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Rojas, verdes y amarillas

por OSCAR IVÁN MONTOYA LOAIZA • Fotografías Archivo LOS NIÑOS FILMS

Número 148 Marzo de 2026

Pepos es una película visionaria por sus procedimientos cinematográficos, precursora en su modelo de producción, única en su insólita mezcla de documental y ficción. Fue estrenada en 1984 en el Festival de Cine de Cartagena, para luego desaparecer durante casi cuarenta años, sin apenas dejar rastro. Es una película legendaria en la medida en que muy poca gente la conoce. Pepos es el retrato en colores estridentes de una generación aturdida y confusa, en perpetua huida de sus familias, de sus colegios, de sus improbables trabajos. Una especie de tribu urbana que tenía entre sus actividades favoritas consumir toda clase de sustancias estimulantes, entre las que privilegiaba las drogas psiquiátricas utilizadas con fines recreativos: mandrax, Nembutal, diazepam, Rubinol, mefedrona, benzodiazepina, metacualona, paroxetina, muchas veces en salvaje mixtura con alcohol, cocaína y marihuana, que derivaban en reacciones impredecibles, entre las que eran muy comunes los viajes sin regreso.

Su director Jorge Aldana, un cineasta en cierto modo anarquista, se inspiró en estos jóvenes empepados para realizar su película: “La hicimos porque ningún cineasta les había puesto atención a los jóvenes roqueros que deambulaban por la ciudad. Y decidimos partir de la historia de una amiga. En esa época hubo mucha gente loca que se quedaba en viajes y en cosas muy fuertes. Mi amiga acabó en una clínica psiquiátrica. Ella nos dio el impulso inicial. Fue la musa de la película”.

Pero más allá de un largo catálogo de pastillas, de malos viajes, o de comportamientos desquiciados, Pepos es importante en la historia de nuestro cine porque es una película reivindicativa de un estilo de vida, por más desastroso que parezca, que rehuyó la estética miserabilista de la época, para inaugurar un camino cinematográfico que en su momento ningún director supo seguir.

Lo único seguro es arriesgarse

A comienzos de los años ochenta, el panorama del cine colombiano era dominado por la comedia costumbrista, las adaptaciones literarias o el cine de denuncia social, y un poco en los márgenes, el cine de género aupado por el Grupo de Cali, y los documentales de Marta Rodríguez y Jorge Silva. Ya desde los años setenta, la juventud al garete, los bajos fondos y la exclusión social eran tópicos en los que había puesto su foco el cine colombiano, pero casi siempre para sacar partido económico a partir de la nefasta ley del sobreprecio, o como medio de denuncia contra el establecimiento político; pero, aparte de Agarrando pueblo (1977), la película de Luis Ospina y Carlos Mayolo, ningún cineasta colombiano había posado su mirada sobre los marginales con tanto humor, con tanta vitalidad, con tanta rebeldía como lo hizo Jorge Aldana, hasta el punto que un crítico describió a Pepos, por su espíritu anticonvencional, como una alcantarilla abierta en la carretera pavimentada del cine colombiano.

Según su productor y director de fotografía, el veterano cineasta Erwin Goggel, Pepos no tuvo presupuesto, prescindió de equipo de arte, sus actores fueron reclutados entre los pepisos que pululaban en las calles del barrio La Perseverancia y algunos amigos del medio artístico, no participó por voluntad propia en las convocatorias del antiguo Focine (Compañía del Fomento Cinematográfico) y entre sus objetivos nunca se propuso llegar a las salas comerciales: “Con el tiempo yo me he acostumbrado a mirar Pepos como una travesura juvenil, como una de esas pilatunas a las que se ve uno arrastrado sin saber muy bien cómo. Cuando conocí a Jorge, yo tenía una productora, Mugre al ojo, que entre su inventario tenía una Canon de Super 8 milímetros, y una Arriflex SR de 16 milímetros, y para el sonido, una grabadora Nagra IS y un micrófono Sennheiser 815. Esa fue la inversión de Mugre al ojo, y la plata que se puso en efectivo fue para el revelado y para inflar el material de Super 8 a 16 milímetros. No había para más”.

Estos dispositivos tecnológicos fueron los que permitieron, en parte, que el rodaje de Pepos llegara a buen fin. De acuerdo con Erwin Goggel, la Arriflex es un viejo armatoste comparada con cualquier artefacto contemporáneo, aunque, en su momento, era lo mejor que tenían a la mano, comenzando porque era liviana, casi una cámara de reportería, lo que permitía mucho movimiento, era poco ruidosa, compacta y posibilitaba las tomas al hombro, tan importantes en la segunda parte de la película, y que marcaron unos de los principales aportes estéticos de Pepos.

Me persigue la policía

Pepos está dividida en dos partes. La primera se desarrolla de día, con un par de escenas nocturnas, carece de diálogos, y a la manera de las películas antiguas, tiene unos intertítulos que van marcando la pauta de las andanzas de Viejo Loco y Guillo, un par de pepos de barrio, que no solo meten pepas, sino que jibarean y fuman marihuana, y entre baretos y pepas desvarían, en unas secuencias oníricas muy bien logradas con Simón Bolívar o con Carlos Marx buscando la traba en los callejones del barrio, o con los dos protagonistas como un par de angelitos en plena fuma, muy en el estilo iconoclasta de Luis Buñuel en La edad de oro y Viridiana. Todo esto acompañado por una poderosa banda sonora, uno de los aspectos más memorables de Pepos, que incluye varios temas de The Rolling Stones, Jethro Tull, Jimi Hendrix, The Police y Bob Dylan. Mención aparte merece The Clash con su legendario Police on my back, que le da el tono beligerante a la película, en un momento histórico en el que para la policía era mucho más fácil reprimir a cualquier consumidor callejero, que realmente perseguir a los grandes negociantes de droga. Las “fuerzas del orden”, falsas o reales, están muy presentes en Pepos, ya sea patrullando en las calles del barrio, repartiendo bolillo en medio de las requisas o reclutando jóvenes como carne de cañón.

La banda sonora se complementa con una versión de Very very well, el pegajoso tema de Carlos Román y La Sonora, y un blues original compuesto por Alexis Restrepo y Jaime Ruedas, el apellido no es una broma, que dice más o menos así: “Meto perico porque me parece rico / Hoy me chuteo, aunque te parezca muy feo / Meto pepas, aunque mi madre me diga que no / Fumo marihuana cuando me da la gana”.

Esta cualidad contestataria la reivindica Felipe Aljure, director de películas como La gente de la Universal (1993) y El colombian dream (2006), su segunda película, que es un alegato desde el arte por el consumo, aspecto que la hermana con Pepos: “Me parece que la mirada satanizante y policiva frente al consumo de drogas en Pepos tiene una mirada claramente más social, más humana. Más en una actitud de comprender que de juzgar. Y siendo este país, como lo hemos sido, productores y consumidores, me parece que es un comentario muy válido, en medio de esa guerra absurda contra las drogas”.

La segunda parte se desarrolla de noche, sobre todo en el centro de Bogotá, introduce otra fauna citadina, tiene sonido directo, aunque no diálogos propiamente dichos, sino una especie de voz en off que va acompañando la deriva de los dos personajes, otro par de adictos a las pepas en pleno viaje al fondo de la noche, que incluye un concierto de rock de la banda Ship y una memorable escena en un comedero popular, que puede ser considerada el momento más logrado y sustancial de la película. En pleno descontrol, después de salir del concierto, los peperos llegan al comedero y se cruzan con un travesti, interpretado por el cineasta Rodrigo Triana, con el que se enzarzan en una pelea, mientras se sigue escuchando la voz en off de uno de los personajes, montada encima de los diálogos casi inaudibles de los comensales, todo esto filmado en plano secuencia, con una cámara al hombro llena de energía, que no teme a los barridos, a los desenfoques, a los desencuadres, que explora con atrevimiento y sutileza el ambiente barriobajero, y que nos transmite la imagen de una Bogotá alucinada y caótica.

Sergio Wolf, cineasta argentino, durante algunos años director artístico del Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), llevó a Pepos al festival en 2008, en una sección llamada Malditos Latinos, y destacaba por encima de la reivindicación del estilo de vida marginal, o el retrato agridulce de una generación, sus evidentes valores cinematográficos: “Me parece una película bastante, no sé si decir profética, pero sí que plantea cuestiones cinematográficas sobre el realismo, sobre la filmación en escenarios naturales, sobre los no actores, incluso sobre el descubrimiento de una dramaturgia entre lo documental y la ficción, que el cine latinoamericano encontró bastante después; yo diría que a partir de las primeras décadas del siglo XXI”.

Por supuesto que Pepos no es una obra maestra, y carece de cualquier tipo de glamur, tiene muchos defectos en su hechura, comenzando por los saltos de continuidad, o la falta de sincronización del sonido, o la iluminación que no existe en algunas secuencias, o que está perversamente utilizada en otras. Le faltó financiación, dirección de arte, luminotécnicos, dinero para costear una buena posproducción, pero le sobró instinto de sobreviviente para no perecer en la larga travesía del desierto que duró cuarenta años.

Fotografía: Archivo Archivo Jorge Aldana.

Su invisibilidad moldeó su mito

El primer inconveniente que tuvo Pepos para llegar a salas comerciales fueron los derechos de autor que pesaban sobre la exquisita banda sonora de la película que, sin ningún tipo de dudas, es uno de sus aspectos más destacables. Pagar los derechos de una sola de estas canciones estaba fuera de los alcances de la película, por lo que su exhibición se redujo a los escasos festivales locales de la época, alguna muestra especial, o un programa cinematográfico organizado por conocedores de la película, siempre con Jorge Aldana con los rollos de Pepos bajo el brazo, y comenzando el nuevo siglo, con una única copia digitalizada en un DVD.

Pepos, por su contenido underground, por su espíritu blasfemo, por su burla al establecimiento, y un poco por la voluntad de sus propios artífices, fue borrada del mapa. Durante muchos años se habló de Pepos como de una película maldita, de la que se afirmó que estaba protagonizada por actores a los que había que esperar cuatro o cinco horas a que se les pasara el viaje, y se decía, además, que su director Jorge Aldana no pudo ir a recoger el Catalina de Oro que ganó en Cartagena, porque para la fecha estaba recluido en una prisión en una ciudad del interior. Nunca nadie lo certificó. Nunca nadie lo desmintió. Fueron capas que se fueron sumando al aura mística de Pepos. No se encontraban copias en las videotecas, ni en los archivos de los coleccionistas, ni en los catálogos de los proveedores piratas.

No obstante, la película revivía de manera intermitente en una proyección velada, en un artículo en alguna revista especializada, en la declaración de algún crítico que la consideraba la “joya oculta del cine colombiano”, “la película con la mejor banda sonora del cine nacional”, o hasta algunos la catalogaban como “la mejor película del cine colombiano”. Entre el mito y la realidad, la película fue saliendo de las catacumbas, recomendada por los escasos espectadores que habían tenido la oportunidad de verla, y que recalcaban, más allá de su rareza o malditismo, una manera novedosa de producir los proyectos, una forma creativa de capturar los bajos fondos, un modo desparpajado de retratar una generación, como lo destacaba el crítico Pedro Adrián Zuluaga: “Este mundo marginal luce soberano, autosuficiente y ajeno a cualquier discurso de culpabilidad moral, explicación sociológica, mediación cinéfila o reclamo de redención”.

Las cicatrices del sobreviviente

Al mismo tiempo que la película cobraba un poco de visibilidad, el ecosistema audiovisual colombiano comenzó a interesarse por el tema de la restauración, un asunto que había estado un poco de lado, sobre todo por la escasez de tecnología, y por unos costos prohibitivos para proyectos de escaso músculo financiero como Pepos. Ante la restauración de trabajos como Rodrigo D (1990), de Víctor Gaviria; Nuestra película (1992), de Luis Ospina; y La gente de la Universal (1993), de Felipe Aljure, y de la importancia cada vez más manifiesta de conservar en buen estado los archivos audiovisuales, algunos fondos cinematográficos comenzaron a destinar recursos para proyectos de restauración, y entre ellos resultó ganador Pepos.

La película fue sometida a un proceso de restauración de imagen, sonido y color, y fue una tarea emprendida por los Niños Films, una productora de jóvenes cineastas que, entre sus servicios, ofrece el de restauración. Lo primero que hicieron fue buscar los negativos, ya que es la materia prima de la que se puede hacer el mejor trabajo de restauración, pero lamentablemente esos negativos se perdieron. Sucedía que muchas películas colombianas se mandaban a revelar a laboratorios en Estados Unidos, y a finales de los ochenta, cuando empezaron a quebrar, todos esos negativos quedaron huérfanos, muchos se vendieron a bibliotecas, pero a muchos otros se les perdió el rastro. Ante la imposibilidad de dar con el negativo, se apoyaron en dos positivos —copia que se utiliza para proyectar— en 16 milímetros con sonido óptico, que guardaba Jorge Aldana en un clóset, y fue a partir de la menos usada que se realizó la nueva copia digital en 2K, entre 2023 y 2024.

Algo para destacar de este proceso fue que se conservaron muchas de las magulladuras y heridas que había dejado el paso del tiempo en el celuloide, muy acorde con su espíritu punkero. Así lo explica César Jaimes, director de películas como Lapü (2019) y Carropasajero (2025), y que ejerció como productor de restauración en Pepos: “Hay incluso casos en los que el director rectifica cosas que quería corregir de la película original, y se limpian todos los rayones, o se quitan todas las manchas, o si hay algún pequeño salto en fotogramas se corrige también, nosotros, por el contrario, tomamos la decisión junto con Jorge de que se sintiera que la película también estaba rayada y sucia, de algún modo conservar las cicatrices del sobreviviente; entonces eso fue como una virtud muy importante de no querer meter al quirófano a esta película y que saliera ‘perfecta’, como si no hubiera pasado nada”.

Nuevos adictos

Producto de esta copia restaurada, la película se ha podido exhibir con más regularidad, llegando a nuevos públicos, en especial a través de los festivales, que han sido la piedra angular para mantener viva la llama de este film de culto. El Festival de Cartagena, el Midbo (Muestra Internacional de Bogotá), el Festival Mamut, y hasta El perro que ladra, el más importante festival de cine colombiano en Francia, tuvieron a Pepos en su programación de 2024.

Nadie escapó ileso de los años ochenta. Ni los más poderosos, ni los más rebeldes, ni los más rayados. Todos salieron maltrechos, zamarreados, o totalmente chamuscados. Los pepos, tal como los conocimos, se extinguieron a finales de la década, desbordados por drogas más corrosivas como el basuco, internados en manicomios, ocupando un lote en el cementerio, o rehabilitados como buenos ciudadanos, reconvertidos en policías. Para nuestra tranquilidad, la película perduró para dar cuenta de una época sangrienta, pero también fabulosa para el que la supo disfrutar a fondo. Parafraseando a uno de los pepos de la película, se podría afirmar que “si puedes recordar los ochenta, es que no los viviste de verdad”.

Felipe Chica Jiménez

Crónica verde

Los envíos de la Polla

por DAVID E. GUZMÁN • Ilustraciones de Verónica Velásquez

Número 71 Noviembre de 2015

Las mentes ingeniosas no solo están al servicio de las grandes empresas o de las fuerzas del mal y los carteles de la mafia, también trabajan sin descanso por triunfos irrisorios con sabor inolvidable para unos pocos. Mentes obstinadas, creativas, arriesgadas, que agotan todos los recursos y todas las neuronas para producir en los suyos una risa, una comilona, una mirada diferente en tierras lejanas y extrañas. Tierras donde, por equis o ye circunstancia, escasea el moño.

Aquella vez llevaba dos meses viviendo en París. Había terminado materias en la universidad y aunque debía la tesis de grado, engatusé a mis tías amantes de los collares de perlas para que me mandaran a estudiar francés. Un lujo a toda costa inmerecido y hasta contraproducente, con el diploma todavía embolatado, decía con razón mi papá. Pero allá estaba, soportando el invierno parisino de comienzos de este siglo, sobrellevando como bien o mal podía mi primera temporada fuera de Colombia.

Los primeros días los había pasado en los extramuros de París, en casa de Patricia, una vieja pintora amiga de la familia que me amenizó el jet lag con unos buenos bouquets de hachís y picadura de tabaco. La expectativa por lo nuevo y el asombro de estar al otro lado del mundo hicieron que no valorara esos poderosos porros que a Patri le quedaban como unas saetas y a mí me quemaban la garganta.

A la semana, cuando ya sabía cruzar la calle con la baguete bajo el brazo, me instalé en la capital francesa para iniciar clases. Ahí empezó el viaje en serio, mi cotidianidad, hospedado en una chambre en la rue de la Santé, treizième arrondissement, en el apartamento de Stéphane Marquet, experto en computadores y bufón aficionado que nunca pudo superar los números de su desaparecido padre, Perniky, un payaso de verdad con historial en circos. Mis días, grises y muchas veces nostálgicos precisamente como el espíritu de los payasos, transcurrían entre las aulas, el apartamento y los parques cuando el frío lo permitía. Patricia entró en sus locuras de artista y le perdí el rastro. Por mi cabeza no pasaba aún la fiesta, no tenía amigos, ni conocidos, ni mucho menos la más mínima posibilidad de conseguir, diga usted, un poco de yerba para recrearme. En realidad era suficiente con lo que estaba viviendo y si bien soy de los que suele mirar el reloj a las 4:20, el tema me tenía despreocupado; todas mis energías estaban puestas en aprender la lengua y en ir descubriendo, totalmente solo, la Ciudad Luz. Sin embargo, un afortunado suceso prendería las alarmas de las mentes ingeniosas en Medellín.

Cierto día llegué a casa muy abrigado y en la chambre comencé a quitarme capas de ropa, como una cebolla, porque no tenía una chaqueta de invierno sino mucho trapo interno, buzos y chompas. De pronto sentí unos bollitos dentro del bolsillo de la camisa, una leñadora de cuadros verdes y negros, y de inmediato los extraje: se trataba de diminutos moños de marihuana recubiertos de pelusas. Emocionado, luego de retirar las motas, procedí a echar los ripios en una pipa clásica que había heredado de mi abuelo. Salieron pocas bocanadas pero suficientes para alcanzar un estado fabuloso; ahí mismo salí a flotar por las calles con la mirada achinada, la sonrisa tenue y esa sensación calientica y placentera que producen unas caladas criollas lejos del hogar. Esa misma noche llamé a la Polla y le conté lo sucedido con tanta alegría que me dijo que iba a pensar la manera de mandarme un poquito desde Medellín. Sonaba absurdo, pero no era nada raro en ella, una mujer temeraria, alcahueta, que además había comulgado en el festival jipi de Ancón.

Lo común era que mi gente me llamara los lunes que había una promoción de larga distancia, pero un sábado temprano llamó la Polla para decirme que estuviera pendiente, que me había enviado por correo “unos acetatos y un material de trabajo para las clases”. Se despidió sin dar más detalles y a partir de ese momento entré en un estado de ansiedad temerosa y alegre. No tardé mucho en llamarla para que me resolviera dudas de cómo proceder en caso de que las cosas no salieran como estaban previstas, entonces, en ese tiempo en el que apenas si había internet, la Polla ordenó que se me pusiera un mail con las instrucciones: en caso de que descubrieran los “acetatos” debía decir que desconocía el destinatario, que probablemente me querían perjudicar desde mi patria. Pasaron los días y poco a poco me olvidé del asunto. Ya resignado, en una tarde lluviosa, me puse a palpar en todos los bolsillos de la ropa y rescaté unos ripios que esta vez prendí con todo y pelusas.

A las dos semanas, cuando había perdido toda esperanza y pensaba que era obvio que el paquete iba ser detectado en alguno de los aeropuertos, encontré una boleta de La Poste al llegar a casa: habían ido a llevarme la encomienda pero como nadie atendió el citófono debía presentarme en la sucursal del barrio para reclamarla. Oh merde, hubiera querido pensar, pero no, me dije: ay jueputa, ¿y ahora qué?… De los nervios me comí un pan entero con queso y sopa de tomate, la idea era llegar bien lleno a La Poste por si me detenían. En ningún momento se me ocurrió la posibilidad de abandonar la operación que hasta bien lejos había avanzado la Polla. Fui caminando al correo y los pies me temblaban, entré a la oficina con cara de buen ciudadano, sonriendo sin mirar a nadie a los ojos, e hice la fila. El pensamiento triunfal de que la yerba de Barrio Antioquia había cruzado el Atlántico entre unos acetatos empresariales se mezclaba con la sensación de que en cualquier momento iban a sonar las alarmas y me iban a tirar al piso. Por fin llegué a la taquilla y en cuestión de segundos, sin que me tocara mediar palabra, una rubia me entregó el paquete. Corrí a casa, me encerré en la chambre y despejé el escritorio; desnudé con cuidado la envoltura, quitando las cintas con delicadeza y separando las hojas de acetato que la Polla había incluido para hacer bulto. Muy pronto encontré los acetatos madre, unidos por una cinta delgada; entre esos dos acetatos, que tenían información textual y gráfica sobre mejoramiento continuo y que la Polla proyectó más de una vez en sus capacitaciones, estaba la yerba, desmenuzada parejita como si fuera avena; en alguna parte de Medellín debió sonar pólvora mientras la vertía sobre una hoja blanca. La ración, que más o menos daba para armar cuatro barillos decentes, fue administrada en la pipa y me duró un par de semanas.

Y así como me imaginó mi padre alguna vez, vago, sentado en un toldo en las afueras del estadio, de mocasines y cerveza en mano, leyendo la sección deportiva del periódico, lo único que le calaba a mi mente de pollo, así más o menos me encontraba ahora, pero en las afueras de la torre Eiffel, de boina, dándomelas de poeta con libreta en mano y de borracho con un vino barato para remojar las bocanadas. La idea de la Polla había sido un éxito y con astucia alistó un segundo envío, pero ese jamás llegó y los días de escasez regresaron. Para entonces ya tenía dos amigos en el curso, un mejicano y un alemán, Nils Peter, con quien compartía el gusto por el THC y sus variaciones. Mi única ilusión en ese momento era que el hombre concretara una cita con unos escurridizos dealers marroquíes que vendían barritas de hachís. La Polla, ante la caída del segundo paquete, tomó medidas preventivas y suspendió indefinidamente los envíos. Eso sí, su mente creativa seguiría fraguando una nueva forma de abastecer a su amado jumento en suelos galos. Y la oportunidad se daría gracias a las vacaciones de Semana Santa.

A comienzos de abril, días antes de salir para Roma a encontrarme con unos primos y otros familiares que venían de Medellín, recibí una llamada de la Polla. Casi ni me saluda para decirme que ya se había craneado un nuevo envío. Quedé helado cuando me contó de qué se trataba. Si el primer modus operandi me causó temor y ansiedad, el nuevo procedimiento me enfermó. Casi le rogué para que no me pusiera en esa situación pero me dijo que tranquilo, que después le iba a agradecer y que ella corría más riesgos. El envío consistía en un bluyín nuevo, pero con su toque mágico: tres barillos incrustados dentro de la marquilla de la prenda, la cual tuvieron que descoser y coser de nuevo. Lo peor de todo era la persona que en Roma me entregaría el bluyín que supuestamente me estaba haciendo falta: mi inocente abuela.

El tren de París a Roma fue un lechero de catorce horas. Ni siquiera cuando un pasajero chino sacó un cangrejo hervido y ensolvó el vagón me pude sacar la imagen de mi abuela, la madre del mismísimo embajador, detenida en el aeropuerto por intentar llevar tres olorosas sorpresitas ocultas en un bluyín. Durante el viaje también pensaba por qué la Polla se arriesgaba tanto en hacerme esos pequeños y deliciosos envíos. Recordando los días de mi infancia concluí que lo hacía por un amor compinche y quizás también porque era su forma de retribuir cierta alcahuetería; por ejemplo, debió ser feliz el día que le presté con gusto la biblia del colegio para que arrancara un par de hojillas que reemplazaran sus cueros. O la noche que, en medio de una fiesta en la casa, le facilité para el mismo efecto las primeras y últimas hojas de las obras completas de Aguilar de Rudyard Kipling, un sacrilegio que a mis diez años no dimensionaba. También vino a mis recuerdos la vez que, después de atar cabos y juntar pruebas, dedujo con orgullo que era yo quien saqueaba las chicharras carnudas que guardaba en un tarro. Un poco tarde supo que su muchacho había entrado a ese selecto grupo de la ganja como aprendiz de maestros ajenos a la familia. Ahora éramos de los que desaparecíamos juntos de las fiestas y volvíamos a aparecer risueños y con buen apetito.

Llegué a la casona del embajador con una cara de sumisión terrible, dispuesto a ponerle el pecho a la situación y a confesar que en efecto las sospechas que recaían en nuestro subgrupo familiar eran ciertas. Los antecedentes de la Polla eran suficiente carta de presentación y ahora con la abuela detenida se confirmaba que éramos las ovejas negras y mariguaneras de la familia, un mal ejemplo probado. Pero la Polla supo cómo hacer las cosas. La abuelita, con esa ternura, me entregó el bluyín y yo la abracé fuerte, más que contento por el envío, feliz de verla sana… y salva. El bluyín era un Carrel azul oscuro que ni siquiera desdoblé; tal cual me lo entregaron lo metí en el fondo del morral y como mis primos son personas de bien, mojigatos como ellos solos, decidí que aguantaría hasta mi regreso a París para espulgar y gozar la prenda.

Después de pasar la Semana Santa en el Vaticano y de haber estado en una misa presidida por Wojtyła, en la que en algún momento se me vinieron a la mente los barillos apachurrados dentro de la marquilla del Carrel, volví en tren a París y a mi chambre en la rue de la Santé. Desempaqué y puse la gran prenda como un trofeo sobre la cama. Meticuloso, descosí cada puntada y recuperé los barillos. Estaban intactos pero blandos, así que los desarmé y con lo que reuní armé un porro robusto y dejé el resto para la pipa. Al día siguiente regresamos a clases y al salir de la jornada, como era costumbre, me fui con Nils Peter y el mejicano para un parque, esta vez el Jardin des Plantes. De un momento a otro saqué mi bouquet montañero. A Nils Peter, guitarrista de un grupo de rock que ya había probado lo habido y por haber, se le abrieron los ojos, recibió en sus manos el cono y lo olfateó con ganas. Cuando les conté la historia no me creían, y pensaba en la Polla, lejana, hubiera querido que estuviera presente para que viera cómo el alemán disfrutaba de sus historias y sus manjares. Él, acostumbrado a fumar hachís con tabaco negro en una pipa de agua fabricada con un galoncito plástico agujereado, una coraza de lapicero y un pequeño embudo forrado en papel aluminio, quedó asombrado con el sabor y efecto de la pangola paisa, según él, mucho más consistente y duradero; al parecer la mezcla que fumaba lo volteaba fuerte pero por lapsos cortos. Esa noche se alargó y quisimos rematar en un club nocturno en el sector de la Bastille pero nos negaron la entrada por tener los ojos rojos. Nos indignamos, Nils alegó e insultó a los patovicas, pero fue infructuoso. Como tenía los míos cuales hígados sangrantes, me echaron la culpa y desde ese día mi apodo fue L’homme aux yeux rouges.

Petetre, el mejicano, quien recibió ese apodo luego de pronunciar con total falta de elegancia la expresión peut être en plena clase, se había mantenido toda la vida alejado de la mota y sus humos almendrados. Sin embargo, las risas y el buen rato de aquella vez con Nils lo tenían picado, curioso. Si ya había dejado el nido era cuestión de tiempo que se atreviera a probar algo nuevo. Y se llegó el día, esta vez en el Jardin du Luxembourg, con el último poquito que me quedaba de la ración que vino con el Carrel. Nils no vino con nosotros y se perdió del número más gracioso de Petetre en París con el patrocinio de la Polla. Al cabo de unos minutos lo cogió un ataque de risa sin motivo, lo cual lo asustó mucho, y me preguntaba, ¿qué me está pasando, Garza? Petetre me decía Garza porque un día un viejo cascarrabias parisino me acosó para pasar un semáforo, “allé garçon!”. ¿Garza, qué me pasa?, preguntaba Petetre con los ojos en la trastienda.

A la vez lo cogió una paranoia con cinco vigilantes del parque que justo se reunieron para distribuirse las zonas y el pobre Pete creía que lo señalaban a él. Sin poder contener las carcajadas me suplicaba que botara la pipa y todo lo que tuviera. ¡Tírala, Garza, tírala! Finalmente nos tocó irnos, para cruzar el Boulevard Saint Michel me cogió de gancho como si fuera un viejito, subimos a su apartamento y, a las tres de la tarde, se metió a la cama y se cobijó sin poder parar de carcajearse y preguntar qué le estaba pasando. Ahí lo dejé, acostado, sonriendo, con una culebra que le recorría todo el cuerpo por dentro, decía él fascinado. Hasta para evangelizar sirvieron los envíos de la Polla.

Terminó de pasar el invierno y en plena primavera por fin Nils le cogió la vena a los dealers. Los encuentros eran a la media mañana en los pasadizos subterráneos que comunican las estaciones del metro. Un día lo acompañé para que me presentara a Karim, un tipo con pinta de rapero marsellés. Quedé con su teléfono por si alguna cosa. Nils regresaría a Alemania mientras que Petetre se iría a recorrer España. Por esos días probé la pipa casera del alemán y fui testigo de cómo se le blanqueaban los ojos. En verano despedí a mis amigos. A mí me quedaban las dos últimas semanas en París antes de volver a Medellín. La mente de la Polla había hecho lo suyo oportunamente y ahora era mi turno retribuir aquel tesoro con algún caramelo marroquí. Llamé a Karim y después de un diálogo de sordos, porque hablaba rapidísimo y con unas palabrejas que no estaban en el diccionario, pudimos cuadrar una cita. Le pagué ochenta francos por un barrilete, de ahí saqué para los estertores de mi aventura y guardé una pequeña porción para el homenaje a la Polla.

La víspera del viaje fui a un refugio de gente pobre y regalé el fino Carrel, estaba nuevecito y no sería raro que hoy todavía esté en la guerra, en algún balde en París destiñendo ese azul penetrante. Empaqué y dejé todo listo para el vuelo. La piedrecilla de hachís la llevaría en el pantalón que me iba poner, dentro de la marquilla interna de uno de los bolsillos traseros, la cual descosí y cosí con la maestría de una abuela. Con ella allí dentro, envuelta en papel aluminio, me presenté a las requisas en el aeropuerto Charles de Gaulle. Cuando iba a pasar a las salas de abordaje, el detector de metales pitó al pasar por el bolsillo del pantalón. “Qu’est-ce que ça?”, me preguntó con curiosidad el uniformado y yo quedé mudo, como si no hubiera aprendido una sola palabra en francés. “Qu’est-ce que ça?”, insistía el tipo y detrás mío se hizo una fila, era claro que algo estaba ocurriendo. Reaccioné y con la voz temblorosa dije, “c’est rien, c’est un petit peu”, y saqué la funda del bolsillo y le mostré al tipo que ese bultico, al que no podíamos acceder porque estaba dentro de la etiqueta, era lo que sonaba. Aún no eran tiempos de paranoia en los aeropuertos y no sé si por lástima o porque los pasajeros se empezaron a acumular, el tipo me dejó pasar sin poder despejar la duda de lo que traía. Me senté a esperar el abordaje todavía nervioso: después de los trabajos impecables de la Polla mi error pendejo casi echa todo por la borda. Solo a un cerebro de pollo se le ocurriría usar papel aluminio para tal menester. En fin, apenas pude me deshice del papel y solo al llegar a Medellín respiré tranquilo. Mientras esperaba la maleta, vi a la Polla a través del vidrio. Nos saludamos con gritos felices y sordos, después me llevé la mano al bolsillo de atrás y apreté la piedrecilla, el premio que le esperaba. 

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