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Tres historias de agrande

por JUANGUI ROMERO • Ilustración de Maria Alejandra Pérez

Número 149 Mayo de 2026

Cambio de ritmo

¿Qué habría pasado si yo tuviera hijos? En eso me quedé pensando al ver a ese niño subirse a esa moto con cara de quien quiere llegar cuanto antes a la casa después de un mal partido, y bañarse, y estregarse con rabia cada dedo del pie derecho, los culpables de tantas malas jugadas que solo merecen perderse por el desagüe. Su padre —o a lo mejor era el tío futbolero— no lo dejó ponerse el casco, no se lo pasó a pesar de que el chico lo pedía. Quería que siguiera ahí parado, pensando en ese partido hasta cuando él lo decidiera, hasta que le diera la gana de encender la moto —hasta que se despidieran en el aeropuerto, cuando el hombre volvería a marcharse una vez más, rumbo a Estados Unidos—. “Santi, si haces eso no va a importar tu estatura…, les vas a ganar a todos esos grandotes”. El hombre trabajaba en Miami —y según mis ataques de grandeza, todo era producto de la torpeza típica de un padre ausente—. “Mira, Santi, yo trabajo cerquita al estadio donde juega Messi y lo veo hacer eso cada semana… Y mira lo viejo que está”. El tipo lucía una camisa de fútbol americano que le quedaba juagada —la moto le quedaba igual—, en una mano tenía un vapeador que se llevaba cada rato a la boca y los dos cascos seguían colgados de los espejos. Siempre estuvo sentado de medio lado sobre el sillín de la moto, desesperado por tirarle la lengua al niño, pero este nunca le respondió. “Cuando vayas te voy a llevar a unas montañas rusas que tienen las curvas flat, ¿sabes qué quiere decir flat?… Planas, curvas planas. ¡Pura velocidad!”. El chico seguía escuchándolo en silencio, más bien desatento, escasamente levantaba la cabeza cuando aparecían esas palabras en inglés, como si en esos momentos lo picara un zancudo. “Esas montañas rusas se llaman wild mouse, ¡ratón salvaje!, ¿escuchaste bien, Santi?, eso es lo que tienes que ser tú en la cancha”. Y fue en ese instante cuando por fin le pasó el casco al niño, y también se puso el suyo, como si ahora necesitara acelerarlo todo. La moto estaba en una bahía, junto a la mía, delante de una seguidilla de canchas sintéticas, y entonces el freno retador de un bus que había parado justo al frente, anunció con su bufido lo que este hombre —también cincuentón, como yo—, consideraba el clímax de su charla técnica: “Santi, mira este bus. Los dos vamos a arrancar al mismo tiempo. Nosotros somos un delantero y él un defensa tan grande y pesado como Yerry Mina. ¿Cómo le ganas?, si decides chocarlo, mueres; si le cambias de ritmo, lo dejamos mirándonos la placa”. Eso fue lo último que escuché, mientras seguía esperando a mi esposa. Cuando tengo que recogerla me las ingenio para citarla junto a cualquier cancha de fútbol, así veo desde la moto lo que sucede en esos partiditos. Incluso, si ya estamos rodando y pasamos cuando van a cobrar un tiro de esquina o un tiro libre, desacelero a ver cómo termina la jugada. Por fortuna, ella hace rato entendió que esto es una enfermedad.

Un abrazo torcido

No recuerdo la fecha exacta, pero fue en 1993. Ese día jugábamos la final del torneo de micro más famoso de la Universidad de Antioquia: el de los bajos de la biblioteca central. Para mí, el campeonato que llevó a Gianni Infantino, el presidente de la Fifa, a armar este mundial con 48 selecciones. Está claro que a este man no le gusta que ningún récord duerma lejos de su casa, y seguro alguien le mostró en cualquier reunión los registros con este mismo número de equipos que dejó para la historia don Miguel Valencia (q. e. p. d.); ese señor con aires de cacique bonachón, que además de vender periódicos en la principal portería de esta universidad, se la pasaba colgando allí, en la malla contigua, unos tableros de lata o de cartón en los que difundía todo tipo de noticias. Un periodista empírico incansable, que por esos días publicaba los resultados e incluso algunos comentarios que dejaba cada nueva fecha de este campeonato del que ya solo quedábamos dos equipos de los 48 que habían arrancado —cómo no remarcarlo—, lo hacía en unas letras grandísimas, hechas con marcador, que solían atravesar el reverso de varios cartones de Marlboro. Todavía recuerdo que ese día llegué de mañanita a la U, y eso que no tenía clases. Estaba muy ansioso ante semejante partido, proyectado para el mediodía. Y lo primero que hice fue quedarme un rato en los bajos de la biblioteca, mirando la cancha, contemplándola todavía dormida, esperando que aparecieran mis compañeros de equipo —en esa época los celulares eran cosa de ciencia ficción—. Pero, ¡oh sorpresa!, el primero que me saludó, el primero en hablarme del partido ese día fue justamente don Miguel: “¿A usted le molestaría dedicarme un gol hoy?… Si hace gol, ¿me lo dedica, por favor…? Yo voy a estar ahí en las primeras escalas…”. Aunque él saludaba a todo el mundo, yo no era su amigo, si acaso le había comprado uno que otro periódico para cualquier tarea. Lo cierto es que dicho eso, se fue. Cada frase suya le había salido más cortada que la anterior, como si de verdad me viera como una estrella y le avergonzara hacerme tal solicitud. Yo, en cambio, le contesté con la alegría de un trovador: “¡Claaaro don Miguel!, ¡claro que sí!, ¡hágale don Miguel!”. Yo estaba pleno, y entonces, por cábala; o, mejor dicho, por ganas de ser ídolo, campeón, figura, estrella, leyenda, decidí no contarles nada a ninguno de mis compañeros… A nadie. Siempre se ha dicho que si uno habla de este tipo de cosas antes de que sucedan, se vinagran, y todo pintaba como un delicioso banquete para el ego: nosotros ya le habíamos ganado 4-1 a ese equipo en la ronda de grupos; en el último partido habíamos eliminado a Salseros, campeón invicto del torneo anterior; yo estaba entre los goleadores del campeonato; a la gente le gustaba nuestro juego. ¿Qué podía fallar? A partir de ese momento, no hice otra cosa que imaginar lo que don Miguel pondría sobre mi gol y sobre nuestro abrazo en su gran periódico mural. Al fin y al cabo, él era uno de los personajes más queridos de la U, y tal vez el periodista más leído en la U de A. Pero a la gloria le gusta jugar con los sentimientos de las personas, es la más casquillera de todas las casquilleras, porque cuando apenas el partido llevaba unos minutos, decidió clavarme un par de inyecciones en los ojos. La jeringa uno contenía un golazo del equipo rival. Y la segunda me entró todavía peor, sin que yo hubiera logrado parpadear, porque ahí estaba, apenas a unos pasos míos, la imagen sonriente de don Miguel esperando en la tribuna con los brazos abiertos al anotador de ese gol, saltando como nunca lo vi hacerlo, como si fuera el barrista más apasionado de la historia del fútbol. Yo no lo podía creer. “¡Vamos, vamos!”, gritaban desesperados varios de mis compañeros, tratando de meternos de nuevo en el partido. Y aunque al final no tuvimos nada que reprocharnos porque corrimos como locos, perdimos 3-2, y sobra decir que no hice gol. Cuando ya íbamos de salida para la casa, mis compañeros y yo decidimos abordar a don Miguel, al verlo ahí, parapetado como siempre en su puesto de periódicos, para decirle de mil maneras que era un torcido, un vil mercader de los abrazos, pero él no hizo más que reírse, acusándome entre bromas de ser el mayor perdedor de todos esos perdedores. Unos días después le pedí que me regalara ese pedazo de cartón en el que escribió que el favoritismo nos había maniatado, que habíamos perdido por creernos superiores —y lo guardé durante mucho tiempo—. Ese fue el primer recuerdo que desempolvé en mi mente cuando el capitán de este inolvidable equipo me puso el 12 de octubre del año pasado un mensaje de Whatsapp que anunciaba la muerte de don Miguel Valencia, el final del juego para Miguel carteles.

Larga vida al Toque

Todos le decíamos Toque, aunque hubo un tiempo en el que su apodo fue el Black. Era un metalero del barrio al que le dio por jugar fútbol después de los treinta. Y aunque él y sus amigos me llevaban quince años o más, yo jugaba con ellos todos los domingos en una cancha de arenilla larguísima en la que se estiraban tremendos cotejos. Al comienzo, su principal “virtud” consistía en ensuciar los partidos. Le fascinaba meter el balón entre los bordes internos de los pies, atenazarlo con los tobillos, para deambular por la cancha a punta de pequeños saltitos, buscando que se armara la trifulca. Era como si su objetivo no fuera convertir goles o ayudar a hacerlos sino crear pequeños pogos. Otras veces, se ponía a aplanchar la pelota en el punto del tiro de esquina, de espaldas a la cancha, para robarnos los minutos más preciados de aquellos calurosos domingos, amontonando a su alrededor a varios jugadores, incluidos algunos de su equipo, hasta que lograba salir de allí a la fuerza, taqueando, forcejeando contra todos. En ocasiones, lo hacía a los puños, con cualquiera que caía en su juego, porque, además, cada vez estaba más cuajo a punta de hacer barras y pesas. Bueno, no tanto como su rottweiler, ese perro negro que un día cayó fulminado en medio de la rutina militar que ambos seguían todos los domingos: subir y bajar el cerro de las Tres Cruces no sé cuántas veces, antes de caer a jugar el picadito semanal. El perro también jugaba su partido porque él lo amarraba en una de las mallas que estaba a la entrada de la cancha, y a este cada tanto le daba por perseguir el balón hasta donde su cadena se lo permitiera, el mejor estímulo para aprender a frenarnos sobre la marcha, al reconocer que esas mandíbulas marcaban el punto exacto para devolver el balón de taco, esa jugada que se volvió el sello de todos en el barrio gracias al perro del Toque. Esa palabra mágica que se convirtió en su alias porque empezó a salir de su boca como una muletilla a medida que fue adquiriendo más dominio de balón. Esa que todos los amigos repetimos en su entierro como una especie de letanía. En muy poco tiempo el Toque aprendió a moverse sin parar, esperando que le devolvieran el balón y devolviéndolo de una, siempre estaba desmarcado. Entendía tan bien el juego que todos terminamos aceptando que se comportara como esos profesores de aeróbicos que marcan el ritmo y la intensidad de los movimientos de todos sus seguidores. “Toque, eso, toque, toque, muévase”. Eso se la pasaba diciendo todo el partido. De pronto, todos queríamos jugar en su equipo, sobre todo los más chicos, pero también así de repente nos llegó la noticia de su muerte. Sus hermanos simplemente dijeron que se había metido con la gente equivocada y ya. Pero a mí no se me olvida que en esa sala de velación todos sus amigos futboleros estuvimos ahí, recordando cómo su disciplina y su talento lo habían convertido en uno de los mejores jugadores del barrio, conversando y conversando de su carrera futbolística, como si esta existiera de verdad, porque realmente no sabíamos nada más de su vida. Seguramente por eso primero lo llamaban el Black.

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Receta de luz

por CARLOS SUÁREZ QUICENO • Ilustración de Alejandra Pérez

Número 148 Marzo de 2026

I

Aunque atravesamos la montaña, el Nevado del Ruiz había permanecido oculto a nuestros ojos. En el segundo día descendíamos por la carretera de Murillo a Armero, en el departamento del Tolima. Ahora el valle del río Magdalena aparecía alternativamente a uno y otro lado de la vía. En el último tramo alcanzamos a ver un restaurante que ofrecía chivo a la brasa.

Acaso porque era la última oportunidad de contemplar ese paisaje o por la proximidad del mediodía, nos detuvimos. Un horno de hierro humeaba a la entrada de una amplia caseta de hierro y lata. Dos árboles de mango guardaban el frente donde se ubicaba un aviso: Doña Luz. Atrás y por ahí dispersos se veían unos arbolitos que luego supimos que eran de moringa, el árbol de la vida.

Una señora, cercana a los setenta años, de cara abrasada por el sol, habló con cierto acento tolimense y nos confirmó que sí había chivo, pero solo costilla o sobrebarriga, porque la carne magra ya se había acabado. Añadió, con cierta confusión, que la sobrebarriga incluía costilla. Al fin entendimos que todo era un mismo plato, y nos conformamos viendo que el asador tenía carbón.

Mientras esperábamos el pedido recorrimos la caseta azul y blanca. Un hombre de bigote estaba sentado en una mecedora de la que se levantó para ir a atender el fuego. En una pared cercana había muchas fotos de álbumes familiares impresas en tres lonas envejecidas y maltratadas. Tenían una leyenda: Memorias de Armero. Eran estampas de los desaparecidos pobladores de Armero en reuniones familiares, en celebraciones, reinados y encuentros deportivos. Las imágenes, medio sostenidas entre la pared y un enrejado contiguo, miraban de soslayo al valle.

Hablamos entonces de las fotos y del paisaje, mientras el costillar rechinaba al carbón. Preguntamos lo obvio y la pareja confirmó que las fotos eran parte del recuerdo de los que perecieron hace cuarenta años.

—Yo perdí veintidós familiares… Y ella once —dijo el hombre señalando a su esposa.

—¿Y sus hijos? ¿Y ustedes cómo se salvaron? —preguntamos.

Entonces siguió hablando el hombre, que para ese momento ya sabíamos que se llamaba Antonio: 

—Yo trabajaba allí, al otro lado de la carretera, en un molino. Ahí vivíamos mientras nuestros dos hijos se quedaban en el pueblo con la abuela. Esa noche habían venido para que les firmáramos un permiso para un paseo de la escuela. Se quedaron a dormir aquí y al otro día ya no encontraron nada.

—¿Y qué pasó con la abuela? —seguimos preguntando.

La abuela esa noche sintió un ruido como el que hacían en las celebraciones de los partidos de fútbol. Salió a la puerta con una linterna y un machete para ver qué pasaba. En ese momento alguien la tomó cargada y la montó a un carro de los bomberos que subía hacia el cerro para escapar de la avalancha. Cuando se pusieron a salvo, las llantas ya tenían pantano.

Pasamos luego a disfrutar del plato de chivo, en franca lucha con la sobrebarriga. La sazón era única, no recordábamos el sabor del chivo. Las costillas huesudas, exiguas, dejaban una promesa.

Ellos debieron estar muy jóvenes en aquel fatídico año 1985. Don Antonio siguió trabajando en el molino. Años más tarde, la tierra aún quería sepultarlo. Un derrumbe lo sorprendió mientras cortaba un tajo de caña. Quedó enterrado de medio lado, apenas sobresalían la cabeza y un hombro.

—Entonces me di cuenta de que podía respirar, pero tenía que hacer como un marrano, suavecito, sin soltar el aire del todo; porque entonces la tierra me aprisionaría. En esas llegó mi hijo y me sacó. Desde entonces quedé con un nudo en la rodilla.

Efectivamente, caminaba con el pie izquierdo en comba. Hace muchos años que abrieron el restaurante. Venden chivo y avena. La avena es una fórmula secreta que tuvieron que descubrir por sí mismos, porque el cuñado de doña Lucila, como oímos que la llamaba su esposo, les cobraba diez millones de pesos por dársela y los obligaba a venderla lejos de allí, para no hacerle competencia. Entonces ellos se indignaron y buscaron por sí mismos la receta. Y como testimonio de su relato, la mujer fue al refrigerador y sirvió dos vasos pequeños de un líquido nebuloso, brillante, casi traslúcido que nos ofreció en silencio. Lo degusté con absoluta sorpresa: una avena fría, de consistencia fluida, con un sabor que no la hacía comparable a ninguna otra. Le pregunté cómo se hacía.

Ya hablábamos con tan amistosa confianza que también nos ofrecieron semillas de moringa. Doña Lucila dijo que ellos no eran egoístas, que les gustaba compartir lo que sabían y ofreció darnos la receta escrita. Así lo hizo. Se levantó de la mesa cercana y fue hasta la cocina que se apreciaba detrás de unas rejas, y volvió con un trozo de papel y un lapicero. Escribía mientras yo escuchaba la conversación que mantenía don Antonio acerca del cultivo de la moringa.

Ella volvió al tema:

—Aquí venían unas señoras a tomar avena y decían “esto sí es avena de verdad”. Y vaciaban el vaso y repetían. Luego entregamos el restaurante y no hace mucho regresamos; pero ya estamos muy viejos y queremos alquilar de nuevo.

Entretanto, me dejó ver la receta y empezó a hablar acerca de un ingrediente que era una esencia de arequipe y de la importancia de que la leche fuera de tal marca y que además le agregara leche en polvo. El primer ingrediente que aparecía en la receta era Yucarina, la tradicional harina de yuca. Los revisé mientras escuchaba las explicaciones. Le advertí que había olvidado escribir el ingrediente principal: la avena.

Entonces ella, como por darme gusto, lo escribió al final del papelito, casi al borde y me dijo.

—Es que si usted quiere le echa avena, pero la verdad es que no la necesita.

Acaso ese era el secreto de la avena de doña Lucila, que no tenía avena, pero estaba llena de luz.

II

Era hora de seguir el camino y la conversación no terminaba. Pagamos el almuerzo y otro poco por todo lo demás. Don Antonio hizo lo propio, salió con nosotros y nos mostró los árboles de la vida. Cortó dos esquejes y nos los ofreció para que lográramos más pronto la cosecha, porque las semillas suelen ser lentas. Esa vida de los árboles era el único robo que había hecho en su vida, recordó mientras nos los obsequiaba. La charla de la avena que sostuve con doña Lucila estuvo combinada con la de la moringa que mantenía don Antonio con mi esposa:

—Yo trabajé con un ingeniero… Estábamos en una finca donde tenían un criadero de cerdos y los alimentaban con moringa y cuidos especiales. Todo era para exportar. Esa finca como que era de un mafioso. A la hora del almuerzo nos hicimos debajo de un árbol para aprovechar la sombra. Entonces, el ingeniero me hizo señas y yo empecé a coger todas las semillas que pude, aunque allá había mucha vigilancia. Pasó luego el tiempo y me olvidé de ellas, hasta que las sembré y logré que crecieran varios arbolitos. En la pandemia venían a comprarme las hojas. Muchos se salvaron del covid con esta planta. Me ofrecían comprarme todas las hojas que tuviera.

Antes de continuar el viaje, también alcancé a ver algo así como las semillas de una casa, unos ladrillos arrumados a la espera del capricho de alguna mano. ¿Qué sería? Más tarde lo entendí: allí construirá una casa doña Lucila, cuando alquilen de nuevo el restaurante. Probablemente se dedique, entonces, pensativa, a mirar el valle.

Habían conservado la vida donde tantos la perdieron, pero debió serles muy difícil continuar tan solos. Ahora la vejez se cierne implacable sobre ellos, acaso lo que más les importe ya sea recordar todo aquello por lo que valió la pena seguir, todo aquello que les permitió sobrevivir mientras se convierten a su vez en un recuerdo.

Al despedirnos sentí que había estado en un lugar donde se cuece la supervivencia, un lugar al que algún día volvería, ¿pero estarán entonces estos viejos valerosos? Un poco más adelante, sin haber dejado aún de pensar en el restaurante Doña Luz, nos encontramos con lo único que pudimos ver de Armero: un peaje que conserva el nombre del desaparecido poblado. Nada quedaba de lo que fue, en todo había algo fantasmal, contradictorio. Nos alejábamos al fin del cerro blanco, de Cumanday como le decían los quimbaya, de las garras del león dormido.

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Silvio Bolaño Robledo

Eduardo Escobar

Amelia Tobón

Selección de Andrés Delgado

Alex Jiménez