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Negociando con el enemigo

por ANTONIO NAVARRO WOLFF • Ilustración de Verónica Velásquez

Número 44 Abril de 2013

Para empezar a entender de qué se trata el final de un conflicto empecemos por decir un par de palabras acerca de su naturaleza. Cuando alguien está alzado en armas, está en guerra. Al contrincante se le llama “el enemigo” y se actúa en concordancia. Desde el punto de vista de los insurgentes “el enemigo” no es solo la fuerza pública sino, sobre todo, los miembros de la clase dirigente a quien esta defiende.

Gaitán los llamaba “la oligarquía” y ese término nos parecía muy apropiado. Ellos eran “el enemigo”. A ellos queríamos quitarles el poder usando un viejo recurso de la política colombiana: el alzamiento en armas. Se lo habíamos aprendido a liberales y conservadores a lo largo de la historia de Colombia.

La primera vez que tuve que ver con un proceso de negociación fue en 1984, cuando intentamos un proceso de paz con el gobierno del presidente Belisario Betancur. Acordamos un Diálogo Nacional que desde el principio vimos que no iba a ser diálogo ni mucho menos nacional. Veíamos a la contraparte gubernamental tomándonos del pelo y nosotros hicimos lo mismo. Yo era el jefe del equipo de negociadores del M-19 y estaba en las ciudades con permiso del gobierno, poniéndole el pecho a la brisa. El asunto me costó la pierna izquierda y casi la vida en un atentado en mayo de 1985 en Cali, así que no quedé muy entusiasmado con la idea de repetir la experiencia.

Ya viviendo en el exterior Carlos Pizarro me pidió que ayudara a resolver el secuestro de Álvaro Gómez Hurtado; acepté el encargo y sin mucha convicción nos inventamos una reunión en la Nunciatura Apostólica de Panamá. Pero durante la reunión las cosas empezaron a cambiar y aparecieron algunas perspectivas de acuerdos. A la reunión asistieron representantes de gremios y grupos de poder de Colombia. La discusión fue álgida pero finalmente adquirimos el compromiso de pedirle a Pizarro que pusiera en libertad a Gómez, lo cual sucedió unas pocas semanas después.

El escepticismo sobre la posibilidad de que el acercamiento condujera a un proceso de paz no cedía por completo. Por eso cuando supimos que Pizarro se había reunido con Rafael Pardo en el sur del Tolima nos pareció que estaba dando pasos muy largos y riesgosos.

Meses después, mientras estaba reunido con Pardo en un hotel de México, adonde se habían trasladado las conversaciones, mataron al comandante Afranio Parra en Bogotá; me paré de la mesa en el acto. ¿Cómo dialogar si mataban a nuestros compañeros?

Pizarro siguió conversando con el gobierno en el Cauca y me pidió que fuera a acompañarlo. Solicitó autorización para que yo pudiera entrar al país y el gobierno dijo que no. Le parecía que yo era muy duro en la mesa. De todas maneras entré por la trocha. No se imaginan la cara de Rafael Pardo cuando me vio en Santo Domingo, Cauca, pocas semanas después de su negativa a facilitar mi ingreso. Me preguntó cómo lo había hecho y le respondí que por fax (le hubiera dicho que por Internet pero entonces no la habían inventado). Con el paso de las semanas fuimos conociendo a Rafael y cambió la tirantez inicial. Le valorábamos que no siempre decía sí, pero cuando lo hacía cumplía su palabra. Hoy somos buenos amigos.

Rosemberg Pabón, quien también estaba en el exterior, no se convencía de las bondades del proceso. Le pedimos que viniera, también por la trocha, y avisamos en Yumbo que estaba con nosotros en el campamento donde se realizaban las conversaciones. Se vinieron como diez buses de sus antiguos estudiantes y amigos, pues había sido profesor del Colegio Mayor en esa ciudad, y entre todos lo convencieron de que la paz era el camino.

Al final de 1989 llegamos a unos acuerdos sobre la favorabilidad para participar en las elecciones, medidas que nunca se concretaron en el Congreso por el hundimiento de una reforma constitucional. Nos quedamos con las manos vacías.

El diciembre de 1989 fue de incertidumbre. ¿Dábamos el paso a cambio de nada y respondíamos a lo que sentíamos era un clamor de la opinión pública a favor de la paz?

En el ranchito donde nos quedábamos en el centro del campamento, en Santo Domingo, Pizarro y yo pasamos largas vigilias discutiendo los pros y los contras. Finalmente optamos por una solución curiosa. Estábamos tan convencidos del apoyo de la opinión nacional al proceso de paz que decidimos salir, sin firmar aún el acuerdo con el gobierno, a corroborar nuestro pálpito en Bogotá. Queríamos confirmar cuál era el real ambiente de opinión hacia la paz y hacia el M-19 en las ciudades colombianas.

Fue una decisión arriesgada. Si nos pasaba algo al primero y segundo comandantes el proceso se frustraba del todo y el ‘Eme’ quedaba descabezado. Pero nosotros nos la jugamos, lo propusimos, y el gobierno nos respondió con un sí más que entusiasta. Dado el fracaso de diciembre en el trámite de la reforma constitucional por culpa del Cartel de Medellín, temía que nos fuéramos a devolver a la guerra.

Fuimos en helicóptero hasta Cali para tomar allí un avión a Bogotá. Cuando aterrizamos vino hacia nosotros un militar en traje de fatiga, un coronel, creo, y yo pensé: este viene a chingarnos. Puse la mano sobre la pistola que traía bajo la camisa, pero el oficial nos dijo sonriendo y estirando la mano: “bienvenidos a la democracia”. Lo recuerdo como si fuera ayer.

El resto fue una vorágine. En Bogotá la gente se paraba en las esquinas a ver pasar el carro donde viajábamos Pizarro y yo. De ahí en adelante no hubo reversa, ni siquiera cuando pocos meses después los del Cartel de Medellín mataron a Carlos Pizarro en un avión en vuelo, por ser candidato presidencial, no por ser ex guerrillero, valga la aclaración. La paz era tan popular que decidimos quedarnos dando la pelea a pura lengua. Y aquí estamos.

 

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Primera vez

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Veróniza Velásquez

Número 77 Julio de 2016

A mí no me importaba que el Medellín perdiera otra final. O quizá no era que me diera lo mismo, sino, más exactamente, que estaba preparado para soportar un nuevo subtítulo. Ya había visto a mi equipo quedar campeón tres veces, y, a fin de cuentas —como dice Mono, mi hermano—, uno es hincha del cuadro poderoso incluso si gana. Algo de eso sentí en el partido de ida de una de las finales perdidas en seguidilla, el 17 de diciembre de 2014, cuando, al término del 1-2 contra Santa Fe, volteamos a mirarnos entre algunos hinchas y descubrimos que en nuestros gestos había tanta frustración como buen humor: “Qué maricada ome”, dijo con inigualable gracia un hombrecito calvo con pinta de operador de televisión por cable.

Con todo, poco importaba lo que a mí me importara. En la nueva final de junio de 2016 mi angustia nacía de la expectativa de Juan Manuel, mi hijo de 10 años. Su uso de razón futbolera apenas había conocido segundos lugares, y eran vanos mis intentos de tranquilizarlo con el argumento de que él ya había probado las mieles del triunfo: supuestamente cuando, el 20 de diciembre de 2009, el DIM empató 2-2 con el Huila y se llevó la última Copa Mustang de la historia. Pero la verdad era que Juan Manuel tenía de aquella final una imagen tan borrosa y surrealista como la que yo atesoro de la final de Argentina 78. Respecto de la final de aquel diciembre glorioso, mi hijo creía haber visto, en alguna parte, un carro de bomberos.

Por más que yo quisiera engañarme, Juan Manuel se encontraba en un momento especialmente propicio —y por ello crítico— de fijación de recuerdos, a tal punto que una nueva final perdida sería para él una hecatombe sentimental. Muy por el contrario, yo quería que a partir de ese momento con indiscutida objetividad, él pudiera vanagloriarse de haber alcanzado su primera estrella. Precisamente, a los diez años yo fijé en mi memoria un par de sucesos rutilantes de la historia rojiazul: el gol de Eduardo Malásquez contra el Unión Magdalena en el octogonal de 1984 —la temeraria “malasqueña”—, así como el dulce tercer lugar en la tabla final de posiciones tras América y Millonarios, escaño alcanzado después de vencer 3-2 al Bucaramanga y callar, con ello, a los escépticos. De hecho, recuerdo especialmente que fue ese año, al otro día de un apretado triunfo por 1-0 contra Santa Fe —un gol del Benny Aristizábal en el minuto 83—, cuando Mono y yo presionamos a nuestra madre para que aceptara comprarnos el periódico ese lunes y todos los del siguiente lustro. Aquella vez El Colombiano usó un titular soberbio: “A siete del pitazo final”. ¿Qué podía quedar en la cabeza de mi vástago si el DIM perdía su cuarta final al hilo? No quería imaginarlo, pero su cabeza gacha del 2012, sus ojos acuosos del 2014 y sus palabrotas biches del 2015 —cuando el Cali se coronó en nuestras propias narices— eran claros indicios del apocalipsis que se fijaría en su cabeza.

Juan Manuel se cansó de mis falsas épicas y mis resignados sofismas y decidió interrogar a Mono sobre el asunto con puntualidad científica: “Tío, ¿y qué pasa si perdemos otra vez?”. Mi hermano, autoridad futbolera de la familia —muy por encima de nuestros tíos folclóricos y triunfalistas—, le dijo al niño algo que no supe si era un subterfugio pusilánime o una sabia respuesta budista: “Nada, Juanma, no pasa nada”. Estábamos en casa de nuestra madre, a pocos minutos del inicio del partido de ida en Barranquilla, con la nevera atestada de cervezas que, en verdad, nadie tenía ganas de tomar —ni siquiera el tío desenfadado que recaló por allí—, y no fue fácil sopesar aquella frase. Pero una vez acabó el partido con aquel marcador de 1-1 que, a pesar de toda la angustia desplegada durante noventa minutos para lograrlo y mantenerlo (yo me martiricé con la cábala de sentarme en un sillón alejado del que ocupaba mi angustiado hijo), no significaba todavía ninguna ganancia real, sospeché que en mi hermano se escondía realmente un filósofo consumado.

Como pudimos, sobrevivimos hasta el crepúsculo del domingo (Día del Padre por más señas). Dígase lo que se diga, es un consuelo empatar de local o perder el primer partido de una final: entonces uno archiva las esperanzas y se dedica, sin más, a vivir la tranquila vida de todos los días. Pero cuando de entrada se saca un buen marcador la ansiedad de la victoria hace de la existencia algo insoportable, de modo que el acto más cotidiano pesa insufriblemente sobre la voluntad. No sé cómo no morí de hambre entre los partidos de ida y vuelta de la final de diciembre de 2002 o cómo pude leer Cumbres borrascosas en la misma instancia en junio de 2004. Por fortuna, mi abuela murió un par de horas después de que el DIM ganara el partido de ida en Neiva en diciembre de 2009 y nos permitió distraernos con su recuerdo hasta la antesala del juego definitivo. En la reciente final, el alivio vino por cuenta de un inteligente truco de mi esposa, quien pretextó un arrebato altanero de Juan Manuel y le prohibió asistir al partido de vuelta, y con ello nos tuvo en vilo al niño y a mí hasta la media tarde del mismísimo 19 de junio, cuando el castigo acabó disolviéndose entre la efervescencia del Día del Padre. Al fijar esa fecha, Fenalco acertó de cabo a rabo.

Doblegados por la angustia nos entregamos al rito paquidérmico de hacer tres filas y esperar por casi dos horas el inicio del partido, aplastados por el calor del inminente solsticio de verano. Una vez sobre las gradas de Oriental, Mono y yo, por el puro miedo de espantar la gloria, contestamos a regañadientes las preguntas de Juan Manuel sobre los campeonatos cosechados por el Medellín en la década pasada. Uno de los tíos folclóricos, fiel a su estilo oportunista, se presentó a última hora con sus historias agrícolas y poco pudo hacer por distraernos del suplicio de los buenos recuerdos y de la visión de la cancha enorme que, como un paredón de fusilamiento, se extendía a nuestros pies.

Mientras se cantaban los himnos, Juan Manuel hizo un nuevo alarde de sangre fría. Me dijo: “Papá, ¿por qué siento como si este fuera un partido común y corriente, y no una final?”. Fue sin embargo su última fanfarronada, porque poco después se desmoronó. No habíamos llegado al minuto quince cuando, entre pase errático y pase errático de nuestro equipo, me dijo: “Papá, ya estoy temblando”. Y no solo tembló: una y otra vez se puso las manos en la cabeza y se mordió los dedos hasta astillarse las uñas y rasparse la lengua; así lo hizo antes de que Christian Marrugo clavara el primer gol en el minuto 34, cuando se bosquejó, por fin, la promesa de la estrella. No comió nada en el receso, y si abrió la boca fue solo para preguntar, a destiempo, cuánto faltaba para terminar el partido. La primera vez que quiso saberlo apenas se arrastraba, como gota de aceite, el minuto 62; a partir de allí volvió a hacerlo cada cinco minutos con tortuosa sincronía, y terminó haciéndolo cada instante a partir del minuto ochenta. Por supuesto, lo sé porque luego reconstruí los hechos con los testimonios de nuestros acompañantes, pues por entonces yo era también un guiñapo de los nervios: zapateaba y berreaba como un crío cada vez que perdíamos el balón y — con sinestesia poética— me tapaba los oídos para no ver los tiros de esquina con que Junior nos bombardeó en los últimos minutos. En los estertores del juego, la conciencia de la existencia de mi hijo se redujo a un bulto rubio y rojo que estaba puesto a mi lado derecho, incandescente y cada vez más luminoso con el correr de los segundos y los rechazos de la defensa, y al que yo no debía tocar hasta que el árbitro no hubiera dado el pitazo final.

Pero el pitazo final nunca sonó o, mejor, a nadie le importó que sonara. Antes de que eso ocurriera, Marrugologró salirse del estanque infestado de tiburones y se encaminó hacia el arco solitario que había al otro lado. Por el rabillo del ojo logré advertir que Juan Manuel abandonaba la posición recogida en que había contemplado hasta entonces el partido y se paraba en la silla, listo para saltar hacia cualquier parte. Marrugo llegó casi hasta la línea del área chica y fusiló al único defensa que había logrado ponérsele enfrente. Cuando el balón chocó contra la red, hice dos cosas por primera vez en mi vida: en vez de gol grité otra palabra para celebrar la anotación de mi equipo, y me volteé para abrazar a mi hijo y felicitarlo por su primera estrella. En lo sucesivo, también él podría decir que no le importaba si el Medellín perdía otra final.

Las chillonas

Yuliana Alarcón

Fernando Mora Meléndez

Santiago Botero

Brian Lara

Pascual Gaviria

Pascual Gaviria

Catalina Gómez Ángel