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Una grilla buena gente

por DIANA CARMONA • Ilustraciones de Titania

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Corría el año 1989, yo contaba con escasos dieciséis años y estaba a punto de graduarme como bachiller en el Colegio de María, adonde había logrado ingresar en el último año luego de dar tumbos por varias instituciones de la ciudad. 1989 ha sido catalogado por muchos investigadores del conflicto en Medellín como el peor año de la historia reciente de la ciudad, y no por nada, pues la escalada terrorista declarada desde las filas de la mafia desplegaba sus más terribles e infames acciones: una guerra contra el Estado era la consigna cuya máquina de muerte y dolor se disponía mediante carros bomba, estallidos de aviones en pleno vuelo, consolidación del paramilitarismo, recompensas por muerte a policías y asesinatos selectivos de jueces, magistrados, profesores, líderes estudiantiles, jóvenes… Los muertos se sumaban por miles, y aunque los de un barrio como Aranjuez no aparecían en los noticieros o en el periódico —que eventualmente comprábamos—, solo había que salir de la casa para encontrarlos en alguna esquina, en la panadería, donde los Vélez, frente a la iglesia o en la “curva del diablo” —llamada luego sofísticamente la “curva de la Virgen”—, que fungió como depósito de cadáveres no solo de personas ejecutadas en el barrio sino en otros lados de la comuna y la ciudad.

Ese fue mi último año de adolescencia, pues lo que se vino a finales de ese 1989 me sacaría definitivamente de esa condición y me arrojaría a una adultez precipitada y constreñida por lo real de la sobrevivencia. En ese tránsito imposible de anticipar estaba y como una pelada de dieciséis años intentaba despegarme del pegote de la infancia para tomar un lugar como mujer, entonces, adolescente. Las opciones eran más bien precarias: una, guardar la idea de decencia y sanidad inculcada desde muchos de nuestros hogares (compuestos la gran mayoría por madres solteras con abuelos y abuelas a cargo de la manutención y la educación de dos generaciones en valores familiares aún derivados de la vida campesina), que implicaba quedarse en casa, no relacionarse mal, no pararles bolas a los pillos, no andar con las grillas del barrio, no ir a fiestas ni a bares, no dormir en casas ajenas, y guardar otra serie de recatos para evitar ir de boca en boca y de mano en mano; la otra opción, desoír esa pobre pero a veces efectiva eugenesia social femenina y dejarse arrastrar por la atracción que producían los pillos (muchos de ellos pares, amigos que estaban creciendo al unísono con nosotras), las motos, el estatus que daba ser la novia de tal o cual, el sexo y la libertad incluso de consumir marihuana o licor. Así que la división para las mujeres era clara en el barrio: la puta o la santa, o dicho de otro modo, la grilla o la sana, elección no muy distante de la que a su manera vivían también los pelaos.

Bueno, pues la estrecha posibilidad de maniobra no se concede necesariamente con la decidida elección, y en mí, como en el resto de mis amigas, reinaba la ambigüedad, me debatía entre una y otra cosa. Esa suerte de habitanza del borde, de ese margen entre perspectivas de futuro tan opacas como aciagas me invadía e inquietaba. Tenía un novio de los sanos, el primero que tuve, con quien me conocí yo teniendo catorce y él diecinueve, y estaba en una relación estable en la que, a pesar de todo, me sentía amada y acogida. Sin embargo, y como dicen por ahí, “la suerte de la fea la bonita la desea”, hice también mis incursiones de grilla, al menos en tres ocasiones, la primera en el funesto año en cuestión.

Una mañana de domingo decidimos con algunas amigas irnos a patinar por los lados del Estadio (una de las pocas actividades que aprobaban nuestras familias por considerarla sana) y en medio de la jornada fuimos abordadas por un par de hombres mayores que venían transitando por el sector en un carro “lujoso” (váyase a saber qué tipo de carro era, probablemente cualquier Mazda bien tenido, tampoco sabía yo de carros para tener buenos gustos en aquella época), estaban bien vestidos y presentados, no como los pillos del barrio cuyas estéticas dejaban mucho qué desear. Aquellos desconocidos comenzaron a hablarnos y a admirar nuestra belleza juvenil; yo era una flaca de 1.68 que pesaba 45 kilos para la época y no me sabía especialmente bonita, pues, al contrario, la estética femenina que se incubaba fuertemente en esos tiempos era la de mujeres voluptuosas —tetonas, piernonas y culonas— y en eso yo no daba pie con bola; nos pidieron el número de teléfono —fijo para la época—, o nos dieron el suyo, no lo recuerdo bien, pero seguro fue lo segundo, pues habría sido una situación muy riesgosa con nuestras familias que nos llamaran a nuestras casas.

Lo cierto es que, días después, una amiga y yo quedamos con estos dos hombres en salir a La 70, uno de los lugares de rumba más populares de la ciudad; si mal no recuerdo, fuimos a Oro Sólido, una de las mejores discotecas de salsa para el momento y adonde, pensábamos, nunca nos habría llevado ninguno de los pelaos del barrio, ni tampoco el novio de turno. Fuimos con susto, claro está, cualquier cosa podía pasar: que nos llevaran para otro lado, que nos drogaran, nos violaran…, además, éramos menores de edad, mentimos a nuestras familias sobre a dónde íbamos y solo una que otra amiga sabía lo que estábamos haciendo. Lo inusitado de esta experiencia es que nada de lo que podía pasar pasó y el encuentro, por el contrario, se desenvolvió de un modo respetuoso y cordial; hubo conversa, baile, algunos tragos y ningún tocamiento por parte de estos extraños; luego, no siendo muy tarde, nos regresaron al barrio en su “lujoso” auto y les pedimos que nos dejaran a unas cuadras lejos de la nuestra, para despistar al enemigo que en mi caso, suponía, serían mi abuela o mi madre.

Lo que pasó después es ahora un poco confuso. Recuerdo que veníamos caminando por la parte trasera del Alzate Avendaño (uno de los colegios en que estudié, al menos una parte del quinto de bachillerato, y de donde me fui antes de terminar el año debido a la creciente situación de peligro del colegio, con tan buen tino de matricularme en un colegio en el Centro que llamaban popularmente “Prostituto América”); traíamos la contentura de habernos sentido cortejadas pero también respetadas, los tipos bailaban muy bien y nosotras éramos tremendos trompos, así que habíamos disfrutado la fiesta. De pronto, de la nada, apareció mi novio a unos metros frente a mí (alguien, quizás alguna de las otras amigas, tenía que haberle campaniado dónde estaba yo y en qué momento llegaba al barrio), el gesto de furia y desprecio en su rostro era implacable. Me inquirió acerca de dónde venía y yo balbuceé una y otra mentira, pero él decidió tomar propiedad de su lugar de novio y no dejarse ver como un güevón por sus amigos (quienes, si no sabían ya, se iban a enterar, porque en ese barrio la intimidad era tan escasa como anhelada); así que, sin advertirlo, recibí un puño en la cara que me tiró al borde de la calle. En esos casos nadie se metía, no hablábamos de violencia de género ni cosas similares, las vainas eran entre el hombre y su hembra, y el orgullo de varón debía ser restablecido a cualquier costo. Luego del primer cimbronazo, me levanté del piso bastante mareada y, sobre todo, avergonzada, no por lo que había hecho, sino por lo que estaba pasando, nunca antes Carlos me había golpeado…

De ahí el camino a mi casa fue eterno, las miradas se posaban sobre mí con reproche y Carlos me insultaba e increpaba para que le dijera dónde, con quién y en qué había estado. Llegamos a mi casa y yo traté de ocultar la situación frente a mi abuela y mi madre, pero eso era prácticamente imposible, por lo que Carlos me dijo que fuéramos a su casa, en el barrio El Salvador, a donde nos dirigimos a pie desde Aranjuez como parte del castigo. Lo que pasó allí en ese lugar más privado que era su casa y su habitación no es necesario enunciarlo, solo sumó a una serie de conversaciones incoherentes, insidiosas y actos de agresión que, sin duda, minaron mi amor por él y precipitaron nuestra ruptura al año siguiente, una vez yo había ingresado a la Nacional, gracias a la orientación y acompañamiento de Carlos, a estudiar Geología. Esa excursión de grilla dejó como resultado una ambigüedad: la conciencia de la mujer como posesión de un hombre —que hasta entonces no había experimentado—, así como el desamor y la destitución de este hombre por el que, aún hoy, guardo profundo agradecimiento, pues me enseñó unas formas de estar en el mundo alternas a las que el barrio me ofrecía.

El segundo envión de grilla sucedió probablemente al año siguiente, cuando ya había terminado mi relación de cinco años con Carlos. Entonces había comenzado a salir con un pelao del barrio, llamado Hugo, que estudiaba en la Universidad de Antioquia, pero que, a pesar de su calidad de estudiante, tampoco había podido renunciar definitivamente a la opción opuesta a la sanidad, y si bien no estaba en vueltas de pillaje, sí chicaneaba con las hembras que levantaba y hacía alarde de su moto (de carenaje blanco, siempre impecable, que incluso limpiaba y brillaba afectuosamente durante las visitas que me hacía afuera de la casa, y que me dejó marcada la imperdible e indeleble quemadura de mofle que toda grilla llevaba como sello de su experiencia). Este Hugo era, por las mismas razones geográficas y de azar que mis amigas y yo, vecino de Los Priscos, y también era amigo íntimo de alguno de los hermanos menores de esta familia, a quien, valga decir, tampoco vi nunca en vueltas de pillos; Hugo y su amigo eran, podría decirse con Andy Montañez, “pillos buena gente”… Con este Hugo pasé la tusa de Carlos y él conmigo la de una novia que había tenido con más carnes —tetas, piernas y culo— que yo, lo que no dejaba de informarme cada vez que le era posible. Ahora que lo pienso, creo que era un hombre un poco triste, atribulado quizás por la pérdida de su madre, y bastante influenciado por los estereotipos de las mujeres que “valían la pena” para los pillos. No tardamos mucho en separarnos, dadas múltiples incompatibilidades.

Por esa misma época conocí a otro Hugo, era un hombre mayor que yo, debía rodear los cuarenta años, y aunque no vivía en el barrio, lo habitaba constantemente pues iba a hacer vueltas con algunos de los pillos y sus patrones. Tenía una DT-175, envidia de buena parte de los pelaos y pillos de la cuadra, que acompañaba de un atuendo perfecto y fino compuesto por camisas coloridas de chalís, jeans Levi’s y mocasines Lacoste o zapato tipo Zodiac. También era un pillo buena gente, decente y atento en el trato. No me acuerdo cómo lo conocí (probablemente de la manera en que se conocía a los hombres como él, al pasar por la esquina del barrio a merced del ametralleo de la mirada despresadora de cada uno de aquellos que —apostados en las paredes por interminables horas— disfrutaban de la música salsa, la bareta, y de acosar los cuerpos de las recién hechas mujeres), lo cierto es que Hugo me gustaba y cuando iba al barrio me buscaba para conversar, darme alguna vuelta en la moto o invitarme a comer un helado. Nunca tuvimos intimidad, pero sí algún que otro beso, y, aunque había coqueteo, quizás algún prurito moral le hacía pensar que aún era muy pequeña para él. La última vez que vi a este Hugo fue la tarde en que alguna de mis amigas, después de que escuchamos una balacera a un par de cuadras de la casa, me llamó para decirme que a quien le habían disparado era a él. Fui inmediatamente hasta el lugar (lo más usual cuando había un muerto era ir a mirar cuál amigo, vecino o familiar de uno era), supe que le dispararon mientras iba en la moto, así que cuando lo vi, como siempre perfectamente vestido, pero con un zapato fuera del pie, estaba entre el pavimento y la DT-175; allí me despedí de él, en una lejanía vergonzante y un poco afligida, nunca supe dónde vivía, ni tampoco si tenía una familia. Con esa muerte se cerró el segundo intento de grilla.

El tercer y último envión de grilla advino unos años después, 1993 —mismo en el que asesinaron a Pablo Escobar—, ya estando de lleno en la vida laboral y de sostenimiento de mi madre, luego de que en diciembre de 1989 falleciera mi abuela, mi refugio y sustento en la niñez y precoz adolescencia. Yo trabajaba como mesera en un restaurante mexicano en El Poblado, con lo que pagaba mis estudios ya en la de Antioquia (a donde me había pasado a estudiar Psicología) y mantenía a duras penas la casa, pues solo alcanzaba para pagar algunos meses al año los servicios y llevar algo de comida para mi madre y yo. Ya para esa época tenía experiencia como mesera y bartender y había pasado, desde los diecisiete años, por varios bares, tanto en el Centro como en Envigado y ahora en El Poblado. En la taberna en Envigado donde trabajé un par de años había conocido a un hombre también mayor, del cual me hice amante durante un tiempo; más que amantes éramos amigos y disfrutábamos largas conversaciones sobre literatura, filosofía, psicoanálisis y otras materias en las que este hombre se movía con interés, fluidez e inteligencia, las excursiones sexuales entre ambos eran para mí fuente de exploración y de vivencia de un cuerpo libre y placentero. Luego de que me retiré del bar en Envigado comencé a trabajar en este restaurante mexicano situado en el Parque Lleras, pero mi amigo y yo seguimos en contacto y a veces iba a visitarme o conversábamos por teléfono. Era también un pillo buena gente, pero a otro nivel…, ya no se trataba de la vida pilla del barrio, del calentón, del sicario, sino de un hombre inmiscuido en negocios de narcotráfico internacional.

Una noche que estaba trabajando en el restaurante recibí una llamada suya en la que me hacía una invitación a Cartagena “con todo pago”, necesitaba que le dijera si quería acompañarlo a un viaje y le diera los datos para comprarme el tiquete aéreo; eso significaba pedir permiso en el restaurante y ausentarme el fin de semana, que eran los días de mayores entradas por propinas, él lo sabía y previendo la dificultad me dijo que no me preocupara, que él me daba una platica al regreso para que estuviera tranquila. Yo no había ido nunca a Cartagena, no había viajado en avión, y el mar lo había conocido apenas ese mismo año de la mano mi amada amiga Mila (quien, en una arrebolada tarde en San Bernardo, me había llevado a conocerlo, con los ojos tapados y el corazón rebosante por el rugido de lo que, al abrirlos, me pareció un inmenso jugo de lulo); así que, luego de pedirle permiso a quien administraba el restaurante, le avisé a mi amigo Jorge que lo acompañaría al viaje.

Me indicó qué día y a qué hora debía dirigirme al aeropuerto de Medellín y que allí un amigo suyo, conocido para mí, me entregaría los tiquetes y un dinero para gastos. Llegué y encontré a nuestro conocido en común en compañía de un par de mujeres despampanantes, de mi edad, pero finamente vestidas y peinadas como aquellas muñecas Barbies —aunque morenas— que en mi infancia solo veía en los comerciales, me las presentó y me dijo que viajaríamos juntas. Hicimos buenas migas desde el principio y luego del vuelo fuimos recogidas en el aeropuerto de Cartagena por mi amigo y un amigo suyo —conocido previamente de las muñecas—; nos llevaron al casco histórico con el fin de comprar lo que necesitáramos: ropa, productos de aseo y belleza, zapatos, etc., después de lo cual nos desplazamos al muelle y abordamos un yate. Me río ahora al recordar aquella escena, algo surreal para mí —intuyo que no para mis acompañantes—: una humilde muchacha del barrio Aranjuez abordando un yate de lujo rumbo a lo desconocido… Por unos días, al parecer, fui una “muñeca de la mafia”.

De Cartagena pasamos en el yate a una isla privada con una casa preciosa y una flotilla de otras embarcaciones pequeñas y motos de agua, era un paraíso de comidas exquisitas y licores venidos de diversos confines del mundo. Apenas llegamos, las dos muñecas, mi amigo, su amigo y yo nos encontramos con un hombre mayor, de origen mexicano, cincuentón para ese momento, de muy bello porte y elegancia, que nos recibió sin camisa, exhibiendo aún un espléndido cuerpo, pantalones cortos de lino y mocasines de cuero finos. Era un hombre del que emanaba, además de belleza y sensualidad, una fuerza sobrecogedora, y no tardé en comprender que se trataba del jefe, no sabía de qué exactamente, pero todo lo que veía le pertenecía.

El fin de semana se desarrolló para nosotras las mujeres a la manera de una fiesta permanente, pasábamos todo el día a media caña, bien fuera a punta de vodkas con naranja, tequilas reposados o whiskies, y las noches las amenizábamos con bailes, risas y cocteles que yo preparaba para todos y cuya experiencia fue de las delicias de los asistentes y me dio un lugar especial en aquella peculiar escena. Por su parte, los hombres estaban muy ocupados durante el día en sus negocios: luego de los primeros vodkas para paliar la resaca derivada de la noche anterior, se encerraban largas horas en la casa o en el yate, nosotras no sabíamos de qué hablaban, pero no teníamos que hacer mucho esfuerzo para saber que los negocios que se estaban cociendo allí tenían que ver con muchos kilos de droga. Al parecer, cada uno de estos tres hombres tenía en cada una de nosotras a su pareja de viaje, yo estaba con mi amigo y dormíamos en un pequeño yate juntos, donde también disfrutábamos de otras delicias. Tampoco, como en el caso de aquellos otros enviones de grilla, sentí en algún momento el peligro de que me pidieran u obligaran a hacer algo que no quisiera, ni hubo nada por la fuerza, por el contrario, nos sentimos siempre respetadas y mimadas. El fin de semana se fue en un abrir y cerrar de ojos y a la semana siguiente yo ya estaba nuevamente despachando margaritas, bloody marys, cucarachos y dry martinis a diestra y siniestra, y retomando sin pena ni gloria mi vida de estudiante y trabajadora. Con mi amigo vino luego una distancia, no supe si hubo algún percance en su vida de pillo buena gente, o si simplemente se casó con alguna mujer y dejó las andadas; lo cierto es que no pude volver a tener noticias suyas, desde entonces he pensado que ojalá pueda alguna vez encontrarlo de nuevo y recordar aquellos extraños y felices tiempos. De los demás personajes de la escena tampoco volví a saber nada: las muñecas se fueron como llegaron, los amigos de mi amigo desaparecieron con él, y del jefe, el mexicano, no volví a tener señales, aunque busqué durante un buen tiempo su nombre y fotografía en las noticias nacionales sobre incautaciones de drogas y capturas de personas asociadas al mundo de la mafia.

Muchas veces en la vida me he preguntado cómo, en medio de tantos dolores y mierda en común, unas o unos tomamos unas decisiones y otras u otros tomaron otras; es un enigma que me sobrevive a pesar de varios años de vida y de análisis. Lo cierto es que algo hacía obstáculo a mi factible carrera de grilla. Una cosa fue el encuentro con Carlos, quien fue para mí un flotador durante mi adolescencia en un barrio pobre y violento como fue Aranjuez, y que me permitió ver a la universidad como una vía posible para hacer algo distinto, para soñar un futuro diferente. La otra, la honestidad de mi abuelo Manuel Salvador, un hombre sumamente trabajador, arrendador de caballos que durante toda su vida trabajó para Fabio Ochoa, y quien a la edad de 77 años murió con las riendas en sus manos, que me enseñó con su ser el valor del trabajo y la decencia. “Mija, ¡no se vaya a meter con un cargaleña!”, me decía siempre, y aunque yo no sabía muy bien eso qué significaba en su jerga campesina, se aproximaba a la idea que tenía ya sobre ciertos hombres de poca aspiración, “patos” en nuestra jerga animalaria de la época. Tampoco creo que la abuela Argemira hubiera resistido el embate de una nieta grilla, no solo porque ella había sido criada bajo unos principios religiosos recalcitrantes, sino, sobre todo, porque le importaba mucho el qué dirán. Lo cierto es que el obstáculo se incorporó en mí a la manera de un mal carácter, de una repelencia que ahuyentaba a los pelaos —y especialmente a los patos y pillos—, gesto que aún conservo como una tormenta en la mirada y que hace pensar a la gente que me ve, o apenas conoce, que soy brava; y sí, quizás esa fiereza logró alejarme de los caminos de la grillería en que la mayoría de mis amigas cayeron y en que varias de ellas perdieron la vida en aquellos trágicos años en Medellín.

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