El milagro de los “francotiradores” de Zenica

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Selección de Bosnia y Herzegovina celebrando la clasificación al mundial de fútbol 2026. Tomada de Sofascore News.

Lesionado del tobillo derecho, el veterano arquero del Leicester City de Inglaterra, Asmir Begovic, viajó hasta Zenica, Bosnia, para ver a su selección contra Italia, en el emocionante repechaje europeo hacia la Copa del Mundo 2026. Begovic, quien sigue recuperándose, se ubicó en la tribuna popular, junto a miles de hinchas bosnios en el Bilino Polje, mítico estadio de la selección y del Celik. A unos tres pasos de distancia de Begovic estaba Nole, Novak Djokovic, parado casi todo el partido porque el público estaba enardecido y no permitía ver sentado el espectáculo. Nole, serbio de nacimiento, no tuvo problema en ir a apoyar a sus vecinos, sitiados y masacrados por su país entre 1992 y 1995, cuando murieron alrededor de cien mil personas y fueron desplazadas más de un millón. Se ha comprobado este año que durante ese inhumano asedio los comandantes del ejército serbio Stanislav Galic, Ratko Mladic y Dragomir Milosevic recibieron dinero de algunos millonarios italianos, de perversas excentricidades, para poder divertirse matando civiles disparando desde los cerros aledaños a Sarajevo, o desde edificios altos custodiados por las tropas serbias que comandaban, desde Belgrado, Radoslav Karadzic y Slobodan Milosevic.

Los valientes periodistas del diario Oslobodjenje, quienes cubrían la tragedia de la guerra y defendían a los suyos con lo que tuvieran a mano, divulgaron el primer informe de los “safaris humanos” en abril de 1995. Contaban cómo los ricos italianos pagaban grandes sumas a los oficiales serbios para matar ancianos, mujeres, soldados enfermos y, sobre todo, niños.

Unos pocos periódicos italianos replicaron aquel informe, pero nada pasó hasta 2022, cuando la alcaldesa de Sarajevo, Benjamina Karic, vio un documental sobre los hechos y quedó conmovida. Karic ordenó a la fiscalía de Sarajevo abrir una investigación profunda e hizo una denuncia pública ante las autoridades italianas, a través de la embajada de su país. Todo eso ocurrió mientras el covid se cargaba cientos de vidas en ambas orillas del Adriático.

Miran Zupanic, director del documental, acompañó a Karic en las denuncias, que fueron reiterativas hasta agosto de 2022, cuando el juez Guido Salvini apoyó las acusaciones y abrió un expediente con la ayuda del periodista Ezio Gavazzeni.

Hoy se sabe que un banquero, un abogado, el exdirector de una clínica de Turín, un dueño de camiones de Milán y otros multimillonarios de Trento, Turín y Milán tomaron parte de los “safaris”.

La portada del 1 de abril de 1995 del diario serbio Oslobodjenje llevaba el título: “Safari de francotiradores en Sarajevo”. Archivo Museo Alija Izetbegovic.

Varios futbolistas bosnios jugaban en Italia mientras su país estaba ocupado por los serbios. Muchos leyeron el informe del Oslobodjenje. Dos de ellos, Haris Skoro (Torino) y Mustafa Arslanovic (Ascoli), se marcharon de Italia para jugar en otros países, pues no podían con la vergüenza.

Bosnia hizo parte de la poderosa Yugoslavia de Tito hasta 1992, y desde su independencia, muchos bosnios se fueron a Italia a jugar fútbol, balonmano y waterpolo. Otros se unieron a las mafias del sur y la gran mayoría se hicieron obreros en la industria automotriz, recolectores en los viñedos, operarios del sistema ferroviario.

Había cerca de ciento cuarenta mil bosnios en Italia en los tiempos de la guerra, pero cuando se publicaron los primeros informes de los “safaris humanos”, no hubo marchas ni protestas, todos lloraron en silencio, menos los deportistas, quienes emigraron a otros países.

Grandes estrellas bosnias han dejado huella en el fútbol italiano en el siglo XXI. Edin Dzeko, Miralem Pjanic, Senad Lulic, Rade Krunic y Sead Kolasinac. Ya no hay rencores ni sed de venganza, pero alguna espinita quedó tras la guerra, luego de conocerse la verdad de los “safaris”.

Estadio Bilino Polje. Tomada de Flickr.

Por eso, cuando las dos selecciones se encontraron en la cancha de Zenica, algo muy poderoso surgió en los corazones de los jugadores bosnios, algo dormido, aplazado, algo muy parecido a la dignidad.

Sin embargo, al minuto catorce, Italia se adelantó con un gol de Moise Kean, un hijo de inmigrantes marfileños que llegaron a Italia en 1990, huyendo de otra guerra. Irónicamente, Italia, junto a otros países europeos, era culpable de esos conflictos en Costa de Marfil, en su afán por conseguir recursos minerales, joyas y productos agrícolas baratos.

Pero la alegría por el gol de Kean se diluyó promediando el partido, cuando el árbitro Turpin, de Francia, expulsó al zaguero del Inter, Bastoni, por una entrada sobre Dedic. Bosnia estaba a un gol de distancia.

El suspenso por el empate se extendió hasta poco antes del minuto ochenta, cuando un tiro libre desde la derecha llegó al área, justo a los pies de Dzeko, quien disparó a quemarropa. El tiro fue bloqueado por Donnarumma, pero el rebote le quedó a Tabakovic, quien disparó con el arco vacío y puso el empate, el maravilloso y milagroso empate.

Edin Dzeko, capitán de la selección. Tomada de Footballfancast.

Italia entró en pánico. Los fantasmas de otras eliminaciones surgieron en el área de Donnarumma y los bosnios cargaron con todo. Los centros llovían, los cabezazos hacían sufrir a los defensas, pero el tiempo en el reloj se acabó y el partido se fue al alargue.

A los italianos se les notaba el cansancio y el miedo, pero Bosnia no lograba marcar el gol de la victoria. En las tribunas, Begovic se comía las uñas y Nole temblaba de la impotencia. Se fueron a penales. Sí, fatídicos disparos, como aquellos de los francotiradores en los “safaris humanos”. Bosnia comenzó pateando: gol. Italia, en cambio, falló su turno. Otra vez Bosnia, gol. Italia marcó, puf. Pero Bosnia siguió sin fallar y el tercer disparo de Italia, a cargo de Cristante, pegó en el palo. A Bosnia solo le bastaba marcar para ir al mundial, y Muharemovic, estrella del Sassuolo, no falló. Bosnia 4, Italia 1, en penales, una masacre. Bosnia tomó su boleto para el mundial mientras los italianos se derrumbaron en el campo ante una nueva deshonra para la Azzurra.

El equipo de Barbarez y de Dzeko le devolvía un poco de dignidad a un pueblo masacrado, y Nole, que sabe cosas, dijo: “Algo de justicia hay en el fútbol”. Begovic bajó a la cancha y se abrazó con sus compañeros. Estarán en el mundial, en el grupo B, junto a Canadá, Catar y Suiza. Un grupo para seguir soñando con milagros, para seguir recuperando el orgullo de una nación aplastada.

Este es Bajraktevic, que marcó el penal decisivo. Bajraktarević es un delantero de 21 años que actualmente juega para el PSV Eindhoven. Nacido en Wisconsin de padres refugiados bosnios. Tomada de Sofascore News.

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El sueño cumplido de Isakov

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Exclusivo web Junio de 2026

Plantel clasificado al Mundial de México/Estados Unidos/Canadá 2026.

Uzbekistán, “la tierra de los verdaderos líderes”, es un país de Asia Central, de origen mongol, que se independizó de la Unión Soviética en agosto de 1991. Hasta ese año, la URSS había participado en siete citas mundialistas, incluida aquella de Chile 62, cuando empató 4-4 con Colombia. En esas siete apariciones soviéticas en los mundiales, hasta Italia 90, jamás un jugador uzbeko fue convocado para vestirse con la camiseta de la hoz y el martillo, aunque en 1978, Vladymir Fedorov, un delantero del FC Pakhtakor de Tashkent, había sido llamado para un partido eliminatorio y tenía grandes chances de asistir al mundial de Argentina 78, pero la Unión Soviética no clasificó.

Fedorov es una leyenda del fútbol uzbeko, y claro, del Tashkent, el club de la capital, el más laureado de la historia de ese país. Fedorov, cuenta la leyenda, iba a declinar el llamado para el mundial de Argentina como respuesta a la agresiva rusificación de Uzbekistán, y a la constante discriminación por parte de Moscú. Los uzbekos siempre fueron despreciados por su origen y por su idioma. Los obligaban a ser campesinos y les negaban el acceso a los estudios superiores. La madre de Fedorov, de origen musulmán, había sido obligada a despojarse de su burka y su hiyab durante una visita gubernamental a Tashkent, en 1970.

Pero la venganza simbólica del delantero, algún gol definitivo, alguna celebración en clave de mongol, fue truncada por una desgracia. El 11 agosto de 1979, un choque de dos aviones en cielo ucraniano terminó en desastre. Murieron 178 personas, entre ellas, diecisiete jugadores del Pakhtakor de Tashkent, quienes se dirigían a Bielorrusia para un partido de la liga soviética contra el Dinamo Minsk. La noticia tardó en confirmarse porque era necesario descartar un ataque extranjero, pues en el momento del accidente, un avión oficial, con Leonid Brézhnev como pasajero, se dirigía hacia Moscú. La Guerra Fría estaba en su apogeo y Brezhnev, líder del Partido Comunista y presidente de la Unión Soviética, era el mayor blanco posible.

Equipo de Pakhtakor de Tashkent, víctima del accidente de avión de 1979. Tomado del Diario deportivo OLÉ.

Algunos investigadores llegaron a pensar que el accidente del Tashkent había sido un error de los enemigos más allá del Atlántico, pero con el tiempo se concluyó que todo fue un desafortunado error de los controladores aéreos, quienes fueron condenados a quince años de prisión por homicidio involuntario.

Tulyagan Isakov, goleador y capitán del Pakhtakor, fue el único sobreviviente del equipo, pues se encontraba lesionado y no tomó parte del grupo de viajeros. Antes de su fallecimiento en noviembre del año pasado, a los 76 años, el exdelantero contó que su equipo era un grupo de amigos, todos uzbekos, y que soñaban con ganar, al menos, la Copa Soviética, pues la liga era prácticamente imposible.

“Nos solíamos reunir en la taberna del pueblo a planear nuestros encuentros. Sabíamos que los equipos de Moscú y de Ucrania eran casi invencibles, pero creíamos que si salíamos a atacar desde el comienzo, al menos nuestros vecinos se iban a sentir orgullosos”, narró Isakov en una entrevista de 2019, durante un acto de conmemoración del accidente.

Soñaban también con meter uno o más jugadores en el seleccionado soviético, como respuesta a la discriminación. Los llamaban “los rusos de cabezas negras”. Fedorov había sido el primero el lograrlo, pero no alcanzó la meta mundialista. También tenían a Mikhail An, un uzbeko de 19 años, de origen coreano, que era capitán de la selección soviética sub-20. Esos jugadores habían logrado notoriedad nacional después de un partido que el Pakhtakor de Tashkent le había ganado 5-0 al poderoso Dinamo Kiev, que venía de vencer al Bayer Münich en la Supercopa de Europa.

“Logramos ser un equipo de media tabla en los años setenta. Éramos famosos en toda la Unión Soviética por nuestro estilo alegre y un poco descuidado. Pero no había estadio que no se llenara para vernos jugar. El 5-0 al Dinamo Kiev, el equipo de Oleg Blokhin, ganador de un Balón de Oro, fue nuestro gran logro”, dice Isakov.

Después de la tragedia, el Pakhtakor de Tashkent se convirtió en un símbolo de resistencia para los uzbekos. La liga soviética le donó dinero para que contratara nuevos jugadores y les dio cinco años de gracia en el campeonato, es decir, no podían descender, aunque quedaran en el último puesto.

Isakov lideró el equipo un par de años, pero la tristeza no le permitió seguir. Se retiró y se fue a vivir a las montañas, lejos de los focos de la prensa.

El Estadio Pakhtakor Markaziy en donde juega la selección uzbeka y el Pakhtakor de Tashkent.

Tras la desintegración de la Unión Soviética, en 1991, el equipo se convirtió en el más poderoso de Uzbekistán, la nueva república. Hasta hoy ha conquistado 33 títulos, de los cuales dieciséis son de liga. Su academia sigue siendo productora de grandes talentos y ha llevado al fútbol uzbeko a lo más alto de Asia. Han clasificado a cinco mundiales sub-20 y han conquistado la Copa de Asia Central Sub-20. Sin embargo, lo más importante ha sido el impulso al fútbol de mayores. El Tashkent es la fuente principal de talentos para la selección nacional y, en junio de 2025, lograron lo impensado: clasificar al mundial de 2026. Jamás un jugador uzbeko había tenido el honor de ir a la Copa del Mundo y ahora, gracias al Pakhtakor de Tashkent, irán 26.

Una de las grandes estrellas de la selección uzbeka, que compartirá grupo con Colombia, Portugal y RD Congo, es Abdukodir Khusanov, nacido el 29 de febrero de 2004 en Tashkent. Kushanov, defensa del Manchester City de Inglaterra desde el 2022, es producto de la academia del Tashkent e hijo de uno de sus ilustres jugadores, Khikmatdjon Khoshimov.

Kushanov fue convocado por primera vez en 2023, y lo primero que hizo fue visitar, con su padre, el monumento a los caídos de 1979. Ese día prometió que, de llegar al mundial, llevaría una cintilla conmemorativa del Tashkent, como una forma de cumplir el sueño de Fedorov, Isakov y An.

En junio de 2025, tras un vibrante partido, Uzbekistán empató sin goles con Emiratos Árabes Unidos, rival de Colombia en Italia 90, y se clasificó para el mundial. Esa fue la venganza deportiva para los uzbekos ya que Rusia no puede participar de los eventos Fifa desde que invadió a Ucrania en 2022.

Tras ese partido, Isakov bajó de su montaña y habló con la prensa. “Estoy orgulloso de estos jóvenes, porque ellos llevarán al mundial el espíritu de la generación del 79”. Luego se fue a su casa y falleció cinco meses después, por fin satisfecho.

La Federación de Fútbol de Uzbekistán celebra la clasificación de su selección al primer mundial de su historia. Tomado de XXXXX

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El Chacho: primer hipopótamo de Pablo Escobar

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO

Exclusivo web

“El Chacho”, su primera cría y la hermana de Pablo Escobar.

A propósito de hipopótamos colombianos, de los cuales ochenta van a ser sacrificados, vale la pena recordar la foto que adorna este texto, donde aparece la cabeza del patriarca o macho fundador de todo ese linaje junto a su primera cría, cría que, como se lee en el pie de foto, “murió asfixiada por su madre”.

Ambos, tanto la cabeza del patriarca como el cuerpo disecado de su cría, se exhiben en la sala del tercer protagonista de la foto, esto es, Luz María Escobar, la hermana menor de Pablo Escobar.

Según ella, ese primer hipopótamo, el patriarca, llegó a Colombia cuando el presidente de la República era Belisario Betancur y el alcalde de Medellín era Álvaro Uribe Vélez, o sea en el segundo semestre de 1982. Venía en un avión Hércules de matrícula estadounidense, al que la prensa denominó “narcoarca”, ya que también traía una hipopótama y otras 35 especies exóticas, que incluían elefantes, jirafas, camellos, avestruces, gacelas, canguros, etc.

Inicialmente, el Hércules iba a aterrizar en Pereira, pero se desvió a último momento y aterrizó en Medellín, en el aeropuerto Olaya Herrera, rayando la medianoche. Al ser advertidos de la magnitud del avión, las autoridades montaron un gran operativo, en el que esperaban decomisar armas, químicos o dinamita, y no un cargamento de animales exóticos.

Tras el decomiso, los animales fueron trasladados al Zoológico Santa Fe. ¿Qué hizo Pablo Escobar al respecto? Ese mismo día, según El Tiempo, ideó el siguiente plan tripartito para recuperarlos: 1) Les pidió a sus lugartenientes que reunieran tantos animales autóctonos como los que le habían decomisado. 2) Les ordenó que le pagaran al vigilante del zoológico cinco años de sueldo para que les entregara las llaves y se perdiera. Y 3) con el zoológico a su disposición, los lugartenientes del capo di tutti capi hicieron el cambiazo, reemplazaron a los animales autóctonos por los importados y chao, se largaron impunemente: “Hasta pintaron dos burros de blanco y negro para que parecieran cebras”. 

Dos días después, cuando los animales ya estaban instalados en la hacienda Nápoles, ocurrió la primera tragedia: el patriarca, macho seminal de todo el linaje de hipopótamos colombianos, hizo gala de su territorialidad y reclamó el sitio para él solo: “Le enterró los colmillos a un camello y a un caballo y los mató”. Por eso, por ser el autor de esas dos muertes fundacionales, lo bautizaron así: “El Chacho”. Expresión que, según el Diccionario de Parlache, significa “Persona joven, poderosa y sobresaliente”.           

Se estima que El Chacho pudo ser el padre de veinte crías, y que vivió unos 18 años en Colombia, o sea que estuvo en el mundo siete años más tras la muerte de su dueño, el capo di tutti capi. Su partida fue un caso edípico, uno de sus hijos, el nuevo macho alfa, lo atacó, le propinó heridas graves y los veterinarios no pudieron hacer nada. 

¿Qué debían hacer con el cadáver? Horas más tarde, ya de noche, Leonardo Arteaga, el esposo de Luz María Escobar, arribó a la hacienda Nápoles junto a la respuesta a esa pregunta, el taxidermista Miguel Parra: “Estaba cayendo un monumental aguacero y con solo la luz de una Toyota y unas herramientas insuficientes perforamos la piel de 12 centímetros, la carnosidad y separamos la cabeza del cuerpo”.

El proceso de disecado de la cabeza fue excepcional, tardó dos años, tras los cuales, finalmente, como se aprecia en la foto, El Chacho cerró el círculo vital que no han podido controlar las autoridades del país durante décadas: se reencontró para siempre con su primera cría colombiana.   

Posdata 1: El hijo más famoso de El Chacho se llamaba Pepe, borrado del mapa el 18 de junio de 2009, durante el gobierno necro-político de Álvaro Uribe, cuando el Ministerio de Ambiente, respaldado por Corantioqua, dio el aval para su caza, la cual fue llevada a cabo por dos hermanos alemanes, Federico y Christian Pfeil-Schneider, altos ejecutivos de Porsche en Colombia, quienes iban escoltados por soldados del Batallón Calibío. Ese par de canallas lo mataron, según Semana del 27 de julio de 2009, de cuatro balazos calibre .375, uno en el corazón, otro en el agujero lagrimal derecho, “apagando su mirada”, y los dos restantes a quemarropa, “para rematarlo”. Ellos se quedaron con la cabeza y el cuerpo como trofeos, una pata fue enviada al Ministerio de Ambiente como prueba y las demás desaparecieron. Posteriormente, cuando la noticia se convirtió en un escándalo internacional, una caricatura de Papeto, publicada por El Tiempo, tildó el caso como un nuevo falso positivo. 

Posdata 2: ¿Quiénes fueron los encargados de gestionar la importación de El Chacho y el resto de los animales exóticos? Según Luz María Escobar, fueron Fernando Avendaño y Gustavo Upegui, quien fue testaferro del capo di tutti capi, fundador y líder de la oficina de Envigado y presidente del Envigado Fútbol Club hasta 2006, cuando murió a manos de sicarios. Otras versiones de la historia, por ejemplo, la de Daniel Coronell, señalan a el automovilista Ricardo Cuchilla Londoño como el encargado de importar los animales exóticos, y no en 1982 sino en 1981. Curiosamente, Cuchilla Londoño fue asesinado por sicarios el 18 de julio de 2009, un mes exacto después de la muerte de Pepe.

Posdata 3: En julio de 2009, cuando había 28 hipopótamos heredados por Pablo Escobar, el biólogo Axel H. Antoine Feill le dijo a El Espectador que tenía una base de datos con más de 200 haciendas dispersas por toda Colombia que ofrecían las condiciones ideales para recibir a los hipopótamos. ¿El Ubérrimo era una de ellas? No se sabe, pero sería una buena medida de reparación para el país.

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Nave y hormiguero

por JUAN CARLOS ORREGO

Exclusivo web

La ciudad estrena su estadio, 1953.

El estadio sembrado en el cruce de la calle Pichincha y la carrera 74, en Medellín, ha acabado por ser la razón de la inmortalidad de Atanasio Girardot. Los maestros de escuela, enemigos personales de la buena memoria, ya no difunden en sus cursos la noticia de que el coronel antioqueño murió envuelto en la bandera tricolor en el cerro venezolano de Bárbula, mientras cuidaba la retaguardia de Simón Bolívar en la Campaña Admirable, el 30 de septiembre de 1813.

Para fortuna de la memoria del prócer, un proyecto de 1937 aprobó la construcción del estadio que habría de llevar su nombre. Los terrenos se adquirieron en 1946 y la inauguración del estadio tuvo lugar el 19 de marzo de 1953, día de San José Obrero. La profanación se perpetró con un empate a dos goles entre Atlético Nacional y Alianza Lima. El escenario que se estrenó era un óvalo bajo de graderías completas, con dos pisos en la parte occidental, el más alto de ellos con techo para burlar el sol y la lluvia. De acuerdo con la prensa de la época, más de treinta mil personas se hicieron presentes, y aunque el sobrecupo debió ser evidente, “no se registraron incidentes de ninguna clase”. Una foto deja ver la mole en la mitad de una manga romboidal surcada por lo que parecen las aristas de un diamante; las obras del colegio San Ignacio en construcción, en el lote que habría de ser la esquina nororiental de la calle Colombia con la carrera 70, parecen tomar distancia, como quien ve posarse una nave interplanetaria.

Varias razones autorizan el símil entre el estadio y la nave. Una es que ambas son armazones extrañas y siniestras: por lo menos así sucede con el estadio la mayor parte del tiempo —cinco o seis días a la semana—, mientras permanece vacío y silencioso, con miles de sillas con agua recogida en sus concavidades, una manga gigante sin rebaño que la recorra y decenas de cabinas desiertas como las vitrinas de un comercio caído en desgracia. Es una ilusión de románticos aquello de que el estadio es como un templo: no hay tal. En el templo vacío se está a gusto, con la comodidad de ser recibido por Dios en una entrevista personal. En el estadio cerrado se siente uno entre fantasmas, de modo que nada resulta tan entrañable como cuando los vivos acuden a la cita: como el 18 de junio de 2003, día superlativo en que se juntaron 53 225 personas para ver jugar al DIM contra Santos en la semifinal de la Copa Libertadores de América.

No es solo la masa de rara avis del Atanasio Girardot lo que sugiere compararlo con una máquina de mundos remotos: también cuenta su desdoblarse, en el tiempo, a manera de módulo espacial. Del redondel original —con su giba solitaria hacia el lado del ocaso— surgió, en 1976, una gigantesca ala de graderías en el oriente, completándose así la forma básica de la nave y acercándose el aforo del estadio a los cuarenta mil espectadores. Después, entre 1989 y 1990, dos paneles de tribunas se levantaron al norte y al sur y completaron la forma de tazón de una antena satelital. Hace cinco años el glamur del Mundial Juvenil de Fútbol encendió luces rutilantes en las tribunas, revistiendo el cemento con silletería policroma. El día menos pensado, el techo del occidente se duplicará como si se tratara de los élitros de un colosal escarabajo mecánico.

Conozco personalmente la mitad de la historia del Atanasio Girardot, esto es, desde 1983. La mole tenía treinta años cuando crucé su umbral por primera vez, y han pasado ya más de treinta años desde aquel día memorable, cuando Medellín le ganó 2-0 al Quindío con goles de Carlos ‘la Fiera’ Gutiérrez y el peruano Jorge Olaechea. Sin embargo, tan fresco como el recuerdo de esos goles —así como de un penalti atajado por Carlos Alfredo Gay, nuestro arquero, en la portería norte—, conservo el de mi primera impresión al saberme en las entrañas del estadio: voy subiendo con mi hermano y un tío materno por las escaleras internas de la tribuna Oriental, por el recodo extra que hay que salvar para asomar por la boca del graderío; esa extraña parte del estadio —exclusiva de Oriental— en que se avanza por entre una cerrazón de muros, sin ventanas ni vanos que regalen una mínima imagen del exterior, bajo un techo de escalones invertidos que, en la edad más tierna y sin la debida tutela de un adulto, cualquiera podría tomar por la pared interna de una gigantesca caja torácica.

En 1989 conocí los intestinos terrosos, en los partidos nocturnos aderezados con los goles de Jorge Daniel Jara y Carlos Castro. Fue cuando se amplió la tribuna Oriental —que hasta entonces, como cualquier puntero enjundioso, llegaba hasta la raya final del campo, sin alcanzar la postrera zona de traslado— y se construyeron los segundos pisos de las tribunas Norte y Sur, rebasándose por fin la capacidad de los cincuenta mil hinchas. Se entraba al estadio por una especie de socavón de mina, a través de una maroma de albañilería en madera y sobre un lodazal; al final del túnel arrancaban las escaleras, y a su término, por la boca de las gradas, se colaba una luz que parecía más rutilante justo porque el paso por el inframundo hacía olvidar que se estaba en un estadio. De ahí que el tránsito de las escaleras a la superficie de la gradería —ese último paso trascendental que nos lleva de un mundo a otro— se hiciera más sobrecogedor de lo que suele ser.

El sueño comenzaba a hacerse realidad.
Las tribunas empezaban a vislumbrarse.

Poco después, durante mi año de forzosa militancia en una barra alborotadora y saltarina de principios de los noventa, supe de los movimientos del monstruo. Aunque ya tenía vagas noticias del temblor que había sacudido el hormigón de las tribunas durante los tumultuosos partidos de Nacional en la Copa Libertadores de 1989, otra cosa fue sentir semejante fiebre arquitectónica bajo mis pies. Era como si un gigante dormido intentara despertar, sin acabar de hacerlo del todo, bajo el ataque más o menos inocente de miles de enanos. Si a la insignificancia humana le fuera dado vencer sus férreos límites y hubiera logrado, aquella vez, irritar de verdad al coloso, el Atanasio Girardot se hubiera levantado de su nido de árboles para andar por Medellín, tumbando edificios y averiando calles pero albergando en su seno, amoroso, la bullaranga de algún partido copero de 1989 o los cincuenta mil devotos que vieron al DIM ganarle por la mínima diferencia a Millonarios, el 12 de agosto de 1990; habría sido como si a la ciudad la pisoteara una de esas máquinas AT-AT de la Guerra de las Galaxias, o el Castillo Ambulante de la película en anime dirigida por Hayao Miyazaki.

Al final, tanta ensoñación con el enorme edificio- ente solo conduce a un hecho tan maravilloso como sencillo: la realidad última de las hormigas que lo colonizan. En el estadio, como en muy pocas partes, se verifica perfectamente aquella verdad trillada —con tufillo de consigna política— de que la unión hace la fuerza. Desde el barrio Belén —donde viví hasta los veintitantos años— escuché decenas de goles, entonados a treinta cuadras de distancia por miles de gargantas anónimas. La primera vez que oí esa explosión fue en 1987, con motivo de un gol de León Fernando Villa en un partido de Nacional contra Santa Fe, en el octogonal de ese año. Yo me distraía en casa, atisbando pájaros desde la terraza, cuando sentí la caída de esa bomba de entusiasmo; las aves, turbadas, se miraron unas a otras. En el año 2001, cuando el azar conyugal me llevó a vivir en el barrio Santa Lucía, a menos de diez cuadras del Atanasio Girardot, los gritos de gol de Nacional se me hicieron tan cotidianos —los miércoles y los domingos— como el silbido de la olla de presión o los chillidos estridentes del despertador. De más está decir que, cada vez que juega el DIM, yo soy una entre las hormigas gritonas.

Una nave aterriza en Otrabanda, 1952.
Damas de Medellín y jugadores del equipo Alianza Lima en el desfile inaugural del estadio Atanasio Girardot.

Así como el símil del estadio como nave varada, tampoco carece de justificación el que lo ve como un hormiguero; concretamente, como un hormiguero que convoca a sus habitantes. Cualquier estadio ejerce esa fascinación para todo aquel parroquiano que haya decidido entregarse a su rutina, pero mucho más el Atanasio Girardot: muellemente tendido en la llanura —el verso es de Gregorio Gutiérrez González—, se lo avista desde todo el redondel montañoso del valle de Aburrá y se siente el deseo imperioso de ir hasta él. Las noches de fútbol, recubierto por un halo de potentes luces blancas, su zumbido de reclamo es especialmente poderoso. Si, por una contingencia maldita, se ha dejado de ir a un partido del equipo amado, ver el estadio alumbrando a la distancia se hace particularmente penoso. El precio de ser hormiga es estar con las demás.

A los pies del estadio, entre los ríos de hinchas, gentes de la radio y la televisión, revendedores de boletas, noveleros extraviados y ventorrillos de cerveza y carne frita a lo largo de todo un torneo, lo grandioso y lo vulgar logran su equilibrio. Con naturalidad, la nave abre las puertas a sus tripulantes; el hormiguero recibe a sus hormigas, Gulliver es pisado por los liliputienses, el arca alberga a sus animales ruidosos. En esos días de pesado tráfico humano por los pasillos internos y las bocas de las tribunas, el nombre del escenario no se antoja extravagante ni viciado por el excesivo romanticismo histórico: al fin y al cabo, los hinchas van hacia la cima de su Bárbula con la bandera en mano.

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Jonhatan Acevedo Escobar

Gris sobre gris

Santiago Rodas

Andrea Aldana y Carla Berrocal

Álvaro Morales Ríos

La otra lucha del Titán

por RAFAEL GONZÁLEZ TORO

Exclusivo web

Foto de Juan Fernando Ospina, 1989.
El momento se repite pasado el mediodía. Sentado en una de las cuatro sillas amarillas de la mesa circular de la cocina de doña Oliva Zapata, Elkin mira a su mamá y después de un gesto cómplice, que solo ellos dos entienden, empiezan a cantar.

Cantan en voz baja. Tranquilos, sin afanes, mientras la sopa de papa, yuca y plátano suelta los primeros vapores que se dispersan con los rayos de sol que entran por una puerta que comunica al patio contiguo. Doña Oliva no descuida los alimentos. Tampoco deja de cantar. Elkin y su madre repiten una estrofa y el coro. Entonan suavemente Vestido de cristal.

Así pasan los días de Elkin Ramírez, alma, nervio y voz de Kraken, la banda más importante del rock nacional. Acompañado del cariño y los cuidados maternos, sus fuerzas se centran, desde julio de 2015, en su proceso de recuperación tras ser intervenido quirúrgicamente por la aparición de un gliosarcoma, un tumor alojado en el lóbulo temporal del cerebro.

El 17 de julio del año pasado, minutos antes de entrar al quirófano en el Instituto Neurológico de Colombia, con serenidad y una sonrisa en la cara, no se cansó de repetir: “Tranquilos, de esta salimos bien”.

Tras la cirugía y el posoperatorio, Elkin retomó un proyecto que había quedado postergado con la aparición de la enfermedad: la grabación de un nuevo álbum de Kraken. De esta producción, la novena en estudio del grupo creado en 1984, ya había maquetas y Rubén Gélvez, tecladista de la banda, tenía un buen porcentaje adelantado de las composiciones y los arreglos.

En el primer trimestre de este año la banda se metió de lleno en el estudio Pocket Audio, de Bogotá, ciudad donde residen los músicos. Con el material grabado, solo quedaba confiar en la recuperación de su líder y vocalista para que con el aval de los médicos pudiera grabar las voces.

Tras los tratamientos de quimio y radioterapia, sumados a terapias físicas y ejercicios, en abril de 2016, Elkin obtuvo la autorización para cantar. Matthias Krieger, ingeniero de grabación y mezcla, viajó desde Bogotá y en el Oriente antioqueño logró la captura de las voces del cantante. Días después, tras un viaje de tres días de Elkin a Bogotá, se grabaron los coros, en los que participó toda la banda.

Así vio la luz la producción titulada Kraken VI. Sobre esta tierra. En ella, de manera paradójica, el que Elkin hubiera estado alejado de los escenarios por casi ocho meses hasta esa grabación le favoreció porque logró tonalidades de su voz que hace algún tiempo no obtenía, debido al desgaste de la giras y presentaciones en vivo.

Fue un gran momento volver a ver al jefe cantando. Las capturas de su voz quedaron de gran calidad. Logró unos registros que hace unos diez años no tenía. Nos sorprendió mucho. Se logró un trabajo con un gran sonido y el resultado es un álbum de excelente factura. Todos quedamos muy contentos”, dice Germán Morales, mánager del grupo.

Con el trabajo en posproducción y presupuestado para salir en septiembre, Elkin siguió con el tratamiento. El amor de Oliva y Daniel, los padres, y de sus hermanos ha sido el impulso que ha necesitado el Titán del rock colombiano para proseguir su lucha. También las constantes visitas de los amigos más cercanos a la casa de su madre en el barrio Belén son un motor para que este mal rato quede superado.

Sin embargo, en agosto pasado una evaluación médica hizo necesaria una nueva intervención. El 8 de ese mes Elkin fue operado de nuevo. Y la lucha por su recuperación definitiva comenzó de nuevo. “Los hermanos, el papá y la mamá le damos mucho cariño. Los médicos se han portado de gran manera. Es admirable la atención que han tenido con él. Es difícil, pero confiamos en que todo va a salir muy bien”, comenta Daniel Ramírez, padre del cantante.

En los primeros días de octubre, Elkin pudo tener en sus manos el esperado Kraken VI. Sobre esta tierra. Se puso muy contento al escuchar los nueve cortes de la producción. Los músicos del grupo, formación con la que ya completó más de una década de amistad y trabajo, viajaron desde Bogotá para vivir juntos ese histórico momento junto a su líder.

Después de todos los contratiempos generados por la enfermedad, la producción logró ver la luz con un Elkin esplendoroso en la interpretación vocal y un sonido potente y muy cuidado en general. Una vez más logró sacar adelante ese proyecto, como hace tres décadas cuando junto a la primera formación de Kraken cambió para siempre la historia del rock colombiano. Como cuando después de la partida de muchos de los integrantes mantuvo vivo el fuego del Titán que emergió de las profundidades para seguir adelante.

Hoy, con 54 años recién cumplidos, la lucha continúa. Elkin dedica los días a su recuperación. Las jornadas pasan entre citas, terapias y sesiones de ejercicios en casa. Por momentos escucha música o recibe visitas de amigos cercanos a quienes les repite constantemente: “Tranquilos, de esta salimos bien”. El amor de doña Oliva no lo desampara.

Es por eso que al mediodía llega uno de los momentos preferidos para él. Es ahí cuando comparte esos minutos en los que madre e hijo juntan sus voces para cantar las canciones que lo hicieron grande. Los mismos temas que lograron que Elkin Ramírez, que es lo mismo que decir Kraken, se convirtiera en el estandarte del rock nacional.

*Texto tomado de Medellín, movida cultural. Proyecto de la Secretaría de Cultura Ciudadana en coedición con Universo Centro. Edición 3, noviembre de 2016.

Foto de Julián Gaviria, cortesía libro Kraken 30 años.