, como si esta existiera de verdad, porque realmente no sabíamos nada más de su vida. Seguramente por eso primero lo llamaban el Black.

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Nave y hormiguero

por JUAN CARLOS ORREGO

Exclusivo web

La ciudad estrena su estadio, 1953.

El estadio sembrado en el cruce de la calle Pichincha y la carrera 74, en Medellín, ha acabado por ser la razón de la inmortalidad de Atanasio Girardot. Los maestros de escuela, enemigos personales de la buena memoria, ya no difunden en sus cursos la noticia de que el coronel antioqueño murió envuelto en la bandera tricolor en el cerro venezolano de Bárbula, mientras cuidaba la retaguardia de Simón Bolívar en la Campaña Admirable, el 30 de septiembre de 1813.

Para fortuna de la memoria del prócer, un proyecto de 1937 aprobó la construcción del estadio que habría de llevar su nombre. Los terrenos se adquirieron en 1946 y la inauguración del estadio tuvo lugar el 19 de marzo de 1953, día de San José Obrero. La profanación se perpetró con un empate a dos goles entre Atlético Nacional y Alianza Lima. El escenario que se estrenó era un óvalo bajo de graderías completas, con dos pisos en la parte occidental, el más alto de ellos con techo para burlar el sol y la lluvia. De acuerdo con la prensa de la época, más de treinta mil personas se hicieron presentes, y aunque el sobrecupo debió ser evidente, “no se registraron incidentes de ninguna clase”. Una foto deja ver la mole en la mitad de una manga romboidal surcada por lo que parecen las aristas de un diamante; las obras del colegio San Ignacio en construcción, en el lote que habría de ser la esquina nororiental de la calle Colombia con la carrera 70, parecen tomar distancia, como quien ve posarse una nave interplanetaria.

Varias razones autorizan el símil entre el estadio y la nave. Una es que ambas son armazones extrañas y siniestras: por lo menos así sucede con el estadio la mayor parte del tiempo —cinco o seis días a la semana—, mientras permanece vacío y silencioso, con miles de sillas con agua recogida en sus concavidades, una manga gigante sin rebaño que la recorra y decenas de cabinas desiertas como las vitrinas de un comercio caído en desgracia. Es una ilusión de románticos aquello de que el estadio es como un templo: no hay tal. En el templo vacío se está a gusto, con la comodidad de ser recibido por Dios en una entrevista personal. En el estadio cerrado se siente uno entre fantasmas, de modo que nada resulta tan entrañable como cuando los vivos acuden a la cita: como el 18 de junio de 2003, día superlativo en que se juntaron 53 225 personas para ver jugar al DIM contra Santos en la semifinal de la Copa Libertadores de América.

No es solo la masa de rara avis del Atanasio Girardot lo que sugiere compararlo con una máquina de mundos remotos: también cuenta su desdoblarse, en el tiempo, a manera de módulo espacial. Del redondel original —con su giba solitaria hacia el lado del ocaso— surgió, en 1976, una gigantesca ala de graderías en el oriente, completándose así la forma básica de la nave y acercándose el aforo del estadio a los cuarenta mil espectadores. Después, entre 1989 y 1990, dos paneles de tribunas se levantaron al norte y al sur y completaron la forma de tazón de una antena satelital. Hace cinco años el glamur del Mundial Juvenil de Fútbol encendió luces rutilantes en las tribunas, revistiendo el cemento con silletería policroma. El día menos pensado, el techo del occidente se duplicará como si se tratara de los élitros de un colosal escarabajo mecánico.

Conozco personalmente la mitad de la historia del Atanasio Girardot, esto es, desde 1983. La mole tenía treinta años cuando crucé su umbral por primera vez, y han pasado ya más de treinta años desde aquel día memorable, cuando Medellín le ganó 2-0 al Quindío con goles de Carlos ‘la Fiera’ Gutiérrez y el peruano Jorge Olaechea. Sin embargo, tan fresco como el recuerdo de esos goles —así como de un penalti atajado por Carlos Alfredo Gay, nuestro arquero, en la portería norte—, conservo el de mi primera impresión al saberme en las entrañas del estadio: voy subiendo con mi hermano y un tío materno por las escaleras internas de la tribuna Oriental, por el recodo extra que hay que salvar para asomar por la boca del graderío; esa extraña parte del estadio —exclusiva de Oriental— en que se avanza por entre una cerrazón de muros, sin ventanas ni vanos que regalen una mínima imagen del exterior, bajo un techo de escalones invertidos que, en la edad más tierna y sin la debida tutela de un adulto, cualquiera podría tomar por la pared interna de una gigantesca caja torácica.

En 1989 conocí los intestinos terrosos, en los partidos nocturnos aderezados con los goles de Jorge Daniel Jara y Carlos Castro. Fue cuando se amplió la tribuna Oriental —que hasta entonces, como cualquier puntero enjundioso, llegaba hasta la raya final del campo, sin alcanzar la postrera zona de traslado— y se construyeron los segundos pisos de las tribunas Norte y Sur, rebasándose por fin la capacidad de los cincuenta mil hinchas. Se entraba al estadio por una especie de socavón de mina, a través de una maroma de albañilería en madera y sobre un lodazal; al final del túnel arrancaban las escaleras, y a su término, por la boca de las gradas, se colaba una luz que parecía más rutilante justo porque el paso por el inframundo hacía olvidar que se estaba en un estadio. De ahí que el tránsito de las escaleras a la superficie de la gradería —ese último paso trascendental que nos lleva de un mundo a otro— se hiciera más sobrecogedor de lo que suele ser.

El sueño comenzaba a hacerse realidad.
Las tribunas empezaban a vislumbrarse.

Poco después, durante mi año de forzosa militancia en una barra alborotadora y saltarina de principios de los noventa, supe de los movimientos del monstruo. Aunque ya tenía vagas noticias del temblor que había sacudido el hormigón de las tribunas durante los tumultuosos partidos de Nacional en la Copa Libertadores de 1989, otra cosa fue sentir semejante fiebre arquitectónica bajo mis pies. Era como si un gigante dormido intentara despertar, sin acabar de hacerlo del todo, bajo el ataque más o menos inocente de miles de enanos. Si a la insignificancia humana le fuera dado vencer sus férreos límites y hubiera logrado, aquella vez, irritar de verdad al coloso, el Atanasio Girardot se hubiera levantado de su nido de árboles para andar por Medellín, tumbando edificios y averiando calles pero albergando en su seno, amoroso, la bullaranga de algún partido copero de 1989 o los cincuenta mil devotos que vieron al DIM ganarle por la mínima diferencia a Millonarios, el 12 de agosto de 1990; habría sido como si a la ciudad la pisoteara una de esas máquinas AT-AT de la Guerra de las Galaxias, o el Castillo Ambulante de la película en anime dirigida por Hayao Miyazaki.

Al final, tanta ensoñación con el enorme edificio- ente solo conduce a un hecho tan maravilloso como sencillo: la realidad última de las hormigas que lo colonizan. En el estadio, como en muy pocas partes, se verifica perfectamente aquella verdad trillada —con tufillo de consigna política— de que la unión hace la fuerza. Desde el barrio Belén —donde viví hasta los veintitantos años— escuché decenas de goles, entonados a treinta cuadras de distancia por miles de gargantas anónimas. La primera vez que oí esa explosión fue en 1987, con motivo de un gol de León Fernando Villa en un partido de Nacional contra Santa Fe, en el octogonal de ese año. Yo me distraía en casa, atisbando pájaros desde la terraza, cuando sentí la caída de esa bomba de entusiasmo; las aves, turbadas, se miraron unas a otras. En el año 2001, cuando el azar conyugal me llevó a vivir en el barrio Santa Lucía, a menos de diez cuadras del Atanasio Girardot, los gritos de gol de Nacional se me hicieron tan cotidianos —los miércoles y los domingos— como el silbido de la olla de presión o los chillidos estridentes del despertador. De más está decir que, cada vez que juega el DIM, yo soy una entre las hormigas gritonas.

Una nave aterriza en Otrabanda, 1952.
Damas de Medellín y jugadores del equipo Alianza Lima en el desfile inaugural del estadio Atanasio Girardot.

Así como el símil del estadio como nave varada, tampoco carece de justificación el que lo ve como un hormiguero; concretamente, como un hormiguero que convoca a sus habitantes. Cualquier estadio ejerce esa fascinación para todo aquel parroquiano que haya decidido entregarse a su rutina, pero mucho más el Atanasio Girardot: muellemente tendido en la llanura —el verso es de Gregorio Gutiérrez González—, se lo avista desde todo el redondel montañoso del valle de Aburrá y se siente el deseo imperioso de ir hasta él. Las noches de fútbol, recubierto por un halo de potentes luces blancas, su zumbido de reclamo es especialmente poderoso. Si, por una contingencia maldita, se ha dejado de ir a un partido del equipo amado, ver el estadio alumbrando a la distancia se hace particularmente penoso. El precio de ser hormiga es estar con las demás.

A los pies del estadio, entre los ríos de hinchas, gentes de la radio y la televisión, revendedores de boletas, noveleros extraviados y ventorrillos de cerveza y carne frita a lo largo de todo un torneo, lo grandioso y lo vulgar logran su equilibrio. Con naturalidad, la nave abre las puertas a sus tripulantes; el hormiguero recibe a sus hormigas, Gulliver es pisado por los liliputienses, el arca alberga a sus animales ruidosos. En esos días de pesado tráfico humano por los pasillos internos y las bocas de las tribunas, el nombre del escenario no se antoja extravagante ni viciado por el excesivo romanticismo histórico: al fin y al cabo, los hinchas van hacia la cima de su Bárbula con la bandera en mano.

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Con la cabeza levantada

por JUANGUI ROMERO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

1

—Marta, ¿vos creés que naciste en el momento equivocado?

Ya llevábamos más de una hora conversando, habíamos terminado de desenrollar toda su vida futbolera —nada fácil, por cierto—, y se me ocurrió arrinconarla como hacen los periodistas de esos típicos programas de televisión en los que un jugador de otra época termina encarcelado en un primer plano imaginando que mereció más reconocimiento o más billete, como le sucede al delantero de moda.

Pero afortunadamente Marta Lida Arias Arango, una de las pioneras del fútbol femenino en Antioquia, agarró ese balón medio huevo y sin dejarlo caer lo mandó de media bolea bien lejos:

—No, yo no iba a ser ni Cata Usme, ni Yoreli Rincón. Y a mis 64 años de pura calle, ¿de qué me sirve imaginarme como una técnica famosa? A mí lo que me gustaba era dirigir. No, yo valoro todo el camino porque desde muy peladita me gané a pulso el derecho a jugar en las canchas de micro de Bello, así empecé. Así empezamos varias amigas que llegábamos temprano con un balón de básquet y al momentico sacábamos un Golty amarillo, y a jugar mientras nos gritaban de todo. ¿Y yo qué les decía? ¡Más maricas los que gritan y se esconden! Porque yo crecí en un matriarcado que nos enseñó que había que hacerse respetar.

—¿Y qué le viste de extraordinario al fútbol?

—No, como le pasa a cualquier niño, y hoy por fortuna a muchas niñas: me gustaba muchísimo llevar el balón con la cabeza levantada. Porque si usted no levanta la cabeza desde que empieza, la va a tener muy difícil. Yo siempre era atrás, con la cabeza arriba, organizando el equipo, me gustaba ser la técnica dentro de la cancha, mandar balones al espacio vacío. Y yo sé que la gente veía eso…

2

No es más que otra calle, dicen los fríos datos: la 57A entre la carrera Sucre y la Avenida Oriental. Pero Barbacoas es mucho más que eso. “Levantá un poquito la cabeza y pisá el balón”, le dice Juan Fernando Ospina mientras encuadra la foto. De lo quieta parece una estatua humana imitando a un maniquí de almacén deportivo. Son las seis de la tarde de un día de semana. Le pedimos que se vistiera así, y después, que se parara en mitad de la vía, que agarrara el balón con las manos para armar un par de piezas que evoquen los campeonatos de fútbol callejero que se jugaron hace más de treinta años en esta calle curva, con forma de bragueta, como algunos la describen.

Y entonces, ella desempolva en su cabeza una suerte de álbum tipo Panini, o mejor, varios álbumes en los que figuran muchos negocios de la zona y de distintas épocas —porque a ella le gusta proclamar que es una futbolista y ya también una lesbiana vieja guardia—. El Machete, El Paisa (después Noches Alteradas), Controversia, Milan’s Bar (después Planet), El Bar de Moe, Estación 57, El barcito de Luis, la Fonda Luna, Kanahan y Bilitis —el bar donde Marta vio por primera vez una película lésbica, la que justamente le dio el nombre al sitio— son lugares imprescindibles en la línea de tiempo de su vida y de la ciudad, donde muchos hombres y mujeres retiñeron a punta de pequeñas historias de amor las primeras letras de la sigla LGTBIQ+ cuando ya el siglo XXI se nos venía encima.

En esos álbumes, muchos de los nombres de esos bares son los mismos de los equipos, sus patrocinadores. Pero también podrían ocupar el espacio dedicado a las foticos de los estadios, porque en ellos la hinchada se ubicaba para seguir los partidos mientras disfrutaba de unas cervezas, unos aguardientes o unas copitas de cualquier otro licor.

3

¿Y por qué no hacen lo mismo en los barrios donde también están jugando fútbol a esta misma hora?, ¿les da miedo meterse en las calles donde juegan los pillos? Esas eran las arengas que recibía el único equipo que no era bien visto en esos torneos: el de los policías, que aparecían de repente para demostrar que su juego estaba pensado para evitar cualquier escándalo en la vía pública. Porque, para remate, la Catedral Metropolitana está a unos pocos pasos y los partidos se jugaban justo los días en que hay más misas: los domingos. “Pero siempre les quitamos alguna clientelita, porque no faltaron los que iban o salían de misa y se quedaban al ver el buen ambiente, aplaudiéndonos muchas veces junto a sus hijos y a sus hijas… Niñas por fin viendo que las mujeres también podíamos divertirnos y competir en ‘ese juego de varones’. Demás que después de eso, alguna le empezó a pedir balones al Niño Dios”.

Pero muy pronto todos los equipos le agarraron la vuelta al estilo del equipo policial… Todos contra ellos. Y como el fútbol es pura estrategia fue suficiente poner un par de campaneros en cada esquina para que las cosas pudieran volver a la falsa normalidad en cuestión de unos pocos segundos. La calle se abría de nuevo, los arcos, fabricados en PVC, exhibían ahora sus virtudes decorativas en cualquiera de los negocios, ¿y todas esas futbolistas? Sentadas como si nada en las aceras, a las entradas de los locales, bajándole a las pulsaciones, alguna de ellas recostada sobre el balón, ocultándolo, silenciándolo, mientras conversaban con la fanaticada. ¿Y los policías? Perdidos en la cancha.

Aunque vale anotar que también había futbolistas hombres, porque uno de los equipos más recordados se llamaba Mujeres Divinas y estaba integrado por gais y trans, quienes muchas veces jugaron de faldas corticas, pensando en levantar la tribuna, en celebrar de manera muy alegre cada gol: siempre bailando. Ni sus rivales dejaban de mirar cuando aparecían aquellas improvisadas coreografías, esos flashazos que todavía hoy parpadean en esta calle cuando a alguien se le ocurre volver a comentar alguna de esas pintorescas jugadas. ¡Porque recordar es reír!

4

Doris Ríos, la popular Fru-fru, que en paz descanse, era la Fifa. Ella lo había concebido todo desde El Paisa, ese negocio del que ya se dijo que pasó a llamarse Noches Alteradas, para buscar justamente con ingenio paisa que la zona no se apagara al finalizar las noches sabatinas, y que, incluso, no muriera tampoco en el amanecer dominical. Su idea era que los domingos también fueran alterados y dieran, además, algo de platica.

Marta ya llevaba un buen tiempo metida en el mundo del fútbol femenino en Antioquia, que por entonces andaba apenas gateando. “Había un torneo corto en el que participaban equipos de Rionegro, Sabaneta, Envigado, estaba la Universidad de Antioquia, y otros dos que se llamaban Nueva Generación y Desarrollo Sostenible, si no estoy mal… Yo jugaba en el de Itagüí, y muchas de esas jugadoras fueron las que llegaron a los torneos de Barbacoas”.

Y lo hicieron porque ella hacía tiempo trabajaba en la zona poniendo la música, atendiendo en la barra o meseriando en algunos de estos negocios, y era en ese momento una trabajadora del bar de Doris. Así las cosas, la jugadora ideal para fungir como la armadora de esos campeonatos, la todoterreno. Ella conseguía los equipos, definía la programación de cada fecha, era la planillera durante los encuentros, pitaba a veces y si estaba embalada se traía a su sobrino Jhony para que también supiera lo que era tener a las hinchadas ahí pegadas, literalmente respirándole en la nuca, unas barras bravas siempre dispuestas a gozárselo todo. “Nada, la gente lo quería mucho, y le pedía y le gritaban cosas como a cualquier árbitro, pero el ambiente era de pura camaradería, una fiesta de la diversidad. Aunque claro, todos los equipos querían ganar. Pero igual sabían que lo importante era parchar, y pa mayor aliciente estaba la marranada de cierre, que nunca faltó”.

Un gana-gana para todas porque así ella también les pudo conseguir “madrinas” a las jugadoras del equipo de Itagüí, al convencer a algunas de las clientas más pudientes de estos bares de aportar también algún dinero que les garantizara al menos los pasajes para llegar a los partidos. Las veían primero en Barbacoas y las acompañaban luego en los partidos de la liga. Puro fútbol parche.

5

Marta todavía conserva las tarjetas y el pito que se utilizaron en esos partidos. Quisiera tener un museo de esa época, o al menos más fotos, porque en su día a día siempre hay una imagen de aquellos años que la pone de nuevo a moverse sobre la arenilla o el pasto de todas esas canchas que recorrió, en las que aprendió a jugar con esos guayos que reemplazaron los tacones que utilizaba cuando era asesora de ventas del cementerio Jardines de la Fe.

Su incursión en las canchas grandes, su paso del micro al fútbol, se dio gracias a la combatividad que demostró en varios campeonatos callejeros de barrio, donde todavía las veían como una curiosidad apenas digna de introducir los partidos masculinos, de ser sus teloneros. Y fue después de uno de estos campeonatos relámpagos en el barrio Robledo Kennedy, cuando la invitaron a ser parte del equipo de fútbol de Itagüí. Para entonces Marta ya había tenido a Andrea, su única hija. Se había casado a los dieciséis, fue mamá a los dieciocho y se separó cuando tenía veintiuno, porque su madre fue la primera en remarcarle que nadie tiene por qué vivir en medio del maltrato. Una historia que prefiere llevar al terreno de los chistes al señalar que su matrimonio se vino abajo cuando se dio cuenta de que le gustaban más sus cuñadas que su marido. Con los años, su madre aceptó por fin su orientación sexual al reconocer en medio de su formación tradicionalista, de su catolicismo heredado, que no hacerlo era también maltrato.

6

De cierre de la conversa decidimos irnos a comer unas empanaditas a Maracaibo, se le nota cansada. Lleva varios días pintando una casa. Ahora se la rebusca de mil maneras, porque la pandemia la obligó a cerrar Ruta 69, un restaurante que había montado porque le fascina cocinar. Pero nada parece quitarle fuerzas. Gran parte de su tiempo lo invierte ahora en sacar adelante el trabajo de La Colectiva 69, creada para gestionar diversas iniciativas que reivindiquen a la comunidad LGTBIQ+ de la ciudad, y el fútbol es una herramienta muy valiosa en algunas de sus propuestas. Mientras comemos, Marta me recomienda un video de 2018 muy visto en las redes sociales. En este se ve a cinco jugadoras de la liga femenina de Jordania rodeando a una de sus rivales, para permitir que esta vuelva a ponerse el hiyab que se le cayó, en pleno partido, cuando intentaba eludir a dos de ellas. Se trata de un velo sin el que algunas mujeres musulmanas se sienten sumamente vulnerables, porque este da cuenta de la obediencia que han decidido profesar a su dios en todo momento.

Marta lo menciona mientras me comenta muy enojada que no puede creer que todavía se condene el fútbol femenino considerándolo un detonante del lesbianismo y no se hable, por ejemplo, de estas muestras de sororidad, que algo tendrán para decirnos en estos tiempos, me dice. Para ella, el crecimiento del fútbol practicado por mujeres se debe al invaluable aporte de las lesbianas; lo dice plenamente convencida al referir su empuje como minoría, al recordar todo lo que ella misma aguantó: “Había que ver, por ejemplo, a los hombres todos mironcitos cuando llegábamos a esas canchas y nos tocaba armar camerinos humanos, ahí en las tribunas porque no había ni baños. Unas paradas a los lados y otras adelante y atrás, para poder cambiarnos y salir a jugar. Nosotros en lo nuestro y ellos en cambio sintiendo que acosar a unas peladas era de hombres, que eso siempre es normal. Como normal les parecía darnos unos trofeos que traían un muñequito hombre y por ningún lado aludían al físico de las mujeres, como los de hoy”.

La suya fue una época de apodos: Queta, Arepa, Pachequito, Reblujo, Mino-Mino, la Totona. Y el de ella, que bien pudo haber sido la Mariscala o la Muralla, como suele bautizarse a los defensas centro, resultó ser Marta Tamales. La razón: fue a punta de estos envueltos que pagó su bachillerato y pudo también criar a su hija. Muchas veces se los vendía a los hinchas, que solían ser amigos o familiares de las mismas jugadoras; o también a estas, con las que terminaba convirtiendo los pospartidos en una especie de minipaseos al ponerse a jugar cartas y a comer tamales mientras veían y analizaban a sus próximas rivales. “Imaginate ese parche, cómo no voy a decir que esos fueron los días más felices de mi vida. Y pregúntele a cualquier mujer que haya guerriado con nosotras en esas canchas, rival o compañera, lesbiana o hetero, y te va a decir lo mismo, así no le hayamos sacado ni un peso a esto ni seamos, pero ni cinco de famosas. Pasamos bueno y pusimos a soñar a muchas, ¡le parece poquito!”.

7

“El deber ser de la mujer colombiana se construyó de acuerdo con un estereotipo de mujer burguesa blanqueada, en el que la práctica de un deporte de confrontación, como el fútbol, no cabía”, esto dice Gabriela Ardila Biela en su libro titulado A las patadas. Un recuento de la historia del fútbol de mujeres en Colombia desde 1949. Su investigación para demostrar que esta ha seguido una línea de discriminación intencionada parte de esa fecha porque según los registros de prensa, ese año en Barranquilla ya se hablaba de un cuadrangular de fútbol femenino en el que figuraban dos equipos llamados Las Sirenas de Caribe y Las Estrellas Gallegas. Y también en Cali se jugó un clásico entre el Deportivo Cali y el Boca Juniors, promovido por dos reinas de belleza: Carmen Arango y Clarita Domínguez al que asistieron catorce mil espectadores. ¡Público siempre han tenido! Y aunque apenas un año antes, en 1948, había comenzado oficialmente el campeonato profesional masculino, el de mujeres se demoró casi setenta años en arrancar. Nuestra liga profesional femenina comenzó apenas en 2017, el primer partido se jugó el 17 de febrero entre las chicas del Deportivo Pasto y las del Cortuluá.

Con los tacos arriba

por FEDERICO MONTOYA URIBE • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

Celina es dueña de su balón y lo lleva a todas partes en taconazos de punta. Se acostumbró desde chiquita, como también se acostumbró a jugar futbol en soledad, chutando contra una pared porque era la única que le devolvía la pelota. En el colegio nadie la escogía para los partidos: adelante no la ponían, porque le pegaba como niña, y no la dejaban ir al arco, porque era maniquebrada.

Desde entonces juega sola, es delantera, arquera, a veces lateral y, cuando toca, volante de marca, para dar codazos y patadas a quienes la intentan sacar de la cancha por ser “maricón”, “cacorro” o “cagón”. Ya no sueña con jugar un mundial ni con escuchar a miles corear su nombre tras un gol, sino con entrar a una tribuna con la amarilla puesta, los cachetes azules y los labios rojos, unirse a la masa que por noventa minutos se olvida de sus miedos.

Pero para ella parece imposible, porque sus miedos están ahí, sentados en un banquito de plástico sucio y chupando paleta. Todos cantan el himno con una mano en el corazón, se abrazan cuando celebran con sus hermanos de camiseta, pero en su caso el escudo no basta para hacer parte de la barra. Ella siempre es tratada como visitante.

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Pascual Gaviria

Alexander Herrera

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