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Polvo eres

por PASCUAL GAVIRIA 

Número 148 Marzo de 2026

La aparición de Cristo a María Magdalena, Juan de Flandes. Archivo Galería de las Colecciones Reales de Madrid. 1496-1504.

“Padre, ¿por qué me has abandonado?”, dijo Jesús en uno de sus momentos de debilidad. La más importante de sus certezas estaba flaqueando, el dolor nublaba la fe. Otro día agitó el látigo contra los mercaderes en el templo, nada de templanza, ira santa. Un momento de fiereza muy lejano a la beatitud. Frente a las tentaciones de la carne nada se dice en los evangelios oficiales ni en los apócrifos más plausibles. Pero el evangelio según Gustavo Francisco lo puso hace unas semanas en brazos y piernas de María Magdalena. El presidente insistió, en medio de sus soliloquios, en la necesidad de un Jesús presto a saciar sus necesidades, en un dios humanado, demasiado humanado. “Un hombre así sin amor no podría existir”, dijo Gustavo Francisco, “murió rodeado de las mujeres que lo amaban y eran muchas… Jesucristo hizo el amor… A lo mejor con María Magdalena”, terminó el presidente en un arrebato de lujuria verbal.

La Conferencia Episcopal puso el grito en el cielo con una carta en defensa del Dios hecho hombre célibe: “Los Obispos de Colombia invitamos a todos a leer asiduamente los evangelios y a repasar las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica para poder llegar a la única figura de nuestro Señor Jesucristo. Y, por otra parte, invitamos a todos los que tienen dudas sobre la persona de Jesús, Señor y Mesías, a que se informen en las fuentes objetivas de los evangelios y a evitar cualquier ligereza al respecto”. Al final de la comunicación, reclamaban respeto por sus creencias así como ellos profesan respeto por las instituciones democráticas.

Sin embargo la posible relación entre Jesús y María de Magdala es un chisme histórico que ha desvelado a historiadores, hagiógrafos, creyentes y fabuladores. Lo que es claro es que María Magdalena era una preferida entre los seguidores de Jesús. Su papel era tan importante que fue la única en tocar su cadáver, la primera en ver el sepulcro vacío luego de la resurrección y la única entre sus seguidores a quien Cristo resucitado se le apareció, con su humilde atuendo de jardinero y su pala. Y en algunos escritos apócrifos se dice que Jesús la llamaba “compañera”, con la palabra griega koinônos, que no excluye la condición de esposa pero tampoco la confirma.

En El evangelio según Jesucristo, novela de José Saramago publicada en 1991, la relación entre Jesús y María de Magdala tiene un pausado y didáctico coito de tres páginas. Jesús viene caminando de regreso a casa por la orilla del Jordán. Han pasado cuatro años de peregrinaje, es un andariego de dieciocho años que quiere abrazar a su madre. Sus pies están heridos de todas las maneras, tienen la prueba de sangre de sus andares. Nunca ha visto a una mujer desnuda y su cuerpo ha comenzado a sufrir algunos temblores. Bañándose en el Jordán Jesús oye los cantos de una mujer y comienza a imaginar sus “minucias”. La erección se hace evidente: “El cuerpo de Jesús dio una señal, se hinchó lo que tenía entre las piernas, como les sucede a todos los hombres y a todos los animales, la sangre corrió veloz a un mismo sitio hasta el punto de que se le secaron súbitamente las heridas”.

Ahora imagina a la mujer viéndolo salir del río con una señal inequívoca en su túnica. Quiere buscar un rincón, un matorral para su urgencia, hasta que recuerda que el Señor le quitó la vida a Onán por derrochar su semilla. Ahora el hombre sigue el camino con una nueva ansiedad. Llegando a la ciudad de Magdala sus sandalias le reventaron una herida que tardaba en sanar. Jesús llamó a la puerta de esa casa aislada de las demás, señalada por las demás. Una mujer abrió muy pronto, Jesús estaba sentado apretando la herida que no dejaba de sangrar. Ayúdame, le dijo, y María le tendió la mano para ayudarlo a levantarse. El olor de esa mujer lo aturdió, entró en su casa apoyado en sus hombros y ceñido por su brazo. María le lavó el pie en el patio y se lo secó con un paño blanco, un sudario pedestre podría decirse.

Ese Jesús del evangelio según Saramago está indefenso frente a María de Magdala. Herido en el pie y maltrecho de ansiedad por sus recuerdos en el río. Es un adolescente cualquiera a merced de una prostituta que lo ha de curar del cuerpo y el espíritu. También él ha de redimirla, ha surgido un amor nuevo y recíproco. María vuelve con un ungüento y Jesús ya sabe que “se trata del cuerpo de una bailarina, de la risa de una mujer liviana”. Luego de la curación Jesús le pregunta cómo podía agradecerle: “Guárdame en tu recuerdo, nada más, y Jesús, no olvidaré tu bondad, y luego, llenándose de ánimo, no te olvidaré, por qué, sonrió la mujer, porque eres hermosa”. Jesús no conoce de cortejos pero parece intuirlos muy bien.

Sabía que era prostituta y que no tenía con qué pagarle, tranquilo, todos llegan igual, le dijo María. Pero Jesús no era como todos, ni por la bolsa, ni por la cara, ni por las llagas en sus pies, ni por el ritmo de su corazón. “No conozco mujer”, le dijo el hijo de Dios. “Así tenemos que empezar todos, hombres que no conocían mujer, mujeres que no conocían hombre, un día el que sabía enseñó, el que no sabía aprendió”.

Ya no es momento para testamentos ni papiros ni pruebas… Solo rumores entre Magdala y Nazareth. María lo lava, lo desnuda y lo lleva a la cama. Es su cordero, ya vendrá la comunión. Jesús cree que sus párpados lo salvarán. Su celibato, dicen los expertos, no era una elección propia sino un designio. “Eres hermoso, pero para ser perfecto tienes que abrir los ojos”, le dice la prostituta que cura su ardor.

María lo guía y le susurra, “aprende mi cuerpo… El pubis donde se demoró enredando y desenredando sus dedos”. Y luego pone sus manos en el centro del Salvador, manos que van y vienen al mismo ritmo. Es seguro que frente a la escena que se acerca, Saramago pensó en el mármol, en los viejos lienzos que retratan a Jesús y a María Magdalena: tiernos, en éxtasis espiritual, ella en cuerpo, él en espíritu. Lograr mover esos cuerpos, convertirlos en jadeos y sudor.

Pero Saramago cierra los ojos a la divinidad y describe el momento en el lecho de esa casa marcada: “… Aprende de tu cuerpo, y él lo tenía ahí, su cuerpo, tenso, duro, erecto, y sobre él estaba, desnuda y magnífica, María de Magdala, que decía, calma, no te preocupes, no te muevas, déjame a mí, entonces sintió que una parte de su cuerpo, esa, se había hundido en el cuerpo de ella, que un anillo de fuego lo envolvía, yendo y viniendo, que un estremecimiento lo sacudía por dentro, como un pez agitándose, y que de súbito se escapaba gritando, imposible, no puede ser, los peces no gritan, él, sí, era él quien gritaba, al mismo tiempo que María, gimiendo, dejaba caer su cuerpo sobre el de él, yendo a beberle en la boca el grito…”.

En la mañana repitieron el arte recién aprendido. Jesús acaba de salvar a María, su pecado la ha redimido, al menos eso podría decirle Jesús a su Dios, todo había sido por una buena causa, un cambio de sexo por conversión. Una semana duraron en la casa maldita. Lo suficiente para curar las heridas y acostumbrar los cuerpos. Luego de un largo abrazo, parte Jesús a la casa de su madre y María Magdalena le asegura que nadie volverá a la suya, ha puesto la seña en la ventana para que todos sepan que un hombre ha entrado y nunca saldrá.

María no solo le entregó su cuerpo, su oficio, su curación. Al escondido amarró veinte monedas en un nudo de la túnica de su amado, monedas impuras. Jesús llegó a casa y su madre y sus hermanos se negaron a creerle que había visto a Dios. Jesús lo repitió ante ellos y solo obtuvo burlas y rechazo. Entonces, volvió a Magdala y María le dio su don más importante: creyó en su palabra.

Quince años después, Jesús, convertido en jardinero, se le aparece a María de Magdala en el huerto donde está su tumba. Ella estira su mano para tocarlo. Tres palabras imperiosas marcan una nueva relación: “No me toques”, le dice Jesús resucitado. María de Magdala acaba de convertirse en santa.

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Pascual Gaviria

Pascual Gaviria

Pascual Gaviria

Pascual Gaviria

Pascual Gaviria

Editorial

Cóndor solo hay uno

por PASCUAL GAVIRIA • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

No conoce de majestades, no sabe que sus alas extendidas está en decenas de billetes y escudos, ni que las líneas de Nazca trazan su pico filudo, ni que las momias de Machu Picchu ofrecían sus restos para que los llevaran al cielo, no al cielo azul y terreno, sino al Hanan Pacha, al reino de todos los dioses. Nada sabe de mitos. Solo da la espalda a los visitantes y bosteza con desgano parado en su percha. La modorra de las cuatro de la tarde no da para más. Ya se ha comido sus dos kilos y medio de carne del día. Digiere los ratones, los conejos, la carne del costillar de un caballo recién despresado. Carne fresca eso sí, porque no le gustan las sobras, solo la carroña recién servida. No sabe de dignidades pero tiene claro que merece comida sangrante. Su cabeza pelada se sumerge en la carroña hasta manchar un poco su collar nevado. Tiene una gran ventaja frente a algunos de los animales que viven en el Parque: no extraña la caza, no ha olvidado las habilidades del acecho, no vive lejos de su instinto para la emboscada. Lo suyo han sido siempre los cadáveres, así muchos piensen que pueden robar animales vivos con sus garras. En realidad son patas para caminar y percharse, más planas que prensiles. No sabe de mitos ni de raptos.

Es imposible no verlo triste, tan quieto, tan antipático con los visitantes, con ese traje de sala de velación: negro, blanco, negro, con dos coletas de frac a media espalda. La procesión de visitantes no ayuda a mejorar el ambiente. Niños excitados, dándole cuerda a un mono que golpea un tambor con frenesí; abuelas cansinas, tal vez identificadas con la gerontología animal; padres y madres que señalan y retratan. Un cartel informativo describe una pareja de cóndores en ese hábitat protegido que nadie quiere llamar jaula ni pecera de aves ni celda. Los visitantes buscan a la pareja del cóndor, la explicación del cartel deja claro que el espécimen a la vista es el macho y comienzan las preguntas: ¿dónde está la hembra? ¿Y la esposa está dormida? ¿La señora qué se hizo? ¿Se les escondió la dama? Y el cóndor se ve todavía más solo. Tiene el espacio más amplio del Parque, el ave más grande del mundo —solo el albatros real le planta apuesta— puede caminar a sus anchas y abrir sus alas para un baño de sol y desconocer a los tres reyes de los gallinazos que lo vigilan desde la cabina de enfrente. No puede volar, solo saltar de la percha a la gruta y de la gruta al pequeño foso de agua. Saltar es una palabra triste para un cóndor.

Esa soledad exhibida tiene una novela romántica de trasfondo. Una dama lánguida, enferma para responder al amor. La historia de un cortejo fallido, los intentos de los celestinos y la señora muerte que no perdona. La dama que lo acompañó durante al menos cinco años murió en 2020. Pero no debo humanizar esta historia, ni ponerles nombre a los animales del Parque como si fueran mascotas, ni bien vestir las tragedias naturales. Es hora de ser serios. Solo sesenta cóndores libres vuelan sobre Colombia y solo nueve viven bajo los cuidados del cautiverio. El habitante del Parque de la Conservación llegó desde Chile con su posible compañera, su prometida, digamos, hace cerca de ocho años. Hacían parte de un grupo de tres parejas que llegaron al Parque Jaime Duque de Bogotá en un convenio para buscar su reproducción. Una tarea que no es fácil y que se parece más a las complicaciones nupciales que a los afanes del celo. También en estas elecciones son exigentes los cóndores, escogen con cuidado su pareja, es una decisión de toda una vida, no tienen que prometerse nada, su naturaleza les deja clara la monogamia. Y no es poco tiempo, en cautiverio pueden vivir hasta 75 años, y libres vuelan fácilmente hasta los cincuenta.

Pero en el Parque no hubo vida en común para los recién llegados. No fue posible el acople, me dice el etólogo. Hubo intentos, sí, las alas abiertas, el pecho inflado del macho, la cercanía en la gruta. Pero la hembra nunca atendió el llamado. Había química, pero una química mortal. La hembra tenía doce perdigones de plomo en su cuerpo y ese veneno en su sangre la hizo apática, no dejó que su cabeza se pusiera amarillenta como les sucede a los de su especie en momentos aptos para la reproducción. De modo que el macho renunció a sus íntimos deseos. Esa leyenda que los hace animales cazadores, culpables de arrebatar terneros u otros pequeños mamíferos a sus madres, los vuelve blanco de las escopetas campesinas. La radiografía de la hembra deja ver los perdigones como un reguero bajo sus alas. Parece la foto de una autopsia luego de un cruento changonazo. No había forma de evitar que el plomo envenenara la sangre de la hembra con cada latido. También él tiene sus señales de disparos pero son menores, no hay rastro significativo de plomo. La hembra solo vive en el aviso informativo y en las preguntas de los visitantes, es un fantasma que abre las alas en la noche. Ya volvió la fantasía romántica.

No se puede decir que este macho, posado sobre la rama que sostiene sus doce kilos, sea viudo. Es apenas un joven que no ha probado hembra. Quien murió fue su compañera de vuelo en avión y cautiverio. Así que no se pierden las esperanzas de que pueda encontrar una hembra en alguna de sus aventuras en compañía de biólogos y cámaras, hay tres candidatas esperando en Bogotá. Si de verdad fuera viudo, si hubiera tenido una vida en común con su compañera de cabina y ella hubiera muerto después, sería muy difícil que se decidiera a buscar una nueva pareja. El recuerdo puede hacer retroceder a los cóndores que han perdido su dupla. Lo de la monogamia va en serio. Se espera entonces que pueda viajar al Parque Jaime Duque para intentar la hazaña. Porque la reproducción de los cóndores tiene algo de gesta, todo muy planeado, todo muy despacio, todo muy cauto. Solo ponen un huevo cada dos y el ciclo de cortejo, apareamiento, incubación y crecida del polluelo dura cerca de tres años. Cóndores no engendran todos los días. Son parcos en los menesteres de la reproducción, lo suyo son gozos del vuelo, menos agitados y menos pedestres.

Los cuidadores del cóndor hablan de su docilidad y sus comportamientos naturales. No hay nada en su conducta que denote estrés por su condición de cautiverio y su vida lejos de los riscos bajo tres carboneros y algunos platanillos. Si viera una amenaza en los humanos que lo alimentan o tuviera molestia en quienes lo espían detrás del vidrio utilizaría su arma oculta: regurgitar un poco de sus jugos gástricos contra los posibles atacantes. Los carroñeros saben usar sus poderes, cualquiera preferiría un picotazo a un pequeño baño con sus caldos. Según los etólogos que estudian sus comportamientos, el cóndor no está aburrido en su jaula, esos bostezos son normales y esa quietud también. No da muestras de irritación como algunos primates ni merodea sin mucho sentido como algunos felinos del Parque. Intuir su tristeza puede ser también una forma de humanizarlo, de contemplar sus alas plegadas con algo de conmiseración.

Pero no todo es silencio y soledad. El cóndor tiene visitas desde el exterior. Como si viviera en una película de Disney donde los animales de distintas especies se hermanan y se ayudan, donde hablan con los mismos graznidos. En las tardes es normal que arrimen a su jaula piguas y guacamayas, visitantes con curiosidad por ese gigante que tiene un pico similar y que extiende sus alas en una ceremonia diaria. Por las rejas tocan sus picos para socializar. ¿Qué significa ese contacto? ¿Hay algo de fraternidad? ¿Es un simple choque de dos garfios que intentan medirse, oír el ruido que producen al chocar? Es difícil saberlo, pero la imagen de una guacamaya y un cóndor mirándose con interés y cuidado deja algo de la alegría que puede entregar eso que llamamos reino animal.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

Editorial

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