El bot existencial

por ANDRÉS BURGOS • Ilustración de Iván Curtis

Número 149 Mayo de 2026

Aunque tenía claro que tarde o temprano la inteligencia artificial me iba a dejar sin trabajo y quién sabe cuántas cosas más, logré anestesiarme contra la angustia. En las conversaciones reiterativas sobre el tema, conseguí unirme más desde el asombro que desde el miedo. Ya iría viendo cómo afrontar lo que viniera.

Y no era que reservara un as bajo la manga para evitar morir de hambre. Llegado el momento, me iba a unir en la indigencia a casi todos mis conocidos. Pero como en el coro de la desgracia colectiva los dolores se reparten, surgió el efecto placebo.

Además, me quedaba el consuelo ilusorio de la dignidad. La máquina esa, la nube con voluntad, el robot pensante, o lo que fuera que fuera la IA, bien podía dejarme obsoleto y pobre, pero no se iba a robar mi corazón.

Si bien me enlisté en los batallones de usuarios, me prometí jamás perder de vista su carácter de herramienta. No importaba que su palabrería meliflua y su actuación de principiante intentaran convencerme de algo más.

Me perturbaban los usos que la gente le estaba dando más allá del aumento de la productividad o el acceso a información inmediata. Y no hablo de los videos en los que un perro salva a un bebé de ser atropellado por un camión para luego delatarse como Jesucristo. Nadie que tenga corazón se puede resistir al heroísmo de un golden retriever.

Lo que me molestaba, y contra lo que juré luchar en mí, era la tendencia, preocupante por lo masiva, a convertir la máquina en un interlocutor válido para las conversaciones personales. Depositar tanta confianza en un modelo de lenguaje delataba vacíos, soledades e inseguridades que me dejaban metido de cabeza en un pozo de melancolía.

No negaba las alternativas maravillosas de creación que se asomaban en el nuevo panorama. Ya seguía en Instagram los videos de Kelly Boesch sin importar que su música y sus animaciones estuvieran generadas por IA. Siempre he admirado el talento que aprovecha las nuevas tecnologías. A cierta distancia, claro está.

Era la distancia que conseguía mantener con un par de temazos de Jardín Psicodélico, la banda inexistente que ya había visto dejar confundidos, y preocupados, a varios músicos talentosos y de buen paladar. Compartí el aplauso por la arquitectura de sus canciones, pero no llegué a conmoverme. El virtuosismo del producto artificial carecía de ese ingrediente intangible e inherente a las cosas que me hacían vibrar de verdad: el alma.

Me pasaba igual con la narrativa. En la escritura, pronto quedaban en evidencia la asepsia reiterada, el formulismo, el humor plástico y la taxonomía mecánica de la información. Y en el terreno audiovisual, no bastaba con la oferta de escenarios antes imposibles o la clonación de actores. Faltaban los elementos volátiles, no pocas veces contradictorios, que dan sabor a las historias más allá del argumento. Lo esencial, por indefinible, rehuía la estandarización.

Aunque no pudiera señalarlo específicamente, sabía que lo humano era algo más. Tenía el ojo entrenado. El músculo de mi filtro se había fortalecido con años de cuestionamientos metafísicos, prácticas espirituales y lecturas de divulgación científica; aunque, últimamente, dada la falta de tiempo, el refuerzo de mi blindaje se lo había encargado a los pódcasts.

Oscilando entre la filosofía y la autoayuda, la radio reinventada me ofrecía conversaciones sobre la búsqueda de sentido con la seriedad, el humor y la liviandad que requerían los momentos previos al sueño. Por esta vía llegué al mejor orador que había oído últimamente y que me recordaba a divulgadores legendarios como Alan Watts, Terence McKenna y Ram Dass, pero en español.

Lo que no sabemos era un pódcast que compilaba temas que me apasionaban últimamente: budismo, Jung, salud mental, un toque de política y los aspectos digeribles de la mecánica cuántica. Sus disquisiciones iluminaban los caminos, a menudo oscuros, de un cincuentón con tendencia a preguntarse el porqué de su paso por este mundo.

Encandilado por el hechizo, compartí con gente cercana un par de episodios y el entusiasmo se contagió. Puedo dar fe de que se revitalizaron las discusiones con los amigos que pasaron por el pódcast. Habíamos encontrado en el presentador un ensayista radial que nos tocaba la fibra. Comentábamos sus reflexiones con el mismo entusiasmo que hasta entonces les deparábamos a las series icónicas de las plataformas.

Y como si se tratara de una de esas historias por entregas, me embarqué en una maratón de consumo. El nivel de interés no disminuyó con la acumulación de capítulos, pero de repente una sombra empañó el disfrute. La sospecha empezó a colarse porque algunas acentuaciones de Javier, el anfitrión, enrarecían su acento, que ahora, viéndolo en retrospectiva, si bien sonaba español no se prestaba para ningún arraigo concreto. También estaban la repetición de algunas fórmulas sintácticas y la producción casi compulsiva de material cuya complejidad habría requerido otro ritmo.

Cuando busqué información sobre Javier, que no usaba apellido, ni siquiera en el libro que promocionaba en la biografía del pódcast, no hallé más que los enlaces que llevaban a los archivos de audio. Aparte de una foto, demasiado prístina y convencional, no existía otra imagen suya y…

Mierda. Le había empeñado mi corazón a una inteligencia artificial. Yo, que posaba de ir por el mundo con el espíritu crítico por delante, ahora me equiparaba a la gente que usa la IA como sicólogo, amigo, confidente, proyecto amoroso u oráculo. De aquellos a quienes miraba por encima del hombro si acaso me separaba un leve matiz en el perfil. Había acudido a un gurú diseñado por el algoritmo.

No lo calificaría de pérdida de tiempo porque el contenido era realmente valioso y me seguía gustando oírlo, pero, tras bambalinas, lo único que se asomaba era un prompt inteligente y una combinación estadística. Y dolía porque el producto me había puesto a palpitar como un adolescente en su primer amor. Me había alimentado —con gozo, para acabar de ajustar— de una programación que no tenía alma. Era como nutrirse enteramente de proteína en polvo.

El golpe me dejó más aturdido de lo que hubiera imaginado, precisamente por las mismas razones existenciales en las que se apoyaba mi afinidad con el pódcast. Sufrí un tipo de despecho que no conocía: el de haber depositado la confianza en el vacío. Tal vez era el primer paso en la aceptación de que estaba listo para ser regido por una máquina. Quizá había llegado el momento de entregar el control y aprender a hornear brownies o pegar ladrillos.

En medio del desconcierto, me sentí incapaz de plasmar en un texto las consecuencias del embaucamiento. No sabría decir si quien lea esto consiga compartir la desazón de haberle entregado tu buena fe a un ente sin cara, sin historia y sin sangre. Un dios reciente del que tenemos evidencia de cada paso de su invención.

La impotencia derivada del desconsuelo me privó incluso de la fuerza para escribir al respecto. Tuve entonces que pedirle el favor a Gemini de que lo hiciera por mí y ofrezco disculpas de antemano. Quien lea esto seguramente no encontró los elementos volátiles, no pocas veces contradictorios, que dan sabor a las historias más allá del argumento.

Sin embargo, aspiro, con la esperanza de que no sea demasiado pedir, a un poquito de empatía y permisividad con mi angustia intermediada. Nunca se sabe, a veces uno está para un batido de proteína en polvo.

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