Entradas

La deuda del padre Evaristo

por ADELAIDA VENGOECHEA • Ilustración de Cahorro

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

El pueblo de Bocas de Yegua llevaba tres meses sin que el cielo tuviera la decencia de abrirse cuando llegaron los primeros calores de noviembre. El Magdalena bajaba flaco y amarillo, casi avergonzado de sí mismo, y las mujeres lavaban la ropa en orillas que antes eran fondo. El padre Evaristo Contreras Palomino celebraba misa con el cuello de la sotana pegado al pescuezo como una mordaza, y atribuía el calor a la tibieza espiritual de su grey, que era su manera de no decir que Dios también sudaba.

Nadie recordaba con precisión cuándo había muerto Candelaria Maturana. Algunos decían que fue en el 49, otros, que en el 51, pero todos coincidían en que murió bailando en la fiesta de la Virgen del Carmen, que el corazón se le fue sin avisar mientras ella daba una vuelta de cumbia con los brazos en alto y las caderas en su propio tiempo. La enterraron con su pollera amarilla porque nadie tuvo el valor de quitársela, y el padre Evaristo le prometió una misa cantada cada noviembre, en su nombre, hasta que el mundo se acabara. El mundo no se acabó pero la memoria del padre sí empezó a fallar, y llevaba ya dos años sin cumplirle.

Fue Petra Insignares, la vendedora de pescado frito, la primera en escucharlo. Dijo que oyó un tambor viniendo del río a las tres de la madrugada, un golpe sordo y continuo como el latido de algo muy grande enterrado bajo el barro. Se levantó dormida, salió al patio en camisón y empezó a bailar entre las matas de yuca sin que sus pies le pidieran permiso a su cabeza.

Su marido la encontró al amanecer con los pies en carne viva y una sonrisa que él no le conocía desde el noviazgo. Cuando intentó detenerla, ella lo miró con unos ojos que él describió después ante el padre Evaristo como “los ojos de alguien que está muy lejos, pero muy contento de estarlo”.

Para el mediodía bailaban doce personas. Para la noche, veintisiete.

Evaristo Contreras era un hombre que había sobrevivido a la violencia, a la diarrea del 46, a un obispo que lo odiaba y a tres intentos de traslado, pero nunca había visto nada que le doblara el espinazo como lo que encontró en la plaza esa tarde. Los bailarines no paraban. No era euforia ni borrachera —él conocía bien las dos cosas—. Era algo más profundo y más antiguo, como si la tierra misma les hubiera enredado los pies en sus raíces y no los quisiera soltar.

Reconoció el ritmo. No podía no reconocerlo: era la cumbia que Candelaria Maturana bailaba siempre en las fiestas, esa que empezaba lenta como pregunta y terminaba rápida como respuesta. Nadie tocaba ningún instrumento. El sonido salía del suelo.

“Padre, mis pies no me pertenecen”, le dijo el sacristán Otoniel, bailando mientras lo decía, con lágrimas que no eran de tristeza sino de algo para lo que no existe nombre en castellano. Esa noche el padre no durmió. Rezó, fumó dos cigarrillos que guardaba para las emergencias del alma, y supo —con esa certeza que no viene de la razón sino de la culpa— exactamente qué era lo que estaba pasando.

Al tercer día bailaban 64 personas y el resto del pueblo las miraba con una mezcla de terror y envidia que nadie confesaba en voz alta. Llegaron curiosos de La Dorada y de Mompox en canoas y en champán, y algunos de ellos también fueron atrapados por el ritmo antes de poder volver al agua. Los que resistían eran los viejos que ya no tenían rodillas para bailar, los niños muy pequeños y, curiosamente, las mujeres embarazadas, a quienes el baile parecía respetar como se respeta una tregua.

El calor aumentó. El río bajó otro palmo. En las noches, desde la orilla, quienes miraban decían que la luna se veía distinta, más roja y más baja, como si también quisiera ver.

Al cuarto día Evaristo intentó exorcismos. Roció agua bendita sobre los bailarines, que siguieron bailando mojados y más contentos. Leyó el ritual en latín con voz que él creía firme y que todos oyeron temblar. Nada. El quinto día recibió un telegrama del obispo preguntando qué demonios pasaba en Bocas de Yegua, y no supo qué responder porque la respuesta exacta era que no eran demonios sino algo mucho más específico y mucho más personal.

La noche del séptimo día el padre Evaristo fue al cementerio solo, con una vela y sin sotana, que era su manera de ir a hablar sin el peso del oficio. La tumba de Candelaria Maturana tenía flores frescas que nadie había puesto —flores de río, lilas de agua y una palma de iraca trenzada que olía a fiesta—. Se arrodilló en la tierra seca y habló en voz baja como quien no quiere que Dios escuche.

Le dijo que lo sentía. Que se le había olvidado, que el tiempo pasa distinto cuando uno envejece, que las intenciones no alcanzan cuando las acciones faltan. Le dijo que ella había sido la mujer más alegre que él había conocido en cuarenta años de sacerdocio y que merecía su misa y mucho más. Le dijo, y esto último lo dijo con la voz partida, que nunca había bailado en su vida y que lo lamentaba, porque si hubiera bailado alguna vez tal vez habría entendido antes lo que ella le estaba pidiendo.

La vela no se apagó aunque soplaba viento del río. Eso lo tomó como respuesta.

El octavo día, al amanecer, el padre Evaristo celebró la misa más rara que jamás vio nadie en el Bajo Magdalena. La celebró en la plaza, sin altar y sin banco, con los bailarines moviéndose alrededor como una marea de faldas amarillas y pies rotos. Cantó él solo porque el coro no podía detenerse a cantar, y cantó con una voz que nadie le conocía, una voz que venía de más abajo que la garganta.

Cuando llegó al momento del ofertorio, hizo algo que ningún manual litúrgico contempla: sacó un par de maracas que había tomado de la casa del difunto músico Fermín Escorcia, cerró los ojos, y tocó. Torpemente al principio, con vergüenza, con esa torpeza de quien llega tarde a una fiesta que debió haber celebrado hace años. Pero tocó.

Los que estaban mirando dijeron que fue en ese momento cuando el ritmo del suelo cambió. Se volvió más suave, como despidiéndose. Y uno a uno, como velas que se apagan sin viento, los bailarines fueron deteniéndose. Cayeron sentados donde estaban, algunos llorando, la mayoría con esa expresión de quien acaba de regresar de un sueño que no puede contar.

Cuando el último paró de bailar, empezó a llover.

Dicen que desde ese noviembre el padre Evaristo nunca faltó a la misa de Candelaria. Y dicen también —esto lo dicen más bajo, como quien no quiere que el obispo escuche— que el padre aprendió a bailar cumbia. Que se le veía a veces, tarde en la noche, solo en la sacristía, moviéndose apenas, con esa torpeza honesta de quien cumple una deuda que contrajo demasiado tarde pero que al menos tuvo el valor de pagar.

Los bailarines tardaron semanas en recuperar los pies. Petra Insignares nunca volvió a vender pescado frito porque dijo que sus manos seguían oliendo a fiesta sin importar cuánto las lavara, y que era una señal de que debía dedicarse a otra cosa. El río volvió a su cauce en diciembre.

Nadie en Bocas de Yegua habla de aquello con extrañeza. Hablan de ello como se habla del clima o de las crecientes: como de algo que el río y sus muertos hacen de vez en cuando para recordarles a los vivos que las promesas no se pudren, se fermentan.

Y que los muertos que amaron bailar tienen mucha paciencia, pero no infinita.

¡Comparte esta historia!

Mi vida como sospechoso

por LUIS MIGUEL RIVAS • Ilustración de Cachorro

Número 63 Marzo de 2015

Fue a finales de los años ochenta cuando descubrí que tenía cara de sospechoso. Antes ni me había enterado. Una de dos: o siempre fui sospechoso y no me lo decían y desconfiaban de mí a mis espaldas (alguna vez le pregunté a mi madre: Mamá, decime sinceramente: ¿Yo te parezco sospechoso? y ella solo contestó con un movimiento lateral de la cabeza, sin ningún énfasis ni apoyo verbal), o fue precisamente en esa época de finales de los ochentas de la que les hablo, cuando eclosionó en mí, sorpresiva e irremediablemente, esta extraña condición de presunto implicado, instaurando a mi alrededor un aura de suspicacia que no me abandona nunca. Soy el que siempre sacan de la fila para una requisa exhaustiva, el que arrastra tras de sí a los vigilantes en los supermercados, el único del grupo al que la autoridad le pide los documentos, a quien los de la aduana le revisan con jeringa la caja de aguardiente, al que apuntan todos los indicios del jarrón quebrado, el terrorista que no lo sabe, el supuesto ladrón. El culpable a priori. A tal punto y desde hace tanto tiempo que he terminado identificándome con esa condición y a veces me sorprendo pidiendo disculpas a la gente por cosas que no hice e incluso por lo que ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que podría hacer, pero que los demás están seguros que sería capaz de hacer, dada mi aura, supongo.

Esa vez de finales de los ochenta estaba en Bogotá con mi compañero de universidad William Rodríguez; nos acercábamos a las instalaciones del hoy inexistente periódico conservador La Prensa (en cuya desaparición, aclaro, no tuve nada que ver) para conocer cómo funcionaba un diario capitalino, y con base en esa información preparar una exposición para la clase de periodismo. Llevábamos nuestros morrales con las cámaras fotográficas y un estuche largo con el trípode, que yo cargaba en bandolera; nos dirigíamos contentos, casi con pasos saltarines, a la sede de semejante templo de la objetividad periodística, cuando un tipo de cachucha cruzó por nuestro camino con un radioteléfono pegado a la boca y dijo algo en clave mientras nos miraba. Seguimos caminando sin comprender y sin darle importancia cuando apareció un carro lleno de policías que se tiraron del vehículo como si estuvieran desembarcando en Normandía y nos gritaron: “¡Quietos!”, como si hubiéramos acabado de robar un banco. Dijeron que tiráramos nuestras cosas al suelo y levantáramos las manos. Nos miraban con prevención y rabia (y en el fondo de sus ojos parpadeaba la satisfacción de haber materializado sus innumerables terrores abstractos en las figuras de dos pobres diablos concretos). Cuando comprobaron que a pesar de ser jóvenes, hablar paisa y llevar un estuche largo en bandolera no éramos dos de los sicarios que Pablo Escobar estaba mandando cada tanto a Bogotá para matar personas poderosas y hacer atentados, se tranquilizaron (y en el fondo de esa tranquilidad había como una decepción) y nos dejaron ir. El impacto fue tan fuerte que es la situación que más recuerdo en mi carrera como sospechoso. Fue en ese momento cuando me hice consciente de mi condición. Pero el asunto venía de antes.

Previo a mi viaje a Bogotá hubo una época en la que la policía hacía redadas en Medellín para levantar jóvenes. No era sino que usted fuera joven y caminara por la calle y ya era sospechoso. A unos amigos y a mí nos levantó la policía una vez y nos llevaron a una pesebrera que había pertenecido a los Ochoa. Esa noche el local que había servido para domar caballos estaba repleto de jóvenes y jóvenes y jóvenes, apiñados como bestias, detenidos por no tener más edad. Es que Pablo hizo la guerra a punta de jóvenes. Matándolos, mandándolos a matar y mandando a que se mataran entre ellos. ¿Cómo sería esto hoy en día si todos esos jóvenes no se hubieran muerto? (En el otro mundo debe haber un barrio que se llama Medellín sin tugurios… y sin jóvenes). En esa época el gobierno les tenía mucho miedo a los muchachos de Pablo y por ellos chupábamos todos. Todos éramos sospechosos. Y en realidad cualquiera de nosotros podría haber hecho lo peor o podría llegar a hacerlo. Todos éramos lo mismo por muy distintos que fuéramos. Varios amigos míos se volvieron sicarios o mafiosos. Yo también hubiera podido porque yo también era ellos. Pero la verdad fue que nunca me ofrecieron. Habría aceptado esa única oportunidad que teníamos los chicos de mi contexto para rasguñar un poco de autoestima y respeto y arrebatarle una pizca de sentido a una vida que no nos pertenecía. Pero creo que no me vieron cualidades. O sea que yo no fui mafioso fue por falta de oportunidades.

Años después, pasado el 2000, hubo una época en la que los policías de Envigado se enamoraron de mí. Iba, por ejemplo, caminando por una calle, absorto en mis audífonos, y un dedo en el hombro me hacía detener y dar vuelta para encontrarme con un policía que se disponía a pedirme papeles y requisarme; estaba sentado en el parque principal del pueblo, tranquilo en medio de la multitud, y aparecía una patrulla de la que se bajaban dos policías avanzando con determinación y firmeza hacia el lugar específico en que yo me encontraba, para pedirme papeles y requisarme; me estaba comiendo un helado y llegaba un agente a pedirme papeles y a requisarme; volvía a casa por la noche y aparecía un policía a pedirme papeles y a requisarme.

Terminé acostumbrándome a las requisas hasta el punto de extrañarlas. Una noche iba caminando por esa acera larga que hay entre la estación Envigado y el Éxito y vi que una moto de la policía se detenía delante de mí, a unos cinco metros; mientras los agentes se bajaban llegué a su lado, levanté las manos y me dispuse a la rutina. Pero los policías no me determinaron. Esperé con las manos arriba para salir de una vez del asunto, pero voltearon y me miraron extrañados.

—¿Qué le pasa pelao? —me dijo el policía bajito y churrusco que venía manejando la moto.

—¿No me van a requisar?.

—¡¿Usted fue que se engüevonó o qué?! ¡No ve que estamos haciendo un retén! ¡Muy gracioso maricón! ¡Te abrís, te abrís! —gritó el otro.

Me abrí. Caminé hasta mi casa sintiéndome, por primera vez en mucho tiempo, liviano, puro, inocente, fuera de sospecha. Esos policías iban a detener a otros sospechosos que andaban en carros y en motos y que no eran yo. Y me fui pensando que el enamoramiento de los policías no era exclusividad mía sino patrimonio de un sector de la sociedad representada por los ciudadanos que no tenían plata o poder o un patrón poderoso y que por alguna señal externa (la ropa, el aire descarriado, la falta de higiene, la carencia de rumbo fijo, los modos de barrio, los prejuicios del tombo), ameritaban sospecha. Cualquiera que tuviera cara de ser capaz de orinar en la calle o fumarse un bareto en un parque podría también ser un delincuente y era susceptible de ser detenido para que de pronto no lo fuera a hacer; “se lo llevaron por intento de sospecha”, decíamos nosotros. Así los policías podían gastar sus energías y el presupuesto de la Nación buscando sospechosos menores para poder dejar tranquilos a los verdaderos culpables de todo que eran los jefes de sus jefes, los dueños del pueblo y del departamento y del país, quienes jamás de los jamases llegarían a ser considerados como sospechosos porque eran ellos los que determinaban quiénes eran dignos de sospecha.

Y más atrás, mucho antes de los policías y de Pablo Escobar, la primera persona que me empezó a ver como sospechoso fui yo mismo; en los primeros años de primaria, en el colegio La Salle, por intermedio del hermano Horacio. Él nos explicaba, enfática y redundantemente, que todos nacimos siendo pecadores porque Adán y Eva habían pecado y que por tanto de entrada ya veníamos a este mundo sucios, malintencionados, merecedores de desconfianza. Y su insistencia en el asunto era casi una conminación a cultivar como virtud ese ánimo achicopalado del culpable, del perro apaleado, del sí señor agente, para que Dios y el rector del colegio y nuestros padres y el alcalde de Envigado y Pablo Escobar o cualquiera que tuviera el poder en ese momento nos quisiera más. O no nos matara.

Y si fuera aún más atrás en la historia de mi condición sospechosa tendría que ir a la historia de mi madre y a la de los padres de mi madre y esto se volvería una historia de Colombia que nos llevaría hasta los tiempos de la conquista. Lo cierto es que nunca me pude explicar por qué, si todos éramos culpables, solo había un sector de la población a quienes nos lo recordaban con tanto énfasis, hasta tatuárnoslo en el alma; y otro sector que parecía desconocer esa doctrina pero que de todas maneras la cultivaba para seguir tatuándosela en el alma a los sospechosos de siempre.

Aunque de nada me ha servido intentar comprender esas cosas porque de todas maneras me siguen requisando en todas partes. Este artículo, por ejemplo, lo empecé a escribir en mi cabeza, mientras los agentes de inmigración en el aeropuerto se tomaban su tiempo para sacar y revisar concienzudamente, una a una, las cosas que contenía mi maleta (descubriendo prendas que no me acordaba haber empacado y hasta encontrando cosas que daba por perdidas, como unas medias de rombos que no había vuelto a ver). Sí, después de tanta historia, a estas alturas sigo siendo el que soy sin poder ser otra cosa: el de la fila de las requisas, el foco de la mirada oblicua de los celadores, el bocadillo del policía que justifica su día, el emoticón que la gente de bien le puso a sus pavores sin nombre. Uno más de los millones de sospechosos que caminamos por las calles de las ciudades y que seguiremos siendo objeto del recelo hasta que se reconozcan los verdaderos culpables que todos conocemos.

¡Comparte esta historia!

La carnicería de baldosas blancas

por FRANCISCO ZULUAGA MD • Ilustración de Cachorro

Número 149 Mayo de 2026

En la carrera de Medicina, una vez superadas las materias denominadas básicas, los estudiantes pasaban al hospital para los semestres clínicos. En esa rotación, el trauma siempre fue lo que más sedujo a Nando. Era una atracción difícil de definir. Encontraba en esta práctica médica una belleza irreal, una simbiosis entre lo caótico de la atención y la sapiencia del médico, que aplicaba lo mejor de su sabiduría para que el herido se recuperara, sin juzgar, claro, a ninguno de los pacientes, independientemente del bando del que provinieran.

Su bautismo de fuego en la Policlínica ocurrió una tarde cualquiera. Nando pasó por la enorme sala de emergencias y dijo que quería estar en un turno apoyando al personal. Su ofrecimiento, por supuesto, no fue rechazado. En el ingreso a la sala le llamaron a un médico que parecía estar a cargo, y que, sin presentarse ni considerar ninguna cortesía, le soltó una andanada de preguntas:

—¿En qué semestre está? ¿Sabe suturar? ¿Sabe de fracturas? ¿Sabe poner un tubo a tórax?

Nando le confesó que solo había suturado naranjas, práctica de los estudiantes que les sirve para aprender a manejar la aguja y el hilo con los que se cierran heridas. A pesar de su inexistente experiencia, y ante la alta demanda de pacientes en la Policlínica, el médico le respondió:

—¡Suficiente! Venga para acá y póngales cuidado a las instrucciones.

Iba vestido con ropa de estudiante: bluyín, camiseta de manga corta y unos tenis blancos que le había regalado una tía. Arriba de ese atuendo se puso una bata blanca, recién comprada, que tenía el logo de la universidad estampado en verde a la derecha del pecho. En la sala, los demás médicos de diferentes categorías y especialidades estaban ocupados con una multitud de pacientes. Casi nadie se fijó en él. Solo escuchó un comentario, que no fue disimulado y que no supo de dónde vino.

—Pobre güevón, va a salir vuelto nada. Ojalá no esté muy encariñado con esa ropita.

Una enfermera veterana, mientras canalizaba la vena de un paciente, lo miró y comentó con un poco de fastidio:

—Otro que viene a estorbar.

No habían terminado de darle tan amable y calurosa bienvenida cuando de una ambulancia se bajó, caminando por sus propios medios y ante el asombro de todos los médicos que miraban incrédulos, un hombre moreno, de no más de metro sesenta de estatura, contextura gruesa y mediana edad. Llevaba ropa blanca y su camisa tenía una mancha de sangre de un color rojo muy vivo. Todo parecía una sucesión de imágenes en cámara lenta para Nando. Estaba completamente hipnotizado por lo que presenciaba. Del pecho del herido sobresalía el mango negro y plateado de una navaja automática. La enfermera más cercana gritó:

—¡Doctor!

El apuñalado avanzó hacia Nando, que lo miraba como si fuera una aparición, y se sacó la navaja del pecho de un solo tirón. Un chorro de sangre carmesí salió disparado hacia Nando, que por reflejo brincó hacia un lado y escuchó un grito que lo devolvió a la tierra.

—¡Métale el dedo, güevón!

El herido se fue al suelo y uno de los médicos le agarró la mano derecha. Tomó el dedo índice de Nando y lo introdujo por la boca de la herida. El estudiante no sabía qué era peor. Si las náuseas, el mareo o la abrumadora y súbita gravedad de la situación. Trató de concentrarse en la voz que le gritaba.

—Siga por el camino de la puñalada. Busque el hueco y meta el dedo hasta que sienta que el latido se siente alrededor de la punta del dedo.

—¡Listo! —gritó Nando tratando de hacerse escuchar por encima de los quejidos del herido, porque todo el procedimiento se hacía sin anestesia.

Se emocionó al ver que el chorro de sangre disminuía. Las enfermeras ya le habían puesto dos bolsas de un litro de suero en ambos antebrazos al herido y dos camilleros esperaban.

Otro grito retumbó en la cabeza de Nando.

—¡A la camilla y al pabellón de cirugía! Corriendo, que se muere.

La camilla era un armatoste de metal pintado de verde claro sobre cuatro ruedas gastadas. No había nada que evitara el contacto entre el paciente y la superficie metálica de esa cama, que tenía algunas partes oxidadas. Así eran los equipos por esos días en el hospital sometido a una altísima demanda de servicios, y los pagos llegaban a cuentagotas.

Nando trató de ayudar a subirlo, pero nuevamente la voz gritó tajante:

—No vaya a mover el dedo de ahí. Quédese quieto.

Subieron el herido a la camilla y Nando se fue corriendo al lado. Mientras las enfermeras apretaban las bolsas de suero para que el líquido ingresara más rápido en el cuerpo del paciente, recorrieron pasillos y pabellones hasta que llegaron a los quirófanos. Los estaban esperando. Les habían notificado por teléfono que iba en camino un paciente en condición crítica con una herida que comprometía al corazón.

Nando había aprendido, en las clases, que las salas de cirugía debían ser asépticas, y que para ingresar tocaba cambiarse y ponerse ropa sin contaminar. Por eso, apenas llegó a la puerta del quirófano, se detuvo. No quiso ingresar. Pero rápidamente fue empujado bruscamente por una enfermera que le gritó:

—¡Hágale pues! No se asuste. Dele para adentro, pelao.

Los cirujanos parecían más interesados en que el dedo de Nando se mantuviera dentro del herido que en saludar o preguntar quién era. Bañaron en una solución yodada antiséptica al paciente y empezaron a abrir el tórax alrededor de la mano del estudiante hasta que dejaron la herida a la vista. En simultánea, el anestesiólogo lo intubaba y lo anestesiaba.

Nando no conocía a nadie en la sala. Todos estaban vestidos de pies a cabeza con trajes verdes, tapabocas y gorros que solo dejaban a la vista sus ojos. A su derecha, uno de esos doctores enmascarados le dijo con una calma extrema:

—Hijo, voy a contar hasta tres. Ahí usted saca su dedo e inmediatamente se tira hacia atrás y nos deja hacer el resto del trabajo a nosotros.

Todo parecía tan cotidiano y tan rutinario. Nando quedó impresionado con la callada eficiencia y el funcionamiento coordinado de todos en la sala de cirugía. Pensó en quedarse a mirar un rato por curiosidad, pero rápidamente las enfermeras de emergencias lo sacaron del quirófano.

Volvió a la sala de urgencias triunfante. Tenía su pecho inflado de orgullo. Era el protagonista de un procedimiento que había salvado una vida. Esperaba, al menos, una palmada en la espalda o alguna palabra reconfortante por su labor. Pero el único comentario que escuchó le bajó la moral y le pegó con fuerza como una cachetada.

—¿Qué tal? ¡Una herida de muerte y el pichón de médico brincó a un lado, como con un resorte, para no ensuciarse la ropita!

Fue tal la vergüenza que ni levantó la mirada para identificar de dónde venía el reproche. Se alejó en silencio y juró que eso nunca le volvería a pasar.

Con las jornadas, que después de pocos días se hacían rutinarias, los estudiantes que se ofrecían a colaborar podían entrar y salir cuando quisieran de la Policlínica. Ya le era común a Nando moverse con solvencia por las urgencias y otras dependencias del hospital. Los turnos se cumplían con rigor y el resultado de esas extensas y fatigantes jornadas se veía en las caras del personal médico y en sus atuendos. Una vez le pidieron que buscara un interno y Nando no tenía ni la más remota idea de cómo se identificaba, ni siquiera dónde encontrarlo. El médico lo jaló del brazo y lo llevó por el corredor evitando pisar pacientes que se quejaban acostados en el suelo, porque no había dónde más ponerlos, y le señaló a un muchacho. El joven estaba sucio de pies a cabeza, desgreñado, con unas profundas ojeras, y caminaba casi arrastrando un cuerpo que se negaba a moverse.

—Para que no se le olvide: ese es un médico interno. Igual que él se va a ver usted después de trabajar por más de 36 horas seguidas. No lo vaya a juzgar —le dijo el experimentado galeno.

En esos años no era común tener a disposición más de un delantal o un juego de ropa médica. Por eso, y más si eran estudiantes, quienes participaban en aquella labor se iban a las casas sucios, sudados y manchados de sangre, de pies a cabeza, tras los agotadores turnos.

Nando, una tarde, totalmente agotado, trató de parar varios buses para irse a su casa, pero ninguno se detuvo. Su aspecto era deplorable. Parecía salido de una pelea a cuchillo en un bar de mala muerte. Su camiseta, además de sangre, estaba manchada de otros fluidos que no supo ni quiso identificar. El pantalón tenía restos de vómito y la parte de atrás, entre los bolsillos y la zona posterior de la rodilla, estaba impregnada de un líquido aceitoso que emanaba un olor penetrante.

Después de varios intentos, un transporte medio vacío le paró. El conductor lo miró de arriba abajo como observando a un extraterrestre.

—Trabajo en Policlínica —dijo Nando casi suplicándole al chofer que lo dejara subir.

El conductor vaciló un momento y le respondió:

—Hágale, súbase. Váyase hasta atrás y se queda parado. No se vaya a sentar que me ensucia las sillas y lo bajo.

Nando tomó esa advertencia como un triunfo. Estaba cansado, maloliente, y solo quería llegar a su casa para dormir. En el trayecto pensaba que estaba en el peor escenario entre dos mundos. Y en ambos su presencia era incómoda. En el hospital creía no encajar, por torpe, lento y falto de conocimiento práctico, y en la calle, por su aspecto, la gente lo despreciaba, se le hacía a un lado.

Su llegada a la casa fue otro drama. Ya el sol de la tarde había caído y todo estaba oscuro. Cuando tocó a la puerta, una tía que les ayudaba por días en la vivienda abrió. Todo el atontamiento, producto del cansancio, se le fue de golpe a Nando. Los gritos de la señora lo trajeron nuevamente a la realidad.

—¡Ave María Purísima, sin pecado concebida! Miren a este muchacho cómo llegó.

El padre de Nando bajó a los trompicones del segundo piso, casi se cae si no es porque se agarra de una baranda, y le preguntó angustiado:

—¿Qué le pasó, mijo?

—Vengo de trabajar en Policlínica.

Intentó traspasar la puerta de la casa y la señora lo detuvo.

—¡No, hombre! Quédese ahí. Ya le traigo una bolsa plástica para que meta todos esos chiros y una toalla para que se vaya derechito al baño. ¡Huele a puro muerto!

Las semanas pasaron. Nando se acopló a la rutina y a la hermandad dentro del servicio de emergencias. Los heridos eran, en un gran porcentaje, de máxima complejidad. Como centro regional de trauma, la Policlínica Municipal recibía pacientes de casi un centenar de pueblos y ciudades pequeñas de Antioquia, tal vez la región del país que con mayor fuerza vivía el conflicto armado interno y también las disputas entre grupos mafiosos al servicio del narcotráfico.

Un día, cuando hubo un respiro en la atención de heridos, uno de los médicos le preguntó:

—¿Usted sabe suturar por planos?

—No, doctor —contestó Nando con un poco de vergüenza.

—Venga le enseño, mijo.

Al frente de ellos, en uno de los mesones altos de las urgencias, reposaba un paciente dormido, que tenía restos de vómito en su cara y roncaba por momentos. A leguas se veía y se olía que estaba borracho. Tenía, al menos, veinte heridas de machete producto de una pelea en la que, por supuesto, se había llevado la peor parte. Los machetazos variaban en profundidad, extensión y lugar del cuerpo.

El médico, con toda la calma, le explicó a Nando cómo debía proceder.

—Esta herida es profunda. La tiene que lavar con suero lo mejor que pueda. Luego sutura los músculos seccionados preservando la funcionalidad y la anatomía. Después lo hace con la cobertura del músculo. Tenga cuidado, la grasa no la suture. Y, por último, haga lo mismo con la piel.

Nando no despegó la mirada de las manos del doctor, quien suturó la primera herida con maestría. El movimiento se veía ágil y sencillo en las manos del maestro. Sin esfuerzo encontraba los extremos de los músculos y los cosía sin desgarrarlos. De ahí pasó a la cubierta y más adelante a la piel. El estudiante quedó maravillado por la destreza con la que su profesor ejecutó ese procedimiento.

—Ahora le toca a usted —dijo el doctor.

Nando inició el procedimiento y el paciente se despertó de golpe. Parecía un potro salvaje. En ese momento, el trabajo del estudiante se centró en explicar lo que estaba haciendo. Trató de sujetarlo, pero todo estaba saliendo mal.

Por esos años, dadas las restricciones económicas, suturaban con nailon de pescar. Era lo más económico y lo que tenían a la mano. Ese material tenía un problema: su rigidez impedía hacer los nudos para cerrar los bordes de la herida de manera independiente. Por eso les tocaba aplicar un cuidado extremo al retirarlo, porque, cuando se apretaba, el nailon recuperaba su posición original y abría de nuevo la cortada. Los médicos se las arreglaban.

Tras una breve disputa por tratar de calmarlo, y de varias amenazas del paciente hacia Nando y la enfermera que lo apoyaba, el herido volvió a dormirse.

Nando pensó que esa era su oportunidad. La enfermera se le acercó y le preguntó:

—¿Necesita que le administremos más anestesia?

El estudiante, con una sonrisa cómplice, le respondió:

—Este ya está anestesiado. No siente nada.

Faltaban solo unos pocos puntos en la parte posterior del cuello y el hombro para terminar el procedimiento. Lo voltearon y Nando trató de hacer más rápidamente las últimas puntadas. Se tranquilizó porque estaba a punto de terminar, pero entonces empezó a sentir que un líquido húmedo y viscoso recorría su abdomen, hasta abajo de su entrepierna. Después sintió que ese fluido iba hacia sus zapatos. Se estremeció y uno de los médicos le dijo:

—Menos mal que lo pusiste de lado. Si estuviera bocarriba, se le va el vómito a los pulmones y se complica la cosa.

A Nando se le hizo curioso comprobar que el tipo de heridas que atendía cambiaba. Al inicio de su servicio veía muchas lesiones de arma blanca, ya fueran cuchillos, navajas o machetes. Después llegaba gente hasta con amputaciones hechas con motosierras. Todas estas formas de causar daño fueron advertencias terroríficas hechas en el lenguaje de los guerreros de la calle.

La barbarie de la violencia escaló con los años en la ciudad y desde adentro de los servicios no se pensaba más que en atender y solucionar lo que les llegaba en el día a día, y como pudieran. Así los recursos para atender ese volumen de pacientes no estuvieran ni cerca de ser los adecuados. Para el personal médico todo era el aquí y el ahora. No hacían conjeturas sobre qué ocurría en ese mundo aparentemente lejano de puertas para afuera de las urgencias, y pocas veces asociaban que sus familias también vivían en esa misma realidad de Medellín.

*Este capítulo hace parte del libro Los parias de blanco. Salvando vidas en la Medellín de los ochenta (2025).

¡Comparte esta historia!

Eduardo Escobar

Mario Macheri

Gabriela Polit Dueñas

Miguel Osorio Montoya

Miguel Osorio Montoya

El gallo de Senovia

Estefanía Carvajal

Luis Miguel Rivas