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Rueda la bola

1910-1947

por JUAN MANUEL URIBE

Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna

Enero de 2017

La cancha de Miraflores, testigo del crecimiento del fútbol en Medellín, 1927. ¿Qué tal la pinta del árbitro?. Fotografía de Carlos Serna.

Cien años después de la Independencia llegó a Me­dellín un nuevo invasor: el fútbol. Vino en forma de pelota, una vejiga envuelta en una piel de cuero, tan pesada cuando se mojaba que ni el más temible caño­nero de aquellos tiempos era capaz de levantarla con un golpe del empeine. La trajo Guillermo Moreno, un antioqueño de familia pudiente, comerciante, viajero, aventurero como todo buen arriero. Los primeros pica­dos se llevaron a cabo en el Bosque de la Independen­cia y luego en la Manga de los Belgas. Armaban arcos con palos y piedras, y jugaban entre amigos. Los testi­gos eran simples parroquianos que, como atortolados, se quedaban con la boca abierta por ver a aquellos jó­venes de “buena pinta” corriendo detrás de una extraña esfera cosida como un zapato.

Así comenzó la historia del fútbol en la capital antioqueña. Y así dio inició el recorrido del balón por nuestras mangas, calles y canchas primerizas. La pe­lota cruzó el mar para ser amansada por jóvenes ex­tranjeros que vivían en esta comarca, y luego pasó a los pies de antioqueños y migrantes internos, quienes le dieron un sello propio a ese novel deporte que ya se había convertido en epidemia en toda Europa.

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Oficialmente el fútbol tuvo su origen en 1863, en Ingla­terra, cuando se fundó la asociación de fútbol de ese país. Sin embargo, hay registros de juegos con pelota en diferentes partes del mundo, al menos cuatro siglos antes de que los ingleses lo formalizaran. En Suraméri­ca llegó primero a Argentina, Brasil y Uruguay.

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En la primera década del siglo XX en Medellín se ju­gaba en el Bosque de la Independencia, construido en homenaje al centenario del 20 de julio de 1810; la construcción la autorizó el Concejo Municipal en 1913 y la Sociedad de Mejoras Pú­blicas lo inauguró en 1915.

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El primer equipo creado en Medellín, por iniciativa de los comerciantes suizos Juan Heiniger y Jorge Herzig, fue el Sporting en 1912 (el Barranquilla F.B.C., el primer conjunto de fútbol de Colombia, data del 4 de diciembre de 1909).

Todo listo para el saque inicial en la Manga de los Belgas, 192?. Fotografía de Carlos Serna.

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La creación del Medellín se registró el miércoles 21 de enero de 1914. Ese mismo año se pasó a jugar en la llamada Manga de los Belgas, situada donde estaba comenzando la construcción del Hospital San Vicente de Paul, y el nombre se debía a que ahí pastaban las mulas que arrastraban el tranvía de sangre de la empresa colombo-belga.

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Hay documentos que registran un partido entre el Medellín y el Sporting, con triunfo de este último, el sábado 9 de mayo de 1914. También quedó registrada la revancha ante los místeres, calificada de inolvidable. Siete días después se hizo un partido de festejo por la visita del presidente de la república Carlos E. Restrepo.

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En la Manga de los Belgas se jugó el domingo 29 de noviembre de 1914, a las cuatro de la tarde, el primer partido interdepartamental que se hizo en la ciudad. Se enfrentaron Bartolinos, equipo del colegio jesuita de San Bartolomé de Bogotá, y el Sporting criollo. Los bogotanos llegaron por tren, con transbordo de la estación El Limón a la de Santiago, pues todavía no existía el túnel de La Quiebra. El partido, olvidable según parece, se dirimió con un empate sin goles.

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En junio de 1915 los jesuitas compraron al empresario Coriolano Amador la finca Miraflores, en el barrio Buenos Aires. El 28 de mayo de 1916 estrenaron allí una cancha con un partido entre el Sporting y el Club Antioquia, primer equipo del colegio jesuita fundado en 1914.

Fotografía de Carlos Serna.
Partido en la cancha de Miraflores, 1926. Fotografía de Carlos Serna.

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Con la construcción del Hospital San Vicente de Paul la Manga de los Belgas cerró sus arcos y se pasó a jugar al frente, en el campo llamado El Carretero, de propiedad del Sporting (allí se edificaría la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia). Antonio Zapata, presidente del club Albión (1916), recibió una carta fechada en Montevideo el 10 de mayo de 1919 y firmada por el presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, Héctor Rivadavia Gómez, que lo invitaba a afiliar al fútbol colombiano a la Conmebol que ya contaba con Argentina, Uruguay, Brasil y Chile.

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En septiembre de 1923 comenzó a jugarse la Copa Jiménez Jaramillo, organizada por la Gobernación de Antioquia, y por tanto bautizada con los apellidos del gobernador de entonces. Se jugó en la cancha El Carretero. Fueron seis los oncenos enfrentados: Peralonso, Colombia, El Trece, Star, ABC y Medellín. El ganador fue Medellín, cuyo uniforme era de franjas verticales carmelitas y blancas.

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El primer intento de estadio fue una tribuna en la carrera Carabobo, llamada Estadium Municipal e inaugurada el 31 de agosto de 1924. Allí el Boyacá le ganó 1-0 al Nariño. La vida de ese sitio fue efímera. En 1924 se volvió a jugar la Copa Jiménez Jaramillo, sin la resonancia de la anterior y sin que la prensa reseñara los marcadores.

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En 1925 el rector de la Universidad Nacional, Carlos Gutiérrez, donó una copa y con ella se disputó el torneo Gutiérrez. Jugaron Junín, Universidad de Antioquia, Ayacucho y San Ignacio. El jueves 25 de marzo de 1925 se jugó en Miraflores un partido que el Medellín le ganó al Star por 3-2

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El 24 de julio de 1925 un combinado de antioqueños, reunido a manera de selección local, derrotó 9-0 al visitante Colegio Ramírez de Bogotá. En 1927 vino una representación de Santa Marta y ese mismo año fue una de Medellín a Bogotá. Es evidente que había copas, partidos e intercambios, pero la prensa bajó la guardia a la información certera del fútbol en Medellín. Había pasado la novedad de los viajes y los enfrentamientos entre las escuadras.

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En diciembre de 1928 y enero de 1929 se disputaron los Primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali y el fútbol se jugó en el estadio Versalles. A la ciudad de Medellín la representó el Medellín F.B.C. Jorge Herzig fue el entrenador y llevó a jugadores como Carlos Congote, Arturo Echavarría, Cipriano Torres, Fabio Jiménez, Jesús Arriola, Alberto Molina, Diego Restrepo, Ignacio Arriola, Samuel Uribe Escobar (capitán), Pedro Justo Berrío y Jorge ‘Imanao’ Londoño. La final la ganó Santa Marta a Barranquilla 2-0.

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Aquel Medellín F.B.C., conocido como de “los ricos”, pues casi todos eran profesionales como el médico Samuel Uribe Escobar, se acabó en 1930, coincidiendo con la popularización del balompié, pues ya lo jugaban los llamados “artesanos”, los ciudadanos que ejercían los oficios aprendidos con el trabajo diario: tenderos, zapateros, albañiles, carpinteros. Esto hizo al fútbol el deporte más jugado y más visto en todas partes.

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El 26 de octubre de 1929 se instaló la junta de Fedefútbol, hoy Liga Antioqueña de Fútbol. Desde su creación, comenzó a jugar sus torneos en el hipódromo Los Libertadores, donde hoy está el barrio San Joaquín.

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El primer partido en Los Libertadores se jugó el 24 de febrero de 1929, a las tres de la tarde, entre el Ciclista Lima Association y el ABC local. Ganaron los peruanos 9-0. Desde ahí empezó la fama de los peruanos en Medellín y en Colombia. Entraron por Barranquilla, navegaron por el Magdalena, de Puerto Berrío a Medellín, a Bogotá, a Cali y salieron por Buenaventura. En octubre de 1929 vino otro equipo peruano, el Chancay, le ganó al Junín 12-1 y al Medellín por 4-1. En julio de 1930 volvió el Ciclista Lima y le ganó al Deportivo por 4-0. Los equipos peruanos no volverían hasta 1941 cuando ya se habían curado las heridas el conflicto entre Colombia y Perú, que empezó cuando los peruanos invadieron Leticia el 1 de septiembre de 1932.

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En 1926 Jesús María ‘el Cura’ Burgos creó en Niquitao un equipo con muchachos del sector, lo denominó Romano y le puso camiseta roja. Lo renombró Real Madrid y lo entró a la liga en 1930. En el 32 se ganó la segunda categoría y al ascender a primera división en 1933 Burgos denominó a su equipo Medellín F.B.C., tomando el nombre que había quedado sin uso. En 1935 hay fotos del equipo con las franjas horizontales rojas y blancas, pero volvió al rojo completo que terminó por imponerse. Ese es el Medellín que llegaría a ser fundador de la Dimayor en Barranquilla el 26 de junio de 1948.

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El primer campeón de la Liga Antioqueña fue el Colombia, en 1930, seguido del Unión. En el 31 fue campeón el Deportivo y segundo el Colombia Junior. En el 32 ganó el Colombia y segundo el Colombia Junior. En el 33 ganó el Deportivo y subcampeón fue el Colombia Junior. En los tres años siguientes la Liga no realizó el torneo de primera.

Es por eso que en 1936 el Cura Burgos armó una larga gira nacional. Fue el último año de Burgos en el Medellín. Lo remplazó Leo Hirsfeld, el entrenador alemán que dominó el torneo de la liga de 1937 a 1945, ganó ocho de los nueve campeonatos, solo perdió el de 1941 con Huracán y fue en el escritorio: Medellín no se presentó a la final como protesta por considerar injusta una sanción a su capitán, Alfonso Serna. Los últimos dos campeonatos antes del profesionalismo los ganó el Deportivo (el mismo que venía de 1930) y el Victoria, uno de los nuevos equipos del Cura Burgos.

Equipo Colombia, primer campeón de la primera categoría de la Liga Antioqueña de Fútbol, 1930. Fotografía de Melitón Rodríguez.

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La lista de jugadores de esa época es interesante y hubo cracks reconocidos como el portero Carlos Álvarez, José ‘Mico’ Zapata, Luis Patiño, cuyo apodo era famoso: el Bailarín Pirata; Gabriel Mejía, Julio ‘Chonto’ Gaviria, Alberto ‘el General’ Villa, los hermanos Echeverri (los Irras) y Jaime ‘Manco’ Gutiérrez. También era técnico de la liga Fernando Paternóster, quien había sido traído por la Asociación Colombiana de Fútbol, Adefútbol, para dirigir la selección de los I Juegos Bolivarianos de julio y agosto de 1938 en Bogotá.

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El primer campeonato nacional de fútbol (fuera de los Juegos Nacionales), dirigido por la Adefútbol, se jugó en 1938 en Medellín, del 19 de noviembre al 4 de diciembre. Lo ganó Antioquia, con la base del Medellín F.B.C., ambos dirigidos por el entrenador alemán Leo Hirsfeld. La final se la ganó Antioquia a Atlántico con marcador 2-0.

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El 9 de julio de 1944 hubo un incidente que dejó dos muertos y numerosos heridos en el hipódromo Los Libertadores. Se iba a jugar el partido entre Medellín y Huracán, el clásico de entonces. El silbato Gilberto Piedrahíta llamó a los jugadores al campo. El Medellín salió completo pero Huracán solo salió con siete jugadores. El árbitro permitió que Manuel Marín anotara el gol para ganar por W.O. Luego Huracán, reforzado y completo, propuso jugar un partido amistoso, pero se creyó que sería oficial. Medellín se negó a jugar el partido. Hubo protestas, se exaltaron los ánimos, dañaron las tribunas de sol, los altoparlantes rodaron por el suelo y la policía comenzó a disparar. Fue el caos y se responsabilizó y detuvo al oficial encargado. El estadio se reabrió el 18 de septiembre con el partido que el Medellín le ganó 3-1 al Unión Indulana.

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El hipódromo San Fernando fue inaugurado el 22 de febrero de 1942. Y Los Libertadores quedó solo para el fútbol hasta 1948 cuando fue vendido para la construcción del barrio San Joaquín. En 1944 se jugó un partido de fútbol en San Fernando entre antioqueños y samarios, pero no se volvió a hacer hasta el profesionalismo, por lo “lejos” que quedaba del Centro de Medellín. Cuentan personas del fútbol como Humberto ‘Tucho’ Ortiz y Rodrigo Fonnegra que se llegaba caminando y la entrada era por debajo de cuerda para ver los partidos.

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El equipo Unión, casaca roja y pantaloneta blanca, apareció en la liga en 1941. Al año siguiente ganó la segunda categoría y al ascender a primera se fusionó con el Indulana, equipo que le aportó el color negro. El nuevo nombre fue Unión Indulana, que jugó en primera los tres torneos de 1943 a 1945 y cuya casaca al principio fue verde al lado derecho y rojo al izquierdo. En 1946 se acabó la alianza entre los dos equipos y el Unión jugó con su viejo nombre, pero ya usaba la casaca verde y la pantaloneta granate.

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El 30 de abril de 1941 se fundó la sociedad del Atlético Municipal por la escritura pública número 2 100. La sociedad presidida por el ingeniero Alberto Villegas Lotero hizo una jugada maestra: para tener cupo de una vez en la primera división de la liga, les dijo a los jugadores del Unión que entraran a jugar para el Municipal con el pago de sueldos, es decir, profesionalmente. Y se incorporó al Municipal el uniforme verde y granate.

Campeones nacionales por primera vez. En aquella época se jugaba con cinco delanteros. Fotografía de Jorge Obando.

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín.

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por ROBERTO LUIS JARAMILLO // Si quieren saber cómo cambió y engordó mi figura, miren un retrato que se me hizo en tiempos de la preguerra. Observen cómo estaba poblada mi ciudad quebrada arriba y quebrada abajo. No digo mucho de los solares húmedos cercanos al río, o de las malolientes orillas del zanjón de Guanteros.

por JUAN LUIS MEJÍA //
Vivo con nostalgia de carnaval. Pero no es una nostalgia individual. Es la ausencia de la alegría colectiva de la sociedad de la cual provengo que, un buen día, decidió vivir en una especie de cuaresma perpetua (con todo lo que ello significa). Voy a tratar de explicarles el triple salto mortal que me ha llevado de la indiferencia y —por qué no— del reproche a la nostalgia del carnaval.

La ciudad de 1913

por VERÓNICA PERFETTI

Número 32 Marzo de 2012

El plano Medellín Futuro, trazado hace casi 100 años luego de un concurso público, intentaba un primer orden para una ciudad que comenzaba a mirar el ejemplo de las grandes metrópolis. Puesto sobre la mesa se puede mirar como una especie de fotografía aérea, un retrato de los ilustres de la villa, una hoja de valorización y una utopía rayada por la realidad.

El catastro levantado en 1913 por orden del Concejo de Medellín registra 275 manzanas para una población, según el censo del año anterior, de 70.547 habitantes en el distrito y cerca de 50.000 en el área urbana. La ciudad tenía una nueva dinámica de desarrollo marcada por la prolongación del ferrocarril a Bolombolo, la gran producción de café en el departamento, la expansión de las industrias, la construcción de varias carreteras y el desarrollo de la riqueza petrolífera del país.

En este marco de ciudad los hechos urbanos que consolidaron una trama se situaron sobre el núcleo central de la vieja ciudad colonial y su inmediata periferia: Guayaquil, San Antonio, Buenos Aires, Villa Nueva y la parte baja de Bolívar, inmediata a la quebrada Santa Elena y al río Medellín.

Es posible describir así el área del ensanche que se estaba produciendo: al Oriente la zona de mayor presión por las urbanizaciones esporádicas; la quebrada Santa Elena demarcaba dos sectores de población socialmente diferenciados: al Norte incluía la parte alta de Villa Nueva, unas tres cuadras más desde la Catedral y cuatro más hasta Carabobo. En la parte baja de la zona Norte abarcaba las tierras circunvecinas al río que hacía las veces de límite natural. En el Sur la calle San Juan servía de lindero. En 1905 se había señalado un marco urbano para la ciudad que se amplió en 1912. No está de más acotar que con el barrio Berlín se empezaron a construir en Medellín, a partir de 1917, las grandes urbanizaciones situadas por fuera del perímetro urbano.

Los alrededores del Parque de Berrío mantuvieron su condición comercial, lo cual incidiría de manera significativa en los costos de la propiedad. Guayaquil conformaría un centro de servicios de alcance regional con la plaza de mercado y la Estación del Ferrocarril. Algunos de los centros comunitarios, sociales y personales de asistencia mantuvieron su asiento en la traza colonial. Sin embargo, la plaza de mercado y la plaza de ferias se localizaron con nuevas instalaciones sobre los bordes del límite urbano, y algunas fábricas y trilladoras compartieron estas áreas de extramuros. Los centros educativos de mayor atracción, la Universidad de Antioquia y el Colegio San Ignacio, junto a la Iglesia de San Francisco, conformaban la plazuela José Félix de Restrepo. Villa Nueva albergó los centros vinculados con la élite: el Circo España y años más tarde el Palacio Episcopal.

Medellín Futuro

En el número de abril 18 de 1910 del periódico La Organización, la Sociedad de Mejoras Públicas (SMP) convocó a un concurso público para premiar “el mejor plano” de Medellín Futuro. El citado concurso se sumaba a las conmemoraciones del centenario de La Independencia, iniciativa de la Sociedad San Vicente de Paúl dirigida a exhibir los avances industriales. Los términos de la convocatoria estaban orientados a mantener como base la ciudad existente, proponer modificaciones sobre el espacio público y proyectar las futuras vías determinadas entre el puente de Guayaquil, sobre el río Medellín, las tierras Cipriano (situadas arriba del Bosque de la Independencia) y las partes baldías del Oriente, aprovechables para urbanización. Este concurso planteó la posibilidad de recoger las sugerencias de la opinión informada. Paralelamente, la SMP, ente creado para el embellecimiento y ornato de Medellín, solicitaba apoyo al Concejo Municipal a través de la creación de un Acuerdo que adoptara el plano ganador como oficial, y tomara las medidas legales para asegurar el desarrollo futuro de la ciudad dentro de los parámetros de los trazos del primer puesto.

Un concurso para un proyecto urbano

En 1907 Ricardo Olano partió a Washington en viaje de negocios. Hijo de minero procedente de Santo Domingo, Antioquia, llegó a Medellín a principios de siglo y se desempeñó no solo como comerciante sino como inversionista, industrial, urbanizador y político liberal. Participó en el Concejo de Medellín en 1914 y 1918, y fue miembro más que activo de la SMP.

Olano perteneció a la élite que lideró el progreso de la ciudad entre 1900 y 1930. El ingeniero Jorge Rodríguez lo definió como el más “progresista” de su generación. Su personalidad decidida y pujante, sus dotes especiales y su visión original hicieron de él un pionero de la urbanística, reconocido en Colombia y en el exterior gracias a su participación en congresos internacionales y a su actividad como director de la revista Progreso, órgano de la SMP desde donde mantuvo un intercambio de información sobre la ciudad colombiana y el urbanismo en Estados Unidos, México, Suramérica y Europa. Para entender su visión cosmopolita basta saber que el plano de la nueva ciudad de Canberra, Australia, fue presentado y comentado en Progreso.

La visita de Olano a la biblioteca del Congreso de Washington dio a Medellín, si se la compara con el resto de las ciudades colombianas, la posibilidad de adentrarse tempranamente en algunos aspectos de la modernidad. De esa visita surgió su inquietud de realizar un “plano de la ciudad futura”. Su utopía en aquel momento era visualizar un desarrollo racional para Medellín, como más de un siglo antes lo había hecho Pierre Charles L’Enfant para la capital de Estados Unidos.

La ideología liberal de Giorgio Piccinato fue una directriz permanente de la lucha de Olano. Todos los principios del pensamiento político del italiano: los derechos ciudadanos, la participación pública, la libre actividad económica, la limitación en la intervención del Estado, fueron temas que ventiló en diferentes revistas y en la prensa. En esa reflexión de Piccinato se concluye que “la urbanística tiene en el liberalismo una de sus matrices ideológicas”. Por esto no es extraño que un ciudadano de comienzos de siglo tan progresista forjara los principios de la urbanística en Colombia.

Ricardo Olano

La idea de un plano

La oportunidad se presentó en la exposición industrial de 1910, donde el mismo Olano lanzó la propuesta de convocar a un concurso público para desarrollar un Plano del Medellín Futuro. A la idea se adhirió el señor Carlos Restrepo, quien en el periódico La Organización expuso los lineamientos de su proyecto, enmarcado dentro de las críticas a las condiciones defectuosas del trazado que mostraba la ciudad. Invocando el sentido de previsión que caracterizaba a la SMP, Restrepo presentó la imagen de “un cuadrilátero” con calles anchas que formaran el marco de la ciudad y así definieran un claro deslinde entre lo urbano y lo no urbano, demarcado con avenidas arborizadas. Tendría en sus cuatro ángulos parques o paseos públicos, de los cuales había dos proyectados: el del Centenario y el de La Ladera. Por razones de estética e higiene, Restrepo situaba al Norte, en predios baldíos sobre la carretera de salida de la ciudad, otro parque al cual denominó Parque Central. La financiación estaba inspirada por la experiencia de Nueva York con el Central Park. Los grandes problemas de inundaciones en los terrenos de los ejidos municipales serían resueltos por el cuarto parque, con una intervención de drenajes que lo hiciera aprovechable para lagos y con la siembras de eucaliptos para ir “suprimiendo el foco de infección más eminente que tiene la parte baja de la ciudad”.

El periódico La Defensa, del cual hacía parte el ingeniero Alejandro López, anunciaría el desenlace del concurso con estas palabras: “Para satisfacer la necesidad de que las construcciones futuras de la ciudad se hagan de acuerdo con un plan preconcebido y previamente estudiado y aprobado, promovió la SMP, con motivo del centenario, un concurso para premiar el plano que a una comisión asignada al efecto le pareciera más digno de ser adoptado, plano en el que constataran, además de lo actual, las correcciones que han de hacerse en lo futuro en el trazado de la ciudad, y el modo de prever su ensanche”. El primer premio fue otorgado al ingeniero Jorge Rodríguez y los siguientes a Federico Lalinde y Carlos Vallejo.

Luego de la premiación, el Concejo Municipal y la SMP crearon una comisión integrada por miembros de ambas entidades para perfeccionar el proyecto del ingeniero Rodríguez. Se tendrían en cuenta algunas de las ideas planteadas por los demás concursantes.

Una vez que en el seno de la SMP se conoció y aprobó el Plano del Medellín Futuro, se preparó el documento legal que debía ser refrendado por el Concejo. El 5 de marzo de 1913, Ricardo Olano presentó ante el Concejo la propuesta sobre “el ensanche general de la ciudad en el futuro”, y el Acuerdo fue aprobado en primer debate.

El plano fue elaborado en su fase final por los ingenieros Jorge Rodríguez (autor intelectual), Alejandro López, Enrique Olarte (ingeniero-arquitecto), Ricardo Olano, A. Londoño, José Arango, Horacio Marino Rodríguez (autodidacta de la arquitectura) y el entonces ingeniero del distrito, Mariano Roldán. Dibujaron Horacio M. Rodríguez y J.J. Gil.

Como parte de la reflexión acerca de por qué se hizo realidad este proyecto, es importante destacar el momento coyuntural de voluntad política y conciencia “citadina”. Los integrantes de la comisión del Medellín Futuro fueron ratificados en su cargo por las dos entidades rectoras hasta finales de los años veinte. En síntesis, para que el plano de Medellín Futuro se hiciera realidad, se conjugaron la iniciativa de Ricardo Olano, el empeño de la SMP, el apoyo de la Escuela de Minas, el conocimiento de los ingenieros antioqueños, la voluntad política del Concejo, el interés ciudadano, las pésimas condiciones de salubridad, el desarrollo industrial y la especulación de las tierras a urbanizar.

Un año después el Ingeniero Municipal presentó un informe acerca de la ampliación de la calle San Juan y una zona aledaña que se convertiría más tarde en la plaza de Cisneros. Este proyecto requería la inversión de una considerable suma de dinero de la que el tesoro municipal no disponía; sin embargo, se nombró una comisión para que se entendiera con los dueños de los terrenos. La cuestión fue planteada desde el punto de vista de de la voluntad del Concejo para “hacer de Medellín la ciudad moderna”.

Reglamento para el Plano de Medellín Futuro

El Acuerdo 56 de mayo 5 de 1913 obligaba a dar aviso al Ingeniero Municipal de la pretensión de edificar o reedificar sobre el área circunscrita por las calles de la ciudad, o en terrenos no urbanizados pero comprendidos dentro de la carretera de circunvalación señalada en el citado plano. A continuación se delimitaba la carretera de circunvalación que se iniciaba en el lugar denominado hoy Cuatro Esquinas. Tomando el oriente, bordeaba el gran parque hasta dos cuadras al norte del Cementerio de San Pedro, donde seguía hasta la parte más alta del barrio Pérez Triana. Continuaba por el frente del regimiento y seguía el ascenso hasta el límite del barrio Gerona y descendía por el sur del cerro de El Salvador hasta el Ferrocarril de Amagá.

La junta que asesoraría al Concejo a la hora de establecer las modificaciones pertinentes estaba integrada por el Ingeniero Municipal, dos representantes del Concejo, dos miembros asignados por la SMP y el personero. Tanto los gestores del proyecto como los miembros del Concejo eran conscientes de que si bien el plano intentaba garantizar las condiciones mínimas para la calidad de vida, al mismo tiempo suscitaba conflictos con los propietarios de los predios.

La adopción del plano como realidad obligó a valorar tres elementos que se presentaban en forma simultánea: lo existente como potencial de transformación, lo propuesto como abstracción y realidad del poder ser. Esta compleja tríada condicionaba los pilares que se habían erigido en 1890 como exigencias del momento: higiene, comodidad, ornato.

La atención prestada por Olano a la maqueta del Washington de L’Enfant, con sus claras perspectivas de ejes monumentales rodeados de parques y jardines, no dejó de ser una contemplación, pues solo podría entrever el proyecto de ensanche para Medellín traspasando los límites antiguos y desbordando hacia la periferia en busca de formas capaces de evidenciar la racionalización de la ciudad: la Gran Avenida Central que corre hasta el gran bosque, la Circunvalar que delimita una nueva periferia y congrega la ciudad alrededor de una nueva funcionalidad.

Es posible marcar la vigencia y efectos del Plano de Medellín Futuro como idea de la realización de intervenciones urbanas que cambiaron la faz del Medellín de una aldea a una nueva imagen de ciudad moderna.

La información de este artículo tiene como fuente la investigación Las Transformaciones de la Estructura Urbana de Medellín, La Colonia, El ensanche y el Plano Regulador presentada y aprobada para optar al título de Doctor Arquitecto de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

Brisas de la Iguaná

por REDACCIÓN UC

Número 27 Septiembre de 2011

Un martes lluvioso de febrero, hace 40 años largos, Misael Pastrana llegó a Medellín para entregar una urbanización de edificios medianos para la clase media. Pastrana creía estar cortando la cinta de un suburbio que sería clientela. No sabía que inauguraba un barrio con voz propia y labia larga.

En el principio era La Iguaná. Los viejos mapas de la zona de Otrabanda muestran un hilo negro en medio de un amplio cauce gris. La quebrada hacía de las suyas al menos tres veces cada año y sus vecinos se acostumbraron a vivir con los pantalones remangados hasta la rodilla. La Iguaná era el demonio de la zona y solo quienes estaban obligados a enfrentarla -pobres de solemnidad, campesinos recién bajados, areneros, lavadores de cueros- daban la pelea contra sus embestidas y su mala fama. La leyenda negra la completaban los malos olores y el zumbido de las moscas. Además de las curtimbres y sus aguas fétidas estaban los mataderos y una fábrica de jabones en cercanías de lo que hoy es Suramericana, para terminar de ensuciarlo todo.

Los barrios de Otrabanda que ya lucían rosales en el antejardín preferían mirar más hacia la calle San Juan que hacia Colombia. Laureles y La América le daban la espalda a esas mangas turbias llenas de sauces, pomos, guamos y algunas eras de maíz y fríjol, y arrugaban la nariz frente a los tugurios en las orillas del ferrocarril y los talleres en Naranjal. Pero un buen precio es capaz de vencer todos los prejuicios. Y poco a poco aparecieron los inversionistas decididos a convertir esas tierras malsanas en apetecibles: “de fincas a estancias, de estancias a parcelas, de parcelas a mangones, de mangones a mangas y de mangas a lotes”. Cuando en el centro una vara cuadrada valía 50 pesos, en cercanías de La Iguaná se podía conseguir entre 2 y 5 pesos.

J. B. Londoño, la Compañía Industrial de Sombreros y Lisandro Ochoa, un cronista con buen ojo y buen bolsillo, fueron algunos de los grandes inversionistas en la zona. Era cuestión de arrendar los predios como potreros y esperar. Desde 1932 se hablaba de proyectos urbanísticos en Otrabanda. Un plano de la época dibuja una pequeña ciudadela en el sitio exacto donde hoy está Carlos E. Restrepo. Era apenas un triángulo modesto en una porción de la ciudad que mostraba los tranvías eléctricos de La América, Belén y Robledo, señalaba el estadio Los Libertadores en San Joaquín y le entregaba importancia a la calle Colombia como salida al occidente.

A mediados de los años sesenta llegó la certificación definitiva para esa encrucijada. La Biblioteca Pública Piloto había desafiado el ambiente desde 1952. Luego se vendieron los lotes para los centros comerciales Los Sauces y El Contemporáneo, y el almacén Sears le señaló al Éxito dónde debía montar su local y cómo no debía manejarlo. En 1966 Suramericana todavía tenía dudas sobre su edificio de oficinas y su proyecto de viviendas. Le preguntó, entonces, a una firma consultora llamada Asesorías e Interventorías (AEI). El informe se puede resumir con una frase vieja: “No lo piensen más”. Ya el municipio hablaba de una “zona en pleno desarrollo para uso habitacional” y el Instituto de Crédito Territorial (ICT) anunciaba un “gigantesco plan de vivienda en Medellín”.

En 1970 llegó el gobierno de Misael Pastrana con una frase que hoy bien podría ser propiedad de Angelino Garzón: “Frente social, objetivo el pueblo”. Medellín tenía dos grandes proyectos apoyados por el ICT, uno para familias pobres en López de Mesa en el norte y otro al pie de la Biblioteca Pública Piloto pensado para “la laboriosa clase media de la ciudad”, según los avisos de prensa. En el diario El Correo de 1971 aparecen múltiples avisos con las listas de los “preseleccionados dentro del plan alcancía aplicado a la Urbanización Carlos E. Restrepo”. Medellín era todavía un pueblo en busca de costumbres de ciudad. Las notas sociales dan cuenta de los acontecimientos memorables: “Doña Clementina P. de Ospina ofreció a sus amigas una taza de té. El juego de canasta tuvo lugar ayer en su casa de Perú con El Palo”.

El martes 16 de febrero de 1971 llegó el presidente Misael Pastrana a la ciudad. Fue recibido por el ceño fruncido del gobernador Diego Calle y la sonrisa conservadora del alcalde Álvaro Villegas. Se fue para el barrio Las Nieves, arriba de Manrique, para hacer la primera visita presidencial a la comuna nororiental. Según El Correo fue aclamado por la multitud y rompió el protocolo para juntarse con el pueblo. Les dejo el cassette del discurso: “En nuestro país la reforma urbana será quizá la más avanzada de América… Hemos pedido al ICT centrar sus esfuerzos en suministrar auténticas viviendas populares y bueno ámbitos para los colombianos más pobres”. Siguió para López de Mesa a entregar las más de 600 casas y remató en Carlos E. Restrepo. Según el cronista de la época fueron 2 horas y 17 minutos de frenesí popular antes de prepararse para el coctel de rigor en el Club Unión.

En Carlos E. Restrepo se entregaban los primeros 216 apartamentos de los 1000 proyectados. Un aviso de página entera lo celebraba: “No estamos prometiendo, estamos cumpliendo”. En el acto público, bajo un toldo y con un edificio como telón de fondo, el director del ICT le explicaba al Presidente Pastrana -“a las 5:40 de la tarde”- que un año y medio atrás esos terrenos estaban ocupados por tugurios cuyos habitantes fueron llevados a otras viviendas. Pastrana admiró el primer piso del edificio marcado con el número 53-14 y “acarició una niña y estrechó docenas de manos” antes de ir a bañarse para estar presentable en el Club Unión.

La lista de los “felices propietarios” que entrega El Correo tiene profesores, jueces, la viuda de un cronista radial, jubilados y un decorador de Fabricato. También hay un estudiante burgués entre esa “laboriosa clase media”. El periódico no se cansa de elogiar el nuevo suburbio: “los apartamentos son cómodos y acogedores. La zona verde es grande y bien distribuida”. Y eso que todavía era un peladero, qué tal que lo vieran hoy cuando ya está cubierto por un toldo verde de 40 años que sembraron sus primeros dueños.

Pocas veces los elogios de la prensa no producen risa una vez han pasado cuatro décadas. Los habitantes de Carlos E. Restrepo supieron construir un barrio abierto y saludable en medio de las recientes emboscadas del miedo, se han resistido a las rejas y a las serpentinas de acero, y ni siquiera la vecina funeraria que ya viene podrá oscurecer su ambiente de cantina y parque infantil, de cafetería universitaria y guarida de jubilados, de primera estación para la fiesta y casa de abuelos. En este caso es la ciudad la que le debe al barrio.

Historia de los cafés en Medellín (segunda entrega)

por RAFAEL ORTIZ • Ilustración de Lyda Estrada

Número 23 Mayo de 2011

A principios de los años veinte, ya Medellín era una población de cafés, de muchos tipos de cafés, pues no eran lo mismo los del centro que los de los barrios, y en el mismo centro existían variedades. Los de Lovaina y Guayaquil sí que eran distintos.

De día, los cafés de los barrios vendían normalmente algunos alimentos ya hechos, acompañados de café con leche, chocolate o gaseosa, y por la noche atendían el consumo de licores y tinto de los señores, antes o después de la comida, hasta las diez de la noche, cuando era obligatorio apagar el piano (que después fue rocola). Los fines de semana la vida en estos establecimientos cambiaba. Los sábados llegaban los muchachos desde temprano en la tarde, una o una y media, a tomar para luego marchar a los distintos barrios de prostitución —Lovaina, Guayaquil, Tierrabaja, etc.—. Cuando se iban, entraban los obreros y empleados, y en general quienes trabajaban hasta después de las tres de la tarde, y armaban fiestas y algazaras hasta altas horas de la noche y la madrugada.

Los domingos el movimiento de los cafés tenía dos fases: En la primera, la gente que salía de misa entraba a tomar cerveza o a comer mecato y prolongaba su permanencia hasta la hora de almorzar. La segunda correspondía a quienes salían por la tarde a buscar cómo calmar el guayabo causado por la parranda de la víspera, obtenida generalmente gorriando a los amigos o fiando hasta el próximo pago.

Bastante diferentes eran los cafés con billar, que a su vez eran distintos a las salas de billar, aunque con el tiempo ambos acabaron siendo lo mismo. Quizá la diferencia radicaba simplemente en que los cafés con billar eran los preferidos de los estudiantes, que solo jugaban a ratos (eso sí, los sábados y domingos, todo el día).

Al lado de estos cafés había otra variedad, mitad comedero rápido, mitad bar y con billar para algunos clientes que preferían jugar sin mirones. Era un local pequeño pero acogedor, con máximo cuatro mesas y eventualmente con piano. Los alimentos que se vendían eran de fácil manejo y se combinaban perfectamente con las gaseosas, cervezas y licores, que no faltaban: papas rellenas, papas, yucas y carne sudadas, plátanos maduros sudados o calados, tamales, chorizos, rellena y a veces arroz. En algunos también servían desayuno: huevos revueltos, pan, bizcochos y chocolate o perico.

Los cafés de Guayaquil funcionaba normalmente de cinco de la mañana hasta las doce de la noche y estaba dividido en tres partes: adelante, un salón donde se prestaban todos los servicios de café propiamente dicho, seguido de un espacio constituido por el mostrador o barra, la cocina y los servicios sanitarios, y de allí para atrás los cuartuchos o reservados, separados por delgados canceles, casi siempre con una mesa y dos sofás, uno a cada lado, que prácticamente se convertían en camas; en la mitad de la mesa una lámpara miserable, tipo cocuyo —alumbraba más la cusca de una vieja que fumara con la brasa entre la boca—, y en la pared un foco común y corriente, que cuando se veía encendido indicaba que el reservado estaba desocupado. Por lo general las parejas preferían la iluminación de cocuyo, la de foco en la pared era preferida por los tahúres profesionales para limpiarle el bolsillo a su clientela. En todas las mesas, incluidas las de los reservados, había una campana, desplazada cuando se generalizaron los timbres eléctricos. De lo que pasaba en el reservado, a pesar de que todo el mundo se enteraba, nadie comentaba; su uso, según para lo que fuera, aumentaba la tarifa básica y el precio de los servicios. Además de los mencionados cubículos, algunos cafés ofrecían servicios de boletería para toros, fútbol y circos, y de apuestas para las carreras de caballos y los partidos de fútbol.

El típico café guayaquileño era ante todo vistoso, lleno de afiches, decorado las más de las veces de acuerdo con el tipo de música que sonaba en su piano, aparato infaltable en todo café, así hubiera orquesta o conjunto musical. Era un aparato costoso que los dueños procuraban defender con una poderosa caparazón hecha con barras de hierro que de alguna manera remedaban su forma; por entre ese enrejado formidable asomaba toda la belleza del aparato de colores, en cuyo interior había un conjunto de luces y algunas piezas que giraban una veces con el calor de las luces, otras por medio de un pequeño motor que las accionaba. El resultado final era un conjunto caleidoscópico de luces, colores y formas en movimiento, que daba un extraño atractivo al interior del establecimiento por las noches, cuando la iluminación era escasa y los reflejos cambiantes creaban en la realidad figuras fantásticas, que con la ayuda de los tragos se volvían mas fantasiosas y que a todo daban un aire espectacular.

Las mesas eran de las más robustas que se vendían en el mercado, con patas de hierro macizo y tapa del mismo metal, para evitar de esa manera que pudieran ser manejadas muy fácilmente por los hercúleos clientes que allí se congregaban cuando se armaban las grandes batallas de borrachos y se agotaban las botellas y demás objetos menudos para tirar, y trataban de hacerlo con los muebles.

La atención del café estaba encomendada única y exclusivamente a las mujeres, las cuales servían de anzuelo a la clientela ruda y sexualmente hiperactiva que los frecuentaba. Decía un amigo criado y curtido en esos cafés: “Tenían saloneras muy bonitas, y uno como hombre y todos los hombres que entraban a un café, pues siempre mirábamos a las saloneras y uno era atraído por ellas pues una salonera buena moza no se le puede quitar a ningún hombre que la mire, así ella tenga ‘amigos’ o marido, pero tiene uno que deleitar el ojo, así no les parezca”.

Imposible encontrar un café en ese sector donde no se vendieran los más grasosos y fuertes comistrajos. Allí se consumían en cantidades increíbles el famoso chorizo antioqueño, alias “no me olvides”, el chicharrón frito a primera fritura, o mejor dicho sofreído, de modo que conservara abundante grasa; las famosas chuletas guayaquileñas también muy apetitosas y todo abundante en grasa. Cuánto se consumían tamales, rellena, papas rellenas y muchas otras especialidades, pero estas no llamaban tanto la atención como aquellas, debido principalmente a los efectos desintoxicantes que tenían las altamente grasosas.

En estos cafés a veces había una pequeña pista de baile, pero tal vez no pasaban de tres los que tenían especial atractivo por esta circunstancia. El que servía de imán a los bailarines de toda la ciudad era el Café Tropical, que se preciaba de tener catorce puertas.

En este café se organizaban los campeonatos de baile según las distintas modalidades de la época: tango, fox trot, bolero, etc. Había domingos cuando llegaban los más afamados bailarines de los barrios a dirimir supremacía con sus pares, y la cosa era de coger tribuna. Nadie se dejaba vencer, y al fin, para evitar injusticias que provocaran hechos mayores, se declaraba empatado el concurso.

En la sola calle San Juan los principales cafés que existieron, con peligro de alguna omisión, fueron:

Estos establecimientos fueron los más famosos, los más grandes, donde los hombres muchas veces pasaban la noche bebiendo abundantemente, para luego, tras tomar un baño improvisado ,salir a trabajar en mecánica, en las cómodas de la plaza de mercado, como coteros, en fin, en toda esa formidable gama de trabajos con que Guayaquil engrandecía a sus hijos, esposos y adoradores.

En contraste con estos establecimientos existían los cafés de Lovaina, El Fundungo, Venecia, La Toma, Las Palmas, etc, típicos de zona de prostitución. Todos ellos vendían licor y eran utilizados para hacer contacto con sus pupilas o con las muchachas de las casas que estaban mal. Ellas salían al rebusque de clientes y entre baile y baile los entusiasmaban y… nuevamente regresaban a la casa donde había un salón o al comedor, incluso en un patio cubierto con vidrios con un café y los mismos servicios de los accesos directo desde las calles, solo que la alcoba a mano y manejado por un marica que no toleraba ni cantinazo ni conejo.

Fuera de estos cafés, estaban los que podríamos llamar la élite, no por discriminación racial sino por la calidad del servicio. Los dos mejores exponentes fueron el Café Londres y el Mora Café.

Antiguamente los cafés, al menos los más importantes, tenían, fuera del salón comunitario donde se atendía la clientela, un servicio de baños públicos con muy buena demanda debido al hecho de que disponían permanentemente de agua fría y caliente, siendo esta última bastante escasa en las casas de familia, aunque tuvieran la famosa tina del fogón de reverbero, dado el número de hijos y parientes que vivían en la misma. A causa de ello, el agua caliente se terminaba rápido, y normalmente el padre y los hijos mayores se bañaban en los cafés cuando no querían esperar hasta la hora del almuerzo.

Estos establecimientos suministraban todo en calidades óptimas, por ello, en los baños se encontraban las toallas lavadas, planchadas, aromatizadas y precintadas con una garantía de perfecto aseo y limpieza. Los asientos eran muebles de Viena y las mesas tenían sus tapas en mármol y ciertos licores se vendían en copas de cristal, el brandy por ejemplo. Los servicios fueron atendidos por meseros hasta su desaparición, la cual coincidió con la generalización de las meseras en todos los cafés de bohemia, siendo muy contados aquellos en que sobrevivió tal costumbre. Claro que las meseras no dejan de dar un encanto especial al servicio… aunque cuando tienen el amigo al pie el servicio se va al traste.

Tal vez el primer café del centro que dio las pautas para los cafés importantes fue La Viña.

Tinto a dos centavos
Historia de los cafés en Medellín (primera parte)

por RAFAEL ORTIZ • Ilustraciones de Jacinta Molina

Número 22 Abril de 2011

No podemos decir que la vieja Villa de la Candelaria haya sido el lugar donde se inventó el café —ese salón de entretenimiento y tertulia donde además se puede tomar tinto—, pues bien se sabe que en Europa ha habido, desde hace mucho tiempo, cafés notables por sus servicios, categoría y ambiente. Pero, con toda seguridad, si allá no los hubieran inventado aquí lo habríamos hecho, pues la estructura social conformada en nuestra tierras desde la colonia es la adecuada.

A la inmensa mayoría de quienes solicitaban permiso para emigrar a las Américas desde España, Portugal y otros países, se les imponía un contrato según el cual debían dedicarse a la agricultura; pero una vez en la aldea o ciudad colonizada, a los seis meses máximo, esos emigrantes encontraban cómo medrar sin tener que trabajar.

Pronto se enrolaban en las huestes de los aventureros cuyo derrotero era enriquecerse robando oro a los indios, o a quienes fuera, para poner un almacén en la plaza de la población. Con una ventaja: en los almacenes no había que trabajar más que un día por semana, el de mercado; el resto lo pasaban en el negocio jugando cartas o en la casa de una amiga.

El almacén era, por tanto, centro de recreación y tertulia, y como en esos entonces no había forma de hacer tinto, allí se consumía sirope, jarabe y, casi a la hora de la Independencia, el famoso té de la sabana descubierto por la Expedición Botánica.

Cuando llegó el café, como producto, a Medellín, la gente lo preparó en el hogar en las formas conocidas de tinto, perico y carajillo. Luego empezó a ser vendido en las calles por muchachos piernipeludos; a muchos de ellos algunas familias ricas les regalaban el tinto con el afán de ayudarles, los demás tenían que comprarlo. Salían con seis termos organizados en una armazón de madera y con media docena de pocillos de porcelana colgada de los soportes laterales; al lado, una olla grande llena de agua para lavarlos cada vez que eran usados.

El café, como establecimiento comercial, sólo surge cuando don Hipólito Londoño (Polito), ya dueño de Café La Bastilla, vio en Caracas, Venezuela, cómo expendían el tinto en establecimientos dedicados al efecto. A su regreso, lo primero que hizo fue comprar vajilla de porcelana y poner venta de tinto a dos centavos, de lo que después se lamentaría, pues la demanda comprobó que el precio inaugural pudo haber sido de cinco.

No había pasado el primer mes del tinto en La Bastilla cuando ya se vendía en todas las tiendas, pulperías y establecimientos similares con gran acogida. Esto obligó a crear nuevos establecimientos, con más mesas y hasta músicos y pistas de baile.

Después, las tertulias que se hacían en las farmacias y las esquinas con los contertulios de pie y sin consumir más que el ocasional tinto vendido por los muchachos, pasaron a hacerse en los cafés. Eso sí, se siguió fumando mucho tabaco negro del doblado en casa y del doblado por profesionales.

Las pulperías

Antiguamente llevaban este nombre los establecimientos que vendían víveres, cacharros, correajes, canastos, forjas, artefactos de cabuya como lazos, enjalmas, arretrancas, cinchones, etc. La mayor parte de los víveres se guardaba en cajones y la panela era encerrada en los armarios.

En algunas también se menudeaban cervezas del país, aguardiente y ron común. Los licores se llevaban en un charol, servidos en copas y vasos a los que se hacía un simulacro de lavado en una ponchera a la que sólo se le cambiaba el agua cuando ya estaba espesa de residuos; la secada de los trastos se hacía con una toalla que no pecaba de limpieza. Era de rigor llenar los estantes con botellas vacías y no podía faltar, como detalle indispensable, la tinaja de barro con la chicha dulce.

Fueron pocas las pulperías en Medellín porque en dichos tiempos casi todas las gentes se proveían de lo necesario, los días martes y viernes, en el mercado de la plaza principal.

Los cafés

Permanentemente abiertos al público adulto, son esos lugares donde se vende tinto (café negro), perico (pocillo pequeño de café con leche), licores y algunos alimentos. Allí concurren los clientes no sólo a disfrutar los clásicos productos sino a hacer negocios, tertuliar, leer periódicos y libros, y en general, a encontrar esparcimiento y relacionarse con los demás.

Cantinas, tiendas y billares

Mezcla de tienda de víveres y café, las cantinas son características de los barrios alejados del centro. Algunas, inclusive tenían carnicería.

Las tiendas, también generalmente de barrio, venden al menudeo toda clase de productos alimenticios incluyendo legumbres, licores y cigarrillos.

Los billares ofrecen los mismos servicios de licores que los cafés pero además alquilan, por horas o fracciones, mesas de pool y carambola, tableros de ajedrez, parqués y dominós.

Por conveniencias de publicidad, por esnobismo o por difamación, con el tiempo a algunos cafés se les puso el nombre de bar, taberna y otras denominaciones parecidas traídas por lo general del exterior.

Chicherías, baños públicos, putas y bastardos

por LÍDERMAN VÁSQUEZ

Número 17 Octubre de 2010

Tomada del libro Historia de Bogotá Siglo XX de Fabio Zambrano P.

A finales del siglo XIX, por los alrededores del Parque Berrío, había muchas chicherías. A ellas acudían los pobres a emborracharse y a liarse con alguna puta vieja, trajinada, devaluada. Eran sitios donde imperaba el desaseo. Desde los periódicos locales las plumas de bien instaban a los ricos de la ciudad a apropiarse de esos sitios y construir modernos edificios acordes con los nuevos tiempos. Por un cuartillo de chicha, y a veces sólo por la compañía, las putas se iban con los hombres a copular en las mangas cercanas al parque, o a callejones oscuros, en medio del ladrido de los perros.

Llegaban a la ciudad, todavía niñas, huyendo del rejo paterno, y entraban a servir en una casa de ricos. Los años, el maltrato, y uno que otro aborto, las iban devaluando, como a Guayaquil, y terminaban sus días en las chicherías. Estos lugares, vestigios de una época colonial que seguía viva en la cabeza de todos, eran el sitio de diversión de los pobres.

Los ricos tenían otros gustos.

En las familias de alcurnia las mujeres, educadas en los principios cristianos de castidad y sometimiento total al varón, constituían el cimiento del edificio familiar. Las relaciones sexuales dentro del matrimonio no tenían como fin el placer sino la concepción, ningún hombre debía despertar pasiones deletéreas en seres tan angelicales. Privativo de ellos, el placer había que buscarlo por fuera del matrimonio. Cuando lo procuraba la sirvienta era seguro, libre de enfermedades venéreas y de piojos: la esposa miraba para otro lado, se hacía la de la vista gorda, eso no era con ella. Si había embarazo la muchacha era expulsada y se convertía en puta. Muchas veces parían en los cañaduzales que bordeaban el río Medellín y cometían infanticidio. Nadie vio, nadie oyó.

Pero lo normal era acudir donde las putas. A procurarse lo que no les daban en casa, a disfrutar de una buena felación que las esposas, formadas a imagen y semejanza de María, madre de Dios, ni se imaginaban que se pudiera hacer, acudían los hombres a los prostíbulos de los que se fue llenando Guayaquil, el barrio residencial de las élites. Allí tuvo su casa Pedro Nel Ospina, presidente de Colombia entre 1922 y 1926. Los domingos, en la misa, putas y castas acudían al misterio de la eucaristía y estas últimas miraban con el rabillo del ojo y un mohín de desprecio a las mujeres perdidas que ofendían con su presencia la casa de Dios. Los esposos fingían indiferencia y con los ojos cerrados se entregaban al recuerdo, delicioso, de los goces comprados. Afuera, en el atrio de la iglesia, perros de todos los colores, con el pelaje del cuello erizado, mostrando los dientes y olisqueándose, medían sus fuerzas alrededor de una perra en calor. Tenían cara de malevos, de hombres lujuriosos, viciosos y pendencieros.

A medida que Guayaquil entraba en decadencia, los hombres de bien refinaban sus gustos. La gente se bañaba una vez a la semana, y, para hacerlo, acudían a baños públicos porque en las casas no había. Esta costumbre de no bañarse nunca, aparece en Europa en el siglo XII cuando la Iglesia, argumentando que durante el baño tocamos nuestros genitales, proscribe el uso del agua para estos menesteres: La cristiandad, hedionda de alma, paso a ser también hedionda de cuerpo.

En el Centro había varios. Ofrecían agua caliente, brandy y empanadas frescas. Eran sitios de encuentro con mujeres que vendían caros sus servicios, algunas de ellas alemanas, francesas, polacas, inglesas y españolas. Aunque parezca extraño, América Latina, desde México hasta Argentina, era el sitio preferido por las mujeres europeas para ejercer la prostitución. Entraban por Barranquilla y subían por el río Magdalena ofreciendo sus servicios a medida que se adentraban al interior del país. En Robledo había un baño muy bueno, frecuentado por don Coriolano Amador, el hombre más rico de Medellín, que se citaba allí con sus amantes. Entre brandy y brandy, saboreando las empanadas recién hechas se entraba en calor.

Menos frecuente que la visita al prostíbulo o a los baños públicos eran las aventuras con actrices. A Medellín llegaban compañías de teatro y de zarzuela y los hombres, vestidos a la manera europea, las seducían. Hubo frecuentes orgías en las quintas de los alrededores. Una muy famosa, pues en ella participó un verdadero contingente de actrices, se prolongó por quince días en la quinta de una de las familias más prestantes de la ciudad. Estas mujeres, igual que las putas, eran duchas en las artes amorosas y poseían la sabiduría que hizo famosas a las mujeres de Lesbo.

La industrialización atrajo a muchas mujeres del campo. La mayoría aspiraba a un empleo en las recientes fábricas textiles, pero la verdad es que muchas de ellas iban a parar a Guayaquil, o terminaban sus días en una chichería ofreciéndose por un cuartillo de chicha. Los dandis de la ciudad, elegantemente vestidos, solían frecuentar la salida de las fábricas y susurrarles palabras calientes al oído y una que otra promesa. Las muchachas, que trabajaban hasta dieciséis horas diarias y ganaban menos de la mitad de lo que ganaba un hombre, accedían a cambio de dinero. En los sitios de trabajo tenían que soportar el acoso de los capataces que bajo amenaza terminaban saliéndose con la suya. Estas historias, de las que no estaba excluido el sentimiento amoroso, terminaban con la muchacha en una residencia de Guayaquil, vendiendo su cuerpo para poder alimentar al hijo bastardo. Como en un poema de Mario Rivero en donde un cliente le dice a la muchacha: “Ven conmigo y te regalaré un vestido y un pañuelo”, y al final ella termina llorando.

Así, la nación colombiana fue nación de bastardos, de hijos naturales. De ellos descienden los policías, los soldados, los guerrilleros, los paramilitares, los maestros, los narcotraficantes, los albañiles, los empleados de grandes almacenes, etc.

Hay putas a pocos pasos de la Plaza Botero, travestis por los alrededores de la Iglesia Metropolitana, prepagos en colegios y universidades, y hasta en El Poblado, según publicación reciente del periódico ADN, adolescentes, hijas de la abundancia, se venden a traquetos y jubilados norteamericanos y españoles por diez billetes de cincuenta. Vengan que estamos en feria, es el bicentenario.