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La sombra de Briceño

por FRANCISCO LEBARIO • Fotografías del autor

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

A diez años de la firma del Acuerdo de Paz en La Habana, la coca y los fusiles todavía dictan la ley en muchos territorios del país. Los grupos armados intercambian miembros y siglas con ligereza, como si fueran una tienda o un taller. Aun así, líderes sociales
y campesinos insisten en cosechar lejos de las grameras y el plomo.

Vista del nudo de Paramillo desde Briceño.

Sentada en su casa, descansando después de un largo día de trabajo, mientras espera que hierva la aguapanela para prepararse un tinto, Flor García, funcionaria de la Alcaldía de Briceño y lideresa de la vereda Buenavista, reflexiona sobre la paz, sobre el significado de esa palabra tan manoseada en los recientes años en Colombia.

“¿Qué es la paz?”, se pregunta y suspira la joven mujer, a quien la tranquilidad le ha sido tan esquiva desde que era apenas una estudiante, y entonces sonríe, nerviosamente.

“Creo que la paz es poder trabajar, progresar, ser una misma sin que nadie llegue a violentarte, sin que nadie te amenace o te ponga obstáculos”, dice finalmente, pero no está tan segura de sus palabras, aunque a mí, que soy su interlocutor, me parecen brillantes.

Esa paz que ha soñado Flor toda su vida, y que ella misma se ha ido construyendo con estoica paciencia, les fue prometida a los briceñitas mucho antes de ese histórico noviembre de 2016, cuando en La Habana, Cuba, el gobierno de Juan Manuel Santos firmó el Acuerdo de Paz con la antigua guerrilla de las Farc. Tras diez años de un tortuoso proceso de implementación, esa palabra esquiva e indefinible parece al borde de consolidarse, pese a que en Briceño, ese pequeño caserío asentado en una de las montañas de la cordillera Oriental, en el corazón del nudo de Paramillo, en el Norte antioqueño, la ley sigue siendo la que dictan los fusiles y la hoja de coca.

Entre el 1 y el 9 de agosto de 2026, Briceño padeció un largo enfrentamiento entre integrantes del Frente 36 de las disidencias de las Farc y un grupo amplio de las Autodefensas Gaitanistas o Clan del Golfo. Guerrilleros y paracos se midieron el aceite en un fuerte tastaseo en cercanías de las veredas El Hoyo y Palmichal, que obligó al desplazamiento de 77 familias hacia el casco urbano del municipio.

El duelo entre los dos poderosos grupos armados cobró la vida de cuatro subversivos y terminó con la rendición del Frente 36, comandado por alias Calarcá. Ese grupo, días previos al cruce de balas y drones cargados de explosivos, había pasado a denominarse Frente 5, pero después de la confrontación, dicen los pobladores de Briceño, se extinguió como guerrilla y sus integrantes pasaron a formar parte del Clan del Golfo.

Gilberto, amigo de Flor desde mucho antes de la primera etapa de la implementación del Acuerdo de Paz, es líder social en la vereda La América y asegura que “ahora sí habrá paz, porque un solo grupo tendrá el control de Briceño”.

Gilberto es beneficiario del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), y también es presidente de la asociación de cafeteros Cafepazbri, que aglomera a 79 familias, todas ellas en el PNIS, que venden quinientos kilos de grano tostado al mes.

Pero Gilberto no siempre fue cafetero. Nacido en Medellín, fue abandonado por sus padres biológicos con un año de vida, y tras ser acogido por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar pasó por diferentes familias, hasta que la cuarta de ellas lo volvió a abandonar, dejándolo en la humilde casa de un campesino de Briceño, a mediados de los años ochenta.

El campesino no lo tiró a la calle, pero lo puso a trabajar de seis de la mañana a cinco de la tarde, todos los días. Le enseñó a arar la tierra, a sembrar frijol, tomate, plátano y cacao. Para entonces, las Farc ya se habían asentado en las afueras del municipio, cerca de la frontera con Anorí, y empezaron a obligar a los campesinos a sembrar hoja de coca, un producto que quemaba la tierra.

A Gilberto aquello no le gustaba. Prefería bajar a pescar en el Cauca y, de vez en cuando, echarle suerte al baraqueo. Se acostumbró a caminar el monte desde que era un niño y por eso, cuando bajaba al río, hacía esa travesía desde San Fermín, pasando por las quebradas Las Montoya, Cenizas, Los Zapata y el río Briceño, hasta bajar a la represa. No le importaba quedarse acampando en esos matorrales llenos de mapanás y rabos de ají, y cuando el sol calentaba sobre yarumos, balsos y carboneros, él se metía al río y se dejaba refrescar por esas aguas opacas, hasta que se le cansaban los brazos y entonces se acercaba a una orilla pedregosa para buscar las pepitas de oro.

Fue así como conoció a Flor, que también le sacaba granitos y ripio al gran Mono, hasta que llegó Hidroituango y les cortó la veta a fuerza de macanazos del Esmad.

Comenzando los años noventa, con la famosa política de apertura económica impulsada por el entonces presidente César Gaviria Trujillo, el precio del café se fue al piso y a los campesinos de Briceño no les quedó más remedio que meterse de lleno a la siembra de hoja de coca. Gilberto aceptó su destino, pero Flor prefirió volver a su vereda y huyó de la pobreza casándose con uno de sus vecinos.

Mientras Gilberto se ganaba cuarenta o cincuenta mil pesos jornaleando con la hoja de coca, Flor si acaso llegaba a los quince recogiendo con su esposo. Además, el café solo da dos cosechas al año, mientras que la coca puede recogerse hasta siete veces por año.

Hidroituango les había robado el río, la pesca, el oro. La guerrilla les había quitado la cultura del agro y hasta de la guasca. Con el correr de los años, Briceño, pueblo sin nombre y con el apellido de un coronel venezolano de los turbios tiempos de la Independencia, pasó de la música guasca al vallenato y su paisaje se tornó monótono, pálido y oscuro. Y entonces llegó el Acuerdo de Paz y montó su laboratorio en la vereda El Orejón. Todo parecía un pretexto para poder culminar con éxito la megaobra de Hidroituango, pero los briceñitas se tomaron en serio la promesa y la celebraron con bombos y platillos. La paz, por fin la paz.

Reunión de familias con representantes del programa de sustitución de cultivos. Vereda La América.

En 2015, Flor ya había empezado a estudiar gracias una beca que se ganó a través de la alianza Antioquia-Medellín-Bilbao-Bizkaia (AM-BBI), que invirtió cuatro millones de euros en capacitaciones e intercambios.

Tenía 19 años cuando aplicó a las ofertas y terminó siendo elegida para estudiar Tecnología en Gestión Agroforestal en la Universidad Católica del Norte. Fue un reto tremendo para la joven madre, que ni siquiera sabía cómo usar un computador. Entonces no solo tuvo que estudiar la carrera, sino aprender cómo se estudiaba.

“Cuando vinieron con el proyecto de Hidroituango nos dijeron que podíamos vincularnos. Nos capacitaron cuatro años. A mí todo eso me hizo pensar y me abrió los ojos. Cada mes me iba para Medellín a estudiar liderazgo. Después me gané la beca, junto a otras cinco personas. Nos pagaban el cien por ciento de esas capacitaciones. Nos dieron computadores portátiles para poder conectarnos a las clases, pero no sabíamos ni prenderlos”, cuenta entre risas, pero la verdad es que fue un momento de inseguridades, pues muchas veces tuvo que ir hasta el Valle de Toledo para que el sacerdote de ese caserío le ayudara a manejar ese confuso aparato.

Flor se graduó con honores y cuando volvió a su vereda se convirtió en una persona muy importante para la Junta de Acción Comunal; fue secretaria y presidenta. Gracias a sus estudios, aunó esfuerzos con otras mujeres y fundaron MUPA (Mujeres Unidas por la Paz), en agosto de 2009. La organización comenzó con cuarenta socias y recibió apoyo de la Gobernación de Antioquia y Naciones Unidas. Todas eran campesinas, el primer proyecto que emprendieron fue un cultivo de dos hectáreas de mora, en Buenavista.

Sembraron tres variedades: Castilla, San Antonio y mora aceituna. Todo marchó muy bien durante dos años. El suelo que habían tomado en arriendo era fértil y comenzó a dar frutos rápidamente. Lograron obtener varias cosechas y vender muchos kilos de la fruta, hasta que, de un momento a otro, todo se vino abajo.

“La guerrilla nos advirtió que no volviéramos al cultivo porque lo habían minado”, narra Flor con tono melancólico.

Los grupos armados ilegales habían regresado al territorio, con los viejos nombres, aunque con otros cabecillas. Ahora eran llamados disidencias, pero mantenían los apelativos de frentes 4, 5, 18 y 36. Los paramilitares también regresaron, pero ahora como Clan del Golfo.

No habían transcurrido ni dos años de la implementación del Acuerdo y Briceño ya estaba plagado de minas, de hombres armados y de cultivos de hoja de coca. La paz se había ido al carajo, como el río Cauca.

Sin embargo, a Flor la vida le había cambiado. Eso de volver a las labores del hogar ya no era para ella. Quería estudiar más, iniciar más proyectos, liderar.

Por su parte, Gilberto estaba en ascuas. Había dejado el cultivo de coca y había vuelto a sembrar plátano, frijol y café. Se había inscrito en el PNIS, muy emocionado, pues para él, “la paz es tener salud y tranquilidad, y eso de estar escuchando balaceras en el monte no es paz para nadie”.

En 2020, Flor y sus amigas volvieron a su cultivo de moras. El Acuerdo había propiciado un desminado humanitario y la noticia era que podían regresar a la vereda Buenavista. Cuando se asomaron al cultivo ya no había nada, las plantas se habían marchitado, la tierra se había quemado. Muchas de las socias de MUPA decidieron irse del pueblo, pero Flor continuó. Entregó las dos hectáreas al anterior dueño, quien inmediatamente las llenó de ganado, y se metió al programa PNIS para reiniciar su vida a través del café.

“No fue fácil porque la coca había dejado contaminados los suelos, pero poco a poco salimos adelante y nos ha ido bien. Sin embargo, muchas de mis compañeras abandonaron el proyecto por miedo, y porque les dolió ver todo destruido. Ahora tenemos un avance significativo con el café, y eso nos ha generado mucha tranquilidad. Podemos sostener nuestras familias”, afirma.

Es difícil determinar si el Acuerdo de Paz fue un fracaso total. Bajo la fría lupa de las estadísticas, pareciera que no, pues en el enclave del Bajo Cauca, Norte y Nordeste antioqueño se lograron impulsar más de 7800 proyectos del Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) y se beneficiaron más de once mil familias con el PNIS, todo eso con una inversión cercana a los dos billones de pesos.

Sin embargo, en el caso de Briceño, la década del Acuerdo ha estado marcada por el asesinato de once líderes sociales, incluidos cuatro inscritos en el PNIS, el exalcalde del municipio en el periodo 2016-2019, José Danilo Agudelo Torres, y del periodista y poeta Mateo Pérez Rueda. Además, asesinaron a un firmante del Acuerdo de Paz y desplazaron forzosamente a 6183 personas, en nueve hechos diferentes.

Y en todo ese territorio PDET, que comprende trece municipios desde Caucasia hasta Segovia, desde 2016 hasta la fecha van 42 masacres, 35 375 personas desplazadas, 116 líderes sociales y 23 firmantes del Acuerdo asesinados, una calamidad.

Por su parte, Flor ya tiene dos hijos, sigue casada y su proyecto de café produce cuatrocientos kilos mensuales para las veinticuatro familias que están asociadas en MUPA. Vive relativamente feliz y continúa estudiando. Gilberto extraña la pesca y el barequeo, pero en Cafepazbri logra vender quinientos kilos mensuales durante los periodos de cosecha. Para ambos, el problema es que siguen siendo los más débiles de la cadena de producción, pues el kilo lo venden a diecinueve mil pesos, mientras que el intermediario, la Federación Nacional de Cafeteros, lo vende por veinte, treinta o hasta cuarenta dólares.

“La paz fue un fracaso, un total fracaso. Yo sigo estando igual que cuando comencé, pero con menos plata. La coca me dejaba ochocientos mil pesos quincenales y con eso compré mi finca y mi casa, pero ahora ni plata ni paz”, menciona Gilberto, un huérfano que ahora también tiene familia, terruño y un montón de personas a las cuales cuidar.

En tres meses se cumplen diez años del Acuerdo de Paz en La Habana y en Briceño, laboratorio de esa ilusión, siguen sumidos en la zozobra de la guerra y en la pobreza de ser campesinos, porque la riqueza de la tierra no es para ellos, nunca lo fue y nunca lo será.

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Chocó no es tierra para débiles

por ANDREA ALDANA • Fotografías de la autora

Número 110 Septiembre de 2019

—¿Cómo es que vos te llamás? Laura, ¿cierto?
—Sí.
—¿Y vos cuántos años tenés, Laura?
—Quince.
—¿Quince? ¿Y cuánto tiempo llevás en la guerrilla?
—Esta es mi segunda vez.
—¿Cómo así?
—Sí. Es mi segunda vez acá. Yo ya estuve una vez pero me fui y ahora volví.
—¿Pero cómo así? ¿Por qué te metiste la primera vez? ¿Y por qué te saliste?
—Lo que pasa es que… Vea, no nos digamos mentiras, cuando uno se mete a la guerrilla por un hombre, le va mal.
—¿Vos te metiste a la guerrilla porque estabas enamorada de un guerrillero?
—Sí. Me fui detrás de él, pero no duré ni dos meses. Después nos dejamos y yo me fui pa la casa otra vez.
—¿Y por qué volviste a la guerrilla?
—Por mi casa.
—No entiendo.
—Es que en mi casa somos siete y solo está mi mamá. Muy difícil alimentar siete bocas. Ella no tiene cómo, no. Fue cuando decidí devolverme. Yo hablé con ella y le dije: “Vea, usted tiene que alimentar siete bocas. Bueno, pues ya a mí no me cuente. Cuenta con una menos”. Y le dije que me devolvía para la guerrilla.
—¿Y ella qué dijo? ¿Te dejo venirte así nomás?
—¿Qué me iba a decir? Ella no quería que yo me viniera, no; me rogó y todo. Pero dijera lo que dijera, una boca más es una carga más. Es muy duro ver la mamá llorando porque no tiene qué darnos de comer. En cambio estando acá uno hasta la puede ayudar.
—¿Y tus hermanos qué dicen?
—Hay uno que salió con que dizque también se quiere venir.
—¿A la guerrilla?
—Sí.
—¿Y vos qué le dijiste?
—No, que no. Él sabe que no puede. Ya está terminando el colegio y mi mamá quiere que sea alguien. Yo también quiero que él estudie y sea alguien, que llegue lejos.
—¿En algún momento te has arrepentido de haber ingresado a la guerrilla?
—Hay momentos en que me arrepiento porque en verdad quiero seguir estudiando; pero por otro lado no, porque aquí he aprendido bastante.
—¿Y qué quieres estudiar?
—Mi sueño siempre ha sido ser abogada.
—¿Y por qué no lo haces? ¿Por qué no estudias Derecho? Finalmente la guerrilla sí que va a necesitar abogados.
—¡Ja! Porque esa carrera es muy cara, y la realidad es que no hay quién pague esa universidad.

Y así, en las comunidades donde el agua más potable que se consume es el agua lluvia y donde no tener qué comer no es carreta de campaña, es como la guerra se cuela y pasa a ser un proyecto de vida.

Durante todo el año 2018, la Defensoría del Pueblo emitió 73 Alertas Tempranas en las que advirtió sobre los riesgos de reclutamiento forzado a los que estaban sometidos “niños, niñas y adolescentes”. Antioquia acumuló el quince por ciento de las alarmas y Chocó ocupó el segundo lugar con el doce.

Después de este grito, la Defensoría afirmó: “Los grupos armados al margen de la ley que realizan estas actividades ilegales son las Autodefensas Gaitanistas Colombianas, AGC; el Ejército de Liberación Nacional, ELN, y las disidencias de las Farc”. Pero pongamos el dedo en la llaga y, como dice Laura, no nos digamos mentiras: ¿quién está detrás de la forzosa decisión de una niña que se va de su casa e ingresa a la guerra para que su madre no tenga que alimentar siete bocas sino seis? ¿A quién le corresponde garantizarle un entorno seguro y por “entorno seguro” me refiero a que al menos tenga diariamente algo que comer?

***

Estamos escondidos bajo el techo de un rancho de madera en medio de la selva, una choza campesina algo destapada ubicada al lado de los restos de un campo de coca que ahora está abandonado y seco. Va uno, van dos, pero ahora son tres los helicópteros del ejército que nos sobrevuelan y nosotros somos cuatro los periodistas que estamos con la guerrilla: dos camarógrafos, dos reporteros.

Van veinte minutos de sobrevuelo. Hay susto. Suena otro helicóptero y otro. El comandante guerrillero dice que no están cerca y que si nos tuvieran ubicados, ya nos hubieran hecho un “desembarco”, es decir, ya se habrían lanzado soldados con cuerdas y estarían disparando sobre nosotros. Pero esto no me calma, yo siento que tenemos encima a toda la fuerza aérea colombiana. El comandante insiste:
—Además, esta tierra no es fácil, pa caminar este fango se necesita. Si soltaron gente, todavía necesitan por lo menos dos horas de caminata para llegar hasta donde estamos.

Treinta minutos… Sesenta… Hora y 45 minutos de sobrevuelo ininterrumpido. ¡Jesús! Pues si soltaron gente, estamos a quince minutos de que nos caigan. A quince minutos de quedar en la mitad de un combate entre el ejército y la guerrilla.
—¿Por qué no nos movemos? —pregunto—. ¿Y si nos caen?
—Porque no sabemos dónde están. Los helicópteros sonaron por aquí, por allí, por allí y por allí —dice el comandante señalando los cuatro puntos cardinales—; ¿y si terminamos cayéndoles nosotros por error?

Suena otro helicóptero. Este suena durísimo y nos pasa cerquititica. Por medio de un destapado que hay entre las hojas de la selva, el colega reportero y yo vemos pasar la aeronave y hasta alcanzamos a contar los soldados que van dentro del aparato. Se acercan diez metros más y hasta les cuento los lunares de la cara. “¡Mierda!”, pensé.
—Reunión urgente, muchachos — dije a los periodistas.
Nos reunimos en círculo y empezamos a improvisar el protocolo de seguridad:
—Qué hijueputa susto.
—¿Qué vamos a hacer?
—Todos de blanco ya. Camiseta blanca ya.
—¿Pero qué vamos a hacer si el ejército llega? Yo estaba pensando en tirarnos al río.
—No, no. A la loca no nos podemos poner a correr.
—¿Entonces qué hacemos?
—No sé. Lo primero es separarnos de la guerrilla, lo segundo es empezar a gritar “prensa, prensa” a la loca mientras agitamos una camiseta blanca por el aire.
—¿Y lo tercero?
—Confiar en que el ejército vea la bandera blanca y no nos dispare.
—¿Tú crees que nos dispararían?
—Yo creo que a ningún gobierno le conviene que maten a cuatro periodistas en un operativo militar. Pero es que otra cosa es la adrenalina, esa es la que actúa primero y piensa después.

Miro el rostro de Laura, la guerrillera de quince años, y noto cómo ella también observa el cielo asustada. De todos, es la que se ve más preocupada. El comandante guerrillero, en cambio, nos observa desde lejos, hay algo de tensión en su rostro pero lo que más resalta en su mirada es un dejo de burla. Somos un chiste para él. Intenta seguir calmándonos y como último recurso, bajo el sonido de las hélices en el cielo, decide ponerse a cantar una canción de los hermanos Mejía Godoy: “Vendrá la guerra, amor, y en el combate / no habrá tregua ni freno para el canto. / Sino poesía naciendo incontenible, / del cañón, de fusiles libertarios. / Vendrá la guerra, amor, y en el combate, / nos fundiremos en las barricadas. / Deteniendo las hordas criminales, / a punta de corazón, fuego y metralla”.

El comandante es alias Uriel, el que tiene más presencia ante las cámaras. El más buscado de la región. El premio gordo de los militares. Y preciso nosotros teníamos que estar con él. Como si no fueran suficientes los peligros propios que atormentan al Chocó. La guerrilla que nos recibe es el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Estamos en el litoral de los afluentes que se desprenden de alguna parte del río San Juan, ni idea cuál, pero con certeza es la parte que ellos dominan. Porque el resto del río, al igual que el Atrato, se lo disputan con las “disidencias” y las AGC.

Estamos con el ELN porque queremos conocer su dinámica en el territorio y su papel en este momento del conflicto en el país; y si no estamos en los territorios de las AGC o de los disidentes de las Farc es únicamente porque no nos han autorizado el ingreso. Y acá la autoridad son ellos.

***

La disputa por el territorio entre los grupos armados al margen de la ley se ha incrementado en los últimos dos años. La salida de las Farc del escenario bélico dejó un vacío de poder que todos los actores armados se apuraron a llenar. Todos, claro, menos el Estado. Que desaprovechó tremenda oportunidad y siguió llenando el río San Juan con sus buques de guerra y sus botes de combate, y dejando al litoral sin escuelas, sin energía eléctrica, sin agua potable y sin puestos de salud.

Hace poco, el pasado 5 de septiembre, la vicepresidente de la República, Marta Lucía Ramírez, escribió en Twitter: “Hoy a los jóvenes del Chocó y de 10 departamentos más, les va a ser posible acceder a la educación virtual a través de 76 programas que hoy se ofrecen a través de la línea de crédito #MásColombianoQueNunca. #EducaciónQue- Conecta”. Y su intervención resulta hasta chistosa porque: uno, el mismo Estado en su Decreto 749 de 2018, con el cual creó la Comisión Intersectorial para el Departamento del Chocó, afirmó que en el “Chocó se evidencian deficiencias en materia de cobertura y calidad en educación, salud, alimentación, agua potable, saneamiento básico, seguridad, accesibilidad, infraestructura, […] así como problemáticas ambientales que afectan la situación social, económica y humanitaria del departamento”, como para que ahora venga ella a ofrecerles una deuda. Y dos, porque el grueso del Chocó al que le ofrece “educación virtual” conecta energía eléctrica solo un par de horas al día a través de plantas de gasolina. Como escribí antes, la vice podría resultar hasta chistosa, pero el Estado allá no es ni siquiera un chiste. Es nada.

En consecuencia, la población quedó bajo la ley y el orden —o el desorden— de los grupos armados ilegales y la norma se la impone el fusil. Y en medio de los combates por aumentar este poder —poder que por supuesto incluye la recolección de impuestos, o vacunas, como les dicen los civiles—, han quedado confinadas cientos de familias sin poder salir de sus casas ni siquiera para buscar algo de comida. Situaciones que, por puro desespero, terminaron en el desplazamiento masivo de comunidades indígenas y afrodescendientes.

El 7 de septiembre de 2018, la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) emitió un comunicado en el que informó que desde el 21 de agosto, al menos 1640 personas (328 familias) se encontraban confinadas y cerca de 223 (61 familias) se habían tenido que desplazar forzosamente en los municipios de Bahía Solano y Juradó, debido a los enfrentamientos entre las AGC y el ELN. Al final, el texto también decía que un combate ocurrido el 26 de agosto entre estos grupos había causado la muerte de un menor de edad y había dejado heridas a dos mujeres indígenas.

La Defensoría del Pueblo, por su lado, emitió la Alerta Temprana No. 069 el 27 de agosto de 2018 y en ella advirtió que las comunidades presentan “desabastecimiento de alimentos, dificultad de acceso a medios de vida (actividades de pancoger), afectaciones en salud mental y necesidades de protección”. Advirtió de futuros desplazamientos y lo más grave: de contaminación por minas antipersona. En los años de la paz, volvían a minarse los territorios.

El grito de auxilio se repitió este año, en los primeros días de abril la Defensoría emitió la Alerta Temprana 017- 19 de Inminencia y ahora decía que los confinados eran 2778 más. Y que el enfrentamiento entre las AGC y el ELN ya no estaba solo en Bahía Solano y Juradó, se había expandido y ahora afectaba a nueve comunidades indígenas y afros del municipio de Bojayá: Villa Hermosa, Egoróquera, Playita, Unión Baquiaza, Mesopotamia, Napipí, Bocas de Opogadó, Carrillo y Pogue; territorios en los que se come porque se cultiva. Pero las minas y los combates, el temor al disparo del fusil, no estaban permitiendo que los agricultores salieran a cosechar.

¡Hambre! ¡Hambre es lo que había y aún hay en el Chocó! Y la vice ofreciendo educación virtual.

***

En las ocasiones que entré a entrevistar al ELN junto a otros periodistas, que son varias, casi siempre nos fue a recoger el mismo guerrillero, Uber. Un hombre de treinta y algo, no sé bien. La última vez que lo vi me mostró la foto de su hija, ya adolescente, y no paró de contarme lo feliz que estaba porque por fin la había encontrado —la guerra los separó estando ella muy pequeña— y también me dijo lo bien que les había ido en ese primer reencuentro. Esta vez no fue a recogernos. Lo habían matado. En medio de un combate, la bala de un fusil le partió la cabeza y le reventó la vida. El cuerpo aún no lo recuperan. Suponiendo que los bandos en esta guerra están bien definidos y sin entender mucho de ella —obviamente— pregunté:
—¿Y por qué no entregan el cuerpo? ¿El ejército no debería devolvérselo a la familia? ¿O fueron las AGC?
—Fueron las disidencias.
—¿Las disidencias? ¿Cómo así? Ahora también están enfrentados con las disidencias?
—Uff, la pelea más grande ahorita es con ellos. Por un lado llegaron diciendo que eran el Frente 30 y que volvían, entonces que nos teníamos que ir, por otro lado se presentan grupitos pequeños y dicen que son disidencia y que también nos tenemos que ir, y por Juradó volvió uno que fue comandante Farc pero ahora se presenta como AGC, y lo mismo: que nos fuéramos. Entonces estamos enfrentados con todos.
—¿Y Uber?
—No, pues quién se va a ir a sacarlo de por allá.

Yo quería llorar, pero sus compañeros no se mostraban muy acongojados. A mí me daba pesar por Uber y por su hija, esa menor de edad que no llegaba a los dieciséis años y ya había perdido al mismo padre por segunda vez. Pero para sus compañeros es cotidiano. En la lógica del guerrero, la muerte se vuelve dama de compañía.

Estaba pensando en todo esto cuando vi a Laura, la guerrillera de quince años, y recordando su cara de susto por el sobrevuelo que nos habían hecho las aeronaves militares el día anterior, me acerqué y le pregunté que si a ella aún le daban miedo los combates. Me contestó que no. Me contó de un par de enfrentamientos que ya había tenido con el ejército y al final agregó que eso le había matado el susto.
—Bueno, pero en conclusión: ¿ya no te dan miedo los combates?
—No. Si a mí me dicen que hay que ir, yo voy.
—¿Y entonces ayer por qué estabas con esa cara de susto cuando nos sobrevolaron esos helicópteros del ejército?
—O sea… Eso… Eso fue… ¿Caras?… ¿Yooo?
—Sí señora.
—Eso fue porque miraba hacia el cielo y me tocaba mirar así por el sol.
—No señora, yo la vi. Pura cara de susto.
—Es que la verdad eran bastantes, jajaja.

Nos reímos un rato de eso y empezamos a hacernos un par de bromas suponiendo lo que hubiéramos hecho si hubiéramos recibido el asalto militar. Entonces empecé a comprender la guerra en el Chocó. Es tan irreal y tan lejano a nosotros lo que sucede en este territorio que terminas riéndote junto a una menor de edad porque unos soldados no te dispararon y no te mataron en la mitad de la selva.

Reía ahora de una hipotética escena macabra que no sucedió; tres noches atrás, escondida en una hamaca, sin poder dormir, y ahogando el llanto con un saco para que nadie me oyera, lloraba por otra escena que tampoco viví pero que sí ocurrió.

***

—Me mataron a mi mamá, me la mataron, me mataron a mi mamá…
La voz quebrada de un niño de once años suelta ese audio por WhatsApp y el último “mamá” se oye lejano, como si apartara la boca del micrófono antes de soltar el celular. Como si algo acabara de llamar su atención. Lo imagino con paso presuroso de un lugar a otro, lo imagino tirándose del pelo, lo imagino tronándose los dedos, lo imagino llorando mientras patea con sus piernas delgadas las latas y la madera de su rancho. Imagino que suelta ese celular y corre hacia el hueco de la puerta porque cree ver regresar a la madre que nunca más va a volver.

“Me mataron a mi mamá”. Pasan tres segundos, el audio acaba y el silencio nos cae como bloque de granito. Estábamos solo una fuente, el colega reportero y yo. La voz del niño se apaga y yo inmediatamente me doy cuenta de que voy a escuchar una de esas historias que queman por dentro, que arden como arde el reflujo cuando se apodera del pecho. En Colombia asesinaron a una mujer —a otra—. Era madre. Y yo la conocía.

El nuevo cadáver no era de un líder social. No era activista. Era una mujer dedicada al rebusque. Era una persona que vivía con miedo en el Chocó. Alguien a quien mataron y no salió en las noticias. Pienso en ella, pienso en la única vez que la vi. Ahora era un cuerpo sin vida que dejaron amarrado a un tronco. Era nadie. Y gracias a esa nadie algún día yo me alimenté.

A las fieras que la asesinaron ella también las alimentó, pero estas, traicioneras, mordieron esa mano que les daba de comer. Vendía pescados y legumbres, los metía en una nevera de icopor y los transportaba a lo largo de la única vía de este vasto territorio: el río San Juan. Cruzaba —inevitable— las imperceptibles fronteras que sobre él trazan el ejército, la delincuencia común, las guerrillas y las nuevas expresiones del paramilitarismo. De ella comieron todas las fieras.
—Ay, Andrea, era mi amiga. Cómo matan a esa muchacha. Yo qué le voy a decir a usted, mija, ¿yo qué le voy a decir? Si vinieron por ella, en cualquier momento vienen por mí.

Mi fuente, dura, temeraria, que siempre está desafiante, recia, que siempre que voy a saludarla me recibe con un “Ya vino usted otra vez por aquí a hacerme perder el tiempo y con todo lo que tengo que hacer”, por primera vez está derrotada. Lo sé por sus hombros que en vez de altivos están caídos, por su mentón pegado al pecho mientras habla, por la lágrima en su mejilla derecha que ni siquiera tiene fuerzas de limpiar. Llora y yo quiero llorar. Por el niño huérfano, por la madre asesinada y por mi fuente, sobre todo por mi fuente, que es superpoderosa para mí y ahora pierde sus poderes. Quiero llorar pero me avergüenzo. El Chocó no es tierra para débiles.

La muerte la pude seguir casi en vivo como si estuviera escuchando un pódcast macabro. El primer audio es de la madre, la que asesinaron, pregunta cómo están las cosas por la vía, dice que tiene miedo, que le han dicho que “las cosas están muy calientes por ahí”, pero que ella necesita salir a trabajar. Vuelve a decir que tiene miedo y la voz no aparece más.

El segundo audio es del esposo, dice que en la vía hicieron un retén, que unos encapuchados bajaron a su esposa del transporte, que ella iba con el niño, que el niño se desesperó pero que los sujetos dijeron que solo la iban a retener un momento y la entregaban después; el hombre dice que no tiene ni idea de qué pasó con su mujer y pide, muy ansioso, que por favor le ayuden a ubicarla, que alguien haga algo para salvarla. El tercer audio vuelve a ser del marido, con tono seco y pesado, como el ruido de un puño cuando se deja caer sobre una mesa, su voz anuncia —y sus palabras golpean—: “Ya apareció. La mataron”. El cuarto audio es un niño quebrado en llanto que parece robarle el celular al padre por unos segundos porque necesita desahogar su furia y su impotencia: “Me mataron a mi mamá, me la mataron, me mataron a mi mamá”.

La fuente, pensando que es dato valioso, me extiende el celular para que vea las fotos del cuerpo (alguien lo retrató, creo que el marido), pero yo volteo rápidamente el rostro hacia el lado contrario y hago un gesto de desagrado como si hubiera ingerido una bebida amarga. El trago más amargo de la guerra: la muerte de los civiles que nunca hicieron, quisieron ni pidieron ser parte del conflicto.

En el territorio hay hipótesis sobre las fieras que la devoraron. Pero hay tantas, que no está claro de dónde vino la mordida. La bajaron en ese retén que mencionó el esposo en el audio. El niño imploró por su madre. Lloró. Los encapuchados —bondadosos ellos— le dijeron que se tranquilizara y que en unas horas se la iban a devolver unos caseríos más adelante, que ellos mismo la iban a llevar después hasta allá. La retuvieron toda la noche y al otro día, amarrada, la fusilaron; dejaron su cuerpo atado a un tronco —compasivos ellos— para que no se fuera a extraviar.

Pregunté las causas pero no pregunté por las consecuencias de ese crimen. La fuente en un comentario me dejó saber que el niño acababa de cumplir doce años y que en su cumpleaños hubo un momento en el que se aisló. El padre fue a preguntarle si estaba bien y el niño soltó un par de lágrimas y dijo que extrañaba a su mamá.

Todos quedamos en silencio y un par de horas más tarde alguien llegó por nosotros. Nos iban a llevar a otro caserío mientras las condiciones de seguridad se prestaban —habían militarizado el litoral— para que la guerrilla nos diera la entrevista. Me despedí de la fuente, seguí el recorrido y, en lugar de concentrarme en la preguntas de una entrevista que podía ser en cualquier momento o de pensar en las hostilidades a las que nos iba a someter el ejército si nos veía navegando el río tan tarde, todo el camino tuve al chico —del que solo conocí tres segundos de su voz y su llanto— en la mente. Lo imaginé cerrando los ojos muy apretados y deseando con furia que su mamá regresara. Lo imaginé después abriendo los ojos e imaginé la orfandad tan espantosa que debió sentir cuando entendió que nunca más la iba a volver a ver, que no iba a volver a tener el abrazo materno en un cumpleaños. Por la noche, mientras intentaba dormir en una hamaca, en mi mente también se coló ese otro chico de doce años que nos desgarró a todos mientras gritaba y pateaba una puerta al lado del cadáver de su madre. Ese pequeño que ya nadie recuerda. El hijo de María del Pilar Hurtado, la madre que las fieras asesinaron en Tierralta, Córdoba, frente a su hijo.

El hijo de María del Pilar quedó a cargo de tres hermanos, el chico de mi historia no sé de cuántos. El resto de mi viaje por el Chocó, que se extendió casi una semana, vi niños entre seis y doce años cargando a sus hermanos menores y no pude más que pensar en potenciales huérfanos. En madres asesinadas que a nadie importan. En unos versos de Safo:
Bajo tierra estarás, / nunca de ti, / muerta, memoria habrá, / […] Ignorada también, / tú marcharás / a esa infernal mansión, / Y volando errarás, / siempre sin luz, / junto a los muertos tú.

No pude dormir entonces y sigo sin poder dormir ahora. ¿Quién duerme tranquilo en este volátil gobierno de fusiles? ¿Quién duerme tranquilo en la morgue Colombia? Solo los muertos.

No pregunté entonces pero ahora sí pienso en las consecuencias de ese crimen, de todos los crímenes: niños que crecen con el alma envenenada, materia prima para la guerra. Colombia, país de huérfanos.

***

Terminó el viaje al Chocó en el que cuatro periodistas nos afligimos juntos, nos asustamos juntos, nos burlamos juntos y nos reímos juntos. El último día, antes de irnos, muy en la mañana, vimos a los jóvenes de la guerrilla haciendo entrenamiento deportivo en una especie de cancha del caserío donde nos quedamos esa noche mientras un puñado de niños los observaban fascinados. No había fusiles cerca, solo muchachos y muchachas haciendo deporte y tapando su rostro con un trapo rojo para evitar quedar retratados o grabados en nuestras cámaras.

Yo me concentré en los niños. Traté de entender su fascinación. Y otra vez llegué a lo mismo: en los territorios donde hay nada la guerra se vuelve un proyecto de vida. Una lancha nos recogió y nos sacó del Chocó navegando por el río San Juan, la única forma de salir de ahí, porque en esa parte ni siquiera hay carreteras. Tardamos seis horas para volver a la civilización en la que se tiene conexión eléctrica permanente. En la que no hay guerra permanente. En la que te cobija la burbuja. Durante esas horas recordé los versos de la canción que cantó el comandante Uriel bajo el ruido de las aspas de los helicópteros que nos sobrevolaban; recordé a Laura, la asustadiza guerrillera de quince años, recordé el rostro de mi fuente derrotada y recordé al niño de once años, ahora huérfano, que por WhatsApp quebraba su voz para decir que a su mamá la habían matado.

Yo no canté bajo el ruido de las hélices del ejército. Intentaba pensar en una canción para un escenario así. Pero ahora solo estaba el ruido de la lancha sobre el río y el ronroneo del motor. La melodía de la huida. Atrás quedaba, como siempre, el Chocó.

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Juan Guillermo Valderrama Santamaría

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Rutas del Conflicto con apoyo de La Liga contra el Silencio

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