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De capos y capitanes

por PASCUAL GAVIRIA

Número 149 Mayo de 2026

La pelota no se mancha, pero se empaña, se vende, se ubica en el ángulo conveniente, se chuza, se utiliza para ganar más allá de las páginas deportivas. Dictadores, mafiosos, presidentes, directivos y jugadores han sacado la pelota del rectángulo para convertirla en discurso y telón, saben muy bien que el fútbol es el pan de cada día y la política es el circo de temporada. Dejamos unas cuantas historias cargadas de goles y dolores.

1934, versión de Mussolini del afiche del mundial de Italia 34.

1928. El de la honrilla

El fútbol samario tiene una gran historia con la camisa de Colombia. La antorcha del Pibe ilumina la lista a la que se suman Falcao García, el Pitufo de Ávila, Eduardo Emilio Vilarete, Didí Valderrama, Aldo Leao, Jorgito Bolaño y los pioneros Carlos Arango, quien marcó para Colombia el primer gol en eliminatorias mundialistas, y Rafael Gabino, que vistió la tricolor con solo 16 años. Pero la Historia con mayúscula de los jugadores samarios tiene que ver con un triunfo por partida doble. En 1928 un grupo de futbolistas reclutados en colegios de Santa Marta viajó a los primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali. La región afrontaba la huelga de cerca de veinte mil trabajadores de la United Fruit Company que controlaba desde hacía una década la exportación de banano en Colombia. Se pedían condiciones de higiene en los campamentos, el fin del pago con vales para comprar en los comisariatos y la contratación directa por parte de la empresa. Las demandas de los trabajadores terminaron en la Masacre de las Bananeras: el 6 de diciembre los soldados dispararon contra los obreros y provocaron la muerte de cientos de ellos. La cifra nunca fue clara, El Espectador habló de cien muertos, mientras en los debates políticos de la época se habló de una tragedia aún mayor.

Mientras tanto el equipo de los samarios triunfaba en Cali contra todo pronóstico. Los jugadores volvieron invictos con el título luego de vencer 2-0 a Barranquilla en el partido final. Fueron recibidos como héroes en Santa Marta, los pelaos del viento y la arenilla había vencido a la gente de la grama. Al llegar, ya en febrero del 29, vinieron los bailes y desfiles en honor a los sorpresivos campeones. El general Carlos Cortés Vargas ofreció una gracia para los jóvenes, quienes no dudaron en pedir la libertad para algunos de los huelguistas que estaban detenidos en Ciénaga.

El cierre de la gesta samaria queda para la oratoria de Jorge Eliécer Gaitán: “En Bogotá se encuentra el equipo de futbolistas samarios y ellos no me dejarán mentir. Cuando estos bravos muchachos llegaron, después de haber vencido en Cali, el señor Cortés hizo festonar la ciudad (…) Este señor les dijo entonces a los futbolistas ‘pedid una gracia’. Los generosos muchachos comprendieron que podían salvar algunas de las víctimas y demandaron la libertad de los prisioneros, la cual les fue concedida”.

Italia 34. Los de negro

Días antes del comienzo del torneo, Mussolini se reunió con el entrenador italiano, Vittorio Pozzo, para advertirle: “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”. Il Duce, cual DT en el vestuario, también apretó a los jugadores. Mussolini pensaba en el mundial como una demostración obligatoria del poderío fascista. Pero ni el grito de ¡Forza Azzurri! de los Camisas Negras ni la amenaza de Mussolini fueron suficientes. Un árbitro belga y uno suizo hicieron la tarea para que Italia eliminara a España en cuartos de final: el primer juego terminó 1-1 y fueron a prórroga para confirmar el empate, no existía la definición por penaltis y el partido de desempate se programó para el día siguiente. Italia 1-0 con Mussolini vigilando en la tribuna. Siete españoles molidos a patadas no pudieron jugar el segundo partido luego de la llamada Batalla de Florencia. En los dos juegos le anularon tres goles a España, su arquero, el Divino Zamora, terminó con las costillas quebradas, se vio a los jueces de línea presionando al juez para validar un gol azzurro. Los italianos celebraron el triunfo con el saludo fascista en la mitad del campo y los españoles hicieron lo mismo señalando al juez suizo, a quien su federación le quitó el silbato de por vida. La política había debutado en la cancha de la manera más brutal. Italia ganó el título luego de vencer 2-1 a Checoslovaquia ante cincuenta mil hombres y Mussolini en el estadio del Partido Nacional. El árbitro sueco hizo obediente el saludo fascista antes de iniciar el juego. Todo estaba dicho. Cuatro argentinos y un brasilero nacionalizados celebraron el título. Aunque parezca increíble a Italia la reforzaron San Lorenzo, Gimnasia, Estudiantes e Independiente. Mussolini le había dictado cátedra a Hitler para los Olímpicos de 1936.

Francia 38. Perder es vivir un poco

Argentina fue el único país que presentó la candidatura por América. Los gauchos confiaban en su elección como sede porque el anterior mundial había sido en Europa y se había acordado la alternancia entre estos dos continentes. Sin embargo, el ambiente político del momento y un homenaje al francés Jules Rimet, presidente de la Fifa, derivaría en la sede para Francia y la ausencia de todos los países americanos en solidaridad con los argentinos. Por este lado del mundo solo asistió Brasil, no muy solidario con su eterno rival, y Cuba… Sí, Cuba que solo encontró quince jugadores de los veinte reglamentarios, al final fue saludo y despedida para los isleños. No había un lindo clima deportivo: Austria, que había clasificado, fue anexionada por Alemania y perdió su cupo por W. Italia jugó con uniforme completamente negro su partido de cuartos contra el anfitrión, los Camisas Negras metían miedo. Un detalle deja ver que no todo era muy ortodoxo: Suecia fue cuarta con un partido ganado (8-0 frente a Cuba) y dos perdidos. Una Italia silbada en todos los estadios, Mussolini no era popular en Francia, fue campeona tras ganar todos los juegos. “Vencer o morir”, decía el telegrama de Mussolini al técnico italiano antes de la final con Hungría. Fue triunfo 4-2 para Italia y el arquero húngaro fue elocuente al llegar a Budapest: “Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos”. En casa esperaban ocho mil liras para cada jugador italiano. Mussolini acababa de inaugurar el “plata o plomo”.

1938, selección de Alemania haciendo el saludo nazi en el mundial de Francia.

1948. Del Bogotazo al pitazo inicial

La intriga entre ligas y clubes, la duda metódica entre aficionados y profesionales, el ser o no ser entre diversión y obligación había terminado, llega el momento del carné y el cheque a fin de mes.

Cuatro meses después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán comenzaba el rentado profesional colombiano que pasó muy rápido de la camisa descuellada al frac de los más grandes del mundo.

Medellín fue la ciudad que más equipos propuso para la fundación de la División Mayor del Fútbol Colombiano: el Medellín F.B.C., el Atlético Municipal, el Huracán y el Victoria harían parte de los trece clubes que se presentaron el 26 de junio de 1948 en la ciudad de Barranquilla.

El primer partido profesional se jugó el 15 de agosto de 1948 a las 9:15 de la mañana, en la cancha del hipódromo San Fernando de Itagüí. Se enfrentaron el Atlético Municipal (hoy Atlético Nacional) y Universidad de Bogotá. Pocos aficionados madrugaron para el primíparo encuentro. El fútbol era apenas el preliminar de las carreras de caballos.

Independiente Santa Fe se coronó primer campeón por encima de Millonarios que era el gran favorito. Municipal ocupó el quinto puesto y Medellín fue el séptimo entre los diez participantes. Tocaron la cancha 222 jugadores y treinta se quedaron calentando. De los futbolistas que se inscribieron 182 eran colombianos, trece argentinos, ocho peruanos, ocho costarricenses, cinco uruguayos, dos chilenos, dos ecuatorianos, uno dominicano y uno español.

El primer gol lo marcó el antioqueño Rafael Serna del Atlético Municipal de tiro penalti, a los quince minutos del primer tiempo. No sabemos si cobró como un 10 o como un 2. Las camisetas solo tenían el número de la talla.

1978. Goles de camerino

Desde comienzos de los setenta los kepis militares mandaban en varios países de América Latina: Argentina, Chile, Paraguay y Perú tenían los uniformes más brutales. Estados Unidos alentaba el plomo y las torturas por medio de la Operación Cóndor, una de sus estrategias anticomunistas.

Jorge Rafael Videla llegó al poder en Argentina en 1976 cuando la sede del mundial ya era un hecho desde hacía al menos una década. Amnistía Internacional denunciaba la desaparición de 365 personas desde el inicio del golpe militar hasta enero de 1977. Videla tenía claro que la fiebre albiceleste podría cubrir los crímenes de la dictadura. Fillol, Passarella, Ardiles, Kempes y los demás de la legión albiceleste harían con la camisa el trabajo para que el uniforme no se manchara. En el 78 la dictadura tenía cierto apoyo en la opinión pública y la fascinación futbolera ayudó a que el fascismo tuviera soporte y conservara el poder hasta 1983. El titular de la revista Extra, luego del título argentino, mostraba la idea de que el país había demostrado su valía frente a los señalamientos internacionales: “REALIDAD ARGENTINA: 6 – LA CALUMNIA: 0”.

Pero el verdadero 6-0 fue el resultado que selló el partido Argentina vs. Perú en Rosario, en el Gigante de Arroyito, el 21 de junio de 1978. Argentina tenía que ganar por una diferencia de al menos cuatro goles para pasar en el grupo B por encima de Brasil. El dictador Videla visitó a Perú en el camerino antes del partido para desearle suerte y leer un mensaje del dictador peruano, el general Morales Bermúdez, sobre la hermandad entre los dos países. “Videla entró al vestuario con el secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, supuestamente a desearnos suerte. ¿Qué tenían que hacer ahí?”, dijo el jugador peruano José Velásquez quien un año después jugó en Medellín.

Juan Carlos Oblitas, una de las figuras de los peruanos, dijo que el partido “no fue normal” y varios jugadores dijeron años después que al menos seis compañeros se habían dejado untar. También hubo donaciones de trigo del gobierno argentino al Perú luego del mundial. Para la época era bien favorable la tasa de cambio trigo/goles. La figura del partido fue Ramón ‘el Chupete’ Quiroga, el arquero peruano nacido en Argentina. Quiroga dice que no se vendió y señala al árbitro por dos goles en supuesto fuera de lugar. También ha señalado a dos compañeros que fueron más atacantes argentinos que defensas peruanos. Lindo ambiente laboral. Desde ese día Quiroga, al que también llamaban el Loco, pasó a llamarse Ramón ‘se hizo el loco’ Quiroga.

Argentina fue campeona en la final frente a Holanda y la dictadura llamó a la unidad nacional. El Flaco Menotti, técnico argentino, celebró con el pucho de la vida apretado entre los labios luego de dejar a Maradona, de 17 años, por fuera de la convocatoria.

Se ha dicho que Johan Cruyff no fue a Argentina por rechazo a la dictadura, sin embargo fueron motivos personales los que lo llevaron a renunciar a la selección. Paul Breitner, legendario 5 alemán, fue quien de verdad se negó a acompañar el mundial de Videla. Se recuerda además el gesto del arquero sueco Ronnie Hellström, quien se fue a acompañar a las Madres de la Plaza de Mayo el día de la inauguración.

1978, afiche en contra de la dictadura argentina, boicot a la copa del mundo.

1982. La gambeta de Belisario

Luego de catorce años de la elección de Colombia como sede del mundial y de la leyenda en el tablero electrónico de la final de Madrid en 1982, “nos vemos en Colombia 1986”, el presidente Belisario Betancur anunciaba la renuncia de Colombia a ser anfitrión mundialista: “Anuncio a mis compatriotas que el Mundial de Fútbol de 1986 no se hará en Colombia, previa consulta democrática sobre cuáles son nuestras necesidades reales: no se cumplió la regla de oro, consistente en que el Mundial debería servir a Colombia y no Colombia a la multinacional del Mundial. Aquí tenemos otras cosas que hacer, y no hay siquiera tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y de sus socios. Y García Márquez nos compensa totalmente lo que perdamos de vitrina con el Mundial”.

Colombia era el nuevo Nobel del balón.

1982, declinación de Colombia para ser sede del mundial del 86. El Tiempo.

1983. La mejor defensa es el ataque

Rodrigo Lara Bonilla: “El narcotráfico está infiltrado en la política y el fútbol”. Era 1983, cuando mencionó sin titubear a Atlético Nacional, Millonarios, Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín, América de Cali y Deportivo Pereira. Luego, cuestionó la curul del representante a la Cámara suplente Pablo Escobar, a quien acusaba de haber recibido dineros de la mafia. A los pocos meses, en abril de 1983, con tan solo 39 años, Lara Bonilla fue asesinado por un sicario adolescente con la complicidad de agentes del Estado. El fútbol estuvo presente en el primer magnicidio del narcotráfico en Colombia. Al año siguiente Escobar y otros capos pidieron a los hermanos Rodríguez Orejuela armar una huelga futbolera como presión al gobierno. Los caleños, dueños de América, rechazaron la propuesta de punta y pa arriba: “Olvídelo, Pablo, recuerde la plata que deja el fútbol y los compromisos que tenemos con patrocinadores y medios”. El América tenía una banda digna de los Rodríguez: los paraguayos Roberto Cabañas, Juan Manuel Battaglia y González Aquino, los argentinos Ricardo Gareca, Julio César Falcioni y al gran Willington Ortiz. Sin contar que le habían sacado a Herrera y Sarmiento a Nacional. Billete era lo que había. El oscuro Segundo Dorado había llegado. Gonzalo Rodríguez Gacha era el “director operativo” de Millonarios. Octavio Piedrahíta era el duro del Pereira. Los narcos pagaban muchas nóminas. El chiste de la época era diciente: “Vos de qué mafioso sos hincha”.

1983, Pablo Escobar en el estadio Atanasio Girardot. Fotografía de Iván Restrepo, Archivo BPP.

1985. Colombianos al exterior

Había comenzado la guerra de los narcos contra el Estado y el primer extraditado fue Hernán Botero Moreno, máximo accionista de Nacional entre 1962 y 1983. Se le acusó de lavado de dinero cuando el delito no existía en Colombia. Fue más una medida simbólica que un golpe a la mafia. Octavio Piedrahíta, uno de los nuevos dueños de Nacional, moriría asesinado tres años después en Medellín. La plata de los narcos seguía acompañando las nóminas, fue el tiempo del “otro Dorado”. Nóminas nacionales con grandes figuras de Suramérica, hombres de camisa de selecciones nacionales se pusieron de nuevo las casacas criollas.

1986. Justicia con la divina mano

El árbitro Ali Bennaceur venía de pitar la final de la Copa África entre Egipto y Camerún en marzo de 1986. Ese día, en El Cairo, el tunecino tomó una difícil decisión: “Fiel a mis principios, anulé un gol a los anfitriones por una falta sobre el portero camerunés N’Kono. El estadio estaba hirviendo de fervor. Me sentí como atrapado en una jaula y por primera vez tuve miedo por mi vida”. Al final los locales ganaron por penales. Pero Bennaceur no sabía la prueba que tendría el 22 de junio en el estadio Azteca. Sabemos que tomó la decisión correcta. El fútbol necesita un poco de mito.

Las Malvinas eran protagonistas antes del juego, preguntas de los periodistas, recuerdos, venganzas. Maradona cerró el tema bélico con una mentira: “No, no, no, es solo fútbol y punto”.

Los dos capitanes, Peter Shilton y Maradona, se dieron la mano en el círculo central antes del inicio del juego por cuartos de final. A los 61 minutos los puños definirían el juego y la historia. El puño izquierdo agazapado de Maradona, el puño derecho tardío de Shilton. Un metro sesenta y cinco venció a un metro ochenta y tres. “Shilton ya la tenía en las manos y yo dije ‘esta es mía papá’”, recordó Maradona años después. Jorge Valdano, el goleador de aquella selección, dijo que Maradona lo había hecho en algunos entrenamientos. ¿Qué había pasado? “Pude sentir alguna duda en la celebración de su gol, y lo insinuó cuando nos abrazamos. Dijo: ‘Para el saque inicial, rápido’”, dijo Valdano. Shilton tampoco supo que lo habían birlado con delicadeza. “Nació La mano de Dios, Maradó, Maradó…”.

Bennaceur, por supuesto, culpa a Bogdan Gotchev, el línea búlgaro, que estaba frente a la jugada. El hombre duerme el sueño de los justos desde 2017. El asistente por su parte dijo que no podía contradecir al árbitro. Los cuatro jueces recibieron una camisa firmada por el Diego después del partido. Merecían algo más.

Cuatro minutos después, Maradona saldó la deuda con su corrida desde medio campo, doce toques, diez segundos y cinco rivales regados. Esta vez con la zurda. El descuento de Gary Lineker llegó a los 81 minutos y Argentina se defendió hasta con el Narigón Bilardo. Al terminar, en el túnel, el volante inglés Steve Hodge le pidió a Diego cambiar las camisetas, el argentino aceptó con desapego y Hodge se llevó la derrota y un tesoro.

En la zona mixta rodeado de micrófonos vino la tercera genialidad: “Un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de dios”. También los eludió a todos.

1986, La mano de Dios en el mundial de México. Archivo particular.

1989. Final, final, final, no va más

El 15 de noviembre de 1989 fue asesinado a sus 32 años en Medellín el árbitro cartagenero Álvaro Ortega. Ese domingo había sido juez de línea número 1 del partido Medellín-América, que con los dos equipos ya eliminados terminó con empate sin goles. Tres semanas atrás Ortega dirigió el mismo duelo en Cali y fue criticado por supuestamente beneficiar al cuadro escarlata que terminó ganando 3-2. El año anterior había sido secuestrado el árbitro Armando Pérez y liberado después de veinte horas con un mensaje para los árbitros: “Al árbitro que pite mal, lo borramos”. Ortega recibió amenazas telefónicas esa misma tarde y les dijo a sus compañeros que después del partido les contaría de la llamada. Fue asesinado a las once de la noche en el Centro de Medellín cuando caminaba al hotel acompañado de Jesús ‘Chucho’ Díaz, el mejor árbitro colombiano del momento: “Apártese, Chucho”, gritó el sicario antes disparar la ametralladora. Esa misma noche Díaz se retiró del fútbol con una frase contundente: “No han matado un árbitro, sino a dos”. El torneo se canceló y el título de declaró desierto. Las versiones hablaron de apostadores ligados a la mafia e incluso de Pablo Escobar como culpable del crimen. Así terminaba el terrorífico 1989 que había dejado la masacre de La Rochela, el asesinato de Galán, la bomba contra El Espectador, el asesinato del comandante de la policía en Antioquia y 88 bombas en todo el país. Veinte años después de la muerte de Ortega, el fiscal 176 de Medellín archivó la investigación. La mayoría de los clubes colombianos estaban pasando de los mafiosos de primera plana a sus testaferros y socios ocultos.

1994. Tragedia tricolor

Colombia era la sorpresa mundial. Jugaba un fútbol en desaparición, tenía jugadores que ya cobraban en Europa, venía de golear a Argentina y había perdido un juego de sus últimos 39. “Colombia es mi favorita para ser campeona del mundo”, dijo Pelé meses antes del mundial y nos sentenció. Todos nos creímos el cuento, Colombia era trasteada como un circo ambulante, jugó veintiún partidos amistosos antes del mundial y la concentración en Barranquilla se parecía al reinado en Cartagena.

Pero todo terminó en tragedia. Solo Colombia podría tirar un manto tan negro sobre la eliminación de un mundial.

Corría el minuto 34 del primer tiempo del partido que enfrentaba a las selecciones de Estados Unidos y Colombia en la primera fase del mundial de Estados Unidos 1994. Aquel 26 de junio de 1994, más de noventa mil espectadores presentes en el estadio Rose Bowl de Los Ángeles, California, vieron cómo el ‘Caballero del fútbol’, como se le conoció al defensa Andrés Escobar, anotó un gol en su propia portería, defendida por el arquero Óscar Córdoba. El partido terminó 2-1 a favor de los norteamericanos, después de que consiguieran ampliar la diferencia en el minuto 52 por medio de Stewart. El descuento del equipo colombiano llegó en el minuto 90, gracias a Adolfo ‘Tren’ Valencia. Previamente, en su primer partido en el certamen, Colombia había caído con Rumania 3-1. En el tercer y último choque, ante Suiza, Colombia se impuso 2-0. Días después de la llegada de la selección al país, en la madrugada del 2 de julio de 1994, el zaguero Andrés Escobar Saldarriaga, quien en ese momento tenía 27 años, recibió doce impactos de bala en el parqueadero del estadero El Indio, de la ciudad de Medellín, ubicado en la vía Las Palmas. La investigación de las autoridades dio como resultado la captura del autor material del asesinato, Humberto Muñoz Castro, quien fue condenado por homicidio agravado y falsa denuncia a 43 años, dos meses y quince días de prisión el 4 de octubre de 1995. Seis años más tarde, en 2001, la pena fue modificada, según la ley, a veintiséis años, cinco meses y quince días. En octubre de 2005 un juez de Medellín le concedió la libertad condicional después de once años tras las rejas, había purgado tres quintas partes de la pena.

Detrás del asesinato estaban los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao, narcotraficantes que sonaron durante tres décadas en el país. Fueron condenados a quince meses por encubrir el homicidio cometido por su conductor. Santiago Gallón fue asesinado en México en febrero del 2026.

El 29 de junio, cuatro días antes de su asesinato, Andrés Escobar había escrito una columna para el diario El Tiempo que terminaba así: “Pero, por favor, que el respeto se mantenga… Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto porque la vida no termina aquí”.

1994, titular de El Colombiano, funeral de Andrés Escobar, Archivo Sala Antioquia – BPP.

2015. En el área penal

El 27 de mayo de 2015 siete altos directivos de la Fifa fueron detenidos en el hotel Baur au Lac en Zúrich. Todo estaba listo para el congreso número 65 de la federación donde se reelegiría a Joseph Blatter como presidente. Una investigación del FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos los acusaba de recibir cerca de 150 millones de dólares en sobornos para entrega de derechos de televisión, patrocinios y sedes de eventos. Blatter fue reelegido.

La historia era larga, desde los tiempos del brasilero Joao Havelange como presidente de la Fifa se hablaba de sobornos en la Conmebol y la Concacaf. Eran al menos veinticuatro años de juego sucio. En 2010 la BBC transmitió un reportaje sobre posibles sobornos por más de cien millones de dólares. Tres días después se otorgaron las sedes de los mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Nunca se habían otorgado dos sedes en una misma fecha. Fue una promoción dos por uno. La presión sobre la BBC para aplazar la publicación del informe llegó hasta del primer ministro David Cameron.

Pero en 2015 ya los rumores y las pruebas periodísticas eran acusaciones legales. Siete presidentes de las federaciones de la Concacaf terminaron condenados, al igual que los presidentes de las federaciones de Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia, Uruguay, Brasil y Perú. También dos expresidentes de Conmebol terminaron en la cárcel, entre ellos el dinosaurio paraguayo Nicolás Leoz.

El 2 de junio Joseph Blatter renunció a la presidencia de la Fifa. Terminaban más de cuarenta años de trabajo en la federación con catorce altos funcionarios acusados de fraude, pago de sobornos y lavado de activos. La chequera sí se mancha.

*Estos hechos históricos son una selección de la Cronología del balón, que también hace parte de Campo en Juego: Fútbol, vida, barrio, una exposición organizada por la Universidad EAFIT con la investigación y curaduría de Universo Centro.

2015, renuncia de Joseph Blatter después del escándalo de la Fifa.
Foto tomada de cnnespanol.cnn.com.

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Polvo eres

por PASCUAL GAVIRIA 

Número 148 Marzo de 2026

La aparición de Cristo a María Magdalena, Juan de Flandes. Archivo Galería de las Colecciones Reales de Madrid. 1496-1504.

“Padre, ¿por qué me has abandonado?”, dijo Jesús en uno de sus momentos de debilidad. La más importante de sus certezas estaba flaqueando, el dolor nublaba la fe. Otro día agitó el látigo contra los mercaderes en el templo, nada de templanza, ira santa. Un momento de fiereza muy lejano a la beatitud. Frente a las tentaciones de la carne nada se dice en los evangelios oficiales ni en los apócrifos más plausibles. Pero el evangelio según Gustavo Francisco lo puso hace unas semanas en brazos y piernas de María Magdalena. El presidente insistió, en medio de sus soliloquios, en la necesidad de un Jesús presto a saciar sus necesidades, en un dios humanado, demasiado humanado. “Un hombre así sin amor no podría existir”, dijo Gustavo Francisco, “murió rodeado de las mujeres que lo amaban y eran muchas… Jesucristo hizo el amor… A lo mejor con María Magdalena”, terminó el presidente en un arrebato de lujuria verbal.

La Conferencia Episcopal puso el grito en el cielo con una carta en defensa del Dios hecho hombre célibe: “Los Obispos de Colombia invitamos a todos a leer asiduamente los evangelios y a repasar las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica para poder llegar a la única figura de nuestro Señor Jesucristo. Y, por otra parte, invitamos a todos los que tienen dudas sobre la persona de Jesús, Señor y Mesías, a que se informen en las fuentes objetivas de los evangelios y a evitar cualquier ligereza al respecto”. Al final de la comunicación, reclamaban respeto por sus creencias así como ellos profesan respeto por las instituciones democráticas.

Sin embargo la posible relación entre Jesús y María de Magdala es un chisme histórico que ha desvelado a historiadores, hagiógrafos, creyentes y fabuladores. Lo que es claro es que María Magdalena era una preferida entre los seguidores de Jesús. Su papel era tan importante que fue la única en tocar su cadáver, la primera en ver el sepulcro vacío luego de la resurrección y la única entre sus seguidores a quien Cristo resucitado se le apareció, con su humilde atuendo de jardinero y su pala. Y en algunos escritos apócrifos se dice que Jesús la llamaba “compañera”, con la palabra griega koinônos, que no excluye la condición de esposa pero tampoco la confirma.

En El evangelio según Jesucristo, novela de José Saramago publicada en 1991, la relación entre Jesús y María de Magdala tiene un pausado y didáctico coito de tres páginas. Jesús viene caminando de regreso a casa por la orilla del Jordán. Han pasado cuatro años de peregrinaje, es un andariego de dieciocho años que quiere abrazar a su madre. Sus pies están heridos de todas las maneras, tienen la prueba de sangre de sus andares. Nunca ha visto a una mujer desnuda y su cuerpo ha comenzado a sufrir algunos temblores. Bañándose en el Jordán Jesús oye los cantos de una mujer y comienza a imaginar sus “minucias”. La erección se hace evidente: “El cuerpo de Jesús dio una señal, se hinchó lo que tenía entre las piernas, como les sucede a todos los hombres y a todos los animales, la sangre corrió veloz a un mismo sitio hasta el punto de que se le secaron súbitamente las heridas”.

Ahora imagina a la mujer viéndolo salir del río con una señal inequívoca en su túnica. Quiere buscar un rincón, un matorral para su urgencia, hasta que recuerda que el Señor le quitó la vida a Onán por derrochar su semilla. Ahora el hombre sigue el camino con una nueva ansiedad. Llegando a la ciudad de Magdala sus sandalias le reventaron una herida que tardaba en sanar. Jesús llamó a la puerta de esa casa aislada de las demás, señalada por las demás. Una mujer abrió muy pronto, Jesús estaba sentado apretando la herida que no dejaba de sangrar. Ayúdame, le dijo, y María le tendió la mano para ayudarlo a levantarse. El olor de esa mujer lo aturdió, entró en su casa apoyado en sus hombros y ceñido por su brazo. María le lavó el pie en el patio y se lo secó con un paño blanco, un sudario pedestre podría decirse.

Ese Jesús del evangelio según Saramago está indefenso frente a María de Magdala. Herido en el pie y maltrecho de ansiedad por sus recuerdos en el río. Es un adolescente cualquiera a merced de una prostituta que lo ha de curar del cuerpo y el espíritu. También él ha de redimirla, ha surgido un amor nuevo y recíproco. María vuelve con un ungüento y Jesús ya sabe que “se trata del cuerpo de una bailarina, de la risa de una mujer liviana”. Luego de la curación Jesús le pregunta cómo podía agradecerle: “Guárdame en tu recuerdo, nada más, y Jesús, no olvidaré tu bondad, y luego, llenándose de ánimo, no te olvidaré, por qué, sonrió la mujer, porque eres hermosa”. Jesús no conoce de cortejos pero parece intuirlos muy bien.

Sabía que era prostituta y que no tenía con qué pagarle, tranquilo, todos llegan igual, le dijo María. Pero Jesús no era como todos, ni por la bolsa, ni por la cara, ni por las llagas en sus pies, ni por el ritmo de su corazón. “No conozco mujer”, le dijo el hijo de Dios. “Así tenemos que empezar todos, hombres que no conocían mujer, mujeres que no conocían hombre, un día el que sabía enseñó, el que no sabía aprendió”.

Ya no es momento para testamentos ni papiros ni pruebas… Solo rumores entre Magdala y Nazareth. María lo lava, lo desnuda y lo lleva a la cama. Es su cordero, ya vendrá la comunión. Jesús cree que sus párpados lo salvarán. Su celibato, dicen los expertos, no era una elección propia sino un designio. “Eres hermoso, pero para ser perfecto tienes que abrir los ojos”, le dice la prostituta que cura su ardor.

María lo guía y le susurra, “aprende mi cuerpo… El pubis donde se demoró enredando y desenredando sus dedos”. Y luego pone sus manos en el centro del Salvador, manos que van y vienen al mismo ritmo. Es seguro que frente a la escena que se acerca, Saramago pensó en el mármol, en los viejos lienzos que retratan a Jesús y a María Magdalena: tiernos, en éxtasis espiritual, ella en cuerpo, él en espíritu. Lograr mover esos cuerpos, convertirlos en jadeos y sudor.

Pero Saramago cierra los ojos a la divinidad y describe el momento en el lecho de esa casa marcada: “… Aprende de tu cuerpo, y él lo tenía ahí, su cuerpo, tenso, duro, erecto, y sobre él estaba, desnuda y magnífica, María de Magdala, que decía, calma, no te preocupes, no te muevas, déjame a mí, entonces sintió que una parte de su cuerpo, esa, se había hundido en el cuerpo de ella, que un anillo de fuego lo envolvía, yendo y viniendo, que un estremecimiento lo sacudía por dentro, como un pez agitándose, y que de súbito se escapaba gritando, imposible, no puede ser, los peces no gritan, él, sí, era él quien gritaba, al mismo tiempo que María, gimiendo, dejaba caer su cuerpo sobre el de él, yendo a beberle en la boca el grito…”.

En la mañana repitieron el arte recién aprendido. Jesús acaba de salvar a María, su pecado la ha redimido, al menos eso podría decirle Jesús a su Dios, todo había sido por una buena causa, un cambio de sexo por conversión. Una semana duraron en la casa maldita. Lo suficiente para curar las heridas y acostumbrar los cuerpos. Luego de un largo abrazo, parte Jesús a la casa de su madre y María Magdalena le asegura que nadie volverá a la suya, ha puesto la seña en la ventana para que todos sepan que un hombre ha entrado y nunca saldrá.

María no solo le entregó su cuerpo, su oficio, su curación. Al escondido amarró veinte monedas en un nudo de la túnica de su amado, monedas impuras. Jesús llegó a casa y su madre y sus hermanos se negaron a creerle que había visto a Dios. Jesús lo repitió ante ellos y solo obtuvo burlas y rechazo. Entonces, volvió a Magdala y María le dio su don más importante: creyó en su palabra.

Quince años después, Jesús, convertido en jardinero, se le aparece a María de Magdala en el huerto donde está su tumba. Ella estira su mano para tocarlo. Tres palabras imperiosas marcan una nueva relación: “No me toques”, le dice Jesús resucitado. María de Magdala acaba de convertirse en santa.

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Pascual Gaviria

Pascual Gaviria

Pascual Gaviria

Pascual Gaviria

Pascual Gaviria

Editorial

Cóndor solo hay uno

por PASCUAL GAVIRIA • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

No conoce de majestades, no sabe que sus alas extendidas está en decenas de billetes y escudos, ni que las líneas de Nazca trazan su pico filudo, ni que las momias de Machu Picchu ofrecían sus restos para que los llevaran al cielo, no al cielo azul y terreno, sino al Hanan Pacha, al reino de todos los dioses. Nada sabe de mitos. Solo da la espalda a los visitantes y bosteza con desgano parado en su percha. La modorra de las cuatro de la tarde no da para más. Ya se ha comido sus dos kilos y medio de carne del día. Digiere los ratones, los conejos, la carne del costillar de un caballo recién despresado. Carne fresca eso sí, porque no le gustan las sobras, solo la carroña recién servida. No sabe de dignidades pero tiene claro que merece comida sangrante. Su cabeza pelada se sumerge en la carroña hasta manchar un poco su collar nevado. Tiene una gran ventaja frente a algunos de los animales que viven en el Parque: no extraña la caza, no ha olvidado las habilidades del acecho, no vive lejos de su instinto para la emboscada. Lo suyo han sido siempre los cadáveres, así muchos piensen que pueden robar animales vivos con sus garras. En realidad son patas para caminar y percharse, más planas que prensiles. No sabe de mitos ni de raptos.

Es imposible no verlo triste, tan quieto, tan antipático con los visitantes, con ese traje de sala de velación: negro, blanco, negro, con dos coletas de frac a media espalda. La procesión de visitantes no ayuda a mejorar el ambiente. Niños excitados, dándole cuerda a un mono que golpea un tambor con frenesí; abuelas cansinas, tal vez identificadas con la gerontología animal; padres y madres que señalan y retratan. Un cartel informativo describe una pareja de cóndores en ese hábitat protegido que nadie quiere llamar jaula ni pecera de aves ni celda. Los visitantes buscan a la pareja del cóndor, la explicación del cartel deja claro que el espécimen a la vista es el macho y comienzan las preguntas: ¿dónde está la hembra? ¿Y la esposa está dormida? ¿La señora qué se hizo? ¿Se les escondió la dama? Y el cóndor se ve todavía más solo. Tiene el espacio más amplio del Parque, el ave más grande del mundo —solo el albatros real le planta apuesta— puede caminar a sus anchas y abrir sus alas para un baño de sol y desconocer a los tres reyes de los gallinazos que lo vigilan desde la cabina de enfrente. No puede volar, solo saltar de la percha a la gruta y de la gruta al pequeño foso de agua. Saltar es una palabra triste para un cóndor.

Esa soledad exhibida tiene una novela romántica de trasfondo. Una dama lánguida, enferma para responder al amor. La historia de un cortejo fallido, los intentos de los celestinos y la señora muerte que no perdona. La dama que lo acompañó durante al menos cinco años murió en 2020. Pero no debo humanizar esta historia, ni ponerles nombre a los animales del Parque como si fueran mascotas, ni bien vestir las tragedias naturales. Es hora de ser serios. Solo sesenta cóndores libres vuelan sobre Colombia y solo nueve viven bajo los cuidados del cautiverio. El habitante del Parque de la Conservación llegó desde Chile con su posible compañera, su prometida, digamos, hace cerca de ocho años. Hacían parte de un grupo de tres parejas que llegaron al Parque Jaime Duque de Bogotá en un convenio para buscar su reproducción. Una tarea que no es fácil y que se parece más a las complicaciones nupciales que a los afanes del celo. También en estas elecciones son exigentes los cóndores, escogen con cuidado su pareja, es una decisión de toda una vida, no tienen que prometerse nada, su naturaleza les deja clara la monogamia. Y no es poco tiempo, en cautiverio pueden vivir hasta 75 años, y libres vuelan fácilmente hasta los cincuenta.

Pero en el Parque no hubo vida en común para los recién llegados. No fue posible el acople, me dice el etólogo. Hubo intentos, sí, las alas abiertas, el pecho inflado del macho, la cercanía en la gruta. Pero la hembra nunca atendió el llamado. Había química, pero una química mortal. La hembra tenía doce perdigones de plomo en su cuerpo y ese veneno en su sangre la hizo apática, no dejó que su cabeza se pusiera amarillenta como les sucede a los de su especie en momentos aptos para la reproducción. De modo que el macho renunció a sus íntimos deseos. Esa leyenda que los hace animales cazadores, culpables de arrebatar terneros u otros pequeños mamíferos a sus madres, los vuelve blanco de las escopetas campesinas. La radiografía de la hembra deja ver los perdigones como un reguero bajo sus alas. Parece la foto de una autopsia luego de un cruento changonazo. No había forma de evitar que el plomo envenenara la sangre de la hembra con cada latido. También él tiene sus señales de disparos pero son menores, no hay rastro significativo de plomo. La hembra solo vive en el aviso informativo y en las preguntas de los visitantes, es un fantasma que abre las alas en la noche. Ya volvió la fantasía romántica.

No se puede decir que este macho, posado sobre la rama que sostiene sus doce kilos, sea viudo. Es apenas un joven que no ha probado hembra. Quien murió fue su compañera de vuelo en avión y cautiverio. Así que no se pierden las esperanzas de que pueda encontrar una hembra en alguna de sus aventuras en compañía de biólogos y cámaras, hay tres candidatas esperando en Bogotá. Si de verdad fuera viudo, si hubiera tenido una vida en común con su compañera de cabina y ella hubiera muerto después, sería muy difícil que se decidiera a buscar una nueva pareja. El recuerdo puede hacer retroceder a los cóndores que han perdido su dupla. Lo de la monogamia va en serio. Se espera entonces que pueda viajar al Parque Jaime Duque para intentar la hazaña. Porque la reproducción de los cóndores tiene algo de gesta, todo muy planeado, todo muy despacio, todo muy cauto. Solo ponen un huevo cada dos y el ciclo de cortejo, apareamiento, incubación y crecida del polluelo dura cerca de tres años. Cóndores no engendran todos los días. Son parcos en los menesteres de la reproducción, lo suyo son gozos del vuelo, menos agitados y menos pedestres.

Los cuidadores del cóndor hablan de su docilidad y sus comportamientos naturales. No hay nada en su conducta que denote estrés por su condición de cautiverio y su vida lejos de los riscos bajo tres carboneros y algunos platanillos. Si viera una amenaza en los humanos que lo alimentan o tuviera molestia en quienes lo espían detrás del vidrio utilizaría su arma oculta: regurgitar un poco de sus jugos gástricos contra los posibles atacantes. Los carroñeros saben usar sus poderes, cualquiera preferiría un picotazo a un pequeño baño con sus caldos. Según los etólogos que estudian sus comportamientos, el cóndor no está aburrido en su jaula, esos bostezos son normales y esa quietud también. No da muestras de irritación como algunos primates ni merodea sin mucho sentido como algunos felinos del Parque. Intuir su tristeza puede ser también una forma de humanizarlo, de contemplar sus alas plegadas con algo de conmiseración.

Pero no todo es silencio y soledad. El cóndor tiene visitas desde el exterior. Como si viviera en una película de Disney donde los animales de distintas especies se hermanan y se ayudan, donde hablan con los mismos graznidos. En las tardes es normal que arrimen a su jaula piguas y guacamayas, visitantes con curiosidad por ese gigante que tiene un pico similar y que extiende sus alas en una ceremonia diaria. Por las rejas tocan sus picos para socializar. ¿Qué significa ese contacto? ¿Hay algo de fraternidad? ¿Es un simple choque de dos garfios que intentan medirse, oír el ruido que producen al chocar? Es difícil saberlo, pero la imagen de una guacamaya y un cóndor mirándose con interés y cuidado deja algo de la alegría que puede entregar eso que llamamos reino animal.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

Editorial