Entradas

Cinco segundos

por SAÚL ÁLVAREZ LARA • Ilustración de Camila López

Número 64 Abril de 2015

El Cirrus fue restaurante y bar en la esquina de la calle Maracaibo con la avenida Juan del Corral, detrás del Hotel Nutibara, al inicio de la calle. Más arriba, sobre Maracaibo, estaban el cine Ópera y la Librería Aguirre, y dos cuadras más arriba, la Clínica Medellín y lo que acabó siendo la Avenida Oriental. En esos años, década del sesenta, no había metro, ni Plaza Botero, ni hombres estatua a la espera de una moneda para hacer el movimiento ensayado hasta la memoria. Estaban las palmeras de la Plazuela Nutibara que no parecen haber cambiado, ni crecido, ni desmejorado con los años, siguen iguales, menos en número por el paso del viaducto, pero iguales. Eso creo.

El Cirrus ofrecía en aquellos años lo que hoy se conoce como un corrientazo. Era un restaurante con almuerzo para empleados de la zona que en las noches pasaba a cabaret. Lo digo por la exhibición de botellas, adornos, luces y espejos del mostrador, y por el piano en el rincón más alejado de la puerta, la tarima pequeña que insinuaba el lugar del cantante y la pista, también pequeña, que sugería la posibilidad del baile. Nunca estuve allí de noche pero un cierto ambiente Casablanca se sentía en los rincones, mediterráneo, un poco. La penumbra, refrescante al medio día, llegaba hasta las cuatro o cinco puertas sobre la calle Maracaibo, abiertas pero con mesas de banca unida y espaldar alto que impedían la entrada. Los manteles siempre a cuadros, rojos y blancos, la vajilla blanca, las sillas y el resto de la madera azul; las paredes color ladrillo, eran con seguridad lo que contribuía al ambiente de otra parte. A la hora del almuerzo, en lugar de sopa era posible elegir espaguetis. ¿Espaguetis en lugar de sopa? A quién se le ocurriría algo así. También había salsas, boloñesa o napolitana. Lo que parecía una exageración, más tarde lo supe, era una costumbre italiana donde la pasta es una entrada y siempre va acompañada de otro plato: ossobuco, filete o lo que el chef proponga. En El Cirrus después de la pasta venía el seco: arroz, papas, carne y repollo o tomate picado.

Un detalle por fuera de la carta, si así lo pudiéramos llamar, sucedió en una de las puertas del Cirrus, la segunda cuando uno baja por la calle Maracaibo rumbo a la avenida Juan del Corral, un miércoles de septiembre a las 12:45 del día. A esa hora ya habíamos despachado los espaguetis acompañados con salsa napolitana y esperábamos el seco. Silvio, el mesero, estaba desbordado, el tumulto de la hora lo obligaba a ir de un lado para otro esquivando mesas y comensales con agilidad a prueba de obstáculos; había más gente que de costumbre y los choques de voces, cubiertos, platos y vasos tronaban entre las mesas. Silvio, malabarista en su salsa, llegó con el segundo plato a nuestra mesa.

Para quien baje por Maracaibo mi puesto era el más cercano a la calle en la mesa de la segunda puerta, de allí alcanzaba a ver la gente que subía y la espalda de quienes pasaban rumbo a la avenida. De repente algo enorme se abatió sobre mi plato en el momento mismo que Silvio lo dejó en la mesa frente a mí. Fue lo me quedó grabado en la memoria. Aquella fuerza inesperada, oscura y contundente hizo saltar arroces, hilachas de repollo y puré de papa en todas las direcciones. No tuve tiempo de ver el plato. Lo que quedó después de la ráfaga que lo azotó fue algo parecido a lo que deja un terremoto. Levanté la mirada asustado porque era posible que una réplica aún más fuerte se presentara y entonces vi la espalda desenfocada, oscura, casi negra, que se alejaba por la calle Maracaibo hacia abajo, rumbo a la esquina de la avenida Juan del Corral donde se detuvo para mirar el lugar de los hechos. Aunque sea con la mirada, siempre se regresa al lugar del crimen. Fueron unos segundos, cinco, diez, máximo quince. Desde la esquina, la silueta oscura, negra por la ropa desencajada y sucia, me miró con la picardía del triunfo en sus ojos y la carne que arrancó de mi plato a punto del primer mordisco. No fue la última vez que lo vi. En los más de veinte años que siguieron me crucé con él varias veces y aunque nunca se acordó de mí —no había razón—, yo no olvidé su figura.

Alcides, imagino que era su nombre, vivía en la calle, era un “desechable” aunque en la época de la carne del Cirrus, nadie los llamaba así, les decían mariguaneros o gamines. Con el tiempo, los cambios de moda, de lenguaje, de costumbres; con la aparición del narcotráfico, el terror y la violencia mafiosa, la gente de la calle quedó valiendo menos que nada y fue entonces cuando los comenzaron a llamar desechables. Volví a ver a Alcides más de doce años después del miércoles de la carne. El Cirrus había clausurado sus puertas. Me crucé con él en la misma calle Maracaibo dos cuadras más arriba del lugar del crimen, estaba igual, por lo menos su silueta parecía igual, flaco, alto, la expresión de la cara era la misma que ya había visto, fugaz, de mirada maliciosa. La ropa hubiera podido ser la que llevaba doce años antes, desencajada y negra por el mugre, estaba sentado sobre cartones en el piso al lado de la puerta de entrada a un edificio; venía de recostarse contra el muro de piedra amarilla pero su cuerpo no parecía en reposo, estaba alerta, quizá esperaba que algo o alguien llegara o pasara cerca, una presa o un enemigo. Recordé la mirada pícara, la cara de gozo con el pedazo de carne a punto del primer mordisco, era el mismo, a pesar de que la expectativa lo dominaba. Me pareció que entre el miércoles del Cirrus y ese momento, el tiempo se había detenido para él. Lo observé desde la esquina disimulado entre un vendedor de periódicos y un poste del alumbrado público. Recordé el día en que lo vi por primera vez y como en una película vi también pasar su sombra de terremoto.

Alcides apareció como un ancla en el tiempo, fue una sorpresa, en realidad nunca más lo había recordado, con seguridad a él también le habían pasado muchas cosas pero seguía siendo, por lo menos en aire y apariencia, el mismo.

Dejé la ciudad y lo perdí de vista de nuevo, cuando lo volví a ver, otro buen número de años había transcurrido y él seguía igual. Regresé a una Medellín que sí había cambiado, había crecido en habitantes, se había extendido hacia las laderas, era una ciudad donde todo parecía reciente y a veces sin terminar porque nada de lo que significara vestigios de historia o de pasado permanecía. Así desaparecieron calles, barrios, casas, en beneficio de una ciudad más moderna con el pasado enterrado debajo de grandes edificios y unidades residenciales, custodiadas por guardianes armados con escopetas que hacían la ronda y parecían cuidar el futuro. Lo vi un martes o un jueves en la mañana, temprano, en una época en que dos o tres veces al mes, en ocasiones una vez por semana, me encontraba para desayunar en Versalles de Junín, cerca del Parque de Bolívar, con Juan Diego, un amigo escritor que con paciencia escuchaba los argumentos de unos cuentos que iba a escribir, leía los ya escritos, hacía comentarios y estimulaba el paso del imaginario visual al escrito. Fue un jueves o un martes, no recuerdo exactamente el día porque durante esos meses, quizá un par de años, con frecuencia me crucé con Alcides, a veces antes, a veces después de los desayunos literarios. Nunca me miró. Nunca le hablé. Nunca supo que yo era el dueño de la carne aquella. Algunas veces le entregué unas monedas que recibía sin decir palabra.

Las últimas veces que lo vi, me pareció que seguía siendo el mismo solo que ya no era él quien acechaba, parecía convertido en presa. Nunca me crucé con él en un lugar distinto, siempre, desde el miércoles del Cirrus, hasta la última vez, Alcides frecuentó el mismo tramo de cuatro cuadras de la calle Maracaibo. Era su territorio. El tiempo en esa calle se detuvo durante los treinta años que duraron nuestros cruces. Para él, esos años debieron durar lo que duran cinco segundos.

*Cinco segundos hace parte de Con los ojos bien abiertos. Cuentos, coincidencias y serendipias.

Los sabores de Dolly

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 61 Noviembre de 2014

Un tributo a la comida de mi ciudad
no me puedo morir sin decir la verdad
tengo en mis venas colesterol
porque a mí, ¡me gusta el rock and roll!
Dick my fuck you

 

La rodaja se deshace en su boca como el manjar más exquisito. Mastica suave con los ojos cerrados y levanta la cabeza. Lo único que le falta es darse la bendición con la servilleta en la mano y dejar caer un par de granos de arroz con sangre cocida. Carlos traga y paga con premura. A pocos pasos lo espera un bus de Laureles al que pronto ensolvará con el aroma de dos libras de morcilla que acompañada con arepa será su cena y la de su familia.

Carlos trabaja en el edificio Gaspar de Rodas, ubicado sobre la avenida Oriental entre las calles Ayacucho y Colombia, el sector elegido por Maria Dolly para vender sus productos. Antes de abordar, Carlos dice que la morcilla de Dolly es la única que aceptan en su casa, sobre todo Maria Carolina, su hija médica. “Hace ocho años que le compro morcilla a Dolly, es muy limpia, muy bien hechecita”, cuenta el hombre mientras ve cómo tres señoras se le adelantan y se suben al bus.

Maria Dolly Suaza Ríos colonizó este punto en 1994 y desde entonces viene de lunes a sábado. A las seis de la tarde ya está al pie del Gaspar, sentada en un butaco casi al nivel del piso, rodeando con sus piernas una gran olla cargada con morcillas, buches y “cagaleras”; es tan pesada y voluminosa que dos vendedoras de fruta le ayudan a bajarla del taxi que siempre la trae desde su casa en Enciso.

Atraído por el tripaje generoso y humeante, un transeúnte se acerca y le echa un vistazo a la olla. Como el embutido artesanal es un producto que a veces genera dudas, Dolly siempre le ofrece al interesado una rodaja de prueba. Y a los compradores fijos también. Así es que ha enamorado a la clientela, porque después de probar la morcilla es imposible resistirse a llevar un buen pedazo. El transeúnte pide media libra, paga 2.500 pesos y sigue su camino.

Darío Larrea, frutero de cabeza blanca, le trae a Dolly media papaya envuelta en una bolsa. “Comé papayita”, le dice, y por ahí derecho se lleva dos libras de morcilla. Le queda debiendo seis mil pesos, pero Maria Dolly la tiene clara, “yo después se los cobro en fruta”. De repente hay cinco personas alrededor de la olla. Un señor compra un buche y una libra de rellena. “¿Cuántos comen ahí?”, pregunta uno de los que espera. “Mi señora y yo no más”, responde el señor con sonrisa pícara porque a simple vista parece mucha cena para dos. Odontólogos, asistentes, encorbatados salen del Gaspar de Rodas y mientras unos compran, otros saludan a Dolly con afecto. Vendedores ambulantes, obreros cansados, guardas de tránsito, gente que termina el día y otra que inicia la jornada nocturna: no pasan dos minutos sin que alguien esté probando o comprando morcilla.

***

Es lunes y hoy Maria Dolly no tiene gimnasia, a diferencia de los martes y los jueves. Está levantada desde las cinco y media de la mañana, ya despachó a su hijo, arregló la casa y ahora lava una tanda de ropa. Estas labores son bien conocidas para ella, pues desde los doce años hasta los 34 trabajó en casas de familia y en una empresa de aseo.

Nacida el 2 de junio de 1960 en Santa Bárbara, Dolly aterrizó en Medellín siendo bebé. Su infancia la pasó en el barrio Popular Número 1 y antes de llegar a Enciso vivió en Villatina y en el Doce de octubre.

Allí, en este barrio de Robledo, Dolly se quedó sin empleo y le dio un giro a su vida. “Estaba muy aburrida, con tres hijos que mantener y una vecina me dijo ‘venga yo le enseño a trabajar’ y me enseñó a hacer morcilla. Al principio era muy duro, el menudo venía muy sucio, lavarlo era muy difícil”, recuerda Dolly, que empezó a vender en el cruce de Colombia con Cundinamarca antes de emigrar a la Oriental. “Tengo permiso de espacio público, lo conseguí porque tengo una hija especial con problema mental moderado”, Dolly mira a la puerta, su hermana acaba de llegar para ayudarle a preparar lo que venderá en la noche.

Veinte libras de morcilla, cinco buches y dos cagaleras -el último tramo del intestino grueso del cerdo- son las viandas a cocinar. Dolly desempaca y lava tres intestinos enteros, tres tripajes delgados y cinco buches. Con una varilla de hierro voltea las tripas para que el agua limpie hasta la última arruga. Aunque ya el menudo viene prelavado, Dolly nunca deja de pegarle una juagadita. Luego lo reposa durante horas en un balde de guineo licuado con cáscara. Después lo lava de nuevo y le echa piedra lumbre para que amarre y quede suavecito. Previamente ha cocinado y enfriado el arroz, y su hermana ha picado la cebolla de rama, los gordos y el cilantro. Todo lo revuelve en otro balde con ajo, comino y ocho litros de sangre licuada. Con ese guiso rellena las vísceras y las hierve en dos galones de agua durante 35 minutos. Tras dos horas y media de cocción, los manjares están listos para ser consumidos.

***

A las siete de la noche Dolly vende la última cagalera. La mujer que espera frente a la olla observa las manos de Dolly, enguantadas con bolsas, esculcando el tripaje hasta que pesca la presa. “Eavemaría, qué belleza”, exclama la cliente como si estuviera ante un ejemplar único. Dolly se la empaca y la mujer, de bombacho, se va arrastrando sus chanclas contra el baldosín. Han venido otros personajes como Jeison, un obrero que picó y echó pala todo el día en una obra en El Poblado; aunque Dolly lo mínimo que vende son dos mil pesos de morcilla, a veces entrega una porción por quinientos o mil pesos. “Hay gente más necesitada que uno, ahora estoy bien, pero me tocó muy duro, al principio tenía que subirme a los buses por la puerta de atrás y cocinaba a vela”, relata Dolly mientras vende otro buche por cinco mil pesos. Los otros tres quedarán para mañana.

Con pasos apurados llega doña Amparo, saluda con efusividad a Dolly y le pide dos libras de morcilla. Ya es poco lo que queda en la olla. Amparo madrugará mañana al batallón Bomboná y les llevará el almuerzo a sus dos hijos y a otros muchachos. “Lo único que cargamos los pobres es comida como un berraco”, dice Amparo, y guarda la rellena en el bolso. Esta misma noche la troceará y la meterá en cocas plásticas, acompañada de arepa, tajadas de maduro y papa cocida. Con casi todo vendido, Dolly llama al taxista, esta noche quiere dormir temprano. Mañana tiene gimnasia. 

por ALEXANDER OSPINA // Era un cerdo rosado de 120 kilos que refunfuñaba detrás de las estacas de un carro, olfateaba con fuerza la compuerta y cuando se le acercaban retrocedía asustado. Los niños le gritaban: “¡cerdo, marrano!”; mientras jóvenes y adultos se reían y miraban atentos el espectáculo.

La lista de mercado de Universo Centro incluye cabuya, yacón, bagre, cebolla y flores. La compra se hizo en la Minorista, La América, la placita de Flórez y la Mayorista. Cuatro historias con paisaje de campo para la nariz, el bolsillo, el oído y la panza.

por PASCUAL GAVIRIA //
El olfato me lleva hasta la tractomula cargada de cebolla roja. Dos coteros pasan parte de la carga a un camión pequeño que llevará un viaje a Tierralta. Desde las tres y media de la mañana le están poniendo el hombro a la cebolla que llegó desde Ipiales luego de treinta horas de viaje. Una Coca Cola litro y dos vasos en la mitad del remolque son el pequeño cebadero de los dos hombres que están cerca de acabar su trabajo con los 740 bultos de ese bulbo oloroso.

por GUILLERMO CARDONA // En cualquier caso, abra el ojo, porque en la gramática de las flores la amapola representa el sueño; la valeriana, la capacidad de adaptación; la violeta, el pudor; el cartucho, el amor carnal; la belladona, la franqueza; el clavel rojo, el corazón que suspira; el capullo de rosa roja, la inocencia; el girasol, la adoración (eres mi sol); y el narciso, por supuesto, el egoísmo.

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA // Don Eladio Durango produce fique desde hace más de 35 años. Es un hombre añejo acostumbrado a trabajar la tierra. Tiene una pequeña finca en la vereda La Cano, en Girardota, cuyo paisaje está adornado por hermosas cascadas como collares de diamantes saliendo de ese bosque agreste que se aferra a la cordillera oriental, a fuerza de peñas y árboles ancestrales.

por ANDRÉS DELGADO // Hace décadas, la abuela Guillermina pedía al abuelo que llevara bagre en el mercado y una tracamanada de tíos y sobrinos comíamos suculentos platos de sancocho. Hoy por hoy, nadie te invita a bagre en casa propia. Para comerlo hay que salir a restaurantes.

por ANDRÉS DELGADO // En la Cevichería Ostras Miramar se venden jugos afrodisiacos. Si fueran más exagerados en su publicidad, dibujarían un cañón de la artillería napoleónica y su eslogan diría: “para la guerra”. Pero no. En la esquina del edificio Portacomidas, en la Plazoleta Nutibara, donde está ubicado el negocio, hay un eslogan mucho más discreto: “Porque es hora de invertir en su salud”.

por JULIÁN ESTRADA OCHOA // Hice lo que hago siempre cuando tomo por primera vez un diccionario, pensé una palabra y procedí: árbol, arce, ardilla, areca, arenque, arilo… ¡Imposible! Se pifió el licenciado Gómez de Silva, se le embolató en su mesa de trabajo ni más ni menos que la palabra “Arepa”. Tranquilo Guido, de esto en Antioquia, tierra de areperos, nadie se entera.