Las mujeres del fútbol

por JUAN CAMILO GALLEGO CASTRO

Número 32 Marzo de 2012

Foto de José Luis Chavarriaga


A José Saule le brillan los ojos azules a través de unos lentes gruesos que parecen la base de una botella. Viste una sudadera azul oscura y una camiseta celeste, como la de su natal Uruguay. Con su mano derecha agarra un bastón en el que se apoya y con la izquierda señala cada uno de los trofeos, fotografías y poemas que adornan su cuarto.

Sobre su cama pequeña se alza un crucifijo, y las fotos de su familia en sepia y blanco y negro. Está en sus noventa años y ya no tiene el cuerpo atlético que ostentó cuando fue jugador del Montevideo Wanderers y abandonó el fútbol porque no le pagaban.

En 1948 recibió un correo de Bogotá, en el que le ofrecían un salario como futbolista. De inmediato aceptó la oferta sin saber que se enamoraría en Medellín y se casaría con una antioqueña, solo para regresar a Uruguay en 1982. Primero fue jugador de Millonarios, pero luego de un año tuvo que abandonar el fútbol por una lesión de ligamentos y meniscos que traía de tiempo atrás.

Un viejo conocido del deporte en Antioquia, a quien le decían el “Cabo Torres”, le ofreció a Saule ser entrenador del club Huracán. Y así fue como llegó a la ciudad, en donde fue también entrenador del Nacional y selecciones Antioquia.

No olvida su esposa fallecida, su gran amor, pero no pasa por alto que fue un gran bohemio en el mundo social medellinense, un galán de cabello rubio y ojos claros, apuesto y con un acento que encantaba a las mujeres y les hacía pensar en los grandes puertos del sur.

Eran los famosos años de El Dorado, cuando a Colombia llegaron algunos de los mejores futbolistas del continente a jugar en el naciente fútbol profesional. De manera especial Millonarios y Santa Fe impusieron la moda de contratar extranjeros, en su mayoría argentinos y uruguayos.

En Medellín, esos tipos fueron el imán que atrajo a un caudal más amplio de damas al vetusto Hipódromo de San Fernando, en Itagüí, donde jugaban Medellín F.B.C., Atlético Nacional y el desaparecido Huracán.

De la hípica al fútbol

Al hipódromo las mujeres iban siempre acompañadas de sus esposos. Era una especie de rito social en el que las familias prestantes disfrutaban de uno de los pocos sitios de diversión que tenía la ciudad. Los memoriosos todavía recuerdan los nombres de algunos caballos clásicos: Kamasutra, Mosaico, Rabino…

“Las carreras eran de fábula. Mi esposa iba a San Fernando siendo señorita. Una tarde yo bajé al centro y vi que tomaba una camioneta que iba para el hipódromo con unos tipos. Me metí en esa camioneta y conversé con ella y la esperé porque trabajaba en una joyería famosa que había en Junín. Ahí comenzaron nuestros amores. Eso sí, las carreras eran muy buenas, porque eso era un hipódromo, no una cancha de fútbol. Claro que había arcos y lo que vos quisieras, pero eso no tenía mantenimiento, no tenía nada”, recuerda Saule.

Pero la hípica venía perdiendo aficionados frente al fútbol. Cada vez era menor la rentabilidad de las carreras y los futbolistas iban tapando la celebridad de los binomios coloridos que alegraban los domingos. Pocos años después la hípica debió subordinarse ante el espectáculo de 22 extraños detrás de un balón.

Las reinas del deporte

Las primeras mujeres que se acercaron al deporte fueron las esposas de tipos de prestancia o aquellas señoritas que se sentían identificadas con un reinado.

Ese espectáculo de las Reinas del Deporte en Medellín se remonta a la década de 1930, cuando cada barrio tenía su representante. Fue una costumbre que acaparó la atención de las mujeres por un lado, y el interés de los hombres por otro. Las damas se sentían identificadas y reconocidas en un espectáculo hasta ese momento masculino, mientras los varones veían en ellas una forma de popularizar el deporte y embellecer el paisaje. Además todo servía para cumplir funciones benéficas, porque gracias a su convocatoria se recogían donaciones para diversas obras sociales.

José Saule cuenta que en un principio las señoritas que asistían a los espectáculos deportivos solo iban a la hípica: “no tenían idea de qué era el fútbol”. Igual recuerdo tiene el entrenador antioqueño Gabriel Ochoa Uribe: “las mujeres no entendían. Les pasaba como a nosotros con el fútbol americano, que es difícil de entender porque tiene muchas reglas”.

Las Reinas, que se harían famosas en el profesionalismo, impulsaron en Medellín, durante dos décadas, diferentes actividades sociales y animaron desde las tribunas los partidos. Al ganar protagonismo bajaron a las canchas para hacer el saque de honor y entregar ramos de flores a los equipos visitantes. Gabriel Ochoa Uribe, con su ojo clínico, recuerda a Carmen Elisa Arango, “La muñeca”, quien fue una de las titulares en su momento:

“Las Reinas del Deporte fueron distinguiéndose. La que yo conocí fue La Muñeca Arango, de aquella época del 49 cuando estábamos en pleno campeonato. Yo apenas tenía 19 años y estábamos jugándonos la final con Cali. Apareció La Muñeca Arango y ella fue la que hizo el saque inicial del juego. Una mujer muy hermosa que lógicamente se hizo famosa por ese saque”.

Para José Saule, cruzarse con las reinas en los aviones era todo un espectáculo que alborotaba pasajeros y pilotos.

Incluso, cuando lo normal era que periódicos como El Colombiano y El Correo reservaran la portada a las disputas partidistas en el país, algunas reinas de carnes atractivas y mirada provocadora como Blanca Ramírez llegaban a reemplazar a Jorge Eliécer Gaitán o a Laureano Gómez en las páginas principales.

Pero nada se compara a la llegada de los extranjeros. Según Saule, como había cientos de foráneos en el balompié, las mujeres empezaron a mirar con interés ese acertijo para hombres y a asistir a los estadios. Ya no era necesario ir acompañada del esposo o buscar el pretexto de una compañera que estaría entre las reinas para disfrutar del football: posiblemente el futuro marido estaba sudando en esa cancha llena de huecos.

Las mujeres enamoradas

Como les sucedía a casi todos los deportistas llegados desde las orillas del río de La Plata, José Saule disfrutó aquella agradable experiencia de sentirse bañado por algo especial, mirado con devoción y curiosidad por las mujeres de la tierra de acogida. Las mujeres sentían por aquellos sureños un encanto particular. Era más sonoro un marido con apellido Saule que Jaramillo.

De acuerdo con el periodista antioqueño Gonzalo Medina Pérez, llegó un momento en el que casi el 70% de las personas que iban a los espectáculos deportivos eran mujeres: “la llegada de los jugadores argentinos a finales de la década de los cuarenta se convirtió en un suceso social para Colombia, entonces ellos se convirtieron en los grandes caballeros que asistían a las fiestas sociales y que bailaban con las señoritas prestantes de Medellín”.

La ciudad vivía una especie de liberación femenina. Ellas constituían la mayoría de mano de obra en la industria antioqueña y tal vez ese asomo de libertad hiciera que se fijaran más en esos tipos blancos y guapos de quienes se escuchaba su nombre en cada esquina de la ciudad, que de los recelosos hombres de la Villa. Preferían esos “europeos” a los simples obreros que maltrataban su cuerpo en semana y jugaban el domingo detrás del balón. Los futbolistas de la tierra eran trabajadores solo reconocidos el último de los siete días de la semana, que recibían un salario irrisorio o que incluso jugaban por placer más que por plata.

El encanto solo lo generaban los sureños. ¿Cómo no iban a cobrar si eran los que mejor conocimiento tenían del deporte? A su vez que eran los más lindos para las señoritas, eran los más talentosos y reconocidos de la ciudad. Pero había una importante excepción entre los extranjeros, un grupo que no obtenía suspiros sino rezongos: los peruanos. Recuerda Saule que los peruanos vivían en lo alto de Buenos Aires porque allá podían fumar marihuana libremente. No les gustaba bajar de allá arriba porque preferían una vida más discreta en la periferia. Pero si ellos aguardaban en sus casas, otros preferían una vida social y sexual más activa.

Los placeres de Lovaina

El Norte de Medellín siempre fue el desfogue del centro. En todo el límite de la ciudad estaban los más famosos burdeles, las prostitutas más deseadas y uno que otro travesti.

José Saule se sonríe y no utiliza la palabra “travesti”, más sacada de tiempos recientes que de aquellos años cincuenta. “Es que eso apenas fue ayer”, explica el viejo con movimientos lentos y una voz achacosa con palabras que lo llevan a recordar. Al parecer vuelve a vivir.

De Prado salían los ricos de Medellín hacia Lovaina a disfrutar los placeres que no había en casa. Allá también resultaban uno que otro domingo los famosos extranjeros para darle rienda suelta a las últimas energías que faltaban por consumir después de los partidos en Itagüí. Ni que decir de los argentinos que jugaban en Millonarios y Santa Fe. Llenaban el hipódromo con más de diez mil personas cada venían a la ciudad, y al finalizar el partido iban acompañados por el apuesto Saule hacia el Norte de Medellín. Nada más ni nada menos que para Lovaina, la famosa Lovaina. Y así fue muchas veces. A los extranjeros les encantaban las mujeres de los burdeles. Mientras en el estadio las señoritas suspiraban por ellos, en Lovaina bebían y pagaban por un par de piernas criollas.

Saule recuerda una historia que se repetía en muchas visitas. Había un tipo muy hermoso, un travesti con rasgos de mujer que siempre esperaba al uruguayo. Cuando arribaba del estadio se le acercaba y se le insinuaba. El viejo Saule siempre se le negó, aunque el tipo le dijera que no le cobraba porque le gustaba mucho este sureño.

José Saule, con su sonrisa pícara, aún mantiene vivos sus años de bohemia. Se mantiene de pie todo el tiempo, así gesticula mejor y mueve sus brazos con holgura, para recordar que si las mujeres se enamoraron de extranjeros como él y se agolparon cada fin de semana en el estadio, uno que otro hombre también se inspiró en esos rubios de ojos claros para afirmar su gusto por el gol. Sí, el gol del que también querían ser merecedores.

La ciudad de 1913

por VERÓNICA PERFETTI

Número 32 Marzo de 2012

El plano Medellín Futuro, trazado hace casi 100 años luego de un concurso público, intentaba un primer orden para una ciudad que comenzaba a mirar el ejemplo de las grandes metrópolis. Puesto sobre la mesa se puede mirar como una especie de fotografía aérea, un retrato de los ilustres de la villa, una hoja de valorización y una utopía rayada por la realidad.

El catastro levantado en 1913 por orden del Concejo de Medellín registra 275 manzanas para una población, según el censo del año anterior, de 70.547 habitantes en el distrito y cerca de 50.000 en el área urbana. La ciudad tenía una nueva dinámica de desarrollo marcada por la prolongación del ferrocarril a Bolombolo, la gran producción de café en el departamento, la expansión de las industrias, la construcción de varias carreteras y el desarrollo de la riqueza petrolífera del país.

En este marco de ciudad los hechos urbanos que consolidaron una trama se situaron sobre el núcleo central de la vieja ciudad colonial y su inmediata periferia: Guayaquil, San Antonio, Buenos Aires, Villa Nueva y la parte baja de Bolívar, inmediata a la quebrada Santa Elena y al río Medellín.

Es posible describir así el área del ensanche que se estaba produciendo: al Oriente la zona de mayor presión por las urbanizaciones esporádicas; la quebrada Santa Elena demarcaba dos sectores de población socialmente diferenciados: al Norte incluía la parte alta de Villa Nueva, unas tres cuadras más desde la Catedral y cuatro más hasta Carabobo. En la parte baja de la zona Norte abarcaba las tierras circunvecinas al río que hacía las veces de límite natural. En el Sur la calle San Juan servía de lindero. En 1905 se había señalado un marco urbano para la ciudad que se amplió en 1912. No está de más acotar que con el barrio Berlín se empezaron a construir en Medellín, a partir de 1917, las grandes urbanizaciones situadas por fuera del perímetro urbano.

Los alrededores del Parque de Berrío mantuvieron su condición comercial, lo cual incidiría de manera significativa en los costos de la propiedad. Guayaquil conformaría un centro de servicios de alcance regional con la plaza de mercado y la Estación del Ferrocarril. Algunos de los centros comunitarios, sociales y personales de asistencia mantuvieron su asiento en la traza colonial. Sin embargo, la plaza de mercado y la plaza de ferias se localizaron con nuevas instalaciones sobre los bordes del límite urbano, y algunas fábricas y trilladoras compartieron estas áreas de extramuros. Los centros educativos de mayor atracción, la Universidad de Antioquia y el Colegio San Ignacio, junto a la Iglesia de San Francisco, conformaban la plazuela José Félix de Restrepo. Villa Nueva albergó los centros vinculados con la élite: el Circo España y años más tarde el Palacio Episcopal.

Medellín Futuro

En el número de abril 18 de 1910 del periódico La Organización, la Sociedad de Mejoras Públicas (SMP) convocó a un concurso público para premiar “el mejor plano” de Medellín Futuro. El citado concurso se sumaba a las conmemoraciones del centenario de La Independencia, iniciativa de la Sociedad San Vicente de Paúl dirigida a exhibir los avances industriales. Los términos de la convocatoria estaban orientados a mantener como base la ciudad existente, proponer modificaciones sobre el espacio público y proyectar las futuras vías determinadas entre el puente de Guayaquil, sobre el río Medellín, las tierras Cipriano (situadas arriba del Bosque de la Independencia) y las partes baldías del Oriente, aprovechables para urbanización. Este concurso planteó la posibilidad de recoger las sugerencias de la opinión informada. Paralelamente, la SMP, ente creado para el embellecimiento y ornato de Medellín, solicitaba apoyo al Concejo Municipal a través de la creación de un Acuerdo que adoptara el plano ganador como oficial, y tomara las medidas legales para asegurar el desarrollo futuro de la ciudad dentro de los parámetros de los trazos del primer puesto.

Un concurso para un proyecto urbano

En 1907 Ricardo Olano partió a Washington en viaje de negocios. Hijo de minero procedente de Santo Domingo, Antioquia, llegó a Medellín a principios de siglo y se desempeñó no solo como comerciante sino como inversionista, industrial, urbanizador y político liberal. Participó en el Concejo de Medellín en 1914 y 1918, y fue miembro más que activo de la SMP.

Olano perteneció a la élite que lideró el progreso de la ciudad entre 1900 y 1930. El ingeniero Jorge Rodríguez lo definió como el más “progresista” de su generación. Su personalidad decidida y pujante, sus dotes especiales y su visión original hicieron de él un pionero de la urbanística, reconocido en Colombia y en el exterior gracias a su participación en congresos internacionales y a su actividad como director de la revista Progreso, órgano de la SMP desde donde mantuvo un intercambio de información sobre la ciudad colombiana y el urbanismo en Estados Unidos, México, Suramérica y Europa. Para entender su visión cosmopolita basta saber que el plano de la nueva ciudad de Canberra, Australia, fue presentado y comentado en Progreso.

La visita de Olano a la biblioteca del Congreso de Washington dio a Medellín, si se la compara con el resto de las ciudades colombianas, la posibilidad de adentrarse tempranamente en algunos aspectos de la modernidad. De esa visita surgió su inquietud de realizar un “plano de la ciudad futura”. Su utopía en aquel momento era visualizar un desarrollo racional para Medellín, como más de un siglo antes lo había hecho Pierre Charles L’Enfant para la capital de Estados Unidos.

La ideología liberal de Giorgio Piccinato fue una directriz permanente de la lucha de Olano. Todos los principios del pensamiento político del italiano: los derechos ciudadanos, la participación pública, la libre actividad económica, la limitación en la intervención del Estado, fueron temas que ventiló en diferentes revistas y en la prensa. En esa reflexión de Piccinato se concluye que “la urbanística tiene en el liberalismo una de sus matrices ideológicas”. Por esto no es extraño que un ciudadano de comienzos de siglo tan progresista forjara los principios de la urbanística en Colombia.

Ricardo Olano

La idea de un plano

La oportunidad se presentó en la exposición industrial de 1910, donde el mismo Olano lanzó la propuesta de convocar a un concurso público para desarrollar un Plano del Medellín Futuro. A la idea se adhirió el señor Carlos Restrepo, quien en el periódico La Organización expuso los lineamientos de su proyecto, enmarcado dentro de las críticas a las condiciones defectuosas del trazado que mostraba la ciudad. Invocando el sentido de previsión que caracterizaba a la SMP, Restrepo presentó la imagen de “un cuadrilátero” con calles anchas que formaran el marco de la ciudad y así definieran un claro deslinde entre lo urbano y lo no urbano, demarcado con avenidas arborizadas. Tendría en sus cuatro ángulos parques o paseos públicos, de los cuales había dos proyectados: el del Centenario y el de La Ladera. Por razones de estética e higiene, Restrepo situaba al Norte, en predios baldíos sobre la carretera de salida de la ciudad, otro parque al cual denominó Parque Central. La financiación estaba inspirada por la experiencia de Nueva York con el Central Park. Los grandes problemas de inundaciones en los terrenos de los ejidos municipales serían resueltos por el cuarto parque, con una intervención de drenajes que lo hiciera aprovechable para lagos y con la siembras de eucaliptos para ir “suprimiendo el foco de infección más eminente que tiene la parte baja de la ciudad”.

El periódico La Defensa, del cual hacía parte el ingeniero Alejandro López, anunciaría el desenlace del concurso con estas palabras: “Para satisfacer la necesidad de que las construcciones futuras de la ciudad se hagan de acuerdo con un plan preconcebido y previamente estudiado y aprobado, promovió la SMP, con motivo del centenario, un concurso para premiar el plano que a una comisión asignada al efecto le pareciera más digno de ser adoptado, plano en el que constataran, además de lo actual, las correcciones que han de hacerse en lo futuro en el trazado de la ciudad, y el modo de prever su ensanche”. El primer premio fue otorgado al ingeniero Jorge Rodríguez y los siguientes a Federico Lalinde y Carlos Vallejo.

Luego de la premiación, el Concejo Municipal y la SMP crearon una comisión integrada por miembros de ambas entidades para perfeccionar el proyecto del ingeniero Rodríguez. Se tendrían en cuenta algunas de las ideas planteadas por los demás concursantes.

Una vez que en el seno de la SMP se conoció y aprobó el Plano del Medellín Futuro, se preparó el documento legal que debía ser refrendado por el Concejo. El 5 de marzo de 1913, Ricardo Olano presentó ante el Concejo la propuesta sobre “el ensanche general de la ciudad en el futuro”, y el Acuerdo fue aprobado en primer debate.

El plano fue elaborado en su fase final por los ingenieros Jorge Rodríguez (autor intelectual), Alejandro López, Enrique Olarte (ingeniero-arquitecto), Ricardo Olano, A. Londoño, José Arango, Horacio Marino Rodríguez (autodidacta de la arquitectura) y el entonces ingeniero del distrito, Mariano Roldán. Dibujaron Horacio M. Rodríguez y J.J. Gil.

Como parte de la reflexión acerca de por qué se hizo realidad este proyecto, es importante destacar el momento coyuntural de voluntad política y conciencia “citadina”. Los integrantes de la comisión del Medellín Futuro fueron ratificados en su cargo por las dos entidades rectoras hasta finales de los años veinte. En síntesis, para que el plano de Medellín Futuro se hiciera realidad, se conjugaron la iniciativa de Ricardo Olano, el empeño de la SMP, el apoyo de la Escuela de Minas, el conocimiento de los ingenieros antioqueños, la voluntad política del Concejo, el interés ciudadano, las pésimas condiciones de salubridad, el desarrollo industrial y la especulación de las tierras a urbanizar.

Un año después el Ingeniero Municipal presentó un informe acerca de la ampliación de la calle San Juan y una zona aledaña que se convertiría más tarde en la plaza de Cisneros. Este proyecto requería la inversión de una considerable suma de dinero de la que el tesoro municipal no disponía; sin embargo, se nombró una comisión para que se entendiera con los dueños de los terrenos. La cuestión fue planteada desde el punto de vista de de la voluntad del Concejo para “hacer de Medellín la ciudad moderna”.

Reglamento para el Plano de Medellín Futuro

El Acuerdo 56 de mayo 5 de 1913 obligaba a dar aviso al Ingeniero Municipal de la pretensión de edificar o reedificar sobre el área circunscrita por las calles de la ciudad, o en terrenos no urbanizados pero comprendidos dentro de la carretera de circunvalación señalada en el citado plano. A continuación se delimitaba la carretera de circunvalación que se iniciaba en el lugar denominado hoy Cuatro Esquinas. Tomando el oriente, bordeaba el gran parque hasta dos cuadras al norte del Cementerio de San Pedro, donde seguía hasta la parte más alta del barrio Pérez Triana. Continuaba por el frente del regimiento y seguía el ascenso hasta el límite del barrio Gerona y descendía por el sur del cerro de El Salvador hasta el Ferrocarril de Amagá.

La junta que asesoraría al Concejo a la hora de establecer las modificaciones pertinentes estaba integrada por el Ingeniero Municipal, dos representantes del Concejo, dos miembros asignados por la SMP y el personero. Tanto los gestores del proyecto como los miembros del Concejo eran conscientes de que si bien el plano intentaba garantizar las condiciones mínimas para la calidad de vida, al mismo tiempo suscitaba conflictos con los propietarios de los predios.

La adopción del plano como realidad obligó a valorar tres elementos que se presentaban en forma simultánea: lo existente como potencial de transformación, lo propuesto como abstracción y realidad del poder ser. Esta compleja tríada condicionaba los pilares que se habían erigido en 1890 como exigencias del momento: higiene, comodidad, ornato.

La atención prestada por Olano a la maqueta del Washington de L’Enfant, con sus claras perspectivas de ejes monumentales rodeados de parques y jardines, no dejó de ser una contemplación, pues solo podría entrever el proyecto de ensanche para Medellín traspasando los límites antiguos y desbordando hacia la periferia en busca de formas capaces de evidenciar la racionalización de la ciudad: la Gran Avenida Central que corre hasta el gran bosque, la Circunvalar que delimita una nueva periferia y congrega la ciudad alrededor de una nueva funcionalidad.

Es posible marcar la vigencia y efectos del Plano de Medellín Futuro como idea de la realización de intervenciones urbanas que cambiaron la faz del Medellín de una aldea a una nueva imagen de ciudad moderna.

La información de este artículo tiene como fuente la investigación Las Transformaciones de la Estructura Urbana de Medellín, La Colonia, El ensanche y el Plano Regulador presentada y aprobada para optar al título de Doctor Arquitecto de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.