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Cóndor solo hay uno

por PASCUAL GAVIRIA • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

No conoce de majestades, no sabe que sus alas extendidas está en decenas de billetes y escudos, ni que las líneas de Nazca trazan su pico filudo, ni que las momias de Machu Picchu ofrecían sus restos para que los llevaran al cielo, no al cielo azul y terreno, sino al Hanan Pacha, al reino de todos los dioses. Nada sabe de mitos. Solo da la espalda a los visitantes y bosteza con desgano parado en su percha. La modorra de las cuatro de la tarde no da para más. Ya se ha comido sus dos kilos y medio de carne del día. Digiere los ratones, los conejos, la carne del costillar de un caballo recién despresado. Carne fresca eso sí, porque no le gustan las sobras, solo la carroña recién servida. No sabe de dignidades pero tiene claro que merece comida sangrante. Su cabeza pelada se sumerge en la carroña hasta manchar un poco su collar nevado. Tiene una gran ventaja frente a algunos de los animales que viven en el Parque: no extraña la caza, no ha olvidado las habilidades del acecho, no vive lejos de su instinto para la emboscada. Lo suyo han sido siempre los cadáveres, así muchos piensen que pueden robar animales vivos con sus garras. En realidad son patas para caminar y percharse, más planas que prensiles. No sabe de mitos ni de raptos.

Es imposible no verlo triste, tan quieto, tan antipático con los visitantes, con ese traje de sala de velación: negro, blanco, negro, con dos coletas de frac a media espalda. La procesión de visitantes no ayuda a mejorar el ambiente. Niños excitados, dándole cuerda a un mono que golpea un tambor con frenesí; abuelas cansinas, tal vez identificadas con la gerontología animal; padres y madres que señalan y retratan. Un cartel informativo describe una pareja de cóndores en ese hábitat protegido que nadie quiere llamar jaula ni pecera de aves ni celda. Los visitantes buscan a la pareja del cóndor, la explicación del cartel deja claro que el espécimen a la vista es el macho y comienzan las preguntas: ¿dónde está la hembra? ¿Y la esposa está dormida? ¿La señora qué se hizo? ¿Se les escondió la dama? Y el cóndor se ve todavía más solo. Tiene el espacio más amplio del Parque, el ave más grande del mundo —solo el albatros real le planta apuesta— puede caminar a sus anchas y abrir sus alas para un baño de sol y desconocer a los tres reyes de los gallinazos que lo vigilan desde la cabina de enfrente. No puede volar, solo saltar de la percha a la gruta y de la gruta al pequeño foso de agua. Saltar es una palabra triste para un cóndor.

Esa soledad exhibida tiene una novela romántica de trasfondo. Una dama lánguida, enferma para responder al amor. La historia de un cortejo fallido, los intentos de los celestinos y la señora muerte que no perdona. La dama que lo acompañó durante al menos cinco años murió en 2020. Pero no debo humanizar esta historia, ni ponerles nombre a los animales del Parque como si fueran mascotas, ni bien vestir las tragedias naturales. Es hora de ser serios. Solo sesenta cóndores libres vuelan sobre Colombia y solo nueve viven bajo los cuidados del cautiverio. El habitante del Parque de la Conservación llegó desde Chile con su posible compañera, su prometida, digamos, hace cerca de ocho años. Hacían parte de un grupo de tres parejas que llegaron al Parque Jaime Duque de Bogotá en un convenio para buscar su reproducción. Una tarea que no es fácil y que se parece más a las complicaciones nupciales que a los afanes del celo. También en estas elecciones son exigentes los cóndores, escogen con cuidado su pareja, es una decisión de toda una vida, no tienen que prometerse nada, su naturaleza les deja clara la monogamia. Y no es poco tiempo, en cautiverio pueden vivir hasta 75 años, y libres vuelan fácilmente hasta los cincuenta.

Pero en el Parque no hubo vida en común para los recién llegados. No fue posible el acople, me dice el etólogo. Hubo intentos, sí, las alas abiertas, el pecho inflado del macho, la cercanía en la gruta. Pero la hembra nunca atendió el llamado. Había química, pero una química mortal. La hembra tenía doce perdigones de plomo en su cuerpo y ese veneno en su sangre la hizo apática, no dejó que su cabeza se pusiera amarillenta como les sucede a los de su especie en momentos aptos para la reproducción. De modo que el macho renunció a sus íntimos deseos. Esa leyenda que los hace animales cazadores, culpables de arrebatar terneros u otros pequeños mamíferos a sus madres, los vuelve blanco de las escopetas campesinas. La radiografía de la hembra deja ver los perdigones como un reguero bajo sus alas. Parece la foto de una autopsia luego de un cruento changonazo. No había forma de evitar que el plomo envenenara la sangre de la hembra con cada latido. También él tiene sus señales de disparos pero son menores, no hay rastro significativo de plomo. La hembra solo vive en el aviso informativo y en las preguntas de los visitantes, es un fantasma que abre las alas en la noche. Ya volvió la fantasía romántica.

No se puede decir que este macho, posado sobre la rama que sostiene sus doce kilos, sea viudo. Es apenas un joven que no ha probado hembra. Quien murió fue su compañera de vuelo en avión y cautiverio. Así que no se pierden las esperanzas de que pueda encontrar una hembra en alguna de sus aventuras en compañía de biólogos y cámaras, hay tres candidatas esperando en Bogotá. Si de verdad fuera viudo, si hubiera tenido una vida en común con su compañera de cabina y ella hubiera muerto después, sería muy difícil que se decidiera a buscar una nueva pareja. El recuerdo puede hacer retroceder a los cóndores que han perdido su dupla. Lo de la monogamia va en serio. Se espera entonces que pueda viajar al Parque Jaime Duque para intentar la hazaña. Porque la reproducción de los cóndores tiene algo de gesta, todo muy planeado, todo muy despacio, todo muy cauto. Solo ponen un huevo cada dos y el ciclo de cortejo, apareamiento, incubación y crecida del polluelo dura cerca de tres años. Cóndores no engendran todos los días. Son parcos en los menesteres de la reproducción, lo suyo son gozos del vuelo, menos agitados y menos pedestres.

Los cuidadores del cóndor hablan de su docilidad y sus comportamientos naturales. No hay nada en su conducta que denote estrés por su condición de cautiverio y su vida lejos de los riscos bajo tres carboneros y algunos platanillos. Si viera una amenaza en los humanos que lo alimentan o tuviera molestia en quienes lo espían detrás del vidrio utilizaría su arma oculta: regurgitar un poco de sus jugos gástricos contra los posibles atacantes. Los carroñeros saben usar sus poderes, cualquiera preferiría un picotazo a un pequeño baño con sus caldos. Según los etólogos que estudian sus comportamientos, el cóndor no está aburrido en su jaula, esos bostezos son normales y esa quietud también. No da muestras de irritación como algunos primates ni merodea sin mucho sentido como algunos felinos del Parque. Intuir su tristeza puede ser también una forma de humanizarlo, de contemplar sus alas plegadas con algo de conmiseración.

Pero no todo es silencio y soledad. El cóndor tiene visitas desde el exterior. Como si viviera en una película de Disney donde los animales de distintas especies se hermanan y se ayudan, donde hablan con los mismos graznidos. En las tardes es normal que arrimen a su jaula piguas y guacamayas, visitantes con curiosidad por ese gigante que tiene un pico similar y que extiende sus alas en una ceremonia diaria. Por las rejas tocan sus picos para socializar. ¿Qué significa ese contacto? ¿Hay algo de fraternidad? ¿Es un simple choque de dos garfios que intentan medirse, oír el ruido que producen al chocar? Es difícil saberlo, pero la imagen de una guacamaya y un cóndor mirándose con interés y cuidado deja algo de la alegría que puede entregar eso que llamamos reino animal.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

Vuelta por el universo

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 130 Agosto de 2022

Panorámica de San Antonio de Prado desde la piedra Galana. Foto de Ignacio Piedrahíta.

Medellín está dentro de un valle amplio, con la forma de una batea. Desde cualquier punto alto se ve la ciudad de color ladrillo en el fondo de este cuenco natural. Cuando es de noche se ve chispear en dorados sobre negro. La vista es tan cautivadora que las laderas se llenaron de miradores. A menudo la idea de observarse a sí mismo resulta mejor que cualquier programa.

La geografía de Medellín dirige de esta manera parte de nuestras búsquedas y placeres. Los alrededores de la ciudad se han hecho atractivos para coger un poco de aire. Sentirse por fuera del fondo del valle nos da la idea de salirnos temporalmente de nosotros. Esto es posible gracias a las montañas que nos rodean: alejarse de la parte urbana de la ciudad es alzarse sobre la propia cotidianidad.

Un poeta describió la línea de montañas que rodea a Medellín como el “borde de una copa quebrada”, refiriéndose a los contornos abruptos de las cimas que nos confinan. Los alrededores de la ciudad son el límite inicial de su belleza, el esbozo lineal de nuestra naturaleza. No sería lo mismo si esta línea estuviera cubierta de casas y edificios. Debe ser verde de día y negra en la noche.

Este paisaje de nuestras proximidades tiene nombres propios. Al oriente, Santa Elena. Al occidente, San Antonio de Prado, Altavista y San Cristóbal. Y, cruzando hacia Santa Fe de Antioquia, San Sebastián de Palmitas. A estos lugares se les conoce como corregimientos, y son los que custodian nuestros confines en redondo.

Cada corregimiento tiene su parque principal o centralidad, lo que normalmente conocemos de ellos. Pero lo que es más potente en estas fracciones administrativas es su vasto territorio. A ellos pertenecen los bosques y el verdor que le queda a la ciudad. Es desde sus laderas salvajes que la observamos, y es a donde escapamos para soltarnos del ahogo urbanístico. La centralidad de algunos corregimientos está separada de la parte urbana de Medellín, caso de Santa Elena y Palmitas. Otros son prolongación de barrios o de municipios vecinos: las calles de Itagüí pasan a ser territorio de San Antonio de Prado, la comuna de Belén se trueca en Altavista y la parte alta de San Javier muta en la vereda La Loma de San Cristóbal.

Más allá de la centralidad de los corregimientos, cuyo fondo suele ser un territorio rural, de campos, fincas y bosques, comienza la espesura de su follaje, su verdadera mística, su poesía de quebradas y arboledas, promontorios y ramales de montañas, divisorias de aguas y altiplanicies, serranías y collados.

Los caminos

Los corregimientos fueron en algún momento pueblos cercanos a Medellín, por donde entraban y salían mercancías desde y hacia la ciudad en crecimiento. Eran estaciones de arrieros o lugares de descanso para el viajero. Por eso estos lugares están marcados por los caminos antiguos, que cosían por medio de canalones o vallados de piedra las montañas circundantes.

En Santa Elena está el famoso camino de La Cuesta, que pasa por el costado del cerro Pan de azúcar y llega al parque Arví. Por ahí salía todo el mundo a pie o a caballo antes de que hubiera carros en Medellín. Este era nuestro camino de llegada internacional desde el río Magdalena. Casi una semana se echaban los viajeros en mula para llegar desde el río hasta el borde de la ciudad. Pero una vez miraban el valle desde allí, se les quitaban los cansancios.

Por el otro lado está el camino de Guaca, que iba desde Medellín hasta la población del mismo nombre, hoy Heliconia. Este camino pasaba por Belén, subía por Altavista y cruzaba por San Antonio de Prado. Pasaba el alto de Romeral en el filo de la cordillera y caía a Guaca del otro lado. Este camino era importante no solo porque comunicaba con las poblaciones del occidente, sino también porque de Guaca se traía la sal que se consumía en la ciudad.

Esta sal nos lleva al tercer camino que cruzaba por lo que hoy son nuestros corregimientos, el del noroccidente. Este salía de Medellín a pasar por Robledo y San Cristóbal rumbo al Boquerón. Allí se cruzaba la cordillera y ya estaba el viajero en Palmitas, donde descansaba y seguía para Santa Fe de Antioquia. Por allí transitaba la carne en tasajo, es decir la carne salada que se cultivaba en el valle de Aburrá e iba a alimentar a los pueblos mineros a orillas del río Cauca.

Los tres caminos aún se pueden visitar y recorrer al menos en parte. El de Santa Elena sigue mostrando su magnífico trazado, el mismo que asustara por lo elegante a los conquistadores hace quinientos años. Está restaurado y muestra a su vera ruinas de su antiguo ajetreo. El de Guaca arranca en la vereda Buga Patio Bonito, en Altavista, y se interna en ascenso a cruzar por el cerro el Barcino en San Antonio de Prado. El del Boquerón —esa despampanante boca natural que invita a cruzar la cordillera— se coge allí mismo, y entre vallados o muros de piedra va llevando al caminante a un viaje en el tiempo.

Panorámica de Altavista.

El agua

Si algo no tenían que llevar los viajeros de aquellos tiempos salvajes era agua. En todos los corregimientos abundan las quebradas cristalinas, recién nacidas de sus bosques. Cada uno de estos territorios tiene su quebrada principal, hito central en las vidas de sus habitantes. La mayoría tiene en estas aguas sus mejores recuerdos de infancia y sus lugares de esparcimiento en la actualidad.

Las quebradas son en los corregimientos un lugar equivalente al centro comercial en la ciudad, pero gratis y más variadas. Están los charcos de música aguardientera y están los remansos para los más contemplativos. En Santa Elena está el famoso Chorro Clarín, que pasó de ser de sancocho de grabadora y leña recogida, a elegantes casetas para asar o irse de pícnic. En cualquier caso, los dientes castañean igual en esas aguas vívidas y frías del altiplano.

San Antonio de Prado y San Cristóbal están dominados por una sola quebrada mayor cada uno, pero ambas de temer por su fuerza y caudal. En Prado está la fragosa Doña María, que lo recorre de norte a sur por su brusco cañón. Allí hay desde estaderos de parlante afuera hasta trucheras menores de mesas rústicas y acentos bucólicos. A esa quebrada mayor le caen muchas otras, que en días de invierno y crecidas la tiñen de marrón.

San Cristóbal por su parte está dominado por la Iguaná. La forma del territorio de San Cristóbal asemeja un teatro griego, cuyas graderías recorre esta Antígona transfigurada en arroyo hasta pasar por la escena de su centralidad. Cuando esta quebrada siente que debe actuar bajo las leyes naturales y no las que le impone la sociedad, se sabe pronunciar. Hoy tanto la Doña María y la Iguaná están domesticadas en su parte baja, con canaletas de cemento a lado y lado.

Igual destino corren todas las quebradas que nacen en los corregimientos. Nacen en los bosques de las cimas de las montañas y bajan salvajes y vivaces por las gargantas estrechas rumbo a la ciudad. Esa alegría sin embargo no les dura mayor cosa. Al tocar la ciudad les ponemos camisa de fuerza y las anulamos, les vaciamos cemento a sus orillas cuando no es que las ocultamos entre tuberías. La primera de ellas fue la Santa Elena, de la que ya ni nos acordamos de que existe, y de ahí siguió el resto. Sometidas y avergonzadas entran estas quebradas en el río tumba que es el Medellín, salvo las de Palmitas, que van a dar al río Cauca.

Montañas salvajes

El valle de Aburrá se formó por un desgarrón en la cordillera. Las montañas se abrieron en la brecha gigantesca que hoy ocupamos, varios millones de años después. Luego comenzó a correr el río por la mitad y se formaron dos ambientes: el de las laderas en los costados del valle y el del río que serpenteaba suavemente en su parte de abajo. Era un valle hermoso, con un clima inigualable, con caza y pesca suficiente para sus primeros pobladores.

Pero ese valle no fue fácil de habitar para la ciudad. En los dominios del río abundaban humedales y pantaneros en los que era un problema construir. Además, sus meandros naturales se iban moviendo con el tiempo como una culebra que reptaba libremente y no armonizaban con la rigidez propia de lo urbano. Como si eso fuera poco, las quebradas se crecían y se desbordaban, y en las partes altas la montaña se desgarraba por su propio peso.

De ahí que hubiéramos decidido encauzar el río. Así quedaba resuelto —a costa de la vida del mismo río— el problema de los humedales. La ciudad creció entonces más tranquila en el fondo del valle y fue cubriendo todo aquello que era plano, encauzando quebradas y dominando la naturaleza. Las laderas más bajas y suaves se mostraron generosas y pronto se llenaron de casas también.

Pero esa tierra buena se fue acabando y la ciudad se encontró con sus laderas más pendientes. A las cuestas más salvajes no se les somete tan fácilmente, pues en su genética está el desgarrarse, el derrumbarse. Torrentes de lodo, movimientos de la tierra, caídas de piedras gigantescas. Esta forma de alzar la voz es propia de las montañas, y se levanta aún más con la urbanización. La tragedia está a la vuelta de cada invierno, especialmente en estos lugares de los contornos.

Muchas de estas catástrofes ocurren en los corregimientos, pues son ellos los que ocupan las laderas de Medellín. Media Luna en Santa Elena es ya un desastre clásico, en los años cincuenta, así como el de Villatina, que a pesar de ser en Medellín es parte del mismo fenómeno. La ciudad asegura más de estos problemas en el futuro conforme avanza sobre estas partes altas de las montañas, rebeldes de suyo.

Laguna de Guarne en Santa Elena.

Bosques y campos

El valle de Aburrá estaba originalmente cubierto de bosques. Salvo quizá ciertas orillas arenosas del río y algunos pedreros traídos por las quebradas, el resto eran arboledas. Para construir la ciudad hubo que ir talando los árboles, lógicamente. Pero también para sacar madera de construcción y carbón para cocinar. Mucha de esa madera vino de lo que hoy son los corregimientos.

Poblaciones que antes fueron mineras por excelencia, como Santa Elena, al acabarse el oro siguieron con los bosques. Se cortaba el bosque nativo y se vendía la madera, y las generaciones siguientes usaban el terreno ya sin árboles para la agricultura. En algunas partes se establecieron fincas de ganado o cultivos de alimentos. Incluso en otras se sembraron pinos o cipreses, que crecían más rápido y podían aprovecharse.

De los bosques nativos quedan algunas reservas en las partes altas de los corregimientos. En Santa Elena está Arví, en San Antonio de Prado El Astillero, en Altavista la Ana Díaz, en San Cristóbal El Moral y en Palmitas toda la parte baja de Las Baldías, entre otras. Desde hace décadas la ciudad ha ido comprando y protegiendo estas zonas altas de las cimas que la rodean. Caminar por allí es un viaje por ese momento anterior a la urbanización de la ciudad. Aves y árboles de incontables especies se expresan en torno al concepto de diversidad, algo tan difícil para el ser humano.

De estos bosques viejos o en recuperación hacia abajo en la ladera vienen las fincas ganaderas y los terrenos de cultivo. Esta es quizá la franja más amplia de verdor de los corregimientos, antes de llegar a sus centralidades. Esa es la zona que hoy está en disputa por las fuerzas urbanísticas de la ciudad y el mercado de tierras. La ciudad no ve la hora de devorarse ese manjar aún sin construir.

El acaparamiento de estas tierras se realiza tanto a manera de urbanizaciones de edificios como de parcelaciones. En Altavista, por ser el corregimiento que está en mayor simbiosis con la ciudad, es más evidente. Los barrios de la comuna de Belén trepan por las pendientes comiéndose a zarpazos las veredas bajas de Altavista. Esta tendencia seguramente continuará en los otros corregimientos cercanos a la ciudad: San Antonio de Prado y San Cristóbal.

En cuanto a Santa Elena y Palmitas, así como las partes más altas de los otros corregimientos, las parcelaciones están de moda. Los precios de la tierra suben y los propietarios de fincas ven la oportunidad de vender. Esto crea un paisaje nuevo en el que conviven la vivienda de estrato alto con la casa campesina de antaño. En una prima el césped cortado a ras y los setos de eugenios que no atraen ni siquiera un ave, las otras parecen una despensa de frutales y arbustos florales más acordes con la diversidad propia de la tierra.

La agricultura aún sobrevive. Algunos de sus cultivadores producen sin agroquímicos, unidos en cooperativas y fomentando la asociación. Gracias a la cercanía con la ciudad encuentran compradores que pueden pagar un poco más por sus productos limpios. Esos predios donde todavía se cultiva, y donde además se hace de manera orgánica, alimentan la montaña, la enriquecen: dan verdor al barrio, conservan una práctica esencial, un oficio memorable, el del agricultor. Tal vez, así como se hace con los bosques, también estas personas deberían ser reserva protegida, porque allí está la memoria y quizás algo del futuro.

Picos y cerros

Además de las quebradas, los hitos más significativos de los corregimientos son sus peñascos y macizos. Estos testigos naturales e imperecederos han sido la señal de ubicación espacial de la humanidad desde siempre, y aún están presentes en nuestros alrededores. Y, más, en una geografía como la nuestra, donde a las montañas y sus diferentes formas les gusta hacer alarde.

El cerro Pan de azúcar en Santa Elena es un hombro que sobresale de la montaña justo por encima de los últimos barrios de Medellín hacia el oriente. Está hecho de una roca llamada dunita, propensa a las oquedades y pequeñas cuevas hechas por el agua. Justo detrás de la imagen religiosa que hay en la cima del cerro hay una de estas cavernas menores. Considero a esta abertura natural mi oráculo personal, y es ella quien recibe mis rezos cada vez que la visito.

En San Antonio de Prado está la piedra Galana, en lo alto de la reserva El Astillero. Se trata de una saliente rocosa que despunta sobre un claro del relieve, del tamaño de la sala de una casa, con muebles duros y puntudos pero que aseguran un mejor trato que cualquier visita. La roca está partida a lo largo de fracturas paralelas que le dan la forma de un mazo de cartas separado a tramos gruesos. Desde allí la vista de Medellín es bastante particular. En el campo visual se expresan en primer plano una serie de collados montañosos que se alargan hacia un punto de fuga que no es otro que el Centro de Medellín. Desde allí la ciudad aparece como un borrón naranjado entre la bruma contaminada.

En Altavista está el popular cerro de las Tres Cruces. Miles de personas —acaso sin saber que pertenece a Altavista—, lo visitan los fines de semana. Su cima es una meta accesible —sin ser regalada tampoco—, que tiene como premio una preciosa mirada baja sobre el valle de Medellín. Los más epicúreos se sientan a descansar y a contemplar la vista, mientras aquellos de estoica figura pasan a una sesión extra de aparatos. En la parte plana de la cima han sido instalados una serie de bancos y barras para el ejercicio muscular. Allí los relieves de sus practicantes pasan a constituir una discreta parte del paisaje, digna de observación.

En San Cristóbal está el cerro El Picacho, que sobresale de la montaña como el elefante de El Principito que una culebra se ha comido. Aquí lo tenemos en versión montañosa, pues la culebra no va por plano sino bajando la lisa cuesta. Allí también hay una imagen religiosa, que corona el camino que lo asciende entre grandes bloques de piedra. Estas rocas son diferentes a las del Pan de azúcar, y si bien por fuera lucen oscuras, por dentro son rayadas de una belleza que se expresa generosamente a los amantes de las rocas.

Desde cualquiera de estos peñascos en las montañas puede verse la ciudad, mirarse, mirarnos a nosotros mismos como en un cuento de Cortázar. Esencial en este doble juego es el objeto que observamos, pero igualmente el lugar desde donde lo hacemos. Estos contornos que hoy son los corregimientos, balcones naturales, fuentes de agua, alimentos y vida, donde aún asoman los caminos de tierra, los collados rocosos, los charcos y los bosques, son lugares a los que siempre desearemos retornar por mucho que adoremos la comodidad del asfalto. La Medellín endurecida por la historia tiene una oportunidad única de recobrar su suavidad ocupándose de estos territorios como fuentes de un poder proveniente de la tierra misma.

* Este fragmento escrito para Universo Centro hace parte del proyecto para la recuperación de la memoria histórica y la identidad campesina de los corregimientos de Medellín, en convenio con la FAO.

Vista de Medellín desde el alto de Boquerón en Palmitas.

El fin tendrá nombre

por SANTIAGO RODAS • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 129 Junio de 2022

Esos ojitos negros, que me miraban.
Esa mirada extraña, que me turbaba
El Gran Combo de Puerto Rico

El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.
Antonio Machado

Algún día no muy lejano el valle del Aburrá estará cubierto por un manto compacto y vegetal, verdoso en sus tallos y de fluorescencia anaranjada, fulgurosa, con núcleos negruzcos y chiclosos en el interior de cada flor madura. No habrá edificio que no esté forrado por el velo ni árbol ni calle ni iglesia ni tienda ni placa deportiva. Será inevitable su propagación natural sobre las ruinas y los escombros. Y será hermoso el resplandor naranja que rebotará por todas partes con sus chispas a manera de pétalos y también será siniestro pues no habrá nadie para contemplar su triunfo sobre todas las cosas, su reino monocultivado y hambriento. Un silencio terrible amasará esta ciudad y solo se escuchará la lenta propagación de las esporas de la planta mientras rasgan el aire límpido, arañando cualquier espacio nuevo para su arado. Los ojos negros de su cuerpo desproporcionado mirarán con suficiencia atávica lo que queda, pues será poco lo que le falte por colonizar.

El fin tendrá nombre: Ojo de poeta. Y podremos afirmar, también, que estaremos ante el último estertor de la historia; no habrá futuro ni presente ni pasado pues cuando esto suceda las demás plantas, la mayoría de animales y humanos no existirán más, quizá solo algunos insectos que se alimentarán de la savia dentro de sus flores puedan mantenerse con vida, dependiendo enteramente del lecho de la Thunbergia alata. El viejo Dios habrá muerto otra vez y lo remplazará una planta verde anaranjada que deshilachará el tiempo. Tan solo quedará su cuerpo soberano anegando cada metro cuadrado de lo que alguna vez fue la vida humana en estas calles vanidosas. La imagen de la fronda es hermosa y terrorífica: un ejército de ojos floridos que vigilan el vacío entre las ruinas. El fin de los tiempos tendrá su esplendor: este valle vestido de dos colores. Y después de tantos trasiegos por fin reinará la paz, el silencio vegetal y la belleza.

Ahora mismo, en el 2022, la planta espera pacientemente entre los pliegues de las montañas y se reproduce por los bosques nativos de todas las laderas con sus diferentes estrategias, los va ahogando, carcomiendo, los devora palmo a palmo con su podredumbre grácil, con su encanto, hasta remplazarlos con sus tintes chispeantes e hipnóticos. Un matute inevitable. Su conciencia es darwiniana: el más fuerte sobrevive. Cada uno de sus brazos musculados se extiende sobre los postes de la luz, las paredes de las casas, árboles y plantas sin distinción, los seres vivos son su alimento, toda la materia es soporte para su dispersión.

La Thunbergia alata llegó desde el este de África a las Indias Occidentales a mediados del siglo XIX, sus primeros registros están consignados en colecciones de herbarios en Martinica en 1870 y un año después está registrada en República Dominicana, para 1874 ya estaba depositada en el Herbario Nacional de Trinidad. Hacia 1876 se le consideraba una planta con fines ornamentales asentada en el territorio. Con tan solo seis años de estancia la plaga de Susanita de ojos negros se volvió parte del paisaje caribeño. Posteriormente, con la premisa probada de su resistencia al clima de América, su fácil adaptación a los diferentes pisos térmicos por arriba de los mil metros sobre el nivel del mar y su belleza exuberante que atrajo fácilmente la mirada para decorar toda clase de construcciones, comenzó su onda expansiva a lo largo del continente. Se calcula que promediando el año 1900 la planta trepadora dejó de necesitar al humano y empezó su reproducción de manera espontánea, independizó su marcha ocular y se reguló bajo sus propias leyes para aumentar el caudal de sus flores; se sabe que no tiene depredadores naturales en la región y por lo tanto, tampoco límites. Un dios oscuro, radiante y famélico es el Ojo de poeta, sin necesidad de las oraciones de devotos y feligreses.

No se sabe con certeza cuándo la planta descendió hacia el sur, desde el Caribe hasta la Cordillera de los Andes, y se aferró con su fuerza trepadora a los suelos colombianos. No obstante, el médico Manuel Uribe Ángel da pistas para pensar que el Ojo de poeta llegó a las breñas antioqueñas, como queda consignado en el compendio de Geografía general del Estado de Antioquia en Colombia, en 1885, con el nombre “La colombiana”, y desde ese momento está incluida en las descripciones sobre la flora del departamento de Antioquia.

Como se escribe en el libro Historia, vida y poderes de una especie invasora, editado por Mario Alberto Quijano Abril, “acorde a los registros del Herbario Nacional Colombiano, el primer individuo de T. alata para nuestro país, corresponde a un ejemplar herborizado en 1939 por Enrique Pérez Arbeláez y José Cuatrecasas en alrededores de La Vega, Cundinamarca (Baptiste et al., 2010), y para el caso de Antioquia se tenía un registro en 1940 por parte de Lorenzo Uribe Uribe”. Con ochenta años del primer registro de la especie ahora mismo es bastante difícil salir a una ladera y no toparse con las flores desparramadas por rejas, árboles, construcciones abandonadas, sus ojos están ahí, veedores de su propia persistencia, oteando cualquier movimiento, desplazándose a pasos lentos y seguros e inevitables.

Su fuerza reside en que tiene una capacidad de reproducción temible y que una vez la planta está asida en determinado lugar es casi imposible erradicarla. Se ha demostrado que sobrevive a los incendios, a los venenos, a la erradicación manual, a otras especies monocultivadas. Su persistencia y reproductibilidad demuestran que es una de las plantas más fuertes del ecosistema y crece sin control, sin que ni el humano pueda detenerla con facilidad. En un metro cuadrado puede arrojar más de mil semillas, que germinan en uno o dos días, y cuando sus vainas explotan como catapultas pueden diseminarse hasta una distancia de once metros. Con esta profusión excesiva, barroca, se garantiza el mantenimiento de su vida en constante expansión.

Otra de sus estrategias de éxito consiste en que nunca detiene su floración y, por lo tanto, no se detiene su fecundidad. Los insectos que se alimentan de ella la diseminan en diferentes lugares de la montaña. Su belleza es la condena y el precio que se paga por la cercanía con lo sublime, con algo que se salió de nuestras manos y que posiblemente nos sobreviva. El ornamento que deseamos para decorar los jardines en Antioquia terminará por abrazar lo que se interponga a su paso, hasta matarlo. El Ojo de poeta se asemeja bastante a un pacto con el diablo: nos entrega el tesoro deslumbrante de su belleza en jardines y cercos vegetales y sin darnos cuenta, de manera silenciosa, como le gustan las cosas Al-que-no-tiene-nombre, pagamos con la vida.

En mis viajes en bicicleta siempre encuentro especímenes de la Thunbergia alata en cualquier parte, al borde de la carretera o bien metida en el corazón de algún bosque, no importa si es en el oriente, en el occidente, en el sur o en el norte del valle. Se encuentra en El Escobero, en El Chuscal, en Santa Elena, en Las Palmas. No hay manera de eludirla. Todas las montañas de este valle están anegadas de su presencia.

Para escribir este texto me quedé contemplando por largos ratos las formas de sus tallos, la estructura dentada de sus hojas, el color intenso de sus flores y su misterioso núcleo oscuro. Pensé bastante en las razones para que se decidiera nombrarla Ojo de poeta, quizá haya una correlación en la pulsión de muerte que habita la poesía, pues, de algún modo, esta planta, igual que la poesía, conduce, después del deslumbramiento de la belleza, irremediablemente hacia la muerte. Quizá estoy exagerando por el influjo del resplandor naranja de sus ojos negros. O quizá, como quienes la trajeron a América, estoy bajo el designio de sus encantos monstruosos, igual que los personajes del cuento La llamada de Cthulhu de Lovecraft, a un paso de la conquista silenciosa de una extraña locura producida por la T. alata. Tal vez los susurros del Ojo de poeta son lo que, con su lenguaje secreto, nos tenga embrujados hasta que perdamos, definitivamente, la cabeza y le dejemos, por fin, el espacio para su estancia definitiva.

Agarré un esqueje de la planta que tenía unas cuantas hojas y una flor abierta, sentí su dureza, sus tricomas casi transparentes y ásperos, la metí en mi bolsillo y me la llevé a casa. Pensé que la podría sembrar para observar su crecimiento y su reproducción en una escala controlada, pero llegó aporreada y se secó rápidamente. La flor se arrugó hasta casi desaparecer y sus hojas se encogieron. Murió bastante rápido y me impactó su fragilidad después de estudiar sus temibles poderes por semanas. La enterré al día siguiente en una de las macetas del balcón. Unos días después vi un pequeño brote, su muerte era pura apariencia, un capullo verde crecía justo donde la enterré, ahí estaba confirmada su reproductibilidad. Su existencia zombi me estremeció, su fuerza probada por la ciencia ahora crecía indefectiblemente en mi casa. Y tuve miedo, no sabía si arrancarla de una buena vez y deshacerme de ella o esperar unos días para ver si se consumía la planta de la misma matera, después las matas vecinas sembradas en el balcón y después las de la casa entera. No hice nada y ahora espero para ver si logra brotar su primera flor.

A casi un siglo de su llegada, el Ojo de poeta, con una conciencia de sí, va ahogando lentamente la vegetación que se interpone en su camino, construye una arquitectura que le impide el alimento a cualquier otra especie vegetal siempre inferior, siempre más débil, tapona sus fuentes de luz solar para luego devoralas. Cuando la especie humana llegue a su fin, la Thunbergia alata será su remplazo y cubrirá con su veta perenne lo que alguna vez hicimos como especie. Un remplazo equivalente, chan con chan, un naranja espeluznante colmado de núcleos negros será el síntoma de nuestra liquidación en esta tierra. Solo falta tiempo en las laderas, en las calles, en la matera de mi balcón para que su atractiva hipnosis dé el paso definitivo.

Cosecha de museo

por MARÍA ISABEL NARANJO • Fotografías de Sergio González

Número 125 Noviembre de 2021

Las plantas son las maestras de la colaboración [y el apoyo mutuo],
gracias a sus alianzas, han sabido construir sociedades mutualistas
en todos los hábitats de la Tierra.
Stefano Mancuso 

Por estos lados de la ciudad, entre la carrera Cundinamarca y la calle Calibío, donde se registra el segundo índice más alto de contaminación del aire del país luego de Kennedy, en Bogotá, se rumora que seis mujeres que se hacen llamar a sí mismas guerreras hablan cada ocho días con las plantas que siembran en el parqueadero del Museo de Antioquia.

Un día, antes de la pandemia, o sea antes de que las ratas se comieran todo lo que habían sembrado, a una de ellas la vieron hablando con unos limoncillos. Se trataba de Adela. Sesenta y seis años. De Sevilla. Dos hijos. 

Esa mañana Adela salió bravísima de su casa, en Castilla, alegando con su nieta por culpa de Alana, la pitbull recién adoptada a la que le encantaba meter el hocico en la caneca de la basura y hacerse popó justo al lado de su pieza.

Imagínense la escena: los buses y los carros aullando con pitidos por la carrera Cundinamarca, cerca del Museo. La luz del semáforo está cambiando a amarillo. Adela cruza la calle con los ojos rojos, refunfuñando las últimas palabrotas que se le quedaron en la boca después de llorar todo el camino. Su cuerpo, rabioso, atraviesa el umbral del parqueadero, no saluda a nadie, y por fin, cuando tiene unos limoncillos al frente se desahoga diciendo:

—¡A veeer!, ¿cómo están las maticas?

Detrás de los limoncillos de la huerta sigue estando el altar de la Sagrada Familia: sin padre, sin flores y mocha. No se sabe cuándo ni cómo las tres figuras santas, la virgen María, el niño Jesús y el arcángel Rafael —protector del noviazgo— terminaron sin manos en ese hueco sagrado en la pared, del que Adela sacó ese día una botella de plástico para llenarlo de agua de la canilla. Solo entonces, las palabras fueron cayendo como gotas sobre las ramas:

—Ay, qué rabia en la casa. Miren que ese chandoso no hace sino hacerlo rabiar a uno —caen en una ramita—. Y esta otra que no le pone juicio, que no lo educa bien educado. ¡Ay, no! Usted está muy linda —acarician una flor—. Porque ella se comprometió. “Ay, no, déjenme el perrito. Yo lo cuido, yo lo educo”. Se comprometió a eso y por eso se le dejó tener el chandosito y vea.

Dicen que después de la terapia vegetal, Adela salió más tranquila a vender confites, chicles y cigarrillos por los lados del Parque de Berrío y, ahí, escuchando a los músicos de cuerda que tanto le recuerdan a su pueblo, terminó de quitarse todo lo pesado que traía en el cuerpo. Lo de su debut como bailarina pasó al poco tiempo, cuando hicieron el lanzamiento de Nadie sabe quién soy yo (2017), una performance de la artista Nadia Granados en la que Adela representó a una bailarina de salsa en medio de una balacera.

Ese papel la hizo imaginar que ella también podía ser una “bailarina de parque, independiente”, y aumentar sus ingresos de la chaza. Se inventó un show de baile al frente de Versalles, sobre la calle Junín, que presenta los jueves y los viernes, y en el Parque de Berrío también, cuando sale con ánimo de la huerta junto a las otras guerreras.

—Me va bien, pero el bafle se me dañó y ya llevo cuarenta mil pesos en arreglos. Plata que me hago, plata que le meto. Entonces ya voy a parar la bailada por ahora —me dijo la última vez. 

Cuando Adela está en la huerta uno la ve cargando herramientas, palas, escobas, limpiando. Ordenando. Los martes a la hora de la salida se escucha la voz de ella pidiendo “Señoras, por favor recojan lo que usaron no me dejen eso regado”. Por eso en una de las cuatro visitas que hice le pregunté:

—¿Cuánto puede medir la huerta? 

A ojo empezamos a calcular uno, dos, tres…

—Yo calculo que aquí puede haber unos veinticuatro metros cuadrados —y extendió sus brazos agrimensores—. Pero ve, me diste la idea. En estos días me traigo un metro y la mido. 

Alejandro Acevedo, un muchacho de La América que hace siete años vive de cultivar lombrices en la terraza de su casa, les estaba explicando ese día cómo hacer un lombricultivo con la promesa de que si aprendían, con Lombriciando —así se llama su negocio—, se las ayudaría a vender.

Las guerreras ponían cara de ilusión haciendo cuentas con los dedos, imaginando cómo esos cincuenta kilos de caca de lombrices que iban a tener en cinco meses los iban a poder vender —a cinco mil pesos el kilo—, pero antes de eso. Antes de eso debían entender cómo trabajaban las lombrices.

Anotan:

—Las lombrices descomponen por capas el tendido de frutas, cáscaras y otros residuos vegetales que ustedes deben encargarse de traer cada tres días.

Veo el primer problema: ellas vienen cada ocho.

***

Un nuevo cajón de madera en el centro de la huerta, lleno hasta el tope de hojarasca, cortezas y hierbas mezcladas con algunos pedazos de bolsas de plástico, se ha tragado el lombricultivo veinte días después. Adela, expurgando el amasijo vegetal con las manos, murmura que ojalá las lombrices sobrevivan en el fondo y sin comida, aunque pude notar el segundo problema: se les olvidó que existían.

Cuando termina la limpieza manual dice que ha traído un cuaderno donde anotó algunos detalles importantes sobre cómo empezó la huerta. Entonces nos sentamos al borde de la fosa lombricienta donde comienzo a grabar:

—¿Me está grabando? Ejem… —se aclara la carraspera de la voz—. Mi nombre es María Adela Villa y esto que tengo en la mano es el inicio de nuestra huerta acá en el Museo.

—¿Tú lo escribiste?

—Sí, yo lo escribí.

—Vamos a leerlo así tal cual lo escribiste.

—Acá, por ejemplo, dice: “Lunes seis de septiembre del veinte diecisiete. Residencias Cundinamarca. Museo de Antioquia. Relación de la huerta en mi cuaderno. Tema: De nuestra huerta y cómo inició este programa”.

El cuaderno que lleva Adela es una especie de bitácora en la que cada guerrera anota lo que le parece importante. Lo que aprenden en las capacitaciones que les trae el Museo, como la del lombricultivo; los remedios caseros que se dan entre ellas cuando se cuentan sus dolencias, como el día que llegó Gladys Restrepo. Cincuenta y seis años. Dos hijos. Un infarto al corazón.

—Anote pues lo que se va a tomar —le dijo Carmen Bedoya, la mujer curandera que más sabe de remedios en la huerta, cuando la vio llegar debilitada después de un mes y medio de convalecencia—: además de tomar cidrón y toronjil para que se relaje, en un tarro de aluminio seco va a poner un palomo adentro. Lo tapa bien tapao y lo pone al baño María, para que sude. Luego se toma una cucharadita de esa sustancia tres veces al día. Y de a poquitos, porque es muy fuerte.

Hace cuatro años esta huerta que no sabemos todavía cuánto mide era una jardinera de achiras, un desierto ornamental de malamadre en la parte trasera de un parqueadero en el centro contaminado de la ciudad. Ahora es un solar comunitario que ha dado cosechas de prontoalivio, albahaca, yerbabuena, limoncillo, lechugas de cuatro clases: la lisa o india, la crespa, la moradita, la col bogotana casi blanca, ancha. Han sembrado acelgas, flor de jamaica, yuca, plátano, papaya, piña, tomate de árbol. También cebolla de huevo, cebolla de rama, de la bogotana y de la de aquí. Una vez tuvieron zanahoritas, un naranjo con naranjitas, “muy ricas”. Una cilantrada “hermosa”. Hasta que…

—Llegó esta pandemia tan brava y la ratonamenta se apoderó de todo porque solo podíamos venir cada ocho días. —Gritó de lejos Carmen, la curandera. Setenta y tres años. De San Vicente. Ocho hijos. Se vino caminando del otro lado de la huerta, mirándonos atentamente con los ojos negros y brillantes, como embrujados, cuando nos escuchó hablando de las artistas.

Era la época de bonanza, cuando “todo era para todas”.

—Ah, que no hay sino esto, entonces lléveselo usted. O que solo hay esta cosita, entonces llévese usted. Y así no peleábamos —se le alcanza a entender porque trae puesta la mascarilla que dice: Dios cuida de mí.

—¿Qué significa para ustedes ser guerreras? —les pregunto a las dos cuando Carmen se sienta al lado de Adela.

—A ver, yo soy guerrera porque yo me tiré a conocer el mundo sola desde los quince años —responde Adela—. Me fui de mi casa porque me pegaban mucho y me lancé a guerriar la vida de día y de noche. En la vida nocturna estamos en ese peligro, pero uno lo enfrenta. Los hombres, que nos llaman amigas y luego nos llevan a un hotel y nos matan. Ir por ahí con una canasta de cigarrillos de bar en bar de cuatro de la tarde a las cuatro de la mañana. Por eso soy una guerrera.

—Nosotras decimos “somos guerreras” porque “guerreamos” la vida —responde Carmen—, porque en todo momento estamos luchando para conseguirnos un sustento sanamente, sin robarle a nadie, sin matar a nadie.

Carmen está hablando al lado del árbol de tomate que sembró cuando llegó a la huerta, para recordar que su tía no se los dejaba comer.

—Yo fui la causante de que mi madre y mi hermana melliza fallecieran cuando nací.

Así empieza su historia. Primer párrafo. Vamos a cerrar los ojos y a pensar en una nube de palabras que designan seres y acciones para armar su vida: Mamá. Muerta. Hermana. Muerta. Papá solo. Bebé en caneca de basura. Abandono. Padrastro. Intento de violación. Tía. Abandono. La calle. Dormir en parques. Marido. Pobreza. Abandono. Desde que su marido se fue de la casa y la abandonó a su suerte con ocho hijos, los vecinos siempre vieron a Carmen trabajando en bares. De mesera. De despachadora. De salonera. Cuando acababa su turno a veces se quedaba con amigos secretos. Pero nunca en las esquinas. A ella la palabra prostituta no le gusta. Le aterra. Cree que supone siempre una “mala intención” de parte de la mujer. Prefiere decir… mujer fácil.

—¿Por qué?

—Porque un hombre le habla, le propone un trato y ella verá si acepta o no. ¿Ya me entendió? Salen a conseguir su vida sanamente, sin hacerle daño a nadie.

***

Además de la ropa de trabajo de la huerta, las guerreras llevan en sus morrales la muda del “nunca se sabe”, más formal. Carmen ya se ha cambiado la camisa de algodón por una blusa de chifón color helado de mandarina, y los tenis por unas sandalias negras.

—¿Qué representa para ti esta huerta ahora? —le pregunto mientras termina de alistarse.

—La huerta y las plantas se llevan toda mi depresión y mis angustias —dice—. Yo me vengo a cultivar, a enseñarles a las otras a sembrar y es una cosa que me saca una carga de encima, ¿me entiende?

—¿Y las plantas la entienden?

—A las plantas se les tiene que hablar, se les tiene que acariciar. Se reprenden si ellas no quieren dar nada. ¿Pero qué pasa? Que no pueden hablar, pero ellas oyen.

—¿Y te entendés mejor con las plantas o con los hombres?

—Ay, con las plantas. Con los hombres es muy difícil, hay mucho problema. Yo ahora vivo sola, libremente y paso muy rico.

—Está muy bacana esa camiseta —la saluda Carmen y termina de pintarse la boca de morado, con un espejito en la mano.

La que llega tiene una blusa rosada estampada. Se lee A night one book save my life. Le pregunto si sabe lo que dice y ella me niega con la cabeza.

—Una noche, un libro me salvó la vida —le leo en voz alta.

—Ahhh —dice ella entrecerrando los ojos—, como la noche en que las guerreras salvaron mi vida.

Esa noche fue en realidad una tarde, hace tres años. Rosalba González. Setenta y tres años. De Sopetrán. Seis hijos. Por esos días ya tenía la costumbre de ir al Parque de Berrío a sentarse debajo de la palma fénix a escuchar a los músicos de cuerda y a ver a Carmen y Adela bailando. Para ese entonces los rostros de todas ya resultaban familiares y un día Carmen la vio tan aburrida que se le acercó:

—“Mami, ¿a usted qué la pasa?” —le preguntó—. Y ella, “no, es que tengo mucho problema, me dan ganas de quitarme la vida”.

—Por esa época ya se había muerto Walter, mi ojibonito —dice Rosalba acunando un recuerdo en su mirada que la enternece—, y yo me moría por ese hombre. 

—Yo le dije: venga la meto a un programa del museo que allá se va a sentir mejor, y véala como está ahora.

Dejamos a Carmen a un lado, acicalándose en el espejo, y nos acercamos con Rosalba al lado de la matera grande con un árbol de cacao que ella estaba regañando el día que la conocí:

—¿Por qué está tan feo? ¿Por qué no me querés prender? —repetía agachada debajo del árbol—. Ah, ah, ah. ¡Te quiero conocer tu palo… de cacao!

Lo decía riéndose porque sabía que yo la estaba escuchando. Ese árbol lo sembró porque le recuerda a su niñez, en Sopetrán, cuando se comía a escondidas las mazorcas de cacao. “Eso te hace daño, eso te da fiebre”, la regañaba su mamá, pero Rosalba se comía hasta dos mazorcas al día. Y nunca le dio fiebre.

Su mamá le pegó con un palo cuando supo de los amoríos que había tenido a escondidas con Walter durante dos años. Lo único que no le quedó morado en el cuerpo esa vez fue la cara. Pero la pela no sirvió de nada. Igual se fue detrás de él y tuvieron seis hijos.

No tenía ni dos meses de embarazo del primero cuando vivían en una pensión por los lados de Díaz Granados, en el Centro, y una amiga suya le dijo:  “Vení para que veás lo que está haciendo tu marido”. Se la llevó para un bar en El Raudal y ahí fue cuando lo vio. Tenía a una “salonera” sentada en las piernas a la que le pegaba palmadas en la nalga por “comportarse mal”. Los siguió toda la noche hasta que subieron juntos las escalas de un motel.

La niña embarazada se devolvió a la pensión llorando, y así se quedó el tiempo que  Walter dejó pago: quince días. Quince días lloró y tomó únicamente agua de la canilla. Hasta que se la llevaron a vivir otra vez a la casa de su familia, en Aranjuez, donde su mamá la contempló con concha de gurre raspada para quitarle los vómitos que le daba el embarazo.

—Hasta que un día mi mamá me mandó donde los Betancures a comprar un jabón Rey para seguir lavando ropa de la Lavandería Real. Y allá estaba escondido el berraco detrás de la puerta. “¡No me perjudiques!”, le decía ella, pero él insistía con miraditas, besos y caricias hasta derretir su voluntad.

Durante veinte años parió los hijos de Walter aunque él jugara a ser un fantasma: aparecía y desaparecía cuando la daba la gana. Fue después del tercero, en Santa Cruz, cuando le tocó salir a ella a guerrear en la calle porque el ojibonito se le había perdido otra vez.

Trabajó en El Córdoba, un bar cerca de El Ferrocarril. En El Atlántico. En Los Arrieros. En Los Recuerdos. Y ahí fue donde se entregó completamente al oficio de “salonera”.

—Un día mío era tomar —dice—. En esos días estaba enamorada de la Tierra y me decían, Aaalba, ¿uno? Pase. Otro, pase. Como era pa aquí y pa allá no me emborrachaba. Y además en ese tiempo era aguardiente bueno, sabía a puro anís.

—¿Y eso qué significa?

—¿Qué significa qué? —dice Rosalba

—Estar enamorada de la Tierra.

—Significa que como tenía que rebuscarme la comida de mis hijos, aceptaba todo lo que me dieran. ¿Vamos por allí?, vamos. Atendía contenta en los salones a los borrachos, me daban trago y luego nos íbamos a bailar.

Hasta que se llenó de hijos y dejaron de darle trabajo porque pedía muchos permisos. Además esos hijos estaban creciendo y ella comenzó a sentir pena de que la vieran así. Terminó viviendo con una tía que la humilló y la humilló, hasta que se cansó y unos conocidos de su familia le ayudaron a hacerse un rancho en un terreno baldío en Robledo.

Madrugaba. Empacaba aguapanela con limón, una coca con arroz y salía caminando del rancho con sus seis hijos hasta una ladrillera de Guayabal. Del occidente al sur. De ida y de regreso. Mientras iban apilando los 150 adobes regalados con los que hizo las tres paredes del frente de su casa.

—Han pasado 41 años desde que les dije a los de Control de Obras que me tumbaron tres veces mi rancho: “¡De aquí no me sacan!”. Y ahí estoy en mi casa, porque me la guerrié. ¡De ahí no me sacan sino para el cementerio!

—Hola, hola —llega saludando Adela—. ¿Está hablando con sudado de lengua?

Así le dicen cariñosamente a Rosalba cuando le dan cuerda para hablar.

Es mediodía, la hora de salida, y Adela llegó con Luz Mery. Sesenta y tres años. De Pensilvania. Cuatro hijos. Mide medio metro, como casi todas. Su pelo está teñido de morado, lleva puestas unas gafas de marco gatuno que la hacen ver más joven y una camiseta con el mapa de África. En su casa en Santa Elena ha hecho amistad con lulos, cebollas, un palo de naranjas. Y un vecino con el que pasea. Por eso la muda del nunca se sabe que trajo hoy es un vestido de baño.   

—Bueno señoras, vengan que vamos a hacer cuentas —dice Luz Mery mientras anota en su cuaderno lo que le da a cada una. 

Primero le hace señas a Carmen para que se acerque, y le da un dinero extra por los pasteles de pollo que trajo para el refrigerio de todas.

—¿Y qué llevas en el morral? —le pregunto a Rosalba antes de que Luz Mery la llame y se vaya.

—Voy pa San Roque.

—¡Donde el amor! —grita Carmen otra vez de lejos, como si siempre nos estuviera oyendo.

—Tengo un amor de 78 años. Dejo esta ropa allá, y así cuando quiera me voy y no tengo que llevar más.

—Y por eso tenés los ojos brillantes —le digo.

—Es que me brillan de la felicidad.

***

Cuando salgamos de la huerta Luz Mery dirá que la mata de café donde estuvo sentada repartiendo la plata, ella la sembró. Es una mata que la devuelve cincuenta años en el tiempo, a la finca cafetera donde vivía con catorce hermanos y todo el mundo tenía trabajo para hacer.

Moler. Hacer arepas. Sembrar. Descerezar el café. Ella sabía hacer todo eso y también se inventaba formas de hacer dinero. Como esa vez que hizo una rifa de alcantarilla.

—¡Vamos a rifar un tarro de leche! —les propuso a sus amigas de Pensilvania.

—¿Y de dónde el tarro de leche? —preguntaron ellas.

—Pues de la plata que recojamos.

Y así empezaron. Era como a veinte pesos la alcantarilla y varias personas que compraron decían:

—¡Apunten a la alcantarillera! ¡Apunten a la alcantarillera! —que era Luz Mery.

Y se la ganó.

Luz Mery y sus amigas no solo regalaron un tarro de leche a una familia que lo necesitaba, sino un mercado completo.

Eso mismo intenta hacer ahora en la huerta. Está pendiente de convocatorias que les sirvan y las alienta para que hagan sus proyectos.

—Cuando entreviste a Gladys, la enferma de corazón, pregúntele qué significa Úsese solo una vez —me dirá Luz Mery—. Ella fue la que se inventó eso de los calzones.

—¿De los calzones?

—Son calzones desechables que dicen eso.

Resulta que un día Gladys dijo: “Uno en este oficio debería tener calzones que usa una vez y chao”. La frase fue tan poderosa que la estamparon en unos calzones que vendían en nombre de la mujer fácil —como le gusta decir a Carmen—, que termina cosificada de la misma manera.

—¿Por qué crees que es poderosa esta huerta? —le preguntaré a Luz Mery cuando estemos en el Parque de Berrío.

—Porque nos ha devuelto una sensación muy grata: estar empleadas. Los lunes por la noche preparamos las gafas, los guantes, las semillas y el pasaje para salir muy tempranito los martes, que es el único día de la semana que sí vale la pena levantarse.

***

Todo en orden. Morrales en la espalda, bocas pintadas, algunas de tenis y otras de tacones. Así salimos de la huerta, en fila hacia el bar La Luz, en la esquina del Museo, donde Carmen trabajó de salonera. Queríamos tomarnos una cerveza y hablar de recuerdos de esa época, pero el volumen de la música nos hizo cambiar de idea. Nos decidimos mejor por cinco tintos del carrito de los venezolanos, muy cerca del mosaico de la Virgen de la Candelaria que hay escondido en los bajos del metro. A lo lejos se lee una inscripción: “Si quieres que tu dolor se convierta en alegría, no pasarás pecador sin invocar a María”. Invocamos a María del Carmen, que fue la que nos pagó los tintos, y luego caminamos hacia el Parque de Berrío hasta la palma fénix, donde casi siempre están sentados los músicos de cuerda. Cuando nos vieron llegar cambiaron la melodía sosa por una carrilera animada, solo por el placer de ver a las guerreras bailar. Cantamos en coro. Hicimos un trencito. Al mediodía. Como si no hubiera tiempo. Ni preocupaciones. Pero el tiempo fue pasando y ellas se fueron yendo: Rosalba con el amor. Luz Mery con el vecino. Carmen con Adela. Adela con el azar. Como jubiladas, sin jubilación.

Yo, que seguía trabajando, regresé al museo a preguntar cuánto mide la huerta.

—Cuarenta y cinco metros cuadrados —dijo Juli Zapata, responsable del Museo después de consultarlo.

Cuarenta y cinco metros cuadrados. Es poca la tierra que necesitan las guerreras para inventarse otro mundo, uno donde las plantas nos oyen.

Cuestión Pública y La Liga Contra el Silencio

Cuando a Medellín le salieron árboles

por DIEGO MOLINA • Fotografías del Archivo Fotográfico BPP

Número 89 Agosto de 2017

Parque Bolívar. Francisco Mejía, 1922.

Los primeros árboles que se sembraron en Medellín, según fuentes escritas, fueron unas ceibas (Ceiba pentandra) que Gabriel Echeverri (colonizador antioqueño y fundador de Caramanta) hizo traer hacia 1857 desde las riberas del río Cauca, y que, posteriormente, mandó plantar en la avenida derecha de la quebrada Santa Elena. Poco tiempo después, Pastor Restrepo plantó otras cuatro ceibas en el costado sur del Parque de Bolívar, dos de las cuales aún se encuentran en pie. Por la misma época, en 1878, Pedro Restrepo Uribe inició la arborización de la carretera del norte, sembrando árboles en buena parte de su extensión.

Y claro, no es que Medellín no hubiera tenido árboles antes de las iniciativas de los señores y los dones de la Villa. Solo que antes del siglo XIX los árboles crecían digamos de forma orgánica. Unos eran sembrados como fuente de alimento en los solares y patios, mientras otros brotaban espontáneamente tras alguna semilla de mango o mamoncillo lanzada por ahí a su suerte. De esos árboles de otros tiempos aún quedan señales. Hoy en día hay lugares cuya toponimia recuerda, como en el caso del chagualo (Clusia sp.), algún árbol que por largo tiempo sirvió a los habitantes como mojón espacial. Sin embargo, la ciudad antigua, la ciudad colonial, no tenía a los árboles como una de sus prioridades. No es sino caminar por las calles estrechas de Santa Fe de Antioquia para darse cuenta de que en lo que hoy conocemos como espacio público son notorios, por su ausencia, los árboles. Cabe entonces preguntarse, ¿por qué la ciudad se pobló de árboles?

Con ideas poco claras sobre las enfermedades contagiosas y los microorganismos, la gente enfermaba física y moralmente por unos elementos invisibles que flotaban y se transmitían en el aire. Según la concepción médica de la época eran “efluvios telúricos, aires mefíticos y miasmas” que llevaban al marchitamiento y la muerte. Estas ideas de los aires oprobiosos tuvieron, por supuesto, gran aceptación en las regiones malsanas del trópico. En nuestro ambiente particular, con unos soles incandescentes y una considerable humedad, la ciudad era el caldo de cultivo donde pululaban esos elementos perniciosos que eran considerados una de las principales causas de la debilidad de nuestro carácter físico y moral. Y es que nosotros, pobres descendientes de razas inferiores, viviendo en un cochambroso ambiente natural, no teníamos cómo expresar los rasgos de grandeza de otros pueblos. Esta condición quedó bien expresada por el eminente médico y geógrafo envigadeño Manuel Uribe Ángel: “En las elevadas montañas […] los efectos de los agentes físicos multiplican su acción hasta el infinito, pero casi siempre en el sentido de dar robustez y fuerza al hombre que las habita. Lo contrario acontece en las dilatadas planicies de la zona tórrida, cuyos moradores en general son más débiles y la pobreza fisiológica más notable […] Aseguramos haber notado que no debe ser uno mismo el tratamiento médico aplicado a los habitantes de las zonas tórridas, que el que debe ser empleado con nuestros compatriotas suecos y noruegos, daneses y alemanes, rusos y austriacos, ingleses y franceses están (sic) en general dotados de órganos más resistentes que los nuestros”. Sumado a esto, se retomaron los hallazgos que a finales del siglo XVIII hicieron los holandeses Van Helmont Priestley y Jan Ingenhousz, sobre el poder de las plantas para producir oxígeno, es decir, para “purificar” el aire. El descubrimiento de lo que hoy conocemos como fotosíntesis transformó la manera de entender las ciudades. Poco a poco los árboles se establecieron en las urbes como medios poderosos para purificar el ambiente y crear espacios saludables.

Barrio Manrique. Benjamín de la Calle, 1920.

El árbol-filtro apareció en escena para salvar a los habitantes de la ciudad de su infausto ambiente y destino. Se entronizó dentro de las élites el poder del árbol. La burguesía local se sorprendía con los bulevares —todos sembrados de plátanos (del árbol, no de la mata de plátano)— construidos en el París del Barón Haussmann, se maravillaban con el Hyde Park de Londres o con la Villa Borghese de Roma. Así se dio la importación de ideas sobre la naturaleza que transformaría a la Medellín que a pesar de su marcada realidad rural se soñaba moderna.

Nosotros no teníamos realezas a la cuales expropiarles sus jardines para hacerlos parques públicos. Lo que teníamos eran ejidos, en otras palabras, potreros, los cuales no eran adecuados para la representación de una naturaleza moderna. La solución entonces fue convertir las plazas coloniales en parques modernos, o simplemente cercar, ordenar y civilizar los potreros. Así fue como surgió el Parque Bolívar —en un principio sin su famosa Calliandra medellinensis—, en un terreno donde antes pastaban las vacas y se fusilaba a los indeseables, y que se transformaría en un espacio respetado al que se fueron a vivir los más prestantes mercaderes de la ciudad. Lo mismo ocurrió con la plaza de Berrío. Igualmente se hicieron tímidos intentos para convertir algunas avenidas en algo similar a los bulevares europeos. Para los años veinte del siglo pasado se arborizó con palmas reales la calle Bolivia y se sembraron chingales (Jacaranda mimosifolia) en Ayacucho, convirtiendo una simple calle en el popular Paseo de Buenos Aires; lo mismo ocurrió para 1929 con la avenida Libertadores (hoy Regional) que se transformó en el Paseo Los Libertadores.

Pero la cosa no era abrir un hueco y sembrar un árbol. Los árboles, en aquella imagen de la ciudad moderna, tuvieron que enfrentarse a la tradición. Lo primero fue la lucha contra las vacas. Estos rumiantes que de cuando en cuando cobraban una que otra vida en la Villa, aburridos ya de la misma pobre hierba del valle, encontraron en los árboles recién plantados una alternativa gourmet a su monótona dieta. Ya para 1915 la Sociedad de Mejoras Públicas se quejó ante el Concejo de la ciudad “manifestándole que las bestias que han estado pastando en el Bosque de la Independencia están impidiendo la marcha de los trabajos que allí se adelantan, y que ya han destruido muchos de los árboles que se han plantado cuidadosamente para su ornato”. Igualmente, el empresario Ricardo Olano, conocido en toda Colombia como “el apóstol del árbol”, se lamentaba en 1947 de cómo “el gran parque del Cerro Nutibara, donde la Sociedad de Mejoras Públicas sembró más de cinco mil árboles, fracasó porque el cerro está dividido por cercos de alambre por los potreros que lo rodean y el distrito no los sostuvo y el ganado destruyó los árboles”. En conclusión, las vacas fueron los enemigos de los árboles por muchos años.

La cuestión de las vacas deja ver una realidad que los entendidos no entendían y era el hecho de que la Medellín urbana, la Medellín de la industria y el comercio, era aún una ciudad montañera, habitada por hombres y mujeres que recién habían bajado de la montaña. Y así, para el ordeñador y arriero convertido en operario, un árbol sembrado en la calle, al son de los cocos, resultaba menos que absurdo, y es que los árboles eran para algún tipo de usufructo: para madera, leña o carbón vegetal; de ese modo un árbol-filtro purificador de los cuerpos era un chiste. Este hecho lo recoge el agudo Tomas Carrasquilla cuando afirmaba que “esto de la siembra sin cogienda es signo palmario del adelanto urbano: arborizar no es verbo para el campesino utilitarista e intonso. Supone, hasta en los mismos que lo conjugan, algún arbitrio culto de gentes que no viven en el monte”.

La Playa. Óscar Duperly, s.f.

Como respuesta a esta barbarie, las élites cívicas y progresistas de la ciudad, agrupadas en la Sociedad de Mejoras Públicas, se lanzaron en una campaña civilizatoria. Había que mostrar al pueblo los beneficios probados del árbol. La revista Progreso se convirtió entonces en el medio perfecto de propaganda para declararle la guerra al “hombre estorbo”, ese ciudadano que no hace ni deja hacer y que entre otros muchos rasgos negativos no entiende el poder del árbol. Se crea una nueva empresa en la que se componen himnos, poemas y oraciones para convencer a los medellinenses sobre el papel de este nuevo verde moderno. Igualmente, y solo como medida alternativa ante “la falta de educación de nuestro pueblo”, los árboles y plantas urbanas se hacen sujetos de ley. Decretos y acuerdos son expedidos desde el Concejo y la administración municipal prohibiendo el corte y uso de los árboles colocados en la vía pública, árboles que, a pesar de todo, “grupos de salvajes” se empeñaban en usar como postes eléctricos, soporte de avisos, leña para cocinar o, como ocurre hasta nuestros días, letrina pública.

En 1913 se inauguró el Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, coincidiendo su apertura con otra forma de entender los árboles de Medellín. Al nacer el siglo XX las ceibas, pisquines (Albizia carbonaria) o guayacanes (Tabebuia chrysantha) seguían prestando algún servicio a la ciudad, pero ahora eran útiles en cuanto brindaban un espacio para el sano esparcimiento de los obreros que, alejados de la cantina, disfrutaban con un domingo en familia. Así, paradójicamente, cuando el aire del valle comenzaba a enrarecerse de verdad, ya los árboles no eran filtros, ahora no eran más que ornamentación, parte de la utilería en el escenario cotidiano; y así, degradados ante el ciudadano ordinario al nivel de adorno, poco a poco, los árboles de Medellín empezaron a perder terreno ante el nuevo rey de la modernidad: el automóvil.

Desde la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del actual, las ideas sobre el árbol urbano han sufrido cambios y continuidades. Por una parte se afianzaron las formas técnicas, cada vez más necesarias, de manejar y tratar la naturaleza de la ciudad, la silvicultura urbana se consolidó como una práctica indispensable en la regulación de las relaciones, muchas veces conflictivas, entre los árboles y la ciudad con sus cables, techos y tuberías. De otra parte, algunas ideas se han transformado radicalmente. Mientras las antiguas capas de verdes con las que se había pintado la villa y la ciudad estaban hechas indiscriminadamente con plantas y árboles traídos de cualquier rincón del mundo, en un tiempo de éxodos e incontables trasatlánticos atravesando los océanos, ahora son las especies nativas las que se elogian como modelo de verde ideal para la ciudad, así que eucaliptos y pinos despiden un aroma inmigrante que, aunque aromático, es un tanto molesto. Liberados parcialmente de su lastre simbólico como depuradores de los aires y como mera escenografía urbana, los árboles de hoy responden a conceptos como el de biodiversidad, diversidad que paradójicamente es buena solo cuando es la autóctona, la que cabe en las fronteras imaginadas de los países.

Calle Bolivia. Francisco Mejía, 1928.

La historia de los árboles de Medellín demuestra cómo la concepción de la naturaleza no surge espontáneamente como un producto de la cultura y es más bien un constante proceso de resignificación. Así, las ideas sobre la naturaleza y las plantas en particular no son estáticas. En el futuro tal vez se narrarán los tremendos esfuerzos adelantados por el Jardín Botánico en las siembras de cientos de árboles nativos en Medellín. En unas cuantas décadas quizás, o tal vez dentro de un siglo, los árboles con los que compartimos las calles de la cada vez más poluta Medellín ya no existirán. Y es que ya se escuchan voces como la del profesor Prashant Kumar, de la universidad de Surrey en el Reino Unido, quien afirma que en las ciudades encañonadas (como Medellín) los árboles grandes pueden atrapar perjudicialmente la contaminación a nivel de la calle, por lo que sería preferible plantar cercas vivas y arbustos en su lugar. Quizás nos acercamos al tiempo del arbusto, quién sabe. Lo que sí es seguro es que las plantas de la Medellín de hoy no serán (como no serán los edificios, los vestidos ni la tradiciones) las plantas del Medellín del mañana.

Parque Bolívar. Fotografía Rodríguez, 1916.

Los días de la Calliandra

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 52 Febrero de 2014

El anciano más venerable del Parque Bolívar no se sienta en las bancas ni en los sardineles. Se la pasa de pie todo el tiempo, cerca de la calle Ecuador, apoyado en dos estacas. Llegó al parque en los años veinte, pero solo en los cuarenta se supo que tenía parentesco con una familia conocida. Y aunque sus otras ramas permanecen en el misterio, los que saben dicen que es de aquí, de una cepa oriunda de la Villa. Cualquier peatón pasa cerca de él sin notarlo. No aparenta los años que tiene, es bajo de estatura y suelta unas pelusitas rojas a manera de publicidad que algunos recogen. Dicen que ha sido estéril. Se le ve muy encorvado, pero no es por la edad. Aquellos que lo conocen saben que es así desde chiquito. Al verlo uno recuerda la canción: “No se puede corregir a la naturaleza / Árbol que nace doblao jamás su tronco endereza”.

Si un fulano se acerca a mirarlo mucho o a tocarlo, tal vez escuche el grito de unos pelados del parque: “¡Ey, home!, ¿qué le vas a hacer al árbol?”. Lo han adoptado como un símbolo de sus vidas, que tampoco se enderezan fácil. La pequeña cofradía impide que nadie atente contra el viejo. “Si vemos que alguno se va a orinar en él, lo sacamos es volando”, aclara uno de la hermandad.

Con todo y esto, los días del árbol están contados. Nadie entiende cómo hace para transportar savia hasta cada una de sus hojas si la mayor parte del tronco está carcomido. “Anda en las venas”, dice un habitante de calle. Por décadas recibió el vapuleo de los que se colgaban de sus ramas, los que hacían fogatas encima de sus raíces, los que lo usaban de retrete. Está en pie de milagro, tal vez porque tiene, como buena leguminosa, la fe del carbonero.

Desaliñado, nudoso y sin una gran fronda, nuestro personaje se parece al de la novela de Chamisso, que vendió su sombra; no se reconoce por sus frutos, ni inspiró jamás un bambuco como El Limonar. Tiene algunos amigos que lo quieren porque es torcido. Pero más allá de eso, hace parte de un curioso y duro hallazgo científico: solo quedan en la Tierra, vivos aunque achacosos, media docena de estos árboles: los cinco del Parque Bolívar y el de Mon y Velarde. Un augurio que confirmó Ramiro Fonnegra, biólogo experto en flora antioqueña.

La historia echó sus primeras hojas en los cuarenta, cuando un botánico local, Rafael Toro, estaba mostrándole a una pareja de gringos las arboledas del Club Campestre. El anfitrión y los viajeros, Britton y Killip, colectaban en sus portafolios las plantas curiosas, a la caza de alguna nueva para reportar a la ciencia. De pronto, desde la copa de un árbol una flor desconocida atrajo la mirada; tenía la forma de un cono o de una brocha roja. Era un carbonero, pero no como los otros que habían visto. Tenía hojas más pequeñas, varias flores pegadas en un mismo gajo o inflorescencia, y era un poco más alto que sus otros parientes. Estaban ante una especie desconocida. La clasificaron como Calliandra medellinensis, pues jamás fue vista fuera de la ciudad. Luego, otros estudiosos intentaron reproducirla con las únicas semillas que se encontraron en las vainas del árbol doblado del parque. Nunca lo han logrado, ni se ha sabido cuál es el agente natural, abeja o colibrí, que lo poliniza. Los cambios ambientales lo alejaron de estas flores.

Digamos, sin temor de irnos por las ramas, que de la especie bautizada como Calliandra medellinensis nacieron pocos y se criaron menos. Además, todos pegaron en el mismo sitio. Un raro endemismo, lo llaman los que saben. Y más raro aun: las semillas que lanza nuestra venerable planta no germinan ni con la buena mano de los científicos. Los árboles hablan poco, ha dicho el poeta Eugenio Montejo, pero estos parecen recordar esa consigna fatal de la ciudad hace unas décadas: “No nacimos pa semilla”.

En 2007 un congreso de botánica adoptó a la Calliandra como el árbol oficial del evento. Varios expertos fueron a contemplar los cinco sobrevivientes del parque, incluido el que nació torcido y da semillas hueras. Se asombraron del abandono en que andaban estos ancianos. Además de soportar el acoso de una banda de plantas parásitas, del combo de las epifitas, que les robaban el aire, la especie medellinensis padecía de un mal común en la ciudad: estaba amenazada. Se habló entonces de la reproducción mediante tejidos, en laboratorio, pero la investigación quedó aplazada por los altos costos.

Salvar la flor de Medellín, como se llamó por esos días a esa especie de pelusa roja que da vueltas por el parque, podría ser labor de otra cofradía. En la ciudad hay varios grupos de amigos que los domingos por la mañana no se levantan a lavar el carro sino a darle ronda a los árboles que han sembrado y a otros que quieren revivir. Juan Carlos Velázquez, por ejemplo, es un piloto comercial que aterriza de un vuelo de seis horas para ir con su amigo León Morales, profesor jubilado, a mirar el piñón de oreja de Robledo, el algarrobo del zoológico o la ceiba rosada de Palacé. De pronto suena el teléfono. Es León que llama a Juan Carlos para darle un pésame. “Ya sé qué me vas a decir”, dice el otro. “Sí, era eso. ¿Cómo supiste? ¡Se nos murió el guayacán de Bulerías!”.

Si la Calliandra medellinensis desaparece tal vez alguien lo registre en un cuaderno, como la vez que un borracho de Islas Canarias mató al último dodo que quedaba sobre la Tierra. La frase será lapidaria: murió de pie como todos los árboles.

Y a todas estas, ¿qué pensará la Calliandra? Si los árboles no hablan, Montejo lo hace por ellos:

“Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo”.