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La batalla de las bandas

por FELIPE HINCAPIÉ • Fotografías del Archivo Periódico El Mundo

Número 83 Febrero de 2017

El éxito que tenía Súper Conciertos JIV Limitada había llegado al punto de manejar dos emisoras, una columna en uno de los diarios más reconocidos del país y tener a todos los grupos locales a su favor. Después del histórico concierto de Argus, Raúl Velásquez tuvo la idea que marcaría la historia tanto para ellos como para el rock paisa en general. Raúl, Jairo Álvarez, Carlos Alberto Acosta y Vicky Trujillo comenzaron a idearse el concierto La Batalla de las Bandas.

La idea inicial era tratar de abarcar todos los grupos locales y géneros posibles para promocionarlos y posicionarlos, pues se miraba mucho hacia el ámbito internacional pero no se tomaban en serio los grupos locales. Un gran concierto que uniera a los rockeros en la Plaza de Toros La Macarena, lugar que ya tenían como referente.

“Empezamos el proceso, comenzamos a hablar de eso en el programa de radio y aparecieron muchas bandas interesadas en participar”, recuerda Jairo Álvarez. “Nos dimos a la tarea de ir a visitar todas las zonas donde ensayaban, todos los barrios donde estaban las bandas para seleccionar las que iban a participar”.

Jairo y Vicky eran los encargados de las audiciones y de calificarlos. Un día, cuando ya estaban seleccionadas la mayoría de las bandas, apareció un grupo de punkeros que se sentían relegados. Raúl Velásquez, como representante del evento, luego de hablar con ellos les dio la razón, por lo que abrió dos espacios más de los que tenía planeados.

Jairo Álvarez, quien fue el primer vocalista y mánager de Kraken, así lo recuerda: “Kraken era como el gran referente en ese momento y la mitad de los rockeros los adoraban y la mitad los odiaban, entonces se creó un ambiente muy curioso alrededor de La Batalla porque más allá de una manifestación cultural era una manifestación social. Había muchas bandas de punk, de metal, de hardcore, y que al final fueron seleccionadas, luego de más o menos seis meses de preparación y selección, les escogimos salas de ensayos donde les dimos instrumentos un poco más adecuados para que pudieran practicar y tener una mejor calidad a la hora de la presentación”.

Era la primera vez que se vinculaba un medio de comunicación como copatrocinador de un evento de rock. El periódico El Mundo fue, además de algunas empresas privadas, el que impulsó la realización del concierto. Era una apuesta segura, por lo que dineros privados y algunos personajes políticos se mostraron interesados en colaborar en algo realizado para los jóvenes. Así lo recuerda Carlos Alberto Acosta: “Esos personajes políticos salieron muy aburridos porque casi los linchan apenas se montaron al escenario y comenzaron a hablar. La verdad es que los odios entre los distintos géneros musicales, sobre todo los más radicales como los metaleros y los punkeros, hacia otros géneros como el rock heavy, el rock estándar y el pop, eran muy fuertes, entonces ahí no hubo ninguna convivencia. Fue una real batalla entre los seguidores de unos géneros tratando de matar a los otros”.

Como organizadores, el hecho de haberle puesto La Batalla de las Bandas a un evento que pretendía fomentar la convivencia sí les llamó la atención, al punto de querer cambiarlo días antes del evento por Encuentro de Bandas. Era demasiado tarde, la mayoría de la publicidad ya estaba impresa.

El mito decía que el concierto se iba a acabar cuando tocara Spol o cuando tocara Kraken, que eran los grupos “caspa”, los que la mayoría de la gente de los barrios populares no quería escuchar.

El cartel

Fueron ocho agrupaciones en total, y la dinámica del concierto era generar una votación para que las bandas más populares entre dos categorías, expertos y novatos, ganaran un disco. Además, se esperaba sacar un videoclip de los grupos ganadores y un registro completo del concierto para ser transmitido en televisión nacional.

El orden pretendido para esa tarde era Spol, Glostergladiattor, Danger, Mierda, Excalibur, Parabellum, Lasser y Kraken.

A diferencia de Ancón, los pormenores técnicos ya estaban listos: una tarima de dieciséis por ocho metros, cincuenta personas de logística controladas por Javier Betancourt, quien había trabajado anteriormente con Alice Cooper. La boleta se podía comprar en el almacén de JIV Limitada y en otros seis puntos de la ciudad. Todo estaba listo para aquel sábado 23 de marzo de 1985, el día de La Batalla de las Bandas.

Primeras horas

Como si de un presagio se tratara, la temperatura en Medellín aquel sábado estaba en uno de sus puntos más altos. Treinta grados acompañaban a la ciudad en aquellos tiempos sin fenómeno de El Niño. Mientras las personas del común buscaban la sombra y se abanicaban con lo que tuvieran a la mano, los jóvenes rockeros aguantaban el sol mientras hacían la fila afuera de la Plaza de Toros La Macarena.

Algunos, como en Argus, llegaban ebrios a la requisa antes de entrar, pues si el policía les detectaba la bota o el litro de cualquier licor lo vaciaba en un considerado río de vicios. El capitán Acevedo se aseguró de que toda persona que pasara al recinto fuera requisada hasta en las partes más íntimas con el fin de buscar productos non sanctos, tal como lo relató el periódico El Mundo que reseñó el concierto días después en el artículo “Una expresión de libertad… ¡vigilada!”: “En aprietos se vieron los uniformados para revisar todos los bolsillos y los bolsillitos, todas las billeteras y todas las mochilas de todos los rockeros asistentes. En un rincón de cada entrada empezó a crecer el cúmulo de periódicos, cadenas, navajas, botellas, chapas, al lado de una que otra bola de marihuana. La muchachada solo esperaba cumplir con la humillante requisa para correr desenfrenada hacia las graderías, y regresar más rápido a buscar la arena de la plaza, porque era allí que se vivía la vida. Los más ‘serios’ se quedaron en los tendidos, disfrutando el espectáculo con el vino que llevaron en una bolsa plástica, o en una bota que no les decomisaron porque le repitieron cincuenta veces al agente, en la puerta, ‘somos una parejita sana’. En el ruedo, centenares de jóvenes se jugaban la vida, como toreros. Le hacían el quite a la rutina, agarraban a estocadas los convencionalismos y entraban a matar todo lo que estorbara su libertad. Otras veces parecían gladiadores venidos de otros circos y otras Romas, semivestidos, pletóricos de taches y de hebillas y de colores. (…) Y al final de cada intervención, miles de manos alzándose hacia el cielo, coronadas con una ve y ambientadas con gritos como descargas de infernales artillerías. Por no hablar de las bandas. Alguien imitaba a alguien en el fervor y en la mística del rito-rockero-musical-vital”.

Con el ambiente pesado y los nervios del primer gran concierto, Spol se apoderó de sus instrumentos y se encargó de abrir el concierto. Los altoparlantes, hasta ese momento utilizados para dar indicaciones, se llenaron de un rock suave que levantó nuevamente las silbatinas. Era un público difícil, y al notar que la primera canción del grupo no sería la estridencia que fueron a escuchar, comenzaron a volar las primeras piedras y cúmulos de arena.

Más que una presentación musical lo de Spol fue un acto circense, pues la gran atracción fue ver a su cantante tratar de cantar mientras se defendía de los objetos voladores. El acto duró una canción, precisamente hasta que una pedrada en el ojo le avisó al vocalista que debía bajarse de allí, en medio del abucheo y el grito generalizado: “¡Caspa, caspa, caspa!”.

El segundo en escena fue Glostergladiattor, que usó las palabras mágicas para que el público comenzara a bailar: “Sigue el metal”. No importó el ritmo sincopado, la arritmia musical ni la estridencia, el público por fin estaba feliz. El vocalista no paraba de alentar con frases como “el heavy es la solución” y “que seamos polvo”. Algo de poder tuvieron sus frases, pues el polvo tomó vida propia y la arena de la Plaza se volvió una nube que tapó a todo el público de abajo.

“Hubo muchísimo calor, y cuando la gente empezó a brincar se levantó un arenero de tal magnitud que la gente no veía el escenario, y nosotros desde la tarima no veíamos la arena, del polvero que había”, recuerda Jairo Álvarez. “Tocó llamar a los soldados para que mojaran la arena, y la gente aprovechó para mojarse, se volvió una gran fiesta, pero mientras se armó todo ese desorden siguió el concierto y el caos no se hizo esperar”.

Danger se encargó de volver a caldear la plaza. Aunque el sonido era malo, y la voz del grupo se escuchaba gangosa, un cover de Judas Priest hizo delirar al público, al punto de que uno de los aficionados se subió a darle un abrazo al cantante. “Gracias Medellín por ponerle sangre”, gritó el líder de la banda, despidiéndose, sin imaginar lo que se vendría unos cuantos minutos después.

El error clave estuvo en el momento en que se le permitió subir al escenario a un grupo llamado Mierda, cuyo propósito, según ellos mismos, no era ni el amor, ni la armonía, ni la belleza. Representante del ultra metal, el vocalista subió maquillado con sangre e incitando a la gente a insultar, a ser irreverentes y a no dejar nada en pie. “Crucificadme” y “Satanás está entre nosotros” fueron algunas de las frases que desde el micrófono tentaron a la suerte.

El ambiente se volvió tan tenso que tras la presentación de Mierda hubo un receso no programado. Mientras algunos se abrazaban, otros trataban de limpiarse la polvareda, buscar a los amigos e hidratarse, pues la temperatura seguía por las nubes.

Excalibur, aunque era metal, pecaba por no ser del grupo ultra metal. Tal y como le pasó a Spol, fueron apedreados una vez se subieron al escenario, por lo que decidieron bajar sin dar todo su potencial. Una parte del escenario ya había sido reventado, lo que auguró que la presentación de Kraken, el verdadero “florero de Llorente”, sería una catástrofe. Sin embargo, antes del grupo de Elkin Ramírez se debía presentar Lasser, y antes de estos dos el turno era para el grupo más esperado por el público. No había terminado Excalibur y ya se oía el grito generalizado de “Parabellum, Parabellum”.

La visión de Parabellum

Aunque Ramón Restrepo, vocalista de Parabellum, sabía que ellos representaban el género musical del ultra metal, hoy día cree que en la presentación de ese día hicieron lo que tenían que hacer.

Estaban tras bastidores, y ya había llegado el rumor al camerino de que el ambiente afuera estaba pesado. Tal situación no les era indiferente ni extraña, pues el público que asistió a La Batalla de las Bandas ese día era su público habitual.

Sus letras eran fuertes, pero no creyeron nunca que fueran un detonante incitador para acabar con el concierto. Querían hablar sobre la lucha contra el comercio musical, contra la música caspa, vendida al mejor postor, contra aquellos que para ellos no hacían nada significativo con las canciones que creaban, pero eran las letras de sus canciones, era la forma con la que interactuaban con su público, era su filosofía de vida.

“Parabellum, en esas épocas, confrontando lo que era la religión, la política, la misma existencia, la guerra y el comercio musical, hizo que la gente entendiera y se saciara hasta un punto máximo. Quedaron a gusto, al punto que no querían escuchar más. Después de que la banda tocó la gente no quería más concierto, ya no necesitaban más sonidos en sus oídos, se generó un caos. Además, luego venían unas bandas que en ese momento, por el pensamiento radical de la gente, no eran aceptables, porque los consideraban muy comerciales. Bandas locales, bandas nuestras, que en esa época eran consideradas caspas y que ahora son respetadas y se reconocen como parte de la historia de nuestra música, pero en ese momento no lo eran. Se supone que nosotros ganamos La Batalla de la Bandas y merecíamos el disco. Igual el sentido no era ese, el propósito no era ganarnos esa grabación, al fin y al cabo el ultra metal o el metal de esa época era muy underground; preferíamos hacer las cosas por nuestros propios medios encima de que nos la regalaran, aunque si nos la daban tampoco la íbamos a rechazar”, cuenta Restrepo recordando ese día de tarima.

Parabellum se montó al escenario gritando que había llegado el metal, que se prepararan todos para la presentación más impactante de la tarde. Hasta los policías dejaron de bostezar para ponerse alerta tanto con el grupo como con aquellos que desde la arena comenzaban a tirar guijarros a los de las graderías que, se suponía, eran los que no querían estar en el alboroto.

El público enardecía, y las paredes maltratadas a lo largo del día ya se habían astillado. La pared del escenario era negra, de cuatro metros de alto y con los cantantes de Parabellum en su cúspide, lo que no fue obstáculo para uno de los asistentes que, ayudado por otro, escaló con el único fin de abrazar a Ramón.

Ricardo Aricapa, en su crónica “Rock y Anarquía”, así lo reseñó: “Subterráneo, como herido de muerte, surge de las esquinas de los barrios populares de Medellín ese grito hondo y desgarrado del cantante del grupo Parabellum; un alarido como el de un degollado que se riega airoso y contagioso por la plaza estremeciendo cuerpos y levantando polvareda, a pesar de los bomberos, que con sus mangueras no pudieron sofocar del todo ese incendio juvenil”.

Faltaban por tocar Lasser y Kraken, pero como Parabellum era el último grupo representante del ultra metal, para algunos, el concierto había terminado.

“Y llegó Lasser. Ahora los ánimos tenían el mismo volumen de los altoparlantes. En los tendidos seguía el entusiasmo, pero dosificado, la gente en general tiraba juicio. Buena parte de los de la arena ya andaban volando. Y volando bajo”, escribió Aricapa ese 1985.

Lasser tuvo la misma suerte que Excalibur y Spol, pues lo poco que estuvo en tarima fue para luchar por su vida. Las piedritas comenzaron a volar por todo lado con mayor frecuencia, y la tarima, con los golpes en la pared que la sostenía, ya no era un lugar seguro.

Juan Fernando Trujillo había decidido desde el principio del concierto ir al balcón, pues no era allegado al metal ni al ultra metal. Necesitaba un espacio sin congestión y donde pudiera ver el fenómeno tranquilamente: gente en la arena bailando, corriendo, pogueando y gritando cualquier cantidad de cosas a los que estaban cerca de él.

Ya se habían tirado diferentes tipos de objetos desde abajo hacia las gradas, pero quizás el primer gran motivo de la guerra que se formaría fue un baile de una persona en las graderías. La gente lo recuerda de muchas maneras: que fue un tipo que empezó a bailar de forma homosexual, que los de las gradas comenzaron a gritarle cosas a los que estaban tirando cosas, que nadie bailó nada, que todo empezó con Spol, que todo empezó con Lasser. En todo caso, Juan Fernando Trujillo asegura haber estado diagonal a la mujer de pañoleta roja que empezó a bailar con pasos de Jhon Travolta. En las tribunas, desentendidos del concierto, comenzaron a animar a la mujer, hasta que el alboroto fue tal que los que estaban en la arena se dieron cuenta, y le lanzaron a aquella mujer de pañoleta todo lo que tuvieron al alcance: chitos, papitas, guijarros, arena y bolsas llenas de quien sabe qué cosas.

Como es natural, las personas de arriba comenzaron a responder, y el evento perdió el poco sentido que le quedaba. Cada uno de los involucrados en la guerra comenzó a despicar piedras de las estructuras con las botas y las comenzaron a tirar. Los dos hombres que manejaban el sonido se tuvieron que refugiar en los tornamesas mientras se cubrían con los bafles y las telas negras del escenario.

Ricardo Aricapa terminó su reseña así: “Era una verbena robada a esta ciudad voraz donde ya no quedan resquicios para los sueños, la que sin embargo no se aprovechó plenamente porque lo que se había anunciado como un grito de libertad de las bandas y de los súbditos del rock de Medellín; lo que se esperaba que fuera una batalla fraternal entre metaleros, terminó en una batalla de guijarros entre el público. Y fue así como el altar del rock fue profanado por esa minoría sin dirección que parece empeñada en masacrar todos los valores; por esa franja marginal de la cultura urbana que el sábado asistió masivamente a La Macarena. Confieso que sentí temor por mi vida cuando el ruedo y las tribunas se desocuparon en estampida; cuando ya había varios heridos. Fueron diez minutos mudos en los que cualquier cosa pudo haber pasado en La Macarena. La gente pedía música y paz, pero los vándalos hacían la guerra. Todos queríamos que el concierto siguiera, pero no había por dónde porque se había desatado una situación absurda que ya no tenía reversa. En esas estábamos cuando llegó la policía, que bolillo en mano desocupó la plaza en cinco minutos. En el tráfago de la salida precipitada, pude ver otra vez al joven de la foto. Iba más trabado y ausente, sin darse cuenta de que en el fondo del callejón sin salida en el que se encuentra él y esa juventud que no quiere ver perjudicada está la policía esperando”.

El capitán Acevedo y sus 48 hombres se adentraron a la gradería donde estaba Juan Fernando Trujillo y la chica de la pañoleta. Mientras unos iban de manera pacífica a calmar el alboroto, otros, con bolillo en mano, aumentaron la tensión.

La mayoría de esos catorce mil asistentes habían salido de la Plaza de Toros en los diez minutos posteriores al suceso. Los cuerpos descompuestos, empolvados, con ropas desgarradas y botas raídas, en su mayoría, buscaban una forma de regresar a su hogar, mientras otros se dedicaban a seguir la pelea y esparcirla por todo el barrio El Naranjal. Tanto fue así que la mujer de la pañoleta roja tuvo que salir corriendo del lugar y montarse al primer bus que pasó por el lugar. Todos vieron partir a aquella mujer en un Floresta San Juan, mientras dejaba atrás todo el caos que, en parte, había provocado.

Muchos, como Juan Fernando, se quedaron en los alrededores de la Plaza por el resto de la tarde. Desprogramados, silenciosos, aletargados, pensativos con lo que había sucedido allí adentro, una parte de ellos quería terminar el concierto, aunque esa opción ya era más que imposible.

¿Y Kraken?

En el camerino aún permanecían Vicky Trujillo, Raúl Velásquez, Carlos Alberto Acosta y Jairo Álvarez, quienes despacharon a los músicos y les ofrecieron disculpas anticipadas a los miembros de Kraken.

Hugo Restrepo, de Kraken, todavía recuerda ese tiempo en el camerino: “No logramos tocar en La Batalla de las Bandas porque todo se terminó antes con el tipo de desorden público que hubo, entonces Kraken no se pudo presentar. No nos vimos en peligro, porque estábamos atrás en el camerino. No fue porque estaban en peligro nuestras vidas, sino que la gente, el público, se estaba agrediendo entre ellos. No siento que hubiera una resistencia a Kraken, lo que se detectó es que fueron riñas personales: la gente que estaba en las tribunas empezó a agredir o a hacer cosas que disgustaron a los de abajo, pero no había una rencilla con ningún grupo. Rencilla después, en un concierto en el teatro al aire libre Carlos Vieco, ahí sí fue una rencilla. Esa del Carlos Vieco fue una experiencia muy negativa, mucha gente salió muy malherida, el concierto no se pudo terminar, fue un fracaso para la banda tener que terminar así, escoltados y todo”.

La Batalla de las Bandas se convirtió en una expresión violenta, pues ya había un problema social más grande. Lastimosamente, toda esa música pesada se filtró ahí en el mundo del sicariato, lo que volvió a la época en sí misma un periodo muy oscuro.

Luis Grisales, quien también asistió al evento, aún no es capaz de hacerse una idea de la lógica que tuvo la gente para ocasionar tal grado de destrucción. “En ese instante me di cuenta de algo muy triste, que en realidad la ciudad estaba pasando por un momento muy crítico, un momento de violencia, que uno no lo tiene en la cabeza. ¿Hasta dónde una masa es capaz de agredir a otra? Era un despertar, era ver que las masas eran, y son, idiotas. Si a mí no me gustaba una banda me iba para otro lado o la escuchaba a ver si ahora sí me gustaba, pero yo no tenía esa dimensión, el querer agredir a alguien por música. Con el tiempo es que uno aprende que hay unos problemas de fondo, como se viven ahora esos problemas con las barras futboleras que es algo que no tiene que ver con el fenómeno del fútbol. Si el parqués fuera deporte nacional también nos daríamos bofetadas por el color de las fichas”.

Los reclamos por parte de los contradictores del rock no se hicieron esperar, y, como lo dice Carlos Alberto Acosta, al día siguiente de La Batalla de las Bandas se sabía que se tenía que empezar de ceros. “A partir de eso todo se fue para atrás: ya la Plaza de Toros no la querían prestar, los medios no querían saber nada de rock y los enemigos del género se aprovecharon de eso para difundir más eso de que el rock era satánico, que el rock era promotor del vicio, y lo escribían desde las secciones editoriales. Todos se vinieron encima de La Batalla de las Bandas, y el golpe fue duro”.

El golpe se podía notar desde las mismas reseñas al concierto. Una vez más el texto Rock y Anarquía, de Aricapa, mostró lo que se le vendría encima al género musical más adelante: “Cuando el reportero gráfico de El Mundo se acercó a fotografiar la escena de un muchacho desmayado por exceso de rock y estupefacientes en pleno ruedo de la plaza de toros La Macarena, en el paroxismo de la efervescencia que vivió el sábado la juventud rockera de Medellín, uno de los dos jóvenes que, tan trabados como su compañero caído trataban inútilmente de ayudarlo, enfrentó sin alientos al reportero y con una voz droga y cansada le pidió el favor de que no tomara la foto porque con ella iba a perjudicar la juventud. En su ensueño artificial el jovencito por lo menos logró captar que semejante foto iba a ser el más triste testimonio de una generación extraviada a la cual está atado por manoplas de cuero negro y correas anchas tachonadas con estoperoles; una juventud que se resquebraja en un nihilismo sin brújula; al ritmo metálico del rock y en plácida traba de metacualona, la cocaína de los pobres, porque el rock en Medellín se bajó de clase social y anda regado como una epidemia por los barrios populares de la ciudad. Por eso, los que tuvimos el privilegio de asistir el sábado a La Macarena para ver lo que hace la juventud más atravesada de Medellín cuando tiene un espacio físico para su ritual de rock y droga, vimos en esas miradas hundidas y en esos atuendos insólitos la avidez de la pobreza. Y bajo esos maquillajes estrafalarios vimos también las muchachas más lindas de Medellín danzando sin uno en pleno ruedo”.

El problema del radicalismo se agravaría posteriormente, pues el odio que había hacia Kraken por una parte del público sabotearía un par de eventos más en los años posteriores. El radicalismo llegaría a su punto máximo y su caída en los años noventa, cuando la apertura económica y la llegada de mayor oferta musical volverían absurdo el hecho de pelear por gustos musicales.

Como ocurrió con Ancón, luego de La Batalla de las Bandas se vino una época oscura donde tímidamente los grupos volverían a sus zonas de confort: parches pequeños, notas con amigos, cada uno dedicado a lo suyo y los conciertos de garaje que serían pieza clave para el resurgir del género en los noventa. 

En el ruedo La Batalla comenzó literalmente y no hubo tiempo de liberar el Kraken. El Titán y sus músicos se quedaron en el camerino. Su ausencia quedó como una marca. Su momento no había llegado.

Rueda la bola

1910-1947

por JUAN MANUEL URIBE

Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna

Enero de 2017

La cancha de Miraflores, testigo del crecimiento del fútbol en Medellín, 1927. ¿Qué tal la pinta del árbitro?. Fotografía de Carlos Serna.

Cien años después de la Independencia llegó a Me­dellín un nuevo invasor: el fútbol. Vino en forma de pelota, una vejiga envuelta en una piel de cuero, tan pesada cuando se mojaba que ni el más temible caño­nero de aquellos tiempos era capaz de levantarla con un golpe del empeine. La trajo Guillermo Moreno, un antioqueño de familia pudiente, comerciante, viajero, aventurero como todo buen arriero. Los primeros pica­dos se llevaron a cabo en el Bosque de la Independen­cia y luego en la Manga de los Belgas. Armaban arcos con palos y piedras, y jugaban entre amigos. Los testi­gos eran simples parroquianos que, como atortolados, se quedaban con la boca abierta por ver a aquellos jó­venes de “buena pinta” corriendo detrás de una extraña esfera cosida como un zapato.

Así comenzó la historia del fútbol en la capital antioqueña. Y así dio inició el recorrido del balón por nuestras mangas, calles y canchas primerizas. La pe­lota cruzó el mar para ser amansada por jóvenes ex­tranjeros que vivían en esta comarca, y luego pasó a los pies de antioqueños y migrantes internos, quienes le dieron un sello propio a ese novel deporte que ya se había convertido en epidemia en toda Europa.

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Oficialmente el fútbol tuvo su origen en 1863, en Ingla­terra, cuando se fundó la asociación de fútbol de ese país. Sin embargo, hay registros de juegos con pelota en diferentes partes del mundo, al menos cuatro siglos antes de que los ingleses lo formalizaran. En Suraméri­ca llegó primero a Argentina, Brasil y Uruguay.

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En la primera década del siglo XX en Medellín se ju­gaba en el Bosque de la Independencia, construido en homenaje al centenario del 20 de julio de 1810; la construcción la autorizó el Concejo Municipal en 1913 y la Sociedad de Mejoras Pú­blicas lo inauguró en 1915.

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El primer equipo creado en Medellín, por iniciativa de los comerciantes suizos Juan Heiniger y Jorge Herzig, fue el Sporting en 1912 (el Barranquilla F.B.C., el primer conjunto de fútbol de Colombia, data del 4 de diciembre de 1909).

Todo listo para el saque inicial en la Manga de los Belgas, 192?. Fotografía de Carlos Serna.

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La creación del Medellín se registró el miércoles 21 de enero de 1914. Ese mismo año se pasó a jugar en la llamada Manga de los Belgas, situada donde estaba comenzando la construcción del Hospital San Vicente de Paul, y el nombre se debía a que ahí pastaban las mulas que arrastraban el tranvía de sangre de la empresa colombo-belga.

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Hay documentos que registran un partido entre el Medellín y el Sporting, con triunfo de este último, el sábado 9 de mayo de 1914. También quedó registrada la revancha ante los místeres, calificada de inolvidable. Siete días después se hizo un partido de festejo por la visita del presidente de la república Carlos E. Restrepo.

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En la Manga de los Belgas se jugó el domingo 29 de noviembre de 1914, a las cuatro de la tarde, el primer partido interdepartamental que se hizo en la ciudad. Se enfrentaron Bartolinos, equipo del colegio jesuita de San Bartolomé de Bogotá, y el Sporting criollo. Los bogotanos llegaron por tren, con transbordo de la estación El Limón a la de Santiago, pues todavía no existía el túnel de La Quiebra. El partido, olvidable según parece, se dirimió con un empate sin goles.

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En junio de 1915 los jesuitas compraron al empresario Coriolano Amador la finca Miraflores, en el barrio Buenos Aires. El 28 de mayo de 1916 estrenaron allí una cancha con un partido entre el Sporting y el Club Antioquia, primer equipo del colegio jesuita fundado en 1914.

Fotografía de Carlos Serna.
Partido en la cancha de Miraflores, 1926. Fotografía de Carlos Serna.

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Con la construcción del Hospital San Vicente de Paul la Manga de los Belgas cerró sus arcos y se pasó a jugar al frente, en el campo llamado El Carretero, de propiedad del Sporting (allí se edificaría la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia). Antonio Zapata, presidente del club Albión (1916), recibió una carta fechada en Montevideo el 10 de mayo de 1919 y firmada por el presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, Héctor Rivadavia Gómez, que lo invitaba a afiliar al fútbol colombiano a la Conmebol que ya contaba con Argentina, Uruguay, Brasil y Chile.

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En septiembre de 1923 comenzó a jugarse la Copa Jiménez Jaramillo, organizada por la Gobernación de Antioquia, y por tanto bautizada con los apellidos del gobernador de entonces. Se jugó en la cancha El Carretero. Fueron seis los oncenos enfrentados: Peralonso, Colombia, El Trece, Star, ABC y Medellín. El ganador fue Medellín, cuyo uniforme era de franjas verticales carmelitas y blancas.

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El primer intento de estadio fue una tribuna en la carrera Carabobo, llamada Estadium Municipal e inaugurada el 31 de agosto de 1924. Allí el Boyacá le ganó 1-0 al Nariño. La vida de ese sitio fue efímera. En 1924 se volvió a jugar la Copa Jiménez Jaramillo, sin la resonancia de la anterior y sin que la prensa reseñara los marcadores.

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En 1925 el rector de la Universidad Nacional, Carlos Gutiérrez, donó una copa y con ella se disputó el torneo Gutiérrez. Jugaron Junín, Universidad de Antioquia, Ayacucho y San Ignacio. El jueves 25 de marzo de 1925 se jugó en Miraflores un partido que el Medellín le ganó al Star por 3-2

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El 24 de julio de 1925 un combinado de antioqueños, reunido a manera de selección local, derrotó 9-0 al visitante Colegio Ramírez de Bogotá. En 1927 vino una representación de Santa Marta y ese mismo año fue una de Medellín a Bogotá. Es evidente que había copas, partidos e intercambios, pero la prensa bajó la guardia a la información certera del fútbol en Medellín. Había pasado la novedad de los viajes y los enfrentamientos entre las escuadras.

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En diciembre de 1928 y enero de 1929 se disputaron los Primeros Juegos Olímpicos Nacionales en Cali y el fútbol se jugó en el estadio Versalles. A la ciudad de Medellín la representó el Medellín F.B.C. Jorge Herzig fue el entrenador y llevó a jugadores como Carlos Congote, Arturo Echavarría, Cipriano Torres, Fabio Jiménez, Jesús Arriola, Alberto Molina, Diego Restrepo, Ignacio Arriola, Samuel Uribe Escobar (capitán), Pedro Justo Berrío y Jorge ‘Imanao’ Londoño. La final la ganó Santa Marta a Barranquilla 2-0.

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Aquel Medellín F.B.C., conocido como de “los ricos”, pues casi todos eran profesionales como el médico Samuel Uribe Escobar, se acabó en 1930, coincidiendo con la popularización del balompié, pues ya lo jugaban los llamados “artesanos”, los ciudadanos que ejercían los oficios aprendidos con el trabajo diario: tenderos, zapateros, albañiles, carpinteros. Esto hizo al fútbol el deporte más jugado y más visto en todas partes.

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El 26 de octubre de 1929 se instaló la junta de Fedefútbol, hoy Liga Antioqueña de Fútbol. Desde su creación, comenzó a jugar sus torneos en el hipódromo Los Libertadores, donde hoy está el barrio San Joaquín.

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El primer partido en Los Libertadores se jugó el 24 de febrero de 1929, a las tres de la tarde, entre el Ciclista Lima Association y el ABC local. Ganaron los peruanos 9-0. Desde ahí empezó la fama de los peruanos en Medellín y en Colombia. Entraron por Barranquilla, navegaron por el Magdalena, de Puerto Berrío a Medellín, a Bogotá, a Cali y salieron por Buenaventura. En octubre de 1929 vino otro equipo peruano, el Chancay, le ganó al Junín 12-1 y al Medellín por 4-1. En julio de 1930 volvió el Ciclista Lima y le ganó al Deportivo por 4-0. Los equipos peruanos no volverían hasta 1941 cuando ya se habían curado las heridas el conflicto entre Colombia y Perú, que empezó cuando los peruanos invadieron Leticia el 1 de septiembre de 1932.

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En 1926 Jesús María ‘el Cura’ Burgos creó en Niquitao un equipo con muchachos del sector, lo denominó Romano y le puso camiseta roja. Lo renombró Real Madrid y lo entró a la liga en 1930. En el 32 se ganó la segunda categoría y al ascender a primera división en 1933 Burgos denominó a su equipo Medellín F.B.C., tomando el nombre que había quedado sin uso. En 1935 hay fotos del equipo con las franjas horizontales rojas y blancas, pero volvió al rojo completo que terminó por imponerse. Ese es el Medellín que llegaría a ser fundador de la Dimayor en Barranquilla el 26 de junio de 1948.

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El primer campeón de la Liga Antioqueña fue el Colombia, en 1930, seguido del Unión. En el 31 fue campeón el Deportivo y segundo el Colombia Junior. En el 32 ganó el Colombia y segundo el Colombia Junior. En el 33 ganó el Deportivo y subcampeón fue el Colombia Junior. En los tres años siguientes la Liga no realizó el torneo de primera.

Es por eso que en 1936 el Cura Burgos armó una larga gira nacional. Fue el último año de Burgos en el Medellín. Lo remplazó Leo Hirsfeld, el entrenador alemán que dominó el torneo de la liga de 1937 a 1945, ganó ocho de los nueve campeonatos, solo perdió el de 1941 con Huracán y fue en el escritorio: Medellín no se presentó a la final como protesta por considerar injusta una sanción a su capitán, Alfonso Serna. Los últimos dos campeonatos antes del profesionalismo los ganó el Deportivo (el mismo que venía de 1930) y el Victoria, uno de los nuevos equipos del Cura Burgos.

Equipo Colombia, primer campeón de la primera categoría de la Liga Antioqueña de Fútbol, 1930. Fotografía de Melitón Rodríguez.

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La lista de jugadores de esa época es interesante y hubo cracks reconocidos como el portero Carlos Álvarez, José ‘Mico’ Zapata, Luis Patiño, cuyo apodo era famoso: el Bailarín Pirata; Gabriel Mejía, Julio ‘Chonto’ Gaviria, Alberto ‘el General’ Villa, los hermanos Echeverri (los Irras) y Jaime ‘Manco’ Gutiérrez. También era técnico de la liga Fernando Paternóster, quien había sido traído por la Asociación Colombiana de Fútbol, Adefútbol, para dirigir la selección de los I Juegos Bolivarianos de julio y agosto de 1938 en Bogotá.

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El primer campeonato nacional de fútbol (fuera de los Juegos Nacionales), dirigido por la Adefútbol, se jugó en 1938 en Medellín, del 19 de noviembre al 4 de diciembre. Lo ganó Antioquia, con la base del Medellín F.B.C., ambos dirigidos por el entrenador alemán Leo Hirsfeld. La final se la ganó Antioquia a Atlántico con marcador 2-0.

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El 9 de julio de 1944 hubo un incidente que dejó dos muertos y numerosos heridos en el hipódromo Los Libertadores. Se iba a jugar el partido entre Medellín y Huracán, el clásico de entonces. El silbato Gilberto Piedrahíta llamó a los jugadores al campo. El Medellín salió completo pero Huracán solo salió con siete jugadores. El árbitro permitió que Manuel Marín anotara el gol para ganar por W.O. Luego Huracán, reforzado y completo, propuso jugar un partido amistoso, pero se creyó que sería oficial. Medellín se negó a jugar el partido. Hubo protestas, se exaltaron los ánimos, dañaron las tribunas de sol, los altoparlantes rodaron por el suelo y la policía comenzó a disparar. Fue el caos y se responsabilizó y detuvo al oficial encargado. El estadio se reabrió el 18 de septiembre con el partido que el Medellín le ganó 3-1 al Unión Indulana.

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El hipódromo San Fernando fue inaugurado el 22 de febrero de 1942. Y Los Libertadores quedó solo para el fútbol hasta 1948 cuando fue vendido para la construcción del barrio San Joaquín. En 1944 se jugó un partido de fútbol en San Fernando entre antioqueños y samarios, pero no se volvió a hacer hasta el profesionalismo, por lo “lejos” que quedaba del Centro de Medellín. Cuentan personas del fútbol como Humberto ‘Tucho’ Ortiz y Rodrigo Fonnegra que se llegaba caminando y la entrada era por debajo de cuerda para ver los partidos.

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El equipo Unión, casaca roja y pantaloneta blanca, apareció en la liga en 1941. Al año siguiente ganó la segunda categoría y al ascender a primera se fusionó con el Indulana, equipo que le aportó el color negro. El nuevo nombre fue Unión Indulana, que jugó en primera los tres torneos de 1943 a 1945 y cuya casaca al principio fue verde al lado derecho y rojo al izquierdo. En 1946 se acabó la alianza entre los dos equipos y el Unión jugó con su viejo nombre, pero ya usaba la casaca verde y la pantaloneta granate.

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El 30 de abril de 1941 se fundó la sociedad del Atlético Municipal por la escritura pública número 2 100. La sociedad presidida por el ingeniero Alberto Villegas Lotero hizo una jugada maestra: para tener cupo de una vez en la primera división de la liga, les dijo a los jugadores del Unión que entraran a jugar para el Municipal con el pago de sueldos, es decir, profesionalmente. Y se incorporó al Municipal el uniforme verde y granate.

Campeones nacionales por primera vez. En aquella época se jugaba con cinco delanteros. Fotografía de Jorge Obando.

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín.

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por ROBERTO LUIS JARAMILLO // Si quieren saber cómo cambió y engordó mi figura, miren un retrato que se me hizo en tiempos de la preguerra. Observen cómo estaba poblada mi ciudad quebrada arriba y quebrada abajo. No digo mucho de los solares húmedos cercanos al río, o de las malolientes orillas del zanjón de Guanteros.

por JUAN LUIS MEJÍA //
Vivo con nostalgia de carnaval. Pero no es una nostalgia individual. Es la ausencia de la alegría colectiva de la sociedad de la cual provengo que, un buen día, decidió vivir en una especie de cuaresma perpetua (con todo lo que ello significa). Voy a tratar de explicarles el triple salto mortal que me ha llevado de la indiferencia y —por qué no— del reproche a la nostalgia del carnaval.

En el pueblo hay una plaza, en la plaza hay una iglesia y en la iglesia hay un órgano

por RICARDO ARICAPA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

El libro de los parques Noviembre de 2013

El dragón de la Catedral

“En el pueblo hay una plaza, en la plaza hay una iglesia y en la iglesia hay un órgano” era una retahíla que se usaba antes para enseñarles a los niños a leer y a escribir, y de paso dejarles claro el orden natural de las cosas.

Ese antes es 1933, el pueblo es Medellín, la plaza es el Parque Bolívar (ya con el Libertador de bronce montado en su caballo), la iglesia es la recién terminada Catedral Metropolitana (tan enorme para la ciudad de entonces que se alcanzaba a divisar desde ambos extremos del Valle de Aburrá), y el órgano es un aparato no menos desmesurado, comprado a la prestigiosa casa alemana Walcker, el más grande y costoso de cuantos se cotizaron, como correspondía al tamaño y prodigio del templo.

El órgano traía incorporado lo último en tecnología, en una época en que los organeros competían por construir un instrumento de sonoridad universal, es decir, que a la par con el sonido romántico que traía del siglo XIX tuviera el brillo metálico del período barroco; mejor dicho, una vuelta al siglo de oro de ese aparato, cuando el devoto Johann Sebastian Bach lo usaba para comunicarse directamente con Dios.

Seis meses tomó en Alemania la construcción del órgano de La Metropolitana, y tres más demoró su traslado a Medellín, primero en buque, luego en barco por el río Magdalena, y después a lomo de mula desde Puerto Berrío, desarmado y empacado en cajas. Con él llegó para armarlo el ingeniero Oskar Binder, quien ordenó reforzar el sotacoro con una estructura metálica capaz de soportar las veintidós toneladas que pesa y la vibración del motor de tres caballos con el que hace trinar sus tres mil 478 flautas, la más grande de seis metros de largo y la más pequeña de seis milímetros, lo que le permite reproducir sonidos de trompetas, bombardas, oboes, clarinetes, flautas, violonchelos, campanas y hasta la voz humana; toda la paleta de colores de una orquesta que se maneja desde una pequeña consola con cuatro teclados, tres para tocar con las manos y uno con los pies.

Es el instrumento más grande del país y el papá de todos los órganos de Antioquia. Mide diez metros de alto, doce de ancho y cinco de fondo, y con su maderamen de palo santo oscuro y sus largos tubos a la vista semeja un dragón echado, al que no le falta sino botar candela cuando retumba con toda su potencia en la inmensidad de la Catedral, su caja de resonancia, una inmensidad de 97 mil metros cúbicos.

Binder, el ingeniero alemán que lo instaló, se quedó un tiempo en Medellín y luego se radicó en Bogotá, donde formó su propia compañía especializada en reparación de órganos. Y eso fue lo mejor que le pudo pasar al órgano de la Catedral: le aseguró buen mantenimiento por muchos años, los que alcanzó a vivir el longevo Binder, quien lo mantenía al pelo, como se dice. En 1975 Binder lo refaccionó y reforzó; le modernizó los mecanismos electrónicos y le adicionó un juego de trompetas de cobre para que sonara más fuerte. Ese mismo año se celebró el Festival Internacional de Órgano de Medellín, que vio desfilar a los mejores organistas del mundo.

Esos festivales, en su primera época, los organizó y dirigió Hernando Montoya, el personaje más entrañable que ha cuidado al dragón, pues lo tocó durante casi cuarenta años y, mientras vivió, fue considerado el mejor organista del país. Quién sabe cuántas de las personas que iban a las misas lo hacían solo para escucharlo tocar, acompañado los domingos por un coro numeroso. Asistía mucha gente en ese entonces, pues la devoción todavía flotaba en el aire y la feligresía llenaba las iglesias; no como hoy, que es cada vez más escasa: a la última misa matutina que se celebra entre semana asisten unas cien personas mal contadas, que vistas desde lo alto del órgano parecen migajas esparcidas.

Los años noventa no fueron buenos. Binder murió, el órgano se desajustó, perdió brillo y vigor, y no tuvo quien lo auxiliara. Se necesitó una circunstancia fortuita para que en el año 2002 la Arquidiócesis decidiera meterle la mano.

Ese año se anunció la gira por Colombia de Pierre Pincemaille, organista titular de Saint-Denis, la catedral de París donde reposan los restos de todos los reyes de Francia y, por lo mismo, plaza obligada para organistas de gran importancia. Y Pincemaille sí que era una celebridad mundial, en especial por sus magistrales improvisaciones. Su gira por el país fue promovida y financiada por la embajada francesa en misión de intercambio cultural. Así que tocó refaccionar el órgano a las carreras y ponerlo a tono para la importante gala.

“Yo no lo reparé totalmente, lo limpié y le hice una intervención técnica puntual para que se pudiera tocar ese concierto”, dice Francisco Serna, el organero que llamaron para realizar el trabajo, cuya mayor recompensa fue que después del concierto el propio Pincemaille lo buscó para felicitarlo. El órgano siguió entonces con sus achaques, a medio sonar, hasta que llegó otro golpe de suerte. Esta vez fue la embajada alemana la que se interesó por él, en razón de que fue catalogado como patrimonio cultural por ser de los pocos órganos construidos antes de la Segunda Guerra Mundial. El gobierno alemán asumió buena parte de su restauración, y lo demás corrió por cuenta del gobierno local y la empresa privada. El trabajo lo realizó la casa organera alemana Oberlinger, que pasó factura por casi 700 millones de pesos. Francisco Serna, paisa al fin y al cabo, dice que él la habría hecho por cien millones de pesos y le habría quedado mejor, porque, a su juicio, la restauración que hicieron los alemanes quedó con fallas.

No son muchos los organistas que han posado sus manos y pies en el órgano de la Catedral. Después de Hernando Montoya, el más duradero fue Guillermo Gómez, un sacerdote todoterreno que le revolvía de todo a su labor pastoral: programas de radio, conferencias académicas y devoción por la música. Tocaba muy bien el piano y el órgano, en especial la obra de Bach. Tenía incluso su propio Guinness Records: fue el primer sacerdote pianista del mundo en interpretar las 32 sonatas de Beethoven y los 48 preludios y fugas de Bach. Su último proyecto, maratónico, fue tocar toda la obra de Bach, y para ello programó un ciclo de conciertos el último domingo de cada mes. Cuando la muerte se atravesó en su camino tenía conciertos programados hasta el año 2015.

En la actualidad el organista titular es Octavio Giraldo, pianista y organista jubilado de la Facultad de Música de la Universidad de Antioquia. Su hijo Esteban, de treinta años, es el organista auxiliar, y lo más seguro es que herede el lugar de su padre.

El venerable órgano de La Candelaria

El Parque Berrío fue una apacible plaza pueblerina donde vivían en casas de balcón las más distinguidas familias; había mercado los domingos, manifestaciones públicas, paradas militares y hasta fusilamientos. Entrado el siglo XX, después de varios incendios, se reconstruyó con una nueva vocación: ser el centro de referencia de la pujanza industrial, cafetera y minera de Antioquia, sede de bancos, edificios empresariales y oficinas del gobierno. Y así duró hasta que el Metro se atravesó y lo volvió estación de paso. El desempleo y el rebusque hicieron el resto. Se puede decir que recuperó la vocación de plaza de mercado de antaño, pero al estilo y al ritmo de la economía informal de ahora.

Lo único que ha permanecido invariable es el venerable órgano de la iglesia de La Candelaria, porque hasta esta sufrió cambios importantes; por ejemplo, antes era de ladrillo a la vista y ahora es blanca. Y es venerable porque es el órgano más antiguo que se conserva en la ciudad, traído en 1850 gracias al dinero que donó un rico a la parroquia a cambio de indulgencias. La idea era comprar un órgano acorde con las dimensiones y la importancia de La Candelaria, por entonces el principal templo de Medellín y de Antioquia, tierra abonada para la misa y el rosario. Su construcción se encargó a la casa Walcker de Londres, y llegó por la ruta acostumbrada del Magdalena y las trochas para reemplazar uno modesto que habían construido los organeros jesuitas.

Lo que no está claro es si ese fue el órgano que se pidió a la Walcker. Según una versión, que algunos consideran leyenda, iba para otra ciudad pero por una confusión en los trámites terminó en Medellín. Una posible prueba de ello es su tamaño, que resulta mastodóntico para una catedral de mediano calado como La Candelaria. El caso es que la Walcker tuvo que dejarlo acá. Y así fue como La Candelaria quedó dotada con el órgano más grande y fino de cuantos hasta ese momento se habían importado al país, con quince registros de sonidos diferentes, dos teclados manuales y el pedalero. Lo que no hubo fue quién lo instalara. De esa tarea se tuvo que encargar un arquitecto y mecánico alemán radicado en Medellín que sabía hacer de todo: Enrique Haeusler, el mismo que construyó el Puente Guayaquil y le hizo una reparación importante a la iglesia de La Candelaria. No era organero ni músico pero se le midió a instalarlo, asesorado en el trabajo de afinación por un músico inglés que hacía parte de la comisión científica de Codazzi.

Tampoco faltó quién lo tocara, pues en la ciudad había buenos pianistas que podían hacerlo. El más connotado fue el compositor Gonzalo Vidal, maestro de capilla de La Candelaria por muchos años y autor de la música del himno antioqueño.

En 1914 el órgano se refaccionó y se le adicionó el registro de la voz humana. En 1978 lo restauró Oskar Binder, quien no le modificó nada sustancial, de tal suerte que se conserva casi igual a como era hace 163 años. Una joya afónica, según el organero Francisco Serna, porque la refacción más reciente le dejó escapes.

Pero así estuviera en perfecto estado su sonoridad no se podría apreciar, la bulla que se cuela desde la calle no permite escucharlo en todo su esplendor. No hay que olvidar que el órgano se inventó para la solemnidad y el silencio de las catedrales, necesita ese ambiente como las cometas necesitan el viento, y La Candelaria está rodeada de ajetreo y bulla, siempre expuesta a la formidable banda sonora del rebusque, o sea a los gritos de los fruteros, el pregón de los baratijeros, las guitarras de los merenderos, los tambores de los hare krishna, los pitos de los carros, el perifoneo de los loteros, el “¡cójalo!” que sigue a los carteristas…, en fin, los nuevos mercaderes del templo.

Es una iglesia de paso y de pobres, como la define Yolanda Niño, la secretaria mayor de la parroquia. Y de viejos, se podría agregar, pues casi toda su clientela es gente mayor, el promedio no baja de cincuenta años, con uno que otro joven por ahí entreverado. Para ellos, durante todas las misas de la mañana, toca el órgano Lubín Alzate Sánchez, maestro de capilla desde hace dieciocho años.

Lubín es un hombre bajo, cercano a los setenta años y magro como un arpegio. Pertenece a esa vieja guardia de buenos organistas que se formó a la sombra de Hernando Montoya. De ahí que no le falte algo de razón cuando dice que la gente que lo visita solo se interesa en el órgano, mas no en el ejecutante; se queja de que nadie le pregunta por su salud, sus necesidades y condiciones de trabajo. Sus razones tendrá Lubín para quejarse.

El Merklin que trajeron los jesuitas

En 1905 llegó de Europa el órgano para la iglesia de San Ignacio, templo insigne de los jesuitas en Medellín. Aquel año el templo celebraba cien años de existencia, todavía con la fachada a medio hacer, porque el arquitecto Agustín Goovaerts aún no le había construido el frontis barroco. La compra del órgano hizo parte de la celebración. Y sí que había razones para celebrarlos, considerando lo difíciles que fueron para la Compañía de Jesús, perseguida y expropiada por los liberales radicales durante las guerras civiles del siglo XIX. En una de esas le confiscaron el colegio y el claustro, que estarían dos décadas en manos de la autoridad civil.

Para 1905 solo había dos órganos en el departamento: el de La Candelaria y el de la Basílica de Santafé de Antioquia. Después llegarían muchos más, que obviamente serían ubicados en templos religiosos, porque en nuestro medio el órgano es especie endémica: solo habita en las iglesias. Distinto a Estados Unidos, por ejemplo, donde la industria del cine lo usó en los teatros como banda sonora de las películas mudas, con dispositivos alterados para que diera el sonido de gritos, disparos, estruendos, portazos…

No hay duda de que los jesuitas hicieron una buena inversión con la compra de este órgano, que es un valioso bien patrimonial tanto por sus sonidos como por su constructor, Joseph Merklin, famoso organero alemán que en su tiempo hizo notables aportes al desarrollo de estos aparatos, tan exitoso que no daba abasto para atender los pedidos. Varias iglesias importantes de Europa tienen órganos fabricados por él, y el del templo de San Ignacio fue uno de los últimos que construyó en su taller de París, pocos años antes de morir.

“Sus enflautados son una maravilla, de sonoridad exquisita”, dice Francisco Serna, quien tuvo la oportunidad de meterle la mano en 1999, cuando lo llamaron para que lo reparara. Lo limpió, lo ajustó y cambió la viga del segundo nivel de enflautados, que estaba carcomida por el comején.

Fue el segundo órgano que Francisco reparó en su vida. El primero fue el de La Veracruz, dos años atrás, trabajo que se le encomendó como último recurso para salvar el órgano. Llevaba treinta años fuera de uso y estaba en pésimo estado, tanto que ni la compañía de Oskar Binder lo quiso reparar. Además, en una ciudad en la que los organeros se cuentan en los dedos de una mano y sobran dedos, el párroco de La Veracruz no encontró quién más le hiciera ese trabajo, y menos con el presupuesto tan famélico que había disponible.

“Pero me le medí”, dice Francisco, cuya única experiencia en la materia era el año que había sido ayudante en la reparación del órgano de la iglesia del barrio Manrique, de la misma marca que el de La Veracruz: un Casavant canadiense. También había adquirido conocimientos teóricos como autodidacta y desarrollado algunas habilidades en tecnología aplicada. Aprendió desde muy joven a tocar el piano y el clavicémbalo en el Conservatorio Nacional de México. El organero es un artesano que debe conjugar varios saberes, desde la mecánica, la carpintería y el manejo del cuero, hasta la ingeniería eléctrica, la música y la acústica.

Dos años le tomó a Francisco la reparación del órgano de La Veracruz. En la sola limpieza se demoró un mes, por el hollín acumulado en los tubos y el excremento de ratas, murciélagos y palomas, que en algunas partes formaba un tapiz de hasta un centímetro de espesor. Este aprendizaje le permitiría luego encarar la reparación de los órganos de la iglesia de San Ignacio y la Catedral Metropolitana.

Hoy, el órgano de San Ignacio se encuentra otra vez desarmado y en reparación. Según Francisco, otro organero con más créditos académicos (pero no con más conocimientos, enfatiza) diagnosticó que su trabajo anterior había quedado mal hecho y propuso una nueva. Gajes de la competencia entre organeros.

Pobreza franciscana

Además de organero, Francisco Serna es egresado de historia de la Universidad Nacional y autor de una tesis sobre los órganos en Antioquia. Contó 37 en Medellín y los demás municipios; la mayoría están en un estado deplorable, tanto que las reparaciones que les han hecho a algunos ha sido más labor de salvamento que de mantenimiento.

El que está en peor estado tal vez sea el órgano de la iglesia de San Antonio, el insigne templo de la orden de San Francisco en Medellín consagrado a San Antonio de Padua, un monje del siglo XIII que toda su vida hizo milagros y alguna vez se anotó uno portentoso: para convencer a un marido celoso de que el bebé que acababa de tener su esposa sí era suyo, hizo que el bebé hablara y le confirmara que sí, que verdaderamente él era su padre.

Este templo data de finales del siglo XIX pero fue reformado totalmente entre los años 1929 y 1945, cuando se construyeron sus amplias naves, sus preciosos altares de madera y su gran cúpula. Sobre el sotacoro se instaló el órgano, instrumento construido en España por Esteban Dourte, un artesano vasco que, según Francisco Serna, encarnó el momento culminante de la vieja escuela organera catalana-aragonesa. Por eso es interesante y vale la pena recuperarlo.

Este órgano no suena desde hace más de treinta años. Lleva todo ese tiempo dañado y a merced del comején. Y aunque desde abajo uno lo vea impecable en su elegante maderamen repartido en dos cuerpos, al acercarse ve la ruina en que se encuentra: la consola está carcomida y en harinas, y tiene malas las secretas, los fuelles, el motor, las bases, todo. Lo único bueno es su tubería, que es muy valiosa. “Y si hay tubería, hay órgano, se puede restaurar”, dice Francisco, quien tiene razones para decirlo porque hace quince años lo llamaron para que lo revisara y cotizara la restauración. También tiene como experiencia haber restaurado un órgano similar en Aguadas, Caldas. Según sus cálculos, restaurar este órgano puede costar 120 millones de pesos, “y eso bajita la mano porque yo no soy carero”.

De todas maneras, 120 millones es un billete largo para una comunidad como la de San Francisco de Asís, que vive de la caridad. Su pobreza es proverbial. Además, la ponchera tampoco es que ayude mucho, porque el templo de San Antonio es tal vez el menos concurrido del Centro. Los usos que ha adquirido el parque en los últimos años aislaron el templo del contexto urbano y lo vaciaron de feligreses. La mañana en que lo visitamos, a eso de las siete y media, había catorce personas en misa –o trece, porque uno de los señores roncaba plácidamente en una de las bancas–.

Sin embargo, esos pocos feligreses tienen un órgano que acompaña las misas. La parroquia compró uno eléctrico cuyo sonido se amplifica con altoparlantes, y que interpreta el hermano Julián enfundado en el tradicional hábito café con cordoncillo blanco de la orden.

El hermano Julián abrazó desde muy joven la causa religiosa, y lleva varios lustros sirviendo como sacristán en el templo de San Antonio. Es un hombre fornido y de pocas palabras, además de arisco, quien aparte de preparar las misas tiene en la responsabilidad de tocar el órgano eléctrico, un aparato que apenas si zurrunguea, como él mismo lo reconoce.

Teclado y pedalero, órgano de la Iglesia de San Antonio.

El gran órgano de San José

En 1955 las familias pudientes que vivían en torno a la iglesia de San José decidieron reunir el dinero necesario para dotarla de un órgano digno de su importancia. La mejor oferta que recibieron fue un órgano español construido en 1922, restaurado y mejorado, y casi tan grande y rico en sonoridad como el de la Catedral Metropolitana: tres mil flautas y 44 registros; un portento de aparato, el segundo más grande de Antioquia. El organero Oskar Binder estuvo a cargo de su restauración, lo que lo cotizó más. No en balde lo utilizaron para acompañar la grabación de un disco, el primero de esas características que se grabó en Colombia.

En el año 2002 tuvo un daño eléctrico que afectó parcialmente su funcionamiento, pero ahí estuvo Francisco Serna para repararlo y de paso hacerle algunos ajustes. En 2010 la junta de arte de la Arquidiócesis decidió restaurarlo en su totalidad, un trabajo que costó 500 millones de pesos y le fue encomendado a otro organero.

El cuarto de hora de Francisco como reparador de órganos al parecer ya pasó, hace rato no utilizan sus servicios. Reconoce que el mercado de la reparación, que de por sí es escaso, está copado por nuevos organeros: “lo malo –se queja– es que quieren acreditar su trabajo desacreditando el mío”.

Entretanto sigue alimentando un capricho personal: terminar el órgano que empezó a construir de manera artesanal, pieza por pieza, hace algunos años. Es la réplica de un órgano cortesano español de la época de la Colonia, que lleva apenas en la mitad por falta de recursos, pues hoy se tiene que ganar la vida como profesor de música.

También ha empezado a incursionar en el mercado de los detergentes. Le hizo caso a la recomendación de un amigo y empezó a fabricar un jabón líquido cuya fórmula él mismo ideó. La creó para limpiar órganos, pero descubrió que también funciona para lavar platos porque es biodegradable y no es hostil con las manos. Ya lo patentó y lo fabrica en su propia casa. “Facilín”, se llama, y valga la cuña. “A lo mejor tengo más futuro con los detergentes que con los órganos”.

Dos avenidas y un parque con éxito

por GUILLERMO CARDONA

El libro de los parques Noviembre de 2013

Torso masculino, obra de Fernando Botero. Fotografía de Juan Fernando Ospina.

El centro histórico de Medellín y el barrio San Antonio se conservaron más o menos intactos y con cierta coherencia urbana, paisajística y social hasta los años cincuenta, cuando Paul Lester Wiener y José Luis Sert presentaron su Plan Piloto para la ciudad en 1954.

La tradición de esta villa había sido mirar los modelos de ciudades europeas, con centros históricos protegidos y desarrollos industriales en los suburbios para defender la habitabilidad de los espacios de memoria. El nuevo Plan Piloto, sin embargo, parecía más inspirado en el modelo norteamericano. Su apuesta apuntaba a la concentración de usos del suelo y a la expansión territorial, a partir de la construcción de avenidas de tránsito rápido para el transporte público y el creciente transporte privado, entre los sitios de habitación en los barrios periféricos y los lugares de trabajo, comercio, servicios bancarios y oficinas estatales del Centro.

Todavía hoy muchos se preguntan por qué se desechó la idea del tranvía eléctrico siendo este tipo de energía un recurso propio y barato, por qué prácticamente prohibieron el uso residencial del centro histórico, y sobre todo por qué nadie, además del arquitecto Nel Rodríguez en su cátedra de la Universidad Pontificia Bolivariana, alertó sobre el peligro de tener un centro sin habitantes, abandonado en manos del comercio que cierra a las seis de la tarde, bajo el supuesto medieval de que nadie tiene nada qué estar haciendo en sus calles después de las nueve de la noche.

Habría muchas otras objeciones frente el accionar urbanizador de los últimos cincuenta años en el centro histórico; por ejemplo, la escasez de espacio público, zonas verdes y andenes. La lista es larga, pero concedamos que resulta muy fácil criticar lo que se hizo a mitad del siglo XX basados en los conocimientos que tenemos en el XXI.

No queda casi nada

No faltan quienes aseguran (y no hay forma de contradecirlos) que si en Medellín no queda memoria arquitectónica de la Colonia es básicamente porque en esa época, además de unas pocas iglesias, no se construyó en esta villa ninguna edificación que valiera la pena conservar. Y algo similar se dijo de otros hitos arquitectónicos e históricos que se fueron con el Plan Piloto. Algunos los tumbaron del todo, como pasó con el Teatro Junín y el Hotel Europa; otros a medias, como sucedió con el Seminario Mayor, demolido en parte para construir la Oriental cuando de carrera se convierte en calle a la altura de la avenida Echeverri; lo que sobrevivió pasó a ser centro comercial y su capilla terminó en restaurante. Lo poco que quedó en pie se fue haciendo más pequeño, como las aceras, la Catedral Metropolitana, el Paraninfo, la iglesia del Sagrado Corazón, y otros hitos de la vieja Medellín terminaron simplemente arrinconados, como la iglesia de San José, La Veracruz y la misma iglesia de San Antonio, que es el caso más extremo.

Si en ese afán modernizador no había lugar para el respeto a los símbolos de la fe católica, ni se diga para lo demás. ¡Cuál nostalgia! La consigna era acabar con lo viejo y empezar de cero. Todo era práctico, con fines económicos, industriales y comerciales.

Eran tiempos de posguerra y la producción industrial mundial crecía a pasos agigantados, así que el futuro les debió parecer diáfano a los empresarios de Medellín. La prosperidad y la riqueza iluminaban el horizonte, y nuestra ciudad estaba en la obligación de prepararse para un crecimiento sostenido. No era tiempo de pararse en consideraciones socioculturales y urbanísticas.

Barranca

La primera referencia del sector de San Antonio aparece en 1770, en el primer plano que se conoce de la ciudad, y las únicas calles que existían eran San Félix (hoy parte de la Avenida Orienta), Abejorral (hoy desaparecida) y San Roque (hoy Palacé).

Una vez sellada la independencia de la Provincia de Antioquia, las calles fueron rebautizadas con los nombres de las grandes batallas de la gesta libertadora. Para 1820 ya existía Maturín, y desde entonces comenzaron a vivir en sus costados familias de una incipiente clase media: artesanos, oficinistas y empleados del comercio. Al tiempo aparecieron las primeras posadas en el sector, que pasó a llamarse Barranca, para atender a los agentes viajeros y a los arrieros que llegaban de Envigado, y aun más lejos, llevando y trayendo mercancías y ganados.

Templo de San Antonio. 1932. Fotografía de Jorge Obando.

La iglesia

La construcción de la iglesia de San Antonio de Padua arrancó en 1874 por iniciativa de fray Benjamín Masciantonio, quien concibió también el convento de franciscanos de Tierra Santa al lado de lo que sería la capilla.

A partir de entonces la iglesia, todavía en construcción, se convirtió en el centro de un sector que seguía creciendo hacia el oriente y el norte, bajo el nombre y protección del edificio que en 1889 era una simple capilla. Solo en 1920 el arquitecto Arturo Longas construyó la que sería su fachada definitiva sobre Abejorral, y sus reformas, agregados y refacciones posteriores culminarían en 1938.

Eran tiempos de tranquila felicidad para un barrio de casas en su mayoría de una planta, muchas de ellas construidas en tapia desde el siglo XVIII, con grandes solares y calles estrechas, en el que prosperaban las tiendas y los graneros, algunos cafés, peluquerías, panaderías, zapaterías y montepíos. Esta estructura se conservaría hasta bien entrados los años sesenta.

Viejo barrio

Muchos de los niños y jóvenes que correteaban por San Antonio cuando todavía era un barrio viven aún, y cuando visitan el parque tratan de ubicar sus casas sobre lo que fue la carrera Abejorral, que subía desde San Juan hacia Amador y pasaba frente a la iglesia, ubicada varios metros por encima del nivel de la calzada.

Descontando los eventuales enfrentamientos entre la policía y los estudiantes de la sede de estudios generales de la Universidad de Antioquia –que funcionaba en los terrenos donde hoy se levantan las Torres de Bomboná–, para finales de la década del cincuenta la vida estaba prevista y organizada según los rituales de la iglesia: peregrinaje dominical, contrición y recogimiento en Semana Santa, y alegría, regocijo y villancicos en Navidad.

Los viejos habitantes también recuerdan los juegos en la calle (golosa, chucha, escondidijo, pelota quemada, vuelta a Colombia con tapitas de refresco), como recuerdan la barbería de Juan N., la fábrica de turrones y la panadería La Marquesa. Y se rascan la cabeza evocando una constante y persistente epidemia de piojos que asolaba las escuelas. Una vida tranquila e inocente.

Había tan pocos carros que hasta la leche la repartían en un coche tirado por caballos que anunciaba su paso con campanas, y pasaban las negras con sus pregones y grandes cestos en la cabeza, cubiertos con manteles a cuadros rojos o azules, con la parva todavía humeante para el desayuno o el algo.

A comienzos de los sesenta los residentes y habitantes de San Antonio ya sabían que el barrio sería atravesado por una gran avenida, y que buena parte de las manzanas comprendidas entre Abejorral, San Félix y El Palo, desde San Juan hasta Bomboná, serían abatidas por las cuadrillas de demolición. También se sabía que en el centro histórico de Medellín estaba casi prohibido fijar residencia, y que con avenida o sin ella el barrio mismo estaba condenado a desaparecer.

Para finales de los setenta muchas familias ya habían encontrado otras alternativas de vivienda. Solo quedaban unas cuantas que se resistían a abandonar el barrio de toda la vida, mientras el comercio se apoderaba de los caserones para convertirlos en bodegas y almacenes, talleres de mecánica y colchonerías.

Cuando todavía no se iban los últimos vecinos, que estorbaban con su presencia en el día y con su manía de dormir en la noche, hicieron su arribo los bares, los prostíbulos, los primeros expendios de marihuana y las famosas “zonas libres” donde jamás entraba la policía, de manera que la seguridad quedó en manos de nadie porque en las noches el viejo barrio de San Antonio ya no tenía dolientes.

Iglesia de San Antonio. 1983. Fotografía de Gabriel Carvajal.
San Antonio. S. f. Fotografía de Gabriel Carvajal.

La construcción de la Oriental, concebida desde el Plan Piloto e iniciada en 1973, le dio el golpe de gracia al sector. A todo lo largo y ancho de la avenida se dieron transformaciones que dejaron prosperidad para algunos y escombros para otros.

Ese rompimiento de la estructura urbana y los tejidos sociales tuvo gran repercusión en la seguridad y habitabilidad del Centro, proceso que se repetiría años después con la desaparición de la Plaza de Cisneros debido a las sucesivas ampliaciones de la calle San Juan y a las proyecciones del plan de 1954.

La intención de los planificadores con la Avenida Oriental era promover el desarrollo urbanístico de los sectores de San Antonio y Estación Villa, “que han permanecido hasta ahora en un lamentable estado de atraso, y valorizará comercialmente todas las propiedades ubicadas dentro de su zona de influencia, en mayor o menor proporción según su proximidad al lugar de ejecución del plan”, como lo señala un folleto publicado en 1974 que daba cuenta de la importancia de la obra.

También se mencionaba en los folletos la intención de remodelar la iglesia San Antonio, y se anunciaba que el Fondo Rotatorio de Remodelación Urbana de Valorización estaba comprando predios entre la Oriental, Junín, San Juan y Pichincha, para un total de 4,2 hectáreas.

Se presentaban dos alternativas. La primera consistía en hacer un reloteo más organizado, “que agilice el mercadeo y permita que la iniciativa individual desarrolle de nuevo la zona”. Pero como con esta alternativa “se limitan las posibilidades de densificación; no hay aportes al diseño integral al desarrollo de la ciudad; se restringen las zonificaciones óptimas y las adecuadas interrelaciones de espacios”, entonces se decidió darle mayor despliegue a la alternativa dos: “…una remodelación y renovación total de la zona, en su trama, volumetría, usos y densidades. Esto significará un cambio en la estructura social, física y económica de este sector, con una consecuente influencia benéfica sobre la ciudad y su futuro”.

Según algunos cálculos, en el espacio ocupado hoy por el parque y el Éxito habría sido posible construir mil 250 viviendas en altura para una población de seis mil 500 personas; treinta mil metros cuadrados de comercio; cuarenta mil de oficinas; dieciocho mil de parqueadero cubierto; y quince mil de áreas complementarias para diversión, asistencia, seguridad, guarderías infantiles, entre otros.

Según antiguos funcionarios de la Empresa de Desarrollo Urbano del Valle de Aburrá, Eduva, estos eran bocetos para los cuales sencillamente no había plata; así que de semejante catálogo de sueños solo quedó un cementerio de carros y parqueadero al aire libre al costado de la Oriental, que durante muchos años ocultó lo que quedaba de San Antonio y la carrera Abejorral tras las chatarras que se pudrían en los solares del tránsito.

Terrenos que ocupa hoy el Parque San Antonio. S. f. Fotografía de Jairo Osorio Gómez.

Durante más de dos décadas concejales y funcionarios de planeación desempolvaron los viejos proyectos de intervención para el sector, pero no volvieron a ser prioritarios y a nadie pareció importarle la degradación de la zona en los años setenta, cuando hizo su aparición el narcotráfico y se disparó el consumo de bazuco, y las calles de San Antonio se convirtieron en territorio zombi.

En el Acuerdo número 5 de 1989 volvió a hablarse de renovación, pero esta vez le asignaron el uso de parque, y entre acuerdos, autorizaciones y compras pasaron varios años. En 1992 el municipio terminó de comprar los terrenos y se inició el tire y afloje para definir qué figura jurídica se debía utilizar para sacar los pliegos a licitación, pues tampoco había plata. Se resolvió entonces abrir una licitación donde se entregaban los terrenos y se pagaba cierta cantidad de dinero. Según declaró Gabriel Arango, el diseñador de la obra, en una entrevista concedida en 1996, las únicas exigencias eran “diseñar un parque, utilizar el subsuelo con unos parqueaderos, algunos locales comerciales, que se conservara Amador como vía vehicular y que se conservara la iglesia y el convento. A partir de ahí, todo era libre”. De hecho, el diseño que ganó fue el que ofreció la mayor posibilidad comercial y la menor complicación en el mantenimiento, lo que incluía no hacer otro Parque Bolívar y mucho menos una especie de Central Park, porque en estos andurriales las zonas verdes y los árboles son sinónimos de inseguridad y guarida de malhechores.

De esta manera, lo que iba a ser parque se convirtió en un proyecto comercial a causa de una coyuntura política, dada la presión que sufría el municipio para cumplir con el compromiso de ejecutar una obra sin presupuesto.

Cuando la licitación se abrió, Almacenes Éxito ya había comenzado la construcción de su sede de San Antonio, y los diseñadores de la propuesta ganadora afirmaron sin titubeos: “nosotros queríamos que lo que se hiciera en el Parque de San Antonio empezara a integrar más las construcciones existentes en el lugar y formara una continuidad del tejido y del lenguaje que se estaba presentando, esa era la circunstancia, no nos interesaba diferenciarnos del Éxito, nos interesaba matizarnos con el Éxito”.

A decir de muchos, el Éxito ha contribuido a la “nueva cara” del sector, y además fomenta una actividad que por décadas ha sido sinónimo de diversión en Medellín: juniniar, loliar, o como quiera que se le diga ahora a esa costumbre de mirar vitrinas.

Fotografía aérea de la construcción del Parque San Antonio. S. f. Fotografía de John Jairo Jaramillo.

La tierra éramos nosotros

Una vez entregado el Parque San Antonio volvieron a circular los folletos que exaltaban la contribución de la obra a la seguridad, la integración urbana, el fomento del comercio, la recuperación del sector para el turismo y los encuentros en familia, y la subsecuente valorización de las propiedades.

Desde su apertura en 1994 los visitantes usan indistintamente las acepciones de parque y plaza, si bien algunos llaman Parque San Antonio a la plazoleta ubicada a las puertas del convento y de la iglesia, con su fuente, sus bancas, sus árboles y su aire pueblerino. La calle Amador separa ese pequeño parque de la plaza propiamente dicha, una explanada donde se exhiben las cuatro esculturas de Fernando Botero, entre ellas las dos versiones de Pájaro, uno ileso y otro con las marcas de la metralla del bombazo que el 10 de junio de 1995 segó la vida de veintitres personas, dejó heridas a 200 y le torció el destino a muchas más.

Parque o plaza, por un lado no hay zonas verdes y por el otro la explanada no se utiliza ni como foro ni como ágora, y la plaza del parque hace mucho no se llena. Sin embargo, se trata de un lugar agradable, cargado de historia a pesar de las múltiples intervenciones, con árboles y jardines y bancas que invitan al recogimiento y al descanso en medio de ese caos que es el Centro de Medellín. Pero en las noches, hoy como entonces, se queda sin un alma, por la sencilla razón de que, además de los vigilantes y los habitantes de calle, ya no vive nadie en ese inmenso cuadrante encerrado y aislado por vías rápidas como las avenidas San Juan, Oriental, Ferrocarril y Regional.

Vuelve y juega

La acelerada industrialización nunca se dio, y aún hoy, pese a los esfuerzos de las últimas administraciones y los nuevos planificadores urbanos por equilibrar las cargas, el centro histórico de Medellín sigue siendo un lugar casi exclusivamente diurno, dedicado al trabajo y el comercio, los trámites legales y, fundamentalmente, el tránsito. Como parte integral de ese centro, San Antonio obviamente conecta territorios y posee una fuerte carga simbólica, pero es, sobre todo, una ruta, un itinerario, un entramado de recorridos definidos por la movilidad.

De ese afán demoledor personificado en el Plan Piloto bajo la promesa de realizar obras monumentales, quedan ejemplos de lo que no se debería hacer, como la canalización de caños y quebradas, así como la del río Medellín para hacer de él un eje técnico, sin ningún arraigo ciudadano, sin ningún espacio para el peatón, imposible para los niños. Quedan la Avenida Oriental y la ampliación de San Juan, y la construcción de un complejo administrativo donde no vive nadie, cercado por vías que en lugar de comunicar impiden el ingreso y en las noches convierten el sector en espacio público en manos del vigilante de turno; y cuando no hay vigilante o policía, se vuelve reino del habitante de calle o lugar de trabajo de los infaltables maleantes, que nunca duermen.

Ojalá algún día el Parque San Antonio deje de ser lugar de paso y vuelva a ser posible vivir en sus alrededores. Ojalá que en el futuro no todo sea comercio, y nuestros jóvenes emprendedores trasciendan la simple compra venta para explorar la infinidad de posibilidades que ofrecen los servicios culturales, informativos, recreativos, deportivos, turísticos, gastronómicos, hoteleros y de rumba, para que este rincón de Medellín sea por fin un espacio libre para el disfrute. Ojalá sus sucesivas y bruscas transformaciones se queden en el pasado, y al fin superemos esa imagen que bien podría resumir la destrozada escultura de Botero, donde se refleja la historia del centro histórico de Medellín como en un espejo roto.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.

La ciudad de 1913

por VERÓNICA PERFETTI

Número 32 Marzo de 2012

El plano Medellín Futuro, trazado hace casi 100 años luego de un concurso público, intentaba un primer orden para una ciudad que comenzaba a mirar el ejemplo de las grandes metrópolis. Puesto sobre la mesa se puede mirar como una especie de fotografía aérea, un retrato de los ilustres de la villa, una hoja de valorización y una utopía rayada por la realidad.

El catastro levantado en 1913 por orden del Concejo de Medellín registra 275 manzanas para una población, según el censo del año anterior, de 70.547 habitantes en el distrito y cerca de 50.000 en el área urbana. La ciudad tenía una nueva dinámica de desarrollo marcada por la prolongación del ferrocarril a Bolombolo, la gran producción de café en el departamento, la expansión de las industrias, la construcción de varias carreteras y el desarrollo de la riqueza petrolífera del país.

En este marco de ciudad los hechos urbanos que consolidaron una trama se situaron sobre el núcleo central de la vieja ciudad colonial y su inmediata periferia: Guayaquil, San Antonio, Buenos Aires, Villa Nueva y la parte baja de Bolívar, inmediata a la quebrada Santa Elena y al río Medellín.

Es posible describir así el área del ensanche que se estaba produciendo: al Oriente la zona de mayor presión por las urbanizaciones esporádicas; la quebrada Santa Elena demarcaba dos sectores de población socialmente diferenciados: al Norte incluía la parte alta de Villa Nueva, unas tres cuadras más desde la Catedral y cuatro más hasta Carabobo. En la parte baja de la zona Norte abarcaba las tierras circunvecinas al río que hacía las veces de límite natural. En el Sur la calle San Juan servía de lindero. En 1905 se había señalado un marco urbano para la ciudad que se amplió en 1912. No está de más acotar que con el barrio Berlín se empezaron a construir en Medellín, a partir de 1917, las grandes urbanizaciones situadas por fuera del perímetro urbano.

Los alrededores del Parque de Berrío mantuvieron su condición comercial, lo cual incidiría de manera significativa en los costos de la propiedad. Guayaquil conformaría un centro de servicios de alcance regional con la plaza de mercado y la Estación del Ferrocarril. Algunos de los centros comunitarios, sociales y personales de asistencia mantuvieron su asiento en la traza colonial. Sin embargo, la plaza de mercado y la plaza de ferias se localizaron con nuevas instalaciones sobre los bordes del límite urbano, y algunas fábricas y trilladoras compartieron estas áreas de extramuros. Los centros educativos de mayor atracción, la Universidad de Antioquia y el Colegio San Ignacio, junto a la Iglesia de San Francisco, conformaban la plazuela José Félix de Restrepo. Villa Nueva albergó los centros vinculados con la élite: el Circo España y años más tarde el Palacio Episcopal.

Medellín Futuro

En el número de abril 18 de 1910 del periódico La Organización, la Sociedad de Mejoras Públicas (SMP) convocó a un concurso público para premiar “el mejor plano” de Medellín Futuro. El citado concurso se sumaba a las conmemoraciones del centenario de La Independencia, iniciativa de la Sociedad San Vicente de Paúl dirigida a exhibir los avances industriales. Los términos de la convocatoria estaban orientados a mantener como base la ciudad existente, proponer modificaciones sobre el espacio público y proyectar las futuras vías determinadas entre el puente de Guayaquil, sobre el río Medellín, las tierras Cipriano (situadas arriba del Bosque de la Independencia) y las partes baldías del Oriente, aprovechables para urbanización. Este concurso planteó la posibilidad de recoger las sugerencias de la opinión informada. Paralelamente, la SMP, ente creado para el embellecimiento y ornato de Medellín, solicitaba apoyo al Concejo Municipal a través de la creación de un Acuerdo que adoptara el plano ganador como oficial, y tomara las medidas legales para asegurar el desarrollo futuro de la ciudad dentro de los parámetros de los trazos del primer puesto.

Un concurso para un proyecto urbano

En 1907 Ricardo Olano partió a Washington en viaje de negocios. Hijo de minero procedente de Santo Domingo, Antioquia, llegó a Medellín a principios de siglo y se desempeñó no solo como comerciante sino como inversionista, industrial, urbanizador y político liberal. Participó en el Concejo de Medellín en 1914 y 1918, y fue miembro más que activo de la SMP.

Olano perteneció a la élite que lideró el progreso de la ciudad entre 1900 y 1930. El ingeniero Jorge Rodríguez lo definió como el más “progresista” de su generación. Su personalidad decidida y pujante, sus dotes especiales y su visión original hicieron de él un pionero de la urbanística, reconocido en Colombia y en el exterior gracias a su participación en congresos internacionales y a su actividad como director de la revista Progreso, órgano de la SMP desde donde mantuvo un intercambio de información sobre la ciudad colombiana y el urbanismo en Estados Unidos, México, Suramérica y Europa. Para entender su visión cosmopolita basta saber que el plano de la nueva ciudad de Canberra, Australia, fue presentado y comentado en Progreso.

La visita de Olano a la biblioteca del Congreso de Washington dio a Medellín, si se la compara con el resto de las ciudades colombianas, la posibilidad de adentrarse tempranamente en algunos aspectos de la modernidad. De esa visita surgió su inquietud de realizar un “plano de la ciudad futura”. Su utopía en aquel momento era visualizar un desarrollo racional para Medellín, como más de un siglo antes lo había hecho Pierre Charles L’Enfant para la capital de Estados Unidos.

La ideología liberal de Giorgio Piccinato fue una directriz permanente de la lucha de Olano. Todos los principios del pensamiento político del italiano: los derechos ciudadanos, la participación pública, la libre actividad económica, la limitación en la intervención del Estado, fueron temas que ventiló en diferentes revistas y en la prensa. En esa reflexión de Piccinato se concluye que “la urbanística tiene en el liberalismo una de sus matrices ideológicas”. Por esto no es extraño que un ciudadano de comienzos de siglo tan progresista forjara los principios de la urbanística en Colombia.

Ricardo Olano

La idea de un plano

La oportunidad se presentó en la exposición industrial de 1910, donde el mismo Olano lanzó la propuesta de convocar a un concurso público para desarrollar un Plano del Medellín Futuro. A la idea se adhirió el señor Carlos Restrepo, quien en el periódico La Organización expuso los lineamientos de su proyecto, enmarcado dentro de las críticas a las condiciones defectuosas del trazado que mostraba la ciudad. Invocando el sentido de previsión que caracterizaba a la SMP, Restrepo presentó la imagen de “un cuadrilátero” con calles anchas que formaran el marco de la ciudad y así definieran un claro deslinde entre lo urbano y lo no urbano, demarcado con avenidas arborizadas. Tendría en sus cuatro ángulos parques o paseos públicos, de los cuales había dos proyectados: el del Centenario y el de La Ladera. Por razones de estética e higiene, Restrepo situaba al Norte, en predios baldíos sobre la carretera de salida de la ciudad, otro parque al cual denominó Parque Central. La financiación estaba inspirada por la experiencia de Nueva York con el Central Park. Los grandes problemas de inundaciones en los terrenos de los ejidos municipales serían resueltos por el cuarto parque, con una intervención de drenajes que lo hiciera aprovechable para lagos y con la siembras de eucaliptos para ir “suprimiendo el foco de infección más eminente que tiene la parte baja de la ciudad”.

El periódico La Defensa, del cual hacía parte el ingeniero Alejandro López, anunciaría el desenlace del concurso con estas palabras: “Para satisfacer la necesidad de que las construcciones futuras de la ciudad se hagan de acuerdo con un plan preconcebido y previamente estudiado y aprobado, promovió la SMP, con motivo del centenario, un concurso para premiar el plano que a una comisión asignada al efecto le pareciera más digno de ser adoptado, plano en el que constataran, además de lo actual, las correcciones que han de hacerse en lo futuro en el trazado de la ciudad, y el modo de prever su ensanche”. El primer premio fue otorgado al ingeniero Jorge Rodríguez y los siguientes a Federico Lalinde y Carlos Vallejo.

Luego de la premiación, el Concejo Municipal y la SMP crearon una comisión integrada por miembros de ambas entidades para perfeccionar el proyecto del ingeniero Rodríguez. Se tendrían en cuenta algunas de las ideas planteadas por los demás concursantes.

Una vez que en el seno de la SMP se conoció y aprobó el Plano del Medellín Futuro, se preparó el documento legal que debía ser refrendado por el Concejo. El 5 de marzo de 1913, Ricardo Olano presentó ante el Concejo la propuesta sobre “el ensanche general de la ciudad en el futuro”, y el Acuerdo fue aprobado en primer debate.

El plano fue elaborado en su fase final por los ingenieros Jorge Rodríguez (autor intelectual), Alejandro López, Enrique Olarte (ingeniero-arquitecto), Ricardo Olano, A. Londoño, José Arango, Horacio Marino Rodríguez (autodidacta de la arquitectura) y el entonces ingeniero del distrito, Mariano Roldán. Dibujaron Horacio M. Rodríguez y J.J. Gil.

Como parte de la reflexión acerca de por qué se hizo realidad este proyecto, es importante destacar el momento coyuntural de voluntad política y conciencia “citadina”. Los integrantes de la comisión del Medellín Futuro fueron ratificados en su cargo por las dos entidades rectoras hasta finales de los años veinte. En síntesis, para que el plano de Medellín Futuro se hiciera realidad, se conjugaron la iniciativa de Ricardo Olano, el empeño de la SMP, el apoyo de la Escuela de Minas, el conocimiento de los ingenieros antioqueños, la voluntad política del Concejo, el interés ciudadano, las pésimas condiciones de salubridad, el desarrollo industrial y la especulación de las tierras a urbanizar.

Un año después el Ingeniero Municipal presentó un informe acerca de la ampliación de la calle San Juan y una zona aledaña que se convertiría más tarde en la plaza de Cisneros. Este proyecto requería la inversión de una considerable suma de dinero de la que el tesoro municipal no disponía; sin embargo, se nombró una comisión para que se entendiera con los dueños de los terrenos. La cuestión fue planteada desde el punto de vista de de la voluntad del Concejo para “hacer de Medellín la ciudad moderna”.

Reglamento para el Plano de Medellín Futuro

El Acuerdo 56 de mayo 5 de 1913 obligaba a dar aviso al Ingeniero Municipal de la pretensión de edificar o reedificar sobre el área circunscrita por las calles de la ciudad, o en terrenos no urbanizados pero comprendidos dentro de la carretera de circunvalación señalada en el citado plano. A continuación se delimitaba la carretera de circunvalación que se iniciaba en el lugar denominado hoy Cuatro Esquinas. Tomando el oriente, bordeaba el gran parque hasta dos cuadras al norte del Cementerio de San Pedro, donde seguía hasta la parte más alta del barrio Pérez Triana. Continuaba por el frente del regimiento y seguía el ascenso hasta el límite del barrio Gerona y descendía por el sur del cerro de El Salvador hasta el Ferrocarril de Amagá.

La junta que asesoraría al Concejo a la hora de establecer las modificaciones pertinentes estaba integrada por el Ingeniero Municipal, dos representantes del Concejo, dos miembros asignados por la SMP y el personero. Tanto los gestores del proyecto como los miembros del Concejo eran conscientes de que si bien el plano intentaba garantizar las condiciones mínimas para la calidad de vida, al mismo tiempo suscitaba conflictos con los propietarios de los predios.

La adopción del plano como realidad obligó a valorar tres elementos que se presentaban en forma simultánea: lo existente como potencial de transformación, lo propuesto como abstracción y realidad del poder ser. Esta compleja tríada condicionaba los pilares que se habían erigido en 1890 como exigencias del momento: higiene, comodidad, ornato.

La atención prestada por Olano a la maqueta del Washington de L’Enfant, con sus claras perspectivas de ejes monumentales rodeados de parques y jardines, no dejó de ser una contemplación, pues solo podría entrever el proyecto de ensanche para Medellín traspasando los límites antiguos y desbordando hacia la periferia en busca de formas capaces de evidenciar la racionalización de la ciudad: la Gran Avenida Central que corre hasta el gran bosque, la Circunvalar que delimita una nueva periferia y congrega la ciudad alrededor de una nueva funcionalidad.

Es posible marcar la vigencia y efectos del Plano de Medellín Futuro como idea de la realización de intervenciones urbanas que cambiaron la faz del Medellín de una aldea a una nueva imagen de ciudad moderna.

La información de este artículo tiene como fuente la investigación Las Transformaciones de la Estructura Urbana de Medellín, La Colonia, El ensanche y el Plano Regulador presentada y aprobada para optar al título de Doctor Arquitecto de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

Brisas de la Iguaná

por REDACCIÓN UC

Número 27 Septiembre de 2011

Un martes lluvioso de febrero, hace 40 años largos, Misael Pastrana llegó a Medellín para entregar una urbanización de edificios medianos para la clase media. Pastrana creía estar cortando la cinta de un suburbio que sería clientela. No sabía que inauguraba un barrio con voz propia y labia larga.

En el principio era La Iguaná. Los viejos mapas de la zona de Otrabanda muestran un hilo negro en medio de un amplio cauce gris. La quebrada hacía de las suyas al menos tres veces cada año y sus vecinos se acostumbraron a vivir con los pantalones remangados hasta la rodilla. La Iguaná era el demonio de la zona y solo quienes estaban obligados a enfrentarla -pobres de solemnidad, campesinos recién bajados, areneros, lavadores de cueros- daban la pelea contra sus embestidas y su mala fama. La leyenda negra la completaban los malos olores y el zumbido de las moscas. Además de las curtimbres y sus aguas fétidas estaban los mataderos y una fábrica de jabones en cercanías de lo que hoy es Suramericana, para terminar de ensuciarlo todo.

Los barrios de Otrabanda que ya lucían rosales en el antejardín preferían mirar más hacia la calle San Juan que hacia Colombia. Laureles y La América le daban la espalda a esas mangas turbias llenas de sauces, pomos, guamos y algunas eras de maíz y fríjol, y arrugaban la nariz frente a los tugurios en las orillas del ferrocarril y los talleres en Naranjal. Pero un buen precio es capaz de vencer todos los prejuicios. Y poco a poco aparecieron los inversionistas decididos a convertir esas tierras malsanas en apetecibles: “de fincas a estancias, de estancias a parcelas, de parcelas a mangones, de mangones a mangas y de mangas a lotes”. Cuando en el centro una vara cuadrada valía 50 pesos, en cercanías de La Iguaná se podía conseguir entre 2 y 5 pesos.

J. B. Londoño, la Compañía Industrial de Sombreros y Lisandro Ochoa, un cronista con buen ojo y buen bolsillo, fueron algunos de los grandes inversionistas en la zona. Era cuestión de arrendar los predios como potreros y esperar. Desde 1932 se hablaba de proyectos urbanísticos en Otrabanda. Un plano de la época dibuja una pequeña ciudadela en el sitio exacto donde hoy está Carlos E. Restrepo. Era apenas un triángulo modesto en una porción de la ciudad que mostraba los tranvías eléctricos de La América, Belén y Robledo, señalaba el estadio Los Libertadores en San Joaquín y le entregaba importancia a la calle Colombia como salida al occidente.

A mediados de los años sesenta llegó la certificación definitiva para esa encrucijada. La Biblioteca Pública Piloto había desafiado el ambiente desde 1952. Luego se vendieron los lotes para los centros comerciales Los Sauces y El Contemporáneo, y el almacén Sears le señaló al Éxito dónde debía montar su local y cómo no debía manejarlo. En 1966 Suramericana todavía tenía dudas sobre su edificio de oficinas y su proyecto de viviendas. Le preguntó, entonces, a una firma consultora llamada Asesorías e Interventorías (AEI). El informe se puede resumir con una frase vieja: “No lo piensen más”. Ya el municipio hablaba de una “zona en pleno desarrollo para uso habitacional” y el Instituto de Crédito Territorial (ICT) anunciaba un “gigantesco plan de vivienda en Medellín”.

En 1970 llegó el gobierno de Misael Pastrana con una frase que hoy bien podría ser propiedad de Angelino Garzón: “Frente social, objetivo el pueblo”. Medellín tenía dos grandes proyectos apoyados por el ICT, uno para familias pobres en López de Mesa en el norte y otro al pie de la Biblioteca Pública Piloto pensado para “la laboriosa clase media de la ciudad”, según los avisos de prensa. En el diario El Correo de 1971 aparecen múltiples avisos con las listas de los “preseleccionados dentro del plan alcancía aplicado a la Urbanización Carlos E. Restrepo”. Medellín era todavía un pueblo en busca de costumbres de ciudad. Las notas sociales dan cuenta de los acontecimientos memorables: “Doña Clementina P. de Ospina ofreció a sus amigas una taza de té. El juego de canasta tuvo lugar ayer en su casa de Perú con El Palo”.

El martes 16 de febrero de 1971 llegó el presidente Misael Pastrana a la ciudad. Fue recibido por el ceño fruncido del gobernador Diego Calle y la sonrisa conservadora del alcalde Álvaro Villegas. Se fue para el barrio Las Nieves, arriba de Manrique, para hacer la primera visita presidencial a la comuna nororiental. Según El Correo fue aclamado por la multitud y rompió el protocolo para juntarse con el pueblo. Les dejo el cassette del discurso: “En nuestro país la reforma urbana será quizá la más avanzada de América… Hemos pedido al ICT centrar sus esfuerzos en suministrar auténticas viviendas populares y bueno ámbitos para los colombianos más pobres”. Siguió para López de Mesa a entregar las más de 600 casas y remató en Carlos E. Restrepo. Según el cronista de la época fueron 2 horas y 17 minutos de frenesí popular antes de prepararse para el coctel de rigor en el Club Unión.

En Carlos E. Restrepo se entregaban los primeros 216 apartamentos de los 1000 proyectados. Un aviso de página entera lo celebraba: “No estamos prometiendo, estamos cumpliendo”. En el acto público, bajo un toldo y con un edificio como telón de fondo, el director del ICT le explicaba al Presidente Pastrana -“a las 5:40 de la tarde”- que un año y medio atrás esos terrenos estaban ocupados por tugurios cuyos habitantes fueron llevados a otras viviendas. Pastrana admiró el primer piso del edificio marcado con el número 53-14 y “acarició una niña y estrechó docenas de manos” antes de ir a bañarse para estar presentable en el Club Unión.

La lista de los “felices propietarios” que entrega El Correo tiene profesores, jueces, la viuda de un cronista radial, jubilados y un decorador de Fabricato. También hay un estudiante burgués entre esa “laboriosa clase media”. El periódico no se cansa de elogiar el nuevo suburbio: “los apartamentos son cómodos y acogedores. La zona verde es grande y bien distribuida”. Y eso que todavía era un peladero, qué tal que lo vieran hoy cuando ya está cubierto por un toldo verde de 40 años que sembraron sus primeros dueños.

Pocas veces los elogios de la prensa no producen risa una vez han pasado cuatro décadas. Los habitantes de Carlos E. Restrepo supieron construir un barrio abierto y saludable en medio de las recientes emboscadas del miedo, se han resistido a las rejas y a las serpentinas de acero, y ni siquiera la vecina funeraria que ya viene podrá oscurecer su ambiente de cantina y parque infantil, de cafetería universitaria y guarida de jubilados, de primera estación para la fiesta y casa de abuelos. En este caso es la ciudad la que le debe al barrio.

Historia de los cafés en Medellín (segunda entrega)

por RAFAEL ORTIZ • Ilustración de Lyda Estrada

Número 23 Mayo de 2011

A principios de los años veinte, ya Medellín era una población de cafés, de muchos tipos de cafés, pues no eran lo mismo los del centro que los de los barrios, y en el mismo centro existían variedades. Los de Lovaina y Guayaquil sí que eran distintos.

De día, los cafés de los barrios vendían normalmente algunos alimentos ya hechos, acompañados de café con leche, chocolate o gaseosa, y por la noche atendían el consumo de licores y tinto de los señores, antes o después de la comida, hasta las diez de la noche, cuando era obligatorio apagar el piano (que después fue rocola). Los fines de semana la vida en estos establecimientos cambiaba. Los sábados llegaban los muchachos desde temprano en la tarde, una o una y media, a tomar para luego marchar a los distintos barrios de prostitución —Lovaina, Guayaquil, Tierrabaja, etc.—. Cuando se iban, entraban los obreros y empleados, y en general quienes trabajaban hasta después de las tres de la tarde, y armaban fiestas y algazaras hasta altas horas de la noche y la madrugada.

Los domingos el movimiento de los cafés tenía dos fases: En la primera, la gente que salía de misa entraba a tomar cerveza o a comer mecato y prolongaba su permanencia hasta la hora de almorzar. La segunda correspondía a quienes salían por la tarde a buscar cómo calmar el guayabo causado por la parranda de la víspera, obtenida generalmente gorriando a los amigos o fiando hasta el próximo pago.

Bastante diferentes eran los cafés con billar, que a su vez eran distintos a las salas de billar, aunque con el tiempo ambos acabaron siendo lo mismo. Quizá la diferencia radicaba simplemente en que los cafés con billar eran los preferidos de los estudiantes, que solo jugaban a ratos (eso sí, los sábados y domingos, todo el día).

Al lado de estos cafés había otra variedad, mitad comedero rápido, mitad bar y con billar para algunos clientes que preferían jugar sin mirones. Era un local pequeño pero acogedor, con máximo cuatro mesas y eventualmente con piano. Los alimentos que se vendían eran de fácil manejo y se combinaban perfectamente con las gaseosas, cervezas y licores, que no faltaban: papas rellenas, papas, yucas y carne sudadas, plátanos maduros sudados o calados, tamales, chorizos, rellena y a veces arroz. En algunos también servían desayuno: huevos revueltos, pan, bizcochos y chocolate o perico.

Los cafés de Guayaquil funcionaba normalmente de cinco de la mañana hasta las doce de la noche y estaba dividido en tres partes: adelante, un salón donde se prestaban todos los servicios de café propiamente dicho, seguido de un espacio constituido por el mostrador o barra, la cocina y los servicios sanitarios, y de allí para atrás los cuartuchos o reservados, separados por delgados canceles, casi siempre con una mesa y dos sofás, uno a cada lado, que prácticamente se convertían en camas; en la mitad de la mesa una lámpara miserable, tipo cocuyo —alumbraba más la cusca de una vieja que fumara con la brasa entre la boca—, y en la pared un foco común y corriente, que cuando se veía encendido indicaba que el reservado estaba desocupado. Por lo general las parejas preferían la iluminación de cocuyo, la de foco en la pared era preferida por los tahúres profesionales para limpiarle el bolsillo a su clientela. En todas las mesas, incluidas las de los reservados, había una campana, desplazada cuando se generalizaron los timbres eléctricos. De lo que pasaba en el reservado, a pesar de que todo el mundo se enteraba, nadie comentaba; su uso, según para lo que fuera, aumentaba la tarifa básica y el precio de los servicios. Además de los mencionados cubículos, algunos cafés ofrecían servicios de boletería para toros, fútbol y circos, y de apuestas para las carreras de caballos y los partidos de fútbol.

El típico café guayaquileño era ante todo vistoso, lleno de afiches, decorado las más de las veces de acuerdo con el tipo de música que sonaba en su piano, aparato infaltable en todo café, así hubiera orquesta o conjunto musical. Era un aparato costoso que los dueños procuraban defender con una poderosa caparazón hecha con barras de hierro que de alguna manera remedaban su forma; por entre ese enrejado formidable asomaba toda la belleza del aparato de colores, en cuyo interior había un conjunto de luces y algunas piezas que giraban una veces con el calor de las luces, otras por medio de un pequeño motor que las accionaba. El resultado final era un conjunto caleidoscópico de luces, colores y formas en movimiento, que daba un extraño atractivo al interior del establecimiento por las noches, cuando la iluminación era escasa y los reflejos cambiantes creaban en la realidad figuras fantásticas, que con la ayuda de los tragos se volvían mas fantasiosas y que a todo daban un aire espectacular.

Las mesas eran de las más robustas que se vendían en el mercado, con patas de hierro macizo y tapa del mismo metal, para evitar de esa manera que pudieran ser manejadas muy fácilmente por los hercúleos clientes que allí se congregaban cuando se armaban las grandes batallas de borrachos y se agotaban las botellas y demás objetos menudos para tirar, y trataban de hacerlo con los muebles.

La atención del café estaba encomendada única y exclusivamente a las mujeres, las cuales servían de anzuelo a la clientela ruda y sexualmente hiperactiva que los frecuentaba. Decía un amigo criado y curtido en esos cafés: “Tenían saloneras muy bonitas, y uno como hombre y todos los hombres que entraban a un café, pues siempre mirábamos a las saloneras y uno era atraído por ellas pues una salonera buena moza no se le puede quitar a ningún hombre que la mire, así ella tenga ‘amigos’ o marido, pero tiene uno que deleitar el ojo, así no les parezca”.

Imposible encontrar un café en ese sector donde no se vendieran los más grasosos y fuertes comistrajos. Allí se consumían en cantidades increíbles el famoso chorizo antioqueño, alias “no me olvides”, el chicharrón frito a primera fritura, o mejor dicho sofreído, de modo que conservara abundante grasa; las famosas chuletas guayaquileñas también muy apetitosas y todo abundante en grasa. Cuánto se consumían tamales, rellena, papas rellenas y muchas otras especialidades, pero estas no llamaban tanto la atención como aquellas, debido principalmente a los efectos desintoxicantes que tenían las altamente grasosas.

En estos cafés a veces había una pequeña pista de baile, pero tal vez no pasaban de tres los que tenían especial atractivo por esta circunstancia. El que servía de imán a los bailarines de toda la ciudad era el Café Tropical, que se preciaba de tener catorce puertas.

En este café se organizaban los campeonatos de baile según las distintas modalidades de la época: tango, fox trot, bolero, etc. Había domingos cuando llegaban los más afamados bailarines de los barrios a dirimir supremacía con sus pares, y la cosa era de coger tribuna. Nadie se dejaba vencer, y al fin, para evitar injusticias que provocaran hechos mayores, se declaraba empatado el concurso.

En la sola calle San Juan los principales cafés que existieron, con peligro de alguna omisión, fueron:

Estos establecimientos fueron los más famosos, los más grandes, donde los hombres muchas veces pasaban la noche bebiendo abundantemente, para luego, tras tomar un baño improvisado ,salir a trabajar en mecánica, en las cómodas de la plaza de mercado, como coteros, en fin, en toda esa formidable gama de trabajos con que Guayaquil engrandecía a sus hijos, esposos y adoradores.

En contraste con estos establecimientos existían los cafés de Lovaina, El Fundungo, Venecia, La Toma, Las Palmas, etc, típicos de zona de prostitución. Todos ellos vendían licor y eran utilizados para hacer contacto con sus pupilas o con las muchachas de las casas que estaban mal. Ellas salían al rebusque de clientes y entre baile y baile los entusiasmaban y… nuevamente regresaban a la casa donde había un salón o al comedor, incluso en un patio cubierto con vidrios con un café y los mismos servicios de los accesos directo desde las calles, solo que la alcoba a mano y manejado por un marica que no toleraba ni cantinazo ni conejo.

Fuera de estos cafés, estaban los que podríamos llamar la élite, no por discriminación racial sino por la calidad del servicio. Los dos mejores exponentes fueron el Café Londres y el Mora Café.

Antiguamente los cafés, al menos los más importantes, tenían, fuera del salón comunitario donde se atendía la clientela, un servicio de baños públicos con muy buena demanda debido al hecho de que disponían permanentemente de agua fría y caliente, siendo esta última bastante escasa en las casas de familia, aunque tuvieran la famosa tina del fogón de reverbero, dado el número de hijos y parientes que vivían en la misma. A causa de ello, el agua caliente se terminaba rápido, y normalmente el padre y los hijos mayores se bañaban en los cafés cuando no querían esperar hasta la hora del almuerzo.

Estos establecimientos suministraban todo en calidades óptimas, por ello, en los baños se encontraban las toallas lavadas, planchadas, aromatizadas y precintadas con una garantía de perfecto aseo y limpieza. Los asientos eran muebles de Viena y las mesas tenían sus tapas en mármol y ciertos licores se vendían en copas de cristal, el brandy por ejemplo. Los servicios fueron atendidos por meseros hasta su desaparición, la cual coincidió con la generalización de las meseras en todos los cafés de bohemia, siendo muy contados aquellos en que sobrevivió tal costumbre. Claro que las meseras no dejan de dar un encanto especial al servicio… aunque cuando tienen el amigo al pie el servicio se va al traste.

Tal vez el primer café del centro que dio las pautas para los cafés importantes fue La Viña.

Tinto a dos centavos
Historia de los cafés en Medellín (primera parte)

por RAFAEL ORTIZ • Ilustraciones de Jacinta Molina

Número 22 Abril de 2011

No podemos decir que la vieja Villa de la Candelaria haya sido el lugar donde se inventó el café —ese salón de entretenimiento y tertulia donde además se puede tomar tinto—, pues bien se sabe que en Europa ha habido, desde hace mucho tiempo, cafés notables por sus servicios, categoría y ambiente. Pero, con toda seguridad, si allá no los hubieran inventado aquí lo habríamos hecho, pues la estructura social conformada en nuestra tierras desde la colonia es la adecuada.

A la inmensa mayoría de quienes solicitaban permiso para emigrar a las Américas desde España, Portugal y otros países, se les imponía un contrato según el cual debían dedicarse a la agricultura; pero una vez en la aldea o ciudad colonizada, a los seis meses máximo, esos emigrantes encontraban cómo medrar sin tener que trabajar.

Pronto se enrolaban en las huestes de los aventureros cuyo derrotero era enriquecerse robando oro a los indios, o a quienes fuera, para poner un almacén en la plaza de la población. Con una ventaja: en los almacenes no había que trabajar más que un día por semana, el de mercado; el resto lo pasaban en el negocio jugando cartas o en la casa de una amiga.

El almacén era, por tanto, centro de recreación y tertulia, y como en esos entonces no había forma de hacer tinto, allí se consumía sirope, jarabe y, casi a la hora de la Independencia, el famoso té de la sabana descubierto por la Expedición Botánica.

Cuando llegó el café, como producto, a Medellín, la gente lo preparó en el hogar en las formas conocidas de tinto, perico y carajillo. Luego empezó a ser vendido en las calles por muchachos piernipeludos; a muchos de ellos algunas familias ricas les regalaban el tinto con el afán de ayudarles, los demás tenían que comprarlo. Salían con seis termos organizados en una armazón de madera y con media docena de pocillos de porcelana colgada de los soportes laterales; al lado, una olla grande llena de agua para lavarlos cada vez que eran usados.

El café, como establecimiento comercial, sólo surge cuando don Hipólito Londoño (Polito), ya dueño de Café La Bastilla, vio en Caracas, Venezuela, cómo expendían el tinto en establecimientos dedicados al efecto. A su regreso, lo primero que hizo fue comprar vajilla de porcelana y poner venta de tinto a dos centavos, de lo que después se lamentaría, pues la demanda comprobó que el precio inaugural pudo haber sido de cinco.

No había pasado el primer mes del tinto en La Bastilla cuando ya se vendía en todas las tiendas, pulperías y establecimientos similares con gran acogida. Esto obligó a crear nuevos establecimientos, con más mesas y hasta músicos y pistas de baile.

Después, las tertulias que se hacían en las farmacias y las esquinas con los contertulios de pie y sin consumir más que el ocasional tinto vendido por los muchachos, pasaron a hacerse en los cafés. Eso sí, se siguió fumando mucho tabaco negro del doblado en casa y del doblado por profesionales.

Las pulperías

Antiguamente llevaban este nombre los establecimientos que vendían víveres, cacharros, correajes, canastos, forjas, artefactos de cabuya como lazos, enjalmas, arretrancas, cinchones, etc. La mayor parte de los víveres se guardaba en cajones y la panela era encerrada en los armarios.

En algunas también se menudeaban cervezas del país, aguardiente y ron común. Los licores se llevaban en un charol, servidos en copas y vasos a los que se hacía un simulacro de lavado en una ponchera a la que sólo se le cambiaba el agua cuando ya estaba espesa de residuos; la secada de los trastos se hacía con una toalla que no pecaba de limpieza. Era de rigor llenar los estantes con botellas vacías y no podía faltar, como detalle indispensable, la tinaja de barro con la chicha dulce.

Fueron pocas las pulperías en Medellín porque en dichos tiempos casi todas las gentes se proveían de lo necesario, los días martes y viernes, en el mercado de la plaza principal.

Los cafés

Permanentemente abiertos al público adulto, son esos lugares donde se vende tinto (café negro), perico (pocillo pequeño de café con leche), licores y algunos alimentos. Allí concurren los clientes no sólo a disfrutar los clásicos productos sino a hacer negocios, tertuliar, leer periódicos y libros, y en general, a encontrar esparcimiento y relacionarse con los demás.

Cantinas, tiendas y billares

Mezcla de tienda de víveres y café, las cantinas son características de los barrios alejados del centro. Algunas, inclusive tenían carnicería.

Las tiendas, también generalmente de barrio, venden al menudeo toda clase de productos alimenticios incluyendo legumbres, licores y cigarrillos.

Los billares ofrecen los mismos servicios de licores que los cafés pero además alquilan, por horas o fracciones, mesas de pool y carambola, tableros de ajedrez, parqués y dominós.

Por conveniencias de publicidad, por esnobismo o por difamación, con el tiempo a algunos cafés se les puso el nombre de bar, taberna y otras denominaciones parecidas traídas por lo general del exterior.