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En búsqueda del plato perdido

por ESTEFANÍA CARVAJAL • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Campesinos de ciudad Noviembre de 2023

Elvia Rosa Zuluaga de Galeano, conocida como la Mona.

El 3 de diciembre de 2021, en el parque principal de San Antonio de Prado, debajo de una carpa blanca adornada con bombas y serpentinas de colores en la que habría unas sesenta personas, todas con tapabocas, nació el “osobuco pradeño”, el primer plato típico del corregimiento que comunica a Medellín con el suroeste antioqueño.

El “Gran lanzamiento del plato típico de San Antonio de Prado”, como tituló la emisora local, Frecuencia Estéreo, contó con la presencia de distintas personalidades de la industria avícola y pecuaria de la zona, y el discurso principal estuvo a cargo de Efrén Álvarez Bustamante, presidente de la Junta Administradora Local de San Antonio de Prado e “hijo adoptivo del corregimiento”, según contó a los presentes.

Así como Efrén, San Antonio de Prado —o Prado, como le dicen casi todos— tiene muchos, muchísimos hijos adoptivos. Entre 2012 y 2022 se construyeron veinte proyectos de vivienda de trescientos apartamentos cada uno, en promedio, donde caben unas veinticuatro mil personas. Cada día, unos doscientos mil vehículos se movilizan por las dos únicas vías de acceso: un par de carreteras curvadas por las que serpentean filas de luces blancas y rojas atascadas en el caos de las horas pico.

No es extraño, pues, que ninguno de los invitados al lanzamiento del osobuco pradeño se supiera el himno del corregimiento, ni tampoco que, hasta ese momento, no hubiese un plato que identificara a los nuevos habitantes de San Antonio de Prado. En su discurso, que recitó con ese tono característico de los políticos de pueblo, Efrén Álvarez aseguró que llevaba doce años soñando con un plato típico que pusiera al corregimiento en el mapa gastronómico del turismo regional. También agradeció al Fondo Nacional de la Porcicultura, conocido como Porkcolombia, que se encargó de la investigación y diseño del plato, y a los productores locales de cerdo, que es la principal economía de la ruralidad pradeña.

“Después de baches, escollos y de cruzar muchos caminos, por fin lo logramos”, dijo, y le dio la palabra a la mente maestra detrás del osobuco pradeño: el chef ejecutivo de Porkcolombia, Camilo Castaño.

El osobuco es un plato tradicional de la cocina italiana que se prepara con jarrete de ternera: un corte de tres centímetros de grosor, sin deshuesar, que va desde la pantorrilla hasta la corva del animal. En Italia, los milaneses lo preparan estofando la carne lentamente en vino blanco y guiso a base de tomate. Lo acompañan con arroz o risotto y verduras cocidas.

El osobuco que Camilo Castaño y su equipo crearon para San Antonio de Prado se acompaña con puré de papa y una ensalada “primavera” con hortalizas de la región; y no es de res, sino de cerdo, porque lo que hay en San Antonio es marrano: desde 1999, el corregimiento es la casa de Porcicarnes, una de las empresas porcinas más grandes del país, y de otros pequeños productores de cerdo cuyas porquerizas pueden verse aquí y allá desde el empinado parque principal.

Antioquia es el departamento del país que más come cerdo, y lo viene haciendo con preparaciones complejas desde que Carrasquilla escribió La marquesa de Yolombó en 1928: ya entonces existían la lechona, los chorizos, el tamal y la morcilla. Su majestad el cerdo es un animal tan noble y rico en proteína que puede comerse completico, desde la trompa hasta la cola. Los cocineros paisas sirven a sus comensales desde un sudao de oreja y trompa, como nos lo va a preparar la Mona en su estadero, hasta un calentao con buche de cerdo para el desayuno o un sancocho con pezuña o un chicharrón de muchas patas o un cañón en salsa agridulce acompañado con ensalada rusa, para los quinces y matrimonios, o la carne frita del almuerzo, “la de todos los días”, como reza el eslogan pegajoso de Porkcolombia en las emisoras nacionales.

“Lo que estamos buscando es algo que se llama economía circular. Este tipo de proyectos vinculan todas las áreas que componen la economía del corregimiento. Tenemos un plato donde está representada la porcicultura, los tubérculos y algunos vegetales y hortalizas que tenemos disponibles, y lo que hacemos es darle valor agregado, buscando que ustedes como habitantes del corregimiento se identifiquen con estos sabores y estas preparaciones”, dijo el chef ejecutivo del fondo de porcicultores.

El osobuco pradeño no es el primer plato típico que se ha inventado Camilo Castaño para las regiones rurales de Antioquia. El pionero fue “Este bendito chicharrón”, creado para Donmatías, el municipio con más cabezas de cerdo de todo el país. Después, Porkolombia replicó la estrategia en otros pueblos del departamento, y en el proceso incluyeron a productores y cocineros locales: en Gómez Plata nació “Cordial encanto”, un cañón de cerdo en salsa criolla y tajadas de papa, y en Venecia, “Montaña mágica”, un solomito de cerdo encostrado en café, acompañado por puré de plátano maduro envuelto en una hoja de bijao que simula la forma piramidal del cerro Tusa. Según dijo Porkcolombia en un comunicado, ocho restaurantes de Venecia ya estaban listos para ofrecer en sus cartas el nuevo plato típico del municipio, hecho con ingredientes cosechados y cerdos criados en la región, y otros doce estaban en el proceso de aprenderse la receta.

“Ustedes como habitantes del corregimiento tienen la responsabilidad de consumir y promover el osobuco para que pueda perdurar en el tiempo, porque si no, solamente nos queda la fotografía, y no es lo que buscamos”, dijo el chef ejecutivo en el parque de San Antonio. Y es que de nada sirve un lanzamiento pomposo y que la noticia salga en un par de medios locales si la receta no se instala en las cocinas de la gente, si los hijos y los nietos y los hijos de los nietos no lo siguen preparando hasta que olviden que ese plato que todos comen alguna vez no existió.

¿Es posible crear un plato típico?

A diferencia del osobuco pradeño, Este bendito chicharrón o la Montaña mágica, nadie fue invitado al lanzamiento del sancocho, la bandeja paisa o el tamal, porque nunca hubo ninguno, que se tenga certeza.

El tamal ya existía en el territorio que hoy llamamos Colombia cuando Américo Vespucio puso por primera vez un pie europeo en el Cabo de la Vela, en 1499. Durante miles de años, los indígenas que habitaban México se habían encargado de regar el maíz por el resto de Mesoamérica, y por ahí derecho, la majestuosa preparación del tamal: una masa de maíz cocido, con o sin relleno, envuelta en una amplia variedad de hojas que van desde la mazorca hasta el maguey, y con tantas combinaciones posibles que solo en Colombia se han contado quinientas recetas.

El sancocho, en cambio, evolucionó de un plato español llamado “olla podrida” y llegó a casi todos los rincones del continente con la conquista. Al igual que el tamal, su receta fue variando según la cultura alimenticia de cada región y los ingredientes disponibles, pero la preparación es en todas partes la misma: la proteína, los tubérculos, las verduras y los condimentos van juntos al fuego en una olla de agua que hierve hasta que el olor a olla podrida sea inconfundible.

En Antioquia hay sancochos de río, mar y montaña, pero quizás el más popular en Medellín y sus corregimientos es el sancocho paisa: lleva carne de res y costilla de res o cerdo; plátano verde, guineo, plátano maduro, papa, arracacha y mazorca; se condimenta con zanahoria, cebolla junca, hojas de repollo, comino, sal y pimienta; se decora con cilantro y se sirve con aguacate, arroz, ensalada y una rodaja de limón.

El último plato de la santísima trinidad montañera es la bandeja paisa, el único con un origen rastreable y que se encuentra siempre en los restaurantes de comida tradicional, pero escasa vez completa en las cocinas de la gente de la región.

Según la historia que contaba el antropólogo e investigador culinario Julián Estrada, a quien invitamos a hacer parte de este proyecto poco antes de su prematuro fallecimiento, la bandeja paisa nació como una estrategia de mercadeo de Turantioquia, una institución que buscaba promover el turismo en el departamento y que fue liquidada en 1997. A finales de los sesenta, Turantioquia administraba varios hoteles de carretera en los que a alguien se le ocurrió la brillante idea de fusionar en una misma tarifa la amanecida y un almuerzo con fríjoles.

Los fríjoles —o frisoles— son un grano precolombino, y hay evidencias de que los indígenas del Aburrá los comían desde hacía más de cinco siglos. En la tradición campesina de las montañas antioqueñas, los fríjoles se servían en la cena acompañados por arroz, tajadas de plátano, arepa y una proteína: un pedazo de carne de res o cerdo, un chorizo, un chicharrón, carne molida, morcilla o huevo.

En el entonces recién inaugurado bufé de Turantioquia, todos los acompañantes tradicionales de los fríjoles estaban a disposición de los comensales. Y como para el paisa cantidad es calidad, la gente se servía de todo: cada una de las carnes posibles más el arroz, más el maduro, más el aguacate, más la morcilla y al tope una arepa pequeña, redonda y casi insípida de maíz blanco cocido.

La bandeja ovalada fue la solución de Turantioquia para las montañas de comida que ponían los paisas en sus platos, y como gustó tanto la idea, otros hoteles y restaurantes la replicaron, y en cuestión de décadas ya era conocida en el resto del país como el producto insignia de la gastronomía antioqueña, que de muchas maneras refleja algo profundamente arraigado en nuestra idiosincrasia: la exageración.

¿Dónde está el osobuco pradeño?

Ni Julián Estrada, quien investigó la comida colombiana como nadie lo había hecho, ni la nutricionista Luz Marina Arboleda, quien participó en la investigación del Perfil Alimentario y Nutricional de Antioquia 2019, ni ninguno de los lugareños con los que hablamos nos pudieron decir si había un plato típico autóctono de los corregimientos: en las montañas del valle de Aburrá se come exactamente lo mismo que en el resto de cerros que lo circundan. Solo en internet encontramos la noticia del osobuco pradeño, y los caminos del preguntar aquí y allá nos condujeron al Parador de la Mona.

La calle 38 Sur, en San Antonio de Prado, puede ser una de las vías más empinadas del Valle de Aburrá. El pavimento está parchado y lleno de huecos, y en los primeros metros tiene unas hendiduras horizontales, como en los rieles de las veredas, que ayudan a los carros a impulsarse por la pendiente. En la cima, a mano derecha, está el cementerio del corregimiento, y a una casa de distancia, el Parador de la Mona: un restaurante de comida típica y menú ejecutivo donde nos dijeron que tal vez podríamos encontrar el osobuco pradeño.

La Mona es famosa en San Antonio de Prado por la sazón de su comida, pero no muchos saben que su nombre completo es Elvia Rosa Zuluaga de Galeano y no es de San Antonio de Prado, sino de Guatapé. Después de trabajar por muchos años en restaurantes de cocina internacional en Bogotá y aprender casi todo lo que sabe del oficio, de montar sola y acompañada un par de negocios de carretera, la Mona armó maletas y llegó a Prado, donde vivía su hija, con la intención de empezar otra vez de cero, aunque con la ventaja invaluable de la experiencia acumulada.

Su fama de buena cocinera empezó a correr en Prado gracias al voz a voz. La gente preguntaba por la Mona y cualquier transeúnte de la calle 38 podía señalarle la casa en la que vivía con su hija. “Yo les vendía almuerzos a ochenta personas a puerta cerrada. Después, por la noche, sacaba un carro de comidas rápidas a la calle”. Vendía salchipapas, papas con todo, pollo apanado, plátano con queso. “Hasta arroz negro, arroz moro”, dice la Mona. Un plato poco frecuente en los carritos callejeros.

—¿Cuál es su especialidad?

La Mona responde sin dudarlo:

—La especialidad mía es la cocina internacional.

Y su mejor plato, dice, es el conejo argentino.

—Aquí no lo hago porque de pronto no es el sitio.

Pero su repertorio es variado. La Mona sabe hacer:

—Baby beef, filet mignon, steak pimienta, róbalo traviata, pollo president, cazuela, langostinos al ajillo, langostinos apanados, pollo al ajillo, róbalo valeska. Yo le hago el chimichurri natural, la salsa tártara, la barbecue original, que es con maní, yo le hago todas las salsas madre.

La Mona recita sus especialidades de un envión, como si hubiera pensado ese menú, en ese orden, infinidad de veces antes de decirlo.

—El sueño mío es montar un negocio bien bonito donde yo pueda explotar lo que yo sé. Pero aquí el fuerte es el sancocho, el mondongo y la bandeja paisa. El churrasco y la punta de anca. ¡La bandeja paisa de aquí es de locos!

—¿Y el osobuco? —le pregunto.

—Ese es fácil. Se prepara de un día para otro. En Porcicarnes lo conseguimos. Pero es extraño que la gente lo use. Lo usan en las sopas, por ejemplo, pero no como un plato presentado. Acá lo hacemos sudao y lo vendemos con yuca y papa, por ahí una vez a la semana.

—¿Ese es el osobuco pradeño?

La Mona parece no entender. Entonces le explico que vimos una noticia sobre un nuevo plato típico en San Antonio de Prado.

—Yo no sé, no sabía. Ahí sí me corchó.

Días después de ese primer encuentro, la Mona nos vuelve a recibir en su restaurante. La llamamos un día antes para que nos tenga listo el osobuco, el único que conseguimos en todo el corregimiento. Cuando llegamos, un poco antes de la hora del almuerzo, la encontramos revoloteando en la cocina. Desde lejos, nos hace señas para que nos sentemos en una mesa.

El Parador de la Mona es un típico restaurante ejecutivo de mantel de cuadros y sillas Rimax, como los que abundan en el centro y los barrios de la ciudad, pero con una vista extraordinaria a las montañas parchadas de Prado, que son verde pino en las áreas de bosque y verde pasto en los terrenos recién talados por las madereras.

La Mona nos pone tres platos sobre la mesa: sudao de osobuco, sudao de oreja y costillas barbecue. Las tres combinaciones están servidas sobre un par de hojas de plátano que cubren la superficie de las bandejas ovaladas. Como llevan los mismos acompañantes y la misma salsa, hay que mirar dos veces para distinguir la oreja del osobuco. Las costillas sí son distintas en color, olor y textura: la Mona no quiso dejarnos antojados de su barbecue casero, y cuando lo probamos entendemos por qué.

Los sudaos no se quedan atrás, incluso a pesar de que el osobuco perdió la forma de anillo durante la cocción. La piel del marrano se rompió, se retorció y quedó como un tornillo. La Mona se disculpa. Dice que el corte que le dieron en Porcicarnes no era lo suficientemente grueso. Pero a la cocinera no hay nada que perdonarle. La carne es tierna y se desprende del hueso con facilidad. No sabe muy distinto a cualquier otro corte magro del cerdo. Lo acompañan papas, yuca, arroz, una arepa blanca pequeña, aguacate y ensalada de repollo.

—El secreto está en la salsa —dice la Mona.

Menciona dos o tres ingredientes, y calla el resto para proteger su receta. Ni boba que fuera. Cuando terminamos el almuerzo, nos invita al postre. El osobuco de la Mona no será un típico, pero tiene todo el potencial de serlo.

Los Pinos

En Antioquia, cocinar ha sido para muchos una solución al desempleo y a la falta de oportunidades. Vender morcilla, chorizos o tamales requiere destreza y algunos ingredientes, pero sobre todo, voluntad. Como el Parador de la Mona, muchos negocios exitosos han empezado como pequeños emprendimientos familiares, y algunos lo siguen incluso con el pasar de los años.

Al otro lado del río Medellín, más allá del filo de la montaña, en la entrada de la vereda El Plan de Santa Elena, las cocineras de Los Pinos usan maíz importado para hacer una de las mejores arepas que pueden encontrarse en el valle de Aburrá. Probamos de tres tipos, redondas, arepa tela y de chócolo, con un chocolate caliente de burbujitas arcoíris en el que nada un pedazo de queso derretido.

—Cuidado se quema, que aquí nos gusta servir caliente y bastante —nos dice Ninfa, la mesera.

Las arepas redondas de Los Pinos son suaves por dentro, pero bien cocidas, y al mismo tiempo la corteza es crocante, irregular, con las hendiduras de la parrilla bien marcadas y pecas de tizne en distintos tonos; están partidas a la mitad y adentro llevan mantequilla de vaca y quesito fresco, arenoso, perfectamente salado en ese contraste religioso con el sabor neutral del maíz.

Las de chócolo no son dulces como las de paquete de supermercado; el sabor es maduro, natural, pero no hostiga: la mantequilla y el quesito completan la santísima trinidad de un desayuno divino.

La tarea de la arepa es acompañar, servir de vehículo, de mesa, de telonero; la arepa es preciosa porque es austera, silenciosa, porque no quiere llamar la atención; su misión es hacer brillar a los ingredientes que la acompañan. Sin embargo, no por eso puede ser una cualquiera: si la arepa no es buena, se nota, y si se nota, daña el plato.

Con las cocinas cada vez más pequeñas, y la gente cada vez más ocupada, el arte de la arepa pecosa de huellas digitales está cerca de la extinción. ¿Cuántas familias, a estas alturas, tienen un molino de mesón para triturar el maíz del día?

La tercera arepa que probamos en Los Pinos podría llevarse el primer puesto en una competencia internacional. Es delgada, pero no tanto como para que no se pueda distinguir la corteza del relleno, y su cara superior está cubierta por un hogao que es más de tomate que de cebolla y que acaban de bajar de una de las tantas pailas que preparan sobre el fuego los almuerzos que se venderán este sábado. El secreto no está en los ingredientes que compran en su mayoría en el supermercado de la zona, sino en su preparación:

—Aquí la leña es la que cocina —dice María Edilma Cardona, la mujer que creó Los Pinos hace ya 45 años.

María Edilma nació en Abejorral en una familia de catorce hijos y muchas carencias. Creció a punta de mazamorra sin leche y colada de chócolo, una sopa a base de maíz que recuerda maluquísima, y aprendió a cocinar con fríjoles cachos que encontraban silvestres en las riberas de las quebradas. Así como otras familias campesinas de la Medellín rural con las que hablamos en esta exploración, los niños de la casa de María Edilma eran los encargados de meterse al monte a buscar el fríjol cacho o petaco, que en Palmitas nos encontramos con el nombre de “fríjol vida”.

María Edilma Cardona

—Cuando no había, nos pegaban —dice la cocinera. Apenas tuvo edad, María Edilma se fue para Medellín a buscar mejor vida. Llegó con su marido a vivir en una finca, y después trabajó en un restaurante cercano a Los Pinos, que entonces era un rastrojero a orillas de la carretera.

Cuenta María Edilma que un señor les regaló el rastrojo para que hicieran una casita y pudieran vivir ahí. Con siete mil pesos compraron los materiales, limpiaron el terreno y levantaron una pieza. Afuera, vendían empanadas y gaseosas. Entonces, a ella se le apareció un ángel guardián que le dio doce pollitos en consignación para que los engordara y los vendiera. Alimentados con chócolo, los doce pollitos crecieron y fueron a parar a las ollas del sancocho de María Edilma, que se venden completas hasta el sol de hoy.

Casi medio siglo después, en Los Pinos no cabe la gente los fines de semana y por eso María Edilma evita ir los domingos al restaurante. Ella ya no está para esos trotes. Incluso, ha llegado a arrendar el restaurante a otros administradores, pero las cosas funcionan mejor cuando es ella quien dirige, así que se sigue pegando el viaje desde su finca en Rionegro por lo menos dos veces por semana.

Lo que antes era un caspete con piso de tierra, ahora es un restaurante rústico con mesas en teca y un fogón inmenso de leña a plena vista del público. De lunes a viernes trabajan cinco mujeres en la cocina y hacen una olla de sancocho de pollo. Los sábados, siete personas y dos ollas de sancocho. Los domingos, diez personas y tres ollas que se van completicas antes de que caiga la tarde.

Para María Edilma, la magia de Los Pinos es la leña que cocina sus preparaciones, pero lo que más enamora de este pequeño restaurante son las mujeres que lo atienden, incluyendo a la dueña. Sin habérselo propuesto, María Edilma inventó una estrategia de marketing que hace de su parador el más famoso y visitado del corregimiento: las cocineras te requintan el plato de sancocho cuando ven que vas llegando al fondo o te regalan otro bocadillo si aún te queda mazamorra. Almorzar en Los Pinos es comer en la casa de una tía alcahueta, y a ese gesto no hay sazón que le compita.

Experimentar con el origen

Desde hace nueve años que vive en Santa Elena, uno de los primeros olores que Jonathan Lopera siente en la mañana es el de las arepas de Los Pinos. Las mujeres empiezan a asar el maíz a eso de las siete de la mañana, y muchas veces Jonathan no aguanta la tentación de parar a desayunar en el restaurante de María Edilma antes de seguir su camino a Origen, su propio restaurante, a cumplir con las tareas del día.

—El problema es que uno les dice que no le echen más y ellas no hacen caso —Jonathan se ríe mientras se toca el abdomen.

Alrededor de Los Pinos, sobre la carretera principal y también en veredas como El Plan, El Placer o Barro Blanco, ha empezado a aparecer una cantidad de oferta gastronómica que responde a la explosión demográfica que ha vivido Santa Elena en los últimos veinte años.

Entre 1993 y 2020, la población de Santa Elena aumentó 354 por ciento, según datos del Perfil Demográfico 20162020 de la Alcaldía de Medellín. La creciente demanda de lotes valorizó el metro cuadrado y los campesinos empezaron a vender sus herencias y tierras de cultivo. El corregimiento se fue llenando de cabañas de madera y jóvenes profesionales y artistas de la ciudad que en apenas unos años cambiaron la vocación del suelo: según datos de Comfenalco, de los ochenta campesinos que en 2021 se dedicaban a la agricultura en la vereda Piedras Blancas, solo quedaban cuarenta un año después.

Y como la economía es así, a la creciente demanda le fue apareciendo oferta. De vivienda, por supuesto, pero también de alimentación: la gente que vive en El Placer no tiene que salir de la vereda para comerse una pizza, unos buenos tacos al pastor o una lasaña vegetariana, porque hay de todo eso hasta para escoger. El que daba la Vuelta a Oriente y paraba en Santa Elena por un sancocho o un merengón, ahora tiene tantas opciones como en un centro comercial de Medellín.

Uno de esos nuevos restaurantes es el de Jonathan Lopera, aunque a él no le gusta contarse entre el montón. Cada plato de la carta ha sido creado con el cuidado de quien cocina por pasión, y no solo por negocio. La magia está en los pequeños detalles y en el origen de sus ingredientes. La reina de la carta, por ejemplo, son las Costillas Colombia, cuya salsa está hecha a base de guayaba y ají ahumado en la selva del San José del Guaviare, acompañadas con ensalada de espinaca y chips de papa nativa boyacense de vetas moradas. Un plato picante para el gusto colombiano promedio, pero aun así uno de los más vendidos de la carta.

Jonathan Lopera

Jonathan llegó a Santa Elena hace diez años con su esposa Lina. Venían de quebrarse con una cocina escondida en la que vendían almuerzos gourmet a los ejecutivos de Medellín. Se llamaba 3 pimientas. Lejos de desanimarse decidieron montar un nuevo emprendimiento de panes y chorizos ahumados, esta vez desde una de las habitaciones de la casa en la que aún viven en la vereda El Plan. Luego, rentaron lo que antes había sido una pequeña tienda de Santa Elena para convertirla en su primer restaurante.

La remodelación tardó tres meses, y finalmente Origen fue inaugurado el viernes 13 de marzo de 2020: el último fin de semana de libertad antes del inicio de la pandemia en Colombia.

—¡Pero sobrevivimos! —exclama Jonathan desde una de las mesas de su restaurante, que ahora tiene nueva sede porque la antigua tienda les quedó chiquita.

Los esposos lo lograron como a tantos que les tocó adaptarse a las circunstancias del encierro: a punta de domicilios. Y la llegada de los nuevos pobladores de ciudad que ahora podían teletrabajar desde Santa Elena les dio demanda por satisfacer. Según Jonathan, la pandemia exacerbó las diferencias entre los pobladores nuevos y los de toda la vida, y agudizó los problemas que empezaron desde antes del encierro, como el acceso al agua, la inseguridad o el costo de los alimentos y productos cotidianos.

—Mucha gente piensa que porque vivo en Santa Elena, consigo frutas y verduras más baratas. ¡Mentira!

Aunque el Oriente cercano está muy bien conectado con Medellín, dice Jonathan, y por eso en Rionegro se consigue de todo a precios normales, Santa Elena está ensanduchada entre los dos valles, el de Aburrá y el de San Nicolás, en un filo boscoso con vías de acceso en mal estado por donde no es buen negocio para los comerciantes mandar sus productos, por el costo de los fletes. Casi todo en Santa Elena es mucho más caro que en Medellín, y por eso Jonathan procura proveer su restaurante con hortalizas cultivadas por los pocos campesinos que quedan en la zona y con productores especializados de otras partes del país, como las papas que le mandan de Boyacá y el ají ahumado de las selvas amazónicas.

El camino de la independencia económica no es fácil, y menos cuando se atraviesa una pandemia y la mayor inflación en los precios de los alimentos en veinte años, pero ahí van, con una clientela cada vez más consolidada y el rumor de unas costillas que quieren conquistar los paladares de Santa Elena, como pasó hace medio siglo con el sancocho de Los Pinos.

Las últimas despensas del Valle de Aburrá

—Yo crecí comiendo sancocho de gallina criolla, puré de plátano con manteca frita… Pero por aquí hay gente que no tiene para comer carne, entonces crecen comiendo gorditos —dice Johana Bedoya, edil de San Sebastián de Palmitas.

Cuando era niña, a Johana la mandaban a recoger frijol vida en los lechos de las quebradas: el mismo fríjol petaco que doña Edilma Cardona, la dueña de Los Pinos, encontraba en la maleza de Abejorral. También era común que la gente cazara guaguas o pavas de monte. Ahora, la gente de Palmitas compra el revuelto en la única verdulería del pueblo y lo demás en alguna tienda o en el D1 de la nueva vía al mar.

Los campesinos que quedan en Palmitas viven en condiciones precarias, aislados por un túnel perfecto para los que tienen carro o moto —como Johana, que comparte una biwis con su hijo—, pero no tanto para los que dependen de un transporte público escaso y costoso. La solución ha sido aprender a contar unos con otros, y así fue como hace más de diez años surgió el Colectivo Mujeres Arcoíris, que lidera Johana y reúne a trescientas mujeres de las ocho veredas de San Sebastián de Palmitas. Este colectivo, entre otras cosas, sirve como una red de mercado para las mujeres asociadas y los productos tradicionales que preparan en casa, como morcilla de menudo bien cascado, mazamorra pilada a fuerza bruta, embutidos, arepas de callana o tortas de cidra, la fruta de una planta trepadora que solía crecer como rastrojo y que los campesinos de Palmitas y otras zonas de Antioquia usan para darle más volumen a la sopa de fríjol o para endulzarla con panela.

De acuerdo con los datos del Perfil Alimentario y Nutricional de Antioquia 2019, los cambios alimenticios de la población están provocando una nueva epidemia de obesidad en el departamento: el 25 por ciento de los jóvenes y el 58,7 por ciento de los adultos estudiados presentaron exceso de peso y valores inaceptables en el índice de grasa corporal.

La nutricionista Luz Marina Arboleda, profesora de la Universidad de Antioquia, lideró la investigación en prácticas y simbolismos alimentarios de dicho estudio. Según explica, aunque la tendencia en las zonas urbanas de los municipios es la gordura, en los corregimientos de Medellín —salvo en Santa Elena— aún se presentan prácticas alimentarias muy tradicionales basadas en el “consumo de platos preparados en casa”. Monótonos, sí, pero frescos y de producción local.

—Desde que se configuró la alimentación tradicional, en los años 1500, estamos comiendo lo mismo, y la población no era obesa —dice la nutricionista.

Aunque la gente suele pensar que la comida paisa es poco saludable por el exceso de carbohidratos y la poca variedad de ensaladas y verduras, Luz Marina considera que la alimentación montañera es saludable y provee todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Por tradición, explica, la cultura alimentaria paisa tiene siete momentos de comida al día. El campesino empieza la mañana antes de que el cielo aclare y acompaña la madrugada con unos “tragos”, que puede ser un café o una taza de aguapanela. Después, desayuna con arepa, mantequilla, huevos y quesito, se come alguna fruta en la media mañana y almuerza trancado: sopa, seco con carne y sobremesa, que puede ser un jugo de fruta o leche. En la tarde, el paisa se come el “algo” —unas galletas dulces, por ejemplo, o una gelatina—, la cena es parecida al almuerzo, pero en menos cantidad, y algunos, cada vez menos, rematan la noche con una merienda.

Esa es la teoría.

La realidad es que en las zonas rurales de Medellín son pocas las personas que pueden comer siete veces al día. Según el Perfil de Seguridad Alimentaria y Nutricional de Medellín y sus Corregimientos 2015, el 60,6 por ciento de los hogares rurales presentan inseguridad alimentaria de leve a severa, comparado con una prevalencia de 52,3 por ciento de los hogares urbanos de Medellín.

En los casos de inseguridad alimentaria severa, que en Medellín ocurre en un 14,5 por ciento de los hogares, las familias no solo se preocupan por lo poco que les queda en la alacena, sino que, alguna vez, uno o más miembros han aguantado hambre por falta de dinero y otros recursos.

En Palmitas, a borde del Camino del Virrey, vive Ana Julia Muñoz, una mujer campesina famosa en el corregimiento por el sabor de su mazamorra pilada a mano y cocinada en leña. Para llegar a la casa de Ana Julia hay que recorrer el camino que transitaban indios y españoles, o bajar a pie por una trocha que se abre paso entre el monte desde la vieja vía al mar. Cualquiera de las dos opciones implica una caminata larga y culebrera que la mazamorrera, a su edad, ya no está para recorrer a diario. Por eso Ana Julia sube al casco urbano apenas una vez al mes, o cuando es estrictamente necesario. Su hijo es el que se encarga de rebuscarse cualquier trabajito para comprar lo que necesitan en la casa.

Ana Julia Muñoz

El resto del tiempo, Ana Julia espera. Cuida las flores que cuelgan en canastas en el corredor de su casa diminuta, alimenta las gallinas, conversa con su lora “las dos tienen un timbre casi idéntico, como si el animal hubiera logrado imitar a la perfección la voz de su dueña” y está atenta al teléfono que suena para avisarle que vendrán caminantes por el Camino del Virrey a buscar su mazamorra.

Si pudiera, Ana Julia sembraría el maíz que machaca con fuerza y paciencia en su pilón de madera gastada. Todo lo que debe saber un campesino sobre la tierra lo aprendió desde niña, en la finca donde creció. Sabe coger café, cortar caña, desherbar, sembrar cebolla y legumbres. Pero Ana Julia y su hijo son campesinos sin tierra. Viven en una casita arrendada, sin espacio para cultivar más que flores y algunas aromáticas, y por eso, cuando van a pasar caminantes, la mujer debe prepararse con varios días de anticipación.

“Mi hijo me trae el maíz de Palmitas “dice.

Un maíz que llega desde Estados Unidos en contenedores por los puertos del Caribe y del Pacífico. Esos días, cuando le queda algún “pesito” de la mazamorra, Ana Julia y su hijo compran alguito de carne para un sancocho o huesos para cocinar un caldo. Pero cuando no pasan caminantes, su dieta se basa en aguadulce, arepas y arroz.

—A veces le pongo algún quesito a la arepa, algún huevito. El antropólogo Julián Estrada solía decir que la cocina campesina antioqueña “es la cocina de la recuperación, es la cocina del recalentado, de las sobras, de las migajas”. Para muchos campesinos que nacieron y crecieron en los corregimientos, como Ana Julia y su hijo, acompañar la arepa es un lujo limitado a los días de suerte, porque en las quebradas ya ni siquiera queda fríjol vida.

*El libro Campesinos de ciudad fue publicado en 2023 con el apoyo de la Alcaldía de Medellín y la FAO. Puede verlo completo aquí.

Receta de luz

por CARLOS SUÁREZ QUICENO • Ilustración de Alejandra Pérez

Número 148 Marzo de 2026

I

Aunque atravesamos la montaña, el Nevado del Ruiz había permanecido oculto a nuestros ojos. En el segundo día descendíamos por la carretera de Murillo a Armero, en el departamento del Tolima. Ahora el valle del río Magdalena aparecía alternativamente a uno y otro lado de la vía. En el último tramo alcanzamos a ver un restaurante que ofrecía chivo a la brasa.

Acaso porque era la última oportunidad de contemplar ese paisaje o por la proximidad del mediodía, nos detuvimos. Un horno de hierro humeaba a la entrada de una amplia caseta de hierro y lata. Dos árboles de mango guardaban el frente donde se ubicaba un aviso: Doña Luz. Atrás y por ahí dispersos se veían unos arbolitos que luego supimos que eran de moringa, el árbol de la vida.

Una señora, cercana a los setenta años, de cara abrasada por el sol, habló con cierto acento tolimense y nos confirmó que sí había chivo, pero solo costilla o sobrebarriga, porque la carne magra ya se había acabado. Añadió, con cierta confusión, que la sobrebarriga incluía costilla. Al fin entendimos que todo era un mismo plato, y nos conformamos viendo que el asador tenía carbón.

Mientras esperábamos el pedido recorrimos la caseta azul y blanca. Un hombre de bigote estaba sentado en una mecedora de la que se levantó para ir a atender el fuego. En una pared cercana había muchas fotos de álbumes familiares impresas en tres lonas envejecidas y maltratadas. Tenían una leyenda: Memorias de Armero. Eran estampas de los desaparecidos pobladores de Armero en reuniones familiares, en celebraciones, reinados y encuentros deportivos. Las imágenes, medio sostenidas entre la pared y un enrejado contiguo, miraban de soslayo al valle.

Hablamos entonces de las fotos y del paisaje, mientras el costillar rechinaba al carbón. Preguntamos lo obvio y la pareja confirmó que las fotos eran parte del recuerdo de los que perecieron hace cuarenta años.

—Yo perdí veintidós familiares… Y ella once —dijo el hombre señalando a su esposa.

—¿Y sus hijos? ¿Y ustedes cómo se salvaron? —preguntamos.

Entonces siguió hablando el hombre, que para ese momento ya sabíamos que se llamaba Antonio: 

—Yo trabajaba allí, al otro lado de la carretera, en un molino. Ahí vivíamos mientras nuestros dos hijos se quedaban en el pueblo con la abuela. Esa noche habían venido para que les firmáramos un permiso para un paseo de la escuela. Se quedaron a dormir aquí y al otro día ya no encontraron nada.

—¿Y qué pasó con la abuela? —seguimos preguntando.

La abuela esa noche sintió un ruido como el que hacían en las celebraciones de los partidos de fútbol. Salió a la puerta con una linterna y un machete para ver qué pasaba. En ese momento alguien la tomó cargada y la montó a un carro de los bomberos que subía hacia el cerro para escapar de la avalancha. Cuando se pusieron a salvo, las llantas ya tenían pantano.

Pasamos luego a disfrutar del plato de chivo, en franca lucha con la sobrebarriga. La sazón era única, no recordábamos el sabor del chivo. Las costillas huesudas, exiguas, dejaban una promesa.

Ellos debieron estar muy jóvenes en aquel fatídico año 1985. Don Antonio siguió trabajando en el molino. Años más tarde, la tierra aún quería sepultarlo. Un derrumbe lo sorprendió mientras cortaba un tajo de caña. Quedó enterrado de medio lado, apenas sobresalían la cabeza y un hombro.

—Entonces me di cuenta de que podía respirar, pero tenía que hacer como un marrano, suavecito, sin soltar el aire del todo; porque entonces la tierra me aprisionaría. En esas llegó mi hijo y me sacó. Desde entonces quedé con un nudo en la rodilla.

Efectivamente, caminaba con el pie izquierdo en comba. Hace muchos años que abrieron el restaurante. Venden chivo y avena. La avena es una fórmula secreta que tuvieron que descubrir por sí mismos, porque el cuñado de doña Lucila, como oímos que la llamaba su esposo, les cobraba diez millones de pesos por dársela y los obligaba a venderla lejos de allí, para no hacerle competencia. Entonces ellos se indignaron y buscaron por sí mismos la receta. Y como testimonio de su relato, la mujer fue al refrigerador y sirvió dos vasos pequeños de un líquido nebuloso, brillante, casi traslúcido que nos ofreció en silencio. Lo degusté con absoluta sorpresa: una avena fría, de consistencia fluida, con un sabor que no la hacía comparable a ninguna otra. Le pregunté cómo se hacía.

Ya hablábamos con tan amistosa confianza que también nos ofrecieron semillas de moringa. Doña Lucila dijo que ellos no eran egoístas, que les gustaba compartir lo que sabían y ofreció darnos la receta escrita. Así lo hizo. Se levantó de la mesa cercana y fue hasta la cocina que se apreciaba detrás de unas rejas, y volvió con un trozo de papel y un lapicero. Escribía mientras yo escuchaba la conversación que mantenía don Antonio acerca del cultivo de la moringa.

Ella volvió al tema:

—Aquí venían unas señoras a tomar avena y decían “esto sí es avena de verdad”. Y vaciaban el vaso y repetían. Luego entregamos el restaurante y no hace mucho regresamos; pero ya estamos muy viejos y queremos alquilar de nuevo.

Entretanto, me dejó ver la receta y empezó a hablar acerca de un ingrediente que era una esencia de arequipe y de la importancia de que la leche fuera de tal marca y que además le agregara leche en polvo. El primer ingrediente que aparecía en la receta era Yucarina, la tradicional harina de yuca. Los revisé mientras escuchaba las explicaciones. Le advertí que había olvidado escribir el ingrediente principal: la avena.

Entonces ella, como por darme gusto, lo escribió al final del papelito, casi al borde y me dijo.

—Es que si usted quiere le echa avena, pero la verdad es que no la necesita.

Acaso ese era el secreto de la avena de doña Lucila, que no tenía avena, pero estaba llena de luz.

II

Era hora de seguir el camino y la conversación no terminaba. Pagamos el almuerzo y otro poco por todo lo demás. Don Antonio hizo lo propio, salió con nosotros y nos mostró los árboles de la vida. Cortó dos esquejes y nos los ofreció para que lográramos más pronto la cosecha, porque las semillas suelen ser lentas. Esa vida de los árboles era el único robo que había hecho en su vida, recordó mientras nos los obsequiaba. La charla de la avena que sostuve con doña Lucila estuvo combinada con la de la moringa que mantenía don Antonio con mi esposa:

—Yo trabajé con un ingeniero… Estábamos en una finca donde tenían un criadero de cerdos y los alimentaban con moringa y cuidos especiales. Todo era para exportar. Esa finca como que era de un mafioso. A la hora del almuerzo nos hicimos debajo de un árbol para aprovechar la sombra. Entonces, el ingeniero me hizo señas y yo empecé a coger todas las semillas que pude, aunque allá había mucha vigilancia. Pasó luego el tiempo y me olvidé de ellas, hasta que las sembré y logré que crecieran varios arbolitos. En la pandemia venían a comprarme las hojas. Muchos se salvaron del covid con esta planta. Me ofrecían comprarme todas las hojas que tuviera.

Antes de continuar el viaje, también alcancé a ver algo así como las semillas de una casa, unos ladrillos arrumados a la espera del capricho de alguna mano. ¿Qué sería? Más tarde lo entendí: allí construirá una casa doña Lucila, cuando alquilen de nuevo el restaurante. Probablemente se dedique, entonces, pensativa, a mirar el valle.

Habían conservado la vida donde tantos la perdieron, pero debió serles muy difícil continuar tan solos. Ahora la vejez se cierne implacable sobre ellos, acaso lo que más les importe ya sea recordar todo aquello por lo que valió la pena seguir, todo aquello que les permitió sobrevivir mientras se convierten a su vez en un recuerdo.

Al despedirnos sentí que había estado en un lugar donde se cuece la supervivencia, un lugar al que algún día volvería, ¿pero estarán entonces estos viejos valerosos? Un poco más adelante, sin haber dejado aún de pensar en el restaurante Doña Luz, nos encontramos con lo único que pudimos ver de Armero: un peaje que conserva el nombre del desaparecido poblado. Nada quedaba de lo que fue, en todo había algo fantasmal, contradictorio. Nos alejábamos al fin del cerro blanco, de Cumanday como le decían los quimbaya, de las garras del león dormido.

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Colcha de recetas

por MARITZA SÁNCHEZ HERNÁNDEZ • Fotografías Archivo familiar

Número 143 Marzo de 2025

Estos dos relatos hacen parte de Colcha de recetas, publicación editada por La Bruja Riso y que se presentará el próximo 29 de marzo en su sede. Historias, saberes y trabajos del cuidado; una especie de conjuro para que no nos deshilachemos y nos habite la fuerza de quienes nos trajeron a este mundo.

La abuela Lola en la cocina, en Concordia.

Los pandeyucas de la abuelita Lola

El olor a pandeyuca era el despertador. Significaba que, aún sin salir el sol, la abuelita Lola ya estaba en pie preparando “los tragos”, que era lo que había que meterle al buche al inicio de cada jornada. El radio prendido en la cocina la acompañaba, mientras el resto de la familia se levantaba. Para la abuelita era impensable que por más niña o viejo que alguien fuera, empezara la jornada sin esos tragos, que en su casa incluían aguapanela o tinto con pandeyuca. Las más de buenas, como mi hermana Ana Sofía, tenían la fortuna de repetir, pero esos pandeyucas eran muy contados, porque no éramos poquitas las nietas y nietos (hasta trece) que pasábamos las vacaciones en esa casa, suficiente para toda la familia y visitantes, antes de piso de tabla y después de cerámica, ubicada en el barrio Hoyo Caliente de Concordia, a media cuadra del hospital, a cinco faldas de la plaza principal de ese pueblo cafetero en el que nació mi familia paterna. Más o menos a las nueve y media ya debíamos estar bañadas y listas porque la abuelita nos encomendaba la misión vital de llevar los desayunos de la tía Patricia, en la Alcaldía, y del tío Julio César, en la Cooperativa de Caficultores de Antioquia. Pocas veces esos portacomidas de peltre blanco con florecitas de colores y bordes negros llegaban intactos: el chocolate se chorreaba sobre la arepa con quesito y otras goteras podían resbalar hasta el compartimento del calentado (de frijoles, arroz, huevo revuelto, carne). No era con mala intención, éramos adolescentes torpes y la geografía de Concordia es falduda y resbaladiza por el rocío de la madrugada. Ni la tía Patricia ni el tío Julio nos regañaban, pero en algún momento de diciembre o de julio le ponían la queja a la abuelita y ella nos advertía, pero la revoltura volvía a repetirse.

La cosecha, abundancia y multiplicación de la comida en la casa de la abuelita empezaba en El Brechón o en El Morro, las fincas entre las que vivía, labraba y se movía el abuelito Félix. En la plaza del pueblo, él sostuvo por muchos años un toldo en el que vendía revuelto los domingos, como complemento del café que en tiempos de cosecha le compraban en la Cooperativa más temprano. En el toldo, según la época del año, se vendía kiliado lo que diera la tierra: plátanos, yucas, guineos, bananos, arracachas, zapotes, mangos, aguacates, limones, piñas, guamas, aguacates, guanábanas, carambolos, mandarinas, naranjas, estropajos y hasta quesitos traídos de Urrao. Con interés, seguro, pero también con ese amor infinito que le teníamos al abuelito, lo visitábamos para que nos enseñara a calcular el precio según gramos y kilos, a envolver en periódico y a despachar el revuelto. Al final de nuestra ayuda, floja y escasa, nos repartía la ración igualita para cada nieta y nieto: 50, 100, 200, 500 pesos. Muchas veces la abuelita nos mandaba por el revuelto para el almuerzo y nos entreteníamos entre los toldos o loleando en el supermercado El Cafetero, viendo —y a veces robando— credenciales y chocolatinas Ítalo en los almacenes, o mecatiando en la panadería La Mía. Tarde, y con la barriga medio llena, llegábamos por fin con el revuelto, y la abuelita, aunque no nos regañaba, nos decía con la mirada que si el sancocho o el sudao estaban retrasados era por culpa nuestra.

Esa casa, levantada a punta de los trabajos de modistería de la abuelita Lola y el trabajo en el campo del abuelito Félix, luego también por la suma de esfuerzos de los tíos, tías y papá cuando se hicieron mayores, era de la familia, pero también era la casa del pueblo: allí, antes de que abriera la primera sala de velación concordiana y fuera prohibido velar los muertos en las casas, se hacían los velorios de parientes cercanos y lejanos; llegaban familiares enfermos desde veredas distantes; se hacían las fiestas por bautizos, matrimonios, primeras comuniones, grados o aniversarios. Allí se rezaban las novenas navideñas al lado del pesebre sencillo y muy alumbrado que armaban el tío John Jairo y la abuelita Lola; y allí llegábamos nietas y nietos cada vez que empezaban las vacaciones de mitad y fin de año, también en Semana Santa. En esa acera, coronada por un curazao morado que daba flores todo el año, jugamos, peleamos, conseguimos novios prohibidos, lloramos, cantamos y nos dimos cuenta de que la vida no era eterna y se ponía más y más dura a medida que crecíamos y se morían la abuela Lola, mi mamá, el abuelo Félix, mi primo Felipe, la gente del alma.

En cada velorio, en cada fiesta, cuando fuimos niñas y adolescentes, la comida alcanzó para cuanta gente llegara y nunca se le negó ni un vaso de agua a ningún forastero. “Se me lo comen todo. La comida no se bota, eso es pecado”, nos insistía la abuelita Lola mientras escuchaba la misa por el radio y hacía oficios en la cocina o bajaba de descolgar la ropa seca y coger las cebollas de rama que tenía sembradas en una ponchera, en la terraza.

El recuerdo de los años alegres y andareguiados en Concordia y en la casa de la abuelita Lola me sabe a pandeyuca recién horneado con chocolate negro, caliente, batido a mano en una mañana con mucha neblina.

Pandeyucas con cinco ingredientes y sin afán*

Lo primero: el almidón. Se debe pelar la yuca cruda, rallar y colar con ayuda de un cedazo o paño. Es preciso sacar los pabilos —parte central fibrosa que se encuentra en el interior de algunos tubérculos— y distribuir con uniformidad la yuca rallada sobre un charol. Lo segundo, y para esto puede ser buena idea usar una escalera si es del caso, es ubicar el charol en el techo de la casa (el de mi abuelita Lola era de zinc). Si no se tiene acceso al techo ni a una escalera, no importa; es posible buscar para el secado del almidón un lugar fresco, seco y bien ventilado. Funciona hacerlo en terrazas, patios, balcones y ventanales. Es necesario voltear la yuca rallada cada cierto tiempo para buscar un secado uniforme. En este paso del proceso es necesario cuidar el charol de aves, gatos, perros u otras especies. El tiempo de secado de la yuca rallada varía según varios factores: la cantidad de yuca, que caiga un aguacero o que pasen gatos o pájaros que devuelvan todo el proceso hasta el primer paso, la temperatura del territorio, la paciencia. En un estimado muy general, este secado puede tardar entre ocho y veinticuatro horas. Si la textura aún es húmeda o pegajosa, se necesita más tiempo de secado. Se sabe que está lista cuando está bien seca y quebradiza.

Ya listo el almidón, el siguiente paso para llegar a los pandeyucas es mezclar una taza de almidón de yuca con dos de queso rallado —queso fresco campesino, cuajada, queso costeño o el que se prefiera y se consiga sin líos—. También se agrega panela raspada, un huevo y una pizca de polvo de hornear. Antes de amasar se puede precalentar el horno. La textura de la masa debe ser suave y sin grumos y para esto no es necesario amasar por largo tiempo. Con pequeñas porciones de la masa se forman bolitas que luego se pueden convertir en cilindros, en la letra C o en rosquillas pequeñas si se unen los extremos de los cilindros. Según cada horno, los pandeyucas se deben hornear por entre 15 y 25 minutos.

*Esta receta se originó en el relato y saberes de mi tía Olga Patricia Sánchez Vergara, hermana menor de mi padre, que vivió y cuidó de mi abuelita Lola, María Aurora Vergara, desde siempre y hasta el día de su muerte en el año 2008. Mi tía Patricia vive en la zona urbana de Concordia.

Sabores de El Silencio

Todo pasaba entre la cocina, el corredor y el lavadero. A esa triple frontera, que hasta entonces para mí había sido la vida contenta y sin preocupaciones, llegó Cagao, un trabajador de la hacienda El Orillo que, con gritos tristes y sin bajarse del caballo, avisó que mi abuelita Leonor se había muerto. Mamá, papá y el tío Toño estaban de pesca en el río Cartama. Rosa María, la esposa del tío Toño, cuidaba de mí mientras hacía oficio en El Silencio. A pocos metros de esa casa, en una chocita de tablas y paja, había nacido mi mamá 31 años antes. Con cinco años, vi a mi mamá partirse en pedacitos cuando esa misma noche, en medio de un aguacero afilado, llegó el ataúd con la abuelita muerta: un infarto fulminante se la llevó pocos días antes de cumplir los sesenta años. A mi hermana Ana, en Itagüí, le tocó escuchar la caída de la muerte y pedir ayuda. Como luego pasó con mamá, la abuelita Leonor murió por males del corazón muy, muy pronto.

El Silencio es mi raíz materna y el espacio-tiempo en donde aprendí lo más amable y terrible de la existencia: el juego y la dicha prolongada de las vacaciones; las angustias pasajeras o enquistadas de las disputas familiares más mezquinas o más inocuas; la fiesta navideña eufórica e irrepetible; el descubrimiento de amores y amistades que prometían ser para toda la vida; la crueldad y la cofradía que brotaban de un mar de aguardiente; la comitiva y el amor por la comida compartidos con primas y primos debajo de la sombra de un palo de mangos; el sonido atronador de la pólvora; la incomprensión de la enfermedad más atroz que cae sobre la gente más noble y buena; la barbarie con la que los paramilitares exterminaron la tranquilidad y a familias como la de doña Marta; el dolor que diluye y nubla para siempre la existencia cuando se muere la madre.

Rosa María era capaz de hacer mucho, de todo, en tiempo récord: despescuezar una gallina criada por ella misma, despresarla y alzar un sancocho en fogón de leña, lavar cantidades incompresibles de ropa con jabón azul y a mano, preparar un remedio para el guayabo o la picadura de un tábano, correr a la finca vecina a cocinarle a los ricos que la contrataban en temporada alta, volver para darnos el almuerzo, correr de nuevo a donde los patrones ricos, imaginar nuevas obras en la finca solo posibles con dinero imaginario, armar arepas a mano, coser vestidos de baño, mermar volumen al radio, contarnos historias de mi abuelita Leonor o de los tiempos de noviazgo con el tío Toño. Rosa podía con todo, nunca nos mandaba a nada y nos enseñaba algunas cosas de buena gana, como no interrumpir a las gallinas cuando dan señas de que van a poner el huevo, nunca arrancar las frutas de los árboles acalorados, pasar en cierta dirección el cuchillo para limpiar el pescado sin que las escamas vuelen en todas las direcciones y batir con mucha fuerza, con tenedor y sin descanso, las claras de huevos con azúcar para lograr un ponche muy esponjoso.

El recuerdo de los días de vacaciones en El Silencio me sabe a un transistor que sintoniza Radio Santa Bárbara en la mesa del corredor, y a unos huevos amarillitos revueltos en manteca de los cerdos criados por el tío Toño y Rosa María.

Chocolatinas caseras de tierra templada*

Lo primero, luego de cosechar el cacao y extraer sus granos frescos, es lavarlos muy bien y secarlos con un paño. Lo segundo es el secado del cacao con mucha paciencia, al sol, durante varios días y hasta que estén bien secos y crujientes. Este proceso puede tardar una o dos semanas, dependiendo del clima. El tostado es el tercer paso, ahí se calientan los granos sobre una callana o parrilla de hierro en las brasas del fogón de leña sin permitir que se quemen; el olor que se expande por la cocina, los corredores y cercanías es muy agradable en este punto. Lo cuarto es el descascarillado. Cuando los granos están fríos, se pueden frotar con las manos o con ayuda de un molino para retirarles la cáscara, pues esta no es comestible y puede afectar para mal el sabor de las chocolatinas. En el quinto paso se muele el cacao con ayuda de una máquina de moler bien limpia y seca; se puede pasar varias veces por el molino para lograr una pasta muy moldeable y uniforme a la que se le agrega panela raspada al gusto. También se le pueden integrar especias como canela. En estos últimos instantes, quizá por la cercanía al calor del fogón de leña y al manipularlo con manos, ya el cacao libera sus aceites y se hace moldeable. Según el gusto, es posible armar bolas, pastas o pastillas que se pueden almacenar en un lugar fresco para luego hacer chocolate de taza. Las que están en esta memoria familiar son unas chocolatinas recién hechas, naturales por completo, que comíamos en El Silencio de inmediato y con todo el gusto.

*Esta receta se originó en el relato y saberes de mi papá, Fernando Antonio Sánchez Vergara, quien presenció varias veces la cosecha del cacao en El Silencio (Támesis) y el modo en el que preparaban las chocolatinas entre mi abuelita Leonor (su suegra), mi tío Toño (su cuñado) y mi mamá, Lucía, su esposa. Mi papá, ahora que es pensionado, cocina con pereza pero muy rico.

Sentadas con ropa oscura se ven de izquierda a derecha la abuela Leonor y la tía Margarita. Adelante y de pie, mi mamá, Lucía. Más atrás, el abuelo Ramón y el tío Toño.

Cocina como Acción Social: comensalidad a manos llenas

por LUIS R. VIDAL

Número 131 Octubre de 2022

La cocina en la calle y la calle como cocina

Sacar el fogón a la calle es un acto que, a simple vista, no tiene nada de extraordinario. Creo que todos hemos compartido un plato de sancocho o una frijolada. Sin embargo, hay algo más. Prender un fogón a la luz de todos, y sentir el olor a leña y la volatilidad del humo que tizna una olla, nos comunica con el acto primario del fuego y de la vida en comunidad.

Dar de comer al otro siempre me ha parecido un gesto noble. Es como abrazar a alguien a través de la comida, sobre todo cuando es uno quien la prepara. Los alimentos cobran otro sentido. Pienso que, con los afanes del día a día, perdimos parte de nuestra esencia como humanos cuando en su casa cada quien, en vez de ir al comedor, va a un cuarto y come solo, casi que a escondidas. Cocinar no es un acto individual. Siempre habrá alguien que siembre los alimentos, otros que cosechen, otros que los transporten hasta los lugares de acopio, hasta que, por fin, lleguen a nuestras manos para transformarse.

En Medellín, Cocina como Acción Social (CASA) se ha encargado de atizar ese fogón y compartir la comida en las calles de la ciudad por más de seis años. Emmanuel Taborda Blandón es el cocinero y gestor cultural que está detrás de esta iniciativa. Ema, como le dicen sus amigos, cuenta que no ha estado solo en esto. Lo han rodeado un puñado académicos, compinches, cocineras y cocineros tradicionales, venteros de frituras, hortelanos, filósofos, historiadores, poetas, antropólogos, comunicadores, ilustradores y palabreros.

CASA se ha tomado muy en serio que cocinar es un acto comunicante del que nos debemos valer para resarcir broncas innecesarias y carentes de sentido. Es cambiar la estridencia de las armas por los ruidos que producen las cocinas en movimiento. Así, se valen de metáforas para enseñarnos que lo importante de vivir sosegados los amores y las amistades, a fuego lento como las buenas comidas, y que la frugalidad es enemiga de los apuros y los hartazgos, porque como dicen los abuelos: de las carreras no queda sino el cansancio.

Este detenerse para cocinar en las calles de la ciudad se hace con comensales de todos los pelambres. Aquí todos caben y celebran alrededor de la pedagogía de la olla comunitaria: unos lavan, otros pelan, otros atizan el fogón, otros se encargan de las arepas, la ensalada y las bebidas. Al cocinar juntos celebramos la hermandad, reconocemos lo semejante y lo diverso del otro. Alguna vez, al terminar la faena en una de las versiones de CASA en Pedregal, estaba fatigado y olía a leño, pero pensé que un pedazo de la ciudad se había sentado a comer junta. Era una porción pequeña comparada con el tamaño del país. Pero no importa, me dije. Se ha empezado y eso es lo importante.

Medellín celebra desde los fogones

CASA es algo sui generis en medio de la variedad de eventos de cocina que existen en Medellín. Eclosionó en el barrio y poco a poco ha permeado al resto de la ciudad y el país. Ema cuenta que la iniciativa tiene tres líneas de formación que están integradas. La primera es la comunitaria, que tiene como punto de partida el taller Amasando Paz. En el año 2017, comenzaron a vincular a población diversa (en edad y género, también migrantes) en encuentros constituidos a partir de la cocina comida, donde se abordaron los universos culinarios de cada participante y la relación afectiva y gustativa con sus recuerdos. Tras esa experiencia, se elaboró una metodología de trabajo que se replicó en distintos barrios de Medellín en expresiones como: De la tierra a las cucharas, Cocina y Memoria, Cocinando con lo que hay. En ellas, los distintos talleristas han sumado sus experiencias y transformado el abordaje desde las particularidades de los territorios.

La segunda son las consultorías que CASA les ofrece a distintas organizaciones para dimensionar, entender y crear soluciones a las problemáticas sociales, culturales, económicas, políticas y de violencias basadas en género. Propone una metodología de intervención social que, a través de la cocina, permite compartir ideas y saberes, consolidar acuerdos, brindar soluciones y transformar desde la fuente.

Finalmente, la tercera línea tiene una apuesta por lo comunicacional. En este punto, CASA materializa un discurso cercano a las personas, reconociendo las narrativas, estéticas y modos en que se presenta la alimentación en espacios mal llamados populares. Las voces del barrio y sus protagonistas son fundamentales para comunicar y afirmar que la cocina es un espacio de cohesión social, y también una manera de reconocernos en el otro.

En seis años, CASA ha hecho presencia en quince barrios de Medellín y doce municipios del departamento. Ha participado en cinco foros, una franja radial y varios eventos iberoamericanos, en los que ha mostrado la diversidad de las cocinas y etnicidades del país. Cuando nos sentamos juntos a comer, la conversación también se abre paso. Una de sus ideas centrales ha sido cultivar la sensibilidad para leer las situaciones particulares de los barrios, del departamento y del país, al tiempo que se piensa esos contextos en sus diferencias.

Tiempos de celebración

CASA se reúne anualmente y convoca al sector público, académico (de distintas áreas del conocimiento), estudiantes y colectivos de la ciudad y del país, para dialogar sobre la cocina y su aporte a la generación de vínculos sociales para el desarrollo social. En esos encuentros, por medio de la exploración de ejercicios culinarios, se aborda desde la pregunta y la palabra las dimensiones sociales, culturales, biológicas y emocionales de la cocina, el fogón, las ollas, las texturas y los sabores y, en especial, las historias detrás de quienes producen, transforman y disfrutan los alimentos. Es una fiesta cada encuentro, una oportunidad para ver a los amigos, callejear y abrazarse.

Invitados a conocer, degustar, disfrutar como en su CASA, con Cocina como Acción Social.

Los tres golpes

Número 100 Septiembre de 2018

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.

Engullir en Ben-Hur

por ANDRÉS DELGADO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 100 Septiembre de 2018

El almuerzo que despacharé al calor del mediodía vale tres mil pesos. El precio de un dólar, una cerveza fría, un paquete de diez cigarrillos Marlboro, doscientos gramos de salsa de tomate. Tres mil pesos. El costo de un kilo de limón Tahití o de lentejas, una libra de maíz pira. La idea es saltarse el desayuno, aguantar hasta el mediodía y salir al bochorno del Centro de Medellín y saciar el hambre con un delicioso almuerzo de combate. Martín Caparrós en su libro El hambre escribió: “Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre —y, al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos que el hambre verdadero”.

Tejelo es una calle peatonal cerca de la Plaza de Botero. Está dividida por dos ambientes desiguales: un lateral opresivo y atiborrado de legumbres y carnicerías que despachan al calor de las doce del día una libra de garra por setecientos pesos y diez chorizos por cuatro mil setecientos; y otro lateral con una seguidilla de tabernas abiertas y desoladas. Rey de copas, Bar Alaska y Malibú son aburridos bares con pista de baile y mesas solitarias. En la noche todo cambiará. La soledad barrerá el lateral oscuro del mercado y, al frente, el ardor registrará tragos y bailoteo y sonrisas.

Bajando por el lado de las tabernas siento en la panza el dolor de la venganza, el hambre que me reclama. Entonces la veo: Cafetería Ben-hur, mesas y sillas en acero inoxidable y un tablero con precios: sancocho de bagre a seis mil. Entro, me siento y pido “el económico”, sin saber qué carne se sirve. Solo quiero lo más barato.

El señor canoso que me atiende, luego lo sabré, es uno de los hermanos dueños del negocio. Viste camisa de manga corta de botones y pantalón, como si acabara de cobrar la pensión. Tiene gafas gruesas, barriga y un rostro áspero. Traslada mi pedido a la señora detrás de un mostrador. Ella repite su dureza en los ojos. Sobre la esquina plateada de la mesa veo un pegote amarillo, “sopa de ahuyama”, me digo en una apuesta mental.

Arrinconados, dos novios comen sopa y se limpian la boca con besitos. Él tiene gorra, una camiseta ceñida contra su fibra musculosa y los brazos morenos del sol. A sus pies, una caja para limpiar zapatos. Ella con una cola en el pelo que le deja racimos por fuera, una blusa de tiritas sobre los hombros tostados y un tatuaje a medio camino en puntos azules que dice “Brayan”. Qué hambre tan horrible. Al frente una señora espera su almuerzo, resopla de calor, y sobre la mesa, un pequeño canasto hasta el tope de confites y chocolatinas. Por fin llega lo mío. Un plato de sopa de pastas mezcladas con lentejas. Alguna de las dos fue de ayer, nadie adiciona gratuitamente lentejas a las pastas. Y menos en un restaurante de combate. No puedo evitar frotarme las manos. Voy por la cuchara al canasto de los cubiertos y noto que no hay servilleta. En cambio, un papel higiénico blanco envuelve la cuchara. Son cinco pedacitos unidos en una tira. El detalle me conmueve. Y lo aprovecho para darle una severa limpiada a los cubiertos a medio lavar.

La sopa no está mal. Es fresca y alivia mi angustia. El otro plato tiene papa, arroz, una tajada diminuta y frita de plátano maduro, y fría, ojalá no sea también de ayer. Ensalada de zanahoria y repollo. Además, una inquietante y generosa porción de carne cocinada. No sé si comérmela. Pienso en gatos, en caballos, en zarigüeyas. Nada, no importa, nos vamos con ella para adentro, cero-mente-cero-cabeza. Hago fe y me convenzo: es de res. Mastico y vea, me digo, muy rica que está la carne.

En su libro, Caparrós cuenta que en un pueblito de Níger encontró a una mujer que comía harina de mijo. Le preguntó que si comía eso todos los días. “Bueno, todos los días que puedo”, contestó. Caparrós quiso saber qué le pediría a un mago que le diera cualquier cosa, ella contestó que una vaca que le diera leche. “Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas”, insistió él. “Pues bueno, dos vacas”, repuso ella. “¿Dos vacas?”, se quedó pensando y la señora le dijo: “Con dos sí que nunca más voy a tener hambre”. Y el periodista se quedó pensando que era tan poco, y luego se dio cuenta de que era mucho.

Cuando despacho mi almuerzo y quedo con la panza aliviada, me levanto con la taza de claro en la mano. Me acerco al mostrador, donde atiende la señora con cara agria, muy parecida al mesero. La que manda en el restaurante es ella, hace rato me di cuenta, y no él. “Muy rico el almuerzo”, le digo para intentar bajar la acidez de su rostro, “muy rico, de verdad, me gustó mucho”, y nos sonreímos. Entonces le pago con un billete de cinco mil. Me devuelve dos y volvemos a sonreír. Entonces puedo comenzar a preguntar.

Se llama Blanca Nubia y me cuenta que el negocio es familiar. Lo tienen hace 42 años. “Ahora todos los hermanos estamos pensionados —dice—, mantenemos el negocio, pero esto no da plata como antes”. Cuando comenzaron, Tejelo era una calle con paradero de buses y comercio. En esa época, cuando el edificio Miguel de Aguinaga era ocupado por las Empresas Públicas de Medellín, venían a comer los obreros y empleados. “Fue una época muy bonita, antes de la violencia, después se puso mal el Centro —dice—, la gente comenta que el sector es un atracadero, pero vea esto, ¿no es muy tranquilo?”. Descubro que Blanca Nubia quiere evitar el tema y la imagen negativa del sector. Entonces entiendo su rostro duro. Los años, el trabajo y el pasado turbio de Tejelo han dejado su huella de desconfianza.

“Néstor fue el que comenzó, teníamos panadería, mi otro hermano Luis era su administrador, también trabajó Víctor y ahora el que nos dirige es Francisco, es el patrón de nosotros hoy por hoy. ¿Y qué es lo que menos me gusta de mi trabajo? ¿Es lo que me está preguntando? Lo que menos me gusta es cuando la gente recatea porque la comida es muy maluca, entonces yo les digo váyanse a comer al Hotel Intercontinental, es que por tres mil pesos qué van a comer pues, sí, los domingos es el único día que fritamos chicharrón, a la gente le gusta mucho venir ese día. ¿Y qué es lo que más me gusta de mi trabajo? Hablar y estar con la gente, porque si una está triste entonces se distrae, se ríe, comenta, critica y echa chisme, es que a esta edad ya no se quiere estar sola, el negocio no da plata pero da compañía”.

En otros puntos del Centro de Medellín un almuerzo de combate cuesta ocho mil. En Ben-hur no son de combate, son de trinchera empantanada y destortillada por las bombas. Y menos mal. Porque cuántas hambres ha calmado. Sabiendo que no son las más graves. Hambres como la mía en este mediodía de calor. Para el postre, Caparrós dice que el hambre “no es un problema de pobreza, sino de riqueza y de la concentración de la misma. Si hay tanta gente que no come, es porque otros lo hacen de manera absolutamente desproporcionada e injusta”.

Antes de salir a la reportería, en la redacción me recomendaron: “La crónica no es solo contar cómo fue el almuerzo sino también cómo fue el daño estomacal”. Puro terror. Por si las moscas me tomo una sal de frutas, remedio que no fue necesario.

Los tres golpes

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.

Doña Gloria

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 100 Septiembre de 2018

El sol es picante al mediodía, pero en la carrera 43B con San Juan parece que se ensañara con los trabajadores y caminantes que, a esa hora, solo piensan en resolver el quejido de las tripas y apurarse alguna bebida refrescante que les dé ánimo para continuar la jornada.

Y no hay mejor opción, con la chispa sobre el cuello como un cruel soldador, que meterse al restaurante Doña Gloria, en toda la esquina de San Juan, a cincuenta metros del chequeadero de buses de Cootransmallat, y pedir una mazamorra de mil pesos, con leche y bocadillo veleño. Un tentempié antes de que la señora exponga su menú de suculentos platos recién hechos a tres mil pesos.

“Recuerde mija, es una cucharadita de sal por libra de arroz. Si quiere le echa pimentón, pero unas dos pizquitas, no más. Y los frijoles, una hora después de que pite la olla, les licúa zanahoria, les echa ‘sorfrito’ de cebolla y listo, así quedan bien ricos. Hoy vamos a vender carne sudada, de cerdo que es la que más gusta. No se olvide de echarle cilantro, cebolla y pimentón. Acá la comida es barata pero rica y sustanciosa, porque recuerde que el alimento es bendición”, repite la dueña del lugar, Gloria Esther Cruz Ramos, como si estuviera recitando un antiguo conjuro mágico, mientras mueve de un lado a otro su cuerpo de noventa kilos de peso y 59 años de edad.

Doña Gloria es cordobesa, de Montelíbano, y es hija de un carnicero y una cocinera. Nació el 8 de febrero de 1959 y es madre de Yuliana, una joven transexual que vive en Italia, país en el que se ha abierto paso como chef.

Yuliana a veces visita a su madre y le ayuda en los quehaceres del restaurante. También le muestra recetas de pastas y de sopas que jamás podrían venderse en Niquitao, donde los estómagos parecen estar diseñados para tolerar solo frijoles, sancochos, sudados y secos con carne asada.

Todavía repitiendo su credo culinario, su inefable sortilegio, doña Gloria saluda a cada comensal inclinando levemente la cabeza. Luego los acompaña hasta el comedor y les explica detalladamente el menú.

“Hoy hice frijolitos con un poquito de coles y trozos de carne de cerdo. El seco también trae carne, con una salsita que se inventó mi marido, muy rica. Pero también tenemos sopita de verduras y seco con carne de res o pollo. Para tomar hay juguito, gaseosa y mazamorra”, expresa la señora, ataviada con un fino delantal y una pañoleta que oculta su pelo castaño y canoso.

El restaurante es una casa de tres pisos, pintada de blanco con franjas verdes, anaranjadas y azules. En el tercer piso viven Gloria y su actual esposo, José Alberto Cartagena, quien por amor tuvo que aprender a cocinar y además se encarga de hacer mercado, cada martes o miércoles, en la Plaza Minorista. En los pisos restantes queda el restaurante, que abre en semana de ocho de la mañana a ocho de la noche, y los domingos y festivos de ocho a seis.

Todos en el restaurante deben saber cocinar. Doña Gloria, quien lleva cocinando desde que tenía trece años, no admite que ninguna de sus trabajadoras no sepa “ni prepararse un huevo”. Por eso la inducción al empleo es en la cocina, y allí deja a los recién llegados hasta que aprendan a hacer un arroz con la sal justa o unos frijoles calados al punto.

A los tres años llegó a vivir a Medellín, en Niquitao, pero luego se fue para Cisneros, Nordeste antioqueño, donde su madre había abierto un restaurante. Allá conoció a su primer esposo, con quien montó dos carnicerías en Turbo. Luego de separarse volvió a Medellín, de nuevo a Niquitao, y durante 26 años vivió en un inquilinato donde montó su primer restaurante, Lobo Marino.

Gloria también vendió almuerzos en los ochenta en las afueras del Hotel Nutibara, frente al Centro Comercial Veracruz. Junto a otras mujeres, la mayoría madres solteras, vendía almuerzos a cien y ciento cincuenta pesos. Eran tantas que la gente empezó a conocer la esquina donde se ubicaban como “el portacomidas”.

“Mi vida ha sido cocinar, dar de comer”, les cuenta a sus clientes animosos de conversación, pues la comida que sirve Doña Gloria genera una inexplicable sensación de bienestar, como si los ingredientes produjeran un desbordamiento de dopamina en el cerebro.

“Ahh, qué comida más rica doña Gloria, así sí da gusto volver a trabajar”, le suelta uno de sus clientes frotándose la barriga como un buda grasoso y bigotón. Y la señora responde: “El ingrediente es cariño don Roberto, mucho cariño”.

La única verdad es que sus almuerzos tienen tres características, la limpieza de su presentación, el sabor y la frescura de sus productos. Como bien dice: “Acá se le pone tanto amor a la comida como a la limpieza. Todas las mañanas y todas las noches, entre todos dejamos el restaurante reluciente, como si fuera nuevo”.

Las comidas se sirven segmentadas y en platos de loza. Las mesas son de plástico y están desprovistas de manteles. Las cocinas del primer y segundo piso están ubicadas sobre la pared del fondo, a unos cinco metros del comedor principal.

Doña Gloria tiene unas diez trabajadoras, todas madres solteras y habitantes de la periferia de la ciudad. Le gusta ayudarles, enseñarles cada truco de la cocina. Con el tiempo, todas ellas han ido asimilando su carácter. Sonríen amablemente, mantienen sus manos y sus uniformes pulcros y a cada cliente le dan la bienvenida como si fuera un amigo de toda la vida.

Es el restaurante más antiguo de Niquitao, donde uno puede gozar de una buena comida a un precio ínfimo y, al mismo tiempo, puede escaparse, al menos por una hora o dos, de la rutina agobiante de ese sector del Centro de Medellín.

Los tres golpes

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.

Gastronomía sin ruta

Número 72 Diciembre de 2015

Los barrios marcan algunos hitos con el carbón, la paila hirviente y la ruta que siguen los antojos ambulantes. Culinaria y repostería de esquina. Empanadas, obleas y tilapias que no necesitan aviso ni local. Siga la voz, siga el aroma, siga la fila.

Barrio Ocho de Marzo

Tilapia con sabor chocoano

por REDACCIÓN UC • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 72 Diciembre de 2015

La casa es un lugar meramente funcional; salvo por un par de fotos familiares y un cuadro torcido, no hay adornos. En la sala un sofá doble de cuero, una silla de plástico y un televisor encima de un escaparate conforman todo el mobiliario. En los cuartos sin puertas, lo básico: camas y armarios. Al fondo de la casa, la cocina con un poyo largo de cemento gris que termina en un lavadero con un tanque grande donde se lava ropa, loza y mucho pescado. Exactamente, tilapias rojas y negras traídas desde Armenia, Quindío, a la casa de María Eida Martínez, ubicada en un alto junto a la cancha del barrio Ocho de Marzo. Desde la amplia terraza que la precede se divisa el barrio La Sierra, al otro lado de la quebrada Santa Elena. Es allí donde María Eida, más conocida como ‘La Abuela’, dispone de mesas y sillas para atender la clientela que llega los viernes, sábados y domingos en busca de pescado frito con patacón.

Según el tamaño, el precio del plato puede variar entre siete y doce mil pesos. Pero cualquier tipo, cualquier tamaño, cualquier precio garantiza un sabor único y un comensal que vuelve. “El que viene una vez viene más veces”, asegura María Eida, de 84 años, mientras limpia y descama pescado.

De Villa Hermosa, Manrique, Buenos Aires y hasta de Itagüí ha llegado gente para comer el pescado de La Abuela. Su asistente, ‘La Tía’, otra negra grande, de risa fácil y muy coqueta, los echa a la sartén después de que La Abuela los adoba. “Ella tiene su secreto, el cuento se riega y ya hasta hay gente que encarga para llevar y nos pide domicilios”. La Tía unta de harina el pescado y lo desliza en la paila de aceite caliente.

Ambas mujeres y sus familias vienen del Chocó. María Eida llegó hace treinta años a Medellín, y abriéndose camino se fue trayendo a una parte de su gente. Vende pescado hace veinticuatro años y se ufana de no fiar y no regalarle a nadie: “El que se come el pescado, lo paga”; no vale ser sobrino, nieto, hijo, el que sea.

Todo empezó porque María Eida no quería depender de su esposo. “Tener que pedir plata para esto, para lo otro, que vea que deme mil peso, ah, ¿qué para qué mil peso? Entonce a explicar para qué los mil peso. En cambio uno tiene su plata, se pone su falda y dice: ahí le dejo la casa, me voy para el centro a comprarme un labial, una blusa”. Así explica La Abuela por qué se metió en el negocio. Y cuenta que solo en diciembre deja de lavar, preparar y vender pescado para ir a ver a los suyos en Istmina..

El pescado en el plato cruje, al cliente lo consienten: el patacón se lo hacen de plátano maduro, verde o pintón, y si avisa con tiempo, la noche o el día anterior, le cocinan yuca para acompañar. El limón no falta y le consiguen la bebida.

En cualquier momento, La Abuela grita desde la cocina con su delantal mojado: “¿Les gustó?”. No hay remedio, hay que volver y traer a Perano que es fanático de la tilapia. La Tía, en la terraza, junto al fogón de leña cubierto con una lona, aplasta plátanos sonriendo: “Aquí lo único que dejaron fue espina”.

Gastronomía sin ruta

Los barrios marcan algunos hitos con el carbón, la paila hirviente y la ruta que siguen los antojos ambulantes. Culinaria y repostería de esquina. Empanadas, obleas y tilapias que no necesitan aviso ni local. Siga la voz, siga el aroma, siga la fila.

La Quesuda

por REDACCIÓN UC • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 72 Diciembre de 2015

Llegó La Quesuda, puntual como cada domingo. Estacionó su carro junto a la cancha de El Progresar y puso en la calle una mesa plástica con sombrilla. Cuando apenas estaba sacando los tarros llenos de lecherita y arequipe, las cocas con mango picado, el queso rallado, el racimo de bananos pecosos y las obleas caseras, ya se habían arrumado a su alrededor, con ojos vivaces, los primeros clientes: “Dame un vaso con mango”; “yo quiero una quesuda de dos mil”, “para mí una bandeja con banano”. Pocos saben que ese moreno al que todos le dicen La Quesuda se llama Savier Mosquera.

Empezó a llegar más gente, y él a despacharlos con la habilidad de un avatar de ocho brazos, mientras les preguntaba: “Qué quiere reina”, “qué va a llevar el rey”, “qué le sirvo a la mami”, “cuántas porciones, mi hermano”. “Dios lo bendiga”, le dijo a cada uno al recibir la plata. No tiene ayudante porque todos quieren que sea él quien los atienda; prefieren armarse de paciencia hasta recibir sus porciones para luego sentarse a comer en las mangas de los alrededores desde donde divisan el Valle de Aburrá o en las tribunas de la cancha mientras ven el torneo de fútbol del barrio.

Está contento; siempre está contento, asegura. Abre su boca bembona y suelta, a capela, un canto grave, ancho y denso que se extiende por toda la cuadra al ritmo de lo que podría ser un porro o una cumbia: “Oiga / mire / vea, / pruebe La Quesuda para que vea. / Si subimos a Los Sauces, / allá está La Quesuda. / Si bajamos a Santander, / ahí yo veo a La Quesuda. / Si nos vamos pa’l Picacho, / ahí yo veo al Quesudo”. Savier sonríe mostrando los dientes refulgentes; el mismo gesto alegre que tiene en la foto, ya desteñida, estampada en la espalda de su delantal blanco: un primer plano de su rostro anguloso y ancho, sin barba, y en la mano una oblea a la que le echa lecherita.

“A mí la gente me pregunta: ¿Cómo estás, Quesudo? Y digo: Bien. Estoy siempre alegre y dispuesto a servirle a la gente. Por eso yo digo: ¡Fuera tristeza que llegó la alegría! Si tristeza te invita a salir dile que no, que se parche sola que tú vas a salir con alegría”, dice este chocoano que vive en Medellín desde los dos años. Y hace diez, después de trabajar como jefe de personal en una compañía de venta de libros, decidió independizarse, pues a pesar de que tenía un buen sueldo no le quedaba tiempo para su esposa y sus hijos.

“Yo te digo, el éxito que uno tiene en el trabajo no compensa nunca el fracaso en el hogar. Yo viajaba mucho, si mi esposa cumplía años me tocaba llamarla por teléfono para felicitarla. Y te digo una cosa, la torta no sabe lo mismo el día del cumpleaños, que es el 24 de junio, que el 3 de agosto, ya está vinagre. Eso me motivó a decir: vamos a trabajar independiente. Para qué dinero si no lo podés disfrutar con los tuyos”.

Lo primero que empezó a vender, andando a pie por los barrios y cargando al hombro neveras de icopor, fueron fresas con crema. Un día se antojó de las galletas caseras, parecidas a la oblea, que pasó ofreciendo un señor. Le compró un paquete y se sentó a comérselas. En esas pasaba una muchacha embarazada que se le acercó y le dijo que le vendiera una. “’No son pa vender, son pa mí’, le dije. Pero como existe el cuento de que si no se calma un antojo el niño nace boquiabierto, me tocó dárselas. Y ella luego me dijo: ‘Usted debería vender de estas galletas con queso, haría mucha plata’”.

Visionario y estratega, le hizo caso y se inventó La Quesuda, hechas con esa galleta casera crujiente grabada de cuadritos, abundante queso, arequipe y lecherita. Para empezar a venderlas hizo gala de su suspicacia: “Yo trabaja en el colegio Alberto Díaz. Y los niños me preguntaban: ‘Señor, ¿a cómo la obleas?’. ‘A mil’. Y me decían: ‘Eso tan caro, eso tan caro’. ‘A mil son’, les decía. Entonces se me ocurrió una idea. ‘Vamos a regalar la primera oblea’. Y le dije a una niña: ‘Hágame un favor, yo le voy a dar mil pesos y usted me va a comprar una’. Le pasé la plata por la reja del colegio y luego llegó la niña: ‘Señor, me da una oblea grande’. Entonces los otros niños la vieron y llegó otro: ‘Señor, me da una oblea así grande como la de esa niña’. Entonces así fue. Ese día vendí quince obleas”.

Cinco años después se le ocurrió vender mango, pero sin sal ni limón, sino con lo mismo que llevaba la galleta. Al principio lo miraron raro. “La gente decía: “¿Mango con dulce y queso? Gas, eso da vómito”. Y yo: “¿Gas? Gas que pa dentro vas”. Y así fue, la gente probó y le gustó. Y después hice lo mismo con el banano”. Le empezó a ir tan bien que se compró una moto que luego cambió por un Renault 4, después fue un 18 y ahora es un Mazda al que le puso una sirena que activa cuando llega a los distintos barrios que recorre. Sus clientes, que lo esperan con fidelidad, viven en Kennedy, París, Doce de Octubre, El Picacho, El Progresar, San Javier y Santander. Lugares a los que va solo unos días específicos de la semana, según su organigrama escrito con tinta roja en una hoja cuadriculada, para no cansarlos todos los días con lo mismo, dice.

“Con esto sostengo a mi familia. Y en este momento estoy metido en un crédito de vivienda, hasta el momento vamos QAP. Es que lo más fácil en la vida es no hacer las cosas. Y para no hacer nada usted saca cualquier excusa: que no me dio el tiempo, llovió, hizo sol… Y las metas no admiten excusas. Lo que se necesita es acción. Actuar y ser organizado. Mami, afortunadamente y con la ayuda de mi Dios, en abril compro la casa. Y voy a hacer una farra ni la hijueputa y voy a cantar –abre su boca morena, mientras le echa arequipe a los trocitos de mango–: ‘Esta casa es mía, túmbenla, estoy contento, túmbenla’. Todos están invitados a mi fiesta”, le dice, abriendo sus ojos redondos y negros, a la gente que lo rodea.

Gastronomía sin ruta

Los barrios marcan algunos hitos con el carbón, la paila hirviente y la ruta que siguen los antojos ambulantes. Culinaria y repostería de esquina. Empanadas, obleas y tilapias que no necesitan aviso ni local. Siga la voz, siga el aroma, siga la fila.