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El negocio de la adicción en la triple frontera amazónica

por JUANITA VÉLEZ Y BRAM EBUS • Ilustraciones de Laura Alcina

Amazon Underworld* y La Liga Contra el Silencio Julio de 2026

En la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil, el avance del narcotráfico ha transformado el consumo de drogas en una crisis de salud pública que golpea especialmente a las comunidades indígenas. Jóvenes Tikuna y Cocama son reclutados como mano de obra para los cultivos y laboratorios de coca en Perú, mientras otros reciben pasta base de cocaína como pago o lo consiguen en puntos de venta dentro de sus comunidades, alimentando un ciclo de adicción, violencia, suicidios y exclusión social.

“Nazareth tiene que cambiar, Nazareth tiene que mejorar”, dice con un micrófono una líder indígena, en un salón desocupado por el que pasa un perro bostezando. La voz sale por un parlante por el que la gente de esta comunidad indígena de 1 080 habitantes en la Amazonía colombiana, y de las etnias Tikuna y Cocama, se entera de todo lo que pasa aquí: los horarios de las clases de danza, las jornadas de atención en salud, los anuncios de reuniones políticas, y los suicidios.

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“Me estaba volviendo loca. En 2020, de enero a junio, todos los meses hubo un caso (de suicidio) y todos los meses nos enterábamos por ese parlante”. Quien habla es Geni Catachunga, promotora de salud hace 11 años en la comunidad. Mientras lo cuenta, enumera con los dedos los suicidios, pero no le alcanzan. Van doce. Todos jóvenes.

Según datos de la Secretaría de Salud de la Gobernación de Amazonas, en todo el departamento los intentos de suicidio aumentaron de 63 en 2021 a 100 en 2024 y otros 100 en 2025. En lo que va de este año se han contabilizado 43 casos. 

Catachunga, de pelo negro recogido y bata azul, cuenta que los jóvenes no tienen mucho en qué desempeñarse ni entretenerse y que a veces tampoco tienen el apoyo de sus padres. Está sentada en una mesa de madera en toda la entrada de una casita blanca, de marcos azul cielo, donde funciona el puesto de salud de Nazareth. Al lado de la mesa hay una puerta rodeada de carteles: a la derecha, un letrero que dice “Wechikaru” en lengua tikuna;  abajo, otro en el que se lee “Consultorio”; arriba, un cartel con el título “¿Sabes qué es la salud mental?”; y, a la izquierda, otra cartelera que comienza con “Ruta de atención de consumo de sustancias psicoactivas”. 

Consultorio de salud en Nazareth, una comunidad indígena de la Amazonía colombiana. Foto: Juanita Vélez.

Un estudio de 2020 del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar señala que el principal factor de riesgo asociado a la conducta suicida de niñas, niños y jóvenes en Nazareth es el choque cultural con el mundo occidental, en el que se ven “atraídos por las lógicas de consumo y acumulación” y algunos recurren al “dinero fácil” para cubrir las ‘necesidades’ que les son implantadas. “Trabajan en actividades ilícitas afines a la venta de sustancias psicoactivas, mal pagas, que les generan afectaciones en su bienestar físico y emocional”, indica el informe. Catachunga agrega que, además, algunos casos han presentado signos de violencia intrafamiliar y abusos sexuales.  

Los jóvenes de Nazareth consumen bazuco —una sustancia psicoactiva compuesta principalmente por alcaloides de la hoja de coca y también conocida como pasta base de cocaína—, y marihuana que consiguen en Leticia o con gente que no es de la comunidad y ha llegado a venderles ahí mismo; o gasolina, que se roban de las lanchas que se parquean al pie de un puente para después olerla. 

En la triple frontera entre Colombia, Perú y Brasil, ver a los ojos a muchos de estos jóvenes indígenas con consumo problemático es ver la cara más vulnerable de una cadena de suministro de drogas que ha convertido al río Amazonas en una de las principales rutas de narcotráfico hacia Europa y un mercado en el que cientos de indígenas ya no son únicamente mano de obra para el narcotráfico, sino usuarios que se estrellan con un sistema de salud muy precario para atender sus adicciones.

El problema está estrechamente relacionado con el aumento de cultivos de hoja de coca y de laboratorios para su transformación en Perú, donde narcos peruanos y colombianos y grupos criminales brasileños controlan plantaciones a las que van a raspar la hoja familias indígenas que viven regadas sobre el río Amazonas y a quienes, en algunos casos, les pagan con pasta base de cocaína que consumen o revenden en sus comunidades para compensar por la inversión del tiempo de trabajo.

El auge del consumo también se ve en que ya hay “ollas” o puntos de venta de drogas en comunidades indígenas. Raymundo Fernández, líder comunitario y coordinador de la guardia indígena de Azcaita, que agrupa a diez comunidades indígenas en Amazonas cuenta: “Estamos queriendo hacer un trabajo articulado con las fuerzas militares para combatir esta problemática que se nos ha metido dentro de la comunidad”. 

Explica que los jóvenes consumen o “se prestan para hacer venta de drogas de personas exteriores que vienen a proveerles a ellos para hacer esta distribución dentro de las comunidades. Al meterse en eso ya no pueden salir porque son amenazados por las personas que les proveen”. La situación es tan crítica que ya tienen jóvenes indigentes, dice.

A diciembre de 2025, en las calles de Leticia había 224 habitantes de calle, 37 más que en 2024, según datos de la Secretaría de Salud Departamental. De ese total, 35 % son indígenas, la mayoría hombres jóvenes, en medio de un microtráfico controlado por Comando Vermelho (CV), según confirmó un oficial de seguridad. Este poderoso grupo nació en la prisión Cândido Mendes de Río de Janeiro hace 50 años y su presencia se ha extendido por Brasil y países vecinos. El gobierno de Estados Unidos lo designó el 28 de mayo como organización terrorista.

De Colombia a Perú

Entre varias comunidades indígenas amazónicas de Colombia hay un lugar conocido en Perú por ser uno de los epicentros de cultivo y producción de coca: Bellavista. Es un poblado indígena Tikuna que hace parte de la provincia Mariscal Ramón Castilla en la región de Loreto y que, según datos del más reciente informe publicado en junio de 2025 por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), es la tercera comunidad nativa con más hectáreas de hoja de coca en ese país. Pasó de tener 307 hectáreas en 2020 a 786 en 2024.

A Bellavista llegan familias indígenas de Colombia a trabajar en plantaciones de coca. Las mujeres, por lo general, van a cocinar los almuerzos que les dan a los hombres, papás e hijos, que raspan la hoja y que se quedan a dormir por varios días. También suelen ser explotadas sexualmente. Según Jonatas Soares, comandante del Octavo Batallón de Policía Militar en Tabatinga, municipio brasileño que limita con Leticia, quienes mandan en Bellavista son dos líderes de CV: alias ‘Lobo’ y  ‘Meia Noite’. 

“Tenemos esta hegemonía del CV y el mando brasileño tiene su sede en Bellavista. Cuando hablo de «mando», me refiero al brazo más operativo de la facción —la parte de la producción, la logística— porque la parte financiera es toda una maraña de empresas involucradas en el blanqueo de capitales”, explica el comandante. Según sus cálculos, el negocio para el CV —que ha logrado imponer un control total negociando con narcos peruanos y controlando quién puede comprar en la región y quién no— es redondo: un kilo de coca que compran en Bellavista a US $300 se vende en las calles de Europa a 22,600-41,800 euros.

Para lavar la plata, el CV no solo financia la minería ilegal de oro en ríos como el Puré (que comparten Brasil y Colombia), y más recientemente el Juruá (que nace en Perú y atraviesa la Amazonía brasileña), o compra directamente oro a los mineros. También blanquean mediante el negocio del pirarucú, el pez de agua dulce más grande del río Amazonas, que se comercializa legalmente. “Coges ese dinero ilegal del oro, lo cambias en la casa de cambio, lo conviertes en reales… y ya, está limpio”, explica Soares. 

Los viajes que muchos indígenas colombianos hacen para raspar y “quimiquear” —como le dicen coloquialmente a ir a trabajar a los laboratorios de procesamiento de la hoja de coca— en Bellavista y en otros poblados peruanos como Islandia o Santa Rosa, pueden no tener regreso. “Acá no vamos por miedo, porque la gente que va a raspar le pagan y después la matan. Vemos personas muertas en el río y sabemos lo que es”, cuenta Geni, la promotora de salud. 

Un joven de Nazareth, a quién protegemos su identidad por seguridad, dijo que sí hay muchachos que han ido a Perú a raspar. “Algunos sí aceptan ir a lo de la raspa, otros aceptan ir a la cosa más grande, donde la cocinan”, dijo. Otro joven de 26 años, que prefiere no ser identificado, dijo que le han ofrecido, pero que no va. “Tengo distinguidos (amigos) de otros lugares que han ido y me dicen que no vaya. Termina uno metido con delincuencia y si robas algo, te buscan hasta encontrarte o te quedas ahí en la olla”. Pero vayan o no, jóvenes de esa y otras comunidades indígenas terminan metidos en una adicción que han intentado tratar en Leticia.

Cura y enfermedad

Juan* tenía 13 años cuando comenzó a fumar marihuana. Vivía en La Pedrera,  una población indígena amazónica a orillas del río Caquetá, cuando llegaron a reclutarlo hombres del Estado Mayor Central, una disidencia de las antiguas FARC-EP. Su abuela, que lo mantiene desde que su mamá murió, recuerda que un día los disidentes estaban felices porque se llevaron a 15 niños y armaron una fiesta para celebrarlo. Miembros de este grupo suelen acercarse a los jóvenes mientras juegan fútbol o están en la calle y les ofrecen algo de tomar y de comer, o plata, y así los enganchan para que trabajen transportando marihuana o pasta base de cocaína.

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Pero Juan no quiso irse, así que recibió un ultimátum: tenía 24 horas para desaparecer de su pueblo. Su abuela lo trajo a Leticia para que escapara y, por medio de la Institución Prestadora de Servicios de Salud (IPS) Indígena Mallamas, terminó en la IPS Nuevo Amazonas. Su representante legal y gerente es el médico psiquiatra Henry Esteban Porras, un leticiano que estudió su carrera en Bogotá, regresó a atender consultas en psiquiatría básica y creó la IPS en una casa abandonada donde antes estuvo el prostíbulo “Conejitas Show”. “Fue un burdel muy ambicioso que fracasó (…)”, dice Porras sentado en su oficina en la que tiene tres diplomas de la Universidad Javeriana colgados en la pared, un MacBook Air y pocos adornos más. 

Cuenta que cuando el centro abrió sus puertas, en 2017, implantaron el “modelo de comunidad terapéutica” en el que los rehabilitados orientan a los demás, con jerarquías entre los recuperados y los pacientes. En sus palabras: “utiliza estrategias de terapia de choque, muy aversivas y a veces humillantes, usadas para que dejen de consumir sustancias, por ejemplo, le ponían carteles a los pacientes, o usaban mucho lo de echar agua, el baldado de agua. O hacer flexiones, como si fueran militares”.

Jeffrey González, médico psiquiatra con especialización en adicciones y salud pública, explica que los tratamientos de comunidad terapéutica nacieron en los setenta, y que “buscan rehabilitar más el comportamiento que la enfermedad o trastorno. Hace mucho tiempo la ciencia entendió que no rehabilita necesariamente la conducta de una persona con trastorno de consumo de sustancias porque rehabilitar la conducta no es lo único necesario sino que también se tienen que tener en cuenta factores biológicos, psicológicos y sociales más allá de conducta”. 

Según Porras, el centro dejó de usar ese modelo en 2018. Ahora tiene un equipo de tres psicólogas, una trabajadora social y una terapeuta ocupacional, con las que aplican, según él, un “enfoque biopsicosocial, basado en teorías y terapias de prevención de recaídas, la intervención familiar y la rehabilitación social y comunitaria, con un enfoque de derechos humanos”. Pero Amazon Underworld recogió siete testimonios de jóvenes que han estado en ese centro desde 2020 o de sus familiares, y la mayoría denuncian maltratos. Juan*, por ejemplo, entró al centro en 2024 y cuenta que le gritaban.

“A uno no, sino al adicto que uno tiene adentro, le gritan que el adicto que uno tiene adentro es el que se comporta mal y molesta y roba y todo eso”. 

Recuerda también que a veces lo dejaban “un día encerrado, porque uno molestaba, porque uno le gritaba al líder (…) lo dejaban a uno sin mecato (snacks o alimentos ligeros), sin llamadas, sin visitas”.

La mamá de Pedro*, un joven tikuna que estuvo en ese centro en 2022, dice que fue a visitar a su hijo después de un mes de que estuviera allí y que él le contó que los hacían dormir en ropa interior en una colchoneta en un cuarto aislado y que a algunos compañeros a veces los golpeaban como “castigo”. El papá de Víctor*, quien estuvo tres veces en el centro, también cuenta que a su hijo lo hicieron dormir desnudo y “le echaban agua”. “Cuando yo encontré esta cruda realidad yo paré de mandar jóvenes ahí”, dice.

Ramiro*, otro joven de 26 años, relata que terminó metido en su adicción cuando le vendía balas a un miembro del Comando Vermelho a cambio de pasta base de cocaína. En 2022 decidió entrar al centro para evitar que lo persiguieran. Aunque dijo que él no se sintió maltratado, habló del caso de un joven que fumó marihuana en el centro. Según su testimonio, el “castigo” fue encerrarlo en ropa interior en un cuarto con un colchón y hacer planas en un cuaderno que decían “no debo fumar marihuana, no debo fumar marihuana en el centro”. “Ese castigo es normal ahí adentro. Todo el que la embarra, el que pelea, el que roba, tiene castigos allá, el que toca las cosas de los demás, el que hace algo malo, digamos”.

“El chico llegó y me dijo, mamá, yo me fui porque no me gustó el espacio, lo maltratan a uno psicológicamente”, dice otra entrevistada que no identificamos para proteger su identidad. Luego, mandó a otro hijo que también se terminó escapando del centro. “Viví maltrato cuando intenté escaparme la primera vez. Me dieron tres pastillas de 100 miligramos, en total 300 miligramos. Yo me sentía en coma y ahí me dio rabia. Me quedé paralizado, la mitad de mi cuerpo no funcionaba, pero el cerebro estaba activo y pensé: ‘Me recupero y brinco esa reja para largarme de aquí’”, dice Octavio*, quien efectivamente logró escapar del centro. Su mamá pensó en demandar al centro. 

“¿Por qué se fueron los muchachos? ¿Por qué no me los entregaron sanos?”, se pregunta la mujer.

Porras reconoce que en los últimos años sí han recibido quejas de un trato considerado por los pacientes como injusto o agresivo, pero aclaró que “en general, quejas de maltrato no. Muy poco. Reconozco mi cuota y los errores que se han podido dar en mi institución”. 

“Nosotros teníamos un cuarto de reflexión que era una habitación donde si estás muy agresivo, te quedas ahí, pero eso lo acabamos más o menos antes de la pandemia”, dice Porras. Según él, tener ese “cuarto de reflexión” fue una herencia del modelo terapéutico, pero afirma que se acabó, que hoy se llama habitación 5 y es un cuarto normal. También dice que usar ese cuarto “no era una metodología de castigo, era de control de agresión, de agresividad”. 

Frente al porqué muchos jóvenes que van al centro no se recuperan, Porras dice que “aunque tú intervengas a la población que tiene patología adictiva grave, las tasas de recuperación rara vez superan el 60-50 %, y depende mucho de las características de la patología. Nosotros técnicamente en el Amazonas no tenemos modelos de atención en masa para población con adicciones”. También admite que a veces el mismo personal ha sido una fuente de peligro y le ha tocado despedir gente. “Yo tuve que despedir a un celador porque después de que los pacientes salían del proceso los contactaba y les ofrecía prostituirse”.  

Porras también es señalado por ser sobrino de Evaristo Porras, el famoso narcotraficante, jefe del Cartel del Amazonas, que murió en 2010. “Yo te puedo decir que mi comunidad no me ha maltratado por ser el sobrino”. Dice que vio a su tío una vez, cuando tenía cinco años, porque “toda mi infancia estuvo preso. (…) En Colombia, ¿quién no tiene un familiar que no haya tenido que ver con el narcotráfico? Ese estigma me parece muy desgraciado”, dice.

Otras fuentes consultadas también lo señalan de ganarse un contrato —en octubre de 2024 hasta el 30 de enero de 2025 por 4 465 millones de pesos (casi un millón de dólares), el más alto que ha firmado esta IPS con la gobernación— por ser familiar de Ramiro León, pareja de la congresista liberal Karina Bocanegra, una poderosa política del departamento, que le hizo campaña y es aliada del actual gobernador Óscar Sánchez.  Ese contrato fue firmado para crear y fortalecer redes de apoyo en salud mental, capacitar a las comunidades, y hacer pruebas de tamizaje en Leticia, Puerto Nariño y las áreas no municipalizadas del departamento, con la idea de que de ahí saliera un estudio de salud mental, por distintas edades, que sirviera de insumo para la gobernación y que encuestó a más de 10 mil personas. Porras dice que se ganó ese contrato porque fue el único que se presentó, por ser la única IPS de salud mental. 

Aunque la gobernación le giró a la IPS un anticipo del 50 % (2 232 millones de pesos), solo ejecutó 1 835 millones, por lo que la IPS tuvo que devolverle casi 397 millones de pesos a la gobernación. Sandra Viviana Arias, profesional a cargo del programa de salud mental de la gobernación y supervisora del contrato, dijo a Amazon Underworld que la IPS solo se gastó esa plata porque “el contrato solo se ejecutó en todas las comunidades indígenas de Leticia y Puerto Nariño, pero no se llegó a todo el departamento por los tiempos. Por eso no se pagó completo”.  Porras dice que “presupuestalmente la operación fue más económica de lo que se había proyectado. Cubrió todo el trapecio amazónico, que concentra el 70 % de la población del departamento, pero no cubrió el área no municipalizada y fue más económica por eso”. 

Otra opción de muchos jóvenes en la triple frontera con problemas de consumo es entrar a fundaciones religiosas en las que, a punta de fe en que un ser superior los va a ayudar a curarse, le apuestan a otra salida.

Gloria a Dios

“Dios los bendiga muchachos. Digan gloria a Dios”, dice el pastor Arley Tavares, fundador en Brasil de la Fundación Cristiana Rescatados por su Sangre, que se presenta como una organización sin ánimo de lucro que nació en 2010 en Fusagasugá, un municipio cercano a Bogotá. Según su página web, la fundación ofrece “procesos de formación y restauración para los habitantes de calle, en concordancia con trabajo profesional en busca de la integralidad del hombre”. Su enfoque es la teoterapia, una práctica de tratamiento para el consumo de sustancias psicoactivas mediante la predicación del evangelio de Cristo. 

Tavares es colombiano y se presenta como un rehabilitado que duró 27 años en las drogas. Se pasea por la sede de la fundación, ubicada en un barrio bajo control del Comando Vermelho en Tabatinga, que antes era una olla de consumo de drogas Mientras habla, camina hacia un patio en el que hay cuatro hombres, todos con un carnet de la fundación colgando de sus cuellos, que responden en coro apenas lo ven: “Dios lo bendiga”.

“Estos muchachos acaban de llegar de hacer una colecta de alimentos”, dice. “Yo aprovecho de verdad para decir que este es un trabajo con amor, con cariño. Aquí es voluntario; ninguno está obligado”, dice mirando a la cámara. “Aquí nos hablaron de la palabra de Dios y gracias a Dios escuchamos de esta fundación porque Dios es el que cambia y aquí estamos”, señala uno de los muchachos. 

Bajo la frase bíblica “nada es imposible para Dios”, la fundación hoy tiene más de 40 sedes, la mayoría en Colombia, pero también en Ecuador, Brasil y Panamá. A Leticia llegó en 2016, a una casa muy cerca de la IPS Nuevo Amazonas. Según Tavares, allí llegaron a atender hasta 2019 a 110 personas, cuando cerraron las puertas de la Fundación en Leticia para abrirlas en Tabatinga.

Dos funcionarios públicos de Leticia que pidieron no ser citados dijeron que la Fundación cerró sus puertas porque los tenían en la mira, señalándolos de traer personas de otras regiones del país para que entraran a su fundación, algo que Tavares niega. Desde la Secretaría de Salud de la Gobernación de Amazonas respondieron que la fundación no está registrada, por lo que no pueden dar información sobre las razones por las que dejó de funcionar en Leticia. 

En 2019 llegaron a Tabatinga en medio de una guerra a muerte entre organizaciones criminales en Brasil. Por un lado estaba el grupo Os Crías, que recibía el apoyo de Primeiro Comando da Capital (PCC), que surgió en una cárcel de Sao Paulo, y por otro el Comando Vermelho (CV). En 2023, el CV ganó esa guerra y ahora controla varios barrios de Tabatinga, incluyendo el barrio donde está ubicada la fundación. En las paredes de las casas vecinas se pueden ver grafitis con las siglas CV. 

Siglas del Comando Vermelho en una pared de un barrio en Tabatinga, Brasil. Foto: Bram Ebus.

En Brasil es conocido que Comando Vermelho les da como única ruta de salida a los jóvenes que hacen parte del grupo que entren a iglesias. “No hay un vínculo institucional, ninguna iglesia está vinculada formalmente con CV, eso no existe”, explica Soares, el comandante del Octavo Batallón de Policía Militar en Tabatinga. “Lo que existen son normas internas de CV que establecen que si alguien quiere dejar la delincuencia solo puede marcharse acudiendo a una iglesia. Pero acudir a la iglesia y vivirla de verdad (…) pero si luego lo pillan consumiendo drogas, bebiendo alcohol o llevando una conducta incompatible con alguien que camina en la palabra del Señor, lo matan”. En Benjamín Constant, un poblado brasilero a 20 kilómetros de Tabatinga, hay líderes de iglesias evangélicas que fueron antiguos miembros del CV, como lo documentó El País América.

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Esta relación informal de las iglesias y los grupos, que no está por escrito, pero se cumple como si lo estuviera, es algo que también se vive en la cárcel de Tabatinga. Según Walmir Barbosa, coordinador de la Pastoral Carcelaria de la Diócesis de Alto Solimões, “a los que van a la iglesia, los que cambian de verdad, los dejan en paz. Se llama la ‘celda de la bendición’”.

Tavares llegó a fundar Rescatados por Su Sangre en medio de ese complejo territorio y dice que con el CV “no tenemos problema porque la fundación es muy conocida. ¿Qué nos piden ellos? En caso tal de que llegase a presentarse, es como la policía, ¿que me pide a mí la Policía Federal? Que los muchachos no me hagan daños, que haya un buen comportamiento, que haya un buen testimonio (…) No nos concentramos tanto en si ellos están o comandan una zona porque la verdad no es de nuestra competencia”.

A Rescatados por Su Sangre lo han señalado en Leticia y Tabatinga por ser la “fundación del maní” porque sus miembros venden maní en las calles, en el puerto de Leticia, algo que algunos pobladores ven como una forma de exponerlos, porque terminan obteniendo dinero con las ventas en zonas en las que es fácil conseguir drogas. Pero Tavares explica que lo hacen para sostenerse.

—“La fundación no solo vende maní y toda fundación lo vende, no sólo ésta”.

¿No cree que la venta los expone?

—“Puede ser, claro que sí, pero no tenemos de otra manera. ¿Quién paga el arriendo de esta casa? Si la familia de él no paga una mensualidad, entonces, ¿cómo hacemos para sostener la casa? ¿Cómo hacemos para sostener el arriendo de la sede?”.

Puerto de Leticia, sobre el río Amazonas. Foto: Bram Ebus.

En este embarcadero es normal ver jóvenes que venden maní y que llevan carnets con el nombre de la fundación. Lo venden, según uno de ellos, a 2 000 pesos (0,50 dólares) el paquete, 500 para ellos y 1 500 para la Fundación. “Ganamos 500 pesos por maní, es como un trabajo tanto para mí como para la obra”, dice uno de ellos. “Ellos lo mandan para diferentes lugares donde se abren más sedes para que sostengan y paguen un arriendo”, agrega, refiriéndose a la plata que debe darle a la fundación. 

En las comunidades indígenas de la triple frontera amazónica, a miles de kilómetros de los puertos europeos donde un kilo de cocaína puede venderse por decenas de miles de dólares, la riqueza que genera el narcotráfico nunca llega. 

La crisis de consumo a la que se enfrentan no es solo una consecuencia del narcotráfico, también es parte de su funcionamiento. Las mismas comunidades indígenas que han sido utilizadas para cultivar, transportar o procesar coca, hoy se han convertido en un mercado para las drogas que circulan por el río Amazonas. Mientras las organizaciones criminales consolidan su negocio y su poder, los jóvenes indígenas cargan con el costo más alto: quedan atrapados entre el reclutamiento, el consumo y la violencia. Hasta hoy, las respuestas estatales siguen siendo insuficientes.

Pero incluso en medio de ese escenario hay quienes intentan romper el patrón. Promotoras de salud como Geni Catachunga siguen recorriendo las comunidades para identificar a tiempo a los jóvenes en riesgo. Líderes indígenas organizan guardias comunitarias para impedir la entrada de expendedores de droga. Familias y comunidades intentan evitar que sus hijos crucen el río hacia los cultivos de coca en Perú.

Son esfuerzos pequeños frente a economías criminales que mueven millones de dólares y atraviesan países. Sin una respuesta estatal sostenida, difícilmente serán suficientes frente a un problema de salud pública sin respuestas basadas en prevención y reducción de daños. Pero muestran que, en la Amazonía, la disputa no es únicamente por el control de las rutas del narcotráfico: también lo es por el futuro de comunidades enteras.

*Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las fuentes.

*Amazon Underworld es una alianza de periodismo colaborativo que investiga las tendencias del delito transfronterizo, economías ilícitas y sus impactos en el medio ambiente y las comunidades amazónicas, y está integrada por Armando.Info (Venezuela), Al Margen (Perú), InfoAmazonia (Brasil),  La Liga Contra el Silencio (Colombia) y RAI (Bolivia).

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Rojas, verdes y amarillas

por OSCAR IVÁN MONTOYA LOAIZA • Fotografías Archivo LOS NIÑOS FILMS

Número 148 Marzo de 2026

Pepos es una película visionaria por sus procedimientos cinematográficos, precursora en su modelo de producción, única en su insólita mezcla de documental y ficción. Fue estrenada en 1984 en el Festival de Cine de Cartagena, para luego desaparecer durante casi cuarenta años, sin apenas dejar rastro. Es una película legendaria en la medida en que muy poca gente la conoce. Pepos es el retrato en colores estridentes de una generación aturdida y confusa, en perpetua huida de sus familias, de sus colegios, de sus improbables trabajos. Una especie de tribu urbana que tenía entre sus actividades favoritas consumir toda clase de sustancias estimulantes, entre las que privilegiaba las drogas psiquiátricas utilizadas con fines recreativos: mandrax, Nembutal, diazepam, Rubinol, mefedrona, benzodiazepina, metacualona, paroxetina, muchas veces en salvaje mixtura con alcohol, cocaína y marihuana, que derivaban en reacciones impredecibles, entre las que eran muy comunes los viajes sin regreso.

Su director Jorge Aldana, un cineasta en cierto modo anarquista, se inspiró en estos jóvenes empepados para realizar su película: “La hicimos porque ningún cineasta les había puesto atención a los jóvenes roqueros que deambulaban por la ciudad. Y decidimos partir de la historia de una amiga. En esa época hubo mucha gente loca que se quedaba en viajes y en cosas muy fuertes. Mi amiga acabó en una clínica psiquiátrica. Ella nos dio el impulso inicial. Fue la musa de la película”.

Pero más allá de un largo catálogo de pastillas, de malos viajes, o de comportamientos desquiciados, Pepos es importante en la historia de nuestro cine porque es una película reivindicativa de un estilo de vida, por más desastroso que parezca, que rehuyó la estética miserabilista de la época, para inaugurar un camino cinematográfico que en su momento ningún director supo seguir.

Lo único seguro es arriesgarse

A comienzos de los años ochenta, el panorama del cine colombiano era dominado por la comedia costumbrista, las adaptaciones literarias o el cine de denuncia social, y un poco en los márgenes, el cine de género aupado por el Grupo de Cali, y los documentales de Marta Rodríguez y Jorge Silva. Ya desde los años setenta, la juventud al garete, los bajos fondos y la exclusión social eran tópicos en los que había puesto su foco el cine colombiano, pero casi siempre para sacar partido económico a partir de la nefasta ley del sobreprecio, o como medio de denuncia contra el establecimiento político; pero, aparte de Agarrando pueblo (1977), la película de Luis Ospina y Carlos Mayolo, ningún cineasta colombiano había posado su mirada sobre los marginales con tanto humor, con tanta vitalidad, con tanta rebeldía como lo hizo Jorge Aldana, hasta el punto que un crítico describió a Pepos, por su espíritu anticonvencional, como una alcantarilla abierta en la carretera pavimentada del cine colombiano.

Según su productor y director de fotografía, el veterano cineasta Erwin Goggel, Pepos no tuvo presupuesto, prescindió de equipo de arte, sus actores fueron reclutados entre los pepisos que pululaban en las calles del barrio La Perseverancia y algunos amigos del medio artístico, no participó por voluntad propia en las convocatorias del antiguo Focine (Compañía del Fomento Cinematográfico) y entre sus objetivos nunca se propuso llegar a las salas comerciales: “Con el tiempo yo me he acostumbrado a mirar Pepos como una travesura juvenil, como una de esas pilatunas a las que se ve uno arrastrado sin saber muy bien cómo. Cuando conocí a Jorge, yo tenía una productora, Mugre al ojo, que entre su inventario tenía una Canon de Super 8 milímetros, y una Arriflex SR de 16 milímetros, y para el sonido, una grabadora Nagra IS y un micrófono Sennheiser 815. Esa fue la inversión de Mugre al ojo, y la plata que se puso en efectivo fue para el revelado y para inflar el material de Super 8 a 16 milímetros. No había para más”.

Estos dispositivos tecnológicos fueron los que permitieron, en parte, que el rodaje de Pepos llegara a buen fin. De acuerdo con Erwin Goggel, la Arriflex es un viejo armatoste comparada con cualquier artefacto contemporáneo, aunque, en su momento, era lo mejor que tenían a la mano, comenzando porque era liviana, casi una cámara de reportería, lo que permitía mucho movimiento, era poco ruidosa, compacta y posibilitaba las tomas al hombro, tan importantes en la segunda parte de la película, y que marcaron unos de los principales aportes estéticos de Pepos.

Me persigue la policía

Pepos está dividida en dos partes. La primera se desarrolla de día, con un par de escenas nocturnas, carece de diálogos, y a la manera de las películas antiguas, tiene unos intertítulos que van marcando la pauta de las andanzas de Viejo Loco y Guillo, un par de pepos de barrio, que no solo meten pepas, sino que jibarean y fuman marihuana, y entre baretos y pepas desvarían, en unas secuencias oníricas muy bien logradas con Simón Bolívar o con Carlos Marx buscando la traba en los callejones del barrio, o con los dos protagonistas como un par de angelitos en plena fuma, muy en el estilo iconoclasta de Luis Buñuel en La edad de oro y Viridiana. Todo esto acompañado por una poderosa banda sonora, uno de los aspectos más memorables de Pepos, que incluye varios temas de The Rolling Stones, Jethro Tull, Jimi Hendrix, The Police y Bob Dylan. Mención aparte merece The Clash con su legendario Police on my back, que le da el tono beligerante a la película, en un momento histórico en el que para la policía era mucho más fácil reprimir a cualquier consumidor callejero, que realmente perseguir a los grandes negociantes de droga. Las “fuerzas del orden”, falsas o reales, están muy presentes en Pepos, ya sea patrullando en las calles del barrio, repartiendo bolillo en medio de las requisas o reclutando jóvenes como carne de cañón.

La banda sonora se complementa con una versión de Very very well, el pegajoso tema de Carlos Román y La Sonora, y un blues original compuesto por Alexis Restrepo y Jaime Ruedas, el apellido no es una broma, que dice más o menos así: “Meto perico porque me parece rico / Hoy me chuteo, aunque te parezca muy feo / Meto pepas, aunque mi madre me diga que no / Fumo marihuana cuando me da la gana”.

Esta cualidad contestataria la reivindica Felipe Aljure, director de películas como La gente de la Universal (1993) y El colombian dream (2006), su segunda película, que es un alegato desde el arte por el consumo, aspecto que la hermana con Pepos: “Me parece que la mirada satanizante y policiva frente al consumo de drogas en Pepos tiene una mirada claramente más social, más humana. Más en una actitud de comprender que de juzgar. Y siendo este país, como lo hemos sido, productores y consumidores, me parece que es un comentario muy válido, en medio de esa guerra absurda contra las drogas”.

La segunda parte se desarrolla de noche, sobre todo en el centro de Bogotá, introduce otra fauna citadina, tiene sonido directo, aunque no diálogos propiamente dichos, sino una especie de voz en off que va acompañando la deriva de los dos personajes, otro par de adictos a las pepas en pleno viaje al fondo de la noche, que incluye un concierto de rock de la banda Ship y una memorable escena en un comedero popular, que puede ser considerada el momento más logrado y sustancial de la película. En pleno descontrol, después de salir del concierto, los peperos llegan al comedero y se cruzan con un travesti, interpretado por el cineasta Rodrigo Triana, con el que se enzarzan en una pelea, mientras se sigue escuchando la voz en off de uno de los personajes, montada encima de los diálogos casi inaudibles de los comensales, todo esto filmado en plano secuencia, con una cámara al hombro llena de energía, que no teme a los barridos, a los desenfoques, a los desencuadres, que explora con atrevimiento y sutileza el ambiente barriobajero, y que nos transmite la imagen de una Bogotá alucinada y caótica.

Sergio Wolf, cineasta argentino, durante algunos años director artístico del Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), llevó a Pepos al festival en 2008, en una sección llamada Malditos Latinos, y destacaba por encima de la reivindicación del estilo de vida marginal, o el retrato agridulce de una generación, sus evidentes valores cinematográficos: “Me parece una película bastante, no sé si decir profética, pero sí que plantea cuestiones cinematográficas sobre el realismo, sobre la filmación en escenarios naturales, sobre los no actores, incluso sobre el descubrimiento de una dramaturgia entre lo documental y la ficción, que el cine latinoamericano encontró bastante después; yo diría que a partir de las primeras décadas del siglo XXI”.

Por supuesto que Pepos no es una obra maestra, y carece de cualquier tipo de glamur, tiene muchos defectos en su hechura, comenzando por los saltos de continuidad, o la falta de sincronización del sonido, o la iluminación que no existe en algunas secuencias, o que está perversamente utilizada en otras. Le faltó financiación, dirección de arte, luminotécnicos, dinero para costear una buena posproducción, pero le sobró instinto de sobreviviente para no perecer en la larga travesía del desierto que duró cuarenta años.

Fotografía: Archivo Archivo Jorge Aldana.

Su invisibilidad moldeó su mito

El primer inconveniente que tuvo Pepos para llegar a salas comerciales fueron los derechos de autor que pesaban sobre la exquisita banda sonora de la película que, sin ningún tipo de dudas, es uno de sus aspectos más destacables. Pagar los derechos de una sola de estas canciones estaba fuera de los alcances de la película, por lo que su exhibición se redujo a los escasos festivales locales de la época, alguna muestra especial, o un programa cinematográfico organizado por conocedores de la película, siempre con Jorge Aldana con los rollos de Pepos bajo el brazo, y comenzando el nuevo siglo, con una única copia digitalizada en un DVD.

Pepos, por su contenido underground, por su espíritu blasfemo, por su burla al establecimiento, y un poco por la voluntad de sus propios artífices, fue borrada del mapa. Durante muchos años se habló de Pepos como de una película maldita, de la que se afirmó que estaba protagonizada por actores a los que había que esperar cuatro o cinco horas a que se les pasara el viaje, y se decía, además, que su director Jorge Aldana no pudo ir a recoger el Catalina de Oro que ganó en Cartagena, porque para la fecha estaba recluido en una prisión en una ciudad del interior. Nunca nadie lo certificó. Nunca nadie lo desmintió. Fueron capas que se fueron sumando al aura mística de Pepos. No se encontraban copias en las videotecas, ni en los archivos de los coleccionistas, ni en los catálogos de los proveedores piratas.

No obstante, la película revivía de manera intermitente en una proyección velada, en un artículo en alguna revista especializada, en la declaración de algún crítico que la consideraba la “joya oculta del cine colombiano”, “la película con la mejor banda sonora del cine nacional”, o hasta algunos la catalogaban como “la mejor película del cine colombiano”. Entre el mito y la realidad, la película fue saliendo de las catacumbas, recomendada por los escasos espectadores que habían tenido la oportunidad de verla, y que recalcaban, más allá de su rareza o malditismo, una manera novedosa de producir los proyectos, una forma creativa de capturar los bajos fondos, un modo desparpajado de retratar una generación, como lo destacaba el crítico Pedro Adrián Zuluaga: “Este mundo marginal luce soberano, autosuficiente y ajeno a cualquier discurso de culpabilidad moral, explicación sociológica, mediación cinéfila o reclamo de redención”.

Las cicatrices del sobreviviente

Al mismo tiempo que la película cobraba un poco de visibilidad, el ecosistema audiovisual colombiano comenzó a interesarse por el tema de la restauración, un asunto que había estado un poco de lado, sobre todo por la escasez de tecnología, y por unos costos prohibitivos para proyectos de escaso músculo financiero como Pepos. Ante la restauración de trabajos como Rodrigo D (1990), de Víctor Gaviria; Nuestra película (1992), de Luis Ospina; y La gente de la Universal (1993), de Felipe Aljure, y de la importancia cada vez más manifiesta de conservar en buen estado los archivos audiovisuales, algunos fondos cinematográficos comenzaron a destinar recursos para proyectos de restauración, y entre ellos resultó ganador Pepos.

La película fue sometida a un proceso de restauración de imagen, sonido y color, y fue una tarea emprendida por los Niños Films, una productora de jóvenes cineastas que, entre sus servicios, ofrece el de restauración. Lo primero que hicieron fue buscar los negativos, ya que es la materia prima de la que se puede hacer el mejor trabajo de restauración, pero lamentablemente esos negativos se perdieron. Sucedía que muchas películas colombianas se mandaban a revelar a laboratorios en Estados Unidos, y a finales de los ochenta, cuando empezaron a quebrar, todos esos negativos quedaron huérfanos, muchos se vendieron a bibliotecas, pero a muchos otros se les perdió el rastro. Ante la imposibilidad de dar con el negativo, se apoyaron en dos positivos —copia que se utiliza para proyectar— en 16 milímetros con sonido óptico, que guardaba Jorge Aldana en un clóset, y fue a partir de la menos usada que se realizó la nueva copia digital en 2K, entre 2023 y 2024.

Algo para destacar de este proceso fue que se conservaron muchas de las magulladuras y heridas que había dejado el paso del tiempo en el celuloide, muy acorde con su espíritu punkero. Así lo explica César Jaimes, director de películas como Lapü (2019) y Carropasajero (2025), y que ejerció como productor de restauración en Pepos: “Hay incluso casos en los que el director rectifica cosas que quería corregir de la película original, y se limpian todos los rayones, o se quitan todas las manchas, o si hay algún pequeño salto en fotogramas se corrige también, nosotros, por el contrario, tomamos la decisión junto con Jorge de que se sintiera que la película también estaba rayada y sucia, de algún modo conservar las cicatrices del sobreviviente; entonces eso fue como una virtud muy importante de no querer meter al quirófano a esta película y que saliera ‘perfecta’, como si no hubiera pasado nada”.

Nuevos adictos

Producto de esta copia restaurada, la película se ha podido exhibir con más regularidad, llegando a nuevos públicos, en especial a través de los festivales, que han sido la piedra angular para mantener viva la llama de este film de culto. El Festival de Cartagena, el Midbo (Muestra Internacional de Bogotá), el Festival Mamut, y hasta El perro que ladra, el más importante festival de cine colombiano en Francia, tuvieron a Pepos en su programación de 2024.

Nadie escapó ileso de los años ochenta. Ni los más poderosos, ni los más rebeldes, ni los más rayados. Todos salieron maltrechos, zamarreados, o totalmente chamuscados. Los pepos, tal como los conocimos, se extinguieron a finales de la década, desbordados por drogas más corrosivas como el basuco, internados en manicomios, ocupando un lote en el cementerio, o rehabilitados como buenos ciudadanos, reconvertidos en policías. Para nuestra tranquilidad, la película perduró para dar cuenta de una época sangrienta, pero también fabulosa para el que la supo disfrutar a fondo. Parafraseando a uno de los pepos de la película, se podría afirmar que “si puedes recordar los ochenta, es que no los viviste de verdad”.

Felipe Chica Jiménez

Crónica verde

Los envíos de la Polla

por DAVID E. GUZMÁN • Ilustraciones de Verónica Velásquez

Número 71 Noviembre de 2015

Las mentes ingeniosas no solo están al servicio de las grandes empresas o de las fuerzas del mal y los carteles de la mafia, también trabajan sin descanso por triunfos irrisorios con sabor inolvidable para unos pocos. Mentes obstinadas, creativas, arriesgadas, que agotan todos los recursos y todas las neuronas para producir en los suyos una risa, una comilona, una mirada diferente en tierras lejanas y extrañas. Tierras donde, por equis o ye circunstancia, escasea el moño.

Aquella vez llevaba dos meses viviendo en París. Había terminado materias en la universidad y aunque debía la tesis de grado, engatusé a mis tías amantes de los collares de perlas para que me mandaran a estudiar francés. Un lujo a toda costa inmerecido y hasta contraproducente, con el diploma todavía embolatado, decía con razón mi papá. Pero allá estaba, soportando el invierno parisino de comienzos de este siglo, sobrellevando como bien o mal podía mi primera temporada fuera de Colombia.

Los primeros días los había pasado en los extramuros de París, en casa de Patricia, una vieja pintora amiga de la familia que me amenizó el jet lag con unos buenos bouquets de hachís y picadura de tabaco. La expectativa por lo nuevo y el asombro de estar al otro lado del mundo hicieron que no valorara esos poderosos porros que a Patri le quedaban como unas saetas y a mí me quemaban la garganta.

A la semana, cuando ya sabía cruzar la calle con la baguete bajo el brazo, me instalé en la capital francesa para iniciar clases. Ahí empezó el viaje en serio, mi cotidianidad, hospedado en una chambre en la rue de la Santé, treizième arrondissement, en el apartamento de Stéphane Marquet, experto en computadores y bufón aficionado que nunca pudo superar los números de su desaparecido padre, Perniky, un payaso de verdad con historial en circos. Mis días, grises y muchas veces nostálgicos precisamente como el espíritu de los payasos, transcurrían entre las aulas, el apartamento y los parques cuando el frío lo permitía. Patricia entró en sus locuras de artista y le perdí el rastro. Por mi cabeza no pasaba aún la fiesta, no tenía amigos, ni conocidos, ni mucho menos la más mínima posibilidad de conseguir, diga usted, un poco de yerba para recrearme. En realidad era suficiente con lo que estaba viviendo y si bien soy de los que suele mirar el reloj a las 4:20, el tema me tenía despreocupado; todas mis energías estaban puestas en aprender la lengua y en ir descubriendo, totalmente solo, la Ciudad Luz. Sin embargo, un afortunado suceso prendería las alarmas de las mentes ingeniosas en Medellín.

Cierto día llegué a casa muy abrigado y en la chambre comencé a quitarme capas de ropa, como una cebolla, porque no tenía una chaqueta de invierno sino mucho trapo interno, buzos y chompas. De pronto sentí unos bollitos dentro del bolsillo de la camisa, una leñadora de cuadros verdes y negros, y de inmediato los extraje: se trataba de diminutos moños de marihuana recubiertos de pelusas. Emocionado, luego de retirar las motas, procedí a echar los ripios en una pipa clásica que había heredado de mi abuelo. Salieron pocas bocanadas pero suficientes para alcanzar un estado fabuloso; ahí mismo salí a flotar por las calles con la mirada achinada, la sonrisa tenue y esa sensación calientica y placentera que producen unas caladas criollas lejos del hogar. Esa misma noche llamé a la Polla y le conté lo sucedido con tanta alegría que me dijo que iba a pensar la manera de mandarme un poquito desde Medellín. Sonaba absurdo, pero no era nada raro en ella, una mujer temeraria, alcahueta, que además había comulgado en el festival jipi de Ancón.

Lo común era que mi gente me llamara los lunes que había una promoción de larga distancia, pero un sábado temprano llamó la Polla para decirme que estuviera pendiente, que me había enviado por correo “unos acetatos y un material de trabajo para las clases”. Se despidió sin dar más detalles y a partir de ese momento entré en un estado de ansiedad temerosa y alegre. No tardé mucho en llamarla para que me resolviera dudas de cómo proceder en caso de que las cosas no salieran como estaban previstas, entonces, en ese tiempo en el que apenas si había internet, la Polla ordenó que se me pusiera un mail con las instrucciones: en caso de que descubrieran los “acetatos” debía decir que desconocía el destinatario, que probablemente me querían perjudicar desde mi patria. Pasaron los días y poco a poco me olvidé del asunto. Ya resignado, en una tarde lluviosa, me puse a palpar en todos los bolsillos de la ropa y rescaté unos ripios que esta vez prendí con todo y pelusas.

A las dos semanas, cuando había perdido toda esperanza y pensaba que era obvio que el paquete iba ser detectado en alguno de los aeropuertos, encontré una boleta de La Poste al llegar a casa: habían ido a llevarme la encomienda pero como nadie atendió el citófono debía presentarme en la sucursal del barrio para reclamarla. Oh merde, hubiera querido pensar, pero no, me dije: ay jueputa, ¿y ahora qué?… De los nervios me comí un pan entero con queso y sopa de tomate, la idea era llegar bien lleno a La Poste por si me detenían. En ningún momento se me ocurrió la posibilidad de abandonar la operación que hasta bien lejos había avanzado la Polla. Fui caminando al correo y los pies me temblaban, entré a la oficina con cara de buen ciudadano, sonriendo sin mirar a nadie a los ojos, e hice la fila. El pensamiento triunfal de que la yerba de Barrio Antioquia había cruzado el Atlántico entre unos acetatos empresariales se mezclaba con la sensación de que en cualquier momento iban a sonar las alarmas y me iban a tirar al piso. Por fin llegué a la taquilla y en cuestión de segundos, sin que me tocara mediar palabra, una rubia me entregó el paquete. Corrí a casa, me encerré en la chambre y despejé el escritorio; desnudé con cuidado la envoltura, quitando las cintas con delicadeza y separando las hojas de acetato que la Polla había incluido para hacer bulto. Muy pronto encontré los acetatos madre, unidos por una cinta delgada; entre esos dos acetatos, que tenían información textual y gráfica sobre mejoramiento continuo y que la Polla proyectó más de una vez en sus capacitaciones, estaba la yerba, desmenuzada parejita como si fuera avena; en alguna parte de Medellín debió sonar pólvora mientras la vertía sobre una hoja blanca. La ración, que más o menos daba para armar cuatro barillos decentes, fue administrada en la pipa y me duró un par de semanas.

Y así como me imaginó mi padre alguna vez, vago, sentado en un toldo en las afueras del estadio, de mocasines y cerveza en mano, leyendo la sección deportiva del periódico, lo único que le calaba a mi mente de pollo, así más o menos me encontraba ahora, pero en las afueras de la torre Eiffel, de boina, dándomelas de poeta con libreta en mano y de borracho con un vino barato para remojar las bocanadas. La idea de la Polla había sido un éxito y con astucia alistó un segundo envío, pero ese jamás llegó y los días de escasez regresaron. Para entonces ya tenía dos amigos en el curso, un mejicano y un alemán, Nils Peter, con quien compartía el gusto por el THC y sus variaciones. Mi única ilusión en ese momento era que el hombre concretara una cita con unos escurridizos dealers marroquíes que vendían barritas de hachís. La Polla, ante la caída del segundo paquete, tomó medidas preventivas y suspendió indefinidamente los envíos. Eso sí, su mente creativa seguiría fraguando una nueva forma de abastecer a su amado jumento en suelos galos. Y la oportunidad se daría gracias a las vacaciones de Semana Santa.

A comienzos de abril, días antes de salir para Roma a encontrarme con unos primos y otros familiares que venían de Medellín, recibí una llamada de la Polla. Casi ni me saluda para decirme que ya se había craneado un nuevo envío. Quedé helado cuando me contó de qué se trataba. Si el primer modus operandi me causó temor y ansiedad, el nuevo procedimiento me enfermó. Casi le rogué para que no me pusiera en esa situación pero me dijo que tranquilo, que después le iba a agradecer y que ella corría más riesgos. El envío consistía en un bluyín nuevo, pero con su toque mágico: tres barillos incrustados dentro de la marquilla de la prenda, la cual tuvieron que descoser y coser de nuevo. Lo peor de todo era la persona que en Roma me entregaría el bluyín que supuestamente me estaba haciendo falta: mi inocente abuela.

El tren de París a Roma fue un lechero de catorce horas. Ni siquiera cuando un pasajero chino sacó un cangrejo hervido y ensolvó el vagón me pude sacar la imagen de mi abuela, la madre del mismísimo embajador, detenida en el aeropuerto por intentar llevar tres olorosas sorpresitas ocultas en un bluyín. Durante el viaje también pensaba por qué la Polla se arriesgaba tanto en hacerme esos pequeños y deliciosos envíos. Recordando los días de mi infancia concluí que lo hacía por un amor compinche y quizás también porque era su forma de retribuir cierta alcahuetería; por ejemplo, debió ser feliz el día que le presté con gusto la biblia del colegio para que arrancara un par de hojillas que reemplazaran sus cueros. O la noche que, en medio de una fiesta en la casa, le facilité para el mismo efecto las primeras y últimas hojas de las obras completas de Aguilar de Rudyard Kipling, un sacrilegio que a mis diez años no dimensionaba. También vino a mis recuerdos la vez que, después de atar cabos y juntar pruebas, dedujo con orgullo que era yo quien saqueaba las chicharras carnudas que guardaba en un tarro. Un poco tarde supo que su muchacho había entrado a ese selecto grupo de la ganja como aprendiz de maestros ajenos a la familia. Ahora éramos de los que desaparecíamos juntos de las fiestas y volvíamos a aparecer risueños y con buen apetito.

Llegué a la casona del embajador con una cara de sumisión terrible, dispuesto a ponerle el pecho a la situación y a confesar que en efecto las sospechas que recaían en nuestro subgrupo familiar eran ciertas. Los antecedentes de la Polla eran suficiente carta de presentación y ahora con la abuela detenida se confirmaba que éramos las ovejas negras y mariguaneras de la familia, un mal ejemplo probado. Pero la Polla supo cómo hacer las cosas. La abuelita, con esa ternura, me entregó el bluyín y yo la abracé fuerte, más que contento por el envío, feliz de verla sana… y salva. El bluyín era un Carrel azul oscuro que ni siquiera desdoblé; tal cual me lo entregaron lo metí en el fondo del morral y como mis primos son personas de bien, mojigatos como ellos solos, decidí que aguantaría hasta mi regreso a París para espulgar y gozar la prenda.

Después de pasar la Semana Santa en el Vaticano y de haber estado en una misa presidida por Wojtyła, en la que en algún momento se me vinieron a la mente los barillos apachurrados dentro de la marquilla del Carrel, volví en tren a París y a mi chambre en la rue de la Santé. Desempaqué y puse la gran prenda como un trofeo sobre la cama. Meticuloso, descosí cada puntada y recuperé los barillos. Estaban intactos pero blandos, así que los desarmé y con lo que reuní armé un porro robusto y dejé el resto para la pipa. Al día siguiente regresamos a clases y al salir de la jornada, como era costumbre, me fui con Nils Peter y el mejicano para un parque, esta vez el Jardin des Plantes. De un momento a otro saqué mi bouquet montañero. A Nils Peter, guitarrista de un grupo de rock que ya había probado lo habido y por haber, se le abrieron los ojos, recibió en sus manos el cono y lo olfateó con ganas. Cuando les conté la historia no me creían, y pensaba en la Polla, lejana, hubiera querido que estuviera presente para que viera cómo el alemán disfrutaba de sus historias y sus manjares. Él, acostumbrado a fumar hachís con tabaco negro en una pipa de agua fabricada con un galoncito plástico agujereado, una coraza de lapicero y un pequeño embudo forrado en papel aluminio, quedó asombrado con el sabor y efecto de la pangola paisa, según él, mucho más consistente y duradero; al parecer la mezcla que fumaba lo volteaba fuerte pero por lapsos cortos. Esa noche se alargó y quisimos rematar en un club nocturno en el sector de la Bastille pero nos negaron la entrada por tener los ojos rojos. Nos indignamos, Nils alegó e insultó a los patovicas, pero fue infructuoso. Como tenía los míos cuales hígados sangrantes, me echaron la culpa y desde ese día mi apodo fue L’homme aux yeux rouges.

Petetre, el mejicano, quien recibió ese apodo luego de pronunciar con total falta de elegancia la expresión peut être en plena clase, se había mantenido toda la vida alejado de la mota y sus humos almendrados. Sin embargo, las risas y el buen rato de aquella vez con Nils lo tenían picado, curioso. Si ya había dejado el nido era cuestión de tiempo que se atreviera a probar algo nuevo. Y se llegó el día, esta vez en el Jardin du Luxembourg, con el último poquito que me quedaba de la ración que vino con el Carrel. Nils no vino con nosotros y se perdió del número más gracioso de Petetre en París con el patrocinio de la Polla. Al cabo de unos minutos lo cogió un ataque de risa sin motivo, lo cual lo asustó mucho, y me preguntaba, ¿qué me está pasando, Garza? Petetre me decía Garza porque un día un viejo cascarrabias parisino me acosó para pasar un semáforo, “allé garçon!”. ¿Garza, qué me pasa?, preguntaba Petetre con los ojos en la trastienda.

A la vez lo cogió una paranoia con cinco vigilantes del parque que justo se reunieron para distribuirse las zonas y el pobre Pete creía que lo señalaban a él. Sin poder contener las carcajadas me suplicaba que botara la pipa y todo lo que tuviera. ¡Tírala, Garza, tírala! Finalmente nos tocó irnos, para cruzar el Boulevard Saint Michel me cogió de gancho como si fuera un viejito, subimos a su apartamento y, a las tres de la tarde, se metió a la cama y se cobijó sin poder parar de carcajearse y preguntar qué le estaba pasando. Ahí lo dejé, acostado, sonriendo, con una culebra que le recorría todo el cuerpo por dentro, decía él fascinado. Hasta para evangelizar sirvieron los envíos de la Polla.

Terminó de pasar el invierno y en plena primavera por fin Nils le cogió la vena a los dealers. Los encuentros eran a la media mañana en los pasadizos subterráneos que comunican las estaciones del metro. Un día lo acompañé para que me presentara a Karim, un tipo con pinta de rapero marsellés. Quedé con su teléfono por si alguna cosa. Nils regresaría a Alemania mientras que Petetre se iría a recorrer España. Por esos días probé la pipa casera del alemán y fui testigo de cómo se le blanqueaban los ojos. En verano despedí a mis amigos. A mí me quedaban las dos últimas semanas en París antes de volver a Medellín. La mente de la Polla había hecho lo suyo oportunamente y ahora era mi turno retribuir aquel tesoro con algún caramelo marroquí. Llamé a Karim y después de un diálogo de sordos, porque hablaba rapidísimo y con unas palabrejas que no estaban en el diccionario, pudimos cuadrar una cita. Le pagué ochenta francos por un barrilete, de ahí saqué para los estertores de mi aventura y guardé una pequeña porción para el homenaje a la Polla.

La víspera del viaje fui a un refugio de gente pobre y regalé el fino Carrel, estaba nuevecito y no sería raro que hoy todavía esté en la guerra, en algún balde en París destiñendo ese azul penetrante. Empaqué y dejé todo listo para el vuelo. La piedrecilla de hachís la llevaría en el pantalón que me iba poner, dentro de la marquilla interna de uno de los bolsillos traseros, la cual descosí y cosí con la maestría de una abuela. Con ella allí dentro, envuelta en papel aluminio, me presenté a las requisas en el aeropuerto Charles de Gaulle. Cuando iba a pasar a las salas de abordaje, el detector de metales pitó al pasar por el bolsillo del pantalón. “Qu’est-ce que ça?”, me preguntó con curiosidad el uniformado y yo quedé mudo, como si no hubiera aprendido una sola palabra en francés. “Qu’est-ce que ça?”, insistía el tipo y detrás mío se hizo una fila, era claro que algo estaba ocurriendo. Reaccioné y con la voz temblorosa dije, “c’est rien, c’est un petit peu”, y saqué la funda del bolsillo y le mostré al tipo que ese bultico, al que no podíamos acceder porque estaba dentro de la etiqueta, era lo que sonaba. Aún no eran tiempos de paranoia en los aeropuertos y no sé si por lástima o porque los pasajeros se empezaron a acumular, el tipo me dejó pasar sin poder despejar la duda de lo que traía. Me senté a esperar el abordaje todavía nervioso: después de los trabajos impecables de la Polla mi error pendejo casi echa todo por la borda. Solo a un cerebro de pollo se le ocurriría usar papel aluminio para tal menester. En fin, apenas pude me deshice del papel y solo al llegar a Medellín respiré tranquilo. Mientras esperaba la maleta, vi a la Polla a través del vidrio. Nos saludamos con gritos felices y sordos, después me llevé la mano al bolsillo de atrás y apreté la piedrecilla, el premio que le esperaba. 

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