El voyerista de la piscina
por JOAQUÍN BOTERO BERRÍO • Ilustración de Alejandro Rivera
Número 150 Agosto-Septiembre de 2026
La piscina pública y cubierta que frecuentaba en la confluencia de las avenidas Metropolitan y Bedford en Brooklyn fue cerrada durante la pandemia. Cuando fue reabierta a finales de 2021 regresé y no cobraron la membresía, que es modesta. Al suspenderse el cobro temporalmente, se abrió la puerta a algunos personajes del circo neoyorquino. Yo estaba golpeado porque había fracasado el matrimonio con M y la paternidad con M, porque la pandemia había sido dura y porque la vida en Nueva York es con frecuencia ardua. Entonces estaba más irritable, quisquilloso y neurótico de lo usual. Sin embargo, nadar le hacía mucho bien a mi cuerpo y mi mente.
A la piscina iba con frecuencia un individuo de origen oriental, tal vez chino, marginal, excéntrico, que no tenía ninguna razón para molestarme excepto que era un voyerista descarado en los guardarropas. Nunca puso sus ojos en mí. Simplemente extendía muchísimo su uso de los vestieres con el único fin de ver hombres desnudos o semidesnudos de una manera solapada. No miraba de la manera que los hombres miran a las mujeres en los clubes de desnudistas o en los bares u otros lugares en los que la gente va a buscar pareja. Sus miradas eran oblicuas, parecía a veces con la mirada perdida, pero en realidad distinguía a los hombres acuerpados y guapos para deleitar su vista. Hablaba bien inglés, entonces conversaba repetidamente con la gente que iba conociendo o con nuevas caras y así ganaba tiempo y audiencia para alargar su estadía en el guardarropa.
El voyerista no usaba las pesas del centro recreativo. Solo la piscina en el horario de natación de carriles, cuando era más frecuentada. Se cambiaba dentro de los cubículos de los sanitarios y vestía una pantaloneta negra, un gorro y gafas de natación. Se ubicaba en el carril lento, en la parte no profunda y hacía una serie de estiramientos del torso y los brazos. A veces se zambullía y nadaba por debajo de la superficie lo más que podía como un renacuajo. También usaba una tabla flotante y se impulsaba con los pies. Si ocurría que dejaba la piscina alguien que le llamara la atención lo seguía, no sé si para verlo ducharse o cambiarse, y al rato regresaba. Sabía que la hora de más tráfico era al final del turno y entonces más gente se acumulaba y el panorama podía ser más abigarrado. Yo que analizaba el modus operandi del mirón me di cuenta de que podía quedarse todo el turno de dos o tres horas entre que se cambiaba, entraba a la piscina, regresaba al vestier, volvía a la piscina, esperaba el final del turno y luego tomaba todo el tiempo para terminar su faena.
El mirón procedía con su voyerismo sin dejar de llamar la atención en sí mismo. En vez de una mochila, cargaba una o dos bolsas enormes de compras en las que quién sabe qué llevaba, quizás todas sus pertenencias. Era delgado, pequeño y calvo: usaba una peluca de cabellera negra, larga y lacia que se sacaba antes de entrar al agua. Cuando terminaba sus poco ortodoxas actividades en la piscina, se ubicaba en las bancas de espaldas a los casilleros y entablaba conversación o miraba al frente o de reojo. En sus voluminosas pertenencias no cargaba una toalla. Dejaba que el limitado aire de un ventilador o el calor del mismo espacio lo secaran de a poco. Sacudía la humedad del torso o de los brazos, como el que se libra de las boronas de las galletas en la camisa. Mientras, hablaba con los otros nadadores que lo toleraban o atraían con su cordialidad.
A veces había una congestión de cuerpos desnudos y semidesnudos en el pequeño espacio entre las bancas de madera y los casilleros, entre usuarios que intentaban cambiarse lo más rápido posible y pedían permiso para abrir los candados y sacar sus pertenencias y cambiarse como podían en un espacio muy reducido. Mientras, el voyerista con sus enormes bolsas miraba al frente sin ninguna prisa por salir de aquella concentración de testosterona. Luego, casi al final, se ponía su peluca negra y se ubicaba frente al espejo a peinar o a enlazar unas trenzas como de muñeca de trapo. El espejo le daba una imagen IMAX de los alrededores.
El mirón tenía una edad imprecisa: aparentaba treinta, pero podía tener cincuenta. Vestía prendas femeninas y holgadas. No parecía tener prisa para ir a ningún lado. Me preguntaba cómo viviría y con quién, cómo se ganaría la vida o si alguien más le supliría lo necesario: techo, comida, ropa.
Así pues, como dije, por esos días yo estaba más irritable, neurótico y quisquilloso que lo normal. Una tarde al final del turno decidí encararlo: extendí mi toalla compacta, de las que se enjuagan, escurren y guardan en una cápsula de plástico: “No hay razón para que te demores tanto esperando a secarte. Si quieres usa mi toalla”. Me miró fijamente, algo sorprendido, y nadie alrededor intervino ni miró. Otras conversaciones siguieron cerca. No ocurrió como en una película en la que los espectadores se quedan en silencio. Seguí: “He visto que vienes, nadas poco, pero hablas mucho y te quedas todo el tiempo. Ocupas mucho espacio con tus bolsas. Este lugar no es para pasar el tiempo ni hacer amigos, es para hacer deporte y luego te cambias y vas a casa o a otro lugar público”. Respondió con voz recia: “Ocúpate de tus asuntos”. Ahí quedó la cosa. Di la espalda y dejé el lugar con cierta satisfacción.
Había un grupo de hombres adultos, buenos nadadores, con los que seguí ventilando mi frustración. Los veía que eran cordiales con el mirón y no les molestaba ser su fuente de placer. Uno de ellos era el escritor mexicano Naief Yehya, amigo de Juan Villoro del que le dije que era también amigo, aunque Villoro es realmente un conocido amable y afamado que ha leído textos míos cuando fue jurado en un concurso de no ficción. Envidié las tranquilidades de mis hermanos acuáticos: parecía no afectarles el mirón. Otro dijo: “Hubieras visto cómo eran las piscinas públicas en los años setenta y los ochenta, eran peores, un voyerismo incontrolable”.
El asunto me empezó a obsesionar. Sin falta, cada dos días que yo iba, el voyerista estaba en sus rutinas. Lo abordaba desde mi carril del medio de la piscina: “Nada, nada, no estés bloqueando el espacio para gente que sí viene a ejercitarse”. Me quejé con uno de los salvavidas. Dijo que el reglamento indicaba que si no había contacto físico ni evidencia de miradas directas no había nada que ellos pudieran hacer. Agregó que otros usuarios también se habían quejado, lo cual me hizo sentir menos solo en mi lucha y drama. El salvavidas era desenfadado y se reía cuando veía las tensiones entre el mirón y el policía en contra del voyerismo.
Una tarde vi entrar al fisgón después de mí. Regresó a los dos minutos a los vestidores porque vio a través del vidrio de la recepción que llegaba un sujeto de deseo. Le hablé a voces: “¿A dónde vas si acabas de entrar?, ¿qué olvidaste adentro?… Ven a nadar”.
Me empeciné en una campaña de mala prensa, intrigas y quejas, como si fuera una contienda política. Hablé con el administrador del centro y luego con el asistente. Me dijeron que no había nada que hacer y que otros ya habían también protestado. Me remitieron a la línea telefónica 311. Llamé desde la calle a la salida del centro recreativo. Allí me atendieron varias personas que se tiraban la una a la otra la papa caliente. Hasta un supervisor llegó la queja: si no había contacto físico, comunicación inapropiada o miradas directas no había nada que se le pudiera decir. Escuché la información sentado en las gradas externas, cuando en esas salía el mirón con sus trenzas de muñequita de trapo: sonrió de oreja a oreja.
El tema lo conversé con la psicoterapeuta con la que hablaba en esa época oscura de mi vida. No porque fuera el tema más importante, sino para explicar el tipo de cosas externas que me molestaban, distraían y desenfocaban de los verdaderos retos.
Seguía con el hostigamiento al mirón. Implacable: “Nada o deja de bloquear el espacio de los nadadores”, “Vístete pronto, el día está lindo afuera”, “No hay razón para que permanezcas acá”. Las palabras eran oblicuas como sus miradas: nunca nombré ni describí lo que consideraba era su verdadero propósito para visitar la piscina.
Ahora que escribo, pienso en mi propia condición de marginalidad en la que por largos periodos no he tenido pareja; además no tengo hijos. No puedo costear el alquiler de un apartamento para mí solo, entonces debo compartirlo siempre con alguien, ha sido así desde que llegué en 1999. Aunque en ocasiones salgo con amigos y el amor llega o lo busco lejos, salgo solo, como solo, viajo solo, voy a cine solo, camino solo por mi barrio o monto en bicicleta sin compañía por la ciudad. Ya no pertenezco a grandes grupos como en el pasado. Así que otros me pueden ver como raro y marginal.
Mi obsesión con el mirón de la piscina se curó cuando menos lo esperaba. Meses después se reanudó el cobro de la membresía semestral o anual. Que apenas cuesta setenta dólares por semestre. El voyerista desapareció. Sin embargo, sobrevivieron las constantes perturbaciones de mi vida acuática: la molestia por los nadadores que usan las tablas para ejercitar la patada en el carril rápido y bloquean al que lleva un ritmo más alto, en vez de pasarse a hacer el ejercicio en los carriles más lentos, pues se creen dueños del carril. O me irritan los grupos que nadan juntos, por ejemplo, los domingos en la mañana, y hacen rutinas y pausas y luego se agrupan en la orilla poco profunda a hablar y reír, en lugar de ubicarse a los lados y dejar el centro despejado. Así que a veces no encuentro un punto de llegada para volverme a impulsar o hacer una pausa. También me irritan los que usan paletas de pasta en las manos para fortalecerse, o aletas en los pies para impulsarse. O hay los que nadan con mucha agresividad y rozan o golpean a otros nadadores. Así que, aunque obtengo mucha relajación en la piscina, a veces hay motivos de roces y conflictos como los hay en el metro o en otros lugares públicos de Nueva York. Casi que amo la oportunidad que me dan de decir en voz alta: “Necesito el centro para impulsarme de nuevo. No sé dar la vuelta olímpica ni conozco otra técnica”. Entonces no miran ni se disculpan, pero abren el espacio y me ignoran como el viejo neurótico y gruñón en el que me he convertido. Son otros los que tal vez me miran como un bicho raro.
A principios de 2025 se cerró indefinidamente la piscina de la esquina de Metropolitan y Bedford. El lugar requiere cambios estructurales que tomarán varios años, quizás hasta 2027 o 2028.
A veces, después de varios días de aislamiento y poca interacción, siento la necesidad de salir a ver gente. Un buen punto es la avenida Bedford, muy recorrida por peatones. Un día me asomé a ver el centro recreativo y encontré todo en proceso de reconstrucción, lleno de escombros y materiales. Detrás del mostrador y de un enorme ventanal se veían fragmentos de la piscina, ahora de un color verdoso. Al fondo, en la parte no profunda, fantaseé y casi que extrañé al voyerista haciendo sus estiramientos con la mirada aguda. A continuación, di la espalda y me senté en el andén a mirar fijamente a la gente que pasaba.

