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Quibdó cosmopolita

Quibdó cosmopolita

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ


Número 88 Julio de 2017

Parque de Los Libertadores en 1910, reproducción tomada del Censo General de la República de Colombia, 1912.

Cuesta creer que la ciudad de Quibdó, que asociamos con la desidia estatal, los incendios, el deterioro, la corrupción o la miseria, haya sido, a comienzos del siglo XX, un puerto con vapores de lujo, aserríos, fábricas de bujías, industria de licores, de bebidas gaseosas, cinco hoteles, alumbrado público, escuelas, colegios, bibliotecas, calles asfaltadas, alamedas, cuerpo de bomberos, imprentas, talleres de fotograbado, cines y bares de lujo.

Parece traído de los cabellos decir que, en los tiempos de la primera guerra mundial, tenía un periódico, el ABC, que circulaba en dos ediciones, matutina y vespertina; aunque también algunos diarios de Europa y Estados Unidos llegaban en los aviones Junker, de Scadta, que acuatizaban en el río Atrato. En los barcos, procedentes de Cartagena, se traía un sinfín de mercancías para los comercios florecientes; en estos se vendían toda clase de finuras importadas, vinos, telas o sombreros canotier. Los archivos de la época muestran que nada del mundo exterior les era ajeno a sus pobladores, ni los objetos materiales ni las ideas, literarias o políticas: el socialismo, las vanguardias artísticas o la arquitectura modernista que alborotaba por los años veinte a las metrópolis europeas.

Varias razones ayudan a explicar el curioso esplendor de un lugar orillero, entre la selva chocoana y las aguas torrentosas de un río. Mientras en el siglo XIX la tagua y el caucho atrajeron a los comerciantes foráneos, a comienzos del XX fueron el oro y el platino. Sobre todo este último, pues luego de la revolución bolchevique, en Rusia, las minas de este metal dejaron de explotarse en los montes Urales. Entonces se supo que había en villorrio perdido en las selvas de Suramérica, donde había platino como agua. Ansiosos por explorar estas vetas, llegaron colonos ingleses, alemanes, putas y aventureros, pero también un número apreciable de ciudadanos  siriolibaneses que se afincaron por esos contornos para fundar industrias, comprar metales, vender enseres y abalorios, o montar flotas de navegación entre Quibdó y Cartagena, por el norte; o hacia Condoto, Istmina o Andagoya, el enclave minero, por el sur.

A pesar de que en las primeras décadas del veinte, desde el gobierno de Rafael Reyes, Chocó era considerado solo una intendencia, con el carácter marginal que este título le imponía, en la práctica estaba más conectado con el mundo que Medellín. Desde el siglo XIX ya había imprenta en Quibdó, y se publicaban periódicos como Ecos del Atrato o la revista Chocó.

Mientras la red de carreteras y la del ferrocarril apenas comenzaban en el país, los viajes fluviales eran obligatorios para ingresar desde el Caribe al interior, por el Atrato; o para salir, desde los Llanos Orientales hacia el Atlántico, por el río Orinoco.

Para ilustrar estos contrastes, basta pensar que traer un piano hasta Antioquia implicaba transportarlo por el Magdalena hasta Puerto Berrío, luego en tren hasta el Nare, hacer transbordo en mulas hasta el Nus, y luego retomar los rieles hasta la Villa de la Candelaria. Así, una capital como Medellín era una periferia al lado de Quibdó que tenía el acceso expedito, y albergaba cada vez más gente de toda laya y condición.

Al tiempo que se excavaba la tierra para extraer mineral precioso, la familia Abuchar fundó un ingenio azucarero, el de Sausatá, en el norte de la intendencia, en terrenos que hoy conforman el Parque Nacional de Los Katíos. En la explotación de la caña, se requirió, al comienzo, mano de obra haitiana, luego cubana, además de otros expertos en la zafra.

También desembarcaron carpinteros jamaiquinos llamados chombos, los mismos que habían construido el barrio aledaño a la zona del Canal de Panamá. Sus ciudades de palafitos, con calados que moderaban el calor del trópico, o las normas sanitarias del médico William Gorgas influenciaron tanto la arquitectura chocoana como las medidas para prevenir las enfermedades tropicales, que ya había probado ese salubrista gringo en la región del istmo.

Con la avanzada de progreso fue inevitable el encuentro de los nativos con la música antillana, con las palabras y los relatos afrocaribes, ingleses y siriolibaneses. Eso explica que la música de un sexteto de Urabá nos evoque de repente los sones cubanos, o que en el propio Quibdó se celebraran juegos florales, o circulara plata vieja, libras esterlinas, dólares, y hasta la moneda de aluminio que acuñó la familia Abuchar, dueña del ingenio, para mantener el control de sus ganancias en la población de influencia. A este paso, se amasaron grandes fortunas, se crearon entables de segregación como la zona minera de Condoto e Istmina, pero también, proyectos de una ciudad moderna, como los trazados por el arquitecto catalán Luis Llach.

Paseo en carro por la Alameda Reyes hacia la quebrada El Caraño. Cerca de 1926. Archivo de la familia Martínez Ferrer, Medellín.

Llach vino de Europa, se enamoró de Eloísa, una mulata de Quibdó, con ella se casó, sentó sus reales por un tiempo en la ciudad, e inició un proyecto urbanístico que incluyó la construcción de una iglesia gótica en madera, palacios privados, edificios públicos y el diseño en planos de una urbe con todas las trazas ideales de una metrópoli del gran mundo.

En una foto tomada desde un hidroavión, en 1924, se advierte la Ciudad Jardín, que alcanzó a levantar Llach, para la nueva élite, fruto del mestizaje entre los inmigrantes del Medio Oriente, Europa y los nacidos en el Chocó o Cartagena. Por otro lado, aparecen los suburbios de otros recién llegados como obreros, empleados del gobierno y los nativos del Atrato.

A esta nueva élite, distinta a la esclavista del siglo XIX, el profesor Luis Fernando González la denomina mulatocracia, un nombre que intenta designar no solo la mezcla de etnias sino la irrupción de una modernidad que permitió el encuentro de las hablas locales con el pensamiento universal, el auge de algunas industrias, pero también las mejoras en la educación, un ideario de progreso y hasta el reconocimiento de las identidades. En efecto, fue esa clase ilustrada la que recogió los sones negros, rescató la poesía vernácula y validó las expresiones del Atrato.

González no niega que los primeros intendentes eran foráneos, pero varios de ellos traían ideas progresistas. El primer administrador del Chocó fue Enrique Palacios, el papá de Eustaquio Palacios, autor de la novela El alférez real; el secretario era Benjamín Tejada, padre del célebre cronista Luis Tejada. Ellos dos, en compañía de un impresor manizalita, Carlos Orrego, crearon un cenáculo para promover sus ideales literarios. Organizaron en 1908 los juegos florales, unos torneos para premiar a los mejores rapsodas. Con sus versos, publicaron luego una antología cuyos detractores no dudaron en tildar de afrancesada.

Una hija del arquitecto Luis Llach, Eloísa, fue coronada en una ocasión como la reina de los estudiantes. En sus últimos años vivía en San José de Costa Rica. Y cuando el profesor González la visitó, ella todavía anhelaba al Quibdó futurista, en medio de la selva, ese que su padre había ayudado a levantar.

La mujer aún conservaba el álbum con los poemas que le habían dedicado las plumas más calificadas del Chocó. Había fotos suyas, en el furor de su belleza, trepada en una carroza que desfilaba en esa ciudad idílica, cuyos planos utópicos nunca se concretaron. Su madre, Eloísa Castro Torrijos, era de la misma familia de mulatos que luego llegó al poder en Panamá. Entre lágrimas y ensoñaciones describió la ciudad donde había pasado su infancia y parte de su adolescencia. “Era la ciudad más linda del mundo”, le dijo al profesor, “y eso que yo he conocido ciudades hermosas, pero ninguna como Quibdó. Tenía casas como palacios, con jardines de orquídeas y otras flores, con alamedas y templetes”. Uno de aquellos templetes era, por cierto, el que su padre construyó en honor a Cesar Conto, héroe radical y poeta, que la historia en ese tiempo exaltaba. En los años treinta, don Luis Llach, de talante andariego, abandonó la ciudad con su familia para regresar a San José, donde está enterrado. De su obra, en el Barrio Norte, perduran escasos vestigios.

Muchos edificios públicos, como el Colegio Carrasquilla, la Escuela Modelo, la Prefectura, la Alameda Istmina, fueron obras diseñadas por Luis Llach, pero promovidas por la mulatocracia, de la que hacían parte las familias siriolibanesas, como los Meluk, los Uecher, los Rumié o los Abuchar. Estos inmigrantes llegaron hacia 1880 y ganaron espacio en la sociedad, no solo apoyando las obras sino despertando el interés por las culturas del Atrato y manteniendo las mejores relaciones con el poder político y religioso. Su afán de convertir la ciudad en una urbe moderna se evidencia en los anuncios del periódico ABC. En él se pregonan desde automóviles con “choferes cultos y complacencia con los clientes” hasta viajes por el vapor Sautatá, “seguro y rápido, que ha sido dotado recientemente de amplios camarotes y de todo género de comodidades, y cuya capacidad transportadora es de 150 toneladas”. Aun así, desde su llegada, los siriolibaneses sintieron el estigma de la prensa y de la gente del común que los llamaba turcos.

Como parte de esa élite se considera al grupo de familias cartageneras que migraron al Chocó para buscar fortuna en distintos oficios. Uno de los más recordados descendientes fue el escritor Reinaldo Valencia Rey. Su nombre aparece en el cabezote de ABC como propietario del diario, aunque es además, un animador cultural. A juzgar por los textos que publicaba: noticias, crónicas, poemas, se entiende el interés por poner a Quibdó en la onda de la actualidad mundial, tanto de lo que llegaba por el río o el telégrafo, como de las corrientes literarias que estaban en boga. Un lector desprevenido esperaría que en las páginas de la revista Choconía solo se encontrara poesía costumbrista, nunca textos surrealistas al lado de artículos socialistas de María Cano, Víctor Raúl Haya de la Torre, o ensayos etnográficos de Rogelio Velázquez, pionero de la antropología en Colombia, así como de pensadores antioqueños radicados en el Chocó. También la voz de los jóvenes intelectuales negros, como la de Diego Luis Córdoba tiene un lugar allí. Sorprende el barniz contemporáneo de las publicaciones, además de su tolerancia con autores de miradas opuestas sobre los mismos asuntos. Hasta el nombre de la revista, Choconía, ya parece reflejar la rica mezcla étnica y cultural de la región.

Alrededor de estas publicaciones se crearon tertulias famosas como el Ciempiés, liderada por el intelectual siriochocoano Alfonso Meluk, quien también hizo parte del grupo Los Trabajadores. En aquellas cofradías se discutían las novedades literarias y se leían manuscritos. Cuando el sopor de la selva se replegaba, al final de la tarde, concurrían a sitios públicos, al aire libre, a la manera de cualquier dandi parisino. En las estampas aparecen junto a la reja de un jardín urbano, vestidos de lino blanco, o con paños ingleses, algo insólito en el trópico; o caminando descalzos por la Alameda Reyes donde se sembraría un bosque ordenado, sin el caos hostil de la naturaleza.

Casa comercial A & Meluk, reproducción tomada de la revista Chocó, 1928.

Al decir de Alfonso Melo, la selva representaba, en ese momento, lo incivilizado, lo incomprendido, mientras que una alameda es una creación tan ordenada y racional como los jardines de Versalles. Desde ese pensamiento modernista se entiende lo de organizar, por ejemplo, la Marcha del Árbol, en 1919, en pleno corazón de la selva.

En sus relatos, los miembros de esta élite mulata relatan sus periplos desde Nueva York a Cartagena, o desde Barranquilla hasta Quibdó. Demasiadas cosas revisten la novedad en su travesía, pero, también cuentan los pormenores de la llegada, el asombro de los ribereños ante la descarga de los productos traídos desde lejanos confines. El cemento, por ejemplo, venía de Bélgica, el arroz de Nueva York. Este último, después de que empezó a cultivarse en los pantanos ribereños, se convertiría, con el tiempo, en la base dietaria del lugar, con una denominación de origen: el arroz clavado.

En la misma tónica futurista del arquitecto Llach aparece la novela Quibdó, de Pedro Sonderéguer, hijo de un ingeniero suizo que había venido con su socio y amigo Ferdinand de Lesseps en el primer viaje exploratorio para la construcción del Canal de Panamá. Aunque Sonderéguer nació en Villanueva, Bolívar, y corre el rumor de que nunca pisó Quibdó, logró concebir una novela urbana, que narra el retorno de un joven, por el Atrato, en un vapor de lujo.

Las descripciones del paisaje, la atmósfera y hasta los diálogos de los personajes, en sus hablas locales, las recreó a partir de las descripciones que le hiciera su amigo Reinaldo Valencia, que antes se mencionó como el hombre de letras y propietario del diario ABC. Cierta o no la noticia de que Sonderéguer nunca estuvo en la capital de la intendencia, se le abona la intrépida aventura de fabular el mundo de la élite inmigrante, un barrio bucólico, el Jardín del Norte, donde hay palacios y casas solariegas, autos de motor y ferrocarril. El relato, escrito y publicado en Buenos Aires, en 1927, es en el fondo una novela de anticipación, aunque realista, que narra ese sueño de transformación que proyectaba la mulatocracia en clave de ensoñación futurista. Así que, más allá de enjuiciar los aciertos literarios de Sonderéguer, su novela, Quibdó, se convierte en una metáfora del anhelo de fundar una urbe cosmopolita a la orilla del Atrato. La idea, como hemos visto, no se aleja para nada de las obras arquitectónicas de Luis Llach en la ciudad, de sus planes urbanísticos o de otra serie de invenciones técnicas e industriales que se instauraron en el Chocó antes que en cualquier otra provincia. No hay que olvidar que su autor era ingeniero como el padre, y detrás de este aparente delirio modernista ya existían de verdad algunos inventos asombrosos como los canales interoceánicos, la telegrafía y otros artilugios, difíciles de pensar en un enclave minero y mercantil como Quibdó.

A propósito, también se evoca en las crónicas el proyecto de Robert White, ingeniero de origen inglés, nacido en Frontino, quien diseñó un sistema de cables aéreos, por encima de la selva, para cruzar de lado a lado el mapa de la intendencia, de un modo similar a como lo hicieran los caldenses de la zona cafetera para acarrear el grano. El trazado y ejecución harían posible en pocos años transportar por el aire el oro y el platino hasta la cuenca del Sinifaná, en Antioquia, y, de vuelta, llevar carbón hacia el Chocó. Proyectos como ese rondaban por las mentes de la época en que Sonderéguer escribió su relato.

Los lectores de la novela Quibdó encontrarán que hay solo algunos negros en su trama, pero los pocos que rondan por esas páginas son gente industriosa que remonta su origen y consigue un lugar en la sociedad, a punta de esfuerzos, educación y algún golpe de suerte. Estos personajes se inspiran en seres reales. Se trata de los primeros negros, hijos de comerciantes, venidos de pueblos como Neguá o Tadó, que logran ser aceptados en esa sociedad. Irrumpen con apellidos como Asprilla, Lozano, Córdoba o Caicedo. Varios de ellos se hicieron célebres, como Camilo Mayo Caicedo, al que un padre acomodado mandó a estudiar a Bogotá, y se convirtió en el primer arquitecto negro de la región.

Otros hijos cultos de chocoanos ricos comenzaron a ascender al poder. Tenían dinero, educación y un ideario político basado en los conceptos raciales de la afrodescendencia. Uno de los más memorables, Diego Luis Córdoba, para obtener votos en la región, apeló a la defensa de un credo negro en defensa de sus paisanos. Durante más de una década representó al Chocó en la Cámara de Representantes. En 1947 consiguió que la antigua intendencia se transformara en departamento. Este hecho, que una mayoría leyó como conquista racial, los hijos de inmigrantes y otras etnias de la mulatocracia lo padecieron hasta el exilio.

Ante la insidia y el acoso, Reinaldo Valencia y otros líderes abandonaron la ciudad. Muchos de los siriolibaneses huyeron a Cartagena. A los nuevos gobernantes les tocó educar mal y a la carrera a un grupo sin demasiados proyectos que buscó deshacer de lapo la memoria de la élite mulata, o su ansia de construir una urbe moderna, acaso diversa, pero que, desde el discurso racialista de Córdoba, simplemente era la ciudad de los blancos.

En 1968, muchos años después de que los mulatos se largaran, cuando ya no había vapores en el río, ni un dandi vestido de lino ni fiestas florales ni alamedas: un incendio redujo a escombros las joyas que aún quedaban del Quibdó cosmopolita, ese que hoy en las fotos no podemos creer, como si se tratara de otra ficción de Pedro Sonderéguer.

En una carta a su amigo Benjamín Arango, que persistía en Quibdó, en labores de tribunal, Gonzalo Arango recordó los consejos que aquel le dio para seducir a los chocoanos con otra clase de incendios, los de la palabra.

“—Oye, bandido, cómo es la cosa en el Chocó, para que te luzcas: primero tienes que hablar bonito del Atrato… de la selva…, de los negros… Diles que son muy inteligentes, qué diablos, eso no te cuesta nada… Luego, le echas un elogio al difunto Diego Luis, que es el ídolo de la negramenta liberal… Ellos le sacaron el corazón antes de enterrarlo y lo metieron en un frasco, o sea, en una urna de cristal… No olvides eso y verás cómo te aplauden… Y para terminar, dedícale una florecita al doctor Mosquera Garcés, para que los godos no se enojen y no digan mañana que eres un ateo y un comunista… Después de los elogios sí puedes decir todas esas carajadas nadaístas que nadie entiende. Pero eso sí, bandido, nada de blasfemar contra Nuestro Señor y los sacerdotes…, ¿me oyes?”.

Día del Árbol. Cerca de 1919. Informe del Prefecto Apostólico del Chocó, Bogotá, Imprenta Nacional, 1924.



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Año de terremotos

Año de terremotos

por IGNACIO PIEDRAHÍTA


Número 13 Junio de 2010

El origen

Hay quienes consideran que los días calurosos son presagio de temblores. Acosados por un bochorno impenitente en Medellín, sin nubes a la vista, se les oye decir: “va a temblar”. Algunos se sientan en la sala a esperar la sacudida. Otros, en respuesta a la idea de que todo puede terminar en cualquier momento, ponen un delicado empeño en lo que están haciendo. Pero la mayoría de las veces la vida sigue igual en la ciudad, mostrando que si tal presagio fuera cierto, no solo bastaría un termómetro para predecir los sismos, sino que el idioma de la geología sería lengua muerta.

Sin embargo, no todo es mentira en ese mito, pues el calor es fundamental en el origen de los sismos. Gracias a que el interior de la Tierra es un horno radioactivo, la roca que compone el planeta se funde y se mueve de un lugar a otro como las corrientes de agua en el océano o de aire en la atmósfera. Cuesta creerlo, pues caminamos sobre un piso frío y duro, pero ahí están los volcanes para mostrar la conflagración que gobierna en el interior de la Tierra. El piso, pues, no es sino una corteza, una cascarita que cubre la Tierra, como la escoria que se acumula en la superficie del hierro fundido.

Esta corteza que cubre la Tierra está partida en un puñado de fragmentos llamados placas tectónicas. Y allí donde estas entran en contacto, hay problemas. Por un costado, cada placa se va renovando debido al magma que surge de la profundidad, pero por el otro extremo se enfrenta a otra placa, y a lado y lado se desliza contra sus vecinas. Esa lucha de titanes es la que da lugar a los sismos. Los bordes de las placas son ásperos y su enfrentamiento no se resuelve suavemente. De ahí que se atranquen y acumulen energía, hasta que ya no aguantan más y sobreviene el desplazamiento de una gran masa de tierra. Ese es el sismo, ese jalón. Después, todo queda tranquilo, aunque la energía comienza de nuevo a acumularse para un sismo venidero. Esto está ocurriendo a cada momento, pero solo en ocasiones el desplazamiento de las rocas es tal que se siente en la superficie.

Todo el costado occidental de América, es decir, el lado de la costa Pacífica, así como el mar Caribe, son zonas de enfrentamiento de placas tectónicas. Llueva o haga verano, los sismos acompañarán estas dos regiones por muchos miles de años.

Los de ahora

Haití y Chile fueron escenario de fuertes sismos en los dos primeros meses de este año. Que pase cierto tiempo sin un temblor con graves consecuencias en la región, y de repente sucedan dos casi simultáneos da lugar a sospechas, pero fueron fenómenos independientes. En Haití, el sismo fue generado por dos placas tectónicas que se desplazan hacia rumbos diferentes a través de la falla de Enriquillo. Esta falla es el plano sobre el cual se desplazan las placas, y es como un corte a cuchillo que divide la isla de La Española en dos pedazos a la altura de Puerto Príncipe: el territorio al norte de la falla va como para Cuba y el del sur para las Antillas menores.

Según la escala de Richter, que va de 1 a 10 aproximadamente, los 7.3 grados del sismo de Haití son bastante significativos. Pero no es solo la magnitud del sismo lo que mide sus consecuencias. Su poder destructor depende de la ubicación del epicentro (es decir, el lugar exacto donde ocurrió el desplazamiento súbito de las placas, proyectado en la superficie), así como del suelo sobre el que esté asentada una ciudad y la calidad de sus construcciones. No bien ocurre un terremoto, las ondas superficiales generadas por este salen como perros de presa a la busca de todo lo que yace en su camino. Como las casas y edificios están hechos para soportar cargas en sentido vertical, estas ondas las golpean por el costado de manera implacable. Con un sismo apenas a 13 kilómetros de profundidad y un epicentro a 25 de distancia, las casas de Puerto Príncipe fueron un fácil bocado para esas ondas asesinas. Los muertos, consecuencia de la caída de los muros, sobrepasaron los 200 mil, y los que quedaron sin techo rondan el millón.

Nada de esto es nuevo en la historia de Haití. Hace 250 años ocurrió un terremoto de magnitud similar, mientras que cuatro de magnitud superior a 7 grados han tenido lugar en islas vecinas en los últimos 60 años. En Chile, los antecedentes son aun más dicientes. En 1960, cerca de la ciudad de Valdivia, se presentó en este país un sismo de 9.5 grados de magnitud, el más fuerte del que la humanidad haya tenido noticia. Este sismo fue tan potente que el tsunami que generó atravesó el Atlántico y reclamó un puñado de vidas en Japón, Hawai y Filipinas. Sin embargo, en total, la cifra de muertos no pasó de 2.000. En lo poco que va de este siglo, en Chile se han presentado nueve sismos con una magnitud superior a 6 grados. El de febrero de este año, con 8.8 de magnitud, logró meterse en el quinto lugar del ranking mundial, desplazando al terremoto ocurrido bajo el mar fronterizo entre Ecuador y Colombia, cuyos temblores llegaron a sentirse en Bogotá y el tsunami que causó arrasó con una isla entera frente a Tumaco.

El terremoto de Chile, a pesar de su gran magnitud, fue 20 kilómetros más profundo que el de Haití, y su epicentro, que en este caso fue en el mar, se ubicó a unos cien kilómetros de cualquier ciudad importante. De ahí que los daños no fueran tan devastadores como en Puerto Príncipe y el número de muertos, 708, de manera alguna comparable. Las placas tectónicas causantes de este poderoso remezón fueron la de Nazca, ubicada bajo el océano Pacífico, y la de Suramérica, representada por el continente. Estas placas están enfrentadas a casi todo lo largo de la costa chilena, donde la corteza oceánica se mete por debajo de la continental a una velocidad de 7 centímetros por año. Sin embargo, desde el año 1835 no había ocurrido movimiento en el lugar del sismo, lo cual quiere decir que había mucha energía acumulada, suficiente para que las placas se desplazaran hasta 12 metros una con respecto a otra en el momento del destranque, ocurrido en la madrugada del 27 de febrero de este año. La sacudida, de casi tres minutos de duración, fue tal que la ciudad de Buenos Aires, en Argentina, se movió un par de centímetros hacia el Occidente.

Para quienes se preguntan si en Medellín podemos pasar de los temblores a los terremotos, la respuesta de los expertos es tranquilizadora. Si bien por su ubicación en la zona andina la ciudad está en un contexto de fallas geológicas, no hay registros históricos de grandes sismos. Sistemas de fallas como el de Romeral, que pasa al occidente del Valle de Aburrá, y que fue el culpable del terremoto de Armenia, no ha tenido mayor actividad en la parte norte del país. De modo pues que será poco probable esperar algo más que las leves sacudidas locales, recordatorios apenas de que estas montañas se levantaron gracias a los esfuerzos del interior de la Tierra.



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Chocó no es tierra para débiles

Chocó no es tierra para débiles

por ANDREA ALDANA • Fotografías de la autora


Número 110 Septiembre de 2019

—¿Cómo es que vos te llamás? Laura, ¿cierto?
—Sí.
—¿Y vos cuántos años tenés, Laura?
—Quince.
—¿Quince? ¿Y cuánto tiempo llevás en la guerrilla?
—Esta es mi segunda vez.
—¿Cómo así?
—Sí. Es mi segunda vez acá. Yo ya estuve una vez pero me fui y ahora volví.
—¿Pero cómo así? ¿Por qué te metiste la primera vez? ¿Y por qué te saliste?
—Lo que pasa es que… Vea, no nos digamos mentiras, cuando uno se mete a la guerrilla por un hombre, le va mal.
—¿Vos te metiste a la guerrilla porque estabas enamorada de un guerrillero?
—Sí. Me fui detrás de él, pero no duré ni dos meses. Después nos dejamos y yo me fui pa la casa otra vez.
—¿Y por qué volviste a la guerrilla?
—Por mi casa.
—No entiendo.
—Es que en mi casa somos siete y solo está mi mamá. Muy difícil alimentar siete bocas. Ella no tiene cómo, no. Fue cuando decidí devolverme. Yo hablé con ella y le dije: “Vea, usted tiene que alimentar siete bocas. Bueno, pues ya a mí no me cuente. Cuenta con una menos”. Y le dije que me devolvía para la guerrilla.
—¿Y ella qué dijo? ¿Te dejo venirte así nomás?
—¿Qué me iba a decir? Ella no quería que yo me viniera, no; me rogó y todo. Pero dijera lo que dijera, una boca más es una carga más. Es muy duro ver la mamá llorando porque no tiene qué darnos de comer. En cambio estando acá uno hasta la puede ayudar.
—¿Y tus hermanos qué dicen?
—Hay uno que salió con que dizque también se quiere venir.
—¿A la guerrilla?
—Sí.
—¿Y vos qué le dijiste?
—No, que no. Él sabe que no puede. Ya está terminando el colegio y mi mamá quiere que sea alguien. Yo también quiero que él estudie y sea alguien, que llegue lejos.
—¿En algún momento te has arrepentido de haber ingresado a la guerrilla?
—Hay momentos en que me arrepiento porque en verdad quiero seguir estudiando; pero por otro lado no, porque aquí he aprendido bastante.
—¿Y qué quieres estudiar?
—Mi sueño siempre ha sido ser abogada.
—¿Y por qué no lo haces? ¿Por qué no estudias Derecho? Finalmente la guerrilla sí que va a necesitar abogados.
—¡Ja! Porque esa carrera es muy cara, y la realidad es que no hay quién pague esa universidad.

Y así, en las comunidades donde el agua más potable que se consume es el agua lluvia y donde no tener qué comer no es carreta de campaña, es como la guerra se cuela y pasa a ser un proyecto de vida.

Durante todo el año 2018, la Defensoría del Pueblo emitió 73 Alertas Tempranas en las que advirtió sobre los riesgos de reclutamiento forzado a los que estaban sometidos “niños, niñas y adolescentes”. Antioquia acumuló el quince por ciento de las alarmas y Chocó ocupó el segundo lugar con el doce.

Después de este grito, la Defensoría afirmó: “Los grupos armados al margen de la ley que realizan estas actividades ilegales son las Autodefensas Gaitanistas Colombianas, AGC; el Ejército de Liberación Nacional, ELN, y las disidencias de las Farc”. Pero pongamos el dedo en la llaga y, como dice Laura, no nos digamos mentiras: ¿quién está detrás de la forzosa decisión de una niña que se va de su casa e ingresa a la guerra para que su madre no tenga que alimentar siete bocas sino seis? ¿A quién le corresponde garantizarle un entorno seguro y por “entorno seguro” me refiero a que al menos tenga diariamente algo que comer?

***

Estamos escondidos bajo el techo de un rancho de madera en medio de la selva, una choza campesina algo destapada ubicada al lado de los restos de un campo de coca que ahora está abandonado y seco. Va uno, van dos, pero ahora son tres los helicópteros del ejército que nos sobrevuelan y nosotros somos cuatro los periodistas que estamos con la guerrilla: dos camarógrafos, dos reporteros.

Van veinte minutos de sobrevuelo. Hay susto. Suena otro helicóptero y otro. El comandante guerrillero dice que no están cerca y que si nos tuvieran ubicados, ya nos hubieran hecho un “desembarco”, es decir, ya se habrían lanzado soldados con cuerdas y estarían disparando sobre nosotros. Pero esto no me calma, yo siento que tenemos encima a toda la fuerza aérea colombiana. El comandante insiste:
—Además, esta tierra no es fácil, pa caminar este fango se necesita. Si soltaron gente, todavía necesitan por lo menos dos horas de caminata para llegar hasta donde estamos.

Treinta minutos… Sesenta… Hora y 45 minutos de sobrevuelo ininterrumpido. ¡Jesús! Pues si soltaron gente, estamos a quince minutos de que nos caigan. A quince minutos de quedar en la mitad de un combate entre el ejército y la guerrilla.
—¿Por qué no nos movemos? —pregunto—. ¿Y si nos caen?
—Porque no sabemos dónde están. Los helicópteros sonaron por aquí, por allí, por allí y por allí —dice el comandante señalando los cuatro puntos cardinales—; ¿y si terminamos cayéndoles nosotros por error?

Suena otro helicóptero. Este suena durísimo y nos pasa cerquititica. Por medio de un destapado que hay entre las hojas de la selva, el colega reportero y yo vemos pasar la aeronave y hasta alcanzamos a contar los soldados que van dentro del aparato. Se acercan diez metros más y hasta les cuento los lunares de la cara. “¡Mierda!”, pensé.
—Reunión urgente, muchachos — dije a los periodistas.
Nos reunimos en círculo y empezamos a improvisar el protocolo de seguridad:
—Qué hijueputa susto.
—¿Qué vamos a hacer?
—Todos de blanco ya. Camiseta blanca ya.
—¿Pero qué vamos a hacer si el ejército llega? Yo estaba pensando en tirarnos al río.
—No, no. A la loca no nos podemos poner a correr.
—¿Entonces qué hacemos?
—No sé. Lo primero es separarnos de la guerrilla, lo segundo es empezar a gritar “prensa, prensa” a la loca mientras agitamos una camiseta blanca por el aire.
—¿Y lo tercero?
—Confiar en que el ejército vea la bandera blanca y no nos dispare.
—¿Tú crees que nos dispararían?
—Yo creo que a ningún gobierno le conviene que maten a cuatro periodistas en un operativo militar. Pero es que otra cosa es la adrenalina, esa es la que actúa primero y piensa después.

Miro el rostro de Laura, la guerrillera de quince años, y noto cómo ella también observa el cielo asustada. De todos, es la que se ve más preocupada. El comandante guerrillero, en cambio, nos observa desde lejos, hay algo de tensión en su rostro pero lo que más resalta en su mirada es un dejo de burla. Somos un chiste para él. Intenta seguir calmándonos y como último recurso, bajo el sonido de las hélices en el cielo, decide ponerse a cantar una canción de los hermanos Mejía Godoy: “Vendrá la guerra, amor, y en el combate / no habrá tregua ni freno para el canto. / Sino poesía naciendo incontenible, / del cañón, de fusiles libertarios. / Vendrá la guerra, amor, y en el combate, / nos fundiremos en las barricadas. / Deteniendo las hordas criminales, / a punta de corazón, fuego y metralla”.

El comandante es alias Uriel, el que tiene más presencia ante las cámaras. El más buscado de la región. El premio gordo de los militares. Y preciso nosotros teníamos que estar con él. Como si no fueran suficientes los peligros propios que atormentan al Chocó. La guerrilla que nos recibe es el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Estamos en el litoral de los afluentes que se desprenden de alguna parte del río San Juan, ni idea cuál, pero con certeza es la parte que ellos dominan. Porque el resto del río, al igual que el Atrato, se lo disputan con las “disidencias” y las AGC.

Estamos con el ELN porque queremos conocer su dinámica en el territorio y su papel en este momento del conflicto en el país; y si no estamos en los territorios de las AGC o de los disidentes de las Farc es únicamente porque no nos han autorizado el ingreso. Y acá la autoridad son ellos.

***

La disputa por el territorio entre los grupos armados al margen de la ley se ha incrementado en los últimos dos años. La salida de las Farc del escenario bélico dejó un vacío de poder que todos los actores armados se apuraron a llenar. Todos, claro, menos el Estado. Que desaprovechó tremenda oportunidad y siguió llenando el río San Juan con sus buques de guerra y sus botes de combate, y dejando al litoral sin escuelas, sin energía eléctrica, sin agua potable y sin puestos de salud.

Hace poco, el pasado 5 de septiembre, la vicepresidente de la República, Marta Lucía Ramírez, escribió en Twitter: “Hoy a los jóvenes del Chocó y de 10 departamentos más, les va a ser posible acceder a la educación virtual a través de 76 programas que hoy se ofrecen a través de la línea de crédito #MásColombianoQueNunca. #EducaciónQue- Conecta”. Y su intervención resulta hasta chistosa porque: uno, el mismo Estado en su Decreto 749 de 2018, con el cual creó la Comisión Intersectorial para el Departamento del Chocó, afirmó que en el “Chocó se evidencian deficiencias en materia de cobertura y calidad en educación, salud, alimentación, agua potable, saneamiento básico, seguridad, accesibilidad, infraestructura, […] así como problemáticas ambientales que afectan la situación social, económica y humanitaria del departamento”, como para que ahora venga ella a ofrecerles una deuda. Y dos, porque el grueso del Chocó al que le ofrece “educación virtual” conecta energía eléctrica solo un par de horas al día a través de plantas de gasolina. Como escribí antes, la vice podría resultar hasta chistosa, pero el Estado allá no es ni siquiera un chiste. Es nada.

En consecuencia, la población quedó bajo la ley y el orden —o el desorden— de los grupos armados ilegales y la norma se la impone el fusil. Y en medio de los combates por aumentar este poder —poder que por supuesto incluye la recolección de impuestos, o vacunas, como les dicen los civiles—, han quedado confinadas cientos de familias sin poder salir de sus casas ni siquiera para buscar algo de comida. Situaciones que, por puro desespero, terminaron en el desplazamiento masivo de comunidades indígenas y afrodescendientes.

El 7 de septiembre de 2018, la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) emitió un comunicado en el que informó que desde el 21 de agosto, al menos 1640 personas (328 familias) se encontraban confinadas y cerca de 223 (61 familias) se habían tenido que desplazar forzosamente en los municipios de Bahía Solano y Juradó, debido a los enfrentamientos entre las AGC y el ELN. Al final, el texto también decía que un combate ocurrido el 26 de agosto entre estos grupos había causado la muerte de un menor de edad y había dejado heridas a dos mujeres indígenas.

La Defensoría del Pueblo, por su lado, emitió la Alerta Temprana No. 069 el 27 de agosto de 2018 y en ella advirtió que las comunidades presentan “desabastecimiento de alimentos, dificultad de acceso a medios de vida (actividades de pancoger), afectaciones en salud mental y necesidades de protección”. Advirtió de futuros desplazamientos y lo más grave: de contaminación por minas antipersona. En los años de la paz, volvían a minarse los territorios.

El grito de auxilio se repitió este año, en los primeros días de abril la Defensoría emitió la Alerta Temprana 017- 19 de Inminencia y ahora decía que los confinados eran 2778 más. Y que el enfrentamiento entre las AGC y el ELN ya no estaba solo en Bahía Solano y Juradó, se había expandido y ahora afectaba a nueve comunidades indígenas y afros del municipio de Bojayá: Villa Hermosa, Egoróquera, Playita, Unión Baquiaza, Mesopotamia, Napipí, Bocas de Opogadó, Carrillo y Pogue; territorios en los que se come porque se cultiva. Pero las minas y los combates, el temor al disparo del fusil, no estaban permitiendo que los agricultores salieran a cosechar.

¡Hambre! ¡Hambre es lo que había y aún hay en el Chocó! Y la vice ofreciendo educación virtual.

***

En las ocasiones que entré a entrevistar al ELN junto a otros periodistas, que son varias, casi siempre nos fue a recoger el mismo guerrillero, Uber. Un hombre de treinta y algo, no sé bien. La última vez que lo vi me mostró la foto de su hija, ya adolescente, y no paró de contarme lo feliz que estaba porque por fin la había encontrado —la guerra los separó estando ella muy pequeña— y también me dijo lo bien que les había ido en ese primer reencuentro. Esta vez no fue a recogernos. Lo habían matado. En medio de un combate, la bala de un fusil le partió la cabeza y le reventó la vida. El cuerpo aún no lo recuperan. Suponiendo que los bandos en esta guerra están bien definidos y sin entender mucho de ella —obviamente— pregunté:
—¿Y por qué no entregan el cuerpo? ¿El ejército no debería devolvérselo a la familia? ¿O fueron las AGC?
—Fueron las disidencias.
—¿Las disidencias? ¿Cómo así? Ahora también están enfrentados con las disidencias?
—Uff, la pelea más grande ahorita es con ellos. Por un lado llegaron diciendo que eran el Frente 30 y que volvían, entonces que nos teníamos que ir, por otro lado se presentan grupitos pequeños y dicen que son disidencia y que también nos tenemos que ir, y por Juradó volvió uno que fue comandante Farc pero ahora se presenta como AGC, y lo mismo: que nos fuéramos. Entonces estamos enfrentados con todos.
—¿Y Uber?
—No, pues quién se va a ir a sacarlo de por allá.

Yo quería llorar, pero sus compañeros no se mostraban muy acongojados. A mí me daba pesar por Uber y por su hija, esa menor de edad que no llegaba a los dieciséis años y ya había perdido al mismo padre por segunda vez. Pero para sus compañeros es cotidiano. En la lógica del guerrero, la muerte se vuelve dama de compañía.

Estaba pensando en todo esto cuando vi a Laura, la guerrillera de quince años, y recordando su cara de susto por el sobrevuelo que nos habían hecho las aeronaves militares el día anterior, me acerqué y le pregunté que si a ella aún le daban miedo los combates. Me contestó que no. Me contó de un par de enfrentamientos que ya había tenido con el ejército y al final agregó que eso le había matado el susto.
—Bueno, pero en conclusión: ¿ya no te dan miedo los combates?
—No. Si a mí me dicen que hay que ir, yo voy.
—¿Y entonces ayer por qué estabas con esa cara de susto cuando nos sobrevolaron esos helicópteros del ejército?
—O sea… Eso… Eso fue… ¿Caras?… ¿Yooo?
—Sí señora.
—Eso fue porque miraba hacia el cielo y me tocaba mirar así por el sol.
—No señora, yo la vi. Pura cara de susto.
—Es que la verdad eran bastantes, jajaja.

Nos reímos un rato de eso y empezamos a hacernos un par de bromas suponiendo lo que hubiéramos hecho si hubiéramos recibido el asalto militar. Entonces empecé a comprender la guerra en el Chocó. Es tan irreal y tan lejano a nosotros lo que sucede en este territorio que terminas riéndote junto a una menor de edad porque unos soldados no te dispararon y no te mataron en la mitad de la selva.

Reía ahora de una hipotética escena macabra que no sucedió; tres noches atrás, escondida en una hamaca, sin poder dormir, y ahogando el llanto con un saco para que nadie me oyera, lloraba por otra escena que tampoco viví pero que sí ocurrió.

***

—Me mataron a mi mamá, me la mataron, me mataron a mi mamá…
La voz quebrada de un niño de once años suelta ese audio por WhatsApp y el último “mamá” se oye lejano, como si apartara la boca del micrófono antes de soltar el celular. Como si algo acabara de llamar su atención. Lo imagino con paso presuroso de un lugar a otro, lo imagino tirándose del pelo, lo imagino tronándose los dedos, lo imagino llorando mientras patea con sus piernas delgadas las latas y la madera de su rancho. Imagino que suelta ese celular y corre hacia el hueco de la puerta porque cree ver regresar a la madre que nunca más va a volver.

“Me mataron a mi mamá”. Pasan tres segundos, el audio acaba y el silencio nos cae como bloque de granito. Estábamos solo una fuente, el colega reportero y yo. La voz del niño se apaga y yo inmediatamente me doy cuenta de que voy a escuchar una de esas historias que queman por dentro, que arden como arde el reflujo cuando se apodera del pecho. En Colombia asesinaron a una mujer —a otra—. Era madre. Y yo la conocía.

El nuevo cadáver no era de un líder social. No era activista. Era una mujer dedicada al rebusque. Era una persona que vivía con miedo en el Chocó. Alguien a quien mataron y no salió en las noticias. Pienso en ella, pienso en la única vez que la vi. Ahora era un cuerpo sin vida que dejaron amarrado a un tronco. Era nadie. Y gracias a esa nadie algún día yo me alimenté.

A las fieras que la asesinaron ella también las alimentó, pero estas, traicioneras, mordieron esa mano que les daba de comer. Vendía pescados y legumbres, los metía en una nevera de icopor y los transportaba a lo largo de la única vía de este vasto territorio: el río San Juan. Cruzaba —inevitable— las imperceptibles fronteras que sobre él trazan el ejército, la delincuencia común, las guerrillas y las nuevas expresiones del paramilitarismo. De ella comieron todas las fieras.
—Ay, Andrea, era mi amiga. Cómo matan a esa muchacha. Yo qué le voy a decir a usted, mija, ¿yo qué le voy a decir? Si vinieron por ella, en cualquier momento vienen por mí.

Mi fuente, dura, temeraria, que siempre está desafiante, recia, que siempre que voy a saludarla me recibe con un “Ya vino usted otra vez por aquí a hacerme perder el tiempo y con todo lo que tengo que hacer”, por primera vez está derrotada. Lo sé por sus hombros que en vez de altivos están caídos, por su mentón pegado al pecho mientras habla, por la lágrima en su mejilla derecha que ni siquiera tiene fuerzas de limpiar. Llora y yo quiero llorar. Por el niño huérfano, por la madre asesinada y por mi fuente, sobre todo por mi fuente, que es superpoderosa para mí y ahora pierde sus poderes. Quiero llorar pero me avergüenzo. El Chocó no es tierra para débiles.

La muerte la pude seguir casi en vivo como si estuviera escuchando un pódcast macabro. El primer audio es de la madre, la que asesinaron, pregunta cómo están las cosas por la vía, dice que tiene miedo, que le han dicho que “las cosas están muy calientes por ahí”, pero que ella necesita salir a trabajar. Vuelve a decir que tiene miedo y la voz no aparece más.

El segundo audio es del esposo, dice que en la vía hicieron un retén, que unos encapuchados bajaron a su esposa del transporte, que ella iba con el niño, que el niño se desesperó pero que los sujetos dijeron que solo la iban a retener un momento y la entregaban después; el hombre dice que no tiene ni idea de qué pasó con su mujer y pide, muy ansioso, que por favor le ayuden a ubicarla, que alguien haga algo para salvarla. El tercer audio vuelve a ser del marido, con tono seco y pesado, como el ruido de un puño cuando se deja caer sobre una mesa, su voz anuncia —y sus palabras golpean—: “Ya apareció. La mataron”. El cuarto audio es un niño quebrado en llanto que parece robarle el celular al padre por unos segundos porque necesita desahogar su furia y su impotencia: “Me mataron a mi mamá, me la mataron, me mataron a mi mamá”.

La fuente, pensando que es dato valioso, me extiende el celular para que vea las fotos del cuerpo (alguien lo retrató, creo que el marido), pero yo volteo rápidamente el rostro hacia el lado contrario y hago un gesto de desagrado como si hubiera ingerido una bebida amarga. El trago más amargo de la guerra: la muerte de los civiles que nunca hicieron, quisieron ni pidieron ser parte del conflicto.

En el territorio hay hipótesis sobre las fieras que la devoraron. Pero hay tantas, que no está claro de dónde vino la mordida. La bajaron en ese retén que mencionó el esposo en el audio. El niño imploró por su madre. Lloró. Los encapuchados —bondadosos ellos— le dijeron que se tranquilizara y que en unas horas se la iban a devolver unos caseríos más adelante, que ellos mismo la iban a llevar después hasta allá. La retuvieron toda la noche y al otro día, amarrada, la fusilaron; dejaron su cuerpo atado a un tronco —compasivos ellos— para que no se fuera a extraviar.

Pregunté las causas pero no pregunté por las consecuencias de ese crimen. La fuente en un comentario me dejó saber que el niño acababa de cumplir doce años y que en su cumpleaños hubo un momento en el que se aisló. El padre fue a preguntarle si estaba bien y el niño soltó un par de lágrimas y dijo que extrañaba a su mamá.

Todos quedamos en silencio y un par de horas más tarde alguien llegó por nosotros. Nos iban a llevar a otro caserío mientras las condiciones de seguridad se prestaban —habían militarizado el litoral— para que la guerrilla nos diera la entrevista. Me despedí de la fuente, seguí el recorrido y, en lugar de concentrarme en la preguntas de una entrevista que podía ser en cualquier momento o de pensar en las hostilidades a las que nos iba a someter el ejército si nos veía navegando el río tan tarde, todo el camino tuve al chico —del que solo conocí tres segundos de su voz y su llanto— en la mente. Lo imaginé cerrando los ojos muy apretados y deseando con furia que su mamá regresara. Lo imaginé después abriendo los ojos e imaginé la orfandad tan espantosa que debió sentir cuando entendió que nunca más la iba a volver a ver, que no iba a volver a tener el abrazo materno en un cumpleaños. Por la noche, mientras intentaba dormir en una hamaca, en mi mente también se coló ese otro chico de doce años que nos desgarró a todos mientras gritaba y pateaba una puerta al lado del cadáver de su madre. Ese pequeño que ya nadie recuerda. El hijo de María del Pilar Hurtado, la madre que las fieras asesinaron en Tierralta, Córdoba, frente a su hijo.

El hijo de María del Pilar quedó a cargo de tres hermanos, el chico de mi historia no sé de cuántos. El resto de mi viaje por el Chocó, que se extendió casi una semana, vi niños entre seis y doce años cargando a sus hermanos menores y no pude más que pensar en potenciales huérfanos. En madres asesinadas que a nadie importan. En unos versos de Safo:
Bajo tierra estarás, / nunca de ti, / muerta, memoria habrá, / […] Ignorada también, / tú marcharás / a esa infernal mansión, / Y volando errarás, / siempre sin luz, / junto a los muertos tú.

No pude dormir entonces y sigo sin poder dormir ahora. ¿Quién duerme tranquilo en este volátil gobierno de fusiles? ¿Quién duerme tranquilo en la morgue Colombia? Solo los muertos.

No pregunté entonces pero ahora sí pienso en las consecuencias de ese crimen, de todos los crímenes: niños que crecen con el alma envenenada, materia prima para la guerra. Colombia, país de huérfanos.

***

Terminó el viaje al Chocó en el que cuatro periodistas nos afligimos juntos, nos asustamos juntos, nos burlamos juntos y nos reímos juntos. El último día, antes de irnos, muy en la mañana, vimos a los jóvenes de la guerrilla haciendo entrenamiento deportivo en una especie de cancha del caserío donde nos quedamos esa noche mientras un puñado de niños los observaban fascinados. No había fusiles cerca, solo muchachos y muchachas haciendo deporte y tapando su rostro con un trapo rojo para evitar quedar retratados o grabados en nuestras cámaras.

Yo me concentré en los niños. Traté de entender su fascinación. Y otra vez llegué a lo mismo: en los territorios donde hay nada la guerra se vuelve un proyecto de vida. Una lancha nos recogió y nos sacó del Chocó navegando por el río San Juan, la única forma de salir de ahí, porque en esa parte ni siquiera hay carreteras. Tardamos seis horas para volver a la civilización en la que se tiene conexión eléctrica permanente. En la que no hay guerra permanente. En la que te cobija la burbuja. Durante esas horas recordé los versos de la canción que cantó el comandante Uriel bajo el ruido de las aspas de los helicópteros que nos sobrevolaban; recordé a Laura, la asustadiza guerrillera de quince años, recordé el rostro de mi fuente derrotada y recordé al niño de once años, ahora huérfano, que por WhatsApp quebraba su voz para decir que a su mamá la habían matado.

Yo no canté bajo el ruido de las hélices del ejército. Intentaba pensar en una canción para un escenario así. Pero ahora solo estaba el ruido de la lancha sobre el río y el ronroneo del motor. La melodía de la huida. Atrás quedaba, como siempre, el Chocó.



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Medellín

Medellín

por LUIS MIGUEL RIVAS • Ilustración de José Sanín.


Número 21 Marzo de 2011

verraco¹.
(Del lat. verres).
1. m. Cerdo padre.

verraco², ca
1.
m. y f. coloq. Cuba. Persona desaseada.
2. m. y f. coloq. Cuba. Persona despreciable por su mala conducta.
3. m. y f. coloq. Cuba. Persona tonta, que puede ser engañada con facilidad.

(Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)

 

Si usted pronuncia en voz alta la palabra “Medellín”, como si lo hiciera por primera vez, verá que es delgadita, filosa y tiene punta. Hágalo ya: “Me-de-llín”. Chuza, talla, corta. Yo la tengo metida en el centro de las costillas y nunca se me sale por más que me vaya para donde me vaya. Como un dedo punzando el punto donde uno llora. Como si hace mucho tiempo me hubiera tragado una navaja. En los últimos tiempos me la he pasado haciendo todos los esfuerzos para sacarla y limarle el filo.

Me gustaría que ese filo se amellara un poco, que fuera algo que encajara más con las ganas de vivir y reírse. Como veo que le encaja a mucha gente que vive allá. Ya sé que no es un problema de Medellín sino un problema mío. Puede ser que sea una nena, como me decían en la primaria cuando lloraba por todo. Aunque la palabra “Medellín” está hecha de vocales cerradas y suena femenina y frágil, lo que designa es una cosa fuerte, ruda, áspera, con botas que pisan duro. Para varones, para gente pujante, sólida, trabajadora, echada pa’ delante, indolente y optimista, que construye su futuro. Los débiles o se mueren o los matan o asumen una vida humillada o se van de allá.

A mí me llevaron a Medellín cuando tenía siete años, desde Pereira, arrancándome de la sobreprotección de la abuela, de un ambiente de mangas amplias y cañadas delgaditas donde jugábamos comitiva y hacíamos candeladas, para llevarme a ese lugar con un nombre que sonaba a ciudad, a gente más avanzada. Nunca me he podido reponer del todo de ese trasplante abrupto y todavía tengo la sutil sensación de ser una versión contemporánea y masculina de Heidi.

Crecí, entre niños verriondos, a los que les daba pena llorar cuando se caían, que temían a los mayores y que no se metían en las conversaciones de los adultos, que iban a misa y estrenaban en Semana Santa, que sabían desde chiquitos que lo más importante en la vida era ser un verraco. “Este muchacho sí es un verraco”, decía el papá cuando un niño se golpeaba y se hacía el que no le había dolido.

Y allá, en Envigado (vista de afuera, Medellín es el barrio principal de esa gran ciudad compuesta por Sabaneta, Caldas, Envigado, Bello, Copacabana, Girardota, La Estrella e Itagüí. O sea que Medellín además de ser la capital de Antioquia es la capital de Medellín), oí hablar con admiración del primer “verraco”: Mario Cacharrero. Era el año de 1976 y el nombre lo mencionó El Mellizo, hijo de un camionero de la esquina de mi casa, que con sus diez años se imponía pisando duro, mantenía un palillo en la boca y decía que él era como Mario Cacharrero. De El Mellizo oí por primera vez la palabra “mafioso”. Decía que él era un “mafioso”, como uno decía que era Supermán o el arquero de la selección Colombia. Y yo me imaginaba una especie de mago, pero con ruana en vez de capa, carriel en vez de maletín y con el poder de hacer aparecer y desaparecer cosas. Luego comprobé que era tal cual, pero de otro modo. Mario Cacharrero comerciaba con marihuana y ganaba cantidades inconmensurables de plata que le permitían hacer magia. Todo el mundo lo quería y lo respetaba. Quién en el mundo no quiere a los magos. Y quién en Medellín no quiere al que tenga plata.

Años más tarde conocí al otro gran verraco: Pablo Escobar. Pasaba por la casa en medio de una caravana de carros, siempre con un mundo de amigos más grandes que él, que se notaba que lo querían mucho porque no lo descuidaban un solo instante. A veces alguien decía: “Pablo Escobar está en la esquina de La Escuadra repartiendo plata” y el partido de fútbol se acababa y quedaba uno solo con el balón en mitad de la calle. Pablo fue al barrio a entregarnos una cancha de baloncesto sobre rodachines y tengo la imagen de él como un hombre muy amable dándole la mano al presidente de la acción comunal y diciéndonos: “Muchachos háganle pa’delante que ustedes son el futuro del país”. Él era el presente de ese momento. A los amigos con los que yo jugaba en esa cancha, el futuro no les duró mucho.

A Pablo lo adoraban en todo Medellín: los alcaldes, los gobernadores, los políticos, los empresarios, los curas, toda la gente honesta y trabajadora y emprendedora. El sottovoce siempre ha dicho que un alcalde de Envigado, por ejemplo, era súper amigo de él y juntos formaron un organismo de seguridad para proteger a los habitantes del municipio. A los ciudadanos que ellos consideraban que le hacían mal a los otros ciudadanos los mandaban matar y los tiraban en Las Palmas o en las cañadas. Se llamaba Seguridad y Control y en esa época no atracaban a nadie en Envigado y casi ni bazuqueros había, a excepción de los hijos de las familias de los ciudadanos que mataban a los otros. Me acordé mucho de esa época hace año y medio cuando entré a la Alcaldía de Envigado y vi el cuadro de ese alcalde expuesto entre los próceres del municipio. No me pareció muy equitativo que los créditos de toda esa prosperidad y seguridad que consiguió Envigado en los últimos años se los llevara sólo el alcalde, teniendo en cuenta que Pablo aportó tanto.

De ahí para adelante y para atrás ha habido muchos verracos en Medellín. Y siempre habrá uno. Todos los hemos conocido. Son vecinos y familiares nuestros. Es una cosa del modo de ser de la ciudad. Como la obsesión por el trabajo, como la santidad de la cucha, como el desprecio a los débiles, como el aseo por encima de todo… y como esa rabia ciega y honda que siempre se ha confundido con un carácter fuerte. De hecho, para uno ser verraco tiene que tener mucha rabia. La rabia es el poder. Yo no sé de dónde surgió la primera rabia. Esa que fue creciendo geométricamente, diseminándose por la geografía, extendiéndose en el tiempo, filtrándose en la tierra, ramificándose en los árboles genealógicos, permeando los pliegues del cerebro y del alma de todas las personas, incluso de la gente que no tendría razones para tenerla y que ni siquiera sabe que la tiene.

La otra vez tomé un taxi en una estación del metro y el conductor estaba todo asustado porque venía de llevar al hospital a un compañero al que lo había mordido una rata. La rata había salido de la alcantarilla y, cuando cinco taxistas la persiguieron para matarla, no huyó como es costumbre sino que se les enfrentó mirándolos a través de unos ojos ensangrentados de odio que los hombres no se esperaban ni habían visto nunca. Saltó sobre el amigo del taxista, le hirió la cara y siguió retando a los demás, que escaparon aterrorizados pensando que habían visto al diablo en persona. La rata volvió a la alcantarilla lanzando chillidos. Mientras el taxista me contaba esa historia yo pensaba en toda la rabia que hay apresada en las alcantarillas. En la gente de Medellín y de su capital. En las alcantarillas de la mente. Y recordaba esa rabia escondida, tapada, contenida, que hierve en las cloacas y que tantas veces he percibido en la cara del que pide limosna, en el gesto del que la da, en la mirada de los muchachos de la esquina, en el rictus de los jubilados, en la voz de los taxistas, en los chismes de las viejitas, en el tono de los que hablan de política, en los chistes de los oficinistas, en las amonestaciones de las madres, en el silencio de los indígenas, en la genuflexión de la muchachas del servicio, en la mirada del subalterno, en el gesto del jefe, en el consejo del cura, en las palabras del periodista, en la voz del que protesta, en la firmeza del que calla y en los gestos más amables de la gente más buena… en las calles, en las oficinas, en el metro, en las fábricas, en la casas, en los rostros de los ricos, de los pobres, de la clase media. Pero también la he visto en el espejo, en la cara del que creció viendo todas esas rabias.

No hace mucho caminaba por una calle de Buenos Aires, Argentina, y en una esquina crucé mirando el semáforo peatonal en verde. Sentí el rugido de un bus a mis espaldas pero seguí impertérrito sabiendo que las señales de tránsito me daban la razón. Al llegar al otro lado escuché un pito fuerte e insistente. Giré y vi que el chofer había detenido el bus en media vía y sacaba la cabeza por la ventanilla para mirarme fijo mientras hacia esa típica señal argentina que consiste en juntar todos los dedos de la mano tocándose las yemas, apuntando hacia cielo y moviendo el conjunto abajo y arriba para expresar un mensaje claro: “boludo”, “huevón”. La persona que era yo y que había amanecido sonriente y plácida fue eliminada por ese gesto y abruptamente salió de mi alcantarilla un tipo que estaba viviendo en mí sin haberme avisado. Más que una persona era un punto chiquito, ciego e incandescente en el que se comprimía toda la rabia del mundo, pero a la colombiana, ligada a la idea de matar. El tipo que había en mí giró mi cuerpo y caminó como una bestia hacia el bus gesticulando y gritando: “¡Entonces qué gonorrea! ¿te vas a hacer matar o qué?” y mandándose las manos a la pretina de un pantalón en el que sólo reposaban unas cuantas monedas. Ese tipo de verdad quería matar al chofer, así el otro no fuera capaz de hacerlo. El bus arrancó despacio, el tráfico volvió a su cauce y el tipo de adentro mío desapareció abruptamente como había llegado, dejándome solo, sin energías y con espasmódicos rezagos de ira y vergüenza. Respiré hondo, traté de pensar un poco y en ese momento me di cuenta de que ser colombiano no es una nacionalidad sino una enfermedad mental. Y que ser antioqueño es estar enfermo y convencido de la sanidad de uno y de la enfermedad de los otros. Seguí caminando con ganas de llorar y de matar, sin querer hacer ninguna de las dos cosas y dándome cuenta que váyase para donde se vaya uno no puede dejar de ser de donde es.

A veces me preguntan: “¿A qué te viniste acá?”, y yo sólo sé contestar: “A no estar allá”. Una nena, un cobarde. Un tipo que se persigue delante de él. A veces pienso que no quisiera volver, que quisiera quedarme en otro lugar donde me aleje de mí. Y luego regresar. Volver cuando Medellín sea distinta, cuando haya cambiado, porque no tengo tanto arraigo ni tanto valor como para morir allí tratando de convertirla en lo que sueño. Pero una ciudad y un país también deberían permitir que las nenas y los débiles vivan en su territorio y busquen la felicidad a su manera. Me gustaría mucho que Medellín quedara en los otros lugares a donde me voy huyéndole. Pero que no fuera ella, que no fuera su aguardiente para pelear, ni sus caballos para ostentar, ni sus mujeres para mostrar, ni su prepotencia, ni su pujanza ni su verraquera. Que me dejara de chuzar tanto por dentro para poder quererla con toda esta rabia que le tengo.



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¡Gonorrea! Historia del insulto de insultos

¡Gonorrea!

Historia del insulto de insultos

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO • Ilustraciones de Tobías Arboleda


Número 100 Septiembre de 2018

#RigoNea

El día nueve del mes siete de 2017, Rigoberto Urán ganaría la novena etapa del Tour de Francia. Sí, la esperada etapa reina, su majestad en puertos de montaña, en puertos de categoría especial y, a la postre, también en abandonos, siete, tres y once respectivamente. 181 kilómetros entre Nantua y Chambéry que se definirían por un pelo: inicialmente, el ojo humano declararía ganador al local Warren Barguil, pero, 2 minutos y 40 segundos después, la foto finish se decantaría por Rigoberto Urán. Al reverso de esa foto panorámica del último pedalazo, del llamado golpe de riñón, el potenciómetro de Rigo firmaría su pico más alto de la jornada: 1189 vatios, o sea la potencia necesaria para encender unos diez televisores de 21 pulgadas. Si bien, encendería millones más a control remoto, pues esa novena etapa alcanzaría 5.9 puntos de rating, o, lo que es lo mismo, 15 de cada 100 colombianos verían el reñidísimo triunfo de Rigoberto Urán a través de la caja tonta. Durante las siguientes tres horas, antes de ser superado sobre las dos de la tarde por #PeriodismoDeshonestoRCN, Rigo sería tendencia número uno en Twitter para Colombia. Allí, en ese lapso del almuerzo, se haría viral una entrevista que le concedería al periodista de turno del canal Caracol mientras se dirigía a la prueba antidoping, 4 minutos y 41 segundos después de bajar del pódium: cuando Rigo lanzaba una lluvia de calificativos cuya nube de significación sería el sustantivo epopeya, pues había terminado la etapa con los cambios de la bicicleta rotos, trabados en la relación 53-11 desde el kilómetro 158, el periodista de turno del susodicho canal lo interrumpiría para preguntarle una tontería contraria a todas las mitologías capilares:
—Rigo, la gente en Colombia se pregunta: ¿sirvió el corte de cabello?
—De momento parece ser que sí, vamos a ver más adelante.
—¿Por qué se lo cortó?
—Ya lo tenía muy largo, estaba cansado. Aunque a mi mujer no le gusta así, cabecipelado, dizque porque quedo muy nea, me dice que me veo muy nea… ¿Usted sí sabe qué es nea?

Ya que el periodista de turno del susodicho canal no lo sabía, Rigo le traduciría ese vocablo propio del sociolecto de los jóvenes de Medellín, del denominado parlache, al colombianismo “gamín”. Así como para el periodista de turno fue una novedad, seguramente era la primera vez que esa palabra, la segunda más corta del parlache tras la fórmula de saludo “oe”, se escuchaba en la televisión nacional. No por nada, su significado sería tema de debate en las redes sociales ese domingo nueve del mes siete y el lunes diez, primer día de descanso en el Tour: ¿Qué es nea? Para zanjar el debate solo habría que pasar de Rigo y de las redes sociales al rigor del Diccionario de parlache. Al abrirlo en la página 143, se lee: “Nea: Acortamiento de gonorrea”. Y al retroceder 37 páginas, hasta la 106, se comprueba que “gonorrea”, la entrada número 56 de la ge, es el insulto de insultos: “Persona despreciable, ruin”. Según Luz Stella Castañeda, reconocida sociolingüista y coautora del Diccionario de parlache, el acortamiento “nea” habría surgido en los colegios femeninos de estratos altos de Medellín con el fin de encriptar el insulto, para poder usarlo sin perder prestigio, sin que las alumnas fueran tildadas de vulgares por sus profesores. Posteriormente, se propagaría por los demás colegios de estratos privilegiados, mutando a través del uso tanto su tipo como su significado, pasando de adjetivo a sustantivo, y de insulto cifrado a forma de tratamiento, convirtiéndose en sinónimo de compañero, amigo, parcero, parce, etc. A continuación, se extendería por los colegios del resto de la pirámide socioeconómica medellinense, donde sumaría una nueva acepción a su significado, a caballo entre sus dos predecesoras, y que sería el espejo de “boleta” o de “bandera”, esto es, “alguien o algo desagradable, estrambótico”, o sea lo que quería darle a entender la mujer de Rigo al Rigo cabecipelado, y el Rigo cabecipelado al periodista de turno del susodicho canal.

Posdata 1: Un año antes de la primera edición del Diccionario de parlache, publicada en 2006, Luz Stella Castañeda presentaría su tesis doctoral, titulada Caracterización lexicológica y lexicográfica del parlache para la elaboración de un diccionario, y cinco años antes sería coautora de El parlache. Ambos, tanto la tesis como el libro, incluirían un glosario que sería la base de dicho diccionario, sin embargo, en ninguno de los dos estaría el acortamiento de gonorrea, luego, el surgimiento de nea es relativamente reciente, posterior a 2001, año en el que, por ejemplo, la palabra parlache se institucionalizaría, ingresaría en la vigésima segunda edición del DRAE, en la página 1683: “Jerga surgida y desarrollada en los sectores populares y marginados de Medellín, que se ha extendido en otros estratos sociales de Colombia”.

Posdata 2: “Tres letras son suficientes hoy en día para mentarle la madre a cualquiera en los barrios de Medellín. Nea, dicha en un tono fuerte, tiene una carga insultante similar a la que desde hace mucho residía en hp o en tiempos más recientes en gonorrea”. Esa es la entradilla sensacionalista de un artículo publicado en El Tiempo el 27 de marzo de 2005, titulado “Palabras de la entraña del barrio”. Allí, Luz Stella Castañeda recordaría que la primera vez que se percató de la existencia de “nea” fue en octubre de 2003, cuando, en el marco de Expouniversidad, varios estudiantes le divulgaron ese vocablo. Además, agregaría que este surgió en los sectores populares, tal vez como una metátesis de gonorrea, esto es, gorronea, que posteriormente se reduciría a “nea”, aunque un año después se rectificaría en el Diccionario de parlache, en donde se lee que dicho acortamiento “empezó usándose en los colegios de clase alta”.

La más peligrosa

¿Qué pasó con gonorrea antes de convertirse en nea, entre su origen y su acortamiento postY2K? Para establecer su año de nacimiento primero habría que echarle una ojeada al Diccionario de los mariguaneros, que saldría a la luz en Medellín abriendo 1980, gracias a los poetas Germán Suescún y Hugo Cuervo, y que sería el repertorio de una jerga que había bebido de las mismas fuentes léxicas de las que posteriormente surgiría el parlache, por lo que podría considerarse una suerte de protoparlache. Al abrirlo en la ge, y avanzar hasta la página 68, se pasa directamente del verbo transitivo “golpiar” al sustantivo “gorgonazo”, es decir, el Diccionario de los mariguaneros no incluye el adjetivo “gonorrea”. Si bien, sí incluye, por ejemplo, el insulto más usado del parlache tras gonorrea, sí, “pirobo”. Prueba necesaria y contraprueba suficiente para afirmar que la gonorrea lanzada como injuria no es anterior a 1980. Un año después, en 1981, la editorial Letras publicaría Bacano Llave, de Alberto Piedra. Desconocido ejemplar de la oralitura colombiana que, a la manera de un libro almanaque, relataría las desventuras de Bacano Llave Restrepo: un nomen nescio de la comuna noroccidental de Medellín, del barrio Robledo, el tercero de cinco hijos de Jesús Llave, un expartidario de la Anapo muerto en una balacera mientras ejercía su oficio de celador, y de Rosalba Restrepo, ama de casa impedida laboralmente por la variz. No bien cumplida la mayoría de edad, empezarían las penurias de Bacano: tras pasar sesenta días en Bellavista por mariguanero y vago reconocido, viajaría a Cali con la esperanza de refundarse. Allí, sin embargo, se haría adicto a mirar “hembritas” en el parque La María bajo los efectos del daprisal: “¡¡¡Qué culos!!! Cuando a uno le explotan los dapris se siente el putas. Pero no es como el guaro que uno se pone a peliar sino que le da es por votar caspa, fumar leña y rodarla”. Ese pasatiempo caicediano lo financiaría al venderle a unos gringos dos metros de perico falso, o sea un mix pulverizado de tres pastillas de silocaina y dos de mejoral, a precio de cuatro y medio del verdadero. Todo iría bien hasta que Bacano abandona su radio de acción, el perímetro del parque La María y sus alrededores: al adentrarse en San Fernando se toparía con un tropel entre la policía y unos estudiantes del Santa Librada, del popular Santa Pedrada. El efecto acelerador del daprisal lo obligaría a acercarse a ese ojo del huracán: lo miraría fijamente más de la cuenta y se ganaría una golpiza de los tombos. Con la golpiza vendría una elipsis narrativa del tamaño de una casa. Tan grande que, una vez superada, Bacano estaría de regreso en Medellín, recluido en un manicomio para curarse de sus adicciones, en una pieza de tres metros cuadrados con un afiche del poderoso de la montaña personalizando una de sus cuatro paredes. La elipsis es tan grande que, como en todo libro almanaque, sería minimizada al pasar la página por un elemento que contextualiza la narración: una caricatura, una foto o, en este caso, una noticia que reproducía la primera aparición de Medellín en Newsweek, al ser declarada por ese semanario la ciudad más peligrosa del mundo, lo que, por ejemplo, llevaría a clausurar el consulado gringo en Medellín promediando 1981. Ese año la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 56. Finalmente, aunque Bacano Llave incluiría elementos lingüísticos que iban más allá de los contenidos en el Diccionario de los mariguaneros, tales como la locución adverbial y la negación enfática más usadas del parlache, esto es, “a la final” y “la chimba”, no incluiría a gonorrea, luego, es altamente improbable que esa palabra usada como insulto sea anterior a 1981. Un año después, en 1982, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 57. Y en 1983, 58. Cerrando ese año, como si hubiera sido determinada por la curiosa progresión aritmética de esa tasa, 56, 57, 58, aparecería el primer registro público de gonorrea en calidad de insulto. Sí, en Los habitantes de la noche. Aquel mediometraje de Víctor Gaviria cuyo argumento podría considerarse la continuación clase media de Bacano Llave: al filo de la medianoche, a seis muchachos desparchados en una esquina cualquiera del centro occidente de Medellín, se les ocurre rescatar a un compinche internado en el manicomio por su adicción a la mariguana. Al compinche lo apodaban el Topo por la cuarta acepción del DRAE, acepción que lo igualaría con Bacano Llave Restrepo: “Persona de cortos alcances que en todo yerra o se equivoca”. Para trasladarse hasta el manicomio, sito en el Bloque 4 del San Vicente de Paúl, les robarán cuatro bicicletas a cuatro celadores de Florida Nueva, barrio en el que había crecido Víctor Gaviria. Mientras el tercero de los celadores telefonea al radioprograma nocturno que le da nombre al mediometraje para denunciar el robo, le hurtan la bicicleta al cuarto: ocurre en el puente que atraviesa la quebrada Ana Díaz a la altura de la carrera 77A con la 79B. Al ser atracado, el cuarto celador exclama: “Gonorreas, respeten, malparidos”. Según el locutor, es la 1:28 a. m. del 4 de octubre de 1983, día de San Francisco de Asís. Sí, el locutor era Alonso Arcila, hermano menor de Rubén Darío Arcila, el narrador de ciclismo que, aquel 9 de julio de 2017, le daría paso al periodista de turno del canal Caracol que desconocía el significado de “nea”. Un año después, el distópico 1984, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 71. Y en 1985, 101. Ese año, del 10 al 15 de febrero, se publicaría en El Mundo la legendaria pentalogía de crónicas de Ricardo Aricapa titulada “S.O.S desde Bellavista”, en donde por primera vez se divulgaría el parlache a través de un medio masivo, en donde por primera vez se leería masivamente, por ejemplo, la forma de tratamiento para referirse a un amigo muy allegado, esto es, “parcero”, en uno de los pies de foto de la última entrega: “Carlos Robeiro Valencia Gómez, alias el Parcerito, uno de los duros del patio cuarto. Tiene más entradas a Bellavista que años de edad”. Tenía 17 años y 22 entradas, todas por robo, era de Manrique, el mayor de ocho hermanos, y, como Bacano Llave Restrepo, huérfano de padre. “S.O.S desde Bellavista” incluiría insultos como pirobo, pero no el capital, gonorrea. Un año después, en 1986, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 123. Como si ese 123 fuera una llamada de emergencia, pues desde ahí el homicidio sería la primera causa de mortalidad general en Medellín, cerrando ese año se filmaría Rodrigo D. No futuro. Sí, la película protagonizada por actores naturales de Manrique Guadalupe, pero rodada en Robledo El Diamante, es decir, la película que igualaría los destinos de las comunas noroccidental y nororiental de Medellín, representadas, respectivamente, por Bacano Llave Restrepo y por alias el Parcerito. Allí, gonorrea se pronunciaría once veces: tres, el Burrito; cinco, el Alacrán; dos, las hermanas Castro; y una, Ramón. Ese mismo año saldría a la luz El cartel punk de Medellín, un compilado de 37 canciones distribuidas en 20 agrupaciones, sí, aquel que tendría en la portada a Pablo Escobar con cresta, botas platineras y una botella de Chamberlain en la mano diestra. Aquel cuya octava canción, “Ramera de barrio”, de Mutantex, sería la primera en incluir el insulto de insultos, gonorrea, en el intro, parodiando Las mañanitas: “Estas son las chimbaitas / que más me emputan a mí / que las gonorreas más putas / jamás me lo dan a mí”. Esa octava canción, un par de años más tarde, sería la número cinco del lado A de la banda sonora de Rodrigo D. No futuro. Precisamente Ramiro Meneses, protagonista de la película y baterista y vocalista de Mutantex, escupiría el primer registro público de una acronimia formada con gonorrea, sí, en uno de los dos detrás de cámaras de Rodrigo D., titulado Cuando llega la muerte: Rodrigo, encarnado por Ramiro, está improvisando con el que será su hermanito en la película. De repente, un zócalo anuncia en letras rojas: “Buscando a los personajes, mayo de 1986”. A continuación, Rodrigo le dice a su hermanito que lo único que le gustó del colegio fue una clase de ciencias en la que le mostraron un feto de un marrano conservado en un frasco de vidrio. Y luego zanja la situación así, resumiendo: “Eso era lo único que me gustaba a mí, pero de resto, qué profesores tan petorreas los que había allá”. Petorrea: acronimia o cruce entre petardo y gonorrea, petardo en el sentido de la segunda acepción del Diccionario de parlache, a saber: “Persona poco competente”. Un año después, en 1987, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 142. Y en 1988, 198. Ese año se registraría la primera aparición de la gonorrea del parlache en la literatura, sí, en Los caminos a Roma, de Fernando Vallejo, como si todos los caminos condujeran a la gonorrea: un Vallejo viejo, el narrador, recordará a un Vallejo joven, el que había viajado a Roma para estudiar en el Centro Experimental de Cine. Una tarde, a la residencia en que se hospedaba el Vallejo joven, llegará un grupo de músicos judíos, entre ellos, una niña, la única que hablaba español. Pero no será cualquier español: “Me hablaba de vos, pero no era el vos de Antioquia que es vos y tú, ni era el vos mayestático. Era un vos que nunca antes había oído. Suyo, solo suyo. El vos que usó Castilla cuando su lengua no conocía el usted”. Ese español arcaico, constatará el Vallejo joven con el tiempo, o sea el Vallejo viejo, era el de los sefardíes expulsados de España, de Toledo, por los Reyes Católicos, el fatídico 1492. Sí, el aprendido por Colón, el de Fernando de Rojas. Con ese español celestino la niña pronunciará el lugar de origen del Vallejo joven: “¿Antioquia dixistes?”. Aunque se hablaban desde un español arcaico a uno lleno de arcaísmos, el llamado antioqueñol, el Vallejo joven le dirá a ella: “¿Que mi idioma se ha hecho nuevo y el tuyo viejo? ¡Qué importa! Una sola cosa te quiero decir, mocita, pero no te la digo ahora, te la diré mañana”. La mocita, sin embargo, dejaría Roma en la madrugada, luego, el Vallejo joven nunca le dirá lo que le tenía que decir. Al recordar esa lejana decepción, el Vallejo viejo rematará ese aparte del libro, el tercero de su pentalogía autobiográfica, así: “Palabrería. Marihuanadas. El amor es una gonorrea del alma. Con perdón”. Un año después, en 1989, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo sería 237. Y en 1990, 312. En agosto de ese año se publicaría No nacimos pa’ semilla, de Alonso Salazar, una suerte de polifonía del círculo vicioso de los combos de Medellín. Polifonía que, siguiendo el denominador común de Bacano Llave Restrepo o de alias el Parcerito, giraría en torno a Toño, un sicario de la nororiental, de 20 años, el mayor de muchos hermanos huérfanos de padre. Toño, tras sufrir un atentado de Los Capuchos, un grupo de autodefensa, morirá lentamente en el pabellón San Rafael del San Vicente de Paul: “Con voz tranquila empieza a contarme su vida, mirándose hacia adentro, como haciendo para él mismo un inventario”. El inventario iniciaría con la mala estrella de los 13 muertos que llevaba encima. Pero No nacimos pa’ semilla también incluiría otro inventario, sí, sería el primer libro en anexar un glosario del parlache: “Este es un listado de palabras de uso común entre los integrantes de las bandas. Muchas de estas expresiones han permeado otros círculos sociales de Medellín, donde actualmente es corriente su utilización”. Glosario que, por supuesto, tendría en cuenta a gonorrea: “Persona despreciable”. Lo haría para poder explicar el metainfierno, “el túnel”, la peor celda de la Guayana, que era el sector donde iban a parar los parias, los desterrados de los patios de Bellavista: “El túnel es la cárcel de la Guayana, como quien dice el infierno del infierno. Es una celda húmeda por donde pasa la mierda. Al túnel caen las peores porquerías de Bellavista, las gonorreas”. Un año después, en 1991, la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes de la ciudad más peligrosa del mundo llegaría a su máximo histórico, a la insuperable cifra de 375.

Posdata: Curiosamente, en ese apocalíptico 1991, se publicaría el libro con más gonorreas, sí, El pelaito que no duró nada: 52 en 106 páginas. Entre ellas, se registraría por primera vez el fraseologismo exclamativo para expresar emociones negativas o de rechazo, sí, “¡qué gonorrea!”, en dos ocasiones.

Narcos

Para alimentar mi complejo de inferioridad, desde hace 17 años rastreo películas y series extranjeras que mencionan a Medellín, mi ciudad natal. Por esa vía, por ejemplo, llegué a Narcos, la serie extranjera que más la ha mencionado: 44 veces en la temporada de estreno y 57 en la segunda. La primera, a los 12 minutos y 47 segundos: “En ese entonces, Pablo era dueño de media policía de Medellín”… Narcos, según Netflix, es una de sus series más adictivas, necesitando apenas tres capítulos para enganchar al 70 por ciento de sus suscriptores. Y sería precisamente en ese tercer capítulo, entre el Medellín 18 y 19, donde una palabra me desviaría de mi conteo: se la escupe la Quica a Poison, ambos sicarios de Pablo Escobar, mientras discutían por un muerto de la noche anterior. Según Poison, era su número 65, pero la Quica decía que no, que era de él.
La Quica: Si yo fui el que se tronó al mancito.
Poison: Usted nomás le dio el plomazo cuando ya estaba todo tirado, muerto.
La Quica siguió insistiendo y Poison negando. Varios kilómetros así: el uno insistía y el otro negaba. Hasta que Poison se cansó de negar, dio un volantazo a la izquierda y atropelló a un campesino que iba caminando al borde de una carretera fantasmal.
La Quica: ¿Qué estás haciendo, gonorrea?
Poison: ¡Vea, 65, papá!

Sí, el primer gonorrea de Narcos, y el más ecuménico hasta ahora, transmitido a más de 190 países, prácticamente a todo el mundo a excepción de China, Crimea, Corea del Norte y Siria. Pronunciado 14 minutos después de que saliera en pantalla el primer reportaje sobre Pablo Escobar publicado en Colombia, sí, “Un Robin Hood paisa”, en la edición 50 de Semana, el 19 de abril de 1983, cuando el capo era suplente a la Cámara de Representantes y no tenía ningún proceso judicial en su contra, ya sea en Colombia o en el exterior. Pronunciado 17 minutos antes de la recreación de aquella famosísima plenaria de la Cámara de Representantes en donde se debatiría el tema de los llamados dineros calientes, dineros del narcotráfico financiando campañas políticas. Plenaria en la que se verían por primera y única vez las caras Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia, y Pablo Escobar. Sí, el mismo día que una fuente anónima le advertiría al editor judicial de El Espectador que, años atrás, ese periódico había publicado una noticia vinculando a Pablo Escobar con el tráfico de drogas. Sí, el mismo día que Guillermo Cano, siguiendo a la fuente de su editor judicial, encontraría dicha noticia en los archivos del periódico: publicada el viernes 11 de junio de 1976, documentaba que seis narcotraficantes, entre ellos Pablo Escobar y su primo Gustavo Gaviria, habían sido capturados en Itagüí con 39 libras de cocaína. Al día siguiente de la plenaria, 25 de agosto de 1983, El Espectador reproduciría la noticia bajo un nuevo titular: “En 1976 Escobar estuvo preso”. Sí, nuevo titular que Pablo taparía con un dedo, al menos en Medellín, al comprar todos los ejemplares de El Espectador que se distribuirían en esa ciudad ese cuarto jueves de agosto. Dos meses después, a escasos días del primer gonorrea registrado, aquel de Los habitantes de la noche, se dictaría la primera orden de captura contra Pablo Escobar, por la desaparición de los dos agentes encubiertos del DAS que lo habían pescado aquel 11 de junio de 1976. Una semana más tarde, el 26 de octubre de 1983, la Cámara de Representantes le levantaría la inmunidad parlamentaria. Comenzaría, pues, la guerra total… Ese primer gonorrea de Narcos sería traducido de distintas formas. Literalmente, por ejemplo, al inglés, italiano, húngaro, indonesio y finlandés, esto es: What are you doing, gonorrhea?; Che fai, gonorrhea?; Mit mûvelsz, tripper?; Apa yang kau lakukan, gonorrhea?; y Mitä teet, tippuri? respectivamente. Al holandés, casi literalmente: Wat doe jij nou, zieke lul?, en donde zieke lul significa pene enfermo. Distintamente, en rumano: Ce faci, nebunule?, en donde nebunule significa loco. Y también en polaco: Co ty robisz, cholero?, en donde cholero significa mierda, pero un mierda muy particular, derivado del griego choléra, que significa bilis, secreción amarillenta. A otros idiomas como sueco o checo, se traduciría de forma implícita, transformando la pregunta de la Quica, el ¿qué estás haciendo, gonorrea?, así: Vad fan gör du?, que significa ¿qué diablos estás haciendo?; y Zešílel jsi?, que significa ¿estás enojado? Finalmente, en idiomas como francés, alemán, portugués, danés, serbio, croata, turco, noruego, ruso o estonio, gonorrea no sería traducido, dejando la pregunta en un estándar ¿qué estás haciendo? Dos capítulos después, en el quinto de la primera temporada, titulado paradójicamente “There will be a future”, “Habrá futuro”, porque esa fue la última frase que le dijo Galán a Gaviria, se registraría el segundo gonorrea de Narcos y el primero pronunciado por Pablo Escobar en la serie: se lo escupe al coronel Carrillo, 38 minutos después de la recreación del magnicidio de Galán, de aquella noche suachuna del 18 de agosto de 1989, un día antes de que decretaran la extradición por vía administrativa, por fuera del alcance de la Corte Suprema de Justicia.

Carrillo: ¿Te crees el muy berraco, no? Pues deberías cambiar tu teléfono satelital.
Pablo: ¿Quién habla?
Carrillo: Tu madre está en Rionegro, con ese barrilito de grasa que llamas hijo. Y tu esposa estaba ayer en la carrera 11 comprándose una ropita.
Pablo: Malparido, marica, ¿usted qué cree, que porque es policía le tengo miedo?
Carrillo: Tú sabes dónde está mi familia, marica. Pues yo también sé dónde está la tuya, que no se te olvide.
Pablo: ¡Gonorrea, malparido!

En Narcos, el coronel Carrillo es el trasunto de Hugo Martínez, sí, el coronel que comandaría el Bloque de Búsqueda, el grupo élite de la policía reactivado para cazar a Pablo Escobar tras fugarse de la cárcel de La Catedral el 21 de julio de 1992. Tres días después, el 24 de julio, Gaviria le propondría a otro Hugo, a uno de menor rango, que se reincorporara al Bloque de Búsqueda como jefe de inteligencia. Sí, a Hugo Aguilar, el mayor que, según la historia oficial, es el autor del tiro que penetraría la espalda de Pablo Escobar, coquetearía con su corazón y se le alojaría en el maxilar inferior izquierdo, sí, el tiro inmediatamente anterior al mitificado tercero que le entraría por una oreja y le saldría por la otra, la derecha. Hugo Aguilar, actualmente encarcelado por parapolítica, también es el autor de Así maté a Pablo Escobar. Publicado en 2015, es uno de los pocos libros que da cuenta del capo pronunciando el insulto de insultos, gonorrea, sí, en el capítulo inicial, “Hablando con Pablo”:
—¿Aló?
—¿Quién habla?
—¿A quién necesita?
—Vea, hiena gonorrea, si usted es el mayor Aguilar, le voy a meter un poco de dinamita por ese culo.
—Y yo le voy a meter un roquetazo, sicópata infeliz.
—Vea, usted es el mayor Aguilar, con ese habladito boyacense. Gonorrea, cuando lo secuestre le voy a quitar uña por uña y los dedos uno a uno.

Días después, el capo llamaría a la sala técnica de interceptación de llamadas:
—¿Aló?
—¿Quién habla?
—Pablo Emilio Escobar Gaviria y en pocos segundos va a explotar un carrobomba con dos mil kilos de dinamita en esa sede de torturas, gonorrea hijueputa.

Se refería a la sede del Bloque de Búsqueda, la Escuela de Policía Carlos Holguín, que, naturalmente, sería evacuada. Tres meses después de esa falsa alarma, tras 499 días de persecución, al día siguiente de cumplir 44 años, o sea el 2 de diciembre de 1993, a las 3:15 de la tarde, sería abatido Pablo Escobar. En el techo de una casa del barrio Los Olivos, en la carrera 79B # 45D-94, sí, exactamente cuatro cuadras arriba del puente que atraviesa la quebrada Ana Díaz, a la altura de la carrera 77A con la 79B, sí, aquel puente de Los habitantes de la noche donde se pronunció el primer gonorrea del que todos podemos ser testigos. Luego, es como si el insulto de insultos, gonorrea, hubiera esperado diez años para dibujar su referente. No por nada, el margen de error de los equipos Thompson y Telefunken que triangularon las últimas llamadas de Pablo y lo ubicaron, era, precisamente, de un radio de cinco cuadras.

Posdata: Un mes después de la muerte del capo la revista Semana lo despediría con este obituario: “No dejó gobernar a tres presidentes. Transformó el lenguaje, la cultura, la fisonomía y la economía de Medellín y del país. Antes de Pablo Escobar Medellín era considerada un paraíso. Antes de Pablo Escobar el mundo conocía a Colombia como la Tierra del Café. Antes de Pablo Escobar los colombianos desconocían la palabra sicario…”. A lo que habría que agregar: antes de Pablo Escobar gonorrea era un sustantivo, una enfermedad venérea, con Pablo Escobar, un adjetivo, el mayor insulto de Medellín, y después de Pablo Escobar, el mayor insulto de los colombianos, y el más flexible.

La más fea

El mismo año de la muerte del capo, 1993, se publicaría el Diccionario de las hablas populares de Antioquia, sí, el primero en incluir el insulto de insultos: gonorrea. Para entonces su uso estaba tan extendido que no haría parte de la sección “Léxico jergal”, sino del apartado “Léxico coloquial y popular”. Un año después, en 1994, se publicarían los siete gonorreas más universales hasta la aparición de Narcos, sí, en La virgen de los sicarios. El segundo, entre paréntesis, contextualizaría al primero y a los demás: “Gonorrea es el insulto máximo en las barriadas de las comunas”. El sexto y el séptimo, por su parte, serían los más sonoros: “¡Gonorrea! El infierno entero concentrado en un taco de dinamita”, y “Dios no existe y si existe es la gran gonorrea”. Igualando ese sexto y séptimo gonorrea, y asumiendo como cierta la existencia de Dios, ocho años después Juan Villoro escribiría que La virgen de los sicarios es un evangelio al revés. Lo que comprobaría con una frase de ese libro que se encuentra, precisamente, entre dicho par de gonorreas: “Dios es el Diablo”. Al francés y al alemán esos siete gonorreas serían traducidos de forma literal, esto es, gonorrhée y tripper respectivamente. Al inglés, como si fueran una toponimia de Medellín y de Colombia reflejada en un espejo de doble fondo, la imagen de la anomia de ambas, pues, al fin y al cabo, tanto gonorrea como Medellín y Colombia tienen ocho letras, no serían traducidos, el traductor, un tal Paul Hammond, los dejaría así, intactos: gonorrea. Para el narrador de La virgen de los sicarios, un lingüista que se consideraba a sí mismo el último gramático de Colombia, ese insulto de insultos sería el resultado de una fórmula naturalista: “Al desquiciamiento de una sociedad se sigue el del idioma”. Un año después, en 1995, se publicaría la primera investigación que daría cuenta de ese desquiciamiento, sí, El parlache: una variedad del habla de los jóvenes de las comunas populares de Medellín, de Luz Stella Castañeda y José Ignacio Henao. Allí, entre otras cosas, se considera al parlache como un antilenguaje y, como tal, expresaría la nueva jerarquización social establecida en los barrios populares de Medellín. Jerarquización que sería deducida a partir de un sinnúmero de textos escritos, principalmente, por estudiantes del Pascual Bravo, entre 1991 y 1995: en la punta de la pirámide estarían las palabras “patrón, duro, jefe y fuerte”; después, en un segundo nivel, “traqueto, dedicaliente y caliente”; en el tercero, “chichipato”; en el cuarto, “torcido, fariseo y sapo”; en el quinto, “basura, pichurria, bandera y chirrete”; en el sexto, “fufurufa y pirobo”; y, en el séptimo y último, a ras del más allá, “chulo”. Jerarquización que, ciegamente, no incluiría a gonorrea. Sin embargo, en el texto número siete de los escritos por los estudiantes del Pascual Bravo, se lee lo siguiente: “Llegó una noticia que Julio estaba muerto y con un letrero en el pecho que decía: Vamos a acabar con los gonorreas”. Luego, sabiendo que chulo es sinónimo de muerto, gonorrea, en esa jerarquización, ocuparía el séptimo nivel, desplazando a chulo hasta el octavo. Gonorrea, pues, sería el calificativo de alguien que está a punto de ser besado por el fraseologismo medellinense de la muerte, que está a punto de ser “tirado al piso”. Al respecto, un año después, en 1996, en el libro La génesis de los invisibles: historias de la segunda fundación de Medellín, Alonso Salazar escribiría que dicha jerarquización es la materialización de “un lenguaje al mismo tiempo lúdico y profano, que se tomó la ciudad desde los territorios de la exclusión… Jergas repetidas como identidad o como esnobismo. Pues aún en los colegios de buenas familias para referirse a un paisano no muy estimado se le dice gonorrea. Pero las palabras no son gratuitas. En este slang las que están asociadas con la muerte son las que más sinónimos presentan”. Un año después, en 1997, en el libro Medellín es así, en un artículo titulado “La real academia del parlache”, Ricardo Aricapa, divulgando la referida investigación de Castañeda y Henao, ampliaría la cita de su colega Alonso Salazar a través de un mapa de calor del parlache según sus términos y expresiones: 87 palabras aluden a la cultura de la droga, 46 a la mariguana, 25 al bazuco y a la cocaína, 42 a la violencia, 73 a la muerte, 27 a las armas de fuego, 11 a las armas blancas, 24 a las balas o municiones, 17 a la cárcel, 19 a la policía, 25 al dinero, 14 a las prostitutas, 18 al robo y la misma cantidad a escaparse. Además, se encontrarían cuatro veces más palabras o expresiones para insultar que para elogiar, esto es, 53 frente a 13, siendo gonorrea el insulto más popular. Popularidad que alcanzaría su cimero al año siguiente, en 1998, con los 101 gonorreas pronunciados en La vendedora de rosas, ninguno, curiosamente, por Mónica, la protagonista, que moriría en Nochebuena escuchando el último de esos agravios, lo que demuestra nuevamente que, en el contexto de la nueva jerarquización social establecida en los barrios populares de Medellín, el nivel de la gonorrea es el más propincuo al de la muerte. Ese mismo año saldría a la luz, en la revista Íkala, “Parlache, crisis social y medios de comunicación”, en donde se reseñaría la primera vez que gonorrea circuló en El Espectador, el 9 de octubre de 1994, en un artículo titulado “Diccionario real de la narcolengua”: “No es raro que un niño de un colegio bien le diga a un amigo que es una gonorrea y que si no le gusta cómo lo trata, pues que se abra”. Un año después, en 1999, se publicaría De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, de Alberto Salcedo Ramos, que incluiría una titulada “El gol que costó un muerto”, acerca de William Blandón, un joven de la comuna nororiental de Medellín que sería amenazado de muerte por hacer un gol sin querer, el del triunfo definitivo en un partido de microfútbol que debía quedar empatado: “Me acuerdo como si fuera ayer del insulto que me echó en la cara. Me dijo: Gonorrea hijueputa, nos dañaste la clasificación. Cuidate, que te voy a matar”. Frase que, hasta ese momento, había retenido en su mente durante diez años, como eco, una vez más, de gonorrea trasuntado en aviso de muerte en la jurisdicción de los barrios populares de Medellín. Connotación que se extendería rápidamente a los barrios periféricos de Bogotá, como quedaría evidenciado un año después, el 26 de febrero del 2000, en una noticia de El Tiempo titulada “Los recorridos de la muerte”. Allí, se denunciaría que, en un lapso de cinco meses, habían sido asesinados cinco conductores de las rutas 728 y 729 de Coointracóndor por resistirse a ser atracados. Uno que no se resistió, llamado Emerson Mejía, describiría a su atracador así: “…de unos 18 años, 1,70 de estatura. Bien vestido. Me encañonó y me dijo: Quieto gonorrea. Entrégueme la plata hp”. Ese mismo año, el 2 de julio, y en ese mismo periódico, en una columna titulada “Cine con sociología”, Armando Silva, luego de divulgar un estudio del Ministerio de Cultura que señalaba a La estrategia del caracol y a La vendedora de rosas como las películas colombianas de mayor recordación para el público nacional, diría lo siguiente acerca de la segunda: “La vendedora, que tuvo algunos aciertos al introducir un mundo con actores naturales, sobre algo significativo como la droga y la violencia en la marginalidad citadina, fue un exceso de espontaneísmo, concordante con la repetición gratuita y ofensiva de la palabra gonorrea, emblema gastado de su audacia cinematográfica”. Un año después, en 2001, la publicación de El parlache, a través de un glosario que serviría de colofón del libro, demostraría que, a diferencia de lo escrito por Armando Silva, gonorrea no era ningún emblema gastado, sino, más bien, el vocablo más maleable de dicho glosario representativo y, por lo tanto, de la variedad argótica denominada parlache. Tan maleable que, si avanzan hasta la página 121, verán que, hasta entonces, gonorrea se había fusionado con pichurria, plasta y gorzobia, para transformarse, respectivamente, en gonopichurria, gonoplasta y gonorzobia, y se había deformado en otros insultos como gonopleta, gorronea y gorroné, este último la versión de gonorrea usada en Urabá. Tan maleable y a la vez tan apegada al contexto local y nacional que, como señala una micronoticia de El Tiempo publicada el 6 de mayo de 2001, anunciando la primera muestra de cine colombiano en Moscú, a presentarse entre el 8 y 15 de ese quinto mes en el Museo del Cine, gonorrea traería líos de traducción: “Para los traductores rusos lo más difícil por lo pronto es entender el lenguaje callejero de los protagonistas de La vendedora de rosas. Y es que les toca decir gonorrea en ruso”. Finalmente, sería traducida de manera literal: “гонорея”. Líos de traducción que, un año después, en 2002, también manifestaría Fernando Vallejo en La rambla paralela, su libro más experimental, la novela de su desdoblamiento: “Poca atención le prestó el viejo a las noticias de Colombia, preocupado como andaba por lo propio: por la intraducibilidad al alemán de sus libros dada la escasez de insultos en esa pobre lengua pendeja”. Se refería, por supuesto, a los siete gonorreas de La virgen de los sicarios que, como se dijo arriba, fueron traducidos literalmente a la lengua de Goethe, esto es, “tripper”. Líos de cuasiintraducibilidad que solo han permitido que se haya traducido una vez un vocablo extranjero al español colombiano como gonorrea. Sí, en 2003, en “Mea Culpa”, un panfleto de Céline traducido por Pablo Montoya y que publicaría la Revista Universidad de Antioquia en su número 272. Inédito hasta entonces en español, “Mea Culpa” sería el resultado de un viaje que había hecho Céline en 1936 a la Unión Soviética pagado con los derechos de la traducción al ruso de Viaje al fin de la noche. Viaje decepcionante que desembocaría en la escritura de ese manifiesto anticomunista. Allí, en un párrafo en el que habla de la superioridad práctica de las grandes religiones cristianas, Céline dice que esta reside en que “Toman al hombre en la cuna y enseguida le descubren el pastelito. Y le soplan sin ambages: Tú, pequeña gonorrea informe, nunca serás más que una basura…”. En el original, en francés, esa frase intensificada por los dos puntos que la anteceden fue escrita así: “Toi petit putricule informe, tu seras jamais qu’une ordure…”. Luego, “putricule” correspondería a gonorrea en la traducción de Pablo Montoya. Posteriormente, en un artículo titulado “Manipulación ideológica y formal en la traducción literaria de Pablo Montoya”, publicado por Wilson Orozco en Íkala vol.14 no.21, a propósito de “Mea Culpa”, Pablo Montoya diría: “A la hora de definir hacia quién iba dirigida esa traducción, pensé en los jóvenes lectores de la Universidad de Antioquia. Aunque, por obvias razones, me parecía peligroso publicar en la revista de dicha universidad un texto anticomunista”. Como esa traducción no sería bien recibida por los estudiantes antiintelectuales y anticapitalistas de esa institución, desde entonces, en esos pequeños círculos anti y anti, a Pablo Montoya se le conoce como Putricule Montoya. Un año después, el 17 de noviembre de 2004, como informaría Semana el 12 de diciembre de 2009 y El Espectador el 14 de enero de 2012 y el 16 de marzo de 2013, en “Manual para amenazar”, en “¿Por qué el DAS se ensañó contra mí?” y en “La más perseguida del DAS” respectivamente, el G-3 del DAS crearía un manual para amenazar a Claudia Julieta Duque, la periodista que, en 2002, a través del programa Contravía, había denunciado las “DASviaciones”, las desviaciones que el DAS había hecho en la investigación por el magnicidio de Jaime Garzón. El manual para amenazarla constaba de dos partes: a) Instrucciones para no ser descubiertos: la llamada debía hacerse en cercanías a las instalaciones de inteligencia de la Policía, no debía durar más de 49 segundos, debía hacerse desde un teléfono público, quien la realizara debía estar solo y desplazarse en bus hasta el sitio, debía constatar que no hubiera cámaras de seguridad en el lugar y, muy importante, resaltado, no debía tartamudear. b) La amenaza redactada, en donde gonorrea era el insulto clave: “Ni camionetas blindadas ni carticas chimbas le van a servir ahora, nos tocó meternos con lo que más quiere, eso le pasa por perra y por meterse en lo que no le importa, vieja gonorrea hijueputa”. O, “Cuando escuchamos tu voz y la de tu hija, nos dan ganas de cogerlas y picarlas, gonorrea. Su hija va a sufrir, la vamos a quemar viva, le vamos a esparcir los dedos por la casa”. Un año después, en 2005, Luz Stella Castañeda presentaría su tesis doctoral, Caracterización lexicológica y lexicográfica del parlache para la elaboración de un diccionario, que incluiría una nueva acronimia y una nueva desviación de gonorrea, esto es, chandorrea y gonopercubia, la primera mezcla de chanda y gonorrea, y la segunda “persona viciosa y pervertida”. Par de vocablos que, curiosamente, al año siguiente no harían parte del Diccionario de parlache, que sí incluiría a las ya reseñadas gonopichurria, gonoplasta, gonorzobia, gonopleta, gorronea, gorroné y, por supuesto, nea. En ese 2006, además, se publicaría el único diccionario de colombianismos que, hasta ahora, tiene como entrada a gonorrea, sí, el Diccionario comentado del español actual en Colombia, de Ramiro Montoya. En 2007, sin embargo, en el marco del XII Concurso de Ortografía convocado por El Tiempo, Copista, el blogger del concurso, preguntó: ¿Cuál es la palabra más fea del español? La pregunta estaría abierta un mes, durante el cual 1027 cibernautas propondrían 1801 palabras para, finalmente, elegir a gonorrea, el insulto de insultos, como la más fea del español. Un año después, en 2008, saldría a la luz el único texto que ha reunido en torno a unas pocas líneas a Medellín, gonorrea y nea. Sí, tríada presente en el coro de una canción titulada, precisamente, Medellín, de Bruhoo Mc: “Medellín sos como yo / yo como vos / vos como yo / yo como vos / y a la final lo mismo / meras neas. Medellín sos como yo / yo como vos / vos como yo / yo como vos / y a la final lo mismo / unas gonorreas”. En el video, que se estrenaría en 2009, un ángel alado aterrizaría en Medellín en un día caluroso, bebería agua de un charco sito en una empinada calle del barrio Las Palmas y, como lo expresa el determinismo dentro del naturalismo del coro de la canción, se contagiaría al instante de la anomia de la que fuera la ciudad más peligrosa del mundo, convirtiéndose en la gonorrea más gonorrea del barrio. Ese mismo 2009, el 29 de mayo, en un artículo publicado en El Tiempo bajo el título “Lenguaje”, su autor, Alberto Baquero Nariño, escribiría que “el idioma tiene sus formas y sus espacios: así como en la diplomacia, en las cortes y parlamentos, por ejemplo, reina la hipocresía, en la gaminería la mejor alusión de confianza es ¡Uy, gonorrea hp!”. Dando a entender, posteriormente, que así como la RAE acepta lo primero, debería pasar lo mismo con lo segundo. No sé si ese artículo habrá tenido eco internacional, de seguro no, pero al año siguiente, en 2010, la RAE publicaría la primera edición de su Diccionario de americanismos, diccionario que, sorpresivamente, incluiría en sus páginas tanto a gonorrea como a su acortamiento nea. “Gonorrea: i. Co. Se usa para dirigirse a alguien entre personas del hampa y clases populares. ii. Co. Se usa como insulto, con el significado de persona ruin y despreciable”. “Nea: f. Co. juv. Persona de malos sentimientos”. Y listo, el resto es historia reciente, desde entonces, nea se alejaría cada vez más de su origen de insulto velado, consolidándose, por un lado, como sinónimo de parcero, y, por el otro, de boleta o bandera. En cuanto a gonorrea, a partir de su aparición inesperada en aquel Diccionario de americanismos, estaría presente, por ejemplo, en catorce artículos de El Tiempo y en siete de El Espectador, e incluso haría su debut en El Colombiano, el 1 de septiembre de 2017, en un artículo titulado “Parce, ¿y vos también usás el parlache?”. Todo eso, no sin antes acompañar otro debut, el de Sofía Vergara en Saturday Night Live, el 7 de abril de 2012, cerrando el tradicional monólogo de apertura de ese legendario programa, cierre que, por supuesto, cerrará este artículo: “And finally, you might have notice that I have a little some accent sometimes, I love it, this accent can make anything sound sexy, listen: gonorrea”.

Posdata: A última hora me llegó una información acerca del Diccionario del español de uso de Antioquia, que no es público y está en un fichero en la oficina 424 del bloque 12 de la Universidad de Antioquia. Bibliográficamente, suelen fecharlo en 1987, sin embargo, Adriana Ortiz, que por estos días dirige su digitalización, me envió la ficha de gonorrea y la elaboración de la misma corresponde a septiembre de 1984, elaborada por alguien cuyas iniciales son SMDV, que no se sabe quién es. Si lo que dice el manual de instrucciones de dicho diccionario, que sí es público, es cierto, esto es, que la información para construirlo fue recolectada en 1982, estaríamos ante el primer registro de gonorrea como insulto. Cuestión que, por supuesto, podría confirmar el enigmático SMDV. Por eso, si usted es SMDV, comuníquese, por favor, con Universo Centro


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El negocio de la adicción en la triple frontera amazónica

El negocio de la adicción en la triple frontera amazónica

por JUANITA VÉLEZ Y BRAM EBUS • Ilustraciones de Laura Alcina


Amazon Underworld* y La Liga Contra el Silencio Julio de 2026

En la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil, el avance del narcotráfico ha transformado el consumo de drogas en una crisis de salud pública que golpea especialmente a las comunidades indígenas. Jóvenes Tikuna y Cocama son reclutados como mano de obra para los cultivos y laboratorios de coca en Perú, mientras otros reciben pasta base de cocaína como pago o lo consiguen en puntos de venta dentro de sus comunidades, alimentando un ciclo de adicción, violencia, suicidios y exclusión social.

“Nazareth tiene que cambiar, Nazareth tiene que mejorar”, dice con un micrófono una líder indígena, en un salón desocupado por el que pasa un perro bostezando. La voz sale por un parlante por el que la gente de esta comunidad indígena de 1 080 habitantes en la Amazonía colombiana, y de las etnias Tikuna y Cocama, se entera de todo lo que pasa aquí: los horarios de las clases de danza, las jornadas de atención en salud, los anuncios de reuniones políticas, y los suicidios.

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“Me estaba volviendo loca. En 2020, de enero a junio, todos los meses hubo un caso (de suicidio) y todos los meses nos enterábamos por ese parlante”. Quien habla es Geni Catachunga, promotora de salud hace 11 años en la comunidad. Mientras lo cuenta, enumera con los dedos los suicidios, pero no le alcanzan. Van doce. Todos jóvenes.

Según datos de la Secretaría de Salud de la Gobernación de Amazonas, en todo el departamento los intentos de suicidio aumentaron de 63 en 2021 a 100 en 2024 y otros 100 en 2025. En lo que va de este año se han contabilizado 43 casos. 

Catachunga, de pelo negro recogido y bata azul, cuenta que los jóvenes no tienen mucho en qué desempeñarse ni entretenerse y que a veces tampoco tienen el apoyo de sus padres. Está sentada en una mesa de madera en toda la entrada de una casita blanca, de marcos azul cielo, donde funciona el puesto de salud de Nazareth. Al lado de la mesa hay una puerta rodeada de carteles: a la derecha, un letrero que dice “Wechikaru” en lengua tikuna;  abajo, otro en el que se lee “Consultorio”; arriba, un cartel con el título “¿Sabes qué es la salud mental?”; y, a la izquierda, otra cartelera que comienza con “Ruta de atención de consumo de sustancias psicoactivas”. 

Consultorio de salud en Nazareth, una comunidad indígena de la Amazonía colombiana. Foto: Juanita Vélez.

Un estudio de 2020 del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar señala que el principal factor de riesgo asociado a la conducta suicida de niñas, niños y jóvenes en Nazareth es el choque cultural con el mundo occidental, en el que se ven “atraídos por las lógicas de consumo y acumulación” y algunos recurren al “dinero fácil” para cubrir las ‘necesidades’ que les son implantadas. “Trabajan en actividades ilícitas afines a la venta de sustancias psicoactivas, mal pagas, que les generan afectaciones en su bienestar físico y emocional”, indica el informe. Catachunga agrega que, además, algunos casos han presentado signos de violencia intrafamiliar y abusos sexuales.  

Los jóvenes de Nazareth consumen bazuco —una sustancia psicoactiva compuesta principalmente por alcaloides de la hoja de coca y también conocida como pasta base de cocaína—, y marihuana que consiguen en Leticia o con gente que no es de la comunidad y ha llegado a venderles ahí mismo; o gasolina, que se roban de las lanchas que se parquean al pie de un puente para después olerla. 

En la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil, ver a los ojos a muchos de estos jóvenes indígenas con consumo problemático es ver la cara más vulnerable de una cadena de suministro de drogas que ha convertido al río Amazonas en una de las principales rutas de narcotráfico hacia Europa y un mercado en el que cientos de indígenas ya no son únicamente mano de obra para el narcotráfico, sino usuarios que se estrellan con un sistema de salud muy precario para atender sus adicciones.

El problema está estrechamente relacionado con el aumento de cultivos de hoja de coca y de laboratorios para su transformación en Perú, donde narcos peruanos y colombianos y grupos criminales brasileños controlan plantaciones a las que van a raspar la hoja familias indígenas que viven regadas sobre el río Amazonas y a quienes, en algunos casos, les pagan con pasta base de cocaína que consumen o revenden en sus comunidades para compensar por la inversión del tiempo de trabajo.

El auge del consumo también se ve en que ya hay “ollas” o puntos de venta de drogas en comunidades indígenas. Raymundo Fernández, líder comunitario y coordinador de la guardia indígena de Azcaita, que agrupa a diez comunidades indígenas en Amazonas cuenta: “Estamos queriendo hacer un trabajo articulado con las fuerzas militares para combatir esta problemática que se nos ha metido dentro de la comunidad”. 

Explica que los jóvenes consumen o “se prestan para hacer venta de drogas de personas exteriores que vienen a proveerles a ellos para hacer esta distribución dentro de las comunidades. Al meterse en eso ya no pueden salir porque son amenazados por las personas que les proveen”. La situación es tan crítica que ya tienen jóvenes indigentes, dice.

A diciembre de 2025, en las calles de Leticia había 224 habitantes de calle, 37 más que en 2024, según datos de la Secretaría de Salud Departamental. De ese total, 35 % son indígenas, la mayoría hombres jóvenes, en medio de un microtráfico controlado por Comando Vermelho (CV), según confirmó un oficial de seguridad. Este poderoso grupo nació en la prisión Cândido Mendes de Río de Janeiro hace 50 años y su presencia se ha extendido por Brasil y países vecinos. El gobierno de Estados Unidos lo designó el 28 de mayo como organización terrorista.

De Colombia a Perú

Entre varias comunidades indígenas amazónicas de Colombia hay un lugar conocido en Perú por ser uno de los epicentros de cultivo y producción de coca: Bellavista. Es un poblado indígena Tikuna que hace parte de la provincia Mariscal Ramón Castilla en la región de Loreto y que, según datos del más reciente informe publicado en junio de 2025 por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), es la tercera comunidad nativa con más hectáreas de hoja de coca en ese país. Pasó de tener 307 hectáreas en 2020 a 786 en 2024.

A Bellavista llegan familias indígenas de Colombia a trabajar en plantaciones de coca. Las mujeres, por lo general, van a cocinar los almuerzos que les dan a los hombres, papás e hijos, que raspan la hoja y que se quedan a dormir por varios días. También suelen ser explotadas sexualmente. Según Jonatas Soares, comandante del Octavo Batallón de Policía Militar en Tabatinga, municipio brasileño que limita con Leticia, quienes mandan en Bellavista son dos líderes de CV: alias ‘Lobo’ y  ‘Meia Noite’. 

“Tenemos esta hegemonía del CV y el mando brasileño tiene su sede en Bellavista. Cuando hablo de «mando», me refiero al brazo más operativo de la facción —la parte de la producción, la logística— porque la parte financiera es toda una maraña de empresas involucradas en el blanqueo de capitales”, explica el comandante. Según sus cálculos, el negocio para el CV —que ha logrado imponer un control total negociando con narcos peruanos y controlando quién puede comprar en la región y quién no— es redondo: un kilo de coca que compran en Bellavista a US $300 se vende en las calles de Europa a 22,600-41,800 euros.

Para lavar la plata, el CV no solo financia la minería ilegal de oro en ríos como el Puré (que comparten Brasil y Colombia), y más recientemente el Juruá (que nace en Perú y atraviesa la Amazonía brasileña), o compra directamente oro a los mineros. También blanquean mediante el negocio del pirarucú, el pez de agua dulce más grande del río Amazonas, que se comercializa legalmente. “Coges ese dinero ilegal del oro, lo cambias en la casa de cambio, lo conviertes en reales… y ya, está limpio”, explica Soares. 

Los viajes que muchos indígenas colombianos hacen para raspar y “quimiquear” —como le dicen coloquialmente a ir a trabajar a los laboratorios de procesamiento de la hoja de coca— en Bellavista y en otros poblados peruanos como Islandia o Santa Rosa, pueden no tener regreso. “Acá no vamos por miedo, porque la gente que va a raspar le pagan y después la matan. Vemos personas muertas en el río y sabemos lo que es”, cuenta Geni, la promotora de salud. 

Un joven de Nazareth, a quién protegemos su identidad por seguridad, dijo que sí hay muchachos que han ido a Perú a raspar. “Algunos sí aceptan ir a lo de la raspa, otros aceptan ir a la cosa más grande, donde la cocinan”, dijo. Otro joven de 26 años, que prefiere no ser identificado, dijo que le han ofrecido, pero que no va. “Tengo distinguidos (amigos) de otros lugares que han ido y me dicen que no vaya. Termina uno metido con delincuencia y si robas algo, te buscan hasta encontrarte o te quedas ahí en la olla”. Pero vayan o no, jóvenes de esa y otras comunidades indígenas terminan metidos en una adicción que han intentado tratar en Leticia.

Cura y enfermedad

Juan* tenía 13 años cuando comenzó a fumar marihuana. Vivía en La Pedrera,  una población indígena amazónica a orillas del río Caquetá, cuando llegaron a reclutarlo hombres del Estado Mayor Central, una disidencia de las antiguas FARC-EP. Su abuela, que lo mantiene desde que su mamá murió, recuerda que un día los disidentes estaban felices porque se llevaron a 15 niños y armaron una fiesta para celebrarlo. Miembros de este grupo suelen acercarse a los jóvenes mientras juegan fútbol o están en la calle y les ofrecen algo de tomar y de comer, o plata, y así los enganchan para que trabajen transportando marihuana o pasta base de cocaína.

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Pero Juan no quiso irse, así que recibió un ultimátum: tenía 24 horas para desaparecer de su pueblo. Su abuela lo trajo a Leticia para que escapara y, por medio de la Institución Prestadora de Servicios de Salud (IPS) Indígena Mallamas, terminó en la IPS Nuevo Amazonas. Su representante legal y gerente es el médico psiquiatra Henry Esteban Porras, un leticiano que estudió su carrera en Bogotá, regresó a atender consultas en psiquiatría básica y creó la IPS en una casa abandonada donde antes estuvo el prostíbulo “Conejitas Show”. “Fue un burdel muy ambicioso que fracasó (…)”, dice Porras sentado en su oficina en la que tiene tres diplomas de la Universidad Javeriana colgados en la pared, un MacBook Air y pocos adornos más. 

Cuenta que cuando el centro abrió sus puertas, en 2017, implantaron el “modelo de comunidad terapéutica” en el que los rehabilitados orientan a los demás, con jerarquías entre los recuperados y los pacientes. En sus palabras: “utiliza estrategias de terapia de choque, muy aversivas y a veces humillantes, usadas para que dejen de consumir sustancias, por ejemplo, le ponían carteles a los pacientes, o usaban mucho lo de echar agua, el baldado de agua. O hacer flexiones, como si fueran militares”.

Jeffrey González, médico psiquiatra con especialización en adicciones y salud pública, explica que los tratamientos de comunidad terapéutica nacieron en los setenta, y que “buscan rehabilitar más el comportamiento que la enfermedad o trastorno. Hace mucho tiempo la ciencia entendió que no rehabilita necesariamente la conducta de una persona con trastorno de consumo de sustancias porque rehabilitar la conducta no es lo único necesario sino que también se tienen que tener en cuenta factores biológicos, psicológicos y sociales más allá de conducta”. 

Según Porras, el centro dejó de usar ese modelo en 2018. Ahora tiene un equipo de tres psicólogas, una trabajadora social y una terapeuta ocupacional, con las que aplican, según él, un “enfoque biopsicosocial, basado en teorías y terapias de prevención de recaídas, la intervención familiar y la rehabilitación social y comunitaria, con un enfoque de derechos humanos”. Pero Amazon Underworld recogió siete testimonios de jóvenes que han estado en ese centro desde 2020 o de sus familiares, y la mayoría denuncian maltratos. Juan*, por ejemplo, entró al centro en 2024 y cuenta que le gritaban.

“A uno no, sino al adicto que uno tiene adentro, le gritan que el adicto que uno tiene adentro es el que se comporta mal y molesta y roba y todo eso”. 

Recuerda también que a veces lo dejaban “un día encerrado, porque uno molestaba, porque uno le gritaba al líder (…) lo dejaban a uno sin mecato (snacks o alimentos ligeros), sin llamadas, sin visitas”.

La mamá de Pedro*, un joven tikuna que estuvo en ese centro en 2022, dice que fue a visitar a su hijo después de un mes de que estuviera allí y que él le contó que los hacían dormir en ropa interior en una colchoneta en un cuarto aislado y que a algunos compañeros a veces los golpeaban como “castigo”. El papá de Víctor*, quien estuvo tres veces en el centro, también cuenta que a su hijo lo hicieron dormir desnudo y “le echaban agua”. “Cuando yo encontré esta cruda realidad yo paré de mandar jóvenes ahí”, dice.

Ramiro*, otro joven de 26 años, relata que terminó metido en su adicción cuando le vendía balas a un miembro del Comando Vermelho a cambio de pasta base de cocaína. En 2022 decidió entrar al centro para evitar que lo persiguieran. Aunque dijo que él no se sintió maltratado, habló del caso de un joven que fumó marihuana en el centro. Según su testimonio, el “castigo” fue encerrarlo en ropa interior en un cuarto con un colchón y hacer planas en un cuaderno que decían “no debo fumar marihuana, no debo fumar marihuana en el centro”. “Ese castigo es normal ahí adentro. Todo el que la embarra, el que pelea, el que roba, tiene castigos allá, el que toca las cosas de los demás, el que hace algo malo, digamos”.

“El chico llegó y me dijo, mamá, yo me fui porque no me gustó el espacio, lo maltratan a uno psicológicamente”, dice otra entrevistada que no identificamos para proteger su identidad. Luego, mandó a otro hijo que también se terminó escapando del centro. “Viví maltrato cuando intenté escaparme la primera vez. Me dieron tres pastillas de 100 miligramos, en total 300 miligramos. Yo me sentía en coma y ahí me dio rabia. Me quedé paralizado, la mitad de mi cuerpo no funcionaba, pero el cerebro estaba activo y pensé: ‘Me recupero y brinco esa reja para largarme de aquí’”, dice Octavio*, quien efectivamente logró escapar del centro. Su mamá pensó en demandar al centro. 

“¿Por qué se fueron los muchachos? ¿Por qué no me los entregaron sanos?”, se pregunta la mujer.

Porras reconoce que en los últimos años sí han recibido quejas de un trato considerado por los pacientes como injusto o agresivo, pero aclaró que “en general, quejas de maltrato no. Muy poco. Reconozco mi cuota y los errores que se han podido dar en mi institución”. 

“Nosotros teníamos un cuarto de reflexión que era una habitación donde si estás muy agresivo, te quedas ahí, pero eso lo acabamos más o menos antes de la pandemia”, dice Porras. Según él, tener ese “cuarto de reflexión” fue una herencia del modelo terapéutico, pero afirma que se acabó, que hoy se llama habitación 5 y es un cuarto normal. También dice que usar ese cuarto “no era una metodología de castigo, era de control de agresión, de agresividad”. 

Frente al porqué muchos jóvenes que van al centro no se recuperan, Porras dice que “aunque tú intervengas a la población que tiene patología adictiva grave, las tasas de recuperación rara vez superan el 60-50 %, y depende mucho de las características de la patología. Nosotros técnicamente en el Amazonas no tenemos modelos de atención en masa para población con adicciones”. También admite que a veces el mismo personal ha sido una fuente de peligro y le ha tocado despedir gente. “Yo tuve que despedir a un celador porque después de que los pacientes salían del proceso los contactaba y les ofrecía prostituirse”.  

Porras también es señalado por ser sobrino de Evaristo Porras, el famoso narcotraficante, jefe del Cartel del Amazonas, que murió en 2010. “Yo te puedo decir que mi comunidad no me ha maltratado por ser el sobrino”. Dice que vio a su tío una vez, cuando tenía cinco años, porque “toda mi infancia estuvo preso. (…) En Colombia, ¿quién no tiene un familiar que no haya tenido que ver con el narcotráfico? Ese estigma me parece muy desgraciado”, dice.

Otras fuentes consultadas también lo señalan de ganarse un contrato —en octubre de 2024 hasta el 30 de enero de 2025 por 4 465 millones de pesos (casi un millón de dólares), el más alto que ha firmado esta IPS con la gobernación— por ser familiar de Ramiro León, pareja de la congresista liberal Karina Bocanegra, una poderosa política del departamento, que le hizo campaña y es aliada del actual gobernador Óscar Sánchez.  Ese contrato fue firmado para crear y fortalecer redes de apoyo en salud mental, capacitar a las comunidades, y hacer pruebas de tamizaje en Leticia, Puerto Nariño y las áreas no municipalizadas del departamento, con la idea de que de ahí saliera un estudio de salud mental, por distintas edades, que sirviera de insumo para la gobernación y que encuestó a más de 10 mil personas. Porras dice que se ganó ese contrato porque fue el único que se presentó, por ser la única IPS de salud mental. 

Aunque la gobernación le giró a la IPS un anticipo del 50 % (2 232 millones de pesos), solo ejecutó 1 835 millones, por lo que la IPS tuvo que devolverle casi 397 millones de pesos a la gobernación. Sandra Viviana Arias, profesional a cargo del programa de salud mental de la gobernación y supervisora del contrato, dijo a Amazon Underworld que la IPS solo se gastó esa plata porque “el contrato solo se ejecutó en todas las comunidades indígenas de Leticia y Puerto Nariño, pero no se llegó a todo el departamento por los tiempos. Por eso no se pagó completo”.  Porras dice que “presupuestalmente la operación fue más económica de lo que se había proyectado. Cubrió todo el trapecio amazónico, que concentra el 70 % de la población del departamento, pero no cubrió el área no municipalizada y fue más económica por eso”. 

Otra opción de muchos jóvenes en la triple frontera con problemas de consumo es entrar a fundaciones religiosas en las que, a punta de fe en que un ser superior los va a ayudar a curarse, le apuestan a otra salida.

Gloria a Dios

“Dios los bendiga muchachos. Digan gloria a Dios”, dice el pastor Arley Tavares, fundador en Brasil de la Fundación Cristiana Rescatados por su Sangre, que se presenta como una organización sin ánimo de lucro que nació en 2010 en Fusagasugá, un municipio cercano a Bogotá. Según su página web, la fundación ofrece “procesos de formación y restauración para los habitantes de calle, en concordancia con trabajo profesional en busca de la integralidad del hombre”. Su enfoque es la teoterapia, una práctica de tratamiento para el consumo de sustancias psicoactivas mediante la predicación del evangelio de Cristo. 

Tavares es colombiano y se presenta como un rehabilitado que duró 27 años en las drogas. Se pasea por la sede de la fundación, ubicada en un barrio bajo control del Comando Vermelho en Tabatinga, que antes era una olla de consumo de drogas Mientras habla, camina hacia un patio en el que hay cuatro hombres, todos con un carnet de la fundación colgando de sus cuellos, que responden en coro apenas lo ven: “Dios lo bendiga”.

“Estos muchachos acaban de llegar de hacer una colecta de alimentos”, dice. “Yo aprovecho de verdad para decir que este es un trabajo con amor, con cariño. Aquí es voluntario; ninguno está obligado”, dice mirando a la cámara. “Aquí nos hablaron de la palabra de Dios y gracias a Dios escuchamos de esta fundación porque Dios es el que cambia y aquí estamos”, señala uno de los muchachos. 

Bajo la frase bíblica “nada es imposible para Dios”, la fundación hoy tiene más de 40 sedes, la mayoría en Colombia, pero también en Ecuador, Brasil y Panamá. A Leticia llegó en 2016, a una casa muy cerca de la IPS Nuevo Amazonas. Según Tavares, allí llegaron a atender hasta 2019 a 110 personas, cuando cerraron las puertas de la Fundación en Leticia para abrirlas en Tabatinga.

Dos funcionarios públicos de Leticia que pidieron no ser citados dijeron que la Fundación cerró sus puertas porque los tenían en la mira, señalándolos de traer personas de otras regiones del país para que entraran a su fundación, algo que Tavares niega. Desde la Secretaría de Salud de la Gobernación de Amazonas respondieron que la fundación no está registrada, por lo que no pueden dar información sobre las razones por las que dejó de funcionar en Leticia. 

En 2019 llegaron a Tabatinga en medio de una guerra a muerte entre organizaciones criminales en Brasil. Por un lado estaba el grupo Os Crías, que recibía el apoyo de Primeiro Comando da Capital (PCC), que surgió en una cárcel de Sao Paulo, y por otro el Comando Vermelho (CV). En 2023, el CV ganó esa guerra y ahora controla varios barrios de Tabatinga, incluyendo el barrio donde está ubicada la fundación. En las paredes de las casas vecinas se pueden ver grafitis con las siglas CV. 

Siglas del Comando Vermelho en una pared de un barrio en Tabatinga, Brasil. Foto: Bram Ebus.

En Brasil es conocido que Comando Vermelho les da como única ruta de salida a los jóvenes que hacen parte del grupo que entren a iglesias. “No hay un vínculo institucional, ninguna iglesia está vinculada formalmente con CV, eso no existe”, explica Soares, el comandante del Octavo Batallón de Policía Militar en Tabatinga. “Lo que existen son normas internas de CV que establecen que si alguien quiere dejar la delincuencia solo puede marcharse acudiendo a una iglesia. Pero acudir a la iglesia y vivirla de verdad (…) pero si luego lo pillan consumiendo drogas, bebiendo alcohol o llevando una conducta incompatible con alguien que camina en la palabra del Señor, lo matan”. En Benjamín Constant, un poblado brasilero a 20 kilómetros de Tabatinga, hay líderes de iglesias evangélicas que fueron antiguos miembros del CV, como lo documentó El País América.

AUDIO 3

Esta relación informal de las iglesias y los grupos, que no está por escrito, pero se cumple como si lo estuviera, es algo que también se vive en la cárcel de Tabatinga. Según Walmir Barbosa, coordinador de la Pastoral Carcelaria de la Diócesis de Alto Solimões, “a los que van a la iglesia, los que cambian de verdad, los dejan en paz. Se llama la ‘celda de la bendición’”.

Tavares llegó a fundar Rescatados por Su Sangre en medio de ese complejo territorio y dice que con el CV “no tenemos problema porque la fundación es muy conocida. ¿Qué nos piden ellos? En caso tal de que llegase a presentarse, es como la policía, ¿que me pide a mí la Policía Federal? Que los muchachos no me hagan daños, que haya un buen comportamiento, que haya un buen testimonio (…) No nos concentramos tanto en si ellos están o comandan una zona porque la verdad no es de nuestra competencia”.

A Rescatados por Su Sangre lo han señalado en Leticia y Tabatinga por ser la “fundación del maní” porque sus miembros venden maní en las calles, en el puerto de Leticia, algo que algunos pobladores ven como una forma de exponerlos, porque terminan obteniendo dinero con las ventas en zonas en las que es fácil conseguir drogas. Pero Tavares explica que lo hacen para sostenerse.

—“La fundación no solo vende maní y toda fundación lo vende, no sólo ésta”.

¿No cree que la venta los expone?

—“Puede ser, claro que sí, pero no tenemos de otra manera. ¿Quién paga el arriendo de esta casa? Si la familia de él no paga una mensualidad, entonces, ¿cómo hacemos para sostener la casa? ¿Cómo hacemos para sostener el arriendo de la sede?”.

Puerto de Leticia, sobre el río Amazonas. Foto: Bram Ebus.

En este embarcadero es normal ver jóvenes que venden maní y que llevan carnets con el nombre de la fundación. Lo venden, según uno de ellos, a 2 000 pesos (0,50 dólares) el paquete, 500 para ellos y 1 500 para la Fundación. “Ganamos 500 pesos por maní, es como un trabajo tanto para mí como para la obra”, dice uno de ellos. “Ellos lo mandan para diferentes lugares donde se abren más sedes para que sostengan y paguen un arriendo”, agrega, refiriéndose a la plata que debe darle a la fundación. 

En las comunidades indígenas de la triple frontera amazónica, a miles de kilómetros de los puertos europeos donde un kilo de cocaína puede venderse por decenas de miles de dólares, la riqueza que genera el narcotráfico nunca llega. 

La crisis de consumo a la que se enfrentan no es solo una consecuencia del narcotráfico, también es parte de su funcionamiento. Las mismas comunidades indígenas que han sido utilizadas para cultivar, transportar o procesar coca, hoy se han convertido en un mercado para las drogas que circulan por el río Amazonas. Mientras las organizaciones criminales consolidan su negocio y su poder, los jóvenes indígenas cargan con el costo más alto: quedan atrapados entre el reclutamiento, el consumo y la violencia. Hasta hoy, las respuestas estatales siguen siendo insuficientes.

Pero incluso en medio de ese escenario hay quienes intentan romper el patrón. Promotoras de salud como Geni Catachunga siguen recorriendo las comunidades para identificar a tiempo a los jóvenes en riesgo. Líderes indígenas organizan guardias comunitarias para impedir la entrada de expendedores de droga. Familias y comunidades intentan evitar que sus hijos crucen el río hacia los cultivos de coca en Perú.

Son esfuerzos pequeños frente a economías criminales que mueven millones de dólares y atraviesan países. Sin una respuesta estatal sostenida, difícilmente serán suficientes frente a un problema de salud pública sin respuestas basadas en prevención y reducción de daños. Pero muestran que, en la Amazonía, la disputa no es únicamente por el control de las rutas del narcotráfico: también lo es por el futuro de comunidades enteras.

*Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las fuentes.

*Amazon Underworld es una alianza de periodismo colaborativo que investiga las tendencias del delito transfronterizo, economías ilícitas y sus impactos en el medio ambiente y las comunidades amazónicas, y está integrada por Armando.Info (Venezuela), Al Margen (Perú), InfoAmazonia (Brasil),  La Liga Contra el Silencio (Colombia) y RAI (Bolivia).



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El crimen más organizado del mundo

El crimen más organizado del mundo

por GUSTAVO DUNCAN • Fotografía de Juan Fernando Ospina


Número 101 Marzo de 2018

I

En el principio fue el caos. Luego vino el orden y al orden lo siguió un caos aun peor. Desde entonces, la ciudad ha pasado del caos al orden. A veces más el uno y a veces más el otro. Todo depende de a quién se pregunte.

II

El inicio de todas las entrevistas en las cárceles fue el mismo: “El crimen en Medellín es el más organizado del mundo, en Colombia ninguna otra ciudad se le parece”. Entre los reclusos la idea que prima es la de que todo lo que ocurre en Medellín, al menos todo lo relacionado con el crimen, obedece a un orden que se origina en una sólida y tradicional estructura que dicta qué se puede hacer y qué no.

En la base están los combos. Son los muchachos de siempre en varias cuadras a la redonda. Conocen a todos en la comunidad porque son parte de ella. Allí, entre callejones y escaleras, han gastado sus pocos años de vida. Son los encargados de vigilar que la ley de los bandidos se cumpla en el terreno. Quien mate, quien robe o quien venda droga sin permiso, o simplemente quien no se sepa comportar es sujeto de un castigo. Puede ser una multa, una paliza, el destierro o la muerte. En la calle, inconscientemente, se pueden ver los efectos de la ley. Muchos de los drogadictos que deambulan al lado del río fueron expulsados de sus comunas cuando la droga los convirtió en un problema de convivencia.

La ley tiene su precio. En algunos barrios todos deben pagar una vacuna. En otros solo los negocios, desde los buses hasta los distribuidores que quieran surtir las tiendas. Sin embargo, los muchachos del combo no se hacen ricos con esa renta. Son muchos y al final no es tanto dinero, son barrios pobres. Les basta saber que ganan más que si se dedicaran a trabajar en algo legal. Además, obtienen un poder, un prestigio y un atractivo sexual que difícilmente obtendrían en otra ocupación. No todo es dinero en la vida.

Arriba están las razones, como se conoce a las cerca de dos decenas de bandas que se reparten la ciudad. Cada una de ellas maneja un territorio a través de combos leales que le garantizan que solo sus mercancías —sean drogas, aguardiente adulterado, gaseosas, huevos, etc.— se vendan en el lugar y que ninguna otra “razón” cruce sus fronteras. Los coordinadores, una suerte de administradores profesionales del crimen, son los que conectan las razones con los combos, llevan las órdenes de arriba abajo y las quejas de abajo arriba. Es una tarea difícil mantener el control de tantos jóvenes llenos de testosterona y habituados a una violencia letal. Uno de ellos, ya retirado, resumió su oficio: “Mi trabajo era ponerle disciplina a los jóvenes”.

Quizá no haya asunto de la vida de las comunidades en que más se vea reflejada la disciplina impuesta por el crimen organizado que la violencia sexual. Los violadores, sobre todo los violadores de niños, son ferozmente perseguidos por los combos y el castigo es el más severo. Un coordinador, entre las risas que le causaba un cigarrillo de marihuana que acababa de fumarse a la vista de todos en la calle, respondió cuando se le preguntó qué se hacía con los violadores: “En esos casos lo que se recomienda es matarlos”. No siempre fue así.

III

Es difícil resistir los primeros diez minutos de la película. Las escenas son de una crudeza tal que uno se niega a creer que eso haya podido ocurrir. La realidad es que La mujer del animal, de Víctor Gaviria, es un relato de lo que solía pasar en muchos barrios de invasión en los setentas. Surgían pandillas que aterrorizaban a la comunidad. Amedrentaban y robaban, pero lo verdaderamente humillante eran las violaciones. Se hizo común la práctica del revolión, en que una muchacha era seducida por alguno de la pandilla y luego cuando la llevaba a algún lugar apartado era violada por todos.

Tanta humillación llevó a que los hombres de la comunidad organizaran grupos de vigilantes para cazar los delincuentes. Pronto, se convirtieron también ellos mismos en delincuentes aunque algo había cambiado: ahora se convertían en la autoridad de la comunidad. Imponían orden, un orden oprobioso pero orden al fin al cabo.

Por esa misma época, en barrios populares pero no tan pobres como los que retrata La mujer del animal, surgió otro fenómeno entre jóvenes que sentían que las perspectivas de trabajo en las fábricas, que habían aliviado las aspiraciones de sus padres, eran cosa del pasado. Eran tiempos de crisis económica. Se sintieron desahuciados del futuro y optaron por la delincuencia, aunque como estaban más integrados a la ciudad se convirtieron en bandidos más sofisticados. En vez de robar a su propia gente asaltaban bancos y carros de valores. Y, al igual que los vigilantes, desarrollaron una cultura de gobierno de sus comunidades.

Entonces apareció Pablo. Del orden precario que surgió con los nuevos bandidos vino el peor de los caos.

IV

Se comenta que el gran error de Escobar fue haberse metido en política. Y, de manera ingenua, se reduce su vida política a la campaña electoral de 1982 y su paso fugaz por el Congreso. En realidad, Escobar todo el tiempo hizo política a través de medios muy distintos a las elecciones.

Él se dio cuenta de que si se ganaba a los jóvenes bandidos no solo podía hacerse al control del Cartel de Medellín sino que podía disponer del ejército y del territorio para plantear una guerra contra el Estado. Las fotos de Escobar en campaña, inaugurando canchas de futbol en los barrios populares, esconden una transacción política muy profunda. No era a los líderes políticos a quienes se iba a ganar. Era a los bandidos a quienes estaba seduciendo. La lógica era simple: ellos dejaban de cometer los crímenes de siempre, tomaban de una vez por todas el control de sus barrios y hacían parte de su ejército personal, a cambio Escobar les transfería una parte de las rentas del narcotráfico que por entonces inundaba la ciudad. Si un narco se atrevía a no pagar su parte iba a tener un ejército de bandidos respirándole en la nuca. Ese fue su verdadero poder político.

Comenzaba, en medio del sangriento caos que fue la guerra de Escobar, a gestarse el control actual de las bandas y los combos. Ya no eran simples delincuentes de barrio. Los bandidos se volvieron conscientes del poder que encarnaban y de las rentas que estaban disponibles si actuaban de manera organizada. Cómo no iban a darse cuenta si en un momento dado bajo el liderazgo de Escobar pusieron al Estado en jaque. Al final, como era de esperarse, fueron derrotados por una alianza entre fuerzas de seguridad, disidencias del Cartel de Medellín y se dice que la propia cúpula al menos sabía lo que se cocinaba, pero la enseñanza de la guerra les despejó cualquier duda sobre la magnitud de su poder.

V

De nuevo el orden o, mejor, una pretensión de orden.

El reto de quienes mataron a Pablo era imponer orden entre los bandidos que dejó la guerra. A los Castaño y a Don Berna les tomó tiempo hacerlo. Y cuando lo lograron tuvieron que usar esa fuerza para combatir a las milicias de las guerrillas. Por eso, en la desmovilización de los paramilitares la mayoría de quienes dejaban las armas eran bandidos.

Los tiempos de Don Berna dejaron una nueva enseñanza. No tenía sentido hacer una guerra contra el Estado y desafiar el resto de la sociedad. Si los bandidos racionalizaban sus comportamientos podían mantener el poder en sus comunidades, hacerse a jugosas rentas y evitarse problemas con las autoridades. La clave estaba en identificar negocios susceptibles a la explotación, que no involucraran un despojo, sino una extracción sistemática por el solo hecho de disponer la fuerza para extorsionar o monopolizar sus rentas. ¿Qué sentido tenía robar si en proteger empresas informales y criminales había mayores ganancias?

Había comenzado la domesticación del crimen en Medellín. Ahora los bandidos estaban interesados en la pacificación. La violencia era pésima para los negocios y las autoridades se los hacía saber. Podían sobornarlos pero si en la prensa aparecían los muertos no había caso. Los policías cerraban las plazas de vicio y capturaban sus cabecillas. Todos perdían.

VI

En las propias estadísticas del Estado se vio el efecto. Luego de la extradición de Don Berna vino la guerra entre Sebastián, el elegido de los bandidos, y Valenciano, el dueño de la riqueza. Ganó Sebastián pero apenas pudo disfrutar su poder, enseguida fue capturado. La sorpresa fue que en el largo plazo la tasa de homicidios, con sus sobresaltos, bajaba a pesar de las guerras.

¿Por qué esta tendencia a la baja de la violencia? En gran parte porque el Estado llegó y reclamó orden, así fuera a su manera, con garrote y zanahoria, o lo que es lo mismo, con operativos, sobornos e inversiones en el hábitat. También en parte porque la historia, como se aprecia, les enseñó a los bandidos que la civilización trae enormes beneficios. Ya el destino no está marcado por una muerte segura antes de los treinta años ni por una prisión perpetua en Estados Unidos si se quiere ser rico.

Ahora la ruta hacia el orden, en una ciudad que lo ha anhelado y exaltado durante años, se nota en que hoy tiene unos bandidos que se precian de ser el crimen más organizado del mundo.



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Con todos los juguetes

Con todos los juguetes

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 53 Marzo de 2014

Los juguetes viejos han sido usados para todas las historias. Tinta, hojas, imaginación. Los juguetes de la bodega, museo y taller de Rafael Castaño son de carne y hueso. Todos fueron jugados en estas calles, en estas tierras, en estos aires. Van y vienen los juguetes de la memoria.

Mientras en la ciudad hay fieles que se afanan por regalarle un juguete a un niño, Rafael Castaño ayuda a que muchos adultos encuentren su juguete favorito, el que perdieron u olvidaron en su niñez envejecida. Cuando alguien descubre en una vitrina ese tren de cuerda, el mismo que corría entre cordilleras de cobijas, vuelve a ver la película de su infancia. A Marcel Proust le pasó con una tacita de té, tomando el algo, mientras remojaba una colación: lo llamó memoria involuntaria. Y algo parecido es lo que sucede todas las semanas en la bodega de La Bayadera, donde se refugian Rafael y sus juguetes.

Desde hace quince años, él y su hermano Alejandro llegaron a Barrio Colombia a construir naves y animales utópicos inspirados en aviones antiguos, monstruos mitológicos y algunas máquinas de Leonardo Da Vinci. Al tiempo, el lugar se fue llenando de otros inquilinos, los muñecos abandonados que adoptaba Rafael en las quincallas del Centro y en el Bazar de Los Puentes. De niño coleccionaba monedas y estampillas por contagio de su tía Corina, filatélica y numismática. Pero fue ya grande cuando algún dios de los juguetes le hizo el llamado. No se cayó del caballo, como Pablo de Tarso, pero casi.

“Fue en el Centro, por Bolívar, antes de que tumbaran esa calle para hacer el Metro. Iba al lado de la ventanilla, en un bus de Belén Terminal. Cuando lo vi se me apareció toda la infancia: era un carro viejo de pedal. Me bajé a mirarlo. Valía como dos mil pesos. Lo compré y me lo llevé para la casa. Desde ese día, a mí no me pueden decir que hay un juguete en la cola del mundo porque allá voy.

“Una vez me contaron que en la repisa de una cantina había un carro de bomberos y hasta allá fui. Era hermoso. ‘Muéstremelo’, le dije al dueño. ‘No… no… y no’, me respondió. Era muy parecido al que yo tenía cuando niño. Volví varias veces hasta que el hombre lo bajó y me lo vendió”.

Antes de abrir su taller de creación, Rafael estudió Derecho con el único fin de proteger a su familia luego de la muerte del padre. Siendo adolescente leyó una novela donde un tal Pietro Crespi trataba de conquistar a una mujer a fuerza de regalarle jugueticos de cuerda que ella ponía de adorno en las paredes de la sala, hasta que un coronel loco los desbarató para ver si tenían alma. Castaño nunca litigó. Se enamoró de María Cecilia y, cuando a ella la trasladaron a Cartagena por su trabajo, él se fue detrás. A la postre hizo dos cosas: se casó con su novia y se graduó como artista en la Escuela de Bellas Artes.

Como tantas de sus criaturas que hacen maromas increíbles con un pequeño impulso, también Rafael, con monedera de artista, ha logrado reunir auténticas joyas de colección: un mono articulado marca Schuco, de los años veinte; autómatas japoneses de la postguerra; el Cadillac dorado de Elvis Presley, que se prende con llave como el de verdad; una motocicleta Arnold Mac, cuyo piloto se baja, la prende, sube el pie y arranca: todo un prodigio accionado por un diminuto motor de cuerda. En la promiscuidad de las vitrinas conversa Topo Gigio con un grupo de muñecas, el Mago Fox desaparece a un conejo, o lo desaparecía porque ya no prende. La mayoría de los juguetes están descompuestos, las pilas de hoy no les funcionan o les falta algún resorte, una rueda del engranaje… Así, los juguetes lucen adormecidos en su limbo, como los de Toy Story. Tal vez, de noche, cuando el dueño se va, salen todos a pasear, cojeando por La Bayadera, o se cuelan en la alucinación de algún habitante de la calle.

Cuando algún reciclador del barrio encuentra un robot entre una caneca, corre a llevárselo a Rafael. No lo mueve solo la paga: “Aquí regresan todos los que me han vendido algo para que se los muestre. Entran y contemplan otra vez el juguete que trajeron hace tres años. Se emocionan porque sienten que hacen parte de algo grandioso como esta colección y que su trabajo no es basura.

“Hace algún tiempo vino uno al que llaman ‘El Bogotano’. Apenas vio el famoso Batimóvil de hojalata, inspirado en la serie de los sesenta, dijo que cuando tenía ocho o nueve años iba de la escuela a trabajar en una fábrica que ensamblaba estos carritos. Las piezas las mandaban de la casa Ford, en Estados Unidos. Era la época en que las empresas matrices de automóviles sacaban al mismo tiempo que sus carros una línea de réplicas de juguete. No me atreví a preguntarle al hombre si él mismo había llegado a tener su Batimóvil. Es muy posible que no”.

De pronto, asoma un astronauta que ha salido a dar una vuelta alrededor de la nave, atado a su cordón umbilical. “Todo esto es de Los Puentes”, dice Castaño, quien con ese semblante de plácido mostacho y rodeado de sus figuras, se parece cada vez más a Gepetto. “Son juguetes de mi época. A mí me tocó el viaje a la Luna, los aviones de propulsión; monté en los de hélice y en el Super Constellation. La característica de los juguetes de esos años son sus decorados con litografía”.

Un día pasó un hombre vendiendo escobillones. Castaño, atraído por la UC forma de ese cepillo de alambre trenzado para limpiar botellas, le compró uno. El vendedor también sintió curiosidad por el refugio del artista.

“Siga, adentro tengo juguetes”, le dijo.

El otro caminó a lo largo de las vitrinas hasta que se fijó en una mariposa y un avión rústico de lata. Los ojos se le encharcaron, eran los juguetes que le hacía su papá, y allí estuvo un buen rato recordando, entre lágrimas, cada detalle. Antes de la irrupción del plástico casi todo era de hojalata: baldes, regaderas, bañeras para bebé. En Medellín era habitual que los hojalateros hicieran juguetes con los retales de ese material. Los soldaban con estaño y los pintaban con esmalte. La mariposa tiene ruedas y cuando el niño la empujaba con un palo agitaba las alas. Rafa hace la demostración mientras lanza una declaración de terapeuta: “Estos juguetes le permitieron a ese señor encontrarse con su padre”.

Una señora llamó al local para preguntar si allí tenían una muñeca de pasta que lleva unas flores en la mano. Y como aquellos niños a los que les inculcan que no sean egoístas con sus juguetes, Rafael se la prestó para que la cargara, pero solo dentro del museo. Ella vino y contó que esas muñecas eran muy populares en los cincuenta, que entre sus amiguitas les celebraban fiestas de cumpleaños y de primera comunión, y hasta les hacían tarjetas de invitación.

Entre tanto hay una secretaria, con cola de caballo, que ha dejado de teclear para mirarnos a través de la vitrina. Rafa anota que hubo una época en que estos juguetes pretendían enseñar roles u oficios en la sociedad. Ahora no sucede así, antes bien podría considerarse como una discriminación de género o un insulto: “Yo le tuve que pedir permiso a una hermana para regalarle unas ollitas a una sobrina porque le había escuchado decir que quería jugar mamacita con vajilla”.

Una búsqueda memorable del juguete favorito empezó cuando una visitante agachó la cabeza y confesó que nunca había tenido juguetes. “Haga memoria”, le dijo Rafa con el tono neutro del analista, “haga memoria que usted sí tuvo. Es que los juguetes se hacen”, le insistió. Y luego de un silencio revelador la mujer recordó: “Mentiras, yo sí tuve una muñeca. La hicimos entre mi mamá y yo con una mazorca, le pusimos ojos y el cabello de lo mismo… Hasta me duró un buen tiempo”.

También vinieron unas antropólogas para confirmarle a Castaño su teoría. En sus estudios sobre la vida cotidiana de los indígenas emberá en Risaralda, escucharon de buena fuente que a los niños les prohibían jugar. Pero una informante les contó luego que su hermanita y ella hacían amasijos de hojas que amarraban con tiras de tela, a manera de muñecas. Cuando los adultos se acercaban, las pequeñas solo tenían que soltar los nudos: las hojas saltaban por el aire y las muñecas desaparecían.

No siempre los chechereros son los que proveen a Rafael de sus piezas. De pronto, en una visita familiar vio a una niña boleando una abeja de madera, una maravilla de colección hecha por la Fisher Price en el año 37, caramelo escaso. Rafa empezó a temblar.

“Preste pa’ acá”, le dijo, “que eso no es pa’ jugar”.

A él le gusta decir que no compra juguetes sino que se los encuentra. También se siente depositario de un secreto cuando alguien le entrega el juguete que más quería cuando era niño. Sabe que en cualquier momento esa persona va a volver. Se erige como delegatario de la memoria que encarnan esas figuras. Y por eso son las que cuida con mayor celo.

Cuando Castaño expuso en Comfenalco una serie de ciento cincuenta piezas, bajo el título Arqueología del Juguete, un señor muy serio se acercó y le dijo: “Ese avión es el mío”. Él le replicó que ese era un juguete japonés de los cincuenta, del cual podría haber miles de ejemplares en el mundo. Son aviones grandes de tres motores que hacen aparecer la azafata en la puerta y muestran a los pasajeros levantándose de las sillas.

“¿Por qué dice usted que es el suyo?”. Entonces el otro sacó algo del bolsillo: “Mire, estas son las ruedas que le faltan”. Se las puso y calzaron a la perfección. Daba la impresión de que era un tipo muy aporreado por la vida, de una edad menor a la que aparentaba.

“Se llamaba igual que yo, Rafael. Nos volvimos amigos y caía a deshoras al taller, se notaba que necesitaba hablar. Me contó que había salido de la casa y que cuando volvió, la mujer con la que vivía le había botado todos sus juguetes, los que guardaba desde niño. Parece que nunca se recuperó de esa separación. Saber que tuvo momentos felices en su infancia lo alentaba a seguir”.

Rafael sabe cada detalle de su Robocop de los ochenta, de un tren Lionel o de un Bambi hecho en Medellín, en el taller de José Bartolini, cuando la fiebre del plástico logró que muchos niños pudieran tener uno. Un buen número de personajes no gozan del privilegio de estar exhibidos en las vitrinas y se mantienen confinados en enormes cajas de cartón en el segundo piso. De pronto nos muestra unos carros de hojalata con inscripciones diminutas: “Japón ocupado”, “Alemania ocupada”. Eran los juguetes que se hacían poco después de la Segunda Guerra, muchos de ellos con material reciclado de latas de galletas y con proclamas políticas. Era habitual en los barrios de las ciudades arrasadas reunirse para hacer juguetes con lo que se hallaba a mano.

También aquí pasaba que los papás ocupaban tardes enteras en hacer juguetes para sus críos. Don René Botero, el personaje que recoge en un Volkswagen al niño que perdió el bus de la escuela, en El olvido que seremos, era uno de esos.

“Don René tenía apariencia de hosco, pero le encantaba fabricar trompos y patinetas para sus hijos. Los viejos de esa época se hacían los bravos porque creían que era la única manera de lograr que no nos desviáramos en la vida, aunque de todas maneras nos desviamos”.

A Rafael le parece un tanto disparatada la idea de que las armas de juguete vuelvan violentos a los niños. “Yo mismo jugué con armas, rifles de copas, disparé pistolas y tiré con caucheras”. Entonces recuerda la idea de Virgilio en la Eneida cuando dice que en un momento de ira cualquier instrumento de trabajo se convierte en un arma.

“Una vez vino un personaje a decirme que necesitaba que yo le vendiera todo: mis juguetes, los móviles, las vitrinas, la bodega, yo incluido con las historias. Fui insistente al decirle que nada de esto andaba en venta, pero el hombre volvía desafiante: ‘¿Cuánto vale? Dígame una cifra’. No había ninguna. ¿Qué iba a hacer yo con la plata? ¿Qué pensaba hacer el tipo con mis cosas? No lo sé, tal vez las quería para decorar o… ¡para nada! Hay gente que no sabe qué hacer con la plata y quiere comprar los sueños de los otros”.

Si los juguetes han sobrevivido a las bataholas de la niñez debe ser porque hay niños cuidadosos o madres como aquella que no dejaba sacar a la Barbie de su caja, de modo que la niña la tenía que arrullar así empacada. Gracias a esa orden, las lánguidas se conservan intactas como momias en su sarcófago. Aunque Rafael Castaño prefiere las reliquias mugrientas que encuentra bajo el Metro: un oso lustrabotas, un bombero de moto, un payaso en harapos con los que el niño desconocido maquinó más de una jugarreta.



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La reina de los mares

La reina de los mares

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías por el autor


Número 52 Febrero de 2014

Nuestro corresponsal en Brasil viajó seis meses antes para acostumbrarse al Brazuca. Y a la cachaza. Se reparte entre limpiar la piscina y podar el jardín de su rancho ardiente. La primera de nuestras ceremonias mundialistas está dedicada, con toda reverencia, al sincretismo entre dioses cristianos y africanos. Todo sea por una mala racha para Costa de Marfil.

Cientos de barquitos azules flotaron en el mar de Cidreira durante la noche del sábado primero de febrero y la madrugada del domingo. En su interior viajaban tarros de perfume, peinillas, espejos, labiales y dosis de champú. Iemanjá es vanidosa y golosa. Cocadas, merengues, trozos de sandía y empanadas de alga también hacían parte de las improvisadas tripulaciones. La noche era fresca y las pocas gotas de lluvia que caían sobre la playa parecían evaporarse con los juegos pirotécnicos.

Si los negros africanos hubieran llegado a Brasil por cuenta propia y no para trabajar como esclavos, Iemanjá sería aún más voluptuosa, de caderas amplias y tetas grandes, de piel morena y labios gruesos. Pero esta diosa tiene aspecto de virgen. Una virgen sin aureola, sin niño, sin tanto atuendo protector de la moral y las buenas costumbres. Solo lleva un largo vestido azul, prolongación del mar, con un escote sin complejos tan ceñido al cuerpo que resalta sus piernas y su cintura estrecha.

Iemanjá es resultado del sincretismo de Brasil. Si bien los esclavos africanos ponían en sus altares las divinidades de sus amos católicos y hacían la mímica de rezarles, en sus almas, el lugar al que los negreros no podían acceder, seguían adorando a sus propios dioses: Oxalá, Changó, Olorúm, Jemanjá. Tuvieron que pasar muchos años para que la esclavitud terminara. Luego, con la libertad a cuestas, surgieron religiones que fusionaron las creencias africanas con el catolicismo, como Umbanda o Candomblé, satanizadas y perseguidas por el Estado hasta mediados del siglo XX.

***

Llevaba pocos días viviendo en Brasil cuando me enteré de que el dos de febrero era la fiesta de Nossa Senhora dos Navegantes, la celebración religiosa más importante y tradicional de Porto Alegre. Esta ciudad queda a una hora de Viamão, mi nuevo hogar desde que salí de Colombia a finales de diciembre. Sin dudarlo agendé para ese día un viaje a la capital de Río Grande del Sur. Era un buen motivo para conocer un poco la cultura y el agite del país que me acoge.

Mientras se acercaba la fecha, leí sobre el tema: los fundadores de Porto Alegre en 1742, portugueses provenientes de las islas Azores, consideraban a la madre de Jesús como la santa protectora de los mares. La imagen de Nuestra Señora de los Navegantes llegó a Porto Alegre en 1871. Era obra del escultor João Alfonso Lapa, quien tuvo que volver a hacerla en 1910 después de que un incendio la destruyera junto a la capilla de su mismo nombre; la reconstrucción de la iglesia estuvo a cargo de los devotos y la reinauguración se celebró tres años después.

La celebración consiste en una procesión de miles de personas que llevan a Nossa Senhora de una iglesia a otra, seguida de un desfile fluvial sobre las aguas del lago Guaíba. El obispo, el alcalde, el ejército a caballo, los feligreses, la fe, el bullicio. Imaginé cómo sería el calor y el sofoco ese dos de febrero, con temperaturas de cuarenta grados, mientras buscaba imágenes de la virgen de los navegantes. Una virgen católica, común y corriente, parada sobre una canoa inundada de flores, con un niño en sus brazos y tres ángeles a sus pies; de la mano del niño, que mira impávido una tempestad mortífera que solo él puede ver, cuelgan un cordel y un ancla.

Como si la pantalla del computador fuera el mismo mar, mientras veía esas imágenes de la virgen emergió la atractiva diosa Iemanjá. Apareció imponente con sus palmas abiertas dejando caer perlas al agua. No fue difícil reconocer el sincretismo entre estas dos santas. Tampoco cambiar la celebración católica por la africana. Ahora el paseo era a Cidreira, en el litoral, la ciudad más umbandista de Brasil. Los dos primeros días de febrero Cidreira se convierte en el epicentro de la adoración a Iemanjá, con procesión nocturna y rituales en la playa al son del fuego y los tambores. Las numerosas casas de religión de Umbanda prometían más diversión. Además, el mar siempre inclinará la balanza a favor.

***

La primera estatua de Iemanjá que vimos en Cidreira era tan grande como nosotros. Parada en la acera, y un poco bisoja, invitaba a entrar a un local que vendía pequeños barcos azules con los cosméticos y la vitualla para ofrendarla. Cada embarcación costaba sesenta reales, unos 51 mil pesos. También vendían velas y pareos con la imagen de la diosa.

Llevábamos una hora buscando hospedaje, pero todo estaba ocupado. Habíamos llegado a las 10:30 de la mañana, después de esperar una hora en la autopista el bus que nos llevó de Viamão al litoral norte de Río Grande del Sur. El viaje fue lento, en medio de una larga cola en la que iban autos con gente vestida de blanco.

Rayando el mediodía por fin encontramos hospedaje a dos cuadras de la costa. El casal, es decir el casao, la pareja, valía 150 reales. En la recepción se destacaba una virgen negra acomodada sobre un escaparate. Luego de refrescarnos en la habitación, salimos a comer churrasco. A pesar de ser un pueblo costero, el hecho de estar en una región gaucha hace que se consuma más carne que pez. La cerveza en litro, que conserva su temperatura helada gracias al grueso termo con que la recubren, era el único medio para combatir el calor y acentuar nuestras expectativas: se calcula que en Brasil existen cinco millones de umbandistas, y su celebración más popular y difundida es la de Iemanjá.

A las 8:30 de la noche el cielo aún pertenecía al día. A esa hora arrancó la procesión, organizada por la Fauers (Federação Afro Umbandista Espiritualista do Estado do Rio Grande do Sul). Minutos antes habíamos llegado al punto de partida, una concha acústica en el centro de Cidreira. Una efigie de Iemanjá estaba montada en la plataforma de un moderno camión, y los feligreses, la mayoría mujeres, hacían su aparición con camisetas blancas, collares y ramos de flores. Algunas señoras mayores parecían disfrazadas de la diosa pero con turbantes. Por megáfono, uno de los organizadores explicó que la caminata iría hasta la Terminal Turística y ahí giraría hacia la playa.

Tres canciones pop dedicadas a Iemanjá sonaron a lo largo de los dos kilómetros de procesión. En lugar de tambores y cantos africanos, los feligreses aplaudían cuando el hombre del megáfono agradecía a la divinidad o la presencia de todos a pesar de la lluvia, una lluvia etérea que ni siquiera tenía posibilidad de apagar las velas que cada persona llevaba a la altura del pecho. Al principio eran unas cien, pero luego, cuando la gente agolpada a los lados de la avenida Mostardeiro se fue uniendo, la procesión alcanzó unas 300 personas. El ambiente parecía más católico que cualquier cosa y era imposible no sentirnos decepcionados.

A las 9:30 se veía ya la noche en el cielo estrellado. Un altar a la reina de los mares con veladoras y flores nos dio la bienvenida. Por una callejuela que desembocaba en la playa la procesión se empezó a confundir con el resto de gente. A lado y lado, las ventas de chuzos, longanizas, hamburguesas, helados, camisetas, estatuillas y artículos religiosos sugerían una atmósfera de carnaval. Atropellando el humo de las presas al carbón, el camión entró a la playa y parqueó en la zona que la Fauers tenía reservada para divulgar sus avisos parroquiales. Allí, un abanico de santos, entre ellos Jesús, San Miguel Arcángel, Oxóssi y la recién descendida Iemanjá, escoltaba a los líderes de la Federação. Un concejal, el alcalde y otros funcionarios esperaban su turno al megáfono. A juzgar por el protocolo y el tono de los discursos, el sincretismo también es político.

Ahuyentados por ese aire oficial decidimos ir a otro lugar. Cerca de la playa humedecida por el vaivén de las olas, tres personas arrodilladas cavaban un hueco en la arena para que la brisa no apagara las velas que iluminaban la ofrenda a Iemanjá. Estatuillas de Changó, Jesús y la misma diosa del mar ya estaban dentro de la goleta. Elaine da Silva Martins, umbandista hace doce años, nos contó que llevaron un barco con santos y otro para arrojar al mar con perfume, peines, aretes y labial. “Ella es muy vanidosa… Todos los años venimos aquí a Cidreira para esta celebración”.

Aunque el rugido del mar y el viento opacaban la conversación, ya de por sí difícil porque no dominamos el portugués, seguimos hablando con Elaine. “No le estoy pidiendo nada a Iemanjá, ni agradeciendo nada. Es nuestra ofrenda, es para cumplir nuestra obligación con ella”. Era bajita y morena y la brisa le alborotaba el pelo negro ensortijado. Nos contó sonriente que la Umbanda tiene origen nigeriano, “de los esclavos, es una religión de mucho sincretismo, nació aquí en Brasil y se extendió por otros países. ¿En Colombia no existe Umbanda?”.

Rosni Lemos, vestido de blanco de pies a cabeza como su esposa Elaine, vino hacia nosotros. La pareja es de Gravataí y no hace parte de ninguna casa de religión sino que practica libremente sus ritos. El hombre no fue tan sonriente pero se preocupó más porque entendiéramos; nos dijo que cada santo católico tiene su equivalente en la iglesia umbandista: “ellos tienen a San Jorge, nosotros tenemos a Ogum; ellos tienen a San Jerónimo, nosotros tenemos a Xangó; ellos a la virgen, nosotros a Iemanjá; Jesucristo, Oxalá”. Mientras hablábamos, su suegro moldeaba una muralla que rodeaba el hueco en la arena. “Los esclavos africanos adoraban a sus dioses pero aquí se encontraron con las creencias cristianas, entonces para poder adorar a sus orixas los transformaron o los fundieron con dioses que ya existían y que eran aprobados por sus amos”. Así fue que Iemanjá terminó “branquinha”.

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Un sonido de tambores acompañado de cantos africanos viajó hasta la orilla del mar. El ritual de la Casa de Umbanda Ogum Beira Mar había empezado. En un costado del terreiro escogido y cercado con palos, tres muchachos hacían la música. Cantaban en yoruba, una lengua nigeriana. El rectángulo era un poco más grande que un ring de boxeo, con una salida en dirección al mar. El ritual era liderado por el Pai, o babalorixa, el gran jefe de la casa de religión; con una capa verde, fumando un tabaco de olor amargo, se paseaba por el terreno bendiciendo a los suyos. Los devotos bailaban en su puesto y bebían algo que parecía ron. Los médiums, que son devotos en proceso de convertirse en babalorixas, algunos con capas o cascos con penachos, seguían los pasos del Pai.

Los tambores eran cada vez más potentes y los cantos indescifrables no paraban. Con el paso de los minutos los participantes entraron en una especie de trance. Los bailes ahora tenían más movimiento. Entre todos se abrazaban, se olían las manos, se chocaban los antebrazos y se besaban las mejillas. El Pai se acercaba a cada devoto y parecía darle la orden de ir al mar; alguno de los médiums acompañaba al elegido a las aguas saladas para su encuentro con Iemanjá. Todos parecían poseídos por los dioses. Cuando regresaban del mar se tiraban durísimo contra la arena y el golpe producía un ruido sordo; luego se revolcaban frente al altar, adornado con ofrendas e imágenes sagradas.

Cada vez llegaba más gente. Las diferentes casas de religión, en grupos de entre diez y cincuenta personas, elegían su terreno y lo preparaban para sus ritos. A medianoche la playa era un hervidero. Según la prensa, diez mil personas entre umbandistas independientes, integrantes de casas de religión y público en general se hicieron presentes en este sector del litoral durante la celebración. Veleritos azules, comida, botellas de sidra, velas encendidas y artículos de belleza invadieron el mar y la playa. Ángela Gianpaolli, integrante de la casa de religión de Zé Pilintra, nos contó que la diferencia entre Umbanda y Candomblé es que esta última se celebra sobre todo en el nordeste del país, por ser una región con más influencia africana. Sobre la celebración a Iemanjá, dijo que cada templo hace lo suyo, y soltó su prédica: “yo no estoy de acuerdo con el tema de las ofrendas porque contaminan la playa. ¿Qué sentido tiene arrojar toda esa basura al mar y luego ir a bañarse allí?”.

A lo largo de la costa las casas de religión también ofrecieron sanación al público, y vimos filas de decenas de personas que esperaban ser atendidas, buscando claridad. Las ialorixas, o las Mai, y los guías o médiums, se paraban frente al paciente y en tres minutos de toqueteo y humo de tabaco limpiaban su mente y equilibraban sus emociones. Por la callejuela seguían llegando centenares de feligreses, con atuendos tan pintorescos que en un momento nos sentimos en una fiesta de disfraces elegantes donde sobresalían faldas esponjadas y coloridas. La venta de comidas, ropa y souvenirs fue creciendo, y el ambiente ardía en una mística que se apoderaba de todo.

Cuando fuimos a tomarnos una cerveza a la feria vimos un extraño animal sumergido en un plato; era como un pepino rugoso y poseído que no paraba de moverse. Su nariz puntiaguda salía a flote y hacía circular un juguete con forma de ojo. Los suyos eran negros, finos y redondos. Luego supimos que era una especie de camarón negro, un espécimen nativo que parecía traído del mar de los infiernos.

En la madrugada, antes de que saliera el sol, una mujer que se habría confundido con la noche si no hubiera llevado un vestido blanco cantaba sola mientras caminaba hacia el mar con los brazos abiertos. Detrás, cuatro devotas llevaban sobre sus cabezas un barco del tamaño de un ataúd infantil. Entraron despacio al mar y con el agua en la cintura impulsaron suavemente la embarcación llena de ofrendas, para que Iemanjá emergiera otra vez de las profundidades del océano, no para alertar con sus cantos a los navegantes incautos sino para ser complacida.

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Cientos de barquitos despedazados, trozos pisoteados de sandía, flores maltrechas, restos de comida y montones de basura plástica no impedían disfrutar de la playa de Cidreira durante la mañana del domingo dos de febrero. Mujeres y hombres se doraban bajo el fuerte sol. Mientras en la orilla del mar dos niños jugaban con un pedazo de madera azul, en algunos lugares de la playa aún se vivía la celebración. Unos participaban de la sanación, y una que otra casa de religión terminaba su ritual. La feria en la callejuela seguía en su furor pero ya no había rastros del camarón negro. En ese mismo punto había una venta de camisetas que la brisa sacudía; la hermosa reina del mar parecía viva, parecía llamarme con su serpenteo. Decidí entonces que en adelante Iemanjá iba a ser mi diosa. Ahora la llevaba estampada en el pecho.



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Raponazos en el gallinero

Raponazos en el gallinero

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías por el autor


Número 54 Abril de 2014

En cualquier momento vienen a pedirnos plata. Pero estamos preparados y tenemos un puñado de monedas en cada bolsillo. Ya hemos reconocido a varios pelaos que también estuvieron en Porto Alegre. El que más nos llama la atención es el gordito que salió en el noticiero uruguayo diciendo que la policía los había retenido y golpeado en la frontera con Brasil. Es de piel morena, ojos achinados y acento rolo; parece un Edgardo Román de veinte años. En el Arena de Gremio nos abordó dos veces sin darse cuenta, con el mismo discurso: “Parces, miren, nosotros llevamos meses viajando, acompañando al equipo, les queremos pedir solo una ayuda”. Hablaba enredado y con un convencimiento puro que su embriaguez no desvirtuaba. Esa noche, con un pedazo de plástico azul en la mano, negoció con uno de los tipos que cuidaba la tribuna. Le rogaba para que no les cobraran el asiento que habían quebrado. Eran patovicas macanudos vestidos de negro los que cuidaban el Arena, un estadio que bien podría recibir partidos del Mundial. El Ejército aguardaba en los bajos. Esta doble vigilancia y las normas de seguridad de un estadio moderno no impidieron que las barras hicieran daños y fueran contra las reglas. Pero la ley, esta vez privada, nunca los había tratado tan bien. Los vigilantes, pacientes, abordaron a los hinchas más alterados y dialogaron con ellos. Ante las advertencias y la posibilidad de que les cobraran, Edgardo prometió que no se pararían más en la silletería y pidió a los hinchas que se bajaran. Hicieron caso. La pelea que no pudieron ganar los patovicas fue la de la marihuana, pues a pesar de los constantes llamados para que no se fumara, siempre hubo algún sigiloso rascando moño y exhumando pipas.

Antes del pitazo inicial, cuando todo parecía bajo control, uno de los macancanes le preguntó en tono amistoso a dos hinchas: “¿Cual é a figura do Atlético?“. “¡El diez! Cardona”, “¡Medina!”, respondieron en simultánea.

Gremio–Nacional empezó y perdimos de vista a Edgardo. En ese momento no teníamos ni idea de que lo íbamos a ver días después en el noticiero mostrando los moretones que le dejó la policía fronteriza. Esa noche, con el tres-cero que sufrió el equipo, los ánimos se aplacaron y la hinchada, que tuvo que esperar triste media hora a que salieran los locales, caminó cabizbaja las interminables rampas y escaleras del estadio. Días atrás, cuando fueron a comprar las entradas, habían dejado ya sus huellas y escudos: “Policarpa D.C”, “La corte sur Bogotá-Nacional Jerson”.

***

Donde no vimos grafitis fue aquí en el Gran Parque Central, en Montevideo. En este barrio sencillo los muros ya están ocupados con leyendas del Nacional de Uruguay, más conocido como “El Bolso”, el rival de esta noche.

Siempre me imaginé el viento de Montevideo así de frío. Los descamisados tienen la piel de gallina, pero prefieren lucir sus tatuajes verdolagas en pecho y espalda antes que abrigarse con las chompas. Se pasean por la tribuna, se reconocen, se saludan, se ponen al día en sus hazañas, se toman fotos con el Gran Parque Central de fondo. Falta una hora para el partido y aún no vienen a ofrecernos pulseritas, ni camisetas, ni a pedirnos colaboración. Esto está cada vez más oscuro. La torre de iluminación está delante de nosotros y toda la luz se derrama exclusivamente sobre la cancha. Estamos en el típico gallinero detrás del arco. La misma boleta advierte en letra menuda: “En las gradas más bajas de esta localidad las condiciones de visibilidad no son óptimas”. Pero eso es lo de menos. Unos cien hinchas estamos a la espera de las emociones de un partido decisivo.

Hoy Edgardo no está embriagado pero sí exaltado; es el foco de atención de casi todos los grupos de hinchas, comenta del canazo y de la paliza en Chuy, pueblo uruguayo en la frontera con Brasil. Propenso a las carcajadas, de gafas oscuras y voz rasgada, definitivamente es uno de los líderes. Si la tribuna del Arena le quedaba grande y se vio obligado a negociar con los patovicas, en este pedazo de cemento se mueve como pez en el agua. Este estadio parece universitario y aunque muestra su mística, no es majestuoso ni genera esa sensación de que uno tiene cien cámaras encima. Apenas hay unos cuantos “robocops” sentados y separados por unas vallas, aburridos, sin mucho que cuidar; las posibilidades de pelea con hinchas de El Bolso son pocas y el humo agridulce en este país es legal. “¡Grande Pepe Mujica!”, grita alguien con el porro levantado y humeante. Este tipo de antesala se presta mucho para la recocha. Compatriotas reunidos en tierra ajena, al aire libre y unidos por una misma causa: alentar al equipo hasta que gane y aunque pierda. Una fiesta.

De pronto llegan a la tribuna dos señores bien vestidos y recién peinados, con camisetas originales del Nacional. Edgardo lo nota y va a saludarlos, a soltarles el discurso. Otros pelados se acercan a chocar esos cinco verdolagas. Ser hinchas del mismo equipo y estar a miles de kilómetros del país les da autoridad para saludar a quien sea y pedir la colaboración de rigor. Uno de los sujetos se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón, saca un billete de un dólar y se lo entrega a uno de los hinchas. Felicidad. No lo puede creer, lo levanta y lo mira contra la luz. ¡Un dólar! Al parecer los señores también vinieron preparados porque el otro repite el movimiento: mete la mano al bolsillo y saca otro billete para ligar a Edgardo.

Minutos más tarde es nuestro turno. Por un lado aparece Santiago con un tubo de cartón que simula una mano rodeada de pulseras rastas y de otros estilos. El pelo brota generoso de su cachucha y cae lacio en sus hombros. Es de Bogotá y tiene cara de niño. Nos cuenta que salió de Colombia en agosto del año pasado con dos amigos y aún no tienen planes de regresar. Han acompañado al Nacional en Copa Suramericana y Libertadores, y quieren estar en el Mundial. Viajan en camión y a veces pagan pasaje en bus. Viven de vender manillas, dulces, “lo que sea”. Pueden pasar semanas e incluso meses entre partido y partido. Están sometidos a un calendario que los puede poner a viajar de Lima a Sao Paulo en ocho días. Y casi siempre duermen donde los barristas de otros países, con quienes tienen contacto por Facebook.

“Los de Gremio nos prestaron dos casas para que durmiéramos todos. Los de Colo Colo y los de Alianza Lima en Perú nos han recibido. Con los de Banfield o Nueva Chicago en Buenos Aires siempre tenemos donde llegar; pero, por ejemplo, en Bogotá no nos la llevamos bien con la gente de Racing, y Los del Sur de Medellín sí la van bien con ellos, ahí es diferente”. Sobre los demás hinchas verdes, dice que son varios grupos los que viajan y unos llevan más tiempo que otros. En sus banderas está escrito el lugar de donde vienen: Ipiales, Bogotá, Armenia, Ibagué, Manizales. Hay algunas mujeres pero la mayoría son hombres. Mi ojímetro dice que ninguno pasa de los veinticinco años.

Pero no todos los hinchas están viajando en gallada. Muy cerca de nosotros hay una parejita que vino desde Buenos Aires, según escuchamos son estudiantes universitarios y viven allá. La chica está sentada con un taco de galletas de soda en su regazo. El novio habla con un amigo. La chica tiene frío, puedo ver erizados los pelillos rubios de su brazo. Abre las galletas y se come una. Le ofrece al novio y al otro tipo. Atraídos por la envoltura y el crujido, aparecen como gallinazos cuatro hinchas y piden con decencia su galleta. Llega otro, otro y otro hasta que se viene un combo. El taco de galletas se cae al suelo. El novio lo recoge y mira a la chica.

—No, pues dales —dice ella resignada.

Atacan el taco como si fueran pirañas y las últimas galletas se vuelven polvo por los manotazos de los últimos hambrientos. La espera es cada vez más amena. Al rato, un corrillo de último minuto nos hace mirar para arriba de la tribuna. Varios hinchas se reúnen en torno a Edgardo, que mira hacia abajo.

—¿Qué pasa, qué hay? —le gritan.
—Confites —responde Edgardo con malicia.

Algunos pelaos suben apresurados al corrillo. Los “armados” y las “ruedas” se despachan en cinco minutos. De esa manera algunos embolatan el hambre, el frío y la vida. La tribuna es una porción de Colombia en tierra lejana.

***

Marcelo nació en Montevideo, es un baterista de pelo largo y pañoleta. Tiene unos cuarenta años y hace veinte se cansó de todo; agarró sus cosas, sus seis perros y se metió en un Volskwagen escarabajo. “En un fusquinha“. Se vino para Chuy y vive aquí desde entonces. Trabajó como mesero e hizo mil cosas, pero ahora tiene un puesto de comidas rápidas al borde de la carretera. Empezó con un carro de hamburguesas, pero se le creció el negocio y tuvo que meter el carro en un local con mesas y ayudante. Mientras nos prepara una empanada de humita, Marcelo, que no pierde oportunidad para reírse de su propio humor, trae a colación el chiste de los mandatarios reunidos en México que se van a tomar un tequila y el presidente de Colombia esnifa la sal. Ríe hasta el fondo dejando la boca abierta, buscando complicidad con la mirada. No puede parar de hablar, debe estar acostumbrado a conversar con forasteros. Cuenta que gozó como nunca con el cinco-cero a Argentina. Luego, antes de su próxima estocada, se asegura de que no seamos hinchas del América.

“No te imaginás lo que disfruté el gol de Aguirre, no porque tenga nada contra el América de Cali sino por Falcioni. Ese día que Peñarol le ganó la final de la copa, después del gol, Aguirre le decía a Falcioni en el suelo: ‘baboso, sos un baboso’. Los argentinos son unos babosos, che”, dice Marcelo. Después de una pausa, en la que la humita entra a la fritadora, vuelve al ataque. “Hace poco pasaron por aquí otros colombianos, hinchas del Atlético Nacional… Divinos”.

En el par de días que estuvieron en Chuy los hinchas verdolagas se esforzaron para que no los olvidaran. Entraron de manera ilegal, sin documentación, y los que la tenían ni siquiera hicieron sellar sus pasaportes. Cuenta Marcelo que robaron un supermercado y algunos locales de la Avenida Brasil, una doble calzada que funciona como frontera y zona comercial libre de impuestos. Eran entre diez y doce pelaos. Ya entendemos por qué una vendedora de ropa nos miró con miedo y desconfianza cuando le preguntamos dónde quedaba la Terminal. En este pueblo pequeño y caliente, donde todo existe en función del movimiento fronterizo, el paso de la tropa colombiana fue como el de unos piratas de otro mundo.

Un vendedor de panchos nacido en Chuy, con aspecto de beatle, sesentón, pelo sobre las orejas y capul, también se alertó cuando nos escuchó el acento. Era de noche y hacía unos minutos había sacado su carrito de perros a la calle. Cuando le dijimos que éramos colombianos alguna cosa le tuvo que haber apretado el pecho. Su trato era cercano pero cortante, como midiendo el aceite. “¿Qué le echás al pancho?”. “Mostaza, salsa de tomate y papitas”. “Ahora está de moda la papita, la papita, todos quieren con papita”. Mientras preparaba los panchos, y después de cerciorarse de que éramos un par de viejos casi como él, dejó salir su indignación y sus quejas.

“Está muy mal lo que hicieron sus compañeros, yo sé que ustedes no tienen que ver, pero estos colombianos son una plaga, se metieron con la gente, robaron el supermercado, se drogaron en el parque, todo mal”. Estaba tan descompuesto “el beatle” que logró hacernos sentir culpables. En cambio para los hinchas nómadas pasar una noche en el calabozo con golpiza incluida fue una anécdota más de sus aventuras por el continente. Las imágenes del noticiero charrúa mostraban piernas moradas, contusiones en los brazos, pieles enrojecidas. Lo que se sabe es que doce policías uruguayos los retuvieron sin orden judicial y los adentraron cien kilómetros hasta el peaje Garzón. En algún momento se produjo el maltrato y los hinchas denunciaron con Edgardo como vocero. Varios policías fueron procesados, al igual que dos colombianos sindicados de robarse un chaleco y un aparato de comunicaciones de la comisaría.

Marcelo tiene razón: divinos, unas bellezas todos. Antes de que salgamos de su local, con la humita empacada, hace el último chiste: “¿Y no me trajiste nada de Colombia?”, y suelta una carcajada, otra vez la boca abierta un rato, buscando complicidad con la mirada, y remata el número con la mano cerca de su nariz, simulando que se da un pase. “Chao querido”.

***

No sé de dónde diablos sacó un hincha verde un cubito de hielo pero lo extrajo de su boca y lo lanzó con fuerza a la tribuna vecina, donde está la gente del Nacional uruguayo, a unos quince metros. Separadas por una franja de vallas y robocops, las hinchadas se alcanzan a gritar cosas y se retan con gestos entre pendencieros y burleteros. Edgardo recoge sus brazos y aletea como un ave. “¡Gallinas hijueputas!”, les grita ante la impavidez de los policías. “¡Sicarios colombianos!”, responden desde la otra orilla. La barra brava rival está al frente, lejos, con la cancha de por medio, y aun así opaca los cantos verdolagas con sus coros y tambores. Pero aquí no se para de cantar en medio de la fumata y la alharaca. La espera y la noche traen hambre y sed pero no hay opciones ni de pegarse de una canilla. La fiesta está prendida, han llegado más hinchas y calculo que en total somos ciento cincuenta. Hoy hay que ganar como sea y la hinchada lo refleja.

Tres flacos blancos e imberbes suben a lo alto de las gradas para tomarse una foto, tienen una bandera que dice “Poto”.

—¿Quién es Poto, un parcero?
—Es el barrio de nosotros, queda en una colina en lo más al sur de Bogotá.
—Parce, ¿y qué, se siguen para Rosario?
—Volvemos a Brasil y ahí viajamos a Rosario, acá nos va mal: de diez personas a las que le pedimos una nos da; allá en Porto Alegre nueve de diez nos dan. Nos podemos hacer cien reales en un día”. Y sentencia: “Póngale cuidado que la Copa Libertadores nos va a dejar en Brasil, listos para el Mundial.

Los rolos vuelven a la parte baja. En ese momento, un señor de delantal entra a escena con una canasta cubierta con una tela delgada. Adentro lleva unos pasteles humeantes de carne y de queso, unificados en bolsas listos para ser consumidos. Son como una hojuela redonda y rellena del tamaño de una arepa clásica. A Edgardo casi se le salen los ojos cuando los ve. Bastan unas miradas para que sus amigos rodeen el vendedor y pregunten por precios, receta y sabores. El señor responde con la canasta en la mano mientras Edgardo, agazapado atrás, intenta robar un pastel. Operan con una seguridad y una pericia innatas. Después de varios enviones, en los que los dedos de Edgardo apenas rozaban las bolsas, logran el raponazo. En menos de un segundo el pastel ya está en manos de otro compinche. El vendedor lo sabrá más tarde, cuando cuadre caja. Se da media vuelta y sale, nadie le compra, unos por no tener plata y otros por no atraer a las hienas. Miro hacia atrás y Edgardo tiene la boca llena, cagado de risa no puede masticar bien el bocado que le sacó al pastel. Los otros también disfrutan del botín y se chupan la grasa que les queda en los dedos. Tribu que una noche caza junta pero a la siguiente no se sabe.

Cuando salen los equipos al gramado, buena parte de los hinchas, sobre todo los viajeros, bajan y forman un núcleo de aliento. Los veo saltar y cantar. Hay uno en silla de ruedas que bajan y suben en hombros. Al minuto 65 celebrarán a rabiar un gol de Cardona a pase de Medina. Cuando se acabe el partido, mientras espera media hora a que salga la gente de El Bolso, Edgardo bailará en su puesto, feliz por el triunfo de visitantes. Otros hinchas les gritarán cosas a los rivales que salen con la mirada en el piso. No habrá ningún tipo de incidentes afuera del estadio. Caminando me daré cuenta de que me sobró un puñado de monedas. Caminando pensaré que no las necesitan. Son unos sobrevivientes entusiastas, de espíritu aventurero y suicida, dispuestos a hacer lo que tengan que hacer para seguir acompañando al equipo que llevan en sus trapos y en su cuero duro.



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