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Cuando a Medellín le salieron árboles

por DIEGO MOLINA • Fotografías del Archivo Fotográfico BPP

Número 89 Agosto de 2017

Parque Bolívar. Francisco Mejía, 1922.

Los primeros árboles que se sembraron en Medellín, según fuentes escritas, fueron unas ceibas (Ceiba pentandra) que Gabriel Echeverri (colonizador antioqueño y fundador de Caramanta) hizo traer hacia 1857 desde las riberas del río Cauca, y que, posteriormente, mandó plantar en la avenida derecha de la quebrada Santa Elena. Poco tiempo después, Pastor Restrepo plantó otras cuatro ceibas en el costado sur del Parque de Bolívar, dos de las cuales aún se encuentran en pie. Por la misma época, en 1878, Pedro Restrepo Uribe inició la arborización de la carretera del norte, sembrando árboles en buena parte de su extensión.

Y claro, no es que Medellín no hubiera tenido árboles antes de las iniciativas de los señores y los dones de la Villa. Solo que antes del siglo XIX los árboles crecían digamos de forma orgánica. Unos eran sembrados como fuente de alimento en los solares y patios, mientras otros brotaban espontáneamente tras alguna semilla de mango o mamoncillo lanzada por ahí a su suerte. De esos árboles de otros tiempos aún quedan señales. Hoy en día hay lugares cuya toponimia recuerda, como en el caso del chagualo (Clusia sp.), algún árbol que por largo tiempo sirvió a los habitantes como mojón espacial. Sin embargo, la ciudad antigua, la ciudad colonial, no tenía a los árboles como una de sus prioridades. No es sino caminar por las calles estrechas de Santa Fe de Antioquia para darse cuenta de que en lo que hoy conocemos como espacio público son notorios, por su ausencia, los árboles. Cabe entonces preguntarse, ¿por qué la ciudad se pobló de árboles?

Con ideas poco claras sobre las enfermedades contagiosas y los microorganismos, la gente enfermaba física y moralmente por unos elementos invisibles que flotaban y se transmitían en el aire. Según la concepción médica de la época eran “efluvios telúricos, aires mefíticos y miasmas” que llevaban al marchitamiento y la muerte. Estas ideas de los aires oprobiosos tuvieron, por supuesto, gran aceptación en las regiones malsanas del trópico. En nuestro ambiente particular, con unos soles incandescentes y una considerable humedad, la ciudad era el caldo de cultivo donde pululaban esos elementos perniciosos que eran considerados una de las principales causas de la debilidad de nuestro carácter físico y moral. Y es que nosotros, pobres descendientes de razas inferiores, viviendo en un cochambroso ambiente natural, no teníamos cómo expresar los rasgos de grandeza de otros pueblos. Esta condición quedó bien expresada por el eminente médico y geógrafo envigadeño Manuel Uribe Ángel: “En las elevadas montañas […] los efectos de los agentes físicos multiplican su acción hasta el infinito, pero casi siempre en el sentido de dar robustez y fuerza al hombre que las habita. Lo contrario acontece en las dilatadas planicies de la zona tórrida, cuyos moradores en general son más débiles y la pobreza fisiológica más notable […] Aseguramos haber notado que no debe ser uno mismo el tratamiento médico aplicado a los habitantes de las zonas tórridas, que el que debe ser empleado con nuestros compatriotas suecos y noruegos, daneses y alemanes, rusos y austriacos, ingleses y franceses están (sic) en general dotados de órganos más resistentes que los nuestros”. Sumado a esto, se retomaron los hallazgos que a finales del siglo XVIII hicieron los holandeses Van Helmont Priestley y Jan Ingenhousz, sobre el poder de las plantas para producir oxígeno, es decir, para “purificar” el aire. El descubrimiento de lo que hoy conocemos como fotosíntesis transformó la manera de entender las ciudades. Poco a poco los árboles se establecieron en las urbes como medios poderosos para purificar el ambiente y crear espacios saludables.

Barrio Manrique. Benjamín de la Calle, 1920.

El árbol-filtro apareció en escena para salvar a los habitantes de la ciudad de su infausto ambiente y destino. Se entronizó dentro de las élites el poder del árbol. La burguesía local se sorprendía con los bulevares —todos sembrados de plátanos (del árbol, no de la mata de plátano)— construidos en el París del Barón Haussmann, se maravillaban con el Hyde Park de Londres o con la Villa Borghese de Roma. Así se dio la importación de ideas sobre la naturaleza que transformaría a la Medellín que a pesar de su marcada realidad rural se soñaba moderna.

Nosotros no teníamos realezas a la cuales expropiarles sus jardines para hacerlos parques públicos. Lo que teníamos eran ejidos, en otras palabras, potreros, los cuales no eran adecuados para la representación de una naturaleza moderna. La solución entonces fue convertir las plazas coloniales en parques modernos, o simplemente cercar, ordenar y civilizar los potreros. Así fue como surgió el Parque Bolívar —en un principio sin su famosa Calliandra medellinensis—, en un terreno donde antes pastaban las vacas y se fusilaba a los indeseables, y que se transformaría en un espacio respetado al que se fueron a vivir los más prestantes mercaderes de la ciudad. Lo mismo ocurrió con la plaza de Berrío. Igualmente se hicieron tímidos intentos para convertir algunas avenidas en algo similar a los bulevares europeos. Para los años veinte del siglo pasado se arborizó con palmas reales la calle Bolivia y se sembraron chingales (Jacaranda mimosifolia) en Ayacucho, convirtiendo una simple calle en el popular Paseo de Buenos Aires; lo mismo ocurrió para 1929 con la avenida Libertadores (hoy Regional) que se transformó en el Paseo Los Libertadores.

Pero la cosa no era abrir un hueco y sembrar un árbol. Los árboles, en aquella imagen de la ciudad moderna, tuvieron que enfrentarse a la tradición. Lo primero fue la lucha contra las vacas. Estos rumiantes que de cuando en cuando cobraban una que otra vida en la Villa, aburridos ya de la misma pobre hierba del valle, encontraron en los árboles recién plantados una alternativa gourmet a su monótona dieta. Ya para 1915 la Sociedad de Mejoras Públicas se quejó ante el Concejo de la ciudad “manifestándole que las bestias que han estado pastando en el Bosque de la Independencia están impidiendo la marcha de los trabajos que allí se adelantan, y que ya han destruido muchos de los árboles que se han plantado cuidadosamente para su ornato”. Igualmente, el empresario Ricardo Olano, conocido en toda Colombia como “el apóstol del árbol”, se lamentaba en 1947 de cómo “el gran parque del Cerro Nutibara, donde la Sociedad de Mejoras Públicas sembró más de cinco mil árboles, fracasó porque el cerro está dividido por cercos de alambre por los potreros que lo rodean y el distrito no los sostuvo y el ganado destruyó los árboles”. En conclusión, las vacas fueron los enemigos de los árboles por muchos años.

La cuestión de las vacas deja ver una realidad que los entendidos no entendían y era el hecho de que la Medellín urbana, la Medellín de la industria y el comercio, era aún una ciudad montañera, habitada por hombres y mujeres que recién habían bajado de la montaña. Y así, para el ordeñador y arriero convertido en operario, un árbol sembrado en la calle, al son de los cocos, resultaba menos que absurdo, y es que los árboles eran para algún tipo de usufructo: para madera, leña o carbón vegetal; de ese modo un árbol-filtro purificador de los cuerpos era un chiste. Este hecho lo recoge el agudo Tomas Carrasquilla cuando afirmaba que “esto de la siembra sin cogienda es signo palmario del adelanto urbano: arborizar no es verbo para el campesino utilitarista e intonso. Supone, hasta en los mismos que lo conjugan, algún arbitrio culto de gentes que no viven en el monte”.

La Playa. Óscar Duperly, s.f.

Como respuesta a esta barbarie, las élites cívicas y progresistas de la ciudad, agrupadas en la Sociedad de Mejoras Públicas, se lanzaron en una campaña civilizatoria. Había que mostrar al pueblo los beneficios probados del árbol. La revista Progreso se convirtió entonces en el medio perfecto de propaganda para declararle la guerra al “hombre estorbo”, ese ciudadano que no hace ni deja hacer y que entre otros muchos rasgos negativos no entiende el poder del árbol. Se crea una nueva empresa en la que se componen himnos, poemas y oraciones para convencer a los medellinenses sobre el papel de este nuevo verde moderno. Igualmente, y solo como medida alternativa ante “la falta de educación de nuestro pueblo”, los árboles y plantas urbanas se hacen sujetos de ley. Decretos y acuerdos son expedidos desde el Concejo y la administración municipal prohibiendo el corte y uso de los árboles colocados en la vía pública, árboles que, a pesar de todo, “grupos de salvajes” se empeñaban en usar como postes eléctricos, soporte de avisos, leña para cocinar o, como ocurre hasta nuestros días, letrina pública.

En 1913 se inauguró el Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, coincidiendo su apertura con otra forma de entender los árboles de Medellín. Al nacer el siglo XX las ceibas, pisquines (Albizia carbonaria) o guayacanes (Tabebuia chrysantha) seguían prestando algún servicio a la ciudad, pero ahora eran útiles en cuanto brindaban un espacio para el sano esparcimiento de los obreros que, alejados de la cantina, disfrutaban con un domingo en familia. Así, paradójicamente, cuando el aire del valle comenzaba a enrarecerse de verdad, ya los árboles no eran filtros, ahora no eran más que ornamentación, parte de la utilería en el escenario cotidiano; y así, degradados ante el ciudadano ordinario al nivel de adorno, poco a poco, los árboles de Medellín empezaron a perder terreno ante el nuevo rey de la modernidad: el automóvil.

Desde la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del actual, las ideas sobre el árbol urbano han sufrido cambios y continuidades. Por una parte se afianzaron las formas técnicas, cada vez más necesarias, de manejar y tratar la naturaleza de la ciudad, la silvicultura urbana se consolidó como una práctica indispensable en la regulación de las relaciones, muchas veces conflictivas, entre los árboles y la ciudad con sus cables, techos y tuberías. De otra parte, algunas ideas se han transformado radicalmente. Mientras las antiguas capas de verdes con las que se había pintado la villa y la ciudad estaban hechas indiscriminadamente con plantas y árboles traídos de cualquier rincón del mundo, en un tiempo de éxodos e incontables trasatlánticos atravesando los océanos, ahora son las especies nativas las que se elogian como modelo de verde ideal para la ciudad, así que eucaliptos y pinos despiden un aroma inmigrante que, aunque aromático, es un tanto molesto. Liberados parcialmente de su lastre simbólico como depuradores de los aires y como mera escenografía urbana, los árboles de hoy responden a conceptos como el de biodiversidad, diversidad que paradójicamente es buena solo cuando es la autóctona, la que cabe en las fronteras imaginadas de los países.

Calle Bolivia. Francisco Mejía, 1928.

La historia de los árboles de Medellín demuestra cómo la concepción de la naturaleza no surge espontáneamente como un producto de la cultura y es más bien un constante proceso de resignificación. Así, las ideas sobre la naturaleza y las plantas en particular no son estáticas. En el futuro tal vez se narrarán los tremendos esfuerzos adelantados por el Jardín Botánico en las siembras de cientos de árboles nativos en Medellín. En unas cuantas décadas quizás, o tal vez dentro de un siglo, los árboles con los que compartimos las calles de la cada vez más poluta Medellín ya no existirán. Y es que ya se escuchan voces como la del profesor Prashant Kumar, de la universidad de Surrey en el Reino Unido, quien afirma que en las ciudades encañonadas (como Medellín) los árboles grandes pueden atrapar perjudicialmente la contaminación a nivel de la calle, por lo que sería preferible plantar cercas vivas y arbustos en su lugar. Quizás nos acercamos al tiempo del arbusto, quién sabe. Lo que sí es seguro es que las plantas de la Medellín de hoy no serán (como no serán los edificios, los vestidos ni la tradiciones) las plantas del Medellín del mañana.

Parque Bolívar. Fotografía Rodríguez, 1916.

Los días de la Calliandra

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 52 Febrero de 2014

El anciano más venerable del Parque Bolívar no se sienta en las bancas ni en los sardineles. Se la pasa de pie todo el tiempo, cerca de la calle Ecuador, apoyado en dos estacas. Llegó al parque en los años veinte, pero solo en los cuarenta se supo que tenía parentesco con una familia conocida. Y aunque sus otras ramas permanecen en el misterio, los que saben dicen que es de aquí, de una cepa oriunda de la Villa. Cualquier peatón pasa cerca de él sin notarlo. No aparenta los años que tiene, es bajo de estatura y suelta unas pelusitas rojas a manera de publicidad que algunos recogen. Dicen que ha sido estéril. Se le ve muy encorvado, pero no es por la edad. Aquellos que lo conocen saben que es así desde chiquito. Al verlo uno recuerda la canción: “No se puede corregir a la naturaleza / Árbol que nace doblao jamás su tronco endereza”.

Si un fulano se acerca a mirarlo mucho o a tocarlo, tal vez escuche el grito de unos pelados del parque: “¡Ey, home!, ¿qué le vas a hacer al árbol?”. Lo han adoptado como un símbolo de sus vidas, que tampoco se enderezan fácil. La pequeña cofradía impide que nadie atente contra el viejo. “Si vemos que alguno se va a orinar en él, lo sacamos es volando”, aclara uno de la hermandad.

Con todo y esto, los días del árbol están contados. Nadie entiende cómo hace para transportar savia hasta cada una de sus hojas si la mayor parte del tronco está carcomido. “Anda en las venas”, dice un habitante de calle. Por décadas recibió el vapuleo de los que se colgaban de sus ramas, los que hacían fogatas encima de sus raíces, los que lo usaban de retrete. Está en pie de milagro, tal vez porque tiene, como buena leguminosa, la fe del carbonero.

Desaliñado, nudoso y sin una gran fronda, nuestro personaje se parece al de la novela de Chamisso, que vendió su sombra; no se reconoce por sus frutos, ni inspiró jamás un bambuco como El Limonar. Tiene algunos amigos que lo quieren porque es torcido. Pero más allá de eso, hace parte de un curioso y duro hallazgo científico: solo quedan en la Tierra, vivos aunque achacosos, media docena de estos árboles: los cinco del Parque Bolívar y el de Mon y Velarde. Un augurio que confirmó Ramiro Fonnegra, biólogo experto en flora antioqueña.

La historia echó sus primeras hojas en los cuarenta, cuando un botánico local, Rafael Toro, estaba mostrándole a una pareja de gringos las arboledas del Club Campestre. El anfitrión y los viajeros, Britton y Killip, colectaban en sus portafolios las plantas curiosas, a la caza de alguna nueva para reportar a la ciencia. De pronto, desde la copa de un árbol una flor desconocida atrajo la mirada; tenía la forma de un cono o de una brocha roja. Era un carbonero, pero no como los otros que habían visto. Tenía hojas más pequeñas, varias flores pegadas en un mismo gajo o inflorescencia, y era un poco más alto que sus otros parientes. Estaban ante una especie desconocida. La clasificaron como Calliandra medellinensis, pues jamás fue vista fuera de la ciudad. Luego, otros estudiosos intentaron reproducirla con las únicas semillas que se encontraron en las vainas del árbol doblado del parque. Nunca lo han logrado, ni se ha sabido cuál es el agente natural, abeja o colibrí, que lo poliniza. Los cambios ambientales lo alejaron de estas flores.

Digamos, sin temor de irnos por las ramas, que de la especie bautizada como Calliandra medellinensis nacieron pocos y se criaron menos. Además, todos pegaron en el mismo sitio. Un raro endemismo, lo llaman los que saben. Y más raro aun: las semillas que lanza nuestra venerable planta no germinan ni con la buena mano de los científicos. Los árboles hablan poco, ha dicho el poeta Eugenio Montejo, pero estos parecen recordar esa consigna fatal de la ciudad hace unas décadas: “No nacimos pa semilla”.

En 2007 un congreso de botánica adoptó a la Calliandra como el árbol oficial del evento. Varios expertos fueron a contemplar los cinco sobrevivientes del parque, incluido el que nació torcido y da semillas hueras. Se asombraron del abandono en que andaban estos ancianos. Además de soportar el acoso de una banda de plantas parásitas, del combo de las epifitas, que les robaban el aire, la especie medellinensis padecía de un mal común en la ciudad: estaba amenazada. Se habló entonces de la reproducción mediante tejidos, en laboratorio, pero la investigación quedó aplazada por los altos costos.

Salvar la flor de Medellín, como se llamó por esos días a esa especie de pelusa roja que da vueltas por el parque, podría ser labor de otra cofradía. En la ciudad hay varios grupos de amigos que los domingos por la mañana no se levantan a lavar el carro sino a darle ronda a los árboles que han sembrado y a otros que quieren revivir. Juan Carlos Velázquez, por ejemplo, es un piloto comercial que aterriza de un vuelo de seis horas para ir con su amigo León Morales, profesor jubilado, a mirar el piñón de oreja de Robledo, el algarrobo del zoológico o la ceiba rosada de Palacé. De pronto suena el teléfono. Es León que llama a Juan Carlos para darle un pésame. “Ya sé qué me vas a decir”, dice el otro. “Sí, era eso. ¿Cómo supiste? ¡Se nos murió el guayacán de Bulerías!”.

Si la Calliandra medellinensis desaparece tal vez alguien lo registre en un cuaderno, como la vez que un borracho de Islas Canarias mató al último dodo que quedaba sobre la Tierra. La frase será lapidaria: murió de pie como todos los árboles.

Y a todas estas, ¿qué pensará la Calliandra? Si los árboles no hablan, Montejo lo hace por ellos:

“Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo”.