De la curiosidad al aguante

por ROOSEVELT CASTRO

Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna Enero de 2017

Gradas de la cancha de Miraflores.

Cada domingo, en cualquier rincón del planeta, en los grandes estadios de las metrópolis o en los humildes campos abiertos de las aldeas, en las lustrosas canchas de pastos relucientes o en los pelados potreros de las barriadas, multitudes incontables, y a veces incontrolables, se arremolinan en torno a esa ceremonia ritual y explosiva que es el fútbol.

Juan Gossaín

Cuando mi abuela María Elena, una octogenaria de Anolaima, Cundinamarca, definía el fútbol, no era muy profunda. Solo decía que eran “veintidós piernipeludos detrás de un balón, dándole patadas, y un loquito vestido de negro con un pito tratando de recuperarlo”.

Cualquier hincha de este deporte se llevaría las manos a la cabeza. El fútbol, argumentaría, va más allá del simple gesto de patear un balón. Diría que es arte, poesía, rito, ceremonia. De igual forma, es pasión, amor, odio, exaltación. Cuando el hincha pertenece a una barra se convierte en anónimo, en lo que el ensayista francés Gustave Le Bon llamaría una parte del “alma colectiva”.

El seguidor de fútbol necesita de otros para identificarse con sus símbolos. Se trata de un sentimiento tribal que cohesiona frente al enemigo y que alimenta instintos territoriales y de lucha. Como diría la filosofía popular: “No somos machos, pero somos muchos”.

Pero no siempre fue así. En el camino, el hincha pasó de la curiosidad sana al paroxismo barrista.

Los pañales del aguante paisa

Cuenta el historiador antioqueño Rodrigo de Jesús García Estrada, en su Breve historia del fútbol en Medellín, que la práctica de los deportes en nuestra ciudad surge ligada a los procesos de modernización acelerada experimentados durante las tres primeras décadas del siglo pasado.

Estos procesos tuvieron su expresión más palpable en el incremento inusitado de las áreas urbanizadas, la aparición de la industria, el auge de la exportación cafetera y las cada vez más estrechas relaciones comerciales con Estados Unidos y Europa.

En este contexto aparecen los deportes, rompiendo con una dinámica que se había perpetuado por centurias. Primero fueron el tenis y el golf y posteriormente el fútbol y el baloncesto, como práctica exclusiva de la élite de la capital del departamento de Antioquia.

Por eso cuando el rico comerciante antioqueño Guillermo Moreno trajo el primer balón de fútbol a Medellín, después de un viaje realizado al viejo continente, estaba lejos de imaginar que una lúdica rural cambiaría por una más citadina.

Allí estaba, aunque no lo presentían sus impulsores, el germen de una pasión para muchos y la profesión para otros: el fútbol.

El primer equipo fue el Sporting Foot-Ball Club, creado en 1912 por dos comerciantes suizos: Juan Heiniger y Jorge Herzig. Después surgió el Medellín Fútbol Club.

Los primeros hinchas eran simplemente curiosos de la novedad. Los familiares y amigos de los deportistas veían con asombro cómo la villa acogía una nueva expresión ciudadana, crecía una afición lejos de los moldes sociales y económicos de la época. Los clubes y los sindicatos, los patronos y los obreros, chutaban y gritaban por igual, o reían juntos con cualquier imprevisto que ocurriera en la Manga de los Belgas, lugar de los primeros juegos ubicado en lo que hoy es el Hospital San Vicente de Paul. Los obreros de las nacientes industrias jugaban con los hijos de la élite antioqueña. Muchos de ellos también lo jugaron en la cancha privada de Miraflores, del colegio San Ignacio, oriente de Medellín.

Elegancia en el hipódromo Los Libertadores.

Década movida

De un momento a otro, el balón saltó la barda y fue a caer a la barriada. Los obreros, sin los implementos necesarios pero con mucha pasión, empezaron a pegarle a la pelota, siendo observados por sus amigos del barrio.

Afirma el periodista e historiador deportivo Carlos Emilio Serna Serna que las décadas de “los veinte a los treinta fueron de las más movidas del fútbol medellinense. Los partidos eran unos verdaderos carnavales en las pequeñas lomitas que servían de tribunas a los alentadores”.

Fue tanto el auge del fútbol que finalizando los veinte ya se había construido el primer estadio, se llamó Los Libertadores. Ubicado donde hoy está el barrio San Joaquín, fue inaugurado el 24 de febrero de 1929 con el partido entre Lima Associattion del Perú y el ABC Medellín, con la asistencia de casi ocho mil espectadores. El marcador final fue 9-0 a favor de los visitantes. Ese mismo año, el 26 de octubre, se fundó la Federación Antioqueña de Fútbol, rectora del balompié aficionado en el departamento, hoy Liga Antioqueña de Fútbol.

Se suman más simpatizantes

Medellín crecía a pasos agigantados. Pasaba de la villa a la ciudad que se asomaba al mundo con una elegancia recién llegada que apretaba el cuello y los pies. Los seguidores del fútbol también aumentaban. Ya no eran los curiosos que seguían al equipo del barrio o de las fábricas. Los intercambios interdepartamentales de selecciones vinieron con los hinchas que eran convocados a defender los colores blanco y verde del departamento. Ya los unía la pasión por la selección Antioquia.

Atlético Municipal y Medellín captan seguidores

El país futbolero se transformó con la aparición del fútbol profesional en 1948. Los oncenos de Medellín y Atlético Municipal, que dos años más tarde pasaría a llamarse Atlético Nacional, empezaron su senda por los estadios de Colombia.

De locales jugaban en el hipódromo San Fernando, donde hoy se encuentra la Central Mayorista, visitado por hinchas ávidos de ver un espectáculo mejor gracias a la llegada del profesionalismo. Familias enteras y grupos de amigos asistían a cada jornada dominical para ver el choque futbolero y apostar a los caballos.

Cinco años después, el 19 de marzo de 1953, sería inaugurado el estadio Atanasio Girardot, bautizado así en honor al prócer de la patria nacido en San Jerónimo y fallecido en Venezuela. La obra requirió varios años de lucha incesante. El terreno tuvo un costo de ochocientos mil pesos y su construcción costó más de quince millones de pesos. En ella participaron cientos de obreros y doscientos presos de la cárcel La Ladera.

El sector de Otrabanda fue el elegido para la llegada de este anhelo futbolero de miles de hinchas que seguían al equipo de sus afectos. Los procesos de industrialización de las tres primeras décadas del siglo XX y la naciente urbanización ameritaban un escenario deportivo de esta magnitud.

Curiosidad y novelería. Todo Medellín quería asistir a Los Libertadores.

Comienza la fiesta

El primer partido que se jugó en el Atanasio fue un preliminar entre la selección Antioquia y las reservas del América de Cali. Rodrigo Ospina, de Antioquia, convirtió el primer gol. La jornada se completó con la primera fecha de un cuadrangular disputado entre Atlético Nacional, Deportivo Cali, Alianza Lima de Perú y Fluminense de Brasil. El primer gol profesional fue marcado por Jaime ‘Manco’ Gutiérrez, jugador del Atlético Nacional, al equipo Alianza Lima.

Cuentan que en esa ocasión se entregaron 1 500 entradas gratuitas para los jóvenes de los barrios más pobres de la ciudad. “Desde ese día hay revendedores de boletas”, comenta jocosamente Carlos Emilio Serna Serna en su libro 1929-1989. 60 años Fedefútbol Antioquia.

Pollo asado, gaseosa, arepas eran algunas de las viandas que consumían los asistentes al recién estrenado Atanasio Girardot. “Era una fiesta que se vivía en familia”, recuerda Rubén Darío Elejalde, hincha irreductible del Deportivo Independiente Medellín. “Mi padre Evodio me llevó a un partido contra el Tolima en 1960 y quedé maravillado con el juego”, dice Elejalde, habitante del barrio La Floresta de Medellín.

Ese ritual familiar del hincha rojo era muy similar al del rival de plaza. “Asistíamos entre amigos. No había peleas. Cuando terminaba un partido, incluso un clásico, nos sentábamos con los hinchas contrarios a tomarnos unos aguardientes en las carretillas que había en los alrededores del estadio”, cuenta el rionegrero Guillermo Otálvaro, hincha de Atlético Nacional.

Crece la hinchada

Los títulos del siglo pasado de Deportivo Independiente Medellín (1955 y 1957) y de Atlético Nacional (1954, 1973, 1976, 1981, 1991, 1994, 1999) hicieron crecer los seguidores de ambos bandos con unas características muy marcadas.

Gilberto Pulgarín, un acérrimo seguidor escarlata, creó la primera barra organizada de la región a principios de 1972. Poderosos del DIM se llamó el grupo de amigos que se dedicaron a alentar en la tribuna lateral Norte. “Ellos, al igual que nosotros, queríamos que el Medellín se quedara en nuestra ciudad, luego de su paso por Barrancabermeja el año anterior como Oro Negro”, evoca Rubén Elejalde, socio fundador de la barra Danza del Sol, el 11 de junio de 1972. “Nosotros siempre nos ubicamos en Popular Centro ahora llamada Oriental Baja y para el 2017 estaremos cumpliendo 45 años de seguir en cada jornada a nuestro DIM, somos la barra más antigua del fútbol en Medellín”, dice Elejalde, tecnólogo industrial del Politécnico Jaime Isaza Cadavid.

La Danza del Sol fue pionera en viajar a otras ciudades. “Vendíamos los tiquetes para acompañar al equipo. Recuerdo que el primer viaje fue a Pereira, empatamos 0-0. Fuimos a Cali, Ibagué, Manizales, Armenia, pero por problemas de orden público no lo volvimos a hacer desde hace ocho años”, cuenta Rubén.

En 1976 desapareció Poderosos del DIM y en los siguientes años emergerían otros grupos de seguidores. Escuadrón Rojo, Putería Roja, Kid Chance, Llave Roja, entre otras barras, fueron surgiendo para alentar al llamado Equipo del Pueblo.

Los seguidores verdes no se quedaron atrás. “Recuerdo que una de las primeras barras de Nacional fue la Academia Verde creada por Héctor Gómez, el popular Radiolo. Se hacían en la tribuna Oriental. Nosotros, con unos amigos del barrio Buenos Aires y compañeros de trabajo de Coltejer, fundamos la barra Comando Tribuna Verde y empezamos a alentar al equipo en Popular Centro”, afirma Guillermo Otálvaro, hincha verde desde 1976.

Después aparecieron otras barras como la Oswaldo Juan Zubeldía y Escándalo Verde, entre otras.

Policías contienen aficionados en Los Libertadores.

Las barras se asocian

Con la construcción de la tribuna Oriental para los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1978 y la ampliación de las tribunas Norte y Sur por recomendación de la Confederación Suramericana de Fútbol a principios de los noventa, el aforo del Atanasio Girardot se duplicó hasta llegar a los cerca de cincuenta mil aficionados.

Unido a ello, los triunfos internacionales del Atlético Nacional en la Copa Libertadores de América, la Merconorte y la Interamericana motivaron a que los aficionados, con el fin de obtener una boleta, se adscribieran o conformaran una barra. Con el auge, surgieron poco después las entidades responsables de ser el puente entre los equipos y los grupos de hinchas: Ubanal y Asobdim.

La Unión de Barras de Nacional surgió a finales de 1989 luego del título continental del cuadro verde, pero fue el 4 de diciembre de 1990 cuando obtuvo su personería jurídica. Cuarenta y cinco grupos de seguidores del cuadro verdolaga firmaron el acta de fundación de Ubanal.

Luego de la desaparición de unas y la aparición de otras, apoyadas por los programas impulsados desde la administración municipal, las doce barras y los casi mil seguidores que aglutina Ubanal quieren seguir aportando a la paz y la convivencia en el fútbol.

La Asociación de Barras del Deportivo Independiente Medellín, Asobdim, es la otra entidad que surgió para agrupar las barras rojas. Diecisiete delegados de barras compuestas por grupos familiares se reunieron un día de 1990 para concretar la idea y firmar la resolución 37413 que le daba vida jurídica a la entidad sin ánimo de lucro.

Ha pasado más de un cuarto de siglo y Asobdim y sus más de siete mil asociados contribuyen con una labor social importante en beneficio del hincha y del fútbol. “Hemos trabajado muy duro para que el hincha se sienta cómodo y respaldado en el estadio. De igual forma, que la boletería se le respete, lo mismo que su lugar en el Atanasio. También realizamos un torneo de niños en tres categorías que van desde los diez hasta los doce años y en el que hemos contado con casi 152 equipos inscritos. Además, tenemos un club deportivo que participa activamente en los campeonatos de la Liga Antioqueña con casi 230 niños beneficiados”, indica Jorge Hoyos, presidente de Asobdim.

¿Barras bravas?

Las primeras barras con influencias de culturas futboleras como la argentina o la europea fueron Putería Roja, creada en 1989, y Escándalo Verde, fundado dos años después. En ese tiempo las barras aún podían compartir la tribuna Oriental y los desmanes no pasaban a mayores.

En 1998 desertores de la Putería Roja y otros hinchas rojos crearon un movimiento para apoyar al DIM desde la tribuna Norte, el cual recibió el nombre de Rexixtenxia Norte. Un año antes, en el mes de noviembre, había nacido el contingente juvenil de Los del Sur. Varios adolescentes fanáticos del cuadro verdolaga, adscritos al Escándalo Verde, decidieron separarse y, en la urbanización Villa de Aburrá, crearon la nueva barra que empezó a animar al club Atlético Nacional en la tribuna Sur del Coloso de la 74.

Estas barras populares crecieron y, con una pasión desbordada, los hechos violentos empezaron a ser más comunes, especialmente en los clásicos. En poco tiempo las barras, denominadas bravas como en Argentina, se convertirían en un problema para la ciudad. Sin embargo, las políticas públicas y el interés de los líderes de las barras para contrarrestar esa violencia sirvieron para empezar a cambiar el rumbo con trabajo social organizado.

“Yo no las califico como barras bravas, pues tienen unas características diferentes a otras y están marcadas por nuestra idiosincrasia. Recordemos que en la época cruenta y violenta en Medellín por parte del narcotráfico el fútbol sirvió de bálsamo para la ciudad y le hizo una gambeta a la muerte”, asevera Gonzalo Medina Pérez, politólogo y profesor universitario especialista en el tema.

“Debemos aceptar que es una nueva generación de hinchas del fútbol, que lo ven con otros matices y de una manera distinta”, sentencia Guillermo Otálvaro, presidente de Ubanal.

Este rápido recorrido evidencia cómo el hincha de fútbol en Medellín pasó de la curiosidad por el juego al fanatismo juvenil que impulsa y da sentido a la vida de cientos de aficionados.

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín. Enero de 2017.

La fidelidad del hincha, 1982.

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Rueda la bola

1910-1947

por JUAN MANUEL URIBE

Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna

Enero de 2017

La cancha de Miraflores, testigo del crecimiento del fútbol en Medellín, 1927. ¿Qué tal la pinta del árbitro?. Archivo Carlos Serna.

Cien años después de la Independencia llegó a Me­dellín un nuevo invasor: el fútbol. Vino en forma de pelota, una vejiga envuelta en una piel de cuero, tan pesada cuando se mojaba que ni el más temible caño­nero de aquellos tiempos era capaz de levantarla con un golpe del empeine. La trajo Guillermo Moreno, un antioqueño de familia pudiente, comerciante, viajero, aventurero como todo buen arriero. Los primeros pica­dos se llevaron a cabo en el Bosque de la Independen­cia y luego en la Manga de los Belgas. Armaban arcos con palos y piedras, y jugaban entre amigos. Los testi­gos eran simples parroquianos que, como atortolados, se quedaban con la boca abierta por ver a aquellos jó­venes de “buena pinta” corriendo detrás de una extraña esfera cosida como un zapato.

Así comenzó la historia del fútbol en la capital antioqueña. Y así dio inició el recorrido del balón por nuestras mangas, calles y canchas primerizas. La pe­lota cruzó el mar para ser amansada por jóvenes ex­tranjeros que vivían en esta comarca, y luego pasó a los pies de antioqueños y migrantes internos, quienes le dieron un sello propio a ese novel deporte que ya se había convertido en epidemia en toda Europa.

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Oficialmente el fútbol tuvo su origen en 1863, en Ingla­terra, cuando se fundó la asociación de fútbol de ese país. Sin embargo, hay registros de juegos con pelota en diferentes partes del mundo, al menos cuatro siglos antes de que los ingleses lo formalizaran. En Suraméri­ca llegó primero a Argentina, Brasil y Uruguay.

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En la primera década del siglo XX en Medellín se ju­gaba en el Bosque de la Independencia, construido en homenaje al centenario del 20 de julio de 1810; la construcción la autorizó el Concejo Municipal en 1913 y la Sociedad de Mejoras Pú­blicas lo inauguró en 1915.

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El primer equipo creado en Medellín, por iniciativa de los comerciantes suizos Juan Heiniger y Jorge Herzig, fue el Sporting en 1912 (el Barranquilla F.B.C., el primer conjunto de fútbol de Colombia, data del 4 de diciembre de 1909).

Todo listo para el saque inicial en la Manga de los Belgas, 192?. Archivo Carlos Serna.

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La creación del Medellín se registró el miércoles 21 de enero de 1914. Ese mismo año se pasó a jugar en la llamada Manga de los Belgas, situada donde estaba comenzando la construcción del Hospital San Vicente de Paul, y el nombre se debía a que ahí pastaban las mulas que arrastraban el tranvía de sangre de la empresa colombo-belga.

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Hay documentos que registran un partido entre el Medellín y el Sporting, con triunfo de este último, el sábado 9 de mayo de 1914. También quedó registrada la revancha ante los místeres, calificada de inolvidable. Siete días después se hizo un partido de festejo por la visita del presidente de la república Carlos E. Restrepo.

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En la Manga de los Belgas se jugó el domingo 29 de noviembre de 1914, a las cuatro de la tarde, el primer partido interdepartamental que se hizo en la ciudad. Se enfrentaron Bartolinos, equipo del colegio jesuita de San Bartolomé de Bogotá, y el Sporting criollo. Los bogotanos llegaron por tren, con transbordo de la estación El Limón a la de Santiago, pues todavía no existía el túnel de La Quiebra. El partido, olvidable según parece, se dirimió con un empate sin goles.

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En junio de 1915 los jesuitas compraron al empresario Coriolano Amador la finca Miraflores, en el barrio Buenos Aires. El 28 de mayo de 1916 estrenaron allí una cancha con un partido entre el Sporting y el Club Antioquia, primer equipo del colegio jesuita fundado en 1914.

Archivo de Carlos Serna.
Partido en la cancha de Miraflores, 1926. Archivo Carlos Serna.

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Con la construcción del Hospital San Vicente de Paul la Manga de los Belgas cerró sus arcos y se pasó a jugar al frente, en el campo llamado El Carretero, de propiedad del Sporting (allí se edificaría la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia). Antonio Zapata, presidente del club Albión (1916), recibió una carta fechada en Montevideo el 10 de mayo de 1919 y firmada por el presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, Héctor Rivadavia Gómez, que lo invitaba a afiliar al fútbol colombiano a la Conmebol que ya contaba con Argentina, Uruguay, Brasil y Chile.

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En septiembre de 1923 comenzó a jugarse la Copa Jiménez Jaramillo, organizada por la Gobernación de Antioquia, y por tanto bautizada con los apellidos del gobernador de entonces. Se jugó en la cancha El Carretero. Fueron seis los oncenos enfrentados: Peralonso, Colombia, El Trece, Star, ABC y Medellín. El ganador fue Medellín, cuyo uniforme era de franjas verticales carmelitas y blancas.

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El primer intento de estadio fue una tribuna en la carrera Carabobo, llamada Estadium Municipal e inaugurada el 31 de agosto de 1924. Allí el Boyacá le ganó 1-0 al Nariño. La vida de ese sitio fue efímera. En 1924 se volvió a jugar la Copa Jiménez Jaramillo, sin la resonancia de la anterior y sin que la prensa reseñara los marcadores.

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En 1925 el rector de la Universidad Nacional, Carlos Gutiérrez, donó una copa y con ella se disputó el torneo Gutiérrez. Jugaron Junín, Universidad de Antioquia, Ayacucho y San Ignacio. El jueves 25 de marzo de 1925 se jugó en Miraflores un partido que el Medellín le ganó al Star por 3-2

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El 24 de julio de 1925 un combinado de antioqueños, reunido a manera de selección local, derrotó 9-0 al visitante Colegio Ramírez de Bogotá. En 1927 vino una representación de Santa Marta y ese mismo año fue una de Medellín a Bogotá. Es evidente que había copas, partidos e intercambios, pero la prensa bajó la guardia a la información certera del fútbol en Medellín. Había pasado la novedad de los viajes y los enfrentamientos entre las escuadras.

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En diciembre de 1928 y enero de 1929 se disputaron los Primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali y el fútbol se jugó en el estadio Versalles. A la ciudad de Medellín la representó el Medellín F.B.C. Jorge Herzig fue el entrenador y llevó a jugadores como Carlos Congote, Arturo Echavarría, Cipriano Torres, Fabio Jiménez, Jesús Arriola, Alberto Molina, Diego Restrepo, Ignacio Arriola, Samuel Uribe Escobar (capitán), Pedro Justo Berrío y Jorge ‘Imanao’ Londoño. La final la ganó Santa Marta a Barranquilla 2-0.

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Aquel Medellín F.B.C., conocido como de “los ricos”, pues casi todos eran profesionales como el médico Samuel Uribe Escobar, se acabó en 1930, coincidiendo con la popularización del balompié, pues ya lo jugaban los llamados “artesanos”, los ciudadanos que ejercían los oficios aprendidos con el trabajo diario: tenderos, zapateros, albañiles, carpinteros. Esto hizo al fútbol el deporte más jugado y más visto en todas partes.

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El 26 de octubre de 1929 se instaló la junta de Fedefútbol, hoy Liga Antioqueña de Fútbol. Desde su creación, comenzó a jugar sus torneos en el hipódromo Los Libertadores, donde hoy está el barrio San Joaquín.

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El primer partido en Los Libertadores se jugó el 24 de febrero de 1929, a las tres de la tarde, entre el Ciclista Lima Association y el ABC local. Ganaron los peruanos 9-0. Desde ahí empezó la fama de los peruanos en Medellín y en Colombia. Entraron por Barranquilla, navegaron por el Magdalena, de Puerto Berrío a Medellín, a Bogotá, a Cali y salieron por Buenaventura. En octubre de 1929 vino otro equipo peruano, el Chancay, le ganó al Junín 12-1 y al Medellín por 4-1. En julio de 1930 volvió el Ciclista Lima y le ganó al Deportivo por 4-0. Los equipos peruanos no volverían hasta 1941 cuando ya se habían curado las heridas el conflicto entre Colombia y Perú, que empezó cuando los peruanos invadieron Leticia el 1 de septiembre de 1932.

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En 1926 Jesús María ‘el Cura’ Burgos creó en Niquitao un equipo con muchachos del sector, lo denominó Romano y le puso camiseta roja. Lo renombró Real Madrid y lo entró a la liga en 1930. En el 32 se ganó la segunda categoría y al ascender a primera división en 1933 Burgos denominó a su equipo Medellín F.B.C., tomando el nombre que había quedado sin uso. En 1935 hay fotos del equipo con las franjas horizontales rojas y blancas, pero volvió al rojo completo que terminó por imponerse. Ese es el Medellín que llegaría a ser fundador de la Dimayor en Barranquilla el 26 de junio de 1948.

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El primer campeón de la Liga Antioqueña fue el Colombia, en 1930, seguido del Unión. En el 31 fue campeón el Deportivo y segundo el Colombia Junior. En el 32 ganó el Colombia y segundo el Colombia Junior. En el 33 ganó el Deportivo y subcampeón fue el Colombia Junior. En los tres años siguientes la Liga no realizó el torneo de primera.

Es por eso que en 1936 el Cura Burgos armó una larga gira nacional. Fue el último año de Burgos en el Medellín. Lo remplazó Leo Hirsfeld, el entrenador alemán que dominó el torneo de la liga de 1937 a 1945, ganó ocho de los nueve campeonatos, solo perdió el de 1941 con Huracán y fue en el escritorio: Medellín no se presentó a la final como protesta por considerar injusta una sanción a su capitán, Alfonso Serna. Los últimos dos campeonatos antes del profesionalismo los ganó el Deportivo (el mismo que venía de 1930) y el Victoria, uno de los nuevos equipos del Cura Burgos.

Equipo Colombia, primer campeón de la primera categoría de la Liga Antioqueña de Fútbol, 1930. Fotografía de Melitón Rodríguez.

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La lista de jugadores de esa época es interesante y hubo cracks reconocidos como el portero Carlos Álvarez, José ‘Mico’ Zapata, Luis Patiño, cuyo apodo era famoso: el Bailarín Pirata; Gabriel Mejía, Julio ‘Chonto’ Gaviria, Alberto ‘el General’ Villa, los hermanos Echeverri (los Irras) y Jaime ‘Manco’ Gutiérrez. También era técnico de la liga Fernando Paternóster, quien había sido traído por la Asociación Colombiana de Fútbol, Adefútbol, para dirigir la selección de los I Juegos Bolivarianos de julio y agosto de 1938 en Bogotá.

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El primer campeonato nacional de fútbol (fuera de los Juegos Nacionales), dirigido por la Adefútbol, se jugó en 1938 en Medellín, del 19 de noviembre al 4 de diciembre. Lo ganó Antioquia, con la base del Medellín F.B.C., ambos dirigidos por el entrenador alemán Leo Hirsfeld. La final se la ganó Antioquia a Atlántico con marcador 2-0.

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El 9 de julio de 1944 hubo un incidente que dejó dos muertos y numerosos heridos en el hipódromo Los Libertadores. Se iba a jugar el partido entre Medellín y Huracán, el clásico de entonces. El silbato Gilberto Piedrahíta llamó a los jugadores al campo. El Medellín salió completo pero Huracán solo salió con siete jugadores. El árbitro permitió que Manuel Marín anotara el gol para ganar por W.O. Luego Huracán, reforzado y completo, propuso jugar un partido amistoso, pero se creyó que sería oficial. Medellín se negó a jugar el partido. Hubo protestas, se exaltaron los ánimos, dañaron las tribunas de sol, los altoparlantes rodaron por el suelo y la policía comenzó a disparar. Fue el caos y se responsabilizó y detuvo al oficial encargado. El estadio se reabrió el 18 de septiembre con el partido que el Medellín le ganó 3-1 al Unión Indulana.

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El hipódromo San Fernando fue inaugurado el 22 de febrero de 1942. Y Los Libertadores quedó solo para el fútbol hasta 1948 cuando fue vendido para la construcción del barrio San Joaquín. En 1944 se jugó un partido de fútbol en San Fernando entre antioqueños y samarios, pero no se volvió a hacer hasta el profesionalismo, por lo “lejos” que quedaba del Centro de Medellín. Cuentan personas del fútbol como Humberto ‘Tucho’ Ortiz y Rodrigo Fonnegra que se llegaba caminando y la entrada era por debajo de cuerda para ver los partidos.

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El equipo Unión, casaca roja y pantaloneta blanca, apareció en la liga en 1941. Al año siguiente ganó la segunda categoría y al ascender a primera se fusionó con el Indulana, equipo que le aportó el color negro. El nuevo nombre fue Unión Indulana, que jugó en primera los tres torneos de 1943 a 1945 y cuya casaca al principio fue verde al lado derecho y rojo al izquierdo. En 1946 se acabó la alianza entre los dos equipos y el Unión jugó con su viejo nombre, pero ya usaba la casaca verde y la pantaloneta granate.

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El 30 de abril de 1941 se fundó la sociedad del Atlético Municipal por la escritura pública número 2 100. La sociedad presidida por el ingeniero Alberto Villegas Lotero hizo una jugada maestra: para tener cupo de una vez en la primera división de la liga, les dijo a los jugadores del Unión que entraran a jugar para el Municipal con el pago de sueldos, es decir, profesionalmente. Y se incorporó al Municipal el uniforme verde y granate.

Campeones nacionales por primera vez. En aquella época se jugaba con cinco delanteros. Fotografía de Jorge Obando. Archivo Tucho Ortiz.

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín.

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por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // La voz ya estaba allí cuando nacieron los más jóvenes. Otros se precian de haberla oído desde los primeros días, cuando sonó por vez primera, sin que nadie supiera qué tenía y de dónde traía ese don que fascina. Pero desde que se oyó, supieron que venía para quedarse, y que él sería, a la larga, el auténtico rey del bembé: Jairo Luis García.

En el pueblo hay una plaza, en la plaza hay una iglesia y en la iglesia hay un órgano

por RICARDO ARICAPA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

El libro de los parques Noviembre de 2013

El dragón de la Catedral

“En el pueblo hay una plaza, en la plaza hay una iglesia y en la iglesia hay un órgano” era una retahíla que se usaba antes para enseñarles a los niños a leer y a escribir, y de paso dejarles claro el orden natural de las cosas.

Ese antes es 1933, el pueblo es Medellín, la plaza es el Parque Bolívar (ya con el Libertador de bronce montado en su caballo), la iglesia es la recién terminada Catedral Metropolitana (tan enorme para la ciudad de entonces que se alcanzaba a divisar desde ambos extremos del Valle de Aburrá), y el órgano es un aparato no menos desmesurado, comprado a la prestigiosa casa alemana Walcker, el más grande y costoso de cuantos se cotizaron, como correspondía al tamaño y prodigio del templo.

El órgano traía incorporado lo último en tecnología, en una época en que los organeros competían por construir un instrumento de sonoridad universal, es decir, que a la par con el sonido romántico que traía del siglo XIX tuviera el brillo metálico del período barroco; mejor dicho, una vuelta al siglo de oro de ese aparato, cuando el devoto Johann Sebastian Bach lo usaba para comunicarse directamente con Dios.

Seis meses tomó en Alemania la construcción del órgano de La Metropolitana, y tres más demoró su traslado a Medellín, primero en buque, luego en barco por el río Magdalena, y después a lomo de mula desde Puerto Berrío, desarmado y empacado en cajas. Con él llegó para armarlo el ingeniero Oskar Binder, quien ordenó reforzar el sotacoro con una estructura metálica capaz de soportar las veintidós toneladas que pesa y la vibración del motor de tres caballos con el que hace trinar sus tres mil 478 flautas, la más grande de seis metros de largo y la más pequeña de seis milímetros, lo que le permite reproducir sonidos de trompetas, bombardas, oboes, clarinetes, flautas, violonchelos, campanas y hasta la voz humana; toda la paleta de colores de una orquesta que se maneja desde una pequeña consola con cuatro teclados, tres para tocar con las manos y uno con los pies.

Es el instrumento más grande del país y el papá de todos los órganos de Antioquia. Mide diez metros de alto, doce de ancho y cinco de fondo, y con su maderamen de palo santo oscuro y sus largos tubos a la vista semeja un dragón echado, al que no le falta sino botar candela cuando retumba con toda su potencia en la inmensidad de la Catedral, su caja de resonancia, una inmensidad de 97 mil metros cúbicos.

Binder, el ingeniero alemán que lo instaló, se quedó un tiempo en Medellín y luego se radicó en Bogotá, donde formó su propia compañía especializada en reparación de órganos. Y eso fue lo mejor que le pudo pasar al órgano de la Catedral: le aseguró buen mantenimiento por muchos años, los que alcanzó a vivir el longevo Binder, quien lo mantenía al pelo, como se dice. En 1975 Binder lo refaccionó y reforzó; le modernizó los mecanismos electrónicos y le adicionó un juego de trompetas de cobre para que sonara más fuerte. Ese mismo año se celebró el Festival Internacional de Órgano de Medellín, que vio desfilar a los mejores organistas del mundo.

Esos festivales, en su primera época, los organizó y dirigió Hernando Montoya, el personaje más entrañable que ha cuidado al dragón, pues lo tocó durante casi cuarenta años y, mientras vivió, fue considerado el mejor organista del país. Quién sabe cuántas de las personas que iban a las misas lo hacían solo para escucharlo tocar, acompañado los domingos por un coro numeroso. Asistía mucha gente en ese entonces, pues la devoción todavía flotaba en el aire y la feligresía llenaba las iglesias; no como hoy, que es cada vez más escasa: a la última misa matutina que se celebra entre semana asisten unas cien personas mal contadas, que vistas desde lo alto del órgano parecen migajas esparcidas.

Los años noventa no fueron buenos. Binder murió, el órgano se desajustó, perdió brillo y vigor, y no tuvo quien lo auxiliara. Se necesitó una circunstancia fortuita para que en el año 2002 la Arquidiócesis decidiera meterle la mano.

Ese año se anunció la gira por Colombia de Pierre Pincemaille, organista titular de Saint-Denis, la catedral de París donde reposan los restos de todos los reyes de Francia y, por lo mismo, plaza obligada para organistas de gran importancia. Y Pincemaille sí que era una celebridad mundial, en especial por sus magistrales improvisaciones. Su gira por el país fue promovida y financiada por la embajada francesa en misión de intercambio cultural. Así que tocó refaccionar el órgano a las carreras y ponerlo a tono para la importante gala.

“Yo no lo reparé totalmente, lo limpié y le hice una intervención técnica puntual para que se pudiera tocar ese concierto”, dice Francisco Serna, el organero que llamaron para realizar el trabajo, cuya mayor recompensa fue que después del concierto el propio Pincemaille lo buscó para felicitarlo. El órgano siguió entonces con sus achaques, a medio sonar, hasta que llegó otro golpe de suerte. Esta vez fue la embajada alemana la que se interesó por él, en razón de que fue catalogado como patrimonio cultural por ser de los pocos órganos construidos antes de la Segunda Guerra Mundial. El gobierno alemán asumió buena parte de su restauración, y lo demás corrió por cuenta del gobierno local y la empresa privada. El trabajo lo realizó la casa organera alemana Oberlinger, que pasó factura por casi 700 millones de pesos. Francisco Serna, paisa al fin y al cabo, dice que él la habría hecho por cien millones de pesos y le habría quedado mejor, porque, a su juicio, la restauración que hicieron los alemanes quedó con fallas.

No son muchos los organistas que han posado sus manos y pies en el órgano de la Catedral. Después de Hernando Montoya, el más duradero fue Guillermo Gómez, un sacerdote todoterreno que le revolvía de todo a su labor pastoral: programas de radio, conferencias académicas y devoción por la música. Tocaba muy bien el piano y el órgano, en especial la obra de Bach. Tenía incluso su propio Guinness Records: fue el primer sacerdote pianista del mundo en interpretar las 32 sonatas de Beethoven y los 48 preludios y fugas de Bach. Su último proyecto, maratónico, fue tocar toda la obra de Bach, y para ello programó un ciclo de conciertos el último domingo de cada mes. Cuando la muerte se atravesó en su camino tenía conciertos programados hasta el año 2015.

En la actualidad el organista titular es Octavio Giraldo, pianista y organista jubilado de la Facultad de Música de la Universidad de Antioquia. Su hijo Esteban, de treinta años, es el organista auxiliar, y lo más seguro es que herede el lugar de su padre.

El venerable órgano de La Candelaria

El Parque Berrío fue una apacible plaza pueblerina donde vivían en casas de balcón las más distinguidas familias; había mercado los domingos, manifestaciones públicas, paradas militares y hasta fusilamientos. Entrado el siglo XX, después de varios incendios, se reconstruyó con una nueva vocación: ser el centro de referencia de la pujanza industrial, cafetera y minera de Antioquia, sede de bancos, edificios empresariales y oficinas del gobierno. Y así duró hasta que el Metro se atravesó y lo volvió estación de paso. El desempleo y el rebusque hicieron el resto. Se puede decir que recuperó la vocación de plaza de mercado de antaño, pero al estilo y al ritmo de la economía informal de ahora.

Lo único que ha permanecido invariable es el venerable órgano de la iglesia de La Candelaria, porque hasta esta sufrió cambios importantes; por ejemplo, antes era de ladrillo a la vista y ahora es blanca. Y es venerable porque es el órgano más antiguo que se conserva en la ciudad, traído en 1850 gracias al dinero que donó un rico a la parroquia a cambio de indulgencias. La idea era comprar un órgano acorde con las dimensiones y la importancia de La Candelaria, por entonces el principal templo de Medellín y de Antioquia, tierra abonada para la misa y el rosario. Su construcción se encargó a la casa Walcker de Londres, y llegó por la ruta acostumbrada del Magdalena y las trochas para reemplazar uno modesto que habían construido los organeros jesuitas.

Lo que no está claro es si ese fue el órgano que se pidió a la Walcker. Según una versión, que algunos consideran leyenda, iba para otra ciudad pero por una confusión en los trámites terminó en Medellín. Una posible prueba de ello es su tamaño, que resulta mastodóntico para una catedral de mediano calado como La Candelaria. El caso es que la Walcker tuvo que dejarlo acá. Y así fue como La Candelaria quedó dotada con el órgano más grande y fino de cuantos hasta ese momento se habían importado al país, con quince registros de sonidos diferentes, dos teclados manuales y el pedalero. Lo que no hubo fue quién lo instalara. De esa tarea se tuvo que encargar un arquitecto y mecánico alemán radicado en Medellín que sabía hacer de todo: Enrique Haeusler, el mismo que construyó el Puente Guayaquil y le hizo una reparación importante a la iglesia de La Candelaria. No era organero ni músico pero se le midió a instalarlo, asesorado en el trabajo de afinación por un músico inglés que hacía parte de la comisión científica de Codazzi.

Tampoco faltó quién lo tocara, pues en la ciudad había buenos pianistas que podían hacerlo. El más connotado fue el compositor Gonzalo Vidal, maestro de capilla de La Candelaria por muchos años y autor de la música del himno antioqueño.

En 1914 el órgano se refaccionó y se le adicionó el registro de la voz humana. En 1978 lo restauró Oskar Binder, quien no le modificó nada sustancial, de tal suerte que se conserva casi igual a como era hace 163 años. Una joya afónica, según el organero Francisco Serna, porque la refacción más reciente le dejó escapes.

Pero así estuviera en perfecto estado su sonoridad no se podría apreciar, la bulla que se cuela desde la calle no permite escucharlo en todo su esplendor. No hay que olvidar que el órgano se inventó para la solemnidad y el silencio de las catedrales, necesita ese ambiente como las cometas necesitan el viento, y La Candelaria está rodeada de ajetreo y bulla, siempre expuesta a la formidable banda sonora del rebusque, o sea a los gritos de los fruteros, el pregón de los baratijeros, las guitarras de los merenderos, los tambores de los hare krishna, los pitos de los carros, el perifoneo de los loteros, el “¡cójalo!” que sigue a los carteristas…, en fin, los nuevos mercaderes del templo.

Es una iglesia de paso y de pobres, como la define Yolanda Niño, la secretaria mayor de la parroquia. Y de viejos, se podría agregar, pues casi toda su clientela es gente mayor, el promedio no baja de cincuenta años, con uno que otro joven por ahí entreverado. Para ellos, durante todas las misas de la mañana, toca el órgano Lubín Alzate Sánchez, maestro de capilla desde hace dieciocho años.

Lubín es un hombre bajo, cercano a los setenta años y magro como un arpegio. Pertenece a esa vieja guardia de buenos organistas que se formó a la sombra de Hernando Montoya. De ahí que no le falte algo de razón cuando dice que la gente que lo visita solo se interesa en el órgano, mas no en el ejecutante; se queja de que nadie le pregunta por su salud, sus necesidades y condiciones de trabajo. Sus razones tendrá Lubín para quejarse.

El Merklin que trajeron los jesuitas

En 1905 llegó de Europa el órgano para la iglesia de San Ignacio, templo insigne de los jesuitas en Medellín. Aquel año el templo celebraba cien años de existencia, todavía con la fachada a medio hacer, porque el arquitecto Agustín Goovaerts aún no le había construido el frontis barroco. La compra del órgano hizo parte de la celebración. Y sí que había razones para celebrarlos, considerando lo difíciles que fueron para la Compañía de Jesús, perseguida y expropiada por los liberales radicales durante las guerras civiles del siglo XIX. En una de esas le confiscaron el colegio y el claustro, que estarían dos décadas en manos de la autoridad civil.

Para 1905 solo había dos órganos en el departamento: el de La Candelaria y el de la Basílica de Santafé de Antioquia. Después llegarían muchos más, que obviamente serían ubicados en templos religiosos, porque en nuestro medio el órgano es especie endémica: solo habita en las iglesias. Distinto a Estados Unidos, por ejemplo, donde la industria del cine lo usó en los teatros como banda sonora de las películas mudas, con dispositivos alterados para que diera el sonido de gritos, disparos, estruendos, portazos…

No hay duda de que los jesuitas hicieron una buena inversión con la compra de este órgano, que es un valioso bien patrimonial tanto por sus sonidos como por su constructor, Joseph Merklin, famoso organero alemán que en su tiempo hizo notables aportes al desarrollo de estos aparatos, tan exitoso que no daba abasto para atender los pedidos. Varias iglesias importantes de Europa tienen órganos fabricados por él, y el del templo de San Ignacio fue uno de los últimos que construyó en su taller de París, pocos años antes de morir.

“Sus enflautados son una maravilla, de sonoridad exquisita”, dice Francisco Serna, quien tuvo la oportunidad de meterle la mano en 1999, cuando lo llamaron para que lo reparara. Lo limpió, lo ajustó y cambió la viga del segundo nivel de enflautados, que estaba carcomida por el comején.

Fue el segundo órgano que Francisco reparó en su vida. El primero fue el de La Veracruz, dos años atrás, trabajo que se le encomendó como último recurso para salvar el órgano. Llevaba treinta años fuera de uso y estaba en pésimo estado, tanto que ni la compañía de Oskar Binder lo quiso reparar. Además, en una ciudad en la que los organeros se cuentan en los dedos de una mano y sobran dedos, el párroco de La Veracruz no encontró quién más le hiciera ese trabajo, y menos con el presupuesto tan famélico que había disponible.

“Pero me le medí”, dice Francisco, cuya única experiencia en la materia era el año que había sido ayudante en la reparación del órgano de la iglesia del barrio Manrique, de la misma marca que el de La Veracruz: un Casavant canadiense. También había adquirido conocimientos teóricos como autodidacta y desarrollado algunas habilidades en tecnología aplicada. Aprendió desde muy joven a tocar el piano y el clavicémbalo en el Conservatorio Nacional de México. El organero es un artesano que debe conjugar varios saberes, desde la mecánica, la carpintería y el manejo del cuero, hasta la ingeniería eléctrica, la música y la acústica.

Dos años le tomó a Francisco la reparación del órgano de La Veracruz. En la sola limpieza se demoró un mes, por el hollín acumulado en los tubos y el excremento de ratas, murciélagos y palomas, que en algunas partes formaba un tapiz de hasta un centímetro de espesor. Este aprendizaje le permitiría luego encarar la reparación de los órganos de la iglesia de San Ignacio y la Catedral Metropolitana.

Hoy, el órgano de San Ignacio se encuentra otra vez desarmado y en reparación. Según Francisco, otro organero con más créditos académicos (pero no con más conocimientos, enfatiza) diagnosticó que su trabajo anterior había quedado mal hecho y propuso una nueva. Gajes de la competencia entre organeros.

Pobreza franciscana

Además de organero, Francisco Serna es egresado de historia de la Universidad Nacional y autor de una tesis sobre los órganos en Antioquia. Contó 37 en Medellín y los demás municipios; la mayoría están en un estado deplorable, tanto que las reparaciones que les han hecho a algunos ha sido más labor de salvamento que de mantenimiento.

El que está en peor estado tal vez sea el órgano de la iglesia de San Antonio, el insigne templo de la orden de San Francisco en Medellín consagrado a San Antonio de Padua, un monje del siglo XIII que toda su vida hizo milagros y alguna vez se anotó uno portentoso: para convencer a un marido celoso de que el bebé que acababa de tener su esposa sí era suyo, hizo que el bebé hablara y le confirmara que sí, que verdaderamente él era su padre.

Este templo data de finales del siglo XIX pero fue reformado totalmente entre los años 1929 y 1945, cuando se construyeron sus amplias naves, sus preciosos altares de madera y su gran cúpula. Sobre el sotacoro se instaló el órgano, instrumento construido en España por Esteban Dourte, un artesano vasco que, según Francisco Serna, encarnó el momento culminante de la vieja escuela organera catalana-aragonesa. Por eso es interesante y vale la pena recuperarlo.

Este órgano no suena desde hace más de treinta años. Lleva todo ese tiempo dañado y a merced del comején. Y aunque desde abajo uno lo vea impecable en su elegante maderamen repartido en dos cuerpos, al acercarse ve la ruina en que se encuentra: la consola está carcomida y en harinas, y tiene malas las secretas, los fuelles, el motor, las bases, todo. Lo único bueno es su tubería, que es muy valiosa. “Y si hay tubería, hay órgano, se puede restaurar”, dice Francisco, quien tiene razones para decirlo porque hace quince años lo llamaron para que lo revisara y cotizara la restauración. También tiene como experiencia haber restaurado un órgano similar en Aguadas, Caldas. Según sus cálculos, restaurar este órgano puede costar 120 millones de pesos, “y eso bajita la mano porque yo no soy carero”.

De todas maneras, 120 millones es un billete largo para una comunidad como la de San Francisco de Asís, que vive de la caridad. Su pobreza es proverbial. Además, la ponchera tampoco es que ayude mucho, porque el templo de San Antonio es tal vez el menos concurrido del Centro. Los usos que ha adquirido el parque en los últimos años aislaron el templo del contexto urbano y lo vaciaron de feligreses. La mañana en que lo visitamos, a eso de las siete y media, había catorce personas en misa –o trece, porque uno de los señores roncaba plácidamente en una de las bancas–.

Sin embargo, esos pocos feligreses tienen un órgano que acompaña las misas. La parroquia compró uno eléctrico cuyo sonido se amplifica con altoparlantes, y que interpreta el hermano Julián enfundado en el tradicional hábito café con cordoncillo blanco de la orden.

El hermano Julián abrazó desde muy joven la causa religiosa, y lleva varios lustros sirviendo como sacristán en el templo de San Antonio. Es un hombre fornido y de pocas palabras, además de arisco, quien aparte de preparar las misas tiene en la responsabilidad de tocar el órgano eléctrico, un aparato que apenas si zurrunguea, como él mismo lo reconoce.

Teclado y pedalero, órgano de la Iglesia de San Antonio.

El gran órgano de San José

En 1955 las familias pudientes que vivían en torno a la iglesia de San José decidieron reunir el dinero necesario para dotarla de un órgano digno de su importancia. La mejor oferta que recibieron fue un órgano español construido en 1922, restaurado y mejorado, y casi tan grande y rico en sonoridad como el de la Catedral Metropolitana: tres mil flautas y 44 registros; un portento de aparato, el segundo más grande de Antioquia. El organero Oskar Binder estuvo a cargo de su restauración, lo que lo cotizó más. No en balde lo utilizaron para acompañar la grabación de un disco, el primero de esas características que se grabó en Colombia.

En el año 2002 tuvo un daño eléctrico que afectó parcialmente su funcionamiento, pero ahí estuvo Francisco Serna para repararlo y de paso hacerle algunos ajustes. En 2010 la junta de arte de la Arquidiócesis decidió restaurarlo en su totalidad, un trabajo que costó 500 millones de pesos y le fue encomendado a otro organero.

El cuarto de hora de Francisco como reparador de órganos al parecer ya pasó, hace rato no utilizan sus servicios. Reconoce que el mercado de la reparación, que de por sí es escaso, está copado por nuevos organeros: “lo malo –se queja– es que quieren acreditar su trabajo desacreditando el mío”.

Entretanto sigue alimentando un capricho personal: terminar el órgano que empezó a construir de manera artesanal, pieza por pieza, hace algunos años. Es la réplica de un órgano cortesano español de la época de la Colonia, que lleva apenas en la mitad por falta de recursos, pues hoy se tiene que ganar la vida como profesor de música.

También ha empezado a incursionar en el mercado de los detergentes. Le hizo caso a la recomendación de un amigo y empezó a fabricar un jabón líquido cuya fórmula él mismo ideó. La creó para limpiar órganos, pero descubrió que también funciona para lavar platos porque es biodegradable y no es hostil con las manos. Ya lo patentó y lo fabrica en su propia casa. “Facilín”, se llama, y valga la cuña. “A lo mejor tengo más futuro con los detergentes que con los órganos”.

Dos avenidas y un parque con éxito

por GUILLERMO CARDONA

El libro de los parques Noviembre de 2013

Torso masculino, obra de Fernando Botero. Fotografía de Juan Fernando Ospina.

El centro histórico de Medellín y el barrio San Antonio se conservaron más o menos intactos y con cierta coherencia urbana, paisajística y social hasta los años cincuenta, cuando Paul Lester Wiener y José Luis Sert presentaron su Plan Piloto para la ciudad en 1954.

La tradición de esta villa había sido mirar los modelos de ciudades europeas, con centros históricos protegidos y desarrollos industriales en los suburbios para defender la habitabilidad de los espacios de memoria. El nuevo Plan Piloto, sin embargo, parecía más inspirado en el modelo norteamericano. Su apuesta apuntaba a la concentración de usos del suelo y a la expansión territorial, a partir de la construcción de avenidas de tránsito rápido para el transporte público y el creciente transporte privado, entre los sitios de habitación en los barrios periféricos y los lugares de trabajo, comercio, servicios bancarios y oficinas estatales del Centro.

Todavía hoy muchos se preguntan por qué se desechó la idea del tranvía eléctrico siendo este tipo de energía un recurso propio y barato, por qué prácticamente prohibieron el uso residencial del centro histórico, y sobre todo por qué nadie, además del arquitecto Nel Rodríguez en su cátedra de la Universidad Pontificia Bolivariana, alertó sobre el peligro de tener un centro sin habitantes, abandonado en manos del comercio que cierra a las seis de la tarde, bajo el supuesto medieval de que nadie tiene nada qué estar haciendo en sus calles después de las nueve de la noche.

Habría muchas otras objeciones frente el accionar urbanizador de los últimos cincuenta años en el centro histórico; por ejemplo, la escasez de espacio público, zonas verdes y andenes. La lista es larga, pero concedamos que resulta muy fácil criticar lo que se hizo a mitad del siglo XX basados en los conocimientos que tenemos en el XXI.

No queda casi nada

No faltan quienes aseguran (y no hay forma de contradecirlos) que si en Medellín no queda memoria arquitectónica de la Colonia es básicamente porque en esa época, además de unas pocas iglesias, no se construyó en esta villa ninguna edificación que valiera la pena conservar. Y algo similar se dijo de otros hitos arquitectónicos e históricos que se fueron con el Plan Piloto. Algunos los tumbaron del todo, como pasó con el Teatro Junín y el Hotel Europa; otros a medias, como sucedió con el Seminario Mayor, demolido en parte para construir la Oriental cuando de carrera se convierte en calle a la altura de la avenida Echeverri; lo que sobrevivió pasó a ser centro comercial y su capilla terminó en restaurante. Lo poco que quedó en pie se fue haciendo más pequeño, como las aceras, la Catedral Metropolitana, el Paraninfo, la iglesia del Sagrado Corazón, y otros hitos de la vieja Medellín terminaron simplemente arrinconados, como la iglesia de San José, La Veracruz y la misma iglesia de San Antonio, que es el caso más extremo.

Si en ese afán modernizador no había lugar para el respeto a los símbolos de la fe católica, ni se diga para lo demás. ¡Cuál nostalgia! La consigna era acabar con lo viejo y empezar de cero. Todo era práctico, con fines económicos, industriales y comerciales.

Eran tiempos de posguerra y la producción industrial mundial crecía a pasos agigantados, así que el futuro les debió parecer diáfano a los empresarios de Medellín. La prosperidad y la riqueza iluminaban el horizonte, y nuestra ciudad estaba en la obligación de prepararse para un crecimiento sostenido. No era tiempo de pararse en consideraciones socioculturales y urbanísticas.

Barranca

La primera referencia del sector de San Antonio aparece en 1770, en el primer plano que se conoce de la ciudad, y las únicas calles que existían eran San Félix (hoy parte de la Avenida Orienta), Abejorral (hoy desaparecida) y San Roque (hoy Palacé).

Una vez sellada la independencia de la Provincia de Antioquia, las calles fueron rebautizadas con los nombres de las grandes batallas de la gesta libertadora. Para 1820 ya existía Maturín, y desde entonces comenzaron a vivir en sus costados familias de una incipiente clase media: artesanos, oficinistas y empleados del comercio. Al tiempo aparecieron las primeras posadas en el sector, que pasó a llamarse Barranca, para atender a los agentes viajeros y a los arrieros que llegaban de Envigado, y aun más lejos, llevando y trayendo mercancías y ganados.

Templo de San Antonio. 1932. Fotografía de Jorge Obando.

La iglesia

La construcción de la iglesia de San Antonio de Padua arrancó en 1874 por iniciativa de fray Benjamín Masciantonio, quien concibió también el convento de franciscanos de Tierra Santa al lado de lo que sería la capilla.

A partir de entonces la iglesia, todavía en construcción, se convirtió en el centro de un sector que seguía creciendo hacia el oriente y el norte, bajo el nombre y protección del edificio que en 1889 era una simple capilla. Solo en 1920 el arquitecto Arturo Longas construyó la que sería su fachada definitiva sobre Abejorral, y sus reformas, agregados y refacciones posteriores culminarían en 1938.

Eran tiempos de tranquila felicidad para un barrio de casas en su mayoría de una planta, muchas de ellas construidas en tapia desde el siglo XVIII, con grandes solares y calles estrechas, en el que prosperaban las tiendas y los graneros, algunos cafés, peluquerías, panaderías, zapaterías y montepíos. Esta estructura se conservaría hasta bien entrados los años sesenta.

Viejo barrio

Muchos de los niños y jóvenes que correteaban por San Antonio cuando todavía era un barrio viven aún, y cuando visitan el parque tratan de ubicar sus casas sobre lo que fue la carrera Abejorral, que subía desde San Juan hacia Amador y pasaba frente a la iglesia, ubicada varios metros por encima del nivel de la calzada.

Descontando los eventuales enfrentamientos entre la policía y los estudiantes de la sede de estudios generales de la Universidad de Antioquia –que funcionaba en los terrenos donde hoy se levantan las Torres de Bomboná–, para finales de la década del cincuenta la vida estaba prevista y organizada según los rituales de la iglesia: peregrinaje dominical, contrición y recogimiento en Semana Santa, y alegría, regocijo y villancicos en Navidad.

Los viejos habitantes también recuerdan los juegos en la calle (golosa, chucha, escondidijo, pelota quemada, vuelta a Colombia con tapitas de refresco), como recuerdan la barbería de Juan N., la fábrica de turrones y la panadería La Marquesa. Y se rascan la cabeza evocando una constante y persistente epidemia de piojos que asolaba las escuelas. Una vida tranquila e inocente.

Había tan pocos carros que hasta la leche la repartían en un coche tirado por caballos que anunciaba su paso con campanas, y pasaban las negras con sus pregones y grandes cestos en la cabeza, cubiertos con manteles a cuadros rojos o azules, con la parva todavía humeante para el desayuno o el algo.

A comienzos de los sesenta los residentes y habitantes de San Antonio ya sabían que el barrio sería atravesado por una gran avenida, y que buena parte de las manzanas comprendidas entre Abejorral, San Félix y El Palo, desde San Juan hasta Bomboná, serían abatidas por las cuadrillas de demolición. También se sabía que en el centro histórico de Medellín estaba casi prohibido fijar residencia, y que con avenida o sin ella el barrio mismo estaba condenado a desaparecer.

Para finales de los setenta muchas familias ya habían encontrado otras alternativas de vivienda. Solo quedaban unas cuantas que se resistían a abandonar el barrio de toda la vida, mientras el comercio se apoderaba de los caserones para convertirlos en bodegas y almacenes, talleres de mecánica y colchonerías.

Cuando todavía no se iban los últimos vecinos, que estorbaban con su presencia en el día y con su manía de dormir en la noche, hicieron su arribo los bares, los prostíbulos, los primeros expendios de marihuana y las famosas “zonas libres” donde jamás entraba la policía, de manera que la seguridad quedó en manos de nadie porque en las noches el viejo barrio de San Antonio ya no tenía dolientes.

Iglesia de San Antonio. 1983. Fotografía de Gabriel Carvajal.
San Antonio. S. f. Fotografía de Gabriel Carvajal.

La construcción de la Oriental, concebida desde el Plan Piloto e iniciada en 1973, le dio el golpe de gracia al sector. A todo lo largo y ancho de la avenida se dieron transformaciones que dejaron prosperidad para algunos y escombros para otros.

Ese rompimiento de la estructura urbana y los tejidos sociales tuvo gran repercusión en la seguridad y habitabilidad del Centro, proceso que se repetiría años después con la desaparición de la Plaza de Cisneros debido a las sucesivas ampliaciones de la calle San Juan y a las proyecciones del plan de 1954.

La intención de los planificadores con la Avenida Oriental era promover el desarrollo urbanístico de los sectores de San Antonio y Estación Villa, “que han permanecido hasta ahora en un lamentable estado de atraso, y valorizará comercialmente todas las propiedades ubicadas dentro de su zona de influencia, en mayor o menor proporción según su proximidad al lugar de ejecución del plan”, como lo señala un folleto publicado en 1974 que daba cuenta de la importancia de la obra.

También se mencionaba en los folletos la intención de remodelar la iglesia San Antonio, y se anunciaba que el Fondo Rotatorio de Remodelación Urbana de Valorización estaba comprando predios entre la Oriental, Junín, San Juan y Pichincha, para un total de 4,2 hectáreas.

Se presentaban dos alternativas. La primera consistía en hacer un reloteo más organizado, “que agilice el mercadeo y permita que la iniciativa individual desarrolle de nuevo la zona”. Pero como con esta alternativa “se limitan las posibilidades de densificación; no hay aportes al diseño integral al desarrollo de la ciudad; se restringen las zonificaciones óptimas y las adecuadas interrelaciones de espacios”, entonces se decidió darle mayor despliegue a la alternativa dos: “…una remodelación y renovación total de la zona, en su trama, volumetría, usos y densidades. Esto significará un cambio en la estructura social, física y económica de este sector, con una consecuente influencia benéfica sobre la ciudad y su futuro”.

Según algunos cálculos, en el espacio ocupado hoy por el parque y el Éxito habría sido posible construir mil 250 viviendas en altura para una población de seis mil 500 personas; treinta mil metros cuadrados de comercio; cuarenta mil de oficinas; dieciocho mil de parqueadero cubierto; y quince mil de áreas complementarias para diversión, asistencia, seguridad, guarderías infantiles, entre otros.

Según antiguos funcionarios de la Empresa de Desarrollo Urbano del Valle de Aburrá, Eduva, estos eran bocetos para los cuales sencillamente no había plata; así que de semejante catálogo de sueños solo quedó un cementerio de carros y parqueadero al aire libre al costado de la Oriental, que durante muchos años ocultó lo que quedaba de San Antonio y la carrera Abejorral tras las chatarras que se pudrían en los solares del tránsito.

Terrenos que ocupa hoy el Parque San Antonio. S. f. Fotografía de Jairo Osorio Gómez.

Durante más de dos décadas concejales y funcionarios de planeación desempolvaron los viejos proyectos de intervención para el sector, pero no volvieron a ser prioritarios y a nadie pareció importarle la degradación de la zona en los años setenta, cuando hizo su aparición el narcotráfico y se disparó el consumo de bazuco, y las calles de San Antonio se convirtieron en territorio zombi.

En el Acuerdo número 5 de 1989 volvió a hablarse de renovación, pero esta vez le asignaron el uso de parque, y entre acuerdos, autorizaciones y compras pasaron varios años. En 1992 el municipio terminó de comprar los terrenos y se inició el tire y afloje para definir qué figura jurídica se debía utilizar para sacar los pliegos a licitación, pues tampoco había plata. Se resolvió entonces abrir una licitación donde se entregaban los terrenos y se pagaba cierta cantidad de dinero. Según declaró Gabriel Arango, el diseñador de la obra, en una entrevista concedida en 1996, las únicas exigencias eran “diseñar un parque, utilizar el subsuelo con unos parqueaderos, algunos locales comerciales, que se conservara Amador como vía vehicular y que se conservara la iglesia y el convento. A partir de ahí, todo era libre”. De hecho, el diseño que ganó fue el que ofreció la mayor posibilidad comercial y la menor complicación en el mantenimiento, lo que incluía no hacer otro Parque Bolívar y mucho menos una especie de Central Park, porque en estos andurriales las zonas verdes y los árboles son sinónimos de inseguridad y guarida de malhechores.

De esta manera, lo que iba a ser parque se convirtió en un proyecto comercial a causa de una coyuntura política, dada la presión que sufría el municipio para cumplir con el compromiso de ejecutar una obra sin presupuesto.

Cuando la licitación se abrió, Almacenes Éxito ya había comenzado la construcción de su sede de San Antonio, y los diseñadores de la propuesta ganadora afirmaron sin titubeos: “nosotros queríamos que lo que se hiciera en el Parque de San Antonio empezara a integrar más las construcciones existentes en el lugar y formara una continuidad del tejido y del lenguaje que se estaba presentando, esa era la circunstancia, no nos interesaba diferenciarnos del Éxito, nos interesaba matizarnos con el Éxito”.

A decir de muchos, el Éxito ha contribuido a la “nueva cara” del sector, y además fomenta una actividad que por décadas ha sido sinónimo de diversión en Medellín: juniniar, loliar, o como quiera que se le diga ahora a esa costumbre de mirar vitrinas.

Fotografía aérea de la construcción del Parque San Antonio. S. f. Fotografía de John Jairo Jaramillo.

La tierra éramos nosotros

Una vez entregado el Parque San Antonio volvieron a circular los folletos que exaltaban la contribución de la obra a la seguridad, la integración urbana, el fomento del comercio, la recuperación del sector para el turismo y los encuentros en familia, y la subsecuente valorización de las propiedades.

Desde su apertura en 1994 los visitantes usan indistintamente las acepciones de parque y plaza, si bien algunos llaman Parque San Antonio a la plazoleta ubicada a las puertas del convento y de la iglesia, con su fuente, sus bancas, sus árboles y su aire pueblerino. La calle Amador separa ese pequeño parque de la plaza propiamente dicha, una explanada donde se exhiben las cuatro esculturas de Fernando Botero, entre ellas las dos versiones de Pájaro, uno ileso y otro con las marcas de la metralla del bombazo que el 10 de junio de 1995 segó la vida de veintitres personas, dejó heridas a 200 y le torció el destino a muchas más.

Parque o plaza, por un lado no hay zonas verdes y por el otro la explanada no se utiliza ni como foro ni como ágora, y la plaza del parque hace mucho no se llena. Sin embargo, se trata de un lugar agradable, cargado de historia a pesar de las múltiples intervenciones, con árboles y jardines y bancas que invitan al recogimiento y al descanso en medio de ese caos que es el Centro de Medellín. Pero en las noches, hoy como entonces, se queda sin un alma, por la sencilla razón de que, además de los vigilantes y los habitantes de calle, ya no vive nadie en ese inmenso cuadrante encerrado y aislado por vías rápidas como las avenidas San Juan, Oriental, Ferrocarril y Regional.

Vuelve y juega

La acelerada industrialización nunca se dio, y aún hoy, pese a los esfuerzos de las últimas administraciones y los nuevos planificadores urbanos por equilibrar las cargas, el centro histórico de Medellín sigue siendo un lugar casi exclusivamente diurno, dedicado al trabajo y el comercio, los trámites legales y, fundamentalmente, el tránsito. Como parte integral de ese centro, San Antonio obviamente conecta territorios y posee una fuerte carga simbólica, pero es, sobre todo, una ruta, un itinerario, un entramado de recorridos definidos por la movilidad.

De ese afán demoledor personificado en el Plan Piloto bajo la promesa de realizar obras monumentales, quedan ejemplos de lo que no se debería hacer, como la canalización de caños y quebradas, así como la del río Medellín para hacer de él un eje técnico, sin ningún arraigo ciudadano, sin ningún espacio para el peatón, imposible para los niños. Quedan la Avenida Oriental y la ampliación de San Juan, y la construcción de un complejo administrativo donde no vive nadie, cercado por vías que en lugar de comunicar impiden el ingreso y en las noches convierten el sector en espacio público en manos del vigilante de turno; y cuando no hay vigilante o policía, se vuelve reino del habitante de calle o lugar de trabajo de los infaltables maleantes, que nunca duermen.

Ojalá algún día el Parque San Antonio deje de ser lugar de paso y vuelva a ser posible vivir en sus alrededores. Ojalá que en el futuro no todo sea comercio, y nuestros jóvenes emprendedores trasciendan la simple compra venta para explorar la infinidad de posibilidades que ofrecen los servicios culturales, informativos, recreativos, deportivos, turísticos, gastronómicos, hoteleros y de rumba, para que este rincón de Medellín sea por fin un espacio libre para el disfrute. Ojalá sus sucesivas y bruscas transformaciones se queden en el pasado, y al fin superemos esa imagen que bien podría resumir la destrozada escultura de Botero, donde se refleja la historia del centro histórico de Medellín como en un espejo roto.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.