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El museo por cárcel

EDITORIAL

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

La historia del Museo Nacional de Colombia está emparentada por los dos grandes rivales políticos del siglo XX. Jorge Eliécer Gaitán y Laureano Gómez. Enemigos partidistas casi siempre y aliados por conveniencia algunas veces. Gómez fue quien acogió la idea de trasladar el museo al edificio del panóptico que había cerrado, o mejor, abierto sus puertas en 1946. Gómez era el presidente de la Comisión Preparatoria de Trabajos que organizaba la IX Conferencia Internacional Americana en Bogotá y en la práctica, el canciller en la sombra del presidente Mariano Ospina Pérez. La idea caló y se trabajó durante dos años en la adecuación del edificio construido a finales del siglo XIX como penitenciaría de Cundinamarca.

La inauguración estaba prevista, con presidente a bordo, para el 9 de abril de 1948 pero Roa Sierra tenía otros planes. Las hordas del Bogotazo llegaron hasta las puertas del museo y la directora Teresa Cuervo los repelió con el argumento de que los presos ya se habían ido. Gaitán murió, el museo se salvó y Gómez huyó del país el 10 de abril.

En las celdas iluminadas del museo de hoy conviven con desconfianza las historias y los retratos de Gaitán y Gómez.

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Hasta mediados de los setenta el Museo Nacional era todavía más un anticuario que otra cosa. La pregunta sobre la identidad nacional era una pugna que llevaba décadas. Minerales, recuentos botánicos, próceres y banderas, artículos curiosos y arte histórico y religioso, ese era el inventario. También había una sala con los trebejos personales de Laureano Gómez y otra con las reliquias pictóricas preferidas de Eduardo Santos. En esa época se dieron las primeras discusiones sobre qué cosas debería exhibir, enseñar, resaltar y sugerir el museo. Los grandes historiadores del país, las curadoras y artistas de vanguardia, la prensa, los museógrafos internacionales que asesoraban Colcultura guiaban el debate. La nueva directora, Emma Araujo de Vallejo, decidió ordenar al gabinete y contar una historia más que atiborrar tres pisos de curiosidades: “Dos cuadros buenos dicen más que veinte malos”, fue una de sus frases ante las críticas. A muchos les parecía que el museo estaba muy vacío, otros extrañaban las armas que se guardaron para exhibir símbolos civiles. Las luchas entre el americanismo que seguía a los muralistas mexicanos y la vanguardia que pensaba en instalaciones y en hierros retorcidos. Las exposiciones temporales, una rareza hasta ese momento, se convirtieron en una forma de hablar de la realidad que cambiaba y las discusiones que aparecían en el camino. En medio de la política extrema la directora Cuervo duró veintiocho años (1946–1974) en su escritorio y su reemplazo, la señora Araujo, estuvo ocho años a cargo (1974-1982). El museo se disputaba en las ideas de la educación, la identidad, la historia y las artes. Era momento de incomodar a los retratos de la independencia y a la galería del Palacio.

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Hace casi cincuenta años, Gloria Zea describía en el número 10 de la revista Gaceta los propósitos de una “nueva cultura colombiana”. Las palabras de la entonces directora de Colcultura bien podrían servir para la polémica actual sobre el Museo Nacional al que el gobierno pretende convertir en sala decorativa para la acción política del presidente: “Toda persona tiene derecho a la cultura; a toda la cultura. De ahí la importancia de la cultura colombiana en este momento: no se trata de una cultura formal, desvinculada de las realidades nacionales; ni de una cultura extranjerizante, mirando siempre hacia otra parte; ni de una cultura dependiente de la holgura económica, o el ocio creador. Ni de una cultura elitista y literaria. Todo lo contrario: se trata de una cultura viva, polémica, actuante, que se ha diversificado al máximo, y para la cual todas las formas de expresión resultan válidas: el cine y los títeres, la antropología y la historia, el folklore y la danza, la ópera y la pintura, el teatro y el periodismo; la investigación de nuestro pasado y la proyección de nuestro futuro”.

Pero el gobierno está tres salas atrás de las discusiones de los años setenta. La cultura es solo una forma de distraer y hablar de sus prejuicios y su fanatismo. Para Abelardo y su clan la cultura es el lugar para purgar y señalar, no para crear, recordar, sugerir. La vergonzosa orden de sacar del museo los objetos que le parecían dignos de desaparecer —usó esa muy elocuente palabra— muestra el orgullo con el que el gobierno exhibe su fanatismo.

Es claro que la intención era señalar al gobierno de Gustavo Petro declarándoles la guerra a los muros de una sala del Museo Nacional. Pero lo cierto es que los guiones y la curaduría de esas nuevas salas no se hicieron durante el gobierno anterior. Desde 2011 se comenzó el proyecto de renovación del Museo Nacional en el que participaron cientos de personas. Tres gobiernos, ocho ministros de cultura y seis directores acompañaron la apertura de trece nuevas salas, todos con miradas y énfasis diferentes, pero capaces de compartir y discutir un reto que apenas hace unas décadas han asumido nuestros museos: contar la historia más reciente, mirar al pasado que todavía se discute en la política y en los medios. Ninguno de los objetos desaparecidos fue llevado al museo por el gobierno anterior. Se trata de una batalla contra el adoctrinamiento, dice el gobierno, mientras habla todos los días con bendiciones y saludo militar.

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Pero el daño a la cultura en el gobierno del decorador Abelardo de la Espriella va más allá de la purificación del museo. Todo comenzó con la suspensión del Programa de Estímulos y el Programa Nacional de Concertación. Un golpe a los creadores individuales y a los eventos con mayor trayectoria en el país. La decisión desató el señalamiento de parasitario a todo el sector cultural: “¿Por qué el Estado debe apoyar a artistas fracasados?”. “Si solo pueden ser artistas con la plata del Estado entonces que cojan otro oficio”. “Hay prioridades y no es hora de estar sosteniendo artistadas”.

No se trata solo de curar el museo de objetos indeseables, se busca sobre todo desprestigiar a un sector que les parece ajeno, subversivo, degenerado. La versión que dictó el director del Instituto Caro y Cuervo sobre Gonzalo Arango y Andrés Caicedo va en la misma dirección. Corregir la biografía de dos desviados, marcar el rumbo del pasado y menospreciar a los creadores del presente.

Una cultura solo para aplaudir al final de cada acto: “Aplaudan, por qué no aplauden”.

La misma vuelta

EDITORIAL

Número 149 Mayo de 2026

Las elecciones presidenciales de 2026 resultaron ser un simulacro caricaturesco de la primera vuelta del 2022. El candidato de la izquierda emociona por interpuesta persona, calla lo que su jefe clama. El presidente Petro agita y Cepeda dormita. El candidato del Pacto ha leído 154 discursos en plazas públicas del país, alentados por 1.540 trinos del presidente. Es paradójico que el candidato del sopor despierte tanto fervor. El progresismo, después de anunciar el cambio y sostener gran parte de las mañas de la política tradicional, confirma que la palabra no pierde vigencia. Se sustenta en esa misma esperanza y en la queja del bloqueo institucional. En la campaña de 1998, Andrés Pastrana cantaba “el cambio es ahora”, la palabreja es bien manida, al Petro de hoy solo le queda decir “el cambio es después” y entregarle a Cepeda la espada envainada y, posiblemente, el país embargado.

Pero no todo es un calco borroso del 2022. El Pacto tiene sus líneas bien reteñidas. Sigue siendo la principal fuerza política del país y creció en las votaciones al Congreso en toda la geografía nacional. Desde Salgar, la cuna de Uribe, donde pasó de 66 a 150 votos, hasta las costas del Pacífico donde parecía imposible romper el techo de su hegemonía y sumó 334.000 votos más respecto a 2022. En Antioquia el Pacto logró 180.000 votos más y así pasó por Bogotá, la Costa Atlántica y el sur del país. La izquierda descubrió las mieles del juego electoral desde el poder. La burocracia empuja y la mermelada embruja.

Por los lados de Abelardo de la Espriella la caricatura es una estrategia. El abogado encontró oficio como animador y la sacó del coliseo. Hace cuatro años Rodolfo inventó la memepolítica y casi se convierte en presidente. El encanto de las malas maneras fue su estrategia: un viejo gritón y delirante, un señor de cadena de oro y trueno en cinto, un potentado en un yate disfrazado de Bad Daddy. Abelardo le cogió la caña y jugó a ser un Rodolfo con menos canas y más ganas. Además, le sumó algo de bel canto, le puso un toque de pastor cristiano a su personaje de alias el Tigre y sus extravagancias. Rodolfo destilaba las agrieras de un setentón y Abelardo destila su ron Defensor. Pasamos del ingeniero a los ingenios del abogado. Rodolfo copiaba a Helenita Vargas mientras Abelardo imita a Shakira.

Por los lados del Centro Democrático la trillada viñeta ya se está borrando. Siempre un candidato con una sola sombra larga a la espalda. Uribe remolcando a Óscar Iván, Uribe inflando a Iván, Uribe agazapado detrás de Fico, Uribe limpiando lo que queda de su imagen a costa de Paloma. Hace cuatro años el de Uribe estaba en la fosa de su popularidad e hizo el esfuerzo de desaparecerse en campaña. Ninguneó a Óscar Iván y le entregó la responsabilidad a un Fico bendecido por buena parte del notablato. Pero Fico resultó muy pando y muy nea para ser el representante del establecimiento. La estabilidad que ofrecía no era del todo creíble y no tenía nada nuevo que entregar, se quedó en el punto medio entre el statu quo y el outsider, el punto ciego electoral. A Paloma le ha pasado algo similar: la derecha quiere menos Uribe y más entretenimiento, no busca saldar los pleitos viejos sino casar pendencias nuevas. Uribe no resistió la tentación de ser protagonista, ocho años por fuera de la tarima era demasiado y terminó borrando el mural de Paloma. Juan Daniel Oviedo se montó a la balanza del CD para intentar equilibrio, pero a la nueva derecha le pareció muy zurdo, nadie quiere matices, todo tiene que reteñirse con un solo color como en las tareas escolares. Paloma y Oviedo se gastaron su semana estelar en discusiones públicas y confundieron a sus votantes mientras Uribe se tomaba su campaña. 

De Sergio Fajardo solo vale decir que es una animación muy predecible. Un matemático que no ha podido comprender la curva electoral. Siempre gana las elecciones dos años antes de la fecha de la votación. Alguien lo definió perfectamente en X: “Fajardo puede ser buen profesor, pero como alumno es muy malo. Cuatro campañas presidenciales y no aprendió nada”. Esta vez no hubo guerra en coalición, Fajardo prefirió ir solo a su salón y los alumnos tampoco llegaron. Ahora no hubo a nadie a quién culpar… Ah, bueno, siempre queda una culpa para un país que nunca entendió sus genialidades.

Las elecciones se repiten con un poco más de rabia, un tanto menos de esperanza, una nueva amenaza en forma de constituyente, el ocaso de un mostro, el surgimiento de una farsa de papel y la izquierda mostrando su fuerza y sus vicios. 

El Frente Frío

EDITORIAL

Número 148 Marzo de 2026

Desde las endebles oficinas de Universo Centro ha salido al fin una idea, una iniciativa con principios anémicos y alcance exiguo. Hemos decidido fundar un movimiento para la inacción política. Queremos presentarles a nuestros lectores, nunca electores, el nacimiento del Frente Frío. Fieles a nuestros propósitos no tendremos participación alguna en las próximas elecciones, no se trata de imparcialidad, nos guía el desgano. La abstención indignada no es nuestro faro, preferimos el aburrimiento, la desidia, la indiferencia. Esto, por supuesto, no es un llamado, queremos ser solo un correo no deseado.

Nuestra locha es contra la polarización. No llamamos a la conversación entre distintos ni al diálogo social ni al acuerdo sobre lo fundamental. Nos gusta el diálogo de sordos. Creemos en el mundial de fútbol como una alternativa al debate político. El Frente Frío propone al álbum de Panini como el tarjetón ideal para el 2026. Desde esta tribuna estamos seguros de que ni siquiera las cuatro horas de permiso laboral por el voto valen la pena para buscar incidencia en los próximos cuatro años de poder.

El llamado al cubículo nos parece un abuso propagandístico del Estado y estamos convencidos de que las arengas y la convocatoria a la calle, por parte de partidos y movimientos, es una extravagancia inaceptable. El Frente Frío quiere silencio, no quiere ni palomas en las plazas, ni rugidos en las calles, ni mimos en los parques. Somos ambidiestros y sabemos que el centro es un conjunto vacío. Sobra decir que por simple pereza no somos anarquistas y que solo aceptamos los ultras de las barras bravas del balón.

Respecto a los candidatos en contienda queremos dejar algunas precisiones. No se trata de descalificar, solo de llamar a la indiferencia. La apatía es la salida. Comencemos con Sergio Fajardo y su fundamentalismo. La reincidencia es una forma de violencia. Si la tercera no fue la vencida nos parece un exceso un nuevo intento. No llamamos a la moderación sino al descanso, al reposo para el candidato y los ciudadanos. Y al realismo para sus copartidarios. La alcaldía de Nuquí podría ser ideal para el retiro.

Vamos con Abelardo de la Espriella que desde su nombre nos parece desmesurado. No lo llamaremos Tigre por respeto a Radamel Falcao García. Pero desde ahí sabemos que es un impostor. No se puede ser al mismo tiempo un hombre del Sinú y del Arno. Imitar a Silvestre Dangond y a Andrea Bocelli es doble militancia. Sabemos de su gusto por las pirámides y por eso le hacemos un llamado a la serenidad. Su firma de abogados demostró que la falsificación de firmas es una industria en crecimiento. Le recomendamos una notaría. Hemos probado su ron Defensor, es bueno, pero para su hielo nos gusta más el ron Dictador. Abelardo, con moderación se goza más.

Vamos con el Pacto Histórico y su candidato Iván Cepeda. Un hombre en sordina impulsado por un megáfono. Desde el Frente Frío le proponemos El Frente Frío ser el traductor en lenguaje de señas de Gustavo Petro. Por la concordia nacional proponemos a Álvaro Uribe, su gran impulsor, como fórmula vicepresidencial. Aún hay tiempo para cambios en el tarjetón. Cuba y Nicaragua son naciones hermanas y el Frente Frío, un movimiento naciente contra los estragos del calentamiento global, espera su auxilio para sus costas inundadas. Un poco de gasolina para huir y un periodicazo de Voz Proletaria para Ortega y Díaz-Canel. En política local, le recomendamos al candidato, desde esta orilla lánguida, defender los derechos laborales de Roy, Benedetti, Euclides Torres, Julián Bedoya y otros obreros de la maquinaria, nos gusta el ocio pero queremos la reindustrialización… La gente que trabaja en silencio cobra en silencio. Frente a Venezuela, un abrazo de nuestra parte a Delcy, y que se cuide mucho. Hacemos votos para que a Aida le vaya mejor que a Francia en ese frío y provocativo palacio. Una recomendación: un corrector de estilo para su jefe que quiere dedicarse a escribir libros. El Frente Frío enviará desinteresadas hojas de vida. Y lo último, que los bastones de mando sean mansos.

Ahora vamos a hablar de Paloma y su ala moderada. Sabemos que su centro de gravedad ha cambiado. Queremos dejar una felicitación por su gran triunfo en la pequeña consulta. Comparte con Cepeda que Uribe fue su gran impulsor. Desde el Frente Frío admiramos su tesón para vencer a Cárdenas, Dávila, Luna, Gaviria, Galán, Peñalosa, Pinzón y Oviedo. Fue un trabajo fácil y eso nos gusta. Siempre queremos que las promesas se cumplan y el rayo homosexualizador era una deuda de los tiempos del plebiscito. Nos encanta que haya adoptado a Juan Daniel Oviedo. Sentimos mucho que Juan Daniel haya perdido el cien por ciento de su escucha en el oído derecho. Es interesante que la madrina política del Rayito sea María del Rosario Guerra. Lindos apellidos. No nos gusta la Paloma veintejuliera, le sale un poco forzado el discurso, pero sabemos que tiene habilidades para la escritura creativa, la estudió en Nueva York, nuestras páginas están abiertas. Nuestras urnas, cerradas.

Para terminar, dejamos claro que el Frente Frío no cree en las encuestas, lo nuestro son las apuestas. Nos gusta la política como una rama de Bet Play. Pondremos fichas para sacar partido. Pero lo nuestro es la polla del mundial.

P. d.: el Frente Frío no recibe donaciones ni adhesiones.

Juan Fernando Ramírez Arango

Retrato de gobierno, con monstruo y dictador

Archivo Fotográfico BPP

Número 121 Abril de 2021

Hay tanto, pero tanto, en esta sola foto, que no se sabe ni por dónde empezar. Hay, por ejemplo, tres presidentes. O mejor: dos presidentes y un dictador. Aunque vale aclarar que no todos lo eran el día del retrato: lo serían por turnos. Y tal vez por eso se les ve tan complacidos, con sonrisitas traviesas bien apretadas sobre sus filas de dientes.

Es casi obvio que el presidente en funciones era el señor de adelante: un paisa rozagante, nieto y sobrino de dos expresidentes, empresario, exgerente de la Federación Nacional de Cafeteros y postulado a última hora a las elecciones de 1946 como una medida desesperada de su partido, el Conservador, para competir con alguien “de mostrar”. Se llamaba Mariano Ospina Pérez, y si la historia fuera un juez tal vez lo declararía culpable por haberse cruzado de brazos cuando podría haber desactivado la bomba atómica de la violencia partidista que haría volar el país en pedazos con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

Igual él no se mandaba solo. Al hombre que vemos a su izquierda lo llamaban de muchas maneras, pero para efectos de esta fotografía lo llamaban el Patrón, y era el gran chalán del partido Conservador. Volcánico, telúrico, cáustico, pendenciero, vengativo y sigan ustedes enumerando adjetivos parecidos, que todos le van a cuadrar. Por su verbo embrujador, prestidigitador de un ideal de país gobernado bajo el imperio de la biblia y los fusiles, lo llamaban también el Monstruo. Admirador de Hitler, adulador de Franco. Se llamaba Laureano Gómez, y en el  juicio de la historia tal vez será acusado de haber sido el mayor entre los lanzallamas de palabras que empujaron a la Colombia de su tiempo a convertirse en un gigantesco teatro de horrores, en el que se mataron a bala, machete, piedra, soga o puñal decenas de miles de colombianos por el hecho de pertenecer al partido Liberal o al partido Conservador.

El Monstruo o El hombre tempestad —de aceitosos ojos verdes y lengua achicharrante— sería “elegido” presidente en 1950, cuando fue el único candidato en unas elecciones a las que el partido Liberal no se presentó “por falta de garantías”. O para decirlo de otro modo, porque la policía disolvía con balas las manifestaciones del candidato liberal (Darío Echandía) mientras que por todos los rincones del país alcaldes conservadores y sus policías locales, junto a bandas de “pájaros” y “chulavitas” —los paramilitares de entonces— andaban masacrando a cuanto liberal se les atravesara. ¿Por qué? Porque aunque habían ganado la presidencia habían perdido las elecciones parlamentarias, y sabían que en las siguientes presidenciales probablemente serían derrotados. Por eso querían darle “un sustico” a sus rivales, para bajarles un poco los humos y el afán de gobernar. Pero se les fue la mano.

De la voz azufrada de Laureano brotó la frase con la que colgó una lápida en el cuello del partido Liberal, al que llamaba el “basilisco”: un monstruo que “camina con pies de confusión y de ingenuidad, con piernas de atropello y de violencia, con un inmenso estómago oligárquico, con pecho de ira, con brazos masónicos y con una pequeña, diminuta cabeza comunista, pero que es la cabeza”. El “castrochavismo” de su tiempo, el “socialismo del siglo XX”, dirían los de ahora. Un monstruo al que, no lo dudaban, había que decapitar.

Y eso hicieron, o trataron de hacer con empeño. “Llegaremos hasta la acción intrépida y el atentado personal (…) y haremos invivible la república”, había dicho años antes —en una de sus frases más escalofriantes— el doctor Tempestad en su palestra del Congreso.

Y bueno, detrás, justo a espaldas del primero, el tercero: ese gran kepis militar sobre una carita de santo bonachón. El pacificador del Valle después del terremoto social del 9 de abril, luego nombrado director general del Ejeŕcito Nacional por el hombre al que escolta en esta foto. El mismo que se autodenominaría “General Supremo”  después de derrocar al presidente designado por el Monstruo cuando la enfermedad lo mandó —quién creyera— a una cama. Se llamaba Gustavo Rojas Pinilla. Y en el tribunal de la historia tal vez se le reconozca el hecho de haber amortiguado el arrasamiento violento del país, que lideraba Laureano Gómez. Pero también se le sentencie, entre otras cosas, por haber hecho del suyo un gobierno autocrático y reaccionario —una dictadura— que cerró cuantos periódicos pudo, aplacaba a tiros la protesta estudiantil, apaleaba en público a quienes abuchearan a su familia y le otorgó la Cruz de Boyacá a la Virgencita de Chiquinquirá.

Y atrás y alrededor de todos ellos, su gente: policías, burócratas, lagartos, militares, camanduleros… Todo ese gran equipo que aceitaría a punta de telegramas, cartas, chismes, columnas y órdenes directas la maquinaria del genocidio partidista. Uno de ellos, incluso, se hizo célebre por cacarear, fuerte y claro, otra frase para la historia: “A este país lo pacificamos a sangre y fuego”.

Todo esto lo cuentan, pues, los historiadores. Aunque otros afirman que estos mismos hombres fueron “santos varones”, “héroes”, “prohombres” que consagraron su vida al servicio de la Patria.

Vaya uno a saber. De pronto el equivocado es uno. Y en vez de aprender la lección y corregir, lo propio tal vez sea repetir la historia. Como pasa en Colombia desde que existe.